Parte 1
Ximena llegó a la colonia como si nada, con una maleta de hule y una mirada profunda que no decía mucho a simple vista.
Se instaló con su abuela, la señora que vendía tamales en la esquina, y pronto todos los hombres empezamos a hablar de ella en la tiendita.
Yo me sentía el verdadero dueño de la cuadra porque tenía el negocio más surtido y un Tsuru tuneado que era la envidia de mis amigos, David y Óscar.
Cuando David me dijo que quería intentar algo con ella, yo me burlé frente a todos los presentes.
Decía que esa chamaca de pueblo no tenía nada de especial comparada con las mujeres “fresas” que yo solía cargar en mi coche.
Pero David, que no tenía ni para una caguama fría, se la llevó a su cuarto de lámina una tarde que la abuela de Ximena se fue a misa de seis.
Lo que pasó después nos dejó a todos con la boca abierta y el corazón latiendo a mil por hora por la pura incredulidad.
A la mañana siguiente, David salió de su cuarto gritando como loco, pero no era de miedo, sino de una euforia que asustaba.
Su pocilga, que siempre olía a aserrín y humedad, estaba tapizada de monedas de oro y pacas de billetes que ni en el banco de la ciudad se veían.

Óscar no fue tonto y, viendo la suerte de su amigo, empezó a buscar a Ximena regalándole cosas de mi propia tienda a mis espaldas para ganársela.
Consiguió lo que quería y, tras una noche de encerrón total, amaneció siendo el hombre más rico que jamás hubiera pisado esta colonia olvidada por Dios.
Yo me estaba volviendo loco de la envidia, sintiendo cómo la bilis se me subía a la garganta cada vez que los veía pasar en sus trocas nuevas.
Ximena me buscó una vez para comprar leche, pero me vio con tal desprecio que entendí que conmigo las cosas no serían por las buenas.
Mi novia, la Perla, ya no me llenaba el ojo; yo solo podía pensar en la riqueza infinita que esa mujer llevaba escondida en su piel.
La codicia es un animal hambriento y yo ya no aguantaba mi vida de simple tendero mientras mis antiguos empleados se volvían magnates de la noche a la mañana.
Intenté hablarle, le llevé flores caras y hasta le ofrecí casarnos, pero ella se rió en mi cara y me dijo que yo era un tipo arrogante y vacío.
Esa noche el diablo me habló al oído y me convenció de que no necesitaba su permiso para obtener la fortuna que me correspondía por derecho.
La esperé en el callejón de las vías, donde la luz del poste siempre parpadea y el olor a fierro viejo te cala hasta los huesos.
Llevaba una máscara de luchador vieja y el alma podrida por la ambición de ser el hombre más poderoso de todo México.
Cuando la vi doblar la esquina en la oscuridad, sentí que el mundo se detenía y que mi nueva vida estaba a solo un paso de distancia.
Parte 2
El aire de esa noche era un cuchillo oxidado que me cortaba la cara mientras corría desesperado por las vías del tren.
Mis pulmones ardían como si hubiera tragado brasas de carbón y mi mente no dejaba de contar billetes que todavía no tenía en las manos.
Me quité la máscara de El Santo, esa que tenía guardada desde que era un morro, y la aventé con asco a un terreno baldío lleno de basura y perros flacos.
Sentía que el suelo vibraba bajo mis pies, pero no era el tren que pasaba a lo lejos, era mi propio corazón queriendo salirse del pecho por la adrenalina.
Me limpié el sudor de la frente con la manga de mi chamarra de cuero, esa que tanto presumía en los bailes de la colonia.
El silencio de las calles a esa hora era pesado, como una cobija de plomo que intentaba sofocar el pecado que acababa de cometer contra la nieta de la tamalera.
Llegué a mi casa jadeando, con las manos temblorosas buscando las llaves en el bolsillo de mi pantalón de mezclilla.
Cerré la puerta con tres candados, como si eso pudiera dejar afuera a los demonios que ya me venían pisando los talones.
Me desplomé en mi cama, la misma donde tantas veces soñé con tener las millones que David y Óscar ya estaban gastando.
Me quedé mirando el techo de concreto, viendo cómo la humedad formaba figuras extrañas que parecían burlarse de mi miseria.
En mi cabeza se repetía una y otra vez la imagen de Ximena, su mirada de odio absoluto y esa frialdad que no cuadraba con la fortuna que supuestamente otorgaba.
“Mañana voy a ser el rey”, me repetía a mí mismo en un susurro que sonaba más a súplica que a una declaración de victoria.
Me imaginaba mi local, la tienda “El Porvenir”, transformada en un supermercado de tres pisos con aire acondicionado y cajas automáticas.
Visualizaba mi Tsuru convertido en una camioneta de lujo, de esas que solo se ven en las lomas, con rines de oro y asientos que huelen a animal caro.
La ambición es un veneno que te nubla el juicio y yo ya estaba intoxicado hasta la médula, esperando que el sol saliera para cobrar mi recompensa.
No pude pegar el ojo en toda la madrugada, saltando ante cada ruido de la calle, pensando que quizá el oro llegaría en un camión blindado.
Cada vez que un coche pasaba cerca, me asomaba por la ventana con la esperanza de ver a unos hombres de traje bajando maletas llenas de dólares.
Pero lo único que veía era la luz amarillenta del poste parpadeando y a los mismos borrachitos de siempre durmiendo en la banqueta.
El tiempo se sentía eterno, como si las manecillas del reloj se hubieran quedado pegadas en la melaza de mi desesperación.
Fumé un cigarro tras otro hasta que el cenicero de barro se desbordó y el cuarto se llenó de un humo gris que me calaba en los ojos.
Híjole, qué larga se me hizo esa noche, sintiendo cómo el frío de la madrugada se me metía por los huesos a pesar de las cobijas de San Marcos.
Cuando los primeros rayos del sol empezaron a colarse por las rendijas de la persiana, me levanté de un salto, con el corazón en la garganta.
Empecé a buscar debajo de la cama, dentro del clóset, incluso en los cajones donde guardaba los calcetines viejos y la lana de la venta del día.
Esperaba encontrarme con ese brillo amarillo que te quita el sueño, con el olor a billete nuevo que te cambia el apellido.
Pero no había nada, absolutamente nada más que el mismo polvo de siempre y el olor a humedad que ya era parte de las paredes.
“Tal vez tarda un poco más”, pensé, tratando de convencerme de que el milagro no era instantáneo como un café de sobre.
Me metí a bañar con agua fría para espabilarme, dejando que el chorro me golpeara la nuca mientras intentaba sacudirme la culpa que se me pegaba a la piel.
Salí del baño y me vestí con mi mejor camisa, una de cuadros que siempre usaba para ir a cobrarles a los clientes más pesados.
Me puse mis botas de piel de víbora, las que brillaban tanto que podías verte la cara en ellas si te agachabas lo suficiente.
Quería estar listo para cuando la fortuna decidiera tocar a mi puerta y transformarme en el hombre más poderoso de la delegación.
Eran apenas las siete de la mañana cuando escuché unos golpes violentos en el portón de la entrada principal, unos golpes que sonaban a urgencia pura.
“Ya llegaron”, grité para mis adentros, sintiendo una descarga eléctrica que me recorrió toda la columna vertebral.
Corrí hacia el patio, tropezándome con una maceta de barro que se hizo mil pedazos contra el piso de cemento.
Pero al abrir, no me encontré con ningún notario ni con ningún camión lleno de riquezas, sino con la cara desencajada de Don Chente, el carnicero de la esquina.
Tenía la ropa manchada de sangre de res y el sombrero todo chueco, como si hubiera venido corriendo desde el otro lado de la colonia.
“¡Efraín, córrele, se está quemando tu negocio!”, me gritó con una voz que se quebraba por la falta de aire y el susto.
