
Capítulo 1: El Salto al Vacío (Godínez)
El zumbido grave y penetrante de las hélices del AugustaWestland AW109 era una sinfonía de poder que solía arrullarme. Desde niño, el sonido de un helicóptero no era una alarma, sino la promesa de un movimiento rápido y sin obstáculos sobre el caos terrenal. Sobrevolar la Ciudad de México era como observar un circuito electrónico complejo y sobrecargado; millones de luces parpadeantes, cada una una vida, una historia, un embotellamiento. Pero desde esta altura, a mil metros sobre el Periférico, todo era abstracto, un mapa vivo de luces y sombras. Abajo, el monstruo de asfalto se retorcía en su agonía matutina, pero aquí arriba, en mi cápsula de lujo presurizada, solo había paz y el suave tintineo del hielo en un vaso de agua mineral importada.
—¿Estás seguro de esto, Mateo? —La voz de mi padre resonaba en mi cabeza, tan clara como si estuviera sentado a mi lado. La conversación de anoche había sido un cataclismo silencioso, una batalla de voluntades librada en la biblioteca de la mansión, entre paredes forradas de caoba y el olor a cuero viejo y victoria—. Esto no es un juego. El mundo real no es uno de tus resorts en las Maldivas. Te van a comer vivo.
—Ese es el punto, papá —le había respondido, mi voz más firme de lo que me sentía—. Quiero saber si puedo sobrevivir sin el apellido Garza pegado a mi frente. Quiero saber si valgo algo más que el saldo de tu cuenta bancaria.
Mi padre soltó una de sus risas secas, un sonido que siempre parecía llevar un dejo de decepción. —Vales exactamente lo que vale Grupo Imperial, ni un centavo más. Eres un producto de este entorno, hijo. Sacarte de aquí es como sacar a un pez de un acuario de lujo y tirarlo en el Río de los Remedios. No durarás ni un día.
Esa última frase fue el guante arrojado al suelo. El desafío. “No durarás ni un día”. Se convirtió en mi mantra, en el combustible que me impulsaba en este ridículo y teatral descenso a la vida de los mortales.
El piloto, un exmilitar con una mandíbula de granito, me miró por el espejo retrovisor. —¿El punto de aterrizaje habitual, joven Mateo?
Negué con la cabeza, ajustando el nudo de mi corbata de seda. —No, Ricardo. Hoy vamos al edificio de enfrente. El de Génesis.
Ricardo casi se atraganta. —¿Génesis? ¿La competencia? ¿Quiere que aterrice en territorio enemigo? Señor, eso es… poco ortodoxo.
—Considera que es una visita de reconocimiento hostil —dije, tratando de sonar más seguro de lo que estaba.
Mientras el helicóptero descendía hacia el helipuerto del corporativo Génesis, un edificio funcional y sin alma comparado con la torre de cristal y acero de Grupo Imperial, sentí una oleada de pánico helado. ¿Qué carajos estaba haciendo? Renunciar temporalmente a una herencia de miles de millones de dólares para jugar al “Godínez” en la empresa rival de mi padre sonaba como el argumento de una película de comedia barata. Mis amigos, los mirreyes con los que había estado de fiesta en Tulum la semana pasada, se reirían hasta quedarse sin aire si me vieran.
Mis pies, enfundados en unos mocasines de cuero de cocodrilo que costaban más que el salario anual del piloto, tocaron el concreto áspero del helipuerto. El aire aquí se sentía diferente. Más denso, cargado con el smog de la ciudad, sin el filtro de los jardines colgantes de mi penthouse. Me quité el arnés, me ajusté el saco Brioni hecho a medida y le di una palmada en el hombro a Ricardo. —Recógeme a las seis. Y sé discreto.
Ricardo asintió, su rostro una máscara de confusión profesional. —Como ordene, joven. Que… tenga un buen día de trabajo.
La palabra “trabajo” sonó extraña, ajena. La observé rebotar en mi mente mientras la aeronave se elevaba, dejándome solo en la azotea de mi nueva y miserable realidad. Miré hacia el horizonte, donde la silueta familiar de la torre de Grupo Imperial se erguía como un dedo acusador. “No durarás ni un día”, resonó la voz de mi padre. Apreté los dientes. “Ya lo veremos”.
El viaje desde la azotea hasta el piso 17, donde se encontraba el departamento de Marketing, fue un descenso a los infiernos de la mediocridad. El elevador de servicio olía a Fabuloso y a una extraña tristeza rancia. Las paredes de los pasillos, pintadas de un beige deprimente, estaban desnudas, salvo por algún ocasional extintor. Al abrir la puerta de cristal con el logo de Génesis, me golpeó una cacofonía de sonidos y olores que asaltaron mis sentidos, acostumbrados a ambientes curados y minimalistas.
El zumbido constante de los teclados, el murmullo de docenas de conversaciones superpuestas, el timbre estridente de un teléfono que nadie parecía querer contestar. El aire estaba cargado con el aroma de café quemado, proveniente de una jarra que parecía haber vivido tiempos mejores, mezclado con el perfume floral de un aromatizante barato que luchaba una batalla perdida. Era un mar de cubículos grises, un laberinto de paneles de tela donde cada pequeño espacio personal estaba adornado con un intento desesperado de individualidad: fotos de niños chimuelos en la playa, tazas con logos de equipos de fútbol, un cactus solitario y polvoriento, un muñeco de Homero Simpson.
Una mujer de mediana edad con un peinado cardado que desafiaba la gravedad y unas gafas colgadas del cuello me guio hasta mi lugar. —Este es tu cubículo, Mateo. Bienvenido.
Mi cubículo. La palabra misma era un insulto. Era un ataúd abierto, un nicho deprimente. El espacio era tan reducido que mis rodillas chocaban contra el archivero metálico bajo el escritorio. La silla, un artefacto de tortura ergonómica de plástico negro, se tambaleaba ligeramente. Pasé una mano por la superficie del escritorio y sentí una capa pegajosa, el fantasma de incontables cafés derramados. El monitor de la computadora era un modelo antiguo, cuadrado y voluminoso, que probablemente había sido tecnología de punta cuando yo estaba en la primaria.
“¿Así que esto es ser normal?”, me pregunté, sintiendo una mezcla de horror y una extraña, casi masoquista, fascinación. Era la antítesis de todo lo que conocía. Mi “oficina” en casa era un estudio diseñado por un arquitecto de renombre, con vistas de 360 grados de la ciudad y una silla que costaba lo mismo que un coche compacto. Esto era un hoyo. Mi hoyo.
De pronto, un hombre de unos cincuenta años, bajo de estatura, con una incipiente calva que intentaba disimular peinando unos pocos cabellos largos sobre ella, se plantó frente a mí. Su camisa de poliéster estaba un poco justa en el abdomen, revelando el contorno de un desayuno generoso. Su corbata, con un patrón de pequeños rombos, estaba ligeramente torcida. Pero su sonrisa era genuina, y sus ojos, detrás de unos lentes bifocales, tenían un brillo amable y cansado.
—¡Mateo! ¡Qué bueno que llegaste! Soy el Licenciado Ramiro Jiménez, tu jefe de área. ¡Bienvenido al manicomio! —dijo con una risa bonachona que no logró ocultar las bolsas oscuras bajo sus ojos.
Me puse de pie de un salto, mi cuerpo reaccionando con el entrenamiento de años de juntas de consejo y reuniones con dignatarios. Espalda recta, hombros hacia atrás, contacto visual directo. —Licenciado Jiménez, un placer. Mateo Garza, a sus órdenes. Estoy aquí para sumar al equipo y aportar valor a la compañía.
El Licenciado parpadeó. Su sonrisa se congeló y luego se desvaneció, reemplazada por una expresión de desconcierto. Retrocedió medio paso, como si mis palabras hubieran creado una barrera invisible. Mi tono, formal y preciso, el mismo que usaba con los vicepresidentes de mi padre, había caído en este ambiente como un yunque en un estanque.
—Ah… sí, claro. Este… pues, qué bueno —tartamudeó, pasándose una mano por el cabello escaso—. Qué formalito me saliste. Aquí nos hablamos de tú, no te apures. Con que me digas Ramiro está bien.
Intenté relajarme, pero era como pedirle a una estatua de mármol que hiciera yoga. Crucé las manos a la espalda, un gesto de autoridad que mi padre me había inculcado desde niño. La mirada del Licenciado Jiménez viajó a mis manos y su nerviosismo aumentó.
—Bueno, pues… siéntate, siéntate. Te voy a pasar unos reportes para que te vayas familiarizando. Si tienes cualquier duda, me dices. O le preguntas a Cami o a cualquiera de los chavos.
Asentí con una solemnidad que claramente lo incomodó aún más. —Enterado, Licenciado. Procederé a la revisión de la documentación de inmediato.
Se alejó casi de espaldas, lanzándome miradas furtivas como si yo fuera una especie de auditor encubierto o, peor aún, el sobrino del dueño. No tenía idea de cuán cerca y a la vez cuán lejos estaba de la verdad. Mi primer día, y ya había aterrorizado a mi jefe. La misión “ser normal” estaba resultando un fracaso espectacular.
Al día siguiente, tomé una decisión estratégica: la llegada en helicóptero y paracaídas, aunque eficiente, no era sostenible para mi nueva identidad proletaria. Debía abrazar el transporte público. La idea me provocaba un escalofrío. El contacto físico, los olores, el simple hecho de estar en un espacio no controlado… era mi peor pesadilla.
Llegué a la parada del microbús en Palmas, una jungla de gente empujándose para abordar el vehículo que ya venía a reventar. El aire olía a diésel y a los tacos de canasta del vendedor de la esquina. Vi a la gente colgar de las puertas, apretujados como sardinas enlatadas. No. Imposible. Mi claustrofobia y mi misofobia estaban teniendo un ataque de pánico conjunto.
Cuando llegó el siguiente microbús, menos lleno pero aun así intimidante, tuve una epifanía. Me acerqué al conductor, un hombre con un bigote espeso y una camiseta del América. Abrí mi cartera.
—Disculpe, buen hombre —dije, tratando de sonar casual—. ¿Cuánto saca en una vuelta completa?
El hombre me miró con sospecha. —¿Y tú para qué quieres saber, güero?
Saqué un fajo de billetes de quinientos. —Le doy el doble si me lleva solo a mí hasta el metro Auditorio. Es un viaje privado.
El conductor se quedó con la boca abierta. Miró los billetes, luego a mí, luego a la gente que esperaba. Una sonrisa pícara se dibujó en su rostro. Guardó el dinero con una velocidad impresionante. —Súbale, mi patrón. Por esa lana, lo llevo hasta Acapulco si quiere. ¡Hoy no hay servicio, muévanse! —gritó a la multitud atónita.
Mientras el microbús avanzaba vacío, solo para mí, sentí una extraña mezcla de alivio y culpa. Estaba haciendo trampa. Esto no era la experiencia real. Pero mientras miraba por la ventana el caos de la ciudad que nunca me había detenido a observar —los murales de graffiti, los puestos de esquites, las familias caminando por la acera—, una parte de mí, una muy pequeña, sintió una punzada de curiosidad. Era como ver un documental de National Geographic sobre una tribu desconocida, solo que la tribu era mi propia gente.
Más tarde, ese mismo día, ocurrió el infame incidente de la máquina expendedora. Mi cerebro, sobrecargado por el esfuerzo de parecer ocupado, exigía cafeína. Localicé la máquina, un monolito metálico que ofrecía una variedad de bebidas y frituras. Mi objetivo: un café “Capuchino Clásico”. Precio: 15 pesos. Abrí mi cartera de piel de cocodrilo, un regalo de mi padre, y me enfrenté a un problema logístico. Solo tenía billetes de mil y quinientos, y una tarjeta American Express Centurion de titanio que probablemente valía más que la propia máquina.
Examiné la ranura. “Solo billetes de $20, $50 y monedas”. Intenté, absurdamente, meter la esquina de un billete de quinientos. La máquina lo escupió con un zumbido de desdén. Empecé a aporrear los botones, una frustración primigenia apoderándose de mí. ¿Cómo podía tener acceso a fondos ilimitados y ser incapaz de comprar un maldito café de 15 pesos?
Desde el otro lado de la sala, mis compañeros me observaban. Escuché fragmentos de su conversación, amplificados por la acústica de la oficina.
—Oye, ¿ya viste al nuevo? Lleva diez minutos peleándose con la máquina de café.
—Pobrecito, se ve que trae un antojo que no puede con él. Pero creo que no trae cambio.
—Alguien debería invitarlo. Se ve buena gente, aunque es medio raro. Dicen que es huérfano, que por eso es tan serio.
La palabra “huérfano” me golpeó. ¿De dónde habían sacado eso? Abrumado por la humillación de mi fracaso y la inesperada ola de compasión que sentía dirigida hacia mí, miré hacia el techo de plafones, como si pudiera atravesarlo y ver el cielo. Con un suspiro, moví los labios sin emitir sonido, en un mensaje telepático a mis padres: “Estoy bien. De verdad. Voy a lograr esto”.
Una compañera que pasaba cerca me vio y se llevó una mano al corazón. “Ay, pobrecito”, le susurró a otra. “Está hablando con sus papás en el cielo”.
La narrativa del “pobre huerfanito” se solidificó. No sabían que, en ese preciso instante, mis padres probablemente estaban en la sala de monitoreo de la mansión, viendo mi drama a través de la cámara de un dron de vigilancia de grado militar, mientras un mayordomo les servía champaña. La ironía era tan espesa que casi podía saborearla. Era más amarga que el café que no pude comprar.
La jornada laboral por fin terminó. Al salir del edificio, en medio de la estampida de Godínez que corrían hacia el metro o sus autos, vi el Mercedes Benz S-Class negro, pulcro e imponente, esperándome al otro lado de la calle. Alfonso, mi chofer, guardaespaldas y ocasional confidente, estaba de pie junto a la puerta abierta, su traje oscuro un faro de mi antigua vida en este mar de normalidad.
Justo cuando iba a cruzar la calle, una mano se posó en mi hombro. Era el Licenciado Jiménez.
—¡Mateo! ¿Ya te vas? ¿Quieres que te dé un aventón al metro? —me ofreció, con su característica amabilidad.
—Le agradezco mucho, Licenciado, pero ya vinieron por mí —dije, señalando discretamente hacia el Mercedes.
Los ojos de Jiménez siguieron mi dedo. Vio a Alfonso, un hombre corpulento y serio, haciéndome señas para que me apresurara. Vio el coche de lujo sin placas visibles. Su mente, alimentada por una dieta constante de noticieros nocturnos y películas de los Almada, conectó los puntos de una manera espectacularmente equivocada. El chico nuevo. Huérfano. Sin dinero. Un coche de lujo. Hombres sospechosos insistiéndole. ¡Blanco y en botella!
—Mateo… —dijo en voz baja, su rostro palideciendo—. Esos hombres… ¿te están molestando? ¿Les debes dinero?
—¿Qué? No, él es…
Pero ya era tarde. La vena heroica del Licenciado Jiménez había sido activada. Creyó que yo, su protegido, su nuevo empleado desvalido, estaba siendo acosado por agiotistas o, peor aún, por el crimen organizado.
Con un grito ahogado que sonó como “¡Con el niño no!”, el Licenciado Jiménez corrió hacia una jardinera que adornaba la entrada del edificio. Sin dudarlo, tomó un puñado de tierra húmeda y, con un movimiento de pitcher de béisbol amateur, se la arrojó a Alfonso directo a la cara.
Alfonso, un exmiembro de las fuerzas especiales entrenado para reaccionar ante amenazas letales, se quedó completamente paralizado. No por miedo, sino por la pura y absoluta incredulidad del ataque. ¿Tierra? ¿En su traje de Zegna?
Antes de que nadie pudiera procesar la escena, el Licenciado me agarró del brazo con una fuerza sorprendente. —¡Corre, mijo, corre! ¡No mires atrás!
Y me arrastró lejos de allí, corriendo por la acera, dejando atrás a mi chofer confundido y cubierto de lodo, y a mi dignidad, probablemente tirada en algún lugar cerca de la jardinera.
Terminamos, sin aliento y sudorosos, a varias cuadras de distancia, en un puesto callejero de lámina que anunciaba “Los Meros Meros Chilaquiles”. El olor a salsa verde hirviendo, a cebolla y a cilantro picado llenaba el aire.
El Licenciado Jiménez, aún jadeando, me dio unas palmadas en la espalda. —Tranquilo, Mateo. Aquí estás a salvo. Esos malvivientes no te encontrarán. No te apures, mijo. Yo te cuido.
Pidió dos órdenes de chilaquiles con pollo y un huevo estrellado encima. Mientras esperábamos, me miró con una profunda y sincera compasión que me hizo sentir como el peor ser humano del planeta.
—Mira, Mateo —comenzó, su tono paternal—. Sé que la vida es dura. Yo también empecé desde abajo. Llegué del pueblo a la capital sin un quinto. Viví años en un cuartito de azotea en la Doctores, comiendo pura sopa instantánea. Pero con trabajo duro y sin meterse en problemas, uno sale adelante. Ya verás. Un día tendrás tu propio depa, como yo en la Narvarte. No te dejes amedrentar por esos cabrones.
