PARTE 1

A veces el silencio en esta casa se siente como si me estuvieran apretando el cuello.

Me llamo Natalia, y si estás leyendo esto, es porque necesito soltar este nudo que traigo en el pecho antes de que me termine de asfixiar.

Estoy sentada en la pequeña estética que pusimos mi hermana y yo en la colonia, aquí por los rumbos de Iztapalapa.

El negocio era nuestro sueño, nuestra “chamba” sagrada donde le echábamos todas las ganas para sacar adelante a mi jefa.

Veo la silla de peluquería, esa que tiene un raspón en el brazo derecho, y me cae que siento que el corazón se me sale.

Esa era su silla.

Ahí se sentaba ella a platicar con las doñitas, a reírse con esas ocurrencias que solo ella tenía.

Mi carnala, mi sangre, mi otra mitad.

Desde que éramos morras, ella siempre fue la más coqueta, la que se arreglaba hasta para ir por las tortillas.

Pero también era la que más sufría cuando se veía al espejo.

“Neta, Nati, siento que no encajo”, me decía mientras se apretaba la cintura frente al espejo lleno de manchas.

Yo le decía que estaba hermosa, que tenía un cuerpo natural bien padre, pero ella solo veía los defectos.

Ese trauma de la secundaria, donde los chavos le decían cosas feas, se le quedó tatuado en el alma como una cicatriz que nunca sanó.

Empezó a seguir a esas “influencers” que salen en el TikTok con cinturas de avispa y cuerpos que parecen de otro planeta.

Y ahí empezó la verdadera bronca.

Se obsesionó con la idea de hacerse una lipo y ponerse grasa en los glúteos, lo que ahora todos llaman el BBL.

Yo le decía: “Carnala, no juegues con tu salud, esa lana mejor inviértela en otro secador o en traer más tintes de los buenos”.

Pero ella ya tenía la idea metida entre ceja y ceja.

Empezó a ahorrar de una forma que me asustaba.

Dejó de comprarse ropa, ya no salía ni por unos tacos los fines de semana.

Contaba cada moneda, cada peso de las propinas lo metía en un sobre que escondía debajo de su colchón.

“Es mi boleto a la felicidad”, decía con una sonrisa que ahora me parece la más triste del mundo.

Híjole, si yo hubiera sabido que ese sobre era en realidad su sentencia de m*erte, se lo hubiera quemado.

Un día llegó toda emocionada, enseñándome una página de Facebook de una clínica en una colonia medio pesada.

“Mira los precios, Nati, están a la mitad de lo que cobran en los hospitales fifís de las Lomas”, me dijo con los ojos brillantes.

Yo chequé la página y algo no me cuadró, se veía medio “patito”, con fotos que parecían bajadas de internet.

“Ten cuidado, m’hija, lo barato sale caro y con el cuerpo no se juega”, le advertí, pero ella ya no escuchaba razones.

El día de la cita, el cielo estaba bien gris, de esos días que parece que la ciudad te está avisando que algo malo va a pasar.

Se fue temprano, me dio un beso en la frente y me dijo que me amaba.

“En la noche celebramos mi nuevo yo”, me gritó mientras se subía al microbús.

Pasaron las horas y la estética se sentía más fría que de costumbre.

Me puse a hacer unos cortes, a platicar con la señora Rosa, pero traía un presentimiento bien gacho en el estómago.

De esos que te dan cuando sabes que la regaste en algo y no sabes en qué.

Llegaron las seis de la tarde, que era la hora en la que supuestamente salía de la recuperación.

Le mandé un mensaje: “¿Todo bien, carnala?”.

No hubo respuesta. Ni una palomita azul. Nada.

Llamé y me mandaba directo al buzón.

Sentí que la sangre se me iba a los pies.

Eran las ocho de la noche cuando el teléfono de la estética empezó a sonar con una urgencia que me hizo saltar.

Contesté y se oía mucho ruido de fondo, como gritos y gente corriendo.

“¿Familia de la señorita de la cirugía?”, preguntó una voz de hombre que se oía toda agitada.

“Sí, soy su hermana, ¿qué pasó? ¿ya salió?”, pregunté con el alma en un hilo.

“Venga rápido a la dirección que le mandé… las cosas se salieron de control… esto no debió pasar…”, y me colgó.

Sentí que el mundo se me venía abajo, agarré mis cosas y salí corriendo como loca.

Tomé un taxi y le dije que le metiera pata, que era una emergencia de vida o m*erte.

Llegamos a una casa que por fuera no decía nada, no tenía letrero de hospital ni de nada.

Era una construcción vieja, con las paredes húmedas y una puerta de fierro que rechinaba horrible.

Cuando entré, el olor me pegó de golpe: era una mezcla de cloro con algo echado a perder.

Había un pasillo largo y oscuro, con cajas de cartón amontonadas en las esquinas.

Al fondo, en un cuarto que apenas tenía una luz amarillenta, escuché un grito que me heló la sangre.

Era la voz de mi hermana.

Entré pateando la puerta y lo que vi me va a perseguir hasta el día que me entierren.

Estaba ella tirada en una camilla de metal, toda llena de vendas manchadas de un líquido extraño.

No era solo sangre, era algo espeso, como aceite mezclado con pus.

El tipo que decía ser doctor tenía el uniforme todo manchado y estaba sudando a mares.

“¡¿Qué le hicieron?!”, grité desesperada acercándome a ella.

Mi hermana abrió los ojos, pero ya no eran sus ojos brillantes, estaban nublados, como si ya no estuviera ahí.

“Nati… me quema… me estoy rompiendo…”, susurró con una voz que apenas se oía.

De pronto, un sonido espantoso llenó el cuarto, como si un globo de agua estallara bajo mucha presión.

El líquido amarillo saltó por todos lados, manchando hasta las paredes.

Su cuerpo empezó a convulsionar y vi cómo la piel de su cadera se abría como si fuera papel viejo.

El “doctor” me empujó y agarró una mochila, gritándole a una enfermera que se pelaran de ahí.

“¡No la dejen así!”, les grité, pero ellos ya iban de salida por la parte de atrás.

Me quedé sola con ella, en ese cuarto que olía a m*erte, mientras sentía que su mano se ponía fría entre las mías.

Lo que descubrí después, cuando los paramédicos llegaron, fue mucho peor de lo que cualquiera de nosotros pudo imaginar.

Esa no era una cirugía, era un sacrificio.

PARTE 2

Me quedé ahí, helada, con el corazón martilleándome en las costillas como si quisiera escaparse de ese cuarto de m*erte.

El silencio que siguió al estallido fue lo más cabrón de todo, porque solo se oía el goteo de ese líquido asqueroso contra el piso de cemento.

Ese “doctor”, ese infeliz que se hacía llamar profesional, ni siquiera me miró a los ojos cuando agarró su mochila y salió pitando por la puerta de atrás.

“¡No te vayas, maldito cobarde!”, le grité, pero la garganta se me cerró del puro coraje y del miedo que me estaba carcomiendo viva.

Mi hermana, mi pobre carnala, empezó a respirar cortito, como si el aire le pesara una tonelada.

Sus manos, esas manos con las que tantas veces me ayudó a peinar clientas, estaban todas moradas y tiesas.

Híjole, verla así, toda indefensa y rota en esa camilla mugrosa, es algo que no le deseo ni a mi peor enemigo.

Me acerqué a ella temblando, tratando de limpiar con mi propia blusa ese aceite amarillo que no paraba de salirle de la piel.

Olía a rayos, un olor químico que te quemaba la nariz, como si hubieran mezclado veneno con manteca.

“Tranquila, m’hija, aquí estoy, no te me vayas”, le decía yo, aunque por dentro sentía que me estaba muriendo con ella.

Saqué mi celular con los dedos todos pegajosos para marcar al 911, pero en esos momentos los nervios te traicionan feo.

Se me resbalaba el teléfono, no atinaba a los números, sentía que el tiempo se me escapaba entre las manos como arena.

Cuando por fin me contestaron, la operadora me hacía mil preguntas que yo ni sabía cómo responder.

