
CAPÍTULO 1: EL ÚLTIMO ADIÓS BAJO LA TORMENTA
El cielo sobre el Panteón Francés de la Ciudad de México no solo estaba gris; estaba herido. Nubes negras, densas y pesadas como el plomo, se arremolinaban sobre las copas de los árboles antiguos, amenazando con dejar caer un diluvio que lavaría los pecados de los presentes, o quizás, solo ahogaría un poco más a quienes ya no podían respirar.
Valeria Ramírez de Villalobos sentía que el aire le faltaba. No era solo por el peso de su vientre de siete meses, que tensaba la tela de su vestido negro de maternidad, ni por la humedad asfixiante que precedía a la tormenta. Era el peso de la soledad absoluta. Estaba parada al borde de la fosa abierta, un rectángulo oscuro y hambriento en la tierra mojada, observando el ataúd de caoba barnizada descender lentamente mediante un sistema de poleas silenciosas.
—Adiós, mi amor —susurró, tan bajo que ni siquiera ella estaba segura de haber pronunciado las palabras. Su voz se quebró en la última sílaba, atrapada en un nudo de angustia que llevaba días instalado en su garganta.
A su lado, Santiago, su hijo de diez años, se aferraba a su mano con una fuerza desesperada. Los nudillos del niño estaban blancos. Llevaba un trajecito negro que le quedaba un poco corto de las mangas, un recordatorio cruel de lo rápido que crecían los niños y de cómo el tiempo seguía avanzando implacable, incluso cuando el mundo de uno se había detenido por completo. Santiago no lloraba. Tenía los ojos muy abiertos, fijos en la caja de madera, con esa expresión de incomprensión aterrada que tienen los niños cuando la muerte deja de ser un concepto abstracto y se convierte en una silla vacía en la mesa.
Valeria apretó la mano de su hijo, tratando de transmitirle una seguridad que ella misma no sentía. Quería decirle que todo estaría bien, que papá estaba en un lugar mejor, todas esas frases hechas que la gente dice en los velorios. Pero no podía mentirle. No ahora. No cuando sentía las miradas de los demás clavadas en su nuca como dagas heladas.
El panteón estaba lleno. Roberto Villalobos era —había sido— un hombre querido, o al menos, un hombre conocido. Había docenas de personas alrededor de la tumba: socios comerciales, amigos del club deportivo, conocidos de la alta sociedad que asistían a los funerales más como un evento social que como un acto de duelo. El negro de sus ropas era impecable, de marcas de diseñador, y sus zapatos de piel brillaban a pesar del lodo que empezaba a formarse en los caminos.
Pero había un vacío físico y emocional alrededor de Valeria. Nadie estaba parado a menos de dos metros de ella. Era como si la desgracia fuera contagiosa, o peor aún, como si ella fuera una intrusa que se había colado en una fiesta privada a la que no había sido invitada.
Del otro lado de la tumba, formando una barrera impenetrable de poder y desprecio, estaban ellos: los Villalobos.
Don Humberto Villalobos, el patriarca, permanecía erguido como una estatua de mármol. Su rostro, surcado por arrugas profundas que más parecían grietas en una roca, no mostraba dolor, sino una ira contenida. Sus ojos oscuros no miraban el ataúd de su hijo; miraban a Valeria. La miraban con esa mezcla de decepción y asco que nunca se había molestado en ocultar desde el día en que Roberto la llevó a casa por primera vez, hacía doce años.
A su lado, Doña Griselda, la madre de Roberto, sollozaba discretamente en un pañuelo de encaje. Pero incluso en su dolor, había teatralidad. Se apoyaba dramáticamente en el brazo de su hija, Claudia, como si estuviera a punto de desmayarse, aunque Valeria sabía que esa mujer tenía la constitución de un roble. Griselda nunca había perdonado a Valeria por “robarle” a su hijo favorito, por ser la hija de una costurera y un mecánico, por no tener un apellido compuesto ni propiedades en Las Lomas.
Y luego estaba Claudia. La cuñada. Llevaba unas gafas de sol enormes que cubrían la mitad de su rostro, pero Valeria podía sentir su mirada evaluadora detrás de los lentes oscuros. Claudia estaba revisando su teléfono disimuladamente, tecleando algo rápido con sus uñas perfectamente manicuradas. Probablemente estaba organizando el brunch posterior al funeral o quejándose en algún grupo de chat sobre lo mucho que tardaba la ceremonia.
El viento sopló más fuerte, levantando las hojas secas y arrojándolas dentro de la fosa, sobre la madera pulida del ataúd. Un trueno retumbó a lo lejos, profundo y grave, como el gruñido de una bestia despertando.
—Es una verdadera tragedia —escuchó Valeria a su izquierda. Era la voz de la señora Montemayor, una amiga íntima de su suegra—. Tan joven, tan brillante. Tenía todo el futuro por delante.
—Sí, pobre Humberto, perder a su único hijo varón —respondió otra voz, un susurro sibilante que cortó el aire húmedo—. Y dejar el negocio en el limbo… aunque supongo que ahora volverá a manos capaces. No creo que ella tenga idea de cómo manejar un imperio floral.
—Por favor, Martha —resopló la primera mujer, bajando la voz pero no lo suficiente—. Esa mujer no sabe distinguir una orquídea de un clavel. Roberto era el genio. Ella solo era… bueno, ya sabes. La asistente que tuvo suerte. Dicen que los Villalobos van a impugnar todo. No van a dejar que el patrimonio familiar termine en manos de una “trepadora”.
Valeria sintió que la sangre se le subía a la cara, caliente y punzante. Quiso girarse y gritarles. Quiso decirles que ella había diseñado la colección de primavera que había salvado a la empresa de la quiebra hace tres años. Quiso gritarles que mientras Roberto viajaba cerrando tratos, era ella quien se quedaba hasta las tres de la mañana revisando inventarios, negociando con los proveedores de Xochimilco y asegurándose de que cada flor fuera perfecta. Quiso decirles que Roberto y ella eran un equipo, que él la amaba por su inteligencia y su coraje, no a pesar de su origen.
Pero no dijo nada. Se mordió el labio inferior hasta sentir el sabor metálico de la sangre. Roberto siempre le había dicho: “Val, mi amor, no escuches el ruido. Nosotros sabemos lo que construimos. Deja que hablen. El éxito hace mucho ruido, pero el trabajo duro es silencioso”.
Ahora, el silencio de Roberto era definitivo. Y el ruido de ellos era ensordecedor.
El sacerdote, un hombre joven que claramente no conocía al difunto y leía un discurso genérico sobre la resurrección y la vida eterna, finalmente terminó sus oraciones. Hizo la señal de la cruz y arrojó el primer puño de tierra sobre el ataúd. El sonido de la tierra golpeando la madera fue seco, brutal. Toc. Toc. Toc. Como alguien tocando a una puerta que nunca más se abriría.
—Polvo eres y en polvo te convertirás —murmuró el sacerdote.
Valeria avanzó un paso. Era su turno. Se agachó con dificultad debido a su embarazo, sus rodillas crujieron. Tomó un puño de tierra húmeda y fría. La sintió pegajosa en su palma, real y terrible. Miró hacia abajo, al ataúd que ya empezaba a cubrirse de sombras.
—Te prometo que cuidaré de ellos —susurró, una promesa feroz dirigida al hombre que yacía allí—. Te prometo que no dejaré que nos destruyan. No sé cómo, Roberto, no sé cómo… pero lo haré.
Dejó caer la tierra. Shhh. El sonido fue más suave esta vez, como un suspiro.
Santiago hizo lo mismo, arrojando una rosa blanca que había estado estrujando en su mano hasta marchitarla.
—Adiós, papá —dijo el niño, con la voz rota. Y entonces, finalmente, empezó a llorar. Un llanto silencioso, sacudiendo sus hombros delgados.
Valeria lo abrazó de costado, protegiéndolo con su cuerpo, sintiendo las patadas de su bebé en el vientre, como si la vida misma protestara contra tanta muerte.
Cuando se enderezaron, la lluvia comenzó. Primero fueron gotas aisladas, gordas y frías, que golpeaban como piedras. Luego, en cuestión de segundos, el cielo se abrió. Un aguacero torrencial cayó sobre el cementerio, empapando a todos al instante.
Los paraguas negros se abrieron como hongos venenosos brotando por todas partes. La multitud comenzó a dispersarse rápidamente, corriendo hacia sus autos de lujo estacionados en la entrada, murmurando quejas sobre el clima y sus zapatos caros.
Valeria no tenía paraguas. Lo había olvidado en el taxi, aturdida por el dolor al llegar. El agua empapó su cabello en segundos, pegando la ropa a su cuerpo, calando hasta los huesos. El frío era intenso, pero apenas lo notaba. Estaba entumecida.
Vio que Don Humberto y su familia permanecían bajo una carpa elegante que los empleados de la funeraria habían montado exclusivamente para ellos. Estaban secos, impolutos. Un chofer sostenía un paraguas gigante sobre la cabeza de Claudia mientras ella ayudaba a su madre a caminar hacia la limusina.
Don Humberto se detuvo antes de subir al auto. Giró la cabeza y miró a Valeria, que estaba parada bajo la lluvia, abrazando a su hijo, completamente empapada. Por un segundo, sus miradas se cruzaron. Valeria esperó ver un destello de humanidad, una oferta de llevarlos, o al menos un gesto de lástima por su nieto.
Pero no hubo nada. Don Humberto la miró como se mira a un perro callejero que estorba en la banqueta. Hizo una mueca de disgusto, se acomodó la solapa de su abrigo de lana italiana y subió al auto. La puerta se cerró con un golpe sordo, hermético, aislándolos del mundo, de la lluvia y de ella.
—Vámonos, mamá —dijo Santiago, tirando de su mano, tiritando de frío—. Por favor.
Valeria asintió, apartándose el cabello mojado de la cara.
—Sí, mi amor. Vamos.
Caminaron hacia la salida del panteón. No tenían auto. Roberto había vendido su coche personal dos meses antes para inyectar capital al negocio, confiado en que un contrato grande con una cadena hotelera se cerraría pronto. Ese contrato nunca se firmó; Roberto sufrió el infarto una semana antes de la reunión final. Ahora, Valeria dependía de taxis o aplicaciones, pero en medio de esta tormenta y en esta zona de la ciudad, conseguir uno sería imposible.
Justo cuando cruzaban el portón de hierro forjado, un auto negro se detuvo junto a ellos. La ventanilla trasera bajó unos centímetros. Era el abogado de la familia, el Licenciado Pineda.
—Señora Valeria —dijo, sin mirarla a los ojos, con la vista fija en sus propios papeles en el asiento—. El señor Villalobos ha solicitado que la lectura del testamento se realice de inmediato. Hoy mismo. En mi oficina.
Valeria parpadeó, el agua escurriendo por sus pestañas.
—¿Hoy? Licenciado, acabamos de enterrarlo. Estoy empapada, mi hijo tiene frío… ¿No podemos esperar a mañana?
Pineda suspiró, como si hablar con ella fuera una gran molestia.
—Son instrucciones directas del Señor Humberto. Él y su familia ya van en camino. Si usted no está presente en cuarenta y cinco minutos, se procederá conforme a las cláusulas de ausencia, lo cual podría complicar… su situación. Le sugiero que encuentre la manera de llegar.
La ventanilla subió antes de que ella pudiera responder. El auto aceleró, salpicando agua sucia de un charco sobre las piernas de Valeria.
Ella se quedó allí, temblando de rabia e impotencia. “Cuarenta y cinco minutos”. Querían romperla. Querían que llegara humillada, sucia, mojada y agotada. Querían que firmara cualquier cosa con tal de irse a casa.
Valeria miró a Santiago. El niño tenía los labios morados.
—Escúchame bien, Santi —dijo ella, agachándose para mirarlo a los ojos, ignorando la lluvia que le golpeaba la espalda—. Vamos a ir a esa oficina. Y vamos a mantener la cabeza alta. No importa que estemos mojados. No importa que tengamos frío. Somos la familia de tu papá. Y no vamos a dejar que nos vean llorar más. ¿Entendido?
Santiago asintió, sorbiendo por la nariz.
—Sí, mamá.
Valeria se quitó el abrigo empapado y se lo puso a él sobre los hombros.
—Vamos a caminar hasta la avenida. Ahí encontraremos un taxi.
Caminaron diez cuadras bajo el diluvio. Cada paso era una batalla. El vientre le pesaba como una piedra, y los zapatos le lastimaban los pies hinchados. Pero una extraña fuerza empezaba a nacer en su interior, un calor que no venía de la temperatura, sino de la indignación. Recordó todas las veces que su suegra la había mirado por encima del hombro en las cenas de Navidad. Recordó las risitas de sus cuñadas cuando ella llevaba un vestido que no era de marca. Recordó cómo Roberto le apretaba la mano debajo de la mesa, dándole fuerzas.
Roberto ya no estaba para apretarle la mano. Ahora ella tenía que ser la fuerza.
Finalmente, un taxi destartalo se detuvo. El conductor, un señor mayor con bigote amable, los miró por el retrovisor con preocupación.
—¡Santo cielo, señora! Están hechos una sopa. Suban, suban, pongan la calefacción.
—Gracias, señor. A las oficinas corporativas en Polanco, por favor. Y rápido.
El trayecto fue silencioso. Valeria intentó secar a Santiago con unos pañuelos de papel que traía en la bolsa, pero era inútil. Llegarían a la lectura del testamento pareciendo náufragos.
“Que miren”, pensó Valeria, apretando los dientes mientras veía la ciudad gris pasar por la ventana empañada. “Que miren bien. Porque lo que van a ver hoy es lo último que verán de la vieja Valeria. Si quieren guerra, guerra tendrán”.
El taxi se detuvo frente al imponente edificio de cristal donde estaba el despacho del Licenciado Pineda. Valeria pagó con los últimos billetes que tenía en la cartera. No sabía qué pasaría ahí arriba. Confiaba en Roberto, pero sabía que los Villalobos eran capaces de cualquier cosa. Tenían dinero, influencias y abogados que cobraban por hora lo que ella ganaba en un mes.
Tomó la mano de Santiago y entraron al lobby. El aire acondicionado estaba a tope, helado. El guardia de seguridad los miró con sospecha, a punto de detenerlos por su aspecto, hasta que Valeria alzó la barbilla y dijo con voz firme:
—Vengo a la lectura del testamento de mi esposo, Roberto Villalobos. Me esperan en el piso 12.
El guardia titubeó, pero se hizo a un lado.
