
CAPÍTULO 1: EL FANTASMA EN EL RETIRO
Mírenme bien. Díganme qué es lo que ven.
Seguramente ven a un viejo de sesenta y cuatro años sentado en una banca del Parque México, en la Condesa, tirándole migajas de pan bimbo a las palomas. Ven una guayabera un poco gastada en los codos, unos zapatos negros boleados hasta el cansancio y una gorra que oculta la calvicie incipiente. Ven a un “don nadie”, a un abuelito inofensivo que camina lento porque le duelen las rodillas cuando cambia el clima y que seguramente se pasa las tardes viendo la televisión o quejándose del precio de las tortillas.
Ven a Víctor Manuel Mendoza, oficial de logística retirado. Un burócrata. Un mueble más de la ciudad.
Eso es exactamente lo que quiero que vean. Es el camuflaje perfecto. He pasado los últimos quince años perfeccionando este disfraz de normalidad, construyendo capa por capa una vida que no llame la atención. Aprendí a sonreírle a la señora de los tamales, a discutir de fútbol con el portero del edificio, a preocuparme por la verificación del coche. Aprendí a ser invisible a plena luz del día.
Pero están equivocados. Todos están equivocados.
Lo que no ven, lo que no sale en mi expediente del IMSS ni en mi acta de nacimiento, es que hace treinta años yo no archivaba papeles. En el México de los ochenta y noventa, un México que sangraba en silencio, yo era el hombre al que llamaban cuando la diplomacia fallaba y la ley estorbaba. Pertenecí a un grupo que no tenía nombre oficial, una célula de inteligencia y operaciones directas que respondía solo a susurros en los pasillos más oscuros del poder. Me entrenaron los Kaibiles en Guatemala y el Mossad en Israel. Me enseñaron que el cuerpo humano es un mapa de puntos de presión y que la moral es un lujo que los soldados no pueden permitirse.
No me enseñaron a rezar. Me enseñaron a limpiar. A resolver problemas de raíz. Sin testigos. Sin huellas. Sin remordimientos.
Recuerdo el olor de la selva lacandona en el 94, el olor a pólvora quemada y tierra mojada. Recuerdo los interrogatorios en casas de seguridad en Guadalajara, donde aprendí que todo hombre, por más duro que sea, tiene un precio o un punto de quiebre. Me convertí en una máquina. Eficiente. Letal. Fría.
Pero las máquinas también se cansan. O se oxidan.
Cuando el sistema cambió, cuando los viejos jefes cayeron y las lealtades se vendieron al narco, decidí que era hora de morir. Metafóricamente. Enterré al Comandante Mendoza en una caja fuerte mental y dejé salir a Víctor, el ciudadano promedio. Me mudé a la colonia Narvarte, un barrio de clase media, tradicional, tranquilo. Allí conocí a Natalia.
Natalia… mi santa Natalia. Una maestra de primaria con las manos llenas de tiza y el corazón lleno de una fe inquebrantable en la humanidad. Ella no sabía nada de mi pasado. Para ella, yo era un hombre solitario y ordenado que necesitaba cariño. Me salvó. Me dio una familia que no merecía. Aceptó casarse conmigo y trajo con ella a Alina, su hija de un matrimonio anterior. Alina era rebelde, ruidosa, viva. Me costó trabajo, pero aprendí a ser padre. Aprendí a espantar a los novios vagos, a ayudar con la tarea de matemáticas, a arreglar bicicletas.
Y luego… luego llegó el milagro.
Katia.
Cuando Alina dio a luz a Katia, yo estaba en la sala de espera del hospital, temblando. Yo, que había desactivado explosivos sin sudar, estaba temblando porque una enfermera salió con un bulto rosa. Cuando la cargué por primera vez, sentí un terror absoluto. Sus manos eran minúsculas. Sus ojos, todavía cerrados, buscaban la luz. En ese momento hice un pacto con el universo: “No volveré a matar. No volveré a ser el monstruo. Seré el abuelo que esta niña necesita. Seré su escudo, pero un escudo de amor, no de plomo”.
Katia creció. Se convirtió en mi todo. Mientras Alina trabajaba dobles turnos para pagar las cuentas, yo cuidaba a la niña. La llevaba al kínder, le enseñé a andar en patines en el Parque de los Venados, le leía cuentos hasta que se quedaba dormida en mi pecho. Ella fue la única que logró borrar las pesadillas. Cuando ella reía, los gritos de mis fantasmas se callaban.
Hoy, Katia tiene veinte años. Estudia Letras Hispánicas en la UNAM, en Ciudad Universitaria. Es una chica de su tiempo: feminista, soñadora, siempre con un libro bajo el brazo y unos audífonos puestos. Quiere ser traductora, quiere viajar a Japón, quiere escribir novelas.
—Abuelo, ¿ya te tomaste tus pastillas? —me preguntó el viernes por la mañana, antes de salir.
Estaba preciosa. Llevaba unos jeans rotos, una playera de una banda de rock que no conozco y esos tenis Converse que se niega a tirar aunque ya tengan agujeros.
—Ya, mijita, ya. No me regañes —le contesté, sirviéndole su café con leche.
—No te regaño, te cuido. Porque te quiero mucho, viejo gruñón.
Me dio un beso en la calva, agarró una concha de vainilla y salió corriendo.
—¡Llego tarde a la clase de Literatura Comparada! ¡Te veo en la noche para cenar tacos!
La vi bajar las escaleras desde el balcón. La vi caminar hacia la parada del metrobús con esa energía que solo se tiene a los veinte años, cuando crees que el mundo es un lugar seguro y que el futuro es una promesa brillante. No sabía que esa sería la última vez que vería esa sonrisa. No la sonrisa real. La sonrisa inocente.
El día transcurrió con esa normalidad pegajosa de la Ciudad de México. El tráfico en el Viaducto, el ruido de los cláxones, el calor que se acumulaba antes de la lluvia de la tarde. Fui al mercado, compré la carne para la cena, arreglé una fuga en el baño. Natalia llegó de la escuela cansada, con esa fatiga crónica de los maestros mal pagados.
—Víctor, pon la mesa, que Alina y Katia no deben tardar —me dijo alrededor de las ocho de la noche.
Eran las 8:15 p.m. Estábamos viendo las noticias. Lo de siempre: asaltos en el Estado de México, corrupción en la política, escándalos de farándula.
Entonces sonó el teléfono. El fijo. Nadie llama al fijo a menos que sea una venta de tarjetas de crédito o… una emergencia.
Contesté.
—¿Bueno?
Al otro lado de la línea no hubo palabras al principio. Solo un sonido gutural. Un aullido. Era un sonido animal, roto, desesperado.
—¿Alina? —pregunté, sintiendo un frío instantáneo en la nuca. Ese sexto sentido, esa alarma interna que llevaba años apagada, se encendió de golpe con una luz roja cegadora.
—¡Papá! ¡Papá, ven rápido! —gritó Alina. Su voz estaba desgarrada—. ¡Es Katia! ¡Tienen que venir! ¡La mataron, papá, casi me la mataron!
El mundo se detuvo. El sonido de la televisión desapareció. La cara de Natalia se puso blanca como el papel al verme.
—¿Qué pasa? —susurró ella.
—Vístete —dije. Mi voz salió extraña. No era la voz de Víctor el jubilado. Era una voz metálica, de mando—. Vamos al Hospital Xoco. Ahora.
El trayecto fue un infierno. La lluvia caía a cántaros sobre la ciudad, convirtiendo el asfalto en un espejo negro y resbaladizo. El tráfico estaba parado en Tlalpan. Yo manejaba mi viejo Nissan Tsuru, metiendo los cambios con furia, subiéndome a las banquetas, pasándome los altos. Natalia lloraba en el asiento del copiloto, rezando avemarías en voz baja. Yo no rezaba. Yo calculaba. Calculaba rutas, tiempos, probabilidades. Mis manos apretaban el volante con tal fuerza que los nudillos se me pusieron blancos.
“Que esté viva. Solo te pido eso. Que esté viva y yo me encargo del resto”, pensaba.
Llegamos a urgencias. El olor a cloroformo, sangre y sudor rancio nos golpeó al entrar. El caos habitual de un hospital público en viernes por la noche: gente baleada, borrachos accidentados, familias gritando.
Encontramos a Alina en el pasillo, hablando con un médico joven que parecía no haber dormido en tres días. Alina tenía la ropa manchada de sangre. No era suya.
—¿Dónde está? —pregunté.
Alina se derrumbó en mis brazos.
—Está adentro, papá. La están cosiendo. La… la destrozaron.
Entré. Las enfermeras intentaron detenerme, pero algo en mi mirada las hizo retroceder. No tuve que gritar. Solo las miré y ellas entendieron que no era momento de pedir pases de visita.
Abrí la cortina del cubículo 4.
Ahí estaba mi niña.
Mi primera reacción fue de negación. Esa no es Katia, pensé. Katia es luz. Esto… esto es una masa de carne golpeada.
Su rostro estaba irreconocible, hinchado como un balón, cubierto de hematomas morados y negros. Tenía el labio partido en dos, suturado toscamente. Un ojo estaba completamente cerrado por la inflamación. Su brazo derecho estaba enyesado. Pero lo que me rompió el alma, lo que hizo que mis piernas de viejo soldado flaquearan, fue ver que estaba despierta.
Estaba mirando el techo. Inmóvil. Sin parpadear.
Me acerqué despacio, como si me acercara a un animal herido.
—Katia… —susurré.
Ella giró la cabeza lentamente. Su ojo sano se posó en mí. Y vi el vacío.
No había miedo. No había dolor. No había nada. Se había ido. Su espíritu, esa chispa vital que la hacía ser ella, se había escondido en algún rincón muy profundo de su mente para sobrevivir.
—Abuelo —dijo. Su voz era un hilo ronco—. Me duele. Me duele todo.
Le tomé la mano izquierda, la única que no estaba rota. Estaba helada.
—¿Quién fue? —pregunté. No lloré. Natalia estaba llorando detrás de mí. Alina sollozaba en la puerta. Pero yo no. Mis glándulas lagrimales se secaron en ese instante. En su lugar, sentí cómo se abría la compuerta del horno. Una ira volcánica, antigua, negra y densa, empezó a subir por mi garganta.
Alina entró y, entre espasmos, me contó lo poco que sabía.
—Fue en la Condesa, papá. Salió con su amiga Marisol. Iban caminando hacia el metro. Unos tipos… unos juniors en una camioneta negra. Las molestaron. Ellas los ignoraron. Ellos… se bajaron. Eran tres. Arrastraron a Katia a un estacionamiento oscuro. Marisol corrió a pedir ayuda, pero cuando regresó con un policía… ya se habían ido.
Un policía se acercó a nosotros en ese momento. Un tipo gordo, con el uniforme manchado de mostaza y una actitud de aburrimiento total. Sostenía una carpeta mugrienta.
—¿Familiares de la señorita Mendoza? —preguntó masticando chicle.
—Soy su abuelo —dije, enderezándome. Sentí cómo mi columna se estiraba, recuperando la postura militar de hace décadas.
—Mire, jefe. La cosa está difícil —dijo el policía, rascándose la barriga—. No hay cámaras en ese callejón. La amiga dice que estaba muy oscuro. Y los chavos… pues parece que iban en una camioneta blindada, sin placas o con placas tapadas. Va a estar cabrón encontrarlos. Lo mejor es que den gracias que está viva y se vayan a descansar.
Lo miré. Miré sus ojos porcinos, su indiferencia. Él veía un expediente más. Un número. Una estadística de la violencia de género en México.
—¿Descansar? —repetí, bajando la voz a un tono que hizo que el policía dejara de masticar su chicle—. Mi nieta tiene la cara destrozada, dos dedos rotos y usted me dice que me vaya a descansar.
—Bájale de huevos, don —me amenazó, poniendo la mano cerca de su macana—. Aquí no vengas a armar Pancho. Si quieren pongan su denuncia en el Ministerio Público, pero les aviso que sin pruebas, esto se va al archivo muerto en dos días.
En ese momento lo supe.
Supe que la ley no iba a ayudarnos.
Supe que estábamos solos.
Supe que si quería justicia, no la iba a encontrar en un tribunal con el escudo nacional en la pared.
Miré a Katia otra vez. Una lágrima solitaria escapó de su ojo sano y recorrió su mejilla hinchada, mezclándose con la sangre seca.
Esa lágrima fue la sentencia de muerte para tres hombres que yo aún no conocía.
Me incliné sobre ella y le besé la frente.
—Duerme, mi niña —le susurré al oído—. El abuelo va a arreglar esto. Te lo prometo.
Me di la vuelta y salí del cubículo. Caminé por el pasillo del hospital, ignorando los gritos y el dolor ajeno. Caminé hacia la salida, hacia la noche lluviosa de la Ciudad de México.
Natalia me alcanzó en la entrada. Me agarró del brazo.
—Víctor, ¿a dónde vas? Tienes esa cara… esa cara que pones cuando ves las noticias de la guerra. ¿Qué vas a hacer?
La miré. Por primera vez en quince años, le mentí a mi esposa. O tal vez no le mentí. Tal vez simplemente omití la verdad completa.
—Voy a fumar un cigarro, vieja. Necesito aire.
—Tú no fumas, Víctor. Lo dejaste hace veinte años.
—Hoy vuelvo a fumar —dije, soltándome suavemente de su agarre—. Hoy vuelvo a hacer muchas cosas que había dejado.
Salí a la calle. La lluvia me empapó en segundos. Saqué mi viejo celular Nokia, ese que guardaba “por si acaso” en la guantera del coche, y marqué un número que no había marcado en tres décadas. Un número que sabía de memoria.
Esperé tres tonos.
—¿Sí? —contestó una voz rasposa al otro lado. Una voz que sonaba a tumbas y secretos.
—El Búho ha despertado —dije. Usé mi viejo código.
Hubo un silencio largo.
—Víctor… creí que estabas muerto.
—Lo estaba, compadre. Lo estaba. Pero acaban de cometer el error de revivirme. Necesito nombres. Necesito ubicaciones. Necesito todo sobre tres niños ricos que andan en una camioneta negra por la Condesa.
—Eso va a costar, Víctor. Ya no estamos en los ochenta. La información es cara.
—Tengo mis ahorros. Y tengo favores por cobrar. ¿Te acuerdas de Tijuana en el 98? Me debes una.
Escuché el chasquido de un encendedor al otro lado de la línea.
—Está bien, viejo amigo. Dame veinticuatro horas. Bienvenido de vuelta al infierno.
