Parte 1

Llegamos a San Judas con el miedo metido en los huesos y las maletas llenas de ilusiones que se pudrieron rápido. El director nos recibió con una sonrisa que más bien parecía una advertencia de lo que nos esperaba en ese rincón olvidado. Marcel quería que nos rechazaran para irnos a un lugar con señal de celular y menos tierra, pero el viejo solo se rió.

Nos dijo que la escuela necesitaba maestros y que de ahí nadie se iba porque el pueblo no soltaba a sus presas. Me asignaron a una casa de adobe donde el calor te asfixiaba y el espacio apenas alcanzaba para mis penas. Compartía cuarto con dos chavas que ya se veían marchitas por el encierro, como si el pueblo les hubiera sorbido la juventud.

Comer era lo único barato, gracias a Doña Mari que nos servía tilapia frita por unos cuantos pesos que nos hacían rendir la beca. Pero la comida no quitaba el sabor amargo de las bromas pesadas que los alumnos de la prepa nos empezaron a jugar. El primer día me bañaron en polvo de tiza al entrar al salón y las risas de esos chamacos me calaron hasta el alma.

A Marcel le fue peor porque le pusieron excremento en el cajón de su escritorio y todo el plantel se enteró antes de que él pudiera limpiarlo. Él quería tronar, quería castigarlos a todos, pero en San Judas los maestros no mandan, mandan ellos. Fue cuando apareció Don Goyo, un viejo que caminaba lento pero que hacía que todos los alumnos se pusieran firmes de puro miedo.

El viejo no hablaba mucho, pero cuando lo hacía, parecía que las piedras lo escuchaban y los perros dejaban de ladrar. Un día me robaron el celular en plena clase y Don Goyo solo entró, contó hasta tres y el aparato apareció sobre la mesa como por arte de magia. Empecé a ayudarlo con sus leñas y sus mandados, buscando entender de dónde sacaba tanta autoridad en un lugar tan salvaje.

Pero la semana pasada todo cambió cuando su hija me fue a buscar a la escuela gritando que el viejo se estaba muriendo. Lo encontré en su cama, flaco y pálido, con un aire de misterio que me erizó los vellos de los brazos. Me tomó de la mano y me dijo que me iba a heredar el poder de la Dama Blanca porque los del pueblo ya venían por mí.

Dijo que los padres y los alumnos estaban furiosos porque yo ahora tenía su respaldo y que me iban a cobrar cada castigo que les puse. Me explicó que debía ir al río cuando la corriente bajara, romper tres huevos y llamar a la Dama para que me eligiera. Mi corazón latía como loco mientras el viejo cerraba los ojos, dejándome con una protección que olía más a maldición que a milagro.

Parte 2

Salí de la casa de Don Goyo con las piernas temblándome como si fueran de gelatina y el aire de San Judas se sentía más pesado que nunca. El sol estaba cayendo, pintando el cielo de un color naranja rabioso que parecía advertir que algo malo estaba por desatarse en este pueblo olvidado. Caminé por las calles de tierra sintiendo que las sombras de los árboles se alargaban para alcanzarme, como dedos negros queriendo jalarme hacia lo desconocido.

Marcel me estaba esperando afuera de la casa de los maestros, sentado en una silla de plástico rota, con la cara roja de coraje y los puños apretados. En cuanto me vio, se levantó de un salto y pude notar que sus ojos estaban inyectados en sangre, no de llanto, sino de esa rabia pura que solo te da la impotencia. Me miró de arriba abajo, buscando alguna señal de lo que había pasado allá adentro con el viejo, pero yo no sabía ni por dónde empezar a contarle.

—¿Qué te dijo ese viejo loco, Sylvia? —me soltó a quemarropa, sin siquiera dejarme recuperar el aliento tras la caminata. Yo me quedé callada un momento, sintiendo cómo el secreto de la Dama Blanca me quemaba la garganta como si me hubiera tragado un puño de brasas. No podía decirle la verdad así nomás, porque Marcel siempre había sido un hombre de lógica, de esos que creen que todo se arregla con puños o con disciplina militar.

Le dije que Don Goyo estaba muy mal, que apenas podía respirar y que su hija estaba desesperada por lo que pudiera pasar en las próximas horas. No mencioné el río, ni los huevos, ni mucho menos ese poder que supuestamente me iba a proteger de los demonios que vestían uniforme escolar. Marcel soltó un bufido de desprecio y pateó una piedra, mandándola a volar contra una pared de adobe que se desmoronaba por la humedad y el abandono.

—Ese viejo es nuestra única salvación aquí y ahora resulta que se va a morir justo cuando los chamacos esos se pusieron más pesados —gruñó él mientras caminaba de un lado a otro. Me contó que mientras yo no estaba, un grupo de padres de familia pasó frente a la casa y se le quedaron viendo con un odio que se podía cortar con un cuchillo. Le gritaron cosas, amenazas veladas sobre que los “fuereños” no venían aquí a mandar ni a humillar a sus hijos con castigos injustos.

—Sylvia, esto se está saliendo de control, neta te lo digo, esa gente no está jugando —me advirtió con una voz que por primera vez dejaba ver una grieta de miedo. Entramos a la casa y el olor a humedad nos golpeó la cara, recordándome que estábamos atrapados en un lugar donde la civilización era apenas un recuerdo borroso. Me senté en mi catre y cerré los ojos, tratando de recordar cada palabra exacta que Don Goyo me había susurrado con su aliento a muerte y hierbabuena.

“Vete al río Alakadajia”, me había dicho, y esas palabras retumbaban en mi cabeza como una campana que no dejaba de sonar en medio de la noche. Sabía que no podía esperar mucho tiempo, porque si el viejo estiraba la pata antes de que yo hiciera el pacto, me iba a quedar sola contra el mundo. La Dama Blanca era mi única carta, aunque el simple hecho de pensar en brujería o cosas del más allá me revolvía el estómago de una manera espantosa.

Esa noche no pude pegar el ojo, escuchando los ruidos del monte que parecían susurros de gente que conspiraba afuera de nuestra ventana. Marcel roncaba de forma irregular en el otro cuarto, seguramente soñando con sus días de entrenamiento militar donde los enemigos tenían cara y se les podía disparar. Yo, en cambio, solo veía la cara de Ima, el chamaco que me robó el celular, con esa mirada de odio profundo que no se borra ni con mil disculpas.

A la mañana siguiente, el calor nos despertó antes de que saliera el sol, un bochorno pegajoso que te hacía sentir sucio desde el primer minuto del día. Me levanté decidida a buscar el dichoso río, pero primero tenía que cumplir con mi chamba en la escuela para no levantar más sospechas de las que ya había. Caminamos hacia el plantel en silencio, sintiendo cómo las miradas de los vecinos nos seguían desde atrás de las cortinas de sus casas humildes.

Al llegar a la escuela, el ambiente estaba más tenso que una cuerda de violín a punto de reventar en mil pedazos. Los alumnos no estaban jugando futbol ni gritando como siempre; estaban en grupitos, hablando en voz baja y señalándonos con el dedo en cuanto cruzamos el portón. El director ni siquiera salió a saludarnos, se quedó encerrado en su oficina con las persianas cerradas, como si supiera que la tormenta estaba por estallar sobre nuestras cabezas.

En el salón de clases, el silencio era sepulcral, un silencio de esos que te anuncian que algo está por tronar de forma violenta y sin previo aviso. Traté de dar mi clase de Geografía, pero las manos me sudaban tanto que el plumón se me resbalaba y terminaba manchando mi ropa con tinta negra. Ima estaba sentado hasta atrás, con los brazos cruzados y una sonrisa burlona que me decía claramente que él sabía algo que yo ignoraba por completo.

A la hora del recreo, busqué a Kudirat y a On, esperando que ellas, que antes querían ser mis amigas, me dieran alguna pista de lo que estaba pasando. Pero en cuanto me vieron acercarme, las dos se dieron la vuelta y se echaron a correr hacia los baños como si hubieran visto al mismísimo diablo. Me quedé ahí parada, en medio del patio lleno de tierra, sintiéndome más sola que una tumba en un cementerio abandonado a su suerte.

Fue entonces cuando vi a Marcel salir del edificio principal con la cara desencajada, sujetándose el brazo como si alguien se lo hubiera tratado de arrancar. Corrí hacia él y vi que tenía un raspón largo y profundo, con la sangre roja brillante mezclándose con el polvo del suelo de San Judas. Me dijo que un grupo de alumnos lo había “accidentalmente” empujado contra una barda de piedra mientras caminaba por el pasillo estrecho del segundo piso.

—Dijeron que fue un accidente, Sylvia, pero me lo dijeron riéndose en mi cara, los muy cabrones —escupió él con una rabia que ya no podía contener. Quería ir a buscar al director, quería armar un escándalo, pero yo lo detuve con una fuerza que ni yo misma sabía que tenía en mis manos. Sabía que si Marcel hacía un movimiento en falso en ese momento, no íbamos a salir vivos de esa escuela porque los padres ya estaban esperando afuera.

Le pedí que se calmara, que me dejara manejar las cosas a mi modo, aunque mi modo implicara meterme en terrenos que me daban un pavor absoluto. Marcel me miró como si yo estuviera loca, pero el dolor del brazo y la superioridad numérica de los alumnos lo hicieron ceder por el momento. Salimos de la escuela antes de que terminara la jornada, esquivando las piedras pequeñas que algunos niños nos aventaban desde las sombras de los árboles.

Llegamos a la casa y no le di tiempo de preguntar nada; agarré una bolsa pequeña, metí tres huevos que le había comprado a Doña Mari y salí disparada. Corrí hacia las afueras del pueblo, siguiendo las instrucciones borrosas que Don Goyo me había dado entre suspiros de agonía y recuerdos perdidos. El camino hacia el río Alakadajia era una vereda llena de espinas y maleza que me cortaba la piel, pero yo no sentía nada más que la urgencia de llegar.

