Parte 1
Esa noche el cuarto olía a humedad y a velas de sebo. Mi mamá, doña Rosa, me había llevado a una casa en los límites de Ecatepec, detrás de un puesto de garnachas. El brujo, un señor de mirada turbia que se hacía llamar Elías, nos recibió en una sala llena de imágenes de santos y cuchillos.
—Llevas una atadura muy vieja, hija —dijo, mirándome fijamente—. Alguien que come de tu mesa te quita los hombres.
Mi mamá asintió, apretándome la mano. Yo quería salir corriendo, pero ella ya había pagado mil quinientos pesos. El brujo nos dio una botella pequeña con un líquido espeso y un atado de hierbas.
—Esta noche, exactamente a las doce, te lo tomas sola. En silencio. Mañana todo cambiará.

—¿Y si no quiero hacerlo? —pregunté, con la voz quebrada.
—Ya estás aquí, Fernanda —dijo mi mamá, con los ojos brillantes de desesperación—. ¿Cuatro hombres perdiste con tus amigas? ¿No ves que algo está mal?
Llegamos a la casa de huéspedes donde pasaríamos la noche. Eran las once y media. Mi mamá se fue a su cuarto y me dio la orden: “No me vengas a tocar. Hazlo exacto como dijo”. Me quedé sola, viendo ese frasco. Recordé a Javier, a Carlos, a Óscar. Todos se habían ido con Valeria, mi mejor amiga.
—¿Qué estoy haciendo? —susurré.
Abrí la botella. Olía a tierra mojada y a sangre seca. Cerré los ojos y me la bebí de un trago. Al principio no sentí nada. Luego un calor subió desde el estómago hasta la cabeza. Todo empezó a girar. Quise gritar, pero mi boca no respondía. Las paredes se movían. Vi la puerta abrirse sola y una sombra alta entrar. Intenté hablar, pero mi cuerpo ya no me pertenecía.
Parte 2
Desperté en una cama que no era la mía. El techo era de lámina de cartón, con goteras que dibujaban mapas de humedad. Intenté mover las manos y sentí el peso de algo metálico. Mis muñecas estaban atadas con un lazo rojo, no grueso, pero al tirar me quemaba la piel.
—¿Qué…? —mi voz salió ronca, como si no hubiera tomado agua en días.
Una mujer entrada en años entró por una cortina de plástico. Me miró sin asombro, como si verme atada a una cama de madera fuera algo cotidiano.
—Ya despertó la señorita —dijo, con un acento norteño que no encajaba con el pueblo al que me había llevado mi mamá.
—¿Dónde está mi madre? —pregunté, sintiendo el pánico subir por la garganta.
La mujer no respondió. Solo dejó un vaso con agua sobre una mesa que también servía como veladora. Había velas negras derretidas y un montón de cabellos sueltos pegados a la cera.
—Tómese esto. El maestro dice que todavía no puede irse.
—¿Qué maestro? ¿Dónde estoy? —forcejeé, pero el lazo rojo se apretó más.
La mujer suspiró, como si yo fuera una niña caprichosa. Salió sin decir más, y la cortina de plástico quedó ondeando con el viento que entraba por un agujero en la pared.
Escuché gallos afuera. Muchos gallos. Eso significaba que estábamos en un rancho, lejos de la civilización. Mi celular no estaba. Mis zapatos tampoco. Solo traía la misma pijama que usé la noche que bebí aquel líquido espeso.
—¡Mamá! —grité, con todas mis fuerzas.
Nadie respondió.
Pasaron horas. El sol se coló por las rendijas de la lámina y dibujó una línea de luz que fue subiendo por mi cuerpo. Primero los pies, luego las piernas, después el pecho. Cuando llegó a mis ojos, supe que llevaba mucho más que una noche ahí.
Dos días. Tres. No llevaba la cuenta porque cada vez que intentaba pedir ayuda, la misma mujer llegaba con un té amargo y me obligaba a beberlo sujetándome la nariz.
—¿Por qué me hacen esto? —alcancé a decir en uno de mis momentos de lucidez.
—El maestro la eligió —respondió ella, como si eso lo explicara todo.
—¿Eligió para qué?
—Para que sea su esposa. Usted es la quinta.
Sentí un escalofrío que no venía del frío. Recordé las palabras del brujo: “Alguien que come de tu mesa te quita los hombres”. Mi mamá asintió. Mi mamá pagó. Mi mamá me llevó a ese lugar porque pensó que yo tenía una maldición.
Pero la maldición no era mía. La maldición era mi propia madre queriendo “arreglarme”.
Una tarde, después de lo que debieron ser cinco o seis días, la cortina se abrió con violencia. Era él. El brujo. Elías. Llevaba una camisa blanca sudada y un machete pequeño en la mano.
—¿Ya reflexionaste, hija? —dijo, sonriendo.
Escupí hacia su dirección. Mi saliva apenas llegó a sus botas de plástico.
—Me vas a soltar, pinche viejo loco. Mi mamá va a venir por mí.
Él se rió. Una risa seca, sin alegría.
—Tu mamá se fue a su casa hace días. Me pagó por el trabajo, pero no preguntó en qué consistía. Eso es lo bonito de las madres desesperadas: pagan y se van confiadas.
—Ella va a volver —dije, aunque en el fondo ya sentía la duda.
—Claro que va a volver. Pero cuando regrese, tú ya no querrás irte con ella.
Me levantó el lazo rojo con la punta del machete. Mi piel estaba irritada, morada. Me soltó una mano, luego la otra. Mis brazos cayeron flácidos.
