
CAPÍTULO 1: El Despertar y el Susurro
La oscuridad no era negra. Era de un gris denso, pesado, como el cielo de la Ciudad de México en un día de contingencia ambiental. Rodrigo sentía que flotaba en ese limbo, sin cuerpo, sin nombre, sin memoria. A veces, escuchaba voces lejanas, ecos distorsionados que parecían venir del fondo de un pozo. “Signos vitales estables”, decía una voz masculina. “Pobrecito, tan joven y con esa nave”, decía otra. Luego, el silencio volvía a tragarlo todo.
El tiempo era un concepto irrelevante. Podían haber pasado minutos o siglos. Hasta que, de repente, el dolor rompió la burbuja.
No fue un despertar suave, como en las películas donde el protagonista abre los ojos y una luz celestial lo baña. Fue brutal. Fue como si un camión de carga le hubiera pasado por encima y luego hubiera dado reversa para rematar. Un latido sordo y martilleante en la sien derecha marcaba el ritmo de su agonía. Sentía la boca seca, pastosa, con ese sabor metálico a sangre y bilis.
Intentó abrir los ojos, pero los párpados le pesaban toneladas. ¿Dónde estoy?, pensó, pero su propia voz interior sonaba ajena, lejana.
Forzó la vista. Una línea de luz borrosa atravesó sus pestañas. Parpadeó una, dos veces, luchando contra el instinto de volver a desmayarse. La imagen que se formó ante él no tenía ningún sentido.
Esperaba ver el techo impoluto, blanco y minimalista de su penthouse en Santa Fe, o quizás el estuco veneciano de su oficina en Reforma. En el peor de los casos, los paneles tecnológicos del Hospital ABC. Pero no. Lo que tenía encima era un techo bajo, pintado de un color crema que se había amarilleado con los años y la humedad. Una mancha oscura, parecida al mapa de un continente desconocido, se extendía en una esquina: moho. Y justo en el centro, un ventilador de techo de metal oxidado giraba con una pereza exasperante, emitiendo un sonido rítmico e hipnótico: clac-clac-clac.
Rodrigo intentó mover la cabeza para escanear el entorno, pero un pinchazo agudo en el cuello lo detuvo en seco. Soltó un gemido ronco, un sonido gutural que rasgó el silencio de la habitación.
—¡Ay, no se mueva, por favor! —susurró una voz.
No era una voz de adulto. No tenía la gravedad de un médico ni la formalidad aséptica de una enfermera. Era una voz ligera, cantarina, pero cargada de una urgencia conspiradora.
Rodrigo giró los ojos, solo los ojos, hacia la derecha.
Ahí estaba. Sentada en una silla de plástico blanca, de esas que patrocinan las marcas de refresco en las taquerías, había una niña. No debía tener más de siete u ocho años. Llevaba un vestido sencillo de algodón con florecitas azules, un poco deslavado pero limpio. Sus piernas colgaban de la silla sin tocar el suelo, balanceándose nerviosamente. Pero lo que atrapó a Rodrigo fueron sus ojos: dos pozos negros, profundos y curiosos, enmarcados por una cascada de rizos oscuros y rebeldes que parecían tener vida propia.
La niña se inclinó hacia adelante, invadiendo su espacio personal con una confianza sorprendente. Olía a vainilla y a tierra mojada, ese olor inconfundible de la sierra después de la lluvia.
—¿Te duele mucho? —preguntó ella, arrugando la nariz—. Tienes la cara hecha un mapa. Mi mamá dice que los golpes en la cabeza son traicioneros, que te zumban los oídos como si tuvieras un panal de abejas adentro.
Rodrigo intentó hablar. Su garganta era un desierto. Tosió un poco y la niña, rápida como una liebre, tomó un vaso de agua con un popote flexible de la mesita de noche y se lo acercó a los labios.
—Despacito. No te vayas a ahogar, que ya bastante tienes —instruyó con una autoridad maternal que resultaba cómica en alguien de su tamaño.
El agua fresca fue un bálsamo. Rodrigo bebió con avidez hasta que ella retiró el vaso suavemente.
—Gracias… —graznó él. Su voz sonaba rota, desconocida—. ¿Quién… quién eres?
—Soy Valentina —respondió ella con naturalidad, recargándose en el respaldo de la silla—. Valentina de los Ángeles, pero mi mamá dice que de ángel no tengo nada cuando me subo a los árboles. ¿Y tú? Bueno, yo sé cómo te llamas porque leí tu cartera cuando te trajeron los de la Cruz Roja, pero es de mala educación no presentarse.
Rodrigo frunció el ceño. La mente le daba vueltas. ¿Cartera? ¿Cruz Roja?
—Rodrigo… —musitó.
—Mucho gusto, Rodrigo —dijo Valentina, extendiendo una mano pequeña y morena. Él, aturdido, apenas pudo mover los dedos sobre la sábana áspera.
La niña miró hacia la puerta de la habitación, que estaba entreabierta, y su expresión cambió drásticamente. La curiosidad infantil se esfumó, reemplazada por una seriedad tensa, casi adulta. Se bajó de la silla de un salto silencioso, sus tenis de tela apenas hicieron ruido sobre el piso de mosaico antiguo. Se acercó a la cabecera de la cama, se puso de puntitas y le hizo un gesto con el dedo índice sobre los labios.
—Shhh —siseó—. Escúchame bien, Rodrigo. Tienes que poner mucha atención porque no tenemos mucho tiempo.
Rodrigo la miró, confundido y fascinado a la vez. ¿Qué clase de hospital era este donde una niña de siete años daba las órdenes?
—¿Qué pasa? —susurró él, contagiado por el tono de secreto.
Valentina miró de nuevo hacia el pasillo y luego clavó sus ojos en los de él.
—Si yo fuera tú… —empezó, bajando la voz hasta que fue apenas un hilo de aire—, si yo estuviera en tu lugar, con todos esos vendajes y esos moretones… me haría el tonto.
—¿El tonto? —repitió Rodrigo.
—Sí, el desmemoriado. El que se le borró el cassette —insistió ella, abriendo mucho los ojos para enfatizar—. Finge que no te acuerdas de nada. Ni de quién eres, ni de dónde vienes, ni cuánto dinero tienes. Nada. Mente en blanco.
—¿Por qué haría eso? —preguntó Rodrigo, sintiendo una punzada de alarma. ¿Acaso estaba secuestrado? ¿Estaba en peligro?
Valentina hizo una mueca de desagrado, como si hubiera mordido un limón.
—Porque han venido a verte unas personas… híjole, bien pesadas. Especialmente una señora. Una güera, alta, flaca como escoba y con la cara estirada así —Valentina se jaló la piel de los pómulos hacia atrás con los dedos, deformando su carita—. Parece muñeca de plástico de esas caras que venden en Liverpool, pero habla como camionero enojado.
Rodrigo sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la fiebre. La descripción era caricaturesca, pero innegablemente precisa.
—Paulina… —susurró el nombre como si fuera una maldición.
—No sé cómo se llama, pero huele a perfume del que marea —continuó Valentina—. Estaba aquí hace rato, gritándole a mi mamá. Estaba furiosa. Decía cosas horribles. Dijo: “Si este imbécil se muere antes de la boda, lo mato yo misma”. Yo pensé: “Qué señora tan tonta, ¿cómo vas a matar a alguien que ya se petateó?”. Pero se veía bien enojada. Dijo que te iba a llevar a la Ciudad de México a la fuerza, arrastrando si era necesario, apenas abrieras un ojo. Que tenías que firmar unos papeles urgentes para el banco o no sé qué.
La niña se acercó más, casi rozando su nariz con la de él.
—Se ve que es mala, Rodrigo. De las que en las telenovelas le ponen veneno al té de la protagonista. Así que, mi consejo profesional es: hazte el loco. Si no te acuerdas de nada, no puedes firmar nada, y no te pueden llevar. Al menos así descansas un ratito más aquí, que está feo pero es tranquilo.
Rodrigo cerró los ojos un momento. La información caía sobre él como bloques de concreto. Paulina. La boda. Los papeles.
De repente, un flashazo de memoria estalló en su cerebro, agudo y doloroso.
Lluvia. Mucha lluvia. Los limpiaparabrisas del Porsche trabajando a máxima velocidad, incapaces de vencer la tormenta. El tablero digital marcando 180 km/h. Sus manos apretando el volante forrado en cuero hasta que los nudillos se pusieron blancos.
—¡Eres un maldito egoísta! —la voz de Paulina resonaba en su cabeza, no en el auto, sino en el recuerdo de una hora antes.
Recordó la escena en el antro “Dinsmoor” en Polanco. Las luces estroboscópicas, la música golpeando el pecho. La había encontrado en el privado de arriba, sentada en las piernas de Beto, el hijo de un político corrupto con el que Rodrigo tenía negocios. Se reían. Ella le acariciaba el cuello a ese tipo con una familiaridad que a Rodrigo nunca le había regalado en dos años de relación.
—¡Paulina! —había gritado él, rompiendo la burbuja de la fiesta.
Ella ni se inmutó. Lo miró con esos ojos fríos, de un azul contacto, y sonrió con desdén. —Ay, bájale a tu drama, Rodrigo. No seas naco. Solo nos estamos divirtiendo. Además, tú y yo somos un negocio, ¿no? No te pongas sentimental, que no te queda.
La humillación le quemó más que la traición. Rodrigo había aventado un vaso de whisky contra la pared, los cristales volaron, los guardias se acercaron… Y luego la huida. La carretera a Toluca. La necesidad de escapar, de irse lejos, donde nadie lo conociera, donde su apellido y su cuenta bancaria no fueran su única identidad.
Y luego… la curva. El auto perdiendo tracción. El mundo girando. El impacto.
Rodrigo abrió los ojos de golpe, jadeando. El monitor cardíaco a su lado empezó a pitar más rápido: bip-bip-bip.
—¡Ey, tranquilo! —Valentina le puso la mano en el pecho—. Respira, respira. Piensa en cosas bonitas. En tacos al pastor. En gatitos. No te aceleres que va a venir mi mamá y me va a regañar.
Rodrigo miró a la niña. Esa pequeña desconocida acababa de salvarlo, tal vez más que los médicos que lo operaron. Tenía razón. Si Paulina estaba aquí, si ya lo había rastreado, venía por la fusión de las empresas, venía por el fideicomiso que se liberaba al firmar el acta de matrimonio. No venía por él. Nunca había venido por él.
Una sonrisa amarga, casi imperceptible, se dibujó en los labios hinchados de Rodrigo.
—Tienes razón, Valentina —dijo con voz rasposa—. Creo que… creo que no me acuerdo de nada.
Valentina sonrió, y fue como si saliera el sol en esa habitación lúgubre. Le faltaba un diente frontal, lo que le daba un aire travieso y adorable.
—¡Eso es! —susurró ella emocionada—. Cara de “no entiendo nada”. Practícala. A ver, pon los ojos así como de vaca mirando pasar el tren.
Rodrigo, a pesar del dolor, no pudo evitar que una risa suave se le escapara, aunque le dolió en las costillas.
—Así, ándale —aprobó ella—. Ah, y mi mamá es la doctora. Ahorita no está, fue al pueblo de junto, a San Juan de las Manzanas, porque la señora Chona lleva dos días queriendo parir y nomás no sale el chamaco. Mi mamá es la mejor, pero le pagan una miseria. Por eso me dejó aquí cuidándote. Dijo: “Mija, te sientas ahí y si el señor despierta, corres a avisarle a la enfermera Lupe”. Pero la enfermera Lupe se quedó dormida en la recepción viendo la novela, así que mejor te doy chance de que te prepares.
Rodrigo la observó con detenimiento mientras ella parloteaba. Había algo en ella… algo en la forma de sus cejas, en la intensidad de su mirada, que le resultaba inquietantemente familiar. No sabía por qué, pero sentía una conexión inmediata, instintiva.
Y entonces, vio el destello.
Valentina se acomodó el cabello detrás de la oreja, y la luz de la bombilla pelona del techo se reflejó en su arete.
El tiempo se detuvo para Rodrigo. El pitido del monitor desapareció. El dolor desapareció. Solo quedó ese pequeño objeto de plata brillando ante sus ojos.
No era un arete común. No era bisutería barata comprada en un tianguis. Era una pieza de plata fina, trabajada con la técnica de la cera perdida y filigrana. Representaba dos colibríes entrelazados en un vuelo eterno, unidos por el pico.
Rodrigo conocía cada curva de ese metal. Conocía el peso exacto en gramos. Conocía la pequeña imperfección en el ala izquierda del colibrí de abajo, donde el buril se le había resbalado un milímetro.
Él había hecho esos aretes.
Hace ocho años. En una vida que parecía un sueño lejano. En un taller lleno de polvo de plata y olor a soplete, bajo la tutela del viejo Don Aurelio.
—Oye… —dijo Rodrigo, su voz temblando más que cuando despertó—. Qué… qué bonitos aretes tienes.
Valentina se tocó la oreja con orgullo, haciendo que el colibrí de plata se balanceara.
—¿A poco no están chidos? —presumió—. Mi mamá me los prestó hoy porque es mi cumpleaños. Cumplo siete. Dice que son muy especiales, que son un tesoro. Dice que se los dio un príncipe que vino de muy lejos, pero que tuvo que irse a salvar su reino y luchar contra dragones. Yo creo que es cuento, pero están bonitos.
Rodrigo sintió que el aire se le escapaba de los pulmones.
Un príncipe que se fue a salvar su reino.
La mentira más piadosa y hermosa para encubrir la verdad más cobarde: un niño rico que jugó a ser artesano, enamoró a la nieta del maestro y huyó en la madrugada cuando la realidad de sus obligaciones empresariales y el miedo al compromiso lo alcanzaron.
—Tu mamá… —Rodrigo tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta del tamaño de una pelota de golf—. ¿Cómo se llama tu mamá?
