PARTE 1: LAS REINAS DEL SILENCIO
La neta, yo pensé que ya la había armado en la vida.
Crecí en un barrio donde la lana siempre faltaba, donde mi jefita se partía el lomo vendiendo tamales para que no nos faltara un taco.
Por eso, cuando conocí a Roberto, sentí que Diosito por fin me había escuchado.
Él no era un tipo cualquiera; tenía esa presencia que impone, ¿saben?
Siempre bien vestido, con sus camisas bien planchadas y un olor a perfume caro que se te quedaba pegado en la nariz.
Nos casamos por la iglesia, con una fiesta de esas que duran tres días y donde no faltó la chela ni el mariachi.
Él me llevó a vivir a una casona vieja pero elegante cerca de los Dinamos.
Era una casa enorme, de esas que tienen techos altos y un eco que parece que alguien te está contestando siempre.
Al principio todo era miel sobre hojuelas, como dicen por ahí.
Me decía “mi reina” y me compraba ropa de marca que yo ni sabía cómo pronunciar.
Pero conforme pasaron los meses, la vibra de la casa empezó a cambiar, o tal vez fui yo la que empezó a notar cosas.

Había una regla que no se podía romper bajo ninguna circunstancia.
A las 6 de la tarde, puntualito, todos los que trabajaban en la casa tenían que pintarse de colores.
La señora que me ayudaba con la limpieza, el muchacho del jardín, el chofer… todos afuera.
Roberto decía que quería privacidad, que ya bastante chamba tenía afuera como para no poder estar a gusto con su esposa.
Yo le creía, porque una es tonta cuando está enamorada, o tal vez solo quería seguir viviendo el sueño.
Pero en las noches, la casa se volvía una tumba fría.
El viento soplaba fuerte entre los árboles y las ventanas crujían como si tuvieran frío.
Roberto se volvía otro hombre cuando daban las doce de la noche.
Se levantaba de la cama con una calma que me daba escalofríos.
Yo me hacía la dormida, apretando las sábanas hasta que me dolían los nudillos.
Escuchaba sus pasos lentos por el pasillo de mármol, alejándose hacia el fondo de la casa.
Hacia ese pasillo donde las luces siempre estaban fundidas y donde el aire olía a algo que no podía explicar.
Era un olor extraño, como a flores de cempasúchil mezcladas con medicina y algo… algo echado a perder.
Había una puerta al final de ese pasillo, una puerta de madera de caoba pesada que siempre tenía un candado grueso.
Él decía que era su oficina, que ahí guardaba los papeles de la constructora y que no quería que nadie moviera nada.
“Ahí no entras, Victoria, por tu propio bien”, me dijo una vez con una mirada tan fría que me heló la sangre.
Pero una noche, el ruido cambió.
Ya no eran solo los pasos de Roberto.
Escuché un golpe seco, como si algo pesado se hubiera caído al piso.
Y luego, un susurro. Una voz de mujer que no era la mía.
Mi corazón empezó a martillear contra mis costillas como si quisiera escaparse.
Me levanté sin hacer ruido, cuidando que las maderas del piso no me traicionaran.
Me puse mi chal y agarré el rosario que mi abuela me regaló antes de morir.
Caminé por el pasillo, sintiendo que las sombras me jalaban los pies.
A medida que me acercaba a la puerta de caoba, el olor se volvía insoportable.
Era un olor que te revolvía el estómago, que te hacía querer salir corriendo de esa casa y no volver nunca.
Llegué a la puerta y vi que, por primera vez en dos años, el candado estaba abierto.
La puerta estaba apenas entreabierta, dejando salir un hilo de luz amarillenta y enferma.
Me asomé por la rendija, rezando todas las oraciones que me sabía.
Lo que vi adentro no tenía nombre.
No era una oficina. No había papeles ni escritorios.
Había camas, como de hospital, alineadas contra la pared.
Y en cada cama, había una mujer.
Estaban quietas, con vestidos blancos y las manos cruzadas sobre el pecho.
Todas tenían algo en común: sus vientres estaban hinchados, como si estuvieran a punto de dar a luz.
Pero sus rostros… sus rostros eran de cera, pálidos y sin vida.
Eran seis mujeres en total, preservadas como si fueran muñecas en una vitrina de terror.
Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones y el rosario se me resbaló de las manos.
El ruido del plástico chocando contra el piso sonó como una bomba en el silencio de la noche.
Vi cómo Roberto, que estaba de espaldas acariciando el cabello de una de esas mujeres, se detuvo en seco.
Lentamente, empezó a girar la cabeza hacia la puerta.
Sus ojos brillaban en la oscuridad con una locura que nunca le había visto.
“Te dije que no entraras, mi reina”, susurró con una voz que no parecía humana.
Dio un paso hacia la puerta y yo me quedé paralizada, viendo cómo la muerte se me venía encima.
PARTE 2
Sentí que el aire se me escapaba de los pulmones, como si alguien me hubiera dado un golpe seco en el estómago con toda la fuerza del mundo.
Mis piernas no me respondían, estaban de gelatina, y ese frío que sentía en el pasillo ya no era por el clima de la ciudad, era el frío de la muerte que me estaba respirando en la nuca.
Roberto se quedó ahí, parado en medio de esa luz amarillenta que hacía que su sombra se proyectara en la pared como si fuera un monstruo gigante, un demonio que me quería tragar viva.
Su mirada… neta que nunca voy a olvidar esa mirada; ya no eran los ojos del hombre que me llevaba flores cada viernes, eran los ojos de un desconocido, algo vacío, algo podrido por dentro.
“Te dije que no vinieras para acá, Victoria”, repitió con una voz tan tranquila que me dio más miedo que si me hubiera gritado a todo pulmón.
Yo no podía dejar de ver por encima de su hombro, hacia esas camas, hacia esas pobres mujeres que parecían estar dormidas pero que yo sabía, en lo más profundo de mi ser, que ya no pertenecían a este mundo.
Eran como muñecas de cera, impecables, con sus vestidos blancos que brillaban bajo esa luz enferma, y ese olor… carajo, ese olor a flores muertas y a farmacia me estaba revolviendo las tripas.
“¿Qué es esto, Roberto? ¿Qué les hiciste?”, alcancé a balbucear, mientras sentía que las lágrimas me quemaban las mejillas y el rosario se me enterraba en la palma de la mano por lo fuerte que lo apretaba.
Él soltó una risita, una carcajada seca que rebotó en las paredes de caoba y que me hizo dar un paso atrás, tropezando con mis propios pies.
“No les hice nada, ellas están conmigo, ellas son mis reinas, son las que me dieron todo lo que ves, Victoria”, me dijo mientras se acercaba lentamente, como un depredador que sabe que su presa no tiene a dónde ir.
Yo quería correr, quería gritar para que los vecinos de la cuadra me oyeran, para que alguien llamara a la policía, pero me sentía atrapada en una pesadilla de esas donde quieres gritar y no te sale la voz.
Él me tomó del brazo, y su mano estaba tan fría como el hielo de una hielera de mercado, una frialdad que me caló hasta los huesos y me hizo temblar como si tuviera una infección.
“Vámonos a la cama, mañana vas a ver que todo esto fue un mal sueño, que tu imaginación te traicionó”, me susurró al oído, y su aliento olía a ese mismo incienso extraño que salía de la habitación.
Me arrastró, no con violencia bruta, sino con una fuerza firme, imparable, de regreso por el pasillo oscuro mientras yo solo podía mirar hacia atrás, viendo cómo la puerta de caoba se cerraba sola.
Esa noche no dormí, ni de chiste; me quedé hecha bolita en la orilla de la cama, escuchando cómo él respiraba a mi lado, una respiración profunda y calmada, como si no acabara de pasar nada.
Cada vez que cerraba los ojos, veía las caras de esas mujeres, sus vientres hinchados, esa piel que parecía plástico y que brillaba de una forma que no era natural.
¿Quiénes eran? ¿De dónde las había sacado? ¿Por qué todas estaban embarazadas? Las preguntas me daban vueltas en la cabeza como moscas en la basura.
Me acordé de lo que decían en el barrio cuando yo era chiquita, sobre los hombres que hacían pactos con el diablo para tener dinero, para tener poder, para que nunca les faltara la chamba ni la lana.
Al principio pensé que eran puros cuentos de la gente envidiosa, de los que no tienen nada y les corroe ver al de enfrente progresar, pero ahora todo cobraba un sentido macabro.
A la mañana siguiente, el sol entró por la ventana como si fuera un día normal, pero para mí el mundo ya se había roto en mil pedazos que no iba a poder pegar nunca.
