Parte 1

Ese día el sol quemaba hasta las ganas de vivir. Yo atendía en el súper de la colonia, como siempre, odiando mi uniforme y soñando con un hombre que me sacara de esa vida. Cuando entró él, el albañil de la obra de enfrente, lo supe por el olor a cemento y su ropa llena de manchas.

Caminó directo a los refrescos. Yo lo ignoré cuando me llamó la primera vez. También la segunda. Pero cuando sentí su mano en mi hombro, algo explotó dentro de mí.

—¿Cómo te atreves a tocarme, pinche albañil mugroso? —le grité, y antes de que pudiera explicarse, le aventé toda la botella de agua en la cara.

El súper se hizo un silencio sepulcral. Él solo se limpió el rostro con la manga, con una calma que me dio más coraje. Mi compañera Muna lo defendió, como siempre, con su sonrisa ingenua. “Solo quería ayuda”, dijo. Pero a mí no me importó. Para mí solo era un pobre más.

Días después lo volví a encontrar en la obra. Se acercó a saludarme y yo le escupí las mismas palabras: “No te acerques, nunca serás suficiente para alguien como yo”. Muna me miró con lástima, pero yo me fui caminando orgullosa.

Meses pasaron. Muna comenzó a salir con él, a llevarle comida, a reírse de sus tonterías. Yo solo podía burlarme. “¿Con un albañil? Qué falta de ambición”, le decía. Pero ella no me escuchaba. Y él tampoco.

Hasta que un sábado, mi día libre, prendí la tele mientras desayunaba. Estaban inaugurando el edificio que construyeron frente a mi trabajo. Una mole de vidrio y lujo. El presentador anunció al dueño, al CEO, y cuando la cámara enfocó su rostro, se me cayó el vaso de las manos.

Era él. El mismo. El albañil al que le aventé agua. El pobre al que le escupí en la cara.

Y entonces entendí todo.

Parte 2

Me quedé pegada al piso como si mis pies se hubieran convertido en cemento. El vidrio roto del vaso estaba regado por todos lados, pero ni siquiera lo sentí. Mis ojos no podían despegarse de esa pantalla.

Era él. El mismo hombre al que humillé dos veces. El que vestía sudado y lleno de polvo. El que yo llamé “pobre albañil” frente a media colonia.

En la tele, Chibuik hablaba con una seguridad que me heló la sangre. “Esta torre representa el sueño de muchos mexicanos que empiezan desde abajo”, decía, y su voz sonaba grave, educada, millonaria. A su lado estaban el gobernador y otros hombres de traje que yo solo veía en las noticias.

Mi mamá entró a la sala en ese momento. “¿Qué pasó, hija? ¿Por qué tienes el agua regada?” Preguntó, pero yo no podía responder. Solo señalé la tele con el dedo, temblando.

“Ese es el dueño de la constructora más grande del estado”, dijo mi mamá mientras recogía los vidrios. “Muy joven y muy guapo, según las señoras de la iglesia. Dicen que anduvo trabajando de incógnito en sus propias obras para asegurarse de que todo saliera bien. Qué humildad, ¿no?”

Sentí que el suelo se abría debajo de mí. “Trabajó de incógnito”. Esa frase retumbó en mi cabeza como un balazo. Yo no solo lo ignoré. Le aventé agua en la cara. Le dije que era un mugroso. Le prohibí que me tocara.

Me fui corriendo a mi cuarto y cerré la puerta con llave. Me tiré en la cama y apreté la almohada contra mi cara para que mi mamá no me escuchara llorar. Pero no era tristeza. Era rabia. Rabia contra mí misma.

“¿Cómo no me di cuenta?” Me repetía una y otra vez. Recordaba cada detalle. Sus botas viejas, sí, pero limpias. Su camisa manchada, pero planchada. Su rostro cansado, pero con una mirada que nunca fue de pobre. Era seguridad. Era poder disfrazado.

Y yo, pendeja, lo traté como a un perro.

Pasaron las horas y no pede comer. Mi teléfono vibraba con mensajes del grupo del trabajo. Todos estaban viendo la misma noticia. Muna ya había publicado algo en su estado de WhatsApp. Era una foto de él en la tele con un texto que decía: “Siempre supe que eras especial. Lo siento por cómo te trataron. Tú mereces el mundo.”

Esa publicación me quemó por dentro. Muna, mi propia roomie, la que siempre me decía que fuera más humilde, ahora quedaba como la buena y yo como la villana. Lo peor es que era cierto.

Al día siguiente no quería ir a trabajar, pero necesitaba el dinero. Me puse mi uniforme y caminé hacia el súper como quien va al matadero. Cada paso me pesaba. Cuando crucé la calle, vi la obra vacía. Ya no había albañiles. Solo el edificio enorme, reluciente, con un letrero dorado que decía “Grupo Solomon”.

Adentro del súper, todos me vieron llegar. La señora de los lácteos me clavó la mirada. El cajero, don Toño, dejó de contar billetes. Muna estaba acomodando latas, y cuando me vio, apretó los labios.

“Ya viste la noticia, ¿verdad?” Me preguntó sin voltear a verme.

“Se me hace que sí”, respondí con la voz más firme que pude fingir.

Muna soltó una lata intencionalmente fuerte. “Azuka, la cagaste. Pero bien feo. Ese hombre me contó todo. Me dijo que pensó en demandarte por agresión, pero que no lo hizo porque no quiere pleitos.”

