
Parte 1: La Ceguera del Hombre Leal
Capítulo 1: Los Cimientos de Hormigón y Humo
Nikita despertó antes de que el sol se asomara sobre los volcanes que custodian el Valle de México. Eran las 5:00 a.m. y su cuerpo, entrenado por décadas de disciplina obrera, rechazaba la necesidad de una alarma. En la penumbra de su recámara, en un exclusivo departamento de la colonia Del Valle, el silencio era absoluto, solo roto por el zumbido casi imperceptible del aire acondicionado central.
Se quedó unos minutos mirando el techo, disfrutando de ese breve instante de paz antes de que la ciudad, ese monstruo de asfalto y ruido, despertara y exigiera su cuota de energía. Nikita era un hombre de rituales. Para él, el orden no era una preferencia, era la estructura ósea que sostenía su vida. Se levantó con cuidado para no despertar a Oksana, quien dormía dándole la espalda, envuelta en sábanas de hilo egipcio, tan inmaculada y distante en el sueño como lo era en la vigilia.
Mientras la cafetera comenzaba a gorgotear en la cocina, soltando el aroma intenso de un grano veracruzano que él mismo seleccionaba, Nikita se acercó al ventanal. La ciudad aún dormía bajo una capa grisácea de bruma y contaminación. Al ver las luces parpadeantes de la avenida Insurgentes a lo lejos, no pudo evitar recordar.
Recordó los tiempos en que “amanecer” significaba salir corriendo de un cuarto de azotea en Iztapalapa para alcanzar el microbús atiborrado que lo llevaría a la zona industrial de Tlalnepantla. Recordó el olor a grasa quemada, el peso de las herramientas en el cinturón y el cansancio crónico en los huesos. Había sido capataz, “el maistro” Nikita, el que llegaba primero y se iba al último. Esos años le habían enseñado que la vida no regala nada, que cada peso en la bolsa se suda o se sangra.
Ahora, a sus cuarenta y dos años, era el dueño de “Logística y Transportes Nikanor”. Ya no se ensuciaba las manos con grasa, sino con tinta de contratos millonarios. Pero la mentalidad seguía ahí: si quieres que algo no se rompa, constrúyelo tú mismo y revísalo dos veces.
—La confiabilidad, compadre. Eso es lo único que vale en este país de informales —se decía a sí mismo mientras servía el café negro, sin azúcar.
Su vida era, a sus ojos, una obra de ingeniería perfecta. Tenía el negocio sólido, la salud de un toro y, por supuesto, a Oksana.
Oksana. Pensar en ella le provocaba una mezcla de orgullo y una extraña resignación. No era la mujer más cariñosa del mundo; no era de esas mexicanas que te reciben con un abrazo efusivo y te dicen “gordito” con cariño. Oksana era una mujer de números, de lógica fría, una licenciada en finanzas que caminaba por la vida con la precisión de un reloj suizo.
Ella manejaba la administración de la empresa. Mientras Nikita se peleaba con los choferes, los sindicatos y los clientes en el campo, Oksana se encerraba en su oficina de cristal a domar al SAT, a cuadrar balances y a asegurar que el dinero fluyera sin fugas.
—Eres el cerebro, mujer —le había dicho una vez, en una de las cenas de aniversario donde hablaban más de trabajo que de amor—. Yo soy el músculo, pero tú eres la estrategia.
Ella había sonreído, apenas curvando los labios, y brindó con su copa de vino tinto.
—Somos socios, Nikita. En todo. Eso es mejor que el romance barato de telenovela.
Nikita creía en eso. Creía que la estabilidad y el respeto mutuo valían más que la pasión desenfrenada. Oksana no hacía dramas, no le revisaba el celular, no le armaba “panchos” por llegar tarde. Era la compañera perfecta para un hombre que valoraba la paz por encima de todo. “Ella sabe su lugar y yo el mío”, pensaba con satisfacción. Era una vida funcional.
Y luego estaba Kirill.
Si Oksana era el cerebro de su vida, Kirill era el corazón, el hermano que la vida le aventó en la preparatoria y que nunca se había ido. Kirill, “el Kirri”, su compadre, su hermano del alma.
Habían crecido en el mismo barrio bravo. Habían compartido la única torta de jamón en el recreo cuando no había lana para más. Kirill había estado ahí la noche que el padre de Nikita murió; había estado ahí cuando Nikita casi quiebra en sus inicios, sacando los ahorros de debajo del colchón para prestárselos sin firmar un solo papel.
—Ten, güey, paga la nómina. Ya me lo devolverás cuando seas un magnate —le había dicho Kirill hace diez años, riéndose con esa risa escandalosa que tenía.
A diferencia de Nikita, la vida de Kirill era un desastre encantador. Trabajaba en ventas, ganaba bien pero gastaba más, y su matrimonio era una zona de guerra. Su esposa, una mujer de temperamento volcánico, lo corría de la casa al menos una vez al mes. Y siempre, invariablemente, Kirill terminaba en el garaje de Nikita, con un cartón de cervezas y cara de perro regañado.
—No sé cómo le haces, carnal —le decía Kirill en esas noches de bohemia en el garaje, mientras limpiaban el viejo Mustang que restauraban juntos—. Tú tienes la vida resuelta. Tu vieja es una dama, tu negocio es una mina de oro. Yo nomás doy tumbos.
—Es cuestión de escoger bien y no hacer pendejadas, compadre —respondía Nikita, sintiéndose sabio, protector—. Pero no te agüites, aquí tienes tu casa.
Esa mañana, mientras terminaba su café, Nikita sintió una oleada de gratitud. Tenía su fortaleza. Sus muros eran altos y sus cimientos profundos. Nada podía derribarlo.
Oksana apareció en la cocina a las 6:30 en punto. Llevaba un traje sastre gris impecable, el cabello recogido en un chongo severo y ese perfume caro, amaderado, que usaba desde hacía años.
—Buenos días —dijo ella, sirviéndose café sin mirarlo a los ojos, revisando ya los correos en su celular.
—Buenos días. ¿Dormiste bien?
—Mmm, sí. Soñé con auditorías. Hoy tengo un día pesado, Nikita. No me esperes a cenar, voy a salir tardísimo.
—¿Otra vez? —Nikita frunció el ceño ligeramente—. Llevas dos semanas saliendo después de las nueve. Te vas a matar trabajando, mujer.
—Es el cierre fiscal, ya sabes cómo se pone esto. Además, alguien tiene que cuidar los centavos para que tú sigas jugando al gran empresario —dijo ella, pero había un tono de burla ligera, casi cariñosa, que suavizó el golpe.
Se acercó a él, le dio un beso rápido, seco, en la mejilla, y tomó su bolso.
—Te veo luego. No olvides que hoy vence el seguro de la camioneta grande.
—Sí, jefa. Que te vaya bien.
La vio salir y escuchó el clic de la cerradura. El sonido de la seguridad. El sonido de la rutina. Nikita sonrió, dejó su taza en el fregadero y se fue a bañar. No tenía ni la menor idea de que ese “clic” de la puerta cerrándose era, en realidad, el sonido de la cuenta regresiva de una bomba que estaba a punto de estallar en su cara.
Capítulo 2: El Asfalto Caliente y la Mentira Fría
El día en la Ciudad de México tiene una forma particular de desgastar el alma. Es una guerra de trincheras contra el tráfico, el calor, la burocracia y el ruido. Y ese martes, la ciudad parecía haber decidido declararle la guerra personal a Nikita.
Todo lo que podía salir mal, salió mal.
A las diez de la mañana, un cliente importante canceló un pedido de tres tráilers porque encontró a alguien que le cobraba dos pesos menos por kilómetro. A las doce, el sindicato amenazó con un paro si no arreglaban los baños de la bodega. A las dos de la tarde, el sistema de facturación se cayó a nivel nacional, dejando a su equipo administrativo en un caos de gritos y llamadas telefónicas.
Nikita estaba en su oficina, con la corbata desabrochada y las mangas de la camisa arremangadas, sintiendo cómo le latía la sien. El aire acondicionado zumbaba inútilmente contra el calor de mayo, ese calor seco y sucio que se pega a la piel.
—¡Me lleva la chingada! —exclamó, aventando un bolígrafo contra el escritorio.
Necesitaba un respiro. Miró el reloj: las cuatro de la tarde. De repente, una idea cruzó por su mente, suave y refrescante como una brisa.
“¿Y si mando todo al diablo por hoy?”, pensó.
Se acordó de Oksana. Ella también estaba estresada, trabajando hasta tarde, con esa cara de cansancio permanente.
“Voy a darle una sorpresa. Paso por ella, la saco de esa oficina aburrida y nos vamos a cenar a ese lugar de pastas en la Roma que tanto le gusta. Un vinito, una plática sin hablar de impuestos… nos hace falta”.
La idea lo animó. Se sintió como un novio joven otra vez, planeando una escapada. Recogió sus cosas, le ladró un par de instrucciones a su secretaria y bajó al estacionamiento. Su camioneta, una Lobo negra impecable que era su orgullo, brillaba bajo las luces de neón del sótano.
Salió a la avenida y se incorporó al flujo lento y pesado del Periférico. Iba escuchando la radio, tamborileando los dedos sobre el volante, pensando en qué flores comprarle. Rosas blancas. Siempre blancas. Oksana decía que las rojas eran “vulgares”.
Y entonces, a la altura de San Antonio, la camioneta dio un tirón violento.
—¿Qué pedo? —murmuró Nikita.
El motor tosió, las revoluciones cayeron a cero y el tablero se iluminó con todas las advertencias posibles. La dirección hidráulica se puso dura como piedra.
—No, no, no, ahorita no, por favor —suplicó, pero la máquina no entiende de súplicas.
Con el impulso que le quedaba, logró orillarse en la lateral, justo bajo un puente, en medio del estruendo de los camiones y el claxonazo de los taxistas impacientes. El calor dentro de la cabina subió instantáneamente.
Se bajó, abrió el cofre y una nube de vapor le golpeó la cara. Olía a anticongelante quemado y a aceite.
Nikita se pasó la mano por la cara, manchándose de hollín la frente. Estaba varado. En plena hora pico.
Sacó su celular. Su primer instinto, automático, visceral, fue llamar a Kirill.
Kirill, el que siempre tenía herramienta. Kirill, el que una vez manejó hasta Cuernavaca a las tres de la mañana porque a Nikita se le ponchó una llanta.
Marcó el número. “Compadre Kirill”.
Sonó una vez. Dos veces. Tres.
