
CAPÍTULO 1: LA CALMA ANTES DE LA TORMENTA
El sol apenas comenzaba a despuntar sobre los tejados coloniales de Coyoacán, pintando el cielo de la Ciudad de México con esa mezcla particular de gris smog y naranja esperanza que todos los chilangos conocemos bien. Eran las 6:00 de la mañana, pero yo ya llevaba media hora despierto, mirando el techo, con el corazón latiéndome en la garganta como si me hubiera tomado tres expresos dobles de jalón.
Hoy no era un día cualquiera. Hoy era el día.
Me levanté con cuidado para no despertar a Katia, que dormía a mi lado con una tranquilidad que me daba envidia. Se veía tan pacífica, con su cabello oscuro desparramado sobre la almohada, que por un momento sentí esa punzada de amor y protección que había definido los últimos doce años de mi vida.
—Hoy todo cambia, mi amor —susurré, aunque ella no podía oírme.
Me fui al baño y me eché agua fría en la cara. Al mirarme al espejo, vi las ojeras marcadas bajo mis ojos. No eran ojeras de fiesta o de cruda; eran marcas de guerra. Eran el resultado de dieciocho meses brutales de no dormir, de comer tortas y tacos de canasta a deshoras mientras trabajaba en la laptop, de saltarme reuniones familiares y fines de semana para construir “Mateo Consultores”.
La gente ve el éxito, ve el traje Hugo Boss que tenía colgado en la puerta y los zapatos boleados, pero no ven la friega que hay detrás. No ven las veces que tuve que pedir prestado para pagar la nómina de mis tres empleados, ni las noches que pasé negociando con proveedores en la Roma o Santa Fe para que me dieran crédito.
Pero hoy, todo ese sacrificio iba a rendir frutos. Esta noche, en el salón principal del Hotel Presidente InterContinental en Polanco, iba a presentar mi firma ante los inversionistas más pesados del país. Si todo salía bien, dejaríamos de contar los pesos para llegar a fin de mes. Podría por fin comprarle a Katia esa casa en Jardines del Pedregal que tanto veía en las revistas, y asegurar el futuro de Javi, mi hijo, mi campeón.
Bajé a la cocina. El silencio de la casa era reconfortante. Puse café en la cafetera y mientras el aroma inundaba la cocina, me permití un momento para recordar cómo habíamos empezado.
Katia y yo nos conocimos en la universidad, en la UNAM. Ella era la chica fresa, inalcanzable, que llegaba en el coche de su papá, y yo era el becado que llegaba en metro y pesero desde el Estado de México. Cuando me dio el “sí”, sentí que me había sacado la lotería. Sus padres nunca me vieron con buenos ojos al principio; para ellos, yo era poca cosa, un “naco con aspiraciones”, como alguna vez escuché decir a su tía Gertrudis en una Navidad. Pero me tragué mi orgullo. Me partí el lomo trabajando doble turno, fines de semana, lo que fuera, para demostrarles que podía darle a su hija la vida de reina que merecía.
Y Katia… bueno, ella siempre había sido mi motor. O al menos, eso me decía yo mismo.
Mientras me servía el café, escuché pasos en la escalera. Era Javi. A sus diez años, mi hijo tenía una madurez que a veces me asustaba. Venía arrastrando los pies, con el cabello todo despeinado y su pijama de superhéroes.
—¿Qué onda, campeón? ¿Por qué tan temprano? —le pregunté, revolviéndole el pelo.
—No podía dormir, papá —dijo, tallándose los ojos—. Soñé feo.
—¿Ah, sí? ¿Monstruos?
—No… soñé que te ibas y no regresabas.
Me agaché a su altura, sintiendo un nudo en el estómago. Javi había estado muy sensible últimamente. Quizás sentía la tensión en la casa, esa electricidad estática que había entre Katia y yo desde hacía unos meses.
—No manches, Javi. Yo nunca me voy a ir. Hoy es un día importante, ¿te acuerdas? La gran fiesta de papá. Vas a ir de traje y te vas a ver más guapo que Luis Miguel en sus buenos tiempos.
Javi sonrió a medias, pero sus ojos oscuros, tan parecidos a los de su madre, seguían inquietos.
—¿Mamá va a ir con nosotros?
—Claro que sí. Somos un equipo, ¿no?
Javi no contestó. Se subió a un banco de la barra y se quedó mirando su plato de cereal vacío.
Media hora después, Katia bajó. Y como siempre, su presencia llenó la habitación. Llevaba una bata de seda y ya estaba perfectamente maquillada, aunque apenas eran las 7:30.
—Buenos días, amores —dijo, dándome un beso rápido en la mejilla, casi sin tocarme, como para no arruinar su labial—. ¿Está listo el café?
—Servido y caliente, como te gusta —le dije, pasándole la taza.
Katia se recargó en la barra, tomando su celular inmediatamente. Esa era la nueva normalidad: Katia y su celular. Antes, desayunábamos platicando de planes, de chismes de la familia, de la escuela de Javi. Ahora, ella vivía pegada a esa pantalla, sonriendo a mensajes que yo no leía y bloqueando el teléfono en cuanto yo me acercaba.
—¿Nervioso por lo de hoy? —preguntó sin levantar la vista.
—Más que nervioso, ansioso. Jorge me mandó mensaje, dice que ya están montando el proyector y el sonido. Todo tiene que salir perfecto, Katia. Los de Grupo Carso van a estar ahí.
—Qué padre, mi amor —respondió ella, con un tono que sonaba ensayado, automático—. Seguro te va a ir increíble. Te lo mereces, has trabajado un buen.
—Lo hemos trabajado —corregí—. Tú me has apoyado mucho cuidando la casa y a Javi mientras yo estaba en la oficina.
Ella levantó la vista por un segundo y me dio una sonrisa extraña. No era cálida. Era… indescifrable.
—Sí, bueno. Oye, Mateo, sobre esta noche…
Aquí viene, pensé. Quizás quería comprar otro vestido, o quería invitar a más gente de su familia.
—Dime.
—Estaba pensando… creo que es mejor que nos vayamos en autos separados.
Me detuve con la taza a medio camino de la boca.
—¿Separados? ¿Por qué? Es Polanco a las 7 de la noche, el tráfico va a estar del nabo. Es mejor usar el carril confinado o irnos juntos para platicar. Además, es mi noche, Katia. Quiero llegar contigo del brazo. Quiero que te vean y digan: “Ese güey tiene suerte en el negocio y en el amor”.
Ella soltó una risita nerviosa y volvió a mirar su celular, tecleando algo rápido.
—Ay, Mateo, qué cursi eres. No, mira, es que tengo unos pendientes. Necesito pasar a Plaza Satélite a recoger unos aretes que mandé arreglar, y luego quiero pasar rápido con mi mamá porque me dijo que tenía algo para Javi. Si me voy contigo, te voy a hacer llegar tarde y te vas a poner de malas. Ya te conozco cuando te estresas por la puntualidad.
Sonaba lógico. Katia era experta en sonar lógica. Pero algo en mi instinto, esa pequeña voz que había ignorado durante meses, se encendió. ¿Aretes? ¿Su mamá? Su mamá vivía en el sur, Satélite estaba en el norte, y nosotros estábamos en Coyoacán. La logística no cuadraba para nada.
—Katia, Satélite te queda lejísimos. No te va a dar tiempo. Mejor olvida los aretes, ponte los de diamantes que te regalé en el aniversario, se te ven increíbles.
—¡No! —su respuesta fue tajante, casi agresiva. Se dio cuenta de su tono y suavizó la voz inmediatamente, tocándome el brazo—. O sea, es que quiero estrenar esos, amor. Ya sabes cómo soy de caprichosa. Ándale, no seas así. Además, es mejor… es mejor que Javi se vaya contigo.
—¿Que Javi se vaya conmigo?
—Sí. Es tu hijo. Es tu orgullo. Quiero que él viva la experiencia de llegar con el “gran jefe”. Que vea cómo te respetan. Yo los alcanzo allá, te lo prometo. Llego antes de que empieces a hablar.
Miré a Javi. Él estaba escuchando todo, con la cuchara de cereal suspendida en el aire, mirándonos como si estuviera viendo un partido de tenis muy tenso.
—¿Tú quieres venirte conmigo, campeón? —le pregunté.
Javi miró a su mamá, luego a mí. Hubo un segundo de vacilación.
—Sí, papá. Me voy contigo.
Katia soltó el aire, como si se hubiera quitado un peso de encima.
—¡Perfecto! Entonces ya está arreglado. Yo me voy a mis cosas y nos vemos en el hotel a las 7:45. Ni un minuto más tarde.
El resto de la mañana pasó volando entre llamadas de último minuto y correos electrónicos. Me bañé, me rasuré con cuidado y me puse mi mejor traje. Cuando me vi en el espejo, traté de convencerme de que ese mal presentimiento en mi estómago era solo hambre o nervios.
Pero había cosas que no podía sacarme de la cabeza.
Como el primo Damián.
Damián había aparecido en nuestras vidas hacía seis meses. Según Katia, era un primo lejano por parte de su abuela que acababa de regresar de Estados Unidos y andaba buscando chamba. Al principio, me cayó bien. Era un tipo carismático, bien vestido, que sabía de vinos y de coches.
Pero luego, empezó a estar demasiado presente.
Llegaba yo de viaje de negocios de Monterrey y encontraba su coche estacionado afuera. “Vino a ayudarme a mover unos muebles”, decía Katia. Llegaba yo temprano a casa y los encontraba en la cocina, riéndose a carcajadas, risas que se cortaban en seco en cuanto yo entraba.
—Es familia, Mateo, no seas celoso. Es mi primo —me decía ella cada vez que yo fruncía el ceño.
Y yo, como el idiota enamorado que era, le creía. Porque en México la familia es sagrada, ¿no? Uno no desconfía de la sangre.
A las 5:00 PM, Katia ya estaba lista. Llevaba un vestido rojo entallado que le quedaba espectacular, pero que me pareció demasiado… provocativo para un evento corporativo.
—Me voy yendo, amor —dijo, tomando las llaves de su camioneta—. Se me hace tarde para lo de los aretes.
—Te ves hermosa —le dije, intentando darle un beso en la boca.
Ella giró la cara en el último segundo y el beso aterrizó en su mejilla.
—Cuidado con el maquillaje —me regañó suavemente—. Nos vemos allá. Pórtate bien. Javi, hazle caso a tu papá.
Y así, sin más, salió por la puerta. Escuché el motor de su camioneta arrancar y alejarse.
Me quedé parado en el recibidor de mi casa, sintiéndome extrañamente solo.
—Papá, ya estoy listo —la voz de Javi me sacó de mis pensamientos.
Bajaba las escaleras con su trajecito azul marino, intentando abotonarse el saco con torpeza. Se veía tan pequeño y a la vez tan grande intentando ser un hombrecito.
—Te ves galán, hijo. Las inversionistas se van a pelear por ti.
—Papá… —Javi dudó, quedándose a mitad de la escalera.
—¿Qué pasa?
—¿Por qué mamá cerró la puerta de su cuarto con llave cuando estaba hablando por teléfono hace rato?
Sentí un piquete en el pecho.
—Seguro era una sorpresa para mí, hijo. Ya sabes que le gusta el misterio. Oigan, ya vámonos, que si agarramos tráfico en el Segundo Piso nos va a cargar el payaso.
Subimos a mi coche, un sedán alemán que acababa de sacar a crédito (otra apuesta a que el negocio funcionaría). El olor a cuero nuevo y a mi loción llenaba el auto.
Conecté mi celular al Bluetooth y puse algo de música tranquila para bajar los nervios. Arrancamos hacia el Periférico. La ciudad estaba en su caos habitual de viernes por la tarde. Cláxones, vendedores ambulantes toreando coches en los semáforos, el cielo poniéndose de un color violeta intenso.
Al principio, Javi iba platicando. Me preguntaba sobre qué iba a decir en mi discurso, si iba a haber comida rica, si podía llevarse su iPad. Pero conforme nos acercábamos a la zona de San Jerónimo, entrando al tráfico pesado que nos llevaría hacia el norte, hacia Polanco, se fue apagando.
Empezó a jugar con el cinturón de seguridad. Clack, clack, clack. Lo abrochaba y desabrochaba. Miraba por la ventana hacia los edificios de oficinas, mordiéndose el labio inferior.
Lo conozco. Es mi hijo. Sé cuando tiene hambre, cuando tiene sueño y cuando tiene miedo. Y en ese momento, Javi tenía miedo.
Bajé el volumen de la música.
—Javi, neta, ¿qué tienes? Te noto raro desde la mañana. Si no quieres ir a la fiesta, le puedo decir a tu tío Jorge que te cuide en el lobby con unos videojuegos. No tienes que estar en la presentación aburrida.
Javi no contestó. Seguía mirando por la ventana, viendo pasar los coches.
—Hijo…
Entonces, se giró hacia mí. La luz de las farolas del Periférico iluminaba su cara a intervalos, dándole un aspecto fantasmal. Vi lágrimas acumuladas en sus ojos.
—Papá… tengo que decirte algo, pero me prometes que no te vas a enojar con mamá.
El volante se sintió resbaloso en mis manos. Mis palmas estaban sudando frío.
—Javi, nunca me enojaría contigo por decirme la verdad. ¿Qué pasa?
Hubo un silencio que duró una eternidad. Solo se escuchaba el motor del coche y el zumbido del aire acondicionado.
Y entonces, soltó la bomba. Seis palabras. Seis malditas palabras que destrozaron mi realidad en un segundo.
—Es una trampa, papá. Ella te puso una trampa.
Mi cerebro tardó un segundo en procesarlo. ¿Trampa? ¿De qué hablaba? ¿Una fiesta sorpresa?
—¿Cómo que una trampa, Javi? ¿De qué hablas?
Javi empezó a llorar, un llanto silencioso y angustiado.
—La escuché, papá. Cuando dijo que iba al baño… no fue al baño. Fue al cuarto de lavado a hablar por teléfono. Hablaba con el Tío Damián.
Sentí que la sangre se me helaba.
—¿Y qué decían? —mi voz sonó ronca, ajena.
—Mamá decía… decía que ya te había enviado los archivos. Que tú no los habías revisado. Decía: “Para cuando el estúpido de Mateo llegue al hotel y conecte la compu, ya va a ser muy tarde. Va a proyectar los documentos falsos frente a todos y se va a ir a la cárcel”.
Frené de golpe.
No lo pensé. Fue un reflejo visceral. Metí el freno a fondo en pleno carril central del Periférico. El coche de atrás, un taxi rosa con blanco, se amarró chillando llantas y me esquivó por centímetros, el taxista sacando la mano para mentarme la madre con el claxon y a gritos.
—¡Fíjate, animal! —gritó el taxista mientras pasaba.
Pero a mí no me importaba. Mi mundo se había detenido. Orillé el coche como pude hacia la lateral, ignorando los pitidos furiosos de los demás conductores. Puse las intermitentes y me giré hacia Javi, tomándolo por los hombros.
—Javi, mírame. Mírame a los ojos. Esto es muy serio. ¿Estás seguro de lo que escuchaste? ¿Dijo “cárcel”?
Javi asintió, temblando.
—Sí, papá. Y se reían. El Tío Damián se reía muy feo. Decía que por fin se iban a deshacer de ti y que se iban a quedar con toda la lana de la empresa. Que ya tenían los boletos para irse mañana.
Me dejé caer contra el respaldo del asiento. Sentía que me faltaba el aire, como si me hubieran dado un golpe en el plexo solar.
Todas las piezas del rompecabezas cayeron en su lugar con un estruendo ensordecedor.
Los gastos excesivos de Katia.
La insistencia en que yo firmara poderes notariales “por si algo me pasaba en los viajes”.
La aparición de Damián y su supuesta experiencia financiera.
El acceso que le di a Katia a mi laptop personal porque “quería ver fotos viejas”.
La sugerencia de irnos en coches separados hoy… claro. Ella no quería estar en el coche conmigo cuando la bomba estallara. Quería estar lejos, segura, viéndome arder desde la primera fila o tal vez ni siquiera llegar, tal vez huir antes de que la policía llegara por mí.
Iban a incriminarme. Fraude. Lavado de dinero. Malversación. Lo que fuera que hubieran plantado en mi presentación. Iba a pararme frente a los inversores más importantes de México, conectar mi laptop y proyectar mi propia sentencia de muerte.
Miré el reloj del tablero. 6:45 PM. Faltaban 45 minutos para la presentación.
Podía dar la vuelta. Podía irme a casa, agarrar mis cosas y huir. Podía ir a la policía, pero ¿quién me creería? ¿”Mi hijo de diez años escuchó algo”? Necesitaba pruebas.
Miré a Javi. Estaba aterrorizado, pensando que había roto nuestra familia.
—Ven acá, campeón —lo abracé fuerte, oliendo su cabello—. No hiciste nada malo. Eres un héroe. Me acabas de salvar la vida.
Me separé de él y saqué mi celular. Mis manos temblaban, pero mi mente, entrenada para resolver crisis empresariales, empezó a trabajar en frío. La tristeza vendría después. El dolor de la traición lo guardaría en una caja fuerte para llorarlo luego con una botella de tequila. Ahorita, tenía que sobrevivir. Tenía que contratacar.
