
CAPÍTULO 1: LA SOMBRA DEL IMPERIAL
El cielo de la Ciudad de México tenía ese color gris plomo característico de las tardes de octubre, una mezcla de contaminación y nubes cargadas que amenazaban con soltar un aguacero en cualquier momento. Ana se detuvo en la esquina de la calle Orizaba, en plena Colonia Roma. Frente a ella, imponente y ajeno a su miseria, se alzaba el Restaurante “El Imperial”.
No era simplemente un restaurante; era una fortaleza de la alta sociedad. Una casona porfiriana restaurada con una meticulosidad casi obsesiva. Las columnas de cantera gris sostenían balcones de hierro forjado que parecían encajes negros contra la fachada color crema. Los vitrales de las ventanas, probablemente originales de principios del siglo XX, brillaban con luz propia, proyectando sombras de colores sobre la acera mojada. Desde afuera, se podía escuchar el murmullo de los autos de lujo, los valets corriendo de un lado a otro y ese zumbido particular que produce el dinero cuando se mueve.
Ana sintió un escalofrío, y no era solo por el viento frío que se colaba a través de su suéter de lana gastado. Era miedo. Un miedo visceral que le revolvía el estómago, vacío desde el desayuno. Se ajustó la bolsa de tela que llevaba cruzada al pecho, una bolsa que había visto mejores tiempos, al igual que ella.
—Ándale, Anita, no te me rajes ahora —se susurró a sí misma, usando esa frase que su papá le decía antes de salir al escenario. Pero esto no era un escenario. Era la vida real, y la vida real mordía.
Su mano derecha se metió en el bolsillo de su pantalón de mezclilla, buscando el pedazo de periódico arrugado que había arrancado del aviso oportuno esa mañana en el puesto de revistas. El papel estaba húmedo por el sudor de su mano. Lo sacó y leyó por enésima vez las palabras encerradas en un círculo rojo hecho con plumón: “Se solicita personal de limpieza y mantenimiento. Presentarse con solicitud elaborada. Sueldo competitivo y prestaciones de ley. Restaurante El Imperial”.
Prestaciones de ley. Esas tres palabras mágicas eran lo único que la mantenía de pie. Significaban Seguro Social. Significaban medicinas para la abuela Elena. Significaban que, tal vez, solo tal vez, no tendrían que elegir entre comer o comprar las pastillas para la presión esa semana.
Dio un paso adelante y su pierna derecha protestó con una punzada aguda, caliente, que subió desde el tobillo hasta la cadera. Ana hizo una mueca de dolor, pero no se detuvo. Su cojera era notoria, un ritmo roto en su caminar, un recordatorio constante de la tragedia. Clop, arrastra. Clop, arrastra. Ese era el sonido de su vida ahora.
Al llegar a la entrada principal, un guardia de seguridad, un hombre robusto con traje negro y un auricular en la oreja, le bloqueó el paso con una mirada despectiva. Sus ojos escanearon a Ana de pies a cabeza: los tenis Converse viejos y sucios, los jeans deslavados, el cabello recogido en un chongo despeinado porque no tenía dinero para el champú bueno.
—La entrada de servicio es por el callejón de atrás, güerita —dijo el hombre, sin siquiera intentar ser amable. Su tono era ese que usan los chilangos cuando quieren marcar territorio, una mezcla de autoridad y desdén.
Ana sintió que la sangre se le subía a las mejillas. La vergüenza era un sabor metálico en su boca.
—Vengo… vengo a ver al administrador —dijo, intentando que su voz no temblara, intentando recuperar un poco de esa dignidad que le habían enseñado en el conservatorio—. Por el anuncio del periódico.
El guardia soltó una risita seca.
—Uy, pues si vienes por la chamba de limpieza, con más razón es por atrás. Aquí solo entran los clientes, reina. Y a juzgar por tu facha, no vienes a pedir la carta de vinos.
Ana apretó los puños. Quiso gritarle. Quiso decirle que ella había tocado Rachmaninoff en el Palacio de Bellas Artes, que había cenado en lugares mejores que este con embajadores y críticos de música. Pero la realidad la golpeó de nuevo: esa Ana ya no existía. La Ana de hoy necesitaba ese trabajo desesperadamente.
—Gracias —murmuró, bajando la cabeza.
Rodeó el edificio, arrastrando su pierna sobre el pavimento irregular del callejón. El olor cambió drásticamente; ya no olía a perfumes caros y lluvia, sino a basura húmeda, a aceite quemado y a cebolla frita. La puerta de servicio era pesada, de metal gris, llena de golpes. Ana tocó el timbre.
Un minuto después, la puerta se abrió con un chirrido. Un chico joven, con el uniforme de lavaloza empapado y cara de cansancio, la miró.
—¿Qué pasó?
—Vengo por el puesto de limpieza. Traigo mi solicitud.
—Ah, pasa. Espérate aquí en el pasillo, ahorita le aviso al Licenciado Covarrubias.
El pasillo de servicio era estrecho y estaba atiborrado de cajas de verduras, cartones de huevo y garrafones de agua. Ana se pegó a la pared para dejar pasar a un mesero que corría con una charola llena de copas sucias. El contraste era brutal. Afuera, el lujo desmedido; adentro, el caos frenético que lo sostenía.
—¿Tú eres la que viene por el puesto?
Ana levantó la vista. Frente a ella no estaba el guardia grosero ni el lavaloza cansado. Era un hombre joven, de unos treinta años, impecablemente vestido con un traje azul marino que se notaba hecho a medida. Llevaba una tablet en la mano y un aire de eficiencia tranquila que desentonaba con el caos de la cocina.
—Sí, señor. Buenas tardes —Ana se enderezó lo mejor que pudo, tratando de ocultar su cojera—. Soy Ana Salinas.
Miguel Covarrubias la observó. Sus ojos eran grises, inteligentes, analíticos. Ana esperó la mirada de rechazo, la mueca al ver su ropa vieja, pero no llegó. Miguel la miraba con curiosidad, deteniéndose un segundo en sus manos. Eran manos de pianista, de dedos largos y finos, aunque ahora estuvieran rojas y ásperas por lavar ropa a mano. Luego, su mirada bajó a su pierna.
—Soy Miguel Covarrubias, el administrador —dijo él, extendiendo la mano. Ana se sorprendió. Nadie le había dado la mano en meses, al menos no con ese respeto—. Pasa a mi oficina, aquí hay mucho ruido.
La oficina de Miguel era un oasis de calma en medio de la tormenta. Pequeña, pero ordenada. Había una cafetera que llenaba el aire con aroma a grano recién molido de Veracruz.
—Siéntate, por favor —le indicó una silla frente a su escritorio de madera—. ¿Quieres agua? ¿Un café?
—Agua está bien, gracias —dijo Ana, con la garganta seca.
Miguel le sirvió un vaso de agua de una jarra de cristal. Ana bebió con avidez.
—Muy bien, Ana —Miguel se sentó y cruzó las manos sobre el escritorio—. Veo tu solicitud… pero está un poco vacía en la sección de experiencia laboral. ¿Has trabajado antes en limpieza industrial? ¿En hoteles? ¿Restaurantes?
Ana sintió el pánico. Ahí estaba la pregunta. ¿Cómo explicarle que su única experiencia con una escoba era barrer los pedazos de su propia vida?
—No… no formalmente —admitió, retorciendo sus manos en su regazo—. Pero soy muy limpia, señor. En mi casa siempre… bueno, aprendo rápido. Soy muy disciplinada.
Miguel arqueó una ceja.
—La disciplina es buena. Pero este trabajo es físico, Ana. Muy físico. Tenemos tres pisos, salones privados, la cocina, los baños de mármol que deben brillar siempre. Y… perdona que sea directo, pero noto que tienes una lesión en la pierna. ¿Crees que puedas aguantar jornadas de ocho o diez horas de pie?
La pregunta no fue cruel, fue pragmática. Pero a Ana le dolió como una bofetada.
—Fue un accidente —se apresuró a decir—. Hace años. Ya no me duele tanto —mintió, porque le dolía a rabiar—. Puedo hacerlo. De verdad, necesito el trabajo. No le voy a fallar. Si me canso, no me quejaré.
Miguel la miró en silencio durante unos segundos interminables. Parecía estar evaluando algo más que su capacidad física. Parecía estar viendo su desesperación, pero también esa chispa de orgullo que Ana se negaba a dejar morir.
—Mira, Ana —dijo Miguel suavemente—. El dueño, el señor Bustamante, y el Gerente General, el Licenciado Igor Peralta, son… especiales. Exigen perfección. Igor, en particular, es un hombre difícil. No tolera errores. Si te contrato, estarás bajo mucha presión.
—Estoy acostumbrada a la presión —respondió Ana, y por primera vez, sonrió levemente, una sonrisa triste pero genuina—. Créame, señor Covarrubias. La presión no me asusta. Lo que me asusta es no poder llevar comida a mi casa.
Esa frase pareció sellar el trato. Miguel asintió lentamente.
—Está bien. Vamos a hacer una prueba de una semana. Si aguantas el ritmo y no hay quejas de Igor, te quedas con la planta. El sueldo es de seis mil pesos mensuales más propinas del fondo común y seguro social desde el primer día.
Ana sintió que el aire regresaba a sus pulmones. Seis mil pesos. No era una fortuna, pero era suficiente para sobrevivir.
—Gracias —susurró, con los ojos llenos de lágrimas que luchaba por no derramar—. Muchas gracias.
—No me des las gracias todavía —advirtió Miguel, con una sombra de preocupación en el rostro—. El Imperial es un lugar hermoso, Ana, pero también puede ser cruel. Ven, te voy a llevar por tu uniforme.
Al salir de la oficina, Ana echó un último vistazo al restaurante a través de las puertas batientes de la cocina. Las luces de las arañas de cristal se habían encendido, bañando el salón principal en un resplandor dorado. Era un mundo de belleza y música suave, un mundo al que ella había pertenecido alguna vez. Ahora, ella sería la sombra que limpiaba el polvo para que otros brillaran. Pero al menos, pensó mientras cojeaba detrás de Miguel, esta noche la abuela tendría sus medicinas.
CAPÍTULO 2: ECOS DE UN PASADO GLORIOSO
El cuarto de servicio olía a cloro y a trapeadores húmedos. Era un espacio pequeño, sin ventanas, donde los empleados dejaban sus pertenencias en casilleros metálicos despintados. Ana se miró en el espejo roto que colgaba de la puerta. El uniforme gris de poliéster era genérico, de una tela rasposa que no dejaba respirar la piel. Le quedaba grande de los hombros y el delantal blanco, aunque limpio, parecía una bandera de rendición.
—Te ves… diferente —se dijo a su reflejo.
Hacía siete años, los espejos le devolvían la imagen de una joven promesa envuelta en sedas y terciopelo. Ahora, le devolvían a una mujer cansada de veintiséis años que parecía de cuarenta.
Se sentó en una banca de madera para atarse los cordones de los tenis, que ahora tenía que cambiar por unos zapatos negros de suela de goma antiderrapante que Miguel le había proporcionado. Mientras sus dedos rozaban la cicatriz abultada que recorría su pantorrilla derecha, su mente, traicionera como siempre, la arrastró hacia atrás. Al día que se rompió el tiempo.
Siete años antes.
El Palacio de Bellas Artes. El recinto cultural más importante de México. Ana podía recordar el olor: una mezcla de madera antigua, barniz y el perfume costoso de las señoras de las Lomas que llenaban las butacas.
Tenía diecinueve años y el mundo a sus pies.
—Cinco minutos, señorita Salinas —le había dicho el regidor de escena.
Ana recordaba los nervios, esas mariposas aleteando violentamente en su estómago. Su madre, Sofía, le acomodaba el cabello en el camerino.
—Estás preciosa, mi amor. Tu papá está tan orgulloso que no cabe en el traje —decía su madre, con los ojos brillantes—. Acuérdate de lo que te dijo el Maestro Zukermann: no toques las notas, toca el sentimiento.
Cuando salió al escenario, la luz del reflector la cegó momentáneamente. Luego vio el piano. Un Steinway de gran cola, negro y brillante como una bestia dormida esperando ser domada. Caminó hacia él con pasos firmes y seguros. Nada de cojeras. Sus piernas eran fuertes, sostenían su arte.
Se sentó. Silencio absoluto. Tres mil personas conteniendo la respiración.
Ana levantó las manos y dejó caer el primer acorde del Concierto para Piano No. 2 de Rachmaninoff. Fue como liberar una tormenta. La música fluía de ella no como algo aprendido, sino como si fuera su propia sangre. Cada pasaje difícil, cada arpegio vertiginoso, salía con una facilidad insultante. Ana no estaba tocando el piano; ella era el piano.
Al terminar, el silencio duró un segundo eterno, y luego, el estallido. La gente se puso de pie. “¡Bravo! ¡Brava!”. Las flores llovían sobre el escenario. Sus padres lloraban en la primera fila. Era la noche más feliz de su vida.
—¡Nos vamos a París! —gritaba su papá, eufórico, mientras manejaba de regreso a casa por la carretera México-Toluca—. ¡El director del conservatorio me dijo que te quieren becar allá! ¡Mi hija, la pianista internacional!
Llovía a cántaros. Una de esas tormentas típicas del Valle de México que convierten las carreteras en ríos. Los limpiaparabrisas del coche familiar trabajaban frenéticamente, pero apenas lograban despejar la vista.
—Bájale a la velocidad, Roberto —decía su mamá, nerviosa—. No se ve nada.
—No pasa nada, mujer. Hoy es un día de fiesta. Nada puede salir mal.
Entonces, las luces.
Unas luces cegadoras, blancas y terribles, aparecieron de la nada en el carril contrario. Un tráiler había perdido el control en la curva mojada. El claxon del camión sonó como el bramido de un monstruo.
Ana gritó. Su madre se giró hacia atrás para intentar protegerla con su brazo, un gesto inútil pero lleno de amor.
—¡Agárrate!
El impacto no fue un sonido, fue una sensación. El mundo se comprimió. Metal contra metal. Cristal estallando. Y luego, oscuridad.
Cuando Ana despertó, estaba en una cama de hospital con tubos en la garganta. No podía moverse. Le dolía todo, pero sobre todo, le dolía el silencio. No había música. Solo el bip-bip-bip de las máquinas.
—Lo siento mucho —dijo el doctor días después, con esa cara de quien da malas noticias todos los días—. Sus padres… fallecieron en el impacto. Su abuela está afuera, ella se hará cargo de usted.
Y luego, el veredicto final sobre su cuerpo.
—Su pierna derecha sufrió fracturas múltiples y daño severo en los nervios. Pudimos salvarla, pero… la movilidad será limitada. Necesitará muchas cirugías y rehabilitación. Y sobre el piano… bueno, primero preocúpese por volver a caminar.
El Presente.
—¡Oye tú! ¡La nueva!
El grito la sacó de sus recuerdos de golpe. Ana parpadeó, regresando a la realidad del cuarto de servicio. Una mujer robusta, con cara de pocos amigos, estaba parada en la puerta. Llevaba el uniforme de capitana de meseros.
