LA MESERA QUE DOMÓ A LA BESTIA: EL DÍA QUE EL DIABLO DE POLANCO ENCONTRÓ A SU REINA (Y A SU MEJOR SOLDADO)

CAPÍTULO 1: LA REGLA DE ORO DE MASARYK

Dicen que el perro es el mejor amigo del hombre. Pero cuando ese hombre es Dominic Moretti, el capo más temido que ha pisado el asfalto de la Ciudad de México, y el perro es Titán, un Cane Corso de sesenta kilos de puro músculo y mala intención, la amistad sale sobrando. Se trata de poder.

Y la noche del 14 de noviembre, dentro del exclusivo restaurante Lavo en el corazón de Polanco, ese poder se rompió. Titán no ladró. No avisó. Fue directo a la garganta de un hombre “hecho”. Los guardaespaldas no pudieron pararlo. Las armas no lo asustaron. Pero entonces, una mesera de veintitrés años llamada Clara, que juraba ser de un pueblito de Michoacán y que nunca había sostenido un arma en su vida, hizo algo tan inesperado, tan imposible, que no solo detuvo al perro. Aterrorizó al jefe de la mafia.

Esta es la historia de la chica que le susurró a la bestia y de la guerra que inició por accidente.

Para entender por qué el salón se quedó en un silencio de tumba esa noche, tienes que entender la atmósfera dentro de Lavo. Esto no era un Sanborns ni un Vips. Este era el tipo de lugar donde una botella de vino costaba más que la renta de tu departamento en la Narvarte, y las reservaciones se heredaban como terrenos. Estaba ubicado en Presidente Masaryk, discreto por fuera, pero una fortaleza de hoja de oro y terciopelo por dentro. Era, también, territorio extraoficialmente neutral para las familias. El personal conocía las reglas: ves todo, no dices nada, sirves el vino, desapareces.

Pero el manual de reglas salió volando por la ventana en el momento en que Dominic Moretti entró.

Dominic no era como los viejos Dones del norte con sombrero y botas. Tenía 34 años, afilado como una navaja de rasurar, y construido como un boxeador de peso pesado que aprendió a usar trajes italianos a la medida. Le decían “El Arquitecto” porque no solo mataba a sus enemigos; desmantelaba sus vidas pieza por pieza. Era frío, guapo de una manera que te ponía los nervios de punta. Y nunca iba a ningún lado sin Titán.

Titán era un monstruo, un Cane Corso con un pelaje que parecía obsidiana pulida y ojos que te observaban como un depredador calculando las calorías de tu fémur. En la CDMX, meter un perro a un restaurante con estrella Michelin es ilegal. Pero cuando eres Dominic Moretti, el inspector de salubridad tiende a mirar hacia otro lado, principalmente porque le gusta mantener sus rodillas intactas.

Ese martes específico, la tensión en la cocina era sofocante. El jefe de cocina, un francés volátil llamado Jean-Luc, sudaba a través de su filipina.

—¡Cero errores esta noche! —siseó Jean-Luc, lanzándole un trapo a un garrotero—. Moretti está en la mesa uno, y trajo a la bestia.

Clara Jennings era la única que no parecía a punto de desmayarse. Era nueva, llevaba trabajando en Lavo apenas tres semanas. Era pequeña, con el cabello castaño desordenado atado en un chongo severo, y ojos que siempre mantenía bajos. Era el tipo de persona que olvidabas en el momento en que salía de la habitación. Era invisible. Y en su línea de trabajo, ser invisible era una habilidad de supervivencia.

—¡Clara! —chasqueó el gerente—. La mesa 4 necesita agua. No mires a la mesa uno. No respires cerca de la mesa uno. Si el perro gruñe, retrocede lentamente. No corras.

—Entendido —dijo Clara. Su voz era tranquila. Demasiado tranquila para una chica que ganaba el salario mínimo más propinas en una habitación llena de asesinos.

Al salir al piso, el aire se sentía pesado. El restaurante estaba lleno, pero estaba callado. El tintineo de los cubiertos sonaba como disparos lejanos. En la mesa uno, Dominic Moretti estaba sentado con la espalda hacia la pared. No estaba comiendo. Bebía un espresso doble, sus ojos oscuros escaneando la habitación como un radar. Junto a su silla, Titán estaba sentado como una estatua azteca. El perro no tenía correa. No la necesitaba. Estaba entrenado para matar con una señal de mano.

Sentado frente a Dominic había un hombre llamado Arturo “El Toro” Banks. Banks era un lugarteniente robusto de la familia rival Vanzetti. Era ruidoso, estaba borracho y sudaba como un cerdo.

—Solo digo, Dom —dijo Banks, su voz resonando demasiado en la habitación silenciosa—. Las líneas de territorio se mueven. Vanzetti quiere los muelles de Veracruz. Tú nos das los muelles, nosotros dejamos de joder los envíos que entran por el norte. Es un intercambio.

Dominic no parpadeó. Extendió la mano y acarició distraídamente la cabeza masiva de Titán. El perro se inclinó hacia su mano, un retumbo bajo vibrando en su pecho.

—Banks —dijo Dominic, su voz suave y baja, como grava sobre seda—. Te estás comiendo mis calamares. Te estás bebiendo mi vino de cincuenta mil pesos. No arruines mi digestión pidiendo cosas que no puedes pagar.

Banks se rio, pero fue un sonido nervioso.
—Son solo negocios, Dom. Hasta tu perro sabe eso, ¿verdad? ¿Cómo se llama? ¿Asesino?

Banks cometió el error de chasquearle los dedos al perro.
—Ten, chico. ¿Quieres un hueso?

Las orejas de Titán se pegaron hacia atrás. El retumbo bajo se convirtió en un gruñido que hizo vibrar las tablas del piso.

Clara, sirviendo agua en una mesa cercana, se congeló. Conocía ese sonido. No era solo agresión. Era una advertencia de nivel rojo. Miró de reojo, sus ojos clavándose en el perro. La mayoría de la gente miraba los dientes. Clara miraba la postura, la rigidez en las patas traseras, la forma en que la cola se puso rígida como un garrote.

“Tiene dolor”, pensó. “Ese perro no está enojado. Está herido”.

Pero Arturo Banks estaba demasiado borracho para notarlo. Se inclinó hacia adelante, invadiendo agresivamente el espacio personal de Dominic.
—No me ignores, Moretti. Vanzetti no está preguntando.

La atmósfera se rompió.

CAPÍTULO 2: EL SUSURRO

Sucedió en un borrón. Un segundo, Banks estaba inclinado sobre la mesa, su dedo apuntando hacia el pecho de Dominic. Al segundo siguiente, hubo un rugido que no sonó como si viniera de un animal. Sonó como un choque automovilístico.

Titán se lanzó. No fue por el brazo ni por la pierna. Fue directo a la garganta de Banks.

La mesa se volcó. Copas de cristal importado estallaron, enviando vino tinto volando como un spray de sangre. Banks gritó. Un sonido agudo y aterrorizado que se cortó en seco cuando sesenta kilos de músculo lo estrellaron contra el asiento del banquete.

—¡Titán! ¡Basta! —gritó Dominic, poniéndose de pie.

Usualmente, una palabra de Dominic era suficiente para detener un corazón, y mucho más a un perro. Pero Titán no estaba escuchando. El perro estaba en un frenesí, sacudiéndose, sus mandíbulas cerradas sobre el cuello grueso de la chamarra de cuero de Banks, fallando la yugular por una pulgada solo porque Banks había levantado el brazo en pánico.

—¡Quítamelo! ¡Dispara! ¡Dispara al maldito perro! —chillaba Banks, pataleando.

Los dos guardaespaldas de Dominic desenfundaron sus armas, pero dudaron. No podían disparar al perro sin arriesgarse a darle a Banks o rebotar una bala hacia el restaurante lleno. Además, sabían que Titán era el orgullo y alegría de Dominic. Matar a ese perro era una sentencia de muerte para ellos también.

—¡Titán, down! —rugió Dominic, entrando a la pelea.

Agarró el grueso collar de cuero del perro, sus nudillos poniéndose blancos. Tiró con toda su fuerza, sus bíceps tensándose contra la tela de su traje italiano. Era como intentar retener una locomotora. El perro estaba poseído. Los ojos de Titán estaban en blanco. Se sacudía, lanzando mordidas al aire, a Banks, y ahora a Dominic.

Titán giró la cabeza y se lanzó contra su amo. Dominic apenas esquivó, los dientes rasgando la manga de su traje de 5,000 dólares.

El restaurante estalló en caos. Los clientes gritaban, trepando sobre las mesas para llegar a la salida. Jean-Luc chillaba en francés desde la puerta de la cocina.

—¡Tiene rabia! —gritó uno de los guardaespaldas, apuntando su Glock—. ¡Jefe, muévase! Tengo que dormirlo.

—¡No te atrevas! —gruñó Dominic, protegiendo al perro con su propio cuerpo.

Incluso mientras Titán le gruñía, Dominic sabía que algo estaba mal. Titán estaba entrenado. Era disciplinado. Esto no era desobediencia. Esto era locura. Pero el perro se estaba preparando para otro ataque. Esta vez a la cara de Dominic.

El guardaespaldas quitó el seguro. No tenía opción.
—¡Voy a disparar!

La habitación pareció congelarse. Dominic miró a los ojos de su propio perro, no viendo reconocimiento, solo rabia ciega. Se preparó para el disparo.

Y fue entonces cuando la mesera intervino.

No corrió. Caminó. Caminó directo hacia la zona de muerte, moviéndose con una gracia fluida y silenciosa que estaba completamente fuera de lugar en el caos. No tenía nada en las manos. Ni una silla, ni un cuchillo, ni gas pimienta.

—¡Oye! —le gritó el guardaespaldas—. ¡Atrás, estúpida!

Clara ni siquiera lo miró. Caminó directo hacia la bestia que se sacudía y gruñía. Ella medía 1.63. El perro, parado sobre sus patas traseras, era más alto que ella. No gritó. No levantó las manos. Se dejó caer de rodillas. Justo ahí, en medio de los cristales rotos y el vino derramado, a menos de treinta centímetros de las mandíbulas de un asesino, Clara Jennings se arrodilló en el piso.

Dominic la miró, atónito.
—¿Qué diablos haces? ¡Lárgate!

Clara ignoró al hombre más peligroso de México. Miró directo a Titán. El perro jadeaba, espuma goteando de sus fauces, listo para despedazarla. Ella hizo un sonido. No fue una orden. No fue sit o stay. Fue un chasquido gutural agudo seguido de un silbido melódico de tono alto que bajó de tono al final.

Clac-clac… fiuuuuuu.

El efecto fue instantáneo.

Titán se congeló a medio gruñido. Sus orejas giraron hacia adelante. La locura en sus ojos pareció aclararse por una fracción de segundo, reemplazada por confusión. Inclinó la cabeza, mirando hacia abajo a la pequeña mujer en uniforme de mesera.

Clara no parpadeó. Extendió lentamente su mano, no con la palma abierta, sino en un puño cerrado, nudillos hacia afuera.
Check —susurró.

Todo el restaurante contuvo el aliento. El dedo del guardaespaldas temblaba en el gatillo. Dominic estaba congelado, su mano aún agarrando el aire donde había estado el collar.

Titán olió su mano. Dio un paso adelante, el gruñido muriendo en su garganta. Olió de nuevo, más profundo esta vez. Entonces, la bestia gigante dejó escapar un largo gemido estremecedor. Sus patas fallaron. Se colapsó en el piso frente a ella, descansando su masiva cabeza en la rodilla de Clara.

Clara extendió la mano y lo rascó detrás de la oreja izquierda. Un punto muy específico, justo donde la mandíbula se encuentra con el cráneo.

—Lo sé —murmuró ella, su voz suave pero audible en el silencio muerto—. Lo sé, quema. Eres un buen chico.

