
CAPÍTULO 1: DOMINGO DE FUEGO EN CHAPULTEPEC
No hay nada, absolutamente nada, que se compare con el calor de un domingo al mediodía en la Ciudad de México cuando el asfalto decide devolverte cada grado de temperatura que ha absorbido durante la mañana. Es ese calor seco, picoso, mezclado con el esmog, que se te pega en la nuca y te hace sentir que caminas dentro de un horno de panadería.
Yo soy Carlos, “El Capi” para los cuates de seguridad, y llevo quince años patrullando los senderos del Zoológico de Chapultepec. Conozco cada grieta del pavimento, cada árbol viejo que ya necesita poda y, sobre todo, conozco a los “inquilinos”. No me gusta llamarles animales. Son inquilinos. Y yo soy algo así como el conserje glorificado que se asegura de que nadie los moleste y de que ellos no se coman a nadie.
Aquel domingo pintaba para ser una jornada pesadísima, de esas que te dejan las piernas temblando y la cabeza embotada. Había puente vacacional, lo que significaba que medio México y sus parientes habían decidido caerle al zoológico. El ruido era una masa sólida: gritos de niños berrinchudos, vendedores de Bonice silbando esa tonadita que se te taladra en el cerebro, y el murmullo constante de miles de familias arrastrando los pies.
—¡Capi! —me gritó el “Rolas”, un guardia nuevo, flaco como un nopal y nervioso como perro en periférico—. Oiga, jefe, allá en la zona de los primates hay una señora peleándose porque dice que el mono le robó sus lentes.
Suspiré, ajustándome la gorra que ya tenía la marca de sudor permanente.
—A ver, Rolas, usa el sentido común, mano. ¿El mono saltó la reja, le quitó los lentes y se regresó a su hamaca?
—No, pus no, jefe.
—Entonces la señora tiró los lentes, carnal. Ve y dile que llenamos el reporte, pero que no manche, no nos vamos a meter a la jaula por sus Ray-Ban piratas. Ándale, muévete.
El Rolas se fue corriendo, y yo me quedé ahí, recargado en un barandal, viendo pasar el río de gente. Familias enteras con la playera del América, parejas de novios dándose de besos como si el mundo se fuera a acabar, abuelitas en silla de ruedas empujadas por nietos que preferirían estar en el celular. Todo normal. Rutinario. Aburrido, incluso. Y Dios sabe cuánto extraño ese aburrimiento ahora.
Mi radio hizo ese sonido de estática que odio, shhh-clack.
—Central a Capi, cambio.
—Aquí Capi, ¿qué pasó, Central? —contesté, llevándome el aparato a la boca mientras le daba un trago a mi botella de agua tibia.
—Tenemos una lectura rara en el Sector 4. El tablero de control de las compuertas eléctricas está parpadeando. Parece que hubo un bajón de luz en la subestación de la colonia.
—¿Sector 4? —Fruncí el ceño. El Sector 4 eran los felinos grandes. Tigres, jaguares y él. El rey—. ¿Ya mandaste a mantenimiento?
—Ya, el Ingeniero López va para allá. Dice que seguro es un fusible quemado por el calor. No te preocupes.
“No te preocupes”. Esas palabras deberían estar prohibidas en mi línea de trabajo. En el momento en que alguien te dice que no te preocupes, es cuando debes empezar a rezarle a la Virgencita.
Guardé el radio y sentí una punzada en el estómago. No era el taco de guisado del desayuno. Era instinto. Ese sexto sentido que desarrollas cuando te has pasado la vida cuidando que la naturaleza salvaje y la estupidez humana no choquen. Decidí caminar hacia allá, solo para echar un ojo. “Nomás para que no digan que no hago nada”, pensé.
Caminé despacio, esquivando carriolas y vendedores de máscaras de luchador. Pasé frente al recinto de las jirafas, donde la gente se amontonaba para la foto. Todo era risas y selfies. La inocencia de la gente a veces me aterra. Creen que el vidrio o la reja son mágicos, que separan dos mundos que nunca se pueden tocar. No saben lo frágil que es esa línea.
Estaba a unos cien metros de la plaza principal de los felinos cuando sucedió.
Primero fue el sonido. No fue un rugido. Los rugidos de película son mentira. Lo que escuché fue metal chirriando contra metal, un clank seco y pesado, como cuando chocan dos vagones del metro. Y luego, el silencio.
Ese silencio fue lo peor. Fue como si alguien hubiera bajado el volumen de la televisión de golpe. Los pájaros dejaron de cantar. Los vendedores callaron. Hasta el viento pareció detenerse. Y en ese vacío sonoro, escuché el grito.
—¡¡¡AAAAAAAHHHH!!!
No fue un grito de susto. Fue un grito de muerte. Un alarido que te eriza los pelos de los brazos y te activa esa parte del cerebro reptiliano que te dice: “eres una presa”.
Empecé a correr. Mis botas pesaban, mi fornitura rebotaba contra mi cadera, pero mis piernas se movían solas.
—¡Central! ¡¿Qué está pasando?! —grité al radio, pero solo recibí estática y gritos confusos.
Al doblar la esquina, cerca del puesto de crepas, la escena me golpeó como un puñetazo en la cara. Me detuve en seco, derrapando un poco.
La gente corría hacia mí. Una estampida humana. Vi ojos desorbitados, bocas abiertas en rictus de terror. Una señora se tropezó y cayó de rodillas, raspándose todo, pero se levantó como resorte, dejando atrás su bolsa, su suéter, todo. Un papá cargaba a dos niños, uno bajo cada brazo como si fueran costales de papas, con la cara roja del esfuerzo y el miedo.
—¡Se salió! ¡Se salió la bestia! —gritaba un señor gordo, con la camisa desabotonada, corriendo más rápido de lo que su cuerpo debería permitirle.
Me abrí paso a empujones, luchando contra la marea.
—¡Haganse a un lado! ¡Atrás! —bramaba yo, sacando mi macana extensible, aunque sabía que contra lo que venía, ese pedazo de metal era tan útil como un picadientes.
Y entonces, lo vi.
El camino principal del zoológico es amplio, adoquinado, flanqueado por árboles enormes. Y ahí, justo en medio, donde minutos antes había niños comiendo helado, estaba él.
Atlas.
No se veía como en los documentales de NatGeo. Se veía inmenso. Monstruoso. Un macho africano de doce años, en la plenitud de su fuerza. Doscientos cincuenta kilos de músculo, garra y colmillo, coronados por una melena oscura y espesa que le daba un aire de realeza antigua y terrible.
El león estaba parado, estático. Su cola, larga y con esa borla negra al final, latigaba el aire de un lado a otro. Thwack, thwack. Sus costados subían y bajaban con una respiración pesada.
Lo más aterrador no era su tamaño, sino su calma. No estaba rugiendo. No estaba corriendo como loco. Estaba observando. Giraba su enorme cabeza lentamente, escaneando el caos que había provocado. Sus ojos, dos pozos de ámbar líquido, no mostraban furia, sino una curiosidad depredadora y fría.
A mi derecha, vi una escena que me heló la sangre. Un puesto de souvenirs, de esos que venden peluches y llaveros. La encargada, una muchachita de no más de veinte años, estaba agazapada detrás del mostrador, temblando tanto que todo el puesto vibraba. Frente a ella, a escasos cinco metros, Atlas giró la cabeza.
La miró.
La chica sollozó, un sonido ahogado. Atlas dio un paso hacia ella. Sus garras chasquearon contra el pavimento. Click, click.
—¡EY! ¡EY, TÚ! —grité con todas mis fuerzas, agitando los brazos para llamar su atención. Fue una estupidez suicida, lo sé. Pero no podía dejar que se acercara a la chica.
Atlas se detuvo. Giró su cuerpo masivo hacia mí. Sentí el peso de su mirada física, tangible. Me sentí pequeño, débil, comestible. Mi mano bajó instintivamente a mi arma de cargo, una vieja 9mm que llevamos más por protocolo que por utilidad. ¿Qué le iba a hacer una bala de ese calibre a una bestia así? A lo mucho, lo haría enojar. Y un león enojado es una máquina de picar carne.
—Central, ¡Código Rojo! ¡Código Rojo confirmado! —grité al radio, sin quitarle la vista de encima—. ¡Atlas está fuera! ¡Repito, el león está en la vía pública! ¡Necesito al equipo de contención AYER!
Atlas resopló. Un sonido gutural que vibró en mi propio pecho. Y luego, hizo algo que no esperé. En lugar de atacarme, o de ir por la chica, levantó la nariz al aire. Olfateó.
Abrió la boca, mostrando esos colmillos amarillentos del tamaño de mis dedos, y probó el aire. Parecía buscar algo. Ignoró los gritos, ignoró las sirenas que empezaban a aullar a lo lejos. Se dio la vuelta, dándome la espalda con una arrogancia absoluta, y comenzó a trotar.
Pero no corría hacia la salida principal, donde la masa de gente se estaba aplastando contra los torniquetes. Corría hacia el área de servicio. Hacia la puerta trasera que da a las colonias residenciales.
—¡Mierda! —exclamé—. ¡Rolas, cierra la puerta 3! ¡Cierra la maldita puerta 3!
