Parte 1

La pesada puerta de madera de la cantina rechinó con un lamento que cortó el aire cargado de humo y olor a cerveza barata. En el umbral apareció una figura pequeña, casi frágil, que dejaba entrar un rayo de sol polvoriento que iluminaba el piso de tierra. Las risas y el choque de tarros se detuvieron en seco cuando todos los ojos, curtidos por el sol y las riñas, se posaron sobre ella.

No debía tener más de diecisiete años, una morrita con el cabello amarrado en una cola de caballo toda despeinada y los tenis llenos de lodo. Lo que más llamaba la atención era la chamarra de cuero que llevaba puesta, que claramente le quedaba tres tallas más grande y parecía pesarle en los hombros. Se quedó ahí parada, agarrando las solapas de la prenda como si fuera un escudo contra la hostilidad que emanaba de cada rincón.

El grupo de “Los Lobos de Hierro”, la banda de motociclistas más pesada de toda la región, estaba ocupando las mesas del fondo. Eran tipos que solo sabían de rutas largas, broncas en la frontera y una lealtad que se sellaba con sangre. El Tanque, un vato con brazos del tamaño de troncos y la cara llena de cicatrices, se reclinó en su silla y soltó una carcajada que retumbó en las vigas.

—¿Qué onda con esta? ¿Se le perdió su escuela o qué le pasa a la escuincla? —gritó El Tanque, provocando una nueva oleada de burlas entre sus compas.

Los demás empezaron a chiflar y a golpear las mesas con sus botas, esperando que la niña saliera corriendo con la cola entre las patas. Pero ella no se movió, ni siquiera cuando un vato ebrio le aventó una corcholata que le pegó en el hombro. Respiraba lento, con la mirada fija en el suelo, aguantando el nudo que seguramente sentía en la garganta.

Cuando el ruido empezó a bajar, Mayra simplemente se dio la vuelta para salir, pero lo hizo con una lentitud calculada que dejó ver su espalda. Ahí, sobre el cuero desgastado y viejo, brillaba un parche que hizo que a más de uno se le cayera el cigarro de la boca. Era un diseño antiguo, con los colores ya opacos por el tiempo, pero con unas letras que se leían clarito: “Los Lobos de Hierro – Miembro Fundador”.

Un silencio pesado, de esos que duelen en los oídos, se apoderó de la cantina en un segundo. El Tanque se puso de pie, pero ya no se estaba riendo; su cara se había puesto pálida, como si hubiera visto a un muerto. El parche no era una imitación barata, era el original que solo portaban los que levantaron el club hace décadas, mucho antes de que estos nuevos vatos supieran manejar una moto.

—Esa chamarra… —susurró El Tanque con la voz quebrada— Esa chamarra era del Gallo Ríos.

Mayra se volvió a girar, esta vez con los ojos llenos de lágrimas pero con una fuerza que nadie esperaba.

—Era de mi papá —dijo ella con la voz temblorosa pero firme—. Y él me dijo que si alguna vez nos faltaba la lana o la comida, buscara a sus hermanos.

Parte 2

El Tanque dejó la pistola sobre la mesa de metal y el sonido del acero chocando contra la superficie resonó en todo el taller como una sentencia de muerte. Se levantó para cerrar la puerta principal, bajando la cortina de acero para que nadie desde la calle pudiera ver lo que estábamos a punto de hablar. Yo sentía que el aire se volvía más denso, cargado de ese olor a aceite quemado y caucho que ahora me recordaba tanto a mi padre. El gigante se sentó frente a mí, entrelazó sus dedos llenos de grasa y me miró directamente a los ojos, sin rastro de la compasión que me había mostrado días antes.

—Tú crees que lo que pasó en la 66 fue un accidente de esos que le pasan a cualquiera que maneja de noche, ¿verdad? —empezó a decir con una voz que parecía venir desde el fondo de una cueva—. Eso fue lo que te vendió la policía, lo que le dijeron a tu jefa para que dejara de dar lata en el ministerio público. Pero la realidad es mucho más sucia, Myra, y tiene nombres que harían que hasta el vato más valiente se hiciera en los pantalones.

Me acomodé en la silla, sintiendo cómo el cuero de la chamarra de mi papá rechinaba con cada movimiento que hacía. El frío del desierto empezaba a colarse por las rendijas de la cortina, pero yo sentía que estaba ardiendo por dentro. El odio que había estado guardando durante años, ese rencor silencioso por haber crecido sin la figura que más amaba, estaba empezando a encontrar un objetivo real.

—Suéltalo de una vez, Tanque —le dije, tratando de que no se me quebrara la voz—. Ya no soy la niña que jugaba con las llaves de la moto en el patio. Si me vas a decir que a mi papá lo mataron, dime quién fue y por qué. No me salgas con rodeos ahora que ya estamos metidos hasta las manitas en esta bronca.

El Tanque asintió lentamente, como si estuviera midiendo si yo realmente podía aguantar el peso de la verdad. Me contó que, en aquellos años, el Gallo Ríos no solo era el líder de los Lobos de Hierro; era el hombre que se encargaba de que la ruta por la que pasaban los camiones de carga se mantuviera “limpia”. No permitía que nadie le robara a los choferes, ni que los grupos pesados de la frontera usaran sus caminos para pasar mercancía que trajera problemas a la gente del pueblo. Mi padre era el guardián de un orden que a mucha gente con poder no le convenía que existiera.

—Tu jefe se puso al brinco con la gente de ‘El Coronel’ —soltó El Tanque, y el nombre vibró en el aire como una descarga eléctrica—. Ese vato quería usar nuestras bodegas para guardar cosas que no eran precisamente comida ni ropa. El Gallo le dijo que ni de chiste, que mientras él estuviera respirando, los Lobos no se iban a ensuciar las manos con ese tipo de porquería.

Según lo que El Tanque me explicó, el accidente de esa noche fue planeado milimétricamente. El camión que embistió a mi papá no iba cargado de mercancía, iba cargado de odio. El chofer era un tipo que le debía la vida al Coronel, un vato que sabía perfectamente que si sacaba al Gallo del camino, la ruta quedaría libre para que los malos hicieran su voluntad. Pero lo que no contaban era con la valentía de mi padre, que incluso herido de muerte, logró sacar a esa familia del carro en llamas antes de que todo explotara.

—Ese chofer nunca desapareció, Myra. Se quedó trabajando para la gente del Coronel, pero bajo otro nombre, protegido por los mismos políticos que hoy salen en la tele dándose baños de pureza —continuó El Tanque, golpeando la mesa con el puño—. Lo tenían escondido en el norte, en una de las haciendas que usan para mover la lana. Pero ahora, con el cambio de gobierno y las broncas que traen entre ellos, lo mandaron de regreso para acá a limpiar el desorden.