Ella levantó la vista. Por primera vez, Dominic Moretti vio sus ojos. No eran los ojos de una mesera aterrorizada. Eran fríos, calculadores, y ardían con una intensidad azul que igualaba la suya.

—Su perro no tiene rabia, Señor Moretti —dijo ella, su voz firme—. Ha sido envenenado. Y si no lo lleva a un veterinario en los próximos 20 minutos, va a morir.

Luego miró a Arturo Banks, quien estaba sangrando en el piso.
—Y él —señaló al narco rival—, es el que huele al veneno.

CAPÍTULO 3: LA EVIDENCIA EN EL DIENTE DE LA BESTIA

El silencio que siguió a la acusación de Clara pesaba más que el concreto. Era un silencio denso, pegajoso, del tipo que precede a una ejecución. Dominic Moretti miró al perro, que ahora gimoteaba como un cachorro asustado en el regazo de esa desconocida, luego miró a la chica, y finalmente posó sus ojos oscuros sobre Arturo Banks.

La mesera acababa de salvarle la vida. Había salvado a su perro. Y, sin que le temblara la voz, acababa de acusar a un subjefe de la mafia rival de un intento de asesinato biológico en pleno corazón de Polanco. Todo esto sin siquiera sudar una gota.

Dominic se alisó la solapa de su saco, un movimiento mecánico, casi elegante, mientras sus ojos no se despegaban del rostro de Clara. Había algo en ella que no encajaba. La postura de sus hombros, la forma en que sus manos controlaban la cabeza del animal; esa no era la técnica de alguien que aprendió viendo videos en YouTube.

—Cierren las puertas —ordenó Dominic a sus hombres. Su voz fue baja, pero resonó con la autoridad de un martillo golpeando una mesa—. Nadie entra. Nadie sale.

El sonido de los cerrojos de acero deslizándose en las puertas principales de Lavo fue definitivo. Las persianas se bajaron. El gerente, temblando como una hoja, ya había conducido a los pocos comensales restantes hacia la bodega de vinos trasera, dejando el piso principal del comedor ocupado solo por Dominic, tres de sus escoltas armados, el gemebundo Arturo Banks sangrando sobre la alfombra persa, y Clara.

Clara no levantó la vista hacia los hombres con armas largas que ahora aseguraban el perímetro. Su mundo se había reducido a un radio de un metro: ella y el perro. Tenía la cabeza masiva de Titán en su regazo, sus manos moviéndose expertamente sobre el cuello y el pecho del animal, buscando puntos de presión, verificando el ritmo cardíaco y el color de las encías.

—Su ritmo cardíaco es errático, taquicardia ventricular —dijo Clara, su voz clínica, completamente desprovista de emoción, como si estuviera dictando un informe médico y no en medio de una escena del crimen—. Las pupilas están dilatadas al máximo, casi no hay iris visible. Y miren la salivación.

Levantó la cabeza de Titán ligeramente para mostrarle a Dominic. Hilos espesos de baba blanca caían de las fauces del perro, mezclándose con la sangre de la mordida que le había dado a Banks.

—No es solo espuma por rabia o agresión —explicó ella, limpiando un poco el hocico del animal con la esquina de su delantal manchado—. Es una viscosidad excesiva causada por la parálisis de los músculos de la garganta. Está intentando tragar, pero no puede.

Clara levantó la vista y clavó sus ojos azules en Dominic.
—¿Tiene una navaja?

Dominic entrecerró los ojos, sorprendido por la petición.
—Disculpa, ¿qué? ¿Una navaja?

—No tengo tiempo para explicarle la farmacocinética del veneno, señor Moretti —dijo ella con impaciencia, chasqueando los dedos hacia él—. Necesito raspar una muestra del residuo de sus dientes antes de que la saliva lo disuelva por completo. Si no lo hago, el veterinario no sabrá qué antídoto usar y su perro morirá en una agonía espantosa por fallo respiratorio. ¿Quiere eso?

Dominic sintió una punzada de algo que no había sentido en años: respeto reacio. No dudó más. Metió la mano en el bolsillo interior de su saco y sacó una navaja automática personalizada, una pieza de colección con hoja de acero de Damasco y mango de nácar. Presionó el botón, la hoja salió con un clic letal, y se la entregó a ella, sujetándola por la hoja para ofrecerle el mango.

Clara tomó el arma. No titubeó. No hubo ese temblor torpe que tiene la gente común cuando sostiene un instrumento diseñado para matar.

—Buen chico, Titán. Quiet —susurró.

Con una mano, forzó suavemente las mandíbulas masivas de Titán para abrirlas. El perro, drogado y confundido, intentó resistirse débilmente, pero la mano de Clara era firme. Con la otra mano, introdujo la hoja de acero afilada en la boca de la bestia, raspando con cuidado el esmalte de los molares traseros.

El sonido del metal contra el hueso hizo que a uno de los guardaespaldas se le erizaran los pelos de la nuca.

Clara retiró la navaja y limpió el residuo blanquecino y pastoso sobre una servilleta de tela blanca que había tomado de la mesa. Acercó la servilleta a su nariz e inhaló profundamente, cerrando los ojos para analizar el aroma.

—Almendras amargas… y algo metálico —murmuró para sí misma. Abrió los ojos y se puso de pie, caminando directamente hacia Arturo Banks.

Banks se aferraba a su hombro destrozado, su rostro pálido brillando con sudor frío. La sangre se filtraba entre sus dedos, manchando su camisa de diseñador. Al ver a Clara acercarse con la navaja todavía en la mano, intentó arrastrarse hacia atrás, chocando contra las patas de una mesa volteada.

—¡Quiten a esa loca de aquí! —escupió Banks, lanzando una mirada de pánico a Dominic—. ¡Dom, por el amor de Dios! ¡La perra está loca! ¡El animal se volvió rabioso, eso es todo! ¡Casi me mata!

Clara no se detuvo hasta que estuvo parada sobre él. Se arrodilló a su lado, invadiendo su espacio personal sin miedo. Se inclinó cerca, oliendo el cuello de su chamarra de cuero, ignorando el olor a sangre y miedo que emanaba del hombre.

—Se te cayó —dijo ella suavemente.

Banks parpadeó, confundido por el cambio de tono.
—¿Qué? ¿De qué hablas?

—El premio —dijo Clara, su voz endureciéndose—. Tenías algo en tu bolsillo. Hígado seco tal vez, o pulmón deshidratado. A los perros les encanta. Pero lo espolvoreaste, ¿verdad?

—Estás alucinando, niña estúpida —tartamudeó Banks, buscando la mirada de Dominic—. Dom, no vas a escuchar a la mesera, ¿verdad? Está cubriendo al chucho. Seguro ella le dio algo.

Clara se giró hacia Dominic, ignorando las súplicas del hombre en el suelo.
—Señor Moretti, huela su bolsillo. El izquierdo de la chamarra.

—¿Qué se supone que busco? —preguntó Dominic, dando un paso adelante.

—Acónito. También conocido como Matalobos —explicó Clara, levantando la servilleta con la muestra—. Es un truco viejo, medieval casi, pero efectivo si eres descuidado. El acónito puro es inodoro para los humanos, pero para que se adhiera a un premio seco, necesitan mezclarlo con un agente aglutinante, generalmente agua con azúcar o jarabe. Eso le da un olor dulce, casi imperceptible, pero está ahí.

Clara señaló a Titán, que respiraba con dificultad en el suelo.
—Titán olió el premio, no el veneno. Pero una vez que la toxina tocó sus membranas mucosas, causó una quemadura química inmediata y alucinaciones violentas. Por eso atacó. No estaba siendo agresivo por naturaleza, señor Moretti. Estaba luchando contra un atacante invisible. Sentía que se quemaba por dentro.

Dominic se quedó mirando a Banks. La temperatura en la habitación pareció descender diez grados. La mirada de “El Arquitecto” cambió. Ya no era de curiosidad; era la mirada de un juez dictando sentencia.

Caminó hacia el mafioso rival. Banks intentó retroceder más, pero Dominic pisó su hombro ileso con la suela de su zapato italiano, clavándolo contra el suelo de madera.

—Dom, espera… somos familia, Dom… —gimió Banks.

Dominic se inclinó. Acercó su rostro al bolsillo izquierdo de la chamarra de cuero de Banks e inhaló. Se enderezó lentamente, su expresión ilegible.

—Almendras —susurró Dominic.

Miró a su jefe de seguridad, una torre de músculos llamado Luca.
—Revísalo.

Luca no fue delicado. Agarró a Banks por las solapas y, con un tirón violento, le arrancó la chamarra, haciendo que Banks gritara de dolor al mover su brazo herido. Luca metió sus manos grandes en el forro interior del bolsillo izquierdo.

Segundos después, sacó la evidencia: unas cuantas migajas de lo que parecía carne seca de alta calidad y, pegado a las costuras, fragmentos de un vial de vidrio triturado.

—Se rompió cuando Titán lo embistió contra la banqueta —observó Clara fríamente—. Tuvo suerte de que el vidrio no le cortara la femoral, aunque tal vez hubiera sido más piadoso.

Dominic tomó los fragmentos del vial con un pañuelo. Los miró a la luz de los candelabros.

—Era un plan de acción lenta, ¿no es así, Arturo? —dijo Dominic, su voz terriblemente calmada—. Le das el premio disimuladamente. El perro se lo come. Se enferma horas después. Muere en mi casa, en su cama. Parece un fallo cardíaco o una torsión estomacal.

Dominic negó con la cabeza, una sonrisa triste y cruel formándose en sus labios.
—Pero eres un idiota, Banks. Usaste demasiado. Querías asegurarte tanto de que muriera que saturaste la dosis. Golpeó su sistema instantáneamente.

—¡Dom, por favor! —Banks estaba sollozando ahora, el “hombre duro” de la familia Vanzetti reducido a un desastre lloroso—. ¡Vanzetti me obligó! Me dijo: “Si no sacas al perro del juego, sacamos a tu hermana”. ¡Tengo sobrinas, Dom! ¡Sabes que sin el perro eres vulnerable! ¡Todos lo saben!

Dominic le dio la espalda. Para él, Arturo Banks ya estaba muerto.
—Luca, lleva al señor Banks al sótano. Que “disfrute” de la hospitalidad de la casa antes de que… se vaya. Y llama al equipo de limpieza para el restaurante. Págale al dueño el triple por los daños y por su silencio.

—¡No! ¡Dom! ¡Espera! —Los gritos de Banks fueron ahogados cuando Luca le cubrió la boca con una mano enorme y lo arrastró hacia la cocina, dejando un rastro de sangre que Clara observó con desapego.

Dominic se sacudió las manos como si acabara de tocar algo sucio y volvió su atención a Clara. Ella había regresado con Titán, susurrándole al perro, manteniéndolo tranquilo mientras el veneno continuaba su curso. Dominic nunca había visto a Titán someterse a nadie que no fuera él mismo. Era inquietante. Era impresionante.

—Tú —dijo Dominic.

Clara se puso de pie, limpiándose las manos en su delantal. Parecía cansada ahora, la adrenalina comenzaba a desvanecerse, dejando paso al agotamiento.
—Necesita un veterinario, señor Moretti. Ya. Puedo intentar inducir el vómito con agua oxigenada y sal si tienen en la cocina para sacar el resto, pero necesita fluidos intravenosos y atropina inmediatamente.

—Vienes con nosotros —dijo Dominic. No fue una pregunta. No fue una invitación. Fue una orden.

Clara parpadeó, dando un paso atrás.
—Tengo que terminar mi turno —dijo, sabiendo lo ridículo que sonaba incluso mientras las palabras salían de su boca.