Bajé a la cocina con las ojeras hasta el piso, sintiéndome como si me hubiera pasado un microbús por encima, y ahí estaba él, sentado como si nada, leyendo el periódico y tomando su café de olla.
“Buenos días, mi reina, te ves un poco pálida, ¿no quieres que te prepare un licuado?”, me dijo con una sonrisa tan cínica que sentí ganas de vomitarle ahí mismo sobre la mesa de granito caro.
No le contesté, me serví un poco de agua y mis manos temblaban tanto que el vaso chocaba contra mis dientes, haciendo un ruido que parecía el de un animal asustado.
En cuanto él se fue a su supuesta oficina, esa que estaba fuera de la casa, me acerqué a Cata, la señora que nos ayudaba con la limpieza, una mujer que siempre andaba con la cabeza baja.
“Cata, neta, dígame la verdad, ¿qué pasa en ese cuarto del fondo? ¿Usted sabe algo?”, le pregunté en voz baja, casi rogándole, mientras la seguía al cuarto de lavado.
Ella se puso blanca, más blanca que la ropa que estaba metiendo a la lavadora, y miró hacia todos lados como si las paredes tuvieran ojos y oídos, que probablemente los tenían.
“Ay, niña Victoria, no me meta en broncas, yo solo vengo a hacer mi chamba y a ganarme el pan, no quiero saber nada de lo que el patrón hace o deja de hacer”, me contestó con la voz quebrada.
“Pero Cata, vi mujeres ahí dentro, mujeres que no se movían, mujeres que parecen muertas”, insistí, agarrándola de los hombros, sintiendo que ella también estaba temblando igual que yo.
Cata se soltó de mi agarre y se persignó tres veces, murmurando algo que parecía una oración de protección, una de esas que dicen las abuelas cuando sienten que el diablo anda cerca.
“Hace años hubo otra señora, la señora Elena, era muy buena conmigo, me regalaba ropa y siempre me preguntaba por mis hijos”, empezó a decir Cata, con los ojos llenos de una tristeza profunda.
“Y un día, de la nada, el patrón dijo que se había ido, que lo había dejado por otro hombre y que no quería que nadie mencionara su nombre nunca más en esta casa”, continuó ella.
Yo sentí un vacío en el estómago, porque yo recordaba haber visto fotos de esa Elena en un álbum viejo que Ricardo me escondió en cuanto nos mudamos, diciendo que era pasado pisado.
“Después vino la señora Sofía, y luego la señora Carmen… todas eran jóvenes, todas tenían ilusiones, y todas desaparecieron igual, de la noche a la mañana”, susurró Cata mientras se le escapaba una lágrima.
Híjole, en ese momento sentí que el piso se me abría; no era una coincidencia, no era que Roberto tuviera mala suerte con las mujeres, era algo mucho más oscuro y planeado.
Me fui a mi cuarto y me encerré con llave, buscando mi celular para hablarle a mi mamá, para decirle que me sacara de ahí, que me mandara a mis hermanos, lo que fuera con tal de no estar sola.
Pero el celular no tenía señal, nada, ni una rayita, y el teléfono de la casa estaba muerto, como si alguien hubiera cortado los cables a propósito para dejarme incomunicada.
Me asomé por la ventana y vi a los hombres de seguridad patrullando el jardín con sus perros, unos perros negros enormes que me miraban como si supieran que yo ya no era la dueña de la casa, sino una prisionera más.
Me senté en el piso y empecé a llorar de pura frustración, de puro coraje conmigo misma por haber sido tan mensa, por haberme dejado deslumbrar por los lujos y las camionetas del año.
¿Cómo no me di cuenta antes? ¿Cómo no vi las señales? Las salidas de medianoche, el olor a incienso, la frialdad de sus manos, la forma en que me prohibía ir a ciertas partes de mi propia casa.
Empecé a buscar entre los cajones de su escritorio, el que tenía en la recámara, buscando una pista, una dirección, un nombre, algo que me ayudara a entender en qué clase de infierno me había metido.
Encontré un sobre amarillo escondido debajo de un doble fondo, y cuando lo abrí, se me revolvió el alma; eran fotos de él, mucho más joven, en un lugar que parecía ser Catemaco o algún pueblo de Veracruz.
En las fotos salía con un hombre viejo, un tipo con la cara llena de cicatrices y collares de cuentas, rodeados de sacrificios, de gallinas negras muertas y de botellas de aguardiente.
Y en el reverso de una de las fotos, estaba escrito con una letra que reconocí de inmediato como la de Roberto: “Cinco granos de maíz, cinco años de poder. El precio se paga con sangre de lo que nace”.
Me quedé helada; me acordé de una historia que me contó mi tío sobre los pactos donde se entrega la vida de los hijos para tener riqueza, pero esto era peor, mucho peor.
Él no estaba entregando solo a sus hijos, estaba entregando a sus esposas, a las madres de esos niños que nunca iban a nacer, preservándolas como trofeos de un trato maldito.
Sentí que me faltaba el aire otra vez al darme cuenta de que yo era la siguiente en la lista, la séptima reina de ese cuarto de caoba que olía a muerte y a ambición.
Escuché el coche de Roberto entrar por la cochera y el ruido de la puerta principal abriéndose; el corazón me empezó a latir tan fuerte que pensé que se me iba a salir por la boca.
Me limpié las lágrimas como pude, guardé el sobre donde estaba y traté de poner mi mejor cara de “aquí no pasó nada”, aunque por dentro me estuviera cayendo a pedazos.
Él subió las escaleras y entró a la recámara sin tocar, mirándome con esa misma intensidad que me hacía sentir como si me estuviera desnudando el alma con sus ojos de loco.
“¿Qué hiciste hoy, Victoria? Te noto nerviosa, como si hubieras visto un fantasma o algo así”, me dijo mientras se quitaba el saco y lo aventaba sobre la cama.
“Nada, Roberto, solo me duele un poco la cabeza, yo creo que es el cambio de clima”, le mentí, tratando de que mi voz no temblara, pero era casi imposible mantener la calma.
Él se acercó a mí, me tomó de la barbilla y me obligó a mirarlo fijamente; sentí su dedo pulgar acariciando mi labio inferior y quise gritar del asco y del miedo que me daba su toque.
“Sabes que te quiero mucho, ¿verdad? Sabes que todo lo que hago es para que tú y yo estemos bien, para que nunca nos falte nada, para que seamos poderosos”, me dijo con una voz sedosa.
“Sí, Roberto, lo sé”, contesté apenas en un susurro, sintiendo que sus ojos buscaban cualquier rastro de mentira en mi cara, cualquier señal de que yo ya sabía la verdad.
Él sonrió, pero era una sonrisa que no llegaba a sus ojos, una mueca vacía que me recordó a las máscaras que usan en las pastorelas para representar al diablo.
“Qué bueno, porque pronto vamos a tener una celebración especial, Victoria. He estado esperando este momento por mucho tiempo y por fin las condiciones son las correctas”, añadió.
Me dio un beso frío en la mejilla y salió de la habitación, dejándome ahí, parada como una estaca, con el terror corriéndome por las venas como si fuera veneno de alacrán.
¿Qué celebración? ¿A qué se refería con que las condiciones eran las correctas? No quería ni imaginarlo, pero mi mente volaba hacia ese cuarto lleno de cuerpos preservados.
Pasaron los días y la vigilancia en la casa se puso peor; ya no me dejaban salir ni al jardín sin que uno de los guardias me estuviera siguiendo a dos metros de distancia.
Me sentía como un animal de engorda, me daban de comer las mejores cosas, me traían vitaminas, me cuidaban como si fuera de cristal, pero yo sabía que era porque me estaban preparando para algo.
Una tarde, mientras Roberto no estaba, logré escabullirme hacia el cuarto de servicio otra vez, buscando a Lalo, el muchacho que ayudaba con el mantenimiento y que siempre me había parecido buena onda.
Lo encontré arreglando una tubería en el patio trasero, y en cuanto me vio, puso una cara de susto que me confirmó que él también sabía perfectamente lo que estaba pasando en esa casa.
“Lalo, por favor, ayúdame a salir de aquí, te lo ruego por lo que más quieras, mi vida corre peligro y tú lo sabes”, le dije casi llorando, agarrándole las manos llenas de grasa.
Él me miró con una lástima que me dolió más que cualquier golpe; se secó el sudor de la frente con un trapo viejo y suspiró como si cargara el mundo entero en su espalda.