El elevador subió rápido, haciéndole sentir un vacío en el estómago. Piso 5… Piso 8… Piso 12. Las puertas se abrieron.
La recepción era lujo puro: madera de caoba, alfombras persas, arte moderno en las paredes. Y ahí estaban ellos. Secos. Cómodos. Bebiendo café espresso en tazas de porcelana.
Don Humberto, Doña Griselda y Claudia.
Cuando Valeria y Santiago entraron, dejando un rastro de agua en la alfombra inmaculada, las conversaciones se detuvieron. Claudia soltó una risita burlona y susurró algo al oído de su madre. Doña Griselda arrugó la nariz como si oliera algo podrido.
—Llegas tarde —dijo Don Humberto, mirando su reloj de oro—. Y en un estado lamentable. Típico.
Valeria no se disculpó. No bajó la mirada. Caminó hasta la silla vacía frente al escritorio del notario, se sentó con la espalda recta, ignorando cómo el agua escurría de su vestido al cuero de la silla, y colocó ambas manos sobre su vientre.
—Estoy aquí —dijo con voz clara, resonando en la oficina silenciosa—. Empiecen.
El Licenciado Pineda carraspeó, incómodo por la tensión que se podía cortar con un cuchillo. Abrió la carpeta de cuero sobre su escritorio. El destino de Valeria, de Santiago y de la bebé que venía en camino, estaba escrito en esas páginas. Ella esperaba justicia. Esperaba amor. Esperaba protección.
No tenía idea de que lo que estaba a punto de escuchar no sería un salvavidas, sino una sentencia de burla que cambiaría su vida para siempre.
CAPÍTULO 2: LA BURLA FINAL
La oficina del notario Pineda estaba tan silenciosa que el zumbido del aire acondicionado central sonaba como un motor de avión. Valeria podía sentir el agua fría de su vestido empapando la tapicería de cuero fino de la silla, creando una mancha oscura que se expandía lentamente. Sabía que a Doña Griselda eso le estaba provocando urticaria visual, y por primera vez en el día, Valeria sintió una pizca de satisfacción perversa. Si iba a hundirse, al menos ensuciaría sus muebles caros.
El Licenciado Pineda se ajustó las gafas, carraspeó y comenzó a leer. Su voz era monótona, un zumbido burocrático diseñado para despojar a la muerte de cualquier emoción y reducir una vida a una lista de activos y pasivos.
—”Yo, Roberto Villalobos Garza, estando en pleno uso de mis facultades mentales, dicto mi última voluntad y testamento…”
Valeria cerró los ojos un momento. Escuchar el nombre de su esposo en ese contexto legal era como recibir un golpe en el estómago. Podía casi escuchar su voz dictando esas palabras, imaginárselo sentado en esa misma silla, preocupado por el futuro, tratando de protegerlas.
La lectura comenzó con formalidades aburridas. Donaciones menores a caridad, la colección de relojes antiguos para un tío lejano. Los Villalobos escuchaban con impaciencia, tamborileando los dedos sobre los reposabrazos. Claudia miraba el techo, suspirando audiblemente cada dos minutos.
Entonces, Pineda llegó a la parte que importaba. La atmósfera en la habitación cambió instantáneamente. El aire se volvió denso, eléctrico.
—”A mi amada esposa, Valeria Ramírez de Villalobos…” —Pineda hizo una pausa, y Valeria sintió que el corazón se le salía del pecho. Santiago le apretó la mano tan fuerte que le dolió—. “…quien ha sido mi compañera, mi socia y mi fuerza, le lego la totalidad de mis acciones en la empresa ‘Diseños Florales Villalobos S.A. de C.V.’, así como la propiedad conyugal ubicada en la calle Colima número 245, Colonia Roma Norte, incluyendo todo su mobiliario y enseres.”
Valeria soltó un suspiro tembloroso. Ahí estaba. La casa. El negocio. Roberto había cumplido. A pesar de todas las amenazas veladas de sus suegros a lo largo de los años, Roberto había asegurado su futuro. Podrían seguir viviendo en su hogar, donde Santiago había aprendido a caminar, donde habían pintado juntos la habitación para la bebé que venía en camino. Podría seguir trabajando en la empresa que ayudó a modernizar.
Una ola de alivio la recorrió, calentando su cuerpo entumecido por la lluvia. Miró a Santiago y le dedicó una pequeña sonrisa, una promesa silenciosa: Todo va a estar bien.
—Y también… —continuó Pineda, frunciendo el ceño ligeramente al leer la siguiente línea— …le lego mi camioneta Ford Econoline modelo 1978, número de serie F14…
Una carcajada aguda, cortante como un cristal roto, interrumpió al notario.
Era Claudia. Se había tapado la boca con una mano, pero sus hombros se sacudían con una risa incontenible y cruel.
—¿La camioneta? —soltó entre risas—. ¿Esa chatarra vieja que tiene estacionada detrás de la bodega? Ay, Roberto… siempre tan sentimental con su basura.
—Claudia, compórtate —dijo Don Humberto, aunque no había severidad en su voz, solo una frialdad calculadora. Se inclinó hacia adelante, apoyando los codos sobre el escritorio de caoba, entrelazando los dedos con lentitud—. Licenciado Pineda, termine de leer, por favor. Hay un punto que creo que mi nuera… no ha entendido bien.
Valeria sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con su ropa mojada. Algo andaba mal. La sonrisa de Don Humberto era demasiado tranquila. Demasiado depredadora.
Pineda se veía incómodo. Sudaba profusamente a pesar del frío de la oficina.
—Ehm, sí. Bueno… el testamento estipula claramente la transferencia de la casa y las acciones a la señora Valeria. Sin embargo…
Don Humberto levantó una mano, silenciando al abogado. Giró la cabeza lentamente hacia Valeria, sus ojos oscuros brillando con malicia.
—Verás, Valeria —dijo, usando ese tono condescendiente que solía usar para hablar con el servicio doméstico—. Mi hijo tenía muy buenas intenciones. Siempre fue un soñador, igual que tú. Pero Roberto, Dios lo tenga en su gloria, nunca fue muy bueno leyendo la letra chiquita de los contratos corporativos.
Don Humberto sacó una carpeta azul de su propio maletín y la deslizó sobre el escritorio hacia ella.
—Hace cinco años, cuando la empresa tuvo aquel… problema de liquidez, Roberto firmó una reestructuración de la deuda. ¿Te acuerdas? Tú estabas muy ocupada jugando a la decoradora. Para salvar el negocio, Roberto transfirió la titularidad de todos los activos inmobiliarios —incluida la casa de la Roma— y el 90% de sus acciones al fideicomiso familiar, del cual yo soy el único administrador.
Valeria sintió que el mundo se detenía. El zumbido del aire acondicionado desapareció. Solo escuchaba el latido ensordecedor de su propio corazón en sus oídos.
—No… —susurró, con la voz estrangulada—. Eso no es cierto. Roberto me dijo que la casa estaba a nuestro nombre. Pagamos la hipoteca juntos. Cada mes. Yo vi los estados de cuenta.
—Pagaban una “renta” al fideicomiso, querida —corrigió Claudia, disfrutando cada segundo—. Técnicamente, vivían ahí de arrimados. La casa nunca fue suya. Y el negocio… bueno, Roberto era un empleado con un sueldo glorificado. Un gerente.
Valeria miró al Licenciado Pineda, buscando una defensa, una negativa.
—¿Licenciado? —suplicó—. Dígales que mienten. Roberto no me haría esto.
Pineda no pudo sostenerle la mirada. Bajó la vista hacia sus papeles, avergonzado.
—Señora… legalmente, el señor Villalobos tiene razón. El testamento de Roberto expresa sus deseos, pero él no puede heredar bienes que… técnicamente… ya no le pertenecían al momento de su muerte. La casa y la empresa son propiedad de ‘Grupo Villalobos’. El testamento es inválido en esos puntos por falta de titularidad.
El silencio que siguió fue devastador. Fue el sonido de una vida rompiéndose en pedazos. Valeria entendió de golpe la jugada maestra. Lo habían planeado. Habían esperado pacientemente a que Roberto muriera o se debilitara para sacar las garras. Se habían aprovechado de la confianza ciega de su hijo para despojarlo de todo legalmente, dejándolo creer que era dueño de su destino cuando solo era un peón en el tablero de su padre.
—Entonces… —la voz de Valeria temblaba, las lágrimas de rabia quemándole los ojos—. ¿No nos dejan nada? ¿A su propio nieto? ¿A su nieta que ni siquiera ha nacido?
Doña Griselda habló por primera vez, con una voz que pretendía ser suave pero destilaba veneno.
—No seas dramática, mija. No los dejamos sin nada. El abogado lo acaba de leer. Tienen la camioneta.
Claudia soltó otra carcajada, esta vez sin disimulo.
—Es cierto. Esa camioneta sí estaba a nombre personal de Roberto. Nadie más la quería. Es toda tuya, cuñada. Felicidades. Eres dueña de dos toneladas de óxido y llantas viejas.
Don Humberto se puso de pie, abrochándose el botón del saco. El movimiento indicó que la reunión había terminado.
—Tienen 24 horas para desalojar la casa de la Roma —dijo con indiferencia, como si estuviera ordenando un café—. Tengo compradores interesados en el terreno y quiero demoler esa propiedad vieja cuanto antes para construir departamentos. Los guardias de seguridad irán mañana a las 9:00 AM para asegurar el inmueble. Lo que no saquen para entonces, se va a la basura.
—¡Es nuestra casa! —gritó Santiago de repente, poniéndose de pie de un salto. Su cara estaba roja, llena de lágrimas y furia—. ¡Ustedes son malos! ¡Papá los odiaba!
El silencio cayó de nuevo. Don Humberto miró al niño con una ceja levantada, sin inmutarse.
—Tu padre era débil, niño. Y se casó con una mujer que no estaba a su altura. Eso fue su ruina. Ojalá tú tengas más carácter, aunque con esa sangre… lo dudo.
Valeria se levantó con dificultad, protegiendo a Santiago con su cuerpo. Sentía un calor volcánico subiendo por su pecho. Quería gritar, quería romperles la cara, quería volcar el escritorio. Pero miró a su hijo. Miró su vientre. Sabía que si perdía el control ahora, si los atacaba, Don Humberto usaría sus influencias para quitarle a los niños alegando inestabilidad mental. Eran capaces de eso y más.
Respiró hondo. Una, dos, tres veces. Se tragó el orgullo, que sabía a bilis y ceniza.
—Vámonos, Santiago —dijo, con una voz que la sorprendió por su firmeza gélida.
—Pero mamá… —sollozó el niño.
—Dije que nos vamos. No tenemos nada que hacer aquí con esta gente.
Valeria tomó la carpeta que Pineda le extendía —la copia del testamento inútil y los papeles de la camioneta— y se dio la media vuelta. No se despidió. No los miró. Caminó hacia la puerta con la cabeza alta, aunque por dentro se estuviera desmoronando.
—¡Cuidado no te vaya a dar tétanos con tu herencia! —le gritó Claudia a su espalda mientras salían. Las risas de la familia Villalobos resonaron en el pasillo mientras la puerta se cerraba, un sonido que Valeria guardaría en la parte más oscura de su memoria para siempre.
Salir del edificio fue como caer de un precipicio. El lobby seguía frío, pero la calle… la calle era un infierno húmedo. La tormenta había amainado un poco, pero seguía lloviznando, una bruma gris que cubría la Ciudad de México como un sudario.
Valeria y Santiago se quedaron parados en la banqueta de Polanco. A su alrededor, la gente pasaba con prisa, autos de lujo salpicaban agua, la vida seguía. Pero para ellos, el mundo se había acabado.
No tenían casa. Mañana cambiarían las cerraduras.
No tenían dinero. Las cuentas de Roberto seguramente habían sido congeladas o vaciadas por el fideicomiso. Valeria tenía lo que llevaba en la bolsa: unos doscientos pesos y una tarjeta de débito personal con ahorros mínimos que no durarían ni un mes.
No tenían a dónde ir. Sus propios padres habían muerto hacía años. No tenía hermanos. Sus “amigos” de la alta sociedad, esos que iban a sus fiestas, seguramente ya habían recibido la llamada de Claudia para ponerlos en su contra. Era una paria.
—Mamá… ¿a dónde vamos? —preguntó Santiago. Su voz era pequeña, asustada. Ya no era el niño valiente que le gritó a su abuelo; era un niño de diez años que acababa de perder su universo.
Valeria miró los papeles en su mano. Las llaves de la camioneta venían en un sobre manila. Eran dos llaves viejas, de metal desgastado, con un llavero de plástico roto que decía “Ford”.
—Vamos a buscar la camioneta, mi amor —dijo Valeria, tratando de sonar práctica—. Está estacionada atrás de la funeraria, ¿recuerdas? Tu papá la dejó ahí hace dos semanas cuando se descompuso y la iba a llevar al taller.
Tuvieron que caminar. No había dinero para otro taxi si querían comer ese día. Caminaron de regreso bajo la llovizna, atravesando colonias, esquivando charcos. El embarazo le pesaba a Valeria como nunca. Le dolía la espalda baja, sus pies eran una tortura, y el hambre empezaba a causarle mareos. Pero no se detuvo. Si se detenía, se caería y no se levantaría.
Llegaron a la funeraria al atardecer. El lugar ya estaba casi desierto. Fueron al estacionamiento trasero, una zona de grava y lodo mal iluminada.
Y ahí estaba. Su herencia.
Valeria sintió que se le caía el alma a los pies.
La camioneta era un monstruo. Era una Ford Econoline de finales de los 70, enorme, cuadrada y fea. La pintura blanca original estaba tan quemada por el sol y la lluvia que parecía piel enferma, despellejándose en tiras largas. Pero lo peor era el óxido.
Había óxido por todas partes. Manchas naranjas y marrones cubrían los costados como una lepra metálica. La defensa trasera estaba chueca, amarrada con un alambre. Una de las llantas traseras estaba baja de aire. El espejo lateral colgaba tristemente, sostenido por capas y capas de cinta adhesiva gris que ya se estaba despepegando.
Parecía un vehículo abandonado en un deshuesadero, no una herencia. Parecía basura.
Santiago se detuvo a unos metros, mirándola con horror.
—¿Esa es? —preguntó, con un hilo de voz—. Mamá… eso no sirve. Eso es chatarra.
Valeria se acercó. Podía olerla desde ahí: olor a humedad encerrada, a aceite viejo, a abandono.
