Parte 1

El olor a tequila barato y limón rancio impregnaba la barra de la cantina en la colonia Roma esa tarde de martes. Llevaba dos años limpiando la misma madera oscura para mantener mis manos ocupadas y mi mente en blanco. Dos años desde el funeral de mi apá, escondiéndome de su mundo, fingiendo que mi apellido no era Rojas.

Los martes la chamba era nula, lo que me daba demasiado tiempo para pensar. Miré por la ventana hacia un restaurante fresa al otro lado de la avenida Álvaro Obregón. Había tres camionetas blindadas estacionadas afuera con hombres de traje mal ajustado vigilando la banqueta.

Conocía perfectamente esa postura, esa mirada fría que calculaba todo el entorno. Me crié rodeada de cabrones que se paraban exactamente igual cuidándole las espaldas a mi papá. Un escalofrío me recorrió la nuca cuando vi a través del ventanal al hombre sentado en la mesa central.

Era Héctor Reyes, el capo más temido de todo el país. El hombre que manejaba las plazas desde el norte hasta la capital, comiendo a treinta metros de mí. El corazón me empezó a martillar contra las costillas, devolviéndome de golpe a la vida que había jurado dejar atrás.

Me ordené dar la vuelta y volver al trabajo, intentando calmar la respiración. Pero justo al girar, mis ojos captaron un destello en el cuarto piso del edificio abandonado frente al restaurante. En una ventana entreabierta, el sol de la tarde iluminó el cañón negro de un rifle de precisión.

Híjole, sentí que el alma se me caía a los pies. Un francotirador tenía la mira clavada en la cabeza de Héctor Reyes. La voz de mi apá resonó en mi memoria como una bofetada: “Siempre vigila la altura, mija”.

Solo tenía tres segundos antes de que ese gatillo soltara el plomo. Mi cuerpo reaccionó antes que mi razón, movido por el instinto que me inculcaron desde niña. Salté la barra apoyando una mano sobre la madera y salí corriendo hacia la calle.

Esquivé un pesero que me tocó el claxon y crucé corriendo sin importar los guardaespaldas que intentaron frenarme. Empujé la puerta de cristal del restaurante, ignorando los gritos del gerente. Caminé directo hacia Héctor, le agarré la cara con ambas manos y le planté un beso desesperado.

Puse mi cuerpo entre el suyo y la ventana, bloqueando el ángulo del tirador con mi espalda. El restaurante entero se quedó congelado en un silencio sepulcral. Escuché el sonido metálico de diez pistolas cortando cartucho a mis espaldas, apuntando directo a mi cabeza.

Parte 2

El pesado blindaje de la puerta de la Suburban se cerró con un eco seco que sepultó por completo el bullicio de la avenida Álvaro Obregón. Me quedé inmóvil en el asiento de piel negra, sintiendo el aire acondicionado congelarme las manos temblorosas. A mi lado, Héctor Reyes se acomodó el saco oscuro con una parsimonia que me pareció insultante dada la gravedad de la bronca en la que estábamos metidos.

—Me vas a decir ahorita mismo por qué me has estado espiando durante seis meses, Héctor —le solté, clavándole la mirada sin importarme el frío de mi propia voz. Él no se inmutó ante mi tono desafiante. Simplemente se me quedó viendo con esos ojos negros que parecían leer cada uno de mis secretos, mientras el chofer arrancaba la camioneta de inmediato. Estábamos escoltados por las otras dos unidades blindadas que abrían paso a la fuerza entre el tráfico pesado de la Ciudad de México.

—Porque tu padre sabía perfectamente que este día llegaría, mija —respondió Héctor, pasando un dedo lento por la cicatriz que cruzaba su ceja izquierda. —Mi apá quería que yo estuviera lejos de toda esta porquería, por eso me mandó a estudiar fuera y me prohibió volver a Michoacán —repliqué, sintiendo un nudo amargo de rabia en la garganta. —Pancho quería protegerte, sí, pero los hombres como nosotros sabemos que el pasado nunca se muere, solo se queda agazapado esperando el momento de cobrar la factura.

Miré por la ventana empañada cómo las luces de la colonia Roma se iban desvaneciendo en la penumbra de la tarde. No podía creer que toda la paz que había construido en estos dos años, sirviendo tequilas y limpiando mesas, se hubiera esfumado en lo que dura un maldito suspiro. Pensé en mi departamento, en mi rutina aburrida que tanto trabajo me costó aceptar después de haber vivido rodeada de armas toda mi infancia.

—Esta cicatriz me la dejó un cabrón en Lázaro Cárdenas hace casi quince años —dijo Héctor, rompiendo el silencio de la cabina mientras miraba un punto fijo al frente—. Tu padre fue el único que no corrió cuando se armó la balacera en el restaurante. Él mismo se plantó frente a mí con una escuadra y me sacó arrastrando de la zona mientras me desangraba.

Volteé a verlo, sorprendida por la revelación de una historia que mi apá jamás se dignó a contarme en vida. —Ese día nos juramos que nuestras familias serían una sola para siempre —continuó Héctor, con una voz que cargaba el peso de demasiados muertos—. Por eso, cuando Pancho enfermó del hígado y supo que ya no le quedaba mucha lana de vida, me hizo prometerle algo muy pesado.