“¿Qué le pusieron? ¿Qué sustancia es?”, me preguntaba, y yo solo podía chillar que mi hermana se me estaba yendo.

Me dijeron que la ambulancia tardaría porque por esos rumbos de la periferia el tráfico está de la m*ela a esa hora.

“No, no me pueden dejar así”, pensaba yo, viendo cómo el color de la cara de mi hermana se ponía cada vez más gris.

Me salí a la calle, a esa calle oscura y solitaria, a pedir ayuda como una loca, gritando a todo pulmón.

Pero ya saben cómo es la cosa aquí, la gente oye gritos y mejor cierra sus cortinas por miedo a meterse en broncas.

Nadie salía, nadie me pelaba, y yo sentía que el cielo se me caía encima.

Por fin, un taxista que venía de dejar un pasaje se compadeció de mí cuando me vio toda llena de ese líquido amarillo.

“Jefe, por favor, ayúdeme, mi hermana se muere”, le dije casi de rodillas, y el señor, que Dios me lo bendiga siempre, no lo pensó dos veces.

Entre los dos la cargamos, y ahí fue cuando sentí lo pesado que estaba su cuerpo, como si tuviera piedras por dentro.

La subimos al asiento de atrás y el señor le metió pata al acelerador, pasándose los altos y esquivando los baches de la zona.

Yo iba atrás con ella, deteniéndole la cabeza, rezándole a la Virgencita que no me la quitara todavía.

“Lleguen al IMSS más cercano”, le dije al chofer, aunque sabía que a esa hora urgencias iba a estar hasta el queque.

Llegamos al hospital y era un caos total, gente durmiendo en el piso, olor a enfermedad y ese sonido constante de las máquinas.

Bajé gritando por un camillero, y cuando vieron el estado de mi hermana, hasta los doctores que ya se veían cansados pusieron cara de susto.

“¿Qué le inyectaron a esta mujer?”, me gritó un médico joven mientras la subían a una camilla de verdad.

Yo no sabía qué decir, solo alcancé a balbucear que era un doctor de Facebook, que era una cirugía para verse bien.

El doctor negó con la cabeza y se la llevaron corriendo hacia el quirófano de emergencia.

Me quedé ahí sola, en la sala de espera, sintiendo cómo la gente me miraba por las manchas amarillas en mi ropa.

Me senté en una silla de plástico rota y me puse a llorar con un sentimiento que no se puede explicar con palabras.

Era una mezcla de rabia contra ese carnicero y de una culpa que me estaba quemando el alma.

¿Por qué no la detuve? ¿Por qué no le escondí la lana?

Me acordaba de cómo ella me decía: “Nati, vas a ver que con este cambio nos va a ir mejor en la estética, hasta más clientes vamos a tener”.

Ella lo hacía por las dos, por salir de la pobreza, por sentirse valiosa en un mundo que te mide por cómo te ves.

Pasaron las horas y nadie me daba noticias, cada minuto se sentía como un año en ese hospital frío.

Cerca de la madrugada, salió un doctor con la cara toda desencajada y se acercó a donde yo estaba.

“Usted es el familiar de la paciente, ¿verdad?”, me preguntó, y yo sentí que el corazón se me paraba.

Me llevó a un cuartito aparte y me enseñó una radiografía que parecía sacada de una película de terror.

“Lo que le pusieron no es grasa, ni siquiera es silicona de grado médico”, me dijo con una voz que me caló hondo.

“Le inyectaron aceite industrial, de ese que usan para los motores de los carros, mezclado con polímero de baja calidad”.

Sentí que me iba a desmayar, ¿cómo puede haber gente tan malnacida en este mundo para hacerle eso a una persona?

El doctor me explicó que el cuerpo de mi hermana estaba rechazando todo eso, que se estaba pudriendo por dentro.

“El estallido que escuchaste fue un absceso que reventó por la presión de los gases de la infección”, me dijo sin rodeos.

Me explicó que tenían que operarla para tratar de sacar toda esa porquería, pero que el daño en los tejidos era masivo.

“La probabilidad de que sobreviva es muy baja, y si lo hace, las secuelas van a ser permanentes”, sentenció el médico.

Salí de ese cuartito y sentí que la realidad me golpeaba como un tren de carga.

Tenía que avisarle a mi jefa, a mi mamá, que estaba en la casa esperando noticias de su hija consentida.

¿Cómo le iba a decir que su niña estaba entre la vida y la m*erte por culpa de una vanidad que nos vendieron por internet?

Caminé hacia el teléfono público del hospital, porque mi celular ya no tenía pila de tanto que lo usé.

Mis manos seguían oliendo a ese aceite motor, un olor que ya se me había quedado pegado hasta en los pensamientos.

Cuando mi jefa contestó, su voz se oía tan tranquila, tan llena de esperanza, que se me rompió el alma.

“¿Ya salió la niña, Nati? ¿Está contenta?”, me preguntó, y yo solo pude soltar un sollozo que me desgarró la garganta.

“Jefa, véngase para el hospital, hubo una bronca muy fea… mi hermana está muy mal”, fue lo único que pude decir.

Oí cómo el auricular se caía del otro lado y el grito de mi madre atravesó la línea como un cuchillo.

En lo que ella llegaba, me puse a buscar la página de Facebook de ese dizque doctor Magic.

Quería verle la cara otra vez, quería pruebas, quería justicia para mi carnala.

Pero la página ya no existía, el perfil había sido borrado y el número de teléfono me mandaba a una grabación de “fuera de servicio”.

El infeliz ya había planeado todo, sabía que esto podía pasar y ya tenía su ruta de escape bien armada.

Me sentí tan impotente, tan chiquita ante la maldad de esos tipos que lucran con la necesidad y los sueños de la gente.

Cuando mi jefa llegó al hospital, venía toda desaliñada, con los ojos hinchados de tanto llorar en el camino.

Se abrazó a mí y nos quedamos ahí, dos mujeres solas contra el mundo, esperando un milagro que se veía muy lejano.

“Mi niña, mi pobrecita niña”, decía mi mamá una y otra vez, mientras apretaba un rosario entre sus manos.

Le conté todo, sin filtros, porque ya no había espacio para mentiras en esa situación tan desesperada.

Le hablé de la lana que mi hermana había ahorrado con tanto sacrificio, de cómo nos engañaron con fotos falsas.

Mi jefa no decía nada, solo miraba al vacío con una tristeza que le nublaba la vista.

“Es que aquí en México si eres pobre, hasta la belleza te la cobran con sangre”, dijo mi mamá después de un rato largo.

Y tenía razón, porque si hubiéramos tenido los miles de pesos que cobran en las clínicas de Polanco, esto no habría pasado.

Pero no, nosotros somos de los que nos partimos el lomo diario para apenas ir pasándola.

Y mi hermana, en su afán de querer saltarse la fila, de querer ser alguien en este sistema que te ignora, cayó en la trampa.

Vino un enfermero a decirnos que necesitábamos comprar unos medicamentos que el hospital no tenía.

Eran carísimos, una lana que no teníamos en ese momento ni vendiendo todas las máquinas de la estética.

“No se preocupen, yo veo cómo le hago, pero salven a mi hermana”, les dije, aunque por dentro no sabía de dónde iba a sacar tanto dinero.

Salí del hospital para ir a la estética, a ver si podía vender algunas cosas rápido con los vecinos.

La ciudad ya estaba despertando, la gente iba a sus chambas como si nada hubiera pasado.

Veía los espectaculares de mujeres perfectas en las avenidas y me daban ganas de gritárles que todo era una mentira.

Llegué a la colonia y el aire se sentía pesado, como si el chisme de la tragedia ya estuviera flotando en el ambiente.

Abrí la cortina de metal del negocio y el olor de mi hermana me invadió de nuevo: su perfume de vainilla mezclado con el fijador de cabello.

Me senté en el suelo y me puse a ver las fotos que teníamos pegadas en el espejo, fotos de nosotras dos riendo, comiendo tacos, siendo felices.

¿En qué momento se nos torció el camino de esta manera tan cruel?

Agarré la secadora profesional, las tijeras caras, los tintes que acabábamos de comprar, y los metí en una bolsa.

