CAPÍTULO 1: EL REY DE HIELO Y LAS FANTASMAS DEL SÓTANO
Harrison Blackwood no caminaba, levitaba sobre el miedo de los demás. A sus 37 años, era el dueño absoluto de la ciudad, un hombre blindado en trajes italianos de tres piezas y una mirada de hielo azul que podía congelar el infierno. Le decían “El Corazón de Piedra”, no porque fuera duro, sino porque todos juraban que en el pecho no tenía nada.
Esa tarde, la puerta de su despacho se abrió de golpe y el Dr. Cole salió disparado, pálido como un papel, con su maletín médico temblando en la mano.
—¡Lárgate! —el grito de Harrison no fue fuerte, fue cortante, como un cuchillo afilado—. ¡No te pago mil dólares la hora para que me digas que necesito dormir! ¡Fuera de mi casa antes de que te saque en una bolsa!
Jasper, su mano derecha y sombra, cerró la puerta tras el médico y se quedó inmóvil. Sabía leer los silencios de su jefe. Pero esta vez, el silencio se rompió con un golpe seco. Harrison se había doblado sobre su escritorio de roble macizo, con los dedos clavados en la madera hasta que los nudillos crujieron.
—¿Señor? —Jasper dio un paso, pero se detuvo.
—Fuera —gruñó Harrison, con los dientes apretados.
Un dolor explosivo, como si alguien le estuviera martillando clavos oxidados detrás de los ojos, lo dejó ciego por un instante. La habitación giraba. Su visión se llenaba de manchas negras. Harrison Blackwood, el depredador alfa, se sentía morir. Pero su orgullo era una fortaleza: prefería morir solo y de pie que admitir que su cuerpo lo estaba traicionando.
Mientras tanto, cinco pisos más abajo, en la humedad del sótano, el mundo era muy diferente.
Zoe y Ruby, dos gotitas de agua de seis años con rizos castaños y ojos verdes enormes, doblaban toallas blancas con una precisión militar.
—Uno, dos, esquina con esquina —susurraba Ruby, alisando la tela.
—Shh, ya viene —dijo Zoe, parando en seco.
Escucharon los pasos pesados de su madre, Rosalía, bajando las escaleras. Rosalía Turner era una mujer que había envejecido diez años en los últimos ocho meses. Antes tenía una vida: un esposo, una casa, sueños. Ahora era “la sirvienta de la deuda”.
Ocho meses atrás, su esposo Daniel cometió el error de pedirle prestado dinero a Harrison para apostar. Dos millones de dólares. Cuando no pudo pagar, Harrison no envió cobradores; fue él mismo. Rosalía nunca olvidaría la imagen de su esposo de rodillas, suplicando, y el sonido seco del disparo que lo silenció para siempre frente a sus ojos. Harrison guardó el arma y le dio a elegir: “Trabajas para mí hasta que pagues cada centavo, o vendo a las gemelas al mejor postor”.
Rosalía eligió la esclavitud.
—Mamá, ¿estás bien? —preguntó Zoe cuando la vio entrar, frotándose la espalda baja.
—Sí, mi amor. Solo estoy cansada —mintió Rosalía, besando sus frentes.
—El señor está enfermo otra vez, ¿verdad? —soltó Ruby de la nada.
Rosalía se tensó.
—No hablen de él. Nunca. Recuerden las reglas: son invisibles. Nadie puede saber que existen, y mucho menos… —bajó la voz— lo que pueden hacer.
Zoe asintió, pero sus ojos se clavaron en el techo.
—Puedo sentirlo, mamá. Hay algo muy negro en su cabeza. Es como una araña grande que se lo está comiendo por dentro.
CAPÍTULO 2: LA FIESTA DE LOS BUITRES
Pasaron tres semanas y la “araña” en la cabeza de Harrison se hizo más grande. Pero él seguía actuando como si fuera inmortal. Era la noche de la Gala Anual de los Blackwood, una exhibición obscena de poder donde los criminales más peligrosos de la costa Este se reunían para beber champán de mil dólares y medir sus fuerzas.
La mansión brillaba como un diamante. Candelabros de cristal, música clásica en vivo, meseros con guantes blancos. Rosalía estaba ahí, obligada a servir porque faltaba personal.
—Cabeza agacha, no mires a nadie —se repetía mentalmente mientras ofrecía copas con manos temblorosas.
Harrison estaba en el centro del salón, impecable, saludando a sus socios. Nadie notaba que, media hora antes, se había inyectado morfina para poder mantenerse en pie. Nadie, excepto un hombre.
Blake Morrison entró al salón como si fuera el dueño. Más joven, más hambriento y mucho más traicionero.
—Harrison, viejo amigo —dijo Blake, con una sonrisa de tiburón—. Te ves… cansado. ¿Es cierto que ya no puedes ni sostener un vaso sin que te tiemble la mano?
El salón se quedó en silencio. La música paró. Insultar a Harrison en su propia casa era suicidio.
Harrison se giró lentamente, con esa calma letal que lo caracterizaba.
—Blake. Veo que todavía tienes lengua. Sería una lástima que te la cortara esta noche.
—Inténtalo —desafió Blake, acercándose—. Todos saben que estás acabado. Un rey enfermo es un rey muerto.
La furia brilló en los ojos de Harrison. Dio un paso hacia adelante para desenfundar, pero entonces sucedió.
El mundo se inclinó.
El dolor no fue un aviso, fue un trueno. Harrison soltó la copa, que se hizo añicos contra el mármol, y sus ojos se pusieron en blanco. Cayó al suelo convulsionando, su cuerpo sacudiéndose violentamente como un muñeco roto.
—¡Señor! —gritó Jasper, corriendo a sujetarlo.
El caos estalló. Los invitados retrocedían, algunos sacaban armas, otros simplemente miraban con morbo. Blake Morrison sonreía desde una esquina.
—¡Un médico! ¡Maldita sea, traigan a un médico! —rugía Jasper.
El Dr. Cole, que estaba en la fiesta por precaución, se arrodilló junto a él. Revisó sus pupilas y palideció.
—Se acabó —murmuró el doctor, temblando—. El aneurisma reventó. Tiene una hemorragia masiva.
—¡Opérelo aquí! —ordenó el padre de Harrison, Sterling, que acababa de llegar corriendo.
—No puedo… necesita un hospital, y el helicóptero tarda 20 minutos. En 10 minutos estará muerto.
Rosalía, pegada a la pared con su bandeja, sintió un escalofrío. El hombre que odiaba estaba muriendo. Debería sentir alivio. Debería sonreír. Pero entonces sintió dos manitas pequeñas agarrando su delantal.
Bajó la mirada y el corazón se le detuvo.
Zoe y Ruby estaban ahí. Se habían escapado del cuarto.
—Mamá —dijo Ruby, con lágrimas en los ojos—. Se muere.
—Vámonos —susurró Rosalía, tratando de empujarlas hacia la salida—. Esto no es problema nuestro. Que se muera. Se lo merece.
Zoe levantó la vista, y en sus ojos no había odio, solo una compasión infinita que hizo sentir pequeña a su madre.
—Si lo dejamos morir cuando podemos salvarlo… ¿no seríamos igual de malos que él?
Rosalía se quedó paralizada. Miró a sus hijas, miró al monstruo agonizante en el suelo, y supo que esa noche todo iba a cambiar.
—Vamos —dijo Rosalía, con la voz quebrada.
Y las tres caminaron hacia el centro del salón, donde la muerte esperaba su tributo.
CAPÍTULO 3: MANOS DE ÁNGEL EN EL INFIERNO
El Gran Salón de la mansión Blackwood se había transformado en un escenario de pesadilla. Lo que minutos antes era una sinfonía de copas de cristal chocando y risas falsas, ahora era un caos de murmullos aterrorizados y el sonido agónico de la respiración entrecortada de Harrison. El hombre más temido de la costa Este yacía en el suelo de mármol frío, con el cuerpo retorcido en un espasmo final, mientras la espuma blanca manchaba la comisura de sus labios.
Rosalía sentía que el suelo se movía bajo sus pies. Su instinto le gritaba que corriera, que tomara a sus hijas y huyera de esa casa maldita mientras todos estaban distraídos. Pero la mano pequeña de Zoe apretaba la suya con una fuerza sobrenatural, y la mirada de Ruby, llena de lágrimas y determinación, la anclaba al lugar.
—Vamos, mamá —insistió Zoe, tirando de ella hacia el círculo de hombres armados que rodeaba al moribundo.
Rosalía tragó saliva, sintiendo el sabor metálico del miedo en su garganta.
—No se separen de mí —ordenó con voz temblorosa, pero firme—. Si alguien se mueve, ustedes se agachan detrás de mi vestido. ¿Entendido?
Las tres avanzaron. Era una imagen surrealista: una mujer con uniforme de sirvienta, desgastado y simple, flanqueada por dos niñas pequeñas idénticas, abriéndose paso entre los capos de la mafia más peligrosos del país. Los hombres, con sus trajes de miles de dólares, se apartaban instintivamente, no por respeto, sino por la pura extrañeza de la situación.
—¿Qué hace esa mujer aquí? —susurró alguien.
—Está loca, van a matarla —murmuró otro.
Pero Rosalía no se detuvo. Sus ojos estaban fijos en el cuerpo de Harrison y en el charco de vómito y saliva que se formaba a su lado. Faltaban cinco metros. Cuatro. Tres.
De repente, una sombra masiva les cortó el paso. Jasper, el jefe de seguridad y mano derecha de Harrison, se plantó frente a ellas como una torre de granito. Su rostro estaba desencajado por el pánico y el dolor, pero su entrenamiento militar seguía intacto. En una fracción de segundo, desenfundó su Glock 9mm y apuntó directamente al pecho de Rosalía.
—¡Alto ahí! —rugió Jasper, con el dedo temblando sobre el gatillo—. Nadie se acerca al jefe. ¡Un paso más y te vuelo la cabeza!
El silencio que cayó sobre el salón fue absoluto. Incluso el Dr. Cole, que intentaba inútilmente reanimar a Harrison, levantó la vista. Rosalía se detuvo en seco. Podía ver el estriado dentro del cañón del arma. Podía ver el sudor goteando por la sien de Jasper. Sus hijas soltaron un pequeño grito ahogado y se escondieron tras sus piernas, aferrándose a la tela de su falda como si fuera un escudo mágico.
El corazón de Rosalía latía tan fuerte que le dolían las costillas, pero entonces recordó a su esposo, Daniel, arrodillado en ese mismo suelo, suplicando por su vida antes de ser ejecutado. El miedo se transformó en una extraña y fría calma. Ya había perdido todo una vez. No iba a perder su dignidad también.
Lentamente, Rosalía levantó la barbilla y miró a Jasper directamente a los ojos.
—Dispara si quieres —dijo ella. Su voz no fue un grito, sino un susurro cargado de acero que resonó en el silencio mortal del salón—. Mátame delante de todos. Pero si aprietas ese gatillo, tu jefe morirá en los próximos dos minutos.
Jasper parpadeó, confundido por la audacia de la sirvienta.
—¿De qué demonios hablas? ¡Estás loca! ¡Lárgate o…!
—Míralo, Jasper —lo interrumpió Rosalía, señalando con la cabeza hacia el cuerpo inerte de Harrison—. El médico ya se rindió. El helicóptero no llegará. Se está muriendo y tú no puedes hacer nada con esa pistola, excepto manchar más el suelo.
Jasper bajó la vista hacia Harrison. El pecho de su jefe apenas se movía. Su piel ya tenía ese tono grisáceo de los cadáveres. La desesperación en los ojos del guardaespaldas era palpable; era la mirada de un perro fiel viendo morir a su amo.
