Cenizas de un Amor Prohibido: El Bombero y la Doctora que Desafiaron al Destino

CAPÍTULO 1: LA CICATRIZ QUE AÚN ARDE

El aire en la colonia Obrera tenía un sabor metálico esa noche, una mezcla tóxica de plástico derretido, madera vieja y desesperación. Para el Capitán Damián, ese era el perfume de su vida cotidiana.

—¡Sostengan la línea! ¡No dejen que brinque al almacén de pinturas! —gritó Damián, su voz ronca compitiendo con el rugido de las llamas que devoraban una vieja fábrica de textiles.

El calor era insoportable. A través de la visera de su casco, el mundo era un infierno naranja y negro. El sudor le bajaba por la espalda, empapando el pesado traje de protección que pesaba como una losa de concreto. Pero Damián no sentía el peso. Nunca lo sentía cuando estaba en “la zona”. Ahí, entre el fuego y la muerte, era donde él tenía el control. Era el único lugar donde los recuerdos no lo alcanzaban.

—¡Capi! —gritó el “Gato”, su teniente y mejor amigo, jalando la manguera a su lado—. ¡La estructura del techo está tronando! ¡Tenemos que salir!

Damián miró hacia arriba. Las vigas de acero gemían, retorciéndose como serpientes agonizantes bajo la temperatura extrema.

—¡Un minuto más! —rugió Damián, apretando los dientes—. ¡Si no enfriamos esa pared norte, se va a llevar las casas de atrás! ¡Hay familias ahí, cabrones!

Damián avanzó. Siempre avanzaba. Era su defecto y su virtud. No sabía retroceder. Dio un paso firme sobre los escombros humeantes, dirigiendo el chorro de agua a presión contra el corazón del incendio.

Fue entonces cuando sucedió.

Una explosión secundaria. Un tanque de gas LP, escondido entre la basura ilegal de la fábrica, reventó. La onda expansiva no fue lo que lo golpeó, sino lo que esta lanzó. Un fragmento de tubería de cobre salió disparado como un misil, rebotando en una columna y golpeando a Damián directamente en el lado derecho de la mandíbula, justo debajo del borde del casco.

El impacto fue seco, brutal.

Damián sintió cómo se le apagaban las luces por un microsegundo. El sabor a cobre inundó su boca al instante. Sangre. Mucha sangre. Cayó sobre una rodilla, aturdido, mientras el pitido en sus oídos ahogaba el sonido de las sirenas.

—¡Damián! —El Gato lo agarró del arnés y lo arrastró hacia atrás con una fuerza sobrehumana—. ¡Fuera! ¡Todos fuera!

Lo sacaron a la banqueta, donde el aire fresco de la noche se sentía helado en contraste con el horno del que acababan de escapar. Damián se quitó el casco con rabia, escupiendo un coágulo rojo sobre el asfalto mojado. Se llevó la mano a la cara; le palpitaba como si tuviera un corazón propio y furioso alojado en la encía.

—Déjame ver —dijo Sergio, el paramédico de la unidad, acercándose con una linterna.

—Estoy bien —gruñó Damián, apartando la mano de Sergio. Su voz sonó extraña, pastosa—. Solo me mordí la lengua. Regresemos, el fuego no se ha apagado.

—No mames, Capi —dijo el Gato, mirándolo con los ojos muy abiertos—. Tienes la cara hinchada como un sapo y estás sangrando como puerco. Ese tubo te aflojó hasta las ideas. Te vas a la clínica ahorita mismo.

—¡Que no! —Damián intentó ponerse de pie, pero el mundo giró violentamente. Se tuvo que apoyar en el camión cisterna para no caer.

—No te estoy preguntando, güey. Es una orden. O vas por las buenas, o te amarramos a la camilla —sentenció el Gato, haciendo una seña a la ambulancia—. Llévenselo a la privada de la Roma, la que tiene convenio con el sindicato. Está a diez minutos y no hay gente a esta hora.

Damián maldijo por lo bajo, pero el dolor era un taladro percutor en su cráneo. Subió a la ambulancia azotando la puerta, furioso no por el dolor, sino por la impotencia de abandonar a su equipo. Mientras la unidad avanzaba por las calles llenas de baches de la ciudad, Damián miró su reflejo en el cristal oscuro: sucio, con hollín en los pómulos, los ojos inyectados de sangre y fatiga, y una barba de dos días que ahora ocultaba un moretón que se oscurecía por segundos.

“Mírate”, pensó con amargura. “Diez años y sigues siendo el mismo perro callejero peleando por sobrevivir”.


A pocos kilómetros de ahí, en el corazón de la colonia Roma Norte, la Clínica “Mondragón & Especialistas” era un oasis de silencio y pulcritud. El aire acondicionado mantenía una temperatura perfecta de 21 grados, y el ambiente olía a lavanda y desinfectante caro. Nada que ver con el olor a humo y sudor de Damián.

La Doctora Ximena Mondragón estaba sentada en su consultorio, revisando por quinta vez el expediente de un paciente VIP que solo tenía una gripe, pero que pagaba por la tranquilidad de que una Mondragón le dijera que no iba a morir.

Ximena dejó caer la pluma Montblanc sobre el escritorio de caoba. Suspiró, pasándose una mano por el cuello tenso. Tenía 28 años, una carrera brillante, un departamento en Polanco que parecía sacado de una revista de arquitectura, y un prometido, Eduardo, que era el “partido perfecto”: hijo de banqueros, educado, rubio y tan emocionante como un plato de arroz blanco sin sal.

Se levantó y caminó hacia la ventana. La lluvia había comenzado a caer sobre la Ciudad de México, esas lluvias torrenciales que convierten el tráfico en un estacionamiento gigante. Miró su reflejo en el vidrio. Era hermosa, sí. Su madre, Doña Elena, se había asegurado de recordárselo cada día de su vida, no como un cumplido, sino como un activo que debía administrarse. “La belleza es poder, Ximena. No la desperdicies con cualquiera”.

Ximena se tocó el pecho, sintiendo ese vacío crónico que cargaba desde hacía una década. Era un hueco que intentaba llenar con trabajo, con guardias extras, con la aprobación de su familia. Pero en noches como esta, cuando la lluvia golpeaba el cristal, el hueco dolía.

Recordó, sin querer, la sensación de la lluvia en la preparatoria. Recordó subirse a una moto vieja y ruidosa, abrazada a una espalda ancha cubierta por una chamarra de cuero gastada. Recordó reírse hasta que le dolía el estómago mientras comían tacos de canasta en una esquina, sin importarle ensuciarse el uniforme.

—Damián… —susurró al vidrio. El nombre salió sin permiso, como un fantasma que se niega a ser exorcizado.

Sacudió la cabeza violentamente. “Basta, Ximena. Eso se acabó. Él era un error. Un capricho de adolescente rebelde. Tú eres la Dra. Mondragón. Compórtate”.

El interfón de su escritorio sonó, sobresaltándola.

—Doctora, disculpe la hora —dijo la recepcionista con voz cansada—. Acaba de llegar una unidad de bomberos. Traen a un elemento con traumatismo facial. Dicen que el seguro del sindicato cubre urgencias aquí. El dentista de guardia ya se fue, y usted es la única médico general disponible para valorar si requiere cirugía maxilofacial.

Ximena frunció el ceño. Odiaba las urgencias nocturnas, solían ser borrachos o accidentes menores exagerados. Pero su ética profesional era impecable.

—Está bien, Lety. Que pasen al consultorio 3. Voy para allá.

Se alisó la bata blanca, se aseguró de que su cabello estuviera en un chongo perfecto y adoptó su “máscara de doctora”: fría, eficiente, intocable. Caminó por el pasillo, el sonido de sus tacones resonando con autoridad.

Entró al consultorio 3 sin levantar la vista del todo, tomando los guantes de látex de la caja.

—Buenas noches. Soy la Dra. Mondragón. Díganme qué pasó.

Había dos hombres en la sala. Uno, el paramédico, estaba de pie. El otro, el paciente, estaba sentado en la orilla de la camilla, con la cabeza gacha, mirando sus botas negras y sucias de lodo y ceniza. El olor a humo golpeó a Ximena de inmediato, un olor acre, violento, que desentonaba terriblemente con su mundo estéril.

—Le cayó un tubo en la jeta… perdón, en la cara, doctora —dijo el paramédico—. Creemos que tiene fracturada una pieza dental o tal vez la mandíbula. Está necio con que no le duele.

—A ver, levante la cabeza, por favor —ordenó Ximena, acercándose con la pequeña linterna médica en la mano.

El bombero no se movió al principio. Sus hombros anchos se tensaron bajo la camiseta gris empapada de sudor. Había algo en su postura, en la forma en que sus manos grandes y callosas apretaban el borde de la camilla, que hizo que un escalofrío recorriera la columna vertebral de Ximena. Una sensación de déjà vu tan fuerte que la mareó.

—Señor, necesito que me mire —insistió ella, un poco más impaciente.

El hombre soltó un suspiro largo, un sonido que parecía arrastrar cansancio infinito. Lentamente, muy lentamente, levantó el rostro.

La luz de la lámpara de exploración iluminó sus facciones. Tenía una herida en el labio, la mandíbula hinchada y sangre seca en la barbilla. Pero no fue eso lo que Ximena vio.

Vio unos ojos.

Unos ojos color café oscuro, profundos, con esas pestañas largas que ella solía envidiar. Unos ojos que, hace diez años, la miraban como si ella fuera la única estrella en el universo. Ahora, esos mismos ojos la miraban con una mezcla de reconocimiento, shock y un odio tan puro que la hizo retroceder un paso, chocando contra el carrito de instrumental.

El silencio que siguió fue absoluto. El zumbido del aire acondicionado pareció detenerse.