—Es lo que tenemos, Santi —dijo, forzando una neutralidad que le costaba la vida—. Es un techo. Es mejor que dormir en la calle.
—¡No voy a entrar ahí! —gritó Santiago, retrocediendo—. ¡Huele feo! ¡Está horrible! ¡Quiero ir a mi casa! ¡Quiero mi cuarto!
Valeria se giró y se agachó frente a él, tomándolo por los hombros. Estaba agotada, mojada y desesperada, y por un segundo estuvo a punto de gritarle ella también. Pero vio el terror en los ojos de su hijo.
—Escúchame, Santiago —dijo suavemente, limpiándole una lágrima de la mejilla con su pulgar—. Yo también quiero ir a casa. Yo también quiero que papá esté aquí y arregle todo. Pero no está. Estamos solos tú y yo. Y tenemos que ser fuertes. Esta camioneta… —miró el trasto viejo por encima del hombro— …esta camioneta es nuestro barco salvavidas. Puede que esté fea, puede que esté vieja, pero es nuestra. Y nadie nos la puede quitar. ¿Me entiendes? Nadie.
Santiago sollozó, pero asintió lentamente.
—Está bien, mamá.
Valeria se levantó y se acercó a la puerta del conductor. Metió la llave en la cerradura oxidada. Estaba dura. Tuvo que forcejear, rezando para que no se rompiera la llave dentro. Finalmente, con un clac metálico y doloroso, giró.
Jaló la puerta. Chilló. Un chirrido agudo de metal contra metal que resonó en el estacionamiento vacío como un lamento.
El interior olía a tiempo detenido. A polvo, a vinilo viejo calentado por el sol y luego enfriado por la lluvia, a tabaco rancio de hacía décadas. Pero, curiosamente, también olía un poco a Roberto. A su loción, mezclada con el olor a menta de los chicles que siempre comía.
Valeria tosió un poco por el polvo y subió. El asiento del conductor tenía el vinilo rasgado, dejando ver la espuma amarilla de adentro. El volante era enorme y delgado.
—Sube, Santi. Entra por el otro lado.
El niño rodeó la camioneta y subió con dificultad.
Valeria miró hacia atrás. La parte trasera de la van estaba vacía, salvo por una llanta de refacción, unas cajas de herramientas viejas y un montón de lonas sucias. No había asientos atrás, solo el piso de metal corrugado, también manchado de óxido.
Era una cueva fría y oscura.
—¿Vamos a vivir aquí? —preguntó Santiago, abrazándose las rodillas en el asiento del copiloto.
Valeria metió la llave en el contacto. Por favor, arranca. Por favor, Dios mío, dame una.
Giró la llave.
El motor tosió. Rrr-rrr-rrr… Nada.
—Vamos, vieja amiga —susurró Valeria, golpeando el volante—. Hazlo por Roberto.
Volvió a girar la llave y pisó el acelerador a fondo.
Rrr-rrr-rrr… VROOOOM!
El motor rugió con una fuerza sorprendente, un sonido grave y potente que hizo vibrar todo el chasis. Una nube de humo negro salió por el escape, pero el motor se estabilizó en un ronroneo constante. Estaba viva.
Valeria dejó escapar el aire. Al menos tenían movilidad.
—Sí, Santi —respondió finalmente, mirando a través del parabrisas estrellado hacia la noche que caía sobre la ciudad—. Por ahora, sí. Vamos a ir a la casa rápido, vamos a sacar toda la ropa y las cosas que podamos antes de que amanezca, y luego… luego veremos.
Arrancó la camioneta. La dirección era dura, no tenía asistencia hidráulica, y Valeria tuvo que usar toda su fuerza para girar el volante. La camioneta se movió pesadamente, como una bestia despertando de un largo sueño.
Mientras salían del estacionamiento y se incorporaban al tráfico de la ciudad, Valeria vio su reflejo en el retrovisor roto. Tenía ojeras profundas, el maquillaje corrido y el pelo pegado a la cara. Parecía un fantasma.
Pero entonces, sus ojos bajaron al tablero polvoriento. Ahí, pegada con un poco de cinta, había una foto vieja, descolorida por el sol. Eran Roberto y ella, hacía diez años, el día que compraron la primera camioneta para el negocio. Estaban jóvenes, radiantes, comiéndose el mundo.
Valeria acarició la foto con la yema del dedo.
—No ganaron todavía, Humberto —susurró para sí misma, con una voz que, por primera vez en todo el día, no temblaba—. Me quitaste la casa. Me quitaste el dinero. Pero no sabes con quién te metiste. Soy una Ramírez. Y nosotros no nos rompemos; solo nos doblamos para tomar impulso.
Condujo hacia la noche, hacia la casa que ya no era suya, a bordo de una camioneta que se caía a pedazos, sin saber que estaba manejando la bóveda más valiosa de todo México. El óxido cubría el secreto, y la desesperación cubría sus ojos. Pero el destino ya había tirado los dados, y la partida apenas comenzaba.
Esa noche, Valeria durmió (o intentó dormir) en el suelo de metal de la camioneta, estacionada en una calle oscura lejos de la zona rica. Santiago dormía sobre un montón de ropa que habían logrado rescatar en bolsas de basura negras. Hacía frío. El metal del suelo le helaba la cadera.
Valeria miró una mancha de óxido en la pared interior de la van, justo frente a su nariz. Parecía una herida en la pintura.
Levantó la mano y rascó un poco con la uña, distraídamente, mientras las lágrimas finalmente rodaban por sus mejillas en la oscuridad.
La pintura se descascaró un poco.
Debajo, no vio nada. Estaba demasiado oscuro. Solo sintió que el metal era extrañamente liso.
Retiró la mano, se acurrucó alrededor de su vientre y cerró los ojos, pidiendo un milagro, sin saber que estaba durmiendo literalmente dentro de uno.
CAPÍTULO 3: UN HOGAR DE LÁMINA Y FRÍO
El amanecer en la Ciudad de México no siempre es poético. Para Valeria, esa primera mañana como indigente, el sol no salió; simplemente el cielo cambió de un negro hostil a un gris sucio, color smog.
Despertó con un dolor agudo en la cadera. El piso de metal corrugado de la camioneta Ford se le había clavado en los huesos a través de las delgadas cobijas que habían logrado sacar de la casa. El frío de la madrugada se había colado por las juntas mal selladas de las puertas, congelando la condensación en las ventanas por dentro.
Valeria intentó incorporarse, pero su vientre de siete meses se lo impidió momentáneamente. Se sintió como una tortuga volteada, pesada, inútil. Un gemido se le escapó de los labios, y se congeló al instante, mirando hacia el asiento del copiloto donde Santiago dormía hecho un ovillo, envuelto en su chamarra y dos suéteres. El niño no se movió. Su respiración era rítmica, soltando pequeñas nubes de vapor blanco en el aire helado de la cabina.
“Dios mío”, pensó Valeria, el pánico de la realidad golpeándola antes que el hambre. “Esto es real. No fue una pesadilla”.
Se sentó con esfuerzo, frotándose la cara con las manos sucias. Sus dedos olían a óxido. Todo olía a óxido. Ese aroma metálico, rancio y penetrante se había metido en sus poros, en su ropa, en su pelo. Era el olor de la pobreza.
Necesitaba orinar. Esa urgencia básica y humillante fue lo que la obligó a moverse. Abrió la puerta lateral con cuidado para no despertar a su hijo. El chirrido del metal fue menos escandaloso con la humedad de la mañana. Bajó a la calle. Estaban estacionados en una calle lateral de la colonia Doctores, una zona de talleres mecánicos y bodegas viejas, lejos de la elegancia de la Roma o Polanco.
Buscó un rincón detrás de unos botes de basura desbordados. La humillación le quemaba las mejillas, a pesar de que no había nadie mirando. Ella, Valeria Ramírez, que hace una semana dirigía a un equipo de floristas y discutía presupuestos de bodas, ahora estaba acuclillada entre la basura, vigilando que no pasara una patrulla.
Al regresar a la camioneta, Santiago ya estaba despierto. Estaba sentado en el asiento, mirando sus manos.
—Tengo hambre, mamá —dijo, sin mirarla. Su voz sonaba ronca.
—Lo sé, mi amor. Lo sé.
Valeria revisó su bolsa. Tenía ciento ochenta pesos en efectivo. La tarjeta de débito la guardaría para una emergencia médica real; sabía que si intentaba sacar dinero de un cajero, los Villalobos podrían rastrearla o, peor, el banco ya habría bloqueado la cuenta si estaba mancomunada o vinculada al crédito de la empresa. No podía arriesgarse a que el cajero se tragara el plástico.
—Vamos a buscar algo —dijo, forzando un tono animado que sonó falso incluso para sus propios oídos.
Arrancó la camioneta. El motor rugió, despertando a los perros callejeros de la cuadra. Manejó hasta encontrar una pequeña panadería de barrio que acababa de abrir. El olor a pan dulce recién horneado —conchas, orejas, bolillos calientes— la golpeó como un puñetazo de nostalgia.
Compró tres bolillos grandes y dos envases de leche con chocolate. Gastó treinta y cinco pesos. Le quedaban ciento cuarenta y cinco.
Desayunaron en silencio dentro de la camioneta. Santiago devoró el pan con desesperación, dejando caer migajas sobre el tablero polvoriento. Valeria comió despacio, masticando cada bocado hasta hacerlo pasta, intentando engañar a su estómago para que se sintiera más lleno de lo que estaba. El bebé se movió inquieto tras la ingesta de azúcar.
—¿Voy a ir a la escuela? —preguntó Santiago de repente, lamiéndose el chocolate de la comisura de los labios.
Valeria sintió un nudo en la garganta. La colegiatura del colegio privado estaba pagada hasta fin de mes, pero… ¿cómo iba a mandarlo? No tenían uniformes limpios. No se habían bañado. ¿Qué dirían los maestros si veían llegar a Santiago oliendo a humedad, bajando de una camioneta que parecía sacada de un deshuesadero? Los niños eran crueles. Los padres de ese colegio, aún más.
—No hoy, Santi. Hoy… hoy es día de aventura. Vamos a tomarnos unos días libres hasta que nos acomodemos.
El niño bajó la mirada, entendiendo más de lo que Valeria quisiera.
—Es porque no tenemos casa, ¿verdad?
—Es temporal —mintió ella, acariciándole el cabello revuelto—. Es solo mientras mamá consigue un nuevo trabajo y les demuestra a esos viejos brujos quiénes somos.
Los días siguientes fueron una espiral descendente, un borrón de vergüenza y supervivencia.
La Ciudad de México, que antes Valeria veía como un lugar de oportunidades y cultura, se transformó en un monstruo hostil. Cada semáforo era una prueba de paciencia con la camioneta que se calentaba; cada patrulla era una amenaza de extorsión.
Valeria intentó buscar trabajo. Estacionaba la camioneta (a la que Santiago había bautizado irónicamente como “La Bestia”) a unas cuadras de distancia, se arreglaba el cabello lo mejor posible en el espejo retrovisor roto, se limpiaba la cara con toallitas húmedas y caminaba hacia los negocios locales.
—Busco trabajo. Sé de administración, sé de flores, sé de contabilidad básica —decía, tratando de proyectar profesionalismo a pesar de su ropa arrugada.
Pero los dueños de los negocios solo veían una cosa: su vientre.
—Híjole, señorita… es que así como está… —decía el dueño de una ferretería, rascándose la cabeza—. Es mucho riesgo. Si le pasa algo aquí, el seguro no me cubre. Regrese cuando nazca el bebé.
—No estamos contratando, gracias —decía la encargada de una boutique, mirándola de arriba abajo con desdén.
Nadie quería contratar a una embarazada a punto de dar a luz. Era una responsabilidad legal y económica que nadie quería asumir.
Para el cuarto día, el dinero se había reducido a cincuenta pesos.
Habían estado comiendo tortas baratas, atún de lata y pan. El agua la rellenaban en bebederos públicos de parques. El baño… bueno, Valeria había aprendido qué gasolineras tenían los baños menos vigilados y cuáles cobraban cinco pesos la entrada. La higiene se convirtió en una obsesión y una pesadilla. Valeria se lavaba por partes en los baños de centros comerciales, usando jabón líquido de los dispensadores, vigilando la puerta para que nadie entrara. Lavaba la ropa interior de Santiago en los lavabos y la secaba colgándola en las ventanillas de la camioneta mientras manejaban.
La camioneta se convirtió en su universo. Su prisión y su refugio.
Valeria trataba de mantenerla “habitable”. Organizó las bolsas de ropa en la parte trasera para crear un “colchón” más suave. Usó una caja de cartón como mesa para que Santiago dibujara. Colgó una pequeña virgen de Guadalupe que traía en su cartera en el espejo retrovisor.
—Mira, Santi, ya se ve mejor —decía ella, acomodando una cobija vieja sobre el asiento roto.
Pero no podía ocultar la realidad. El techo de la camioneta tenía goteras. Cuando llovía por las tardes, tenían que poner vasos de plástico para atrapar el agua. El olor a humedad se intensificaba. Y el óxido… el maldito óxido parecía crecer, expandirse, comerse el metal día tras día.
Una tarde, mientras estaba estacionada cerca de un parque en la colonia Narvarte, esperando a que pasara la hora pico para moverse, vio algo que la rompió.
A lo lejos, cruzando la calle, iba una de sus ex-amigas, Mónica. Iba cargando bolsas de una tienda departamental de lujo, riendo por teléfono, caminando hacia su camioneta del año. Mónica había estado en la boda de Valeria. Habían tomado café juntas dos semanas antes de que Roberto muriera.
Valeria se agachó instintivamente detrás del volante, escondiéndose. El corazón le latía desbocado. El pánico de ser vista, de ser reconocida en esa chatarra, sucia y derrotada, fue más fuerte que el hambre.
—¿Qué pasa, mamá? —preguntó Santiago, asustado por su movimiento brusco.
—Nada. Juega agachado, mi amor. Estamos jugando a los espías.
Esperó hasta que Mónica se fue. Luego, apoyó la frente en el volante y lloró en silencio, con lágrimas calientes que sabían a derrota. Se sentía invisible para el mundo que antes habitaba, y demasiado visible para el mundo peligroso en el que ahora vivía.
La mañana del séptimo día amaneció con un sol brillante, pero engañoso. Valeria tenía dieciocho pesos en la bolsa. El tanque de gasolina estaba en la reserva. La luz roja del tablero parpadeaba como un ojo burlón.
No tenían comida.
Santiago no se quejó esa mañana. Simplemente se quedó acostado, mirando el techo descascarado de la camioneta. Su silencio dolía más que sus quejas.