Marqué el número de Jorge, mi socio, mi hermano del alma.
—¿Bueno? ¿Mateo? ¿Dónde vienes, güey? Ya están llegando los de Grupo Bimbo —dijo Jorge, con el ruido de las copas de fondo.os
—Jorge, cállate y escúchame. Necesito que hagas algo y necesito que lo hagas ahorita, sin preguntar.
—Me estás asustando, cabrón. ¿Qué pasa?
—Ve a la mesa técnica. Donde está mi laptop. ¿Hay alguien ahí?
—Mmm, déjame ver… Sí, ahí está ese primo de tu esposa, Damián. Dice que le está echando un ojo al audio porque sonaba raro.
Sentí una furia caliente subirme por el cuello.
—Aléjalo de ahí. Ahora mismo. Dile que lo buscan en recepción, invéntale que le rayaron el coche, lo que sea. Pero quítalo de la computadora. Y Jorge… desconecta mi laptop de la red. ¡Ya!
—Okey, okey, voy. Pero Mateo, ¿qué está pasando?
—Katia y Damián me tendieron una trampa. Quieren meterme al bote, Jorge. Pero se metieron con el mexicano equivocado.
Colgué. Miré el tráfico de la ciudad, esa serpiente de luces rojas interminable. Tenía 40 minutos para llegar, reescribir mi destino y preparar la venganza más fría que Polanco hubiera visto jamás.
Arranqué el coche, metiendo el acelerador a fondo en cuanto vi un hueco en la lateral.
—Agárrate fuerte, Javi —le dije, con una mirada que no era la del padre cariñoso, sino la de un hombre que no tiene nada que perder—. Vamos a ir a una fiesta. Y vamos a dar un show que nadie va a olvidar.
El motor rugió, y nos lanzamos hacia la noche, hacia el hotel donde mi esposa esperaba verme destruido, sin saber que el hombre que llegaría no era la víctima que ella esperaba.
CAPÍTULO 2: LA CARRERA CONTRA EL INFIERNO
El Periférico de la Ciudad de México a las siete de la noche no es una carretera; es una trinchera. Es un río de metal hirviendo, cláxones y frustración donde miles de almas intentan llegar a casa o huir de ella. Pero esa noche, para mí, el tráfico no era solo un obstáculo; era el tiempo escurriéndose entre mis dedos como arena, cada minuto perdido acercándome más a la guillotina que mi propia esposa había afilado para mí.
Manejé como un poseído. Mi sedán alemán, que hasta hace unas horas era mi orgullo, ahora era un tanque de guerra. Me metí al Segundo Piso, ignorando el límite de velocidad, zigzagueando entre camionetas blindadas y coches compactos. Mis manos apretaban el volante con tal fuerza que los nudillos se me pusieron blancos, como si quisiera estrangular el cuero.
—Papá, vas muy rápido —susurró Javi, aferrado al asa de seguridad sobre la puerta.
Su voz me sacó del trance homicida por un segundo. Miré de reojo a mi hijo. Estaba pálido, con los ojos fijos en el asfalto que pasaba volando bajo las luces ámbar.
—Perdóname, hijo. Perdóname —bajé un poco la velocidad, respirando hondo—. Es que… tenemos prisa. Pero no va a pasar nada. Yo te cuido. Siempre te voy a cuidar.
Pero, ¿realmente podía cuidarlo? La duda me golpeó como un puñetazo en el hígado. ¿Cómo proteges a tu hijo cuando el monstruo no está debajo de la cama, sino que duerme en la recámara principal? ¿Cómo le explicas que su madre, la mujer que le prepara el lunch y le da el beso de buenas noches, acaba de vender a su padre por un puñado de billetes y una aventura con un “primo” falso?
Mi mente, traicionera, empezó a rebobinar la película de los últimos meses. Dicen que el amor es ciego, pero eso es mentira. El amor no es ciego; el amor es un editor de video que corta las escenas que no te convienen.
Me acordé de hace tres meses, cuando Katia me pidió mi contraseña de la laptop “para imprimir una receta porque la impresora de abajo no servía”. Se la di sin pensar. Mateo2024. Qué estúpido.
Me acordé de las llamadas misteriosas que cortaba en cuanto yo entraba al cuarto. “Es mi mamá, que está necia con sus achaques”, decía. Y yo, el buen yerno, le decía: “Dile que si necesita médico, yo lo pago”.
Me acordé de Damián. El maldito Damián. Recordé una cena donde él “bromeó” sobre lo fácil que sería hackear las cuentas de mis clientes porque “la gente confía demasiado”. Todos nos reímos. Yo me reí. Le serví más vino al hombre que estaba planeando mi funeral financiero.
—¡Hijo de su puta madre! —grité, golpeando el volante.
Javi dio un brinco.
—Perdón, Javi. Perdón. No es contigo. Es… me acordé de algo del trabajo.
Pasamos las Torres de Satélite, que se alzaban como centinelas mudos en la oscuridad. El GPS marcaba 25 minutos para llegar al Presidente InterContinental en Polanco. Faltaban 30 minutos para que iniciara el cóctel de bienvenida. Estábamos al límite.
El celular sonó de nuevo. Era Jorge. Lo puse en altavoz.
—¿Ya llegaste, cabrón? —la voz de Jorge sonaba agitada, se escuchaba ruido de gente de fondo, el tintineo de copas.
—Voy bajando por la Fuente de Petróleos. Llego en diez. ¿Hiciste lo que te dije?
—Sí, güey, pero se puso pesado el ambiente. Fui a la mesa técnica. Damián estaba ahí, picándole a tu compu. Le dije que te urgía una memoria USB que traía él, que te la había dejado en el valet parking. El tipo me miró feo, Mateo. Tiene una mirada… no sé, como de tiburón. Pero se fue. Desconecté el cable de red y cerré la laptop. La tengo conmigo. Parezco guarura cuidando el maletín nuclear.
—No la sueltes, Jorge. No dejes que nadie se le acerque. Ni Katia, ni Damián, ni el mismísimo Papa si baja del cielo. Esa laptop es la prueba del delito.
—Mateo… —la voz de Jorge bajó de volumen—. Ya llegaron los de Grupo Carso. Y vi entrar a los socios de Monterrey. Esto está lleno. Si no llegas y das la presentación de tu vida…
—Voy a dar una presentación, Jorge. Pero no la que ellos esperan.
Colgué.
Entramos a Polanco. El cambio de escenario fue brutal. Dejamos atrás el caos del Periférico para entrar a las calles arboladas, llenas de boutiques de lujo y restaurantes donde una cena cuesta lo que yo ganaba en un mes hace diez años. Campos Elíseos. Masaryk. Todo brillaba con esa elegancia intimidante que tiene esta zona.
Llegué a la entrada del hotel y aventé el coche al valet parking.
—Cuídemelo, jefe —le dije al chico, dándole un billete de 200 pesos sin siquiera mirarlo a la cara.
Bajé a Javi y le arreglé el saco. Mis manos temblaban, pero me obligué a detenerme. Me agaché frente a él en medio del lobby, ignorando las miradas de los turistas y ejecutivos que pasaban arrastrando maletas Louis Vuitton.
—Escúchame bien, Javi. Vamos a entrar ahí. Vas a ver mucha gente. Vas a ver a tu tío Jorge. Quiero que te pegues a él como chicle. No te separes de él por nada del mundo. Si tu mamá te llama, si Damián te llama… no vas. ¿Me entiendes? Te quedas con Jorge.
Javi asintió, con los ojos muy abiertos.
—¿Y tú qué vas a hacer, papá?
—Yo voy a arreglar esto. Voy a sacar la basura.
Entramos. El aire acondicionado del hotel me golpeó la cara, secando el sudor frío de mi frente. El olor a perfume caro y flores frescas llenaba el ambiente. Caminamos hacia el salón “Castillo”. Desde la entrada, vi el banner gigante: “MATEO CONSULTORES – ESTRATEGIA Y FUTURO”.
Qué ironía. Mi futuro estaba a punto de colapsar en tiempo real.
Jorge estaba en la entrada del salón, mirando hacia todos lados como un suricato nervioso. Cuando nos vio, corrió hacia nosotros. Traía mi laptop bajo el brazo, apretada contra sus costillas.
—¡Por fin! —exhaló—. Pensé que no llegabas. Tu esposa acaba de mandar mensaje al grupo de WhatsApp del evento diciendo que “el tráfico está horrible” pero que ya casi llega.
—Miente —dije secamente—. Quiere llegar justo cuando empiece el show para tener coartada. Dame la computadora.
—Ten. ¿Qué vamos a hacer?
—Necesitamos un lugar privado. Ahora.
Jorge nos llevó a una pequeña sala de juntas que el hotel nos había prestado como “cuarto de guerra” para los organizadores, justo detrás del escenario. Entramos y cerré la puerta con seguro. El ruido de la fiesta se apagó, quedando como un zumbido lejano.
Puse la laptop en la mesa de caoba. Mis dedos dudaron un momento sobre el teclado. ¿Quería ver esto? ¿Quería ver la confirmación física de que la mujer con la que dormía quería destruirme?
Respiré hondo. Mateo2024. Enter.
El escritorio cargó. Todo parecía normal. Mi fondo de pantalla seguía siendo una foto de nosotros tres en Disneylandia, hace dos años. Qué felices nos veíamos. Qué mentira tan bien actuada.
—¿Dónde buscamos? —preguntó Jorge, asomándose por mi hombro.
—Si yo fuera Damián… y quisiera que esto explotara en mi cara en plena presentación… lo pondría en la carpeta de “Proyecciones Financieras 2026”. Es el slide 15. El más importante.
Abrí la carpeta. Ahí estaba el archivo de PowerPoint: Presentación_Final_V3.pptx. La fecha de modificación era de ayer a las 11:30 PM. Yo a esa hora ya estaba dormido, o eso creía.
Pero había algo más. Una carpeta oculta llamada “Respaldo_Sistema”.
Le di clic derecho. Propiedades. Mostrar archivos ocultos.
El corazón se me detuvo.
Dentro de la carpeta había una serie de documentos PDF y hojas de cálculo de Excel. Los abrí uno por uno.
Transferencia Bancaria – Banco Azteca a Cayman Islands Holdings – $500,000 MXN – Autorizado por: Mateo S.
Factura 0034 – Servicios Fantasma S.A. de C.V. – Concepto: Asesoría inexistente – $250,000 MXN.
Correo electrónico (falsificado) desde mi cuenta personal autorizando el desvío de fondos de la cuenta de “Inversiones Grupo Carso”.
Eran falsificaciones maestras. Tenían mi firma digital, mis sellos, todo. Si yo hubiera proyectado mi presentación, un script incrustado en el PowerPoint habría abierto estos documentos automáticamente al llegar a la diapositiva 15, “por error”, mostrándolos en la pantalla gigante de 10 metros a espaldas mías.
Jorge soltó un silbido largo.
—No mames, Mateo… esto es… esto es arte del crimen. Te iban a cocinar vivo. Con esto no solo pierdes los clientes; te vas al Reclusorio Norte diez años por fraude y lavado.
Me dejé caer en la silla de cuero. La magnitud de la maldad me abrumaba. No era un simple divorcio. No era “ya no te quiero”. Era “te quiero ver destruido, humillado y encarcelado mientras yo disfruto tu dinero con mi amante”.
—Es Damián —dije, con la voz temblando de rabia—. Él es ingeniero en sistemas, ¿te acuerdas? Él me configuró el servidor de la oficina. Él tiene las llaves digitales de todo.
—Y Katia le dio las llaves de tu casa —completó Jorge, sombrío.
Miré a Javi, que estaba sentado en una esquina jugando con sus manos, tratando de hacerse invisible. Me dolía el alma de que él tuviera que ver esto. De que su inocencia fuera el precio de mi salvación.
—Papá… —dijo Javi con voz pequeña—. ¿Es muy malo?
Me levanté y fui hacia él.
—Es malo, hijo. Pero tú nos diste la ventaja. Tú eres el espía que nos salvó.
Volví a la mesa. La tristeza se estaba convirtiendo en algo más frío, más duro. Era una determinación de acero. Se acabó el Mateo bueno. Se acabó el esposo complaciente. Si ellos querían guerra, les iba a dar un apocalipsis.
—Jorge —dije, cerrando los archivos falsos—, ¿tienes el contacto del Detective Torres?
—¿El de la Unidad de Delitos Financieros? Sí, le hicimos la consultoría forense el año pasado. ¿Por qué?
—Llámalo. Dile que tengo un caso de intento de fraude en flagrancia, robo de identidad y conspiración. Dile que venga ahorita. Que traiga esposas.
—¿Vas a arrestarla… aquí? —Jorge abrió los ojos como platos—. ¿En medio de tu lanzamiento?
—Voy a limpiar mi nombre en el mismo escenario donde querían ensuciarlo. Si cancelo el evento, voy a parecer culpable o débil. Si los corro en privado, se van a escapar y van a decir que yo soy el loco. No, Jorge. Esto se acaba hoy, y se acaba en público.
Jorge asintió, sacando su celular.
—Va. Tienes razón. Qué huevos tienes, cabrón.
Pero faltaba algo. Los documentos falsos probaban que alguien había manipulado la computadora, pero Katia podía decir que fue un hacker, un virus, o incluso culparme a mí. Necesitaba la prueba reina. Necesitaba lo que Javi había escuchado.
Saqué mi celular. Abrí la aplicación de las cámaras de seguridad: SecurHome.
Las había instalado hace un mes, casi por capricho, aprovechando una oferta en Amazon. Cámaras pequeñas, discretas, con audio. Una en la entrada, una en la sala, una en la cocina. Katia sabía de las de afuera, pero nunca le prestó atención a las de adentro porque “se veían feas con la decoración”, así que las escondí detrás de unos libros y encima de la alacena.
Busqué en la línea de tiempo. Ayer, 10:45 PM. Movimiento detectado en Cocina.
Le di play.
La imagen en blanco y negro de visión nocturna era nítida. Ahí estaba Katia, con una copa de vino en la mano, sentada en la barra. Y ahí estaba Damián, de pie detrás de ella, masajeándole los hombros.
Subí el volumen.
“¿Ya quedó?” preguntaba Katia.
“Listo, preciosa,” respondía Damián con esa voz engreída que ahora me daba náuseas. “El script está insertado. Mañana, cuando el idiota de Mateo llegue al slide de ‘Proyecciones’, ¡pum! Van a salir las facturas falsas de Cayman. Va a parecer que se equivocó de archivo. Va a quedar como un ratero incompetente frente a todo Polanco.”
Katia soltó una carcajada. Una risa que yo conocía, pero que nunca había escuchado con ese tono cruel.
“Ay, me encantaría verle la cara. Lástima que tengo que fingir que estoy sorprendida y llorar. ‘¡Oh, no, Mateo! ¿Cómo pudiste?'” Katia actuó una voz de mujer afligida y luego volvió a reírse. “Y cuando se lo lleven detenido, tú y yo nos vamos al banco el lunes a primera hora a vaciar las cuentas mancomunadas con el poder notarial que el imbécil me firmó.”
“Y luego… Cancún, nena. O Europa. Donde quieras,” dijo Damián, besándole el cuello. “Eres mala, Katia. Por eso me prendes.”
“No soy mala,” dijo ella, y esta frase fue la que terminó de matar cualquier rastro de amor que me quedara. “Solo soy práctica. Mateo es aburrido. Solo sirve para trabajar. Ya me cansé de jugar a la casita con él. Quiero vivir de verdad.”
Pausé el video.
Sentí una lágrima correr por mi mejilla. Una sola. La sequé con rabia.
Aburrido. Solo sirve para trabajar.
Todo mi esfuerzo. Todas las desveladas. Todo el amor que le di. Para ella, yo era un cajero automático con patas. Un obstáculo “aburrido” entre ella y la vida loca que quería llevar con su primo.
—Jorge —dije, y mi voz sonó tan fría que hasta yo me desconecté—. Conecta la laptop al sistema de proyección principal. Pero no abras la presentación.
—¿Qué vas a poner?
Le envié el archivo de video por AirDrop.
—Vamos a poner una película.
En ese momento, la puerta de la sala de juntas se abrió. Un mesero asomó la cabeza.
—Disculpen, señores. La señora Katia acaba de llegar. Está preguntando por el señor Mateo en el salón. Dice que ya van a empezar.
Jorge y yo nos miramos.
—Dile que ya voy —respondí, arreglándome la corbata frente al reflejo de la ventana oscura—. Dile que me estoy preparando para el momento más importante de mi vida.
El mesero se fue.
Me agaché frente a Javi una última vez.
—Hijo, te vas a quedar aquí con el tío Jorge hasta que yo te diga. Jorge, cuando yo te haga la señal desde el escenario, le das play al video. Y luego, sacas a Javi por la puerta de atrás si las cosas se ponen feas.
—¿Y tú?
—Yo voy a salir a recibir a mi esposa.