—¿Damián? —La palabra se le escapó como un gemido. No fue una pregunta profesional. Fue el grito de una niña que encuentra su juguete perdido.

Damián se quedó paralizado. El dolor de la muela desapareció, reemplazado por un golpe directo al corazón.

Ahí estaba.

Ximena.

No la “niña fresa” de la prepa. No la adolescente asustada que lloraba en silencio. Era una mujer. Una mujer imponente, con su bata bordada que decía Dra. Mondragón, con joyas discretas pero carísimas en las orejas, oliendo a ese perfume de vainilla y flores que lo había perseguido en sus pesadillas durante tres mil seiscientos cincuenta días.

Damián sintió que la bilis le subía a la garganta. La vergüenza lo quemó más que el fuego de la fábrica. Él estaba ahí, sucio, apestoso, sangrando, un simple bombero asalariado. Y ella… ella era la reina en su castillo de marfil. Justo como su madre había dicho que terminarían.

—No puede ser… —susurró Ximena, llevándose una mano a la boca. Sus ojos se llenaron de lágrimas instantáneas—. ¿Eres tú?

El cerebro de Damián colapsó. El presente se desmoronó y, de repente, tenía 17 años otra vez.


(Flashback – 10 años antes)

Era el patio trasero de la preparatoria, esa zona escondida detrás de las canchas de básquetbol donde los “populares” no iban. Estaba lloviendo, una de esas lluvias frías de noviembre.

Damián estaba empapado, con su uniforme de escuela pública (había saltado la barda para verla) pegado al cuerpo. Tenía una flor en la mano, una rosa roja que había robado del jardín de su vecina porque no tenía dinero para comprar una.

Ximena estaba frente a él, protegida por un paraguas grande y caro que sostenía el chofer a unos metros de distancia. Ella lloraba.

—¿Qué pasa, Xime? —preguntó Damián, con esa sonrisa de lado que solía derretirla—. Mira, te traje esto. Ya sé que no es mucho, pero cuando consiga chamba en el taller te voy a comprar un ramo gigante, te lo juro.

Ella no tomó la flor. Mantenía las manos apretadas contra su falda escolar impecable.

—Damián… ya no puedes venir a verme —dijo ella, con la voz rota.

—¿De qué hablas? ¿Es por tu mamá otra vez? No le hagas caso a la bruja esa, Xime. Tú y yo…

—¡No! —gritó ella, interrumpiéndolo. Levantó la vista y, por primera vez, Damián vio miedo en sus ojos. Miedo real—. No es solo mi mamá. Soy yo, Damián. Soy yo.

—¿Tú qué? —Damián bajó la mano con la rosa, confundido.

—Míranos —dijo ella, señalándolo a él y luego a sí misma—. No somos iguales. Nunca lo vamos a ser. Tú… tú no tienes futuro, Damián. Mi mamá tiene razón. ¿Qué me vas a ofrecer? ¿Vivir en un cuarto de azotea? ¿Comer frijoles toda la semana? Yo no puedo vivir así. No quiero vivir así.

Las palabras eran como cuchillos. Damián sabía que no eran de ella. Eran frases ensayadas, veneno que Doña Elena le había inyectado en el cerebro. Pero Ximena las estaba diciendo. Ximena lo estaba mirando a los ojos y diciéndole que él no valía nada.

—Ximena… no me hagas esto —suplicó él, sintiendo que el mundo se le caía encima—. Yo te amo. Voy a trabajar duro. Voy a ser alguien.

—El amor no paga las cuentas, Damián —dijo ella, repitiendo la frase final del guion materno—. Vete. Por favor, vete y no vuelvas. Me das vergüenza.

Esa última frase no estaba en el guion. Esa salió del pánico de Ximena, de la necesidad desesperada de que él se fuera antes de que ella se arrepintiera y corriera a sus brazos. Necesitaba herirlo para salvarlo de la ira de su familia.

Y funcionó. Damián retrocedió como si le hubieran dado una bofetada. La rosa cayó al lodo. Sus ojos, antes llenos de adoración, se endurecieron hasta convertirse en piedra.

—Va —dijo él, con una voz que Ximena nunca olvidaría—. Quédate con tu dinero, Ximena. Ojalá te alcance para comprarte un corazón nuevo, porque el que tienes está podrido.

Se dio la vuelta y caminó bajo la lluvia, prometiéndose a sí mismo que nunca, jamás, volvería a dejar que alguien lo hiciera sentir tan pequeño.


(Presente)

El sonido del instrumental metálico cayendo al suelo trajo a Damián de vuelta a la realidad. Ximena había dado un paso hacia él y había tirado una charola sin querer.

—Damián… estás sangrando —dijo ella, recuperando un fragmento de su compostura profesional, aunque sus manos temblaban visiblemente—. Siéntate bien. Tengo que… tengo que revisarte.

Damián se puso de pie de un salto, ignorando el mareo. La presencia de ella en esa habitación era insoportable. Era como si le hubieran arrancado la piel a tiras.

—Vámonos —le dijo a Sergio, su voz sonando gutural.

—Pero Capi, la doctora dice que… —empezó Sergio, confundido por la tensión que se podía cortar con un cuchillo en el cuarto.

—¡Dije que nos largamos! —gritó Damián. El grito hizo eco en las paredes blancas.

Se giró hacia Ximena. Ella estaba pálida, con los ojos enormes, suplicantes.

—Damián, por favor —susurró ella, dando un paso más, rompiendo la barrera médico-paciente—. No te vayas así. Han pasado diez años. ¿No podemos…?

—¿Podemos qué? —La interrumpió él, con una sonrisa cruel que no le llegaba a los ojos—. ¿Hablar de los viejos tiempos? ¿Quieres saber si ya me alcanza para algo más que frijoles, Doctora Mondragón?

Ximena sintió el golpe. Fue bajo y certero.

—Yo no quise decir… éramos niños… —balbuceó ella.

—Tú eras una niña —la corrigió él, acercándose un paso, invadiendo su espacio personal. Olía a humo, a peligro y a hombre. Ximena tuvo que contener el aliento—. Yo no. Yo sentí cada maldita palabra que me dijiste ese día. Y mira nada más… tenías razón. Sigues siendo la princesa en su torre y yo sigo siendo el mugroso que apaga tus incendios.

—No digas eso —las lágrimas de Ximena finalmente se desbordaron—. No tienes idea de lo que pasé… de lo que me obligaron a hacer…

—No me interesa —Damián se arrancó el babero de papel que Sergio le había puesto y lo tiró al suelo, justo como él había tirado la rosa hace una década—. No necesito tu lástima, Ximena. Y definitivamente no necesito que me cures. Prefiero que se me caiga la mandíbula a pedazos antes que dejar que me pongas una mano encima.

Se giró hacia la puerta, chocando hombro con hombro con Sergio.

—¡Mueve la ambulancia! —ordenó.

—Damián… —Ximena corrió hacia la puerta, impulsada por una desesperación que no sentía desde los 17 años—. ¡Damián, espera!

Él se detuvo en el pasillo, bajo las luces fluorescentes. No volteó. Su espalda ancha se veía tensa, poderosa, inalcanzable.

—Ese nombre no te queda en la boca, doctora —dijo él sin mirarla—. Para usted soy el Capitán Hernández. Y espero no volver a verla en mi perra vida.

Damián salió a la noche lluviosa, dejando un rastro de botas lodosas sobre el piso impecable de la clínica.

Ximena se quedó parada en el marco de la puerta, viendo cómo las puertas automáticas se cerraban, separándolos de nuevo. El corazón le latía tan fuerte que le dolían las costillas.

—Idiota —susurró, limpiándose las lágrimas con rabia—. Sigues siendo el mismo idiota orgulloso.

Pero mientras regresaba a su escritorio, vio el babero de papel arrugado en el suelo. Lo recogió lentamente. Tenía una mancha de sangre de él. Lo apretó contra su pecho y, por primera vez en diez años, Ximena Mondragón se permitió sentir.

El destino, sin embargo, se estaba riendo de ellos. Porque en la Ciudad de México, donde millones de historias se cruzan, los hilos rojos no se rompen, solo se enredan más. Y el fuego que Damián creía haber apagado con odio, estaba a punto de convertirse en un incendio forestal que ni toda el agua de los bomberos podría controlar.

Al salir de la clínica, la lluvia había arreciado. Damián subió a la ambulancia y se dejó caer en la camilla, cerrando los ojos.

—Capi… ¿la conocías? —preguntó Sergio con cautela, encendiendo el motor.

Damián se tocó la mandíbula palpitante. Le dolía más el pecho.

—Maneja, Sergio. Solo maneja.

La ambulancia se perdió en el tráfico de la Avenida Insurgentes, una luz roja parpadeante en la inmensidad de la ciudad, alejándose de la mujer que, diez años atrás, le había enseñado que el fuego más peligroso no es el que quema la piel, sino el que congela el alma.


CAPÍTULO 2: INFIERNO EN EL PENTHOUSE

La Estación de Bomberos “Ave Fénix”, ubicada en el corazón de la alcaldía Cuauhtémoc, olía esa mañana a café de olla quemado y a diésel. Era un olor que Damián solía encontrar reconfortante, el aroma de la hermandad, del trabajo duro, de la realidad sin filtros. Pero hoy, dos días después del encuentro en la clínica, el aire se sentía denso, casi irrespirable.

Damián estaba sentado en la banca de los vestidores, con la mirada perdida en su casillero abierto. Adentro, pegada con cinta adhesiva en la puerta metálica, había una vieja estampa de San Judas Tadeo y una foto de su generación de la academia. Nada más. Ni fotos de familia, ni recuerdos de novias, ni adornos. Su vida cabía en una maleta deportiva: un cambio de ropa, desodorante y su uniforme de gala que rara vez usaba.

