PARTE 1: EL PRECIO DE LA ENVIDIA

Todavía puedo oler el aroma a fritanga y el humo de los camiones en el paradero de Indios Verdes.

Esa tarde llovía a cántaros, de esas lluvias que te calan hasta los huesos y hacen que el cielo de la Ciudad de México se vea gris, casi negro.

Yo estaba ahí, parada con mis bolsas del mandado, sintiendo que el mundo se me venía encima.

Pensé que mi vida por fin iba a cambiar.

Después de tanta chamba en la limpieza, de tantas humillaciones, de estirar los pesos para que la renta no nos comiera vivos.

Pensé que Dios por fin me había visto a los ojos.

Eduardo era el hombre que cualquier chava de la colonia soñaba.

Guapo, con una troca del año, siempre bien perfumado y con la cartera llena de billetes de a quinientos.

Pero sobre todo, era un caballero, de esos que ya no existen, o eso creía yo.

Incluso mi jefa, que siempre ha sido bien picuda para los negocios y que no da paso sin huarache, no dejaba de repetirlo.

“Mija, no seas mensa, este hombre es tu boleto de salida del lodo”, me decía mientras me acomodaba el vestido el día de la boda.

Híjole, si tan solo hubiera sabido que mi propia madre estaba jugando con fuego a mis espaldas.

Mi mamá siempre fue una mujer de armas tomar, pero la pobreza le había endurecido el corazón más de la cuenta.

Ella veía a mi mejor amiga, Gaby, y se le retorcía el hígado de la pura envidia.

Gaby y yo crecimos juntas en el mismo callejón, compartiendo los mismos chilaquiles y los mismos sueños.

Éramos como hermanas, de esas que se juran lealtad eterna frente a la imagen de la virgencita que tenemos en la entrada.

Pero Gaby tuvo “suerte” primero.

Ella se comprometió con un muchacho de buena familia, un hombre que la trataba como reina.

Y ahí fue donde empezó mi pesadilla, aunque en ese entonces yo pensaba que era mi bendición.

Mi mamá no soportaba ver que la hija de la vecina progresara mientras yo seguía “estancada” a mis 30 años.

“¿Cuándo vas a entender que la juventud se te va, Amaka?”, me gritaba en la cocina mientras lavaba los trastes.

Me dolía, me calaba hasta lo más profundo porque yo también quería esa estabilidad.

Yo también quería dejar de tronarme los dedos cada fin de quincena.

Entonces apareció Eduardo.

Llegó a la colonia como caído del cielo, buscando a Gaby, porque ellos se conocían de antes.

Pero mi mamá vio la oportunidad y, como si fuera una jugada de ajedrez, empezó a mover sus piezas.

Ella me obligaba a arreglarme, a salir a “saludar” cuando él pasaba.

“Ve y llévale un vaso de agua, que se vea que eres hacendosa”, me ordenaba con esa mirada que no aceptaba un no por respuesta.

Yo me sentía mal, porque sabía que Eduardo estaba interesado en mi amiga.

Pero mi jefa decía que “en la guerra y en el amor todo se vale”, y más cuando hay hambre de por medio.

Poco a poco, las visitas de Eduardo a la casa de Gaby empezaron a ser menos frecuentes.

Empezó a quedarse más tiempo en nuestro porche, platicando conmigo, dándome regalos que mi mamá aceptaba con una sonrisa de oreja a oreja.

Gaby no decía nada, pero su mirada de tristeza me quemaba la conciencia.

Yo estaba traicionando el código de la amistad, ese que juramos de niñas mientras jugábamos en la tierra.

Pero Eduardo me deslumbraba con sus promesas de una vida mejor.

Me prometió una casa en una zona privada, me prometió que mi mamá nunca más tendría que trabajar.

Y mi jefa, en lugar de frenarme, me daba cuerda.

Ella fue la que me convenció de que Gaby ya tenía suficiente y que yo también merecía mi parte del pastel.

Nos casamos en una fiesta de esas que se quedan grabadas en la memoria de toda la colonia.

Hubo mole, hubo banda, hubo de todo.

Yo me sentía en las nubes, viendo a mi mamá presumir su vestido nuevo frente a todas las envidiosas del barrio.

Pero justo el día de la boda, antes de entrar a la iglesia, sentí un escalofrío que me recorrió toda la espalda.

Vi a una señora mayor, de esas que leen las cartas allá por el mercado de Sonora, mirándome con lástima.

“Pobre niña, no sabe que compró su cárcel con oro”, susurró la vieja, pero mi mamá me jaló del brazo antes de que pudiera reclamarle.

Nos fuimos a vivir a una mansión que parecía de película.

Tenía candelabros que brillaban tanto que me daban dolor de cabeza.

Y Eduardo seguía siendo “perfecto”, pero había reglas que empezaron a parecer extrañas.

“Nunca, por nada del mundo, limpies debajo de nuestra cama ni entres al cuarto del fondo”, me advirtió una noche con una voz que no le conocía.

Su voz sonó fría, como el metal de un cuchillo, y sus ojos se pusieron oscuros, casi negros.

Yo, por querer ser la esposa ideal y tenerle todo limpiecito, decidí ignorar la advertencia una tarde que él salió.

Pensé que eran excentricidades de rico, que tal vez guardaba dinero o documentos importantes.

Pero la curiosidad mató al gato, y a mí me estaba matando la duda.

Un día, mientras él estaba en una supuesta reunión de negocios, decidí darle una sorpresa.

Su camioneta estaba estacionada afuera y él se había ido en un taxi.

Entré al vehículo para buscar unos papeles que me había pedido, y ahí fue cuando encontré la primera pista de mi perdición.

En el asiento del copiloto había una lonchera de plástico, de esas comunes que cualquiera lleva a la chamba.

Al abrirla, un olor espantoso, como de carne echada a perder mezclada con un aroma dulce y metálico, inundó toda la cabina.

Casi me desmayo del puro asco, sentí que las tripas se me revolvían.

No era comida normal. Era algo que no debería estar ahí.

Cerré la lonchera de inmediato, con el corazón latiéndome a mil por hora.

Esa noche, cuando Eduardo llegó, no era el hombre dulce que me juró amor eterno.

Tenía la mirada perdida, como si algo lo estuviera devorando por dentro.

Lo peor fue cuando me obligó a sentarme a la mesa mientras él abría esa misma lonchera frente a mí.

“¿La abriste hoy, verdad?”, me preguntó con una sonrisa que me heló la sangre.

Yo no pude decir nada, el nudo en mi garganta era demasiado grande.

Él empezó a comer lo que había adentro con una naturalidad que me dio pavor.

Era carne cruda, roja, sangrienta, y el olor… el olor era el mismo que sentí en la camioneta.

“Es por nuestro bienestar, Amaka. Es el precio del lujo”, me dijo mientras se limpiaba la sangre de los labios.

Desde ese día, la casa ya no se sentía como un hogar, se sentía como una tumba.

Empecé a notar cosas en mi propio cuerpo.

Una mancha oscura me salió en la cadera, una herida que no cerraba y que olía exactamente igual que esa carne.

Fui con doctores, me puse cremas, pero nada servía.

Era como si me estuviera pudriendo desde adentro, poco a poco.

Y mi mamá, cuando le contaba, solo me decía que no fuera exagerada.

“Es el estrés de la buena vida, mija. No dejes que Eduardo vea que te quejas, no lo vayas a cansar”, me decía ella, ignorando mi dolor.

Me di cuenta de que mi jefa no me había buscado un marido… me había entregado como un sacrificio para mantener su estatus.

Pero lo más aterrador no fue la herida, ni el olor, ni la carne cruda.

Lo que realmente me destrozó el alma fue lo que encontré una noche de luna llena debajo de nuestra cama.

Eduardo se había ido, según él, a “cobrar una deuda”.

Aproveché para mover el colchón, buscando respuestas a esta enfermedad que me estaba consumiendo.

Lo que vi ahí abajo me hizo soltar un grito que se ahogó en las paredes de esa mansión maldita.

Había huesos, pero no eran de animales.

Y había un papel, un certificado que tenía mi nombre completo y una fecha.

Esa fecha era en dos meses.

Era mi propia acta de defunción, firmada y sellada, antes de que yo siquiera estuviera muerta.

Ahí entendí que mi tiempo se estaba acabando y que el hombre con el que dormía cada noche estaba esperando mi último aliento.

Pero lo peor no fue eso.

Lo peor fue descubrir que mi mamá ya sabía todo desde el principio.

Ella había hecho un trato con un brujo del mercado para que Eduardo se fijara en mí, a cambio de algo que yo no podía imaginar.

En ese momento entendí que mi propia madre me había vendido.

Y ahora, la herida en mi cadera empezó a moverse, como nếu algo quisiera salir de ella…

PARTE 2

No podía dejar de temblar mientras sostenía ese papel entre mis manos sudorosas.

Era mi nombre, neta, era mi nombre completo ahí escrito con letras negras y frías.

Amaka, mi nombre, el nombre que mi jefa me puso con tanto cariño, ahora estaba en una acta de defunción.

Lo peor no era ver mi nombre, sino ver la fecha que estaba marcada para mi muerte.

Faltaban exactamente dos meses para que ese papel se hiciera realidad.

Sentí que las piernas se me doblaban y me tuve que agarrar de la cómoda para no azotar en el suelo.

El silencio de esa mansión se me venía encima como si las paredes tuvieran oídos y me estuvieran juzgando.

Me acordé de todas las veces que Eduardo me decía que me amaba mientras me acariciaba el pelo.

¿Cómo podía alguien darte un beso de buenas noches y luego esconder tu propia muerte bajo la cama?

Salí de la recámara casi arrastrándome, con el corazón queriendo salirse de mi pecho.

El olor a esa carne podrida de la lonchera todavía estaba pegado en mi nariz, o tal vez ya estaba en mi alma.

Corrí hacia la cocina, buscando desesperadamente las llaves de mi troca.

No me importaba que Eduardo me hubiera prohibido salir a esa hora.

Solo pensaba en llegar con mi mamá, en que ella me abrazara y me dijera que todo era una pesadilla.

Agarré mi bolsa y salí disparada hacia el estacionamiento, casi tropezando con mis propios pies.

Manejé como loca por las calles de la ciudad, esquivando baches y pasándome los altos.

Sentía que alguien me venía siguiendo, que los ojos de los ratones rojos de ese cuarto me miraban desde el retrovisor.

Llegué a la colonia, a mi barrio, donde las calles huelen a alcantarilla y a esperanza.

Me estacioné de un banquetazo afuera de la casa de mi jefa, esa casita de interés social que antes me parecía pequeña.

Ahora, esa casita era el único refugio que me quedaba en este mundo de locos.