Asentí, mudo, mientras la señora del puesto nos servía dos platos humeantes que olían a gloria. Pensé en mi “pequeño” penthouse de 800 metros cuadrados, con su alberca privada y su chef personal. Pensé en mi padre y su frase “No durarás ni un día”.
Tomé el tenedor y probé el primer bocado de chilaquil. El totopo crujiente, la salsa ácida y picante, la crema fresca, el queso salado, el pollo deshebrado… fue una explosión de sabor, una revelación. Era lo más real y delicioso que había probado en años.
Y en ese instante, bajo la luz parpadeante de un foco amarillo, con el humo del comal envolviéndonos, me di cuenta de dos cosas. La primera: que estaba metido en un lío monumental, un engaño que se estaba saliendo de control. Y la segunda: que el Licenciado Jiménez, con su camisa barata y su corazón de oro, era la persona más decente que había conocido en mucho tiempo.
Era un fraude. Un impostor. Un mirrey jugando a ser pobre. Pero mientras saboreaba esos chilaquiles, una parte de mí se preguntó si, tal vez, solo tal vez, esta vida falsa y caótica tenía algo más auténtico que ofrecer que mi existencia dorada y vacía. Apenas era mi segundo día, y ya me sentía como un personaje de una tragicomedia que no había pedido escribir. Y lo peor, es que el telón apenas se estaba levantando.
Capítulo 2: La Furia de los Tacos de Tripa
La humillación de los chilaquiles y mi “rescate” heroico a manos del Licenciado Jiménez me persiguieron durante toda la tarde. Cada vez que pasaba por mi cubículo, me daba una palmadita en la espalda y me guiñaba un ojo, un gesto de complicidad que me hacía sentir como el estafador del siglo. “No te preocupes, Mateo,” me susurró en una ocasión, “si esos malandros vuelven a molestarte, este pecho no es de bodega”. Yo solo pude sonreír con la rigidez de un maniquí. Para él, yo era el pobre huérfano que casi cae en las garras de la mafia; para mí, era el millonario idiota que había logrado que su jefe le arrojara tierra a su chofer.
Esa noche, cuando Alfonso finalmente me encontró (después de una llamada telefónica muy confusa en la que tuve que asegurarle que no había sido secuestrado), sentí una determinación férrea. La experiencia con el Licenciado, a pesar de su absurdidad, había encendido algo en mí. Sus palabras sobre “empezar desde abajo” y la revelación de los chilaquiles como un manjar de los dioses me hicieron darme cuenta de que mi inmersión había sido superficial. El microbús privado, la lástima de mis compañeros… todo era un fraude. Si iba a hacer esto, tenía que hacerlo de verdad. Tenía que sumergirme en las profundidades de la vida cotidiana, sin chalecos salvavidas.
—Alfonso —dije, mientras nos deslizábamos por el tráfico nocturno de Reforma, las luces de la ciudad pintando estelas en los cristales blindados del Mercedes—. Cancela la reservación en el Pujol. Esta noche tengo otra misión.
Alfonso me miró por el espejo retrovisor, su rostro impasible, pero vi un ligero tic en su ceja. —¿Otra misión, joven Mateo? ¿Puedo preguntar el objetivo?
—”Operación Taco”. Llévame a un lugar… auténtico. Donde coma la gente de verdad. Quiero el epicentro de la cultura del taco. Sin reservaciones, sin filtros, sin tonterías.
Alfonso procesó la orden en silencio. Durante años, sus directivas habían sido encontrar los lugares más exclusivos, seguros y estériles. Esta petición era el equivalente a pedirle que navegara en contra de su propia programación.
—Entendido, joven. Hay una zona en la colonia Roma. Es… vibrante. Y la oferta gastronómica a nivel de calle es… prolífica. ¿Está seguro?
—Nunca he estado más seguro de algo en mi vida —mentí.
Terminamos en una esquina bulliciosa de la Roma Norte. El aire era una mezcla embriagadora de aromas que mi nariz, acostumbrada a los difusores de esencias de Jo Malone, apenas podía procesar. El olor dulce y especiado de la carne al pastor girando en su trompo, el chisporroteo grasoso del suadero y la longaniza en una plancha gigante y cóncava, el aroma fresco y penetrante del cilantro y la cebolla recién picados, y el toque ácido de la piña. Era una sinfonía olfativa.
El puesto era una obra maestra de la ingeniería improvisada. Una estructura de metal con una lona azul, iluminada por la luz blanca y cruda de un par de tubos fluorescentes. Unas cuantas sillas altas de plástico y una barra metálica servían de comedor. Detrás de la plancha, un hombre robusto, con un mandil que había absorbido la historia de miles de tacos, se movía con la gracia de un bailarín. Era el maestro taquero. El “Maestro”.
—Alfonso, espérame en el coche. Y por favor, no compres el puesto entero esta vez. Quiero hacerlo yo mismo.
Alfonso asintió, aunque su postura rígida delataba su desaprobación. “Estaré vigilando, joven. Cualquier señal y entro”.
Me acerqué a la barra, sintiéndome como un antropólogo descubriendo una nueva civilización. No había menú. La gente simplemente gritaba sus órdenes. “¿Dos de suadero con todo, jefe!”. “¿Me da tres de campechanos para llevar?”. Era un lenguaje que no entendía.
—Buenas noches —dije, tratando de sonar casual—. Quisiera… eh… ¿qué me recomienda?
El taquero, sin dejar de picar un trozo de bistec con dos cuchillos a una velocidad vertiginosa, me miró de reojo. —¿Primera vez, güero? Échale sin miedo. Todo está bueno. El suadero es la especialidad de la casa.
—Perfecto. Deme dos de suadero, por favor.
—¿Con todo?
La pregunta me descolocó. ¿Con todo qué? Vi que a un lado de la plancha había dos recipientes gigantes con cilantro picado y cebolla blanca. La gente metía la mano en un salero gigante. Había al menos cinco tipos de salsas en tazones de plástico, desde un verde cremoso hasta un rojo oscuro que parecía lava. Mi mente, programada con un pánico a los gérmenes, entró en alerta máxima. ¿Cuántas manos habrían tocado esa cebolla? ¿Esas salsas estarían a la temperatura adecuada para evitar la proliferación bacteriana?
—Sin… sin todo, por favor. Solo la carne —dije, sintiendo las miradas de los otros comensales. El silencio que siguió fue breve pero pesado. Había cometido un sacrilegio.
El taquero, a quien escuché que llamaban Don Beto, suspiró y me sirvió dos tacos con solo la carne sobre las pequeñas tortillas de maíz calientes. Me los pasó en un plato de plástico cubierto con una delgada bolsa de plástico, otro detalle fascinante de eficiencia e higiene a su manera. Pagué con un billete de cincuenta y me dio el cambio exacto.
Me senté en uno de los taburetes, sintiéndome observado. El primer taco lo comí así, solo carne. Estaba bueno. La carne era suave, ligeramente dorada en los bordes. Pero sentía que me estaba perdiendo de algo. Vi a un hombre a mi lado cargar su taco con una generosa cucharada de salsa roja. Le dio una mordida y cerró los ojos con placer.
“Al diablo”, pensé. “Operación Taco”.
Me levanté y, con la audacia de un explorador, tomé una pizca de cebolla y cilantro y la esparcí sobre mi segundo taco. Luego, con cautela, puse una gotita de la salsa verde. Lo llevé a mi boca.
Y entonces, sucedió.
Fue una explosión. Una revelación. No era solo comida. Era una experiencia multisensorial. La suavidad de la tortilla de maíz, calentada en la misma grasa de la carne. La textura del suadero, tierno y a la vez crujiente en los bordes. La frescura explosiva de la cebolla y el cilantro crudos. Y la salsa… ¡la salsa! Un picor amable, cremoso, con un toque de acidez de tomatillo y un dejo de ajo. Todo junto era una armonía perfecta, una sinfonía de sabores y texturas que bailaba en mi paladar. Era infinitamente más complejo y satisfactorio que cualquier plato deconstruido de espuma de betabel con aire de tomillo que hubiera probado en mi vida.
Terminé el taco en dos mordidas y de inmediato pedí tres más. “¡Con todo!”, exclamé, esta vez con la confianza de un iniciado. Don Beto sonrió, un gesto de aprobación que sentí como una medalla de honor.
Mientras devoraba mi segunda ronda, mi cerebro de empresario se activó. Me acerqué a Don Beto.
—Maestro —le dije, mi boca aún llena de gloria—, esto es increíble. ¿Cuál es su modelo de negocio? ¿Tiene alguna estrategia de marketing? ¿Ha pensado en franquiciar? El potencial de escalabilidad es enorme.
Don Beto dejó de cortar carne y me miró, esta vez con genuina curiosidad, como si yo fuera una especie exótica. Se secó el sudor de la frente con el dorso del brazo.
—¿Escala… qué? —rio, mostrando un diente de oro que brilló bajo la luz fluorescente—. Mire, jefe, aquí no hay secretos. La receta es fácil: se levanta uno a las cuatro de la mañana para ir al rastro a escoger la mejor carne. Se pasa uno todo el día picando verdura y preparando las salsas. Se para uno aquí doce horas, llueva o truene. Y le pone uno ganas, porque esto no es nomás vender tacos, es darle de comer a la gente, ¿me entiende? El único secreto es la chinga que uno se mete. Y el sazón, ese lo da Dios y el corazón.
Me quedé sin palabras. Su “plan de negocios” era la antítesis de todo lo que me habían enseñado en la escuela de negocios de Harvard. Era simple. Era honesto. Era… real. Estaba a punto de preguntarle sobre su cadena de suministro cuando el universo decidió que mi lección de humildad aún no había terminado.
Primero fue el sonido: el chirrido de llantas de un taxi frenando bruscamente, seguido de una puerta azotándose y una voz femenina gritando una serie de insultos creativos que habrían hecho sonrojar a un marinero. El ambiente relajado del puesto de tacos se tensó. Don Beto suspiró. “Ay, ya empezó el show”.
Y entonces la vi.
Irrumpió en la pequeña área del puesto como un huracán categoría cinco. Era un torbellino de energía caótica y belleza salvaje. Llevaba un vestido negro que en algún momento de la noche debió ser elegante, pero ahora estaba ligeramente arrugado. Su cabello negro, largo y espeso, estaba alborotado, como si hubiera estado en una pelea con el viento. Su maquillaje estaba corrido, el delineador oscuro creando sombras dramáticas bajo unos ojos que, incluso inyectados en sangre, ardían con una intensidad feroz. Estaba, sin lugar a dudas, espectacularmente borracha.
Alfonso, que debió sentir la perturbación en la fuerza desde el otro lado de la calle, apareció a mi lado en un instante. Se interpuso entre la mujer y la barra.
—Disculpe, señorita, pero el lugar está reservado. Le pido por favor que se retire.
Ella lo enfocó con dificultad, balanceándose sobre unos tacones que parecían armas letales. Una risa ronca escapó de sus labios. —¿Reservado? ¿Qué es esto, el Maxims de París? ¡Quítate de mi camino, gorila de aparador! ¡Quiero tacos!
Y con una velocidad y fuerza que desmentían su estado, lo empujó. Alfonso, un hombre de casi dos metros de altura y cien kilos de músculo entrenado, no estaba preparado para la embestida. Tropezó hacia atrás, más por la sorpresa que por la fuerza del empuje, y casi cae sobre una pareja que comía tranquilamente.
La mujer ignoró el caos que había creado y se plantó frente a mí, golpeando la barra metálica con la palma de la mano. El sonido resonó en el silencio atónito.
—¡Tú! —me señaló con un dedo acusador—. Quiero tacos de tripa. ¡Cinco! ¡Ahora!
Mi corazón empezó a martillear contra mis costillas. Mi cerebro se quedó en blanco. Miré a Don Beto en busca de ayuda, pero él simplemente levantó las manos en un gesto de “es toda tuya”.
Con la voz temblorosa, apenas un chillido, logré articular una respuesta. —Lo… lo siento mucho. Yo… eh… acabo de pedir toda la tripa que quedaba para llevar.
La mirada de la mujer se clavó en la mía. Si las miradas mataran, la mía habría sido una muerte lenta y dolorosa. El fuego en sus ojos se convirtió en un infierno. Vi en ellos la furia de mil soles, el desprecio por mi existencia privilegiada y, sobre todo, un antojo de tripa frita frustrado.
—¿Tú… pediste… toda… la tripa? —siseó cada palabra como si fuera veneno.
Antes de que pudiera responder, se abalanzó. No hacia mí, sino hacia mi pequeña mesa de plástico donde Don Beto acababa de depositar mi orden para llevar. En un acto de pánico puro, mi instinto de supervivencia, atrofiado por años de no necesitarlo, tomó el control. Hice lo único que se me ocurrió: levanté la frágil mesita redonda y la sostuve frente a mí como si fuera el escudo del Capitán América.
Ella ni siquiera se detuvo. Con un movimiento despectivo del dorso de su mano, golpeó la mesa, enviándola a volar por los aires junto con mis esperanzas de una cena tranquila. Los recipientes de salsa de mi orden volaron, y un chorro de salsa roja aterrizó en mi camisa blanca de Loro Piana, manchándola como una herida de bala.
Quedé expuesto, indefenso, con solo un taco de tripa en la mano que había logrado salvar del desastre. El aroma de la carne frita y crujiente pareció llenar el aire entre nosotros, un faro en la tormenta de su furia. Sus fosas nasales se dilataron. Su mirada se desvió de mis ojos aterrorizados al taco. Se acercó lentamente, como un depredador acechando a su presa. Su rostro quedó a centímetros del mío. Podía oler la peligrosa mezcla de tequila, perfume caro y algo más, algo salvaje e indomable.
Mi cerebro hizo un cortocircuito. Las opciones lógicas se habían agotado. La diplomacia había fallado. La defensa física era ridícula. Solo quedaba una opción, la más primitiva, la más absurda: el apaciguamiento. El sacrificio.
Con un movimiento tembloroso, un gesto que se sintió a la vez como una rendición y una ofrenda a una diosa enfurecida, levanté el taco y se lo metí directamente en la boca.
El mundo se detuvo.
Sus ojos se abrieron de par en par por la sorpresa. Sus labios, instintivamente, se cerraron alrededor del taco. Por un instante, pensé que me arrancaría la mano de una mordida. Pero no lo hizo. Se quedó quieta, y luego, lentamente, comenzó a masticar.
Un cambio increíble ocurrió en su rostro. La furia se disolvió. La tensión abandonó sus hombros. Sus ojos se cerraron a medias, y un gemido de puro y absoluto placer escapó de su garganta. Masticaba con una concentración casi religiosa, saboreando cada pedazo de la tripa crujiente, cada nota de la tortilla grasosa. El huracán se había calmado, aplacado por una ofrenda de 15 pesos.
Tragó, soltó un pequeño suspiro de satisfacción que fue extrañamente íntimo, y abrió los ojos. Me miró, y por primera vez, no vi furia, sino algo más, algo que no pude descifrar. Luego, para mi total y absoluto asombro, hizo algo que me dejó helado. Se inclinó ligeramente, un gesto torpe pero inconfundible de gratitud, casi una reverencia.
—Gracias —murmuró, su voz ahora un susurro ronco.
Y con eso, se dio la vuelta, se tambaleó un poco, y desapareció en la noche de la Ciudad de México con la misma rapidez con la que había llegado, dejando tras de sí un rastro de caos, una mesa rota y mi corazón latiendo a un ritmo de taquicardia.
Me quedé allí, de pie en medio de la acera, cubierto de salsa, con la mano aún extendida, temblando de pies a cabeza. Alfonso estaba a mi lado, con una expresión que era una mezcla de horror y un respeto a regañadientes por la mujer. Don Beto simplemente negaba con la cabeza, riendo por lo bajo.
—No se agüite, jefe —dijo el taquero, pasándome una servilleta—. La señorita Cami es clienta. Es buena niña, nomás que a veces se le cruzan los cables.
¿Cami? ¿Camila? El nombre flotó en mi mente. Acababa de sobrevivir a un encuentro cercano con una fuerza de la naturaleza. Había sido aterrorizado, humillado y manchado. Y sin embargo, mientras miraba la mancha de salsa en mi camisa, una emoción inesperada burbujeó en mi pecho, eclipsando el pánico y la adrenalina. Era una fascinación peligrosa. Una curiosidad insana.
Mi misión de “ser normal” me había llevado a un territorio completamente desconocido. Mi mundo perfectamente ordenado, de horarios precisos y emociones controladas, acababa de ser violentamente sacudido por una mujer borracha y un taco de tripa. Y por alguna razón retorcida, no podía esperar a ver qué pasaría después. Mi aventura como Godínez acababa de encontrar a su protagonista. Y tenía la terrible sensación de que yo era solo un personaje secundario en su arrolladora historia.