Se tocó la mandíbula. La hinchazón había bajado, pero el moretón se extendía ahora en un tono amarillo verdoso que le daba un aspecto aún más feroz. No había vuelto a la clínica. Se había arrancado los puntos él mismo frente al espejo del baño de la estación, usando unas tijeras de manicura esterilizadas con encendedor y un trago de tequila barato. Prefería el ardor del alcohol en la herida abierta que volver a ver los ojos de Ximena Mondragón.

—¡Capi! —La voz del “Gato” rompió su trance. El teniente entró al vestidor secándose el pelo con una toalla—. Ya llegaron los tacos de canasta del “Güero”. Si no te apuras, el tragón de Sergio se va a acabar los de chicharrón.

Damián cerró el casillero con un golpe seco.

—No tengo hambre.

—Ándale, güey, no has comido nada sólido en dos días —insistió el Gato, sentándose a su lado y bajando la voz—. Y traes una jeta que asusta hasta al perro de la estación. ¿Qué pasó esa noche en la clínica? Desde que regresaste andas como león enjaulado.

Damián apretó los puños sobre sus rodillas.

—Nada. Me curaron y ya.

—Ajá, sí, y yo soy Luis Miguel —se burló el Gato—. Sergio dice que saliste echando madres y que la doctora se quedó llorando. ¿La conocías o qué?

Damián se puso de pie bruscamente, su altura llenando el pequeño espacio.

—Es historia antigua, Gato. De esa que ya no vale la pena contar. Mejor vamos a revisar el equipo hidráulico del Camión 3, ayer sentí que la presión fallaba.

El Gato levantó las manos en señal de paz, sabiendo que presionar a Damián cuando estaba en ese estado era como picar un tanque de gas con un picahielo.

Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en la exclusiva zona de Bosques de las Lomas, el sol entraba tímidamente por los ventanales de piso a techo del departamento de Ximena. Todo en ese lugar gritaba “éxito”: los pisos de mármol italiano, la cocina de granito que nunca se usaba, los muebles de diseñador minimalistas que eran hermosos pero incómodos.

Ximena estaba sentada en la isla de la cocina, con una taza de té verde enfriándose frente a ella. Tenía el día libre, un milagro en su agenda, pero no sabía qué hacer con él. Durante diez años, su vida había sido estudiar, trabajar y cumplir expectativas. Sin el ruido del hospital, el silencio de su vida perfecta era ensordecedor.

Su celular vibró sobre el mármol. “Mamá”.

Ximena sintió ese nudo familiar en el estómago, esa mezcla de deber y miedo que Doña Elena Mondragón inspiraba incluso a través de una pantalla.

—Bueno, mamá.

—Ximena, cariño —la voz de su madre era dulce, pero con ese filo oculto de siempre—. Me dijo Eduardo que te ha estado llamando para ver los arreglos florales de la boda y no le contestas. ¿Se puede saber qué te pasa? Esa boda es el evento del año, no puedes dejar todo para el último momento.

—Estuve de guardia, mamá. Estoy cansada —mintió Ximena, frotándose la sien.

—El cansancio es mental, hija. No seas débil. Por cierto, me llegó un rumor… dicen que fuiste a ver un incendio hace unos días. ¿Qué hacías ahí? Sabes que no me gusta que te expongas a la chusma y al peligro. Eres una Mondragón, no una paramédico de la Cruz Roja.

Ximena cerró los ojos. “La chusma”. Así llamaba su madre a todo lo que no tuviera una cuenta bancaria de seis ceros. Así llamaba a Damián.

—Solo pasaba por ahí, mamá. Fue un accidente.

—Más te vale. No quiero escándalos. Te veo en la cena de beneficencia el viernes. Ponte el vestido rojo, el negro te hace ver demacrada.

La llamada terminó. Ximena se quedó mirando el teléfono, sintiéndose más atrapada en su jaula de oro que nunca. Se levantó y caminó hacia el balcón. Desde el piso 15, la ciudad se veía como un monstruo gris y fascinante. A lo lejos, las nubes de tormenta se acumulaban sobre el Valle de México.

De repente, un olor extraño le llegó a la nariz. No era el olor a lluvia. Era algo más… químico. Plástico quemado.

Ximena frunció el ceño y se giró hacia el interior del departamento. Al principio no vio nada, pero luego notó una fina línea de humo negro colándose por debajo de la puerta principal.

El corazón se le detuvo.

Corrió hacia la puerta y puso la mano sobre la madera. Estaba caliente. Hirviendo.

Abrió la puerta de golpe y una ola de humo espeso y negro la golpeó en la cara, haciéndola toser violentamente. El pasillo del edificio inteligente, supuestamente a prueba de todo, era una chimenea. Las alarmas contra incendios, que deberían haber estado aullando, estaban en un silencio sepulcral.

—¡Fuego! —gritó Ximena, su instinto médico activándose sobre el pánico—. ¡Hay fuego!

Corrió hacia las escaleras de emergencia, pero al abrir la puerta, una pared de llamas la obligó a retroceder. El cubo de la escalera estaba bloqueado. Alguien había dejado material de construcción en los pisos inferiores y el efecto chimenea había convertido la ruta de escape en un horno vertical.

Estaba atrapada.


En la estación “Ave Fénix”, la chicharra sonó. No fue el timbre de prueba. Fue la alarma larga, estridente y urgente que erizaba la piel.

—¡Atención unidades! —craspitó la radio—. Incendio estructural confirmado. Torre Residencial “Altavista”, Bosques de las Lomas. Múltiples reportes de personas atrapadas. Es un código rojo. Repito, código rojo.

Damián saltó de la banca como impulsado por un resorte. El dolor, el hambre, la tristeza, todo desapareció. En un segundo, su mente entró en modo combate.

—¡Vámonos, cabrones! —gritó, corriendo hacia los tubos de descenso—. ¡El Gato, tú manejas la bomba! ¡Sergio, prepara el equipo de triaje masivo! ¡Quiero a todos equipados en 30 segundos!

Se deslizó por el tubo, sintiendo la fricción en las manos. Mientras corría hacia el camión, se puso los pantalones y las botas en un movimiento fluido que había practicado mil veces. Se abrochó la chaquetón pesado, se ajustó el casco y subió al asiento del copiloto.

—¡Písale! —ordenó en cuanto el motor rugió.

El camión salió de la estación con las sirenas aullando, abriéndose paso entre el tráfico infernal de la Ciudad de México. Los autos se apartaban (algunos a regañadientes) ante el monstruo rojo.

—Dicen que el sistema de aspersores falló —comentó el Gato, maniobrando el volante con destreza mientras esquivaba un microbús—. Esos edificios nuevos son puras fachadas bonitas y seguridad de papel.

—Bosques de las Lomas… —murmuró Damián, mirando el horizonte. Una columna de humo negro, densa y malévola, se alzaba en la distancia, manchando el cielo gris. Era grande. Muy grande.

El viaje duró quince minutos eternos. Al llegar a la zona exclusiva, las calles se volvieron más estrechas y llenas de autos de lujo estacionados en doble fila.

—¡Maldita sea! —gritó el Gato, frenando en seco a una cuadra del edificio.

Frente a ellos, bloqueando el único acceso para el camión cisterna, había un convertible deportivo alemán, un Porsche plateado, estacionado justo en la curva, sobre la línea amarilla, frente a un hidrante.

—¡No paso! —bramó el Gato, golpeando el volante—. ¡No cabe el camión!

Damián vio las llamas lamiendo los balcones del edificio. Vio gente en las ventanas agitando toallas. Vio el pánico. Y luego vio el coche brillante, el símbolo de la arrogancia que despreciaba las reglas porque creía que el dinero compraba inmunidad.

La furia de Damián, acumulada durante diez años de humillaciones, de ser visto como “menos”, estalló.

Bajó del camión de un salto, con el hacha en la mano.

—¡¿De quién es esta chingadera?! —rugió, su voz dominando el caos de la calle.

Un valet parking salió corriendo de un restaurante cercano, pálido como un papel.

—Es… es del Licenciado… dijo que solo tardaba cinco minutos… no tengo las llaves…

—¡Me vale madre de quién sea! —Damián se giró hacia su escuadrón, que ya había bajado del camión—. ¡Muchachos! ¡Quiten este estorbo!

—Capi, es un coche de tres millones de pesos… —dudó uno de los novatos.

—¡Dije que lo quiten! —Los ojos de Damián inyectaban fuego—. ¡Hay gente quemándose allá arriba! ¡A la una, a las dos…!

Damián clavó el hombro bajo el chasis del auto deportivo. Sus hombres, contagiados por su furia y adrenalina, se unieron. Con un grito gutural, levantaron el costado del vehículo. El metal crujió, los espejos se rompieron contra el asfalto.

—¡AHORA!

Con un estruendo que hizo temblar el suelo, volcaron el Porsche sobre la banqueta, dejándolo con las ruedas girando inútilmente en el aire y el costado destrozado. El camino quedó libre.

—¡Adentro! —ordenó Damián, subiendo de nuevo al camión.

El Gato aceleró, pasando a centímetros del auto destrozado, y estacionó la unidad frente al lobby del edificio que ya empezaba a escupir cristales rotos.

Damián saltó al asfalto, conectando su máscara al tanque de oxígeno.

—Gato, te quedas al mando afuera. Coordina el agua. Yo entro con el equipo de búsqueda. Vamos por las escaleras. ¡Nadie se queda atrás!

Damián, seguido por Sergio y dos bomberos más, irrumpió en el lobby. El humo era tan denso que la visibilidad era nula. El calor era un golpe físico, como abrir un horno industrial en la cara.

