Parte 1

Siempre supe que mi vida cambiaría el día que pisé esa universidad privada. Llegué con una beca del gobierno, con los tenis gastados y el corazón lleno de miedo. Mi mamá me abrazó fuerte antes de irme: “Hija, no dejes que nadie te pisotee”. Pero nadie me preparó para lo que pasó después.

El primer día, conocí a Lety. Ella es hija de un gobernador, huele a perfume caro y me adoptó como su amiga. “Tranquila, flaca, yo te cuido”, me dijo. Pero ni ella pudo evitar lo que vino.

El profesor Francisco Álvarez entró al salón con traje de diseñador. Todos susurraban: es millonario, viaja por el mundo, da clases solo por hobby. Me pidió que me levantara. “Tú, la del uniforme arrugado, ¿cómo te llamas?” “Diana”, respondí con la voz temblorosa. Me obligó a ponerme de rodillas frente a todos solo por contestarle de manera altanera. Quería humillarme.

Horas después, me llamó a su oficina. Cerró la puerta. “Eres muy hermosa, Diana. Yo soy rico y estoy interesado en ti”. Me ofreció dinero, un auto, lo que quisiera. “No necesito nada”, le dije. Entonces se acercó demasiado. “¿Qué quieres? Dímelo”. Sentí su mano en mi rodilla.

“Profesor, no estoy lista. Soy virgen”, mentí. Él soltó una risa grave. “Eso cambia todo. Tú mereces ser tratada como una reina. Verás lo que haré para ganarte”. Salí de ahí temblando. Afuera me esperaba Juan, el chico que me mira con ojos sinceros. “¿Qué te hizo?”, preguntó. No pude responder.

Al día siguiente, mi nombre apareció en la lista para la conferencia más importante. No por méritos, sino porque él así lo quiso. Y también el nombre de Lety, porque se lo pedí. Ahora estoy atrapada: entre la oportunidad de salir de la pobreza y la mirada acusadora de Juan. Entre las manos de un hombre casado que dice que soy suya y mi propia conciencia.

Parte 2

La noche antes del viaje a Youndé no pude dormir.

Mi madre me ayudó a empacar una maleta pequeña, la única que tenemos en casa. “Hija, cuídate mucho. No aceptes nada de nadie”, me dijo mientras acomodaba una blusa prestada. Le mentí sobre el origen de la ropa nueva que Lety me había regalado. “Es de una amiga, mami. Me la prestó para la conferencia”. Ella asintió, pero sus ojos vieron más de lo que le conté.

A la mañana siguiente, un auto negro con vidrios polarizados llegó por nosotras. Lety, Brenda y yo nos subimos emocionadas. “¡Diana, esto es increíble!”, gritó Lety. El chofer no hablaba, solo manejaba con elegancia. Yo miraba por la ventana cómo mi colonia se hacía pequeña, cómo los tacos y las calles sin pavimento desaparecían. Me sentí como Cenicienta, pero sabía que mi príncipe era un lobo.

El profesor Francisco nos recibió en el hotel. “Las he preparado todo, damas. Disfruten”. Me guiñó un ojo a mí, solo a mí. Lety lo notó. “¿Qué onda con el profe?”, me susurró. “Nada”, mentí otra vez.

La habitación que me dieron era más grande que toda mi casa.

Tenía una cama king size, un baño con jacuzzi y una ventana que daba a toda la ciudad. Lety se tiró en la cama. “¡Esto es de ricos! ¿Tú crees que el profe está interesado en ti?” Me quedé callada. “Amiga, ten cuidado. Los hombres así solo quieren una cosa”, dijo con una seriedad que no le conocía.

De repente, sonó mi teléfono. Era un mensaje de Francisco: “Sube al último piso. Te espero en mi suite. Quiero presentarte a alguien”.

Le mentí a Lety: “Voy a comprar agua”. Bajé al elevador con las piernas temblando. Cada piso que subía me recordaba que estaba sola, lejos de mi madre, lejos de Juan. El elevador se abrió y ahí estaba él, recargado en la puerta.

“Pensé que no vendrías, mi flor”. Me tomó de la mano y me hizo entrar.

La suite era aún más lujosa. Había un hombre sentado en el sofá, tomando whisky. “Diana, te presento a Daniel, mi mejor amigo. Socio en todos mis negocios”. Daniel se levantó y me besó la mano. “Francisco me ha hablado mucho de ti. Es cierto, eres radiante”.

“Pasa, siéntate”, ordenó Francisco. Me senté en el borde del sillón, como si estuviera en una entrevista de trabajo. Pero esto no era un trabajo. Esto era una trampa.

“Diana, quiero que te sientas en casa. Tómate algo”, dijo Daniel.

“No tomo alcohol”, respondí rápido.

Francisco se rió. “¿Ves, Daniel? Es diferente. Es pura. Por eso me gusta”. Se sentó a mi lado, demasiado cerca. “Mañana darás tu presentación. Quiero que luzcas espectacular. Por eso te compré esto”. Sacó una caja negra de una bolsa.

Adentro había un vestido rojo, de seda, que probablemente costaba el sueldo de mi madre de todo el año.

“No puedo aceptar esto”, dije.

“Claro que puedes. Eres mi invitada especial”. Su voz era dulce pero amenazante. “Póntelo mañana. Me lo debes”.