Después de media hora de trotar bajo el sol incandescente, empecé a escuchar el sonido del agua, un murmullo profundo que parecía una voz llamándome por mi nombre. El río apareció ante mis ojos como una cinta de plata sucia, con el agua moviéndose de una forma extraña, como si tuviera vida propia bajo la superficie. Me acerqué a la orilla, sintiendo cómo el lodo fresco se colaba entre mis dedos y me refrescaba un poco el ardor de la caminata.

Me acordé de lo que el viejo dijo: “A veces el río viene y a veces el río se va”, y en ese momento el agua empezó a subir, cubriéndome los tobillos. Saqué el primer huevo con las manos temblorosas, sintiendo la fragilidad del cascarón contra la palma de mi mano empapada en sudor frío. Lo rompí contra una piedra lisa y el contenido cayó al agua, desapareciendo en un segundo bajo la corriente que parecía jalarlo hacia el fondo.

Hice lo mismo con el segundo y el tercero, sintiendo una corriente eléctrica que me recorría la columna vertebral de arriba abajo, erizándome la piel. “Dama Blanca”, susurré con una voz que no reconocí como la mía, una voz que sonaba antigua, cargada de una desesperación que venía de lo más profundo de mi ser. El agua se volvió turbia de repente y un viento helado sopló desde el monte, aunque estábamos a más de cuarenta grados bajo el sol del mediodía.

Me quedé ahí parada, esperando una señal, un rayo o algo que me confirmara que el pacto se había sellado de forma definitiva y permanente. Pero no pasó nada evidente, solo el silencio que se volvió tan denso que casi podía masticarlo mientras las lágrimas se me resbalaban por las mejillas. Regresé al pueblo sintiéndome como una estúpida, pensando que me había dejado engañar por los delirios de un viejo que ya tenía un pie en el otro mundo.

Cuando llegué a la casa, Marcel estaba sentado en el suelo, con una venda improvisada en el brazo y una botella de tequila barato que quién sabe de dónde sacó. Me miró con una tristeza que me partió el alma, porque él siempre había sido mi roca y verlo así, derrotado por unos mocosos, era algo que no podía soportar. Me senté a su lado y le acaricié el pelo, tratando de darle un consuelo que yo misma no tenía para ofrecerle en ese momento tan oscuro.

—Nos vamos a ir de aquí, Sylvia, mañana mismo agarramos nuestras cosas y que le hagan como quieran con nuestro servicio social —me dijo con la voz quebrada. Yo negué con la cabeza, porque sabía que si nos íbamos ahora, nos iban a alcanzar en la carretera y ahí sí que nadie nos iba a encontrar jamás. Teníamos que aguantar, teníamos que ver si la Dama Blanca realmente existía o si todo era una leyenda para asustar a los maestros nuevos que llegaban.

Esa noche, mientras dormía, sentí una presencia en el cuarto, algo frío que se detuvo justo al lado de mi cama y se quedó ahí observándome en la oscuridad. No era un miedo de esos que te hacen gritar, era una sensación de seguridad extraña, como si una mano invisible estuviera protegiendo la entrada de mi habitación. Me desperté sobresaltada y vi una sombra blanca que se desvanecía en la esquina, dejando tras de sí un olor a flores frescas y a tierra mojada.

Supe en ese instante que ella me había elegido, que el sacrificio de los huevos en el río había funcionado y que ahora yo tenía un arma que nadie más poseía. Al día siguiente, regresé a la escuela con la frente en alto y una seguridad que dejó a Marcel con la boca abierta mientras caminábamos por el pasillo. Los alumnos se nos quedaron viendo, pero esta vez, en cuanto mis ojos se cruzaban con los de ellos, eran ellos los que bajaban la mirada con miedo.

Ima intentó hacerme una zancadilla cuando entré al salón, pero antes de que su pie tocara el mío, una ráfaga de viento entró por la ventana cerrada y le dio un portazo en la cara. El chamaco se fue para atrás, dándose un golpe seco contra el pupitre que lo dejó aturdido y con un hilo de sangre saliéndole de la nariz. Todo el salón se quedó mudo, mirando cómo yo seguía caminando hacia mi escritorio como si nada hubiera pasado en absoluto.

Sentí una fuerza que me dictaba qué hacer, una voz interna que me decía que ya era hora de poner orden en este nido de víboras que se creían dueños de todo. Empecé a repartir los exámenes que todos habían reprobado y, en lugar de darles una oportunidad, les puse el castigo más severo que permitía el reglamento de la escuela. Los murmullos empezaron a subir de tono, pero yo solo los miré con una frialdad que parecía congelar el aire caliente del salón de clases.

—Maestra, usted no sabe con quién se está metiendo, mi papá es el que manda en la junta de mejoras —me gritó un muchacho de los más grandes y rebeldes. Yo no le contesté con palabras; solo fijé mi vista en el vaso de agua que tenía sobre su escritorio y vi cómo el cristal se estrellaba en mil pedazos sin que nadie lo tocara. El muchacho se puso pálido, se levantó de su asiento y salió corriendo del salón sin mirar atrás, seguido por otros tres que estaban igual de asustados.

Marcel me buscó en el descanso, con los ojos como platos, porque él también había notado que algo muy raro estaba pasando en el ambiente de la escuela. Me dijo que un maestro de los viejos, uno que siempre estaba en silencio, lo había buscado para decirle que tuviera cuidado conmigo porque olía a “poder prohibido”. Yo solo le sonreí y le dije que por fin íbamos a tener la paz que nos habían prometido cuando aceptamos venir a este pueblo de mala muerte.

Pero la paz en San Judas dura lo que dura un suspiro en una tormenta, y esa misma tarde el director me llamó a su oficina con una urgencia que me dio mala espina. Cuando entré, vi que no estaba solo; había tres hombres del pueblo, de esos que traen el sombrero bien puesto y la mirada cargada de una malicia que se hereda. Me dijeron que Don Goyo había muerto hacía una hora y que ellos sabían perfectamente lo que el viejo me había entregado antes de irse al hoyo.

—Usted tiene algo que no le pertenece, señorita, y en este pueblo las cosas de los muertos se quedan con la gente de aquí —me dijo el hombre que parecía el líder. Sentí cómo la temperatura de la oficina bajaba de golpe y una sombra empezó a formarse detrás de mí, aunque el sol de la tarde entraba de lleno por la ventana. Los hombres retrocedieron un paso, cruzándose de brazos y tocando las fundas de sus machetes como si estuvieran preparándose para una batalla que no podían ganar.

Les dije que yo no tenía nada que ellos pudieran entender y que si me seguían molestando, iban a conocer a la Dama Blanca de una forma que no les iba a gustar. El director estaba temblando detrás de su escritorio, tratando de hacerse pequeño para que nadie notara su presencia en medio de esa confrontación tan densa. Los hombres se salieron de la oficina echando pestes, jurando que esto no se iba a quedar así y que el pueblo entero iba a venir por lo que era suyo.

Salí de la oficina y me encontré con Marcel, que estaba rodeado por un grupo de padres de familia que le estaban gritando improperios y empujándolo hacia la salida principal. Corrí hacia allá, sintiendo cómo la rabia me subía por las venas y cómo esa fuerza invisible empezaba a vibrar bajo mi piel como un motor encendido. Me paré frente a la multitud y levanté la mano, ordenándoles que dejaran en paz a mi compañero si no querían que les cayera la maldición del río.

La gente se rió al principio, pensando que solo era una maestra de ciudad con ínfulas de bruja, pero la risa se les cortó cuando el cielo se puso negro de repente. Un trueno ensordecedor sacudió la tierra de San Judas y una lluvia de lodo empezó a caer sobre ellos, manchándoles las ropas y los sombreros con una suciedad que olía a podrido. Empezaron a correr en todas direcciones, gritando que la maestra estaba endemoniada y que el viejo Goyo le había pasado sus artes oscuras.

Marcel me miró con un horror que me dolió más que cualquier pedrada, porque en sus ojos ya no veía amor o compañeridad, sino un miedo profundo hacia lo que yo me estaba convirtiendo. Me soltó del brazo y dio un paso atrás, como si yo fuera un animal salvaje que en cualquier momento pudiera saltar sobre su cuello para morderlo. Intenté explicarle que lo hacía por nosotros, por nuestra seguridad, pero las palabras se me quedaron trabadas porque yo misma no me reconocía en el espejo.

Esa tarde regresamos a la casa en un silencio que pesaba más que todo el adobe de San Judas junto, un silencio que marcaba el fin de nuestra amistad tal como la conocíamos. Marcel se encerró en su cuarto y escuché cómo ponía el cerrojo, algo que jamás había hecho desde que llegamos a este lugar a compartir nuestras miserias. Yo me quedé en la sala, mirando hacia la oscuridad, sintiendo cómo la Dama Blanca se reía por lo bajo, satisfecha con el caos que habíamos provocado.

Supe que tenía que buscar al señor Answer, el otro miembro del clan que Don Goyo mencionó, porque necesitaba saber cómo controlar esto antes de que me consumiera el alma. No podía permitir que este poder me alejara de la única persona que me importaba en este mundo, pero tampoco podía dejar que el pueblo nos devorara vivos. La noche se cerró sobre nosotros como una lápida de piedra fría y yo me quedé esperando el siguiente movimiento de una guerra que apenas estaba empezando.

A la medianoche, alguien tocó a la puerta de forma rítmica, tres golpes secos que resonaron en toda la casa vacía y me hicieron saltar del asiento con el corazón en la boca. Abrí con cuidado y encontré un sobre tirado en el suelo, con mi nombre escrito con una caligrafía vieja y elegante que me recordó a la del director del plantel. Adentro había una nota que decía: “El río ya se fue, pero la sed de venganza apenas comienza; búscame en el cementerio antes de que el gallo cante”.