—Mis hijas pueden ayudarlo —continuó Rosalía, suavizando el tono, casi suplicante ahora—. No te pido que creas en milagros. Solo te pido que nos dejes intentar. ¿Qué tienes que perder? Ya está muerto.
—Esto es ridículo —escupió el Dr. Cole, levantándose con las manos ensangrentadas—. Es una hemorragia cerebral masiva, mujer. No es un dolor de estómago. ¡Saquen a esta lunática de aquí!
Jasper apretó el arma de nuevo, la indecisión cruzando su rostro. Pero antes de que pudiera tomar una decisión, una voz ronca y quebrada rompió la tensión desde el suelo.
—Déjalas pasar.
Todos giraron la cabeza. Sterling Blackwood, el padre de Harrison y antiguo patriarca de la familia, se había puesto de pie con dificultad. El viejo león, con sus 62 años y el rostro surcado por lágrimas, miraba a las gemelas con una intensidad perturbadora. No miraba sus vestidos sucios ni su tamaño diminuto; miraba sus ojos.
—Señor Sterling… —intentó protestar Jasper.
—¡He dicho que las dejes pasar! —gritó el anciano, con una autoridad que hizo temblar las ventanas—. He vivido sesenta años en este mundo maldito. He visto cosas que la ciencia no puede explicar. Y cuando miro a esas niñas… no veo locura. Veo verdad.
Sterling avanzó tambaleándose y puso una mano sobre el hombro de Jasper, bajándole el arma suavemente. Luego, se volvió hacia Rosalía y las niñas, cayendo de rodillas al nivel de ellas, sin importarle manchar sus pantalones de miles de dólares.
—Por favor —susurró el anciano, agarrando las manos de Rosalía con desesperación—. Sálvalo. Te daré lo que quieras. Dinero, libertad, el mundo entero. Solo… no dejes que mi hijo muera así.
Rosalía asintió lentamente. Se soltó del anciano y se agachó frente a sus hijas. Les acarició las mejillas, limpiando una lágrima solitaria que corría por la cara de Ruby.
—¿Están listas? —preguntó suavemente.
Zoe y Ruby intercambiaron una mirada rápida, esa comunicación silenciosa que solo los gemelos entienden, y asintieron al unísono.
—Sí, mamá —dijo Zoe, con una seriedad impropia de una niña de seis años—. La oscuridad es muy fuerte, pero nosotras somos dos.
Las niñas soltaron a su madre y caminaron hacia el cuerpo de Harrison. El círculo de mafiosos se cerró un poco más, observando con una mezcla de escepticismo, burla y curiosidad morbosa. En una esquina, Blake Morrison cruzó los brazos, con una sonrisa torcida en los labios, disfrutando del espectáculo. “Que vengan los payasos antes del funeral”, pensó.
Zoe se arrodilló junto a la cabeza de Harrison. Ruby se colocó a la altura de su pecho, justo sobre el corazón.
El cuerpo de Harrison estaba frío al tacto, empapado en un sudor gélido. Zoe respiró hondo y colocó sus pequeñas manos sobre las sienes del hombre que había sido el verdugo de su familia. Ruby puso sus palmas sobre el esternón, bajo la camisa de seda manchada.
—Concéntrate, Ruby —susurró Zoe—. Empuja la luz. Empújala fuerte.
Cerraron los ojos.
Al principio, no pasó nada. Unos segundos de silencio incómodo se estiraron en el tiempo. El Dr. Cole soltó un bufido de desprecio y comenzó a guardar su estetoscopio.
—Suficiente de este circo. Voy a declarar la hora de la muer…
Las palabras se le murieron en la garganta.
De repente, un zumbido bajo, casi imperceptible, empezó a vibrar en el aire. Los pelos de los brazos de Rosalía se erizaron. Y entonces, brotó la luz.
No fue un destello cegador, sino un resplandor suave, líquido y dorado que emanó de las palmas de las niñas. La luz parecía tener vida propia; se filtraba a través de la piel de Harrison, iluminando sus venas desde adentro como si fuera de cristal.
Un grito de asombro recorrió la sala. Los hombres más duros del hampa retrocedieron, persignándose instintivamente.
—¡Dios santo! —exclamó Sterling, llevándose las manos a la boca.
Zoe frunció el ceño, apretando los dientes. Gotas de sudor empezaron a brotar en su frente. Podía “ver” el interior de la cabeza de Harrison. Era un caos negro y rojo. Una arteria rota inundaba su cerebro, ahogando la vida. La oscuridad que ella había sentido durante semanas ahora intentaba devorar su luz. Era pesada, pegajosa y fría.
—¡Es… es muy fuerte! —gimió Ruby, cuyo cuerpo empezó a temblar violentamente.
—¡No lo sueltes! —gritó Zoe, aunque sus ojos seguían cerrados—. ¡Cóselo, Ruby! ¡Ayúdame a coserlo!
Rosalía se mordió el puño para no gritar. Veía cómo el color abandonaba los rostros de sus hijas. Estaban entregando su propia vitalidad, vaciándose para llenar el recipiente roto que era Harrison.
—¡Ya basta! —gritó Rosalía, dando un paso adelante—. ¡Se están lastimando!
—¡No! —la detuvo Sterling, sujetándola del brazo con una fuerza sorprendente—. ¡Mira! ¡Míralo a él!
Rosalía miró. El cuerpo de Harrison, que segundos antes estaba convulsionando y gris, empezó a calmarse. La tensión en su mandíbula se relajó. El color regresó a sus mejillas en una oleada visible, como si alguien hubiera inyectado vida pura en sus venas. La luz dorada se intensificó un último segundo, brillando tanto que nadie pudo mirar directamente, y luego, con un suspiro exhalado por las niñas, se desvaneció.
Zoe y Ruby cayeron hacia atrás, exhaustas, jadeando como si hubieran corrido un maratón.
El salón quedó en un silencio sepulcral. Nadie se atrevía a respirar. Todos los ojos estaban fijos en el cuerpo inmóvil de Harrison Blackwood.
Un segundo. Dos segundos. Tres segundos.
De repente, una bocanada de aire ruidosa y desesperada rompió el silencio. Harrison arqueó la espalda, aspirando oxígeno como un hombre que acaba de salir a la superficie después de estar a punto de ahogarse. Sus párpados se abrieron de golpe.
Esos ojos, antes velados por la muerte, ahora eran de un azul eléctrico, límpidos y totalmente conscientes.
—¡Imposible! —gritó el Dr. Cole, lanzándose de nuevo al suelo junto a él. Buscó el pulso en el cuello de Harrison frenéticamente. Sus ojos se abrieron como platos—. El pulso es… es fuerte. Regular. La presión está normalizando. ¡Esto es médicamente imposible! ¡Su cerebro debería ser papilla!
Sterling se derrumbó sobre el pecho de su hijo, sollozando sin control.
—¡Harrison! ¡Hijo mío! ¡Estás vivo!
Harrison parpadeó, confundido. El dolor agónico que había sido su compañero constante durante meses había desaparecido. No había martillazos en su cráneo. No había zumbidos. Solo un silencio bendito y una sensación de calidez que le recorría el cuerpo, como si acabara de beber un chocolate caliente en un día de nieve.
Lentamente, con la ayuda de Jasper, que lloraba abiertamente, Harrison se sentó. Miró sus manos. Miró a su padre. Y luego, su mirada se desvió hacia un lado, donde Rosalía estaba abrazando a dos pequeñas niñas que parecían a punto de desmayarse.
La memoria de Harrison era borrosa, pero recordaba la oscuridad. Recordaba el frío infinito. Y recordaba dos luces pequeñas que lo habían agarrado de la mano y lo habían sacado del abismo.
—Ustedes… —graznó Harrison. Su voz sonaba oxidada, como si no la hubiera usado en años—. ¿Quiénes son ustedes?
Rosalía levantó la cabeza. Sus ojos se encontraron con los de él. Ya no había sumisión en su mirada. Había agotamiento, sí, pero también una dignidad feroz. Acarició el cabello sudoroso de Zoe y Ruby, y respondió con la verdad más dura que Harrison escucharía en su vida.
—Somos las personas que acabas de salvar… —dijo Rosalía, con la voz quebrada por la emoción y el cansancio—… y también somos las personas que tú intentaste destruir.
Harrison se quedó paralizado, procesando las palabras. Miró a las niñas. Eran idénticas. Pequeñas. Inocentes. Y llevaban los mismos vestidos grises de la servidumbre que él obligaba a usar a su personal de bajo rango. Una punzada de reconocimiento atravesó su mente, no de haberlas visto antes, sino de saber quiénes eran. La familia del deudor. La familia de Daniel Turner.
Antes de que pudiera decir nada más, el sonido atronador de las aspas de un helicóptero sacudió las ventanas. Los paramédicos de emergencia irrumpieron en el salón con una camilla, rompiendo el momento mágico con la realidad brutal de la medicina de urgencia.
—¡A un lado! ¡Abran paso! —gritaban los paramédicos.
Cargaron a Harrison en la camilla a pesar de sus protestas débiles. El Dr. Cole seguía murmurando “imposible” mientras corría tras ellos.
Mientras se llevaban a Harrison, él giró la cabeza, buscando desesperadamente entre la multitud de trajes negros y vestidos de gala. Sus ojos no buscaban a sus socios, ni a su padre, ni siquiera a Jasper. Buscaban a las tres figuras vestidas de gris que se quedaban atrás.
Y en ese último instante antes de cruzar las puertas dobles, Harrison Blackwood sintió algo que le dolió más que el aneurisma. Sintió vergüenza. Una vergüenza profunda y corrosiva que le quemó el alma.
En la esquina del salón, Blake Morrison observaba la escena. Su sonrisa de burla había desaparecido, reemplazada por una mirada calculadora y depredadora. No miraba a Harrison. Sus ojos grises, fríos como el acero, estaban clavados en Zoe y Ruby.
—Interesante… —susurró Blake para sí mismo, pasando la lengua por sus dientes—. Muy interesante. Olvida al rey muerto. Esas niñas… esas niñas valen más que todo el imperio Blackwood junto.
Blake sacó su teléfono y marcó un número rápido.
—Preparen el equipo —ordenó en voz baja, sin dejar de mirar a las gemelas—. Tengo un nuevo objetivo. Y esta vez, quiero que me lo traigan vivo.
El destino había lanzado los dados. Harrison había sobrevivido, pero la verdadera guerra acababa de comenzar. Y en medio de la tormenta que se avecinaba, Rosalía abrazó a sus hijas, sabiendo que el milagro de esta noche traería consecuencias que ninguna de ellas podía imaginar.
CAPÍTULO 4: EL SILENCIO DESPUÉS DE LA TORMENTA
El rugido de las aspas del helicóptero médico cortaba la noche de Boston como una sierra mecánica. Dentro de la cabina, el caos controlado de los paramédicos contrastaba con la quietud antinatural del paciente. Harrison Blackwood yacía en la camilla, atado con correas de seguridad, con una máscara de oxígeno cubriendo la mitad de su rostro. Sus ojos azules estaban abiertos, fijos en el techo metálico del helicóptero, pero no veían los cables ni las luces parpadeantes.
Veía luz. Una luz dorada que persistía en sus retinas como el rastro de un sol que acababa de nacer.
—¡Signos estables! ¡Presión arterial 120 sobre 80! —gritaba un paramédico por el intercomunicador, con la incredulidad tiñendo su voz profesional—. ¡Saturación de oxígeno al 98%! ¡No entiendo nada, este hombre debería estar en coma o muerto!