Daniel nos observaba con una sonrisa cómplice. “Francisco, déjala respirar, hombre”. Luego me miró a mí. “Diana, ¿sabes por qué te eligió para esta conferencia? No es porque seas la mejor estudiante. Es porque él quiere algo de ti. Y tú quieres algo de él. Así funciona el mundo”.

Sentí un nudo en la garganta.

“Yo no quiero nada de él”, respondí con la voz quebrada.

Francisco puso su mano en mi nuca. “Mientes, Diana. Todos quieren algo. Tú quieres salir de la pobreza. Quieres que tu madre deje de lavar ropa ajena. Quieres que tu hermano tenga zapatos nuevos. Yo puedo darte todo eso”.

Su pulgar acariciaba mi piel. Quería quitarme, pero mi cuerpo no respondía.

“Solo te pido una cosa a cambio”, susurró. “Que mañana, después de la conferencia, vengas conmigo a mi habitación. Solos tú y yo. Sin mentiras, sin el cuento de que eres virgen. Porque yo sé que no lo eres”.

Mi corazón se detuvo.

“¿Cómo… cómo sabes?”, pregunté.

“Investigué. Hablé con tu vecina, la señora que te vio salir con un chico hace dos años. ¿Te acuerdas de Javier? El que te dejó plantada en el cine”. Su sonrisa era cruel. “Así que dejemos los juegos, ¿sí? Eres una mujer experimentada. Y yo soy un hombre que sabe lo que quiere”.

Las lágrimas quemaban mis ojos.

“¿Por qué miente, profe? ¿Por qué no puedo ser virgen aunque haya tenido un novio?”

“Porque las vírgenes valen más en mi mundo. Pero no te preocupes. Aún puedo hacer que valgas la pena”. Se levantó y fue a la barra. “Daniel, ¿quieres otro trago?”

Daniel negó con la cabeza. “Creo que mejor me voy. Esto ya es asunto de dos”. Se despidió con un gesto y salió.

Ahora estábamos solos.

“Quítate la ropa”, dijo Francisco sin voltear a verme.

“¿Qué?”

“Quítate la ropa, Diana. Quiero verte. Quiero saber si el resto de tu cuerpo es tan perfecto como tu cara”.

Me puse de pie. “No voy a hacer eso”.

“Entonces mañana no das la conferencia. Y tu beca desaparece. Y tu madre se entera de que su hija ‘estudiosa’ en realidad se acuesta con profesores a cambio de calificaciones. Aunque no sea cierto, ¿quién le va a creer a una pobre contra un hombre como yo?”

Me temblaban las piernas.

“Eres un monstruo”, susurré.

“Soy un hombre que sabe lo que vale. Y tú, Diana, vales mucho. Pero solo si juegas con mis reglas”. Se acercó a mí. “Tres segundos. O te vas y arruino tu vida, o te quedas y la construyo”.

Conté hasta tres en mi cabeza.

Uno.

Dos.

Tres.

No me moví.

“Quédate”, dijo él. Y entonces me besó.

Fue un beso frío, calculado, sin pasión. Sus manos recorrían mi espalda como si fuera un objeto. Cerré los ojos y pensé en Juan. En sus ojos sinceros. En cómo me veía sin juzgarme.

Cuando Francisco soltó mi boca, sonrió. “Bien. Mañana te espero después de la conferencia. No faltes, mi flor. Porque si faltas, ya sabes lo que pasa”.

Salí de esa suite como alma que lleva el diablo.

Me encerré en el baño de mi habitación y lloré hasta quedarme sin aire. Lety tocó la puerta. “Diana, ¿estás bien? Ábreme”. Abrí y ella me vio deshecha. “Dime qué pasó. ¿Fue el profe? ¡Te juro que lo mato!” La abracé y no pude hablar. Solo llorar.

A la mañana siguiente, la conferencia fue un éxito.

Puse mi mejor cara, hablé de inclusión educativa y todos aplaudieron. Francisco me miraba desde la primera fila con esa sonrisa de depredador. Daniel también estaba ahí, aplaudiendo lento. Después, cuando todos se fueron, recibí un mensaje: “Suite 1001. En 20 minutos. No me hagas esperar”.

Le dije a Lety que iría al baño.

En lugar de eso, fui a recepción y pedí un taxi. Iba a huir. Iba a dejar todo: la beca, la universidad, la oportunidad. Pero cuando el taxi llegó, vi a Daniel parado en la puerta.

“¿A dónde crees que vas, Diana?”

“A casa. Ya no quiero seguir en esto”.

Daniel suspiró. “Francisco no te va a dejar ir así nomás. Te va a buscar. Te va a encontrar. Y cuando lo haga, será peor”. Me tomó del brazo. “Ven. Vamos a hablar los tres como adultos. Prometo que no te pasará nada. Solo habla con él”.

Volví al hotel con el corazón roto.

La puerta de la suite 1001 estaba entreabierta. Entré y vi a Francisco sentado en una silla, con un vaso de vino. “Sabía que no huirías. Eres más lista que eso”.

“¿Qué quieres de mí?”, pregunté, ya sin fuerzas.

“Quiero que esta noche cenes conmigo. Nada más. Una cena entre dos personas que se gustan. ¿Es mucho pedir?” Su tono era casi tierno. Pero yo ya no creía en su ternura.