Sentí como si me hubieran dado un golpe seco en el estómago con un mazo de fierro, dejándome sin aliento y con la vista nublada.
No podía ser cierto, mi tienda, mi patrimonio de diez años de chamba dura, no podía estarse haciendo cenizas así de la nada.
Salí disparado hacia la calle, sin siquiera cerrar mi casa, con el miedo perforándome el pecho como un taladro oxidado.
A lo lejos ya se alcanzaba a ver una columna de humo negro que manchaba el cielo azul de la mañana, un humo espeso que olía a plástico quemado.
Me subí a mi Tsuru, ese que era mi orgullo, y le di marcha con una desesperación que casi rompe la llave en el encendido.
El motor rugió, pero de una manera extraña, como si algo se estuviera rompiendo por dentro, pero no me importó y le pisé el acelerador a fondo.
Las calles de la colonia se sentían más estrechas que nunca, con los vecinos saliendo de sus casas para ver qué era lo que pasaba.
Iba a toda velocidad, esquivando baches y puestos de comida que apenas se estaban instalando para la venta del desayuno.
Mi mente era un caos de imágenes: los estantes llenos de mercancía, la báscula nueva, el refrigerador de las carnes que apenas acababa de pagar.
De repente, a mitad de la avenida principal, el volante de mi coche se puso duro como una piedra y los frenos simplemente dejaron de responder.
Sentí el pánico real, ese que te paraliza los músculos y te hace ver tu vida pasar en un segundo frente a tus ojos.
El coche se jaló violentamente hacia la derecha, subiéndose a la banqueta y llevándose por delante un puesto de periódicos vacío.
El impacto fue brutal, un estruendo de fierros retorcidos y vidrios rotos que me sacudió el cerebro dentro del cráneo.
Mi frente chocó contra el volante y sentí el sabor metálico de la sangre llenándome la boca en un instante.
El humo empezó a salir del cofre del Tsuru, un humo blanco que se mezclaba con el olor a gasolina que se estaba derramando por el suelo.
Traté de abrir la puerta, pero estaba atorada, comprimida por el golpe contra el muro de piedra de una casa vieja.
La gente empezó a acercarse, gritando palabras que escuchaba como si estuviera debajo del agua, sordas y lejanas.
“¡Sáquenlo, se va a prender esta madre!”, escuché a un chavo que traía una cubeta de agua en las manos.
Dos hombres forzaron la puerta con una palanca mientras yo sentía que el mundo se me iba de las manos, sumido en un dolor punzante en las costillas.
Me sacaron a rastras, dejando mis botas de piel de víbora raspadas contra el pavimento lleno de aceite y vidrios.
Me sentaron en la banqueta, con la cabeza dándome vueltas y la vista fija en mi coche, que ahora era solo un montón de chatarra humeante.
Pero el dolor físico no era nada comparado con el horror de ver, dos cuadras más adelante, las llamas devorando mi tienda.
El fuego salía por las ventanas como lenguas de un monstruo hambriento que no dejaba nada a su paso.
Los bomberos todavía no llegaban y los vecinos intentaban apagarlo con mangueras de jardín que daban risa ante semejante infierno.
Me levanté como pude, ignorando el dolor en mi pierna izquierda que parecía estar rota por el impacto del choque.
Empecé a correr hacia la tienda, cojeando, gritando maldiciones al cielo que se mantenía indiferente ante mi desgracia.
Llegué justo cuando el techo de lámina se colapsó hacia adentro, levantando una nube de chispas y ceniza que me cegó por completo.
“¡Toda mi lana, toda mi mercancía!”, gritaba yo como un loco, queriendo meterme al fuego para salvar aunque fuera la caja registradora.
Un policía me agarró por los hombros, deteniéndome con fuerza mientras me decía que ya no había nada que hacer, que todo estaba perdido.
Me desplomé de rodillas sobre el pavimento caliente, sintiendo cómo las lágrimas me limpiaban la cara llena de hollín y sangre.
¿Dónde estaba el oro? ¿Dónde estaban los millones que Ximena le había dado a mis amigos por solo una noche de placer?
Yo había hecho lo mismo, o al menos eso creía mi mente retorcida por la codicia, pero los resultados eran una pesadilla viviente.
Me quedé ahí, viendo cómo el trabajo de toda mi vida se convertía en carbón y humo, mientras el sol calentaba el asfalto con una saña insoportable.
De pronto, un chavo de la colonia, uno de esos que siempre andan en bicicleta haciendo mandados, se me acercó con la cara pálida.
“Efra, no me vas a creer, pero dicen que también se está quemando tu casa”, me soltó sin anestesia, con los ojos bien abiertos por el asombro.
Sentí que el corazón se me detenía por un segundo, un silencio absoluto en medio del caos de las sirenas que por fin llegaban.
No podía ser, esto no era una coincidencia, esto era algo mucho más oscuro y retorcido que un simple golpe de mala suerte.
Cerré los ojos con fuerza, deseando despertar de este sueño maldito, pero el calor del incendio en mi cara me recordaba que la realidad era cruel.
“Llévenme a mi casa, por favor”, le supliqué a un paramédico que me estaba revisando la herida de la frente con una gasa llena de alcohol.
Me subieron a la ambulancia, pero yo me sentía como un muerto en vida, viendo a través de la ventanilla cómo dejábamos atrás las ruinas de mi negocio.
Llegamos a mi calle y el escenario era el mismo: una multitud rodeando mi hogar, ese que construí con tanto orgullo para que todos vieran mi éxito.
Las llamas salían por la puerta principal, la misma que había cerrado con tres candados apenas unas horas antes.
No quedaba nada de mis muebles, de mi ropa de marca, de las televisiones gigantes que compré para presumir con la Perla.
Todo se estaba desintegrando frente a mis ojos, como si una maldición invisible hubiera decidido borrar mi rastro de la faz de la tierra.
Me bajaron en una camilla porque ya no podía sostenerme en pie, con el cuerpo temblando por el choque nervioso y el dolor físico.
Me llevaron directo al hospital general, un lugar gris que olía a cloro y a muerte, donde me dejaron en un pasillo esperando a que un doctor se dignara a verme.
Estuve ahí horas, mirando el techo manchado, sintiendo cómo la realidad se me escapaba por las heridas que no dejaban de sangrar.
De repente, vi aparecer dos figuras que contrastaban totalmente con la miseria de ese hospital público.
Eran David y Óscar, mis antiguos amigos, mis empleados a los que siempre traté como si fueran menos que yo.
Venían vestidos con trajes que brillaban bajo las luces de neón, con relojes de oro que valían más que todo lo que yo acababa de perder.
Se veían limpios, seguros, con ese aroma a perfume caro que se queda impregnado en el aire por donde pasan.
Se acercaron a mi camilla con una expresión que no sabía si era de lástima o de una satisfacción mal disimulada.
Yo intenté hablar, pero mi garganta estaba seca como un desierto y solo pude emitir un quejido que me dolió hasta el alma.
“¿Qué te pasó, carnal? Nos avisaron que perdiste todo de un jalón”, dijo David, ajustándose el nudo de su corbata de seda.
Yo lo miré con odio, con una envidia que me quemaba más que las llamas de mi tienda, preguntándome por qué ellos sí y yo no.
“Ustedes…”, logré articular con dificultad, “ustedes se hicieron ricos con la chamaca esa… yo también lo hice… ¿por qué a mí me pasó esto?”.
Óscar y David se miraron entre ellos con una seriedad que me heló la sangre, una mirada que guardaba secretos que yo no alcanzaba a comprender.
“Efraín, no todos los caminos al tesoro son iguales, hay cosas que no se pueden forzar”, susurró Óscar, inclinándose un poco hacia mí.
En ese momento, una rabia ciega me dio fuerzas para sentarme en la camilla, ignorando el dolor que me atravesaba las costillas como agujas.
