CAPÍTULO 1: El Frío en el Mercedes
El termómetro digital del tablero marcaba 32 grados en el exterior, pero dentro del Mercedes-Benz, el clima estaba congelado a 18 grados exactos. Era un frío artificial, clínico, que calaba hasta los huesos, aunque no tanto como la voz de la mujer sentada en el asiento del copiloto.
—Es inaceptable, Julián. Simplemente inaceptable —la voz de Sabrina Montes tenía ese tono agudo y fresa que solía confundirse con autoridad en los círculos altos de Polanco—. Te dije específicamente que las orquídeas debían ser blancas. De ese blanco puro, “blanco invierno”, no ese tono crema vulgar que trajo el decorador. ¿Me estás escuchando?
Julián Santoro apretó el volante forrado en cuero hasta que sus nudillos perdieron el color. Sus ojos azules, esos que las revistas de negocios describían como “de tiburón”, hoy lucían opacos, hundidos en un cansancio que ninguna vitamina inyectada podía curar. Miraba hacia el frente, hacia el mar interminable de luces rojas sobre Paseo de la Reforma. El tráfico de la Ciudad de México a las tres de la tarde era un monstruo que respiraba humo y desesperación, pero para Julián, era casi un alivio. Le daba tiempo. Tiempo antes de llegar a la prueba del menú, tiempo antes de la boda, tiempo antes de firmar su sentencia.
—Te escucho, Sabrina —respondió con voz monótona, como un autómata programado para evitar conflictos.
—No, no me escuchas. Nunca me escuchas —Sabrina giró su cuerpo, haciendo crujir el cuero caro del asiento. Apuntó un dedo acusador hacia él; su manicura francesa era perfecta, y el anillo de compromiso de tres quilates destellaba con violencia bajo el sol que se colaba por el parabrisas—. Estamos a dos semanas de la boda del año, Julián. Mi papá invitó a senadores, a los socios de Japón… todo tiene que ser perfecto. Y tú estás ahí con esa cara de funeral que llevas arrastrando meses. ¿Acaso no te das cuenta de la suerte que tienes?
Julián sintió una punzada en la sien. Una migraña vieja, conocida. “Suerte”. Sí, eso pensaban todos. Julián Santoro, el magnate de las telecomunicaciones que salió de la nada, casándose con la heredera del imperio bancario Montes. Era la fusión del año, el negocio redondo. Pero se sentía como cadena perpetua.
—Cambiaremos las flores, Sabrina. Haré que mi asistente llame ahora mismo —dijo él, buscando apagar el fuego con la única herramienta que ella entendía: dinero.
—No se trata solo de las flores, Julián. Se trata de tu actitud —ella le clavó las uñas ligeramente en el brazo del saco—. A veces siento que sigues pensando en ella. En esa… muerta de hambre.
El nombre no se dijo, pero flotó en el aire gélido del coche como un fantasma. Mariana.
Al escuchar la alusión, Julián frenó con más fuerza de la necesaria cuando el semáforo cambió a rojo. El coche se detuvo en seco.
—No empieces, Sabrina —advirtió con voz grave. Por primera vez en el trayecto, su máscara de indiferencia se agrietó, dejando ver una ira contenida—. Te he prohibido hablar de mi pasado.
—¡Es que eres tú! Tú la traes al presente con tus silencios —chilló ella, ignorando la advertencia—. Esa mujer te engañó, Julián. Era una poca cosa que solo quería tu lana y gracias a Dios, y a mí, abriste los ojos a tiempo. Deberías estarme agradecido cada día de tu vida en lugar de…
La voz de Sabrina se convirtió en un zumbido lejano, como el de una mosca molesta. De repente, el mundo de Julián se redujo a un solo punto focal a través del cristal polarizado de su ventana izquierda.
El tráfico estaba totalmente detenido. El calor hacía que el asfalto desprendiera ondas visibles, distorsionando el aire. Y allí, sorteando los coches parados con una mezcla de valentía y urgencia, iba una figura que Julián reconocería incluso en la oscuridad más absoluta.
El tiempo se detuvo. Literalmente.
Era Mariana.
Pero no era la Mariana que él recordaba de las fotos que guardaba bajo llave en su caja fuerte mental. Aquella Mariana vestía colores vivos, siempre olía a vainilla y sonreía con una inocencia que iluminaba cualquier cuarto. Esta mujer que cruzaba la calle llevaba una blusa desgastada, unos jeans que le quedaban un poco flojos y unos zapatos planos, ya gastados de tanto caminar. Su cabello castaño, antes suelto y brillante, estaba recogido en un chongo práctico y desordenado, con mechones pegados a la frente por el sudor.
Sin embargo, lo que hizo que la sangre de Julián se convirtiera en hielo no fue verla a ella. Fue lo que cargaba.
Aferrado a su pecho, mediante un rebozo de tela beige, humilde y visiblemente usado, había vida.
No uno. Sino dos bultos pequeños. Dos cabecitas cubiertas con gorros sencillos que se movían al ritmo de sus pasos apresurados.
Julián parpadeó, pensando que el estrés le estaba provocando alucinaciones. Se inclinó hacia adelante, pegando casi la frente al volante. Mariana se detuvo un segundo en la línea divisoria de la avenida, ajustando el peso de los bebés. Giró la cabeza para verificar si venía alguna moto filtrando carril. Por una fracción de segundo, la luz del sol iluminó su perfil.
Se veía agotada. Tenía ojeras profundas, marcadas bajo sus ojos. Estaba más delgada de lo que debería estar, con esa fragilidad de quien a veces cena un vaso de agua para que alcance para la leche. Pero en sus gestos había una dignidad feroz, una fuerza de leona que emanaba de ella como un escudo invisible.
—No puede ser… —susurró Julián. Su voz salió estrangulada, rota.
Sabrina, notando que él había dejado de existir en la conversación, siguió su mirada hacia la calle con desdén.
—¿Qué estás mirando? —preguntó entrecerrando los ojos—. ¿A esa vendedora ambulante? Ugh, qué horror. Esta ciudad está cada vez peor, dejan que cualquiera se meta entre los coches a pedir limosna con niños. Deberían prohibirlo.
La palabra “limosna” golpeó a Julián como una bofetada física.
—Cállate —dijo él. No fue un grito. Fue una orden fría y letal.
—Perdón, ¿qué me acabas de…?
Julián no esperó. La lógica, las normas sociales, el tráfico, la boda, los inversores japoneses… todo desapareció. Solo existía esa mujer y los dos pequeños seres que llevaba a cuestas bajo el sol inclemente.
Sin pensarlo, Julián quitó el seguro de las puertas. El clac metálico resonó en el coche.
—Julián, el semáforo se va a poner en verde. ¿Qué haces? —la voz de Sabrina subió una octava, teñida ahora de pánico e incredulidad.
Él abrió la puerta.
El ruido de la ciudad entró de golpe. Cláxenes, motores, gritos de vendedores, la vida real. El calor invadió el refugio de aire acondicionado en un segundo.
—¡Julián! ¿Estás loco? —gritó Sabrina intentando agarrarlo del saco—. ¡Vuelve aquí ahora mismo!
Pero él ya estaba fuera. Sus zapatos de cuero italiano pisaron el asfalto hirviendo. Dejó la puerta del conductor abierta. Dejó el coche de dos millones de pesos encendido. Dejó a la mujer perfecta y rica gritando histérica.