—¿Qué pasó, mi Nikita? —contestó la voz de Kirill.
Pero había algo raro. La voz sonaba agitada, un poco sin aliento, y el fondo… el fondo estaba demasiado silencioso. No se oía el ruido de la oficina, ni el tráfico, ni la música de banda que Kirill siempre traía en el coche.
—Kirri, me urge un paro, carnal. La Lobo se me murió en el Periférico, a la altura del Segundo Piso. Creo que tronó la banda o se calentó. ¿Andas cerca? Tira esquina, ¿no?
Hubo un silencio breve. Unos dos segundos que a Nikita le parecieron extraños.
—Híjole, hermanito… neta me mataste —dijo Kirill, y su tono cambió. Se volvió apresurado, defensivo—. No estoy en el D.F., güey. Me vine a Valle de Bravo.
—¿A Valle? ¿En martes?
—Sí, ya ves… me peleé con la fiera en la mañana y dije “a la goma”, agarré la caña y me vine a la presa a pescar un rato, a despejar la mente. Estoy aquí a la orilla del lago, lejos de todo el desmadre. Perdóname, carnal, si estuviera allá sabes que iba en chinga.
Nikita frunció el ceño. Kirill odiaba pescar solo. Decía que era de abuelos. Y Valle de Bravo estaba a dos horas.
—Ah… órale. No sabía que te gustaba ir solo.
—Sí, pues… a veces uno necesita paz, ¿no? Bueno, te dejo que está picando uno grande. Pide la grúa del seguro, ellos llegan rápido. ¡Ahí nos vidrios!
Kirill colgó.
Nikita se quedó mirando la pantalla del celular. “Está picando uno grande”.
Sintió una punzada en el estómago. No era desconfianza, era… extrañeza. Conocía a Kirill desde hacía treinta años. Conocía sus mentiras. Sabía cuándo mentía para zafarse de su esposa. Pero ese tono seco, esa prisa por colgar… no era normal con él.
“Déjate de cosas, el pobre cabrón se quería escapar”, se dijo Nikita, sacudiendo la cabeza. Llamó al seguro, esperó cuarenta minutos sudando la gota gorda hasta que llegó la grúa, y mandó la camioneta al taller.
Pero Nikita era terco. La avería no iba a arruinar su plan romántico.
Pidió un Uber.
—A Polanco, jefe. Rápido —le dijo al conductor.
El trayecto fue lento. Nikita miraba por la ventana, viendo a la gente salir de las oficinas, los puestos de tacos llenándose, la vida pulsando. Se sentía bien a pesar del contratiempo. Iba a ver a su mujer. Iba a arreglar el día.
Le pidió al chófer que parara en una florería fresa en Masaryk. Compró un ramo de rosas blancas importadas, de esas que cuestan lo que gana un obrero en una semana.
—Para la mujer más guapa —pensó, sonriendo como un tonto.
Caminó las dos cuadras que faltaban para el corporativo donde trabajaba Oksana. El sol ya se estaba poniendo, tiñendo los rascacielos de un naranja quemado. Se sentía el aire fresco de la tarde.
Al llegar a la esquina de la calle Rubén Darío, frente a las oficinas, el semáforo le marcó el alto. Mientras esperaba, su mirada vagó hacia el restaurante italiano que estaba cruzando la calle. Era un lugar caro, de manteles largos y luz tenue, con ventanales enormes que daban a la acera.
Primero reconoció el coche.
Era imposible no reconocerlo. Un BMW plateado con un golpe en la facia trasera que Kirill se negaba a arreglar por decidia. Estaba en el valet parking.
Y justo delante de él, el Audi azul marino de Oksana.
Nikita sintió que el tiempo se detenía. El ruido del tráfico desapareció. Su corazón dio un golpe seco contra sus costillas.
—No mames… —susurró.
Su mente intentó racionalizarlo a la velocidad de la luz.
Kirill regresó temprano de Valle. Oksana salió a comer tarde. Se encontraron de casualidad. Kirill le está pidiendo consejos financieros a Oksana. Es una coincidencia.
Pero sus pies se movieron solos. Cruzó la calle, esquivando una moto que le mentó la madre. No le importó. Caminó hacia el ventanal del restaurante como un sonámbulo. El ramo de rosas pesaba cien kilos en su mano.
Se pegó a la pared exterior, ocultándose tras una maceta decorativa, y miró hacia adentro a través del cristal.
Ahí estaban. En una mesa discreta, en un rincón.
No había papeles de trabajo. No había laptops.
Había una botella de vino tinto casi vacía.
Oksana reía. Pero no era su risa contenida de oficina. Tenía la cabeza echada hacia atrás, el cuello expuesto, los ojos brillantes. Se veía… viva. Se veía feliz de una manera que Nikita no había visto en años.
Y frente a ella, Kirill. Su compadre. El que estaba “pescando en Valle”.
Kirill la miraba con una intensidad que daba miedo. No la miraba como a la esposa de su amigo. La miraba como a una presa, como a una amante.
Y entonces, Kirill estiró la mano sobre el mantel y tomó la mano de Oksana. Ella no la retiró. Al contrario, entrelazó sus dedos con los de él y le acarició el dorso con el pulgar, un gesto de intimidad tan devastador que Nikita sintió ganas de vomitar ahí mismo en la banqueta.
El mundo de Nikita, esa fortaleza de concreto y acero que había construido con tanto esfuerzo, se derrumbó en un segundo. No hubo explosión, solo un silencio mortal en su interior.
La furia llegó después. Una llamarada caliente que le subió por el cuello. Quería entrar. Quería patear la mesa, romperle la botella en la cara a Kirill, gritarle a Oksana hasta quedarse sin voz. Sus puños se cerraron tanto que las espinas de las rosas le atravesaron la piel de la palma, pero no sintió dolor.
—Cálmate, cabrón, cálmate —se dijo a sí mismo, respirando por la boca, temblando.
Si entraba ahora, haría una escena. Ellos lo negarían, dirían que estaba loco, que estaba malinterpretando. “Es un consuelo de amigos”, dirían.
Necesitaba pruebas. Necesitaba veneno para matar la duda.
Con manos que temblaban como si tuviera fiebre, sacó su celular. Abrió la cámara.
Apuntó a través del cristal.
La imagen en la pantalla era nítida. Enfocó sus rostros.
Vio a Kirill inclinarse sobre la mesa. Vio a Oksana cerrar los ojos y recibir un beso suave, rápido, en los labios. Un beso de costumbre. Un beso de amantes que llevan tiempo siéndolo.
Nikita grabó. Grabó hasta que sintió que se le iba a partir el alma.
Bajó el teléfono. Tiró las rosas en un bote de basura municipal que estaba rebosante de desperdicios. Ahí pertenecían. Junto con su matrimonio y su amistad.
Caminó hacia la esquina y paró el primer taxi libre que vio.
—Sácame de aquí, jefe. A donde sea, pero dale.
Se subió y se dejó caer en el asiento trasero de vinil gastado. El taxista lo miró por el retrovisor, vio su cara pálida, sus ojos desorbitados, y no preguntó nada. Arrancó.
El celular de Nikita vibró en su mano.
Miró la pantalla. Una foto de Oksana sonriendo. Mi Esposa.
El cinismo. La audacia.
Respiró hondo, tragándose las náuseas, y contestó.
—¿Bueno?
—Hola, mi amor —la voz de Oksana sonaba dulce, tranquila. De fondo, silencio. Se había alejado de la mesa para llamar, seguramente al baño—. Solo quería ver cómo estabas. ¿Llegaste bien a la casa?
—Sí… todo bien —dijo Nikita. Su propia voz le sonó ajena, como si saliera de una radio vieja—. ¿Tú cómo vas?
—Ay, horrible. Sigo aquí enterrada en papeles. El auditor no se quiere ir. Yo creo que voy a llegar súper tarde, mi vida. Cena algo rico y no me esperes despierto.
Nikita cerró los ojos. Podía imaginarla perfectamente, recargada en la pared del baño del restaurante, retocándose el labial para volver a la mesa con su amante. Con su mejor amigo.
—No te preocupes —dijo Nikita, y una frialdad nueva, terrible y desconocida, nació en su pecho—. Quédate todo el tiempo que necesites. Termina lo que estás haciendo.
Colgó.
Miró por la ventana del taxi a la Ciudad de México, que brillaba indiferente, cruel y hermosa.
—Me la van a pagar —susurró—. Los dos. Me la van a pagar con sangre.
Parte 2
Capítulo 3: El Museo de las Mentiras
El taxi avanzaba a vuelta de rueda por el Viaducto, sumergido en ese río de luces rojas que es el tráfico nocturno de la Ciudad de México. El conductor tenía puesta una estación de radio donde hablaban de política, quejándose de la corrupción y la inseguridad, pero para Nikita, el verdadero crimen acababa de ocurrir en una mesa de un restaurante italiano en Polanco.
Nikita miraba por la ventana, pero no veía los edificios ni los anuncios espectaculares. Su mente se había convertido en una sala de proyección privada, repitiendo en bucle infinito los últimos diez segundos de ese video maldito.
La mano de Kirill. La risa de Oksana. El beso.
—¿Todo bien, jefe? Se ve medio pálido —dijo el taxista, mirándolo por el retrovisor. Era un señor mayor, de bigote canoso, con esa intuición callejera que desarrollan los que manejan de noche.
—Solo maneje, por favor —respondió Nikita. Su voz sonó rasposa, como si hubiera tragado vidrios.
Necesitaba pensar. Necesitaba que el aire dejara de faltarle.
—Párese aquí —ordenó de repente, cuando pasaban cerca de un parque oscuro y solitario en la colonia Nápoles.
Nikita bajó del taxi, pagó sin esperar el cambio y caminó hacia una banca de concreto bajo la luz amarillenta de una farola. Se sentó y sacó el celular. Sus manos, que siempre habían sido firmes —manos de obrero convertidas en manos de empresario—, temblaban con una violencia que lo asustó.
Volvió a darle play al video.
Ahí estaba. La prueba irrefutable de que su vida era una farsa.
Lo que más le dolía no era el acto sexual en sí. No. Lo que le desgarraba las entrañas era la complicidad. La forma en que se miraban. Esa familiaridad relajada. No eran dos extraños cometiendo un error de una noche tras unas copas de más. Eran una pareja. Se veían cómodos el uno con el otro. Se veían como él pensaba que se veía con Oksana.
—Me vieron la cara de pendejo —susurró a la noche—. Los dos. En mis narices.