—¡No puedo, Capi! —la voz del Rolas sonaba al borde del llanto por el radio—. ¡El sistema no responde! ¡Los candados magnéticos están muertos! ¡Y hay un camión de la Coca que acaba de entrar, dejaron la reja abierta!
Sentí que se me bajaba la presión. Si Atlas salía al parque, era una tragedia. Si Atlas salía a la calle, a una zona urbana llena de peatones, coches y niños jugando fútbol en la banqueta, iba a ser una carnicería nacional.
Me eché a correr tras él.
—¡No lo pierdan de vista! —le grité a dos policías auxiliares que estaban parados como estatuas, pálidos como papel—. ¡Muévanse, carajo!
Corrí como nunca había corrido en mi vida. El calor ya no importaba. El sudor me entraba en los ojos, ardiendo, pero no parpadeé. Vi a Atlas llegar a la zona de carga. El chofer del camión refresquero estaba trepado en el techo de su unidad, rezando el Ave María a gritos. Atlas pasó junto al camión sin siquiera mirarlo. Cruzó el umbral de la puerta de servicio.
La calle. Estaba en la calle.
Salí detrás de él, con el corazón martilleando tan fuerte que me dolían las costillas. La calle “Fresnos” es tranquila, arbolada, con casas viejas y banquitas de piedra. Un domingo cualquiera, verías gente paseando al perro o lavando el coche.
Hoy, la calle Fresnos se convirtió en el escenario de una película de terror.
Un taxista que venía circulando vio al león salir de la nada. Clavó los frenos tan fuerte que el coche derrapó y se subió a la banqueta, chocando contra un poste de luz. El taxista no se bajó; se encerró, subió los vidrios y se hizo bolita en el asiento.
Atlas siguió trotando por la banqueta. Su andar era fluido, hipnótico. Los músculos bajo su piel dorada se movían como agua.
—¡ALÉJENSE! ¡MÉTANSE A SUS CASAS! —gritaba yo, corriendo a unos cincuenta metros detrás de él, con la pistola desenfundada pero apuntando al suelo.
Una señora que barría su entrada se quedó congelada con la escoba en la mano. Atlas pasó a dos metros de ella. La señora ni respiró. El león ni la miró. Seguía con la nariz en alto, olfateando, girando en las esquinas con una determinación que me desconcertaba. Los animales asustados corren en línea recta o buscan esconderse. Atlas no estaba asustado. Atlas estaba buscando. ¿Pero qué? ¿Comida? ¿Una presa? ¿Territorio?
Las sirenas ya estaban encima de nosotros. Patrullas de la policía local, camionetas de Protección Civil, motos de tránsito. El ruido era ensordecedor.
—¡No disparen! —le grité a una patrulla que se emparejó conmigo—. ¡Soy el jefe de seguridad del zoológico! ¡No disparen a menos que ataque! ¡Vale millones de dólares y es patrimonio federal! —mentí, o exageré, para que no lo mataran. La verdad es que no quería ver morir a Atlas. Lo conocía desde cachorro. Era peligroso, sí, pero no era un monstruo. Era un animal fuera de lugar.
Atlas dobló en la esquina de la calle “Magnolias”. Ahí hay un parquecito, de esos triangulares con unos juegos oxidados y árboles viejos que dan buena sombra.
Cuando doblé la esquina, jadeando, con los pulmones ardiendo, vi que el destino nos había jugado la peor broma posible.
El parquecito no estaba vacío.
Había una banca de hierro forjado bajo la sombra de un ahuehuete enorme. Y en esa banca, ajena al apocalipsis que ocurría a su alrededor, ajena a las sirenas, a los gritos y al león de doscientos cincuenta kilos que se acercaba a ella, había una viejecita.
Se veía frágil, chiquita. Llevaba un vestido de flores deslavado y un rebozo gris sobre los hombros, a pesar del calor. Tenía una bolsa de papel estraza en las manos y estaba aventando migajas de bolillo al suelo.
Atlas se detuvo en la entrada del parque. Sus orejas se movieron hacia adelante. Fijó la vista en la anciana. Su cola dejó de moverse. Se puso tenso, cada músculo de su cuerpo listo para la acción.
El tiempo se detuvo. Vi a los policías bajarse de las patrullas, cortando cartucho. Clack-clack. rifles de asalto apuntando a la cabeza del león.
—¡Tirador listo! —escuché por el radio de un oficial.
—¡NO! —grité, lanzándome hacia adelante—. ¡ESPEREN!
Pero era tarde. Atlas ya se movía. No corría. Acechaba. Bajó el cuerpo, pegando la panza al suelo, deslizándose con esa elegancia mortal de los grandes cazadores. Se acercaba a la abuela. Diez metros. Ocho metros. Cinco metros.
La señora seguía tirando pan, tarareando una canción.
Sentí las lágrimas de impotencia en mis ojos. Iba a ver morir a una inocente. O iba a ver morir a Atlas acribillado. O las dos cosas.
La abuela sintió algo. Quizás fue la sombra del animal tapando el sol. Quizás fue el silencio repentino de las palomas que volaron asustadas. Giró la cabeza lentamente, con esa lentitud propia de los años y la artritis.
Quedaron cara a cara. La nariz negra y húmeda del león a centímetros de la cara arrugada de la anciana. Los bigotes de Atlas vibraban. Podía oler su aliento a carne cruda.
Cerré los ojos. Esperé el grito. Esperé el disparo.
Pero lo que escuché… lo que escuché rompió mi realidad en mil pedazos.
Fue una voz suave, cascada, llena de una ternura infinita, como si estuviera saludando a un nieto que llega de la escuela.
—¿Atlas? —dijo la abuelita—. ¿Eres tú, mi niño? ¿Viniste a ver a tu mamá?
Abrí los ojos. Y lo que vi me hizo olvidar cómo respirar.
CAPÍTULO 2: EL RUGIDO DEL SILENCIO
Si alguna vez has estado en medio de un temblor en la Ciudad de México, conoces ese sonido. No el de la alerta sísmica, que ya de por sí te quita cinco años de vida, sino el sonido de la tierra crujiendo. Es un ruido grave, profundo, que no escuchas con los oídos, sino con las tripas. Bueno, pues el sonido que salió de la garganta de Atlas en ese momento fue exactamente así.
Yo estaba a diez metros, con el sudor escurriéndome por la espalda como un río helado a pesar del calor del mediodía. Mis manos temblaban tanto que tuve que soltar la empuñadura de mi pistola para no dispararme en un pie por accidente. El mundo se había reducido a esa banca de parque, a ese pedazo de sombra bajo el ahuehuete y a esas dos figuras imposibles.
La anciana, Doña Margarita —aunque en ese momento yo no sabía su nombre, para mí era simplemente “la abuelita que está a punto de morir”—, mantenía su mano extendida. Una mano pequeña, manchada por el sol y los años, con venas azules que parecían ríos en un mapa antiguo. Esa mano, que probablemente temblaría al sostener una taza de té, estaba firme como una roca frente al hocico de un depredador capaz de triturar un fémur de búfalo como si fuera un palillo de dientes.
Atlas resopló. El aire caliente que salió de sus narinas movió los cabellos blancos de la señora. Yo contuve la respiración hasta que me dolieron los pulmones. Por favor, Diosito, que no abra la boca, pensé. Que no tire la mordida.
Y entonces, sucedió el milagro. O la locura. Todavía no decido qué fue.
Las orejas de Atlas, que habían estado pegadas a su cráneo en señal de alerta, se relajaron. Su cola, que había estado latigando el aire como un péndulo de reloj marcando la cuenta regresiva, cayó inerte sobre el pasto seco. El león, el rey de la selva, el monstruo de mis pesadillas laborales, cerró los ojos.
Lentamente, con una delicadeza que contradecía cada gramo de sus doscientos cincuenta kilos, inclinó su cabezota masiva. Frotó su mejilla izquierda contra la palma abierta de la anciana. Fue un gesto tan íntimo, tan casero, que por un segundo olvidé que estaba viendo a un animal salvaje y pensé que estaba viendo al gato de mi tía Lencha pidiendo Whiskas.
—Ay, mi vida… —susurró la anciana. Su voz era apenas un hilo, pero en el silencio sepulcral de la calle, se escuchó como un grito—. Mira nada más cómo estás de grandote. Y qué guapo te pusiste, canijo.
Atlas empujó con más fuerza contra su mano, buscando el contacto, casi derribándola de la banca. Ella soltó una risita nerviosa, una risita de pura alegría, y con su otra mano comenzó a rascarle detrás de la oreja, enterrando sus dedos en la maraña áspera y oscura de la melena.
Fue entonces cuando empezó el ruido. Un brrrrum-brrrrum profundo, rítmico, constante. Era un ronroneo. Pero no un ronroneo normal. Era como si hubieran encendido un motor diésel de camión torton justo ahí, en el parque. El pecho de Atlas vibraba, y esa vibración se transmitía al aire, al suelo, a mis propios huesos.
—¡Madre santa… —escuché murmurar a uno de los policías a mi lado. Era un oficial joven, un “chavito” que no debía tener más de veintidós años. Tenía el rifle AR-15 apuntando al león, pero el cañón le bailaba de arriba a abajo. Estaba pálido, con esa palidez verdosa de quien está a punto de vomitar el desayuno.