—¿Qué te hizo prometerle? —pregunté, sintiendo que el pecho se me cerraba de la pura angustia. —Me pidió que nunca te dejara sola, pero que jamás te permitiera saber que te estábamos cuidando las espaldas —confesó, girando la cabeza para mirarme de frente—. Él sabía que si te enterabas de que el cartel seguía tus pasos, ibas a mandar todo a la chingada y te ibas a esconder en un lugar donde ni yo pudiera encontrarte.

Me pasé las manos por la cara, sintiendo una mezcla espantosa de impotencia y nostalgia por el viejo testarudo que había sido mi padre. Él había planeado todo esto desde su lecho de muerte, manipulando los hilos de mi libertad simulada para mantenerme bajo el radar de Héctor Reyes. —Entonces el viejo Eduardo, el que venía todos los días por su bourbon a la cantina… —murmuré, atando cabos sueltos de repente.

—Eduardo trabajó para mi organización durante treinta años antes de jubilarse —asintió Héctor con una pizca de orgullo en su rostro severo—. Su única chamba en estos meses era sentarse en esa barra, asegurarse de que ningún pendejo te faltara al respeto y avisarme de inmediato si veía algo raro.

Un coraje sordo me recorrió las venas al darme cuenta de que mi vida entera había sido una maldita puesta en escena orquestada por el hombre que se suponía que más me amaba. —¡No tenían ningún derecho! —exclamé, golpeando el descansa brazos de la camioneta con fuerza—. ¡Yo me gané mi tranquilidad a pulso, Héctor! Estuve tres años en urgencias médicas viendo gente morir despedazada, aguantando turnos infames en el hospital solo para tener una vida honesta.

—Y lo entiendo, de plano lo respeto, mija —dijo él, manteniendo una calma que solo aumentaba mis ganas de gritar—. Pero tu tranquilidad se acabó en el momento exacto en que decidiste saltar esa barra y plantarme ese beso frente a toda la clientela de Vincenzo’s.

Me quedé callada porque sabía, muy a mi pesar, que el jefe tenía toda la maldita razón del mundo. El instinto de supervivencia que mi apá me tatuó en el cerebro desde los nueve años me había traicionado de la peor manera posible. En lugar de salvarme, ese maldito entrenamiento me había arrojado directo a la boca del lobo.

La Suburban comenzó a subir por las calles empinadas de las Lomas de Chapultepec, una de las zonas más exclusivas y vigiladas de la capital. Las enormes residencias ocultas tras muros gigantescos de piedra y alambre electrificado desfilaban ante mis ojos como prisiones de lujo. El vehículo se detuvo frente a un enorme portón de acero negro que se abrió de forma automática tras una señal de radio del chofer.

Varios hombres con chalecos tácticos y armas largas nos recibieron en la entrada, asintiendo con la cabeza en señal de profundo respeto hacia su patrón. Sentí que el estómago se me revolvía del miedo al ver ese despliegue de fuerza militarizada dentro de una propiedad privada. Era el mismo ambiente de mi niñez, el mismo olor a pólvora, dinero sucio y peligro inminente que tanto me había esforzado por olvidar.

Héctor descendió del vehículo y, con una caballerosidad que contrastaba brutalmente con su entorno, me ofreció la mano para ayudarme a bajar. La rechacé de inmediato, bajándome por mi cuenta y acomodándome la camisa de mesera que ahora se sentía como un disfraz ridículo en este palacio. El viento de la noche golpeaba las copas de los pinos altos, creando un murmullo lúgubre que me erizaba la piel de los brazos.

—Pasa, por favor, estás en tu casa —dijo él, guiándome hacia la imponente entrada de la mansión de diseño minimalista. Caminé detrás de él con el cuerpo tenso, alerta a cualquier movimiento de los escoltas que se quedaron custodiando el perímetro del jardín. El interior de la casa era enorme, con pisos de mármol pulido y ventanales enormes que daban hacia la barranca, pero todo se sentía extrañamente frío y vacío. No había fotos familiares, ni recuerdos, solo obras de arte caras que parecían elegidas por un decorador sin alma.

Héctor me llevó directo a su estudio privado, un cuarto amplio forrado de maderas finas y estantes repletos de libros de leyes e historia. Se acercó a una pequeña cantina empotrada en la pared y tomó una botella de un tequila reposado muy exclusivo. —Necesitas un trago para asentar el susto, Jody —me dijo, sirviendo el líquido dorado en dos vasos cortos de cristal cortado.

—Ya te dije que yo no tomo mientras trabajo, y aunque ya no tenga chamba, no voy a brindar contigo —respondí, manteniéndome de pie cerca de la puerta. Héctor soltó una risa seca, dejando uno de los vasos sobre su escritorio de caoba antes de tomar un sorbo largo del suyo. —Eres igualita de terca que Pancho, de plano llevas su misma sangre orgullosa en las venas —comentó, mirándome con una mezcla de respeto y nostalgia.