—¿Te vas a quedar ahí soñando o vas a venir a chambear? El Licenciado Igor ya está preguntando por qué los baños no están listos.
—Ya… ya voy —dijo Ana, poniéndose de pie rápidamente. El dolor en la pierna fue un recordatorio cruel de que el Bellas Artes estaba muy, muy lejos.
Salió al pasillo y se encontró de frente con la cocina en plena hora pico. Era un ballet caótico.
—¡Voy atrás! —gritaban los cocineros.
—¡Dos filetes chemita, sale!
—¡Oigan, se acabó la salsa verde!
Ana tomó el carrito de limpieza. Su primera misión: el salón principal. Tenía que limpiar los ventanales antes de que llegaran los primeros clientes de la cena.
Empujó el carrito hacia el salón. Y entonces lo vio.
En el centro del escenario del restaurante, sobre una tarima baja, había un piano.
Ana se detuvo en seco. El corazón le dio un vuelco violento en el pecho.
No era cualquier piano. Era un Steinway de media cola, modelo O, negro satinado.
Ana dejó el carrito y, como hipnotizada, dio unos pasos hacia él. Sus ojos recorrieron las curvas del instrumento. Se sabía esas curvas de memoria.
—No puede ser… —susurró.
Se acercó más, ignorando las miradas de los meseros que acomodaban las mesas. Buscó con la mirada un detalle específico. En la pata izquierda delantera, debía haber una pequeña muesca, una cicatriz en la madera que ella misma había hecho cuando tenía diez años, jugando con un carrito de metal.
Ahí estaba. La pequeña marca en la madera lacada.
Ana se llevó la mano a la boca para ahogar un sollozo. Era su piano. El piano que había estado en la sala de su casa durante tres generaciones. El piano donde había aprendido las escalas, donde había compuesto sus primeras melodías, donde había llorado la muerte de sus padres.
El recuerdo de la venta la golpeó más fuerte que el accidente.
Hacía dos años, cuando la abuela Elena sufrió el infarto, no tenían dinero. El seguro de los padres se había agotado en las operaciones de la pierna de Ana. La casa ya estaba hipotecada.
—Necesitamos ochenta mil pesos para el cateterismo, señorita —había dicho el cardiólogo.
Ana miró el piano. Era lo único de valor que les quedaba.
Llamó a un comprador de antigüedades. El hombre, un tipo gordo con anillos de oro, lo miró con codicia pero ofreció una miseria.
—Te doy cien mil. Y me estoy arriesgando, el mercado está muy flojo.
—Vale tres veces eso —había protestado Ana, llorando.
—Tómalo o déjalo.
Lo tomó. Vio cómo se llevaban a su mejor amigo envuelto en mantas, como si fuera un cadáver. Y con él, se fue su última esperanza de volver a ser quien era.
Y ahora, el destino, con su ironía macabra, lo había puesto aquí, en el lugar donde ella tenía que fregar el suelo.
—¡Pero qué haces ahí parada pasmada!
La voz fue como un latigazo. Ana giró sobre sus talones, asustada.
Frente a ella estaba un hombre bajo, delgado, con el cabello relamido hacia atrás con exceso de gel y un traje gris que brillaba bajo la luz artificial. Tenía la cara afilada de un roedor y unos ojos pequeños y maliciosos. Igor Peralta, el Gerente General.
—¿Tú eres la nueva de limpieza? —Igor la miró con asco, como si Ana fuera una cucaracha en su inmaculado piso de mármol.
—Sí… sí, señor. Buenas tardes.
—¡Buenas tardes mis narices! —gritó él, haciendo que varios clientes voltearan—. Estás aquí para limpiar, no para admirar el mobiliario. Ese piano vale más que tu vida entera y la de toda tu familia juntas. ¡No te quiero ver cerca de él! ¿Entendiste? ¡Ni lo respires!
Ana bajó la cabeza, sintiendo la humillación quemándole las orejas.
—Sí, señor. Entendido.
—¡Pues muévete! ¡Esos cristales tienen huellas! ¡Quiero que queden invisibles! Y camina bien, por el amor de Dios, que pareces un pato mareado. Das mala imagen al negocio.
Igor chasqueó los dedos y se dio la vuelta, ladrando órdenes a un mesero.
Ana se quedó ahí, temblando. Apretó el trapo de microfibra en su mano hasta que sus nudillos se pusieron blancos.
Miró el piano una vez más. El instrumento parecía devolverle la mirada, mudo y cómplice. “Estoy aquí”, parecía decirle. “Todavía estoy aquí”.
Ana se tragó las lágrimas, se agachó y comenzó a limpiar el cristal de la ventana.
—Limpiar… solo limpiar —se repitió como un mantra—. Hazlo por la abuela. Hazlo por la abuela.
Pero en el reflejo del vidrio, no vio a una limpiadora. Vio a una pianista atrapada en una pesadilla, esperando el momento de despertar. Y juró, en ese instante, mientras frotaba la mancha en el cristal, que algún día, de alguna manera, volvería a tocar esas teclas. Aunque fuera lo último que hiciera.
CAPÍTULO 3: LA DANZA DE LAS ESCOBAS Y EL VENENO
El despertador sonó a las 4:30 de la madrugada en el pequeño departamento de interés social en Iztapalapa. El sonido era un pitido agudo y cruel que perforaba el sueño ligero de Ana. No había tiempo para remolonear entre las cobijas. En la Ciudad de México, si pierdes el primer microbús, pierdes el día.
Ana se sentó en la orilla de la cama, y el primer saludo del día fue el dolor. Su pierna derecha estaba rígida, como un trozo de madera vieja. Hizo una mueca, masajeando la cicatriz abultada sobre la rodilla.
—Buenos días a ti también —murmuró con ironía.
Se vistió en silencio para no despertar a su abuela, que dormía en la habitación contigua con la respiración pesada de los ancianos enfermos. Se puso el uniforme gris que había lavado a mano la noche anterior y que ahora colgaba en el baño, todavía un poco húmedo. Se calzó los zapatos ortopédicos negros, esos que odiaba porque eran toscos y feos, tan diferentes a las zapatillas de charol que solía usar en los recitales.
Antes de salir, revisó el pastillero de la abuela. Losartán, check. Metoprolol, check. Quedaban pastillas para tres días. Después de eso, Dios diría. O más bien, el sueldo de “El Imperial” diría.
El viaje hacia la colonia Roma era una odisea de dos horas. Primero, caminar diez cuadras oscuras hasta la avenida principal, rezando para que no la asaltaran. Luego, apretujarse en un microbús verde que olía a gasolina y humanidad, donde el chofer ponía cumbias a todo volumen como si fuera mediodía. Después, el metro: un gusano naranja atascado de gente que la empujaba sin piedad. Ana protegía su pierna mala como una leona protege a su cría, buscando una esquina donde nadie la golpeara.
Llegó a la entrada de servicio de “El Imperial” a las 6:50 AM, sudando frío a pesar del fresco de la mañana.
—¡Llegas barriendo el home, flaca! —la saludó Marina, la mesera que había conocido el primer día. Marina era un torbellino de energía sinaloense, con el pelo teñido de un rubio brillante y una sonrisa que podía iluminar un estadio—. Córrele que el Ogro ya llegó y anda de malas porque no le trajeron su café especial de Chiapas.
“El Ogro” era, por supuesto, el Licenciado Igor Peralta. Ana checó su tarjeta en el reloj de asistencia justo cuando el reloj marcaba las 7:00. Un minuto más tarde y le descontaban el día. Así eran las reglas de Igor.
La jornada comenzó con la brutalidad habitual.
—Hoy toca limpieza profunda de los salones privados —ladró Igor al pasar junto a ella, sin siquiera mirarla a los ojos—. Y cuando digo profunda, me refiero a que quiero ver mi reflejo en la madera del suelo. Si encuentro una sola mota de polvo, te la comes.
Ana asintió, muda, y cargó con la cubeta de agua con pinol, el trapeador y la bolsa de trapos. Los salones privados estaban en el segundo piso. No había elevador de servicio. Tuvo que subir las escaleras cargando el equipo, escalón por escalón, mordiéndose el labio para no gemir cada vez que apoyaba el peso en la pierna derecha.
Al llegar arriba, se encontró sola con el silencio y el lujo. Los salones eran hermosos, decorados con papel tapiz de seda y muebles victorianos. Ana empezó a limpiar. Fregar, enjuagar, exprimir. Fregar, enjuagar, exprimir. El ritmo monótono se convirtió en una especie de meditación dolorosa.
Mientras limpiaba una vitrina llena de vajilla de porcelana, su reflejo le devolvió la mirada. Ya no veía a Ana Salinas, la pianista virtuosa. Veía a una sirvienta. Sus manos, esas manos que habían sido aseguradas por medio millón de pesos antes del accidente, ahora estaban rojas, agrietadas por el cloro y con las uñas cortas y descamadas.
—Mira en lo que terminaste —se dijo a sí misma—. De tocar a Chopin a limpiar las migajas de los ricos.
—¡Pssst! ¡Ana!
Ana saltó del susto. Marina asomó la cabeza por la puerta, vigilando que no viniera nadie.
—Vente, te traje algo. El chef está de buenas y sacó unos chilaquiles que sobraron del desayuno del personal. Están picosos pero reviven muertos.
Ana dudó.
—Si me ve el Licenciado…
—El Licenciado se fue a desayunar con unos proveedores. Tenemos veinte minutos. Ándale, que te ves pálida. Pareces fantasma de telenovela.
Ana la siguió hasta una pequeña bodega donde guardaban los manteles. Allí, sentadas sobre cajas de vino importado, compartieron un plato de unicel con chilaquiles verdes y un bolillo.
—Come, muchacha, que estás en los huesos —le dijo Marina, empujándole el plato—. Oye, en serio, ¿qué le hiciste a Igor? Te trae entre ceja y ceja. A la de limpieza anterior la trataba mal, pero contigo… contigo se ensaña.
Ana tragó un bocado de tortilla con salsa. El picante le calentó el cuerpo.
—No sé. Creo que es mi pierna. Le molesta ver a alguien… defectuoso.
—Es un infeliz —masculló Marina—. Se cree el dueño, pero solo es un gato con corbata cara. El verdadero dueño es Don Vladimir, pero ese casi nunca viene. Dicen que es buena gente, pero muy estricto con la música.
Al mencionar la música, Ana sintió un nudo en la garganta.
—Marina… ¿tú sabes de dónde sacaron el piano? El que está en el salón principal.
—¿El negro grandote? —Marina le dio un trago a su coca-cola—. Uy, quién sabe. Llegó hace como un mes. Igor andaba presumiendo que fue una ganga, que se lo compraron a una familia que estaba en la ruina. Dijo que eran unos tontos que no sabían lo que tenían.
Ana dejó de comer. El bocado se le hizo piedra en el estómago. “Unos tontos”. Así llamaba Igor a su desesperación. Así llamaba al sacrificio que ella había hecho para salvar a su abuela.
—¿Estás bien? Te pusiste blanca —preguntó Marina preocupada.
—Sí… solo… me cayeron pesados los chilaquiles. Gracias, Marina. Tengo que volver.
El resto de la mañana fue un infierno silencioso. Ana limpiaba mecánicamente, pero su mente estaba en el salón principal, junto al piano. Podía sentirlo a través de las paredes. Era como si un hilo invisible le jalara el ombligo, llamándola.
A las 2:00 PM, el restaurante estaba lleno. Era la hora de la comida ejecutiva. Políticos, empresarios y señoras de sociedad llenaban las mesas. El ruido de los cubiertos contra la porcelana y las risas educadas creaban una sinfonía de opulencia. Ana tenía prohibido entrar al salón principal durante el servicio, a menos que fuera una emergencia.
Y la emergencia ocurrió.
En la mesa 4, un grupo de hombres de negocios celebraba un contrato con botellas de vino tinto. Uno de ellos, ya bastante alegre, manoteó al contar un chiste y tiró una copa llena. El líquido oscuro se derramó sobre el mantel inmaculado y salpicó el piso de mármol beige.
—¡Camarero! —gritó el hombre, sin disculparse—. ¡Limpien esto!
Igor apareció de la nada, con esa sonrisa falsa que usaba con los clientes y que parecía una cicatriz en su cara.
—¡Inmediatamente, caballero! ¡Qué pena! —Hizo una seña brusca hacia la cocina—. ¡Ana! ¡Servicio en la mesa 4! ¡Rápido!
Ana estaba en el pasillo, exprimiendo el trapeador. Al escuchar su nombre, se congeló. Tenía que salir ahí, frente a todos, con su uniforme gris, su cubeta sucia y su cojera.
—¡Ana! —bramó Igor de nuevo, perdiendo la compostura.
Ana respiró hondo, tomó la cubeta y salió.
El salón se quedó en un semi-silencio incómodo. Ver a alguien haciendo trabajo sucio en medio de tanta elegancia rompía la fantasía de perfección. Ana caminó hacia la mesa 4. Sentía las miradas clavadas en su espalda como alfileres. Clop, arrastra. Clop, arrastra. El sonido de sus pasos parecía amplificado por la acústica del lugar.
Llegó a la mesa. Se agachó con dificultad, sintiendo el dolor agudo en la rodilla, y empezó a limpiar el vino del suelo.
—Oiga, Licenciado —dijo el cliente borracho, mirando a Ana con desdén—, ¿no tiene a alguien más… rápido? Esta niña parece que está bailando en cámara lenta.
Las risas en la mesa fueron crueles. Ana sintió que la cara le ardía. Bajó la vista, concentrándose en la mancha roja que parecía sangre.
Igor, en lugar de defenderla, soltó una risita nerviosa para complacer al cliente.
—Una disculpa, Don Roberto. Ya sabe cómo es el personal de hoy en día, uno contrata lo que hay. ¡Ana, apúrate! ¡Estás estorbando a los señores!
“Lo que hay”.
Ana apretó el trapo con tanta fuerza que el agua sucia escurrió por sus muñecas. Quiso levantarse y gritarles. Quiso decirles: “Ustedes no saben quién soy. Ustedes no saben lo que mis manos pueden hacer”. Pero no dijo nada. Terminó de limpiar, se levantó con un esfuerzo visible que le arrancó un gemido involuntario, y se retiró con la cabeza gacha, cargando su dignidad hecha pedazos en la cubeta de agua sucia.
Al entrar a la cocina, chocó de frente con Miguel.
El administrador la sostuvo de los hombros para que no se cayera. Ana estaba temblando violentamente.
—Ana, ¿qué pasó? —preguntó Miguel, alarmado—. Estás llorando.
Ana se tocó la cara. Ni siquiera se había dado cuenta de que lloraba.
—No es nada… solo… me duele la pierna.
—No es la pierna —dijo Miguel, con voz dura. Miró hacia el salón, donde Igor seguía riendo con los clientes—. Fue él, ¿verdad?
—Por favor, déjeme ir —suplicó Ana—. Tengo que lavar los trapos.
Se soltó de él y corrió, cojeando lo más rápido que pudo, hacia el cuarto de servicio. Se encerró en el baño, se sentó sobre la tapa del inodoro y se tapó la boca con las manos para ahogar los sollozos. Lloró por sus padres. Lloró por su pierna. Lloró por el piano que estaba a unos metros de distancia y que no podía tocar. Lloró por la injusticia de ser talentosa y pobre en un mundo que solo respeta el dinero.