Sus piernas se movieron solas, corriendo entre los vehículos, esquivando una moto de Rappi que le pitó furiosamente mentándole la madre.
—¡Mariana! —gritó.
El nombre salió de su garganta rasgando años de silencio, orgullo y mentiras. Fue un grito desesperado, cargado de una urgencia que él mismo no comprendía del todo.
A unos diez metros, la mujer se tensó. Su cuerpo se puso rígido, como un animal que detecta al depredador antes de verlo. No se giró de inmediato; apretó los brazos alrededor de los bebés, protegiéndolos, y apresuró el paso hacia la banqueta.
—¡Mariana!
CAPÍTULO 2: Los Ojos de la Verdad
El sonido de su nombre, pronunciado por esa voz específica, actuó como un ancla pesada que impidió a Mariana seguir avanzando. Ya había alcanzado la seguridad de la banqueta, frente a un edificio de oficinas viejo, pero sus pies se negaron a dar un paso más.
Su corazón martilleaba contra sus costillas con tanta fuerza que temió despertar a los gemelos, que dormían profundamente contra su pecho, ajenos al drama que estaba a punto de desatarse. Ella cerró los ojos un instante, tomando una bocanada de aire caliente y contaminado, rezando para que fuera una ilusión auditiva provocada por el cansancio de los dobles turnos.
Pero entonces sintió la mano sobre su hombro. No fue un toque brusco, sino tembloroso, vacilante.
Mariana se giró lentamente, a la defensiva. Sus manos subieron instintivamente para cubrir las cabecitas de los bebés, creando una barrera física entre ellos y el mundo.
Y ahí estaba él.
Julián Santoro. El hombre que había amado con cada fibra de su ser. El hombre que la había echado de su mansión hacía casi un año, creyendo las peores calumnias sobre ella. Estaba jadeando, con el cabello despeinado por la carrera, el nudo de la corbata ligeramente desajustado y una expresión en los ojos que ella nunca le había visto: pánico absoluto mezclado con una esperanza dolorosa.
El contraste entre ambos era brutal, casi obsceno. Él, brillando con el aura del éxito, oliendo a loción costosa y aire acondicionado. Ella, sintiéndose pequeña con su ropa de tianguis, oliendo a leche materna y al sudor de un día de trabajo duro.
—Mariana… —repitió él. Su pecho subía y bajaba agitadamente. Sus ojos azules recorrían el rostro de ella como si quisiera memorizar cada nueva línea de expresión, cada rastro de sufrimiento que él no había estado allí para presenciar—. Dios mío, Mariana… ¿eres tú?
Ella alzó la barbilla. A pesar de su pobreza, a pesar del miedo que le tenía al poder de este hombre, su dignidad estaba intacta.
—¿Qué quieres, Julián? —preguntó ella. Su voz era firme, aunque baja para no perturbar a los niños—. Tienes el coche bloqueando el tráfico. Vuelve a tu vida.
Julián no pareció escucharla. Su mirada había descendido. Ya no la miraba a los ojos. Miraba el rebozo. Miraba los dos bultos. Sus manos se alzaron involuntariamente, como si quisiera tocarlos, pero se detuvo a centímetros, temiendo que ella se apartara o gritara.
—¿Qué es esto? —susurró con la voz quebrada. La realidad lo estaba golpeando con la fuerza de un tren—. ¿De quién son?
—Son tuyos.
Mariana se mordió la lengua inmediatamente. No quería decir eso. Quería decir “son míos”. Dio un paso atrás, pegando su espalda contra la pared del edificio.
—Son mis hijos —corrigió secamente—. Y no tienes derecho a estar aquí. Por favor, vete. Tu prometida te está esperando.
Julián miró hacia atrás brevemente. A lo lejos, vio a Sabrina bajando del Mercedes, manoteando y gritando hacia ellos, aunque el ruido de la ciudad ahogaba sus insultos. Volvió la vista hacia Mariana con urgencia desesperada.
—No me voy a ir. No hasta que me digas… —Julián tragó saliva, sintiendo un nudo en la garganta—. ¿Cuándo? ¿Cuándo nacieron?
Mariana apretó los labios. Sabía que este momento podía llegar algún día, pero no estaba preparada.
—Hace tres meses —confesó, sabiendo que él, con su mente financiera, haría las cuentas en un segundo.
Julián palideció visiblemente bajo el sol. Tres meses, más los nueve de embarazo… Eso significaba que ella estaba esperando cuando él la echó. Cuando él la acusó de infiel. Cuando Sabrina le mostró aquellas “pruebas” de que ella se veía con otro en un motel.
—¿Estabas…? ¿Estabas embarazada cuando te fuiste? —la pregunta salió como un gemido de dolor.
—¿Cuándo me echaste? —corrigió ella con frialdad—. Sí. Lo estaba. Traté de decírtelo, Julián. Esa última noche traté de decírtelo, pero estabas tan ocupado gritándome, tan ocupado creyendo las mentiras de tu entorno, que no me dejaste hablar. Me tiraste un cheque a la cara y me dijiste que desapareciera.
Las palabras de ella eran cuchillos y Julián las recibió todas sin protegerse. Recordaba esa noche. La recordaba con una vergüenza que le quemaba las entrañas.
En ese momento, uno de los bebés se removió. El pequeño Leo rompió la tensión del diálogo. La cabecita del lado derecho se giró. El gorrito se deslizó un poco hacia atrás y el bebé abrió los ojos.
Julián sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
Se acercó, ignorando la resistencia de Mariana, y miró directamente a los ojos del niño.
Eran dos zafiros profundos. Idénticos a los suyos. Inconfundibles. No había prueba de ADN en el mundo más potente que esa mirada. Ese niño tenía la forma de sus ojos, la curva de su propia nariz cuando era un infante. Era como mirarse en un espejo que retrocedía en el tiempo. Y entonces miró al otro. Mateo. Igual. Dos gotas de agua. Dos copias perfectas de él, acunadas en los brazos de la mujer que él había despreciado.
—Son míos… —No fue una pregunta. Fue una afirmación que sacudió los cimientos de su existencia.
Las lágrimas llenaron los ojos de Julián, desdibujando la visión de sus hijos.
—Mariana… son míos. Tienen mis ojos.
Mariana sintió que sus propias defensas se resquebrajaban ante la emoción cruda de él, pero el miedo era más fuerte. Miedo a que se los quitara. Miedo a que usara sus abogados, su dinero, su influencia.
—Son míos, Julián —dijo ella con fiereza, cubriendo la carita del bebé para que dejara de mirarlo—. Yo los parí sola. Yo trabajé limpiando pisos hasta el octavo mes para comprar sus pañales. Yo estuve en el Hospital General, sola, cuando nacieron. Tú no estabas. Tú estabas planeando tu boda con ella.
—¡Julián! ¡Por el amor de Dios!
La voz estridente de Sabrina rompió la burbuja. Llegó a la banqueta, jadeando por el esfuerzo de caminar con tacones altos sobre el pavimento irregular, roja de furia.
—¿Se puede saber qué demonios te pasa? —Sabrina agarró a Julián del brazo y tiró de él con fuerza—. Has dejado el coche abierto en medio de la avenida. Todo el mundo está mirando. Estás haciendo el ridículo.
Julián se soltó de su agarre con un movimiento brusco, casi violento, sin dejar de mirar a los bebés.