La memoria, traicionera, empezó a vomitar recuerdos, ahora teñidos de una luz nueva y siniestra.
Recordó aquella vez, hacía tres meses, cuando Kirill le pidió prestada la cabaña en Valle de Bravo para “llevar a unos clientes”.
¿Clientes? Seguro se llevó a mi mujer.
Recordó las “horas extra” de Oksana. Las cenas de negocios. Los fines de semana que ella se iba a visitar a su madre enferma en Querétaro.
¿Estaba su madre realmente enferma esos días? ¿O estaba revolcándose con mi mejor amigo en algún hotel de paso?
Sintió una náusea violenta. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, y respiró hondo para no vomitar. La humillación ardía más que el desamor. Él, Nikita, el hombre que se jactaba de tener el control, de ser el proveedor, el pilar, el chingón… había estado financiando su propia burla. Había pagado las cenas, la ropa, el coche en el que ella se iba a ver con él. Incluso le había prestado dinero a Kirill hace un mes para arreglar su coche.
—Con mi dinero… —se rió, una risa seca y fea—. Le pagué la gasolina para que fuera a cogerse a mi esposa.
Se quedó ahí una hora, inmóvil, dejando que la tristeza se convirtiera en algo más útil: odio. Un odio frío, calculado.
Podía ir ahora mismo a casa de Kirill. Romperle la puerta. Romperle la cara. Podía llegar a su casa y sacar la ropa de Oksana a la calle, prenderle fuego.
Pero luego escuchó una voz en su cabeza. Era su propia voz, la del Nikita empresario, la del hombre que construyó un imperio de la nada.
El que se enoja pierde, compadre. Si explotas ahora, te conviertes en el loco. Ellos se victimizan. Tú pierdes el control de la narrativa.
No. No les daría ese gusto.
Se levantó de la banca. Se alisó el saco arrugado. Se limpió el sudor frío de la frente.
—Vamos a jugar —dijo en voz baja—. Pero con mis reglas.
Llegó a su departamento cerca de las diez de la noche. Al abrir la puerta, el olor de su hogar lo golpeó. Lavanda y cera para madera. Antes, ese olor significaba refugio. Ahora olía a escenario de teatro.
Entró. Todo estaba impecable. Los cojines alineados, las fotos en la repisa.
Se acercó a una foto en particular: ellos tres. Nikita, Oksana y Kirill, en una carne asada el año pasado. Kirill tenía el brazo sobre los hombros de Nikita, sonriendo con esa sonrisa de dientes grandes. Oksana estaba al lado, mirando a la cámara.
Nikita tomó el portarretratos. Sintió el impulso de estrellarlo contra el suelo, de ver el cristal hacerse añicos. Sus dedos se apretaron contra el marco de plata hasta que los nudillos se pusieron blancos.
Pero lo dejó suavemente en su lugar.
—Todavía no —se dijo.
Se fue a la cocina y se sirvió un vaso de whisky, sin hielo. Se sentó en el sofá, a oscuras, con el celular en la mano y la vista fija en la puerta de entrada.
Esperó.
A las once y media, escuchó el ruido de la llave en la cerradura.
Su corazón dio un vuelco, una mezcla de adrenalina y dolor.
La puerta se abrió y entró Oksana. Traía el cabello un poco más suelto que en la mañana. Se veía cansada, pero había un brillo en sus ojos que el maquillaje corrido no podía ocultar.
Ella no lo vio al principio, sumido en la penumbra de la sala. Dejó las llaves en la mesa del recibidor y suspiró.
—¿Nikita? —llamó.
—Aquí estoy —dijo él desde el sofá. No se levantó.
Oksana dio un pequeño respingo y se llevó la mano al pecho.
—¡Ay, me asustaste! ¿Por qué estás a oscuras?
Encendió la luz. Nikita tuvo que entrecerrar los ojos ante el brillo repentino. La miró. La escaneó como si fuera un documento con errores. Vio que traía la blusa ligeramente arrugada. Vio que se había retocado el labial, pero no era el mismo tono exacto de la mañana. Y olió… olió el chicle de menta. Fuerte. Para tapar el vino. Para tapar el olor de otro hombre.
—Estaba pensando —dijo Nikita, dando un trago lento a su whisky—. ¿Cómo te fue?
Oksana se quitó los tacones, haciendo una mueca de alivio fingido.
—Horrible, amor. Te lo juro, el auditor es un imbécil. No me dejó salir hasta que cuadramos el último centavo del IVA. Estoy muerta.
Mintió mirándolo a los ojos. Con una naturalidad que le heló la sangre a Nikita. Ni un parpadeo. Ni un titubeo. Era una profesional.
—¿Cenaste? —preguntó él.
—Pedimos unas pizzas a la oficina, pero casi ni comí del estrés. Solo quiero bañarme y dormir. ¿Tú qué hiciste? ¿Pudiste arreglar la camioneta?
—Sí. La grúa se tardó, pero ya quedó en el taller.
Nikita se puso de pie. Caminó hacia ella. Oksana se tensó imperceptiblemente, pero él pasó de largo, yendo hacia la cocina para servirse otro trago.
—Qué bueno que eres tan trabajadora, Oksana —dijo desde la cocina, de espaldas a ella—. No sé qué haría sin ti cuidando mis espaldas.
Hubo un silencio.
—Lo hago por nosotros, Nikita —respondió ella desde el pasillo.
Nikita sonrió contra el vaso de cristal. Una sonrisa lobuna.
—Sí. Por nosotros. Descansa. Yo me quedaré un rato más aquí.
Cuando escuchó la regadera abrirse en el baño principal, Nikita sintió que la soledad del departamento lo aplastaba. Sabía que ella se estaba lavando. Borrando las huellas de Kirill de su piel para meterse en la cama que él, Nikita, había pagado.
Esa noche, Nikita durmió en el cuarto de visitas.
—Me duele la espalda, ronco mucho —le mandó un mensaje de texto, aunque estaban a diez metros de distancia.
No podía acostarse a su lado. Si la tocaba, sentía que la estrangularía.
Capítulo 4: La Sonrisa del Verdugo
La mañana siguiente fue un ejercicio de tortura psicológica. Nikita se levantó antes que ella, se vistió con su mejor traje y salió de la casa sin hacer ruido. No hubo café, no hubo beso de despedida. Dejó una nota en la mesa de la cocina:
“Tuve que ir temprano al taller. Nos vemos en la noche.”
Se subió a un Uber y se dirigió a su oficina, pero su mente estaba en otro lado.
Tenía que hacer la llamada. El primer paso de su plan. Tenía que confirmar qué tan profundo llegaba la podredumbre de Kirill.
A las 9:00 a.m. en punto, marcó el número de su “mejor amigo”.
Puso el altavoz y dejó el teléfono sobre el escritorio de caoba de su despacho. Miró por la ventana hacia la ciudad gris y contaminada.
—¿Bueno? —contestó Kirill al tercer timbrazo. Su voz sonaba ronca, dormida.
—¡Quihubo, compadre! Buenos días —dijo Nikita, forzando un tono jovial, inyectando una energía falsa que le raspaba la garganta.
—Ah, Nikita… ¿Qué onda? ¿Qué pasó? —Kirill carraspeó, despertando de golpe. La culpa tiene el sueño ligero.
—Nada, güey, nada más te hablaba para agradecerte lo de ayer.
Hubo una pausa. Un silencio espeso y cargado de estática.
—¿Lo de ayer? —preguntó Kirill, cauteloso—. Pero si te dije que no podía ir, carnal. Estaba en Valle, ¿te acuerdas?
—Sí, sí, ya sé —Nikita se rió, una risa que sonó convincente—. Me refiero a que, gracias a que no fuiste, me tuve que esperar a la grúa y me puse a platicar con el chófer. Resulta que el tipo conoce a un proveedor de llantas que me las deja a mitad de precio. ¡Me hiciste el día sin querer, cabrón! Si hubieras venido, no hago el negocio.
Nikita escuchó el aire salir de los pulmones de Kirill. El alivio. El idiota se lo creyó.
—¡Ah, órale! —Kirill soltó una risa nerviosa—. Pues qué chingón, ¿no? Ya ves, todo pasa por algo. ¿Y sí la armaste con la camioneta?
—Sí, todo en orden. Oye, ¿y qué tal la pesca? ¿Sí sacaste algo o puro zapato?
Era la pregunta trampa. Nikita cerró los ojos, visualizando la cara de su amigo al otro lado de la línea.
—Pues… maso, maso —titubeó Kirill—. Saqué un par de lobinas, pero estaban chiquitas, las regresé al agua. Lo chido fue la paz, ya sabes. Estar ahí en el lago, solito, viendo el atardecer. Me hacía falta desconectarme del mundo.
Nikita apretó el puño sobre el escritorio hasta que los nudillos le crujieron.
Maldito mentiroso. Estabas metiéndole mano a mi mujer mientras bebías vino de quinientos pesos.
—Qué envidia, cabrón. A ver si luego me invitas. Hace mucho que no vamos los dos solos a algún lado, ¿no? Como en los viejos tiempos.
—Sí, sí, claro. Cuando quieras, hermano. Nomás deja que se calme la bronca con mi vieja y armamos algo.
—Va. Oye, te dejo, tengo una junta. Cuídate, Kirri. Te quiero, güey.
—Y yo a ti, carnal. Cuídate.
Nikita colgó.
Se quedó mirando el teléfono como si fuera un insecto venenoso.
—Te quiero, güey —repitió con asco—. Hipócrita de mierda.
La confirmación estaba hecha. Kirill no tenía remordimientos. Mentía con la fluidez de un sociópata. La amistad de treinta años no valía nada para él. Solo era un obstáculo que sortear para acostarse con Oksana.
Nikita intentó trabajar. Abrió correos, revisó facturas, firmó cheques. Pero las letras bailaban ante sus ojos. Cada vez que veía la firma de Oksana en un documento —y estaba en todos los documentos importantes— sentía una punzada en el hígado.
A mediodía, no aguantó más. El sonido de la oficina, los teléfonos, las risas de los empleados en el pasillo… todo le resultaba insoportable. Sentía que todos lo sabían. Que todos lo miraban y veían los cuernos gigantes sobre su cabeza.
Salió de la oficina dando un portazo.
—Voy a salir. No me pasen llamadas —le gritó a su secretaria, que lo miró asustada.
Caminó por Reforma sin rumbo fijo. El sol caía a plomo. Se aflojó la corbata. Necesitaba un aliado. Alguien que no tuviera emociones, solo colmillos.