Dominic soltó una carcajada corta, sin humor.
—¿Tu turno? —Se acercó a ella, invadiendo su espacio de nuevo—. Tu turno terminó hace veinte minutos. De hecho, tu vida como mesera terminó hace veinte minutos. ¿Crees que Vanzetti te va a dejar vivir después de que acabas de exponer a su sicario y arruinar su plan maestro? Eres un testigo, Clara. Y peor aún, eres el factor que los humilló.

Señaló la puerta trasera donde sus hombres ya estaban preparando la salida.
—Vienes conmigo.

—Necesito ir a mi casa. Mi gato necesita comida —insistió Clara, aferrándose a la normalidad como un salvavidas.

—Luca alimentará a tu gato —dijo Dominic con desdén—. ¿Quién eres, Clara? Y no me digas que eres mesera.

—Soy mesera —dijo Clara, manteniendo su voz neutral.

—He conocido muchas meseras —replicó Dominic, sus ojos escaneándola de arriba abajo, buscando el arma oculta, la cicatriz, la señal—. Tiran la sopa. Se quejan de las propinas. No diagnostican envenenamiento por neurotoxinas en treinta segundos. No miran a un perro de guerra de sesenta kilos a los ojos sin pestañear. Y ciertamente, no saben el tono exacto para silbar y romper un ciclo de presa en un animal entrenado para matar.

Clara permaneció en silencio. Estaba trazando la cicatriz en la oreja de Titán con su pulgar, evitando la mirada inquisidora de Dominic.

—¿Dónde aprendiste ese silbido? —presionó Dominic, dando otro paso hacia ella. Podía oler su perfume barato mezclado con el olor metálico de la sangre de Titán—. Ese no es un truco de Petco. Eso fue un recall táctico. Policía Militar. K9.

Clara lo miró, sus ojos finalmente mostrando una chispa de defensa.
—Mi padre criaba perros de caza en Michoacán.

—Michoacán —repitió Dominic, probando la palabra como si fuera un vino barato—. Mis hombres van a investigar eso. Pero si reviso Michoacán, Clara, ¿voy a encontrar a una Clara Jennings? ¿O voy a encontrar un fantasma?

El corazón de Clara martilleaba contra sus costillas, pero mantuvo su rostro de piedra. Era astuto. Demasiado astuto. Había pasado tres años construyendo la identidad de Clara Jennings. Era delgada como el papel, pero había resistido hasta esta noche.

“Estúpida”, se regañó a sí misma. “Debiste dejar que el perro lo mordiera. Debiste correr cuando cayeron las copas”.

Pero no podía. No estaba en su naturaleza dejar sufrir a un animal. Esa era su debilidad, la única cosa que su antiguo instructor había intentado sacarle a golpes sin éxito.

—El perro se está debilitando —dijo Clara, cambiando de tema bruscamente—. Si no nos vamos ahora, no llegará al amanecer.

Dominic asintió, aceptando el cambio de tema por el momento, pero sus ojos prometían que la conversación no había terminado.
—Tráelo. Parece que le gustas más que yo en este momento.

La salida fue un operativo militar. Los hombres de Dominic formaron un diamante alrededor de ellos. Clara tuvo que ayudar a Titán a levantarse. El enorme animal se apoyó pesadamente contra su cadera, confiando en ella ciegamente. Juntos, la extraña pareja y el séquito de hombres armados salieron por la puerta trasera hacia el callejón donde tres camionetas blindadas negras esperaban con los motores en marcha.

—Suban al segundo vehículo —ordenó Dominic.

Clara ayudó a subir a Titán al suelo de la camioneta. El perro gimió al acomodarse. Clara se sentó en el asiento de cuero frente a Dominic, quien ya estaba sirviéndose un vaso de whisky de un decantador de cristal incrustado en la consola.

El motor rugió y el convoy arrancó, perdiéndose en las luces de la Ciudad de México, alejándose del restaurante, pero adentrándose en una oscuridad mucho más profunda. Clara miró por la ventana polarizada. Su reflejo la miraba de vuelta: una chica con un delantal sucio y las manos manchadas de sangre, sentada frente al diablo, sabiendo que acababa de vender su alma por la vida de un perro.

Y lo peor de todo, pensó mientras acariciaba la cabeza de Titán, es que lo volvería a hacer.

CAPÍTULO 4: LA JAULA DE ORO

El trayecto hacia la clínica veterinaria fue un borrón de luces de la ciudad y tensión silenciosa. La caravana de Dominic Moretti, compuesta por tres SUVs blindadas negras, cortaba el tráfico de la Ciudad de México como un cuchillo caliente en mantequilla. Las sirenas de la policía se escuchaban a lo lejos, dirigiéndose hacia el restaurante Lavo, pero para cuando llegaran, Moretti y su extraña comitiva ya serían fantasmas.

Dentro de la camioneta central, el aire estaba cargado de un olor complejo: cuero caro, el aroma ahumado del whisky de malta y el olor metálico y ácido de la enfermedad del perro.

Clara iba sentada en el suelo, ignorando los asientos de piel italiana. Sus botas baratas de suela de goma estaban plantadas firmemente sobre la alfombra, y la cabeza de Titán descansaba pesadamente sobre sus piernas cruzadas. El animal respiraba con dificultad, cada inhalación era un sonido rasposo, como si sus pulmones estuvieran llenos de vidrio molido.

Dominic estaba sentado en el asiento frente a ella, observando cada movimiento. No la miraba con lujuria, ni siquiera con gratitud. La miraba como un científico mira a un espécimen nuevo y peligroso que acaba de descubrir en su laboratorio.

Se inclinó hacia adelante y sirvió un poco de líquido ámbar en un vaso de cristal pesado. El tintineo del cristal fue el único sonido en la cabina hermética.

—Toma —dijo Dominic, extendiéndole el vaso—. Te ves pálida. Ayudará con los nervios.

Clara ni siquiera levantó la vista. Su mano estaba sobre el pecho de Titán, monitoreando las vibraciones de su corazón.
—No bebo en el trabajo.

Dominic soltó una risa seca, recostándose en su asiento y dando un sorbo a su propia bebida.
—No tienes trabajo, Clara. Acabo de comprar el restaurante donde trabajabas hace media hora, solo para asegurarme de que el dueño cierre la boca. Técnicamente, estás desempleada.

—Entonces no bebo con extraños que tienen armas —corrigió Clara, su voz tensa pero controlada.

—Soy la persona más segura con la que podrías estar en esta ciudad ahora mismo —replicó Dominic.

Clara levantó la vista finalmente. Sus ojos azules chocaron con los oscuros de él.
—Dígale eso al hombre que acaba de ser arrastrado al sótano de su restaurante.

Dominic sostuvo su mirada.
—Ese hombre intentó matar a mi perro. Y de paso, insultó mi inteligencia. La crueldad es una herramienta, Clara, no un pasatiempo. Hay una diferencia.

El vehículo dio un giro brusco, saliendo de la zona elegante y adentrándose en las calles industriales de la zona de Vallejo. Los edificios de cristal y las boutiques de lujo fueron reemplazados por bodegas de concreto, cercas de alambre de púas y calles mal iluminadas donde los camiones de carga dormían como bestias mecánicas.

—Se está poniendo más caliente —murmuró Clara, ignorando la filosofía moral de Dominic. Puso el dorso de su mano en la nariz de Titán—. La fiebre está subiendo. La toxina está afectando el hipotálamo. ¿Cuánto falta?

—Dos minutos —dijo el conductor, un hombre calvo con cicatrices en el cuello, mirando por el retrovisor.

—Manténlo despierto —ordenó Clara. Acarició vigorosamente las orejas del perro—. Titán, mírame. ¡Oye! No te duermas, grandulón. Quédate conmigo.

El perro abrió un ojo perezosamente y soltó un gemido bajo. Dominic sintió una opresión extraña en el pecho al ver a su animal, usualmente invencible, reducido a esto.

La camioneta frenó frente a una bodega anónima. El letrero oxidado rezaba “Refacciones y Autopartes Vallejo”. Pero cuando las puertas automáticas del garaje se abrieron, no revelaron pilas de neumáticos ni motores viejos. Revelaron un piso de epoxi blanco inmaculado, luces LED de grado quirúrgico y un equipo médico esperando en formación.

Este era el hospital privado de la organización. Un lugar donde se extraían balas sin reportes policiales y, ocasionalmente, donde se salvaba la vida de los activos más valiosos de la familia, humanos o animales.

La camioneta apenas se detuvo cuando las puertas traseras se abrieron.
—¡Traigan la camilla! —gritó Dominic, saltando del vehículo.

Dos hombres con batas blancas corrieron hacia ellos. Entre Clara y Dominic, cargaron el peso muerto de Titán hacia la camilla de acero inoxidable.

—Ritmo cardíaco de 160 —ladró Clara mientras corrían junto a la camilla hacia el quirófano—. Pupilas no reactivas. Sospecha de intoxicación aguda por acónito. Necesita lavado gástrico inmediato y carbón activado, seguido de una dosis alta de atropina para contrarrestar la bradicardia si el ritmo cae de golpe. Y preparen lidocaína por si entra en arritmia ventricular.

El veterinario principal, un hombre mayor con gafas gruesas, miró a Dominic confundido mientras empujaban la camilla a través de las puertas dobles.
—Señor Moretti, ¿quién es ella? ¿Es doctora?

—Haz lo que ella dice —ordenó Dominic sin detenerse.

Llegaron a la sala de trauma. Las luces eran cegadoras.
—¡Conéctenlo al monitor! —gritó el veterinario.

Clara intentó entrar con ellos, sus manos instintivamente buscando ayudar a sujetar al perro, pero una mano de hierro se cerró alrededor de su brazo.

Dominic la detuvo en el umbral.
—Déjalos trabajar, Clara. Has hecho suficiente.

—No saben cómo manejarlo —dijo Clara, intentando soltarse, su voz perdiendo la calma por primera vez—. Cuando despierte, estará desorientado. Si entra en pánico en esa mesa, morderá a alguien y lo sedarán demasiado. Si lo sedan demasiado con la toxina en su sistema, su corazón se detendrá. ¡Suélteme!

—Son los mejores cirujanos que el dinero sucio puede pagar —dijo Dominic, jalándola suavemente pero con firmeza hacia atrás, hacia la galería de observación—. Míralos. Saben lo que hacen. Tú estás temblando.

Clara se detuvo. Miró sus propias manos. Dominic tenía razón. Estaban temblando incontrolablemente. La adrenalina estaba bajando, y el choque de realidad la estaba golpeando. Se dejó guiar hacia el cristal de observación.

Desde allí, vieron cómo el equipo médico intubaba a Titán. El pitido rítmico del monitor cardíaco llenó el silencio entre ellos. Bip… bip… bip… Era rápido, demasiado rápido, pero constante.

Clara se abrazó a sí misma, manchando sus brazos desnudos con la sangre seca de Banks que tenía en el uniforme.
—Es un buen perro —dijo suavemente, su frente apoyada contra el cristal frío—. Lo entrenaste para protección personal, ¿verdad? IPO, Schutzhund… tal vez algo de Mondioring.

Dominic la miró de perfil. La luz azulada de la sala de operaciones iluminaba sus facciones afiladas, la curva de su nariz, la tensión en su mandíbula.
—Lo compré en Italia. Línea de sangre directa de los antiguos perros romanos de guerra. Lo entrenaron los mejores.

—Lo entrenaron para ser un arma, no un compañero —corrigió Clara sin mirarlo—. Por eso colapsó tan rápido mentalmente en el restaurante. Lo has aislado.

Dominic frunció el ceño, ofendido.
—Vive mejor que el 90% de la población de este país. Come carne importada. Duerme en mi habitación.