Capítulo 3: La Deuda y el Diluvio de Salsa Valentina
La mañana siguiente en Génesis fue como caminar a través de un campo minado emocional que solo yo podía ver. Llegué a la oficina con una extraña mezcla de pavor y una morbosa anticipación. Cada vez que la puerta de cristal se abría, mi cabeza giraba con la velocidad de un radar, buscando un torbellino de cabello negro y ojos desafiantes. La oficina, que apenas 24 horas antes me parecía un purgatorio de mediocridad, ahora se sentía como el escenario de un thriller psicológico. El zumbido de los teclados sonaba como el tic-tac de una bomba de tiempo. El olor a café quemado me recordaba el aroma del suadero y la inminente catástrofe de la noche anterior.
La vi. Estaba de espaldas a mí, frente a la cafetera, esperando a que terminara de gotear su dosis matutina de cafeína. Llevaba unos sencillos jeans y una blusa blanca, su cabello recogido en una coleta alta y apretada que le daba un aire de eficiencia y control que contradecía violentamente la imagen del huracán alcoholizado que había grabado en mi memoria. Por un momento, me permití la fantasía de que había soñado todo. Que la mujer de los tacos y esta profesional concentrada eran dos personas diferentes.
Mientras tanto, en la mente de Camila, se libraba una batalla campal. La cruda era monumental. No solo física —un martillo neumático taladrando su cráneo y un sabor a desierto en la boca—, sino moral. Los recuerdos de la noche anterior eran flashes borrosos y humillantes. Un taxi. Un puesto de tacos. Un hombre. ¡Un hombre con cara de niño bonito y ropa de millonario! Recordaba haber gritado por tacos de tripa. Recordaba haber empujado a alguien… o algo. Y luego, un vacío, seguido por la sensación celestial de la tripa frita en su boca. ¿Se lo había robado? ¿Lo había besado? La laguna mental era aterradora.
“Trágame tierra y escúpeme en la cama”, rogó internamente mientras el café terminaba de caer. Su plan para el día era simple: mantener un perfil bajo, beber litros de agua, y rezar para que el tipo guapo de los tacos fuera una alucinación producto del tequila barato.
Justo cuando tomó su taza, se dio la vuelta y chocó conmigo. Estaba parado justo detrás de ella, sin saber cómo abordar la situación. El café caliente se derramó sobre su mano y un poco sobre mi impecable pantalón de lino.
—¡Ay, perdón! ¡Fíjate por dónde…! —empezó a decir ella, lista para la confrontación, pero al levantar la vista, su rostro se transformó. El color desapareció de sus mejillas. Era él. El hombre-taco. El príncipe del suadero. El terror se reflejó en sus ojos—. Tú —fue lo único que pudo susurrar.
—Tú —respondí, igualmente inepto.
El pánico se apoderó de ella. —Lo siento, tengo… tengo una llamada urgente —balbuceó, y prácticamente huyó, dejando su taza de café abandonada en la barra.
La vi correr hacia su cubículo y esconderse detrás de su monitor como un avestruz. La confirmación fue un golpe en el estómago. Me reconoció. El juego había comenzado, y yo no tenía ni la menor idea de las reglas.
Pasé las siguientes horas debatiendo internamente la estrategia a seguir. ¿Cómo procedería una persona “normal”? Opción A: Ignorarlo. Pretender que nada pasó. Pero eso no cuadraba con el daño a mi camisa de Loro Piana y, más importante, a mi ego. Opción B: Hablar con ella directamente. Acercarme y decir: “Oye, sobre anoche…”. Pero la sola idea de la confrontación, la imprevisibilidad de su reacción, me provocaba ansiedad. Podía gritar, llorar, o peor, reírse de mí. No, necesitaba un método más controlado. Más estructurado.
Y entonces, mi cerebro de empresario, programado para resolver problemas con contratos y cláusulas, tuvo la idea más brillante y a la vez más estúpida de mi vida. Llamé a mi asistente personal.
—Sofía, necesito que redactes una carta —dije en voz baja, escondido en un cuarto de servicio—. Es una notificación de daños y perjuicios. Destinataria: Camila Solís. Ítem uno: Una mesa de plástico, propiedad de Tacos ‘Don Beto’, valor estimado, quinientos pesos. Ítem dos: Cinco órdenes de tacos de tripa para llevar, milagrosamente salvados, pero emocionalmente comprometidos, setenta y cinco pesos. Ítem tres: Limpieza especializada de una camisa de lino italiana manchada con salsa roja de procedencia desconocida, tres mil quinientos pesos. Ítem cuatro: Angustia mental y trauma emocional derivados de un ataque no provocado… ponle un valor simbólico, digamos, diez mil pesos. Total: catorce mil setenta y cinco pesos. Envíamela en un PDF a mi correo encriptado, formato oficial de Grupo Imperial.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. —Señor… ¿está bien? ¿Quiere que envíe al equipo de seguridad?
—Solo hazlo, Sofía. Es… un experimento social.
Una hora después, con el documento impreso en papel membretado que Alfonso me trajo discretamente, me dirigí al cubículo de Camila. Su espacio era un caos organizado. Post-its de colores pegados por todas partes, una pequeña maceta con una suculenta que parecía luchar por su vida, y una foto enmarcada de ella con una mujer mayor, ambas sonriendo ampliamente. Había una humanidad en su desorden que contrastaba dolorosamente con la esterilidad de mi vida.
Le tendí el sobre. —¿Camila Solís? —pregunté, con una formalidad ridícula.
Ella levantó la vista, sus ojos llenos de aprensión. Vio el sobre, el logo sutil pero inconfundible en la esquina. Su rostro palideció aún más. Probablemente pensó que era una carta de despido de Recursos Humanos. Lo tomó con manos temblorosas.
—¿Qué es esto? —susurró.
—Una notificación —respondí, sintiéndome como el villano de una película.
Rompió el sobre y desdobló la hoja. Sus ojos recorrieron el lenguaje legalista. Vi cómo se movían rápidamente, deteniéndose en las cifras. Su boca se abrió ligeramente. Luego volvió a leerlo, como si no pudiera creer lo que veía. La vi detenerse en la línea “Angustia mental y trauma emocional”. Una risa incrédula, casi un sollozo, escapó de sus labios. Y entonces, sus hombros comenzaron a temblar. Una lágrima, luego otra, rodaron por sus mejillas y cayeron sobre el papel, corriendo la tinta del total.
—Catorce mil… —susurró, su voz rota—. ¿Catorce mil pesos por unos tacos y una camisa? ¿Estás loco?
Las lágrimas ahora fluían libremente, una mezcla de rabia, humillación y pura desesperación. —No tengo ese dinero. ¿Crees que si tuviera catorce mil pesos andaría comiendo en puestos callejeros y aguantando este trabajo de mierda? Apenas me alcanza para la renta y para mandarle a mi abuela en el pueblo.
Se cubrió el rostro con las manos y sollozó, un sonido desgarrador que atrajo las miradas curiosas de los cubículos cercanos. Me sentí como el ser más despreciable del planeta. Mi “experimento social” se había convertido en un acto de crueldad.
—Oye, yo… —empecé a decir, listo para retractarme, para romper el estúpido papel y decirle que era una broma.
Pero antes de que pudiera, ella levantó la cabeza. El fuego había vuelto a sus ojos, apagando las lágrimas. Se secó la cara con un gesto brusco y me miró con un desafío que me hizo retroceder.
—Te lo voy a pagar —dijo, su voz baja y temblando de furia—. Cada maldito centavo. No sé cómo, pero lo haré. No quiero deberle nada a un imbécil como tú.
Se puso de pie, su silla rechinando en protesta. —Si quieres, puedo limpiar tu casa. Puedo pasear a tu perro. Puedo ser tu esclava personal los fines de semana. Pero te juro que saldaré mi deuda. No dejaré que nadie, y menos un niño rico y mimado, piense que puede humillarme.
La oferta me tomó por sorpresa. Era a la vez una súplica y un reto. Mi cerebro, incapaz de procesar la complejidad de la emoción humana real, se aferró a la lógica transaccional. Deuda por servicio. Tenía sentido. Era un contrato verbal.
—De acuerdo —dije, mi voz sonando extrañamente distante—. Acepto tu propuesta. Empiezas el sábado. Te enviaré la dirección.
El viaje en el Mercedes hacia mi penthouse fue el silencio más ruidoso que he experimentado. Camila estaba sentada lo más lejos posible de mí, pegada a la puerta, mirando por la ventana las calles de Polanco con una expresión de resentimiento. No dejaba de mirar el interior del coche: la tapicería de cuero cosida a mano, la madera pulida, el sistema de sonido Burmester. Podía ver las piezas encajando en su mente, la disonancia cognitiva en pleno apogeo.
“Bonito coche para un Godínez”, dijo finalmente, su voz cargada de sarcasmo.
“Es de la empresa”, mentí torpemente.
Llegamos al edificio, una torre de diseño vanguardista en el corazón de la zona más exclusiva de la ciudad. El portero me saludó con un “Buenas tardes, joven Garza”, que ignoré olímpicamente. Entramos al elevador privado que se abría directamente en mi apartamento. Mientras subíamos en silencio, sentí una gota de sudor frío recorrer mi espalda.
Las puertas del elevador se abrieron, revelando el vestíbulo de mi “humilde morada”. Y entonces, vi su rostro. La mandíbula le cayó, literalmente. Sus ojos se abrieron como platos, recorriendo el espacio con una incredulidad casi cómica. El salón de doble altura, las paredes de cristal que ofrecían una vista panorámica del Bosque de Chapultepec, el suelo de mármol de Carrara, la escalera flotante de cristal y acero. Su mirada se posó en el cuadro que dominaba la pared principal, un Tamayo original que mi padre me había regalado por mi cumpleaños.
—No manches… —susurró, las palabras apenas audibles. Caminó lentamente hacia el centro de la habitación, girando sobre sí misma como si estuviera en un museo. Pasó una mano por el aire, como si intentara tocar la enormidad del lugar—. Dijiste… dijiste que vivías en un lugar pequeño.
Tragué saliva, buscando una respuesta que no sonara completamente ridícula. Y entonces, con la sinceridad más absoluta y desconectada de la realidad que he poseído jamás, le respondí:
—Para mí, lo es. El de mi padre es el doble de grande.
La expresión de su rostro cambió de la conmoción al más puro y absoluto desprecio. Me miró como si yo fuera un insecto exótico y particularmente repugnante. Estaba a punto de decir algo, probablemente un insulto que me habría dejado marcado de por vida, cuando el timbre del elevador privado sonó de nuevo.
Mierda. Había olvidado que mi madre dijo que “quizás pasaría a saludar”.
Las puertas se abrieron y de ellas emergió Matilda Garza, mi madre. Era una fuerza de la naturaleza por derecho propio, pero de una especie completamente diferente a la de Camila. Matilda era un huracán de alta sociedad, envuelta en un vestido de Chanel, con un collar de perlas del tamaño de uvas y una nube de perfume Carnal Flower que anunció su llegada antes que ella.
—¡Mateíto, querido! —canturreó, extendiendo los brazos para un abrazo que sabía que debía evitar si no quería manchar su ropa con mi existencia de clase trabajadora.
Su sonrisa se congeló cuando me vio. Y luego, su mirada se desvió más allá de mí, hacia la figura de Camila, que estaba parada en medio de mi sala con un plumero improvisado en la mano (había arrancado una rama decorativa de un jarrón). Mi madre, cuyo radar para detectar “amenazas al patrimonio familiar” estaba siempre encendido al máximo, procesó la escena en un nanosegundo: su hijo rebelde, una chica desconocida de aspecto modesto, en su penthouse. La ecuación solo tenía un resultado posible.
—Mateo, ¿quién es esta? —preguntó, su voz bajando varios grados, el tono dulce reemplazado por un acero helado. Su mirada recorrió a Camila de pies a cabeza, y la palabra que no dijo, pero que gritó con cada fibra de su ser, fue arribista.
—Mamá, ella es Camila. Es una… compañera.
—¿Compañera? —repitió mi madre con desdén—. ¿Y qué hace aquí, de rodillas, limpiando tus pisos? ¿Es por ella? ¿Es por esta… esta oportunista que dejaste tu casa y tu posición?
Antes de que pudiera formular una respuesta coherente, mi madre hizo algo que solo había visto en telenovelas. Caminó hacia la barra, tomó una botella de agua Fiji que estaba a la mitad, y con un movimiento rápido y certero, le arrojó el contenido a Camila.
Pero Camila no era una damisela en apuros. Con unos reflejos que habrían enorgullecido a un torero, se movió a un lado. El agua, en lugar de empaparla, se estrelló contra el reluciente suelo de mármol italiano, formando un charco considerable.
Un pánico visceral se apoderó de mí. Pero no por Camila.
—¡EL MÁRMOL! —grité, corriendo hacia la cocina en busca de un paño de microfibra—. ¡Se va a manchar! ¡Es de Carrara! ¡Es poroso!
Mi madre y Camila se quedaron mirándome, ambas con expresiones de absoluta incredulidad, unidas por un momento en su asombro ante mi estupidez.
—¿Te preocupa más el maldito piso que el hecho de que acabo de ser atacada? —gritó Camila.
Mi madre, enfurecida por mi extraña escala de prioridades, redobló su ataque. —¡Veo que no te importan las buenas costumbres! —le espetó a Camila—. ¡Quizás entiendas un lenguaje más… popular! ¡ALFONSO! —gritó hacia el vestíbulo del elevador, sabiendo que él estaría escuchando—. ¡Sube la salsa Valentina que traemos en el coche! ¡La de la etiqueta negra! ¡Vamos a ver si a esta señorita le gusta que la sazonen!
La imagen mental de mi madre, en su traje de Chanel, persiguiendo a Camila por mi sala de estar, blandiendo una botella de salsa picante, fue tan surrealista que mi cerebro finalmente se reinició. Me interpuse entre las dos mujeres, con los brazos extendidos, más para proteger mi decoración que a Camila, si he de ser honesto.
—¡Mamá, basta! ¡Esto es ridículo!
Camila, detrás de mí, me miró por encima del hombro. Por un fugaz instante, vi un destello de gratitud en sus ojos. —¿Gracias? —susurró, confundida.
—De nada —respondí, mientras le hacía señas desesperadas a Alfonso para que no subiera—. El olor a vinagre de esa salsa es casi imposible de quitar del mármol. Tarda semanas en irse.
La gratitud en el rostro de Camila se transformó en una mueca de asco. Mi madre, al ver que su amenaza no había surtido efecto, cambió de táctica. Abrió su bolso Hermès y sacó un fajo de billetes de quinientos pesos tan grueso como una novela. Lo arrojó sobre la mesa de centro de cristal.
—Toma —dijo, con un desprecio gélido—. Lárgate. Cómprate algo bonito y no vuelvas a buscar a mi hijo. Todos tienen un precio. Dime cuál es el tuyo.
Camila miró el dinero. Una cantidad que probablemente podría cambiar su vida. Luego me miró a mí, y después a mi madre. Vi la lucha en su interior. La necesidad contra el orgullo. Y el orgullo ganó. Enderezó la espalda y, con una dignidad que me dejó sin aliento, dijo:
—No quiero su dinero. No soy una prostituta.
Desesperado por detener el cataclismo, finalmente grité la verdad, o al menos una parte. —¡Mamá, por el amor de Dios, ella no es mi novia! ¡La traje aquí porque me debe dinero!
El silencio que cayó en la habitación fue absoluto. La expresión de mi madre pasó de la furia a un horror aún mayor. —¿Le estás cobrando? —susurró, como si acabara de confesar un asesinato—. Mateo Garza, ¿estás explotando a esta pobre muchacha? ¿Así es como piensas dirigir el imperio que tu padre construyó? ¿Abusando de la clase trabajadora? ¿Qué no lees los periódicos? ¡La gente como nosotros ya no hace eso!
La ironía era tan monumental, tan aplastante, que casi me desmayo. Mi madre, tratando ahora de enmendar su propio comportamiento, se acercó a Camila. —Ay, perdóname, querida. No sabía. Qué vergüenza con mi hijo. ¿Estás bien? ¿Te salpicó? Toma, sécate.
Y le ofreció su pañuelo de seda. Camila lo tomó, y al desdoblarlo, vio el monograma elegantemente bordado en una esquina: “M.G.” entrelazado con el logo sutil de Grupo Imperial. Vi el momento exacto en que sus ojos lo registraron.
Mi madre, dándose cuenta de su error, le arrebató el pañuelo. —¡Ah, no, este no! Está sucio. Lo recogí del suelo.
En un intento patético por ayudar, saqué mi propio pañuelo. —Ten, mamá, usa el mío. No andes recogiendo cosas del suelo.
Se lo pasé, y Camila vio, con una claridad devastadora, el mismo monograma “M.G.” y el mismo logo.
El juego había terminado.
Mientras acompañábamos a una silenciosa y lívida Camila al elevador, mi madre, en su estado de pánico, asestó el golpe de gracia. —No te preocupes por el coche en el que viniste, nena. Es de segunda mano. Compramos tres de esos cacharros para el servicio. Son muy inseguros, por cierto.
