UN PERRO ROBÓ SU MALETÍN Y LO GUIÓ A UNA VERDAD QUE LO HIZO LLORAR: EL SECRETO DE LA NIÑA ABANDONADA

CAPÍTULO 1: Un Lunes Cualquiera en la Jungla de Asfalto

La Ciudad de México amaneció ese lunes con su característico manto de smog grisáceo, una boina de contaminación que apenas dejaba filtrar los primeros rayos de sol sobre los imponentes rascacielos de Santa Fe. Para el resto de los “chilangos”, era solo otro inicio de semana caótico: el tráfico en Constituyentes estaba a reventar, el Metro era una lata de sardinas y los cláxons formaban la sinfonía desafinada de siempre. Pero para David, el mundo se veía muy diferente desde el piso veinticinco de la Torre Paradox.

David era el tipo de hombre que parecía haber nacido con traje. A sus treinta y tantos años, había escalado la pirámide corporativa con la agilidad de un jaguar. Su oficina era un santuario al éxito moderno: paredes de cristal de piso a techo que ofrecían una vista panorámica del Valle de México, pisos de mármol italiano que resonaban con el taconeo de sus zapatos Ferragamo, y un silencio hermético, artificial, que costaba miles de dólares mantener.

Esa mañana, David estaba de pie frente al ventanal, observando las hormiguitas metálicas que se arrastraban por la Avenida de los Poetas. En su mano sostenía una taza de porcelana blanca, minimalista, humeante con un café de grano veracruzano, cosecha especial, negro y sin azúcar.

—La ciudad nunca duerme, pero vaya que le cuesta despertar —murmuró para sí mismo, dando un sorbo amargo.

Se giró hacia su escritorio, una inmensa losa de caoba pulida donde descansaba su vida entera: su laptop ultra delgada, su teléfono de última generación y, lo más importante, su maletín de cuero. No era cualquier maletín. Era una pieza de artesanía francesa, de piel de becerro, con un tono cognac que gritaba “dinero” sin necesidad de abrir la boca. Dentro de ese maletín no solo había una MacBook Pro; había contratos, las llaves de sus propiedades, sus tarjetas Platinum y Black, y unos cincuenta mil pesos en efectivo que había sacado para “gastos varios” de la semana.

Presionó el botón del intercomunicador con un dedo bien manicurado.

—Rita, ¿ya tienes los archivos para el “pitch” con los inversionistas regios? Y recuérdame, por favor, a qué hora tengo que estar en el Café Alameda.

La voz de Rita, su asistente, sonó al instante, clara y eficiente, aunque con ese tonito de “ya te lo dije tres veces” que solo las asistentes veteranas dominan.

—Buenos días, Licenciado. Los archivos ya están en su iPad y también le imprimí una copia física, por si acaso la tecnología decide fallar, ya ve cómo es el internet aquí. Y sobre la reunión… hubo un cambio. El Licenciado Emiliano me acaba de marcar. Su vuelo desde Monterrey trae retraso, dice que hay neblina o algo así. La reunión se movió a las tres de la tarde.

David resopló, aflojándose imperceptiblemente el nudo de su corbata de seda Hermès.

—Típico. Bueno, gracias, Rita. Avísame cualquier cambio.

—Sí, señor. Ah, y Licenciado… no se le olvide comer algo. La última vez que se saltó la comida andaba con una jeta que asustaba a los becarios.

David sonrió levemente. Rita era la única que se atrevía a hablarle así.

—Está bien, mamá —respondió con sarcasmo antes de cortar la comunicación.

El cambio de horario le dejaba un hueco extraño en la agenda. Odiaba los tiempos muertos. Para un hombre como David, el tiempo no era oro, era diamantes. Decidió adelantar trabajo, pero la inquietud lo carcomía. A eso de las dos y media de la tarde, el hambre y el encierro del aire acondicionado empezaron a asfixiarlo. Necesitaba aire real, aunque fuera el aire contaminado de la CDMX.

—Voy a caminar —decidió.

Tomó su saco azul marino, se aseguró de que el pañuelo en el bolsillo estuviera geométricamente perfecto, agarró su preciado maletín y salió de la oficina.

El cambio de ambiente fue brutal. Del silencio climatizado del rascacielos pasó al calor seco y al ruido de la calle. Santa Fe a esa hora era un hervidero de ejecutivos buscando dónde comer, mezclados con los puestos ambulantes que, irónicamente, se instalaban frente a los edificios más lujosos. El olor a garnachas, a tacos de canasta y a elote asado se mezclaba con los perfumes caros de Hugo Boss y Chanel.

David caminaba con paso firme, esquivando a un repartidor de Rappi que iba en sentido contrario y a un grupo de oficinistas que se reían a carcajadas. Se sentía poderoso, en control. Iba camino al Café Alameda, un lugar “fifi” a unas cuadras de ahí, perfecto para esperar a su cliente y repasar sus notas.

No tenía idea de que el destino, con su retorcido sentido del humor, lo estaba esperando a media cuadra, sentado sobre cuatro patas y moviendo la cola.

Fue al cruzar una calle lateral, menos transitada, cuando lo vio.

En medio de la banqueta, rompiendo el flujo de los peatones que lo esquivaban con gestos de asco, había un perro. Pero no era un perro callejero común, de esos mestizos color “café con leche” que abundan en la ciudad. No. Debajo de la capa de mugre, lodo seco y lo que parecía ser aceite de coche, se adivinaba un Golden Retriever.

Estaba en los puros huesos. Sus costillas se marcaban como un xilófono bajo la piel opaca. Tenía una oreja medio mordida y el pelo enmarañado en rastas de suciedad. Pero lo que hizo que David se detuviera en seco fueron sus ojos.

Eran ojos color miel, profundos, extrañamente humanos. No tenían esa mirada vacía y temerosa de los perros que han sido golpeados toda su vida. Tenían una intensidad, una urgencia. El perro estaba sentado, estático, como una estatua egipcia, mirándolo fijamente a él. A nadie más. Solo a David.

—¿Qué me ves, güey? —murmuró David, sintiéndose ridículo por hablarle a un perro.

La gente pasaba alrededor. Una señora con bolsas de Liverpool hizo una mueca y jaló a su hijo.
—No toques a ese perro, mi amor, ha de tener roña —dijo la señora con voz chillona.

David sintió una punzada de algo en el pecho. ¿Lástima? ¿Culpa? Él tenía un departamento que costaba millones y ese animal no tenía ni en qué caerse muerto.
—Pobre bicho… la vida en la calle está cabrona —pensó.

Metió la mano en su bolsillo, buscando alguna moneda o pensando en comprarle un tamal al señor de la esquina, pero el perro no quería comida. Cuando David intentó rodearlo para seguir su camino, el animal se levantó. No ladró. No gruñó. Simplemente se interpuso en su camino.

David se movió a la derecha. El perro se movió a la derecha.
David se movió a la izquierda. El perro le bloqueó el paso.

—¡Quítate! —ordenó David, chasqueando los dedos con autoridad, como si estuviera corriendo a un empleado incompetente.

El perro ladeó la cabeza. Y entonces, pasó.

Fue un movimiento tan rápido que David apenas lo registró. El perro se lanzó hacia adelante, no hacia su pierna, sino hacia su mano. David sintió el tirón seco y fuerte.
—¡Hey!

El Golden Retriever tenía las fauces cerradas firmemente alrededor del asa de cuero de su maletín de cincuenta mil pesos.

—¡Suelta eso! ¡Suéltalo! —gritó David, incrédulo.

Comenzó un forcejeo absurdo en plena calle de Santa Fe. Un hombre impecablemente vestido tirando de un lado, y un perro sarnoso tirando del otro.

—¡Ay, no mames! —se rió un albañil que comía una torta en la banqueta de enfrente—. ¡El perro quiere ser licenciado!

David se puso rojo de furia y vergüenza.
—¡Largo! ¡Shoo! —gritó, intentando sacudir el maletín.

Pero el perro tenía la fuerza de la desesperación. Clavó las patas en el cemento, gruñó por lo bajo (un sonido que venía desde las entrañas) y dio un tirón brutal, aprovechando que a David le sudaban las manos por el calor.

El maletín se deslizó de los dedos de David.

En el momento en que sintió el peso desaparecer de su mano, el tiempo se congeló. Vio cómo el perro aseguraba el agarre, daba media vuelta y arrancaba a correr con una velocidad que no debería ser posible para un animal en ese estado de desnutrición.

—¡MI MALETÍN! —rugió David.

El instinto primitivo se apoderó de él. Olvidó la reunión, olvidó su traje italiano, olvidó su dignidad. Arrancó a correr detrás del ladrón peludo.

—¡Deténganlo! ¡Al perro! ¡Ladrón! —gritaba mientras corría.

La escena era surrealista. El perro corría con el maletín colgando, golpeando sus patas delanteras, esquivando gente con la destreza de un jugador de fútbol americano. David iba detrás, con la corbata volando sobre su hombro y los zapatos de suela de cuero resbalando en el pavimento.

El perro cruzó la avenida principal sin mirar, causando un frenazo de chillido de llantas. Un microbús verde tocó su claxon musical de “La Cucaracha”. David se lanzó a la calle, levantando la mano para detener el tráfico.
—¡Pendejo, fíjate! —le gritó un taxista.
—¡Me robaron! —gritó David de vuelta, sin detenerse.

La persecución continuó. El perro no se dirigía a ninguna zona residencial. Se estaba metiendo en las “tripas” de la zona, alejándose de los edificios de cristal y adentrándose en las calles traseras, esas que no salen en las postales de la ciudad. Bajaron por una pendiente pronunciada, llena de baches. El aire aquí olía diferente: a basura quemada, a tierra mojada y a abandono.

David sentía que los pulmones le iban a explotar. El sudor le empapaba la camisa blanca. “Maldito perro, cuando te agarre te voy a…”, pensaba, pero no podía dejar de correr. Sus tarjetas, su identificación, las llaves de su casa… su vida estaba en esa bolsa.

El perro giró bruscamente hacia un terreno baldío cercado por una malla ciclónica rota. Un letrero oxidado decía “PROPIEDAD PRIVADA – SE VIGILA”. Era una obra negra, uno de esos edificios que se quedaron a medias cuando se acabó el presupuesto o llegaron los sindicatos. Varillas oxidadas apuntaban al cielo como dedos acusadores, y los muros de concreto gris estaban llenos de grafitis.

David se detuvo en la entrada del agujero en la malla, jadeando, con las manos en las rodillas. El corazón le golpeaba las costillas como un tambor. Miró sus zapatos Ferragamo: estaban cubiertos de una capa gris de polvo de cemento y lodo. Su traje estaba arrugado.

—Ahí… ahí te metiste, desgraciado —jadeó.

El silencio del lugar era sepulcral, un contraste aterrador con el ruido de la avenida que habían dejado atrás. Solo se escuchaba el viento silbando entre las estructuras huecas.

David se irguió, se secó el sudor de la frente con la manga (un gesto que jamás haría en público) y entró a la boca del lobo.

—¡Sal! ¡Dame mi maletín y no te hago nada! —gritó, su voz resonando con eco en la estructura vacía.

Nadie respondió. Caminó con cautela, esquivando pedazos de tabique y vidrios rotos. La luz del sol entraba en haces diagonales a través de los huecos donde deberían ir las ventanas, iluminando partículas de polvo que bailaban en el aire.

Caminó hacia el fondo, donde la oscuridad era más densa. Escuchó un gemido. No era un gruñido de amenaza. Era un gemido agudo, triste.

David dobló la esquina de una columna de concreto y se detuvo en seco. La escena que tenía frente a él le heló la sangre en las venas y borró de golpe su enojo por el maletín.

El perro estaba ahí. Había soltado el maletín, que yacía intacto en el suelo sucio. Pero el animal no le prestaba atención a David ni al objeto robado. El perro estaba echado, empujando suavemente con su nariz algo que estaba en el suelo, sobre un montón de trapos viejos y cartones.

David entrecerró los ojos para adaptarse a la penumbra. Dio un paso adelante y el horror lo golpeó como un puñetazo en el estómago.

No era algo. Era alguien.

Era una niña.

Tendría unos seis o siete años, pero se veía tan pequeña que podría pasar por una de cuatro. Su piel morena estaba pálida, cerosa. Tenía los labios secos y agrietados. Su cabello, que debía ser oscuro y brillante, era una maraña opaca llena de polvo de construcción. Llevaba una camiseta rosa que le quedaba enorme y estaba rota del hombro, y unos leggings que ya no tenían color. Estaba descalza. Sus pies pequeños estaban sucios y lastimados.

Estaba inmóvil. Completamente inmóvil.

—No puede ser… —susurró David.

El perro levantó la vista hacia David. Ya no había desafío en sus ojos. Solo una súplica infinita, desgarradora. Ladró una vez, un ladrido corto y seco, y luego volvió a lamer la mano inerte de la niña, como diciéndole: “Ya traje ayuda. Despierta”.

David sintió que las piernas le fallaban. Todo su mundo de juntas, acciones, café expreso y trajes de marca se desmoronó en un segundo frente a la cruda realidad de esa niña olvidada en una obra negra.

Se arrodilló sin importarle el polvo en sus pantalones. Estiró la mano, temblando, hacia el cuello de la pequeña.

—Por favor… por favor que esté viva —rogó al cielo, a Dios, o a quien fuera que estuviera escuchando en ese lugar olvidado de la mano de Dios.

CAPÍTULO 2: Código Azul en la Zona de Guerra

David contuvo la respiración. Sus dedos, acostumbrados a sentir la textura del papel moneda y las teclas frías de su laptop, ahora se posaban con un miedo reverencial sobre el cuello sucio y delgado de la niña. La piel se sentía fría, terriblemente fría, como si el calor de la vida se estuviera escapando por las grietas del piso de cemento.

Cerró los ojos, concentrando todos sus sentidos en las yemas de sus dedos índice y medio.

Uno… dos… tres segundos de silencio aterrador.

Y entonces, ahí estaba. Un pulso.

Era débil, errático, como el aleteo de una mariposa atrapada en un frasco, pero estaba ahí.

—Está viva… —exhaló David, y el aire salió de sus pulmones como si le hubieran quitado una losa de encima—. ¡Está viva, carajo!

El perro, que no había dejado de observarlo ni un segundo, emitió un gemido bajo y lamió la mejilla de la niña, dejando un rastro limpio en su piel polvorienta. Era un gesto tan tierno que a David se le hizo un nudo en la garganta. Ese animal no era un ladrón; era un guardián. Había salido a cazar ayuda porque sabía que su humana se estaba apagando.

David reaccionó. El “Chip” de CEO, ese que usaba para resolver crisis financieras y colapsos de mercado, se activó, pero esta vez la urgencia era visceral. Sacó su teléfono con manos temblorosas. Tenía tres llamadas perdidas de Rita y dos mensajes de WhatsApp preguntando por su ubicación.

Ignoró todo y marcó el número de su chofer personal, Roberto.

—¡Contesta, contesta, maldita sea! —gritó al teléfono mientras la señal fluctuaba entre las paredes de concreto.

—¿Bueno? ¿Jefe? —la voz de Roberto sonaba tranquila, con música de banda de fondo.

—¡Roberto! Escúchame bien —la voz de David retumbó en la obra negra—. Necesito que vengas a mi ubicación actual. Ahora mismo. ¡Ya!

—Jefe, estoy estacionado frente al Café Alameda, pensé que usted iba a…

—¡Me vale madres el Café Alameda! —rugió David, asustando incluso al perro, que echó las orejas hacia atrás—. Te acabo de mandar mi ubicación en tiempo real por WhatsApp. Es una obra abandonada a unas cinco cuadras de la avenida principal, bajando por la calle de terracería. ¡Métete con la camioneta hasta donde puedas! ¡Es una emergencia médica! ¡Vuela, Roberto, vuela!

Colgó sin esperar respuesta. Miró a la niña. No podía esperar sentado. Se quitó su saco de setenta mil pesos, ese saco de lana italiana que cuidaba como oro, y sin pensarlo dos veces, lo usó para cubrir el cuerpo frágil de la pequeña.

—Aguanta, mi hija, aguanta… —susurró, alisándole el pelo enmarañado de la frente.

El perro se acercó y apoyó la cabeza sobre la pierna de David. Por primera vez, David lo tocó. Acarició la cabeza del Golden Retriever, sintiendo los huesos del cráneo bajo el pelaje sucio.

—Buen chico… lo hiciste bien, cabrón. Muy bien.

Los minutos siguientes fueron una tortura china. Cada segundo parecía una hora. David revisaba el pulso de la niña cada treinta segundos, aterrorizado de que se detuviera. Miraba a su alrededor: jeringas usadas en una esquina, botellas rotas de cerveza, condones usados. La ira le hervía en la sangre. ¿Cómo era posible? ¿Cómo era posible que en la misma ciudad donde él cenaba en restaurantes de tres mil pesos el cubierto, hubiera una niña muriéndose de hambre en un hoyo infecto?

El sonido de un motor rugiendo rompió el silencio. Neumáticos derrapando sobre grava.

David se levantó de un salto.

—¡AQUÍ! ¡ESTOY AQUÍ ADENTRO! —gritó con todas sus fuerzas.

Roberto, un hombre robusto, ex-policía bancario, entró corriendo a la estructura. Llevaba la mano cerca de la cintura, como si fuera a sacar un arma, esperando un asalto o un secuestro. Pero cuando vio la escena, se frenó en seco. Su jefe, el impecable Licenciado David, estaba arrodillado en la tierra, despeinado, sudado, junto a un perro callejero y un bulto cubierto con un saco de lujo.over

—Santo Dios… jefe, ¿qué pasó? —Roberto bajó la guardia, los ojos abiertos como platos.

—No preguntes, Roberto. Ayúdame. Tenemos que llevarla al hospital ABC de Santa Fe. Ahora.

David se agachó para cargar a la niña. Al levantarla, sintió una punzada de horror. No pesaba nada. Era como levantar un puñado de ramas secas envueltas en tela. La cabeza de la niña cayó hacia atrás, inerte.

—Con cuidado, jefe, con cuidado… —dijo Roberto, acercándose para ayudar.

El perro se puso en pie de un salto y soltó un ladrido corto, poniéndose entre Roberto y la niña.

—Tranquilo, Jack… —dijo David, bautizándolo en ese instante sin saber por qué—. Son amigos.

El perro pareció entender el tono de David y se apartó, pero se pegó a sus talones mientras caminaban hacia la salida.

Al llegar a la camioneta Suburban blindada, Roberto abrió la puerta trasera. El aire acondicionado del vehículo golpeó el rostro de David, un recordatorio de su mundo privilegiado. Acostó a la niña en el asiento de piel negro, acomodando su cabeza con suavidad.

