Parte 1

El sol de mediodía ya quemaba las láminas del techo y yo seguía hundida en las cobijas, soñando con escapar de esta vida de carencias. Mi madre entró al cuarto como un torbellino, gritando que ya era tarde y que la tienda no se atendía sola. Me dijo que Gloria llevaba despierta desde las cinco de la mañana, acomodando las cajas de refrescos y barriendo la banqueta.

Híjole, siempre la misma cantaleta de que mi hermana es la más trabajadora y yo solo una carga. Yo le contesté que ese negocio era su pasión, no la mía, y que mi cuerpo necesitaba descanso para mantenerse bella. Mi mamá me amenazó con llamar a mi hermano mayor para que me pusiera a chambear a la fuerza, pero me dio igual. Yo sabía que mi destino no estaba entre bolsas de arroz y latas de atún, sino en los brazos de un hombre con mucha lana.

Esa misma tarde, mientras Gloria atendía a los clientes con su sonrisa de santa, una camioneta negra, enorme y brillante, se estacionó frente a la miscelánea. De ella bajó Eduardo, un hombre que se veía que tenía todo el dinero del mundo y un porte que hacía que todas en el pueblo se dieran la vuelta. Mi corazón se detuvo; supe en ese instante que él era el “odogu” que yo estaba esperando, el hombre que me sacaría de la pobreza.

Me arreglé el cabello rápido y salí con mi mejor sonrisa, pero Eduardo ni siquiera me miró a los ojos. Se acercó al mostrador y le preguntó a Gloria por el camino a la hacienda del jefe local, mirándola con una ternura que me prendió fuego en la sangre. Ella, con su timidez de siempre, le dio las indicaciones mientras él no dejaba de sonreírle como si fuera la mujer más hermosa del mundo.

Días después, la escena se repetía: Eduardo pasaba por la tienda solo para verla a ella, trayéndole detalles y ofreciéndose a llevarla a casa cuando la veía cargando bolsas pesadas. Yo intenté de todo, me puse mis mejores vestidos y traté de llamar su atención, pero él me trataba como si yo fuera un mueble más de la casa. La furia me carcomía por dentro cada vez que los veía platicar en la entrada, riendo como si yo no existiera.

Una noche, después de ver a Eduardo dejar a Gloria en la puerta con una mirada de enamorado, la enfrenté en la cocina. Le advertí que se alejara de él, que Eduardo era mío porque yo lo vi primero y porque yo merecía esa vida más que ella. Gloria solo me miró con lástima y me dijo que ella no podía controlar lo que él sentía, lo que me hizo perder los estribos por completo.

La tensión en la casa se volvió insoportable, pero lo peor llegó una semana después, cuando Eduardo llegó con un traje elegante y un ramo de flores más grande que la mesa del comedor. Se hincó frente a toda mi familia, sacó una caja de terciopelo y le pidió a Gloria que fuera su esposa. Mientras mi madre lloraba de alegría y ellos se abrazaban, yo sentí cómo algo oscuro y podrido terminaba de romperse dentro de mi pecho.

Parte 2

El brillo de ese anillo me quemaba las pupilas cada vez que Gloria pasaba cerca de mí, presumiendo su suerte como si fuera un trofeo.
Mi jefa no paraba de decir que Dios finalmente había premiado la humildad de mi hermana, mientras a mí me miraba con reproche por seguir de floja.
Híjole, el odio que sentía era algo físico, un nudo en la garganta que no me dejaba ni pasar el bocado durante la cena.

Eduardo venía casi todas las noches, siempre con esa sonrisa de hombre que lo tiene todo controlado y esa billetera llena de lana que yo tanto deseaba.
Se sentaba en la sala de nuestra humilde casa, prometiéndole a Gloria una vida de reina, lejos de la polvareda y el trabajo pesado de la tienda.
Yo me quedaba en las sombras, escuchando cómo planeaban un futuro que me pertenecía a mí, porque yo nací para ese lujo, no ella.

Esa misma semana, mi amiga Sandra me vio llorando detrás de los botes de basura y me dijo que no tenía por qué aguantar tanta humillación.
Ella sabía de un señor, un curandero muy pesado que vivía a las afueras del pueblo, en una zona donde ni la policía se atrevía a entrar.
Me dijo que ese hombre podía arreglar cualquier bronca, incluso las del corazón, siempre y cuando uno estuviera dispuesto a pagar el precio necesario.

Yo no lo pensé dos veces y le pedí que me llevara, porque la idea de ver a mi hermana vestida de blanco me estaba volviendo loca de verdad.
Tomamos un camión destartalado que olía a sudor y a gasolina vieja, alejándonos de la miscelánea y de los gritos de mi madre.
El camino era pura terracería, con baches que hacían que mis tripas se revolvieran, pero yo solo podía pensar en la cara de Eduardo cuando por fin fuera mío.

Llegamos a una casita de madera podrida, rodeada de maleza seca y protegida por un perro flaco que ni siquiera tuvo fuerzas para ladrarnos.
El aire ahí se sentía distinto, más pesado, como si el mismo sol de México tuviera miedo de iluminar lo que pasaba dentro de esas paredes.
Sandra me tomó de la mano y me susurró que tuviera cuidado con lo que pedía, porque ese señor no jugaba y sus trabajos siempre se cumplían.

Al entrar, el olor a copal y a hierbas amargas me golpeó la cara, mezclado con el aroma rancio de las veladoras que iluminaban un altar lleno de figuras extrañas.
El hombre, que parecía tener mil años y una piel que recordaba al cuero viejo, me miró con unos ojos que parecían ver directamente mis pecados.
No me preguntó mi nombre, solo me dijo que podía oler la envidia que me salía por los poros y que eso era una energía muy poderosa.

Le conté todo sobre Gloria, sobre cómo me había robado al hombre de mis sueños y cómo mi madre siempre la ponía en un pedestal.
Le dije que no quería que se muriera, porque eso sería muy fácil, sino que quería que sufriera tanto que deseara nunca haber nacido.
Quería verla perderlo todo: su belleza, su compromiso y, sobre todo, esa paz mental que tanto presumía mientras atendía la tienda.

El curandero soltó una risa seca que sonó como ramas rompiéndose y sacó un frasco pequeño con un polvo gris que parecía ceniza de muerto.
Me explicó que ese polvo no era cualquier cosa, que debía frotarlo en la prenda que ella fuera a usar el día más importante de su vida.
Dijo que en cuanto la tela tocara su piel, su mente se rompería como un cristal golpeado por una piedra, y que no habría médico que pudiera pegarla.

Pero también me lanzó una advertencia que me hizo temblar hasta los huesos: si yo no seguía sus instrucciones al pie de la letra, el mal regresaría a mí.
Me dijo que una vez que el trabajo estuviera hecho, no habría vuelta atrás y que la locura que yo le enviaba a mi hermana podría ser mi propia tumba.
Yo acepté el trato sin dudar, entregándole los pocos ahorros que le había robado a mi jefa de la caja de la miscelánea esa misma mañana.

Regresé a casa con el frasco escondido entre mis ropas, sintiendo cómo el vidrio me quemaba la piel como si fuera fuego sagrado.
Gloria estaba en la cocina, tarareando una canción de amor mientras lavaba los platos, ignorando por completo que su sentencia ya estaba firmada.
Verla tan feliz, tan llena de ilusiones por su boda con Eduardo, solo hizo que mis ganas de destruirla crecieran como una plaga en mi interior.

Pasaron las semanas y los preparativos para la boda se volvieron una locura total, con mi madre gastando lo poco que teníamos en adornos y comida.
Eduardo mandó traer de la ciudad el vestido más hermoso que se haya visto en este pueblo, con encajes finos y una cola que parecía de princesa.
Gloria lo guardaba en su cuarto como si fuera una reliquia, y cada vez que lo miraba, sus ojos brillaban con una luz que yo me encargaría de apagar.

