
PART 1
CAPÍTULO 1: LA NEGOCIACIÓN DEL EGO
El aire en la cocina estaba viciado, cargado de una tensión que se podía cortar con un cuchillo. No era la primera vez que se sentía así, pero Natalia presentía, con ese sexto sentido que tienen las mujeres cuando la tormenta se avecina, que esta vez era diferente. Natalia miraba a su esposo, Esteban, sentado al otro lado de la pequeña mesa de madera que habían comprado de segunda mano cuando se casaron. Lo observaba como si fuera un extraño, tratando de descifrar en qué momento el hombre del que se había enamorado, ese muchacho con sueños y risa fácil, se había transformado en este sujeto amargado, con la mirada esquiva y una cerveza siempre en la mano.
Quizás siempre había sido así. Quizás el amor es un filtro de Instagram que te borra las imperfecciones hasta que la realidad te golpea de frente. Pero en ese momento, con los documentos de la compra-venta del departamento esparcidos sobre el hule de la mesa, el filtro había desaparecido por completo.
—A ver, Esteban, vamos a calmarnos y a hablar las cosas como son —dijo Natalia, haciendo un esfuerzo sobrehumano para que la voz no le temblara. Apretó las manos bajo la mesa hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. No estoy entendiendo tu lógica. Si vamos a comprar este departamento, que se supone que es para nuestro futuro, para envejecer juntos, las escrituras tienen que salir a nombre de los dos. Es lo justo, ¿no? Es la ley de la vida, Esteban. Pareja dispareja no funciona.
Esteban soltó un bufido, un sonido entre desprecio y fastidio, y le dio un trago largo a su cerveza Indio. Se limpió la espuma del bigote con el dorso de la mano y la miró con esa condescendencia que últimamente usaba para todo, como si ella fuera una niña pequeña que no entiende cómo funciona el mundo de los adultos.
—Ay, Natalia, ya vas a empezar con tus cosas. Qué hueva, me cae —dijo él, recargándose en la silla de mala gana—. Neta, no entiendo qué te pasa. Antes no eras así de… fijada. ¿Ahora resulta que eres contadora o abogada? “Es lo justo, es lo justo”, repites como perico.
—No es ser fijada, Esteban, es tener sentido común —insistió ella, sintiendo cómo el calor le subía a las mejillas. No por vergüenza, sino por coraje—. Haz las cuentas. Siéntate y haz las cuentas conmigo. Estamos juntando los ahorros de los dos, peso sobre peso. Pero no se te olvide, y escúchame bien, que yo vendí la casa de mi abuelita en Veracruz, esa casita que era lo único que me quedaba de mi familia, para completar el enganche. ¡Estoy poniendo casi el 70% de la lana, Esteban! ¿Y tienes los tamaños de decirme que el depa va a quedar solo a tu nombre?
El silencio que siguió fue pesado. Se escuchaba el zumbido del refrigerador viejo y los ladridos lejanos de los perros de la colonia. Esteban desvió la mirada. Sabía que ella tenía razón, y eso era lo que más le reventaba. Odiaba deberle algo a alguien, y menos a su mujer. En su mente machista y cuadrada, él tenía que ser el proveedor, el “mero mero”. Reconocer que necesitaban el dinero de Natalia para salir de ese agujero donde rentaban era un golpe directo a su frágil masculinidad.
—¡Ay, qué mercenaria me saliste! —explotó de repente, golpeando la mesa con la palma abierta—. ¿Qué chingados importa a nombre de quién esté el papelito? ¿Eh? A ver, explícame. Somos marido y mujer, estamos casados por todas las de la ley y por la Iglesia. Somos un equipo, una sola carne, como dice el padre. Eso de andar contando quién puso más varo, que si tú pusiste diez y yo puse cinco… eso es de gente miserable, Natalia. De gente sin valores. Te lo repito: somos familia. Lo mío es tuyo y lo tuyo es mío.
Natalia sintió una punzada en el estómago. “Lo mío es tuyo”, pensó con amargura. Claro, su dinero, su juventud, su esfuerzo, todo era de él. Pero lo de él… eso era otra historia.
—Si somos familia y no hay diferencia, y tanto te llena la boca decir que somos uno mismo… ¿entonces por qué no lo ponemos a mi nombre? —reviró ella, clavándole la mirada directa a los ojos, retándolo por primera vez en años.
Esteban se quedó mudo. Parpadeó varias veces, como si el sistema operativo de su cerebro se hubiera trabado. No esperaba eso. No de Natalia. Ella siempre había sido la esposa perfecta, la sumisa, la que decía “sí, mi amor”, “lo que tú digas, gordo”. Esa pregunta lo agarró en curva.
—Pues… pues porque no —tartamudeó, y luego, recuperando su postura agresiva, alzó la voz—. ¡Porque el hombre es la cabeza de la casa! ¡Así ha sido siempre y así debe ser! En esta casa se hace lo que yo digo porque para eso llevo los pantalones. ¿Qué van a decir mis compadres si se enteran que la casa está a nombre de mi vieja? Me van a traer de bajada, que si soy un mandilón, que si tú me pegas… ¡No, ni madres!
Esteban ya estaba rojo del coraje, las venas del cuello se le marcaban. Se levantó y empezó a caminar de un lado a otro de la cocina, como un león enjaulado. No entendía qué mosca le había picado a su mujer. ¿Desde cuándo tenía opiniones? ¿Desde cuándo cuestionaba su autoridad?
—Esteban, por favor, bájale dos rayitas —suspiró Natalia, sintiendo un cansancio infinito que le pesaba en los huesos—. Ya no estamos en el siglo pasado, ni en el rancho de tus abuelos. Las cosas han cambiado. O lo ponemos a nombre de los dos, copropietarios, o no hay trato. Así de fácil. Yo agarro mi dinero, lo meto al banco a plazo fijo y seguimos rentando aquí hasta que se caiga el techo.
Él se detuvo en seco y la miró con incredulidad. ¿Lo estaba chantajeando? ¿Su propia esposa?
—¡Es que sale más caro el trámite, mujer! —gritó, sacando la excusa más barata que se le ocurrió en ese momento, tratando de apelar a la supuesta tacañería de ella—. Entiende, carajo. Si metemos dos nombres, el notario cobra más, hay más impuestos… Si gastamos más en papeleo inútil, vamos a tener que apretarnos el cinturón bien gacho. ¿Quieres comer frijoles y arroz todo el año? ¿Quieres que no salgamos ni a la esquina?
Natalia lo miró con una calma que lo asustó más que sus gritos. Era la calma de alguien que ya no tiene nada que perder.
—No hay problema —dijo ella suavemente—. Dejas de tomar tus caguamas un mes, dejas de irte al billar con el “Tuercas” y el “Gordo”, y con eso sale para el notario.
Esteban casi se va de espaldas. Sintió como si le hubieran dado una cachetada guajolotera. ¿Natalia echándole en cara sus gustitos? ¿Sus sagrados viernes de desestrés?
—¡Ah, chinga! —exclamó, ofendido hasta la médula—. ¿Ahora me vas a controlar lo que tomo? Esto tiene que ser obra de la víbora de tu amiga Elena. Seguro esa vieja argüendera te está llenando la cabeza de ideas feministas y pendejadas modernas. Odiaba a esa vieja. Cada vez que Elena lo miraba, sentía que lo escaneaba con rayos X, que le veía hasta el alma negra y podrida que trataba de esconder. Elena sabía. Elena siempre supo que él era poca cosa para Natalia.
—Elena no tiene nada que ver aquí, Esteban. Soy yo. Soy yo pensando en mi futuro, porque uno nunca sabe las vueltas que da la vida.
Esteban se quedó mirando la pared, respirando agitado. Sabía que estaba acorralado. Sin el dinero de la herencia de la abuela de Natalia, no le alcanzaba ni para el enganche de un departamento de interés social en las afueras, mucho menos para ese que habían visto en la colonia Narvarte, amplio, con balcón y buena plusvalía. Él quería ese departamento. Quería presumirlo. Quería sentirse exitoso.
Si no cedía, se quedaba sin nada. Pero si cedía, sentía que perdía el control. Su mente maquinó rápido. “Está bien”, pensó. “Que se crea que ganó esta batalla. Ahorita lo importante es amarrar la propiedad. Ya que estemos ahí, ya veré cómo le hago. Al fin y al cabo, yo soy más listo. Yo siempre caigo parado”.
Se giró hacia ella, cambiando la máscara de furia por una de víctima incomprendida.
—Está bien, Natalia. Tú ganas —dijo, alzando las manos en señal de rendición, aunque sus ojos seguían fríos—. Si tanta desconfianza me tienes, si tanto crees que te voy a transar… pues órale, a nombre de los dos. Pero que conste, me duele. Me duele aquí, en el corazón, que mi propia esposa me trate como a un socio de negocios y no como a su marido.
Natalia no se tragó el drama, pero sintió un alivio inmenso. Había ganado, al menos en el papel.
—No es desconfianza, Esteban. Es seguridad. Mañana le hablo al notario.
Esa noche, durmieron espalda con espalda, separados por un abismo de silencio en la cama matrimonial. Natalia miraba la oscuridad, preguntándose si ese departamento nuevo sería el inicio de una nueva vida feliz o el mausoleo de su matrimonio. Esteban, por su parte, miraba la pared con una sonrisa torcida en la oscuridad. “Disfruta tu victoria, mijita”, pensó. “Porque el que ríe al último, ríe mejor”.
CAPÍTULO 2: EL CASTILLO DE NAIPES
Consiguieron el departamento. Era un tercer piso en un edificio de los años setenta, de esos construidos con muros gruesos y techos altos, sólidos, no como las cajitas de zapatos que hacen ahora. Tenía mucha luz natural que entraba por los ventanales de la sala, iluminando el piso de parquet que Natalia se había prometido pulir y encerar hasta que brillara como un espejo.
La mudanza fue agotadora, pero Natalia estaba radiante. Por primera vez sentía que tenía un hogar propio, un lugar donde echar raíces. Se pasaba los fines de semana pintando paredes, colgando cortinas que ella misma cosía, y llenando el balcón de macetas con geranios, helechos y hasta una pequeña planta de chiles.
Esteban, al principio, también parecía contento. Se paseaba por la sala vacía como pavo real, con las manos en los bolsillos, inflando el pecho cada vez que invitaban a alguien a la inauguración.
—¿Ves, Natalia? Soy un chingón —le dijo una tarde, mirando por la ventana hacia la avenida arbolada, con una cerveza en la mano—. Te dije que te iba a dar una vida de reina. Tú solita nunca hubieras armado algo así. Si te hubieras quedado en tu pueblo, seguirías viviendo en casa de tus papás. De nada, eh.
Natalia estaba regando una planta y se detuvo. Sintió ese piquete familiar en el pecho, esa mezcla de tristeza y resignación.
—Lo hicimos los dos, Esteban —corrigió ella suavemente, sin mirarlo—. Los dos trabajamos, los dos ahorramos.
—Sí, sí, lo que digas —respondió él, restándole importancia con un gesto de la mano—. Pero la visión fue mía. El hombre es el que tiene la visión, la mujer es la que… pues la que ayuda.
Natalia se mordió la lengua. No quería arruinar el momento. Prefería quedarse con la paz del departamento nuevo que iniciar otra discusión estéril. Se consolaba pensando que, en el fondo, él la quería a su manera, una manera tosca y egoísta, pero amor al fin y al cabo. “Así son los hombres”, se decía a sí misma, repitiendo la mentira que tantas mujeres se cuentan para no salir corriendo.
Pero la luna de miel con el departamento nuevo duró menos que un suspiro.
A los seis meses, la rutina de Esteban cambió drásticamente. Empezó a llegar tarde. Primero eran excusas típicas: “Había un tráfico del demonio en el Viaducto”, “El jefe nos atoró con una junta de última hora”, “Se me ponchó la llanta”. Natalia, queriendo confiar, le calentaba la cena en el microondas y se sentaba a escucharlo quejarse del trabajo.
Pero luego, las excusas se volvieron más flojas y el descaro más evidente. Esteban llegaba oliendo diferente. No era olor a sudor o a cansancio. Era una mezcla sutil de jabón de motel barato, tabaco que él no fumaba y, a veces, un rastro dulce y empalagoso de perfume de mujer.
Además, el dinero empezó a escasear. Esteban, que antes era “codo” pero cumplidor con los gastos de la casa, ahora siempre estaba “bruja”.
—Oye, Esteban, llegó el recibo de la luz y el mantenimiento —le dijo Natalia una mañana mientras desayunaban.
—Uy, no, flaca. Ahorita no traigo ni un quinto. Págale tú, ¿no? Ahí luego te lo repongo —contestó él sin despegar la vista de su celular, sonriendo ante un mensaje que acababa de recibir.
—Esteban, ya pagué el súper, el internet y mi parte de la hipoteca. No me alcanza. ¿Qué hiciste con tu quincena? Apenas es día 17.
—¡Ay, qué fregadera contigo! —estalló él, bloqueando el celular rápidamente y metiéndolo en el bolsillo—. ¡Gastos, mujer, gastos! El coche necesitaba aceite, le presté una lana a mi mamá que andaba mala… ¿Qué? ¿Me vas a auditar? Ya pareces del SAT. ¡Qué hueva me das cuando te pones en ese plan de contadora!
Natalia se quedó callada, viendo cómo él se tomaba el café de un trago y salía disparado, supuestamente a trabajar, aunque era sábado.
La angustia se le instaló en el pecho como un huésped indeseado. Natalia no era tonta, solo estaba enamorada, y a veces la línea entre el amor y la estupidez es muy delgada. Pero la realidad le estaba gritando en la cara.
Desesperada, corrió con Elena. Se vieron en los tacos de “El Paisa”, su refugio sagrado de los viernes por la noche, entre el olor a carne asada, cilantro y cebolla.
—Güey, ya no sé qué hacer —confesó Natalia, con los ojos llenos de lágrimas, ignorando su orden de tacos al pastor—. Siento que se me va. Siento que en cualquier momento cruza esa puerta y no regresa. Y lo peor es que… tengo miedo. Miedo de estar sola, miedo de perder lo que construimos.
Elena dejó su taco a medio camino de la boca y la miró muy seria, con esa franqueza brutal que solo las verdaderas amigas tienen.
—A ver, Nati, bájale a tu drama y escúchame bien —dijo Elena, limpiándose la salsa de los dedos—. Ese tipo no se te “va”. Ese tipo ya se fue hace mucho. Físicamente duerme en tu cama, pero su cabeza y su pito están en otro lado. Perdón por mi francés, pero es la neta.
—¡Elena!
—¡Elena nada! Abre los ojos, amiga. ¿Cuándo fue la última vez que te regaló una flor? ¿Una pinche rosa del semáforo, aunque sea? ¿Cuándo te llevó a cenar sin que tú tuvieras que sacar la cartera para pagar la propina o la mitad de la cuenta?
—Es que estamos ahorrando para los muebles de la sala, quiere una pantalla grande… —intentó justificar Natalia, con voz débil.
—¡Ahorrando mis polainas! —interrumpió Elena, golpeando la mesa de plástico—. Ese cabrón se gasta la lana en él mismo, o en la “otra”, porque seguro hay otra. Tú trabajas doble turno, das clases de regularización a niños latosos, vendes catálogos, ganas más que él… ¡y todavía lo tratas como si fuera un sultán! Llegas a tu casa a cocinarle, a lavarle los calzones, a plancharle sus camisitas para que se vaya bien guapo a ver a quién sabe quién.