En ese momento, la puerta del estudio se abrió tras un leve toque y Carlos entró a la habitación con el rostro pálido y el teléfono en la mano. Su mirada esquiva me indicó de inmediato que las noticias que traía no eran nada buenas para mí. —Hable, Carlos, no le dé vueltas a la bronca —ordenó Héctor, sentándose en su pesado sillón de piel.

—Jefe, los muchachos ya terminaron de asegurar el departamento de la señorita en la Roma —explicó Carlos, carraspeando un poco por la tensión—. Lograron sacar al gato, está en la camioneta de Tony metido en una caja, aunque el pinche animal casi le arranca un dedo de un arañazo al cabo. A pesar del miedo que sentía, una pequeña sonrisa involuntaria intentó dibujarse en mi rostro al pensar en mi querido Whiskey defendiendo su territorio. Sin embargo, la sonrisa se me borró por completo cuando Carlos continuó hablando con un tono de voz mucho más sombrío.

—Pero la cosa se puso color de hormiga justo cuando íbamos saliendo de la colonia, patrón —añadió Carlos, mirando fijamente a Héctor—. Dos camionetas sin placas se pararon frente al edificio de la señorita apenas cinco minutos después de que nos movimos. Bajaron cuatro cabrones armados y se metieron a la fuerza al departamento, buscando a la muchacha.

Un frío glacial me recorrió la espina dorsal y sentí que las piernas me flaqueaban de verdad por primera vez en toda la tarde. Si me hubiera quedado a limpiar esa maldita barra un rato más, o si hubiera regresado a mi casa a empacar mis cosas, en este momento ya estaría muerta. Héctor no se movió, pero sus ojos negros se encendieron con un brillo asesino que me hizo dar un paso atrás.

—El Salva no está perdiendo el tiempo, el hijo de su perra madre quiere borrar el cabo suelto hoy mismo —murmuró el capo, apretando el vaso de cristal con tanta fuerza que pensé que lo iba a romper—. Mandó a sus sicarios a la Roma porque sabe que la mesera que me salvó la vida es la única testigo que puede identificar su rifle.

—¿Cómo supo tan rápido dónde vivía? —pregunté con la voz temblorosa, sintiendo que el pánico me ganaba terreno por fin. —Salvador Mendiola tiene comprada a la mitad de la policía de la ciudad, mija —me explicó Héctor, mirándome con una seriedad aplastante—. Conseguir el nombre de la mesera de enfrente y su dirección les tomó menos de dos horas usando las bases de datos del gobierno.

Me dejé caer en una silla que estaba cerca, sintiendo el peso de la realidad aplastándome el pecho de forma despiadada. Mi vida ordinaria, mi anonimato, mi libertad… todo se había ido por el caño por un maldito acto de humanidad que ahora parecía una condena a muerte. Estaba atrapada en medio de una guerra interna del cartel más peligroso de México, y mi único protector era el hombre más buscado del país.

—Carlos, dile a Tony que traiga al pinche gato para acá y que le den de comer algo bueno —ordenó Héctor, sin apartar la vista de mí—. Y dile a toda la gente de la plaza que nos vamos a atrincherar aquí hasta que averigüemos qué tanto apoyo tiene El Salva dentro de la organización. —Entendido, jefe, ya mismo doy la orden —respondió Carlos antes de salir rápidamente del estudio, dejándonos solos de nuevo.

Me quedé mirando el suelo de madera, asimilando que mi amado gato Whiskey ahora también era un refugiado de la mafia junto conmigo. —Héctor —dije, levantando la mirada para confrontarlo de nuevo—, tú me prometiste que esto se acabaría en cuanto manejaras la bronca con tu cuñado. —Y lo voy a cumplir, mija, te di mi palabra sagrada por la tumba de tu apá —aseguró él, levantándose para caminar hacia el gran ventanal del estudio—. Pero tienes que entender que matar al Salva no va a ser una chamba de un solo día, porque ese cabrón controla toda la ruta de contrabando del norte.

—¿Por qué te quiere muerto de plano? —pregunté, queriendo entender la lógica del monstruo que ahora me perseguía a mí también—. Dijiste que era tu familia, que estuvo en el panteón contigo enterrando a tu propia madre hace unos días. Héctor soltó un suspiro pesado que pareció vaciarle el alma, apoyando la frente contra el cristal frío del ventanal que miraba hacia la oscuridad de la noche.

—La ambición vuelve locos a los hombres más cercanos, Jody —explicó con una amargura que se sentía real en cada palabra—. Mi hermana murió hace tres años de una enfermedad muy culera, y desde ese día, el lazo familiar que me unía con El Salva empezó a desgastarse por la maldita codicia. Él cree que yo ya estoy viejo para manejar los negocios, que me he vuelto blando porque ya no me gusta armar tantas masacres como antes.

—¿Y por eso intentó meterte un tiro en la cabeza mientras comías sopa? —inquirí, sintiendo un escalofrío por la frialdad con la que se manejaban en ese ambiente. —El plan de ese cabrón era perfecto —asintió Héctor, dándose la vuelta para mirarme—. Me mataba a mí en una zona neutral, le echaba la culpa al cartel rival de Jalisco y él se quedaba con la corona sin que nadie dentro de mi gente sospechara de su traición.

