
PARTE 1: LA CAÍDA DE LA REINA
CAPÍTULO 1: LA REINA DEL TREN “EL CHEPE”
El sonido rítmico y metálico del tren cortaba el silencio de la sierra Tarahumara como un cuchillo desafilado. Trac-trac, trac-trac. Para la mayoría de los pasajeros que pegaban la nariz a los cristales empañados, ese sonido era el preludio de una aventura, la promesa de paisajes inmensos y barrancas profundas que quitaban el aliento. Pero para Natalia, ese sonido era simplemente el compás de su propia vanidad.
Natalia alisó con las palmas de las manos su falda azul marino, asegurándose de que le quedara lo suficientemente ajustada para resaltar sus caderas, pero lo bastante “reglamentaria” para no meterse en problemas con la administración de Ferromex. Se miró en el pequeño espejo del baño del vagón número 4. El reflejo le devolvió una sonrisa de satisfacción: labios pintados de un rojo carmín desafiante, pestañas rizadas con precisión quirúrgica y ese lunar cerca de la boca que ella juraba que volvía locos a los hombres.
—Espejito, espejito… ¿quién es la más chula de todo el ferrocarril? —susurró para sí misma, guiñándole un ojo a su reflejo.
Salió del baño caminando con ese meneo característico que hacía que los hombres dejaran de leer el periódico y las esposas apretaran los labios con desaprobación. Natalia lo sabía. Lo sentía en la nuca. Y le encantaba. Se alimentaba de esa atención como una planta se alimenta del sol.
—¡Señorita! ¡Oiga, señorita! —un hombre calvo, con guayabera y cara de estar sufriendo el calor a pesar del aire acondicionado, le hizo señas con un vaso vacío—. ¿Me puede traer otro tequilita? Pero que sea Don Julio, eh, no me vaya a dar del barato.
Natalia se detuvo, giró sobre sus tacones y le dedicó una sonrisa que no llegaba a sus ojos.
—Ahorita mismo, corazón. Pero ya sabe que el Don Julio se cobra aparte del boleto —dijo con voz melosa, inclinándose un poco más de lo necesario para recoger el vaso.
El hombre se puso rojo hasta las orejas y soltó una risita nerviosa.
—Por el precio no se preocupe, reina. Usted pida.
Desde el fondo del pasillo, Don Ramiro observaba la escena con el ceño fruncido. Ramiro era un hombre de la vieja guardia, un ferrocarrilero de hueso colorado que llevaba más años en las vías que durmientes en el suelo. Tenía la piel curtida por el sol de mil estaciones y las manos callosas de quien ha cargado maletas ajenas toda la vida. No soportaba la actitud de Natalia.
Cuando Natalia llegó a la pequeña cocina del vagón para preparar el trago, Ramiro ya la estaba esperando, recargado en la barra de metal, con su termo de café en la mano.
—Otra vez, Natalia. Otra vez andas de “facilona” con los clientes —dijo Ramiro, su voz era un gruñido bajo, ronco por el tabaco.
Natalia ni se inmutó. Sirvió el tequila con destreza, echó un hielo y lo miró con desdén.
—Ay, Don Ramiro, bájale a su espuma, que no es chocolate. Estoy atendiendo al cliente. Se llama “servicio de primera clase”, ¿no le suena?
—Se llama coquetear para sacar propina, Natalia. Y se ve mal. Eres una mujer casada —Ramiro señaló con el dedo índice, un dedo grueso y acusador—. Tienes un hombre en casa que te espera. Un hombre bueno. Y tú andas aquí, meneando la cola como si estuvieras en oferta.
Natalia soltó una carcajada seca, sin humor.
—Mire, don, usted ocúpese de que la locomotora no se descarrile y déjeme a mí mis asuntos. Miguel… Miguel está bien. Él sabe lo que tiene en casa.
—El Miguel es un santo, eso es lo que es —insistió Ramiro, acercándose un paso—. Te procura, te mantiene, te trata como reina. Y tú… tú lo tratas como si fuera un mueble viejo que ya te estorba.
—Pues a lo mejor sí me estorba —soltó Natalia, y las palabras quedaron flotando en el aire, pesadas y tóxicas—. A lo mejor me aburre, Ramiro. Miguel es… es pan sin sal. Es agua de la llave. No tiene sabor. Yo necesito… —hizo un gesto amplio con la mano, abarcando el tren, el paisaje, el mundo— …necesito fuego. Necesito que pasen cosas. Con Miguel los días son todos iguales: trabajo, casa, cena, tele, dormir. Trabajo, casa, cena, tele, dormir. ¡Me asfixio!
—La paz no es aburrimiento, chamaca tonta. La paz es una bendición que no vas a valorar hasta que la pierdas —Ramiro negó con la cabeza, una tristeza genuina en sus ojos—. Mira, te voy a decir algo porque te conozco desde que entraste aquí de practicante. La vida da muchas vueltas. Hoy estás arriba, eres la bonita, la joven, la que todos quieren mirar. Pero la belleza se acaba, Natalia. Y cuando se acabe, ¿qué te va a quedar? Si pateas al perro fiel, un día te vas a encontrar sola en el patio y con frío.
—¡Ay, ya, cállese! —Natalia golpeó la barra con la mano—. Siempre con sus sermones de abuelito regañón. Miguel nunca me va a dejar. Nunca. Está loco por mí. Soy su trofeo, Ramiro. ¿Usted cree que un hombre como él, simplón y gris, va a soltar a una mujer como yo? ¡Por favor! Si lo dejo yo, se muere de tristeza.
Ramiro la miró largo rato, como si estuviera viendo a alguien que ya está muerto pero no lo sabe.
—Pobre ilusa. Ojalá tengas razón. Pero me da en la nariz que la vida te tiene preparada una lección de las duras. De esas que entran con sangre.
Natalia resopló, tomó la bandeja con el tequila y salió de la cocina, moviendo las caderas más exageradamente que antes, solo para fastidiar al viejo.
Mientras caminaba por el pasillo, su mente voló hacia el pasado, hacia el día en que conoció a Miguel. Había sido en una boda en su pueblo, allá en San Juan del Río. Ella tenía 22 años y unas ganas desesperadas de salir de la casa de sus padres, donde el olor a estiércol de vaca y la pobreza se le pegaban en la ropa. Miguel había llegado como invitado del novio. Era ingeniero, tenía un trabajo en la ciudad, un coche del año y esa mirada de borrego a medio morir cuando la vio bailar.
Fue fácil. Demasiado fácil. Un par de sonrisas, un par de “ay, qué inteligente eres”, y Miguel ya estaba comiendo de su mano. Se casaron a los seis meses. Natalia no lo amaba, nunca lo había amado realmente. Amaba la seguridad. Amaba el departamento en la Narvarte que él había heredado. Amaba poder comprarse ropa en plazas comerciales y no en el tianguis. Miguel era el precio que tenía que pagar por esa vida, y hasta ahora, le había parecido un precio barato.
Pero últimamente… últimamente sentía que merecía más. Se sentía atrapada. Los pasajeros, los hombres que conocía en los viajes, le decían cosas lindas, le prometían el cielo y las estrellas. ¿Por qué conformarse con Miguel y su rutina de oficinista mediocre?
El tren comenzó a disminuir la velocidad. Las luces de la Ciudad de México empezaron a parpadear en el horizonte, un mar de concreto y smog que se extendía hasta donde alcanzaba la vista.
—¡Llegamos a Buenavista! —anunció el altavoz.
Natalia sintió esa mezcla de alivio y tedio que siempre sentía al llegar. Alivio por dejar de trabajar, tedio por volver a casa.
Se fue al compartimento de empleados para cambiarse los zapatos de tacón por unos más cómodos, aunque igual de vistosos.
—Bueno, Nata, nos vemos el martes —dijo Lupe, su compañera, una mujer bajita y regordeta que siempre cargaba bolsas de mandado—. ¿Te va a venir a buscar tu marido?
—Obvio, Lupe. ¿Cuándo no ha venido? —respondió Natalia con arrogancia, retocándose el labial por décima vez—. Ahí debe estar, con su cara de “te extrañé tanto” y seguro con flores. A veces me empalaga, te lo juro.
—Pues dichosa tú. El mío si bien me va, me dejó los frijoles en la olla —suspiró Lupe—. Cuídalo, mana. No todos son así.
Natalia rodó los ojos. Otra vez la misma cantaleta.
—Sí, sí. Bye.
Agarró su maleta, una imitación bastante buena de una marca cara, y se dirigió a la salida. El aire de la estación la golpeó en la cara: una mezcla de diesel quemado, garnachas fritas y sudor de miles de personas. El caos de la estación Buenavista era abrumador, pero Natalia se movía en él como pez en el agua.
Caminó hacia el punto de encuentro habitual, cerca de los torniquetes de salida, donde siempre, siempre, estaba Miguel.
Buscó su chamarra azul. Buscó su gorra de los Diablos Rojos. Buscó su sonrisa tímida.
Miró a la derecha. Un grupo de estudiantes con mochilas.
Miró a la izquierda. Una familia abrazándose y llorando.
Miró al frente. El puesto de revistas cerrado.
Miguel no estaba.
Natalia frunció el ceño. Se detuvo y puso las manos en la cintura, una pose de indignación ensayada.
—¿Y este qué se cree? —murmuró.
Sacó su celular. Ni una llamada perdida. Ni un mensaje de WhatsApp. El último mensaje era de ella, enviado hace cinco horas: “Llego a las 7. Tenme algo rico de cenar, no quiero tacos”. Estaba marcado con dos palomitas azules. Lo había leído.
—¡Ah, no! —exclamó, provocando que una señora que vendía chicles la mirara raro—. ¡Esto es el colmo! Seguro se quedó dormido el inútil.
Marcó su número. Sonó una vez. Dos veces. Tres veces.
“El número que usted marcó, te manda a buzón…”
La ira empezó a burbujear en su pecho. No era preocupación, oh no. Natalia no se preocupaba por Miguel. Estaba furiosa. ¿Cómo se atrevía a dejarla plantada? ¡A ella! ¡A Natalia! Ella, que se había pasado 12 horas aguantando borrachos y niños llorones en el tren, merecía ser recibida como lo que era: la reina de la casa.
Esperó diez minutos más, zapateando el suelo con impaciencia. Cada minuto que pasaba era un insulto más a su ego.