Natalia bajó la cabeza, avergonzada. Sabía que Elena tenía razón.
—¿Dónde quedó la Natalia de antes? —siguió Elena, suavizando el tono—. La Natalia que conocí en la prepa, la que quería viajar, la que pintaba cuadros increíbles. La que traía a todos los chavos de la colonia cacheteando las banquetas. ¿Te acuerdas de Pablo?
Natalia levantó la vista al escuchar ese nombre.
—Pablo… —susurró.
—Sí, Pablo. El grandote, el de los ojos bonitos. Ese chavo te adoraba, Nati. Se desvivía por ti. Pero tú, necia, te fuiste con el “Estebancito” porque tenía “más labia” y coche propio. Pablo sí era un tipazo. Trabajador, honesto…
—Ya, Elena. Pablo es historia antigua. Se fue a trabajar al norte, creo. Nunca supe más de él.
—Pues ojalá se repitiera la historia, porque tu presente está de la fregada. Mírate, estás ojerosa, estás flaca, pero de tristeza. Ese vampiro te está chupando la energía. Y aguas con el depa, Nati. Aguas. Ese hombre es capaz de vender a su madre por unos pesos. No te confíes. Revisa los papeles, esconde las escrituras. No vaya a ser que te quiera madrugar.
Natalia regresó a casa esa noche con el corazón estrujado y la cabeza llena de dudas. Al entrar al departamento, todo estaba oscuro y en silencio. Esteban no había llegado.
Se sentó en el sofá de la sala, ese que ella había pagado a meses sin intereses, y miró a su alrededor. Las paredes que había pintado con tanta ilusión ahora le parecían los muros de una prisión. Se dio cuenta de que Elena tenía razón: estaba sola. Sola en un matrimonio de dos.
Se levantó y fue al cajón donde guardaban los documentos importantes. Buscó la carpeta de las escrituras. Ahí estaban. Suspiró aliviada. “Copropietarios: Esteban Ramírez y Natalia Gómez”. Al menos eso era real. Al menos eso no se lo podía quitar.
O eso creía ella.
A las tres de la mañana, escuchó la llave en la puerta. Esteban entró tropezando, con la camisa desabotonada y una sonrisa estúpida en la cara.
—¿Qué haces despierta? —preguntó, arrastrando las palabras.
—Esperándote. ¿Dónde estabas?
—Por ahí… haciendo negocios —dijo él, soltando una risita burlona—. Negocios placenteros.
Se acercó a ella y trató de darle un beso, pero Natalia olió el perfume barato impregnado en su ropa. Un perfume floral, dulce, corriente. Sintió náuseas y lo empujó.
—Quítate, apestas —le dijo con asco.
Esteban se tambaleó y se dejó caer en el sillón.
—Ay, qué delicadita. Ya, vete a dormir, aburrida. Mañana hablamos. Tengo grandes noticias. Grandes cambios vienen, Nati. Grandes cambios.
Y se quedó dormido ahí mismo, roncando con la boca abierta. Natalia lo miró con una mezcla de lástima y odio. No sabía a qué cambios se refería, pero un escalofrío le recorrió la espalda. “Grandes cambios”. Esa frase resonó en su cabeza como una sentencia de muerte.
Lo que Natalia no sabía era que Esteban ya había empezado a mover sus fichas. Que “los negocios” no eran trabajo, sino una estrategia para deshacerse de ella. Y que la “otra”, una tal Ángela que había conocido en un bar de mala muerte, ya le estaba exigiendo que dejara a la “vieja” y la llevara a vivir con él.
Esteban, en su borrachera de poder y lujuria, había prometido lo imposible: sacar a Natalia de su propia casa. Y para un hombre sin escrúpulos, una promesa a una amante caprichosa es más sagrada que un juramento matrimonial.
El castillo de naipes estaba a punto de derrumbarse, y Natalia estaba parada justo en el centro del desastre.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: EL DESCARTE
Pasaron dos años. Dos años que, vistos desde afuera, parecían el retrato del éxito de la clase media mexicana. El departamento en la colonia Narvarte ya no era ese cascarón vacío con eco que habían comprado. Gracias casi enteramente a las tandas, los aguinaldos y las horas extra de Natalia, el lugar se había transformado en un hogar de revista. Había cortinas de lino color crema que dejaban entrar la luz justa de la tarde, una sala en forma de L color gris oxford que costó doce meses sin intereses en Liverpool, y la cocina integral que Natalia siempre soñó, con su estufa de seis quemadores y una barra de granito donde se imaginaba preparando el desayuno para una familia que no llegaba.
Porque si bien el departamento estaba lleno de cosas bonitas, se sentía más frío que un refrigerador de carnicería.
Natalia vivía en una soledad acompañada. Esteban estaba ahí, ocupando espacio, dejando su ropa sucia tirada en el baño, comiéndose lo que ella cocinaba, pero su mente y su corazón estaban en otro código postal. La rutina se había vuelto una costra dura y gris. Natalia se levantaba a las cinco y media, preparaba café, le dejaba el lunch listo a Esteban (porque al señor no le gustaba gastar en fondas), se iba a trabajar sus dos turnos, regresaba, limpiaba, cocinaba y esperaba. Siempre esperaba.
Esperaba un “gracias”, un beso que no fuera por compromiso, una mirada que no la traspasara como si fuera invisible.
Una tarde de domingo, mientras doblaba la ropa limpia en la cama, Natalia se atrevió a tocar el tema prohibido. Esteban estaba tirado en la sala viendo el fútbol, con una caguama a medio terminar en la mesita de centro, gritándole al árbitro como si lo pudiera escuchar.
—Esteban —dijo ella, asomándose al marco de la puerta.
—¿Qué? —respondió él sin voltear, con los ojos pegados a la pantalla—. ¡No mames, eso era penal! ¡Pinche árbitro vendido!
—Esteban, necesito que hablemos.
El tono de voz de Natalia tenía algo diferente, una seriedad que hizo que Esteban, a regañadientes, le bajara el volumen a la tele. Giró la cabeza despacio, con esa expresión de fastidio que ya era su marca registrada.
—¿Ahora qué, Natalia? Ya vas a empezar con tus dramas de domingo. ¿Qué no ves que está jugando el América?
—No es drama. Estaba pensando… ya tenemos el departamento, ya casi terminamos de pagar el coche. Creo que… creo que ya es hora de encargar al bebé.
El silencio que siguió fue más doloroso que un golpe. Esteban la miró como si le hubiera salido una segunda cabeza. Luego, soltó una carcajada seca, cruel, que rebotó en las paredes recién pintadas.
—¿Un bebé? —repitió, burlón—. ¿Neta, Natalia? ¿Ahorita?
—Pues sí, ahorita. Ya no soy una niña, Esteban. Tengo treinta y tantos. El reloj biológico no perdona. Mi mamá ya me preguntó que para cuándo…
—¡Tu mamá, tu mamá! —interrumpió él, poniéndose de pie de un salto—. Ya estoy hasta la madre de lo que diga tu mamá. A ver, ubícate, mujer. Míranos. ¿Tú crees que estamos para cambiar pañales? Apenas nos alcanza para vivir bien. Un escuincle es un gastadero de lana brutal. Pañales, leche, pediatra, escuela… No, no, ni madres.
—Pero siempre dijimos que queríamos familia… —insistió ella, sintiendo cómo se le quebraba la voz.
—Eso lo dijimos hace mucho. Las cosas cambian. Además… —Esteban se detuvo, la miró de arriba abajo con una mueca de desagrado que le heló la sangre a Natalia—. Mírate. Ya no estás para esos trotes. Las mujeres de hoy se cuidan, se mantienen jóvenes. Tú… tú te has dejado mucho, Natalia. Te ves cansada, te ves… vieja.
Natalia sintió como si le hubieran clavado un puñal en el pecho. Se llevó las manos instintivamente a la cara, tocándose la piel sin maquillaje.
—¿Vieja? —susurró—. Me veo cansada porque trabajo todo el día, Esteban. Porque llego a limpiar tu desmadre.
—Excusas. Siempre tienes excusas. No quiero un hijo ahorita, y punto. Se acabó la discusión. Tráeme otra chela, que ya me dio sed de tanto alegar.
Natalia fue a la cocina, con las lágrimas rodándole por las mejillas, y le llevó la cerveza. Pero algo dentro de ella se había roto esa tarde. La esperanza. Esa pequeña luz que la mantenía aguantando, pensando que “ya cambiará”, se apagó de golpe.
Lo que Natalia no sabía era que la negativa de Esteban no tenía nada que ver con el dinero ni con su edad. Tenía que ver con Ángela.
Ángela, la recepcionista nueva de la oficina de logística donde trabajaba Esteban. Una chava de veintitrés años, con uñas de acrílico kilométricas, pestañas postizas y una risa escandalosa que a Esteban le parecía música celestial. Ángela, que le decía “Papi” y le hacía sentir que era el mismísimo Luis Miguel. Ángela, que ya le había dado un ultimátum: “O dejas a la momia esa de tu esposa, o yo me busco a otro que sí tenga pantalones”.
La presión de Ángela y el aburrimiento mortal que sentía en casa fueron el caldo de cultivo perfecto. Esteban empezó a planear su salida. Pero, como buen cobarde y vividor, no quería irse con las manos vacías. Quería el premio completo.
La bomba estalló un martes cualquiera.
Natalia había preparado albóndigas en chipotle, el platillo favorito de Esteban, en un último intento patético de reconectar, de “ganárselo por el estómago” como decían las abuelas. Puso la mesa bonita, compró tortillas hechas a mano y lo esperó.
Esteban llegó a las ocho, inusualmente temprano. No traía olor a alcohol, pero traía una vibra extraña, una mezcla de nerviosismo y arrogancia. Se sentó, comió en silencio, devorando las albóndigas como si tuviera prisa.
Cuando terminó, se limpió la boca con la servilleta de tela, la arrugó y la tiró sobre el plato sucio. Se reclinó en la silla, entrelazó los dedos sobre su panza y soltó el aire.
—Natalia, tenemos que hablar.
El corazón de Natalia dio un vuelco. Esa frase nunca trae nada bueno.
—Dime —contestó ella, empezando a recoger los platos para tener algo que hacer con las manos temblorosas.
—Siéntate. Deja esos pinches platos ahí.
Natalia obedeció, sentándose en la orilla de la silla.
—Me voy —dijo él, seco, directo, sin anestesia.
Natalia parpadeó, confundida.
—¿Te vas? ¿De viaje? ¿De trabajo?
—No, Natalia. Me voy de ti. Me voy de esta vida de hueva. Ya me cansé. Ya me aburrí.
El mundo se detuvo por un segundo. El zumbido del refrigerador pareció volverse ensordecedor.
—¿De qué estás hablando, Esteban? —preguntó ella, con un hilo de voz.
—Hablo de que ya no te aguanto. Eres… eres como una nube gris, Natalia. Siempre cansada, siempre con tu cara de víctima, siempre hablando de dinero o de la casa. Qué flojera, me cae. Yo necesito otra cosa. Necesito vida, necesito pasión. Y la neta… —hizo una pausa dramática, disfrutando el momento—, ya encontré a alguien que me da todo eso.
—¿Hay… hay otra mujer? —Las lágrimas empezaron a brotar sin permiso.
—Sí. Se llama Ángela. Es joven, está preciosa, tiene unas nalgas que… bueno, tiene todo lo que tú ya no tienes. Con ella me siento vivo, ¿me entiendes? Ella no me anda contando los pesos, ella sabe divertirse.
—¿Divertirse con tu dinero? —soltó Natalia, con una rabia repentina—. ¿Con el dinero que no aportas a la casa?
Esteban golpeó la mesa.
—¡Cállate! No hables de ella. Ella es una dama. No como tú, que te has vuelto una amargada. El punto es este: me voy a casar con ella. Vamos a empezar una vida juntos. Y pues… necesito espacio.
Natalia se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. El dolor estaba dando paso a la incredulidad.
—Pues vete. Nadie te detiene. Haz tus maletas y lárgate con tu Ángela.
Esteban sonrió. Una sonrisa torcida, maliciosa, de quien cree tener el as bajo la manga.
—Ah, no, chula. No me entendiste. Yo me quedo. La que se va eres tú.
Natalia sintió que le habían echado una cubeta de agua helada.
—¿Qué?
—Lo que oíste. Ángela y yo queremos vivir aquí. El departamento está bonito, está céntrico, ya está amueblado… nos queda perfecto. A ella le gustó mucho cuando le enseñé las fotos. Así que, pues ve haciendo tus maletas. Te doy… ¿qué te gusta? ¿Una semana? Sí, una semana para que te busques algo. Regrésate con tu mamá o renta un cuartito por ahí. Al fin y al cabo tú estás sola, no necesitas tanto espacio.
Natalia se quedó petrificada. No podía procesar el nivel de cinismo de ese hombre. ¿Quería meter a su amante en la cama que ella tendía todos los días? ¿Quería que la “otra” cocinara en su estufa, regara sus plantas, viviera entre sus paredes?
—Estás loco —murmuró ella.
—No estoy loco, soy práctico. Yo soy el hombre, yo me quedo con la casa. Así se acostumbra.
Algo dentro de Natalia hizo clic. Fue un sonido imperceptible, como un interruptor que se enciende después de años de estar apagado en la oscuridad. Recordó las palabras de Elena: “Ese hombre te está usando. Tienes derechos”. Recordó las escrituras. Recordó cada peso que había ahorrado, cada sacrificio, la casa de su abuela vendida.
Se levantó despacio. Ya no temblaba. De hecho, sentía una extraña calma, la calma del ojo del huracán.
—Esteban —dijo, mirándolo fijamente a los ojos, esos ojos que antes amaba y que ahora solo reflejaban vacío y maldad—. Creo que el que no ha entendido eres tú.
—¿De qué hablas?
—Este departamento no es tuyo. Es nuestro. La mitad está a mi nombre. ¿Se te olvidó? ¿Se te olvidó que yo puse el setenta por ciento del dinero? ¿Se te olvidó que yo pagué estos muebles, esas cortinas, hasta los calzones que traes puestos?
Esteban se puso rojo, la vena de la frente le palpitaba.
—¡Yo soy el jefe de familia! ¡Yo decidí comprarlo! ¡Mis papeles valen más!
—Tus papeles valen lo mismo que los míos ante la ley, imbécil —escupió ella. Era la primera vez que lo insultaba en diez años de matrimonio. La palabra se sintió deliciosa en su boca—. Y escúchame bien: no me voy a ir. Esta es mi casa. Es mi refugio. Si tú te quieres largar a revolcarte con tu escuincla, adelante. Vete. Renta un hotel, vete debajo de un puente, me vale madre. Pero de aquí, a mí no me sacas ni con la Guardia Nacional.
Esteban se levantó de golpe, tirando la silla hacia atrás.
—¡Mira, hija de la chingada, a mí no me hablas así! —gritó, avanzando hacia ella con actitud amenazante. Quería asustarla, quería verla encogerse y pedir perdón como siempre.
Pero Natalia no se movió. Agarró el cuchillo con el que había cortado el pan y lo sostuvo con firmeza sobre la mesa. No lo apuntó, solo lo sostuvo, dejando claro que no estaba indefensa.
—Intenta tocarme, Esteban. Solo inténtalo. Y te juro por la memoria de mi abuela que te vas a arrepentir. Ya no soy tu sirvienta, ya no soy tu pendeja. Se acabó.