Acepté porque no me quedó de otra.

Esa noche, me puse el vestido rojo. Me maquillé como pude. Francisco me esperaba en el restaurante del hotel, con una mesa privada y velas. “Estás hermosa”, dijo. “Brindemos por nosotros”. Chocamos copas.

La cena fue extrañamente normal. Me contó de sus viajes, de su fortuna, de su esposa que vivía en otro país. “Ella no me entiende. Tú sí”, dijo. Yo solo asentía, pensando en cómo salir viva de ahí.

Después de la cena, me llevó de vuelta a su suite.

“¿Te gustó la noche?”, preguntó.

“Sí”, mentí.

“Entonces ahora es mi turno”. Me empujó suavemente hacia la cama. “Prometí que solo sería una cena. Y lo fue. Pero ahora la cena terminó, Diana”. Me besó de nuevo, esta vez con más fuerza. Intenté apartarme, pero él era más grande.

“Por favor, no”, alcancé a decir.

Se detuvo. Me miró fijamente. “¿Qué dijiste?”

“Que no quiero. Por favor, déjame ir”.

Hubo un silencio eterno. Luego Francisco se rió. “Eres una pieza, ¿sabes? Me rechazas, pero te quedas. Dices que no, pero usas mi vestido. Comes mi comida. Bebes mi vino. ¿Qué se supone que entienda?”

“Que tengo miedo”, respondí llorando. “Miedo de ti, de lo que puedes hacerle a mi familia, de perder mi beca. No es que quiera estar aquí. Es que no tengo opción”.

Por un momento, vi algo parecido a la culpa en sus ojos.

“Vete”, dijo finalmente. “Pero esto no ha terminado, Diana. Nunca termina mientras yo diga que no”.

Salí corriendo. Esa noche le marqué a Juan. Él contestó dormido. “¿Diana? ¿Qué pasó?” No pude decirle nada. Solo escuchar su voz me devolvió un poco de la vida que había perdido.

“Juan, ¿tú me quieres de verdad?”, pregunté entre sollozos.

“Claro que te quiero, tonta. Pero ¿por qué lloras? ¿Dónde estás?”

“En un lugar del que necesito que me rescates. Pero no puedo decirte más. Solo quédate al teléfono. No cuelgues. Por favor”.

Y así me quedé, escuchando su respiración, mientras afuera el hotel brillaba con luces falsas. La noche se hizo larga. Y supe que al regresar a clases, todo sería peor. Francisco no iba a olvidar. Y yo no iba a perdonarme por haberme metido sola en esa trampa.

Pero aún no sabía lo peor. Al otro lado de la ciudad, alguien más estaba tramando algo. Alguien que cambiaría las reglas del juego para siempre.

Parte 3

El regreso a clases fue un infierno silencioso.

Francisco me miraba desde su escritorio como si ya me hubiera poseído, como si yo fuera un trofeo que aún no podía colgar en su pared. Juan me esperaba afuera del salón con el ceño fruncido. “Diana, necesito que me digas la verdad. ¿Qué pasó en Youndé?” Lo abracé fuerte, pero no pude hablar. Lety nos veía desde lejos, con los brazos cruzados y una preocupación que no necesitaba palabras.

Mi madre notó algo en mí. “Hija, ¿te violaron?”, preguntó una noche mientras cenábamos frijoles. Casi me ahogo. “No, mami. Solo estoy cansada”. Ella no me creyó, pero dejó el tema. Eso es lo que hacemos en mi familia: callamos para no lastimar.

A la semana siguiente, Francisco me volvió a llamar a su oficina.

“Diana, siéntate. No muerdo”. Su tono era ligero, como si nunca me hubiera amenazado. “Quiero proponerte algo serio”. Sacó un sobre amarillo de su cajón. “He hablado con mis contactos en la universidad de Madrid. Hay una beca completa para ti. Maestría en dos años. Todo pagado: vuelo, vivienda, comida, hasta un estipendio mensual”.

Mi corazón dio un vuelco.

“¿Y qué tengo que hacer a cambio?”, pregunté con la voz seca.

Sonrió. “Nada. Bueno, casi nada. Solo olvidar lo que pasó aquí. Empezar de nuevo. En España, lejos de tu familia, lejos de Juan. Sola conmigo un par de fines de semana al mes. Yo viajo seguido por negocios”. Se levantó y caminó hacia la ventana. “Piénsalo, Diana. Es la oportunidad de tu vida. Tu madre no volverá a lavar ropa ajena. Tu hermano podrá estudiar en escuela privada. Todo eso por solo verme de vez en cuando”.

“¿Verme o acostarme conmigo?”

“Las dos cosas. Pero con cariño. Con respeto. Yo puedo ser muy generoso cuando me tratan bien”. Volteó a verme. “Y tú me tratas muy bien, Diana. Incluso cuando dices que no”.

Salí de ahí temblando de rabia y deseo.

La beca era real. Lo sabía porque busqué en internet y el programa existía. Podría estudiar en Europa, viajar, ser alguien en la vida. Pero el precio era mi dignidad. Esa noche hablé con Juan en el parque cerca de su casa. Él vive en una colonia más pobre que la mía, con piso de tierra y láminas de cartón. Su mamá vende gelatinas en la calle.