—¡Mantengan la posición! —ladró una voz a mi izquierda.
Giré la cabeza. Era el Comandante “El Turco”. Lo conocía de vista. Un tipo duro, de la vieja escuela, de esos policías que llevan más cicatrices que condecoraciones y que creen que todo problema se resuelve con plomo. Tenía la cara roja, las venas del cuello saltadas y el dedo índice pegado al gatillo de su arma corta.
—Comandante, baje el arma —le dije, tratando de sonar autoritario, aunque mi voz salió rasposa.
—¿Estás loco, Capi? —me escupió, sin dejar de mirar al león—. Ese animal está a un segundo de arrancarle la cabeza a la señora. Es una trampa. Está jugando con la comida. Los gatos hacen eso.
—¡No es un gato cualquiera! ¡Mírelo! —señalé—. No está atacando. La reconoce.
—¡Me vale madre si la reconoce o si le debe dinero! —gritó El Turco, y vi cómo tensaba el brazo—. Mi trabajo es proteger a la ciudadanía. Tengo orden de neutralizar la amenaza. ¡Tirador uno! ¿Tienes tiro limpio?
Miré hacia arriba. En la azotea de una casa de dos pisos, frente al parque, vi el brillo de una mira telescópica. Un francotirador del grupo táctico estaba posicionado.
—Tirador uno a Comandante. Tengo visual. El objetivo está muy cerca de la civil. Riesgo de daño colateral alto. Pero si se mueve un centímetro a la izquierda, le puedo dar en el cerebro.
—¡NO! —Grité. El pánico me invadió de nuevo, pero esta vez no era miedo al león, era miedo a la estupidez humana.
Corrí. No lo pensé. Fue el instinto más idiota de mi vida, pero corrí y me planté justo en la línea de fuego, entre las patrullas y la banca. Le di la espalda al león y abrí los brazos en cruz, encarando a los policías.
—¡Nadie dispara! —bramé, sintiendo que la garganta se me desgarraba—. ¡Si disparan, me dan a mí primero!
—¡Quítate, imbécil! —gritó El Turco, avanzando dos pasos hacia mí—. ¡Estás obstruyendo la justicia! ¡Esa bestia va a matar a la vieja y va a ser tu culpa!
—¡Si disparas vas a asustarlo! —le respondí, mirándolo a los ojos, retándolo—. Si fallas el primer tiro, si solo lo hieres, Atlas va a entrar en frenesí. Va a matar a la señora en un segundo y luego va a venir por nosotros. ¿Quieres eso? ¿Quieres ser el comandante que ordenó la masacre de la calle Magnolias?
El Turco dudó. Vi la duda en sus ojos oscuros. Bajó el arma un centímetro. Sabía que tenía razón. Un león herido es cien veces más peligroso que uno tranquilo.
—Tienes dos minutos, Carlos —me dijo, usando mi nombre por primera vez, con un tono que era mitad amenaza y mitad súplica—. Dos minutos para separar a la señora del animal. Si esa cosa hace un movimiento brusco, ordeno fuego a discreción y que Dios nos perdone.
Asentí, tragando saliva. Me di la vuelta lentamente.
Ahora estaba yo solo. De un lado, veinte policías con el dedo en el gatillo. Del otro, un león africano en éxtasis y una abuelita que parecía estar en la sala de su casa. Y en medio, yo, con mi macana inútil y mi uniforme sudado.
Me acerqué a la banca. Paso a paso. Despacio. Intentando no hacer ruido, aunque mis botas parecían sonar como tambores en el pavimento.
El olor me golpeó primero. Olía a animal salvaje. Es un olor almizclado, acre, potente. Olía a polvo, a carne, a testosterona pura. Pero debajo de eso, olía a otra cosa. Olía a… lavanda. A jabón de ropa. A ese perfume de rosas que usan las abuelas. Los olores se mezclaban en el aire caliente de la tarde.
Atlas levantó la cabeza cuando estuve a cinco metros.
Me congelé.
Sus ojos ámbar se clavaron en mí. Ya no eran los ojos curiosos de hace rato. Ahora eran ojos de advertencia. Esta es mi humana, parecían decir. Aléjate.
Soltó un gruñido bajo, profundo, que vibró en el suelo bajo mis pies. Mostró los colmillos superiores, solo un poco, lo suficiente para recordarme quién mandaba ahí.
—Tranquilo, Atlas… tranquilo, grandullón… —susurré, levantando las manos abiertas para mostrarle que no tenía nada.
La señora levantó la vista. Me vio. Sus ojos estaban rojos de llorar, pero brillaban con una luz que no había visto en años. No había miedo en ella. Había una paz absoluta.
—No le va a hacer nada, joven —me dijo ella, con esa voz tranquila—. Él sabe que usted es bueno. Los animales huelen el corazón de la gente.
—Señora… —empecé a decir, tratando de que no me temblara la voz—. Señora, por favor. Necesito que me escuche con mucha atención.
Me hinqué en una rodilla, para no parecer una amenaza tan grande, aunque mantuve la distancia. Atlas me seguía con la mirada, sin parpadear. Su cabeza seguía recargada en las rodillas de la anciana, pesada y posesiva.
—¿Cómo se llama usted, madrecita? —le pregunté.
—Margarita. Margarita López, para servirle a Dios y a usted.
—Doña Margarita, mucho gusto. Soy Carlos, del zoológico. Mire… tenemos un problema muy grande. Atlas… el león… se escapó. Y hay mucha gente nerviosa con armas ahí atrás.
Ella miró por encima de mi hombro, hacia el muro de policías y patrullas. Frunció el ceño, como si estuviera viendo a unos niños malcriados haciendo escándalo en la misa.
—Ya los vi. Son unos escandalosos. Pobre de mi Atlas, lo van a asustar con tanto ruido. ¿Por qué no se van?
—Porque tienen miedo, Doña Margarita. Tienen miedo de que Atlas la lastime.
Ella soltó una carcajada suave y palmeó el hocico del león. Atlas cerró los ojos y empujó su nariz contra la palma de ella de nuevo.
—¿Lastimarme? ¿Él? —me miró con incredulidad—. Joven, este animal tiene más amor en la punta de la cola que todos esos hombres juntos en el corazón. Él no me haría daño. Él vino a buscarme.
—Lo sé, lo sé… se ve que la quiere mucho. Pero ellos no saben eso. Y si Atlas se mueve rápido, o si ruge… van a disparar. Y no quiero que le pase nada a él, ni a usted.
La expresión de Margarita cambió. La sonrisa desapareció y una sombra de preocupación cruzó su rostro. Acarició la melena del león con más urgencia, como queriendo protegerlo con sus manos frágiles.
—No… no dejen que le hagan daño. Él no tiene la culpa. Él solo… él solo me extrañaba.
—Ayúdeme entonces, Doña Margarita. Necesito que me ayude a llevarlo a casa.
—¿A casa? —preguntó ella, esperanzada—. ¿A mi casa? Vivo aquí a la vuelta, tengo un patio grande…
—No, madrecita. Al zoológico. Ahí es su casa ahora. Ahí está seguro. Si lo llevamos allá, le prometo por lo más sagrado que nadie lo va a tocar.
Margarita bajó la mirada hacia el león. Atlas tenía los ojos cerrados, disfrutando de las caricias, ajeno a la negociación sobre su vida.
—Pero si vuelve… ¿me van a dejar verlo? —preguntó ella, con la voz quebrada—. Porque si se lo llevan y me lo encierran y no me dejan verlo nunca más… prefiero quedarme aquí con él hasta que nos lleven a los dos juntos.
Esas palabras me golpearon fuerte. Hubo una dignidad en su amenaza que me hizo sentir pequeño. No estaba bromeando. Esa anciana de ochenta años estaba dispuesta a morir en esa banca de parque antes que abandonar a su “niño” otra vez.
—Se lo juro —le dije, y en ese momento supe que iba a mover cielo, mar y tierra para cumplir esa promesa, aunque me costara el trabajo—. Se lo juro por mi madre. Si usted nos ayuda a que regrese tranquilo, yo me encargo de que usted lo vea cuando quiera. Hacemos un trato de caballeros… bueno, de caballero y dama.
Margarita me sostuvo la mirada unos segundos, evaluándome. Luego asintió.
—Está bien, Carlos. Te creo. Tienes cara de buen muchacho.
Se inclinó sobre la cabeza del león. Acercó sus labios a la oreja peluda, que se movió ligeramente al sentir su aliento.
—Atlas… mi niño precioso… —susurró—. Tenemos que irnos. El paseo se acabó. Pero no te preocupes, la abuela va contigo. No te voy a dejar solo.
Atlas abrió los ojos. Soltó un suspiro largo, resignado, como si entendiera cada palabra. Se levantó.
El movimiento fue repentino.
—¡CONTACTO! —gritó alguien atrás. Escuché el clack de seguros quitándose.
—¡NO! —grité, levantando la mano sin voltear—. ¡ESTÁ BIEN! ¡ESTÁN CAMINANDO!