Colgué. Miré al cielo negro de la ciudad. Los relámpagos iluminaban los edificios altos, los espectaculares de publicidad, la inmensidad de esta jungla de asfalto.
Ellos creían que eran los depredadores. Creían que Katia era una presa fácil.
No sabían que acababan de meterse en la jaula del Tiranosaurio.
El abuelo bondadoso se quedó en la sala de espera.
El Comandante Mendoza se subió al coche, arrancó el motor y se perdió en la oscuridad de la noche. La cacería había comenzado.
CAPÍTULO 2: LA JUSTICIA DE LOS RICOS (La Justicia de los Ricos)
Los días siguientes al ataque no se midieron en horas, sino en pesadillas.
Trajimos a Katia a casa tres días después. El médico nos dio el alta con una receta de analgésicos potentes y un número de teléfono de un psiquiatra especialista en trauma. “Físicamente sanará rápido”, nos dijo, evitando mirarnos a los ojos. “Lo de adentro… eso toma tiempo”.
Instalamos a Katia en su recámara. Alina, mi hija, no se separaba de ella. Dormía en una silla junto a la cama, sobresaltándose con cada gemido de mi nieta. Yo me convertí en el guardián de la puerta. Pasaba las noches sentado en el sillón de la sala, con las luces apagadas, mirando hacia la calle. No dormía. Los viejos hábitos del insomnio táctico habían regresado como si nunca se hubieran ido. Escuchaba el motor de cada coche que pasaba, analizaba las sombras, calculaba ángulos de tiro desde la ventana.
Pero el enemigo no estaba afuera, en la calle. El enemigo estaba en las oficinas con aire acondicionado, en los juzgados y en los despachos de abogados.
—Papá, tenemos que confiar en la ley —me dijo Alina una semana después, con los ojos rojos de tanto llorar—. Ya contratamos al Licenciado Garrido. Dicen que es un tiburón. Nos va a costar un ojo de la cara, pero voy a vender el coche. Quiero ver a esos malditos en la cárcel.
Yo asentí, acariciando su cabeza. No tuve corazón para decirle que en este país, los tiburones no comen carne de otros tiburones; solo se comen a las sardinas como nosotros.
—Está bien, hija. Vamos a hacerlo a tu manera. Primero la ley.
Pero mientras Alina vendía su coche y pedía préstamos en el banco para pagar al abogado, yo tenía mi propia reunión.
Fue en una cantina de mala muerte en el Centro Histórico, cerca de la calle Bolívar. De esas que huelen a orines, aserrín y desesperanza. Allí me encontré con “El Búho”. En su vida civil se llamaba Roberto, un ex agente de la desaparecida Dirección Federal de Seguridad. Ahora vivía de vender información.
Se deslizó en la mesa del rincón, invisible para todos menos para mí. Me pasó un sobre manila grueso por debajo de la mesa.
—Te va a dar asco lo que vas a leer, Víctor —me dijo, empujándose un tequila de un trago—. Son la realeza de la mierda.
Abrí el sobre. Tres fotos. Tres nombres. Tres historias de impunidad.
El primero: Gleen Soto. 23 años. Estudiante de Administración de Empresas en la Ibero (aunque nunca iba a clases). Hijo de Alejandro Soto, dueño de “Constructora Soto & Asociados”, los responsables de la mitad de los puentes mal hechos de la ciudad y de varios contratos gubernamentales inflados. Gleen vivía en un penthouse en Santa Fe. Su Instagram estaba lleno de viajes a Dubai, botellas de Don Julio 70 y coches deportivos.
El segundo: Denis Kraus. 22 años. El seguidor. Hijo de un diputado federal del partido en el poder. Un tipo gris, cobarde, que necesitaba la aprobación de los líderes. Su padre le había tapado tres choques en estado de ebriedad y una acusación de acoso en la prepa.
El tercero, y el que me hizo apretar la mandíbula hasta que me dolió: Miguel Terrazas. 24 años. El peligro real. Su padre, “El Ingeniero” Terrazas, tenía una cadena de supermercados en el norte, pero todo el mundo sabía que eso era solo la fachada para lavar dinero de gente muy pesada de Sinaloa. Miguel no era un niño rico jugando a ser malo. Miguel era malo por herencia.
—La policía ya sabe quiénes son —me susurró El Búho—. Tienen las placas de la camioneta. Una Cheyenne negra blindada, propiedad de la empresa de Soto. Pero no van a hacer nada, Víctor.
—¿Por qué?
—Porque ayer, el comandante de la zona recibió una visita del abogado de Soto. Y hoy en la mañana, su esposa estrenó una camioneta nueva. El expediente se “perdió”. Las cámaras del C5 “estaban en mantenimiento”. No hay caso, hermano. Está muerto antes de empezar.
Le di un billete de quinientos pesos para los tequilas y me fui. Tenía ganas de vomitar. No por el olor de la cantina, sino por el olor de mi país.
El proceso legal fue una lenta tortura china.
Primero, el Ministerio Público. Nos hicieron esperar ocho horas en una banca de metal fría. Cuando por fin nos pasaron, el agente del MP, un tipo con manchas de salsa en la corbata, nos miró con fastidio.
—A ver, señora, ¿está segura que no fue un pleito de novios? —le preguntó a Alina—. Luego las muchachitas se pelean y vienen a decir que las asaltaron.
—¡Le rompieron los dedos! —gritó Alina, golpeando el escritorio—. ¡La golpearon entre tres hombres!
—Baje la voz o la saco por desacato —dijo el tipo, tecleando con dos dedos en una máquina vieja—. Vamos a levantar el acta contra quien resulte responsable. Pero sin testigos… está difícil.
Luego, el abogado. El famoso Licenciado Garrido. Nos cobró cincuenta mil pesos de anticipo. Nos prometió el cielo y las estrellas. “Vamos a refundirlos, señora Alina. Tengo contactos en la Fiscalía”.
Durante un mes, nos dio esperanzas. Nos decía que la investigación avanzaba. Pero yo veía sus ojos. Veía cómo desviaba la mirada cuando le preguntaba por detalles concretos.
Y luego, la llamada.
—Señora Alina, tenemos un problema —dijo Garrido, citándonos en su despacho de lujo en Polanco—. Resulta que la defensa… bueno, la defensa es muy agresiva. Han presentado pruebas de que Katia estaba… eh… intoxicada.
—¡Eso es mentira! —salté yo—. Katia no toma. Le hicieron el toxicológico en el hospital y salió limpio.
—Sí, sí, pero ellos tienen un peritaje privado que dice lo contrario. Y tienen testigos que dicen que ella los provocó.
—¿Cuánto le pagaron, licenciado? —pregunté. Mi voz fue un latigazo.
El abogado se puso pálido. Se aflojó el nudo de la corbata Hermes.
—Don Víctor, por favor. Soy un profesional. Lo que digo es que… contra estas familias es difícil ganar. Nos ofrecen un acuerdo.
—¿Un acuerdo?
—Sí. Ellos pagan los gastos médicos, le dan una compensación de cien mil pesos y todos firmamos un acuerdo de confidencialidad. Y aquí no pasó nada.
Alina se levantó, temblando de rabia.
—¿Cien mil pesos? ¿Cree que mi hija vale cien mil pesos? ¡Quiero ir a juicio! ¡Quiero verlos ante un juez!
El abogado suspiró, como quien trata con niños berrinchudos.
—Muy bien. Iremos a juicio. Pero les advierto: los van a destrozar.
Y tenía razón. El juicio llegó dos meses después. Y no fue un juicio; fue una ejecución pública de la víctima.
La sala de oralidad penal estaba fría. Olía a cera para pisos y a miedo. En el estrado, la Juez Corina Valdés. Una mujer de unos cincuenta años, con el pelo teñido de un rubio cenizo y una expresión de aburrimiento perpetuo. Se limaba una uña mientras el fiscal leía los cargos.
Del lado de la defensa, tres abogados. Tiburones de verdad. Trajes italianos a la medida, relojes Rolex, sonrisas depredadoras. Y detrás de ellos, sentados cómodamente, como si estuvieran en la sala VIP de un antro, estaban ellos.
Gleen, masticando chicle con la boca abierta.
Denis, revisando su celular bajo la mesa.
Miguel, mirándonos fijamente, con una sonrisa burlona en los labios.
Cuando llamaron a Katia a declarar, sentí que el corazón se me rompía.
Mi niña subió al estrado temblando. Llevaba una blusa de cuello alto para tapar las marcas que aún quedaban en su cuello. Hablaba tan bajo que la juez tuvo que pedirle tres veces que hablara más fuerte.
—Señorita Mendoza —empezó el abogado de Gleen, un tipo calvo con voz de barítono—. Usted afirma que mis clientes la obligaron a ir a ese callejón. Pero aquí tengo fotos de sus redes sociales… —Sacó unas impresiones gigantes—. Aquí la vemos en una fiesta hace dos años, bebiendo cerveza. Aquí la vemos con una falda corta. ¿Le gusta la fiesta, verdad, Katia? ¿Le gusta llamar la atención de los hombres?
—¡Objeción! —gritó nuestro abogado, pero sin convicción.
—Denegada —dijo la juez sin levantar la vista de sus papeles—. El abogado está estableciendo el carácter de la testigo. Prosiga.
Fue una carnicería.
La interrogaron durante cuatro horas. Le preguntaron por qué estaba en la Condesa tan tarde (eran las 9 p.m.). Le preguntaron si había coqueteado con Gleen. Le preguntaron si sabía cuánto costaba la botella de champagne que Gleen había comprado esa noche, insinuando que ella solo quería sacarles dinero.
Hicieron que Katia se sintiera culpable de su propia agresión. La vi encogerse en la silla, hacerse pequeña, desaparecer. Lloraba en silencio, lágrimas gordas que caían sobre sus manos entrelazadas.
Y yo… yo estaba sentado en la banca del público, agarrando el respaldo de madera con tanta fuerza que escuché cómo se astillaba bajo mis dedos.
Quería saltar la barandilla. Quería romperle el cuello al abogado con un solo movimiento. Quería sacarle los ojos a Gleen. Mi cuerpo recordaba cómo hacerlo. Mi mente trazaba la trayectoria: tres pasos, salto, golpe a la tráquea del guardia, patada a la rodilla del abogado…
Pero no lo hice. Me quedé quieto. Piedra. Hielo. Porque Alina me apretaba el brazo, suplicando en silencio que no empeorara las cosas.
Finalmente, llegó el veredicto. Tres semanas después.
Nos citaron para la lectura de la sentencia. Teníamos una pequeña esperanza. A pesar de todo, las pruebas médicas eran claras. Los dedos rotos eran reales.
La juez Valdés se ajustó los lentes.
—Habiendo revisado las pruebas y testimonios… este tribunal encuentra inconsistencias en la versión de la parte acusadora. No hay evidencia de video que corrobore el secuestro. No hay testigos imparciales. Sin embargo, se reconoce que hubo un altercado físico y lesiones menores.
Hizo una pausa dramática.
—Por lo tanto, se declara a los acusados culpables del delito de Lesiones Simples en Riña.
Alina soltó un grito ahogado. “¿Riña? ¡Ellos la atacaron!”.
—Silencio en la sala —ordenó la juez—. La sentencia es la siguiente: Una multa de 150 Unidades de Medida y Actualización. Aproximadamente 50,000 pesos por cada acusado, a pagar a la víctima por concepto de reparación del daño. Y se les ordena tomar un curso de 20 horas sobre “Manejo de la Ira y Nuevas Masculinidades”. Caso cerrado.
El golpe del mallete de madera sonó como un disparo en mi cabeza.
Caso cerrado.
50,000 pesos.
Un curso de manejo de ira.
Eso valía el trauma de mi nieta. Eso valía su inocencia. Eso valía el miedo con el que viviría el resto de su vida. 150 mil pesos en total. Lo que Gleen Soto traía en el reloj de su muñeca izquierda.
Salimos del juzgado en silencio. Alina lloraba, derrotada, vacía. Katia caminaba como un zombi, mirando al suelo.
Llegamos a la escalinata principal del Tribunal Superior de Justicia. El sol de la tarde nos lastimaba los ojos.
Y entonces, los vimos salir.
Iban riendo. Palmearon las espaldas de sus abogados. Se encendieron cigarros allí mismo, bajo el letrero de “Prohibido Fumar”.
Gleen Soto nos vio. Se detuvo. Se ajustó sus lentes de sol Ray-Ban. Caminó unos pasos hacia nosotros. Alina abrazó a Katia, protegiéndola con su cuerpo.
Gleen sonrió. Una sonrisa de dientes blancos, perfectos, carísimos.
—Oiga, señora —le dijo a Alina, ignorando a Katia—. Dígale a su hija que no se lo tome personal. Fue un malentendido. Pero ya sabe cómo es esto. El que tiene más saliva, traga más pinole.
Sacó su cartera, una Louis Vuitton de piel negra. Sacó un billete de quinientos pesos y lo arrugó en una bola.
—Tenga. Para el taxi. Que se regresen con cuidado a su colonia.
Tiró el billete a los pies de Alina.
Denis y Miguel estallaron en carcajadas.
—¡Vámonos, güey, que tengo mesa en el Panic! —gritó Miguel.
Gleen me miró a mí por última vez. Me miró a los ojos.
—Adiós, abuelo. Cuídela mejor. Ya ve que la calle está peligrosa para las niñas tontas.
Se dieron la vuelta y caminaron hacia la camioneta blindada que los esperaba en doble fila, con el motor encendido y los escoltas abriéndoles la puerta.
Se subieron. Arrancaron. Se fueron.
Me quedé mirando el billete de quinientos pesos en el suelo sucio.
Miré a mi hija destrozada.
Miré a mi nieta rota.
Y luego miré el edificio del Tribunal. Esa mole de concreto y mármol donde supuestamente vivía la Justicia.
Sentí una calma absoluta descender sobre mí. No era paz. Era la calma del ojo del huracán. Era el silencio antes del disparo de un francotirador.
Durante treinta años, Víctor Manuel Mendoza, el esposo amoroso, el abuelo tierno, el ciudadano ejemplar, había mantenido a la bestia encadenada en el sótano de su alma. La había alimentado con sobras, la había mantenido dormida con rutinas y amor.
Pero en ese momento, mientras el eco de las risas de esos muchachos se desvanecía en la Avenida Niños Héroes, Víctor bajó al sótano y abrió la jaula.
No. La rompió.
Me agaché y recogí el billete del suelo. Lo alisé con cuidado. Lo guardé en mi bolsillo.