Antes de que Valentina pudiera responder, el sonido inconfundible de unos tacones de aguja golpeando el terrazo resonó en el pasillo. Clac, clac, clac. Rápidos, furiosos, autoritarios.
Valentina abrió los ojos como platos y saltó de la cama.
—¡Es ella! —susurró con pánico—. ¡La bruja de plástico! ¡Acuérdate, Rodrigo! ¡Cara de menso, rápido!
La niña corrió a sentarse en su silla, tomó un libro de colorear y fingió estar concentradísima pintando un burro de colores.
Rodrigo dejó caer la cabeza pesadamente sobre la almohada. Soltó los músculos de la cara. Dejó la boca entreabierta y fijó la mirada en un punto muerto en el techo, justo donde una araña tejía su tela con paciencia.
La puerta se abrió de golpe, chocando contra la pared con un estruendo que hizo vibrar los vidrios de la ventana.
—¡¿Pero es que en este pueblo de quinta nadie trabaja?! —gritó una voz estridente.
Paulina entró en la habitación como un huracán de categoría cinco. Llevaba un conjunto de diseñador color beige que probablemente costaba más que todo el equipo médico de la clínica, unos lentes de sol enormes en la cabeza y un bolso Birkin colgado del brazo. Detrás de ella venía un hombre bajito, sudoroso, cargando un maletín de cuero y secándose la frente con un pañuelo: el notario.
Paulina se detuvo al pie de la cama y miró a Rodrigo con una mezcla de alivio y fastidio.
—¡Por fin! —exclamó, acercándose y quitándose los lentes de sol para revelar unos ojos perfectamente maquillados pero fríos como el hielo—. ¡Rodrigo! ¡Mi amor! ¡Qué susto me has dado, maldita sea!
Se inclinó sobre él, envolviéndolo en una nube de perfume Chanel N°5 que mareó a Rodrigo al instante. Le plantó un beso sonoro y húmedo en la mejilla, cuidando de no mancharse de sangre.
—¡Igor, despierta! —dijo ella, chasqueándole los dedos frente a la cara—. Dime algo. Dime que estás bien. Tenemos que largarnos de este agujero infecto ya mismo. El helicóptero está esperando en el campo de fútbol de la escuela y me está costando una fortuna la hora de espera.
Rodrigo mantuvo la mirada perdida unos segundos más. Luego, giró lentamente la cabeza hacia ella. La miró como si estuviera viendo a un extraterrestre.
—¿Quién… —balbuceó, arrastrando las palabras— quién es usted?
El silencio que siguió fue absoluto. Valentina, desde su rincón, se tapó la boca con el libro para ocultar una risita.
Paulina se enderezó de golpe, como si le hubieran dado una cachetada.
—¿Cómo que quién soy? —soltó una risa nerviosa—. Ay, Rodrigo, no empieces con tus bromitas estúpidas que no estoy de humor. Soy yo, Paulina. Tu prometida. El amor de tu vida. Futura dueña de la mitad de tus acciones… digo, de tu corazón.
—No… —Rodrigo frunció el ceño, haciendo un esfuerzo teatral—. No la conozco. No sé quién es. No sé… no sé quién soy yo.
Paulina se puso pálida bajo las capas de maquillaje. Se giró hacia el notario, que miraba la escena con incomodidad.
—¡Licenciado! —chilló ella—. ¡Dígame que esto no afecta la firma! ¡Tiene que firmar!
—Señorita… —empezó el notario con voz temblorosa—, si el señor no está en pleno uso de sus facultades mentales, la firma es nula. No podemos…
—¡A mí no me venga con tecnicismos! —gritó Paulina, perdiendo los estribos—. ¡Este idiota se casó conmigo en su mente hace meses! ¡Es solo un golpe!
En ese momento, una figura apareció en el umbral de la puerta. Una mujer con bata blanca, el cabello recogido en un chongo desordenado del que escapaban mechones rebeldes, y ojeras de cansancio bajo unos ojos que Rodrigo recordaba mejor que los suyos propios.
—Señorita, le voy a pedir que baje la voz —dijo la doctora con un tono firme y sereno—. Esto es un hospital, no un mercado. Y mi paciente necesita reposo absoluto.
Rodrigo sintió que el corazón se le detenía.
Era ella. Un poco más mayor, con líneas de expresión que no tenía a los veinte años, pero más hermosa que nunca.
Elena.
El destino no solo le había dado una segunda oportunidad de vivir, sino que lo había traído de vuelta al único lugar donde su vida había tenido sentido. Y ahora, tenía que fingir que no la conocía para no perderla de nuevo.
CAPÍTULO 2: La Guerra Fría en la Habitación 4
La entrada de la doctora Elena Ramírez a la habitación número 4 no fue solo física; fue un cambio atmosférico. Si Paulina era un huracán de caos y ruidos chillones, Elena era el frente frío que llegaba para congelar el desorden.
Rodrigo sintió que el tiempo se espesaba, volviéndose lento y gelatinoso. Desde su posición en la cama, con los ojos entrecerrados para mantener su fachada de confusión, observó el choque de dos mundos que nunca debieron tocarse.
A su izquierda, Paulina, la representación viva de Polanco y las Lomas: rubia de salón, vestida con ropa que costaba lo que esa clínica ganaba en un año, emanando prepotencia y perfume caro. A su derecha, Elena. Su Elena. Con el cabello oscuro recogido en un chongo apresurado que dejaba ver su cuello largo y elegante, una bata blanca que había visto mejores días y unos tenis cómodos manchados de barro seco.
—Le repito, señorita —dijo Elena, su voz tranquila pero cortante como un bisturí—. Este es un área restringida. El paciente acaba de salir de un estado comatoso post-traumático. No está para recibir visitas, y mucho menos para… —Elena miró con desdén al notario que sudaba la gota gorda junto a la ventana— para firmar documentos legales.
Paulina se giró sobre sus tacones, cruzándose de brazos. El movimiento hizo sonar sus múltiples pulseras de oro.
—Mira, querida —dijo Paulina, usando ese tono condescendiente que las señoras ricas usan con el servicio doméstico—, entiendo que en este… dispensario rural no sepan cómo funcionan las cosas en el mundo real, pero yo soy la prometida de este hombre. Y este hombre es Rodrigo Montemayor, dueño de Grupo Montemayor. Así que, con todo respeto, o te quitas de mi camino, o hago una llamada y compro este hospital para convertirlo en mi estacionamiento privado.
El silencio que siguió fue denso. El notario, el Licenciado Perea, se aflojó la corbata, visiblemente incómodo. Valentina, sentada en su silla, miraba el ping-pong verbal con los ojos muy abiertos, como si estuviera viendo la final del mundial.
Elena no parpadeó. Ni un músculo de su cara se movió ante la amenaza. Al contrario, una leve sonrisa irónica curvó sus labios, esa misma sonrisa que Rodrigo recordaba haber visto hace ocho años cuando él intentaba impresionarla con historias de la ciudad y ella se burlaba de él suavemente.
—Señora… o señorita —corrigió Elena con suavidad—. Puede llamar al Papa si quiere. Pero en este hospital, la autoridad médica soy yo. Y mi diagnóstico es que el paciente está desorientado, presenta amnesia retrógrada y posible contusión cerebral severa. Cualquier firma que estampe en ese papel no vale ni el costo de la tinta. ¿Verdad, abogado?
Elena dirigió su mirada de halcón hacia el Licenciado Perea. El hombre dio un respingo.
—Eh… bueno, técnicamente… —balbuceó el notario, limpiándose el sudor del labio superior—. La doctora tiene razón, señorita Paulina. Si hay duda sobre la capacidad cognitiva del otorgante, el instrumento público es anulable. Podríamos meternos en un lío penal. Fraude, coerción… ya sabe.
Paulina soltó un bufido de frustración y golpeó el suelo con el pie.
—¡Son unos inútiles! —gritó, girándose hacia Rodrigo—. ¡Y tú! ¡Deja de hacerte el idiota! ¡Sé que me escuchas! ¡Rodrigo!
Se abalanzó sobre la cama, agarrando a Rodrigo por los hombros de la bata hospitalaria y sacudiéndolo.
—¡Reacciona, maldita sea! ¡Tenemos la fusión con los alemanes en dos semanas! ¡No puedes hacerme esto!
El dolor estalló en la cabeza de Rodrigo con la sacudida, pero antes de que pudiera quejarse, Elena ya estaba ahí. Con una fuerza sorprendente para su complexión delgada, agarró las muñecas de Paulina y la apartó de un tirón firme.
—¡Suficiente! —la voz de Elena subió una octava, llena de autoridad—. ¡Salga de aquí ahora mismo o llamo a la policía municipal! Y créame, el comandante Beto no es muy amable con la gente que alborota su pueblo.
Paulina se soltó del agarre, arreglándose el saco con indignación. Miró a Rodrigo con asco, luego a Elena con odio, y finalmente a Valentina, que le sacó la lengua disimuladamente.
—Esto no se queda así —siseó Paulina, señalando a Elena con un dedo perfectamente manicurado—. Me voy porque este lugar apesta a cloro y a pobreza, pero mañana a primera hora vuelvo con una ambulancia privada de verdad y mis propios médicos. Y te vas a arrepentir de haberme hablado así, doctorcita de pueblo.
Paulina agarró su bolso, empujó al notario hacia la salida y desapareció por el pasillo, dejando tras de sí una estela de furia y amenazas.
Cuando el sonido de los tacones se desvaneció, la tensión en la habitación se rompió como una liga estirada al máximo.
Elena soltó un suspiro largo, cerrando los ojos por un momento. Sus hombros se relajaron. Rodrigo, desde la cama, sintió un impulso casi incontrolable de levantarse y abrazarla, de decirle que era la mujer más valiente que había conocido, de pedirle perdón de rodillas. Pero las palabras de Valentina resonaban en su cabeza: “Finge que no te acuerdas”.
Si Elena descubría ahora mismo que él estaba fingiendo, que estaba consciente, probablemente lo echaría ella misma a la calle. Y con razón.
Elena abrió los ojos y se acercó a la cama. Su rostro había cambiado. La máscara de guerrera había caído, dejando ver a la doctora preocupada. Sacó una pequeña linterna de su bolsillo.
—Valentina, mi amor —dijo sin mirar a la niña—, ve a la enfermería y dile a Lupe que ya despertó. Que me traiga el expediente y el baumanómetro, por favor.
—Pero mamá, yo quiero… —empezó a protestar la niña.
—Ahora, Valentina.
La niña entendió el tono. Miró a Rodrigo, le guiñó un ojo cómplice y salió corriendo de la habitación, sus tenis rechinando en el piso.
Ahora estaban solos.
El silencio era diferente al de antes. Estaba cargado de una electricidad estática, de historias no contadas y heridas mal cicatrizadas.
Elena se acercó al lado de la cama. Rodrigo podía ver los detalles que la distancia del recuerdo había borrado: las pequeñas pecas en su nariz, la forma en que mordía ligeramente su labio inferior cuando estaba concentrada.
—¿Puede escucharme? —preguntó ella. Su voz era profesional, distante, tratándolo de usted. Pero Rodrigo notó un ligero temblor en sus dedos cuando acercó la luz a sus ojos.
—Sí… —respondió él, manteniendo la voz débil y la mirada desenfocada.
—Soy la Dra. Ramírez. Tuvo un accidente automovilístico bastante fuerte. Su coche se salió de la carretera en la Curva del Diablo, a unos diez kilómetros de aquí. Tuvo suerte de que los árboles amortiguaron la caída.
Ella movió la luz de un ojo a otro. Rodrigo se obligó a no enfocar la mirada en ella, a mirar a través de ella.
—Voy a hacerle unas preguntas para evaluar su estado neurológico, ¿de acuerdo?
—Está bien.
—¿Cuál es su nombre completo?
Rodrigo tragó saliva. Aquí venía la prueba de fuego.
—No… no estoy seguro. La niña… Valentina… dijo que me llamo Rodrigo. Pero… lo siento como el nombre de alguien más.
Elena se detuvo. Bajó la linterna. Se quedó mirándolo fijamente. Sus ojos oscuros escudriñaron cada centímetro de la cara de Rodrigo. Buscaba una señal. Buscaba al mentiroso que le rompió el corazón hace ocho años.
Rodrigo sostuvo la actuación con todo el autocontrol que había aprendido en las mesas de negociación con tiburones financieros. Mantuvo el rostro inexpresivo, lleno de una confusión inocente.
—¿No recuerda nada? —insistió ella, su voz bajando un poco de volumen, volviéndose más íntima—. ¿No recuerda haber estado aquí antes? ¿En este pueblo?
El corazón de Rodrigo latía tan fuerte que temía que el monitor lo delatara. Claro que me acuerdo, Elena. Me acuerdo de cómo bailábamos en la plaza los domingos. Me acuerdo del sabor de tus besos con sabor a café de olla. Me acuerdo de cómo me enseñaste a fundir la plata sin quemarla.
—No, doctora —mintió Rodrigo, sintiendo que el alma se le partía un poco—. Todo está… borroso. Veo sombras. Siento… siento que he olvidado algo importante, pero no sé qué es.
Elena lo miró por unos segundos interminables. Por un instante, Rodrigo creyó ver un brillo de lágrimas en sus ojos, pero ella parpadeó y lo hizo desaparecer. Suspiró, y en ese suspiro había una mezcla de alivio y decepción.
—Es normal —dijo ella, retomando su tono clínico y tomando su muñeca para medir el pulso manual—. La amnesia disociativa es un mecanismo de defensa. El cerebro bloquea lo que le duele o lo que no puede procesar. A veces… a veces es mejor olvidar.
El contacto de su piel contra la de él fue eléctrico. Sus dedos eran frescos, firmes. Rodrigo cerró los ojos un momento, permitiéndose disfrutar, solo por un segundo, de ese tacto que había anhelado durante años de soledad rodeado de lujos vacíos.
—Esa mujer… —dijo Rodrigo, aprovechando para cambiar el tema y romper la tensión—. La que gritaba. Dijo que era mi prometida.