Atlas se estiró, arqueando la espalda como un gato gigante, sacando las garras delanteras que rasparon el cemento. Luego, se sacudió la melena y se quedó parado junto a Margarita. Ella se levantó con dificultad, apoyándose en su bastón de madera. Atlas esperó.
Cuando ella dio el primer paso, el león dio el primer paso. Iban hombro con hombro. La cadera del león rozaba la pierna de la anciana.
—Vamos, Carlos —me dijo ella—. Guíanos.
Empezamos a caminar. Fue la procesión más extraña en la historia de la Ciudad de México. Yo iba al frente, abriendo camino como un Moisés de uniforme barato. Detrás de mí, una abuelita cojeando y un león africano caminando a su ritmo, dócil, tranquilo, majestuoso.
A medida que salíamos del parque y entrábamos a la calle, vi a la gente.
Los vecinos habían salido de sus escondites. Estaban en los balcones, en las azoteas, detrás de las rejas de sus casas. Había cientos de celulares apuntándonos. El silencio del terror se había roto y ahora era un murmullo de asombro.
—¡No mames, güey, graba eso! —gritaba un chavo desde una ventana—. ¡Es la Doña Mago! ¡La de los tamales!
—¡Híjole, compadre, eso no me lo van a creer en la chamba!
—¡Es un milagro! ¡Es San Francisco de Asís reencarnado! —gritaba una señora persignándose frenéticamente.
Pasamos frente a la barrera de policías. Los oficiales del grupo táctico, esos hombres entrenados para matar narcotraficantes y secuestradores, bajaban las armas a medida que pasábamos. Sus caras eran un poema. Vi a El Turco con la boca abierta, el cigarro que tenía en la comisura de los labios se le había caído al suelo sin que se diera cuenta.
Atlas ni los miró. Su mundo era Margarita. Solo Margarita.
Llegamos a la entrada de servicio del zoológico, a unas tres cuadras. Mis piernas temblaban del esfuerzo y la adrenalina acumulada. El camión de transporte ya estaba ahí, con la rampa bajada.
Margarita se detuvo al pie de la rampa. Se giró hacia Atlas. Le tomó la cara con ambas manos y le dio un beso en la nariz húmeda.
—Súbete, mi amor. Súbete y espérame. Ahorita te alcanzo.
Atlas dudó. Miró la oscuridad del camión. Luego la miró a ella. Ella señaló hacia adentro con firmeza.
—Ándale. Hazle caso a tu abuela.
El león subió la rampa. Entró en la jaula de transporte. El veterinario cerró la puerta de golpe.
Escuché el clank de los cerrojos y sentí que el alma me regresaba al cuerpo. Me recargué en la llanta del camión y me dejé caer sentado en el pavimento, respirando como si hubiera corrido un maratón.
Margarita se quedó parada ahí, mirando la puerta cerrada del camión. Se veía chiquita, sola, vulnerable otra vez.
Me levanté, sacudiéndome el polvo de los pantalones. Me acerqué a ella.
—Lo hizo, Doña Margarita. Nos salvó a todos.
Ella me miró, y vi una tristeza infinita en sus ojos.
—No, hijo. Él me salvó a mí. Hace muchos años.
—¿Cómo? —pregunté. Sabía que tenía que hacer el reporte, que tenía que explicarle al director, a la prensa, al mundo entero qué demonios acababa de pasar. Pero en ese momento, solo quería saber—. ¿De dónde lo conoce? ¿Cómo es posible que un león se acuerde de usted así?
Margarita suspiró y se sentó en la banqueta, sin importarle ensuciarse el vestido. Sacó de su bolsa de papel un pedazo de bolillo que le había sobrado y lo apretó en su puño.
—Si tienes tiempo, Carlos, te cuento. Pero es una historia larga. Una historia de hace doce años, cuando yo vivía en la frontera y la vida era otra cosa…
Miré mi reloj. El caos seguía a nuestro alrededor. Los reporteros estaban rompiendo el cerco policial, los jefes estaban llegando en sus camionetas blindadas. Pero yo me senté a su lado en la banqueta.
—Tengo todo el tiempo del mundo, Doña Margarita. Cuénteme.
Y ahí, sentados en la banqueta caliente, con el olor a gasolina y a jacarandas, mientras la ciudad recuperaba su ritmo frenético, ella empezó a hablar. Y su voz nos transportó a otro tiempo y a otro lugar.
—Todo empezó con una tormenta… —dijo ella, con la mirada perdida en el recuerdo—. Y con una caja de madera que nadie quería abrir…
CAPÍTULO 3: LA CAJA DE MADERA Y LA TORMENTA
El relato de Doña Margarita no empezó como un cuento de hadas, sino con el olor a tierra mojada y miedo.
—Todo empezó hace doce años, Carlos —me dijo, alisándose el rebozo sobre las piernas mientras ignoraba las luces de las cámaras de televisión que ya empezaban a rodearnos a la distancia—. Yo vivía en Matamoros, allá en la frontera. Era una época fea, hijo. De esas épocas en las que uno no salía de noche y mejor le subía al volumen del radio para no escuchar lo que pasaba en la calle.
Margarita trabajaba como voluntaria en un refugio de animales, “El Arca de Noé”, un lugar destartalado que sobrevivía de milagro gracias a las donaciones de los gringos y a la terquedad de un veterinario viejo y gruñón llamado Don Anselmo.
—Esa noche cayó una tormenta de aquellas —continuó, y su voz adquirió un tono grave—. El cielo se caía a pedazos. Yo estaba a punto de cerrar el refugio, asegurando las láminas del techo que siempre amenazaban con salir volando, cuando llegó la camioneta de los federales.
Recuerdo sus palabras con claridad. Ella describió cómo las luces rojas y azules de la patrulla rebotaban en los charcos, creando un espectáculo fantasmagórico. Bajaron tres oficiales, empapados, cargando cajas y jaulas decomisadas en un operativo carretero.
—”Traemos de todo, señora”, me dijo el comandante, un hombre con bigote de aguacero que ni me miraba a los ojos. “Pericos, iguanas, unos monos araña… y esto”.
Señalaron una caja de madera en la batea de la camioneta. No era una jaula. Era una caja de transporte de frutas, de esas de huacales reforzados, clavada a la mala, sin ventilación, sin etiquetas.
—”¿Qué hay ahí?”, le pregunté. El oficial se encogió de hombros. “Quién sabe. No hace ruido. A lo mejor ya se murió. Ahí se los dejamos, a ver qué hacen con el mugrero”.
Se fueron tan rápido como llegaron, dejando el patio del refugio lleno de animales asustados y mojados. Don Anselmo y yo nos pusimos a trabajar. Metimos a los pericos a la sala de cuarentena, revisamos a los monos… pero esa caja… esa caja me llamaba.
Margarita describió cómo se acercó a la caja de madera con una barreta en la mano. La madera estaba hinchada por la lluvia. Al hacer palanca, los clavos chillaron.
—Cuando levanté la tapa, hijo… me dio un vuelco el corazón.
Dentro, entre paja podrida y aserrín húmedo, había una bola de pelo color arena. No se movía. Era del tamaño de un gato grande, pero las patas… las patas eran enormes, desproporcionadas, como si pertenecieran a otro animal.
—Era un cachorro de león —susurró Margarita, y vi cómo sus ojos se llenaban de lágrimas al recordarlo—. Pero estaba en los huesos. Se le marcaban las costillas a través de la piel. Tenía los ojos cerrados, pegados con lagañas y mugre. Y olía… olía a muerte, Carlos. Olía a abandono.
Don Anselmo se acercó, echó un vistazo y negó con la cabeza.
—”Ni lo toques, Mago”, me dijo. “Ese ya no tiene remedio. Mira la pata”.
La pata delantera derecha del cachorro estaba torcida en un ángulo antinatural. Se veía morada, hinchada al doble de su tamaño. Probablemente, en el hacinamiento del contrabando, alguna otra caja le había caído encima o lo habían pisado.
—”Está séptico”, dijo Don Anselmo con su voz de médico práctico. “Esa infección ya se le fue a la sangre. Lo mejor es dormirlo ahorita mismo para que no sufra. Pásame la inyección”.
Margarita me miró a los ojos, ahí sentados en la banqueta de la Ciudad de México, y su mirada se endureció.
—Yo nunca he sido de desobedecer a los doctores, Carlos. Pero en ese momento, sentí algo. No sé si fue el espíritu de madre que nunca se me quitó, o si fue Dios hablándome al oído. Pero puse la mano sobre el pechito de ese animal. Y sentí un latido.
Tum-tum. Tum-tum.
Era un latido débil, arrítmico, como una mariposa atrapada en un frasco. Pero estaba ahí. Estaba luchando.
—”No”, le dije a Don Anselmo. “No lo vas a matar”.
—”Mago, no seas necia”, me regañó él. “Ese animal no va a pasar la noche. Y si la pasa, va a quedar tullido. ¿Quién va a querer un león cojo? Es crueldad dejarlo vivir”.
—”Pues será crueldad mía”, le contesté, agarrando la caja. “Dámelo. Yo me lo llevo. Si se muere, se muere en una cama caliente y no en esta caja mugrosa”.