Harrison escuchaba las voces como si vinieran de debajo del agua. Lo que más le impactaba no era el ruido, sino lo que no sentía.
No había dolor.
Durante dos años, su cabeza había sido una jaula de tortura. Cada latido de su corazón había sido un martillazo en sus sienes. El zumbido constante, la visión borrosa, la sensación de que su cráneo iba a estallar en cualquier momento… todo había desaparecido. En su lugar, había un silencio absoluto. Un silencio limpio, fresco, como la superficie de un lago en invierno.
Era una paz tan extraña que le daba miedo. ¿Estaba muerto? ¿Era esto el cielo? No, Harrison sabía que si estuviera muerto, estaría ardiendo en el infierno. Esto era otra cosa.
El helicóptero aterrizó en la azotea del Hospital Privado St. Jude, el centro médico más exclusivo de la costa Este, financiado en gran parte por donaciones “anónimas” de la familia Blackwood. Un equipo de neurólogos de élite, sacados de sus camas a medianoche, esperaba en la pista.
—¡Vamos, vamos! ¡Hemorragia subaracnoidea masiva confirmada por síntomas clínicos! —gritó el Dr. Cole mientras corrían empujando la camilla por los pasillos blancos y estériles—. ¡Preparen el quirófano 1!
Harrison fue trasladado, escaneado, pinchado y monitoreado con la eficiencia de una parada de boxes de Fórmula 1. Lo metieron en el tubo blanco y claustrofóbico de una máquina de resonancia magnética (MRI). El sonido rítmico de los imanes —clanc, clanc, clanc— fue lo único que escuchó durante una hora.
Y luego, comenzó el desconcierto.
Tres días.
Harrison pasó tres días encerrado en la suite presidencial del hospital, una habitación que parecía más un hotel de cinco estrellas que una instalación médica, con paneles de madera, sábanas de hilo egipcio y una vista panorámica de la ciudad. Pero el verdadero drama no estaba en los lujos, sino en la sala de conferencias de los médicos.
El Dr. Alistair Thorne, jefe de neurología y una eminencia mundial, golpeó la pantalla iluminada con su bolígrafo, visiblemente frustrado.
—Explíquenme esto otra vez, porque creo que me estoy volviendo senil —dijo Thorne, mirando a su equipo.
En la pantalla había dos imágenes cerebrales.
—Esta es la tomografía de Harrison Blackwood de hace dos meses —explicó el Dr. Cole, señalando una mancha oscura y ominosa en el lóbulo temporal—. Un aneurisma gigante, inoperable, creciendo y presionando el tronco encefálico. Una bomba de tiempo.
—Correcto —dijo Thorne—. Y ahora, muéstrenme la de hoy.
El Dr. Cole cambió la diapositiva. La sala se llenó de un silencio espeso. La imagen mostraba un cerebro humano perfecto.
—Limpio —murmuró Thorne, acercándose tanto a la pantalla que su nariz casi la tocaba—. No hay aneurisma. No hay masa tumoral. No hay edema. Ni siquiera hay tejido cicatrizal, por el amor de Dios. Es el cerebro de un hombre de veinte años en perfecta salud.
—Y eso no es lo peor, doctor —intervino una joven radióloga, con la voz temblorosa—. Miren los vasos sanguíneos. Cuando el aneurisma supuestamente “reventó” en la fiesta, debió inundar el cerebro de sangre. Eso mata las neuronas en minutos. Causa daño irreversible. Parálisis, pérdida del habla, muerte cerebral.
—Pero el paciente está sentado en su cama leyendo el Wall Street Journal —terminó Thorne, frotándose las sienes—. Sus funciones motoras son perfectas. Su habla es clara. Su memoria está intacta. Cole, si no te conociera, diría que falsificaste los informes iniciales.
—¡Yo lo vi caer! —se defendió Cole, casi histérico—. ¡Vi la espuma en su boca! ¡Vi sus pupilas dilatadas! ¡Estaba muriendo en el suelo de su mansión!
Thorne se giró hacia la ventana, mirando hacia la ciudad gris.
—En cuarenta años de medicina, nunca he visto algo así. Es una regeneración celular espontánea e instantánea. Biológicamente, es imposible. Es… —Thorne dudó antes de usar la palabra prohibida en la ciencia—… es un milagro.
Mientras los médicos debatían sobre lo imposible, Harrison Blackwood yacía en su cama, mirando el techo blanco.
No había encendido la televisión. No había pedido su teléfono. No había gritado a las enfermeras.
Estaba recordando.
Cerraba los ojos y volvía a ese momento. La oscuridad fría que lo había tragado en el salón de baile. La soledad absoluta de la muerte. Había estado listo para dejarse ir, porque en el fondo, sabía que no merecía nada mejor. Pero entonces, sintió el calor.
Dos manos pequeñas en sus sienes. Dos manos pequeñas en su pecho.
Recordaba la sensación física de la luz entrando en él. No era solo energía; era una emoción pura. Sentía como si alguien hubiera vertido amor líquido dentro de sus venas podridas. Era una sensación de perdón que no había pedido y que sabía que no merecía.
—Por favor, no te mueras —había escuchado una voz infantil en su mente. No con los oídos, sino dentro de su conciencia.
Harrison se llevó una mano a la cara. Sintió humedad. Se sorprendió al darse cuenta de que estaba llorando. Él, Harrison Blackwood, el hombre que no había derramado una sola lágrima desde el entierro de su madre hacía 22 años, estaba llorando en silencio en una habitación de hospital.
No lloraba de dolor. Lloraba porque se sentía… limpio. Y esa pureza le dolía más que cualquier enfermedad, porque iluminaba la inmundicia de su propia vida.
En la mañana del cuarto día, Harrison se sentó en el borde de la cama. Ya no vestía la bata de hospital, sino un pantalón de pijama de seda negro. Su torso estaba desnudo, revelando un cuerpo atlético pero marcado por viejas cicatrices de cuchillo y bala. Sin embargo, su piel tenía un color saludable que no había tenido en años.
La puerta se abrió y Jasper entró. El guardaespaldas parecía no haber dormido en tres días. Tenía ojeras profundas y su traje estaba arrugado. Traía una carpeta bajo el brazo y una expresión de cautela, como si entrara en la jaula de un tigre.
—Jefe —saludó Jasper, quedándose cerca de la puerta—. Los médicos dicen que quieren hacer más pruebas, pero…
—Que se vayan al diablo con sus pruebas —la voz de Harrison era grave, pero carecía del filo venenoso habitual—. Estoy bien. Nunca he estado mejor.
Jasper asintió, incómodo.
—El señor Sterling ha estado aquí todos los días. Y los socios… bueno, los rumores vuelan. Dicen que es usted inmortal. Que engañó a la muerte. Su reputación nunca ha sido más fuerte.
Harrison ignoró el comentario sobre el poder. Se levantó y caminó hacia la ventana, dándole la espalda a Jasper.
—Jasper, siéntate.
—Prefiero estar de pie, señor.
—Siéntate —ordenó Harrison, suavemente.
Jasper obedeció, sentándose en el borde de una silla de visitas.
Harrison miró su propio reflejo en el cristal de la ventana. Vio a un hombre fuerte, recuperado. Pero detrás de esos ojos azules, vio al monstruo.
—Háblame de ellas —dijo Harrison.
El silencio en la habitación se volvió denso. Jasper tragó saliva ruidosamente.
—¿De quiénes, señor?
—No te hagas el estúpido conmigo, Jasper. Sabes exactamente de quiénes hablo. La mujer. Y las dos niñas. Las que me salvaron la vida. Cuéntamelo todo.
Jasper suspiró, pasando una mano por su cabello corto. Sabía que este momento llegaría, y le aterrorizaba.
—Se llama Rosalía Turner. Es… es la viuda de Daniel Turner.
El nombre golpeó a Harrison como una bofetada física. Se giró lentamente.
—Daniel Turner —repitió. La niebla de su memoria empezó a disiparse—. El contador. El ludópata.
—Sí, señor. El que le debía dos millones de dólares —Jasper miraba al suelo, incapaz de sostener la mirada de su jefe—. Hace ocho meses. Fuimos a su casa. Usted… usted ejecutó la deuda.
Harrison cerró los ojos. La escena regresó a él con una claridad brutal. La alfombra barata de una casa suburbana. Un hombre llorando de rodillas, con la boca ensangrentada. Una mujer gritando en la cocina. Y él, Harrison, sacando su pistola con la misma indiferencia con la que sacaría un encendedor.
Bang.
Recordó el sonido. Recordó cómo la sangre manchó las fotos familiares en la repisa de la chimenea.
—Lo maté delante de ella —murmuró Harrison. No era una pregunta.
—Sí, señor. Delante de ella.
—Y después… —Harrison sintió un nudo en el estómago—. ¿Qué pasó después?
Jasper se removió en la silla, visiblemente angustiado.
—Usted le dio a la viuda una opción. Pagar la deuda o… o vender a las niñas para recuperar el dinero.
Harrison sintió que las rodillas le fallaban. Tuvo que apoyarse en el alféizar de la ventana para no caer.
—¿Venderlas?
—Sí, señor. Trata de personas. Mercado negro. Gemelas sanas, caucásicas… valen mucho. Usted dijo que era una “recuperación de activos”.
El aire de la habitación pareció volverse irrespirable.
—¿Y ella qué hizo?
—Aceptó la esclavitud, señor. Para protegerlas. Lleva ocho meses viviendo en el sótano de servicio. El cuarto sin ventanas junto a la caldera. Trabaja 18 horas al día. Friega los pisos, lava la ropa de los treinta guardias… come las sobras.
Harrison miró sus manos. Las mismas manos que habían apretado el gatillo. Las mismas manos que ahora estaban sanas y fuertes gracias a esas niñas.
—Las niñas… —la voz de Harrison se quebró por primera vez—. ¿Qué edad tienen?
—Seis años, señor.
—Seis años —repitió Harrison, y la palabra salió como un gemido de dolor—. Gemelas. Zoe y Ruby.
El recuerdo de la luz dorada volvió a él. Esa pureza. Esa inocencia absoluta.
Ellas sabían quién era él. Tenían que saberlo. Habían vivido ocho meses en su sótano, escondidas como ratas, aterrorizadas de que el “amo” cumpliera su amenaza y las vendiera. Él era el hombre que había asesinado a su padre. El hombre que había torturado a su madre. El hombre que les había robado la infancia.
Y sin embargo, cuando él estaba muriendo en el suelo, ahogándose en su propia sangre, ellas no lo dejaron morir.
Podrían haber dejado que la naturaleza siguiera su curso. Podrían haber sido libres esa misma noche. Muerto el perro, se acabó la rabia. Pero no. Ellas caminaron hacia el fuego. Ellas pusieron sus manos sobre el monstruo.
—¿Por qué? —susurró Harrison, mirando a Jasper con ojos llenos de una desesperación abismal—. Jasper, dime por qué. ¿Por qué me salvaron? Yo soy el diablo en su historia. Deberían haberme dejado pudrirme en el infierno.
Jasper levantó la vista. Sus ojos también estaban húmedos.
—No lo sé, jefe. Quizás… quizás porque ellas no son como nosotros. Nosotros vivimos en un mundo de “ojo por ojo”. Ellas… ellas son algo más. Algo que usted y yo olvidamos hace mucho tiempo que existía.
Harrison se dejó caer en un sillón de cuero, cubriéndose el rostro con las manos.
El dolor físico se había ido, curado por un milagro inexplicable. Pero en su lugar, había nacido un dolor nuevo, mucho más agudo y devastador.