Entré sin tocar, gritando el nombre de mi mamá como si fuera una niña chiquita que se acababa de raspar las rodillas.

Ella estaba en la cocina, tomándose un cafecito con pan dulce, bien tranquila, como si nada pasara.

“¡Amaka! ¿Qué te pasa, mija? Pareces que viste al mismísimo diablo”, me dijo con esa calma que me dio coraje.

Le aventé el papel sobre la mesa, ese papel maldito que olía a azufre y a muerte.

“¡Mira esto, mamá! ¡Eduardo me quiere matar! ¡Tiene mi acta de defunción bajo la cama!”, grité llorando a mares.

Mi mamá agarró el papel, se puso sus lentes de lectura y lo miró por un buen rato sin decir ni una sola palabra.

Yo esperaba que se pusiera a llorar conmigo, que agarrara el teléfono para llamar a la policía.

Pero no, ella solo suspiró, dejó el papel sobre la mesa y me miró con una lástima que me caló hasta los huesos.

“Ay, mija, no seas tan dramática, seguro es una broma de Eduardo, ya ves cómo es él de especial”, me soltó así de frío.

Me quedé helada, neta que no podía creer que mi propia madre me estuviera diciendo eso.

“¿Boda? ¿Broma? ¡Hay huesos humanos bajo la cama, mamá! ¡Ese hombre come carne cruda!”, le reclamé desesperada.

Ella se levantó, me agarró de los hombros y me obligó a sentarme en la silla donde tantas veces comimos frijoles.

“Escúchame bien, Amaka. Tú no sabes lo que es el hambre de a de veras. Tú no sabes lo que yo tuve que hacer para que tuvieras esa camioneta”, me dijo bajito.

En ese momento sentí que la sangre se me congelaba en las venas.

¿Qué quería decir con eso de que ella tuvo que hacer algo?

“Dime la neta, mamá. ¿Tú sabías lo de Eduardo? ¿Tú sabías quién era ese hombre antes de que me casara?”, le pregunté con miedo.

Ella no me contestó, solo se dio la vuelta y se puso a lavar su taza en el fregadero, dándome la espalda.

Fue ahí cuando entendí que mi jefa no era mi aliada, que ella también era parte de este enredo de lana y brujería.

Me acordé de Gaby, mi mejor amiga, la que Eduardo quería primero.

Gaby se había salvado por un pelo, y ahora yo entendía por qué ella lloraba el día de mi boda.

No lloraba de envidia como mi mamá decía, lloraba porque sabía que yo me estaba entregando al matadero.

Esa noche no pude dormir en mi antigua cama, sentía que el colchón me quemaba la espalda.

Cada que cerraba los ojos veía a esos ratones rojos mordiendo billetes de a mil pesos.

Y mi herida en la cadera… híjole, esa herida empezó a latir con una fuerza que me hacía gritar en silencio.

Ya no era solo una mancha oscura, ahora se sentía como si algo tuviera vida ahí adentro.

Me levanté a las tres de la mañana para verme en el espejo del baño, con la luz parpadeante de ese foco viejo.

Me levanté la playera y lo que vi me hizo vomitar en el lavabo.

La herida estaba abierta, pero no salía sangre, salía un líquido negro que olía a pantano.

Y en medio de la carne viva, se asomaba algo blanco, algo que parecía un diente pequeño.

“Diosito, ayúdame, no me dejes sola en esto”, supliqué mientras me abrazaba a mí misma.

Pero sentía que el cielo estaba cerrado para mí, que mi pecado de haber envidiado la suerte de mi amiga me estaba cobrando factura.

Al día siguiente, mi mamá me dijo que me iba a llevar con un “conocido” allá por el mercado de Sonora.

“Él te va a curar esa herida, Amaka, vas a ver que no es nada malo, solo son envidias de la gente”, me dijo tratando de sonar dulce.

Yo ya no le creía nada, pero no tenía a dónde más ir.

Eduardo me estuvo llamando toda la mañana, pero yo no me atrevía a contestar el celular.

Me daba pavor escuchar su voz, esa voz que antes me decía “mi reina” y ahora me sonaba a ultratumba.

Llegamos al mercado, entre los puestos de yerbas, amuletos y jaulas con animales que chillaban de miedo.

Caminamos por unos pasillos oscuros hasta llegar a un local que no tenía nombre, solo una cortina de cuentas negras.

Adentro estaba un señor flaco, muy flaco, con los ojos amarillos y las manos llenas de anillos de plata.

Le decían el “Brujo Babaduro”, y nada más de verlo sentí que la muerte me estaba respirando en la nuca.

Mi mamá le dio un sobre con lana, un sobre que se veía bastante gordito.

“Aquí te traigo a la chamaca, Babaduro. Haz lo que tengas que hacer para que se calme”, dijo mi jefa sin mirarme.

El brujo se me acercó, me agarró de la barbilla con sus dedos fríos y me olió como si fuera un perro.

“Huele a sacrificio fresco”, susurró el viejo con una sonrisa que me mostró sus dientes podridos.

Me ordenó que me acostara en una mesa de madera que estaba manchada de cera y de cosas que prefiero no imaginar.

Empezó a rezar en un idioma que yo no entendía, mientras pasaba un huevo negro por todo mi cuerpo.

Cuando llegó a mi cadera, el huevo se reventó solo, soltando un humo gris que nos hizo toser a todos.

“Esto no es una brujería normal, jefa. Su hija tiene un contrato firmado con sangre”, le dijo el brujo a mi mamá.

Yo quería gritar, quería salir corriendo de ese lugar, pero sentía que mi cuerpo pesaba mil toneladas.

Babaduro sacó un cuchillo oxidado y empezó a raspar la herida de mi cadera sin ninguna piedad.

El dolor era tan fuerte que sentí que se me iba a parar el corazón ahí mismo.

Pero lo peor fue cuando el brujo metió unas pinzas en la herida y sacó un pedazo de tela roja.

Era un pedazo del vestido que Gaby había usado el día que Eduardo la pretendía.

“Tu madre quiso cambiar el destino, Amaka. Ella entregó tu fertilidad a cambio de la fortuna de ese hombre”, sentenció el brujo.

Sentí que el mundo se me desmoronaba por completo.

¿Mi mamá había entregado mis hijos, mi futuro, por unos cuantos billetes y una casa de lujo?

Miré a mi jefa, esperando que lo negara, que le gritara al brujo que estaba loco.

Pero ella solo bajó la mirada, apretando su rosario con una fuerza que le puso los nudillos blancos.

“Era por tu bien, mija… para que no sufrieras como yo”, balbuceó con la voz entrecortada.

Salí del local hecha una furia, a pesar del dolor que sentía en la cadera.

Ya no me importaba la lana, ya no me importaba la mansión, solo quería mi vida de vuelta.

Pero cuando llegamos al estacionamiento, Eduardo ya estaba ahí, recargado en mi troca.

Tenía esa sonrisa perfecta que antes me encantaba y que ahora me daba un asco indescriptible.

“Vámonos a casa, mi amor. Ya es hora de que cumplas con tu parte del trato”, me dijo con una calma que me dio terror.

Mi mamá se acercó a él, le dio un abrazo y le agradeció por haber ido por mí.

Neta que no podía creerlo, mi jefa me estaba entregando otra vez a las garras de ese lobo.

Me subí a la camioneta sin decir nada, sentía que ya no tenía voluntad propia.

Durante todo el camino de regreso, Eduardo no dejó de silbar una melodía triste, una que se me metió en los huesos.

Cuando llegamos a la mansión, el ambiente se sentía más pesado que nunca.

Las flores del jardín se habían marchitado de repente, como si el aire estuviera envenenado.

Eduardo me llevó de la mano hasta la recámara, pero no me dejó sentarme en la cama.

“Hoy vamos a cenar algo especial, Amaka. Algo que tu mamá nos preparó con mucho amor”, me dijo mientras me empujaba hacia el comedor.

En la mesa había un banquete, pero todo estaba crudo.

Había órganos, había sangre, había cosas que parecían sacadas de una pesadilla de terror.

“Cómelo todo, mija. Si no lo haces, el contrato se va a cobrar de otra forma”, me susurró Eduardo al oído.

Yo miraba los platos y sentía que el alma se me salía del cuerpo.

¿Cómo había llegado a esto? ¿Cómo una muchacha normal de la colonia terminó en medio de un ritual de sangre?

Me acordé de mi jefa, que seguramente en ese momento estaba contando los billetes que Eduardo le había dado.

Sentí un odio tan profundo que se me quitaron las ganas de llorar.

Agarré el tenedor y, con toda la náusea del mundo, me llevé un pedazo de esa carne a la boca.

Sabía a hierro, a tierra, a muerte pura.

Eduardo me miraba con una satisfacción que me dio ganas de enterrarle el cuchillo en el cuello.

Pero sabía que él era más fuerte que yo, que él no era humano.

Después de la cena, me mandó a bañar, pero me dijo que no me quitara la venda que el brujo me había puesto.

“Mañana vamos a ver al señor de la oscuridad, Amaka. Él tiene que darte su bendición”, me dijo antes de salir del baño.

Me quedé sola, bajo el chorro de agua fría, llorando en silencio para que él no me escuchara.

Me quité la venda a escondidas, solo para ver cómo iba mi herida.

Lo que vi me hizo soltar un sollozo ahogado.

La herida ya no estaba, en su lugar había una marca, un símbolo que parecía una cara gritando.

Era la marca del sacrificio, la marca de que mi vida ya no me pertenecía.

Me asomé por la ventana y vi que en el jardín estaban cavando un hoyo.

No era un hoyo para plantar un árbol, tenía la forma de una caja larga.

Tenía la forma de un ataúd.

Ahí fue cuando entendí que el acta de defunción no era una advertencia, era una promesa.

Y que mi propia madre ya había cobrado el seguro de vida que Eduardo había puesto a mi nombre.

Me senté en el suelo del baño, abrazando mis rodillas, esperando a que amaneciera.

Sentía que el tiempo se me escapaba entre los dedos como arena fina.

Pero no me iba a rendir, neta que no me iba a dejar morir así de fácil.

Tenía que encontrar la forma de romper ese contrato, de vengarme de Eduardo y de encarar a mi madre.

Aunque eso significara bajar al mismo infierno para reclamar mi alma.

A eso de las cinco de la mañana, escuché un ruido en la puerta de la habitación.

Era Eduardo, pero no venía solo.

Venía con tres hombres vestidos de negro, que cargaban unas cajas de madera muy pesadas.

“Ya es hora, Amaka. El banquete tiene que continuar”, dijo con una voz que parecía venir de mil gargantas diferentes.

Me sacaron de la habitación a la fuerza, arrastrándome por los pasillos que olían a incienso barato.

Me llevaron hasta el cuarto del fondo, ese cuarto que siempre estuvo cerrado bajo llave.