Salí de la sala de juntas y caminé por el pasillo hacia el salón principal. Escuchaba el murmullo de cientos de personas. Olía el café y los canapés. Sentía la adrenalina bombeando en mis venas como gasolina de alto octanaje.
Al entrar al salón, las luces me deslumbraron por un segundo. Había al menos doscientas personas. Trajes oscuros, vestidos de cóctel, el tintineo de copas de champaña.
Y ahí estaba ella.
Katia estaba en el centro del salón, brillando en su vestido rojo como una gota de sangre en una sábana blanca. Estaba riendo con uno de mis mayores inversionistas, tocándole el brazo con esa coquetería natural que tenía. Damián estaba a unos metros, cerca de la barra, observando todo con ojos de depredador.
Ella me vio. Su rostro se iluminó con esa sonrisa falsa, perfecta para Instagram.
—¡Mi amor! —exclamó, acercándose a mí con los brazos abiertos—. ¡Por fin te veo! Estaba tan preocupada por el tráfico. ¿Llegaste bien?
La abracé. Sentí su perfume, el mismo que yo le había regalado en Navidad. Sentí su cuerpo tenso contra el mío.
Me acerqué a su oído y le susurré, con la voz más dulce y venenosa que pude encontrar:
—Llegué perfecto, mi vida. Todo está listo. No tienes idea de lo inolvidable que va a ser esta noche.
Ella se separó un poco, mirándome a los ojos, buscando algún rastro de sospecha. Pero yo le di mi mejor cara de póker, la cara que uso cuando cierro un trato millonario.
—Qué bueno, amor. Javi… ¿dónde está Javi?
—Está jugando atrás. Quería darte una sorpresa.
—Ah, qué lindo. Bueno, ¿estás listo para subir? Todos te esperan.
Miré hacia el escenario. El podio estaba iluminado. La pantalla gigante estaba en negro, esperando la señal de Jorge. El Detective Torres ya debía estar en camino, infiltrándose discretamente en el lobby.
—Nací listo, Katia —le dije.
Me solté de su brazo y caminé hacia el escenario. Los aplausos empezaron a sonar. La gente se giró hacia mí. Subí los escalones uno por uno, sintiendo el peso de la mirada de Damián en mi nuca. Él pensaba que estaba viendo a un hombre caminar hacia su ejecución.
No sabía que el verdugo era yo.
Tomé el micrófono. El silencio se hizo en la sala.
—Buenas noches a todos —dije, y mi voz resonó potente, segura, llenando cada rincón del salón—. Gracias por estar aquí. Hoy, íbamos a hablar de números. De estrategias. De futuro. Pero antes de eso, quiero contarles una pequeña historia sobre la confianza.
Busqué la mirada de Katia en primera fila. Ella me sonreía, expectante, esperando el momento en que yo conectara la laptop y mi vida se acabara.
Le devolví la sonrisa.
—Dicen que la confianza es lo más caro que existe, porque tarda años en construirse y segundos en romperse. Y esta noche… vamos a ver exactamente cómo se rompe.
Levanté la mano, la señal acordada para Jorge.
El show estaba a punto de comenzar.
CAPÍTULO 3: LA GUILLOTINA DIGITAL
El silencio en el Salón Castillo del Hotel Presidente InterContinental era de esos que pesan. Un silencio de biblioteca, pero con tragos de mil pesos en la mano. Cientos de ojos estaban fijos en mí. Podía ver a los socios de Grupo Carso en la segunda mesa, cruzados de brazos, esperando ver si el “joven promesa” realmente traía algo nuevo o si solo era otro vendedor de humo.
Y en primera fila, como una reina en su trono de mentiras, estaba Katia.
Su vestido rojo era un faro. Cruzó las piernas, echó la cabeza hacia atrás y me regaló una sonrisa que, para cualquier otro, parecería de orgullo conyugal. Pero yo la conocía. Veía la tensión en su mandíbula. Veía cómo sus ojos saltaban brevemente hacia la mesa técnica, buscando la confirmación de Damián. Ella estaba contando los segundos para mi destrucción. Imaginaba el momento exacto: yo conectando el cable HDMI, la pantalla parpadeando, y luego los documentos de las Islas Caimán apareciendo en resolución 4K.
Imaginaba los murmullos, la policía (que seguramente ella misma había alertado de forma anónima) entrando para llevarme esposado, y ella llorando, gritando: “¡Mateo! ¿Cómo pudiste robarnos?”.
Era un plan perfecto. De telenovela.
Lástima que yo acababa de cambiar el guion.
Sostuve el micrófono con fuerza. Me sudaba la palma de la mano, pero mi voz salió con una calma que me sorprendió incluso a mí.
—Antes de mostrarles las proyecciones financieras —dije, paseando la mirada por el salón—, quiero hablarles de algo fundamental en los negocios. Algo que no viene en los Excel ni en los contratos notariados. Quiero hablarles de la lealtad.
Katia frunció el ceño ligeramente. Esa palabra no estaba en el ensayo que yo había practicado frente al espejo hace dos días.
—En este país —continué—, a veces pensamos que ser “listo” es chingarse al de al lado. Que el que no tranza no avanza. Pero en Mateo Consultores creemos que la verdad, por más dolorosa que sea, es el único activo que no se devalúa.
Miré directamente a Damián. Él estaba recargado en una columna, cerca de la salida, con una copa en la mano. Cuando nuestros ojos se cruzaron, dejó de sonreír. Su instinto de rata callejera le dijo que algo andaba mal.
—Mi esposa, Katia, que está aquí presente —señalé hacia ella, y un reflector la iluminó; la gente aplaudió cortésmente—, siempre me ha dicho que hay que cuidar la casa para poder cuidar el negocio. Y tiene razón.
Katia saludó con la mano, recuperando su sonrisa de Miss Universo, aunque sus ojos me lanzaban dagas. “¿Qué estás haciendo?”, parecía gritarme con la mirada.
—Así que, para demostrarles la tecnología de seguridad y transparencia que manejamos… decidí empezar esta presentación con un caso de estudio muy personal. Un caso de “auditoría interna” que realicé anoche.
Levanté la mano izquierda. Era la señal.
—Jorge, corre el video.
El salón se oscureció. El zumbido del proyector láser se encendió.
Katia se inclinó hacia adelante, confundida. Ella esperaba ver el logo de mi empresa, seguido de la diapositiva “trampa”.
En su lugar, la pantalla gigante de diez metros de ancho por cinco de alto se iluminó con el granulado verdoso y gris de una cámara de visión nocturna.
La fecha y hora aparecían en la esquina superior derecha: AYER – 22:43 PM.
El silencio en el salón cambió. Dejó de ser un silencio de expectativa para convertirse en un silencio de confusión.
En la pantalla, se veía mi cocina. Esa cocina de granito y acero inoxidable que yo había pagado a plazos. Entró Katia. Se veía claramente su rostro, sin maquillaje, con esa bata de seda que yo le había regalado. Se sirvió una copa de vino.
Luego, entró Damián.
En el salón, alguien soltó una risita nerviosa, pensando que era algún tipo de comercial vanguardista o una broma.
Pero entonces, el audio retumbó en las bocinas Bose del hotel.
“¿Ya se durmió el imbécil de Mateo?” preguntó la voz de Damián, clara, potente, inconfundible.
En la pantalla, se vio cómo abrazaba a Katia por la cintura y le besaba el cuello. Ella no se apartó. Al contrario, se recargó en él, soltando un suspiro que resonó obscenamente en el salón lleno de ejecutivos.
El aire en el salón se congeló. Sentí cómo trescientas personas contenían la respiración al mismo tiempo.
“Sí, ya está roncando,” respondió la Katia de la pantalla, riéndose. “Pobre diablo. Cree que mañana va a ser su gran día. Si supiera que mañana va a dormir en el Reclusorio Norte…”
Un murmullo estalló en la sala. “¡No mames!”, escuché decir a alguien cerca de la barra. Las cabezas empezaron a girar frenéticamente de la pantalla a Katia, y de Katia a la pantalla.
Katia se puso de pie de un salto. Su silla cayó hacia atrás con un estruendo seco.
—¡Quiten eso! —gritó. Su voz era aguda, histérica—. ¡Es un error! ¡Apáguenlo!
Pero Jorge, bendito sea, le subió el volumen.
En el video, Damián se sentó en la barra y abrió una laptop. Mi laptop.
“Listo, muñeca,” dijo el Damián digital. “Ya cargué los documentos falsos de las Islas Caimán. Están programados para abrirse en el slide 15. Cuando esté hablando de ‘Integridad Corporativa’, ¡pum! Van a salir las transferencias falsas a su nombre. Va a quedar como el lavador de dinero más pendejo de México.”
“¿Y estás seguro de que no hay rastro?” preguntó Katia, acariciándole el pelo.
“Segurísimo. Usé su IP. Usé su firma digital. Él va a la cárcel, tú te quedas con la víctima llorosa, cobras el seguro de socio, y nosotros nos largamos a Europa con la lana que ya sacamos de las cuentas.”
La brutalidad de la confesión golpeó a la audiencia como una ola física. Ya no eran murmullos; eran gritos de asombro. Vi a la esposa de uno de los inversores llevarse la mano a la boca, escandalizada. Vi celulares levantarse para grabar la pantalla.
Katia estaba pálida, cadavérica. El rojo de su vestido parecía ahora una burla.
—¡Es mentira! —aulló, girándose hacia el público, con los ojos desorbitados—. ¡Es Inteligencia Artificial! ¡Es un deepfake! ¡Mateo está loco, quiere desprestigiarme porque le pedí el divorcio!
Intentó correr hacia el escenario, quizás para arrancarme el micrófono, quizás para golpearme.
—¡Seguridad! —gritó—. ¡Saquen a este lunático!
Pero yo no me moví. Me quedé ahí, de pie, viendo cómo la mujer que había amado se deshacía en pedazos.
—No es Inteligencia Artificial, Katia —dije por el micrófono, mi voz sobrepasando sus gritos—. Es inteligencia emocional. Algo que te faltó cuando decidiste traicionar a tu familia en tu propia cocina.
En ese momento, Damián reaccionó. El “tiburón” financiero se dio cuenta de que la red se había cerrado. No intentó defenderla. No intentó explicar. Hizo lo que hacen las ratas cuando se prende la luz: corrió.
Salió disparado hacia la puerta lateral de servicio, empujando a un mesero que llevaba una charola con copas. El estruendo de los cristales rotos añadió más caos a la escena.
—¡Que no se vaya! —gritó Jorge desde la cabina técnica.
Pero no hacía falta.
La puerta lateral se abrió de golpe antes de que Damián pudiera tocarla. Una figura imponente bloqueó el paso. Era el Detective Torres, con su placa colgando del cuello y una pistola en la cintura, acompañado de dos agentes judiciales que parecían refrigeradores con traje.
—Damián Alcaraz —dijo Torres con voz de mando—. Quieto ahí. Policía de Investigación.
Damián frenó en seco, resbalando un poco. Miró hacia atrás, buscando otra salida, pero estaba acorralado.
Mientras tanto, en el centro del salón, Katia se había quedado paralizada al ver a la policía. Se giró hacia mí, y por primera vez en meses, vi algo real en sus ojos. No era amor. No era arrepentimiento. Era terror puro.
—Mateo… —empezó a decir, bajando el tono, intentando cambiar de táctica en un microsegundo. Las lágrimas empezaron a brotar, lágrimas de cocodrilo—. Mateo, por favor. Déjame explicarte. Él me obligó. Damián me amenazó. Me dijo que te haría daño a ti y a Javi si no le seguía el juego. ¡Yo lo hice por ustedes!
El video seguía corriendo en la pantalla gigante. En él, se veía a Katia riéndose a carcajadas mientras brindaba con Damián.
“Por los pendejos que trabajan para que nosotros disfrutemos,” decía su voz en la pantalla, burlona, cruel.
La discrepancia entre la Katia llorosa en vivo y la Katia triunfante en el video era grotesca.
—Nadie te obligó a brindar, Katia —le respondí, y sentí cómo algo se rompía definitivamente dentro de mí. El último hilo que me unía a ella se cortó—. Nadie te obligó a reírte de mí. Nadie te obligó a llamarme “pendejo” en mi propia casa.
El Detective Torres avanzó hacia el centro del salón, seguido por sus agentes que ya tenían a Damián esposado y con la cabeza agachada. Damián no decía nada; sabía que estaba frito.
Torres se detuvo frente a Katia.
—Señora Katia Mondragón —dijo el detective, sacando unas esposas—. Queda detenida por tentativa de fraude, falsificación de documentos, conspiración y robo de identidad.
—¡No! ¡No me pueden hacer esto! —gritó ella cuando sintió el metal frío en sus muñecas—. ¡Soy una mujer respetable! ¡Mateo, diles algo! ¡Soy la madre de tu hijo!
Ese golpe fue bajo. Mencionar a Javi.
Bajé del escenario. La gente se apartó, abriéndome paso como si fuera Moisés abriendo el Mar Rojo. Caminé hasta quedar a un metro de ella. Olía a su perfume caro mezclado con el sudor agrio del miedo.
—Precisamente porque eres la madre de mi hijo —le dije en voz baja, para que solo ella y los policías escucharan—, es que Javi está a salvo con mi hermano ahora mismo. Él escuchó tu llamada, Katia. Él fue quien me lo dijo.
El color abandonó su rostro por completo. Fue como si le hubiera dado una cachetada.
—¿Javi…? —susurró—. ¿Él… sabe?
—Él sabe que su mamá quería meter a su papá a la cárcel. Él sabe quién eres en realidad. Y eso, Katia, es tu verdadera sentencia. No los años que pases en Santa Martha Acatitla. Sino saber que tu hijo conoce tu verdadera cara.
Ella abrió la boca para decir algo, pero no salió nada. Se desplomó, sollozando, pero ya no había actuación. Era la derrota total.
—Llévensela —dije, dándome la vuelta.
Los agentes la escoltaron hacia la salida. La gente observaba en silencio, algunos grabando, otros negando con la cabeza. Ver a la “pareja perfecta” salir esposada era el escándalo del año en Polanco. Mañana estaríamos en todas las portadas de sociales y nota roja.
Cuando las puertas se cerraron tras ellos, el salón quedó en un silencio incómodo. Había cristales rotos en el suelo. La pantalla gigante se había quedado en negro. La fiesta se había convertido en una escena del crimen.
Yo estaba solo en medio de la pista. Me sentía vacío, agotado, como si hubiera corrido un maratón sin agua. Quería irme. Quería ir por Javi y largarme a llorar a algún lado.
Pero miré a los inversionistas. Miré a los socios. Estaban en shock, sí, pero también estaban esperando. Era el momento de la verdad. Mi vida personal estaba destruida, pero no iba a dejar que se llevaran mi trabajo también.
Recuperé el micrófono del suelo, donde se me había caído.
—Lamento el… espectáculo —dije. Mi voz sonaba cansada, pero firme—. No era el entretenimiento que tenía planeado.
Hubo algunas risas nerviosas. Eso era bueno. Rompía el hielo.
—Como les dije al principio… —continué, desabrochándome el botón del saco y aflojándome la corbata—, la confianza lo es todo. Acaban de ver cómo detecté, neutralicé y expuse un fraude interno de alto nivel en menos de tres horas, usando mis propios sistemas de seguridad y análisis de datos.
Caminé hacia los inversores de Grupo Carso. Los miré a los ojos.
—Si pude proteger mi empresa de la persona que dormía en mi cama… imagínense lo que puedo hacer para proteger sus activos de las amenazas externas.
El inversor principal, un hombre canoso de semblante duro, me sostuvo la mirada por unos segundos eternos. Luego, lentamente, empezó a asentir.
—Tiene agallas, muchacho —dijo el hombre, con voz grave—. Y tiene unos sistemas de monitoreo muy efectivos, por lo que veo.
—Eficacia y transparencia —respondí—. Es lo que vendo. Es lo que soy.
El hombre canoso empezó a aplaudir. Fue un aplauso lento, solitario al principio. Pero luego, su socio se unió. Y luego la mesa de al lado. Y en cuestión de segundos, el salón entero estaba aplaudiendo. No era un aplauso de cortesía; era un aplauso de respeto. Habían venido a ver una presentación de PowerPoint y habían presenciado una demostración de carácter en tiempo real.
Jorge corrió hacia mí desde la cabina, con una sonrisa que le partía la cara, dándome palmadas en la espalda.
—¡Lo lograste, cabrón! —me gritó al oído por encima de los aplausos—. ¡Les diste la vuelta!
Sonreí, pero la sonrisa no me llegaba a los ojos. Agradecí al público, di por terminado el evento e invité a todos a disfrutar de la barra libre, “que ya está pagada y me salió carísima”.
Mientras la gente volvía a sus pláticas (ahora con el chisme más jugoso de la década), yo salí por la puerta trasera.
Necesitaba aire. Necesitaba ver a Javi.
Lo encontré en la pequeña sala de juntas, sentado en el suelo, jugando en el iPad de Jorge con unos audífonos puestos. Se veía tan pequeño, tan frágil.
Me quité el saco y lo tiré en una silla. Me senté junto a él en el suelo alfombrado.