Yo no podía creer lo que estaba escuchando. Todo este tiempo, el asesino de mi padre había estado viviendo una vida tranquila, protegido por el poder, mientras mi madre se deshacía los pulmones en una maquila para pagar una renta que ni siquiera podíamos completar. Sentí un asco profundo, una náusea que me subía desde el estómago y me quemaba la garganta. La justicia en este país era un chiste de mal gusto, un cuento que nos contaban a los pobres para que no quemáramos todo.

—La llamada que recibiste hoy… —dijo El Tanque, bajando la voz aún más— No fue de cualquier vato. Fue de él. Sabe que estás con nosotros, sabe que estás usando la chamarra del Gallo y eso le está calando. Para ellos, esa prenda es el recordatorio de que no pudieron matar el espíritu del club. Quieren terminar el trabajo que empezaron hace años, y la única forma de hacerlo es quitándote a ti y a tu jefa del mapa.

Me levanté de golpe, derribando la silla en el proceso. La furia me nubló la vista por un segundo. Ya no tenía miedo de los Lobos, ni de la oscuridad, ni de la muerte. Lo único que sentía era una necesidad imperiosa de verle la cara a ese tipo y preguntarle cómo podía dormir por las noches sabiendo que había destruido a una familia entera por unos cuantos billetes.

—¿Dónde está? —pregunté, y mi propia voz me desconoció. Sonaba fría, afilada, como el metal que El Tanque estaba limpiando cuando llegué—. Dime dónde lo puedo encontrar, porque si él piensa que nos vamos a quedar sentadas esperando a que venga por nosotras, está muy equivocado. Mi papá me dejó esta chamarra por algo, y si tengo que usarla para cobrar lo que nos debe, lo voy a hacer.

El Tanque se puso de pie también, su figura inmensa proyectando una sombra que cubría casi toda la pared del taller. Me puso las manos en los hombros y me sacudió un poco, como tratando de regresarme a la realidad.

—No es tan fácil, chamaca. Ir por él es declarar la guerra total. Si los Lobos nos movemos, la frontera va a arder. Tenemos que ser inteligentes, no podemos ir a lo loco como si fuera una película. El Coronel tiene gente en todos lados, hasta en la policía que vigila tu colonia. Si das un paso en falso, no solo te vas tú, se va tu jefa y nos vamos todos nosotros.

Pasamos el resto de la noche planeando lo impensable. El Tanque me explicó que el chofer, cuyo nombre real era Saúl “El Tuerto”, solía frecuentar un palenque clandestino a las afueras de la ciudad los fines de semana. Era su único vicio, su punto débil. Ahí se sentía seguro, rodeado de sus propios guardaespaldas, apostando la lana que ganaba traicionando a gente decente.

—Nosotros vamos a entrar por la parte de atrás, pero necesitamos a alguien que pase desapercibida, alguien que pueda acercarse lo suficiente para confirmarnos que es él —dijo El Tanque, mirándome con una duda evidente en sus ojos—. Tú no pareces una amenaza, Myra. Eres una niña para ellos. Pero si te descubren… no habrá forma de sacarte de ahí con vida.

—Lo voy a hacer —respondí sin dudarlo ni un segundo—. Me quito la chamarra, me pongo algo normal y entro como cualquier otra persona que va a apostar sus últimos pesos. Solo necesito que ustedes estén cerca por si las cosas se ponen feas.

Esa noche no dormí nada. Me quedé viendo a mi madre, que respiraba con dificultad en la habitación de al lado. Cada vez que escuchaba una moto pasar por la calle, mi corazón se detenía, pensando que era el Tuerto viniendo a cumplir su amenaza. Pero también sentía una fuerza nueva, una determinación que nunca antes había experimentado. Estaba defendiendo lo poco que me quedaba, y estaba dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias.

Al día siguiente, los Lobos empezaron a moverse. Vi cómo llegaban más motociclistas de otros municipios, vatos que no conocía pero que todos saludaban a El Tanque con un respeto casi religioso. El ambiente en el barrio cambió; los cholos de la esquina, que siempre nos molestaban, desaparecieron de pronto. Era como si el aire mismo supiera que algo muy grande estaba a punto de tronar.

Me preparé como si fuera a mi propia ejecución. Me puse un vestido sencillo que tenía guardado para las fiestas de la escuela y me solté el cabello para tapar un poco mi cara. Pero debajo de toda esa apariencia de niña buena, llevaba escondida una navaja que mi papá siempre traía en el cajón de la herramienta. Era mi seguro de vida, mi pequeña porción de justicia de bolsillo.

Cuando llegamos al lugar del palenque, el ruido de la música de banda y los gritos de la gente apostando se escuchaban desde kilómetros. Era un sitio lleno de trocas de lujo y hombres armados con metralletas que no se molestaban en ocultar. Los Lobos se quedaron en la oscuridad, escondidos entre los matorrales y las sombras del desierto, esperando mi señal.

—Si algo sale mal, corre hacia el norte, ahí va a estar El Flaco esperándote en la moto —me susurró El Tanque antes de dejarme ir—. Suerte, hija del Gallo. Tu jefe estaría orgulloso de tu valor, pero muy asustado por tu locura.

Caminé hacia la entrada, sintiendo cómo los ojos de los guardias me escaneaban de arriba abajo. Mi corazón latía tan fuerte que pensaba que se me iba a salir por la boca. Entré al recinto, un lugar lleno de tierra, plumas de gallo y olor a sangre y alcohol. Busqué entre la multitud, ignorando las miradas lascivas de los borrachos, hasta que lo vi.

Estaba sentado en la primera fila, con una botella de tequila en la mano y una risa burlona que me revolvió el estómago. Tenía una cicatriz que le bajaba desde la frente hasta la mejilla, justo donde le faltaba el ojo izquierdo. Era él. El Tuerto. El hombre que le quitó la vida a mi padre y que ahora se burlaba de la muerte cada vez que un gallo caía en la arena.

Me acerqué lentamente, fingiendo que buscaba a alguien entre la gente. Estaba a solo unos metros de él. Podía oler su perfume barato y escuchar cómo presumía sus apuestas ganadas. En ese momento, recordé la llamada, recordé la amenaza contra mi madre, y mi mano bajó instintivamente hacia donde tenía escondida la navaja.

—¿Se te perdió algo, preciosa? —preguntó uno de sus guardaespaldas, interceptándome el paso con una sonrisa que me dio asco.