Valeria sintió una oleada de furia. Una furia negra, densa.
No contra los Villalobos, ni contra el destino, sino contra esa maldita camioneta. Odiaba esa camioneta. Odiaba cada centímetro de su lámina podrida. Odiaba que esa fuera la herencia de Roberto. “Te dejo la camioneta”. ¿Para qué? ¿Para morirse de hambre dentro de ella?
—Voy a limpiar —anunció de repente, con voz dura.
—¿Qué? —Santiago la miró confundido.
—Voy a limpiar esta pocilga. No puedo más con la mugre. Si vamos a vivir aquí, al menos no vamos a vivir en un basurero.
Era una actividad irracional. Gastaría energía que no tenía. Pero necesitaba hacer algo físico, algo violento, algo que le devolviera una pizca de control.
Buscó en la caja de herramientas de Roberto. Encontró un cepillo de alambre, una espátula de metal y un trapo viejo y grasiento. También había una botella de agua a medio terminar que usó para mojar el trapo.
Se fue a la parte trasera, abrió las puertas de par en par. El sol iluminó el interior devastado.
Eligió una mancha de óxido particularmente fea en el panel lateral interior, justo encima de la salpicadera de la llanta trasera izquierda. La pintura ahí estaba levantada, formando burbujas naranjas y cafés que parecían costras.
—¡Maldita sea! —gritó, y comenzó a tallar.
Frotó el cepillo de alambre con fuerza. Ras, ras, ras. El sonido era áspero, desagradable. El polvo de óxido volaba, haciéndola toser.
—¡Mamá, tranquilo! —dijo Santiago, asustado por la violencia de sus movimientos.
—¡No! ¡Estoy harta! ¡Harta de esto!
Valeria talló con más fuerza, descargando toda su frustración. Pensó en la cara de Don Humberto. Ras. Pensó en la risa de Claudia. Ras. Pensó en la mirada de lástima del abogado. Ras.
La pintura vieja saltó en pedazos. El óxido superficial cayó al suelo de la camioneta como lluvia roja.
Valeria tomó la espátula. Había un trozo de pintura blanca y masilla que no quería salir. Metió la punta de la espátula debajo y hizo palanca con ambas manos, gruñendo por el esfuerzo.
—¡Sal de una vez!
¡CRACK!
Un pedazo grande de recubrimiento —pintura, base y óxido— se desprendió de golpe, cayendo al suelo con un ruido metálico sordo. Era un trozo del tamaño de su mano.
Valeria jadeó, recuperando el aliento, con el sudor pegándole el cabello a la frente. Miró la pared de la camioneta que acababa de desnudar.
Esperaba ver el gris opaco del acero podrido. Esperaba ver agujeros de corrosión que dejaran ver el pavimento.
Pero no vio eso.
El sol de media mañana entró directo por la puerta trasera y golpeó el panel expuesto.
Valeria parpadeó.
—¿Qué diablos…?
La superficie debajo de la pintura no era gris.
Era amarilla.
Pero no un amarillo pintura, ni un amarillo plástico.
Era un amarillo profundo, cálido, casi aceitoso. Un amarillo que parecía atrapar la luz y devolverla con una intensidad que lastimaba los ojos.
Valeria se quedó inmóvil, con la espátula en la mano a medio aire. El mundo pareció bajar el volumen. El ruido del tráfico lejano desapareció.
Se acercó lentamente, como si el metal fuera a morderla.
Extendió un dedo tembloroso y tocó la superficie expuesta.
Estaba tibia por el sol. Era increíblemente lisa.
Pasó la uña por encima. La uña se hundió ligeramente, dejando una marca minúscula.
El acero no hace eso. El acero es duro. El acero es frío.
—Santi… —llamó, sin apartar la vista del brillo—. Pásame la botella de agua.
—¿Qué encontraste? ¿Un agujero?
—Pásame el agua. Ahora.
Santiago le dio la botella. Valeria vertió un chorrito sobre el panel y pasó el trapo para limpiar el polvo restante.
Al quitar la mugre, el brillo fue innegable.
No era latón; el latón se pone verde o negro con los años. Esto estaba inmaculado debajo de la pintura podrida.
No era cobre; el cobre es rojizo.
Valeria sintió que las piernas le fallaban. Se sentó de golpe sobre la llanta de refacción. Su mente ingeniera, la parte de ella que sabía de materiales por el negocio de estructuras florales, empezó a correr a mil por hora.
Densidad. Peso. Maleabilidad. Inoxidable.
Recordó algo que Roberto le contó una vez, medio borracho, sobre su abuelo. “El viejo estaba loco, Val. Decía que no confiaba en los bancos. Decía que su dinero tenía que estar donde pudiera tocarlo y llevárselo si había una revolución”.
Recordó lo pesada que se sentía la camioneta al manejar. “Es una bestia, gasta mucha gasolina”, decía Roberto. Siempre pensaron que era porque el motor era viejo.
No era el motor.
Era el peso.
Valeria volvió a mirar el panel. Era una placa gruesa. No era un baño de oro. Parecía ser una placa sólida, fundida y moldeada para parecer el panel de una camioneta.
Tomó la espátula de nuevo. Con las manos temblando violentamente, atacó otro punto, medio metro más allá, cerca del techo.
Raspó. Talló. Limpió.
Oro.
Fue al otro lado de la camioneta. Panel derecho.
Raspó. Talló. Limpió.
Oro.
Se giró hacia Santiago, que la miraba con los ojos como platos.
—Mamá… ¿por qué brilla así? ¿Es… es de mentiritas?
Valeria soltó la espátula. Cayó al suelo con un estruendo.
Se llevó las manos a la boca para ahogar un grito que era mitad risa histérica, mitad sollozo.
Miró a su alrededor, paranoica de repente. ¿Alguien había visto? ¿El señor que paseaba a su perro en la esquina? ¿El coche que acababa de pasar?
Corrió a cerrar las puertas traseras con un golpe seco.
La oscuridad volvió a la camioneta, pero ahora, incluso en la penumbra, Valeria podía sentir la vibración de lo que acababa de descubrir.
Agarró a Santiago por los hombros y lo atrajo hacia ella, abrazándolo con tanta fuerza que el niño se quejó.
—No es de mentiritas, Santi —susurró en su oído, con la voz quebrada por la adrenalina—. No es de mentiritas.
Miró las paredes sucias, abolladas y cubiertas de supuesta basura.
No estaban viviendo en una chatarra.
Estaban viviendo dentro de una bóveda de seguridad.
Estaban viviendo dentro de la fortuna de los Villalobos.
Roberto lo sabía. O tal vez no lo sabía con certeza, pero lo intuía. “Esa camioneta es mi seguro de vida, Val”.
Valeria empezó a reír. Una risa bajita, que fue subiendo de volumen hasta convertirse en una carcajada que le sacó lágrimas. Reía mientras se tocaba el vientre, reía mientras miraba sus manos sucias de óxido y oro.
Los Villalobos se habían quedado con la mansión de ladrillo y cemento. Se habían quedado con el nombre, con las cuentas bancarias vacías y las deudas ocultas.
Y le habían tirado a la cara, riéndose, toneladas de oro macizo disfrazadas de basura.
—¿Mamá? Me estás asustando —dijo Santiago.
Valeria se separó de él, le tomó la cara con las manos y lo miró a los ojos. Sus propios ojos brillaban con una luz nueva, peligrosa y feroz.
—Escúchame bien, Santiago. A partir de este momento, nadie, absolutamente nadie, puede acercarse a esta camioneta. Nadie puede tocarla. Nadie puede ver lo que hay debajo de la pintura. ¿Me entiendes? Es un secreto de vida o muerte.
—¿Por qué?
—Porque, mi amor… —Valeria miró el panel raspado, brillando tenuemente en la oscuridad—. Porque acabamos de ganar la guerra. Solo que ellos todavía no lo saben.
Valeria se recargó en la pared de oro. Estaba fría ahora, sólida contra su espalda. Ya no sentía hambre. Ya no sentía miedo.
Sentía poder.
Pero el poder es peligroso si no se sabe usar. Tenía que ser inteligente. Tenía dieciocho pesos en la bolsa y millones de dólares en las paredes. El problema ahora no era sobrevivir; el problema era cómo sacar ese dinero sin que la mataran en el proceso.
Se miró las manos. Uñas rotas, piel seca.
—Muy bien, Roberto —susurró al aire viciado de la camioneta—. Muy bien jugado. Ahora me toca a mí.
Sacó la caja de herramientas de nuevo. Buscó un bote de grasa negra vieja y un poco de tierra del piso. Con cuidado meticuloso, comenzó a cubrir el brillo dorado que había expuesto, ensuciándolo, volviéndolo feo y oxidado otra vez.
Lo ocultó todo.
Porque el secreto debía permanecer enterrado un poco más. Solo un poco más.
Hasta que ella estuviera lista para dar el golpe.
CAPÍTULO 4: EL PESO DEL SILENCIO
La riqueza es un problema. La pobreza es otro. Pero tener una riqueza incalculable que no puedes gastar mientras te mueres de hambre es una tortura diseñada por el mismísimo diablo.
Valeria pasó las siguientes cuarenta y ocho horas en un estado de paranoia febril. Cada vez que una patrulla pasaba cerca de la camioneta, sentía que el corazón se le detenía. Cada vez que un limpiaparabrisas se acercaba demasiado en un semáforo y golpeaba el cofre con su trapo sucio, Valeria tenía que reprimir el impulso de gritar. Ya no veía una camioneta vieja; veía un lingote de oro gigante con ruedas, expuesto a la vista de una ciudad hambrienta.
Tenía dieciocho pesos. Ahora, doce, después de comprar un bolillo y un plátano para Santiago.
Estaban estacionados en una calle muerta cerca de la calzada de Tlalpan, bajo la sombra de un puente peatonal. El ruido del metro pasando por arriba era ensordecedor, pero a Valeria le gustaba; el ruido ocultaba sus pensamientos y, más importante, ocultaría lo que estaba a punto de hacer.
—Mamá, tengo sed —dijo Santiago. Estaba pálido, ojeroso. Llevaba dos días sin comer una comida caliente.
—Aguanta un poco más, mi amor. Solo un poco más —respondió Valeria, con la voz tensa.
Miró el interior de la camioneta. Había pasado horas analizando la estructura. No podía simplemente arrancar una puerta y llevarla a una casa de empeño; pesaría cientos de kilos y llamaría a la policía en dos segundos. Necesitaba algo pequeño. Algo discreto. Algo que pudiera pasar por una joya fundida o una herencia familiar extraña.
Sus ojos se posaron en el riel interior de la puerta corrediza. Había una moldura decorativa, una tira de metal de unos treinta centímetros de largo y tres de ancho que cubría el mecanismo del riel. Estaba pintada de gris, abollada y fea. Pero Valeria sabía la verdad.
—Santi, necesito que vigiles —dijo, dándole al niño el espejo retrovisor roto que usaban como herramienta—. Ponte en la ventana delantera. Si ves que alguien se acerca a la camioneta, quien sea, toses fuerte. ¿Entendido?
Santiago asintió solemnemente, asumiendo su puesto de guardia con la seriedad de un soldado.
Valeria rebuscó en la caja de herramientas. Encontró un desarmador plano y un martillo pequeño. Sus manos temblaban, no de frío, sino de una mezcla de debilidad por el hambre y adrenalina pura.
Se arrodilló frente a la moldura.
—Perdóname, Roberto, voy a lastimar a tu chica —murmuró.
Metió la punta del desarmador entre la moldura y el panel de la pared. Golpeó el mango con el martillo. Clac. El sonido fue seco.
Hizo palanca.
El metal no cedió como lo haría el acero oxidado, crujiendo y rompiéndose. No. El metal se dobló. Se deformó suavemente, con una resistencia densa y mantecosa.
Oro puro. Oro blando.
Valeria jadeó por el esfuerzo. El sudor le corría por la espalda. Tuvo que usar su peso corporal, empujando con el hombro, ignorando el dolor en su vientre.
—¡Vamos! —gruñó.
La moldura cedió otro poco. La pintura gris se quebró, revelando el brillo amarillo debajo. Valeria sintió pánico de que el brillo se viera desde afuera, así que trabajó más rápido, desesperada.
Tiró con ambas manos, apoyando un pie en la pared de la camioneta.
¡Crack!
La moldura se soltó de los remaches. Cayó en sus manos.
Casi se le cae al piso.
Era pesadísima. Esa pequeña tira de metal, que en acero no pesaría más de doscientos gramos, en oro pesaba casi un kilo.
Valeria se quedó sentada en el suelo sucio, sosteniendo la pieza contra su pecho, respirando agitadamente. Tenía un kilo de oro en las manos. Al precio actual, eso eran… hizo el cálculo mental rápido… más de un millón de pesos. Quizás más.
Tenía un millón de pesos en la mano y ni un peso para comprar agua.
—¿Mamá? —susurró Santiago desde el frente—. Viene un señor con un carrito.
Valeria escondió la pieza rápidamente debajo de una cobija vieja.
—No te muevas, Santi.
Esperaron en silencio. Escucharon el sonido de las ruedas de un carrito de tamales pasar por la acera, el grito lejano del vendedor. Cuando el peligro pasó, Valeria sacó la pieza.
Ahora venía la parte más difícil.
No podía venderla así. Parecía una pieza de coche. Tenía forma de riel. Si la llevaba así, pensarían que era robada o sospecharían de la camioneta.
Tenía que deformarla.
Puso la pieza en el suelo, sobre una placa de metal de la herramienta. Tomó el martillo.
—Tápate los oídos, Santi.
Comenzó a golpear. Bang. Bang. Bang.
Golpeó el oro con furia. Golpeó el hambre de su hijo. Golpeó la risa de Claudia. Golpeó la indiferencia de su suegro.
El oro, maleable y noble, obedeció a su ira. Se dobló, se aplastó, se retorció sobre sí mismo hasta dejar de parecer una pieza automotriz y empezar a parecer un lingote deforme, un trozo de metal fundido sin forma definida.
Le tomó una hora. Terminó con las manos ampolladas y los brazos temblando de agotamiento.
Envolvió la pieza, ahora una bola irregular y pesada, en un trapo sucio con grasa. Luego lo metió en una bolsa de plástico negra de las de basura. Y finalmente, metió eso en su bolsa de mano desgastada.
—Vamos, Santiago. Vamos a dar un paseo.