Se detuvo en seco frente a una torre de cristal cerca del Ángel de la Independencia. Buscó un nombre en su celular: Licenciado Víctor Cárdenas.
Víctor no era su amigo. Era su abogado corporativo. Un tipo que cobraba por hora lo que un empleado ganaba en un mes. Un tiburón que olía sangre a kilómetros.
Marcó.
—Víctor. Soy Nikita. Necesito verte. Ahora.
—Nikita, estoy en medio de una comida con…
—Me vale madre tu comida. Es urgente. Es sobre la empresa. Y sobre mi patrimonio. Estoy abajo de tu edificio.
Diez minutos después, Nikita estaba sentado en una sala de juntas con vista a toda la ciudad, frente a un hombre impecable de traje azul marino y reloj de oro.
Víctor lo miró, analítico.
—Te ves de la chingada, Nikita. ¿Qué pasó? ¿Hacienda? ¿Sindicatos?
—Oksana —dijo Nikita. Soltó el nombre como si fuera un escupitajo.
Víctor alzó una ceja, pero no dijo nada. Se inclinó hacia adelante, entrelazando los dedos.
—¿Se quiere ir?
—No. Ella no sabe que se va a ir. Todavía.
Nikita sacó el celular. Dudó un segundo. Era su vergüenza privada. Pero en ese momento, la vergüenza tenía que dar paso a la estrategia.
—Mira esto.
Le enseñó el video. Víctor lo vio sin parpadear. Su rostro no mostró sorpresa, ni lástima, ni asco. Solo cálculo. Vio el video dos veces.
—El tipo es Kirill, ¿no? Tu socio minoritario. Tu compadre.
—Sí.
—Vaya. Clásico —Víctor le devolvió el teléfono—. Lo siento, Nikita. De verdad. Pero supongo que no viniste a llorar en mi hombro.
—Quiero el divorcio. Pero no quiero un divorcio normal.
Nikita se inclinó sobre la mesa, sus ojos inyectados en sangre clavados en el abogado.
—Quiero dejarla sin nada, Víctor. Quiero que salga de mi vida con lo que trae puesto. Ella maneja las cuentas, conoce los números mejor que yo. Si le pido el divorcio ahorita, me va a despelucar. Va a esconder dinero, va a pelear la mitad de la empresa. Estamos casados por bienes mancomunados.
Víctor asintió lentamente, sacando una libreta de piel.
—Bienes mancomunados. Error de novato, pero arreglable. El problema es que ella tiene acceso a la información. Si huele que sabes algo, se va a proteger.
—Por eso vine. Ella cree que soy un idiota. Cree que no sé nada. Quiero usar eso a mi favor.
Víctor sonrió. Una sonrisa depredadora.
—Bien. Eso me gusta. El elemento sorpresa. Mira, Nikita, en México la ley dice una cosa, pero la estrategia dice otra. Si alegas adulterio, es un pedo probarlo y a los jueces ya casi no les importa eso para la división de bienes. Pero… si reestructuramos la empresa antes de la demanda, la cosa cambia.
—¿A qué te refieres?
—Me refiero a mover activos. Crear deuda. Vaciar las cuentas mancomunadas legalmente para “inversiones” que estén a tu nombre o a nombre de una sociedad anónima donde ella no figure. Necesitamos que, en papel, el día que firmes el divorcio, tú seas un pobre diablo lleno de deudas y la empresa valga diez pesos.
Nikita sintió un escalofrío. Era sucio. Era despiadado. Era exactamente lo que quería.
—¿Se puede hacer?
—Se puede. Pero necesitas tiempo. Y necesitas estómago. Tienes que seguir viviendo con ella, durmiendo con ella, sonriéndole… mientras nosotros le quitamos el piso sobre el que está parada. ¿Puedes hacer eso? ¿Puedes verla a la cara y decirle “mi amor” mientras le vacías las cuentas?
Nikita pensó en la risa de Oksana en el restaurante. Pensó en Kirill mintiendo sobre la pesca. Pensó en los años de confianza tirados a la basura.
La imagen del hombre bondadoso y confiable se rompió definitivamente dentro de él. Lo que quedó fue algo mucho más duro.
—Puedo hacerlo —dijo Nikita. Su voz era hielo puro—. Dime qué tengo que firmar.
—Primero —dijo Víctor, escribiendo rápido—, necesito que me traigas copias de todo lo que ella guarda en la caja fuerte. Pasaportes, escrituras, actas constitutivas. Todo. Mañana mismo. Sin que ella se dé cuenta.
—Hecho.
—Segundo. Vamos a simular una crisis en la empresa. Vas a llegar a casa hoy y vas a estar preocupado. No por ella, sino por el dinero. Le vas a decir que perdiste un contrato grande. Que necesitamos liquidez. Que firme unos papeles para un préstamo o una fianza. Ella confía en ti, ¿no?
—Ciegamente. Cree que soy su pendejo leal.
—Perfecto. Esa confianza va a ser su tumba financiera. —Víctor cerró la libreta—. Vamos a tardar unas dos semanas en blindar todo. Dos semanas, Nikita. Tienes que ser el mejor actor del mundo. Ni un grito, ni una mala cara. Si sospecha, se acabó el juego.
Nikita se puso de pie. Se sentía extrañamente ligero. Ya no tenía un matrimonio, tenía una misión.
—No sospechará.
—Una cosa más —dijo Víctor, acompañándolo a la puerta—. ¿Y el otro? ¿El amigo?
Nikita se detuvo con la mano en el picaporte. Sus ojos se oscurecieron.
—De ese me encargo yo. A ese no lo voy a demandar. A ese lo voy a destruir despacio.
—Ten cuidado. No hagas nada que te meta a la cárcel. La venganza es un plato que se come frío, no en Reclusorio Norte.
Nikita salió del edificio y el sol de la tarde lo golpeó en la cara. La ciudad seguía rugiendo, indiferente. Se sentía como un soldado antes de la batalla.
Tenía que volver a casa. Tenía que cenar con su esposa. Tenía que preguntarle por su día y escuchar sus mentiras, mientras él tejía las suyas.
Esa tarde, llegó a casa temprano. Oksana estaba en la cocina, picando verdura. Se veía doméstica, inofensiva.
Al verlo entrar, ella sonrió.
—Hola, guapo. Llegaste temprano.
Nikita sintió el impulso de vomitar, pero lo tragó. Forzó los músculos de su cara a formar una sonrisa. Se acercó a ella. La besó en la mejilla, justo en el mismo lugar donde Kirill la había besado ayer.
—Hola, amor —dijo Nikita—. Te extrañé.
Ella no notó la diferencia.
—Y yo a ti. ¿Qué te pasa? Te ves preocupado.
—Tengo problemas en la empresa, Oksana. Un cliente nos canceló. Voy a necesitar que revisemos unos papeles urgentes para mover algo de capital, o nos vamos a meter en broncas.
Oksana dejó el cuchillo. Su rostro cambió a modo profesional.
—Claro, Nikita. Lo que sea. Lo resolvemos juntos.
—Sí —dijo él, mirándola fijamente a los ojos—. Juntos. Hasta el final.
Esa noche, mientras cenaban, Nikita observaba cómo ella comía, cómo hablaba, cómo existía. Ya no veía a su esposa. Veía a un objetivo.
La guerra había comenzado, y el primer disparo había sido silencioso.
Capítulo 4 (Continuación): La Máscara de Plomo
Los días siguientes fueron una neblina de actuación y dolor. Nikita descubrió que tenía un talento oculto para la mentira que desconocía. Quizás el dolor es el mejor maestro de actuación.
Cada mañana se levantaba, le preparaba el café a Oksana y escuchaba sus historias sobre la oficina.
—Ayer Kirill me llamó —dijo ella un jueves, mientras se untaba crema en las manos—. Dice que anda medio deprimido por lo de su esposa. Deberías invitarlo a salir un día de estos, pobrecito.
Nikita estaba atándose los zapatos. Se detuvo un segundo, con la sangre golpeándole en las sienes. “Pobrecito”. La audacia de esa mujer no tenía límites. Estaba usándolo a él para facilitarle los encuentros a su amante.
—Sí, fíjate que lo he notado raro —respondió Nikita sin levantar la vista—. Tal vez lo invite al bar el viernes. Para que se desahogue.
—Ay, sí, qué buena idea. Ustedes se entienden tan bien.
Esa frase le dio vueltas todo el día. “Ustedes se entienden tan bien”.
Sí, se entendían. Ambos amaban la misma mujer. Ambos amaban el mismo dinero. Solo que uno lo había puesto todo y el otro se lo estaba robando todo.
Por las tardes, Nikita se reunía con Víctor en cafeterías discretas, lejos de la zona donde Oksana pudiera verlos. Firmaba documentos a una velocidad vertiginosa. Traspasos de dominio. Ventas de acciones a prestanombres. Hipotecas sobre propiedades que ya estaban pagadas.
En papel, la fortuna de Nikita se estaba evaporando. Se estaba convirtiendo en humo.
—Firma aquí —decía Víctor, señalando una línea punteada—. Con esto, la casa de campo pasa a nombre de la sociedad que creamos ayer. Ella ya no tiene derecho sobre eso.
Nikita firmaba. Cada firma era un clavo en el ataúd de su matrimonio.
Pero lo más difícil no era el papeleo. Lo más difícil eran las noches.
Dormir en la misma cama. Sentir el calor de su cuerpo. A veces, Oksana, en un arrebato de culpa o quizás de deseo residual, intentaba acercarse a él. Le pasaba la mano por el pecho, le buscaba los labios.
El rechazo tenía que ser sutil.
—Estoy muerto, amor. El estrés me está matando. No se me para ni con grúa —decía él, usando el humor corriente para desactivarla.
Ella suspiraba, decepcionada pero comprensiva.
—Pobre mi viejito estresado. Descansa.
Nikita se quedaba despierto, mirando la oscuridad, imaginando lo que ella hacía con Kirill. ¿Sería más apasionada con él? ¿Gemiría más fuerte? Esos pensamientos eran veneno, pero no podía dejar de beberlo.
El viernes llegó. El día de la confrontación con Kirill.
Había quedado con él en “El Despacho”, una cantina tradicional en el centro, de esas con meseros viejos y olor a madera y tequila. Un lugar de hombres. Un lugar para hablar verdades.