—No hablo de lujos, Moretti. Hablo de estructura mental —Clara se giró para enfrentarlo. Sus ojos brillaban con una intensidad que hizo que Dominic diera un paso mental hacia atrás—. Un perro que trabaja por miedo al castigo o por pura agresión es una bomba de tiempo. Un perro que trabaja por lealtad es un escudo. Titán te respeta, sí. Pero te tiene miedo. Esa vacilación cuando te atacó… no fue solo la droga. Fue confusión. No sabía quién era el enemigo porque vive estresado. No tiene una manada. Solo tiene un amo. Hay una diferencia.

Dominic se quedó en silencio un momento, procesando las palabras. Nadie le hablaba así. Nadie le daba lecciones sobre su propiedad. Pero lo que era más irritante es que ella tenía razón.

—Tienes una lengua muy afilada para ser alguien rodeada de hombres que desaparecen gente por diversión —notó él, con un tono que oscilaba entre la amenaza y la admiración.

—Le estoy diciendo la verdad. Puede matarme si quiere, pero eso no cambiará el hecho de que su perro es un neurótico solitario. Igual que usted, probablemente.

Dominic arqueó una ceja. Una sonrisa lenta y peligrosa se extendió por su rostro.
—¿Neurosis? ¿Ese es tu diagnóstico profesional, doctora?

—Es mi observación. —Clara se encogió de hombros, volviendo a mirar el monitor—. Si no tienes una guerra que pelear, empiezas a morder los muebles. O a la gente.

Dominic soltó una carcajada real esta vez. El sonido fue grave y resonó en la pequeña habitación. Se acercó más a ella, invadiendo su espacio personal deliberadamente. Olía a pólvora, a colonia cara y a peligro.

—Tengo suficientes guerras, créeme. Pero no te traje aquí para hablar de psicología canina.

Metió la mano en su saco y sacó una tarjeta de presentación. Era negra, gruesa, con letras doradas en relieve que solo decían: D.M. y un número de teléfono.

—Mi finca está en una zona privada de Valle de Bravo. Es una fortaleza. Tengo perreras. Tengo perros de seguridad perimetral que son inútiles, pastores alemanes gordos que se duermen en las guardias. Y tengo a Titán. Necesito un Jefe de Perreras. Un Kennel Master.

Clara miró la tarjeta, pero no la tomó.
—¿Qué?

—Alguien que gestione a los animales. Que los entrene de verdad. Que se asegure de que nadie vuelva a envenenarlos. Y que, aparentemente, me psicoanalice a mí en su tiempo libre.

Clara soltó una risa nerviosa, sacudiendo la cabeza.
—No voy a trabajar para la mafia, señor Moretti. Sirvo mesas. Voy a casa. Veo Netflix y acaricio a mi gato. Esa es mi vida. Es aburrida y segura, y me gusta así. Gracias por el paseo, pero me voy a casa.

Se dio la vuelta para dirigirse a la puerta, pero la voz de Dominic la detuvo en seco. No alzó la voz, pero el tono cambió. Se volvió gélido.

—La familia Vanzetti conoce tu cara ahora.

Clara se congeló con la mano en el pomo de la puerta.

—Arturo Banks era un bocón —continuó Dominic, examinando sus propias uñas—. Para mañana por la mañana, todos en las Cinco Familias sabrán que una mesera detuvo un golpe contra Dominic Moretti. ¿Crees que van a dejar eso así? Humillaste a un subjefe. Expusiste su debilidad. Eres un cabo suelto, Clara.

Dominic caminó lentamente hacia ella hasta quedar a su espalda, susurrando cerca de su oído.
—Tienes dos opciones. Opción A: Regresas a tu departamento en la colonia Doctores o donde sea que vivas. Te doy veinticuatro horas, tal vez cuarenta y ocho si tienes suerte, antes de que te encuentren flotando en el canal de Xochimilco o en una bolsa negra en el Estado de México.

Clara sintió un escalofrío recorrer su columna. Sabía que no estaba mintiendo.

—Opción B —dijo Dominic, deslizando la tarjeta negra en el bolsillo del delantal sucio de Clara—. Vienes a trabajar para mí. Vives en la finca. Estás bajo mi protección las 24 horas. Entrenas a mis perros. Ganas cien mil pesos al mes, libres de impuestos. Y sigues respirando.

Clara se giró bruscamente, sus rostros quedando a centímetros de distancia.
—Me está chantajeando.

—Te estoy ofreciendo un salvavidas —corrigió él—. No soy un criminal con el perro, Clara. Ambos hacemos lo que tenemos que hacer para sobrevivir. ¿Qué dices?

Clara miró a través del cristal. Titán se estaba estabilizando, su pecho subía y bajaba rítmicamente. Luego miró a Dominic. Vio los cicatrices en sus manos, la dureza en sus ojos, pero también vio algo más. Una soledad profunda, abismal.

—No soy una criminal —susurró ella, tratando de convencerse a sí misma.

—Todavía —dijo Dominic.

Se alejó de ella y se dirigió a la puerta.
—Te daré esta noche para pensarlo. Mis hombres te llevarán a tu casa. Tendrás un escolta afuera. Pero Clara… —Se detuvo en el marco de la puerta y la miró por encima del hombro—. No intentes correr. Si corres, Vanzetti te encontrará. Y si él te encuentra antes que yo, rogarás por haber aceptado mi oferta.

Dominic salió, dejándola sola con el sonido del monitor cardíaco y la pesada certeza de que su vida “aburrida y segura” acababa de morir en ese quirófano junto con la inocencia del perro.

Clara sacó la tarjeta negra de su bolsillo. Los bordes dorados brillaban bajo la luz artificial. Pesaba. Pesaba como una sentencia.

—Mierda —susurró.

CAPÍTULO 5: LA PRUEBA DE FUEGO

El viaje de regreso a la realidad fue silencioso, pero no tranquilo. Dominic cumplió su palabra, aunque “libertad” era un término relativo cuando te escoltan dos gorilas armados en una camioneta blindada. El vehículo de lujo se deslizó fuera de la zona industrial y se adentró en las entrañas de la Colonia Doctores, un barrio bravo de la Ciudad de México donde la ley era una sugerencia y las luces de la calle parpadeaban como si tuvieran miedo de quedarse encendidas.

—Aquí es —dijo Rocco, el conductor, un hombre con cuello de toro y ojos que no habían parpadeado en todo el trayecto. Frenó la SUV frente a un edificio de departamentos despintado que olía a col hervida, smog y desesperanza.

Clara bajó del vehículo. El aire frío de la madrugada le golpeó la cara, limpiando el olor a antiséptico de la clínica, pero no el olor a peligro.

—Estaremos aquí abajo —le advirtió Rocco, bajando la ventanilla apenas unos centímetros—. El Jefe dijo que no salieras. Si asomas la nariz fuera del edificio, te metemos a la cajuela. Por tu seguridad, claro.

—Claro —murmuró Clara—. Qué caballerosos.

Subió los cuatro pisos de escaleras de concreto agrietado. Sus piernas, que habían estado firmes frente a un perro de guerra de sesenta kilos, ahora se sentían de plomo. Al llegar a la puerta 4B, su santuario de mediocridad, insertó la llave con un movimiento rápido, casi paranoico, y entró.

El departamento era deprimente. Un solo cuarto, un colchón en el suelo, una mesa plegable de plástico y un televisor pequeño que probablemente era más viejo que ella. Su gato, un tabby naranja desaliñado y tuerto llamado Barnaby, maulló desde el alféizar de la ventana, reclamando su cena tardía.

Clara no encendió la luz.

Esa fue su primera reacción instintiva. La mesera torpe habría encendido el interruptor. Clara, la mujer que realmente era, se movió en la oscuridad con la familiaridad de un animal nocturno. Cerró la puerta y puso el cerrojo, sabiendo que esa cerradura barata no detendría a nadie decidido.

Se pegó a la pared, respirando superficialmente. Fue a la ventana y miró a través de las persianas rotas. Abajo, la SUV negra seguía allí, un depredador metálico acechando su presa.

—Me está atrapando —susurró para sí misma, sintiendo cómo la ira reemplazaba al miedo—. Dominic Moretti no ofrece trabajos. Ofrece jaulas.

Se alejó de la ventana y fue hacia el armario. Apartó una pila de ropa vieja y se arrodilló. Sus dedos buscaron una tabla suelta en el piso de madera podrida. La encontró. Con un tirón seco, levantó la madera, revelando un hueco oscuro.

Dentro había una pequeña bolsa de lona verde oliva.

Clara la sacó y la abrió sobre el colchón. El contenido brilló bajo la tenue luz de la luna que entraba por la ventana. Un pasaporte estadounidense a nombre de “Sarah Walker”. Tres fajos de billetes de alta denominación (dólares y pesos). Y una Glock 19 compacta, negra mate, con dos cargadores extra.

Ella no era Clara Jennings. Tampoco era Sarah Walker. Esos eran solo disfraces, pieles que se ponía y se quitaba según la necesidad. Tomó la pistola. El peso del arma en su mano se sintió más natural que cualquier bandeja de restaurante que hubiera cargado en los últimos tres años.

“Correr”, pensó. Su mente táctica trazó la ruta en milisegundos. Salida por la escalera de incendios. Saltar al techo colindante. Bajar por el callejón trasero. Tomar el metro en la estación Obrera antes de que abra. Estar en Puebla para el mediodía.

Podía hacerlo. Había desaparecido antes de situaciones peores.

Pero luego pensó en Dominic. Pensó en la mirada en sus ojos. Él era un cazador. Si ella corría, él lo tomaría como un insulto personal, un desafío a su ego. Y ahora Vanzetti también estaba ahí fuera. Vanzetti, el hombre al que había humillado.

—Correr no ha funcionado en cinco años —se dijo a sí misma con amargura, cargando el arma y comprobando la recámara. Clic-clac. Una bala en la recámara. Lista para disparar—. Tal vez es hora de dejar de correr y empezar a morder.

La decisión fue tomada por ella a las 3:00 a.m.

Clara estaba sentada en el suelo, con la espalda contra la pared opuesta a la puerta, Barnaby dormido en su regazo, cuando lo escuchó.

No fue un golpe. Fue el sonido metálico y sutil de una ganzúa trabajando en la cerradura principal del edificio, cuatro pisos abajo. Luego, pasos. No eran los pasos pesados de Rocco. Eran pasos rápidos, ligeros, amortiguados por suelas tácticas. Eran muchos. Cuatro, tal vez cinco hombres.

—Equipo de limpieza —susurró Clara. Vanzetti no había perdido el tiempo.

No esperó a que llamaran.

Clara metió a Barnaby bruscamente en su transportadora de tela, ignorando las protestas indignadas del gato. Se colgó la bolsa de lona al hombro y corrió hacia la ventana. La abrió con cuidado, tratando de no hacer ruido, y se deslizó hacia la escalera de incendios oxidada justo cuando la puerta de su departamento explotó hacia adentro.

¡BUM!

No la patearon. Usaron una carga pequeña de explosivo plástico en la cerradura. La puerta voló por los aires.

—¡Despejen! ¡Despejen! —gritó una voz ronca desde el pasillo.

El rugido de armas automáticas con silenciador llenó el pequeño espacio. Pftt-pftt-pftt. Las balas destrozaron el colchón donde Clara había estado sentada hace diez segundos, llenando el aire de plumas y polvo.

Clara ya estaba afuera, subiendo la escalera de hierro hacia el techo. El metal frío le quemaba las manos.

Abajo, en la calle, el infierno se desató. Los hombres de Dominic en la SUV habían escuchado la explosión.

—¡Contacto! ¡Tenemos contacto! —escuchó gritar a Rocco.

El sonido de armas pesadas, sin silenciador esta vez, rompió la noche. La SUV de Moretti abrió fuego contra la entrada del edificio, inmovilizando al equipo de Vanzetti que intentaba entrar. Era una guerra en plena calle.