Elena soltó su muñeca y anotó algo en una libreta que sacó del bolsillo.
—Sí. Eso dijo. Se llama Paulina. Al parecer, tiene usted una vida muy… complicada esperándolo en la capital.
—No me cayó bien —soltó Rodrigo con honestidad brutal.
Elena levantó la vista y, por primera vez, una sonrisa genuina, aunque fugaz, iluminó su rostro.
—Tiene buen instinto, a pesar del golpe. No es una persona muy agradable. Pero es su familia, supongo. O lo será.
—Si no la recuerdo, no es nada mío —sentenció Rodrigo.
Elena lo miró con curiosidad. Esa frase pareció resonar en ella.
—Descanse, Rodrigo. Necesita dormir. Mañana veremos si la memoria decide volver. O si prefiere quedarse escondida un rato más.
Elena se dio la vuelta para salir, pero se detuvo en el marco de la puerta. Sin voltear a verlo, dijo:
—Por cierto… los aretes de Valentina.
Rodrigo se tensó.
—¿Sí?
—Tiene buen ojo para la joyería. Son únicos. Ya no se hacen cosas así.
Y con eso, salió, apagando la luz principal y dejando a Rodrigo en la penumbra, iluminado solo por la luz de la luna que entraba por la ventana.
Rodrigo se quedó solo, pero el sueño no llegaba. El dolor de cabeza había disminuido a un latido constante pero soportable. Su mente, sin embargo, viajaba a mil kilómetros por hora, retrocediendo en el tiempo.
Ocho años.
Recordó el día exacto en que llegó a este pueblo, Taxco de la Sierra. Tenía 22 años y estaba harto. Harto de su padre, el gran magnate de la joyería industrial, que veía las joyas como números en un balance y no como arte. Rodrigo había huido en su moto, buscando “autenticidad”.
Llegó aquí y encontró a Don Aurelio, el abuelo de Elena. El viejo lo aceptó como aprendiz sin saber quién era. Y luego conoció a Elena. Ella estudiaba medicina en la capital del estado, pero venía los fines de semana.
Se enamoraron con la intensidad de la juventud. Rodrigo fue feliz. Vivía en un cuarto rentado, comía gorditas en el mercado, se ensuciaba las manos de carbón y plata. Se sentía vivo.
Pero entonces, la llamada.
Su madre, llorando. Su padre había tenido un infarto. El imperio se tambaleaba. Los accionistas querían vender. “Te necesitamos, Rodrigo. Deja de jugar al hippie y asume tu responsabilidad”, le había dicho su madre.
El miedo lo paralizó. Miedo a fallarle a su familia, pero más miedo a que Elena viera quién era realmente: un niño rico jugando a ser pobre. Miedo a que ella no encajara en su mundo, o peor, a que él terminara odiando su mundo y culpándola a ella por quedarse.
Así que hizo lo que hacen los cobardes. Escribió una carta. Dejó un sobre con dinero (mucho dinero, todo lo que tenía en efectivo) en el buzón de Don Aurelio. Y se fue en la madrugada, con el motor de la moto apagado para no hacer ruido, mientras Elena dormía creyendo que al día siguiente irían al río.
Nunca supo qué pasó después. Hasta hoy.
—Eres una basura, Rodrigo —se susurró a sí mismo en la oscuridad de la habitación 4.
La puerta se abrió despacito, con un chirrido leve.
Una cabecita rizada se asomó.
—¿Estás dormido? —susurró Valentina.
Rodrigo sonrió en la penumbra.
—No. Pásale, socia.
Valentina entró de puntitas y se acercó a la cama. Traía una mandarina en la mano.
—Te traje esto. La comida del hospital sabe a calcetín hervido, así que mejor cómete esto para que no te dé hambre.
Rodrigo aceptó la fruta, conmovido.
—Gracias, Valentina. Oye… tu mamá…
—Mi mamá está en su oficina, llenando papeles y tomándose un café bien cargado. Está triste —dijo la niña con una madurez que asustaba.
—¿Por qué está triste?
Valentina se encogió de hombros y empezó a pelar otra mandarina para ella. El olor cítrico inundó el aire viciado del cuarto.
—Quién sabe. Siempre se pone así cuando llueve. O cuando se acuerda de mi papá.
Rodrigo sintió un vuelco en el estómago.
—¿Y tú… te acuerdas de tu papá?
Valentina negó con la cabeza mientras se metía un gajo a la boca.
—Nop. Nunca lo conocí. Se fue antes de que yo naciera. Mi mamá dice que era un hombre muy importante. Un príncipe. O un astronauta. A veces cambia la historia. Dice que tuvo que irse a una misión secreta al espacio para salvar al mundo de unos meteoritos.
La niña miró sus aretes de colibrí, tocándolos con reverencia.
—Pero me dejó estos aretes. Mi mamá dice que él los hizo con magia. Que mientras yo los tenga, él me cuida desde el espacio.
Rodrigo sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. Tuvo que morderse el labio para no sollozar.
Astronauta. Príncipe. Misión secreta.
Elena había construido una mitología heroica alrededor de su abandono para que su hija no creciera pensando que su padre simplemente no la quiso lo suficiente para quedarse. Elena había protegido la imagen de Rodrigo, a pesar de que él la había destrozado.
—Tu mamá tiene mucha imaginación —dijo Rodrigo con la voz quebrada.
—Sí, a veces creo que me miente para que no me sienta mal —admitió Valentina, mirándolo con esos ojos negros que le leían el alma—. Pero no importa. Yo sé que él me quería. Si no, no hubiera hecho unos colibríes tan bonitos. Nadie hace cosas bonitas para gente que no quiere, ¿verdad?
Rodrigo extendió la mano y, con un cuidado infinito, tocó la cabeza de la niña, acariciando sus rizos desordenados.
—Tienes toda la razón, Valentina. Nadie hace cosas bonitas para gente que no ama con toda su alma.
En ese momento, Rodrigo tomó una decisión. No le importaba Paulina. No le importaba la fusión con los alemanes. No le importaba su ático en Polanco.
No se iba a ir. No esta vez.
Paulina volvería mañana con sus abogados y sus ambulancias, pero se iba a topar con pared. Rodrigo iba a jugar el papel de su vida. Iba a ser el amnésico más obstinado del mundo. Iba a ganar tiempo. Tiempo para conocer a su hija. Tiempo para demostrarle a Elena que el cobarde había muerto en esa carretera y que el hombre que despertó estaba dispuesto a todo.
—Oye, Valentina —susurró.
—¿Mande?
—Si mañana viene la bruja otra vez… ¿me ayudas a combatirla?
Valentina sonrió, mostrando el hueco de su diente.
—Claro que sí. Tú y yo somos equipo. Pero me debes un chocolate.
—Trato hecho.
La niña terminó su mandarina, le dio las buenas noches y salió corriendo antes de que su mamá la descubriera.
Rodrigo se quedó solo de nuevo, pero el miedo se había ido. Ahora tenía un plan. Y tenía un motivo. Miró por la ventana, donde la lluvia empezaba a caer de nuevo sobre la sierra, y por primera vez en ocho años, durmió sin necesidad de pastillas.
Mañana empezaba la verdadera batalla.
CAPÍTULO 3: El Pasado en Plata
El sol de la mañana en la sierra no pedía permiso; entraba rompiendo la niebla con rayos dorados y afilados. Rodrigo despertó con el canto de un gallo que parecía estar gritando justo en su ventana. Se estiró, y aunque su cuerpo aún se sentía como un mapa de moretones, la mente la tenía despejada. Peligrosamente despejada.
Eran las siete de la mañana. El hospital empezaba a cobrar vida. Escuchaba el sonido de escobas barriendo la entrada, murmullos en el pasillo y el inconfundible aroma a café de olla con canela que se filtraba por debajo de la puerta. Su estómago rugió.
La puerta se abrió y entró una enfermera robusta, con cara de pocos amigos pero manos suaves. Era Lupe.
—Buenos días, bello durmiente —dijo Lupe con ese tono de tía regañona—. A ver, déjeme ver esos signos. La doctora Ramírez viene en un rato, pero me encargó que no lo deje pararse ni para ir al baño solo.
Mientras le tomaba la presión, Rodrigo intentó sacarle información.
—Oiga, Lupe… ¿la doctora Ramírez vive aquí en el pueblo?
Lupe lo miró por encima de sus gafas bifocales.
—Sí, aquí vive. Y aquí trabaja, y aquí sufre, como todos. ¿Por qué la pregunta? ¿Ya se acordó de algo?
—No, nada —se apresuró a decir Rodrigo—. Es solo que… se me hace conocida.
Lupe soltó una risita seca.
—A todos se les hace conocida. Es el ángel de este pueblo. Si no fuera por ella, este hospital ya se hubiera caído a pedazos hace años. Ella pone de su bolsa para las medicinas cuando el gobierno no manda. Es una santa, aunque tenga su genio. Así que más le vale no darle problemas, jovencito.
Rodrigo asintió, sintiendo una punzada de culpa. Elena no solo había sobrevivido a su abandono; se había convertido en un pilar de su comunidad. Había construido una vida llena de propósito, mientras él se dedicaba a acumular ceros en una cuenta bancaria y a rodearse de gente vacía como Paulina.
Justo cuando Lupe salía, la puerta se abrió de nuevo. No era Elena. Era Valentina, cargando una mochila de Frozen que se veía más grande que ella.
—¡Hola! —susurró, entrando de puntitas—. Ya me voy a la escuela, pero vine a ver si seguías vivo.
Rodrigo sonrió. Esa niña era su mejor medicina.
—Sigo vivo, gracias a tu mandarina.
Valentina se acercó a la cama y sacó un papel arrugado de su bolsillo.
—Ten. Es para que no te aburras. Es un mapa.
Rodrigo tomó el papel. Era un dibujo hecho con crayolas. Había un cuadro grande que decía “HOSPITAL”, una línea azul que debía ser el río, y unas montañas verdes al fondo. Pero lo que le llamó la atención fue una casita dibujada con mucho detalle, con flores rojas en la entrada y un perro negro en el jardín.
—¿Qué es esto? —preguntó.
—Es mi casa —dijo Valentina con orgullo—. Por si te escapas y te pierdes. Mi mamá hace un mole bien rico los jueves. A lo mejor, si sigues fingiendo que estás loquito, te invita.
Rodrigo guardó el dibujo como si fuera un cheque al portador.
—Gracias, Valentina. Que te vaya bien en la escuela.
—Pórtate bien. Y acuérdate: cara de menso si viene la bruja.
La niña salió corriendo, y Rodrigo se quedó solo con sus pensamientos y el mapa infantil. Miró la casita dibujada. Sabía dónde era. Era la casa de los abuelos de Elena, cerca de la vieja mina de plata. Recordó el camino empedrado, el olor a leña quemada, y el taller de joyería en la parte de atrás.
El taller.
Una idea cruzó su mente. Necesitaba saber si el taller seguía ahí. Si Don Aurelio seguía vivo. Si algo de su pasado había sobrevivido al tiempo.
Pero no podía salir. Estaba “amnésico” y postrado.
La mañana pasó lenta. Elena vino a revisarlo dos veces, siempre profesional, siempre distante. Le hizo preguntas trampa sobre su comida favorita o el nombre de sus padres, pero Rodrigo las esquivó con maestría, respondiendo con vaguedades o silencios frustrados. Cada vez que ella salía de la habitación, la veía suspirar, una mezcla de alivio porque él no recordaba su traición, y tristeza porque, para ella, él era un extraño otra vez.
A eso de las once, el ruido de un motor potente rompió la calma del pueblo. No era un camión de carga ni una camioneta de redilas. Era el zumbido suave y costoso de un vehículo de lujo.
Rodrigo se tensó.
Minutos después, el taconeo infernal resonó en el pasillo.
Paulina había vuelto. Y no venía sola.
Entró en la habitación seguida por dos paramédicos uniformados con logotipos de una clínica privada de la Ciudad de México y, para sorpresa de Rodrigo, un hombre alto, canoso y con cara de bulldog: su propio abogado personal, el Licenciado Mendoza.
—¡Buenos días, mi amor! —canturreó Paulina, aunque su sonrisa no llegaba a sus ojos—. Te dije que volvería. Y mira a quién traje. Al bueno de Mendoza.
Mendoza se acercó a la cama, mirando a Rodrigo con escepticismo.
—Señor Montemayor —dijo el abogado con voz grave—. Me alegra ver que está… consciente. La señorita Paulina nos ha contado sobre su… condición.
Rodrigo mantuvo su papel. Miró al abogado con ojos vacíos.
—¿Quién es usted?
Mendoza intercambió una mirada con Paulina.
—Soy su abogado, señor. Llevo sus asuntos desde hace diez años. ¿No me reconoce?
—No.
Paulina aplaudió con impaciencia.
—¡Ya ven! ¡Se los dije! ¡Está ido! Pero eso no importa. Mendoza, explícale a los doctores estos que nos lo llevamos.
En ese momento, Elena entró en la habitación. Venía con Lupe y otro doctor joven que Rodrigo no conocía.
—Nadie se lleva a mi paciente sin mi autorización —dijo Elena, plantándose en medio de la habitación.
—Doctora —intervino Mendoza, sacando una carpeta de piel—, tengo aquí una orden judicial de traslado médico urgente, firmada por un juez federal esta misma mañana. Argumentamos que este centro no cuenta con las instalaciones necesarias para tratar un traumatismo craneoencefálico de esta magnitud. Y legalmente, como prometida y socia comercial, la señorita Paulina tiene la custodia temporal ante la incapacidad del paciente.
Elena palideció. Miró los papeles. Sabía que estaba derrotada en el terreno legal. Un juez federal en la capital, probablemente amigo del papá de Paulina, había firmado eso sin leerlo.
—Esto es un riesgo —insistió Elena, aunque su voz sonaba menos segura—. El traslado en ambulancia por esas curvas puede provocar una hemorragia.