Pasó media hora antes de que pudiera salir. Se lavó la cara con agua fría, se acomodó el cabello y salió. Tenía que seguir trabajando. La abuela necesitaba las medicinas.
La tarde se convirtió en noche. El turno de la comida terminó y el restaurante se preparó para la cena. El ambiente cambió. Las luces se atenuaron, encendieron velas en las mesas. El lugar se volvió más íntimo, más romántico. Y más doloroso para Ana.
A las 11:00 PM, el último cliente se fue. Los meseros empezaron a recoger las mesas, cansados, bromeando entre ellos. Igor ya se había ido, gracias a Dios. Solo quedaban Miguel, cerrando la caja en su oficina, y el personal de limpieza y cocina.
Ana estaba barriendo cerca del escenario.
El piano estaba ahí. Magnífico. Solitario. La tapa estaba cerrada, pero Ana sabía que debajo de esa madera negra dormían las cuerdas que conocían los secretos de su alma.
Nadie la veía. Marina estaba en la cocina contando sus propinas. Los otros chicos de limpieza estaban sacando la basura al callejón.
Ana se acercó.
Era como si el piano tuviera gravedad propia. Dejó la escoba recargada en una silla. Extendió la mano y sus dedos rozaron la superficie fría y pulida. El contacto fue eléctrico.
—Hola, viejo amigo —susurró.
Recordó la última vez que lo tocó. Fue la noche antes de que se lo llevaran. Había tocado el Nocturno en Do sostenido menor de Chopin. Una despedida.
Su mano fue hacia la tapa del teclado. Sabía que estaba prohibido. Sabía que si Igor la veía, la despediría sin pensarlo dos veces y sin pagarle la quincena. Pero el deseo era más fuerte que el miedo. Era una sed que la estaba matando.
Levantó la tapa. Las teclas blancas y negras brillaron a la luz de la luna que entraba por el vitral.
Se sentó en la banqueta. Su cuerpo reconoció la postura inmediatamente. La espalda recta, los hombros relajados, los pies buscando los pedales. Incluso su pierna mala parecía encontrar descanso en esa posición.
“Solo una nota”, pensó. “Solo una para saber si todavía me recuerdas”.
Puso el dedo índice sobre el Do central. Presionó suavemente.
El sonido fue puro, claro, redondo. Resonó en el salón vacío como una gota de agua cayendo en un lago en calma.
Ese sonido rompió el dique.
Ana no pudo detenerse. Sus manos, hambrientas de música después de dos años de silencio, cobraron vida propia. Empezó a tocar los primeros acordes de la Balada No. 1 de Chopin.
Al principio, tocaba pianissimo, casi susurrando, con miedo a ser escuchada. Pero la música es celosa, exige todo o nada. Ana cerró los ojos y se dejó llevar. El dolor de la humillación de la tarde, el cansancio, la tristeza, todo fluyó hacia sus dedos y se transformó en sonido.
La música creció. Se volvió intensa, tormentosa. Ana se balanceaba con el ritmo, olvidando que vestía un uniforme gris, olvidando que era la chica de la limpieza. En ese momento, en ese banco, ella era la reina de “El Imperial”.
No se dio cuenta de que la puerta de la cocina se había abierto. No vio a Marina quedarse petrificada con una bolsa de basura en la mano. No vio a los lavalozas asomarse, boquiabiertos.
Y tampoco vio a Miguel, que había salido de su oficina al escuchar la música, pensando que alguien había dejado la radio encendida, y que ahora estaba parado en la sombra, observándola con una expresión de absoluto asombro, como si estuviera presenciando un milagro.
Ana tocó el acorde final, un sonido dramático y desgarrador que quedó flotando en el aire. Se quedó quieta, con las manos sobre las teclas, respirando agitadamente, con el corazón galopando en su pecho.
Y entonces, el aplauso.
No fue un aplauso de multitud. Fue un aplauso lento, solitario, que venía desde la entrada del salón.
Ana abrió los ojos de golpe, aterrorizada. Se giró bruscamente, casi cayendo de la banqueta.
—¡Perdón! ¡Perdón, yo no…! —empezó a balbucear, pensando que era Igor quien había regresado.
Pero no era Igor. Era Miguel.
El administrador caminaba lentamente hacia el escenario, con las manos todavía juntas por el aplauso. Sus ojos grises brillaban de una forma extraña.
—Ana… —dijo, y su voz sonaba ronca—. Eso fue… eso fue lo más hermoso que he escuchado en mi vida.
Ana se levantó temblando, agarrando su escoba como si fuera un escudo.
—Por favor, Licenciado Covarrubias, no me despida. Le juro que no lo vuelvo a hacer. Solo… solo quería ver si…
—¿Despedirte? —Miguel soltó una risa incrédula, negando con la cabeza—. Ana, ¿tienes idea de lo que acabas de hacer? Tocaste una de las piezas más difíciles del repertorio romántico como si fuera un juego de niños.
Miguel subió al escenario y se paró frente a ella. Por primera vez, Ana notó que él era más alto de lo que parecía. Olía a café y a madera de sándalo.
—¿Quién eres, Ana? —preguntó él, mirándola con una intensidad que la hizo sonrojar—. Porque está claro que no eres solo una empleada de limpieza.
Ana bajó la mirada, avergonzada de su secreto.
—Soy Ana Salinas. Estudié en el Conservatorio Nacional. Iba a ser concertista… antes del accidente. Ese piano… —señaló el Steinway con mano temblorosa— ese piano era mío. Tuve que venderlo cuando mi abuela enfermó.
Miguel miró el piano y luego a Ana. La comprensión iluminó su rostro, seguida de una profunda tristeza.
—Dios mío… —susurró—. Estás limpiando el piso alrededor de tu propio piano.
—Es lo que toca hacer para comer, señor —dijo Ana con dignidad, alzando la barbilla—. La música no paga las medicinas de mi abuela.
Miguel la miró durante un largo momento. Había un respeto nuevo en sus ojos, algo que iba más allá de la compasión.
—Ana, escúchame bien. Mañana tenemos un evento muy importante. No quiero darte falsas esperanzas, pero… creo que tu vida está a punto de cambiar.
—¿A qué se refiere? —preguntó ella, confundida.
—Ya lo verás. Por ahora, vete a casa. Descansa. Y Ana… —Miguel le tomó la mano, esa mano roja y maltratada, y la apretó suavemente—. Gracias por la música. Hacía mucho que este lugar no tenía alma.
Ana salió de “El Imperial” esa noche con una sensación extraña en el pecho. No era miedo, ni cansancio. Era algo que no había sentido en mucho tiempo: esperanza.
Pero la esperanza es peligrosa. Puede levantarte al cielo o dejarte caer desde más alto. Y Ana no sabía que al día siguiente, el destino le tenía preparada la prueba más dura de todas. El enfrentamiento final con Igor y la oportunidad que definiría si sería una sirvienta para siempre o si recuperaría su corona.
Mientras caminaba hacia la parada del microbús, empezó a llover. Pero esta vez, Ana no sintió frío. La música de Chopin seguía sonando en su cabeza, protegiéndola como una armadura invisible contra la oscuridad de la ciudad.
CAPÍTULO 4: EL SECRETO DESCUBIERTO
La mañana siguiente, el aire en “El Imperial” estaba tan tenso que se podía cortar con un cuchillo. Todos corrían de un lado a otro como hormigas en un hormiguero pateado. Era el día del Jubileo de Don Vladimir Bustamante. Sesenta años de vida y cuarenta de ser el magnate restaurantero más importante del país.
Igor Peralta estaba en estado de histeria total.
—¡Quiero esas copas brillando! —gritaba, persiguiendo a los meseros—. ¡Ese mantel tiene una arruga! ¡Cámbienlo! ¡Si algo sale mal hoy, los despido a todos, par de inútiles!
Ana trataba de hacerse invisible. Estaba limpiando los zoclos de madera del pasillo principal, de rodillas, avanzando centímetro a centímetro. Su pierna le dolía más que nunca debido a la humedad de la lluvia de la noche anterior, pero no se atrevía a detenerse.
Miguel, por otro lado, parecía extrañamente tranquilo. Pasaba cerca de Ana de vez en cuando y le lanzaba miradas significativas, como diciéndole: “Espera. Ten paciencia”.
A las 5:00 PM, el desastre golpeó.
El teléfono de la oficina de Igor sonó. Ana, que estaba limpiando la puerta de cristal de la entrada, pudo escuchar los gritos del gerente desde ahí.
—¡¿Cómo que no vas a llegar?! —aullaba Igor—. ¡Me importa un carajo que haya un derrumbe en la carretera! ¡Vente caminando si es necesario! ¡Don Vladimir exigió al Maestro Lecuona!
Hubo un silencio, seguido por el sonido del teléfono siendo azotado contra la base.
Igor salió de la oficina, pálido como un muerto, sudando a mares. Se aflojó la corbata, hiperventilando.
—Estamos muertos —dijo al aire—. Estamos todos muertos.
Miguel se acercó con calma.
—¿Qué pasó, Igor?
—El pianista. Lecuona. Está atorado en la carretera México-Cuernavaca. Hubo un deslave. No va a llegar a tiempo. Y el evento empieza en dos horas.
—Consigue otro —sugirió Miguel.
—¡¿A quién?! —gritó Igor, desesperado—. ¡Es viernes por la tarde en la Ciudad de México! ¡Todos los músicos decentes están ocupados! Y Don Vladimir no quiere a cualquier “tecleador” de bar. Quiere un concertista. Quiere estrenar el Steinway. Si no hay música, me va a correr, Miguel. Me va a destruir.
Ana, que había estado escuchando todo, sintió que el corazón le latía en la garganta. Era su oportunidad. Era ahora o nunca.
Miró sus manos sucias. Miró su uniforme gris. El miedo la paralizó. “No te van a creer. Se van a burlar de ti”, le decía una voz en su cabeza.
Pero entonces recordó la noche anterior. Recordó cómo se sintió al tocar. Recordó la mirada de Miguel. Y, sobre todo, recordó la cara de su abuela cuando le dijo que no tenían dinero para la carne esa semana.
Se puso de pie, ignorando el dolor de su rodilla. Se alisó el delantal. Caminó hacia donde estaban los dos hombres.
—Licenciado Peralta —dijo, con una voz que le salió más firme de lo que esperaba.
Igor se giró, furioso por la interrupción.
—¡¿Qué quieres tú ahora?! ¡¿No ves que estamos en una crisis?! ¡Lárgate a limpiar los baños, estorbo!
—Yo puedo tocar —dijo Ana.
El silencio que siguió fue absoluto. Marina, que pasaba con una charola de canapés, se detuvo en seco. Los meseros voltearon.
Igor parpadeó, como si no hubiera entendido el idioma.
—¿Qué dijiste?
—Dije que yo puedo tocar el piano. Puedo cubrir al Maestro Lecuona.
Igor soltó una carcajada. Una risa fea, aguda, llena de desprecio.
—¿Tú? —Se acercó a ella, invadiendo su espacio personal—. ¿Tú, la gata de limpieza? ¿La coja? ¡Por favor! ¡Esto es el colmo! ¡Dios mío, dame paciencia! ¡Niña, ubícate! Esto es un evento de alta sociedad, no la kermés de tu pueblo.
—Hablo en serio —insistió Ana, sintiendo cómo las lágrimas de rabia le picaban los ojos—. Conozco el repertorio. Chopin, Liszt, Beethoven. Puedo hacerlo.
—¡Cállate! —gritó Igor, levantando la mano como si fuera a golpearla—. ¡Deja de decir estupideces! ¡Lárgate de mi vista antes de que te corra a patadas! ¡Das pena ajena!
—Ella dice la verdad.
La voz de Miguel cortó el aire como un látigo.
Igor se giró hacia el administrador.
—¿Tú también, Miguel? ¿Te volviste loco?
—La escuché anoche —dijo Miguel, muy serio—. Entró al salón y tocó la Balada número 1 de Chopin. Y te lo digo yo, que tengo oído: toca mejor que Lecuona. Toca mejor que cualquiera que hayas contratado jamás.
Igor miró a Miguel y luego a Ana, con la boca abierta.
—¿Estás bromeando?
—No. Ana es una pianista de conservatorio. El piano… ese piano era suyo antes de que llegara aquí.
—Me importa un bledo de quién era el piano —escupió Igor—. ¡Mírala! ¡Mira sus fachas! ¡Mira sus manos de lavandera! Don Vladimir va a vomitar si ve a esta… a esta cosa sentada en su Steinway.
—Entonces arréglala —dijo Miguel, desafiante—. ¿Qué otra opción tienes, Igor? ¿Vas a sentarte tú a tocar “Los Pollitos Dicen”? ¿O vas a decirle a Don Vladimir que arruinaste su jubileo?
Igor se pasó la mano por el pelo engominado, acorralado. Miró el reloj. Faltaba una hora y media. Sudaba frío. Sabía que Miguel tenía razón. Estaba entre la espada y la pared.
—Si lo arruinas… —amenazó a Ana, señalándola con un dedo tembloroso—, si tocas una sola nota mal, si haces el ridículo… te juro que me voy a encargar de que no encuentres trabajo ni barriendo calles en esta ciudad. ¿Me oíste?
Ana sostuvo su mirada.
—No lo voy a arruinar.
—¡Marina! —gritó Miguel—. ¡Llévatela! ¡Sácale ese trapo horrible! ¡Busquen un vestido, maquillaje, lo que sea! ¡Tienen una hora!
Marina soltó la charola sobre una mesa y corrió hacia Ana, tomándola del brazo.
—¡Vente, corre! ¡Esto se va a poner bueno!
En el vestidor de mujeres, el ambiente era de frenesí total. Todas las meseras y cocineras estaban ahí, ayudando. Se había corrido la voz: “La de limpieza va a tocar el piano para el patrón”. Era como el cuento de Cenicienta, pero en la colonia Roma y con olor a guiso.
—A ver, a ver —decía Marina, revolviendo en los casilleros—. La Lupe dejó aquí su vestido de gala del año nuevo, dice que te lo presta. Es azul marino, elegante, tapa todo.
Ana se quitó el uniforme gris con asco, sintiendo cómo se despojaba de una piel muerta. Se puso el vestido. Le quedaba un poco flojo de la cintura, pero Marina lo ajustó con unos seguros por la espalda. Era de terciopelo azul oscuro, con mangas largas que ocultaban sus codos rasposos y una falda larga que cubría sus zapatos ortopédicos.
—¡Siéntate! —ordenó una de las chicas de la barra, sacando su estuche de maquillaje—. Tienes unas ojeras de mapache, mana. Vamos a tapar eso.
Mientras la maquillaban y le peinaban el cabello en un chongo elegante, Ana cerró los ojos y trató de calmar su respiración. Sus manos temblaban.
“Papá, mamá, ayúdenme”, rezó en silencio. “No me dejen caer”.
—¡Lista! —exclamó Marina, girando la silla hacia el espejo.