“¡Díganme qué hicieron! ¡Díganme por qué ella les dio todo y a mí me quitó hasta el modo de caminar!”, les grité, llamando la atención de las enfermeras.
Ellos no me contestaron ahí, solo me dijeron que me recuperara y que después hablaríamos con la verdad frente a frente.
Pero yo no podía esperar, el fuego de la duda me estaba consumiendo más rápido que el incendio de mi local.
En cuanto el doctor me dio de alta, apenas unas horas después porque el hospital estaba saturado, exigí que me llevaran a ver a Ximena.
Caminé apoyado en un palo de escoba que encontré en la basura, con la cabeza vendada y el orgullo hecho pedazos.
Mis amigos me llevaron en una de sus trocas de lujo, una camioneta negra con vidrios polarizados que se sentía como una nave espacial.
Llegamos a la casa de la tamalera, ese lugar humilde que ahora me parecía el centro del universo, el origen de toda mi desgracia.
La señora estaba sentada en su silla de siempre, batiendo la masa para los tamales con una calma que me pareció insultante.
Ximena estaba a su lado, con los brazos cruzados y una expresión de piedra que no cambió ni un milímetro cuando me vio entrar.
Yo estaba deshecho, oliendo a humo y a hospital, con la ropa rota y el rostro desfigurado por el choque y los golpes.
“¡Tú me hiciste esto!”, le grité a Ximena, señalándola con el dedo tembloroso mientras David y Óscar se quedaban atrás en silencio.
“David se acostó contigo y es millonario, Óscar se acostó contigo y ahora es dueño de media colonia… ¡Yo hice lo mismo y hoy no tengo ni donde caerme muerto!”.
Ximena no se inmutó, solo me miró a los ojos con una profundidad que me hizo sentir pequeño, como una hormiga a punto de ser aplastada.
Su abuela dejó de batir la masa, se limpió las manos en su delantal blanco y soltó una carcajada seca que resonó en todas las paredes de la cocina.
Era una risa que no tenía nada de alegría, era una risa de justicia, de esas que se escuchan en las historias de terror que cuentan los viejos.
“Ay, Efraín, qué poquito entendiste de la vida y de las mujeres”, dijo la anciana, levantándose con una agilidad que no correspondía a su edad.
En ese momento, el aire dentro de la pequeña cocina se volvió pesado, como si el oxígeno se estuviera agotando de repente.
Sentí que las rodillas me fallaban y me tuve que apoyar en la mesa de madera vieja, que olía a manteca y a canela.
Ximena dio un paso hacia adelante, quedando a pocos centímetros de mí, y pude ver que sus ojos no tenían ni una pizca de miedo.
“Yo nunca me acosté contigo, Efraín”, soltó ella con una voz clara y cortante que me atravesó el pecho como una daga fría.
Yo me quedé mudo, con la boca abierta, tratando de procesar esas palabras que no tenían sentido en mi cabeza nublada por el trauma.
“¿De qué hablas? ¡Anoche, en las vías del tren!”, alcancé a decir, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies una vez más.
La abuela se acercó a nosotros, me puso una mano en el hombro y su tacto se sintió como si un bloque de hielo me tocara la piel.
“Lo que tú hiciste anoche no tiene nombre, muchacho, y el destino tiene formas muy curiosas de cobrar las facturas de la soberbia”.
David y Óscar se acercaron también, pero ya no me miraban con lástima, sino con una decepción profunda que dolía más que cualquier golpe.
Fue entonces cuando la anciana empezó a hablar, revelando un secreto que había pasado de generación en generación en su familia de mujeres.
Explicó que ellas portaban un don, o una maldición, dependiendo de quién se acercara a ellas y con qué intenciones lo hiciera.
Dijo que la riqueza que Ximena otorgaba no era una transacción de carne, sino una conexión que solo florecía bajo ciertas condiciones.
“Mis nietas no son objetos que compras con flores o que tomas por la fuerza en un callejón oscuro”, sentenció la abuela con una autoridad que me hizo temblar.
Me explicó que si un hombre pasaba una noche con una mujer de su linaje y ella lo disfrutaba de verdad, la abundancia le llegaría sin medida.
Pero que si el acto era forzado, o si la mujer sentía desprecio y asco, el resultado sería exactamente el contrario: la miseria absoluta y eterna.
Sentí que el mundo se desmoronaba por completo, una revelación que me dejaba como el villano de mi propia historia de terror.
Había cometido el peor error de mi existencia, cegado por una envidia que me llevó a traspasar los límites de lo humano.
Ximena me miró por última vez y en su rostro solo vi una compasión gélida, la misma que se le tiene a un animal que está sufriendo antes de morir.
“David y Óscar fueron hombres que me trataron con respeto, que buscaron mi placer antes que el de ellos, y por eso la vida les sonrió”, dijo ella con calma.
“Pero tú, Efraín, tú entraste a mi cama como un ladrón y te llevaste lo que no era tuyo, pensando que podías comprar mi bendición con violencia”.
La abuela volvió a su lugar, tomó el tazón de masa y siguió con su labor, como si mi presencia ya no tuviera ninguna importancia en ese cuarto.
Me quedé ahí, solo en medio de mis supuestos amigos, que ahora eran desconocidos envueltos en seda y poder.
No tenía tienda, no tenía coche, no tenía casa y ahora me daba cuenta de que tampoco tenía alma, porque la había vendido por una moneda que resultó ser de cobre.
La desesperación me invadió por completo y caí al suelo, llorando como un niño perdido en la oscuridad del monte.
“¡Por favor, Ximena, ayúdame! ¡Dime cómo puedo arreglar esto!”, supliqué, arrastrándome hacia sus pies como un perro herido.
Ella se dio la vuelta sin decir una palabra, entrando a la habitación del fondo y cerrando la cortina que servía de puerta.
La abuela ni siquiera levantó la vista, concentrada en sus tamales, mientras el aroma a masa fresca inundaba el lugar que antes olía a gloria.
David se acercó a mí, me puso un fajo de billetes en la mano y me dijo que era lo último que podía hacer por mí.
“La regla es clara, Efra”, murmuró con tristeza, “si te ayudamos más de la cuenta, nuestra propia fortuna empezará a secarse”.
Me sacaron de la casa, dejándome en la calle, con el fajo de billetes que apenas me alcanzaría para pagar un cuarto de hotel barato por unos días.
Caminé por la colonia, viendo cómo la gente me señalaba y cuchicheaba sobre el hombre que lo perdió todo en una sola mañana.
Pasé frente a las ruinas humeantes de mi tienda y sentí que un pedazo de mi corazón se quedaba ahí, entre los fierros negros y las cenizas de mi orgullo.
Llegué a un hotel de paso, uno de esos donde las sábanas están amarillentas y el aire huele a cigarro viejo y a soledad.
Me encerré en el cuarto, mirando el ventilador de techo que giraba lentamente, haciendo un ruido monótono que me volvía loco.
Pensaba en mi vida de antes, en cómo me sentía el rey del barrio por tener un negocio surtido y un coche que brillaba al sol.
Qué irónica es la vida, que por querer ser más que los demás, terminé siendo menos que nada en este mundo de apariencias.
Pasaron los días y mi salud no mejoraba, la herida de la frente se me infectó y la pierna me dolía tanto que apenas podía dar tres pasos.
El dinero que me dio David se me estaba acabando entre medicinas y comida chatarra que me compraba en la esquina.
Intenté buscar chamba en otros negocios, pero nadie quería contratar al “quemado”, al hombre que cargaba con la mala suerte a cuestas.
Un día, mientras estaba sentado en un parque buscando monedas en el suelo, vi pasar la troca de Óscar, reluciente y majestuosa.
Él ni siquiera se fijó en mí, iba riendo con una mujer hermosa, viviendo la vida que yo tanto deseé y que destruí con mis propias manos.