—Trajimos una ambulancia con suspensión neumática y equipo de terapia intensiva —dijo uno de los paramédicos privados con arrogancia—. Estará mejor que en este hotel de paso.
Paulina sonrió triunfante. Se acercó a Rodrigo y le acarició la mejilla con sus uñas largas.
—¿Lo ves, cariño? Nos vamos a casa. A la civilización. Y allá, con los mejores neurólogos, te vas a acordar de todo. Y vas a firmar esa fusión antes de que los alemanes se echen para atrás.
Rodrigo sintió el pánico subirle por la garganta. Si se iba ahora, perdía. Perdía a Valentina. Perdía la oportunidad de redimirse con Elena. Volvería a la jaula de oro.
Tenía que hacer algo. Rápido.
Miró a Elena. Ella estaba revisando los papeles con frustración, mordiéndose el labio para no llorar de rabia. Se veía derrotada.
Rodrigo cerró los ojos y simuló un espasmo.
—¡Ahhh! —gritó, llevándose las manos a la cabeza.
Todos se giraron hacia él.
—¡Me duele! ¡Me duele mucho! —empezó a retorcerse en la cama, fingiendo una convulsión leve, tal como había visto en alguna película mala.
—¡Signos! —gritó Elena, corriendo hacia él.
El monitor cardíaco, detectando su agitación real por los nervios, empezó a pitar aceleradamente. Bip-bip-bip-bip.
—¡Está taquicárdico! —anunció Elena—. ¡Presión subiendo! ¡Puede ser un edema cerebral reactivo!
Se giró hacia los paramédicos de la ciudad.
—¡Si lo mueven ahora y le da un derrame en el camino, se muere! Y les juro por mi licencia médica que los demando a todos por homicidio imprudencial. A usted, abogado, y a usted, señorita.
Mendoza, el abogado, palideció. Una cosa era cumplir caprichos de Paulina, y otra muy distinta era cargar con un muerto millonario.
—Señorita Paulina… —dijo Mendoza, retrocediendo—. Si el riesgo es letal… quizás deberíamos esperar.
—¡Está fingiendo! —chilló Paulina, aunque se veía asustada—. ¡Hace un minuto estaba bien!
—¡Salgan todos! —ordenó Elena, inyectando algo en el suero de Rodrigo (probablemente solo un calmante suave, pero lo hizo parecer adrenalina pura)—. ¡Necesito estabilizarlo! ¡Fuera!
La autoridad de una doctora salvando una vida pudo más que la orden judicial. Los paramédicos, el abogado y una furiosa Paulina fueron empujados al pasillo por Lupe y el otro doctor.
La puerta se cerró.
El silencio volvió.
Rodrigo dejó de “convulsionar”. Respiraba agitadamente, sudando de verdad por el esfuerzo y el miedo.
Elena se quedó mirándolo, con la jeringa vacía en la mano. Su respiración también era agitada. Se acercó a él, le revisó las pupilas con brusquedad.
—Tu presión subió de verdad —dijo ella, mirándolo con sospecha—. Pero esa crisis… fue muy oportuna, ¿no crees?
Rodrigo la miró. No podía mentirle del todo, no ahora que ella había peleado por él como una leona. Pero tampoco podía decirle toda la verdad.
—No me quiero ir con ella —susurró Rodrigo, con una sinceridad que desarmó a Elena—. Me da miedo. Siento… siento que si me voy con ella, algo malo va a pasar.
Elena suavizó su expresión. Guardó la linterna.
—No voy a dejar que te lleven si tu vida corre peligro. Pero Rodrigo… —ella pronunció su nombre con una mezcla de familiaridad y distancia— no puedo retenerte aquí para siempre. Tarde o temprano, tendrás que enfrentar tu realidad.
—Mi realidad está aquí, ahora —dijo él—. Por favor, doctora. Deme unos días más. Solo unos días.
Elena asintió lentamente.
—Está bien. Les diré que estás inestable y que necesitas observación por 72 horas más. Pero después de eso, Mendoza traerá hasta al ejército si es necesario.
—Gracias —dijo él.
Elena se sentó un momento en la orilla de la cama, rompiendo la barrera profesional por un segundo.
—¿De verdad no recuerdas nada de ella? —preguntó en voz baja—. ¿De Paulina?
Rodrigo negó con la cabeza.
—Nada. Solo veo a una mujer que grita y exige. No veo amor.
Elena desvió la mirada hacia la ventana.
—A veces el amor se disfraza de cosas raras. O a veces… uno cree que ama a alguien solo porque encaja en el plan que diseñó para su vida.
Rodrigo sabía que ella estaba hablando de él. De cómo él la había amado, pero la había dejado porque ella no encajaba en su “plan” de éxito empresarial.
—A lo mejor mi plan estaba equivocado —dijo Rodrigo suavemente.
Elena se levantó de golpe, como si hubiera tocado un cable pelado.
—Descansa. Volveré más tarde.
Salió de la habitación casi huyendo.
Rodrigo se quedó mirando el techo. Había ganado 72 horas. Tres días.
Tres días para recuperar ocho años.
Esa tarde, la lluvia volvió a caer sobre la sierra, envolviendo al pueblo en una neblina mística. Rodrigo, aprovechando que Lupe se había ido a comer y que el pasillo estaba desierto, se levantó de la cama.
Le dolía todo, pero necesitaba moverse. Se puso su ropa, que alguien había lavado y doblado en una silla (seguramente Elena), aunque estaba un poco rota por el accidente.
Salió al pasillo. Nadie.
Caminó cojeando hacia la salida trasera que daba al jardín del hospital. El aire frío le golpeó la cara, limpiándole los pulmones del olor a medicina.
Se sentó en una banca de madera húmeda, bajo un techo de lámina. Desde ahí se veía el pueblo escalonado en la montaña, con sus casas de teja roja y sus callejones empedrados.
Cerró los ojos y dejó que los recuerdos fluyeran sin barreras.
Flashback: Ocho años atrás.
Rodrigo estaba en el taller de Don Aurelio. El viejo le enseñaba a fundir la granalla de plata en el crisol.
—La plata es caprichosa, chamaco —decía Don Aurelio con su voz rasposa de fumador—. Si la calientas mucho, se quema y se vuelve quebradiza. Si la calientas poco, no fluye. Tienes que encontrar el punto exacto. Es como las mujeres.
Rodrigo se reía.
—¿Y cómo sé cuál es el punto exacto, Don Aurelio?
—Lo sientes. Aquí —el viejo se golpeaba el pecho—. La plata te habla. Cuando se pone como espejo líquido, ahí es. Ni antes, ni después.
Esa tarde, Rodrigo hizo su primera pieza decente. Un anillo sencillo. Cuando Elena llegó de la universidad, él se lo regaló.
—No es de compromiso, ¿eh? —le dijo nervioso—. Es de… de promesa. Promesa de que voy a aprender a hacer cosas mejores.
Elena se lo puso y lo besó. Un beso que supo a gloria.
—Para mí es perfecto, Rodrigo. Porque lo hiciste tú.
Fin del Flashback.
Rodrigo abrió los ojos. Se miró las manos. Manos de oficinista, suaves, con manicura. Habían olvidado el tacto del metal caliente, del carbón, de la lija.
—¿Qué haces aquí afuera? ¡Te vas a enfermar!
La voz de Valentina lo sacó de su trance. La niña venía saltando charcos con unas botitas de hule amarillas y un impermeable rosa.
—Me estaba asfixiando ahí adentro —confesó Rodrigo—. ¿Vienes de la escuela?
—Sí. Y te traje algo más.
Valentina se sentó a su lado y sacó de su mochila una bolsa de plástico con algo adentro.
—Son churros. Los vende Don Chuy en la plaza. Están calientitos.
Rodrigo tomó un churro azucarado. Dio una mordida y el sabor lo transportó de nuevo al pasado.
—Están buenísimos.
—Oye… —Valentina se puso seria—. Escuché a mi mamá hablar por teléfono. Estaba hablando con mi abuelo Aurelio.
Rodrigo sintió un corrientazo eléctrico.
—¿Tu abuelo? ¿Don Aurelio? ¿Vive?
—Sí, vive en la casa que te dibujé. Pero ya está muy viejito. Casi no camina y ya no ve bien. Mi mamá le estaba diciendo que… que hay un paciente en el hospital que se parece mucho a un amigo que él tenía.
Rodrigo dejó de masticar. Elena le había contado a su abuelo.
—¿Y qué dijo tu abuelo?
—No sé, no escuché bien. Pero mi mamá estaba llorando.
Valentina miró a Rodrigo fijamente.
—¿Tú eres ese amigo, verdad?
Rodrigo sostuvo la mirada de la niña. No podía mentirle a esos ojos que eran idénticos a los suyos.
—Sí, Valentina. Yo conocía a tu abuelo. Hace mucho tiempo. Él me enseñó… me enseñó muchas cosas.
—¿Él te enseñó a hacer aretes de colibrí?
El silencio fue la respuesta.
Valentina asintió, como si hubiera resuelto una ecuación matemática compleja.
—Entonces… si tú eres amigo de mi abuelo, y mi mamá tiene una foto tuya escondida en un libro de medicina… y tú haces aretes como los que me dejó mi papá…
La lógica infantil era implacable. Rodrigo contuvo la respiración.
—¿Eres un astronauta? —preguntó ella con total inocencia.
Rodrigo soltó el aire. La fantasía de Elena seguía protegiéndola.
—No, Valentina. No soy astronauta. Soy… soy alguien que se perdió en el espacio mucho tiempo, pero que acaba de aterrizar.
Valentina sonrió, satisfecha con la respuesta.
—Bueno, pues bienvenido a la Tierra. Oye, ¿quieres ir a ver a mi abuelo? Vive aquí cerquita. Mi mamá no sale hasta las ocho.
Era una locura. Si se iba del hospital, se arriesgaba a todo. Pero la necesidad de ver a su viejo maestro, de reconectar con la única figura paterna que había respetado en su vida, era más fuerte que la prudencia.
—¿Crees que puedas guiarme sin que nos vean?
Valentina se levantó de un salto y le hizo un saludo militar.
—Soy experta en misiones secretas. Sígueme, “Capitán Perdido”.
Salieron por la reja trasera del jardín, esquivando la mirada de la enfermera Lupe que estaba distraída regañando a un proveedor. Caminaron por callejones estrechos, bajo la lluvia fina, con Valentina guiándolo como un pequeño duende guardián.
Llegaron a la casa del dibujo. Era real. Un poco más vieja, con la pintura descascarada, pero con las mismas flores rojas y el perro negro (ahora un perro viejo y canoso) dormitando en el porche.
Valentina abrió la reja.
—¡Abuelo! ¡Te traje visita!
Entraron. La casa olía a madera vieja, a tabaco y a ese olor metálico del taller que se filtraba desde el fondo.
En una mecedora, junto a la chimenea apagada, estaba Don Aurelio. Estaba mucho más delgado, la piel como pergamino arrugado, y sus ojos tenían esa nube blanca de las cataratas.
—¿Quién es, mija? —preguntó con voz temblorosa—. ¿Es el de la farmacia?
Rodrigo se acercó. Sintió que las piernas le fallaban. Se arrodilló junto a la mecedora y tomó la mano huesuda del viejo.
—No, Don Aurelio —dijo Rodrigo, con la voz rota—. No soy el de la farmacia. Soy… el aprendiz que nunca terminó su lección.
El viejo se quedó quieto. Sus dedos, callosos y deformados por años de trabajo, recorrieron la mano de Rodrigo. Tocaron la textura de la piel, la forma de los nudillos.
De repente, una sonrisa chimuela se dibujó en su rostro.
—Sabía que volverías, chamaco —susurró el viejo—. La plata siempre vuelve a su molde. Te tardaste un chingo, cabrón.
Rodrigo apoyó la frente en la mano del viejo y lloró. Lloró como no había llorado en ocho años. Lloró por el tiempo perdido, por la cobardía, por el amor que había dejado ir.
—Perdóneme, Don Aurelio. Perdóneme.
—A mí no me pidas perdón, hijo —dijo el viejo, acariciándole el pelo—. Pídeselo a ellas. Y más te vale que tengas una buena excusa, o te voy a dar con mi bastón.
Valentina observaba la escena desde la puerta, comiendo su churro, con una expresión de absoluto asombro. Su “Capitán Perdido” había encontrado su base.
En ese momento, Rodrigo supo que la batalla contra Paulina y sus abogados sería dura, pero ya no estaba solo. Tenía un aliado. Y tenía una razón para luchar que valía más que todas las empresas del mundo.
CAPÍTULO 4: La Hija del Secreto
El taller de Don Aurelio olía a tiempo detenido. Era una mezcla de azufre, madera vieja, cera de abeja y ese aroma metálico, frío y noble de la plata. Para Rodrigo, respirar ese aire fue como llenar sus pulmones de oxígeno puro después de ocho años de respirar el aire acondicionado reciclado de los rascacielos de Santa Fe.
Seguía arrodillado junto a la mecedora del viejo, con la frente apoyada en la mano rugosa de su maestro. Valentina, sentada en un banco alto de trabajo, balanceaba las piernas y comía su churro con una tranquilidad pasmosa, como si ver a un extraño llorando a los pies de su abuelo fuera la cosa más natural del mundo.
—Ya, muchacho, ya —dijo Don Aurelio, dándole unas palmaditas torpes en la cabeza—. Las lágrimas no sueldan la plata ni arreglan las estupideces. Levántate. Déjame verte bien, que mis ojos ya tienen mucha niebla.
Rodrigo se puso de pie, limpiándose la cara con la manga de su camisa prestada. Se sentía avergonzado, pero extrañamente liberado.
Don Aurelio entrecerró los ojos lechosos, tratando de enfocar.
—Estás más viejo —sentenció el anciano con brutal honestidad—. Y tienes cara de que te ha ido bien en la cartera, pero mal en el alma. Esos zapatos… —señaló los mocasines italianos de Rodrigo, ahora manchados de lodo— no son para caminar por aquí.