Fui con doña Mary, la de la tienda, que siempre ha sido buena onda con nosotras.

“Doña Mary, le vengo a ofrecer mis cosas, necesito lana urgente para una cirugía de mi hermana”, le dije con la voz quebrada.

La señora, al ver mi cara de desesperación, me dio lo que tenía en la caja y me dijo que luego le pagara como pudiera.

Regresé al hospital con esa poca feria, pero sabía que era apenas una gota de agua en un incendio forestal.

Entré a la unidad de cuidados intensivos porque me dejaron pasar cinco minutos para verla.

Estaba llena de tubos, su cara hinchada por los medicamentos y el cuerpo cubierto por sábanas blancas.

Ya no parecía ella, parecía una sombra de la mujer valiente y alegre que yo conocía.

Le hablé al oído, le dije que fuera fuerte, que no me dejara sola con toda esta bronca.

“Te prometo que voy a encontrar a ese tipo, carnala, te juro que va a pagar por lo que te hizo”, le susurré mientras le apretaba la mano.

Saliendo de ahí, vi a dos policías que estaban preguntando por el caso en la recepción.

Me acerqué a ellos y les conté todo lo que sabía, les di la dirección de la casa vieja donde fue la operación.

“Mire, señorita, esos lugares son nidos de ratas, los quitan un día y los ponen en otro lado al día siguiente”, me dijo uno de ellos.

“Pero vamos a ir a checar, a ver si dejaron algún rastro”.

Yo sabía que eso era puro cuento, que la justicia en este país a veces se tarda tanto que ya ni sirve.

Pero no me iba a quedar de brazos cruzados, algo tenía que hacer para que ese “doctor” no dañara a nadie más.

Regresé con mi jefa y nos sentamos a esperar de nuevo, mientras el sol empezaba a calentar el asfalto.

Cada vez que se abría la puerta de urgencias, se me saltaba el corazón pensando que eran malas noticias.

A media mañana, salió una enfermera buscando a los familiares de mi hermana.

“La paciente entró en choque séptico, necesitamos que firmen estos papeles para otra intervención de emergencia”, nos dijo con prisa.

Mi mamá firmó con la mano temblorosa, apenas pudiendo sostener la pluma.

Vimos cómo se llevaban otra vez la camilla hacia los quirófanos, y el presentimiento negro volvió a instalarse en mi pecho.

“Virgencita, tú que sabes lo que es sufrir por un hijo, no me la quites”, rezaba mi mamá en un rincón.

Yo me puse a pensar en todos esos videos que mi hermana veía, donde todo era color de rosa y las recuperaciones eran mágicas.

Nadie te dice que te pueden meter aceite de motor en las nalgas.

Nadie te dice que puedes terminar en un hospital público peleando por cada respiro.

Nadie te dice que el precio de la belleza puede ser tu propio entierro.

Me dio un coraje tan grande que empecé a escribir en mi Facebook lo que estaba pasando, para advertir a todas las chavas.

“No lo hagan, por favor, no caigan en esas ofertas de clínicas clandestinas”, escribí con los ojos llenos de lágrimas.

Empezaron a llegar comentarios de gente de la colonia, algunos dándome ánimos y otros juzgando a mi hermana.

“¿Para qué se hace eso? ¿Qué no sabe que es peligroso?”, ponían algunos, y me daban ganas de ir a buscarlos y decirles que no tienen corazón.

Mi hermana solo quería ser feliz, quería dejar de sentirse menos, y eso no es un crimen.

El crimen lo cometió el que le vendió la m*erte disfrazada de sueño.

Hacia la tarde, el doctor volvió a salir, pero esta vez no traía papeles ni prisa.

Traía esa mirada de derrota que los médicos ponen cuando ya no hay nada más que hacer por la ciencia.

“Hicimos todo lo posible, pero la infección ya está en la sangre y los órganos están fallando uno tras otro”, nos dijo bajito.

Mi mamá se desplomó en el suelo, soltando un grito que se oyó en todo el hospital.

Yo me quedé petrificada, sintiendo cómo el mundo se ponía en cámara lenta.

No podía ser cierto, mi carnala no podía morir así, de una forma tan absurda y dolorosa.

Me dejaron pasar a despedirme, porque ya era cuestión de tiempo para que su corazón se cansara de luchar.

Entré a ese cuarto y el olor a m*erte era ya innegable, mezclado con ese químico amarillo que seguía supurando.

Le besé la frente, le dije que se fuera tranquila, que yo iba a cuidar de nuestra jefa.

Le prometí que su nombre no se iba a quedar como una cifra más en las estadísticas de las cirugías fallidas.

Vi cómo el monitor de su ritmo cardíaco empezaba a marcar líneas cada vez más planas.

Piiiii… el sonido largo y constante me anunció que mi hermana ya no estaba en este mundo de m*erda.

Me salí del cuarto antes de que la taparan con la sábana blanca, porque quería recordarla viva.

Quería recordarla peinando a las señoras, riéndose de sus propios chistes, soñando con un futuro mejor.

Salí al pasillo y vi a mi mamá hecha un ovillo en la silla, y supe que a partir de ese momento, mi vida nunca volvería a ser la misma.

Teníamos que ver lo del funeral, y ni para eso teníamos lana, porque todo se lo había llevado el maldito doctor.

Salí del hospital con la cabeza dando vueltas, sin saber ni a dónde ir.

Caminé por las calles de la ciudad, sintiéndome como un fantasma entre la gente viva.

Llegué a la estética y vi que alguien había dejado una veladora en la puerta, seguramente algún vecino que se enteró.

La luz de la vela parpadeaba con el viento, igual que se apagó la vida de mi carnala.

Me senté en el suelo de la estética, rodeada de los espejos que ahora solo reflejaban mi soledad.

Y ahí, entre el llanto y la rabia, juré que ese doctor no se iba a salir con la suya.

No me importaba si tenía que remover cielo, mar y tierra, pero ese desgraciado iba a pagar.

Saqué mi libreta donde anotábamos las citas de las clientas y empecé a escribir los nombres de todas las personas que mi hermana mencionó.

Tenía que haber un rastro, una pista, algo que me llevara hasta ese escondite de m*erte.

Recordé que ella mencionó a una chava, una tal “Vane”, que fue la que le pasó el contacto del doctor.

“Esa Vane sabe algo”, pensé, y me propuse encontrarla antes de que fuera demasiado tarde.

Pero mientras buscaba entre sus cosas en la casa, encontré algo que me dejó helada.

Era un diario secreto de mi hermana, donde escribía todos sus miedos y sus planes.

Al abrirlo en la última página, vi un nombre que no esperaba ver ahí.

Un nombre que lo cambiaba todo y que me hacía darme cuenta de que la traición estaba mucho más cerca de lo que yo pensaba.

Sentí un escalofrío que me recorrió toda la espalda al leer esas palabras escritas con su letra redondita.

“Nati no sabe que esto no es solo por mí, es por protegerla a ella también”, decía el texto.

¿Protegerla de qué? ¿De quién?

La intriga me empezó a comer por dentro mientras las lágrimas seguían cayendo sobre el papel.

Me di cuenta de que mi hermana no solo estaba buscando belleza, estaba huyendo de algo o de alguien.

Y ese doctor, ese carnicero, era solo una pieza de un rompecabezas mucho más grande y peligroso.

Miré por la ventana y vi un carro negro estacionado afuera de la casa, un carro que no era de la colonia.

Sentí que me estaban vigilando, que el peligro que se llevó a mi hermana ahora venía por mí.

Cerré el diario y lo escondí en mi blusa, sintiendo el frío del papel contra mi piel.

Tenía que salir de ahí, tenía que moverme antes de que fuera la siguiente en la lista.

Pero a dónde ir, si en este país a veces no hay lugar seguro para los que no tienen dinero ni poder.

Agarré una mochila vieja y eché lo poco que pude, mientras mi mente no paraba de repetir ese nombre que leí en el diario.

Un nombre que me vinculaba con un pasado que yo creía olvidado y que ahora regresaba para cobrarme la factura más cara.