Javi se quitó los audífonos. Me miró con miedo.
—¿Ya se fueron? —preguntó.
—Ya se fueron, hijo. Ya se acabó.
—¿Mamá… mamá está en la cárcel?
Esa pregunta me partió en dos. No importaba lo que ella hubiera hecho; seguía siendo su madre.
—Sí, campeón. La policía se la llevó. Hizo cosas muy malas, Javi. Cosas ilegales. Y cuando los adultos hacen cosas ilegales, tienen que pagar las consecuencias.
Javi bajó la mirada, jugando con el cable de los audífonos.
—¿Tú estás bien, papá?
Lo abracé, enterrando mi cara en su hombro pequeño. Me permití soltar una lágrima, solo una, que cayó en su camisa azul.
—Voy a estar bien, Javi. Vamos a estar bien. Tú y yo. Somos el equipo, ¿te acuerdas?
—Sí, papá. El equipo.
Salimos del hotel por la salida de personal, evitando a la prensa que ya empezaba a arremolinarse en la entrada principal. El aire de la noche de la Ciudad de México estaba fresco. Se veían las luces de los edificios de Reforma a lo lejos.
Mi matrimonio estaba muerto. Mi corazón estaba roto. Pero tenía a mi hijo, tenía mi empresa y tenía mi libertad.
Mientras el valet parking me traía el coche, miré hacia el cielo contaminado donde apenas se veía una estrella.
—Adiós, Katia —susurré—. Y gracias por la lección.
Arranqué el coche, con Javi dormido en el asiento del copiloto, y me alejé de Polanco, dejando atrás los escombros de mi antigua vida para empezar a construir una nueva.
Lo que no sabía en ese momento, mientras manejaba de regreso a una casa vacía, era que el destino aún no había terminado conmigo. La traición de Katia era solo el primer acto. El pasado, ese que yo creía conocer, estaba a punto de alcanzarme en la forma de una mujer que yo había olvidado, pero que nunca me había olvidado a mí.
Pero eso… eso es historia para otro día. Por ahora, solo quería llegar a casa, cerrar la puerta con triple cerrojo y dormir abrazado a mi hijo.
CAPÍTULO 4: FANTASMAS EN LA MUDANZA
La resaca de la adrenalina es peor que la del tequila barato.
Cuando tomas tequila, al día siguiente te duele la cabeza, te prometes no volver a hacerlo y te curas con unos chilaquiles bien picosos. Pero cuando la resaca es emocional, cuando es el resultado de ver cómo tu vida entera se demuele en vivo y en directo frente a trescientas personas, no hay chilaquiles que te salven.
Los días siguientes a la fiesta en el Presidente InterContinental fueron una neblina gris. Mi casa en Coyoacán, que alguna vez fue mi refugio, se convirtió en una zona de guerra y, al mismo tiempo, en un museo de mentiras.
Katia estaba en el reclusorio de Santa Martha Acatitla, en prisión preventiva. El juez, al ver la evidencia del video y los registros digitales que el equipo forense extrajo (gracias a Dios por Damián y su estupidez de no borrar el historial), le negó la fianza. El riesgo de fuga era evidente; después de todo, tenían boletos de avión comprados para París con mi dinero.
Pero su ausencia en la casa pesaba más que su presencia.
Cada rincón me recordaba a ella. El sillón donde veía sus series, la cafetera que ella insistió en comprar, el olor a su perfume que parecía impregnado en las cortinas. Y lo peor no era extrañarla a ella; lo peor era extrañar la mentira. Extrañaba la ignorancia. Extrañaba ser el “pendejo feliz” que creía tener una familia perfecta.
Pero quien más sufría era Javi.
Mi hijo dejó de hablar. Se volvió una sombra pequeña que deambulaba por la casa con sus audífonos puestos, como si quisiera bloquear el mundo exterior. No quería ir a la escuela. Me llamaron la directora y la psicóloga escolar. “Señor Mateo, los otros niños… ya sabe cómo son. Han visto las noticias. Comentan cosas”.
Claro. El escándalo.
En México, el chisme es el deporte nacional, más popular que el fútbol. Mi cara, y la de Katia, habían salido en los periódicos de nota roja y en los blogs de chismes de la alta sociedad. “El Lobo de Polanco caza a su propia esposa”, decía un titular. “Drama en la Alta Sociedad: Fraude y Amantes”, decía otro.
Nos habíamos convertido en el entretenimiento de la semana para los chilangos aburridos en el tráfico.
Una tarde, encontré a Javi llorando en su clóset, abrazado a un suéter viejo de Katia.
—La extraño, papá —me dijo, con esa honestidad brutal de los niños—. Sé que es mala. Sé lo que hizo. Pero es mi mamá.
Se me rompió el corazón en mil pedazos. Me senté con él en el suelo, entre zapatos y cajas de juguetes.
—Lo sé, campeón. Está bien extrañarla. No tienes que odiarla solo porque yo esté enojado.
—¿Ella nos odia? —preguntó.
—No, hijo. Ella… ella se odia a sí misma. Y se perdió en el camino.
Esa noche tomé la decisión. No podíamos seguir ahí. Coyoacán, con sus calles empedradas y sus cafés bohemios, se sentía ahora como una prisión a cielo abierto. Cada vez que salíamos, sentía las miradas de los vecinos, el susurro de las señoras en el supermercado. “Ese es el del video”, decían. “Pobre hombre, qué cornudo”, o peor, “Seguro él también tenía la culpa, por algo la mujer se buscó a otro”.
Necesitábamos aire nuevo. Necesitábamos escapar del monstruo de concreto que es la CDMX.
—Javi —le dije en el desayuno, mientras él picaba unos hot cakes sin ganas—. ¿Qué te parece si nos vamos?
—¿De vacaciones?
—No. A vivir a otro lado. Lejos de aquí. Donde nadie nos conozca. Donde podamos empezar de cero, tú y yo. El equipo.
Javi levantó la vista. Por primera vez en semanas, vi un destello de interés en sus ojos tristes.
—¿A dónde?
—¿Te gusta Querétaro? Es tranquilo, hace calorcito, hay parques grandes y no hay tanto tráfico.
—¿Y mi escuela?
—Buscamos una nueva. Una mejor. Una donde nadie sepa quiénes somos y donde puedas hacer amigos que te quieran por ser tú, no por el chisme de tus papás.
Javi lo pensó un momento. Luego asintió, lento pero seguro.
—Vámonos, papá. Ya no quiero estar aquí.
La mudanza fue rápida. Vendí la casa de Coyoacán a precio de remate porque me urgía deshacerme de ella. No quería cargar con ladrillos llenos de mala vibra.
Elegí Querétaro porque está cerca de la Ciudad de México para los negocios (apenas a dos horas y media), pero lo suficientemente lejos como para sentir que estás en otro planeta. Renté una casa en Juriquilla, una zona bonita, segura, con calles anchas y árboles.
La casa nueva era diferente. Moderna, minimalista, con mucha luz. Nada que ver con la casona antigua y oscura de Coyoacán.
Los primeros meses fueron de adaptación. Mi empresa, Mateo Consultores, irónicamente estaba en su mejor momento. El escándalo me había dado una fama de “incorruptible”. Los clientes me buscaban no solo por mis estrategias, sino porque querían al tipo que tuvo los pantalones para meter a su propia esposa a la cárcel por fraude.
—”Quiero al auditor de hierro” —me dijo un cliente de Monterrey—. “Si no le tembló la mano con la señora, no le va a temblar con mis gerentes rateros”.
Pude manejar el negocio de forma remota, viajando a la CDMX solo un par de veces al mes. El resto del tiempo, me dediqué a ser papá. Papá de tiempo completo.
Aprendí a cocinar (porque Katia siempre cocinaba o pedía Uber Eats). Aprendí a hacer trenzas no, bueno, Javi es niño, pero aprendí a jugar Minecraft. Aprendí a escuchar.
Llevé a Javi a terapia con una psicóloga infantil buenísima en el centro de Querétaro. Poco a poco, las pesadillas disminuyeron. Empezó a jugar fútbol en el equipo de la colonia. Empezó a reírse otra vez.
Pero yo… yo me sentía solo.
No solo de pareja. Me sentía solo existencialmente. Tenía 38 años, dinero, salud y éxito, pero sentía que mi vida había sido una farsa. Si la mujer con la que dormí doce años pudo hacerme eso, ¿qué era real? ¿Era yo un mal juez de carácter? ¿Había algo en mí que atraía a la gente falsa?
Me volví desconfiado. Cerrado. Si una mujer me sonreía en el gimnasio o en la fila del banco, mi primer instinto era pensar: “¿Qué quiere? ¿Dinero? ¿Información?”. Me puse una armadura.
Hasta ese sábado de noviembre.
Era una tarde ventosa en Querétaro. Javi estaba en un cumpleaños de un amigo de la escuela, y yo tenía tres horas libres. Decidí ir al Centro Histórico. Me gustaba caminar por los andadores, ver las iglesias barrocas, sentir esa vibra de provincia que te baja el ritmo cardíaco.
Entré a una librería vieja, de esas que huelen a papel y café tostado. Librería El Quijote. Me gustaba perderme entre los pasillos de historia y biografías.
Estaba buscando un libro para Javi, algo que no fuera de youtubers o videojuegos. Quería que leyera a Verne o a Salgari, las cosas que yo leía de niño.
Me agaché en la sección infantil para tomar una edición bonita de La Isla del Tesoro.
Al mismo tiempo, una mano femenina se estiró hacia el mismo libro.
Nuestras manos chocaron suavemente.
—Perdón —dije, retirando la mano por reflejo—. Adelante, tómalo tú.
—No, no, disculpa… —la voz era suave, melodiosa, con un ligero temblor.
Levanté la vista.
Y el tiempo se detuvo por un segundo. No de la forma romántica de las películas, sino de una forma extraña, como un déjà vu borroso.
Frente a mí había una mujer. No era despampanante como Katia. No llevaba maquillaje pesado ni ropa de marca ostentosa. Llevaba unos jeans sencillos, una blusa blanca y un suéter de lana color mostaza. Su cabello era rizado, rebelde, cayendo sobre sus hombros de una forma natural que me pareció hipnotizante.
Pero fueron sus ojos los que me atraparon. Ojos grandes, color miel, expresivos. Ojos que parecían esconder una tristeza antigua.
Ella me miró. Y su reacción no fue una sonrisa coqueta ni indiferencia.
Fue pánico.
Sus pupilas se dilataron. Su boca se abrió ligeramente y dio un paso atrás, chocando con el estante de atrás. Varios libros cayeron al suelo con un estruendo sordo.
—¿Estás bien? —pregunté, agachándome para recoger los libros—. Perdón, no quería asustarte. Soy un poco torpe, mido casi dos metros y a veces impongo sin querer.
Le extendí el libro de La Isla del Tesoro con una sonrisa amable, tratando de calmarla.
Ella no tomó el libro. Se quedó mirándome como si hubiera visto un fantasma. Como si yo fuera el mismísimo diablo.
—Tú… —susurró. Su voz apenas era audible.
—¿Yo? —me señalé el pecho, confundido—. ¿Nos conocemos?
Ella tragó saliva. Vi cómo sus manos temblaban. Miró hacia la puerta de la librería, calculando la distancia para huir.
—No… no puede ser —dijo ella, más para sí misma que para mí—. ¿Qué haces aquí?
—Vivo aquí —respondí, frunciendo el ceño—. Bueno, desde hace seis meses. ¿Tú eres de aquí? Te juro que tu cara se me hace conocida, pero no logro ubicarte. ¿Fuimos a la universidad juntos? ¿UNAM?
Ella negó con la cabeza frenéticamente.
—Tengo que irme —dijo de pronto, con una urgencia que me alarmó.
—Espera, no te vayas así. Oye, en serio, si te asusté… me llamo Mateo. Mateo Washington.
El apellido fue el detonante.
Si antes estaba asustada, ahora parecía aterrorizada. Su rostro perdió todo color.
—Washington… —repitió la palabra como si fuera una maldición.
—Sí, es un apellido raro para un mexicano, lo sé. Mi abuelo era gringo, pero yo soy más chilango que el metro. Oye, ¿estás bien? Te ves pálida. ¿Quieres agua?
Ella me miró una última vez. Y en esa mirada, vi algo que me heló la sangre. No era miedo a mí. Era miedo por mí. O quizás, miedo por algo que ambos compartíamos sin saberlo.
—Aléjate de mí —dijo, con voz quebrada—. Por favor. No deberías estar aquí. Si ella sabe que te vi…
—¿Ella? ¿Quién es ella?
Pero no me contestó. Dio media vuelta y salió casi corriendo de la librería, olvidando su bolsa de tela sobre una silla cercana.
—¡Oye! ¡Tu bolsa! —grité.
Tomé la bolsa y corrí tras ella. Salí a la calle empedrada, el sol de la tarde golpeándome la cara. Miré a la izquierda, a la derecha. La gente paseaba tranquila, comiendo helados, comprando artesanías.
La mujer del suéter mostaza había desaparecido entre la multitud.
Me quedé parado en la banqueta, con la bolsa de tela en la mano y el corazón latiendo rápido. ¿Qué acababa de pasar? ¿Quién era esa mujer? ¿Y por qué reaccionó así al escuchar mi nombre?
“Si ella sabe que te vi…”
¿Se refería a Katia? Pero Katia estaba en la cárcel. Nadie más me deseaba mal, que yo supiera.
Regresé a la librería, confundido. Me senté en una banca cercana y abrí la bolsa de tela, buscando alguna identificación. Sabía que no debía husmear, pero la curiosidad y la preocupación me ganaron.
Adentro había un cuaderno de dibujo, unos lápices de carbón, un monedero y un libro usado: Cien Años de Soledad.
Abrí el cuaderno de dibujo.
Los primeros dibujos eran bocetos de paisajes de Querétaro. Los Arcos, el Templo de la Cruz. Tenía talento. Mucho talento.
Pero al pasar las páginas, el aire se me atoró en la garganta.
Había retratos. Retratos a lápiz, hechos con un detalle y un amor impresionantes.
Eran retratos de un niño.
Un niño recién nacido. Un niño de dos años dando sus primeros pasos. Un niño de cinco años con el uniforme de kinder. Un niño de diez años, con una expresión triste.
El niño… era Javi.
No se parecía a Javi. Era Javi.
Pero no eran fotos copiadas. Eran dibujos hechos desde perspectivas que yo nunca había fotografiado. El niño de cinco años tenía una cicatriz pequeña en la barbilla que Javi se hizo al caerse de la bicicleta. Yo recordaba ese día. Solo Katia y yo estábamos ahí.
¿Cómo diablos esta mujer desconocida tenía dibujos tan íntimos, tan precisos, de mi hijo?
Y entonces, vi la firma al pie de uno de los dibujos, fechado hace diez años:
Para mi pequeño milagro. Con amor, C.R.
C.R.
Camila Rivas.
El nombre golpeó mi memoria como un rayo olvidado. La fiesta de graduación de la prepa. Hace casi veinte años. Una chica tímida, de cabello rizado, que se sentaba atrás en clase de literatura. Hablé con ella una sola vez, en esa fiesta. Me contó que quería ser artista. Yo le conté que quería tener mi propia empresa. Hubo una conexión, una chispa, pero yo estaba tan obsesionado con Katia (la reina de la prepa) que no le presté atención.
Pero, ¿qué tenía que ver Camila Rivas con mi hijo?
Cerré el cuaderno de golpe, sintiendo que mis manos sudaban.
Esto no era casualidad. Esto no era un encuentro fortuito.
Katia estaba en la cárcel, pero sus mentiras seguían vivas, respirando, caminando por las calles de Querétaro.
Saqué mi celular y marqué a mi abogado.
—Licenciado, necesito un favor urgente. Necesito que contrate a un investigador privado aquí en Querétaro.
—Claro, Mateo. ¿Para qué? ¿Problemas con la empresa?
—No. Problemas con el pasado. Necesito encontrar a una mujer. Se llama Camila Rivas. Y creo… creo que tiene respuestas a preguntas que ni siquiera sabía que tenía que hacer.
Colgué. Miré hacia la calle donde ella había desaparecido.
La “traición perfecta” de Katia no había sido solo el fraude financiero. Había algo más. Algo más profundo, más oscuro y más retorcido. Y esa mujer, la de los ojos tristes y el suéter mostaza, tenía la llave.
Guardé el cuaderno en la bolsa. No iba a devolvérsela. Iba a usarla para encontrarla.
Esa noche, cuando Javi regresó de su fiesta, lo abracé más fuerte que nunca. Lo miré, realmente lo miré. Sus ojos. Su nariz. Su cabello rizado que siempre batallábamos para peinar.
Katia tenía el cabello lacio. Yo tengo el cabello ondulado.
Camila Rivas tenía el cabello rizado. Idéntico al de Javi.
Un escalofrío me recorrió la espalda. Una sospecha imposible, loca, descabellada, empezó a echar raíces en mi cerebro.
—Papá, me estás aplastando —se quejó Javi, riendo.
—Perdón, hijo. Es que te quiero un chingo.