Esteban se detuvo en seco. Vio algo en los ojos de Natalia que nunca había visto. Era dignidad. Y la dignidad de una mujer herida es más peligrosa que cualquier arma.
—Estás muy alzada, ¿no? —gruñó él, retrocediendo un paso, tratando de recuperar su compostura masculina—. Muy valiente.
—No soy valiente, soy dueña. Dueña de mi mitad y dueña de mi vida. Así que si quieres vivir aquí con tu Ángela, va a tener que ser sobre mi cadáver… o vas a tener que aprender a compartir el baño conmigo, porque yo no me muevo.
—¡Esto no se va a quedar así! —bramó Esteban, sintiéndose humillado—. ¡No sabes con quién te estás metiendo!
—Sé perfectamente con quién me metí: con un poco hombre que se cree mucho. Pero se te acabó el corrido, Esteban.
Él la miró con odio puro. Sabía que no podía sacarla a la fuerza, no sin meterse en un lío legal gordo. Su plan maestro de “botar a la vieja y meter a la nueva” se estaba desmoronando por un detalle técnico: la copropiedad. Esa maldita copropiedad que Natalia había insistido en firmar.
—Te vas a arrepentir —siseó él, bajando la voz a un tono venenoso—. Te lo juro, Natalia. Te voy a hacer la vida un infierno. Si no te vas por las buenas, te voy a sacar a la mala. Y cuando lo haga, vas a venir arrastrándote a pedirme perdón.
—Inténtalo —respondió ella, cruzándose de brazos—. A ver quién aguanta más.
Esteban dio media vuelta, pateó la silla que estaba en el suelo y salió de la cocina hecho una furia. Se encerró en el cuarto de visitas (porque Natalia, con la mirada, le había dejado claro que la recámara principal ya no era territorio compartido) y empezó a hacer llamadas frenéticas.
Natalia se quedó sola en la cocina. Las piernas le empezaron a temblar ahora sí, la adrenalina bajando de golpe. Se dejó caer en la silla y rompió a llorar. Pero no era un llanto de tristeza, era un llanto de liberación. Dolía, sí, dolía como el demonio ver que su matrimonio era una farsa. Pero por primera vez en años, se sentía dueña de su destino.
Sacó su celular y marcó el número de Elena.
—¿Bueno? —contestó su amiga.
—Tenías razón, Elena. En todo. Se va con otra.
—¡Maldito perro! Voy para allá, Nati. Llevo tequila y helado.
—No, no vengas. Estoy bien. De verdad. Solo quería decirte que… no me dejé. Le dije que no me voy.
Se escuchó un grito de júbilo al otro lado de la línea.
—¡Eso, chingao! ¡Esa es mi amiga! ¡Que se joda!
Natalia sonrió entre lágrimas. La guerra apenas comenzaba. Esteban era vengativo y berrinchudo, y ella sabía que cumpliría su amenaza de hacerle la vida imposible. Pero esa noche, mientras cerraba con doble llave la puerta de su recámara, Natalia supo que sobreviviría.
Mientras tanto, en el cuarto de huéspedes, Esteban hablaba en susurros por teléfono.
—Sí, mi amor… la pinche vieja no se quiere ir… Se puso loca… No, no te preocupes. Tengo un plan B. Un plan mucho mejor. Si ella no quiere soltar el depa, voy a hacer que desee nunca haberlo comprado… Sí, bebé… te lo prometo.
Esteban colgó y miró la pared con una sonrisa macabra. Recordó una conversación que había escuchado en la cantina hace unas semanas. Un tipo que compraba “problemas”. Gente que compraba partes de propiedades en litigio o en divorcio para presionar a los dueños a vender barato. O peor aún, gente que simplemente quería un techo y no le importaba compartirlo con nadie.
—¿No te quieres ir, Natalia? —susurró a la oscuridad—. Perfecto. Entonces te voy a traer un roomie. Voy a vender mi mitad. Y se la voy a vender al peor postor que encuentre. A ver si muy valiente cuando tengas a un extraño metido en tu cocina.
La idea le pareció brillante. No solo recuperaría algo de dinero para gastárselo con Ángela, sino que sería la venganza perfecta. Dejaría a Natalia atrapada con un desconocido, viviendo en el terror, hasta que ella misma suplicara vender y largarse.
Esteban se durmió con la conciencia tranquila de un sociópata, soñando con su venganza. No tenía idea de que el destino, a veces, tiene un sentido del humor muy retorcido y que su “plan maestro” estaba a punto de convertirse en el error más grande de su vida.
CAPÍTULO 4: LA GUERRA FRÍA Y LA VENGANZA
Los días que siguieron a la discusión en la cocina no fueron días, fueron una trinchera. El departamento de la colonia Narvarte, que alguna vez olió a Suavitel y a guisado casero, ahora apestaba a rencor y a testosterona mal encausada. Se desató lo que Natalia bautizó en su mente como “La Guerra Fría de los 80 metros cuadrados”.
Esteban no se fue de inmediato. Claro que no. Su orgullo de macho herido no se lo permitía. Se quedó ahí, atrincherado en el cuarto de visitas, decidido a cumplir su promesa de hacer que Natalia se arrepintiera de haber nacido, o al menos, de haberle contestado.
La estrategia de Esteban era el desgaste psicológico. Empezó con pequeñeces, esas “nquerías” que parecen inofensivas pero que, acumuladas, te taladran el cerebro. Dejaba la tapa del baño arriba, salpicada, sabiendo que a Natalia le daba asco. Se acababa el agua caliente a propósito en las mañanas, obligándola a bañarse con agua helada antes de irse a trabajar. Ponía música de banda a todo volumen a las dos de la mañana, solo para despertarla, y cuando ella salía en pijama, ojerosa y furiosa a reclamarle, él simplemente le sonreía con esa mueca cínica y le decía:
—Es mi casa también, ¿no? Yo escucho lo que se me da la gana. Si no te gusta, ya sabes dónde está la puerta. Llégale.
Natalia aguantaba. Dios sabe que aguantaba. Se compró tapones para los oídos, se empezó a bañar en la noche y limpiaba el baño con cloro cada vez que entraba, murmurando maldiciones entre dientes. Elena le decía que le pusiera laxante en la comida, pero Natalia, a pesar de todo, no tenía ese corazón. Simplemente dejó de cocinarle.
—Si quieres tragar, cocínate o vete con tu Ángela —le dijo un día que él buscaba en las ollas vacías.
—¡Me tienes hambreando, bruja! —gritó él—. ¡Es abandono de hogar! ¡Te voy a demandar!
—No es abandono, Esteban. Es autoservicio. La sirvienta renunció el día que le dijiste que la cambiabas por un modelo más reciente.
Esa respuesta le valió a Natalia que Esteban le escondiera las llaves del coche al día siguiente, haciéndola llegar tarde al trabajo y ganarse un regaño de su directora.
Pero lo peor no era lo que pasaba dentro del departamento, sino lo que pasaba afuera. Esteban, en un alarde de crueldad, empezó a traer a Ángela al edificio. No la metía al departamento (quizás porque sabía que ahí sí Natalia era capaz de sacarle los ojos), pero se quedaban abajo, en el estacionamiento, o en la entrada del edificio.
Natalia los veía por la ventana, escondida tras la cortina. Veía cómo Ángela, una chica oxigenada, con ropa demasiado ajustada para un martes a mediodía y una risa estridente, se recargaba en el coche que ellos dos estaban pagando. Veía cómo Esteban la besaba, descaradamente, asegurándose de mirar hacia arriba, hacia la ventana de su propio hogar, para ver si Natalia estaba mirando.
—¡Ay, Papi! ¿Entonces cuándo nos mudamos? —gritaba Ángela lo suficientemente fuerte para que los vecinos chismosos escucharan—. Ya quiero decorar mi sala. Esa cortina vieja que tienes ahí se ve súper naca.
Natalia apretaba los puños hasta clavarse las uñas. Sentía una mezcla de humillación y furia. Los vecinos la miraban con lástima en el elevador. Doña Chonita, la del 402, le tocó el hombro un día.
—Mija, ¿por qué aguantas eso? Ese hombre es un sinvergüenza. Échalo a la calle.
—No es tan fácil, Doña Chonita. La ley es lenta.
Y vaya que era lenta. El proceso de divorcio comenzó, y fue un circo. Esteban contrató a un abogado de esos “tinterillos” que prometen sacar oro de las piedras, un tipo grasoso que olía a tabaco rancio y que se dedicaba a intimidar.
La primera audiencia de conciliación fue un desastre.
—Mi cliente exige la totalidad del inmueble por daño moral —dijo el abogado de Esteban, sin inmutarse ante la ridiculez de su argumento.
—¿Daño moral? —preguntó la abogada de Natalia, una mujer seria y competente—. ¿Por qué? ¿Por qué su cliente fue infiel y abandonó sus obligaciones maritales?
—Porque la señora Natalia lo ha sometido a violencia psicológica, privándolo de alimento y afecto conyugal —replicó el tinterillo.
Natalia tuvo que morderse el labio para no gritar. Esteban estaba sentado al lado de su abogado, haciéndose la víctima, con una cara de perro regañado que no se la creía ni su madre.
Al final, como no hubo acuerdo sobre el departamento, el juez dictó lo inevitable: el divorcio se concedía, los bienes muebles se repartían, pero el inmueble quedaba en copropiedad hasta que una de las partes comprara la otra o se vendiera a un tercero.
—¡No le voy a vender nada! —le gritó Esteban a Natalia en el pasillo del juzgado—. ¡Y no te voy a comprar tu parte porque no tengo por qué pagarte por lo que es mío por derecho divino de ser hombre!
—Entonces nos quedamos así, Esteban. Tú con tu mitad, yo con la mía. A ver quién se cansa primero —respondió Natalia, ya curtida en el dolor.
Pero Esteban no tenía paciencia. Y Ángela, menos.
—¡O sea, gordito, no mames! —le reclamaba Ángela por teléfono, y Natalia podía escuchar los gritos a través de la puerta del cuarto de visitas—. Ya pasaron dos meses. Yo ya no quiero vivir con mis papás. Me prometiste el depa. Si no me resuelves, me busco a otro, eh. El Kevin me anda tirando la onda y él sí tiene casa sola.
Esa amenaza fue el detonante. Esteban, desesperado por no perder a su trofeo de juventud, tomó la decisión final. Si no podía tener el departamento para él solo, entonces Natalia tampoco lo disfrutaría. Aplicaría la política de “tierra quemada”.
Una tarde, llegó al departamento con una sonrisa que a Natalia le erizó la piel. No era la sonrisa burlona de siempre. Era una sonrisa maníaca, de quien acaba de hacer una travesura irreversible.
Empezó a empacar.
Natalia lo observó desde la cocina, con el corazón latiéndole rápido. ¿Se iba? ¿Por fin se iba?
Esteban sacó sus maletas, echó su ropa hecha bola. Luego, empezó a agarrar cosas de la casa. La licuadora. El microondas. La pantalla plana de la sala.
—Oye, espera —dijo Natalia, saliendo al paso—. La tele la pagué yo con mi tarjeta.
—Me vale madre —contestó él, desconectando los cables con violencia—. Es bien ganancial. Me llevo la mitad de las cosas. Si quieres pártela a la mitad con un serrucho.
Se llevó los cuadros que le gustaban. Se llevó hasta el juego de cubiertos bueno que les regalaron en la boda. Dejó el departamento medio pelón, como si hubiera pasado un huracán selectivo.
Natalia no peleó por las cosas. Que se llevara la licuadora. Que se llevara la tele. Con tal de que se llevara su mala vibra, ella era capaz de regalarle hasta el boiler.
Cuando terminó de cargar todo en la camioneta de un amigo que lo esperaba abajo (porque Ángela, por supuesto, no iba a cargar cajas), Esteban subió por última vez. Se paró en medio de la sala semivacía, miró a Natalia y soltó la bomba.
—Bueno, mi reina. Te saliste con la tuya. Me voy. Te quedas con tu pinche departamento.
Natalia soltó el aire que no sabía que estaba conteniendo.
—Gracias a Dios.
—No cantes victoria tan rápido —la interrumpió él, alzando un dedo—. Te quedas con el departamento… pero no sola.
—¿De qué hablas?
—¿Te acuerdas que te dije que vendería mi mitad? Pues dicho y hecho. Ya la vendí. Firmé el contrato privado de compra-venta ayer y mañana vamos ante notario para protocolizar. Ya me pagaron en efectivo.
Natalia sintió que el piso se movía.
—¿A quién? —preguntó, con la voz estrangulada—. ¿A quién le vendiste? No puedes vender sin ofrecérmelo a mí primero, existe el derecho del tanto.
—Ah, claro que te lo ofrecí. ¿No te acuerdas de ese correo que te mandé hace una semana? Ese que se fue a tu bandeja de spam y que nunca contestaste. Legalmente, renunciaste a tu derecho, chula. Mi abogado es una rata, pero es una rata lista.
Natalia se llevó las manos a la cabeza. No había visto ningún correo. La había trampeado.
—¿Quién es, Esteban? —exigió saber, sintiendo el pánico subir por su garganta—. ¿Quién va a venir a vivir aquí?
Esteban soltó una carcajada, una risa fea, llena de rencor.
—No sé. Un tipo. Un tal… no sé, no me importa su nombre. Solo sé que pagó cash. Y por la pinta que tiene… uy, Natalia. Digamos que no es alguien con quien te gustaría toparte en un callejón oscuro.
Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal, y le susurró al oído con veneno:
—Le vendí barato. Muy barato. Porque mi ganancia no es el dinero, mi ganancia es verte sufrir. Le dije que eras una vieja loca, conflictiva, pero que el depa valía la pena. El tipo se veía… rudo. De esos que no piden permiso. Espero que tengas buenas cerraduras en tu cuarto, Nati. Porque a partir de mañana, vas a dormir con el enemigo.
Natalia sintió ganas de vomitar. Esteban disfrutó ver el terror en sus ojos.
—Ahí te ves. Que disfrutes tu “independencia”. Yo me voy a ser feliz con una mujer de verdad.
Dio media vuelta y salió azotando la puerta tan fuerte que el marco vibró y un pedazo de yeso cayó del techo.
Natalia se quedó parada en medio de la sala, temblando como una hoja. El silencio que siguió fue aterrador. Ya no estaba Esteban, pero su amenaza flotaba en el aire como un gas tóxico.
¿A quién le había vendido? ¿A un narco? ¿A un delincuente? ¿A una familia de paracaidistas? En México, esas cosas pasaban. La gente compraba pleitos. Había mafias que se dedicaban a comprar propiedades en litigio para sacar a los dueños a base de miedo.
Corrió a la puerta y puso el seguro, el pasador y hasta arrimó una silla. Pero sabía que era inútil. Si el nuevo dueño tenía papeles, tenía llaves. Tenía derecho a entrar.
Esa noche fue la más larga de su vida. Natalia se encerró en su cuarto, empujó el tocador contra la puerta y se sentó en la cama con el celular en la mano, lista para marcar al 911. Cada ruido de la calle, cada motor que pasaba, la hacía saltar.
Llamó a Elena, llorando.
—Vente a mi casa, Nati, por favor —le suplicó Elena—. No te quedes ahí. Es peligroso.
—No puedo irme, Elena. Si me voy, es abandono. Si me voy, toman posesión y me cambian la chapa y ya nunca entro. Tengo que defender lo mío. Es mi patrimonio. No voy a dejar que Esteban gane.
—¡Pero te pueden hacer algo!
—Tengo gas pimienta. Y tengo un bat de béisbol. Si alguien entra, me voy a defender.