Híjole, qué bronca me esperaba, y yo aquí sola, con el alma rota y el corazón lleno de luto.

Pero por mi hermana, por su memoria y por su sacrificio, no me iba a rendir.

Iba a descubrir la verdad, aunque esa verdad me terminara de destruir a mí también.

Salí por la puerta de atrás, igual que el doctor, pero yo no huía para esconderme, huía para cazar.

Y juro por Dios y por la Virgencita que ese nombre en el diario no se iba a quedar impune.

Porque en México la m*erte tiene muchas caras, y yo estaba a punto de ver la más fea de todas.

PARTE 3

El ataúd era de los más baratos, de esos que huelen a barniz fresco y madera corriente, de la que se astilla nada más con verla.

Estábamos ahí, en la funeraria “La Paz”, que de paz no tenía nada porque se oía todo el ruido de los camiones pasando por la avenida.

Mi jefa estaba sentada en una silla de plástico, de esas que anuncian refrescos, meciéndose de un lado a otro como si estuviera arrullando un dolor que ya no cabía en su cuerpo.

No dejaba de apretar su rosario, ese de cuentas de madera que ya están gastadas de tanto rezar por milagros que nunca llegaron.

El olor del café de olla se mezclaba con el de las flores blancas, que ya se estaban marchitando por el calor tan perro que hacía esa tarde.

Híjole, ver a mi carnala ahí metida, tan tiesa, tan diferente a la chava llena de vida que era hace apenas unos días, me estaba rompiendo por dentro.

La gente de la colonia entraba y salía, nos daban el pésame con esa cara de lástima que a veces cala más que un insulto.

“Lo siento mucho, Nati, ella era una buena muchacha”, me decían, pero yo sentía que sus palabras eran puras mentiras de compromiso.

En el fondo, yo sabía lo que estaban murmurando afuera, mientras se echaban su pan de dulce y su cigarro.

“Se murió por vanidosa”, “Eso le pasa por querer ser lo que no es”, decían las lenguas de doble filo de la vecindad.

Me daban ganas de salir y gritarles que se callaran, que nadie sabía la m*erda que ella estaba cargando sola.

Pero no tenía fuerzas, sentía que las piernas me pesaban como si trajera botas de plomo.

Traía el diario de mi hermana escondido en la cintura, apretado contra mi piel, y sentía que el papel me quemaba.

Ese nombre, “Don Goyo”, no dejaba de dar vueltas en mi cabeza como un zumbido de mosca miona que no te deja en paz.

Don Goyo es el que mueve todo el jale pesado aquí en la zona, el que presta lana con intereses que te terminan quitando hasta la risa.

¿Qué tenía que ver él con la cirugía de mi carnala? ¿Por qué ella decía que estaba “protegiéndome”?

Me puse a pensar en todas las veces que la vi nerviosa cuando pasaba una camioneta negra por la estética.

O en esas llamadas que contestaba susurrando, encerrada en el baño, mientras yo pensaba que era algún novio nuevo.

Qué tonta fui, neta que qué tonta, por no haberme dado cuenta de que mi propia sangre estaba caminando sobre brasas.

De repente, la puerta de la funeraria se abrió y entró una ráfaga de aire caliente que hizo que las flamas de las veladoras bailaran feo.

Era la Vane, la chava que le pasó el contacto del carnicero ese que se decía doctor.

Venía toda ojerosa, con la cara pálida y caminando medio raro, como si le doliera cada paso que daba.

Se acercó al ataúd y se quedó mirando a mi hermana un buen rato, sin decir ni una sola palabra.

Yo me levanté de la silla, sintiendo que la sangre se me subía a la cabeza de puro coraje.

“¿Qué haces aquí, Vane?”, le solté, tratando de que mi jefa no se diera cuenta de la bronca que se estaba armando.

Vane me miró y vi que sus ojos estaban llenos de un miedo que yo conocía muy bien, un miedo de esos que no te dejan dormir.

” Vine a despedirme, Nati… yo no quería que esto pasara, te lo juro por mi madre”, me dijo con la voz temblorosa.

La agarré del brazo y la saqué al estacionamiento, lejos de los oídos curiosos de las doñitas chismosas.

“Dime la neta, Vane, ¿quién es ese doctor y por qué mi hermana tenía el nombre de Don Goyo en su diario?”, le pregunté apretándole el brazo.

Ella soltó un quejido y se agarró la cadera, justo donde se supone que también se había hecho el arreglito.

“No mames, Nati, suéltame que me duele… yo también estoy mal, siento que por dentro traigo lumbre”, me confesó llorando.

Me fijé bien y vi que ella también tenía esa hinchazón rara, esa forma deforme que le quedó a mi carnala antes de morir.

“¿Tú también te pusiste esa porquería?”, le pregunté con asco y lástima a la vez.

Ella asintió, secándose las lágrimas con la manga de su chamarra mugrosa.

“No teníamos lana, Nati… Don Goyo nos ofreció el jale… nos dijo que si aceptábamos probarnos el ‘producto’ nuevo, nos perdonaba la deuda de la estética”, soltó de golpe.

Sentí que el mundo se me ponía de cabeza, como si me hubieran dado un madrazo en la boca del estómago.

“¿Cuál producto, Vane? ¿De qué hablas?”, le pregunté, aunque en el fondo ya empezaba a sospechar la m*erda en la que estaban metidas.

Vane se fijó para todos lados, asegurándose de que nadie nos estuviera viendo ni escuchando.

“Ese doctor no es cirujano, es un químico que trabaja para la gente de allá arriba”, susurró con la cara pegada a la mía.

“Están probando una sustancia nueva para transportar m*rcancía dentro del cuerpo, algo que no detecten las máquinas de los aeropuertos”.

“Nos dijeron que era una lipo normal, que solo nos iban a meter un relleno especial que luego se deshacía”.

“Pero la m*rcancía se empezó a filtrar, Nati… por eso tu hermana explotó por dentro”.

Sentí que me iba a desmayar ahí mismo, entre los carros viejos y el olor a gasolina de la avenida.

Mi hermana no murió por vanidad, murió siendo un conejillo de indias para unos malditos narcos.

Ella aceptó ese riesgo para que no nos quitaran el negocio, para que Don Goyo no viniera a cobrarnos con sangre la lana que debíamos.

“¿Y por qué no me dijo nada?”, grité, perdiendo los estribos, mientras Vane me tapaba la boca con su mano fría.

“Cállate, que nos van a oír… Don Goyo tiene ojos en todos lados, Nati, hasta aquí en el velorio debe haber alguien checando”.

En ese momento, recordé el carro negro que vi afuera de mi casa y el que estaba ahora estacionado a media cuadra de la funeraria.

Eran ellos. Estaban esperando a ver si mi hermana le había dicho algo a alguien antes de m*rir.

“Vane, tienes que ir a la policía, diles lo que pasó, diles quién es ese tipo”, le supliqué, pero ella solo negó con la cabeza.

“¿Estás loca? Si abro la boca, amanezco en una bolsa de basura mañana mismo… y tú también deberías tener cuidado”.

Vane se dio la vuelta y se fue caminando a prisa, perdiéndose entre la gente que caminaba por la banqueta.

Me quedé ahí parada, sola, sintiendo que el aire de la Ciudad de México me estaba envenenando los pulmones.

Regresé al velorio y vi a mi jefa acariciando el cristal del ataúd, despidiéndose de su niña sin saber la verdad tan puerca que había detrás.

Me senté a su lado y le tomé la mano, sintiendo que yo también era una m*erta en vida a partir de ese momento.

¿Cómo iba a enterrar a mi hermana sabiendo que adentro de ella había restos de esa porquería que la mató?

¿Cómo iba a ir a la policía si Don Goyo compraba a los comandantes como si fueran cacahuates?

Saqué el diario otra vez y busqué la página donde estaba el nombre del tipo.

Debajo de “Don Goyo”, había un número de teléfono y una dirección en una bodega de la zona industrial de Vallejo.

“Mañana después del entierro, voy a ir a esa dirección”, pensé, aunque sabía que me estaba metiendo en la boca del lobo.