Sentí una punzada de amargura tan fuerte que tuve que sentarme en una banca podrida para no desmayarme ahí mismo.
Me di cuenta de que mi castigo no era solo la pobreza, sino tener que ver el éxito de los demás desde el fango más profundo.
Cada vez que veía a alguien progresar, sentía que la maldición de la abuela me apretaba un poco más el cuello, recordándome mi pecado.
Había pasado de ser el ejemplo a seguir en la colonia, a ser el cuento preventivo que las madres les contaban a sus hijos para que no fueran codiciosos.
Una tarde, desesperado por el hambre y el dolor, decidí regresar a la casa de la tamalera para implorar una última vez por perdón.
Caminé por las calles que antes dominaba, sintiendo el peso de las miradas de lástima de mis antiguos clientes y vecinos.
Cuando llegué a la esquina, me encontré con algo que terminó de romper lo poco que quedaba de mi espíritu quebrantado.
La casa estaba vacía, las ventanas estaban tapiadas con maderas y ya no se sentía ese olor a tamales recién hechos que inundaba la cuadra.
Pregunté a una vecina y me dijo que se habían ido hacía días, que Ximena se había casado con un muchacho de otro estado y se llevaron a la abuela.
“Se fueron en unos coches negros bien bonitos, Efraín, dicen que la muchacha se sacó la lotería o algo así”, me contó la señora con envidia.
Me quedé parado frente a la puerta cerrada, sintiendo que la última esperanza se me escapaba entre los dedos como arena fina.
Ya no había forma de pedir perdón, ya no había forma de revertir lo que el destino había decretado para mí en aquella noche de locura.
Me senté en la banqueta, la misma donde David y Óscar solían esperarme para que los llevara a dar la vuelta en mi Tsuru.
El sol se estaba ocultando, pintando el cielo de un color naranja que me recordaba a las llamas que devoraron mi patrimonio.
Me di cuenta de que mi vida se había convertido en un ciclo de sombras, donde cada paso adelante me hundía dos metros más en la tierra.
La riqueza es una amante caprichosa que no se deja conquistar con cadenas, y yo aprendí esa lección de la manera más dolorosa posible.
Ahora solo me queda el recuerdo de lo que fui y la sombra de lo que pude haber sido si tan solo hubiera tenido un poco de decencia.
Cada noche, cuando cierro los ojos, sigo escuchando la risa seca de la abuela y viendo la mirada de hielo de Ximena.
Soy el hombre que tuvo el mundo a sus pies y lo cambió por una ilusión de grandeza que resultó ser su propia tumba de olvido.
Parte 3
El hambre no es un vacío en la panza, es un animal con garras que te rasguña las tripas desde adentro hasta que te doblas del dolor.
Ya pasaron tres meses desde que el fuego se tragó mi nombre y me dejó convertido en esta sombra que arrastra los pies por la calzada.
Ahora vivo en un cuarto de azotea que más bien parece un ataúd de cemento, donde el techo gotea cada vez que el cielo decide escupir su desprecio.
Despierto cuando el frío de la madrugada se me mete por la cobija de jerga que le robé a un tendero descuidado hace dos semanas.
Mis huesos crujen como ramas secas y la pierna que se me rompió en el choque nunca sanó bien porque no tuve ni para el yeso.
Me levanto con cuidado, apoyándome en la pared llena de salitre que se desmorona bajo mis dedos como si fuera mi propia piel.
No tengo espejo, pero sé que mi cara ya no es la del Efraín que presumía su Tsuru y su local bien surtido en la colonia.
Debo parecer un espantapájaros de ciudad, con la barba crecida y mugrosa, y esos ojos hundidos que solo buscan una moneda tirada en el suelo.
Híjole, qué bajo caí por andar de ambicioso, por querer arrebatarle a la vida lo que no me correspondía por las buenas.
Salgo a la calle cuando el sol apenas empieza a calentar el pavimento, esperando que el calor me quite un poco este entumecimiento de muerte.
Camino hacia el mercado, no para comprar, sino para ver qué dejan los camiones de carga cuando bajan la mercancía de la central de abastos.
A veces encuentro un jitomate machucado o una pieza de pan que todavía no está verde de moho, y eso es mi banquete del día.
Me siento en una caja de madera vieja, viendo cómo la gente pasa a mi lado sin verme, como si yo fuera parte del aire contaminado.
Me acuerdo de cuando yo era el que llegaba en mi camioneta a surtir, dando órdenes y sintiéndome el mero mero petatero de la zona.
Ahora soy el “vago”, el “pobre diablo” al que las señoras le jalan la mano a sus hijos para que no se les pegue mi mala suerte.
La bilis se me sube a la garganta cuando veo pasar a lo lejos un Mercedes-Benz negro, brillante como un pecado recién cometido.
Sé que es de Óscar, porque él siempre tuvo ese gusto por los carros alemanes que yo antes criticaba por ser demasiado presumidos.
Él no me ve, va hablando por un teléfono de esos caros, riéndose de algo que seguramente tiene que ver con sus millones mal ganados.
Bueno, no mal ganados, porque él sí respetó a la chamaca, él sí supo tratarla como si fuera una reina de verdad.
Esa es la espina que tengo clavada en el alma y que me pica cada vez que respiro: la envidia de saber que mi miseria es solo mía.
Me pregunto cuántas onzas de oro tendrá guardadas en su caja fuerte mientras yo cuento los minutos para que no me corran de mi azotea.
A mediodía el calor se vuelve insoportable y el olor de las taquerías me vuelve loco, haciéndome salivar como un perro rabioso.
Me acerco a un puesto de carnitas, ese donde antes me daban el mejor lugar y me servían el clight de cortesía por ser cliente frecuente.
El dueño, un tipo al que yo le presté lana para su boda, me mira con una mezcla de asco y miedo que me quema más que el aceite hirviendo.
“Lárgate de aquí, Efraín, me vas a espantar a la clientela con esa facha de muerto de hambre”, me dice sin un gramo de vergüenza.
Yo trato de recordarle quién era yo, lo que hice por él, pero las palabras se me quedan atoradas en la garganta seca.
Me avienta un taco de pura gordura al suelo, como si fuera un animal, y yo, con la dignidad hecha pedazos, lo recojo del polvo.
Me escondo en un callejón para comerlo, llorando lágrimas amargas que se mezclan con el sabor de la grasa fría y la tierra.
¿Cómo es posible que el mundo se olvide de ti tan rápido cuando ya no tienes ni un peso partido por la mitad?
Me doy cuenta de que mis amigos no eran amigos, y que mi éxito era solo un castillo de naipes que el viento de la verdad derribó.
Por la tarde, la desesperación me lleva a buscar a una bruja de la que todos hablan en la colonia Guerrero, una tal Doña Chonita.
Dicen que ella puede ver lo que los ojos normales ignoran y que sabe cómo romper las cadenas que te amarran al infortunio.
Llego a su vecindad, un lugar que huele a copal, a hierbas secas y a algo rancio que no alcanzo a identificar bien.
Entro a su cuarto, que está iluminado apenas por unas veladoras de la Santa Muerte que proyectan sombras gigantes en las paredes.
La vieja es pequeña, arrugada como una pasa, con unos ojos que parecen dos pozos de agua negra que te leen el pensamiento.
“Vienes cargando una mancha muy fea, muchacho”, me dice sin saludarme, mientras baraja unas cartas que están todas gastadas.
Me pide que me siente frente a ella y me pasa un huevo por todo el cuerpo, rezando en un lenguaje que me eriza los pelos del brazo.
Cuando rompe el huevo en un vaso con agua, lo que sale es una cosa negra, espesa, que parece petróleo mezclado con sangre.
“Tú no tienes mala suerte, Efraín, tú tienes una sentencia dictada por una sangre más vieja que la de tus abuelos”, sentencia ella.