Sabrina, sintiéndose ignorada, giró su furia hacia Mariana. La miró de arriba abajo con una mueca de asco absoluto, escaneando la ropa barata, el sudor, la pobreza evidente.
—Ah, claro… tenía que ser la mosquita muerta —escupió Sabrina con veneno—. Veo que has caído bajo, querida. ¿Qué haces acosando a mi prometido en la calle? ¿Ya se te acabó la lana que le sacaste al divorciarte?
Mariana no bajó la mirada esta vez. Abrazó a sus hijos más fuerte.
—No quiero nada de ustedes. Él fue quien vino corriendo hacia mí.
—¡Por favor! —Sabrina soltó una risa histérica—. Seguro lo viste pasar y te le tiraste encima. ¿Y qué es eso? —Señaló el bulto con los bebés—. ¿Ahora pides limosna usando niños prestados? ¿O son de algún desgraciado que te encontraste en la calle? Porque estoy segura de que Julián sabe sumar y sabe perfectamente que esas criaturas no tienen nada que ver con él.
—¡Cállate, Sabrina! —rugió Julián.
El grito fue tan fuerte que los dos bebés se sobresaltaron y comenzaron a llorar al unísono. Un llanto agudo, de hambre y susto.
El sonido del llanto pareció despertar a Julián de un trance. Ver a Sabrina, con su rostro contorsionado por el odio, insultando a sus propios hijos sin saberlo… y ver a Mariana, humilde y sola, tratando de calmarlos con susurros amorosos…
La venda se cayó de sus ojos definitivamente.
—Mira lo que hiciste, asustaste a los niños —le recriminó Julián a Sabrina con una frialdad que la dejó helada.
Se giró hacia Mariana. Sus manos temblaban, queriendo ayudar, queriendo hacer algo, cualquier cosa.
—Mariana, por favor… necesitamos hablar. No aquí. Déjame llevarte. Déjame… déjame verlos bien.
—No —dijo Mariana, retrocediendo hacia la parada del autobús que estaba a unos metros. Un camión viejo y ruidoso se acercaba, frenando con un chirrido—. No tienes nada que hacer aquí, Julián. Vuelve a tu palacio. Vuelve con ella. Ustedes se merecen el uno al otro.
—No te puedes ir —Julián dio un paso desesperado.
—¡Si das un paso más, grito! —advirtió ella con los ojos llenos de lágrimas—. Grito que me estás acosando. No te atrevas a acercarte a mis hijos. Tú perdiste ese derecho el día que me llamaste puta y me echaste a la calle.
El camión abrió sus puertas. Mariana subió rápidamente, luchando con el peso de los gemelos y buscando las monedas en su bolsillo con manos temblorosas.
Julián se quedó paralizado en la banqueta. Quería correr, quería subir a ese camión, quería arrancar el mundo entero con sus manos. Pero vio la mirada de terror en los ojos de ella. Terror a él. Y eso lo destruyó más que cualquier otra cosa.
El camión cerró las puertas y arrancó, dejando una nube de humo negro.
Julián vio a través de la ventanilla sucia cómo Mariana se sentaba y, sin mirar atrás, sacaba un biberón barato con leche para consolar a uno de los bebés.
—Julián… —Sabrina intentó tocarlo de nuevo, su tono cambiando de furia a preocupación calculadora al ver la expresión devastada de él—. Mi amor, vámonos. Esa mujer está loca. Esos niños seguramente son una trampa para sacarte dinero.
Julián se giró lentamente hacia Sabrina. Sus ojos azules estaban rojos, inyectados de dolor y una furia naciente.
—Tenían mis ojos… —susurró con una voz que sonaba a sentencia de muerte—. Eran idénticos a mí. Y tienen la edad exacta.
—Eso es imposible. Tú sabes que ella…
—¡Lo que sé! —la interrumpió Julián, acercándose a Sabrina hasta invadir su espacio personal, haciéndola retroceder por primera vez con miedo real—, es que algo no encaja en la historia que tú me contaste hace un año. Y te juro, Sabrina… te juro por la vida de esos niños que acabo de ver, que si descubro que me mentiste… Dios te ayude.
Julián dio media vuelta y caminó hacia el coche abandonado, sacando su celular del bolsillo mientras caminaba. No llamó a la floristería. No llamó al organizador de bodas. Marcó el número de Ramírez, su jefe de seguridad privada.
—Ramírez, quiero que localices a una persona ahora mismo. Se acaba de subir a un camión de la ruta 45 en Reforma. Es una mujer con dos bebés gemelos. Encuentra dónde vive. No te acerques, solo quiero la dirección y quiero el historial completo de Mariana Ríos del último año. Cada movimiento, cada visita médica, todo.
Colgó el teléfono y entró en el coche. El aire acondicionado seguía a 18 grados, pero Julián sentía que estaba ardiendo en el infierno de sus propios errores. Y estaba dispuesto a quemar el mundo entero para arreglarlo.
CAPÍTULO 3: El Silencio del Infierno
El cierre de la puerta del conductor resonó como un disparo de calibre grueso dentro de la cabina insonorizada del Mercedes. El mundo exterior, con sus cláxenes furiosos, sus vendedores de chicles y el calor sofocante que hacía vibrar el asfalto de Reforma, quedó sellado de nuevo. Sin embargo, el aire dentro del vehículo, a pesar de los 18 grados del climatizador, se había vuelto irrespirable. Era un aire denso, cargado de verdades no dichas y de un odio que empezaba a fermentar.
Julián encendió el motor. Sus manos, habitualmente firmes y precisas, temblaban ligeramente sobre el volante forrado en piel napa. Era un temblor casi imperceptible, pero no para los ojos de halcón de Sabrina Montes.
—Arranca —ordenó ella. Su voz ya no era chillona; ahora era tensa, baja, controlada. Miraba fijamente hacia el frente, evitando a toda costa hacer contacto visual con los conductores de los otros coches que los observaban con curiosidad morbosa—. Sácanos de este circo antes de que alguien nos reconozca. Si mañana amanecemos en la portada de TVNotas o en algún hilo de Twitter por tu numerito de telenovela, mi padre te va a matar.
Julián metió primera y el coche se deslizó con esa suavidad engañosa de la ingeniería alemana. Por fuera, eran la imagen del éxito: una pareja dorada (“Juli-Brina”, como los llamaban las revistas de sociales) en un coche de tres millones de pesos. Por dentro, eran dos extraños al borde de una guerra nuclear.
Durante los primeros diez minutos, el silencio fue absoluto, pesado como una losa de concreto. Solo se escuchaba el zumbido casi imperceptible de las llantas sobre el pavimento y la respiración agitada de Sabrina. Ella había sacado su iPhone y revisaba frenéticamente las redes sociales, deslizando su dedo con violencia sobre la pantalla, buscando hashtags, buscando menciones, buscando el desastre.
—No hay nada todavía… —murmuró para sí misma, con un suspiro que era mitad alivio y mitad rabia. Bloqueó la pantalla con un golpe seco de su uña acrílica contra el vidrio—. Tuvimos suerte. Increíble suerte. Si mi padre se entera de que te bajaste del coche en plena avenida para perseguir a tu exmujer como un perro faldero…
—¡Cállate, Sabrina! —la interrumpió Julián.
No gritó. No alzó la voz. Su tono era bajo, grave, impregnado de una fatiga existencial que le pesaba en los huesos, pero tenía un filo metálico que cortó el aire.
—No quiero oír hablar de tu padre. No quiero oír hablar de la boda. Y mucho menos quiero oírte hablar de ella.