—¡Papá! ¡Dijiste una grosería!
—Perdón. Te quiero mucho.
Lo mandé a dormir, pero yo me quedé despierto en la sala, con el cuaderno de dibujo abierto sobre la mesa y una botella de tequila al lado.
La guerra no había terminado. Apenas estábamos entrando en territorio desconocido. Y esta vez, no se trataba de dinero. Se trataba de sangre.
CAPÍTULO 5: LA SANGRE NO MIENTE
Dicen que la curiosidad mató al gato, pero en mi caso, la curiosidad estaba matando mi cordura.
Habían pasado tres días desde el incidente en la librería. Tres días en los que el cuaderno de dibujo de Camila Rivas había estado sobre mi mesa de noche, ardiendo como un carbón encendido. Lo había revisado mil veces. Cada trazo, cada sombra en el rostro dibujado de mi hijo Javi era una acusación silenciosa.
¿Cómo podía una extraña conocer la curva exacta de la sonrisa de mi hijo? ¿Cómo sabía que Javi fruncía el ceño de esa manera particular cuando estaba concentrado?
Contraté a un investigador privado, un ex judicial llamado “El Gato” Mendoza. Un tipo bajito, moreno, que se movía por Querétaro como si fuera el dueño de las alcantarillas. Le di el nombre y la descripción física. No necesité darle la bolsa olvidada; con el nombre “Camila Rivas” y el hecho de que era artista, le bastó.
—Mañana te tengo la ficha, jefe —me dijo, masticando un palillo de dientes.
Y cumplió.
El martes por la mañana, nos vimos en un café de los portales, frente al Jardín Zenea. El Gato me deslizó un sobre manila sobre la mesa.
—Está fácil, Don Mateo. La chica no se esconde, nomás mantiene un perfil bajo. Vive en un departamentito en la colonia Cimatario. Da clases de arte para niños en un centro cultural cerca de Los Arcos. Es soltera, sin hijos, paga sus impuestos a tiempo. Una santa, básicamente.
—¿Sin hijos? —pregunté, sintiendo una punzada de decepción mezclada con alivio.
—Ni uno. Ni perro tiene. Pero aquí viene lo interesante… —El Gato se inclinó hacia adelante, bajando la voz—. Chequé sus antecedentes. Hace diez años, justo antes de desaparecer del DF, recibió una transferencia bancaria fuerte. Doscientos mil pesos de golpe.
—¿De quién?
—De una cuenta a nombre de una sociedad anónima: “Inmobiliaria K&M”. ¿Le suena?
Sentí que me faltaba el aire. K&M. Katia y Mateo. Era una empresa fantasma que Katia me había convencido de abrir “para deducir impuestos de la casa” hace años, y que supuestamente nunca habíamos usado.
—Gracias, Gato. —Le dejé un billete de quinientos extra sobre la mesa—. Yo me encargo del resto.
—Tenga cuidado, jefe —me advirtió mientras se levantaba—. Esa chica tiene ojos de venado lampareado. Está asustada de algo gordo.
Esa tarde, dejé a Javi en su entrenamiento de fútbol y manejé hacia el centro cultural donde trabajaba Camila. Estacioné mi coche a una cuadra y caminé. El sol de la tarde en Querétaro pegaba duro, seco, quemante.
El centro cultural era una casona vieja restaurada, con un patio central lleno de macetas y luz. Escuché risas de niños. Me asomé por una ventana abierta que daba a un salón de clases.
Ahí estaba ella.
Llevaba un mandil manchado de pintura acrílica y el cabello recogido en un chongo desordenado, del cual escapaban varios rizos rebeldes. Estaba ayudando a una niña a mezclar colores.
—Mira, Sofi —decía Camila, con una voz tan dulce que me dolió—. Si mezclas el azul con el amarillo, creas vida. Creas el verde.
Me quedé observándola. Había algo en sus gestos, en la forma en que movía las manos, que se me hacía inquietantemente familiar. No familiar porque la conociera a ella, sino porque veía esos mismos gestos todos los días en mi casa.
Javi movía las manos así cuando explicaba algo emocionado.
Javi inclinaba la cabeza de esa misma forma cuando escuchaba con atención.
Mi corazón empezó a latir con un ritmo de pánico. Tum-tum. Tum-tum.
Esperé a que terminara la clase. Vi cómo los padres recogían a sus hijos. Camila se quedó sola, limpiando los pinceles y acomodando los caballetes. Se veía cansada, solitaria.
Tomé aire, agarré la bolsa de tela que ella había olvidado (mi boleto de entrada) y entré al salón.
El piso de madera crujió bajo mis pies. Ella se giró de golpe, tirando un trapo sucio al suelo.
—¡Te dije que te alejaras! —fue lo primero que gritó, retrocediendo hasta chocar con el pizarrón.
Su reacción no fue normal. No fue “oh, el tipo de la librería”. Fue terror puro.
—Tranquila —levanté las manos, mostrando las palmas—. No vengo a hacerte daño. Vengo a devolverte esto.
Puse la bolsa de tela sobre una mesa cercana. Ella la miró, pero no se movió.
—¿Qué quieres? —preguntó, con la voz temblorosa—. ¿Te mandó ella? ¿Te mandó Katia a decirme que ya no cumplí el trato?
—Katia está en la cárcel, Camila.
La noticia la golpeó como un ladrillo. Sus ojos se abrieron desmesuradamente.
—¿Qué?
—Katia está presa. Fraude, lavado de dinero, falsificación. La atrapé hace dos semanas. Salió en todas las noticias, pero supongo que tú no ves mucha televisión.
Camila se dejó caer en una silla de niño, como si las piernas le hubieran fallado.
—En la cárcel… —susurró—. Dios mío.
—Así que no, no me mandó ella. Vengo por mi cuenta. Vengo porque vi tus dibujos, Camila. Vi los retratos de Javi.
Ella cerró los ojos y se cubrió la cara con las manos. Empezó a llorar, un llanto silencioso y desgarrador que sacudió sus hombros delgados.
Me acerqué lentamente y jalé una silla para sentarme frente a ella, respetando su espacio pero cerrándole la salida.
—Camila, necesito que me digas la verdad. Y necesito que me la digas ahora. ¿Por qué tienes dibujos de mi hijo desde que era un bebé? ¿Por qué Katia te transfirió doscientos mil pesos hace diez años desde una empresa fantasma?
Ella levantó la cara. Tenía los ojos rojos y las mejillas mojadas.
—¿Tú… tú no lo sabes? —preguntó, con una incredulidad genuina—. ¿De verdad no lo sabes?
—¿Saber qué?
—Yo pensé que eras cómplice. Pensé que tú estabas de acuerdo con todo. Por eso huí cuando te vi en la librería. Pensé que venías a amenazarme otra vez.
—¿Amenazarte? Camila, yo no sabía ni que existías hasta hace tres días. Katia me arruinó la vida, me intentó robar todo. Si ella te hizo algo, estoy de tu lado. Pero necesito entender.
Camila me miró fijamente, evaluándome. Buscando la mentira en mis ojos. Supongo que vio la desesperación de un padre, porque suspiró profundamente y se secó las lágrimas con el dorso de la mano manchada de pintura azul.
—Tienes que prometerme que no te vas a enojar conmigo —dijo—. Yo era una niña, Mateo. Tenía 22 años, estaba sola, mis papás acababan de morir y me iban a embargar la casa. Estaba desesperada.
—Te lo prometo. Solo habla.
—Hace once años… Katia me buscó. Yo ni siquiera sabía que ella sabía dónde vivía. Llegó a mi departamento en la colonia Roma, vestida como una reina, y me invitó a cenar.
—¿Y qué quería?
—Me dijo que ustedes estaban intentando tener hijos, pero que ella no podía. Me dijo que tenía un problema genético, que sus óvulos no eran viables. Me lloró, Mateo. Me dijo que tú estabas devastado, que tu sueño era ser padre y que si ella no podía darte un hijo, tenía miedo de que la dejaras.
Sentí una náusea repentina. Katia nunca me dijo eso. Al contrario, siempre me dijo que éramos “súper fértiles”, que el embarazo de Javi fue a la primera.
—Continúa —dije, con la voz ronca.
—Me dijo que necesitaba una donante. Pero no quería una donante anónima de catálogo. Quería a alguien “especial”. Alguien que ella conociera, alguien con talento, inteligente… alguien bonita.
Camila bajó la mirada, avergonzada.
—Me eligió a mí. Me dijo que se acordaba de mí de la prepa, que sabía que yo pintaba, que tenía “buenos genes”. Me ofreció dinero. Mucho dinero para una estudiante quebrada. Doscientos mil pesos por mis óvulos.
El mundo empezó a girar a mi alrededor. Las paredes del salón de arte parecían cerrarse sobre mí.
—Pero me dijo que tenía que ser un secreto absoluto —continuó Camila—. Me hizo firmar un contrato privado, sin notario, sin abogados. Me llevó a una clínica en la colonia Del Valle, una clínica… rara. No parecía un hospital normal. Era discreta, oscura.
—La clínica del Doctor Montero… —murmuré. Recordé el nombre. Katia me había llevado ahí para las “revisiones prenatales”. Me decía que era exclusivo, privado. Ahora entendía por qué.
—Me sacaron los óvulos. Fue doloroso. Me pagaron. Y luego… desaparecí.
—¿Desapareciste?
—No por gusto. Un año después, cuando supe que el bebé había nacido… cometí el error de buscarla. Quería saber si había funcionado. Quería saber si el bebé estaba bien.
La expresión de Camila cambió. El miedo volvió a sus ojos.
—Katia se transformó. Ya no era la amiga dulce que me pidió un favor. Me citó en un parque y me amenazó. Me dijo que si alguna vez me acercaba a ti o al niño, me metería a la cárcel. Me dijo que tenía amigos en la policía que podían plantarme drogas. Me dijo que le diría a todo el mundo que yo era una loca acosadora que quería robarse a su marido.
—Maldita sea… —golpeé la mesa con el puño.
—Me dijo que tú me odiabas. Que tú sabías todo y que no querías saber nada de la “vendedora”. Que para ti, yo solo fui una incubadora de refacción.
—¡Eso es mentira! —grité, poniéndome de pie—. ¡Yo nunca supe nada! ¡Yo creí que Javi era nuestro! O sea… mío y de ella. Natural.
Caminé por el salón, jalándome el pelo. La magnitud de la traición era insoportable. Katia no solo me había mentido sobre el dinero. Me había mentido sobre la propia existencia de mi hijo. Había comprado la maternidad como quien compra una bolsa Gucci, y luego había aterrorizado a la madre biológica para mantener su fachada de perfección.
Me detuve frente a uno de los espejos del salón de danza. Me miré. Y luego miré a Camila.
Y entonces, la realidad me cayó encima como una losa de concreto.
—Espera… —dije, girándome hacia ella lentamente—. Si tú donaste los óvulos… y yo puse el esperma (porque eso sí lo hice, Katia me hizo ir a la clínica a “dejar la muestra” para inseminación artificial supuestamente con sus óvulos)…
Miré el cabello de Camila. Esos rizos oscuros, rebeldes, definidos.
Recordé el cabello de Javi. Idéntico.
Miré la forma de sus ojos. Grandes, color miel.
Javi tenía los ojos oscuros de mi familia, pero la forma… la forma almendrada era la de ella.
Miré sus manos. Dedos largos, de artista.
Javi tenía manos de pianista, aunque nunca le habíamos comprado un piano.
—Javi… —la palabra se me atragantó—. Javi es tuyo.
Camila asintió, con lágrimas corriendo libremente por su cara.
—Biológicamente… es mi hijo. Y tuyo. Katia solo… Katia solo fue el horno. Pero la receta… la receta somos nosotros.
Me dejé caer de rodillas al suelo. No pude más. El hombre de negocios, el tipo duro que metió a su esposa a la cárcel, se rompió. Lloré. Lloré por Javi. Lloré por los diez años de mentiras. Lloré por esta mujer que había vivido aterrorizada, dibujando a su hijo desde la distancia, robando momentos imaginarios porque le habían prohibido los reales.
Sentí una mano en mi hombro. Tímida. Suave.
—Perdóname, Mateo —dijo Camila—. Perdóname por venderlo. No pasa un día en que no me arrepienta. Hubiera dado mi vida por devolver ese dinero y quedármelo, pero tenía tanto miedo…
Levanté la cara y tomé su mano.
—Tú no tienes nada que perdonar. Tú fuiste una víctima, igual que yo. La única culpable se está pudriendo en una celda en la Ciudad de México.
Nos quedamos así un momento, en silencio, unidos por un lazo invisible y poderoso que había sido forjado en un laboratorio hace una década sin que ninguno de los dos lo supiera.
—¿Él está bien? —preguntó Camila después de un rato, con esa hambre de madre que lleva años ayunando—. ¿Es feliz?
—Es un niño increíble —sonreí entre lágrimas—. Es listo, sensible, noble. Le gusta el fútbol, pero también se pasa horas dibujando en su cuaderno. Dibuja naves espaciales, dragones… tiene tu talento. Definitivamente no sacó mis habilidades de dibujo con palitos y bolitas.
Camila soltó una risa nerviosa, una risa que sonó a música celestial en ese salón vacío.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella—. ¿Me vas a pedir que me aleje? Lo entenderé. No quiero confundirlo. No quiero arruinar su vida.
Me puse de pie y la ayudé a levantarse. La miré a los ojos y, por primera vez en años, sentí que estaba viendo verdad pura. Sin filtros, sin agendas ocultas.
—Camila, mi hijo ha vivido en una mentira toda su vida. Su “madre” resultó ser una criminal que nunca lo quiso realmente. Katia lo veía como un accesorio, como un trofeo para su foto familiar perfecta. Javi necesita verdad. Necesita saber quién es. Y necesita saber que hay alguien en este mundo que lo quiso tanto como para dibujarlo en secreto durante diez años.
—¿Estás diciendo que…?
—Estoy diciendo que vamos a hacernos una prueba de ADN. Solo para tener el papelito y callar bocas si alguien pregunta. Pero yo no necesito el papel. Yo lo veo. Lo veo en ti.
—¿Y luego?
—Y luego… te voy a presentar a Javi. No como “tu mamá”, no de golpe. Eso sería muy fuerte. Pero sí como una amiga. Como la artista que le va a enseñar a dibujar esos dragones que tanto le gustan. Vamos a ir despacio. Al ritmo de Javi.
Camila se llevó las manos al pecho, como si quisiera contener su corazón para que no se le saliera.
—Gracias —susurró—. Gracias, Mateo.
—No me des las gracias. Solo… no vuelvas a huir. Javi ya perdió a una madre. No quiero que pierda a la otra antes de conocerla.
Salimos del centro cultural ya de noche. El cielo de Querétaro estaba estrellado, limpio. Respiré hondo. El aire olía a tierra mojada y a esperanza.
Mientras caminábamos hacia mi coche, mi celular sonó. Era el abogado.
—Mateo, tengo noticias del reclusorio. Katia está pidiendo hablar contigo. Dice que tiene información sobre “activos ocultos” que te quiere dar a cambio de que le ayudes a reducir su sentencia.
Miré a Camila, que caminaba a mi lado, mirando el cielo con una expresión de paz que no le había visto antes.
—Dile a Katia que se pudra —le dije al abogado—. Dile que ya encontré el único activo que me importaba, y que ella me lo ocultó por diez años. No tengo nada que hablar con ella.
Colgué.
—¿Todo bien? —preguntó Camila.
—Todo perfecto. ¿Te gustan los tacos? Conozco un lugar buenísimo aquí cerca. Javi y yo vamos los martes.
—¿Javi va a estar ahí? —se puso pálida de nuevo.
—No, hoy está con su equipo cenando pizza. Pero podemos ir tú y yo. Para hablar. Para conocernos. Tenemos diez años de historia que ponernos al día.
Ella sonrió. Y esa sonrisa, tímida pero genuina, iluminó la calle oscura mucho más que las farolas.
—Me encantan los tacos —dijo—. Pero con mucha salsa.
—Huy, entonces sí eres madre de mi hijo. Javi le pone salsa a todo.
Nos reímos. Y en esa risa, el fantasma de Katia empezó a desvanecerse, perdiendo su poder sobre nosotros. La traición había sido terrible, sí. Pero había dejado tras de sí algo inesperado, algo milagroso.
Un lazo de sangre que ninguna mentira podía borrar.
Y mientras abríamos la puerta de la taquería “El Paisa”, supe que, por primera vez en mucho tiempo, todo iba a estar bien.
CAPÍTULO 6: EL HILO INVISIBLE
Un papel. Una simple hoja de papel bond con el membrete de un laboratorio genético en la colonia Álamos tenía el poder de reescribir la historia del universo. O al menos, de mi universo.
Estábamos sentados en una banca del Jardín Zenea, en el corazón de Querétaro. Era martes por la mañana, el aire estaba fresco y las palomas se peleaban por migajas de pan a nuestros pies. Camila sostenía el sobre cerrado con ambas manos, como si contuviera material radiactivo.
—¿Lo abres tú o lo abro yo? —preguntó, con la voz temblorosa.