—Me las vas a pagar, Miguel. Me las vas a pagar caro —siseó entre dientes.
Finalmente, cuando el reloj de la estación marcó las 7:45 PM, Natalia se rindió. Arrastró su maleta con violencia hacia la fila de taxis, empujando a un señor que iba lento.
—¡Con permiso, que llevo prisa!
No sabía que esa prisa la estaba llevando directamente hacia el abismo. No sabía que el Miguel que no había llegado a la estación, ya no era su Miguel. Ese hombre había muerto esa misma mañana, asesinado por la indiferencia de ella. Y el hombre que la esperaba en casa era un desconocido.
CAPÍTULO 2: LA CASA VACÍA Y EL JUICIO FINAL
La calle afuera de la estación era un manicomio. El tráfico de la Ciudad de México estaba en su apogeo: cláxones, gritos, motores rugiendo, y esa llovizna fina y molesta que los chilangos llaman “chipi-chipi” empezaba a caer, ensuciando los parabrisas.
Natalia levantó la mano con autoridad, ignorando que había una fila de personas esperando. Un taxi Tsuru, de esos que parecen que se van a desarmar con el próximo bache, se detuvo frente a ella. Tenía luces de neón moradas por debajo y la música de la Banda MS a todo volumen.
El conductor bajó la ventanilla.
—¿A dónde la llevo, güerita?
Natalia sintió un escalofrío. Esa voz rasposa, ese tono de confianzudo… Se agachó para ver.
Era “El Rulas”.
Raúl, alias El Rulas, era un error del pasado. Un tipo de barrio, con más mañas que dinero, con el que Natalia se había enredado un par de meses hacía dos años, solo por “probar algo diferente”, algo peligroso. Cuando se aburrió de sus celos y de su falta de clase, lo mandó a volar. Pero el Rulas no era de los que entendían un “no”.
—¡No me digas! ¿Natalia? —El Rulas soltó una carcajada, mostrando un diente de oro que brillaba con la luz de la farola—. ¡Pero si es la reina de los rieles! ¡Qué chiquito es el mundo, caray! Súbete, mi amor, que aquí no se cobra el reencuentro.
Natalia dudó. Todo su instinto le decía que esperara otro taxi. Pero la lluvia arreciaba y la furia contra Miguel la cegaba. Quería llegar a casa ya, quería gritar, quería hacer un escándalo.
—A la Narvarte, Rulas. Y ahórrate los comentarios, que no estoy de humor —dijo seca, abriendo la puerta trasera y lanzando su maleta al asiento junto a ella.
El Rulas arrancó quemando llanta, metiéndose a la brava entre un camión y un metrobús.
—Uy, qué genio. ¿Qué pasó? ¿El marido perfecto te dejó plantada o qué? —preguntó él, mirándola por el retrovisor con esos ojos lujuriosos que a Natalia ahora le daban asco.
—Cállate y maneja. Mis asuntos no te importan.
—Ay, Nata, sigues igual de brava. Eso me gustaba de ti. No como las mosquitas muertas que hay por ahí. Tú tienes fuego. Pero dime la neta… ¿ya te aburriste del “Godínez”? Porque la oferta sigue en pie. Ya traigo mejor nave, ya le metí sonido. Podríamos irnos a dar una vuelta, recordar viejos tiempos…
—Mira, Rulas —Natalia se inclinó hacia adelante, su voz era hielo puro—. Tú fuiste un pasatiempo. Un error de dedo. Miguel, aunque sea aburrido, es un ingeniero. Tiene clase. Tú manejas un taxi con luces de prostíbulo. Así que ubícate.
El Rulas se rió, pero su risa sonó amarga.
—Clase… sí, mucha clase. Pero bien que te gustaba el barrio, ¿no? Y te voy a decir una cosa, reina: el que tiene clase, también tiene límite. Y a lo mejor al ingeniero ya se le llenó el buche de piedritas.
Natalia no contestó. Miró por la ventana empañada. Las luces de la ciudad se convertían en líneas borrosas de colores. Se le llenó el buche de piedritas. La frase del Rulas resonó en su cabeza. ¿Sería posible? ¿Sería posible que Miguel se hubiera enterado de algo?
“Imposible”, pensó. “Soy demasiado lista. Borro los mensajes. No dejo rastros. Miguel es inocente, no revisa nada”.
El trayecto se hizo eterno. Cada semáforo en rojo era una tortura. Cuando por fin llegaron a su edificio en la calle Cumbres de Maltrata, Natalia se bajó casi antes de que el coche se detuviera por completo.
—¡Quédate con el cambio! —le aventó un billete de 200 pesos.
—¡Ojo, Natalia! —le gritó el Rulas mientras ella corría hacia el portón—. ¡Cuando te quedes sola, búscame! ¡Yo sí aguanto a las locas!
Natalia entró al edificio temblando de rabia. “Pinche naco”, pensó. Subió las escaleras taconeando fuerte, queriendo que los vecinos oyeran su furia. Llegó al tercer piso, departamento 302.
Metió la llave en la cerradura. Giró.
No estaba puesto el cerrojo de seguridad. Solo la vuelta sencilla.
Eso era raro. Miguel era un obsesivo de la seguridad. Siempre ponía los tres cerrojos.
Empujó la puerta.
—¡Miguel! —gritó desde la entrada, soltando la maleta que cayó con un golpe seco en el piso de duela—. ¡Se puede saber qué chingados te pasa! ¡Estuve una hora como idiota en la estación!
Silencio.
Un silencio denso, pesado, que se sentía en la piel.
El departamento estaba oscuro, solo iluminado por la luz de la calle que entraba por el ventanal de la sala.
Natalia encendió la luz.
Y entonces lo vio.
El departamento estaba… diferente.
No faltaban muebles, no. Estaba todo. El sofá de piel, la pantalla plana, la mesa de centro. Pero faltaba “vida”. No había revistas tiradas. No había un vaso de agua en la mesa. No olía a comida. Olía a limón, a desinfectante. Olía a un lugar donde ya no vive nadie.
Miguel estaba sentado en el sillón individual, de espaldas a la ventana. Estaba vestido con su traje de trabajo, pero sin corbata. Tenía las manos entrelazadas sobre las rodillas, quieto como una estatua. No la miró cuando entró.
—¿Te comieron la lengua los ratones o qué? —Natalia entró a la sala, manoteando—. ¡Te estoy hablando! ¿Por qué no fuiste por mí? ¿Sabes la vergüenza que pasé? ¡Tuve que venirme con el asqueroso del Rulas!
Miguel levantó la vista lentamente.
Natalia se detuvo en seco.
Esperaba ver a un Miguel arrepentido, con ojos de cachorro regañado, balbuceando excusas. Esperaba verlo sumiso, pidiendo perdón.
Pero los ojos que la miraron eran fríos. Eran dos pozos oscuros sin fondo. No había amor en ellos. Ni siquiera había odio. Había una indiferencia absoluta.
—Siéntate, Natalia —dijo él. Su voz sonó tranquila, pero era una tranquilidad aterradora, como la calma antes de un huracán.
—No me da la gana sentarme. Quiero explicaciones.
—Las vas a tener. Siéntate.
Hubo algo en su tono, una autoridad que nunca antes había escuchado, que hizo que Natalia obedeciera. Se dejó caer en el sofá grande, cruzando los brazos a la defensiva.
Miguel señaló la mesa de centro. Había un sobre amarillo, grueso. Y junto al sobre, una Tablet.
La Tablet de Natalia. La que ella usaba “solo para ver series” en los viajes.
El corazón de Natalia dio un vuelco violento. Sintió que la sangre se le helaba en las venas.
—¿Qué… qué hace eso ahí? —tartamudeó, perdiendo por un segundo su arrogancia.
—Se te olvidó cerrarla, Natalia. La dejaste conectada al WiFi de la casa. Y se sincronizó.
Miguel se inclinó hacia adelante, tomando la Tablet. La encendió. La pantalla brilló iluminando su rostro cansado.
—¿Quién es “Potro Salvaje”? —preguntó con voz monótona—. ¿Y “Amante Nocturno”? ¿Y el “Ingeniero Regio”?
Natalia intentó reír, pero le salió una mueca grotesca.
—Miguel, por Dios, no seas ridículo. Son… son juegos. Es una aplicación de bromas. Tú sabes cómo soy, me gusta echar relajo con mis amigas. No significa nada.
—¿Las fotos también son broma? —Miguel deslizó el dedo por la pantalla y giró la Tablet hacia ella.
Ahí estaba ella. En un cuarto de hotel que no era su casa. Con un hombre que no era Miguel. Riendo. Besando.
Natalia sintió que el mundo se le venía encima. No había excusa posible. La evidencia era brutal, obscena y definitiva.
—Miguel, yo… —empezó a decir, buscando desesperadamente una mentira que la salvara—. Escúchame. Eso fue hace mucho. Fue un error. Estaba borracha. Tú sabes que te quiero a ti. Tú eres mi esposo. Lo demás son tonterías, deslices… ¡Hombres que no valen nada!
Miguel dejó la Tablet en la mesa con suavidad, como si fuera de cristal frágil.
—Tienes razón en una cosa, Natalia. Esos hombres no valen nada. Pero tú… tú vales menos por lo que hiciste. Y yo… yo valía tan poco para ti que ni siquiera te molestaste en ocultarlo bien.
Se puso de pie. Caminó hacia la ventana y miró la lluvia caer.
—Durante diez años te di todo. Te di mi casa, mi dinero, mi tiempo. Te di mi dignidad, Natalia. Soporté tus desplantes, tus burlas frente a mis amigos, tu desprecio por mi familia. Pensé: “Bueno, es su carácter. Ella es así, apasionada”. Me convencí de que me amabas a tu manera. Pero no me amabas. Solo amabas lo que yo te podía dar.
Se giró para mirarla.
—Se acabó.
Natalia se levantó de un salto. El pánico empezaba a reemplazar a la sorpresa.
—¿Cómo que se acabó? ¿De qué hablas? No puedes hablar en serio. ¡Soy tu esposa! ¡Llevamos diez años! ¡No vas a tirar todo a la basura por unas fotitos!
—Yo no lo tiré. Tú lo quemaste, Natalia. Lo hiciste cenizas y bailaste encima. En ese sobre están los papeles del divorcio. Ya están firmados por mí. Y también hay una orden de restricción, por si se te ocurre hacer un escándalo.
