
CAPÍTULO 1: El susurro del miedo en la plaza
El sol de mediodía en San Cristóbal no perdonaba. Caía a plomo sobre las láminas de los puestos ambulantes, haciendo que el aire oliera a aceite quemado de garnachas, a fruta madura y a ese polvo seco que se te mete hasta en los pensamientos.
Yo soy Elías Torres. Tengo cuarenta años, pero la sierra y la soledad me han puesto encima otros diez. Bajé al pueblo solo por lo indispensable: dos costales de maíz, clavos del cuatro para reparar el techo de la leñera y un poco de café, del bueno, no del soluble que venden en la tienda de la esquina. Odio bajar al pueblo. Aquí abajo todo es ruido, gente queriendo venderte cosas que no necesitas y miradas que juzgan mis botas llenas de lodo seco y mi camisa de franela a cuadros, que ya ha visto mejores tiempos.
Estaba cargando el costal de maíz al hombro, sintiendo cómo los cincuenta kilos se acomodaban en mi espalda como una vieja costumbre, cuando la escuché. No fue un grito. Fue un susurro, tan bajito y quebrado que casi se pierde entre el ruido de una cumbia que sonaba en la tortillería de enfrente.
—Señor… por lo que más quiera, ¿puede fingir ser mi esposo? ¿Solo por hoy?
Me detuve en seco. El instinto me dijo que siguiera caminando. En este país, detenerse ante una súplica extraña suele ser el primer paso para terminar en una zanja o sin cartera. Pero algo en el tono de voz me heló la sangre. No era la voz de alguien pidiendo limosna; era la voz de alguien que se está ahogando.
Me giré despacio, con la mano cerca de la navaja que siempre cargo en el cinto, por si las dudas.
Lo que vi me desarmó. Era una mujer joven, una güera de unos treinta años, pero con la cara lavada y unas ojeras que le llegaban al suelo. Llevaba un abrigo gris, raído en los puños, que claramente no era suficiente para las noches frías de noviembre. Pero lo que me impactó no fue ella, sino el terror puro que vibraba en sus ojos. Temblaba como una hoja en plena tormenta.
—¿Qué dice? —pregunté, frunciendo el ceño, pensando que el sol me estaba jugando una mala pasada.
Ella dio un paso hacia mí, invadiendo mi espacio personal, oliendo a jabón barato y a miedo, un olor agrio inconfundible.
—Sé que suena a locura, señor —dijo atropelladamente, sus ojos azules barrían la calle principal con pánico—. Pero por favor. Si ese hombre me ve sola otra vez… me va a quitar a mi niña. Se la va a llevar y no la voy a volver a ver nunca.
—¿De qué hombre habla? —gruñí, bajando un poco el costal pero sin soltarlo.
Ella señaló discretamente con la cabeza hacia la acera de enfrente, justo donde está la presidencia municipal.
Ahí estaba. Una camioneta Suburban negra, impoluta, con los vidrios polarizados al máximo. De esas que en México significan solo dos cosas: gente del gobierno o gente del narco. Y a veces, en estos pueblos olvidados de Dios, es la misma cosa. Recargado en la puerta del copiloto había un tipo. Llevaba una gabardina oscura a pesar del calor, lentes de sol tipo aviador y sostenía una carpeta de piel bajo el brazo. No estaba haciendo nada, solo escaneaba la plaza como un gavilán buscando un conejo despistado. Tenía esa postura arrogante de quien sabe que trae la charola y la pistola fajada en la cintura.
—Ese es Bruno —susurró ella—. O bueno, uno de sus gatos. Es del DIF estatal, o eso dicen los papeles que trae. Pero trabaja para mi ex marido. Me han estado cazando por tres estados.
Mi primer instinto, el de supervivencia, gritó: “Vete, Elías. Sube a tu troca y piérdete en el monte. Esto no es tu bronca”.
Yo soy solo un tallador de madera. Vivo en lo alto de la Sierra Madre para no tener que lidiar con la maldad de la gente. Bajé la vista y vi que la mujer aferraba con una mano blanca y huesuda la mochila de una niña.
—¿Dónde está la chamaca? —pregunté, casi sin querer.
—En el coche. —Señaló un Tsuru viejo, color vino, estacionado a unos metros—. No dejo que baje. Tiene seis años. Se llama Marisol.
Miré hacia el auto. A través del vidrio sucio, vi una carita pegada a la ventana. Unos ojos enormes me miraban fijamente, abrazando un conejo de peluche al que le faltaba una oreja. La niña no lloraba. Solo observaba con una seriedad que ninguna niña de seis años debería tener. Esa mirada… maldita sea, esa mirada me recordó a mí mismo cuando tenía su edad, esperando a que mi padre dejara de gritar.
Suspiré, sintiendo un peso en el pecho más grande que el costal de maíz.
—Señora, yo no soy actor —dije con mi voz rasposa—. Y usted se ve que trae problemas de los gordos.
—No necesito un actor —me suplicó ella, y vi cómo una lágrima se le escapaba, trazando un camino limpio en su mejilla sucia—. Necesito un hombre que parezca que no le tiene miedo a nada. Y usted… usted se ve como alguien que puede sostener el mundo si se le cae encima. Vi cómo ayudó al niño de los chicles hace rato. No lo ignoró. Tiene buen corazón, lo vi en sus ojos.
El tipo de la gabardina se enderezó. Se quitó los lentes de sol y clavó su mirada en nosotros. Había encontrado a su presa. Empezó a cruzar la calle, esquivando un taxi, caminando con paso decidido hacia nosotros.
El corazón me dio un vuelco. Ya no había tiempo para pensar. La adrenalina, esa vieja amiga que no sentía desde mis tiempos en el ejército, me inundó las venas.
—¿Cómo se llama? —le pregunté rápido. —Emilia. —Bien, Emilia. Sécate esas lágrimas. Endereza la espalda. —¿Qué? —Que te endereces —ordené, soltando el costal de maíz en el suelo con un golpe sordo—. Si vamos a hacer esto, lo vamos a hacer bien. Agárrate de mi brazo. Y no tiembles.
El tipo estaba a diez metros. Emilia se aferró a mi brazo izquierdo. Sentí sus dedos clavarse en mi camisa de franela. Estaba helada.
—Soy Elías —le dije al oído, inclinándome un poco—. Y desde este momento, tú y yo somos los dueños de esta maldita banqueta. Camina.
Empezamos a avanzar hacia el coche, interceptando la trayectoria del agente. Él nos cortó el paso justo antes de llegar al Tsuru.
—Señora Emilia —dijo el hombre. Tenía una voz empalagosa, falsa, de esas que te dan ganas de soltarle un puñetazo—. Se saltó la cita de evaluación psicosocial de las diez. Eso es una violación directa al acuerdo de supervisión.
Emilia abrió la boca, pero no salió nada. El pánico la había dejado muda. El tipo sonrió, una sonrisa de depredador, y sacó una pluma de su bolsillo.
—Voy a tener que levantar un acta de incumplimiento. Y me temo que, dadas las circunstancias, voy a tener que tomar custodia preventiva de la menor Marisol hasta que el Licenciado Bruno decida qué hacer con usted. Entrégueme las llaves del auto.
El tipo extendió la mano, esperando obediencia absoluta. Estaba acostumbrado a que la gente humilde agachara la cabeza ante un traje y una carpeta.
Pero yo no soy gente humilde. Soy gente de monte.
Di un paso al frente, interponiendo mi cuerpo, mi metro noventa de estatura y mis cien kilos de músculo trabajado a hachazos, entre él y Emilia.
—Creo que hay un malentendido, compa —dije. Mi voz salió profunda, retumbando en mi pecho.
El agente me miró de arriba abajo con desprecio. Vio mis botas gastadas, mis manos callosas llenas de resina y tierra. —¿Y usted quién chingados es? —preguntó, perdiendo la compostura—. Hágase a un lado, esto es asunto oficial.
—Soy su esposo —solté. La mentira salió tan natural que hasta yo me la creí—. Me llamo Elías Torres. Y no sé qué papeles traiga usted ahí, pero mi mujer y mi hija no van a ningún lado con un desconocido.