Sabía que era una trampa, o tal vez era la única oportunidad de salvar lo poco que me quedaba de humanidad en este infierno terrenal llamado San Judas del Río. Me puse mi chamarra, agarré una linterna que apenas alumbraba y salí de la casa sin hacer ruido para no despertar a Marcel, que finalmente se había quedado dormido. Caminé por las calles desiertas, sintiendo cómo los ojos de los muertos me seguían desde las cruces de madera que se asomaban por encima de las bardas bajas.

El cementerio estaba en una loma, rodeado de cipreses secos que parecían esqueletos gigantes rezando al cielo negro y sin estrellas que nos cubría como una manta de luto. Llegué a la entrada principal y vi una figura sentada sobre una tumba reciente, fumando un cigarro cuyo humo formaba figuras caprichosas en el aire gélido de la madrugada. Era un hombre alto, vestido de negro absoluto, con una mirada que parecía atravesar la carne para llegar directamente a los secretos más guardados del espíritu.

—Usted debe ser la nueva protegida de Goyo —me dijo con una voz que sonaba como el crujir de las hojas secas bajo los pies de un animal nocturno. Me acerqué con cautela, sintiendo que la Dama Blanca se agitaba dentro de mí, reconociendo a uno de los suyos en este extraño que me esperaba entre los difuntos. Me dijo que se llamaba Answer y que él era el encargado de cobrar las deudas que el viejo Goyo había dejado pendientes con el pueblo y con el más allá.

Me explicó que el poder que yo tenía no era gratis y que la Dama Blanca siempre pedía un sacrificio de sangre de alguien cercano para sellar el pacto de forma definitiva. Mis piernas volvieron a temblar, pero esta vez fue de un terror puro que me heló la sangre, porque de inmediato pensé en Marcel y en el peligro que corría a mi lado. Answer se rió, una risa seca que no tenía nada de alegría, y me dijo que yo ya había aceptado el trato en cuanto rompí los huevos en el río Alakadajia.

—Ahora el pueblo no se va a conformar con asustarlos; ahora van a querer sus cabezas para ofrecerlas a la tierra y que el poder regrese a donde pertenece —sentenció él con una frialdad absoluta. Me dijo que Ima y los otros chamacos no eran simples alumnos, sino que eran los hijos de los que realmente mandaban en las sombras de San Judas. El conflicto en la escuela era solo la punta del iceberg de una conspiración que llevaba décadas gestándose en las profundidades de este valle maldito.

Regresé a la casa corriendo, con el aire faltándome en los pulmones y el miedo mordiéndome los talones en cada paso que daba sobre la tierra suelta. Cuando entré, vi que la puerta de Marcel estaba abierta de par en par y que su cuarto estaba vacío, con las sábanas revueltas y una mancha de sangre fresca sobre la almohada. Grité su nombre con todas mis fuerzas, pero solo me respondió el eco de mi propia voz rebotando en las paredes frías y desnudas de nuestra vivienda.

Salí a la calle y vi una procesión de antorchas que se acercaba desde la plaza principal, con cientos de personas gritando consignas de odio y pidiendo mi salida inmediata del pueblo. En medio de la multitud, vi que llevaban a Marcel amarrado de las manos, arrastrándolo por el suelo como si fuera un bulto de basura mientras él gritaba de dolor y desesperación. Corrí hacia ellos, tratando de invocar el poder de la Dama Blanca, pero esta vez el agua del río parecía haberse secado dentro de mi pecho.

—¡Suéltenlo, él no tiene nada que ver con esto! —les grité con las lágrimas nublándome la vista y la garganta desgarrada de tanto clamar por justicia. Los padres de familia se detuvieron frente a mí, con las caras iluminadas por el fuego de las antorchas, mostrando una sed de venganza que ninguna palabra iba a poder calmar. Ima dio un paso al frente, sosteniendo un machete afilado que brillaba con un resplandor siniestro bajo la luz de la luna llena que finalmente había salido.

Me dijo que si quería salvar a mi amigo, tenía que entregar el secreto de la Dama Blanca y abandonar San Judas para siempre, sin mirar atrás y sin contarle a nadie lo que había visto. Pero yo sabía que si les daba lo que querían, nos iban a matar a los dos de todas formas, porque en este pueblo los secretos se guardan con la vida o con la muerte. Miré a Marcel a los ojos y vi que él me estaba pidiendo perdón en silencio por haberme dejado sola cuando más lo necesitaba en esta lucha desigual.

En ese momento, sentí un tirón violento en mi interior, como si algo me estuviera arrancando el corazón para darle paso a una fuerza que ya no era humana ni divina. La Dama Blanca emergió con una furia contenida, envolviéndome en un aura de luz fría que hizo que las antorchas se apagaran de golpe, dejando a todos en una oscuridad absoluta y aterradora. El silencio que siguió fue más fuerte que cualquier grito, un silencio que anunciaba que la verdadera carnicería estaba por comenzar en las calles de San Judas.

Escuché los gritos de terror de la gente mientras algo invisible empezaba a azotarlos, lanzándolos por los aires como si fueran simples muñecos de trapo viejos y usados. Corrí hacia Marcel y empecé a desatarlo, sintiendo cómo sus manos temblaban contra las mías mientras tratábamos de escapar de esa pesadilla que yo misma había invocado con mi desesperación. Pero el camino a la salida del pueblo estaba bloqueado por una neblina espesa que olía a azufre y a carne quemada, cerrándonos el paso de forma definitiva.

—¡Es ella, Sylvia, es la Dama Blanca que viene a cobrar su parte! —gritó Marcel mientras se cubría la cara con las manos para no ver el horror que nos rodeaba por todas partes. Vimos cómo las casas empezaban a crujir bajo el peso de una fuerza opresora, y cómo la tierra se abría en grietas profundas que devoraban todo a su paso sin piedad alguna. Los gritos de los alumnos se mezclaban con los de sus padres en una sinfonía de agonía que nunca voy a poder olvidar mientras viva en este mundo.

Llegamos a la plaza del pueblo y vimos que en el centro estaba parado el señor Answer, mirando todo el caos con una calma que me dio más miedo que los mismos demonios que nos perseguían. Nos hizo una señal para que nos acercáramos, mientras la neblina se abría para dejarnos pasar, como si él fuera el dueño de esa oscuridad que estaba consumiendo a San Judas por completo. Me dijo que el sacrificio ya había sido aceptado, pero que el precio no era la sangre de Marcel, sino algo mucho más valioso y eterno para mí.

—Usted ya no puede salir de aquí, Sylvia, porque ahora usted es la nueva guardiana de este valle y su vida pertenece a la Dama hasta que llegue la siguiente —me susurró al oído con una voz que me caló hasta los huesos. Miré a Marcel y supe que él tenía que irse, que él tenía que salvarse para que alguien pudiera contar la verdad de lo que pasaba en estos rincones olvidados de la mano de Dios. Le di un empujón hacia la salida secreta que Answer nos señaló y le dije que corriera sin mirar atrás, que no se detuviera por nada ni por nadie en este mundo.

Él intentó protestar, intentó agarrarme de la mano para llevarme con él, pero una pared de viento helado se interpuso entre nosotros, separándonos para siempre en esta vida y tal vez en la otra. Vi cómo se alejaba por la vereda, convirtiéndose en un punto borroso en la distancia mientras la neblina se cerraba detrás de él, protegiéndolo de la furia que seguía azotando al pueblo. Me quedé sola en medio de la plaza, rodeada de ruinas y de gente que me miraba con un respeto nacido del terror más profundo que un ser humano puede sentir.

Answer se acercó a mí y me puso una mano en el hombro, una mano que se sentía como el hielo seco y que me transmitió una sabiduría ancestral que me hizo llorar de pura tristeza. Me dijo que ahora tenía que aprender a gobernar este caos, a controlar a los alumnos que antes me humillaban y a los padres que antes querían verme muerta en una zanja. San Judas del Río ya no era un lugar de servicio social para mí; ahora era mi reino de sombras, mi prisión de adobe y mi altar de sacrificios constantes.

Caminé hacia la escuela, que seguía en pie a pesar de los temblores y del viento, y vi que los alumnos me estaban esperando en la entrada, todos formados en un silencio perfecto y aterrador. Ima estaba al frente, con la cabeza baja y las manos juntas, mostrando una sumisión que me revolvió el estómago pero que me dio una extraña satisfacción de poder absoluto. Entré a mi salón y vi que en mi escritorio ya no había tiza ni basura, sino flores frescas y una ofrenda de frutas que olían a paraíso y a muerte al mismo tiempo.

Me senté en mi silla de maestra y miré por la ventana hacia el horizonte, donde el sol empezaba a asomarse tímidamente después de la noche más larga de toda mi existencia terrenal. Sabía que Marcel llegaría a la ciudad y que tal vez intentaría mandar ayuda, pero que nadie encontraría el camino hacia San Judas porque el pueblo ya se había borrado del mapa para los de afuera. Yo era la Dama Blanca ahora, la que controlaba el río y la que decidía quién vivía y quién moría en este rincón perdido de México.

Pero el poder tiene un sabor amargo que se queda pegado en la lengua y que te impide disfrutar de cualquier victoria, por más grande que esta parezca ante los ojos de los demás mortales. Pasaron los meses y el pueblo se volvió un lugar de orden absoluto, donde nadie se atrevía a levantar la voz ni a desobedecer mis órdenes por miedo a lo que vivía dentro de mí. Sin embargo, en las noches de luna llena, seguía escuchando el llanto de Marcel en el viento, recordándome todo lo que había perdido a cambio de este trono de tierra y cenizas.

Un día, una nueva coremember llegó al pueblo, una muchacha joven con los ojos llenos de ilusiones y una maleta cargada de planes para mejorar la educación de los niños de San Judas. La vi bajar del camión y sentí una punzada de compasión que hacía mucho tiempo no sentía en mi pecho endurecido por la soledad y el mando. Se llamaba Elena y me recordó tanto a mí cuando llegué, que por un momento sentí el impulso de gritarle que se fuera, que corriera antes de que fuera demasiado tarde para ella también.