Yo me porté como la mejor hermana del mundo, ayudándola con los detalles y fingiendo que ya había aceptado que ella se quedara con el galán.
Incluso le pedí perdón por mis desplantes de antes, diciéndole que la envidia me había cegado pero que ahora solo quería que fuera feliz.
La muy tonta me creyó, me abrazó con fuerza y me dijo que siempre supo que en el fondo yo tenía un buen corazón, qué risa me dio por dentro.

La noche antes de la boda, cuando todos dormían después de una cena llena de brindis y risas, me escabullí al cuarto de mi hermana como una sombra.
Saqué el frasco del curandero y empecé a frotar el polvo gris en el interior del corpiño del vestido, justo donde tocaría su pecho y su espalda.
Mis manos temblaban, pero no de miedo, sino de una excitación oscura que me recorría la columna vertebral mientras imaginaba el desastre.

El polvo desaparecía al contacto con la tela, volviéndose invisible pero dejando un rastro de frío que me erizaba la piel de los dedos.
Susurré unas palabras que el hombre me había enseñado, sellando el destino de Gloria mientras ella roncaba suavemente en la cama de junto.
Me sentí poderosa, como si yo fuera la dueña de la vida y de la muerte, y por fin pude dormir con una sonrisa en los labios.

El día de la boda amaneció con un sol radiante, de esos que parecen bendecir todo lo que tocan, pero yo sabía que para Gloria sería el inicio del infierno.
La casa se llenó de tías, primas y vecinas que venían a ayudar a la novia a arreglarse, trayendo consigo el olor a flores frescas y a perfume barato.
Mi madre andaba de un lado a otro, llorando de emoción porque su hija favorita finalmente iba a salir de pobre con un hombre de bien.

Eduardo llegó temprano en su camioneta, viéndose más guapo que nunca con su traje de charro de gala, repartiendo saludos y propinas a todo el mundo.
Yo lo miraba desde la ventana, apretando los puños y diciéndome a mí misma que muy pronto él vendría a buscar consuelo en mis brazos.
Sabía que un hombre como él no querría cargar con una loca, y que yo estaría ahí para recordarle lo que es tener una mujer de verdad a su lado.

Llegó el momento en que Gloria tenía que ponerse el vestido, y mi corazón empezó a latir tan fuerte que pensé que se me iba a salir del pecho.
Ella se metió a su cuarto con mi madre y dos primas, mientras yo me quedaba pegada a la puerta, escuchando cada movimiento y cada suspiro.
Oí el roce de la tela contra su piel, el sonido del cierre subiendo y los cumplidos de las mujeres diciendo que parecía un ángel bajado del cielo.

De pronto, un silencio extraño inundó la habitación, un silencio que cortaba el aire como una navaja bien afilada.
Escuché un jadeo sofocado de mi hermana, seguido de un gemido que no sonaba para nada a felicidad, sino a puro dolor profundo.
Mi madre le preguntó qué le pasaba, si el vestido le apretaba mucho, pero Gloria no respondió con palabras, sino con un grito desgarrador que heló la sangre de todos.

Abrí la puerta de golpe y la vi: Gloria estaba de pie en medio del cuarto, con los ojos desorbitados y las manos rascándose el cuello con desesperación.
El vestido blanco, que antes se veía impecable, ahora parecía una camisa de fuerza que la estaba asfixiando frente a nuestros propios ojos.
Empezó a balbucear cosas sin sentido, nombres de gente muerta y palabras en una lengua que nadie en la familia podía reconocer.

Se arrancó el velo de un tirón, llevándose mechones de su propio cabello en el proceso, mientras su mirada saltaba de un lado a otro como la de un animal acorralado.
Mi madre trató de abrazarla para calmarla, pero Gloria la empujó con una fuerza sobrenatural, tirándola contra el ropero de madera vieja.
Luego se volvió hacia el espejo y empezó a gritarle a su propio reflejo, asegurando que había una sombra negra tratando de comerse su alma.

Los invitados, que ya estaban afuera esperando para ir a la iglesia, empezaron a amontonarse en la entrada del cuarto, viendo el espectáculo con horror.
Eduardo entró corriendo, abriéndose paso entre la gente, y cuando vio a su prometida en ese estado, se puso pálido como si hubiera visto a la mismísima muerte.
Trató de acercarse a ella, llamándola por su nombre con voz temblorosa, pero Gloria le lanzó un escupitajo y empezó a reírse con una carcajada ronca que no era la suya.

Era una risa que venía desde lo más profundo de sus entrañas, una risa que sonaba a malicia pura y a una oscuridad que no tenía fin.
Se tiró al piso y empezó a revolcarse, ensuciando el vestido de novia con el polvo del suelo y rasgando la tela fina con sus uñas largas.
La gente empezó a persignarse, diciendo que eso no era una enfermedad normal, que alguien le había echado un mal puesto o que el diablo andaba suelto.

Mi jefa gritaba que llamaran a un médico, que trajeran agua bendita, que hicieran algo para salvar a su hija de esa pesadilla repentina.
Pero Gloria ya no estaba ahí; en su lugar había una cáscara vacía, una mujer que miraba al vacío mientras se arrancaba los hilos del bordado con los dientes.
Yo me quedé en un rincón, viendo cómo todo mi plan se cumplía a la perfección, sintiendo una mezcla de triunfo y de un miedo que me recorría las vísceras.

La boda se canceló en ese mismo instante, transformando la fiesta en un velorio donde el único muerto era la razón de mi hermana.
Eduardo se quedó sentado en un rincón, con la cabeza entre las manos, llorando por la mujer que acababa de perder de la manera más cruel posible.
Nadie sospechaba de mí, todos pensaban que era una tragedia del destino o un castigo de Dios, mientras yo guardaba mi secreto bajo llave.

Llevaron a Gloria a la clínica del pueblo, pero los doctores no encontraban ninguna explicación física para lo que le estaba pasando en el cerebro.
Le dieron sedantes fuertes, pero ella seguía hablando sola en sus sueños, repitiendo frases sobre el curandero y sobre el polvo gris que yo le había puesto.
Cada vez que la escuchaba, sentía un escalofrío, temiendo que en su locura pudiera decir la verdad y que todo el pueblo se me echara encima.

Mi madre no se despegaba de su cama, rezando rosario tras rosario y pidiéndole a todos los santos que le devolvieran a su niña buena.
Yo tenía que fingir que estaba destrozada, llorando lágrimas falsas frente a los vecinos mientras por dentro celebraba mi victoria absoluta.
Pero la casa se sentía fría, con un silencio que pesaba más que la noche y una sombra que parecía seguirme a todas partes desde que volví del cerro.

Eduardo empezó a venir a la casa no para ver a su novia, sino para preguntar por su salud y para traer dinero para las medicinas que no servían de nada.
Yo aprovechaba esos momentos para acercarme a él, ofreciéndole un café y palabras de aliento, tratando de que sus ojos se fijaran por fin en mi rostro.
Le decía que tenía que ser fuerte, que la vida seguía y que a veces las cosas pasan por algo que nosotros no podemos comprender todavía.

Él me miraba con agradecimiento, pero todavía tenía ese brillo de dolor en la mirada que me recordaba que su corazón seguía amarrado a la loca de mi hermana.
Me daba tanta rabia que incluso en ese estado ella siguiera siendo el centro de su universo, mientras yo seguía siendo la sombra de la casa.
Decidí que tenía que dar el siguiente paso, que no bastaba con haberla vuelto loca, sino que tenía que sacar a Gloria de la casa para siempre.

Convencí a mi jefa de que tener a mi hermana ahí era peligroso para todos, que sus ataques de furia podían lastimar a alguien o a ella misma.
Le dije que lo mejor era internarla en un hospital especializado en la ciudad, donde pudieran cuidarla de verdad y no solo tenerla amarrada a la cama.
Mi madre se resistía, decía que no podía abandonar a su sangre, pero cuando Gloria trató de encajarle un tenedor en la mano, finalmente cedió entre lágrimas.