—Levántate —ordenó.
No podía. Mis piernas no respondían. Me había pasado casi una semana en esa cama, apenas moviéndome. Los músculos se me habían dormido.
Elías me agarró del brazo y me puso de pie como si fuera un muñeco de trapo. Me arrastró fuera del cuarto. El sol de la tarde me pegó en los ojos y tuve que cerrarlos fuerte.
Cuando pude abrirlos, vi un patio enorme con gallinas, un pozo de concreto y, al fondo, otras tres mujeres. Me miraron con una mezcla de lástima y resignación. Una de ellas tenía una panza enorme. Estaba embarazada.
—Esa es la número cuatro —dijo Elías, señalando a la mujer embarazada—. Va a parir en dos meses. La tuya que si dios quiere, pronto.
—No voy a tener nada contigo —respondí, con la voz más firme de lo que me sentía.
—Todas dijeron lo mismo al principio.
Me soltó en medio del patio. Las otras mujeres se acercaron. Una me ofreció agua. Otra me limpió la cara con un trapo húmedo. La embarazada solo me vio a los ojos y susurró:
—No le hagas coraje. Entre más te resistes, más te pega.
—¿Les pega? —pregunté.
Todas bajaron la mirada.
Esa noche no me amarraron. Dijeron que ya no era necesario porque el “trabajo” ya había hecho efecto. No entendía qué significaba hasta que intenté caminar hacia la salida. Llegué al portón de lámina y mis pies se detuvieron solos. No era miedo. Era como si algo jalara mis tobillos hacia atrás.
Lo intenté tres veces. Las tres veces terminé retrocediendo sin querer.
—El maestro dice que ya le amarró los pies —dijo la señora del té amargo, apareciendo detrás de mí—. Puede intentarlo mil veces, pero no va a poder cruzar esa puerta.
—Eso no existe —respondí, pero mi cuerpo me estaba demostrando lo contrario.
Pasaron los días. Luego semanas. Empecé a soñar con mi mamá todas las noches. La veía llorando en una iglesia, arrodillada frente a un altar. La veía llamando a mis amigas, preguntando si sabían dónde estaba. La veía volviendo a Ecatepec, a la casa del brujo, solo para encontrarla cerrada.
Pero el brujo se había movido. Nos cambió de lugar. Una madrugada nos subió a una camioneta a mí y a las otras mujeres. El embarazada iba vomitando por el camino.
—¿A dónde nos lleva? —pregunté a la mujer que me había limpiado la cara.
—A un lugar más seguro —respondió—. Dice que la mamá de usted anda preguntando mucho. Que ya fue a la policía.
Sentí esperanza. Mi mamá no me había abandonado.
Llegamos a una casa más grande, de dos pisos, con rejas en todas las ventanas. Adentro había más mujeres. Algunas más jóvenes que yo. Una no tendría más de dieciséis años.
—Bienvenidas a su nuevo hogar —dijo Elías, abriendo los brazos—. Aquí todas van a aprender a quererme. Y las que no, pues tendrán su consecuencia.
Saqué fuerzas de donde no tenía. Me paré frente a él.
—¿Qué consecuencia? ¿Me vas a matar?
—Matarte sería un desperdicio —respondió, acariciando mi mejilla—. Pero puedo hacer que tu mamá pague muy caro el haberte buscado.
—Déjala fuera de esto. Ella no tiene la culpa.
—Ella me pagó para hacerte un trabajo. Yo se lo hice. El problema es que ustedes no leyeron la letra chiquita.
Una de las mujeres, la más grande, de unos cuarenta y cinco años, se acercó a mí esa noche. Se llamaba Lourdes. Era la primera esposa, según me explicó.
—Llevo doce años aquí —me dijo, mientras compartíamos un plato de frijoles—. Llegué igual que tú: asustada, creyendo que mi familia me iba a rescatar.
—¿Doce años? ¿Y nunca intentaste escapar?
—Cada vez que intentaba, él le hacía daño a mi mamá. Una vez le mandó una foto de ella saliendo del trabajo. Otra vez le quemó el coche. Aprendí a quedarme callada.
—¿Y las otras?
—Algunas ya no quieren irse. El las convenció de que afuera es peor. De que nadie las quiere. De que sus familias las abandonaron.
—¿Tú me crees que mi mamá me anda buscando?
Lourdes me miró con ternura. La misma ternura con la que una tía ve a una sobrina ingenua.
—Tu mamá te va a buscar, mija. Pero él es más listo. Siempre está un paso adelante. Cuando ella crea que está cerca, él ya nos movió de lugar otra vez.
No quise creerle. Esa noche intenté buscar un teléfono. Revisé cada rincón de la casa. No había señal. Los teléfonos fijos estaban bajo llave. Las ventanas tenían barrotes. El portón principal se abría solo con un control que Elías llevaba siempre en el cuello.
A la semana de estar ahí, Elías me llamó a su cuarto. Las otras mujeres me miraron con lástima cuando pasé frente a ellas.
—Siéntate —me ordenó, señalando una silla de plástico frente a su cama.
Me senté. Estaba temblando.
—Te he respetado porque eres nueva. Pero ya llevas un mes aquí y aún no me das lo que te pedí.
—¿Qué me pediste?
—Un hijo. Para eso te traje. Para eso tu mamá pagó.
—Mi mamá pagó para que me quitaras una maldición, no para convertirme en tu…
—¿En mi qué? —me interrumpió, levantándose—. Dilo. En tu qué, Fernanda.
—En tu esclava.