Roberto corrió al asiento del conductor. David estaba a punto de subir cuando se dio cuenta de que el perro se había quedado parado afuera, junto a la llanta, mirándolos con esos ojos de miel tristes. No intentaba subir. Sabía, con esa sabiduría de los callejeros, que él no pertenecía a ese mundo de cuero y aire acondicionado. Bajó la cabeza, resignado, listo para ver partir a su humana.

David sintió que se le partía el alma.

—¡Sube! —gritó David, golpeando el asiento junto a la niña.

El perro levantó las orejas, incrédulo.

—¡Que subas, carajo! ¡No te voy a dejar aquí! —insistió David.

El animal no necesitó que se lo dijeran tres veces. De un salto ágil, a pesar de su debilidad, aterrizó dentro de la camioneta y se acurrucó inmediatamente a los pies de la niña, poniendo su hocico sobre el tobillo de ella.

David cerró la puerta y gritó hacia el frente.

—¡Dale, Roberto! ¡Usa el claxon, súbete a la banqueta si es necesario, pero llévanos al hospital!

La camioneta arrancó, levantando una nube de polvo. Roberto manejaba como poseído, esquivando baches y metiéndose en sentido contrario por una calle para salir a la avenida.

—Jefe… va a ensuciar toda la tapicería —dijo Roberto, mirando por el retrovisor al perro sucio.

—¡Que se joda la tapicería, Roberto! —explotó David—. ¡Cómprate otra camioneta mañana si quieres, pero conduce!

El trayecto fue una mezcla de oraciones silenciosas y maldiciones al tráfico. La niña seguía sin moverse. David le sostenía la mano, una manita pequeña, áspera, con las uñas rotas y sucias de tierra negra.

—No te mueras… no te mueras… —repetía David como un mantra.

Llegaron a la rampa de Urgencias del hospital ABC. Antes de que la camioneta se detuviera por completo, David ya había abierto la puerta.

Salió con la niña en brazos, gritando.

—¡AYUDA! ¡NECESITO UN MÉDICO! ¡ES UNA EMERGENCIA!

La gente en la sala de espera se quedó helada. Ver a un ejecutivo con un traje de diseñador manchado de lodo, cargando a una niña indigente, era una escena que no se veía todos los días en ese hospital exclusivo.

Dos enfermeros y un médico de guardia corrieron hacia él con una camilla.

—¿Qué pasó? ¿Traumatismo? ¿Caída? —preguntó el médico, revisando rápidamente las pupilas de la niña mientras la ponían en la camilla.

—La encontré inconsciente. Desnutrición severa, creo. No reacciona —respondió David, con la voz quebrada por la adrenalina.

Comenzaron a empujar la camilla hacia las puertas dobles de la zona restringida. David corrió tras ellos. Y junto a él, trotando con un esfuerzo visible, iba el perro.

Justo en la puerta automática, una enfermera corpulenta se interpuso, bloqueando el paso del animal.

—¡Alto ahí! Señor, no puede pasar el perro. Esto es un hospital, es zona estéril. ¡Saque a ese animal de aquí!

El perro gruñó, un sonido gutural y peligroso. No iba a dejar que se llevaran a la niña. Se plantó en cuatro patas, mostrando los dientes amarillentos.

—¡Seguridad! —gritó la enfermera.

David se detuvo, con el rostro rojo de ira. Se interpuso entre el guardia de seguridad que se acercaba y el perro.

—¡Nadie toca al perro! —bramó David con su voz de mando, esa que usaba para despedir a gerentes incompetentes, pero amplificada por la desesperación—. ¡Ese perro es su guardián! ¡Si él no entra, me la llevo a otro lado y juro por Dios que compro este maldito hospital solo para despedirlos a todos ustedes! ¿Saben quién soy?

El silencio en la sala de espera fue total. El guardia de seguridad se detuvo, dudoso. El médico, que ya estaba canalizando a la niña, miró la escena y luego a David. Vio la desesperación genuina, no la prepotencia de un rico, sino el terror de un hombre que intenta salvar una vida.

—Déjenlo pasar —ordenó el médico—. Pero que se quede en el rincón, lejos del equipo estéril. Si ladra o muerde, lo sacan.

—No muerde —aseguró David, respirando agitado—. Solo la está cuidando.

Entraron. Llevaron a la niña a un cubículo de trauma. El perro, fiel a su palabra implícita, se metió debajo de la camilla y se echó ahí, invisible, pegado al suelo, vigilando los zapatos de los doctores que se movían alrededor de su dueña.

David se quedó de pie en una esquina, sintiéndose inútil por primera vez en su vida. Veía cómo le cortaban la ropa sucia con tijeras, cómo le ponían electrodos en el pecho, cómo buscaban una vena en sus bracitos delgados que parecían no tener sangre.

—Está muy deshidratada, las venas están colapsadas —dijo una enfermera—. Vamos a tener que poner una vía central si no logramos canalizarla en dos minutos.

—Ritmo cardiaco bajo… presión 60 sobre 40. Está en shock hipovolémico y metabólico —dictaba el médico—. Pasen solución salina, rápido. Y glucosa. Necesitamos laboratorios completos ya.

David se recargó en la pared fría de azulejos blancos y se deslizó hasta quedar sentado en el suelo. Se cubrió la cara con las manos. Sus manos olían a tierra y a perro mojado.

Pasó una hora. O tal vez fueron cinco minutos. El tiempo en los hospitales no se mide en relojes, se mide en latidos.

Finalmente, el médico se acercó a él, quitándose los guantes de látex con un chasquido.

—Señor… —dijo el médico, mirando a David con curiosidad.

—David. Me llamo David.

—Señor David. La niña está estable, por ahora. Logramos hidratarla y subir sus niveles de glucosa. Pero su estado es crítico. Tiene una desnutrición crónica severa, anemia avanzada y múltiples infecciones cutáneas. Además de signos de maltrato antiguo… cicatrices, huesos que soldaron mal.

David apretó los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos.

—¿Se va a salvar?

—Es fuerte. Si no hubiera llegado hoy… probablemente mañana habría amanecido muerta por fallo orgánico. Usted le salvó la vida. Bueno, usted y el perro.

David miró debajo de la camilla. Dos ojos color miel brillaban en la oscuridad. El perro no se había movido.

—¿Puedo quedarme?

—Solo un rato. Luego la pasaremos a terapia intensiva pediátrica. Ahí las reglas son más estrictas con… las mascotas. Pero haré una excepción por esta noche si promete que el perro no hará ruido.

—Lo prometo.

David se quedó solo con ellos. El sonido rítmico del monitor cardiaco era la única música. Beep… beep… beep…

Sacó su celular. Tenía el 5% de batería. Necesitaba hablar con alguien. Necesitaba anclarse a la realidad porque sentía que estaba flotando en una pesadilla.

Marcó el número de casa.

—¿Bueno? —la voz al otro lado sonó con ese tono cálido y rasposo de quien ha vivido mucho y gritado mucho.

—Mamá… —la voz de David se quebró. Se le rompió como un cristal.

—¡David! Mijo, ¿qué pasó? ¿Por qué lloras? —Doña Carmen, desde su casa en Michoacán, detectó el dolor de su hijo a través de la línea telefónica en un milisegundo—. ¿Te asaltaron? ¿Chocaste?

—No, mamá… bueno, sí. Me asaltaron. Pero no como piensas.

David, sentado en el suelo de un hospital de lujo, con las lágrimas marcando surcos en el polvo de su cara, le contó todo. Le contó del perro sentado en la banqueta, del robo del maletín, de la persecución por el barrio bravo, de la obra negra y de la niña que parecía un ángel roto tirado en la basura.

—Mamá, es tan chiquita… pesa menos que el maletín. Y el perro… el perro me buscó. Me escogió a mí entre toda la gente de Santa Fe.

Hubo un silencio largo en la línea. David podía escuchar la respiración de su madre y el sonido lejano de una telenovela en la televisión.

—Ay, hijo mío… —susurró Doña Carmen finalmente, con la voz llena de emoción—. Los caminos de Dios son misteriosos, David. Nada es casualidad.

—¿Tú crees?

—Estoy segura. ¿Te acuerdas, David? ¿Te acuerdas de cuando vivíamos en el cuarto de azotea en la Colonia Doctores? ¿Cuando tu papá se fue por cigarros y nunca volvió?

—Sí, mamá. Me acuerdo.

—Acuérdate de cuando nos quedamos sin dinero para la renta. Acuérdate de ese señor, el Don Gustavo, que llegaba a mi puesto de elotes y esquites. Él no tenía por qué ayudarnos. Era un hombre rico, como tú ahora. Y sin embargo, nos pagó tu inscripción a la secundaria, nos traía despensa… nos salvó, David. Si no fuera por él, tú no serías el licenciado que eres hoy. Tal vez estarías manejando un taxi o peor.

David asintió, aunque ella no podía verlo. Las lágrimas caían libremente ahora.

—Siempre me dijiste que algún día tendría que pagar esa deuda —dijo David.

—Así es. La vida es una rueda, mijo. “Hoy por ti, mañana por mí”. A veces la vida te da mucho, no para que lo guardes en el banco, sino para que lo repartas cuando te toca ser el ángel. Ese perro no te robó un maletín, te robó el corazón para que cumplieras tu destino. Esa niña es tu deuda pagada.

Las palabras de su madre se clavaron en su pecho como una verdad absoluta.

—No la voy a dejar, mamá. No sé quién es, no sé de dónde viene, pero no la voy a dejar sola. Ni a ella ni al perro.

—Más te vale, cabezón. Y más te vale que le des de comer bien a ese perro. Si ese animal tuvo la inteligencia de buscar ayuda, merece comer filete el resto de su vida. Avísame cómo sigue. Voy a prenderle una veladora a la Virgen de Guadalupe ahorita mismo.

—Gracias, jefa. Te quiero.

—Y yo a ti, mijo. Pórtate bien.

David colgó. Se sentía agotado, vacío, pero extrañamente lleno de un propósito que no había sentido ni cerrando el negocio más grande de su carrera.

Se levantó y se acercó a la camilla. La niña dormía, sedada, con una vía intravenosa en el brazo y una mascarilla de oxígeno pequeña sobre su nariz y boca. Ahora que le habían limpiado la cara, David podía ver sus facciones. Tenía pestañas largas y negras, y una boquita fina. Se veía pacífica, ajena al dolor que seguramente había sufrido.

David acercó una silla de plástico y se sentó.

—No sé cómo te llamas, pequeña —susurró David en la penumbra de la habitación—. Pero te juro por lo más sagrado que nadie te va a volver a hacer daño.

Abajo, el perro asomó el hocico y lamió los zapatos Ferragamo de David, que ahora estaban arruinados para siempre. Pero a David ya no le importaban los zapatos. Se quitó el corbata, la hizo bola y la metió en su bolsillo.

Esa noche, el hombre más rico del piso 25 no durmió en su cama king-size con sábanas de hilo egipcio. Durmió en una silla incómoda de hospital, con el cuello torcido, velando el sueño de una niña desconocida y un perro callejero que olía a basura.

Y por primera vez en años, durmió con el corazón en paz.

A la mañana siguiente, la luz del sol entró por la ventana del hospital, despertando a David. Tenía el cuerpo entumido y dolor de cabeza por la falta de cafeína. Se frotó los ojos y miró a la cama.

La niña seguía dormida. Pero el perro estaba despierto, sentado sobre sus patas traseras, mirándolo fijamente, como pasando lista.

David se levantó, se estiró y salió al pasillo a buscar café de máquina. Sabía horrible, era agua con colorante marrón y demasiada azúcar, pero lo bebió como si fuera néctar.

Cuando regresó a la habitación, el médico estaba revisando los signos vitales.

—Buenos días. Ha pasado buena noche. Sus niveles están mejorando. Es probable que despierte hoy.

David sintió un vuelco en el estómago. ¿Qué le iba a decir? ¿Cómo le explicaba a una niña que un extraño la tenía en un hospital?

—Gracias, doctor.

David fue a su oficina un par de horas más tarde, solo para bañarse en el gimnasio ejecutivo del edificio, cambiarse de ropa y firmar unos papeles urgentes. Su equipo lo miraba raro. Tenía ojeras, estaba distraído y, por primera vez, no gritó porque el café no estaba a la temperatura exacta.

A las 2:00 p.m., su celular sonó. Era un número desconocido, pero con la extensión del hospital.

—¿Sí?

—Señor David. Soy la enfermera de turno. La niña… ha despertado.

David sintió que el corazón se le salía del pecho.

—Voy para allá.

Salió corriendo, dejando a un cliente con la palabra en la boca en plena sala de juntas.

—¡Se pospone! —gritó mientras corría hacia el elevador.

Conducía hacia el hospital con una mezcla de emoción y terror. ¿Y si preguntaba por sus papás? ¿Y si tenía miedo de él?

Llegó a la habitación jadeando. Abrió la puerta con cuidado.

La escena que vio lo desarmó.

La niña estaba sentada en la cama, apoyada en varias almohadas. Se veía minúscula en esa cama de hospital. Tenía una venda en el brazo donde estaba el suero. Pero lo más sorprendente era que estaba sonriendo.

No una sonrisa grande, sino una mueca tímida, divertida. Tenía el control remoto de la televisión en la mano sana y estaba intentando cambiarle de canal, pero en realidad, estaba usándolo para picarle la nariz húmeda a Jack.

El perro, con una paciencia infinita, dejaba que ella lo molestara, moviendo la cola de un lado a otro como un limpiaparabrisas a máxima velocidad.

Jack vio a David entrar y soltó un pequeño “wuff”, alertando a la niña.

Ella giró la cabeza rápidamente. Sus ojos grandes y oscuros se clavaron en David. La sonrisa desapareció al instante, reemplazada por una máscara de desconfianza callejera, esa mirada de quien ha aprendido a golpes que los adultos no son de fiar.

David se quedó parado en la puerta, sintiéndose gigante y torpe.

—Hola… —dijo David suavemente.

La niña lo escaneó de arriba a abajo.

—¿Quién eres tú? —preguntó. Su voz era rasposa, como si tuviera polvo en la garganta—. ¿Eres de la policía? ¿O eres un roba-chicos?

David levantó las manos, mostrando las palmas abiertas.

—No, no soy policía. Y definitivamente no soy un roba-chicos. Me llamo David.

Dio un paso lento hacia la cama. Jack no gruñó, lo cual fue un buen aval.

—Yo te encontré… bueno, en realidad, él me encontró a mí —señaló al perro—. Tu perro me robó mi maletín en la calle. Me hizo perseguirlo hasta donde estabas dormida.

La niña parpadeó, procesando la información. Miró a Jack, luego a David.

—¿Jack te robó? —preguntó, y una sombra de travesura cruzó su cara.

—Sí. Y corre muy rápido.

—Es mágico —dijo ella con seriedad—. Y no le caes mal. Si fueras malo, ya te hubiera mordido las pompas.

David soltó una risa nerviosa.

—Me alegra saber que mis pompas están a salvo.

Se sentó en la orilla de la silla, manteniendo una distancia respetuosa.

—¿Cómo te llamas?

La niña dudó un segundo, apretando el control remoto contra su pecho.

—Naomi.

—Mucho gusto, Naomi. Tienes un nombre muy bonito.

—Gracias. ¿Y tú eres rico?

La pregunta fue tan directa que David parpadeó.

—Eh… bueno, trabajo mucho. ¿Por qué preguntas?

—Porque hueles a jabón caro. Y tus zapatos brillan, aunque están sucios de la punta.

David miró sus zapatos nuevos. La niña era observadora. Una superviviente.

—Naomi… —David se puso serio, inclinándose un poco hacia adelante—. Necesito preguntarte algo importante. ¿Tienes a alguien a quien podamos llamar? ¿Tu mamá? ¿Tu papá? ¿Alguna tía?

La atmósfera en el cuarto cambió instantáneamente. La luz en los ojos de Naomi se apagó. Bajó la mirada hacia sus manos, jugando con el borde de la sábana blanca.

—No —susurró.

—¿Nadie? ¿Segura? Podemos buscar a…

—¡Nadie! —dijo ella un poco más fuerte, con la voz temblorosa—. Se fueron. Todos se fueron al cielo. Y los que se quedaron… los que se quedaron no me quieren.

—¿Quiénes son los que se quedaron?

—Mi tío… pero él dijo que yo era un estorbo. Que comía mucho. Me sacó. Dijo que si regresaba le iba a hablar a la perrera para que se llevaran a Jack.

David sintió una furia fría recorrerle la espalda. Tío. Estorbo. Palabras que ningún niño debería escuchar.

—Ya veo… —dijo David, tratando de mantener la voz calmada para no asustarla—. Bueno, Naomi, te tengo una noticia.

—¿Me vas a llevar a un orfanato? —sus ojos se llenaron de lágrimas de pánico—. ¡No quiero ir! ¡Ahí no dejan entrar a Jack! ¡No me separe de Jack, por favor señor David!

Naomi se abrazó al cuello del perro, sollozando. Jack gimió y lamió sus lágrimas.

—¡No, no, no! —David se apresuró a decir—. Nada de orfanatos. Escúchame.

Naomi levantó la vista, con los mocos escurriendo.

—¿Entonces?

—Tengo una casa muy grande. Vivo solo. Bueno, a veces viene mi mamá a regañarme, pero casi siempre estoy solo. Y tengo un jardín… un jardín muy grande con pasto verde donde Jack podría correr todo el día.

Naomi dejó de llorar poco a poco.

—¿Y qué?

—Me preguntaba… si tú y Jack quisieran venir a quedarse conmigo. Solo un tiempo. Hasta que te pongas fuerte y gorda.

Naomi lo miró con escepticismo, arrugando la nariz.

—¿Eres un viejo rabo verde? Mi mamá me dijo que me cuidara de esos.

David casi se ahoga con su propia saliva.

—¡No! ¡Dios mío, no! —David se rió, pero estaba horrorizado—. Soy un hombre de negocios aburrido. Solo… solo quiero ayudar. Jack me pidió ayuda, y yo no rompo promesas con perros.

Naomi miró a Jack. Parecía tener una conversación telepática con el animal. Jack ladró suavemente y movió la cola.

—Jack dice que está bien —sentenció Naomi—. Pero tengo condiciones.

—¿Ah, sí? —David sonrió—. ¿Qué condiciones, señorita negociadora?

—Uno: Jack duerme conmigo en la cama. Nada de piso.

—Hecho.

—Dos: No me gusta la sopa de verduras.

—Podemos negociar eso, pero hecho por ahora.

—Tres… —Naomi lo miró muy seria—. ¿Tienes tele grande?

—La más grande que hayas visto. Casi del tamaño de esa pared.

—¿Y tienes Netflix? Quiero ver Paw Patrol.

—Tengo Netflix, Disney, Amazon y lo que quieras.