Pasó la noche en vela, abrazada a sus rodillas, repasando su vida. ¿Cómo había llegado a esto? De soñar con una familia feliz a estar atrincherada en su propia casa, esperando la llegada de un monstruo. Odiaba a Esteban con cada fibra de su ser. Odiaba su egoísmo, su maldad. Deseó, por un momento, que le pasara algo terrible. Luego se persignó, pidiendo perdón, pero el sentimiento no se fue.
Amaneció. La luz del sol entró por la ventana, pero no trajo calidez. Eran las ocho de la mañana. Natalia no fue a trabajar. Se reportó enferma. No podía dejar la casa sola.
A las diez, el timbre sonó.
No fue un timbrazo normal. Fue un timbrazo largo, decidido.
Natalia saltó de la cama. Agarró el bat de béisbol que Esteban había dejado olvidado en el clóset (irónico, pensó) y caminó hacia la sala de puntitas.
El timbre sonó otra vez.
—¿Quién es? —preguntó Natalia a través de la puerta, sin abrir, tratando de sonar fiera aunque se estaba muriendo de miedo.
—¿Buenos días? —respondió una voz masculina del otro lado. No sonaba como la voz de un matón. Sonaba… educada. Grave, pero tranquila—. Busco a la señora Natalia. Soy el nuevo copropietario.
Natalia sintió que las piernas se le doblaban. “Nuevo copropietario”. La palabra sonaba tan legal, tan definitiva.
—¿Qué quiere? —gritó ella.
—Pues… entrar —dijo la voz, con un tono de obviedad pero sin agresividad—. Tengo llaves, pero no quise abrir sin avisar para no asustarla. Me dijeron que usted vive aquí.
Natalia apretó el bat con fuerza. “Me dijeron que vive aquí”. Claro, Esteban le había dado el reporte completo.
—¡No voy a abrir! —gritó ella—. ¡Lárguese! ¡Esto es un fraude!
Hubo un silencio del otro lado. Natalia pegó la oreja a la madera. Escuchó un suspiro.
—Mire, señora… o señorita. No vengo a pelear. Compré esta parte legalmente. Tengo mis papeles. Vengo con mis cosas. Si no me abre, voy a tener que usar mi llave, y prefiero que sea por las buenas. Traigo mudanza.
Natalia miró a su alrededor. Estaba acorralada. Si él tenía llaves y entraba y ella lo atacaba, ella sería la agresora. Si llamaba a la patrulla, él mostraría sus escrituras y la policía le daría la razón a él. En México, “papelito habla”.
Tomó una decisión. Abriría, pero estaría lista para todo.
Quitó la silla. Quitó el pasador. Quitó el seguro. Su mano temblaba tanto que le costó trabajo girar el picaporte.
Abrió la puerta de golpe y levantó el bat, lista para golpear al primer movimiento en falso.
Y entonces, el tiempo se congeló.
Frente a ella no había un cholo tatuado, ni un judicial panzón con cara de pocos amigos, ni una familia escandalosa.
Había un hombre alto. Muy alto. De espaldas anchas que llenaban el marco de la puerta. Llevaba una camisa de franela a cuadros, jeans y botas de trabajo. Tenía el pelo castaño claro, un poco despeinado, y una barba de unos días que le daba un aire rústico pero cuidado.
Estaba cargando una caja de cartón que decía “LIBROS”.
Al ver a Natalia con el bat en alto, el hombre dio un paso atrás por reflejo y casi se le cae la caja.
—¡Wow! —exclamó él, levantando una mano en señal de paz—. Tranquila, tranquila. No soy cobrador de Coppel.
Natalia no bajó el bat. Lo miró a los ojos. Eran ojos color miel. Ojos que se le hacían extrañamente familiares, aunque el pánico no la dejaba pensar con claridad.
—¿Quién eres? —gruñó ella.
El hombre la miró con curiosidad. Ladeó la cabeza un poco, como si estuviera tratando de resolver un rompecabezas. Dejó la caja en el suelo lentamente, sin dejar de mirarla a la cara.
—Soy Pablo —dijo él—. Pablo Méndez. Compré el 50% de este departamento ayer.
Natalia sintió un zumbido en los oídos. ¿Pablo? El nombre rebotó en su cerebro.
El hombre, Pablo, dio un paso tímido hacia adelante, ignorando el bat. Su expresión cambió de la cautela a la sorpresa absoluta. Entornó los ojos, mirándola fijamente, quitándole años de cansancio y tristeza a la imagen que tenía enfrente.
—Espera… —dijo él, y su voz cambió. Se volvió suave, incrédula—. ¿Natalia? ¿Natalia Gómez?
Natalia bajó el bat unos centímetros, confundida.
—¿Cómo sabes mi apellido?
Pablo sonrió. Y esa sonrisa fue como un golpe directo a la memoria de Natalia. Una sonrisa franca, con un diente ligeramente chueco que ella solía adorar hace quince años.
—¿Neta no me reconoces, flaca? —dijo él, soltando una risita nerviosa—. Soy yo. El “Jirafa”. Pablo. De la Facultad de Arquitectura.
El bat se le resbaló de las manos a Natalia y cayó al suelo con un ruido seco que resonó en todo el pasillo. Clac.
—¿Pablo? —susurró ella, sintiendo que se iba a desmayar.
No podía ser. El destino no podía ser tan guionista de telenovela. Frente a ella, parado en el tapete de “Bienvenida” que Esteban nunca quiso sacudir, estaba Pablo. Su exnovio de la universidad. El único hombre que la había tratado como a una princesa antes de que ella, en su infinita estupidez juvenil, lo dejara por el “chico malo y popular” que resultó ser Esteban.
Pablo se veía diferente. Más hombre. Más fuerte. Tenía algunas arrugas alrededor de los ojos, pero se veía bien. Se veía… seguro.
—No puede ser… —dijo él, pasándose la mano por el pelo, visiblemente conmocionado—. El tipo que me vendió… Esteban… ¿es tu exmarido?
—Sí —logró articular Natalia.
—Me dijo que su ex era una bruja loca que le hacía la vida imposible. ¡Jamás me imaginé que eras tú! —Pablo soltó una carcajada, pero luego se puso serio al ver el estado de Natalia: ojerosa, pálida, temblando—. Oye… estás… ¿estás bien? Te ves…
—Me veo de la chingada, ya lo sé —dijo ella, y de repente, la tensión se rompió. Las lágrimas que había estado conteniendo toda la noche, todo el mes, todos estos años, salieron a borbotones.
Natalia se tapó la cara con las manos y empezó a sollozar ahí mismo, en la puerta de su departamento, frente al hombre que acababa de comprar la mitad de su infierno.
Pablo no lo dudó. No preguntó. Simplemente cruzó el umbral, pateó el bat lejos para que no estorbara, y la envolvió en sus brazos. Olía a madera, a jabón limpio y a café. Un olor reconfortante, sólido.
—Ya, ya… —le dijo él al oído, acariciándole la espalda con torpeza pero con cariño—. Tranquila. No pasa nada. Ya llegué. Bueno, llegué de una forma muy rara, pero ya estoy aquí.
Natalia lloró en su pecho, mojándole la camisa de franela. No sabía qué estaba pasando. No sabía si esto era una salvación o una broma cruel más del universo. Pero por primera vez en mucho tiempo, no sentía miedo. Sentía algo parecido a la vergüenza, sí, por cómo la veía él ahora, pero también sentía un calorcito en el pecho que creía muerto.
Mientras tanto, a kilómetros de ahí, Esteban brindaba con Ángela en un restaurante de mariscos caro, gastándose el anticipo de la venta.
—¡Salud, mi amor! —decía Esteban, riendo con la boca llena de camarones—. Ahorita mi ex debe estar cagada de miedo, conociendo a su nuevo “peor es nada”. Me cae que le arruiné la vida. Soy un genio.
Ángela reía, más interesada en el reloj nuevo que Esteban le había prometido que en la exesposa.
Lo que Esteban no sabía, lo que su mente retorcida jamás pudo calcular, era que acababa de cometer el error táctico más grande de su existencia. Al intentar destruir a Natalia, le había enviado por paquetería express, y con envío pagado, la única cosa que le faltaba para ser feliz: un hombre de verdad.
Pero la historia apenas comenzaba. Porque vivir con un exnovio, cuando tienes el corazón roto y la autoestima en el suelo, no es cuento de hadas. Es un campo minado de recuerdos, tensiones y… quizás, segundas oportunidades.
Pablo miró por encima de la cabeza de Natalia hacia el interior del departamento. Vio la sala semivacía, las marcas en la pared donde antes hubo cuadros, el ambiente desolado. Apretó la mandíbula. No sabía toda la historia, pero sabía lo suficiente. Alguien había lastimado a Natalia. Y Pablo, que siempre tuvo complejo de caballero andante, decidió en ese preciso instante que no solo iba a ser su roomie. Iba a ser su escudo.
—Vamos adentro —le dijo suavemente, separándose un poco para verla a los ojos—. Sirve que me cuentas por qué me recibes a batazos. Y de paso… creo que traigo unos tacos de canasta en la camioneta. ¿Desayunamos?
Natalia asintió, secándose las lágrimas con la manga.
—Sí. Me muero de hambre.
Y así, con unos tacos de canasta y un bat de béisbol en el suelo, comenzó la nueva vida de Natalia.
CAPÍTULO 5: EL INQUILINO INESPERADO Y LA CURA DE ESPANTO
Los tacos de canasta estaban tibios y sudados dentro de su bolsa de plástico azul, como deben ser los buenos tacos de canasta de la Ciudad de México. Olían a chicharrón prensado y a adobo. Natalia y Pablo estaban sentados en el piso de la sala, sobre el parquet que Natalia cuidaba tanto, usando la caja de libros de Pablo como mesa improvisada.
La escena era surrealista. Hace una hora, Natalia estaba lista para descalabrar a un intruso con un bat de béisbol. Ahora, estaba chopeando un taco de papa en salsa verde frente al novio que dejó hace quince años por idiota.
—Entonces… —dijo Natalia, limpiándose una gota de salsa de la barbilla, sintiéndose repentinamente consciente de que traía su pijama de franela de ositos y el pelo hecho un nido de pájaros—. ¿Esteban te vendió a ti? ¿Directamente?
Pablo negó con la cabeza mientras masticaba con gusto.
—No, no directamente. Yo andaba buscando dónde invertir. Ya sabes, la lana de las plataformas petroleras quema en las manos si no la mueves. Un “broker” me pasó el pitazo de una “oportunidad de oro”. Un remate por divorcio conflictivo. Dijo que el dueño estaba urgido de lana y de venganza.
Natalia sintió que se le revolvía el estómago, y no era por la grasa de los tacos.
—Venganza…
—Sí —Pablo dejó el taco a medio comer y la miró serio—. Cuando fui a firmar el contrato privado, el tipo… tu ex, Esteban… estaba desatado. No me reconoció, claro. He cambiado un buen, me dejé la barba, estoy más ancho… y bueno, nunca nos tratamos mucho en la uni, él era de Contaduría y yo de Arqui. Pero el vato no paraba de hablar pestes de su esposa. Dijo que eras una loca, una controladora, que le habías robado la juventud. Que vendía su mitad casi regalada con tal de meterle un susto.
Pablo apretó los puños, haciendo crujir los nudillos.
—Te juro, Nati, que si hubiera sabido que hablaba de ti, ahí mismo le reviento la cara. Pero yo solo vi un negocio y pensé: “Bueno, pobre mujer, quien sea, al menos si compro yo, no le va a tocar un narco de roomie”.
Natalia soltó una risa amarga.
—Pues eso quería él. Quería meterme a un narco o a un violador. Me lo dijo. Quería que viviera con miedo.
—Pues le salió el tiro por la culata —dijo Pablo, sonriendo de lado—. Porque ahora vives con el “Jirafa”. Y el “Jirafa” no muerde.
Ese apodo. “Jirafa”. Así le decían en la facultad porque era el más alto de la generación y siempre andaba despistado, con la cabeza en las nubes. Natalia sintió una punzada de nostalgia tan fuerte que le dolió.
—Perdóname, Pablo —murmuró ella, bajando la vista a sus manos—. Por cómo te traté hace años. Fui una estúpida. Me dejé llevar por… no sé. Esteban tenía coche, tenía verbo… tú eras tan bueno, tan tranquilo. Y yo quería “emoción”.
—La juventud es una enfermedad que se cura con el tiempo, Nati —respondió él con una madurez que la sorprendió—. Ya no te flageles. Lo hecho, hecho está. Lo importante es qué hacemos ahorita.
Pablo se levantó, sacudiéndose las migajas de los pantalones.
—Bueno, socia. ¿Cómo nos organizamos? Porque legalmente soy dueño de la mitad de cada ladrillo, pero no me voy a poner a medir con cinta métrica.
La transición a “roomies” fue extraña, incómoda y, sorprendentemente, fluida.
Pablo ocupó el cuarto de visitas, ese que Esteban había usado como búnker durante la guerra fría. Pero a diferencia de Esteban, que había dejado el cuarto oliendo a encierro y rencor, Pablo lo transformó en dos días.
Natalia lo veía ir y venir cargando cajas. No traía muchas cosas. Ropa, libros (muchos libros), una guitarra en su funda negra y una caja de herramientas roja, pesada y despintada por el uso.
—¿Te ayudo? —preguntó Natalia el segundo día, viéndolo luchar con un restirador de arquitecto en el pasillo.
—No, no, tú descansa. Estás muy pálida. Además, esto es maña más que fuerza.
La primera semana fue de tanteo. Natalia caminaba por su propia casa como si pisara huevos. Estaba condicionada. Diez años de vivir con Esteban la habían entrenado para hacerse chiquita, para no hacer ruido, para no molestar al “señor de la casa”.
Si Pablo estaba viendo la tele en la sala, Natalia se encerraba en su cuarto. Si Pablo entraba a la cocina, ella salía corriendo.
Una noche, Pablo la interceptó.
Natalia estaba lavando los trastes de la cena (que cada quien había comido por separado). Pablo entró por un vaso de agua. Natalia, por reflejo, se tensó, cerró la llave y se hizo a un lado, bajando la cabeza.
—Perdón, ya casi acabo, no quería estorbar —dijo ella rápido, con esa voz de disculpa automática que tanto le chocaba a Elena.
Pablo se detuvo con el vaso en la mano. Se recargó en la barra y la observó en silencio un momento.
—Nati, ¿qué traes?
—¿Eh? Nada, nada. Solo lavaba los platos.
—No me refiero a eso. Me refiero a que cada vez que entro a un cuarto, parece que viste al diablo. Te encoges. Pides perdón por respirar.
Natalia se quedó callada, tallando una mancha imaginaria en el granito.
—Es que… no quiero molestar. Esteban decía que yo hacía mucho ruido, que ocupaba mucho espacio…
Pablo soltó un suspiro largo y dejó el vaso en la mesa con un golpe suave pero firme.
—A ver, Natalia. Mírame.
Ella alzó la vista, temerosa.
—Esteban era un pendejo. Con todas sus letras. Un pendejo inseguro que necesitaba hacerte menos para sentirse más. Pero Esteban ya no vive aquí. Aquí vive Pablo. Y Pablo no se enoja porque laves platos o porque veas la tele. Esta es TU casa. Yo soy el arrimado, técnicamente.
Se acercó a ella, pero manteniendo una distancia respetuosa.