Subieron las escaleras corriendo, cargando cuarenta kilos de equipo cada uno. Piso 5. Piso 8. Piso 10. La gente bajaba tosiendo, llorando, algunos con quemaduras leves.

—¡Piso 15! —gritó alguien por la radio—. ¡El fuego está concentrado en el 14 y 15!

Damián llegó al piso 15. El pasillo era un infierno. Las puertas de los departamentos estaban deformadas por el calor.

—¡Búsqueda primaria! —ordenó Damián, su voz sonando metálica a través del regulador—. ¡Izquierda, yo voy a la derecha!

Avanzó gateando, pegado al suelo donde el aire era un poco menos letal. Pateó una puerta que estaba entreabierta. Departamento 1502.

—¡Bomberos! ¿Hay alguien aquí? —gritó.

Nadie respondió. Solo el rugido del fuego devorando las cortinas de seda.

Damián avanzó por la sala. El calor era tan intenso que sentía cómo su piel ardía a través del traje ignífugo. Entonces, vio algo.

Una figura.

En el balcón, atrapada contra el barandal de vidrio, había una mujer. Estaba tratando de romper el vidrio templado con una silla, pero era inútil. El humo la estaba envolviendo.

Damián se lanzó hacia ella, esquivando una lámpara de araña que cayó del techo y estalló en mil pedazos.

Llegó al balcón y agarró a la mujer por el hombro, girándola bruscamente.

—¡Tenemos que salir!

La mujer se giró, con los ojos llorosos y la cara manchada de hollín. Tosió violentamente, tratando de enfocar la vista.

Damián se quedó helado por segunda vez en la semana.

A pesar del hollín, a pesar del terror, reconoció esos ojos. Reconoció la curva de esa boca que alguna vez besó bajo la lluvia.

Ximena.

Era su edificio. Era su departamento.

—¿Damián? —Ella apenas podía hablar, su voz era un hilo ronco.

—¡Ponte esto! —Damián no le dio tiempo de procesar nada. Se quitó su propia máscara de oxígeno auxiliar (la de rescate) y se la puso a ella en la cara, ajustando las correas con fuerza, tal vez demasiada fuerza.

—¡Mi… mi vecina! —gritó Ximena, señalando hacia la puerta de al lado—. ¡Hay una niña! ¡Escuché a una niña llorando!

Damián miró hacia el pasillo. El techo estaba a punto de colapsar.

—¡Olvídalo! ¡Ya viene otro equipo! ¡Tú te vas conmigo!

—¡No! —Ximena se aferró a su chaquetón, sus uñas clavándose en la tela gruesa. Sus ojos tenían esa determinación terca que él conocía bien—. ¡Soy médico! ¡Si esa niña está herida, me necesita! ¡No me voy sin ella!

—¡Maldita sea, Ximena! —bramó Damián—. ¡Aquí no eres doctora, eres una víctima! ¡Deja de jugar a la heroína!

—¡No estoy jugando! —Ella se zafó de su agarre y corrió hacia el pasillo, agachándose bajo el humo.

Damián maldijo en voz alta, una serie de groserías que harían sonrojar a un marinero, y corrió tras ella.

—¡Espera!

Ximena llegó a la puerta del 1503. Estaba cerrada. Golpeó con los puños.

—¡Abran!

Damián la empujó hacia un lado contra la pared.

—¡Quítate!

Levantó la pierna y soltó una patada brutal contra la cerradura. La puerta cedió.

Entraron. El humo aquí era blanco, químico, asfixiante. Escucharon un llanto débil proveniente de un clóset al fondo.

Damián se movió rápido, guiado por el sonido. Abrió el clóset y encontró a una niña de unos seis años, abrazada a un perro golden retriever, ambos temblando.

—Ya te tengo, preciosa —dijo Damián, su voz cambiando instantáneamente de furia a una suavidad tranquilizadora—. Soy Damián, soy bombero. Vamos a jugar a las escondidillas, ¿vale? Tienes que cerrar los ojos muy fuerte.

Cargó a la niña en un brazo. Era ligera.

—¡Vámonos! —le gritó a Ximena.

Pero el camino de salida estaba bloqueado. Una viga del techo del pasillo había colapsado justo frente a la puerta del departamento, creando una barrera de fuego.

Estaban atrapados.

—¡Mierda! —gritó Damián.

Retrocedieron hacia la sala. El fuego entraba por las ventilas. El calor subía rápidamente.

—¿Qué hacemos? —Ximena lo miró, y por primera vez, Damián vio que ella confiaba en él. Completamente. No veía al chico pobre sin futuro. Veía al hombre que sabía cómo sobrevivir en el infierno.

Damián miró a su alrededor. Ventanas selladas. Piso 15. Fuego en la puerta.

—Al baño —ordenó—. ¡Métanse al baño y cierren la puerta! ¡Pon toallas mojadas en la rendija!

Empujó a Ximena y a la niña dentro del baño principal, que era enorme y de mármol. Damián entró al último y cerró la puerta. Abrió la regadera y la llave del lavabo a todo lo que daban. El agua empezó a inundar el piso.

—¡Al suelo! —Gritó.

Se tiraron al piso frío. Damián se quitó su chaquetón pesado y cubrió a la niña y a Ximena con él, creando una especie de tienda de campaña protectora. Él se quedó expuesto, su camiseta gris pegada a la espalda, usando su propio cuerpo como escudo humano entre el calor de la puerta y ellas.

—Damián… —Ximena estaba temblando, pegada a su pecho. Podía escuchar el corazón de él latiendo como un motor acelerado.

—Cállate —gruñó él, cerrando los ojos y apretando los dientes—. Guarda el aire.

El ruido afuera era aterrador. El edificio crujía como si estuviera vivo y sufriendo. El calor empezó a filtrarse por la puerta de madera del baño, que comenzaba a ampollarse.

—Si salimos de esta… —empezó a decir Ximena, su voz quebrada por el llanto.

—Dije que te calles —la cortó él, pero su mano buscó la de ella bajo el chaquetón y la apretó. Fue un acto reflejo, un vestigio de memoria muscular de cuando solían tomarse de la mano en el cine—. No te vas a morir hoy, Ximena. No te voy a dar ese gusto.

Estaban pegados, sudando, respirando el mismo aire viciado. Damián podía oler el perfume de ella, ahora mezclado con humo, y ese aroma lo transportó. Recordó por qué la odiaba tanto: porque la había amado con una intensidad que casi lo mata. Y tenerla aquí, en sus brazos, protegiéndola mientras él se cocinaba vivo, era la confirmación de que era el idiota más grande del mundo.

—¡Mayday! ¡Mayday! —gritó Damián por su radio—. ¡Capitán Hernández atrapado en el piso 15, sector Bravo! ¡Tengo dos civiles! ¡La ruta de escape colapsó! ¡Necesito extracción por escala ahora!

—¡Capi! —la voz del Gato sonó angustiada—. ¡La escala no llega hasta allá por el ángulo del edificio! ¡Tienen que bajar al 12!

—¡No puedo bajar, imbécil! —gritó Damián, sintiendo cómo la piel de su espalda empezaba a arder de verdad—. ¡El pasillo es lava!

Hubo un silencio en la radio. Un silencio que significaba que estaban pensando en opciones imposibles.

—La ventana del baño… —susurró Ximena—. Da a… da a la terraza del vecino de abajo. Es un penthouse dúplex. Su terraza es más grande.

Damián miró la pequeña ventana del baño. Era estrecha, pero el vidrio no era templado, era esmerilado.

Se puso de pie, ignorando el aire caliente que se acumulaba en el techo.

—¡Cúbrete la cara!

Con el codo, rompió el vidrio. El aire fresco entró de golpe, pero también alimentó el fuego al otro lado de la puerta por el cambio de presión. La puerta del baño empezó a ceder.

Damián miró hacia abajo. Efectivamente, había una terraza unos tres metros más abajo y un poco a la derecha. Era un salto peligroso. Mortal si fallabas.

—¡Dame a la niña!

Damián agarró a la niña.

—Escúchame, mi amor. Te voy a bajar con una cuerda, ¿va? Eres valiente. Eres una bombera.

Damián sacó la cuerda de rescate personal que siempre llevaba en el cinturón (la “línea de vida”). Ató a la niña rápidamente y la descolgó con cuidado hasta que sus pies tocaron la terraza de abajo. La niña se soltó como le indicó.

—¡Ahora tú! —Damián se giró hacia Ximena.

—No… no puedo saltar, me dan miedo las alturas… —Ximena estaba paralizada, mirando el vacío de 15 pisos hacia la calle.

La puerta del baño estalló. Las llamas entraron como lenguas de dragón.

Damián no discutió. No la consoló. La agarró de la cintura, la pegó a su cuerpo y la miró a los ojos. Sus rostros estaban a centímetros.

—Mírame a mí —le ordenó, con esa voz de mando que no admitía dudas—. Solo a mí. Yo te tengo. Siempre te tengo.

Y antes de que ella pudiera gritar, Damián saltó por la ventana con ella en brazos.

Fueron dos segundos de caída libre. El estómago de Ximena se le subió a la garganta. Sintió los brazos de acero de Damián apretándola contra su pecho, protegiendo su cabeza.

Cayeron sobre los muebles de jardín de la terraza de abajo. El impacto fue duro. Damián giró en el aire para recibir el golpe con su espalda, usando su cuerpo como colchón para ella.

¡CRACK!

La mesa de vidrio templado de la terraza se rompió bajo el peso de Damián. Rodaron por el piso de madera.

Quedaron tendidos, jadeando, mirando el cielo gris y lluvioso. El fuego rugía arriba de ellos, saliendo por la ventana del baño que acababan de abandonar.

Ximena se levantó primero, temblando, revisándose. Solo rasguños. Miró a Damián. Él estaba tirado boca arriba, con los ojos cerrados, haciendo una mueca de dolor.