Clara llegó al techo, jadeando. El aire de la azotea era frío y olía a pólvora que subía desde abajo. Corrió a través de los tinacos de agua y las antenas parabólicas oxidadas. Necesitaba llegar al edificio contiguo, saltar la brecha de dos metros y desaparecer en la oscuridad.

Tomó impulso. Sus botas golpearon la grava del techo. Saltó.

Por un segundo, voló sobre el callejón oscuro, aterrizando con un rodar perfecto en el techo vecino para disipar el impacto. Se puso de pie instantáneamente, levantando su Glock, escaneando el área.

Y ahí estaba él.

Una figura salió de las sombras de una chimenea de ladrillo. No estaba corriendo. No estaba agitado. Estaba parado tranquilamente, con las manos en los bolsillos de un abrigo largo de lana negro, como si estuviera esperando el autobús.

Era Dominic Moretti.

Clara derrapó, apuntando su arma directamente al pecho de Dominic. Su dedo se tensó en el gatillo.

—¡Suelta el arma! —siseó Clara, su respiración agitada.

—Bájala, Clara —dijo Dominic. Su voz no tenía miedo. Ni siquiera sorpresa. Hablaba con un tono conversacional, aunque las sirenas de policía comenzaban a aullar a lo lejos—. Tienes buen agarre. Postura isósceles modificada. Muy profesional.

—¡Me tendiste una trampa! —acusó ella, sin bajar el arma. La traición le quemaba en la garganta—. ¡Tú los guiaste aquí! Sabías que vendrían.

—No los guié aquí. Ellos te siguieron desde el restaurante. Yo simplemente… esperé —corrigió Dominic, dando un paso lento hacia ella.

—Me usaste como cebo —dijo Clara, entendiendo de golpe la magnitud de su frialdad.

—Te usé como prueba de fuego —dijo él, deteniéndose a dos metros del cañón de su pistola. La luz de la luna iluminaba su rostro, revelando una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Necesitaba saber. Si morías ahí abajo, eras solo una mesera con suerte y no valías la pena contratarte. Si sobrevivías… bueno, entonces eres exactamente lo que necesito.

Clara apretó los dientes. Podría matarlo. Ahora mismo. Un disparo al pecho, dos a la cabeza. Se acabaría el problema. Pero algo en la audacia suicida de este hombre la detuvo.

—Vanzetti mandó a cinco hombres —dijo Clara—. Profesionales.

—Y tú estás aquí, sin un rasguño, y ellos están atrapados en un tiroteo con mis hombres —Dominic miró el arma en su mano—. Glock 19. Número de serie limado, supongo. Y ese pasaporte en tu bolsa… ¿Cómo te llamas en realidad? ¿Sarah? ¿Elena? ¿María?

—Nadie —respondió ella fríamente.

—Bien. Nadie es un buen nombre para este negocio. —Dominic extendió las manos abiertas, mostrándole las palmas—. Mi coche personal está en el callejón trasero, tres cuadras al norte. Un Aston Martin discreto. Mi finca es una fortaleza impenetrable. Vanzetti no puede tocarte allí.

Dio otro paso, poniendo su pecho a centímetros del arma de Clara. Ella podía sentir el calor que emanaba de él.

—La oferta sigue en pie. Maestra de Perreras. Cien mil al mes. Protección total. Y la oportunidad de dejar de huir como una rata cada vez que alguien patea tu puerta.

Clara miró hacia atrás, hacia su edificio en llamas. Podía ver el humo negro subiendo hacia el cielo estrellado. Su vieja vida, sus muebles baratos, su identidad falsa… todo estaba ardiendo. Vanzetti había escalado el conflicto. Si se iba sola ahora, tendría a dos mafias buscándola. Si se iba con Dominic, tendría un escudo. Un escudo peligroso, pero un escudo al fin.

Y luego estaba Titán. Recordó la mirada del perro en la clínica. La conexión.

Clara puso el seguro a su arma con un clic audible y se la metió en la pretina de sus pantalones, en la espalda. Se acomodó la correa de la transportadora del gato.

—Doscientos mil —dijo ella, mirándolo a los ojos.

Dominic arqueó una ceja, sorprendido por la audacia.
—¿Disculpa?

—Doscientos mil pesos al mes. Y quiero seguro médico para el gato. Y nada de uniformes ridículos. No soy tu sirvienta, Moretti. Soy tu especialista en seguridad canina.

Dominic la miró por un largo segundo. Luego, esa sonrisa peligrosa volvió, pero esta vez, parecía genuina. Parecía la sonrisa de un hombre que acababa de encontrar a un igual en un mundo de subordinados.

—Trato hecho —dijo Dominic, ofreciéndole el brazo como si estuvieran en un baile de gala y no en una azotea rodeada de disparos—. ¿Nos vamos, socia? Se va a poner ruidoso aquí cuando llegue la policía federal.

Clara ignoró su brazo, pero caminó a su lado.
—No me llames socia. Aún no me agradas.

—El sentimiento es mutuo —dijo Dominic, guiándola hacia la escalera de emergencia del otro lado—. Pero a mi perro le agradas. Y por ahora, eso es lo único que me importa.

Mientras bajaban hacia la oscuridad del callejón, dejando atrás el caos, Clara supo que acababa de cometer el error más grande o el acierto más brillante de su vida. No había punto medio con Dominic Moretti. O terminaban gobernando la ciudad, o terminaban muertos.

—Por cierto —dijo Dominic mientras abría la puerta del deportivo plateado que esperaba en las sombras—, espero que sepas usar armas más grandes que esa pistola. Vanzetti va a venir por nosotros con todo lo que tiene.

Clara arrojó su bolsa en el asiento trasero y miró a Dominic con una sonrisa que heló la sangre del capo por un segundo.
—Señor Moretti, en mi antiguo trabajo, esa pistola era lo que usaba para ir al baño. Si Vanzetti quiere guerra, le voy a enseñar lo que es una verdadera ofensiva.

El motor rugió, y desaparecieron en la noche, dos depredadores que acababan de decidir cazar juntos.

CAPÍTULO 6: EL REINO DE LOS MONSTRUOS

La finca Moretti en Valle de Bravo no era simplemente una casa de campo. Era una declaración de guerra arquitectónica incrustada en medio del bosque. Rodeada por muros de piedra volcánica de cuatro metros de altura, coronados con cercas electrificadas y un sistema de cámaras térmicas capaz de detectar el latido de un conejo a quinientos metros, el lugar estaba diseñado para una sola cosa: mantener al mundo fuera.

Para Clara, sin embargo, al cruzar las enormes puertas de hierro forjado bajo la lluvia de la madrugada, el lugar se sintió extrañamente como el único sitio seguro que quedaba en la Tierra. O tal vez, la prisión más lujosa que jamás había visto.

—Bienvenida a “La Fortaleza” —dijo Dominic secamente mientras estacionaba el Aston Martin frente a la entrada principal, una estructura imponente de madera y cristal que gritaba dinero antiguo y sangre nueva.

Clara bajó del auto, cargando la transportadora de Barnaby y su bolsa de lona. Sus ojos escanearon el perímetro automáticamente.

—Tienes tres puntos ciegos en el sector norte —dijo ella antes de siquiera decir “gracias” o “qué bonita casa”—. Y los sensores de movimiento en los árboles están demasiado altos; alguien arrastrándose podría pasarlos por alto.

Dominic se detuvo en los escalones, girándose para mirarla con una mezcla de irritación y diversión.
—Llevas aquí treinta segundos y ya estás criticando mi seguridad de tres millones de dólares.

—Te estoy ahorrando el costo de tu funeral —replicó Clara, subiendo los escalones y pasando a su lado sin inmutarse—. ¿Dónde están las perreras? Quiero ver a Titán antes de dormir. Si es que duermo.


Dos semanas habían pasado desde el incidente en Lavo.

La transformación en la finca era palpable. Titán había tenido una recuperación milagrosa, su enorme cuerpo negro recuperando el peso perdido y la toxina saliendo completamente de su sistema. Pero el cambio más grande no estaba en su salud física, sino en su mente. Ya no era el animal impredecible y estresado que había atacado a su propio dueño. Bajo el régimen de Clara, se estaba convirtiendo en algo mucho más peligroso: un soldado disciplinado.

Clara pasaba sus días en el ala este de los terrenos, donde se ubicaban las extensas perreras de lujo. Lo primero que hizo fue despedir a los cuidadores anteriores, un par de hombres perezosos que usaban collares de choque y gritos para intimidar a los animales.

—Fuera —les había dicho el primer día, con Dominic observando en silencio desde la distancia—. Si veo a uno de ustedes levantarle la mano a un perro otra vez, dejaré que Rocco se divierta con sus tobillos.

Ahora, la mañana era fresca y el sol apenas comenzaba a quemar la niebla del bosque. Clara estaba en el patio de entrenamiento, vestida con pantalones tácticos color caqui y una camiseta negra ajustada sin mangas, su piel brillando con una fina capa de sudor.

Tenía a Titán y a otros dos Cane Corsos, Rocco (un macho atigrado) y Bella (una hembra gris), en una posición de Down-Stay (echados y quietos). Los tres perros parecían estatuas de gárgolas, sus ojos fijos en ella con una intensidad devota.

Warte (Espera) —susurró Clara.

A cincuenta metros de distancia, Leo, uno de los nuevos guardias jóvenes de Dominic, estaba enfundado en un traje de protección completo, acolchado y voluminoso. Estaba visiblemente nervioso, sudando dentro del traje a pesar del frío. Sostenía un bastón acolchado, agitándolo amenazadoramente.

—¡Listo! —gritó Leo con la voz quebrada.

Clara no gritó. Simplemente chasqueó los dedos una vez y señaló con el dedo índice extendido.

¡Titán! ¡Packen!

La transformación fue aterradora. Titán explotó desde su posición de reposo, cubriendo los cincuenta metros en segundos. No ladró. Los perros reales no ladran cuando van a matar; el silencio es su aliado. Golpeó el traje de Leo con la fuerza de un ariete hidráulico, sus mandíbulas cerrándose sobre el brazo acolchado con un sonido sordo y brutal.

Leo cayó al suelo por el impacto, arrastrado por la fuerza inercial de sesenta kilos de músculo. Titán sacudió la cabeza violentamente, asegurando la presa.

Aus (Suelta) —dijo Clara. Su voz fue tranquila, proyectándose a través del patio sin esfuerzo.

Titán soltó el brazo instantáneamente. Se sentó al lado del guardia aterrorizado, mirando a Clara, esperando su recompensa. La agresión se apagó como si alguien hubiera bajado un interruptor.

Good boy —Clara sonrió, lanzándole un trozo de hígado deshidratado.

No se dio cuenta de que Dominic la observaba desde el balcón del segundo piso de la casa principal. Él estaba allí todas las mañanas, con su taza de café negro en la mano, hipnotizado por la forma en que ella se movía. Era eficiente, letal y, tenía que admitirlo, innegablemente magnética de una manera cruda y sin pulir. Dominic estaba acostumbrado a mujeres que eran adornos, suaves y complacientes. Clara era alambre de púas envuelto en misterio.

Dominic vio cómo ella se acercaba al guardia, ayudándolo a levantarse y palmeando a Titán en el costado con afecto rudo. Ella comandaba respeto de bestias que podían matar a un hombre en segundos. Y, para su propia sorpresa, estaba empezando a comandar el respeto de él también. Quizás demasiado.

Esa noche, Dominic la mandó llamar a la biblioteca principal.

Era una habitación cavernosa, con paredes forradas de caoba oscura, estantes llenos de libros encuadernados en cuero que olían a historia, y una chimenea donde crepitaba un fuego real. El aire olía a humo de puro y cera de muebles.

Clara entró, todavía con su ropa de trabajo, oliendo a pino, tierra y champú para perros. Se sintió repentinamente consciente de su apariencia al ver a Dominic. Él llevaba un chaleco de color carbón sobre una camisa blanca impecable, las mangas arremangadas hasta los codos, revelando los relojes y tatuajes que marcaban su estatus. Parecía cada centímetro el príncipe oscuro de la ciudad.