Nikita llegó primero. Pidió una botella de Tequila Don Julio 70 y dos caballitos. Se sentó en una mesa del fondo, de espaldas a la pared, controlando la entrada.
Vio entrar a Kirill.
Se veía bien. Bronceado (seguramente de sus escapadas a “pescar”), con una camisa desabotonada que dejaba ver una cadena de oro. Caminaba con ese aire de seguridad del que se siente intocable.
Caminaba hacia su verdugo y no lo sabía.
—¡Quihubo, carnal! —gritó Kirill al verlo, extendiendo los brazos.
Nikita se levantó y le dio un abrazo. Sintió el cuerpo de su amigo. El cuerpo que tocaba a su esposa. Sintió una repulsión tan fuerte que tuvo que contener la respiración. Le dio dos palmadas fuertes en la espalda. Demasiado fuertes.
—Siéntate, güey. Ya pedí pisto.
—Eso es todo. Me urgía un trago. Mi vieja está insoportable —dijo Kirill, dejándose caer en la silla de madera.
Se sirvieron. Brindaron.
—¡Salud! Por la amistad —dijo Kirill, levantando el vaso sin una pizca de vergüenza en los ojos.
—Por la lealtad —corrigió Nikita, chocando su vaso con fuerza.
Kirill no notó el matiz. Se empinó el tequila de un trago.
—Y bien, ¿qué te traes? Te noté raro en el teléfono el otro día —dijo Kirill, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
Nikita lo miró. Estudió su cara. Conocía cada gesto de ese hombre. Habían crecido juntos. Sabía que Kirill tenía un lunar detrás de la oreja. Sabía que le tenía miedo a las arañas. Sabía que lloraba con las películas de perros.
¿Cómo podía alguien tan familiar ser un monstruo?
¿O es que todos somos monstruos y solo esperamos la oportunidad adecuada?
—Estoy cansado, Kirri. Siento que… siento que algo no cuadra en mi vida —dijo Nikita, empezando el juego psicológico.
—¿Cómo que no cuadra? Tienes todo, cabrón. Lana, salud, una vieja que es una santa.
Al decir “una vieja que es una santa”, Kirill ni siquiera parpadeó. Era un maestro. O un psicópata.
—Sí… Oksana. Fíjate que la he notado rara. Distante.
Nikita vio cómo se tensaba la mandíbula de Kirill por una fracción de segundo.
—¿Rara? ¿Cómo? —preguntó Kirill, tratando de sonar casual, sirviéndose otro trago.
—No sé. Llega tarde. Esconde el celular. Se arregla mucho para ir a la oficina. Tú sabes, las señales clásicas.
Kirill soltó una risa nerviosa.
—Nombre, güey, te estás malviajando. Oksana es incapaz. Es una tumba esa mujer. Seguro es chamba. Tú sabes cómo se pone el cierre de mes. No te hagas películas donde no hay.
—¿Tú crees? —Nikita se inclinó hacia adelante, invadiendo el espacio personal de su amigo—. Yo a veces pienso que tiene a otro. Y me pregunto… ¿quién será? ¿Será alguien del trabajo? ¿O será alguien… más cercano?
Los ojos de Kirill vacilaron. Por primera vez, el miedo asomó detrás de la máscara de bravuconería.
—¿Cercano? ¿Como quién?
—No sé. Un conocido. Alguien en quien yo confíe. Eso sería lo peor, ¿no crees? Que te traicione un desconocido duele, pero que te traicione un hermano… eso se paga con sangre, Kirri.
Nikita sostuvo la mirada. Dejó caer el silencio sobre la mesa como una losa de concreto.
Kirill tragó saliva. Se aflojó el cuello de la camisa.
—Pues… sí, estaría cabrón. Pero neta, Nikita, yo creo que estás estresado. Deberías relajarte. Oksana te adora.
—Sí. Me adora.
Nikita se reclinó, rompiendo la tensión momentáneamente. Sonrió.
—Tienes razón. Estoy loco. Salud, compadre.
Volvieron a beber. Pero el aire había cambiado. Kirill ya no estaba cómodo. Miraba el reloj. Checaba su celular.
Nikita disfrutó cada segundo de su incomodidad.
Empieza a sudar, traidor. Apenas estoy empezando.
—Oye, por cierto —dijo Nikita, como quien recuerda algo sin importancia—. El fin de semana me voy a ir a Monterrey a ver unos camiones. Me voy el viernes y regreso el domingo. Oksana se va a quedar sola. Échale un ojo, ¿no? Digo, por si necesita algo. Ya ves cómo está la inseguridad.
Era la trampa final. El cebo irresistible.
Vio el brillo en los ojos de Kirill. El brillo de la oportunidad.
—Ah, órale. Va. No te apures. Yo le marco para ver si se le ofrece algo. Cuenta con eso.
—Gracias, hermano. Sabía que podía contar contigo.
Pagaron la cuenta y salieron a la calle. La noche estaba fresca.
Se despidieron con un apretón de manos. La mano de Kirill estaba sudada. La de Nikita, seca y fría.
Nikita lo vio alejarse hacia su coche.
—Disfruta el fin de semana, Kirill —murmuró—. Porque va a ser el último que disfrutes.
Nikita no iba a ir a Monterrey.
Iba a preparar el escenario final. Ya tenía los papeles del divorcio listos en el despacho de Víctor. Ya había movido el dinero.
Ahora solo faltaba el espectáculo.
Y él tenía boletos de primera fila.
Capítulo 5: El Fin de Semana de los Judas
El viernes por la mañana, la atmósfera en el departamento de la colonia Del Valle pesaba como una losa de plomo. Nikita terminó de cerrar su maleta de mano. Solo llevaba lo básico: un par de camisas, ropa interior y su kit de aseo. No necesitaba más para un viaje que no existía.
Oksana estaba en la cocina, en bata, tomando su té verde. Se veía relajada, con esa falsa tranquilidad que da la ignorancia.
—¿A qué hora sale tu vuelo? —preguntó ella, sin dejar de mirar la pantalla de su tablet.
—A las once. Pero me voy ya para evitar el tráfico del Viaducto, ya sabes cómo se pone los viernes de quincena —respondió Nikita, revisando por última vez que tuviera su cartera y las llaves.
Se acercó a ella. Fue el momento más difícil de la semana. Tuvo que inclinarse y besarla en la frente. Olió su champú, ese olor que antes era hogar y ahora era veneno.
—Pórtate bien —dijo él, con una doble intención que le raspó la garganta.
—Ay, amor, ¿qué voy a hacer? Seguro me la paso viendo series y pidiendo Sushi. Tú concéntrate en los camiones. Que te vaya súper bien en Monterrey. Tráeme glorias de Linares.
—Sí. Te voy a traer algo que no vas a olvidar —murmuró Nikita.
—¿Qué dijiste?
—Nada. Que ya me voy.
Nikita salió del departamento y escuchó el golpe seco de la puerta al cerrarse. Bajó por el elevador, saludó al portero con la mano y salió a la calle donde lo esperaba su Uber.
—A la Terminal 2 del Aeropuerto, joven —le dijo al conductor.
El viaje duró cuarenta minutos. Nikita se bajó en la terminal, entró por la puerta 4, caminó hasta los baños, se lavó la cara y esperó diez minutos. Luego, salió por la puerta 7 y caminó hacia la zona de renta de autos.
No rentó nada lujoso. Pidió un Chevrolet Aveo gris, uno de esos coches invisibles que pululan por la Ciudad de México, el tipo de auto que manejan los contadores, los choferes de aplicación o los fantasmas.
Se subió al auto, conectó su celular al soporte y abrió una aplicación nueva que había instalado la noche anterior.
La pantalla mostró una imagen en blanco y negro, nítida, gran angular.
Era la sala de su casa.
Había instalado tres cámaras ocultas. Una en el sensor de humo de la sala, otra en la cocina y una más, la que más le dolía haber puesto, en la recámara principal, oculta en el decodificador de la televisión por cable.
—Vamos a ver qué tan “tranquilo” es tu fin de semana —dijo Nikita.
Manejó de regreso hacia la ciudad, pero no a su casa. Se estacionó en una calle paralela, a tres cuadras de su edificio, bajo la sombra de un árbol frondoso. Bajó el asiento, se puso una gorra y esperó.
El calor del mediodía empezaba a apretar. Compró unos tacos de canasta a un vendedor ambulante que pasó en bicicleta y una Coca-Cola tibia. Esa fue su comida. Tacos de chicharrón y el sabor metálico de la bilis.
A las 6:30 p.m., la notificación llegó a su teléfono. Movimiento detectado.
Nikita miró la pantalla.
Oksana había llegado. Se la veía apurada. Tiró el bolso en el sofá y corrió a la recámara. A través de la cámara del cuarto, la vio desvestirse. No se puso la pijama vieja que usaba cuando él estaba. Se puso un conjunto de lencería negro que Nikita no recordaba haber pagado. Se maquilló frente al espejo, tarareando una canción. Se roció perfume en el cuello, en las muñecas, en el escote.
—¿Para quién te arreglas, Oksana? —susurró Nikita, apretando el volante del Aveo—. ¿Para ver series?
A las 7:45 p.m., el teléfono volvió a vibrar.
Nikita alzó la vista hacia la calle. Un coche conocido pasó frente a él, ignorando su presencia en el Aveo gris. Era el BMW plateado de Kirill.
El coche traía la música alta. Reguetón.
Kirill se estacionó frente al edificio de Nikita con la confianza del dueño. Se bajó. Llevaba una camisa azul desabotonada hasta la mitad del pecho y, en la mano, una botella de whisky Buchanan’s y una bolsa de hielo.
Nikita sintió que la sangre le hervía. La falta de respeto era absoluta. Entrar a la casa de un hombre, beber su licor, acostarse en su cama…
Kirill saludó al portero. El portero lo dejó pasar. Claro, era “el mejor amigo del patrón”, era de confianza.
—Pinche Judas —masculló Nikita.
Volvió a mirar la pantalla del celular. Cámara de la sala.
La puerta se abrió. Oksana estaba esperando ahí, de pie.
Kirill entró. Soltó la botella en el piso y, sin decir “hola”, la agarró de la cintura, la levantó en vilo y la besó con una urgencia animal. Oksana enredó sus piernas en la cintura de él.
Se reían. Se besaban. Se decían cosas que el micrófono captaba con una claridad dolorosa.
—¿Se fue el aburrido? —preguntó Kirill, separándose para respirar.
—Sí, se fue a Monterrey. Tenemos todo el fin de semana, mi amor. La casa es nuestra.