Las puertas del elevador se cerraron, dejándome a solas con mi madre y el eco de la verdad. Camila lo sabía todo. El apellido Garza. Grupo Imperial. El penthouse. La mentira completa. La vi a través del cristal del elevador, su espalda rígida, su rostro una máscara de furia y revelación.
El huracán no había sido aplacado. Solo había estado acumulando fuerza. Y yo, Mateo Garza, estaba parado exactamente en el ojo de la tormenta.
Capítulo 4: El Contrato del Diablo
El viaje de regreso desde mi penthouse hasta la colonia Narvarte, donde vivía Camila, fue el silencio más largo y pesado de mi vida. El interior del Mercedes S-Class, usualmente mi santuario de paz y lujo, se había convertido en una cámara de tortura presurizada. El aire, normalmente perfumado sutilmente con una fragancia de cuero y bergamota, estaba ahora espeso con una tensión tan palpable que casi podía masticarse. Me atreví a mirar por el espejo retrovisor. Camila estaba hecha un ovillo contra la puerta, su cuerpo tan alejado de mí como el espacio físico lo permitía. Su rostro, iluminado intermitentemente por los faroles de la calle, era una máscara de piedra. No había lágrimas, no había gritos. Había algo mucho peor: una calma gélida, la quietud que precede a una erupción volcánica.
Yo, por mi parte, era un manojo de nervios. Mi corazón latía con una arritmia de pánico. Mi mente, usualmente un torrente de estrategias de inversión y planes de ocio, era un circuito quemado. ¿Qué podía decir? “¿Perdón por pretender ser pobre mientras en realidad soy asquerosamente rico y te humillé por una deuda insignificante?”. Sonaba insuficiente.
—Camila, yo… —empecé, mi voz sonando débil y ajena.
—Cállate —dijo ella, sin siquiera mirarme. La palabra no fue un grito, fue una astilla de hielo. Cortante y definitiva. Obedecí.
El resto del camino transcurrió en ese silencio sepulcral, roto solo por la voz sedosa del GPS anunciando las vueltas. Cuando llegamos a su calle, una vía modesta con edificios de apartamentos de cuatro o cinco pisos y árboles que luchaban por sobrevivir en sus pequeñas jardineras de concreto, detuve el coche frente a su portal.
—Llegamos —anuncié, estúpidamente.
Ella no dijo nada. Simplemente abrió la puerta, salió, y la cerró con un portazo que resonó en la noche silenciosa. Ni siquiera una mirada hacia atrás. La vi caminar con la espalda completamente recta, una columna de orgullo y furia, hasta que desapareció dentro del edificio. Me quedé allí, solo en el coche de lujo, sintiéndome más pequeño y patético que nunca. La había despojado de su dinero con mi estúpida carta, y ahora, sin querer, le había robado algo mucho más valioso: su percepción de la realidad. Había convertido su vida, su trabajo, en parte de mi farsa.
Regresé a mi penthouse. El lugar, que siempre me había parecido un símbolo de éxito y libertad, ahora se sentía como una jaula dorada, vasta y desoladoramente vacía. Los enormes ventanales ya no eran portales a una ciudad a mis pies, sino espejos que reflejaban mi propia soledad. Las palabras de mi padre volvieron a atormentarme: “Eres un producto de este entorno”. Tenía razón. Era un fraude. Un personaje en una obra que yo mismo había escrito, pero cuyo guion había perdido por completo.
Caminé hasta mi bar y me serví un whisky. Un Macallan de 25 años. Lo olí, apreciando las notas de jerez y roble, un ritual que solía reconfortarme. Pero esta noche, solo sabía a cenizas. Fui a mi estudio y vi la estúpida carta de “daños y perjuicios” sobre mi escritorio de nogal. La tomé en mis manos. “Angustia mental y trauma emocional: $10,000.00”. Sentí una oleada de vergüenza tan intensa que me quemó la cara. ¿En qué estaba pensando? Para ella, esos catorce mil pesos eran un abismo. Para mí, era menos de lo que gastaba en propinas en una noche. No solo había sido cruel, había sido vulgar.
Mientras tanto, Camila entró a su pequeño apartamento. El contraste con mi penthouse no podría haber sido más brutal. Era un espacio pequeño, pero lleno de vida. Un sofá un poco desgastado cubierto con una manta de colores vivos, una pequeña cocina impecablemente limpia, y en la pared, docenas de fotos. La mayoría eran de una mujer mayor con una sonrisa dulce y los mismos ojos oscuros que Camila: su abuela. Había fotos de Camila en ceremonias de graduación, en viajes con amigas, en una competencia de artes marciales levantando un trofeo. Era la crónica de una vida real, una vida construida con esfuerzo, no heredada.
Se quitó los zapatos y se dejó caer en el sofá. El torbellino de emociones que había mantenido a raya en el coche finalmente la golpeó. La humillación. El engaño. La ira. Se sintió como una completa idiota. El pobre huerfanito por el que había sentido lástima. El jefe que la había defendido de los “malandros”. El hombre que la había aterrorizado en la taquería. Todo era una mentira. Una broma de mal gusto jugada a su costa.
Y la rabia se encendió. No era solo por el dinero. Era por la arrogancia. La presunción de que él podía entrar en su mundo, jugar a ser uno de ellos, y luego retirarse a su torre de marfil sin consecuencias. Era el insulto final a su inteligencia, a su lucha diaria.
Lloró. Lágrimas de furia. Lloró por sentirse tan estúpida, por haber sentido compasión por él. Lloró por la injusticia de un mundo donde un tipo como él podía jugar con la vida de los demás como si fuera un videojuego.
Pero después de las lágrimas, llegó la claridad. Una claridad fría y afilada. No iba a renunciar. Eso era lo que él esperaría. No iba a exponerlo. Eso sería demasiado fácil, un escándalo de un día que él superaría con un buen equipo de relaciones públicas. No. La justicia, su justicia, sería mucho más poética.
Se levantó, se secó las lágrimas y se miró al espejo. La mujer que le devolvió la mirada ya no era una víctima. Era una guerrera. “Quieres jugar a ser un Godínez, ¿eh, niño bonito?”, se dijo en voz baja. “Perfecto. Yo te voy a enseñar cómo se juega de verdad. Bienvenido a mi mundo, Mateo Garza. Pero ahora, las reglas las pongo yo”.
El lunes en la oficina fue una obra de teatro del absurdo. El aire entre nuestros cubículos crepitaba con una electricidad no verbal. Nos evitábamos con una precisión coreografiada. Si él iba a la cafetera, yo esperaba. Si yo necesitaba ir a la impresora, esperaba a que él estuviera en una llamada. Nuestros compañeros, aunque no sabían la causa, sentían la helada.
—¿Se pelearon tú y el nuevo? —le preguntó a Camila su amiga Laura, en un susurro—. Traen una vibra rarísima.
—No sé de qué me hablas —respondió Camila, sus dedos tecleando furiosamente.
Lo peor, o lo mejor para el drama cósmico, era el Licenciado Jiménez. Totalmente ajeno a la guerra fría que se libraba en su departamento, continuaba con su papel de figura paterna. A media mañana, se acercó al cubículo de Mateo.
—¡Mateíto! ¿Cómo vas con los reportes? Oye, te veo tenso. ¿Problemas? ¿Volvieron esos malandros? —preguntó en voz baja, mirando a su alrededor con aire conspirador.
—No, no, Licenciado. Todo en orden. Solo estoy concentrado —respondió Mateo, sin levantar la vista de su monitor.
—Bueno, bueno. Oye, te quería dar un consejo, de hombre a hombre —dijo Jiménez, inclinándose—. He visto cómo miras a Cami. Es buena muchacha, ¿eh? Pero tiene carácter. A esas fieras hay que saberlas domar. Llévatela por un cafecito, invítale un pan de dulce. A las mujeres les gustan esos detalles, sobre todo cuando andan cortas de lana, ¿me entiendes?
Mateo se atragantó con su propia saliva. Pude ver desde mi cubículo cómo su rostro se ponía pálido. La ironía era tan cruel, tan perfecta, que casi me echo a reír.
—Gracias por el consejo, Licenciado. Lo tomaré en cuenta —logró decir Mateo.
La tortura continuó todo el día. Pequeños roces, miradas furtivas, la tensión creciendo hasta volverse insoportable. Sabía que no podía durar. Tenía que ser yo quien diera el primer paso. Él estaba demasiado asustado.
A las seis en punto, justo cuando la gente comenzaba a guardar sus cosas, me levanté y caminé hacia su cubículo. Me paré frente a él, cruzada de brazos.
—Tú y yo tenemos que hablar —dije, mi voz no admitía réplica—. Ahora.
Él levantó la vista, sus ojos azules llenos de pánico. Asintió sin decir palabra.
—En la azotea. En cinco minutos. No llegues tarde.
Me di la vuelta y me marché, sintiendo su mirada clavada en mi espalda.
La azotea del edificio de Génesis no era un helipuerto de lujo. Era un espacio funcional y feo, lleno de unidades de aire acondicionado, tuberías y antenas. El sol se estaba poniendo sobre la ciudad, tiñendo el cielo de tonos naranjas y morados, un telón de fondo demasiado hermoso para la fea conversación que estábamos a punto de tener.
Llegó puntual. Se acercó con cautela, como si se acercara a un animal herido y peligroso. Lo cual, en cierto modo, era cierto.
—Camila, escúchame. Lo siento. De verdad, lo siento. Fue una estupidez, un error…
—Ahórrate el discurso —lo corté en seco—. No estoy aquí para escuchar tus disculpas de manual. Estoy aquí para entender una cosa. ¿Por qué?
Se quedó en silencio, mirando el horizonte. —Quería demostrarle a mi padre… y a mí mismo… que podía lograr algo por mi cuenta. Sin el dinero, sin el apellido.
—¿Y tu plan era venir aquí, a la competencia directa de papi, mentirle a todo el mundo y humillar a la gente que gana en un mes lo que tú gastas en una camisa? —solté una risa amarga—. ¡Qué plan tan noble! ¡Qué sacrificio! Deberían darte una medalla.
Su rostro se contrajo. —No fue mi intención humillarte. La carta… fue un error monumental. Fui un imbécil.
—No —dije, acercándome a él, mi voz baja y cargada de furia—. Fuiste un cabrón. Hay una diferencia. Un imbécil comete errores. Un cabrón disfruta del poder que le da su posición para pisotear a los demás. Y tú, Mateo Garza, disfrutaste cada segundo de mi humillación. Lo vi en tus ojos.
Él no pudo sostener mi mirada. —Lo que hice estuvo mal. Déjame arreglarlo. Dime cuánto dinero quieres. Te firmaré un cheque ahora mismo. Ponle tú la cifra. Lo que sea para que esto desaparezca.
Y ahí estaba. La solución del niño rico. Dinero. Siempre dinero. La ira que había sentido se transformó en un frío desprecio. Me reí, una risa genuina esta vez, pero sin rastro de alegría.
—¿Dinero? ¿De verdad crees que esto se arregla con dinero? —Negué con la cabeza, disfrutando de su confusión—. Qué poco me conoces. Qué poco conoces de este mundo al que quieres pertenecer. No quiero tu maldita lana, mirrey.
—Entonces, ¿qué quieres? ¿Vas a exponerme?
—Podría —admití, saboreando el poder que tenía sobre él—. Podría bajar ahora mismo y contarle a todo el mundo que el “pobre huerfanito” es en realidad el heredero de Grupo Imperial. Que tu jefe, que te defiende como un padre, le arrojó tierra a tu chofer. ¡Qué oso! Serías la comidilla de la oficina por meses. Tu jueguito se acabaría.
El pánico en sus ojos era mi recompensa. Pero no era suficiente.
—Pero no lo haré —continué—. Eso es demasiado fácil. Demasiado rápido. Tú no te vas a ir de aquí. Te vas a quedar. Vas a continuar con tu “experimento social”. Pero a partir de ahora, el experimento es mío.
Dio un paso atrás. —¿De qué estás hablando?
—Estoy hablando de que tu secreto está a salvo conmigo. Nadie sabrá quién eres. Pero tiene un precio. Y no es dinero. Mi deuda de catorce mil pesos, por supuesto, está cancelada. Eso es obvio. Pero ahora, tú tienes una deuda conmigo. Una mucho más grande.
Se me quedó mirando, completamente perdido.
—Tú quieres jugar a ser un Godínez, ¿verdad? —le dije, caminando a su alrededor como un tiburón—. Pues yo te voy a enseñar. Vas a aprender lo que significa de verdad. Vas a vivirlo. Sin trampas. Sin redes de seguridad.
Establecí mis condiciones, mi voz era el contrato que lo ataría.
—Regla número uno: A partir de mañana, vienes al trabajo en metro. Todos los días. Quiero ver tu tarjeta del metro, y quiero ver que la recargues tú. Se acabaron los helicópteros y los microbuses privados. Vas a experimentar el placer de viajar apretado a las ocho de la mañana oliendo el sudor de cien extraños.
Él abrió la boca para protestar, pero la cerró de golpe.
—Regla número dos: Se acabó la comida de tus tuppers de lujo. Vas a comer lo que comemos todos. Tacos de guisado de la esquina, comida corrida del menú de cincuenta pesos, o lo que traigas de tu casa, si es que aprendes a cocinar algo más que cereal. Y olvídate de tu agua Fiji. Hay un garrafón de Bonafont en la oficina. Es gratis.
»Regla número tres: Vas a hacer tu maldito trabajo. De verdad. No más fingir que estás ocupado. Te voy a enseñar cómo se hacen los reportes, cómo se lidia con los clientes, cómo se sobrevive a una junta de tres horas sin morir de aburrimiento. Voy a ser tu supervisora, tu mentora y tu peor pesadilla. Voy a estar observando cada movimiento que hagas.
Hice una pausa, acercándome a él hasta que estuvimos cara a cara. Pude oler su colonia cara, un aroma a privilegio que pronto aprendería a odiar.
—Y la regla más importante, Mateo Garza —susurré, para que tuviera que inclinarse a escucharme—. Tu secreto está a salvo… siempre y cuando sigas mis reglas al pie de la letra. Eres mi marioneta ahora, ¿entiendes? Yo jalo los hilos. Das un paso en falso, intentas usar tu dinero, te quejas una sola vez… y te juro por la memoria de mi abuela que todo el mundo en Génesis, empezando por el Licenciado Jiménez, sabrá exactamente quién eres. Tu farsa estará bajo mi control.
Se quedó mirándome, atrapado. Podía ver la lucha en su interior: el orgullo herido, el pánico de ser descubierto, la humillación de ser sometido. Pero también vi algo más, algo que no esperaba: un destello de curiosidad, casi de admiración.
—¿Por qué? —preguntó finalmente, su voz apenas un susurro—. ¿Por qué haces esto?
—Porque alguien tiene que enseñarte una lección, niño rico —respondí, mi voz fría como el acero—. Y porque, a diferencia de ti, yo sí creo en el trabajo duro. Considera esto tu verdadera educación. Tu maestría en “Vida Real 101”. Y yo soy la rectora.
Se pasó una mano por el cabello, un gesto de derrota. Miró la ciudad, su ciudad, extendiéndose a sus pies. Pero ya no era su reino. Ahora era su jaula. Y yo tenía la llave.
—De acuerdo —dijo finalmente, su voz resignada—. Acepto tus condiciones.
Una sonrisa lenta y satisfecha se dibujó en mi rostro. —Bienvenido al mundo real, Mateo Garza. Espero que lo disfrutes. Porque no vas a poder escapar de él.
Me di la vuelta y lo dejé solo en la azotea, con el viento de la noche y el peso de nuestro nuevo contrato. El poder había cambiado de manos. El juego, su estúpido juego, ahora era mío. Y apenas estaba comenzando a divertirme.
Capítulo 5: Lección Uno: Bautismo de Fuego en la Línea Naranja
La alarma de mi Patek Philippe, un suave y melódico tintineo diseñado para despertar a los multimillonarios sin causarles estrés, sonó a las 6:00 a.m. Normalmente, este sería el inicio de una rutina tranquila: una sesión de meditación con vista al amanecer, seguida de un entrenamiento con mi coach personal y un desayuno preparado por mi chef. Pero esa mañana, el sonido fue un presagio, la campana que anunciaba el primer round de mi castigo autoimpuesto. Me levanté de la cama sintiendo una bola de plomo en el estómago. Hoy comenzaba mi verdadera vida como Godínez, y mi supervisora, mentora y verdugo personal tenía un nombre: Camila Solís.
Mi primer desafío era logístico y existencial: ¿Qué se pone uno para ir al metro? Abrí mi vestidor, un espacio del tamaño del apartamento de Camila, y me sentí completamente perdido. Mis hileras de trajes a la medida, mis camisas de algodón egipcio, mis zapatos italianos… todo parecía absurdamente fuera de lugar. La noche anterior, después de mi rendición en la azotea, había investigado en Google: “Cómo vestir para el metro de la CDMX”. Los resultados fueron alarmantes: “ropa cómoda”, “zapatos cerrados”, “evitar joyas ostentosas”, “cuidado con los carteristas”.