Me quedé helada. El Tuerto se giró al escuchar la voz de su hombre y sus ojos se clavaron en los míos. Hubo un segundo de reconocimiento, una chispa de duda que cruzó por su rostro antes de que se convirtiera en una mueca de pura maldad.

—Miren nada más lo que nos trajo el viento —dijo el Tuerto, levantándose de su asiento con una agilidad sorprendente—. Si es la cría del Gallo Ríos. ¿Qué pasa, niña? ¿Viniste a cobrar la renta que te mandamos decir o quieres que te enseñe cómo terminan los que se meten con el Coronel?

Todo a mi alrededor pareció detenerse. Los gritos de la gente se volvieron un zumbido lejano. Saqué el celular y apreté el botón de señal que le había dicho a El Tanque. En menos de tres segundos, el rugido de una docena de motores rompió la noche, y el sonido de los vidrios rompiéndose anunció que la caballería había llegado.

—No vine por la renta, perro —le grité, mientras la gente empezaba a correr despavorida por todos lados—. Vine por lo que es mío.

El Tuerto sacó una pistola de su cintura, pero antes de que pudiera apuntarme, un disparo desde la oscuridad le voló la botella de tequila de la mano. Los Lobos de Hierro entraron derrapando sus motos dentro del palenque, levantando una nube de polvo que lo cubrió todo. Fue el caos total. Gritos, disparos, y el sonido de las cadenas chocando contra el metal.

Yo me lancé al suelo para evitar una bala perdida, sintiendo cómo la tierra se me metía en la boca. Vi cómo El Tanque se bajaba de su moto en movimiento y se lanzaba contra el guardaespaldas que me había detenido, derribándolo como si fuera un muñeco de trapo. En medio de la confusión, vi al Tuerto tratando de escabullirse por una de las salidas laterales.

No lo iba a dejar ir. No otra vez. Me levanté y corrí tras él, esquivando a la gente que gritaba y las sillas que volaban por el aire. El odio me daba una velocidad que no sabía que tenía. Lo alcancé justo cuando estaba por subir a una troca blindada que lo esperaba afuera. Le enterré la navaja en el brazo con todas mis fuerzas, haciéndolo soltar un alarido que se escuchó por encima de todo el relajo.

—¡Tú lo mataste! —le grité, aferrándome a su ropa mientras él trataba de quitárselame de encima—. ¡Tú mataste a mi papá por unas pinches bodegas!

Él me aventó contra el suelo y me apuntó con la pistola, su cara estaba roja de la rabia y el dolor. Sus hombres ya no estaban ahí para defenderlo; los Lobos los estaban masacrando dentro del palenque. Estábamos solos en la oscuridad del estacionamiento, él con su arma y yo con mi verdad.

—Sí, yo lo hice, ¿y qué? —escupió, mientras la sangre le corría por el brazo—. Tu viejo era un estorbo, un romántico que creía en códigos de honor que ya no existen. El mundo es de los que tienen lana y poder, no de los que andan rescatando familias en la carretera. Ahora te vas a reunir con él para que le cuentes cómo te falló tu “hermandad”.

Cerré los ojos, esperando el impacto que terminaría con todo. Pero el disparo que escuché no vino de su arma. Cuando abrí los ojos, el Tuerto estaba de rodillas, con un agujero en la pierna y la cara llena de agonía. Detrás de él, El Tanque caminaba tranquilamente, con su escopeta todavía humeante.

—Te dije que no te movieras solo, rata —dijo El Tanque, acercándose para ponerle la bota en la cara—. El Gallo tenía amigos en el cielo, pero nosotros somos sus demonios aquí en la tierra.

Lo que pasó después fue algo que nunca voy a olvidar. Los Lobos no lo mataron ahí mismo. Lo subieron a la caja de una camioneta y se lo llevaron hacia el desierto profundo, hacia un lugar donde los gritos no llegan y el sol se encarga de borrar las huellas. El Tanque se acercó a mí, me entregó la chamarra de mi papá que yo había dejado en la moto y me ayudó a ponérmela.

—Ya está hecho, Myra —me dijo, limpiándome la cara con un trapo sucio—. Ya puedes ir a casa y decirle a tu jefa que el hombre que le quitó el sueño ya no va a volver nunca. Nosotros nos encargamos del resto.

Regresé a mi casa cuando el cielo empezaba a pintarse de gris. Mi madre estaba despierta, esperándome con una preocupación que le salía por los poros. Cuando me vio entrar, sana y salva, se soltó a llorar y me abrazó con una fuerza que me dolió en el alma. No le conté los detalles, no necesitaba que ella cargara con esa sombra. Solo le dije que los Lobos habían cumplido su promesa.

Pero la paz es un lujo que dura poco en estas tierras. Una semana después, mientras estaba en el mercado comprando unas cosas para la comida, sentí que alguien me seguía. No era un motociclista, era un tipo de traje oscuro, con lentes negros y un aire de autoridad que me puso los pelos de punta. Se me acercó mientras yo pagaba las tortillas y me dejó un sobre en la bolsa.

—El Coronel manda decir que aprecia la limpieza que hicieron —susurró el hombre al oído, sin dejar de caminar—. El Tuerto ya era un cabo suelto que nos estaba causando problemas. Pero que no se les olvide quién es el dueño de la ruta. Los Lobos tienen una deuda ahora con nosotros, y muy pronto vamos a pasar a cobrarla.

Se me cayó el corazón al suelo. Habíamos pensado que estábamos haciendo justicia, pero en realidad solo le habíamos hecho el trabajo sucio a alguien mucho más peligroso. La muerte del Tuerto no era el final de la historia, era apenas el inicio de un pacto con el diablo que yo misma había firmado sin saberlo.

Llegué al taller de El Tanque corriendo, con el sobre en la mano. Cuando se lo mostré, vi cómo su expresión se endurecía de nuevo. Abrió el sobre y sacó una foto de todos nosotros celebrando después de la noche del palenque. Estábamos marcados. Cada uno de nosotros tenía una cruz roja sobre la cabeza en la fotografía.

—Nos tendieron una trampa, Myra —dijo El Tanque, tirando la foto al suelo—. El Tuerto era el cebo para que nosotros saliéramos de nuestra cueva y reveláramos quiénes somos los que todavía somos leales al viejo código. Ahora el Coronel tiene nombres, caras y ubicaciones.

—¿Qué vamos a hacer? —pregunté, sintiendo cómo el miedo regresaba con una fuerza renovada.

