
PARTE 1
CAPÍTULO 1: EL FRÍO QUE MUERDE BAJO EL CONCRETO
El frío de noviembre en la Ciudad de México no es como el de otros lados. Aquí, el frío no solo baja del cielo; sube del suelo, se filtra por el asfalto y se te mete en los huesos como si fuera humedad vieja. Pero cuando vives debajo de un puente vehicular, donde el sol apenas se atreve a tocar el piso, el frío tiene dientes. Y esa mañana, sentí cómo me mordía los pies a través de mis calcetines rotos.
Me desperté de golpe, con el corazón acelerado, por el estruendo de un tráiler pasando justo encima de nuestras cabezas. El puente vibró, y con él, vibró mi mundo entero: una caja de cartón gigante armada con restos de embalaje de refrigeradores que encontré detrás de una mueblería en Insurgentes. El polvo cayó del “techo”, y yo me quedé inmóvil, conteniendo la respiración, escuchando. No escuchaba sirenas, ni gritos, ni pasos acercándose. Solo el rugido constante de la ciudad que despertaba. Estábamos a salvo, por ahora.
Giré la cabeza despacio, con miedo a mover el aire helado. A mi lado, hecha un pequeño bulto bajo una cobija de lana gris que olía a humo y a perro callejero, estaba Lupita. Mi hermanita. Mi única razón para no rendirme y dejarme llevar por la corriente de la desesperación. Dormía en posición fetal, con las rodillas pegadas al pecho, abrazando a “Firulais”, un perro de peluche al que le faltaba un ojo y la mitad del relleno. Verla dormir me daba paz y pánico al mismo tiempo. Paz porque en sus sueños ella no tenía hambre; pánico porque sabía que pronto tendría que despertarla para enfrentar nuestra realidad.
Me incorporé, sintiendo cómo crujían mis articulaciones por dormir sobre el suelo duro. Nuestro “piso” era una alfombra de periódicos viejos —La Prensa, El Gráfico, pedazos de carteles políticos— que yo cambiaba cada semana para intentar aislarnos de la humedad. Las paredes de nuestro refugio estaban forradas con bolsas de plástico negro de basura, pegadas con cinta canela que ya se estaba despegando. Era mi intento desesperado de impermeabilizar nuestra vida, de que la lluvia ácida de esta ciudad no nos ahogara mientras dormíamos.
Miré hacia la “pared” del fondo. Ahí, recargado sobre una piedra, estaba mi orgullo ingeniero: un reloj de cartón que yo misma había dibujado. Las manecillas estaban pintadas con plumón negro marcando las siete de la mañana, pero claro, no se movían. Era un adorno, una mentira piadosa para sentir que teníamos control sobre el tiempo, que vivíamos en una casa normal y no en una madriguera. Pero la luz grisácea y sucia que se colaba por las rendijas de la entrada me decía que ya era de día. La ciudad ya estaba en marcha. Los “godínez” iban a sus oficinas, los estudiantes a sus escuelas, y nosotras… nosotras seguíamos aquí, invisibles.
—Sofi… —escuché un susurro ronco.
Lupita se movió. Se talló los ojos con sus puñitos sucios. Tenía cinco años, pero sus ojos tenían la edad de una anciana que ha visto demasiadas cosas feas.
—Buenos días, chaparra —le dije, forzando la voz más alegre que pude encontrar en mi garganta seca—. ¿Cómo dormiste? ¿Soñaste con los ángeles?
Lupita no contestó. Casi nunca contestaba ya. Desde que nos echaron a la calle hace dos años, las palabras se le fueron secando en la boca. Se había vuelto una sombra silenciosa, una niña que aprendió que hacer ruido podía ser peligroso. Se sentó y se estiró hacia mí, buscando calor. La abracé fuerte. Estaba tan flaquita que podía sentir cada una de sus costillas a través de su playera desgastada.
—Tengo hambre —dijo, tan bajito que apenas la escuché.
Esa frase era mi pesadilla diaria. El monstruo que vivía con nosotras no era el Coco, era el Hambre.
—Ya sé, mi amor. Ahorita solucionamos eso —le prometí.
Me levanté y fui a la esquina donde guardábamos nuestras “riquezas”. Una garrafa de plástico con agua que rellenaba en una toma del parque, dos chamarras que rescaté de un basurero en la colonia Roma, y lo más valioso de todo: un marco de fotos con el vidrio estrellado.
Tomé la foto. Era mamá. Mi mamá Elena. En la imagen ella sonreía, con esa luz en los ojos que hacía que todo pareciera fácil. Abrazaba a un hombre… al doctor. Al hombre que yo creía que era mi papá, hasta que la vida nos enseñó que los lazos de sangre a veces se rompen con mentiras. Pasé el dedo por el vidrio roto, justo sobre la cara de mamá. “Ayúdame hoy, mami”, recé en silencio. “Mándame muchas botellas. Que el de la recicladora no esté de malas y me pague bien el kilo”.
Busqué en nuestra bolsa de comida. Solo quedaba la mitad de un bolillo del día anterior. Estaba duro como una piedra y tenía unas manchitas verdes de moho en una orilla. Con cuidado, arranqué la parte fea y partí el resto en dos pedazos, uno más grande que el otro.
—Mira, Lupita —dije, volviendo con ella y sentándome en los periódicos—. ¡Desayuno de campeones!
Le di el pedazo grande. Ella lo tomó y empezó a roerlo despacio, como un ratoncito. Yo le di un trago a la garrafa de agua para engañar a mi estómago, que rugía como león enjaulado. —¿Está rico? —le pregunté, sintiendo un nudo en la garganta al verla comer pan viejo con tanta gratitud. Ella asintió levemente. —Oye, ¿te acuerdas de las galletas que comimos la semana pasada? ¿Las de animalitos? —le dije para animarla—. Pues hoy tengo un presentimiento. Hoy es mi día de suerte. Voy a encontrar un tesoro de botellas, vas a ver. Y en la noche… ¡Pum! Leche y galletas. Y a lo mejor hasta un chocolate.
Los ojos de Lupita brillaron por un segundo. Ese brillo era mi gasolina. Por ese brillo yo era capaz de pelearme con los perros callejeros o caminar descalza sobre vidrios. Me quité mi chamarra, que ya me quedaba chica y tenía más agujeros que tela, y se la puse encima de la suya. —Hoy va a hacer mucho frío, flaca. No te la quites por nada del mundo.
Me levanté y empecé a prepararme para “la chamba”. Mi equipo de trabajo consistía en dos bolsas negras de basura tamaño jumbo y una bolsa de mandado vieja que había sido de mamá. Me amarré las agujetas de mis tenis, que en realidad eran dos tenis diferentes: uno Nike talla 22 y un Converse talla 23 que encontré separados. Caminar con ellos era difícil, me sacaban ampollas, pero era mejor que ir descalza sobre el pavimento helado de la CDMX.
—Escúchame bien, Lupita —le dije, poniendo mis manos en sus hombros y mirándola fijamente a los ojos—. Hoy voy a ir al centro, hacia la zona de los hospitales y las oficinas ricas. Allá tiran cosas buenas. Pero me voy a tardar un poco más.
El miedo cruzó su carita. No le gustaba quedarse sola. —No, no me mires así. Tú eres valiente, ¿verdad? Eres mi guerrera. Te vas a quedar aquí, calladita, jugando con Firulais. No le abras a nadie. A NADIE. Ni aunque te digan que traen dulces, ni aunque te digan que vienen de mi parte. Si alguien intenta meterse… ¿qué haces?
Lupita dudó un segundo y luego susurró la lección que le había repetido mil veces: —Corro con Doña Galy. —Eso. Corres con la tía Galy, la señora de las semillas en la esquina. Ella tiene un palo y no deja que nadie se acerque. ¿Entendido?
Lupita asintió y se abrazó a su peluche. Le di un beso en la frente, que estaba fría. —Te quiero, chaparra. Vuelvo antes de que oscurezca. Te lo prometo por mamá.
Salí del refugio y acomodé las cajas de cartón y el plástico para disimular la entrada. Desde afuera, nuestra casa parecía solo un montón de basura acumulada, invisible para los ojos de la gente “decente” que pasaba rápido en sus coches sin mirar a los lados.
El viento me golpeó la cara en cuanto salí de la protección de las columnas. Era un aire sucio, cargado de esmog. Caminé hacia la avenida, esquivando charcos de agua negra. En el camino me crucé con el “Tío Nico”. No era mi tío de verdad, era un señor ya grande, pepenador como yo, que vivía en un sótano abandonado cerca de la estación de trenes. Llevaba su costal al hombro y tosía feo. —¡Quihubo, Sofi! —me saludó, acomodándose la gorra mugrosa—. ¿Cómo amaneció la Lisk? ¿Todo bien?. —Todo bien, Tío Nico. Ahí la llevo. ¿Y usted? —Pues aquí, dándole. Oye, hija, te paso el dato —bajó la voz como si fuera un secreto de estado—. Date una vuelta por la zona de las clínicas nuevas, allá por el sur, donde están los consultorios caros. Dicen que el dueño de un restaurante nuevo está tirando un montonal de botellas de vidrio de vino y de agua mineral importada. De esas pesadas, que pagan bien. Y ni las rompen.
Mis orejas se pararon. El vidrio pagaba mucho mejor que el plástico. Pero esa zona estaba lejos y había mucha seguridad privada. Los guardias de seguridad privada eran peores que la policía; te pegaban si te veían hurgando en sus contenedores. —Gracias por el pitazo, Tío Nico —le dije. —Aguas con los “polis”, mija. Andan bravos. —Sí, ya me la sé. Cuídese.
Seguí mi camino, alejándome del puente y adentrándome en la jungla de asfalto. Mi mente empezó a trabajar, trazando el mapa mental de la ciudad. Sabía qué calles evitar, en qué esquinas había perros agresivos y en qué traspatio de restaurante a veces dejaban bolsas de pan que todavía servía. Llevaba dos años perfeccionando este mapa de supervivencia.
Mi primera parada fue un Oxxo. Me metí por la parte de atrás, conteniendo la respiración por el olor a leche agria. En el contenedor encontré unas latas de cerveza aplastadas y un par de botellas de vidrio de refresco. Las eché a la bolsa tratando de no hacer ruido, “clinc, clinc”, sonaron. Ese sonido era música para mí; era el sonido de las monedas que me darían más tarde.
El día avanzaba lento. El sol salió, pero no calentaba, solo iluminaba la mugre de las calles. La gente pasaba a mi lado y hacían un arco para no tocarme, arrugando la nariz. Yo ya ni sentía vergüenza. La vergüenza no llena la panza. Me volví invisible. Aprendí a ver los zapatos de la gente: los zapatos boleados de los oficinistas, los tenis caros de los fresas, las botas gastadas de los obreros. Yo era un fantasma con una bolsa de basura.
Para el mediodía, ya me dolían los brazos. Llevaba una bolsa y media llena. Mis manos estaban negras y tenía un corte pequeño en el dedo por una botella de tequila rota, pero no me importaba. Hice el cálculo mental: con lo que llevaba, me alcanzaba para la leche, el pan y tal vez, solo tal vez, un cuarto de jamón. Se me hizo agua la boca de pensar en un sándwich de jamón.
Decidí arriesgarme. Recordé lo que dijo el Tío Nico sobre las clínicas caras. Era una caminata larga, pero si encontraba esas botellas de vidrio importado, podría comprarle a Lupita unas calcetas nuevas, porque las suyas ya tenían más hoyos que tela. Caminé hacia la zona rica. El paisaje cambió. Las banquetas rotas se convirtieron en adoquín perfecto. Los puestos de tacos callejeros desaparecieron y fueron reemplazados por cafeterías con nombres en inglés donde un café costaba lo que yo ganaba en tres días.
Llegué frente al “Centro Médico Kraytsov” (o bueno, así sonaba el apellido del doctor en mi cabeza, Kravtsov). Era un edificio blanco, impecable, con letras doradas y arbustos recortados como figuras geométricas. Parecía un palacio, no un hospital. Me quedé parada en la esquina, observando. Vi salir coches brillantes, camionetas negras blindadas. Vi señoras con abrigos de piel aunque no hacía tanto frío para eso, y señores hablando por celulares que valían más que mi vida entera.
—Algún día —susurré para mí misma—, algún día voy a traer a Lupita aquí y le van a curar su tos para siempre.
Me escabullí hacia la parte trasera, donde estaban los contenedores de basura industriales. Eran enormes y limpios, no olían a podrido como los del mercado. Levanté la tapa de uno con esfuerzo. ¡Bingo! Mis ojos se abrieron como platos. Había docenas de frascos de vidrio ámbar, de esos de medicinas caras, y botellas de agua de manantial vacías. —Gracias, Diosito, gracias Tío Nico —murmuré.
Empecé a llenar mis bolsas rápidamente, con la adrenalina a tope. Miraba a todos lados, vigilando al guardia de la caseta que estaba distraído platicando por teléfono, riéndose a carcajadas. Metí una botella, dos, tres… Mi bolsa pesaba, pero era un peso feliz.
De repente, la puerta trasera de cristal de la clínica se abrió con un zumbido electrónico. Me congelé detrás del contenedor verde, haciéndome chiquita. Salió un hombre. Llevaba una bata blanca impecable sobre un traje azul marino. Era alto, delgado, pero caminaba encorvado, como si cargara una mochila muy pesada invisible. Tenía el pelo gris en las sienes y una expresión de tristeza profunda que me recordó a la cara que ponía mi mamá cuando no teníamos dinero para la renta.
El doctor se quitó la bata, la dobló con cuidado sobre su brazo y caminó hacia un auto gris plata estacionado en el lugar reservado que decía “Dr. Andrés Kravtsov”. Sacó las llaves.
Yo estaba lista para salir corriendo en cuanto él se subiera al coche. Ya tenía mis bolsas amarradas. Pero entonces, todo pasó muy rápido. Como en una película de acción, pero sin música de fondo, solo con el sonido seco de las suelas de hule contra el pavimento.
De la esquina salieron tres tipos. Vestían ropa oscura y gorras caladas hasta los ojos. No parecían pacientes. Se movían como lobos rodeando a una oveja. —¡Quieto ahí! —ladró uno de ellos, el más grande y gordo. Empujaron al doctor contra la puerta de su coche. ¡Pum! Sonó el golpe del cuerpo contra la lámina. —¡La cartera y el reloj, rápido! —gruñó otro, que tenía una cicatriz en la ceja.
El doctor levantó las manos. Se veía aterrorizado. —No… no traigo efectivo, señores. Tranquilos —dijo con voz temblorosa. —¡No te hagas el chistoso, ‘Doc’! —le gritó el gordo—. ¡Sabemos que atiendes a puros millonarios! ¡Suelta la lana o te carga el payaso!. El tercer tipo metió la mano en su chamarra, haciendo un bulto que apuntaba directo al estómago del doctor. Un arma. O al menos fingía tener una.
Mi corazón empezó a latir tan fuerte que sentí que se me iba a salir por la garganta. Pum, pum, pum. Podía quedarme callada. Podía esperar a que se fueran y luego salir corriendo. Era lo inteligente. Era lo que la calle me había enseñado: “No te metas en broncas ajenas”. Pero vi la cara del doctor. Vi sus ojos llenos de pánico. Y recordé a los doctores que cuidaron a mamá. Los que le daban pastillas para el dolor cuando ella lloraba en las noches. Los que nos regalaban paletas aunque no tuviéramos para pagar la consulta. Ese hombre era uno de los buenos. Y esos tipos eran como los que nos robaban las cobijas en la noche. Eran los malos.
Algo se rompió dentro de mí. Una furia caliente me subió desde los pies hasta la cabeza. No iba a dejar que le hicieran daño. No hoy. No frente a mí. Sin pensarlo, sin planearlo, solté un grito que me desgarró la garganta: —¡EHHH! ¡DÉJENLO! ¡POLICÍA! ¡AYUDA, POLICÍA!.
Salí de mi escondite detrás del contenedor como un demonio pequeño y sucio. Agarré mi bolsa más pesada, la que tenía las botellas de vidrio grueso, y la hice girar como una boleadora. —¡LÁRGUENSE! —grité. Y con toda la fuerza que me daban el hambre y la rabia, lancé la bolsa directo hacia ellos.
CAPÍTULO 2: SANGRE EN EL ASFALTO Y UNA PROMESA DE CRISTAL
El tiempo se detuvo en el instante en que la bolsa salió de mis manos. Fue como ver una película en cámara lenta. La bolsa negra de plástico, tensa y pesada por las botellas de vidrio grueso, giró en el aire dibujando un arco perfecto bajo el cielo gris de la Ciudad de México. Dentro de ella iban mis ganancias del día, la leche de Lupita, sus calcetas nuevas, mi esfuerzo, mi orgullo. Todo iba volando hacia la cabeza de un delincuente.
—¡Toma esto! —grité, aunque mi voz se quebró al final.