Me explica que la familia de Ximena no es de este mundo, que son descendientes de algo que los antiguos llamaban “los dadores”.
Dice que su regalo es una prueba de fuego: si el hombre es digno, la tierra le entrega sus frutos; si es un miserable, la tierra lo devora.
“Tú intentaste robar el fuego sagrado y ahora el fuego te está consumiendo por dentro hasta que no quede nada de tu espíritu”.
Le suplico que me ayude, que me diga qué sacrifico, cuánta lana necesito conseguir para que me quite este peso del pecho.
Ella se ríe, una risa que suena como si estuvieran arrastrando piedras sobre una tumba de mármol en el panteón de Dolores.
“Aquí no se trata de lana, menso, aquí se trata de que la vida ya te marcó y no hay jabón en este mundo que te limpie”.
Me dice que la única forma de que la maldición se detenga es que la persona a la que dañé me perdone de corazón.
Pero Ximena ya no está, se fue a donde el viento da la vuelta y yo no tengo ni para el pasaje del metro, mucho menos para buscarla.
Salgo de ahí más hundido que antes, sintiendo que la oscuridad de ese cuarto se me quedó pegada a la ropa como si fuera brea.
Camino de regreso a mi colonia, pero me pierdo en las calles que supuestamente conocía de memoria desde que era un chamaco.
De repente, me encuentro frente a la mansión de David, una casa blanca con portones de hierro forjado y cámaras de seguridad por todos lados.
Es tan grande que parece un hotel de lujo, con jardines que huelen a flores frescas y una fuente que suena como música de ángeles.
Me quedo pegado a las rejas, mirando hacia adentro como un niño hambriento frente a una vitrina llena de dulces de colores.
Veo salir a David, vestido con una guayabera de lino blanco, del brazo de una mujer que parece modelo de las que salen en la tele.
Se ven tan felices, tan llenos de vida, que por un momento se me olvida mi propio dolor y solo siento una envidia que me carcome.
David voltea hacia la reja y nuestras miradas se cruzan por un segundo que parece durar toda una eternidad de silencios.
Veo cómo sus ojos se llenan de una tristeza profunda, pero también de un miedo que lo hace retroceder un paso hacia su mujer.
No me reconoce como su amigo, me reconoce como la consecuencia de lo que él evitó por ser un hombre de palabra y respeto.
Le hace una seña a un guardia de seguridad, un tipo con uniforme azul y una macana que brilla bajo la luz de la luna llena.
El guardia se acerca a mí y me dice que circule, que no quieren limosneros estorbando la vista de la gente importante de la privada.
“¡David, soy yo, el Efraín!”, trato de gritar, pero mi voz es apenas un hilo de aire que se pierde en el ruido del tráfico de la ciudad.
El guardia me empuja con fuerza y yo caigo sobre el pavimento, lastimándome otra vez la pierna que nunca terminó de pegar bien.
Me arrastro hasta la banqueta, viendo cómo la camioneta blindada de David sale de la cochera y se aleja sin detenerse ni un momento.
Me dejan ahí tirado, como la basura que el barrendero olvida recoger un sábado por la tarde después de la fiesta patronal.
Empieza a llover, una lluvia fría y persistente que me cala hasta los pulmones, haciéndome toser una flema espesa y amarga.
Me refugio bajo el alero de una tienda cerrada, temblando como una hoja seca, deseando que un rayo me parta para acabar con esto.
Pienso en mi amá, que siempre me decía que la soberbia era el camino más corto hacia el infierno, y qué razón tenía la pobre vieja.
Me acuerdo de Ximena, de su cara de ángel que escondía una justicia divina que no se anda con juegos ni con medias tintas.
Me pregunto si ella sabrá que estoy aquí, si sentirá un poco de lástima por el hombre que quiso ser dios y terminó siendo nada.
Tal vez ella está en su nueva casa, rodeada de lujos, olvidada por completo de la rata de alcantarilla que la asaltó en el callejón.
Paso la noche en vela, escuchando el rugido de la ciudad que no duerme, sintiendo cómo mi cuerpo se va rindiendo poco a poco.
A veces deliro y veo a la abuela de Ximena batiendo su masa de tamales, diciéndome que mi deuda todavía no está pagada.
Siento que las monedas de oro que David y Óscar tienen me pesan a mí, como si yo estuviera cargando con el lastre de su riqueza.
A la mañana siguiente, decido que no puedo seguir así, que tengo que hacer algo antes de que el hambre me gane la partida final.
Me voy a la iglesia de San Hipólito, a ver si el santo de las causas difíciles me echa una mano aunque sea para conseguir una chamba de lo que sea.
Me hinco frente al altar, pero no puedo rezar, las palabras de perdón se me sienten falsas en una boca que solo ha sabido insultar.
Veo a la gente con sus figuras del santo, todos pidiendo milagros, pidiendo lana, pidiendo salud para sus parientes enfermos.
Yo solo pido un momento de paz, una tregua en esta guerra que el destino me declaró desde que puse un pie fuera de mi tienda.
Pero el santo se queda callado, mirándome con sus ojos de madera, mientras el olor del incienso me marea y me hace sentir que voy a desmayar.
Salgo de la iglesia y me encuentro con la Perla, mi exnovia, la que decía que me amaba por sobre todas las cosas del mundo.
Va del brazo de un tipo que maneja un taxi, se ve bien, con ropa nueva y una sonrisa que me dice que ya me borró de su mapa.
Cuando me ve, se detiene en seco, se pone los lentes de sol y apura el paso como si hubiera visto a un espanto de las leyendas.
Ni siquiera una moneda, ni siquiera un “¿cómo estás, Efraín?”, nada más que el vacío de quien ya no significa nada para nadie.
Entiendo que mi castigo es la invisibilidad, el ser un fantasma que camina entre los vivos sin poder tocar nada de lo que antes era mío.
Me voy caminando hacia el centro, buscando un lugar donde pueda descansar un rato sin que la policía me ande correteando.
Me siento en una banca del Zócalo, viendo la bandera monumental ondear con un orgullo que yo ya no tengo ni para mi propio apellido.
Unos turistas me toman una foto, seguramente para su colección de “la pobreza en México”, y me avientan un dólar que cae en el charco.
Lo recojo con un odio sordo, pensando en que antes yo cambiaba miles de dólares en el banco para mis viajes de compras.
El tiempo se vuelve una masa pegajosa que no avanza, donde cada hora es un calvario de recuerdos y de arrepentimientos tardíos.
Veo a los niños correr tras las palomas y me pregunto si yo alguna vez fui así de inocente, así de libre de la mancha de la ambición.
Pero la respuesta es un no rotundo, yo siempre quise más, siempre quise ser el que mandaba, el que tenía la troca más grande.
Me empieza a dar una fiebre muy alta, de esas que te hacen ver cosas que no están ahí, de esas que te queman el cerebro.
Veo a Ximena caminando por la plaza, pero cuando trato de alcanzarla, se convierte en una nube de ceniza que el viento se lleva.
Grito su nombre, pero nadie voltea, soy solo un loco más de los que abundan en el primer cuadro de la gran ciudad.
Me desplomo en el suelo y siento que el concreto está frío, pero mi cuerpo arde como si todavía estuviera dentro de mi tienda quemada.
Unos paramédicos de la cruz roja se acercan, me checan el pulso y dicen algo sobre una infección generalizada y desnutrición severa.
Me suben a la ambulancia y vuelvo a sentir ese olor a cloro y a muerte que ya se me hizo costumbre en estos últimos meses de vida.
En el hospital me dejan en una camilla en el pasillo, porque dicen que no hay camas disponibles para gente que no tiene seguro.
Me ponen un suero que se siente como fuego entrando por mis venas, mientras yo solo puedo pensar en el oro que nunca llegó.