No se atrevió a mover la camioneta. “La Bestia” se quedó estacionada en esa calle de Tlalpan. Valeria cerró con doble llave, rezó tres Ave Marías y le puso el bastón de seguridad al volante.
Caminaron hasta la estación del metro más cercana, General Anaya.
Valeria usó los últimos pesos que tenía para comprar dos boletos. Le sobraron dos pesos.
—Agárrate fuerte de mí, no te sueltes por nada del mundo —le ordenó a Santiago mientras bajaban las escaleras hacia el andén.
El metro estaba lleno, como siempre. Olores a humanidad, calor, vendedores ambulantes gritando “¡Lleve la pomada, lleve el disco!”. Valeria abrazó su bolsa contra su vientre como si fuera un segundo hijo. Sentía el peso del oro tirando de su hombro, un peso físico y psicológico. Cada mirada de un extraño le parecía una acusación. “¿Sabrán? ¿Se nota que llevo una fortuna en esta bolsa vieja?”.
Bajaron en la estación Bellas Artes. Salieron a la luz cegadora del centro de la ciudad. El Palacio de Bellas Artes brillaba con su mármol blanco, indiferente a su miseria.
Valeria no fue al Monte de Piedad, la casa de empeño más grande y famosa frente al Zócalo. Ahí hacían demasiadas preguntas, pedían demasiadas identificaciones y facturas. Y ella no tenía factura de “un kilo de oro deforme”.
Caminó hacia la calle Madero, y de ahí se desvió hacia los callejones de los joyeros en la calle Palma.
Sabía a dónde ir. Roberto le había contado historias de cuando empezó, de cómo compraba oro barato para revender.
Buscaba un lugar específico. Un pasaje comercial viejo, de esos que huelen a cera perdida y a metal pulido.
Encontró el letrero, apenas visible entre anuncios de “Se compran boletas de empeño” y “Reparación de relojes”. Decía simplemente: Metales y Fundición El Crisol.
Entraron. El pasillo era estrecho y oscuro. Subieron unas escaleras crujientes hasta un segundo piso.
Había una puerta de seguridad con un timbre y una cámara vieja.
Valeria tocó.
—¿Qué quiere? —sonó una voz distorsionada por el interfón.
—Vengo a vender. Metal de fundición —dijo Valeria, tratando de que su voz sonara firme, profesional.
—¿Referencia?
Valeria tragó saliva. No tenía referencia. Improvisó.
—Vengo de parte del difunto Roberto Villalobos. Su viuda.
Hubo un silencio largo. Valeria pensó que no abrirían. Santiago se apretó contra su pierna.
Finalmente, sonó un zumbido eléctrico y la puerta se destrabó.
Entraron a una pequeña oficina blindada. Había un mostrador de cristal grueso y, detrás de él, un hombre mayor, calvo, con lentes de joyero colgando del cuello y manos manchadas de ácido y carbón.
El hombre la miró por encima de sus gafas. Sus ojos eran pequeños y astutos.
—Villalobos, ¿eh? Escuché que falleció. Una pena. Me debía dinero de un trabajo de hace años.
Valeria sintió un golpe de pánico. ¿Y si le cobraban a ella?
—Si le debía, no vengo a pagar —dijo ella, sacando el carácter de donde no lo tenía—. Vengo a hacer negocios. Si no le interesa, me voy con los chinos de la calle Motolinía.
El hombre soltó una risita seca, como papel de lija.
—Tranquila, señora. Los negocios son los negocios. ¿Qué trae?
Valeria miró a Santiago.
—Siéntate ahí, mi amor, y no digas nada.
Puso la bolsa sobre el mostrador. Sacó el envoltorio de trapo grasiento y lo desenvolvió lentamente.
El trozo de oro, deforme y sucio, golpeó el cristal con un ruido sordo y pesado. Clonk.
El joyero dejó de sonreír. Se inclinó hacia adelante.
—Vaya… —murmuró.
Tomó la pieza. Su mano bajó un poco por el peso inesperado.
—Pesado. Muy pesado. ¿De dónde sacó esto? ¿Se robó la campana de una iglesia?
—Es herencia familiar —mintió Valeria, mirándolo a los ojos—. Mi abuelo era paranoico. Fundió todas sus monedas y joyas en lingotes caseros para que nadie se los robara. Encontré esto limpiando la casa después del funeral. Quiero venderlo. Sin preguntas. En efectivo.
El hombre la estudió. Miró su ropa arrugada, su cabello sucio, el niño pálido en la silla. Sabía que estaba desesperada. Los buitres huelen la sangre.
—Tengo que probarlo. Puede ser plomo con baño de oro. O latón pesado.
—Pruébelo. Pero no trate de engañarme. Sé lo que es.
El hombre llevó la pieza a una mesa de trabajo trasera. Valeria lo observó como un halcón. Lo vio raspar la pieza profundamente, más allá de la capa superficial. Lo vio aplicar el ácido nítrico.
Esperó la reacción. Si burbujeaba verde, era falso. Si se ponía lechoso, era plata.
No hubo reacción. La gota de ácido se quedó ahí, transparente, sobre el metal brillante.
El hombre probó con otro ácido más fuerte. Nada.
Luego lo puso en una báscula digital.
—980 gramos —anunció el hombre. Se quitó los lentes y miró a Valeria con un respeto nuevo, teñido de codicia—. Es oro. Y de alta ley. Probablemente 22 o 24 quilates. Vieja escuela.
Valeria soltó el aire.
—¿Cuánto?
El hombre sacó una calculadora. Tecleó números rápido.
—El gramo está a… bueno, el mercado fluctúa. Le puedo dar 800 pesos el gramo.
Valeria había hecho su tarea. Había visto los precios en el periódico de ayer que encontró tirado.
—No me insulte. El centenario está cotizando mucho más alto. El gramo de 24k anda sobre los 1,300 pesos mínimo a la compra.
—Esto no es un centenario, señora. Es un pedazo de metal sucio deforme. Tengo que fundirlo, refinarlo, ensayarlo. Eso cuesta. Y además… —bajó la voz— …sin factura, el riesgo es mío. 850.
—1,100 —contraatacó Valeria.
—900. Y es mi última oferta. Tómalo o vete a caminar con un kilo de oro por el centro hasta que alguien te dé un navajazo.
Valeria apretó los puños. Tenía razón. Era peligroso. Y ella necesitaba el dinero ya. 900 pesos por gramo. 980 gramos.
Hizo la cuenta mental.
882,000 pesos.
Casi novecientos mil pesos.
El corazón le dio un vuelco. Con eso podía rentar una casa. Podía pagar un hospital privado para el parto. Podía comprar ropa, comida, vivir tranquila un año o dos.
—950 —dijo Valeria—. Y me voy ahora mismo.
El hombre la miró. Vio la determinación en sus ojos.
—950. Pero no tengo tanto efectivo aquí. Tendré que hacerle una transferencia o un cheque.
—¡No! —gritó Valeria—. Nada de bancos. Nada rastreable.
—Señora, no guardo casi un millón de pesos en la caja chica.
—Entonces deme lo que tenga. Y el resto en centenarios o monedas de plata. O dólares. Me da igual.
El hombre dudó, luego asintió. Fue a una caja fuerte grande empotrada en la pared.
Tardó unos minutos.
Regresó con fajos de billetes y una bolsa de terciopelo.
—Tengo 300,000 en billetes. Billetes de 500 y de 200. Usados, no seriados. Y le completo el resto con 15 centenarios de oro. Son monedas fáciles de vender en cualquier lado, más fácil que ese lingote feo que trajo.
Valeria hizo cuentas rápidas. Un centenario valía alrededor de 40,000 o 50,000 pesos. 15 monedas eran unos 750,000 pesos. Más los 300,000 en efectivo…
—Está pagándome de más con los centenarios —dijo Valeria, sospechando.
—Considéalo una inversión. Me gusta el oro viejo. Ese que trajo tiene… carácter. Y prefiero soltar monedas que efectivo hoy. ¿Trato?
Valeria asintió.
El hombre contó el dinero en una máquina. Trrr-trrr-trrr. El sonido más hermoso del mundo.
Valeria metió los fajos de billetes en su bolsa, envolviéndolos en la ropa sucia de Santiago para esconderlos. Guardó las monedas de oro en un bolsillo interno de su abrigo, pegadas a su cuerpo.
—Un placer, señora Villalobos. Si encuentra más “herencia del abuelo”, ya sabe dónde estoy.
—No creo que quede más —dijo Valeria, mintiendo con la cara más seria del mundo—. Esto era todo.
Salieron del edificio.
El sol del mediodía en la calle Madero la golpeó, pero esta vez no se sintió como un castigo. Se sintió como una bendición.
Tenía trescientos mil pesos en la bolsa y medio millón en monedas de oro en el bolsillo.
Era rica. Bueno, no rica nivel Villalobos, pero ya no era indigente.
—Mamá, me duelen los pies —se quejó Santiago.
Valeria se detuvo en medio de la multitud. Se agachó y abrazó a su hijo, riendo y llorando al mismo tiempo.
—Santi, mi amor. Se acabó. El hambre se acabó.
—¿Podemos comer?
—Podemos comer lo que tú quieras. Lo que quieras.
Fueron al restaurante más cercano, un Vips. No era lujo, pero tenía aire acondicionado y mesas limpias.
Valeria pidió de todo. Sopa de tortilla, enchiladas, malteadas, postre.
Vio a Santiago comer con un apetito voraz, recuperando el color en sus mejillas. Ella comió despacio, saboreando cada bocado, sintiendo cómo la energía volvía a su cuerpo y a su bebé.
Después de comer, Valeria no cometió el error de ir a un hotel de lujo. Sería sospechoso: una mujer con aspecto de vagabunda pagando en efectivo en un Marriott.
Fue a un hotel de negocios discreto, de esos para agentes viajeros, limpio y seguro, en la colonia Roma Sur, lejos de la casa que le habían quitado.
Pagó tres noches en efectivo.
—Necesito un cuarto con tina —dijo.
Cuando entraron a la habitación, con sábanas blancas limpias, agua caliente y televisión por cable, Santiago se lanzó a la cama y empezó a saltar.
Valeria cerró la puerta con seguro. Puso la silla contra la perilla, una vieja costumbre que no pensaba perder.
Sacó el dinero y las monedas y las escondió en el doble fondo de la maleta vieja.
Luego, abrió la llave de la tina.
Se quitó la ropa sucia, esa ropa que olía a fracaso y a óxido.
Se metió en el agua caliente.
Cerró los ojos y dejó que el calor le penetrara los huesos.
El bebé se movió suavemente.
—Ya estamos a salvo —susurró—. Por ahora.
Pero su mente no descansaba.
Solo había vendido una moldura. Una pequeña tira de treinta centímetros. Y le habían dado casi un millón.
La camioneta tenía paneles enteros. Puertas. Techo. Piso.
Hizo un cálculo rápido, visualizando el volumen de la camioneta. Si toda la carrocería era de ese oro… si eran cientos de kilos…
Valeria abrió los ojos de golpe en la tina.
No tenía un millón.
Tenía cientos de millones. Quizás miles.
Tenía más dinero que Don Humberto Villalobos. Tenía más dinero que toda esa maldita familia junta.
Y la camioneta seguía estacionada en la calle, en Tlalpan, sola.
—¡La camioneta! —exclamó, salpicando agua.
No podía dejarla ahí. Era demasiado arriesgado. Si se la robaban… si una grúa se la llevaba…
Salió de la tina, secándose a toda prisa.
—Santi, vístete. Ponte la ropa nueva que compramos en el camino.
—¿Qué? ¿Ya nos vamos?
—No, tú te quedas aquí viendo caricaturas y pidiendo servicio al cuarto. Yo tengo que ir por “La Bestia”.
—¡No quiero quedarme solo!
—Es un hotel seguro, mi amor. Cierras con llave y no le abres a nadie. Mamá va a traer la camioneta y la vamos a guardar en un estacionamiento privado, uno caro, con guardias.
Valeria salió del hotel, dejando a Santiago seguro y feliz. Tomó un taxi, ya no el metro.
—A Tlalpan, rápido.
Mientras el taxi avanzaba por el tráfico de la tarde, Valeria empezó a planear. Ya no pensaba como una víctima. Pensaba como una empresaria.
No podía vender todo el oro de golpe. Inundaría el mercado, bajaría el precio o la matarían.
Tenía que ser paciente.
Tenía que construir una fachada.
Un negocio.
Una florería. Sí. Eso era lo que sabía hacer. Usaría la florería para lavar el dinero de las ventas pequeñas de oro. Diría que el negocio iba muy bien. Nadie sospecharía de una viuda trabajadora que tiene “buena suerte”.
Llegó a donde había dejado la camioneta.
Su corazón se detuvo.
Había una patrulla parada detrás de la Ford Econoline. Dos policías estaban mirando por las ventanas, alumbrando con linternas hacia adentro.
—¡Mierda! —susurró Valeria.
Le dijo al taxista:
—Déjeme aquí, en la esquina.
Se acercó caminando, con el corazón en la garganta.
—Buenas tardes, oficiales. ¿Pasa algo? Es mi camioneta.
Los policías se giraron. La miraron con desconfianza, pero al ver su ropa nueva y limpia (se había comprado un abrigo sencillo pero bonito en el centro), bajaron un poco la guardia.
—Buenas tardes, seño. Es que nos reportaron un vehículo abandonado. Ya íbamos a pedir la grúa para llevarla al corralón.
Valeria sintió un sudor frío. Si se la llevaban al corralón, la desvalijarían. Descubrirían el oro.
—Ay, no, oficiales, qué pena. No está abandonada. Se me descompuso ayer y fui por el mecánico. Ya me la llevo. Mire, aquí están las llaves y los papeles.
Sacó un billete de 500 pesos disimuladamente, doblado en la mano.
—Disculpen las molestias. Para sus refrescos, por el tiempo perdido.
El policía mayor vio el billete, sonrió y lo tomó con la habilidad de un mago.
—Ah, bueno, jefa. Tenga cuidado, esta zona es brava. Llévesela rápido.
Valeria subió a la camioneta.
Esta vez, al tocar el volante, no sintió asco. Sintió gratitud.
—Perdón por dejarte sola, grandota —le dijo al tablero.
Arrancó el motor. El rugido sonó como una risa victoriosa.
Condujo hacia un estacionamiento privado cerca del hotel, uno subterráneo, con cámaras y vigilancia 24 horas. Pagó un mes por adelantado. Pidió el rincón más oscuro y alejado.
Cubrió la camioneta con la lona que había comprado.