—Lo que los Lobos mejor saben hacer —respondió él, cargando su arma—. Vamos a morder primero. No vamos a esperar a que vengan por nosotros a nuestras casas. Si quieren guerra, les vamos a dar una que no van a olvidar en cien años. Pero tú, tienes que llevarte a tu jefa lejos de aquí esta misma tarde.

Fui por mi madre y empacamos lo poco que teníamos en un par de maletas viejas. Salimos de la ciudad en un autobús, viendo por la ventana cómo las luces del lugar donde crecí se iban haciendo pequeñas. Pero mientras el camión avanzaba por la carretera, sentí un peso en la maleta que no recordaba haber puesto.

Abrí el cierre y ahí estaba: la chamarra de mi papá. Debajo de ella, había una nota escrita con una letra tosca y rápida: “Donde quiera que vayas, el parche te protege. Pero recuerda, una loba nunca huye para siempre. Prepárate, porque te vamos a buscar cuando sea el momento de la verdad final”.

Han pasado tres meses desde esa noche. Vivimos en un pueblito lejos de todo, donde nadie sabe quién es el Gallo Ríos ni qué son los Lobos de Hierro. Mi madre está mejor de salud, el aire limpio le ha devuelto el color a sus mejillas. Pero todas las noches, antes de dormir, saco la chamarra y la miro. Siento que el cuero me habla, que me pide que regrese a terminar lo que empezamos.

Ayer recibí un paquete sin remitente. Adentro había un parche nuevo, igual al que me dieron los Lobos, pero con una diferencia: tenía una mancha de sangre seca en un borde. Sé lo que significa. El Tanque y los demás están en problemas, o tal vez ya no están aquí. La deuda que el Coronel quería cobrar finalmente ha llegado a su puerta, y yo soy la única que queda fuera del radar.

Me puse la chamarra por primera vez en semanas y sentí ese calor familiar recorriéndome la espalda. No puedo seguir escondida mientras los hermanos de mi padre caen uno a uno. La herencia del Gallo no era solo el cuero y los parches; era la obligación de no dejar a nadie atrás, sin importar qué tan poderoso sea el enemigo.

Mañana voy a tomar el primer autobús de regreso. No sé si voy a volver a ver este pueblito tranquilo, pero lo que sí sé es que el Coronel está a punto de descubrir que la cría del Lobo es mucho más peligrosa que el resto de la manada cuando le tocan lo que más quiere. Mi nombre es Myra Ríos, y mi historia apenas está empezando a escribirse con la tinta de la justicia que mi padre me dejó como legado.

Parte 3

El Tanque dejó la pistola sobre la mesa de metal y el sonido del acero chocando contra la superficie resonó en todo el taller como una sentencia de muerte. Se levantó para cerrar la puerta principal, bajando la cortina de acero para que nadie desde la calle pudiera ver lo que estábamos a punto de hablar. Yo sentía que el aire se volvía más denso, cargado de ese olor a aceite quemado y caucho que ahora me recordaba tanto a mi padre. El gigante se sentó frente a mí, entrelanzó sus dedos llenos de grasa y me miró directamente a los ojos, sin rastro de la compasión que me había mostrado días antes.

—Tú crees que lo que pasó en la 66 fue un accidente de esos que le pasan a cualquiera que maneja de noche, ¿verdad? —empezó a decir con una voz que parecía venir desde el fondo de una cueva—. Eso fue lo que te vendió la policía, lo que le dijeron a tu jefecita para que dejara de dar lata en el ministerio público. Pero la realidad es mucho más sucia, Myra, y tiene nombres que harían que hasta el vato más valiente se hiciera en los pantalones.

Me acomodé en la silla, sintiendo cómo el cuero de la chamarra de mi papá rechinaba con cada movimiento que hacía. El frío del desierto empezaba a colarse por las rendijas de la cortina, pero yo sentía que estaba ardiendo por dentro. El odio que había estado guardando durante años, ese rencor silencioso por haber crecido sin la figura que más amaba, estaba empezando a encontrar un objetivo real.

—Suéltalo de una vez, Tanque —le dije, tratando de que no se me quebrara la voz—. Ya no soy la niña que jugaba con las llaves de la moto en el patio. Si me vas a decir que a mi papá lo mataron, dime quién fue y por qué. No me salgas con rodeos ahora que ya estamos metidos hasta las manitas en esta bronca.

El Tanque asintió lentamente, como si estuviera midiendo si yo realmente podía aguantar el peso de la verdad. Me contó que, en aquellos años, el Gallo Ríos no solo era el líder de los Lobos de Hierro; era el hombre que se encargaba de que la ruta por la que pasaban los camiones de carga se mantuviera “limpia”. No permitía que nadie le robara a los choferes, ni que los grupos pesados de la frontera usaran sus caminos para pasar mercancía que trajera problemas a la gente del pueblo. Mi padre era el guardán de un orden que a mucha gente con poder no le convenía que existiera.

—Tu jefe se puso al brinco con la gente de “El Coronel” —soltó El Tanque, y el nombre vibró en el aire como una descarga eléctrica—. Ese vato quería usar nuestras bodegas para guardar cosas que no eran precisamente comida ni ropa. El Gallo le dijo que ni de chiste, que mientras él estuviera respirando, los Lobos no se iban a ensuciar las manos con ese tipo de porquería.

Según lo que El Tanque me explicó, el accidente de esa noche fue planeado milimétricamente por gente que sabía que mi padre no iba a doblar las manos. El camión que embistió a mi papá no iba cargado de mercancía, iba cargado de odio y traición. El chofer era un tipo que le debía la vida al Coronel, un vato que sabía perfectamente que si sacaba al Gallo del camino, la ruta quedaría libre para que los malos hicieran su voluntad. Pero lo que no contaban era con la valentía de mi padre, que incluso herido de muerte, logró sacar a esa familia del carro en llamas antes de que todo explotara.

—Ese chofer nunca desapareció, Myra. Se quedó trabajando para la gente del Coronel, pero bajo otro nombre, protegido por los mismos políticos que hoy salen en la tele dándose baños de pureza —continuó El Tanque, golpeando la mesa con el puño—. Lo tenían escondido en el norte, en una de las haciendas que usan para mover la lana. Pero ahora, con el cambio de gobierno y las broncas que traen entre ellos, lo mandaron de regreso para acá a limpiar el desorden.

Yo no podía creer lo que estaba escuchando en ese taller mugroso. Todo este tiempo, el asesino de mi padre había estado viviendo una vida tranquila, protegido por el poder, mientras mi jefa se deshacía los pulmones en una maquila para pagar una renta que ni siquiera podíamos completar. Sentí un asco profundo, una náusea que me subía desde el estómago y me quemaba la garganta. La justicia en este país era un chiste de mal gusto, un cuento que nos contaban a los pobres para que no quemáramos todo.