Pero la Dama Blanca me apretó el corazón y me obligó a sonreírle, a darle la bienvenida con esa misma amabilidad falsa que el director me había mostrado a mí el primer día de mi llegada. La llevé a la que ahora era mi casa, una mansión de piedra que el pueblo me había construido como tributo a mi poder y a mi protección constante sobre sus vidas mediocres. Elena me miraba con admiración, sin saber que detrás de mi ropa elegante y mi autoridad se escondía un monstruo que necesitaba alimentarse de su juventud y de su esperanza.

—Usted es una leyenda aquí, maestra Sylvia, todos dicen que usted salvó al pueblo de una gran tragedia hace años —me dijo ella mientras desempacaba sus cosas en el cuarto de huéspedes. Yo solo asentí con la cabeza, sintiendo cómo el peso de mi corona de espinas me hundía más en la tierra que me había adoptado como su dueña y su esclava al mismo tiempo. Sabía que pronto llegaría el momento de llevarla al río Alakadajia, de enseñarle el secreto de los huevos y de prepararla para que ella tomara mi lugar algún día lejano.

Esa noche, mientras Elena dormía, salí a caminar por el cementerio y me encontré con la tumba de Don Goyo, que siempre estaba llena de velas y de flores frescas en señal de respeto eterno. Me senté ahí y hablé con el viejo, preguntándole si él también se había sentido así de solo cuando le tocó ser el guardián de este valle de lágrimas y de sombras. El viento me respondió con un susurro que me decía que el ciclo nunca se detiene y que cada sacrificio es solo un paso más en la escalera hacia el vacío absoluto.

Miré hacia el cielo y vi una estrella fugaz que cruzaba el firmamento, y por un segundo deseé con todas mis fuerzas que Marcel estuviera bien, que hubiera encontrado a alguien que lo amara de verdad y sin magia. Porque en San Judas, el amor es una moneda que no circula, una mercancía prohibida que se cambia por poder o por supervivencia básica en medio de la selva y el olvido. Me levanté de la tumba y regresé a mi palacio de piedra, sintiendo que la Dama Blanca me acariciaba el pelo con sus dedos fríos y transparentes como el agua del río.

Al día siguiente, llevé a Elena a la escuela y vi cómo los alumnos la miraban con esa misma malicia que yo había sufrido, preparándose para jugarle las mismas bromas que a mí me habían destrozado el alma. Pero esta vez yo estaba ahí para protegerla, para mostrarle que conmigo a su lado nada malo le iba a pasar, al menos no por manos humanas en este pueblo de salvajes. Ella me agradecía con una sonrisa que me recordaba la luz del sol que yo ya no podía ver sin que me dolieran los ojos cansados de tanta oscuridad acumulada.

Pero pronto las cosas empezaron a cambiar, porque Elena no era tan dócil como yo pensaba y empezó a cuestionar mis métodos de enseñanza y el control absoluto que yo ejercía sobre la comunidad entera. Decía que la educación debía ser libre, que los castigos eran excesivos y que el pueblo vivía sumido en un miedo que no era sano para el desarrollo de los niños y jóvenes. Sus palabras eran como cuchillos que cortaban el velo de mi autoridad, recordándome que yo también había pensado así alguna vez antes de convertirme en esto.

—Sylvia, tienes que parar, no puedes seguir tratando a esta gente como si fueran tus esclavos o tus súbditos —me gritó un día en medio de la oficina del director, que ahora era mi despacho personal. Yo la miré con una mezcla de rabia y de tristeza, porque sabía que si ella seguía por ese camino, la Dama Blanca la iba a destruir antes de que yo pudiera hacer algo para salvarla de su propio idealismo. Intenté explicarle que este era el único modo de mantener la paz en San Judas, pero ella se negó a escucharme y salió de la oficina dando un portazo que resonó en todo el edificio.

Esa tarde, vi cómo Elena se acercaba a Ima y a los otros chamacos, tratando de ganarse su confianza con libros y con pláticas sobre un mundo que ellos nunca iban a conocer fuera de estas fronteras invisibles. Los alumnos la escuchaban con sospecha, pero también con una curiosidad que me dio mucho miedo, porque sabía que ellos eran expertos en detectar la debilidad y en usarla para sus propios fines malvados. Me quedé observándolos desde la distancia, sintiendo que el equilibrio de mi reino se estaba tambaleando por culpa de una muchacha que solo quería hacer el bien sin saber a qué se enfrentaba.

Answer me buscó esa noche, con una cara de preocupación que nunca le había visto en todos los años que llevábamos gobernando juntos este rincón del infierno terrenal y espiritual. Me dijo que la presencia de Elena estaba alterando a la Dama Blanca, que ella sentía la pureza de la muchacha como una amenaza a su dominio absoluto sobre el valle y sus habitantes. Me advirtió que si yo no ponía remedio pronto, la Dama iba a tomar cartas en el asunto por su cuenta y que el resultado iba a ser un baño de sangre que ni yo misma iba a poder detener.

—Ella tiene que aceptar el pacto o tiene que desaparecer, Sylvia, no hay un término medio en estas cuestiones de poder y de sangre —sentenció él con una frialdad que me dio asco. Pasé la noche entera mirando a Elena mientras dormía, debatiéndome entre mi deseo de salvarla y mi necesidad de proteger lo que tanto trabajo me había costado construir en San Judas. El amanecer llegó con un color grisáceo que parecía reflejar la indecisión de mi alma atormentada por los recuerdos de lo que fui y la realidad de lo que ahora representaba.

Finalmente, tomé una decisión que iba a marcar el destino de las dos para siempre, una decisión que me obligaba a traicionar lo poco que me quedaba de decencia humana por el bien mayor de la comunidad. Desperté a Elena y le dije que ya era hora de que conociera el secreto de San Judas, el origen de mi poder y la razón por la que nadie se atrevía a desafiarnos en este lugar. La llevé hacia el río Alakadajia, bajo un sol que quemaba la piel y una calma chicha que presagiaba lo peor de todas las tormentas imaginables por el hombre.

Llegamos a la orilla y le entregué los tres huevos, explicándole el ritual tal como Don Goyo lo había hecho conmigo hacía tantos años que ya ni siquiera recordaba la fecha exacta. Elena me miraba con horror, con lágrimas en los ojos, negándose a participar en algo que ella consideraba una aberración y una ofensa a sus creencias más profundas y sagradas. Tiró los huevos al suelo, rompiéndolos lejos del agua, y me gritó que yo estaba loca y que prefería morir antes de convertirse en un monstruo como yo lo era.

En ese momento, el río empezó a rugir con una fuerza descomunal y una figura blanca empezó a emerger de las aguas turbias, con una mirada de odio puro dirigida directamente hacia la muchacha rebelde. Elena cayó de rodillas, gritando de terror mientras la Dama Blanca se acercaba a ella con los brazos extendidos, dispuesta a reclamar su vida como pago por el desprecio a su regalo sagrado. Yo me interpuse entre las dos, usando todo mi poder para frenar el avance de la entidad que yo misma había alimentado con mi obediencia y mis sacrificios constantes.

—¡Déjala ir, ella no sabía lo que hacía, tómame a mí si quieres un sacrificio mayor y más valioso para tu causa! —le grité a la Dama, sintiendo cómo mis huesos se rompían bajo la presión de su fuerza invisible e incontenible. La entidad se detuvo por un segundo, mirándome con una curiosidad maligna, sopesando mi oferta de entregarme por completo a cambio de la libertad de la muchacha que me recordaba a mi yo del pasado. Elena me miraba sin entender nada, paralizada por el miedo y por la visión de algo que su mente lógica no podía procesar de ninguna manera posible.

La Dama Blanca soltó una carcajada que sonó como el cristal rompiéndose y me lanzó por los aires, mandándome a chocar contra un árbol que me dejó sin aliento y con la vista nublada de sangre. Vi cómo envolvía a Elena en un torbellino de luz fría y cómo la muchacha desaparecía bajo la superficie del río, llevándose consigo todas las ilusiones y la esperanza que había traído a San Judas del Río. Me quedé sola en la orilla, llorando por la pérdida de la única oportunidad que tuve de redimirme ante los ojos de Dios y de los hombres de buena voluntad.

El río volvió a la calma y el sol siguió brillando como si nada hubiera pasado, recordándome que en este mundo el dolor de los individuos no importa nada frente a la inmensidad de la naturaleza y del poder oculto. Regresé al pueblo caminando como una muerta viviente, sintiendo que ahora sí ya no me quedaba nada por lo cual luchar ni nadie a quien proteger en este valle de sombras y de olvido total. Answer me estaba esperando en la entrada de mi casa, con una mirada de lástima que me dolió más que todos los golpes que la Dama Blanca me había propinado en la orilla del río.

—Lo siento, Sylvia, pero ella no estaba hecha para esto, era demasiado débil para cargar con el peso de la Dama Blanca y de su legado eterno —me dijo mientras me ayudaba a entrar a mi mansión de piedra y de soledad absoluta. Me encerré en mi cuarto y no salí por días, alimentándome solo de mi propio dolor y de los susurros de los muertos que ahora eran mis únicos amigos y confidentes en esta vida de sombras. El pueblo seguía su curso normal, bajo mi mando invisible y bajo el miedo que ahora era más profundo que nunca antes en la historia de San Judas del Río.

Pero un día, recibí una carta que venía de muy lejos, de una ciudad que yo ya casi no recordaba y que olía a café y a mar de una forma que me hizo llorar de pura nostalgia. Era de Marcel, y me decía que nunca me había olvidado, que seguía buscando la forma de regresar por mí y que había encontrado a un grupo de expertos en lo oculto que estaban dispuestos a ayudarme a romper el pacto con la Dama Blanca. La carta terminó con una frase que me dio un rayo de esperanza en medio de tanta oscuridad: “Espérame, Sylvia, porque voy a sacarte de ese infierno aunque me cueste la vida propia y la salvación eterna”.