El impacto fue brutal y hermoso a la vez. La bolsa golpeó de lleno contra el hombro y el costado del tipo que sostenía al doctor. ¡CRAAASH! El sonido fue estruendoso, como si se hubiera roto una ventana gigante. El vidrio de los frascos de medicina y las botellas de agua mineral importada estalló dentro del plástico, y algunos pedazos, afilados como cuchillas, atravesaron la bolsa.
—¡Aaaay, hija de tu…! —aulló el ladrón, soltando al doctor y agarrándose el brazo. La sangre empezó a manchar la manga de su sudadera gris.
El ruido del vidrio roto resonó como un disparo en la calle tranquila. Los otros dos ladrones saltaron del susto, desorientados. No esperaban resistencia, y mucho menos un ataque aéreo de basura reciclanble .
—¿Qué demonios? —gritó el de la gorra, mirando a todos lados buscando al ejército que los atacaba. Pero solo me vio a mí: una niña flaca, con el pelo revuelto y los ojos desorbitados por el pánico y la adrenalina, parada junto al contenedor de basura .
—¡Es una pinche escuincla! —rugió el herido, mirándome con un odio que me heló la sangre—. ¡Te voy a matar, mocosa!
Dio un paso hacia mí. Me quedé paralizada. Mis piernas, que segundos antes me sostenían con furia, ahora eran de gelatina. “Ya valí”, pensé. “Aquí quedé”. Cerré los ojos esperando el golpe, pensando en quién le daría el pan a Lupita mañana.
Pero el escándalo había cumplido su función. —¡Oigan! ¿Qué pasa ahí? —gritó el guardia de seguridad de la entrada, que por fin había soltado el celular y corría hacia nosotros con la macana en la mano, pitando un silbato . A lo lejos, el sonido de una sirena de patrulla, que quizás ni siquiera venía para acá, empezó a acercarse.
—¡Vámonos, ya se calentó la plaza! —ordenó el líder de la banda. —¡Pero el doctor…! —¡Déjalo! ¡Vámonos! .
Empujaron al doctor una última vez contra el cofre del auto y echaron a correr calle abajo, cojeando y maldiciendo, perdiéndose entre los callejones de la colonia.
El silencio que siguió fue casi peor que los gritos. Solo se escuchaba mi respiración agitada, como un fuelle roto, y el sonido lejano del tráfico de la ciudad que seguía su curso indiferente.
El doctor Andrés se quedó recargado en su Mercedes plateado. Se agarraba el pecho con una mano y con la otra se limpiaba el sudor de la frente. Estaba pálido, más blanco que su bata tirada en el asiento trasero . Respiraba hondo, tratando de calmar su corazón que seguramente latía tan rápido como el mío.
Lentamente, levantó la vista y me buscó. Yo seguía pegada al contenedor verde, lista para huir si él también resultaba ser malo. Pero su mirada no tenía maldad. Tenía asombro.
—Niña… —dijo con la voz ronca—. ¿Tú hiciste eso?
No contesté. Solo asentí levemente, sin moverme. Él se separó del auto y dio unos pasos vacilantes hacia mí. Yo retrocedí instintivamente, chocando la espalda contra el metal frío del basurero. Él se detuvo al ver mi miedo. Levantó las manos abiertas, mostrándome las palmas, en ese gesto universal de “no te voy a hacer daño”.
—Tranquila. No te asustes. Soy yo, el doctor. Ya se fueron —dijo suavemente—. Me salvaste. Esos tipos… me iban a quitar todo, o algo peor. Gracias.
Me miró de pies a cabeza. Y yo sentí una vergüenza terrible. Sabía lo que estaba viendo: mis tenis de diferente color y talla, mis jeans con las rodillas rotas y negras de mugre, mi suéter que alguna vez fue rojo y ahora era de un color indefinido entre café y gris . Vi cómo sus ojos se detenían en mi cabello enmarañado y en mi cara, que seguramente tenía manchas de tierra.
—¿Cómo te llamas? —preguntó, bajando el tono de voz para no espantarme .
—Sofía —susurré. Mi voz sonó extraña, ajena. Hacía mucho que no me presentaba con nadie “decente”. En la calle no das tu nombre, das un apodo o te callas.
—Sofía… —repitió, como si probara el nombre en su boca—. Es un nombre muy bonito. Significa sabiduría. Yo soy Andrés.
Dio otro paso y sus ojos de médico, entrenados para ver detalles que otros ignoran, bajaron a mis manos. Yo instintivamente las escondí detrás de mi espalda, pero fue tarde. —Tus manos… estás sangrando —dijo, y su tono cambió de víctima a profesional en un segundo .
Miré hacia abajo. Unas gotas rojas y brillantes caían al pavimento gris, haciendo un patrón macabro junto a los vidrios rotos de mis botellas. Al lanzar la bolsa con tanta fuerza, el vidrio roto había rasgado el plástico y me había rebanado las palmas de las manos. Con la adrenalina no lo había sentido, pero ahora, al verlo, el dolor llegó de golpe. Un ardor agudo, pulsante, como si tuviera fuego en la piel .
—Déjame ver —pidió, acercándose y agachándose para quedar a mi altura . Esta vez no retrocedí. Había algo en su voz, una autoridad suave, que me hizo obedecer.
Saqué las manos temblorosas. Tenía cortes feos en las palmas y en los dedos. La sangre se mezclaba con la mugre de mis uñas. Me dio pena ensuciarlo, él se veía tan limpio, tan pulcro con su camisa azul cielo planchada.
—Esto necesita limpieza y desinfección urgente —dijo examinando las heridas con delicadeza, sin hacer muecas de asco por la suciedad—. Hay vidrios incrustados. Si no lo curamos, se te va a infectar, Sofía. Y una infección en la calle puede ser muy peligrosa.
Levantó la vista y me miró a los ojos. Tenía los ojos color miel, tristes pero amables. —Ven conmigo adentro. A la clínica. Te curo las manos rápido, te pongo unas vendas limpias y… —se detuvo un momento al escuchar el rugido de mi estómago. Fue un sonido fuerte, vergonzoso, que rompió la seriedad del momento—. Y te invito a comer algo. Debes tener mucha hambre .
Comer. La palabra mágica. Mi boca se llenó de saliva al instante. Imaginé un plato de sopa caliente, arroz, pollo… cosas que no probaba desde hacía años. Mis piernas flaquearon de puro deseo. Pero entonces, la imagen de Lupita bajo el puente me golpeó la mente. Lupita sola. Lupita esperándome con su pedazo de bolillo mohoso. Lupita indefensa.
Retiré mis manos bruscamente de las suyas, como si me hubieran dado toques eléctricos. —No —dije, retrocediendo—. No puedo. El doctor pareció confundido. —¿Por qué no? No te voy a cobrar, Sofía. Es lo menos que puedo hacer. Me salvaste de una golpiza, o de que me picaran. Déjame ayudarte. —No puedo entrar ahí —señalé el edificio lujoso—. No me van a dejar. Y no tengo tiempo. Tengo que irme.
Me agaché para intentar recoger la bolsa rota. Quizás algunas botellas se habían salvado. Quizás todavía podía vender algo. —¡No, no toques eso! —exclamó el doctor, deteniéndome—. Te vas a cortar más. Deja eso ahí. —¡Es mi dinero! —grité, y las lágrimas de frustración que había estado conteniendo por fin salieron—. ¡Era para la leche! ¡Rompí todo! ¡Ahora no tengo nada! .
El doctor Andrés se quedó quieto, procesando lo que acababa de pasar. Entendió que para mí, esa bolsa de basura valía más que su coche de lujo. Valía la cena de mi hermana. Se metió la mano al bolsillo y sacó la cartera, pero recordó que los ladrones casi se la llevan porque no traía efectivo. —Escucha… te daré dinero por las botellas. Te daré mucho más de lo que valían. Pero primero déjame curarte. Por favor. Estás temblando.
Negué con la cabeza, secándome las lágrimas con la manga sucia, manchándome la cara de sangre y moco. —No puedo tardarme. Mi hermanita está sola en la casa. Le prometí que volvía temprano. Si no llego, se asusta. No le abre a nadie, pero se asusta .
El doctor se quedó pensativo un momento. Vio mi desesperación, mi urgencia. No era miedo a él, era miedo por alguien más. —¿Tienes una hermanita? —preguntó suavemente. —Sí. Tiene cinco años. Se llama Lupita. Me está esperando. —¿Está muy lejos tu casa? Dudé. ¿Decirle la verdad? ¿Decirle que mi “casa” era un agujero debajo de un puente ferroviario? La vergüenza me quemaba más que las heridas. —No… no muy lejos. —Mira, hagamos un trato —dijo el doctor Andrés, poniéndose de pie y sacudiéndose las rodillas del pantalón—. No te puedo dejar ir así, sangrando y con hambre. Y tampoco quiero que tu hermana se asuste. ¿Qué te parece si vamos por ella? .
Me quedé helada. —¿Cómo? —Vamos en mi coche. Me dices dónde viven, recogemos a tu hermana y las traigo a las dos. Las curo, comemos algo rico, les doy comida para llevar y luego las regreso o las llevo a donde quieran. ¿Trato?
Miré el auto plateado. Era una nave espacial comparado con mi realidad. Miré mis tenis sucios. —Voy a ensuciar su coche —dije en voz baja. Él sonrió, una sonrisa triste pero genuina que le arrugó las esquinas de los ojos. —Es solo un coche, Sofía. Se lava. Las manos no se lavan tan fácil si se infectan. Anda, sube.
Dudé. Mi mamá siempre decía: “Nunca te subas al coche de un extraño”. Pero mi mamá ya no estaba. Y mis manos palpitaban de dolor. Y la idea de llevarle a Lupita comida de verdad, comida de restaurante, era demasiado tentadora. Además, este señor tenía cara de papá. De esos papás que ves en los parques empujando columpios. —¿De verdad? —pregunté. —De verdad. Palabra de médico.
Asentí lentamente. El doctor abrió la puerta del copiloto para mí. El interior del auto olía a cuero nuevo y a loción cara. Me senté en la orilla del asiento, tratando de flotar para no tocar nada con mi ropa mugrosa. Él rodeó el auto y se subió. Arrancó el motor y el coche ronroneó suavemente. —Dime por dónde, Sofía.
Lo guié por las calles de la ciudad. Ver la ciudad desde la ventana de un coche con aire acondicionado era muy diferente a caminarla. La gente se veía lejos, el ruido se quedaba afuera. Me sentí segura por primera vez en meses . —A la derecha en el semáforo… luego todo derecho hasta las vías del tren… —le iba indicando .
Mientras conducía, él me hacía preguntas, pero no como un policía, sino como alguien que de verdad quiere saber. —¿Cuánto tiempo llevan viviendo solas? —Dos años —contesté mirando por la ventana. —¿Y tus papás? —Mi mamá murió. Cáncer —dije seca. La palabra todavía me sabía a óxido—. Y mi papá… no sé. Nunca lo conocí. Mamá decía que era bueno, pero que no sabía de nosotras. Vi cómo el doctor apretaba el volante con fuerza, sus nudillos se pusieron blancos. Tal vez le daba coraje que hubiera hombres que abandonaran a sus hijos. —Lo siento mucho, Sofía. Eres muy valiente para cuidar a tu hermana tú sola.
Llegamos a la zona industrial. El paisaje cambió. Los edificios bonitos quedaron atrás y aparecieron las bodegas, los talleres mecánicos y la basura acumulada en las esquinas. —Es ahí —señalé con el dedo índice vendado con un pañuelo que él me había dado provisionalmente—. Debajo del puente negro.
El doctor Andrés desaceleró. Su cara cambió. Miró el lugar con incredulidad. Era un bajopunte oscuro, húmedo, donde se acumulaban llantas viejas y escombros. —¿Ahí? —preguntó, con un hilo de voz . —Sí. Ahí entre las columnas. Es seguro, no entra el agua cuando llueve —defendí mi hogar, aunque ante sus ojos se viera como un basurero.
Estacionó el Mercedes junto a un montículo de tierra. Era ridículo ver ese coche tan brillante en medio de tanta fealdad. Apagó el motor y se quedó un momento en silencio, mirando hacia la estructura de cartón que apenas se distinguía en la sombra. Suspiró profundamente, como si le doliera el alma. —Vamos por Lupita —dijo.
Bajamos del auto. Él puso la alarma, “bip-bip”. Caminamos hacia las columnas. El olor a orines y humedad nos golpeó. Vi cómo el doctor arrugaba la nariz involuntariamente, pero no dijo nada. Al llegar a la entrada de mi fuerte de cajas, me agaché. —¡Lupita! ¡Soy yo, Sofi! —grité—. ¡Ya llegué!
Se escuchó un ruido adentro. Un rasguño. —¿Trajiste leche? —preguntó la vocecita desde la oscuridad. Sentí que se me rompía el corazón otra vez. No, no traía leche. Traía algo más raro. —Traje algo mejor. Sal, corre. Te quiero presentar a alguien.
Lupita asomó la cabeza tímidamente, abrazando a Firulais. Tenía los ojos llenos de lagañas y miedo. Al ver al hombre alto detrás de mí, se encogió y trató de volver a meterse . —¡No, no! Espera —la detuve—. Él es el doctor Andrés. Es amigo. Me ayudó. Nos va a llevar a comer.
El doctor Andrés no se acercó. Se quedó a una distancia respetuosa, agachándose para no parecer tan gigante . —Hola, Lupita —dijo con una voz tan dulce que parecía que le hablaba a un pajarito herido—. Tu hermana Sofía me salvó hoy de unos hombres malos. Es una heroína. Y me dijo que tú eres muy valiente también. ¿Tienen hambre?
Lupita me miró a mí, buscando aprobación. Yo asentí y le sonreí, aunque me dolían las manos. —Vamos, flaca. Tiene un coche bien bonito. Y dice que nos va a curar la tos.
Lupita salió despacio, arrastrando su cobija. Cuando estuvo a la luz, vi la reacción del doctor. Cerró los ojos un segundo y apretó los labios . Estaba viendo la miseria en su estado más puro: una niña de cinco años vestida con trapos, viviendo como un animalito. Creo que en ese momento, el corazón del doctor Andrés se rompió un poco, sin saber todavía que esa niña era su propia sangre.
—Vengan —dijo él, extendiendo la mano pero sin tocarnos, para no asustarla—. Mi casa no está lejos. Tengo sopa caliente. Y libros. ¿Les gustan los cuentos con dibujos? .
Lupita asintió vigorosamente. Los cuentos eran un lujo que no teníamos. Nos subimos al auto las dos atrás esta vez. Lupita tocaba los asientos de piel con asombro, dejando sus huellitas de polvo, pero al doctor no le importó. Arrancó el coche y nos alejamos de ese puente maldito.
Yo iba mirando por la ventana, viendo cómo la ciudad pasaba rápido. Mis manos ardían, mi estómago rugía, pero por primera vez en mucho tiempo, tenía una esperanza rara en el pecho. No sabía a dónde íbamos, ni qué pasaría después. Solo sabía que ese hombre, el Doctor Andrés, no era como los demás. Había bondad en él. Y mientras el coche subía hacia las Lomas, hacia las casas grandes y los jardines verdes, yo no tenía ni la menor idea de que ese viaje en auto no era solo un aventón para comer. Era el viaje que nos llevaría a descubrir la verdad más grande de nuestras vidas. Íbamos directo hacia un fantasma del pasado. Íbamos hacia la foto de mi mamá.
—¿Sofi? —susurró Lupita a mi lado. —¿Mande? —¿Crees que tenga galletas? —Seguro que sí, chaparra. Las mejores del mundo.
El doctor nos miró por el espejo retrovisor y nos sonrió. Pero sus ojos seguían tristes. Pronto, esa tristeza se convertiría en el shock de su vida. Pronto, la niña de las botellas y el millonario solitario descubrirían que sus historias estaban escritas en la misma página desde hacía mucho tiempo.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: UN PALACIO DE CRISTAL Y EL AGUA QUE BORRA EL DOLOR
El silencio dentro del Mercedes era tan profundo que me zumbaban los oídos. Afuera, la Ciudad de México rugía con su caos habitual —cláxenes, vendedores ambulantes, motores viejos—, pero adentro de esa burbuja de lujo, el mundo estaba en “mute”. El doctor Andrés manejaba con suavidad, sus manos grandes y limpias apenas apretaban el volante forrado en piel. Yo iba en el asiento de atrás con Lupita, quien miraba por la ventana con la boca abierta, dejando pequeñas manchas de vaho en el cristal ahumado cada vez que respiraba emocionada.
—¿A dónde vamos, Sofi? —susurró Lupita, jalándome la manga sucia de mi suéter.
—A la casa del doctor, chaparra. Ya te dije. A comer —le contesté bajito, vigilando al doctor por el espejo retrovisor.