—He cometido muchos errores, Don Aurelio.
—Eso ya lo sé. Te fuiste como un ladrón en la noche. Dejaste dinero, sí. Mucho dinero. Con eso arreglamos el techo, compramos maquinaria nueva y Elena pudo terminar su especialidad sin pasar hambre. Pero el dinero se acaba, Rodrigo. El vacío que dejaste, ese no se llenó con billetes.
Rodrigo bajó la mirada, incapaz de sostener el juicio del anciano.
—No sabía… no sabía lo de Valentina. Si hubiera sabido…
—¿Qué? —lo interrumpió Don Aurelio, golpeando el suelo con su bastón—. ¿Si hubieras sabido que estaba preñada te hubieras quedado? ¡Mentira! Te hubieras quedado por obligación, no por amor. Y mi nieta es mucha mujer para tener a un hombre a la fuerza. Ella te dejó ir en su corazón porque sabía que tú ya te habías ido mucho antes de subirte a esa moto.
Las palabras dolieron más que el accidente de auto. Eran verdad. Hace ocho años, Rodrigo era un niño asustado por la responsabilidad.
—¿Ella me odia? —preguntó Rodrigo en un susurro.
Don Aurelio soltó una risa seca, que terminó en una tos de fumador.
—El odio y el amor son metales que se funden a la misma temperatura, hijo. Si te odiara, no te hubiera salvado la vida en ese hospital. Si te odiara, ya le hubiera dicho a esa rubia oxigenada que se te llevó el diablo. Pero ahí te tiene, escondido. Tú dirás.
Valentina, que había terminado su churro, saltó del banco.
—Abuelo, ya vámonos. Se está haciendo tarde y si mi mamá llega al hospital y no ve al “Capitán Perdido”, nos va a ir como en feria.
Rodrigo miró el reloj de pared, un viejo péndulo que él mismo había ayudado a reparar años atrás. Eran las seis de la tarde. El tiempo había volado.
—Tiene razón la niña —dijo Don Aurelio—. Vete. Pero antes… acércate a la mesa.
Rodrigo obedeció. Caminó hacia la mesa de trabajo principal, una losa de madera maciza llena de quemaduras, cortes y herramientas desordenadas. Ahí estaban: los buriles, las limas, el arco de sierra, el soplete de boca.
—Agarra el arco —ordenó el viejo.
Rodrigo tomó el arco de sierra. Se sentía familiar en su mano, una extensión de su brazo que había olvidado que tenía.
—Corta —dijo Don Aurelio, señalando una lámina de plata virgen que estaba sobre el astillero.
Rodrigo dudó. Sus manos temblaban ligeramente. ¿Seguiría teniendo el toque? ¿O los años de firmar cheques y teclear en computadoras habían atrofiado su pulso?
Acomodó la lámina. Tensó la sierra. Respiró hondo y empezó a cortar. Ras, ras, ras. El sonido fue música. La sierra se deslizó suavemente, siguiendo una línea curva imaginaria. No se rompió el pelo de la sierra. El corte fue limpio.
Don Aurelio asintió desde su mecedora, guiándose por el sonido.
—No se te olvidó. Las manos tienen memoria, aunque la cabeza sea tonta. Ahora lárgate. Y más te vale que arregles este desmadre, Rodrigo. Porque si lastimas a esa niña o a mi nieta otra vez, te juro que con estas manos temblorosas te fundo en bronce y te vendo como estatua fea en el mercado.
Rodrigo sonrió, una sonrisa triste pero llena de gratitud.
—Se lo prometo, Don Aurelio. Esta vez no voy a huir.
El regreso al hospital fue una operación de comando. La lluvia había arreciado, convirtiendo las calles empedradas en arroyos. Valentina y Rodrigo corrieron bajo la protección de los aleros de las casas, empapándose a medias.
Llegaron a la reja trasera del jardín del hospital. Estaba cerrada con candado.
—¡Chispas! —exclamó Valentina—. Don Beto, el velador, ya cerró.
—¿Y ahora? —preguntó Rodrigo, sintiendo el pánico. Si Elena entraba a su cuarto y veía la cama vacía, se acababa el juego.
—Hay un hueco en la malla, detrás de los botes de basura. Yo quepo, pero tú… —Valentina lo miró de arriba abajo, evaluando su complexión atlética pero adulta— estás muy grandote. Vas a tener que sumir la panza.
Rodrigo tuvo que arrastrarse por el lodo, pasando por un agujero en la cerca ciclónica que claramente había sido hecho por perros callejeros. Se rasgó la camisa del pijama hospitalario y se llenó de barro hasta las orejas, pero logró pasar.
Entraron por la puerta de servicio de la cocina. El olor a sopa de fideo estaba en el aire. Se escabulleron por el pasillo, esquivando a una enfermera que llevaba un carrito de medicinas.
Finalmente, llegaron a la habitación 4.
Rodrigo se lanzó a la cama, jadeando. Valentina le aventó las sábanas encima.
—¡Los zapatos! —susurró ella—. ¡Quítatelos! ¡Están llenos de lodo!
Rodrigo se quitó los mocasines apresuradamente y los pateó debajo de la cama. Se tapó hasta la barbilla justo cuando la perilla de la puerta giró.
Ambos se congelaron.
La puerta se abrió. Era Elena.
Traía una carpeta en la mano y el rostro cansado. Se detuvo en el umbral, oliendo el aire. Frunció el ceño.
—Huele a… tierra mojada —dijo, mirando sospechosamente a Valentina y luego a Rodrigo—. Y a churros.
Valentina puso su mejor cara de inocencia angelical.
—Es que abrí la ventana, mami. Para que se oreara, porque aquí huele a viejito. Y el churro… me lo comí yo.
Elena no parecía convencida. Su mirada de águila escaneó la habitación. Se detuvo en el suelo, junto a la cama. Había unas pequeñas huellas de barro y, peor aún, una mancha marrón en la sábana blanca, justo a la altura de las rodillas de Rodrigo.
Elena cerró la puerta con suavidad, pero puso el seguro. Click.
El sonido resonó como un disparo en la habitación.
—Valentina —dijo Elena con voz muy dulce, demasiado dulce—. Vete a la enfermería con Lupe. Dile que te dé una gelatina y espérame ahí. Tengo que “revisar” al paciente.
—Pero mamá…
—¡Ahora!
Valentina miró a Rodrigo con una expresión de “sálvese quien pueda”, agarró su mochila y salió disparada.
Elena se quedó parada frente a la puerta unos segundos, de espaldas a Rodrigo. Respiró hondo, como reuniendo fuerzas. Luego, se giró.
Caminó hacia la cama. Rodrigo intentó mantener su fachada de amnésico confundido, pero sabía que era inútil. Elena se agachó, metió la mano debajo de la cama y sacó uno de los zapatos llenos de lodo fresco de la sierra.
Lo puso sobre la mesita de noche, con un golpe seco. Poc.
—¿Te divertiste? —preguntó ella, cruzándose de brazos.
Rodrigo dejó caer la máscara. Suspiró y se sentó en la cama, ignorando el dolor de sus costillas.
—Fui a ver a Don Aurelio.
—Lo sé —dijo Elena. Su voz no tenía ira, sino una profunda tristeza—. Me llamó. Me dijo que un “fantasma” había ido a visitarlo. Que el fantasma olía a perfume caro y tenía manos de inútil, pero que todavía sabía cortar plata.
Rodrigo sintió el rubor subirle a las mejillas.
—Elena…
—No te atrevas —lo cortó ella, levantando una mano—. No te atrevas a darme explicaciones ahora. Tuviste ocho años para explicaciones. Tuviste tres mil días para mandar un correo, hacer una llamada, mandar una señal de humo. Pero elegiste desaparecer.
—Tuve miedo —confesó él. Era la primera vez que lo decía en voz alta.
—¿Miedo? —Elena soltó una risa amarga—. ¿Miedo de qué? ¿De nosotros? ¿De la pobreza? ¿De que te pidiéramos algo? Rodrigo, yo nunca te pedí nada. Ni cuando éramos novios, ni cuando te fuiste.
—Miedo de fallarte. Miedo de que mi vida tóxica te contaminara. Miedo de ser como mi padre. Y al final, fui peor que él.
Elena se acercó un paso. Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas.
—¿Sabes qué fue lo peor? No fue que te fueras. Fue la incertidumbre. Fue pensar que te había pasado algo malo en la carretera. Llamé a los hospitales, a la policía. Hasta que vi una revista de sociales meses después. “El joven magnate Rodrigo Montemayor inaugura nueva sucursal en París”. Ahí estabas, sonriendo, con una copa de champán. Y yo aquí, vomitando por las mañanas y tratando de explicarle a mi abuelo por qué su aprendiz estrella nos había abandonado.
Rodrigo sintió que el corazón se le rompía en pedazos. Quería abrazarla, borrarle ese dolor, pero sabía que no tenía derecho.
—¿Valentina… ella sabe quién soy?
Elena negó con la cabeza.
—Ella cree que eres un astronauta. O un príncipe. O un explorador. Cree cualquier cosa menos la verdad: que su padre es un hombre que prefirió el dinero a conocerla.
—Quiero conocerla, Elena. De verdad. No como el “Capitán Perdido”. Como su papá.
Elena se pasó las manos por la cara, exhausta.
—Es demasiado tarde, Rodrigo. Mañana se vence el plazo que le di a tu abogaducho. Mañana viene esa mujer. Y te vas a ir.
—No me voy a ir —dijo Rodrigo con firmeza, levantándose de la cama a pesar del mareo. Quedó frente a frente con ella. Estaban tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo—. No voy a firmar nada con Paulina. Voy a cancelar la boda. Voy a mandar todo al diablo si es necesario. Pero no me voy a ir de aquí sin que Valentina sepa la verdad y sin que tú me des, aunque sea, una oportunidad de pedirte perdón todos los días por el resto de mi vida.
Elena lo miró, y por un segundo, la barrera de hielo se agrietó. Vio en los ojos de Rodrigo no al millonario arrogante, sino al chico que le regalaba flores silvestres y anillos de plata mal hechos.
—¿Y qué vas a hacer cuando Paulina traiga a la policía? —preguntó ella, desafiante pero vulnerable—. ¿Qué vas a hacer cuando tu junta directiva te busque? Tu mundo no te va a soltar tan fácil, Rodrigo.
—Que se joda mi mundo —dijo él—. Mi mundo está aquí. En esta habitación con olor a humedad y en la casa con flores rojas.
Estuvieron a punto de besarse. La tensión magnética era innegable. La respiración de ambos se aceleró. Rodrigo inclinó la cabeza levemente…
Ring, ring, ring.
El teléfono celular de Elena, en el bolsillo de su bata, sonó con estridencia, rompiendo el hechizo.
Ella retrocedió, sacudida. Sacó el teléfono y miró la pantalla. Su expresión cambió de la vulnerabilidad al terror puro.
—¿Qué pasa? —preguntó Rodrigo, alarmado.
—Es… es el director del hospital regional —dijo ella, pálida—. Nunca llama a estas horas.
Contestó, poniendo el altavoz sin querer por el temblor de sus manos.
—¿Sí, doctor?
—Doctora Ramírez —la voz al otro lado sonaba tensa y burocrática—. Tengo una situación muy desagradable aquí. He recibido una llamada del Secretario de Salud Estatal. Al parecer, una firma de abogados de la Ciudad de México, representando a Grupo Montemayor, ha interpuesto una denuncia formal contra su clínica por “secuestro y negligencia médica”.
Rodrigo sintió un frío glacial en la espalda. Paulina.
—¿Qué? —Elena tartamudeó—. Eso es absurdo. El paciente está inestable.
—La denuncia dice que usted está reteniendo al Sr. Montemayor contra su voluntad y drogándolo para simular incapacidad. Amenazan con clausurar la clínica, doctora. Clausurarla mañana mismo y quitarle su licencia médica si no entrega al paciente a las 8:00 AM en punto.
Elena miró a Rodrigo con horror. La clínica era la única fuente de salud para tres pueblos de la sierra. Si la cerraban, gente moriría. Su carrera se acabaría.
—Entiendo, doctor —dijo ella con voz muerta—. No se preocupe. El paciente será entregado mañana.
Colgó. El silencio en la habitación era sepulcral.
—Lo hizo —susurró Elena—. Esa mujer… va a destruir todo lo que he construido solo para recuperarte.
—No dejaré que lo haga —dijo Rodrigo, con una furia fría creciendo en su pecho—. Ella no sabe con quién se metió. Cree que está peleando contra un amnésico o una doctora rural. Pero se le olvidó que yo soy Rodrigo Montemayor. Y yo sé jugar sucio mejor que ella.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Elena, asustada por la expresión en el rostro de él.
—Necesito mi teléfono —dijo Rodrigo—. El real. Y necesito que confíes en mí una vez más. Solo una vez más.
Elena dudó. Todo su instinto le decía que huyera de él. Pero miró sus ojos, y vio la misma determinación que tenía cuando aprendió a fundir plata.
Fue a un cajón cerrado con llave en el armario, sacó una bolsa de plástico con las pertenencias de Rodrigo (su reloj, su cartera y su celular con la pantalla estrellada) y se la entregó.
—Si nos hundes, Rodrigo… —advirtió ella.
—Te juro que no.
Rodrigo encendió el teléfono. Tenía 15% de batería y 50 llamadas perdidas de Paulina, 20 de su madre y 10 de su asistente.
Ignoró todo y marcó un número que sabía de memoria. Un número que no pertenecía a su empresa, ni a sus abogados, ni a sus amigos de fiesta. Era el número de un viejo amigo de la universidad, un periodista de investigación que le debía un favor enorme desde que Rodrigo le financió una cirugía a su madre anónimamente.
—¿Bueno? —contestó una voz adormilada al tercer tono.
—Charly, soy yo. Rodrigo.
—¡Güey! ¡Todo el mundo te da por muerto o secuestrado! ¡Es tendencia en Twitter! ¿Dónde estás?