La culpa.
Era un ácido que le corría por las venas. Durante 22 años, Harrison había construido una armadura de hielo alrededor de su corazón para no sentir nada. La muerte de su madre lo había roto, y él había decidido que si no podía ser feliz, sería poderoso. Sería temido.
Pero dos niñas de seis años acababan de derribar esa fortaleza con nada más que compasión.
Harrison permaneció sentado en silencio durante mucho tiempo. Cuando finalmente levantó la cara, su expresión había cambiado. Ya no había la arrogancia del mafioso intocable. Había determinación, pero era una determinación nacida de la humildad.
—Prepara el auto, Jasper —dijo Harrison, poniéndose de pie.
—¿Señor? Los médicos no han firmado el alta. Quieren otros dos días de observación.
—Me voy a casa. Ahora.
—Pero jefe, su herida… su estado…
—Mi cuerpo está bien, Jasper —lo cortó Harrison, caminando hacia el armario donde guardaban su ropa—. Es mi alma la que necesita atención urgente.
Se vistió rápidamente. Camisa blanca, pantalones negros. Pero al verse en el espejo, se sintió como un impostor. El traje caro no podía ocultar lo que era.
—Llama a la mansión —ordenó Harrison mientras se ajustaba el reloj—. Que preparen el estudio. Y quiero que lleves a Rosalía y a las niñas allí en cuanto llegue.
—¿Qué va a hacer, señor? —preguntó Jasper, con un tono de preocupación—. Ellas están aterrorizadas. Si usted…
Harrison se giró en la puerta. Sus ojos azules brillaban, no con la furia fría de antes, sino con un fuego nuevo, doloroso y necesario.
—Voy a hacer lo único que un hombre puede hacer cuando se da cuenta de que ha vivido toda su vida equivocado —dijo Harrison, abriendo la puerta—. Voy a intentar pagar una deuda que no se puede pagar con dinero.
Harrison salió al pasillo del hospital, caminando rápido, no como el rey del hampa que regresa a su trono, sino como un penitente que se dirige hacia su juicio final. Y el juez no sería Dios, ni la ley. Serían dos niñas de seis años con vestidos grises y ojos verdes que veían demasiado.
CAPÍTULO 5: EL MONSTRUO DE RODILLAS
El Mercedes blindado negro cruzó las rejas de hierro forjado de la Mansión Blackwood bajo un cielo gris de plomo. Harrison miraba por la ventanilla tintada, observando los jardines perfectamente cuidados que rodeaban su casa. Antes, esa vista le provocaba orgullo; era la prueba tangible de su poder, de su conquista sobre la pobreza. Ahora, cada arbusto podado y cada estatua de mármol le parecían lápidas en un cementerio gigante.
El coche se detuvo. El chófer abrió la puerta. Harrison bajó, y aunque su cuerpo estaba milagrosamente curado, sentía que caminaba con cadenas en los tobillos.
—Bienvenido a casa, señor —dijo Maggie, el ama de llaves, esperándolo en el pórtico. Su rostro amable mostraba alivio, pero también una sombra de preocupación.
Harrison no respondió con su habitual asentimiento seco. Se detuvo y la miró a los ojos.
—Gracias, Maggie.
La mujer parpadeó, sorprendida. Harrison Blackwood nunca daba las gracias.
Entró en el Gran Vestíbulo. El lugar estaba impecable. No había rastro de la fiesta, ni de su colapso, ni del caos. El suelo brillaba como un espejo. Y Harrison sabía exactamente quién lo había hecho brillar. Rosalía. Sus rodillas debían haber sangrado frotando ese suelo para borrar las huellas de los zapatos de los mafiosos.
—Llévalas a mi estudio —le dijo a Jasper, que lo seguía como una sombra—. Ahora.
Harrison entró en su santuario. El estudio era una habitación imponente, forrada de madera de caoba oscura, llena de libros que rara vez leía y trofeos de caza. Se sirvió un vaso de agua, temblando ligeramente. No de miedo físico, sino de terror moral. Se había enfrentado a asesinos, a jueces corruptos y a rivales sedientos de sangre sin pestañear. Pero enfrentarse a esa mujer y a esas niñas le helaba la sangre.
Diez minutos después, se oyó un golpe suave en la puerta pesada.
—Adelante.
La puerta se abrió. Jasper entró primero, y detrás de él, entraron ellas.
Rosalía Turner caminaba con la cabeza alta, aunque sus hombros estaban tensos. Llevaba el uniforme de sirvienta: un vestido negro desgastado y un delantal blanco que había perdido su blancura original hacía tiempo. Sus manos, entrelazadas con las de sus hijas, estaban rojas, agrietadas y llenas de callosidades.
A sus lados, Zoe y Ruby. Las pequeñas llevaban vestidos grises sencillos, remendados en los codos. Sus rizos castaños estaban atados en coletas idénticas. Al ver a Harrison, no corrieron. No sonrieron. Se pegaron a las piernas de su madre, observándolo con esos ojos verdes enormes que parecían ver más allá de la piel.
Harrison estaba de pie junto a la ventana, a contraluz. Se sentía sucio bajo su traje de tres mil dólares.
—Siéntense, por favor —dijo Harrison. Su voz salió más suave de lo que pretendía. Señaló los sillones de cuero frente a su escritorio.
Rosalía no se movió. Se mantuvo de pie, rígida como una estatua, usando su propio cuerpo como escudo entre él y las niñas.
—Estamos bien de pie —respondió ella. Su tono era frío, cortante. No era la voz de una sirvienta hablando con su amo; era la voz de una enemiga en tregua.
Harrison asintió. No tenía derecho a exigir nada.
Caminó lentamente desde la ventana hasta el centro de la habitación. Jasper hizo ademán de quedarse, pero Harrison le hizo un gesto con la mano.
—Déjanos solos.
—Pero jefe… —Jasper miró a Rosalía con desconfianza.
—Fuera.
La puerta se cerró. El silencio en la habitación era tan denso que se podía cortar con un cuchillo. Harrison miró a las niñas. Se veían tan pequeñas, tan frágiles. ¿Cómo podían caber tanta luz y tanta fuerza en cuerpos tan diminutos?
Harrison hizo algo que nunca había hecho delante de nadie. Se ajustó los pantalones y, lentamente, hincó una rodilla en el suelo. Bajó su altura hasta quedar al nivel de los ojos de las niñas. La sorpresa cruzó el rostro de Rosalía, pero no dijo nada.
—Tengo una pregunta —dijo Harrison, ignorando a la madre por un momento y clavando sus ojos azules en los de las gemelas—. Y necesito que me digan la verdad.
Zoe se escondió un poco más, pero Ruby, siempre la más curiosa, dio medio paso al frente.
—¿Por qué? —preguntó Harrison, con la voz rota—. Maté a su padre. Convertí a su madre en una esclava. Las obligué a vivir en un sótano oscuro durante ocho meses. Les robé su vida.
Harrison tragó saliva, sintiendo que las palabras le quemaban la garganta.
—Tenían todas las razones del mundo para dejarme morir anoche. Nadie las habría culpado. Habrían sido libres. Así que… ¿por qué? ¿Por qué gastaron su energía para salvar a un monstruo como yo?
Zoe permaneció en silencio, mirando sus zapatos gastados. Pero Ruby ladeó la cabeza, como si la respuesta fuera la cosa más obvia del mundo.
—Porque te dolía —dijo la niña. Su voz era clara, como una campana pequeña.
Harrison frunció el ceño, confundido.
—¿Qué?
—Te dolía mucho —repitió Ruby, llevándose una mano a su propia cabeza—. Podía verlo todos los días. La mancha negra en tu cabeza era muy grande y gritaba muy fuerte. Te estaba comiendo.
Ruby dio otro paso, soltándose de la mano de su madre.
—Fingías ser fuerte. Gritabas y dabas miedo. Pero por dentro estabas llorando. Y cuando alguien tiene tanto dolor… no podemos no ayudar. No importa quién sea.
Harrison se quedó petrificado. Sintió como si el aire hubiera salido de la habitación. No lo habían salvado por lealtad. No lo habían salvado por miedo. Lo habían salvado por pura compasión. Una compasión que él no entendía, porque en su mundo, la debilidad se castigaba con la muerte, no se curaba con bondad.
Se puso de pie, sintiéndose mareado. Se giró hacia su escritorio, abrió un cajón y sacó un sobre grueso y un juego de llaves.
—La deuda está cancelada —dijo Harrison, sin atreverse a mirarlas—. A partir de hoy, son libres. Aquí hay cincuenta mil dólares en efectivo y las llaves de un apartamento en el centro que es propiedad de la familia. Es suyo. Pueden irse a donde quieran. Les daré más dinero cada mes. Nunca les faltará nada.
Extendió el sobre hacia Rosalía. Pensó que ella lo tomaría. Pensó que ella lloraría de alivio, agarraría el dinero y correría hacia la puerta.
Pero Rosalía no se movió. Miró el sobre como si fuera basura radiactiva. Y entonces, soltó una risa.
Fue una risa seca, amarga, carente de cualquier alegría.
—¿Crees que eso es suficiente? —preguntó ella. Su voz empezó baja, pero fue subiendo de tono con cada palabra.
Harrison levantó la vista.
—Rosalía, es mucho dinero. Pueden empezar de nuevo…
—¡¿Empezar de nuevo?! —gritó ella, y la presa que contenía su furia finalmente se rompió—. ¿Crees que un sobre con billetes borra ocho meses de infierno? ¿Crees que borra el tener que fregar tus inodoros dieciocho horas al día? ¿Crees que paga el ver a mis hijas pálidas porque no les da el sol?
Rosalía dio un paso hacia él. Sus ojos brillaban con lágrimas de rabia.
—¿Y crees que eso paga la muerte de Daniel? —escupió el nombre de su esposo—. Sí, él apostó. Sí, él se equivocó. Pero era el padre de mis hijas. Se arrodilló ante ti. Te suplicó. Lloró. Y tú le metiste una bala en la cabeza sin siquiera parpadear.
Harrison retrocedió un paso, chocando contra su escritorio. No tenía defensa.
—Lo sé…
—¡No, no lo sabes! —lo interrumpió ella, temblando de furia—. Tú no tuviste que limpiar la sangre. Yo sí. Tuve que frotar la sangre de mi esposo de la alfombra para que no se manchara el piso de madera. Tuve que explicarles a ellas por qué papá ya no iba a volver a casa. Tuve que escuchar sus pesadillas cada noche, gritando porque soñaban con el “hombre malo”.
Las lágrimas corrían libremente por el rostro de Rosalía, pero no las secó.
—No quiero tu dinero sucio. No necesito tu lástima. Y definitivamente no necesito tus disculpas, Harrison Blackwood, porque no existe una disculpa en este mundo lo suficientemente grande para arreglar lo que rompiste.
El silencio volvió a caer, pesado y asfixiante.
Harrison estaba pálido. Cada palabra de ella había sido un golpe más fuerte que cualquier puñetazo que hubiera recibido en su vida. Y lo peor era que ella tenía razón. Toda la razón.
—Tienes derecho a odiarme —dijo Harrison finalmente. Su voz era un susurro ronco—. Tienes derecho a desearme la muerte cada día de tu vida. No te pido perdón. Sé que no lo merezco.
Miró hacia las niñas, que observaban la escena con ojos asustados.
—Pero no pueden quedarse aquí. No es seguro. Y verlas… verlas todos los días me recordará lo que soy. Un monstruo. Tienen que irse. Por su bien.
Harrison bajó la cabeza, derrotado. Esperaba que Rosalía tomara a las niñas y se marchara dando un portazo. Esperaba quedarse solo en su estudio, con su dinero y su culpa.