“Juan, me ofrecieron una beca en Madrid”, le dije.

“¿Y eso es malo? ¡Es increíble, Diana!”

“Pero el profesor Francisco está detrás de todo. Él pagaría lo que la beca no cubre. Y a cambio, quiere que sea como su… su novia. O algo así”.

Juan se puso pálido. “¿Su novia? ¿Ese viejo verde?” Apretó los puños. “Voy a partirle su madre”.

“No, Juan. Por favor, no hagas nada. Él es poderoso. Puede hacernos daño a todos”.

Me tomó de las manos. Sus manos estaban callosas, trabajadas. “Diana, escúchame bien. No necesitas a ese cabrón. Yo voy a trabajar el doble, el triple. Me voy a poner a vender en la calle, lo que sea. Pero tú no te vas a acostar con nadie por dinero. ¿Me oíste?”

Lloré en sus brazos como no había llorado en años.

Pero al día siguiente, Lety me dio otra versión de la historia. “Amiga, no seas pendeja. Esa beca es oro. Mi papá conoce a Francisco, es empresario de verdad. Si tú le das chance, él te va a mantener como reina. Y Juan… Juan es un buen chico, pero ¿con qué te va a mantener? Con gelatinas?”

“No se trata de dinero”, respondí.

“Siempre se trata de dinero”, dijo Lety. “Mi mamá se casó con mi papá por interés y mira, viven en una mansión. El amor llega después. O no llega, pero al menos tienes para pagar el psicólogo”. Se rió, pero yo no encontraba gracia.

Esa noche, sin querer, encontré a Francisco en el estacionamiento de la universidad. Estaba solo, recargado en su auto. “Diana, pensé que ya te habías ido”. “Me quedé estudiando”, mentí. “Sube, te llevo a tu casa”. Dudé, pero subí.

El auto olía a cuero caro. Él manejaba con seguridad. “¿Ya pensaste en mi oferta?”, preguntó sin mirarme. “Necesito tiempo”, dije. “El tiempo se acaba, mi flor. La beca cierra en un mes. Decídete rápido”. Puso su mano en mi pierna. Esta vez no me quité. “¿Ves? Ya estás aceptando. Poco a poco”.

Cuando llegó a mi casa, mi madre estaba barriendo la banqueta. Vio el auto y a él. “¿Quién es ese?”, preguntó después. “Mi profesor. Me trajo porque oscureció”. Mi madre me miró raro. “Cuidadito, Diana. Los hombres ricos solo traen problemas”.

El fin de semana, Daniel apareció en mi casa.

Sí, el mejor amigo de Francisco. Llegó en otro auto negro, pero más grande. “Diana, Francisco me pidió que te llevara a desayunar. Quiere hablar contigo en privado”. Mi madre se asomó. “¿Otra vez ese señor?” “Es un amigo, mami”. “Pues que te espere afuera. Tú no te subes a ningún auto sin que yo sepa”. Mi madre tiene un genio de aquellos.

Salí y me subí. Daniel manejaba en silencio. “Daniel, ¿tú por qué le haces el juego a Francisco? ¿Eres su empleado o su amigo?” Él suspiró. “Es complicado. Francisco me sacó de la cárcel hace diez años. Yo estaba metido en un asunto de drogas. Él pagó mi fianza, me dio trabajo, me enseñó a ser hombre. Le debo la vida”.

“¿Aunque sea un acosador?”

“Él no te está acosando. Te está cortejando. Es diferente”. Me miró de reojo. “Diana, si supieras lo que él ha hecho por otras mujeres… Les ha comprado casas, negocios, todo. Tú puedes ser la siguiente. Solo tienes que ceder un poco”.

“Ceder un poco”, repetí con sarcasmo.

Llegamos a un restaurante elegante. Francisco ya estaba sentado en una mesa apartada. “Diana, qué gusto verte”. Me besó la mejilla. Daniel se despidió y nos dejó solos.

“He pensado mucho en ti”, comenzó Francisco. “En cómo te mueves, cómo hablas, cómo te sonrojas cuando te digo que eres hermosa. Eres adictiva, Diana”. Pedimos desayuno. Él comió como si nada, yo apenas probé bocado.

“Quiero que conozcas a mi esposa”, dijo de repente.

Casi escupo el jugo. “¿Qué?”

“Mi esposa, Clara. Vive en Cancún, pero viene el próximo mes. Quiero que los tres convivamos. Que veas que no soy un monstruo. Que tengo una familia normal”. Sonrió. “Clara es muy abierta. Incluso le gustaría conocerte. Ya le he hablado de ti”.

“¿Le has hablado de mí? ¿Qué le dijiste?”

“Que eres mi alumna favorita. Que tienes un potencial enorme. Y que me gustaría apoyarte con la beca”. Era una mentira perfecta. Su esposa jamás sabría la verdad. O tal vez sí, y le valdría madre. Esa idea me aterraba más.

Después de desayunar, Francisco me llevó a una joyería. “Escoge algo. Un recuerdo de este día”. Las vitrinas brillaban con anillos, cadenas, pulseras. “No quiero nada”, dije. “Escoge o escojo yo”. Señaló un collar de oro con un pequeño dije de corazón. “Eso. Póntelo. Siempre que lo uses, te acordarás de mí”.