No podía dejar de estar alerta. En la calle aprendes que nada es gratis. Si algo parece demasiado bueno para ser verdad, es porque seguro trae trampa. ¿Por qué un señor rico nos llevaría a su casa? ¿Por qué no solo nos dio cien pesos y nos mandó a volar? Mi mente paranoica repasaba todas las historias de terror que nos contaba el Tío Nico sobre gente que se robaba niños. Pero luego miraba los ojos del doctor en el espejo: ojos color miel, cansados, rodeados de arrugas de preocupación, no de maldad. Se parecían a los ojos de alguien que ha perdido algo importante.
El paisaje urbano empezó a cambiar drásticamente. Dejamos atrás el gris del asfalto roto y las paredes con grafitis de la zona centro y entramos a periférico, subiendo hacia las montañas del poniente. De repente, ya no había puestos de tacos de canasta en las esquinas, sino jardineras perfectas con flores que no se mueren. Las casas dejaron de estar pegadas unas con otras y se convirtieron en fortalezas escondidas detrás de muros de piedra volcánica de tres metros de altura, coronados con cercas eléctricas que zumbaban amenazantes.
Estábamos entrando a Las Lomas. Territorio prohibido. Aquí, si te ven caminando con ropa sucia, la patrulla no te pregunta qué haces, te sube y te tira en la delegación por “alterar el orden”. Me hundí un poco más en el asiento de piel, sintiéndome una intrusa, una mancha de mugre en un lienzo blanco.
—Ya casi llegamos —anunció el doctor Andrés, rompiendo el silencio. Su voz era amable, pero noté un ligero temblor. Quizás él también estaba nervioso. Quizás se estaba preguntando qué diablos hacía llevando a dos niñas de la calle a su mansión.
El auto giró en una calle empedrada, ancha y llena de árboles enormes, fresnos y jacarandas que hacían un túnel verde sobre nosotros. Se detuvo frente a un portón negro, imponente, de hierro forjado. El doctor presionó un control remoto que traía en la visera y el portón se abrió lentamente, revelando el secreto que guardaba.
—¡No manches! —se le escapó a Lupita. Y tenía razón. No manches.
La casa no era una casa; era un castillo moderno. Paredes blancas, ventanales enormes de piso a techo, un jardín que parecía campo de golf de lo verde que estaba el pasto. Había una fuente en la entrada, una fuente de piedra con agua cristalina que brotaba alegremente. Pensé en nuestra garrafa de agua tibia bajo el puente y sentí un piquete de envidia y vergüenza en el estómago.
El doctor estacionó el auto en una cochera techada donde cabían tres coches más. Apagó el motor y el silencio regresó. —Llegamos —dijo, volteándose hacia nosotras con una sonrisa tímida—. Bienvenidas a mi casa.
Abrí la puerta con cuidado, temerosa de romper algo. Al bajar, mis tenis viejos y disparejos pisaron el piso de adoquín limpio. Sentí que ensuciaba el aire solo con respirar. Lupita se aferró a mi pierna, escondiendo la cara en mi pantalón. Firulais, su perro de peluche tuerto, colgaba de su mano, viéndose más triste y sucio que nunca en contraste con este lugar.
—Vengan, pasen —nos invitó el doctor, caminando hacia la puerta principal. Era de madera maciza, oscura y brillante, con una cerradura digital.
Al entrar, el olor me golpeó. No olía a humedad, ni a smog, ni a basura. Olía a madera, a cera para pisos, a libros viejos y a un perfume suave, como a lavanda o vainilla. Olía a “rico”. No a dinero, sino a paz.
La entrada era un recibidor de doble altura con un candelabro que colgaba del techo como una lluvia de diamantes. El piso era de duela de madera que brillaba tanto que podía ver mi reflejo borroso en él. —Pisen con confianza, no pasa nada —dijo el doctor al ver que nos quedamos paradas en el tapete de la entrada, sin atrevernos a dar un paso más.
—Vamos a ensuciar, señor —murmuré, mirando mis suelas llenas de lodo seco. —No importa. Se limpia. La casa es para vivirse, no para verse —respondió él, restándole importancia, aunque vi cómo sus ojos escaneaban rápidamente nuestra ropa .
Nos guio hacia la sala. Era un espacio enorme, con sofás de color crema que se veían tan suaves que daban ganas de llorar. Había una chimenea apagada, estantes llenos de libros hasta el techo y una televisión plana tan grande como una pared de cine. —Siéntense, por favor. Están en su casa —dijo, señalando uno de los sofás.
Lupita y yo nos sentamos en la orilla, tensas como resortes. El doctor Andrés nos miró un momento, y luego su mirada cayó de nuevo en mis manos vendadas con el pañuelo sucio. —Lo primero es lo primero —dijo con tono profesional—. Esas heridas necesitan lavarse bien y desinfectarse. Y creo que… bueno, creo que a las dos les caería bien un baño caliente y ropa limpia, ¿no creen?
Un baño. La idea me mareó. Hacía meses que no me bañaba con agua caliente. En la calle, te bañas a jicarazos con agua fría en los baños públicos de los mercados, si tienes cinco pesos para pagar la entrada. Si no, te lavas con toallitas húmedas que a veces la gente tira. —¿Un baño? —preguntó Lupita, con los ojos como platos. —Sí, con burbujas si quieren —sonrió el doctor.
—Pero no tenemos ropa limpia —dije yo, protegiendo mi dignidad. No me iba a poner mi ropa apestosa después de bañarme. —No se preocupen por eso. Creo que tengo algo que les puede servir. Esperen aquí un segundo.
El doctor desapareció por un pasillo. Me quedé sola con Lupita en esa sala inmensa. —Sofi, tengo miedo —susurró mi hermana. —No tengas miedo, flaca. Mira qué bonito está todo. —¿El señor es un príncipe? —No, es un doctor. —¿Y por qué vive en un castillo? —Porque… porque tuvo suerte, supongo. O porque trabajó mucho. No sé. —¿Nos va a regalar el castillo? —No digas tonterías. Nos va a dar de comer y nos vamos. No te acostumbres, Lupita. Esto no es para nosotras.
El doctor regresó con una pila de toallas blancas y esponjosas, y unas playeras grandes. —Miren, vivo solo, así que no tengo ropa de niña, pero encontré estas playeras mías que son de algodón suave. Les van a quedar como vestidos, pero estarán limpias. También encontré unos pants que se encogieron en la lavadora, tal vez te queden a ti, Sofía, si los arremangamos.
Nos llevó a un baño que estaba en la planta baja. —Híjole… —se me escapó. El baño era más grande que todo nuestro refugio bajo el puente. Tenía azulejos de mármol, una tina blanca inmensa y una regadera con puerta de cristal. Había frascos de jabón líquido, shampoo y cremas. —Aquí tienen todo. Jabón, toallas, agua caliente. Tómense su tiempo —dijo el doctor Andrés, poniendo las cosas sobre el lavabo de granito—. Yo voy a la cocina a preparar algo de comer. ¿Les gustan los sándwiches de queso derretido y sopa de fideos? . —Sí —dijimos las dos al mismo tiempo. El hambre nos hizo olvidar la timidez. —Perfecto. Cierren con seguro si quieren. Nadie va a entrar. Están seguras aquí.
El doctor salió y cerró la puerta. Escuché sus pasos alejarse por el pasillo. Me quedé parada frente al espejo enorme del lavabo. Y entonces, me vi. De verdad me vi . No era la imagen borrosa que veía en los vidrios de los coches. Era yo, en alta definición, bajo la luz blanca y cruel del baño.
Lo que vi me rompió el alma. Vi a una niña de once años que parecía de cuarenta. Tenía la piel grisácea por la mugre incrustada. Mi cabello era una maraña de nudos y polvo. Tenía ojeras moradas bajo los ojos hundidos. Mis labios estaban partidos por el frío y la deshidratación. “Dios mío”, pensé. “¿Así me vio él? ¿Con este asco?”. Parecía un monstruo. Un pequeño monstruo callejero. Lupita se acercó y se miró también. Ella no se juzgó. Solo tocó el espejo. —Mira, Sofi, soy yo.
Abrí la llave de la regadera. El agua salió disparada con fuerza. Al principio fría, pero en segundos empezó a salir vapor. Metí la mano bajo el chorro. ¡Caliente! ¡Deliciosa! —¡Quítate la ropa, Lupita, rápido! —le ordené, con urgencia. Quería quitarnos la costra de la calle de encima. Quería arrancar el olor a basura, a miedo, a pobreza.
Nos desvestimos rápido, dejando nuestra ropa sucia hecha un montón lamentable en una esquina del piso de mármol. Entramos a la regadera. Cuando el agua caliente tocó mi espalda, solté un gemido involuntario. Sentí cómo se me aflojaban los músculos del cuello que siempre traía tensos. Sentí cómo el calor penetraba hasta los huesos, derritiendo el frío que traía guardado desde noviembre. Lupita se reía bajo el agua, intentando atrapar las gotas con la boca. —¡Está calientita! —gritaba.
Agarré el jabón. Olía a almendras. Nos enjabonamos tres veces. El agua que corría hacia el desagüe era negra, literalmente negra. Era la mugre de la ciudad, el hollín de los escapes, el polvo del suelo. Tallé el pelo de Lupita con el shampoo hasta que hizo una montaña de espuma blanca. Le lavé las orejas, el cuello, los pies. Y luego me lavé yo. Me tallé con fuerza, casi con rabia, hasta que la piel se me puso roja. Quería limpiarme también por dentro. Quería borrar las miradas de desprecio de la gente, los gritos de los borrachos, el miedo de las noches oscuras.
Salimos envueltas en vapor. Nos secamos con las toallas que parecían nubes. Eran tan suaves que Lupita se frotó la cara con una y se quedó abrazada a ella. Nos pusimos la ropa del doctor. A Lupita la playera le llegaba a los tobillos, parecía una túnica de monje, pero se veía limpia y angelical. A mí los pants me quedaban grandes de la cintura, tuve que amarrarlos con una cinta del pelo, y la playera me nadaba, pero olía a suavizante y a limpio.
Me miré de nuevo en el espejo. Seguía siendo flaca, seguía teniendo ojeras, pero ya no era gris. Mi piel tenía color. Mi pelo mojado y desenredado (con mucho esfuerzo y acondicionador) caía sobre mis hombros. Parecía una niña otra vez. Solo una niña.
—Sofi, tengo hambre —dijo Lupita, ya vestida y oliendo a almendras. —Vamos. No se te olvide a Firulais —le dije, aunque el perro seguía sucio. No me atreví a lavarlo por miedo a que se desintegrara.
Salimos del baño, dejando atrás el vapor y la suciedad. Caminamos hacia la sala, sintiéndonos diferentes. Más ligeras. La casa estaba en silencio, solo se escuchaba el ruido de platos y sartenes en la cocina. El olor a comida ahora era intenso: pan tostado, mantequilla, caldo de pollo. Mi estómago rugió como una bestia despertando.
—Espérame aquí, en el sillón. No te muevas —le dije a Lupita—. Voy a ver si el doctor necesita ayuda. Lupita se subió al sofá, abrazando sus rodillas, y tomó un libro que estaba en la mesita de centro. Era un libro de arte con fotos de paisajes. Se puso a ver las “monitos” .
Yo di unos pasos por la sala, observando los detalles que antes, con el miedo, no había notado. Era una casa de hombre solo, pero tenía rastros de una vida pasada. Había adornos delicados que no parecían elegidos por él: jarrones de cristal, cuadros de flores. Mis ojos recorrieron las repisas de la biblioteca. Libros de medicina, enciclopedias, novelas. Y fotos. Muchas fotos. Había fotos del doctor recibiendo premios. Fotos con otros doctores. Fotos de viajes. Y en un mueble de madera oscura, cerca de la ventana que daba al jardín, había una colección de portarretratos de plata, muy elegantes.
Me acerqué despacio, atraída por una fuerza invisible. La primera foto era de una pareja joven en la playa. Él, el doctor Andrés, se veía muy joven, sin canas, riéndose con la boca abierta. Ella… ella estaba de espaldas, con un pareo, mirando el mar. Su cabello largo y castaño ondeaba con el viento. Sentí un escalofrío. Ese cabello… yo conocía ese cabello. Era el cabello que yo cepillaba cuando mamá estaba enferma y no tenía fuerzas para levantar los brazos.
Mi corazón empezó a latir raro. “No puede ser”, pensé. “Es coincidencia”. Di un paso más. Al lado, había otra foto. Más grande. Era una foto de boda . Estaba en blanco y negro, pero se notaba la felicidad. El doctor Andrés llevaba un traje elegante y una flor en la solapa. Abrazaba a la novia por la cintura. La novia llevaba un vestido blanco de encaje, sencillo pero hermoso, y sostenía un ramo de rosas blancas . Miraba a la cámara con una sonrisa radiante, esa sonrisa que iluminaba todo, esa sonrisa que yo no había visto en tres años, pero que recordaba cada noche antes de dormir.
Mis rodillas chocaron contra el mueble. El aire se me atoró en la garganta. Me acerqué tanto que mi nariz casi tocó el cristal del marco. No era un parecido. No era una coincidencia. Era ella. Era Elena. Mi mamá. Pero se veía sana, joven, feliz. No como la mamá que murió en la cama de un hospital público, flaca y amarilla, apretándome la mano y pidiéndome perdón por dejarme sola.
—¿Mamá? —susurré, y la palabra salió como un quejido de dolor. Miré al hombre de la foto. Al doctor Andrés. Si esa era mi mamá… entonces él… él era el hombre del que ella me hablaba. El “amor de su vida” del que nunca me quiso decir el nombre completo para “protegernos”. El padre que yo creía que nos había abandonado, o que ni sabía que existíamos.
Giré la cabeza hacia la cocina. Escuché al doctor tarareando una canción mientras servía la sopa. Ese hombre amable, que nos recogió de la calle, que me vendó las manos y nos dio toallas limpias… ¿era mi papá? Y si era mi papá… ¿por qué vivía en un palacio mientras nosotras vivíamos en una caja de cartón? ¿Por qué dejó que mamá muriera sola? ¿Por qué nunca nos buscó?
Una mezcla de emociones me explotó en el pecho: alegría, confusión, pero sobre todo, una rabia negra y caliente. —Lupita… —llamé a mi hermana, sin poder quitar la vista de la foto—. Lupita, ven acá. Rápido .
Lupita bajó del sofá y corrió hacia mí, chancleteando con sus pies descalzos y limpios sobre la madera. —¿Qué pasa, Sofi? La cargué, aunque ya me pesaba, para que pudiera ver la foto sobre el mueble alto. —Mira. Mira bien. ¿Quién es ella?
Lupita frunció el ceño, concentrándose. Acercó su carita a la foto. De repente, sus ojos se abrieron enormes. —¡Es mami! —gritó, señalando con el dedo—. ¡Es mi mami Elena! ¡Mira, Sofi, mami está bonita ahí! . —Sí… es mami —confirmé, sintiendo que las lágrimas me empezaban a nublar la vista—. ¿Y quién es él?
Lupita miró al novio de la foto. Luego miró hacia el pasillo por donde había desaparecido el doctor. —Es el doctor… —dijo dudosa—. Es el señor del castillo. —Exacto —dije con la voz temblando de furia—. Es él.
En ese preciso instante, escuchamos pasos. El doctor Andrés apareció en el arco de la entrada de la sala. Traía una charola grande de madera en las manos. Humaeba delicioso: dos platos hondos de sopa de fideos, un plato con sándwiches doraditos cortados en triángulos y dos vasos de leche con chocolate . Traía una sonrisa en la cara, listo para alimentarnos.
—Listo, niñas, la comida está ser… —empezó a decir alegremente. Pero se detuvo en seco. Vio dónde estábamos paradas. Vio que yo tenía agarrado el portarretratos con las dos manos, apretándolo contra mi pecho como si fuera un escudo. Vio la expresión de mi cara, que ya no era de miedo ni de gratitud, sino de acusación.
La sonrisa se le borró lentamente. La charola se inclinó peligrosamente en sus manos. Los vasos de leche se tambalearon y un poco de líquido café se derramó sobre la madera barnizada. —¿Qué pasa? —preguntó, con un hilo de voz, sintiendo que la atmósfera en la sala había cambiado de “hogar” a “tormenta” en un segundo .
Nuestros ojos se encontraron. Los míos, llenos de lágrimas y reclamos. Los suyos, confundidos y asustados. Levanté la foto y se la mostré, como si fuera un arma. —Esta es mi mamá —dije, y mi voz sonó fuerte, clara, adulta . —Y usted… usted está con ella.
El doctor Andrés se puso pálido, casi transparente. Dejó la charola sobre la mesa de centro con un golpe seco, sin importarle si se tiraba la sopa. Dio dos pasos hacia nosotras, como si caminara en un sueño, o en una pesadilla. —¿Qué dijiste? —susurró, con los labios temblorosos—. ¿Tu mamá?