—¿Divorcio? —Natalia sintió una punzada de miedo real. Divorcio significaba perder la casa. Perder el dinero. Perder la comodidad—. ¡No te voy a firmar nada! ¡Y si nos divorciamos, me quedo con la mitad! ¡Me corresponde por ley! ¡Te voy a quitar hasta la risa, Miguel!
Miguel sonrió tristemente.
—Bienes separados, Natalia. ¿No te acuerdas? Tú misma insististe en firmar el acuerdo prenupcial porque decías que no querías que “mis deudas” te afectaran si algún día me iba mal. Este departamento era de mi abuela. Es herencia. No te toca ni un ladrillo. Las cuentas de banco están a mi nombre. Tus tarjetas de crédito… esas sí son tuyas, y por cierto, están topadas.
Natalia abrió la boca, pero no salió nada. Estaba acorralada.
—Pero… ¿y a dónde voy a ir? —preguntó, con un hilo de voz, sintiéndose de repente muy pequeña—. No tengo a nadie en la ciudad. Mi familia es del pueblo…
—Eres un espíritu libre, ¿no? —Miguel le devolvió sus propias palabras, esas que ella tantas veces le había dicho con desprecio—. Siempre te quejaste de que te sentías encerrada aquí. De que yo era aburrido. De que querías volar. Pues vuela, Natalia. La jaula está abierta.
Fue hacia la puerta de entrada y la abrió de par en par. El viento frío y húmedo entró al departamento.
—Tus maletas ya están hechas. De hecho, nunca las deshiciste. Solo toma tus cosas y vete.
Natalia lo miró. Buscó en su rostro algún rastro de duda, de compasión. Buscó al Miguel que la perdonaba todo. Pero ese hombre ya no existía. Frente a ella había un desconocido de piedra.
La humillación se transformó en odio puro. Natalia enderezó la espalda, levantó la barbilla y recuperó su máscara de orgullo.
—Bien. Si eso es lo que quieres, perfecto. Me voy. No te necesito, Miguel. Nunca te necesité. Eres un pobre diablo aburrido y te vas a morir solo. Cuando te des cuenta de lo que perdiste, vas a venir a buscarme de rodillas. ¡De rodillas, me oyes!
Agarró su maleta con fuerza, tanta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Y cuando vengas… te voy a escupir en la cara.
Salió al pasillo taconeando con furia. No volteó atrás. Esperaba que él la detuviera. Esperaba escuchar su nombre: “¡Natalia, espera, no te vayas!”.
Pero lo único que escuchó fue el sonido seco y definitivo de la puerta cerrándose a sus espaldas. Y luego, el sonido de los cerrojos.
Uno.
Dos.
Tres.
Natalia bajó las escaleras casi corriendo, cegada por las lágrimas de rabia. Salió a la calle. La lluvia caía con fuerza ahora. No había taxis. La calle estaba oscura y solitaria.
Se quedó parada en la banqueta, con su maleta mojándose, con el maquillaje escurriéndole por las mejillas como una máscara de payaso triste.
Miró hacia la ventana del tercer piso. La luz se apagó.
Por primera vez en su vida, Natalia sintió el peso aplastante del mundo real. Sin Miguel, sin casa, sin dinero. Solo ella y su “libertad”.
Y la libertad, descubrió en ese instante, se sentía terriblemente fría y vacía.
—Maldito seas… —sollozó, temblando de frío—. Maldito seas tú y tu maldita bondad.
Sacó su teléfono para llamar a Sandra, su “mejor amiga” de la fiesta.
“El número que usted marcó está apagado o fuera del área de servicio…”
Natalia guardó el teléfono y miró a la oscuridad de la calle.
—¿Y ahora qué? —le preguntó a la nada.
La respuesta fue el silencio y la lluvia golpeando el asfalto. La noche apenas comenzaba, y iba a ser una noche muy larga.
PARTE 2: EL ABISMO
CAPÍTULO 3: AMISTADES DE PAPEL Y SUEÑOS ROTOS
La lluvia en la Ciudad de México no limpia, ensucia. El agua se mezcla con el hollín de los escapes, con la grasa del pavimento y forma un lodo negro que se pega a todo. Natalia sentía ese lodo en el alma mientras arrastraba su maleta por la colonia Doctores, buscando el edificio de Sandra.
Había caminado cuatro cuadras porque el taxi la bajó antes; no le alcanzó para pagar el viaje completo hasta la puerta.
—¡Pinche Miguel! ¡Me las vas a pagar! —gritaba mentalmente con cada paso, mientras el agua fría se le colaba por los zapatos de marca (pirata), empapándole los calcetines.
Sandra vivía en un departamento viejo, de esos de los años 50 que alguna vez fueron bonitos pero que ahora olían a humedad y a gato. Sandra era su “mejor amiga”, su cómplice de fiestas, la que siempre le decía: “Déjalo, mana, tú eres mucha pieza para ese aburrido”. Ahora tocaba cobrar esa lealtad.
Tocó el timbre con desesperación.
—¿Quién? —la voz de Sandra sonó por el interfón, pastosa, como si acabara de despertar de una siesta o de una cruda.
—Soy yo, Natalia. Ábreme, por fa, es urgente.
El zumbido eléctrico de la puerta fue la música más dulce que había escuchado en horas. Subió los cuatro pisos resoplando. Sandra la esperaba en el marco de la puerta, con una bata de seda china deshilachada y un cigarro en la mano.
—¿Qué pedo, Nata? ¿Qué haces aquí con maleta y a estas horas? —Sandra le dio una calada al cigarro, mirándola de arriba abajo con más curiosidad que preocupación.
—El imbécil de Miguel… se volvió loco —soltó Natalia, entrando al departamento sin pedir permiso, empujando a Sandra levemente—. Me corrió. Me cambió la chapa. Se enteró de… bueno, ya sabes.
Sandra cerró la puerta y soltó una risita ronca.
—¡No manches! ¿El “Santo Miguel” sacó las garras? Wow. No pensé que tuviera los pantalones. ¿Y qué vas a hacer?
—Pues quedarme aquí unos días, ¿no? —Natalia dejó la maleta en medio de la sala, que estaba llena de revistas viejas, cajas de pizza y ropa tirada. El contraste con la pulcritud de la casa de Miguel fue un golpe visual inmediato—. Digo, es temporal. En lo que le baja el coraje y me pide perdón. Porque va a pedir perdón, eso te lo firmo.
Sandra arqueó una ceja, dudosa.
—Híjole, mana… es que el depa es chico. Y ya sabes que a veces traigo gente…
—Ay, no seas gacha. ¿Para qué son las amigas? Además, traigo mi tarjeta. Pedimos unas pizzas, compramos unas botellas y se nos olvida el mal trago. Yo invito.
La mención de “yo invito” cambió la cara de Sandra.
—Bueno, pues si es así… el sofá cama está medio jodido, tiene un resorte saltado, pero te aguanta. Ponte cómoda.
Esa primera noche, Natalia se emborrachó. Bebieron tequila barato y escucharon canciones de Jenny Rivera a todo volumen. Natalia lloró, maldijo, prometió venganza y se quedó dormida con la certeza de que al día siguiente Miguel estaría tocando la puerta con un ramo de rosas y las llaves de la casa.
Pero el día siguiente llegó, y Miguel no apareció.
Ni al siguiente.
Ni al tercero.
La vida de “soltera codiciada” que Natalia había imaginado no se parecía en nada a la realidad de vivir de arrimada. El departamento de Sandra era un caos. No había agua caliente por las mañanas porque el boiler era de paso y fallaba. El refrigerador solo tenía limones secos, cervezas y leche caducada.
—Oye, Nata, ¿no vas a ir a trabajar? —le preguntó Sandra al cuarto día, mientras se pintaba las uñas en la mesa de centro.
Natalia estaba tirada en el sofá, viendo el celular, esperando una llamada que no llegaba. Había pedido una incapacidad falsa en el trabajo alegando “estrés postraumático”, comprada a un médico amigo del Rulas.
—Pedí unos días. No tengo cabeza para verle la jeta a los pasajeros. Además, necesito arreglar lo de la demanda. Le voy a quitar hasta la risa a Miguel.
—Pues apúrate, porque ayer llegó el recibo de la luz y viene alto —dijo Sandra, sin mirarla—. Y como te la pasas viendo la tele todo el día…
—¡Ay, qué coda eres! —Natalia se levantó, ofendida—. Toma —sacó su tarjeta de crédito y la tiró sobre la mesa—. Ve y paga el recibo. Y de paso tráete unos tacos y cigarros.
Sandra agarró la tarjeta con una sonrisa lobuna y salió.
La debacle comenzó una semana después.
Natalia estaba en el baño, tratando de arreglarse el cabello que se le había empezado a maltratar por el shampoo barato de Sandra. Escuchó la puerta abrirse y voces. Sandra había llegado con dos tipos.
—¡Pásenle, pásenle, aquí seguimos la fiesta! —gritaba Sandra, evidentemente borracha.
Natalia salió del baño envuelta en una toalla. Los dos tipos, un par de “chavorrucos” con pinta de vendedores de autos usados, se le quedaron viendo con lascivia.
—¡Epa! ¡Qué buen servicio incluye el departamento! —dijo uno, riéndose.
—Sandra, ¿qué te pasa? Estoy aquí —reclamó Natalia, sintiéndose expuesta y vulgar.
—Ay, relájate, Nata. Son amigos. Vente, échate un trago.
La noche fue un desastre. La música estaba a reventar. Los tipos fumaban dentro del departamento, llenando todo de una nube gris y apestosa. Natalia se encerró en el cuarto de Sandra (porque en la sala no podía estar), pero el ruido no la dejaba dormir.
A las 3 de la mañana, la puerta del cuarto se abrió de golpe. Era Sandra.
—Oye, necesito la cama.
—¿Qué? —Natalia se despertó sobresaltada—. ¿Y yo dónde duermo?
—Pues en el sofá, güey. Donde te toca. Traigo ligue. Así que, con permisito.
Natalia tuvo que salir a la sala, donde el otro tipo estaba roncando en el sillón con la boca abierta y la camisa desabotonada. El olor a sudor y alcohol era insoportable. Natalia se sentó en una silla del comedor, abrazando sus rodillas, llorando de rabia y humillación.
“En mi casa… en mi casa mis sábanas huelen a suavizante. Miguel nunca ronca. Miguel me trae agua si tengo sed”.