Cuando abrieron la puerta, el horror fue total.

Había fotos mías por todas las paredes, pero en todas aparecía yo muerta, con los ojos blancos.

Y en medio del cuarto había un altar con la foto de mi jefa, rodeada de velas negras y monedas de oro.

“Tu madre nos dio permiso, Amaka. Ella aceptó que fueras la nueva reina del inframundo”, se burló uno de los hombres.

Me amarraron a una silla y empezaron a pintar símbolos en mi piel con una tinta que me quemaba.

Yo gritaba por ayuda, pero sabía que en esa zona de la ciudad nadie me iba a escuchar.

Los vecinos estaban demasiado lejos o tal vez ya estaban acostumbrados a los gritos que salían de esa casa.

Eduardo se acercó a mí con un cáliz de oro lleno de ese líquido negro que salía de mi herida.

“Bebe, mi amor. Bebe y olvida quién fuiste”, me ordenó con una mirada hipnótica.

Yo apreté los dientes, negándome a aceptar mi destino, pero uno de los hombres me agarró del pelo y me obligó a abrir la boca.

Sentí que el líquido me quemaba la garganta, que me borraba los recuerdos de mi infancia, de mis amigos, de mi vida sencilla en la colonia.

Pero en medio de esa oscuridad, un recuerdo se mantuvo firme.

El recuerdo de Gaby y de la promesa que nos hicimos de cuidarnos siempre.

“Gaby… ayúdame”, pensé con todas mis fuerzas, esperando que nuestra amistad fuera más fuerte que cualquier brujería.

De repente, se escuchó un golpe fuerte en la puerta de la mansión.

Eran las sirenas de la policía, o eso creí yo por un momento.

Pero no, era algo mucho más poderoso que la ley del hombre.

Era el sonido de un rosario rompiéndose, el sonido de una madre que se acababa de arrepentir.

Mi jefa entró al cuarto con una cruz de plata en la mano, gritando que nos dejaran en paz.

“¡Suéltenla! ¡Rompo el trato! ¡No quiero su dinero maldito!”, gritaba mi mamá con una voz que nunca le había escuchado.

Pero Eduardo solo se rió, una risa seca que hizo que las velas se apagaran de golpe.

“Es demasiado tarde, suegra. El pago ya fue aceptado y no hay devoluciones”, sentenció Eduardo mientras se transformaba frente a nuestros ojos.

Su piel se empezó a caer a pedazos, revelando algo que no tenía forma humana.

Mi mamá cayó de rodillas, llorando y pidiéndome perdón, pero yo ya no podía sentir nada.

Estaba atrapada entre la vida y la muerte, en un limbo que olía a carne podrida y a traición.

Lo último que vi antes de perder el conocimiento fue a mi madre tratando de protegerme con su cuerpo.

Mientras Eduardo, o lo que fuera esa cosa, se acercaba a nosotras con una sed de sangre que nada podía saciar.

En ese momento, la mansión entera empezó a temblar, como si la tierra quisiera tragarse todo ese pecado.

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies y que caía en un vacío sin fin.

¿Iba a ser este el final de mi historia? ¿Iba a morir odiando a la mujer que me dio la vida?

El dolor en mi cadera desapareció de repente, dejando una sensación de vacío que era aún peor.

Desperté en un lugar que no conocía, un lugar lleno de niebla y de sombras que susurraban mi nombre.

“Amaka… Amaka…”, decían las voces, unas voces que me resultaban familiares pero que no podía identificar.

Caminé entre la niebla, buscando una salida, buscando una luz que me guiara de regreso a casa.

Pero cada paso que daba me alejaba más de la realidad y me sumergía más en la pesadilla.

¿Dónde estaba mi mamá? ¿Dónde estaba Eduardo? ¿Qué había pasado en ese cuarto del fondo?

Tenía tantas preguntas y ninguna respuesta, solo el miedo que me seguía como una sombra fiel.

De repente, la niebla se disipó y vi una figura a lo lejos.

Era una mujer, vestida de blanco, que me miraba con una dulzura que me hizo llorar de alivio.

“Ven, mija. Todavía no es tu tiempo”, me dijo la mujer, extendiendo su mano hacia mí.

Corrí hacia ella, sintiendo que por fin estaba a salvo, que por fin alguien me iba a proteger.

Pero cuando estuve cerca, me di cuenta de que la mujer no tenía rostro.

En su lugar había un espejo, y lo que vi reflejado en él me hizo perder el juicio por completo.

No era yo la que estaba ahí, era Gaby, pero estaba encadenada a un árbol seco.

“Tú tomaste mi lugar, Amaka. Ahora tú tienes que pagar mi deuda”, me dijo el reflejo con la voz de Eduardo.

Grité con todas mis fuerzas, despertando de nuevo en esa mansión que ahora parecía una ruina.

Estaba sola, en el suelo del cuarto del fondo, rodeada de cenizas y de silencio.

Eduardo no estaba, los hombres de negro no estaban, y mi jefa tampoco aparecía por ningún lado.

Me levanté como pude, sintiendo que cada hueso de mi cuerpo estaba roto.

Salí de la casa, caminando bajo la lluvia que no dejaba de caer sobre la Ciudad de México.

Llegué hasta la calle, buscando a alguien que me ayudara, pero la calle estaba desierta.

Parecía que el mundo se había acabado y que yo era la única sobreviviente de un apocalipsis de brujería.

Mire hacia atrás, hacia la mansión que Eduardo me había comprado con sangre.

Ya no era una mansión, era una choza vieja y podrida que se caía a pedazos.

Todo había sido una ilusión, un engaño de los sentidos alimentado por la avaricia.

Lo único real era la marca en mi cadera y el acta de defunción que todavía llevaba en la bolsa.

Empecé a caminar hacia la colonia, esperando encontrar a mi mamá, esperando encontrar una explicación.

Pero sabía que nada volvería a ser igual, que mi vida se había partido en dos para siempre.

Y que la verdadera batalla contra Eduardo y sus demonios apenas estaba por comenzar.

Porque él no se iba a dar por vencido tan fácil, él todavía quería mi alma para completar su ritual.

Y yo… yo ya no era la muchacha ingenua que se dejó deslumbrar por la lana.

Ahora era una guerrera marcada por el dolor y por la traición, dispuesta a todo por recuperar su libertad.

Llegué a la casa de mi jefa, pero la puerta estaba abierta y las luces estaban apagadas.

Entré con el corazón en la mano, temiendo lo peor, temiendo encontrar a mi madre muerta.

“¿Mamá? ¿Estás aquí?”, pregunté con voz temblorosa, mientras buscaba el interruptor de la luz.

Cuando encendí la luz, vi algo que me dejó paralizada de nuevo.

En la mesa de la cocina no había pan dulce ni café, había una lonchera de plástico abierta.

Y adentro… adentro estaba el corazón de mi madre, latiendo todavía con una fuerza desesperada.

Un grito de horror se escapó de mi garganta, un grito que se escuchó en toda la colonia.

Eduardo lo había hecho, se había cobrado la deuda con lo que mi mamá más quería.

Y me había dejado ese mensaje para que supiera que no tenía escapatoria.

Caí de rodillas, abrazando la lonchera, llorando por la mujer que me vendió pero que al final trató de salvarme.

Juraba que iba a encontrar a Eduardo, que iba a quemar su mundo hasta que no quedara nada.

Pero antes, tenía que hacer algo con ese corazón, tenía que darle la paz que mi jefa no encontró en vida.

Fui al patio de la casa, ahí donde mi mamá tenía sus macetas con geranios y ruda.

Cavé un hoyo con mis propias manos, sin importarme que las uñas se me rompieran o que la tierra se me metiera en las heridas.

Enterré el corazón de mi madre bajo la planta de ruda, esa que ella decía que servía para quitar las malas vibras.

“Descansa en paz, jefa. Yo me encargo de lo demás”, le susurré a la tierra húmeda.

Me levanté, me limpié las lágrimas y sentí que una fuerza nueva me recorría el cuerpo.

Ya no tenía miedo, ya no tenía dudas, solo tenía una misión: terminar con la maldición de Eduardo.

Pero sabía que no podía hacerlo sola, necesitaba ayuda de alguien que conociera los secretos de esa oscuridad.

Necesitaba encontrar a Gaby, porque ella era la única que sabía cómo empezó todo este enredo.

Salí de la casa, dispuesta a buscar a mi amiga en el último rincón del mundo si era necesario.

Pero cuando iba a subir a la troca, vi una sombra que me esperaba en la esquina.

Era el Brujo Babaduro, que me miraba con sus ojos amarillos y una sonrisa burlona.

“El juego apenas comienza, Amaka. ¿Estás lista para perder lo poco que te queda?”, me preguntó el viejo.

Yo no le contesté, solo aceleré el motor y me alejé de ahí, dejando atrás mi pasado y mi dolor.

Porque la neta, cuando ya no tienes nada que perder, es cuando eres más peligrosa.

Y Eduardo estaba a punto de descubrir que con una mujer mexicana no se juega, y menos cuando le tocan a su jefa.

Manejé hacia el centro de la ciudad, buscando el rastro de Gaby, esperando que ella todavía estuviera viva.

Porque si ella estaba muerta, entonces mi única esperanza de salvación se habría ido para siempre.

Y yo me quedaría sola, atrapada en este mundo de sombras, esperando a que se cumpliera la fecha de mi acta de defunción.

Pero no, me negaba a creer eso, sentía que Gaby me estaba llamando, que me estaba esperando en algún lugar.

“Espérame, amiga. Ya voy por ti”, dije en voz alta, mientras las luces de la ciudad se borraban por mis lágrimas.

La noche era larga y el camino era peligroso, pero yo ya no tenía nada que perder.

Solo tenía mi honor, mi herida y un hambre de venganza que me iba a llevar hasta el final.

Híjole, qué gacho es darse cuenta de que la gente que más amas es la que más te puede lastimar.

Pero así es la vida, y más en un país donde la magia y la realidad se mezclan de formas tan extrañas.

Donde una madre puede vender a su hija por una camioneta y luego dar la vida por ella en un cuarto oscuro.

Donde un marido puede ser un demonio y una amiga puede ser la llave para romper una maldición.

Seguí manejando, perdiéndome en el laberinto de calles, sintiendo que Eduardo me vigilaba desde cada esquina.

Pero yo ya no iba a correr más, ahora yo era la que iba a cazar al lobo.

Y no iba a parar hasta que su sangre corriera por las calles de esta ciudad que me vio nacer y que tal vez me vería morir.

Porque al final del día, todos tenemos una fecha marcada, y la mía estaba más cerca que nunca.

Pero no iba a morir en una tumba de lujo, iba a morir peleando por mi alma y por mi libertad.