—Pero yo me atravesé en su camino —concluí en un susurro, entendiendo por fin la magnitud de mi error. —Exactamente, mija, tú le arruinaste la jugada de su vida —afirmó Héctor, acercándose lentamente hacia donde yo estaba sentada—. Ahora mismo, Salvador Mendiola te odia a ti mucho más de lo que me odia a mí, porque por tu culpa, toda la organización ya sabe que hay un traidor entre nosotros.

Sentí un hueco horrible en el estómago al comprender que mi cabeza ahora tenía un precio muy alto en el mercado negro de la muerte. Estaba ligada de por vida a Héctor Reyes, no por amor ni por lealtad, sino por un hilo de sangre y plomo que mi propio padre había ayudado a tejer años atrás.

—Te vas a quedar en la recámara del segundo piso, la que está al fondo del pasillo —me indicó el capo con un tono que no admitía réplicas—. Ahí vas a tener todo lo que necesites, ropa limpia, comida y la seguridad de que nadie va a entrar a hacerte daño mientras yo esté respirando en esta casa. —No quiero tus lujos, Héctor, solo quiero que esta pesadilla se acabe de una buena vez —le respondí, levantándome de la silla con el poco orgullo que me quedaba.

—Yo también quiero eso, mija, pero en este negocio las cosas nunca se arreglan por las buenas —sentenció, tomando el vaso de tequila que yo había rechazado—. Ve a descansar, que mañana va a ser un día muy largo y lleno de decisiones muy cabronas para todos nosotros.

Salí del estudio sin decir una sola palabra más, sintiendo la mirada pesada de Héctor cuidando mis pasos hasta que crucé el umbral de la puerta. Una sirvienta de rostro asustado me guio en silencio por las escaleras de mármol hacia la habitación que me habían asignado en ese palacio fortificado. Al entrar al cuarto, me encontré con una recámara enorme y elegante, pero lo único que me importó fue ver a mi gato Whiskey acurrucado debajo de la cama, bufando de puro miedo.

Me metí debajo de la estructura de madera para abrazarlo, sintiendo su corazón latir tan rápido como el mío mientras las lágrimas que tanto había aguantado por fin empezaron a rodar por mis mejillas. Estaba de vuelta en el infierno del que tanto había huido, atrapada en una jaula de oro con el capo más peligroso de México, y con la terrible certeza de que mi libertad se había muerto para siempre.

Pasé el resto de la madrugada despierta, sentada en el suelo junto a Whiskey, escuchando los ruidos lejanos de los guardias que patrullaban el jardín exterior. Cada crujido de la madera de la casa me hacía saltar del susto, imaginando que los sicarios del Salva habían logrado burlar la seguridad para venir por mi cabeza. Me acordé de las mañanas frías en Michoacán cuando mi apá me enseñaba a limpiar una pistola, repitiéndome que la única forma de no tener miedo era estar siempre lista para lo peor.

A las seis de la mañana, un golpe suave en la puerta me puso en alerta total de inmediato. Era Carlos, quien traía una bandeja con café caliente y un plato de comida para mi gato, mirándome con una expresión que denotaba que no había pegado el ojo en toda la noche. —Señorita Rojas, el jefe la espera abajo en el comedor para el desayuno —dijo con voz ronca—. Acaba de llegar un reporte de la frontera y la bronca se puso todavía más pesada de lo que pensábamos.

Me puse de pie de inmediato, acomodándome la ropa arrugada con la firme determinación de no mostrar debilidad frente a los hombres que ahora manejaban mi destino. Bajé las escaleras dispuesta a exigirle a Héctor Reyes que me dijera la verdad completa, sin importar qué tan sangrienta fuera la realidad que me esperaba en esa mesa.

Parte 3

El comedor de la mansión de las Lomas de Chapultepec era un espacio inmenso, dominado por una mesa de mármol gris que parecía tallada de una sola pieza. Héctor Reyes estaba sentado en la cabecera, revisando una tableta digital mientras le daba un trago corto a una taza de café negro. Carlos permanecía de pie a su lado derecho, con los brazos cruzados al frente y el rostro demudado por la falta de sueño.

Me senté a tres sillas de distancia de Héctor, buscando mantener una barrera física que me hiciera sentir un poco menos vulnerable. La sirvienta de la mañana se acercó de inmediato para servirme café y un plato con chilaquiles de salsa verde que olían delicioso, pero el estómago se me cerró por completo con solo verlos.

—No me traigas comida, por favor —le dije a la señora con voz suave, deteniendo su mano antes de que dejara el plato—. Con el puro café tengo, muchas gracias.

La mujer miró de reojo a Héctor, buscando su aprobación, y el capo simplemente asintió con la cabeza sin levantar la vista de la pantalla de su tableta. En cuanto la sirvienta se retiró y las pesadas puertas dobles del comedor se cerraron, el silencio regresó a la habitación de forma aplastante.