—No tienes que pedir permiso para existir en tu propia casa, Nati. Por favor, deja de pedir perdón. Me parte el alma verte así, tan… apagada. Tú eras un fuego artificial en la uni. Eras la que organizaba las fiestas, la que se peleaba con los profesores injustos. ¿Dónde está esa Natalia?
—Se murió —susurró ella, y las lágrimas volvieron a asomar—. Esteban la mató a pausas.
—Pues vamos a revivirla —dijo Pablo con determinación—. Y vamos a empezar por arreglar esta llave que gotea, porque me tiene loco y seguro a ti también.
Pablo fue por su caja de herramientas. En cinco minutos, arregló la fuga del fregadero que llevaba tres años sonando ploc, ploc, ploc cada noche. Esteban siempre decía “luego le hablo al plomero” o “no tengo lana para eso ahorita”. Pablo lo arregló con una llave inglesa y un empaque de dos pesos que traía en la bolsa.
—Listo. Ya no gotea.
Natalia miró la llave, luego miró a Pablo, y se echó a llorar. No por tristeza, sino por lo patético de darse cuenta de que había vivido en la negligencia tanto tiempo que un simple acto de mantenimiento le parecía un milagro.
—Gracias —sollozó.
—Es solo una llave, Nati.
—No, no es solo una llave. Es… es todo.
A partir de ahí, la dinámica cambió. Pablo se volvió el “handyman” del departamento. Arregló la persiana atorada, cambió los focos fundidos que Natalia no alcanzaba, aceitó las bisagras de las puertas que rechinaban.
Pero no lo hacía para presumir, ni para echarle en cara “mira qué útil soy”. Lo hacía callado, silbando bajito canciones de Caifanes o de Maná, mientras Natalia trabajaba en su laptop o leía.
Y luego estaba el tema de la comida.
Natalia seguía comprando su comida y cocinando para ella sola, dejando la cocina impecable después. Un sábado, llegó del mercado cargando bolsas pesadas. Pablo estaba en la sala viendo el fútbol (pero sin gritos, ni cerveza derramada, solo viendo el partido tranquilo).
Al verla, se levantó de un salto y le quitó las bolsas.
—¡No manches, Nati! ¿Por qué no me avisaste para acompañarte? Es un chingo de peso.
—Puedo sola, gracias —dijo ella, todavía a la defensiva.
—Ya sé que puedes sola, eres una chingona. Pero no tienes por qué hacerlo sola si hay alguien que te puede echar la mano.
En la cocina, mientras sacaban las verduras, Pablo vio que Natalia había comprado medio kilo de bistec y unas tortillas.
—Oye, ¿te late si armamos una carnita asada? Bueno, unos bisteces asados, no tenemos asador —propuso él—. Yo hago una salsa molcajeteada que te mueres. Mi abuela me enseñó el secreto.
Natalia dudó. Comer juntos era otro nivel de intimidad.
—Bueno… pero yo pago la carne.
—Tú pones la carne, yo pongo la salsa, las chelas y cocino. ¿Trato?
—Trato.
Esa tarde, el departamento olió a chiles tatemados y a carne asada, un olor a hogar mexicano feliz. Se sentaron a comer. Pablo no esperó a que le sirvieran. Él se paró a calentar tortillas, le sirvió agua a ella, le acercó el salero.
Para Natalia, fue un choque cultural inverso. Estaba acostumbrada a servir. A que Esteban se sentara como pachá esperando su plato. Ver a un hombre moverse en la cocina con naturalidad, sirviéndole a ELLA, le causó un cortocircuito mental.
—Está riquísima la salsa —admitió ella, enchilada pero feliz.
—Te dije. Es la receta de Doña Lupe. Oye, Nati…
—¿Mande?
Pablo dejó su taco y la miró a los ojos. La luz del atardecer le daba en la cara, resaltando esas arruguitas de reír que tenía.
—¿Te acuerdas cuando nos fuimos de pinta a las pirámides de Teotihuacán? ¿En segundo semestre?
Natalia sonrió, un recuerdo desbloqueado.
—Sí. Se nos ponchó la llanta de tu Vocho y no traíamos gato. Tuvimos que parar un camión de pollos para que nos ayudaran.
—Y terminamos llenos de plumas, comiendo tortas de tamal en la carretera —rio Pablo. Su risa era grave, contagiosa—. Fue uno de los mejores días de mi vida.
—El mío también… creo —dijo ella, y luego la sonrisa se le borró—. ¿Por qué me aguantas, Pablo? ¿Por qué eres tan bueno conmigo después de lo que te hice? Te dejé por mensaje de texto, Pablo. Fui una cobarde.
Pablo se puso serio. Tomó un trago de su cerveza y suspiró.
—Mira, Nati. Cuando me cortaste, me dolió hasta el apellido. No te voy a mentir. Me emborraché, lloré, maldije tu nombre. Me fui a trabajar a Ciudad del Carmen a las plataformas para huir de todo. Allá la vida es dura. Estás semanas encerrado en medio del mar, trabajando turnos de 12 horas, viendo puro fierro y agua. Ahí aprendes a valorar lo que importa.
Hizo una pausa, buscando las palabras.
—Aprendí que el rencor es un veneno que uno se toma esperando que el otro se muera. Y aprendí que la gente se equivoca. Tú eras una chavita de 20 años deslumbrada. Yo era un nerd sin varo. Entiendo por qué te fuiste. No lo justifico, me dolió, pero lo entiendo. Y verte ahora… ver en lo que te convertiste, en esta mujer fuerte que aguantó un infierno y sigue de pie… no sé. Me da orgullo conocerte. Y me da coraje que no te veas como yo te veo.
Natalia sintió un nudo en la garganta. Nadie le había hablado así nunca. Esteban siempre le resaltaba sus fallas, sus “lonjas”, sus “arrugas”, sus “necedades”. Pablo le hablaba como si fuera una obra de arte en restauración.
—Me siento vieja, Pablo —confesó, soltando su mayor inseguridad—. Me siento fea. Siento que desperdicié mis mejores años lavándole los calzones a un idiota. ¿Quién me va a querer así? Tengo 34 años, soy divorciada, tengo deudas… soy mercancía dañada.
Pablo estiró la mano sobre la mesa. Dudó un segundo y luego cubrió la mano de Natalia con la suya. Su mano era grande, callosa, caliente.
—No eres mercancía, Natalia. Eres una mujer. Y estás en tu mejor momento, no mames. ¿Vieja a los 34? Estás loca. Estás preciosa. Esos ojos que tienes… siguen teniendo el mismo brillo, nomás que ahorita está empolvado. Y sobre quién te va a querer…
Se detuvo. Retiró la mano suavemente, sintiendo que tal vez estaba cruzando la línea demasiado rápido.
—Te vas a querer tú. Primero te vas a querer tú. Y luego ya veremos. Pero créeme, fila va a haber.
Natalia se quedó mirando su mano, donde todavía sentía el calor de la de él. Por primera vez en años, sintió una chispa. No sexual, todavía no. Era una chispa de esperanza. De posibilidad.
Mientras tanto, la realidad de Esteban era muy distinta.
En un departamento rentado en la colonia Del Valle (porque Ángela exigió “zona nice”), las cosas no iban bien. El dinero de la venta de la mitad del departamento se estaba evaporando a una velocidad alarmante.
—Papi, necesito dinero para el salón —dijo Ángela esa misma tarde, entrando a la sala donde Esteban hacía cuentas con cara de preocupación.
—Ángela, acabas de ir hace dos semanas. Te gastaste tres mil pesos en esas luces.
—Ay, pues ya se me ve la raíz. ¿Quieres que ande fodonga como tu ex? —replicó ella, manipuladora experta—. Además, quedamos en ir a Cancún en el puente. Ya vi los boletos, hay que comprarlos ya.
—Es que… no me han depositado unas comisiones —mintió Esteban. La verdad era que se estaba gastando los ahorros. La venta del depa fue un mal negocio, malbarató su parte por las prisas y el rencor, y ahora le quedaba poco.
—Pues resuelve, Esteban. Tú eres el hombre, ¿no? Tú eres el proveedor. No me salgas con miserias ahorita.
Esteban sintió la presión en el pecho. Extrañaba, con una culpa secreta, los tiempos en que Natalia administraba el dinero, en que ella ponía de su sueldo para completar, en que se conformaba con una salida al cine y unos tacos. Ángela era un pozo sin fondo. Y empezaba a darse cuenta de que, tal vez, solo tal vez, había cambiado un diamante en bruto por un vidrio de colores muy caro.
Pero su orgullo no le permitía admitirlo. “Seguro Natalia está peor”, pensó para consolarse. “Seguro está llorando en los rincones, viviendo con miedo del roomie ese que le mandé. Sí, ella está pagando más caro”.
Si supiera.
De regreso en el departamento de la Narvarte, la noche cayó. Pablo sacó su guitarra. No preguntó si podía tocar, simplemente empezó a rasguear suavemente en la sala. Natalia, que estaba en su cuarto, salió atraída por la música.
Pablo tocaba bien. Tocaba “Viento” de Caifanes, pero en una versión acústica, lenta, melancólica.
préstame tu peine, y peíname el alma…
Natalia se sentó en el sofá, lejos de él, pero escuchando.
—¿Te molesta? —preguntó él, sin dejar de tocar.
—No. Toca bonito. Hace años que no escuchaba música en esta casa. A Esteban no le gustaba la música, solo el ruido de la tele o sus bandas agropecuarias cuando se empedaba.
Pablo sonrió y cambió el ritmo a algo más alegre. Empezó a cantar una canción tonta, una parodia que inventaban en la facultad sobre los profesores. Natalia soltó una carcajada. Fue una risa oxidada, que salió casi como un tosido al principio, pero luego fluyó. Rió. Rió hasta que le dolió la panza.
Pablo dejó de tocar y la miró fascinado.
—Ahí está —dijo en voz baja—. Ahí está la Natalia que yo conocía.
Natalia se limpió las lágrimas de risa. Se sentía ligera. Se sentía… en casa.
—Gracias, Pablo —dijo ella, mirándolo con gratitud profunda—. Gracias por venir. Gracias por comprar la mitad de mi desastre.
—De nada, socia. Creo que fue la mejor inversión de mi vida.
Se quedaron en silencio, un silencio cómodo, cálido. No pasó nada más esa noche. Se dieron las buenas noches y cada quien se fue a su cuarto. Pero esa noche, Natalia no puso la silla contra la puerta. No revisó el cerrojo tres veces. Se acostó, abrazó la almohada y, por primera vez en dos años, durmió de un tirón, soñando con música de guitarra y olor a salsa verde, mientras en el cuarto de al lado, un hombre que la quería de verdad velaba su sueño, dispuesto a reconstruir los pedazos rotos de su corazón, un ladrillo a la vez.
El proceso de sanación había comenzado, y la “cura de espanto” estaba funcionando mejor que cualquier terapia. Natalia estaba despertando, y cuando una mujer despierta después de una larga pesadilla, es imparable.
CAPÍTULO 6: EL REENCUENTRO Y EL MAR QUE LO CURA TODO
La convivencia con Pablo se había asentado en una rutina que Natalia no sabía que necesitaba hasta que la tuvo. No era esa rutina pesada y gris de sus últimos años con Esteban, donde cada día era una copia al carbón del anterior, llena de silencios incómodos y reproches mudos. No. La rutina con Pablo tenía color. Tenía música. Tenía sabor.
Habían pasado tres meses desde que el “Jirafa” cruzó la puerta con sus cajas de libros y su vibra tranquila. Tres meses en los que el departamento de la Narvarte dejó de ser un campo de batalla para convertirse en un refugio.
Pablo trabajaba desde casa cuando no estaba en plataformas. Se ponía sus audífonos, se sentaba en la mesa del comedor (que ahora estaba siempre llena de planos, tazas de café y galletas) y dibujaba en su computadora. A veces, Natalia se quedaba embobada mirándolo desde la cocina. Le gustaba ver cómo fruncía el ceño cuando algo no le cuadraba en un diseño, o cómo tarareaba canciones de rock en español mientras tecleaba.
Pero lo que más le gustaba era que él la veía.
Esteban solía mirar a través de ella, como si Natalia fuera un mueble más, una lámpara que estaba ahí para funcionar y ya. Pablo, en cambio, notaba todo.
—Oye, Nati, te cambiaste el peinado, ¿no? Se te ve padrísimo, te despeja la cara —le dijo un martes por la mañana, mientras ella salía corriendo al trabajo.
O cuando ella llegaba muerta de cansancio:
—Traes cara de que tu jefa te trajo en chinga. Siéntate, ya puse el agua para el té y compré pan dulce de la esperanza.
Esos detalles, pequeños como granos de arena, estaban construyendo una montaña de gratitud y, si Natalia era honesta consigo misma, de algo más. Algo que le daba miedo nombrar porque sentía que no tenía derecho, que era muy pronto, que estaba dañada.
Sin embargo, el cansancio acumulado de años no se quita con unos meses de buen trato. Natalia seguía ojerosa. A veces le daban ataques de ansiedad en la noche, pesadillas donde Esteban regresaba y la corría, o donde Ángela se reía de ella señalando sus estrías.
Un viernes por la noche, Natalia llegó del trabajo arrastrando los pies. Se dejó caer en el sofá y se tapó la cara con un cojín, soltando un grito ahogado de frustración.
Pablo, que estaba afinando su guitarra, la miró preocupado.
—¿Qué pasó? ¿Te asaltaron? ¿Te corrieron?
—No —dijo ella, con la voz amortiguada por el cojín—. Solo… la vida, Pablo. La vida pesa un chingo. Siento que no avanzo. Trabajo para pagar deudas que me dejó Esteban, para pagar la tarjeta, el mantenimiento… siento que soy un hámster en una rueda. Corro y corro y sigo en el mismo lugar. Y estoy cansada. Estoy harta.
Pablo dejó la guitarra en su base con cuidado. Se levantó y fue a la cocina. Regresó con dos cervezas bien frías. Le destapó una y se la puso en la mesa de centro, cerca de su mano. Luego se sentó en el piso, frente a ella, para que sus ojos estuvieran al mismo nivel.
—Nati, ¿cuándo fue la última vez que tomaste vacaciones? Y no me refiero a quedarte en casa a limpiar o a visitar parientes. Vacaciones de verdad. De irte a tirar panza al sol y que te valga madre el mundo.
Natalia se quitó el cojín de la cara y lo miró con los ojos rojos.
—Uff… no sé. ¿En la luna de miel? Y eso fue hace diez años, y nos fuimos a Acapulco en camión porque Esteban no quería gastar en avión. Desde entonces, puro trabajar. Esteban siempre decía que no había dinero, que había que ahorrar para el coche, para el depa, para sus caprichos…
Pablo asintió, como si ya supiera la respuesta.
—Eso pensé. Estás “quemada”, flaca. Burnout, le dicen los gringos. Necesitas desconectar el cerebro o te va a dar un patatús.
—Pues sí, pero con qué ojos, divino tuerto. No tengo lana. Apenas voy saliendo de los gastos del abogado.
Pablo tomó un trago de su cerveza, se limpió la espuma y sonrió con esa picardía que a Natalia le empezaba a acelerar el corazón.
—¿Y si te digo que yo invito?
Natalia se enderezó de golpe.
—No, Pablo. Ni lo pienses. Ya haces demasiado pagando la mitad de los gastos y arreglando la casa. No puedo aceptar que me pagues un viaje. Parecería que… no sé, que te aprovechas o que yo soy una interesada.