Cargó la caja ella sola. Pesaba como plomo, no por el animal, sino por la madera mojada y la responsabilidad que acababa de echarse encima. Lo subió a su vochito viejo, en el asiento del copiloto, y manejó a su casa bajo la lluvia torrencial, rezando en cada semáforo.
Su casa era pequeña. Dos cuartos, una cocina y un patio trasero con piso de cemento.
—Lo puse en la mesa de la cocina —me contó—. Calenté agua, busqué toallas limpias. Con una jeringa sin aguja empecé a darle suero con miel, gota a gota. Al principio, ni tragaba. Se le escurría por la comisura del hocico.
Pasaron las horas. La tormenta rugía afuera, sacudiendo las ventanas. Adentro, solo se escuchaba el reloj de pared y la respiración rasposa del cachorro.
—Le limpié los ojos con té de manzanilla. Con mucho cuidado, le quité las costras. Y cuando por fin pudo abrir los párpados…
Margarita hizo una pausa, sonriendo con ternura.
—…vi esos ojos. Eran color ámbar, pero nublados por la fiebre. Me miró, Carlos. No me vio como comida, ni como amenaza. Me vio como… como si preguntara: “¿Ya se acabó el dolor?”.
Esa noche, Margarita no durmió. Se la pasó poniendo compresas de agua caliente y sal en la pata hinchada. El cachorro gemía cada vez que lo tocaba, un sonido agudo, desgarrador.
—”Shhh, shhh, ya pasó, mi niño, ya pasó”, le cantaba yo. Le cantaba ‘La Llorona’, le cantaba boleros, le contaba de mi vida. Le dije que se iba a llamar Atlas.
—¿Por qué Atlas? —le pregunté, interrumpiéndola suavemente.
—Porque en la escuela aprendí que Atlas era un gigante que cargaba el mundo en sus hombros —respondió ella—. Y este chiquito, tan flaquito y roto, estaba cargando todo el peso de la crueldad humana. Estaba cargando el dolor de su mamá muerta, el miedo del viaje, el abandono. Si sobrevivía a eso, iba a ser un titán.
Al amanecer, la fiebre bajó.
El cachorro intentó levantarse. Sus patitas traseras temblaban como gelatina. Se resbaló en la mesa. Margarita lo atrapó antes de que cayera y se lo pegó al pecho.
Sintió el calor del animal, sintió su nariz fría buscar instintivamente leche en su cuello.
—Ahí supe que ya me había amolado —se rió Margarita—. Ya no era un animal rescatado. Ya era mi hijo.
Los siguientes tres meses fueron una locura.
Margarita describió cómo convirtió su casa en una enfermería de alta seguridad. Vendió su televisión para comprar leche de fórmula especial para felinos, que costaba un ojo de la cara y había que pedirla a Estados Unidos.
—La gente del barrio empezó a hablar. “La Mago tiene un monstruo”, decían. “La Mago se volvió loca”. Mis amigas dejaron de visitarme porque la casa olía a pipí de gato fuerte y a desinfectante. Pero no me importaba.
Atlas crecía rápido. Demasiado rápido.
La pata rota sanó, pero tal como predijo Don Anselmo, el hueso soldó chueco. Quedó con una ligera curvatura hacia adentro. Cuando caminaba, Atlas cojeaba un poco, dando un pasito corto con la derecha y uno largo con la izquierda.
—Era su caminado especial —dijo ella con orgullo—. Yo le decía: “No estás cojo, mi amor, tienes swing“.
Me contó una anécdota que me hizo reír ahí en la banqueta.
—A los dos meses, ya no quería el biberón. Quería carne. Y no cualquier carne. El señorito no quería croquetas. Quería pollo. Pero cocido, eh, nada de crudo al principio porque le daba asco. Tenía yo que hervir pechugas de pollo a las tres de la mañana.
Un día, Margarita estaba sentada en su sillón, tejiendo. Atlas, que ya pesaba unos quince kilos y tenía el tamaño de un perro mediano, estaba jugando en el suelo con una botella de plástico vacía.
De repente, el cachorro se agazapó. Movió la colita. Y saltó.
Pero calculó mal por su pata mala y, en lugar de caer en el sillón, se estrelló de cara contra las piernas de Margarita.
—Se asustó tanto que se hizo pipí ahí mismo —recordó ella riendo—. Y luego, avergonzado, escondió la cabeza debajo de mi rebozo. Se quedó ahí, temblando, hasta que lo abracé. Ese era Atlas. Un león que se creía niño chiquito. Un rey que le tenía miedo a los truenos y que necesitaba que le sobaran la panza para dormirse.
Pero la realidad, como siempre, llegó para cobrar la factura.
A los cinco meses, Atlas ya no era un cachorro simpático. Era un depredador juvenil. Sus juegos eran bruscos. Un “mordisquito” de cariño te dejaba moretones por una semana. Sus garras destrozaban los muebles sin querer.
—Una tarde, el cartero llegó a dejar un recibo. Atlas estaba en el patio. El cartero metió la mano por la reja y Atlas… bueno, Atlas pensó que quería jugar. Se le abalanzó a la reja y soltó un rugido. No fue un rugido de verdad, fue un “guau” ronco. Pero el cartero casi se muere del infarto.
Al día siguiente, llegó la notificación del Ayuntamiento. “Animal peligroso”. “Desalojo inminente”. “Multa”.
Margarita sabía que el tiempo se había acabado.
—Lloré tres días seguidos, Carlos. Lloré mientras le cepillaba el pelo. Lloré mientras le daba de comer. Él lo sentía. Se me quedaba viendo y me lamía las lágrimas con esa lengua rasposa que tiene, que parece lija.
Empezó a buscarle casa. No quería un circo. “Sobre mi cadáver”, dijo. No quería un coleccionista privado, de esos narcos que los tienen con cadenas de oro en el patio para presumir. Quería un lugar donde fuera feliz.
—Escribí cartas a todos lados. San Diego, Africam Safari, Chapultepec… Mandé fotos. Les conté su historia. Muchos me dijeron que no. “Es híbrido”, decían. “No tiene pedigrí”. “Está cojo, no sirve para exhibición”.
Hasta que llegó la carta de aceptación de la Ciudad de México.
“Tenemos un espacio en el área de rehabilitación de grandes felinos. Podemos darle terapia física para su pata. Prometemos cuidarlo”.
El viaje fue la parte más difícil. Margarita alquiló una camioneta cerrada con sus últimos ahorros. Construyó una caja de transporte grande, cómoda, con cobijas que olían a ella.
Manejaron doce horas desde la frontera hasta la capital. Margarita iba atrás, en la caja, sentada junto a la jaula, metiendo los dedos por la rejilla para que Atlas supiera que ella estaba ahí.
—Llegamos al zoológico un martes. Estaba nublado, igual que el día que lo encontré.
Los cuidadores, gente muy profesional, la recibieron. Pero tenían que llevárselo a cuarentena. Margarita no podía pasar.
—Fue en la puerta de servicio. La misma puerta por donde… por donde salió hoy a buscarme.
Bajaron la jaula. Atlas empezó a ponerse nervioso. Rugía, golpeaba las paredes de madera. Me olía. Sabía que lo iba a dejar.
Margarita se acercó a la rejilla de la caja por última vez.
—”Atlas”, le dije, tratando de no quebrarme. “Escúchame bien. Tú eres fuerte. Tú eres un rey. Aquí vas a estar bien. Vas a comer rico, vas a tener pasto, vas a tener doctores. No tengas miedo”.
El león se calmó al oír su voz. Pegó su nariz a los dedos de ella.
—”Te prometo que voy a volver”, le mentí. Bueno, no le mentí queriendo. Yo de verdad pensaba volver. “Voy a venir a verte. Te lo juro”.
Se lo llevaron. El camión se alejó hacia el interior del recinto. Margarita se quedó parada en la banqueta, con la correa vacía en la mano y el corazón hecho pedazos.
—Sentí que me arrancaban un brazo, Carlos. Me subí a mi vocho y no paré de llorar hasta Querétaro.
—¿Y por qué no volvió? —pregunté, con un nudo en la garganta.
Margarita suspiró, y su mirada se volvió lejana, cansada.
—La vida, hijo. La maldita vida. Llegué a casa y a la semana me avisaron que mi hija, la que vive en Tijuana, tenía cáncer. Tuve que vender todo. El vocho, los muebles, la casa. Me fui al norte a cuidarla. Fueron tres años de quimios, de hospitales, de rezar. Gracias a Dios se salvó, pero quedé en la ruina y vieja.
Después vinieron los problemas de la vista, la artritis, la pensión que no alcanzaba.
—Cada año decía: “Este año voy a ir a ver a mi Atlas”. Pero luego pensaba: “Ya pasaron cinco años, ya no se va a acordar de mí. Seguro ya ni está ahí. Seguro ya… ya se murió”.
Margarita bajó la cabeza.
—Me daba miedo venir, Carlos. Me daba miedo llegar y preguntar por él y que me dijeran que había muerto solo, pensando que su mamá lo abandonó. Prefería vivir con la duda que con esa certeza.
—Pero vino ayer —le recordé.