Pero entonces, sintió un toque.
Algo pequeño y cálido rodeó su pierna. Harrison se tensó, bajando la vista.
Ruby se había separado de su madre. Había cruzado la habitación y ahora estaba abrazada a su pierna, con la mejilla pegada a la tela de su pantalón.
—Me alegro de que estés mejor —dijo la niña, levantando la cara con una sonrisa brillante, a la que le faltaba un diente de leche—. Ya no tienes la araña negra. Ya no te va a doler, ¿verdad?
Harrison sintió que algo se rompía dentro de su pecho. Un crujido audible en su alma.
Zoe, viendo a su hermana, dudó un segundo, pero luego corrió también. Se paró junto a Ruby y puso su pequeña mano sobre la mano grande y callosa de Harrison, que colgaba inerte a su costado.
—Yo también me alegro, señor —dijo Zoe tímidamente.
Harrison se quedó congelado. Era una estatua de hielo que empezaba a derretirse bajo un sol abrasador.
Nadie lo había tocado con cariño en 22 años.
Nadie.
Los toques que conocía eran golpes, apretones de manos de negocios, o sexo frío y transaccional. Pero esto… este calor que irradiaban las niñas, esta inocencia que no juzgaba, que perdonaba sin entender siquiera el concepto de perdón… era demasiado.
Las piernas de Harrison fallaron. Se dejó caer de rodillas de nuevo, no por cortesía, sino porque ya no podía sostenerse.
Las niñas lo rodearon. Ruby pasó sus bracitos por el cuello del mafioso. Zoe apoyó la cabeza en su hombro.
Y Harrison Blackwood, el Rey de Hielo, el hombre que asustaba a los demonios, cerró los ojos y se rompió.
Un sollozo escapó de su garganta. Fue un sonido feo, ahogado, el sonido de una presa que se rompe tras años de contener el agua. Se abrazó a las niñas con desesperación, enterrando la cara en sus hombros pequeños, oliendo a jabón barato y a vainilla. Lloró por su madre. Lloró por Daniel Turner. Lloró por el niño de quince años que había muerto el día que encontró el cadáver de su madre en una caja.
Rosalía observaba desde el centro de la habitación. Su respiración era agitada. Su odio seguía ahí, caliente y vivo. Quería arrancarle a sus hijas de los brazos. Quería gritarle que no tenía derecho a tocarlas.
Pero no se movió.
Veía los hombros de Harrison sacudirse. Veía cómo se aferraba a ellas como un náufrago a una tabla. Y, a su pesar, vio la verdad que Ruby había visto desde el principio. No era un monstruo. Era un hombre roto. Un niño herido que había crecido torcido.
Harrison lloró hasta que no le quedaron lágrimas. Cuando finalmente se separó, sus ojos estaban rojos e hinchados, pero había una claridad en ellos que Rosalía no había visto nunca.
—Lo siento —susurró él, mirando a las niñas y luego a Rosalía—. Lo siento tanto.
Se puso de pie, secándose la cara con la manga, tratando de recuperar un poco de compostura.
—Rosalía —dijo, con voz firme pero humilde—. Entiendo que no quieras mi dinero. Pero no puedes irte a la calle. No tienes nada. No tienes a dónde ir. Y el invierno viene pronto.
Rosalía apretó los labios. Era verdad. Su orgullo le decía que se fuera, pero su instinto de madre le decía que no tenía ni para comprar un cartón de leche.
—¿Qué propones? —preguntó ella con recelo.
—Dame dos semanas —dijo Harrison—. Quédate aquí dos semanas más. Pero no en el sótano. Les daré una habitación de invitados en el segundo piso. La mejor habitación. Con calefacción, con camas de verdad.
—¿Y después?
—Te ayudaré a buscar un trabajo. Un trabajo real, lejos de aquí. Te daré referencias. Y cuando tengas suficiente para alquilar un lugar decente, te irás. Sin deudas. Sin ataduras. Y no te daré el dinero como un regalo, te lo daré como… como indemnización. Es un pago legal.
Rosalía lo estudió. Buscó alguna trampa en sus ojos, algún rastro de engaño. Pero solo vio súplica.
Miró a sus hijas. Ruby sonreía. Zoe parecía tranquila.
Tragóse su orgullo. Por ellas.
—Dos semanas —dijo Rosalía secamente—. Ni un día más. Y yo me encargo de mi propia comida. No quiero nada tuyo.
—Hecho —dijo Harrison rápido, como si temiera que ella cambiara de opinión.
Se giró hacia la puerta y la abrió. Jasper estaba allí, intentando disimular que había estado escuchando.
—Jasper —ordenó Harrison—. Dile a Maggie que prepare la Suite Azul. La que da al jardín.
Jasper abrió los ojos como platos.
—¿La Suite Azul? Señor, esa habitación es para la realeza o socios VIP…
—Es para ellas —lo cortó Harrison—. Que suban todo lo que necesiten. Ropa nueva, sábanas limpias. Y trae libros. Muchos libros para niñas. Ahora.
Jasper asintió y salió corriendo.
Harrison se volvió hacia ellas una última vez.
—Vayan con Maggie. Descansen. Nadie las molestará.
Rosalía tomó las manos de sus hijas. Caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo y miró hacia atrás. Harrison estaba de pie en medio de su inmenso estudio, solo otra vez, pero ya no parecía tan gigante ni tan aterrador. Parecía… humano.
—Gracias por la habitación —dijo ella, ásperamente.
—Gracias por mi vida —respondió él.
Rosalía salió y cerró la puerta. Harrison se quedó mirando la madera oscura, y por primera vez en veintidós años, el silencio de la casa no le pareció una tumba, sino un lugar donde, tal vez, solo tal vez, algo nuevo podría empezar a crecer.
CAPÍTULO 6: LOS FANTASMAS DEL PASADO
Los primeros días en la “Suite Azul” fueron como despertar en otro planeta para Rosalía y sus hijas. Después de ocho meses viviendo en un sótano húmedo de diez metros cuadrados, donde el aire olía a moho y desesperanza, la nueva habitación parecía un palacio sacado de un cuento de hadas.
Era un espacio inmenso en el segundo piso, con ventanales de piso a techo que dejaban entrar una luz dorada y cálida cada mañana. Había dos camas gemelas con doseles de gasa blanca y sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. En una esquina, una mesa de madera clara estaba llena de libros nuevos, cuadernos de dibujo y cajas de crayones de cien colores.
—¡Mamá, mira! —gritó Ruby el primer día, saltando sobre el colchón suave—. ¡Es como una nube! ¡No me duelen los huesos!
Zoe, más reservada, estaba parada frente a la ventana, tocando el cristal con la punta de los dedos.
—El jardín se ve diferente desde aquí arriba —susurró—. Los árboles parecen más pequeños.
Rosalía las observaba desde la puerta, con los brazos cruzados. Quería sentirse feliz por ellas, pero una parte de su mente seguía en alerta roja, esperando la trampa. No deshizo su maleta. Mantuvo su ropa vieja doblada en una silla, lista para huir en cualquier momento.
—No se acostumbren demasiado —les advirtió, aunque su voz carecía de la severidad habitual—. Solo son dos semanas. Luego nos iremos.
Pero Harrison Blackwood tenía otros planes. No planes de retenerlas, sino de reparar lo irreparable.
Al tercer día, una mujer de unos cincuenta años, con gafas de montura gruesa y aspecto de bibliotecaria severa pero amable, se presentó en la puerta.
—Buenos días, señora Turner. Soy Eleanor Quinn. El señor Blackwood me ha contratado como tutora privada.
Rosalía frunció el ceño, bloqueando la entrada.
—No tenemos dinero para pagarle.
—Ya está pagado —respondió la Sra. Quinn con una sonrisa suave—. El contrato es por seis meses, independientemente de dónde vivan. El señor Blackwood insistió en que las niñas necesitan recuperar el tiempo escolar perdido.
Rosalía quiso rechazarlo. Su orgullo le gritaba que cerrara la puerta. Pero entonces vio a Zoe asomarse detrás de sus piernas, mirando los libros de texto que la maestra traía en los brazos con un hambre voraz de conocimiento. Zoe, que había aprendido a leer sola con periódicos viejos encontrados en la basura.
Rosalía suspiró y se apartó.
—Pasen.
Durante las mañanas siguientes, la mansión cambió. El silencio sepulcral de los pasillos fue reemplazado por el sonido de lecciones de geografía y tablas de multiplicar. Rosalía a veces espiaba y veía a Harrison parado en el pasillo, oculto tras una columna, escuchando las voces de las niñas recitando el alfabeto. En su rostro no había la frialdad del mafioso, sino una extraña mezcla de paz y tristeza.
Sin embargo, no todos estaban contentos con el cambio.
Al quinto día, Rosalía caminaba hacia la cocina para buscar un vaso de agua cuando escuchó voces elevadas provenientes de la sala de reuniones del primer piso. La puerta estaba entreabierta. Reconoció la voz grave de Harrison y la voz rasposa y agresiva de Vince, uno de sus tenientes más antiguos y brutales.
—¡Te has ablandado, jefe! —gritaba Vince. Se oía el golpe de un puño contra la mesa—. ¡Es la verdad y alguien tiene que decírtelo! Perdonas deudas, metes a la viuda del traidor en la Suite Azul, contratas maestras… Los muchachos están hablando. Dicen que el derrame te afectó el cerebro. Dicen que Harrison Blackwood ya no es el lobo, sino un perro faldero.
Rosalía se congeló en el pasillo, pegándose a la pared. El corazón le latía con fuerza. Sabía que esto pasaría, pensó. Nos van a echar.
Hubo un silencio tenso antes de que Harrison respondiera. Su voz era baja, fría como el hielo seco, esa voz que hacía temblar las paredes.
—¿Quién dice que he perdonado a alguien, Vince?
—¡Tú! ¡Las estás tratando como princesas!
—No es perdón —cortó Harrison—. Es el pago de una deuda.
Rosalía contuvo el aliento.
—Esas dos niñas salvaron mi vida —continuó Harrison, hablando despacio, silabeando cada palabra—. Podrían haberme dejado morir en mi propio vómito. Tenían todas las razones para hacerlo. Pero no lo hicieron. Me dieron algo que nadie me ha dado en veinte años: una segunda oportunidad.
Se oyó el sonido de una silla arrastrándose, como si Harrison se hubiera levantado.
—En mi mundo, Vince, en nuestro mundo, las deudas se pagan. Si le debiera un millón de dólares a un banco, lo pagaría. Les debo mi vida a esas niñas. Y voy a pagar esa deuda con seguridad, techo y educación. No porque sea blando. Sino porque soy un hombre de palabra.
Harrison hizo una pausa, y su voz bajó una octava más, volviéndose peligrosa.
—Y si alguno de tus “muchachos” piensa que me he ablandado, recuérdales quién ordenó que a Marcus Romano le cortaran dos dedos la semana pasada por robarme. No he cambiado, Vince. Sigo siendo el rey de esta maldita selva. Pero un rey que no paga sus deudas no es un rey, es un estafador. ¿Alguna otra pregunta?
—No, señor —murmuró Vince, sumiso.
—Largo de mi vista.
Rosalía retrocedió silenciosamente hacia las sombras antes de que Vince saliera. Su mente era un torbellino. Harrison no había hablado de cariño, ni de lástima. Había hablado de “deuda”. De honor. Era un lenguaje transaccional, frío, propio del hampa. Pero, extrañamente, eso hizo que Rosalía le creyera más. Si hubiera dicho que lo hacía por bondad, habría pensado que mentía. Pero pagar una deuda… eso era algo que un hombre como él respetaba por encima de todo.