Sentí un escalofrío. “¿Demandarme? Por favor, solo fue un poco de agua.”

Muna finalmente me enfrentó. “Fue humillación pública. Y la segunda vez, cuando fuiste a la obra a gritarle delante de sus trabajadores, eso ya fue acoso. Si él quisiera, te metía a la cárcel.”

Mi corazón se aceleró. “No me asustes, Muna. Además, tú también salías con él. No me vengas con santidad.”

Muna sonrió, pero era una sonrisa triste. “Claro que salía con él. Y él me trató como a una reina. Porque yo no lo juzgué por su ropa. Yo vi al hombre, no al albañil.”

Esa frase me golpeó más que cualquier insulto. Traté de ignorarla y fui a mi caja, pero el gerente me llamó a su oficina.

“Azuka, tenemos una queja formal”, dijo don Gerardo, un señor gordo de bigote que siempre me miraba las piernas. “El señor Solomon llamó directamente a la oficina central. Dice que no quiere que usted lo atienda nunca más si vuelve a entrar al súper. Y que si vuelve a maltratar a un cliente, tomará acciones legales.”

Me quedé helada. “¿Él llamó? ¿A la central?”

“Es dueño de la plaza entera, muchacha. Usted estaba humillando al casero.” Don Gerardo se recargó en su silla. “Por ahora no la vamos a correr, pero quédese calladita y no se le ocurra volver a faltarle el respeto a nadie. ¿Entendió?”

Salí de ahí con las manos sudadas. Todo mi mundo se estaba desmoronando. El hombre que yo despreciaba era dueño de mi trabajo, de la calle donde caminaba, de todo. Y yo, la que soñaba con un ricachón, había escupido al ricachón más poderoso de la ciudad.

Esa noche, en el cuarto que compartía con Muna, no pude dormir. Ella roncaba plácidamente mientras yo me retorcía en mi colchón. Escuché su teléfono vibrar. Por el reflejo de la pantalla vi que era un mensaje de él. “Buenas noches, Muna. Ya extrañaba tu sonrisa. Mañana te paso a ver.”

Muna respondió con un corazón y un “Buenas noches, mi amor”. Mi amor. Él le decía “mi amor” a ella. A la torpe de Muna, la que usaba tenis rotos y no sabía maquillarse. A ella.

El veneno de los celos me recorrió las venas. No era justo. Yo era más bonita. Más arreglada. Más digna de un hombre así. Pero él la eligió a ella solo porque ella fue “amable”. Solo porque ella no lo humilló.

Recordé el día en que él me tocó el hombro. Lo hice porque quería llamar su atención. En el fondo, cuando lo vi entrar al súper, algo me gustó de él. Pero su ropa sucia me dio asco, sí, pero también miedo. Miedo de que mis compañeras me vieran coqueteando con un albañil. Miedo de que pensaran que ese era mi nivel.

Por eso lo rechacé con tanta violencia. Porque en el fondo, él me gustaba.

Esa revelación me hizo llorar en silencio. Me gustaba. Un albañil. O eso creía. Ahora resultaba que era millonario, y yo lo había perdido por mi propio orgullo.

Los días siguientes fueron un infierno. En el trabajo, las señoras chismorreaban. “Esa Azuka es bien sangrona”, decían. “Pobrecito el ingeniero, solo quería comprar sus refrescos”. Hasta los clientes me miraban feo.

Una doña gorda me dijo en voz alta: “Usted es la que le aventó agua al dueño del edificio. Qué vergüenza, muchacha. Ojalá la corrieran.”

Me quería morir. Pero lo peor era ver a Muna llegar feliz todos los días. Él la esperaba afuera en un carro último modelo. Le abría la puerta. Le daba flores. Una vez la vi bajar con una bolsa de ropa de una marca que yo solo conocía en revistas.

—¿Te regaló eso? —le pregunté un día, con la voz llena de envidia.

—Sí —respondió Muna, tan tranquila—. Dice que le gusta verme bonita.

—Pues ya ves —dije con veneno—. Te está comprando. Como a cualquier vieja.

Muna me miró fijo. “Azuka, no seas culebra. Tú sabes que él es diferente. Y lo que pasó, pasó por tu culpa. No por la mía.”

Esa noche, mientras Muna se bañaba, tomé su teléfono que había dejado en la cama. Estaba desbloqueado. Abrí su conversación con Chibuik. Había cientos de mensajes. Desde Buenos días hasta fotos de él en su oficina.

Pero lo que me heló la sangre fue una conversación de tres días atrás. Chibuik le decía: “Me sorprende que siendo roomies, seas tan diferente a Azuka. Ella es orgullosa, tú eres humilde. Por eso te elegí a ti.”

Muna había respondido: “No la juzgues. Ella solo tuvo malas experiencias con hombres pobres. Por eso reaccionó así.”

Y él: “Eso no justifica nada. Pero bueno, ya pasó. Solo no quiero volver a verla cerca de ti. Me preocupa que te haga daño por envidia.”

Muna: “No te preocupes, mi amor. Yo la cuido.”

Él: “Tú eres muy buena. Por eso te amo.”

Me quedé viendo esa palabra: “te amo”. Él amaba a Muna. Y yo solo era la loca que le aventó agua.