—Escúchame bien, Charly. Tengo la exclusiva del año. Pero necesito que hagas algo por mí ahora mismo. Necesito que investigues a Paulina. Sus cuentas, sus movimientos recientes y, sobre todo, su relación con el diputado Beto.
—¿Tu prometida y el diputado? —Charly se despertó de golpe—. Eso es dinamita, hermano.
—Lo sé. Y necesito que traigas una cámara y un equipo de transmisión en vivo a Taxco de la Sierra mañana antes de las 8:00 AM. Vas a transmitir el “rescate” más vergonzoso de la historia.
Rodrigo colgó. Miró a Elena.
—Mañana a las 8, Paulina va a venir por mí. Y se va a encontrar con una sorpresa. Pero necesito que tú hagas algo muy difícil, Elena.
—¿Qué?
—Necesito que me dejes ir. Necesito que, frente a todos, me entregues. Tienes que fingir que te rindes.
—¿Para qué?
—Para que ella crea que ganó. Y cuando baje la guardia… la voy a destrozar.
En ese momento, la puerta se abrió un poquito. Valentina asomó la cabeza.
—¿Ya puedo entrar? La gelatina estaba fea.
Elena miró a su hija, luego a Rodrigo. Suspiró profundamente, sintiendo que estaba saltando al vacío sin paracaídas.
—Pásale, mija. Tu papá… digo, el paciente y yo ya terminamos de hablar.
Rodrigo sonrió al escuchar el desliz. “Tu papá”.
Valentina entró y se sentó en la cama, entre los dos.
—¿Todo bien? —preguntó la niña, notando la tensión.
Rodrigo le pasó el brazo por los hombros a su hija, sintiendo por primera vez su peso, su calor, su realidad.
—Todo va a estar bien, Valentina. Mañana vamos a tener una gran aventura. Pero necesito que seas valiente. ¿Eres valiente?
—Soy súper valiente —dijo ella, inflando el pecho.
—Bien. Porque mañana vamos a cazar a una bruja.
La lluvia golpeaba la ventana con fuerza, como presagiando la tormenta que se desataria al amanecer. Pero por primera vez en mucho tiempo, Rodrigo no tenía miedo. Tenía un plan, tenía un motivo, y tenía a su familia, aunque fuera por un momento prestado, a su lado.
CAPÍTULO 5: La Jugada Maestra
La madrugada en la sierra llegó con una calma engañosa. La lluvia había cesado, dejando un cielo gris plomizo y un frío que calaba los huesos. En la habitación 4, Rodrigo no había dormido. Pasó la noche repasando cada detalle de su plan, cada variable. Sabía que se jugaba el todo por el todo. Si fallaba, Paulina lo declararía legalmente incapacitado con la ayuda de sus médicos comprados, tomaría control de la empresa y, lo peor de todo, destruiría la clínica de Elena como venganza.
A las 6:00 AM, Elena entró. Tenía los ojos hinchados y ojeras profundas. No había dormido tampoco. Traía en las manos un traje limpio: no el pijama de hospital, sino la ropa con la que Rodrigo había llegado, lavada, planchada y remendada con un cuidado casi quirúrgico.
—Te traje esto —dijo ella, dejando la ropa sobre la silla—. No quiero que te vayas en bata. Si vas a pelear, hazlo con dignidad.
Rodrigo se levantó. El dolor físico había pasado a un segundo plano; la adrenalina era su anestesia.
—Gracias, Elena. ¿Dónde está Valentina?
—Está con mi vecina, Doña Chonita. No quiero que vea esto. Si las cosas salen mal… no quiero que vea cómo se llevan a su “astronauta”.
Rodrigo asintió mientras se abotonaba la camisa. Le quedaba un poco holgada ahora; había perdido peso en estos días.
—No va a salir mal. Confía en mí.
—Confío en ti, Rodrigo. Pero no confío en ellos. Tienen dinero, poder y contactos. Nosotros solo tenemos la verdad, y en este país, la verdad a veces no alcanza.
A las 7:30 AM, el ruido de sirenas rompió el silencio del pueblo. No era una ambulancia solitaria. Era una caravana. Una ambulancia de terapia intensiva de última generación, dos camionetas negras tipo SUV con vidrios polarizados y, cerrando la marcha, una patrulla de la policía estatal.
El pueblo entero se asomó a las ventanas. Nunca se había visto tal despliegue en Taxco de la Sierra.
Desde la ventana de su habitación, Rodrigo observó cómo se estacionaban frente a la clínica, bloqueando la entrada principal. Paulina bajó de la primera camioneta. Llevaba gafas oscuras, un abrigo de piel (totalmente inapropiado para el clima húmedo) y una actitud de general conquistador. Detrás de ella, el abogado Mendoza y un equipo de tres médicos privados.
—Llegó la hora —dijo Rodrigo. Se giró hacia Elena y le tomó las manos—. Recuerda: tienes que parecer derrotada. Entrégame. No pongas resistencia.
Elena apretó sus manos con fuerza, transmitiéndole un último gramo de energía.
—Que Dios te bendiga, Rodrigo.
Salieron al pasillo. Lupe y las otras enfermeras miraban asustadas. Elena les hizo una señal para que se mantuvieran al margen.
La puerta principal se abrió de golpe. Paulina entró, seguida de su séquito.
—¡Buenos días, pueblo mágico! —exclamó con sarcasmo, quitándose las gafas—. Vengo por lo que es mío.
Elena avanzó, con la cabeza baja, interpretando su papel a la perfección.
—Señorita Paulina. Abogado. El paciente está listo. Hemos preparado su expediente de alta voluntaria bajo protesta médica.
Paulina sonrió triunfante. Se acercó a Elena y le dio unas palmaditas condescendientes en el hombro.
—Sabía que entrarías en razón, querida. Es mejor así. Te ahorras la demanda y conservas tu changarro.
Se giró hacia Rodrigo, que estaba sentado en una silla de ruedas (parte del show), con la mirada perdida y la boca entreabierta.
—¡Ay, mi vida! —dijo ella, haciendo una mueca de asco fingido—. Te ves terrible. Pero no te preocupes, en unas horas estarás en un spa médico en Santa Fe. ¡Súbanlo!
Los paramédicos privados se acercaron para levantar a Rodrigo.
—¡Esperen! —gritó una voz desde la entrada.
Todos se giraron.
En la puerta estaba Charly, el amigo periodista de Rodrigo. No venía solo. Venía con un camarógrafo que llevaba una cámara profesional con el logotipo de una de las cadenas de noticias más grandes del país, y estaba transmitiendo en vivo. La luz roja de “REC” brillaba intensamente.
—¿Qué significa esto? —chilló Paulina, tapándose la cara con la mano—. ¡Saquen a estos tipos! ¡Es propiedad privada!
—En realidad, es una clínica pública —dijo Charly, acercando el micrófono—. Estamos en vivo para el noticiero matutino nacional. Soy Carlos Viera. Estamos aquí cubriendo el “rescate” del magnate Rodrigo Montemayor. Señorita Paulina, ¿es cierto que usted ordenó el traslado forzoso de su prometido a pesar del riesgo médico?
El abogado Mendoza se interpuso, tratando de tapar la cámara.
—¡Sin comentarios! ¡Apaguen eso! ¡Esto es un asunto familiar privado!
—¿Privado? —preguntó Charly, sonriendo—. Tenemos informes de que se ha presentado una denuncia por secuestro contra la doctora local. ¿Podría explicar por qué una clínica rural estaría secuestrando a un millonario?
Paulina, viendo la cámara y sabiendo que estaba en televisión nacional, cambió su táctica al instante. Sonrió, se arregló el cabello y adoptó su pose de víctima sufrida.
—Estamos muy preocupados —dijo con voz temblorosa a la cámara—. Mi prometido, el amor de mi vida, sufrió un accidente terrible. Está incapacitado mentalmente. No reconoce a nadie. Esta doctora… irresponsable… lo ha tenido aquí sin los cuidados necesarios. Solo queremos salvarlo.
La cámara hizo un zoom a Rodrigo, que seguía en la silla de ruedas, inmóvil.
—Ahí lo tienen —dijo Paulina dramáticamente, señalándolo—. Mirenlo. Es un vegetal. No sabe quién soy. No sabe quién es. Es una tragedia.
—¿Está segura de eso? —preguntó Charly.
—Completamente. Los médicos lo confirman. Amnesia total y daño cognitivo. Por eso yo, como su futura esposa, debo tomar el control de sus empresas para proteger su legado.
Era el momento.
Rodrigo levantó la cabeza lentamente. La expresión vacía desapareció. Sus ojos se enfocaron con una claridad aterradora. Miró directamente a la lente de la cámara, luego a Paulina.
Se puso de pie. Solo. Sin ayuda.
El silencio en la sala de espera fue absoluto.
—Paulina —dijo Rodrigo. Su voz sonó fuerte, clara, resonante. No había rastro de tartamudeo ni de confusión.
Paulina retrocedió un paso, tropezando con sus propios tacones.
—R-Rodrigo… —balbuceó—. Mi amor… ¡qué milagro! ¡Me reconoces!
Rodrigo caminó hacia ella. Los paramédicos se apartaron, intimidados por su presencia.
—Sí, te reconozco —dijo él, deteniéndose a un metro de ella—. Y reconozco esa voz. La misma voz que escuché esa noche en el bar Dinsmoor, cuando le decías a Beto que yo era un “aburrido necesario” y que solo esperabas la boda para asegurar tu futuro.
La cara de Paulina perdió todo color. La cámara capturaba cada microexpresión de pánico.
—¿Beto? —Paulina rió nerviosamente—. Amor, estás delirando. El golpe…
—No estoy delirando, Paulina. Y tampoco tengo amnesia.
Un murmullo recorrió la sala. Elena se llevó la mano a la boca, conteniendo una sonrisa.
—¿Qué? —susurró Paulina.
—Escuchaste bien. Nunca tuve amnesia. Recuerdo el accidente. Recuerdo despertarme aquí. Y recuerdo cada palabra que has dicho en esta habitación. Recuerdo cómo amenazaste a la doctora. Recuerdo cómo intentaste sobornar al notario. Y recuerdo perfectamente que nuestra relación terminó cinco minutos antes de que yo subiera a ese auto.
Rodrigo se giró hacia la cámara.
—Carlos, estamos en vivo, ¿verdad?
—Así es, Rodrigo. Todo México te ve.
—Perfecto. Quiero hacer una declaración oficial. Yo, Rodrigo Montemayor, estoy en pleno uso de mis facultades mentales. Y anuncio aquí y ahora que mi compromiso con la señorita Paulina queda cancelado irrevocablemente. También anuncio que se iniciará una auditoría forense a las cuentas que ella manejaba en mi fundación benéfica, ya que tengo sospechas fundadas de desvío de recursos.
Paulina soltó un grito ahogado. El abogado Mendoza empezó a teclear frenéticamente en su celular, probablemente buscando un boleto de avión para huir del país.
—¡Mientes! —gritó Paulina, perdiendo toda compostura—. ¡Estás loco! ¡Es el daño cerebral! ¡Médicos, inyéctenle algo! ¡Sedánlo!
Nadie se movió.
—Se acabó, Paulina —dijo Rodrigo con frialdad—. Tienes una hora para desalojar mi departamento. Y el auto… el Mercedes que está allá afuera… está a nombre de la empresa. Déjalo aquí. Puedes regresarte en taxi. O pedirle a Beto que venga por ti, si es que todavía te contesta el teléfono después de esto.
Paulina miró a su alrededor. Vio las miradas de desprecio de las enfermeras, la lente implacable de la cámara, la frialdad de Rodrigo. Se dio cuenta de que había perdido. No solo el dinero, sino su reputación.
Con un grito de frustración pura, se dio la vuelta y salió corriendo de la clínica, empujando a quien se le pusiera enfrente. El abogado Mendoza la siguió, murmurando excusas legales.
La sala estalló en aplausos. Lupe gritó “¡Bravo!”. Charly hizo una señal de “corte” al camarógrafo, sonriendo de oreja a oreja.
—¡Eso fue televisión de oro, hermano! —dijo Charly, abrazando a Rodrigo—. Eres tendencia mundial en cinco minutos. “El Millonario que Fingió”.
Rodrigo sonrió, pero su mirada buscó inmediatamente a Elena.
Ella estaba en un rincón, apoyada contra la pared, mirándolo con una mezcla de admiración y miedo.
Rodrigo se acercó a ella.
—¿Lo hice bien? —preguntó en voz baja.
Elena asintió, con los ojos brillantes.
—Lo hiciste… increíble. Pero…
—¿Pero qué?
—Ahora eres libre, Rodrigo. Ya no hay Paulina. Ya no hay amnesia. Tu mundo te espera. Ese periodista, las cámaras, tu empresa… todos te van a reclamar.
Rodrigo tomó las manos de Elena entre las suyas.
—Hay una cosa más que tengo que hacer antes de que mi “mundo” me reclame. Algo mucho más importante que humillar a Paulina en televisión nacional.
—¿Qué cosa?
—Presentarme con mi hija.
Una hora después, el circo mediático se había calmado un poco. Charly y su equipo se quedaron afuera, manteniendo a raya a otros reporteros que empezaban a llegar.
Rodrigo, Elena y Don Aurelio (que había llegado en taxi, enterado del chisme por la radio) estaban en la pequeña sala de espera.
La puerta se abrió y entró Valentina, traída por la vecina Doña Chonita. La niña traía su mochila y una paleta de caramelo.
Se detuvo al ver a tanta gente. Miró a su mamá, que lloraba silenciosamente. Miró a su abuelo, que sonreía. Y miró a Rodrigo, que estaba de pie, ya sin vendas, limpio, imponente pero con la mirada más dulce que ella había visto jamás.
—Hola, Valentina —dijo Rodrigo, arrodillándose para quedar a su altura.
—Hola —dijo ella tímidamente—. ¿Ya se fue la bruja?
—Ya se fue. Para siempre.