Guardé la carta bajo mi almohada y por primera vez en años, sentí que mi corazón volvía a latir con una fuerza que no venía del miedo ni del poder, sino de algo mucho más humano y sencillo. Sabía que la batalla final estaba por comenzar y que esta vez no iba a estar sola contra la Dama Blanca y contra el destino que el pueblo me había impuesto a sangre y fuego. Me levanté de mi cama y miré hacia el horizonte, esperando ver el camión que traería de regreso a mi amigo y tal vez, con él, la libertad que tanto tiempo me había sido negada en San Judas del Río.

Parte 3

Pasaron las semanas y el tiempo en San Judas del Río se volvió una masa espesa y pegajosa, como el lodo que se queda estancado en la orilla del Alakadajia después de una tormenta. Yo ya no era la Sylvia que se asustaba con las sombras; ahora yo era la sombra que hacía que los demás se persignaran al pasar, aunque trataran de disimularlo. Me despertaba cada mañana con el sabor del hierro en la boca y una frialdad en los huesos que ni el sol más perro de mediodía lograba quitarme de encima.

La carta de Marcel estaba guardada debajo de mi almohada, ya toda arrugada de tanto que la leía en las noches, buscando un rastro de mi antigua vida en sus letras. Era lo único que me mantenía cuerda, lo único que me recordaba que afuera de este valle maldito existía un mundo donde la gente no vendía su alma por un poco de orden. Answer me vigilaba de cerca, siempre con esa mirada de cuervo viejo que parece que te está contando los pecados antes de que los cometas.

Él sabía que algo estaba cambiando en mi interior, que la Dama Blanca se retorcía de coraje cada vez que yo pensaba en escapar o en romper el pacto. Los alumnos en la escuela ya ni respiraban fuerte cuando yo entraba al salón; me tenían un respeto que olía a puro terror destilado, y eso me daba una náusea que no se me quitaba con nada. Ya no había risas en los pasillos, ni bromas pesadas, solo un silencio sepulcral que me hacía sentir como si estuviera dando clases en un cementerio de vivos.

Ima, el muchacho que antes era mi peor pesadilla, ahora era mi sombra fiel, encargándose de que nadie me molestara y de que mis órdenes se cumplieran al pie de la letra. Me traía comida, me limpiaba el escritorio y me miraba con unos ojos de perro apaleado que me daban ganas de gritarle que se fuera lejos de mí. Pero no podía, porque la Dama Blanca disfrutaba de su humillación, alimentándose de la energía de todos esos chamacos que yo había doblegado sin meter las manos.

Una tarde, mientras el cielo se ponía de ese color morado que precede a las desgracias, escuché el motor de una camioneta que no pertenecía al pueblo. El sonido era diferente, más potente, un rugido de ciudad que cortaba el aire rancio de San Judas como una navaja recién afilada. Mi corazón, que ya casi no sentía nada, dio un vuelco tan violento que sentí que se me iba a salir por la boca ahí mismo.

Corrí hacia la ventana de mi oficina y vi una camioneta blanca con placas de la Ciudad de México estacionándose justo en medio de la plaza principal. De ella bajó un hombre que reconocería en el fin del mundo: Marcel, pero ya no se veía como el muchacho alegre que llegó conmigo a hacer el servicio. Estaba flaco, con la barba crecida y una mirada de determinación que me dio miedo y esperanza al mismo tiempo, todo revuelto en el pecho.

No venía solo; con él bajaron tres personas que se veían fuera de lugar en este pueblo de tierra y olvido, vestidos con ropas oscuras y cargando maletines pesados. Uno era un hombre mayor, de pelo blanco y traje negro que parecía un cura pero sin el cuello de clérigo, con una cruz de plata colgándole del cuello. Los otros dos eran más jóvenes, una mujer con lentes que no dejaba de mirar un aparato que traía en la mano y un tipo alto que parecía guardaespaldas.

La gente del pueblo empezó a salir de sus casas, rodeando la camioneta con esa curiosidad agresiva que tienen los que no quieren extraños metiendo las narices en sus broncas. Vi a Answer salir de entre las sombras de la iglesia, caminando con su bastón de madera negra, marcando el paso de una confrontación que yo sabía que iba a ser sangrienta. Me salí de la escuela a escondidas, brincándome la barda de atrás para que nadie notara que iba al encuentro de los que venían a salvarme.

Llegué a la plaza por un callejón estrecho, sintiendo cómo la Dama Blanca me apretaba la garganta, advirtiéndome que no diera un paso más hacia la luz. Marcel estaba gritando mi nombre, enfrentándose a los hombres del pueblo que ya tenían la mano puesta en el mango de sus machetes, listos para cobrar la osadía. El hombre del traje negro levantó la mano y, de repente, un silencio absoluto cayó sobre la plaza, un silencio que ni la Dama Blanca pudo romper en ese momento.

—¡Venimos por la maestra Sylvia y no nos vamos a ir sin ella, así que mejor háganse a un lado si no quieren problemas con lo que traemos! —gritó Marcel con una voz que retumbó en las paredes de adobe. Answer se rió, esa risa seca que siempre me hacía querer taparme los oídos, y dio un paso al frente, clavando su bastón en la tierra seca con una fuerza de gigante. Le dijo a Marcel que yo ya no le pertenecía a nadie más que al río y que mi alma estaba sellada con el destino de San Judas.

Yo me asomé por la esquina del callejón y Marcel me vio; nuestros ojos se cruzaron y sentí un chispazo de electricidad que casi me hace caer de rodillas por la intensidad. Quise correr hacia él, pero mis pies se sentían como si estuvieran fundidos al cemento, pesados y fríos por la voluntad de la entidad que vivía en mis entrañas. Marcel intentó acercarse, pero los hombres del pueblo se interpusieron, formando una muralla de sombreros y miradas de odio que no lo iban a dejar pasar.

El hombre de negro dio un paso al frente y sacó una botella de agua bendita, empezando a rezar en un latín que sonaba como música antigua en medio de tanta suciedad. La Dama Blanca empezó a gritar dentro de mi cabeza, un alarido de agonía que me hizo taparme los oídos y soltar un quejido que llamó la atención de todos. Me desplomé en el suelo, retorciéndome mientras sentía que algo quería salirse de mi piel, algo que no aceptaba la presencia de lo sagrado en su terreno.

Marcel aprovechó la confusión y corrió hacia el callejón, esquivando a los hombres que estaban distraídos viendo cómo el aire alrededor del hombre de negro empezaba a vibrar. Me alcanzó y me tomó entre sus brazos, y por un segundo sentí el calor de un ser humano de verdad, algo que ya se me había olvidado cómo se sentía. Me pidió perdón una y mil veces, llorando sobre mi hombro mientras me decía que no me iba a dejar sola nunca más en este agujero.

—Sylvia, mírame, neta que te voy a sacar de aquí, el Padre Julián sabe cómo romper el pacto, nomás aguanta un poquito más —me suplicaba él con desesperación. Yo apenas podía hablar, con la lengua entumecida por el poder que se negaba a soltarme y que estaba usando mi cuerpo como un campo de batalla espiritual. Le dije que se fuera, que era peligroso, que la Dama Blanca no iba a permitir que nadie le robara su trofeo más valioso después de tanto tiempo.

Mientras tanto, en la plaza, la situación se estaba poniendo color de hormiga, con los hombres del pueblo empezando a avanzar contra el grupo de Marcel con los machetes desenvainados. El tipo alto que venía con ellos sacó un arma de descarga eléctrica, pero los pobladores eran muchos y estaban poseídos por un fervor que no era de este mundo. Answer levantó su bastón y el cielo se oscureció de golpe, como si alguien hubiera apagado la luz del sol con un soplido cargado de maldad pura.

Un viento huracanado empezó a soplar, levantando nubes de polvo que cegaban a todos y que traían el olor a podrido del río Alakadajia directamente a la plaza. El Padre Julián no dejaba de rezar, con su voz firme elevándose por encima del rugido del viento, creando una burbuja de calma alrededor de la camioneta blanca. Marcel me cargó y trató de llevarme hacia allá, pero la tierra se abrió bajo sus pies, formando una grieta que nos separó de la salvación por unos cuantos metros.

Sentí que la Dama Blanca tomaba el control de mis brazos y, sin que yo quisiera, empujé a Marcel con una fuerza sobrenatural que lo mandó a volar contra una pared. Me levanté del suelo, pero mi cuerpo ya no se movía como yo quería; mis movimientos eran elegantes y fluidos, como los de un cisne negro buscando a su presa. Caminé hacia la plaza, con los ojos brillando en un blanco total, sintiendo cómo el poder fluía por mis dedos como si fueran rayos de luna helada.

Llegué frente al Padre Julián y vi que su cruz de plata empezaba a ponerse roja, calentándose por la cercanía de la entidad que ahora habitaba en mí por completo. Él no se inmutó, me miró con una lástima que me enfureció más de lo que cualquier insulto podría haberlo hecho en toda mi vida. Me dijo que yo no era un monstruo, que solo era una mujer asustada que había tomado una mala decisión en un momento de debilidad absoluta.

—¡Cállate, viejo ignorante, tú no sabes nada de lo que este pueblo necesita para sobrevivir a su propia miseria! —gritó mi boca, pero con una voz que no era la mía. Era una voz múltiple, como si miles de personas estuvieran hablando al mismo tiempo desde el fondo de una cueva profunda y húmeda. Lancé una ráfaga de viento helado que rompió los vidrios de la camioneta, haciendo que la mujer de los aparatos gritara de terror y se cubriera la cara con las manos.

Marcel se levantó de entre los escombros de la pared, sangrando de la frente pero con los ojos fijos en mí, negándose a creer que la Sylvia que él amaba ya no estaba ahí. Corrió hacia nosotros, interponiéndose entre el Padre y yo, abriendo los brazos como si quisiera recibir todo el impacto de mi furia sobrenatural en su propio cuerpo. Me gritó que me amaba, que se acordara de cuando llegamos al pueblo con ganas de ayudar, de las risas que compartimos comiendo con Doña Mari.