—¡Damián! —Ella se lanzó sobre él, sus manos de médico buscando pulso, revisando huesos—. ¡Damián, contéstame!

Él abrió un ojo. Estaba sucio, quemado, con la camiseta desgarrada y sangrando de un corte en el brazo, pero vivo.

—Te dije… —tocio él, escupiendo un poco de saliva negra—… que te callaras.

Ximena soltó un sollozo que fue mitad risa, mitad llanto histérico. Sin pensarlo, impulsada por la adrenalina y el terror de haber estado a punto de morir, se inclinó y abrazó su cuello, hundiendo la cara en su hombro lleno de ceniza.

—Gracias… gracias… —repetía ella.

Damián se quedó rígido un momento. Sentir el cuerpo de Ximena sobre el suyo, viva, respirando, era la mejor y la peor sensación del mundo.

Lentamente, con una mano temblorosa, Damián le dio unas palmaditas torpes en la espalda.

—Ya pasó —dijo él, su voz perdiendo la dureza por un segundo—. Ya pasó, princesa.

Pero el momento se rompió cuando la radio de Damián sonó.

—¡Capi! ¡Capi! ¿Cuál es su estatus?

Damián empujó suavemente a Ximena para apartarla. Se sentó con dificultad, gimiendo por el dolor en las costillas.

—Aquí Hernández —dijo a la radio, su voz volviendo a ser la del comandante—. Estamos en la terraza del 14. Tres civiles a salvo. Manden la canastilla. Y Gato…

—¿Sí, Capi?

—Dile al dueño del Porsche que le voy a mandar la factura de mi tintorería.

Damián miró a Ximena, que estaba sentada en el suelo, abrazando a la niña rescatada, con el maquillaje corrido y el vestido de diseñador arruinado. Se veía… real.

Ella lo miró de vuelta. Y en esa mirada, entre el humo y la lluvia, ambos supieron que el incendio en el edificio se apagaría, pero el que acababa de reavivarse entre ellos dos iba a arder hasta consumirlos.

Damián se puso de pie, tambaleándose, y le ofreció la mano para levantarla.

—Vámonos, doctora. Todavía tengo trabajo que hacer.

Ximena tomó su mano. Estaba áspera, caliente y sucia. Y se sintió como volver a casa.

 


CAPÍTULO 3: FANTASMAS BAJO LA LLUVIA

El caos después del incendio tenía una coreografía propia, una danza macabra de luces rojas y azules rebotando contra el asfalto mojado de Bosques de las Lomas. La lluvia, lejos de limpiar la escena, había convertido el hollín en un lodo negro y pegajoso que lo cubría todo: las banquetas, las patrullas y la dignidad de los residentes evacuados.

Ximena estaba sentada en el estribo trasero de una ambulancia, envuelta en una manta térmica plateada que crujía con cada temblor de su cuerpo. Un paramédico joven le limpiaba una cortada en la frente con torpeza, pero ella no lo sentía. Sus ojos estaban fijos en un punto a cincuenta metros de distancia.

Allí, junto al camión cisterna, estaba Damián.

Se había quitado el casco y el chaquetón pesado, quedando en una camiseta de tirantes gris empapada de sudor y lluvia. El vapor salía de su cuerpo como si él mismo fuera una brasa humana. Bebía agua de una botella de plástico con desesperación, el agua escurriéndole por la barbilla y mezclándose con la suciedad de su cuello. Se veía brutal, primario, hermoso de una manera que aterraba a Ximena.

Estaba dando órdenes a sus hombres, señalando la estructura humeante del edificio, palmeando la espalda del “Gato”, revisando manómetros. Era el rey de ese infierno. Y ni una sola vez, ni por error, volteó a verla.

—¡Ximena! ¡Por Dios santo!

El grito agudo rompió el trance de Ximena. Un Mercedes Benz negro se había saltado el cordón policial y se detuvo con un chillido de llantas. De él bajó Doña Elena Mondragón, impecable incluso en medio del desastre, con un abrigo de lana que costaba más que el sueldo anual de todo el escuadrón de bomberos.

—¡Mamá! —Ximena intentó ponerse de pie, pero las piernas le fallaron.

Doña Elena corrió hacia ella, esquivando los charcos con asco visible.

—¡Mírate nada más! —exclamó su madre, tomándola por los hombros. No la abrazó. La sacudió ligeramente, inspeccionándola como si fuera un jarrón caro que podría haberse astillado—. Estás hecha un asco. ¿Qué pasó con tu departamento? ¿Y tus joyas? ¿La caja fuerte?

—Estoy viva, mamá. Gracias por preguntar —respondió Ximena con un hilo de voz, sintiendo cómo la frialdad de su madre la helaba más que la lluvia.

—Claro que estás viva, eso lo veo. Pero el escándalo, Ximena. Mira esto —señaló con desdén a los vecinos en pijamas, a los reporteros que ya llegaban como buitres—. Mañana vamos a ser la portada de sociales y no por las razones correctas. Súbete al coche. Vámonos a la casa. Eduardo está histérico llamando a medio mundo.

—Espera… tengo que…

Ximena se soltó del agarre de su madre y miró hacia el camión de bomberos. Tenía que hablar con él. Tenía que decirle… ni siquiera sabía qué. ¿Gracias? ¿Perdón? ¿Te sigo amando?

Dio dos pasos hacia Damián.

Él debió sentir su mirada, porque se detuvo a medio trago de agua. Giró la cabeza lentamente. Sus ojos se encontraron a través del caos.

Doña Elena siguió la mirada de su hija y se tensó como una víbora lista para atacar.

—No puede ser… —susurró la madre, reconociendo al hombre cubierto de ceniza—. ¿Ese es el delincuente ese? ¿El mecánico?

—Es bombero, mamá. Es capitán —dijo Ximena, sintiendo una oleada de defensa instintiva—. Y me salvó la vida.

Damián vio a Doña Elena. Vio el Mercedes. Vio a Ximena parada junto a su madre, pequeña y frágil bajo la sombra de esa mujer que le había arruinado la vida diez años atrás.

La expresión de Damián se cerró como una persiana de acero. Escupió al suelo con desprecio, se puso el casco de nuevo ocultando sus ojos y le dio la espalda a ambas, subiéndose al camión de un salto.

—¡Vámonos! —rugió el motor del camión.

Ximena sintió que el corazón se le partía en dos.

—Súbete al coche, Ximena —ordenó Doña Elena, jalándola del brazo con fuerza—. Ese hombre es veneno. Siempre lo fue. Si te salvó, es porque es su trabajo de sirviente público. No le debemos nada. Le mandaré una canasta de frutas a la estación y asunto arreglado.

Ximena se dejó arrastrar, demasiado débil para pelear, pero su mano apretaba con fuerza algo bajo la manta térmica. No era suyo. Era el chaquetón de Damián. En la confusión del rescate, cuando cayeron a la terraza, él se lo había quitado para cubrirla y, al llegar los paramédicos, se había quedado con ella.

Pesaba. Olía a humo, a sudor masculino y a madera quemada.

Mientras el Mercedes se alejaba, Ximena hundió la nariz en la tela áspera del cuello del chaquetón. Ese olor era lo único real que le quedaba en su mundo de plástico.


Dos días después.

La mansión de los Mondragón en Lomas de Chapultepec era un mausoleo de silencio. Ximena estaba en su antigua habitación, la misma de la que solía escaparse a los 17 años para ver a Damián. Nada había cambiado: los mismos muebles franceses, las mismas cortinas de seda rosa pálido que ella odiaba.

Estaba sentada en el suelo, con el chaquetón de bombero frente a ella. Lo había escondido en el fondo de su clóset para que las empleadas domésticas no se lo llevaran a lavar. Quería conservar el olor, la suciedad, la evidencia.

Pasó sus dedos finos por las letras reflejantes en la espalda: HÉROES – CDMX. Y abajo, escrito con marcador permanente negro en la tela interior: HERNÁNDEZ.

Con el corazón latiéndole rápido, Ximena metió la mano en los bolsillos enormes. Quería encontrar algo, una pista de quién era el hombre en el que se había convertido el chico que amó.

En el bolsillo derecho: unos guantes de trabajo rudo, llenos de grasa.
En el bolsillo izquierdo: una cajetilla de cigarros “Delicados” aplastada (Damián nunca fumaba antes, notó con tristeza), un encendedor Bic barato de color azul y un papel arrugado.

Ximena alisó el papel con cuidado. Era un recibo de farmacia.
Farmacias Similares.
Compra: Pañales etapa 4, Leche en polvo, Diclofenaco.

Ximena sintió un golpe en el estómago. ¿Pañales? ¿Leche?

—Tiene un hijo… —susurró, y la habitación pareció quedarse sin aire.

Claro. Diez años. Él había hecho su vida. Probablemente tenía una esposa que lo esperaba en casa, que le curaba las heridas, que le preparaba la cena. Una mujer que no lo había abandonado por cobardía. Una mujer que se había ganado el derecho a amarlo.

Las lágrimas cayeron sobre el recibo, borrando la tinta barata.

—Soy una estúpida —se dijo a sí misma, abrazando el chaquetón—. Una estúpida egoísta.

Pero entonces, algo más cayó del bolsillo interior, un compartimento secreto cerca del corazón. Era una foto pequeña, tamaño infantil, plastificada y doblada por las esquinas.

Ximena la recogió, esperando ver la cara de un bebé o de una esposa.

Pero no.

Era una foto vieja. Una foto de cabina, de esas que tomaban en las plazas comerciales por veinte pesos. En la foto, un Damián adolescente, con su sonrisa chueca y brillante, abrazaba por el cuello a una Ximena de 17 años que reía con los ojos cerrados.