El día que se la llevaron, el pueblo entero salió a ver cómo subían a la novia loca a una ambulancia vieja que olía a cloro y a desesperanza.
Gloria iba sedada, con la mirada perdida en el techo de la unidad, sin reconocer a nadie ni saber que la estaban alejando de su hogar para siempre.
Eduardo estaba ahí, viendo cómo se alejaba el amor de su vida, con una expresión de derrota que me dio la oportunidad perfecta para actuar.

Me acerqué a él, le puse una mano en el hombro y le susurré que yo no lo iba a dejar solo, que ahora más que nunca necesitaba a alguien que lo cuidara.
Él no dijo nada, solo me tomó la mano y apretó con fuerza, buscando un ancla en medio de la tormenta que yo misma había provocado con mi envidia.
Sentí que finalmente el camino estaba libre, que la lana de Eduardo y su apellido pronto serían míos, sin que Gloria estorbara en mis planes de grandeza.

Pero esa noche, mientras me miraba en el espejo del baño, vi algo que me hizo saltar del susto y casi tirar la lámpara de aceite al suelo.
Detrás de mi reflejo, en la oscuridad del pasillo, creí ver la silueta del curandero mirándome con una sonrisa que no auguraba nada bueno para mi futuro.
Recordé su advertencia sobre que el mal siempre regresa a quien lo envía, y sentí un frío repentino que no tenía nada que ver con el clima de la noche.

Traté de convencerme de que era solo mi imaginación, que el cansancio de estos días me estaba jugando chueco y que no tenía nada de qué preocuparme.
Me acosté en mi cama, la misma que antes compartía con mi hermana, y cerré los ojos tratando de visualizar mi nueva vida llena de lujos y de viajes.
Pero el silencio de la habitación se rompió con un susurro que parecía venir de debajo de la almohada, una voz que sonaba exactamente igual a la de Gloria.

La voz decía cosas horribles, recordándome cada mentira que le dije y cada gramo de polvo que froté en su vestido de novia con tanta saña.
Me levanté de golpe, prendí la luz y no vi nada, solo mis cosas regadas por el cuarto y el vacío que dejó mi hermana al ser llevada al manicomio.
Me serví un trago de tequila para calmar los nervios, pero el líquido me supo a ceniza, el mismo sabor que imaginé que tendría el polvo del curandero.

A los pocos días, Eduardo empezó a buscarme más seguido, pidiéndome que lo acompañara a arreglar unos asuntos de sus negocios en la capital.
Yo iba gustosa, poniéndome la ropa más cara que pude comprar con la lana que él me daba, sintiéndome por fin la reina que siempre soñé ser.
Caminábamos por las plazas, comíamos en restaurantes elegantes y yo me encargaba de que él olvidara por completo el nombre de la mujer que estaba encerrada.

Todo parecía ir de maravilla, incluso mi madre empezó a aceptar que yo fuera la nueva compañera de Eduardo, pensando que al menos una de sus hijas tendría un buen futuro.
Pero la sombra del curandero no me dejaba en paz, apareciendo en las esquinas de mis ojos cada vez que yo me sentía más feliz y más segura de mi suerte.
Empecé a tener pesadillas donde el vestido de novia de Gloria me perseguía, tratando de envolverme y de apretarme el cuello hasta dejarme sin aire.

Un día, mientras estábamos en una cena importante con los socios de Eduardo, sentí una picazón horrible en el pecho, justo donde Gloria había tenido contacto con el polvo.
Me rascaba discretamente, pero la comezón se convirtió en un ardor que me quemaba la piel como si me estuvieran echando ácido encima.
Fui al baño a revisarme y lo que vi me dejó sin aliento: tenía una mancha gris en la piel, una mancha que parecía ceniza pegada que no se quitaba con nada.

Traté de lavarla con agua y jabón, pero la mancha se extendía cada vez que la tocaba, cubriendo mi pecho y subiendo lentamente hacia mi cuello.
Empecé a sentir pánico, recordando las palabras del hombre de la choza y sabiendo que el precio por mi traición estaba empezando a ser cobrado.
Salí del baño tratando de ocultar la marca con mi blusa, pero el ardor era tan fuerte que me costaba trabajo mantener la sonrisa frente a los invitados.

Eduardo me preguntó si me sentía bien, que me veía muy pálida y que estaba sudando frío a pesar de que el aire acondicionado estaba a todo lo que daba.
Le mentí diciéndole que era solo una indigestión, pero por dentro sentía que algo se estaba rompiendo en mi cabeza, tal como le pasó a mi hermana el día de su boda.
Las voces regresaron, pero esta vez no eran susurros, eran gritos que me pedían cuentas por lo que le hice a mi propia sangre por un poco de dinero.

Llegamos a la casa y me encerré en mi cuarto, sin querer ver a nadie y con el miedo de que la mancha gris siguiera creciendo hasta cubrirme por completo.
Pasé la noche en vela, escuchando ruidos en el techo y sintiendo que alguien caminaba por el pasillo, aunque sabía que mi madre estaba profundamente dormida.
A la mañana siguiente, el espejo me mostró una realidad que me hizo gritar de puro terror: mi mirada ya no era la misma, tenía ese mismo brillo de locura que vi en Gloria.

Desesperada, decidí buscar de nuevo al curandero para que me quitara esta maldición, dispuesta a pagarle lo que fuera con la lana que le había sacado a Eduardo.
Tomé el camión de regreso, pero el camino se me hizo eterno, como si la carretera se alargara para que yo nunca pudiera llegar a mi destino final.
Cuando por fin encontré la zona de la choza, me di cuenta de que el lugar estaba abandonado, con la madera caída y sin rastro del hombre de los mil años.

Pregunté a los vecinos de la zona, pero todos me miraban con miedo y me decían que ahí no vivía nadie desde hacía décadas, que esa casa estaba maldita.
Sentí que el mundo se me venía encima, dándome cuenta de que el trato que hice fue con algo que no pertenecía a este mundo y que no tenía devolución.
Regresé al pueblo arrastrando los pies, con la mente hecha un caos y sintiendo que cada persona que me miraba sabía perfectamente lo que yo había hecho.

Eduardo me estaba esperando en la miscelánea, con una cara de seriedad que me hizo pensar que finalmente se había enterado de toda la verdad de mi pecado.
Pero no era eso, me dijo que había recibido una llamada del hospital de la ciudad y que los médicos tenían noticias increíbles sobre el estado de salud de Gloria.
Dijo que de un momento a otro ella había recuperado la lucidez, que la locura se había ido tan rápido como llegó y que estaba pidiendo verlo urgentemente.

Sentí que el piso desaparecía bajo mis pies y que el aire se me escapaba de los pulmones, mientras Eduardo sonreía con una esperanza que yo pensaba haber matado.
Me dijo que nos fuéramos de inmediato para allá, que quería estar presente cuando ella abriera los ojos de verdad y que quería pedirle perdón por haber dudado.
Yo no podía negarme sin levantar sospechas, así que me subí a la camioneta sintiendo que me dirigía directamente a mi propio juicio final frente a todos.

Durante todo el viaje, el ardor en mi pecho se volvió insoportable y las voces en mi cabeza se burlaban de mí, diciéndome que mi tiempo se había terminado.
Llegamos al hospital y el olor a medicina me revolvió el estómago, recordándome el olor a hierbas amargas de la choza del curandero que me engañó.
Eduardo caminaba rápido por los pasillos, con un ramo de flores en la mano y una alegría que me daban ganas de golpearlo hasta que dejara de sonreír así.

Entramos al cuarto y ahí estaba ella, sentada en la cama, viéndose más pálida pero con una paz en la mirada que me dio más miedo que cualquier grito de locura.
En cuanto me vio entrar detrás de Eduardo, sus ojos se clavaron en los míos y sentí que ella sabía todo, que recordaba cada detalle de lo que pasó antes de su boda.
Eduardo se lanzó a sus brazos llorando, pidiéndole perdón y diciéndole que nunca más se separaría de ella, mientras yo me quedaba petrificada en la puerta.