No podía dejar que el sacrificio de mi carnala fuera en vano, no podía dejar que esos tipos siguieran usando a chavas como nosotras.

Llegó la hora de cerrar la caja y el grito de mi mamá se me quedó grabado en el alma para siempre.

Fue un grito seco, de esos que te dicen que ya no hay retorno, que la vida se rompió y no hay pegamento que la arregle.

Subimos el ataúd a la carroza, una vieja camioneta que rechinaba en cada bache, y nos fuimos camino al panteón.

El camino se me hizo eterno, veía pasar los puestos de tacos, las vulcanizadoras, los niños jugando en la calle, y todo me parecía tan irreal.

Llegamos al cementerio y el sol estaba en todo su apogeo, quemándonos la piel mientras caminábamos entre las tumbas.

Elegimos un lugar cerca de un árbol de pirul, para que al menos tuviera un poco de sombra en su descanso eterno.

Mientras los sepultureros echaban las paladas de tierra, sentí que cada golpe de tierra contra la madera era un clavo en mi propia tumba.

“Adiós, carnala… te juro que esto no se queda así”, susurré mientras echaba un puño de tierra sobre el féretro.

Cuando terminamos, mi jefa apenas podía caminar, así que la llevé a la casa de mi tía para que descansara un poco.

“Quédate aquí, ma, voy a la estética a cerrar bien y a recoger unas cosas”, le mentí, tratando de que no viera el fuego que traía en los ojos.

Me subí al metro, apretujada entre la gente que venía de la chamba, sintiendo que el diario en mi pecho me daba la fuerza que me faltaba.

Llegué a la estación de Vallejo y caminé por esas calles llenas de tráileres y bodegas grises que parecen laberintos.

El corazón me latía a mil por hora, sentía que cada paso que daba era un paso hacia el abismo.

Llegué a la dirección que decía el diario, una bodega que por fuera se veía abandonada, con los vidrios rotos y grafiti en las paredes.

Me asomé por una rendija de la puerta de lámina y lo que vi me hizo que se me helara la sangre.

Había mesas llenas de instrumental médico, pero también básculas de precisión y bolsas de polvo blanco.

Y ahí, sentado en un escritorio de metal, estaba el “doctor” Magic, riéndose con otros tres tipos que se veían bien pesados.

Estaban contando fajos de billetes, de esa lana que mi hermana y otras chavas juntaron con tanto sudor.

“Esa última ‘mula’ nos salió defectuosa, pero el producto se rescató casi todo”, escuché decir al doctor con una frialdad que me dio asco.

“Ni modo, gajes del oficio… Don Goyo dice que busquemos a la hermana, que ella debe saber dónde quedó el resto del pago”.

Me quedé fría. No solo la mataron, sino que ahora pensaban que yo tenía algo que les pertenecía.

Me eché para atrás con cuidado, tratando de no hacer ruido, pero pisé una lata de refresco vacía que hizo un estruendo en el silencio de la calle.

“¡¿Quién anda ahí?!”, gritó uno de los tipos, y escuché cómo se acercaban a la puerta con pasos pesados.

Corrí como si me viniera persiguiendo el mismísimo diablo, sin mirar atrás, metiéndome entre los callejones de la zona industrial.

Llegué a la avenida principal y me subí al primer microbús que pasó, sin importar a dónde fuera.

Me senté hasta atrás, temblando, dándome cuenta de que ya no había marcha atrás.

Ahora yo era la presa, y esos tipos no se iban a detener hasta encontrar lo que buscaban.

Pero ellos no sabían que yo tenía el diario, y que en ese diario mi hermana había escrito algo más que nombres y direcciones.

Había escrito la clave de donde escondió la prueba reina de todas sus porquerías.

Llegué a la estética y cerré la cortina de fierro con doble candado, sintiendo que las paredes se me venían encima.

Empecé a buscar en el lugar que decía el diario: “Detrás del espejo donde se refleja la envidia”.

Era el espejo principal, el que ella más usaba, el que tenía el marco dorado que tanto le gustaba.

Con cuidado, lo despegué de la pared y vi que había un hueco pequeño en el tabique, tapado con un trapo viejo.

Metí la mano y saqué una bolsa de plástico sellada al vacío, llena de ese líquido amarillo que mató a mi hermana.

Pero adentro del líquido, flotaban unas cápsulas pequeñas, negras, que brillaban de una forma extraña bajo la luz.

Esa era la m*rcancía. Esa era la razón por la que mi carnala ya no estaba conmigo.

De repente, escuché que alguien golpeaba la cortina de fierro de la estética con una fuerza que hizo vibrar todo el local.

“¡Natalia! ¡Sabemos que estás ahí! Abre la puerta si no quieres que te vaya peor que a tu hermana”, gritó una voz que reconocí de inmediato.

Era la voz de uno de los tipos de la bodega.

Sentí que el alma se me salía del cuerpo mientras veía cómo la cortina empezaba a doblarse por los golpes.

Estaba atrapada, sin salida, y con la m*rcancía de Don Goyo en mis manos.

Miré hacia la parte de atrás, hacia la pequeña ventana que daba al callejón, pero estaba muy alta y llena de barrotes.

El miedo me estaba paralizando, pero entonces recordé la cara de mi jefa llorando en el panteón.

No les iba a dar el gusto, no iba a dejar que se salieran con la suya tan fácil.

Agarré la bolsa con las cápsulas y el diario, y los metí en una mochila vieja de la chamba.

Busqué algo con qué defenderme y encontré las tijeras de corte profesional, esas que tienen un filo que da miedo.

“Vengan por mí, perros”, susurré, aunque las lágrimas me nublaban la vista.

Los golpes en la puerta se detuvieron por un segundo, y luego escuché el sonido de un motor arrancando afuera.

Pensé que se habían ido, pero luego sentí el olor a gasolina filtrándose por debajo de la puerta.

Híjole, estos infelices pensaban quemar el lugar conmigo adentro para borrar todas las evidencias.

El primer flamazo iluminó la oscuridad de la estética y sentí el calor empezando a lamer las paredes de madera.

El humo negro empezó a llenar el cuarto, haciéndome toser y quemándome los ojos.

Tenía que salir de ahí como fuera, o iba a morir igual que mi hermana, pero hecha cenizas.

Me subí a la silla de peluquería y traté de alcanzar los barrotes de la ventana, pero estaban calientes por el fuego que ya rodeaba el edificio.

“¡Ayuda! ¡Fuego!”, grité, pero sabía que a esa hora la calle estaba sola y nadie me iba a oír.

De pronto, recordé que debajo de la tarima donde lavamos el cabello, había un registro de agua que daba al drenaje viejo.

Era un espacio chiquito, sucio y lleno de ratas, pero era mi única oportunidad de salir con vida.

Levanté las maderas con desesperación, mientras el techo empezaba a crujir y pedazos de yeso caían sobre mi cabeza.

Me metí al agujero justo cuando una viga envuelta en llamas caía sobre el lugar donde estaba parada hace un segundo.

El agua sucia me empapó toda, pero no me importó, solo quería alejarme del infierno que antes era mi hogar.

Gateé por el túnel oscuro, sintiendo cómo los bichos caminaban sobre mis manos, pero el miedo a m*rir quemada era más grande.

Después de lo que parecieron horas, salí a un registro en la calle de atrás, toda llena de lodo y con el olor a humo pegado en la piel.

Vi a lo lejos cómo la estética, el sueño de mi hermana y mío, se consumía en llamas rojas y negras.

Me quedé tirada en la banqueta, llorando en silencio, dándome cuenta de que lo había perdido todo.

Pero todavía tenía la mochila, y en esa mochila tenía el arma que iba a destruir a Don Goyo.

Me levanté como pude, tambaleándome, y caminé hacia la oscuridad de la noche.

Sabía que a partir de ahora, yo ya no era Natalia la peluquera, era alguien más.

Alguien que no tenía nada que perder porque ya se lo habían quitado todo.

Caminé hasta una caseta de policía que estaba a unas cuadras, pero antes de llegar me detuve en seco.