Por primera vez en mi vida, el lujo era una desventaja, una diana pintada en mi espalda. Guardé mi Patek Philippe en la caja fuerte, sintiéndome desnudo sin él. Elegí los jeans más discretos que tenía, una camiseta negra de algodón Pima que, aunque simple, probablemente costaba más que el sueldo semanal de Camila, y unos sneakers de diseñador que traté de ensuciar un poco frotándolos contra la alfombra para que no parecieran nuevos. Me miré al espejo. Parecía un millonario tratando de disfrazarse de persona normal. Un fracaso andante.
“Regla número uno: A partir de mañana, vienes al trabajo en metro. Todos los días. Quiero ver tu tarjeta del metro”. Las palabras de Camila resonaban en mi cabeza. El día anterior, Alfonso, mi chofer, con una expresión de profunda preocupación, me había conseguido una. Sostenía la pequeña tarjeta de plástico rojo en mi mano. Parecía tan insignificante, pero en ese momento, se sentía como un pasaporte a un mundo desconocido y hostil.
Salí de mi edificio y, por primera vez, en lugar de girar hacia la cochera, caminé hacia la avenida. La estación de metro más cercana, Polanco, estaba a unos quince minutos a pie. El aire de la mañana era fresco, pero ya estaba cargado con el rugido del tráfico. Mientras caminaba, la ciudad se sentía diferente. Sin la burbuja de cristal del coche, los sonidos eran más fuertes, los olores más intensos, la gente más real. Vi a los oficinistas apresurados, a los vendedores ambulantes montando sus puestos, a los barrenderos terminando su turno. Era un ecosistema vibrante y caótico que siempre había observado desde la distancia, como un documental. Ahora, estaba a punto de sumergirme en él.
Llegué a la entrada de la estación, una boca de concreto que parecía devorar gente. Un río humano entraba y salía. El olor característico del metro —una mezcla de ozono, metal, y algo vagamente humano y subterráneo— me golpeó de inmediato. Me acerqué a los torniquetes. Camila me había enviado un mensaje de texto. Uno solo. “Te veo del otro lado de los torniquetes de Polanco. 7:30 a.m. Un minuto tarde y el trato se rompe”. Eran las 7:28.
Pasé la tarjeta por el lector con torpeza, el torniquete se desbloqueó con un clic metálico y pasé. Allí estaba ella. Apoyada contra una pared, con los brazos cruzados, bebiendo un atole de un vaso de unicel que debió comprarle a un vendedor ambulante. Llevaba unos jeans, una chaqueta de mezclilla y una expresión de superioridad satisfecha. Parecía una generala inspeccionando a su recluta más patético.
—Garza. Llegas justo a tiempo —dijo, sin una pizca de saludo—. Déjame ver.
Extendió la mano. No entendí.
—¿El qué?
—La tarjeta. Quiero ver que no es una tarjeta especial de la realeza. Que tiene saldo.
Con torpeza, saqué la tarjeta de mi bolsillo y se la entregué. La examinó bajo la luz amarillenta de la estación, luego me la devolvió.
—Cincuenta pesos. Te durará dos días. Bien. Ahora, la verdadera prueba. Vamos a la Línea 7. Dirección El Rosario.
Empezamos a caminar por los largos pasillos subterráneos. Me sentí desorientado. El eco de los pasos, los anuncios del sistema de sonido, la gente corriendo a mi alrededor… era un asalto sensorial. Seguí a Camila como un patito sigue a su madre, temeroso de perderme en el laberinto.
Llegamos al andén. Estaba abarrotado. Una masa compacta de cuerpos esperaba frente a las líneas amarillas. Cuando el tren llegó, un estruendo de metal y aire comprimido, la masa cobró vida. Las puertas se abrieron y, antes de que la gente pudiera salir, la multitud de afuera comenzó a empujar para entrar.
—¡Es ahora o nunca, Garza! ¡Muévete! —me gritó Camila por encima del ruido.
Dudé un segundo, y fue un error. La multitud me arrolló. Me vi empujado hacia adelante por una fuerza impersonal y colectiva. Mi espacio personal, algo que siempre había dado por sentado, fue violado de mil maneras diferentes en un solo instante. Un codo en mis costillas, una mochila en mi cara, el olor a sudor y perfume barato de una mujer a mi lado, el aliento a café de un hombre detrás de mí. Estaba atrapado, un náufrago en un mar de humanidad.
Logré entrar al vagón justo cuando las puertas comenzaron a cerrarse con una alarma estridente. Quedé aplastado contra un tubo de metal. Busqué a Camila con la mirada. Estaba a un par de metros de mí, perfectamente tranquila, sosteniendo su vaso de atole con una mano y agarrándose del pasamanos superior con la otra, balanceándose con la pericia de una veterana. Me dedicó una sonrisita burlona que decía: “¿Qué tal, príncipe? ¿Disfrutando del carruaje del pueblo?”.
El viaje fue una tortura de quince minutos que se sintió como una eternidad. El tren se sacudía y rechinaba. Un vendedor se abrió paso entre la multitud gritando: “¡Hay paaaletas, la solución para este calor, llévele, llévele!”. Otro ofrecía audífonos y cargadores. A mi lado, un hombre escuchaba cumbia a todo volumen en su celular sin audífonos. Cerré los ojos, tratando de transportarme a mi sala de meditación, a mi santuario de silencio. Pero era inútil. La realidad era demasiado ruidosa, demasiado olorosa, demasiado… cercana.
En la estación Tacuba, donde teníamos que transbordar a la Línea 2, el caos se multiplicó. Los transbordos en el metro de la CDMX son legendarios, largos pasillos que serpentean y se llenan de gente y de vendedores. Seguí a Camila a través de un túnel donde un hombre tocaba una melancólica melodía con una flauta andina, mientras otro, a unos metros, vendía a gritos una “pomada milagrosa de peyote y marihuana para el reumatismo y el estrés”.
—No te separes, Garza. Esto es la jungla —me advirtió Camila, su primera muestra de algo que no era desprecio puro, aunque probablemente era más por conveniencia que por preocupación.
Justo cuando estábamos a punto de llegar al andén de la Línea 2, sentí un ligero empujón por detrás, y luego una mano deslizándose cerca del bolsillo de mi pantalón, donde guardaba mi cartera. Mi corazón se detuvo. ¡Un carterista! Me congelé, sin saber qué hacer. Pero antes de que pudiera reaccionar, un hombre corpulento con una gorra de los Diablos Rojos que iba a nuestro lado se dio la vuelta y le dio un manotazo al ladrón.
—¡Quieto, cabrón! ¡A robar a tu puta madre! —le espetó. El carterista, un joven flaco y nervioso, murmuró una disculpa y se perdió entre la gente.
El hombre de la gorra me miró. —Póngase vivo, mi chavo. Aquí no puede andar de pendejo. La cartera siempre en el bolsillo de adelante. Y la mano encima. ¿Es nuevo en la ciudad o qué?
—Eh… sí. Algo así. Gracias —tartamudeé, sintiéndome como un niño de cinco años.
Camila había visto toda la escena. Cuando el hombre se alejó, se giró hacia mí, sus ojos brillando con una diversión maliciosa.
—Lección número uno de supervivencia, principito: el mundo no es tu patio de juegos. Aquí, si te descuidas, te comen. ¿Entendido?
Asentí, mi cara ardiendo de humillación. No solo era un fraude, era un inútil.
El resto del viaje a la estación Zócalo transcurrió de manera similar. Cuando finalmente salimos a la superficie, a la plancha del Zócalo bañada por el sol de la mañana, me sentía como si hubiera sobrevivido a una batalla. Mi camiseta estaba arrugada, mi cabello revuelto, y olía a una extraña mezcla de atole, sudor ajeno y desesperación. Camila, en cambio, lucía impecable, como si acabara de salir de un spa.
—Bienvenido a tu nueva rutina, Garza —dijo, terminando su atole y tirando el vaso a un bote de basura—. Esto, todos los días. Ahora camina, que ya vamos tarde.
El segundo desafío del día llegó a la una de la tarde. La hora de la comida. El ritual comenzó con la pregunta sagrada: “¿Qué vamos a comer hoy?”. Un grupo se formó alrededor del cubículo del Licenciado Jiménez.
—Yo digo que vayamos a la fonda de Doña Pelos —sugirió Laura, la amiga de Camila—. El menú hoy se ve bueno. Sopa de lentejas y albóndigas al chipotle.
—¡Uf, sí! O podemos ir por unos tacos de guisado con el güero. Oí que hoy tiene chicharrón en salsa verde —añadió otro compañero.
Sentí que mi estómago se revolvía. ¿Fonda? ¿Tacos de guisado? Mi plan había sido escabullirme y pedir una ensalada César con salmón a la plancha de algún restaurante cercano a través de una aplicación.
—Oigan, ¿y si probamos ese lugar nuevo de ensaladas que abrieron en la calle Madero? Se ve saludable —sugerí, tratando de sonar casual.
El silencio fue total. Me miraron como si hubiera propuesto comer tierra.
—¿Ensaladas? —dijo el Licenciado Jiménez, con una mueca—. Eso es comida para conejos, Mateo. ¡Un hombre necesita proteína para rendir! Además, esos lugares son carísimos.
Camila, que había estado escuchando en silencio, se acercó. —Garza. Regla número dos.
Su mirada era todo lo que necesitaba. Mi intento de rebelión murió antes de nacer.
—La fonda suena… excelente —dije, forzando una sonrisa.
Diez minutos después, estaba sentado en una pequeña mesa de plástico con un mantel de hule a cuadros en “La Cocina de Doña Pelos”. El lugar era pequeño, ruidoso y estaba abarrotado. Una televisión vieja en una esquina transmitía un programa de chismes a todo volumen. Doña Pelos, una mujer robusta con un mandil floreado, gritaba las órdenes desde la cocina.
El menú del día costaba sesenta pesos. Incluía sopa, un plato fuerte a elegir entre tres opciones, arroz, frijoles, tortillas y un vaso de agua de sabor. Era una maravilla de la economía Godínez. Para mí, era un campo minado culinario.
Primero llegó la sopa de lentejas. Estaba… aceptable. Luego el plato fuerte. Pedí las albóndigas. Llegaron nadando en una salsa roja brillante, acompañadas de una montaña de arroz anaranjado y frijoles refritos. El agua era de horchata, tan dulce que casi me duelen los dientes.
Mis compañeros atacaron sus platos con un entusiasmo genuino, haciendo tacos con el arroz y las albóndigas, pidiendo más tortillas, alabando el sazón de Doña Pelos. Yo, en cambio, picoteaba mi comida con la aprensión de un inspector de salubridad. ¿De dónde vendría la carne? ¿El arroz estaría bien cocido? ¿Esa salsa no me daría una acidez mortal?
Camila, sentada frente a mí, me observaba con una sonrisa de tiburón. No decía nada, pero su mirada lo decía todo. Estaba disfrutando de mi sufrimiento.
—¿No te gusta, Mateíto? —preguntó el Licenciado Jiménez, notando mi falta de apetito—. ¡Pero si está delicioso! Es comida como la que hacía mi mamá. ¡Con sazón de hogar!
—No, no, está muy bueno —mentí—. Solo que no tengo mucha hambre.
Comí lo que pude, empujando la comida por mi garganta. No era malo, objetivamente. Era solo… real. Sin adornos. Comida hecha para llenar el estómago y seguir con el día, no para ser fotografiada y subida a Instagram. Y en esa simpleza, había una honestidad que me desarmaba. Era comida que no pretendía ser nada más que lo que era. A diferencia de mí.
El tercer y último acto de mi tortura diaria fue el trabajo en sí. De vuelta en la oficina, sintiéndome hinchado y derrotado, Camila se acercó a mi cubículo. Dejó caer una pila de papeles sobre mi escritorio con un ruido sordo.
—Tu siguiente tarea, Garza. Regla número tres: trabajo de verdad.
La miré, luego a la pila. Eran reportes de ventas impresos de diferentes regiones. Hojas de cálculo mal formateadas, algunas escritas a mano, con números y notas al margen.
—¿Qué es esto?
—Es el reporte de ventas trimestral. El Licenciado necesita un resumen consolidado para la junta de mañana por la mañana. Tu trabajo es tomar toda esta información, unificarla en una sola hoja de cálculo de Excel, analizar los datos, sacar los promedios de ventas, identificar los productos más vendidos por región y generar tres gráficos que resuman tus hallazgos.
La miré fijamente, esperando que fuera una broma. No lo era.
—Esto… esto llevará horas —protesté.
—Exacto. Bienvenido al mundo real, donde las cosas no se hacen con un chasquido de dedos. Yo solía hacer esto sola. Ahora te toca a ti. Y lo quiero en mi correo antes de que me vaya a las seis. Sin errores.
Se dio la vuelta y se fue a su cubículo, dejándome solo con mi montaña de papel y mi creciente desesperación.
Me senté y abrí Excel. Siempre había tenido asistentes, analistas de datos que me entregaban la información ya procesada y bonita en presentaciones de PowerPoint. Nunca me había enfrentado a la materia prima, al caos de los datos en bruto.
Las siguientes tres horas fueron un infierno. Luché con las fórmulas. Los números no cuadraban. Borré una columna entera por accidente. Mis dedos, acostumbrados a firmar cheques y a teclear correos cortos, se sentían torpes y lentos. La frustración crecía en mi pecho como una marea negra. Estaba sudando, mi camisa pegada a mi espalda.
A las cinco y media, estaba al borde del colapso. Tenía los datos en una hoja, pero estaban desordenados, y los gráficos que intentaba hacer parecían el dibujo de un niño. Estaba fallando. En algo tan básico, tan mundano, estaba fallando miserablemente. Apoyé la cabeza en mis manos, sintiendo el peso de mi propia incompetencia aplastándome.
De repente, una sombra se cernió sobre mí. Era Camila. Se quedó mirando mi pantalla por un largo momento. Esperaba la burla, el “te lo dije”. Pero en su lugar, escuché un suspiro, un sonido de impaciencia pura.
—Dios, eres inútil —murmuró. Se inclinó sobre mi hombro, su cercanía me tomó por sorpresa. Pude oler su champú, un aroma a manzana verde. Con una velocidad asombrosa, tomó mi mouse. Sus dedos volaron sobre mi teclado. “Selecciona todo esto. Ctrl+T para crear una tabla. Ahora ve a Insertar, Tabla Dinámica. Arrastra ‘Región’ a Filas, ‘Producto’ a Columnas y ‘Ventas’ a Valores. Listo. Ahí está tu resumen”.
Luego, con un par de clics más, creó tres gráficos impecables que se actualizarían automáticamente si los datos cambiaban. Todo en menos de treinta segundos.
Se enderezó y me miró. No había amabilidad en su rostro, solo la fría satisfacción de la superioridad.
—No te estoy ayudando —aclaró, su voz cortante—. Te estoy mostrando lo patético que es que alguien con tu supuesta educación no sepa hacer algo tan básico. Me estás haciendo perder el tiempo. No vuelvas a molestarte con algo así. Investiga. Aprende. O renuncia.
Se dio la vuelta y regresó a su escritorio.
Me quedé mirando la pantalla, mi trabajo de tres horas resuelto en treinta segundos. La humillación fue total. Pero debajo de la humillación, había algo más. Una chispa. Me había dado una herramienta. No me había dado el pescado, me había enseñado, a su manera brutal, a usar la caña de pescar.
Terminé el reporte, redactando el análisis con una nueva, aunque magullada, perspectiva. Lo envié a su correo a las 5:59 p.m.
Cuando salí de la oficina, agotado física, mental y emocionalmente, la vi esperando cerca de la salida.
—Mañana. Misma hora, misma estación —dijo, y se perdió entre la multitud que se dirigía al metro.
Caminé hacia la estación solo. Mi cuerpo dolía. Mi cabeza palpitaba. Olía a fonda y a fracaso. Pero mientras bajaba las escaleras hacia la boca del metro, una extraña sensación me invadió. Había sobrevivido. Por primera vez en mi vida, había enfrentado un día de verdaderos desafíos, por pequeños y mundanos que fueran, y no me había roto. Había sido humillado, puesto a prueba y encontrado deficiente en todos los aspectos.
Y sin embargo, mientras me preparaba para el aplastante viaje de regreso a casa, una parte de mí, una muy pequeña y masoquista parte de mí, se preguntó: ¿Cuál será la lección de mañana?
Capítulo 6: El Proyecto Fénix y la Diplomacia del Tupper
La segunda mañana de mi nueva vida comenzó con un dolor sordo en lugares que no sabía que tenía. Mi espalda, acostumbrada a sillas ergonómicas de miles de dólares y a masajes semanales, protestaba por la silla de tortura de la oficina y el viaje en metro. Mis pies, habituados a la suave piel de mocasines y al acolchado de los sneakers más caros, palpitaban después de haber caminado sobre el duro concreto de la ciudad. Desperté sintiéndome como si hubiera sido atropellado por un microbús, lo cual, considerando mi experiencia del día anterior, no estaba muy lejos de una posibilidad real.