—¡Qué bueno! —Valentina sonrió—. ¿Y tú? ¿Ya te vas a tu planeta?
Rodrigo negó con la cabeza. Sintió un nudo en la garganta.
—No. Resulta que mi misión en el espacio se canceló. Descubrí que mi lugar favorito en el universo está aquí. En la Tierra.
—¿Ah, sí? —Valentina se acercó un pasito—. ¿Y qué vas a hacer ahora?
Rodrigo respiró hondo. Era el momento de la verdad.
—Valentina… te dije una mentira. No soy astronauta. Y tampoco soy solo un amigo de tu abuelo.
La niña ladeó la cabeza, confundida.
—¿Entonces?
Rodrigo sacó de su bolsillo algo que había guardado con celo: el otro par de aretes de colibrí. El par original que hizo de prueba y que nunca vendió, el que siempre cargaba en su maletín como amuleto.
—Yo hice tus aretes —dijo él, mostrándole la joya—. Yo soy el platero que se fue. Yo soy… yo soy tu papá.
El silencio en la sala fue absoluto. Solo se escuchaba el zumbido del refrigerador de las vacunas.
Valentina se quedó quieta, mirando los aretes en la mano de Rodrigo y luego sus ojos. Su carita pasó por una serie de emociones: sorpresa, duda, comprensión.
—¿Tú eres mi papá? —preguntó en un susurro.
—Sí, mi amor. Soy yo. Perdóname por tardar tanto en volver. Me perdí. Me perdí mucho. Pero te prometo, por estos colibríes, que nunca me voy a volver a ir.
Valentina soltó su mochila. Dio un paso, luego otro. Y de repente, se lanzó a los brazos de Rodrigo.
El impacto casi lo tira al suelo, pero él la sostuvo con fuerza, enterrando la cara en sus rizos con olor a vainilla. Sintió los bracitos de ella rodeándole el cuello, apretando con una fuerza desesperada.
—¡Papá! —gritó ella contra su hombro—. ¡Sí eres tú! ¡Yo sabía! ¡Sabía que no estabas muerto!
Rodrigo lloró. Lloró frente a las cámaras que grababan desde la ventana, lloró frente a Elena, lloró frente a su pasado y su futuro.
—Te quiero, hija. Te quiero tanto.
Elena se acercó y se unió al abrazo, rodeándolos a los dos. Don Aurelio, desde su silla, se limpió una lágrima con su pañuelo sucio.
—Bueno —dijo el viejo con voz ronca—. Ya era hora. Ahora falta la boda, ¿no? Porque no van a dejar a la niña así nomás.
Todos rieron entre lágrimas.
Parecía un final feliz. Pero la vida real no termina con un abrazo y un “The End”.
Esa noche, Rodrigo se quedó en la casa de Elena. Durmió en el sofá, mientras Valentina dormía en su cuarto, agotada por la emoción.
Elena y Rodrigo se sentaron en el porche, tomando café bajo la luna.
—¿Y ahora qué? —preguntó Elena, mirando las estrellas—. Mañana la adrenalina va a bajar. Y vas a tener que enfrentar la realidad. Tienes una empresa en la Ciudad de México. Tienes responsabilidades. No puedes jugar al platero para siempre.
Rodrigo tomó un sorbo de café.
—Lo sé. No puedo abandonar la empresa; hay miles de familias que dependen de esos empleos. Pero tampoco puedo volver a esa vida.
—¿Entonces?
—Voy a mudar la sede operativa.
Elena lo miró sorprendida.
—¿Qué?
—Voy a mover las oficinas principales. No todas, claro, pero mi despacho. Lo voy a traer aquí. O bueno, a la ciudad más cercana. Puedo ir y venir. Puedo trabajar remoto tres días a la semana. El mundo cambió, Elena. Ya no necesito estar en un rascacielos para dirigir.
—¿Lo dices en serio?
—Muy en serio. Además… quiero invertir aquí. Quiero que Don Aurelio tenga una escuela de platería digna. Quiero que este pueblo no se muera de hambre. Y quiero… quiero enamorarte otra vez. Si tú me dejas.
Elena sonrió, negando con la cabeza.
—Eres terco, Montemayor.
—Soy persistente, Ramírez.
Elena se acercó y le dio un beso suave en la mejilla.
—Veremos. Tienes mucho trabajo que hacer. Empezando por aprender a cambiar un tanque de gas, porque aquí no hay servicio de conserjería.
—Aprenderé.
Capítulo 6: La Venganza de la Bruja
Pero la paz duró poco.
Dos semanas después, las cosas parecían ir de maravilla. Rodrigo había instalado una oficina improvisada en la parte trasera de la casa, con internet satelital. Valentina estaba feliz, presumiendo a su papá en la escuela. El pueblo había aceptado al “hijo pródigo”.
Sin embargo, Paulina no se había quedado quieta.
Una tarde, mientras Rodrigo estaba en una videollamada con sus inversores alemanes (explicándoles por qué estaba dirigiendo una fusión millonaria desde un gallinero en la sierra), recibió una notificación urgente en su correo.
Era una demanda. Pero no de Paulina.
Era del gobierno. Una auditoría federal masiva contra Grupo Montemayor por presunto lavado de dinero y evasión fiscal.
Y junto con el correo, una llamada de un número desconocido.
Rodrigo contestó.
—Hola, amor —dijo la voz de Paulina, destilando veneno—. ¿Creíste que humillarme en televisión me iba a salir gratis?
—Paulina. ¿Qué hiciste?
—Yo nada. Solo le pasé unos “documentos” a mi amigo Beto. Ya sabes, el diputado. Documentos que tú firmaste hace años sin leer. Pequeños deslices fiscales. Nada grave… a menos que quieran meterte a la cárcel unos veinte años.
Rodrigo sintió que la sangre se le helaba.
—Estás loca. Eso es mentira.
—Puede ser. Pero mientras lo investigan, congelarán tus cuentas. Todas. Incluso las personales. Y adivina qué… sin dinero, ¿cómo vas a mantener tu idilio rural? ¿Cómo vas a pagar la escuela de la niña? ¿Cómo vas a salvar la clínica de tu doctora?
Rodrigo miró por la ventana. Elena estaba en el jardín, regando las plantas con Valentina. Se veían felices.
—No te tengo miedo, Paulina.
—Deberías. Porque esto apenas empieza. Te doy 24 horas para que vengas a mi departamento en la ciudad, de rodillas, a pedirme perdón y a renegociar nuestra boda. Si no… despídete de tu libertad. Y de ellas.
Colgó.
Rodrigo se quedó con el teléfono en la mano, escuchando el tono de ocupado.
La guerra no había terminado. Solo había cambiado de campo de batalla. Y esta vez, el enemigo tenía armas nucleares.
CAPÍTULO 6: Jaque al Rey
La amenaza de Paulina resonaba en la cabeza de Rodrigo como un eco venenoso. “Te doy 24 horas”.
Colgó el teléfono con una calma fría, de esas que preceden a las tormentas más destructivas. Miró por la ventana. Elena y Valentina reían mientras intentaban bañar al perro viejo de Don Aurelio con la manguera. La escena era perfecta, idílica, una postal de la vida que Rodrigo siempre quiso y nunca supo que necesitaba. Y ahora, una firma en un papel y la venganza de una mujer despechada amenazaban con quemarla hasta los cimientos.
Rodrigo sabía que Paulina no blofeaba. Su conexión con “Beto”, el diputado Humberto Alcázar, era real y peligrosa. Alcázar era conocido por usar la Unidad de Inteligencia Financiera como su perro de ataque personal para extorsionar empresarios.
—¿Malas noticias? —preguntó Elena, entrando a la oficina improvisada con dos tazas de café y el cabello mojado por la guerra de agua.
Rodrigo bloqueó la pantalla de su laptop rápidamente. No quería asustarla. No todavía.
—Solo… complicaciones burocráticas —mintió, forzando una sonrisa—. Los alemanes son muy exigentes con los detalles de la fusión.
Elena lo miró con esa intuición de médico que detecta síntomas invisibles. Dejó las tazas en el escritorio y se apoyó en el borde, cruzando los brazos.
—Rodrigo, te conozco. Tienes esa vena en la frente que se te hincha cuando estás acorralado. ¿Qué pasa?
Él suspiró. No podía mentirle. Ya no.
—Paulina —admitió—. Me llamó. Está usando sus conexiones políticas. Me están auditando. Amenazan con congelar mis cuentas y… posiblemente girar una orden de aprehensión por evasión fiscal.
Elena palideció.
—¿Es verdad? ¿Evadiste impuestos?
—No conscientemente. Pero en una empresa de mi tamaño, firmas miles de documentos al año. Confías en tus contadores, en tus abogados. Y mi abogado principal era Mendoza, el perro faldero de Paulina. Si ellos manipularon los libros para incriminarme… estoy en problemas serios.
—¿Qué vamos a hacer? —preguntó ella, y ese “vamos” le dio a Rodrigo más fuerza que cualquier ejército de abogados.
—Tengo que ir a la Ciudad de México —dijo él, levantándose—. No puedo pelear esto desde aquí. Necesito ver los archivos físicos, necesito confrontar a mi consejo directivo antes de que Paulina los ponga en mi contra.
—Voy contigo —dijo Elena sin dudarlo.
—No. Es peligroso. Si me detienen… no quiero que Valentina vea eso.
—Valentina se queda con mi abuelo y con Doña Chonita. Están seguros aquí. Pero tú no vas a ir solo a la boca del lobo. Además… —Elena sonrió con una mezcla de picardía y determinación— alguien tiene que asegurarse de que no te desmayes del estrés. Soy tu doctora, ¿recuerdas?
El viaje a la Ciudad de México fue tenso. Rodrigo conducía una camioneta prestada por un vecino (su Mercedes seguía “confiscado” simbólicamente en el corralón del pueblo como recordatorio de su nueva vida), mientras Elena revisaba noticias en su celular.
—Ya empezó —murmuró ella—. “Escándalo en Grupo Montemayor: CEO investigado por fraude millonario”. “La caída del Niño de Oro”. Los medios te están destrozando, Rodrigo.
—Es parte de la estrategia —dijo él, apretando el volante—. Primero destruyen tu reputación para que cuando te arresten, nadie te defienda. Paulina está siguiendo el manual de Beto al pie de la letra.
Llegaron a la ciudad al anochecer. Las luces de los rascacielos de Reforma, que antes Rodrigo veía con orgullo de conquistador, ahora le parecían dientes afilados de una bestia hambrienta.
Fueron directo a su departamento en Polanco. Rodrigo sabía que era arriesgado, pero necesitaba su caja fuerte.
Al entrar al lobby, el conserje, Don Ramiro, lo miró con sorpresa y lástima.
—Señor Montemayor… qué bueno verlo. Pero… tenga cuidado. Han venido unos hombres preguntando por usted. De la Fiscalía.
—Gracias, Don Ramiro. Solo voy a subir y bajar.
Subieron al penthouse. El lugar estaba hecho un desastre. Paulina, en su furia antes de irse (o tal vez después de la llamada), había destrozado todo. Cuadros rasgados, jarrones rotos, ropa tirada. Era una escena de crimen pasional.
—Dios mío… —susurró Elena, pateando un trozo de porcelana china—. Esta mujer está enferma.
—Está herida —corrigió Rodrigo, caminando hacia su despacho—. Y una bestia herida es la más peligrosa.
Movió un cuadro (ahora roto) de la pared y reveló la caja fuerte. Puso la combinación. Click.
Abrió la puerta de acero.
Vacía.
Rodrigo sintió que el piso se le movía. Ahí tenía sus respaldos de seguridad, discos duros con la contabilidad real, y pasaportes de emergencia. Todo había desaparecido.
—Se lo llevó —dijo, con la voz hueca—. Mendoza. Mendoza tenía la combinación de emergencia.
—¿Y ahora? —preguntó Elena, asustada.
—Ahora… estamos desnudos. No tengo pruebas para defenderme.
En ese momento, el interfón de la entrada sonó. Rodrigo miró la pantalla.
Eran policías. No municipales. Agentes de la Fiscalía General de la República.
—Sabían que vendría —dijo Rodrigo—. Es una trampa.
—¡Tenemos que salir! —Elena corrió hacia la puerta de servicio.
—No, espera. Si corremos, parecemos culpables. Y nos cazarán.
—¡Si te quedas, te encierran! —gritó ella, desesperada—. ¡Rodrigo, por favor! ¡Piensa en Valentina!
Ese nombre fue el detonante. Valentina. No podía dejarla huérfana de padre otra vez, y menos con un padre en la cárcel.
—El elevador de servicio —dijo Rodrigo—. Baja al sótano 3. Tengo una moto vieja ahí que nunca uso.
Corrieron. Escucharon golpes en la puerta principal. “¡Abran! ¡Orden de cateo!”.
Bajaron por las escaleras de emergencia, saltándose los escalones de dos en dos. Llegaron al sótano, oscuro y húmedo. Rodrigo buscó bajo una lona polvorienta. Ahí estaba. Una Ducati negra, reliquia de sus días de soltero imprudente.
—Sube —ordenó.
Elena se subió atrás, abrazándolo con fuerza. El motor rugió.
Salieron disparados por la rampa del estacionamiento justo cuando una patrulla bloqueaba la entrada principal. Rodrigo giró bruscamente, subiéndose a la banqueta, esquivando peatones y puestos de tacos.
Se perdieron en el tráfico de la noche chilanga, dos fugitivos en una ciudad de 20 millones de almas.
Se refugiaron en un motel de paso en Tlalpan, uno de esos lugares sórdidos con luces de neón y espejos en el techo, donde no piden identificación y se paga en efectivo.
Elena estaba temblando, sentada en la orilla de la cama redonda.
—Esto es una locura —decía—. Soy una doctora respetable. Soy madre. Y estoy huyendo de la policía en un motel de mala muerte.
Rodrigo se paseaba por la habitación, marcando números en un teléfono desechable que compraron en un OXXO.