—¡Ay, qué necia eres, mujer! —rio él—. A ver, escúchame. Tengo que ir a checar una obra cerca de Puerto Escondido. Unos gringos quieren hacerse una casa ecológica y me contrataron de consultor. Tengo que ir una semana. La casa que rentaron es enorme, tiene como cuatro cuartos y alberca. Me sale gratis el hospedaje. Y la gasolina la paga la empresa. Lo único que tendrías que pagar son tus micheladas y tus cocos.
Natalia lo miró con sospecha.
—¿Es neta o me estás choreando para que acepte?
—Te lo juro por mi madre, y sabes que con Doña Tere no se juega. Es viaje de chamba, pero allá la chamba es relajada. Yo voy a estar ocupado unas horas en la mañana, pero tú puedes estar en la playa, en la hamaca, leyendo… o simplemente viendo el mar y mandando todo al carajo. Ándale, Nati. Me vas a hacer el paro de no irme solo manejando tantas horas. Sirve que me ayudas con la música en la carretera.
La oferta era tentadora. Demasiado tentadora. Puerto Escondido. El mar. El calor. Lejos de la ciudad, lejos de los recuerdos de Esteban, lejos de las facturas.
—Pero… mi trabajo…
—Pide la semana. Tienes días acumulados, ¿no? Dijiste que no has tomado vacaciones en años. Por ley te tocan. Si no te los dan, te enfermas de “estrés agudo” y vas al IMSS por tu incapacidad. Pero de que nos vamos, nos vamos.
Natalia lo pensó. Miró el departamento, que aunque ya era más cálido, seguía teniendo fantasmas en las esquinas. Miró a Pablo, con sus ojos color miel llenos de esperanza y honestidad.
—¿Solo amigos? —preguntó ella, insegura.
Pablo sostuvo su mirada. Hubo un segundo de electricidad estática en el aire.
—Amigos que se van de viaje. Lo que pase allá, o no pase, depende de ti. Yo no voy a presionar nada. Solo quiero que descanses, Nati. Te lo mereces.
Natalia suspiró, derrotada por la promesa del mar.
—Está bien. Vámonos.
El viaje en carretera fue una terapia en sí mismo. Salieron de madrugada para evitar el tráfico de la salida a Cuernavaca. La camioneta de Pablo, una pickup robusta y cómoda, devoraba kilómetros mientras el sol salía detrás de los volcanes.
Iban cantando a todo pulmón. Natalia, que al principio iba tensa revisando su celular por si el trabajo llamaba, poco a poco fue soltando el cuerpo. Cantaron desde José José hasta Zoé. Comieron quesadillas en Tres Marías, se detuvieron a comprar cecina en Yecapixtla (aunque se desviaron un poco, Pablo dijo que era pecado no ir), y cruzaron la sierra de Oaxaca con las ventanas abajo, dejando que el aire fresco les limpiara los pulmones de esmog.
Llegaron a Puerto Escondido al atardecer. La casa era espectacular, colgada de un acantilado con vista a Zicatela. No era un hotel de lujo, era algo mejor: una casa rústica, abierta, llena de madera y palapas, donde el sonido de las olas retumbaba en cada rincón.
—No manches, Pablo… esto es el paraíso —susurró Natalia, bajando de la camioneta y sintiendo la brisa húmeda y salada pegársele a la piel.
—Te dije. ¿Valió la pena la desvelada?
—Valió cada segundo.
Esa primera noche, cenaron pescado a la talla en una palapa de la playa, con los pies enterrados en la arena fría. Natalia llevaba un vestido ligero de algodón que tenía años guardado en el fondo del clóset. Se sentía extraña al principio, enseñando los brazos y las piernas que Esteban siempre criticaba (“estás muy flaca de aquí, muy aguada de allá”). Pero Pablo la miraba con una admiración tan genuina que Natalia empezó a olvidar sus complejos.
—Salud —dijo él, chocando su cerveza con la de ella—. Por los nuevos comienzos.
—Por los roomies locos —brindó ella, riendo.
Los días siguientes fueron medicina pura. Pablo se iba un par de horas en la mañana a ver la obra, y Natalia se quedaba en la casa o bajaba a la playa. Se compró un bikini nuevo, uno que le gustaba a ella, no uno que tapara todo como quería Esteban. La primera vez que salió así frente a Pablo, sintió pánico.
Él estaba en la terraza, leyendo. Levantó la vista y se quedó mudo un segundo. Natalia se cruzó de brazos, instintivamente tratando de cubrirse.
—¿Qué? ¿Se ve mal? —preguntó a la defensiva.
Pablo negó con la cabeza lentamente, se quitó los lentes de sol y sonrió.
—Te ves… espectacular, Natalia. Neta. Eres una diosa azteca.
Natalia se sonrojó hasta la raíz del pelo, pero bajó los brazos. Y se sintió poderosa.
La verdadera magia ocurrió la cuarta noche. Habían ido a ver la bioluminiscencia a la laguna de Manialtepec. Regresaron de noche, con la piel salada y el alma vibrando. Se sentaron en la terraza de la casa a tomar una copa de vino, escuchando el rugido del océano abajo.
La conversación se puso profunda, como suele pasar con el vino y el mar.
—¿Sabes qué es lo que más me duele de todo lo que pasó con Esteban? —confesó Natalia, mirando las estrellas—. No es el dinero, ni el depa. Es que me hizo sentir que yo no valía nada. Que era intercambiable. Que cualquiera podía venir y ocupar mi lugar y hacerlo mejor.
Pablo dejó su copa en la mesa y se acercó a ella. Esta vez, acortó la distancia.
—Esteban es un idiota que tenía un Ferrari y lo trataba como si fuera un Tsuru viejo —dijo Pablo con voz ronca—. No sabía lo que tenía. Pero yo sí sé. Yo siempre supe.
Natalia volteó a verlo. La luz de la luna iluminaba la mitad de la cara de Pablo, haciéndolo ver más guapo, más intenso.
—Pablo… ¿por qué nunca me buscaste antes?
—Porque estabas casada. Y yo respeto. Aunque me moría de ganas, respeté. Pero cuando te vi ese día en la puerta, con el bat de béisbol… supe que el destino me estaba dando otra chance. Y no la voy a cagar esta vez, Nati.
Pablo estiró la mano y le acarició la mejilla con el pulgar, con una suavidad que contrastaba con sus manos grandes y toscas. Natalia cerró los ojos y se inclinó hacia el tacto.
—Me gustas, Natalia. Me gustas desde que tenías 20 años y usabas esos overoles de mezclilla en la facultad. Y me gustas más ahora, con tus cicatrices y tu carácter fuerte. Me gustas un chingo.
Natalia abrió los ojos. Ya no había miedo. Solo había un deseo inmenso de borrar los últimos diez años de su vida y empezar de nuevo aquí, en este preciso momento.
—Tú también me gustas, Jirafa —susurró.
El beso fue lento, sabor a vino tinto y a mar. No fue un beso desesperado, fue un beso de reconocimiento. Como si dos piezas de un rompecabezas que estuvieron perdidas por años finalmente embonaran con un clic perfecto. Pablo la abrazó como si quisiera fundirse con ella, protegiéndola, adorándola. Y Natalia, por primera vez en mucho tiempo, se dejó querer. Se dejó sostener.
Esa noche no durmieron en cuartos separados.
Mientras Natalia redescubría el amor y la pasión en una playa de Oaxaca, en la Ciudad de México, el karma estaba haciendo horas extra con Esteban.
La situación con Ángela había pasado de “luna de miel apasionada” a “pesadilla financiera” en tiempo récord. El dinero de la venta del departamento se había esfumado. Entre el enganche de un coche nuevo para Ángela (a nombre de ella, por supuesto, porque “bebé, yo no tengo historial crediticio”), ropa de marca, cenas en el Fisher’s y antros en Polanco, la cuenta de Esteban estaba en números rojos.
Esa tarde, estaban en el centro comercial Santa Fe. Ángela quería un abrigo que había visto en Zara.
—Ándale, Papi, cómpramelo. Lo necesito para cuando vayamos a Valle de Bravo con mis amigos —insistía ella, colgándose de su brazo.
Esteban sudaba frío. Sabía que la tarjeta de crédito estaba topada.
—Híjole, amor… ¿no prefieres verlo después? Es que…
—¡Ay, no seas codo! Siempre me sales con lo mismo últimamente. Pareces mi papá, no mi novio.
Para evitar el berrinche en público, Esteban accedió. Fueron a la caja. La cajera pasó la tarjeta.
—Disculpe, caballero, declinada.
Esteban sintió que se le caía la cara de vergüenza. La gente en la fila empezó a murmurar.
—Pásala otra vez, debe ser el chip —dijo, con una risa nerviosa.
—Ya la pasé tres veces, señor. Fondos insuficientes. ¿Tiene otra forma de pago?
Ángela soltó el brazo de Esteban como si quemara. Lo miró con una mezcla de asco y furia.
—¡Qué oso, Esteban! —gritó ella, sin importarle quién escuchara—. ¿Me trajiste hasta acá para hacerme pasar vergüenzas? ¡No traes ni un peso!
—Amor, es el banco, se cayó el sistema…
—¡Se cayó tu dignidad! Me voy. Voy a llamar al Kevin para que venga por mí. Él sí resuelve.
—¡Ángela, espera!
Pero Ángela ya se iba, taconeando fuerte, dejándolo ahí parado con el abrigo en la mano y la cajera mirándolo con lástima.
Esteban salió del centro comercial derrotado. Se sentó en una banca, solo. Sacó su celular. La soledad y la humillación lo hicieron pensar en la única persona que siempre estuvo ahí, la única que nunca le pidió nada caro, la que administraba sus miserias y las convertía en abundancia: Natalia.
“Seguro ella está peor”, pensó, buscando consuelo en la desgracia ajena. “Seguro está sola, llorando, batallando con el depa viejo”.
La curiosidad morbosa le ganó. Entró a Facebook. Él tenía bloqueada a Natalia, pero se había hecho un perfil falso hacía tiempo para espiarla (“Juan Pérez”, sin foto). Buscó el perfil de Natalia.
Lo que vio le provocó un cortocircuito en el cerebro.
Natalia no había publicado nada, pero Elena sí. Y había etiquetado a Natalia.
Era una foto. Una foto tomada en una playa al atardecer.
En la foto, Natalia se veía… radiante. Llevaba un vestido blanco vaporoso, el pelo suelto y ondulado por la sal, la piel bronceada y dorada por el sol. Se veía diez años más joven. Se veía hermosa.
Pero lo peor no era eso. Lo peor era que no estaba sola. Un hombre la abrazaba por la cintura, un hombre alto, de espaldas anchas, que la miraba como si fuera lo único importante en el universo. Natalia reía a carcajadas, con la cabeza echada hacia atrás, una risa que Esteban no había escuchado en años.
El pie de foto de Elena decía: “¡Qué felicidad verte brillar de nuevo, amiga! Te mereces todo el amor del mundo. ¡Disfruten Oaxaca! #LoveIsintheAir #Renacer #ByeByeCucaracho”.
Esteban hizo zoom en la cara del hombre. Lo reconoció. Era el tipo al que le vendió la mitad del departamento. El “tonto” al que creyó haber estafado con una copropiedad problemática.
—No puede ser… —susurró Esteban, sintiendo un hueco helado en el estómago.
El tipo no era un cholo, ni un delincuente. Era un tipo galán, se veía fuerte, se veía feliz. Y tenía a SU mujer (porque en su mente enferma, Natalia seguía siendo suya) en sus brazos.
Esteban sintió una punzada de celos tan aguda que casi vomita. Celos no de amor, sino de posesión. Le habían robado su juguete. Y peor aún, el juguete funcionaba mejor con otro dueño.
Marcó el número de Natalia, desesperado, furioso. Quería gritarle, quería insultarla, quería arruinarle el momento.
Tu llamada será transferida al buzón…
Intentó otra vez. Y otra. Nada.
Natalia estaba ocupada siendo feliz. Estaba ocupada besando a Pablo bajo las estrellas de Puerto Escondido, mientras las olas borraban, poco a poco, el nombre de Esteban de su historia.
Esteban tiró el celular contra el piso del estacionamiento, estrellando la pantalla. Se agarró la cabeza con las manos. Estaba en la ruina, su novia trofeo lo acababa de dejar por un tal Kevin, y su ex esposa “gris y aburrida” estaba viviendo una luna de miel con el hombre al que él mismo le había abierto la puerta.
El karma no solo le había llegado; le había llegado con intereses moratorios y recargos. Y apenas estaba empezando.
CAPÍTULO 7: LA TRANSFORMACIÓN Y LA SEMILLA DEL FUTURO
El regreso a la Ciudad de México fue un golpe de realidad, pero no el golpe doloroso que Natalia temía. Mientras la camioneta de Pablo descendía por la carretera de Cuernavaca, entrando en esa nata de esmog gris que cubre el valle, Natalia sintió una punzada de ansiedad. ¿Se rompería la burbuja? ¿Volverían a ser dos extraños compartiendo un techo una vez que cruzaran la caseta de peaje?
Pablo, sintiendo su tensión, bajó el volumen del radio y le tomó la mano sobre la palanca de velocidades.
—Ey —dijo suavemente, apretándole los dedos—. No pongas esa cara. Lo de Puerto Escondido no se queda en Puerto Escondido. Nos lo traemos con nosotros.
Natalia lo miró y soltó el aire.
—Tengo miedo, Pablo. Miedo de que la rutina nos coma. De que despiertes mañana y digas: “Ay, qué flojera, ya me aburrí de jugar a la casita”.
Pablo frenó suavemente por el tráfico de la entrada a Tlalpan y la miró a los ojos, serio.
—Natalia, tengo 35 años. Ya no juego a la casita. Lo que quiero es construir un hogar. Y quiero construirlo contigo. Ya te lo dije: somos equipo. Y en este equipo nadie se baja del barco.
Esas palabras fueron el cemento que Natalia necesitaba. Llegaron al departamento de la Narvarte, y por primera vez en la historia de ese inmueble, se sintió como un verdadero hogar. Ya no era el “campo de batalla”, ni el “museo de los fracasos de Esteban”. Era su casa.
La Nueva Normalidad
Los meses siguientes volaron como hojas en el viento. La relación entre Pablo y Natalia floreció con una naturalidad que asustaba. No había dramas, no había juegos mentales, no había esa necesidad de “ganar” las discusiones que Natalia tenía con Esteban.
Si Natalia llegaba tarde, Pablo no le hacía un interrogatorio; le tenía la cena caliente. Si Pablo tenía que irse a una obra lejos, Natalia le preparaba un termo con café y le mandaba mensajes de “te extraño” que él contestaba con fotos graciosas de albañiles o perros callejeros.
Natalia floreció. Físicamente, el cambio era evidente. Recuperó su peso, su piel brillaba (y no solo por las cremas, sino por el buen sexo y la paz mental), y se cortó el pelo en un bob moderno que la hacía ver sofisticada y juvenil. En su trabajo, hasta su jefa, que era un ogro, le comentó:
—Oye, Gómez, ¿qué te estás tomando? Pásame la receta, porque andas muy productiva y muy sonriente.
—Se llama felicidad, jefa —respondió Natalia, guiñando un ojo.
Pero la verdadera prueba de fuego llegó un domingo cualquiera, tres meses después del viaje a la playa.
Natalia se despertó con una sensación extraña. Un mareo sutil al levantarse de la cama. Pensó que era el cansancio o que algo le había caído mal en la cena. Se fue a la cocina a prepararse un té de manzanilla.