Órale, que Dios me agarre confesada, porque lo que viene no va a ser nada fácil para nadie.

Parte 3

El rastro de la sangre y el grito del silencio.

Ahí estaba yo, sola en la oscuridad del patio, con las manos llenas de tierra y el alma hecha pedazos.

Acababa de enterrar el corazón de mi jefa bajo una mata de ruda, sintiendo que con cada puño de tierra también enterraba mi inocencia.

Híjole, neta que no puedo explicarles el vacío que se siente cuando te das cuenta de que tu refugio era en realidad tu matadero.

El silencio de la colonia a esa hora de la madrugada era espantoso, como si los perros también tuvieran miedo de ladrar.

Me quedé un rato ahí hincada, mirando la tierra húmeda, esperando que de alguna forma mi mamá me diera una señal, un perdón desde el más allá.

Pero no hubo nada, solo el ruido de la lluvia que ya se estaba quitando y el latido de mi propia herida en la cadera.

Esa marca, esa cara que gritaba en mi piel, se sentía caliente, como si tuviera brasas prendidas por dentro.

Me levanté como pude, sacudiéndome el lodo de las rodillas, y supe que no podía quedarme ni un minuto más en esa casa.

Eduardo ya sabía dónde estaba, él siempre lo sabía, porque su sangre ya corría por mis venas a través de ese líquido negro que me obligó a beber.

Entré a la casa por última vez, agarré mi bolsa y las llaves de la troca, pero antes de salir, vi el rosario de mi mamá tirado en el suelo.

Estaba roto, las cuentas de madera estaban regadas por toda la cocina como si fueran lágrimas petrificadas.

Recogí la cruz de plata, la que ella usó para tratar de defenderme al final, y me la guardé en el bolsillo del pantalón.

“Esto no se va a quedar así, Eduardo”, juré entre dientes mientras cerraba la puerta con llave, aunque sabía que las llaves no sirven de nada contra los demonios.

Me subí a la camioneta y arranqué sin rumbo fijo, solo queriendo alejarme de ese olor a muerte que ya se me había quedado pegado en la ropa.

Manejé por el Eje Central, viendo cómo la ciudad empezaba a despertar, con los puestos de tamales poniéndose y la gente saliendo a su chamba.

Me daba envidia verlos, neta, ver a esa gente con sus problemas normales, preocupados por el tráfico o por si iba a llover otra vez.

Yo daría lo que fuera por volver a ser esa Amaka que solo se preocupaba por si le alcanzaba para el camión.

Pero esa mujer ya no existía, ahora yo era una prófuga de un contrato que se firmó con sangre y envidia.

Sentía que el coche era una cápsula de cristal y que todo el mundo afuera era de cartón, que en cualquier momento Eduardo iba a aparecer en el asiento de atrás.

Checaba el retrovisor cada diez segundos, esperando ver esos ojos oscuros y esa sonrisa que te robaba el aliento.

Pero no venía nadie, al menos no físicamente, porque en mi mente su voz seguía silbando esa melodía de ultratumba.

¿A dónde iba a ir? No tenía a nadie.

Mi jefa estaba muerta, mi casa era una ruina y mi marido era un monstruo que comía carne humana.

Entonces me acordé de Gaby.

Gaby, mi hermana de vida, la que yo traicioné por un puño de billetes y una casa con candelabros.

Ella era la única que podía entender esto, porque ella fue la primera que Eduardo marcó.

Me acordé de que su mamá me había dicho una vez que Gaby se había ido a refugiar a un pueblito cerca de Cuernavaca, con una tía que era muy religiosa.

“Si alguien sabe cómo romper una cadena, es ella”, pensé con una esperanza que me quemaba el pecho.

Pero, ¿con qué cara me le iba a aparecer después de lo que le hice?

Le bajé el novio, me burlé de su pobreza cuando yo ya tenía lana, y la dejé sola cuando más necesitaba una amiga.

Neta que me sentía la persona más basura del mundo, pero el miedo a morir era más grande que mi vergüenza.

Puse el GPS y busqué el nombre del pueblo: Santa María de las Sombras.

Nada más el nombre me dio un escalofrío de esos que te hacen castañear los dientes.

Pero ya no había marcha atrás, era eso o esperar a que se cumpliera la fecha de mi acta de defunción.

A mitad del camino, la herida en mi cadera empezó a darme unos tirones horribles, como si algo se estuviera estirando por debajo de mi piel.

Tuve que pararme en una gasolinera en la salida a Cuernavaca para checarme, porque ya no aguantaba el dolor.

Entré al baño, que estaba todo sucio y olía a cloro barato, y me encerré en uno de los cubículos.

Me bajé el pantalón con cuidado y lo que vi casi me hace gritar de nuevo.

La venda que me puso el brujo Babaduro estaba empapada de ese líquido negro, pero ahora tenía un tinte rojizo, como sangre fresca.

Y la marca… híjole, la marca ya no era solo una cara gritando.

Ahora parecía que la piel se estaba abriendo para formar una boca de verdad, con dientes pequeñitos y afilados que se asomaban entre la carne.

“No, no, no… esto no está pasando”, decía yo mientras lloraba frente al espejo manchado del baño.

Me lavé como pude con agua fría, sintiendo que el agua se evaporaba al tocar la herida de lo caliente que estaba.

Me puse una playera vieja que traía en la troca para presionar la herida y salí de ahí casi corriendo.

Sentía que la gente me miraba, que sabían que yo cargaba con una maldición.

Un trailero que estaba tomando café me clavó la vista y se persignó cuando pasé junto a él.

Eso me dio más pavor que cualquier otra cosa, porque si un desconocido podía ver mi oscuridad, entonces Eduardo me iba a encontrar en cualquier segundo.

Seguí manejando por la carretera, viendo los cerros llenos de neblina y los árboles que parecían manos queriendo agarrar el cielo.

Empecé a hablar sola, para no volverme loca, contándole mis penas a la virgencita que traía colgada en el espejo.

“Perdóname, Virgencita, yo no sabía en lo que me metía. Yo solo quería que mi jefa no sufriera más”, decía mientras las lágrimas me nublaban la vista.

Pero en el fondo sabía que era mentira, que yo también quería el lujo, que yo también quería sentirme más que los demás.

La avaricia es un pecado que se paga caro, y yo estaba pagando el interés más alto de todos.

Llegué a Santa María de las Sombras como a las diez de la mañana.

Era un pueblo de esos que parecen atrapados en el tiempo, con calles de piedra y casas de adobe con techos de teja.

Hacía un frío que te calaba, un frío que no era normal para esa época del año.

Empecé a preguntar por la tía de Gaby, doña Esperanza, y la gente me contestaba de mala gana, como si no quisieran hablar con extraños.

“Ahí arriba, en la casa que tiene el portón de madera vieja”, me dijo al fin un señor que estaba barriendo la entrada de la iglesia.

Subí la cuesta con la troca que ya empezaba a fallar, como si el motor también estuviera cansado de tanta bronca.

Llegué a la casa y me quedé un rato frente al portón, sin atreverme a tocar.

¿Qué le iba a decir? “¿Qué onda, Gaby? Ya sé que te traicioné, pero fíjate que mi esposo es un demonio y me quiero morir”.

Sonaba estúpido, neta que sí.

Pero entonces la puerta se abrió sola, rechinando como si se estuviera quejando del peso de los años.

Y ahí estaba ella.

Gaby.

Pero no era la Gaby que yo recordaba, la que siempre andaba con sus trenzas y su sonrisa de oreja a oreja.

Esta Gaby estaba flaca, pálida, con los ojos hundidos y un rosario negro amarrado a la muñeca.

Me miró sin sorpresa, como si hubiera estado esperando este momento desde el día que nos peleamos.

“Sabía que vendrías, Amaka. El olor a podrido llega antes que tú”, me dijo con una voz que no tenía nada de odio, solo una tristeza infinita.

Me solté a llorar ahí mismo, cayendo de rodillas sobre las piedras de la calle.

“Perdóname, Gaby… por favor, perdóname. Mi jefa está muerta y yo… yo ya no puedo más”, balbuceé entre hipos.

Gaby se acercó a mí, me puso la mano en la cabeza y sentí un alivio momentáneo, como si por un segundo la herida dejara de quemarme.

“Levántate, que la vergüenza no cura las heridas de sangre. Pasa, antes de que el sol se ponga, porque después de eso ya no hay protección”, me ordenó.

Entré a la casa y el ambiente era totalmente diferente al de la mansión de Eduardo.

Aquí olía a copal, a flores frescas y a cera bendita.

Había santos por todos lados, pero no como adornos, sino como si fueran soldados cuidando las ventanas.

Gaby me llevó a un cuarto pequeño donde había una tina de madera llena de agua con hierbas.

“Quítate la ropa, Amaka. Necesito ver qué tanto terreno ha ganado el contrato”, me dijo mientras encendía unas velas blancas.

Me desvestí con mucha pena, sintiéndome la mujer más sucia del planeta.

Cuando vio la marca en mi cadera, Gaby cerró los ojos y empezó a rezar en voz baja, con una fuerza que hacía vibrar el aire.

“Está muy avanzado. Eduardo no te quiere para esposa, te quiere para nido”, susurró con horror.

“¿Para nido? ¿De qué hablas, Gaby? Dime la neta, no me ocultes nada”, le supliqué mientras me metía a la tina.

Gaby se sentó junto a mí y me contó la historia que mi mamá nunca quiso que yo supiera.

Eduardo no era un hombre rico que tuvo suerte, era un sirviente de una entidad que vive en las sombras de la Ciudad de México.

Cada cierto tiempo, necesita un cuerpo joven para depositar una semilla, algo que ellos llaman “el heredero del vacío”.

Él buscó a Gaby primero porque ella tenía el alma pura, pero Gaby tuvo un sueño donde la virgencita le advertía del peligro.

Por eso Gaby huyó, pero mi jefa, en su ambición, le ofreció mi nombre a Eduardo a cambio de que la pobreza se fuera de nuestra casa para siempre.

“Tu mamá no sabía lo que estaba haciendo, Amaka. Ella pensó que solo era un amarre de amor, pero Eduardo es un cobrador de deudas antiguas”, explicó Gaby.

Sentí que el agua de la tina se ponía negra en cuanto toqué el fondo.

Las hierbas se marchitaron al instante y un vapor oscuro empezó a salir de mi piel.

“¿Y qué va a pasar con el acta de defunción?”, pregunté con un hilo de voz.

Gaby me miró a los ojos y supe que la respuesta no me iba a gustar.

“Ese papel es tu sentencia. Si no logramos sacar esa cosa de tu cadera antes de la fecha marcada, tu cuerpo se va a abrir para que lo que está adentro nazca… y tú vas a quedar como una cáscara vacía”.