El primer pensamiento coherente que tuve fue: “Regla número dos”. La comida. Ayer había sobrevivido a la fonda de Doña Pelos, pero la mirada de desaprobación de Camila ante mi falta de entusiasmo me decía que no podía depender de comer fuera todos los días. La verdadera cultura Godínez, según había deducido de las conversaciones de la oficina, giraba en torno a un objeto sagrado: el tupper. El humilde recipiente de plástico que transportaba las glorias de la cocina casera a los tristes confines del cubículo.
Mi misión matutina, por tanto, era prepararme un almuerzo.
Entré a mi cocina, un espacio minimalista de acero inoxidable y mármol negro que haría llorar de emoción a un chef profesional. Abrí mi refrigerador Sub-Zero, un aparato del tamaño de un armario. El interior estaba escandalosamente vacío, a excepción de unas botellas de agua Voss, un frasco de aceitunas Kalamata, un queso manchego español y un par de cervezas artesanales belgas. No había ingredientes. No había comida real. ¿Por qué la habría? Nunca cocinaba. Si tenía hambre, llamaba a mi chef o pedía de algún restaurante con estrellas Michelin.
El pánico comenzó a instalarse. ¿Qué se suponía que debía comer? Busqué en la alacena. Encontré un paquete de pan de caja artesanal, orgánico y con semillas de chía. ¡Perfecto! Un sándwich. ¿De qué? Rebusqué frenéticamente hasta que encontré, en el fondo, un solitario frasco de mermelada de higo y un paquete de jamón serrano importado.
Con la torpeza de un hombre que nunca había hecho algo más complicado que abrir una botella de vino, intenté ensamblar mi almuerzo. El pan estaba demasiado blando. El jamón serrano, tan fino, se rompía en mis manos. Unté la mermelada de higo con un cuchillo de plata. El resultado fue una creación triste y deforme. Dos rebanadas de pan aplastadas, con un trozo de jamón asomando por un lado y la mermelada escurriéndose por el otro. Lo envolví en una servilleta de tela y lo metí en una bolsa de papel. Era el sándwich más patético y caro de la historia de la humanidad.
El viaje en metro fue igual de brutal que el día anterior, pero con una diferencia: esta vez, estaba preparado. Puse mi cartera en el bolsillo delantero, mi mano firmemente sobre ella. Me pegué a la puerta, encontrando un pequeño nicho de espacio personal. Incluso logré ignorar a un hombre que vendía un dispositivo para “ahorrar gasolina” con una demostración que involucraba un encendedor y un trozo de manguera. Llegué a la estación Zócalo sintiéndome menos como una víctima y más como un veterano hastiado. Un pequeño triunfo.
Al llegar a la oficina, el ambiente era extrañamente eléctrico. El Licenciado Jiménez nos llamó a todos a la pequeña área de reuniones. Su rostro, usualmente jovial y despreocupado, mostraba una seriedad inusual.
—Equipo, tenemos una situación —comenzó, ajustándose los lentes—. Como saben, Zapaterías ‘El Buen Paso’ es uno de nuestros clientes más antiguos. Pero sus ventas han caído en picada durante el último año. Están al borde de la quiebra y están amenazando con cancelar el contrato y culparnos a nosotros por una mala estrategia de marketing.
Un murmullo recorrió el grupo. Conocía la historia de “El Buen Paso”. Eran una cadena de zapaterías tradicionales, de las que se encontraban en los centros de las ciudades de provincia, que vendían zapatos de cuero “para toda la vida”. Un dinosaurio en la era de la moda rápida y las compras en línea.
—La junta directiva nos ha dado un ultimátum —continuó Jiménez—. Quieren que les presentemos un plan de rescate. Una estrategia radical para salvarles el pellejo. Lo han llamado ‘Proyecto Fénix’. Nadie quiere tocarlo. Es un suicidio profesional.
Miró alrededor de la habitación. Todos evitaron su mirada, de repente muy interesados en sus zapatos o en las pelusas de sus suéteres. Todos, excepto yo. Mi cerebro de MBA, entrenado para ver oportunidades en las crisis, se activó. Un cambio de marca, una estrategia digital, un análisis de mercado… ¡Esto era lo mío! Esta era mi oportunidad de demostrar que no era un inútil.
Y entonces, el Licenciado Jiménez sonrió. —Pero no temo. Porque tengo un arma secreta. Tengo a mi empleada estrella, la más creativa y tenaz de todas… ¡Camila! —anunció, señalándola con un gesto teatral. Camila puso los ojos en blanco—. Y le voy a dar un refuerzo. Alguien con sangre nueva, con ganas de aprender y demostrar su valía… ¡Mateo! Ustedes dos serán el equipo Fénix. Tienen una semana para presentarme una propuesta que nos vuele la cabeza.
El silencio en la sala fue ensordecedor. Sentí una docena de miradas de lástima clavadas en mí. Me habían arrojado a los leones. Peor aún, me habían encerrado en la jaula con la leona más feroz de todas. Miré a Camila. Su rostro era una máscara de horror e indignación. La idea de trabajar conmigo, codo a codo, era claramente su peor pesadilla. Y honestamente, el sentimiento era mutuo.
Nos instalamos en una pequeña sala de juntas que olía a café rancio y a marcadores de pizarra secos. Durante diez minutos, no dijimos nada. Ella garabateaba furiosamente en un cuaderno. Yo abrí mi laptop, listo para crear una presentación impecable.
—Bien —dijo finalmente, sin levantar la vista—. Vamos a terminar con esto. ¿Ideas?
—Claro —respondí, mi confianza regresando. Estaba en mi elemento—. La solución es obvia. ‘El Buen Paso’ tiene un problema de imagen terminal. Su marca es anticuada, su público objetivo se está muriendo, literalmente. Necesitan un rebranding completo.
—¿Un rebranding? —preguntó, su tono ya cargado de escepticismo.
—Sí. Un nuevo logo, más moderno y minimalista. Un nuevo eslogan. Una campaña en redes sociales dirigida a los millennials y a la Generación Z, enfocada en la calidad artesanal y la sostenibilidad del cuero. Podemos contratar a un par de influencers de moda para que usen los zapatos. Invertir en una plataforma de e-commerce de última generación con realidad aumentada para que la gente pueda ‘probarse’ los zapatos virtualmente. Es una estrategia de reposicionamiento de marca de manual.
Mientras hablaba, me sentía como en una de mis clases de Harvard. Las ideas fluían. Estaba diseñando una estrategia multimillonaria, elegante y moderna. Cuando terminé, me recargué en mi silla, esperando su aprobación, quizás incluso una pizca de admiración.
En cambio, ella levantó la vista de su cuaderno y me miró como si me hubiera crecido una segunda cabeza. Luego, se echó a reír. No una risa pequeña y discreta. Una carcajada abierta, honesta y brutalmente burlona.
—¿De verdad? ¿Esa es tu gran idea, Garza? ¿Contratar influencers y usar ‘realidad aumentada’? —se secó una lágrima de la risa—. ¿Tienes la más remota idea de quién es nuestro cliente?
—Zapaterías ‘El Buen Paso’ —respondí, confundido.
—No. Nuestro cliente es Don Ramiro, el dueño. Un señor de setenta y cinco años que todavía usa una máquina de escribir y cree que el fax es tecnología de punta. ¿Sabes cuál es su presupuesto de marketing anual?
—No, pero podemos presentarle una proyección de inversión con un ROI atractivo…
—¡Su presupuesto es de cincuenta mil pesos! —me interrumpió—. ¡Al año! ¡Y la mitad se la gasta en calendarios con fotos de perritos que regala en Navidad! ¿Y tú quieres hablarle de influencers y realidad aumentada? ¡Te va a sacar de su oficina a escobazos!
Me quedé helado. Mi estrategia, que habría costado millones, se estrelló contra la pared de la realidad.
—No hay presupuesto para nada de lo que dijiste —continuó ella, su tono ahora serio y cortante—. No hay dinero para un nuevo logo, no hay dinero para una nueva plataforma, y ciertamente no hay dinero para pagarle a una niña bonita de Instagram para que se ponga unos zapatos que su abuelo usaría. Tu plan es una fantasía de niño rico. Es inútil.
Sentí una oleada de ira. Estaba atacando la única área en la que me sentía competente. —¡Mi plan es sólido! Es lo que haría cualquier empresa seria para modernizarse. ¡Quizás el problema es que aquí están acostumbrados a pensar en pequeño!
—¡Pensamos en la realidad, Garza! ¡Algo que tú no conoces! —replicó, poniéndose de pie—. Crees que puedes entrar aquí y aplicar tus formulitas de libro de texto. ¡Pero no tienes idea de cómo funciona el mundo real! No conoces al cliente, no conoces el mercado, ¡no conoces nada! Solo sabes gastar dinero que no es tuyo.
—¡Y tú solo sabes poner pretextos! —contraataqué, levantándome también—. ¡Tu solución es no hacer nada! ¡Dejarlos morir porque “no hay presupuesto”!
—¡Mi solución es entender el problema de raíz! —gritó—. Es ir a una de sus tiendas, hablar con los empleados, con los tres clientes que les quedan. Es averiguar por qué la gente ya no compra allí. Es encontrar una solución creativa y barata que funcione. ¡Es hacer el trabajo de verdad, no sentarse en una sala a soñar con estupideces caras!
Nos quedamos mirándonos, jadeando, la pequeña sala de juntas cargada de nuestra hostilidad mutua. Nuestro primer intento de colaboración había sido un desastre total. Éramos aceite y agua. Teoría contra práctica. Privilegio contra lucha.
—¿Sabes qué? Olvídalo —dijo ella, recogiendo sus cosas—. Voy a trabajar en esto sola. Tú sigue jugando con tus presentaciones bonitas. No me sirves para nada.
Y se fue, dejándome solo en la sala, con el eco de sus palabras y el sabor amargo de la derrota.
La hora del almuerzo llegó como un interludio no deseado en mi miseria. La oficina comenzó a llenarse del aroma de la comida calentándose en el microondas. Vi a mis compañeros reunirse en la pequeña cocineta, abriendo sus tuppers con una anticipación alegre. Se escuchaban frases como: “¿Qué te mandó tu mamá, Paco?”, “¡Huele delicioso tu tinga, Lau!”.
Yo, en cambio, saqué mi triste bolsa de papel. Desenvolví mi sándwich. El pan estaba aplastado, la mermelada había empapado una de las rebanadas, dándole una apariencia morada y lúgubre. El jamón serrano se veía seco y triste. Era la encarnación de mi fracaso matutino.
Me senté en mi cubículo, tratando de comerlo discretamente, pero el Licenciado Jiménez me vio.
—¡Ándale, Mateo! ¡A comer! ¿Qué traes ahí? —se acercó, curioso.
Antes de que pudiera esconderlo, tomó mi sándwich. Lo examinó con una expresión de perplejidad. —¿Qué es esto, hijo? ¿Pan con mermelada y… jamón? ¿Eso vas a comer? ¡Te vas a desnutrir!
La humillación era total. Mis compañeros miraban con una mezcla de lástima y diversión. Me sentí como el niño raro en el recreo al que su mamá le empacó el almuerzo equivocado.
Justo en ese momento, Camila pasó por mi cubículo en dirección a la cocineta. Vio la escena: yo, rojo de vergüenza; el Licenciado, sosteniendo mi patético sándwich como si fuera una pieza de evidencia en un crimen; y mi almuerzo, expuesto en toda su gloria fallida.
Nuestras miradas se cruzaron. Esperaba ver una sonrisa triunfante en su rostro. Pero en lugar de eso, vi algo diferente. Una vacilación. Puso los ojos en blanco, como si estuviera molesta consigo misma, y siguió de largo.
Un minuto después, regresó. Se detuvo frente a mi escritorio y, sin decir una palabra, puso un tupper sobre mi teclado. Lo abrió. El interior era un festín para los sentidos. Arroz blanco perfectamente graneado, frijoles negros refritos con un poco de queso fresco espolvoreado, y a un lado, unas rajas con crema y elote que olían a gloria.
Me quedé mirándola, confundido.
—Come —dijo, su tono era brusco, casi un regaño—. No puedes trabajar en el Proyecto Fénix si te vas a desmayar de hambre. Y si ese proyecto fracasa, nos van a colgar a los dos. No me sirves de nada si estás débil.
No era un gesto de amabilidad. Era pragmatismo puro. Era una generala asegurándose de que su tropa inútil estuviera alimentada antes de la batalla. No había calidez en su voz, pero el acto en sí… era un salvavidas.
—Pero… es tu almuerzo —tartamudeé.
—Hice de más. Siempre hago de más —mintió, y yo supe que mentía—. Ahora come antes de que me arrepienta. Tienes cinco minutos.
Tomé el tenedor de plástico que me ofreció y probé las rajas con crema. El sabor era increíble. Cremoso, ligeramente picante por el chile poblano, dulce por el elote. Era comida de verdad. Comida con alma. Comida que sabía a hogar, aunque no fuera el mío. Comí en silencio, bajo su mirada vigilante. Por primera vez ese día, no me sentía como un millonario jugando a ser pobre. Me sentía como un náufrago al que le acababan de lanzar un trozo de pan.
Cuando terminé, le devolví el tupper vacío.
—Gracias —dije, y esta vez, lo dije de verdad.
Ella solo asintió, tomó el recipiente y se fue.
Regresé a mi escritorio y miré los papeles del “Proyecto Fénix”. La pelea, la humillación del sándwich, y el extraño gesto de tregua de Camila habían cambiado algo en mí. Mi enfoque de MBA, mi teoría de libro de texto, se sentía hueco y estúpido. Ella tenía razón. No conocía al cliente, no conocía el problema. Solo estaba lanzando soluciones caras a un problema que no entendía.
“Entender el problema de raíz”, había dicho.
Y entonces, tuve una idea. Una idea que no venía de Harvard, sino de la humillación y de un plato de rajas con crema. Una idea que combinaba mi forma de pensar con la suya.
Me levanté y fui a su cubículo. Ella me vio venir, su expresión cautelosa.
—¿Qué quieres ahora, Garza?
—Tú ganas —dije, tragándome mi orgullo, que en ese momento sabía a mermelada de higo—. Mi idea es una basura. Tienes razón. No entiendo el problema.
Ella arqueó una ceja, sorprendida por mi capitulación.
—Así que quiero proponer un nuevo plan. Un plan que no cuesta un solo peso. Un plan que se basa en tu idea: ‘hacer el trabajo de verdad’ —continué, mi voz ganando confianza—. Mañana, tú y yo vamos a salir de la oficina. Vamos a ir a una de las tiendas de ‘El Buen Paso’. No como gente de marketing. Como clientes. Vamos a hablar con los vendedores, vamos a ver quién entra, vamos a sentir el lugar. Vamos a hacer investigación de campo. De la de verdad.
La observé, esperando el rechazo, la burla. Pero en lugar de eso, vi un cambio sutil en su expresión. Un destello de interés. Era la primera idea mía que no descartaba de inmediato. Era la primera vez que hablaba su idioma.
Se recargó en su silla y me estudió durante un largo momento. Era la mirada de un maestro evaluando a un estudiante que finalmente ha resuelto la primera parte de una ecuación complicada.
—¿Investigación de campo? —repitió, probando las palabras—. ¿Estás dispuesto a caminar por el centro, a sudar, a hablar con gente real?
—Soy tu marioneta, ¿recuerdas? —respondí, con una media sonrisa—. Tú jalas los hilos. Si dices que saltemos, yo pregunto qué tan alto.
Una sonrisa casi imperceptible tiró de la comisura de sus labios. Era la primera vez que me sonreía, aunque fuera una sonrisa cargada de ironía.
—De acuerdo, Garza. Mañana seremos clientes misteriosos. Pero te advierto: si te quejas del calor, del polvo, de la gente, o si intentas comprar algo, te abandono ahí mismo. ¿Entendido?
—Entendido, rectora —dije.
Regresé a mi cubículo sintiendo algo que no había sentido en mucho tiempo: una chispa de propósito. Nuestro desastroso proyecto se había convertido en algo más. Una misión. Una aventura renuente. El príncipe y la plebeya, el teórico y la práctica, saliendo al mundo real. Juntos. La lección del día había sido brutal, pero el resultado era innegable. Por primera vez, no éramos solo un millonario y su torturadora. Éramos un equipo. Un equipo muy, muy disfuncional. Y por alguna extraña razón, estaba ansioso por ver cómo fracasaríamos al día siguiente.