El hombre parpadeó, confundido. —¿Esposo? —Se burló—. En el expediente dice que es madre soltera. No hay registros de ningún matrimonio.
—Pues actualice sus papeles —le respondí, acercándome un paso más, invadiendo su espacio como él había invadido el de Emilia—. Porque hace mucho que las cosas cambiaron. Tuvimos una mala racha, sí. Pero eso se acabó. Hoy me llevo a mi familia a casa. A mi casa.
El agente frunció el ceño, evaluando la situación. Miró hacia la Suburban, buscando apoyo, pero estaba solo. Luego me miró a mí, a los ojos. Y lo que vio ahí no le gustó. Vio que no me iba a mover.
—Esto es obstrucción de la justicia —amenazó, bajando la voz—. Si se mete en esto, se va a arrepentir. El Licenciado Bruno no es alguien a quien quiera tener de enemigo. Tiene amigos muy arriba.
—Y yo tengo amigos muy abajo —dije, señalando el suelo—. Y créame, en este pueblo, la gente como yo aguanta más que los que vienen de fuera con trajes caros.
Hubo un silencio tenso. El ruido de la calle pareció apagarse. Emilia apretó mi brazo tan fuerte que dolió.
—Voy a investigar esto —dijo finalmente el agente, guardando su pluma con rabia—. Y si descubro que está mintiendo… voy a regresar con la policía estatal.
—Aquí lo espero —mentí de nuevo.
El hombre escupió al suelo, cerca de mis botas, y se dio la vuelta. Caminó hacia su camioneta sacando el celular, seguramente para llamar a su jefe y decirle que un leñador ignorante le había estropeado el plan.
—Sube a la niña a mi camioneta —le dije a Emilia sin mirarla, mis ojos fijos en la espalda del agente—. Ahora.
—Pero mi coche… —Olvida el pinche coche. Esa carcacha no va a subir a donde vamos. Y ese tipo ya le tomó las placas. ¡Muévete!
Emilia corrió al Tsuru, sacó a Marisol y su mochila, y corrimos hacia mi vieja Ford F-150 roja, estacionada en la esquina. La subí, aventé el costal de maíz en la caja y salté al asiento del conductor.
Mis manos temblaban un poco al meter la llave. El motor tosió una vez, dos veces, y finalmente rugió con ese sonido de bestia vieja que tanto me gusta.
Arranqué quemando llanta, dejando atrás el pueblo, la plaza y al hombre de la gabardina. No miré atrás. Sabía que habíamos cruzado una línea invisible. Ya no era un simple espectador. Ahora estaba en guerra.
CAPÍTULO 2: El ascenso a la fortaleza de cedro
Manejé como alma que lleva el diablo durante la primera media hora. Mis ojos no se despegaron del espejo retrovisor ni un segundo, esperando ver las luces de una patrulla o la parrilla cromada de la Suburban negra persiguiéndonos. Pero el camino de terracería que salía del pueblo estaba desierto, levantando una nube de polvo ocre detrás de nosotros que servía de cortina de humo.
La cabina de la camioneta olía a gasolina vieja, aserrín y ahora, al perfume suave y dulzón de Emilia mezclado con el sudor frío del miedo. Nadie decía nada. El único sonido era el rugido del motor V8 luchando contra la pendiente y las piedras del camino que golpeaban el chasis.
Marisol iba sentada en medio de los dos. Sus piernitas no alcanzaban el suelo. Abrazaba a su conejo con tal fuerza que los nudillos de sus manos diminutas estaban blancos. De vez en cuando, me miraba de reojo, con esa curiosidad cautelosa de los niños que han aprendido a no confiar en los adultos.
Cuando pasamos la marca del kilómetro veinte, donde el asfalto desaparece por completo y empieza la verdadera sierra, solté un poco el aire que tenía atorado en los pulmones. Aquí arriba, las reglas cambiaban. Aquí, la señal de celular moría y la autoridad del gobierno se diluía entre barrancos y bosques de pino.
—¿A dónde nos llevas? —preguntó Emilia finalmente. Su voz sonaba pequeña, frágil. —A mi casa —respondí, bajando la velocidad para maniobrar en una curva cerrada al borde de un precipicio—. Está en lo más alto de la Cresta del Águila. Ahí no sube cualquiera.
Ella miró por la ventana hacia el abismo. Los pinos se extendían como un océano verde infinito bajo nosotros. —¿Por qué? —insistió—. ¿Por qué te arriesgaste así por nosotras? Ese hombre… Bruno… él destruye todo lo que toca.
Apreté el volante. Mis manos, grandes y marcadas por años de usar la gubia y el hacha, se veían extrañas junto a sus manos finas que descansaban nerviosas sobre sus rodillas.
—Porque no soporto a los abusivos —dije, y era la verdad, o al menos una parte—. Y porque vi cómo miraste a tu hija. Una madre no mira así a su cría si no está dispuesta a matar o morir por ella. Y yo respeto eso.
Emilia bajó la mirada, avergonzada o tal vez aliviada. —No tengo dinero para pagarte esto, Elías. Salí de casa con lo que traía puesto y doscientos pesos en la bolsa. —No te pedí dinero. —Pero te metí en un lío legal. Ese agente… tomó tu nombre. Van a venir por ti. —Que vengan —gruñí—. Mi abuelo decía que en su casa manda él, y si el diablo quiere entrar, tiene que tocar la puerta primero. Además, mi camioneta conoce caminos que no salen en el Google Maps.
Seguimos subiendo. El aire se volvió más frío y limpio, con ese olor inconfundible a resina y tierra húmeda. La vegetación cambió de matorrales secos a bosques densos de oyamel y encino.
—Tengo hambre —dijo Marisol, rompiendo el silencio. Su vocecita era clara, como una campana. Emilia buscó en la mochila frenéticamente. —Creo que me queda una barra de granola, mi amor… espera… —Déjalo —interrumpí—. Ya casi llegamos. Tengo huevos, frijoles y tortillas de harina hechas a mano. No es un banquete, pero llena la tripa.
La niña me miró y, por primera vez, vi un asomo de sonrisa. —¿Tienes tele? —No, chamaca. Tengo una ventana que da al bosque donde a veces se ven venados. Es mejor que la tele.
Llegamos a la cabaña veinte minutos después. Estaba escondida en un claro, rodeada de árboles gigantes que parecían guardianes centenarios. La construcción era sólida: troncos gruesos, piedra de río en la base y una chimenea de la que siempre salía un hilo de humo, porque nunca dejaba que el fuego se apagara del todo. Al lado, mi taller, lleno de viruta y figuras a medio terminar.
Apagué el motor. El silencio de la montaña nos envolvió de golpe. Era un silencio pesado, absoluto, solo roto por el canto lejano de un pájaro carpintero.
—Bájense —dije, abriendo mi puerta.
Emilia bajó con las piernas temblorosas. Miró la cabaña como si fuera un castillo. —¿De verdad vives aquí solo? —preguntó, abrazándose a sí misma por el cambio de temperatura. Aquí arriba ya hacía frío. —Vivía —corregí, sacando el costal de maíz de la caja—. Hasta hoy.
Abrí la puerta principal. El interior estaba caliente. Olía a cedro, a café viejo y a humo de leña. No era lujoso. Había una mesa de madera maciza que yo mismo construí, dos sillas, un sofá viejo con una manta de lana y estanterías llenas de libros y herramientas. En la esquina, una estufa de leña irradiaba calor.
Marisol corrió hacia el sofá y se dejó caer, exhausta. El conejo de peluche rodó por el suelo. Emilia se quedó en el umbral, dudando. —Pasa —le dije—. Mientras estés bajo este techo, nadie te va a tocar. Te doy mi palabra de hombre.
Ella entró y cerró la puerta. Vi cómo sus hombros se relajaban por primera vez en horas. Se recargó contra la madera y cerró los ojos, respirando hondo.
—Gracias —susurró.