Me abofeteó. No fue un golpe fuerte, pero el ruido resonó en todo el cuarto.
—Aquí no hay esclavas. Hay esposas. Y las esposas obedecen. Así que esta noche te quedas conmigo. Y si te portas bien, mañana te dejo hablar por teléfono con tu mamá.
La oferta era cruel. Mi mamá. Poder escuchar su voz. Poder decirle dónde estaba. Todo por una noche de someterme a ese hombre.
—¿Cinco minutos? —pregunté, con la voz rota.
—Diez. Pero a cambio, tú no vuelves a intentar escaparte. Y haces lo que te digo cuando te lo digo.
Cerré los ojos. En mi cabeza vi a mi mamá en la iglesia, arrodillada. La vi pagando mil quinientos pesos que no tenía. La vi diciendo “es que cuatro hombres te han dejado, hija, algo anda mal”.
El mal no eran los hombres. El mal era ella creyendo que podía comprar una solución mágica para mi soledad.
—Está bien —susurré—. Esta noche me quedo.
Elías sonrió. Me tomó de la mano y me jaló hacia la cama. Las sábanas olían a sudor rancio y a hierbas. Afuera, un perro ladró a la luna. Y yo, Fernanda, la mujer que tenía una carrera, un trabajo y un departamento en la ciudad, me convertí en la quinta esposa de un brujo en un rancho perdido de México.
Parte 3
Esa noche no dormí. Cuando Elías terminó conmigo, se giró en la cama y empezó a roncar. Yo me quedé mirando el techo, contando las grietas. Sentía un dolor sordo entre las piernas y un vacío en el pecho que no había conocido antes.
No era solo el asco. Era la traición. Mi mamá me había entregado.
Al día siguiente, Elías cumplió su palabra. Me llevó a un cuarto pequeño donde había un teléfono fijo color beige. Marcó un número y me puso el auricular en la mano.
—Tienes diez minutos. Si dices algo que no me guste, tu mamá paga las consecuencias.
Escuché el tono de llamada. Una vez. Dos. Tres.
—¿Bueno?
Era la voz de mi mamá. Rota, cansada, con ese dejo de haber estado llorando horas antes.
—Mamá —dije, y se me quebró la voz.
—¿Fernanda? ¿Eres tú, hija? ¿Dónde estás? ¡Dios mío, te he buscado por todas partes!
—Estoy bien —mentí—. Me fui con unas amigas a un viaje. Se me descompuso el celular.
—¿Un viaje? ¿Dejaste tu trabajo? ¿Tu departamento? Llevas más de un mes desaparecida, hija. Fui a la policía. Fui con tu amiga Valeria. Nadie sabía nada.
—Ya estoy regresando, mamá. No te preocupes.
Elías me miró fijamente desde la puerta. Tenía la mano en el bolsillo. No supe si traía un arma o solo el control remoto del portón.
—¿Dónde estás? Dime dónde estás y voy por ti ahora mismo —insistió mi mamá.
—En Acapulco. Nos quedamos en un hotel cerca de la playa. Pero ya vamos a salir. No sé el nombre.
—No mientas, Fernanda. Te conozco. ¿Por qué estás hablando tan raro? ¿Alguien te está obligando?
—No, mamá. Estoy bien. Te juro que estoy bien.
—Entonces dime dónde estás. Dime una dirección. Yo puedo tomar un camión ahora mismo.
—No puedo. Las chicas ya están en el coche. Nos vamos. Te llamo luego.
—¡Fernanda, no cuelgues! ¡Llevo semanas rezando por ti! ¡Fui a ver a un padre en la Basílica! ¡Le conté todo!
—¿Le contaste qué?
Elías empezó a caminar hacia mí.
—Que te llevé con ese hombre. Que te hice tomar esa cosa. Que me fui y te dejé sola en esa casa de huéspedes. ¡Todo es mi culpa, hija! ¡Perdóname!
—Mamá, yo…
Elías me arrebató el teléfono.
—Se acabó el tiempo —dijo, y colgó.
—¡Pero si solo llevaba cuatro minutos! —protesté.
—Cuatro minutos de sobra para que dijeras pendejadas. Ya con eso tu mamá va a llegar sola hasta aquí. Y cuando venga, voy a tener que mover todo otra vez.
Me empujó fuera del cuarto. Caminé hacia el patio en automático. Lourdes me vio llegar y me abrazó sin preguntar nada.
—¿Hablaste con ella? —preguntó.
—Sí.
—¿Le dijiste la verdad?
—No pude. Él me cortó.
—No te culpo. La primera vez que yo hablé con mi mamá, tampoco le dije nada. Y cuando por fin quise hacerlo, él ya no me volvió a prestar el teléfono.
—¿Nunca más?
—Nunca más. Ese fue el premio por portarme bien. Después ya no hubo más premios.
Los días se convirtieron en un borrón. Me levantaba, comía lo que servían, limpiaba el patio, soportaba a Elías por las noches. Las otras mujeres me enseñaron a desconectarme durante el acto. Pensar en otra cosa. Viajar lejos con la mente.
Yo viajaba a mi departamento. Me veía sentada en mi sofá gris, tomando café en mi taza favorita, esa que decía “La vida es corta, pide el postre”. Viajaba a mi oficina, donde mis compañeros me llamaban “la eficiente”. Viajaba a las tardes con Valeria, riéndonos de los hombres que nos escribían por WhatsApp.
Valeria. Ella era la razón por la que estábamos aquí. Mi mamá la odiaba en silencio. Cada vez que un chico me dejaba por ella, mi mamá ponía cara de vinagre y decía “esa niña no es tu amiga”.