El horror me paralizó.

Recordé a los ratones rojos del cuarto del fondo, mordiendo el dinero.

Recordé los huesos humanos y la carne cruda que Eduardo me obligaba a comer.

Todo era para alimentar a la criatura que estaba creciendo dentro de mí.

“¿Cómo lo detenemos, Gaby? Por favor, ayúdame. Haré lo que sea”, le dije agarrándole las manos.

Gaby suspiró y miró hacia la ventana, donde las sombras de los árboles ya empezaban a alargarse.

“Solo hay una forma, pero es muy peligrosa. Tenemos que ir a buscar al único hombre que Eduardo respeta y teme”.

“¿Quién? ¿Otro brujo?”, pregunté.

“No. Un hombre que vivió en la mansión antes que tú y que logró salir vivo, aunque dejó su alma en el camino. Le dicen el ‘Padre de las Sombras’, y vive en los túneles debajo de la Catedral”, reveló Gaby.

Sentí que el corazón me daba un vuelco.

Volver a la Ciudad de México era como tirarme a la boca del lobo.

Pero Gaby tenía razón, no tenía otra opción.

Pasamos el resto del día preparando protecciones, amarrando rosarios con ruda y rezando salmos de protección.

Gaby me dio una túnica de lino blanco bendecida para cubrir mi marca, porque decía que el olor a podrido podía atraer a los vigilantes de Eduardo.

“¿Vigilantes?”, pregunté extrañada.

“Eduardo tiene ojos en todos lados, Amaka. En los pájaros que te miran desde los postes, en los perros callejeros, en el viento que sopla fuerte. Nada se le escapa”.

A eso de las seis de la tarde, cuando el cielo se puso de ese color morado que parece un moretón, escuchamos un ruido afuera.

Era un rasguño suave en el portón de madera, como si alguien estuviera queriendo entrar sin hacer ruido.

Gaby me hizo una señal para que guardara silencio y agarró una botella de agua bendita.

Se acercó a la puerta y miró por la rendija.

Su cara se puso pálida de repente y se echó para atrás, haciendo la señal de la cruz.

“Ya están aquí”, susurró con miedo.

“¿Quiénes? ¿Eduardo?”, pregunté con el alma en un hilo.

“No… los cobradores. Vienen por el interés del contrato”, contestó Gaby mientras empezaba a echar agua bendita en los marcos de las ventanas.

Afuera se escuchó un grito que no era humano, un sonido que mezclaba el llanto de un bebé con el rugido de una bestia.

La casa empezó a vibrar y los santos en las paredes se cayeron al suelo al mismo tiempo.

Sentí que la marca en mi cadera empezaba a latir con una fuerza salvaje, queriendo responder al llamado de afuera.

“¡Amaka, no escuches las voces! ¡Reza conmigo!”, gritaba Gaby mientras me agarraba fuerte de los brazos.

Pero yo ya no escuchaba a Gaby, escuchaba la voz de mi jefa llamándome desde la oscuridad.

“Mija… ven conmigo… aquí ya no hace frío… aquí hay mucha lana para las dos…”, decía la voz de mi mamá.

Caminé hacia la puerta como un zombi, atraída por esa promesa de paz y de amor maternal que tanto extrañaba.

“¡No, Amaka! ¡Es un engaño!”, gritó Gaby y me soltó una bofetada que me regresó a la realidad.

El golpe me dolió, pero me sirvió para ver que la puerta ya estaba casi abierta y que algo negro estaba metiendo sus dedos por la rendija.

Eran dedos largos, sin uñas, que parecían hechos de humo y brea.

Gaby aventó lo que quedaba del agua bendita y se escuchó un siseo, como de carne quemándose.

La cosa de afuera retrocedió dando un alarido que hizo que los vidrios de la casa se estrellaran.

“¡Tenemos que irnos ya! ¡Por la parte de atrás!”, ordenó Gaby mientras me jalaba de la túnica.

Salimos por un pasillo que daba a un huerto pequeño, corriendo entre la neblina que ya lo cubría todo.

Subimos a la troca y Gaby se puso al volante, porque yo estaba demasiado ida para manejar.

Arrancó a toda velocidad, bajando la cuesta como si nos viniera persiguiendo el mismísimo diablo.

Y neta que sí, porque por el espejo vi que algo nos seguía, una sombra gigante que brincaba de techo en techo con una agilidad espantosa.

“¡No mires atrás, Amaka! ¡Mantén tu fe en la cruz!”, gritaba Gaby mientras esquivaba las piedras del camino.

Llegamos a la carretera principal y por fin sentimos un poco de alivio cuando vimos las luces de otros coches.

Pero el alivio duró poco, porque de repente, todos los coches que iban con nosotros empezaron a prender sus luces altas al mismo tiempo.

Era un espectáculo de luces blancas que me cegaba, mientras los cláxones empezaban a sonar en una sinfonía de odio.

“Están bajo su control… todos ellos”, dijo Gaby con los dientes apretados.

Manejamos por horas, sintiendo que la carretera no se acababa nunca, como si estuviéramos en un bucle infinito.

Pero al final, las luces de la Ciudad de México aparecieron en el horizonte, brillando como un mar de fuego.

“Ahí es donde todo empezó, y ahí es donde todo tiene que terminar”, sentenció Gaby.

Entramos a la ciudad por el lado de Tlalpan, tratando de pasar desapercibidas entre el tráfico nocturno.

Yo miraba los edificios, los espectaculares, la gente que caminaba por las banquetas, y sentía que estaba viendo un mundo que ya no me pertenecía.

Me sentía como un fantasma caminando entre los vivos, cargando con una carga que nadie más podía ver.

Llegamos al Centro Histórico cerca de la medianoche.

Las calles estaban desiertas, con ese aire pesado que solo se siente en el corazón de la ciudad después de las doce.

La Catedral se alzaba imponente, rodeada de sombras y de historias que nadie se atreve a contar.

“Aquí es, Amaka. Debajo de estas piedras está el secreto de Eduardo”, dijo Gaby mientras apagaba el motor.

Nos bajamos de la troca y caminamos hacia un callejón que estaba detrás de la Catedral, donde olía a humedad y a siglos de olvido.

Gaby sacó una llave de hierro vieja de su bolsillo y abrió una rejilla que estaba en el suelo.

“Baja con cuidado, y pase lo que pase, no sueltes el rosario”, me advirtió.

Bajamos por una escalera de caracol que parecía no tener fin, bajando hacia las entrañas de la tierra.

Hacía calor, un calor húmedo que me hacía difícil respirar.

Llegamos a un pasillo largo, iluminado por antorchas que no humeaban, donde las paredes estaban llenas de calaveras talladas en la piedra.

Al final del pasillo había una puerta de madera negra con el símbolo de un sol tapado por una luna.

Gaby tocó tres veces, con un ritmo especial que hizo que la puerta se abriera lentamente.

Adentro estaba el Padre de las Sombras.

Era un hombre que no parecía tener edad, con una túnica negra llena de polvo y una mirada que parecía ver a través de tu alma.

“Han tardado mucho. El contrato ya está reclamando su pago”, dijo el hombre con una voz profunda que retumbó en las paredes.

Se acercó a mí y puso su mano sobre mi marca, sin preguntarme nada.

Esta vez no sentí dolor, sentí un frío intenso, como si me estuvieran metiendo hielo en las venas.

“Amaka… la hija de la envidia y la víctima de la ambición. Tu madre te vendió bien barato”, sentenció el Padre de las Sombras.

“¡Ayúdeme, Padre! ¡No quiero morir!”, supliqué llorando otra vez.

El hombre se dio la vuelta y sacó un libro viejo, con hojas que parecían piel humana.

“Para romper el contrato de Eduardo, necesitas tres cosas. Tres sacrificios que equilibren la balanza”, explicó.

“¿Qué cosas?”, pregunté con miedo.

“La primera, el perdón genuino de la persona que más dañaste”.

Miré a Gaby, que asintió con la cabeza.

“Eso ya lo tienes, aunque te costó la paz de tu amiga”, dijo el hombre.

“La segunda, la sangre de la persona que firmó el contrato”.

Mi corazón se detuvo.

“Mi mamá… pero ella ya murió”, dije con un hilo de voz.

“La sangre de una madre nunca muere si se guarda con respeto. La tierra donde la enterraste ahora es sagrada o maldita, dependiendo de cómo la uses”, reveló el Padre.

“¿Y la tercera?”, pregunté casi sin querer saber la respuesta.

El Padre de las Sombras me miró con una lástima infinita y me señaló el vientre.

“La tercera cosa es la vida de lo que está creciendo dentro de ti. Tienes que matarlo antes de que él te mate a ti, pero al hacerlo, podrías perder tu propia alma en el proceso”.

Sentí que el mundo se me acababa.

Matar a lo que estaba en mi cadera significaba aceptarme como una asesina, o dejarlo nacer y morir yo.

Era una elección imposible, una encrucijada del diablo.

Pero antes de que pudiera decir algo, un estruendo sacudió todo el túnel.

La puerta de madera negra voló en mil pedazos y Eduardo entró caminando, tan tranquilo como si estuviera en su propia casa.

Ya no tenía su forma humana perfecta, ahora su piel brillaba con una luz verde enferma y sus manos terminaban en garras largas.

“Se acabó el tiempo de los juegos, mis reinas. Vengo por lo que es mío”, rugió Eduardo con una voz que hizo que el Padre de las Sombras retrocediera.

Gaby se puso frente a mí, con su rosario en alto, pero Eduardo la aventó contra la pared con un simple movimiento de mano.

“¡Con ellas no te metas, monstruo!”, grité yo, sacando la cruz de plata de mi mamá.

Eduardo se rió, una risa que me taladró los oídos.

“Esa cruz no tiene poder contra mí, Amaka. Tu madre la usó y mira cómo terminó”, se burló.

Se acercó a mí, agarrándome del cuello con una fuerza que me levantó del suelo.

“Ahora, vamos a terminar lo que empezamos bajo nuestra cama. El heredero tiene hambre”.

Sentí que la marca en mi cadera se abría por completo, con un dolor que me hizo perder la visión.

Y en medio de esa agonía, escuché un susurro que venía de la cruz de plata de mi jefa.

“Usa la sangre, mija… usa la sangre del perdón”.

Sin pensarlo, enterré la cruz de plata en la garra de Eduardo, pero antes de hacerlo, la pasé por mi propia herida, llenándola del líquido negro y de mi propia angustia.

Eduardo soltó un alarido de dolor puro, como si le hubiera echado ácido en los ojos.

Un humo blanco empezó a salir de donde lo piqué y su forma empezó a parpadear, mostrando a un ser flaco y esquelético.