Naomi asintió solemnemente, como si acabaran de cerrar un trato millonario.

—Está bien, señor David. Nos vamos a tu casa. Pero si nos tratas mal, Jack te muerde y yo te acuso con la policía.

—Trato hecho.

David le tendió la mano. Naomi la estrechó con su manita pequeña y frágil.

En ese momento, David supo que su vida de soltero codiciado, de fiestas exclusivas y silencio perfecto, acababa de terminar para siempre. Y por alguna extraña razón, eso lo hacía inmensamente feliz.

Pero lo que David no sabía, mientras cerraba ese pacto con una niña y un perro, era que el pasado de Naomi no estaba tan muerto como ella creía. Y que al llevarla a su casa, estaba invitando a un enemigo silencioso que ya estaba afilando los cuchillos: la envidia de Natasha, y la sombra de un tío avaricioso que pronto se daría cuenta de que “el estorbo” podía valer mucho dinero.

El destino había lanzado los dados. Y el juego apenas comenzaba.

CAPÍTULO 3: Princesa por Sorpresa en Las Lomas

El trayecto desde el hospital hasta la casa de David fue silencioso, pero no era un silencio incómodo. Era el silencio de la incredulidad. Naomi iba sentada en el asiento trasero de la Suburban blindada, con los ojos pegados a la ventana polarizada, viendo pasar la Ciudad de México como si fuera una película de ciencia ficción.

Para una niña que había vivido los últimos meses durmiendo entre cartones y cuidándose de los borrachos en las banquetas, ver la ciudad desde la altura y seguridad de una camioneta de lujo era como viajar en una nave espacial.

Jack, por su parte, iba sentado con la dignidad de un duque inglés. A pesar de estar flaco y sucio, mantenía la cabeza en alto, olfateando el aire acondicionado con aroma a “coche nuevo” y recargando de vez en cuando su hocico en el hombro de Naomi para asegurarse de que seguía ahí.

—¿Señor David? —preguntó Naomi, rompiendo el silencio cuando cruzaron hacia la zona de Reforma.

—Dime David, nada más. O tío David, si quieres —respondió él desde el asiento del copiloto, volteándose para verla.

—Tío David… ¿tú eres narco?

El chofer, Roberto, soltó una carcajada que intentó disimular con una tos repentina. David abrió los ojos como platos.

—¡¿Qué?! ¡No! ¿Por qué piensas eso?

Naomi se encogió de hombros con naturalidad, como si estuviera hablando del clima.

—Pues es que tienes una camioneta muy grandota, vistes de traje, tienes chofer con cara de guarura y… pues nadie tiene tanto dinero si no vende cosas raras. Mi amigo “El Tuercas”, el que vive por el Metro, dice que solo los narcos y los políticos tienen camionetas así. Y tú no tienes cara de político porque no estás gordo ni feo.

David sonrió, negando con la cabeza.

—Gracias por lo de no estar gordo ni feo. Pero no, Naomi. Soy empresario. Tengo compañías de… bueno, hago negocios. Construimos edificios, vendemos tecnología. Todo legal, te lo prometo.

—Mmm… —Naomi lo miró con sospecha, pero aceptó la respuesta—. Bueno, mientras no me pongas a vender chicles, todo bien.

La camioneta comenzó a subir hacia Lomas de Chapultepec. Las calles cambiaron. El asfalto roto y lleno de baches desapareció, reemplazado por calles anchas, arboladas con jacarandas y ficus gigantescos. Las casas ya no eran casas; eran fortalezas. Muros de tres metros de altura, cámaras de seguridad en cada esquina, casetas de vigilancia privada y portones eléctricos que parecían entradas a bóvedas bancarias.

—¿Aquí vives? —preguntó Naomi, pegando la nariz al vidrio—. Parece ciudad de ricos de las telenovelas.

—Aquí vivimos —corrigió David—. Roberto, avisa a Ada que vamos llegando. Que prepare algo ligero para comer. Y que no se espante.

Roberto asintió y habló por su radio.

La camioneta se detuvo frente a un portón negro, inmenso y brillante. Se abrió lentamente, revelando una entrada de adoquines y una residencia de arquitectura moderna, minimalista, con mucha piedra volcánica y ventanales enormes. Había una fuente en la entrada que no escupía agua, sino que dejaba caer una lámina perfecta de líquido sobre una pared de mármol negro.

Naomi bajó de la camioneta con timidez. Jack bajó de un salto y, lo primero que hizo, fue levantar la pata y orinar en un arbusto perfectamente podado con forma de esfera.

—¡Jack! —gritó Naomi, horrorizada.

David se rió.

—Déjalo. Ese arbusto costó cinco mil pesos, pero creo que ahora es propiedad de Jack.

La puerta principal, una inmensa hoja de madera de Tzalam, se abrió. En el umbral apareció un comité de bienvenida que parecía sacado de una serie británica, pero versión mexicana.

Al frente estaba Ada, el ama de llaves. Una mujer de unos cincuenta años, oaxaqueña, de baja estatura pero con una autoridad que se sentía a kilómetros. Llevaba su uniforme impecable, el cabello recogido en un chongo apretado sin un solo pelo fuera de lugar, y una mirada que podía escanear el polvo a nivel microscópico.

Detrás de ella estaba Mari, una chica más joven, encargada de la limpieza general, y Chente, el jardinero que pasaba por ahí.

—Bienvenido a casa, señor David —dijo Ada con formalidad, pero se detuvo en seco cuando vio lo que el señor David traía consigo.

Sus ojos, acostumbrados a ver trajes de diseñador y maletas Louis Vuitton, se abrieron desmesuradamente al ver a la niña con ropa de hospital (que David había conseguido antes de salir), el pelo enmarañado y las chanclas de plástico. Y luego, sus ojos bajaron al perro.

Jack, sintiéndose observado, se sacudió. Una nube de polvo, pelos muertos y olor a calle se desprendió de él, flotando en el aire inmaculado de la entrada.

—¡Ay, Dios santísimo! —exclamó Ada, llevándose una mano al pecho—. Señor… ¿qué es esto? ¿Lo atropelló?

—Ada, equipo… —David carraspeó, poniéndose en modo “junta directiva”—. Les presento a Naomi. Y a Jack.

—Hola —dijo Naomi, saludando con la mano tímidamente.

—Guau —dijo Jack.

—Naomi se va a quedar con nosotros indefinidamente —anunció David con firmeza—. Ella es mi invitada de honor. Y Jack… bueno, Jack es su escolta personal.

Ada parpadeó varias veces, procesando la información. Miró al perro, luego al piso de mármol blanco de la entrada, luego al perro otra vez.

—Señor… con todo respeto —dijo Ada con voz temblorosa—, ese animal tiene más fauna nociva encima que el zoológico de Chapultepec. Y la niña… la niña necesita un baño urgente.

—Exacto —dijo David—. Por eso necesito de su ayuda. Ada, por favor, prepara la habitación de huéspedes, la que está junto a la mía. Mari, necesito que vayas a comprar ropa. Ya te mandé una lista y tallas aproximadas a tu celular. Compra de todo: pijamas, ropa casual, tenis, calcetines. Y croquetas. Las más caras que encuentres.

—¿Y el perro? —preguntó Chente, el jardinero, mirando a Jack con simpatía—. ¿Lo baño yo con la manguera en el patio, patrón?

Naomi se adelantó, protegiendo a Jack.

—¡No! ¡Con manguera fría no! Le da reuma —inventó Naomi rápidamente.

David sonrió.

—Nada de mangueras. Jack se baña en la tina de mi baño principal. Con agua tibia.

El silencio fue sepulcral. Ada parecía a punto de sufrir un infarto. ¿El baño principal? ¿Ese baño con jacuzzi italiano donde el señor David se relajaba con sales del Mar Muerto?

—¿En… su tina, señor? —preguntó Ada, solo para confirmar que no había escuchado mal.

—En mi tina. Y usen mi shampoo, ese de sándalo que me gusta. Quiero que huelan a limpio. ¡Ándele, muévanse! ¡Operación Limpieza inicia ya!

El caos organizado comenzó.

David llevó a Naomi escaleras arriba. La niña subía los escalones de mármol flotante con miedo, como si pensara que se iban a romper bajo sus pies. Miraba los cuadros en las paredes, las lámparas que colgaban del techo doble altura.

—¿Vives aquí solo? —preguntó, su voz haciendo eco.

—Sí. Bueno, con Ada y el personal durante el día. Pero en las noches, solo.

—Debe dar mucho miedo —concluyó ella—. Tantos cuartos vacíos… seguro hay fantasmas ricos aquí.

—Espero que no —rió David—. Y si los hay, Jack los espanta.

Llegaron a la habitación de huéspedes. Era más grande que la casa entera donde Naomi vivía antes de que sus papás murieran. Tenía una cama King Size con sábanas blancas, una televisión enorme y un balcón con vista al jardín.

Naomi corrió y se lanzó a la cama. Rebotó dos veces.

—¡Es como una nube! —gritó riendo.

Jack intentó subir, pero David lo detuvo suavemente.

—Alto ahí, vaquero. Primero el baño. Hueles a alcantarilla.

El proceso del baño fue una odisea. Ada, con un delantal de plástico sobre su uniforme y guantes de hule amarillos, se encargó de la operación. David se quedó afuera, sentado en la cama, escuchando los gritos y risas.

—¡Niña, quédate quieta! ¡Tengo que tallarte las rodillas! —gritaba Ada.

—¡Ay, me hace cosquillas! —reía Naomi.

—¡El perro se está sacudiendo! ¡Cuidado! ¡Ay, no! ¡Ya me mojó toda! —se quejaba Ada.

—¡Jack, no te tomes el agua del jabón! —gritaba Naomi.

David escuchaba todo con una sonrisa boba en la cara. Hacía años, tal vez décadas, que no se escuchaba tanto ruido y vida en esa casa. Usualmente, el único sonido era el de las noticias financieras en la televisión o sus llamadas de conferencia en inglés.

Media hora después, la puerta del baño se abrió. Una nube de vapor con olor a sándalo y madera salió flotando.

Primero salió Jack. Estaba irreconocible. Su pelaje, antes opaco y lleno de nudos, ahora brillaba como oro puro bajo la luz. Estaba esponjoso, limpio y caminaba con un aire de superioridad, como si supiera lo guapo que se veía. Llevaba, inexplicablemente, un moño azul en el cuello que Ada le había improvisado.

Detrás salió Naomi.

David contuvo el aliento. Ya no era la niña de la calle. Con el cabello limpio, desenredado y brillante cayendo sobre sus hombros, y la cara lavada, se veía radiante. Mari había llegado rápido con las compras y Naomi traía puesta una pijama de unicornios rosa y unas pantuflas de garra de oso.

—Me veo chistosa —dijo Naomi, mirándose las pantuflas.

—Te ves hermosa —corrigió David con sinceridad—. Y tú también, Jack. Todo un galán.

—Ada dice que Jack tiene pedigrí —dijo Naomi—. Dice que es un perro fino, nomás que estaba en la mala vida. Como yo.

David sintió un pinchazo en el corazón ante la madurez de sus palabras.

—Nadie está en la mala vida para siempre, Naomi. Vamos a cenar.

Bajaron al comedor. El chef, un hombre serio llamado Benito que se tomaba su trabajo muy a pecho, había preparado un festín. David usualmente cenaba salmón a la plancha con espárragos, algo triste y saludable.

Pero hoy, la mesa estaba llena.

David se sentó en la cabecera. Naomi se sentó a su derecha. Jack se metió inmediatamente debajo de la mesa, acomodándose sobre la alfombra persa (otra víctima más).

Benito entró con una bandeja de plata.

—Buenas noches. Para la señorita, he preparado un Supreme de Pollo con salsa de champiñones silvestres y puré de papa con trufa blanca. Para el señor, su filete habitual.

Puso el plato frente a Naomi. Se veía espectacular, digno de una estrella Michelin.

Naomi miró el plato. Miró a David. Miró a Benito.

—¿Qué es esto café? —preguntó, picando los champiñones con el tenedor.

—Son champiñones, señorita. Funghi porcini —explicó Benito orgulloso.

—Parecen babosas —susurró Naomi.

David se tapó la boca para no soltar una carcajada. La cara de ofensa del Chef Benito fue un poema.

—Naomi, pruébalo. Es rico.

Ella probó un bocado de puré. Sus ojos se iluminaron.

—Sabe a mantequilla de la buena. Oye… —miró al chef—. ¿No tienes salsa Valentina? ¿O cátsup?

Benito casi se desmaya.

—¿Cátsup? ¿Para la trufa blanca?

—Es que le falta “punch” —dijo Naomi, haciendo un gesto de explosión con la mano.

—Benito —intervino David, salvando la situación—, tráele la cátsup a la señorita. Y unas tortillas si hay. Creo que hoy podemos romper el protocolo francés.

Benito se retiró, murmurando cosas sobre “sacrilegio culinario”.

La cena transcurrió entre risas. Naomi comió con un apetito voraz, pero con una educación sorprendente. No hablaba con la boca llena, usaba la servilleta. David notó eso. “Alguien la educó bien antes de que todo se fuera al diablo”, pensó.

De repente, una pata peluda asomó por debajo del mantel y rascó la rodilla de David.

—Creo que alguien tiene hambre abajo —dijo David.

Naomi se asomó bajo la mesa.

—Jack dice que el olor a pollo lo está torturando. Y que Benito es malo por no darle.

David cortó un pedazo grande de su filete importado, carne calidad Wagyu.

—No le digas a Ada —susurró David, y dejó caer el trozo de carne bajo la mesa.

Se escuchó un snap rápido y un sonido de masticación feliz.

—Tío David… lo estás malcriando —lo regañó Naomi, aunque sonreía—. Jack es un perro callejero, él come tortillas duras. Si le das carne fina, se va a volver fresa.

—Pues que se vuelva fresa —dijo David, alzando su copa de vino—. En esta casa, todos nos merecemos lo mejor.

Después de la cena, el cansancio golpeó a Naomi como una ola. Sus párpados empezaron a cerrarse solos mientras veía la tele gigante en la sala.

—Vamos a dormir —dijo David.

Subieron a la habitación. Naomi se metió bajo las sábanas gigantes. Jack saltó a la cama, dio tres vueltas sobre el edredón de plumas de ganso, y se echó a los pies, suspirando profundamente.

David apagó la luz principal, dejando solo una lámpara de noche encendida.

—Buenas noches, Naomi. Si necesitas algo, estoy en el cuarto de al lado. Solo grita.

David estaba a punto de salir cuando escuchó la voz pequeña de Naomi.

—¿David?

—¿Sí?

—¿Esto es un sueño?

David se detuvo, con la mano en el picaporte. Se giró para verla. Solo se veía su carita asomando entre las cobijas.

—¿Por qué preguntas?

—Porque a veces… cuando tenía mucho frío en la calle y mucha hambre, soñaba cosas bonitas. Soñaba que mi mamá volvía, o que estaba en una casa calientita. Pero luego me despertaba y tenía más frío que antes. Y me dolía más la panza.

Naomi se sentó un poco.

—Tengo miedo de dormirme y despertar otra vez en la obra negra. Tengo miedo de que tú seas un sueño y desaparezcas.

David sintió que los ojos se le llenaban de lágrimas. Regresó a la cama y se sentó junto a ella. Le tomó la mano.

—Tócame —dijo David, poniendo la mano de ella en su cara—. Soy real. Barba rasposa y todo. Toca a Jack. Él es real y huele a shampoo de sándalo.

Naomi acarició a Jack.

—Esto no es un sueño, Naomi. Es tu nueva vida. Te prometo, por lo que más quiero, que mañana cuando despiertes, vas a estar en esta cama. Y va a haber desayuno. Y Jack va a estar aquí. Y yo voy a estar aquí, probablemente regañando a alguien por teléfono, pero estaré aquí.

—¿Lo prometes? —preguntó ella con un hilo de voz.

—Lo prometo. Palabra de hombre. Palabra de David.

Naomi asintió y se recostó de nuevo.

—Gracias, David. Eres… eres como un ángel. Pero con traje.

—Descansa, princesa.

David salió de la habitación y cerró la puerta con cuidado. Se quedó parado en el pasillo oscuro un momento, respirando hondo.

Se fue a su propia habitación, se quitó la ropa y se miró al espejo. Vio al mismo hombre de siempre, pero sus ojos eran diferentes. Ya no tenían ese brillo frío y calculador de “tiburón de los negocios”. Se veían cansados, sí, pero vivos.

Se metió en la cama, pero no pudo dormir de inmediato. Su mente, usualmente ocupada en la bolsa de valores y rendimientos, ahora estaba llena de imágenes de croquetas, pijamas de unicornio y sonrisas chimuelas.

A la mañana siguiente, la rutina de la casa cambió para siempre.

David solía despertarse a las 5:00 a.m. para hacer ejercicio, leer las noticias financieras y salir a las 7:00 a.m. en punto.

Pero ese martes, a las 6:30 a.m., se despertó con una sensación extraña. Algo pesado estaba sobre sus pies. Y algo húmedo le tocaba la mano.

Abrió un ojo.

Jack estaba echado sobre sus piernas, roncando suavemente. Y junto a él, hecha bolita, estaba Naomi. Se había pasado en la noche, silenciosamente, arrastrando su almohada.

David sonrió, mirando el techo. Iba a llegar tarde a la oficina. Iba a llegar tardísimo. Y no le importaba en lo más mínimo.

—Buenos días, familia —susurró.

Pero la paz, como dicen, es la calma antes de la tormenta. Porque David no sabía que su teléfono, que había dejado en silencio en la mesita de noche, tenía diez llamadas perdidas.

Cinco eran de Natasha, su novia, preguntando por qué no le había contestado los mensajes de buenas noches.
Y cinco eran de un número desconocido… un número que pertenecía a un detective privado que acababa de encontrar algo muy interesante sobre el apellido “Evans” y un accidente de coche que no fue tan accidental.

Mientras tanto, en la cocina, Ada estaba a punto de enfrentarse a su propio huracán. El timbre de la puerta de servicio sonó insistentemente. Ada abrió, esperando al repartidor del gas.

Pero no era el gas.

Era una mujer bajita, robusta, con un vestido de flores de colores chillantes, cargando dos bolsas de mercado gigantes de las que salían patas de pollo y manojos de hierbas, y arrastrando una maleta que parecía haber sobrevivido a tres guerras mundiales.

—¡Quítese, que ahí voy! —gritó la mujer, empujando a Ada con la cadera—. ¿Dónde está mi hijo? ¿Y dónde está la niña esa que se robó su corazón? ¡Vengo a poner orden en este congal!

Era Doña Carmen. La mamá de David había llegado. Y con ella, la verdadera revolución mexicana estaba a punto de comenzar en la mansión de Las Lomas.