—Descansa —le susurró—. Pronto te voy a convertir en un imperio.
Esa noche, de regreso en la habitación del hotel, Valeria durmió abrazada a Santiago.
Por primera vez desde el funeral, no soñó con la lluvia ni con las risas de sus suegros.
Soñó con flores. Miles de flores doradas abriéndose bajo el sol.
Y en medio de ese jardín, vio su futuro. Un futuro donde ella era la reina, y los Villalobos… los Villalobos no eran más que abono para su jardín.
Mañana empezaría la verdadera transformación. Mañana, Valeria Ramírez moría, y nacía la dueña de su propio destino.
CAPÍTULO 5: EL ARTE DE LA GUERRA SILENCIOSA
El tiempo es un escultor curioso; a veces trabaja con cincel fino, puliendo detalles imperceptibles, y otras veces usa un mazo, rompiendo estructuras enteras de un solo golpe. Para Valeria, los seis meses siguientes al descubrimiento del oro fueron una mezcla de ambos.
Había nacido su hija, a quien llamó Victoria. El nombre no era casualidad; era una declaración de intenciones. Victoria llegó al mundo en un hospital privado, limpio y seguro, pagado con efectivo que nadie cuestionó. Valeria sostuvo a la bebé en sus brazos, mirando sus ojos oscuros, idénticos a los de Roberto, y le prometió lo mismo que a Santiago: nadie volvería a humillarlas.
Valeria no se volvió loca con el dinero. No compró mansiones ni autos deportivos. Esa era la trampa en la que caían los nuevos ricos, y ella no podía permitirse llamar la atención. La camioneta de oro seguía siendo su secreto más peligroso.
Su estrategia fue quirúrgica. Primero, rentó un departamento modesto pero bonito en la colonia Del Valle. Era seguro, tenía vigilancia y estaba lo suficientemente lejos de la zona de influencia de los Villalobos. Santiago volvió a la escuela, a un colegio nuevo donde nadie conocía su apellido ni su historia.
Lo segundo fue el negocio.
Valeria sabía que no podía vivir vendiendo pedazos de la camioneta eternamente sin levantar sospechas. Necesitaba una fuente de ingresos “legítima” que justificara su nivel de vida y, eventualmente, su riqueza. Necesitaba lavar su propia fortuna, no de actividades ilícitas, sino de una herencia oculta que el gobierno o sus suegros intentarían confiscar si se enteraban.
Regresó al Mercado de Jamaica. No al local elegante que alguna vez soñó, sino a sus raíces. Alquiló un puesto pequeño en una de las naves principales.
—¿Flores, señora? —le preguntó el administrador del mercado al firmar el contrato—. Hay mucha competencia aquí.
—No vendo flores —respondió Valeria con una sonrisa enigmática—. Vendo emociones.
Y tenía razón. Valeria no se limitó a vender docenas de rosas envueltas en papel celofán barato. Ella aplicó todo lo que había aprendido diseñando para la alta sociedad, pero adaptado al mercado real. Creó arreglos minimalistas, elegantes, usando flores locales pero con técnicas de diseño floral europeo.
Usaba follaje que otros tiraban. Usaba bases de madera reciclada que ella misma trataba. Y sus precios eran competitivos, pero no baratos.
La gente empezó a notarlo.
—Oye, ve con la chica del puesto 48. Hace unos ramos que parecen de revista.
—¿La viuda? Sí, trabaja como mula. Llega a las 4 de la mañana.
Valeria trabajaba incansablemente. Con Victoria dormida en un bambineto detrás del mostrador y Santiago haciendo la tarea en una mesa plegable por las tardes, ella cortaba tallos, limpiaba espinas y armaba ramos hasta que le sangraban los dedos.
Pero cada dos o tres meses, hacía un viaje “especial”.
Iba a la pensión donde guardaba la camioneta. Cerraba la cortina de la bodega privada que había rentado. Encendía una luz de trabajo.
Y con la precisión de un cirujano, extraía otra pieza.
Una manija de la puerta. Un soporte del asiento. Una bisagra.
Cada pieza eran cientos de miles de pesos que inyectaba al negocio como “ventas en efectivo anónimas” o “préstamos privados”.
Así, ‘Florería Victoria & Santiago’ creció. No orgánicamente, sino con esteroides financieros invisibles.
Al año, Valeria compró el local de al lado. A los dos años, compró la isla completa.
Remodeló todo. Puso pisos de loseta, iluminación cálida, refrigeradores industriales de última generación. Contrató empleados: dos floristas jóvenes y un chofer para repartos.
Compró una camioneta de reparto nueva, una Nissan blanca, rotulada con su logo en dorado y verde oliva. La vieja Ford de oro seguía durmiendo su sueño millonario en la oscuridad.
Mientras tanto, Valeria mantenía un ojo en el enemigo.
Contrató a un investigador privado barato para que le diera reportes mensuales sobre los Villalobos.
Los informes eran música para sus oídos.
—”Diseños Florales Villalobos reporta pérdidas por tercer trimestre consecutivo.”
—”Demandas laborales por despidos injustificados.”
—”Don Humberto Villalobos hospitalizado por hipertensión.”
—”Claudia Villalobos vista en casinos de la ciudad gastando grandes sumas.”
Estaban colapsando. Sin Roberto, la empresa no tenía dirección. Don Humberto era un tirano anticuado que se negaba a innovar, y Claudia estaba saqueando las cuentas para mantener su estilo de vida.
Valeria leía los informes con una taza de té en la mano, sentada en su sala cómoda, y sonreía.
“Paciencia”, se decía. “Dejen que se cocinen en su propia salsa”.
Tres años después del funeral.
El negocio de Valeria ya no era un puesto de mercado. Había dado el salto. Había comprado (con un “crédito bancario” que en realidad pagó casi de contado con una venta grande del parachoques trasero de la camioneta) un local comercial en una esquina privilegiada de la Condesa.
La inauguración fue discreta pero elegante.
El local era hermoso. Grandes ventanales, techos altos, olor a eucalipto y lavanda. El nombre “ISA & ROSE” (un juego de palabras con los nombres de sus hijos en inglés, Isaías —Santiago— y Rosa —Victoria—, aunque legalmente seguía siendo Florería Victoria & Santiago) brillaba en letras doradas sobre la entrada verde oscuro.
Valeria estaba detrás del mostrador, revisando un pedido para un hotel boutique, cuando la campanilla de la puerta sonó.
Entró una mujer que Valeria reconoció al instante, aunque hacía años que no la veía. Era la señora Montemayor, la amiga chismosa de su suegra que había hablado pestes de ella en el funeral.
La mujer miró alrededor, impresionada por la decoración.
—Buenas tardes —dijo la señora, sin reconocer a Valeria de inmediato—. Me recomendaron este lugar para los centros de mesa de la boda de mi hija. Busco algo… único.
Valeria alzó la vista. Llevaba el cabello recogido en un chongo elegante, una blusa de seda blanca y un maquillaje impecable. Ya no era la viuda empapada y derrotada. Era una empresaria exitosa.
—Buenas tardes, señora Montemayor —dijo Valeria con voz suave y educada—. Qué gusto verla después de tanto tiempo.
La mujer se congeló. Entornó los ojos, tratando de ubicarla.
—¿Nos… conocemos?
—Soy Valeria. La viuda de Roberto Villalobos.
La mandíbula de la señora Montemayor cayó literalmente.
—¡Valeria! —balbuceó—. ¡Pero… Dios mío! ¡Mírate! Yo… escuché que te habías ido de la ciudad. Que estabas… bueno, que estabas pasando por un mal momento.
—Los rumores suelen ser exagerados —respondió Valeria con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. Como puede ver, estoy bastante bien. ¿En qué puedo ayudarla con la boda de Sofía? Recuerdo que le encantaban las peonías, ¿cierto?
La mujer estaba aturdida. La transformación era total. No solo era el dinero; era la actitud. Valeria irradiaba poder.
—Sí… sí, peonías. Oye, pero qué lugar tan divino. ¿Es tuyo?
—Todo mío.
—Vaya… tengo que decirle a Griselda. No va a creerlo. Sabes que ellos… bueno, no les ha ido muy bien.
—He escuchado algo —dijo Valeria, restándole importancia mientras anotaba en su libreta—. Pero prefiero concentrarme en mi trabajo. Entonces, ¿presupuesto para 20 mesas?
La señora Montemayor se convirtió en su mejor publicidad. Y en su mejor espía involuntaria.
Al día siguiente, todo el círculo social de los Villalobos sabía que la “nuera desheredada” tenía la florería más chic de la Condesa.
Y, por supuesto, los Villalobos se enteraron.
Una semana después, Valeria estaba en la bodega trasera del local, supervisando la llegada de un cargamento de tulipanes holandeses.
—Señora Valeria —la llamó su asistente, una chica llamada Ana—. Hay un señor buscándola. Insiste en ver a la dueña. Dice que es familiar.
Valeria sintió un piquete de adrenalina en el estómago. Sabía quién era. Había estado esperando este momento.
Se quitó el delantal de trabajo, se alisó la falda y salió al área principal.
Ahí estaba Don Humberto.
El tiempo no había sido amable con él. Se veía más bajo, encogido. Su traje, aunque de buena marca, se veía viejo, brilloso por el uso excesivo de la plancha. Tenía manchas de edad en las manos y un temblor ligero que intentaba ocultar metiéndolas en los bolsillos.
Estaba mirando un arreglo de orquídeas con una mezcla de admiración y envidia que le retorcía la cara.
—Don Humberto —dijo Valeria. No le ofreció la mano. Se quedó parada detrás de su mostrador de mármol, como una reina en su trono.
El anciano se giró. Sus ojos la recorrieron, buscando grietas, buscando a la mujer débil que había echado de su oficina hacía tres años. No la encontró.
—Valeria… —su voz era rasposa—. Me dijeron que habías puesto un changarro, pero no imaginé… esto.
—Es un negocio, Don Humberto. “Changarro” era lo que usted dirigía antes de llevarlo a la quiebra, según entiendo.
El golpe fue directo. Don Humberto se puso rojo.
—¡No seas insolente! Sigues siendo la misma malagradecida. Vine aquí con intenciones de paz.
—¿Paz? —Valeria arqueó una ceja—. Curioso. La última vez que lo vi, me dio 24 horas para desalojar mi casa y se burló de mi hijo. ¿Eso fue un acto de paz?
Don Humberto suspiró, un sonido sibilante de pulmones cansados. Se acercó al mostrador, bajando la voz.
—Mira, dejemos el pasado atrás. La familia es la familia. He venido porque… bueno, voy a ser franco. La empresa está pasando por una reestructuración. Necesitamos capital fresco y… sangre nueva. He pensado que, en memoria de Roberto, podríamos ofrecerte una oportunidad.
Valeria casi se ríe.
—¿Una oportunidad?
—Sí. Podríamos fusionar este… local… con Grupo Villalobos. Tú te encargarías de la parte creativa, por supuesto, bajo la supervisión de Claudia. A cambio, te daríamos un porcentaje de las acciones. Pequeño, claro, para empezar. Y podrías volver a usar el apellido Villalobos comercialmente. Eso le daría prestigio a tu tienda.
Era increíble. La arrogancia de ese hombre no tenía límites. Estaba arruinado, desesperado, y aun así venía a intentar “comprarla” con migajas, ofreciéndole trabajar para la mujer que la odiaba, a cambio de un apellido que ya no valía nada.
Valeria caminó despacio alrededor del mostrador y se paró frente a él.
—Don Humberto, creo que está confundido. Mi negocio factura en un mes lo que su “Grupo” factura en un año actualmente. Tengo contratos con los mejores hoteles de la ciudad. Mi marca, Isa & Rose, es sinónimo de elegancia. La marca Villalobos… es sinónimo de deudas y demandas.
El anciano apretó los puños.
—¡Tuviste suerte! ¡Seguramente te gastaste algún seguro de vida que Roberto tenía escondido! ¡Ese dinero era mío!
Valeria se inclinó hacia él, invadiendo su espacio personal.
—No fue un seguro, suegro. Fue una herencia. La única que ustedes me dejaron.
—¿De qué hablas? ¿La camioneta vieja? —se burló, aunque había duda en sus ojos—. No me digas que vendiste chatarra.
—Digamos que la camioneta tenía… valores ocultos. Valores que solo alguien que amaba a Roberto podía ver. Ustedes solo vieron óxido. Yo vi el futuro.
Don Humberto la miró con sospecha, pero no entendió. Su mente cuadrada no podía concebir la realidad de lo que había perdido.
—Escúchame bien, niña. No vas a durar. Este éxito es una racha. Vas a caer, y cuando caigas, no vayas a tocar mi puerta.
Valeria sonrió. Una sonrisa genuina, fría y cortante.
—No se preocupe. No tocaré su puerta. De hecho, es probable que cuando toque una puerta, sea la mía… porque estoy pensando en comprar la casa de la Roma. Me enteré de que el banco la sacó a remate porque ustedes dejaron de pagar la hipoteca sobre el “fideicomiso”.
Don Humberto palideció. Se puso blanco como el papel.
—Tú no… tú no puedes… esa casa es de la familia.
—Ya no. Ahora es del banco. Y pronto será mía. De nuevo. Y esta vez, las escrituras estarán a mi nombre.
El anciano dio un paso atrás, como si le hubiera dado un infarto. Se llevó la mano al pecho.
—Eres… eres una serpiente. Roberto estaría avergonzado.
—Roberto estaría orgulloso de que su esposa recuperara el techo de sus hijos. Ahora, por favor, salga de mi tienda. Está asustando a la clientela con su olor a naftalina y fracaso.
Don Humberto salió temblando, arrastrando los pies.
Valeria lo vio irse a través del cristal.
Sintió una mano pequeña en su pierna. Era Victoria, su hija de tres años, que había salido de la oficina.
—¿Quién era ese señor, mami?
Valeria cargó a la niña.
—Nadie importante, mi amor. Solo un fantasma del pasado.
Esa noche, Valeria hizo una llamada.
—¿Licenciado Torres? Sí, soy Valeria. Proceda con la compra de la casa en la Roma. Ofrezca un 10% más que la puja más alta. La quiero. Sí, en efectivo. No, a nombre de una sociedad anónima. Que no sepan que soy yo hasta que tenga las llaves en la mano.
Colgó el teléfono.
Se sirvió una copa de vino.
Fue a su cuarto, abrió su caja fuerte.
Ahí guardaba su “reserva”: cinco lingotes de oro fundido que había preparado la semana pasada.