“Si tan solo no la hubiera tocado”, susurro para mis adentros, con la voz quebrada y el alma llena de una pena que no tiene nombre.
Vuelvo a ver a la abuela en mis sueños, pero ahora no se está riendo, tiene una cara de seriedad que me da más miedo que su carcajada.
Me dice que todavía falta la última parte de la lección, la que duele más que el hambre y que la pobreza extrema de estos días.
Me dice que la verdadera riqueza no era el oro, sino la paz de poder mirar a alguien a los ojos sin sentir que le debes la vida.
Despierto gritando, bañado en un sudor frío que me hace tiritar a pesar de la fiebre que no me suelta ni un momento.
Una enfermera me da una pastilla y me dice que me calle, que hay gente que sí se quiere curar y yo solo estoy dando broncas.
Me quedo mirando la luz del techo, una lámpara de neón que parpadea rítmicamente, marcando el compás de mi decadencia final.
Pasan dos días y me dan de alta porque necesitan el espacio para alguien que sí pueda pagar la cuenta de los medicamentos.
Salgo a la calle tambaleándome, con las piernas que parecen de trapo y la cabeza que me da vueltas como un trompo viejo.
No tengo a donde ir, mi cuarto de azotea ya se lo rentaron a otro porque no pagué la semana por estar en el hospital.
Camino sin rumbo, dejando que mis pies me lleven a donde quieran, como si yo ya no fuera el dueño de mis propios pasos.
De repente, me doy cuenta de que estoy frente a la vecindad donde vivía David antes de que la fortuna lo golpeara de frente.
El cuarto donde él dormía ahora es una bodega llena de triques viejos y bicicletas oxidadas que nadie quiere usar.
Me meto ahí sin que nadie me vea, buscando un rincón donde pueda acurrucarme y esperar a que pase lo que tenga que pasar.
Huelo el aserrín, ese olor que David siempre traía en la ropa cuando era un simple aprendiz de carpintero con sueños de grandeza.
Me acuerdo de cómo nos burlábamos de él, de cómo le decíamos que nunca iba a salir de ese agujero por más que trabajara.
Y miren ahora, él está en la cima del mundo y yo estoy aquí, escondido entre la basura de su pasado, como una rata asustada.
La ironía de la vida es una perra que te muerde cuando menos te lo esperas, dejándote una cicatriz que no cierra con nada.
Me quedo dormido sobre unos costales de cal, sintiendo que el polvo me llena los pulmones y me quita las ganas de seguir luchando.
Al día siguiente, escucho voces afuera del cuarto, voces que conozco muy bien y que me hacen saltar del susto a pesar de mi debilidad.
Es Óscar y David, que vinieron a supervisar una obra que están haciendo en la colonia para ayudar a la gente necesitada.
“Aquí empezó todo, carnal, en este cuarto de mala muerte donde no teníamos ni para los frijoles”, dice David con una voz llena de nostalgia.
Yo estoy ahí, a tres metros de ellos, escondido tras una pila de maderas viejas, escuchando cómo hablan de su éxito y de su felicidad.
Hablan de sus negocios, de sus viajes a Europa, de las fundaciones que están abriendo para limpiar su conciencia de tanto dinero.
Yo quiero salir, quiero pedirles perdón, quiero que me den una oportunidad de trabajar aunque sea de barrendero en sus empresas.
Pero el orgullo, ese maldito orgullo que todavía me queda un poquito, me mantiene clavado al suelo, impidiéndome mostrar mi miseria.
Veo a Óscar sacar un fajo de billetes y dárselo a un albañil que está trabajando ahí, diciéndole que se compre algo bueno para su familia.
Siento que una rabia negra me invade, una furia contra la injusticia de este destino que me castigó tan duro por un solo error.
“¡No es justo!”, quiero gritarles, “¡yo también estaba ahí, yo también era parte del grupo, yo merecía esa suerte tanto como ustedes!”.
Pero me callo, porque sé que en el fondo ellos no tienen la culpa de mi codicia, ellos solo fueron los recipientes de una bendición que yo ensucié.
Se van después de un rato, dejando tras de sí ese olor a triunfo que me hace sentir más perdedor que nunca en mi vida.
Salgo de mi escondite cuando ya no se escuchan sus voces, con el corazón latiendo a mil por hora y las manos sudorosas.
Decido que no voy a morir aquí, que tengo que encontrar a Ximena aunque sea lo último que haga en este mundo de sombras.
Empiezo a caminar hacia la salida de la ciudad, con la esperanza de que alguien me diga a dónde se llevaron a la nieta de la tamalera.
Camino kilómetros por la carretera, pidiendo aventón a los camiones que van hacia el sur, hacia la tierra donde dicen que nació ella.
Muchos se pasan de largo, pero un trailero con cara de pocos amigos se apiada de mí y me deja subir a su cabina que huele a diesel y a soledad.
“¿A dónde vas con esa facha, compa?”, me pregunta mientras le cambia a la estación de radio para poner unas rancheras de esas que duelen.
“Voy a buscar mi perdón, jefe, voy a tratar de arreglar lo que rompí por andar de creído”, le contesto con una sinceridad que me sorprende.
Él no dice nada, solo asiente con la cabeza y le sube al volumen a la música, dejando que el camino nos trague bajo la luz de la luna.
Siento que el movimiento del trailer me arrulla, llevándome hacia un destino que no sé si será mi salvación o mi sentencia de muerte.
Me quedo mirando el paisaje que pasa rápido por la ventana, viendo cómo las luces de la ciudad se van quedando atrás, pequeñas y lejanas.
Me pregunto si Ximena me estará esperando, si sus dioses ya le avisaron que el pecador va en camino a rendir cuentas.
O tal vez solo voy al encuentro de mi propio final en un pueblo olvidado donde nadie sabe quién fui ni lo que perdí por ambicioso.
La noche es larga en la carretera y los recuerdos son compañeros que no te dejan descansar ni un minuto en la oscuridad.
Pienso en mi tienda, en el olor del café recién molido, en la risa de mis clientes cuando les contaba un chiste de los míos.
Todo eso quedó atrás, convertido en humo y ceniza, como mi vida entera que ahora pende de un hilo de esperanza muy delgado.
Llegamos a un pueblo al amanecer, un lugar lleno de neblina y de árboles altos que parecen gigantes cuidando un secreto milenario.
“Aquí es donde se bajan los que buscan lo que tú buscas”, me dice el trailero, mirándome con una lástima que ya no me ofende.
Me bajo del camión y siento que el aire aquí es diferente, más puro, más pesado, como si cada respiro costara un poco más de trabajo.
Camino por la calle principal del pueblo, viendo a la gente que me mira con curiosidad, reconociendo en mí al extraño que viene de la gran urbe.
Pregunto por la familia de la tamalera y todos se quedan callados, señalando hacia lo alto de la montaña que se pierde entre las nubes.
“Allá arriba viven las mujeres que saben dar y que saben quitar”, me dice un anciano que está sentado en una piedra, tallando un pedazo de madera.
Empiezo a subir por el sendero, cojeando, sintiendo que cada paso es un castigo para mi pierna rota y para mi corazón cansado.
El sudor me corre por la cara, pero no es de calor, es de un miedo que me tiene paralizado por dentro desde que salí de la ciudad.
Sé que lo que voy a encontrar allá arriba va a cambiar mi vida para siempre, o tal vez la va a terminar de una vez por todas.
Llego a una casa pequeña, hecha de piedra y madera, que parece brotar de la misma tierra como si fuera una planta más del bosque.
El aroma a tamales de dulce inunda el aire y siento que mis rodillas flaquean al reconocer ese olor que marcó el inicio de mi ruina.
La puerta está abierta y desde adentro se escucha una voz que me hace temblar como si me estuvieran echando agua helada en la espalda.