—Sí. Mi nieta Lupita me insistió. “Ándale, abue, vamos a pasear”. Yo no quería, pero… algo me jaló. Y cuando vi el letrero… “Atlas. León Africano. 12 años”.
Se le iluminó la cara.
—¡Estaba vivo! ¡Mi muchacho estaba vivo! Y estaba enorme, precioso. Pero estaba triste, Carlos. Lo vi en sus ojos. Estaba acostado, mirando a la nada.
Margarita se acercó al cristal ayer. Susurró su nombre. Y vio la chispa. Vio cómo las orejas se levantaban. Vio cómo el león se ponía de pie, cojeando un poquito de la pata derecha, y buscaba entre la multitud.
—Me dio pánico. Me dio vergüenza. Me fui corriendo. Soy una cobarde.
—No —le dije, tomándole la mano—. Usted no es cobarde, Doña Margarita. Usted es la mujer más valiente que he conocido. Y Atlas… Atlas no piensa que lo abandonó. Atlas piensa que usted salió a comprar leche y se tardó un poquito. Por eso salió a buscarla.
Margarita me apretó la mano con sus dedos huesudos pero fuertes.
—¿Tú crees, hijo? ¿Tú crees que me perdonó?
Señalé hacia el camión de transporte donde estaban los veterinarios revisando al león. Se escuchaba un rugido suave, tranquilo.
—No tiene nada que perdonarle. El amor no perdona, porque el amor no juzga. Él solo la quiere a usted.
En ese momento, el Director del Zoológico, un hombre de traje que sudaba a chorros y se veía a punto del infarto, se acercó a nosotros con un séquito de asistentes y policías.
—¿Usted es la dueña? —preguntó, jadeando.
Me levanté y me puse entre él y Margarita.
—No es la dueña, licenciado. Es su madre. Y más le vale que la tratemos con el respeto que se merece una reina, porque si Atlas se entera que la tratamos mal, esa jaula no lo va a detener.
El Director me miró confundido, luego miró a la anciana frágil en la banqueta.
—Señora… —dijo, cambiando el tono—. Tenemos que hablar. La prensa está vuelta loca. El Alcalde quiere venir. Esto es… esto es un fenómeno mundial. Pero primero, necesito que me firme unos papeles de responsabilidad civil y…
—Licenciado —lo interrumpí—. Ahorita no hay papeles. Ahorita, Doña Margarita va a pasar a ver a su hijo. Y le vamos a poner una silla cómoda. Y le vamos a traer un refresco bien frío. Y nadie, escúcheme bien, nadie la va a molestar. ¿Entendido?
El Director parpadeó. Yo soy solo el jefe de seguridad, un empleado de nivel medio. Pero algo en mi voz, o quizás en la mirada de Margarita, lo hizo asentir.
—Está bien, Carlos. Llévala. Que entre por el acceso VIP.
Le ofrecí mi brazo a Margarita. Ella se levantó, se sacudió las migajas de pan del vestido y se enderezó. A pesar de su estatura, en ese momento se veía gigante.
—Vamos, Carlos. No hagamos esperar al niño.
Caminamos hacia la entrada del zoológico. Atrás dejábamos el caos, las sirenas, el miedo. Adelante, nos esperaba el reencuentro más esperado de la década. Y yo, el rudo jefe de seguridad, el que no lloraba ni con las películas de Pedro Infante, sentía que se me hacía un nudo en la garganta que no me dejaba respirar.
Porque sabía que esta historia apenas comenzaba. Y sabía que lo que venía iba a ser hermoso y doloroso a la vez.
CAPÍTULO 4: LA REINA DE CHAPULTEPEC
El silencio que sigue a una catástrofe evitada es extraño. No es un silencio de paz, es un silencio eléctrico, vibrante, lleno de murmullos y clics de cámaras.
Después de que metimos a Atlas en el camión y lo llevamos de regreso a su recinto de seguridad, el zoológico se convirtió en un manicomio. Si pensaba que el escape del león había sido caótico, la llegada de la prensa fue peor.
Afuera de las rejas principales, sobre Paseo de la Reforma, había más camionetas de satélite que en una visita presidencial. Reporteros de Televisa, TV Azteca, CNN, y hasta youtubers con sus aros de luz portátiles se empujaban para conseguir la mejor toma de… bueno, de nada, porque ya todo había pasado.
Yo estaba en la oficina de seguridad, viendo los monitores. Doña Margarita estaba sentada en un sillón de piel sintética que rechinaba cada vez que respiraba, con una botella de agua en la mano y la mirada perdida en un cuadro genérico de cebras que colgaba en la pared.
—¿Está bien, Doña Mago? —le pregunté, acercándole un paquete de galletas Marías que saqué de mi cajón de emergencias.
Ella sonrió, esa sonrisa cansada pero dulce que ya empezaba a dolerme en el pecho de pura ternura.
—Estoy bien, hijo. Nomás un poco aturdida. Nunca había visto tantas luces juntas. Ni en la feria de mi pueblo.
En ese momento, la puerta se abrió de golpe. Entró el Licenciado Méndez, el director de Relaciones Públicas del zoológico. Un tipo joven, con traje demasiado ajustado y peinado con tanto gel que parecía casco. Venía hablando por dos celulares a la vez.
—¡Sí, sí, te digo que tenemos la exclusiva! ¡No, no mordió a nadie! ¡Es una historia de amor, güey, vende más que la sangre! —colgó uno de los teléfonos y nos miró con ojos brillantes de codicia—. ¡Doña Margarita! ¡Es usted una estrella! ¡El video de usted con el león tiene diez millones de vistas en TikTok en una hora! ¡Es tendencia mundial! #LaAbuelaDelLeon, #AtlasYMago, #MilagroMexicano.
Margarita frunció el ceño.
—¿Tic qué? Yo no tengo de eso, joven.
—No importa, no importa. Mire, allá afuera está Adela Micha, está Loret, quieren entrevistarla. Tenemos que maquillarla un poco, ponerle un micrófono…
Me levanté de mi silla y me interpuse entre el Licenciado y la abuela.
—Licenciado, con todo respeto, la señora acaba de parar a un león de 250 kilos con sus propias manos. Tiene ochenta años. No va a dar entrevistas hoy.
—¡Pero Carlos, estás loco! ¡Es el momento! ¡El timing es oro! Si no salimos hoy, mañana ya es noticia vieja.
—Pues será noticia vieja —dije, cruzándome de brazos—. Doña Margarita se va a su casa a descansar. Y si usted quiere que ella vuelva a ver a Atlas mañana, más le vale que le consiga un Uber Black y la mande con escolta para que nadie la moleste.
El Licenciado Méndez me miró como si le hubiera escupido en el zapato, pero luego miró a Margarita, que se veía pálida y frágil en ese sillón enorme.
—Está bien, está bien. Pero mañana… mañana hacemos la rueda de prensa. ¿Trato?
Margarita asintió levemente, solo para que la dejaran en paz.
—Mañana, joven. Pero primero quiero ver a mi niño. ¿Ya está tranquilo?
—Sí, señora —intervine yo—. El veterinario dice que se comió cinco pollos enteros y se quedó dormido como tronco. Está feliz. Está en casa.
Esa noche, escolté a Margarita hasta su casa en una patrulla de seguridad privada del zoológico. Vivía en una colonia modesta, en una vecindad de esas antiguas con un patio central lleno de macetas y ropa tendida.
—Gracias, Carlitos —me dijo al bajar—. Eres un ángel.
—No, Doña Mago. El ángel es usted. Descanse. Mañana paso por usted a las nueve.
No dormí esa noche. Me la pasé viendo los videos en mi celular. Era impresionante. Desde el ángulo tembloroso de un celular, se veía el momento exacto: el león corriendo, la gente gritando, y luego… la calma. El abrazo. Los comentarios en redes sociales eran una locura. Gente llorando, gente diciendo que era fake, gente diciendo que era un milagro de la Virgen de Guadalupe.
Al día siguiente, el zoológico amaneció sitiado. Había gente acampando desde la madrugada para entrar. Todos querían ver a Atlas. Todos querían ver a “La Abuela”.
Llegué por Margarita temprano. Se había puesto su mejor vestido, uno azul marino con flores blancas, y se había peinado el cabello blanco en un chongo impecable.
—¿Lista para la fama, Doña Mago?
—Lista para ver a mi muchacho, Carlos. Lo demás me sobra.
Entramos por la puerta de servicio para evitar a la multitud. La llevé directamente al recinto de los felinos. Habíamos acordonado una zona especial frente al cristal principal, con vallas de seguridad y guardias, para que nadie se le acercara.
Cuando llegamos, Atlas estaba acostado en una roca artificial al fondo del recinto, dándole la espalda al público. Se veía aburrido. Ignoraba los gritos de “¡Atlas, voltea!” que le lanzaban los cientos de visitantes pegados al vidrio.
Margarita caminó hacia el cristal. Se apoyó en su bastón.
—¡Pst! ¡Pst! —hizo ese sonido que hacen las abuelas para llamar a los gatos—. ¡Oye tú, flojo!
Fue instantáneo.
Las orejas de Atlas giraron como radares. Se levantó de un salto, con una agilidad que no había mostrado en años. Giró la cabeza. La vio.