Ana abrió los ojos. Se quedó sin aliento.
La mujer del espejo no era la Ana que limpiaba inodoros. Era Ana Salinas, la artista. El maquillaje ocultaba el cansancio, el vestido le daba porte. Sus ojos brillaban con una mezcla de terror y determinación.
—Estás preciosa, amiga —dijo Marina con la voz quebrada—. Ahora ve y dales en la madre. Con perdón de la palabra.
Al salir del vestidor, Miguel la esperaba en el pasillo. Al verla, se quedó mudo un momento. Se ajustó la corbata, visiblemente nervioso.
—Wow… —murmuró—. Ana, te ves… increíble.
—Tengo miedo, Miguel —confesó ella, y por primera vez lo llamó por su nombre de pila—. Mis manos… siento que no me van a responder.
—Te van a responder —le aseguró él, ofreciéndole el brazo—. Porque la música está en ti, no en tus manos. Está en tu corazón. Y ese corazón ha aguantado más que el de cualquiera aquí.
Caminaron hacia la entrada del salón principal. Ya se escuchaba el murmullo de la gente. Los invitados habían llegado. Don Vladimir Bustamante estaba en la mesa de honor, un hombre imponente de cabello blanco y mirada de águila, rodeado de su familia y socios.
Igor estaba en la puerta, mordiéndose las uñas. Al ver a Ana, hizo una mueca de sorpresa, pero la disimuló rápido.
—Más te vale que toques bien, coja —susurró con veneno cuando pasaron junto a él—. Mi cabeza está en juego.
—Tu cabeza no me importa —respondió Ana en voz baja, sin detenerse—. Toco por mí.
Las luces del salón bajaron de intensidad. Un reflector iluminó el piano Steinway en el escenario.
El maestro de ceremonias tomó el micrófono.
—Damas y caballeros, para celebrar este gran día, tenemos una presentación muy especial. Al piano, la señorita Ana Salinas.
Hubo aplausos educados, pero tibios. Nadie conocía el nombre.
Ana soltó el brazo de Miguel.
—Es tu momento —le dijo él.
Ana caminó hacia el escenario. El trayecto de diez metros pareció durar una eternidad. Su cojera, disimulada por el vestido largo y el paso lento, le daba un aire de fragilidad solemne. Subió los tres escalones del escenario agarrándose del barandal.
Llegó al piano. Se sentó.
El olor a madera y fieltro la recibió como un abrazo. Acarició las teclas con la mirada. “Volví”, pensó. “Volvimos”.
Respiró profundo, levantó las manos y dejó que el silencio se hiciera total en la sala.
Y entonces, tocó.
CAPÍTULO 5: EL CONCIERTO DE LAS LÁGRIMAS Y EL DIAMANTE
El silencio que precedió a la primera nota no fue un silencio vacío; fue un abismo. Ana estaba sentada frente al abismo, con las manos suspendidas sobre el teclado de marfil y ébano, sintiendo cómo trescientos pares de ojos se clavaban en su nuca. Podía oler el perfume caro de las mujeres en las primeras mesas, una mezcla de Chanel y arrogancia; podía escuchar el tintineo nervioso de una copa que alguien dejó mal puesta. Y podía sentir, como una quemadura en la piel, la mirada de odio de Igor Peralta desde la entrada, rezando para que ella fracasara, para que se tropezara, para que confirmara que no era más que una sirvienta con delirios de grandeza.
Pero entonces, Ana cerró los ojos.
Y en la oscuridad de sus párpados, el restaurante “El Imperial” desapareció. Ya no había mesas, ni meseros, ni manchas de vino en el suelo, ni dolor en su pierna estropeada. Solo estaban ella y la bestia negra y brillante.
Sus dedos bajaron.
El primer acorde del Nocturno en Do sostenido menor (Op. posth.) de Chopin rompió el aire. Fue un sonido suave, casi un lamento, que se elevó hacia los techos altos decorados con frescos. La acústica del salón, diseñada para la conversación discreta de los poderosos, atrapó la nota y la amplificó, devolviéndola cargada de una melancolía insoportable.
Ana no tocó para Don Vladimir Bustamante. No tocó para salvar el pellejo de Igor. Ni siquiera tocó para Miguel, que la observaba conteniendo la respiración desde un rincón.
Tocó para los fantasmas.
Tocó para su padre, Roberto, que siempre le decía: “Tus manos son pájaros, Anita, déjalos volar”.
Tocó para su madre, Sofía, y su risa contagiosa que se apagó en una carretera mojada hacía siete años.
Tocó para el dolor de las cirugías, para el frío de las salas de espera en los hospitales públicos, para el hambre que había pasado las últimas semanas, para la humillación de tener que limpiar los escupitajos de gente que no valía ni la mitad que ella.
La música fluyó. Al principio, la audiencia seguía distraída. Se escuchaba el murmullo bajo de conversaciones: “¿Quién es esa?”, “¿No es la chica que estaba limpiando hace rato?”, “Qué vestido tan pasado de moda”…
Pero a medida que la melodía avanzaba, ganando intensidad y profundidad, el salón comenzó a transformarse. Fue un efecto dominó. Primero, las mesas más cercanas al escenario guardaron silencio. Un tenedor quedó suspendido a medio camino de una boca. Una risa se cortó en seco. Luego, el silencio se propagó hacia atrás, como una ola invisible, hasta llegar a la barra y a la entrada.
Ana se olvidó de su cuerpo roto. Sus manos, esas manos rojas y maltratadas por el cloro y el detergente barato, recuperaron su memoria ancestral. Los pasajes rápidos, las escalas descendentes que imitaban el llanto, los trinos delicados… todo salía con una precisión técnica aterradora, pero con una carga emocional que golpeaba el pecho.
Igor Peralta, que estaba listo para correr al escenario y arrastrarla del pelo al primer error, sintió que se le secaba la boca. No sabía nada de música clásica —para él, la música era solo ruido de fondo para vender botellas de vino caras—, pero incluso él, en su ignorancia y mezquindad, podía sentir que algo sobrenatural estaba ocurriendo. La “coja”, la “gata”, la “mugrosa”, estaba domando al monstruo. Y lo estaba haciendo con una dignidad que lo hacía sentir a él pequeño, sucio e insignificante.
Ana terminó el Nocturno con un acorde final que se desvaneció lentamente, dejando una estela de vibración en el aire.
No levantó la cabeza. No esperó aplausos. Sus manos volaron inmediatamente a la siguiente pieza. No les daría tiempo de juzgarla. No les daría tiempo de recordar que era pobre.
Atacó el teclado con furia. El Estudio Revolucionario de Chopin.
La violencia de la pieza sacudió a los comensales. Era una tormenta. La mano izquierda de Ana corría por el teclado como un río desbocado, mientras la derecha marcaba acordes que sonaban como disparos, como gritos de guerra.
Don Vladimir Bustamante, sentado en la mesa de honor, dejó lentamente su copa de vino sobre el mantel. Sus ojos, nublados por la edad y el cinismo de años de hacer negocios, se abrieron desmesuradamente. Se inclinó hacia adelante, ignorando a su esposa que le preguntaba algo.
Ese sonido… ese ataque…
Su mente viajó atrás en el tiempo. Siete, ocho años atrás. Una noche de lluvia. El Palacio de Bellas Artes. Una niña prodigio con un vestido negro que había hecho llorar a los críticos más duros de la ciudad.
“No puede ser”, pensó Don Vladimir, sintiendo un escalofrío. “Se suponía que estaba muerta o lisiada. Se suponía que había desaparecido”.
Pero ahí estaba. Con un vestido prestado que le quedaba grande, con el cabello recogido de prisa, pero con el mismo fuego, la misma desesperación sagrada en los dedos.
En la cocina, el personal se había amontonado en la puerta batiente, espiando por las ventanillas redondas.
—¡No manches! —susurró uno de los lavalozas, con los ojos como platos—. ¿Esa es la Ana? ¿La que apenas habla?
Marina, la mesera, lloraba abiertamente, sin importarle que se le corriera el rímel barato. Se apretaba el delantal contra el pecho, sintiendo un orgullo tan grande que creía que le iba a estallar el corazón.
—¡Esa es mi amiga! —sollozó—. ¡Deles en la madre, mi reina!
Ana llegó al clímax de la pieza. Su cuerpo se balanceaba, poseído por el ritmo. El dolor de su rodilla ya no era dolor; era combustible. Cada punzada era una nota más fuerte, más agresiva. Estaba gritando su verdad sin abrir la boca. Estaba diciéndoles a todos esos ricos privilegiados: “Mírenme. Soy Ana Salinas. Y estoy viva”.
El acorde final del Estudio Revolucionario resonó como un trueno. Ana respiraba agitadamente, con el pecho subiendo y bajando, el sudor brillando en su frente bajo la luz del reflector.
Silencio.
Un segundo. Dos segundos. Tres segundos.
El miedo la asaltó de golpe. “No les gustó. Fue demasiado. Soy una salvaje”.
Pero entonces, vio movimiento en la mesa central.
Don Vladimir Bustamante se estaba poniendo de pie. Lentamente, con la solemnidad de un rey, el magnate se levantó. Y comenzó a aplaudir.
Fue la señal.
Como si se hubiera roto un dique, el salón entero estalló.
No fue un aplauso cortés. Fue una ovación ensordecedora, visceral. La gente se puso de pie, empujando las sillas hacia atrás. Hombres de negocios, damas de sociedad, políticos corruptos y amantes del arte, todos estaban de pie, gritando “¡Bravo!”. Algunos se limpiaban las lágrimas. Otros miraban al escenario con incredulidad, como si acabaran de ver a un unicornio.
Ana se quedó paralizada en la banqueta. El ruido la golpeó físicamente. Se llevó una mano al pecho, abrumada. Levantó la vista y vio el mar de gente de pie. Por primera vez en siete años, no la miraban con lástima. No miraban su pierna coja. La miraban a ella. A su alma.
Miguel, desde su rincón, lloraba en silencio, con una sonrisa que le partía la cara. Sabía que acababa de presenciar el renacimiento de una estrella.
Igor, por el contrario, estaba pálido como la cera. Se aflojó el nudo de la corbata porque sentía que se asfixiaba. Sabía, con la certeza de las ratas cuando el barco se hunde, que estaba acabado. Había humillado, insultado y despreciado a la protegida del destino.
Don Vladimir no esperó a que los aplausos cesaran. Salió de su mesa y caminó directamente hacia el escenario, con paso firme, apartando a los meseros que se interponían en su camino.
Al ver que el dueño se acercaba, la música de los aplausos bajó un poco de volumen, transformándose en un murmullo expectante.
Ana vio venir al hombre canoso y elegante. El miedo regresó. ¿Iba a regañarla? ¿Iba a decirle que se bajara de su precioso piano? Intentó levantarse para hacer una reverencia o huir, pero su pierna, fría tras el esfuerzo, falló. Tropezó levemente al apoyarse en el suelo.
Un murmullo de preocupación recorrió la sala.
Pero Don Vladimir subió los escalones del escenario con agilidad sorprendente para su edad y le ofreció la mano para sostenerla.
—Cuidado, hija —dijo, con una voz que, amplificada por el micrófono que alguien había dejado cerca, resonó en todo el salón.
Ana tomó su mano. Estaba temblando incontrolablemente.
—Perdón… perdón, señor Bustamante —balbuceó, bajando la cabeza—. Yo solo… el Licenciado Igor dijo que no había músico y…
Don Vladimir levantó una mano para callarla. No con grosería, sino con autoridad absoluta. Se giró hacia el público, todavía sosteniendo la mano de Ana, y luego la miró a los ojos. Esos ojos viejos y sabios la escrutaron.
—No te disculpes por darnos el regalo más grande de la noche —dijo él—. Pero necesito saber algo. Y necesito que me digas la verdad.
El salón contuvo el aliento.
—Tú eres Ana Salinas, ¿verdad? —preguntó Vladimir—. La niña que ganó el Concurso Nacional hace ocho años. La que iba a debutar en París.
Ana sintió que las rodillas se le doblaban. El reconocimiento fue un golpe dulce y terrible. Ya no podía esconderse.
—Sí, señor —susurró, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla, llevándose un poco del maquillaje que Marina le había puesto—. Soy yo.
—Dios mío… —Don Vladimir negó con la cabeza, visiblemente conmovido—. Todos pensábamos… se dijo que habías muerto en el accidente con tus padres. Los periódicos dijeron que la carrera de la joven promesa había terminado en tragedia.
—Mi carrera terminó, señor —dijo Ana con voz quebrada—. Mis padres murieron. Yo… yo me quedé así. —Señaló su pierna—. Y sin dinero. Tuve que venderlo todo. La casa, los muebles…
Hizo una pausa, tomó aire y miró el piano negro que brillaba a su lado. Acarició la tapa con una ternura que hizo llorar a varias mujeres en la audiencia.
—Incluso tuve que venderlo a él.
Don Vladimir siguió su mirada hacia el Steinway.
—¿A qué te refieres?
—Este piano, señor… —La voz de Ana se rompió, pero se obligó a continuar—. Este piano era mío. Era de mi bisabuela. Es el piano en el que aprendí a tocar. Tiene una marca en la pata izquierda, un golpe que le di con un carrito cuando era niña.
Don Vladimir se agachó inmediatamente. Miró la pata del piano. Ahí estaba. La pequeña cicatriz en la madera lacada. Se levantó despacio, mirando a Ana con una mezcla de horror y maravilla.
—Lo compré a un anticuario hace un mes —murmuró Vladimir—. Dijo que venía de una familia que había caído en desgracia.
—Esa familia soy yo —dijo Ana, y las lágrimas finalmente brotaron sin control—. Lo vendí para pagar la operación de corazón de mi abuela. Fue… fue como venderme un brazo. Y cuando llegué a trabajar aquí… cuando lo vi… pensé que me iba a morir de dolor.
El silencio en el salón era sepulcral. Nadie se movía. La historia era demasiado trágica, demasiado perfecta, demasiado humana.
De repente, una voz chillona rompió el momento.
—¡Señor Bustamante! ¡Don Vladimir!
Igor Peralta subía al escenario, sudando, con una sonrisa nerviosa y desesperada.
—¡Qué sorpresa, verdad! —decía Igor, riendo histéricamente y dirigiéndose al público—. ¡Vaya talento que teníamos escondido en el equipo de limpieza! ¡Yo siempre supe que Ana tenía potencial! ¡Por eso le di la oportunidad esta noche! ¡Claro que sí! ¡Un aplauso para mi descubrimiento!
Ana retrocedió, asustada por la cercanía de su verdugo.
Don Vladimir soltó la mano de Ana suavemente y se giró hacia Igor. Su rostro, que segundos antes reflejaba compasión, se transformó en una máscara de piedra volcánica.
—¿Tu descubrimiento? —preguntó Vladimir, con una voz peligrosamente baja.
—¡Sí, sí, señor! —Igor se secaba el sudor de la frente con un pañuelo—. Ya sabe, yo siempre tengo ojo para el talento. Aunque claro, tenía mis dudas por su… ya sabe… su problemita en la pierna y su aspecto, pero decidí ser benévolo y…
—Cállate —dijo Vladimir. No gritó. No hizo falta. La palabra cayó como una guillotina.