Ada, que nunca perdía la compostura, solo pudo decir:

—¡Ay, madre santísima!

Doña Carmen entró como un torbellino, oliendo a copal y a guisado casero.

—¡David! ¡Baja ahorita mismo! ¡Traje mole!

El sonido retumbó hasta la habitación principal. David, Naomi y Jack abrieron los ojos al mismo tiempo.

—¿Esa es… la abuela? —preguntó Naomi, medio dormida.

David suspiró, pero con una sonrisa.

—Sí. Esa es la abuela. Prepárate, Naomi. Si pensabas que yo tenía reglas… no tienes idea de lo que te espera.

Jack ladró feliz. Al parecer, el olor a mole ya había llegado al segundo piso.

CAPÍTULO 4: El Huracán Carmen y la Profecía de la Zopilota

Si la llegada de Naomi había sido una pequeña chispa de vida en la fría mansión de Las Lomas, la llegada de Doña Carmen fue un incendio forestal incontrolable, ruidoso y con olor a epazote.

En la cocina de alta tecnología, diseñada por arquitectos italianos y equipada con electrodomésticos que costaban más que un coche compacto, se estaba librando una batalla territorial.

En una esquina del ring estaba Benito, el chef, abrazando su juego de cuchillos japoneses como si fueran sus hijos, con una expresión de horror puro en el rostro. En la otra esquina estaba Doña Carmen, una mujer de un metro cincuenta de estatura, pero con la presencia escénica de un general revolucionario. Llevaba un delantal de flores sobre su vestido y estaba desempacando tuppers, bolsas de mandado y hierbas de olor sobre la inmaculada isla de granito negro.

—Pero señora… —intentaba protestar Benito con voz débil—, el menú de hoy es carpaccio de salmón y ensalada de arúgula orgánica. El señor David cuida mucho su colesterol.

Doña Carmen se giró con una cuchara de madera en la mano, usándola como un cetro de poder.

—¿Arúgula? ¿Qué es eso? ¿Pasto para conejos? —Doña Carmen resopló, sacando una bolsa de chiles secos que hizo estornudar a Benito—. Mira, mijo, mi David está flaco como una lagartija parada de manos. Necesita comida de verdad. Comida que abrace el alma, no esa comida de pajarito que tú le das. Hoy se desayuna chilaquiles rojos con huevo estrellado, frijoles refritos con manteca —sí, dije manteca, no me mires así— y pan dulce.

—¿Manteca? —Benito se llevó una mano al pecho—. Señor David me va a despedir.

—Si te despide, yo te contrato. Ahora, pásame la licuadora. Y quita esa cara de velorio, que me cortas la leche.

En el piso de arriba, David terminaba de vestirse. Ya no se puso traje. Optó por unos jeans y una camisa polo, algo que no hacía en un día laboral desde… bueno, nunca. Escuchaba los gritos y el ruido de ollas desde abajo y sonrió. Su madre era una fuerza de la naturaleza.

Naomi estaba sentada en la cama, con Jack a su lado. La niña tenía los ojos muy abiertos.

—¿Están peleando? —preguntó, abrazando al perro.

—No —rió David—. Mi mamá está… cocinando. Es su forma de decir “te quiero”. A gritos y con mucha grasa. Vamos, te va a caer bien. Pero te advierto una cosa: si te ofrece comida, acéptala. Rechazar un taco de mi mamá es considerado traición a la patria en esta familia.

Bajaron las escaleras. El olor era embriagador. Olía a tomate asado, a cebolla frita, a café de olla con canela y piloncillo. Era el olor de la infancia de David, un olor que había olvidado entre tantos viajes a Nueva York y cenas de negocios.

Cuando entraron a la cocina, Doña Carmen estaba bailando una cumbia que sonaba en su celular, mientras movía una salsa hirviendo.

—¡Mamá! —saludó David.

Doña Carmen soltó la cuchara, se limpió las manos en el delantal y corrió hacia él. Lo abrazó con una fuerza que le sacó el aire.

—¡Ay, mi niño precioso! ¡Mírate nomás! Estás ojeroso. ¿No duermes? Seguro es por estar viendo esas pantallas del diablo todo el día.

Luego, se separó y sus ojos de águila se posaron en Naomi.

La niña se encogió un poco detrás de la pierna de David. Jack, sin embargo, dio un paso al frente, moviendo la cola y olfateando el aire con interés. El olor a manteca lo había conquistado al instante.

Doña Carmen se agachó, crujiéndole las rodillas, para quedar a la altura de Naomi. Su expresión cambió. La dureza de la “generala” desapareció, reemplazada por una ternura infinita, esa mirada de abuela que derrite glaciares.

—Así que tú eres la famosa Naomi… —dijo suavemente—. La niña que puso de cabeza el mundo de mi hijo.

Naomi asintió tímidamente.

—Hola, señora.

—¿Señora? —Doña Carmen se rió—. Señora la que vende aguacates en la esquina. Tú dime Abuela Carmen. O Tita. O como quieras, pero no señora, que me siento vieja.

Extendió los brazos. Naomi dudó un segundo, miró a David, quien asintió animándola, y luego se dejó abrazar.

Fue un abrazo diferente al de David. David era seguro y fuerte. Pero Doña Carmen era suave, calientita y olía a especias y a amor. Naomi sintió algo raro en el pecho, ganas de llorar, pero de bonito.

—Estás muy flaquita, mi niña —dijo Carmen, tocándole los brazos—. Pareces un fideo. Pero no te preocupes, aquí la Abuela Carmen te va a poner chapeteada en dos semanas. A ver… y tú…

Miró a Jack. El perro se sentó y le ofreció la pata, un truco que nadie sabía que conocía.

—¡Ay, cosita hermosa! —chilló Carmen—. ¡Pero si es un caballero! Mira nomás qué ojos. Tú también tienes hambre, ¿verdad, pulgoso?

Jack ladró: “¡Sí!”.

—Benito —ordenó Carmen sin voltear—, pica salchichas para el caballero. Y ponle un poco de arroz, que se ve que le ruge la tripa.

El desayuno fue un banquete. Naomi comió chilaquiles (que picaban, pero “picaban rico”, según ella) hasta que tuvo que desabrocharse el botón del pantalón de pijama. David comió como no lo hacía en años, escuchando a su madre contar chismes de su pueblo en Michoacán, criticar a los vecinos y regañar a Benito por no saber escoger los jitomates.

—Este jitomate está triste, Benito. Míralo. Está pálido. El jitomate tiene que ser rojo pasión, como mis labios cuando era joven —decía, y Naomi se reía a carcajadas con la boca llena de frijoles.

Por un momento, David olvidó todo. Olvidó el estrés, las acciones bajando, los contratos pendientes. Miraba a su madre, a la niña que acababa de rescatar y al perro durmiendo con la panza llena bajo la mesa, y pensó: “Esto es. Esto es lo que me faltaba”.

Pero la burbuja de felicidad se vio amenazada por el sonido estridente de un teléfono celular.

Era el de David. Pantalla iluminada: “Natasha ❤️”.

David suspiró, su cara se tensó. El cambio de humor fue notorio. Doña Carmen, que tenía un radar integrado para los problemas, dejó su taza de café en la mesa con un golpe seco.

—¿Es ella? —preguntó Carmen, con el tono de voz bajando dos octavas.

—¿Quién? —preguntó Naomi, curiosa.

—La Zopilota —respondió Carmen antes de que David pudiera hablar.

—¡Mamá! No le digas así —la regañó David, aunque sin mucha convicción—. Es Natasha. Mi… novia.

—Novia, mis polainas —masculló Carmen, mordiendo un pedazo de pan dulce con furia—. Esa mujer no te quiere, David. Quiere tu cartera. Tiene ojos de caja registradora. Cada vez que te ve, no ve a un hombre, ve un cajero automático con patas.

—Mamá, por favor. No empieces. Natasha es… sofisticada. Es diferente a nosotros.

—Diferente sí es. Ella es fría como un hielo. Y mala. Mi instinto nunca falla, mijo. Acuérdate de cuando te dije que no te juntaras con el Brayan en la secundaria, y a la semana lo metieron al tutelar por robar espejos. Yo huelo a la gente mala. Y esa mujer huele a azufre y a perfume caro para tapar la podredumbre.

David rodó los ojos y contestó el teléfono, levantándose de la mesa.

—Bueno… Hola, Natasha.

—¡David! —la voz chillona de Natasha taladró el auricular—. ¿Se puede saber dónde te metiste? Te estuve llamando toda la noche. Estoy furiosa. Teníamos reservación en el Pujol ayer y me dejaste plantada como una estúpida.

—Lo siento, Natasha. Tuve una emergencia familiar. Algo… inesperado.

—¿Emergencia? ¿Qué pasó? ¿Tu mamá se cayó del burro en su pueblo? —Natasha soltó una risita cruel.

David apretó la mandíbula. Miró a su madre, que estaba limpiándole la boca a Naomi con una servilleta, ajena al insulto, pero intuyéndolo.

—No hables así de mi madre, Natasha. Y no, no fue eso. Encontré a una niña. Y a un perro. Estaban en problemas y… los traje a casa.

Hubo un silencio al otro lado de la línea.

—¿Qué? —la voz de Natasha sonó gélida—. ¿Metiste a una indigente a tu casa? ¿A esa casa que tiene alfombras persas de diez mil dólares? David, ¿te volviste loco o te dio un golpe de calor? ¡Sácalos inmediatamente! Te van a robar, te van a llenar de piojos. ¡Qué asco!

—No son indigentes, Natasha. Son… son mis invitados. Y se van a quedar aquí el tiempo que sea necesario.

—Mira, David —Natasha cambió el tono a uno falsamente dulce, manipulador—. Entiendo que quieras jugar al buen samaritano. Es muy noble de tu parte, bebé. Pero hay albergues para eso. Dales dinero y mándalos lejos. Tú y yo tenemos una imagen que cuidar. ¿Qué van a decir mis amistades si saben que tu casa parece refugio de la beneficencia pública?

—Me importa un carajo lo que digan tus amistades, Natasha.

—¡David! No me hables así. Mira, voy para allá. Necesitamos hablar seriamente. Y más te vale que cuando llegue, esa casa huela a limpio y no a perro mojado.

Natasha colgó. David se quedó mirando el teléfono con ganas de lanzarlo contra la pared.

—¿Todo bien, tío David? —preguntó Naomi. Había dejado de comer, notando la tensión.

David forzó una sonrisa y regresó a la mesa.

—Sí, princesa. Todo bien. Solo… problemas de adultos aburridos.

Doña Carmen lo miró fijamente.

—Viene para acá, ¿verdad? La Zopilota viene a marcar territorio.

—Viene a hablar, mamá. Por favor, compórtate. No quiero guerras.

—Yo no empiezo las guerras, hijo. Yo las termino —dijo Carmen, cruzándose de brazos—. Pero que ni crea que va a venir a mangonear aquí. Esta es tu casa, pero ahora también es casa de Naomi. Y ay de aquella que se atreva a hacerle una mala cara a mi nieta postiza, porque va a conocer el verdadero terror de Michoacán.

Naomi sonrió, sintiéndose protegida. Jack, debajo de la mesa, soltó un gruñido bajo, como si hubiera escuchado el nombre de Natasha y su instinto le advirtiera del peligro.

Más tarde ese día, mientras Doña Carmen le enseñaba a Naomi a hacer tortillas de harina a mano (“El secreto es el agua caliente y amasar con odio, mija, para que queden suavecitas”), David se encerró en su despacho.

Tenía otra llamada pendiente. Esta era mucho más importante.

Era el detective Ramírez. Un ex-judicial que cobraba caro pero conseguía información hasta debajo de las piedras.

—Señor David, tengo el informe preliminar —dijo Ramírez con su voz ronca de fumador—. Y créame, no le va a gustar. Pero al mismo tiempo, le va a interesar mucho.

—Habla, Ramírez. ¿Quién es la niña?

—Su nombre completo es Naomi Aguirre. Hija única de Ernesto Aguirre y Sofía Montemayor.

David sintió un escalofrío. El apellido Aguirre resonó en su cabeza como una campana. Ernesto Aguirre… Don Ernesto. El hombre que le pagó la universidad. El hombre bondadoso que siempre sonreía.

—¿Ernesto Aguirre? —preguntó David, con la voz temblorosa—. ¿El empresario de la construcción?

—El mismo. Falleció hace ocho meses en un accidente automovilístico en la carretera a Toluca. Iba con su esposa. Murieron al instante. La niña, Naomi, no iba en el coche porque estaba en la escuela.

—Dios mío… —David se pasó la mano por el pelo—. ¿Y qué pasó después? ¿Por qué estaba en la calle?

—Aquí es donde la cosa se pone fea, jefe. El testamento de Don Ernesto dejaba todo a nombre de la niña, bajo un fideicomiso que se activaría a sus 18 años. Mientras tanto, la tutela y la administración de los bienes pasaron a su hermano menor: Julián Aguirre.

—El tío… —murmuró David, recordando lo que Naomi le había dicho.

—Exacto. Julián “El Buitre” Aguirre, como lo conocen en el bajo mundo de las apuestas. El tipo es un desastre. Debe dinero a medio mundo. En cuanto tuvo el control de la fortuna, corrió al servicio doméstico leal, vendió los coches y… bueno, “extravió” a la niña.

—¿Cómo que la extravió?

—El reporte oficial que Julián levantó ante el Ministerio Público dice que la niña se escapó de casa por rebeldía tras la muerte de sus padres. Dijo que la buscó por todos lados. Pero mis fuentes dicen otra cosa. Los vecinos dicen que oían gritos. Dicen que el tío la dejaba afuera en el patio sin comer. Y un día, simplemente la echó. Le dijo a la policía que ella huyó, cerró el caso con una mordida al comandante de zona, y se dedicó a gastarse la herencia.

La sangre de David hervía. Apretó el teléfono con tanta fuerza que crujió.

—Ese hijo de perra… —gruñó David—. La dejó morir. Quería que se muriera en la calle para quedarse con todo.

—Así es. Si la niña muere o desaparece legalmente por cierto tiempo, el fideicomiso pasa al tutor legal. O sea, a él. Naomi viva es un obstáculo. Naomi muerta o desaparecida es un cheque en blanco de cincuenta millones de dólares.

David sintió náuseas. Cincuenta millones. Por eso la niña estaba en una obra negra, escondida.

—Ramírez, quiero todo sobre ese tipo. Quiero saber dónde vive, qué come, con quién duerme y cuántas veces va al baño. Voy a destruirlo. Voy a quitarle todo y lo voy a meter a la cárcel hasta que se pudra.

—Entendido, jefe. Pero tenga cuidado. Julián Aguirre es peligroso. Tiene amigos pesados. Si se entera de que la niña está viva y que usted la tiene… va a venir por ella.

—Que venga —dijo David, mirando a través del cristal de su despacho hacia el jardín, donde Naomi y Jack corrían persiguiendo una pelota que Doña Carmen les lanzaba—. Aquí lo espero. Y no estoy solo.

Colgó el teléfono. Su misión había cambiado. Ya no se trataba solo de caridad. Se trataba de justicia. Se trataba de honor. Ernesto Aguirre le había salvado la vida a él; ahora él salvaría a la hija de Ernesto, aunque tuviera que quemar el mundo para hacerlo.

Bajó al jardín. Ver a Naomi reír, con la cara manchada de harina, le dio una paz extraña.

—¡Tío David! ¡Mira! —gritó Naomi—. ¡Jack atrapó la pelota en el aire! ¡Es un atleta olímpico!

—¡Eso es, campeón! —gritó David.

Doña Carmen se acercó a él, limpiándose las manos en el delantal.

—Esa niña es un ángel, David —dijo Carmen, seria—. Tiene una luz muy bonita. Pero tiene tristeza en los ojos cuando cree que nadie la ve. ¿Qué averiguaste?

David miró a su madre. No podía mentirle.

—Es hija de Don Ernesto, mamá.

Doña Carmen se llevó las manos a la boca. Sus ojos se llenaron de lágrimas al instante.

—¿Don Ernesto? ¿El señor de los elotes? ¿El que te pagó la escuela?

—El mismo. Su tío le robó todo y la echó a la calle para que se muriera.

El rostro de Doña Carmen pasó de la sorpresa a una furia bíblica en un segundo. Se enderezó, y aunque era pequeña, parecía medir tres metros.

—¡Ah, no! —dijo Carmen, arremangándose el suéter—. Ahora sí que se armó. Nadie se mete con la nieta de Ernesto Aguirre mientras yo respire. Escúchame bien, David. Esa niña no sale de esta casa. Y si ese tío asoma la nariz, lo voy a recibir con agua hirviendo y con la escopeta de tu abuelo que traje en la maleta.

—¿Trajiste la escopeta del abuelo? —preguntó David alarmado—. ¡Mamá, eso es ilegal!

—Ilegal es dejar a una niña en la calle. Lo mío es defensa legítima y justicia divina. Así que tú encárgate de los abogados y los papeles, que yo me encargo de la seguridad perimetral y de la alimentación. A esa niña no le va a faltar ni amor ni plomo si es necesario.

David abrazó a su madre.

—Gracias, jefa.

En ese momento, el timbre de la puerta principal sonó. No era un timbre normal, era un timbrazo largo, insistente, molesto.

Jack dejó de jugar. Se le erizó el pelo del lomo. Gruñó mirando hacia la casa.

Naomi dejó de reír y corrió hacia David, abrazándose a su pierna.

—¿Quién es? —preguntó con miedo.

—Tranquila —dijo David, poniéndose rígido—. Debe ser Natasha.

—La Zopilota ha aterrizado —sentenció Doña Carmen—. Naomi, tú quédate aquí con Jack. David, vamos a recibir a la visita. Y recuerda: no dejes que te huela el miedo. Esa mujer se alimenta del miedo y de las tarjetas de crédito.

Caminaron hacia la entrada. Ada abrió la puerta.

Ahí estaba Natasha. Llevaba unas gafas de sol gigantes, aunque estaba nublado. Un abrigo de piel sintética (o tal vez real, con ella nunca se sabía) y una maleta Louis Vuitton de ruedas. Entró sin saludar a Ada, empujándola levemente.

Se quitó las gafas y escaneó la sala. Su mirada de desaprobación cayó sobre un jarrón que Doña Carmen había movido de lugar y sobre un tapete tejido a mano que la señora había puesto sobre el sofá de cuero italiano.

—¡Dios mío! —exclamó Natasha con voz teatral—. ¿Qué le pasó a mi decoración minimalista? Esto parece un mercado de artesanías de Coyoacán.

Se giró y vio a David y a Carmen parados en el pasillo.