“¡Huye, Amaka! ¡Lleva esto al altar!”, gritó el Padre de las Sombras mientras le aventaba un polvo gris a Eduardo.

Gaby se levantó como pudo y me agarró de la mano, jalándome hacia una salida que no había visto antes.

Corrimos por los túneles mientras escuchábamos los rugidos de Eduardo detrás de nosotros, un sonido que prometía una agonía eterna.

Llegamos a una pequeña capilla subterránea, donde había una imagen de la Virgen de los Dolores tallada en obsidiana.

“Pon la cruz en sus manos, Amaka. ¡Hazlo ya!”, gritaba Gaby.

Puse la cruz de plata, empapada de mi maldición, en las manos de piedra de la Virgen.

En ese momento, una luz blanca estalló en toda la capilla, una luz tan brillante que tuve que cerrar los ojos.

Sentí que algo se desprendía de mi cadera con un tirón violento, un grito de muerte que se alejaba hacia el fondo de la tierra.

Cuando abrí los ojos, Eduardo ya no estaba.

En su lugar, solo había un montón de cenizas negras y un olor a incienso que lo cubría todo.

Mi herida… mi herida se había cerrado, dejando solo una cicatriz blanca en forma de cruz.

Caí al suelo, agotada, sintiendo que por fin era libre, pero con un vacío que nada iba a llenar.

“Lo logramos, Gaby… lo logramos”, dije llorando de alivio.

Gaby me abrazó, pero su cara seguía estando seria.

“Esto no ha terminado, Amaka. Eduardo solo perdió su forma física, pero el contrato… el contrato todavía tiene una cláusula que no hemos leído”.

“¿Cuál?”, pregunté con miedo.

Gaby señaló la pared de la capilla, donde empezaban a aparecer letras de fuego.

“La envidia de una madre solo se cura con el sacrificio de la hija… y hoy, Amaka, has dejado de ser una hija para convertirte en algo más”.

Sentí que el suelo volvía a temblar, pero esta vez no era Eduardo.

Era algo mucho más grande, algo que venía de más arriba.

Y en ese momento supe que el precio de mi libertad apenas se iba a empezar a cobrar.

Porque en este mundo de sombras, nadie se va sin pagar la cuenta completa.

PARTE 4

El silencio que quedó en esa cripta debajo de la Catedral era más pesado que todas las piedras que teníamos encima.

Me zumbaban los oídos bien gacho, como si mil abejas estuvieran atrapadas dentro de mi cabeza.

Gaby estaba ahí tirada, con la cara llena de polvo y los ojos bien abiertos, mirando hacia donde Eduardo se había deshecho.

Neta que no podía creerlo, mis manos todavía temblaban y sentía el frío de la cruz de plata quemándome la palma.

El olor a incienso bendito se mezclaba con el aroma a azufre y a rancio que dejó esa cosa al irse al infierno.

Me acerqué a mi amiga y le di la mano para levantarla; sus dedos estaban helados, como si le hubieran succionado toda la vida.

“Ya estuvo, Gaby… ya se acabó esa b*onca”, le dije con un hilo de voz, tratando de convencerme a mí misma.

Pero ella me miró con una lástima que me revolvió las tripas, neta que su mirada me dolió más que la herida.

“No, Amaka, esto apenas es el principio del cobro”, me susurró mientras señalaba las paredes de piedra.

Las letras de fuego que habían aparecido se estaban apagando, dejando una marca negra, como si alguien hubiera escrito con carbón hirviendo.

Leí lo que pude antes de que se borrara por completo y sentí que el suelo se volvía a mover bajo mis pies.

“La sangre derramada pide más sangre, y la deuda de la madre recae en el vientre de la hija”, decía el mensaje maldito.

Sentí un vacío en el estómago, un hueco negro que ninguna comida y ninguna lana del mundo podrían llenar jamás.

Salimos de los túneles casi a rastras, subiendo esas escaleras que parecían no tener fin hacia el mundo de arriba.

Cuando por fin salimos al callejón detrás de la Catedral, el aire de la Ciudad de México me supo a gloria, aunque oliera a puro miau y a smog.

Eran como las tres de la mañana y el Centro Histórico se veía como un cementerio de gigantes, con las luces amarillas parpadeando.

Caminamos hacia la troca de Gaby en silencio, cuidándonos de que no hubiera algún “vigilante” de Eduardo en las esquinas.

Me subí al asiento del copiloto y me vi en el espejo; neta que no me reconocí, parecía un fantasma que se había escapado de un p*nche panteón.

Tenía ojeras hasta las mejillas y mis ojos… híjole, mis ojos tenían un brillo raro, como si hubiera una lucecita prendida allá al fondo.

Gaby arrancó el motor y manejó despacio, como si tuviera miedo de que el ruido despertara a algo que no debíamos.

“Tenemos que ir a tu casa, Amaka. Tenemos que buscar el contrato original que tu jefa guardaba”, me dijo sin quitar la vista del camino.

“¿A mi casa? Pero si ahí está el desm*dre de la lonchera y mi jefa… pues tú ya sabes”, le dije sintiendo que me volvían las ganas de chillar.

“Es la única forma de saber a qué nos enfrentamos realmente, carnala. Eduardo solo era un mandadero, el mero jefe todavía no sale a la luz”.

Manejamos por las calles vacías, pasando por lugares que antes me daban alegría y que ahora me daban un pavor indescriptible.

Pasamos por el Palacio de Bellas Artes y sentí que las estatuas me seguían con la mirada, como si supieran mi secreto.

Llegamos a la colonia después de un rato que se me hizo eterno, con el corazón latiéndome a mil por hora en la garganta.

La calle estaba desierta, solo se escuchaba el ruido de una bolsa de plástico volando con el viento y el ladrido de un perro flaco.

La casa de mi jefa se veía más vieja y triste que nunca, con las luces de la patrulla que ya no estaban, pero con la cinta amarilla estorbando en la entrada.

“Me vale m*dre la policía, yo tengo que entrar por mis cosas”, pensé mientras saltaba la cinta con cuidado de no hacer ruido.

Gaby se quedó afuera vigilando, con su rosario en la mano y la mirada atenta a cualquier sombra que se moviera.

Entré por la ventana de la cocina, la misma que siempre dejábamos abierta por el calor, y el olor me pegó de golpe.

Era el olor de mi infancia mezclado con la tragedia de hace unas horas; olía a café de olla, a canela y a ese rastro metálico de la s*ngre.

Prendí la luz de la cocina y todo estaba igual que como lo dejé: la lonchera abierta en la mesa y la mancha en el piso.

Neta que me dieron ganas de salir corriendo y no volver nunca, pero la voz de Gaby me retumbaba en la cabeza diciéndome que fuera valiente.

Fui directo al cuarto de mi mamá, ese lugar que siempre fue mi refugio cuando era chiquita y tenía miedo de los truenos.

Empecé a buscar en el clóset, entre sus vestidos de flores y sus cajas de zapatos viejas donde guardaba las fotos de la familia.

Debajo de un montón de cobijas de San Marcos, encontré una cajita de madera tallada que tenía un candado oxidado.

Me acordé de que mi jefa siempre decía que esa caja era su tesoro, que ahí guardaba las escrituras de la casa y la fe de bautismo mía.

Rompí el candado con un martillo que encontré en el cajón de las herramientas y se me paró el corazón al ver lo que había adentro.

No eran papeles de la iglesia ni facturas de la luz; eran cartas viejas escritas con una caligrafía que daba miedo, toda chueca y apretada.

Había una foto de mi mamá cuando era joven, pero no estaba sola; estaba con un hombre que se parecía muchísimo a Eduardo.

Pero la fecha de la foto decía 1970… neta que eso no tenía sentido, ese hombre debería tener ya sus ochenta años ahora.

Encontré un papel doblado en cuatro, amarillento por el tiempo, que tenía una mancha de s*ngre seca justo en el sello de abajo.

Era el p*nche contrato.

“Yo, María del Carmen, entrego la descendencia de mi vientre a cambio de que la miseria no toque mi puerta ni la de los míos”, decía el texto.

Se me nubló la vista de la pura rabia. Mi jefa no me vendió por una troca o por una mansión lujosa de la noche a la mañana.

Ella nos había vendido a todas desde antes de que yo naciera, solo para que no nos faltara el taco en la mesa.

Entendí que la llegada de Eduardo no fue casualidad, fue el cobro de un pagaré que mi mamá firmó hace décadas con su propia mano.

De repente, escuché un ruido en la sala, como si alguien estuviera arrastrando algo pesado por el piso de cemento.

Me quedé quieta, sin respirar, con el contrato apretado contra mi pecho y el martillo en la otra mano por si las moscas.

“¿Gaby? ¿Eres tú, carnala?”, pregunté en voz bajita, esperando que fuera mi amiga que se había cansado de esperar afuera.

Pero nadie contestó, solo se escuchaba una respiración fuerte y ronca, como si alguien tuviera los pulmones llenos de agua.

Caminé hacia la puerta del cuarto con pasos de plomo, sintiendo que el frío me calaba los huesos a pesar del calor de la noche.

Me asomé al pasillo y vi una sombra enorme proyectada en la pared de la sala; no era una sombra humana, tenía cuernos y joroba.

El miedo me paralizó, neta que sentí que mis pies se hacían de chicle y que no iba a poder escapar esta vez.

“Amaka… ya deja de esconderte… el patrón quiere hablar contigo”, dijo una voz que parecía que salía de abajo de la tierra.

Era el brujo Babaduro, el mismo viejo infeliz que me raspó la cadera en el mercado de Sonora, pero ahora se veía diferente.

Estaba más alto, más fuerte, y sus ojos amarillos brillaban con una maldad que me hizo querer vomitar del puro susto.

“¡Lárgate de aquí, viejo asqueroso! ¡Eduardo ya se fue al d*ablo y tú vas que vuelas para allá!”, le grité tratando de sonar valiente.

Babaduro se rió y su risa sonó como si estuvieran rompiendo vidrios dentro de un bote de lámina.

“Eduardo era un niño jugando a los soldados. El verdadero dueño de la deuda ya viene en camino y no acepta devoluciones”.

Se acercó a mí y vi que en sus manos traía un rosario hecho de dientes humanos, neta que casi me desmayo de la impresión.

“Tu madre pensó que con morir se acababa el bonche, pero la sngre llama a la s*ngre y tú todavía tienes algo que nos pertenece”.

Señaló mi cadera, donde la cicatriz en forma de cruz empezó a brillar con una luz roja bien intensa, como si se fuera a abrir de nuevo.

El dolor regresó de golpe, un dolor que me hizo caer de rodillas y soltar el martillo sobre la alfombra vieja.

“¡Gaby! ¡Ayúdame!”, grité con todas mis fuerzas, esperando que mi amiga escuchara mi súplica desde afuera.