Igor se congeló.
—¿Señor?
—He venido a este restaurante tres veces en el último mes de incógnito, Igor —dijo Don Vladimir, y su voz resonó en los altavoces—. Te he visto. He visto cómo tratas a tu personal. He visto cómo gritas. He visto tu arrogancia. Y hoy… hoy mis empleados me han contado cosas mientras tú estabas ocupado lamiendo las botas de mis invitados.
Vladimir dio un paso hacia él. Igor retrocedió, casi tropezando con el banco del piano.
—Me han dicho que le prohibiste acercarse al instrumento —continuó Vladimir, implacable—. Me han dicho que la humillaste hoy mismo, haciéndola limpiar vino de rodillas frente a los clientes mientras te reías. Me han dicho que la llamas “coja” y “gata”.
Un murmullo de desaprobación recorrió la sala. Los clientes que horas antes se habían reído con Igor ahora lo miraban con asco.
—Yo… señor… es un malentendido… ella es una empleada conflictiva… yo solo intentaba mantener la disciplina…
—¿Disciplina? —Vladimir señaló a Ana, que se abrazaba a sí misma—. ¿Llamas disciplina a humillar a una artista de este calibre? ¿A un ser humano que ha sufrido lo indecible? Eres un hombre pequeño, Igor. Un hombre mezquino y cruel. Y no quiero gente cruel en mi empresa.
—Señor Bustamante, por favor, tengo familia…
—¡Estás despedido! —El grito de Vladimir retumbó en las paredes—. ¡Recoge tus cosas y lárgate de mi vista ahora mismo! ¡Y agradece que no te demando por acoso laboral y discriminación! ¡Fuera!
Igor miró alrededor, buscando algún aliado, alguien que lo defendiera. Pero solo encontró miradas de desprecio. Incluso los meseros lo miraban con satisfacción. Derrotado, encogido, destruido, Igor bajó del escenario y caminó hacia la salida, acompañado por el silencio más humillante de su vida y, finalmente, por los abucheos de algunos comensales.
Cuando la puerta se cerró tras él, Don Vladimir respiró hondo, recuperando la compostura. Se volvió hacia Ana, su rostro suavizándose de nuevo.
—Perdona ese espectáculo, hija. Pero había que limpiar la basura antes de seguir con la música.
Ana estaba temblando. Todo había pasado demasiado rápido. De la limpieza al concierto, del concierto a la gloria, de la gloria a la justicia.
—Gracias… —sollozó—. Nadie… nadie me había defendido nunca así.
—Eso se acabó hoy —dijo Vladimir. Tomó las manos de Ana entre las suyas—. Ana, escúchame bien. Tú no vas a volver a tocar una escoba en tu vida. Tus manos están hechas para crear belleza, no para limpiar la suciedad de otros.
—Pero necesito el trabajo, señor… mi abuela…
—Tu abuela no va a carecer de nada. A partir de esta noche, eres la Pianista Residente de “El Imperial”. Tendrás el sueldo de un ejecutivo, no de limpieza. Y ese piano… —Vladimir señaló el Steinway—. Ese piano es tuyo. Te lo devuelvo. Es un regalo de cumpleaños… para mí. Porque verte tocarlo ha sido el mejor regalo que he recibido en sesenta años.
Ana se llevó las manos a la boca, incapaz de procesar tanta bondad.
—No puedo aceptarlo… es demasiado…
—Vas a aceptarlo. Y hay algo más. —Vladimir miró su pierna—. Tengo un amigo. El Doctor Arriaga. Es el mejor cirujano ortopedista de Houston. Me debe varios favores. Mañana mismo voy a llamarlo. Vamos a ver esa pierna, Ana. La medicina ha avanzado mucho en siete años. Quizás no vuelvas a correr un maratón, pero te prometo que haré todo lo posible para que camines sin dolor y entres a un escenario con la frente en alto.
Ana sintió que las piernas le fallaban de verdad esta vez. Pero no cayó al suelo. Miguel, que había subido al escenario discretamente, la sostuvo por la cintura justo a tiempo.
—Te tengo —le susurró al oído.
Ana miró a Miguel, luego a Don Vladimir, luego al público que volvía a aplaudir, esta vez con calidez, con cariño, celebrando el final feliz de una historia que parecía imposible.
Miró su piano. Su viejo amigo. Estaba de vuelta.
—Gracias —dijo, y su voz fue apenas un susurro que se perdió en la ovación—. Gracias a la vida por esta segunda oportunidad.
Esa noche, la fiesta en “El Imperial” duró hasta el amanecer. Pero Ana no se quedó a beber champaña con los ricos. Después de tocar dos piezas más —un Vals de Chopin alegre y lleno de luz, y una composición propia que improvisó en el momento—, se retiró al camerino improvisado.
Allí, sentada frente al espejo, se quitó los aretes prestados.
La puerta se abrió y entró Miguel. Traía una copa de agua y una sonrisa que le llegaba a los ojos.
—¿Cómo se siente la estrella de la noche?
—Me siento… como si estuviera soñando —dijo Ana—. Tengo miedo de despertar y estar en mi cama en Iztapalapa, con el despertador sonando a las cuatro de la mañana.
Miguel se arrodilló frente a ella, quedando a su altura. Le tomó las manos.
—No es un sueño, Ana. Es tu vida. La vida que te mereces.
—No lo hubiera logrado sin ti, Miguel. Tú creíste en mí cuando yo misma me había dado por vencida. Tú le dijiste a Igor que yo podía tocar.
—Yo solo vi lo que era obvio —dijo él suavemente—. Eres luz, Ana. Y la luz no se puede esconder debajo de un trapo sucio por mucho tiempo. Siempre encuentra la forma de salir.
Se miraron en silencio. Había una electricidad entre ellos, una conexión que había nacido entre cubetas de agua sucia y que ahora florecía entre partituras y terciopelo. Miguel se inclinó lentamente y besó sus manos, primero la izquierda, luego la derecha, con una devoción casi religiosa.
—Descansa —dijo él, poniéndose de pie—. Mañana empieza el resto de tu vida. Y te prometo que voy a estar ahí para verlo.
Ana se quedó sola en el camerino. Se miró al espejo una última vez. La tristeza seguía ahí, en el fondo de sus ojos, porque las cicatrices del alma no se borran en una noche. Pero ya no estaba sola. La tristeza ahora compartía espacio con la esperanza.
Se cambió el vestido de gala por su ropa de calle —sus jeans viejos y su suéter—, pero caminó diferente. Ya no arrastraba los pies con vergüenza. Caminaba con dolor, sí, pero con propósito.
Salió por la puerta principal, no por la de servicio. El guardia de seguridad, el mismo que la había humillado el primer día, le abrió la puerta con una reverencia exagerada y una cara de susto.
—Buenas noches, señorita Salinas —balbuceó.
—Buenas noches —respondió Ana con una sonrisa tranquila.
Afuera, la lluvia había parado. El cielo de la Ciudad de México, usualmente contaminado, dejaba ver algunas estrellas tímidas. Ana respiró el aire fresco. Sacó su celular, un modelo viejo con la pantalla estrellada, y marcó el número de su casa.
—¿Bueno? —contestó la voz adormilada de su abuela.
—Abuela —dijo Ana, conteniendo el llanto—. Despierta. Tengo que contarte algo. Prepara café… porque vamos a celebrar. Ya no vamos a sufrir, abuelita. El piano… el piano regresó a casa.
Y mientras caminaba hacia el taxi que Don Vladimir le había pagado, Ana Salinas supo que la pesadilla había terminado. La música había ganado la guerra.
CAPÍTULO 6: EL DOLOR DE LA ESPERANZA Y UNA PROMESA DE MADRUGADA
El taxi se deslizaba por la Calzada Ignacio Zaragoza a las dos de la mañana. No era un taxi cualquiera, sino uno de esos sedanes negros y seguros que Don Vladimir había ordenado para ella, pagado por adelantado. Ana iba en el asiento trasero, abrazada a su bolsa vieja como si contuviera lingotes de oro, aunque lo único nuevo allí dentro era una tarjeta de presentación del Doctor Arriaga y un sobre con un anticipo de su sueldo que Miguel le había obligado a aceptar “para emergencias”.
Miraba por la ventana cómo la ciudad cambiaba de piel. Dejaban atrás las luces cálidas y las calles arboladas de la Roma y la Condesa, adentrándose en el oriente de la ciudad, hacia Iztapalapa. Aquí, el alumbrado público parpadeaba como ojos cansados y las calles tenían cicatrices de baches que el chofer esquivaba con pericia.
Al llegar a su edificio —un bloque de departamentos de interés social despintado, con rejas en todas las ventanas y ropa secándose en las azoteas—, el contraste con el lujo de “El Imperial” la golpeó en el estómago. Pero este era su hogar. Aquí estaba su realidad.
—Gracias, joven —dijo al bajar.
—Con cuidado, señorita. Está pesada la zona a esta hora —respondió el chofer, esperando amablemente a que ella entrara al zaguán antes de arrancar.
Ana subió los tres pisos cojeando, pero el dolor de su pierna esta noche se sentía diferente. Ya no era un dolor de derrota, sino un recordatorio de batalla. Abrió la puerta con cuidado para no hacer ruido, pero el aroma a café de olla con canela la recibió en la entrada.
En la pequeña cocina, iluminada solo por la luz de la estufa, estaba Doña Elena. Su abuela, envuelta en un chal tejido, removía el contenido de una olla de barro.
—Abuela… ¿qué haces despierta? Son las tres de la mañana.
La anciana se giró. Sus ojos, rodeados de arrugas profundas, brillaban con esa intuición que solo tienen las abuelas mexicanas.
—¿Tú crees que iba a poder dormir? —dijo Elena, acercándose con paso lento—. Mi corazón me decía que algo estaba pasando. Sentí… sentí como si tu papá estuviera aquí en la casa, rondando, contento.
Ana soltó la bolsa en la mesa de formica y corrió a abrazarla. Se aferró a ese cuerpo frágil que olía a Vick VapoRub y a jabón de lavandería. Y rompió a llorar. Pero no fue el llanto silencioso y amargo de los últimos siete años. Fue un llanto ruidoso, liberador, infantil.
—¡Lo recuperé, abuela! —sollozó Ana en su hombro—. ¡Recuperé el piano! ¡Recuperé mi vida!
Se sentaron a la mesa con dos tazas de café humeante. Ana le contó todo. Le contó sobre la humillación de Igor, sobre la valentía de Miguel, sobre el silencio del salón cuando tocó a Chopin, y sobre la bondad de Don Vladimir.
—Dice que me va a pagar la cirugía, abuela. Dice que hay un doctor que puede arreglar mi pierna. Y el piano… el Steinway… es mío otra vez. Me lo regaló.
Doña Elena escuchaba con las manos juntas, rezando en silencio, mientras las lágrimas corrían libremente por sus mejillas. Miró hacia el pequeño altar que tenían sobre el refrigerador, con una imagen de la Virgen de Guadalupe y fotos de los padres de Ana.
—Dios aprieta pero no ahorca, mijita —susurró la abuela—. Yo sabía. Yo siempre le pedí a la Virgencita que no te dejara morir de tristeza. Tu talento es un don de Dios, y los dones siempre encuentran su camino de vuelta.
Esa noche, Ana durmió profundamente por primera vez en años. No soñó con el accidente. Soñó con música.
Una semana después, el escenario cambió radicalmente.
Ana estaba sentada en una sala de espera que parecía más el lobby de un hotel cinco estrellas que un hospital. El Hospital ABC de Santa Fe. Pisos relucientes, aire acondicionado silencioso y recepcionistas que hablaban en voz baja. Nada que ver con las clínicas del Seguro Social donde había pasado horas interminables esperando fichas.
A su lado estaba Miguel.
Había pedido el día libre en el restaurante para acompañarla.
—Tranquila —le dijo él, tomándole la mano fría—. Arriaga es el mejor. Operó a varios jugadores de la Selección Nacional. Si alguien puede ayudarte, es él.
Ana apretó su mano. La presencia de Miguel se había vuelto indispensable en esos días. Ya no era solo el administrador amable; se había convertido en su roca. Había algo en la forma en que la miraba, una mezcla de admiración y ternura, que hacía que el corazón de Ana latiera con un ritmo sincopado, ajeno a cualquier partitura.
—Señorita Salinas, pase por favor.
El consultorio del Doctor Arriaga estaba lleno de diplomas y modelos anatómicos. El doctor, un hombre alto y canoso con lentes de montura al aire, examinó las radiografías recientes en una pantalla luminosa. Luego examinó la pierna de Ana. Movió el tobillo, presionó la rodilla, midió los ángulos de movimiento. Ana apretó los dientes para no gritar.
Finalmente, el doctor se sentó y se quitó los lentes.
—Voy a ser muy honesto contigo, Ana —dijo con seriedad—. El daño es severo. Los huesos soldaron mal después del accidente porque no tuviste las terapias adecuadas en su momento. Los tendones están acortados y hay mucho tejido cicatrizal que comprime los nervios. Por eso te duele tanto.
Ana sintió que el mundo se le caía encima. Miguel se tensó a su lado.
—¿No… no se puede hacer nada? —preguntó ella con un hilo de voz.
—No dije eso —corrigió Arriaga, y una leve sonrisa apareció en su rostro—. Dije que es severo, no imposible. Podemos operar. Será una cirugía compleja, probablemente dos. Tendremos que romper el hueso de nuevo para alinearlo, liberar los nervios y hacer un injerto de tendón.
—¿Volveré a caminar bien? —preguntó Ana.
—No vas a correr los cien metros planos en las Olimpiadas —admitió el doctor—, pero mi objetivo es que camines sin dolor y sin esa cojera tan pronunciada. Que puedas usar los pedales del piano con la fuerza y precisión que necesitas. Eso sí te lo puedo prometer. Pero…
—¿Pero qué? —intervino Miguel.
—La recuperación será brutal —dijo Arriaga sin rodeos—. Meses de fisioterapia dolorosa. Vas a tener que aprender a caminar otra vez. Vas a querer tirar la toalla. Necesito saber si tienes la fuerza mental para eso. Porque yo puedo hacer magia en el quirófano, pero la rehabilitación depende cien por ciento de ti.
Ana miró su pierna, esa extremidad que había odiado tanto tiempo. Luego miró a Miguel, que le apretó la mano dándole fuerza. Y finalmente pensó en el piano esperándola en “El Imperial”.
—Doctor —dijo Ana, levantando la barbilla—, sobreviví a la muerte de mis padres, sobreviví al hambre y sobreviví a limpiar inodoros siendo pianista. Créame, tengo fuerza de sobra. ¿Cuándo empezamos?
La cirugía se programó para dos días después. Don Vladimir cubrió todos los gastos, insistiendo en que era una “inversión cultural”, no caridad.
El despertar de la anestesia fue horrible. Ana sentía que la pierna le ardía como si estuviera en llamas. Vomitó dos veces. Lloró de dolor y desorientación.
Pero cada vez que abría los ojos, entre la niebla de los analgésicos, ahí estaba Miguel.