—David, cariño —dijo, forzando una sonrisa y caminando hacia él para besarlo en la mejilla, ignorando olímpicamente a Carmen—. Tienes que explicarme por qué tu casa huele a garnachas. Me va a impregnar el pelo.

David no le devolvió el beso. Se quedó quieto, con los brazos cruzados.

—Hola, Natasha. Te presento a mi madre, Carmen. Creo que no se habían saludado formalmente.

Natasha miró a Carmen de arriba a abajo, como si estuviera viendo una mancha en el piso.

—Ah, sí. La señora Carmen. Mucho gusto. David me ha contado… tanto de usted.

—Y a mí David me ha contado poco de ti —respondió Carmen con una sonrisa afilada como machete—. Pero no hace falta que me cuente. Con ver basta. Dicen que la cara es el espejo del alma, y tú, mija, traes mucho maquillaje.

Natasha abrió la boca, ofendida.

—Disculpa, pero…

—Y otra cosa —interrumpió Carmen, dando un paso adelante—. En esta casa se saluda al servicio. Ada no es la puerta, es una persona. Y huele a garnachas porque aquí se come comida de verdad, no aire comprimido. Si no te gusta, la puerta es muy ancha.

Natasha se puso roja de ira. Miró a David buscando apoyo.

—David, ¿vas a dejar que me hable así? Vengo a verte, a apoyarte con tu… crisis de la mediana edad y tus proyectos de caridad, ¿y así me reciben?

—Mi madre tiene razón, Natasha —dijo David con frialdad—. Y sobre el “proyecto de caridad”… Naomi es mi hija ahora. Legalmente estoy en proceso de adoptarla. Así que te sugiero que midas tus palabras.

—¿Tu hija? —Natasha soltó una carcajada histérica—. ¡Por favor, David! No seas ridículo. Es una recogida. Seguro tiene piojos y mañas. Te va a robar.

En ese momento, Naomi entró corriendo desde el jardín, perseguida por Jack. No se dio cuenta de la tensión hasta que chocó casi con las piernas de Natasha.

—¡Perdón! —dijo Naomi.

Jack frenó derrapando en el mármol. Vio a Natasha. El perro no ladró. Simplemente se acercó, la olió, arrugó la nariz con un gesto casi humano de asco y estornudó sobre sus zapatos de tacón de suela roja.

—¡AAAAH! —gritó Natasha, saltando hacia atrás—. ¡Bestia asquerosa! ¡Me llenó de babas! ¡David, saca a este animal o me voy!

David miró a Jack. Miró a Naomi, que estaba asustada. Y miró a Natasha.

—Creo que Jack ya votó —dijo David tranquilo—. Y en esta casa, somos una democracia. Si Jack no te quiere, tenemos un problema.

—¿Me estás corriendo por un perro? —Natasha estaba incrédula.

—No te estoy corriendo. Te estoy pidiendo que respetes a mi familia. Si no puedes hacerlo… entonces sí, te estoy corriendo.

Natasha apretó los puños. Se dio cuenta de que gritar no funcionaría. Cambió de táctica. Respiró hondo, se alisó el cabello y sonrió. Una sonrisa fría, calculadora.

—Está bien, David. Tienes razón. Estoy estresada. Perdón. —Miró a Naomi y forzó la sonrisa más falsa de la historia—. Hola, pequeña. Soy Natasha. Perdón por gritar, es que… los perros grandes me ponen nerviosa. ¿Amigas?

Naomi, que tenía el instinto callejero más afilado que cualquier adulto en esa sala, no le devolvió la sonrisa. Se escondió detrás de Carmen.

—Vemos —dijo Naomi.

—Bueno —dijo Natasha—, voy a subir a dejar mis cosas a la habitación de huéspedes. Me quedaré el fin de semana para que nos conozcamos mejor.

—La habitación de huéspedes está ocupada —dijo David con placer—. Es el cuarto de Naomi y Jack. Tendrás que dormir en el hotel, o en el sofá. Aunque el sofá ahora tiene el tapete de mi mamá, así que quizás no te guste.

Natasha sintió que le estallaba una vena en la frente.

—Me quedaré en tu cuarto, entonces. Contigo.

—No —intervino Doña Carmen—. Mi hijo ronca mucho. Y además, no están casados. En mi casa se respeta la moral. Tú duermes en el sofá de la sala de TV, o te vas al Marriot. Tú decides, mija.

Natasha miró a los tres: al hombre que creía controlar, a la anciana que la desafiaba y a la niña que le había robado su lugar. Y al perro, que la miraba fijamente como si supiera exactamente qué clase de monstruo era ella.

—Me quedo en el sofá —dijo Natasha entre dientes—. No voy a dejar a mi David solo.

Subió sus maletas arrastrándolas con furia.

Doña Carmen se acercó a David y le susurró:

—No se va a ir, hijo. Esa mujer va a hacer algo. Tiene la mirada de quien está planeando una maldad. Hay que dormir con un ojo abierto.

David asintió. La guerra fría había comenzado dentro de su propia casa. Pero no sabía que afuera, el verdadero enemigo, el Tío Julián, ya había recibido una llamada de un informante diciéndole que su sobrina “muerta” había sido vista entrando en una mansión de Las Lomas.

La tormenta se acercaba por dos frentes. Y solo un perro fiel, una abuela con una escopeta (metafórica o no) y un hombre redimido se interponían entre Naomi y el desastre.

CAPÍTULO 5: Fantasmas del Pasado y Veneno en la Sopa

La rutina en la mansión de Las Lomas se estableció rápido, pero era una rutina frágil, como un jarrón de cristal en equilibrio sobre una mesa coja.

Por un lado, estaba el “Equipo Alegría”, comandado por la Generala Doña Carmen, con Naomi como su teniente y Jack como el sargento de armas. Por otro lado, estaba el “Equipo Hielo”, compuesto únicamente por Natasha, quien se pasaba el día en el sofá (que ya había reclamado quitando el tapete artesanal de Carmen), hablando por teléfono con sus amigas “fresas” y limándose las uñas con una agresividad pasiva que daba miedo.

David, el árbitro en medio de este partido, intentaba mantener la paz mientras dirigía su imperio corporativo.

Era miércoles por la mañana. El sol apenas despuntaba sobre los volcanes que rodean el Valle de México.

En la cocina, el olor a molletes con chorizo y pico de gallo inundaba el aire. Doña Carmen cantaba “Caminos de Michoacán” mientras picaba cebolla a una velocidad que haría llorar de envidia (y de ardor) al Chef Benito.

—¡A desayunar, batallón! —gritó Carmen hacia las escaleras.

Naomi bajó corriendo, ya vestida con su nuevo uniforme escolar. David le había conseguido lugar en el “Colegio Británico de las Lomas”, una de esas escuelas donde los niños aprenden a montar a caballo antes que a sumar. Se veía adorable con su falda de tartán verde, calcetas altas y un suéter azul marino que le quedaba un poquito grande.

Jack bajó detrás de ella, con un paliacate rojo en el cuello que Carmen le había puesto “para que no le diera aire en la garganta”.

—¡Buenos días, Tita! —gritó Naomi, abrazando las piernas de Carmen.

—Buenos días, mi cielo. Mira nomás qué chula te ves. Pareces muñequita de aparador. Siéntate, que se te enfría el mollete.

David bajó segundos después, ajustándose el reloj.

—Buenos días, mamá. Buenos días, princesa. ¿Lista para el primer día de escuela?

Naomi hizo una mueca, mordiendo su pan.

—Tengo miedo, tío David. ¿Y si no les caigo bien? ¿Y si se dan cuenta de que no sé hablar inglés? El Tuercas me enseñó a decir “One dollar please”, pero creo que eso no sirve ahí.

David se sentó a su lado y le puso una mano en el hombro.

—Naomi, eres más lista que todos esos niños juntos. Tú has vivido cosas que ellos no pueden ni imaginar. El inglés se aprende rápido. Lo importante es que seas tú misma. Y si alguien te molesta…

—Si alguien te molesta —interrumpió Doña Carmen, blandiendo el cuchillo cebollero en el aire—, le dices que tu abuela es de Tierra Caliente y que no responde de sus actos. O le echas a Jack.

—Mamá, por favor, no incites a la violencia escolar —suspiró David—. Naomi, si alguien te molesta, me avisas a mí o a los maestros. Nada de violencia.

En ese momento, Natasha entró en la cocina. Llevaba una bata de seda color champán y un antifaz para dormir puesto en la frente como si fuera una diadema. Arrastraba sus pantuflas de peluche con desdén.

—¿Es necesario tanto ruido a las siete de la mañana? —se quejó, sirviéndose café de la máquina sin saludar a nadie—. Parecen mercado sobre ruedas.

—Buenos días a ti también, Natasha —dijo David, sin levantar la vista de su tablet—. Estamos desayunando. ¿Gustas un mollete?

Natasha miró el plato lleno de queso, frijoles y chorizo con asco.

—Paso. Eso es una bomba de carbohidratos. Me comeré un yogurt griego en mi cuarto. Lejos del olor a… grasa.

Se dio la vuelta, pero antes de salir, miró a Naomi.

—Lindo uniforme, niña. Lástima que el uniforme no quita lo corriente. Ojalá no te pierdas en la escuela grande. Sería una pena que… no pudieras regresar.

Naomi bajó la mirada, apretando su mollete.

—¡Oye! —gritó Carmen, dando un paso adelante.

—¡Basta! —David golpeó la mesa, haciendo saltar los cubiertos. Se levantó y caminó hacia Natasha, acorralándola en la puerta—. Natasha, una más. Una sola más y te vas. No me importa si lloras, pataleas o llamas a tus abogados. No voy a permitir que intimides a una niña. ¿Entendido?

Natasha vio el fuego en los ojos de David. Nunca lo había visto así. Se encogió de hombros, fingiendo indiferencia.

—Ay, qué sensible estás, bebé. Era una broma. Para que se curta. El mundo es duro.

Se fue escaleras arriba.

David suspiró, frotándose las sienes.

—Perdón, Naomi. Ella es… complicada.

—Es una bruja —susurró Naomi—. Como las de Disney, pero sin magia. Solo con maldad.

—Vámonos al colegio —dijo David—. Se hace tarde y el tráfico de Reforma no perdona.


El trayecto al colegio fue una aventura en sí misma. Doña Carmen insistió en ir para “inspeccionar las instalaciones y verle la cara a la directora”.

Al llegar al imponente portón del colegio, lleno de camionetas blindadas y mamás rubias con ropa deportiva de marca, Doña Carmen bajó de la Suburban como si fuera la dueña del lugar.

—Mira nomás, David —susurró Carmen—. Cuánto güero desabrido. ¿Seguro que aquí enseñan bien? Parece desfile de modas, no escuela.

—Es la mejor escuela de la ciudad, mamá. Confía en mí.

Llevaron a Naomi hasta la puerta del salón. La niña se aferró a la mano de David.

—¿Vendrás por mí? —preguntó con voz temblorosa.

David se agachó y la miró a los ojos.

—A la una en punto. Ni un minuto más, ni un minuto menos. Yo o Roberto estaremos aquí. Nunca te vamos a dejar sola, Naomi. Nunca más.

Naomi asintió, respiró hondo y entró al salón. David sintió un hueco en el estómago, esa ansiedad de padre primerizo que no sabía que podía sentir.

—Crecen rápido, ¿verdad? —dijo Carmen, limpiándose una lágrima invisible—. Parece que fue ayer cuando te dejé en el kínder y te hiciste pipí del miedo.

—¡Mamá! No cuentes eso aquí.

Dejaron a Naomi y David se dirigió a su oficina en Santa Fe. Tenía una reunión pendiente con Ramírez, el investigador privado. Ese día recibiría el informe completo y detallado sobre el pasado de Naomi.

Al llegar a su oficina en el piso 25, Ramírez ya lo estaba esperando. El hombre tenía un folder amarillo grueso sobre el escritorio de cristal.

—Buenos días, Licenciado. Aquí está todo. La historia completa. Y déjeme decirle… es de telenovela.

David se sentó, aflojándose la corbata.

—Dímelo todo, Ramírez. Sin filtros.

Ramírez abrió el folder y sacó una fotografía vieja, en blanco y negro, un poco borrosa.

—Empecemos por el principio. Ernesto Aguirre. Su padre.

David tomó la foto. Era Ernesto, más joven, sonriendo frente a una construcción.

—Usted me dijo que Ernesto Aguirre le pagó la escuela, ¿verdad?

—Así es. Mi mamá vendía elotes y esquites afuera de una de sus obras en la Colonia Doctores. Yo tenía doce años. Iba a dejar la escuela para ponerme a lavar coches porque no teníamos para la inscripción ni para los libros. Don Ernesto se enteró… no sé cómo. Un día llegó al puesto, se comió un esquite y le dejó a mi mamá un sobre. Adentro había dinero suficiente para tres años de escuela y una nota que decía: “El muchacho tiene cara de listo. Que estudie”. Nunca me pidió nada a cambio.

David sintió que se le cerraba la garganta al recordarlo.

—Bueno —continuó Ramírez—, resulta que Ernesto Aguirre era un santo en vida. Ayudó a mucha gente. Pero su debilidad era su familia. Especialmente su hermano menor, Julián.

Ramírez sacó otra foto. Un hombre delgado, con cara de ratón y ojos huidizos. Vestía trajes caros pero se le notaba lo corriente en la postura.

—Julián Aguirre. La oveja negra. Apostador compulsivo, mujeriego y pésimo para los negocios. Ernesto siempre lo sacaba de problemas. Pagaba sus deudas de juego, le daba puestos directivos en la empresa que Julián terminaba arruinando. Cuando Ernesto y su esposa murieron en ese accidente en la carretera a Toluca… —Ramírez hizo una pausa dramática—. El peritaje oficial dice que fue falla mecánica. Frenos rotos.

David levantó la vista, helado.

—¿Frenos rotos en un coche del año?

—Exacto. Muy conveniente. Julián heredó la administración temporal. Y lo primero que hizo fue deshacerse de la niña. Pero no podía matarla directamente, eso hubiera levantado sospechas. Así que aplicó la de “desgaste”. La encerró, la dejó de alimentar, la maltrató psicológicamente hasta que la niña, desesperada, huyó. O eso dice él. Mis fuentes dicen que él la llevó a una zona marginada y la bajó del coche. La abandonó como quien abandona a un perro en la carretera.

David golpeó el escritorio con el puño cerrado. El cristal vibró.

—Maldito infeliz. Lo voy a matar.

—Espere, jefe. Hay más. El perro. Jack.

—¿Qué pasa con Jack?

—Jack no es un perro callejero cualquiera. Era el perro de Ernesto. Se llamaba “Hércules”. Era el perro de la familia. Cuando Julián echó a la niña, intentó vender al perro, porque es de raza pura y tiene papeles. Pero el perro se escapó. Mordió a Julián (tengo el reporte médico de una sutura en la mano de Julián de hace seis meses) y se escapó.

David sonrió con amargura.

—Así que Jack se escapó para buscarla. Rastreó a Naomi por toda la ciudad hasta encontrarla.

—Exacto. Ese perro cruzó media ciudad, sobrevivió al tráfico, al hambre y a las peleas callejeras para encontrar a su dueña. Y luego, cuando ella estaba muriendo, lo encontró a usted.

David se recargó en su silla, mirando el techo. Las piezas del rompecabezas encajaban con una precisión divina.

—No fue casualidad, Ramírez. Ernesto Aguirre me ayudó cuando yo era un niño pobre. Y ahora, su perro me buscó para que yo ayude a su hija. Es un círculo. Es una deuda de sangre.

—Pues la deuda tiene intereses, jefe. Julián Aguirre está en números rojos. Debe mucho dinero a gente muy peligrosa de Tepito. Sabe que el fideicomiso de la niña se desbloquea si ella muere o se declara muerta legalmente. Pero si ella aparece viva… él pierde todo y probablemente los prestamistas lo maten.

—Entonces vendrá por ella.

—Si se entera de que está aquí, vendrá con todo. Y no vendrá solo.

David se puso de pie, tomando el folder.

—Gracias, Ramírez. Buen trabajo. Mándame la factura. Y quiero seguridad 24/7 en mi casa y en la escuela de Naomi. Discreta, pero letal. Si alguien se acerca a menos de diez metros de esa niña, quiero saberlo.

—Considerelo hecho.

David salió de la oficina con una determinación de acero. Ya no era solo un empresario. Era un guardián.


Mientras tanto, en la mansión de Las Lomas, el ambiente se estaba poniendo tóxico.

Doña Carmen había salido al jardín para regar sus plantas (y para hablar con ellas, porque según ella, “las plantas de los ricos también necesitan chisme para crecer”). Natasha vio su oportunidad.

Se deslizó hacia el cuarto de Naomi. Sabía que la niña no estaba, pero quería “inspeccionar”. Entró y vio los juguetes nuevos que David le había comprado: muñecas, legos, cuentos. Vio la cama deshecha con olor a perro.

—Qué asco —murmuró, rociando perfume Chanel al aire—. Huele a perrera municipal.

Se acercó al buró y vio un dibujo que Naomi había hecho la noche anterior. Eran cuatro figuras de palitos: Un hombre alto (David), una mujer bajita con un cucharón (Carmen), una niña (Naomi) y un perro garabateado (Jack). Arriba decía con letras chuecas: “MI FAMILIA”.

Natasha sintió una punzada de celos tan aguda que casi le dolió físicamente. Ella no estaba en el dibujo.

—¿Familia? —siseó Natasha—. Ni en tus sueños, mocosa.

Tomó el dibujo y lo arrugó en una bola. Estaba a punto de tirarlo a la basura cuando se le ocurrió algo mejor. Lo alisó, lo rompió por la mitad, separando a David de la niña, y lo dejó “casualmente” tirado debajo de la cama, como si se hubiera caído y roto por accidente.

—Ups —dijo con una sonrisa maliciosa.

Bajó a la sala y se sirvió una copa de vino, aunque eran las once de la mañana. Marcó el número de su mejor amiga, Lisa.

—Lisa, amiga. Tienes que ayudarme. Esto es una pesadilla. La vieja loca trajo sus cazuelas y la niña mugrosa ya se cree la dueña de la casa. David está hipnotizado. Necesito un plan B.

—Tranquila, Naty —dijo Lisa al otro lado—. Los hombres son simples. Se aburren rápido de jugar a la casita. Tienes que hacer que la niña parezca un problema. Que rompa cosas valiosas. Que el perro muerda a alguien. Que la vieja parezca senil.

—El perro me odia. Si me acerco, me arranca la mano.

—Mejor. Provócalo. Si el perro te ataca, David tendrá que elegir: o su novia herida o la bestia peligrosa. Y créeme, por muy “papá luchón” que se sienta, no va a arriesgarse a tener un animal agresivo en casa.

Natasha miró hacia el jardín a través del ventanal. Jack estaba ahí, tomando el sol, esperando a que Naomi regresara.