—Papá, ¿qué haces? —sollozó Alina—. Tíralo, es dinero sucio.
—No, hija —dije. Mi voz sonó diferente. Alina me miró, sorprendida. Ya no era la voz del viejo jubilado. Era una voz profunda, sin inflexiones, una voz que venía de las montañas de Guatemala y de los desiertos del norte—. No es dinero sucio. Es el primer pago.
—¿De qué hablas?
—Vámonos a casa. Tengo trabajo que hacer.
Esa noche, mientras ellas dormían —o intentaban dormir—, yo no fui a mi cama. Fui al pequeño cuarto de servicio en la azotea, el que usaba como “taller” para mis reparaciones caseras.
Cerré la puerta con llave. Moví el viejo estante de herramientas oxidadas. Levanté tres baldosas del suelo que estaban sueltas, revelando un hueco en el concreto.
Ahí estaba.
Envuelto en trapos aceitados y plástico impermeable.
Mi pasado.
Saqué una pistola Glock 17, vieja pero impecable, sin número de serie.
Saqué un cuchillo de combate Ka-Bar, con la hoja manchada por el tiempo, pero con el filo capaz de rasurar un pelo en el aire.
Saqué rollos de cinta duct tape, cinchos de plástico industriales, y un par de guantes de cuero negro que se amoldaban a mis manos como una segunda piel.
Y saqué mi cuaderno.
Me senté en el banco de trabajo, bajo la luz de una bombilla desnuda de 60 watts.
Abrí el cuaderno en una página en blanco.
Escribí tres nombres con mi caligrafía de ingeniero, precisa y recta.
- Denis Kraus (El Eslabón Débil).
- Gleen Soto (El Líder).
- Miguel Terrazas (El Músculo).
Y debajo de ellos, agregué otros nombres.
- Juez Corina Valdés.
- Licenciado Garrido.
- Comandante de Zona.
Miré la lista. No era una lista de deseos. Era una orden de trabajo.
El sistema había fallado. El contrato social se había roto. Ellos habían comprado su inocencia con dinero.
Muy bien.
Ahora iban a tener que comprar sus vidas. Y yo no aceptaba American Express.
Tomé el billete de quinientos pesos que Gleen me había tirado. Lo clavé con una tachuela en la pared, justo encima de la mesa. Sería mi recordatorio.
Ellos creían que eran los dueños de la Ciudad de México. Creían que eran dioses intocables en su Olimpo de cristal y concreto.
Pero se les olvidó una lección básica de historia: los dioses también sangran. Y cuando sangran, los tiburones huelen la sangre.
Cargué el primer cargador de la Glock. El click-clack del metal al deslizarse fue el sonido más hermoso que había escuchado en años. Sonó a verdad.
—Se acabó el recreo, niños —susurré a la soledad del cuarto.
La Justicia de los Ricos había dictado su sentencia.
Ahora le tocaba el turno a la Justicia del Abuelo.
CAPÍTULO 3: EL DESPERTAR DE LA BESTIA (El Despertar de la Bestia)
Dicen que lo que bien se aprende, nunca se olvida. Dicen que andar en bicicleta es para siempre. Matar también lo es.
La primera noche después del veredicto no dormí. Pasé las horas en mi pequeño taller de la azotea, bajo el zumbido eléctrico de una bombilla desnuda. El aire olía a aceite de armas “Hoppe’s No. 9” y a polvo viejo. Sobre la mesa de trabajo, desarmé mi Glock 17 pieza por pieza. El resorte, el percutor, el cañón. Mis dedos, que horas antes temblaban de rabia en el juzgado, ahora se movían con una precisión quirúrgica, casi mecánica. Memoria muscular.
Mis manos recordaban lo que mi conciencia había tratado de olvidar.
Limpié cada milímetro de metal. Acaricié el acero frío como se acaricia a un viejo amante que vuelve a casa. Pero no era solo limpiar un arma; era limpiar mi mente. Tenía que apagar al abuelo. Tenía que encerrar a Víctor, el esposo que le lleva el desayuno a la cama a Natalia, el hombre que llora en las películas románticas. Ese hombre era débil. Ese hombre creía en las reglas. Y las reglas nos habían fallado.
Para lo que venía, necesitaba ser El Búho. Necesitaba ser el fantasma que operaba en las sombras de la Dirección Federal de Seguridad en los años 80. Necesitaba ser el hombre que no siente, solo ejecuta.
A las 4:00 AM, terminé. El arma estaba ensamblada, cargada con balas expansivas Black Talon —ilegales, por supuesto, guardadas desde el 98—. Me miré en el pequeño espejo sucio colgado en la pared. Mis ojos habían cambiado. Ya no tenían el brillo cálido de la vejez; ahora eran dos pozos negros, calculadores, sin fondo.
—Perdóname, Dios mío —susurré, no porque me arrepintiera, sino por costumbre—. Pero tú estabas ocupado cuando lastimaron a mi niña. Ahora me toca a mí.
Fase 1: La Vigilancia
La generación de cristal. Los “Mirreyes”. Los hijos de papi. Tienen una debilidad fatal que en mis tiempos nos hubiera costado la vida en dos segundos: la vanidad.
En los 80, si querías saber dónde estaba un objetivo, tenías que intervenir líneas telefónicas físicas, sobornar porteros, pasar días enteros metido en un coche sudando y orinando en una botella. Hoy, estos idiotas lo hacen todo por ti. Se regalan.
Me compré un teléfono inteligente barato en una plaza de tecnología del Eje Central, pagado en efectivo, con un chip prepago que cambiaría cada semana. Creé una cuenta falsa de Instagram: “Fernanda_FitModel21”. Fotos robadas de una chica brasileña, biografía en inglés, emojis de fuego. En menos de 24 horas, ya seguía a los tres. Y como sus perfiles eran públicos —porque, ¿de qué sirve ser rico si no presumes?—, supe cada uno de sus movimientos.
Gleen Soto (@GleenKing_Soto) subía historias cada dos horas. “Gym time en Lomas”, “Comida en el Hunan con los bros”, “Precopa en mi depa”. Etiquetaba los lugares. Etiquetaba a sus amigos. Incluso subía fotos de su reloj con la ubicación exacta.
Denis Kraus (@DK_Politics) era más discreto, pero estúpido. Subía fotos de sus tenis nuevos, pero en el fondo se veía la ventana de su edificio, y con un poco de zoom, se podía leer el nombre de la calle en el letrero de la esquina.
Miguel Terrazas (@MikeT_Oficial) era el único que me preocupaba. Subía poco. Fotos de botellas, armas doradas (que borraba a los pocos minutos) y citas de Scarface. Él sabía que el silencio es oro. Pero sus amigos no.
Durante tres semanas me convertí en su sombra.
No usé mi coche. Usé el transporte público. El metro, el pesero, mis propios pies. Me disfracé de la cosa más invisible que existe en la Ciudad de México: un viejo pobre.
Me puse un chaleco de franela sucio, una gorra de “Materiales El Tío” y cargué una bolsa de mandado con latas vacías. Me senté afuera del restaurante Hunan en Reforma, pidiendo monedas.
Vi llegar la Cheyenne negra. Vi bajar a Gleen y a sus escoltas. Dos gorilas exmilitares que revisaban el perímetro. Profesionales, pero aburridos. Se quedaron afuera fumando mientras el principito comía.
Me acerqué a ellos arrastrando los pies.
—Jefecito, una monedita pa’ un taco…
Uno de los escoltas ni siquiera me miró. Me empujó suavemente con el brazo.
—Ábrete a la verga, ruco. Aquí no.
—Dios lo bendiga, jefe, Dios lo bendiga —murmuré, alejándome.
En esos diez segundos, vi que llevaban pistolas Glock al cinto, vi que no traían chalecos antibalas puestos (el calor les molestaba) y vi que estaban distraídos con sus celulares viendo videos de TikTok.
Error número 1: Subestimar el entorno.
Otro día seguí a Denis. Iba a un gimnasio exclusivo en el Pedregal los martes por la noche. Un lugar llamado “Iron Palace”. Iba solo. Sin escoltas. Al parecer, su papá, el diputado, pensaba que la zona era segura o no quería gastar en seguridad para el hijo “inútil”. Denis llegaba en su BMW M4 color azul eléctrico. Entrenaba —o más bien, se tomaba fotos en los espejos— y salía cerca de las 11:00 PM.
Error número 2: Rutinas predecibles.
Y finalmente, Miguel. Él era otra historia. Siempre rodeado de tres camionetas. Siempre armado. A él no podía tocarlo. Todavía no. Primero tenía que quitarle sus juguetes.
Decidí empezar por el eslabón más débil. La pieza que, si la aprietas lo suficiente, rompe toda la cadena.
Denis Kraus.
El cobarde. El seguidor. El drogadicto funcional.
Fase 2: La Preparación del Terreno
Necesitaba un lugar. Un lugar donde los gritos se confundieran con el ruido de la ciudad, o donde simplemente no hubiera nadie para escucharlos.
Recordé una vieja fábrica textil en la zona industrial de Vallejo, al norte de la ciudad. Había sido clausurada en los 90 por una huelga y nunca reabrió. La conocía porque, en mis tiempos de “limpiador”, habíamos usado sus sótanos para interrogar a un líder sindical guerrillero.
Fui a inspeccionarla un domingo. Salté la barda trasera como un gato —bueno, un gato con artritis, pero lo logré—. El lugar era perfecto. Húmedo, lleno de ratas y grafiti, con un sótano acústicamente aislado por muros de concreto de medio metro. Nadie venía aquí. Ni los indigentes se atrevían por las leyendas de fantasmas.
Perfecto. Los fantasmas éramos mis únicos aliados.
Preparé “La Sala”.
Una silla de metal atornillada al suelo (tuve que traer un taladro inalámbrico y taquetes industriales).
Cadenas.
Un cubo con agua.
Y mi kit de herramientas. No herramientas de tortura medieval, no. Herramientas psicológicas. Una grabadora de voz. Fotos impresas de Katia en el hospital. Y un martillo. A veces, la simple presencia de un martillo sobre una mesa es más efectiva que usarlo.
Fase 3: La Caza
Martes. 14 de noviembre.
La Ciudad de México estaba bajo una de esas lluvias atípicas de otoño, fría y constante, que convierte el tráfico en un estacionamiento gigante y pone a la gente de mal humor.
Perfecto. La lluvia limpia la sangre. La lluvia oculta las lágrimas.
Le dije a Natalia que iba a jugar dominó con unos veteranos del ejército.
—No llegues tarde, viejo, tómate tu medicina para la presión —me dijo, dándome un beso en la mejilla.
Sentí una punzada de culpa. Ella besaba al hombre que yo fingía ser, sin saber que se despedía del asesino que iba a salir por la puerta.
—No te preocupes, mujer. Hoy voy a ganar. Tengo una buena mano.
Manejé mi Tsuru hasta una calle lateral cerca del gimnasio “Iron Palace” en el Pedregal. Lo estacioné lejos, donde no hubiera cámaras del C5. Me cambié de ropa dentro del coche.
Me quité la guayabera. Me puse ropa de trabajo: un overol azul marino manchado de grasa, botas industriales con casquillo y una gorra de beisbolera negra calada hasta las cejas. Me puse los guantes de piel.
Caminé bajo la lluvia hasta el estacionamiento del gimnasio. Era un estacionamiento al aire libre, con plumas automáticas, pero con un guardia de seguridad que estaba dormido en su caseta, resguardándose del frío.
Localicé el BMW azul de Denis. Brillaba bajo las luces de vapor de sodio como una joya estúpida.
Me acerqué agachado, moviéndome entre las sombras de las camionetas Suburban y los Mercedes.
Saqué de mi bolsillo un simple clavo de concreto. No necesitaba tecnología de punta. No necesitaba hackear el sistema del coche.
Me agaché junto a la llanta trasera derecha. Coloqué el clavo en un ángulo preciso, apoyado contra el hule, de modo que al avanzar, la propia inercia del coche lo clavara profundo.
No quería que se desinflara ahí mismo. Quería que avanzara unos kilómetros. Quería que se quedara tirado en la oscuridad.
Esperé.
Una hora. Dos horas. El frío se me metía en los huesos, recordándome que ya no tenía treinta años. Mis rodillas dolían. Mi espalda protestaba. Aguanta, Víctor. Aguanta por ella. Aguanta por Katia.
A las 11:15 PM, salió.
Denis Kraus. Con su ropa deportiva de marca Under Armour, audífonos inalámbricos gigantes y una maleta de gimnasio colgada al hombro. Caminaba con ese aire de “soy dueño del mundo” que solo te da nunca haber recibido un golpe en la cara.
Se subió a su coche. Arrancó el motor. El rugido del motor alemán rompió el silencio.
Salió del estacionamiento. El guardia apenas le levantó la pluma.
Yo corrí a mi Tsuru. Arranqué y lo seguí a una distancia prudente.
Sabía su ruta. Tomaría Periférico Sur, luego subiría hacia San Jerónimo para cortar camino hacia la casa de su papá en Las Lomas.
En el Periférico iba rápido, zigzagueando entre los coches. Yo me mantuve atrás, en el carril de baja, invisible.
Cuando tomó la salida hacia San Jerónimo, una zona más oscura y arbolada, sucedió.
El sensor de presión de sus llantas debió encenderse en el tablero. Lo vi bajar la velocidad. Las luces de freno se encendieron. El coche empezó a colear ligeramente. La llanta trasera estaba destrozada.
Se orilló en una calle solitaria, flanqueada por muros altos de residencias y árboles frondosos que bloqueaban la luz de las farolas.
Perfecto. La boca del lobo.
Me detuve cincuenta metros atrás. Apagué las luces. Esperé.
Lo vi bajarse bajo la lluvia, manoteando. Pateó la llanta. Sacó su celular.
—¡Puta madre! —gritó. Se escuchaba hasta mi coche.
Era el momento.
Encendí mi coche y me acerqué despacio. Bajé la ventanilla.
Me detuve junto a él.
—¿Problemas, joven? —pregunté, usando mi voz de abuelo servicial.
Denis se giró, sobresaltado. Me miró con desprecio. Vio un Tsuru viejo y a un señor con overol. Un mecánico pobre, un nadie.
—Sí, se me chingó la llanta. ¿Tienes gato? Esta madre no trae refacción, son run-flat pero se rompió toda.
—Claro, joven. Soy mecánico. Déjeme echarle una mano.
Me bajé. La lluvia nos golpeaba. Denis volvió a su celular, ignorándome, asumiendo que el “sirviente” haría el trabajo sucio.