—La llamada que recibiste hoy… —dijo El Tanque, bajando la voz aún más— No fue de cualquier vato. Fue de él. Sabe que estás con nosotros, sabe que estás usando la chamarra del Gallo y eso le está calando. Para ellos, esa prenda es el recordatorio de que no pudieron matar el espíritu del club. Quieren terminar el trabajo que empezaron hace años, y la única forma de hacerlo es quitándote a ti y a tu jefa del mapa.

Me levanté de golpe, derribando la silla en el proceso. La furia me nubló la vista por un segundo. Ya no tenía miedo de los Lobos, ni de la oscuridad, ni de la muerte. Lo único que sentía era una necesidad imperiosa de verle la cara a ese tipo y preguntarle cómo podía dormir por las noches sabiendo que había destruido a una familia entera por unos cuantos billetes.

—¿Dónde está? —pregunté, y mi propia voz me desconoció. Sonaba fría, afilada, como el metal que El Tanque estaba limpiando cuando llegué—. Dime dónde lo puedo encontrar, porque si él piensa que nos vamos a quedar sentadas esperando a que venga por nosotras, está muy equivocado. Mi papá me dejó esta chamarra por algo, y si tengo que usarla para cobrar lo que nos debe, lo voy a hacer.

El Tanque se puso de pie también, su figura inmensa proyectando una sombra que cubría casi toda la pared del taller. Me puso las manos en los hombros y me sacudió un poco, como tratando de regresarme a la realidad. Me dijo que no fuera tonta, que atacar a un hombre como ese era como meterse a la jaula de un tigre con un palito de madera.

—No es tan fácil, chamaca. Ir por él es declarar la guerra total. Si los Lobos nos movemos, la frontera va a arder. Tenemos que ser inteligentes, no podemos ir a lo loco como si fuera una película. El Coronel tiene gente en todos lados, hasta en la policía que vigila tu colonia. Si das un paso en falso, no solo te vas tú, se va tu jefa y nos vamos todos nosotros.

Pasamos el resto de la noche planeando lo impensable en ese rincón olvidado de la ciudad. El Tanque me explicó que el chofer, cuyo nombre real era Saúl “El Tuerto”, solía frecuentar un palenque clandestino a las afueras de la ciudad los fines de semana. Era su único vicio, su punto débil. Ahí se sentía seguro, rodeado de sus propios guardaespaldas, apostando la lana que ganaba traicionando a gente decente.

—Nosotros vamos a entrar por la parte de atrás, pero necesitamos a alguien que pase desapercibida, alguien que pueda acercarse lo suficiente para confirmarnos que es él —dijo El Tanque, mirándome con una duda evidente en sus ojos—. Tú no pareces una amenaza, Myra. Eres una niña para ellos. Pero si te descubren… no habrá forma de sacarte de ahí con vida.

—Lo voy a hacer —respondí sin dudarlo ni un segundo—. Me quito la chamarra, me pongo algo normal y entro como cualquier otra persona que va a apostar sus últimos pesos. Solo necesito que ustedes estén cerca por si las cosas se ponen feas. El miedo se me había quitado de golpe, reemplazado por una adrenalina que me hacía sentir más viva que nunca.

Esa noche no dormí nada en mi pequeña recámara. Me quedé viendo a mi jefa, que respiraba con dificultad en la habitación de al lado. Cada vez que escuchaba una moto pasar por la calle, mi corazón se detenía, pensando que era el Tuerto viniendo a cumplir su amenaza. Pero también sentía una fuerza nueva, una determinación que nunca antes había experimentado. Estaba defendiendo lo poco que me quedaba, y estaba dispuesta a llegar hasta las últimas consecuencias.

Al día siguiente, los Lobos empezaron a moverse por toda la zona con una coordinación que daba miedo. Vi cómo llegaban más motociclistas de otros municipios, vatos que no conocía pero que todos saludaban a El Tanque con un respeto casi religioso. El ambiente en el barrio cambió; los cholos de la esquina, que siempre nos molestaban, desaparecieron de pronto. Era como si el aire mismo supiera que algo muy grande estaba a punto de tronar en ese pedazo de desierto.

Me preparé como si fuera a mi propia ejecución en esa tarde calurosa. Me puse un vestido sencillo que tenía guardado para las fiestas de la escuela y me solté el cabello para tapar un poco mi cara. Pero debajo de toda esa apariencia de niña buena, llevaba escondida una navaja que mi papá siempre traía en el cajón de la herramienta. Era mi seguro de vida, mi pequeña porción de justicia de bolsillo por si el plan fallaba.

Cuando llegamos al lugar del palenque, el ruido de la música de banda y los gritos de la gente apostando se escuchaban desde kilómetros. Era un sitio lleno de trocas de lujo y hombres armados con metralletas que no se molestaban en ocultar bajo sus camisas de marca. Los Lobos se quedaron en la oscuridad, escondidos entre los matorrales y las sombras del desierto, esperando mi señal para entrar arrasando con todo.

—Si algo sale mal, corre hacia el norte, ahí va a estar El Flaco esperándote en la moto —me susurró El Tanque antes de dejarme ir—. Suerte, hija del Gallo. Tu jefe estaría orgulloso de tu valor, pero muy asustado por tu locura. Me dio un apretón de manos fuerte y desapareció entre los fierros de las máquinas.

Caminé hacia la entrada del palenque, sintiendo cómo los ojos de los guardias me escaneaban de arriba abajo con desconfianza. Mi corazón latía tan fuerte que pensaba que se me iba a salir por la boca y rodar por el suelo lleno de tierra. Entré al recinto, un lugar lleno de polvo, plumas de gallo y olor a sangre y alcohol barato. Busqué entre la multitud, ignorando las miradas lascivas de los borrachos, hasta que finalmente lo vi.

Estaba sentado en la primera fila, con una botella de tequila en la mano y una risa burlona que me revolvió el estómago. Tenía una cicatriz que le bajaba desde la frente hasta la mejilla, justo donde le faltaba el ojo izquierdo, tal como me lo habían descrito. Era él. El Tuerto. El hombre que le quitó la vida a mi padre y que ahora se burlaba de la muerte cada vez que un gallo caía en la arena.

Me acerqué lentamente, fingiendo que buscaba a alguien entre la gente que gritaba emocionada. Estaba a solo unos metros de él y sentía que el aire se me escapaba de los pulmones. Podía oler su perfume barato y escuchar cómo presumía sus apuestas ganadas con la sangre de otros. En ese momento, recordé la llamada, recordé la amenaza contra mi jefa, y mi mano bajó instintivamente hacia donde tenía escondida la navaja en el muslo.