—Tienes razón, Lisa. Tengo que sacrificarme por el equipo. Un pequeño mordisco… una pequeña demanda… y adiós perro, adiós niña.


A la 1:00 p.m., David recogió a Naomi del colegio. La niña salió con una sonrisa tímida, pero entera.

—¿Cómo te fue? —preguntó David, subiéndola a la camioneta.

—Bien. Una niña llamada Valentina me prestó sus colores. Y un niño me dijo que mi mochila era rara porque no era de marca.

—¿Y qué le dijiste?

—Le dije que mi mochila era edición limitada “Mercado de Jamaica” y que solo había una en el mundo. Se la creyó.

David soltó una carcajada.

—Esa es mi chica. Genio del marketing.

Llegaron a casa con un ambiente festivo. David traía pizzas para celebrar el primer día.

Pero al entrar, el clima cambió.

Natasha estaba en el sofá, llorando dramáticamente, con un pañuelo en la mano.

—¿Natasha? ¿Qué pasó? —preguntó David, dejando las cajas de pizza.

—¡Es tu madre! —sollozó Natasha—. Me insultó. Me dijo que era una… una golfa interesada. Y que si no me iba, me iba a echar agua caliente. ¡David, tengo miedo! Esa mujer está loca.

Doña Carmen salió de la cocina, con las manos en la cintura y el ceño fruncido.

—¡Mentirosa! Yo no te dije golfa. Te dije “oportunista con infulas de grandeza”. Y lo del agua caliente fue al jardinero para el café, pero tú escuchas lo que te conviene.

—¡Lo ves! —gritó Natasha—. ¡Me odia! David, tienes que hacer algo. No puedo vivir así. Es ella o yo.

David cerró los ojos, pidiendo paciencia al cielo.

—Natasha, nadie se va a ir. Mamá, por favor, bájale dos rayitas a tu intensidad. Natasha, deja el drama. Vamos a comer pizza.

—No quiero tu pizza grasosa. Me voy a mi cuarto. Pero esto no se queda así, David. Estás eligiendo mal.

Natasha subió corriendo, haciendo sonar sus tacones.

Naomi miró a David con preocupación.

—¿Es mi culpa? —preguntó en voz baja.

David se arrodilló y la abrazó.

—No, mi amor. No es tu culpa. Es culpa de que los adultos a veces somos muy tontos. Tú come pizza.

Pero mientras comían, David no podía dejar de pensar en el informe de Ramírez. El Tío Julián estaba allá afuera. Y Natasha estaba adentro, sembrando discordia. Se sentía rodeado.

Esa noche, después de acostar a Naomi (quien encontró su dibujo roto y lloró en silencio sin decirle a nadie, pensando que había sido su culpa por dejarlo mal puesto), David bajó a su despacho.

Sacó una botella de whisky y se sirvió un vaso.

Miró la foto de Ernesto Aguirre una vez más.

—Perdóname, Ernesto —murmuró a la foto—. Perdóname por no haber estado ahí antes. Pero te juro que ahora estoy aquí. Y Julián va a pagar.

Su celular vibró. Un mensaje de un número desconocido.

David lo abrió. Era una foto.

Una foto tomada desde un coche, afuera del colegio de Naomi. Se veía a Naomi saliendo de la mano de David.

El texto debajo decía:

“Bonita familia. Sería una lástima que les pasara otro accidente.”

El vaso de whisky se resbaló de la mano de David y se estrelló contra el suelo, rompiéndose en mil pedazos.

El enemigo ya no estaba en las sombras. Estaba cazando.

David corrió a su escritorio, abrió el cajón secreto y sacó algo que no había tocado en años. Una pistola Glock 9mm, un regalo de un cliente de seguridad privada. Cargó el arma con manos temblorosas pero firmes.

—Que vengan —dijo al aire vacío—. Aquí los espero.

Arriba, Jack ladró una vez, fuerte y claro, como respondiendo al desafío. El guardián estaba listo. La guerra había llegado a Las Lomas.

CAPÍTULO 6: Alianzas Oscuras y el Precio de la Traición

La noche cayó sobre la Ciudad de México como una losa de plomo, trayendo consigo una de esas lluvias torrenciales que convierten el tráfico en un estacionamiento gigante y hacen que las alcantarillas de la ciudad supliquen piedad.

En el despacho de David, el aire estaba cargado de electricidad estática y olor a alcohol derramado. David miraba los fragmentos de cristal de su vaso de whisky en el suelo, reflejando la luz tenue de la lámpara de escritorio. Su celular, con la pantalla aún brillando con esa foto amenazante de Naomi saliendo de la escuela, parecía una bomba de tiempo sobre la caoba.

“Bonita familia. Sería una lástima que les pasara otro accidente.”

David respiró hondo, tratando de calmar el temblor en sus manos. No era miedo por él. Él había crecido en la calle antes de tener dinero; sabía pelear, sabía lo que era el hambre y la violencia. El miedo era por ella. Por esa niña pequeña que dormía arriba abrazada a un perro, confiando ciegamente en que él era Superman.

—Roberto —dijo David al teléfono, su voz sonando gutural, irreconocible—. Código Rojo.

—¿Jefe? —la voz de Roberto sonó alerta al instante—. ¿Qué pasó?

—Me están vigilando. Saben dónde está Naomi. Saben de la escuela. Necesito que dupliques la seguridad perimetral ahora mismo. Quiero dos hombres armados en la puerta del colegio mañana, discretos, pero listos para disparar. Y quiero que revises mi camioneta y la casa buscando rastreadores o micrófonos.

—Entendido, jefe. Voy para allá con el equipo nocturno. Nadie entra ni sale de esa casa sin que yo le cuente las muelas.

David colgó. Se agachó para recoger los vidrios rotos. Se cortó un dedo, una pequeña línea roja que empezó a sangrar. Se chupó la sangre con un gesto salvaje. El dolor lo ayudó a enfocarse.

—Se acabó el juego, Julián —murmuró—. Si quieres guerra, guerra vas a tener.

Subió las escaleras en silencio, esquivando los escalones que crujían. Se asomó a la habitación de Naomi. La luz de noche con forma de luna iluminaba la escena más pacífica del mundo: Naomi dormía profundamente, con la boca un poco abierta, y Jack estaba echado a los pies de la cama, con una oreja levantada.

El perro giró la cabeza y miró a David en la oscuridad. Sus ojos brillaron. Jack sabía. De alguna forma, ese animal sentía la amenaza flotando en el aire. David asintió levemente hacia el perro, un pacto silencioso entre machos alfa protectores.

Luego, David fue a su propia habitación. Natasha roncaba suavemente en su cama (había ganado la batalla de no dormir en el sofá fingiendo un ataque de migraña). David la miró con una mezcla de lástima y fastidio. Se metió en la cama con la ropa puesta y la Glock 9mm debajo de su almohada. No durmió. Pasó la noche escuchando la lluvia y esperando que el amanecer trajera respuestas, no balas.


A la mañana siguiente, la atmósfera en la casa era densa, como si el aire estuviera hecho de gelatina.

Doña Carmen servía café de olla con una seriedad inusual. No cantaba. No bailaba. Sus ojos de águila escaneaban cada rincón de la cocina, cada ventana.

—Hay moros en la costa, ¿verdad, mijo? —preguntó Carmen cuando Naomi subió a lavarse los dientes.

David, que tenía ojeras profundas, asintió sobre su taza.

—Sí, mamá. Julián sabe que la tenemos.

Carmen apretó los labios hasta que se pusieron blancos.

—Ese desgraciado… ¿Qué vamos a hacer?

—Ustedes van a seguir la rutina, pero con precaución extrema. Roberto las va a llevar y traer. Nada de paradas en el parque, nada de helados en la calle. De la casa al colegio y del colegio a la casa. Yo tengo que ir a la oficina a mover unos hilos financieros. Si logro bloquear las cuentas de Julián, lo dejaré sin dinero para pagar a sus matones.

—Ten cuidado, David. Un animal acorralado es el más peligroso.

En ese momento, Natasha entró, luciendo impecable con un conjunto deportivo de marca que costaba más que el sueldo anual de un obrero.

—Buenos días, gente bonita y gente fea —dijo, mirando a Carmen—. ¿Por qué esas caras largas? Parece velorio.

—Asuntos de familia, Natasha. Cosas que no te incumben —cortó David secamente.

Natasha se ofendió.

—Todo lo que te pasa me incumbe, soy tu mujer.

—Eres mi novia, Natasha. Y en este momento, necesito que no estorbes. Si vas a salir, avísale a Roberto. No quiero que andes sola por ahí.

—¿Ahora soy prisionera? —Natasha soltó una risa incrédula—. David, estás paranoico. Seguro es estrés laboral. Me voy al spa. Y no, no necesito a tu gorila de chofer, pediré un Uber Black.

—¡No! —gritó David. Natasha saltó del susto—. Nadie usa Uber. Roberto te lleva o no sales.

Natasha lo miró con odio.

—Estás insoportable. Me voy a mi cuarto.

Natasha subió, pero no fue a su cuarto. Se quedó en el pasillo, pegada a la pared, escuchando. Escuchó a David despedirse de Naomi, escuchó la puerta principal cerrarse. Escuchó a Doña Carmen subir a ayudar a Naomi con la mochila.

El despacho de David estaba vacío.

Natasha sonrió. Era su oportunidad. Había notado que David estaba raro, ocultando cosas. Y anoche, cuando él creía que ella dormía, lo vio esconder una carpeta amarilla en el cajón inferior de su escritorio.

Bajó las escaleras de puntitas, aprovechando que Ada estaba aspirando la sala y el ruido cubría sus pasos. Se deslizó dentro del despacho y cerró la puerta con suavidad.

Fue directa al escritorio. Cerrado con llave.

—Maldición —susurró.

Pero Natasha conocía a David. Llevaban dos años saliendo. Sabía que David era un hombre de hábitos, y uno de sus hábitos era esconder la llave de repuesto en un lugar “intelectual”.

Caminó hacia el librero enorme. Buscó en la sección de clásicos. Sacó un ejemplar grueso de Don Quijote de la Mancha.

—Bingo —dijo, sacudiendo el libro. Una pequeña llave plateada cayó al suelo.

Abrió el cajón. Ahí estaba. La carpeta amarilla del investigador privado “Ramírez & Asociados”.

Natasha se sentó en la silla de cuero de David, sintiéndose poderosa. Abrió la carpeta.

Lo que leyó la dejó sin aliento.

Fotos de Naomi. Fotos de un tal Ernesto Aguirre. Documentos legales. Testamentos. Cifras.

—Cincuenta millones de dólares… —susurró Natasha, y los ojos se le iluminaron con el símbolo de pesos—. ¡Cincuenta millones!

Siguió leyendo. “Tutor legal actual: Julián Aguirre. Estatus: En quiebra técnica. Peligrosidad: Alta. Vínculos con la mafia de Tepito.”

Natasha cerró la carpeta, con el corazón latiendo a mil por hora. Su mente, retorcida y ambiciosa, empezó a conectar puntos a una velocidad vertiginosa.

Esa niña mugrosa que comía con las manos y hablaba con jerga de barrio no era una caridad. Era una mina de oro. Y David lo sabía.

—Por eso la trajo… —pensó Natasha, proyectando su propia avaricia en David—. David no es un buen samaritano. ¡David quiere quedarse con la fortuna! Se va a casar con la niña… bueno, adoptarla, y controlar el dinero. ¡Qué listo es el desgraciado!

Pero entonces, una idea más oscura cruzó su mente.

Si David adoptaba a Naomi, Natasha pasaría a segundo plano. Esa niña sería la heredera. Natasha tendría que pedirle permiso a la “piojosa” para comprarse un bolso.

—Ni muerta —siseó.

Miró el número de teléfono de Julián Aguirre que aparecía en el reporte del investigador.

Si ella le entregaba a la niña al tío… el tío recuperaría la fortuna. Y seguramente, el tío estaría muy, muy agradecido con la persona que le devolvió su “boleto de lotería”. Podría pedirle una recompensa. Un millón. Dos millones. O simplemente, quitar a la niña del camino para que David volviera a ser solo suyo.

Era un plan perfecto. Diabólico, pero perfecto.

Sacó su celular personal. Manos temblorosas marcaron el número.

Uno… dos… tres timbrazos.

—¿Bueno? —contestó una voz masculina, ronca, sonando a resaca y cigarro barato.

—¿Hablo con el señor Julián Aguirre? —preguntó Natasha, usando su voz más profesional y seductora.

—¿Quién lo busca? Si es del banco, ya les dije que les pago el lunes. No estén chingando.

—No soy del banco, Julián. Soy… un hada madrina. Alguien que tiene algo que tú perdiste.

Hubo un silencio al otro lado. El sonido de un encendedor.

—No estoy para adivinanzas, muñeca. Habla o cuelgo.

—Tengo a tu sobrina —soltó Natasha.

El silencio se volvió pesado, denso.

—¿Qué dijiste?

—Naomi. La niña que “se escapó”. La tengo. Está en mi casa. Bueno, en la casa de mi novio. Y sé lo de los cincuenta millones.

Se escuchó una risa nerviosa, seca, al otro lado de la línea.

—Vaya, vaya. Parece que alguien hizo su tarea. ¿Quién eres?

—Digamos que soy alguien a quien esa niña le estorba tanto como a ti. Mi novio, David, la encontró. Está jugando al papá y a la mamá con ella. Quiere adoptarla. Y tú sabes lo que eso significa para ti, ¿verdad? Si la adopta, adiós fideicomiso.

—Ese maldito entrometido… —gruñó Julián—. ¿Qué quieres?

—Quiero que te la lleves. Lejos. Que desaparezca de mi vida y de la de David. Y quiero una… comisión por mis servicios. Digamos… cinco millones de pesos. En efectivo.

—Cinco millones es mucho dinero, muñeca.

—Es el 1% de lo que vas a recuperar. Es una ganga.

Julián se rió.

—Me caes bien. Eres una perra, igual que yo. Trato hecho. ¿Dónde están?

—En Las Lomas. Pero hay un problema. La casa es una fortaleza. Hay cámaras, choferes armados. Y está la madre de David, una vieja bruja que no le quita la vista de encima. Y lo peor… el perro.

—¿El perro? —la voz de Julián se tensó—. ¿El Golden Retriever?

—Sí. Esa bestia del demonio. No se le despega ni para ir al baño. Duerme con ella. Si intentas entrar, ese perro va a despertar a todo el vecindario.

—Ese maldito perro me mordió la mano… —recordó Julián con odio—. Necesitamos sacarlo de la ecuación.

—Tú déjame al perro a mí —dijo Natasha, mirando sus uñas perfectamente manicuradas—. Tengo un plan para neutralizar a la bestia. Tú solo prepárate. Esta noche, David tiene una cena de negocios a la que no puede faltar. La vieja se duerme temprano. Yo me encargaré del perro. Cuando te mande un mensaje, entras.

—Me gusta cómo piensas. Nos vemos en la noche, socia.

Natasha colgó. Sentía una mezcla de adrenalina y terror. Acababa de vender a una niña a un mafioso. Pero luego pensó en las miradas de desprecio de David, en los insultos de Doña Carmen, en el asco que le tenía a Naomi.

—Se lo merecen —se dijo a sí misma—. Por hacerme menos.

Guardó la carpeta, cerró el cajón, escondió la llave en el libro y salió del despacho como si nada hubiera pasado.


El día transcurrió con una calma tensa.

David regresó temprano de la oficina, pero traía malas noticias.

—No pude congelar las cuentas de Julián tan rápido —le dijo a Carmen en la cocina—. Necesito una orden judicial y los jueces están de vacaciones. Pero logré poner una alerta migratoria. Si intenta sacar a Naomi del país, sonará la alarma.

—Algo es algo —dijo Carmen, revolviendo un atole de guayaba.

Naomi estaba en la sala haciendo la tarea. Jack estaba a su lado, masticando un juguete de goma con forma de hueso.

Natasha bajó las escaleras a las 7:00 p.m., vestida para matar. Un vestido rojo ajustado, tacones de aguja.

—David, mi amor —dijo con voz dulce—. Sé que hemos estado tensos. Pero hoy tienes esa cena con los inversionistas japoneses, ¿recuerdas?

David se golpeó la frente.

—¡Mierda! Lo olvidé por completo. No puedo ir. No puedo dejar la casa sola.

—David, no puedes faltar —insistió Natasha, acercándose y arreglándole el cuello de la camisa—. Es el contrato del año. Si no vas, la empresa se va a pique. Además, aquí está tu mamá. Está Roberto afuera. La casa es un búnker. Ve, cierra el trato y regresa. Yo me quedaré aquí a… cuidar el fuerte.

David dudó. Miró a Naomi. Miró a su madre.

—Ve, hijo —dijo Carmen—. Aquí yo cuido. Tengo el sartén de hierro fundido listo. Y Roberto está en la puerta. Ve, gana ese dinero para comprarle más croquetas al tragón de Jack.

David suspiró.

—Está bien. Pero volveré rápido. En cuanto firmen, me vengo. Natasha… gracias por entender.

—Para eso estoy, mi amor. Para apoyarte.

David le dio un beso rápido en la frente a Naomi.

—Pórtate bien. Haz tu tarea. Te quiero.

—Adiós, tío David.

David salió. Natasha lo vio irse desde la ventana. Esperó a que las luces traseras de la Suburban desaparecieran en la calle.

—Showtime —susurró.

Fue a la cocina. Doña Carmen estaba lavando los trastes, dándole la espalda.

—Señora Carmen —dijo Natasha con voz suave—. Me siento un poco mal por cómo nos hemos tratado. ¿Quiere que le ayude a secar?

Carmen se giró, sorprendida, con las manos llenas de espuma.

—¿Tú? ¿Secando platos? ¿No se te van a caer las uñas postizas?

—Quiero hacer las paces. De verdad. Amo a David y sé que usted es importante para él.

Carmen la miró con sospecha, pero asintió.

—Pues agarra el trapo, mija. Aquí el que no trabaja no come.

Natasha secó dos platos. Luego, fingió un mareo.

—Ay… creo que me bajó la presión. Voy a salir al jardín a tomar aire un segundo.

—Ve, ve. No te vayas a desmayar aquí y rompas mi vajilla.

Natasha salió al jardín trasero. La noche estaba oscura, sin luna. Jack estaba ahí, haciendo sus necesidades antes de dormir. Naomi había subido al baño.

Era el momento perfecto.

Natasha miró a su alrededor. Nadie la veía. Se agachó y tomó una piedra grande del jardín decorativo.

Se acercó a Jack.

—Hola, pulgoso —susurró.

Jack la miró y gruñó. Sabía que ella era mala energía.