—Sí, papá, no contestas… estoy aquí atorado… mándame a alguien… —decía al teléfono.
Me acerqué a él por la espalda.
El ruido de la lluvia era mi cómplice.
Estaba a un metro. Podía oler su perfume caro mezclado con el sudor del gimnasio.
—Joven —dije.
—¿Qué quieres? ¿Ya acabas…
Se giró.
No le di tiempo de procesar lo que veía.
Mi mano izquierda voló hacia su garganta, clavando los dedos en la tráquea, cortándole la respiración y el grito en seco. Al mismo tiempo, mi mano derecha atrapó su muñeca, girándola hacia atrás con una palanca que aprendí de un instructor del Mossad.
Sus ojos se desorbitaron. El celular cayó al charco.
Intentó luchar. Era joven, fuerte, iba al gimnasio. Pero el gimnasio te da músculos bonitos; no te enseña a pelear por tu vida. Yo tenía la técnica y, sobre todo, tenía la sorpresa.
Le di un rodillazo en el plexo solar. El aire salió de sus pulmones con un sonido húmedo. Se dobló como una navaja.
—Shh… —susurré en su oído, pegándome a él como si fuéramos amantes bailando bajo la lluvia—. Si gritas, te rompo el cuello aquí mismo.
Lo arrastré hacia mi coche. Pesaba, el maldito pesaba. Mis lumbares gritaron de dolor, pero la adrenalina era una droga maravillosa.
Abrí la cajuela.
—¡No! ¡Tengo dinero! ¡Tengo…!
Le metí un trapo con cloroformo en la cara. No lo dormiría por completo al instante —eso es mentira de las películas— pero lo aturdiría lo suficiente.
Luchó unos segundos más. Sus ojos, llenos de terror, se encontraron con los míos. Y en los míos no encontró piedad. Solo encontró un abismo.
Se aflojó.
Lo empujé dentro de la cajuela junto a la llanta de refacción y la gata hidráulica. Cerré la tapa.
Clack.
El sonido del cierre de la cajuela fue el punto de no retorno.
Ya no había vuelta atrás. Ya no era Víctor Mendoza, ciudadano respetable. Ahora era un secuestrador. Un criminal.
Recogí su celular del suelo. Lo pisé con mi bota industrial hasta que crujió y se hizo pedazos. Lo aventé a una alcantarilla.
Me subí a mi coche. Mis manos temblaban, pero no de miedo. Temblaban por la descarga de energía. Respiré hondo. Uno, dos, tres.
Miré por el retrovisor. El BMW se quedó ahí, abandonado, con las intermitentes encendidas, parpadeando en la oscuridad como un faro de auxilio que nadie atendería.
Arranqué despacio.
—Uno —dije en voz alta.
Conduje hacia el norte, hacia Vallejo, cruzando la ciudad dormida. En la cajuela llevaba a un hijo de diputado. En mi casa, mi nieta dormía con la luz encendida por miedo a los monstruos.
Lo que ella no sabía es que el monstruo más grande de todos… iba manejando un Tsuru para vengarla.
El viaje duró cuarenta minutos. Cuarenta minutos en los que repasé el plan. No iba a pedir rescate. No iba a negociar. Iba a extraer información. Y luego… luego decidiría si mi alma podía soportar una mancha más.
Llegué a la fábrica. Metí el coche en el patio de carga, oculto de la vista de la calle.
Apagué el motor. El silencio regresó, solo roto por el goteo de la lluvia en el techo de lámina.
Abrí la cajuela. Denis estaba despertando, gimiendo, confundido.
Lo saqué jalándolo de la ropa. Cayó al suelo de cemento sucio.
—¿Dón… dónde estoy? —balbuceó.
Lo levanté y lo empujé hacia la silla de metal. Lo amarré con los cinchos de plástico. Apreté fuerte. Quería que le doliera. Quería que supiera que esto era real.
Le quité la venda de los ojos (una camiseta vieja que le había puesto en la cabeza).
Parpadeó ante la luz de mi linterna táctica, que le daba directo en la cara.
Yo estaba de pie en la sombra, detrás del haz de luz. Para él, yo era solo una silueta negra, una voz sin rostro.
—Bienvenido al infierno, Denis —dije. Mi voz retumbó en las paredes de concreto.
Él empezó a llorar.
—¿Sabes quién es mi papá? ¡Te van a matar! ¡Te van a buscar por cielo, mar y tierra!
Me acerqué. Entré en el círculo de luz. Me quité la gorra.
Me vio.
Frunció el ceño, confundido.
—¿Tú? —dijo, incrédulo—. ¿Tú eres el viejo del juzgado? ¿El abuelo?
Sonreí. Una sonrisa triste y terrible.
—Sí. Soy el abuelo. Y tú rompiste mi juguete más preciado. Ahora vamos a ver qué tan fácil te rompes tú.
Saqué el martillo de mi cinturón y lo dejé caer sobre la mesa de metal con un estruendo metálico que hizo eco en todo el edificio.
CLANG.
Denis se orinó en los pantalones. El olor a orina caliente se mezcló con el olor a humedad.
—Vamos a platicar, Denis. Y me vas a contar todo. No lo que le dijiste al juez. La verdad. Y por cada mentira… —toqué la cabeza del martillo con el dedo—… te voy a quitar algo que no podrás volver a comprar.
Saqué la foto de Katia en el hospital. La pegué con cinta adhesiva en su pecho.
—Mírala. Mírala bien. Porque es por ella que estás aquí.
Denis temblaba violentamente.
—Yo no fui… fue Gleen… ¡fue idea de Gleen!
—Lo sé —dije suavemente—. Pero tú te reíste. Tú grabaste. Tú la sostuviste.
Me incliné hacia él.
—¿Te acuerdas cuando se reían al salir del tribunal? ¿Te acuerdas del chiste de los 50 mil pesos?
Saqué un billete de 50 mil pesos… no, saqué el billete de 500 pesos que me aventaron. Se lo metí en la boca para callar sus súplicas.
—Empecemos.
La noche era larga. Y yo tenía mucha paciencia.
CAPÍTULO 4: LA VERDAD SANGRA (La Verdad Sangra)
El miedo tiene un olor.
No es una metáfora literaria. Es una realidad química. Cuando un ser humano sabe que va a morir, o cuando el terror supera la capacidad racional del cerebro, el cuerpo segrega hormonas, sudor agrio y feromonas de pánico. En los años 80, en los sótanos de la Dirección Federal de Seguridad, aprendí a distinguir ese olor entre el humo del cigarro y el olor a cobre de la sangre vieja.
Ahora, treinta años después, ese mismo olor llenaba la nave industrial abandonada en Vallejo. Olía a orina, a humedad, a polvo de cemento y a Denis Kraus.
El “Junior”. El hijo del diputado. El intocable.
Estaba atado a la silla de metal con cinchos industriales de plástico negro. Sus muñecas ya sangraban por el esfuerzo inútil de liberarse. La mordaza —el billete de 500 pesos que su amigo Gleen me había arrojado con tanto desprecio— estaba empapada de saliva y lágrimas, metida a la fuerza en su boca y asegurada con cinta adhesiva gris.
Yo estaba sentado frente a él, en una caja de madera vieja, a un metro de distancia. No tenía prisa. Me tomé el tiempo de quitarme los guantes de cuero, limpiarme una mancha inexistente en el overol y encender un cigarrillo Delicados, esos sin filtro que raspaban la garganta y que eran los únicos que me gustaban en mis tiempos de servicio.
El humo azul subió hacia el techo alto de lámina, donde la lluvia seguía tamborileando como un redoble fúnebre.
Denis me miraba con los ojos desorbitados. Sus pupilas estaban dilatadas al máximo, tragándose el poco iris café que le quedaba. Temblaba tanto que la silla metálica vibraba contra el suelo de concreto, haciendo un ruidito constante: trac-trac-trac.
—Vamos a establecer las reglas del juego, Denis —dije, soltando el humo despacio hacia su cara—. Regla número uno: No grites. Nadie te va a escuchar. Estamos en medio de una zona industrial muerta. Si gritas, te corto un pedazo de oreja. ¿Entendido?
Asintió frenéticamente. El moco le corría por la nariz.
—Regla número dos: No mientas. Yo sé cuando mienten. He interrogado a guerrilleros entrenados para resistir tortura durante días. Tú eres un niño mimado que se asusta si se le acaba la batería del iPhone. Si mientes, te rompo un hueso. Uno por cada mentira. ¿Entendido?
Asintió de nuevo, con más fuerza.
—Regla número tres: Si cooperas, esto terminará rápido.
No le dije cómo terminaría. Dejé que su esperanza llenara ese vacío.
Me levanté y le arranqué la cinta de la boca. Escupió el billete de 500 pesos. Tosió, buscando aire.
—¡Por favor! ¡Por favor, señor! —empezó a balbucear, las palabras atropellándose unas a otras—. ¡Le juro que no quería! ¡Tengo dinero! ¡Mi papá tiene cuentas en Suiza, tiene efectivo en la casa! ¡Le doy lo que quiera! ¡Un millón! ¡Dos millones!
Le di una bofetada.
Fue un golpe seco, con el dorso de la mano, calculado para no noquearlo, sino para resetear su cerebro. Su cabeza rebotó hacia un lado.
—Cállate —dije en voz baja—. No quiero tu dinero. Tu dinero está sucio. Tu dinero compró al juez. Tu dinero compró el silencio de la policía. Tu dinero es la razón por la que estamos aquí.
Acerqué mi cara a la suya. Podía ver los poros de su piel, el sudor perlado en su frente.
—Quiero la verdad. Quiero los detalles que no salieron en el juicio. Quiero saber dónde guardan los videos. Quiero saber quién más está involucrado. Y quiero saber qué planeaban hacer después.
Denis sollozó.
—Si hablo… ellos me matarán. Gleen… Miguel… ellos son peligrosos. Miguel tiene gente del cártel…
—¿Crees que ellos son peligrosos? —Me eché a reír. Fue una risa seca, sin humor—. Hijo, tú no sabes lo que es peligroso. Ellos son niños jugando a ser gángsters. Yo soy la pesadilla que los gángsters tienen cuando duermen. Mírame a los ojos.
Lo obligué a mirarme.
—Ellos te pueden matar, sí. Pero yo te tengo aquí. Ahora. Y tengo un martillo. Y tengo toda la noche. ¿A quién le tienes más miedo?
Denis miró el martillo sobre la mesa. Luego me miró a mí. La elección fue obvia.
—Está bien… está bien… lo diré todo.
La Confesión
Saqué mi grabadora de voz digital. La encendí y la puse sobre la mesa.
—Empieza. Desde esa noche.
Denis respiró hondo, temblando, y empezó a hablar. Al principio con dudas, luego como un torrente, vomitando sus pecados con la esperanza de que eso lo salvara.
—Estábamos aburridos —dijo, sorbiendo los mocos—. Habíamos estado bebiendo en el departamento de Gleen desde la tarde. Miguel trajo cocaína. Gleen estaba… estaba intenso. Decía que ninguna vieja le hacía caso, que todas eran unas interesadas. Quería “cazar”. Así le dice él. Cazar.
—¿Cazar? —Mi mano se cerró en un puño.
—Sí. Salir a buscar a alguien… vulnerable. Alguien que no fuera “nadie”. Gleen dijo: “Vamos a la Condesa, ahí hay puras hipsters progre que se creen muy libres”. Vimos a tu nieta… a Katia. Se veía… inocente. Gleen dijo: “Esa. Quiero ver si es tan santa como parece”.
Cerré los ojos un segundo. Imaginé a esos depredadores eligiendo a mi niña como quien elige un corte de carne.
—Sigue.
—La seguimos. Gleen se bajó primero. Ella lo rechazó. Le dijo que no le interesaba. Gleen se puso loco. Odia que le digan que no. La jaló. Ella le dio una cachetada. Eso… eso fue lo que detonó todo. Gleen se rió y dijo: “Ahora vas a aprender quién manda”. La metimos al callejón. Miguel tapó la entrada. Yo… yo solo grababa. Gleen me dijo que grabara para el grupo de Telegram.
—¿Grupo de Telegram?
—Sí. Tienen… tenemos un grupo. Se llama “Los Intocables”. Hay como veinte personas ahí. Hijos de otros empresarios, de políticos… suben fotos, videos de arrancones, de… de chavas.
—¿Hay más videos? ¿De otras chicas?
Denis bajó la cabeza.
—Sí. Hay muchos. Katia no fue la primera. Hubo una chica en Acapulco el año pasado… una mesera. Y otra en Valle de Bravo. Pero sus familias aceptaron dinero rápido. Tu familia… ustedes fueron los únicos que hicieron ruido.
Sentí una náusea profunda. No era un incidente aislado. Era un modus operandi. Era una red de depravación protegida por el poder.
—¿Dónde están esos videos?
—En la nube. Gleen tiene un servidor privado encriptado. Pero yo tengo la contraseña. Gleen la apuntó en mi celular una vez que estaba borracho.
—Dámela.
Me recitó una serie de números y letras. La anoté en mi libreta.
—¿Y el juez? —pregunté—. ¿Cómo compraron a la juez Valdés?
—El papá de Miguel. El Ingeniero Terrazas. Él mandó a un abogado con un maletín. Tres millones de pesos en efectivo. Y la promesa de pagarle la carrera política a su marido. El comandante de la policía… a ese solo le regalaron una camioneta y le prometieron subirlo de puesto. Fue barato.
Denis me miró con ojos suplicantes.
—Ya te dije todo. Te lo juro. Los videos, las contraseñas, los nombres. Ya déjame ir. Mi papá no dirá nada. Me iré a Europa. Desapareceré. Nunca volverán a saber de mí.
Lo miré en silencio durante un minuto largo. El sonido de la lluvia había disminuido.
Me levanté y caminé hacia él.
—Te creo, Denis. Creo que me has dicho la verdad. Y creo que si te dejo ir, te irías a Europa. Y en un año, estarías riéndote de esto en un bar de Madrid, contando la historia de cómo te secuestró un viejo loco y sobreviviste. Y luego… lo volverías a hacer. Porque es lo que eres. Eres un depredador sin dientes que necesita de la manada para morder.
—¡No! ¡Te juro que he cambiado! ¡Esta noche me cambió!
—La gente no cambia, Denis. Solo se asusta. Y el miedo pasa. Pero el daño que hicieron… ese se queda.
Puse mi mano sobre su hombro. Él se estremeció.