Me lo puse por miedo.

Llegué a mi casa y mi madre me vio el collar. “Diana, ¿de dónde sacaste eso?” “Me lo regaló una amiga”, mentí. “¿Lety?” “Sí, Lety”. Mi madre no dijo nada, pero esa noche la escuché llorando en su cuarto. Sabía que algo andaba mal. Solo no quería enfrentarlo.

En la universidad, las cosas se pusieron más tensas.

John, el amigo de Juan, me encaró en el pasillo. “Oye, Diana, todos están hablando de ti. Dicen que andas con el profe millonario. Que te compró ropa, joyas, que te llevó a un hotel”. Sentí la sangre hirviendo. “Son mentiras”. “Pues cuídate, porque Juan está sufriendo. Y si tú lastimas a Juan, te juro que me las vas a pagar”.

Juan dejó de hablarme.

Literal. Me evitaba en los recesos, no contestaba mis mensajes, cambiaba de acera cuando me veía. Una tarde lo alcancé en la salida. “Juan, por favor, háblame”. Él me miró con unos ojos que nunca le había visto: tristes, cansados, derrotados.

“Diana, ya sé lo del collar. Ya sé lo del hotel en Youndé. Ya sé que el profe te lleva a tu casa en su auto. ¿Qué quieres que te diga? ¿Que estoy feliz? ¿Que me da orgullo que mi novia se deje mantener por un viejo?”

“No es mi novio. Es solo un profesor que me apoya”.

“¿Con joyas? ¿Con cenas? ¿Con viajes? ¡Ábrete, Diana! ¡No soy pendejo!”. Dio media vuelta y se fue. Yo me quedé paralizada. Las lágrimas rodaron calientes por mis mejillas. Lety me abrazó. “Amiga, déjalo. Él no entiende lo que estás construyendo”.

Pero yo entendía perfectamente. Estaba construyendo un castillo de naipes sobre un pantano de mentiras.

A los dos días, recibí una llamada de Daniel. “Diana, tengo que decirte algo. Francisco está muy enojado. Se enteró de que seguiste viendo a Juan a escondidas. Dice que le mentiste cuando le dijiste que ya lo habías cortado”. Mi corazón se hundió. “¿Qué va a hacer?” “No sé. Pero por tu bien, aléjate de Juan. Ya sabes cómo se pone Francisco cuando alguien le quita lo que es suyo”.

Esa noche, Francisco me marcó por video llamada.

Estaba en su oficina, con el rostro encendido. “Diana, ¿crees que soy estúpido? ¿Crees que no me entero de todo? Vi a Juan besándote en la mejilla afuera de la universidad. Me mandaron el video”. Alguien lo grabó. Alguien siempre lo grababa todo. “No fue un beso, fue un saludo. Juan es mi amigo”.

“¿Tu amigo? ¿El que te mira como si fueras un plato de comida? No, mi amor. Eso no va a pasar”. Respiraba fuerte. “La beca se cancela. A menos que me demuestres que realmente me eliges a mí. Y lo vas a hacer esta noche”.

“¿Esta noche? ¿Cómo?”

“Vas a venir a mi casa. Tengo una cena con socios importantes. Quiero que te pongas el vestido rojo, el collar que te regalé, y sonrías. Todos deben ver que estás conmigo. Que me perteneces. Si lo haces, la beca sigue. Si no… bueno, ya sabes”.

Colgó.

Me quedé mirando el teléfono por minutos eternos. Luego llamé a Lety. Llorando, le conté todo. “Amiga, no vayas. Ese hombre está loco”. “Si no voy, pierdo la beca y además hará algo contra Juan. Tú sabes que tiene poder”. Lety suspiró. “Entonces ve, pero con cuidado. Y nada de quedarte a solas con él. Prométemelo”.

“Te lo prometo”.

Esa noche llegué a su casa. Era una mansión en las afueras, con seguridad privada y jardines enormes. Francisco me recibió en la puerta. “Estás radiante, mi amor”. Me besó la mejilla y me llevó del brazo. Adentro había unos cinco hombres trajeados, todos con copas de vino. “Señores, les presento a Diana. Es una joven muy especial. Estudiante destacada, próxima a irse a Madrid gracias a una beca”. Todos aplaudieron. Me sentí como un animal en subasta.

La cena fue larga. Hablaron de negocios, de política, de dinero. Yo solo asentía y sonreía. Francisco me acariciaba la pierna bajo la mesa. Quería quitarme, pero no podía. Después de la cena, los socios se fueron. Me quedé sola con él en la sala.

“Lo hiciste muy bien”, dijo. “Eres buena actriz”.

“No estoy actuando. Solo sobreviviendo”.

Se acercó a mí. “Esta noche te quedas”. “No puedo. Mi mamá me espera”. “Ya llamé a tu mamá. Le dije que estabas en un proyecto de la universidad y que dormirías en el campus. Me dio permiso”. Su sonrisa era triunfal.

“¿La llamaste? ¿Sin mi consentimiento?”

“Soy tu benefactor, Diana. Tu futuro. Todo lo que hago es por tu bien”. Me tomó de la mano. “Ven. Te enseñaré tu habitación”.