Esas palabras fueron como flechas que atravesaron la coraza de la Dama Blanca, llegando a ese rinconcito de mi alma que todavía era humano y que seguía sufriendo. Por un instante, recuperé el control de mis ojos y vi el horror de lo que estaba haciendo, vi el miedo en la gente del pueblo y la sangre en la cara de mi amigo. La entidad rugió de rabia por mi traición y empezó a quemarme por dentro, una combustión fría que me hacía sentir que me estaba deshaciendo en cenizas.

Answer vio que yo estaba perdiendo la voluntad y gritó una orden en un idioma extraño que hizo que los pobladores se lanzaran con todo contra el grupo de Marcel. Fue una carnicería rápida y brutal; el tipo alto cayó bajo el peso de diez hombres que lo picaron sin piedad con sus cuchillos cebolleros. La mujer de la camioneta fue arrastrada del pelo hacia la iglesia, gritando por una ayuda que no iba a llegar nunca en este lugar olvidado de la justicia.

El Padre Julián seguía firme, pero se veía agotado, con el sudor corriéndole por la cara y las manos temblándole mientras sostenía la cruz con todas sus fuerzas remanentes. Marcel me agarró de los hombros y me sacudió, tratando de despertarme de la pesadilla, pero la Dama Blanca volvió a atacar, cerrando mis manos alrededor de su cuello con una fuerza mortal. Vi cómo su cara se ponía morada, cómo buscaba aire desesperadamente mientras yo, mi cuerpo, lo estaba ahorcando con una frialdad que me daba asco.

En ese momento de desesperación máxima, el Padre Julián lanzó lo que quedaba del agua bendita directamente a mi cara, y sentí que mil agujas al rojo vivo se clavaban en mi piel. Solté a Marcel y caí al suelo gritando, mientras la sombra de la Dama Blanca se proyectaba en el suelo como una mancha negra que quería desprenderse de mí a toda costa. El Padre aprovechó y empezó un ritual de exorcismo que hizo que la tierra temblara de una forma que parecía que el pueblo entero se iba a hundir en el infierno.

Los hombres del pueblo se detuvieron, asustados por el poder que se estaba desatando en medio de la plaza, un poder que ya no podían controlar ni ellos ni Answer. El viejo gritaba que nos detuviéramos, que estábamos despertando algo mucho más antiguo y peligroso que la Dama Blanca, algo que dormía en las profundidades del Alakadajia. Pero ya era tarde; el río empezó a salirse de su cauce, una marea de agua negra y pestilente que empezó a inundar las calles bajas de San Judas.

Marcel me levantó y me llevó hacia la camioneta, que todavía tenía el motor encendido a pesar de los vidrios rotos y la abolladura en el cofre. El Padre Julián se quedó atrás, cubriéndonos la retirada mientras seguía rezando con una voz que ya se estaba apagando por el esfuerzo sobrehumano. Vi cómo Answer se lanzaba contra él, con su bastón levantado como una maza, justo antes de que una ola de agua negra los cubriera a los dos en un abrazo mortal.

Logramos subir a la camioneta; Marcel se puso al volante y arrancó a toda velocidad, esquivando a la gente que corría desesperada huyendo de la inundación repentina. Yo iba en el asiento del copiloto, temblando, sintiendo que la Dama Blanca seguía ahí, agazapada en un rincón de mi mente, esperando el momento justo para volver a atacar. Salimos del pueblo mientras el sol terminaba de ocultarse, dejando atrás un rastro de destrucción y de gritos que se perdían en la inmensidad del monte.

Manejamos por horas en un silencio que solo era roto por el llanto contenido de Marcel y el sonido del viento colándose por las ventanas rotas de la camioneta blanca. Yo no me atrevía a mirarlo, me sentía sucia, marcada por un mal que no se quita con agua ni con rezos, un mal que ya era parte de mi ADN para siempre. Me miré en el espejo retrovisor y vi que mis ojos seguían teniendo un brillo extraño, una chispa de esa luz fría que me recordaba que el pacto nunca se rompe del todo.

Llegamos a un motel de carretera a mitad de la noche, un lugar de mala muerte con luces de neón parpadeantes que nos pareció el paraíso después de lo vivido en San Judas. Marcel me ayudó a bajar y me llevó a una habitación, donde me sentó en la cama y me puso una manta sobre los hombros con una ternura que me hizo romper a llorar por fin. Me abrazó con fuerza, dejando que mis lágrimas mojaran su camisa ensangrentada, prometiéndome que todo iba a estar bien a partir de ahora.

Pero mientras él se bañaba para quitarse la sangre y el polvo del camino, yo escuché un susurro que venía de las cañerías del baño, una voz que conocía demasiado bien. Era la Dama Blanca, riéndose de nuestra huida, diciéndome que no importa qué tan lejos nos fuéramos, el río siempre encuentra el camino de regreso hacia sus elegidos. Me levanté y fui hacia el espejo del baño, que estaba empañado por el vapor del agua caliente que Marcel estaba usando para limpiarse las heridas.

Limpié un trozo del cristal con la mano y vi que detrás de mi reflejo estaba la figura de Elena, la muchacha que yo había dejado que el río se llevara en mi lugar. No se veía como un fantasma asustado; se veía como una reina de las sombras, con la piel azulada y los ojos llenos de una sabiduría cruel que me heló el alma. Me puso una mano fría sobre el hombro a través del espejo y me susurró que la Dama Blanca ya no estaba sola, que ahora ellas eran dos buscando venganza.

Grité y rompí el espejo de un puñetazo, cortándome la mano y dejando que la sangre roja manchara el lavabo blanco en un contraste que parecía un presagio de lo que venía. Marcel salió del baño asustado, con la toalla en la cintura, y me encontró arrodillada en el suelo, rodeada de pedazos de cristal y con la mirada perdida en la oscuridad de la noche. Me cargó de nuevo y me llevó a la cama, tratando de curarme la mano mientras yo le decía que no estábamos a salvo, que ellas venían por nosotros.

Esa noche no dormimos; nos quedamos abrazados, mirando la puerta de la habitación como si en cualquier momento fuera a entrar el agua negra del Alakadajia para reclamarnos. Marcel me contaba planes de irnos a otro estado, de cambiar de nombres, de buscar a otros expertos que terminaran el trabajo que el Padre Julián empezó. Pero yo sabía que no había lugar en el mapa lo suficientemente lejos para esconderse de una maldición que se lleva puesta en la sangre y en los suspiros.

Al amanecer, escuchamos un golpe en la puerta, un golpe rítmico, tres veces seguidas, igual que los que escuché en San Judas antes de que todo se fuera al carajo. Marcel agarró un cuchillo que traía en su maleta y se acercó a la puerta con mucho cuidado, mientras yo me hacía bolita en la cama, rezando un Padre Nuestro que ya no me salía completo. Abrió la puerta de golpe y no había nadie, solo un charco de agua estancada que olía a lodo y a flores de muerto, justo en medio del pasillo del motel.

Regresamos a la camioneta y seguimos manejando hacia la ciudad, esperando que el ruido y la gente nos sirvieran de escudo contra las sombras que nos seguían desde los retrovisores. Pero en cada semáforo, en cada gasolinera, yo veía a alguien que se parecía a Don Goyo, o a Answer, o a alguno de los alumnos de la escuela de San Judas. El miedo se volvió nuestro compañero de viaje, una sombra que se sentaba en el asiento de atrás y que nos respiraba en la nuca cada vez que intentábamos sonreír.

Llegamos a mi casa en la ciudad y mis padres nos recibieron con una alegría que me dolió, porque ellos no sabían que su hija ya no era la misma que se fue hace meses. Marcel se quedó conmigo, cuidándome día y noche, durmiendo en un sillón al lado de mi cama para que yo no me sintiera sola ni un segundo en la oscuridad. Pero las pesadillas no me dejaban en paz; soñaba con el río, con los huevos rompiéndose, con la cara de Elena hundiéndose en el lodo mientras yo me quedaba mirando.

Un día, recibí un paquete por correo, una caja de madera vieja que no traía remitente y que olía a esa humedad característica de las casas de adobe de San Judas del Río. La abrí con miedo y encontré adentro tres huevos, pero estos no eran de gallina; eran negros, brillantes como el ónix y pesados como si estuvieran hechos de plomo puro. Adentro de la caja también había una foto de Marcel y mía, tomada el primer día que llegamos al pueblo, pero nuestras caras habían sido borradas con brasas de cigarro.

Supe entonces que la Dama Blanca no iba a descansar hasta que yo regresara al río a pagar mi deuda, o hasta que le entregara el alma de la persona que más quería en este mundo. Miré a Marcel, que estaba durmiendo plácidamente en el sillón, y sentí una tentación horrible de llevarlo de regreso, de entregarlo para que yo pudiera volver a ser libre y normal. La entidad me susurraba que era lo justo, que él era el responsable de que yo estuviera sufriendo así por haberme buscado y haberme sacado de mi reino.

Me levanté de la cama con los huevos negros en la mano, sintiendo que su peso me arrastraba hacia el suelo, hacia las profundidades de la tierra donde habitan los secretos más oscuros del hombre. Caminé hacia la cocina y busqué un cuchillo, pensando que tal vez si acababa con todo de una vez, la Dama Blanca se daría por satisfecha y dejaría de atormentarnos. Pero la mano me temblaba tanto que el cuchillo se me cayó al suelo, haciendo un ruido metálico que despertó a Marcel de un salto.

Vino hacia mí y me vio con los huevos negros, y su cara se transformó en una máscara de horror puro al entender que el mal nos había seguido hasta el corazón de la civilización. Me quitó los huevos y los lanzó por la ventana, pero en lugar de romperse contra el pavimento, se quedaron flotando en el aire, girando alrededor de nuestra casa como planetas negros de una galaxia maldita. Empezaron a brillar con una luz púrpura que atrajo a todos los perros de la cuadra, que empezaron a aullar como si el fin del mundo hubiera llegado.