—¿Se te perdió algo, preciosa? —preguntó uno de sus guardaespaldas, interceptándome el paso con una sonrisa que me dio asco—. No es lugar para niñas que no traen lana para apostar. El tipo me puso una mano en el brazo y sentí que el mundo se me venía encima.

Me quedé helada, mirando el tatuaje de un alacrán que el vato tenía en el cuello. El Tuerto se giró al escuchar la voz de su hombre y sus ojos se clavaron en los míos con una curiosidad maligna. Hubo un segundo de reconocimiento, una chispa de duda que cruzó por su rostro antes de que se convirtiera en una mueca de pura maldad. Me reconoció por mis ojos, por la forma en que lo miraba con el mismo fuego que el Gallo Ríos.

—Miren nada más lo que nos trajo el viento hasta este hoyo —dijo el Tuerto, levantándose de su asiento con una agilidad sorprendente—. Si es la cría del Gallo Ríos. ¿Qué pasa, niña? ¿Viniste a cobrar la renta que te mandamos decir o quieres que te enseñe cómo terminan los que se meten con la gente del Coronel? Sus hombres me rodearon en un segundo y sentí el frío de sus armas rozándome.

Todo a mi alrededor pareció detenerse por un instante eterno. Los gritos de la gente se volvieron un zumbido lejano y el olor de la sangre de los gallos se volvió insoportable. Saqué el celular que traía en el escote y apreté el botón de señal que le había dicho a El Tanque. En menos de tres segundos, el rugido de una docena de motores rompió la noche, y el sonido de los vidrios rompiéndose anunció que la caballería había llegado para cobrar las deudas pendientes.

—No vine por la renta, perro —le grité, mientras la gente empezaba a correr despavorida por todos lados—. Vine por lo que es mío y por lo que le quitaste a mi familia. La navaja brilló bajo las luces amarillentas del palenque mientras me lanzaba hacia él con un grito que me desgarró la garganta.

El Tuerto sacó una pistola de su cintura con una rapidez de profesional, pero antes de que pudiera apuntarme al pecho, un disparo desde la oscuridad le voló la botella de tequila de la mano, bañándolo en alcohol. Los Lobos de Hierro entrarón derrapando sus motos dentro del palenque, levantando una nube de polvo que lo cubrió todo de gris. Fue el caos total. Gritos, disparos, y el sonido de las cadenas chocando contra el metal de las sillas.

Yo me lancé al suelo para evitar una bala perdida, sintiendo cómo la tierra se me metía en la boca y me raspaba las rodillas. Vi cómo El Tanque se bajaba de su moto en movimiento y se lanzaba contra el guardaespaldas que me había detenido, derribándolo como si fuera un muñeco de trapo viejo. En medio de la confusión, entre el humo de los disparos y los gritos, vi al Tuerto tratando de escabullirse por una de las salidas laterales hacia el estacionamiento.

No lo iba a dejar ir. No otra vez, no después de todo lo que habíamos pasado mi jefa y yo. Me levanté y corrí tras él, esquivando a la gente que gritaba y las sillas que volaban por el aire como proyectiles. El odio me daba una velocidad que no sabía que tenía en estas piernas flacas. Lo alcancé justo cuando estaba por subir a una troca blindada que lo esperaba afuera con el motor encendido.

—¡Tú lo mataste! —le grité, aferrándome a su ropa mientras él trataba de quitárselame de encima con manotazos desesperados—. ¡Tú mataste a mi papá por unas pinches bodegas y nos dejaste solas en la miseria! Le enterré la navaja en el brazo con todas mis fuerzas, sintiendo cómo el acero entraba en su carne y haciéndolo soltar un alarido que se escuchó por encima de todo el relajo del palenque.

Él me aventó contra el suelo de grava y me apuntó con la pistola, su cara estaba roja de la rabia y el dolor mientras se agarraba el brazo herido. Sus hombres ya no estaban ahí para defenderlo; los Lobos los estaban masacrando dentro del palenque en una carnicería de venganza. Estábamos solos en la oscuridad del estacionamiento, él con su arma cargada de muerte y yo con mi verdad que pesaba más que el plomo.

—Sí, yo lo hice, ¿y qué? —escupió el Tuerto, mientras la sangre le corría por el brazo y le manchaba la camisa cara—. Tu viejo era un estorbo, un romántico que creía en códigos de honor que ya no existen en este mundo de mierda. El mundo es de los que tienen lana y poder, no de los que andan rescatando familias en la carretera por puro gusto. Ahora te vas a reunir con él para que le cuentes cómo te falló tu famosa hermandad de motociclistas.

Cerré los ojos con fuerza, esperando el impacto del proyectil que terminaría con todo mi dolor. Pero el disparo que escuché no vino de su arma, sino de un costado. Cuando abrí los ojos, el Tuerto estaba de rodillas, con un agujero en la pierna y la cara llena de una agonía que me dio una paz extraña. Detrás de él, El Tanque caminaba tranquilamente bajo la luna, con su escopeta todavía humeante y una mirada de hielo.

—Te dije que no te movieras solo, rata de alcantarilla —dijo El Tanque, acercándose para ponerle la bota pesada en la cara y aplastarlo contra la tierra—. El Gallo tenía amigos en el cielo, pero nosotros somos sus demonios aquí en la tierra para cobrar sus facturas. El gigante me miró y me extendió la mano para levantarme del suelo frío.

Lo que pasó después fue algo que nunca voy a poder borrar de mi memoria, por más que pasen los años. Los Lobos no lo mataron ahí mismo frente a mí. Lo subieron a la caja de una camioneta vieja, lo amarraron como si fuera un animal para el rastro y se lo llevaron hacia el desierto profundo, hacia un lugar donde los gritos no llegan y el sol se encarga de borrar cualquier huella de pecado. El Tanque se acercó a mí, me entregó la chamarra de mi papá que yo había dejado en la moto y me ayudó a ponérmela con un gesto casi tierno.

—Ya está hecho, Myra —me dijo, limpiándome la cara llena de tierra con un trapo sucio que sacó de su chaleco—. Ya puedes ir a casa y decirle a tu jefecita que el hombre que le quitó el sueño durante diez años ya no va a volver nunca a molestarla. Nosotros nos encargamos de que pague hasta el último centavo de la deuda de sangre que tenía con el Gallo.