—Sí, gruñe todo lo que quieras. Vas a ser el culpable de todo.

Natasha hizo algo impensable. Con la piedra en la mano, se golpeó a sí misma, fuerte, en el antebrazo. Un golpe seco. Gritó de dolor, pero no fue fingido. Se rasguñó el brazo con sus propias uñas hasta sacarse sangre. Luego, rasgó su vestido rojo costoso.

Se tiró al suelo, revolcándose en la tierra.

—¡AYUDA! ¡AUXILIO! ¡ME MATA! —gritó con toda la fuerza de sus pulmones.

Jack, confundido por los gritos, empezó a ladrar frenéticamente, acercándose a ella pero sin tocarla, solo ladrando a la amenaza invisible.

Doña Carmen salió corriendo de la cocina con el cucharón en la mano. Naomi bajó corriendo las escaleras. Ada salió del cuarto de lavado.

Encontraron a Natasha tirada en el pasto, llorando, sangrando del brazo, con el vestido roto. Y a Jack ladrando encima de ella.

—¡QUÍTENMELO! —gritaba Natasha—. ¡ME ATACÓ! ¡ME MORDIÓ! ¡ESTÁ LOCO!

Doña Carmen corrió y se interpuso entre Jack y Natasha.

—¡Jack, quieto! —gritó Carmen.

El perro obedeció al instante, sentándose, pero seguía ladrando, tratando de decirles que él no había hecho nada.

—¡Dios mío! —gritó Ada—. ¡Está sangrando!

Naomi llegó corriendo, con los ojos llenos de lágrimas.

—¡Jack no fue! ¡Jack es bueno!

—¡Mírame el brazo! —lloró Natasha, mostrando los rasguños sangrientos—. ¡Esa bestia intentó matarme! Fui a acariciarlo y se me echó encima. ¡Tienen que sacarlo! ¡Tiene rabia!

Doña Carmen miró las heridas. Parecían rasguños, sí. Y había sangre. Miró a Jack. El perro no tenía sangre en el hocico. Carmen frunció el ceño. Algo no cuadraba. Un perro de ese tamaño, si ataca, arranca el pedazo. No hace rasguños superficiales.

Pero la situación era caótica. Natasha gritaba, Naomi lloraba abrazando al perro, Ada estaba llamando a emergencias.

—¡Sáquenlo! —gritaba Natasha—. ¡Si no lo sacan, llamo a la policía y hago que lo sacrifiquen ahora mismo!

Carmen tuvo que tomar una decisión rápida. Si llegaba la policía y veía sangre, se llevarían a Jack a la perrera. Y ahí lo matarían o Julián lo encontraría.

—Ada, mete a Natasha a la sala y cúrale el brazo. Naomi, ven acá.

Carmen tomó a Jack del collar.

—Naomi, escucha. Tenemos que esconder a Jack.

—¿Qué? —Naomi la miró aterrorizada.

—Si viene la policía, se lo llevan. Natasha va a decir que la atacó. Tenemos que sacarlo de aquí.

—¡No! ¡Me van a robar! —gritó Naomi.

—No te van a robar. Lo vamos a meter al cuarto de servicio de atrás, al que tiene llave y nadie usa. Rápido.

Carmen y Naomi arrastraron a Jack, que se resistía, hacia el cuarto de herramientas en el fondo del jardín. Lo encerraron ahí.

—Quédate callado, Jack. Por favor —suplicó Naomi a través de la puerta.

El perro gimió, encerrado en la oscuridad, lejos de su niña.

Adentro de la casa, Natasha sonreía entre lágrimas falsas mientras Ada le ponía alcohol en las heridas.

—Voy a demandar a David… ese perro es un peligro…

Pero por dentro, Natasha celebraba. Fase 1 completada. El guardián está enjaulado.

Sacó su celular discretamente mientras Ada buscaba vendas. Mandó un mensaje de texto.

“El perro está fuera. La puerta de la cocina se quedará sin seguro. Ven ahora.”

A kilómetros de ahí, una camioneta negra sin placas arrancó motor. Julián Aguirre, acompañado de dos tipos con cara de pocos amigos y tatuajes en el cuello, sonrió mostrando sus dientes amarillos.

—Vamos por el dinero, muchachos.

En la mansión, Doña Carmen sentía un frío en la nuca que no tenía nada que ver con el clima. Fue a revisar las puertas. La puerta principal estaba cerrada con doble cerrojo. Roberto estaba afuera en la caseta.

Pero Carmen no revisó la puerta de servicio de la cocina, la que Natasha había dejado discretamente abierta antes de salir al jardín.

Naomi subió a su cuarto, llorando, sintiéndose más sola que nunca sin Jack a los pies de su cama. Se asomó a la ventana. La lluvia caía fuerte, golpeando el vidrio.

De repente, vio algo.

Abajo, en el jardín trasero, unas sombras se movían. No era Roberto. Eran tres sombras. Se movían rápido, pegadas a la pared, dirigiéndose hacia la puerta de la cocina.

El corazón de Naomi se detuvo.

—El tío Julián… —susurró.

Corrió hacia la puerta de su cuarto para ir con Carmen, pero escuchó pasos pesados subiendo las escaleras. Pasos de hombre. No eran los tacones de Natasha ni las pantuflas de Carmen.

Eran botas.

Naomi cerró la puerta de su cuarto con seguro y puso una silla contra la manija, como había visto en las películas. Pero sabía que eso no los detendría por mucho tiempo.

Miró a su alrededor buscando un arma. Solo tenía su lámpara de princesa y sus libros.

—Jack… —gimió—. Jack, ayúdame.

En el cuarto de herramientas del jardín, Jack olió algo. Olió el aroma inconfundible del miedo de Naomi, mezclado con el olor a tabaco barato del hombre que una vez lo pateó.

El perro se transformó. Ya no era la mascota mimada. Era el lobo.

Retrocedió unos pasos en el pequeño cuarto oscuro. Gruñó, mostrando todos sus dientes. Y se lanzó con todas sus fuerzas contra la puerta de madera vieja.

CRAAAACK.

La madera crujió.

Jack retrocedió y se lanzó otra vez. El amor por su niña le daba la fuerza de diez perros.

CRAAAACK.

La puerta cedió, astillándose. Jack salió disparado hacia la lluvia, una flecha dorada de furia, corriendo hacia la casa donde los monstruos acababan de entrar.

Esta noche, habría sangre. Y no sería la de Natasha.

CAPÍTULO 7: La Noche de los Cuchillos Largos y el Aullido de la Bestia

La tormenta afuera azotaba las ventanas de la mansión con una furia bíblica. Los truenos retumbaban sobre Las Lomas de Chapultepec, ocultando el sonido de cristales rotos y pasos pesados que profanaban la santidad del hogar de David.

En la cocina, la escena era digna de una pesadilla.

Tres hombres habían entrado por la puerta de servicio que Natasha había dejado “accidentalmente” abierta. Estaban empapados, con botas llenas de lodo manchando el piso de porcelanato impecable. Olían a tabaco barato, a sudor rancio y a peligro.

Al frente iba Julián Aguirre. No se veía como en las fotos corporativas de antaño. Se veía demacrado, con los ojos inyectados en sangre y una sonrisa torcida que dejaba ver unos dientes amarillos por la nicotina. En su mano derecha, brillaba una pistola negra. Detrás de él, dos gorilas de aspecto patibulario, “El Tuercas” (no el amigo de Naomi, sino un matón de Tepito con ese apodo) y “El Mudo”, sostenían navajas y cuerdas.

Natasha, que había estado fingiendo llorar en el sofá de la sala contigua mientras Ada le curaba las heridas falsas, se asomó al escuchar el ruido. Al ver a los hombres armados, su actuación se derrumbó. Una cosa era planear un “susto” y un secuestro limpio; otra muy distinta era ver la violencia cruda en la sala de su novio.

—¿Julián? —susurró Natasha, pálida como un papel.

Julián la miró y soltó una carcajada seca.

—Hola, socia. Gracias por la invitación. Linda casa. Lástima que la vamos a ensuciar un poco.

Ada, al ver las armas, soltó un grito ahogado y tiró la botella de alcohol.

—¡Cállate la boca, vieja! —gritó “El Tuercas”, avanzando hacia Ada y dándole una bofetada con el reverso de la mano que la mandó al suelo.

—¡ADA! —gritó Doña Carmen.

La matriarca estaba junto al fregadero. Al ver entrar a los intrusos, no gritó. No corrió. El instinto de supervivencia que había forjado en las calles duras de la Colonia Doctores y en los pueblos de Michoacán se activó en un microsegundo.

Carmen agarró lo primero que tuvo a mano: una olla de hierro fundido, pesada, negra y letal, donde había estado calentando agua para el chocolate.

—¡Lárguense de mi casa, hijos de la chingada! —rugió Carmen, con una voz que hizo vibrar las copas en la vitrina.

—Mira, la abuelita quiere pelear —se burló Julián—. Agárrenla y amárrenla junto con la sirvienta. Yo voy por la niña.

“El Mudo” se lanzó hacia Carmen. Grave error.

Carmen no esperó. Con un movimiento fluido de cadera, lanzó el agua hirviendo de la olla hacia la cara del atacante.

—¡AAAAAAH! —el grito del matón fue desgarrador mientras se cubría el rostro quemado.

Pero Carmen no paró ahí. Aprovechando la confusión, blandió la olla de hierro como si fuera un martillo de guerra y la estrelló con un sonido sordo y brutal (¡CLANG!) contra la cabeza del hombre, que cayó al suelo como un costal de papas, inconsciente.

—¡Uno menos! —gritó Carmen, jadeando, levantando la olla de nuevo—. ¿Quién sigue? ¡Vengan por su medicina!

Julián y el otro matón se quedaron paralizados un segundo, sorprendidos por la ferocidad de la anciana.

—¡Maldita vieja loca! —gritó Julián, apuntándole con la pistola—. ¡Te voy a llenar de plomo!

Natasha, desde la sala, se tapó los oídos y gritó:

—¡No! ¡No disparen! ¡Ese no era el trato!

Julián giró la cabeza hacia Natasha.

—¡El trato cambió en cuanto tu perro casi me arranca la mano la última vez, estúpida! ¡Ahora cállate o sigues tú!

Julián volvió a apuntar a Carmen. Su dedo se tensó en el gatillo. Carmen cerró los ojos, encomendándose a la Virgen, pero sin soltar su olla. Estaba lista para morir defendiendo el fuerte.

Pero el disparo nunca llegó.

Lo que llegó fue un rayo dorado.

Una explosión de cristal y madera resonó desde el jardín trasero. Algo había atravesado la puerta-ventana de la sala, rompiendo el vidrio de seguridad como si fuera papel de arroz.

Era Jack.

El Golden Retriever, empapado por la lluvia, con el pelaje pegado al cuerpo marcando cada músculo tenso, aterrizó en la sala sobre una alfombra de vidrios rotos. Sus ojos no eran los ojos dulces color miel de la mascota de la casa. Eran dos carbones encendidos de furia primitiva. Sus dientes estaban desnudos, goteando saliva y lluvia.

Julián se giró, pálido.

—El perro… —murmuró con terror.

Jack no ladró. Los perros que van a matar no ladran; atacan.

Se lanzó sobre “El Tuercas”, el matón que quedaba en pie junto a Julián. Saltó directo a la garganta. El hombre intentó cubrirse con el brazo, y las mandíbulas de Jack se cerraron sobre su antebrazo con la fuerza de una prensa hidráulica. Se escuchó el crujido inconfundible de hueso rompiéndose.

—¡AAAAH! ¡QUÍTAMELO! ¡ME ESTÁ COMIENDO! —gritaba el hombre, sacudiendo el brazo, pero Jack estaba anclado, gruñendo, sacudiendo la cabeza para causar más daño.

Julián, presa del pánico, disparó.

¡BANG!

La bala pegó en el piso de mármol, sacando chispas, a centímetros de la pata de Jack.

—¡Maldita bestia! —Julián intentó apuntar de nuevo, pero Doña Carmen, viendo a su aliado peludo en peligro, lanzó la olla de hierro con puntería olímpica.

La olla golpeó a Julián en el hombro, haciéndolo trastabillar y soltar el arma, que se deslizó por el suelo hasta quedar debajo del refrigerador.

—¡Sube, Julián! ¡Ve por la niña! —le gritó su instinto de codicia—. ¡Deja a los idiotas pelear con el perro!

Julián, sobándose el hombro, vio que “El Tuercas” estaba siendo neutralizado por el perro y “El Mudo” seguía noqueado por el agua hirviendo. Su única salida era tomar a Naomi como rehén y huir.

Corrió hacia las escaleras.

—¡Jack! ¡Va por la niña! —gritó Carmen.

Jack soltó al matón, que cayó al suelo llorando y sosteniéndose el brazo destrozado. El perro derrapó en el piso mojado, recuperó la tracción y salió disparado escaleras arriba, persiguiendo al villano.


Arriba, en su habitación, Naomi estaba temblando. Había escuchado los gritos, el disparo, los ladridos. Había arrastrado una silla y su baúl de juguetes contra la puerta, creando una barricada endeble.

Se metió debajo de la cama, abrazando a su muñeca.

—Tío David… ven por favor… —sollozaba en silencio.

Escuchó pasos pesados en el pasillo. Pasos rápidos. Luego, un golpe brutal contra su puerta.

¡PUM!

—¡Abre la puerta, escuincla! —gritó la voz de su Tío Julián. Esa voz que tantas veces la había insultado—. ¡Sé que estás ahí! ¡Sal por las buenas y no te dolerá!

Naomi se tapó la boca para no gritar.

¡PUM!

La puerta crujió. La silla se movió unos centímetros.

¡PUM!

La cerradura cedió. La puerta se abrió de golpe, empujando la silla y el baúl con violencia.

Julián entró en la habitación, jadeando, sudando, con la mirada desquiciada.

—¡Naomi! —rugió—. ¡Sal de donde estés! ¡Se te acabó la suerte!

Empezó a patear los muebles. Tiró la lámpara de princesa. Pateó los Legos.

Naomi vio las botas sucias de su tío acercándose a la cama. Contuvo la respiración.

Julián se agachó y levantó el edredón. Sus ojos se encontraron.

—¡Ahí estás, rata de alcantarilla!

Estiró la mano y la agarró del tobillo, arrastrándola hacia afuera.

—¡NO! ¡SUÉLTAME! ¡TÍO DAVID! —gritó Naomi, pataleando y tratando de agarrarse de las patas de la cama.

—¡Tu tío David no está! ¡Nadie te va a salvar! —Julián la levantó del brazo con brusquedad, haciéndola llorar de dolor.

Pero justo cuando Julián se daba la vuelta para sacarla del cuarto, una sombra apareció en la puerta.

No era David.

Era Jack.

El perro estaba en el umbral, bloqueando la salida. Tenía sangre en el hocico (sangre del matón de abajo). Su pecho subía y bajaba agitadamente.

Julián se congeló, con Naomi colgando de su brazo.

—Tú otra vez… —siseó Julián, buscando con la mirada algo con qué defenderse. Vio una lámpara de metal pesado en el buró.

—¡Jack! —gritó Naomi.

Jack no esperó. No le importó que el hombre tuviera a la niña. Calculó el salto con precisión milimétrica.

Se lanzó al aire.

Julián intentó usar a Naomi como escudo, pero Jack no iba por el cuerpo. Iba por el brazo que sostenía a la niña.

Las fauces de Jack se cerraron en la muñeca de Julián.

—¡AAAAAAAGH! —Julián soltó a Naomi por reflejo ante el dolor insoportable.

Naomi cayó al suelo y rodó lejos.

Julián y Jack cayeron juntos, en una maraña de gritos y gruñidos. Julián golpeaba al perro con su mano libre, puñetazos cerrados a la cabeza, a las costillas. Pero Jack era una roca. No soltaba. Sacudía la cabeza, desgarrando la piel, castigando al hombre que había lastimado a su manada.

—¡Suéltame, maldito! —lloraba Julián.

Logró alcanzar la lámpara de metal y golpeó a Jack en el costado con fuerza.

¡CRAACK!

Jack soltó un aullido de dolor (probablemente una costilla rota), y su agarre se aflojó por un segundo. Julián aprovechó para darle una patada en el hocico que lanzó al perro contra el armario.

Jack cayó aturdido, resbalando.

Julián, sosteniéndose la muñeca sangrante, vio su oportunidad. No podía con el perro. Tenía que huir. Pero necesitaba a la niña.

Miró a Naomi, que estaba acorralada en la esquina.

—¡Tú vienes conmigo! —gritó, sacando una navaja que traía en el cinto.

Se abalanzó sobre ella.

Pero antes de que pudiera tocarla, una voz resonó desde el pasillo. Una voz cargada de muerte fría.

—¡Aléjate de ella o te vuelo la cabeza!

Julián se giró.

En la puerta estaba David.

Estaba empapado por la lluvia. Su camisa estaba pegada al cuerpo. En sus manos sostenía la Glock 9mm con una estabilidad aterradora. Sus ojos no parpadeaban.

Detrás de David, se escuchaban las sirenas de policía acercándose a la casa.

—¡David! —gritó Naomi.

Julián, viéndose perdido, hizo lo único que sabía hacer: una cobardía. Agarró a Naomi del pelo y le puso la navaja en el cuello, usándola como escudo humano.

—¡Suelta el arma! —gritó Julián, con la voz quebrada por el pánico y el dolor—. ¡Suéltala o la degollo aquí mismo! ¡No tengo nada que perder!

David no bajó el arma. El punto de mira estaba fijo en el entrecejo de Julián. Pero el blanco era demasiado pequeño. Si disparaba y fallaba, le daría a Naomi. O Julián, en su espasmo de muerte, cortaría a la niña.

El tiempo se detuvo.

—Julián… —dijo David con voz calmada, peligrosamente suave—. Mírame. Todo terminó. La policía está afuera. Tus hombres están neutralizados abajo. Si la sueltas, sales vivo. Vas a la cárcel, pero vivo. Si le haces un rasguño… te juro que no vas a llegar a la patrulla.

—¡Necesito un coche! —gritó Julián, apretando la navaja. Un hilo de sangre apareció en el cuello de Naomi. La niña sollozó.

David vio la sangre y sintió que el mundo se ponía rojo. Su dedo acarició el gatillo.

—¡El coche está afuera! —mintió David—. Llévatela despacio. Pero baja la navaja.

Julián empezó a caminar hacia la puerta, arrastrando a Naomi, sin dejar de usarla como escudo.

Tenía que pasar junto a donde Jack estaba tirado. El perro parecía inconsciente, respirando con dificultad.

Julián sonrió con malicia al pasar junto al animal caído.

—Perro estúpido…

Fue su último error.

Jack no estaba inconsciente. Estaba esperando.