El imperio Villalobos estaba cayendo. Y ella lo estaba comprando, ladrillo por ladrillo, con el mismo oro que ellos habían despreciado.
La venganza no era un plato que se servía frío.
La venganza era un plato que se servía dorado.
Pero Valeria sabía que el juego se estaba volviendo peligroso. Al comprar la casa, estaba declarando la guerra abierta. Y Don Humberto, aunque viejo y herido, seguía siendo un lobo. Si sospechaba de dónde venía realmente el dinero… si sumaba dos más dos y recordaba las historias del abuelo joyero…
Valeria tendría que ser más cuidadosa que nunca. La camioneta ya no podía estar en una bodega cualquiera. Necesitaba desaparecerla. O transformarla definitivamente.
El siguiente paso en su plan era el más arriesgado de todos: fundir la camioneta entera. Desaparecer la evidencia y quedarse solo con el capital.
Pero para eso, necesitaba un aliado industrial. Y en el mundo del metal, los aliados costaban caro y a veces cobraban con sangre.
CAPÍTULO 6: LA CASA DE LOS ESPEJOS ROTOS
Recuperar el pasado tiene un precio, y no siempre se paga con dinero. A veces se paga con fantasmas.
Valeria estacionó su camioneta Nissan nueva frente a la casona de la calle Colima, en la Colonia Roma. El motor se apagó con un susurro, muy diferente al rugido asmático de “La Bestia”, que seguía escondida en la bodega de seguridad al norte de la ciudad.
Bajó del auto y se quedó parada en la acera, mirando la fachada.
La casa era una belleza arquitectónica del Porfiriato, con balcones de herrería francesa y muros de cantera rosa. Pero algo había cambiado. Ya no tenía el brillo impecable de cuando vivía ahí con Roberto. La pintura de la fachada estaba descarapelada en las esquinas. El jardín delantero, que ella solía cuidar con esmero, era una selva de maleza seca y buganvilias muertas. Las ventanas estaban sucias, opacas, como ojos con cataratas.
Sintió una mano en la suya. Santiago, ahora un adolescente de catorce años, alto y desgarbado, estaba a su lado.
—Se ve… más chica de lo que recordaba —dijo él, con la voz cambiante de la pubertad.
—Las cosas siempre se ven más grandes cuando las pierdes, y más chicas cuando las recuperas —respondió Valeria, apretando el juego de llaves en su mano.
No eran las llaves viejas. Eran llaves nuevas, entregadas esa mañana por el banco. La transacción había sido rápida y brutal. Valeria había ofertado un 15% por encima del valor de remate, pagando de contado a través de una sociedad anónima que había constituido meses atrás: Inversiones Aureus S.A.. Nadie en el banco sabía que la dueña de Aureus era la viuda desahuciada.
—¿Entramos? —preguntó Victoria, de tres años, jalando su falda. Ella no recordaba esta casa. Para ella, era solo un edificio viejo y tenebroso.
Valeria respiró hondo, llenando sus pulmones con el olor a lluvia y jacarandas de la Roma, y empujó la pesada puerta de madera tallada.
El chirrido de las bisagras resonó en el vestíbulo vacío.
El interior fue un golpe al corazón.
Los Villalobos no solo se habían ido; habían saqueado el lugar.
No había muebles, por supuesto. Pero tampoco había lámparas. Habían arrancado los candelabros de cristal, dejando solo los cables pelados colgando de los techos altos como víboras muertas. Habían quitado las cortinas, los cortineros, incluso los espejos de los baños.
En la sala principal, donde antes había una chimenea de mármol italiano, ahora había manchas de hollín y marcas en el piso de madera, como si hubieran arrastrado cosas pesadas con rabia, rayando el parquet a propósito.
—Se llevaron todo —susurró Santiago, caminando hacia lo que había sido la biblioteca de su padre. Los estantes empotrados estaban vacíos, y alguien había escrito con plumón negro en la pared: LADRONA.
Valeria sintió una llamarada de furia, pero la apagó rápido.
—No se llevaron todo, Santi —dijo, su voz resonando en el eco de la casa vacía—. Se llevaron las cosas. Las cosas se compran. Se rompen. Se tiran. Pero nos dejaron los muros. Nos dejaron el techo. Y lo más importante: nos dejaron el espacio para llenarlo de nuevo, pero esta vez, con cosas que sean realmente nuestras.
Recorrió la casa habitación por habitación.
En el dormitorio principal, encontró marcas de humedad. El fideicomiso había dejado de pagar el mantenimiento hacía años. El techo tenía una gotera activa.
Valeria sonrió irónicamente. Tenía millones de dólares en oro escondidos, y acababa de comprar una casa con goteras.
—Perfecto —dijo en voz alta—. Me encanta.
Sacó su celular y marcó un número.
—¿Arquitecto Méndez? Soy Valeria. Ya tengo las llaves. Quiero que su equipo empiece mañana a las 7:00 AM. Quiero pisos nuevos, instalaciones eléctricas nuevas, cocina nueva. Todo. No quiero que quede ni un solo átomo de la vibra de los Villalobos en este lugar. ¿Presupuesto? No se preocupe por el presupuesto. Solo hágalo rápido.
Colgó.
Se giró hacia sus hijos.
—Escojan sus cuartos. Vamos a empezar de cero.
Mientras Valeria planeaba la remodelación, al otro lado de la ciudad, en un departamento húmedo y oscuro en la colonia Santa María la Ribera, el aire estaba tan cargado de veneno que costaba respirar.
El departamento era pequeño, amueblado con las pocas piezas de lujo que habían logrado salvar del embargo y que ahora lucían ridículas y apretadas en ese espacio de techos bajos. Un sofá Luis XV bloqueaba el paso a la cocineta. Un cuadro al óleo de un antepasado Villalobos colgaba chueco sobre una televisión barata.
Don Humberto estaba sentado en un sillón, con una copa de brandy barato en la mano. La botella estaba casi vacía.
Claudia caminaba de un lado a otro, fumando un cigarro tras otro, llenando la habitación de humo azul.
—¡Es que no lo entiendo, papá! —gritó, tirando la ceniza al suelo—. ¡Compró la casa! ¡La compró de contado! ¿Tienes idea de cuánto pide el banco por esa propiedad? ¡Veinte millones de pesos!
Don Humberto no respondió. Miraba un punto fijo en la pared, con los ojos inyectados en sangre. Su mente, antes afilada para los negocios, ahora era un torbellino de paranoia y odio.
—¿De dónde saca tanto dinero una florista? —siguió Claudia, histérica—. ¡Es imposible! Por muy bien que le vaya a su tiendita en la Condesa, los márgenes no dan para eso. ¡Ni vendiendo cocaína en los ramos sacaría tanto efectivo tan rápido!
—Lavado de dinero —murmuró Doña Griselda desde la recámara, donde pasaba el día entero acostada viendo telenovelas, negándose a aceptar su realidad.
—No es lavado —dijo Don Humberto finalmente. Su voz era grave, gutural—. O al menos, no de drogas. Valeria es muchas cosas, pero no es narco. No tiene el estómago ni los contactos.
—¡Entonces tiene un amante! —insistió Claudia—. Algún político corrupto, algún viejo millonario que la mantiene. ¡Es una zorra! Siempre lo fue.
—¡Cállate! —rugió Don Humberto, golpeando la mesa con el puño. La copa de brandy saltó, derramando líquido ámbar sobre el mantel de plástico.
El silencio cayó sobre el departamento.
Don Humberto se puso de pie, tambaleándose ligeramente. Caminó hacia la ventana y miró la calle sucia, llena de baches y puestos ambulantes.
Su mente viajó al pasado. Hacía treinta años.
Recordó a su padre, Don Eustaquio Villalobos. El viejo joyero. El hombre que había hecho la fortuna familiar original, antes de que Humberto la “diversificara” (y eventualmente despilfarrara).
Recordó las historias del abuelo Eustaquio durante la crisis del 94.
“Los bancos son ladrones, Beto. Nunca confíes en el papel moneda. El papel se quema. El oro… el oro es eterno”.
Recordó que el abuelo tenía un taller de fundición en el sótano de la casa vieja. Un taller al que nadie podía entrar.
Recordó que, poco antes de morir, el abuelo había estado obsesionado con “proteger el patrimonio”. Había liquidado cuentas en Suiza, vendido acciones. Había convertido todo en metal.
Pero cuando murió, no encontraron el oro.
Humberto había buscado por todos lados. Había levantado los pisos, roto las paredes. Nada.
Pensó que el viejo se lo había gastado, o que lo habían estafado, o que simplemente estaba senil y lo había escondido tan bien que se perdió para siempre.
Y luego… recordó la camioneta.
Esa maldita Ford Econoline.
El abuelo la había comprado nueva en el 78. La usaba para todo. Decía que era “su tanque”.
Cuando el abuelo murió, la camioneta pasó a Roberto. Humberto nunca la quiso; le parecía una chatarra vulgar. Roberto, en cambio, la adoraba. Decía que se sentía “seguro” en ella.
Don Humberto cerró los ojos, haciendo memoria.
Recordó el día del funeral de Roberto.
Recordó haberle gritado a Valeria: “Lo único que te llevas es la camioneta”.
Recordó la risa de Claudia.
Recordó el peso.
Hace unos años, intentó empujar esa camioneta porque tenía una llanta baja. Pesaba como un demonio. Pensó que eran los ejes viejos.
—Dios mío… —susurró Don Humberto.
Sus ojos se abrieron de golpe, con las pupilas dilatadas por el horror de la revelación.
—¿Papá? —preguntó Claudia, asustada por su expresión.
Humberto se giró lentamente. Su cara estaba pálida, desencajada.
—El oro… —balbuceó—. El oro del abuelo Eustaquio. Nunca se perdió.
—¿De qué hablas? Estás borracho.
—¡No estoy borracho, estúpida! —Humberto caminó hacia ella, agarrándola por los hombros y sacudiéndola—. ¡La camioneta! ¡La maldita camioneta! ¡El viejo loco fundió el oro y blindó la camioneta con él! ¡Los paneles, las puertas! ¡Todo!
Claudia lo miró como si estuviera loco.
—Papá, eso es ridículo. Una camioneta de oro… eso es de película.
—¡Piensa! —gritó él—. ¿Por qué pesaba tanto? ¿Por qué Roberto nunca quiso venderla ni cambiarla, ni cuando tenía dinero para comprarse un Mercedes? ¡Roberto lo sabía! ¡O lo sospechaba! Y yo… yo…
Humberto soltó a Claudia y se llevó las manos a la cabeza, jalándose el poco pelo gris que le quedaba. Soltó un grito de agonía pura, un aullido de animal herido.
—¡YO SE LA REGALÉ! ¡Yo se la di! ¡Le di la fortuna entera en sus manos y me reí mientras se la llevaba!
Claudia se quedó helada. La lógica de su padre, aunque delirante, empezaba a tener sentido. La riqueza repentina de Valeria. El hecho de que nunca se deshizo de esa chatarra vieja a pesar de tener dinero ahora.
—Si eso es cierto… —dijo Claudia, y la codicia empezó a brillar en sus ojos, reemplazando al escepticismo—. Si eso es cierto, papá… esa camioneta vale millones de dólares. Cientos de millones.
—Vale más que todo lo que perdimos —dijo Humberto, bajando las manos. Su expresión cambió. La angustia desapareció, reemplazada por una frialdad asesina—. Y legalmente… legalmente esa camioneta fue una donación basada en un fraude. O puedo alegar que el contenido de la camioneta no estaba incluido en la herencia del vehículo.
—O podemos quitársela —sugirió Claudia, encendiendo otro cigarro con manos temblorosas—. Antes de que se la acabe.
—No —dijo Humberto—. Si vamos a la policía, el gobierno confiscará todo. El tesoro nacional, impuestos, ya sabes. No veremos ni un peso. Esto tiene que ser por fuera.
Don Humberto fue hacia el teléfono fijo. Buscó un número en una libreta vieja y arrugada que guardaba en su saco.
—¿A quién vas a llamar?
—A un viejo conocido. El tipo de persona que resuelve problemas que los abogados no pueden. Se llama Garza. Es un ex-judicial. Un perro de presa.
Marcó el número.
—Garza… soy Villalobos. Sí, sigo vivo, desgraciadamente para ti. Necesito un trabajo. No, no es de deudas. Es de recuperación de activos. Quiero que encuentres una camioneta. Una Ford vieja. Y quiero que averigües dónde la guarda mi nuera por las noches. Sí… hay mucho dinero en juego. Suficiente para que te retires a una playa si haces esto bien.
Colgó el teléfono y miró a su hija.
—Prepara tu mejor ropa, Claudia. Vamos a recuperar lo que es nuestro. Y a esa “niña”… la vamos a dejar en la calle, pero esta vez, de verdad.
Valeria sentía una picazón en la nuca.
Llevaba dos semanas con la remodelación de la casa. Todo iba viento en popa. El negocio florecía. Santiago estaba feliz en su equipo de fútbol.
Pero Valeria tenía instinto de animal acorralado, desarrollado en esos meses de vivir en la calle. Y su instinto le decía que algo andaba mal.
Había visto un coche gris, un sedán genérico, estacionado dos veces cerca de la florería. Y una vez más cerca del colegio de Santiago.
Podía ser coincidencia. Ciudad de México estaba llena de coches grises.
Pero Valeria no creía en las coincidencias.
Decidió que era hora de acabar con el riesgo.
La camioneta aún tenía el 60% de su estructura original. Había vendido las partes fáciles: molduras, defensas, asientos (los soportes). Pero quedaba el chasis principal, el techo y las puertas grandes.
Era demasiado grande para seguir cortándola a pedacitos en la bodega. Era lento y ruidoso.
Necesitaba fundirla toda. Convertirla en lingotes anónimos de una vez por todas y deshacerse del cascarón.
Contactó a “El Ruso”.
No era ruso, era un metalúrgico de Iztapalapa con un taller industrial clandestino que solía trabajar con “materiales de dudosa procedencia” (cobre robado, autos, etc.). Valeria lo había conocido a través del joyero del centro.
—Necesito un horno grande —le dijo Valeria en una reunión en un café de paso—. Tengo una estructura completa que necesito fundir.
—¿Qué es? ¿Bronce? ¿Cobre?
—Oro —dijo Valeria en voz muy baja.
El Ruso casi se atraganta con su café.
—Señora… fundir una estructura de oro… eso requiere temperatura, moldes de grafito, seguridad… Y me va a costar un huevo la electricidad.
—Te pagaré el triple de tu tarifa habitual. Y te dejaré el 2% del material resultante.