“Señora Victoria, yo quisiera ayudarla, de veras que sí, pero el patrón tiene ojos en todas partes, si me cacha ayudándola, me va a ir muy mal, ya vio lo que le pasó al que estaba antes que yo”, me dijo en voz baja.
“¿Qué le pasó? ¿A dónde se lo llevaron?”, pregunté, sintiendo que el misterio de esa casa era un pozo sin fondo que nunca terminaba de escupir horrores.
Lalo bajó la mirada y no dijo nada por un buen rato, solo se escuchaba el sonido del agua goteando y el ladrido lejano de los perros que nunca dejaban de vigilar.
“Dicen que se lo llevaron a un rancho y que nunca volvió a salir… el patrón no perdona las traiciones, señora, él cree que el mundo es suyo y que puede hacer lo que quiera con la gente”, terminó diciendo.
Yo sentí que se me acababan las opciones; si Lalo no me ayudaba, estaba completamente sola en medio de ese nido de víboras que se hacía llamar hogar.
Esa noche, Roberto llegó más tarde de lo habitual y olía fuertemente a alcohol y a ese incienso barato que ya se me había quedado impregnado hasta en la ropa.
Entró a la recámara y me despertó de golpe, prendiendo todas las luces y jalándome de las cobijas como si fuera un bulto de papas sin ningún valor.
“Levántate, Victoria, hoy es la noche. El maestro ya llegó y está esperándonos abajo para empezar con la ceremonia”, me ordenó con los ojos inyectados en sangre.
Sentí que el corazón se me detenía; el momento que tanto había temido por fin había llegado y yo no estaba lista, nunca iba a estar lista para enfrentar esa oscuridad.
Me obligó a ponerme un vestido blanco, muy parecido a los que tenían las mujeres del cuarto prohibido, y me soltó el cabello mientras murmuraba cosas que yo no entendía.
Bajamos las escaleras y cada paso me pesaba como si tuviera grilletes de hierro en los tobillos; la casa estaba llena de velas negras y el olor a incienso era tan fuerte que me mareaba.
Llegamos a la puerta de caoba y esta vez estaba abierta de par en par, revelando el horror en todo su esplendor, con las seis mujeres iluminadas por el fuego de las velas.
En el centro del cuarto, un hombre viejo y encorvado, el mismo de las fotos, me miraba con una sonrisa desdentada mientras sostenía una navaja de plata que brillaba con una luz maligna.
“Aquí está, maestro, la séptima, la que va a completar el círculo y nos va a dar el poder eterno”, dijo Roberto, empujándome hacia el centro de la habitación.
Yo caí de rodillas, llorando y suplicando por mi vida, pero ellos no me escuchaban, solo se reían de mi miedo como si fuera la mejor de las bromas.
El viejo se acercó a mí y me pasó la navaja por la mejilla, apenas rozándome la piel, pero sentí un frío que me paralizó por completo, un frío que venía del más allá.
Justo cuando pensaba que todo estaba perdido, que mi vida iba a terminar ahí mismo entre esos cuerpos sin vida, escuché un estruendo que sacudió toda la casa.
Fue un ruido de cristales rompiéndose y de gritos que venían de afuera, seguidos por el sonido de disparos que rompieron el silencio de la noche como truenos.
Roberto y el viejo se quedaron paralizados, mirando hacia la puerta con una mezcla de sorpresa y rabia, mientras yo aprovechaba para arrastrarme lejos de ellos.
“¿Qué está pasando? ¡Guardias!”, gritó Roberto, pero nadie respondió a su llamado, solo se escuchaba el caos que se estaba desatando en el jardín y en la entrada principal.
Vi cómo la sombra de alguien se proyectaba en el pasillo, alguien que venía con paso firme y decidido, desafiando toda la seguridad de esa fortaleza de terror.
No sabía quién era, si eran los policías o si era alguien más, pero en ese momento cualquier cosa era mejor que quedarme ahí a esperar mi final.
Roberto sacó una pistola de su cinturón y apuntó hacia la oscuridad del pasillo, mientras el viejo empezaba a rezar en un idioma extraño, con una voz que parecía el crujir de huesos secos.
Yo me pegué a la pared, tratando de hacerme pequeña, de desaparecer entre las sombras de las mujeres muertas que parecían estar observando todo con sus ojos de vidrio.
La puerta del cuarto se abrió de golpe y una figura entró disparando, obligando a Roberto a cubrirse detrás de una de las camas de las “reinas”.
Aproveché el desmadre para pararme y correr hacia la salida, pero alguien me agarró del pelo con una fuerza bruta que me hizo soltar un grito que me desgarró la garganta.
Era el viejo, que con una agilidad que no parecía de su edad, me tenía sujeta mientras me ponía la navaja de plata en el cuello, amenazando con terminar el trabajo ahí mismo.
“¡Si dan un paso más, la mato!”, gritó el viejo hacia la figura que estaba en la entrada, una figura que ahora podía ver que era Lalo, el muchacho del mantenimiento.
Lalo no estaba solo, traía a otros hombres con él, hombres del barrio, gente que seguramente él había buscado para que lo ayudaran a rescatarme de ese lugar.
“Suéltela, viejo loco, ya se le acabó su jueguito, la policía ya viene en camino y no van a tener piedad con ustedes”, dijo Lalo con una voz llena de coraje.
Roberto salió de su escondite, riéndose como un maníaco, con la cara manchada de sangre y los ojos desorbitados por la locura que ya lo había consumido por completo.
“Ustedes no entienden, esto es necesario, el mundo necesita sacrificio para seguir girando, y Victoria es la pieza que nos falta para ser dioses”, gritó Roberto.
En ese momento, una de las velas se cayó sobre una de las cortinas pesadas de terciopelo y el fuego empezó a correr por la habitación como si tuviera vida propia.
El humo negro empezó a llenarlo todo, picándome los ojos y la garganta, mientras el calor se volvía insoportable y el viejo apretaba más la navaja contra mi piel.
Escuché a lo lejos las sirenas de las patrullas acercándose, cada vez más fuerte, dándome una pequeña esperanza de que tal vez, solo tal vez, iba a salir viva de esa carnicería.
Pero Roberto no se iba a rendir tan fácil; se lanzó contra Lalo con una furia animal, mientras el fuego rodeaba las camas de las mujeres muertas, que empezaban a arder con un brillo fantasmal.
Yo luchaba contra el viejo, tratando de zafarme de su agarre, sintiendo el filo de la navaja cortándome la piel de a poquito, mientras el humo me impedía ver lo que estaba pasando a mi alrededor.
Logré darle un pisotón con todas mis fuerzas y él soltó un quejido, dándome el segundo que necesitaba para empujarlo y salir corriendo hacia donde estaba Lalo.
Pero justo antes de llegar, sentí una mano poderosa que me agarraba del tobillo y me hacía caer de bruces contra el suelo caliente, llenándome la cara de ceniza y de miedo.
Era Roberto, que estaba en el piso, herido pero con una determinación que me dio escalofríos; me miraba con un odio puro, un odio que no parecía humano.
“Si no eres mía para el ritual, no serás de nadie, Victoria”, me dijo mientras levantaba su mano para darme un golpe final que me iba a mandar directo con las otras reinas.
Parte 3
Sentí el jalón en mi tobillo y el mundo se me fue de lado. El calor del piso ya me estaba quemando las rodillas, pero el miedo que sentía era mil veces peor que cualquier quemadura de primer grado. Roberto me tenía agarrada con una fuerza que no era normal, una fuerza que venía de la desesperación y de esa locura que ya le había podrido el alma por completo.
“¡De aquí no sales, Victoria! ¡Tú eres la séptima! ¡Tú eres la que cierra el trato!”, me gritaba mientras me arrastraba de regreso hacia el centro de la habitación, donde el fuego ya estaba lamiendo las patas de las camas de esas pobres mujeres.
Híjole, se los juro que en ese momento sentí que mi jefita me estaba llamando desde el cielo. Sentí que ya no había escapatoria. El humo negro, espeso como el mole pero con un olor químico que te quemaba la garganta, se estaba robando todo el oxígeno. Mis pulmones ardían y mis ojos lloraban, no solo por el humo, sino por la impotencia de ver cómo mi vida se terminaba en ese rincón olvidado de la ciudad.
Pero entonces escuché un grito, un grito de esos que te devuelven el alma al cuerpo. Era Lalo. El muchacho se lanzó contra Roberto como si fuera un defensa de la selección jugándose el mundial. Le soltó un trancazo en la cara que hizo que Roberto me soltara por un segundo.