—¡Ya basta, Sylvia, no vamos a dejar que esto nos gane, vamos a buscar al obispo, vamos a hacer lo que sea necesario para acabar con esta porquería! —me gritó Marcel mientras trataba de cerrar las cortinas para no ver la luz de afuera. Pero la luz atravesaba la tela, quemando los muebles y dejando marcas de manos pequeñas en las paredes, manos que parecían las de los niños de la escuela de San Judas. El aire se volvió irrespirable, cargado de un vapor que olía a río y a muerte, cerrándonos las salidas de la casa de forma sobrenatural.

Sentí que mi voluntad se quebraba definitivamente y caí de rodillas, pidiéndole perdón a Dios y a Marcel por lo que estaba a punto de suceder en esa sala que antes era un refugio de paz. La Dama Blanca emergió de mi cuerpo una vez más, pero esta vez no era una sombra; era una figura sólida, vestida con un huipil blanco manchado de sangre y con el rostro de Elena y el mío fundidos en uno solo. Se acercó a Marcel y le puso una mano en el pecho, justo sobre el corazón, y vi cómo él empezaba a envejecer a pasos agigantados ante mis ojos.

Sus cabellos se pusieron blancos, su piel se arrugó y sus ojos perdieron el brillo de la juventud en cuestión de segundos, mientras la entidad absorbía su vida para fortalecerse. Yo gritaba, trataba de golpearla, pero mis puños atravesaban su cuerpo como si fuera humo de incienso en una iglesia vacía y fría de pueblo. Marcel me miró por última vez con una sonrisa triste, diciéndome con los labios que no me culpara, que él siempre supo que este era el riesgo de amarme en medio de la tormenta.

Cuando Marcel cayó al suelo, convertido en un cadáver reseco de anciano, la Dama Blanca se giró hacia mí y me sonrió con una malicia que me hizo desear la muerte con todas mis fuerzas. Me dijo que ahora sí estábamos completas, que el sacrificio de sangre pura se había realizado y que ahora el poder de San Judas se iba a extender por todo el mundo a través de mí. Me tomó de la mano y sentí que mi piel se ponía fría como la de ella, mientras el mundo a mi alrededor empezaba a desvanecerse en una neblina de color lodo.

Pero de repente, la puerta de la casa se abrió de par en par y entró una luz blanca tan intensa que cegó a la entidad y la hizo retroceder hacia las sombras de la cocina. Era el Padre Julián, que no había muerto en la inundación, sino que había logrado sobrevivir gracias a su fe y a la protección de los santos que siempre lo acompañaban. Venía cargando un relicario de oro y una espada de plata bendecida, con la cara llena de cicatrices pero con una fuerza que hacía que el suelo temblara bajo sus pies firmes.

—¡Fuera de aquí, espíritu inmundo, esta alma no te pertenece y este cuerpo no es tu morada definitiva por la voluntad de aquel que todo lo puede! —gritó con una voz que sonaba como mil truenos. La Dama Blanca rugió y se lanzó contra él, iniciando una batalla espiritual que hizo que la casa empezara a desmoronarse, con las vigas del techo cayendo sobre nosotros en una lluvia de madera y yeso. Yo me arrastré hacia el cuerpo de Marcel, abrazándolo con fuerza, esperando que el final llegara rápido para los dos en medio de tanto caos.

El Padre Julián clavó la espada de plata en el pecho de la entidad y una luz azul brotó de la herida, iluminando toda la cuadra y haciendo que los huevos negros que flotaban afuera explotaran en mil pedazos. La Dama Blanca se deshizo en un grito de agonía que rompió todos los vidrios de la casa y de las casas vecinas, dejando un silencio que calaba hasta los huesos de los que sobrevivimos. Me quedé sola en medio de las ruinas, con el cuerpo de mi amigo en mis brazos y el Padre Julián arrodillado a mi lado, rezando por el alma de los caídos.

Miré hacia el cielo y vi que las estrellas volvían a brillar, pero yo sabía que esta no era la victoria final, sino solo el final de un capítulo de una historia que todavía tiene mucho que contar. Porque en las sombras de San Judas del Río, algo nuevo se está gestando, algo que nació de la sangre de Marcel y de la furia de la Dama Blanca, algo que está esperando su turno para salir. Y yo, Sylvia, sigo teniendo esa frialdad en los huesos, recordándome que aunque el pacto se haya debilitado, el río siempre encuentra el camino de regreso.

Parte 4

El silencio que quedó en la sala después de que la Dama Blanca se desvaneció era más pesado que una lápida de mármol negro. Me quedé ahí, de rodillas, con los brazos rodeando el cuerpo de Marcel, que ahora no pesaba nada, como si sus huesos se hubieran vuelto de papel o de aire. Sus manos, que apenas unas horas antes eran fuertes y me daban seguridad, ahora estaban arrugadas y frías, como raíces secas que ya no pueden chupar vida de la tierra.

No podía dejar de llorar, pero mis lágrimas no salían con ruido; eran gotas amargas que caían sobre su camisa, esa que yo misma le había ayudado a abrochar antes de que todo se fuera al carajo. El Padre Julián se acercó a nosotros con pasos lentos, arrastrando su cansancio y su fe como si fueran cadenas pesadas que ya no quería cargar. Me puso una mano en el hombro, pero yo me sacudí, porque no quería su consuelo, quería que me devolviera al hombre que yo había destruido con mi ambición de poder.

—Ya no hay nada que hacer por él en este plano, Sylvia, su sacrificio fue el precio para que tú pudieras recuperar un poco de tu libertad —me dijo con una voz que sonaba a derrota. Yo lo miré con un odio que me quemaba las entrañas, porque para él era muy fácil hablar de sacrificios y de planos espirituales cuando no era su mejor amigo el que estaba muerto en sus brazos. Le grité que se fuera, que me dejara sola con mi miseria y con el cadáver de la única persona que realmente me había amado sin pedirme nada a cambio.

Me quedé toda la noche ahí, en medio de los escombros de mi casa, sintiendo cómo el frío de la madrugada se metía por las paredes rotas y me calaba hasta el alma. Miraba las manos de Marcel y me acordaba de cuando jugábamos a las cartas en la escuela de San Judas, burlándonos del calor y de la mala comida de Doña Mari. Todo parecía haber pasado hace cien años, como si mi vida antes de la Dama Blanca hubiera sido un sueño del que desperté para encontrarme en este infierno.

Al amanecer, llegaron las autoridades, pero yo no les dije nada de fantasmas ni de maldiciones, porque sabía que me iban a encerrar en un manicomio de por vida. Les dije que unos hombres de San Judas nos habían seguido y que habían matado a Marcel en un asalto, una mentira que sonaba más creíble que la pinche realidad. Se llevaron el cuerpo en una bolsa negra y yo sentí que con él se iba el último pedazo de sol que quedaba en mi horizonte gris y marchito.

Pasaron los días y yo me volví una sombra en mi propia casa, moviéndome entre las ruinas sin querer limpiar ni arreglar nada de lo que la batalla había destruido. Mis padres intentaron llevarme con doctores y con psicólogos, pero yo los corría a todos, porque nadie podía entender el peso de la cadena que yo traía arrastrando. Sabía que la Dama Blanca no se había ido para siempre; solo estaba lamiéndose las heridas en la profundidad del río Alakadajia, esperando a que yo bajara la guardia otra vez.

Una noche, soñé con Elena, la muchacha que el río se había tragado por mi culpa, y su cara no tenía expresión, solo un vacío infinito donde antes estaban sus ojos llenos de luz. Me decía que el círculo no se cerraba con la muerte de Marcel, que el pueblo de San Judas seguía pidiendo sangre y que la tierra no se conformaba con una sola alma. Desperté bañada en un sudor frío que olía a lodo, sintiendo que mis manos volvían a tener esa temperatura de cadáver que tanto me aterraba.

Me levanté y busqué el relicario que el Padre Julián me había dejado, pero en lugar de darme paz, sentí que el metal me quemaba la piel como si fuera fuego sagrado. Supe en ese momento que la única forma de acabar con esto era regresar al origen, volver a San Judas del Río y enfrentar a la entidad en su propio terreno de juego. No podía permitir que más gente inocente cayera en las garras de esa maldición que yo misma había ayudado a alimentar con mis miedos y mis dudas.

Agarré las llaves de mi coche viejo, metí un poco de lana en mi mochila y salí de la ciudad sin decirle nada a nadie, como si fuera una fugitiva de mi propio destino. El viaje de regreso a San Judas fue como un descenso al mismísimo infierno, con el paisaje volviéndose más seco y hostil a medida que me acercaba al valle. Las carreteras estaban vacías, el aire vibraba con un calor que te hacía ver espejismos de gente que caminaba por la orilla sin rumbo ni destino fijo.

Llegué a la entrada del pueblo y vi que el letrero de “Bienvenidos a San Judas del Río” estaba tirado en el suelo, cubierto de maleza y de hormigas que devoraban lo poco que quedaba de la madera. El pueblo se veía abandonado, con las casas de adobe desmoronándose bajo el peso del olvido y del miedo que yo misma había sembrado antes de huir. No se escuchaban perros ladrando, ni pájaros cantando; solo el silbido del viento que soplaba entre las ruinas como el lamento de un niño perdido.

Caminé hacia la plaza principal y vi que la iglesia estaba quemada, con las vigas negras apuntando al cielo como dedos acusadores que me señalaban por mi cobardía pasada. Me senté en una banca rota y esperé a que la noche cayera, sabiendo que en la oscuridad era cuando las sombras de San Judas se volvían más reales y peligrosas. Sentí una presencia detrás de mí y, cuando me giré, vi al fantasma de Answer, mirándome con una tristeza que me partió lo que me quedaba de corazón.