Gloria lo acarició con ternura, pero su vista no se apartaba de mí, con una expresión que no era de odio, sino de una profunda y dolorosa decepción de hermana.
Le pidió a Eduardo que los dejara a solas un momento, que necesitaba hablar conmigo de mujer a mujer antes de que pudieran empezar su vida juntos de nuevo.
Él aceptó de buena gana y salió del cuarto, dándome un beso en la mejilla que me supo a traición y a una despedida que yo no quería aceptar todavía.

Cuando la puerta se cerró, el silencio en la habitación se volvió tan denso que me costaba trabajo hasta parpadear frente a la mujer que yo traté de destruir.
Gloria no gritó, ni me insultó, solo me preguntó por qué lo había hecho, por qué había preferido el dinero de un hombre por encima del amor de nuestra familia.
Yo traté de negarlo todo, de decirle que ella seguía loca y que no sabía lo que decía, pero mi propia voz me traicionó sonando débil y llena de una culpa evidente.

Ella se levantó de la cama con dificultad y se acercó a mí, tomándome de las manos con una fuerza que me obligó a mirarla directamente a esos ojos acusadores.
Me dijo que mientras estaba en la oscuridad de su locura, vio cosas que nadie debería ver, y que el curandero le había contado todo el trato que yo hice.
Dijo que el mal que yo sembré ya estaba dando sus frutos en mi propio cuerpo, y que la mancha gris de mi pecho pronto llegaría hasta mi corazón para pararlo.

Yo empecé a llorar de verdad, cayendo de rodillas y pidiéndole que me perdonara, que la envidia me había vuelto loca y que no sabía lo que estaba haciendo esa noche.
Le rogué que me ayudara a quitarme esta maldición, que ella que era tan buena debía tener una forma de salvarme de la oscuridad que me estaba tragando viva.
Pero Gloria solo me soltó las manos y se volvió hacia la ventana, diciéndome que hay cosas que ni el perdón más grande puede arreglar en esta vida tan injusta.

Me dijo que Eduardo ya sabía parte de la verdad, porque ella le había contado sobre el polvo que encontró en los restos de su vestido de novia destrozado.
Dijo que lo mejor era que me fuera lejos, que desapareciera del pueblo antes de que mi madre se enterara de que su otra hija era un monstruo capaz de todo por lana.
Sentí que mi mundo se terminaba de derrumbar, perdiendo al hombre, a mi familia y mi propia salud por un capricho que ahora me parecía la estupidez más grande.

Salí del hospital corriendo, sin mirar atrás y evitando encontrarme con Eduardo en los pasillos, sintiendo que cada paso que daba me alejaba más de la luz.
Regresé al pueblo solo para recoger mis cosas, pero cuando llegué a la miscelánea, me encontré con que mi madre ya me estaba esperando con mi maleta en la calle.
No me dijo ni una sola palabra, solo me miró con un desprecio que me dolió más que mil golpes, y me cerró la puerta de la tienda en la mismísima cara.

Me quedé ahí, bajo la lluvia que empezaba a caer, con mi maleta vieja y la mancha gris cubriéndome ya casi todo el cuello, sin tener a dónde ir ni a quién pedirle ayuda.
Empecé a caminar por la carretera, la misma por la que Eduardo llegó en su troca brillante, pero ahora todo se veía oscuro y lleno de peligros que me acechaban.
Las voces en mi cabeza ya no me dejaban pensar, repitiendo una y otra vez que yo era la única culpable de mi propia ruina y que no habría final feliz para mí.

Sentí que mis piernas fallaban y me caí en la orilla de la carretera, viendo cómo las luces de los coches pasaban de largo sin que nadie se detuviera a auxiliarme.
El ardor en mi pecho se volvió una presión insoportable, como si una mano invisible me estuviera apretando el corazón con todas sus fuerzas para detenerlo.
Cerré los ojos, esperando que la muerte fuera el final de mi sufrimiento, pero lo que vi fue la cara del curandero riéndose de mí desde el fondo de un pozo negro.

De pronto, escuché el sonido de una camioneta frenando cerca de mí, y una voz que me resultaba familiar me llamó por mi nombre con una angustia que no esperaba.
Era Eduardo, que había venido buscándome después de que Gloria le terminara de contar toda la historia, pero su mirada ya no era de amor, sino de una furia contenida.
Me levantó del suelo con brusquedad y me metió a la camioneta, diciéndome que no iba a dejar que me muriera tan fácil, que tenía que pagar por lo que hice.

Me llevó de regreso al pueblo, pero no a nuestra casa, sino a la comisaría donde ya estaban esperando para tomar mi declaración por todo el daño causado.
Gloria estaba ahí también, del brazo de mi madre, viéndome con una tristeza que me hizo querer desaparecer de la faz de la tierra en ese mismo instante.
Tuve que confesar todo, desde la visita al brujo hasta el momento en que puse el polvo en el vestido, sintiendo cómo cada palabra me hundía más en el lodo.

El juez me sentenció a muchos años de prisión, pero eso no era lo peor, lo peor era ver cómo Gloria y Eduardo seguían adelante con sus planes de boda.
Desde mi celda fría y húmeda, me enteré por los periódicos viejos que la boda finalmente se realizó, siendo el evento más grande que el pueblo hubiera visto jamás.
Veía las fotos de Gloria sonriendo, viéndose radiante y feliz, mientras yo me pudría en la cárcel con la mancha gris recordándome mi pecado cada maldito segundo.

Parte 3

El silencio que quedó en la casa después de que se llevaron a Gloria era más pesado que el mismo sol de agosto.
Mi jefa no salía de su cuarto, se la pasaba pegada al altar de la Virgencita, llorando hasta que los ojos se le ponían rojos como brasas.
La miscelánea estaba cerrada y las moscas empezaban a amontonarse en los vidrios, buscando una entrada que nadie les quería dar.

Yo me encargaba de limpiar la cocina, tallando el piso con cloro hasta que me ardían las manos y los pulmones.
Sentía que si borraba cada mancha de mugre, también podría borrar el rastro de lo que le hice a mi propia sangre.
Pero el olor a ese polvo gris seguía ahí, flotando en el aire, burlándose de mi intento por parecer una hija ejemplar y preocupada.

Híjole, la neta es que estar sola con mis pensamientos era una tortura que no le deseaba ni a mi peor enemigo en el pueblo.
Cada crujido de la madera vieja me hacía saltar, pensando que Gloria había regresado del manicomio para reclamarme su vida.
Me miraba en el espejo del pasillo y me costaba trabajo reconocerme, con las ojeras marcadas y esa palidez que no se quitaba ni con todo el maquillaje del mundo.

Eduardo empezó a venir a la casa tres días después, viéndose demacrado, como si no hubiera dormido un solo minuto desde la boda fallida.
Se sentaba en el sofá de la sala, el mismo donde le prometió amor eterno a mi hermana, y se quedaba mirando al vacío sin decir nada.
Yo le servía café de olla, con mucha canela para ver si el aroma le regresaba un poco de alma al cuerpo, pero él apenas probaba un trago.

Me daba un chingo de coraje verlo así, sufriendo por una mujer que ya no tenía ni idea de quién era él.
Me daban ganas de gritarle que despertara, que se diera cuenta de que yo estaba ahí, entera y dispuesta a darle lo que ella nunca pudo.
Pero tenía que jugar mi papel de hermana dolida, poniendo mi mano sobre la suya y diciéndole que Dios sabe por qué hace las cosas.

“Eduardo, no te puedes abandonar así, la chamba te necesita y tú necesitas seguir adelante”, le decía con mi voz más dulce y fingida.
Él levantaba la vista y me miraba con una gratitud que me hacía sentir poderosa, como si estuviera ganando terreno centímetro a centímetro.
Me decía que yo era el único pilar que le quedaba, que sin mi apoyo ya se hubiera vuelto loco él también de tanta tristeza acumulada.