—¡Corra, doña Victoria! ¡Sálgase de aquí que esto va a tronar! —me gritó Lalo con la cara llena de hollín y los ojos inyectados de valor.
Me levanté como pude, con las manos todas raspadas y el vestido blanco hecho un asco. El viejo, el brujo ese que parecía un cadáver viviente, estaba tirado en una esquina balbuceando cosas en un idioma que me erizaba los pelos. Estaba abrazando una de las estatuas de madera, mientras las llamas empezaban a derretir la cera de las “reinas” que estaban en las camas.
Fue una imagen que nunca, ni aunque viva cien años, se me va a borrar de la memoria. Ver cómo la piel de esas mujeres —que yo sabía que era cera pero que parecía tan real— se empezaba a escurrir como si estuvieran llorando por todo el cuerpo. El fuego estaba consumiendo el secreto más oscuro de Roberto, y el olor… dios mío, ese olor a carne quemada mezclado con formol me hizo vomitar ahí mismo.
Corrí por el pasillo, tropezando con los muebles caros que Roberto había comprado con la sangre de quién sabe cuánta gente. La casa que antes me parecía un palacio, ahora era una trampa mortal, un laberinto lleno de sombras que querían agarrarme.
Llegué a la sala y vi que los otros muchachos que venían con Lalo estaban peleándose con los guardias de seguridad de Roberto. Era un desmadre total. Se escuchaban gritos, golpes y el ruido de los vidrios rompiéndose. La gente de la colonia, esa gente que Roberto siempre miraba por encima del hombro llamándolos “nacos” o “pobres diablos”, eran los que estaban ahí partiéndose la cara para sacarme de ese infierno.
—¡Por acá, jefa! —me gritó uno de los chavos, abriéndome paso hacia la puerta principal.
Salí a la calle y el aire frío de la noche me pegó en la cara como una bendición. Me hinqué en la banqueta, respirando hondo, sintiendo cómo el oxígeno me devolvía la cordura. Pero la bronca no se había acabado.
A lo lejos, las sirenas de la policía y de las ambulancias empezaron a escucharse cada vez más cerca. Las luces rojas y azules rebotaban en las fachadas de las casas vecinas. La gente se asomaba por sus ventanas, algunos con miedo y otros con una curiosidad que me daba coraje.
De repente, una explosión sacudió el suelo. Volteé y vi cómo las ventanas del segundo piso de la casa de Roberto reventaban, dejando salir una lengua de fuego que iluminó toda la calle. Mi corazón se detuvo. ¿Y Lalo? ¿Dónde estaba Lalo?
—¡Lalo! ¡Lalo, sal de ahí! —empecé a gritar como loca, tratando de regresarme a la casa, pero unos vecinos me agarraron fuerte de los hombros.
—Ya no entre, doña, eso ya es un horno —me decía un señor mientras intentaba calmarme.
Pasaron los minutos más largos de mi vida hasta que vi una figura salir tambaleándose por la puerta principal. Era Lalo. Venía cargando a uno de sus compas que estaba herido de la pierna. Se desplomaron en el pasto del jardín delantero, lejos del calor de las llamas que ya estaban devorando el techo.
Me acerqué corriendo a él, llorando como una escuincle que acaba de encontrar a su mamá en el mercado. Lalo estaba vivo, pero tenía quemaduras en los brazos y se veía muy mal.
—Lo logramos, doña Victoria… ya se acabó esa pesadilla —me dijo con una voz que apenas era un susurro.
Pero la neta es que apenas estaba empezando lo gacho.
Llegaron las patrullas y, en lugar de ir por Roberto o por el viejo, se bajaron con una actitud bien prepotente. Nos rodearon como si nosotros fuéramos los delincuentes. Un comandante gordo, con el uniforme todo apretado y una cara de pocos amigos, se me acercó con la mano en la pistola.
—¿Qué pasó aquí? ¿Quiénes son ustedes? —nos preguntó gritando, mientras sus hombres empezaban a someter a los muchachos que me habían ayudado.
—¡Mi esposo! ¡Mi esposo tiene mujeres muertas ahí adentro! ¡Él me quería matar! —le dije desesperada, señalando la casa que se estaba cayendo a pedazos.
El comandante miró la casa ardiendo y luego me miró a mí con una sonrisita que me dio más escalofríos que el mismísimo Roberto. Cruzó una mirada con uno de sus subordinados y asintió levemente.
—Llévensela a la patrulla. Tenemos que interrogarla. A los demás, al ministerio público por causar disturbios y daños a propiedad privada —ordenó el tipo.
—¡No! ¡Ellos me salvaron la vida! ¡Roberto es el asesino! —gritaba yo mientras me subían a la fuerza a la unidad.
Desde el asiento trasero de la patrulla, vi cómo los bomberos intentaban apagar el fuego, pero era inútil. La casa de Roberto se estaba convirtiendo en una pira funeraria para todas esas pobres mujeres y para todos sus secretos. Pero lo que más me dolió fue ver cómo subían a Lalo y a los otros muchachos a un camión de la policía, tratándolos como si fueran basura.
Me llevaron a una delegación que estaba para el perro. Paredes sucias, olor a orines y a café quemado, y un montón de gente gritando por sus propios problemas. Me sentaron en una silla de metal fría y me dejaron ahí por horas. Nadie me decía nada. Nadie me daba un vaso con agua.
Yo solo podía pensar en Roberto. ¿Habría salido de la casa? ¿O se habría quedado ahí para arder con sus “reinas”?
De pronto, la puerta de la oficina donde me tenían se abrió y entró un abogado, uno de esos que usan trajes que cuestan más que mi casa entera. Se veía muy pulcro, muy “fresa”, como diría mi sobrino. Se sentó frente a mí y puso un portafolios de piel sobre la mesa.
—Señora Victoria, mi nombre es el Licenciado Estrada. Vengo de parte del señor Roberto —me dijo con una voz tan suave que me dio asco.
—¿Roberto? ¿Está vivo ese desgraciado? —pregunté, sintiendo cómo la rabia me ganaba el miedo.
El abogado no cambió su expresión. Sacó unos papeles y me los puso enfrente.
—El señor Roberto sufrió quemaduras graves, pero está bajo cuidado médico privado. Sin embargo, tenemos un pequeño problema. Usted ha hecho acusaciones muy serias, acusaciones que podrían arruinar la reputación de un hombre muy importante en esta ciudad.
—¿Reputación? ¡Tenía cadáveres en su cuarto! ¡Yo los vi! ¡Ustedes están locos! —le grité, golpeando la mesa.
—Lo que usted vio, señora, eran piezas de arte. Maniquíes de alta calidad para un proyecto de investigación estética. No había ningún cadáver. Y el fuego… bueno, el fuego fue causado por esos vándalos que usted trajo a la propiedad —dijo el abogado, sin parpadear.
Me quedé helada. Me di cuenta de que la red de Roberto era mucho más grande de lo que yo pensaba. Él no era solo un loco con dinero; era un hombre con amigos en lugares muy altos. Policías, abogados, jueces… todos estaban en su nómina.
—Si usted firma estos documentos, retirando todas las denuncias y aceptando una compensación económica muy generosa, el señor Roberto está dispuesto a no levantar cargos contra sus “amigos” del barrio. De lo contrario, ellos pasarán muchos años en el Reclusorio Norte por robo con violencia e intento de homicidio.
Me sentí como si me estuvieran apretando el cuello otra vez. La vida de Lalo y de los otros chavos dependía de mi silencio. Roberto me estaba dando a elegir: la verdad o la libertad de quienes me salvaron.
Híjole, qué gacho es sentirse así de acorralada en tu propio país, donde la justicia parece que solo se le vende al mejor postor.
Miré los papeles. Eran muchas hojas con lenguaje legal que yo apenas entendía, pero el mensaje era claro: “Cállate y te damos lana, o habla y todos los que quieres van a sufrir”.
Me acordé de mi jefita, de lo que siempre me decía: “Hija, la verdad tarda en llegar, pero llega”. Pero en ese momento, la verdad se sentía muy lejos y el peligro estaba ahí, sentadito frente a mí con un traje italiano.
—¿Y si no firmo? —pregunté con la voz temblorosa.
El abogado se inclinó hacia adelante, y por primera vez vi un rastro de amenaza real en sus ojos.
—Si no firma, señora Victoria, usted va a descubrir que el mundo fuera de esa mansión es mucho más peligroso que lo que había detrás de la puerta de caoba. Y créame, nadie va a venir a rescatarla esta vez.