Capítulo 7: El Templo del Zapato Olvidado
La mañana siguiente comenzó con una extraña y novedosa sensación: rutina. La alarma de mi celular, un tono genérico y estridente que había elegido para reemplazar el suave arpegio de mi Patek Philippe, me sacó de un sueño intranquilo. Ya no me desperté con la sensación de haber sido arrollado, sino con el dolor sordo y familiar de un cuerpo que se estaba acostumbrando al abuso. El metro, la multitud, la caminata… ya no eran un shock traumático, sino una parte predecible de mi día. Me estaba adaptando. La idea era a la vez deprimente y extrañamente satisfactoria.
Mi almuerzo, sin embargo, seguía siendo un desastre. Mi intento de hacer arroz había resultado en una masa pegajosa y medio cruda. Lo puse en un tupper de cristal que encontré en mi cocina, sintiéndome como un cavernícola que acababa de descubrir el fuego y no sabía muy bien qué hacer con él. Lo escondí en el fondo de mi mochila, avergonzado de mi propia creación.
En la oficina, la tensión entre Camila y yo había cambiado. Ya no era una guerra fría de silencios hostiles. Ahora era la calma expectante antes de una misión. Una tregua forzada por un enemigo común: El Proyecto Fénix. Cuando me vio llegar, simplemente asintió con la cabeza, un gesto mínimo que decía “Hoy no hay estupideces, Garza. Hoy trabajamos”.
—¿Listo para tu excursión al mundo real? —preguntó, acercándose a mi cubículo. Su tono era burlón, pero había un matiz de seriedad en sus ojos.
—Nací listo —mentí con una confianza que no sentía.
—Ponte esto —dijo, arrojándome una gorra de béisbol de aspecto genérico—. Y quítate esa camisa. Parece que cuesta más que mi renta. Ponte una camiseta normal. Y por el amor de Dios, deja tu reloj de millonario en el cajón. Pareces un anuncio de Polanco andante. Y trae efectivo. Pesos mexicanos. No tus tarjetas de crédito de titanio.
Obedecí en silencio, cambiándome la camisa en el baño y guardando mis pertenencias de lujo. Me sentí despojado, anónimo. Era exactamente su intención.
Nuestro viaje no fue en el metro. Camila tenía otros planes para mi educación.
—Hoy vamos a tomar un microbús —anunció—. Necesitamos llegar al Centro Histórico, y es lo más directo.
Si el metro era una batalla campal, el microbús era una misión suicida. Nos paramos en una esquina y Camila le hizo la parada a un vehículo que parecía una reliquia de una guerra post-apocalíptica. Era un armatoste de metal, pintado de verde y gris, que se detuvo en seco con un chirrido que helaba la sangre. De las bocinas, a todo volumen, salía una canción de salsa que hacía vibrar el chasis.
“¡Súbale, súbale, que sí hay lugares!”, gritaba un hombre colgado de la puerta.
Nos subimos. El interior era un microcosmos de la ciudad. Asientos de vinilo rotos, calcomanías de la Virgen de Guadalupe y de luchadores pegadas en el tablero, y un letrero escrito a mano que advertía: “El chofer no tiene cambio de billetes grandes. No insista”. El conductor manejaba con una mano en el volante y la otra cobrando, dando el cambio y cambiando la estación de radio, todo mientras esquivaba el tráfico con la agilidad de un piloto de Fórmula 1.
Nos sentamos en la parte de atrás. El vehículo se sacudía violentamente con cada bache, lanzándonos de un lado a otro. Me aferré al asiento de adelante como si mi vida dependiera de ello. Camila, por supuesto, iba perfectamente relajada, mirando por la ventana como si estuviera en una limusina.
—Fascinante modelo de transporte —dije, tratando de iniciar una conversación para distraerme del pánico—. La eficiencia de la ruta parece optimizada para la velocidad más que para la comodidad del pasajero.
Camila me miró como si le estuviera hablando en arameo. —Se llama ‘ir en chinga’, Garza. Bienvenido a la Ciudad de México.
El viaje nos dejó a unas cuadras de nuestro destino. Caminamos por calles bulliciosas, llenas de tiendas, puestos ambulantes y el murmullo de miles de personas. El aire olía a fritanga, a incienso de algún local esotérico y a los escapes de los coches. Era abrumador, pero después del entrenamiento de los últimos días, mi cerebro estaba empezando a filtrar el caos, a encontrar un patrón en la locura.
Finalmente, llegamos. “Zapaterías ‘El Buen Paso'”. La tienda estaba en una calle peatonal, encajada entre una tienda de vestidos de quinceañera y una óptica con promociones de “2×1”. La fachada estaba congelada en el tiempo, probablemente en 1985. El nombre estaba pintado en letras doradas y cursivas sobre un fondo de madera barnizada, pero la pintura estaba descascarada y la madera opaca. El escaparate, en lugar de exhibir productos atractivos, estaba lleno de modelos de zapatos cubiertos por una fina capa de polvo, con los precios escritos en pequeñas tarjetas amarillentas. Un par de mocasines de hombre, un zapato de tacón bajo para dama y unas botas de trabajo. Era menos una invitación a comprar y más un mausoleo del calzado.
—Dios mío —murmuré—. Es peor de lo que imaginé.
—Cállate y actúa como un cliente normal —me siseó Camila antes de empujarme para que entrara.
Al cruzar el umbral, el tiempo retrocedió. Lo primero que me golpeó fue el olor. Un aroma rico y penetrante a cuero viejo, a betún para zapatos, a cera y a ese polvo acumulado de décadas. Era el olor de la nostalgia, el aroma de los armarios de los abuelos. No era desagradable, pero era abrumadoramente anticuado.
El interior era un templo dedicado a una religión olvidada. El suelo era de linóleo color café, desgastado en los pasillos principales. La iluminación, proveniente de largos tubos fluorescentes que parpadeaban débilmente, le daba a todo un tono pálido y enfermizo. Las paredes estaban cubiertas, desde el suelo hasta el techo, con estanterías metálicas repletas de cajas de zapatos de color naranja y marrón. No había exhibidores modernos, ni pantallas, ni música ambiental. Solo el silencio, el olor a cuero y un solitario ventilador de techo que giraba perezosamente, moviendo el aire polvoriento.
Detrás de un mostrador de madera oscura, un hombre mayor levantó la vista de su periódico. Debía tener más de setenta años. Llevaba una camisa blanca impecablemente planchada pero con el cuello ligeramente raído, y unos pantalones de vestir grises. Su cabello era blanco y escaso, peinado cuidadosamente hacia atrás. Sus ojos, detrás de unos gruesos lentes, eran amables y cansados. Parecía tan parte del mobiliario como las estanterías.
—Buenos días, jóvenes. ¿En qué les puedo servir? —dijo, su voz era suave y un poco rasposa.
Aquí fue donde vi la magia de Camila en acción. Mi instinto habría sido presentarme como representante de Génesis e iniciar un interrogatorio. Ella, en cambio, sonrió con una calidez genuina.
—Buenos días. Solo estamos mirando. Mi papá necesita unos zapatos nuevos para una boda, y me dijeron que aquí tienen los mejores.
El rostro del hombre se iluminó. El orgullo profesional brilló en sus ojos. —Está usted en el lugar correcto, señorita. Aquí no vendemos zapatos, vendemos compañeros para sus pies. Mi nombre es Aurelio, para servirles. He trabajado en esta tienda por cuarenta y cinco años. Conozco cada par de zapatos como la palma de mi mano.
Camila se apoyó en el mostrador. —¡Cuarenta y cinco años! ¡Don Aurelio! Eso es toda una vida. Debe tener unas historias increíbles.
Y así, lo enganchó. No como una investigadora de mercado, sino como una nieta curiosa. Don Aurelio, claramente falto de gente con quien hablar, se abrió como una flor. Les contó sobre el fundador de la tienda, sobre cómo la calle había cambiado, sobre las familias que habían comprado zapatos allí por generaciones.
Yo, mientras tanto, intentaba ser útil a mi manera. Comencé a caminar por los pasillos, observando el inventario. Vi los patrones. Las tallas grandes y pequeñas estaban cubiertas de polvo, señal de bajo movimiento. Los modelos eran casi idénticos: el zapato de vestir negro, el zapato de vestir café, el mocasín. No había variedad, no había moda.
Tratando de aplicar mi entrenamiento, me acerqué a Don Aurelio.
—Disculpe, Don Aurelio, una pregunta. ¿Cuál es su tasa de rotación de inventario para, digamos, los modelos de bostoniano en color negro? ¿Y podría estimarme el promedio de afluencia de clientes por hora en un día laborable?
Don Aurelio me miró con la misma confusión que si le hubiera preguntado sobre la teoría de cuerdas. —¿El promedio de qué, joven?
Sentí una patada aguda en mi espinilla. Era Camila. Me lanzó una mirada que podría haber derretido el acero.
—Lo que mi… primo quiere preguntar —intervino ella con una sonrisa forzada—, es cuáles son los zapatos que más se venden. ¿Los que la gente busca más?
—¡Ah, claro! —entendió Don Aurelio—. Pues mire, el campeón de la casa es el modelo “Trabajador”. Esta bota de aquí. Llevamos vendiéndola cincuenta años sin cambiarle ni una costura. Los señores plomeros, los electricistas, los mecánicos… vienen por ella. Les dura años. También el modelo “Oficinista”, un clásico.
Justo en ese momento, una señora mayor entró a la tienda, caminando con dificultad. —Don Aurelio, buenas tardes. Vengo a ver si ya me llegaron los zapatitos para mi juanete.
—¡Doña Elvira! ¡Claro que sí! Su pedido especial. Permítame.
Mientras Don Aurelio atendía a Doña Elvira, Camila se acercó a mí. —¿En serio? ¿’Tasa de rotación de inventario’? ¿Quieres que el pobre señor sufra un infarto? ¡Habla como un ser humano, Garza! ¡Observa! ¡Escucha!
Me sentí como un idiota. Tenía razón. Mi lenguaje corporativo era inútil aquí. Estaba tratando de medir el alma de la tienda con las herramientas equivocadas.
Durante la siguiente hora, me dediqué a observar. Vi a un hombre de unos cincuenta años entrar, pedir el modelo “Trabajador” talla ocho, pagarlo y salir en menos de cinco minutos. No miró nada más. Sabía exactamente lo que quería. Vi a Don Aurelio explicarle pacientemente a Doña Elvira cómo cuidar sus nuevos zapatos de piel suave. Noté que la mayoría de los clientes eran mayores de cincuenta años. No vi entrar a una sola persona menor de treinta.
El problema era tan claro como el agua. ‘El Buen Paso’ no vendía zapatos, vendía nostalgia. Su clientela era leal, pero se estaba extinguiendo.
Cuando la tienda se vació de nuevo, Camila reanudó su conversación con Don Aurelio.
—Se ve que le tiene mucho cariño a su trabajo, Don Aurelio.
—Es mi vida, mija —dijo, pasando un paño suave sobre el mostrador—. Pero los tiempos cambian. Los jóvenes de ahora ya no aprecian la calidad.
Y entonces, llegó el momento “eureka”. Don Aurelio tomó un zapato de vestir de hombre, un bostoniano de cuero impecable.
—Mire esto, joven —me dijo, poniéndolo en mis manos. El zapato se sentía pesado, sólido—. Esto es cuero de verdad, no plástico pintado. Y mire esta costura. —Señaló la unión entre la suela y el cuerpo del zapato—. Esto es una construcción Goodyear welt. Significa que la suela no está pegada, está cosida. ¿Sabe qué significa eso?
Negué con la cabeza.
—Significa que cuando esta suela se gaste, no tiene que tirar el zapato. Me lo trae, y yo le pongo una suela nueva. Y el zapato queda como nuevo. Y puede hacerlo una y otra vez. Este zapato, si lo cuida, le puede durar veinte, treinta años. Es una inversión. Mis clientes no compran zapatos, compran un compañero para toda la vida. Pero los chavos de ahora prefieren comprarse unos tenis de plástico de colores que se rompen en seis meses, tirarlos y comprar otros. Es la cultura de lo desechable. Y eso… eso nos está matando.
Sostuve el zapato en mis manos. Era un objeto hermoso. Sólido, honesto, hecho para durar. Pensé en mi colección de sneakers, de los cuales la mitad solo había usado una vez. Compraba por impulso, por moda, por la emoción de lo nuevo. La idea de tener un par de zapatos por veinte años me era completamente ajena.
Y de repente, lo entendí. El problema no era el producto. El producto era magnífico. El problema era la historia. Estaban tratando de vender un coche clásico en una carrera de Fórmula 1. Estaban compitiendo en el juego equivocado.
—Gracias por todo, Don Aurelio. Ha sido muy amable —dijo Camila, extendiendo la mano.
—Cuando quieran, jóvenes. Y dígale a su papá que aquí lo esperamos —respondió él, estrechando su mano con una formalidad de otra época.
Salimos de la tienda y volvimos a la luz brillante y al caos del siglo XXI. Me sentí como si hubiera salido de una máquina del tiempo. Estaba en silencio, mi mente trabajando a toda velocidad. Las palabras de Don Aurelio, la sensación del zapato en mis manos, la pasión en su voz… todo se arremolinaba en mi cabeza.
—Tienes hambre, ¿verdad? —dijo Camila, sacándome de mi trance.
Asentí. Mi sándwich de higo parecía un recuerdo lejano y vergonzoso.
Nos detuvimos en un puesto callejero que vendía tortas. Un hombre cortaba un trozo de pierna de cerdo adobada de un enorme bloque de carne. El olor era celestial.
—Dos tortas de pierna, con todo, para llevar, por favor —pidió Camila.
Nos sentamos en la banca de un parque cercano a comer. Le di una mordida a mi torta. El pan crujiente, la carne jugosa y especiada, el aguacate cremoso, los chiles en vinagre… Era una obra maestra. Comimos en un silencio cómodo por un par de minutos.
—Tenías razón —dije finalmente, rompiendo el silencio.
Ella me miró, arqueando una ceja. —¿Sobre qué, específicamente? He tenido razón sobre muchas cosas hoy.
—Sobre todo. Sobre mi plan. Sobre entender el problema. Sobre hablar con la gente.
Le di otra mordida a mi torta, las ideas finalmente encajando en mi cabeza.
—No podemos competir con las marcas de moda rápida. Es un juego perdido. No tenemos el dinero, ni la velocidad, ni la imagen. Tratar de hacer que ‘El Buen Paso’ sea “cool” para los jóvenes es un error. Sería falso.
—Exacto —dijo Camila, escuchando con atención—. Nuestro valor es la calidad, la durabilidad. Como dijo Don Aurelio.
—Entonces… no cambiamos el producto. Cambiamos la historia —dije, la emoción comenzando a crecer en mi voz—. ¡Dejamos de vender zapatos y empezamos a vender una filosofía! No vendemos un objeto. Vendemos una inversión. Vendemos artesanía. Vendemos un rechazo a la cultura de lo desechable.
Me miró, y por primera vez, vi un destello de verdadero interés en sus ojos. —¿Y cómo vendemos una “filosofía” sin presupuesto, genio?
—¡A tu manera! ¡Barato y creativo! —exclamé, sintiéndome genuinamente emocionado—. Olvídate de los influencers de moda. ¡Nuestro influencer es Don Aurelio! ¡Él es la estrella!
—¿Don Aurelio?
—¡Sí! Hacemos videos cortos para redes sociales. Con un celular, si es necesario. Videos de él trabajando, boleando un zapato, explicando la construcción Goodyear welt con esa pasión que tiene. Historias de los artesanos que hacen los zapatos. ¡Humanizamos la marca! No vendemos un producto, vendemos la historia de la gente que lo hace.
Camila se quedó pensando, masticando lentamente. Pude ver las ruedas girando en su cabeza.
—Ok, me gusta. Es auténtico. ¿Y las ventas? La gente joven no va a ir a la tienda del centro.
—¡Exacto! Así que empezamos con venta directa. Creamos una cuenta de Instagram y un catálogo en WhatsApp Business. Tomamos fotos bonitas, pero reales, de los zapatos. Y ofrecemos algo que nadie más ofrece: un “Club del Buen Paso”. Compras un par de nuestros zapatos, y te damos mantenimiento y reparaciones de por vida. Gratis. La suela se gasta, nos la envías, te la cambiamos. El cuero se raspa, te lo restauramos. No es una compra, es una membresía. Es un compromiso.
Terminé mi perorata, sin aliento, mi corazón latiendo con una emoción que no era pánico por primera vez en días. Era la emoción de una buena idea. Una idea real.
Camila se quedó mirándome, con una expresión que no pude descifrar. Luego, una sonrisa lenta, genuina y absolutamente deslumbrante se extendió por su rostro.
—Garza… —dijo, negando con la cabeza como si no pudiera creerlo—. Esa es la primera idea realmente buena que has tenido desde que te conozco.
El cumplido, viniendo de ella, se sintió como ganar un premio. Se sintió mejor que cerrar un trato de millones de dólares.
—El Proyecto Fénix —dijo ella, levantando su torta a modo de brindis—. Tal vez no sea un suicidio después de todo.
Levanté la mía y choqué su torta. —Por Don Aurelio —dije.
—Y por la construcción Goodyear welt —añadió ella, riendo.