—Sí. Mi mamá. Elena —solté el nombre como un latigazo. El doctor se llevó una mano al pecho, justo donde horas antes se lo había tocado tras el asalto. Parecía que le iba a dar un infarto de verdad esta vez. —Elena… —repitió el nombre como si fuera una oración sagrada—. Esa es Elena… mi esposa. Mi primera esposa .
El silencio que siguió fue terrible. Solo se escuchaba el tic-tac de un reloj antiguo en la pared, contando los segundos de una verdad que llevaba años escondida. —Pero… —el doctor negó con la cabeza, confundido, tratando de unir las piezas de un rompecabezas imposible—. Elena se fue… Ella me dejó hace cinco años. Me escribió una carta… Dijo que no me amaba, que se llevaba a nuestra hija…
—¡Mentira! —grité. Lupita se asustó y me abrazó la pierna—. ¡Mi mamá nunca te dejó! ¡Ella te amaba! ¡Ella lloraba por ti en las noches! El doctor se tambaleó y tuvo que agarrarse del respaldo de un sillón para no caerse . —¿De qué hablas, niña? Me dijeron que murieron… Me mostraron un acta de defunción. Un accidente de auto… Hace cinco años.
—¡Nadie murió en un accidente! —le grité, llorando de rabia—. ¡Mamá murió de cáncer en el Hospital General hace tres años! ¡Estuvimos con ella hasta el final! ¡Nadie nos ayudó! ¡Tú no estabas ahí!
El doctor Andrés cayó de rodillas sobre la alfombra persa. Se veía destruido. Su mundo perfecto, su vida tranquila de viudo triste, acababa de estallar en mil pedazos. Levantó la vista hacia mí. Me miró. Realmente me miró. No a la niña sucia de la calle. No a la niña rescatada. Sino a mis rasgos. Buscó en mi cara los ojos de Elena. La forma de su boca. Y los encontró.
—Sofía… —dijo, estirando una mano temblorosa hacia mí—. Sofi… ¿Eres tú? ¿Eres mi Sofía? .
Yo no me moví. Quería correr a abrazarlo, porque era mi papá. Pero también quería golpearlo, porque nos había dejado solas. —Me llamo Sofía —dije fríamente—. Y ella es Lupita. Tu otra hija. La que nació después de que “te dejaran”.
—¿Hija? —miró a Lupita, que lo observaba con curiosidad desde detrás de mi pierna . Las lágrimas empezaron a correr por las mejillas del doctor. Lágrimas gruesas, dolorosas. —Dios mío… Dios mío, ¿qué he hecho? —sollozó, cubriéndose la cara con las manos—. Pensé que estaban muertas. Isabel me dijo… Isabel me juró…
—¿Isabel? —pregunté, sintiendo un escalofrío al escuchar ese nombre. El nombre de la bruja. El nombre de nuestra pesadilla. —Mi esposa… mi esposa actual —balbuceó él—. Ella me trajo los papeles. Ella me consoló cuando “murieron”.
Ahí estaba. La pieza que faltaba. La villana de la historia. —Isabel es mala —dijo Lupita de repente, con su vocecita clara—. Ella nos echó a la calle. Ella dijo que si te buscábamos nos iba a matar.
El doctor Andrés levantó la cabeza de golpe. Sus ojos, antes llenos de dolor, ahora se encendieron con una furia aterradora. —¿Qué? ¿Qué les hizo qué?
—Nos robó, papá —dije, usando la palabra “papá” por primera vez, y se sintió como una llave abriendo una puerta oxidada—. Nos robó nuestra vida. Nos robó a ti. Y nos tiró a la basura para quedarse con tu dinero.
CAPÍTULO 4: LA MENTIRA MAESTRA Y EL MONSTRUO EN CASA
El tiempo en la sala de la mansión se fracturó. Ya no existía el reloj en la pared, ni el tráfico lejano de Las Lomas. Solo existía el sonido desgarrador de un hombre adulto llorando.
El doctor Andrés, el hombre que hace unas horas me parecía un gigante intocable con su bata blanca y su coche de lujo, estaba derrumbado en la alfombra persa. Se había encogido sobre sí mismo, como si hubiera recibido un golpe físico en el estómago. Sus hombros se sacudían violentamente.
—¿Vivas? ¿Estuvieron vivas todo este tiempo? —repetía una y otra vez, con la cara enterrada en sus manos .
Yo me quedé de pie, rígida, sosteniendo la foto de mi mamá como si fuera un escudo sagrado. Quería consolarlo, quería agacharme y abrazarlo porque, después de todo, era mi papá. Pero una parte de mí, esa parte dura y fría que creció bajo el puente para protegerme, no me dejaba moverme. Había demasiado dolor acumulado, demasiadas noches preguntándole a la luna por qué nadie venía por nosotras.
Lupita, que no entendía de rencores, rompió la barrera. Se soltó de mi pierna y caminó despacito hacia él. Con su manita limpia y oliendo a jabón de almendras, le tocó el hombro. —No llores, señor papá —le dijo con su vocecita dulce—. Ya no tenemos frío. Mira, Sofi está enojada, pero se le pasa.
Andrés levantó la cabeza. Tenía los ojos rojos e hinchados. Miró a Lupita como si estuviera viendo un milagro. —Tú… —susurró, estirando la mano para tocarle la mejilla con una delicadeza infinita, como si tuviera miedo de que se desvaneciera—. Tú eres mi hija también. Tienes la barbilla de Elena. Y mis orejas .
Lupita sonrió tímidamente. —Sofi dice que me parezco a mamá cuando me río. —Sí… —Andrés sollozó y luego abrió los brazos—. Vengan. Por favor. Necesito… necesito saber que son reales.
Mis defensas cayeron. Solté la foto sobre el sofá y me dejé caer de rodillas junto a él. Nos abrazó a las dos. Fue un abrazo torpe, desesperado, lleno de culpa y amor. Olía a loción cara, a sudor de miedo y a lágrimas. Sentí el latido de su corazón contra mi oreja, un ritmo acelerado y caótico. Por primera vez en cinco años, sentí que tenía un ancla en este mundo. Ya no éramos dos barcos a la deriva .
—Perdónenme —nos decía al oído, mojándome el pelo con su llanto—. Perdónenme por no saber. Perdónenme por ser tan ciego. Yo me morí el día que me dijeron que ustedes ya no estaban.
Nos quedamos así un largo rato, hechos un nudo de brazos y sollozos en el suelo de una mansión que se sentía demasiado grande. Finalmente, Andrés respiró hondo, se limpió la cara con el dorso de la mano y nos ayudó a sentarnos en el sofá. Su expresión había cambiado. La tristeza seguía ahí, pero ahora había algo más: una urgencia oscura.
—Necesito que me cuenten todo —dijo, su voz ahora era firme, casi clínica, aunque le temblaba la mandíbula—. Necesito entender cómo pasó esto. Sofía, dijiste que Isabel… que ella las echó.
Asentí, abrazando un cojín de terciopelo. Volver a recordar era como abrir una herida que apenas estaba cicatrizando, pero sabía que tenía que hacerlo. Tenía que sacar el veneno.
—Fue después del funeral de mamá —empecé, mirando mis manos limpias pero marcadas por las cicatrices del vidrio—. Cuando mamá murió en el hospital, la tía Isabel… bueno, tu esposa, apareció. Nos dijo que era amiga tuya, que tú estabas de viaje y que ella nos cuidaría mientras regresabas.
Andrés apretó los puños. —Yo no estaba de viaje… yo estaba aquí, esperándolas. Pero ella me dijo que Elena no quería verme.
—Nos llevó a un departamento en la Colonia Narvarte. Era el departamento de mamá, pero Isabel tenía las llaves —continué—. El primer mes todo fue… normal. Ella nos compraba comida, nos llevaba al parque. Nos decía: “Pobrecitas, se quedaron solitas, pero la tía Isabel las quiere” .
Lupita interrumpió, jugando con las borlas del cojín: —Me compró una muñeca. Pero luego me la quitó y se la dio al perro.
Andrés frunció el ceño. —¿Al perro? —No, al hijo —corregí a mi hermana—. A Diego. —¿Diego? —Andrés parecía genuinamente confundido—. Isabel me dijo que no podía tener hijos. Que por eso sufría tanto. Siempre me dijo que era estéril .
Solté una risa amarga, una risa que no corresponde a una niña de once años. —Pues es otro milagro, papá. Porque Diego existía. Tenía como dieciséis años entonces. Era un chavo grosero, siempre estaba jugando videojuegos y nos pateaba cuando Isabel no veía. —Vivía con su papá biológico, creo —expliqué, recordando las conversaciones que escuchaba a escondidas—. Pero cuando mamá murió, Isabel lo trajo a vivir con nosotras. Le dio el cuarto de mamá. Dijo: “Ahora este es tu cuarto, mijo. Todo esto va a ser tuyo” .
La cara de Andrés se estaba transformando. La confusión daba paso al horror. Estaba armando el rompecabezas de una traición que había durado un lustro.
—Sigue, Sofía —pidió, con la voz tensa—. ¿Qué pasó después?
—Un día, como a las seis de la mañana, Isabel nos despertó a gritos. Estaba como loca. Olía raro, como a medicina o alcohol. Entró al cuarto donde dormíamos Lupita y yo en un colchón en el suelo. Cerré los ojos, transportándome a esa mañana fría de octubre. Podía escuchar los gritos de Isabel rebotando en las paredes vacías.
—Empezó a sacar nuestra ropa de los cajones y a meterla en bolsas negras de basura. Nos gritaba: “¡Ya estuvo bueno! ¡Ya las mantuve mucho tiempo! ¡Lárguense, parásitos!” . —Lupita empezó a llorar porque quería su leche. Isabel la empujó. Le dijo: “Cállate, mocosa, que me duele la cabeza”. Yo me puse en medio para defender a mi hermana. Le dije que iba a llamarte a ti. Que mamá dijo que tú eras bueno.
Andrés cerró los ojos, como si hubiera recibido una bofetada. —¿Y qué dijo ella? —Se rió. Una risa fea, de bruja de cuento. Se agachó para quedar frente a mi cara y me dijo las palabras que nunca se me van a olvidar. Respiré hondo para poder decirlas sin llorar. —Me dijo: “Tu madre se murió y a mí no me sirven niños ajenos. Tengo a mi propio hijo, y él necesita esta herencia. Todo esto es para Diego, no para unas recogidas” .
—Dios mío… —susurró Andrés.
—Nos sacó a empujones al pasillo del edificio. Hacía frío. Yo estaba en pijama y descalza. Tuve que rogarle que me dejara entrar por mis tenis. Me aventó los tenis por la puerta y cerró con llave. Escuchamos cómo le ponía el seguro y se reía del otro lado. —Nos quedamos ahí, sentadas en el tapete de bienvenida del vecino, llorando. Lupita tenía dos años, usaba pañales todavía . No entendía nada.
—¿Y no fueron con la policía? ¿Con algún vecino? —preguntó Andrés, desesperado.
—Lo intentamos. Fuimos con la vecina del 4, Doña Mago. Ella nos conocía. Nos dio un té y nos dejó dormir en su sofá esa noche. Pero al día siguiente nos dijo que no podía tenernos. Que tenía miedo. —¿Miedo de qué? —De Isabel. Isabel le había dicho a todo el edificio que nosotras éramos unas ladronas, que nos habíamos robado joyas y que nos habíamos escapado. Y luego… luego nos amenazó a nosotras directamente.
—¿Cómo las amenazó? —la voz de Andrés era un gruñido bajo.
—Unos días después, cuando estábamos rondando el edificio esperando ver a alguien conocido, Isabel salió en su coche. Se paró junto a nosotras, bajó la ventana y nos dijo: “Si se atreven a buscar a Andrés, o si van a la policía, las mato. Tengo amigos muy malos. Tengo amigos que desaparecen gente. Si abren la boca, las voy a encontrar y las voy a enterrar donde nadie las busque” . —Y para que viéramos que iba en serio, trajo a dos tipos unos días después. Nos persiguieron por el parque. Nos dijeron que si no desaparecíamos, nos iban a cortar la lengua .
Andrés se levantó del sofá. No podía estar quieto. Caminaba de un lado a otro de la sala como un león enjaulado, pasándose las manos por el pelo. —Ella… ella planeó todo. Fríamente. Calculó todo. —¿Por qué, papá? —pregunté, aunque yo ya sabía la respuesta—. ¿Por qué nos odiaba tanto si ni nos conocía?
—Por dinero, Sofía. Maldito dinero —escupió Andrés—. Cuando Elena y yo nos separamos (o eso creí yo), yo puse muchas propiedades a nombre de Elena para protegerlas. Y mi testamento… mi testamento dice que todo es para mis hijos. Isabel sabía que si ustedes aparecían, ella y su hijo Diego se quedaban sin nada . —Ella quería la herencia. Quería asegurar el futuro de su hijo robándoles el suyo.
—Pero, ¿cómo te engañó a ti? Tú eres listo. Eres doctor. Andrés se detuvo frente a la ventana que daba al jardín, mirando la oscuridad que empezaba a caer. —Me mostró papeles, Sofía. Un acta de defunción oficial. Con sellos del gobierno, firmas, todo. Decía que Elena, tú y la bebé habían muerto en un accidente en la carretera a Cuernavaca. Que el coche se incendió y que no había… que no había cuerpos para reconocer . —Yo me volví loco. Quise ir a investigar, pero Isabel… ella “se encargó” de todo. Me dio pastillas para dormir, me mantuvo sedado por semanas “por mi bien”. Organizó una misa. Hasta lloró en el funeral simbólico .
—El Tío Víctor intentó buscarte —recordé de pronto—. El hermano de mamá. Un día nos encontró pidiendo dinero en el metro. Estaba feliz de vernos. Dijo que iba a ir contigo a decirte la verdad. —¿Y qué pasó? Nunca vino. —Isabel lo interceptó. No sé cómo se enteró, tal vez nos vigilaba. Pero Víctor nos dijo después, muy asustado, que unos policías lo habían golpeado y le dijeron que si no se iba de la ciudad, le iban a sembrar droga. Se fue a Tijuana y nunca más supimos de él .
Andrés golpeó la pared con el puño. El sonido seco resonó en la sala. —Corrupción. Pagó por papeles falsos, pagó por intimidar… Ella tiene contactos, sí. Su padre era político. Siempre presumía de sus “palancas”.
Se hizo un silencio pesado. La magnitud de la maldad de Isabel era abrumadora. No era solo una madrastra mala de cuento; era una criminal. Había falsificado documentos, corrompido autoridades y condenado a dos niñas a la muerte lenta de la calle, todo para que su hijo pudiera tener coches del año y ropa de marca.
—¿Saben qué es lo peor? —dijo Andrés, volteándose hacia nosotras con los ojos llenos de una determinación fría—. Que ella sigue aquí. Ella vive en esta casa. Duerme en la habitación de arriba. Come en esta mesa. Lupita se asustó. —¿Va a venir? —preguntó, aferrándose a mi brazo—. ¡Vámonos, Sofi! ¡Vámonos abajo del puente! ¡Ahí no nos encuentra!
—¡No! —Andrés se acercó rápidamente y se arrodilló frente a Lupita—. Escúchame bien, mi amor. Nunca más. Nunca más vas a volver a vivir bajo un puente. Nadie las va a sacar de aquí. Esta es su casa. Y yo… yo soy su papá, y los papás protegen a sus hijos. —Pero ella tiene amigos malos —dijo Lupita temblando. —Yo también tengo amigos —dijo Andrés, y su voz sonó peligrosa—. Y tengo algo que ella no tiene: la verdad. Y tengo ira. Mucha ira.
En ese momento, el sonido de un motor interrumpió la escena. Un coche se acercaba a la entrada. Luego, el zumbido eléctrico del portón abriéndose. Mis sangre se heló. Conocía ese sonido. —Es ella —susurré.
Andrés se puso de pie. Se alisó la camisa, se secó las últimas lágrimas y su postura cambió. Ya no era el hombre roto que lloraba en el suelo. Ahora era un muro de concreto. —Escúchenme bien —nos dijo rápido, en voz baja—. Quédense aquí. No digan nada hasta que yo les diga. No tengan miedo. Ella ya no tiene poder aquí. Hoy se acaba su reinado de terror.
Escuchamos el sonido de tacones altos resonando en el adoquín de la entrada. Clac, clac, clac. Pasos seguros, arrogantes. La puerta principal se abrió. —¡Andrés, mi amor! —gritó una voz femenina desde el recibidor, una voz chillona y falsa que me provocó náuseas—. ¡Ya llegué! ¡No sabes el tráfico que había en Periférico! ¡Horrible! Y luego en el centro comercial una inútil me rayó la camioneta…
Isabel entró a la sala. Venía cargada de bolsas de tiendas de lujo: Palacio de Hierro, Louis Vuitton. Vestía un traje sastre impecable color crema y llevaba lentes de sol sobre la cabeza. Se veía exactamente como la recordaba, solo que con más joyas y el pelo más rubio .