Esa misma tarde, mientras Eduardo se despedía en la puerta, sentí un piquete horrible justo en medio de la espalda.
Era como si una aguja al rojo vivo me estuviera atravesando la carne, buscando llegar directamente hasta mis pulmones.
Tuve que aguantarme el grito para que él no sospechara nada, despidiéndolo con una sonrisa mientras por dentro sentía que me moría.

Corrí al baño y me arranqué la blusa con una desesperación que casi me hace romper los botones de nácar.
Frente al espejo, vi que la mancha gris que tenía en el pecho ya no era solo una mancha pequeña y discreta.
Ahora eran unas líneas delgadas, como venas podridas, que se extendían hacia mis hombros y bajaban por mi vientre con una rapidez aterradora.

“No manches, esto no puede estar pasando”, susurré mientras trataba de tallarme con un zacate grueso y jabón de cuaba.
Me tallé hasta que la piel se me puso en carne viva, sangrando un poco, pero el color gris seguía ahí, bajo la superficie.
Era como si mi propia piel se estuviera convirtiendo en piedra o en ceniza, tal como el polvo que el curandero me había dado.

La picazón regresó, pero esta vez venía acompañada de un frío que me calaba hasta los huesos, a pesar del calorón que hacía afuera.
Empecé a escuchar un zumbido en los oídos, como si miles de abejas estuvieran atrapadas dentro de mi cabeza, queriendo salir a toda costa.
Eran voces, susurros de gente que no conocía, repitiendo el nombre de mi hermana una y otra vez en un ritmo que me quitaba la respiración.

Salí de la casa huyendo de los susurros, caminando por las calles del pueblo sin un rumbo fijo, solo para sentir el aire en la cara.
La gente se me quedaba viendo, murmurando a mis espaldas sobre la tragedia de los González y la “mala suerte” de la novia loca.
Escuché a la señora Lupe, la que vende los tamales en la esquina, decir que lo que le pasó a Gloria era cosa de brujería pesada.

Decía que en este pueblo las envidias vuelan más rápido que los chismes y que alguien le tenía mucha saña a la pobre muchacha.
Sentí que las piernas me temblaban y tuve que sostenerme de un poste de luz para no caerme en medio de la banqueta.
“Tranquila, Adela, nadie sabe nada, tú eres la única que tiene la verdad bien guardada”, me repetía a mí misma como un mantra.

Pero el miedo es una cosa canija que se te mete en las tripas y te va carcomiendo la voluntad poco a poco.
Decidí que tenía que ir al IMSS para que un doctor de verdad me revisara esa mancha antes de que fuera demasiado tarde para mí.
No quería terminar como Gloria, encerrada entre cuatro paredes blancas y gritándole a las sombras que solo ella podía ver.

Llegué a la clínica y la sala de espera estaba hasta el tope, llena de señoras con niños chillando y viejitos tosiendo por el polvo.
Tuve que esperar como tres horas, sintiendo cómo el ardor en mi espalda crecía con cada minuto que pasaba en ese lugar.
Cuando por fin me llamó el médico, un señor joven con cara de que no había desayunado, le enseñé la marca sin decirle de dónde venía.

El doctor se puso sus lentes y se acercó a mi pecho, picando la mancha con un instrumento de metal que estaba helado.
Frunció el ceño y me preguntó si me había caído algo encima o si había estado en contacto con algún químico fuerte en la miscelánea.
Le dije que no, que la mancha apareció de la nada después de la boda de mi hermana, como si fuera una reacción al puro estrés.

“Mire, señorita, la neta es que nunca he visto algo así, el tejido parece muerto pero usted sigue sintiendo dolor”, me dijo rascándose la cabeza.
Me recetó unas pomadas caras y unos antibióticos para ver si la infección cedía, pero yo sabía que ninguna medicina de farmacia me iba a curar.
Salí de la clínica sintiéndome más sola que nunca, con una bolsa de medicinas que me pesaba como si llevara piedras en la mano.

Esa noche, el sueño me traicionó de la manera más gacha que se puedan imaginar, llevándome de regreso a la choza del cerro.
En mi sueño, el curandero estaba sentado en medio de un círculo de fuego, riéndose de mí mientras se comía un corazón que latía.
Me decía que la deuda estaba vencida y que si quería salvarme, tenía que entregarle algo más valioso que la lana que ya le había dado.

Me desperté empapada en sudor, con el corazón queriendo salirse de mi pecho y un sabor a tierra seca en la boca.
Fui a la cocina por un vaso de agua, pero cuando prendí la luz, vi a mi jefa sentada en la mesa, mirándome con una fijeza que me dio escalofríos.
“Adela, ¿qué es lo que tienes en el cuello?”, me preguntó con una voz que sonaba a juicio final y a una tristeza que no tenía fondo.

Me tapé rápido con las manos, pero ya era tarde; la mancha gris había subido por mi garganta y ya se asomaba por encima del escote.
Le mentí diciéndole que era una alergia por el cloro que usé para limpiar, pero ella no me creyó ni por un segundo, la neta.
Se levantó y se acercó a mí, oliéndome como si fuera un perro buscando una pista en medio del monte.

“Hueles a muerto, hija, hueles a esa tierra que traen los que vienen de más allá de la vida”, me dijo mientras se persignaba con devoción.
Me dijo que fuera a ver al padre de la iglesia, que me confesara antes de que esa sombra terminara de devorarme por completo el alma.
Yo le grité que me dejara en paz, que ella siempre estaba pensando en cosas del diablo y que lo mío era algo físico que el doctor ya estaba tratando.

Me encerré en mi cuarto y puse el cerrojo, sintiendo que las paredes se cerraban sobre mí, como si la casa misma me estuviera rechazando.
Saqué el frasco vacío del curandero que tenía escondido bajo el colchón y lo estrellé contra la pared con toda mi rabia acumulada.
Los pedazos de vidrio brillaron en el suelo y de ellos salió un humo gris que se disipó rápido, dejando un olor a azufre en el aire.

A la mañana siguiente, Eduardo me llamó para decirme que tenía que ir a la ciudad a ver unos asuntos legales sobre su herencia.
Me pidió que lo acompañara, diciendo que necesitaba aire fresco y que quería comprarme algo bonito para agradecerle por estar a su lado.
Sentí que era mi oportunidad de oro para escapar de la mirada inquisidora de mi jefa y de los susurros que no me dejaban dormir.

Nos subimos a su camioneta y dejamos el pueblo atrás, viendo cómo las casas se hacían pequeñas en el espejo retrovisor.
Eduardo puso música alegre, tratando de animar el ambiente, pero yo no podía dejar de pensar en la marca que seguía creciendo bajo mi ropa.
Llegamos a la ciudad y el ruido del tráfico y la gente corriendo me marearon, haciéndome sentir como una extraña en un mundo que no me pertenecía.

Fuimos a una tienda de esas elegantes, donde la ropa cuesta más que lo que mi jefa gana en un año entero con la miscelánea.
Eduardo me compró un vestido de seda color rojo sangre, diciendo que ese color me resaltaba la belleza y me devolvía la vida a la cara.
Me lo probé en el vestidor y el contacto de la seda fría contra la mancha gris me hizo gemir de un dolor que casi me hace desmayarme ahí mismo.

Pero me aguanté, mirándome en los espejos triples y viendo a una mujer que por fuera parecía una reina, pero por dentro se estaba pudriendo.
Salimos de la tienda y Eduardo me llevó a comer a un restaurante con vista a toda la ciudad, con copas de cristal y meseros que nos trataban como reyes.
Por un momento, creí que todo iba a estar bien, que el dinero y el lujo podrían ganarle a la maldición del curandero que me tenía marcada.

Eduardo me tomó de la mano por encima de la mesa y me dijo que nunca había conocido a una mujer tan fuerte y tan dedicada como yo.
Me dijo que Gloria era una niña buena, pero que quizá no estaba lista para el mundo real y que por eso su mente se había quebrado así.
Esas palabras fueron como música para mis oídos, confirmando que mi plan de sustituirla estaba funcionando mejor de lo que yo esperaba.