Subimos las escaleras. La habitación era hermosa, con una cama enorme y sábanas de seda. “Aquí dormirás cada vez que vengas. Que serán muchas”. Se sentó en la cama y me jaló hacia él. “Pero esta noche, duermes conmigo”.

“Francisco, por favor. Todavía no estoy lista”.

“¿Todavía? Llevamos semanas. Te he dado todo. Collar, vestidos, beca, oportunidades. ¿Qué más necesitas? ¿Una declaración de amor? Te amo, Diana. Ahora, ¿vienes o te llevo?”

Lloré en silencio mientras él me desabrochaba el vestido.

No pasó lo que temía. Solo me abrazó y me dijo: “Duerme. Mañana será otro día”. Pero yo no dormí. Me quedé despierta escuchando su respiración, pensando en cómo salir de ahí. En cómo recuperar a Juan. En cómo ser libre.

Al amanecer, me levanté antes que él. Bajé las escaleras en puntas. Justo cuando iba a salir, Daniel apareció en la cocina. “¿Ya te vas, Diana?” “Sí. No quiero que me vea así”. Daniel me sirvió un café. “Mira, yo sé que esto es difícil. Pero Francisco realmente se preocupa por ti. Solo no sabe expresarlo”. “¿Acosándome? ¿Comprándome? ¿Eso es preocuparse?” Daniel bajó la mirada. “Es su forma de ser. Pero te juro que no te dejará ir. Eres la única mujer que lo ha hecho dudar”.

“¿Dudar de qué?”

“De si realmente quiere ser malo. Contigo, a veces parece que quiere ser bueno. Pero no sabe cómo”.

Salí de esa mansión sintiendo que me llevaba un pedazo de dignidad menos. Caminé hasta la avenida y tomé un camión. En el camino, le escribí a Juan: “Perdóname. Necesito verte. Te lo ruego”. Él respondió horas después: “En el parque a las 6”.

Llegué y él ya estaba ahí, sentado en la misma banca donde nos besamos por primera vez. “Diana, ¿qué pasó anoche?” Me senté a su lado. “No puedo decirte. Pero necesito que sepas que no soy la mujer que crees. Me estoy hundiendo y no sé cómo pedir ayuda”.

“Pídelo. Aquí estoy”.

Lo abracé con todas mis fuerzas. “Juan, ¿tú estarías conmigo si me fuera a Madrid? ¿Me esperarías?” “Te esperaría hasta el fin del mundo, Diana. Solo regresa a mí. Deja a ese viejo. Regresémonos”.

Pero al día siguiente, Francisco me envió un mensaje con una foto. Era una imagen de Juan saliendo de su casa, con un círculo rojo alrededor de su rostro. Y un texto: “La beca se confirma mañana. Pero si vuelvo a verte con él, esa foto será la última que le tomen con vida. No me pongas a prueba”.

Mi mundo se derrumbó.

Ya no sabía si quería la beca. Ya no sabía si quería a Francisco. Solo sabía que tenía miedo. Mucho miedo.

Parte 4

El día que me confirmaron la beca, sentí que me ahogaba en mi propio éxito.

Francisco me llamó a su oficina con una botella de vino. “Brindemos, mi amor. Te vas a Madrid. Comienza tu nueva vida”. Chocamos copas, pero el vino me supo a veneno. “¿Y qué pasará con Juan?”, pregunté con el valor que me quedaba. Francisco puso la botella en la mesa con fuerza. “Juan ya no es tu problema. De hecho, ya no es problema de nadie”.

“¿Qué significa eso?”

“Que lo transferí a otra universidad. En otro estado. Lejano. Con una beca deportiva que no pidió. Si es inteligente, se irá y no volverá”. Sonrió con suficiencia. “Ves, yo también puedo ser generoso con él. Siempre que se mantenga alejado de ti”.

Sentí que el piso se movía. “¿Lo amenazaste?”

“Lo convencí. Le dije que si se quedaba, su madre perdería el permiso para vender gelatinas en la calle. Que su hermano menor no entraría a la secundaria pública que le corresponde. Que su vida se convertiría en un infierno. Y él entendió. Es un chico listo”.

Salí de esa oficina con ganas de vomitar.

Corrí a buscar a Juan, pero ya no estaba. Su mamá, doña Chabela, me recibió con los ojos rojos. “Se fue, mija. No quiso decirme a dónde. Solo me abrazó y se fue”. Le pedí su número, pero ya no contestaba. Había desaparecido. Francisco lo había borrado de mi vida como quien borra un mensaje.

Lety me encontró llorando en la escalera de la biblioteca. “Diana, cálmate. Si Juan se fue, fue su decisión. Tú no tienes la culpa”. “Sí la tengo. Todo esto es mi culpa por no haber dicho que no desde el principio”. Lety me jaló del brazo. “Ven, vamos a distraerte. Te invito un café en la plaza”.

En el café, me encontré con Daniel.

Estaba sentado solo en una mesa, con un expreso. “Diana, siéntate. Necesito hablar contigo”. Lety me dejó a solas con él. Daniel estaba pálido, nervioso. “Descubrí algo que debes saber. Clara, la esposa de Francisco… no es su esposa”. Parpadeé. “¿Cómo?” “Es su hermana. Se hizo pasar por su esposa porque Francisco no puede casarse. Tiene un desorden de la personalidad. Un psicópata funcional, le diagnosticaron hace años. Clara lo cuida, lo controla, evita que dañe a más mujeres”.