Al principio no nos vio, porque el respaldo del sofá nos tapaba. Solo vio a Andrés de pie junto a la chimenea. —¿Por qué estás tan callado, cielo? —preguntó, dejando las bolsas en el suelo con un suspiro dramático—. ¿Me extrañaste? Se acercó para darle un beso, pero Andrés dio un paso atrás. Isabel se detuvo, confundida. —¿Qué te pasa? ¿Estás enfermo? Te ves pálido.
Entonces, Andrés se hizo a un lado. Y nosotras quedamos a la vista. Lupita, con su playera gigante, abrazando a su perro tuerto. Y yo, con mis cicatrices en las manos y la mirada fija en ella.
Isabel se quedó congelada. Su sonrisa se desmoronó como un castillo de arena. La sangre se le fue de la cara, dejando al descubierto el maquillaje excesivo. Sus ojos se abrieron tanto que parecía que se le iban a salir. Soltó su bolso de mano, que cayó al suelo con un golpe sordo. —Tú… —susurró, mirándome como si viera a un fantasma—. No puede ser…
—Hola, tía Isabel —dije, y mi voz sonó sorprendentemente tranquila—. ¿Te acuerdas de nosotras? ¿Las “recogidas”?
Ella retrocedió, tropezando con sus propias bolsas de compras. —Andrés… —balbuceó, mirando a su esposo con pánico—. ¿Qué… qué hacen estas pordioseras aquí? ¿Quiénes son? ¡Sácalas! ¡Van a ensuciar todo! ¡Seguro traen piojos! .
Trató de recuperar su papel de señora digna, pero el miedo le salía por los poros. —¿Pordioseras? —repitió Andrés, con una voz tan helada que bajó la temperatura de la sala diez grados—. Qué curioso que las llames así. Hace cinco minutos, mis hijas me contaron que tú las llamas “parásitos”. Y que las echaste a la calle para robarte su dinero.
—¡Es mentira! —gritó Isabel, poniéndose roja—. ¡Están mintiendo! ¡Son unas estafadoras! ¡Tus hijas están muertas! ¡Yo vi los papeles! ¡Tú viste los papeles! —Ah, sí. Los papeles —Andrés caminó hacia el escritorio de la esquina y sacó un sobre que ya tenía preparado (o que tal vez improvisó, pero se veía letal)—. Esos papeles que casualmente tramitaste tú sola. Esos papeles que dicen que no hubo cuerpos.
—¡Fue un accidente terrible! —insistió ella, histérica—. ¡Andrés, por favor, no caigas en su juego! ¡Estas niñas de la calle son muy listas, averiguan cosas y vienen a sacarte dinero! ¡Míralas! ¡Son unas sucias! Se volvió hacia mí con odio puro. —¡Lárguense de mi casa, malditas! ¡Lárguense o llamo a la policía!
—Llama —la reté, poniéndome de pie. Ya no le tenía miedo. Con papá a mi lado, ella se veía patética—. Llama a la policía, Isabel. Cuéntales de Diego. Cuéntales del Tío Víctor. Cuéntales cómo nos amenazaste de muerte.
La mención de Diego la desarmó. —¿Diego? —miró a Andrés—. Yo… —Dijiste que eras estéril —la cortó Andrés—. Y resulta que tienes un hijo de veinte años que vive del dinero que era para mis hijas. ¿Dónde está Diego ahora, Isabel? ¿En Cancún? ¿En Europa? ¿Gastándose el dinero de Elena?
Isabel se dio cuenta de que estaba acorralada. La máscara de víctima no funcionaba. La máscara de esposa amorosa tampoco. Entonces, cambió. Su postura se relajó. Su cara perdió el miedo y se llenó de un cinismo absoluto. Una sonrisa torcida apareció en sus labios pintados de rojo. —Vaya, vaya… —dijo, cruzándose de brazos—. Al final, las ratas sobrevivieron al alcantarillado. Pensé que el frío del primer invierno se encargaría de ustedes. O algún “accidente” en la calle. Eran tan débiles… .
Andrés jadeó, horrorizado por la confesión. —¿Lo admites? ¿Admites que querías que murieran? —¡Claro que quería que desaparecieran! —escupió ella con veneno—. Tú y tu obsesión con la muerta de Elena. “Ay, mi Elena, ay, mis hijas”. ¡Yo estaba viva, Andrés! ¡Yo estaba aquí! ¡Y tú solo pensabas en ellas! Y cuando esa mujer por fin se murió, pensé que seríamos felices. Pero no… ahí estaban las mocosas. —Eran niñas, Isabel. ¡Mis niñas! —Eran un estorbo. Y sí, lo hice por mi hijo. Diego merece todo. Él sí es leal. No como tú, que sigues enamorado de un fantasma.
—Eres un monstruo —dijo Andrés, acercándose a ella—. Pero se acabó. —¿Qué vas a hacer? —se burló ella—. ¿Divorciarte? Hazlo. La mitad es mía por bienes mancomunados. ¿Denunciarme? Buena suerte. Mi abogado se come a los tuyos de desayuno. ¿Quién le va a creer a dos niñas de la calle contra mí? Soy una mujer respetable, hago caridad, soy socia del club. Ellas son nadie .
—Ellas son mis hijas —dijo Andrés—. Y hoy mismo te vas de esta casa. —No me voy a ir a ningún lado. Esta es mi casa también. —Vete —dijo Andrés, y esta vez gritó—. ¡VETE ANTES DE QUE TE SAQUE A ARRASTRAS YO MISMO!
Isabel nos miró con odio una última vez. —Esto no se queda así, Andrés. Te vas a arrepentir. Y ustedes… —nos señaló con un dedo lleno de anillos de oro—. Cuídense la espalda. La calle es peligrosa, pero tener de enemiga a Isabel Kuri es peor.
Dio media vuelta, agarró su bolso y salió taconeando furiosa. Escuchamos cómo se subía a su camioneta y arrancaba quemando llanta.
El silencio volvió a la casa. Pero ahora era un silencio diferente. Limpio. Andrés se giró hacia nosotras. Estaba temblando de rabia, pero cuando nos vio, se suavizó. —Se fue —dijo—. Y no va a volver a entrar. Voy a cambiar las cerraduras. Voy a poner guardias. Mañana mismo vamos a la Fiscalía.
Me acerqué a él y le abracé la cintura. —Gracias, papá. Andrés se agachó y nos besó la frente. —No me den las gracias. Tengo toda una vida que compensarles. Y les prometo una cosa: Isabel va a pagar. Cada lágrima, cada noche de frío, cada miedo… lo va a pagar.
Esa noche, por primera vez en años, dormí en una cama. Una cama gigante, con sábanas que olían a cielo. Lupita dormía a mi lado, roncando suavemente. Pero yo no podía dormir. Miraba el techo, pensando en la amenaza de Isabel. “Cuídense la espalda”. Sabía que esto no había terminado. La bruja se había ido, pero la guerra apenas empezaba. Y yo, Sofía, la niña de las botellas, estaba lista para pelear. Porque ahora tenía algo que perder: tenía un papá.
CAPÍTULO 5: PESADILLAS EN SÁBANAS DE SEDA Y EL ADIÓS AL PUENTE NEGRO
La primera noche en la mansión de mi padre no fue el cuento de hadas que Lupita imaginaba. Fue una batalla silenciosa contra cinco años de instintos de supervivencia.
El doctor Andrés —papá— nos había instalado en dos habitaciones contiguas en el segundo piso. Eran cuartos de visitas que olían a lavanda y a encierro limpio. Mi cama era enorme, con un colchón que parecía abrazarme y sábanas tan blancas que me daba miedo moverme y ensuciarlas con mi sola presencia.
Apagaron las luces a las diez. La casa se sumió en un silencio sepulcral, muy diferente al ruido constante del bajopunte: allá siempre había el rugido de los camiones, ladridos de perros callejeros, sirenas lejanas o gritos de borrachos. Ese ruido era mi canción de cuna; me decía que el mundo seguía girando y que yo tenía que estar alerta. Aquí, el silencio era pesado, desconocido. Cada crujido de la madera asentándose me hacía saltar el corazón.
No pude dormir. Me quedé mirando el techo, con los ojos abiertos como platos, trazando las sombras que proyectaban las ramas de los árboles del jardín. Mi mente no paraba: “¿Y si Isabel regresa con hombres armados? ¿Y si papá se arrepiente mañana y nos devuelve? ¿Y si esto es un sueño y despierto con una rata mordiéndome el tenis?”.
Me levanté descalza, caminando de puntitas sobre la alfombra gruesa. Necesitaba comprobar las rutas de escape. Fui a la ventana: estaba en un segundo piso, muy alto para saltar, pero había una enredadera gruesa pegada al muro. “Bien”, pensé, “por ahí podemos bajar si entran los malos”. Fui a la puerta y le puse el seguro. Luego arrastré una silla pesada de terciopelo y la atoré bajo la perilla. Vieja costumbre de cuando dormíamos en cuartos de azotea prestados.
Luego fui al cuarto de Lupita. Ella dormía profundamente, pero no estaba relajada. Estaba hecha bolita en una esquina de la cama king size, ocupando apenas un espacio mínimo, como si quisiera desaparecer. Su respiración era agitada. Me acerqué para taparla y vi algo que me partió el alma: en su puño cerrado, apretaba con fuerza un pedazo de pan que había escondido de la cena. Tenía miedo de despertar y no tener qué comer.
Me senté en el suelo, recargada en su cama, montando guardia. No iba a dormir. Mi trabajo era vigilar.
Alrededor de las tres de la mañana, la perilla de la puerta de Lupita giró suavemente. Me tensé, lista para atacar. La puerta se abrió un centímetro. Era Andrés. Lo vi a contraluz del pasillo. Llevaba pijama y se veía agotado. Se quedó ahí, parado en el umbral, mirando a su hija menor dormir. No me vio a mí en la oscuridad del suelo. Escuché cómo suspiraba, un sonido roto y tembloroso. Se llevó la mano a la boca para ahogar un sollozo. Estaba viendo la realidad de lo que nos había pasado: su hija durmiendo con pan en la mano, tensa, traumatizada .
—Perdónenme… —susurró a la nada.
Cerró la puerta con cuidado. Yo me quedé ahí, sintiendo una mezcla extraña de pena por él y alivio. Si lloraba por nosotras en la madrugada, significaba que no nos iba a echar. Al menos no hoy.
El amanecer llegó pintando el cielo de un gris más amable. El sol de Las Lomas parecía brillar diferente al del centro; aquí no quemaba, acariciaba. Escuché ruidos en la cocina. El olor a café recién hecho y a tocino subió por las escaleras, despertando a mis demonios del hambre.
Desperté a Lupita suavemente. —Arriba, chaparra. Hay comida. Lupita abrió los ojos y por un segundo vi el pánico habitual de “¿dónde estoy?”, hasta que vio las cortinas de seda y a Firulais en la almohada limpia. —¿Todavía estamos en el castillo? —preguntó con voz pastosa. —Sí. Todavía.
Bajamos las escaleras con cautela, tomadas de la mano. En la cocina, Andrés estaba de espaldas, frente a la estufa, volteando unos hot cakes. Llevaba un delantal ridículo que decía “El Rey de la Parrilla” sobre su ropa de casa. Se veía tan… normal. Tan papá.
—Buenos días, princesas —dijo al vernos, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos hinchados por la mala noche—. ¿Cómo durmieron? —Bien —mentí. —Bien —dijo Lupita, mirando el tocino con lujuria.
Nos sentamos a la mesa. Había de todo: fruta picada (papaya, melón, sandía), jugo de naranja en jarra de cristal, leche, cereal, huevos. Era un banquete. Lupita estiró la mano rápido, agarró dos rebanadas de tocino y se las metió a la boca casi sin masticar, mirando a los lados por si alguien se las quitaba. Andrés se detuvo con la espátula en el aire. Dolor puro cruzó su rostro. —Lupita, mi amor… —dijo suavemente, sentándose frente a ella—. Nadie te va a quitar la comida. Hay mucho. Mira el refri, está lleno. Si se acaba esto, hacemos más. Come despacio, te vas a ahogar .
Lupita masticó más lento, pero no soltó el tenedor. —Es que luego se acaba —dijo ella con la sabiduría de la calle. —Aquí no se acaba —prometió Andrés—. Nunca más se va a acabar.
Desayunamos en un silencio tenso pero agradable. Yo comí hasta que me dolió la panza. No podía dejar nada en el plato. Cuando terminamos, Andrés se limpió la boca con una servilleta de tela y se puso serio.
—Hoy tenemos que hacer muchas cosas —dijo—. Primero, vamos a ir de compras. Necesitan ropa, zapatos que sí sean de su talla, chamarras… todo. Y juguetes. Lupita aplaudió. —Pero antes… —Andrés me miró a mí—. Sofía, creo que debemos ir al puente. Se me heló la sangre. —¿Al puente? ¿Para qué? —pregunté a la defensiva. —A recoger sus cosas. No quiero que piensen que las estoy obligando a olvidar. Quiero que cerremos ese ciclo. Que recojamos lo que sea importante para ustedes y nos despidamos de ese lugar.
Dudé. Una parte de mí quería prenderle fuego a ese puente y no volver a verlo nunca. Pero otra parte sabía que ahí se había quedado mi “tesoro”: la cajita donde guardaba los dientes de leche de Lupita, mi diario escrito en servilletas y la otra foto de mamá que estaba pegada con cinta en el cartón. —Está bien —dije—. Pero rápido.
El viaje de regreso al “mundo real” fue como descender al infierno en un carruaje de aire acondicionado. Conforme bajábamos de la montaña y entrábamos al tráfico pesado del Circuito Interior, sentía que me faltaba el aire. El paisaje se volvió gris otra vez. Basura, cláxenes, gente corriendo. Cuando el Mercedes se estacionó cerca del puente ferroviario, sentí ganas de vomitar. A la luz del día, nuestro refugio se veía aún peor de lo que recordaba. Era un tugurio miserable. Cartones mojados por el rocío, plásticos rotos, olor a orines rancios y a perro muerto .
Andrés bajó del auto. Se quedó parado frente a la estructura de cajas, con las manos en los bolsillos, mirando con horror. Creo que en su mente de médico estaba calculando todas las enfermedades que pudimos haber pescado ahí: neumonía, tifus, cólera. —¿Aquí? —preguntó con la voz estrangulada—. ¿Aquí pasaron el invierno? . —Aquí —dije seca. No me avergonzaba. Había sobrevivido. Yo construí eso. Yo mantuve a mi hermana viva ahí.
Entré al refugio. Se sentía frío y húmedo. —Lupita, no entres —le dije. Ella se quedó afuera con papá. Recogí rápido. Mis dos mudas de ropa vieja las dejé; ya no servían. Agarré la cajita de lámina con los tesoros, mi peine al que le faltaban dientes y la foto de mamá. Arranqué el plástico que cubría el “techo” para que entrara luz. —Es todo —dije saliendo con una bolsa pequeña de plástico .
Andrés miró la bolsa. —¿Eso es todo? ¿En cinco años? —Lo demás es basura, papá. Lupita se acercó a la entrada. Llevaba a Firulais en la mano. —Adiós, casita —susurró—. Gracias por taparnos de la lluvia. Me sorprendió. Ella no odiaba el lugar. Para ella, había sido su hogar. Andrés se agachó y abrazó a Lupita con fuerza, enterrando la cara en su cuello sucio. —Vámonos —dijo él, con urgencia—. Vámonos de aquí para siempre.
De ahí fuimos a Perisur. Un centro comercial gigante. Fue un choque sensorial brutal. Luces brillantes, música pop a todo volumen, aire acondicionado con aroma a perfume caro. La gente caminaba lento, viendo aparadores, sin preocuparse por nada. Lupita caminaba pegada a la pierna de Andrés, asustada por la multitud. Yo iba atrás, vigilando las espaldas, buscando amenazas invisibles. —Relájate, Sofi —me dijo Andrés, poniéndome una mano en el hombro—. Nadie nos va a hacer nada. Mira, vamos a esa tienda.
Entramos a una tienda de ropa infantil de marca. La dependienta nos miró feo al entrar. Lupita y yo llevábamos la ropa improvisada de Andrés y nuestros zapatos viejos (yo había insistido en ponerme mis tenis disparejos para ir al puente). Andrés, sin embargo, llevaba su reloj Rolex y esa aura de “yo soy el dueño del lugar”. —Buenas tardes —dijo Andrés con voz de autoridad—. Necesito vestir a mis hijas. Completamente. Desde ropa interior hasta abrigos. La dependienta cambió la cara de asco por una sonrisa falsa de vendedora al ver la tarjeta Platinum que Andrés sacó “casualmente”. —Claro que sí, señor. Pasen por aquí.