—Carlos me dijo que llegó un reporte muy pesado de la frontera —solté sin rodeos, queriendo romper la tensión antes de que el miedo me paralizara—. Quiero saber qué está pasando y qué tiene que ver conmigo.

Héctor dejó la tableta sobre la mesa de mármol con un golpe seco y me clavó esa mirada oscura que lograba desarmar a cualquiera.

—Salvador Mendiola no solo mandó a los sicarios a tu departamento en la Roma, mija —explicó con una calma que me pareció aterradora—. Anoche, casi a la misma hora, su gente tomó por la fuerza tres de las bodegas principales que tenemos en Nuevo Laredo. Se armó una balacera terrible con los muchachos de la plaza y perdimos a seis hombres de los buenos.

—Eso es una declaración de guerra abierta dentro de tu propia organización —comenté, sintiendo que los conocimientos que mi apá me había heredado se activaban de inmediato en mi cerebro.

—Exactamente, es un golpe de Estado —asintió Héctor, entrelazando sus dedos largos sobre la mesa—. El Salva ya no está escondiendo la mano; está buscando fracturar el cartel para quedarse con el control de la frontera norte antes de que yo pueda reaccionar aquí en la capital.

—¿Y qué tiene que ver una mesera en medio de una guerra de capos? —inquirí, apuntándome al pecho con el dedo índice—. Yo no tengo armas, no tengo dinero, no tengo gente. ¿Por qué El Salva sigue gastando recursos en buscarme a mí si tiene una guerra que pelear en Tamaulipas?

Héctor se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre el mármol, lo que me obligó a sostenerle la mirada a pesar de las ganas que tenía de salir corriendo de ese comedor.

—Porque tú eres la prueba viviente de su traición, Jody —sentenció el capo con voz baja y firme—. En este negocio, la legitimidad lo es todo ante los ojos de los otros jefes de plaza. Si El Salva me hubiera matado ayer en Vincenzo’s, él habría tomado el control diciendo que fue un ataque de los rivales de Jalisco, y toda mi gente se habría alineado con él por pura lealtad a la organización.

—Pero al fallar el tiro y quedar al descubierto que fue él quien puso el rifle, las cosas cambian —completó Carlos desde su esquina, interviniendo en la conversación con seriedad.

—Así es —continuó Héctor—. Si tú hablas con los líderes de las otras familias y les confirmas que viste el rifle del Salva apuntando a mi cabeza, él se convierte en un traidor sin honor ante todo el mundo del hampa. Nadie va a querer hacer negocios con un cabrón que intentó asesinar a su propio cuñado y jefe por la espalda; sus aliados en la frontera se le van a voltear en un segundo.

Me pasé las manos por el rostro, sintiendo el sudor frío en las palmas al comprender la magnitud de la cruz que cargaba sobre la espalda. Mi testimonio, la simple declaración de una enfermera retirada que servía tragos en una cantina de la Roma, era el único factor que podía derrumbar el imperio criminal de Salvador Mendiola.

—Por eso te necesita muerta a como dé lugar, mija —añadió Héctor, dándole un sorbo largo a su café—. No es por orgullo, es por pura supervivencia. Mientras tú estés respirando y bajo mi protección, El Salva no puede consolidar su golpe de Estado.

—Híjole… esto se salió de control por completo —murmuré, sintiendo un nudo de angustia en la garganta—. Yo solo quería salvar la vida de un desconocido, Héctor. No quería meterme en la política de tu cartel ni terminar encerrada en una mansión de las Lomas.

—El destino tiene una forma muy culera de recordarnos quiénes somos, Jody —dijo Héctor con una sonrisa amarga que no le llegó a los ojos—. Quisiste enterrar el apellido Rojas, pero la sangre de Pancho te brotó por los poros en el momento en que viste el peligro. Salvaste al jefe del cartel porque naciste para estar en este mundo, aunque te duela aceptarlo.

—¡No me digas eso! —le grité, golpeando la mesa con el puño cerrado, haciendo tintinear las tazas de porcelana—. Yo salvé a un ser humano porque tengo un juramento de enfermería y porque no soy una asesina que se queda de brazos cruzados viendo morir a la gente. Hubiera hecho exactamente lo mismo por el chofer del camión o por la señora de la limpieza.

Héctor no se ofendió por mi arrebato; al contrario, me miró con una especie de orgullo paternal que me revolvió las entrañas de la pura rabia.

—Eso es lo que te gusta decirte a ti misma para poder dormir tranquila por las noches, mija —replicó con un tono suave que calaba más profundo que cualquier grito—. Pero una enfermera común se habría tirado al suelo a taparse la cabeza al ver un rifle. Tú no hiciste eso; tú calculaste el ángulo del tiro, mediste la distancia de la avenida, empujaste a mis escoltas y usaste tu propio cuerpo como escudo humano de la forma más inteligente posible. Eso no te lo enseñaron en la escuela de medicina de Chicago; eso te lo enseñó Pancho Rojas en el patio de la casa en Michoacán.