Me fui a la cocina, que no era más que una barra de piedra y una parrilla de gas conectada a un tanque pequeño. Empecé a sacar los sartenes. Necesitaba hacer algo con las manos. Necesitaba no pensar en que acababa de secuestrar, técnicamente, a una mujer y a una niña, y que probablemente tenía a la policía estatal buscándome.
—Siéntate —le dije a Emilia—. Voy a hacer café de olla. Con canela y piloncillo. Eso cura el susto.
Mientras el agua hervía, Emilia se sentó a la mesa. Me observaba con una intensidad que me ponía nervioso. —Elías… —empezó. —Dime. —Ese hombre, Bruno… es mi ex esposo. Es hijo del diputado local. Tiene mucho poder. Cuando le pedí el divorcio porque me golpeaba, él juró que me quitaría a Marisol. Compró al juez familiar, falsificó exámenes psicológicos diciendo que yo era inestable. Tuve que huir. Llevamos seis meses corriendo de pueblo en pueblo.
Me detuve con la cuchara en la mano. La rabia me subió por la garganta, amarga como la bilis. —Entonces no es un pleito de divorcio —dije, volteando a verla—. Es una cacería. —Sí. Y hoy casi nos atrapan. Si no fuera por ti…
Le serví una taza de café humeante en un jarro de barro. —Pues ya no estás corriendo, Emilia. Al menos no hoy.
En ese momento, Marisol se despertó del leve sueño en el sofá. Se talló los ojos y miró alrededor. —Mamá… ¿dónde estamos? —preguntó con voz adormilada. Emilia fue hacia ella y la cargó, besándole la frente con devoción. —Estamos en casa de un amigo, mi amor. Estamos a salvo. —¿Y el señor malo? —preguntó la niña. Miré a la niña. Sus ojos oscuros esperaban una respuesta. Me agaché a su altura, apoyando una rodilla en el suelo de madera. —El señor malo no sabe subir montañas, pequeña —le dije—. Y si intenta subir… se va a encontrar con que aquí arriba, los osos somos nosotros.
Marisol sonrió, una sonrisa chimuela que me rompió y me reconstruyó el corazón en el mismo segundo. —Me caes bien, señor oso.
Me levanté, sintiendo un nudo en la garganta. —Me llamo Elías. Y ahora, a comer.
Esa tarde, mientras comíamos frijoles refritos con tortillas calientes, vi cómo la vida volvía a sus caras. Pero yo no podía dejar de mirar por la ventana, hacia el camino que serpenteaba montaña abajo. Sabía que la paz era prestada. Sabía que Bruno no se iba a detener. Y sabía que, por primera vez en diez años, tenía algo que valía la pena defender, aunque me costara la vida.
La noche cayó rápido sobre la sierra, envolviéndonos en oscuridad. Puse el cerrojo, cargué mi vieja escopeta de caza y la dejé discretamente detrás de la puerta. La guerra había comenzado.
CAPÍTULO 3: El olor a cedro y los fantasmas del pasado
El sol todavía no salía cuando desperté. Mi espalda gritaba en protesta. Dormir en el suelo de madera, con solo una cobija vieja amortiguando la dureza de las tablas, no es lo mismo a los cuarenta que a los veinte. Me quedé quieto un momento, escuchando la respiración de la casa. El viento silbaba suavemente entre las rendijas de los troncos, y el fuego de la chimenea se había reducido a unas brasas rojas que palpitaban como el corazón cansado de la montaña.
Me levanté con cuidado, haciendo crujir mis rodillas, y miré hacia la cama. Emilia y Marisol dormían profundamente, enredadas entre las sábanas como si fueran una sola persona. La niña tenía un brazo echado sobre el cuello de su madre, y Emilia tenía una mano protectora sobre la espalda de la pequeña, incluso en sueños. Se veían tan frágiles ahí, tan fuera de lugar en mi cabaña de soltero llena de polvo y soledad, que sentí un pinchazo incómodo en el pecho. No estaba acostumbrado a ver gente en mi espacio. Llevaba años siendo el único fantasma que habitaba estas paredes.
Caminé de puntitas hacia la cocina. Necesitaba café. Café negro y fuerte para despejar la neblina de la preocupación.
El ritual de la mañana siempre me calma. Puse agua en el pocillo de peltre sobre la estufa de leña, agregué una raja de canela y un trozo de piloncillo. Mientras el agua se calentaba, saqué el molino manual. El sonido rítmico de los granos rompiéndose —crac, crac, crac— era lo único que se oía en la habitación. Era un sonido familiar, seguro. Todo lo demás en mi vida se había vuelto un caos en las últimas veinticuatro horas, pero esto… esto lo entendía.
—Huele rico…
La voz me sobresaltó. Me giré, con el molino todavía en la mano.
Emilia estaba parada en el umbral de la cocina. Tenía el cabello rubio alborotado, una maraña dorada que brillaba con la poca luz del amanecer. Se había envuelto en una de mis camisas de franela que dejé en la silla, y le quedaba enorme, cubriéndola hasta las rodillas. Sus ojos estaban hinchados, con ese rojo característico de quien ha llorado hasta quedarse seco, pero había algo diferente en su mirada: ya no había pánico ciego, solo una cautela agotada.
—Es café de olla —dije en voz baja, para no despertar a la niña—. Ya casi está.
Ella asintió y se abrazó a sí misma, caminando descalza sobre la madera fría hasta la mesa. —No escuché cuando te levantaste. Usualmente me despierto con el vuelo de una mosca. Supongo que estaba más cansada de lo que creía.
—El miedo cansa más que cargar piedras —respondí, sirviendo el líquido humeante en dos tazas de barro—. Y tú traes cargando un costal muy pesado, Emilia.
Le pasé la taza. Ella la tomó con ambas manos, dejando que el calor se le filtrara en los dedos. Cerró los ojos al oler el vapor. —No estabas bromeando ayer —murmuró—. Este lugar… huele a cedro y a silencio. Es como si el mundo de allá abajo no existiera.
Me senté frente a ella. —Esa es la idea. Aquí arriba las noticias llegan tarde y los problemas se cansan de subir la cuesta. —Le di un sorbo a mi café—. Pero no somos invisibles. Necesito que me cuentes todo, Emilia. Sin medias verdades. Ayer me dijiste lo básico, pero si voy a poner el pecho por ustedes, necesito saber de dónde vienen las balas.
Emilia suspiró. El vapor del café ocultó su rostro por un segundo. —El padre de Marisol… Bruno… nunca le importamos. Cuando ella nació, ni siquiera fue al hospital. Estaba en campaña política, inaugurando obras y tomándose fotos. Yo la crié sola. —Hizo una pausa, apretando la taza—. Pero hace tres años, cuando su carrera despegó y se convirtió en diputado local, su imagen de “hombre de familia” empezó a ser importante. Quiso jugar al papá perfecto para las revistas de sociales.
—Y tú no lo dejaste.
—No. Porque cuando las cámaras se apagaban, él era… cruel. No solo con golpes. Era peor. Era control. Me revisaba el teléfono, me contaba el dinero, me decía qué ropa ponerme. Y con Marisol… empezó a ser agresivo. Un día la jaloneó tan fuerte porque tiró un jugo que le dejó el brazo morado. Ese día decidí irme.
Sentí cómo se me tensaba la mandíbula. Odiaba a los hombres que se sentían grandes haciendo pequeñas a las mujeres. —¿Y la policía?
Emilia soltó una risa amarga, sin humor. —El comandante de la policía es compadre de su papá. Cuando fui a denunciar, me dijeron que me fuera a mi casa a “contentar al marido”. Luego Bruno movió sus influencias. Un juez corrupto dictaminó que yo sufría de inestabilidad emocional y riesgo de fuga. Me quitaron la custodia legal en un juicio al que ni siquiera me citaron. Técnicamente, Elías… técnicamente soy una secuestradora por tener a mi propia hija.
Me recargué en la silla, asimilando la gravedad del asunto. No estaba protegiendo a una víctima de un simple pleito doméstico; estaba desafiando a todo un sistema podrido. —No eres una secuestradora —dije con firmeza—. Eres una madre. Y en mi libro, eso vale más que cualquier papel firmado por un juez comprado.