Me dejaron sola en la oficina para “pensarlo”. El reloj de la pared avanzaba lento, como si se burlara de mi desesperación. Afuera se escuchaba el movimiento de la delegación, pero yo me sentía en un vacío total.
Me puse a pensar en todo lo que había pasado. En cómo me deslumbró la chamba de Roberto, en cómo me dejé llevar por la lana y las comodidades. Qué tonta fui, me cae. Pensé que estaba viviendo un sueño y terminé siendo la protagonista de una historia de nota roja.
Me asomé por la ventanita de la puerta y vi a lo lejos a la mamá de Lalo. Estaba sentada en una banca, llorando, con su rebozo puesto y una veladora de la Virgen en las manos. Ella no tenía dinero para abogados caros. Ella solo tenía su fe y a su hijo que ahora estaba tras las rejas por mi culpa.
No podía permitirlo. No podía dejar que esos chamacos pagaran por los pecados de Roberto. Pero tampoco podía dejar que ese monstruo se saliera con la suya.
Tenía que haber otra forma. Tenía que haber alguien que no estuviera comprado, alguien que todavía tuviera un poco de decencia en este sistema tan podrido.
Me acordé de una periodista que siempre sacaba reportajes sobre desaparecidos en la televisión local. Una mujer que se veía entrona, de esas que no les da miedo meterse a los lugares más gachos para sacar la nota. ¿Cómo se llamaba? Lucía… Lucía Valdés.
Pero, ¿cómo la iba a contactar si no tenía mi celular y estaba vigilada por los mismos policías?
Sentí una punzada en la pierna. Metí la mano en el bolsillo de mi vestido —ese vestido blanco que ahora estaba roto y sucio— y toqué algo pequeño y duro.
Era una memoria USB.
Me quedé de a seis. ¿De dónde había salido eso? Entonces recordé el momento en que Lalo me ayudó a levantarme en la habitación de las “reinas”. Él me había pasado algo a la mano antes de que llegara el desmadre total.
“Guarde esto, doña”, me había susurrado.
En ese momento, entre tanto humo y gritos, yo ni cuenta me di de qué era, solo lo guardé por puro instinto.
Miré la memoria USB como si fuera un tesoro. Si Lalo la había sacado de la oficina de Roberto antes de que todo se quemara, ahí podía estar la prueba de todo. No solo de las mujeres muertas, sino de los pactos, de los nombres de los que recibían lana de Roberto, de todo el cochinero.
Pero, ¿cómo iba a sacar esa información de ahí?
La puerta se abrió otra vez y el Licenciado Estrada entró con una pluma fuente de esas que brillan.
—¿Y bien, señora Victoria? ¿Ya tomó una decisión? Sus amigos están esperando a que usted sea razonable.
Escondí la mano con la memoria USB detrás de mi espalda y traté de que mi cara no me traicionara.
—Necesito ir al baño —le dije, tratando de sonar lo más calmada posible.
El abogado suspiró con fastidio, pero le hizo una señal a una mujer policía para que me acompañara.
El baño de la delegación estaba peor de lo que imaginaba. Un foco pelón colgaba del techo y el olor era insoportable. Pero era el único lugar donde podía estar “sola” un momento.
La mujer policía se quedó afuera, golpeando la puerta con sus llaves.
—¡Apúrese, señora, no tenemos todo el día! —gritó la oficial.
Me encerré en el cubículo y miré la USB. Tenía que esconderla bien. Si me revisaban y la encontraban, ahora sí que ya no contaba el cuento. Me la metí en el sostén, bien apretada contra mi pecho, sintiendo el frío del metal contra mi piel.
“Ayúdame, virgencita, no me dejes sola en esta bronca”, susurré mientras me lavaba la cara con el agua helada del lavabo.
Salí del baño y caminé de regreso a la oficina. El abogado me estaba esperando con una sonrisa de victoria.
—Firme aquí, señora. Hagamos que todo esto desaparezca —dijo, señalando la línea punteada.
Tomé la pluma. Mi mano temblaba tanto que casi no podía sostenerla. Estaba a punto de firmar mi silencio, a punto de vender la verdad por la libertad de Lalo. Pero justo antes de que la punta tocara el papel, se escuchó un alboroto en la entrada de la delegación.
Eran cámaras. Muchas cámaras.
—¡Estamos en vivo desde la Delegación Álvaro Obregón! —escuché una voz femenina fuerte y clara.
Era ella. Lucía Valdés.
El abogado se puso pálido. Se levantó de la silla como si tuviera un resorte y trató de cerrar la puerta, pero ya era tarde. La periodista entró con su camarógrafo, empujando a los policías que trataban de detenerla.
—Señora Victoria, somos de Noticias 24. Hemos recibido información anónima sobre lo que pasó en la mansión de Lindavista. ¿Es cierto que había cuerpos en la propiedad? ¿Es cierto que la policía está tratando de encubrir al señor Roberto?
El Licenciado Estrada se puso frente a la cámara, tratando de tapar la toma.
—¡Esto es una propiedad privada! ¡No pueden estar aquí! ¡Váyanse ahora mismo! —gritaba el abogado, perdiendo toda su elegancia.
Yo vi mi oportunidad. Me levanté y caminé hacia Lucía, sintiendo que por primera vez en toda la noche tenía el control de algo.
—¡Es verdad! ¡Todo es verdad! ¡Me tienen secuestrada aquí para que no hable! —grité a todo pulmón, asegurándome de que el micrófono captara cada palabra.
La cara del comandante gordo apareció en el umbral de la puerta, y por el miedo que vi en sus ojos, supe que las cosas se le habían salido de las manos. La prensa era lo único a lo que esos tipos le tenían miedo.
Lucía me agarró del brazo y me puso detrás de ella, protegiéndome de los oficiales que ya venían hacia nosotras.
—Señora, díganos qué pasó. La gente tiene derecho a saber —dijo la periodista, ignorando los gritos de los policías.
Me toqué el pecho, sintiendo la memoria USB que Lalo me había dado. Esa era mi arma. Esa era la forma de hundir a Roberto de una vez por todas.
Pero cuando iba a sacar la USB para dársela a Lucía, vi algo que me dejó el corazón frío de nuevo.
A espaldas de la periodista, entre la multitud de policías y reporteros, vi a un hombre parado. No era policía, no era reportero. Era uno de los guardias de Roberto, el que siempre traía el perro más grande.
Me estaba mirando fijamente. Y con un gesto lento, se llevó la mano a la cintura, donde se alcanzaba a ver el mango de un cuchillo. Luego, señaló hacia afuera, hacia donde estaba la mamá de Lalo sentada en la banca.
El mensaje era claro: “Si hablas frente a las cámaras, la señora de afuera no llega a su casa”.
Me quedé muda. El aire se me volvió a atorar en la garganta. Lucía me miraba esperando mi declaración, el camarógrafo me enfocaba, y todo México estaba esperando a que yo dijera la verdad.
Pero la vida de esa pobre mujer, que no tenía la culpa de nada, estaba en mis manos.
¿Qué haces cuando la verdad cuesta una vida? ¿Qué haces cuando los malos tienen ojos en todos lados?
Miré a la cámara, miré al guardia, y luego miré a Lucía Valdés. Sentí que el mundo se me venía abajo otra vez.
Parte 4
Me quedé ahí, parada frente a la lente de la cámara, sintiendo que el mundo entero me estaba mirando a través de ese circulito de cristal. Lucía Valdés me sostenía el micrófono casi en los labios, con esa mirada de quien sabe que está a punto de destapar la coladera más grande de todo México. Pero mi vista no estaba en ella, ni en los policías que gritaban, ni en las luces que me deslumbraban. Mi vista estaba clavada en ese tipo, el guardia de Roberto, que desde el fondo me estaba sentenciando a muerte con una sola mirada.
Sentí un bajón de presión tan fuerte que el piso de la delegación empezó a bailar frente a mis ojos. Híjole, neta que en ese momento entendí que la verdad es un lujo que los pobres no siempre nos podemos dar. El guardia volvió a señalar hacia la salida, hacia donde la mamá de Lalo, una señora que no le hace daño ni a una mosca, estaba esperando noticias de su hijo. Ella no sabía que tenía un cuchillo invisible rozándole el pescuezo por mi culpa.
—Señora Victoria, por favor, el país necesita saber —insistió Lucía, y noté que su voz ya no era tan firme, que ella también sentía la tensión eléctrica que había en ese aire viciado.