El reverso de la foto tenía una fecha y una frase escrita con la letra picuda de Damián:
“Contra todo y contra todos. 2016”.

Ximena soltó un sollozo que se convirtió en un grito ahogado. Él todavía la tenía. La llevaba en el bolsillo interior de su traje, directo sobre el corazón, cada vez que entraba al fuego.

No la había olvidado. No la había superado.

Se puso de pie de un salto. La tristeza se convirtió en una determinación feroz, esa que había estado dormida durante una década. Agarró el chaquetón, las llaves de la camioneta de su madre (su auto seguía en el taller) y salió de la habitación.

—¿A dónde vas? —preguntó Doña Elena desde la sala, donde tomaba té con unas amigas.

—A devolver algo que no es mío —dijo Ximena sin detenerse.

—¡Ximena! ¡Eduardo viene a cenar!

—¡Que cene solo!

Salió de la casa sintiendo el viento en la cara por primera vez en años.


El viaje hacia la estación “Ave Fénix” fue un descenso a otro mundo. De las avenidas arboladas y silenciosas de las Lomas, Ximena condujo hacia el centro, donde la ciudad rugía, olía a tacos de suadero, a smog y a vida.

Estacionó la camioneta de lujo a una cuadra de la estación. Se sentía ridícula con su ropa de marca en ese barrio donde las paredes tenían grafitis y la gente la miraba con curiosidad y desconfianza.

Caminó hacia la entrada de la estación, cargando el pesado chaquetón en brazos como si fuera un niño.

En la entrada, dos bomberos limpiaban una manguera. Uno era el hombre enorme que había estado con Damián, el “Gato”.

—Buenas tardes —dijo Ximena, tratando de que no le temblara la voz.

El Gato levantó la vista. La reconoció al instante. Dejó caer la manguera y se limpió las manos en el pantalón, su expresión pasando de la risa a la seriedad protectora.

—Doctora Mondragón —dijo él, secamente. No hubo “señorita”, ni amabilidad. Había una barrera invisible—. ¿Se le ofrece algo? ¿Vino a ver si ya movimos los escombros de su edificio?

—Vengo a ver al Capitán Hernández. Tengo su equipo.

El Gato miró el chaquetón en sus brazos y suspiró.

—El Capi está ocupado. Está en mantenimiento. Mejor déjeme eso a mí y yo se lo doy.

—No —Ximena apretó el chaquetón—. Necesito dárselo yo. Por favor.

El Gato la miró a los ojos. Vio la desesperación, la falta de maquillaje, las ojeras. Tal vez vio algo de la chica de la foto que Damián a veces miraba cuando creía que nadie lo veía.

—Está en la azotea —dijo el Gato finalmente, señalando una escalera de metal en espiral—. Arreglando la antena. Pero le advierto, doctora: hoy anda de malas. Más de lo normal. Si la hace llorar, yo no vi nada.

—Gracias.

Ximena subió las escaleras metálicas. El sonido de sus pasos resonaba como latidos metálicos.

La azotea de la estación era un espacio amplio, lleno de tendederos con uniformes secándose al sol de la tarde y cajas de equipo viejo. El cielo de la Ciudad de México estaba pintado de ese tono violeta y naranja que solo el smog y el atardecer podían crear.

Damián estaba allí, de espaldas a ella.

Estaba sin camisa.

Ximena se detuvo en seco, tragando saliva. La espalda de Damián era un mapa de su vida. Músculos tensos y definidos por el trabajo físico brutal, bronceados por el sol. Pero lo que le robó el aliento fueron las cicatrices. Tenía una quemadura vieja en el omóplato izquierdo. Una cicatriz blanca y larga en la zona lumbar. Y varios moretones recientes, morados y negros, recuerdo de la caída en su terraza.

Estaba ajustando unos cables con unas pinzas, concentrado.

—Damián —dijo ella.

Él se tensó. No se giró de inmediato. Sus hombros se elevaron en una respiración profunda, como si estuviera reuniendo paciencia.

—Te dije que no vinieras aquí, Ximena —su voz era baja, pero el viento la llevó hasta ella.

—Tenía que traerte esto —Ximena dio unos pasos, dejando el chaquetón sobre una caja de madera—. Y tenía que… tenía que darte las gracias. De verdad.

Damián finalmente se giró. Tenía una mancha de grasa en el pómulo y el cabello despeinado. Al verla ahí, en su territorio, tan fuera de lugar pero tan dolorosamente presente, sintió que las rodillas le temblaban.

—¿Gracias? —soltó una risa seca, sin humor—. ¿Por qué? ¿Por hacer mi trabajo? Mis impuestos pagan tu sueldo, mis impuestos pagan tu rescate. Estamos a mano.

Se acercó a ella, limpiándose las manos con un trapo sucio. La cercanía física fue abrumadora. Ximena tuvo que alzar la vista para mirarlo a los ojos.

—No fue solo trabajo, Damián. Lo sentí. Sentí cómo me protegiste. Cómo saltaste conmigo.

—Salté porque era la única salida, princesa. No te confundas. Habría saltado igual si fueras la señora de la limpieza o el perro del vecino.

—Mentira —Ximena dio un paso adelante, acortando la distancia. La rabia le dio valor—. Mientes. Vi la foto, Damián.

El silencio cayó sobre la azotea como una losa de concreto.

Damián palideció bajo su bronceado. Sus ojos volaron hacia el chaquetón doblado.

—Revisaste mis cosas —dijo, su voz bajando a un tono peligroso—. Típico de una Mondragón. Creen que tienen derecho a meterse en todo.

—Se cayó del bolsillo —se defendió ella—. ¿Por qué la guardas, Damián? Si tanto me odias, si tanto te doy asco… ¿por qué traes una foto mía pegada al corazón?

Damián tiró el trapo al suelo con violencia. La acorraló contra el barandal de la azotea. No la tocó, pero estaba tan cerca que Ximena podía sentir el calor que irradiaba su piel desnuda.

—Porque me recuerda lo que no debo volver a hacer —gruñó él, mirándola con una intensidad que la quemaba—. Me recuerda que la gente como tú es peligrosa. Que te acercas, te haces la dulce, la enamorada, y en cuanto las cosas se ponen difíciles, en cuanto mami te amenaza con quitarte la tarjeta de crédito, corres. Me recuerda que soy el pendejo que te creyó.

—¡Era una niña! —gritó Ximena, con lágrimas de frustración en los ojos—. ¡Tenía 17 años! ¡Mi madre me amenazó con destruir a tu familia! ¡Iban a hacer que despidieran a tu papá del taller! ¡Iban a meterte a la cárcel! Me fui para protegerte, imbécil.

Damián se detuvo. Esa parte de la historia no la conocía. O tal vez la sospechaba, pero nunca la había querido creer.

—¿Y ahora? —preguntó él, su voz un poco más suave, pero igual de escéptica—. Ahora eres una adulta. Eres doctora. Tienes dinero, tienes poder. ¿Qué haces aquí, Ximena? ¿Vienes a jugar a los pobres otra vez? ¿Te aburriste de tu prometido el rubio desabrido?

Ximena sintió la bofetada de sus palabras.

—No estoy jugando. Vine porque… porque te extraño. Porque desde que te vi en la clínica, no puedo respirar.

Damián cerró los ojos un momento, luchando contra el impulso de besarla. Dios, cuánto quería besarla. Quería borrar esos diez años con un beso. Pero el orgullo, ese maldito orgullo mexicano que corre por las venas como tequila, se lo impedía.

—Vete, Ximena —dijo, abriendo los ojos y dando un paso atrás—. Vete a tu mansión. Cásate con el rubio. Ten hijos bonitos que vayan a escuelas privadas y nunca sepan lo que es tener hambre.

—¿Y tú? —preguntó ella, con la voz rota—. ¿Qué vas a hacer tú?

—Yo voy a seguir apagando los incendios que tú y tu gente provocan —Damián tomó el chaquetón y se lo echó al hombro, cubriendo su desnudez, cubriendo su corazón—. Y voy a tratar de olvidar que viniste hoy.

Se dio la vuelta y caminó hacia la escalera.

—¡Damián! —le gritó ella a su espalda—. ¡Los pañales! ¡Vi el recibo de los pañales!

Damián se detuvo en el primer escalón. No volteó.

—Son para mi sobrina. La hija de mi hermana. Ella murió en el parto hace seis meses. Yo la cuido.

Ximena se quedó helada. Damián estaba solo. Damián cargaba con un dolor que ella ni siquiera imaginaba. Damián era un padre sustituto, un héroe, un hombre roto.

—Lo siento… yo no sabía…

—Exacto —cortó él—. No sabes nada de mí. Ya no.

Damián bajó las escaleras, desapareciendo en la oscuridad de la estación.

Ximena se quedó sola en la azotea, bajo el cielo contaminado de la ciudad. Pero en lugar de sentirse derrotada, sintió algo nuevo. Una chispa.

Él estaba solo.
Él guardaba su foto.
Él la había protegido.

Ximena se secó las lágrimas con el dorso de la mano. Su madre podía decir misa. El mundo podía caerse a pedazos. Pero esa mirada en los ojos de Damián, esa mezcla de odio y deseo, le había dicho todo lo que necesitaba saber.

No estaba muerto. Su amor no estaba muerto. Solo estaba enterrado bajo toneladas de ceniza y orgullo.

Y si algo sabía hacer Ximena Mondragón, si algo había aprendido en la sala de urgencias luchando contra la muerte, era que mientras hubiera un pulso, por débil que fuera, había esperanza.

Bajó las escaleras con decisión. Pasó junto al Gato, que la miraba con expectativa.

—Dígale a su Capitán que esto no se acaba aquí —le dijo Ximena al Gato.