—¿Querías verme? —preguntó ella, quedándose cerca de la puerta, con las manos en los bolsillos.

—Siéntate —Dominic señaló el sillón de cuero Chesterfield frente a su escritorio masivo.

Sirvió dos copas de un vino tinto oscuro y rico, un Chianti Reserva. Deslizó una copa hacia el borde del escritorio.

—Titán parece más feliz —dijo Dominic, observándola tomar asiento con cautela—. Ya no patrulla la casa por las noches gimiendo. Duerme.

—Está trabajando —dijo Clara, ignorando el vino—. Los perros de trabajo necesitan un propósito. Sin uno, se vuelven neuróticos. Como la gente, ¿recuerdas?

Dominic sonrió de medio lado.
—Sigues con ese diagnóstico. ¿De verdad crees que soy neurótico?

—Creo que eres una raza de alta energía, Señor Moretti —disparó Clara, con una pizca de sonrisa burlona jugando en sus labios—. Si no tienes una guerra que pelear, empiezas a rasguñar las puertas.

Dominic soltó una carcajada baja, un sonido que hizo que el estómago de Clara diera un vuelco traicionero. Él se puso de pie y caminó alrededor del escritorio, apoyándose en el borde, de modo que quedaba a pocos metros de ella, imponiendo su altura.

—Tengo muchas guerras, Clara. Pero no te llamé aquí para hablar de los perros.

Metió la mano en un cajón y sacó una carpeta manila. La deslizó sobre la superficie pulida del escritorio hasta que quedó frente a ella.

Clara se congeló. Conocía esa mirada. Era la mirada de un hombre que había cavado en la tierra y había encontrado los huesos.

—Te dije que investigaría a “Clara de Michoacán” —dijo Dominic suavemente—. Y tenías razón. Ella no existe. Pero, ¿sabes quién sí existe?

Él abrió la carpeta con un dedo.

Dentro había una fotografía granulada, tomada desde lejos. Mostraba a una mujer con uniforme de combate completo, el rostro manchado de camuflaje, de rodillas en la arena de un desierto, abrazando a un Pastor Belga Malinois.

El nombre al pie de la foto decía: Sargento Elena Vance. Manejadora K-9. Grupo de Operaciones Especiales (GHOST). Baja Deshonrosa.

Clara miró la foto. Su garganta se secó. El sonido del fuego en la chimenea pareció amplificarse.

—No eras solo una entrenadora de perros de caza —dijo Dominic. Su voz no tenía juicio, solo una curiosidad fría y penetrante—. Eras parte de una unidad fantasma. Operaciones fuera de los libros. Asesinatos selectivos, extracciones en zonas calientes. Entrenabas perros para cazar terroristas en cuevas donde los drones no podían ver.

Dominic se inclinó más cerca, sus ojos clavados en los de ella.
—¿Por qué la baja deshonrosa, Elena?

Clara levantó la vista. La máscara de la mesera había desaparecido por completo. Sus ojos eran duros, dos piezas de acero azul.

—Porque me ordenaron matarlos —dijo ella. Su voz tembló, no por miedo, sino por una rabia antigua y suprimida.

Dominic pausó.
—¿A los perros?

—La unidad estaba siendo desmantelada. Recortes de presupuesto negro. El gobierno decidió que los perros eran “equipo clasificado” que no podía ser reintegrado a la vida civil. Dijeron que eran demasiado peligrosos. Demasiado inestables —Clara apretó los puños sobre sus rodillas—. Me ordenaron aplicar la eutanasia a veinticinco perros sanos, leales, que habían salvado nuestras vidas cien veces.

Tomó aire, sus ojos brillando con lágrimas no derramadas.
—Me negué. Abrí las perreras en la base de Kandahar. Los dejé correr. Contrabandeé a tres de ellos fuera del país en un transporte de carga. Le rompí la mandíbula a un General que intentó detenerme y desaparecí.

Dominic la miró durante un largo momento. En su mundo, la lealtad era la única moneda que importaba. Una mujer que destruiría su carrera, su vida y se arriesgaría a una corte marcial y prisión federal solo para salvar a las criaturas leales a ella… Esa era una mujer que él podía entender. Esa era una mujer peligrosa.

—Así que eres una fugitiva internacional —concluyó Dominic.

—Soy lo que necesito ser —respondió ella, desafiante—. ¿Vas a entregarme?

Dominic negó con la cabeza lentamente. Tomó su copa de vino y bebió un sorbo, sus ojos brillando sobre el borde del cristal.
—No. Me gustan los fugitivos. Tienen menos apegos y más motivos para pelear.

—¿Vanzetti? —preguntó Clara, cambiando el tema a la amenaza inmediata—. ¿Sabe quién soy?

—No —dijo Dominic—. Solo sabe que eres la chica que hizo que su sicario pareciera un idiota. Para él, eso es suficiente motivo para quererte muerta.

Dominic dejó la copa y su expresión se endureció. La atmósfera en la biblioteca cambió de confesional a estratégica.

—Arturo Banks está muerto. Me ocupé de eso ayer —dijo Dominic con frialdad—. Pero Vanzetti está escalando. Se está moviendo hacia los puertos. Piensa que estoy débil porque he estado encerrado aquí en el bosque “jugando con cachorros”.

Dominic caminó hacia la ventana, mirando hacia la oscuridad del jardín.
—Viene hacia aquí, Clara.

Clara se puso de pie de un salto, la silla raspando contra el piso de madera.
—¿Esta noche? ¿Aquí a la finca?

—Tenemos un topo —dijo Dominic con calma, dándole la espalda—. Filtré información falsa a través de un canal que sospechaba que estaba comprometido. Dije que tendría una cumbre aquí esta noche, con los jefes de las cinco familias, pero sin mi guardia completa. Es una mentira. La casa está vacía excepto por mí, mis guardias de confianza, y tú.

Clara entendió al instante. Sintió un escalofrío y una oleada de admiración retorcida.
—Te usaste a ti mismo como cebo esta vez —dijo ella.

—Aprendí de la mejor —Dominic se giró, sonriendo oscuramente—. Pero Vanzetti traerá un pequeño ejército. Quiere descabezar a la organización en un solo golpe. Tengo hombres, tengo armas, pero Vanzetti tiene números.

Él caminó de regreso hacia ella, deteniéndose tan cerca que ella tuvo que inclinar la cabeza hacia atrás para mirarlo. Levantó una mano y, con una delicadeza sorprendente, colocó un mechón de cabello suelto detrás de la oreja de Clara. Su toque fue eléctrico, enviando una descarga a través de su columna vertebral.

—Necesito saber, Elena Vance… Clara. ¿Te vas? —preguntó él en voz baja—. Puedes tomar el Jeep trasero. Desaparecer de nuevo. Tienes tu pasaporte falso y tu dinero. No te detendré. Esta no es tu guerra.

Clara miró la foto de su vida pasada en el escritorio. Luego miró al hombre frente a ella. Un criminal, un asesino, sí. Pero un hombre que protegía lo que era suyo con una ferocidad que ella compartía. Pensó en Titán, durmiendo junto al fuego en el pasillo, finalmente en paz. Pensó en cómo Dominic la miraba: no como a una víctima, sino como a un arma cargada que él admiraba.

—Ya no estoy corriendo —dijo ella firmemente—. Además, Titán no ha cenado todavía. Le gusta la carne fresca.

Dominic sonrió. Fue una sonrisa depredadora, terrífica y hermosa.
—Bien. Entonces vístete para la ocasión. Va a ser una noche larga.

Clara asintió y se dirigió a la puerta. Antes de salir, se detuvo y miró hacia atrás.
—Dominic.

—¿Sí?

—Si sobrevivimos a esto… voy a pedir un aumento.

—Si sobrevivimos a esto, Clara —dijo Dominic, levantando su copa en un brindis silencioso—, te daré el maldito mundo.

Clara salió de la biblioteca. El reloj del pasillo marcó las 2:00 a.m. El silencio en la casa era pesado, el tipo de calma opresiva que precede al huracán. Afuera, en la oscuridad del bosque, las ramas crujieron.

La cacería estaba a punto de comenzar.

CAPÍTULO 7: SINFONÍA DE SANGRE Y SOMBRAS

El reloj digital en la mesa de trabajo parpadeó cambiando de las 02:14 a las 02:15. El silencio que colgaba sobre la finca Moretti en Valle de Bravo no era paz; era una presión atmosférica, el tipo de quietud pesada y eléctrica que los animales sienten antes de un terremoto y los soldados sienten antes de una emboscada.

Abajo, en el ala este, en lo que solía ser una sala de estar para el personal y que Clara había convertido en su “Cuarto de Guerra”, la oscuridad era casi absoluta. Clara estaba sentada en un banco de madera, con la única iluminación proveniente del resplandor verde tenue de las barras de luz química (glow sticks) que aún no había roto.

El sonido era hipnótico: clic, clic, clic.

Clara cargaba metódicamente balas de 9mm de punta hueca en los cargadores extendidos de su Glock y de la subametralladora MP5 que Dominic le había proporcionado de su armería personal. Sus manos se movían con memoria muscular, sin necesidad de ver.

A sus pies, la “Manada de Hierro” descansaba. Rocco y Bella dormían entrelazados, pero Titán estaba separado, acostado junto a las botas de Clara. Parecía dormido, su respiración era profunda y rítmica, pero Clara sabía que un perro de su calibre nunca dormía del todo. Una parte de su cerebro reptiliano siempre estaba escaneando, escuchando, oliendo.

De repente, los ojos de Titán se abrieron de golpe.

No levantó la cabeza inmediatamente. No ladró. Sus orejas, cortadas en el estilo tradicional de combate, giraron como radares hacia el muro norte, el lado que daba al bosque denso y al jardín de los topiarios. Sus fosas nasales se dilataron, probando el aire frío que se filtraba por debajo de la puerta. Una vibración subsónica comenzó en su pecho. No era un sonido que se pudiera escuchar con oídos humanos; se sentía en el suelo, un retumbo tectónico.

Clara dejó de cargar munición. Puso la mano sobre el cuello grueso y musculoso del perro. Su pulso se estaba acelerando.

—Lo sé —susurró ella en la oscuridad, acariciando la piel tensa detrás de sus orejas—. Yo también los siento.

Se llevó la mano al auricular táctico que llevaba en la oreja izquierda.
—Dominic, verifica el sector norte. Jardín de las esculturas. Titán acaba de alertar.

La voz de Dominic regresó a través del canal encriptado, crepitando ligeramente. Él estaba posicionado en la suite principal del segundo piso, que tenía una vista panorámica del camino de entrada y los jardines delanteros.
—Los sensores térmicos están verdes, Clara. Las cámaras no muestran nada. Ni siquiera un coyote. ¿Estás segura?

—Mi perro es más confiable que tu electrónica china de medio millón de dólares —respondió Clara secamente, poniéndose de pie y deslizando la Glock en su funda de pierna y colgándose la MP5 al hombro—. Si él dice que hay alguien ahí, hay alguien ahí. El viento sopla hacia el sur. Él los huele antes de que tus cámaras los vean.

Un segundo después, la predicción se cumplió.

Las luces de la finca parpadearon una vez y murieron.

El zumbido constante del refrigerador industrial, el leve zumbido de la cerca eléctrica, el brillo ambiental de los monitores de seguridad… todo se cortó instantáneamente, sumiendo la mansión en un abismo negro.

—Cortaron la línea dura —dijo la voz de Dominic, ahora sin rastro de duda, fría como el hielo—. Y anularon los disparadores automáticos del generador de respaldo. Tenemos un topo en mantenimiento, definitivamente.