El recuerdo de Miguel dolió más que nunca.
A la mañana siguiente, el golpe final.
Sandra salió del cuarto, despeinada y de mal humor. Los tipos ya se habían ido.
—Oye, Nata. Tenemos que hablar.
—Sí, tenemos que hablar —respondió Natalia, indignada—. No puedes traerme a tus borrachos cuando estoy durmiendo. Es una falta de respeto.
Sandra soltó una carcajada seca.
—¿Respeto? A ver, “reina”, bájale a tus humos. Estás en MI casa. Estás durmiendo en MI sofá. Y estás tragando de MI refri.
—¡Yo pago todo! ¡Te di mi tarjeta!
—Ah, sí. Qué bueno que tocas el tema —Sandra sacó la tarjeta de Natalia del bolsillo de su bata y se la aventó a la cara. El plástico rebotó en la frente de Natalia y cayó al suelo—. Ayer fui al Oxxo. “Fondos insuficientes”. La rebotaron, mi reina. Estás en ceros.
Natalia sintió un frío en el estómago.
—¿Qué? Imposible. Esa tarjeta tiene límite de cincuenta mil pesos.
—Pues ya no. Seguro el maridito te la canceló. O te la gastaste en tus tonterías. El punto es que aquí no es beneficencia pública.
—Sandra… somos amigas.
—Las amigas no son parásitos, Natalia. Llevas diez días aquí. No lavas ni un plato. Te quejas de todo. Y ahora resulta que no tienes ni un peso.
Sandra caminó hacia la puerta y la abrió.
—Quiero que te vayas. Hoy.
—¿Me estás corriendo?
—Te estoy pidiendo que desalojes. Tengo una prima que viene del pueblo y necesita donde quedarse. Y ella sí paga renta.
—¡Pero no tengo a dónde ir! —gritó Natalia, desesperada—. ¡No tengo dinero!
—Pues ve con tus otros “amigos”. Ve con el Rulas. Ve con los que te aplaudían en las fiestas. A ver quién te aguanta. Tienes una hora para sacar tus chivas.
Natalia empacó sus cosas temblando. La humillación era absoluta. Salió del edificio con su maleta, que ahora parecía pesar una tonelada. El sol brillaba, indiferente a su desgracia. Revisó su cartera: doscientos pesos en efectivo y unas monedas. Eso era todo su capital.
Caminó sin rumbo. Marcó a “La Güera”, otra amiga. No contestó. Marcó a Paty. Le dijo que estaba fuera de la ciudad. Marcó a tres “amigos” más. Todos tenían excusas. Nadie quería problemas. Nadie quería a una mujer divorciada, sin dinero y con fama de conflictiva.
Se sentó en una banca de un parque, con el estómago rugiendo. Compró un tamal y un atole con sus últimas monedas. Se lo comió con ansia, manchándose los dedos, sin servilleta, sin dignidad. La gente pasaba y la miraba raro: una mujer bien vestida, con una maleta cara, comiendo como indigente en una banca.
—Esto es una pesadilla —murmuró—. Voy a despertar y voy a estar en mi cama, y Miguel va a estar haciendo el desayuno.
Pero el sabor de la masa rancia del tamal le confirmó que no era un sueño. Era su nueva y brutal realidad.
CAPÍTULO 4: LA CAÍDA AL VACÍO Y LA MANO INVISIBLE
La desesperación tiene un olor particular; huele a oficinas de gobierno, a pasillos de juzgados y a café quemado. Natalia aprendió ese olor dos días después, cuando entró al despacho del Licenciado Gómez, un abogado que le había recomendado un conocido del sindicato.
El despacho estaba en un edificio viejo del Centro Histórico, arriba de una tienda de telas. El elevador no servía, así que tuvo que subir las escaleras cargando su maleta, porque ya no la dejaba en ningún lado por miedo a que se la robaran. Dormía en un hostal de mala muerte cerca de la estación del metro Pino Suárez, gastándose los últimos pesos que le quedaban de la venta de un anillo de oro que había logrado empeñar.
El Licenciado Gómez era un hombre sudoroso, con una corbata manchada de mole y una actitud de aburrimiento crónico. Escuchó la historia de Natalia mientras se limpiaba las uñas con un clip.
—Y entonces, quiero demandarlo —terminó Natalia, con la voz quebrada pero firme—. Quiero la mitad del departamento, quiero pensión alimenticia y quiero daño moral por haberme corrido así.
Gómez suspiró, dejó el clip y revisó los papeles que Natalia le había traído (copias que logró sacar antes de irse).
—Mire, señora… Natalia. Aquí dice claramente “Régimen de Separación de Bienes”. El departamento está a nombre de él, adquirido por herencia antes del matrimonio. Eso es intocable. Ni Dios padre se lo quita.
—¿Y la pensión? ¡Me acostumbró a un nivel de vida!
—Usted trabaja, ¿no? Es azafata de tren. Tiene ingresos. No aplica pensión compensatoria a menos que demuestre que se dedicó “preponderantemente al hogar”, y por lo que veo en sus recibos de nómina, usted trabajaba tiempo completo.
El abogado hizo una pausa y la miró por encima de sus lentes sucios.
—Además… mi contacto me dice que él tiene pruebas de adulterio. Fotos, mensajes.
Natalia se puso roja.
—Eso es privado. Es violación a mi intimidad.
—En un juicio familiar, eso es oro molido para él, señora. Si usted demanda, él va a sacar todo eso. No solo no va a sacar ni un peso, sino que podría terminar pagando los gastos del juicio de él. Mi consejo: firme el divorcio voluntario, agarre sus cosas y dé gracias a que no la demandan a usted por daño moral.
—¿Entonces no tengo nada? —preguntó Natalia, sintiendo que el suelo se abría bajo sus pies.
—Tiene su libertad, señora. Y su trabajo. Cuídelo, porque es lo único que le queda.
Natalia salió del despacho como un zombi. El sol del mediodía caía a plomo sobre la ciudad. El ruido de los vendedores ambulantes le taladraba el cerebro: “¡Lleve la mica, lleve el cargador, a diez, a diez!”.
Regresó al trabajo al día siguiente. No tenía opción. Necesitaba dinero.
Pero el regreso fue un infierno.
Llegó a la estación de Buenavista con el uniforme arrugado (no tenía plancha en el hostal) y ojeras profundas. Don Ramiro la vio llegar y negó con la cabeza, pero no dijo nada. Ya no había regaños, solo una lástima silenciosa que dolía más que cualquier grito.
El viaje fue un desastre. Natalia estaba distraída. Se le cayeron dos cafés. Contestó mal a un pasajero que le pidió una almohada.
—¡Ay, búsquela usted, no soy su criada! —le gritó, perdiendo los estribos.
El pasajero puso una queja formal.
Al llegar al destino, el supervisor la llamó a la oficina.
—Natalia, estás suspendida quince días sin goce de sueldo. Y agradece que no te corro. Tienes una actitud deplorable. Arregla tus problemas y luego regresas. Si es que regresas.
Quince días. Sin sueldo.
Natalia salió de la oficina tambaleándose. Se sentó en la banqueta de la estación, en el lado de los andenes de carga, lejos de la gente “bonita”.
Revisó su bolsa.
Diez pesos.
Diez malditos pesos. No le alcanzaba ni para el metro, ni para un pan. El hostal había que pagarlo mañana o la echaban a la calle.
El hambre le retorcía las tripas. Ella, que despreciaba la comida casera de Miguel, que tiraba la mitad de su plato en los restaurantes porque “estaba a dieta”, ahora daría un dedo por un plato de frijoles refritos.
Miró a su alrededor. Vagabundos. Perros flacos. Basura.
“Aquí pertenezco ahora”, pensó con amargura. “Soy basura”.
Se tapó la cara con las manos y empezó a llorar. Un llanto silencioso, seco, de quien ya no tiene ni lágrimas.
De pronto, sintió un tirón en la manga de su saco.
Natalia levantó la vista, asustada, pensando que le iban a robar la bolsa.
Pero no era un ladrón.
Era una niña.
Tendría unos siete u ocho años, pero parecía de cinco por lo flaquita que estaba. Tenía el cabello negro, enmarañado, lleno de polvo. Su carita estaba sucia, con manchas de tierra en los cachetes, pero sus ojos… Dios mío, sus ojos. Eran dos inmensos luceros negros, profundos, inteligentes, rodeados de unas pestañas larguísimas.
La niña vestía un vestido que alguna vez fue rosa pero ahora era gris, y unos tenis rotos de donde se le asomaba el dedo gordo.
La miraba fijamente, sin parpadear.
—¿Qué quieres? —dijo Natalia, secándose las lágrimas rápidamente. Su tono fue brusco, defensiva—. No tengo dinero, niña. Lárgate. De verdad, no tengo nada. Mira —abrió su monedero y le enseñó la moneda de diez pesos—. Es todo lo que tengo para comer hoy. Así que vete a pedirle a otro.
La niña no se movió. No pidió dinero. No extendió la mano.
Simplemente la miró con una intensidad que hizo que Natalia se sintiera desnuda. Era una mirada que no juzgaba, pero que veía todo: veía su dolor, su egoísmo, su caída.
La niña negó con la cabeza suavemente.
Luego, metió su manita sucia en el bolsillo de su vestido y sacó algo.
No era un arma. No era una piedra.
Era un pedazo de papel, arrugado y doblado en cuatro. Un papel de cuaderno escolar, de esos de cuadrícula chica.
Se acercó un paso y se lo extendió a Natalia.
—¿Qué es esto? —preguntó Natalia, dudosa.
La niña no habló. Solo empujó el papel hacia la mano de Natalia.
—¿Eres muda o qué?
La niña asintió. Un movimiento leve de cabeza. Sí, era muda.
Natalia suspiró y tomó el papel. Sus manos, que antes solo tocaban manicuras caras y telas finas, ahora rozaron los dedos ásperos y mugrosos de la niña. Sintió una extraña corriente eléctrica, un calorcito.
Desdobló el papel.
La letra era temblorosa, escrita con un bolígrafo azul que a veces fallaba, como si quien lo escribió tuviera la mano muy débil o estuviera en una posición incómoda.
Natalia leyó:
“Señora bonita:
Sé que usted está triste. Se le nota en los ojos, igual que a mi mamá cuando llora en silencio.
No queremos su dinero. Sabemos lo que es tener hambre.