—Mi nieta tiene pesadillas todas las noches. Tú vas a tener solo una pesadilla más. Y luego… silencio.
Denis entendió. Sus ojos se llenaron de un terror absoluto, primario. Abrió la boca para gritar.
Fui rápido. Le inyecté el sedante en el cuello antes de que pudiera emitir sonido. Sus ojos se pusieron en blanco, su cabeza cayó hacia adelante.
No lo maté ahí. No todavía.
Tenía que parecer un accidente. Tenía que parecer la muerte típica de un junior descontrolado.
La Ejecución: Una Muerte de Perfil
Lo cargué de nuevo a la cajuela. Esta vez no opuso resistencia; era un peso muerto, un saco de carne y huesos caros.
Conduje hacia una zona que conocía bien por las noticias y por mis contactos: un edificio a medio construir en la colonia Doctores, un lugar abandonado donde solían reunirse adictos y vagabundos, pero también juniors que buscaban emociones fuertes en los “bajos fondos”.
Llegué a las 2:00 AM. El lugar estaba desierto, salvo por un par de sombras que huyeron al ver las luces del coche, pensando que era la policía.
Saqué a Denis. Lo arrastré hasta el segundo piso, a una habitación llena de grafiti y basura. Lo senté contra una columna, con vista a la ciudad iluminada. Se veía la Torre Latinoamericana a lo lejos, brillando indiferente.
Preparé la escena.
Tenía que ser perfecto. Forensemente perfecto.
Saqué de mi bolsa una jeringa nueva. Y un pequeño frasco que había conseguido con El Búho. Fentanilo puro. La droga de moda. La que mata a miles en el norte.
Denis empezó a despertar. Estaba grogui, confundido.
—¿Qué…? ¿Qué pasa? —balbuceó.
—Shh. Tranquilo. Ya casi termina. Vas a volar, Denis. Como siempre quisiste.
Me puse guantes de látex quirúrgico sobre los de cuero para no dejar ni una huella, ni una fibra.
Tomé su brazo izquierdo. Busqué la vena. Estaba marcada, fácil.
—No… no… —intentó mover el brazo, pero estaba demasiado débil por el sedante previo.
—Esto no te va a doler. Es mucho más piedad de la que tú le tuviste a Katia. Ella sintió cada golpe. Tú solo vas a sentir sueño.
Le inyecté la dosis. No demasiada. Solo la suficiente para parar un corazón no acostumbrado a esa pureza.
Denis abrió los ojos mucho. Jadeó. Una vez. Dos veces.
—Mamá… —susurró.
Fue su última palabra. Mamá.
Su cuerpo se relajó. Su cabeza cayó hacia un lado. Su pecho dejó de moverse.
Le tomé el pulso. Nada.
Denis Kraus, el hijo del diputado, el intocable, estaba muerto. Un cadáver más en una ciudad de cadáveres.
Ahora, la puesta en escena.
Saqué una bolsita con polvo blanco (bicarbonato mezclado con un poco de cocaína real para el olor) y la dejé caer cerca de su mano. Tiré la jeringa a su lado, como si se le hubiera caído después del “viaje”.
Desabroché el primer botón de su camisa. Le quité un zapato. Detalles. Los yonquis nunca mueren ordenados.
Saqué una botella de vodka barato que había comprado y le derramé un poco sobre la ropa, y dejé la botella tirada cerca.
Parecía exactamente lo que era: una sobredosis de un niño rico que quiso jugar a ser rudo en el barrio equivocado.
Me puse de pie y lo miré por última vez.
No sentí satisfacción. No sentí alegría. Solo sentí un vacío frío, como si hubiera terminado de limpiar un baño sucio. Era un trabajo necesario, desagradable, pero alguien tenía que hacerlo.
—Uno menos —murmuré.
Bajé las escaleras limpiando mis propias huellas en el polvo con un trapo mientras retrocedía. Subí a mi Tsuru. Arranqué despacio, sin rechinar llantas.
En el camino de regreso, me detuve en tres alcantarillas diferentes. En una tiré los guantes. En otra tiré la jeringa vacía del sedante. En la tercera tiré la ropa de Denis que pudiera tener alguna fibra mía.
El Regreso al Mundo de los Vivos
Llegué a casa a las 4:30 AM.
Entré con el sigilo de un gato. La casa estaba en silencio. Olía a suavizante de telas y a hogar. Un contraste brutal con el olor a muerte que traía impregnado en la piel.
Fui directo al baño. Me desnudé. Metí mi ropa en una bolsa de plástico negra que sacaría a la basura en otro barrio al día siguiente.
Me metí a la ducha. Abrí el agua caliente al máximo. Dejé que el agua hirviendo me quemara la piel, que el vapor llenara mis pulmones. Me tallé con el estropajo hasta que mi piel quedó roja. Quería quitarme la sensación de la piel de Denis, el olor del fentanilo, la suciedad de la fábrica.
Salí del baño, me puse mi pijama de franela a cuadros.
Caminé por el pasillo. Me detuve en la puerta del cuarto de Katia.
Estaba entreabierta. La luz de la lámpara de noche iluminaba su rostro. Dormía, pero su sueño era inquieto. Fruncía el ceño. Sus manos apretaban la sábana.
Me acerqué y le acomodé el cobertor.
—Ya pasó uno, mi amor —le susurré al oído, aunque ella no podía oírme—. El que se reía. El que grababa. Ya no se va a reír nunca más. Descansa.
Me metí en la cama junto a Natalia. Ella se movió, dormida.
—¿Mmm? ¿Ganaste? —murmuró, pensando en mi partida de dominó.
Le besé el hombro.
—Sí, vieja. Gané la primera ronda. Pero la partida es larga.
Cerré los ojos. Y por primera vez en semanas, dormí sin soñar.
La Noticia
A la mañana siguiente, el mundo explotó.
Estábamos desayunando. Chilaquiles verdes. Katia estaba picando la comida con el tenedor, sin hambre.
La televisión estaba encendida en el noticiero matutino.
“…en otras noticias, una tragedia sacude al mundo político. Esta madrugada fue encontrado sin vida el cuerpo de Denis Kraus, hijo del diputado federal Roberto Kraus, en un edificio abandonado de la colonia Doctores. Los primeros reportes de la fiscalía indican una aparente sobredosis de opioides. El joven de 22 años fue hallado solo…”
El tenedor de Katia cayó al plato con un clinc agudo.
Se quedó mirando la pantalla. Mostraban una foto de Denis, sonriente, en un yate. Y luego imágenes de la cinta amarilla de la policía en el edificio sucio.
—Se murió —dijo Katia. Su voz era un hilo.
—Dios santo —dijo Natalia, persignándose—. Pobre muchacho. Qué desgracia para sus padres.
Yo seguí comiendo mis chilaquiles. Mastiqué despacio. Saboreé la salsa verde, la crema, el queso.
—Las drogas son el diablo —dije con mi voz de abuelo—. Es una pena. Tan joven.
Katia me miró.
Me miró fijamente. Sus ojos, esos ojos inteligentes que habían perdido el brillo, me escanearon. Buscaban algo en mi cara. Alguna señal de sorpresa, de alegría, de culpa.
Yo le sostuve la mirada. Mi rostro era una máscara perfecta de serenidad y leve preocupación de anciano.
Pero ella vio algo. Quizás no vio al asesino, pero vio la ausencia de sorpresa.
Bajó la mirada a su plato.
—Se lo merecía —susurró, tan bajo que Natalia no la oyó.
—¿Qué dijiste, hija? —preguntó mi esposa.
—Nada, abuela. Que… que qué triste.
En ese momento, mi teléfono vibró en mi bolsillo.
Un mensaje de un número desconocido. Pero yo sabía quién era.
Lo abrí discretamente bajo la mesa.
Era un enlace a una noticia. Y un texto corto:
“¿Fuiste tú?”
Era El Búho.
Borré el mensaje.
Pero no era el único que estaba recibiendo noticias.
En algún lugar de Santa Fe, en un penthouse de lujo, Gleen Soto estaba viendo la misma noticia. Y estoy seguro de que no estaba desayunando chilaquiles. Estaba vomitando su whiskey de la noche anterior.
Porque Gleen sabía algo que la policía no.
Gleen sabía que Denis no usaba fentanilo. Denis le tenía pánico a las agujas.
El miedo había cambiado de bando.
Ya no estaba en esta mesa, donde una joven empezaba a recuperar el color en las mejillas.
El miedo ahora viajaba en una camioneta blindada, preguntándose quién sería el siguiente.
Me levanté de la mesa, limpiándome la boca con la servilleta.
—Estuvieron muy ricos los chilaquiles, vieja. Voy a salir a caminar. Necesito comprar el periódico.
—Ve con cuidado, Víctor.
—Siempre, mi amor. Siempre.
Salí a la calle. El sol brillaba después de la lluvia. El aire estaba limpio.
Saqué mi lista mental.
Denis Kraus: Tachado.
Quedaban dos.
Y el siguiente, Gleen Soto, no iba a ser tan fácil. Él estaría alerta. Él estaría armado.
Mejor.
Me gustan los retos.
CAPÍTULO 5: EL CAZADOR CAZADO (El Cazador Cazado)
Santa Fe, Ciudad de México. Penthouse de la Torre Paradox.
Miércoles, 10:00 AM.
Gleen Soto no había dormido.
Estaba sentado en el borde de su sofá de cuero italiano Natuzzi, con una bata de seda abierta que dejaba ver su pecho depilado y tatuado. En la mesa de centro, hecha de mármol negro, había una botella de Blue Label vacía a la mitad y una montaña de cocaína que parecía el Nevado de Toluca en miniatura.
Sus ojos inyectados en sangre miraban la pantalla gigante de 80 pulgadas. Las noticias seguían repitiendo la muerte de Denis. “Sobredosis accidental”, decían los peritos. “Tragedia familiar”, decían los conductores.
—¡Pendejos! —gritó Gleen, lanzando su vaso de whisky contra la pantalla. El cristal estalló, pero la pantalla resistió, mostrando ahora una telaraña de grietas sobre la cara del reportero—. ¡Son unos pendejos!
Entró “El Chocas”, su jefe de seguridad. Un exmilitar de dos metros, ancho como un refrigerador y con el cerebro del tamaño de una nuez.
—¿Jefe? ¿Todo bien? Escuché el ruido.
—¡Nada está bien, imbécil! —Gleen se levantó, tambaleándose—. Denis le tenía pánico a las agujas. ¿Me oyes? ¡Pánico! Cuando nos tatuamos en Miami, lloró como una niña. ¡Él no se inyectaba! ¡Denis solo le entraba al polvo y a las pastillas!
Gleen caminaba de un lado a otro, con la mandíbula trabada por la droga y el miedo.
—Alguien se lo quebró, Chocas. Alguien se lo chingó y lo hizo parecer un accidente.
—¿Quién, jefe? ¿Los del Cártel de la Unión? ¿Tuvo pedos Denis con ellos?
—No sé… tal vez Miguel. Ese güey de Miguel anda en pasos muy raros con su papá. A lo mejor Denis vio algo que no debía. O a lo mejor…
Gleen se detuvo. Un pensamiento frío le recorrió la espina dorsal. Recordó al viejo. Al abuelo de la gata esa, la del juicio. Recordó sus ojos en la escalinata del tribunal. No eran ojos de viejo. Eran ojos de tiburón.
Sacudió la cabeza. No mames, Gleen, estás paranoico. Es un pinche ruco pensionado. No puede ser él.
—Quiero que dupliques la seguridad —ordenó—. Nadie entra aquí sin que yo lo autorice. Y quiero la camioneta blindada lista siempre. No voy a salir de aquí hasta que sepa qué pedo.
—Entendido, jefe.
Gleen se dejó caer en el sofá. Sacó su celular. Abrió Instagram. Necesitaba distraerse. Necesitaba sentir que todavía tenía el control. Que seguía ser el rey del mundo.
Vio un mensaje directo nuevo.
De @Fernanda_FitModel21. La brasileña. La que llevaba dos semanas dándole largas.
“Hola, guapo. Vi las noticias. Qué horror lo de tu amigo 😢. Debes sentirte muy solo. Estoy en la ciudad por dos días más antes de irme a Tulum. ¿Necesitas consuelo?”
Gleen sonrió. Una sonrisa torcida y química.
—Al menos algo bueno en este día de mierda —murmuró. Sus pulgares volaron sobre la pantalla.
“Me siento de la verga, babe. Necesito verte. Ven a mi depa en Santa Fe. Te mando Uber Black.”
La respuesta llegó en segundos.
“No, Santa Fe me queda lejísimos y me da miedo con todo lo que pasa. Renté un Airbnb increíble en Polanco. Muy discreto. Ven tú. Trae una botella. Y ven solo… no me gustan los guaruras, me ponen nerviosa.”
Gleen dudó un segundo. Polanco. Territorio seguro. Un Airbnb. Sexo fácil para olvidar la muerte.
Miró la cocaína en la mesa. Miró la pistola dorada Colt 1911 que su papá le había regalado y que ahora descansaba junto al polvo blanco.
—Chocas —gritó—. Prepara la camioneta. Vamos a Polanco.
La Telaraña
Yo estaba en el departamento de Polanco desde las 8:00 de la mañana.
No era mío, por supuesto. Lo había rentado usando una identidad falsa —”Roberto Silva”, ingeniero de Monterrey— y una tarjeta de crédito prepagada que compré en la Deep Web con ayuda de El Búho.
Era un lugar elegante. Piso 10. Vista al Parque Lincoln. Muebles minimalistas, arte abstracto en las paredes, ventanales de piso a techo. El escenario perfecto para una tragedia de la alta sociedad.
Preparé el escenario con la meticulosidad de un director de cine.
Bajé las persianas blackout. Dejé una luz tenue, ámbar, en la sala. Puse música de jazz suave en el sistema de sonido.
En la mesa de centro, coloqué dos copas de cristal. No había botella; él la traería.
En el baño, preparé mi salida. Una cuerda de rapel fina pero resistente, escondida en el falso plafón del techo, por si las cosas se ponían feas y tenía que salir por el balcón hacia el piso de abajo (que estaba vacío).
Me miré al espejo del baño.
Ya no llevaba el overol de mecánico. Hoy llevaba un traje negro, camisa blanca sin corbata. Parecía un chofer elegante o un mayordomo de la vieja escuela.
Me puse los guantes de látex y encima unos guantes de piel fina, para no dejar huellas pero tampoco levantar sospechas inmediatas si me veía las manos.