Pero justo cuando iba a darle un beso para sellar nuestro nuevo compromiso, la luz del restaurante parpadeó de una forma extraña.
Vi a través del ventanal el reflejo de una mujer vestida de blanco, caminando por la calle entre los coches, buscándome con una mirada vacía.
Era Gloria, pero no la Gloria que yo conocía, sino una versión distorsionada, con el vestido de novia hecho jirones y el rostro lleno de cicatrices grises.

Me tallé los ojos y la imagen desapareció, dejando solo el reflejo de la ciudad iluminada y los ojos confundidos de Eduardo frente a mí.
“¿Qué te pasa, Adela? Te pusiste más blanca que un papel de repente”, me preguntó soltándome la mano con una preocupación genuina.
Le dije que era el mareo del viaje y que necesitaba regresar al hotel para descansar un poco, que la ciudad me estaba abrumando demasiado.

Esa noche en el hotel, mientras Eduardo dormía profundamente a mi lado, la mancha gris empezó a latir con una fuerza que me cortaba la respiración.
Sentía que debajo de mi piel había algo vivo, algo que se movía y que quería salir a la superficie para gritarle al mundo mi secreto.
Fui al baño y vi que las líneas grises ya me habían llegado a la cara, marcando mis mejillas con unas estrías que parecían garras de un animal.

Empecé a llorar de pura desesperación, tapándome la boca para no despertar a Eduardo y que no viera el monstruo en el que me estaba convirtiendo.
“Por favor, Diosito, quítame esto, te juro que voy a confesar todo, pero no dejes que me ponga así”, suplicaba de rodillas en el piso de mármol.
Pero Dios no me escuchaba, o quizá me estaba escuchando y me estaba dando exactamente lo que yo me merecía por mi maldad.

A la mañana siguiente, Eduardo me dijo que antes de regresar al pueblo, teníamos que pasar al hospital psiquiátrico a dejar unas cosas para Gloria.
Dijo que los doctores le habían pedido algunas prendas personales para ver si eso ayudaba a que ella recuperara un poco de su memoria perdida.
Yo no quería ir, sentía que entrar a ese lugar sería como entrar a mi propia sentencia de muerte, pero no tuve otra opción más que aceptar.

El hospital estaba a las afueras, un edificio gris y frío rodeado de muros altos con alambre de púas, como si fuera una cárcel para el alma.
El olor a cloro y a encierro me golpeó en cuanto cruzamos la puerta principal, haciéndome recordar el olor de la clínica del pueblo.
Eduardo habló con la recepcionista mientras yo me quedaba en un rincón, tratando de ocultar mi rostro con el cabello y una bufanda que me compré.

Caminamos por unos pasillos largos, escuchando gritos lejanos y risas que no tenían nada de humano, que sonaban a puro vacío y dolor.
Llegamos a la zona donde estaba Gloria y el doctor nos recibió con una cara de preocupación que me hizo sospechar que algo andaba muy mal.
Nos dijo que Gloria no había probado bocado en dos días y que se pasaba las noches enteras dibujando cosas extrañas en las paredes de su celda.

“Dibuja círculos y una cara de hombre que parece un demonio, y siempre repite el mismo nombre: Adela”, dijo el médico mirándome con curiosidad.
Eduardo me miró con sorpresa, diciendo que quizá Gloria me necesitaba más de lo que pensábamos y que ver mi cara podría ser la clave para su cura.
Yo sentía que me iba a desmayar, con el sudor frío bajando por mi espalda y la mancha gris quemándome la piel como si fuera carbón encendido.

Entramos al cuarto y la imagen me dejó petrificada: Gloria estaba sentada en un rincón, hecha un ovillo, con las manos llenas de carbón y mugre.
Las paredes blancas estaban cubiertas de dibujos negros, escenas de la miscelánea, de la boda y de un hombre viejo con ojos de fuego en un cerro.
En el centro de todo, había escrito mi nombre con letras grandes y deformes, rodeado de palabras que sonaban a maldiciones en otro idioma.

Eduardo se acercó a ella, llamándola por su nombre con una ternura que me dio asco y rabia a partes iguales, a pesar de la situación.
Gloria levantó la vista lentamente y cuando sus ojos se cruzaron con los míos, una sonrisa lenta y macabra se dibujó en sus labios resecos.
No gritó, no lloró, solo se levantó y se acercó a mí con pasos lentos, como si fuera una muñeca de trapo movida por hilos invisibles.

Se detuvo a unos centímetros de mi cara y me susurró algo al oído que solo yo pude escuchar, algo que me hizo sentir que mi corazón se detenía.
“El polvo no se quita con agua, hermana, se quita con la verdad o se queda para siempre hasta que te conviertas en estatua”, me dijo con su voz de siempre.
Eduardo no escuchó nada, solo vio cómo Gloria me tocaba el cuello, justo donde la bufanda ocultaba la marca que me estaba devorando la vida.

En ese momento, Gloria soltó una carcajada estridente y empezó a señalarme con el dedo, gritando que yo era la que tenía al diablo adentro.
Los enfermeros entraron corriendo para sujetarla, mientras Eduardo me sacaba del cuarto a empujones, viendo cómo mi hermana se hundía de nuevo en la crisis.
Salimos del hospital y el silencio en la camioneta era absoluto, un silencio que me decía que la duda ya se había sembrado en la mente de Eduardo.

Llegamos al pueblo al anochecer y mi jefa ya nos estaba esperando en la puerta de la miscelánea, con una cara que me decía que algo grave había pasado.
Me dijo que un hombre extraño había venido a buscarnos, un hombre que decía venir de parte de un curandero que ya había pasado a mejor vida.
Dijo que el hombre le entregó una carta dirigida a mí, una carta que olía a incienso y a tierra mojada, igual que el frasco que yo había roto.

Subí a mi cuarto con la carta en la mano, sintiendo que mis dedos se entumecían y que la mancha gris ya me estaba cubriendo las manos por completo.
Abrí el sobre con dificultad y leí las palabras que estaban escritas con una caligrafía elegante pero antigua, como de otro siglo pasado.
“Lo que se hace por envidia se paga con la propia imagen; si quieres volver a ser tú, tienes que deshacer el nudo que ataste en el altar del cerro”.

La neta es que yo no sabía cómo deshacer nada, yo solo quería el dinero y al hombre, no quería meterme en broncas de brujería que no entendía.
Bajé a la tienda para buscar algo de tomar, pero me encontré con Eduardo y mi madre hablando en voz baja en la cocina, con una seriedad que me dio miedo.
Eduardo tenía en la mano el frasco roto que yo había tirado a la basura, mirándolo con una expresión de horror y de una traición que no podía ocultar.

“¿Qué es esto, Adela? ¿Por qué esto huele igual que el vestido que Gloria usó el día que perdió la razón?”, me preguntó con una voz que temblaba de furia.
Mi jefa solo lloraba, tapándose la boca con el rebozo, como si ya supiera la respuesta pero tuviera miedo de escucharla de mis propios labios pecadores.
Yo traté de inventar otra mentira, pero en ese momento sentí un crujido en mi pecho, como si mis costillas se estuvieran convirtiendo en piedra de verdad.

Caí al suelo, retorciéndome de dolor, mientras la mancha gris empezaba a salir de mis poros como si fuera un humo denso que llenaba toda la habitación.
Eduardo se alejó de mí con asco, viendo cómo su “apoyo” se transformaba en el monstruo que realmente era por dentro desde hacía mucho tiempo.
Mi madre gritaba que trajeran al cura, que me salvaran del demonio que me estaba consumiendo frente a sus propios ojos de madre sufrida.

Pero ya no había cura que valiera, la maldición estaba en su etapa final y yo sentía que mi mente empezaba a nublarse, tal como le pasó a Gloria.
Empecé a ver sombras en las esquinas de la cocina, figuras negras que se reían de mi desgracia y me recordaban cada gramo de odio que sentí por mi hermana.
Eduardo me tomó por los hombros y me sacudió, exigiéndome que dijera la verdad antes de que perdiera el sentido por completo para siempre.