Dejé el teléfono donde estaba y me metí a la cama fingiendo sueño. Pero mi mente ya estaba tramando algo. No podía quedarme de brazos cruzados mientras ella vivía el cuento de hadas que debió ser mío.

Si yo no podía tenerlo, pensé, entonces ella tampoco.

A la mañana siguiente, mientras Muna se alistaba para ir con él a desayunar, le dije con voz dulce: “Oye, Muna, ¿nunca le has contado a Chibuik lo de la niña?”

Muna se quedó quieta. “¿Qué niña?”

“La hija de tu hermano. La que criaste. La que siempre subes a tus estados.”

Muna arqueó una ceja. “Esa es mi sobrina. Él lo sabe.”

“¿Estás segura? Porque en tus fotos sales como su mamá. Y él nunca te ha preguntado directamente.”

Muna dudó. Vi la inseguridad en sus ojos. “Pues… no específicamente, pero yo creo que no hay problema.”

“Claro que no”, mentí con una sonrisa. “Solo decía, por si acaso.”

Esa tarde, cuando Muna salió, tomé mi teléfono y busqué el número de Chibuik. No era difícil. Un vecino que trabajaba en su empresa me lo había dado hace meses, cuando todavía era solo “el albañil”. Nunca pensé que lo usaría.

Mis dedos temblaron mientras escribía: “Buenas tardes, ingeniero. Soy Azuka, la roomie de Muna. Necesito contarle algo importante sobre ella. ¿Puedo llamarle?”

No pasó ni un minuto cuando mi teléfono sonó. Era él.

“Diga”, dijo su voz fría.

“Ingeniero, perdone la molestia. Pero como amiga de Muna, me preocupa que usted no sepa toda la verdad.”

“¿Qué verdad?” Preguntó cortante.

“Muna tiene una hija. Una niña de cinco años. No sé por qué no le ha dicho. Yo la he visto. Hasta tengo fotos.”

Silencio. Un silencio eterno.

“¿Está segura?” Preguntó al fin.

“Completamente. Se la mando ahorita mismo.”

Le envié las fotos que guardé del estado de Muna. Las que ella misma publicó. En todas salía con la pequeña, abrazándola, besándola. Una decía: “Mi vida, mi tesoro”. Otra: “Eres mi razón para seguir”.

Esperé. Mi corazón latía tan fuerte que sentía los latidos en las sienes.

Chibuik volvió a hablar. “Gracias por decirme, Azuka. Voy a investigar.”

Colgó. Esa noche, Muna llegó llorando. “Me bloqueó, Azuka. No sé qué pasó. No me responde los mensajes.”

La abracé fingiendo preocupación. “Tal vez está ocupado, amiga. No te preocupes.”

Pero por dentro, sonreía. El plan estaba funcionando. Y yo iba a asegurarme de que Muna pagara por haberme robado lo que era mío.

Parte 3

Los días siguientes fueron un espectáculo que yo misma había montado, y debo admitir que lo disfrutaba como nunca. Muna caminaba por el súper como zombie, con los ojos hinchados de tanto llorar. No comía, no hablaba, solo atendía clientes con una voz apagada que daba lástima.

Yo, por dentro, bailaba de alegría.

—¿Estás segura de que no hiciste nada malo? —le pregunté una tarde, mientras acomodábamos latas de frijol—. Porque los hombres no se alejan así nomás, Muna. Algo le ocultaste.

Muna me miró con sus ojos rojos. “Yo no le oculto nada. Soy transparente. Siempre he sido así.”

—Pues algo vio —insistí, como quien no quiere la cosa—. Tal vez alguien le contó una mentira.

Esa noche, cuando llegamos al cuarto, Muna se tiró en la cama y se puso a revisar su teléfono una vez más. “Sigo bloqueada. Hasta de WhatsApp me eliminó. ¿Qué hice, Azuka? Dime, por favor, ¿qué hice?”

Me senté a su lado y le acaricié el pelo, como hacía mi mamá conmigo cuando era niña. “Mira, hermana, yo te quiero mucho. Por eso te voy a decir la verdad: tal vez él descubrió lo de la niña.”

Muna levantó la cara rápido. “¿La niña? ¿Mi sobrina? ¿Y qué tiene que ver eso?”

—Pues que en tus fotos sales como su mamá. Él jamás te preguntó si era tu hija. Cuando vio las pruebas, seguro pensó lo peor.

Muna se incorporó de golpe. “¿Pero quién le iba a mandar pruebas? Yo nunca se las enseñé. Solo tengo las fotos en mi estado, y él las ha visto. Nunca me dijo nada.”

—Tal vez alguien se las mandó —dije con un suspiro falso—. Alguien que te tiene envidia.

Muna se quedó pensando. Sus ojos recorrieron el cuarto lentamente, como si buscara una respuesta en las paredes. Luego me vio a mí. “Azuka, tú no tienes su número, ¿verdad?”

Mi corazón dio un brinco. “¿Yo? Para nada. ¿Para qué querría yo el número de tu novio?”

—No sé —dijo Muna con una voz rara—. Solo pregunto.

Me levanté de la cama y fui a mi bolsa. “Mira, yo ya tengo sueño. Mejor duérmete tú también. Mañana será otro día.”

Pero Muna no se durmió. La vi dar vueltas hasta las dos de la mañana. Yo también fingía dormir, pero mi mente no paraba. Había sembrado la duda, y eso era suficiente.