Abrí la boca, pero no salió nada. Mis cuerdas vocales estaban secas, como si hubiera tragado arena del desierto. Miré a la cámara y luego miré al Licenciado Estrada, el abogado de Roberto, que ahora sonreía con una suficiencia que me daba ganas de romperle los dientes. Él sabía que me tenían agarrada de las manos y de los pies. Él sabía que el miedo es el arma más poderosa que tiene la gente con lana.
—Yo… yo no tengo nada que decir —solté por fin, y sentí que cada palabra era una puñalada que me daba a mí misma.
El murmullo en la delegación se hizo un silencio pesado, sepulcral. Lucía bajó el micrófono, decepcionada, y el camarógrafo dejó de grabar. Los policías se relajaron, y el comandante gordo soltó una carcajada que me revolvió las tripas. El guardia de Roberto asintió una sola vez, bajó la mano de su cintura y se dio la vuelta para perderse entre la gente. La amenaza se había retirado, pero el peso de mi cobardía me estaba aplastando.
—¡Es mentira! ¡La están amenazando! —gritó un muchacho desde el fondo, uno de los amigos de Lalo, pero un policía le soltó un macanazo en las costillas que lo dejó sin aire.
El Licenciado Estrada se acercó a mí y me puso una mano en el hombro, un gesto que pretendía ser protector pero que se sentía como si una víbora se me estuviera enredando en el cuello.
—Ya ven, señores de la prensa, les dije que la señora está muy confundida. El trauma de ver su casa arder por culpa de estos vándalos la tiene fuera de sí. Por favor, dejen trabajar a las autoridades —dijo el abogado, con esa voz de seda que escondía colmillos.
Lucía Valdés no se tragó el cuento. Me miró a los ojos una última vez, buscando esa chispa de valentía que había visto hace unos minutos. Pero yo solo pude bajar la cabeza, sintiendo que el rosario de mi abuela me quemaba en la mano. Me llevaron de regreso a la oficina, escoltada por dos oficiales que ahora me trataban con un desprecio que me hacía sentir como la peor basura de la ciudad.
Me sentaron otra vez en la silla de metal. El abogado cerró la puerta y se sentó frente a mí, sacando un cigarro caro y prendiéndolo sin pedir permiso. El humo llenó el cuartito, mezclándose con el olor a humedad y a desesperación que ya estaba ahí.
—Muy bien, Victoria. Fuiste inteligente. Esa es la actitud que te va a mantener viva —me dijo, echando el humo hacia el techo—. Ahora, firma los papeles. Retira la denuncia por secuestro, di que lo del cuarto era una colección de arte y que los muchachos entraron a robar. Hazlo y la señora de afuera llegará sana y salva a su casa.
Me quedé mirando el papel blanco sobre la mesa. Mi nombre estaba ahí escrito, listo para ser manchado con una mentira que iba a dejar libres a dos monstruos y en la cárcel a quienes me salvaron. Pero entonces, sentí el bulto en mi pecho. La memoria USB que Lalo me había dado.
La USB seguía ahí, escondida en mi sostén, picándome la piel. Era como si tuviera un pedazo de carbón prendido fuego contra mi corazón. Si firmaba, esa memoria sería inútil. Si firmaba, Roberto ganaba. Pero si no firmaba, la sangre de una inocente iba a correr por la banqueta.
“Virgencita, dame una señal, no me dejes hacer esta tontería”, recé por dentro, cerrando los ojos con fuerza.
En ese momento, se escuchó un ruido en el pasillo. No era un ruido normal de la delegación. Era un grito, pero un grito de dolor, un lamento que venía de las celdas del fondo. Reconocí la voz de inmediato. Era Lalo. Lo estaban golpeando.
—¡Habla, pinche escuincle! ¡Dinos dónde está la memoria que te robaste de la oficina del patrón! —escuché que gritaba un policía, seguido del sonido sordo de un golpe contra carne y hueso.
El Licenciado Estrada ni se inmutó. Siguió fumando su cigarro, mirando su reloj de oro como si el tiempo fuera lo único que le importara. Yo, en cambio, sentí que la sangre se me subía a la cabeza. Lalo estaba aguantando los madrazos por mí. Lalo no estaba abriendo la boca porque confiaba en que yo iba a hacer algo con esa información.
Me di cuenta de que Roberto no solo quería mi silencio. Quería la USB. Sabía que Lalo se había llevado algo, y no iba a descansar hasta recuperarlo. Si yo firmaba y entregaba la USB, Lalo y yo íbamos a terminar en una fosa común en menos de lo que canta un gallo. Los tipos como Roberto no dejan cabos sueltos.
—¿Y bien? Me estoy impacientando, Victoria —dijo el abogado, extendiéndome la pluma—. Firma y vete a tu casa. Tu mamá debe estar muy preocupada.
Mencionó a mi mamá. Eso fue lo que me dio el empujón que necesitaba. Mencionó a la mujer que más quiero para tratar de doblarme. Me acordé de cómo ella me enseñó a no dejarme de nadie, a tener dignidad aunque no tuviéramos ni para las tortillas.
Tomé la pluma, pero no para firmar. Empecé a garabatear en un rincón del papel, como si estuviera probando la tinta.
—No voy a firmar nada hasta que vea que la mamá de Lalo se suba a un taxi y se vaya de aquí —dije, tratando de que mi voz sonara firme aunque mis manos fueran un terremoto.
El abogado entrecerró los ojos, soltando una bocanada de humo que me dio en la cara.
—Estás en una posición muy débil para exigir, Victoria. Pero está bien. Soy un hombre de palabra.
Hizo una llamada rápida por su celular. A través de la ventana de la oficina, vi cómo un hombre se acercaba a la señora en la banqueta, le decía algo y la ayudaba a subir a un taxi verde que estaba parado en la esquina. Vi cómo el taxi se alejaba por la avenida, perdiéndose entre el tráfico nocturno de la ciudad.
—Ya está. Ahora, firma —ordenó el Licenciado.
Acerqué la pluma al papel, pero mi mente estaba trabajando a mil por hora. Tenía que sacar la USB de aquí. Tenía que dársela a Lucía Valdés, pero ella ya se había ido… ¿o no?
—Tengo que ir al baño otra vez —dije de repente, levantándome de la silla.
El abogado golpeó la mesa con el puño, perdiendo por fin su compostura.
—¡Basta de juegos! ¡Firma de una vez o te juro que no vas a volver a ver la luz del sol!
—Tengo náuseas. Si no me deja ir, voy a vomitarle encima de su traje italiano —le contesté, sosteniéndole la mirada con todo el odio que tenía guardado.
El Licenciado hizo una mueca de asco y llamó a la mujer policía de nuevo.
—Llévala. Tienes dos minutos. Si no sale en ese tiempo, entran por ella y me la traen a rastras —le gritó a la oficial.
Caminé por el pasillo, sintiendo que las paredes se cerraban sobre mí. Al pasar por las celdas, vi a Lalo a través de los barrotes. Estaba tirado en el piso, con la cara toda hinchada y un hilo de sangre corriéndole por la frente. Me miró y, a pesar de todo su dolor, me hizo una señal con la mano: “No te rindas”.
Entré al baño y la oficial se quedó en la puerta, fumando y revisando su celular. Me encerré en el cubículo y saqué la memoria USB de mi sostén. Estaba tibia, con el calor de mi cuerpo. La miré y pensé en todo lo que contenía. En las fotos de las mujeres, en los nombres de los políticos, en los rituales de sangre. Era una bomba de tiempo.
Busqué en mi bolsillo y encontré un pedazo de papel arrugado que había recogido de la mesa de la oficina. Tenía un número de teléfono escrito con pluma azul. Era el número que Lucía Valdés me había susurrado al oído justo antes de que la cámara empezara a grabar, cuando todavía había caos en la entrada.
“Si decides hablar, márcame”, me había dicho.
Pero no tenía teléfono. Miré el baño, buscando una salida, una forma de comunicarme. Entonces vi una pequeña ventana, muy arriba, que daba a un callejón trasero de la delegación. Era demasiado pequeña para que yo pasara, pero tal vez…
Escuché un ruido afuera. Alguien estaba entrando al baño de mujeres. No era la oficial. Era una voz conocida.
—¿Hay alguien aquí? —preguntó una voz de mujer, con un tono que intentaba sonar casual.
Era Lucía. La periodista no se había ido. Se había quedado merodeando, buscando una oportunidad para hablar conmigo a solas.
—¡Lucía! ¡Soy yo, Victoria! —susurré desde el cubículo, pegando la boca a la puerta.