Revisé mi Glock. Cargada. Silenciador casero (un filtro de aceite adaptado) en el bolsillo, por si acaso. Pero el plan no era disparar. El plan era mucho más cruel.
A las 11:45 AM, recibí el mensaje de Gleen.
“Estoy abajo. Sube el código.”
Le envié el código de la puerta inteligente.
“Piso 10. Puerta B. Está abierto, guapo. Te espero en la recámara. Pasa y sírvete algo.”
Me escondí. No en la recámara, sino en un pequeño cuarto de lavado junto a la entrada. Dejé la puerta entreabierta una rendija.
Escuché el ascensor. Ding.
Escuché pasos. Pasos pesados, de botas caras.
Escuché voces.
—Jefe, ¿quiere que revisemos? —Era la voz del escolta.
—No, güey. Quédate aquí afuera. Es una vieja, no un comando armado. Si oyen gritos… es que la estoy pasando bien. —Risas vulgares.
La puerta del departamento se abrió.
Gleen entró. Cerró la puerta tras de sí. Escuché el click del cerrojo automático.
Estaba solo.
Caminó hacia la sala.
—¿Fer? ¿Babe? —gritó. Su voz arrastraba las palabras. Venía drogado. Perfecto.
—¡Ya llegué! Traje el pisto.
Lo vi pasar frente a mi escondite. Llevaba una chaqueta de cuero negra, jeans de diseñador y esa actitud de dueño del universo. En la cintura, por la espalda, se le notaba el bulto del arma.
Se sirvió una copa en la mesa que yo había preparado.
—¿Dónde estás, mamacita? No te hagas del rogar.
Salí del cuarto de lavado. Mis pasos sobre el piso de madera fueron silenciosos gracias a las suelas de goma que le había puesto a mis zapatos.
Caminé hacia él. Estaba de espaldas, mirando por el ventanal hacia el parque.
—Hola, Gleen —dije.
No usé la voz de “Fernanda”. Usé mi voz. La voz del abuelo.
Gleen se giró tan rápido que casi tira la copa.
Sus ojos se abrieron como platos. Su cerebro, lento por el alcohol y la cocaína, tardó unos segundos en procesar la imagen.
Esperaba ver a una modelo brasileña en lencería.
Vio a un viejo de 64 años, parado firme como una columna de granito, con una pistola apuntando a su pecho.
—¿Qué…? ¿Tú? ¿El abuelo? —Su voz fue un graznido agudo.
—Siéntate, Gleen.
—¡Chocas! ¡Seguri…! —Intentó gritar.
No le di tiempo. Disparé.
No a él. Disparé a una pila de cojines que había apilado estratégicamente en el sofá para amortiguar el sonido, solo para demostrarle que el arma era real y que tenía silenciador. El phut sordo fue suficiente para callarlo.
—El siguiente va a tu rodilla. Y te aseguro que gritarás más fuerte. Si gritas, tus gorilas entran. Si entran, mueren. Y tú mueres en el fuego cruzado. ¿Quieres vivir? Siéntate.
Gleen levantó las manos. Temblaba. Se sentó en el sofá, pálido como la cera.
—¿Qué quieres? ¿Dinero? Te doy dinero. Mi papá te da lo que quieras.
—Otra vez el dinero —suspiré, acercándome—. Ustedes no entienden otro idioma, ¿verdad? Denis me ofreció lo mismo.
—¿Denis? —Gleen tragó saliva—. ¿Tú… tú mataste a Denis?
—Denis murió de una sobredosis de realidad. Igual que te va a pasar a ti.
Gleen hizo un movimiento rápido. Su mano fue hacia su espalda, buscando su Colt dorada.
Fue un error.
Yo estaba viejo, sí. Pero la distancia era corta y mis reflejos estaban afilados por el odio.
Me abalancé sobre él antes de que pudiera desenfundar. Le di un golpe con la culata de mi Glock en la nariz.
Crack.
La sangre brotó a chorros, manchando su camisa blanca y el sofá de diseño.
Gleen aulló de dolor, llevándose las manos a la cara. Le quité su pistola dorada de la cintura y la arrojé lejos, deslizándose por el suelo hasta quedar debajo de un mueble.
Lo agarré del pelo y le obligué a mirarme.
—Mírame. Mírame bien.
Su cara estaba llena de sangre y lágrimas. Ya no era el “Mirrey” intocable. Era un niño asustado que quería a su mamá.
—¿Te acuerdas de Katia? —le pregunté—. ¿Te acuerdas cómo le rompiste los dedos? ¿Te acuerdas cómo te reíste?
—Fue un juego… ¡solo fue un juego!
—Para ti todo es un juego. La vida de los demás es un juguete. Pues bien, Gleen. Game Over.
La Confesión Escrita
Lo obligué a sentarse frente a la mesa del comedor.
Saqué una hoja de papel bond y un bolígrafo barato.
—Vas a escribir, Gleen.
—¿Qué? ¿Qué quieres que escriba?
—Una carta. Una carta de despedida.
Gleen entendió. Sus ojos se llenaron de pánico puro.
—¡No! ¡No me mates! ¡No me voy a suicidar! ¡Hazlo tú si tienes huevos, májame, pero no voy a escribir eso!
Le puse el cañón de la pistola en la sien. Presioné fuerte, hasta que la piel se le puso blanca alrededor del metal.
—Tienes dos opciones, Gleen.
Opción A: Te vuelo la tapa de los sesos ahora mismo. Luego mato a tus guardias al salir. Y luego… voy por tu papá.
Opción B: Escribes la carta. Te vas tú, pero tu familia se queda tranquila. Y la gente pensará que al menos tenías un gramo de conciencia.
Lloraba. El moco se mezclaba con la sangre de su nariz rota.
—¿Por qué? —gimió—. ¡Solo fue una vieja! ¡Hay miles!
Le di otro golpe, esta vez en la boca, rompiéndole el labio.
—¡Escribe!
Le dicté.
“Papá, mamá:
Perdónenme. Ya no puedo más. Lo de Denis me abrió los ojos. Lo que hicimos… lo que le hicimos a esa chica, Katia, y a las otras… me está comiendo por dentro.
Soy un monstruo. Siempre lo fui. Ustedes me dieron todo y yo solo causé dolor.
No puedo vivir con la culpa. No puedo ir a la cárcel. Prefiero irme así.
Perdónenme.
Gleen.”
Escribió con mano temblorosa. La letra era un desastre, manchada de sangre. Perfecta. Parecía exactamente la letra de alguien al borde del colapso nervioso.
—Fírmala.
La firmó.
Tomé la hoja. La leí. Era una obra maestra de la ficción. Convertía a un sociópata en un alma torturada.
—Bien. Ahora vamos al baño.
Lo levanté. Estaba tan débil por el miedo que casi tuve que cargarlo.
Lo llevé al baño principal. Era un baño de mármol blanco, inmaculado.
—Siéntate en la tina —le ordené.
Se sentó, con la ropa puesta, encogido, abrazándose las rodillas.
—Por favor… por favor… tengo 23 años… no quiero morir…
Me paré frente a él. Lo miré con una frialdad que me asustó incluso a mí.
—Katia tenía 20. Y ella quería vivir. Ella quería ser traductora. Ahora tiene miedo de su propia sombra. Tú le robaste la vida sin matarla. Yo solo estoy terminando el trabajo.
Saqué una pequeña botella de tequila que había traído. Se la obligué a beber. Casi se ahoga, pero tragó. Necesitaba que oliera a alcohol. Necesitaba que su sangre tuviera alcohol y cocaína para la autopsia.
Luego, recuperé su pistola dorada de la sala.
Regresé al baño.
—Tómala —le dije, extendiéndole su propia arma.
—No… no puedo…
—Tómala o te disparo yo en el estómago y te dejo desangrarte aquí durante tres horas. Tú eliges. Rápido o lento.
Gleen, temblando como una hoja, tomó la pistola. El oro brillaba bajo la luz halógena del baño.
—Póntela en la sien.
Obedeció. Lloraba a gritos ahogados.
—Hazlo, Gleen. Sé un hombre por una vez en tu puta vida. Hazlo por Denis. Hazlo por Katia.
No pudo.
Bajó la mano, sollozando.
—No puedo… no puedo… mamá… quiero a mi mamá…
Suspiré.
—Lo supuse. Eres un cobarde hasta el final.
Me acerqué. Me puse los guantes de Gleen sobre los míos (los había traído en su chamarra).
Agarré su mano, la que sostenía la pistola.
Él intentó resistirse, pero yo usé mi peso y mi técnica.
Le puse el cañón contra la sien derecha.
Lo miré a los ojos. Estaban llenos de un terror infinito.
—Di adiós, Gleen.
—¡No! ¡No…!
Apreté su dedo contra el gatillo.
BANG.
El sonido fue ensordecedor en el baño de azulejos.
La cabeza de Gleen rebotó contra la pared de mármol. Una mancha roja, abstracta y brutal, decoró el blanco inmaculado.
Su cuerpo se desplomó en la tina. La pistola cayó de su mano, pero quedó cerca, como si la hubiera soltado al morir.
Me quedé quieto un segundo. Mis oídos zumbaban.
El olor a pólvora quemada llenó el aire, cubriendo el olor a miedo.
Revisé el cuerpo. Muerto. Definitivamente muerto.
Me quité los guantes de Gleen y los dejé tirados en el suelo, como si se los hubiera quitado él antes de hacerlo.
Salí del baño.
Cerré la puerta.
Fui a la sala. Dejé la carta sobre la mesa de centro, junto a la cocaína y la copa vacía.
Miré el reloj. 12:15 PM.
Los escoltas afuera habrían escuchado el disparo. Tenía menos de un minuto.
Corrí a la puerta del balcón. La abrí.
El viento frío de Polanco me golpeó la cara.
No usé la cuerda. Era demasiado arriesgado a plena luz del día.
Había planeado una ruta B.
Salí al pasillo del edificio justo cuando el elevador empezaba a subir. Los escoltas venían.
Me metí en la escalera de servicio.
Bajé corriendo. Tres pisos.
En el piso 7, me detuve. Me quité el saco, me quité la camisa blanca. Debajo llevaba una playera de repartidor de Uber Eats y una gorra verde.
Saqué una mochila térmica que había escondido en el cubo de la basura de ese piso horas antes.
Salí del edificio por la puerta de servicio, pasando junto a los contenedores de basura.
El portero estaba distraído viendo su celular.
—Entrega lista, jefe —le dije al pasar.
—Sale, chavo.
Caminé hacia la calle.
Arriba, en el piso 10, escuché gritos.
—¡Jefe! ¡Jefe! ¡Abran la puerta!
Seguí caminando. Me mezclé con la gente de Polanco. Oficinistas que salían a comer, señoras paseando perros caros, turistas.
Nadie miró al repartidor de comida viejo.
Nadie vio al asesino.
La Tormenta Perfecta
Esa tarde, las redes sociales ardieron.
Se filtró la foto de la carta. Se filtró la foto de la policía sacando el cuerpo en una bolsa negra.
#JusticiaDivina se hizo tendencia.
#GleenSoto era el tema número uno.
La gente comentaba:
“La conciencia le ganó”.
“Al menos tuvo la decencia de pedir perdón”.
“Justicia para Katia”.
Estaba en casa, sentado en mi sillón, viendo las noticias en el celular.
Alina entró corriendo, con los ojos llorosos pero brillantes.
—¡Papá! ¡Papá! ¿Viste?
—¿Qué pasó, hija?
—¡Gleen Soto! ¡Se suicidó! ¡Dejó una carta! ¡Pidió perdón!
Se abrazó a mí. Lloraba, pero esta vez era un llanto diferente. Un llanto de alivio.
—Se hizo justicia, papá. Dios lo castigó. No pudo con la culpa.
Acaricié su cabello.
—Sí, hija. Dios obra de formas misteriosas.
Katia salió de su cuarto. Se quedó parada en el umbral.
Me miró.
Yo la miré.
En la televisión, pasaban la imagen de la fachada del edificio en Polanco.
Katia miró mis zapatos. Los había limpiado, pero… había una pequeña, minúscula mancha roja en la suela del zapato izquierdo que se me había pasado. Sangre. Sangre de Gleen.
Katia levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los míos.
Entendió.
Vio la mancha. Vio mi tranquilidad. Vio que “Dios” tenía nombre y apellido.
Abrió la boca para decir algo, pero la cerró.
Tragó saliva.
Se acercó a mí y me abrazó, uniéndose al abrazo con su madre.
Me apretó fuerte. Más fuerte de lo normal.
—Gracias… Dios —susurró. Pero no miraba al techo. Me miraba a mí.
Sentí un nudo en la garganta. Mi nieta sabía. Mi dulce e inocente Katia ahora compartía un secreto de sangre conmigo.
Había matado al monstruo para salvarla, pero al hacerlo, le había mostrado que su abuelo también era un monstruo.
Solo quedaba uno.
Miguel Terrazas.
El más peligroso. El que tenía nexos reales con el narco.
Denis fue fácil. Gleen fue un placer.
Pero Miguel… Miguel iba a ser una guerra.
Y para ganar una guerra, necesitas un ejército. O necesitas que el enemigo se destruya a sí mismo.
Me fui a mi taller esa noche.
Tomé el billete de 500 pesos de la pared. Lo quemé con un encendedor. Vi cómo la cara de Benito Juárez se ennegrecía y se convertía en ceniza.
Gleen había pagado su deuda.
Pero la deuda de Miguel era más grande. Él no había pagado con miedo o con culpa. Él había pagado con dinero del cártel.
Y el cártel siempre cobra sus facturas.
Saqué mi teléfono desechable. Marqué a El Búho.
—¿Víctor? —Su voz sonaba nerviosa—. Lo de Gleen… fuiste tú, ¿verdad? Cabrón, estás loco. Toda la policía de la ciudad está vuelta loca.
—Necesito un favor más, Roberto.
—Víctor, ya párale. Te van a agarrar.
—No me van a agarrar. Porque esta vez no voy a ser yo quien apriete el gatillo.
—¿Qué quieres?
—Quiero los estados de cuenta de Miguel. Los reales. Los que muestran cuánto le ha estado robando a su papá y a sus “socios” de Sinaloa para pagar sus deudas de juego.
—Eso es una sentencia de muerte, Víctor. Si muevo esos papeles, nos matan a todos.
—No si lo hacemos bien. Consígueme esos papeles. Voy a hacer que las ratas se coman entre ellas.
Colgué.
Miré por la ventana hacia la ciudad iluminada.
Dos abajo. Uno más.
Y este último iba a ser un espectáculo de fuegos artificiales.