—¡Qué chingón! Ya me tenía harto con sus consejos de moralidad. “La lealtad, compadre, la lealtad” —dijo Kirill, imitando la voz de Nikita con un tono burlón y chillón.
Oksana soltó una carcajada cruel.
—Ay, déjalo. Es tan predecible. Cree que soy su secretaria glorificada. Mientras siga trayendo dinero, que piense lo que quiera.
—¿Y sí dejó buena lana este mes? —preguntó Kirill, caminando hacia la cocina como si fuera suya, abriendo el refrigerador.
—Más o menos. Pero me hizo firmar unos papeles raros el otro día, para un préstamo. Dice que anda corto.
—Pues que le chingue más. Tú te mereces lujos, reina, no vivir con un tacaño.
Nikita, dentro del coche a tres cuadras, sintió cómo una lágrima solitaria y caliente le bajaba por la mejilla. No era tristeza. Era la muerte definitiva de la persona que solía ser.
Escuchar a su esposa y a su hermano llamarlo “aburrido”, “tacaño” y burlarse de su lealtad fue el tiro de gracia.
—Disfruten —susurró Nikita con la voz quebrada—. Ríanse. Es lo último que van a tener.
Apagó la pantalla cuando empezaron a caminar hacia la recámara. No necesitaba ver eso. No necesitaba torturarse con la pornografía de su propia desgracia. Ya tenía la evidencia. El audio, el video, la fecha, la hora.
Arrancó el Aveo y manejó. Manejó sin rumbo por la ciudad toda la noche, parando solo para echar gasolina y café. Fue al mirador del Ajusco, viendo las luces de la ciudad monstruosa a sus pies. Se sentía pequeño, pero al mismo tiempo, poderoso. Tenía el botón nuclear en su bolsillo.
El sábado pasó lento. Nikita se hospedó en un hotel barato en Tlalpan, de esos que no hacen preguntas. Pasó el día revisando los documentos que Víctor, su abogado, le había mandado.
Transferencia completada.
Acta constitutiva de la nueva empresa: “Fénix Logística”.
Aviso de embargo precautorio sobre la cuenta mancomunada.
Estaba hecho. Oksana era, legalmente, una indigente. Solo que ella aún no lo sabía. Seguía bebiendo el whisky de Nikita y durmiendo en sábanas de hilo egipcio.
El domingo por la tarde, Nikita decidió que era hora.
Devolvió el auto rentado. Tomó un taxi hacia su casa.
Eran las 7:00 p.m. El cielo estaba nublado, amenazando con una de esas tormentas eléctricas típicas de la Ciudad de México.
Al llegar a su edificio, vio que el coche de Kirill ya no estaba. El cobarde había huido antes de que el “dueño” regresara.
Mejor. La confrontación con Kirill sería después, y sería distinta. Hoy la noche era para Oksana.
Subió el elevador. El metal frío de las puertas reflejó su rostro. Se veía diez años más viejo que el viernes, pero sus ojos tenían un brillo duro, implacable.
Metió la llave en la cerradura.
Giró.
Abrió.
Capítulo 6: El Juicio Final
El departamento olía a limpio. Demasiado limpio. Olía a aromatizante de lavanda, usado en exceso para cubrir el rastro de cigarros y sudor ajeno.
Oksana estaba en el sofá, leyendo una revista, con una mascarilla facial puesta y una copa de vino en la mano. La imagen de la esposa perfecta esperando al marido guerrero.
Al verlo entrar, ella se quitó la mascarilla rápidamente y sonrió.
—¡Mi amor! Llegaste temprano. Pensé que aterrizabas hasta las diez.
Se levantó para darle un beso.
Nikita la detuvo con un gesto de la mano. No la tocó. Dejó su maleta en el suelo con un golpe seco.
—No hubo tráfico —dijo él. Su voz era plana, sin entonación.
Oksana se detuvo en seco. Su sonrisa vaciló un poco.
—¿Estás bien? Te ves… raro. ¿Cómo te fue en Monterrey? ¿Compraste los camiones?
—No fui a Monterrey, Oksana.
El silencio que siguió a esa frase fue absoluto. Se podía escuchar el zumbido del refrigerador en la cocina.
Oksana parpadeó, confundida.
—¿Cómo que no fuiste? Pero si te llevé a la puerta… te fuiste en Uber…
—Me bajé en el aeropuerto y renté un coche. Me quedé aquí, en la ciudad. Viendo. Escuchando.
La cara de Oksana palideció. El color se le fue de golpe, dejándola con un tono ceroso, enfermizo.
—¿Viendo qué? Nikita, me estás asustando. ¿De qué hablas?
—Hablo de ti. Hablo de Kirill. Hablo del whisky Buchanan’s. Hablo de la lencería negra que traías puesta el viernes a las siete y media.
Oksana dio un paso atrás, como si él la hubiera golpeado. Se llevó la mano a la boca.
—Tú… ¿tú nos estabas espiando?
—Yo estaba protegiendo mi inversión —Nikita sacó su celular. Conectó la pantalla a la televisión grande de la sala mediante Bluetooth.
—Siéntate.
—Nikita, por favor, déjame explicarte… —empezó ella, con la voz temblorosa, los ojos llenándose de lágrimas automáticas.
—¡Siéntate! —gritó él. Fue la primera vez que alzó la voz. Un rugido que hizo vibrar las ventanas.
Oksana se desplomó en el sofá.
Nikita le dio play.
En la pantalla gigante de 60 pulgadas apareció la imagen de ellos dos en la sala. El viernes por la noche.
Se escuchó la voz de Kirill: “Ya me tenía harto con sus consejos de moralidad…”
Se escuchó la risa de Oksana: “Es tan predecible. Cree que soy su secretaria glorificada…”
Oksana miraba la pantalla con horror. No podía negar su propia voz. No podía negar la crueldad de sus palabras.
Nikita detuvo el video justo en el momento en que se empezaban a besar.
—”Secretaria glorificada” —repitió Nikita, mirándola con asco—. Eso dolió más que los cuernos, fíjate. Yo te respetaba. Yo te admiraba. Yo creía que eras la mujer más inteligente que conocía. Pero resultaste ser la más estúpida.
—Nikita, perdóname… —Oksana se tiró al suelo, intentando agarrarle las rodillas. Estaba llorando de verdad ahora, pero no por arrepentimiento, sino por terror—. Fue un error. Me sentía sola. Tú siempre estás trabajando. Kirill me escuchaba… se nos fue de las manos. Te lo juro que lo voy a dejar. No significa nada para mí.
Nikita se apartó, evitando su contacto como si ella tuviera lepra.
—¿No significa nada? Te pasaste el fin de semana en mi cama con él. Burlándote de mí. Gastándote mi dinero.
Caminó hacia la mesa del comedor, donde tenía su portafolio. Sacó una carpeta azul.
—Levántate. Ten un poco de dignidad.
Oksana se levantó, sorbiendo los mocos, temblando como una hoja.
—¿Qué es eso? —preguntó, mirando la carpeta.
—Tu liquidación.
—¿Qué?
—Te despido, Oksana. Como esposa y como administradora.
Ella lo miró sin comprender.
—Nikita, no puedes echarme así. Estamos casados por bienes mancomunados. La mitad de todo esto es mío. La mitad de la empresa es mía. Si nos divorciamos, te voy a quitar todo.
El instinto de supervivencia le salió de golpe. La “licenciada” emergió de entre las lágrimas.
—Voy a contratar al mejor abogado. No me vas a dejar en la calle.
Nikita sonrió. Fue una sonrisa triste, fría, final.
—Ahí es donde te equivocas, mi amor. Tú eres lista, pero te confiaste.
Abrió la carpeta y sacó los documentos que ella había firmado durante la semana.
—¿Recuerdas esos “papeles para el préstamo” que firmaste el jueves? ¿Esos que no leíste porque estabas muy ocupada pensando en qué lencería ponerte para Kirill?
Oksana abrió los ojos desmesuradamente. Se abalanzó sobre los papeles, leyéndolos frenéticamente.
—Esto… esto es una cesión de derechos… esto es una venta de acciones… —murmuró, con la voz ahogada.
—Exacto. La empresa “Nikanor” ya no tiene activos. Los camiones, las cuentas, la bodega… todo se vendió a una sociedad anónima de capital variable de la que tú no eres socia. Y el dinero de esa venta… bueno, digamos que se usó para pagar deudas corporativas inexistentes que tú también avalaste con tu firma.
Nikita se acercó a ella, susurrándole al oído.
—La cuenta mancomunada tiene doscientos pesos, Oksana. La casa está hipotecada hasta el techo a favor de un acreedor que es amigo mío. El coche que manejas… es arrendado y cancelé el contrato esta mañana. Mañana vienen por él.
Oksana dejó caer los papeles. Se quedó mirando al vacío. Entendió la magnitud de la jugada.
—Me robaste… —susurró.
—No. Yo recuperé lo mío. Tú rompiste el contrato social de este matrimonio. Yo ejecuté las cláusulas de rescisión.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella, derrotada. Ya no había pelea en sus ojos, solo un vacío inmenso.
—Ahora te vas.
—¿A dónde? No tengo a dónde ir. Mi mamá…
—Tu mamá vive en un departamento que yo pago. También cancelé ese contrato de renta. Tienes hasta fin de mes para sacarla.
Eso fue el golpe final. Oksana soltó un gemido gutural, un sonido de animal herido.
—Eres un monstruo, Nikita.
—Aprendí de los mejores —respondió él, señalando la televisión donde la imagen congelada de Kirill y ella seguía burlándose—. Tienes una hora para hacer tus maletas. Solo ropa y cosas personales. Nada de joyas que yo haya comprado. Nada de electrónicos. Si intentas llevarte algo que no sea tuyo, llamo a la policía y les enseño el video. Adulterio y robo. Tú decides si quieres salir con la cabeza baja o esposada.
Oksana no dijo nada más. Se dio la media vuelta y caminó hacia la recámara. Sus pasos eran pesados, de anciana.
Nikita se quedó en la sala. Se sirvió un vaso de agua. No quería alcohol. Quería estar sobrio para verla salir.
La hora pasó lenta. Escuchó el ruido de los cajones abriéndose y cerrándose. Escuchó llanto ahogado.
Finalmente, Oksana salió arrastrando dos maletas grandes. Tenía los ojos hinchados y la cara lavada. Ya no quedaba nada de la mujer altiva de negocios.
—Las llaves —pidió Nikita, extendiendo la mano.