Esa noche, en la cocina, Maggie le sirvió una taza de té caliente. La vieja ama de llaves la miró con sus ojos sabios.
—Lo sientes, ¿verdad? —dijo Maggie—. El cambio.
—No sé de qué hablas —respondió Rosalía, mirando el vapor de su taza.
—Harrison. Ha vuelto.
—Él nunca se fue, Maggie. Sigue siendo el hombre que…
—No —la interrumpió Maggie con firmeza—. Tú conociste al monstruo que se creó para sobrevivir. Yo conocí al niño. Al Harrison de antes de los 15 años. Al que bajaba a la cocina a robar galletas y me contaba chistes malos. Ese niño murió el día que mataron a su madre. O eso creí.
Maggie sonrió, una sonrisa triste y esperanzada.
—Tus hijas lo han desenterrado, Rosalía. No sé cómo, pero lo han traído de vuelta.
El insomnio de esa noche fue brutal. Las palabras de Vince y Maggie daban vueltas en la cabeza de Rosalía. Monstruo. Niño. Deuda. Cambio.
A las dos de la mañana, decidió bajar por un vaso de leche tibia para ver si lograba dormir. La casa estaba en silencio, sumergida en esa quietud pesada de las mansiones antiguas.
Al pasar cerca del estudio de Harrison, vio una franja de luz bajo la puerta. Iba a seguir de largo, pero escuchó voces. No eran voces de discusión esta vez. Eran voces bajas, íntimas, cargadas de un dolor antiguo.
—Tampoco puedes dormir —era la voz de Sterling Blackwood, el padre de Harrison.
—Tú tampoco —respondió Harrison. Sonaba cansado, despojado de toda su armadura.
Rosalía sabía que no debía escuchar, pero sus pies se negaron a moverse. Se quedó allí, en la penumbra del pasillo, convertida en una espía de la intimidad ajena.
—He estado observándote estos días, hijo —dijo Sterling—. Desde esa noche. Desde que esas niñas te tocaron. Has cambiado.
—No he cambiado, papá. Solo… desperté.
—¿Te acuerdas de tu madre? —preguntó Sterling. Su voz se quebró al mencionar a su esposa.
Hubo un silencio largo.
—La recuerdo todos los días —susurró Harrison. Y por primera vez, Rosalía escuchó un temblor en su voz, una grieta en el muro—. Recuerdo el olor a rosas de su perfume. Recuerdo cómo cantaba mientras peinaba su cabello. Recuerdo que ella era la única luz en esta maldita familia de oscuridad.
—Eleanor era una santa —dijo Sterling—. Y yo fallé. No pude protegerla.
—No fue tu culpa.
—Tampoco fue tuya, Harrison. Tenías quince años. Eras un niño. Pero has cargado con esa culpa durante veintidós años como si tú hubieras apretado el gatillo.
Rosalía sintió un escalofrío. Sabía que la madre de Harrison había muerto, pero no conocía los detalles. Maggie siempre cambiaba de tema.
—Todavía veo la caja —dijo Harrison de repente. Su voz sonaba hueca, muerta—. El día que los hombres de Morano la enviaron de vuelta. La caja de madera en el porche. Yo fui el que la abrió, papá. Yo fui el que vio… lo que quedaba de ella.
Rosalía se tapó la boca con ambas manos para ahogar un grito. Las lágrimas saltaron a sus ojos instantáneamente. Una caja. Quince años. La brutalidad de la imagen la golpeó en el estómago.
—Tres días la tuvieron —continuó Harrison, y ahora lloraba. Se notaba en la respiración entrecortada—. La torturaron. La rompieron. Y cuando la vi… me prometí que nunca, jamás, volvería a sentir nada. Porque sentir duele. Porque amar es una debilidad, y en este mundo, si eres débil, te envían a casa en una caja.
—Y te convertiste en hielo —dijo Sterling suavemente—. Te convertiste en lo que más odiabas para que nadie pudiera hacerte daño de nuevo.
—Sí. Y funcionó… hasta ahora.
Harrison suspiró, un sonido profundo y desgarrador.
—Papá, he vivido equivocado veintidós años. Maté al esposo de Rosalía. La esclavicé. Y aun así… esas niñas me salvaron. Cuando pusieron sus manos en mi cabeza, no sentí magia. Sentí… calor. Sentí el mismo calor que sentía cuando mamá me abrazaba.
—¿Qué vas a hacer, hijo?
—No lo sé. Solo sé que ya no puedo ser ese monstruo. Esas niñas de seis años me enseñaron una lección que ningún hombre, ninguna cárcel y ninguna guerra me enseñaron: que incluso los monstruos merecen ser salvados. Que incluso en la oscuridad más profunda, se puede encender una luz.
Rosalía no pudo escuchar más.
Se alejó del estudio, caminando descalza sobre las alfombras persas, con las lágrimas corriendo libremente por sus mejillas. No fue a la cocina. Subió corriendo las escaleras hasta la Suite Azul, entró y cerró la puerta con suavidad.
Se dejó caer al suelo, junto a la cama donde dormían sus hijas. Las miró. Se veían tan pacíficas, tan inocentes.
Luego cerró los ojos y trató de imaginar a Harrison. Pero ya no veía al hombre de traje impecable que disparó a su esposo.
Veía a un niño de quince años.
Veía a un adolescente abriendo una caja en un porche y encontrando el horror absoluto. Veía a un niño cuyo corazón se rompió en tantos pedazos que tuvo que congelarlo para seguir respirando.
El odio que Rosalía había alimentado durante ocho meses, ese odio negro y denso que la había mantenido viva, empezó a disolverse. No desapareció, no. Todavía dolía la muerte de Daniel. Pero ahora, ese odio estaba mezclado con algo nuevo, algo incómodo y doloroso: compasión.
Entendió que Harrison no había nacido malo. El dolor lo había hecho malo.
—Maldita sea —susurró Rosalía en la oscuridad, abrazándose las rodillas—. Maldita sea.
No estaba lista para perdonarlo. Quizás nunca lo estaría del todo. Pero esa noche, en la soledad de su lujosa habitación prestada, Rosalía Turner hizo una promesa silenciosa: dejaría de mirarlo como al verdugo de su vida y empezaría a mirarlo como a un ser humano que, al igual que ella, solo estaba tratando de sobrevivir a sus propios fantasmas.
Y tal vez, solo tal vez, el hombre roto y la mujer herida podrían encontrar una forma de sanar juntos.
CAPÍTULO 7: EL PRECIO DE UN MILAGRO
En el bajo mundo, la información viaja más rápido que la luz y es mucho más peligrosa. Lo que sucedió en el Gran Salón de la Mansión Blackwood no se quedó encerrado entre sus muros de piedra. Salió filtrado en susurros temerosos, en llamadas telefónicas encriptadas y en reuniones clandestinas en los muelles de Boston.
Al principio, nadie lo creía.
—¿Harrison Blackwood curado por dos niñas? —se burlaban los capos de poca monta en los bares de mala muerte—. Seguro estaba fingiendo. Seguro fue un truco de magia para asustar a la competencia.
Pero los testigos eran demasiados. Y eran hombres importantes. Habían visto la espuma en la boca, el color gris de la muerte, y luego… la luz. Habían visto lo imposible. Y así, la historia de las “gemelas milagrosas” se transformó en una leyenda urbana, y luego, en una mercancía valiosa.
En un ático de lujo en el corazón de Nueva York, a trescientos kilómetros de distancia, Blake Morrison escuchaba el informe.
Blake no era como Harrison. Si Harrison era un lobo solitario y territorial, Blake era una hiena: cobarde cuando estaba solo, pero letal en manada y siempre hambriento de lo que otros cazaban.
Estaba sentado en un sofá de cuero blanco, bebiendo whisky de malta, mientras su espía, un hombre con cara de rata que trabajaba en el servicio de catering de los Blackwood, terminaba su relato.
—Te lo juro, Sr. Morrison —decía el espía, sudando—. Las niñas pusieron las manos sobre él. Hubo una luz… dorada, brillante. Y cinco minutos después, el jefe estaba de pie. Los médicos no entendían nada. El tumor, el derrame… todo desapareció.
Blake dejó el vaso sobre la mesa de cristal con un clic suave. Sus ojos grises, fríos y calculadores, brillaron con una codicia que iba mucho más allá de la rivalidad criminal.
—¿Estás diciendo que esas niñas… curan? —preguntó Blake, inclinándose hacia adelante—. ¿Curan cualquier cosa?
—Eso parece. El viejo Sterling dice que son ángeles.
Blake soltó una carcajada seca.
—Ángeles… No, idiota. No son ángeles. Son una mina de oro.
Se levantó y caminó hacia el ventanal que daba a la ciudad iluminada. Su mente, retorcida y avariciosa, ya no pensaba en matar a Harrison. Eso era secundario. Ahora veía un negocio mucho más lucrativo.
—Imaginas cuánto pagarían los millonarios de este mundo por una cura instantánea —murmuró Blake, hablando consigo mismo—. Jeques árabes con cáncer, políticos con corazones podridos, oligarcas rusos… Pagarían cientos de millones por cinco minutos con esas niñas.
Se giró hacia su jefe de seguridad, un ex mercenario llamado Kael.
—Olvida el plan de asesinar a Blackwood. Eso es desperdiciar recursos. Quiero a las niñas.
—¿Un secuestro? —preguntó Kael.
—Una adquisición —corrigió Blake con una sonrisa viperina—. Atacaremos la mansión. Mata a quien tengas que matar, pero las niñas y la madre deben salir ilesas. Si la madre vive, las niñas obedecerán. Si las niñas obedecen, seremos los dueños de la vida y la muerte en este país.
Blake miró su reloj.
—Prepara al equipo de asalto. Quiero entrar en la Mansión Blackwood antes de que Harrison tenga tiempo de fortificarla. Atacaremos en tres días.
Lo que Blake no sabía era que subestimar a Harrison Blackwood era el último error que cometían la mayoría de los hombres.
En la Mansión Blackwood, la tarde caía con una dulzura inusual.
El jardín trasero, antes un lugar de paseos solitarios y sombríos para Harrison, se había convertido en un campo de juegos. El sol de otoño bañaba el césped, y el sonido de risas infantiles rompía la formalidad del paisaje.
Rosalía estaba sentada en un banco de piedra, con un libro en el regazo, pero no leía. Sus ojos seguían a Zoe y Ruby, que jugaban a “la roña” entre los rosales. Llevaban vestidos nuevos, de colores pastel, elegidos por ellas mismas en un catálogo que Harrison les había dado. Sus mejillas estaban sonrosadas, sus ojos brillantes. Ya no parecían los fantasmas pálidos del sótano. Parecían niñas normales.
Por un momento, Rosalía se permitió olvidar. Olvidar la deuda, olvidar la pistola, olvidar la sangre. Se permitió imaginar que esta paz era real y duradera.
Pero la paz en el mundo de la mafia es siempre la calma antes del huracán.
La puerta trasera de la mansión se abrió de golpe.
Jasper salió casi corriendo, con el rostro pálido y el teléfono apretado en la mano. No miró a Rosalía. Cruzó el jardín con pasos largos y urgentes, dirigiéndose directamente hacia el estudio de Harrison, que tenía una puerta francesa con salida al exterior.
El instinto de Rosalía se disparó. Ocho meses de vivir en peligro le habían enseñado a leer las señales. Jasper nunca corría. Si Jasper corría, algo terrible estaba pasando.