CAPÍTULO 6: GUERRA DE RATAS (Guerra de Ratas)
Hay una regla de oro en el mundo del crimen organizado: se perdona el error, pero nunca la traición. Y mucho menos el robo. Puedes matar a un rival, puedes perder un cargamento por incompetencia, y tal vez te perdonen la vida si tienes un buen padrino. Pero si le robas dinero a la “Empresa”, si metes la mano en la caja chica de los señores del norte… entonces ya estás muerto. Solo que tu cuerpo todavía no se ha enterado.
Miguel Terrazas no era solo un junior estúpido como Gleen o un cobarde como Denis. Miguel era listo. Era cruel. Y tenía la arrogancia de quien cree que el apellido de su padre es un chaleco antibalas mágico.
Su padre, “El Ingeniero” Olegario Terrazas, era dueño de la cadena de supermercados “Súper Norte”. Oficialmente, un empresario exitoso de Monterrey. Extraoficialmente, el lavador de dinero más eficiente para la facción de Sinaloa que operaba en el centro del país. Miguel creció viendo cómo llegaban camionetas llenas de efectivo a la casa y salían convertidas en facturas de proveedores fantasmas. Creció creyendo que el dinero era infinito y que él era el heredero del trono.
Pero Miguel tenía un vicio. El juego.
No el póker de amigos. Miguel apostaba en grande. Casinos clandestinos en Interlomas, peleas de gallos en Texcoco, apuestas deportivas ilegales en servidores asiáticos. Y perdía. Perdía mucho.
Yo lo sabía gracias a la información inicial de El Búho. Pero necesitaba los detalles. Necesitaba la bala de plata.
La Reunión en el Mercado de Sonora
Jueves. 11:00 AM.
El Mercado de Sonora, famoso por la brujería, las hierbas medicinales y la venta de animales exóticos, es también un excelente lugar para intercambiar secretos. El caos es el mejor camuflaje. Entre el olor a copal, a jaulas de pájaros y a comida frita, me encontré con El Búho.
Estaba pálido. Sudaba frío a pesar de que hacía un día fresco.
—Toma —me dijo, deslizando una memoria USB pequeña, del tamaño de una uña, dentro de una bolsa de semillas de girasol que yo había comprado—. Si saben que yo saqué esto… me van a desollar vivo, Víctor. Y a ti también.
—Nadie lo sabrá. ¿Qué hay aquí?
—Todo. Miguel ha estado “jineteando” lana de las cuentas de las sucursales de Iztapalapa y Neza. Desvía fondos a cuentas puente, supuestamente para pagar “seguridad”, pero en realidad lo manda a sus bookies en Las Vegas y Macao.
—¿Cuánto?
—Casi tres millones de dólares en los últimos seis meses.
Silbé por lo bajo. Tres millones de dólares. Eso no era un robo; era un suicidio financiero.
—¿Su papá lo sabe?
—El Ingeniero sospecha que hay fugas, pero piensa que son los gerentes o algún contador desleal. No se imagina que es su propio hijo. La sangre ciega, Víctor.
—La sangre ciega —repetí—, hasta que se derrama.
Le di un abrazo a mi viejo amigo. Sentí su cuerpo tenso, frágil.
—Vete de la ciudad unos días, Roberto. Visita a tus nietos en Cuernavaca.
—Cuídate, viejo loco. Estás jugando con fuego nuclear.
El Plan: El Cartero de la Muerte
Regresé a casa. Me encerré en mi taller.
Conecté la USB a una laptop vieja que nunca conectaba a internet (una “air-gapped” machine) para revisarla.
Era oro puro. Hojas de cálculo, transferencias bancarias, correos electrónicos encriptados (que El Búho había desencriptado). Todo con las huellas digitales de Miguel Terrazas.
No podía enviárselo a la policía. La policía le avisaría al papá de Miguel, el papá pagaría el soborno y Miguel se iría a esconder a Europa.
No. Tenía que enviárselo a los dueños del dinero.
A los socios de Sinaloa.
Sabía quiénes eran. En el expediente aparecía un nombre recurrente: “Agropecuaria El Dorado”. Una empresa fachada dirigida por un tal “El Comandante Riquelme”, el jefe de plaza en la CDMX. Un tipo conocido por su falta de sentido del humor y su afición por usar ácido para resolver disputas laborales.
Preparé el paquete.
Un sobre manila simple. Sin remitente.
Dentro, las copias impresas de las transferencias más incriminatorias. Resalté con marcador amarillo los montos y las fechas.
Y agregué una nota corta, escrita con recortes de periódico pegados (un clásico que nunca falla para evitar análisis caligráficos y huellas de impresora):
“TU SOCIO TE ROBA. NO SON LOS CONTADORES. ES EL JUNIOR. REVISA LA CUENTA DE CAYMAN 445-X. ATTE: UN AMIGO LEAL.”
¿Cómo entregarlo?
No podía usar correo. No podía ir yo.
Usé a un mensajero involuntario.
Fui a una zona de oficinas en Polanco donde sabía que Riquelme tenía su despacho “legal”. Esperé a ver salir a una de sus secretarias a comer. Una chica joven, distraída con su celular.
Choqué con ella “accidentalmente” en la calle.
—¡Ay, perdón, señorita! ¡Qué torpe soy! —dije, tirando mi bastón y algunas carpetas.
Ella, amable, me ayudó a recogerlas.
—No se preocupe, señor.
En la confusión, deslicé mi sobre manila dentro de su bolsa de mano abierta, entre su tupper de comida y su cosmetiquera.
—Gracias, hija, gracias.
Me alejé cojeando.
Sabía que cuando ella regresara a la oficina y encontrara el sobre desconocido, su curiosidad o su miedo la harían abrirlo. Y al ver que estaba dirigido al “Licenciado Riquelme” (como se hacía llamar), se lo entregaría. O lo dejaría en su escritorio. De cualquier forma, llegaría a sus ojos.
La Cacería Comienza
Viernes.
Miguel Terrazas estaba nervioso. Sus dos amigos estaban muertos. Él estaba encerrado en la mansión de su padre en Bosques de las Lomas, protegido por un muro de tres metros, cámaras térmicas y seis escoltas armados con rifles de asalto.
Pero el miedo no respeta muros.
Miguel paseaba por el jardín, fumando un cigarro tras otro. Llevaba un chaleco antibalas ligero debajo de su camisa Polo.
Su teléfono sonó. Era su papá.
—¿Bueno, pa?
—Miguel, ven al despacho. Ahora.
La voz de su padre era extraña. Fría. No era la voz del padre que le solapaba todo.
—Voy, pa.
Miguel entró al despacho. Olía a madera de caoba y a puros caros.
Su padre, El Ingeniero, estaba sentado detrás de su escritorio masivo. De pie, a su lado, estaba Riquelme. El Comandante Riquelme. Un hombre bajo, moreno, con cara de piedra y ojos que no parpadeaban.
Miguel sintió que se le aflojaban las piernas.
—¿Qué… qué pasa? ¿Hola, tío Riquelme? —trató de sonar casual.
El Ingeniero no lo miró. Miraba unos papeles sobre su escritorio. Las copias que yo había enviado.
—Hijo… —dijo su padre, con la voz rota—. ¿Me puedes explicar esto?
Le lanzó los papeles a la cara.
Miguel los recogió del suelo. Vio los números. Vio las cuentas de Cayman. Vio su sentencia de muerte.
—Pa… esto es… esto es falso. Alguien me quiere incriminar. ¡Es el mismo que mató a Gleen y a Denis! ¡Me quieren chingar!
Riquelme habló por primera vez. Su voz sonaba como grava triturada.
—No, Miguelito. Los papeles son reales. Ya revisamos con el banco. El dinero salió de tu IP. Entró a tus cuentas de juego. Y se perdió.
Riquelme se acercó a él. Miguel retrocedió hasta chocar con la pared.
—Tres millones de dólares, Miguel. Eso no es dinero tuyo. Es dinero de la Familia. Y la Familia tiene reglas.
El Ingeniero se cubrió la cara con las manos.
—¡Pa! ¡Dile algo! ¡Soy tu hijo!
—Por eso te voy a dar una oportunidad —dijo Riquelme, sacando una pistola plateada—. Una oportunidad de correr.
Miguel no entendió.
—¿Qué?
—Tienes cinco minutos de ventaja. Corre. Si sales de la ciudad, tal vez sobrevivas. Si te quedas… te vamos a picar en pedacitos y se los vamos a mandar a tu mamá en bolsas Ziploc.
—¡Olegario! ¡Haz algo! —gritó Miguel a su padre.
Su padre lloraba en silencio, pero no levantó la cabeza. En ese mundo, el negocio está por encima de la sangre. Si defendía a su hijo, él también moriría. Y toda su familia.
—Corre, Miguel —susurró su padre—. Corre.
Miguel salió corriendo del despacho. Salió de la casa. Se subió a su Mercedes AMG.
Los escoltas de la entrada no lo detuvieron. Riquelme ya les había dado la orden por radio: “Déjenlo ir. La caza empieza en cinco”.
El Escape
Miguel condujo como un loco. Bajó hacia Reforma a 180 km/h.
¿A dónde ir?
Al aeropuerto no. Estarían vigilando.
A la carretera a Toluca tampoco.
Decidió ir hacia el sur. Hacia Cuernavaca. Tenía una casa de fin de semana en Tequesquitengo que nadie conocía, comprada a nombre de una exnovia. Podía esconderse ahí, sacar dinero de la caja fuerte y huir a Acapulco para tomar un barco.
Pero el pánico es mal copiloto.
Yo lo estaba esperando. No físicamente, sino estratégicamente.
Sabía que si lo acorralaban, huiría hacia el sur. Era su ruta de escape natural.
Yo estaba estacionado en un puente peatonal sobre la autopista México-Cuernavaca, cerca de Tres Marías. Tenía unos binoculares y un radio de frecuencia policial escaneando las comunicaciones.
Escuché el reporte:
“Vehículo Mercedes gris a alta velocidad, placas de Morelos, rumbo al sur. Posible 10-50 (persecución).”
Pero no eran patrullas las que lo perseguían. Eran dos camionetas Suburban negras, sin placas. Los hombres de Riquelme.
Vi pasar el Mercedes de Miguel como un rayo plateado.
Segundos después, las Suburban.
La cacería estaba en marcha.
Yo me subí a mi Tsuru y me uní al desfile, manteniéndome muy atrás. No necesitaba intervenir. Solo necesitaba ser testigo. Asegurarme de que el trabajo se hiciera.
El Desenlace en La Pera
La curva de “La Pera” es famosa en México. Una curva cerrada, peligrosa, bajando hacia Cuernavaca. Muchos han muerto ahí por exceso de velocidad.
Miguel llegó a la curva demasiado rápido. Sus manos sudaban sobre el volante. Miraba por el retrovisor. Las Suburban estaban pegadas a su defensa.
Empezaron a disparar.
No escuché los disparos por el viento, pero vi los destellos.
Miguel intentó esquivar. Perdió el control.
El Mercedes derrapó. Giró sobre su propio eje. Golpeó el muro de contención de concreto.
El impacto fue brutal. El coche rebotó y quedó atravesado en la carretera, humeando.
Me detuve en el acotamiento, lejos, fingiendo una avería. Saqué mis binoculares.
Las Suburban se detuvieron.
Bajaron cuatro hombres. Armas largas. Chalecos tácticos.
Caminaron hacia el Mercedes destrozado.
Miguel estaba vivo. Lo vi salir a rastras por la ventana rota, con la cara ensangrentada. Intentaba gatear por el asfalto.
Uno de los hombres, el que parecía estar al mando (tal vez un teniente de Riquelme), se acercó a él.
Le dijo algo.
Miguel levantó las manos en súplica.
El hombre levantó su rifle AR-15.
No hubo juicio. No hubo abogados. No hubo fianza de 50 mil pesos.
Hubo una ráfaga de tres segundos.
El cuerpo de Miguel se sacudió violentamente y quedó inmóvil sobre el asfalto caliente.
Los hombres no se fueron inmediatamente. Uno de ellos sacó un cartulina verde fosforescente y la dejó sobre el cuerpo. Un “narcomensaje”.
Luego subieron a sus camionetas y se fueron, perdiéndose en la bajada hacia Morelos.
Esperé cinco minutos.
El tráfico estaba detenido detrás de mí por el “accidente”.
Caminé hacia la escena fingiendo ser un curioso. Otros conductores también se bajaron.
—¡Llamen a una ambulancia! —gritaba una señora.
—¡Ya está muerto, no lo toquen! —decía un camionero.
Llegué lo suficientemente cerca para leer la cartulina.
Decía:
“ESTO LE PASA A LAS RATAS QUE MUERDEN LA MANO QUE LES DA DE COMER. LIMPIEZA INTERNA. ATTE: LA EMPRESA.”
Sonreí por dentro.
Perfecto.
Para el mundo, esto sería un ajuste de cuentas entre narcos. Una “limpieza interna”.
Nadie relacionaría la muerte de Miguel con la de Gleen o Denis. Eran mundos diferentes. Uno murió por drogas, otro por suicidio, y este por robarle al cártel.
Pero yo sabía la verdad.
Los tres hilos se habían cortado.
Las tres cabezas de la Hidra habían caído.
Me di la vuelta y regresé a mi coche.
—Qué barbaridad, cómo está el país —le dije a un señor que miraba horrorizado—. Ya no se puede salir a carretera.
—Así es, jefe. Estamos jodidos —me contestó.
Arranqué mi Tsuru. Puse música en la radio. Un bolero viejo de Los Panchos.
“Sin ti… no podré vivir jamás… y pensar que nunca más… estarás junto a mí…”
Canturreé mientras manejaba de regreso a la Ciudad de México.
El trabajo sucio estaba hecho.
Pero… faltaba algo.
Faltaban los facilitadores.
La Juez. Los Abogados. El Policía.
Ellos creían que se habían librado. Creían que con la muerte de los muchachos, el caso se enfriaría y ellos seguirían con sus vidas corruptas.
Se equivocaban.
La bestia todavía tenía hambre. Y ahora iba por los de cuello blanco.
El Epílogo del Guerrero
Llegué a casa al atardecer.
Katia estaba en la sala, leyendo un libro. Crimen y Castigo de Dostoievski. Qué ironía.
Me vio entrar.
—Hola, abuelo.
—Hola, mi vida.
—Salió en las noticias —dijo, sin levantar la vista del libro—. Miguel Terrazas. Ejecutado en la carretera a Cuernavaca. Dicen que fue el narco.