—¿Por qué? —preguntó ella de repente, mirándome a los ojos—. Ayer dijiste que tú también fingías. ¿Qué quisiste decir?
Me quedé callado, mirando las llamas bailar dentro de la estufa. No me gusta hablar de mi pasado. Es como abrir una herida que ya cicatrizó pero que sigue doliendo con el frío. —Yo tenía una esposa —dije, mi voz sonando más ronca de lo normal—. Y un hijo. Hace diez años. Vivíamos en la ciudad. Un día, entraron a robar a la casa. Yo no estaba. Estaba trabajando doble turno. Cuando llegué… ya no había nada que hacer.
Emilia contuvo el aliento. —Elías… lo siento tanto.
—Me vine a la sierra para morirme en silencio —continué, ignorando su lástima—. Me dediqué a tallar madera y a olvidar. Fingía que estaba bien. Fingía que no me importaba nada. Pero ayer… cuando te vi temblando en esa banqueta, protegiendo a tu niña como una leona… vi algo que creí muerto en mí. No pude caminar y dejarte ahí.
Hubo un silencio largo, pero no incómodo. Era un silencio de respeto, de dos dolores que se reconocen.
—¡Tengo hambre!
La voz de Marisol rompió el momento. Estaba parada en la puerta del cuarto, frotándose los ojos y arrastrando su conejo de peluche. Emilia se limpió rápidamente una lágrima traicionera y sonrió. —Buenos días, mi amor. ¿Dormiste bien?
—Soñé con árboles —dijo la niña, trepándose a una silla—. Y con el señor oso.
Me levanté, agradecido por la distracción. —El señor oso va a hacer desayuno. ¿Les gustan los huevos con machaca? Porque es lo único que hay.
Después del desayuno, salimos al porche. El aire estaba frío, pero el sol empezaba a calentar. Marisol corrió hacia el gallinero improvisado que tenía al lado del taller. —¡Mira, mamá! —gritó—. ¡Tienen plumas rojas!
Caminé hacia allá con una canasta. —Esa de ahí es Doña Lupe —le presenté a la gallina más gorda y vieja del corral—. Es la jefa. Si te acercas despacito, a lo mejor te deja agarrarla.
Emilia se quedó en el escalón del porche, abrazada a su abrigo, viéndonos. —Es buena con los animales —dijo cuando regresé con tres huevos tibios en la mano. —Los animales no mienten —respondí, limpiándome las manos en el pantalón—. Por eso los niños los entienden mejor.
—Elías… —Emilia miró hacia el camino, donde la neblina empezaba a disiparse—. ¿Crees que nos encuentren?
Miré hacia el horizonte. Mi instinto militar, ese que se me quedó grabado en la piel después de años de servicio antes de casarme, me decía que la calma era engañosa. —Bruno es un hombre de ego, Emilia. Y ayer lo humillamos en público. No se va a quedar quieto.
—¿Qué hacemos si viene? —Si viene —dije, volteando a verla con seriedad—, tú no dices nada. Tú me sigues la corriente. Ayer dijimos una mentira para salir del paso. Hoy, esa mentira es nuestro escudo. Si preguntan, somos pareja. Si preguntan, vivimos juntos. Si preguntan, nos amamos.
Emilia me sostuvo la mirada. Sus mejillas se tiñeron de un rojo suave. —¿Y si piden pruebas? —Entonces les damos pruebas —dije, sin saber exactamente a qué me refería, pero sabiendo que haría lo que fuera necesario.
En ese momento, el viento cambió. El canto de los pájaros cesó de golpe. Y entonces lo escuchamos. El sonido inconfundible de un motor potente subiendo la cuesta. Grava siendo triturada por llantas pesadas. No era una visita de cortesía.
—Mete a la niña —ordené, mi voz volviéndose de acero—. Ahora.
CAPÍTULO 4: La visita del diablo
El golpe en la puerta no fue una petición; fue una exigencia. Tres golpes secos, autoritarios, que hicieron vibrar la madera.
Toc. Toc. Toc.
Estaba parado en medio de la sala. Había escondido a Marisol en el pequeño sótano donde guardo las conservas, debajo de una alfombra y un mueble pesado. Emilia estaba sentada en la mesa, pálida como un papel, con las manos entrelazadas tan fuerte que los dedos se le veían azules.
—Recuerda —le susurré, sin mirarla—. No digas nada a menos que sea indispensable. Yo hablo.
Abrí la puerta.
El aire frío de la montaña entró de golpe, pero más fría fue la presencia de los dos hombres que estaban en mi porche. Uno era el agente de ayer, el de la gabardina, que ahora me miraba con una mezcla de odio y triunfo. Pero el otro… el otro era el problema. Era un hombre alto, vestido con un traje azul marino impecable que costaba más que mi camioneta. Tenía el cabello engominado hacia atrás y una sonrisa que no le llegaba a los ojos. Bruno.
Detrás de ellos, estacionada en mi patio de tierra, estaba la Suburban negra y una patrulla de la policía municipal. Dos oficiales esperaban recargados en el cofre, con las manos cerca de sus armas.
—Buenos días —dijo Bruno. Su voz era suave, culta, la voz de un político acostumbrado a mentir en televisión—. Disculpe la intromisión en su… pintoresca propiedad. Busco a mi esposa y a mi hija.
Me crucé de brazos, ocupando todo el marco de la puerta. No los invité a pasar. —Aquí no hay esposa suya —dije con voz plana—. Aquí vive mi mujer. Se equivocó de cerro, amigo.
Bruno soltó una risita seca. —Ah, sí. El famoso “esposo” del que me habló mi asistente. —Dio un paso adelante, sacándose unos guantes de piel—. Mire, señor… ¿Torres, verdad? Le voy a explicar cómo funciona el mundo real. Usted está obstruyendo una orden judicial. Tengo aquí —señaló la carpeta que traía el agente— una orden de presentación para la menor Marisol Harper y su madre.
—No veo ningún juez aquí —repliqué—. Y en mi terreno, sin una orden firmada y sellada por un juez federal, usted es solo un intruso pisando mis flores.
La sonrisa de Bruno vaciló por un milisegundo. Sus ojos, oscuros y vacíos, se clavaron en los míos. —No se haga el héroe, leñador. Sé quién es. Elías Torres. Exmilitar. Viudo. Borracho rehabilitado. —Su tono destilaba veneno—. ¿Cree que puede cuidar a una niña? Usted no pudo cuidar ni a su propia familia.
El golpe fue bajo y preciso. Sentí cómo la sangre me hervía, cómo mis puños se cerraban solos. Quería romperle la cara ahí mismo. Pero sabía que eso era lo que buscaba: una excusa para que los policías me dispararan o me arrestaran por agresión. Respiré hondo, tragándome la furia.
—Lo que yo sea o deje de ser no es asunto suyo —dije entre dientes—. Lo único que importa es que ellas están conmigo.
—¡Quiero verlas! —gritó Bruno, perdiendo la paciencia—. ¡Emilia! ¡Sé que estás ahí dentro! ¡Sal ahora mismo o te juro que voy a quemar este tugurio contigo adentro!
Emilia apareció detrás de mí. No pude detenerla. Se paró a mi lado, temblando, pero con la cabeza alta. —Vete, Bruno —dijo ella. Su voz temblaba, pero se mantuvo firme—. No voy a volver contigo. Y no te vas a llevar a Marisol.
Bruno la miró con una posesividad enfermiza. —Mírate, Emilia. Viviendo en la mugre con un desconocido. ¿Esto es lo que quieres para nuestra hija? ¿Que crezca entre gallinas y aserrín? Regresa al coche. Podemos olvidar este… episodio psiquiátrico tuyo.
—No estoy loca —respondió ella—. Y él no es un desconocido.
Bruno arqueó una ceja, burlón. —¿Ah, no? ¿Entonces qué es? ¿Tu amante de turno? ¿Cuánto le pagaste para que te escondiera?