Sabrina giró la cabeza tan rápido que sus pendientes de diamantes oscilaron violentamente, golpeando su cuello.
—¿Que no quieres hablar de la boda? —soltó una risa incrédula, aguda y corta—. Julián, faltan dos semanas. Hemos invertido una fortuna. Mi reputación está en juego. La reputación de mi familia. Y no voy a permitir que un ataque de nostalgia por una… una criada glorificada, arruine mi momento. Porque eso es lo que fue, Julián. Un error de clase baja que cometiste antes de estar conmigo.
—No era nostalgia —dijo Julián, clavando la vista en el asfalto mientras tomaba la subida hacia Las Lomas. Cada vez que parpadeaba, veía esos cuatro ojos azules mirándolo. Los dos pares de zafiros que lo habían juzgado en silencio desde el borde de la banqueta—. Vi a mis hijos, Sabrina. Los vi.
—¡Deja de decir eso! —gritó ella, perdiendo finalmente la compostura elegante que tanto ensayaba frente al espejo. Golpeó el tablero del coche con la palma abierta—. ¡Es biológicamente imposible! Ella te engañaba. Te mostré los mensajes, ¿recuerdas? “Mi rey”, “bebé”, esas vulgaridades que se escribía con su amante. Te mostré las fotos de ella entrando en ese motel barato de Tlalpan.
Julián apretó la mandíbula. Las imágenes de aquel día volvieron a su mente. La vergüenza pública, el dolor, la sensación de ser el idiota más grande del mundo.
—Esos niños pueden ser de cualquiera —continuó Sabrina, destilando veneno en cada sílaba—. Del jardinero, del chófer, de ese tipo con el que se veía. ¡Por Dios, Julián! Mírala cómo estaba vestida. Parecía una pordiosera. ¿De verdad crees que alguien con tu ADN permitiría que sus hijos vivieran así? Esos niños son producto de su promiscuidad y su pobreza.
—Nunca vi su cara —dijo Julián de repente. La frase quedó colgando en el aire, desconectada del discurso de odio de Sabrina.
Sabrina se congeló por un microsegundo. Un fallo casi imperceptible en su actuación, como un video que se salta un cuadro.
—¿Qué?
—En las fotos que me mostraste hace un año —Julián apretó el volante hasta que el cuero crujió bajo sus dedos—. Las fotos de ella entrando al motel. Se veía a Mariana, sí. Se veía su ropa, su cabello, su perfil… Pero el hombre… el supuesto amante… siempre estaba de espaldas. O borroso. O con una gorra. Nunca vi su cara. Nunca supe quién era.
Sabrina resopló, recuperando su postura ofensiva. Cruzó las piernas y alisó su falda de seda con un gesto nervioso.
—Y ahora vas a jugar al detective. Por favor, Julián, madura. Las pruebas eran claras. Ella aceptó el cheque, ¿no? Si hubiera sido inocente, si esos hijos fueran realmente tuyos, se habría quedado a pelear. Habría exigido una prueba de ADN en ese momento, habría hecho un escándalo. Pero no. Se fue. Agarró el dinero y corrió. Eso es lo que hacen las culpables.
Julián recordó la escena en la banqueta minutos antes. La ropa gastada. Los zapatos viejos. El rebozo de tela barata.
—No parecía alguien que se hubiera gastado un cheque de cien mil dólares —murmuró Julián, más para sí mismo que para ella—. Si tuviera ese dinero, no estaría cruzando Reforma a pie con dos bebés cargando bajo el sol.
—Porque se lo gastó en su amante —insistió Sabrina, atacando con saña, buscando herir donde más dolía—. O en drogas. O en lo que sea que haga esa gente de baja calaña cuando tienen un poco de efectivo. Se lo bebió, se lo fumó. Mírala, Julián. Estaba sucia, sudada, flaca. Es un desastre. ¿De verdad quieres asociar tu apellido, el apellido Santoro, con esa imagen? Imagina lo que dirían los socios de la firma si supieran que el CEO tiene hijos con una mujer que parece que vive debajo de un puente.
Julián frenó el coche frente a la enorme reja de hierro forjado de su mansión en Las Lomas de Chapultepec. El guardia de seguridad, un exmilitar armado, saludó militarmente y accionó el mecanismo de apertura. Las puertas automáticas se abrieron revelando el paraíso privado de Julián: jardines perfectamente podados, fuentes de mármol importado, una arquitectura moderna e imponente que gritaba poder.
Pero al entrar en la propiedad, Julián sintió una náusea repentina. Todo ese lujo, todo ese mármol y cristal, de repente le pareció vacío. Estéril. Una jaula de oro.
Sabrina notó que él no apagaba el motor al estacionar frente a la entrada principal de doble altura.
—Julián, apaga el coche. Tenemos la prueba del menú con el chef francés en media hora. Mi madre ya debe estar adentro esperándonos.
—Bájate tú —dijo él sin mirarla, con la vista fija en el escudo de la marca en el centro del volante.
—Perdón, ¿qué dijiste?
—Bájate. Necesito ir a la oficina. Tengo cosas que resolver.
—¿Estás de broma? Es domingo, Julián. Y es la prueba del menú. No puedes faltar.
—He dicho que te bajes.
Julián giró la cabeza y la miró. Por primera vez en meses, Sabrina vio algo en los ojos de su prometido que la asustó de verdad. No era ira caliente, de la que se pasa con un par de disculpas y sexo. Era desapego. La estaba mirando como se mira a un mueble viejo que ya no combina con la decoración y que estorba.
—No me esperes para la prueba. Come tú. Trágatelo todo si quieres.
Sabrina abrió la boca para protestar, para montar una escena, para amenazar con llamar a su padre y cancelar la línea de crédito. Pero algo en la tensión de la mandíbula de Julián, en la vena que latía peligrosamente en su cuello, le dijo que esta vez el berrinche no funcionaría. Esta vez, la cuerda estaba a punto de romperse.
Furiosa, abrió la puerta y salió dando un portazo que hizo vibrar el chasis del Mercedes y resonó en toda la entrada de la mansión.
—¡Vete al diablo, Julián! —gritó ella mientras sus tacones golpeaban la piedra de la entrada—. ¡Pero si no llegas a cenar, atente a las consecuencias!
Julián no esperó a que ella entrara a la casa. Aceleró, dando la vuelta a la fuente central con un chirrido de neumáticos impropio de un hombre de su posición, y salió de la mansión a toda velocidad, dejando al guardia de seguridad boquiabierto.
No iba a la oficina. No tenía idea de a dónde iba. Solo sabía que necesitaba alejarse de Sabrina, de su perfume caro y de sus palabras venenosas para poder respirar. Necesitaba procesar la imagen de esos dos bebés que se había tatuado en su retina.
Condujo sin rumbo por la autopista urbana, viendo la ciudad pasar como una mancha gris. Después de veinte minutos, su teléfono vibró en la consola central. Un solo mensaje.
Era Ramírez. El hombre al que le confiaba su vida y ahora, sus secretos más oscuros.
Julián sintió que el corazón se le subía a la garganta. Detuvo el coche en el acotamiento de emergencia del Periférico, encendiendo las intermitentes. Sus manos sudaban tanto que tuvo que secarlas en sus pantalones antes de poder desbloquear la pantalla.
Abrió el mensaje. Era un texto breve, clínico, devastador.