“¿Más mujeres? ¿Ha pasado esto antes?”

Daniel asintió. “Hubo una chica en la universidad anterior. Se llamaba Valeria. Francisco la enloqueció. Le prometió becas, viajes, amor eterno. Cuando ella quiso salirse, él la persiguió, la amenazó, la aisló de todos. Terminó en un psiquiátrico. Clara pagó para que nadie supiera”. Me tapé la boca. “¿Y por qué me lo dices a mí?” “Porque eres diferente. Francisco está obsesionado contigo como no lo ha estado con nadie. Y tengo miedo de lo que pueda hacerte si intentas huir”.

“¿Tú qué ganas con ayudarme?”

“Redimirme. Yo fui quien le llevó a Valeria. Yo la convencí de que era una oportunidad. No quiero que te pase lo mismo”. Sacó un sobre. “Aquí hay dinero. Suficiente para que tomes un camión, te vayas lejos. Olvida la beca, olvida Madrid. Corre, Diana”.

Esa noche no dormí.

Revisé el sobre: cincuenta mil pesos en efectivo. Podría irme a casa de mi tía en Guadalajara, esconderme, empezar de cero. Pero mi madre, mi hermano, mi vida entera estaban aquí. Y Francisco sabía dónde vivían.

A la mañana siguiente, recibí una llamada de Clara.

Sí, la hermana-esposa. “Diana, necesito verte. Sin que Francisco se entere”. Quedamos en una plaza comercial lejana. Clara era una mujer de unos cincuenta años, elegante pero con ojeras profundas. “Daniel me contó que te dijo la verdad”, comenzó. “Francisco necesita tratamiento, pero se niega. Yo he vivido con miedo durante veinte años. No quiero que tú también”.

“¿Por qué no lo denuncias?”

“Porque lo quiero. Porque es mi hermano y cuando no está en crisis, es un hombre encantador. Pero contigo se está saliendo de control”. Me miró fijamente. “Toma la beca. Vete a Madrid. Pero no regreses. Corta todo contacto con él. Yo me encargaré de que no te busque”.

“¿Y si me busca?”

“Entonces tendré que tomar medidas que no quiero tomar”. Su mirada se endureció. “He guardado pruebas durante años. Grabaciones, fotos, testimonios de otras mujeres. Si es necesario, lo internaré en un psiquiátrico. Pero eso significa arruinar su vida y la mía. Preferiría evitarlo”.

Volví a casa con la cabeza hecha un nudo.

Mi madre me esperaba con el café. “Hija, te veo muy rara. ¿Ese profesor te está haciendo algo malo?” Quise negarlo, pero las lágrimas me ganaron. Caí de rodillas frente a ella. “Mami, perdóname. Me metí con un hombre casado. Me ofreció dinero, una beca, todo. Y yo acepté porque quería salir de la pobreza. Pero ahora no puedo salir”.

Mi madre me abrazó sin preguntar más.

Esa noche, le conté todo. Las amenazas, el collar, el hotel, la suite, la foto de Juan, la desaparición de Juan, la beca, Clara, Daniel. Todo. Ella me escuchó en silencio, con la mirada perdida. Cuando terminé, suspiró. “Hija, los hombres poderosos siempre encuentran la manera de joder a los débiles. Pero tú no eres débil. Cometiste errores, pero puedes arreglarlos”.

“¿Cómo?”

“Primero, devuelve el collar. Segundo, mándale un mensaje diciéndole que no quieres la beca. Tercero, vamos juntas a la universidad a hablar con el director. Y cuarto, reza para que Dios nos proteja”.

“Mami, ¿y si Francisco nos hace daño?”

“Que lo intente. Tengo un cuchillo en la cocina y no le tengo miedo a ningún viejo verde”.

Al día siguiente, fui a la universidad con mi madre.

Entregué el collar en recepción con una carta: “Profesor Francisco, no quiero su beca ni su dinero. Déjeme en paz o hablare con las autoridades”. Mi madre me esperaba en la puerta, con los brazos cruzados y una mirada de pocos amigos.

Francisco me llamó a los diez minutos. “Diana, ¿qué te pasa? ¿Te volviste loca?” “Estoy cuerda por primera vez en meses. No quiero nada de usted. Ni la beca, ni Madrid, ni sus amenazas. Si vuelve a acercarse a mi familia, lo denuncio”. Colgué.

Media hora después, Daniel me mandó un mensaje: “Francisco está furioso. Dijo que te va a arruinar. Cuídate”. Le respondí: “Gracias por todo. Pero ya no necesito que me cuides. Necesito ser libre”.

Esa tarde, cuando salía de la universidad, un auto se estacionó frente a mí.

Bajó el vidrio. Era Clara. “Sube, Diana. Tenemos que hablar”. Dudé, pero subí. Clara manejaba rápido. “Francisco tuvo una crisis. Rompió todo su estudio. Gritaba tu nombre. Tuve que llamar a una ambulancia. Ahora está sedado en una clínica”.

“¿Qué va a pasar con él?”

“Lo internarán un tiempo. Quizá meses. Quizá años. Depende de su evolución”. Me miró de reojo. “Tú estás a salvo. Pero debes irte. Si sales de la ciudad por unas semanas, mejor. Tengo una casa en la playa, en Puerto Escondido. Puedes quedarte ahí con tu familia. Sin costo”.