Ella sacó el llavero del departamento y el del coche. Se los puso en la palma de la mano. Sus dedos se rozaron por última vez. Estaban helados.
—Kirill no te va a ayudar, ¿sabes? —dijo Nikita, guardando las llaves en su bolsillo—. Cuando se entere de que no tienes un peso, te va a dejar. Porque él es un parásito, y los parásitos no viven en huéspedes muertos.
Oksana lo miró con odio, pero también con una extraña resignación.
—Espero que seas muy feliz solo en tu castillo vacío, Nikita.
—Mejor solo que durmiendo con el enemigo. Adiós, Oksana.
Abrió la puerta. Ella salió al pasillo. El elevador llegó. Ella entró y las puertas se cerraron, cortando su imagen para siempre.
Nikita cerró la puerta. Puso el seguro. Pasó el cerrojo.
El silencio en el departamento era absoluto.
Miró a su alrededor. Los muebles finos, las cortinas caras, la pantalla gigante. Todo era suyo. Había ganado. Había protegido su patrimonio. Había destruido a la traidora.
Se sentó en el sofá, en el mismo lugar donde ella había estado sentada.
Esperaba sentir euforia. Esperaba sentir el dulce sabor de la victoria.
Pero solo sintió frío.
Un frío inmenso que le calaba los huesos.
Sacó su celular. Buscó el contacto de Kirill.
Aún faltaba la segunda parte. El traidor principal.
Escribió un mensaje corto:
“Sé lo de la pesca. Y sé lo del fin de semana. Oksana ya no vive aquí. Prepárate, porque voy por ti. No legalmente. Personalmente.”
Lo envió.
Luego, apagó el teléfono, apagó las luces y se quedó sentado en la oscuridad, el único rey de un reino de cenizas.
—Mañana —se dijo a sí mismo—. Mañana empiezo de nuevo.
Pero esa noche, en la soledad de la colonia Del Valle, Nikita lloró por última vez. Lloró por el amigo que perdió, por la mujer que inventó en su cabeza y por la inocencia que jamás recuperaría.
El sonido de la lluvia comenzó a golpear contra los ventanales, lavando la ciudad, pero incapaz de limpiar lo que había pasado adentro.
Parte 3
Capítulo 7: La Caída del Ídolo de Barro
Kirill estaba en la sala de su casa, en la colonia Narvarte, con los pies subidos a la mesa de centro y una cerveza en la mano. La televisión estaba encendida en un partido de fútbol, pero él no le prestaba atención. Se sentía el rey del mundo. Había pasado un fin de semana de locura con la mujer de su mejor amigo, en la cama de su mejor amigo, bebiendo el licor de su mejor amigo. Y el muy imbécil de Nikita seguía creyendo que estaba en Monterrey viendo camiones.
Su esposa, Magda, estaba en la cocina peleándose con la licuadora. Magda era una mujer de armas tomar, con un carácter que hacía temblar las paredes cuando se enojaba. Por eso Kirill necesitaba el escape con Oksana. Oksana era suave, manejable, y lo mejor de todo: prohibida.
El teléfono de Kirill vibró en la mesa.
Lo tomó con desgana, esperando que fuera algún cliente latoso.
Vio el nombre en la pantalla: Nikita.
Sonrió. “Seguro quiere contarme de los camiones”, pensó.
Abrió el mensaje.
Su sonrisa se congeló. Luego, desapareció. La sangre se le fue a los talones.
“Sé lo de la pesca. Y sé lo del fin de semana. Oksana ya no vive aquí. Prepárate, porque voy por ti. No legalmente. Personalmente.”
Kirill leyó el mensaje tres veces. Las letras parecían bailar frente a sus ojos.
—No mames… —susurró. El celular se le resbaló de las manos sudorosas y cayó al alfombra.
Su primer instinto fue el pánico absoluto. Nikita lo sabía. Lo sabía todo. ¿Cómo?
En ese momento, el teléfono volvió a sonar. Esta vez era una llamada.
Oksana.
Kirill agarró el teléfono como si fuera una granada sin seguro. Miró hacia la cocina. Magda seguía con el ruido de la licuadora.
Contestó susurrando, metiéndose al baño de visitas.
—¿Qué pasó?
—¡Me corrió, Kirill! ¡Me corrió! —Oksana estaba histérica, llorando a gritos al otro lado de la línea—. ¡Lo sabe todo! ¡Nos grabó! Puso cámaras en la casa, Kirill… nos vio en la cama… nos escuchó burlarnos de él…
Kirill sintió que las piernas le fallaban. Se sentó en la tapa del inodoro.
—Cállate, cállate, no grites —siseó—. ¿Qué le dijiste? ¿Me mencionaste?
—¡Vio el video, imbécil! ¡Sabe que eras tú! Me quitó todo, Kirill. Me hizo firmar papeles con engaños… estoy en la calle. No tengo a dónde ir. Voy para tu casa.
El terror de Kirill se transformó en una frialdad defensiva.
—¿Qué? ¡No! ¡No puedes venir aquí! ¿Estás loca? Magda está aquí. Si te ve llegar con maletas va a armar un escándalo.
—¡No tengo a dónde ir! —chilló Oksana—. ¡Tú me dijiste que me amabas! ¡Dijiste que si dejaba al aburrido de Nikita nos iríamos juntos! Bueno, ya lo dejé. A la fuerza, pero lo dejé. Necesito que me ayudes.
Kirill se pasó la mano por el pelo, desesperado. Las promesas de cama son fáciles de hacer cuando no hay consecuencias. Pero ahora la realidad estaba tocando a la puerta.
—Oksana, escucha… ahorita no es buen momento. Vete a un hotel. Mañana hablamos.
—¿Un hotel? ¡No tengo dinero! ¡Me canceló las tarjetas!
—Pues pide prestado, ¡yo qué sé! Pero no vengas aquí. Si Magda se entera, me mata. Y Nikita… si Nikita viene para acá…
—Eres un cobarde —dijo Oksana, y su voz cambió del pánico al desprecio puro—. Nikita tenía razón. Dijo que me ibas a dejar sola. Dijo que eras un parásito.
—Mira, piensa lo que quieras. Pero no te acerques a mi casa.
Kirill colgó. Le temblaban las manos.
Bloqueó el número de Oksana.
“Ya se le pasará”, pensó, tratando de calmarse. “Nikita no va a hacer nada. Es puro blofeo. Si quisiera golpearme ya habría venido. Es un hombre de negocios, no se va a ensuciar las manos”.
Salió del baño, intentando componer la cara.
Regresó a la sala.
Magda estaba parada ahí, con los brazos cruzados. El ruido de la licuadora había cesado.
—¿Con quién hablabas tan misterioso en el baño? —preguntó ella, entornando los ojos.
—Con un cliente, amor. Ya sabes, siempre dando lata en domingo.
—Mmm. Te ves pálido. ¿Te cayó mal la cerveza?
—Sí, creo que sí. Me voy a acostar un rato.
Pero el destino, o más bien Nikita, no había terminado con él.
A las 8:30 p.m., el timbre de la casa sonó.
Kirill saltó del sofá como si le hubieran dado un toque eléctrico.
—Yo abro —dijo Magda, caminando hacia la puerta.
—¡No! —gritó Kirill—. Digo… yo voy, no te preocupes.
Corrió a la puerta antes que ella. Miró por la mirilla.
No era Nikita.
Era un mensajero de Uber Flash. Un motociclista con casco que sostenía un sobre manila abultado.
Kirill abrió la puerta apenas una rendija.
—¿Sí?
—Entrega para la señora Magdalena Ruiz —dijo el motociclista.
El corazón de Kirill se detuvo.
—Yo lo recibo.
—Necesito la firma de ella, jefe. Es entrega personal certificada.
—¿Quién es, Kirill? —la voz de Magda sonó justo detrás de él.
Kirill no pudo hacer nada. Magda abrió la puerta de par en par.
—Soy yo. ¿Qué traes?
—Paquete para usted, señora. Firme aquí.
Magda firmó. Tomó el sobre. El motociclista arrancó y se perdió en la noche.
Kirill miraba el sobre como si fuera una bomba nuclear. Sabía lo que había adentro. Lo sentía en los huesos.
—Dámelo —dijo Kirill, intentando arrebatárselo—. Seguro es propaganda o algo del banco.
Magda lo esquivó con un movimiento rápido.
—¿Propaganda en domingo por mensajería privada? No me creas pendeja, Kirill. Estás actuando muy raro.
Magda rasgó el sobre.
Cayó una memoria USB y un par de fotos impresas en papel normal.
Magda tomó las fotos.
El silencio que llenó la sala fue más aterrador que cualquier grito.
En la foto, Kirill estaba besando a Oksana en el restaurante. En otra, entraban abrazados al edificio de Nikita.
Magda levantó la vista. Sus ojos, normalmente fieros, estaban llenos de lágrimas, pero debajo de las lágrimas había fuego.
—Es la esposa de tu compadre —dijo ella en voz baja. No era una pregunta.
—Magda, te lo puedo explicar… es un malentendido, es Photoshop, Nikita está loco…
—¡Cállate! —el grito de Magda hizo que los perros del vecino ladraran.
Fue a la televisión, conectó la USB en el puerto lateral.
El video empezó a reproducirse.
Era la grabación de la sala de Nikita. El audio era perfecto.
“Mi vieja es una bruja, Oksana. Solo estoy con ella por los niños y por la casa, pero no la soporto…” —se escuchó decir a Kirill en la grabación, mientras se desabotonaba la camisa.
Kirill cerró los ojos. Ese comentario. Había olvidado que dijo eso. Había dicho eso para hacerse el interesante, para que Oksana sintiera lástima por él.
Magda se giró lentamente. Agarró un jarrón de cerámica que estaba en la mesa.
—¿Una bruja? —preguntó, con una calma psicótica.
—Mi amor, estaba borracho, no sabía lo que decía…
El jarrón voló. Se estrelló contra la pared, a centímetros de la cabeza de Kirill.
—¡Lárgate! —gritó ella—. ¡Lárgate de mi casa ahora mismo o te juro que te mato!
—¡Es mi casa también!
—¡Es la casa de mis padres, imbécil! ¡Tú aquí no pusiste ni un peso! ¡Fuera!
Kirill intentó negociar, pero Magda ya estaba en la cocina agarrando un cuchillo cebollero. La furia de una mujer engañada y humillada es una fuerza de la naturaleza.