—Están viniendo por la casa —dijo Clara, moviéndose hacia las palancas de liberación de las perreras que daban al patio exterior. Sus ojos ya se estaban adaptando a la oscuridad—. Quieren tomarnos dormidos.

—¿Cuál es tu estado? —preguntó Dominic.

Clara miró a los tres perros. Ya estaban todos de pie, los músculos tensos, las colas rígidas, mirando hacia la puerta. Eran demonios esperando que se abriera el infierno.

—Los perros tienen hambre, Dominic. ¿Tengo luz verde?

Hubo una pausa de un segundo en la línea. Luego, la voz de Dominic bajó una octava, cargada de una promesa letal.
—Quémalo todo.

Esa era toda la autorización que ella necesitaba.

Afuera, el crujido de botas tácticas sobre la grava rompió el silencio. Vanzetti no había enviado aficionados de barrio. Estos eran mercenarios, probablemente ex-militares o desertores de fuerzas especiales, moviéndose en una formación de cuña de barrido. Llevaban gafas de visión nocturna y carabinas con supresores. Esperaban romper las puertas francesas de cristal, lanzar granadas aturdidoras y ejecutar a todos en sus camas antes de que alguien pudiera siquiera alcanzar su arma.

Se movían a través del jardín de topiarios, pasando la fuente de mármol seca.
—Izquierda despejada —susurró el mercenario líder en su micrófono de garganta—. Avanzando al punto de brecha Alfa. Sin guardias visibles.

Dio un paso más y se detuvo.

Escuchó un sonido. No fue un grito. Fue el clanc mecánico y pesado de cerrojos de hierro levantándose simultáneamente.

Desde la oscuridad de la terraza del ala este, tres formas distintas emergieron como sombras que se desprendían de la noche misma. No ladraron. Ladrar es una advertencia, y estos animales ya habían pasado el punto de advertencia.

¡Fass! (¡Ataca!) —La voz de Clara cortó el aire nocturno, aguda y melódica.

La orden desató una furia cinética que ningún entrenamiento humano podría preparar completamente para enfrentar.

Titán lideró la carga. Era un vacío negro moviéndose a 50 kilómetros por hora. El mercenario líder vio el movimiento a través de sus gafas de visión nocturna: una masa de calor que se acercaba demasiado rápido. Levantó su rifle, pero Titán no saltó hacia el pecho, un error común de los perros policías mal entrenados. Titán fue bajo.

Golpeó las rodillas del mercenario con la fuerza de una bola de demolición. Se escuchó el crujido repugnante de ligamentos y huesos rompiéndose, seguido de un grito que destrozó el sigilo de la operación.

—¡Contacto! ¡Contacto! —chilló el mercenario, disparando salvajemente al aire mientras Titán lo arrastraba hacia las sombras de los arbustos como si fuera un muñeco de trapo.

El caos estalló.

—¡Luces! —gritó Dominic desde el balcón.

Disparó una pistola de bengalas hacia el cielo. La bengala de magnesio estalló en lo alto, bañando el patio en una luz roja parpadeante y surrealista. Las sombras se alargaron y bailaron, creando una escena sacada de una pesadilla.

Lo que la luz roja reveló aterrorizó a los atacantes.

Rocco y Bella, los dos Cane Corsos más jóvenes, estaban trabajando en una dinámica de manada perfecta cerca de la fuente. Cuando un mercenario giró para disparar a Rocco, Bella se lanzó desde el flanco ciego, cerrando sus mandíbulas en el antebrazo del hombre y tirando de él para desequilibrarlo.

Clara salió al patio. Era una sombra entre sombras. Se movía con la gracia fluida de un operador de Tier 1, su MP5 levantada. No estaba simplemente mirando; estaba conduciendo la sinfonía de violencia.

—¡Rocco! ¡Hier! (¡Aquí!) —gritó ella.

El perro soltó el brazo del mercenario instantáneamente y se apartó rodando. El mercenario, pensando que tenía un respiro, levantó su arma hacia el perro.

Pftt-Pftt.

Clara le metió dos tiros en el centro de masa desde treinta metros de distancia. El mercenario cayó hacia atrás, muerto antes de tocar el suelo.

Good boy —murmuró ella, avanzando.

Desde el balcón superior, Dominic proporcionaba cobertura (overwatch). Tenía un rifle HK416 con supresor y mira térmica, y estaba eligiendo sus objetivos con precisión quirúrgica. Observaba a Clara abajo, hipnotizado. Había visto violencia toda su vida. Había visto sicarios, ejecutores y peleas callejeras. Pero nunca había visto algo así.

Ella se movía en sincronía con las bestias. Cuando ella avanzaba, ellos flanqueaban. Cuando ella tomaba cobertura, ellos circulaban para proteger su espalda. Era una danza primitiva. Ella era la Alfa, y los perros eran extensiones físicas de su voluntad.

—¡Flanco derecho, por la pérgola! —gritó Dominic, advirtiéndole.

Clara no miró. Confió en él. Silbó, un tono agudo y ascendente.

Titán, que acababa de dejar incapacitado al primer hombre, abandonó su presa y corrió hacia la pérgola de madera. Golpeó al mercenario que se escondía allí justo cuando el hombre quitaba el seguro de una granada de fragmentación.

El impacto envió la granada rodando por el césped impecable.

—¡Down! —gritó Clara.

Se lanzó detrás de una maceta de mármol macizo. Dominic se agachó bajo la barandilla del balcón. Titán, sintiendo el cambio en la presión del aire y el tono de pánico de Clara, se alejó arrastrándose.

¡BOOM!

La explosión reventó los cristales de la planta baja y envió metralla y tierra rasgando a través de los rosales. El zumbido en los oídos de Clara era ensordecedor. Se sacudió los escombros de su chaleco y se puso de pie, escupiendo polvo.

—¡Estado! —gritó ella al micrófono.

—¡Están retrocediendo! —gritó Dominic, recargando su rifle—. Rompiste su línea. No esperaban a los perros. ¡Están entrando en pánico!

Era cierto. Los mercenarios estaban desmoronándose. Podían luchar contra hombres, podían luchar contra la policía, pero luchar contra estos demonios negros en la luz roja parpadeante, comandados por una mujer que disparaba como francotirador, había roto su moral. Gritaban órdenes contradictorias, disparaban a las sombras.

Pero la noche no había terminado.

Un rugido resonó desde los portones principales. No era un bestia. Era un motor. Un motor V8 sobrealimentado.

Las pesadas puertas de hierro, reforzadas para resistir un ariete, gimieron y se doblaron. Una enorme SUV negra, blindada y equipada con una defensa de acero reforzado (tumbaburros), se estrelló a través de la cerradura, enviando las puertas de hierro volando de sus bisagras con un estruendo metálico que hizo temblar el suelo.

—Vanzetti —siseó Dominic desde el balcón—. Hijo de puta.

La SUV no se detuvo. Aceleró por el camino de entrada, triturando la grava, y se estrelló contra los restos de la fuente, usándola como cobertura. Las puertas traseras se abrieron de golpe.

Vanzetti no había venido a negociar. Había traído la opción nuclear.

Un hombre salió de la parte trasera. Llevaba armadura balística pesada, pareciéndose a un técnico de desactivación de bombas o a un Juggernaut de videojuego. En sus manos llevaba una ametralladora ligera alimentada por cinta. Una M249 SAW.

—¡Fuego de supresión! —se escuchó gritar a Vanzetti desde el asiento del conductor—. ¡Mátenlos a todos! ¡No dejen ni al gato!

El artillero abrió fuego.

BRRRRRRRRRRRRRRRRRRRRT.

El sonido fue un trueno continuo. Las balas trazadoras de 5.56mm masticaron la mampostería de la casa, convirtiendo el balcón de piedra donde estaba Dominic en una nube de polvo y escombros.

—¡Dominic! —gritó Clara en sus comunicaciones.

—¡Estoy inmovilizado! —gritó Dominic de vuelta, su voz apenas audible sobre el estruendo—. ¡No puedo asomarme! ¡Está despedazando la pared!

El artillero giró su puntería hacia el nivel inferior. Clara se lanzó de nuevo detrás de la maceta de mármol mientras las balas arrancaban trozos de piedra a centímetros de su cabeza. Las macetas explotaban. La madera se astillaba.

Rocco y Bella, entendiendo que esto era fuego superior, gimieron y corrieron hacia el interior de la casa para buscar cobertura sólida.

Solo Titán permaneció.

El gran perro estaba detrás de una columna de piedra gruesa, su pecho subiendo y bajando pesadamente, la sangre de su hocico goteando al suelo. No estaba mirando el arma. Estaba mirando a Clara. Sus ojos amarillos brillaban en la luz moribunda de la bengala. Estaba esperando la orden. Estaba preguntando: ¿Vamos?

Clara miró la distancia. Cuarenta metros. El artillero estaba fuertemente blindado. Un disparo de 9mm no penetraría su chaleco ni su casco. Dominic estaba suprimido. Si el artillero seguía disparando, la segunda ola de hombres de Vanzetti rodearía la casa y los flanquearía. Morirían todos en los próximos tres minutos.

Necesitaba cerrar la brecha.

Miró a Titán. El perro estaba listo para morir por ella. Sabía que si daba la orden, él correría directo hacia las balas. Sería una distracción de dos segundos. Suficiente para que ella disparara. Pero Titán moriría.

“No”, pensó Clara, una furia fría inundando sus venas. “No como los otros. No voy a sacrificarlo”.

Llevó la mano a su cinturón táctico y sacó su último recurso. Una granada aturdidora (flashbang) modelo M84.

—Titán —dijo ella, su voz firme a pesar del caos—. Warte (Espera).

Quitó el pasador. Esperó un segundo. Dos segundos. “Cocinando” la granada para que explotara en el aire.

Se puso de pie, exponiéndose al fuego.

—¡Oye, feo! —gritó Clara con toda la fuerza de sus pulmones.

El artillero giró el arma masiva hacia ella.

Clara lanzó la granada. No fue un lanzamiento olímpico, pero fue impulsado por la desesperación. Aterrizó diez pies delante del artillero, a la altura de los ojos.

¡BANG!

El destello blanco cegador lavó la visión nocturna del artillero. Un millón de candelas quemaron sus retinas y el sonido de 170 decibeles reventó su equilibrio. Tropezó, disparando ciegamente hacia el cielo, trazando líneas de fuego en la noche.

¡TITÁN! ¡FLIEG! (¡VUELA!)

Usó el comando para el nivel más alto de agresión. El comando que significaba “sin piedad”.

Titán no corrió. Se lanzó. Cubrió el terreno en saltos masivos, un depredador convertido en misil. El artillero estaba sacudiendo la cabeza, tratando de limpiar su visión. Bajó el arma, detectando vagamente la forma negra que se precipitaba hacia él.

Apretó el gatillo. Una línea de balas cosió el suelo, moviéndose hacia el perro. Una ronda rozó el flanco de Titán, rasgando una línea de piel y pelaje. El perro ni siquiera tropezó. El dolor solo era combustible.

Titán golpeó al artillero. No mordió el brazo. Saltó dos metros completos en el aire, apuntando al único punto vulnerable entre el casco y el chaleco: la cara.

El impacto fue terrorífico. Ciento treinta libras de perro combinadas con la inercia golpearon al hombre blindado. El cuello del hombre se rompió hacia atrás con un chasquido audible y cayó pesadamente sobre la grava, la ametralladora repiqueteando inútilmente mientras se deslizaba lejos.

Titán se paró sobre él, gruñendo, manteniendo a raya a cualquier otro que se atreviera a acercarse, con la ferocidad pura de una criatura mítica.

Dentro de la SUV volcada, Vanzetti vio caer a su hombre pesado. Vio a la mujer caminando hacia él a través del humo, su arma levantada. Vio a Dominic reapareciendo en el balcón destrozado, con el rifle apuntando al parabrisas.