Durmiendo en el sillón incómodo de la habitación. Leyéndole un libro en voz alta para distraerla. Dándole sorbitos de agua con una pajita.
—¿Por qué haces esto? —le preguntó una noche, con la voz pastosa por la morfina. La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por las luces de la ciudad a través de la ventana.
Miguel cerró el libro que leía (Cien Años de Soledad) y se acercó a la cama.
—¿Hacer qué?
—Estar aquí. Cuidarme. Podrías estar en tu casa, descansando. O saliendo con alguna chica guapa que no tenga la pierna llena de tornillos.
Miguel sonrió y le acarició la mejilla con el dorso de la mano.
—No hay ninguna chica más guapa que tú, Ana. Y no hay ningún lugar donde prefiera estar.
—No me tengas lástima, Miguel —advirtió ella, desviando la mirada—. Ya tuve suficiente lástima para toda una vida.
Miguel le tomó la barbilla suavemente y la obligó a mirarlo.
—Mírame bien. ¿Ves lástima en mis ojos?
Ana lo miró. Vio cansancio, sí. Vio preocupación. Pero sobre todo, vio un brillo intenso, cálido, devoto.
—Veo… veo a alguien que está loco —susurró ella.
—Loco por ti —admitió él—. Desde el primer día que te vi entrar a mi oficina con esos tenis viejos y esa dignidad inquebrantable. Me enamoré de tu fuerza, Ana. Y luego, cuando te escuché tocar… me enamoré de tu alma. Así que no me pidas que me vaya, porque no lo voy a hacer.
Ana sintió que las lágrimas volvían a brotar, pero esta vez eran dulces. Miguel se inclinó y la besó. Fue un beso suave, cuidadoso, pero cargado de promesas. En medio del olor a desinfectante y el pitido del monitor cardíaco, Ana sintió que, por fin, la vida le estaba devolviendo los colores que el accidente le había robado.
Los meses siguientes fueron, tal como había predicho el Dr. Arriaga, un infierno.
La fisioterapia era una tortura diaria. Ana gritaba cuando el terapeuta le doblaba la rodilla. Sudaba la gota gorda tratando de dar un paso en las barras paralelas.
—¡No puedo! —gritaba a veces, tirando la toalla al suelo—. ¡Me duele demasiado!
Pero ahí estaba su red de apoyo.
Marina iba a visitarla los días de descanso, llevándole tamales de dulce y chismes del restaurante.
—Ay, mana, no sabes. El nuevo gerente es un amor, nada que ver con la rata de Igor. Y los clientes preguntan por ti. Dicen: “¿Cuándo vuelve la pianista prodigio?”. Tienes club de fans, eh.
Y Doña Elena, rezando el rosario mientras Ana hacía sus ejercicios en casa.
Y Miguel. Siempre Miguel.
Él la ayudaba a subir y bajar las escaleras cuando le dieron el alta. Él la llevaba a las terapias. Él celebraba cada milímetro de avance como si fuera una victoria olímpica.
Un día, cuatro meses después de la cirugía, ocurrió el milagro cotidiano.
Ana estaba en la sala de su departamento, agarrada del respaldo de una silla. Miguel estaba al otro lado de la habitación, con los brazos abiertos.
—Ven —le dijo—. Sin el bastón. Tú puedes.
Ana soltó la silla. Su pierna tembló, pero sostuvo el peso. Dio un paso. Dolor soportable. Dio otro. Equilibrio.
Caminó los tres metros que la separaban de Miguel. No fue una caminata elegante, todavía había una leve asimetría, pero ya no era el arrastrar penoso y doloroso de antes. Era caminar.
Llegó hasta él y se derrumbó en sus brazos, riendo y llorando al mismo tiempo.
—Caminé, Miguel. ¡Caminé!
El regreso a “El Imperial” fue triunfal.
No hubo alfombra roja, pero hubo algo mejor: el cariño genuino de sus compañeros.
Cuando Ana entró por la puerta principal, caminando con la ayuda de un bastón elegante que usaba más por seguridad que por necesidad absoluta, la cocina entera salió a recibirla.
—¡Bienvenida a casa! —gritó el Chef, saliendo con un pastel enorme.
Marina corrió y la abrazó con cuidado.
—¡Mírate nomás! ¡Qué guapa, qué elegancia! ¡Ya pareces la dueña!
Esa noche, Ana volvió a sentarse frente a su Steinway.
El salón estaba lleno. Don Vladimir había anunciado su regreso y las reservaciones se habían agotado en horas.
Cuando Ana tocó la primera nota, sintió una diferencia fundamental. Antes tocaba desde la herida, desde la necesidad de sobrevivir. Ahora tocaba desde la gratitud. Su música había madurado. Tenía cicatrices, sí, pero también tenía una luz nueva.
Sus pies, ahora libres de dolor agudo, manejaban los pedales con una sutileza exquisita. El pedal de resonancia prolongaba las notas, creando una atmósfera etérea.
Al terminar el concierto, la ovación fue larga y cálida. Ana sonrió, hizo una reverencia profunda y miró hacia la mesa donde Miguel la observaba con orgullo.
Sin embargo, esa noche, mientras regresaban a casa (ahora en el coche de Miguel, porque él insistía en llevarla), Ana se quedó callada, mirando por la ventana.
—¿Qué pasa? —preguntó Miguel, conociéndola demasiado bien—. Deberías estar eufórica. Estuviste magnífica.
Ana suspiró.
—Lo estoy, Miguel. Soy feliz. Tengo trabajo, te tengo a ti, tengo mi pierna recuperándose… pero…
—¿Pero?
—Mientras tocaba hoy, vi a una niña en la mesa 5. Una niña rica, con un vestido de encaje. Me miraba con los ojos abiertos, fascinada. Y me acordé de mí misma a esa edad. Pero también me acordé de los niños de mi barrio en Iztapalapa.
Ana se giró hacia él, con la intensidad brillando en sus ojos oscuros.
—Miguel, hay tanto talento allá afuera que se pierde. Niños que tienen música en las manos pero que nunca van a tocar un piano porque tienen que trabajar, o porque sus padres no pueden pagar clases, o porque nadie cree en ellos. Yo tuve suerte. Don Vladimir me salvó. Pero, ¿cuántos “Anas” hay limpiando pisos ahora mismo? ¿Cuántos Mozarts están vendiendo chicles en los semáforos?
Miguel guardó silencio, procesando sus palabras. Detuvo el auto en un semáforo en rojo y la miró.
—¿Qué estás pensando, Ana? Esa mirada la conozco. Es la mirada de cuando vas a atacar un fortissimo.
—Estoy pensando que no quiero ser solo “la pianista de los ricos” —dijo Ana con firmeza—. Quiero devolver el favor. Quiero hacer algo más.
—¿Como qué?
—Una escuela. Pero no una escuela cualquiera. Una escuela para ellos. Para los que no tienen oportunidad. Para los rotos, los olvidados. Quiero enseñarles que la música puede salvarte la vida, como me la salvó a mí.
Miguel sonrió lentamente.
—Una escuela… eso suena grande. Y complicado. Y caro.
—Lo sé —Ana le devolvió la sonrisa, desafiante—. Pero si pude convencer a Don Vladimir de que la chica de limpieza podía tocar Rachmaninoff, creo que puedo convencerlo de esto.
La oportunidad llegó dos semanas después.
Don Vladimir los invitó a cenar a su casa, una mansión en las Lomas de Chapultepec, para celebrar el éxito de la temporada.
Después de la cena, mientras tomaban café en la biblioteca, Ana se armó de valor.
—Don Vladimir, quiero pedirle un favor. Bueno, no un favor. Una propuesta.
El magnate dejó su taza.
—Tú dirás, hija. Si quieres un aumento, ya lo tienes aprobado.
—No es dinero para mí —dijo Ana—. Es… bueno, usted me dio una segunda oportunidad. Y yo quiero hacer lo mismo por otros.
Ana le expuso su plan con una pasión desbordante. Le habló de los niños de su colonia, del talento desperdiciado, de cómo la música podía ser una herramienta de transformación social y no solo entretenimiento para la élite.
—Quiero abrir una pequeña academia —concluyó—. La llamaré “Segunda Oportunidad”. Quiero becar a niños que tengan talento pero no recursos. Yo daría las clases. Miguel me ayudaría con la administración. Solo necesitamos… un lugar.
Don Vladimir se quedó callado, tamborileando los dedos sobre el brazo de su sillón de cuero. Miró a Ana, luego a Miguel, que asentía apoyando cada palabra de su novia.
Finalmente, el viejo empresario se levantó y caminó hacia la ventana.
—Sabes, Ana… mucha gente viene a pedirme dinero. Para negocios, para inversiones, para caridad falsa. Todos quieren recibir. Eres la primera persona en años que viene a decirme que quiere dar.
Se volvió hacia ellos con una sonrisa astuta.
—Tengo una propiedad vieja en Coyoacán. Una casona que era de mi tía. Está un poco descuidada, necesita reparaciones, pintura, amor. Iba a venderla para que hicieran departamentos, pero… me gusta más tu idea.
—¿De verdad? —Ana casi saltó del sillón.
—Hagamos un trato —dijo Vladimir—. Yo pongo la casa y el capital inicial para las reparaciones y la compra de algunos instrumentos básicos. Ustedes ponen el trabajo, el sudor y el talento. Si en un año la escuela funciona, constituimos una fundación formal. ¿Trato hecho?
Ana miró a Miguel. Él le guiñó un ojo.
—Trato hecho —dijo Ana, estrechando la mano del hombre que le había cambiado la vida.
Esa noche, de regreso al departamento, Ana no podía dejar de hablar. Ya estaba planeando el color de las paredes, el repertorio para los principiantes, los horarios.
—Vamos a necesitar más pianos —decía—. Y violines. Y tal vez una guitarra. Marina dijo que quería ayudar con la recepción.
—Tranquila, fiera —rio Miguel, estacionando el auto frente al edificio de Iztapalapa—. Roma no se construyó en un día. Tenemos tiempo.
Subieron las escaleras juntos. Al llegar a la puerta, Miguel la detuvo.
—Ana.
—¿Qué?
—Estoy muy orgulloso de ti. No tienes idea de cuánto.
Ana se recargó en la puerta, mirándolo bajo la luz parpadeante del pasillo.
—Lo estamos haciendo juntos, Miguel. Tú eres parte de esto. Tú eres mi segunda oportunidad también.
Se besaron, un beso largo y profundo que sabía a futuro.
Esa madrugada, Ana se sentó en la pequeña mesa de su cocina, no para llorar, sino para dibujar en una servilleta el logotipo de su sueño. Un piano con alas. Y abajo, las palabras: Escuela de Música Segunda Oportunidad.
No sabía aún los retos que vendrían: la burocracia, las dudas, el cansancio. Pero sabía algo con certeza absoluta: la música había dejado de ser su refugio para convertirse en su misión. Y estaba lista para la guerra.
CAPÍTULO 7: LA CASONA DE LOS SUEÑOS Y UN ANILLO EN EL TECLADO
Coyoacán tiene un olor distinto al resto de la Ciudad de México. Huele a humedad antigua, a café tostado, a churros con azúcar y a madera mojada por la lluvia. Es un barrio donde los fantasmas de Frida Kahlo y Diego Rivera parecen esconderse en los callejones empedrados. Y allí, en la calle Francisco Sosa, se alzaba el nuevo desafío de Ana Salinas.
La casona que Don Vladimir había cedido era una joya arquitectónica de los años treinta, pero estaba en los huesos. Las paredes desconchadas mostraban ladrillos rojos como heridas abiertas, y el jardín era una selva de bugambilias rebeldes que habían devorado las rejas.
—¿Estás segura de que esto no se nos va a caer encima? —preguntó Miguel, mirando el techo alto del salón principal, donde una grieta recorría el yeso como un rayo congelado.
Ana se limpió el sudor de la frente con el dorso de la mano. Llevaba una pañoleta roja en la cabeza y ropa de trabajo manchada de pintura blanca.
—Tiene buenos cimientos, Miguel —dijo, golpeando una pared con los nudillos—. Como nosotros. Solo necesita que le quitemos lo feo para que salga lo bonito.
Durante dos meses, la vida de Ana y Miguel fue una “talacha” interminable. Don Vladimir puso el dinero para los materiales, pero la mano de obra fue un esfuerzo comunitario. Ana no quiso contratar a una empresa constructora impersonal; contrató a los vecinos de su edificio en Iztapalapa. Don Pepe, el plomero que siempre le fiaba las reparaciones a su abuela; los hijos de la señora de los tamales para lijar pisos; y un primo de Marina que era electricista.
Era una obra llena de música. Mientras pintaban, ponían cumbias o rock urbano a todo volumen. Ana, que antes vivía en el silencio de su vergüenza, ahora dirigía una orquesta de martillos y brochas.
Pero por las noches, cuando el polvo se asentaba y los trabajadores se iban, el miedo llegaba.
Una noche, una semana antes de la inauguración, Ana estaba sentada en el suelo del que sería el salón de clases principal. El olor a tíner era fuerte.
—¿Y si no viene nadie? —le susurró a la oscuridad—. ¿Y si fracaso? Una cosa es tocar el piano y otra muy distinta es enseñar. Y otra peor es dirigir una escuela. No sé nada de nóminas, ni de impuestos, ni de permisos de uso de suelo.
Miguel entró con dos cafés del Oxxo y se sentó a su lado, estirando las piernas largas.
—Para eso estoy yo, Ana. Tú eres el corazón, yo soy el cerebro administrativo. Tú encárgate de que los niños se enamoren de la música; yo me encargo de pelearme con los burócratas de la alcaldía.
—Tengo miedo, Miguel. Miedo de fallarle a Don Vladimir. Miedo de fallarte a ti.
—El que tenga miedo a morir, que no nazca —dijo Miguel, citando un dicho popular—. Ana, ya pasaste por el infierno. Esto… esto es solo carpintería.
El Día de la Inauguración
El letrero de hierro forjado sobre la entrada rezaba: “Escuela de Música y Artes: Segunda Oportunidad”.
No hubo alfombra roja ni prensa, pero hubo algo mejor: el barrio entero se volcó. Las señoras ricas de Coyoacán, curiosas por ver qué pasaba en la vieja casona, se mezclaron con las familias humildes que habían viajado desde el oriente de la ciudad.
Don Vladimir cortó el listón rojo con unas tijeras doradas.
—Que estas paredes escuchen el futuro de México —dijo el magnate, y por primera vez, Ana vio que le brillaban los ojos.
La escuela no era convencional. No había exámenes de admisión rigurosos donde te pedían escalas perfectas. La única prueba de admisión era una entrevista con Ana.
—¿Por qué quieres tocar? —les preguntaba.
Si el niño respondía “porque mi mamá quiere”, Ana dudaba. Si respondía “porque cuando escucho música siento cosas en la panza”, Ana sonreía y le daba la ficha de inscripción.
Los primeros veinte alumnos eran una tropa heterogénea. Había un chico con tatuajes y mirada dura que quería aprender teoría musical para componer rap. Había una señora jubilada de setenta años que siempre había querido tocar el violín pero su padre nunca la dejó. Y había niños, muchos niños.