Pero si le queda un poquito de corazón, si le queda aunque sea una gotita de compasión en su alma, por favor, ayúdenos.
Mi hermana no puede hablar, pero ella la puede llevar.
Solo venga. No es lejos.
Es cuestión de vida o muerte.
Por favor. Dios se lo pagará, porque nosotras no podemos.”
Natalia terminó de leer. Una gota de lluvia cayó sobre el papel, corriendo la tinta de la última palabra: “podemos”.
Levantó la vista. La niña seguía ahí, esperando.
—¿Tú escribiste esto? —preguntó Natalia.
La niña negó. Hizo un gesto como de escribir en el aire y señaló hacia lo lejos, hacia la zona más pobre de la colonia, allá donde las casas son de lámina y cartón.
—¿Tu mamá?
La niña asintió, y sus ojos se llenaron de lágrimas. Juntó sus manitas en forma de súplica, sin emitir un sonido.
Natalia miró la moneda de diez pesos en su mano. Luego miró su maleta. Luego miró hacia la estación, donde su vida anterior se había quedado encerrada tras las puertas automáticas. No tenía a dónde ir. No tenía trabajo por quince días. No tenía casa.
Una curiosidad extraña, mezclada con algo que hacía años no sentía —quizás empatía, quizás solo la necesidad de ver a alguien que estuviera peor que ella para no sentirse tan miserable— la invadió.
—Está bien —suspiró Natalia, guardando el papel en su bolsillo—. Llévame. De todos modos, ya no tengo nada que perder.
La niña esbozó una sonrisa chimuela, pequeña y tímida, que iluminó su cara sucia como un rayo de sol entre nubes negras. Le hizo señas para que la siguiera.
Natalia agarró su maleta y comenzó a caminar detrás de la pequeña, alejándose de las luces de la avenida y adentrándose en los callejones oscuros de la periferia. Mientras caminaba, tuvo la extraña sensación de que no estaba yendo hacia un lugar, sino hacia su destino.
Lo que no sabía Natalia era que en ese callejón sucio no iba a encontrar solo pobreza. Iba a encontrar los fantasmas de un pasado que creía enterrado y olvidado. Un pasado que tenía nombre, apellido y una cuenta pendiente que ni todo el dinero del mundo podría pagar.
La niña se detuvo frente a una puerta de madera podrida, en una vecindad que parecía que se iba a caer con el próximo viento. Se giró hacia Natalia y señaló hacia adentro.
Natalia tragó saliva. El miedo le recorrió la espalda.
—¿Es aquí?
La niña asintió y empujó la puerta. El chirrido de las bisagras oxidadas sonó como un lamento.
Natalia respiró hondo, apretó el mango de su maleta y cruzó el umbral.
PARTE 3: SANGRE DE MI SANGRE
CAPÍTULO 5: EL ESPEJO DEL PASADO
El interior de la casa olía a encierro, a medicinas baratas y a ese olor inconfundible de la pobreza vieja: polvo acumulado sobre cosas que alguna vez fueron útiles. Natalia entró con paso vacilante, arrastrando su maleta, que en ese entorno parecía un objeto alienígena, una burla brillante en medio de la grisura.
Sus ojos tardaron unos segundos en acostumbrarse a la penumbra. La única luz provenía de una bombilla desnuda que colgaba de un cable pelado en el techo y de una veladora encendida frente a una estampa de la Virgen de Guadalupe en la esquina.
El cuarto era pequeño. Había una mesa de plástico con una pata rota calzada con un ladrillo, dos sillas de metal oxidadas y, al fondo, un sofá cama hundido cubierto con cobijas de lana que picaban solo de verlas.
—Siéntate… si no te da asco —dijo una voz desde el sofá.
Natalia sintió que el corazón se le detenía. Esa voz. Era rasposa, débil, rota por la falta de aire, pero la conocía. Era una voz que había escuchado miles de veces en su infancia, gritando en los juegos, cantando en la cocina, consolándola cuando se caía de la bicicleta.
Se acercó lentamente al sofá.
La mujer que yacía allí era un esqueleto cubierto de piel cetrina. Tenía los pómulos marcados como cuchillas, los ojos hundidos en cuencas oscuras y el cabello, antes espeso y brillante, ahora ralo y opaco, pegado al cráneo por el sudor de la fiebre.
Natalia soltó el mango de la maleta. Sus manos temblaban.
—¿Elena? —susurró, con un hilo de voz—. ¿Lencka?
La mujer en el sofá intentó sonreír, pero terminó tosiendo. Una tos seca, horrible, que parecía desgarrarle el pecho. La niña, Valentina, corrió inmediatamente hacia ella, le acomodó las almohadas y le acercó un vaso de agua con una ternura y una eficiencia que ninguna niña de esa edad debería tener.
—Hola, Nata… —dijo Elena cuando pasó el ataque de tos, limpiándose la boca con un trapo—. Dichosos los ojos. Pensé que nunca te volvería a ver.
Natalia cayó de rodillas junto al sofá. No le importó ensuciarse los pantalones de marca, ni el suelo de tierra apisonada.
—¡Dios mío, Elena! ¿Qué te pasó? ¿Por qué estás así?
Elena la miró con una mezcla de ironía y tristeza.
—La vida pasó, hermanita. La vida que tú dejaste atrás.
Natalia sintió una arcada de culpa. Hacía siete años que no veía a su hermana menor. La última vez… la última vez había sido el día de la firma.
Natalia recordó ese día con una claridad dolorosa. Sus padres habían muerto en un accidente de autobús un año antes. La casa del pueblo, una propiedad grande pero vieja en San Juan del Río, era lo único que les quedaba. Elena vivía ahí con su esposo y su hija recién nacida (Valentina). Natalia vivía ya en la ciudad con Miguel.
Natalia quería irse a Europa. Quería “vivir experiencias”. Así que exigió su parte de la herencia.
“Vendemos la casa y nos repartimos mitad y mitad”, había dicho Natalia.
“Pero Nata, es mi hogar. Aquí vive mi familia. No tenemos a dónde ir”, había llorado Elena.
“Pues cómpra mi parte”, respondió Natalia fríamente, sabiendo que Elena no tenía ni un peso.
Al final, forzó la venta. La casa se malbarató para que saliera rápido el dinero. Natalia agarró sus 300 mil pesos y se fue de viaje, se compró ropa, remodeló el baño de su departamento. Elena… Elena se quedó en la calle.
—¿Cómo llegaste aquí? —preguntó Natalia, con lágrimas corriendo por su maquillaje corrido—. Yo pensé… yo pensé que te habías ido con tu esposo a casa de tus suegros.
—Pensaste lo que te convenía pensar para dormir tranquila —dijo Elena suavemente, sin rencor, lo cual dolía más—. Mi esposo… el Jorge… se largó a los tres meses de que vendimos. No aguantó la presión. Dijo que no iba a cargar con una mujer y una hija sin techo. Se fue al norte. Nunca más supimos de él.
Elena tomó aire, cada respiración sonaba como un silbido.
—Nos fuimos a rentar un cuartito. Luego, hubo un incendio en la vecindad donde vivíamos. Perdimos lo poco que nos quedaba. La ropa, los muebles, los papeles… todo. Valentina tenía dos años. El humo… el humo le dañó algo en la garganta, o fue el trauma, no sé. Dejó de hablar ese día.
Natalia miró a la niña, que estaba sentada a los pies de la cama, acariciando la mano huesuda de su madre. La niña muda. Su sobrina.
—¿Y por qué no me buscaste? —gimió Natalia—. ¡Tengo teléfono! ¡Tengo dirección! ¡Miguel te hubiera ayudado!
—¿Te busqué? —Elena se rió débilmente—. Te llamé cien veces, Nata. Te dejé recados con tus amigas. Fui a tu edificio una vez, hace cuatro años. El portero me dijo que habías dado orden de no dejar pasar a “gente del pueblo”. Que te avergonzabas de tus parientes pobres.
Natalia se cubrió la boca con la mano. Era cierto. Recordaba vagamente haberle dicho al conserje que si venía alguien pidiendo dinero, dijera que no estaba. En ese entonces, Natalia estaba en la cima de su arrogancia, organizando cenas para los amigos de Miguel, jugando a ser la gran señora. No quería que su hermana “la rancherita” arruinara su imagen.
—Soy un monstruo… —sollozó Natalia, golpeando el suelo con el puño—. Soy una maldita basura.
—No eres un monstruo, Nata. Eres egoísta. Siempre lo fuiste. Desde chiquita, te comías el dulce más grande y dejabas el papel. Pero ya no importa el pasado. Importa el ahora.
Elena le hizo una seña para que se acercara más. Natalia acercó su oído a los labios de su hermana.
—Me estoy muriendo, Nata.
—¡No digas eso! ¡Te vamos a llevar al médico! ¡Ahora mismo! Voy a… voy a conseguir dinero. Te voy a llevar al mejor hospital.
—Ya no hay remedio. Es cáncer. Me comió los pulmones. Fui al Seguro Popular hasta que pude caminar, me dieron pastillas, pero… ya está muy avanzado. El doctor dijo que es cuestión de semanas. Tal vez días.
Natalia sintió que el mundo se le venía encima por segunda vez en una semana. Primero su matrimonio, ahora esto. Pero esto era real. Esto era muerte. Esto era irreversible.
—¿Para qué me llamaste entonces? —preguntó Natalia, llorando—. Si no quieres dinero, si no quieres doctores…
Elena giró la cabeza y miró a Valentina con un amor infinito.
—Por ella.
Valentina levantó la vista y sus ojos negros se clavaron en Natalia.
—No quiero que se vaya al DIF. No quiero que termine en un orfanato, Nata. Es una niña buena. Es lista. Sabe cocinar, sabe coser, no da lata. Pero es muda y es pobre. En el sistema se la van a comer viva.
Elena apretó la mano de Natalia con una fuerza sorprendente para su estado.
—Tú eres su tía. Eres su única sangre. Sé que no eres maternal. Sé que no te gustan los niños. Pero te lo suplico, por la memoria de nuestros papás… no la dejes sola. Cuando yo me muera, hazte cargo de ella.
Natalia se quedó paralizada. ¿Ella? ¿Cuidar a una niña? ¡Si no podía cuidarse ni a sí misma! Acababa de ser corrida de su casa, no tenía trabajo, no tenía dinero.
—Elena… yo… yo no tengo nada. Miguel me corrió. Estoy en la calle igual que tú.