A la mañana siguiente, pasó algo que no esperaba. Cuando llegamos al súper, el gerente nos llamó a las dos a su oficina. Adentro estaba también una señora de traje que nunca habíamos visto.

—Esta es la licenciada Pérez, del departamento legal de Grupo Solomon —dijo don Gerardo, más serio que nunca—. Viene a hablar con ustedes.

La licenciada nos miró a las dos con unos ojos de águila. “Señoritas, el ingeniero Solomon ha solicitado una investigación interna sobre lo ocurrido en esta sucursal. Específicamente, sobre el incidente de agresión y los comentarios difamatorios posteriores.”

Muna tragó saliva. Yo también, pero traté de mantener la calma.

—Señorita Muna —continuó la licenciada—, el ingeniero me pidió que le entregara esto personalmente.

Le dio un sobre amarillo. Muna lo abrió con manos temblorosas. Adentro había una carta y unas llaves.

“¿Qué es esto?” Preguntó Muna sin entender.

“Es la escritura de un departamento en la colonia Praderas, a su nombre. Y una carta donde el ingeniero se disculpa por haberla bloqueado sin antes hablar con usted. Dice que cometió un error al dejarse llevar por información no verificada.”

Sentí que me aventaban un balde de agua helada. “¿Un departamento? ¿A su nombre?” No pude evitar decirlo en voz alta.

La licenciada me volteó a ver. “Usted debe ser la señorita Azuka. La que agredió al ingeniero.”

“Fue un malentendido”, dije rápido.

“El ingeniero no quiere proceder legalmente, pero le pide que firme este documento donde se compromete a mantener una conducta respetuosa dentro de la plaza. Si vuelve a haber una queja, será despedida y demandada.”

Me pusieron una hoja frente a mis ojos. La firmé sin leerla, con la mano temblando de coraje. Mientras tanto, Muna guardaba las llaves y la carta como si fueran de oro.

Esa noche, Muna no paraba de repetir: “Me pidió disculpas. Dice que alguien le envió fotos mías con mi sobrina y que por eso pensó que era mi hija. Pero ya hablamos por teléfono. Me dijo que me ama y que quiere venir a verme.”

“¿Y quién le mandó las fotos?” Pregunté con la voz más neutral que pude.

—No sabe —respondió Muna—. Fue un número desconocido. Un mensaje de voz de una mujer. Pero no pudo identificar la voz.

Mi espalda sudó frío. Había usado una tarjeta desechable que compré en el tianguis. Nadie podía rastrearme. Estaba a salvo.

—Lo importante es que ya se arreglaron —dije con una sonrisa que me costó trabajo fingir—. Ahora disfruta tu depa, hermana.

Muna me abrazó. “Gracias por estar conmigo en estos días feos, Azuka. No sé qué haría sin ti.”

Sentí un nudo en la garganta. Por un segundo, casi siento remordimiento. Casi.

Pero al día siguiente, todo cambió. Chibuik llegó al súper en persona. No en su carro de lujo, sino caminando. Traía una gorra y lentes oscuros, como si no quisiera llamar la atención. Se acercó a la caja donde yo estaba.

“Azuka, ¿puedo hablar con usted un momento?” Dijo su voz grave.

Salí de la caja con las piernas flojas. Caminamos hacia la parte de atrás del súper, donde estaban los baños y los lockers. Nadie nos veía.

—Quiero agradecerle por haberme alertado sobre Muna —dijo, y yo respiré aliviada—. Pero también quiero decirle que ya investigué. Esa niña no es su hija. Es su sobrina.

Me quedé pálida. “Ah, ¿sí? Yo solo pensé…”

“Usted pensó mal. Y eso casi me cuesta mi relación con Muna.” Chibuik se quitó los lentes y me clavó la mirada. “Lo que no entiendo es por qué alguien haría algo así. ¿Por qué querría separarnos?”

—Yo no quería separarlos —mentí—. Solo me preocupaba por usted.

Chibuik sonrió, pero era una sonrisa fría. “Azuka, yo sé que usted quería conmigo. Lo supe desde el día que me aventó el agua. Usted no me ignoró por asco. Me ignoró porque le gusté y no supo cómo manejarlo.”

Abrí la boca para negarlo, pero no salió ninguna palabra.

“No se preocupe”, continuó. “No voy a hacer nada en su contra. Pero quiero que sepa algo: Muna es la mujer más buena que he conocido. Y yo voy a casarme con ella. Usted puede seguir con su vida, pero le sugiero que busque ayuda. Porque lo que hizo no es normal.”

Se dio la vuelta y se fue. Yo me quedé pegada al piso, con la cara ardiendo de vergüenza y rabia. Él lo sabía. Sabía que me gustaba. Y me había rechazado en la cara.

Esa noche, cuando llegué al cuarto, Muna ya estaba empacando.

—Me voy al departamento nuevo —dijo con una sonrisa que me sacó canas—. Chibuik ya mandó la mudanza. Vengo por mi ropa.

La ayudé a doblar sus cosas en silencio. Cada prenda que guardaba era un recordatorio de lo que yo había perdido. Sus playeras viejas, sus jeans rotos, sus tenis desteñidos. Todo eso ahora se iba a un penthouse mientras yo me quedaba en este cuarto de paredes manchadas.

—Azuka —dijo Muna de repente—, ¿tú fuiste la que le mandó las fotos a Chibuik?