DE: Ramírez (Seguridad)
PARA: Sr. SantoroSeñor, localizada.
Mariana Ríos vive en la Colonia Doctores, Calle Dr. Andrade número 45, Interior 4. Es una vecindad de alto riesgo, zona roja.
El historial médico preliminar confirma parto de gemelos varones hace 3 meses en el Hospital General de México (zona de beneficencia pública). En el acta de nacimiento no figura el nombre del padre. Los niños están registrados solo con los apellidos maternos: Ríos Ríos.
Esperando instrucciones.
Julián leyó el mensaje una vez. Dos veces. Tres veces.
—Sin padre… —la frase salió de sus labios como un susurro roto.
El celular se le resbaló de las manos y cayó sobre el asiento del copiloto. Julián se cubrió el rostro con las manos y, por primera vez en años, el gran Julián Santoro, el hombre de hielo, se quebró.
Lloró.
No fue un llanto elegante de película. Fue un sonido gutural, ahogado, feo. Golpeó el volante una y otra vez con el puño cerrado, gritando contra el silencio del coche, mientras los otros vehículos pasaban zumbando a su lado a 100 kilómetros por hora, ajenos a que dentro de ese Mercedes de lujo, un hombre se estaba rompiendo en mil pedazos al darse cuenta de la magnitud de su error.
Sus hijos no tenían apellido. Sus hijos habían nacido en un hospital público, probablemente sin aire acondicionado, sin cuarto privado, mientras él bebía champaña celebrando su compromiso. Mariana había estado sola.
—¿Qué he hecho? —sollozó, apoyando la frente en el volante—. Dios mío, ¿qué he hecho?
Al otro lado de la ciudad, muy lejos de las autopistas rápidas y los coches blindados, un autobús viejo y destartalado frenaba con un bufido hidráulico, escupiendo una nube de humo negro sobre una banqueta rota.
Mariana bajó con cuidado extremado. Sus brazos ardían. El peso de dos bebés de tres meses, más la pañalera llena de biberones vacíos, era un castigo físico constante que le taladraba la espalda, pero era un dolor que ella abrazaba con gratitud. Eran su peso. Su carga. Su única razón para no dejarse morir.
El barrio no se parecía en nada a la zona donde Julián tenía su mansión. Aquí no había guardias de seguridad ni fuentes de mármol. Aquí, las paredes estaban tatuadas con grafitis de pandillas locales, la música de cumbia y reguetón sonaba a todo volumen desde alguna ventana abierta compitiendo con los ladridos de perros callejeros, y el aire olía a una mezcla penetrante de aceite frito de los puestos de garnachas y drenaje estancado.
Mariana caminó rápido, con la cabeza baja, pegando la barbilla al pecho. Sabía que llamar la atención aquí era peligroso. Sintió las miradas de un grupo de hombres que bebían cerveza (“caguamas”) en la esquina, sentados sobre cajas de refresco.
—Ándale mami, ¿tan solita y con tanto paquete? —le gritó uno, provocando las risas de los demás.
Mariana apretó el paso, sintiendo el miedo frío en la nuca. Cruzó el portón oxidado de la vecindad número 45. Era un edificio antiguo, de esos que alguna vez fueron casonas bonitas a principios de siglo, pero que ahora se caían a pedazos por el abandono, la humedad y el hacinamiento. El patio central estaba cruzado por decenas de lazos con ropa tendida que goteaba sobre el cemento agrietado.
—¡Marianita!
Una voz cascada la saludó desde el fondo del patio. Era Doña Carmen, su vecina de la planta baja, una mujer de setenta años con las manos deformadas por la artritis pero con el corazón más grande del edificio. Estaba barriendo el suelo con una escoba de varas.
Al ver la cara de Mariana, la anciana soltó la escoba y se acercó cojeando tan rápido como sus piernas le permitían.
—Hija, ¿qué te pasó? —Carmen le tomó el brazo con delicadeza—. Estás pálida como un papel, parece que viste un muerto. ¿Los niños están bien?
Mariana asintió, pero en ese momento, la adrenalina que la había mantenido en pie desde el encuentro en Reforma se evaporó. Sus rodillas fallaron. Se dejó caer sentada en el primer escalón de la escalera común, incapaz de dar un paso más hacia su cuarto.
—Lo vi, Doña Carmen… —susurró con los ojos vidriosos, fijos en la nada.
—¿A quién, mi niña?
—A Julián.
La anciana se persignó instintivamente.
—¡Virgen Santísima! ¿Te vio él a ti? ¿Vio a los angelitos?
—Los vio. Nos detuvo en la calle, paró el tráfico… —Mariana abrazó a los bebés, que empezaban a removerse y a quejarse por el hambre y el calor—. Quería… quería tocarlos. Fue horrible, Carmen. Estaba con ella. Con la mujer por la que me dejó. Me gritó, me humilló delante de todos, dijo que yo era una limosnera. Pero él… él los miró a los ojos. Y supo la verdad. Lo vi en su cara. Se le cayó el alma a los pies.
—Ay, mi niña… —Doña Carmen se sentó a su lado en el escalón sucio y le acarició el hombro huesudo—. Eso tenía que pasar tarde o temprano. La sangre llama. Esos niños son su viva estampa. Pero no tengas miedo. Aquí no entra nadie sin que los vecinos lo sepamos. Si ese hombre viene a molestar, lo sacamos a cubetazos de agua fría.
—Tengo miedo de que me los quite —confesó Mariana, y la voz se le rompió finalmente en un sollozo seco, doloroso—. Él tiene todo el dinero del mundo, Carmen. Tiene abogados, jueces comprados, poder. Yo no tengo nada. Mira dónde vivimos. Si un juez ve esto… —señaló con la cabeza hacia arriba, hacia su pequeño cuarto en el segundo piso donde se filtraba el agua cuando llovía—. Dirán que no soy apta. Dirán que soy pobre.
—Ser pobre no es un delito, mija. Ser mala madre, sí. Y tú eres la mejor madre que he visto en años —dijo Carmen con firmeza, levantándole la barbilla—. Esos niños están gorditos, limpios y llenos de amor. Eso no se compra con dinero, ni con todos los millones de ese tal Julián.
Mariana se secó las lágrimas con el dorso de la mano, dejando una mancha de suciedad en su mejilla. Tenía que ser fuerte. Por ellos.
Leo comenzó a llorar con más fuerza, un llanto de hambre que no sabía de pausas, seguido inmediatamente por Mateo. El coro de llantos la obligó a ponerse de pie. El instinto maternal aplastó al pánico.
—Tengo que darles de comer. Se me está acabando la fórmula y todavía faltan tres días para la quincena —dijo con angustia, haciendo cálculos mentales rápidos.
—Sube, anda. Yo te subo un platito de arroz con frijoles y unas tortillas que acabo de calentar para que comas tú. Que te me vas a desaparecer si sigues así de flaca.
Mariana subió los dos pisos de escaleras carcomidas, sintiendo cada escalón como una montaña. Al abrir la puerta de metal de su departamento, la realidad la golpeó de nuevo.
Era una sola habitación de cuatro por cuatro metros. Servía de dormitorio, cocina, sala y comedor. No había cunas de marca ni móviles musicales. Había un colchón matrimonial en el suelo donde dormían los tres. Había una mesa pequeña con un hornillo eléctrico de dos quemadores. La ropa de los bebés estaba colgada en un tendedero improvisado que cruzaba la habitación de lado a lado.