Sentí el brazo de Emilia rozar el mío. Estaba buscando apoyo. Sin pensarlo, pasé mi brazo por sus hombros y la pegué a mi cuerpo. El gesto fue posesivo, protector. —Es mi prometida —declaré. La mentira salió de mi boca con la fuerza de una sentencia—. Nos vamos a casar el próximo mes.
El silencio que siguió fue absoluto. Los policías en la patrulla se enderezaron. El agente de la gabardina abrió la boca. Bruno se quedó petrificado, como si le hubiera dado una bofetada.
—¿Qué dijiste? —susurró Bruno.
—Lo que oyó. —Apreté el hombro de Emilia—. Llevamos meses juntos. Usted estaba demasiado ocupado con sus campañas y sus amantes como para darse cuenta de que su ex mujer ya había rehecho su vida. Marisol me llama papá. Vivimos aquí. Somos una familia. Y si intenta separarnos, voy a llamar a todos los noticieros del estado para contarles cómo el gran diputado Bruno acosa a una familia feliz en la sierra.
Sabía que ese era su punto débil. Su imagen pública.
Bruno me miró con un odio puro, sin diluir. Su cara se puso roja, las venas del cuello se le marcaron. —Mientes —siseó—. Esto es una farsa.
—Pruébelo —lo reté—. Pero hágalo en un juzgado, no en mi porche. Y ahora, lárguese de mi propiedad antes de que suelte a los perros.
No tenía perros. Pero él no lo sabía.
Bruno dio un paso atrás. Se acomodó el saco con un movimiento brusco. —Esto no se queda así, Torres. Voy a investigar hasta debajo de las piedras. Y cuando descubra que todo esto es un teatro… voy a venir yo mismo a encargarme de ti. Y créeme, vas a desear haberte quedado solo con tus troncos.
—Aquí lo espero —repetí mi frase de ayer.
Bruno miró a Emilia una última vez, con una mirada que prometía dolor. —Disfruta tu luna de miel, querida. Será corta.
Se dieron la vuelta. Subieron a la camioneta y azotaron las puertas. El convoy dio la vuelta en el patio, levantando polvo y grava, y comenzó a descender la montaña.
Me quedé en el porche hasta que el sonido de los motores desapareció por completo. Solo entonces sentí que mis piernas flaqueaban. El corazón me latía tan fuerte que me dolían las costillas. Emilia se soltó de mi abrazo y se recargó en la pared, deslizándose hasta quedar sentada en el suelo. Se cubrió la cara con las manos y empezó a sollozar.
—Se fue… se fue… —repetía.
Me agaché frente a ella y le quité las manos de la cara. —Se fue por ahora, Emilia. Pero va a volver. Y va a volver con todo.
Ella me miró, con los ojos llenos de lágrimas y gratitud. —Dijiste que nos casaríamos… —Fue lo único que se me ocurrió para pararlo en seco —admití, pasándome una mano por el cabello—. Ahora tenemos un problema más grande.
—¿Cuál?
—Que ahora tenemos que hacer que parezca verdad. —Me levanté y le tendí la mano para ayudarla a subir—. Tenemos que convencer a todo el mundo, al juez, al pueblo y a sus espías, de que tú y yo estamos enamorados.
Emilia tomó mi mano. Su piel estaba fría, pero su agarre fue firme. —¿Y cómo hacemos eso, Elías? Apenas nos conocemos.
Miré hacia el interior de la casa, donde Marisol seguía escondida, esperando que le dijéramos que el monstruo se había ido. —No lo sé —dije honestamente—. Pero vamos a tener que aprender rápido. Porque el reloj acaba de empezar a correr.
Entramos a la casa. Saqué a Marisol de su escondite. La niña corrió a abrazar a su madre. —¿Se fue el señor malo? —preguntó. —Sí, mi amor —dijo Emilia, acariciándole el pelo—. Papá Elías lo corrió.
La palabra “papá” flotó en el aire, pesada y extraña. Marisol me miró y sonrió. Yo sentí un calor extraño en el pecho, una mezcla de miedo y orgullo. Había comprado tiempo. Pero el tiempo en la sierra es traicionero; cambia tan rápido como el clima. Y la tormenta que se avecinaba iba a ser de las peores que había visto.
CAPÍTULO 5: La Licenciada de Hierro y los papeles del infierno
Después de que la camioneta de Bruno desapareció en la curva, el silencio regresó a la montaña, pero ya no era el mismo. Era un silencio cargado, eléctrico, como el aire antes de que caiga un rayo.
Me quedé un rato más en el porche, con la escopeta recargada en el barandal, mirando a la nada. Mis manos habían dejado de temblar, pero mi mente trabajaba a mil por hora. Había soltado una mentira del tamaño de una catedral: “Es mi prometida”. Y Bruno, con todo su poder y su veneno, iba a usar cada recurso del estado para probar que yo era un mentiroso y meternos a los dos a la cárcel.
Entré a la casa. Emilia estaba sentada en el sofá, con Marisol dormida en su regazo. La niña se había rendido ante el estrés, cayendo en ese sueño profundo y reparador que solo tienen los inocentes. Emilia, en cambio, tenía los ojos muy abiertos, fijos en las llamas de la estufa.
—Elías —susurró, sin voltear—. ¿Qué acabamos de hacer?
Me quité el sombrero y lo dejé sobre la mesa, junto a las tazas de café vacías. —Acabamos de comprar tiempo, Emilia. Pero el tiempo se acaba rápido. Bruno va a revisar registros civiles, va a buscar actas de matrimonio, va a interrogar a medio mundo. En cuarenta y ocho horas sabrá que no hay papeles.
—Entonces estamos perdidos. —Su voz se quebró—. Deberíamos irnos. Cruzar la frontera hacia el norte, o irnos al sur, a Chiapas, donde nadie nos conozca.
—Huir ya no sirve —dije, caminando hacia un viejo mueble de pino en la esquina—. Si te vas, te conviertes en prófuga. Él usará eso para decir que secuestraste a la niña. No, Emilia. Si vamos a pelear, tenemos que pelear aquí. Y para eso, necesitamos un general.
Abrí el cajón inferior del mueble, donde guardaba cosas que prefería olvidar: mis medallas del ejército, una foto vieja de mi esposa y un teléfono satelital que parecía un ladrillo gris. Lo saqué y soplé el polvo.
—¿A quién vas a llamar? —preguntó ella, acomodando con cuidado la cabeza de Marisol sobre un cojín.
—A la única persona en este estado que odia a los políticos corruptos más que yo.
Salí al patio trasero para agarrar señal. El cielo estaba gris, pesado. Marqué el número de memoria. Sonó tres veces antes de que una voz rasposa, curtida por años de tabaco y pleitos legales, contestara.
—¿Quién diablos llama a esta hora?
—Licenciada Carmen —dije—. Soy Elías Torres.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio denso. —Elías… —Su tono cambió, suavizándose apenas un milímetro—. Pensé que te habían comido los coyotes o que te habías vuelto parte del bosque. Hace cinco años que no sé de ti.
—La hierba mala nunca muere, Licenciada. Necesito su ayuda. Y la necesito para ayer.
—Si es para sacarte de la cárcel por alguna pelea de cantina, ya no hago penales, muchacho. —No es para mí. Es para una madre y una niña. Y el enemigo es Bruno, el diputado.
Escuché el sonido de un encendedor y una calada profunda. —Bruno Harper… —dijo ella, saboreando el nombre con disgusto—. Ese tipo es una víbora con traje. Si te metiste con él, Elías, te metiste en la boca del lobo.
—Lo sé. Por eso le hablo a usted. Necesito que venga a la cabaña. Traiga todo lo que tenga para un juicio de custodia de emergencia. Y Licenciada… prepárese para una guerra sucia.
Colgué y regresé adentro. Emilia me miraba con esperanza. —¿Viene? —Mañana a primera hora. Es la Licenciada Carmen Salgado. Fue juez federal antes de retirarse. La obligaron a jubilarse porque no aceptaba sobornos. Si hay alguien que puede legalizar nuestra mentira y proteger a Marisol, es ella.