Me quedé con una playera en la mano. “¿Por qué piensas eso?”

—Porque eres la única que tiene mi número. La única que ve mis estados. La única que podría tener envidia.

Su voz no era acusatoria. Era triste. Como si ya supiera la verdad y solo quisiera escuchármela decir.

—Muna, yo jamás…

—No mientas —me interrumpió—. Chibuik me dijo que la voz del mensaje era de una mujer que hablaba como tú. Con esas frases tan dramáticas. “Pobre Muna”, “ella no merece a un hombre así”. Es tu forma de hablar.

Me quedé callada. No había nada que decir.

—Eres mi amiga —continuó Muna, y sus ojos se llenaron de lágrimas—. Te di techo cuando no tenías donde vivir. Te conseguí chamba. Te aguanté tus genialidades. Y así me pagas.

—Muna, discúlpame —alcancé a decir.

—No. Ya no quiero tus disculpas. Quiero que te vayas de mi vida.

Terminó de empacar en silencio. Yo la ayudé porque no sabía qué más hacer. Cuando cerró su maleta, me miró por última vez.

—Espero que encuentres paz, Azuka. Porque la envidia te está consumiendo.

Salió del cuarto y no volvió a mirar atrás. Yo me quedé sola, rodeada de sus cajas vacías y su cama deshecha. El silencio del cuarto me aplastaba.

Esa noche no dormí. Di vueltas en mi colchón pensando en todo lo que había hecho. En cómo había destruido mi única amistad verdadera. En cómo había perdido al hombre que me gustaba por mi propio orgullo.

Al día siguiente, fui al trabajo con los ojos hinchados. Muna ya no estaba. La habían cambiado a la tienda de la otra colonia, la que estaba más cerca del departamento nuevo. El gerente me dijo que era “por reestructuración”, pero yo sabía la verdad.

Muna no quería verme más.

Los días se volvieron grises. Atendía clientes sin ganas. Llegaba al cuarto vacío y me ponía a ver tele hasta quedarme dormida. Una noche, prendí el canal de noticias locales y vi algo que me heló la sangre.

Estaban dando la nota de la boda del año. Chibuik Solomon se casaba con Muna Nwosu en una ceremonia privada en el Club Campestre. Mostraron imágenes del exterior: flores blancas, carros de lujo, invitados con trajes carísimos. Y al final, apareció ella.

Muna estaba radiante. Vestido blanco, sonrisa enorme, el pelo recogido con diamantes. Chibuik la besó frente al altar mientras todos aplaudían.

El locutor decía: “La pareja se conoció cuando él trabajaba de incógnito en una obra. Ella fue la única que lo trató con respeto antes de saber quién era. Una historia de humildad y amor verdadero.”

Me quedé viendo la pantalla hasta que salieron comerciales. Mi corazón era un puño apretado. “Ella fue la única que lo trató con respeto”, repetía el locutor en mi cabeza.

Y yo, la que lo humilló, la que lo llamó pobre, la que le aventó agua, no era nada. Ni siquiera una anécdota. Solo una villana en su cuento de hadas.

Apagué la tele y me quedé a oscuras. Por primera vez en mi vida, me sentí realmente sola. No porque no tuviera a nadie, sino porque me di cuenta de que yo misma había alejado a todos.

Mi mamá me llamó al día siguiente. “Hija, vi la boda de tu amiga. Qué bonito, ¿no? ¿Por qué no fuiste?”

“Porque ya no somos amigas, mamá.”

“¿Y eso?”

Tuve que contarle todo. Desde el principio. Cuando terminé, mi mamá guardó silencio un buen rato. Luego dijo: “Hija, tú siempre fuiste así desde chiquita. Orgullosa. Creída. Siempre querías lo que tenían los demás. Pero esto que hiciste ya es maldad. Ojalá te sirva de lección.”

Me dolió más que cualquier otra cosa. Porque era verdad.

Pasaron los meses. Yo seguía en el mismo súper, con el mismo uniforme, la misma vida mediocre. Muna se había ido a vivir a una casa enorme. Viajaba, se vestía de marca, publicaba fotos en la playa. A veces, cuando la veía en redes, me entraban ganas de escribirle. Pedirle perdón de nuevo. Pero siempre borraba el mensaje antes de enviarlo.

¿Qué iba a decirle? Que tenía razón. Que la envidia me había vuelto idiota. Que la quería de vuelta.

Pero era tarde.

Una tarde, cuando ya llevaba seis meses sin hablar con ella, recibí un mensaje de texto de un número desconocido. “Azuka, soy Chibuik. Necesito verte. Tengo algo importante que decirte.”

Mi corazón se paralizó. ¿Qué querría ahora? ¿Humillarme frente a todos? ¿Recordarme lo que perdí?

Respondí con un simple: “Dónde y cuándo.”

Quedamos en un café cerca del súper. Cuando llegué, él ya estaba sentado, tomando un americano. Vestía casual, pero se notaba el dinero hasta en la forma de sentarse.

—Gracias por venir —dijo sin sonreír—. Siéntate.

Me senté frente a él, con las manos sudando.

—No te preocupes, no vine a regañarte —continuó—. Vine a proponerte algo.

—¿Proponerme qué? —pregunté con la voz ronca.

Chibuik sacó una carpeta de su maletín. “Necesito a alguien que trabaje para mí. Alguien que conozca el mundo de los supermercados, que sepa de atención al cliente. Muna me habló de ti. Dice que eres buena en eso, a pesar de todo.”