Es la voz de Ximena, pero suena diferente, más poderosa, más llena de una sabiduría que no es de este tiempo ni de este lugar.
“Entra, Efraín, que el camino ha sido largo y la deuda ya ha crecido demasiado como para ignorarla más tiempo”, dice ella desde la sombra.
Entro con el corazón en la mano, sintiendo que el aire se me acaba y que la verdad está a punto de golpearme con toda su fuerza.
Ximena está sentada frente al fogón, con el rostro iluminado por las llamas que bailan en sus ojos negros como el carbón de la mina.
A su lado está la abuela, que me mira con una sonrisa que ya no tiene burla, sino una seriedad que me hiela hasta el último hueso.
Me desplomo de rodillas frente a ellas, con las manos juntas en una súplica desesperada, sintiendo que el llanto me ahoga por completo.
“¡Perdóname, Ximena! ¡Perdóname por lo que hice, por la soberbia, por la violencia, por todo!”, grito con todas mis fuerzas.
Ella se levanta lentamente y se acerca a mí, poniendo una mano sobre mi cabeza, y su tacto se siente como si me estuvieran quemando con un hierro al rojo vivo.
No hay palabras de consuelo, no hay promesas de riqueza, solo el silencio de quien sabe que la justicia divina no tiene vuelta atrás.
“Has venido a buscar lo que ya no existe, Efraín, porque el hombre que fuiste murió en el incendio de su propia ambición”, sentencia ella.
Siento que el mundo gira a mi alrededor y que la oscuridad me envuelve de nuevo, pero esta vez no tengo miedo de caer al abismo.
Sé que este es el final del camino y que mi destino está sellado por las acciones que cometí cuando creía que el oro era el único dios.
Parte 4
El silencio en esa cabaña de piedra era tan pesado que sentía que mis oídos iban a reventar en cualquier momento.
Ximena no se movía, permanecía ahí parada como una estatua de cantera labrada por los mismos dioses antiguos que su abuela tanto mencionaba.
El olor del copal y de la leña de encino inundaba mis sentidos, haciéndome sentir que estaba en un plano diferente, lejos de los ruidos de la ciudad y de mis fracasos.
Me dolía hasta el alma verla tan entera, tan llena de una paz que yo mismo me encargué de pisotear en aquel callejón oscuro.
Mi pierna infectada palpitaba con un ritmo macabro, recordándome con cada punzada que mi cuerpo se estaba pudriendo al mismo paso que mi fortuna.
Bajé la cabeza porque no aguantaba el peso de su mirada, una mirada que me desnudaba los pensamientos más cochinos y ambiciosos que alguna vez tuve.
“¿Qué esperabas encontrar aquí, Efraín?”, preguntó Ximena con una voz que no tenía rastro de odio, sino de una lástima infinita que calaba más hondo.
“¿Pensaste que con un ‘perdón’ se iban a reconstruir tus paredes o que el oro iba a brotar de tus cenizas por arte de magia?”.
Yo quería decirle que sí, que en mi desesperación todavía guardaba la esperanza de que ella fuera la llave para salir de este hoyo gacho donde me metí.
Pero las palabras se me quedaban atoradas en la garganta, como si tuviera un nudo de espinas que me impedía articular cualquier excusa barata.
La abuela se acercó con un pocillo de barro lleno de un café negro que olía a canela y a campo recién llovido, pero no me lo ofreció a mí.
Se sentó en su banco de madera, le dio un trago lento y suspiró con un sonido que pareció mover la neblina que entraba por la puerta abierta.
“Siéntate, muchacho, que tus piernas ya no te sostienen y aquí no queremos que te mueras antes de que escuches lo que te toca”, me ordenó la vieja con una firmeza que no admitía réplicas.
Me arrastré hasta un rincón, apoyándome en la pared de piedra fría, sintiendo cómo el frío del suelo se filtraba por mis pantalones rotos y mugrosos.
Ximena volvió a su lugar junto al fogón, moviendo las brasas con un palo, y las chispas saltaron iluminando su rostro de ángel vengador por un instante.
“Nuestra sangre no es como la de los demás, Efraín, y eso es algo que ni David ni Óscar terminaron de entender por completo, aunque ellos recibieron la bendición”, empezó a decir la abuela.
Explicó que en su familia, desde los tiempos en que no había carreteras ni luz eléctrica, las mujeres portaban la “Semilla de la Abundancia”.
Era un trato con la tierra misma, un equilibrio que dictaba que el placer compartido con respeto generaba una energía que la vida devolvía en forma de riqueza material.
“Cuando una mujer de mi linaje se entrega a un hombre y lo hace por voluntad propia, buscando su propio gozo tanto como el de él, el mundo se abre de capa”, continuó la anciana.
Me contó de su propia madre, que se casó con un peón que no tenía ni donde caerse muerto y terminó siendo dueño de media sierra en menos de un año.
Pero también me contó de los hombres que, como yo, quisieron tomar el atajo de la fuerza y terminaron secos como ramas de árbol caído en pleno desierto.
“Tú no solo me lastimaste a mí, Efraín, tú rompiste el flujo sagrado de la vida por tu maldita envidia y tu sed de poder”, dijo Ximena sin mirarme.
Explicó que el trauma que yo le causé se convirtió en una barrera de energía negra que, en lugar de atraer el oro, atrajo el fuego y la destrucción hacia mi vida.
Lo que David y Óscar vivieron fue el resultado de una entrega mutua, de un momento donde la alegría de ella se transformó en los millones de ellos.
Pero conmigo, el asco que ella sintió, el miedo que le recorrió el cuerpo y la rabia de verse humillada, se convirtieron en la chispa que prendió mi tienda y mi casa.
“El universo no se equivoca, muchacho, simplemente te dio de vuelta la misma oscuridad que tú sembraste en aquel callejón de las vías”, sentenció la abuela con una calma que me dio escalofríos.
Yo lloraba en silencio, con los mocos escurriéndome y la vergüenza quemándome la cara, dándome cuenta de que no había vuelta atrás para mi destino.
Les pedí que me dijeran si había alguna forma de limpiar mi nombre, de recuperar aunque fuera un poco de la dignidad que perdí en el camino.
La vieja me miró fijo a los ojos y me dijo que la única forma era vivir el resto de mi vida como un testimonio viviente de lo gacho que es la codicia.
“Tendrás que ver a tus amigos prosperar, tendrás que ver cómo el mundo sigue girando sin ti, y ese será tu verdadero purgatorio aquí en la tierra”.
Ximena se levantó, sacó una bolsa pequeña de tela y me la aventó a los pies con un gesto de desprecio que me dolió más que el golpe del coche.
“Ahí tienes un poco de lana para que te regreses a la ciudad y te operes esa pierna, para que no digas que somos unas desalmadas”, me dijo con frialdad.
“Pero no esperes más, porque desde este momento tú ya no existes para nosotras, ni para la suerte, ni para la esperanza de un futuro mejor”.
Me sacaron de la casa cuando el sol apenas empezaba a asomar por detrás de los cerros, pintando el mundo de un rojo que me recordaba a mi propia sangre.
Bajé la montaña cojeando, apoyado en un palo de madera que la abuela me dio, sintiendo que cada paso era una losa que me aplastaba el espíritu.
Llegué al pueblo y tomé un camión de esos guajolotes que huelen a animal y a cansancio, sintiendo que mi viaje de redención había terminado en un fracaso total.
Regresé a la Ciudad de México, pero ya no era el mismo hombre; era apenas un bulto de ropa vieja y de recuerdos amargos que nadie quería cargar.
Usé la lana que me dio Ximena para ir a un hospital donde me cortaron dos dedos del pie porque la infección ya estaba muy avanzada y olía a muerto.
Pasé semanas en una cama de hospital público, rodeado de gente que se quejaba de dolor, mientras yo solo podía pensar en la vida que pude haber tenido.