Pero Valeria nunca me robó nada. Los hombres se iban solos. A mí me daba miedo el compromiso y ellos lo sentían. Se aburrían de esperar y se iban con la que sí les decía que sí.
Pero mi mamá no entendía eso. Para ella, todo era brujería. Todo era envidia. Todo era “alguien te tiene amarrada”.
Y ahora yo sí estaba amarrada. Literalmente amarrada a la cama de un hombre que me tenía como a una gallina más.
Pasaron los meses. Perdí la cuenta de las lunas. El vientre de la mujer embarazada se vació una madrugada. Nació un niño. Elías lo celebró con cerveza y llevó a los vecinos del rancho vecino a conocer al “heredero”.
—La cuarta también va a dar pronto —dijo Lourdes, señalándome.
—¿La cuarta? —pregunté, sin entender.
—Llevas cinco meses. ¿No sabías?
Me toqué la panza. Estaba dura, redonda. Me había acostumbrado a mi cuerpo nuevo sin preguntar por qué. Comía porque me daban de comer. Dormía porque no tenía fuerzas para estar despierta. Pero nunca había conectado los antojos, las náuseas, la falta de regla.
Estaba embarazada.
—¿De él? —pregunté, sabiendo la respuesta.
—De él. Todas estamos de él. Esa es la razón del negocio. Vender hijos.
—¿Vender?
—Los niños se los lleva una señora a los seis meses. Nunca he sabido a dónde. Solo que pagan bien. Por eso te eligió. Eres joven, sana, bonita. Tus hijos valen más.
Sentí un vacío en el estómago que no era el bebé. Estaba creciendo dentro de mí una criatura que no había pedido venir al mundo, y que iba a ser arrancada de mis brazos antes de que aprendiera a decir “mamá”.
Esa noche, por primera vez, me puse a llorar en serio. No un sollozo discreto. Un llanto gutural, como de animal herido. Lourdes se acercó y me abrazó. La mujer de dieciséis años, que ya tenía catorce meses ahí, se tapó los oídos con las manos.
Elías entró al cuarto de las mujeres y me abofeteó.
—¡Cállate! ¿Quieres que llegue la policía?
—¡Ojalá llegue! —grité—. ¡Ojalá lleguen y te lleven a la cárcel, pinche violador!
Me pegó otra vez. Esta vez en la boca. Sentí el sabor de la sangre.
—La policía no viene a estos rumbos. Aquí la ley soy yo.
—Mi mamá va a venir. Va a encontrar a alguien que la ayude. No te va a dejar.
—Tu mamá ya fue a la policía tres veces. La primera la mandaron a esperar. La segunda le dijeron que eras mayor de edad. La tercera ni siquiera la recibieron. Ya no tiene dinero para seguir buscando. Ya no tiene amigos que la apoyen. Tu amiga Valeria hasta cambió de número para no tener que oírla llorar.
—Mientes.
—¿Quieres oírla? Un día de estos te grabo cómo se oye cuando llama a mi número llorando y pidiendo que le devuelva a su “niña bonita”. Patético.
Me soltó y salió. El silencio que dejó fue peor que los golpes. Porque en ese silencio empecé a creerle.
Mi mamá estaba sola. Mi mamá estaba arruinada. Mi mamá se había quedado sin nadie porque yo era su única hija y yo estaba secuestrada por un brujo al que ella misma me llevó.
El embarazo avanzó. A los siete meses ya no podía ni levantarme sola. Las otras mujeres me ayudaban a bañarme, a sentarme, a comer. Lourdes me peinaba por las tardes mientras me cantaba canciones de su tierra.
—¿No extrañas a tu familia? —le pregunté una vez.
—Mi familia me vendió. Fueron ellos quienes me trajeron aquí a cambio de un terreno.
—¿Tu propia familia?
—Aquí todas tenemos historias parecidas. La de la niña de dieciséis años la trajo su padrastro. La de la panza, su esposo. Tú eres de las pocas que llegó por amor.
—¿Amor? Mi mamá no me trajo por amor. Me trajo por desesperación.
—El amor a veces se parece a la desesperación. Esa vieja que te parió no quería hacerte daño. Quería que dejaras de sufrir. Eso es amor, aunque esté mal hecho.
—¿Tú crees?
—Lo que creo es que si tu mamá te sigue buscando después de todo este tiempo, es porque te quiere más que a su propia vida.
Dos semanas antes de dar a luz, tuve un sueño. Vi a mi mamá arrodillada en el piso de su recámara. No estaba en una iglesia. Estaba en su casa, la misma donde crecí, con el mismo piso de madera que crujía cuando caminaba de puntitas para no despertarla.
Estaba llorando. Pero no lloraba en silencio. Gritaba.
—¡Señor, devuélveme a mi hija! ¡Haz lo que quieras conmigo, pero devuélvemela!
En el sueño, yo estaba frente a ella. Podía ver la forma de su espalda encorvada, sus manos morenas apretadas, el rosario enredado entre sus dedos. Intenté tocarla, pero mis manos la atravesaban.
—Mamá —le dije—. Estoy aquí.
No me escuchó.
—Mamá, estoy en un rancho. No sé dónde. Hay un hombre malo. Tengo miedo.
Ella siguió rezando.
Desperté con las sábanas empapadas en sudor. Lourdes estaba a mi lado, sosteniéndome la mano.
—Soñaste con ella, ¿verdad?
—Sí.
—Te va a pasar seguido. Es su alma buscándote. Dicen que cuando una madre reza con todas sus fuerzas, su hijo la siente aunque esté en el fondo del mar.