Justo cuando Julián pasó su pierna junto al hocico del perro, Jack abrió los ojos. Con la última reserva de energía que le quedaba, sin levantarse, lanzó una mordida certera al talón de Aquiles de Julián.

Julián gritó y su pierna falló. Tropezó.

Ese segundo de desequilibrio fue todo lo que David necesitó.

La navaja se alejó del cuello de Naomi por el tropiezo.

¡BANG!

El disparo de David fue ensordecedor en el cuarto cerrado.

La bala impactó en el hombro derecho de Julián (el que sostenía la navaja), destrozando la clavícula y el hueso. La fuerza del impacto lo hizo girar y caer de espaldas contra el suelo. La navaja salió volando.

David se abalanzó sobre él antes de que tocara el suelo. Le dio una patada en la cara que le rompió la nariz, dejándolo fuera de combate instantáneamente.

Luego, pateó la navaja lejos.

—¡Naomi! —David se giró.

La niña corrió hacia él y saltó a sus brazos. David la atrapó, cayendo de rodillas, abrazándola tan fuerte que temió lastimarla.

—Ya pasó, ya pasó… estás a salvo.

—¡Jack! —lloró Naomi—. ¡Mira a Jack!

David miró hacia el armario. El perro intentaba levantarse, pero sus patas traseras resbalaban. Gemía bajito.

David, con Naomi en brazos, se arrastró hasta el perro.

—Tranquilo, chico. Tranquilo.

Jack lamió la mano de David y luego la cara de Naomi. Su cola golpeó débilmente el suelo. Pum, pum, pum. “Misión cumplida”, parecía decir.

En ese momento, la habitación se llenó de gente. Roberto (con una venda en la cabeza sangrando, pero vivo) entró con dos policías armados.

—¡Aseguren el perímetro! —gritó un oficial.

Los paramédicos entraron detrás.

—¡Atiendan al perro! —gritó David—. ¡Y a la niña! ¡Y llévense a esta basura de aquí! —señaló a Julián inconsciente.

Mientras se llevaban a Julián esposado y en camilla, David bajó las escaleras con Naomi cargada y los paramédicos llevando a Jack en una camilla especial improvisada.

La sala de abajo era un caos. Doña Carmen estaba sentada en una silla, con una bolsa de hielo en la cabeza (un golpe leve), pero vigilando a los dos matones que la policía ya tenía esposados en el suelo.

—¡Mamá! —David corrió hacia ella.

—Estoy bien, mijo. Soy dura de matar. —Carmen miró a Naomi—. ¿Mi niña está bien?

—Sí, abuela. Solo un rasguño.

Entonces, la mirada de todos cayó sobre una figura que intentaba hacerse invisible en un rincón de la sala, detrás de una maceta rota.

Natasha.

Estaba temblando, con el maquillaje corrido, mirando la escena con terror. Sabía que su juego había terminado.

Julián, que estaba siendo sacado en camilla por los paramédicos y policías, recuperó la consciencia un momento al pasar junto a ella. Al verla, su odio pudo más que su dolor.

—¡Esa perra! —gritó Julián, señalando a Natasha con su mano sana—. ¡Ella me abrió la puerta! ¡Ella planeó todo! ¡Me prometió cinco millones si me llevaba a la niña!

El silencio que siguió a esa acusación fue más fuerte que los truenos de afuera.

David se detuvo en seco. Giró la cabeza lentamente hacia Natasha.

Natasha negó con la cabeza frenéticamente.

—¡No! ¡Miente! ¡Es un delincuente, miente para salvarse! David, bebé, yo estaba aquí llorando… me atacaron…

—¡Cállate! —gritó Julián mientras lo sacaban—. ¡Revisen su celular! ¡Tengo los mensajes! ¡Me dijo cómo sacar al perro!

David le entregó a Naomi a Doña Carmen con suavidad.

Caminó hacia Natasha. Sus pasos resonaban en el mármol manchado de lodo y sangre. Se detuvo frente a ella.

Natasha retrocedió hasta chocar con la pared.

—David… por favor… estaba asustada… me obligaron…

David la miró. Ya no había amor, ni deseo, ni siquiera enojo. Solo había un asco profundo, infinito.

—Roberto —dijo David sin dejar de mirar a Natasha.

—¿Sí, jefe?

—Dale el celular de Natasha a la policía. Que recuperen los mensajes. Y asegúrate de que declaren esto como intento de secuestro y complicidad en intento de homicidio.

—¡No! ¡David! ¡Soy yo! ¡Soy tu Natasha! —gritó ella, agarrándose de su camisa.

David se soltó con un movimiento brusco, como si le hubiera tocado algo sucio.

—Tú no eres nada. Eres un monstruo. Vendiste a una niña por dinero. Vas a pudrirte en la cárcel, Natasha. Y te prometo que gastaré cada centavo de mi fortuna en abogados para asegurarme de que no salgas nunca.

Un oficial se acercó y esposó a Natasha.

—Tiene derecho a guardar silencio…

Mientras se la llevaban llorando y gritando maldiciones, David regresó con su verdadera familia.

Se agachó junto a la camilla de Jack. El perro tenía los ojos cerrados, respiraba con dificultad. El paramédico miró a David.

—Señor… tiene varias costillas rotas y posible hemorragia interna. Necesita cirugía ya. No sé si aguante el traslado al veterinario.

David acarició la cabeza del héroe.

—Roberto, prepara la camioneta. Vamos a la mejor clínica veterinaria de México. Y llama al Dr. Martínez, dile que abra el quirófano. Dile que llevo a un rey.

Doña Carmen, Naomi y David subieron a la camioneta junto con el perro herido.

La lluvia seguía cayendo, limpiando la sangre de la entrada de la casa. La pesadilla había terminado, los monstruos estaban enjaulados. Pero la batalla por la vida de Jack apenas comenzaba.

El silencio en la camioneta solo era roto por los sollozos de Naomi, que sostenía la pata inerte de su mejor amigo.

—No te vayas, Jack… no me dejes sola… —susurraba.

David miró por la ventana, viendo las luces de la ciudad borrosas por las lágrimas. Había ganado la guerra, pero el precio podía ser demasiado alto.

CAPÍTULO 8: Cicatrices de Oro y el Verdadero Tesoro

El Hospital Veterinario de Especialidades del Pedregal olía a antiséptico y a miedo, un olor universal que no distingue entre humanos y animales. Eran las tres de la mañana. La lluvia había cesado, dejando a la Ciudad de México lavada y silenciosa, pero dentro de la sala de espera privada, la tormenta seguía rugiendo en los corazones de tres personas.

David caminaba de un lado a otro, marcando un surco imaginario en el piso de linóleo. Su camisa, antes blanca e inmaculada, estaba manchada con la sangre de Julián y con el lodo del jardín, pero no le importaba.

En un sillón de piel sintética, Doña Carmen rezaba el Rosario en voz baja, pasando las cuentas con dedos temblorosos.

—Dios te salve María, llena eres de gracia… —susurraba, con los ojos cerrados.

A su lado, Naomi estaba hecha bolita, abrazando una de las chamarras de David. No lloraba. Estaba en ese estado de shock silencioso de los niños que han visto demasiado. Tenía la mirada fija en las puertas abatibles del quirófano, esperando que se abrieran y saliera un milagro.

—Señor David —dijo Roberto, entrando con dos cafés del OXXO y una botella de agua—. Tómese esto, jefe. Necesita cafeína. Los abogados ya están en la delegación encargándose de las declaraciones contra Julián y la señorita Natasha. Usted no tiene que ir hasta mañana.

David tomó el café sin mirarlo.

—¿Qué dijeron los médicos, Roberto? ¿Viste algo?

—El Dr. Martínez es el mejor cirujano veterinario del país, jefe. Si alguien puede salvar a Jack, es él. Pero… el perro perdió mucha sangre. La patada le rompió dos costillas y una le perforó un poco el pulmón. Y la herida de la lámpara fue profunda.

Naomi soltó un sollozo ahogado al escuchar eso. David se sentó a su lado de inmediato y la abrazó.

—No escuches eso, princesa. Jack es de acero. Es un perro callejero, ¿te acuerdas? Los callejeros tienen siete vidas, como los gatos.

—Jack no es un gato —susurró Naomi—. Es mi ángel. Y los ángeles regresan al cielo.

—No hoy —dijo David con fiereza—. Hoy no se va nadie.

Pasaron dos horas más. El amanecer empezó a pintar de naranja las ventanas de la clínica.

Finalmente, las puertas del quirófano se abrieron.

El Dr. Martínez salió, quitándose el gorro quirúrgico. Tenía ojeras y sudor en la frente. Su bata verde tenía manchas oscuras.

David, Carmen y Naomi se pusieron de pie de un salto, conteniendo la respiración.

El médico suspiró y miró a Naomi. Luego sonrió levemente.

—Es un guerrero ese perro —dijo el doctor—. La cirugía fue complicada. Tuvimos que reconstruirle el tejido muscular del flanco derecho y drenar el pulmón. Hubo un momento en que su corazón bajó mucho el ritmo… pensamos que lo perdíamos.

Naomi apretó la mano de David hasta que le dolió.

—¿Pero? —preguntó David.

—Pero se estabilizó. Está en recuperación. Sigue crítico, las próximas 24 horas son vitales para ver que no haya infección, pero… está vivo. Y despertó hace un momento.

—¿Podemos verlo? —suplicó Naomi.

—Solo un minuto. Y sin hacer ruido. Necesita descansar.

Entraron a la zona de recuperación. Había jaulas de acero inoxidable y monitores pitando. En la jaula más grande, sobre una colchoneta térmica, estaba Jack.

Estaba envuelto en vendajes blancos alrededor del torso. Tenía un catéter en la pata delantera y el famoso “cono de la vergüenza” en el cuello. Se veía pequeño, frágil, lejos de la bestia furiosa que había defendido la casa horas antes.

Naomi se acercó a la rejilla.

—Jack… —susurró.

El perro abrió un ojo. Estaba drogado por la anestesia, pero reconoció la voz. Movió la cola. Fue un movimiento débil, apenas un tap-tap contra el suelo de la jaula, pero fue suficiente.

—Aquí estoy, Jack. No me fui —le dijo ella, metiendo los dedos por la reja para tocarle la nariz fría—. Te tienes que curar. Me prometiste que dormirías conmigo.

Jack soltó un suspiro profundo y cerró los ojos, durmiendo pacíficamente por primera vez en la noche.

David sintió que las lágrimas le rodaban por las mejillas. Abrazó a su madre y a Naomi.

—Lo logramos —dijo—. Lo logramos.


SEIS MESES DESPUÉS

El Reclusorio Norte de la Ciudad de México no es un lugar bonito, ni siquiera en los días soleados. Es gris, frío y huele a desesperanza.

En la zona de visitas, separado por un vidrio grueso y un teléfono, estaba Julián Aguirre.

Ya no quedaba nada del hombre arrogante que usaba trajes italianos. Llevaba el uniforme beige de los internos, estaba rapado (por higiene y por piojos) y tenía una cicatriz fea y torcida en la nariz, recuerdo de la patada de David. Cojeaba visiblemente de la pierna donde Jack le había mordido el tendón; los médicos de la prisión hicieron lo que pudieron, pero nunca volvería a caminar bien.

Al otro lado del vidrio estaba su abogado de oficio, un hombre joven y cansado.

—No hay nada que hacer, Julián —decía el abogado—. Tu cómplice, Natasha, cantó como canario. Negoció una pena menor a cambio de entregarte todas las pruebas. Los mensajes, las llamadas, el plan del secuestro… todo.

—Esa maldita traidora… —gruñó Julián al teléfono—. ¿Y ella?

—Ella está en Santa Martha Acatitla. Le dieron ocho años por complicidad y tentativa de secuestro. Pero tú… tú tienes el intento de homicidio, el secuestro agravado de una menor, la portación de armas de uso exclusivo del ejército y el fraude del fideicomiso. El juez te dictó cuarenta años. Sin derecho a fianza.

Julián golpeó el vidrio con el puño, pero no tenía fuerzas.

—Cuarenta años… voy a morir aquí.

—Probablemente. Ah, y una cosa más. Perdiste la patria potestad de la niña definitivamente. La adopción se concretó hoy por la mañana. Ya no es tu sobrina legalmente.

Julián cerró los ojos, derrotado. Había jugado al póker con el diablo y había perdido hasta la camisa.

Mientras tanto, en Santa Martha, Natasha lloraba en su celda compartida con otras seis mujeres. Sus uñas acrílicas habían desaparecido, su cabello rubio teñido tenía raíces negras de diez centímetros y su piel estaba gris por la falta de sol y cremas caras.

Había perdido su libertad, su belleza y su futuro. Y todo por subestimar a un “perro mugroso” y a una “niña de la calle”. La justicia poética a veces tarda, pero cuando llega, golpea más fuerte que una olla de hierro fundido.


UN AÑO DESPUÉS

La mansión de Las Lomas de Chapultepec había cambiado.

Ya no parecía un museo de arte moderno frío y estéril. Ahora, en el jardín delantero, había una bicicleta rosa recargada en la fuente (que ya tenía agua de verdad). En la entrada había huellas de lodo de patas de perro que nadie se había molestado en limpiar.

Era sábado. Y no cualquier sábado.

El jardín trasero estaba decorado con globos, serpentinas y una pancarta gigante que decía: “FELIZ CUMPLEAÑOS NAOMI Y JACK”.

Sí, celebraban el cumpleaños de los dos. El de Naomi, porque cumplía ocho años, y el de Jack, porque el veterinario calculó que tendría unos cinco años (en años perro), y porque celebraban el aniversario de que volvió a nacer.

Había música de mariachi en vivo tocando “El Son de la Negra”. El olor a tacos al pastor (con trompo y todo en el jardín) llenaba el aire.

David estaba en la parrilla, con un delantal que decía “El Mejor Papá del Mundo” (regalo de Naomi) y una cerveza en la mano. Se veía más relajado, más joven. Había dejado de usar corbata incluso para ir a la oficina. Ahora priorizaba salir temprano para llegar a hacer la tarea con su hija.

—¡David! —gritó Doña Carmen desde una mesa llena de regalos—. ¡Deja que el taquero haga su trabajo y ven a partir el pastel!

Doña Carmen vivía con ellos permanentemente. Había vendido su casa en Michoacán y se había traído sus macetas, sus santos y su alegría. Era la reina de la casa, y hasta Ada le pedía permiso para cambiar el menú.

—¡Voy, jefa! —respondió David.

En el centro del jardín, Naomi corría con un vestido amarillo brillante, riendo mientras jugaba a las “traes” con sus amigos del colegio. Ya no era la niña esquelética y asustada. Estaba sana, fuerte, y tenía esa confianza de quien se sabe amada incondicionalmente.

Y detrás de ella, siempre a dos pasos de distancia, iba Jack.

Jack tenía una cicatriz larga y rosada en el costado, donde el pelo no había vuelto a crecer del todo. Y cojeaba un poquito de la pata trasera cuando hacía frío o corría mucho. Pero era el perro más feliz del mundo. Estaba un poco “gordito” (culpa de los tacos que le pasaban bajo la mesa), y su pelaje brillaba al sol. Llevaba un sombrero de charro pequeño amarrado al cuello.

—¡Hora del pastel! —gritó Naomi.

Todos se reunieron alrededor de la mesa. Naomi cargó a Jack (o lo intentó, porque el perro pesaba mucho) para que él también soplara las velas.

—Pide un deseo, hija —dijo David, abrazándola por los hombros.

Naomi cerró los ojos. Pensó un momento. Luego los abrió y sonrió.

—No tengo qué pedir, papá. Ya tengo todo.

David sintió un nudo en la garganta. Esa palabra. Papá. Todavía le costaba creer que alguien lo llamara así.

Soplaron las velas. Jack aprovechó el descuido y le dio una lamida gigante al betún de chocolate del pastel.

—¡Jack! —gritaron todos, y luego estallaron en risas.

—Dejen al cumpleañero —dijo Carmen, sirviéndole un pedazo de pastel (la parte sin chocolate) en un plato en el suelo—. Se lo ganó.

La fiesta continuó hasta el atardecer. Los invitados se fueron yendo poco a poco. El mariachi tocó “Las Golondrinas”.

Cuando cayó la noche, la casa quedó en silencio, pero un silencio cálido, lleno de ecos de risas.

David salió al pórtico del jardín con una taza de café (descafeinado, por orden de Carmen). Se sentó en los escalones de piedra, mirando las estrellas.

Sintió una presencia húmeda a su lado. Jack se sentó junto a él, recargando su cabeza pesada en el hombro de David.

David le rascó detrás de las orejas, justo en ese punto que hacía que Jack moviera la pata.

—¿Te das cuenta, amigo? —le dijo David al perro en voz baja—. Hace un año, tú me robaste un maletín. Me robaste cincuenta mil pesos, mi laptop y mis tarjetas.

Jack suspiró, como diciendo: “Y lo volvería a hacer”.

—Pensé que me habías robado —continuó David, con la voz quebrada por la emoción—. Pero en realidad, me estabas dando algo. Me diste una hija. Me diste una madre de regreso. Me diste una razón para despertar que no fuera el dinero.

David miró hacia la ventana de la sala, donde se veía a Naomi y a Carmen viendo una película, acurrucadas bajo una manta.

—Me salvaste la vida, Jack. Yo creí que te salvé a ti y a ella, pero la verdad es que ustedes me salvaron a mí de una vida vacía y solitaria.

Jack lamió la mejilla de David, quitándole una lágrima solitaria que se había escapado.

David sacó algo de su bolsillo. Era el viejo pin de oro que usaba en su traje aquel día del robo. Ya no lo usaba. Se lo abrochó en el collar de cuero de Jack.

—Ahora tú eres el jefe. El verdadero CEO de esta familia.

El perro ladró suavemente y se levantó. Escuchó el sonido de la bolsa de premios en la cocina (Naomi seguramente estaba dándole un snack de buenas noches).

Jack corrió hacia adentro, cojeando levemente, moviendo la cola con felicidad.

David se quedó un momento más afuera, mirando al cielo nocturno de la Ciudad de México. Por primera vez, no le importó el smog, ni el ruido lejano del tráfico.

—Gracias, Ernesto —susurró al viento—. Promesa cumplida. Ella está bien. Estamos bien.

Se levantó, sacudiéndose el pantalón, y entró a su casa. Cerró la puerta, dejando afuera el frío, y se unió al calor de su hogar, donde una niña, una abuela y un perro con cicatrices de guerra lo esperaban para ver una película y comer palomitas.

Y así, el millonario que lo tenía todo descubrió que, en realidad, no tenía nada hasta que un perro ladrón le enseñó que la verdadera riqueza no se guarda en un banco, sino en el corazón de aquellos a quienes amas.

FIN.

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