Esa tarde la pasamos convirtiendo la cabaña en un cuartel general. —Saca todo —le ordené a Emilia—. Papeles, fotos, correos, mensajes. Cualquier cosa que demuestre que él es un peligro.
Emilia vació su mochila sobre la mesa de madera. Empezaron a salir carpetas arrugadas, sobres manila y una memoria USB. —Tengo copias de los correos donde su asistente falsificaba facturas —dijo, extendiendo los papeles—. Y tengo esto… Sacó un sobre pequeño y me lo dio. Dentro había fotos impresas en papel normal. Sentí una náusea repentina al verlas. Eran fotos de los brazos de Emilia, marcados con moretones en forma de dedos. Y una foto de Marisol, con un golpe en el pómulo.
—Dijo que se cayó de los columpios —susurró Emilia, abrazándose a sí misma—. Pero yo sé que fue porque ella tiró su whisky caro.
Apreté la foto con tanta fuerza que la arrugué. —Esto se acaba, Emilia. Te lo juro por mi vida que esto se acaba.
Pasamos horas organizando la evidencia. Mientras lo hacíamos, la noche cayó sobre la sierra. Encendí las lámparas de petróleo, porque la luz eléctrica a veces fallaba con el viento. La luz dorada y parpadeante creaba una atmósfera íntima, extraña.
—Si vamos a fingir que somos pareja —dije de repente, rompiendo el silencio del trabajo—, necesito saber cosas. Cosas que un esposo sabría. Emilia levantó la vista de los papeles. —¿Como qué? —Como… ¿cuál es tu color favorito? ¿Eres alérgica a algo? ¿De qué lado de la cama duermes?
Ella sonrió tímidamente. —Azul. El color del mar, aunque casi nunca lo he visto. Soy alérgica a la penicilina. Y duermo del lado izquierdo, cerca de la puerta… por costumbre. Para poder salir rápido.
Asentí, guardando la información como si fuera munición valiosa. —Yo prefiero el verde. No tengo alergias, o al menos no que sepa. Y duermo ligero. Si una hoja cae afuera, me despierto. —¿Cuál es tu comida favorita, Elías? —El caldo de res. Como lo hacía mi abuela. Con mucho cilantro y chile de monte. —A mí me gustan los tamales de elote —dijo ella, relajándose un poco—. Dulces. Con crema.
Nos quedamos mirando un momento. En medio del peligro, en esa cabaña perdida en la nada, estábamos construyendo una historia. Una historia falsa para el mundo, pero que se sentía peligrosamente real entre nosotros.
—Elías —dijo ella suavemente—. Gracias. —No me agradezcas todavía. La Licenciada Carmen es dura. Mañana nos va a interrogar hasta que nos creamos nuestras propias mentiras.
Esa noche, monté guardia en el porche. El frío calaba hasta los huesos, pero me mantuve despierto, con la escopeta en las piernas y una taza de café negro en la mano. A eso de las tres de la mañana, vi unas luces a lo lejos, en el camino de terracería. Unos faros que parpadearon una vez y luego se apagaron, como ojos que se cierran en la oscuridad.
Sabía que nos estaban vigilando. Bruno no había mandado a la policía todavía, pero había mandado a sus perros de caza. Apreté el arma. Que vengan, pensé. Aquí los espero.
CAPÍTULO 6: El testigo en el Cerro de las Cruces
La mañana siguiente amaneció con una neblina tan densa que no se veía más allá de la cerca del corral. La camioneta de la Licenciada Carmen, un Jeep Wrangler antiguo y lleno de lodo, apareció rugiendo entre la bruma a las siete en punto.
Carmen bajó del vehículo como una generala pasando revista. Era una mujer baja, de unos sesenta y tantos años, con el cabello gris cortado a rape y unos lentes gruesos colgados al cuello. Vestía pantalones de cargo y una chamarra de cuero que había visto mejores décadas.
—Café, Elías. Negro y sin azúcar —fue su saludo antes de siquiera subir los escalones.
Entró a la cabaña y miró a Emilia y a Marisol, que desayunaban avena. Su mirada fue clínica, analítica. —Así que esta es la famosa “prometida” —dijo Carmen, soltando su maletín de cuero sobre la mesa—. Tienes agallas, muchacha. Meterse con los Harper es deporte de riesgo.
—No lo hice por deporte, Licenciada —respondió Emilia, poniéndose de pie—. Lo hice por mi hija.
Carmen asintió, satisfecha con la respuesta. Se sentó y empezó a revisar los papeles que habíamos organizado la noche anterior. Leía rápido, murmurando maldiciones de vez en cuando. —Esto es bueno… esto es basura… esto sirve… —Separaba los documentos en pilas—. Las fotos de los golpes son útiles, pero viejas. El juez dirá que son circunstanciales. Los correos de fraude son federales, eso asusta a Bruno, pero no nos garantiza la custodia inmediata. Necesitamos algo más. Necesitamos un testigo. Alguien que haya visto la violencia con sus propios ojos y no tenga miedo de hablar.
Emilia y yo nos miramos. —Nadie quiere hablar —dijo Emilia—. Todos en el pueblo le tienen miedo o le deben favores. Las empleadas domésticas, los choferes… todos están comprados.
—¿Todos? —preguntó Carmen, mirándola por encima de sus lentes—. Siempre hay alguien a quien trataron como basura y que tiene ganas de revancha. Piensa.
Emilia se mordió el labio, pensando. De repente, sus ojos se iluminaron. —Cora. —¿Quién es Cora? —pregunté. —Cora Sanders. Fue la maestra de kinder de Marisol y la cuidaba a veces por las tardes. Ella… ella fue la que hizo el reporte anónimo al DIF cuando vio el moretón en el brazo de Marisol hace dos años. Bruno hizo que la despidieran de la escuela y la boletinó para que no consiguiera trabajo en el pueblo.
—¿Dónde está ahora? —preguntó Carmen, sacando una pluma. —Vive en el Cerro de las Cruces, en una comunidad ejidal a dos horas de aquí. Se fue allá para cuidar a su madre enferma y porque nadie le daba trabajo en la ciudad.
Carmen cerró la carpeta de golpe. —Elías, arranca la camioneta. Tienen que ir por ella. Yo me quedo aquí a redactar la petición de custodia y a preparar la defensa legal. Si logramos que esa mujer firme una declaración jurada hoy mismo, podemos frenar la orden de aprehensión que Bruno seguramente está tramitando.
—Es peligroso movernos —dije—. Nos están vigilando. Vi luces anoche. —Más peligroso es quedarse quietos esperando a que lleguen con la orden —replicó Carmen—. Váyanse. Y tengan cuidado.
El problema era Marisol. No podíamos llevarla a una misión así, y no podíamos dejarla sola. —Llevémosla con Doña Chole —sugerí. Doña Chole era mi vecina más cercana, una anciana que vivía a tres kilómetros monte adentro. Le debía la vida a sus hierbas medicinales cuando me dio fiebre tifoidea hace años. Era una tumba; jamás diría que tuvo a la niña.
Dejamos a Marisol con Doña Chole, prometiéndole que volveríamos antes del anochecer. Ver a Emilia despedirse de la niña fue desgarrador; la abrazó como si fuera la última vez. —Volveremos, mi amor. Te lo prometo.
El viaje al Cerro de las Cruces fue un calvario. Evité la carretera principal y tomé brechas madereras que solo mi camioneta podía aguantar. El camino estaba lleno de baches, lodo y piedras sueltas. Emilia iba agarrada de la manija del techo, pálida por los saltos, pero sin quejarse.
—¿Crees que acepte hablar? —preguntó después de una hora de silencio. —Si Bruno le arruinó la vida, ya no tiene nada que perder —dije, metiendo segunda para subir una cuesta empinada—. El rencor es un combustible muy poderoso, Emilia. A veces más que el valor.
Llegamos a la casa de Cora al mediodía. Era una casita humilde de adobe, con techo de lámina, rodeada de un jardín salvaje lleno de dalias y hierbabuena. Un perro flaco nos ladró desde la entrada.