Sus nudillos estaban blancos por la fuerza con la que apretaba el papel.
—Ábrelo tú —le dije, poniendo mi mano sobre la suya para calmarla—. Es tu verdad. Tú la esperaste más tiempo.
Ella respiró hondo, cerró los ojos un segundo y rasgó el sobre. El sonido del papel rompiéndose me pareció estruendoso en medio de la tranquilidad del parque.
Sacó la hoja. Sus ojos recorrieron el texto técnico, saltándose la jerga médica sobre alelos y marcadores genéticos, buscando el único número que importaba.
Se llevó una mano a la boca. Un sollozo escapó de su garganta, un sonido mezcla de risa y llanto.
—Noventa y nueve punto nueve por ciento —leyó en voz alta—. Probabilidad de maternidad: CONFIRMADA.
Me pasó la hoja. Ahí estaba. Negro sobre blanco. Javi no era hijo de la casualidad, ni de un milagro médico inexplicable como Katia me había hecho creer. Javi era hijo de Camila Rivas y Mateo Washington. La ciencia no mentía. La sangre no mentía.
Sentí un alivio inmenso, como si me hubieran quitado una armadura de plomo que llevaba puesta desde hacía meses. Pero inmediatamente después, el alivio fue reemplazado por un terror nuevo, distinto.
—¿Y ahora qué? —pregunté, mirando a los niños que jugaban alrededor del quiosco—. Ya sabemos la verdad. Pero saberla nosotros es la parte fácil.
Camila se secó las lágrimas y me miró. En sus ojos ya no había miedo, sino una determinación feroz.
—No podemos llegar y decirle: “Hola, Javi, soy tu mamá biológica, la que creías que era tu mamá te compró y yo me dejé vender”. Eso lo destruiría, Mateo. Ya está lastimado. Ya cree que su madre lo abandonó por irse a la cárcel. Si le decimos que toda su vida ha sido una mentira… podríamos romperlo para siempre.
Tenía razón. Javi era resiliente, pero tenía diez años. Su mundo ya se había puesto de cabeza una vez; no aguantaría otra vuelta de campana tan pronto.
—¿Entonces? ¿Le mentimos? —pregunté, sintiendo el sabor amargo de esa palabra.
—No. No le mentimos. Solo… dosificamos la verdad. —Camila se giró hacia mí, con una idea formándose en su rostro—. Dijiste que le gusta dibujar. Dijiste que tiene talento.
—Sí. Se pasa horas con sus cuadernos. Es su refugio.
—Déjame ser su maestra.
La propuesta quedó flotando en el aire.
—¿Su maestra?
—Trabajo en el Centro Cultural. Doy clases los jueves por la tarde. Inscríbelo. Déjame conocerlo como persona, no como “el hijo perdido”. Déjame ganarme su confianza, su cariño. Que él decida si le caigo bien. Y cuando tengamos una base sólida… cuando él se sienta seguro conmigo… entonces buscamos el momento para explicarle la biología.
Lo pensé. Era arriesgado. Si Javi se enteraba después, podría sentirse manipulado otra vez. Pero, por otro lado, era la forma más orgánica, más humana de hacerlo.
—¿Crees que puedas aguantar? —le pregunté, mirándola fijamente—. ¿Crees que puedas tenerlo enfrente, ver sus ojos, escuchar su voz, y no gritarle que eres su mamá?
Camila sonrió, una sonrisa triste pero llena de amor.
—Mateo, he aguantado diez años viéndolo en dibujos y en mi imaginación. Puedo aguantar un poco más si es para proteger su corazón.
—Trato hecho. El jueves tiene su primera clase de arte.
El jueves llegó con una lentitud exasperante.
Javi no quería ir. Estaba en esa fase de “no quiero hacer nada nuevo”. Estaba tirado en el sofá, jugando con su Nintendo Switch, con esa actitud de adolescente prematuro que a veces me sacaba de quicio y a veces me daba ternura.
—Ándale, Javi. Es solo una hora. Si no te gusta, no volvemos. Pero la psicóloga dijo que te haría bien expresar cosas fuera de la casa. Además, dicen que la maestra es buenísima.
—Seguro es una viejita regañona que nos va a poner a dibujar manzanas —refunfuñó sin despegar la vista de la pantalla.
—Te apuesto una hamburguesa doble con tocino a que no es una viejita regañona.
Eso captó su atención. Javi nunca rechazaba una apuesta que involucrara tocino.
—Va. Pero si es aburrido, me compras también una malteada.
Llegamos al Centro Cultural a las 4:50 PM. El edificio era imponente, una casona colonial con muros de piedra y grandes ventanales. Al cruzar el umbral, el olor a trementina, óleo y arcilla húmeda nos recibió. Es un olor particular, el olor de la creación.
Vi a Javi arrugar la nariz, pero no con disgusto, sino con curiosidad. Sus ojos empezaron a escanear el lugar: los cuadros colgados en los pasillos, las esculturas de barro secándose en los estantes.
Caminamos hacia el Salón 3. Mi corazón iba a mil por hora. Sentía que estaba llevando a mi hijo a una cita a ciegas con su propio destino.
Nos detuvimos en la puerta abierta.
Ahí estaba ella.
Camila estaba de espaldas, acomodando unos botes de pintura en una mesa central. Llevaba unos jeans manchados de colores y una camisa de mezclilla arremangada. Su cabello rizado estaba suelto hoy, cayendo sobre su espalda como una cascada oscura.
—Buenas tardes —dije, anunciando nuestra presencia.
Camila se giró.
El momento en que sus ojos se posaron en Javi debería haber sido acompañado por música de violines o un rayo de luz celestial, pero fue mucho más simple y, por eso mismo, más poderoso.
Ella se quedó inmóvil un microsegundo. Vi cómo sus pupilas se dilataban. Vi cómo sus manos se cerraron instintivamente sobre el trapo que sostenía. Estaba viendo, en carne y hueso, al niño que había gestado en sus sueños durante una década.
Pero se contuvo. Respiró hondo y sonrió. La sonrisa más cálida y genuina que había visto en años.
—Hola —dijo, acercándose—. Tú debes ser Javi. Tu papá me ha contado mucho de ti.
Se agachó un poco para estar a su altura, pero sin invadir su espacio.
Javi, que solía ser tímido con los extraños (especialmente después del trauma con Katia), la miró. Y algo pasó. No sé si fue la voz, o los ojos que eran idénticos a los suyos, o simplemente esa energía invisible que conecta a las personas que comparten ADN.
Javi no se escondió detrás de mis piernas.
—Hola —dijo él, tímidamente—. Soy Javier. Pero me dicen Javi.
—Mucho gusto, Javi. Yo soy Camila. —Extendió su mano.
Javi la estrechó.
Observé ese apretón de manos como si fuera un evento histórico. La piel contra la piel. Madre e hijo conectados por primera vez.
—¿Te gusta dibujar? —preguntó ella, soltándole la mano suavemente.
—Sí. Pero solo dibujo en mi cuaderno. No soy muy bueno pintando cosas reales. Me gustan más los dragones y las naves.
—Los dragones son reales si tú quieres que lo sean —respondió Camila, guiñándole un ojo—. En esta clase no pintamos manzanas aburridas. Pintamos lo que traemos en la cabeza. ¿Traes dragones en la cabeza hoy?
Javi sonrió. Una sonrisa pequeña, pero real.
—Traigo uno de fuego.
—Perfecto. —Camila se levantó y me miró. Sus ojos brillaban con lágrimas contenidas, pero mantuvo la compostura—. Señor Mateo, si gusta puede esperar en la cafetería del patio o regresar en una hora. Aquí lo cuidamos bien.
Era mi señal para irme. Para dejarlos solos. Para permitir que la magia sucediera sin la supervisión del padre sobreprotector.
—Regreso en una hora. Pórtate bien, Javi. Escucha a la maestra.
Salí del salón, pero no me fui a la cafetería. Me quedé escondido detrás de una columna en el pasillo, mirando a través del cristal de la puerta. Me sentí como un espía, pero necesitaba verlo. Necesitaba ver cómo interactuaban.
Lo que vi en esa hora me confirmó que había tomado la decisión correcta.
Camila no lo trataba con condescendencia. Lo trataba con respeto. Se sentó a su lado y le enseñó a mezclar los rojos y los amarillos para hacer el fuego del dragón.
Hubo un momento, a los veinte minutos, que me dejó helado.
Javi estaba concentrado, mordiendo la punta de su lengua, algo que hacía siempre. Camila estaba observando su trazo.
De repente, a Javi se le cayó el pincel.
Ambos, al mismo tiempo, se agacharon para recogerlo.
Ambos, al mismo tiempo, dijeron: “Híjole”.
Y ambos, al mismo tiempo, se rieron y se acomodaron el cabello detrás de la oreja izquierda con el mismo gesto idéntico.
Genética. Pura y dura genética. Katia podía haberle comprado la ropa más cara y haberle enseñado modales de sociedad, pero esos gestos… esos venían de fábrica. Esos venían de Camila.
Me recargué en la pared de piedra y cerré los ojos. Por primera vez, sentí pena por Katia. Ella había tenido a Javi diez años y nunca lo había “visto” realmente. Camila lo tenía hacía veinte minutos y ya hablaban el mismo idioma silencioso.
Cuando la clase terminó, Javi salió con las manos manchadas de rojo y naranja, y una hoja de papel grande donde un dragón bastante impresionante escupía fuego sobre una ciudad gris.
—¡Papá, mira! —corrió hacia mí, mostrándome el dibujo—. Camila me enseñó a hacer el efecto de humo. Tienes que usar el dedo y difuminar el carbón. ¡Es súper fácil!
“Camila”. Ya no era “la maestra”. Era Camila.
Ella salió detrás de él, limpiándose las manos. Me miró y asintió levemente. Un código entre nosotros: “Sobreviví. No lloré. Fue perfecto”.
—Tienes mucho talento, Javi —dijo ella—. Tienes muy buen ojo para la perspectiva. Eso no se aprende, se nace con ello.
Javi se sonrojó de orgullo.
—Gracias. ¿Puedo venir el próximo jueves?
Miré a Camila. Ella estaba conteniendo el aliento.
—Claro que sí, campeón. Todos los jueves. Te debo una hamburguesa, por cierto. No hubo manzanas aburridas.
—¡Sí! Y Camila dice que la próxima semana vamos a usar arcilla. Quiero hacer una escultura.
Nos despedimos. Mientras caminábamos hacia el coche, Javi iba parloteando sin parar sobre la clase, sobre cómo Camila le había prestado sus propios pinceles “profesionales”, sobre cómo ella sabía mucho de cómics también.
—Me cae bien —dijo Javi de repente, mientras se ponía el cinturón de seguridad.
—¿Sí? Qué bueno, hijo. Se ve que es buena onda.
—Sí… —Javi se quedó pensativo, mirando por la ventana—. Es raro, papá.
—¿Qué es raro?
—Siento que… no sé. Siento que me entiende rápido. Con mamá… con Katia, siempre tenía que explicarle mis dibujos tres veces y ella solo decía “qué bonito, no te manches la ropa”. Pero Camila vio el dragón y supo que estaba enojado. Dijo: “Ese dragón tiene mucha furia, ¿verdad?”. Y sí. Tenía furia.
Apreté el volante. Javi era mucho más perceptivo de lo que yo creía.
—A veces conectamos con la gente, hijo. Es suerte.
—Oye, papá… —Javi se giró hacia mí—. ¿Tú la conocías de antes?
Me helé.
—¿Por qué preguntas?
—Porque te mira raro.
—¿Raro cómo? —intenté sonar casual, aunque sentía que me descubrían.
—Te mira como… como si estuviera triste y feliz al mismo tiempo cuando te ve. Y se parece un poco a ti cuando te ríes. No sé. Son ideas mías.
Tragué saliva. “Se parece un poco a ti”. No, Javi. Ella se parece a ti. Y tú a ella.
—No la conocía, hijo. Pero Querétaro es un rancho grande. Igual y nos cruzamos alguna vez. ¿Quieres esa hamburguesa o no?
Cambié el tema, pero la semilla estaba plantada. Javi sabía, a nivel subconsciente, que había una pieza del rompecabezas flotando en el aire.
Las semanas pasaron y los jueves se convirtieron en el día sagrado de la semana. “Jueves de Camila”, le decíamos.
Yo empecé a llegar un poco antes a recoger a Javi. A veces, me quedaba platicando con Camila en la puerta del centro cultural mientras Javi terminaba de lavar sus pinceles.
Hablábamos de Javi, al principio. De sus progresos, de sus miedos. Pero poco a poco, las conversaciones empezaron a desviarse hacia nosotros.
Me enteré de que Camila amaba el café sin azúcar, igual que yo.
Me enteré de que odiaba las películas de terror, igual que yo.
Me enteré de que había pasado diez años sola, reconstruyéndose desde las cenizas, pintando para no olvidar y enseñando para sanar.
Y ella se enteró de mis demonios. De cómo me sentía culpable por no haber visto la maldad de Katia antes. De cómo me sentía un fracaso por haber expuesto a mi hijo a esa mujer.
—No eres un fracaso, Mateo —me dijo una tarde lluviosa, mientras esperábamos bajo el alero del edificio a que escampara—. Eres un padre que ama. Y el amor a veces nos ciega, pero también es lo único que nos salva. Si no hubieras amado a Javi tanto, no habrías descubierto la trampa. No estaríamos aquí.
Me miró. Estábamos cerca, muy cerca. El olor a lluvia y a su perfume suave (vainilla y algo cítrico) me envolvió.
Sentí un impulso magnético. No era solo gratitud. No era solo la conexión biológica a través de Javi. Era ella. Camila. La mujer que había sobrevivido en silencio. La mujer que trataba a mi hijo como un tesoro y a mí como a un igual, no como a una cartera con patas.
—Gracias por devolvérmelo —susurró ella, mirando hacia el salón donde Javi guardaba sus cosas.
—Gracias por dármelo —respondí—. La mejor parte de él… viene de ti.
Nos quedamos en silencio, mirándonos. Había una tensión eléctrica, una pregunta no formulada. ¿Podíamos ser algo más que “los padres biológicos de Javi”? ¿Teníamos derecho a enamorarnos en medio de este desastre?
En ese momento, Javi salió corriendo con su mochila sobre la cabeza para no mojarse.
—¡Ya vámonos! ¡Tengo hambre! —gritó, rompiendo el momento mágico.
Nos reímos. La tensión se rompió, pero la promesa quedó ahí.
Sin embargo, la vida real tiene la mala costumbre de tocar la puerta cuando menos te lo esperas.
Dos días después, recibí una llamada del Detective Torres desde la Ciudad de México.
—Mateo, tenemos novedades sobre el caso de Katia —dijo, con voz grave—. Y no son buenas. O bueno, depende de cómo lo veas.
—¿Qué pasó? ¿Se escapó? —sentí el pánico subirme por la garganta.
—No, no. Sigue bien guardada. Pero su abogado soltó una bomba. Al parecer, Katia no actuaba sola en el tema de la “compra” de óvulos. Están implicando a la clínica del Doctor Montero en una red de tráfico de material genético y fraude médico. Y… han citado a declarar a la “donante”.
Se me heló la sangre.
—¿A Camila?
—Sí. Quieren que testifique. El problema es que si esto se hace público, si entra en el expediente judicial abierto… la prensa va a tener acceso.
—Van a saber que Javi no es hijo de Katia.
—Exacto. Y van a saber quién es la madre real. Se va a filtrar, Mateo. Es cuestión de días.
Colgué el teléfono sintiendo que el piso se abría bajo mis pies.
Habíamos planeado hacerlo despacio. Habíamos planeado esperar meses, tal vez un año, hasta que Javi estuviera listo. Pero el sistema judicial y la prensa carroñera no entienden de tiempos emocionales.
Tenía que actuar. Y tenía que hacerlo ya.
Manejé a casa de Camila a toda velocidad. No la llamé. Necesitaba verla.
Toqué el timbre de su pequeño departamento en Cimatario. Ella abrió, sorprendida, con una taza de té en la mano y ropa de casa.
—¿Mateo? ¿Qué pasa? ¿Javi está bien?
—Javi está bien. Pero nosotros tenemos un problema. Se nos acabó el tiempo, Camila.
Entré y le conté lo de la llamada. Le expliqué que su nombre iba a salir en los periódicos pronto como “la víctima de tráfico de óvulos de la esposa del consultor”. Que los periodistas iban a empezar a buscarla. Que algún compañero de escuela de Javi iba a escuchar a sus papás hablar del tema y se lo iba a soltar en el recreo.
Camila se sentó en el sofá, pálida.
—No puede enterarse por un chisme —dijo, con voz firme—. No puede enterarse por la televisión.
—No. Tiene que enterarse por nosotros.
—¿Cuándo?
—Hoy. Ahora. Voy a ir por él a la escuela, lo traigo aquí, y se lo decimos. Juntos.
Camila tembló. Miró alrededor de su pequeño departamento, lleno de cuadros, de libros, de su vida solitaria.