“¡Fui yo! ¡Yo quería tu lana, quería tu troca, quería ser la reina del pueblo y no la gata de la tienda!”, le grité con lo último que me quedaba de voz.
Le confesé todo, desde la envidia que sentí cuando lo vi bajar de su camioneta hasta el momento en que froté el polvo en el vestido de mi hermana.
En cuanto terminé de hablar, el ardor en mi pecho cesó de golpe, pero el frío se volvió tan intenso que sentí que mis pulmones se congelaban.

Eduardo me soltó como si fuera basura infectada y se salió de la casa sin decir una palabra, dejándome tirada en el piso frente a mi madre destrozada.
Escuché cómo arrancaba su camioneta y se alejaba a toda velocidad, probablemente directo al hospital para pedirle perdón a la mujer que yo traté de destruir.
Mi jefa se acercó a mí y me dio una bofetada que me dolió más que la maldición, una bofetada llena de todo el amor que yo había traicionado con mi envidia.

“Lárgate de aquí, Adela, tú ya no tienes madre ni tienes hermana, eres un animal que no merece vivir bajo este techo santo”, me dijo señalando la puerta.
Me levanté como pude, sintiendo que mi cuerpo pesaba una tonelada y que mis movimientos eran lentos y torpes como los de un viejo de cien años.
Tomé mis pocas cosas y salí a la calle, bajo una lluvia que empezaba a caer con fuerza, lavando la sangre pero no la mancha gris de mi pecado.

Caminé hacia el cerro, sintiendo que algo me llamaba desde la oscuridad de la noche, una fuerza que no podía resistir aunque quisiera hacerlo.
Llegué a la choza abandonada y vi que el fuego que vi en mi sueño era real, un pequeño fuego que ardía en medio de las ruinas de madera podrida.
Ahí estaba el hombre que me trajo la carta, esperándome con una sonrisa que me heló la sangre y me hizo darme cuenta de que mi destino ya estaba sellado.

Me dijo que para deshacer el nudo tenía que entregar mi propia cordura a cambio de la de mi hermana, que ese era el único trato justo que el diablo aceptaba.
Yo acepté, porque ya no tenía nada más que perder, ni hombre, ni familia, ni dignidad, solo me quedaba un cuerpo que se estaba convirtiendo en ceniza.
Sentí que algo se desprendía de mi nuca, un hilo invisible que me conectaba con la realidad y con los recuerdos de mi vida en la miscelánea de mi madre.

De pronto, todo se volvió blanco y empecé a reír, una risa que sonaba igual a la de Gloria el día de su boda, una risa que no tenía fin ni tenía sentido.
Empecé a ver flores que no existían y a escuchar música de ángeles que me decían que todo estaba bien, que ahora yo era la novia y que Eduardo me estaba esperando.
Me puse a bailar entre las ruinas, imaginando que estaba en la iglesia, vestida de seda roja y con una corona de oro sobre mi cabeza de piedra.

Mientras tanto, en la ciudad, Gloria despertaba de su letargo con una claridad que asustó a los médicos y llenó de alegría el corazón de Eduardo.
Ella recordaba todo, pero sentía que la carga de su locura se había transferido a alguien más, a alguien que ahora vagaba por los cerros gritando su nombre.
Eduardo la tomó entre sus brazos y le juró que nunca más dejaría que nadie les hiciera daño, que ahora sí se casarían y que la miseria sería solo un mal recuerdo.

Regresaron al pueblo y mi jefa los recibió con flores y con lágrimas de felicidad, tratando de olvidar que alguna vez tuvo otra hija llamada Adela.
Reabrieron la miscelánea y la gente del pueblo empezó a ir de nuevo, comprando arroz y frijoles mientras comentaban que la justicia de Dios siempre llega.
Yo me quedé en el cerro, viviendo entre las sombras y los animales, convirtiéndome poco a poco en una leyenda local sobre la mujer gris que busca su vestido perdido.

A veces, en las noches de luna llena, bajo hasta la orilla del pueblo y miro desde lejos las luces de la casa de mi madre, sintiendo una punzada de nostalgia.
Veo a Gloria asomarse a la ventana, viéndose hermosa y feliz, mientras yo me oculto entre los matorrales para que nadie vea mi rostro de ceniza.
Sé que mi tiempo se está acabando, que el frío pronto llegará hasta mi corazón y que me convertiré en una estatua de piedra que el viento irá erosionando.

Ese es el precio de la envidia, el precio de querer lo que no te pertenece y de vender tu alma por un poco de lana y un hombre que nunca te amó de verdad.
Híjole, si tan solo hubiera escuchado a mi madre, si tan solo hubiera sido feliz con lo poco que teníamos en la tienda, quizá hoy yo sería la que estaría sonriendo.
Pero ahora solo me queda la oscuridad y el silencio, esperando que alguien encuentre mi historia y aprenda que con la sangre no se juega, ni por todo el oro del mundo.

Sentí que mis ojos se cerraban por última vez mientras la lluvia terminaba de mojar mi cuerpo de piedra, sintiendo que la paz finalmente me alcanzaba en mi locura.
Escuché a lo lejos las campanas de la iglesia anunciando la boda de mi hermana, y por primera vez en mi vida, me sentí feliz por ella, aunque fuera demasiado tarde.
Mi historia termina aquí, entre las piedras y el olvido, como una advertencia para todos los que dejan que la envidia les pudra el alma desde adentro hacia afuera.

Parte 4

Las paredes de esta celda huelen a humedad, a cloro barato y a puras esperanzas muertas que se pudren bajo el sol de la tarde.
Aquí en el reclusorio el tiempo no corre, se arrastra como un animal herido que ya no tiene fuerzas para llegar a ningún lado.
Me despierto cada mañana con el sonido de los pesados cerrojos metálicos, deseando que todo esto fuera solo una de esas pesadillas que me daban de niña.

Pero no es un sueño, es mi realidad, una realidad que se siente cada vez más fría y más pesada sobre mis propios hombros.
Me miro las manos y ya no veo la piel trigueña que tanto cuidaba con cremas caras para verme bonita ante los hombres.
Ahora mis dedos son de un color ceniza oscuro, ásperos como la piedra de río y tan rígidos que me cuesta trabajo cerrar el puño.

Híjole, la neta es que nunca pensé que el odio pudiera tener un peso físico, pero aquí lo siento, hundiéndome en el colchón mugriento.
La mancha gris ya no es una mancha, es una costra gruesa que me cubre desde las plantas de los pies hasta la mandíbula.
Cuando camino por el patio, las otras presas se alejan de mí, persignándose y murmurando que tengo una lepra que viene del mismísimo infierno.

Dicen que soy la “Mujer de Piedra”, una leyenda que asusta hasta a las custodias más rudas que han visto de todo en este lugar.
Yo no les digo nada, porque mi voz también se está volviendo ronca, como si tuviera la garganta llena de grava y arena seca.
Me paso las horas sentada en el rincón más oscuro, viendo cómo la luz del sol se filtra por los barrotes, dibujando sombras que parecen burlarse de mí.

A veces, cuando el silencio es absoluto en la noche, escucho los ecos de la miscelánea de mi madre, el sonido de las corcholatas cayendo al suelo.
Huelo el aroma del pan dulce recién horneado y escucho la risa de Gloria cuando Eduardo llegaba a buscarla con flores.
Esos recuerdos son como navajas que me cortan lo poco que me queda de alma, recordándome que yo misma destruí mi paraíso por pura envidia.

Hace una semana me trajeron un periódico viejo, de esos que circulan entre las celdas para que las presas nos enteremos de qué pasa afuera.
En la sección de sociales, vi una foto que me hizo querer arrancarme los ojos para no seguir viendo tanta belleza y felicidad ajena.
Ahí estaba Gloria, vestida de blanco otra vez, pero ahora su mirada era clara, llena de una paz que iluminaba toda la página del diario.