Cuando salí, me di cuenta de que mi colonia ya no me pertenecía, que mi nombre era una leyenda urbana de esas que se cuentan para asustar a los nuevos comerciantes.
“¿Ya viste al Efra? Dicen que se volvió loco y que anda pidiendo limosna afuera del metro”, escuchaba decir a los chavos que antes me pedían chamba.
Me instalé en un rincón de la Merced, ayudando a cargar cajas cuando la pierna me lo permitía, viviendo de la caridad de los que no sabían quién era yo.
Pasaron los años y el tiempo se encargó de borrar mi rostro de la memoria de los que alguna vez me llamaron “patrón” o “amigo”.
David y Óscar se convirtieron en figuras públicas, de esas que salen en los periódicos entregando cheques gigantes para obras de caridad en los pueblos pobres.
Yo los veía en las portadas de las revistas que recogía de la basura, viendo sus caras llenas de salud y de esa seguridad que solo te da el tener la cuenta de banco llena.
Me enteré por un viejo conocido que Óscar se había casado con una muchacha de la alta sociedad y que ahora tenía tres hijos hermosos que estudiaban en el extranjero.
David, por su parte, se volvió un inversionista fuerte en el ramo de la construcción y dicen que hasta le pusieron su nombre a una escuela allá por su tierra.
Y yo, mientras tanto, seguía contando los pesos para poder comprarme un tamal y un atole en las mañanas frías, acordándome siempre de la abuela.
A veces me daban ganas de ir a buscarlos, de pararme frente a sus oficinas lujosas y gritarles que yo estuve ahí cuando no eran nada.
Pero sabía que eso solo me traería más dolor y que sus guardias de seguridad me sacarían a patadas antes de que pudiera abrir la boca.
Aprendí a vivir con mi castigo, a ser la sombra que camina por las banquetas mientras el mundo de los ricos brilla con una luz que a mí me fue negada.
Un día de diciembre, mientras el frío calaba hasta los dientes, me encontré de frente con la camioneta de David en un semáforo de la avenida Insurgentes.
Él iba en el asiento de atrás, leyendo unos papeles, y por un momento nuestras miradas se cruzaron a través del vidrio polarizado que apenas dejaba ver su silueta.
Sentí que mi corazón se detenía, esperando que tal vez me reconociera, que bajara la ventana y me dijera “Súbete, Efra, vamos a arreglar esto”.
Pero el semáforo cambió a verde y la camioneta arrancó con un rugido potente, dejándome envuelto en una nube de humo negro que me hizo toser por un buen rato.
Él no me vio, o tal vez prefirió no ver al pordiosero que se parecía tanto al amigo que alguna vez tuvo en su juventud de pobreza y sueños.
Me quedé ahí parado, con mi bote de monedas en la mano, sintiendo que la última conexión con mi pasado se acababa de romper para siempre.
Caminé hacia mi “casa”, que ahora era un pedazo de cartón bajo un puente de la ciudad, sintiendo que el cansancio ya me estaba ganando la batalla final.
Me acosté mirando las luces de los edificios, imaginando que en alguno de esos departamentos lujosos estaba Ximena, viviendo la vida que se merecía.
Me di cuenta de que ella siempre fue la dueña de la situación y que yo solo fui un peón que se creyó rey en un juego que nunca entendió.
Híjole, qué gacho es darse cuenta de que uno mismo fue el arquitecto de su propia ruina por andar de envidioso y de mala leche.
Si tan solo me hubiera quedado con mi tiendita, con mi Tsuru y con la Perla, tal vez hoy sería un viejo respetado con nietos que me quisieran.
Pero la ambición es un pozo sin fondo y yo me tiré de cabeza pensando que abajo me esperaba un colchón de plumas de oro.
Siento que el aire me falta cada vez más seguido y que los pulmones ya no me responden como antes, tal vez por tanto humo que tragué en el incendio.
Cierro los ojos y vuelvo a ver el brillo de los billetes en el cuarto de David, ese brillo que me volvió loco y que me llevó a cometer la peor burrada de mi vida.
Ya no tengo fuerzas para odiar, ya no tengo fuerzas para envidiar, solo tengo fuerzas para esperar a que la noche se me haga eterna de una vez.
La lección fue dura, pero creo que por fin la entendí, aunque haya sido demasiado tarde para rescatar algo de lo que alguna vez fui.
La riqueza no se arrebata, se atrae con el alma limpia y con el corazón dispuesto a compartir, no a saquear lo que otros tienen.
Ahora soy solo una historia que se cuenta en los puestos de comida, el ejemplo de lo que pasa cuando dejas que el diablo te hable al oído sobre el oro ajeno.
Me quedo aquí, bajo este puente que es mi único techo, escuchando el rugido de la gran ciudad que nunca se detiene a mirar a los que caen.
Espero que si alguien encuentra estas palabras, entienda que la verdadera fortuna es poder dormir tranquilo sin tener que esconder la cara de la luz del sol.
Adiós a la colonia, adiós a mis amigos millonarios, y adiós a Ximena, la mujer que me dio la vida y la muerte en una sola mirada de desprecio.
Siento que el frío ya no me duele, que el cuerpo se me va poniendo ligero como si fuera una pluma de esas que vuelan en el callejón de las vías.
Tal vez allá arriba, o allá abajo, me encuentre de nuevo con la abuela y podamos compartir un café sin que ella me mire con tanta lástima.
Ya no tengo miedo, ya no tengo hambre, ya solo tengo este silencio que por fin me trae la paz que no pude comprar con todo el oro del mundo.
FIN.
News
Mi propia sangre me robó lo que más quería. Mi hermana siempre fue la “niña buena”, la que atendía la tienda mientras yo soñaba con salir de este pueblo polvoriento.
Parte 1 El sol de mediodía ya quemaba las láminas del techo y yo seguía hundida en las cobijas, soñando con escapar de esta vida de carencias. Mi madre entró al cuarto como un torbellino, gritando que ya era tarde…
La ceguera era su cárcel, pero mi amor fue su llave. Sin embargo, nunca imaginé que su libertad sería mi propia condena.
Parte 1 Llevaba tres años partiéndome el lomo en la Central de Abastos desde la madrugada, cargando bultos que me doblaban la espalda. Al terminar, me iba corriendo a lavar trastes a una fonda en la colonia Doctores y, por…
¡ESTE MILLONARIO LE COMPRÓ TODAS SUS NARANJAS A UNA NIÑA! Pero cuando vio su muñeca, se le heló la sangre…
Parte 1 El sonido de la tos de mi jefa me despertaba todas las madrugadas. Era una tos seca, rasposa, de esas que te rompen los pulmones y te dejan temblando en el colchón tirado en el piso. Llevaba tres…
La millonaria y el intendente. Después del accidente quedé paralizada, escuchando cómo mis socios se repartían mis millones en mi cara. Pero el hombre de la limpieza entró a mi cuarto y me confesó algo que me heló la sangre.
Parte 1 Después del choque en el Periférico, quedé atrapada en una inmensa oscuridad. Las máquinas respiraban por mí y el pitido del monitor era mi única compañía en aquella fría habitación. Los especialistas de la clínica privada aseguraron que…
El jugo verde de mi esposa tenía un ingrediente secreto que me estaba matando.
Parte 1 Llegué a mi casa en las Lomas de Chapultepec a las cinco de la tarde. Era Nochebuena y el tráfico de la Ciudad de México me había dado una tregua milagrosa que no esperaba. Quería sorprender a Lorena,…
La mujer del vestido rojo y el milagro en la montaña.
Parte 1 Me paré en el porche de mi casa a las 7:43 de la mañana con una taza de café humeante y me quedé de piedra. El camino de tierra frente a mi cerca estaba literalmente sepultado bajo una…
End of content
No more pages to load