Elena la miró fijamente.
—Tienes vida, Natalia. Tienes salud. Tienes dos brazos y dos piernas fuertes. Y tienes esa maña tuya para salirte siempre con la tuya. Úsala para algo bueno por una vez en tu vida. Saca a mi hija adelante. Prométemelo.
El silencio en el cuarto era absoluto, solo roto por el goteo de una llave en algún lugar y la respiración dificultosa de Elena.
Natalia miró a su hermana moribunda. Miró a la niña indefensa. Y luego se miró a sí misma: sus uñas acrílicas rotas, su ropa sucia, su ego destrozado.
Toda su vida había huido. Huyó del pueblo. Huyó de la pobreza. Huyó de la responsabilidad en su matrimonio.
¿Iba a huir otra vez?
Tomó la mano de Elena entre las suyas y la besó.
—Te lo prometo, Lencka. Te lo juro por mi vida. No la voy a dejar sola. Pase lo que pase.
Elena cerró los ojos y soltó un suspiro largo, como si hubiera estado aguantando el aire durante años esperando ese momento.
—Gracias… ahora… tengo sueño. Quiero dormir un ratito.
Valentina se levantó y cubrió a su mamá con la cobija raída. Luego, se acercó a Natalia y, tímidamente, le tocó el hombro.
Natalia, la mujer que odiaba que la tocaran los niños, la mujer que decía que los sobrinos eran “anticonceptivos con patas”, abrazó a la niña y lloró. Lloró por Elena, lloró por Miguel, lloró por ella misma y por el tiempo perdido que nunca, nunca iba a recuperar.
Esa noche, Natalia no durmió en un hotel, ni en una cama. Durmió sentada en una silla de metal, con la cabeza apoyada en la mesa de plástico, vigilando el sueño de su hermana y espantando a los mosquitos, mientras la lluvia caía sobre el techo de lámina como un redoble fúnebre.
CAPÍTULO 6: LA VENTA DE LA VANIDAD
El amanecer en la periferia de la ciudad no es poético. Es gris, brumoso y huele a carbón. Natalia despertó con el cuello torcido y un dolor de espalda que le recordó que ya no tenía veinte años.
Elena seguía dormida, pero su respiración era cada vez más agitada. Valentina ya estaba despierta, barriendo el piso de tierra con una escoba de varas. Al ver que Natalia despertaba, la niña corrió a la “cocina” —una parrilla eléctrica de una hornilla sobre unos tabiques— y le trajo una taza despostillada con café negro, aguado y sin azúcar.
—Gracias… —murmuró Natalia, tomando el café caliente. Le supo a gloria.
Elena se removió en el sofá y empezó a toser de nuevo. Esta vez fue peor. Hubo sangre en el trapo.
—Agua… —pidió Elena.
Natalia buscó la botella de agua. Estaba vacía. Buscó en la alacena improvisada (una caja de huacales). No había nada. Un paquete de galletas Marías abierto y medio kilo de tortillas duras. Nada más.
—¿No hay comida? —preguntó Natalia a la niña.
Valentina negó con la cabeza y se frotó el estómago.
Natalia sintió una punzada de vergüenza. Ella se quejaba de haber comido un tamal el día anterior, mientras su hermana y su sobrina probablemente llevaban días sin probar bocado decente.
—Tengo que conseguir medicinas para el dolor. Y comida. Comida de verdad —dijo Natalia, poniéndose de pie. Se alisó el saco arrugado.
Revisó su cartera. Los diez pesos seguían ahí. Insuficiente.
Miró su maleta. Su preciosa maleta llena de “tesoros”. Ropa de diseñador (algunas originales que Miguel le regaló, otras imitaciones muy buenas), zapatos, bolsas.
Durante años, esas cosas habían sido su identidad. Soy Natalia, la que viste bien. La que tiene estilo.
Miró a Elena, retorciéndose de dolor.
Miró a Valentina, con sus ojitos de hambre.
—Al diablo con el estilo —masculló.
Abrió la maleta. Sacó todo.
Seleccionó lo mejor: un reloj Michael Kors (regalo de aniversario de Miguel), unos lentes Ray-Ban originales, una chamarra de piel, y dos bolsas de marca.
—Valentina, cuida a tu mamá. Voy a salir. No tardo.
Salió de la casa con los brazos llenos de cosas y la maleta medio vacía. Caminó hasta la avenida principal, preguntando dónde había una casa de empeño o un tianguis.
—Derecho, madre, hasta el semáforo. Ahí se pone el de “las chácharas” —le dijo un señor que vendía periódicos.
Natalia llegó al tianguis sobre ruedas. El ruido, los olores, la gente empujándose. Antes, ella hubiera arrugado la nariz y pasado de largo. Hoy, era su única esperanza.
Buscó un puesto donde compraran cosas usadas. Encontró a una señora gorda, con delantal, que vendía ropa de paca.
—¿Cuánto me da por esto? —Natalia puso la chamarra de piel sobre la mesa.
La señora la revisó, buscando defectos.
—Te doy doscientos pesos.
—¡¿Qué?! —gritó Natalia—. ¡Es piel genuina! ¡Costó tres mil!
—Pues sí, reina, pero aquí no es Liverpool. Si quieres, si no, llégale. La gente aquí busca barato.
Natalia tragó orgullo.
—Está bien. Doscientos. ¿Y por los lentes?
—Cien. Están rayados.
—¡Son Ray-Ban!
—Cien o nada.
Natalia vendió la chamarra, los lentes y tres blusas. Obtuvo 500 pesos. Era una miseria, un robo a mano armada, pero era efectivo.
Faltaba el reloj. Ese no lo iba a malbaratar con la señora de la ropa. Fue a una casa de empeño, de esas con rejas verdes y cristales blindados.
—Préstamo o venta —dijo el cajero, un joven con cara de aburrimiento.
—Venta. Necesito el dinero ya.
El chico examinó el reloj con una lupa.
—Es original. Está bonito. Te doy mil quinientos.
Natalia suspiró. El reloj valía cinco mil. Pero no tenía tiempo para regatear.
—Dámelos.
Salió con dos mil pesos en la bolsa. Se sintió más rica que cuando tenía las tarjetas de crédito, porque este dinero era suyo, ganado con su sacrificio, y tenía un propósito vital.
Corrió a la farmacia. Compró analgésicos fuertes, jarabe para la tos, suero, vitaminas y gasas.
Luego fue al mercado. Compró pollo, verduras, arroz, leche, huevos y fruta. Y, en un impulso, compró una muñeca de trapo barata y unos colores para dibujar.
Regresó a la casa cargada de bolsas, sudando la gota gorda, con los pies matándola por los tacones.
—¡Llegué! —anunció, entrando como un torbellino.
Valentina abrió los ojos como platos al ver la comida.
Natalia se puso el delantal sucio que estaba colgado en un clavo y se puso a cocinar. Ella, que decía que “se le quemaba el agua”, preparó un caldo de pollo con verduras. No le quedó gourmet, le faltaba sal, pero olía a hogar.
Levantó a Elena con cuidado y le dio el caldo a cucharadas.
—Come, Lencka. Tienes que tener fuerzas.
Elena comió un poco y sonrió.
—Está rico, Nata… sabe a como lo hacía mamá.
Ese cumplido valió más que cualquier elogio que le hubieran hecho sus amantes pasajeros.
Después de comer y tomar las medicinas, Elena pareció revivir un poco. El color volvió levemente a sus mejillas.
—Siéntate aquí —le dijo a Natalia, palmeando el borde del sofá.
Natalia se sentó. Valentina se puso a dibujar en el suelo con los colores nuevos, feliz.
—Nata… tengo que pedirte otra cosa —dijo Elena, poniéndose seria.
—Lo que sea.
—Tienes que buscar a Miguel.
Natalia se tensó.
—No. Eso no. Él me corrió. Me humilló. No voy a arrastrarme ante él.
—No es por ti. Es por nosotras. Mira dónde vivimos. Esta casa se cae a pedazos. El dueño nos quiere echar porque debemos tres meses de renta. Cuando yo me muera… no puedes quedarte aquí con la niña. Es peligroso.
—Yo voy a trabajar. Voy a rentar algo mejor. Me van a levantar el castigo en el tren en dos semanas.
—¿Y mientras? —Elena la miró a los ojos—. Nata, deja el orgullo. El orgullo no se come. El orgullo no te tapa del frío. Miguel es un buen hombre. Tú me lo dijiste en tus cartas, antes de que dejaras de escribirme. Dijiste que era noble. Si le explicas… si le dices la verdad… te va a ayudar.
—No lo conoces ahora, Elena. Está furioso. Me odia. Y con razón. Le fui infiel.
Elena suspiró.
—Todos cometemos errores. Pero tú eres su esposa. Y esta situación… una niña, una moribunda… eso ablanda hasta a las piedras. Prométeme que lo vas a intentar. No vayas a pedirle que te perdone a ti. Ve a pedirle ayuda para tu sangre.
Natalia bajó la cabeza. La idea de ver a Miguel, de que la viera así, derrotada, sucia, pidiendo caridad, le revolvía el estómago. Pero miró a Valentina dibujando un sol sonriente en el papel.
—Lo pensaré —dijo Natalia—. Lo pensaré.
Pasaron tres días.
Natalia se transformó.
Se quitó las uñas postizas con los dientes porque le estorbaban para lavar la ropa a mano en el lavadero de piedra. Se amarró el cabello en un chongo despeinado. Cambió sus tacones por unos tenis viejos de Elena que le quedaban chicos.
Limpió la casa. Fregó el piso. Mató cucarachas.
Y cuidó a su hermana. Le limpiaba el sudor, la ayudaba a ir al baño (una letrina en el patio), le contaba historias para distraerla del dolor.
Y se enamoró de Valentina.
Descubrió que la niña era lista, que entendía todo con señas, que tenía una risa silenciosa que le iluminaba la cara.
Pero la realidad golpeó de nuevo al cuarto día.
Elena tuvo una crisis en la madrugada. Se ahogaba. Natalia corrió a buscar al médico de la farmacia de similares, golpeando la cortina metálica hasta que le abrieron.
El médico vino, la revisó y negó con la cabeza.
—Ya no hay nada que hacer. Está en las últimas. Solo manténganla cómoda. Puede ser hoy, puede ser mañana.
Natalia se quedó sentada junto a la cama, sosteniendo la mano fría de su hermana.