—Pero no me puede encontrar.
—Todavía no.
El parto fue horrible. Sangré más de la cuenta. Elías no quiso llamar a un médico porque “los médicos preguntan mucho”. Me atendió una partera del pueblo, una señora que apenas sabía leer y que trabajaba a cambio de una gallina.
Cuando por fin escuché el llanto de mi hija, algo se rompió dentro de mí. No fue físico. Fue un quiebre en el alma. La vi pequeña, arrugada, con unos ojos negros que me miraban como si ya lo supieran todo.
—Es niña —dijo la partera.
—Dámela —pedí, extendiendo los brazos.
La partera me la puso en el pecho. Olía a sangre y a vida. Empecé a llorar. No de tristeza. De rabia. De rabia porque esa niña no iba a crecer conmigo. De rabia porque Elías iba a venderla como a un producto. De rabia porque yo no podía hacer nada.
—La voy a llamar Esperanza —dije, mirando a Lourdes.
—Bonito nombre.
—Porque no he perdido la esperanza de que algún día salgamos de aquí.
Elías entró al cuarto minutos después. Ni siquiera miró a la bebé. Solo me preguntó:
—¿Ya está lista para la señora?
—¿Qué señora?
—La que se lleva a los niños. Viene en dos semanas.
—No te voy a dar a mi hija.
—No es tuya. Es mía. Aquí todo es mío. Tú, las otras, los niños. Hasta los ladridos del perro.
Apreté a Esperanza contra mi pecho. Ella lloró. Yo también.
—Si te la llevas, me mato.
—No creo. Las que dicen eso nunca lo hacen.
—Esta vez sí.
Elías me miró fijamente. Por un segundo, vi algo parecido al miedo en sus ojos. No porque le importara mi vida. Porque una esposa muerta no le servía para hacer más hijos.
—Hablamos en dos semanas —dijo, y se fue.
Durante esos catorce días, no me separé de Esperanza. La cargaba a todas partes. Dormía con ella encima. Le cantaba canciones que mi mamá me cantaba a mí.
—A la nanita nana, nanita ella, nanita nana, mi Esperanza bella.
Las otras mujeres me ayudaban a esconderla cuando Elías andaba de mal humor. La niña de dieciséis años, que se llamaba Dulce, me enseñó a hacer un portabebés con una sábana vieja.
—Así puedes tener las manos libres —me dijo.
—¿Tú tuviste un bebé? —pregunté.
—Sí. Se lo llevaron a los tres meses. Era niño.
—¿Y nunca supiste a dónde?
—Nunca. Pero a veces, cuando cierro los ojos, lo siento. Está vivo. Eso me basta.
Una noche, cuando Esperanza tenía doce días, escuché un ruido afuera. No era el viento. Eran pasos. Muchos pasos.
Lourdes se levantó de golpe.
—¿Es la policía? —susurré.
—No sé. Espérate aquí.
Salió al patio. Yo me quedé en el cuarto, con Esperanza pegada a mi pecho. Escuché voces. Hombres. No reconocí ninguna.
La puerta se abrió. Era Elías. Tenía una pistola en la mano.
—Levántate. Nos vamos.
—¿A dónde?
—No hagas preguntas.
Me empujó hacia el patio. Las otras mujeres también estaban ahí, con sus pocas pertenencias. La camioneta estaba encendida.
—¿Qué pasó? —preguntó Dulce, asustada.
—La mamá de la nueva encontró a alguien que le quiere ayudar. Un abogado o una mamada así. Tenemos que mover todo antes de que amanezca.
—¿Mi mamá encontró a alguien? —pregunté, con el corazón saltándome.
—Cállate y súbete.
Me subí a la camioneta con las demás. Elías manejaba a exceso de velocidad por caminos de terracería. Esperanza iba envuelta en una cobija que Lourdes me había regalado.
—¿A dónde nos lleva? —pregunté a la mujer que iba a mi lado.
—Más al sur. Siempre nos lleva más al sur cuando hay peligro.
—¿Alguna vez han intentado escapar mientras los cambian de lugar?
—Una vez. A la que lo intentó la encontraron muerta en una zanja tres días después.
Cerré los ojos. En mi cabeza, mi mamá estaba en una oficina con un abogado. Le estaba contando todo. Que me llevó a un brujo. Que desaparecí. Que nadie la ayuda.
Pero ahora alguien la estaba ayudando.
—Mamá —susurré—. No te rindas.
El viaje duró seis horas. Cuando el sol empezó a salir, llegamos a otro rancho. Más pequeño. Más feo. Las paredes eran de adobe y el techo de palma.
—Bájense —ordenó Elías.
Bajé con Esperanza en brazos. Mis piernas apenas me sostenían. Había perdido mucha sangre en el parto y la caminata hasta el nuevo cuarto me dejó sin aire.
—Aquí van a estar unos meses —dijo Elías—. Hasta que se calme la búsqueda.
—¿Mi mamá sigue buscando? —pregunté.
Elías me miró con odio.
—Tu mamá es una perra necia. Pero las perras necias también se cansan. O se mueren.
—No le desees la muerte a mi mamá.
—No se la deseo. Solo la estoy anunciando.
Pasaron los días. El nuevo rancho no tenía agua corriente. Las mujeres nos turnábamos para ir a traer agua de un pozo que quedaba a veinte minutos caminando. La comida era escasa. Elías estaba más irritable que nunca.
Una tarde, sin previo aviso, nos dijo que nos subiéramos otra vez a la camioneta.