Cora salió secándose las manos en el delantal. Era una mujer joven, pero con la mirada cansada. Cuando vio a Emilia bajar de la camioneta, se llevó las manos a la boca. —¡Emilia! —Su voz fue un susurro de espanto—. ¿Qué haces aquí? Si te ven…
—Necesito tu ayuda, Cora —dijo Emilia, caminando hacia la cerca de alambre—. Por favor. Solo escúchame.
Cora nos dejó pasar, mirando nerviosa hacia el camino. Nos sirvió agua en su cocina pequeña. —Sé que estás huyendo —dijo Cora, sin mirarnos—. Lo dicen en la radio local. Dicen que “sustrajiste” a la niña. Bruno está ofreciendo recompensa por información.
—Es mentira —intervine yo. Mi presencia llenaba la pequeña cocina—. Él la golpeaba. Y tú lo sabes. Tú viste los moretones ese día en el kinder.
Cora bajó la vista a sus manos temblorosas. —Hice el reporte, señor. Y mire cómo acabé. Sin trabajo, amenazada. Vinieron dos hombres a mi casa y me dijeron que si no cerraba la boca, le pasaría algo a mi mamá. Tengo miedo.
Emilia se acercó y tomó las manos de Cora sobre la mesa. —Cora, sé que tienes miedo. Yo también. Pero si no hablas, él va a ganar. Se va a llevar a Marisol y esta vez… esta vez no sé si sobreviva. Él no la quiere, solo quiere ganar.
Cora empezó a llorar en silencio. —¿Qué pasa si hablo y él viene por mí? —No vendrá —dije con firmeza—. Tenemos a una ex juez federal de nuestro lado. Si firmas la declaración, te conviertes en testigo protegido de un caso federal. Si te tocan un pelo, se les cae el mundo encima. Además… —me incliné hacia ella—, tú sabes lo que pasa cuando la gente buena se queda callada. Los monstruos se hacen más grandes.
Cora miró a Emilia, luego a mí. Hubo un momento de tensión absoluta, donde solo se oía el zumbido de las moscas. Finalmente, Cora se limpió las lágrimas con el dorso de la mano y asintió. —Ese día… Marisol me dijo que su papá se enojó porque tiró el jugo. Vi las marcas de sus dedos en su bracito. Jamás lo olvidé. Traigan el papel. Voy a firmar.
Salimos de ahí una hora después, con una declaración firmada y grabada en video en el celular de Emilia. Teníamos un arma. Una bala de plata contra el hombre lobo.
—Lo hicimos —dijo Emilia en el camino de regreso, abrazando la carpeta contra su pecho. Sonreía, una sonrisa real que le iluminaba la cara—. ¡Lo hicimos, Elías!
Por un momento, me permití relajarme. La miré y sentí algo cálido en el estómago. No era solo el triunfo; era ella. Su fuerza. Su lealtad.
Pero la sierra es traicionera.
Estábamos a diez kilómetros de llegar a casa de Doña Chole, en una sección del camino rodeada de pinos altos, cuando vi algo por el retrovisor. Una camioneta negra. No traía placas. Y venía rápido, muy rápido, acercándose a nuestra defensa trasera.
—Emilia —dije, mi voz cambiando al tono de combate—. Guárdate eso bien. Y agárrate fuerte. —¿Qué pasa? —Tenemos compañía.
Aceleré. La vieja Ford rugió, respondiendo al llamado. La camioneta negra aceleró también. No querían rebasarnos. Querían sacarnos del camino.
—¡Agáchate! —grité justo cuando la camioneta negra nos golpeó por detrás. El impacto nos sacudió violentamente. El metal crujió. Emilia gritó. Luché con el volante para no caer al barranco.
—¡Sujétate, carajo! —metí tercera y pisé el acelerador a fondo.
Esto no era un aviso. Esto era un intento de asesinato. Y todavía teníamos que recoger a la niña.
CAPÍTULO 7: La cacería en la Barranca del Diablo
El impacto metálico resonó en mis oídos como un disparo. La camioneta negra nos había golpeado en la esquina trasera izquierda, intentando hacernos perder el control para enviarnos directo al vacío. A nuestra derecha, la pared de piedra de la montaña; a nuestra izquierda, el barranco que caía trescientos metros hasta el río seco.
—¡Sujétate! —rugí, luchando con el volante. La vieja Ford bailó sobre la grava suelta, coleando peligrosamente.
Emilia se aferró al tablero con ambas manos, pálida como un fantasma, pero no gritó. Ya no. El miedo se había convertido en instinto de supervivencia. Miré por el retrovisor. La camioneta negra, una Tahoe blindada y pesada, se preparaba para embestir de nuevo. Eran sicarios, o “ajustadores” como les dicen ahora los políticos para no ensuciarse las manos. No querían asustarnos; querían borrarnos del mapa y recuperar la declaración de Cora.
—Elías, nos van a tirar —dijo Emilia, con la voz ahogada. —No en mi guardia —gruñí.
Conocía este camino. Lo conocía desde que era niño y subía con mi abuelo a buscar leña. Sabía que a quinientos metros había una curva cerrada, la “Curva del Ahorcado”, donde el camino se estrechaba tanto que apenas cabía un vehículo. Pisé el acelerador a fondo. El motor V8 de mi camioneta, aunque viejo, tenía torque de sobra. Nos despegamos unos metros.
—¡Voy a frenar de golpe! —avisé—. ¡Prepárate!
Llegamos a la curva. En lugar de frenar suavemente, di un volantazo hacia la izquierda, hacia el borde del precipicio, y luego pisé el freno con toda mi fuerza mientras giraba el volante al lado contrario. La camioneta derrapó controladamente, levantando una cortina de polvo y piedras que cegó todo lo que venía atrás. Quedamos atravesados en el camino, bloqueando el paso, pero con la trompa apuntando hacia una brecha oculta, un camino maderero abandonado que casi nadie veía.
La Tahoe negra entró en la nube de polvo. Escuché el chillido de sus llantas ABS tratando de frenar, seguido del crujido sordo de la defensa golpeando las rocas del talud para no caer al barranco. Se habían detenido, pero estaban bloqueados.
—¡Vámonos! —Metí primera y la Ford trepó por el talud hacia la brecha, saltando entre raíces y zanjas. La Tahoe, pesada y baja, no podría seguirnos por ahí sin destrozar la suspensión.
Manejé durante veinte minutos por entre los pinos, con el corazón latiéndome en la garganta, hasta que estuve seguro de que nadie nos seguía. Salimos a otro camino vecinal, lejos de la ruta principal.
—¿Estás bien? —le pregunté a Emilia, bajando la velocidad. Ella soltó el aire que tenía contenido. Se tocó el pecho, donde guardaba la declaración de Cora. —Sí… sí. ¿Los perdimos? —Por ahora. Pero ya saben que estamos armados con pruebas. Eso los vuelve más peligrosos. Van a cerrar las salidas del pueblo.
—Tenemos que ir por Marisol —dijo ella, con la urgencia de una madre—. ¡Ya!
Llegamos a la casa de Doña Chole al atardecer. La anciana estaba en el patio, desgranando maíz, mientras Marisol jugaba con un gato pardo. Al vernos llegar cubiertos de polvo y con la defensa abollada, Doña Chole supo que las cosas estaban mal. —Ya les cayó el chahuistle, ¿verdad? —dijo la anciana, entregándome a la niña. —Tenemos que irnos, Chole. Si vienen preguntando, usted no nos vio. —Yo estoy ciega y sorda desde el 94, mijo. Váyanse con Dios.
Subimos a Marisol. La niña notó la tensión, pero no dijo nada, solo abrazó su conejo y le dio la mano a Emilia. Mi teléfono satelital sonó. Era Carmen.
—¡Elías! —gritó la licenciada, se oía ruido de fondo, como de oficinas—. ¡Salgan de la carretera! Un contacto en la fiscalía me avisó: Bruno reportó tu camioneta como robada y vinculada a un secuestro. Hay retenes en la salida norte y sur.