Fue una locura. Andrés agarraba vestidos, pantalones, suéteres y los echaba al mostrador sin ver el precio. —¿Te gusta este, Lupita? —le mostraba un vestido rosa con brillos. —Es de princesa… —decía ella con la boca abierta. —Llévalo. Y este azul también. Y el amarillo. A mí me dejó escoger. Yo fui más práctica. Jeans, sudaderas con gorro (para esconderme si era necesario), botas resistentes. —Escoge algo bonito, Sofi. No solo útil —me dijo él. Agarré una chamarra de mezclilla con forro de borrega. Era bonita. Y calientita.
Al final, salimos con diez bolsas cada uno. Nos cambiamos ahí mismo, dejando la ropa vieja (y mis tenis disparejos) en el bote de basura del probador. Fue simbólico. Dejé mis Converse rotos y salí con unas botas nuevas que no me lastimaban.
Pero lo mejor fue la juguetería. Lupita se volvió loca. Corría de pasillo en pasillo tocando todo. —¿Puedo? —preguntaba a cada rato . —Todo lo que quieras —respondía Andrés, con esa culpa infinita impulsando su billetera.
Lupita se detuvo frente a un estante. Había un peluche gigante. Un unicornio rosa, suave, esponjoso, con ojos brillantes. Era más grande que ella. Se quedó paralizada, mirándolo como si fuera una aparición divina. —¿Te gusta ese? —preguntó Andrés. Lupita asintió, incapaz de hablar. Andrés lo bajó del estante. —Es tuyo. Lupita abrazó al unicornio. Hundió su cara en el peluche. —Gracias, papá… —dijo, y vi lágrimas en sus ojos. No eran lágrimas de tristeza, eran de pura incredulidad .
Yo escogí un set de arte profesional. Lápices, óleos, lienzos. Siempre me había gustado dibujar en cartones viejos con carbón. Ahora podría dibujar en color.
Regresamos a la casa cargados de cosas. Parecía Navidad en mayo. Pero mientras Lupita jugaba feliz con su unicornio en la alfombra de la sala, yo vi cómo la cara de Andrés cambiaba. La euforia de las compras se desvaneció y regresó la sombra de la realidad.
Se sentó en su escritorio en el estudio y sacó su teléfono. Me acerqué a la puerta, escuchando. —¿Bueno? ¿Licenciado Morales? Sí, soy Andrés Kravtsov… No, no es una consulta médica. Necesito verlo urgente. Se trata de un asunto penal… Sí. Fraude, falsificación de documentos, abandono de menores, intento de homicidio… Sí, es contra mi esposa. Contra Isabel. Quiero destruirla, Morales. Quiero que se pudra en la cárcel.
Sentí un escalofrío. Papá no estaba jugando. Colgó el teléfono y marcó otro número. —Comandante Borja… Miki, soy Andrés. Necesito un favor personal. Necesito protección para mi casa. Ahora mismo. Y necesito que rastrees a una persona…
Me retiré de la puerta, sintiendo una mezcla de miedo y seguridad. La guerra había empezado. Isabel nos había amenazado, pero no sabía con quién se había metido. El hombre que lloraba en la noche ahora estaba afilando los cuchillos.
Esa noche, Andrés nos sentó en la sala. —Mañana vamos a ir a la policía —nos dijo muy serio—. Va a ser difícil. Les van a hacer muchas preguntas. Tienen que ser muy valientes y decir la verdad. Todo lo que me contaron a mí, se lo tienen que contar al fiscal. —¿Nos van a creer? —pregunté, con mi eterno escepticismo. —Les van a creer —aseguró él—. Porque yo voy a mover cielo, mar y tierra para que les crean. Y porque encontré algo.
Sacó de su bolsillo un papel arrugado. —Fui al cuarto de Isabel antes de que ustedes bajaran a desayunar. Encontré esto en el fondo de su cajón de seguridad, debajo de sus joyas. Era un recibo viejo. Un recibo de una imprenta en Santo Domingo. Decía: “Trabajo urgente: Actas x 2”. —Ella guardó el recibo —dijo Andrés con una sonrisa fría—. La arrogancia la va a matar. Se sintió tan intocable que ni siquiera destruyó la evidencia de dónde mandó falsificar sus muertes.
Miré ese papelito. Era nuestra condena y nuestra salvación. —Mañana se acaba el miedo, Sofía —me dijo. Asentí. Pero en el fondo sabía que Isabel no se iba a dejar atrapar tan fácil. Ella era como las ratas del bajopunte: acorralada, muerde más fuerte.
—Papá —dije—. Isabel dijo que tiene amigos malos. —Que vengan —respondió él, mirando hacia la ventana oscura—. Yo tengo algo más fuerte que sus amigos malos. Tengo dos razones para pelear a muerte.
Miró a Lupita durmiendo con su unicornio y luego a mí. —Descansen. Mañana empieza la cacería.
Subí a mi cuarto. Me metí en la cama suave. Esta vez, dejé la silla atorada en la puerta, pero no por miedo a que nos echaran, sino para que nadie entrara a hacernos daño. Miré por la ventana hacia la calle oscura de Las Lomas. Un auto negro pasó despacio frente a la casa, bajando la velocidad. Me pareció ver el brillo de un cigarro en el interior. Mi corazón dio un vuelco. ¿Era ella? ¿O eran sus “amigos”? Cerré la cortina rápidamente. La guerra no empezaba mañana. La guerra ya estaba en la puerta.
CAPÍTULO 6: EL BUNKER DE LA VERDAD Y LA CAÍDA DE LA REINA
La mañana siguiente amaneció con un cielo de plomo sobre la Ciudad de México, como si el clima supiera que ese día se iba a desatar una tormenta, pero no de lluvia, sino de justicia.
Me desperté antes de que sonara la alarma del celular que papá me había prestado. Me quedé un rato mirando el techo alto de mi habitación, sintiendo el colchón suave bajo mi espalda. Por un segundo, el pánico de siempre me atacó: “¿Dónde estoy? ¿Dónde está mi bolsa de botellas?”. Pero luego vi el caballete de pintura nuevo en la esquina y respiré. No estaba soñando. Estaba en la mansión. Estaba a salvo. O al menos, eso quería creer.
Bajé las escaleras silenciosamente. La casa estaba en esa calma tensa que precede a los huracanes. Encontré a papá en su despacho. No había dormido. Estaba sentado frente a su escritorio de caoba, rodeado de papeles, con una taza de café negro que ya no humeaba. Tenía los ojos rojos, pero su mirada era fija, depredadora. Estaba organizando las pruebas como un general organiza sus municiones antes de la batalla .
—Buenos días, Sofi —dijo sin levantar la vista de un documento. —Buenos días, papá. ¿Es hoy? —Es hoy.
Sobre el escritorio estaba la “bomba nuclear”: el acta de defunción falsa que Isabel había guardado como trofeo, y el recibo arrugado de la imprenta en Santo Domingo que encontramos ayer. También había fotos impresas de nosotras: unas de cuando éramos bebés con mamá, y otras recientes, tomadas ayer con su celular, donde se veían nuestras cicatrices y la delgadez extrema .
—Hablé con el Fiscal Borja —dijo Andrés, frotándose las sienes—. Es un viejo conocido. Un hombre duro, pero derecho. Nos espera a las once en el “Bunker” de la Fiscalía .
El miedo me apretó el estómago. “Fiscalía”. “Policía”. En la calle, esas palabras no significan ayuda. Significan que te van a correr, que te van a quitar lo poco que tienes, o peor, que te van a llevar al DIF. —¿Y si nos separan? —pregunté, con la voz temblorosa—. Los policías siempre dicen que los niños de la calle tienen que ir a los albergues. Andrés se levantó y rodeó el escritorio para abrazarme. —Eso no va a pasar. Tú no eres una niña de la calle. Eres Sofía Kravtsov. Tienes papá, tienes casa y tienes derechos. Yo no voy a dejar que nadie, escúchame bien, nadie, te separe de mí o de tu hermana. Hoy vamos a que los malos paguen, no a que las víctimas sufran .
El trayecto hacia la Fiscalía General fue tenso. Lupita iba abrazada a su unicornio gigante, al que habíamos bautizado como “Nube”, y miraba por la ventana con desconfianza. —Papá, ¿los policías tienen pistolas? —preguntó. —Sí, mi amor. Pero son para cuidarnos. —Los amigos de la tía Isabel también tenían pistolas —dijo ella, y el coche se llenó de un silencio helado. Andrés apretó el volante hasta que los nudillos se le pusieron blancos. —Esos no eran policías, Lupita. Eran delincuentes. Y hoy vamos a asegurarnos de que nunca más se acerquen a ustedes.
El edificio de la Fiscalía, conocido como “El Bunker”, era una mole de concreto gris en el centro de la ciudad. Se veía imponente y deprimente a la vez. Había gente afuera haciendo fila, abogados corriendo con portafolios, patrullas entrando y saliendo con las sirenas apagadas pero las torretas encendidas. El aire olía a cigarro barato y a burocracia.
Entramos por una puerta lateral, escoltados por un asistente que nos esperaba. —Doctor Kravtsov, por aquí. El Licenciado Borja lo espera. Caminamos por pasillos largos, iluminados por luces fluorescentes que parpadeaban y zumbaban. Las paredes estaban despintadas, color verde pistache deslavado, llenas de carteles de “Se Busca” y avisos sindicales. Se escuchaba el tableteo de teclados viejos y teléfonos sonando sin parar.
Entramos a una oficina al fondo del pasillo. Era pequeña, llena de expedientes apilados desde el piso hasta el techo, como torres inestables de papel. Detrás de un escritorio que había visto mejores tiempos, estaba el Licenciado Miguel Borja. Era un hombre de unos cincuenta años, con el pelo gris revuelto, ojeras profundas y una corbata desajustada. Se veía agotado, como si llevara tres días sin dormir, pero sus ojos eran agudos, inteligentes .
—Andrés —dijo, poniéndose de pie y extendiendo la mano—. Lamento que nos veamos en estas circunstancias. —Gracias por recibirnos, Miguel. Ellas son mis hijas. Sofía y Lupita. Borja nos miró. Su expresión dura se suavizó al instante. Vio a Lupita aferrada al peluche y a mí con mi chamarra nueva pero con la mirada de perro apaleado. —Siéntense, por favor —nos señaló unas sillas de plástico—. ¿Quieren agua? ¿Un refresco? —No, gracias —dije rápido. No quería deberle nada a nadie aquí.
El doctor Andrés empezó a hablar. Su voz era clara, clínica, exponiendo los hechos como si fuera un diagnóstico médico, aunque yo sabía que por dentro se estaba quemando. Contó todo: la muerte de mamá, la supuesta carta de despedida que nunca existió, la aparición de Isabel con el acta de defunción, el duelo, y luego, el milagro del reencuentro en el basurero de la clínica .
El Licenciado Borja escuchaba en silencio, tomando notas en una libreta amarilla con una pluma Bic mordida. De vez en cuando asentía o fruncía el ceño. —¿Y esa carta de despedida? —preguntó Borja—. ¿La conservas? —Isabel dijo que la tiró. Que le dolía mucho verla. Ahora sé que nunca existió .
Andrés sacó el folder con las pruebas. Puso el acta de defunción falsa sobre el escritorio. Borja se puso unos lentes de lectura y la examinó bajo la luz de la lámpara. Sacó una lupa de un cajón. —A simple vista parece buena —murmuró—. Papel seguridad, sellos… Pero si te fijas en el folio… —hizo una pausa—. Sí. Necesitamos un peritaje, pero apesta a Santo Domingo .
—Tengo esto —Andrés deslizó el recibo de la imprenta. Los ojos de Borja brillaron. Era la mirada de un cazador que ve sangre. —¡Bingo! —exclamó—. Con esto tenemos el hilo para jalar la madeja. “Imprenta El Gráfico, Plaza de Santo Domingo”. Si el dueño canta, Isabel se hunde.
Luego, su mirada se dirigió a nosotras. Se quitó los lentes y se recargó en la silla. —Ahora necesito escucharlas a ustedes, niñas. Sé que es difícil. Sé que da miedo. Pero necesito que me cuenten qué pasó después de que su mami falleció. Para poder encerrar a la bruja, necesito sus palabras.
Miré a papá. Él asintió, dándome valor. Respiré hondo y empecé a hablar. Mi voz sonaba pequeña en esa oficina llena de expedientes de crímenes, pero poco a poco fue ganando fuerza. Le conté del desalojo. De cómo Isabel nos sacó a empujones. De las noches de frío. De cómo aprendí a buscar comida en la basura. Borja no me interrumpió. Solo escribía y escribía.
—¿Recuerdas si alguien las ayudó? ¿Alguna institución? —preguntó cuando llegué a la parte de los albergues. —Sí… estuvimos una noche en un orfanato. Se llamaba “El Sol” o “Solnyshko”, algo así… estaba por la calle de las flores . Una señora nos anotó en un libro grande. Pero nos escapamos porque dijeron que a Lupita la iban a mandar a la casa cuna y a mí a otro lado. No podíamos separarnos . Borja anotó frenéticamente. —Eso es vital. Si hay registro de su entrada, prueba que estaban vivas y desamparadas en la fecha que Isabel decía que estaban muertas.
Luego fue el turno de Lupita. Ella hablaba muy bajito. —La tía Isabel es mala —dijo—. Nos gritaba. Dijo que si volvíamos con papá nos iba a matar. Dijo que tenía amigos que nos iban a encontrar donde sea . —¿Amigos? —preguntó Borja con suavidad. —Sí. Señores grandes. Con coches negros. Borja intercambió una mirada pesada con Andrés. Amenazas de muerte, corrupción de menores, crimen organizado… la lista de delitos crecía.
Cuando terminamos, Borja cerró la libreta. —Doctor, con esto tengo suficiente para abrir la carpeta de investigación y solicitar una orden de aprehensión urgente. Hay flagrancia continuada, riesgo de fuga y peligro para las víctimas . —¿Qué sigue? —preguntó Andrés. —Voy a mandar a mis agentes a Santo Domingo ahora mismo. Y voy a pedir los registros del albergue. Si todo cuadra, vamos por ella. ¿Saben dónde está Isabel ahora? —En el departamento de la Narvarte. El que era de Elena. Tiene la desfachatez de refugiarse ahí . —Perfecto. No se acerquen a ella. Déjenme hacer mi trabajo.
Los siguientes dos días fueron una tortura de espera. Nos quedamos encerrados en la mansión, con guardias de seguridad privada en la puerta. Andrés no fue a la clínica. Se la pasó pegado al teléfono. Yo dibujaba en mi caballete, tratando de sacar los monstruos de mi cabeza pintándolos de colores, pero cada vez que sonaba el teléfono, brincaba.
Finalmente, el miércoles por la tarde, el celular de Andrés sonó. —¿Bueno? —contestó rápido. Escuché la voz grave de Borja al otro lado, aunque no distinguía las palabras. Vi cómo los hombros de papá se relajaban. Se dejó caer en el sillón y cerró los ojos. —Gracias, Miguel. Vamos para allá. Colgó y nos miró con una sonrisa cansada pero victoriosa. —La tienen.
Regresar al Bunker fue diferente esta vez. Ya no éramos víctimas asustadas pidiendo ayuda. Éramos la parte acusadora. El ambiente en la Fiscalía estaba eléctrico. Había periodistas afuera. Parece que el chisme de “El Doctor Millonario y las Hijas Resucitadas” se había filtrado. Entramos por atrás para evitarlos.
Borja nos recibió con una cara de satisfacción mal disimulada. —La tenemos en la sala de interrogatorios 2. Está furiosa. Niega todo. Trajo a un abogado muy caro, de esos que cobran en dólares . —Quiero verla —dijo Andrés. —No puedes hablar con ella, contaminarías el proceso. Pero puedes verla a través del espejo Gesell.
Nos llevaron a un cuarto oscuro. A través de un vidrio grande, podíamos ver el cuarto de al lado, iluminado con una luz blanca y cruda. Ahí estaba Isabel. No se parecía a la mujer elegante que nos gritó en la casa. Llevaba la misma ropa, pero arrugada. Su maquillaje estaba corrido. Estaba esposada a la mesa de metal. A su lado, un hombre de traje gris y peinado engominado le susurraba al oído y revisaba papeles nerviosamente. Su abogado.
Isabel golpeó la mesa con la mano libre. —¡Esto es un atropello! —gritaba, y su voz nos llegaba por una bocina en el cuarto oscuro—. ¡Ustedes no saben quién soy! ¡Soy Isabel Kuri! ¡Voy a demandar a esta pocilga y a todos ustedes! ¡Quiero hablar con mi esposo! ¡Él me va a sacar de aquí! .
Borja entró a la sala de interrogatorios. Se sentó frente a ella con una calma exasperante. —Señora Kuri, su esposo es quien puso la denuncia. —¡Le lavaron el cerebro! —chilló ella—. ¡Esas niñas son unas impostoras! ¡Unas actrices de la calle que él contrató o que lo engañaron! ¡Mis hijastras murieron hace cinco años! ¡Yo vi los cuerpos! ¡Bueno, no los cuerpos, pero vi los papeles! .