—¿Otra vez? —preguntó Lourdes.
—Sí. El abogado ese encontró una pista. Tenemos que ir más lejos.
—¿Más lejos a dónde? —pregunté.
—A la frontera.
—¿Te vas a llevar a mi hija a otro país?
—Me la voy a llevar a donde me dé la gana.
Esa noche, en el nuevo cuarto (una casa de cartón en una colonia perdida de Tamaulipas), tuve otro sueño. Vi a mi mamá en un hospital. Estaba acostada en una cama blanca, con tubos en los brazos. Su cara era gris.
—¿Mamá? —dije en el sueño.
Ella abrió los ojos. Me vio. Sonrió.
—Ya te encontré, hija.
—No, mamá. No me has encontrado. Todavía estoy con él.
—Pero ya sé dónde estás. Me lo dijo un ángel.
—No existen los ángeles, mamá.
—Claro que existen. Eres tú. Tú eres mi ángel.
Quise decirle que estaba en Tamaulipas. Que Elías planeaba cruzar la frontera. Que Esperanza iba a ser vendida. Pero las palabras no me salían.
—Te quiero, mamá —alcancé a decir.
—Yo también te quiero, mi niña. Nunca dejes de pelear.
Desperté con un dolor en el pecho. No era físico. Era un vacío. Una ausencia.
—Lourdes —dije—. Algo le pasó a mi mamá.
—¿Cómo sabes?
—La vi en un sueño. Estaba en un hospital.
—A veces los sueños no son reales.
—Este sí.
Tres días después, cuando Elías nos tenía encerradas en esa casa de cartón sin ventanas, escuchamos un ruido afuera. No eran pasos de hombre. Eran llantos. Una mujer lloraba en la calle.
Me asomé por una rendija. Era una señora mayor, descalza, con el pelo suelto, gritando el nombre de alguien.
—¡Fernanda! ¡Fernanda, hija, dónde estás!
Era mi mamá. Había llegado sola. Sin abogados, sin policías, sin nadie.
—¡Mamá! —grité.
Elías me tapó la boca con la mano.
—Cállate, perra.
—¡Suéltala! —escuché la voz de mi mamá desde afuera—. ¡Sé que está ahí! ¡Ábreme, pinche viejo!
Elías agarró su pistola.
—Quédate aquí. No te muevas.
Salió. Escuché forcejeos. Mi mamá gritaba. Después un golpe seco. Después el silencio.
Nunca volví a saber de mi mamá.
Parte 4
El golpe seco afuera fue el último sonido que escuché antes de que todo se volviera quieto. Demasiado quieto. Elías regresó a la casa de cartón después de lo que sintieron como horas. Tenía la camisa manchada de algo oscuro.
—¿Qué le hiciste a mi mamá? —pregunté, con Esperanza llorando en mis brazos.
—Nada que no se mereciera —respondió, limpiándose las manos en un trapo—. Se fue. Ya no va a molestar más.
—¿La mataste?
—Te digo que se fue. No preguntes más.
Quise salir corriendo hacia la puerta, pero mis piernas no me obedecieron. El mismo amarre de antes. Ese poder pendejo que él me había puesto seguía funcionando. Lourdes me sujetó por los hombros.
—No vayas, Fernanda. Si sales, te mata.
—¡Pero es mi mamá!
—Por eso mismo. No quiere que la veas así.
Pasaron los días. Luego semanas. Luego meses. Elías nos movió otra vez, esta vez a un pueblo todavía más pequeño, en la sierra de Guerrero. Allí no había luz eléctrica. Allí el único sonido era el de los grillos y, a veces, el de los helicópteros del ejército pasando de lejos.
Esperanza creció. Cumplió un año envuelta en trapos viejos, comiendo frijoles y tortillas duras. Aprendió a caminar agarrada de mis piernas. Aprendió a decir “mamá” antes que cualquier otra palabra.
—No va a aprender a decir “papá” —le dije una noche a Lourdes—. Ese hombre no es su padre. Es su carcelero.
—Cuídate de decir eso cerca de él. Ya sabes cómo se pone.
Elías había cambiado en los últimos meses. Estaba más paranoico. Dormía con la pistola debajo de la almohada. Nos revisaba a todas antes de dormir, como si tuviéramos un plan para escaparnos.
La verdad es que sí lo teníamos.
Lourdes, Dulce y yo habíamos estado planeando la fuga desde que llegamos a Guerrero. La mujer de dieciséis años (ahora con diecisiete) conocía a alguien en el pueblo. Un señor que vendía pollos en el mercado y que tenía camioneta.
—Se llama Don Chuy —nos explicó Dulce en un susurro, mientras lavábamos ropa en el río—. Es hermano de una prima de mi mamá. No es chismoso.
—¿Y por qué nos ayudaría? —pregunté.
—Porque su hija también desapareció hace años. Sabe lo que se siente.
El plan era simple: una noche, cuando Elías se durmiera después de beber su licor de caña, nos íbamos por la ventana trasera. Don Chuy nos esperaría con la camioneta a tres cuadras. Nos llevaría a la ciudad más cercana, donde había una comandancia de policía.
Pero el plan falló la primera vez porque Elías no tomó esa noche. La segunda vez porque Dulce tuvo fiebre. La tercera vez porque él nos cambió de casa sin avisar.
—El destino no quiere que nos vayamos —decía Lourdes, resignada.
—El destino no existe —respondía yo—. Solo existen las oportunidades.
Una tarde, cuando Esperanza tenía catorce meses, escuché una voz que conocía. No era la de mi mamá. Era otra. Más joven. Más firme.