—Estamos atrapados —dije, golpeando el volante. —No. Escúchame. Hay una antigua estación forestal, la Estación de El Mirador, a cuarenta kilómetros monte arriba, cerca de la laguna. Está abandonada, pero es propiedad federal, la policía municipal no tiene jurisdicción para entrar sin una orden especial y está fuera de los mapas del GPS comercial.
—Conozco el lugar —dije. Era un refugio de guardabosques que cerraron hace años por recortes presupuestales. —Vayan ahí. Yo estoy moviendo cielo, mar y tierra. Ya presenté la declaración de Cora ante un juez federal en la capital, saltándome a los locales. Si logramos que el juez dicte las medidas de protección antes de que Bruno los encuentre, ganamos. Pero necesito tiempo. Denme 24 horas.
—24 horas en el infierno —murmuré. —Solo manténganse vivos, Elías.
La noche cayó mientras subíamos a la estación forestal. Era una cabaña de troncos gruesos, más grande que la mía, con un porche que miraba hacia una laguna oscura y quieta. Rompí el candado oxidado y entramos. Olía a encierro y a humedad, pero era sólida. Aseguré las ventanas con tablas viejas. Metí la camioneta entre los arbustos para que no se viera desde el aire.
Hice una fogata pequeña en la chimenea, solo lo suficiente para calentar una lata de frijoles. Comimos en silencio, sentados en el suelo sobre unas cobijas que traía en la troca. La luz del fuego iluminaba la cara de Marisol, que se estaba quedando dormida recargada en mi brazo. —¿Tienes miedo, Elías? —me preguntó Emilia de repente, cuando la niña ya roncaba suavemente.
La miré. Sus ojos azules brillaban con el reflejo de las llamas. —El miedo es bueno —le dije—. El miedo te mantiene alerta. Lo que no tengo es duda. —¿Duda de qué? —De que voy a tumbar a ese infeliz.
Emilia se acercó un poco más. Hacía frío. —Cuando todo esto termine… si termina… ¿qué vas a hacer? —preguntó. —Volver a mis tallas de madera. A mis gallinas. —¿Solo?
La pregunta quedó flotando en el aire. Miré a la mujer que tenía enfrente, a la niña que dormía confiada a mi lado. La soledad, que antes era mi compañera, ahora me parecía un castigo insoportable. —Espero que no —dije, con la voz ronca.
Emilia apoyó su cabeza en mi hombro. No dijo nada, pero su mano buscó la mía en la oscuridad. Nos quedamos así, dos extraños unidos por la desgracia, esperando el amanecer o el final.
CAPÍTULO 8: La caída del Cacique y el amanecer en la laguna
La espera es lo que te mata. Pasamos la mañana siguiente en un estado de alerta total. Yo patrullaba el perímetro con la escopeta, escaneando cada sombra del bosque, cada crujido de rama. Emilia intentaba distraer a Marisol dándole clases improvisadas, enseñándole a sumar con piedritas y piñas de pino junto a la ventana.
A mediodía, el cielo se despejó. El sol iluminó la laguna, haciéndola brillar como un espejo de plata. Parecía un lugar de paz, pero yo sabía que era el ojo del huracán.
Mi teléfono satelital vibró. Lo contesté antes del primer timbrazo. —Dime, Carmen.
La voz de la licenciada sonaba diferente esta vez. No estaba gritando. Estaba… ¿eléctrica? —Lo tenemos, Elías. ¡Lo tenemos!
Sentí que las rodillas se me doblaban. —¿Qué pasó? —El juez federal leyó la declaración de Cora y vio las pruebas de fraude. Ordenó una investigación inmediata. Pero eso no es lo mejor. Al ver que la federal venía en serio, el juez local, el que estaba en la nómina de Bruno… ¡se dobló!. Cantó como un canario para salvar su propio pellejo. Confesó los sobornos, la manipulación de pruebas, todo.
Miré a Emilia. Ella me miraba conteniendo la respiración, con las manos en la boca. —¿Y Bruno? —pregunté. —La Guardia Nacional acaba de reventar sus oficinas. Lo sacaron esposado hace diez minutos. Lo acusan de conspiración, intimidación de testigos y fraude procesal. Se acabó, Elías. Se acabó.
—¿Y los sicarios? ¿La gente que nos seguía? —El tal Denton, el jefe de seguridad de Bruno, desapareció en cuanto vio las noticias. Esas ratas son las primeras en huir cuando el barco se hunde. Ya no hay nadie buscándolos. Son libres.
Colgué el teléfono. El silencio de la montaña regresó, pero esta vez no era amenazante. Era limpio.
Me giré hacia Emilia. Ella vio mi cara y entendió. —¿Es verdad? —susurró, con lágrimas brotando antes de saber la respuesta. —Lo agarraron —dije, y mi voz se quebró un poco por el alivio—. Carmen dice que el juez confesó todo. Bruno está detenido. Nadie nos persigue.
Emilia soltó un grito que fue mitad risa, mitad llanto, y se lanzó a mis brazos. La atrapé en el aire, levantándola del suelo. Ella escondió su cara en mi cuello, llorando, sacando meses, años de terror acumulado. —Gracias… gracias, gracias… —repetía una y otra vez.
Marisol corrió hacia nosotros, asustada por el grito pero feliz al ver a su mamá sonriendo entre lágrimas. —¿Ya ganamos? —preguntó la niña. Me agaché y abracé a las dos. Mis brazos, tan acostumbrados a cargar madera muerta, ahora sostenían vida pura. —Sí, chamaca. Ganamos. Ya no hay monstruos.
Esa tarde bajamos de la montaña. No a escondidas, sino por el camino principal, con las ventanas abajo, dejando que el aire frío nos golpeara la cara. Llegamos al pueblo justo cuando el sol se ponía. La gente nos miraba pasar, pero ya no había miedo en sus ojos, solo curiosidad. La noticia de la caída de Bruno había corrido como pólvora. En México, cuando cae un cacique, el ruido se escucha hasta en el último rincón.
Nos detuvimos frente a la comisaría, donde Carmen nos esperaba junto a una patrulla de la Guardia Nacional. Se veía cansada pero triunfal, fumando un cigarro. —Miren nada más —dijo, sonriendo—. La familia feliz.
Hicimos los trámites. Declaraciones, firmas, papeleo. Pero todo se sentía ligero. Al salir, la noche ya había caído. Estábamos parados junto a mi camioneta. Emilia me miró. —¿Y ahora? —preguntó.
Carmen se había ido. Marisol dormía en el asiento trasero de mi troca. Estábamos solos. —Ahora… —dije, quitándome el sombrero y jugando con el borde—. Ahora eres libre, Emilia. Puedes ir a donde quieras. Tu familia en la costa, o…
Ella dio un paso hacia mí, cortando la distancia. —No tengo familia en la costa, Elías. Eso te lo dije para que no te sintieras obligado. Mi única familia somos Marisol y yo. Y… bueno, tú dijiste algo allá arriba.
—¿Qué dije? —Que no querías volver a estar solo.
Sentí que el corazón me latía fuerte, como la primera vez que la vi, pero esta vez no era por peligro. —Mi cabaña es chica —advertí—. Y ronco. Y a veces huelo a aserrín todo el día. —Me gusta el olor a aserrín —dijo ella, tomando mi mano callosa con la suya suave—. Y el olor a cedro. Y a café de olla.
La miré a los ojos bajo la luz de la farola de la plaza. Ya no había pánico en ellos. Había futuro. —Bueno —dije, aclarándome la garganta—. Mañana tengo que reparar el techo de la leñera. Me vendría bien algo de ayuda.
Emilia sonrió, y fue como si amaneciera a media noche. —Creo que podemos ayudarte con eso.
Subimos a la camioneta. —Vámonos a casa, Elías —dijo ella.
Arrancá el motor. La vieja Ford rugió, feliz. Tomamos el camino hacia la sierra, hacia la obscuridad, pero esta vez no íbamos huyendo. Íbamos empezando. Y tal vez, solo tal vez, la mentira de “fingir ser esposo por un día” se convertiría en la verdad más hermosa de mi vida.
FIN