Todo estaba impecablemente limpio, ordenado con un rigor militar, pero la pobreza gritaba desde cada rincón. El calor se acumulaba bajo el techo de lámina y concreto, creando un efecto invernadero.
Mariana acostó a los bebés en el colchón y comenzó la rutina mecánica de preparar los biberones. Abrió la última lata de fórmula. Quedaba polvo para dos días, quizás tres si lo diluía un poco más, aunque sabía que no debía hacerlo.
Mientras agitaba la leche tibia, su mente viajó al pasado. Recordó la cocina de Julián. La isla de granito inmensa, el refrigerador de dos puertas que siempre estaba lleno, la habitación que habían soñado convertir en cuarto de bebé, pintada de gris perla con muebles importados. Recordó cómo Julián le acariciaba el vientre las primeras semanas, antes de que el veneno de Sabrina empezara a hacer efecto.
“Tú solo quieres mi dinero”, le había gritado él esa última noche. “Me casé contigo sacándote de la nada y así me pagas, revolcándote con otro”.
Mariana miró a sus hijos, que succionaban los biberones con avidez, sus manitas cerradas en puños, sus pestañas largas y oscuras, idénticas a las del padre que no los conocía.
—No voy a dejar que les haga daño —le prometió al aire viciado del cuarto, con una determinación que le nacía de las entrañas—. No voy a dejar que esa mujer se les acerque nunca más. Si Julián quiere guerra, guerra tendrá. Pero no se los va a llevar. Primero muerta.
Afuera, la noche empezaba a caer sobre la colonia Doctores, trayendo sombras y peligros, pero dentro de ese cuarto, una madre se preparaba para defender su pequeño mundo contra un titán.
CAPÍTULO 4: La Anatomía de una Mentira
Mientras Mariana luchaba contra el calor y el hambre en la Colonia Doctores, Julián Santoro se encontraba en el extremo opuesto del espectro social y emocional.
Estaba sentado en su oficina privada, en el piso 40 de un rascacielos de cristal en Santa Fe. No había encendido las luces principales. Solo el resplandor ámbar y azulado de la Ciudad de México a sus pies iluminaba la estancia minimalista. El aire acondicionado aquí también zumbaba, pero a diferencia del coche, aquí el silencio no era una jaula, sino un tribunal.
Sobre su escritorio de cristal templado, Julián había vaciado el contenido de una vieja carpeta de piel negra que había sacado del fondo falso de su caja fuerte personal.
Eran “las pruebas”.
Julián tomó una de las fotos impresas en papel fotográfico de alta resolución. Mostraba a Mariana entrando en un hotel de paso, de esos con letreros de neón parpadeantes y cortinas de garaje. La fecha y la hora estaban impresas digitalmente en la esquina inferior derecha en letras naranjas: 14 de Febrero, 21:30 hrs.
Sus manos temblaban, no de miedo, sino de una furia fría que le recorría la espalda.
Sacó su teléfono personal, el que usaba para asuntos privados, y abrió la galería de fotos. Hizo scroll hacia atrás, retrocediendo un año entero, pasando por fotos de contratos, capturas de pantalla de la bolsa de valores y selfies forzadas con Sabrina, hasta llegar a esa fecha específica.
Ese día, 14 de febrero, él estaba en un viaje de negocios en Nueva York cerrando la fusión con los japoneses. Sabrina se había quedado en la ciudad, supuestamente para ayudar a Mariana con unos trámites de pasaporte.
Julián acercó la foto impresa a sus ojos, entrecerrándolos. Algo en la imagen le molestaba. Siempre le había molestado, pero su orgullo herido no le había permitido verlo antes.
Se levantó de su silla Herman Miller y caminó hacia el gran monitor de 80 pulgadas en la pared. Escaneó la foto con su celular y la proyectó en la pantalla gigante. La imagen se pixeló ligeramente al ampliarse, pero los detalles se volvieron ineludibles.
—Vamos a ver… —murmuró para sí mismo.
Agrandó la imagen en la muñeca izquierda de Mariana.
Llevaba un reloj. Un reloj sencillo, de correa de piel negra y carátula pequeña y dorada.
Julián sintió un escalofrío que le erizó la piel de los brazos. Se quedó petrificado mirando ese reloj gigante en la pantalla.
—No puede ser…
Él conocía ese reloj. Lo había comprado en una joyería vintage en el SoHo de Nueva York durante ese mismo viaje. Se lo había regalado a Mariana después de regresar. Se lo dio en su cumpleaños, que fue el 28 de febrero. Dos semanas después de la supuesta fecha de la foto.
—¿Cómo podías llevar puesto un reloj que yo todavía tenía en mi maleta en Nueva York? —preguntó a la foto muda.
La respuesta cayó sobre él como una sentencia: Es falso.
—La fecha está manipulada —susurró, y su voz retumbó en la oficina vacía con una violencia contenida.
Empezó a revisar los papeles con una obsesión maníaca. Tomó las hojas impresas con las capturas de pantalla de WhatsApp. Las supuestas conversaciones de Mariana con su amante.
Leyó los mensajes en voz alta, saboreando el veneno de la mentira:
“Ya voy para allá, mi rey. Tengo unas ganas locas de verte, papi.”
“Espérame en el cuarto de siempre, bebé.”
Julián arrugó el papel con el puño.
El lenguaje. ¿Cómo no se había dado cuenta antes? Mariana era una mujer de pueblo, sí, humilde, pero tenía una educación y una dulzura natural. Nunca usaba esas palabras. Ella nunca decía “mi rey”, ni “papi”, ni “bebé” en ese contexto vulgar. Ella era formal, incluso un poco tímida en sus textos. Escribía “te extraño mucho” o “cuídate, mi amor”.
Esos mensajes no sonaban a Mariana. Sonaban a lo que una persona rica y prejuiciosa cree que habla una persona pobre.
—Sabrina… —gruñó Julián.
Recordó la forma en que Sabrina le hablaba a su servicio doméstico, con ese desdén impostado, asumiendo que todas eran ignorantes y vulgares. Esos mensajes tenían la firma psicológica de Sabrina por todas partes.
La furia que había sentido en el coche se transformó en algo mucho más peligroso: una determinación letal. Ya no era tristeza. Era guerra.
Tomó el teléfono de escritorio y marcó la extensión directa de Ramírez. Sonó una vez.
—¿Jefe? —respondió Ramírez al instante. Eran las once de la noche, pero el hombre nunca dormía.
—Ramírez, escúchame bien. Quiero vigilancia veinticuatro horas fuera de la vecindad de la calle Dr. Andrade.
—Entendido, señor. ¿Quiere que…?
—Quiero que nadie entre y nadie salga sin que yo lo sepa —interrumpió Julián—. Quiero que protejas a esa mujer y a esos niños como si fueran el mismísimo Presidente de la República. Si ves a alguien sospechoso, especialmente si ves a alguien relacionado con la familia Montes o sus empleados, intervienes. ¿Entendido?
—Entendido, señor. ¿Y usted? ¿Se queda en la oficina?
Julián miró su reflejo en el ventanal oscuro. Vio a un hombre con un traje de tres mil dólares que se sentía vacío por dentro.
—No. Yo voy a ir para allá.
—Señor, con todo respeto, esa zona a estas horas es… complicada. Si va en el Mercedes va a llamar la atención.
—No voy a ir como Julián Santoro, el millonario, Ramírez. Voy a ir a buscar respuestas. Y Dios ayude a quien se interponga en mi camino.