Pero lo que escuché fue el sonido de un motor arrancando a toda velocidad y el rechinar de las llantas sobre el pavimento.

¿Gaby me había abandonado? ¿Se había asustado tanto que me dejó sola con ese monstruo en la casa de mi jefa?

No podía creerlo, neta que sentí que el alma se me salía del cuerpo al pensar que mi única esperanza se había pelado.

Babaduro se me acercó más, agarrándome del pelo con una fuerza que me hizo ver estrellitas de puro dolor.

“Nadie te va a ayudar ahora, Amaka. Estás sola con tu destino, tal como lo escribió tu madre en ese papel que traes”.

Me arrebató el contrato de la mano y lo quemó ahí mismo con solo mirarlo, dejando solo un montón de ceniza gris en el aire.

“Ahora, vámonos al lugar donde todo debe concluir. El patrón te espera en el Cerro de la Estrella para el pago final”.

Me arrastró por toda la sala mientras yo pataleaba y trataba de agarrarme de los muebles, pero era como pelear contra un tráiler.

Salimos por la puerta principal y vi que la troca de Gaby ya no estaba, solo quedaba el rastro del humo del escape.

Me metió a la fuerza en una camioneta negra que no tenía placas y que olía a incienso y a perro muerto.

Manejó por toda la ciudad a una velocidad de locos, mientras yo iba amarrada en el asiento de atrás como si fuera un bulto de papas.

Veía pasar las luces de la Ciudad de México y pensaba en todas las veces que fui feliz sin saber lo que me esperaba.

Pensaba en mi jefa, que a lo mejor desde donde estuviera se sentía mal por haberme metido en este desm*dre por un poco de feria.

Llegamos al Cerro de la Estrella cuando el cielo ya empezaba a pintarse de naranja, ese color que parece s*ngre diluida en agua.

Babaduro me bajó a tirones y me llevó hacia una cueva que estaba escondida entre los matorrales y las rocas.

Adentro de la cueva había un altar lleno de velas negras y cráneos de animales, y en medio estaba una figura sentada.

No era Eduardo, ni Babaduro… era algo que no tenía forma, algo que parecía una sombra hecha de puro odio y maldad.

“Aquí está la mercancía, patrón. La hija de la envidia lista para el cobro”, dijo Babaduro hincándose ante esa cosa.

La sombra se movió y sentí un frío que me congeló hasta las ideas; no podía hablar, no podía gritar, solo podía temblar de miedo.

“Amaka… bienvenida a tu verdadera casa”, dijo la sombra con una voz que me recordó a la de Eduardo, pero mil veces peor.

Se acercó a mí y sentí que su mano invisible me tocaba la cicatriz de la cadera, haciéndome sentir una electricidad espantosa.

“Tu madre me debe mucho, y tú vas a pagar cada centavo con tu propia existencia. Hoy nace el nuevo rey y tú eres la cuna”.

En ese momento, la cueva se iluminó con un resplandor verde y escuché un ruido afuera, como si miles de personas estuvieran rezando.

Pero no eran rezos de la iglesia, eran cantos oscuros que me ponían la piel de gallina y me daban ganas de llorar de desesperación.

De repente, una figura entró corriendo a la cueva, rompiendo el círculo de sal que Babaduro había puesto en la entrada.

No era Gaby… era alguien que yo pensaba que jamás volvería a ver en mi p*nche vida.

“¡Suéltenla! ¡El contrato es nulo porque la firma fue un engaño!”, gritó la persona con una voz firme que retumbó en las piedras.

Babaduro se puso de pie, furioso, mientras la sombra soltaba un rugido que hizo que algunas piedras del techo se cayeran.

Yo no podía creer lo que mis ojos estaban viendo, neta que sentía que ya me había vuelto loca de remate.

Era mi jefa.

Pero no se veía como la mujer cansada y vieja que enterré bajo la ruda; se veía joven, fuerte, con una luz blanca rodeándola.

“¿Mamá? ¿Eres tú?”, pregunté con lágrimas en los ojos, sin saber si estaba viva o si ya me había muerto yo también.

“Perdóname, mija, pero no voy a dejar que estos infelices te lleven. Yo firmé con s*ngre, pero Dios me perdonó con el arrepentimiento”.

Mi mamá sacó un cuchillo de obsidiana que brillaba con una intensidad que cegó a Babaduro por un momento.

Se lanzó contra el brujo con una agilidad que nunca le conocí, mientras yo trataba de desamarrarme de las cuerdas.

La pelea en la cueva era un desm*dre total; luces, sombras, gritos y un olor a quemado que lo llenaba todo.

Yo logré soltarme y corrí hacia mi mamá, pero la sombra se interpuso en mi camino, bloqueándome el paso con su cuerpo de humo.

“Tú no vas a ningún lado, Amaka. Tu alma ya está marcada y el proceso ha comenzado”, dijo la sombra mientras me envolvía.

Sentí que me asfixiaba, que el aire se me acababa y que la vida se me escapaba por la herida de la cadera.

Pero mi mamá dio un grito de guerra y le enterró el cuchillo de obsidiana justo en medio de lo que parecía su pecho.

Un estallido de luz blanca llenó toda la cueva y sentí que salía disparada hacia afuera, volando por el aire hasta caer en el pasto seco.

Todo se quedó en silencio otra vez, un silencio absoluto que me dio más miedo que los gritos de hace un rato.

Me levanté como pude y busqué a mi mamá, pero la cueva ya no estaba; solo había una pared de roca sólida frente a mí.

“¡Mamá! ¡No me dejes otra vez!”, grité desesperada, golpeando la piedra con mis manos hasta que me salieron ampollas.

Nadie me contestó. Estaba sola en el Cerro de la Estrella, viendo cómo salía el sol sobre la Ciudad de México.

Me toqué la cadera y sentí que la cicatriz ya no me dolía, pero algo en mi interior me decía que la b*onca no había acabado.

Busqué mi bolsa y encontré un papel que no estaba ahí antes; era un mapa de la ciudad con un punto rojo marcado.

Era la dirección de la casa de Eduardo, la mansión donde empezó todo este p*nche infierno.

En el mapa había una nota escrita con la letra de mi jefa, pero esta vez se veía clara y llena de paz.

“Ve allá, mija. En el sótano está la llave para cerrar el portal para siempre. No tengas miedo, yo te cuido”.

Empecé a bajar el cerro, sintiendo que cada paso me acercaba más a la verdad final, aunque me muriera de miedo.

Llegué a la avenida y vi un taxi libre que venía pasando; me subí sin pensar en que no traía ni un peso para pagarle.

“A las Lomas, jefe, y rápido, por favor”, le dije al taxista que me miró como si estuviera viendo a una loca.

Durante el camino, me puse a pensar en Gaby y en por qué me había dejado sola en la casa de mi mamá.

Me dolía pensar que mi mejor amiga me hubiera traicionado, pero algo me decía que había una razón detrás de todo.

Llegamos a la mansión y se veía más tétrica que nunca, con las ventanas rotas y el jardín lleno de hierba seca.

Me bajé del taxi y el chofer ni me cobró, nada más arrancó a toda velocidad como si quisiera alejarse de ese lugar maldito.

Entré a la casa por la puerta principal, que estaba abierta de par en par, invitándome a entrar a mi propia tumba.

Caminé por los pasillos oscuros, escuchando el eco de mis propios pasos sobre el mármol lleno de polvo.

Bajé las escaleras hacia el sótano, sintiendo que el aire se ponía cada vez más frío y pesado, como en los túneles de la Catedral.

Al llegar al fondo, vi una puerta de metal que nunca había visto antes; tenía mil candados y cadenas gruesas.

Saqué la cruz de plata que todavía traía en el bolsillo y, en cuanto tocó la puerta, los candados se cayeron solitos.

Entré al cuarto y vi lo que Eduardo había estado escondiendo todo este tiempo, algo que me dejó sin habla.

Había cientos de loncheras de plástico alineadas en estantes, y cada una tenía el nombre de una chava de la colonia.

Ahí estaba el nombre de Gaby, el de Lupita, el de doña Mary… todas las mujeres que alguna vez conocí estaban ahí.

Entendí que Eduardo no solo iba tras de mí, iba tras de todas nosotras, usando nuestra ambición y nuestro miedo para alimentarse.

En medio del cuarto había un espejo gigante que reflejaba algo que no era el sótano; reflejaba un mundo de pesadilla.

Vi a Eduardo ahí adentro, gritando de rabia, tratando de salir del espejo para terminar su trabajo conmigo.

“¡Ya se te acabó tu jueguito, infeliz!”, le grité mientras levantaba la cruz de plata para romper el espejo.

Pero antes de que pudiera hacerlo, escuché una voz detrás de mí que me hizo soltar la cruz del puro susto.

“No lo hagas, Amaka. Si rompes el espejo, todas las almas de las loncheras se perderán para siempre”.

Me di la vuelta y vi a Gaby, pero estaba amarrada a una silla y tenía la boca tapada con una cinta negra.

Y parado junto a ella, con una pistola apuntándole a la cabeza, estaba el hombre que yo pensaba que era mi salvación.

Era el Padre de las Sombras, el mismo que nos ayudó en la Catedral, pero ahora se veía malvado y burlón.

“Gracias por traerme la llave, mija. Ahora, entrégame el alma de tu madre o tu amiga se muere aquí mismo”.

Neta que no podía creerlo, otra traición, otra b*onca que me dejaba con el alma colgando de un hilo.

¿Qué iba a hacer? ¿Salvar a mi amiga o proteger el sacrificio de mi jefa?

Sentí que el mundo se me cerraba otra vez y que la fecha de mi acta de defunción por fin había llegado.

Parte 5

El momento en que la luz y la oscuridad se dieron el último agarrón en mi alma fue cuando sentí el frío del cañón de la pistola en mi frente.

Neta que no podía creerlo, carnales, el mundo se me detuvo de un solo golpe.

Ahí estaba yo, en el sótano de la mansión que antes me pareció un palacio y que ahora olía a pura m*erte y a traición.

El Padre de las Sombras me miraba con una sonrisa que no tenía nada de santo, era una mueca de puro d*monio.

Gaby, mi mejor amiga, mi hermana de toda la vida, estaba amarrada a esa silla vieja, con los ojos hinchados de tanto chillar.

Híjole, verla así me partió el corazón en mil pedazos, más que cualquier brujería que me hubieran hecho antes.

“Entrégame el alma de tu jefa, Amaka, o a tu carnala le vuelo la tapa de los sesos aquí mismito”, me rugió ese infeliz.

Yo sentía que las piernas se me hacían de trapo y que el aire no me llegaba a los pulmones.

¿Cómo es que la gente que uno cree que es buena termina siendo la más gacha?