Pero hubo un caso que marcó el destino de la escuela.
Ocurrió la segunda semana. Ana estaba en la oficina revisando horarios cuando Marina, que ahora fungía como recepcionista y “todóloga”, entró con cara de circunstancia.
—Ana, hay una señora afuera. Viene con su hija. Ya les dije que los cupos de piano están llenos, pero… insiste mucho. Está llorando.
Ana suspiró, dejó los papeles y salió.
En la sala de espera había una mujer de aspecto humilde, con el rostro marcado por el cansancio crónico de las madres que luchan solas. A su lado, en una silla de ruedas especial, había una niña de unos diez años.
La niña tenía parálisis cerebral. Sus manos estaban contraídas en un espasmo constante y su cabeza caía ligeramente hacia un lado. Pero sus ojos… sus ojos eran dos luceros inteligentes y voraces que recorrían todo el lugar.
—Buenos días —dijo Ana, acercándose.
La mujer se levantó de un salto, nerviosa.
—Buenos días, directora. Disculpe que insista. Me llamo Rosario y ella es mi hija, María. Mari.
—Mucho gusto, señora Rosario. Hola, Mari —Ana le sonrió a la niña, y Mari intentó devolverle la sonrisa, aunque sus músculos faciales apenas obedecieron. Emitió un sonido gutural de alegría.
—Señorita, por favor —empezó Rosario, con la voz quebrada—. He ido a cuatro escuelas. En el conservatorio ni me dejaron pasar de la puerta. En las academias privadas me dicen que “no tienen personal capacitado” o que Mari distraería a los otros niños. Pero a ella le encanta la música. Es lo único que la calma. Cuando pongo el radio, ella cambia. Se ilumina.
Ana miró las manos de la niña. Manos rígidas, dedos que no podían abrirse del todo. Cualquier profesor de piano ortodoxo diría que era imposible. Fisiológicamente imposible.
Ana sintió una punzada en su propia pierna. Recordó las palabras de los doctores: “No volverás a caminar bien”. Recordó las palabras de Igor: “Estorbo”.
Se agachó frente a la silla de ruedas, quedando a la altura de Mari.
—Mari, ¿te gusta el piano?
La niña asintió vigorosamente con la cabeza, babando un poco por el esfuerzo.
—¿Quieres tocar? —preguntó Ana.
—Sí… —logró articular la niña, con un esfuerzo titánico—. To… car.
Ana se levantó y miró a la madre.
—Señora Rosario, no le voy a mentir. Va a ser difícil. Muy difícil. Mari no va a tocar como los otros niños. Quizás nunca toque una sonata rápida. Pero si ella quiere intentarlo, yo no soy quién para decirle que no.
La madre soltó el llanto, tapándose la cara.
—¿La acepta? ¿De verdad?
—Aquí no rechazamos a nadie por lo que su cuerpo no puede hacer —dijo Ana con firmeza—. Nos enfocamos en lo que su alma sí puede hacer. Tráigala el martes.
La Pedagogía del Corazón
Las clases con Mari fueron un desafío pedagógico monumental. Ana tuvo que inventar un método desde cero.
No podían empezar con la posición de manos tradicional (“la garrita de tigre”), porque las manos de Mari no podían formar una garra.
—Está bien, Mari —le decía Ana, sentada junto a ella en el banco del piano—. Si los dedos no quieren abrirse, usaremos el peso del brazo. Mira.
Ana le enseñó a dejar caer el brazo relajado sobre una tecla o un grupo de teclas. Usaban clústers (grupos de notas) para crear armonías modernas.
—La música no está en los dedos, Mari —le repetía Ana, secándole la barbita con un pañuelo—. La música está en la intención. Tú mandas la orden desde tu cabeza, y si el dedo no llega, el sonido llega de otra forma.
Descubrieron que Mari tenía un oído absoluto. Podía identificar cualquier nota que Ana tocara sin mirar el teclado.
—¡Es un Sol! —balbuceaba Mari.
—¡Eso! —celebraba Ana—. Eres una genio, chamaca.
Poco a poco, con meses de terapia física combinada con música, Mari logró aislar el dedo índice de la mano derecha. Podía tocar melodías simples, nota por nota, con una lentitud conmovedora, pero con una afinación y un ritmo interno perfectos.
El día que Mari tocó “Estrellita, ¿dónde estás?” completa, sin equivocarse, su madre lloró en la esquina del salón. Y Ana sintió una satisfacción que nunca había sentido tocando en Bellas Artes. En Bellas Artes recibía aplausos para su ego; aquí, estaba dando vida.
La escuela creció. El rumor corrió como la pólvora: “En Coyoacán hay una maestra que hace milagros”.
Llegaron más alumnos. Un chico ciego que aprendía las piezas de oído a una velocidad vertiginosa. Una niña con autismo que no hablaba con nadie, pero que se comunicaba a través del violonchelo con una profundidad aterradora.
El caos administrativo también creció.
Miguel trabajaba doble turno. De día seguía administrando “El Imperial” (donde Don Vladimir le había dado total libertad) y por las tardes y fines de semana se enterraba en facturas y horarios en la escuela.
—Estás ojeroso —le dijo Ana una noche, llevándole un té a la pequeña oficina que habían improvisado bajo la escalera.
—Y tú estás radiante —respondió él, jalándola para sentarla en sus piernas—. Te sienta bien ser “La Maestra Ana”.
La dinámica entre ellos había madurado. Ya no era el romance vertiginoso del hospital. Ahora era un amor de compañeros de trinchera. Discutían por el presupuesto de la luz, se reían de los padres complicados, soñaban con abrir una sucursal.
—¿Sabes qué dijo Don Vladimir ayer? —comentó Miguel, jugando con un mechón del cabello de Ana—. Dijo que “Segunda Oportunidad” es la mejor inversión que ha hecho en su vida. Que le da más orgullo que sus restaurantes.
—Es porque ve los resultados —dijo Ana—. Ve a Mari. Ve a Juanito, el rapero, que ya no anda en la calle buscando pleito, sino escribiendo rimas sobre Chopin.
Un Concierto Íntimo y una Pregunta
Pasaron seis meses. La escuela funcionaba como un reloj, un reloj un poco loco y ruidoso, pero funcional.
Una tarde de viernes, después de que el último alumno se fue, Miguel buscó a Ana.
—Ponte bonita —le dijo—. Bueno, más bonita.
—¿Por qué? Estoy muerta de cansancio. Hoy tuve clase con los de iniciación musical y terminaron golpeando los xilófonos como si fueran piñatas.
—Hazme caso. Ponte ese vestido azul. El que usaste en el Jubileo.
Ana lo miró con sospecha, pero obedeció. Se cambió en el baño de profesores y se soltó el pelo. Al salir, el pasillo estaba a oscuras.
—¿Miguel? —llamó.
—Sigue la música —escuchó su voz a lo lejos.
Desde el salón principal, el sonido de un piano comenzó a flotar. Pero no era una grabación. Alguien estaba tocando. Y tocaba “Claro de Luna” de Debussy. No con la técnica perfecta de un virtuoso, pero con una dulzura y un esfuerzo evidentes.
Ana caminó hacia el salón, con el corazón acelerado.
Al abrir la puerta, se encontró con una escena mágica. El salón estaba iluminado únicamente por cientos de velas colocadas en el suelo, en las ventanas, sobre el piano. Y al piano estaba Miguel.
Ana se llevó las manos a la boca.
—¡No sabía que tocabas! —exclamó.
Miguel dejó de tocar, un poco sonrojado.
—No toco. Tomé clases en secreto con la maestra de los sábados durante tres meses. Solo me aprendí esta parte. Para ti.
Se levantó del banco y caminó hacia ella. En la penumbra de las velas, se veía más guapo que nunca, con esa mezcla de seriedad y ternura que lo caracterizaba.
—Ana —dijo, tomándole las manos—. Hace un año, te encontré limpiando un piso de mármol. Estabas rota. Yo estaba… yo estaba aburrido, viviendo una vida gris, administrando dinero ajeno sin propósito.
Ana sintió que las lágrimas asomaban.
—Me salvaste, Miguel.
—Nos salvamos —corrigió él—. Tú me diste un motivo. Me enseñaste que la vida no se trata de lo que tienes, sino de lo que haces con lo que te queda después de que te lo quitan todo. Hemos construido esta escuela ladrillo a ladrillo. Hemos sanado juntos.
Miguel metió la mano en el bolsillo de su saco. Ana dejó de respirar.
El se arrodilló. No con dificultad como lo hubiera hecho Igor, sino con la reverencia de un caballero ante su reina.
Sacó una cajita de terciopelo negro. Al abrirla, un anillo sencillo pero hermoso brilló a la luz de las velas. Tenía una pequeña piedra central rodeada de dos más pequeñas.
—Ana Salinas —dijo Miguel, y su voz tembló un poco—. No te prometo una vida fácil. Conociéndonos, nuestra vida va a ser un caos de niños gritando, pianos desafinados y facturas por pagar. Pero te prometo que va a ser una vida llena de música. Te prometo que nunca más vas a estar sola en el escenario. ¿Te casarías conmigo?
Ana miró el anillo, miró al hombre que había dormido en un sillón de hospital incómodo solo para que ella no despertara sola, al hombre que había creído en ella cuando era una sombra.
—Sí —susurró, y luego gritó—. ¡Sí! ¡Claro que sí, tonto!
Miguel se levantó y le puso el anillo. Le quedaba perfecto. Se besaron, y por un momento, la escuela desapareció. Solo eran ellos dos, en el centro de su propio universo.
—Ahora —dijo Miguel, limpiándose una lágrima furtiva—, hay alguien más que quiere felicitarte.
Las luces principales se encendieron de golpe.
—¡SORPRESA!
Ana saltó del susto. Escondidos detrás de las cortinas, debajo de las mesas y en el balcón interior, salieron todos. Doña Elena con el bebé de Marina (sí, Marina había tenido un bebé hacía poco con el chef), Don Vladimir con una botella de champaña, Mari en su silla de ruedas sonriendo de oreja a oreja, y un grupo de alumnos.
—¡Sabían! —acusó Ana, riendo y llorando—. ¡Todos sabían!
—¡Fue difícil guardar el secreto, manita! —gritó Marina—. ¡Casi se me sale ayer cuando estábamos comiendo tacos!
La noche se convirtió en una fiesta improvisada. Don Vladimir descorchó la champaña (y sidra para los niños). Juanito, el rapero, improvisó unas rimas sobre la boda.
“La Maestra Ana se nos casa, / con el Don Miguel que es el de la casa, / aquí puro amor y pura enseñanza, / esto es la escuela Segunda Esperanza”.
Doña Elena abrazó a su nieta.
—Tus papás están viendo esto, mi vida. Lo sé.
—Lo sé, abuela —dijo Ana, mirando su anillo—. Siento que, por fin, el ciclo se cerró. El accidente me quitó todo, pero la música me lo devolvió multiplicado.
La Sombra del Pasado
Pero la vida real siempre tiene matices.
Días antes de la boda, un escándalo sacudió al gremio restaurantero, y las noticias llegaron a oídos de Ana y Miguel.
Igor Peralta, el antiguo gerente, había sido arrestado.
Miguel llegó a la casa con el periódico El Universal.
—Mira esto —dijo serio.
El titular decía: “Gerente de restaurantes de lujo arrestado por fraude y malversación de fondos”.
Resultó que Igor no solo era un tirano; era un ladrón. Durante años había estado robando a Don Vladimir, inflando facturas de proveedores y quedándose con la diferencia. También había estado robando las propinas de los meseros mediante un sistema de contabilidad doble.
—Lo atraparon intentando huir a Cancún —dijo Miguel—. Parece que le esperan varios años en el Reclusorio Norte.
Ana miró la foto de Igor en el periódico. Se veía demacrado, asustado, esposado. Ya no quedaba nada de la arrogancia del hombre que le gritaba “coja”.
—Me da pena —dijo Ana, sorprendiéndose a sí misma.
—¿Pena? —Miguel la miró incrédulo—. Ana, ese tipo te trató como basura.
—Lo sé. Pero me da pena porque vivió tan lleno de odio y ambición que terminó sin nada. Yo perdí todo y terminé con todo. Él tenía todo y terminó vacío. Es… triste.
Miguel la abrazó.
—Tienes un corazón demasiado grande, Ana. Por eso eres quien eres.
—No es bondad, Miguel. Es que… ya no tengo espacio para el rencor. El rencor pesa mucho, y yo necesito las manos ligeras para tocar.
Preparativos y Expansión
La boda se fijó para dentro de dos meses. Sería, por supuesto, en “El Imperial”. Don Vladimir insistió en cerrar el restaurante al público ese día. “Es un evento familiar”, dijo.
Mientras tanto, la escuela seguía creciendo.
Don Vladimir llegó una tarde con planos enrollados bajo el brazo.
—Ana, Miguel, tengo una idea loca —dijo, desplegando los planos sobre la mesa del comedor—. La casa de al lado. La vecina la está vendiendo.
—¿Y? —preguntó Miguel.
—Y que la voy a comprar. Vamos a tirar la barda del jardín. Vamos a ampliar “Segunda Oportunidad”. Quiero hacer un auditorio de verdad, con acústica profesional. Y quiero añadir clases de pintura y teatro. Un Centro de Artes completo.
Ana miró los planos. Veía salones de ensayo, veía una galería, veía un futuro que se expandía más allá de lo que jamás soñó.
—Don Vladimir… esto es… esto va a costar una fortuna.
—El dinero en el banco se pudre, hija —dijo el viejo—. El dinero invertido en cultura florece. Además, tengo un motivo egoísta.
—¿Cuál?
—Quiero que este sea mi legado. No quiero que me recuerden por vender filetes caros. Quiero que me recuerden por haber ayudado a crear esto. Por haber descubierto a Ana Salinas.
Ana sonrió.
—Usted no me descubrió, Don Vladimir. Usted me rescató.
—Nos rescatamos mutuamente —dijo él—. Yo estaba viejo y cansado. Ustedes me dieron juventud.
La escuela se convirtió en un faro. Llegaron invitaciones. La Filarmónica de la Ciudad de México quería hacer un convenio para que los alumnos avanzados de “Segunda Oportunidad” pudieran asistir a los ensayos. El gobierno local quería replicar el modelo en otros barrios.
Ana daba conferencias, no sobre técnica pianística, sino sobre resiliencia.
Pero su momento favorito seguía siendo el martes a las 4:00 PM. La hora de la clase de Mari.
Mari ya podía tocar acordes con ambas manos. Su sonrisa torcida era la cosa más hermosa que Ana veía en la semana.
—Maestra —le dijo Mari un día, hablando cada vez mejor gracias a que la música también ayudaba a su dicción—. Cuando sea grande… quiero ser como tú.
—¿Pianista? —preguntó Ana.
—No… maestra. Quiero enseñar a niños… como yo.
Ana tuvo que salir del salón un momento para que Mari no la viera llorar.
Ese era el verdadero éxito. No los aplausos, no las entrevistas, no el dinero. El éxito era encender una llama en alguien más.