—Ah, los papeles —Borja sonrió y sacó una carpeta—. Qué bueno que lo menciona. Borja sacó una foto. Era la foto del dueño de la imprenta de Santo Domingo, un tipo bigotón y asustado. —Encontramos al señor Ramírez. El dueño de la imprenta. ¿Lo reconoce? Porque él sí la reconoce a usted. Dice que le pagó 50 mil pesos en efectivo hace cinco años para falsificar dos actas de defunción y un reporte policial. Y adivine qué… cantó como pajarito para no ir a la cárcel .
La cara de Isabel se transformó. El color se le fue del rostro. El abogado se puso la mano en la frente, sabiendo que el caso se le estaba cayendo a pedazos. —Eso… eso es mentira. Lo compraron. —También fuimos al orfanato “El Sol” —continuó Borja, implacable—. Tienen el registro de entrada de Sofía y Lupita Kravtsov, tres meses después de la fecha en que usted dice que murieron. ¿Cómo explica que dos niñas muertas se registren en un albergue? .
Isabel se quedó muda. Abrió la boca y la cerró como un pez fuera del agua. Se dio cuenta de que su red de mentiras, tejida con dinero y arrogancia, se había roto. Miró hacia el espejo, como si supiera que estábamos ahí. Sus ojos destilaban veneno puro. —¡Andrés! —gritó mirando al vidrio—. ¡Sé que estás ahí! ¡No seas idiota! ¡Te están viendo la cara! ¡Todo esto lo hice por nosotros! ¡Por nuestro futuro!
Andrés, a mi lado en la oscuridad, puso la mano sobre el vidrio. —Se acabó, Isabel. —¿Y sabes qué más? —gritó ella, desesperada—. ¡Tengo contactos! ¡Conozco gente en el gobierno! ¡No me vas a mantener aquí! ¡Voy a salir y te vas a arrepentir! ¡A ti y a esas mocosas las voy a destruir! .
El abogado la jaló del brazo para callarla. —¡Cállese, por favor! ¡Se está incriminando! —le susurró desesperado. Pero Isabel estaba fuera de sí. —¡Esto no es el final! —bramó mientras dos policías mujeres entraban para llevársela a las celdas—. ¡Tengo dinero! ¡Tengo poder!
Andrés se dio la vuelta, dándole la espalda al vidrio y a la mujer que le había robado cinco años de vida. Me miró a mí y a Lupita. —Vámonos. Ya vimos lo que teníamos que ver. El monstruo está en la jaula.
Salimos de la Fiscalía. El aire de la calle se sentía más ligero, aunque seguía oliendo a smog. —¿Ya se va a quedar ahí para siempre? —preguntó Lupita. —No para siempre —dijo Andrés—. Pero por muchos años. El abogado de Isabel va a intentar sacarla, va a usar trucos sucios, va a retrasar el juicio… . —Pero la verdad está de nuestro lado —completé yo, sintiéndome más fuerte que nunca.
Borja salió a despedirnos a la puerta. Se veía satisfecho. —Doctor, prepárense. El juicio va a ser largo. Su abogado va a apelar todo. Pero con la confesión del impresor y los registros del orfanato, la tenemos bien agarrada. No dejen que los intimiden. —No lo haremos —prometió Andrés, estrechándole la mano—. Gracias, Miguel. De verdad. —Solo hago mi chamba. Y… —miró a Lupita y le guiñó un ojo—. Cuiden a ese unicornio. Es testigo protegido.
Nos subimos al coche. De camino a casa, pasamos cerca del parque donde solíamos dormir a veces. Lo vi por la ventana. Ya no me daba miedo. Ya no era mi casa. Era solo un parque. —Papá… —dije. —¿Qué pasó, Sofi? —¿Qué va a pasar con Diego? —pregunté. No podía dejar de pensar en el hijo de Isabel. Él también había vivido de la mentira, aunque no sabía si era culpable o no . Andrés suspiró, mirando el tráfico de Insurgentes. —Diego… Diego es una víctima también, a su manera. Vivió engañado por una madre sociópata. Voy a hablar con él. No lo voy a dejar desamparado si no tuvo culpa, pero no va a disfrutar del dinero que les robó a ustedes. La justicia tiene que ser pareja.
Llegamos a la casa. Al entrar, la foto de mamá en la sala parecía brillar más. Esa noche, por primera vez, no puse la silla contra la puerta. Isabel estaba tras las rejas. La pesadilla de la calle se había terminado. Pero sabía que el juicio sería la última batalla. Isabel había prometido venganza, y la gente mala, como la hierba mala, nunca muere fácil. Tendríamos que ser fuertes. Muy fuertes.
Me senté frente a mi caballete nuevo. Tomé un pincel y empecé a pintar. No pinté un paisaje bonito. Pinté un puente gris y oscuro. Pero en medio de la oscuridad, pinté dos flores pequeñas rompiendo el concreto, buscando el sol. Éramos nosotras. Y ahora, nada nos iba a cortar.
CAPÍTULO 7: EL MARTILLO DE LA JUSTICIA Y EL FINAL DE LA BRUJA
Un mes. Eso fue lo que tardó en llegar el día que marcaría el final de nuestra pesadilla y el inicio de nuestra verdadera vida. Un mes de abogados entrando y saliendo de la mansión, de peritos interrogándonos, de psicólogos pidiéndonos que dibujáramos “cómo nos sentíamos”. Pero finalmente, el día llegó.
La mañana del juicio, la Ciudad de México amaneció con ese cielo azul brillante y engañoso que a veces tiene después de la lluvia. Parecía un día perfecto para ir al parque, no para mandar a alguien a la cárcel. Andrés —papá— nos despertó temprano. Estaba impecable en un traje gris oscuro, corbata azul marino y zapatos tan boleados que podías verte los dientes en ellos. Pero sus manos, esas manos de cirujano que nunca temblaban, estaban inquietas. Se ajustaba el nudo de la corbata una y otra vez frente al espejo del recibidor.
—¿Están listas, mis guerreras? —nos preguntó cuando bajamos. Lupita llevaba un vestido azul marino con un cuello blanco de encaje y zapatos de charol. Se veía como una muñequita de porcelana, pero abrazaba a “Nube”, su unicornio, con la fuerza de un luchador de la WWE. Yo llevaba unos pantalones de vestir negros y una blusa blanca. Me sentía disfrazada. Me apretaba el cuello. Extrañaba mis jeans y mis botas, pero el Licenciado Borja había dicho: “Imagen, Sofía. Tienen que verse impecables. La prensa va a estar ahí”.
Y vaya que tenía razón. Al llegar a los Tribunales de la Ciudad de México, parecía que iba a cantar Luis Miguel o que había llegado la Selección Nacional. Había una marea de gente. Camionetas de noticieros con antenas satelitales, fotógrafos colgados de las rejas, reporteros con micrófonos empujándose unos a otros. El caso de “Las Niñas Resucitadas y la Madrastra Malvada” se había convertido en el chisme nacional . Todos querían ver a los monstruos y a las víctimas.
—No miren a las cámaras. Miren al frente. Agárrenme fuerte —nos ordenó Andrés mientras bajábamos de la camioneta blindada. Los flashes estallaron como relámpagos. “¡Doctor Kravtsov, una declaración!”, “¡Sofía, ¿es verdad que comías basura?!”, “¡Doctor, ¿qué opina de su esposa?!”. Las preguntas eran balas. Sentí náuseas. Lupita se tapó la cara con el peluche. Los guardias de seguridad nos abrieron paso a empujones entre la multitud hambrienta de morbo.
Entramos al edificio de los juzgados. El silencio adentro era repentino y pesado. Olía a cera vieja, a madera y a miedo. Caminamos por pasillos de mármol desgastado hasta la Sala 4. Al entrar, lo primero que vi fue la espalda de Isabel. Estaba sentada en el banquillo de los acusados. Llevaba un traje sastre gris, muy sobrio, y el pelo recogido en un chongo perfecto. Intentaba proyectar dignidad, como si fuera una reina en el exilio y no una criminal acorralada. A su lado, su equipo de tres abogados revisaba papeles frenéticamente.
Nos sentamos en la primera fila, detrás del fiscal Borja . Mi corazón latía tan fuerte que pensé que todos en la sala podían escucharlo. Pum-pum, pum-pum. El juez entró. Un señor calvo con lentes gruesos y cara de pocos amigos. Golpeó el mallete. —Se abre la sesión.
El fiscal Borja se levantó. Parecía un bulldog listo para morder. Empezó a leer los cargos con una voz potente que llenaba la sala: —Falsificación de documentos oficiales, fraude procesal, abandono de incapaz, corrupción de menores, amenazas de muerte y violencia intrafamiliar equiparada . Cada cargo era un clavo en el ataúd de Isabel.
El juicio fue una batalla campal. Primero pasaron los peritos. Proyectaron en una pantalla gigante el acta de defunción falsa. Un experto explicó con puntero láser cómo los sellos eran apócrifos y cómo la firma del médico legista no correspondía a nadie real. Luego pasó el señor Ramírez, el impresor de Santo Domingo. Estaba sudando a mares. —Sí, señor juez… la señora rubia vino a mi local hace cinco años. Me dio cinco mil pesos extra para que me apurara. Dijo que eran papeles para un trámite de herencia urgente .
Isabel no se movía. Miraba al frente, con la barbilla en alto, como si estuviera escuchando una ópera aburrida y no las pruebas de su crimen. Su abogado principal, un tipo con cara de tiburón, objetaba todo: “¡Objeción, su señoría! ¡El testigo es un criminal confeso, no tiene credibilidad!”. Pero el juez desechaba las objeciones con un movimiento de mano.
Luego llegaron los momentos difíciles. —Llamo al estrado a la menor Sofía Kravtsov —dijo el fiscal. Sentí que las piernas se me hacían de agua. Andrés me apretó la mano. —Tú puedes, Sofi. Di la verdad. Solo la verdad.
Caminé hacia la silla de los testigos. Me sentía minúscula. Todos me miraban. Los periodistas en la parte de atrás, el juez, papá… e Isabel. Isabel se giró y me miró. Sus ojos eran dos pozos de odio frío. Intentó hacerme su famosa mirada de “te voy a destruir”, esa que usaba cuando nos echó de la casa. Pero algo había cambiado. Ya no me daba miedo. Me daba asco.
—Sofía —empezó Borja con suavidad—. Cuéntale al tribunal qué pasó la mañana del 15 de octubre hace cinco años. Respiré hondo. Y hablé. Hablé por mí, por Lupita y por mamá. —Nos despertó a gritos. Dijo que éramos parásitos. Que mi mamá se había muerto y que a ella no le servían niños ajenos . —¿Les permitió llevarse algo? —preguntó Borja. —No. Ni zapatos. Me aventó mis tenis al pasillo. —¿Y qué les dijo sobre buscar a su padre? —Dijo que si lo buscábamos, nos mataba. Que tenía amigos que desaparecían gente .
En la sala se escucharon murmullos de indignación. El juez frunció el ceño, mirando a Isabel con severidad. Entonces, el abogado de Isabel se levantó para el contrainterrogatorio. Venía a destrozarme. —Sofía —dijo con una sonrisa falsa—. Dices que viviste en la calle cinco años. ¿Es cierto que aprendiste a mentir para conseguir dinero de la gente? —Aprendí a sobrevivir —le contesté seca. —¿No es verdad que tú y tu hermana planearon todo esto para sacarle dinero al Doctor Kravtsov? ¿Que vieron una oportunidad al ver que su esposa había muerto y se inventaron una historia? .
La rabia me subió por la garganta. —Yo no sabía que mi papá tenía dinero. Yo solo quería un papá. Y si cree que vivir bajo un puente comiendo basura es un “plan”, lo invito a probarlo una semana, señor abogado. La gente en la sala soltó una risita nerviosa. El abogado se puso rojo. —No más preguntas.
Luego fue el turno de Lupita. Fue desgarrador. Tuvieron que ponerle un banquito para que alcanzara el micrófono. No soltó a su unicornio. Cuando le preguntaron si reconocía a la mujer sentada allá abajo, Lupita señaló a Isabel con su dedito tembloroso. —Es la señora mala —dijo con su vocecita inocente—. Ella le dio mi muñeca al perro. Y nos dijo que nos muriéramos de frío . Incluso Isabel, la estatua de hielo, parpadeó. Hubo un momento, cuando Lupita contó cómo lloraba de hambre bajo la lluvia, en que vi algo en la cara de Isabel. No sé si fue arrepentimiento o simplemente la incomodidad de verse reflejada como un monstruo frente a la sociedad, pero bajó la mirada por primera vez .
Finalmente, llegó el momento del veredicto. El juez se retiró a deliberar. Fueron las dos horas más largas de mi vida. Papá caminaba de un lado a otro en el pasillo, tomando café tras café. Isabel se quedó adentro con sus abogados, discutiendo a gritos.
—¡Todos de pie! —anunció el alguacil. Regresamos a la sala. El aire estaba cargado de electricidad estática. El juez acomodó sus papeles, se ajustó los lentes y miró a Isabel. —En la causa penal número 548/2023, este tribunal encuentra a la acusada, Isabel Kuri de Kravtsov… El silencio era absoluto. Se podía escuchar una mosca volar. —…CULPABLE de todos los cargos imputados .
Un suspiro colectivo recorrió la sala. Sentí que me quitaban una mochila de piedras de la espalda. Andrés cerró los ojos y susurró: “Gracias”.
—Considerando la gravedad de los hechos —continuó el juez con voz grave—, la premeditación, alevosía y ventaja, y el daño irreparable causado a dos menores de edad en situación de vulnerabilidad extrema, este tribunal dicta la siguiente sentencia: Hizo una pausa dramática. —Se condena a la acusada a una pena privativa de libertad de SIETE AÑOS sin derecho a fianza . Asimismo, se le ordena el pago de una reparación del daño moral y material por la cantidad de dos millones de pesos a favor de las víctimas, y la restitución inmediata de todos los bienes sustraídos del patrimonio de la finada Elena Martínez.
¡Siete años! No era cadena perpetua, pero para una mujer como Isabel, acostumbrada al lujo y a mandar, siete años en el penal de Santa Martha Acatitla eran una eternidad. Era el infierno.
Isabel estalló. —¡Esto es una farsa! —gritó, poniéndose de pie de un salto, tirando la silla—. ¡Soy inocente! ¡Mis abogados van a apelar! ¡Andrés, haz algo! ¡Soy tu esposa! Dos policías mujeres se acercaron a ella. —Manos atrás, señora. —¡No me toquen! ¡Sueltenme! —chillaba mientras le ponían las esposas metálicas, clic-clic. El sonido de la justicia. Miró a Andrés con desesperación. —¡Andrés, por favor! ¡No voy a aguantar ahí adentro! ¡Sácame!
Andrés la miró desde la barrera, abrazándonos a Lupita y a mí. —Tú te metiste sola ahí, Isabel. Disfruta tu nueva casa. Se la llevaron arrastrando, gritando maldiciones y amenazas que ya nadie escuchaba. La “Reina de Las Lomas” había caído.
Cuando se cerraron las puertas laterales tras ella, Andrés se derrumbó en la silla, agotado pero feliz. Nos abrazó tan fuerte que casi nos saca el aire. —Se acabó, mis niñas. Se acabó de verdad . Lupita levantó la vista, con los ojos grandes y brillantes. —¿Ya no va a volver la bruja? —Nunca más, mi amor. Ahora está en una jaula donde no puede lastimar a nadie.
El fiscal Borja se acercó, guardando sus papeles con una sonrisa de satisfacción. —Justicia servida, doctor. Fue un placer. —Gracias, Miguel. Nos devolviste la vida. —¿Y qué pasará con el hijo? ¿Con Diego? —preguntó Borja en voz baja . —Ya hablé con él ayer —dijo Andrés—. Está devastado. No sabía nada. Pensaba que el dinero venía de inversiones de su madre. Es un buen chico, estudia arquitectura. Le dije que lo apoyaré para que termine la carrera, pero que tendrá que trabajar. No lo voy a castigar por los pecados de su madre, pero el grifo de dinero fácil se cerró.
Salimos del tribunal. Esta vez, los flashes de las cámaras no se sentían como ataques, sino como fuegos artificiales de celebración. Los periodistas se abalanzaron sobre Andrés. —¡Doctor, una palabra! ¡Doctor! Andrés se detuvo un momento frente a los micrófonos. Se veía digno, tranquilo. —Estoy feliz —dijo con voz firme—. Mis hijas están en casa. La justicia hizo su trabajo. Lo material se recupera, pero el tiempo no. Ahora nos vamos a dedicar a recuperar el tiempo perdido y a sanar. Gracias .
Nos subimos al coche. El chofer arrancó y dejamos atrás el edificio gris, los abogados y el pasado. La ciudad se veía diferente desde la ventana. Ya no era un monstruo que quería comernos. Era solo una ciudad.