Kirill salió corriendo. Salió a la calle en calcetines, con las llaves del coche y la cartera en la mano, mientras Magda le aventaba su ropa por la ventana del primer piso. Los vecinos salieron a mirar. Fue el espectáculo del barrio.
Kirill se subió a su BMW, que tenía poca gasolina. Arrancó, temblando.
¿A dónde ir?
Oksana lo había llamado pidiendo ayuda. Ahora él estaba igual.
Pensó en llamarla. “Podemos irnos juntos”, pensó.
Pero luego recordó que ella no tenía dinero. Y él… él tenía las tarjetas al tope.
Estaba solo.
Manejó hasta un parque oscuro. Sacó el celular. Tenía un mensaje nuevo de Nikita.
“Ya me contó un pajarito que te sacaron a patadas. Bienvenido al infierno, compadre. Disfruta la estancia. Esto apenas empieza.”
Nikita no necesitó golpearlo. No necesitó demandarlo. Simplemente le quitó la máscara y dejó que su propia vida podrida colapsara sobre él.
Kirill golpeó el volante, gritando de frustración, solo y patético en la oscuridad de la Ciudad de México. Había perdido a su esposa, a su mejor amigo, a su amante y su reputación en una sola noche.
El ídolo de barro se había desmoronado bajo la primera lluvia.
Capítulo 8: Cicatrices y Amaneceres
Pasaron tres meses. Tres meses grises, monótonos, pesados.
La victoria de Nikita había sido total, quirúrgica y devastadora. Oksana había desaparecido de la ciudad; se rumoreaba que había vuelto a casa de una tía lejana en Veracruz, derrotada y sin un centavo. Kirill vivía en un cuartucho de azotea en la colonia Doctores, trabajando de taxista porque nadie en el gremio de la logística quería contratar al “traidor” —Nikita se había encargado de correr la voz discretamente.
Nikita se quedó con todo. El departamento, la empresa, el dinero.
Pero el departamento se sentía como un mausoleo.
Al principio, la euforia de la venganza lo sostuvo. Se sentía poderoso, intocable. Pero la adrenalina tiene una vida media corta. Cuando se disipó, lo que quedó fue el silencio.
Nikita empezó a beber.
No era un bebedor social. Bebía para apagar el ruido en su cabeza. Llegaba del trabajo, se quitaba la corbata y abría una botella de whisky. Se sentaba en el sofá —el mismo sofá donde había atrapado a los traidores— y bebía hasta que se desmayaba.
La empresa empezó a sufrir. Nikita llegaba tarde, con aliento alcohólico, irritable. Despidió a dos gerentes por errores minúsculos. Su secretaria le tenía miedo.
—Señor Nikita, necesita ayuda —le dijo Víctor, su abogado, un día que lo vio firmar documentos con la mano temblorosa.
—Necesito otro trago, Víctor. Cobre sus honorarios y no me dé consejos de vida —respondió él, con la voz pastosa.
Nikita estaba cayendo en el mismo abismo al que había empujado a sus enemigos. Se había convertido en un hombre amargado, cínico, que veía traición en cada sombra. No confiaba en nadie. No salía. No vivía.
Era un rey en un trono de huesos, gobernando un reino de polvo.
Una noche de martes lluvioso, su celular sonó. Era un número que no tenía guardado.
Pensó en no contestar. Pero la soledad era tan grande que incluso una voz de telemarketing parecía mejor que el silencio.
—¿Bueno? —gruñó.
—¿Nikita? ¿Eres tú, cabrón? —la voz era fuerte, alegre, con un acento norteño marcado.
Nikita frunció el ceño. Esa voz le trajo un recuerdo de tiempos mejores.
—¿Quién habla?
—¡Soy Sergei, güey! Sergei, el “Tanque”. ¿No te acuerdas de mí? Estuvimos juntos en la prepa, jugábamos americano.
Sergei. El “Tanque”. Un gigante bonachón con el que Nikita no hablaba hacía años. Sergei se había ido a Tijuana a poner un negocio de importaciones.
—Ah… Sergei. Hola. ¿Cómo estás?
—Pues yo a toda madre, carnal. Pero tú suenas como si te hubiera atropellado un microbús. ¿Qué traes?
—Días malos, Sergei. Años malos.
—Oye, pues fíjate que ando en el D.F. Vine a ver a mi familia. Me acordé de ti y dije: “Voy a marcarle a mi valedor Nikita”. ¿Qué onda? ¿Nos echamos unos tacos o qué? Estoy por el Monumento a la Revolución.
Nikita miró la botella de whisky a medio terminar. Miró el departamento vacío.
—No sé, Sergei… no ando de humor.
—¡Ni madres! No acepto un no. Levanta ese trasero, báñate y cáele a “El Califa” de Reforma en una hora. Si no vas, voy a tu casa y te saco a patadas. Ya sabes que sé dónde vives.
Nikita sonrió. Fue una sonrisa pequeña, oxidada, pero real.
—Está bien, Tanque. Ahí te veo.
Esa noche, entre tacos de pastor y cervezas, Nikita habló. Al principio con reticencia, pero Sergei tenía un don: sabía escuchar sin juzgar.
Le contó todo. La traición. El video. La venganza legal. La soledad.
Sergei escuchó, asintiendo, comiendo su taco con seriedad.
—Está cabrón, Nikita. La neta, te la aplicaron gacho. Pero tú también te pasaste de lanza con la venganza, ¿eh? —dijo Sergei, dándole una palmada en la espalda que casi lo tira de la silla—. Eres un perro desgraciado. Me caes bien.
Nikita se rió. Una risa que le limpió un poco el pecho.
—Soy un perro desgraciado, pero un perro solo, Sergei.
—Pues eso se acaba hoy. Mira, no puedes seguir así. Te vas a morir de cirrosis o de amargura. Mañana vamos a ir a correr al Sope, en Chapultepec. A las seis de la mañana.
—¿Correr? Estás loco.
—Sí. Y te voy a presentar a alguien. A mi hermana menor, Irina. ¿Te acuerdas de ella? La “peque”.
—¿La que usaba frenos y lentes de fondo de botella?
—Esa mera. Ya creció, güey. Y acaba de regresar de España. Es psicóloga. Creo que te vendría bien platicar con alguien que no sea un abogado o una botella.
A la mañana siguiente, con una cruda espantosa, Nikita fue a Chapultepec.
Ahí estaba Sergei, estirando sus músculos de gigante. Y junto a él, una mujer.
No era la niña de frenos que recordaba.
Irina tenía treinta y tantos años, el cabello castaño recogido en una coleta, ropa deportiva y una cara que irradiaba una calma inteligente. No era una belleza despampanante como Oksana; era una belleza real, serena, de esas que te invitan a quedarte.
—Hola, Nikita —dijo ella, sonriendo. Tenía una sonrisa franca, sin dobleces—. Sergei me dijo que necesitas sudar los demonios.
—Tengo muchos demonios, Irina. Vamos a correr un maratón.
—Empecemos con cinco kilómetros. Un paso a la vez.
Empezaron a correr. Al principio, Nikita sentía que el corazón le iba a estallar. Pero Irina corría a su lado, marcándole el ritmo, hablándole de cosas triviales: del clima, de los árboles, de lo mucho que extrañaba los chilaquiles cuando vivía en Madrid.
No le preguntó por su exesposa. No le preguntó por su dinero. Lo trató como a un ser humano.
Esos cinco kilómetros se convirtieron en una rutina. Tres veces por semana. Luego, desayunos. Luego, cenas.
Irina era todo lo que Oksana no era. Era cálida. Era empática. Le gustaba leer, le gustaba el arte, le gustaba reírse de las tonterías de Sergei.
Con ella, Nikita aprendió que la vulnerabilidad no es debilidad. Le contó sus miedos. Lloró frente a ella una tarde, sentado en una banca del parque, sacando por fin todo el veneno que le quedaba.
Ella le tomó la mano. No para poseerlo, sino para sostenerlo.
—Ya pasó, Nikita. El pasado es un lugar de referencia, no de residencia. Tienes que mudarte de ahí.
Seis meses después, Nikita estaba en su oficina.
El lugar había cambiado. Había quitado los muebles oscuros y pesados. Ahora había luz, plantas, vida.
Su secretaria entró, sonriendo.
—Señor, su hija está aquí.
Nikita se levantó de golpe.
—¡Hazla pasar!
Su hija, Sofía, que estudiaba en Guadalajara y con la que había estado un poco distante durante su fase oscura, entró corriendo y lo abrazó.
—¡Papá! ¡Te ves súper bien! —dijo ella, mirándolo a los ojos—. Ya no tienes esas ojeras de mapache.
—Me siento bien, mi amor. Me siento vivo.
Esa noche, cenaron en el departamento. Irina estaba ahí también, ayudando a Sofía a preparar unas enchiladas. Se reían. La cocina olía a salsa verde y a hogar.
Nikita se quedó parado en el umbral de la puerta, mirándolas.
Recordó la noche en que descubrió la traición. Recordó el frío, el odio, el deseo de destrucción.
Esas cicatrices seguían ahí. Siempre estarían ahí, recordándole que la confianza es un regalo caro que no se le da a cualquiera.
Pero al mirar a Irina reírse con su hija, Nikita entendió algo fundamental.
La mejor venganza no fue dejar a Oksana en la calle. La mejor venganza no fue arruinar a Kirill.
Esas fueron maniobras necesarias, limpieza de basura.
La verdadera venganza, la victoria final y absoluta, era esto.
Era ser feliz.
Era recuperar la capacidad de amar sin miedo, a pesar de todo.
Oksana y Kirill eran fantasmas, atrapados en su propia miseria, culpando al mundo de sus errores.
Él, Nikita, estaba aquí. De pie. Con un negocio próspero, con amigos leales como Sergei, con una mujer que lo veía a él y no a su cartera, y con una hija que lo admiraba.
Se acercó a la mesa, sirvió vino —una copa para disfrutar, no para olvidar— y alzó el vaso.
—¿Por qué brindamos, pa? —preguntó Sofía.
Nikita miró a Irina. Ella le guiñó un ojo.
—Por los nuevos comienzos, hija —dijo Nikita, con la voz firme y clara—. Y por saber distinguir entre lo que brilla y lo que es oro de verdad.
Bebieron. Afuera, la lluvia de la Ciudad de México había parado. Las nubes se abrían y, por primera vez en mucho tiempo, se podían ver las estrellas sobre el valle de asfalto.
La pesadilla había terminado. La vida, la verdadera vida, apenas comenzaba.
FIN