Julián colgó. Se quitó el saco de diseñador, se aflojó la corbata de seda hasta quitársela y la tiró al suelo con desprecio. Se quitó el reloj Patek Philippe y lo dejó sobre el escritorio junto a las pruebas falsas. Había vivido una mentira construida con dinero y orgullo. Ahora tenía que bajar al infierno para encontrar la única verdad que importaba: dos pares de ojos azules que lo esperaban en la pobreza.
El trayecto hacia la Colonia Doctores fue un descenso literal y metafórico. Julián conducía una camioneta SUV negra, blindada pero discreta, que usaban para transportar al personal de seguridad.
Al cruzar el Viaducto y entrar en las calles estrechas y mal iluminadas de la Doctores, el ambiente cambió. Había patrullas de policía con las luces encendidas un par de cuadras atrás, custodiando una escena del crimen acordonada con cinta amarilla. Grupos de jóvenes con capuchas lo miraban desde las esquinas.
Julián estacionó la camioneta a media cuadra de la vecindad número 45. Apagó las luces y el motor.
Su teléfono vibró.
Ramírez: Estoy en posición, señor. Coche gris sin marcas al otro lado de la calle. La ventana del segundo piso, la que da a la calle y tiene una luz amarilla, es la suya.
Julián bajó la ventanilla unos centímetros. El aire nocturno estaba viciado. Alzó la vista hacia esa ventana.
No tenía cortinas propiamente dichas. Eran unas sábanas viejas, colgadas con pinzas, para dar algo de privacidad. A través de la tela delgada, se recortaba una silueta a contraluz.
Era ella.
Julián contuvo el aliento, sintiendo un dolor físico en el pecho.
La sombra se movía de un lado a otro. Mecía algo en sus brazos. Caminaba de un extremo a otro del pequeño cuarto, una y otra vez, en esa danza eterna y agotadora de las madres que intentan calmar a un bebé con cólicos.
La imagen era hipnótica y desgarradora. Julián miró el reloj del tablero. Eran las 12:45 de la madrugada. Ella debería estar durmiendo para levantarse a trabajar. Pero ahí estaba, despierta, consolando a su hijo.
De repente, la silueta se detuvo cerca de la ventana. Julián vio cómo Mariana apartaba la sábana un poco para dejar entrar algo de aire. Pudo ver su rostro por un instante, iluminado por la luz mortecina de una bombilla desnuda que colgaba del techo con un cable pelado.
Estaba demacrada. Sus ojos tenían círculos oscuros profundos, violáceos. Llevaba una camiseta vieja de propaganda política que le quedaba grande. Pero la forma en que miraba al bulto en sus brazos… Julián nunca había visto una expresión de amor tan pura, tan sacrificada, en toda su vida. Ni su propia madre lo había mirado así.
Mariana besó la frente del bebé y pareció susurrarle algo. Luego se sentó en una silla de plástico blanca —de esas baratas de jardín— que era visible a través de la ventana, y comenzó a darle el biberón.
Julián sintió que el corazón se le rompía. Recordó la vida que le había prometido. Nanas, viajes a Disney, comodidad absoluta. Y ahora la veía ahí, sentada en una silla de plástico, sola contra el mundo.
En ese momento, vio algo más.
Mariana dejó el biberón vacío sobre una mesita coja y se frotó el estómago con una mueca de dolor. Se levantó y abrió una pequeña nevera que se veía al fondo del cuarto. La luz interior del electrodoméstico reveló la verdad cruel: estaba casi vacía. Solo había un par de botellas de agua rellenadas y lo que parecía ser un envase de leche medio vacío.
Ella sacó la botella de leche. Dudó un momento. La miró con deseo. Pero luego, con un suspiro de resignación, la volvió a guardar sin beber ni un sorbo. Tomó una de las botellas de agua y bebió largos tragos para engañar al hambre.
—Prioridades… —susurró Julián en la oscuridad de la camioneta—. La leche es para ellos. No para ella.
Julián golpeó el volante con frustración, con tanta fuerza que activó el claxon brevemente, un sonido ahogado que se perdió en la noche.
Quería salir corriendo. Quería subir esas escaleras podridas, derribar la puerta y llenar esa nevera. Quería sacarla de ahí, llevarla a un hotel de cinco estrellas, pedir servicio a la habitación y verla comer hasta hartarse. Pero el miedo lo paralizó.
El miedo a su rechazo. Ella le había dicho que gritaría si se acercaba. Y tenía razón. Para ella, él era el monstruo que la había condenado a esa vida. El ogro del cuento.
Decidió que esa noche no dormiría. Se quedó allí, vigilando su ventana, siendo el guardián invisible que no había sabido ser cuando ella lo necesitaba.
El sol de la mañana no trajo alivio, solo reveló con crudeza la decadencia del edificio. Las grietas en la fachada parecían heridas abiertas. Julián había dormitado un par de horas en el asiento del conductor, con el cuello rígido y el alma entumecida.
A las 5:45 AM, vio salir a Mariana.
Llevaba a los gemelos en un cargador doble, tapados hasta la nariz con cobijas. Caminaba rápido, cruzando el patio hacia la puerta de la planta baja. Julián observó cómo tocaba suavemente y dejaba a los niños con la vecina antes de salir corriendo de nuevo, sola, hacia la parada del autobús. Iba a trabajar.
Era su oportunidad.
Julián bajó de la camioneta. Llevaba una gorra de béisbol calada hasta las cejas y una sudadera gris que había encontrado en la cajuela. Se aseguró de que Ramírez lo cubriera desde la distancia.
Cruzó la calle y entró en el patio de la vecindad. El lugar olía a jabón zote y a tierra mojada. En el centro del patio, una Virgen de Guadalupe de yeso, algo descarapelada, estaba rodeada de flores marchitas en frascos de mayonesa vacíos.
Se dirigió hacia la puerta donde Mariana había dejado a los niños. El departamento 1.
Antes de que pudiera tocar, la puerta se abrió de golpe.
Doña Carmen salió con una escoba en la mano y una expresión de pocos amigos. Al ver a un hombre extraño parado allí, alto, atlético y demasiado “limpio” para el barrio, su instinto de protección se disparó al máximo.
—¿Qué quiere? —ladró la anciana, bloqueando la entrada con su cuerpo pequeño pero firme—. Aquí no vendemos nada, no queremos cambiar de compañía de luz y no tenemos dinero para las colectas.
Julián se quitó la gorra, un gesto de respeto automático que le habían enseñado desde niño, revelando su rostro cansado y su cabello revuelto.
—Buenos días, señora. No vengo a vender nada.
—¿Entonces? ¿Es usted cobrador? —Carmen dio un paso adelante, empuñando la escoba como una lanza—. Porque si viene a cobrarle a Marianita los intereses de los usureros, ya le dije al otro tipo que vino la semana pasada que ella paga cuando puede. ¡Déjenla en paz, buitres!
La defensa feroz de la anciana golpeó a Julián. Mariana estaba rodeada de pobreza, sí, pero también de una lealtad que él no conocía en su mundo de tiburones corporativos y “amigos” que solo querían su dinero.
—No soy cobrador —dijo Julián, bajando la voz y alzando las manos en señal de paz—. Soy… soy un conocido del pasado. Solo quiero saber si necesita algo.