Y corrió.
Corrió hacia el cristal con tanta fuerza que la gente de atrás gritó asustada, pensando que iba a romper el vidrio. Pero Atlas frenó en seco a centímetros del panel blindado.
Se alzó sobre sus patas traseras, apoyando las delanteras en el cristal, quedando parado en toda su inmensa estatura. Era más alto que Margarita por mucho.
Ella no se inmutó. Levantó su mano y la puso sobre el vidrio, justo donde estaba la pata gigantesca del león.
—Hola, mi amor. Ya llegué. Te dije que no te iba a dejar.
Atlas bajó a cuatro patas y empezó a frotarse contra el vidrio, ronroneando. El sonido se escuchaba incluso a través del blindaje, una vibración sorda.
La multitud guardó silencio. Todos sacaron sus celulares. Pero nadie gritaba. Era un momento sagrado.
El Licenciado Méndez apareció a mi lado, frotándose las manos.
—Esto es oro molido, Carlos. Oro molido. Vamos a vender peluches de Atlas y Margarita. Vamos a hacer tazas.
—Cállese, Méndez —le susurré—. Tenga un poco de respeto.
Durante las siguientes semanas, la vida de Margarita y Atlas se convirtió en la atracción principal de la Ciudad de México.
El zoológico le cumplió la promesa. Instalaron una especie de palco VIP para ella: una silla reposet muy cómoda, con un toldo para el sol, una mesita para su agua y sus cosas, justo pegada al vidrio, en una esquina donde la gente podía verla pero no tocarla.
Margarita llegaba todos los días a las diez en punto.
Atlas, que antes era un león nocturno y dormilón, ahora la esperaba despierto desde las nueve.
Se sentaban juntos, separados por cinco centímetros de cristal irrompible, pero unidos por algo mucho más fuerte.
—Le leo las noticias —me contó un día Margarita, mientras yo hacía mi ronda—. Le gusta que le lea la sección de deportes. Dice que le va a los Pumas, claro.
Yo me reía.
—¿Y qué opina de la política?
—Ah, no, eso le aburre. Cuando empiezo a leer de los diputados, se da la media vuelta y me enseña la cola. Es muy sabio mi niño.
La conexión entre ellos era palpable. Si Margarita se levantaba para ir al baño, Atlas se quedaba mirando la puerta por donde ella salía, inmóvil, hasta que regresaba. Si Atlas se quedaba dormido, Margarita tejía en silencio, velando su sueño como si fuera un bebé en la cuna.
Pero la fama tiene un precio.
La gente empezó a ser… intensa.
Llegaban personas enfermas pidiéndole a Margarita que las tocara, como si fuera una santa.
—Señora, mi hijo tiene asma, ¿puede pedirle al león que lo cure?
—Señora, ¿me da los números de la lotería?
Margarita se agobiaba.
—Yo no soy santa, ni bruja, ni nada —me decía, angustiada—. Soy una vieja que quiere a su gato. ¿Por qué no entienden?
Un día, un influencer idiota saltó la valla de seguridad. Quería una selfie con Margarita.
—¡Abuelita, una foto pal Insta! —gritó, poniéndole el teléfono en la cara.
Margarita se asustó y soltó su tejido.
En ese instante, Atlas, que estaba acostado tranquilo del otro lado del vidrio, se transformó.
Se lanzó contra el cristal con un rugido que hizo temblar el suelo. ¡ROAAARRRR!
Golpeó el vidrio con ambas patas, justo a la altura de la cabeza del influencer. El chico se cayó de espaldas, pálido del susto, y se orinó en los pantalones (literalmente, tuvimos que llamar a limpieza).
Atlas estaba furioso. Tenía los ojos inyectados en sangre, la boca abierta mostrando los colmillos, babeando de rabia. No dejaba de golpear el vidrio, queriendo atravesarlo para despedazar al intruso que había osado asustar a su humana.
Margarita, recuperándose del susto, se acercó al vidrio.
—¡Atlas! ¡No! ¡Quieto! —le gritó con autoridad.
El león se detuvo en seco. La miró, respirando agitadamente.
—Ya pasó, mi niño. Estoy bien. Ese muchacho es un tonto, pero ya se va. Siéntate.
Y Atlas, el monstruo que segundos antes quería matar, se sentó. Gruñendo por lo bajo, pero obedeció.
El influencer fue sacado por seguridad (por mí, personalmente, y confieso que lo empujé un poco más fuerte de lo necesario hacia la salida).
Ese incidente cambió las cosas. El zoológico entendió que no era un show de circo. Era una relación real, profunda y protectora. Reforzaron la seguridad. Pusieron vidrios opacos a los lados para darle privacidad a Margarita.
Y así pasaron los meses.
Fue la época dorada.
El zoológico recaudó tanto dinero con las entradas y las donaciones internacionales que pudieron remodelar todo el recinto de los felinos. Le pusieron cascadas, rocas calientes, pasto nuevo. Atlas vivía como rey. Y Margarita era la reina madre.
Yo los observaba mucho. Me gustaba sentarme lejos, con mis binoculares, y ver sus interacciones sutiles.
Vi cómo Atlas le “hablaba”. Hacía sonidos suaves, prrruts y maullidos cortos. Margarita le contestaba.
—¿Ah, sí? ¿Te duele la panza? Eso te pasa por comer tan rápido, glotón.
Vi cómo jugaban. Margarita ponía su mano en el vidrio y la movía despacio. Atlas la seguía con la nariz, bizqueando los ojos.
Vi el amor en su estado más puro. Sin condiciones. Sin palabras. Sin pedir nada a cambio más que la presencia del otro.
Pero también empecé a ver otra cosa.
Margarita se estaba cansando.
Al principio caminaba erguida. A los seis meses, su paso era más lento. Empezó a usar el bastón más para apoyarse que por costumbre. Se quedaba dormida en su silla más seguido.
Y Atlas lo notaba.
Cuando ella se dormía, él no se movía. Se acostaba pegado al vidrio, con la mirada fija en el pecho de ella, vigilando que subiera y bajara. Si ella tosía, él levantaba las orejas, preocupado.
Un día de invierno, llovía frío en la ciudad.
Margarita llegó tosiendo feo. Se veía gris, ojerosa.
—Doña Mago, no debió venir hoy —le dije—. Hace mucho frío.
—Si no vengo, él me espera, Carlos. Y se pone triste. No me gusta que esté triste.
Se sentó en su silla, envuelta en tres cobijas. Atlas se acostó del otro lado, hecho un ovillo lo más cerca posible de ella, como tratando de pasarle calor a través del cristal térmico.
Estuvieron así dos horas, en silencio, mirando la lluvia caer sobre las piedras falsas del recinto.
Al despedirse ese día, Margarita hizo algo raro.
En lugar de decirle “hasta mañana, mi niño”, como siempre, puso la mano en el vidrio, lo miró largo rato a los ojos y susurró:
—Te quiero mucho, Atlas. Nunca olvides que te quiero mucho. Y que eres un buen chico. El mejor chico del mundo.
Atlas gimió. Un sonido lastimero, bajo.
Ella se dio la vuelta y caminó hacia la salida, apoyándose pesadamente en mi brazo.
—¿Está bien, Doña Mago?
—Sí, Carlitos. Nomás estoy cansada. Muy cansada.
La subí al taxi. La vi alejarse bajo la lluvia gris de la tarde.
Sentí un presentimiento horrible, ese mismo presentimiento que tuve el día que Atlas se escapó, pero diferente. Más triste. Más definitivo.
Regresé al recinto. Atlas seguía ahí, pegado al vidrio, mirando hacia el camino por donde ella se había ido.
—Ya se fue, amigo. Mañana viene —le dije, tratando de sonar animado.
Atlas me miró. Y en sus ojos vi que él sabía algo que yo no quería aceptar.
No se movió de ahí en toda la noche. Los guardias del turno nocturno me dijeron que se la pasó aullando bajito, un canto fúnebre que se mezclaba con el viento.
Y así terminó el capítulo de la felicidad. Y empezó el último capítulo. El más difícil.
CAPÍTULO 5: EL ÚLTIMO RUGIDO Y EL JARDÍN ETERNO
Aquel martes amaneció con ese cielo gris plomizo que a veces cubre a la Ciudad de México, como si la contaminación y la tristeza se hubieran puesto de acuerdo. Hacía frío, un frío húmedo que calaba hasta los huesos.
Llegué al zoológico a las siete de la mañana, como siempre, pero el ambiente se sentía pesado. Los animales estaban inquietos. Los monos aulladores gritaban más de la cuenta, las jirafas daban vueltas nerviosas en sus corrales. Dicen que los animales presienten cosas que nosotros, con toda nuestra tecnología y soberbia, no podemos ver. Ese día, lo confirmé.
Fui directo al recinto de los felinos. Atlas no estaba en su cueva, donde solía dormir hasta tarde en días fríos. Estaba pegado al cristal, en el punto exacto donde se encontraba la silla vacía de Margarita. Estaba sentado, estático, como una esfinge de piedra dorada. Sus ojos ámbar estaban fijos en el camino de acceso, sin parpadear.