Me quedé callada porque la verdad me golpeó en la cara como una cubetada de agua helada. Tenía razón. El entrenamiento de mi infancia no era algo que pudiera borrar con un título universitario o cambiando de colonia; estaba grabado a fuego en mis músculos y en mis reflejos más primitivos.

—Jefe —interrumpió Carlos de nuevo, mirando su teléfono celular que no paraba de vibrar—. Los muchachos de la entrada me están avisando que llegó una camioneta de la policía de la ciudad. Es el comandante Estrada; dice que necesita hablar con usted de carácter urgente sobre lo que pasó anoche en el departamento de la Roma.

Héctor se puso de pie de inmediato, abotonándose el saco con una elegancia impecable que ocultaba la tensión acumulada de las últimas horas.

—Dile que pase al estudio, Carlos, y que no traiga a ninguno de sus escoltas con él —ordenó el capo—. A este cabrón le pago una millonada al mes para que nos limpie los platos rotos, no para que venga a hacerme preguntas pendejas a mi propia casa.

—Entendido, patrón —respondió Carlos antes de salir a paso veloz por las puertas del comedor.

Héctor se volteó hacia mí y me puso una mano en el hombro, un gesto que se sintió pesado pero extrañamente cálido en medio de toda la hostilidad del ambiente.

—Quédate aquí en el comedor y no salgas para nada, Jody —me instruyó con seriedad—. Estrada es un policía corrupto que trabaja para el mejor postor; no quiero que te vea la cara ni que sepa que estás metida en esta habitación.

—Héctor —lo detuve antes de que diera un paso, tomándolo de la manga del saco—. Ten mucho cuidado. Si El Salva tiene comprada a la mitad de la policía, ese comandante podría ser el que le esté pasando la información de nuestros movimientos.

Héctor me miró con una chispa de sorpresa en sus ojos negros, y luego esbozó una pequeña sonrisa genuina por primera vez desde que nos conocimos.

—Ves cómo sí eres la hija de Pancho Rojas, mija —comentó con tono aprobatorio—. Piensas como una profesional de este negocio. No te preocupes, a Estrada lo conozco desde que era un simple patrullero de barrio; sé perfectamente qué pie cojea y cuánta lana necesita para mantenerse fiel.

El capo salió del comedor, dejándome sola con mis pensamientos y con el eco de sus palabras resonando en mis oídos. Me levanté de la silla y caminé hacia la gran ventana que daba al jardín trasero de la mansión, sintiendo una opresión terrible en el pecho. Me asomé al pasillo lateral para asegurarme de que nadie me estuviera vigilando y, movida por una curiosidad peligrosa que no pude controlar, caminé en silencio hacia la puerta del estudio de Héctor.

Los pisos de mármol estaban cubiertos por alfombras caras que amortiguaban mis pasos por completo, permitiéndome llegar hasta la entrada del estudio sin levantar ninguna sospecha. La puerta de madera fina estaba entreabierta apenas unos centímetros, lo suficiente para que la voz ronca del comandante Estrada se filtrara con total claridad hacia el pasillo.

—La cosa está que arde en la corporación, Reyes —decía el policía con un tono de voz que denotaba una mezcla de miedo y desesperación—. El Salva mandó un comunicado interno a varios mandos altos de la Fiscalía. Les ofreció dos millones de dólares en efectivo a los jefes de sector si le entregan la ubicación exacta de la mesera de la cantina.

—¿Y tú viniste a ver si te ganabas esa lana, Estrada? —preguntó Héctor con una voz helada que me hizo estremecer en el pasillo.

—¡Por favor, Héctor, sabes bien que yo te soy fiel a ti! —exclamó el comandante, intentando sonar convincente—. Pero los muchachos de la ministerial ya tienen la identidad de la muchacha. Se llama Jody Russo en sus papeles falsos, pero en el sistema de salud aparece su nombre real como enfermera: Jovita Rojas. El Salva ya sabe que es la hija de Pancho, y eso cambió toda la jugada por completo.

—¿Qué quieres decir con que cambió la jugada? —inquirió Héctor, y escuché el sonido del cristal de su vaso chocando contra el escritorio de caoba.

—El Salva está corriendo el rumor en el norte de que tú y Pancho Rojas planearon todo esto desde hace dos años —explicó el policía en un susurro apresurado—. Dice que la muchacha nunca se retiró del negocio, que estuvo espiando los movimientos del cartel en la Roma y que el beso de ayer fue una señal pactada para que tus sicarios supieran dónde estaba el tirador del Salva. Está usando eso para convencer a las otras familias de que tú iniciaste la traición para limpiar la plaza y quedarte con todo el dinero de la frontera.

Se me cortó la respiración al escuchar esa monstruosa mentira que Salvador Mendiola estaba tejiendo a mi alrededor. No solo querían matarme para callarme, sino que estaban usando mi identidad y el legado de mi apá para justificar una masacre interna que iba a desangrar a todo el cartel.

—Ese hijo de su perra madre es más inteligente de lo que pensaba —murmuró Héctor con una furia sorda—. Está usando el nombre de Pancho para poner a los viejos fundadores del cartel en mi contra.