No podía creerlo. “¿Muna te habló de mí?”

—Ella te quiere, Azuka. A pesar de lo que hiciste. Dice que todos merecemos una segunda oportunidad.

Sentí un nudo en la garganta. “¿Y qué trabajo es?”

—Voy a abrir una cadena de tiendas de conveniencia. Necesito una gerente regional. El sueldo es bueno, y tendrás prestaciones. Pero te pido algo.

—Lo que sea —dije sin pensar.

—Que vayas a terapia. Muna dice que no vas a cambiar si no trabajas en ese orgullo que te carcome. Aceptas eso, y el trabajo es tuyo.

Me quedé viendo la carpeta. Dentro había un contrato y una lista de psicólogos recomendados. Todo estaba planeado.

—¿Por qué hacen esto por mí? —pregunté, y mi voz se quebró—. Después de todo lo que les hice.

Chibuik sonrió, y por primera vez, fue una sonrisa genuina. “Porque Muna cree en las segundas oportunidades. Y yo aprendí a confiar en ella.”

Esa noche, firmé el contrato. Al día siguiente, llamé a la psicóloga. Y una semana después, empecé mi nuevo trabajo.

No voy a mentir. Al principio fue duro. Ver a Muna todos los días en las juntas, recordando lo que hice. Pero ella me trataba con normalidad, como si nada hubiera pasado. Nunca me reclamó. Nunca me sacó el tema.

Hasta que un día, no aguanté más.

—Muna —le dije al terminar una reunión—. ¿Cómo le haces para perdonarme?

Ella me miró con esos ojos que siempre tuvieron luz propia. “Porque si Dios me perdonó a mí, ¿quién soy yo para no perdonarte a ti?”

—Pero yo te traicioné. Te robé la oportunidad de ser feliz.

Muna negó con la cabeza. “Nadie me robó nada, Azuka. Lo que es para uno, llega. Y Chibuik siempre fue para mí. Tú solo hiciste que nos acercáramos más.”

Esa noche, lloré como no lloraba desde niña. No de tristeza. De alivio.

Y por primera vez en mi vida, entendí que el orgullo no sirve para nada. Que la envidia es veneno. Y que el respeto no se pide con gritos ni con agua en la cara. Se gana siendo humilde.

Hoy, un año después, escribo esto desde mi propio departamento. No es un penthouse, pero es mío. Lo pagué con mi trabajo honrado. Voy a terapia cada semana. Y aunque Muna y yo no volvimos a ser amigas como antes, nos saludamos con cariño.

Ella tuvo su bebé hace tres meses. Una niña. Me pidió que fuera la madrina.

Yo acepté.

Porque al final, la vida da muchas vueltas. Y las personas cambian si de verdad quieren cambiar. Yo quise. Y lo logré.

Pero esa historia, la de cómo aprendí a perdonarme a mí misma, esa es otra historia.

Parte 4

El día de la boda llegó sin que yo pudiera prepararme para lo que sentía. Muna me había invitado, y Chibuik también, pero yo dudé hasta la noche anterior. ¿Qué hacía yo en una celebración donde todos sabían lo que les había hecho? Me veía al espejo y no reconocía a la mujer que estaba ahí.

—Ve —me dijo mi mamá por teléfono—. Es tu oportunidad de cerrar ese capítulo.

Me puse un vestido azul que compré en el tianguis. No era de marca, pero me quedaba bien. Llegué sola al Club Campestre, con las manos sudando y el corazón en un puño. En la entrada había una lista de invitados. Un señor de traje me preguntó mi nombre.

—Azuka Okonkwo —dije, y mi voz sonó más frágil de lo que quería.

El señor revisó su lista. “Sí, señorita, pase. Está en la mesa número doce.”

Doce. Un número insignificante. Lejos del presidium, lejos de la familia, lejos de todo. Caminé entre las mesas decoradas con flores blancas y centros de mesa que costaban lo que yo ganaba en un mes. Los invitados me miraban con curiosidad. Algunos susurraban.

“Esa es la que le aventó agua al ingeniero.”

“¿Y por qué la invitaron?”

“Seguro por lástima.”

Me senté en mi lugar y pedí una copa de vino aunque no me gustaba. Necesitaba algo para calmar los nervios. A mi lado estaban dos señoras mayores que platicaban de sus nietos. No me dirigieron la palabra. Mejor así.

Cuando sonó la música de la marcha nupcial, todos nos pusimos de pie. Muna apareció en el arco de entrada, tomada del brazo de su papá, un señor flaco y serio que apenas podía contener las lágrimas. Ella estaba radiante. El vestido blanco le caía como si lo hubieran hecho para ella. Su sonrisa iluminaba todo el salón.

Chibuik la esperaba al fondo, junto al pastor. Sus ojos no se despegaban de ella. Cuando Muna llegó a su lado, él le susurró algo al oído. Ella soltó una risita y luego se le saltaron las lágrimas.

Yo también lloré. Pero no de alegría. Lloré de vergüenza. Porque mientras ella caminaba hacia el altar, yo solo podía pensar en lo que hice para evitarlo.

La ceremonia fue bonita. El pastor habló del amor, del respeto, de la paciencia. Dijo algo que me quedó grabado: “El amor verdadero no se construye con dinero, sino con acciones. Y estas dos personas se eligieron cuando no había lujos de por medio.”