Ana se secó las lágrimas, respiró hondo y regresó al salón.
—Muy bien, colega —le dijo a Mari—. Si vas a ser maestra, tienes que aprender a tener paciencia. A ver, vamos otra vez con ese compás. Uno, dos, tres…
Y mientras la música llenaba la vieja casona de Coyoacán, Ana supo que estaba construyendo algo eterno. Algo que la sobreviviría. Y esa certeza era más dulce que cualquier sinfonía.
CAPÍTULO 8: LA SINFONÍA DE LA VIDA Y EL COMIENZO ETERNO
El día de la boda amaneció con ese brillo especial que solo tiene la Ciudad de México después de la lluvia: el cielo era de un azul insultante, los volcanes —el Popocatépetl y el Iztaccíhuatl— se veían nítidos en el horizonte como guardianes milenarios, y el aire olía a tierra mojada y esperanza.
En “El Imperial”, el caos era alegre. No había gritos de terror como en los tiempos de Igor Peralta; había risas, música y olor a flores frescas. Don Vladimir había mandado traer miles de rosas blancas y orquídeas para decorar el salón principal. Parecía un jardín encantado dentro de la casona porfiriana.
En el vestidor de la novia —que solía ser la oficina de Igor, ahora transformada en una suite de lujo—, Ana estaba sentada frente al espejo.
Su vestido no era de diseñador famoso, aunque podría haberlo pagado. Era un diseño de una modista de Iztapalapa, amiga de su abuela, hecho con encaje francés y seda color marfil. Sencillo, elegante, atemporal. Cubría sutilmente la cicatriz de su pierna, pero tenía una abertura que le permitía moverse con libertad. Ana ya no escondía su cojera; la había integrado a su paso, convirtiéndola en un ritmo propio.
Doña Elena, vestida con un traje sastre color lavanda que la hacía ver como una reina, le colocaba el velo.
—Ay, mi niña… —susurró la abuela, con los ojos anegados—. Si tu mamá te viera. Se volvería loca de felicidad.
—Me está viendo, abuela —dijo Ana, tocándose el relicario de plata que llevaba al cuello, con las fotos de sus padres—. La siento aquí. Siento que está acomodándome el pelo.
Marina entró como un huracán, vestida de dama de honor en color azul rey.
—¡Ya llegó el novio! —chilló—. ¡Y se ve guapísimo! ¡Casi me desmayo! ¡Ese Miguel se puso smoking y parece James Bond, pero en versión chilango guapo!
Ana rio, nerviosa.
—¿Y los alumnos? ¿Llegaron?
—Están todos —confirmó Marina—. Don Vladimir mandó dos camiones por ellos a la escuela. Están ensayando en el patio. Suenan… suenan increíble, Ana.
La ceremonia no fue religiosa en el sentido tradicional, sino espiritual. Un juez civil ofició el matrimonio en el centro del salón, justo frente al piano Steinway, que estaba adornado con guirnaldas de flores.
Cuando Ana entró del brazo de Don Vladimir (quien había insistido en entregarla, diciendo que era su “hija adoptiva del alma”), la música comenzó.
No fue la Marcha Nupcial de Mendelssohn.
Fue un arreglo especial de “Bésame Mucho” y “La Vie en Rose”, interpretado por la orquesta de la escuela “Segunda Oportunidad”.
Mari estaba al teclado de un piano eléctrico adaptado, tocando la melodía principal con una concentración absoluta. Juanito, el rapero, marcaba el ritmo suave con un cajón peruano. La niña autista tocaba el chelo con una dulzura desgarradora.
Era imperfecto. Había notas un poco sucias, ritmos que se tambaleaban. Pero era la música más perfecta que Ana había escuchado jamás. Era la música de la lealtad.
Al llegar al altar improvisado, Miguel la miró. Sus ojos grises estaban llenos de lágrimas que no se molestaba en ocultar. Le tomó la mano y se la besó.
—Estás espectacular —le susurró.
—Tú no estás nada mal, James Bond —bromeó ella, temblando de emoción.
El juez habló sobre el amor como una construcción diaria, similar a aprender un instrumento.
—El amor —dijo— requiere paciencia, práctica, saber escuchar al otro y, a veces, saber improvisar cuando la partitura se pierde. Ana y Miguel han demostrado ser virtuosos en este arte.
Cuando llegó el momento de los votos, Miguel sacó un papelito arrugado.
—Ana… prometo ser tu roadie, tu manager, tu fan número uno y tu compañero de dueto. Prometo cuidar tus manos como si fueran de cristal y tu corazón como si fuera de hierro. Prometo que nunca faltará música en nuestra casa, aunque sea yo cantando desafinado en la ducha.
La gente rio y lloró al mismo tiempo.
Ana no llevó papel. Habló desde el pecho.
—Miguel… tú me encontraste cuando yo era silencio. Me enseñaste que mi valor no estaba en mis dedos, sino en mi espíritu. Prometo amarte en los adagios lentos y tristes, y en los allegros rápidos y felices. Prometo construir contigo una sinfonía que dure toda la vida.
—Los declaro marido y mujer —dijo el juez—. Puede besar a la novia.
El beso fue aplaudido por una ovación estruendosa, liderada por los gritos y silbidos de los alumnos de la escuela.
El Concierto de la Vida
La fiesta fue legendaria. Se sirvió el mejor menú de “El Imperial”: chiles en nogada (aunque no era temporada, el chef consiguió los ingredientes), mole poblano, y postres franceses. Pero lo más importante fue la música.
Después de la cena, Ana se levantó.
—Quiero regalarles algo —dijo al micrófono—. A mi esposo, a mi abuela, a Don Vladimir y a mis alumnos.
Se sentó al Steinway. Su Steinway.
Tocó una pieza que había compuesto en secreto durante los últimos meses. La tituló “Renacimiento”.
Empezaba con acordes oscuros, disonantes, que representaban el accidente, el dolor, la caída. Luego, una melodía solitaria y frágil surgía en la mano derecha (ella misma, cojeando, buscando trabajo). Poco a poco, otras armonías se unían (Miguel, la abuela, Marina). El ritmo se aceleraba, se volvía alegre, complejo, hasta estallar en un final glorioso y lleno de luz.
Cuando terminó, Don Vladimir se acercó con una copa de champaña.
—Por Ana y Miguel —brindó—. Y por el poder de las segundas oportunidades. ¡Salud!
—¡Salud! —respondió el salón entero.
La noche avanzó. Los alumnos tocaron, bailaron y comieron pastel hasta hartarse. Mari se acercó a Ana en su silla de ruedas.
—Maestra… te ves… como una princesa.
—Tú eres la princesa hoy, Mari —dijo Ana, abrazándola—. Tocaste hermoso.
—Toqué… para ti.
Un Año Después: El Legado Crece
El tiempo en la Ciudad de México vuela, pero en la Escuela “Segunda Oportunidad”, el tiempo se medía en logros.
El nuevo Centro de Artes, construido en la casa vecina, ya estaba funcionando. Tenía un pequeño teatro de cámara, salones insonorizados y una galería de arte llena de dibujos de los niños.
Ana estaba en su oficina, que ahora era más grande y tenía una ventana que daba al jardín interior. Estaba revisando las fotos del primer aniversario de la escuela.
Había una foto de Juanito recibiendo una beca para estudiar producción musical en una universidad técnica.
Había una foto de la señora Rosario llorando de felicidad al ver a Mari tocar en un recital navideño.
Y había una foto reciente, tomada hacía apenas una semana.
En la foto, Ana estaba de perfil, tocando el piano. Y se notaba una curva suave en su vientre bajo el vestido holgado.
—Tres meses —susurró, acariciándose la panza—. Vas a ser un niño muy musical, mi amor.
Miguel entró en la oficina con dos cafés y un pan de dulce.
—¿Hablando sola otra vez?
—Hablando con el bebé —sonrió Ana.
Miguel se iluminó. Se agachó y besó su vientre.
—Hola, pequeño Mozart. O pequeña Frida. Pórtate bien ahí adentro, que mamá tiene mucho trabajo.
—¿Cómo va la inscripción para el nuevo ciclo? —preguntó Ana, tomando el café.
—Tenemos lista de espera —dijo Miguel, sentándose en el escritorio—. Ciento cincuenta solicitudes. Vamos a tener que contratar más maestros. Por cierto, ¿te acuerdas del profesor Zukermann? ¿El del conservatorio que te dio clases?
—Sí, claro. Era muy estricto.
—Me llamó ayer. Se jubiló del Conservatorio Nacional. Dice que está aburrido en su casa y que escuchó maravillas de tu método. Quiere venir a dar clases gratis dos veces por semana.
Ana abrió los ojos como platos.
—¿Zukermann? ¿Aquí? ¡Pero si él odiaba todo lo que no fuera clásico puro!
—La gente cambia, Ana. El éxito de “Segunda Oportunidad” está haciendo ruido. Estamos demostrando que la música no es para una élite. Es un derecho humano.
El Círculo se Cierra
Esa tarde, se celebraba el Gran Concierto de Aniversario en el Palacio de Bellas Artes. Sí, Bellas Artes.
Gracias a las influencias de Don Vladimir y al prestigio creciente de la escuela, el Instituto Nacional de Bellas Artes les había prestado la Sala Manuel M. Ponce para un recital benéfico.
Ana llegó al Palacio de Bellas Artes tres horas antes.
Entró por la puerta de artistas. El olor a madera vieja y barniz la golpeó como un recuerdo físico.
Caminó por los pasillos que había recorrido siete años atrás, antes de la tragedia. Pero esta vez no iba sola. Iba con Miguel. Iba con su bebé en el vientre. Y detrás de ella venían cincuenta alumnos, maravillados, mirando los murales de Siqueiros y Orozco con la boca abierta.
—¡Maestra, este lugar es gigante! —exclamó uno de los niños más pequeños.
—Es la casa de la música, Pedro —dijo Ana—. Y hoy es su casa.
En el camerino, Ana se vistió. Esta vez eligió un vestido rojo intenso. Rojo vida. Rojo pasión.
Se miró al espejo. Ya no vio a la niña asustada de 19 años. Vio a una mujer de 27 años, con una cicatriz en la pierna y muchas en el alma, pero completa. Fuerte. Madre. Maestra.
El concierto fue un lleno total. Los boletos se habían vendido como pan caliente, y todo lo recaudado iría para comprar instrumentos para niños de orfanatos.
Doña Elena estaba en primera fila, con Don Vladimir a su lado. La abuela lloraba desde antes de que empezara la primera nota.
Cuando se abrió el telón, Ana salió al escenario.
Caminó sin bastón. Su cojera era leve, casi imperceptible por la adrenalina.
Se paró frente al público y tomó el micrófono.
—Buenas noches —dijo, y su voz no tembló—. Hace ocho años, estuve en este mismo escenario. Pensé que mi vida estaba resuelta. Pensé que el éxito era tocar perfecto, viajar y ser famosa.
Hizo una pausa. El silencio era respetuoso.
—La vida me enseñó, de la forma más dura, que estaba equivocada. Me rompió para volver a armarme de una forma diferente. Perdí mis piernas para aprender a volar con el alma. Perdí a mis padres para ganar una familia gigante de cincuenta hijos. —Señaló a sus alumnos sentados detrás de ella en gradas.
—Hoy no venimos a demostrar virtuosismo técnico. Venimos a demostrar que la música sana. Que la música es la segunda oportunidad que todos merecemos.
Se sentó al piano.
El concierto fue un viaje emocional. Los alumnos tocaron con una pasión que hizo vibrar las butacas. Mari tocó un dúo con Ana, y el público se puso de pie a mitad de la pieza, incapaz de contener la emoción.
Para el final, Ana tenía preparada una sorpresa.
—Esta última pieza es para alguien que no está en el escenario, pero que lo hace posible todo —dijo—. Para mi esposo, Miguel.
Tocó “Claro de Luna”, la misma pieza que Miguel había aprendido para pedirle matrimonio, pero la transformó. La mezcló con ritmos mexicanos, con un toque de danzón y de bolero. Era una fusión de sus dos mundos: la técnica clásica y el corazón popular.
Miguel, desde bambalinas, la miraba con adoración.
Cuando cayó el último acorde, el Palacio de Bellas Artes estalló.
No fueron aplausos de cortesía. Fueron gritos, bravos, gente de pie, flores cayendo.
Ana llamó a sus alumnos al frente. Se tomaron de las manos: Mari en su silla, Juanito, Pedro, la niña del chelo. Y en el centro, ella.
Hicieron la reverencia.
Ana miró hacia arriba, hacia la cúpula de cristal de Tiffany que adornaba el techo del teatro.
“Gracias, papá. Gracias, mamá. Lo logramos”.
Epílogo: La Melodía Continúa
Cinco años después.
La casa de Ana y Miguel en Coyoacán era ruidosa y feliz.
Un niño de cuatro años, Andrés (en honor al abuelo de Ana), corría por la sala golpeando una pandereta.
—¡Más fuerte, Andrés! —lo animaba Doña Elena, que a sus ochenta años seguía siendo el roble de la familia, sentada en su sillón tejiendo una bufanda.
Ana estaba en la cocina terminando de preparar la cena. Miguel entró, aflojándose la corbata después de un día largo en “El Imperial”, que seguía siendo el mejor restaurante de la ciudad.
—¡Llegó papá! —gritó Andrés, corriendo a abrazarle las piernas.
Miguel lo cargó y le dio vueltas en el aire.
—¿Cómo se portó el músico principal hoy?
—¡Rompió una maceta! —acusó Ana desde la cocina, riendo.
—Fue un accidente artístico —defendió Miguel, guiñándole un ojo a su hijo.
Se sentaron a cenar. La vida era buena. Simple y buena.
—Hoy me llamó Mari —dijo Ana, sirviendo sopa—. ¿Adivina qué?
—¿Qué?
—La aceptaron en la Licenciatura en Pedagogía Musical. Va a ser la primera alumna con su condición en entrar a la carrera. Dice que quiere hacer su tesis sobre nuestro método.
Miguel sonrió, tomando la mano de Ana sobre la mesa.
—Lo lograste, Ana. Creaste un legado.
—No —dijo ella, mirando a su familia—. Nosotros creamos un hogar. Y la escuela es solo una extensión de eso.
Más tarde, cuando el niño y la abuela dormían, Ana se sentó en el pequeño piano vertical que tenían en la sala.
Tocó una melodía suave, una canción de cuna que estaba componiendo para Andrés.
Miguel se acercó por detrás y le besó el cuello.
—¿Eres feliz? —le preguntó.
Ana dejó de tocar y se giró para mirarlo. Sus manos, que alguna vez estuvieron rojas y lastimadas por el cloro, ahora eran fuertes y suaves. Su pierna tenía cicatrices, pero la llevaba a donde quería ir. Su corazón, que alguna vez estuvo roto, estaba lleno hasta desbordarse.
—Soy más que feliz, Miguel —dijo—. Soy libre.
Y mientras la luna iluminaba las calles de Coyoacán, Ana Salinas volvió a poner las manos sobre las teclas, y la música siguió sonando, eterna, invencible, como la vida misma.
FIN