Regresé a mi colonia cuando el cielo empezaba a pintarse de ese gris triste de la madrugada. Mi jefa estaba despierta, sentada en la orilla de la cama y esperándome con una preocupación que le salía por los poros. Cuando me vio entrar por la puerta, sana y salva pero con el vestido roto y la cara sucia, se soltó a llorar y me abrazó con una fuerza que me dolió en el alma y en el cuerpo. No le conté los detalles de la sangre ni del desierto, no necesitaba que ella cargara con esa sombra en sus últimos años. Solo le dije que los Lobos habían cumplido su palabra de hermanos.

Pero la paz es un lujo que dura muy poco en estas tierras donde manda el más fuerte. Una semana después, mientras estaba en el mercado de la colonia comprando unas cosas para la comida del día, sentí que alguien me seguía entre los puestos de fruta. No era un motociclista con chaleco, era un tipo de traje oscuro, con lentes negros y un aire de autoridad que me puso los pelos de punta de inmediato. Se me acercó mientras yo pagaba las tortillas y me dejó un sobre amarillo en la bolsa del mandado sin decir una palabra.

—El Coronel manda decir que aprecia la limpieza que hicieron —susurró el hombre al oído con una voz que no tenía alma, sin dejar de caminar—. El Tuerto ya era un cabo suelto que nos estaba causando muchos problemas de logística. Pero que no se les olvide nunca quién es el verdadero dueño de la ruta y de sus vidas. Los Lobos tienen una deuda muy grande ahora con nosotros, y muy pronto vamos a pasar a cobrarla con intereses.

Se me cayó el corazón al suelo y sentí que las piernas se me hacían de trapo ahí en medio del mercado. Habíamos pensado que estábamos haciendo justicia por nuestra cuenta, pero en realidad solo le habíamos hecho el trabajo sucio a alguien mucho más peligroso y poderoso que el Tuerto. La muerte de ese infeliz no era el final de la historia, era apenas el inicio de un pacto con el diablo que yo misma había firmado sin saberlo al buscar venganza.

Llegué al taller de El Tanque corriendo, con el sobre amarillo apretado contra el pecho y el miedo saliéndome por los ojos. Cuando se lo mostré, vi cómo su expresión de guerrero se endurecía de nuevo y el sudor le brillaba en la frente. Abrió el sobre con manos temblorosas y sacó una fotografía de todos nosotros celebrando en la cantina después de la noche del palenque. Estábamos marcados como animales para el sacrificio. Cada uno de nosotros tenía una cruz roja pintada sobre la cabeza en la fotografía, incluyendo a mi jefa que aparecía en una esquina de la imagen.

—Nos tendieron una trampa de las grandes, Myra —dijo El Tanque, tirando la foto al suelo mugroso del taller—. El Tuerto era el cebo para que nosotros saliéramos de nuestra cueva, mostráramos los dientes y reveláramos quiénes somos los que todavía somos leales al viejo código del Gallo. Ahora el Coronel tiene nombres, caras, direcciones y sabe exactamente dónde nos duele más.

—¿Qué vamos a hacer, Tanque? —pregunté, sintiendo cómo el miedo de la primera noche regresaba con una fuerza renovada que me paralizaba—. No podemos dejar que le hagan daño a mi jefa, ella no tiene la culpa de nada de esto. Me arrepentí en ese segundo de haber ido a buscar a los Lobos, de haber despertado a los fantasmas del pasado que mi papá quería mantener dormidos.

—Lo que los Lobos mejor saben hacer cuando están acorralados —respondió él, cargando su escopeta con un sonido seco que me erizó la piel—. Vamos a morder primero y vamos a morder fuerte. No vamos a esperar a que vengan por nosotros a nuestras casas mientras dormimos. Si quieren guerra de verdad, les vamos a dar una que no van a olvidar en cien años, aunque sea lo último que hagamos en esta vida. Pero tú, tienes que llevarte a tu jefecita lejos de aquí esta misma tarde, no hay tiempo que perder.

Fui por mi jefa a la casa y empacamos lo poco que teníamos en un par de maletas viejas que olían a humedad. Salimos de la ciudad en un autobús de segunda clase, viendo por la ventana empañada cómo las luces de la colonia donde crecí se iban haciendo pequeñas hasta desaparecer en la oscuridad. Pero mientras el camión avanzaba por la carretera desierta, sentí un peso extraño en la maleta que no recordaba haber puesto cuando salimos con prisa.

Abrí el cierre con cuidado y ahí estaba, doblada con respeto: la chamarra de cuero de mi papá. Debajo de ella, había una nota escrita con una letra tosca, rápida y manchada de aceite: “Donde quiera que vayas, el parche te protege porque el Gallo sigue cuidando el camino. Pero recuerda, una loba nunca huye para siempre, solo toma impulso. Prepárate, porque te vamos a buscar cuando sea el momento de la verdad final y el Coronel tenga que pagar su cuenta”.

Han pasado tres meses desde esa noche de terror en el palenque y la huida desesperada. Vivimos en un pueblito lejos de todo, en la sierra, donde nadie sabe quién es el Gallo Ríos ni qué significan los parches de los Lobos de Hierro. Mi jefa está mucho mejor de salud, el aire limpio de los pinos le ha devuelto el color a sus mejillas y ya casi no tose por las noches. Pero todas las noches, antes de apagar la luz, saco la chamarra del clóset y la miro durante horas. Siento que el cuero me habla en el silencio, que me pide que regrese a terminar lo que empezamos por puro orgullo.

Ayer recibí un paquete pequeño sin remitente en la oficina de correos del pueblo. Adentro había un parche nuevo, igualito al que me dieron los Lobos en la cantina, pero con una diferencia que me hizo temblar: tenía una mancha de sangre seca en un borde y estaba perforado por una bala. Sé perfectamente lo que significa ese mensaje sin palabras. El Tanque y los demás están en problemas graves, o tal vez ya ni siquiera están en este mundo para defenderme. La deuda que el Coronel quería cobrar finalmente ha llegado a su puerta, y yo soy la única que queda fuera del radar de esos malditos.

Me puse la chamarra por primera vez en semanas y sentí ese calor familiar recorriéndome la espalda, dándome una fuerza que no es mía. No puedo seguir escondida aquí como una cobarde mientras los hermanos de mi padre caen uno a uno defendiendo un nombre que también me pertenece a mí. La herencia del Gallo no era solo el cuero viejo y los parches bordados; era la obligación sagrada de no dejar a nadie atrás en el camino, sin importar qué tan poderoso o diabólico sea el enemigo que tengamos enfrente.