—Niñas, quédense aquí —ordenó Rosalía, levantándose—. No se alejen del banco.
—Pero mamá… —empezó Ruby.
—¡He dicho que no se muevan!
Rosalía siguió a Jasper. No entró en el estudio, pero se pegó a la pared exterior, justo al lado de la puerta francesa entreabierta, oculta por una enredadera de hiedra. Su corazón latía con fuerza contra sus costillas.
Desde adentro, escuchó la voz de Jasper, agitada y sin aliento.
—… confirmado, jefe. Mi contacto en la organización de Morrison acaba de llamar. Blake sabe lo de la curación. Sabe lo que hicieron las niñas.
Hubo un silencio breve, seguido por el sonido de algo rompiéndose, probablemente un vaso de cristal siendo aplastado por una mano desnuda.
—Continúa —la voz de Harrison era un gruñido bajo, animal.
—Blake ha cambiado de planes —dijo Jasper—. Ya no quiere matarlo a usted, señor. Quiere secuestrarlas. Dice que son una “mina de oro biológica”. Planea vender sus servicios al mejor postor. Van a atacar la mansión. Tienen un equipo de mercenarios preparándose.
Rosalía se llevó la mano a la boca para ahogar un grito. Sintió que las piernas le fallaban. Iban a llevarse a sus hijas. Iban a convertirlas en ratas de laboratorio, en esclavos de lujo para gente rica y enferma. El terror la paralizó.
Entonces, escuchó algo que la sacó de su parálisis. Un sonido que nunca había escuchado en su vida.
Fue un rugido.
No un grito de ira, sino un rugido de furia pura, visceral y aterradora.
—¡Que lo intente! —gritó Harrison. Se oyó el golpe de un puño contra el escritorio de roble macizo, tan fuerte que la madera crujió—. ¡Que se atreva a poner un solo pie en mi propiedad!
—Jefe, tenemos que ser racionales —intentó calmarlo Jasper—. Blake tiene más hombres. Si atacan con fuerza militar, nuestra seguridad perimetral podría no aguantar. Deberíamos considerar moverlas a un piso franco, esconderlas hasta que…
—¡No! —lo cortó Harrison. Se oyeron sus pasos, caminando de un lado a otro como un león enjaulado—. No voy a esconderlas como si fueran criminales. Esta es su casa. Y nadie, ¿me oyes Jasper?, nadie va a tocarles un pelo.
—Señor, entiendo que son importantes, son la clave de su recuperación, pero…
—¡Cállate! —bramó Harrison.
Rosalía se asomó apenas un milímetro por el borde de la ventana. Vio a Harrison agarrar a Jasper por las solapas del saco, sacudiéndolo con una desesperación salvaje. Su rostro estaba rojo, las venas del cuello marcadas.
—No lo entiendes —dijo Harrison, y su voz se quebró, bajando de un grito a un susurro tembloroso y feroz—. No se trata de mi recuperación. No se trata de que me salvaron la vida.
Soltó a Jasper y se pasó las manos por el pelo, respirando con dificultad.
—Blake cree que son mercancía. Tú crees que son activos valiosos. Pero para mí…
Harrison se giró hacia la ventana, sin saber que Rosalía estaba al otro lado. Sus ojos azules estaban llenos de lágrimas de rabia.
—Zoe y Ruby son lo único puro que he tocado en veintidós años. Son… son mis ángeles. Y prefiero quemar esta ciudad hasta los cimientos, prefiero morir mil veces, antes de dejar que ese bastardo de Morrison las toque. ¿Me entiendes? ¡Si las toca, lo despellejo vivo!
Rosalía se quedó helada.
Había escuchado a Harrison llamarlas “las niñas” o “las hijas de la sirvienta”. Pero ahora, había dicho sus nombres. Zoe y Ruby. Y había dicho que eran suyas. No como posesión, sino como familia.
Esa furia que emanaba de él no era la furia de un jefe mafioso protegiendo su territorio. Era la furia de un padre. Era el instinto primario de un macho alfa protegiendo a sus crías.
Rosalía sintió que las lágrimas le quemaban los ojos. Durante ocho meses, había visto a Harrison como el demonio que le quitó a su esposo. Pero ahora, escuchándolo rugir contra el mundo para proteger a sus hijas, algo se rompió definitivamente dentro de ella.
El odio se disolvió, reemplazado por algo mucho más complejo y peligroso: gratitud. Y tal vez, seguridad.
En un mundo lleno de monstruos como Blake Morrison, que querían usar a sus hijas como baterías humanas, Harrison Blackwood se había convertido en el único monstruo dispuesto a morir para que ellas siguieran siendo niñas.
Rosalía se secó las lágrimas y entró al estudio por la puerta del jardín.
Harrison y Jasper se giraron de golpe. Harrison tenía el rostro desencajado, pero al verla, trató de componerse, de volver a ponerse la máscara de frialdad. Falló. Sus ojos seguían siendo un incendio.
—Lo escuché todo —dijo Rosalía, con voz firme.
Harrison bajó la mirada.
—No quería que te asustaras.
—No estoy asustada —mintió ella. Dio un paso hacia él—. Estoy lista.
Harrison la miró, sorprendido por la fuerza en la pequeña mujer.
—Rosalía, Blake viene con todo. Esto va a ser una guerra.
—Lo sé.
—Podría sacarlas del país —ofreció Harrison—. Tengo un jet privado. Pueden irse a Suiza esta noche. Estarán seguras. Yo me quedaré aquí a pelear con Blake.
Rosalía miró a Harrison. Vio la herida en su alma, vio el miedo real a perderlas. Si se iban, él pelearía solo. Y probablemente moriría, porque su nueva razón para vivir se habría ido.
Y sus hijas… sus hijas adoraban a este hombre roto.
—No vamos a ir a ninguna parte —dijo Rosalía.
—¡Rosalía, por Dios, es peligroso!
—Tú dijiste que esta es nuestra casa —replicó ella, levantando la barbilla—. Y nosotras no abandonamos a la familia cuando las cosas se ponen feas.
La palabra “familia” quedó flotando en el aire. Harrison parpadeó, como si le hubieran dado un golpe físico.
—¿Familia? —susurró.
Rosalía asintió.
—Tú nos protegiste cuando no tenías por qué hacerlo. Nos diste un hogar. Ahora, nosotras nos quedamos.
Harrison la miró durante un largo minuto. Luego, asintió lentamente. La determinación endureció sus facciones, pero esta vez no era hielo, era acero templado por el fuego.
—Está bien —dijo Harrison, girándose hacia Jasper—. Ya la oíste. Se quedan.
Harrison caminó hacia su escritorio y abrió un cajón secreto. Sacó dos pistolas y varios cargadores. Luego, presionó un botón rojo oculto bajo la mesa.
Las alarmas silenciosas de la mansión se desactivaron y se activaron los protocolos de guerra. Las persianas de acero comenzaron a bajar sobre las ventanas.
—Jasper —ordenó Harrison, con la voz de un general en batalla—. Llama a todos los hombres. A los leales. Dobla la guardia perimetral. Quiero francotiradores en el tejado y patrullas con perros en el bosque.
—Sí, jefe.
—Y Jasper… trae las armas pesadas. Si Blake quiere guerra, le daremos el apocalipsis.
Jasper salió corriendo. Harrison se quedó solo con Rosalía.
Se acercó a ella y, con una delicadeza infinita, le puso una mano en el hombro.
—Te prometo —dijo, mirándola a los ojos con una intensidad abrasadora—, que mientras me quede una gota de sangre en el cuerpo, nadie entrará en esta casa.
Rosalía puso su mano sobre la de él.
—Te creo, Harrison.
Afuera, el sol comenzaba a ponerse, tiñendo el cielo de un rojo sangre. La tormenta se acercaba, rápida y violenta. Pero dentro de la mansión fortificada, por primera vez en mucho tiempo, no había miedo. Había unidad. El monstruo, la viuda y las niñas milagrosas estaban listos para enfrentar al diablo mismo.
CAPÍTULO 8: FUEGO, SANGRE Y RENACIMIENTO
Blake Morrison no esperó los tres días que su orgullo había prometido. Era una hiena, y las hienas atacan cuando la presa cree que aún tiene tiempo. Sabía que Harrison había fortificado la mansión, que había doblado la guardia, pero Blake contaba con el elemento sorpresa y con la traición. Uno de los guardias nuevos de la puerta trasera había aceptado un soborno de cincuenta mil dólares para “mirar hacia otro lado” a las 2:00 de la madrugada.
La noche estaba nublada, sin luna, una manta de oscuridad perfecta para la violencia.
Dentro de la Suite Azul, Rosalía no dormía. Estaba sentada en una silla junto a la puerta, vestida con ropa cómoda pero con las botas puestas. En su regazo tenía un atizador de hierro pesado que había sacado de la chimenea.
Zoe y Ruby dormían en la cama grande, abrazadas la una a la otra. Incluso en sueños, sus frentes estaban arrugadas, como si sus antenas emocionales captaran la electricidad estática del peligro que se acercaba.
El reloj de pared marcó las dos.
Un segundo después, el infierno se desató.
No hubo advertencia. No hubo ladridos de perros. Solo una explosión sorda que sacudió los cimientos de la casa, seguida inmediatamente por el sonido agudo de cristales rotos y el tableteo inconfundible de armas automáticas.
—¡Arriba! —gritó Rosalía, soltando el atizador y corriendo hacia la cama—. ¡Niñas, despierten!
Zoe y Ruby se sentaron de golpe, con los ojos muy abiertos.
—Mamá… —empezó Ruby.
—¡Al suelo! ¡Al rincón, rápido! —ordenó Rosalía, empujándolas hacia el espacio estrecho entre el armario macizo y la pared, el punto más seguro de la habitación.
Las luces de la mansión parpadearon y se apagaron. Blake había cortado la electricidad. La habitación quedó sumida en tinieblas, iluminada solo por los destellos de los disparos que venían del jardín.
En el primer piso, Harrison Blackwood se movía como un espectro a través del humo y el caos.
Estaba en la cocina cuando comenzó el ataque. Su instinto lo había salvado de la primera granada aturdidora lanzada por la ventana. Ahora, con una pistola en cada mano y el rostro manchado de hollín, era la encarnación de la muerte.
—¡Están dentro! —gritó Jasper, disparando desde detrás de una columna de mármol en el vestíbulo—. ¡Son demasiados, jefe! ¡Entraron por la puerta de servicio!
—¡Bloquea las escaleras! —rugió Harrison, disparando dos veces al pecho de un mercenario que intentaba cruzar el pasillo—. ¡Que no suban! ¡Nadie sube al segundo piso!
Harrison no sentía miedo por su vida. Había vivido con la muerte al hombro desde los quince años. Sentía un terror frío y absoluto por lo que estaba arriba.
Zoe. Ruby. Rosalía.
Los nombres retumbaban en su cabeza al ritmo de los disparos.
Un mercenario de Blake, vestido con equipo táctico negro y visión nocturna, saltó sobre la barandilla de la escalera. Harrison no dudó. Se lanzó hacia él, placándolo en el aire. Cayeron rodando por los escalones de mármol. El arma de Harrison salió volando.
El mercenario sacó un cuchillo de combate. Harrison bloqueó la estocada con el antebrazo, sintiendo el corte en su piel, pero no gritó. Con un rugido gutural, le dio un cabezazo en la nariz al atacante, rompiendo hueso y cartílago, y luego le rompió el cuello con un movimiento seco y brutal.
Se levantó, jadeando, con la sangre goteando de su brazo izquierdo.
—¡Jasper! —gritó—. ¡Aguanta aquí! ¡Voy por ellas!