—Sí, eso escuché en el radio. Andaba en malos pasos ese muchacho.
Katia cerró el libro. Se levantó y caminó hacia mí.
Me tomó las manos. Mis manos viejas, que hoy habían sostenido unos binoculares de la muerte.
Las besó.
—Gracias, abuelo.
Se me heló la sangre.
—¿Por qué, hija?
—Por cuidarnos. Por ser… nuestro ángel guardián.
La abracé. Sentí sus lágrimas mojar mi camisa.
Ella sabía. Tal vez no los detalles. Tal vez no sabía que yo había orquestado el robo de información. Pero sabía que su abuelo había movido los hilos del destino.
Y en lugar de miedo, sentí su amor. Un amor feroz, cómplice, primitivo.
Había salvado a mi manada.
Y mi alma… bueno, mi alma ya estaba condenada desde hace treinta años. Unas manchas más no harían diferencia en el infierno.
—Todavía no termino, Katia —le susurré.
Ella se separó y me miró a los ojos. Había una dureza nueva en su mirada. Ya no era la víctima. Era la sobreviviente.
—Lo sé —dijo—. Que no quede ninguno.
CAPÍTULO 7: LA CAÍDA DE LOS INTOCABLES (La Caída de los Intocables)
Matar a un hombre es relativamente fácil. El cuerpo humano es frágil; un poco de presión aquí, un trozo de plomo allá, y la máquina biológica se apaga. Pero destruir a una figura pública, a alguien protegido por el manto sagrado de la “autoridad” y la “ley”, requiere una precisión diferente. No se necesita una pistola Glock, se necesita información. Se necesita paciencia. Se necesita convertir su propia arrogancia en la soga que los ahorque.
Los tres “juniors” estaban muertos. Denis, Gleen y Miguel ya no eran más que estadísticas en la morgue o cenizas en urnas de mármol. Pero mi trabajo no había terminado. Faltaban los arquitectos de la impunidad. Aquellos que, con una firma, un mazo de juez o una omisión policial, habían permitido que mi nieta fuera tratada como basura.
Ellos creían que la tormenta había pasado. Creían que las muertes de los muchachos eran tragedias aisladas, desconectadas de ellos. Seguían yendo a sus oficinas con aire acondicionado, cobrando sus quincenas infladas por sobornos, durmiendo tranquilos en sus camas de sábanas de hilo egipcio.
Pobres diablos. No sabían que el invierno acababa de llegar.
Objetivo 1: La Juez de Hierro
La Juez Corina Valdés se sentía intocable. Tenía fama de dura, de implacable, de ser una mujer que se había abierto paso en un mundo de hombres a base de carácter y “pragmatismo” (eufemismo para vender sentencias al mejor postor).
Su vida era un escaparate de éxito burgués: casa en Jardines del Pedregal, camioneta del año, hijos en colegios privados bilingües y una membresía en el Club Campestre.
Pero Corina tenía un punto débil: la avaricia. Y un talón de Aquiles operativo: su secretario de acuerdos, un hombrecillo llamado Sergio.
Sergio era quien recogía los sobres. Sergio era quien negociaba los montos en cafeterías discretas del sur de la ciudad.
Gracias a la confesión de Denis (antes de su “sobredosis”), yo sabía el nombre de Sergio. Y gracias a El Búho, sabía dónde encontrarlo.
Sergio tenía una debilidad por las carreras de caballos en el Hipódromo de las Américas. Iba cada viernes, apostando el dinero que le sobraba de las “comisiones”.
Lo intercepté en el baño del hipódromo.
Estaba lavándose las manos, silbando, feliz porque había ganado una apuesta.
Entré y cerré la puerta con el seguro. Puse el letrero de “Fuera de Servicio” por fuera antes de entrar.
Me paré detrás de él. Lo vi en el espejo.
—Buenas noches, licenciado —dije.
Sergio se giró, secándose las manos con papel.
—El baño está cerrado, amigo.
—No soy tu amigo, Sergio. Soy el hombre que sabe lo de los tres millones de pesos del caso Mendoza.
Su cara se transformó. El color se le fue del rostro.
—No sé de qué me hablas.
Saqué mi teléfono. Le mostré una foto. No era una foto de él. Era una foto de su hija saliendo de la secundaria.
—Bonita niña. Sería una pena que su papá terminara en la cárcel… o en una bolsa negra como Miguel Terrazas.
Sergio tembló. Conocía las noticias. Sabía que alguien estaba cazando.
—¿Qué… qué quieres? Soy un mandadero, nada más. ¡La Juez es la que decide!
—Exacto. Y por eso tú vas a ser mi testigo protegido. O mi próxima víctima. Tú eliges. Tienes diez segundos.
Sergio eligió vivir.
Esa misma noche, fuimos a su departamento. De una caja fuerte escondida detrás de un cuadro horrible de un paisaje parisino, sacó “La Libreta”.
Era un cuaderno contable simple, marca Scribe. Pero su contenido era dinamita pura.
Fechas. Nombres de casos. Montos. Nombres de abogados. Y al final de cada línea, una firma pequeña: “C.V.” (Corina Valdés).
Ahí estaba todo. El caso de mi nieta: “Caso Katia M. – Pago: 3,000,000 MXN – Cliente: O. Terrazas – Resultado: Falta Admin.”
Pero había más. Violadores liberados. Narcomenudistas absueltos por “errores en el debido proceso”. Desalojos ilegales avalados por su firma.
—Esto vale oro, Sergio —le dije, guardando la libreta—. Te vas a ir de la ciudad. Hoy mismo. Si te veo mañana, te mato.
Sergio no necesitó que se lo dijera dos veces. Agarró una maleta y huyó esa misma madrugada.
Al día siguiente, empezó la demolición.
No fui a la policía. Fui a la opinión pública.
Escaneé las páginas más incriminatorias de la libreta. Las envié a tres destinatarios clave:
- La Unidad de Inteligencia Financiera (UIF).
- El Consejo de la Judicatura Federal.
- Un periodista famoso en YouTube, de esos que odian al sistema y tienen millones de seguidores sedientos de sangre.
El lunes por la mañana, la bomba estalló.
El periodista abrió su programa matutino con la libreta en pantalla gigante.
“¡ESCÁNDALO EN EL PODER JUDICIAL! Juez Corina Valdés: La Mercenaria de la Justicia. Revelamos la lista negra de sus sobornos.”
Yo estaba en la sala de espera del juzgado, fingiendo hacer un trámite, solo para ver el espectáculo.
A las 10:00 AM, llegaron agentes de la Fiscalía General de la República. No eran policías locales corruptos; eran federales.
Entraron en su despacho. Se escucharon gritos.
—¡No saben quién soy! ¡Tengo fuero! —gritaba Corina.
Salió esposada. Llevaba su toga puesta, pero ahora parecía un disfraz ridículo. Las cámaras de televisión estaban afuera, avisadas por el mismo periodista.
El flash de las cámaras la cegó.
Vi su cara. Ya no había arrogancia. Había pánico. Había vergüenza. Sabía que su vida, tal como la conocía, había terminado.
Sus cuentas fueron congeladas. Su marido pidió el divorcio a los dos días para no verse arrastrado. Sus hijos tuvieron que ser sacados de la escuela por el acoso.
Corina Valdés no murió. Pero la “Juez de Hierro” se oxidó y se desmoronó ante los ojos de todo México. Ahora espera sentencia en el penal de Santa Martha Acatitla, rodeada de las mismas mujeres a las que ella condenó injustamente.
Justicia poética.
Objetivo 2: Los Tiburones sin Dientes
El abogado Licenciado Montemayor (el líder de la defensa de los muchachos) era un hombre que amaba su reputación más que a su madre. Se vendía como el “Abogado del Diablo”, el hombre que podía sacar a cualquiera de la cárcel si el precio era correcto.
Su despacho en Reforma era un templo al ego.
Pero Montemayor tenía un secreto sucio que ni siquiera sus clientes sabían.
Su título era falso. O al menos, su maestría y doctorado en Yale, que presumía en su pared, eran comprados por internet.
Y peor aún: lavaba dinero. Usaba su despacho para facturar “servicios legales” a empresas fantasma del cártel, blanqueando millones de dólares bajo el concepto de honorarios.
El ataque fue digital.
El Búho, con ayuda de unos hackers rusos a los que les debía favores, entró en el servidor del despacho de Montemayor.
Descargaron todo. Correos, facturas falsas, listas de sobornos a peritos.
Y se lo enviamos al SAT (Servicio de Administración Tributaria).
En México, puedes matar a alguien y tal vez te libres. Pero si no pagas impuestos o si el SAT detecta discrepancias fiscales… eres hombre muerto. El SAT es el verdadero brazo armado del gobierno.
El miércoles, el SAT ejecutó una auditoría sorpresa. Llegaron con la Guardia Nacional.
Cerraron el edificio. Incautaron computadoras.
Montemayor salió escoltado, sudando dentro de su traje Armani de cincuenta mil pesos.
Al mismo tiempo, enviamos los correos filtrados a la Barra de Abogados y a sus clientes más importantes.
Sus clientes (narcos, políticos corruptos) se dieron cuenta de que Montemayor era un riesgo. Sus secretos estaban expuestos por culpa de la incompetencia de su abogado.
Montemayor no fue a la cárcel ese día. Pagó una fianza millonaria.
Pero cuando salió, su carrera estaba muerta. Nadie contrata a un abogado que es investigado por lavado de dinero. Y peor aún, recibió “avisos” de sus exclientes peligrosos.
Apareció golpeado brutalmente una semana después en un callejón. Sobrevivió, pero quedó cojo y con daño cerebral leve. Ahora vive escondido en algún pueblo de Hidalgo, temiendo cada vez que suena el teléfono.
Objetivo 3: El Comandante Cobarde
Faltaba uno. El Comandante Zúñiga. El policía que “perdió” los videos. El que me dijo que me fuera a descansar mientras mi nieta sangraba.
Zúñiga había sido ascendido. Ahora era Jefe de Sector en la zona norte. Se sentía seguro bajo el ala protectora de sus jefes políticos.
A él no lo ataqué con papeles. A él lo ataqué con miedo. El miedo es el lenguaje universal de los policías corruptos.
Sabía dónde vivía. Una casa en Coacalco, en una privada con seguridad, pero nada que yo no pudiera burlar.
Una noche de lluvia (siempre la lluvia, mi vieja amiga), entré en su jardín.
No toqué a su familia. Yo no soy ellos. Yo tengo códigos.
Pero dejé un mensaje.
Entré en su cochera. Abrí su camioneta nueva, la Tahoe que le habían regalado los Terrazas.
En el asiento del conductor, dejé tres cosas:
- Una foto de Denis muerto (la foto de la autopsia que conseguí por mis medios).
- Una foto de Gleen con el disparo en la cabeza.
- Una foto de Miguel acribillado en la carretera.
Y sobre el volante, pegué una nota con cinta adhesiva:
“FALTAS TÚ. O TE VAS, O TE QUEDAS A LA FIESTA. TIENES 24 HORAS.”
Y para rematar, dejé sobre el tablero el casquillo de una bala. Una bala de calibre .50, de esas que usan los francotiradores para atravesar blindajes y paredes. Un recordatorio de que no hay lugar seguro.
Zúñiga encontró el regalo a la mañana siguiente cuando iba a llevar a sus hijos a la escuela.
Lo vi desde un coche estacionado al otro lado de la calle.
Vi cómo palidecía. Vi cómo le temblaban las manos al leer la nota. Vi cómo miraba a todos lados, buscando al fantasma.
Sus ojos se cruzaron con el Tsuru viejo estacionado enfrente. Mis vidrios estaban polarizados, no podía verme. Pero sintió la mirada. Sintió el peso de la muerte.
Ese mismo día, Zúñiga presentó su renuncia por “motivos de salud”.
Vendió la casa en una semana, malbaratada.
Sacó a sus hijos de la escuela.
Desapareció.
Dicen los rumores policiales que se fue a Estados Unidos, de mojado, a trabajar de lavaplatos en Chicago. Prefirió ser un nadie en otro país que un cadáver en este.
Excelente elección.
La Calma Después de la Tormenta
Pasaron dos semanas.
La ciudad seguía su ritmo caótico. Nuevos escándalos tapaban los viejos. La gente olvidaba rápido.
Pero en mi casa, el aire se sentía diferente. Más ligero.
Katia había vuelto a sonreír. De verdad.
Ya no saltaba cuando sonaba el timbre. Ya no dormía con la luz encendida.
Había retomado sus clases de japonés. Había vuelto a salir con sus amigas (aunque yo siempre la vigilaba discretamente, o pagaba a un excolega para que lo hiciera).
Una tarde, estábamos en el balcón tomando café.
El sol se ponía sobre los techos de la Narvarte, pintando el cielo de naranja y violeta.
—Abuelo —dijo Katia de repente.
—Dime, mijita.
—¿Crees que… crees que ya terminó todo?
La miré.
Sabía a qué se refería.
—Sí, mi amor. Los malos se fueron. La basura se sacó.
—¿Y no van a volver?
—No. No van a volver.
Ella asintió, satisfecha.
—Abuelo…
—¿Sí?
—Te quiero. Y sé que eres un buen hombre. Aunque… aunque a veces tengas que hacer cosas que no son de buenos hombres.
Me quedé helado.
Ella lo sabía todo. Con esa intuición femenina que salta generaciones, ella había entendido el sacrificio. Había entendido que para que existan ovejas seguras, tiene que haber un perro pastor dispuesto a morder a los lobos en la yugular.
Le besé la mano.
—Soy tu abuelo. Eso es lo único que importa.
Epílogo Personal
Esa noche, bajé a mi taller por última vez.
Guardé la Glock. Guardé los guantes. Guardé el cuaderno de notas con los nombres tachados.
Volví a poner las baldosas en su lugar.
Me miré en el espejo sucio.
Víctor Manuel Mendoza, 64 años. Jubilado.
El Búho había vuelto a dormir.
La bestia estaba saciada.
Pero mientras subía las escaleras hacia el calor de mi hogar, supe una cosa con certeza absoluta.
Si alguien, alguna vez, vuelve a tocar a mi familia…
La bestia no dormirá. La bestia despertará con más hambre que nunca.
Porque ahora sé que puedo hacerlo. Y sé que me gusta ganar.
Me metí en la cama junto a Natalia.
—¿Todo bien, viejo? —preguntó medio dormida.
—Todo bien, vieja. Todo está en paz.
Y por primera vez en mi vida, realmente lo estaba.