El dinero se estaba acabando. Los 2000 pesos se habían ido en medicinas y comida. El dueño de la casa había venido a gritar que si no pagaban para el lunes, las sacaba con todo y chivas.
Era viernes.
Natalia miró su celular. Le quedaba 10% de batería.
Buscó el número de Miguel.
El dedo le temblaba sobre la tecla de llamar.
Orgullo o supervivencia.
Vanidad o familia.
Recordó las palabras de Don Ramiro: “La vida te tiene preparada una lección”.
Sí, la lección había llegado. Y dolía como el demonio.
Apretó el botón de llamar.
Timbró. Una vez. Dos veces. Tres veces.
Natalia contuvo la respiración.
—¿Bueno? —la voz de Miguel sonó seca, distante.
Natalia intentó hablar, pero se le hizo un nudo en la garganta.
—¿Quién habla? —preguntó Miguel con impaciencia—. Si no contestan, voy a colgar.
—Miguel… —logró decir ella. Su voz sonó quebrada, irreconocible. No era la voz de la “Reina del Tren”. Era la voz de una mujer rota.
Hubo un silencio largo al otro lado de la línea.
—¿Natalia? ¿Para qué llamas? Te dije que hablaras con mi abogado.
—No… no es por el divorcio. No quiero nada para mí. Te lo juro.
Natalia tragó saliva y las lágrimas empezaron a correr.
—Miguel… necesito ayuda. No tengo a nadie. Estoy… estoy viendo morir a mi hermana y… y tengo miedo. Por favor. Por lo que algún día fuimos. Ayúdame.
Silencio.
Natalia esperaba que colgara. Esperaba que le dijera “te lo mereces”.
Pero Miguel, el hombre “aburrido”, el hombre “sin carácter”, el hombre bueno que ella había despreciado, suspiró.
—¿Dónde estás?
Natalia le dio la dirección, sollozando.
—Voy para allá.
Miguel colgó.
Natalia dejó caer el teléfono y abrazó a Valentina.
—Viene —le susurró a la niña—. Viene el tío Miguel. Todo va a estar bien.
Pero mientras lo decía, Elena soltó un último suspiro, largo y estremecedor, y su mano se relajó entre las de Natalia.
El silencio en el cuarto cambió. Ya no era el silencio de la enfermedad. Era el silencio de la ausencia.
Natalia miró el rostro de su hermana, que por fin parecía descansar en paz, sin dolor.
—No… no, no, no. ¡Elena! ¡No te vayas todavía! ¡Espera! ¡Ya viene la ayuda!
Pero Elena ya se había ido, dejando a Natalia sola con la promesa, con la niña y con el hombre al que había destrozado el corazón, que venía en camino para ver en qué se había convertido su esposa.
El verdadero juicio de Natalia estaba a punto de comenzar.
PARTE 4: RENACER DE LAS CENIZAS
CAPÍTULO 7: EL HOMBRE QUE LLEGÓ CON LA LLUVIA
El silencio que deja la muerte no es vacío; es pesado. Pesa en los hombros, en el aire estancado, en las paredes de lámina que crujen con el viento. Natalia estaba sentada en el suelo, abrazando sus rodillas, con la mirada perdida en el rostro pálido de su hermana. Valentina, agotada por el llanto silencioso, se había quedado dormida con la cabeza recargada en el regazo de su tía.
Afuera, un coche se detuvo. No era el ruido destartalado de los taxis piratas o las camionetas de carga que solían pasar por ahí. Era el ronroneo suave de un motor bien afinado. Luego, el golpe de una puerta al cerrarse.
Pasos firmes en el lodo. Chof, chof, chof.
Alguien tocó a la puerta de madera podrida. Tres golpes secos, respetuosos.
Natalia sintió pánico. Se miró las manos sucias, la ropa vieja de Elena que le quedaba chica, el cabello hecho un nudo. No quería que él la viera así. La “Reina del Tren”, la mujer que no salía ni a la tienda sin rímel, ahora era un espectro de la miseria.
Pero no había opción. Elena estaba muerta. Valentina dependía de ella.
Se levantó con cuidado de no despertar a la niña. Caminó hacia la puerta, sintiendo que las piernas le pesaban toneladas. Quitó la tranca —un palo de escoba atorado— y abrió.
Ahí estaba Miguel.
Llevaba su gabardina beige, esa que Natalia le había dicho que lo hacía ver como “detective de película vieja”, y sostenía un paraguas negro grande. Estaba impecable, oliendo a loción cara y a limpieza. El contraste con el entorno —el patio lleno de lodo, la basura acumulada en la esquina, el olor a humedad— era brutal.
Miguel la miró. Sus ojos recorrieron a Natalia de pies a cabeza. Vio las ojeras profundas, la delgadez, las uñas mordidas, la ropa ajena. Por un segundo, Natalia vio un destello de shock en sus ojos, pero él lo ocultó rápido tras su máscara de serenidad.
—Hola —dijo él. Su voz no era cálida, pero tampoco tenía el filo de odio de la última vez.
—Hola… —susurró Natalia, bajando la vista—. Gracias por venir.
Miguel cerró el paraguas y lo recargó en la pared exterior.
—¿Dónde está?
Natalia se hizo a un lado y señaló hacia el sofá cama al fondo del cuarto.
Miguel entró. Se quitó el sombrero (porque era un hombre educado, de los de antes) y caminó hacia el cuerpo de Elena. Se quedó parado ahí unos momentos, observando la escena con respeto. Vio las veladoras casi consumidas, el vaso de agua en el suelo, la pobreza absoluta que gritaba desde cada rincón.
Luego miró a la niña dormida en el suelo.
—¿Es tu sobrina? —preguntó en voz baja.
—Sí. Valentina.
—¿Está sola?
—Ahora sí. Solo me tiene a mí.
Miguel asintió lentamente. Se giró hacia Natalia.
—¿Qué necesitas?
Natalia sintió que se le quebraba la voz. Quería decirle “te necesito a ti”, quería abrazarlo, quería que él le dijera que todo era una pesadilla. Pero se aguantó. No tenía derecho.
—No tengo dinero para el funeral —dijo, tragándose su orgullo, que le supo a bilis—. El dueño de la casa nos quiere echar mañana. No… no sé qué hacer con el cuerpo. No quiero que se vaya a la fosa común. Elena no se merece eso.
Miguel sacó su cartera. No sacó billetes. Sacó su celular.
—No te preocupes por eso. Yo me encargo.
Salió al patio a hacer llamadas. Natalia lo escuchaba a través de la pared delgada.
“Sí, servicio completo… Urgente… No, factura a mi nombre… Sí, manden la carroza ya… También necesito que traigan comida… Sí, para unas diez personas… Gracias”.
Regresó a los diez minutos.
—Ya vienen por ella. La velaremos en una capilla decente, no aquí. Y ya pedí algo de cenar.
Natalia rompió a llorar. No fue un llanto histérico. Fue un llanto de alivio, de gratitud pura.
—Gracias, Miguel. Te juro que te voy a pagar cada centavo. Voy a trabajar doble turno en cuanto regrese. Te firmo un pagaré, lo que quieras.
Miguel la miró fijamente, con esa mirada indescifrable.
—No es un préstamo, Natalia. Es caridad. Por tu hermana. Y por la niña.
La palabra “caridad” le dolió más que una bofetada, pero la aceptó. Se la merecía.
La noche fue larga. La carroza llegó, se llevaron a Elena. Valentina despertó asustada, pero cuando vio a Miguel, algo pasó. Normalmente, la niña se escondía de los extraños, especialmente de los hombres (quizás recordando el abandono de su padre). Pero con Miguel, se quedó quieta, observándolo con sus grandes ojos negros.
Miguel se agachó a su altura.
—Hola, pequeña. Soy el tío Miguel.
Valentina no contestó, obviamente, pero estiró su manita y tocó la tela suave de la gabardina de Miguel. Él sonrió, una sonrisa triste y dulce que a Natalia le rompió el corazón porque recordó cuánto deseaba él tener hijos.
—Vamos a llevar a tu mami a un lugar bonito para que descanse, ¿sí?
Valentina asintió y, para sorpresa de Natalia, le dio la mano a Miguel.
El funeral fue digno. Miguel pagó todo: el ataúd de madera barnizada, las flores blancas, la misa. No fue mucha gente, solo algunos vecinos de la vecindad que querían a Elena y el propio Miguel. Natalia estuvo ahí, vestida de negro con ropa que Miguel le mandó comprar de emergencia en un supermercado, sosteniendo la mano de Valentina todo el tiempo.
Cuando bajaron el ataúd a la tierra, Natalia sintió que enterraba también a su “yo” anterior. La Natalia vanidosa, la que soñaba con Europa y lujos, se quedó ahí, bajo dos metros de tierra, junto a la hermana a la que le había fallado.
Al salir del cementerio, el sol empezaba a ponerse, tiñendo el cielo de un naranja melancólico.
—¿Y ahora? —preguntó Miguel, recargado en su coche limpio.
Natalia apretó la mano de Valentina.
—Voy a buscar un cuarto. Algo barato. Tengo que regresar a trabajar el lunes. Me las voy a arreglar.
—No puedes llevar a la niña a un cuartucho de mala muerte, Natalia. Y menos si vas a trabajar todo el día. ¿Quién la va a cuidar?
—No sé… ya veré. Me la llevo al tren si es necesario.
—Eso es ilegal y peligroso. Te la van a quitar los del DIF en dos días.
Natalia bajó la cabeza. Sabía que tenía razón.
—Entonces… ¿qué hago? No tengo a dónde ir, Miguel. Tú me corriste de tu casa. Y lo entiendo. No te estoy pidiendo volver. Solo… no sé.
Miguel suspiró y se frotó las sienes, como si tuviera un dolor de cabeza fuerte. Miró a Valentina, que estaba entretenida persiguiendo una mariposa.
—Sube al coche.
—¿Qué?
—Que subas. No las voy a dejar en la calle.
El trayecto fue silencioso. Natalia pensó que las llevaría a algún albergue o a un hotel barato. Pero Miguel tomó el camino hacia la salida de la ciudad, hacia la zona de las casas de campo viejas, no muy lejos de donde vivía Elena, pero en un sector un poco más “decente”.
Se detuvo frente a una casa pequeña, de ladrillo rojo, con un jardín delantero lleno de hierba crecida y una cerca despintada.