—¡Fernanda! ¡Fernanda, soy yo, Valeria!
Me quedé congelada. Elías también. Su cara se puso blanca.
—¿Quién chingados es Valeria? —preguntó.
—Mi amiga —respondí, con el corazón latiéndome en la garganta.
—¿La que te robaba los novios?
—Esa misma.
La voz de Valeria sonó otra vez, desde afuera. No estaba sola. Se escuchaban pasos de muchas personas. Puertas de coches cerrándose.
—¡Sé que estás ahí! ¡Ya sé todo, pinche secuestrador! ¡Sal con las manos en alto o tiran la puerta!
Elías agarró su pistola y me jaló del cabello.
—Tú hiciste esto, puta. Llamaste a alguien.
—No tengo celular, imbécil. ¿Con qué voy a llamar?
—Tu mamá debió dejar algún mensaje antes de…
Se detuvo. No terminó la frase.
—¿Antes de qué? —insistí—. ¿Antes de que la mataras?
—Ella solita se mató. Llegó aquí chillando, se me tiró encima, yo solo me defendí.
—¿Dónde está su cuerpo?
—En una zanja. A unos kilómetros. Los perros ya debieron…
No pudo terminar. La puerta de lámina voló por los aires. Entraron hombres con uniformes negros. Policías. O tal vez militares. No supe distinguir. Solo supe que Elías soltó la pistola y levantó las manos.
—¡No disparen, no disparen!
Valeria entró detrás de ellos. Me vio en el rincón, con Esperanza pegada a mi pecho, y se echó a llorar.
—Ay, Fernanda. Ay, hermana. Te encontré.
—Valeria —alcancé a decir, y también lloré.
Lourdes también lloró. Dulce también. Las otras mujeres también. Elías se llevaron esposado. Antes de salir, me miró con una rabia que me heló la sangre.
—Esto no se acabó —dijo—. El trabajo que te hice no se rompe porque me lleven a la cárcel. Tu vida va a seguir siendo una mierda sin mí.
—Cállate —le ordenó un policía, y lo empujaron hacia afuera.
La comandancia estaba a tres horas de camino. Valeria me llevó en su coche, un Tsuru viejo pero funcional. Esperanza iba en mi regazo, dormida.
—Cuéntame todo —le dije a Valeria, mientras manejaba por las curvas de la sierra.
—Tu mamá llegó a mi casa hace un año. Literalmente cayó en mi puerta. Estaba flaca, despeinada, con los ojos hundidos. Me abrazó y me pidió perdón por todo.
—¿Perdón por qué?
—Por haberme culpado toda la vida de tus desgracias amorosas. Me dijo que entendió que yo nunca fui el problema. Que el problema era ella, su obsesión porque te casaras, su necesidad de controlar tu vida.
—¿Y tú qué le dijiste?
—Que ya no importaba. Que lo único que importaba era encontrarte. Me contó todo lo del brujo. Todo lo que hizo. Me dio la dirección de la casa de huéspedes donde se quedaron esa noche. Empezamos a buscar juntas.
—¿Dónde está ella ahora?
Valeria apretó el volante. Sus nudillos se pusieron blancos.
—Fernanda, tu mamá murió.
Ya lo sabía. Desde aquel día del golpe seco, ya lo sabía. Pero escucharlo dicho así, en voz alta, me rompió algo que creía ya roto.
—¿Cómo?
—De un paro cardíaco. En su casa. Estaba rezando, según la vecina que la encontró. Murió arrodillada.
—¿No fue Elías?
—No. Él solo la golpeó ese día que fue a buscarte. Tu mamá sobrevivió a los golpes. Llegó a su casa, siguió buscando, siguiendo pistas. Pero un día su corazón no aguantó. El doctor dijo que fue el estrés. La falta de sueño. La culpa.
—La culpa mata —dije, mirando por la ventana.
—Ella me hizo prometerle algo antes de morir. Que no dejaría de buscarte. Que te encontrara aunque tuviera que vender su casa, su coche, lo que fuera.
—¿Y vendiste tu casa?
—Vendí mi coche. Y pedí prestado. Y le pagué a un investigador privado. Y cuando supe que estabas en Guerrero, fui a la fiscalía. Me dijeron que necesitaban pruebas. Les di todas las que tu mamá había recolectado durante meses.
—¿Ella tenía pruebas?
—Grabaciones de llamadas. Fotografías del rancho. El nombre completo del brujo. Su historial. Resulta que Elías ya tenía denuncias en otros estados, pero nunca hicieron nada.
—¿Por qué ahora sí?
—Porque tu mamá no paraba de insistir. Iba a las fiscalías cada semana. Llevaba cartas al gobernador. Hasta se plantó afuera de la Presidencia Municipal con una manta que decía “Mi hija no está perdida, está secuestrada”.
Lloré. No pude evitarlo. Lloré por mi mamá. Lloré por Esperanza. Lloré por los dos años perdidos.
—No llores, Fer —dijo Valeria, con la voz quebrada—. Tu mamá cumplió. Te encontramos.
Llegamos a la ciudad. Me llevaron a un hospital. Me revisaron de pies a cabeza. Tenía desnutrición, infecciones en la piel, varios dientes picados y una cicatriz en la muñeca por el lazo rojo. Pero estaba viva. Esperanza también.
La asistente social me preguntó si quería denunciar a Elías por violación. Dije que sí. Me preguntó si quería ir a un refugio para mujeres víctimas de trata. Dije que sí.