En la Suite Azul, el tiempo parecía haberse detenido.
Rosalía estaba agazapada frente a sus hijas, con el atizador de hierro levantado como si fuera la espada de un caballero medieval. Escuchaba los pasos pesados en el pasillo. Pasos que no eran de Harrison. Pasos rápidos, militares.
—Mamá… —susurró Zoe, temblando—. Viene un hombre malo. Tiene dolor en la pierna, pero es muy malo.
—Shh. No hagan ruido.
La perilla de la puerta giró. Estaba cerrada con llave.
—¡Abran! —gritó una voz desconocida desde el otro lado—. ¡Sabemos que están ahí! ¡Morrison solo quiere a las niñas! ¡Abran y nadie saldrá herido!
Rosalía no respondió. Apretó el hierro hasta que le dolieron los dedos.
PUM.
Una patada hizo temblar la puerta.
PUM.
La madera crujió alrededor de la cerradura.
PUM.
La puerta cedió con un estruendo, astillándose.
Un hombre entró. Era enorme, llevaba un pasamontañas y una linterna táctica montada en su fusil. El haz de luz barrió la habitación frenéticamente hasta detenerse en el rincón.
—Aquí están —dijo el hombre por su radio—. Objetivo localizado. Madre y dos paquetes.
El hombre avanzó hacia ellas. Rosalía se puso de pie, interponiéndose en su camino.
—¡Atrás! —gritó ella—. ¡Si las tocas te mato!
El mercenario soltó una risa burlona bajo la máscara.
—Cálmate, señora. No me pagan por matarte, pero si me obligas, te romperé las piernas. Muévete.
El hombre estiró la mano para apartarla. Fue un error.
Rosalía no era una simple sirvienta asustada. Era una madre acorralada. Con un grito de guerra, descargó el atizador de hierro con toda su fuerza sobre el brazo extendido del hombre. Se oyó un crac repugnante.
El mercenario aulló de dolor y soltó el fusil, que cayó al suelo.
—¡Perra! —bramó, agarrándose el brazo roto.
Pero con su brazo bueno, sacó una pistola de su cinturón. La apuntó a la cabeza de Rosalía. Sus ojos, visibles a través del pasamontañas, estaban inyectados en sangre y furia asesina.
—¡Se acabó el juego!
Rosalía cerró los ojos, esperando el disparo. Al menos les di unos segundos, pensó.
—¡NO! —el grito de Ruby fue tan agudo que rompió el aire.
La niña salió de su escondite y señaló al hombre con su dedo pequeño.
—¡Tu hombro! —gritó Ruby—. ¡La herida de tu hombro derecho está sangrando por dentro! ¡La arteria se va a romper!
El mercenario se congeló. Parpadeó, confundido. Efectivamente, tenía una herida de bala mal curada en el hombro derecho de una misión anterior, y le había estado doliendo todo el día. ¿Cómo demonios lo sabía esa niña?
—¿Qué…? —balbuceó, bajando el arma unos centímetros por la sorpresa.
Ese segundo de duda fue todo lo que Harrison necesitó.
Una sombra surgió desde el pasillo oscuro. Harrison Blackwood entró en la habitación como un huracán de violencia. No tenía armas de fuego; las había perdido en la escalera. Pero no las necesitaba.
Se abalanzó sobre el mercenario por la espalda.
El sonido del impacto fue brutal. Harrison estrelló la cabeza del hombre contra el marco de la puerta, una, dos, tres veces, con una furia salvaje. El mercenario cayó al suelo, inconsciente o muerto, ya no importaba.
Harrison se quedó de pie, respirando con dificultad. Su camisa blanca estaba empapada de sangre en el hombro izquierdo, donde una bala lo había rozado al subir. Tenía un corte en la ceja que le cegaba un ojo. Parecía un demonio salido del infierno.
Se giró lentamente hacia el rincón.
Rosalía soltó el atizador, que cayó al suelo con un estrépito metálico.
—¿Están bien? —preguntó Harrison. Su voz era un hilo ronco y desesperado—. ¿Las tocó?
Rosalía negó con la cabeza, incapaz de hablar. Las lágrimas corrían por su cara llena de polvo.
Harrison dio un paso hacia ellas y luego sus rodillas cedieron. Cayó al suelo, agotado, herido, vaciado de adrenalina.
—Gracias a Dios —susurró.
En ese momento, Zoe y Ruby corrieron hacia él. No le tuvieron miedo a la sangre. No le tuvieron miedo a la violencia que acababa de cometer. Se lanzaron a sus brazos, llorando.
—¡Papá Harrison! —sollozó Ruby, abrazando su cuello—. ¡Estás sangrando!
—No es nada —dijo él, abrazándolas con su brazo bueno, cerrando los ojos—. No es nada. Estoy aquí.
Rosalía se unió al abrazo en el suelo. Rodeó con sus brazos los hombros anchos y temblorosos de Harrison, enterrando la cara en su pecho. En medio de la oscuridad, rodeados de enemigos y ruinas, los cuatro formaron un nudo humano indisoluble. Harrison sintió el calor de ellas y supo, con una certeza absoluta, que ya no era un hombre solitario. Tenía algo que perder. Y eso lo hacía invencible.
El amanecer llegó con un silencio pesado.
La batalla había terminado. De los veinte hombres de Blake, doce estaban muertos y el resto capturados. La mansión estaba destrozada: ventanas rotas, agujeros de bala en los frescos del siglo XIX, muebles volcados. Pero la estructura seguía en pie.
En el sótano, atado a una silla de metal, estaba Blake Morrison. Había sido capturado por Jasper cuando intentaba huir en su camioneta al ver que el asalto fracasaba. Blake tenía la nariz rota y el traje desgarrado, pero seguía mirando con arrogancia.
La puerta del sótano se abrió. Harrison entró.
Ya no llevaba la ropa de batalla. Se había puesto un pantalón limpio y una camisa negra, aunque llevaba el brazo izquierdo en cabestrillo. Rosalía no estaba con él; Harrison le había prohibido bajar. Esto no era algo que ella debiera ver.
Blake escupió sangre al suelo.
—Adelante, Harrison —se burló—. Mátame. Hazlo. Sabes que si no lo haces, volveré. Y la próxima vez traeré un ejército.
Harrison lo miró con una calma que aterraba más que cualquier grito. Arrastró una silla y se sentó frente a su enemigo.
—Hace una semana, te habría matado —dijo Harrison—. Te habría desollado vivo y habría enviado tus pedazos a tus socios como advertencia. Eso es lo que hacía el viejo Harrison.
—¿Y qué vas a hacer ahora? —rio Blake—. ¿Darme un abrazo? ¿Curarme con tus niñas mágicas?
La mención de las niñas hizo que la mandíbula de Harrison se tensara, pero mantuvo el control.
—No. Voy a hacer algo peor, Blake. Voy a hacerte irrelevante.
Harrison hizo una señal a Jasper, que estaba en la puerta. Jasper le lanzó un teléfono móvil a Blake.
—¿Qué es esto? —preguntó Blake.
—Es tu sentencia de muerte, pero legal —dijo Harrison—. Ese teléfono contiene todas las grabaciones, libros de contabilidad y pruebas de tu red de trata de personas. Nombres, fechas, cuentas bancarias. Todo lo que mis espías han recopilado durante años.
Blake palideció.
—Tú también estás en esos libros, Harrison. Si entregas eso, te hundes conmigo.
—No —Harrison sonrió, una sonrisa fría y satisfecha—. Porque yo ya no existo en ese mundo.
Se levantó y caminó hacia la salida.
—La policía y el FBI están en camino. Mis abogados ya han negociado mi inmunidad a cambio de entregarte a ti, el pez gordo. Vas a pasar el resto de tu vida en una celda de máxima seguridad, Blake. Sin dinero. Sin poder. Olvidado.
—¡Eres un cobarde! —gritó Blake, tratando de soltarse de las cuerdas—. ¡Eres una rata! ¡Traicionaste el código!
Harrison se detuvo en la puerta y se giró.
—El código es para criminales. Yo soy un padre de familia.
Cerró la puerta, dejando los gritos de Blake ahogados tras el metal.
Esa tarde, en el Gran Salón —ahora iluminado por el sol que entraba a través de las ventanas rotas— Harrison reunió a lo que quedaba de su organización.
Eran unos cuarenta hombres. Estaban cansados, vendados, sucios. Lo miraban con expectación. Vince estaba allí, con el brazo vendado y la mirada baja.
Harrison subió a la tarima donde solía dar órdenes de ejecuciones. Rosalía estaba a su lado, sosteniendo la mano de Zoe y Ruby. No se escondía. Estaba allí como su igual.
—Escúchenme bien —la voz de Harrison resonó en el salón—. Anoche ganamos la batalla. Pero la guerra se acabó.
Un murmullo recorrió la sala.
—Blake Morrison ha sido entregado a las autoridades. Su imperio caerá hoy. Y el Imperio Blackwood… —Harrison hizo una pausa, mirando a sus hombres a los ojos—… el Imperio Blackwood muere hoy también.
—¿Qué quiere decir, jefe? —preguntó uno de los guardias jóvenes.
—Quiero decir que se acabaron las drogas. Se acabaron los préstamos ilegales. Se acabó la sangre. Voy a liquidar todos los activos ilegales. Con ese dinero, crearé una corporación legítima. Bienes raíces, tecnología, hoteles. Negocios limpios.
Harrison miró a Rosalía, y ella le apretó la mano.
—Quien quiera seguirme en este nuevo camino, tendrá trabajo, seguro médico y un sueldo digno. Pero tendrán que trabajar de verdad. Quien quiera seguir viviendo del crimen… ahí está la puerta. Tienen su liquidación y mi promesa de que no los perseguiré. Pero si se quedan, se acabó la vida de gánster.
Hubo un silencio tenso. Vince, el teniente brutal, dio un paso al frente. Todos esperaban que gritara, que se rebelara.
Vince miró a Harrison, luego miró a las niñas. Se tocó el vendaje del brazo.
—Jefe… yo no sé hacer otra cosa que romper piernas —dijo Vince con voz ronca.
—Puedes aprender a construir edificios, Vince —dijo Harrison—. Eres fuerte. Te necesito como capataz de obra.
Vince lo pensó. Luego, asintió lentamente.
—Estoy dentro.
Uno a uno, la mayoría de los hombres asintieron. Jasper sonrió desde la esquina.
Harrison se bajó de la tarima y se arrodilló frente a Zoe y Ruby.
—¿Tienen hambre? —preguntó, ignorando a los cuarenta ex-mafiosos que lo miraban.
—¡Sí! —gritaron las dos—. ¡Queremos pizza!
Harrison rio. Fue una risa limpia, sin sombras.
—Entonces vamos a comer pizza.
Rosalía lo miró. Su uniforme de sirvienta había desaparecido, reemplazado por ropa normal. Su rostro ya no tenía miedo.
—¿Estás seguro de esto? —le preguntó en voz baja—. Va a ser difícil. Dejar todo esto atrás.
Harrison besó su frente, sin importarle quién mirara.
—Rosalía, he vivido en la oscuridad veintidós años. Pero anoche, en el suelo de tu habitación, con ustedes tres… encontré algo por lo que vale la pena vivir a la luz.
Tomó a Ruby en brazos, le dio la mano a Zoe, y con Rosalía a su lado, Harrison Blackwood salió de las ruinas de su mansión hacia el jardín soleado. Atrás quedaban los fantasmas, las armas y el dolor. Adelante, había un camino largo y difícil, pero por primera vez, no tenía que caminarlo solo.
FIN