—No estoy lista, Mateo. ¿Y si me odia? ¿Y si piensa que lo vendí?
Me arrodillé frente a ella y le tomé las manos. Estaban heladas.
—No te va a odiar. Porque le vamos a decir la verdad. Le vamos a decir que fuiste una víctima, que te obligaron. Y él ya te quiere, Camila. En estas semanas… él ya te quiere como su maestra, como su amiga. Ya tienen un vínculo. Eso va a amortiguar el golpe.
—Tengo miedo.
—Yo también. Estoy aterrado. Pero somos el equipo, ¿recuerdas? Tú, yo y Javi. Vamos a enfrentar esto como familia, aunque sea una familia rara y remendada.
Camila asintió, secándose una lágrima rebelde.
—Ve por él.
Salí de su casa sintiendo el peso del mundo sobre mis hombros. Iba a romper la realidad de mi hijo otra vez. Iba a decirle que su madre no era su madre, y que su maestra de arte era su madre. Sonaba a telenovela barata, a guion de película mala.
Pero era nuestra vida.
Recogí a Javi en la escuela. Él se subió al coche feliz, comiéndose unas papitas.
—¿A dónde vamos? ¿A casa?
—No, hijo. Vamos a casa de Camila.
—¿De la maestra Camila? ¡Órale! ¿Nos va a dar clase extra?
Miré a mi hijo por el retrovisor. Su inocencia, su sonrisa. Quise congelar el tiempo. Quise dar la vuelta y huir a Alaska.
—Algo así, Javi. Algo así.
Llegamos al departamento. Camila nos esperaba en la puerta. Se había cambiado de ropa, se había puesto un vestido sencillo y se había soltado el pelo. Se veía hermosa y aterrorizada.
—Hola, Javi —dijo ella.
—¡Hola, Camila! ¡Qué bonita es tu casa! —Javi entró corriendo, sin notar la tensión en el aire.
Se puso a ver los cuadros en las paredes. Y entonces, se detuvo frente a uno que estaba en un caballete en la esquina, medio tapado con una tela.
La curiosidad le ganó. Levantó la tela.
Era un retrato. Un retrato al óleo, casi terminado.
Era Javi. Pintado con una luz dorada, riéndose, con un dragón en el hombro.
Javi se quedó paralizado.
—¿Por qué…? —se giró hacia nosotros, confundido—. ¿Por qué me pintaste?
Camila y yo intercambiamos una mirada. Era el momento. No había vuelta atrás.
Me acerqué a Javi y le puse una mano en el hombro. Camila se acercó por el otro lado. Lo rodeamos.
—Javi, siéntate un momento —dije—. Tenemos que contarte una historia. Una historia de verdad, no de dragones.
—¿Es una historia mala? —preguntó Javi, con ese radar de peligro encendiéndose.
—Es una historia difícil —dijo Camila, arrodillándose frente a él—. Pero tiene un final feliz. Porque el final eres tú.
Javi nos miró, alternando sus ojos entre mi cara de preocupación y los ojos llenos de lágrimas de Camila.
—¿Tú eres mi mamá? —preguntó de la nada.
El silencio que siguió fue absoluto. Los niños saben. Siempre saben.
Camila soltó un sollozo ahogado.
—Sí, mi amor. Soy yo.
Y en ese pequeño departamento de Querétaro, mientras la tarde caía, la última mentira se rompió para dejar paso a la verdad más grande de todas.
CAPÍTULO 7: EL ARTE DE RECONSTRUIR
El aire en el pequeño departamento de la colonia Cimatario pesaba una tonelada. La pregunta de Javi —“¿Tú eres mi mamá?”— seguía rebotando en las paredes, entre los cuadros de paisajes y el olor a té de manzanilla.
Camila estaba de rodillas frente a él, con el maquillaje corrido por las lágrimas. Yo estaba de pie, sintiéndome como un intruso en mi propia vida, sosteniendo la respiración, esperando la explosión. Porque los niños son impredecibles: pueden reaccionar con un abrazo de película o con un grito de odio puro.
Javi no hizo ninguna de las dos cosas.
Dio un paso atrás. Se alejó del abrazo de Camila como si ella quemara. Su carita, que hace unos minutos estaba llena de curiosidad por el cuadro del dragón, se cerró en una máscara de confusión y dolor.
—¿Cómo? —preguntó, con la voz quebrada—. ¿Tú eres mi mamá? ¿Y Katia?
—Katia… —empecé a decir, tratando de intervenir.
—¡No! —Javi me cortó, girándose hacia mí con una furia que no le conocía—. ¡Tú me dijiste que Katia era mi mamá! ¡Toda mi vida me dijiste eso! ¿Me mentiste?
—Javi, escúchame…
—¡Me mentiste! —gritó, y las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas—. Todos me mienten. Katia me mintió, tú me mientes. ¿Quién es ella? —señaló a Camila—. ¿Por qué dice que es mi mamá? ¿Me regalaron? ¿Me vendieron?
Esa palabra. “Vendieron”.
Camila soltó un gemido de dolor, como si le hubieran clavado un cuchillo. Se levantó tambaleándose.
—No, mi amor, no —dijo ella, tratando de acercarse, pero Javi retrocedió hasta chocar con la pared—. Nadie te vendió. Bueno… no como tú piensas. Yo…
—Javi —intervine, poniéndome en medio, bajando la voz al tono más calmado y firme que pude encontrar—. Necesito que respires. Nadie te regaló. Nadie te abandonó. Lo que pasó fue un robo.
Javi me miró, sorbiendo los mocos, con los ojos rojos.
—¿Un robo?
—Siéntate. Por favor.
Javi se sentó en el borde del sofá, abrazando su mochila como si fuera un escudo. Camila se sentó en la silla de enfrente, sin dejar de mirarlo. Yo me senté en la mesa de centro, quedando a su nivel.
—Imagina que tú eres un tesoro —empecé a explicar, usando la lógica que sabía que él entendería—. Un tesoro muy valioso. Hace diez años, Katia quería ese tesoro a toda costa. Pero ella no podía tenerlo. Así que… hizo trampa.
—¿Qué tipo de trampa?
Miré a Camila. Era su turno. Ella tenía que contar su parte.
Camila tomó aire, se limpió las lágrimas y buscó esa fuerza interna que la había mantenido cuerda durante una década.
—Javi —dijo ella, con voz suave—. ¿Te acuerdas de la clase de cocina que tomaste el verano pasado? ¿Te acuerdas de la receta del pastel?
Javi asintió levemente.
—Bueno. Para hacer un pastel necesitas ingredientes, ¿verdad? Harina, huevos, azúcar. Y necesitas un horno para cocinarlo.
—Ajá.
—Yo… —Camila dudó, buscando las palabras correctas—. Yo puse los ingredientes. Yo puse la “semilla” para que tú nacieras. Tú tienes mis ojos. Tienes mi cabello. Tienes mi talento para dibujar porque vienes de mí. Biológicamente, eres mi hijo.
—¿Y Katia?
—Katia fue el horno —dijo Camila—. Ella te llevó en la panza. Ella te cuidó mientras crecías antes de nacer. Pero ella… ella me engañó para que yo te diera. Se aprovechó de que yo era muy joven y estaba muy sola. Me prometió que iba a ser algo diferente, y luego… me prohibió verte. Me amenazó con que algo malo me pasaría si me acercaba a ti.
Javi procesaba la información a la velocidad de la luz. Sus ojos iban de Camila a mí.
—¿Tú sabías, papá? —preguntó. Esa era la pregunta del millón. La que definiría si mi hijo volvía a confiar en mí o no.
—No, hijo. Te lo juro por mi vida. —Le sostuve la mirada—. Yo no sabía que Camila era tu mamá biológica. Yo creí que Katia y yo te habíamos hecho… ya sabes, normal. Katia me mintió a mí también. Me ocultó la verdad diez años. Apenas me enteré hace unas semanas, cuando encontré a Camila aquí en Querétaro.
—¿Por eso me trajiste a clases de pintura? —preguntó Javi, atando cabos. Es un niño listo.
—Sí. Quería que la conocieras. Quería que vieras quién era ella antes de contarte todo esto. No quería soltarte la bomba sin que supieras que ella es… bueno, que ella es Camila. La maestra buena onda.
Javi se quedó en silencio un largo rato. Miró sus manos. Luego miró las manos de Camila, manchadas de pintura azul.
—Entonces… —dijo Javi bajito—. ¿No me abandonaste?
—Jamás —Camila se inclinó hacia adelante, con una intensidad feroz—. Javi, te he buscado cada día de mi vida. He llenado cuadernos enteros dibujándote, imaginando cómo serías. Nunca quise dejarte. Me robaron la oportunidad de ser tu mamá.
Javi miró hacia el caballete donde estaba el retrato suyo con el dragón. Se levantó lentamente y caminó hacia él. Tocó el lienzo con la punta de los dedos.
—Me dibujaste con un dragón —murmuró.
—Porque eres valiente —dijo Camila—. Como un caballero. Y como un dragón también. Fuerte.
Javi se giró. Ya no había miedo en sus ojos. Había tristeza, sí, mucha confusión, pero el enojo se había ido.
—¿Puedo… puedo darte un abrazo? —le preguntó a Camila.
Camila no contestó. Simplemente abrió los brazos y dejó escapar un sollozo.
Javi corrió hacia ella y se enterró en su pecho. Camila lo envolvió, cerrando los ojos, meciéndolo suavemente.
—Mi niño… mi niño… —susurraba ella en su cabello.
Yo me quedé sentado en la mesa de centro, viendo la escena a través de una cortina de lágrimas. Sentí que algo se sanaba dentro de mí. El círculo se había cerrado. La mentira de Katia había sido derrotada, no con abogados ni con dinero, sino con este abrazo en una sala pequeña de Querétaro.
Los días siguientes fueron una montaña rusa.
Decidimos que Javi se quedaría conmigo en la casa de Juriquilla, pero Camila vendría a cenar todas las noches. Queríamos hacer la transición suave, sin forzar una convivencia de “familia feliz” de la noche a la mañana.
Javi tenía preguntas. Mil preguntas.
“¿Tengo que cambiarme el apellido?” (No por ahora, le dije).
“¿Le digo mamá o Camila?” (Como tú quieras, le dijo ella).
“¿Katia sabe?” (Sabe que sabemos, le dije yo con satisfacción).
Pero tal como el Detective Torres había advertido, la paz duró poco.
Tres días después de la revelación, la bomba mediática estalló.
Estaba yo en la cocina preparando el desayuno cuando mi celular empezó a vibrar como loco. Mensajes de Twitter, WhatsApps de amigos que no veía hace años, alertas de Google News.
EL ESCÁNDALO DEL AÑO: LA ESPOSA DEL CONSULTOR COMPRÓ AL HIJO DE SU AMANTE… ¡Y LA MADRE REAL APARECE!
Algún secretario del juzgado había filtrado el expediente. La prensa tenía el nombre de Camila. Tenían la historia del tráfico de óvulos. Tenían todo.
—Mierda —susurré.
El timbre de la casa sonó. Miré por la cámara de seguridad. Había dos camionetas de televisión afuera de mi casa en Juriquilla. Reporteros con micrófonos.
Corrí a despertar a Javi.
—Hijo, no vas a ir a la escuela hoy.
—¿Por qué? ¿Es feriado?
—No. Hay… hay gente afuera. Periodistas. Se enteraron de lo de Camila.
Javi se asustó.
—¿Van a decir cosas malas de nosotros?
—No, si yo lo evito. Quédate aquí, no abras las cortinas. Voy a llamar a Camila.
Llamé a Camila. Ella estaba encerrada en su departamento, asediada también por un par de fotógrafos.
—Mateo, están golpeando mi puerta —me dijo, con la voz llena de pánico—. Me gritan cosas. Me preguntan cuánto cobré por el niño.
Sentí una furia volcánica. Nadie se metía con mi familia. Y sí, ya los consideraba mi familia a ambos.
—No salgas. Voy por ti.
Llamé a seguridad del fraccionamiento para que sacaran a los reporteros de mi banqueta (benditos sean los cotos privados). Subí a Javi al coche, le puse una manta encima para que no lo vieran y salimos quemando llanta por la salida de proveedores.
Llegué al edificio de Camila. Me bajé del coche como un toro bravo, empujando micrófonos y cámaras.
—¡Señor Washington! ¿Es verdad que su hijo es ilegítimo?
—¡Señorita Rivas! ¿Vendió a su hijo por dinero?
Entré al edificio, subí por Camila, la saqué envolviéndola en mi saco y la metí al coche.
Manejé hasta un hotel discreto en las afueras de la ciudad, donde nos registramos con nombres falsos.
Estábamos los tres en una habitación de hotel con dos camas matrimoniales, viendo las noticias en la tele.
Ahí estaba la foto de Katia (la de su ficha policial, sin maquillaje, demacrada) y al lado, una foto borrosa de Camila saliendo del centro cultural.
“La red de tráfico de material genético operada por la socialité Katia Mondragón ha destapado una cloaca…” decía la conductora del noticiero.
Camila apagó la tele.
—Van a pensar que soy un monstruo —dijo ella, sentada en el borde de la cama, temblando—. Van a pensar que lo vendí por gusto.
Javi se acercó a ella y le tomó la mano.
—No importa lo que piensen los de la tele —dijo mi hijo, con esa sabiduría de diez años—. Tú sabes la verdad. Y papá sabe. Y yo sé.
Miré a mi hijo y sentí un orgullo que no me cabía en el pecho.
—Javi tiene razón —dije—. Pero no nos vamos a esconder. Si nos escondemos, parecemos culpables. Vamos a dar la cara. Pero la vamos a dar bajo nuestros términos.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó Camila.
—Voy a dar una conferencia de prensa. Solo una. Y voy a contar la verdad. Tu verdad. Que fuiste una víctima, coaccionada y amenazada. Y luego, voy a demandar a cualquier medio que se atreva a difamarte.
La conferencia de prensa fue dos días después, en el lobby de mi oficina en Querétaro.
Me paré frente a veinte micrófonos. Solo. No quise exponer a Camila ni a Javi.
—Mi nombre es Mateo Washington —dije, mirando a las cámaras—. Y esta será la única vez que hablaré de la vida privada de mi hijo.
Conté la historia. Sin adornos. Conté la manipulación de Katia. Conté la coacción a Camila, una joven huérfana y vulnerable. Conté las amenazas. Y mostré la prueba de ADN.
—Camila Rivas no es una villana —dije con firmeza—. Es una madre a la que le robaron diez años de vida con su hijo. Y cualquier persona que intente acosarla o manchar su reputación, se las verá conmigo y con mi equipo legal. Mi hijo es feliz. Tiene un padre que lo adora y ha recuperado a una madre que lo ama. Fin de la historia.
La narrativa cambió. De “la madre que vendió a su hijo”, Camila pasó a ser “la víctima del sistema”. La opinión pública, siempre voluble, se puso de nuestro lado. #JusticiaParaCamila se hizo tendencia en Twitter.
Cuando la tormenta mediática bajó de intensidad, empezamos a construir nuestra nueva normalidad.
Katia fue sentenciada finalmente. Quince años. El juez fue implacable, sumando los cargos de fraude financiero con los de delitos contra la filiación y estado civil de las personas. Perdió la patria potestad de Javi automáticamente.
Eso nos dejaba en un limbo legal interesante.
Yo era el padre legal y biológico. Camila era la madre biológica, pero legalmente una extraña.
—Podemos iniciar un juicio de reconocimiento de maternidad —me dijo mi abogado—. Pero va a ser largo. Y Katia podría apelar desde la cárcel solo para joder.
—Hazlo —le dije—. Cueste lo que cueste.
Pero mientras los papeles se movían en los tribunales, la vida real sucedía en la casa de Juriquilla.
Camila prácticamente vivía con nosotros. Javi ya le decía “má” a veces, y “Cami” otras veces. Se sentía natural.
Y entre Camila y yo… algo estaba cambiando.
Ya no éramos solo “el equipo de crisis”. Éramos dos adultos que compartían un hijo, un trauma y una admiración mutua creciente.
Me gustaba verla pintar en el jardín mientras Javi jugaba. Me gustaba cómo se reía de mis chistes malos. Me gustaba cómo me miraba cuando creía que yo no me daba cuenta.
Un viernes por la noche, después de que Javi se durmió, nos quedamos en la terraza bebiendo una copa de vino. La noche estaba fresca, se escuchaban los grillos.
—¿Crees que algún día olvidará todo esto? —preguntó Camila, mirando su copa.
—No lo va a olvidar —dije—. Pero dejará de dolerle. Se convertirá en una historia de su pasado, no en su presente.
—Gracias a ti —dijo ella, girándose hacia mí—. Eres un papá increíble, Mateo. Si me hubiera tocado compartirlo con cualquier otro hombre… no sé qué habría pasado.
—Tú eres la increíble. Tienes una fuerza que ni tú te crees.
Nos quedamos mirando. El silencio se llenó de electricidad. Ya no había cámaras, ni abogados, ni niños presentes. Solo un hombre y una mujer que habían sobrevivido al naufragio y habían llegado a la misma isla.
Me acerqué un poco más.