Valeria se quedó conmigo los primeros días. Durmió en una silla al lado de mi cama. Me traía ropa, comida, juguetes para Esperanza.
—No tienes por qué hacer esto —le dije una noche.
—Claro que tengo. Eres mi amiga. Y además, tu mamá me lo pidió.
—¿Mi mamá te pidió que cuidaras de mí?
—No solo de ti. De Esperanza también. Le conté que tenías una hija antes de que ella muriera. Por eso se apresuró tanto. Quería conocer a su nieta.
—Nunca la conoció.
—Pero tú le vas a contar todo sobre ella. Eso es lo que importa.
Las semanas pasaron. Salí del hospital. Me llevaron a un departamento pequeño que Valeria me consiguió. Era prestado, de una prima suya que vivía en el extranjero. Pero tenía paredes blancas, una cama limpia y una ventana que daba a un parque.
Empecé terapia. Una psicóloga del centro de apoyo me enseñó a procesar el trauma. Me hizo dibujar mi vida antes y después. Me hizo escribir cartas a mi mamá que nunca iba a enviar.
En una de esas cartas escribí:
“Mamá, no te perdono por haberme llevado con ese hombre. Pero te perdono por haber querido ayudarme. Te perdono por ser humana y cometer errores. Te perdono por no saber manejar tu miedo a que me quedara sola. Te perdono porque al final, diste tu vida por encontrarme. ¿Qué más prueba de amor necesito?”
La psicóloga me dijo que el perdón era un proceso, no un evento. Que iba a enojarme con mi mamá muchas veces más. Que iba a llorar su muerte en los momentos más inesperados.
Tenía razón. Un día, viendo a Esperanza jugar con una muñeca, recordé que mi mamá me había regalado una igual cuando era niña. Me quebré. Lloré durante una hora.
Pero también empecé a reconstruirme. Pedí que me devolvieran mi trabajo. Me dijeron que ya había sido ocupado por otra persona. No importaba. Encontré otro, peor pagado, pero mío. Me inscribí en un curso de repostería. Algo que siempre quise hacer.
Valeria me visitaba cada fin de semana. Traía a su novio, un chico tranquilo que trabajaba en una ferretería. Lo miré con desconfianza al principio. Pero él solo sonreía y le preguntaba a Esperanza cómo estaba.
—No me vas a robar a este también —le dije una vez a Valeria, medio en broma.
Ella se quedó seria.
—Eso de robarme novios fue siempre mentira de tu mamá. Nunca me gustaron tus ex. Ellos solitos llegaban a mí. Yo los mandaba a volar.
—¿En serio?
—En serio. Tú eras la única que no los mandaba a volar. Por eso se aburrían.
Me reí. Una risa sincera. La primera en mucho tiempo.
Pasó un año. Después otro. Esperanza cumplió tres años. Hablaba como loro. Decía “mamá” y “Valeria” y “pastel”. Un día me preguntó por su abuela.
—¿Dónde está la mamá de mi mamá?
—En el cielo —respondí.
—¿Y se puede ir al cielo?
—Solo cuando te mueres.
—Entonces no quiero ir.
La abracé tan fuerte que protestó.
El caso de Elías llegó a juicio. Valeria me acompañó a la audiencia. Lo vi desde el otro lado del vidrio. Estaba más viejo, más flaco, pero con la misma mirada turbia.
La jueza lo declaró culpable de secuestro, violación y trata de personas. Le dieron cuarenta años. Salió esposado, sin mirarme.
Lourdes también testificó. Habló de sus doce años de cautiverio. Dulce también habló. Las otras mujeres también. Elías las había amenazado con matarlas si hablaban. Pero ya no tenían miedo.
Después del juicio, me quedé en la entrada de la corte. Lloviznaba. Valeria me prestó su paraguas.
—¿Ya te sientes libre? —me preguntó.
—No sé qué es sentirse libre —respondí—. Pero ya no siento que me jalan los pies.
—¿El amarre?
—Se rompió. No sé si por la distancia, o por el tiempo, o porque mi mamá murió rezando. Pero se rompió.
Caminamos hacia el coche. Esperanza iba en su sillita, cantando una canción de la televisión.
—¿Sabes lo que más me duele? —dije, antes de subir.
—¿Qué?
—Que mi mamá nunca conoció a su nieta. Que se murió pensando que no me iban a encontrar nunca.
—Tu mamá se murió peleando. Eso es mejor que morirse rendida.
Subí al coche. Valeria puso música. Una canción vieja, de esas que mi mamá bailaba mientras limpiaba la casa.
No lloré. Ya había llorado suficiente. Solo cerré los ojos y dejé que la canción me llevara a otra época. A los domingos en la casa de mi infancia. A los olores de mole y café. A la risa de mi mamá cuando le contaba un chiste malo.
—Mamá —susurré, para nadie—. Ya estoy bien.
Esperanza me tomó la mano desde su sillita.
—Mamá, ¿por qué estás hablando sola?
—Porque a veces hay que hablar con las personas que ya no están.
—¿Y te contestan?
—A veces. En sueños.
—¿Qué te dijeron?
—Que me quieren.
—¿Y tú?
—Yo también las quiero. Mucho.
Valeria arrancó el coche. La lluvia seguía cayendo. El mundo afuera era gris, pero dentro del Tsuru había calor. Había vida. Había una niña que me miraba con sus ojos negros, los mismos ojos que mi mamá tenía en la foto que ahora llevo en mi cartera.
No todo estaba bien. Nada volvería a ser como antes. Pero por primera vez en tres años, supe que iba a estar bien.
Y eso fue suficiente.
FIN.
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