El Gato sonrió, mostrando un diente de oro.

—Le diré, doctora. Pero traiga casco la próxima vez. Aquí los golpes son duros.

Ximena salió a la calle. La noche de la Ciudad de México la recibió con ruido y luces. Sacó su celular y marcó el número de Eduardo, su prometido.

—¿Bueno? ¿Ximena? ¿Dónde estás? Tu madre está furiosa.

—Eduardo —dijo Ximena, su voz firme por primera vez en años—. Tenemos que hablar. No voy a ir a cenar.

Colgó.

Se subió a la camioneta y miró por el retrovisor hacia la estación de bomberos. En una ventana del segundo piso, vio una sombra observándola. Sabía que era él.

—Prepárate, Damián Hernández —susurró, arrancando el motor—. Porque esta vez, la que va a iniciar el fuego soy yo.


Mientras tanto, en la penumbra de su dormitorio en la estación, Damián sacó la foto de su bolsillo. Estaba un poco arrugada por el manoseo reciente. La miró a la luz de la luna que entraba por la ventana.

—Maldita sea —murmuró, pasándose la mano por la cara cansada.

Su corazón latía desbocado, traicionándolo. Podía oler su perfume en el aire, una estela de vainilla que luchaba contra el olor a diésel.

Su celular sonó. Era Trini, la vecina que cuidaba a su sobrina, la pequeña Lucía.

—¿Bueno, Capi? La niña tiene fiebre otra vez. Está llorando y pregunta por ti.

Damián suspiró, el peso del mundo cayendo de nuevo sobre sus hombros. Guardó la foto de Ximena en el cajón, bajo llave, como si fuera un arma peligrosa.

—Voy para allá, Trini. Ya voy.

Salió de la habitación, dejando atrás al fantasma de Ximena, pero llevándose consigo la certeza aterradora de que la guerra acababa de empezar. Y en la guerra del amor y el orgullo, en las calles de México, no se toman prisioneros.

CAPÍTULO 4: FIEBRE Y VIDRIO ROTO

La lluvia en la Ciudad de México no perdona. Cae como si Tláloc tuviera una deuda personal con los capitalinos, convirtiendo las avenidas en ríos de agua negra y desesperación.

Damián conducía su viejo Jeep Wrangler del 98, un monstruo de metal que bebía gasolina como si fuera agua y rugía más fuerte que un león, por los baches de la Calzada de Tlalpan. Sus manos, grandes y firmes, apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se le ponían blancos. Pero no era por el tráfico, ni por la tormenta que azotaba el parabrisas.

Era por el pequeño bulto que temblaba en el asiento trasero, asegurado en una silla infantil desgastada.

—Ya casi llegamos, mi amor. Aguanta, Lucía. Aguanta —murmuraba Damián, mirando por el retrovisor.

Lucía, su sobrina de seis meses, estaba hirviendo. Hacía dos horas, Trini, la vecina, lo había llamado a la estación gritando que la niña no dejaba de llorar y que se sentía “como una brasa”. Cuando Damián llegó, la encontró convulsionando por la fiebre.

El pánico que sentía ahora no se parecía en nada al que sentía en los incendios. En el fuego, él sabía qué hacer: agua, ventilación, rescate. Era física pura. Pero esto… una niña pequeña, frágil, lo único que le quedaba de su hermana Lupita… esto lo aterraba hasta los huesos.

—¡Muévete, imbécil! —le gritó a un taxi que se le cerró.

Damián giró bruscamente hacia la rampa de urgencias del Hospital Ángeles. No tenía dinero para un hospital privado, su seguro del sindicato era básico y solo aplicaba en clínicas del gobierno que a esta hora estarían saturadas. Pero Lucía había dejado de llorar y ahora solo emitía un gemido débil que le helaba la sangre. No iba a arriesgarse a esperar tres horas en una sala de espera del IMSS. Pagaría como fuera. Vendería el Jeep. Vendería su alma si era necesario.

Frenó en seco frente a la puerta de cristal de Urgencias. Bajó del Jeep sin apagar el motor, abrió la puerta trasera y sacó a Lucía envuelta en una cobija de lana. La lluvia lo empapó en un segundo, pegándole la camiseta al pecho, pero él corrió.

—¡Ayuda! —gritó al entrar, su voz de mando resonando en la sala blanca y estéril—. ¡Es una bebé! ¡Tiene fiebre alta y convulsionó!

Una enfermera se acercó con un termómetro, pero Damián la esquivó, buscando desesperadamente a un médico. Se sentía como un animal acorralado, grande, torpe y peligroso en ese ambiente delicado.

—Señor, tiene que llenar el registro…

—¡Me vale madre el registro! —rugió Damián—. ¡Atiéndanla!

Las puertas batientes del área de choque se abrieron.

—¿Qué está pasando aquí? —preguntó una voz autoritaria.

Damián se giró, con Lucía apretada contra su pecho húmedo.

Y ahí estaba ella. Otra vez.

Ximena.

Llevaba el uniforme quirúrgico azul (pijama médica), el cabello recogido en una coleta desordenada y ojeras profundas bajo los ojos. Se veía cansada, pero alerta.

Al verlo, Ximena se detuvo un microsegundo. Vio al hombre que la había rechazado en la azotea hacía dos días. Vio al Capitán Hernández, el héroe intocable. Pero luego bajó la vista y vio el bulto en sus brazos. Vio el terror puro, sin filtros, en los ojos de Damián.

El “ex novio” desapareció. El “rencor” desapareció. En ese momento, solo existía la Dra. Mondragón y una emergencia pediátrica.

—Dámela —ordenó Ximena, extendiendo los brazos con una seguridad que no admitía réplicas.

—Ximena, ella es… está hirviendo… —balbuceó Damián, entregándole a la niña. Sus manos se rozaron, y él sintió la frialdad profesional de la piel de ella contra su fiebre de pánico.

—Lo tengo, Damián. Respira —le dijo ella, mirándolo a los ojos por un instante. Fue una mirada de ancla, sólida y pesada—. ¡Camilla a Trauma 1! ¡Necesito oxígeno, diazepam pediátrico y medios físicos para bajar la temperatura! ¡Ahora!

Ximena corrió hacia el cubículo, rodeada de enfermeras. Damián intentó seguirla.

—¡Señor, no puede pasar! —le cerró el paso un guardia de seguridad.

—¡Es mi sobrina!

—¡Damián! —La voz de Ximena cortó el aire desde adentro del cubículo—. ¡Déjame trabajar! Si entras, me estorbas. Confía en mí.

Confía en mí.

Esa frase golpeó a Damián en el pecho. Hace diez años, ella le había pedido que confiara en ella y luego lo había abandonado. Pero ahora… ahora tenía la vida de Lucía en sus manos.

Damián se detuvo. Apretó los puños hasta que le dolieron. Y asintió una vez.

Las cortinas se cerraron.


La espera fue una tortura china. Damián caminaba de un lado a otro de la sala de espera, dejando un rastro de agua y lodo. La gente lo miraba mal: un tipo enorme, con aspecto de delincuente o de peleador callejero, murmurando oraciones entre dientes.

“Si te la llevas, Diosito, llévame a mí también”, pensaba. “Ya me quitaste a mis papás. Me quitaste a mi hermana. No me quites a la niña. Es lo único bueno que he hecho”.

Pasó una hora. Luego dos.

Damián se había sentado en una silla de plástico duro, con la cabeza entre las manos. Se sentía pequeño. Se sentía pobre. Miraba los zapatos de los demás: mocasines, tenis de marca, tacones. Él traía sus botas de trabajo viejas. En este lugar, el dinero compraba salud. Y él no tenía nada.

—¿Familiares de Lucía Hernández?

Damián levantó la cabeza de golpe.

Ximena estaba parada frente a él. Ya no traía el cubrebocas. Se veía agotada, pero había una leve sonrisa en sus labios.

Damián se puso de pie tan rápido que la silla se volcó.

—¿Cómo está?

—Está estable —dijo Ximena suavemente—. Fue una crisis febril compleja, probablemente causada por una infección viral fuerte. Logramos controlar la convulsión y bajarle la temperatura. Está durmiendo ahora. Se va a poner bien, Damián.

El aire salió de los pulmones de Damián en un suspiro tembloroso. Las piernas le fallaron y tuvo que recargarse en la pared. Se cubrió los ojos con una mano para ocultar las lágrimas que amenazaban con salir. Los hombres como él no lloraban. Los bomberos no lloraban. Pero el tío de Lucía estaba a punto de romperse.

Sintió una mano pequeña y cálida en su brazo.

—Hey… tranquilo —susurró Ximena. No era la doctora hablando. Era la mujer.

Damián bajó la mano y la miró. Estaban cerca, en un rincón apartado del pasillo.

—Gracias —dijo él, con la voz ronca—. No tengo con qué pagarte esto. Literalmente. Sabes que no tengo…

—Cállate —lo interrumpió ella, negando con la cabeza—. No digas estupideces.

—No son estupideces, Ximena. Esto es un hospital privado. La cuenta va a ser…

—Ya está arreglado —dijo ella rápidamente, desviando la mirada—. Lo pasé como… como servicio social pro-bono. Tengo ciertos privilegios aquí. No te va a costar ni un peso.

Damián frunció el ceño. Su orgullo, ese perro guardián que siempre estaba alerta, levantó las orejas.

—No necesito tu caridad, Mondragón.

Ximena lo miró con fuego en los ojos. Lo empujó levemente por el pecho.

—¡Eres un imbécil! —susurró furiosa—. Acabo de salvar a tu sobrina, ¿y lo único que te preocupa es tu maldito orgullo de macho mexicano? ¡Acepta la ayuda y cállate la boca! No lo hice por ti. Lo hice por la niña.