El silencio volvió a la finca. Pero esta vez, era el silencio de la victoria.

CAPÍTULO 8: LA CORONACIÓN DE LOS LOBOS

El eco de los disparos se desvaneció, absorbido por los árboles del bosque circundante, dejando en su lugar un silencio roto solo por el sonido del metal crujiendo y la respiración agitada de los sobrevivientes. El aire olía a caucho quemado, cordita ácida y sangre fresca.

Los mercenarios restantes, al ver caer a su artillero pesado bajo las fauces de una bestia negra y su líder atrapado en un vehículo volcado, tomaron una decisión ejecutiva rápida: no les pagaban lo suficiente para luchar contra demonios. Soltaron sus armas y corrieron hacia la oscuridad del bosque, desapareciendo como ratas huyendo de un barco en llamas.

Clara no los persiguió. Su prioridad era otra.

Corrió hacia donde Titán estaba parado sobre el cuerpo inerte del artillero. El perro jadeaba fuertemente, su lengua colgando, y un hilo de sangre oscura manchaba su costado derecho donde la bala lo había rozado.

—¡Titán! —Clara se deslizó de rodillas sobre la grava, ignorando el dolor en sus propias piernas—. Aus. Déjalo.

El perro soltó al hombre (que ya no representaba una amenaza) y se giró hacia ella, moviendo la cola tentativamente. Clara examinó la herida en su costado. Era superficial, un corte largo y feo, pero no había perforado el músculo ni tocado órganos vitales.

—Déjame ver, déjame ver —murmuró ella, sus manos temblando ligeramente ahora que la adrenalina comenzaba a bajar. Presionó su mano sobre la herida para detener el sangrado—. Estás bien. Solo es un rasguño. Eres un bastardo duro, ¿lo sabías?

El perro le lamió la cara, limpiando el polvo y el hollín de su mejilla. Clara enterró su rostro en el cuello grueso del animal, soltando un sollozo que había estado conteniendo durante la última hora.

—Maldito perro loco —susurró contra su pelaje—. Casi me matas del susto.

—¿Está vivo?

Clara levantó la vista. Dominic estaba parado allí. Había bajado del balcón trepando por los restos de la pérgola. Se veía deshecho: su chaleco táctico estaba rasgado, su cara cubierta de polvo de piedra y tenía un corte sangrando sobre la ceja izquierda. Pero no estaba mirando a Clara. Estaba mirando al perro con una mezcla de miedo genuino y asombro reverente.

—Está bien —dijo Clara, poniéndose de pie y limpiándose las lágrimas con el dorso de la mano sucia—. Es un soldado. Los soldados sangran.

Un gemido metálico y doloroso provino de la SUV volcada a pocos metros de distancia.

La expresión de Dominic se endureció instantáneamente. La suavidad que había mostrado hacia el perro se evaporó, reemplazada por la máscara fría y cruel del Capo di Tutti i Capi. Caminó hacia los restos del vehículo.

Vanzetti estaba intentando arrastrarse fuera del parabrisas destrozado. El hombre gordo y calvo, usualmente arrogante y vestido con trajes de seda, ahora era un desastre. Sangraba profusamente de un corte en la frente, su brazo izquierdo colgaba en un ángulo antinatural, y su rostro estaba gris de shock.

Levantó la vista y vio a Dominic elevándose sobre él como la parca.

—Dom… espera… —Vanzetti jadeó, levantando una mano temblorosa manchada de aceite—. Hablemos. Territorio. Te daré los puertos de Veracruz. Te daré las rutas del norte. Te daré todo. Solo… llama a una ambulancia.

Dominic no dijo nada. Se agachó, agarró a Vanzetti por las solapas de su traje arruinado y lo arrastró fuera de los escombros como si fuera una bolsa de basura. Lo arrojó al suelo de grava frente a Clara y Titán.

—Intentaste matarme —dijo Dominic con una calma aterradora.

—Son negocios, Dom… tú sabes cómo es… —lloriqueó Vanzetti.

—Intentar matarme es negocios —coincidió Dominic—. Pero trajiste una ametralladora a mi casa. Destruiste mi fuente de mármol de Carrara. Y le disparaste a mi perro.

Dominic sacó una pistola plateada elegante, una Sig Sauer P226 niquelada, de su cinturón. Quitó el seguro con un clic seco y apuntó al centro de la frente de Vanzetti.

—Eso no son negocios, Vanzetti. Eso es personal.

Vanzetti cerró los ojos y comenzó a murmurar una oración. Dominic apretó el dedo en el gatillo.

—Espera.

La voz de Clara cortó el momento. Dominic se detuvo, el cañón del arma aún apuntando a la cabeza del hombre. No bajó el arma, pero giró ligeramente la cabeza hacia ella.

—¿Qué? —preguntó, irritado—. ¿Ahora vas a tener un ataque de conciencia, Clara? Trataron de matarnos.

—Dame una razón por la que no deba pintar mi entrada con sus sesos ahora mismo —añadió Dominic.

Clara se puso de pie completamente. Caminó hacia ellos, con Titán cojeando ligeramente a su lado. Se veía imponente, una valquiria moderna con pantalones tácticos y una MP5 colgada al pecho.

—Porque si lo matas ahora, se convierte en un mártir —dijo ella con frialdad lógica—. Su familia se unirá por venganza. La Comisión investigará. Se volverá un desastre de relaciones públicas y una guerra abierta que durará años. Perderás hombres. Perderás dinero.

Dominic resopló.
—¿Así que lo dejo ir? ¿Le doy una palmada en la espalda? Volverá la próxima semana con más hombres.

—No —dijo Clara—. No lo hará.

Se agachó junto a Vanzetti, invadiendo su espacio personal. El olor a miedo del hombre era penetrante.

—Míralo —ordenó Clara, señalando a Titán.

Vanzetti abrió un ojo hinchado y miró. Titán le devolvió la mirada, un gruñido bajo y constante vibrando en su garganta, sus dientes manchados con la sangre del mercenario.

—Ese animal —susurró Clara, tan bajo que solo Vanzetti y Dominic podían oírla—, puede rastrear un aroma por diez kilómetros a través del bosque. Sabe a qué hueles ahora, Vanzetti. Conoce el olor de tu miedo. Conoce el olor de tu sangre.

Se inclinó más cerca, sus labios rozando la oreja del hombre aterrorizado.

—Si vuelves a la Ciudad de México… si vuelves a pensar siquiera en Dominic Moretti… no enviaremos sicarios. No enviaremos abogados. Iré a tu casa en medio de la noche. Abriré tus puertas. Y lo soltaré a él. Y esta vez… esta vez no le daré la orden de soltar.

Clara se puso de pie y miró a Dominic.
—Déjalo vivir con ese miedo. Es un castigo peor que la muerte para un hombre como él. Vivirá mirando por encima del hombro, viendo sombras negras en cada esquina. Un hombre asustado no puede liderar. Su propia gente lo devorará cuando vean lo débil que es.

Dominic miró a Vanzetti, quien estaba temblando incontrolablemente, pálido como un fantasma. Luego miró a Clara. Vio la brillantez táctica en sus ojos. Matar a Vanzetti era fácil, era limpieza básica. Pero convertirlo en una historia de terror viviente, en un hombre roto psicológicamente… eso era poder. Eso era arte.

Dominic enfundó su arma lentamente.

—Lárgate —dijo Dominic.

Vanzetti no esperó. Se levantó a duras penas, tropezando, cayendo y volviéndose a levantar. Corrió hacia la oscuridad, hacia la carretera, cojeando, sin mirar atrás. Desapareció en la noche. Un rey convertido en mendigo en menos de una hora.

Dominic lo vio irse hasta que las sombras se lo tragaron. Luego se volvió hacia Clara.

La adrenalina finalmente se desvaneció por completo, dejándolos parados en los restos de la batalla bajo la primera luz gris del amanecer.

—Eres terrorífica —dijo Dominic. Lo dijo como el cumplido más alto que podía otorgar.

—Soy efectiva —corrigió Clara, pasándose una mano por el cabello desordenado—. Hay una diferencia.

Dominic dio un paso hacia ella. Extendió la mano y tomó la de ella. Su agarre era firme, cálido y posesivo. Sus nudillos estaban magullados, sus manos manchadas de pólvora, igual que las de ella. La miró no como a una empleada, no como a una mujer que estaba tratando de salvar, sino como a una socia. Una reina que acababa de defender su castillo.

—El contrato —dijo Dominic suavemente—. Del que hablamos. Maestra de Perreras.

—Creo que ese título ya me queda chico —dijo Clara, sintiendo que su respiración se detenía cuando él dio otro paso, invadiendo su espacio personal de esa manera que hacía que el mundo desapareciera.

—Estoy de acuerdo —murmuró Dominic. Levantó la mano libre y su pulgar rozó el labio inferior de Clara, borrando una mancha de suciedad—. ¿Qué tal… Consigliere? ¿O tal vez… Mía?

Clara miró al hombre que gobernaba la ciudad. Miró las cicatrices, la intensidad en sus ojos oscuros. Había pasado cinco años huyendo de su pasado, escondiéndose de quién era realmente. Pero esta noche, entre los disparos, la sangre y el humo, se dio cuenta de que ya no quería esconderse. Había encontrado una manada que podía manejarla. Había encontrado a alguien que no le temía a sus demonios, sino que bailaba con ellos.

—Prefiero “Socia” —susurró ella, desafiante hasta el final.

Dominic sonrió. Una sonrisa genuina, peligrosa y devastadora.
—Socia funciona.

La besó.

No fue un beso suave. No fue un beso de película romántica. Fue hambriento, desesperado, alimentado por la supervivencia y la energía cruda de la violencia compartida. Sabía a victoria. Sabía a sangre y a promesas oscuras. Fue el sello de un pacto que haría temblar a la ciudad.

Titán, sentado junto a ellos, soltó un bufido fuerte e impaciente. Empujó la pierna de Clara con su nariz húmeda y fría.

Dominic rompió el beso, riendo sin aliento, con la frente apoyada en la de ella. Miró hacia abajo al perro.

—¿Qué? —le preguntó Dominic a la bestia—. ¿Tú también quieres un aumento?

Clara rascó a Titán detrás de las orejas, justo en su punto favorito. El perro cerró los ojos, inclinándose hacia ella.

—Creo que quiere ese filete que le prometiste —dijo Clara sonriendo—. Y yo quiero mis doscientos mil pesos. Y el seguro médico del gato.

—Filete para el perro —asintió Dominic, pasando su brazo alrededor de la cintura de Clara y guiándola hacia la casa arruinada pero aún en pie—. Porterhouse para los dos. Y todo lo demás… lo discutiremos en el desayuno.

Mientras caminaban de regreso hacia el interior, dejando la carnicería de la noche detrás de ellos, los primeros rayos de sol rompieron el horizonte sobre los árboles de Valle de Bravo, bañando la finca en oro.

El pitbull se había vuelto loco, la mesera había ido a la guerra, y el jefe de la mafia se había enamorado. El inframundo nunca volvería a ser el mismo.

Y así comenzó la leyenda de la “Manada de Hierro”. Dominic Moretti y la misteriosa mujer conocida solo como “La Capitana” pasaron a gobernar el bajo mundo, no solo con el miedo a las armas, sino con la eficiencia aterradora de las unidades K9 que patrullaban su territorio.

Titán vivió una vida larga y feliz, durmiendo en sábanas de seda egipcia y comiendo carne Wagyu, probando que incluso las bestias más peligrosas solo necesitan la mano correcta para guiarlas.

Esta historia nos recuerda que la lealtad no se trata solo de obediencia. Se trata de encontrar a las personas (y animales) que se quedarán a tu lado cuando las luces se apaguen y las paredes se derrumben.


(Fin de la historia)

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