Vi que afuera de la caseta estaba estacionada la misma camioneta negra de la funeraria.

Los policías estaban platicando muy tranquilos con los tipos que acababan de quemar mi negocio.

Ahí entendí que en este juego no había reglas y que no podía confiar en nadie que llevara uniforme.

Me di la vuelta y me perdí entre los callejones, buscando un lugar donde pasar la noche antes de empezar mi propia cacería.

Llegué a un hotel de paso de esos de mala m*erte, de los que cobran por hora y no te piden identificación.

Me encerré en el cuarto, que olía a humedad y a cigarro viejo, y saqué el diario de mi hermana.

Me puse a leerlo desde el principio, buscando cualquier detalle que se me hubiera pasado.

Y fue entonces cuando encontré una foto doblada en la última página, una foto que nunca había visto.

En la foto estaba mi hermana sonriendo, abrazada de un hombre que se me hacía extrañamente conocido.

No era el doctor, ni era uno de los tipos de la bodega.

Era alguien de nuestra propia familia, alguien que se suponía que debía cuidarnos.

Sentí que el corazón se me rompía en mil pedazos otra vez, pero ahora de una forma diferente.

La traición dolía más que el fuego, más que el aceite industrial, más que la m*erte misma.

“Así que fuiste tú”, susurré mientras veía la cara de ese hombre en la foto borrosa.

Ahora entendía por qué mi carnala decía que me estaba protegiendo de algo que yo no podía imaginar.

Me acosté en la cama dura, abrazando la mochila, mientras afuera la lluvia empezaba a caer sobre la ciudad.

Mañana iba a ser un día largo, un día donde la sangre iba a correr de nuevo por estas calles.

Pero esta vez no iba a ser sangre inocente.

Me quedé dormida por puro cansancio, pero mis sueños estaban llenos de explosiones amarillas y gritos en la oscuridad.

Cuando desperté, el sol apenas salía, pintando el cielo de un color naranja que parecía sangre derramada.

Me lavé la cara con el agua helada del lavabo y me miré al espejo.

Ya no reconocía a la mujer que me devolvía la mirada. Tenía los ojos duros, como piedras.

Salí del hotel dispuesta a terminar con todo esto, sin saber que el mayor peligro no estaba en la calle.

Estaba esperándome en el lugar donde menos lo imaginaba, con una sonrisa y los brazos abiertos.

Parte 4

El aire del hotel de paso olía a humedad, a cigarro viejo y a esas promesas rotas que se quedan pegadas en las sábanas de los lugares que cobran por hora.

Me desperté con el cuerpo entumecido, sintiendo el peso de la mochila contra mi pecho como si fuera un yunque de plomo.

Me tomó unos segundos recordar dónde estaba y por qué mi vida se había convertido en una película de terror de esas que pasan a medianoche en la tele.

Luego vi el diario de mi hermana abierto en la mesita de noche y la foto… esa maldita foto que me había quitado el poco aliento que me quedaba.

Ahí estaba el Tío Beto, el hermano menor de mi jefa, el que siempre nos llevaba dulces de chiquitas y nos ayudaba a arreglar las fugas de agua en la estética.

Estaba abrazado de Don Goyo, brindando con una caguama fría, con esa sonrisa de “aquí no pasa nada” que ahora me parecía la máscara de un demonio.

Me cayó el veinte de golpe: la traición no vino de un extraño, vino de nuestra propia sangre.

Sentí un asco que me revolvió las tripas, una mezcla de bilis y coraje que me hizo correr al baño a mojarme la cara con agua helada.

Me miré al espejo y ya no reconocí a la Natalia que se preocupaba por si el tinte le iba a quedar bien a la vecina.

Tenía los ojos inyectados en sangre y una dureza en la cara que me daba hasta miedo a mí misma.

“¿Cómo pudiste, Beto? ¿Cómo pudiste vender a tu propia sobrina?”, susurré mientras las lágrimas se mezclaban con el agua del lavabo.

Entendí que mi hermana no solo estaba ahorrando su lana de la chamba; ella estaba tratando de pagar una deuda que el p*nche Beto había contraído con esos delincuentes.

Ella aceptó ser el conejillo de indias para salvarle el pellejo al tío que tanto quería, y el muy infeliz la dejó morir como si fuera cualquier cosa.

Híjole, el dolor de la m*erte es gacho, pero el de la traición te quema por dentro hasta dejarte hecha cenizas.

Me puse mi sudadera con gorro, me amarré bien las agujetas de los tenis y guardé el diario y la bolsa con la “m*rcancía” en lo más profundo de la mochila.

Sabía que no podía ir con la policía, no después de ver la camioneta de Don Goyo afuera de la caseta ayer.

En este país, a veces la justicia es un lujo que los pobres no podemos pagar, y menos cuando los malos tienen a los uniformados en la nómina.

Salí del hotel con el corazón latiendo como un tambor loco, sintiendo que cada persona que pasaba a mi lado me estaba vigilando.

La Ciudad de México se sentía diferente hoy; los ruidos de los cláxones, el gritadero de los vendedores y el humo de los camiones me aturdían.

Me subí al Metro, buscando perderme entre la multitud que va apretujada hacia sus trabajos, todos con la mirada perdida en sus propios problemas.

Me bajé en una estación cerca de la colonia, pero no me acerqué a mi casa; sabía que ahí me estarían esperando para terminar el trabajo.

Me fui directo al taller mecánico del Tío Beto, un local escondido en una calle llena de baches y perros callejeros que ladran por todo.

Desde lejos vi su camioneta vieja, esa que siempre estaba goteando aceite, estacionada afuera.

Sentí un escalofrío que me recorrió toda la espalda, pero no me detuve; el coraje era más grande que el miedo.

Me acerqué por el callejón de atrás, sorteando los montones de basura y las piezas de motores oxidadas que estaban tiradas por doquier.

Me asomé por una ventana rota y ahí lo vi: el Tío Beto estaba sentado en una silla de madera, fumando con las manos temblorosas.

Se veía acabado, con unas ojeras que le llegaban hasta la mitad de los cachetes y el pelo todo revuelto.

“¡Beto!”, grité mientras entraba al taller, tirando una cubeta de metal que hizo un estruendo horrible.

Él saltó de la silla como si le hubieran dado un toque eléctrico y se puso pálido, pálido como un muerto.

“¡Natalia! ¿Qué haces aquí, m’hija? Estás toda llena de lodo… me dijeron que la estética se había quemado”, tartamudeó mientras trataba de esconder un sobre que tenía en la mesa.

“No me digas ‘m’hija’, infeliz. Ya vi la foto, ya leí el diario de mi hermana”, le solté mientras me acercaba a él con las tijeras de la estética en la mano.

Él empezó a sudar a mares, de ese sudor frío que sale cuando sabes que ya te cargó el payaso.

“Nati, escúchame, las cosas no son como parecen… yo solo quería ayudarlas, Don Goyo me tenía amenazado”, decía mientras retrocedía hacia una pila de llantas.

“¿Ayudarnos? ¡La mataste, Beto! ¡Dejaste que ese carnicero le metiera veneno en el cuerpo por tu p*nche deuda de juego!”, grité con una voz que ni yo misma reconocía.

Me abalancé sobre él, pero el muy cobarde me empujó y salió corriendo hacia la oficina del taller, cerrando la puerta con llave.

“¡Abre la puerta, Beto! ¡Dime la verdad si todavía te queda un poquito de m*dre!”, golpeaba yo la madera vieja con toda mi alma.

Desde adentro escuché que estaba marcando por teléfono, hablando bajito y desesperado.

“¡Ya está aquí! ¡Natalia está en el taller! Vengan por ella antes de que haga una tontería”, decía el traidor.

Se me heló la sangre. Estaba llamando a la gente de Don Goyo. Estaba entregándome a mí también.

No me lo pensé dos veces y salí corriendo del taller hacia la calle principal, justo cuando una camioneta negra daba la vuelta en la esquina rechinando las llantas.

Eran ellos. El pnche Dr. Magic y los gorilas de Don Goyo venían por su mrcancía y por mi cabeza.