Doña Carmen entrecerró los ojos, escrutándolo. Sus ojos viejos y sabios, acostumbrados a leer las intenciones de la gente en un barrio difícil, recorrieron la ropa de Julián. Notó la calidad de la tela de la sudadera, aunque fuera sencilla. Notó la marca de bronceado en la muñeca donde solía ir un reloj caro. Y sobre todo, notó la postura. La postura de alguien acostumbrado a mandar.
—Un conocido… —repitió ella con desconfianza profunda—. Si fuera un “buen” conocido, sabría que ella necesita todo. Pero ella no acepta limosnas de extraños. Es orgullosa esa muchacha. Más orgullosa que rica.
—Lo sé —dijo Julián. Se arriesgó—. Sé que tuvo gemelos.
La expresión de Carmen cambió instantáneamente. De la desconfianza pasó a una tristeza profunda, mezclada con una ira latente.
—Ay, sí… mis angelitos. Leo y Mateo. Son la única luz de este edificio ruinoso.
—¿Son… son buenos bebés? —preguntó Julián con la voz temblorosa, hambriento de cualquier detalle, de cualquier migaja de su vida.
Doña Carmen soltó un suspiro, apoyándose en el palo de la escoba.
—Son unos santos. Casi no lloran, como si supieran que su mamá está cansada y no quisieran dar lata. Pero comen… comen como limas nuevas. Y la pobre Mariana se quita el pan de la boca para que no les falte la fórmula.
Julián sintió un nudo en la garganta que casi le impedía respirar.
—¿Y el padre? —preguntó. Necesitaba escucharlo. Necesitaba que alguien más le dijera la verdad a la cara para terminar de destruir su ego.
La cara de Doña Carmen se endureció como piedra volcánica. Escupió al suelo, justo a un lado de los tenis de Julián.
—Ese no es padre. Ese es un desgraciado sin alma. Un animal.
Julián aguantó el insulto sin pestañear. Se lo merecía. Cada letra.
—¿Por qué dice eso? —insistió, masoquista.
—Porque la echó como a un perro cuando ella le dijo que estaba embarazada —Carmen alzó la voz, indignada, atrayendo la atención de una vecina que tendía ropa en el piso de arriba—. Ella llegó aquí hace seis meses, con la barriga enorme, llorando, sin un peso en la bolsa. Me contó que él es un hombre rico, muy importante, un “licenciado” o algo así, que se dejó envenenar la cabeza por una bruja rubia que tenían cerca.
Julián cerró los ojos un instante. Sabrina.
—Ella… ¿ella lo odia?
—Ella lo amaba, ¿sabe? —continuó Carmen, clavando la estaca más hondo—. Incluso cuando deliraba de fiebre después del parto… porque tuvo una infección fuerte por no cuidarse bien, por volver a trabajar a los tres días… llamaba su nombre.
Julián abrió los ojos de golpe.
—¿Tuvo una infección?
—Casi se nos muere. Y en la fiebre decía: “Dile a Julián que son suyos… dile que no me engañé”.
El mundo de Julián se detuvo. Mariana había estado al borde de la muerte, sola, llamándolo a él en su delirio, defendiendo su honor, mientras él estaba probando pasteles de boda de cinco pisos y eligiendo mantelería de lino.
Carmen lo miró fijamente durante el silencio que siguió. La anciana parecía estar armando un rompecabezas en su cabeza. Miró los ojos azules de Julián, esos ojos tan particulares, tan brillantes. Luego miró hacia dentro de su casa, donde los gemelos dormían en un corralito improvisado. Luego volvió a mirar a Julián.
La comprensión amaneció en el rostro de la anciana como una tormenta. Sus ojos se abrieron con sorpresa y luego se entrecerraron con una furia renovada, pura y justiciera.
—Usted… —susurró Carmen, dando un paso atrás—. Usted tiene los mismos ojos.
Julián no lo negó. No podía. No quería.
—¡Lárguese de aquí! —gritó Carmen, levantando la escoba como un arma, lista para golpearlo—. ¡Sinvergüenza! ¡Canalla! ¿Viene a ver la miseria que provocó? ¿Viene a burlarse de cómo viven sus hijos?
—¡No! —Julián alzó las manos, no para defenderse, sino para implorar—. Señora, escúcheme. Vengo a arreglarlo. Se lo juro. No sabía… no sabía la verdad. Me mintieron.
—¡A un hombre que ama a su mujer no le mienten tan fácil! —le gritó Carmen.
Esa frase fue una verdad universal que golpeó a Julián más fuerte que cualquier golpe físico.
—Usted no tuvo fe en ella. Prefirió creerle a los chismes que a la mujer que dormía en su cama. Y ahora viene aquí, con su ropa limpia y su cara de arrepentido… ¡Lárguese antes de que llame a los vecinos! Aquí nos cuidamos entre nosotros y a tipos como usted nos los comemos vivos.
Desde el interior de la casa, el llanto de un bebé estalló, asustado por los gritos. Luego el segundo.
El sonido de sus hijos llorando paralizó a Julián.
Carmen bajó la escoba y corrió hacia adentro, lanzándole una última mirada de odio.
—Ya voy, mis niños, ya voy. El hombre malo ya se va.
Carmen cerró la puerta en la cara de Julián con un portazo que hizo temblar el marco y levantó polvo del suelo.
Julián se quedó solo en el patio.
“El hombre malo”.
Así lo conocerían sus hijos. Esa era su etiqueta.
Se recargó contra la pared descascarada, respirando agitadamente. La visita no le había dado paz; le había dado una sentencia. La coartada de “no sabía” ya no servía. Carmen tenía razón. Él había elegido creer la mentira porque era más fácil, porque su orgullo de macho herido fue más fuerte que su amor.
Pero entonces escuchó algo a través de la puerta cerrada y la ventana abierta. Escuchó a Carmen hablando con los bebés mientras los calmaba.
—Shh, shh… Mi vida, no llores, Mateo. No llores. Mira qué bonitos ojos tienes… igualitos a los de ese tonto que está ahí afuera.
Julián se quedó quieto. No se fue. Se acercó a la ventana, pegándose a la pared para no ser visto. Vio a través de la rendija a Carmen cargando a uno de los bebés. El niño, Mateo, se había calmado y miraba hacia la ventana con esos ojos enormes, como si sintiera la presencia de su padre al otro lado del muro.
Era una conexión imposible, invisible.
Julián alzó la mano y tocó el cristal sucio, justo a la altura de la manita del bebé que se agitaba al otro lado.
—Voy a recuperarlos —juró Julián en un susurro, con una determinación que le quemaba las venas como fuego líquido—. Aunque tenga que vivir en este patio. Aunque tenga que arrastrarme. Voy a destruir a quien nos hizo esto, Sabrina, y voy a pasar el resto de mi vida ganándome el perdón de tu madre.
Su teléfono vibró de nuevo.
Era un mensaje de Sabrina.
Espero que se te haya pasado el berrinche. Mañana tenemos la cita con el notario para las capitulaciones matrimoniales. No faltes.
Julián miró el mensaje y sintió una calma fría.
—No faltaré —dijo en voz alta, guardando el teléfono—. De hecho, será la cita más importante de tu vida, Sabrina. Pero no por la razón que tú crees.
Dio media vuelta y salió de la vecindad. Ya no caminaba como un hombre derrotado. Caminaba como un hombre con una misión. La tristeza se había convertido en estrategia; el dolor, en combustible. La guerra había comenzado, y Julián Santoro nunca perdía una guerra.