“¿Por qué me ayudas?”

“Porque Francisco necesita aprender que no puede poseer a las personas. Y tú necesitas aprender que no todo en la vida se compra con dinero. Toma las llaves”. Me entregó un llavero. “Vete mañana. No le digas a nadie a dónde vas. Solo a tu madre”.

Llegué a mi casa y encontré a mi madre empacando.

“¿Mami, cómo sabías?” “Clara me llamó. Me dijo todo. Esa mujer es más buena de lo que aparenta”. Mi hermano menor estaba emocionado. “¿Vamos a la playa? ¡Sí!” Por primera vez en semanas, sonreí.

Pero antes de irme, necesitaba hacer algo más.

Busqué a Juan. Pregunté en su antigua casa, en la universidad a la que lo transfirieron, en las redes sociales. Nada. Era como si se hubiera esfumado. Hasta que una noche, antes del viaje, recibí una llamada de un número desconocido.

“¿Diana?” Era su voz. “Juan, ¿dónde estás?” “En el norte. Trabajando en una construcción. Gano bien. Pero te extraño”. Lloré al teléfono. “Juan, perdóname. Todo fue mi culpa. El profesor me amenazó, me manipuló, y yo fui débil”. “No fuiste débil. Fuiste humana. Todos queremos salir adelante”. Hubo un silencio. “¿Todavía me quieres?”, pregunté. “Siempre, Diana. Pero no puedo volver. Él me dijo que si regreso, matará a mi mamá. Y yo no puedo arriesgarla”.

“Ya no puede hacerte nada. Está internado. Es grave”.

Juan no respondió. Solo dijo: “Cuídate. Algo, algún día, nos volveremos a ver”. Colgó. Y yo supe que ese día no llegaría pronto.

Al día siguiente, mi familia y yo tomamos un camión a Puerto Escondido.

La casa de Clara era modesta pero hermosa, frente al mar. Mi hermano corrió a la playa. Mi madre preparó pescado. Y yo me senté en la arena a ver el atardecer. Pensé en todo: en Francisco, en sus manos frías, en sus promesas vacías. Pensé en Juan, en sus brazos cálidos, en su honestidad. Pensé en Lety, que me había dicho “no seas pendeja”. Pensé en Daniel, que al final hizo lo correcto. Pensé en Clara, que eligió la verdad sobre la lealtad.

Dos semanas después, recibí una carta.

Era de Francisco. Estaba escrita a mano, con una letra temblorosa. “Diana, lamento todo. Estoy en tratamiento. El médico dice que tengo un trastorno narcisista de la personalidad. No puedo controlar mis impulsos. Pero contigo aprendí que el amor no se compra. No quiero que me perdones. Solo quiero que seas feliz. La beca sigue disponible, sin condiciones. Es un regalo. Tómala o déjala. Pero si la tomas, hazlo por ti, no por mí”. Firmaba “Francisco”, sin títulos, sin apellidos.

Mostré la carta a mi madre. “¿Qué hago, mami?” Ella la leyó y la rompió en pedazos. “Ese hombre te quiere seguir manipulando. Una beca no borra el daño que te hizo. Búscate otra beca, hija. Tú puedes sola”.

Y así lo hice.

Regresé a la ciudad, pero no a esa universidad. Me cambié a una pública, más humilde, pero sin fantasmas. Conseguí un trabajo de medio día en una papelería. Estudié de noche. Mi madre dejó de lavar ropa ajena porque yo le pagaba la renta con mi sueldo. Mi hermano entró a la secundaria con zapatos nuevos, comprados con mi primer aguinaldo.

Lety me visita cada fin de semana. “Amiga, dejaste ir la oportunidad de tu vida”, me dice. Y yo le respondo: “No, dejé ir la oportunidad de perder mi vida”.

Daniel me escribió una vez: “Francisco sigue internado. Clara se divorció de él legalmente, aunque nunca estuvieron casados. La clínica dice que hay mejoría. Lento, pero hay”. No le respondí.

Y Juan… Juan nunca regresó.

A veces lo busco en redes, pero su perfil está desactivado. Doña Chabela me dijo que la llama cada quince días, que está bien, que ya tiene novia. Me dolió, pero también me dio paz. Él merecía ser feliz. Lejos de mí. Lejos del desastre que causé.

Una noche, soñé con él.

Estábamos en el parque de siempre, en la misma banca. Él me decía: “Diana, no te culpes. Todo pasa por algo”. Y yo le respondía: “Lo sé. Ahora soy más fuerte. Ahora sé decir que no”. Entonces me besaba en la frente y se desvanecía.

Desperté llorando, pero con una sonrisa.

Porque entendí algo que ningún profesor millonario pudo comprarme: la libertad no tiene precio. Y la dignidad, una vez que la recuperas, nadie te la vuelve a quitar.

Hoy estoy en tercer semestre de mi carrera. Saqué 10 en todas las materias. Vivo con mi madre y mi hermano en un departamento pequeño, pero nuestro. No tengo auto, no tengo joyas, no tengo un hombre que me mantenga. Pero tengo paz. Y eso, para mí, vale más que cualquier beca.

FIN.