Corrí como si mis piernas fueran resortes, metiéndome entre los puestos del mercado que apenas se estaban instalando.

Escuché los gritos de los tipos detrás de mí, tirando huacales de fruta y empujando a la gente sin importarles nada.

“¡Párenla! ¡Se robó algo!”, gritaban para que la gente pensara que yo era la ratera.

Me metí por un pasillo lleno de ropa de paca, sintiendo que los pulmones me iban a estallar de tanto correr.

Llegué a una unidad habitacional de esas que son como laberintos de cemento, con tendederos llenos de ropa y niños jugando en los patios.

Subí las escaleras de uno de los edificios de tres en tres, buscando una azotea o algún lugar donde esconderme.

Llegué hasta el techo y me di cuenta de que estaba atrapada; no había más escaleras y los tipos ya estaban entrando al edificio.

Me asomé por la orilla y vi la ciudad extendiéndose hasta el horizonte, gris y ajena a mi tragedia.

Sentí que el aire se me terminaba y que el final estaba cerca, pero entonces vi algo que me dio una chispita de esperanza.

Había una conexión entre las azoteas de los edificios, unas tablas de madera que los vecinos ponían para pasar de un lado a otro.

Me subí a la barda, temblando de miedo, y empecé a cruzar la tabla mientras el viento soplaba fuerte.

“¡Ahí está! ¡Súbanse por el otro lado!”, escuché el grito de uno de los gorilas desde el patio.

Llegué al otro edificio y bajé por la escalera de servicio, rogándole a todos los santos que no me encontraran de frente.

Salí por la parte de atrás de la unidad y vi una patrulla estacionada, pero recordé la camioneta negra y mejor me seguí de largo.

No podía confiar en nadie, neta que en nadie, ni siquiera en los que se supone que están para cuidarnos.

Llegué a una parada de microbús y me subí al primero que vi, sin preguntar a dónde iba, solo quería alejarme de ahí.

Me senté hasta atrás, tapándome la cara con el gorro de la sudadera, tratando de controlar mi respiración.

Saqué la mochila y chequé que todo estuviera ahí: el diario, las cápsulas y el líquido amarillo.

Ese líquido que parecía oro molido pero que en realidad era m*erte líquida.

Me puse a pensar en mi jefa, en lo que iba a pasar con ella si a mí también me pasaba algo.

Tenía que encontrar a alguien que no estuviera comprado, alguien que tuviera el valor de enfrentar a Don Goyo.

Recordé que una clienta de la estética, la licenciada Martha, siempre decía que ella trabajaba en derechos humanos y que ayudaba a mujeres en problemas.

Busqué su contacto en el celular de mi hermana, que todavía traía conmigo aunque ya casi no tenía pila.

Por suerte, el número estaba guardado como “Lic. Martha Estética”.

Le mandé un mensaje rápido: “Licenciada, soy Natalia la de la estética. Me están persiguiendo los que mataron a mi hermana. Tengo pruebas. Ayúdeme por favor”.

Pasaron unos minutos que se me hicieron eternos hasta que el celular vibró.

“Natalia, no vayas a ningún lado público. Te mando una ubicación de una casa de seguridad. Llega ahí como puedas. No confíes en nadie más”, decía el mensaje.

Sentí un alivio momentáneo, pero sabía que el camino hacia esa ubicación iba a ser una carrera contra el tiempo.

El microbús avanzaba lento por el tráfico de la tarde, y cada vez que se detenía yo sentía que me iba a dar algo.

De repente, vi por el espejo retrovisor que la camioneta negra venía unos carros atrás, abriéndose paso entre los carriles.

“¡Jefe, bájeme aquí, por favor!”, le grité al chofer mientras el microbús todavía estaba en movimiento.

Me bajé de un salto y me metí a una plaza comercial grandota, de esas que tienen cines y un chorro de tiendas.

Había mucha gente, familias paseando, chavitos comiendo helado… un mundo normal que yo ya sentía muy lejos.

Me metí al baño de mujeres y me encerré en uno de los cubículos, tratando de pensar en mi siguiente movimiento.

Escuché que la puerta del baño se abría y unos pasos pesados entraron. No eran pasos de mujer.

“Natalia… sabemos que estás aquí. Entréganos la bolsa y te dejamos ir, te lo juro por mi vida”, dijo una voz que conocía demasiado bien.

Era el Dr. Magic. Su voz sonaba suave, pero yo sabía que detrás de esa suavidad había un m*ustro.

“Si nos das las cápsulas, Don Goyo te perdona la vida y te da una lana para que te vayas con tu jefa lejos de aquí”, seguía diciendo mientras golpeaba despacito las puertas de los baños.

Yo me quedé calladita, abrazando la mochila contra mi pecho, sintiendo el frío del piso de azulejo.

“Piénsalo, Nati. Tu hermana ya no va a regresar, pero tú todavía tienes una oportunidad. ¿Para qué quieres esas cápsulas? No te sirven de nada”, decía mientras se acercaba a mi cubículo.

Vi sus zapatos relucientes por debajo de la puerta del baño y sentí que el corazón se me iba a salir por la boca.

En ese momento, se escuchó un alboroto afuera del baño, gente gritando y el sonido de radios de policía.

“¡Seguridad! ¡Hay un hombre armado en el baño de mujeres!”, gritó alguien desde el pasillo.

El Dr. Magic soltó una maldición y escuché cómo salía corriendo a toda prisa.

Aproveché el caos para salir del baño y mezclarme con la gente que corría hacia las salidas de la plaza.

Logré salir por la puerta del estacionamiento y tomé un taxi que acababa de dejar a alguien.

Le di la dirección que me mandó la licenciada Martha y le pedí que se fuera por las calles de adentro para evitar el tráfico.

El taxista me miraba raro por el espejo, pero no dijo nada; en esta ciudad la gente ya está acostumbrada a ver cosas raras.

Llegamos a una colonia tranquila, de esas que tienen árboles en las banquetas y casas con rejas altas.

Me bajé frente a una casa blanca que no tenía número, pero la licenciada Martha ya me estaba esperando en la puerta.

“¡Natalia! Pásale rápido”, me dijo mientras me jalaba hacia adentro y cerraba la puerta con mil candados.

Me llevó a una sala pequeña donde había otra mujer y un hombre que se veía muy serio, sentado frente a una computadora.

“Ellos son de la fiscalía especial, son gente de confianza, Nati. Cuéntales todo y enséñales lo que traes”, me dijo Martha mientras me servía un vaso de agua.

Saqué la mochila y puse todo sobre la mesa: el diario, las fotos, el líquido amarillo y las cápsulas negras.

El hombre de la fiscalía se puso unos guantes de látex y examinó las cápsulas con mucho cuidado.

“Híjole… esto es lo que hemos estado buscando por meses”, dijo con una voz sombría.

“Es un polímero sintético que no detectan los escáneres, y adentro trae una nueva droga que está pegando fuerte en el extranjero”.

“Lo que le hicieron a tu hermana fue usarla como una incubadora humana para procesar el químico con el calor del cuerpo”.

Sentí que me iba a desmayar. No solo la mataron, sino que la usaron como si fuera una pnche fábrica de mgre.

“Tenemos suficiente para ir tras Don Goyo y ese carnicero, pero necesitamos que tú seas nuestra testigo estrella, Natalia”, me dijo la otra mujer.

“Pero tienes que saber que esto es peligroso. Una vez que declares, ya no habrá vuelta atrás”.

Miré el diario de mi hermana, la foto del Tío Beto y recordé su grito en el hospital cuando se estaba rompiendo por dentro.

“Lo voy a hacer. Quiero que paguen por cada gota de dolor que nos hicieron sentir”, dije con una determinación que me salió del alma.

Me llevaron a un cuarto seguro en la parte de arriba para que descansara un poco antes de ir a declarar formalmente.

Me acosté en la cama y por primera vez en días sentí que podía cerrar los ojos sin que el miedo me despertara a los cinco minutos.

Pero justo cuando estaba a punto de quedarme dormida, escuché un ruido extraño afuera de mi ventana.

Como si alguien estuviera tratando de forzar la cerradura con un alambre.