—Esta casa era de un tío mío. Está vacía desde hace años. La íbamos a vender, pero… bueno, aquí está. Tiene luz y agua. No tiene muebles, salvo un par de catres viejos. Pero es segura.
Natalia miró la casa. No era una mansión. Era humilde. Pero tenía techo. Tenía paredes sólidas.
—¿Nos podemos quedar aquí?
—Pueden quedarse. No les voy a cobrar renta. Pero tú pagas los servicios y la comida. Yo pongo la casa. Es el trato.
Natalia se giró hacia él, con los ojos llenos de lágrimas.
—Miguel… ¿por qué haces esto? Después de todo lo que te hice…
Miguel mantuvo la vista al frente, apretando el volante con fuerza.
—Porque esa niña no tiene la culpa de tus errores, Natalia. Y porque… —hizo una pausa y su voz se suavizó un poco— …porque Elena me caía bien. Era buena mujer.
Natalia entendió. No era por ella. Era por Valentina y por Elena. Pero eso bastaba.
—Gracias.
Bajaron del coche. Miguel les ayudó a bajar la maleta y una caja con las pocas cosas que rescataron de la casa de Elena.
—Ah, una cosa más —dijo Miguel antes de subirse al coche para irse—. No creas que esto cambia lo nuestro. El divorcio sigue en pie. Mis abogados te buscarán la próxima semana para firmar. Esto es… asistencia humanitaria. Nada más.
Natalia asintió, tragándose el dolor.
—Lo entiendo. Buenas noches, Miguel.
Él arrancó y se fue, dejando una estela de polvo rojo. Natalia se quedó parada frente a la casa vieja, con Valentina de la mano, sintiendo una extraña mezcla de tristeza y esperanza.
Era el comienzo de su vida real.
CAPÍTULO 8: LA BANCA DE LA REDENCIÓN
La casa del tío de Miguel era vieja, sí, pero tenía un alma noble. Los primeros días fueron duros. Natalia y Valentina durmieron en los catres viejos, tapándose con las cobijas que trajeron. Natalia se levantaba a las 5 de la mañana para limpiar. Talló pisos, arrancó telarañas, lavó ventanas hasta que los vidrios brillaron.
Regresó al trabajo en el tren con una actitud nueva. Ya no era la “Reina” que coqueteaba por propinas. Ahora era Natalia, la madre sustituta que necesitaba cada peso para comprar leche, cuadernos y zapatos para Valentina.
Don Ramiro lo notó de inmediato.
—Te ves… diferente, muchacha —le dijo el primer día, mientras ella limpiaba una mesa con furia—. Te ves cansada, pero… más real.
—La vida cobra facturas, Don Ramiro. Y ya empecé a pagar la mía —respondió ella con una media sonrisa.
Los fines de semana, Natalia se dedicaba a la casa y a Valentina. Descubrió que la niña era una artista nata. Le compró acuarelas baratas y Valentina pintaba murales hermosos en cartones viejos. Se comunicaban con señas, con miradas y con un amor que crecía cada día. Natalia aprendió a cocinar (viendo videos en YouTube con el WiFi robado del vecino) y, aunque quemó el arroz tres veces, la cuarta le salió comestible.
Un sábado por la mañana, dos semanas después del funeral, Natalia estaba en el jardín delantero, intentando arrancar una hierba necia con una pala oxidada. Estaba sudada, con una camiseta vieja y manchada de tierra, sin maquillaje.
Escuchó un coche detenerse.
Era Miguel.
Bajó de su auto, pero esta vez no venía de traje. Traía jeans, una camiseta polo y botas de trabajo. Abrió la cajuela y empezó a bajar cosas: cajas de herramientas, latas de pintura, brochas.
Natalia se acercó al cerco, limpiándose el sudor de la frente.
—¿Miguel? ¿Qué haces aquí?
—Vine a ver cómo estaba la casa. Y a traer esto. No pueden vivir con esas paredes despintadas. Deprime a cualquiera.
Valentina salió corriendo de la casa y, al ver a Miguel, sonrió de oreja a oreja y corrió a abrazarle las piernas. Miguel soltó las cajas y la cargó en brazos.
—¡Hola, chaparra! ¿Cómo te estás portando con tu tía bruja?
Valentina se rió sin sonido y señaló a Natalia, haciendo un gesto de “más o menos”.
Miguel soltó una carcajada. Natalia se sorprendió. Hacía años que no lo oía reír así.
—Bueno, manos a la obra —dijo Miguel, bajando a la niña—. Traje pintura amarilla. Es alegre. A ver si le damos vida a este tugurio.
Pasaron el día pintando. Fue un día extraño y maravilloso. Natalia y Miguel trabajando juntos, hombro con hombro, pero sin la tensión romántica o tóxica de antes. Eran como dos compañeros de trinchera.
—Te quedó chueca esa línea —se burló Miguel.
—Cállate y pásame el rodillo, ingeniero —respondió ella, aventándole un trapo.
Al mediodía, comieron tortas de jamón sentados en el suelo de la sala recién pintada.
—Oye, Nata —dijo Miguel, mordiendo su torta—. He estado pensando.
—¿Sí?
—Valentina necesita ir a una escuela especial. Investigué una cerca de aquí. Tienen terapeutas de lenguaje. Podrían ayudarla a hablar de nuevo.
—Pero… debe ser carísima. Yo apenas saco para la comida.
—Yo la pago.
Natalia dejó su torta en el plato.
—Miguel… no puedes seguir haciendo esto. Ya hiciste demasiado. No es tu responsabilidad.
—No lo hago por ti —repitió él, aunque su tono era menos duro—. Lo hago porque… porque me he encariñado con la escuincla. Y porque tengo el dinero. ¿Qué más da?
Natalia lo miró a los ojos. Vio en ellos al hombre bueno del que se aprovechó durante años. Pero ahora, en lugar de verlo “aburrido”, lo vio fuerte. Lo vio admirable.
—Eres un gran hombre, Miguel. Fui una estúpida al no verlo.
Miguel sostuvo su mirada un momento, luego se encogió de hombros.
—Todos cometemos errores. Lo importante es qué hacemos después para arreglarlos.
Por la tarde, salieron al jardín.
—Este jardín está horrible —dijo Miguel, mirando la tierra removida—. Deberíamos poner algo aquí.
Valentina corrió adentro y sacó un dibujo. Era un dibujo de ella, Natalia y Miguel, sentados en una banca bajo un árbol, tomando té.
Miguel tomó el dibujo y sonrió.
—Una banca, ¿eh? Pues… creo que hay madera en la parte de atrás. Y yo traje mi sierra.
Miguel se puso a medir y cortar madera. Natalia lijaba las tablas. Valentina ayudaba pasando los clavos.
—Oye, ten cuidado con esa sierra —le dijo Natalia cuando lo vio sudando—. No te vayas a volar un dedo.
—Tranquila, mujer. Sé lo que hago. Mi abuelo era carpintero, ¿te acuerdas?
—Sí… me acuerdo. Me contaste esa historia en nuestra primera cita. Y yo no te escuché porque estaba pensando en qué zapatos comprarme.
Miguel se detuvo y la miró.
—Has cambiado, Natalia.
—¿Tú crees?
—Sí. Antes no hubieras tocado una lija ni aunque tu vida dependiera de ello. Y te ves… te ves mejor así. Sin tanta pintura. Más tú.
Natalia sintió que se sonrojaba.
—Bueno, la necesidad es la madre de la invención… y de la humildad.
Terminaron la banca al atardecer. Era rústica, imperfecta, pero sólida. La pusieron bajo el único árbol vivo del jardín, un pirul viejo.
Se sentaron los tres. Valentina en medio.
El sol se ocultaba, pintando el cielo de morado y rojo.
Miguel sacó tres refrescos de su hielera.
—Salud —dijo, chocando su lata con la de Natalia y la de Valentina.
—Salud —respondió Natalia.
Se quedaron en silencio un rato, viendo caer la noche.
—¿Vas a firmar los papeles el lunes? —preguntó Miguel de repente.
El corazón de Natalia se encogió. El momento de magia se rompía.
—Sí. Ya los leí. Voy a ir al despacho a las diez.
Miguel asintió, mirando sus botas.
—Bien.
Hubo otro silencio, más largo e incómodo.
—Aunque… —empezó Miguel, dudoso— …el abogado me dijo que podíamos posponerlo un mes. Si queríamos revisar… cláusulas.
Natalia giró la cabeza rápidamente. Miguel no la miraba, pero tenía las orejas rojas.
—¿Cláusulas? —preguntó ella, con un hilo de esperanza.
—Sí. Ya sabes. Temas de la propiedad… o tal vez… ver cómo evoluciona la situación de Valentina. Sería un lío cambiar todo si decido… si decidimos apoyarla juntos a largo plazo.
Natalia entendió. No era una propuesta de matrimonio. No era un “te perdono todo”. Era una puerta entreabierta. Una rendija pequeña por donde entraba un poco de luz. Era una oportunidad para demostrar, con tiempo y hechos, que el cambio era real.
—Me parece bien —dijo Natalia, conteniendo las ganas de llorar—. Creo que deberíamos revisar esas cláusulas con calma. Sin prisa.
Miguel giró la cabeza y la miró. Por primera vez en meses, hubo una sonrisa genuina en sus labios. No la sonrisa de adoración ciega del pasado, sino una sonrisa de respeto, de igual a igual.
—Sin prisa. Tenemos tiempo.
Valentina, sintiendo que la tensión se disipaba y que algo bueno estaba pasando, aplaudió y señaló la banca, luego hizo el gesto de “casa” con las manos, uniendo las puntas de los dedos como un techo.
—Sí, chaparra —dijo Miguel, pasándole el brazo por los hombros—. Estamos construyendo algo. Poco a poco.
Natalia miró la banca, miró la casa pintada de amarillo a medio terminar, miró sus manos callosas y sucias.
No tenía joyas. No tenía viajes a Europa. No tenía lujos.
Pero tenía una familia rota que se estaba sanando. Tenía un propósito. Y tenía una segunda oportunidad.
Respiró hondo el aire fresco de la noche, que olía a pintura fresca y a tierra mojada.
—¿Sabes qué, Miguel?
—¿Qué?
—Creo que nunca había sido tan libre como ahora.
Miguel le dio un sorbo a su refresco y miró las estrellas que empezaban a salir.
—Yo tampoco, Nata. Yo tampoco.
FIN