—Camila… —empecé a decir, pero me faltaron las palabras.
—Shhh —ella me puso un dedo en los labios—. No digas nada. Solo… no te alejes.
—Nunca —prometí.
Le quité el dedo de los labios y la besé.
Fue un beso suave al principio. Tanteando el terreno. Preguntando “¿podemos hacer esto?”. Pero luego, ella me rodeó el cuello con los brazos y el beso se profundizó. Fue un beso que sabía a vino tinto, a alivio y a promesa. No era el beso desesperado de dos amantes furtivos; era el beso de dos personas que construyen cimientos.
Cuando nos separamos, ambos estábamos sonriendo como adolescentes.
—¿Y esto qué significa? —preguntó ella, con los ojos brillantes.
—Significa que el equipo se acaba de volver mucho más unido —respondí, acariciándole la mejilla.
—¿Qué va a decir Javi?
—Javi… —me reí—. Javi me preguntó ayer que por qué no te pedía que fueras mi novia. Dijo que hacemos bonita pareja porque los dos somos igual de “intensos”.
Camila soltó una carcajada.
—Ese niño es demasiado listo para su propio bien.
—Tiene tus genes.
Esa noche, Camila no se fue a su departamento. Se quedó en la habitación de huéspedes (vamos despacio, dije), pero saber que estaba bajo el mismo techo, que Javi tenía a sus dos padres cuidando su sueño, me dio la mejor noche de descanso en años.
Seis meses después.
El juzgado familiar de Querétaro dictó sentencia. Se reconoció la maternidad biológica y legal de Camila Rivas sobre el menor Javier Washington. Se emitió una nueva acta de nacimiento.
En el acta, en el renglón de “Madre”, ya no decía Katia Mondragón. Decía Camila Rivas.
Salimos del juzgado con el papel en la mano. Javi iba en medio de los dos, agarrándonos de las manos.
—¿Ya es oficial? —preguntó Javi—. ¿Ya nadie me la puede quitar?
—Nadie, campeón —dije—. Es oficial ante la ley, ante Dios y ante el mundo.
—¡Súper! —gritó Javi—. ¿Podemos ir por helado para celebrar?
—Helado doble —dijo Camila, besándole la cabeza.
Fuimos a la nevería de siempre en el centro. Mientras Javi pedía su helado de chocolate con chispas, Camila y yo nos sentamos en una banca de hierro forjado.
Ella sacó su celular.
—Oye, me llegó un correo raro —me dijo, frunciendo el ceño—. Del reclusorio.
Mi estómago se tensó.
—¿Katia otra vez?
—No… es un aviso. Dice que Katia ha solicitado una audiencia especial. Dice que quiere pedir perdón. Públicamente. Y que quiere vernos.
—Ni de broma. No vamos a ir.
—Espera, Mateo. Dice algo más. Dice que si vamos… ella firmará la renuncia a cualquier apelación futura y nos dará la ubicación de una cuenta en el extranjero que la policía no encontró. Una cuenta a nombre de Javi.
Me quedé helado.
Dinero para Javi. Dinero robado, seguro. Pero dinero que podría asegurar su universidad, su futuro. Y la renuncia a las apelaciones significaba paz mental definitiva.
—Es una trampa —dije—. Con Katia siempre es una trampa.
—Puede ser —dijo Camila—. Pero si es verdad… ¿tenemos derecho a negarle eso a Javi? Y si quiere pedir perdón… tal vez, solo tal vez, verla derrotada sea el cierre que Javi necesita para dejar de tener pesadillas.
Miré a mi hijo, que venía corriendo con su helado, manchándose la camisa nueva. Se veía feliz. Se veía libre.
¿Valía la pena arriesgar esa felicidad por un último encuentro con el monstruo?
—Lo pensaremos —le dije a Camila—. Pero hoy no. Hoy es día de fiesta.
Ella guardó el celular y me tomó la mano.
—Hoy es día de fiesta —repitió.
Pero en el fondo, ambos sabíamos que la historia no podía terminar sin mirar al monstruo a los ojos una última vez. Teníamos que ir. Teníamos que cerrar la puerta de esa celda nosotros mismos.
CAPÍTULO 8: EL ARQUITECTO DE SU PROPIO DESTINO
El Reclusorio Femenil de Santa Martha Acatitla no se parece en nada a las cárceles que salen en las series de Netflix. No hay iluminación dramática ni glamour en la tristeza. Es un monstruo de concreto gris al oriente de la Ciudad de México, donde el aire huele a smog, a drenaje y a desesperanza.
Camila y yo estábamos sentados en el área de espera, rodeados de familias que llevaban bolsas con comida, papel de baño y cobijas. Había madres llorando, niños corriendo sin entender dónde estaban y esposos con la mirada perdida. Nosotros no llevábamos nada. Solo llevábamos la pesada carga de diez años de mentiras que queríamos dejar allí, encerrada para siempre.
—¿Estás segura de que quieres hacer esto? —le pregunté a Camila, apretando su mano fría.
Ella miraba la puerta de metal pintada de verde despintado.
—No lo hago por ella, Mateo. Lo hago por Javi. Si ese dinero es real, es su futuro. Y si quiere pedir perdón… necesito escuchar si es verdad o si es otra de sus actuaciones. Necesito verla a los ojos y saber que ya no me da miedo.
Teníamos la regla clara: Javi se había quedado en Querétaro con mi hermano Jorge, comiendo pizza y jugando videojuegos. No había razón para que un niño de diez años viera a la mujer que le mintió vestida de beige deslavado tras las rejas.
—Familiares de Katia Mondragón —gritó una custodia con voz ronca.
Nos levantamos. Pasamos los filtros de seguridad. Dejé mi reloj, mi cartera, mi cinturón. Me sentí desnudo, vulnerable, caminando por esos pasillos largos y resonantes.
Nos llevaron a un locutorio especial, una mesa de metal atornillada al piso en un cuarto pequeño con una ventana enrejada.
Y entonces, la trajeron.
Si me hubiera cruzado con ella en la calle, no la habría reconocido.
La Katia que entró arrastrando los pies no era la reina de Polanco. No había rastro del cabello brillante de peluquería cara; ahora tenía una coleta mal hecha, con canas visibles en las raíces. Su piel, antes cuidada con cremas de mil pesos el gramo, se veía ceniza y seca. Pero lo más impactante eran sus ojos. Esos ojos oscuros que solían brillar con malicia y cálculo ahora estaban apagados, hundidos en cuencas oscuras.
Se sentó frente a nosotros. Las esposas tintinearon contra la mesa de metal.
Hubo un silencio largo. Camila se enderezó en su silla, respirando hondo, negándose a hacerse pequeña frente al monstruo.
—Vinieron —dijo Katia. Su voz sonaba rasposa, como si no la hubiera usado en días.
—Dijiste que tenías algo para Javi —respondí secamente, sin preámbulos. No estaba ahí para socializar.
Katia esbozó una media sonrisa, una sombra patética de su antigua arrogancia.
—Siempre al grano, Mateo. Siempre el hombre de negocios. —Miró a Camila—. Y tú… te ves bien. La maternidad te sienta bien. O al menos, la maternidad que yo te presté.
Camila no mordió el anzuelo.
—No me prestaste nada, Katia. Me lo robaste. Y ahora lo recuperé. Javi está feliz. Sabe la verdad. Sabe quién es su madre y sabe quién eres tú.
Katia bajó la mirada a sus manos maltratadas.
—Lo sé. Mi abogado me dijo que cambiaron el acta de nacimiento. Felicidades. Ganaron.
—No se trata de ganar —dijo Camila—. Se trata de justicia.
Katia soltó una risa seca, sin humor.
—Justicia… en este país la justicia es un chiste, Camila. Yo estoy aquí porque me confié, no porque el sistema funcione. Damián fue un idiota descuidado. Si no fuera por ese video… yo seguiría en mi casa, y ustedes seguirían siendo unos ignorantes felices.
—¿Para esto nos llamaste? —me levanté, molesto—. ¿Para presumir que casi te sales con la tuya? Vámonos, Camila. Esto es perder el tiempo.
—¡Espera! —Katia se inclinó hacia adelante, con un destello de desesperación—. Siéntate. Por favor.
Me quedé de pie, mirándola con desprecio.
—Tienes dos minutos.
Katia metió la mano en el bolsillo de su uniforme y sacó un papel doblado. Lo deslizó por la mesa hacia mí.
—Ahí están. Los accesos. Es una cuenta en Suiza que abrí hace tres años. No está a mi nombre, está a nombre de una sociedad offshore. La policía no la encontró. Hay… hay casi medio millón de dólares ahí.
Miré el papel sin tocarlo.
—¿Dinero robado de mi empresa?
—Una parte —admitió—. Otra parte es… de mis “negocios” con la clínica.
Sentí náuseas. Dinero manchado con el dolor de otras mujeres como Camila.
—No quiero tu dinero sucio.
—No es para ti —dijo Katia, mirándome fijamente—. Es para Javi. Es lo único que puedo darle. Le quité su infancia, le quité la verdad… déjame pagarle la universidad. Déjame darle un futuro. Mateo, por favor. Úsalo para él. O dónalo. Haz lo que quieras. Pero acéptalo. Es mi forma de… de pagar la deuda.
Tomé el papel. Lo guardé en mi bolsillo.
—Lo pondré en un fideicomiso. Javi decidirá qué hacer con él cuando sea mayor de edad. Si quiere quemarlo, lo quemará.
Katia asintió, resignada. Parecía haberse quitado un peso de encima.
—Y… querías pedir perdón —dijo Camila suavemente—. Eso decía el correo.
Katia miró a Camila. Por primera vez, vi una grieta en su máscara de narcisismo. Vi una lágrima solitaria rodar por su mejilla sucia.
—Te odiaba, ¿sabes? —dijo Katia en un susurro—. Hace diez años, cuando te vi… tan joven, tan talentosa, tan llena de vida. Yo tenía dinero, tenía estatus, tenía a Mateo… pero estaba vacía. No podía crear nada. Ni arte, ni vida. Tú podías hacerlo todo con un lápiz y con tu cuerpo. Te odiaba por eso. Quería robarte esa luz. Pensé que si compraba tus óvulos, si compraba tu hijo, esa luz sería mía.
Se limpió la cara con el hombro.
—Pero no funcionó. Javi creció y… él sabía. Aunque no sabía la verdad, él sentía que yo no era su madre. Nunca me abrazó como a ti. Nunca me miró como a ti. —Katia sollozó—. Perdónenme. No por lo que les hice a ustedes, sino porque… porque nunca supe amar a ese niño como se merecía. Y me alegra que ahora te tenga a ti.
El silencio en el cuarto era denso. No era un perdón de película. No borraba el daño. Pero era una confesión. Era la verdad.
Camila se levantó y, para mi sorpresa, puso su mano sobre las manos esposadas de Katia por un segundo.
—No te perdono, Katia. Aún no. Tal vez nunca. Pero te libero. Ya no eres mi fantasma. Ya no eres mi miedo. Eres solo una parte triste de nuestra historia.
Katia cerró los ojos al sentir el contacto.
—Adiós, Katia —dije yo.
Nos dimos la vuelta.
—Mateo —me llamó ella una última vez cuando estábamos en la puerta.
Me giré.
—Cuídalo. Cuídalos a los dos. Tú eres el único bueno en toda esta historia de mierda.
No respondí. Salimos del cuarto. Escuché la puerta de metal cerrarse detrás de nosotros con un clanc definitivo.
Caminamos hacia la salida del penal, hacia la luz del sol que pegaba fuerte en el estacionamiento. Respiré hondo. El aire seguía oliendo a smog, pero para mí, olía a libertad absoluta.
Camila me miró y sonrió.
—¿Se acabó?
La abracé, besándole la frente.
—Se acabó. Vámonos a casa. Javi nos está esperando.
(DIEZ AÑOS DESPUÉS)
El sol de Querétaro brilla diferente. Tiene un tono dorado que hace que todo parezca una pintura al óleo.
Estoy sentado en el jardín de nuestra casa. Ya no es la casa rentada en Juriquilla; es una casa que Camila y yo diseñamos juntos. Tiene un estudio de arte enorme con ventanales al norte, y una oficina para mí donde sigo dirigiendo Mateo Consultores, que ahora tiene sucursales en Guadalajara y Monterrey.
Tengo 48 años. Tengo más canas en la barba y algunas arrugas alrededor de los ojos, pero nunca me he sentido más joven.
—¡Papá! ¡Papá, ven a ver!
La voz viene del estudio. Me levanto de mi hamaca, dejando mi libro, y camino hacia allá.
Entro al estudio. El olor a trementina y aguarrás es el aroma de nuestro hogar.
Ahí está Camila, con sus rizos ahora salpicados de hilos plateados, igual de hermosa que el día que la encontré en la librería. Está limpiando pinceles.
Y ahí está Javi.
Tiene 20 años. Es alto, más alto que yo, con los hombros anchos de nadador. Lleva el cabello rizado un poco largo, atado en una coleta. Está parado frente a un lienzo gigante.
—¿Qué pasa, hijo?
—Lo terminé —dice Javi, con esa mezcla de orgullo y timidez que nunca perdió.
Miro el cuadro.
Es impresionante. Es una mezcla de realismo y fantasía. En el centro, hay una mesa de cocina. Sentados a la mesa hay tres figuras. Un hombre con traje pero descalzo (yo), una mujer con un vestido hecho de flores (Camila) y un niño pequeño con una armadura de caballero (él mismo de niño). Pero lo que rodea la mesa no son paredes. Son dragones, tormentas, rayos y oscuridad. Sin embargo, la mesa está iluminada por una luz cálida que emana de las manos entrelazadas de los tres.
Abajo, el título pintado en letras pequeñas: El Refugio.
—Es increíble, Javi —digo, sintiendo ese nudo en la garganta que me da cada vez que veo su talento—. Tienes la beca ganada. Florencia te espera.
Javi va a estudiar Artes Visuales en Italia el próximo semestre. Usamos el dinero de la cuenta suiza para eso. El “dinero sucio” de Katia se convirtió en educación, arte y futuro. Fue la mejor manera de lavarlo.
—No sé si quiero irme —dice Javi, rascándose la nuca—. Voy a extrañar los chilaquiles de mamá.
Camila se ríe y le da un golpe con el trapo sucio.
—Te voy a mandar la receta por WhatsApp, chamaco. Además, tienes que ir. Es tu sueño.
—Y además —digo yo—, alguien tiene que dejar libre su cuarto para que Valentina tenga más espacio para sus legos.
En ese momento, entra un torbellino de siete años con el pelo lacio y negro y los ojos almendrados. Valentina. Nuestra hija. La que Camila y yo tuvimos tres años después de casarnos.
—¡Javi! ¡Javi! ¿Me ayudas a armar el castillo de Harry Potter? —grita Valentina, abrazándose a la pierna de su hermano mayor.
Javi la carga como si fuera una pluma.
—Claro que sí, pulga. Pero primero dile a papá y a mamá que son los mejores del mundo.
—¡Son los mejores del mundo! —grita ella.
Camila se acerca a mí y me rodea la cintura con un brazo. Yo la beso en la cabeza.
Miro a mi familia. Esta familia “remendada”, construida sobre ruinas, pegada con verdad y sostenida por un amor que nos costó sangre y lágrimas conseguir.
Katia murió hace dos años en prisión. Un infarto fulminante. Fuimos al funeral, solo nosotros tres. No hubo lágrimas, pero tampoco hubo odio. Javi dejó una flor blanca sobre su tumba y dijo: “Que descanses en paz. Yo estoy bien”. Y eso fue todo.
A veces, pienso en esa tarde en el Periférico. Pienso en el terror que sentí cuando Javi dijo: “Es una trampa, papá”.
Esa frase pudo haber sido el final de mi vida. Pudo haberme destruido. Pero en lugar de eso, fue la llave que me liberó. Fue el momento en que el universo decidió que ya había tenido suficiente de mentiras y me empujó, a la fuerza, hacia mi verdadero destino.
La traición de Katia fue perfecta, sí. Fue tan perfecta que destruyó todo lo falso y dejó de pie solo lo que era real.
Aprendí que la sangre no te hace familia; la lealtad sí.
Aprendí que la verdad duele una vez, pero la mentira duele cada vez que la recuerdas.
Y aprendí que nunca es tarde para encontrar al amor de tu vida, incluso si te lo escondieron durante una década.
Mi nombre es Mateo Washington. Fui traicionado, fui vendido, fui roto. Pero hoy, mientras veo a mi hijo pintar su futuro y a mi hija reír en brazos de su hermano, sé que soy el hombre más afortunado del mundo.
Esta es mi historia. Una historia de cómo seis palabras salvaron mi vida.
Ahora dime, ¿qué habrías hecho tú en mi lugar? ¿Habrías perdonado? ¿Habrías buscado la verdad aunque doliera?
La vida te pone trampas, hermano. Pero recuerda: mientras tengas a tu equipo, siempre puedes salir del hoyo.
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Déjame tu comentario abajo. Te leo.
Nos vemos en la próxima historia. ¡Ánimo!
FIN.