Ese hombre nos ayudó en la Catedral solo para traernos a su terreno, para que yo hiciera el trabajo sucio por él.

Miré a mi alrededor y vi las cientos de loncheras de plástico alineadas en las repisas, cada una con un nombre de una chava de mi barrio.

Eran almas, neta, eran las esperanzas y los sueños de muchachas que, como yo, solo querían una vida mejor.

Eduardo seguía gritando desde el espejo gigante, golpeando el cristal con sus garras para tratar de salir de su prisión.

“¡Dáselo, Amaka! ¡Acepta tu destino y déjanos reinar en esta ciudad de pecadores!”, gritaba el d*monio con esa voz que me raspaba los oídos.

Yo apretaba la cruz de plata de mi mamá en mi bolsillo, sintiendo que el metal me quemaba la piel de la mano.

Me acordé de mi jefa, de sus errores, de cómo me vendió por un poco de lana, pero también de cómo dio la vida por mí en el cerro.

La envidia nos había traído hasta este desm*dre, pero yo no iba a dejar que el odio ganara la última batalla.

“No te voy a dar nada, p*nche viejo ratero”, le dije con una rabia que me salió desde las tripas.

El Padre de las Sombras se rió tan fuerte que las loncheras de las repisas empezaron a vibrar y a caerse al piso.

“Mírate, Amaka, no eres nada sin el dinero de Eduardo, no eres nada sin la protección de tu madre”, me escupió con desprecio.

En ese momento, la cicatriz de mi cadera empezó a arder como si me estuvieran pasando un soplete prendido por la piel.

Sentí que algo quería salir de mí otra vez, que el contrato se estaba cobrando el interés moratorio por mis b*oncas.

Gaby movía la cabeza desesperada, tratando de decirme algo detrás de la cinta que le tapaba la boca.

Sus ojos me decían que no cediera, que prefiría m*rir ella antes de que yo entregara la luz que nos quedaba.

Neta que en ese sótano se sentía toda la maldad de la Ciudad de México acumulada por siglos de injusticias.

Me acordé de mi infancia en la colonia, de cuando jugábamos a las escondidas y pensábamos que el monstruo más grande era el del ropero.

Qué mensas éramos, neta, no sabíamos que los verdaderos monstruos usan traje, manejan trocas de lujo y rezan en latín.

El Padre de las Sombras puso el dedo en el gatillo y yo cerré los ojos, esperando el estruendo que iba a terminar con todo.

Pero en lugar de un balazo, lo que escuché fue un canto, un susurro que venía de todas las paredes del sótano.

Era la voz de mi mamá, pero no era una sola voz, eran miles de voces de madres que habían perdido a sus hijos por la avaricia.

“La s*ngre de la hija es la llave, pero el amor de la madre es el candado”, decían las voces en una sinfonía que me puso la piel de gallina.

De repente, una luz blanca empezó a salir de la cruz de plata que yo traía en la mano, una luz tan brillante que cegó al Padre de las Sombras.

Él soltó la pistola y se tapó los ojos con las manos, gritando de dolor como si le estuvieran echando ácido en la cara.

Aproveché el desm*dre y corrí hacia Gaby, arrancándole la cinta de la boca con un jalón que hasta a mí me dolió.

“¡Vámonos, Gaby! ¡Tenemos que salir de aquí ya!”, le grité mientras trataba de desatar los nudos de las cuerdas.

Pero las cuerdas no eran normales, neta, eran como serpientes negras que se apretaban más conforme yo intentaba soltarlas.

“¡Usa tu s*ngre, Amaka! ¡Es la única forma de romper el amarre!”, me gritó Gaby con una desesperación que me hizo reaccionar.

Agarré un pedazo de vidrio roto de una de las loncheras que se habían caído y me hice un corte en la palma de la mano.

En cuanto mi s*ngre tocó las cuerdas negras, estas empezaron a chillar y a deshacerse como si fueran de humo.

Gaby quedó libre y nos abrazamos por un segundo, llorando de puro miedo y de alivio al mismo tiempo.

Pero el Padre de las Sombras ya se estaba recuperando, y su cara ya no era humana, era una máscara de carne podrida.

“¡No van a salir vivas de mi casa! ¡Este portal se cierra con sus almas adentro!”, rugió mientras levantaba las manos al techo.

El techo del sótano empezó a agrietarse y pedazos de concreto empezaron a caer sobre nosotras, levantando una polvareda espantosa.

Eduardo, desde el espejo, logró sacar una de sus garras y agarró al Padre de las Sombras por el cuello.

“¡Si yo no salgo, tú te vienes conmigo al hoyo, traidor!”, gritó el d*monio mientras jalaba al viejo hacia el cristal.

Fue una escena de terror, carnales, ver cómo el espejo se tragaba al hombre que decía ser un santo.

El cristal se rompió en mil pedazos y una ráfaga de viento helado nos aventó a Gaby y a mí contra la pared del fondo.

Todo se estaba derrumbando, la mansión entera se venía abajo como si fuera un castillo de naipes en medio de un huracán.

“¡Por aquí, hay una salida de servicio!”, gritó Gaby señalando una puertita de madera que apenas se veía entre tanto escombro.

Corrimos como locas, esquivando las vigas que caían y los muebles caros que ahora no valían ni un p*nche peso.

Salimos al jardín justo cuando la mansión se colapsaba por completo, levantando una nube de polvo que cubrió toda la calle.

Nos quedamos tiradas en el pasto seco, tosiendo y tratando de recuperar el aliento mientras el sol terminaba de salir.

Ya no había mansión, ya no había Eduardo, ya no había Padre de las Sombras. Solo quedaba el silencio de la mañana.

Me toqué la cadera y sentí que la piel estaba lisa, neta, la cicatriz había desaparecido por completo, como si nunca hubiera existido.

Miré a Gaby y ella me sonrió con una tristeza infinita, pero con una paz que hace mucho no le veía en los ojos.

“Ya se acabó, Amaka. La deuda está pagada y el contrato se quemó en el infierno”, me dijo mientras me ayudaba a levantarme.

Caminamos por la colonia de las Lomas, dos chavas todas mugrosas y ensangrentadas, mientras la gente rica nos miraba con fuchi.

No me importaba, neta que me daban risa con sus preocupaciones de si el jardinero llegó temprano o si el sushi estaba fresco.

Ellos no sabían que acabábamos de salvar a la ciudad de algo que ni en sus peores pesadillas se hubieran imaginado.

Llegamos a la avenida y paramos un taxi; el chofer se asustó al vernos, pero cuando le enseñé un billete de a quinientos que traía en el zapato, no puso b*onca.

“A la basílica, jefe, por favor”, le dije sintiendo que necesitaba darle las gracias a la verdadera jefa de todos nosotros.

Llegamos a la Villa y entramos de rodillas, pidiéndole perdón a la Virgencita por habernos dejado deslumbrar por la feria.

Lloré todo lo que no había llorado en meses, soltando toda la m*gre que se me había quedado pegada en el alma.

Gaby se quedó conmigo todo el tiempo, rezando su rosario y dándome palmadas en la espalda como la buena carnala que siempre fue.

Después de salir de la iglesia, nos fuimos a comer unos tacos de canasta en la esquina, y neta que me supieron mejor que cualquier cena de lujo con Eduardo.

“¿Qué vas a hacer ahora, Amaka?”, me preguntó Gaby mientras se limpiaba la salsa de la boca.

“No sé, carnala. Empezar de cero. Buscar chamba de lo que sea, pero esta vez por la buena”, le contesté con sinceridad.

Fui a la casa de mi jefa una última vez para recoger mis fotos y mis recuerdos antes de que la inmobiliaria se quedara con todo.

La mata de ruda donde enterré el corazón de mi mamá estaba más verde que nunca, brillando bajo el sol de la tarde.

Sentí que mi mamá me estaba dando su bendición, que por fin descansaba en paz después de tanto desm*dre que armó por protegerme.

Le dejé una veladora y una flor de cempasúchil que me encontré por ahí, dándole las gracias por el último sacrificio que hizo en la cueva.

Me fui de la colonia sin mirar atrás, con una maletita vieja y la cruz de plata colgada al cuello.

Busqué a Gaby unos días después y nos pusimos a trabajar juntas en un puesto de flores cerca del mercado de Jamaica.

Híjole, la chamba es pesada y la lana no sobra, pero duermo tranquila todas las noches, sin miedo a lo que hay bajo mi cama.

A veces, cuando paso cerca de las Lomas, siento un frío raro en la nuca y escucho un silbido que me recuerda a Eduardo.

Pero luego veo mi mano, veo la marca que me hice para salvar a mi amiga, y sé que soy más fuerte que cualquier d*monio de alcurnia.

La neta, carnales, la pobreza duele, pero la ambición mal dirigida te mata el alma y te deja vacío por dentro.

No envidien lo que otros tienen, porque a veces el precio de esa “suerte” es más alto de lo que cualquiera de nosotros puede pagar.

Yo perdí a mi jefa, perdí mi casa y casi pierdo la vida, pero recuperé mi libertad y a mi mejor amiga, y eso no tiene precio.

Hoy miro al cielo y le doy gracias a Dios por dejarme contar esta historia, por dejarme ser una sobreviviente en este mundo de sombras.

Si alguna vez ven a un hombre perfecto, con mucha lana y promesas de cuentos de hadas, corran, neta, corran lo más lejos que puedan.

Porque el d*monio no siempre viene con cuernos y cola, a veces viene con un anillo de diamantes y un contrato firmado con la envidia de tu propia madre.

Mi nombre es Amaka, y esta fue la b*onca que me cambió la vida para siempre, la historia de cómo la luz venció a la oscuridad en el corazón de México.

Neta que la vida es un volado, pero mientras tengamos a alguien que nos quiera de a de veras, siempre vamos a caer parados.

Híjole, ya hablé mucho y ya me dio sed de la peligrosa, pero me voy en paz, sabiendo que mi verdad ya está allá afuera.

Cuídense mucho, carnales, y nunca olviden que lo más valioso que tenemos no se compra con billetes, se gana con el alma.

Gracias por acompañarme en este viaje tan gacho pero tan necesario, Dios me los bendiga a todos y me los cuide del mal.

Esta es la última parte de mi historia, el final de una pesadilla que me enseñó que el amor es la única magia que de veras importa.

Hasta aquí llego yo, con mi cruz de plata y mi frente en alto, lista para lo que venga en este camino que llamamos vida.

Adiós a la mansión, adiós a la b*onca, adiós a los miedos; hoy empiezo a vivir de verdad, sin contratos y sin sombras.

Neta que se siente bien f*ngona la libertad cuando te ha costado tanto trabajo conseguirla.

¡Viva México y vivan las mujeres valientes que no se dejan vencer por nada ni por nadie!

Fin.