Todo el mundo aplaudió. Yo también, aunque mis manos apenas hacían ruido.

Cuando terminó la ceremonia, empezó la comida. Trajeron platillos que nunca había probado: salmón, cordero, postres de colores. Yo comía sin hambre, mirando de reojo a Muna y Chibuik en su mesa principal. Él le servía vino, ella le daba de probar su pastel. Eran felices. Tan felices que dolía.

En un momento, Muna se levantó y caminó hacia las mesas. Empezó a saludar a los invitados uno por uno. Cuando se acercó a la mesa doce, mi cuerpo se puso tieso.

—Azuka —dijo con una sonrisa—. Me da mucho gusto que hayas venido.

—Felicidades, Muna —respondí, y mi voz se rompió—. Estás hermosa.

Ella se agachó para abrazarme. Sentí el calor de su cuerpo, el olor a flores de su perfume. Y en ese abrazo, todo el rencor que guardaba se derritió como hielo al sol.

—Gracias por estar aquí —me susurró—. Significa mucho para mí.

—¿Por qué me invitaste? —pregunté, y las lágrimas me ganaron—. Después de todo lo que hice.

Muna se separó un poco y me miró a los ojos. “Porque todos cometemos errores, Azuka. Y tú estás tratando de cambiar. Eso es lo que importa.”

Luego se fue a seguir saludando. Yo me quedé secándome las lágrimas con una servilleta, mientras las señoras de mi mesa me veían con lástima.

La fiesta siguió hasta la noche. Hubo baile, música, pastel. Chibuik y Muna bailaron su primer vals como si fueran los únicos en el mundo. Yo me quedé sentada, viendo cómo se movían al ritmo de una canción romántica que nunca había escuchado.

Cuando ya estaba por irme, Chibuik se acercó a mi mesa. Traía una copa en la mano y una expresión seria.

—Azuka, ¿puedo hablar contigo?

Asentí. Caminamos hacia el jardín, donde ya casi no había gente. La luna estaba llena y las luces del club hacían sombras en el pasto.

—Quiero que sepas algo —dijo Chibuik—. No fue fácil invitarte. Muna peleó por ti. Dijo que te merecías otra oportunidad.

—Lo sé —respondí—. Es demasiado buena.

—Demasiado —confirmó él—. Y por eso la amo. Ella me enseñó que el rencor no lleva a nada. Que la gente puede cambiar si tiene quien la acompañe.

Me quedé callada.

—No te voy a mentir —continuó—. Al principio quería que te corrieran. Que te demandaran. Pero Muna me dijo: “Si actuamos con odio, no seremos mejores que ella”. Y tenía razón.

—Yo solo quería ser como ella —confesé, y la verdad salió como un suspiro—. Quería ser bonita, querida, tener un hombre que me amara. Pero no supe cómo hacerlo.

Chibuik asintió. “El problema no es querer, Azuka. El problema es cómo buscas las cosas. No puedes construir tu felicidad destruyendo la de otros.”

Esa frase me pegó como un puñetazo.

—Te deseo lo mejor —dijo, y extendió su mano—. De verdad.

Apreté su mano. Estaba caliente, firme. Como la de un hombre que sabía lo que quería.

—Cuídala —fue todo lo que pude decir.

—Siempre.

Me fui del club cuando el pastel ya estaba terminado y los novios se estaban yendo a su luna de miel. Caminé hasta la parada del camión, con mi vestido azul y mis tacones que me lastimaban los pies. El camión tardó media hora en llegar. Me senté junto a la ventana y vi cómo las luces de la ciudad pasaban frente a mí.

Todo había cambiado. Y yo también.

Los meses siguientes fueron de trabajo duro. Chibuik cumplió su palabra y me dio el puesto de gerente regional. Viajaba por todo el estado supervisando las tiendas de conveniencia. Conocí gente nueva, aprendí cosas nuevas. Y cada quince días iba a terapia.

La psicóloga se llama Sandra. Es una mujer como de cincuenta años, con lentes y una voz calmada que me hacía sentir segura. Las primeras sesiones fueron durísimas.

—Cuéntame de tu infancia, Azuka —me dijo en la primera cita.

Le conté todo. Mi papá nos abandonó cuando yo tenía siete años. Mi mamá trabajaba de empleada doméstica y apenas nos alcanzaba para comer. Crecí viendo a mis compañeras con ropa bonita, con zapatos nuevos, con papás que las llevaban a la escuela en carro.

—¿Y tú qué sentías? —preguntó Sandra.

—Coraje —respondí—. Coraje de que ellas tuvieran todo y yo nada.

—¿Y ese coraje se transformó en orgullo?

Me quedé pensando. “Sí, supongo que sí. Si no podía tener lo que ellas tenían, al menos iba a ser más lista. Más bonita. Más digna.”

—Pero ser más digna no significa humillar a los demás, ¿verdad?

—No —admití—. Pero en ese momento no lo sabía.

Las sesiones fueron desenterrando cosas que tenía guardadas. El día que una compañera me dijo “tu mamá es la señora de la limpieza” y yo le contesté “por lo menos tengo mamá”. El día que un profesor me humilló frente a toda la clase porque no tenía dinero para el libro. El día que mi primer novio me dejó por una niña rica.