Me levanté despacito y me asomé por la cortina, pero no vi a nadie en la calle.

Luego miré hacia abajo, hacia el patio de la casa, y vi una sombra que me hizo dar un salto de terror.

Era el Tío Beto. Estaba ahí parado, con un arma en la mano, mirándome directo a los ojos.

“Perdóname, Natalia, pero si tú hablas, yo estoy m*erto”, me dijo con una voz que parecía venir desde el mismo infierno.

Levantó el arma y yo me tiré al piso justo cuando se escuchó el primer estallido que rompió el cristal de la ventana.

La pesadilla no se había terminado. Apenas estaba empezando la parte más sangrienta de todo esto.

Parte 5

El estallido del vidrio fue como si el cielo se estuviera rompiendo encima de mi cabeza en mil pedazos de cristal.

Me tiré al piso de alfombra, sintiendo cómo las astillas me rozaban los brazos y el aire se llenaba de ese olor a pólvora que te pica la nariz.

Híjole, nunca pensé que el sonido de un balazo se sintiera tan adentro, como un golpe seco en el estómago que te deja sin aire.

“¡Natalia, al suelo! ¡No te muevas!”, gritó el hombre de la fiscalía mientras sacaba su arma y se arrastraba hacia la ventana.

Yo estaba hecha un ovillo, tapándome las orejas, con el diario de mi carnala apretado contra mi pecho como si fuera un escudo.

Escuché otro impacto y luego el grito de Martha pidiendo que llamaran a los refuerzos por el radio.

Afuera, la voz del Tío Beto se oía ronca, desesperada, como la de un animal herido que ya no tiene a dónde correr.

“¡Entrégame la mochila, Nati! ¡Si no lo haces, Don Goyo va a m*tar a mi familia!”, gritaba el muy infeliz desde el patio.

¿Su familia? ¿Y qué éramos nosotras, Beto? ¿A poco mi hermana no era tu sobrina, tu propia sangre?

El coraje me dio una fuerza que no sabía que tenía y me asomé por debajo del marco de la ventana, con los ojos empañados por las lágrimas.

Lo vi ahí abajo, temblando, con la pistola apuntando hacia arriba, pero sus ojos estaban vacíos, llenos de un miedo que me dio asco.

“¡Ya la m*taste a ella, Beto! ¡Ya no tienes nada que perder porque ya perdiste tu alma!”, le grité con toda la rabia que traía guardada.

En ese momento, las sirenas empezaron a oírse a lo lejos, ese sonido de la ley que aquí en México a veces tarda, pero que esa noche llegó como un milagro.

Beto se dio cuenta de que ya no tenía salida y trató de brincar la barda trasera, pero los agentes ya lo tenían rodeado.

Escuché el grito de “¡Quieto! ¡Suelte el arma!”, y luego un forcejeo que terminó con el sonido de las esposas cerrándose.

Me quedé ahí sentada en el piso, temblando de pies a cabeza, mientras Martha se acercaba a abrazarme.

“Ya pasó, Natalia. Ya está a salvo. Ahora vamos por los peces gordos”, me susurró mientras me ayudaba a levantarme.

Esa misma noche, con la información del diario y las muestras que yo había rescatado del fuego, la fiscalía armó un operativo de esos que solo ves en las noticias.

Me llevaron en una camioneta blindada, con el rostro cubierto, para identificar la bodega en Vallejo antes de que se pelaran.

Llegamos y aquello parecía zona de guerra: luces rojas y azules por todos lados, hombres con chalecos antibalas y armas largas.

Vimos cómo sacaban al Dr. Magic, que ya no se veía tan limpio ni tan prepotente; iba lloriqueando, diciendo que él solo era un empleado.

“¡Tú le metiste veneno a mi hermana!”, le grité cuando pasaron junto a la camioneta, y el muy cobarde bajó la mirada al suelo.

Luego sacaron a Don Goyo, un señor gordo, con traje caro, que caminaba como si todavía fuera el dueño de la calle.

Pero cuando vio a los agentes de la fiscalía federal, su cara de jefe se le desmoronó por completo.

Encontraron de todo en esa bodega: más cápsulas, tambos de aceite industrial y fotos de otras chavas que estaban en la lista de espera.

Neta que se me revolvió el estómago de pensar cuántas vidas más se iban a m*tar en esa mesa de operaciones mugrosa.

Pasaron las semanas y el proceso legal fue un infierno de declaraciones, careos y amenazas que me llegaban por mensajes anónimos.

Pero no me rajé, ni una sola vez.

Fui a declarar contra el Tío Beto, y verlo ahí en el banquillo, con el uniforme naranja, me dio una tristeza que no puedo explicar.

Mi jefa, su propia hermana, no quiso ir al juicio; se quedó en la casa, prendiéndole veladoras a la foto de mi carnala y llorando en silencio.

“¿Por qué lo hizo, Nati? Éramos su familia”, me preguntaba siempre con esa voz quebrada que me parte el alma.

Yo no tenía respuestas, solo sabía que la ambición y el dinero fácil son una enfermedad que pudre hasta los corazones más cercanos.

A Don Goyo y al Dr. Magic les dieron una sentencia pesada, de esas que te aseguran que no van a volver a ver la luz del sol en muchos años.

Pero el daño ya estaba hecho. La estética se quemó por completo, nuestras cosas se volvieron ceniza y mi hermana… ella nunca iba a volver.

Traté de regresar a la vida normal, de buscar chamba en otros salones, pero la gente me miraba raro, como si yo tuviera la culpa de la tragedia.

En la colonia los chismes no paraban, que si éramos narcos, que si andábamos en malos pasos, la gente siempre habla sin saber.

Un día, caminando por el centro, vi a una chava que llevaba un volante de una clínica de cirugía plástica “económica”.

Sentí un frío que me recorrió todo el cuerpo y me acerqué a ella para decirle que lo tirara, que no creyera en esas mentiras.

La chava me miró como si yo estuviera loca, pero cuando le enseñé la cicatriz que me quedó en el brazo por el cristal roto, se quedó callada.

Ahí fue cuando entendí que mi misión no había terminado con el juicio.

Tenía que contar esta historia, así de cruda, así de gacha, para que ninguna otra familia pasara por lo que nosotros pasamos.

Me puse a escribir todo en este Facebook, con las manos temblando, recordando cada detalle que me dolía como una herida abierta.

Híjole, ha sido el proceso más difícil de mi vida, revivir la m*erte de mi hermana letra por letra.

Pero si esto sirve para que una sola morra lo piense dos veces antes de meterse a un lugar clandestino, entonces todo habrá valido la pena.

Nuestra belleza no está en una talla de pantalón ni en lo que digan las redes sociales, chavas.

Nuestra belleza está en seguir vivas, en poder abrazar a nuestra jefa, en poder caminar por la calle sin miedo a que el cuerpo se nos rompa por dentro.

Mi hermana murió buscando una perfección que no existe, vendida por un carnicero y un tío traidor.

Hoy, la silla de la estética sigue vacía en mis sueños, pero mi voz está más fuerte que nunca.

No dejen que les vendan la m*erte disfrazada de sueño, por favor se los pido de todo corazón.

Justicia para mi carnala, justicia para todas las que no pudieron contar su historia.

Aquí termina este relato que me costó tantas lágrimas, pero que me devolvió un poquito de paz.

Gracias a los que leyeron hasta el final, a los que compartieron mi dolor y a los que ahora van a cuidar mejor a sus hijas y hermanas.

La vida es un regalo muy valioso como para dejarla en manos de gente sin escrúpulos por un poquito de vanidad.

Me retiro a cuidar a mi jefecita, que todavía me necesita, y a tratar de reconstruir lo que el fuego y la traición se llevaron.

Pero siempre con la frente en alto, porque la verdad nos hizo libres, aunque nos costara la mitad del alma.

Dios los bendiga a todos y cuídense mucho, que el peligro a veces está a la vuelta de un “clic” o de una mala decisión.

Hasta siempre, carnala, espero que allá arriba donde estés, ya no sientas ese dolor y que por fin te veas tan hermosa como siempre fuiste para mí.