—Así es, Reyes —asintió el comandante Estrada—. Si los viejos de Michoacán se creen esa historia de la conspiración, le van a dar luz verde al Salva para que venga por ti aquí a la Ciudad de México con toda su gente del norte. Tienes que entregar a la muchacha, Héctor. Es la única forma de frenar la bronca; si le pones la cabeza de la hija de Rojas en una charola al Salva, los fundadores van a ver que tú no tienes nada que ocultar y la guerra se va a acabar antes de que empiece.

El corazón me dio un vuelco violento dentro del pecho y sentí que el piso se me movía de la pura impresión. Me pegué más a la pared, conteniendo el aire, esperando con el alma en un hilo la respuesta del hombre que me había jurado protección sobre la tumba de mi padre. El silencio que siguió en el estudio se prolongó por unos segundos que me parecieron siglos enteros, aumentando la angustia que me carcomía las entrañas por completo.

—¿Me estás pidiendo que rompa un juramento sagrado, Estrada? —preguntó Héctor con una voz que bajó varios tonos, adquiriendo un matiz letal que hizo que hasta el propio comandante guardara silencio de inmediato.

—Solo te estoy diciendo lo que le conviene al negocio, Reyes —respondió el policía con timidez—. Una mesera no vale la pena para iniciar una guerra civil que va a dejar cientos de muertos en las calles del país. Piénsalo bien, por favor; la cabeza de la muchacha es la moneda de cambio para mantener la paz de todas las plazas.

No pude aguantar más la tensión en ese pasillo y me di la vuelta con cuidado, regresando a paso veloz hacia el comedor con las manos frías y las lágrimas a punto de brotar de mis ojos. Me di cuenta de que, sin importar las promesas de honor o los lazos del pasado, en ese mundo de lobos la lealtad se medía en billetes de dólares y en el conteo de los cuerpos caídos en la frontera.

Me encerré de nuevo en el comedor, sintiéndome más atrapada que nunca dentro de esa enorme jaula de oro en las Lomas de Chapultepec. Miré hacia la puerta, sabiendo que en cualquier momento Héctor Reyes cruzaría ese umbral para decidir si me iba a mantener viva como una cuestión de honor familiar, o si me iba a entregar a mis verdugos para salvar su propio imperio criminal de la destrucción total.

Parte 4

El eco de los pasos de Héctor Reyes resonó en el pasillo de mármol, y cada golpe de sus zapatos contra el suelo se sintió como el tic-tac de una bomba de tiempo en mi pecho. Me paré derecha junto a la mesa del comedor, limpiándome las lágrimas de la cara con el puño de la camisa. Si algo me había enseñado mi apá en Michoacán, era que a la hora de los chingadazos uno nunca debe agachar la cabeza, menos frente a los hombres que se creen dueños de tu vida.

Las puertas dobles se abrieron y Héctor entró solo. Tenía la mandíbula tan apretada que parecía de piedra y sus ojos negros no tenían ni una pizca de la calidez que me había mostrado hace rato. Se me quedó viendo fijamente, analizando mi postura. En ese maldito mundo, todos son expertos en oler el miedo a la distancia.

—Estuviste escuchando detrás de la puerta, ¿verdad, mija? —me soltó sin rodeos, caminando hacia la cabecera de la mesa.

—No me digas mija, Héctor —le respondí con un coraje que ni yo sabía de dónde me salía—. Y sí, escuché todo. Escuché al mendigo policía decirte que mi cabeza es la moneda de cambio para que no se te caiga el negocio. Así que dime de una vez, ¿me vas a entregar al Salva o vas a dejar que tus muchachos me metan un tiro aquí mismo para ahorrarte el viaje?

Héctor soltó un suspiro pesado y se recargó en la silla. Se veía cansado, con el peso de toda su organización encima.

—Si quisiera entregarte, Jody, ya estarías amarrada en la cajuela de la camioneta de Estrada —dijo con una voz tranquila pero que calaba hondo—. Te di mi palabra sagrada sobre la tumba de Pancho Rojas. Yo no rompo mis promesas por miedo a un cabrón del norte que apenas ayer aprendió a limpiarse los mofles. Pero la cosa se puso muy color de hormiga. La mentira que inventó El Salva ya pegó en Michoacán. Los viejos fundadores están escamados; creen que tu apá y yo les jugamos chueco desde hace dos años para dejarlos fuera de la jugada.

—Es una pendejada, Héctor —dije, acercándome a él—. Mi apá se estaba muriendo, lo único que quería era sacarme de esta porquería. Tú lo sabes, yo lo sé. ¡Todo el maldito mundo que conoció a Pancho sabe que él adoraba la tranquilidad que yo buscaba!

—En este negocio la verdad no importa, Jody, importa lo que la gente cree —sentenció Héctor, dándole un golpe suave al mármol—. Si los viejos le dan el visto bueno al Salva, para mañana vamos a tener a cincuenta sicarios con rifles de asalto sitiando esta casa. Mis muchachos son bravos, pero una guerra civil en plena capital nos va a partir la madre a todos.