Todo eso se fue acumulando. Y cuando conocí a Chibuik, vi en él a todos los que me hicieron sentir menos. Por eso lo ataqué. Por venganza. Porque en mi cabeza, él era el rico que venía a restregarme su dinero.

Pero no era así. Él solo era un hombre trabajando.

Una tarde, después de una sesión especialmente difícil, me animé a llamar a Muna. Habían pasado casi dos meses desde la boda y no habíamos hablado.

—¿Muna? Soy Azuka.

—¡Azuka! Qué gusto oírte —dijo, y su voz sonó genuinamente feliz—. ¿Cómo estás?

—Bien. Yendo a terapia. Trabajando. Intentando ser mejor persona.

—Me da mucho gusto —respondió—. Oye, el sábado voy a la casa de mis papás. Mi sobrina va a cumplir años. Te gustaría venir?

Me quedé en silencio. La niña. La que usé para destruir su relación. La misma que ahora me invitaba a su fiesta.

—¿Estás segura? —pregunté.

—Completamente —dijo Muna—. Mi sobrina te quiere. Siempre pregunta por ti.

—Está bien. Voy.

El sábado llegué con un regalo: una muñeca vestida de princesa. La casa de los papás de Muna era pequeña, de esas de Infonavit con paredes pintadas de colores. El jardín estaba lleno de globos y niños corriendo.

Cuando entré, Muna me recibió con un abrazo. “Pasa, pasa. Te estábamos esperando.”

La niña, que se llama Adanna, salió corriendo a verme. “¡Tía Azuka!” Gritó, y se colgó de mi cuello.

Sentí un nudo en la garganta. Yo no era su tía. Era la mujer que casi destruye a su familia. Y sin embargo, ahí estaba, abrazándome como si nada hubiera pasado.

—Feliz cumpleaños, princesa —dije, dándole la muñeca.

—¡Es la muñeca que quería! —gritó Adanna, y se fue corriendo a mostrársela a sus amigos.

Me quedé viéndola, con una mezcla de ternura y tristeza.

Muna se paró a mi lado. “Estás cambiando, ¿verdad?”

—Lo intento —respondí—. A veces siento que no avanzo. Pero lo intento.

—Eso es lo único que importa. Que lo intentes.

Esa tarde, mientras comíamos pastel y veíamos a los niños jugar, me di cuenta de algo. La felicidad no estaba en tener un hombre millonario o un vestido de marca. Estaba en esto: en estar rodeada de gente que te quería a pesar de tus errores.

Chibuik llegó más tarde. Traía una bolsa con más regalos. Cuando me vio, me saludó con la cabeza. “Azuka, qué bueno que viniste.”

—Gracias por invitarme —respondí.

Nos sentamos los tres en el jardín, viendo a Adanna abrir sus regalos. El sol de la tarde nos daba en la cara.

—Azuka —dijo Chibuik de repente—, Muna y yo queremos proponerte algo.

—¿Qué cosa?

—Vamos a abrir una fundación. Para ayudar a madres solteras y a jóvenes que quieran estudiar. Necesitamos a alguien que la administre. Alguien que sepa lo que es empezar desde abajo.

—¿Yo? —pregunté, incrédula.

—Tú —confirmó Muna—. Nadie mejor que tú para entender las dificultades. Además, ya tienes experiencia en administración.

No sabía qué decir. Mis ojos se llenaron de lágrimas.

—No sé si merezca esto —tartamudeé.

—No se trata de merecer —dijo Chibuik—. Se trata de que quieras hacer el bien. Y nosotros creemos que tú quieres.

Acepté. Y desde entonces, mi vida cambió para siempre.

La fundación se llama “Segundas Oportunidades”. Ayudamos a mujeres que han sido víctimas de violencia, a jóvenes que no pueden pagar sus estudios, a madres solteras que necesitan trabajo. Yo soy la directora. Voy a las colonias, hablo con la gente, organizo talleres. Es el trabajo más duro que he tenido, pero también el más bonito.

Muna y Chibuik me visitan seguido. Vienen con Adanna, que ahora me llama “tía” de verdad. A veces me quedo a dormir en su casa, y en las noches platicamos como cuando éramos roomies.

Pero ya no somos las mismas. Yo ya no tengo envidia. Ella ya no tiene lástima. Solo somos dos amigas que se encontraron después de la tormenta.

Hoy, mientras escribo esto, estoy sentada en el parque de la colonia donde crecí. Veo a las niñas jugar, a las señoras vender tamales, a los albañiles cargar bultos. Ya no los veo con desprecio. Los veo como lo que son: personas. Con sueños, con miedos, con historias.

Un albañil se acerca a venderme un refresco. Trae la camisa sudada y las manos llenas de cemento.

—Buenas tardes, señorita —dice con una sonrisa—. ¿Le gustaría comprar un refresco? Están bien fríos.

—Sí, gracias —respondo, y le doy el doble de lo que cuesta.

El albañil me mira confundido. “Señorita, me está dando demás.”

—Quédese el cambio —digo—. Y cuídese mucho con este sol. Tome mucha agua.

El hombre sonríe, agradece y se va. Yo me quedo viendo cómo se aleja, cargando su hielera, con su paso cansado pero firme.

No sé su nombre. No sé su historia. Pero sé que nunca, jamás, le voy a aventar agua en la cara.

Porque aprendí que detrás de cada uniforme sucio hay una persona que merece respeto. Y eso, eso no lo enseña ningún billete.

FIN.