Lupita iba medio dormida en el asiento, agotada por la emoción. Yo iba mirando el atardecer naranja sobre los edificios. —Papá… —dije, rompiendo el silencio. —Dime, Sofi. —¿Qué hubiera pasado si no hubiera ido a la clínica ese día? ¿Si no hubiera visto a los ladrones? —esa pregunta me daba vueltas en la cabeza. Era una casualidad demasiado grande .
Andrés me miró por el retrovisor. Sus ojos se encontraron con los míos. —El destino nos hubiera juntado de alguna forma, Sofía. Estoy seguro. Tu mamá… Elena… ella movió los hilos desde allá arriba. No iba a permitir que siguieran ahí. —Así es —dijo Lupita, despertando de golpe—. Mamá me dijo en un sueño que fuera valiente. —Siempre —confirmó Andrés—. Siempre vamos a estar juntos ahora.
Llegamos a la casa. Al entrar, se sentía diferente. El aire estaba limpio. La sombra de Isabel se había ido por completo. Nos sentamos en la sala. Andrés puso música suave. Me acerqué a la foto de mamá en el mueble. Ahora tenía flores frescas al lado, rosas blancas que Andrés había comprado. —Mamá… ya estás en paz —le susurré—. Ya ganamos. Estamos en casa. Encontré a papá, como tú querías .
Lupita corrió hacia Andrés y se le trepó en las piernas. —Papá, ¿ahora vamos a vivir felices para siempre como en los cuentos? Andrés sonrió, y esta vez la sonrisa le llegó a los ojos, borrando las arrugas de tristeza. —Vamos a vivir como una familia, Lupita. Y eso es mejor que cualquier cuento. Porque es real.
Esa noche, Andrés se quedó trabajando tarde en su estudio. Me asomé a verlo. Estaba escribiendo en una libreta, haciendo listas, sumando números. No se veía preocupado, se veía emocionado. —¿Qué haces, papá? —le pregunté. Él levantó la vista. Tenía un brillo nuevo en la mirada. —Estoy planeando algo, Sofía. Algo grande. —¿Qué cosa? —Estaba pensando… ganamos el juicio, recuperamos el dinero. Pero hay muchos niños allá afuera, bajo otros puentes, que no tienen quién los defienda. Niños como tú y Lupita hace un mes. Me acerqué, interesada. —Quiero usar el dinero que recuperamos de Isabel —dijo él—. No lo quiero para mí. Ese dinero está manchado de dolor. Quiero convertirlo en algo bueno. Quiero abrir un centro. Un refugio. Para niños de la calle .
Sentí que el corazón se me inflaba. —¿Un refugio? —Sí. Con camas limpias, comida caliente, doctores y abogados que los defiendan. Que no tengan que esperar un milagro para salvarse. —¿Cómo se va a llamar? —pregunté, aunque ya me imaginaba la respuesta. Andrés miró la foto de su escritorio. —Centro de Apoyo Familiar Elena Kravtsov.
Sonreí. Una sonrisa verdadera, completa. La justicia había encerrado a la mala. Pero el amor iba a salvar a muchos más. Mi historia en la calle había terminado, pero mi misión apenas comenzaba.
CAPÍTULO 8: EL LEGADO DE ELENA Y EL AMOR QUE VENCE AL MIEDO
Habían pasado tres meses desde que el martillo del juez dictó sentencia y cerró las rejas tras Isabel. Tres meses parecen poco tiempo en el calendario, pero para nosotros, fue como vivir una vida entera.
Andrés —mi papá— estaba parado junto a la ventana de su consultorio en la clínica, con las manos en los bolsillos de su bata, mirando hacia el terreno baldío al otro lado de la avenida . Ahí, entre grúas y camiones de cemento, se estaba levantando un sueño. Los albañiles gritaban órdenes, el polvo se levantaba, y los cimientos de lo que sería nuestra gran obra ya estaban fraguando.
Pero la construcción más difícil no era la de ladrillo y varilla que ocurría afuera; era la reconstrucción de nuestras almas que ocurría adentro de la casa.
Las primeras semanas después del juicio no fueron fáciles. La euforia de la victoria legal se desvaneció rápido y dejó paso a las secuelas del trauma. La mente es traicionera; aunque duermas en sábanas de hilo egipcio, tu cerebro a veces sigue durmiendo sobre cartón húmedo.
Yo, Sofía, a mis once años, no podía dejar de ser la “mamá” y protectora de Lupita . Aunque ya no había peligro, me despertaba tres o cuatro veces por noche, sudando frío, y corría descalza al cuarto de mi hermana solo para ver si seguía ahí. Ponía la mano sobre su pecho para sentir su respiración. A veces, la encontraba despierta, mirando la oscuridad con ojos enormes. —Sofi, ¿cerramos bien la puerta? —me preguntaba. —Sí, chaparra. Tiene tres cerrojos y alarma. Nadie entra.
La comida seguía siendo un tema. A pesar de que la despensa parecía un supermercado, yo escondía barras de granola y manzanas debajo de mi cama “por si acaso” . Era un hábito que no se me quitaba. Papá lo descubrió un día al hacer limpieza. En lugar de regañarme, se sentó conmigo en el suelo y lloró en silencio, entendiendo que el hambre deja cicatrices que no se ven en la radiografía.
El regreso a la escuela fue otro reto monumental. Papá nos inscribió en uno de los mejores colegios de la zona. El primer día, me sentí como un extraterrestre. Los otros niños hablaban de videojuegos, de viajes a Disney y de sus iPads nuevos. Yo sabía cómo abrir una lata sin abrelatas y cómo esquivar a un perro rabioso. Caminaba por los pasillos pegada a la pared, con la mochila abrazada al frente como un escudo, esperando el golpe o el insulto en cualquier momento .
La directora, María Inés, una mujer sabia con canas y lentes de media luna, me llamó a su oficina. Yo entré temblando, pensando que me iban a expulsar por “rara”. —No tengas miedo, Sofía —me dijo con dulzura—. Tu papá nos contó tu historia. Aquí estás segura. Nadie te va a juzgar. Tómate tu tiempo . Me puso en el grupo de la maestra Natalia, que tenía la paciencia de una santa . Al principio, me sentaba hasta atrás y no hablaba con nadie . Pero la maestra Natalia nunca me forzó. Solo me sonreía cada vez que entraba.
Con Lupita fue diferente, pero igual de duro. En el kínder, se convirtió en la sombra de su maestra. No se le despeguaba. Si la maestra iba al baño, Lupita la esperaba afuera de la puerta, aterrorizada de que desapareciera . No jugaba con otros niños. Se sentaba en una esquinita observando, como un animalito asustado que evalúa el terreno. La directora del kínder le sugirió a papá un horario escalonado: primero dos horas, luego tres, para que Lupita entendiera que papá siempre iba a volver por ella .
Papá también cambió. Dejó de ser el “Doctor Prestigioso” que vivía para la clínica y se convirtió en papá de tiempo completo . Reorganizó su agenda para llevarnos y traernos personalmente todos los días. Por las tardes, hacíamos la tarea juntos en la mesa de la cocina. Aprendió a peinar a Lupita (aunque las coletas le quedaban chuecas) y a cocinar algo más que huevos revueltos .
Contrató a Olga, una psicóloga especialista en trauma infantil. Olga era genial. No nos sentaba en un diván a preguntarnos “¿cómo te sientes?”. Jugaba con nosotras. Con Lupita usaba muñecos para representar situaciones. Conmigo, usaba el arte. —Dibuja tu miedo, Sofi —me decía. Yo dibujaba monstruos negros. —Ahora dibuja quién vence al monstruo. Y yo dibujaba a papá, o a mí misma con una espada de luz .
Poco a poco, el hielo se fue derritiendo. Un mes después de entrar a la escuela, pasó algo que papá llamó “el milagro de la mala nota”. Llegué a casa con un examen de matemáticas reprobado. Un 5 enorme en rojo. Estaba aterrorizada. En la calle, un error te costaba caro. Pensé que papá se iba a enojar, que me iba a decir que era una inútil, que no valía la pena el dinero que gastaba en mí. Le entregué el examen con las manos temblorosas. —Reprobé… —susurré, esperando el grito. Andrés miró el papel. Luego me miró a mí. Y sonrió. Me abrazó fuerte. —¡Está bien, Sofi! ¡No pasa nada! —se rió—. Las fracciones son difíciles. A mí también me costaban trabajo. Lo importante es que estás aquí, intentándolo. Nadie es perfecto .
Ese día entendí que su amor no tenía condiciones. No tenía que ser perfecta, ni sobrevivir, ni ser adulta. Solo tenía que ser una niña que a veces reprueba matemáticas. Lloré de alivio, y fue la última vez que sentí miedo de mi papá .
Lupita también floreció. Hizo una amiga, Cami, una niña igual de parlanchina que ella. Un día la vi jugando a las “comiditas”, riéndose a carcajadas, con esa risa limpia que te cura el alma .
Fue entonces cuando papá decidió que estábamos listas para el siguiente paso. La idea del centro de ayuda. Una mañana de domingo, mientras desayunábamos hot cakes (que ya le salían redondos y no quemados), nos lo dijo. —Quiero construir un lugar para niños como ustedes. Niños que no tuvieron la suerte de encontrar a su papá a tiempo. —¿Un orfanato? —pregunté con recelo. Odiaba esa palabra. —No. Un hogar. Un centro de apoyo. Quiero que se llame como mamá .
Mis ojos se llenaron de lágrimas. “Centro Elena Kravtsov”. Mamá estaría orgullosa. La construcción duró seis meses. Andrés vendió acciones, consiguió donaciones, peleó con burócratas . Pero lo más importante fue que nos hizo parte del proyecto. —Ustedes son las expertas —nos decía, extendiendo los planos azules sobre la mesa del comedor—. Díganme qué necesita un niño que viene de la calle.
Lupita fue muy clara: —Necesitan camas suaves. Y osos de peluche en cada cama. Y luz en la noche para que no dé miedo . Yo fui más práctica, recordando mis días de supervivencia: —Necesitan una cocina donde puedan aprender a hacerse de comer ellos mismos, por si acaso. Y lavadoras bonitas, para que su ropa huela rico. Y casilleros con llave, papá. Es muy importante tener un lugar donde guardar tus tesoros sin que te los roben .
El día de la inauguración llegó en septiembre. El cielo estaba despejado, de un azul intenso. El edificio era hermoso. No parecía una institución gris; parecía una casa gigante y colorida, con ventanales grandes y jardines llenos de juegos. Había mucha gente: el alcalde, periodistas, empresarios, trabajadores sociales . Andrés estaba nervioso. Se acomodaba la corbata cada cinco segundos. —Tranquilo, pa. Te ves guapo —le dijo Lupita.
Cuando llegó el momento de los discursos, el alcalde habló de política, Andrés habló de compromiso social, pero todos esperaban algo más. —Sofi… ¿quieres decir algo? —me preguntó papá en voz baja. No lo había planeado. Pero al ver la foto gigante de mamá colgada en la entrada, sentí que tenía que hacerlo. Me acerqué al micrófono. Me quedaba un poco alto, así que tuve que ponerme de puntitas. Llevaba un vestido azul cielo que me encantaba. Respiré hondo. El silencio se hizo en la multitud.
—Hola. Soy Sofía —dije, y mi voz retumbó en las bocinas—. Hace un año, yo vivía debajo de un puente. Tenía frío, tenía hambre y tenía miedo. Pensaba que el mundo se había olvidado de nosotras. Pensaba que “familia” era una palabra inventada para los cuentos. Hice una pausa, buscando los ojos de papá entre la gente. Él me miraba con orgullo y los ojos húmedos. —Pero luego… mi papá nos encontró. Y nos enseñó que no estábamos solas. Este lugar… este edificio no es solo ladrillos. Es una promesa. Es la promesa de que ningún niño debería dormir con miedo. Mamá decía que el amor es cuando alguien nunca te abandona. Y eso es lo que prometemos aquí: nunca abandonar a nadie .
Cuando terminé, hubo un silencio de un segundo, y luego un aplauso estruendoso. Vi gente llorando. Incluso los camarógrafos se limpiaban los ojos discretamente. Lupita corrió con las tijeras gigantes y cortó el listón rojo. —¡Bienvenidos a la casa de mamá! —gritó .
Las puertas se abrieron. Los primeros diez niños entraron. Eran niños que el sistema había masticado y escupido. Ahí estaba Miguel (“Misha” en los papeles viejos), un niño de siete años que vivía en la calle desde que murió su abuela. Tenía la mirada dura, desconfiada, la misma mirada que yo tenía. Estaba Katia, de nueve años, agarrando de la mano a su hermanito Pedro de cuatro. Sus papás murieron en un accidente y nadie los quiso . Y estaba Nancy, una adolescente de quince que se había escapado de un albergue porque la maltrataban .
Lupita y yo nos convertimos en sus guías turísticos. —Vengan, les enseño —les dijo Lupita, agarrando de la mano a Pedro—. Aquí hay juguetes. Y nadie te los quita. Yo me acerqué a Miguel. Se quedó parado en la puerta de su habitación, mirando la cama con colcha de superhéroes y la mesita de noche personal. No se atrevía a entrar. —Es tuya —le dije suavemente—. Puedes cerrar la puerta si quieres. Y mira… —abrí el cajón de la mesita—. Tiene llave. Aquí puedes guardar tus cosas.
Miguel me miró, sorprendido de que yo supiera exactamente qué era lo que le preocupaba. —¿De verdad? —De verdad. Yo también viví en la calle, Miguel. Sé lo que se siente. Pero aquí estás seguro. Esa noche, me quedé leyendo cuentos en la sala común. Varios niños se sentaron a mi alrededor. Lupita dibujaba en el suelo. Papá nos miraba desde el marco de la puerta. —Papá —le dije, acercándome a él—. ¿Te acuerdas cuando le contaba cuentos a Lupita bajo el puente para que no oyera las ratas? —Lo recuerdo, mi amor. —Antes soñaba con tener una casa. Ahora… ahora le estamos dando una casa a ellos. Se siente mejor que recibir regalos . Andrés me besó la frente. —Tu mamá estaría tan orgullosa de la mujer en la que te estás convirtiendo.
EPÍLOGO: AÑOS DESPUÉS
El tiempo vuela cuando no tienes miedo. El “Centro Elena Kravtsov” se convirtió en un modelo a seguir en todo México. Vinieron de Monterrey y Guadalajara para copiar el sistema. Abrimos dos sucursales más . Cientos de niños pasaron por esas puertas. Algunos fueron adoptados por familias amorosas. Otros, los más grandes, se quedaron hasta ser mayores de edad, estudiaron y salieron al mundo siendo hombres y mujeres de bien.
Lupita creció. Dejó de ser la niña asustada aferrada a su unicornio. Ahora es una adolescente hermosa que ama bailar. Se metió a clases de danza contemporánea y vuela por el escenario con una libertad que me quita el aliento . Ya no recuerda el frío del puente, solo recuerda el calor del hogar. Y eso es bueno.
Yo… yo decidí seguir los pasos de papá. Estoy estudiando Medicina. Quiero ser pediatra. Quiero curar, no solo las heridas del cuerpo, sino las del alma. Quiero ser esa doctora que mira a un niño sucio y ve a una persona, no a un problema .
Cada domingo, sin falta, hacemos la comida familiar en el Centro. Es una tradición sagrada. Andrés, que ya tiene más canas y camina un poco más lento, se sienta a la cabecera de una mesa larguísima . Ahí estamos todos. Lupita, yo, los niños que viven actualmente en el refugio, y muchos de los que ya salieron y vienen de visita con sus propias familias, sus novios o sus hijos. Hay ruido, hay risas, hay platos chocando. Es el mejor sonido del mundo.
A veces, en medio del alboroto, miro a papá. Él siempre está mirando la foto de mamá que preside el comedor. Le sonríe discretamente, levantando su copa de vino en un brindis silencioso. Sé lo que piensa. Sé que le cuenta cosas. “Mira, Elena. Mira lo que hicimos. Mira a nuestras hijas. Mira a esta gran familia que nació del dolor” .
La justicia encerró a la maldad, sí. Isabel cumplió su condena y salió, vieja y sola, olvidada por todos. Su hijo Diego terminó su carrera y se fue lejos, tratando de empezar de cero sin la sombra de su madre. Pero la verdadera victoria no fue el castigo de los malos. La verdadera victoria fue que el amor venció a la indiferencia. Que la esperanza venció a la desesperación. El puente bajo el que vivíamos sigue ahí, gris y frío. Pero nosotras ya no. Nosotras somos la prueba viviente de que, incluso en la noche más oscura, si tienes a alguien que te tome de la mano, siempre, siempre sale el sol.
Y como decía Lupita cuando era chiquita: —Ahora vivimos como en un cuento, pero mejor. Porque es verdad.
FIN