—Charly no contesta. Seguramente tienen intervenido su teléfono. Mi secretaria está ilocalizable. Me han aislado, Elena. Me cortaron las líneas de suministro.
—¿No hay nadie en quien confíes? ¿Nadie en tu empresa que sea honesto?
Rodrigo se detuvo. Pensó.
—Hay alguien. Sofía. La jefa de archivo. Es una señora mayor, lleva en la empresa desde que la fundó mi abuelo. Nadie le hace caso, nadie la ve. Pero ella lo ve todo. Y odia a Paulina porque una vez la humilló por su ropa.
—¿Crees que ella tenga copias?
—Sofía guarda copia física de todo. “Por si se cae el sistema”, dice siempre. Es nuestra única esperanza.
A la mañana siguiente, muy temprano, Rodrigo dejó a Elena en el motel.
—Es muy peligroso. Voy a ir a buscar a Sofía a su casa. Vive en la colonia Narvarte.
—Ten cuidado, por favor.
Rodrigo se fue en la moto. Llegó al edificio de departamentos viejos pero bien cuidados. Tocó el timbre del 3B.
La señora Sofía abrió la puerta, con rulos en la cabeza y una bata de felpa. Al ver a Rodrigo, casi se desmaya.
—¡Señor Rodrigo! ¡Virgen Santísima! ¡Dicen en la tele que es usted un criminal!
—Sofía, necesito su ayuda. Usted sabe que yo no robo. Usted conoció a mi padre.
La mujer lo miró a los ojos. Vio el miedo y la sinceridad.
—Pásale, mijo. Pásale rápido antes de que la vecina chismosa te vea.
Dentro, con una taza de té, Rodrigo le explicó la situación.
—Mendoza se llevó los discos duros, Sofía. Borraron los servidores. Necesito los libros originales. Los de las firmas autógrafas.
Sofía sonrió misteriosamente. Se levantó y fue hacia un armario lleno de cajas de galletas de metal.
—Ay, señor Rodrigo. Ustedes los jóvenes creen que la “nube” es muy segura. Pero yo siempre le dije a su papá: “Papelito habla”.
Abrió una de las cajas. Estaba llena de memorias USB y, debajo, carpetas con documentos originales.
—Cuando la señorita Paulina empezó a meter sus narices en la contabilidad hace seis meses, y trajo a ese contador nuevo tan grosero, yo empecé a sacar copias. No me gustó nada cómo movían dinero a esas empresas fantasma en Panamá.
Rodrigo sintió ganas de besar a la mujer.
—Sofía, usted acaba de salvar la empresa. Y mi vida.
—No me agradezca todavía. Lo difícil va a ser sacar esto a la luz. Si va a la policía, se lo van a esconder. El diputado Alcázar tiene comprada a media Fiscalía.
—Lo sé. Por eso no voy a ir a la policía. Voy a ir a la fuente.
—¿A dónde?
—A la asamblea de accionistas. Hoy es la reunión trimestral. Paulina va a intentar tomar el control de la presidencia argumentando mi ausencia y mis problemas legales.
—Pero no puede entrar al edificio, señor. Hay seguridad privada. Y seguramente la policía lo está esperando ahí.
Rodrigo sonrió, una sonrisa de lobo.
—No voy a entrar por la puerta.
10:00 AM. Edificio Corporativo Montemayor, Santa Fe. Piso 45.
La sala de juntas era un mausoleo de cristal y caoba. Alrededor de la mesa ovalada, doce hombres y mujeres de traje esperaban en silencio.
Paulina estaba sentada en la cabecera, en la silla del Presidente. Se veía radiante, vestida de blanco inmaculado, proyectando una imagen de pureza y eficiencia. A su lado, el abogado Mendoza repartía carpetas.
—Señores consejeros —empezó Paulina—. Es un día triste. Como saben, Rodrigo Montemayor es prófugo de la justicia. Las evidencias de su desfalco son abrumadoras. Por el bien de la compañía, y para evitar que las acciones se desplomen más, propongo votar inmediatamente para destituirlo y nombrarme a mí como Presidenta Interina.
Los consejeros murmuraron. Algunos asentían, otros se veían dudosos.
—¿Tenemos quórum? —preguntó Mendoza.
—Sí. Procedamos a la votación.
De repente, una alarma de incendio empezó a sonar. ¡Wooo! ¡Wooo!. Luces estroboscópicas parpadearon en el pasillo.
—¿Qué pasa? —preguntó Paulina, molesta—. ¡Mendoza, haz que apaguen eso!
—Debe ser un simulacro, señorita. O una falla.
Pero no era un simulacro.
Las puertas de la sala de juntas se abrieron de golpe. No entraron bomberos.
Entró un grupo de trabajadores de limpieza, con sus carritos y sus overoles azules. Eran como veinte. Empezaron a limpiar las ventanas y el suelo, ignorando a los ejecutivos.
—¡Oigan! —gritó Paulina—. ¡Salgan de aquí! ¡Estamos en reunión!
Uno de los trabajadores, que llevaba una gorra calada hasta los ojos y un cubrebocas, se acercó a la cabecera de la mesa. Dejó el trapeador, se quitó la gorra y el cubrebocas.
Era Rodrigo.
Los consejeros jadearon. Paulina se puso de pie de un salto, tirando su silla.
—¡Seguridad! —gritó—. ¡Está aquí! ¡Llamen a la policía!
—¡Siéntate, Paulina! —tronó la voz de Rodrigo.
Los otros “trabajadores de limpieza” también se quitaron las gorras. No eran empleados. Eran Charly, su camarógrafo (transmitiendo en vivo otra vez, esta vez por Facebook Live desde un celular escondido), y varios amigos leales de Rodrigo, incluyendo a Sofía, que traía las cajas de galletas bajo el brazo.
—Señores consejeros —dijo Rodrigo, caminando alrededor de la mesa—. Lamento la interrupción y el disfraz. Pero era la única forma de entrar a mi propia empresa sin que me dispararan.
—Estás acabado, Rodrigo —siseó Paulina—. La policía viene en camino. Tienes una orden de aprehensión.
—Tengo una orden de investigación, no de aprehensión —corrigió Rodrigo—. Y tengo algo mejor. Pruebas.
Hizo una señal a Sofía. Ella volcó las cajas sobre la mesa de caoba. Papeles, facturas, estados de cuenta cayeron como una lluvia de la verdad.
—Aquí están las transferencias originales —dijo Rodrigo, tomando un documento—. Firmadas por Paulina del Valle y autorizadas por el Licenciado Mendoza. Desvíos a “Consultora Alcázar S.A.”, propiedad del hermano del diputado Humberto Alcázar. Veinte millones de pesos en tres meses.
Los consejeros empezaron a tomar los papeles, leyéndolos con horror.
—¡Es falso! —gritó Mendoza—. ¡Son documentos fabricados!
—Tienen las huellas digitales de ambos —dijo Rodrigo—. Y tenemos los metadatos de los correos electrónicos que Sofía respaldó. Correos donde tú, Paulina, te burlas de lo fácil que es robarle a un “novio enamorado”.
Paulina miró a su alrededor. Las caras de los consejeros habían cambiado. Ya no había duda. Había asco.
—Señores —continuó Rodrigo—. Si votan por ella, están votando por una criminal que usó esta empresa para lavar dinero del narcotráfico político. Si votan por mí, votan por la transparencia. Estoy dispuesto a ir a la cárcel si se demuestra que yo firmé algo sabiendo lo que era. Pero primero, auditaremos cada centavo.
En ese momento, las puertas se abrieron de nuevo. Entró la policía.
Paulina sonrió triunfante.
—¡Ahí están! ¡Llévenselo!
El comandante de la policía miró a Rodrigo, luego a Paulina. Luego miró a Charly, que lo estaba grabando con el celular.
—Señorita del Valle —dijo el comandante—. Tenemos una orden de presentación para usted. Y para el Licenciado Mendoza.
Paulina se quedó helada.
—¿Qué? ¡Se equivocan! ¡El delincuente es él!
—Recibimos una denuncia anónima esta mañana con copias digitales de estos mismos documentos —dijo el comandante, guiñándole un ojo a Sofía—. Y la UIF acaba de congelar las cuentas de la Consultora Alcázar. El diputado ya se deslindó de usted. Dijo que no la conoce.
Paulina sintió que el mundo se le caía encima. Su protector la había traicionado. Estaba sola.
—¡No! —gritó, mientras un oficial le ponía las esposas—. ¡Rodrigo, diles algo! ¡Soy tu prometida! ¡Soy la mujer que amas!
Rodrigo la miró con una calma absoluta.
—Tú eres la mujer que intentó matarme en vida, Paulina. Y yo no amo a los asesinos.
Se llevaron a Paulina gritando y pataleando, arrastrando sus tacones de diseñador por la alfombra persa. Mendoza salió llorando, pidiendo un trato.
La sala quedó en silencio.
El consejero más viejo, Don Ernesto, se puso de pie.
—Rodrigo… esto es… vergonzoso. Pero gracias por salvarnos el pellejo. Supongo que sigues siendo el Presidente.
Rodrigo miró la silla vacía en la cabecera. La silla por la que había sacrificado su juventud, su felicidad y a Elena.
—No —dijo Rodrigo.
Todos lo miraron sorprendidos.
—Renuncio.
—¿Qué? —exclamaron al unísono.
—Renuncio a la Presidencia Operativa. Me quedo como Presidente del Consejo y dueño mayoritario. Pero no voy a dirigir el día a día. Nombraré a un CEO externo.
—Pero… ¿por qué? ¿A dónde vas?
Rodrigo pensó en la casa con flores rojas, en el taller de plata, en los aretes de colibrí.
—Tengo otro negocio que atender. Un negocio mucho más pequeño, pero mucho más valioso. Y tengo una deuda que pagar en la sierra.
Salió de la sala de juntas, dejando atrás el poder y la gloria, sintiéndose más ligero que nunca.
Afuera, en el pasillo, Elena lo esperaba (había subido con los de limpieza). Lo abrazó fuerte.
—¿Se acabó? —preguntó ella.
—Se acabó la pesadilla —dijo él, besándole la frente—. Ahora empieza la vida.
Capítulo 7: La Boda de Plata
Pasaron seis meses.
El pueblo de Taxco de la Sierra estaba de fiesta. No era la fiesta del Santo Patrono, aunque lo parecía.
La clínica rural había sido remodelada por completo. Tenía equipo nuevo, pintura fresca y hasta una ambulancia propia. En la entrada, una placa de bronce decía: “Donada por la Fundación Montemayor-Ramírez”.
En la casa de Don Aurelio, el jardín estaba lleno de mesas con manteles blancos y flores silvestres. Había papel picado de colores cruzando el patio. Una banda de viento tocaba música alegre en una esquina.
Rodrigo estaba en el taller, terminando de pulir una pieza. No llevaba traje Armani. Llevaba una guayabera blanca de lino y pantalones beige. Sus manos estaban manchadas de pasta de pulir.
—¡Papá! ¡Ya vámonos! —gritó Valentina, entrando corriendo. Llevaba un vestido de princesa color lila y, por supuesto, sus aretes de colibrí.
—Ya voy, ya voy —dijo Rodrigo, limpiándose las manos con un trapo—. ¿Cómo me veo?
Valentina lo inspeccionó críticamente. Le acomodó el cuello de la guayabera.
—Te ves guapo. Pero no tanto como mi mamá.
Salieron al jardín. Los invitados ya estaban ahí. Estaba todo el pueblo: Lupe la enfermera, Doña Chonita, el velador Don Beto, y hasta Charly el periodista, que había venido desde la ciudad con su familia.
Y estaban los padres de Rodrigo. Habían llegado en su limusina, un poco incómodos al principio, pero ahora su madre estaba aprendiendo a hacer tortillas a mano con la vecina, riéndose como nunca la había visto Rodrigo.
La ceremonia fue sencilla. No hubo juez civil ni sacerdote famoso. Fue Don Aurelio quien ofició una especie de bendición simbólica.
Elena salió de la casa. No llevaba un vestido de diseñador de París. Llevaba un vestido bordado por artesanas locales, blanco con flores de colores vivos. En su cuello, brillaba un collar de plata impresionante: una cascada de pequeños colibríes entrelazados. La obra maestra de Rodrigo.
Rodrigo sintió que se le cortaba la respiración.
—Te dije que te iba a enamorar otra vez —susurró cuando ella llegó a su lado.
—Y lo lograste, maldita sea —respondió ella, sonriendo con lágrimas en los ojos—. Aunque sigues dejando los zapatos llenos de lodo en la entrada.
—Prometo mejorar eso. Prometo mejorar todo.
Don Aurelio carraspeó.
—Bueno, ya déjense de cursilerías. Aquí no hay votos largos. Aquí la cosa es simple. Rodrigo, ¿prometes cuidar a estas dos mujeres más que a tu propia vida, y no volver a huir aunque se te quemen los frijoles?
—Lo prometo —dijo Rodrigo, mirando a Elena y a Valentina.
—Y tú, Elena, ¿prometes aguantar a este citadino inútil, enseñarle a ser hombre de bien y no matarlo cuando ronque?
—Lo prometo —río ella.
—Pues ya está. Los declaro marido y mujer, y familia completa. ¡Que empiece el mole!
La banda estalló con una diana. Valentina saltó a los brazos de sus padres. Los tres se abrazaron en un nudo de amor, risas y plata.
Mientras bailaban el vals (que fue un bolero ranchero), Rodrigo miró al cielo. Ya no había nubes grises. El sol brillaba sobre la sierra.
Pensó en el accidente. En el coma. En el susurro de Valentina: “Finge que no te acuerdas”.
Ese susurro le había salvado la vida. No porque lo protegiera de Paulina, sino porque le dio la oportunidad de olvidar quién creía ser, para recordar quién quería ser realmente.
—¿En qué piensas? —le preguntó Elena al oído.
—En que soy el hombre más rico del mundo —respondió él, besándola—. Y no tengo ni un peso en la bolsa.