—Regresaste, Sylvia, sabía que la tierra no te iba a dejar en paz hasta que vinieras a terminar lo que empezaste en la orilla del río —me dijo con una voz que parecía un eco. Le pregunté qué había pasado con la gente del pueblo, con Ima y con los otros alumnos que antes me tenían tanto miedo y tanto respeto. Me contó que después de la inundación, la Dama Blanca se volvió loca y empezó a reclamar a todos los que alguna vez le habían servido de una forma u otra.

San Judas era ahora un pueblo fantasma, habitado solo por los ecos de las tragedias y por las almas de los que no pudieron escapar a tiempo del abrazo del agua negra. Answer me llevó hacia la escuela y vi que las paredes estaban llenas de escritos hechos con sangre seca, nombres de personas que ya no existían más que en la memoria del viento. Me entró un escalofrío de esos que te hacen castañear los dientes, pero seguí caminando, decidida a llegar hasta el final de esta pinche pesadilla de una vez por todas.

Llegamos a la orilla del río Alakadajia y el agua se veía quieta, como un espejo de obsidiana que escondía todos los secretos y las muertes que habían ocurrido en sus riberas. Me acordé de Don Goyo y de cómo me había engañado con sus promesas de poder y de protección, cuando lo único que quería era pasarme su maldición para poder morir en paz. Saqué el relicario del Padre Julián y lo apreté con fuerza, sintiendo que la batalla final estaba a solo unos minutos de distancia de mi realidad actual.

—¡Sal de ahí, maldita sea, ven a dar la cara y deja de esconderte en el lodo como la basura que eres! —le grité al río con todas mis fuerzas, desafiando a la entidad que me había quitado todo. El agua empezó a agitarse, formando remolinos que traían a la superficie ropa vieja, zapatos de niños y restos de cosas que el pueblo había perdido a lo largo de los años. La Dama Blanca emergió lentamente, pero esta vez no tenía mi rostro ni el de Elena; era una masa informe de dolor y de odio puro.

Se lanzó contra mí con una furia que me mandó a volar contra las piedras, pero yo no me rendí y me levanté, sintiendo que la fuerza de Marcel me sostenía desde el otro lado. Empecé a rezar las oraciones que el Padre Julián me había enseñado, pero les puse mi propia rabia y mi propio dolor, convirtiendo las palabras en armas que cortaban la niebla. La entidad rugía, tratando de meterse de nuevo en mi cabeza, mostrándome visiones de Marcel sufriendo y de mis padres llorando sobre mi tumba vacía.

Pero yo ya no tenía miedo, porque el miedo es lo que le da de comer a esos monstruos que viven en las sombras de nuestra propia alma herida y solitaria. Me acerqué al borde del agua y vi que en el fondo estaban los restos de Elena, atrapados entre las ramas de un árbol sumergido que parecía una mano gigante. Estiré mi brazo y la toqué, sintiendo un chispazo de energía que me recorrió todo el cuerpo y que hizo que la Dama Blanca soltara un alarido de agonía.

En ese momento, comprendí que la única forma de vencerla no era con rezos ni con espadas, sino perdonándome a mí misma por haber sido tan débil y tan ambiciosa. Al perdonarme, le quité el poder que ella tenía sobre mi voluntad y sobre mi destino, y vi cómo su figura se empezaba a desmoronar como si fuera arena seca. El agua del río empezó a aclararse, volviéndose transparente por primera vez en siglos, dejando ver las piedras blancas que brillaban bajo la luz de la luna llena.

Elena se soltó de las ramas y su alma subió hacia la superficie, mirándome con una sonrisa de paz antes de desvanecerse en el aire fresco de la noche de San Judas. La Dama Blanca desapareció en un suspiro de viento, dejando tras de sí solo el olor a tierra mojada y a flores de campo que tanto me gustaba cuando era niña. Me quedé ahí, sentada en la orilla, sintiendo que el peso de la cadena por fin se había roto y que yo volvía a ser dueña de mis propios pasos.

Regresé al pueblo y vi que las sombras ya no eran amenazantes; eran solo sombras, pedazos de oscuridad que no tenían poder sobre nadie que no se los diera voluntariamente. Answer me despidió desde la plaza, desapareciendo poco a poco mientras me decía que ahora el pueblo podía descansar en paz bajo la luz del sol que estaba por salir. Me subí a mi coche y manejé de regreso a la ciudad, sintiendo que el aire que entraba por la ventana era el aire más puro que había respirado en toda mi vida.

Llegué a mi casa y vi que mis padres me estaban esperando en la puerta, con los ojos hinchados de tanto llorar pero con una alegría que no les cabía en el pecho al verme viva. Los abracé con una fuerza que les sacó el aire, pidiéndoles perdón por todo el dolor que les había causado con mi ausencia y con mi silencio de todos estos meses. Entré a mi cuarto y vi que el sol iluminaba cada rincón, borrando las marcas de las manos pequeñas que antes me atormentaban en la oscuridad de la noche.

Fui al cementerio a visitar la tumba de Marcel y le puse un ramo de flores de colores, de esas que a él le gustaban porque decían que le recordaban a las fiestas de su pueblo. Me senté a platicar con él, contándole que ya todo había terminado, que la Dama Blanca ya no existía y que Elena por fin era libre de su prisión de lodo. Sentí una brisa cálida que me acarició la cara y supe que él me estaba escuchando, que desde donde estuviera me estaba cuidando y me estaba perdonando por todo.

Decidí que no iba a dejar que su sacrificio fuera en vano, así que me puse a estudiar otra vez, pero esta vez con la meta de ayudar a los pueblos olvidados de verdad. Creé una fundación con el nombre de Marcel para llevar maestros, doctores y medicinas a esos lugares donde la gente cree que el olvido es su único destino seguro. San Judas del Río se quedó atrás como una cicatriz en mi alma, una marca que me recordaba que la luz siempre es más fuerte que la sombra si uno tiene el valor de enfrentarla.

Pasaron los años y yo me convertí en una mujer fuerte, respetada y querida por la gente a la que ayudaba en los rincones más profundos de nuestro México querido. Nunca me volví a casar ni tuve hijos, porque sentía que mi corazón le pertenecía a Marcel para siempre, en una unión que ni la muerte ni la magia pudieron romper del todo. Pero no estaba sola; lo sentía a él en cada sonrisa de un niño que aprendía a leer, en cada enfermo que recuperaba la salud gracias a nuestro esfuerzo constante.

A veces, cuando voy manejando por las carreteras de noche, me parece ver una figura blanca que camina por la orilla, pero ya no me da miedo ni me hace temblar las manos. Sé que son solo recuerdos, ecos de una historia que ya se escribió y que ya se cerró con la tinta de la redención y del amor verdadero. San Judas del Río es ahora un lugar de paz, donde la naturaleza ha reclamado lo que es suyo y donde el río Alakadajia corre libre y limpio hacia el mar infinito.

Escribo esta historia para que nadie olvide que el poder es una trampa si no se usa con el corazón por delante, y que la ambición puede ser el camino más rápido hacia la perdición del alma. Espero que mi experiencia sirva de advertencia para los jóvenes que creen que pueden jugar con lo desconocido sin pagar las consecuencias que la vida siempre cobra tarde o temprano. Yo ya estoy vieja, con el pelo blanco y las manos cansadas, pero me voy en paz sabiendo que cumplí con mi promesa de honrar la memoria de los que cayeron.

Miro por la ventana de mi oficina y veo que el cielo está despejado, sin rastro de nubes de color morado ni de vientos huracanados que presagien tormentas de sangre y de lodo. El mundo sigue girando, con sus penas y sus alegrías, y yo me siento parte de él otra vez, sin cadenas y sin sombras que me persigan desde los rincones de mi mente. Gracias, Marcel, por haberme salvado de mí misma y por haberme enseñado que el amor es la única magia que realmente vale la pena cultivar en este mundo de sombras.

Me preparo para cerrar mi oficina por última vez, porque ya es hora de que otros tomen el relevo en esta lucha por la justicia y por la dignidad de nuestra gente más necesitada. Me llevo conmigo solo mis recuerdos y la satisfacción de haber hecho lo correcto, aunque me haya costado la piel y el alma en el proceso de aprendizaje más duro de mi vida. San Judas del Río es ahora solo un nombre en un mapa viejo, pero su lección se queda conmigo para siempre, grabada en cada latido de mi corazón cansado.

Bajo las escaleras y siento el sol en la cara, un calorcito rico que me recuerda que la vida es bella a pesar de todas las cicatrices que uno va juntando por el camino difícil. Camino hacia mi coche y veo que en el asiento del copiloto hay una flor de campo, igualita a las que crecían en las orillas del Alakadajia cuando la paz regresó al valle. La tomo en mis manos y sonrío, porque sé que es un mensaje de él, una señal de que mi viaje ha llegado a su fin y que por fin puedo descansar.

Manejo hacia mi casa, disfrutando del paisaje y de la gente que camina por las calles, sintiéndome agradecida por cada segundo de vida que me queda por disfrutar en este plano terrenal. Ya no hay huevos negros, ni damas blancas, ni espejos rotos que reflejen monstruos; solo hay luz, esperanza y la certeza de que el bien siempre encuentra la forma de triunfar sobre el mal. Adiós, San Judas, adiós, Dama Blanca; hoy por fin soy libre y hoy por fin puedo decir que he ganado la batalla más importante de mi existencia.

Cierro los ojos un segundo antes de entrar a mi casa y escucho el sonido del agua, pero no es el agua negra del río de la maldición; es el agua de una fuente cercana que suena a música y a risas de niños. Entro a mi hogar y me siento en mi sillón favorito, dejando que la paz me envuelva como una manta tibia en una noche de invierno en la ciudad. El círculo se cerró, la deuda se pagó y yo, Sylvia, por fin he regresado a casa para quedarme para siempre en la luz de la verdad.

FIN.