Mañana voy a tomar el primer autobús de regreso a la ciudad, aunque sea lo más estúpido que haya hecho en mi vida. No sé si voy a volver a ver este pueblito tranquilo o si voy a poder abrazar a mi jefa otra vez, pero lo que sí sé es que el Coronel está a punto de descubrir algo importante. Va a descubrir que la cría del Lobo es mucho más peligrosa, más astuta y más letal que el resto de la manada cuando le tocan lo que más quiere en este mundo. Mi nombre es Myra Ríos, soy la hija del Gallo, y mi historia apenas está empezando a escribirse con la tinta de la justicia que mi padre me dejó como único y verdadero legado.

Parte 4

El regreso a la ciudad no fue como en las películas; no hubo una entrada triunfal ni música de tensión. Fue el zumbido constante de un autobús de segunda, el olor a diésel quemado y el miedo masticable que me llenaba la boca. Dejé a mi jefecita en una casa de seguridad de un viejo contacto del Gallo, un vato que le debía la vida y que no hacía preguntas. La vi llorar mientras me alejaba, pero esta vez no me detuve; si quería que ella volviera a dormir tranquila, tenía que arrancar el problema de raíz.

Llegué al taller de los Lobos al anochecer y lo que encontré me revolvió las tripas. La cortina de acero estaba hecha un colador, llena de agujeros de bala que contaban la historia de una masacre reciente. Adentro no había nadie, solo casquillos percutidos, manchas de sangre ya secas en el concreto y el silencio más pesado del mundo. Me senté en la silla de El Tanque, sintiendo el frío de la muerte rondando el lugar. Entonces escuché un ruido al fondo, entre los fierros viejos y las refacciones.

Era el Flaco, el vato más joven del club, que estaba escondido en un foso de servicio, herido y temblando como un perro bajo la lluvia. Me contó que el Coronel no había esperado a que nosotros diéramos el primer paso; mandó a su gente con todo el arsenal y los agarraron desprevenidos. A El Tanque se lo llevaron vivo, junto con otros dos, para darles una muerte lenta y pública que sirviera de ejemplo para cualquiera que quisiera jugar al héroe.

—Dime dónde están, Flaco —le dije, mientras le vendaba el brazo con un trapo mugroso.

—Es un suicidio, Myra, son demasiados y tienen protección federal —me respondió con los ojos desorbitados por el trauma—. Nos van a borrar del mapa a todos.

No le contesté, solo me apreté más la chamarra de mi padre y sentí el parche del Gallo en mi espalda como si me estuviera quemando la piel. No era una niña buscando venganza; era la hija del hombre que nunca dejó a un hermano atrás, y yo no iba a ser la primera en romper esa regla. El Flaco me dio la ubicación: una bodega cerca de las vías del tren, un lugar donde el ruido de las máquinas ocultaba los gritos de los que nunca volvían a ver la luz del día.

Me moví por las sombras, usando cada callejón y cada rincón de la colonia que conocía desde morrita. Cuando llegué a la bodega, el despliegue era impresionante; camionetas blindadas, tipos con equipo táctico y un silencio absoluto que precedía a la tormenta. Vi a El Tanque encadenado a una viga, con la cara irreconocible por los golpes, pero todavía con la frente en alto. Frente a él, un hombre de traje impecable fumaba un puro con la tranquilidad de un verdugo: el Coronel.

—Tu jefe murió por un ideal pendejo, Tanque —decía el Coronel, su voz era como el chirrido de una lija—. Y tú vas a morir por seguirle el juego a una escuincla que no sabe dónde se metió.

En ese momento, el mundo pareció detenerse. Yo no tenía un ejército, ni armas largas, ni poder político. Solo tenía la chamarra del Gallo y una idea que mi padre me grabó a fuego: “El miedo es una herramienta, Myra; si tú no la usas, ellos la usarán contra ti”. Saqué el celular y activé la frecuencia que El Tanque me había enseñado semanas atrás, una señal que disparó una serie de alarmas y cortocircuitos en el sistema eléctrico de la bodega.

La luz se fue de golpe y el estruendo de los transformadores explotando afuera creó una confusión total. En medio de la oscuridad, el rugido de una moto solitaria rompió el aire. Era la Harley del Gallo, la que El Tanque había restaurado para mí. Entré derrapando por el portón principal, aprovechando que el humo y la falta de luz los tenían ciegos. El Coronel gritaba órdenes, pero sus hombres estaban demasiado ocupados tratando de no dispararse entre ellos.

Logré llegar hasta El Tanque y corté sus cadenas con una cizalla que traía amarrada a la moto. El gigante se desplomó en mis brazos, pero en cuanto sintió el cuero de la chamarra de mi padre, pareció recobrar una fuerza inhumana. Se puso de pie, escupió sangre y me arrebató la pistola que yo traía en la cintura. No hubo palabras, solo una mirada de reconocimiento que lo decía todo: la sangre del Gallo estaba ahí, presente y reclamando lo suyo.

La balacera que siguió fue un infierno de plomo y gritos. Salimos de ahí como pudimos, bajo una lluvia de balas que perforaban las láminas de la bodega. El Tanque manejaba la moto conmigo atrás, cubriéndole la espalda. Sentí el calor del motor y el viento golpeándome la cara, y por un segundo, juré que podía escuchar la risa de mi padre mezclada con el rugido del escape. No ganamos la guerra, pero les demostramos que los Lobos de Hierro no se mueren, solo se transforman.

Llevamos a El Tanque con un médico clandestino y pasamos las siguientes semanas moviéndonos de un lado a otro, viviendo como fantasmas. El Coronel no se quedó de brazos cruzados, pero el escándalo de la bodega y la pérdida de sus hombres clave lo obligaron a retroceder. En este mundo, si no terminas el trabajo, el miedo cambia de bando. Y ahora, el Coronel sabía que había una loba suelta que conocía todos sus secretos.

Hoy estoy sentada frente al mar, en un lugar donde nadie nos conoce. Mi jefecita está sentada a mi lado, respirando el aire salado que le ha limpiado los pulmones y el alma. El Tanque se recuperó, aunque ahora camina con una cojera que le recuerda su lealtad. Los Lobos se dispersaron, pero todos sabemos que el parche sigue ahí, guardado bajo la cama, esperando el momento en que la ruta vuelva a llamarnos.

A veces, por las noches, me pongo la chamarra y acaricio el parche del Gallo. Ya no me queda grande; parece que con todo lo que pasamos, finalmente crecí para llenarla. El legado de mi padre no era el dinero, ni la fama de ser el más rudo, sino el valor de enfrentar a los monstruos para proteger a los que amas. Mi nombre es Myra Ríos, y aunque la carretera es larga y está llena de sombras, ya no camino sola.

FIN.