El olor del café que Pablo estaba preparando le pegó como una bofetada. Ese olor a grano tostado que tanto amaba, de repente le revolvió el estómago de una manera violenta.
Corrió al baño y devolvió la cena.
Pablo, escuchando las arcadas, corrió tras ella y le sostuvo el pelo mientras ella abrazaba la taza del baño.
—¿Nati? ¿Qué pasó? ¿Te sientes mal? —preguntó, preocupado, pasándole una toalla húmeda por la frente cuando terminó.
—No sé… creo que me dio asco el café. O me cayó mal el sushi de ayer.
Pablo se quedó callado un momento. La miró, analizando la situación. Hizo cuentas mentales.
—Oye, flaca… —dijo con cautela—. ¿Cuándo fue tu último periodo?
Natalia se heló. Se sentó en el piso frío del baño, recargada en la pared. Empezó a contar mentalmente. Uno, dos… tres semanas de retraso.
—No puede ser —susurró, con los ojos llenos de pánico—. Soy irregular, Pablo. Siempre he sido irregular por el estrés. Además… Esteban y yo intentamos años y nunca pegó. El doctor dijo que a lo mejor yo tenía problemas.
—Pues Esteban tenía problemas de muchas cosas, a lo mejor sus nadadores eran los flojos —bromeó Pablo para aligerar la tensión, aunque él también estaba nervioso—. Mira, no nos hagamos telarañas en la cabeza. Voy a la farmacia por una prueba. Ahorita vengo.
Los quince minutos que Pablo tardó en ir y venir fueron eternos. Natalia caminaba de un lado a otro de la sala, mordiéndose las uñas.
“No, no, no”, pensaba. “Ahorita no. Apenas estamos empezando. Apenas estoy recuperando mi vida. ¿Y si Pablo no quiere? Esteban me dijo que un hijo era un gasto, un problema. ¿Y si Pablo piensa igual? ¿Y si se siente atrapado y me deja?”
El trauma de su matrimonio anterior seguía ahí, agazapado, susurrándole miedos al oído.
Pablo regresó con tres pruebas de diferentes marcas. “Para estar seguros”, dijo.
Natalia se encerró en el baño. Hizo lo que tenía que hacer y esperó los tres minutos más largos de la historia de la humanidad.
Cuando volteó las varitas, las dos rayitas rosas estaban ahí. En las tres pruebas. Claras, fuertes, innegables.
Embarazada.
Natalia sintió que le faltaba el aire. Abrió la puerta del baño temblando, con las pruebas en la mano. Pablo estaba sentado en la cama, moviendo la pierna nerviosamente. Al verla salir, se puso de pie de un salto.
Natalia no pudo hablar. Solo le extendió las pruebas y rompió a llorar. Pero era un llanto de miedo, de angustia pura.
—Perdóname, Pablo… perdóname… —sollozó.
Pablo tomó las pruebas, las miró y luego miró a Natalia, confundido por su reacción.
—¿Por qué me pides perdón? —preguntó, acercándose a ella.
—Porque… porque es muy pronto. Porque no lo planeamos. Porque a lo mejor tú no querías esto, a lo mejor querías viajar, o disfrutar tu dinero… Y ahora te salgo con esto. Entiendo si estás enojado, entiendo si…
Pablo la calló con un beso. No fue un beso suave. Fue un beso firme, para detener la cascada de tonterías que estaba diciendo.
Luego, la tomó por los hombros y la miró con una intensidad que le quemaba la piel. Sus ojos color miel estaban llenos de lágrimas, pero no de tristeza. Brillaban.
—Natalia, ¿estás loca? —dijo él, con la voz quebrada por la emoción—. ¿Cómo voy a estar enojado? ¡Es la mejor noticia que me han dado en la vida!
—¿En serio? —preguntó ella, hipando.
—¡Claro que sí, mujer! —Pablo la levantó en brazos y le dio una vuelta, riendo y llorando al mismo tiempo—. ¡Voy a ser papá! ¡Vamos a ser papás! ¡No mames, qué chingón!
La bajó con cuidado, como si de repente ella fuera de cristal, y se arrodilló frente a su vientre plano. Puso sus manos grandes y calientes sobre su blusa.
—Hola, frijolito —le habló a la panza—. Soy tu papá. Soy el Jirafa. Te vamos a querer un chingo, cabrón. O cabrona.
Natalia se tapó la cara y lloró, pero esta vez de alivio y felicidad. El fantasma de Esteban, con sus negativas y su egoísmo, se desvaneció un poco más. Aquí había un hombre que celebraba la vida, que no veía a un hijo como un gasto, sino como un regalo.
—Te amo, Pablo —dijo ella.
—Y yo a ti, Nati. Y ahora… ahora sí nos tenemos que casar. Y no porque “tengamos que”, sino porque quiero que lleves mi apellido y que legalmente nadie nos pueda separar nunca. Quiero blindar esto.
La Caída del Villano
Mientras la felicidad inundaba el departamento de la Narvarte, al otro lado de la ciudad, en un cuartucho húmedo de la colonia Doctores, Esteban tocaba fondo.
Ángela lo había dejado hacía dos meses. Se fue con el Kevin, un tipo que vendía autos usados y que sí tenía tarjeta de crédito con fondos. Ángela no solo se fue; se llevó el coche (que estaba a su nombre), la ropa que Esteban le había comprado y hasta la cafetera Nespresso.
Esteban estaba en la ruina. El dinero de la venta del departamento se había esfumado en lujos estúpidos, anticipos de viajes que no se hicieron y en tratar de mantener el estilo de vida de Ángela.
Ahora, vivía en una vecindad ruidosa. Comía sopas Maruchan y atún de lata. Su trabajo en la logística lo había perdido por faltar y por llegar borracho, y ahora sobrevivía haciendo fletes esporádicos con la camioneta vieja de un tío.
Esteban estaba sentado en su catre, mirando el techo despintado. Odiaba su vida. Pero, sobre todo, odiaba a Natalia.
En su mente retorcida, Natalia tenía la culpa de todo.
“Si esa perra no me hubiera peleado el depa, yo tendría todo el dinero”, pensaba, ignorando que él fue quien vendió barato por venganza. “Si no hubiera sido tan aburrida, yo no hubiera buscado a Ángela. Todo es su culpa. Ella me empujó a esto”.
La obsesión lo consumía. Se pasaba las noches revisando el perfil de Facebook de Elena (porque Natalia lo tenía bloqueado de todos lados). Veía las fotos. Veía los comentarios.
“Qué bonita te ves, amiga”.
“El amor te sienta bien”.
Y luego, vio la foto que lo rompió.
Era una foto reciente. Una reunión pequeña, íntima. Natalia llevaba un vestido azul sencillo, y Pablo estaba a su lado, con una camisa blanca. Se estaban besando. Detrás de ellos, había un letrero hecho a mano que decía: “¡Nuestra Boda Civil!”.
Se habían casado.
Esteban sintió que la sangre le hervía. Se habían casado. Ese tipo, el intruso, se había quedado con todo. Con su casa, con su mujer, con su vida.
Y entonces, vio el detalle. En otra foto, Natalia se tocaba el vientre. Un vientre que ya no era plano. Un vientre abultado que gritaba “embarazo” a los cuatro vientos.
Esteban soltó un grito de rabia y lanzó el celular contra la pared.
—¡Maldita sea! —rugió—. ¡Conmigo no quiso! ¡Me dijo que éramos viejos! ¡Y con este pendejo sí se embaraza!
La envidia es un ácido que corroe, pero también es una gasolina poderosa. Esteban se levantó, respirando agitado. Se miró en el espejo roto que tenía colgado. Estaba flaco, con barba de tres días, ojeroso. Parecía un vagabundo.
—No se van a burlar de mí —murmuró—. No van a ser felices mientras yo me pudro aquí. Ese hijo debió ser mío. Esa casa es mía.
Empezó a maquinar. Necesitaba dinero. Mucho dinero. Y sabía que Pablo tenía. Si Pablo trabajaba en plataformas, tenía lana. Y si Natalia estaba embarazada, estarían vulnerables.
—Voy a sacarles hasta el último centavo —decidió Esteban—. O me pagan, o les hago un escándalo que no van a olvidar. Tengo derechos… todavía debo tener algún derecho. O si no, me los invento.
Se puso una chamarra vieja, se peinó un poco con agua y salió a la calle. Iba a ir a la Narvarte. Iba a “visitar” a los recién casados. Iba a recordarles que Esteban Ramírez no desaparece tan fácil.
El Nido y la Tormenta
De vuelta en la Narvarte, ajenos a la tormenta que se avecinaba, Natalia y Pablo vivían su mejor momento.
Natalia tenía ya cinco meses de embarazo. Su panza era redondita y firme. Pablo le hablaba todas las noches, le ponía música de los Beatles y le contaba cuentos sobre cómo se construyen los puentes y los edificios, asegurando que su hijo o hija sería “el mejor ingeniero de México”.
Habían decidido usar el dinero que Pablo tenía ahorrado para remodelar el cuarto que había sido de Esteban (y luego de Pablo) para convertirlo en el cuarto del bebé.
—¿De qué color pintamos? —preguntó Pablo un sábado, brocha en mano.
—Amarillo —dijo Natalia—. Es alegre. Como nosotros.
Estaban pintando, manchados de gotas amarillas, riendo porque Pablo se había pintado la nariz por accidente. Sonó el interfón.
Natalia se tensó. El trauma no desaparece del todo.
—¿Quién será? No esperamos a nadie —dijo ella.
—Seguro es el de Amazon, pedí la cuna —dijo Pablo tranquilo—. Yo voy.
Pablo fue al interfón de la cocina.
—¿Sí?
—Hay una persona buscándolos —dijo la voz del portero, Don Chucho—. Dice que es familiar. El señor Esteban.
El silencio en la cocina fue absoluto. Pablo sintió que se le tensaba la mandíbula. Natalia, desde el pasillo, escuchó el nombre y se llevó la mano al vientre, protegiéndolo instintivamente.
—Dile que no está invitado y que no le vamos a abrir —dijo Pablo con voz dura.
—Dice que es urgente, joven. Que si no bajan, va a empezar a gritar cosas feas aquí afuera. Y que trae unos papeles.
Pablo colgó el interfón con fuerza.
—Es él —dijo, volteando a ver a Natalia.
—¿Qué quiere? —la voz de Natalia temblaba.
—Joder. Eso quiere. Joder.
Pablo se limpió las manos en un trapo. Se veía calmado, pero sus ojos echaban chispas. Esa calma peligrosa del que sabe pelear pero prefiere no hacerlo.
—No bajes, Pablo. Por favor. Es capaz de todo.
—No voy a dejar que haga un escándalo, Nati. Estás embarazada, no necesitas este estrés. Voy a bajar, lo voy a despachar y voy a dejarle claro que si se vuelve a acercar, lo voy a refundir en la cárcel.
—Voy contigo —dijo ella.
—No.
—Sí, Pablo. Es mi exmarido. Es mi pasado. Necesito enfrentarlo. Ya no soy la ratoncita asustada que él dejó aquí. Soy tu esposa y la madre de tu hijo. Y quiero que me vea. Quiero que vea que no me destruyó.
Pablo la miró con admiración. Asintió lentamente.
—Está bien. Pero te quedas detrás de mí. Siempre detrás de mí.
Bajaron en el elevador en silencio. Pablo le apretaba la mano. Cuando las puertas se abrieron en el lobby, vieron a través del cristal de la entrada principal.
Ahí estaba Esteban.
Pero no era el Esteban arrogante y bien vestido de antes. Era una sombra. Llevaba ropa desgastada, se veía sucio, desesperado. Estaba gritando algo al portero, manoteando.
Al verlos salir, Esteban se detuvo. Su mirada recorrió a Pablo, alto, fuerte, impecable. Y luego cayó sobre Natalia.
Vio su corte de pelo. Vio su ropa bonita. Y, sobre todo, vio su vientre abultado.
La cara de Esteban se contorsionó en una mueca de odio puro.
Pablo abrió la puerta de cristal y salió a la calle, con Natalia un paso atrás.
—¿Qué quieres, Esteban? —preguntó Pablo, cruzándose de brazos, haciendo una barrera humana entre él y Natalia.
Esteban soltó una risa nerviosa, casi histérica.
—Vaya, vaya. Los tortolitos. Mírense nada más. La “familia feliz”.
—Dije que qué quieres —repitió Pablo, con voz de hielo—. Ya no tienes nada que hacer aquí. Vendiste tu parte. No eres dueño ni de un tornillo de este edificio.
—Vengo por lo que me corresponde —escupió Esteban—. Me estafaron.
—¿Qué? —Natalia alzó la voz, incrédula—. ¿De qué hablas? Tú pusiste el precio, tú vendiste, tú firmaste. Nadie te obligó.
—¡Me aprovecharon de mi estado emocional! —gritó Esteban, atrayendo las miradas de la gente que pasaba—. ¡Yo estaba vulnerable! ¡Y tú, Natalia, tú planeaste todo! Seguro ya te revolcabas con este imbécil desde antes. Seguro ese hijo —señaló la panza con un dedo sucio— ni siquiera es de él. Seguro es mío y me lo quieres robar.
Pablo dio un paso adelante, amenazante. Esteban retrocedió dos, acobardado.
—Lávate la boca antes de hablar de mi esposa o de mi hijo —gruñó Pablo—. Lárgate, Esteban. Estás dando pena ajena.
—¡Quiero dinero! —gritó Esteban, mostrando por fin sus verdaderas cartas—. ¡Si quieren que los deje en paz, quiero dinero! ¡Quiero una compensación! ¡Esa venta fue fraudulenta! O me dan 500 mil pesos ahorita, o los demando. Los demando por fraude, por daño moral, por… ¡por lo que sea! Y voy a venir todos los días a gritar que son unos ladrones.
Natalia salió de detrás de Pablo. Se paró firme, con las manos en su vientre. Miró a ese hombre patético, ese hombre que alguna vez creyó amar, y sintió una lástima profunda. Ya no había miedo. Solo asco.
—No te vamos a dar ni un peso, Esteban —dijo ella con voz calmada y fuerte—. No te debemos nada. Tú te gastaste tu dinero en tus amantes y en tus lujos. Ese es tu problema. Y si vuelves a venir a gritar… tengo grabaciones, tengo mensajes y tengo testigos de todo lo que me hiciste. El que va a terminar en la cárcel por extorsión eres tú.
—¡Tú no me hablas así, maldita gata! —Esteban, ciego de ira, intentó abalanzarse sobre ella.
Fue un error fatal.
Pablo no tuvo que pensar. Fue instinto. Un movimiento fluido y potente. Su puño conectó con la mandíbula de Esteban con un sonido seco, contundente.
¡CRACK!
Esteban salió volando hacia atrás y cayó de sentón en la banqueta, aturdido, con sangre brotando de su labio.
—Te dije que te largaras —dijo Pablo, sobándose los nudillos, respirando agitado—. Nunca, escúchame bien, nunca vuelvas a intentar tocarla.
Esteban se llevó la mano a la boca y miró la sangre. Miró a Pablo, que parecía una torre inexpugnable. Miró a Natalia, que lo miraba con desprecio desde arriba.
Y se dio cuenta de que había perdido. No solo la batalla, sino la guerra. No tenía dinero, no tenía fuerza, y ahora, tampoco tenía dignidad.
—Llamen a la patrulla, Don Chucho —dijo Pablo sin dejar de mirar a Esteban.
—No… no… —balbuceó Esteban, poniéndose de pie torpemente—. Ya me voy. Ya me voy.