Damián se quedó callado, sorprendido por la intensidad de ella. Tenía razón. Era un idiota.

—Perdón —murmuró, bajando la guardia—. Perdón, Xime. Es que… me siento inútil. En la estación soy el Capi. Aquí soy un cero a la izquierda.

Ximena suspiró, su enojo disipándose tan rápido como llegó.

—Ven. Necesitas café. Y necesitas secarte, apestas a perro mojado.

Lo llevó a la sala de médicos, un lugar prohibido para civiles, pero nadie se atrevió a cuestionar a la Dra. Mondragón. Le sirvió un café negro de máquina, horrible y aguado, pero para Damián supo a gloria. Le dio una toalla limpia del hospital.

Damián se secó el cabello y los brazos. Se sentaron en un sofá de vinilo desgastado. El silencio entre ellos ya no era hostil. Era… pesado, cargado de historia.

—¿Qué le pasó a su mamá? —preguntó Ximena suavemente, mirando su café.

Damián apretó el vaso de unicel.

—Cáncer. Hace seis meses. Se fue rápido. El papá se largó cuando supo que estaba embarazada. Así que… solo somos Lucía y yo. Y Trini, la vecina que me ayuda cuando tengo turnos de 24 horas.

—Lo siento mucho, Damián. De verdad.

—Es una buena niña —dijo él, y una sonrisa triste iluminó su rostro cansado, transformándolo en el chico que Ximena recordaba—. Se ríe dormida. Y tiene los ojos de mi hermana.

Ximena lo observó. Vio las líneas de expresión alrededor de sus ojos, las cicatrices en sus manos, la tensión en sus hombros. La vida lo había golpeado duro, lo había tallado a golpes, pero no lo había roto. Al contrario, lo había convertido en algo sólido, real.

Comparado con Eduardo, su prometido, que se estresaba si el vino no estaba a la temperatura correcta, Damián era un titán.

—¿Y tú? —preguntó Damián, girándose para mirarla. Sus rodillas casi se tocaban—. ¿Eres feliz, Ximena? ¿En tu castillo?

Ximena soltó una risa amarga.

—Mi castillo es una jaula, Damián. Tú lo sabes. Siempre lo supiste.

—Tú tienes la llave —dijo él—. Siempre la tuviste. Solo te dio miedo usarla.

—Tenía 17 años —susurró ella, repitiendo su defensa—. Tenía miedo de perderlo todo.

—¿Y qué ganaste? —Damián se inclinó hacia ella. Su olor a lluvia y café llenó los sentidos de Ximena—. Mírate. Estás cansada. Estás triste. Tienes un anillo en el dedo que pesa más que mis botas de bombero.

Ximena miró el anillo de compromiso de diamantes. Brillaba bajo la luz fluorescente, frío y perfecto.

—Terminé con él —soltó de repente.

Damián parpadeó, sorprendido.

—¿Qué?

—Con Eduardo. Hace dos días. Después de verte en la estación. Le dije que no podía casarme con él.

El corazón de Damián dio un vuelco.

—¿Por qué?

Ximena levantó la vista y sus ojos oscuros se clavaron en los de él.

—Porque él no eres tú.

El mundo se detuvo. El zumbido del refrigerador, los anuncios por el altavoz, todo desapareció.

Damián sintió una sacudida eléctrica. Lentamente, estiró la mano y, con un dedo calloso y áspero, tocó la mejilla de Ximena. Ella cerró los ojos y se inclinó hacia su toque, como una flor buscando el sol después de un invierno largo.

—Ximena… —susurró él, acercando su rostro al de ella.

Estaban a milímetros. Podía sentir su respiración. Podía probar la promesa de sus labios.

—¡Doctora Mondragón!

La puerta de la sala se abrió de golpe.

Damián y Ximena se separaron como si les hubiera caído un rayo.

En el umbral estaba el Dr. Cárdenas, el jefe de urgencias, un hombre calvo y con cara de bulldog. Y detrás de él, con un traje gris impecable y cara de pocos amigos, estaba Eduardo.

—Mondragón —dijo Cárdenas, mirando a Damián con desconfianza—. Tienes visita. Y creo que tenemos un problema con el ingreso de la paciente Hernández. El seguro no pasa.

Eduardo entró, mirando la escena con disgusto. Sus ojos recorrieron a Damián de arriba abajo: la ropa sucia, las botas, la toalla en el cuello. Luego miró a Ximena.

—Me dijeron en recepción que estabas aquí —dijo Eduardo, su voz fría y controlada—. Vine a ver si podíamos hablar como adultos civilizados sobre tu “berrinche” del otro día. Pero veo que estás ocupada… haciendo caridad.

Damián se puso de pie lentamente. Se alzó cuan alto era, sacándole media cabeza a Eduardo y el doble de ancho de espalda. La energía en el cuarto cambió de “romántica” a “violenta” en un segundo.

—Cuidado con cómo le hablas —dijo Damián, con voz tranquila pero letal.

Eduardo soltó una risita nerviosa pero arrogante.

—¿Y tú quién eres? Ah, espera… eres el bombero. El del incendio. —Eduardo hizo una mueca—. Ximena, por favor. ¿En serio? ¿Esto es lo que te hace dudar? ¿Un… obrero?

—Eduardo, cállate —dijo Ximena, poniéndose de pie entre los dos.

—No, déjalo que hable —dijo Damián, dando un paso adelante.

—Señor —intervino el Dr. Cárdenas, poniéndose nervioso—. Le voy a pedir que se retire. Este es un área restringida. Y sobre la cuenta de la niña… son veinticinco mil pesos por la estabilización y los medicamentos. Necesitamos el pago o tendremos que trasladarla al Hospital General en cuanto despierte.

Veinticinco mil pesos.

La cifra cayó sobre Damián como un yunque. Tenía tres mil en su cuenta. Faltaba una semana para la quincena.

Eduardo vio la expresión en la cara de Damián y sonrió. Sacó su cartera de piel de cocodrilo.

—Qué situación tan incómoda —dijo Eduardo, sacando una tarjeta negra—. Ximena, mi amor, no te preocupes. Yo lo cubro. Considéralo un regalo de despedida para tu… amigo. Para que vea que no somos rencorosos.

Extendió la tarjeta hacia el Dr. Cárdenas.

—¡No! —gritaron Ximena y Damián al mismo tiempo.

Damián le arrebató la tarjeta a Eduardo de la mano antes de que Cárdenas pudiera tomarla. La sostuvo un segundo, sintiendo el plástico caro.

—No quiero tu dinero —dijo Damián, y le lanzó la tarjeta al pecho a Eduardo. Rebotó y cayó al suelo.

—Damián, la niña… —empezó Ximena, angustiada.

—Voy a pagar —dijo Damián, girándose hacia ella. Sus ojos brillaban con una mezcla de furia y vergüenza—. Voy a vender el Jeep. Voy a pedir un préstamo en el sindicato. Voy a hacer lo que tenga que hacer. Pero no voy a dejar que este tipo pague por la salud de mi sangre.

Se acercó a Ximena, ignorando a Eduardo y a Cárdenas.

—Gracias por salvarla, doctora. De verdad. Pero aquí se acaba el favor.

—Damián, no te vayas así… —suplicó ella.

—Prepara el alta o el traslado —dijo él, volviendo a ponerse su máscara de frialdad—. En cuanto esté estable, nos vamos.

Damián salió de la sala, chocando el hombro con Eduardo al pasar, haciéndolo tambalearse.

Eduardo se arregló el saco, indignado.

—Qué animal —masculló—. Ximena, en serio, ¿qué ves en él? Huele a gasolina y pobreza.

Ximena miró a Eduardo. Luego miró la puerta por donde Damián había salido. Y por primera vez en su vida, sintió un asco profundo por el mundo en el que había crecido.

—Veo a un hombre, Eduardo —dijo Ximena, con una calma que la sorprendió a ella misma—. Veo a un hombre de verdad. Algo que tú nunca vas a ser, aunque tengas todas las tarjetas negras del mundo.

Se quitó el anillo de compromiso. El diamante brilló una última vez antes de que ella lo dejara caer en el vaso de café aguado que estaba sobre la mesa.

Plop.

El sonido fue minúsculo, pero para Ximena sonó como una cadena rompiéndose.

—Lárgate, Eduardo. Y llévate tu anillo.

Ximena salió corriendo tras Damián, pero el pasillo estaba vacío. Solo quedaban huellas de botas mojadas marcadas en el piso impecable, señalando el camino hacia la salida, hacia la lluvia, hacia la vida real.


En el estacionamiento, la lluvia seguía cayendo. Damián estaba recargado en el cofre de su Jeep, dejando que el agua lavara el calor de la rabia.

Sacó su celular. Marcó un número que juró nunca marcar.

—¿Bueno? —contestó una voz rasposa al otro lado. Era el “Tuercas”, un prestamista del barrio bravo de Tepito que cobraba intereses criminales.

—Tuercas, soy el Capi Hernández. Necesito lana. Ahorita.

—¿Cuánto, Capi?

—Treinta mil. Te dejo los papeles del Jeep y firmo lo que quieras.

—Va. Te veo en una hora en la bodega. Pero ya sabes cómo cobro si te atrasas, Capi.

—Ya sé.

Damián colgó. Miró hacia la ventana iluminada del hospital. Sabía que acababa de vender su tranquilidad por meses, tal vez años. Sabía que se estaba metiendo en la boca del lobo.

Pero luego pensó en Lucía. Y pensó en Ximena defendiéndolo.

—Contra todo y contra todos —susurró, repitiendo la frase de la foto.

Subió al Jeep. El motor rugió. La guerra por su dignidad y por su amor acababa de subir de nivel. Y Damián Hernández no sabía perder.

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