En esa banca de parque, en medio del caos del Centro Histórico, cubiertos de migajas de telera, algo había cambiado fundamentalmente entre nosotros. Ya no éramos el príncipe y la plebeya. Ya no éramos el verdugo y la víctima. Por primera vez, éramos un equipo. Y frente a nosotros, teníamos una misión casi imposible que, por alguna razón, ahora se sentía emocionante y llena de posibilidades. La verdadera lección del día no fue sobre marketing o zapatos. Fue sobre el poder de una buena idea, y sobre el descubrimiento inesperado de que, a veces, las mentes más opuestas pueden crear algo extraordinario juntas.
Capítulo 8: El Evangelio según Don Aurelio
La mañana siguiente, al despertar, sentí algo que no había experimentado desde mis años de universitario jugando al polo: un propósito. El dolor de espalda seguía ahí, la perspectiva del metro todavía me provocaba una leve ansiedad, pero por debajo de todo eso, había una corriente subterránea de emoción. Teníamos un plan. Una idea. Y, por primera vez, no era solo mi idea o la suya. Era nuestra. La sensación era tan novedosa y extraña como la textura del arroz crudo que había intentado cocinar la noche anterior.
Mi almuerzo fue, una vez más, un monumento al fracaso culinario. Intenté hacer quesadillas. El resultado fue un trozo de queso quemado pegado a una tortilla carbonizada. Lo envolví en papel de aluminio con la resignación de un hombre que acepta su propia ineptitud. Este tupper de la vergüenza se estaba convirtiendo en un ritual diario.
El viaje en metro fue diferente. Ya no me sentía como un cordero en el matadero. Me movía con la corriente, encontraba los huecos, me aferraba a los tubos con una familiaridad resignada. Incluso cuando un grupo de músicos se subió al vagón y comenzó a tocar una versión desgarradora de “Querida” de Juan Gabriel con un acordeón, un güiro y una guitarra, no sentí pánico. Sentí… algo parecido a la vida. Era ruidoso, caótico y extrañamente conmovedor.
Encontré a Camila en la oficina, ya trabajando en su computadora. Me miró cuando llegué, y en lugar de la habitual mueca de desprecio, hubo un gesto casi imperceptible de reconocimiento. Una inclinación de cabeza que decía: “El recluta se presentó al servicio”.
—¿Desayunaste, Garza? —preguntó, su tono neutral.
—Café y una barra de granola de mi alacena —respondí.
—Necesitarás más que eso. Hoy va a ser un día largo. Tenemos que formalizar la estrategia. La junta con Don Ramiro, el dueño de ‘El Buen Paso’, es en dos días. Pero primero, tenemos que vendérsela al Licenciado Jiménez. Y él no entiende de “filosofías de marca”. Él entiende de cosas que puede ver y tocar.
Pasamos la mañana construyendo el esqueleto de nuestra presentación. Fue una danza extraña y torpe. Yo abría PowerPoint, instintivamente comenzando a diseñar diapositivas limpias y corporativas con gráficos elegantes. Ella me detenía.
—No, Garza. Menos gráficos y más corazón. Al Licenciado no le importa el ‘engagement rate’. Le importa Don Aurelio. Pon una foto de la tienda. Una grande.
Yo, con mi conocimiento de diseño y branding, creaba la estructura visual. Elegía las fuentes, organizaba el flujo de la información, creaba un esqueleto profesional. Ella, con su instinto para la gente y la realidad, ponía el alma. Escribía los textos, no con jerga de marketing, sino con palabras sencillas y poderosas. “No es un zapato, es una herencia”. “No es un cliente, es parte de la familia”.
Era frustrante. Era lento. Chocábamos en cada diapositiva. Pero lentamente, algo comenzó a tomar forma. Algo que no era ni mi visión corporativa y fría, ni su enfoque puramente emocional. Era un híbrido. Era nuestro.
A mediodía, llegó el momento de la verdad. Nos sentamos en la sala de juntas con el Licenciado Jiménez. Él nos miraba con la expresión de un padre preocupado.
—Bueno, muchachos. Sorpréndanme. ¿Qué milagro van a hacer con los cincuenta mil pesos de Don Ramiro?
Encendí el proyector. La primera diapositiva apareció en la pantalla. No era un gráfico de ventas en declive. Era una foto en primer plano de las manos de Don Aurelio, arrugadas y fuertes, sosteniendo uno de los zapatos de cuero.
—Licenciado —comencé, mi voz más firme de lo que me sentía—. El problema de ‘El Buen Paso’ no es el producto. Es la historia que cuenta.
Durante los siguientes veinte minutos, le expusimos nuestro plan. Hablé de la oportunidad de conectar con un nuevo mercado que valora la autenticidad y la sostenibilidad, un mercado harto de la moda rápida. Usé palabras como “narrativa de marca” y “capital emocional”. El Licenciado me miraba con una expresión de total confusión.
Entonces, Camila tomó la palabra. —Lo que Mateo quiere decir, Licenciado, es que la gente está cansada de la porquería desechable. Y nosotros tenemos oro puro. Tenemos a Don Aurelio. Tenemos artesanos. Tenemos zapatos que duran toda la vida.
Ella le habló de los videos. No como “contenido para redes sociales”, sino como “pequeños documentales para que la gente vea el amor que se le pone a cada zapato”. Le habló del “Club del Buen Paso”. No como una “estrategia de fidelización”, sino como “hacerle una promesa al cliente: ‘estamos contigo para siempre, como tus zapatos'”.
Poco a poco, vi cómo el rostro del Licenciado Jiménez cambiaba. La confusión dio paso al entendimiento, y luego a una sonrisa.
—¡Claro! —exclamó, golpeando la mesa—. ¡Es como cuando mi compadre Toño, que es el mejor mecánico del barrio, me explica cómo funciona el motor! ¡Uno le cree porque sabe que él sabe! ¡Don Aurelio es nuestro compadre Toño! ¡Me encanta!
Habíamos tenido éxito. Lo habíamos convencido. Pero el Licenciado, siendo el Licenciado, añadió una última nota de realismo.
—La idea es genial, muchachos. Pero necesitan el sí de dos personas clave. Primero, de Don Aurelio. Si él no quiere salir en sus “feisbuks”, no hay plan. Y segundo, de Don Ramiro, el dueño. Y ese señor es más terco que una mula. Buena suerte con eso.
Esa tarde, volvimos al Centro Histórico. Esta vez, el viaje en microbús se sintió menos como una tortura y más como un trayecto necesario. Cuando entramos en la zapatería, Don Aurelio nos recibió con una sonrisa genuina.
—¡Los jóvenes de la boda! ¿Qué se les ofrece hoy?
—Don Aurelio, venimos a proponerle algo —dijo Camila, yendo directo al grano.
Nos sentamos con él en unos viejos bancos de madera que usaban para probarse los zapatos. Y le explicamos nuestra idea. O más bien, yo intenté explicarla.
—Don Aurelio, hemos identificado en usted un activo de marca invaluable. Su autenticidad y su profundo conocimiento del producto pueden ser la piedra angular de una nueva estrategia de comunicación digital. Queremos posicionarlo como el principal embajador de la marca…
Me detuve. La mirada de Don Aurelio era un vacío total. Estaba usando de nuevo el lenguaje equivocado. Me sentí como un idiota.
Camila, como siempre, me salvó. Puso una mano sobre el brazo de Don Aurelio, un gesto de calidez y respeto.
—Don Aurelio, lo que este güero quiere decir —dijo, lanzándome una mirada de “cállate ya”—, es que ayer, cuando nos habló de los zapatos, de la construcción Goodyear welt, de cómo duran toda la vida… nos emocionó. Su pasión es contagiosa.
El rostro de Don Aurelio se suavizó.
—Y pensamos que sería una lástima que esa pasión solo la conocieran los pocos clientes que entran a la tienda. Creemos que mucha gente joven, gente que está harta de la basura que venden en las plazas comerciales, se enamoraría de estos zapatos si pudieran escucharlo a usted. Si pudieran ver el amor con el que usted habla de su trabajo.
—¿Y cómo van a hacer eso, mija?
—Queremos grabarlo. Unos videos cortos. Usted, aquí en su tienda, haciendo lo que hace todos los días: bolear un zapato, explicar cómo se repara una suela. Queremos que usted le cuente al mundo por qué ‘El Buen Paso’ es especial. No queremos que actúe. Queremos que sea usted.
Don Aurelio se quedó en silencio por un largo momento, procesando la idea. Se frotó la barbilla, su mirada perdida entre las cajas de zapatos.
—¿Yo? ¿En esos aparatos? —dijo, señalando mi celular—. Pero si yo ya estoy viejo para esas cosas. ¿Quién va a querer ver a un ropavejero como yo?
—Millones de personas —dije, esta vez encontrando las palabras correctas—. Millones de personas que buscan algo real. Usted no es un ropavejero. Usted es un maestro artesano. Y su historia merece ser contada.
Don Aurelio nos miró, a mí y luego a Camila. Vi en sus ojos una mezcla de miedo, de orgullo y de una curiosidad largamente dormida.
—Mi esposa siempre me decía que podía venderle hielo a los esquimales cuando hablaba de zapatos —dijo con una sonrisa melancólica—. Está bien. Lo haré. Si es para ayudar a que este lugar no muera, lo haré. Pero con una condición.
—La que usted diga —respondió Camila.
—Que no me hagan hacer esos bailes ridículos que hacen los chavos.
Nos echamos a reír. —Es un trato, Don Aurelio —dije, extendiendo la mano. Él la estrechó, su agarre firme y seco, el apretón de un hombre que ha trabajado con sus manos toda su vida.
Salimos de la tienda sintiéndonos victoriosos. Habíamos conseguido a nuestra estrella. El sol se estaba poniendo, y las calles del centro comenzaban a iluminarse con las luces de la noche.
—Lo hiciste bien ahí adentro, Garza —admitió Camila, mientras caminábamos—. Por un momento, casi sonaste como un ser humano.
El cumplido, aunque con su típico toque de sarcasmo, me hizo sonreír. —Aprendo del mejor, rectora.
Estábamos eufóricos. La adrenalina de la pequeña victoria nos unió en una camaradería inesperada. Decidimos no regresar a la oficina. En lugar de eso, nos metimos en una pequeña cantina tradicional, un lugar con puertas de madera abatibles y un ambiente ruidoso y alegre.
Pedimos dos cervezas. El mesero nos trajo un plato de botanas: chicharrones, guacamole y totopos.
—Por el compadre Toño —dijo Camila, levantando su tarro de cerveza.
—Por los bailes ridículos que Don Aurelio no hará —respondí, chocando mi tarro con el suyo.
Bebimos en silencio por un momento, el bullicio de la cantina envolviéndonos. Era la primera vez que estábamos juntos en un contexto social sin que hubiera una deuda, un tupper de la vergüenza o un proyecto de por medio. Era solo… nosotros.
—¿Por qué te importa tanto? —le pregunté de repente—. ‘El Buen Paso’. Podrías haber dejado que el proyecto muriera.
Ella revolvió su cerveza con el dedo, pensativa. —Mi abuelo tenía unos zapatos así. Unos bostonianos negros que usaba para las fiestas del pueblo. Decía que eran sus “zapatos de ver a Dios”. Recuerdo verlo pasar horas limpiándolos, poniéndoles grasa, sacándoles brillo. Murieron con él. Mi abuela los guardó en una caja. A veces, cuando voy al pueblo, la abro y huelen igual que la tienda de Don Aurelio. Huelen a… dignidad. A trabajo. Supongo que me enoja la idea de que ese tipo de cosas desaparezcan del mundo.
Fue la primera vez que me contaba algo verdaderamente personal. Vi una vulnerabilidad en ella que nunca había mostrado. La fiera tenía un corazón, y estaba lleno de recuerdos y de amor por su familia.
—Yo nunca tuve algo así —confesé, sorprendiéndome a mí mismo—. Nada que durara. Mi padre siempre decía que las cosas son reemplazables. Si algo se rompía, comprábamos uno nuevo, uno mejor. Ropa, coches, a veces hasta las casas. Supongo que por eso me fascinó tanto lo que dijo Don Aurelio. La idea de reparar algo en lugar de tirarlo.
Ella me miró, y su mirada no tenía rastro de burla. Tenía comprensión. En esa cantina ruidosa, con un plato de chicharrones entre nosotros, dejamos de ser el príncipe y la plebeya por un momento. Éramos solo dos personas de mundos opuestos que habían encontrado un pequeño y frágil punto en común.
La hora del almuerzo al día siguiente fue, si cabe, aún más humillante para mí. Había intentado hacer una ensalada. El resultado fue un manojo de lechuga marchita con unos trozos de jitomate mal cortados. Cuando abrí mi tupper en la cocineta, escuché una risita. Era Laura, la amiga de Camila.
—Ay, Mateo, ¿eso es para tu tortuga o para ti?
Camila, que estaba calentando su comida, vio la escena. Suspiró con exasperación, como si mi incompetencia culinaria fuera una ofensa personal. Tomó su tupper del microondas, lo abrió, sacó la mitad de su contenido y lo puso en el mío, sobre mi triste ensalada. Eran enchiladas suizas. Olían a gloria.
—Deja de intentar cocinar, Garza. Das pena ajena —me dijo, pero esta vez, su tono no era cruel. Era el regaño de una hermana mayor exasperada—. Si vas a trabajar conmigo hasta tarde preparando la presentación para Don Ramiro, necesito que tengas energía. Considera esto parte del presupuesto del proyecto.
Esa noche, la oficina estaba desierta. Solo quedábamos nosotros. El silencio era total, roto solo por el zumbido de los servidores y el tecleo de nuestros teclados. Habíamos pedido pizza, una concesión de Camila a mi paladar poco aventurero. Nos sentamos en el suelo de la sala de juntas, con las diapositivas de la presentación esparcidas a nuestro alrededor.
Trabajamos durante horas. Yo pulía el diseño, buscando imágenes de archivo que transmitieran “autenticidad” y “artesanía”. Ella escribía los guiones para los primeros videos de Don Aurelio, capturando su voz y su esencia a la perfección. Discutimos. Nos reímos. Colaboramos.
Alrededor de las diez de la noche, estábamos exhaustos. La presentación estaba casi lista. Nos recargamos contra la pared, comiendo las últimas rebanadas de pizza fría.
—Nunca pensé que diría esto, Garza —dijo ella, mirando las diapositivas con una especie de orgullo cansado—, pero hacemos un buen equipo.
—Lo sé —respondí, mirándola—. Tú pones el alma y yo hago que se vea bonita.
Ella se rio, una risa suave y genuina. Estábamos sentados muy cerca. La luz de la pantalla de la laptop iluminaba su rostro, y por primera vez, no vi a la guerrera, a la fiera, a la rectora. Vi a Camila. Vi las pequeñas pecas en su nariz, vi el cansancio en sus ojos, vi la inteligencia y la pasión que la impulsaban.
Nuestras risas se apagaron lentamente. Nuestros ojos se encontraron. Y el aire en la habitación cambió. La electricidad que había entre nosotros ya no era hostil. Era algo diferente. Algo cálido y peligroso. El espacio entre nosotros pareció encogerse. Podía sentir el calor que emanaba de su cuerpo. Vi cómo su mirada bajaba a mis labios por una fracción de segundo. Mi corazón comenzó a latir con fuerza, un tambor sordo en el silencio de la oficina.
Me incliné hacia ella, un movimiento casi imperceptible, atraído por una fuerza que no entendía y que no quería resistir. Ella no se apartó. Sus ojos se oscurecieron, su respiración se hizo un poco más profunda. El mundo se redujo a ese espacio, a esa tensión, a ese momento suspendido en el tiempo.
Y entonces, un ruido metálico y fuerte nos hizo saltar. Era el guardia de seguridad, haciendo su ronda y golpeando la puerta de cristal para asegurarse de que todo estaba en orden.
El momento se rompió.
Nos apartamos bruscamente, como dos adolescentes sorprendidos en travesura. Me pasé una mano por el cabello, de repente muy interesado en una mancha de grasa en la caja de la pizza. Ella comenzó a recoger las diapositivas con un afán exagerado.
—Ya es tarde —dijo, su voz un poco ronca, sin mirarme—. Deberíamos terminar.
—Sí. Claro. Terminar —repetí, como un idiota.
Terminamos la presentación en un silencio torpe y cargado. La fácil camaradería de antes se había evaporado, reemplazada por esta nueva y extraña conciencia del otro.
Cuando finalmente salimos del edificio a la fría noche de la ciudad, nos despedimos con un torpe “hasta mañana”. Mientras caminaba solo hacia la parada del metrobús nocturno, no podía dejar de pensar en ese momento. En el silencio, en su mirada, en la electricidad.
El Proyecto Fénix se había convertido en algo más que un trabajo. Y mi relación con Camila se había vuelto infinitamente más complicada que la de un rehén y su captora. Teníamos una presentación que ganar, una empresa que salvar. Pero de repente, sentí que había mucho más en juego. Y eso, por primera vez, me asustaba más que cualquier viaje en metro.