Me quedé callada, sintiendo el frío del piso colarse por mis zapatos. Recordé a mi gato Whiskey arriba, asustado abajo de la cama, y me dio una impotencia espantosa pensar que por un mendigo beso en una cantina de la Roma toda mi vida se había ido al garete.

—¿Entonces qué vamos a hacer? —pregunté en un susurro, sintiendo que el aire se me acababa—. No me voy a quedar aquí sentada esperando a que nos caiga el gobierno o la gente del Salva a balancearnos la existencia.

En ese momento la puerta se abrió de golpe y Carlos entró con cara de pocos amigos. Traía una pistola escuadra corta en la mano y el radiocomunicador de la empresa pegado a la oreja.

—Jefe, tenemos bronca en el portón principal —dijo Carlos con la voz agitada—. Estrada acaba de salir de la propiedad, pero dos camionetas sospechosas, unas Lobo grises sin placas, se acaban de parar en la esquina de la barranca. Hay gente armada adentro, patrón. El comandante nos vendió; le dio la ubicación exacta a la gente del Salva en cuanto pisó la calle.

Héctor no se inmuto. Se levantó despacio, se acomodó el saco y miró a Carlos con una frialdad que me heló la sangre.

—Asegura el perímetro, Carlos. Que los muchachos del jardín se pongan chalecos y que nadie tire el primer plomazo hasta que ellos intenten brincarse la barda. Estrada ya firmó su sentencia de muerte; de ese cabrón me encargo yo después. Ahorita la prioridad es la hija de Pancho.

Héctor se volteó hacia mí y me agarró del brazo con fuerza, pero sin lastimarme.

—Vámonos para arriba, Jody. Vas por tu gato y tus cosas. No nos vamos a atrincherar aquí; eso es lo que El Salva quiere para tenernos arrinconados como ratas. Nos movemos a la casa de seguridad del Ajusco ahorita mismo antes de que se arme la balacera en la calle.

Subimos las escaleras a toda prisa mientras abajo se escuchaba el ruido metálico de los muchachos cargando las armas largas y los gritos de Carlos dando órdenes por el radio. El ambiente se puso tenso, espeso, idéntico al día en que los enemigos de mi apá balacearon nuestra casa en Uruapan cuando yo tenía doce años. Ese maldito olor a miedo y pólvora que nunca se te quita de la memoria.

Entré corriendo a la recámara y saqué a Whiskey a la fuerza de abajo de la cama. El pobre gato maullaba del susto y me metió un rasguño feo en la muñeca, pero ni me dolió de la pura adrenalina que traía encima. Lo metí en la mochila que me habían llevado y me la colgué al pecho.

—Ya estoy lista, Héctor —le dije, parándome en el pasillo.

—Camínale por el tragaluz del fondo, mija —me ordenó, sacando una pistola de oro con cachas de perla que traía oculta debajo del sobaco—. Hay un pasadizo que da al garaje subterráneo. Las camionetas blindadas ya están encendidas allá abajo.

Justo cuando íbamos a llegar al fondo del pasillo, un estruendo espantoso sacudió toda la mansión. El ruido de los cristales rompiéndose abajo y las ráfagas de las armas automáticas comenzaron a sonar con todo en el jardín delantero. ¡Ya habían empezado los chingadazos! Los hombres del Salva estaban intentando entrar a la brava a la propiedad.

—¡Muévete, Jody! ¡No te me quedes parada! —me gritó Héctor, empujándome hacia una puerta oculta detrás de un espejo de cuerpo completo.

El pasadizo era oscuro y olía a humedad, con unas escaleras de caracol de fierro que bajaban directo al sótano. El ruido de las detonaciones se escuchaba ahogado a través de las paredes de concreto, pero la vibración de las granadas de fragmentación hacía que el polvo nos cayera en la cabeza. Sentía el corazón en la garganta, rezándole a la virgencita que no nos tocara un plomazo de rebote.

Llegamos al garaje subterráneo, donde dos Suburban negras estaban con los motores rugiendo y las luces apagadas. Dos escoltas de Héctor, con la cara tapada con pasamontañas, nos abrieron las puertas de inmediato.

—¡Súbete atrás y no te asomes para nada! —me ordenó el capo, metiéndose conmigo en la segunda camioneta—. ¡Dale con todo, cabrón! ¡Rómpeles el portón trasero si es necesario!

El chofer metió reversa a fondo y la camioneta patinó las llantas en el concreto pulido, saliendo disparada por una rampa oculta que daba a la calle trasera de la residencia, lejos de donde se estaba armando el desmadre principal. Salimos a la calle a toda velocidad, integrándonos al tráfico de la tarde mientras a nuestras espaldas el humo negro de la balacera empezaba a manchar el cielo limpio de las Lomas.

Me abracé a la mochila donde Whiskey temblaba, mirando a Héctor que limpiaba su pistola con un pañuelo de seda. Estábamos huyendo, sí, pero por la mirada de loco que traía el jefe de la plaza, sabía perfectamente que esta bronca apenas estaba empezando. La hija de Pancho Rojas ya no era una mesera; ahora era el pretexto perfecto para que se soltara la guerra más cabrona en la historia del cartel.