Se dio la media vuelta y empezó a caminar, arrastrando los pies, humillado, mientras la gente del mercado cercano se reía y murmuraba.
Natalia sintió que las piernas le temblaban, pero Pablo la sostuvo de inmediato.
—¿Estás bien, amor?
—Sí —dijo ella, recargando la cabeza en su hombro—. Estoy bien. Gracias.
—Vamos adentro. Tenemos un cuarto amarillo que terminar.
Natalia miró por última vez la figura de Esteban alejándose, haciéndose cada vez más pequeña hasta desaparecer en la esquina. Suspiró. El pasado se había ido para siempre.
—Vamos a casa —dijo ella.
Y entraron al edificio, cerrando la puerta tras de sí, dejando afuera el ruido, el smog y a los fantasmas, listos para empezar, ahora sí, el capítulo más feliz de sus vidas.
CAPÍTULO 8: LA LLEGADA DE VALERIA Y EL FINAL DEL VILLANO
La calma regresó al departamento de la Narvarte, pero era una calma distinta. Ya no era ese silencio tenso de cuando Natalia vivía con el enemigo, ni la quietud de la soledad. Era una calma vibrante, llena de expectativas.
Después del incidente en la banqueta, donde Pablo le acomodó las ideas a Esteban de un solo golpe, el exmarido no volvió a aparecer. Quizás fue el miedo a la cárcel, o quizás (y más probable) fue la vergüenza de verse derrotado frente a los vecinos. Pablo, por si las dudas, instaló una cámara de seguridad en la entrada y cambió la chapa del edificio con permiso de la administración.
—Más vale prevenir que lamentar, flaca —dijo mientras configuraba la app en el celular de Natalia—. Quiero que estés tranquila.
Y Natalia lo estaba. Su embarazo avanzaba hacia la recta final. Su panza era enorme, gloriosa. Se miraba en el espejo y no reconocía a la mujer ojerosa de hace un año. Esta mujer tenía chapas naturales en las mejillas, se reía sola y se comía los antojos sin culpa (especialmente los esquites con mucho chile del puesto de la esquina).
El Día Cero
Fue un martes de noviembre, un día lluvioso y con ese tráfico desquiciante típico de la Ciudad de México. Pablo había ido a una junta rápida en Polanco. Natalia estaba en casa, doblando por enésima vez la ropita de bebé: mamelucos amarillos, calcetines del tamaño de un pulgar, gorritos de algodón.
De repente, sintió algo. No fue dolor, fue como un globo de agua que se revienta por dentro.
Splash.
Miró hacia abajo. Un charco de agua clara se extendía sobre el piso de madera.
Natalia se quedó paralizada un segundo. “Ay, no”, pensó. “El piso se va a hinchar”. Luego su cerebro reaccionó: “¡La bebé!”.
Marcó a Pablo.
—¿Bueno? —contestó él al primer tono, como siempre.
—Jirafa… —dijo Natalia, tratando de sonar calmada pero con la voz temblando—. Creo que tu hija ya quiere conocerte.
—¿Qué? —se oyó un ruido de sillas arrastrándose y papeles cayendo—. ¿Ya? Pero si faltan dos semanas.
—Pues dile a ella, porque ya rompí fuente.
—¡Voy para allá! ¡No te muevas! ¡Respira! ¡No pujes! ¡Voy volando!
Natalia tuvo que reírse. Pablo, el hombre que resolvía problemas de ingeniería complejos y que se enfrentaba a exmaridos golpeadores, estaba entrando en pánico total.
Llegó en tiempo récord. Entró al departamento pálido, sudando frío.
—¿Estás bien? ¿Te duele? ¿Llamo a la ambulancia? ¿Te cargo?
—Tranquilo, amor. Solo son contracciones leves. Vámonos al hospital despacio.
El camino al hospital fue una tragicomedia chilanga. El Viaducto estaba parado. Pablo tocaba el claxon, le gritaba a los microbuseros, sudaba la gota gorda. Natalia, entre contracción y contracción, le ponía la mano en el hombro.
—Si sigues así, te va a dar el infarto a ti antes de que nazca la niña. Pon música, por favor.
Pusieron a los Beatles. Here Comes The Sun. Y entre el tráfico, la lluvia y el dolor, Natalia supo que todo iba a estar bien.
El Milagro
El parto fue largo. Doce horas de labor. Doce horas donde Pablo no le soltó la mano ni un segundo. Le daba hielo para chupar, le limpiaba el sudor, le decía que era una guerrera, una chingona, la mujer más fuerte del mundo.
Cuando finalmente el doctor dijo “ya veo la cabeza, Natalia, una más, con fuerza”, Pablo estaba llorando más que ella.
—¡Tú puedes, mi amor, tú puedes! —le animaba él, con la voz rota.
Y con un último esfuerzo, un grito que salió desde las entrañas de la tierra, nació.
El llanto de la bebé llenó la habitación blanca y aséptica, convirtiéndola en el lugar más cálido del universo.
—Es una niña —anunció el doctor, levantando a la criatura pequeña, roja y arrugada—. Y tiene unos pulmones potentes, igualita a la mamá.
Se la pusieron a Natalia en el pecho. Ese momento. Ese instante preciso en que la piel de la madre toca la piel del hijo por primera vez. Natalia sintió que el mundo se detenía. Todo el dolor, toda la traición de Esteban, los años perdidos, las deudas, el miedo… todo se borró. Solo existía ese pequeño ser caliente y húmedo que buscaba su calor.
—Hola, Valeria —susurró Natalia, besando la cabecita llena de pelo negro—. Bienvenida al mundo.
Pablo se acercó. Tenía los ojos hinchados de tanto llorar. Tocó la manita de la bebé con su dedo índice gigante, y la bebé, por reflejo, se lo apretó con fuerza.
Pablo soltó un sollozo sonoro.
—Me agarró el dedo, Nati. Me agarró el dedo. Ya no me suelta nunca.
Natalia miró a su esposo y a su hija. La familia que soñó, la que le dijeron que ya no podía tener por “vieja”, estaba ahí. Completa. Perfecta.
El Fondo del Pozo
Mientras Natalia conocía el cielo, Esteban conocía el infierno. Y el infierno no tenía llamas; tenía olor a grasa vieja y a detergente barato.
Esteban estaba trabajando en el área de comida rápida de un centro comercial en el norte de la ciudad. No como gerente, ni como contador. Como empleado general de limpieza.
Había perdido todo. La demanda de divorcio, mal llevada por su abogado tinterillo, lo dejó con deudas legales enormes. El SAT lo había multado por no declarar la venta del departamento (porque claro, quiso hacerlo por debajo del agua y lo cacharon). Y sus “amigos” de parranda desaparecieron en cuanto se acabó el dinero.
Nadie quería contratarlo en su ramo. Tenía fama de conflictivo, de alcohólico y de tranza. Así que ahí estaba, con un uniforme que le quedaba apretado, recogiendo bandejas con restos de hamburguesas y limpiando refrescos derramados por niños gritones.
—¡Oiga, señor! —le gritó una señora copetuda—. Aquí se tiró cátsup, límpiele bien que se resbala uno.
—Sí, señora, enseguida —murmuró Esteban, bajando la cabeza, sintiendo la humillación quemarle la nuca.
Esteban Ramírez. El hombre que se sentía el “Rey del Castillo”. El que decía que el hombre es el proveedor y la mujer debe servirle. Ahora él servía las sobras de los demás.
Vivía en un cuarto de azotea en Ecatepec. Un cuarto de cuatro por cuatro, con techo de lámina que sonaba como metralleta cuando llovía. Dormía en un colchón en el suelo. Su única compañía era una rata que a veces se asomaba por la coladera.
Por las noches, revisaba Facebook en un celular con la pantalla estrellada que se encontró en el metro. Era su única ventana al mundo que había perdido.
Vio la foto del nacimiento.
Elena la había subido (porque Elena disfrutaba torturarlo a la distancia).
Una foto en blanco y negro. Las manos de Natalia y Pablo entrelazadas, sosteniendo los piecitos de un bebé.
El texto decía: “Bienvenida, Valeria Méndez Gómez. Llegaste a un hogar lleno de amor. ¡Felicidades a los mejores papás del mundo! Tía Elena te va a malcriar mucho. PD: El amor verdadero siempre gana”.
Esteban miró la foto. Valeria. Bonito nombre. Ese bebé debió ser suyo. Esa felicidad debió ser suya. Pero en el fondo, en ese rincón oscuro de su conciencia que rara vez visitaba, Esteban sabía la verdad: él nunca hubiera sido ese papá. Él se hubiera quejado del llanto, hubiera dicho que cambiar pañales es “cosa de viejas”, hubiera seguido siendo el mismo egoísta de siempre.
Pablo era el padre que esa niña merecía.
Esteban apagó el celular. Se le salió una lágrima. Una sola. Ácida. No era arrepentimiento puro, era la amargura de saber que él mismo, con sus propias manos, había dinamitado su vida. Vendió su mitad del departamento para destruir a Natalia, y lo único que hizo fue construirle el camino hacia su felicidad.
Fue el arquitecto de su propia desgracia y el albañil de la dicha ajena.
El Encuentro Final
Pasaron seis meses. Era sábado por la tarde.
Natalia y Pablo decidieron ir a Plaza Satélite a comprarle ropa a Valeria, que crecía tan rápido que los mamelucos le duraban dos semanas.
Iban caminando despacio. Pablo llevaba a Valeria en una cangurera pegada al pecho, luciendo orgulloso como un pavo real, besándole la cabecita cada tres pasos. Natalia iba a su lado, tomada de su brazo, riendo de algo que él le decía. Se veía guapísima. Llevaba unos jeans que le quedaban pintados y una blusa blanca. La maternidad le había dado una luz especial.
Decidieron sentarse a comer un helado en la zona de comida.
Esteban estaba trapeando cerca de la zona de helados Santa Clara. Vio unos zapatos limpios, unas botas de trabajo tipo timberland pero nuevas. Alzó la vista mecánicamente para pedir permiso.
—Con permiso, estoy trap…
Las palabras se le atoraron en la garganta.
Frente a él, a menos de dos metros, estaba Pablo. Y en su pecho, dormida plácidamente, estaba la bebé. Natalia estaba a su lado, eligiendo el sabor de su helado.
El tiempo se congeló.
Esteban sintió que el piso se abría. Quiso correr, quiso esconderse, volverse invisible. Pero sus pies estaban pegados al suelo pegajoso.
Pablo bajó la vista. Sus ojos se encontraron con los de Esteban.
Hubo un silencio de tres segundos que pareció durar un siglo.
Pablo lo reconoció, por supuesto. A pesar de que Esteban estaba más flaco, más calvo y vestía un uniforme sucio de limpieza. Pablo vio la miseria en sus ojos. Vio la derrota absoluta.
Natalia se giró con su helado en la mano.
—Amor, ¿quieres de limón o de…?
Se calló al ver la expresión de Pablo. Siguió su mirada y vio a Esteban.
Natalia soltó un pequeño jadeo y se llevó la mano a la boca.
Esteban bajó la mirada, avergonzado hasta la médula. Apretó el palo del trapeador como si fuera su tabla de salvación. Esperó el insulto. Esperó que Pablo se burlara, que Natalia le gritara “te lo dije”, que lo señalaran y se rieran. Se lo merecía. Dios sabe que se lo merecía.
Pero no pasó nada de eso.
Pablo, con una dignidad inmensa, simplemente asintió levemente con la cabeza. Un gesto seco, de reconocimiento, pero sin odio. El odio es para los iguales, y Esteban ya no era un igual; era un fantasma.
Pablo puso una mano suave en la espalda de Natalia y la giró sutilmente para que siguiera caminando.
—Vámonos, mi amor. Aquí huele a trapo sucio —dijo Pablo en voz baja, pero lo suficientemente fuerte para que Esteban escuchara.
—Sí, vámonos —respondió Natalia. No miró a Esteban con odio. Lo miró con indiferencia. Y esa indiferencia dolió más que cualquier insulto. Ya no le importaba. Ya no era el monstruo de sus pesadillas. Era solo un extraño triste trapeando un piso.
Siguieron caminando, abrazados, con su hija entre los dos, alejándose hacia la luz de los aparadores.
Esteban se quedó ahí, parado en medio de la gente, con su trapeador y su cubeta. Una niña pasó corriendo y le tiró el refresco en los zapatos.
—¡Ay, fíjese! —gritó la mamá de la niña—. ¡Limpie eso, para eso le pagan!
Esteban agachó la cabeza, las lágrimas mezclándose con el sudor.
—Sí, señora. Enseguida.
Se agachó a limpiar el desastre de otros, entendiendo por fin que su vida sería eso: limpiar los errores que él mismo provocó, mientras la mujer a la que llamó “gris” y “aburrida” vivía una vida a todo color que él nunca pudo apreciar.
Epílogo: Un Año Después
El departamento de la Narvarte estaba de fiesta. Era el primer cumpleaños de Valeria.
Habían movido los muebles de la sala para poner una alberca de pelotas. Había globos amarillos y blancos por todos lados. Elena estaba sirviendo pastel, Doña Tere (la mamá de Pablo) estaba bailando cumbias con la mamá de Natalia.
Pablo estaba en el balcón, encendiendo el asador (porque sí, finalmente compraron un asador pequeño para el balcón). Natalia salió con dos cervezas.
—Toma, parrillero —le dijo, dándole un beso en la mejilla.
Pablo sonrió, volteando la carne.
—Gracias, guapa. Oye, ¿ya viste a Valeria? Ya casi camina sola.
—Es igualita a ti, Jirafa. Tiene tus piernas largas.
Se recargaron en el barandal, mirando hacia la calle, hacia los árboles de jacaranda que estaban floreando, pintando la ciudad de morado.
—¿Te acuerdas? —preguntó Natalia de repente—. ¿Te acuerdas cuando este balcón era mi lugar para llorar?
—Me acuerdo. Pero eso fue en otra vida, Nati.
—Sí. Tienes razón.
Natalia miró hacia adentro del departamento. Vio a su hija riendo, a su familia unida, a su amiga Elena brindando. Vio las paredes que pintaron juntos, los muebles que eligieron entre los dos.
Pensó en Esteban por un microsegundo. Pensó en la “maldición” que él le lanzó: “Te vas a arrepentir. Voy a vender mi mitad para joderte”.
Natalia sonrió al cielo.
—Gracias, Esteban —susurró al viento—. Gracias por ser tan imbécil. Gracias por vender tu mitad. Porque al vender tu mitad, me regalaste mi mitad completa. Me trajiste a Pablo. Fue el mejor negocio que hiciste en tu vida, y el mejor regalo que me pudiste dar.
Pablo la abrazó por la espalda, envolviéndola con sus brazos fuertes.
—¿En qué piensas? —le preguntó él al oído.
—En que la vida es rara, Pablo. A veces te quita cosas que crees que amas, solo para dejarte las manos libres para recibir lo que de verdad mereces.
—Amén a eso, socia. Amén a eso.
—¡Papá! ¡Mamá! ¡Pastel! —gritó Elena desde adentro.
Pablo y Natalia se rieron, chocaron sus cervezas y entraron a su casa. Cerraron el ventanal tras de sí, dejando fuera el ruido de la ciudad, y se dedicaron a lo único que importaba: ser felices.
Y así, en un departamento de la colonia Narvarte, se demostró que a veces, cuando crees que perdiste la mitad de todo, en realidad estás a punto de ganarlo todo.
FIN