Eduardo la tomaba de la cintura, con una sonrisa de orgullo que yo nunca pude arrancarle por más que me esmeré en ser coqueta.
El encabezado decía que la “Boda del Siglo” en el pueblo finalmente se había realizado, después de que la novia superara una extraña enfermedad.
Nadie mencionaba mi nombre, era como si yo hubiera sido borrada de la historia familiar, como una mancha de café que se lava con jabón de cuaba.

Me puse a llorar, pero de mis ojos ya no salían lágrimas, sino un polvillo gris que me irritaba la cara y me dejaba un sabor amargo en la boca.
Sentí una rabia inmensa, una furia que me quemaba las tripas, pero mi cuerpo de piedra ya no me dejaba ni siquiera gritar con fuerza.
Quería maldecirlos, quería que el curandero regresara de la tumba para echarles otro mal puesto, pero sabía que mi tiempo de maldad se había terminado.

La celadora entró a mi cuarto ayer para traerme la comida, unos frijoles negros con piedras y un bolillo tieso que ni los perros se comerían.
Cuando vio mi rostro, soltó la charola del susto y salió corriendo por el pasillo, gritando que yo me estaba convirtiendo en un demonio de cantera.
Vinieron los médicos de la prisión, hombres cansados que solo quieren terminar su turno e irse a sus casas a cenar con sus familias.

Me revisaron con linternas, me picaron con agujas que se doblaban al tocar mi piel y se miraban unos a otros con una confusión absoluta.
Dijeron que era un caso clínico imposible, que mis signos vitales eran lentos, como si mi corazón latiera solo una vez por cada minuto que pasaba.
Yo quería decirles que no buscaran en los libros de medicina, que buscaran en las chozas de los cerros y en los contratos firmados con sangre y envidia.

Pero me quedé callada, dejando que me pusieran sueros que no pasaban por mis venas endurecidas y que me dieran pastillas que me sabían a tiza.
Sé que mi cuerpo se está preparando para el final, para convertirse en un monumento a la traición que quedará olvidado en esta celda numerada.
Pienso en mi madre, en cómo debe estar sufriendo por haber perdido a una hija en la locura y a la otra en la maldad más absoluta.

¿Valió la pena tanta bronca por un hombre y un poco de lana que ahora no me sirven de nada en este encierro?
La respuesta me golpea en la cara cada vez que trato de moverme y escucho el crujido de mis articulaciones convirtiéndose en roca sólida.
Eduardo era solo un hombre, con sus defectos y sus mañas, pero yo lo vi como un dios porque tenía una troca brillante y dinero en el banco.

Me olvidé de que la sangre es lo primero, de que Gloria era mi carnala, la que me cuidaba cuando yo me enfermaba de la panza por comer tierra.
Me olvidé de los juegos en el patio de la tienda, de cuando compartíamos el mismo refresco de cola con un popote roto para ahorrar centavos.
Todo eso lo tiré a la basura por un capricho, por sentirme más que ella, por no soportar que la vida le sonriera un poquito más que a mí.

Anoche tuve una visita inesperada, o al menos eso creí en medio de mi delirio, cuando la fiebre de piedra me tenía medio ida.
Vi a mi jefa parada frente a los barrotes, con su rebozo negro y un ramo de flores de cempasúchil que olían a día de muertos y a despedida.
No me dijo nada, solo me miraba con esos ojos llenos de una compasión que me dolía más que si me estuviera dando de latigazos con un cinturón.

Me estiró la mano para tocarme, pero yo me hice para atrás, temiendo que mi frialdad la fuera a contagiar y la volviera de piedra a ella también.
“Perdóname, jefa, no quería que las cosas terminaran así”, traté de decirle, pero de mi boca solo salió un soplido de polvo gris que llenó el aire.
Ella se puso a rezar un avemaría, con esa voz temblorosa que usa cuando está muy asustada por las tormentas que azotan el pueblo en verano.

De pronto, la imagen de mi madre se desvaneció y en su lugar apareció el curandero, con su risa de ramas secas y su mirada de fuego eterno.
Me dijo que el trato estaba por cumplirse, que la deuda de sangre se paga con la vida y que mi alma ya no me pertenecía desde que pisé su choza.
Dijo que Gloria estaba embarazada, que un nuevo ser venía al mundo para limpiar la mancha de nuestra familia y que yo no tenía lugar en ese futuro.

Sentí que mi corazón se detenía un momento, una punzada de celos que trató de brotar pero que murió rápido bajo el peso de mi pecho endurecido.
Un sobrino, un pedazo de mi propia sangre que nunca iba a conocer, que nunca iba a cargar porque mis brazos ahora eran de granito pesado.
Esa fue la última estocada, el golpe final que terminó de romper lo poco de humanidad que me quedaba en este cuerpo que ya no siento.

El curandero se fue riendo, dejando un rastro de ceniza en el piso de la celda que las custodias limpiarían al día siguiente sin preguntar nada.
Me quedé sola otra vez, viendo cómo la luna iluminaba mi cuerpo gris, haciéndome brillar como si fuera una estatua de un parque abandonado.
Empecé a sentir que mis pensamientos se volvían lentos, que las palabras se me olvidaban y que mi nombre, Adela, ya no significaba nada para nadie.

Soy solo una cosa, un objeto que ocupa un espacio en este mundo pero que ya no tiene alma ni tiene sentimientos que lo aten a la vida.
Pienso en Gloria y en su bebé, deseando con lo poco que me queda de conciencia que ese niño nunca sepa que tuvo una tía tan malvada.
Que crezca feliz en la miscelánea, rodeado de amor y de la lana de Eduardo, sin que la sombra de mi envidia lo alcance nunca.

Siento que el frío me llega al cuello, subiendo por mi barbilla y sellando mis labios para que nunca más pueda decir una mentira o una maldición.
Mis ojos se están nublando, pero no por la muerte, sino por una capa de mineral que me va quitando la vista de este mundo tan injusto.
Lo último que veo es la imagen de la Virgen de Guadalupe que tengo pegada en la pared, con sus ojos llenos de un perdón que yo no merezco.

Híjole, qué gacho es despedirse así, sabiendo que uno mismo cavó su propia fosa con las manos llenas de odio y de un egoísmo ciego.
Espero que si alguien encuentra mis restos convertidos en piedra, los tire al mar o los muela para hacer el camino por donde otros caminen hacia la paz.
Ya no siento dolor, ya no siento frío, solo siento una paz inmensa que me envuelve como un rebozo de lana en una noche de invierno en el pueblo.

La oscuridad me traga por completo, pero ya no me da miedo, porque sé que en el fondo de este pozo negro no hay envidias ni hay carencias que me atormenten.
Me convierto en parte de la tierra, en parte de la historia de México donde las hermanas se traicionan y el destino se cobra las facturas con intereses de sangre.
Adiós a la tienda, adiós a mi madre, adiós a Gloria y a ese hombre que fue mi perdición y mi mayor deseo al mismo tiempo.

El silencio es total ahora, un silencio que suena a eternidad y a una justicia que tardó en llegar pero que no perdonó ni un solo gramo de mi pecado.
Ya no soy Adela, soy piedra, soy polvo, soy la nada que queda después de que el fuego de la envidia consume todo lo que encuentra a su paso.
Que mi historia sirva para que otras morras no se pierdan en el camino de la lana fácil y el desprecio a su propia sangre.

Cierro los ojos de piedra por última vez, sintiendo que el peso del mundo desaparece y que por fin, después de tanto tiempo, soy libre de mí misma.
La Mujer de Piedra se queda aquí, en la celda 402, como un recordatorio de que el mal siempre regresa a casa para cenar con quien lo invitó a pasar.
Ya no hay más que decir, solo queda el eco de mis pasos que ya no suenan a carne, sino a un choque de rocas en medio de la noche.

FIN.