—Shhh, cállate —me contestó ella desde el lavabo—. La oficial está distraída, pero no tenemos mucho tiempo. ¿Qué pasó? ¿Por qué no hablaste?
—Tienen a la mamá de Lalo. Me amenazaron. Pero tengo algo… tengo la prueba de todo —dije, sintiendo que el corazón me iba a explotar.
—¿Qué tienes? Dámelo rápido —dijo Lucía, y vi su mano aparecer por debajo de la puerta del cubículo.
Saqué la memoria USB y estuve a punto de ponérsela en la mano, cuando escuché un grito en el pasillo.
—¡Victoria! ¡Sal de ahí ahora mismo! —era el Licenciado Estrada. Se había cansado de esperar.
Sentí que el mundo se detenía. Si le daba la memoria a Lucía y nos cachaban, las dos estábamos muertas. Si no se la daba, la verdad se iba a quemar con el resto de la casa.
Escuché los pasos pesados del abogado y de otros dos hombres acercándose al baño. La mujer policía empezó a gritarle a Lucía que se fuera, que no podía estar ahí. Hubo un forcejeo, ruido de cosas cayéndose.
—¡Dámela, Victoria! ¡Confía en mí! —me suplicó Lucía, con la voz llena de urgencia.
Metí la USB en la mano de Lucía justo en el segundo en que la puerta del cubículo fue pateada desde afuera. El golpe fue tan fuerte que me lanzó contra la pared del fondo, dándome un santo madrazo en la cabeza que me dejó viendo estrellas.
El Licenciado Estrada entró hecho un demonio, con los ojos inyectados en rabia. Me agarró del brazo y me sacó a rastras, mientras veía cómo la oficial sometía a Lucía contra el piso.
—¿Qué le diste? ¡Vi que le diste algo! —gritaba el abogado, sacudiéndome como si fuera una muñeca de trapo.
—¡No le di nada! ¡Déjame en paz! —le grité, aunque el dolor en mi cabeza me estaba haciendo perder el sentido.
Me llevaron de regreso a la oficina, pero esta vez no hubo sutilezas. Me aventaron al piso y el comandante gordo me puso la bota en el pecho, apretando hasta que sentí que mis costillas iban a tronar.
—¿Dónde está la memoria, Victoria? El patrón está muy enojado, y créeme, no quieres ver al patrón enojado —dijo el comandante, con una sonrisa que me mostró sus dientes amarillos.
—No sé de qué hablan… no tengo nada —balbuceé, sintiendo que el sabor a sangre me llenaba la boca.
En ese momento, el celular del comandante sonó. Lo sacó de su bolsillo y contestó con un “Sí, patrón”. Su cara cambió por completo. Se puso pálido, y la seguridad que tenía hace un segundo desapareció.
—Sí… entiendo… pero la periodista… sí, señor. Entendido.
Colgó y me miró con una mezcla de miedo y odio. Se acercó al abogado y le susurró algo al oído. El Licenciado Estrada también cambió de color. Se arregló el saco y recogió sus papeles de la mesa.
—Parece que tus amigos en la prensa son más rápidos de lo que pensábamos, Victoria —dijo el abogado, con una voz temblorosa—. Pero cometiste un error. Pensaste que una memoria USB era suficiente para detener a un hombre como Roberto.
—¿De qué habla? —pregunté, tratando de incorporarme.
—Roberto no está en el hospital. Roberto nunca estuvo herido de gravedad —me soltó el abogado, con una sonrisa cruel—. Todo lo que viste en la casa, el fuego, el desmadre… fue parte de un plan. Él necesitaba deshacerse de las pruebas viejas para empezar de nuevo. Y tú, mi querida Victoria, fuiste la distracción perfecta.
Sentí un escalofrío que me recorrió toda la espalda. No podía ser. Todo lo que viví, el miedo, el escape, el rescate de Lalo… ¿todo fue planeado por él?
—¿Y las mujeres? ¿Las seis mujeres que estaban ahí? —pregunté, con la voz quebrada.
—Ya no existen. Se quemaron con la casa. No hay cuerpos, no hay pruebas, no hay nada. Solo tu palabra contra la de un hombre que financió la campaña del gobernador —dijo el Licenciado, abriendo la puerta para irse.
Me quedé sola en la oficina, tirada en el piso, sintiendo que me había caído en un pozo que no tenía fondo. Había entregado la USB a Lucía, pero ¿qué tal si lo que había ahí no servía para nada? ¿Qué tal si Roberto ya sabía que la teníamos?
De repente, la puerta se abrió de nuevo. Pensé que era el abogado que regresaba para terminar conmigo, pero era un oficial joven, uno que no había visto antes. Se veía nervioso, mirando hacia todos lados.
—Váyase ahora mismo, señora. Aproveche que el comandante está distraído con la prensa afuera —me susurró, ayudándome a levantar.
—¿Por qué me ayuda? —le pregunté, desconfiada.
—Mi hermana era una de ellas. La señora Elena. Yo sé lo que ese monstruo hace —dijo el oficial, con los ojos llenos de lágrimas contenidas—. Corra, no se detenga por nada. Hay un coche esperándola a la vuelta.
Salí de la oficina casi a gatas, cuidando de no ser vista por los otros policías que estaban ocupados lidiando con Lucía y sus fotógrafos en la entrada principal. Salí por la puerta trasera, la que daba al callejón, y sentí el aire frío de la madrugada pegándome en la cara.
Caminé hacia la esquina, con el cuerpo doliéndome por todos lados. Al dar la vuelta, vi un coche negro con los vidrios polarizados. La puerta se abrió y una voz me llamó desde adentro.
—Súbete, Victoria. Tenemos mucho de qué hablar.
No era la voz de Lucía. No era la voz de Lalo. Era una voz profunda, elegante y terriblemente familiar.
Sentí que el corazón se me detenía por completo. Me quedé parada ahí, en medio de la calle vacía, dándome cuenta de que mi peor pesadilla apenas estaba empezando.
PARTE 5
Me quedé ahí, petrificada, sintiendo cómo el frío de la madrugada me calaba hasta los huesos, pero no era por el clima de la ciudad, era por esa voz. Esa voz que se me había enterrado en el alma como un clavo ardiente durante dos años y que ahora, en medio de la oscuridad, me llamaba con una calma que me dio más náuseas que el olor a muerto de la mansión.
Era Roberto. No podía ser otro. Aunque el abogado dijera que estaba en el hospital, aunque el mundo se estuviera cayendo a pedazos, él estaba ahí, sentado en ese coche negro que parecía una carroza fúnebre esperando por mí.
—No me hagas repetirlo, Victoria. Súbete ahora mismo si no quieres que el oficial que te ayudó termine con un balazo en la nuca antes de que amanezca —dijo, y su voz no tenía rastro de dolor, solo esa frialdad de quien se sabe dueño de la vida de los demás.
Caminé hacia el coche, sintiendo que cada paso era una traición a mí misma, a Lalo, a las seis mujeres que se habían quemado en ese cuarto prohibido. Me subí al asiento del copiloto y el olor a incienso y a farmacia me golpeó de nuevo, pero ahora mezclado con algo más gacho: el olor a piel quemada y a loción cara.
Roberto tenía la mitad de la cara vendada, pero el ojo que le quedaba libre brillaba con una luz que no era de este mundo, una luz roja, enferma, que me hizo querer persignarme pero mis manos no me respondían.
—Pensaste que eras muy lista, ¿verdad, mi reina? —me soltó mientras arrancaba el coche con una suavidad que me daba escalofríos—. Pensaste que un muchachito que arregla tuberías y una periodista que busca likes en Facebook iban a poder con lo que yo he construido con sangre y años de chamba con el Maestro.
No le contesté. Solo miraba por la ventana cómo nos alejábamos de la delegación, viendo las luces de la ciudad pasar como si fueran chispas de una fogata que ya se estaba apagando.
—¿A dónde me llevas, Roberto? Ya déjame en paz, ya me quitaste todo, ya quemaste tu casa, ya mataste a esas pobres mujeres —balbuceé, sintiendo que las lágrimas me nublaban la vista otra vez.
Él soltó una carcajada seca, un sonido que parecía el crujir de ramas secas en el monte.
—¿Matarlas? Victoria, por favor, no seas tan ingenua. Ellas ya estaban muertas hace mucho, yo solo las mantenía cerca porque el poder no se crea de la nada, el poder se guarda, se cultiva. Y tú… tú ibas a ser la joya de la corona.