—Buenos días, grandullón —le saludé, tratando de sonar alegre—. ¿Esperando a la jefa? Todavía falta un rato, eh.
Atlas no giró la cabeza. Ni siquiera movió una oreja. Me ignoró por completo, manteniendo su vigilia silenciosa.
A las nueve y media, mi radio sonó.
—Capi, te buscan en la entrada principal. Es… es la nieta de la señora Margarita.
Sentí que el piso se me abría. Un frío me recorrió la espalda, más helado que el viento de afuera. No subí a la moto; caminé. Caminé lento, queriendo retrasar lo inevitable.
Lupita, la nieta, estaba parada junto a la taquilla cerrada. Tenía los ojos hinchados, rojos como brasas, y sostenía un pañuelo arrugado en la mano. Cuando me vio, se soltó a llorar otra vez. No hizo falta que me dijera nada. La abracé. Un abrazo torpe, de esos que damos los hombres que no sabemos qué hacer con el dolor ajeno.
—Se fue anoche, Capi —sollozó ella contra mi uniforme—. Se quedó dormidita en su sillón, con la tele prendida. No sufrió. Los paramédicos dijeron que su corazón simplemente se paró. Estaba cansada.
—Lo siento mucho, Lupita. Lo siento en el alma.
—Ella… ella dejó esto para usted. —Me entregó un sobre de papel manila, viejo y doblado—. Y me dijo que, por favor, le avisara a él. Que no dejara que él pensara que ella lo había olvidado.
—¿Avisarle a él? —pregunté, sintiendo un nudo en la garganta.
—A Atlas. Dijo: “Dile a Carlos que hable con él. Él va a entender”.
Regresar al recinto fue la caminata más difícil de mi vida. ¿Cómo se le dice a un león que su madre ha muerto? ¿Cómo se le explica la muerte a un ser que es pura vida instintiva?
Llegué. Atlas seguía ahí. Eran las diez y cuarto. La hora de Margarita ya había pasado. Él estaba inquieto ahora. Se levantaba, daba dos pasos, volvía a sentarse. Arañaba suavemente el cristal. Emitía esos prrruts de interrogación. ¿Dónde estás? ¿Por qué tardas?
Me acerqué al vidrio. Me senté en la silla de Margarita.
Atlas se detuvo en seco. Me miró con hostilidad. Tú no eres ella. Quítate.
Me gruñó bajito, enseñándome los dientes.
—No, amigo. Ella no va a venir —le dije, y mi voz se quebró. Las lágrimas empezaron a correr por mi cara sin que pudiera detenerlas—. Se fue, Atlas. La abuela se fue al cielo de los leones.
Atlas se quedó inmóvil. Me miró fijamente a los ojos. Dicen que los animales no entienden palabras, pero entienden tonos, entienden energía. Y en ese momento, yo era pura tristeza.
Me quité la gorra. Puse mi mano en el cristal.
—Lo siento, carnal. Lo siento mucho.
Atlas olfateó el aire a través de la rendija de ventilación. Seguramente olió mis feromonas de angustia. O quizás, simplemente lo supo.
Su postura cambió. Los hombros se le cayeron. La cabeza, siempre altiva, bajó hasta tocar el suelo.
Soltó un sonido que nunca olvidaré. No fue un rugido. Fue un aullido largo, roto, agónico. Un Uuuuuu-aaagh que resonó en todo el parque, haciendo volar a las palomas y callando a los monos.
Se dio la media vuelta. Caminó arrastrando las patas hacia el fondo de su recinto, hacia la cueva más oscura. Se metió ahí y no volvió a salir.
Los siguientes días fueron de luto nacional. La noticia voló. “Murió la Abuela del León”. La gente trajo flores. Miles de flores. Llenaron la entrada del zoológico con coronas, veladoras, dibujos de niños, peluches de leones. El zoológico puso un moño negro gigante en la jaula de Atlas.
Pero Atlas se estaba muriendo también.
Dejó de comer. Los cuidadores le aventaban sus cortes de carne favoritos: costillas de res, pollos enteros. Se pudrían al sol. Él ni los olía.
Solo bebía agua, y poca. Se pasaba el día entero dentro de la cueva, hecho un ovillo, mirando hacia la pared de piedra. Estaba deprimido. Una depresión profunda, clínica, letal.
El veterinario estaba preocupado.
—Si no come para el fin de semana, vamos a tener que sedarlo y ponerle suero intravenoso. Pero eso es muy arriesgado a su edad. Se está dejando morir, Carlos.
Yo estaba desesperado. Iba todos los días, me sentaba frente a la cueva (aunque no podía verme desde afuera) y le hablaba. Le leía el periódico, como hacía ella. Le ponía grabaciones de la voz de Margarita que había sacado de los videos de TikTok.
Cuando escuchaba la voz, Atlas levantaba la cabeza en la oscuridad. Sus ojos brillaban un momento. Pero luego, al ver que no había nadie, volvía a caer, peor que antes.
—No funciona —le dije a Lupita por teléfono—. La extraña demasiado.
Entonces, Lupita me dijo algo clave.
—Capi, en el sobre que le di… ¿ya lo leyó? Ahí viene algo. La abuela dejó algo para él.
Busqué el sobre que había dejado olvidado en mi casillero. Lo abrí con manos temblorosas.
Había una carta escrita con letra temblorosa, llena de faltas de ortografía pero llena de amor. Y había algo más. Un pedazo de tela.
Era su rebozo. El rebozo gris que usaba siempre. Ese que olía a ella, a jabón de ropa, a mentol para las reumas, a ella.
—”Carlos”, decía la carta. “Si estás leyendo esto es que ya colgué los tenis. No llores, mijo, que tuve una vida buena. Te encargo a mi niño. Sé que se va a poner triste. Cuando eso pase, dale mi rebozo. Dile que es su cobijita de seguridad, como cuando era chiquito. Y dile que no sea berrinchudo y que coma”.
Corrí al recinto. Llamé al veterinario.
—Necesito entrar —le dije.
—¿Estás loco? Es un león hambriento y estresado. Te va a matar.
—No me va a matar. Necesito darle esto. Es la única cura.
Discutimos diez minutos. Al final, accedió a dejarme entrar a la zona de seguridad, la antecámara de rejas, y aventar el rebozo desde ahí.
Entré. El olor a animal encerrado era fuerte.
—¡Atlas! —llamé.
Nada. Silencio en la cueva.
—¡Atlas! ¡Mira lo que te mandó la abuela!
Tiré el rebozo con fuerza. Cayó cerca de la entrada de la cueva.
Pasó un minuto. Dos.
De repente, una nariz negra asomó por la oscuridad. Olfateó.
El efecto fue eléctrico.
Atlas salió de la cueva, tambaleándose un poco por la debilidad. Fue directo al rebozo. Lo olió con desesperación, aspirando el aroma como si fuera oxígeno puro.
Se echó sobre la tela. La abrazó con sus patas delanteras. Empezó a lamerla, frotando su cara contra la lana áspera. Y empezó a ronronear. Débilmente al principio, luego más fuerte.
Ese olor era ella. Ella estaba ahí, de alguna forma.
Me quedé viéndolo, llorando en silencio.
—Come, cabrón —le susurré—. Hazle caso a tu mamá. Come.
Esa tarde, Atlas comió medio pollo. Al día siguiente, se acabó todo el banquete.
Poco a poco, Atlas volvió a la vida. Nunca volvió a ser el mismo león joven y juguetón, claro. Se volvió más serio, más contemplativo. Pero sobrevivió.
Pasaron dos años más.
Atlas murió de causas naturales una noche de verano, dormido sobre el rebozo de Margarita, que ya era solo girones de tela pero que él nunca permitió que le quitaran.
El zoológico, usando la herencia que dejó Margarita (que resultó ser más de lo que pensábamos, porque la señora había ahorrado cada centavo bajo el colchón), construyó un jardín memorial justo frente al recinto.
Hoy, si vas a Chapultepec, verás la estatua.
Es de bronce, tamaño real.
Margarita está sentada en su banca, con esa sonrisa eterna. Atlas está a sus pies, con la cabeza en su regazo, tranquilo, protegido.
La gente pasa y le deja flores a la estatua. Los niños le soban la nariz al león de bronce para la buena suerte. Las abuelitas se persignan frente a Margarita.
Yo ya me jubilé. Mis rodillas ya no aguantan las rondas. Pero cada domingo voy al zoológico. Me siento en una banca frente a la estatua, me compro un Bonice de limón y me quedo ahí un rato.
A veces, cuando el sol cae y la luz se pone dorada, juro que los veo. No a la estatua, sino a ellos. Veo el brillo de un vestido de flores y el destello de una melena oscura entre los árboles. Y escucho, muy bajito, entre el ruido de la ciudad, un ronroneo que suena como el motor de la tierra, diciéndome que el amor, el verdadero amor, es la única cosa en este maldito mundo que ni la muerte puede matar.
—Descansen, par de locos —murmuro, tirando el palito del Bonice a la basura—. Nos vemos luego.
Y me voy caminando despacio, sabiendo que en ese pedacito de la Ciudad de México, el león y su abuela siguen juntos, cuidándose mutuamente, por siempre y para siempre.
FIN