Manejó por horas, saliendo de la ciudad, metiéndose por caminos de tierra donde ya no había alumbrado público, solo la oscuridad profunda del campo mexiquense. Yo sabía que me llevaba a ese rancho del que Lalo me había hablado, el lugar donde la gente desaparece y solo queda el eco de sus gritos.
—La memoria USB que le diste a la vieja esa de la prensa… ¿de veras creíste que tenía algo importante? —me preguntó de repente, mirándome de reojo con ese ojo único y maligno.
—Tenía las pruebas de lo que hiciste —le dije, tratando de sonar valiente aunque me estuviera muriendo de miedo por dentro.
—Tenía lo que yo quería que tuviera, Victoria. Nombres de políticos que ya no me sirven, cuentas bancarias que ya vacié. La verdadera prueba, la que de veras me puede hundir, esa nunca salió de la casa… y ahora es ceniza, igual que tus esperanzas.
Llegamos a una propiedad vieja, rodeada de muros altos con alambre de púas. Al entrar, vi a varios hombres armados, tipos con cara de no tener alma, que nos abrieron el zaguán con una reverencia que me hizo entender que Roberto seguía siendo el jefe, incluso con la cara quemada.
Me bajó del coche a tirones y me llevó hacia una construcción pequeña, retirada de la casa principal, que parecía una capilla vieja pero con un aire mucho más pesado.
—El ritual no se acabó, Victoria. Solo se mudó de lugar. El Maestro dice que el fuego purifica el sacrificio, y que ahora que has pasado por el miedo absoluto, tu sangre vale el doble —me susurró al oído, y sentí su aliento caliente y podrido rozándome la oreja.
Adentro de la capilla, el horror era diferente. No había camas de hospital, había un altar de piedra negra y paredes llenas de símbolos pintados con algo que yo sabía perfectamente que no era pintura.
Ahí estaba el viejo, el brujo de la foto, esperándonos con una túnica negra que le arrastraba por el piso lleno de tierra y ceniza.
—Llega tarde, hijo mío —dijo el viejo, con una voz que parecía venir de ultratumba—. La luna ya está en su punto y la séptima reina está lista para entregar lo que nos pertenece.
Roberto me empujó hacia el altar y me amarró las manos con una soga de ixtle que me cortaba la circulación de inmediato. Yo gritaba, pedía clemencia, le recordaba los momentos que pasamos juntos, pero él me miraba como quien mira a una gallina antes de cortarle el pescuezo para el caldo.
—No llores, Victoria. Vas a ser parte de algo eterno. Vas a estar con las otras, cuidando mi fortuna, cuidando mi vida desde el otro lado —me dijo, mientras sacaba esa navaja de plata que ya había visto en la mansión.
El viejo empezó a cantar algo, un rezo que no era a Diosito, un canto que hacía que el aire en la capilla se volviera tan pesado que me costaba trabajo inhalar. Las sombras en las paredes empezaron a moverse solas, como si cobraran vida con cada palabra del brujo.
Sentí el filo de la navaja en mi cuello, esa frialdad que ya conocía, y cerré los ojos esperando el final. Me acordé de mi jefita, de mis hermanos, de Lalo… y me dio un coraje tan grande, una bronca tan profunda, que sentí que algo dentro de mí se rompía.
No iba a morir así. No iba a dejar que este infeliz se saliera con la suya.
En un movimiento desesperado, le solté un cabezazo a Roberto con todas mis fuerzas, dándole justo en la parte quemada de su cara. Él soltó un alarido de dolor puro, un grito que no parecía de hombre, y soltó la navaja.
Aproveché que estaba aturdido y me lancé contra el altar, tratando de quemar las cuerdas de mis manos con una de las veladoras que estaban prendidas. El fuego me quemó la piel, pero no me importó, el dolor físico era nada comparado con las ganas de vivir.
—¡Maldita perra! ¡Te voy a mandar al infierno ahora mismo! —rugió Roberto, agarrándose la cara mientras la sangre y algo más empezaban a escurrirle por las vendas.
El viejo trató de agarrarme con sus manos huesudas, pero yo era más rápida. Logré zafarme de las cuerdas y agarré la navaja de plata que se había caído al piso.
—¡Aléjate! ¡No te me acerques, Roberto! —le grité, apuntándole con la navaja mientras retrocedía hacia la salida.
Pero él no se detuvo. Parecía que el dolor lo volvía más loco, más fuerte. Se lanzó sobre mí con una furia animal, y forcejeamos en el piso de tierra, entre cenizas y restos de rituales pasados.
En el forcejeo, la navaja se hundió en algo. Escuché un gemido sordo y sentí un líquido caliente bañándome las manos. Me quedé paralizada. Roberto me miró con el ojo bien abierto, una mirada de sorpresa total, y luego se desplomó sobre mí, con todo su peso muerto.
Me lo quité de encima como pude, temblando, sintiendo que me iba a desmayar del puro choque. El viejo, al ver a su “hijo” tirado, soltó un grito de rabia y empezó a convulsionar, como si el poder que lo mantenía en pie se hubiera esfumado en un segundo.
Salí corriendo de la capilla, sin mirar atrás, esquivando a los hombres armados que corrían hacia adentro al escuchar los gritos. Me metí entre los matorrales, rasguñándome toda la cara y los brazos, corriendo sin dirección, solo queriendo alejarme de ese lugar maldito.
Corrí hasta que mis piernas ya no pudieron más, hasta que el sol empezó a asomarse por el horizonte, pintando el cielo de un color naranja que parecía sangre derramada.
Llegué a una carretera y me tiré en la orilla, esperando a que pasara alguien, lo que fuera, aunque fuera la misma policía corrupta, ya no me importaba nada.
Un camión de carga se detuvo. Un señor con cara de buena gente se bajó y me ayudó a levantarme. Me vio toda ensangrentada, con el vestido blanco hecho jirones y la mirada perdida.
—¿Qué le pasó, madrecita? ¿La asaltaron? ¿Está bien? —me preguntó, envolviéndome en su chamarra que olía a diésel y a camino.
—Solo lléveme lejos… por favor, lléveme a la ciudad —le supliqué, llorando como si se me fuera la vida en ello.
En el camino, mientras el señor manejaba en silencio, prendió la radio. Las noticias estaban a todo lo que daban.
“Se reporta la captura de una peligrosa red de trata y rituales tras la denuncia de la periodista Lucía Valdés. La evidencia encontrada en una memoria USB ha vinculado a altos mandos de la policía y a un empresario inmobiliario desaparecido tras el incendio de su mansión en Lindavista”.
Sentí un alivio que me hizo llorar de nuevo. Lalo no había muerto en vano. Lucía había logrado descifrar la información. Mi silencio en la cámara no había sido el final, solo había sido una pausa.
Llegué a la ciudad y me escondí en un hotelito de paso, de esos donde no te piden nombre ni nada. Me lavé la sangre de Roberto de las manos, pero sentía que nunca me iba a poder quitar ese olor, ese frío de la muerte.
Días después, me enteré por los periódicos que el cuerpo de Roberto nunca fue encontrado en el rancho. Dicen que cuando la policía llegó, la capilla estaba quemada hasta los cimientos y que solo encontraron restos humanos que no pudieron identificar.
A veces, cuando camino por la calle y escucho un coche negro frenar cerca de mí, el corazón se me sube a la garganta. A veces, cuando veo a un hombre alto con el rostro cubierto, siento que el mundo se me vuelve a nublar.
Híjole, la neta es que una nunca vuelve a ser la misma después de ver lo que yo vi detrás de esa puerta de caoba. La libertad tiene un precio muy alto, y yo lo sigo pagando todas las noches cuando cierro los ojos y escucho el llanto de las seis reinas que se quedaron en el fuego.
Pero sigo viva. Y mientras tenga aliento, voy a contar esta historia, para que ninguna otra chava se deje apantallar por la lana y las camionetas, para que aprendan que a veces, el diablo no vive en el infierno, sino que duerme a tu lado y te dice “mi reina” al oído antes de intentar robarte el alma.
Me queda una cicatriz en el cuello, una marca de la navaja de plata que me recuerda que estuve a un segundo de ser la séptima. Pero también tengo el rosario de mi abuela, que ahora guardo con más fuerza que nunca, sabiendo que en este país, a veces lo único que nos queda es la fe y las ganas de no dejarnos vencer por la oscuridad.
Esta es mi verdad. La verdad que Roberto quiso quemar y que ahora sale a la luz, aunque me cueste vivir escondida el resto de mis días. Porque al final, la luz siempre encuentra la rendija por donde colarse, por más pesada que sea la puerta de caoba.
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