El Ruso hizo cuentas. El 2% de una estructura de camioneta… era una jubilación anticipada.
—Trato hecho. ¿Cuándo la traes?
—Esta noche. A las 3:00 AM. Prepara el horno. Quiero que para el amanecer no quede ni rastro de esa camioneta. Quiero que todo sean barras.
Era arriesgado moverla. Pero era más arriesgado dejarla quieta.
Esa noche, Valeria dejó a los niños con una niñera de confianza (una señora mayor que le habían recomendado, aunque Valeria instaló cámaras por toda la casa para vigilarla desde el celular).
Se vistió con ropa oscura.
Fue a la bodega de seguridad en taxi.
Abrió el candado.
Ahí estaba “La Bestia”. Lucía terrible. Le faltaban pedazos, parecía que la habían bombardeado. Pero el motor seguía funcionando.
Valeria acarició el volante.
—Es el último viaje, vieja amiga. Gracias por todo. Te voy a extrañar.
Arrancó el motor. El rugido resonó en la bodega vacía.
Salió a la calle desierta de la zona industrial.
Manejó con nervios de acero. Miraba los espejos constantemente.
Nadie la seguía. La calle estaba vacía.
Tomó la avenida Vallejo hacia el norte, rumbo a Iztapalapa. Cruzar la ciudad de madrugada era rápido, pero peligroso.
En un semáforo en rojo, un coche se le emparejó.
Valeria contuvo la respiración.
Era un taxi. El taxista ni la miró.
Valeria suspiró. “Estás paranoica”, se dijo.
Pero no estaba paranoica.
Tres coches más atrás, con las luces apagadas, el sedán gris la seguía.
Garza, el detective, iba al volante. Tenía el teléfono en la oreja.
—Jefe, se está moviendo. Sí. Lleva la camioneta. Se dirige al oriente. Parece que va a las zonas industriales.
—No la pierdas —dijo la voz de Humberto al otro lado, temblando de emoción—. Si esa camioneta entra en algún lugar, quiero que entres detrás.
—Entendido. Y jefe… la camioneta se ve rara. Le faltan pedazos.
—¡Se la está comiendo! ¡Maldita sea! ¡Acelera, Garza! ¡Intercéptala si es necesario!
Garza colgó. Aceleró.
Valeria vio las luces acercándose rápido por el retrovisor.
Demasiado rápido.
—Mierda —susurró.
Pisó el acelerador. La vieja Ford, más ligera ahora que le faltaban cientos de kilos de oro, respondió con una velocidad sorprendente.
El sedán gris también aceleró.
Valeria giró bruscamente en una calle lateral, saltándose un alto.
El sedán la siguió, derrapando.
—Me están siguiendo.
Valeria sabía que no podía llevarlos al taller de El Ruso. Si lo hacía, expondría a su aliado y los acorralarían ahí.
Tenía que perderlos.
O tenía que enfrentarlos.
Miró el teléfono. Tenía señal.
Podía llamar a la policía. Pero, ¿cómo explicaría que la perseguían por una camioneta vieja? Y si la policía revisaba la camioneta y veía el oro expuesto…
No. Estaba sola.
Recordó una zona de obras cerca del Viaducto. Un laberinto de barreras de concreto y desviaciones.
—Agárrate, Bestia —dijo, apretando el volante con los nudillos blancos—. Vamos a ver de qué estás hecha.
Valeria entró al Viaducto a toda velocidad. El sedán gris intentó cerrarle el paso, golpeando su costado trasero.
¡BANG!
El golpe sacudió la camioneta. El ruido fue sordo, pesado.
El sedán gris, al golpear el oro macizo, rebotó violentamente. El parachoques del sedán se deshizo. La camioneta de Valeria apenas se abolló.
—Ventajas de manejar un tanque blindado —dijo Valeria con una sonrisa salvaje.
Pero Garza era persistente. Se recuperó y volvió a la carga, sacando una pistola por la ventanilla.
¡Pum! ¡Pum!
Dos disparos.
Uno dio en la lámina trasera. El otro rompió el espejo lateral (otra vez).
Valeria se agachó.
—¡Están locos!
Vio la salida a la zona de obras. Era una rampa estrecha, llena de grava.
Valeria dio un volantazo. La camioneta derrapó, las llantas chillaron, pero el peso del oro mantuvo el centro de gravedad bajo, impidiendo que se volcara.
Entró en la zona oscura de la construcción.
Garza intentó seguirla, pero su sedán, más ligero y rápido, no tuvo tracción en la grava. Perdió el control y se estrelló contra una barrera de contención de concreto.
¡CRASH!
El sedán quedó humeando, con el frente destrozado.
Valeria no se detuvo a ver si estaban vivos.
Aceleró a través del laberinto, saliendo por el otro lado hacia calles secundarias.
Dio vueltas durante media hora, asegurándose de que nadie más la seguía.
El corazón le latía tan fuerte que le dolía el pecho.
Llegó al taller de El Ruso a las 4:15 AM.
El portón metálico se abrió y ella metió la camioneta derrapando.
El Ruso cerró el portón de inmediato.
—¡Dios santo, señora! —dijo al ver los agujeros de bala y el golpe en el costado—. ¿Qué pasó? ¿Trae a la mafia encima?
—Algo así —dijo Valeria, bajando de la camioneta, temblando—. Mis suegros.
—¿Sus suegros le disparan? Joder, qué familia.
Valeria miró la camioneta bajo la luz de los reflectores del taller.
El golpe del sedán había arrancado un trozo grande de pintura y masilla en el costado.
Debajo, el oro brillaba, magnífico, con la marca del impacto apenas visible. El metal noble había resistido el ataque. Había protegido a Valeria una vez más.
—Ruso —dijo Valeria, acariciando el metal tibio—. Enciende el horno. Al máximo.
—¿Segura? Es una pieza de arte, en cierto modo.
—No es arte. Es una maldición. Y esta noche, la vamos a romper.
Comenzaron el trabajo.
Usaron sopletes de acetileno para cortar la carrocería en secciones manejables.
Valeria lloró mientras veía cómo cortaban el techo. Lloró mientras desmantelaban el tablero donde Santiago había jugado. Lloró mientras cortaban el piso donde había dormido embarazada.
Pero no eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de liberación.
Cada pieza cortada caía al crisol gigante.
El fuego rugía. El metal se derretía, perdiendo su forma de camioneta, perdiendo su forma de herencia, perdiendo su forma de burla.
Se convertía en líquido. Líquido naranja y brillante. Pura potencia.
Al amanecer, la camioneta Ford Econoline 1978 ya no existía.
En su lugar, había una fila de lingotes toscos, apilados sobre tarimas de madera, enfriándose. Y un montón de chatarra real (motor, llantas, vidrios) en una esquina.
Valeria tomó uno de los lingotes. Aún estaba tibio. Pesaba.
—¿Y ahora? —preguntó El Ruso, limpiándose el hollín de la cara.
—Ahora —dijo Valeria, mirando el oro—, voy a terminar lo que empecé.
Mientras tanto, en un hospital cercano, Garza despertaba con un collarín y la nariz rota.
Humberto Villalobos estaba a su lado, rojo de ira.
—¿Dónde está? —siseó Humberto.
—La perdí, jefe… es una loca. Esa camioneta… le pegué y se sintió como pegarle a un muro de concreto.
—Lo sé —dijo Humberto, mirando por la ventana—. Lo sé.
Humberto salió del hospital. Sabía que había perdido la oportunidad de robar la camioneta entera.
Pero ahora sabía la verdad sin lugar a dudas.
Y si no podía tener el oro… se aseguraría de que Valeria tampoco lo disfrutara.
Tenía una carta más por jugar. Una carta legal. Una carta sucia.
Si Valeria fundía el oro, tendría que justificar de dónde sacó los lingotes. Y ahí es donde él la atraparía. Lavado de dinero, evasión fiscal, robo de patrimonio familiar.
Humberto sonrió, una mueca calavérica.
—Disfruta tu victoria, Valeria. Porque mañana te voy a echar a Hacienda encima. Y a ver cómo explicas mil kilos de oro sin factura.
CAPÍTULO 7: EL JUICIO DE LOS BUITRES
El oro tiene una cualidad extraña: es frío al tacto, pero quema al que lo posee.
Valeria miraba las filas de lingotes apilados en el suelo de concreto de la bodega de seguridad de alta tecnología que había rentado en Santa Fe. Ya no había camioneta. No había asientos de vinilo rotos, ni volante desgastado, ni óxido. Lo que quedaba de la herencia de Roberto eran trescientos ochenta lingotes de oro de 24 quilates, fundidos toscamente, sin sellos oficiales, brillando bajo la luz fluorescente con una indiferencia casi divina.
El Ruso había hecho un trabajo impecable y rápido, cobrando su comisión en especie (dos lingotes que se llevó con una sonrisa de oreja a oreja y la promesa de desaparecer del mapa). Ahora, Valeria estaba sola con el resultado.
Según el cálculo rápido que había hecho con la cotización del día en Bloomberg, tenía frente a ella un patrimonio de aproximadamente 450 millones de pesos.
Era una cifra obscena. Era dinero suficiente para comprar vidas, para corromper almas, para construir imperios o para destruir familias.
—¿Y ahora qué hacemos contigo? —le susurró al metal.
Sabía que no podía simplemente llegar al banco con media tonelada de oro y depositarla. Eso activaría todas las alarmas de lavado de dinero de la UIF (Unidad de Inteligencia Financiera). Tenía que ser inteligente. Tenía que “encontrar” el oro legalmente. O venderlo poco a poco durante los próximos cincuenta años, lo cual era absurdo y peligroso.
Pero antes de que pudiera ejecutar la siguiente fase de su plan (crear una empresa minera fantasma para “extraer” y legalizar el metal), el pasado tocó a su puerta. Y no tocó con nudillos suaves; tocó con un ariete.
Tres días después de la fundición, Valeria estaba en su oficina privada en la planta alta de Isa & Rose en la Condesa. Abajo, la tienda estaba llena. Era temporada de bodas y el equipo corría de un lado a otro armando arreglos florales.
Valeria revisaba facturas cuando escuchó un alboroto en la entrada. Gritos. Ruido de botas. El silencio repentino de los clientes.
Bajó las escaleras rápidamente, con el corazón latiéndole en la garganta.
En medio de su hermosa tienda, rodeados de orquídeas y tulipanes, había seis agentes federales con chalecos tácticos que decían “FGR” (Fiscalía General de la República) y dos auditores del SAT con trajes grises y portafolios.
Los clientes miraban asustados. Algunos sacaban sus celulares para grabar.
—¿Qué significa esto? —exigió Valeria, bajando el último escalón con la barbilla en alto, aunque las piernas le temblaban.
Uno de los auditores, un hombre bajo con cara de ratón y gafas gruesas, dio un paso adelante.
—¿Usted es la señora Valeria Ramírez de Villalobos?
—Soy Valeria Ramírez. No uso el “de Villalobos”.
—Tenemos una orden de cateo y una orden de presentación, señora Ramírez. Se le acusa de presunto lavado de dinero, enriquecimiento ilícito y robo de patrimonio nacional.
Un murmullo recorrió la tienda.
—¿Robo? —Valeria soltó una risa incrédula—. ¿Robo de qué? Vendo flores, oficial.
—Eso lo determinará el Ministerio Público. Por ahora, tenemos orden de asegurar el inmueble y congelar todas sus cuentas bancarias vinculadas, personales y empresariales.
Detrás de los agentes, entró una figura que Valeria conocía demasiado bien.
Humberto Villalobos.
Entró caminando con dificultad, apoyado en un bastón, pero con una sonrisa de triunfo tan amplia que parecía una herida en su cara. A su lado iba Claudia, vestida de negro, mirando a Valeria con puro odio destilado.
—Hola, nuera —dijo Humberto, su voz resonando en el local silencioso—. Te dije que no fueras a tocar mi puerta cuando cayeras. Pero no te preocupes, nosotros vinimos a tocar la tuya.
—Usted… —Valeria entendió todo en un segundo. La denuncia. La mentira.
—Señora Ramírez, tiene que acompañarnos —dijo el agente, tomándola del brazo.
Valeria miró a sus empleados, a Ana, su asistente, que lloraba en el mostrador.
—Ana, llama al Licenciado Torres. Dile que active el protocolo de emergencia. Y cuida a mis hijos. Que no se enteren de esto por las noticias.
—Sí, señora.
Valeria se dejó esposar. No opuso resistencia. Sabía que las cámaras estaban grabando. Si peleaba, se vería culpable. Salió de su tienda con la cabeza alta, escoltada por la policía, mientras Humberto Villalobos se quedaba parado en la entrada, acariciando los pétalos de una rosa blanca como si ya fuera el dueño de todo.
La sala de interrogatorios de la FGR olía a café quemado y desesperación. Valeria llevaba cuatro horas sentada en una silla de metal fría, sin agua, sin su abogado, viendo pasar el tiempo en un reloj de pared que parecía burlarse de ella.
Finalmente, la puerta se abrió.
Entró una fiscal, una mujer dura de unos cincuenta años, con el pelo gris corto y mirada de acero. Detrás de ella entró el Licenciado Torres, el abogado corporativo de Valeria. Torres se veía pálido y sudoroso.
—Fiscal Durán —dijo la mujer, sentándose frente a Valeria y azotando una carpeta sobre la mesa—. Vamos a dejar las tonterías, señora Ramírez. Usted está en problemas graves. Muy graves.
—Mi cliente tiene derecho a saber de qué se le acusa específicamente y a guardar silencio —intervino Torres, ajustándose la corbata.
La Fiscal Durán ignoró al abogado y miró fijamente a Valeria.
—Tenemos una denuncia formal interpuesta por el señor Humberto Villalobos. Él alega que usted sustrajo bienes del patrimonio familiar ocultos en un vehículo, específicamente lingotes de oro pertenecientes a su difunto abuelo, Eustaquio Villalobos, y que ha estado vendiendo dicho oro en el mercado negro para financiar su negocio y sus propiedades.
Valeria mantuvo la cara inexpresiva, pero por dentro su mente corría a mil por hora. Habían adivinado. O Humberto había atado cabos.
—Eso es una fantasía —dijo Valeria con calma—. Mi suegro es un hombre amargado que perdió su fortuna por mala administración y ahora inventa cuentos para extorsionarme.
—¿Ah, sí? —La fiscal abrió la carpeta—. Entonces explíqueme, señora Ramírez, ¿cómo una florista que hace tres años vivía en la calle tiene hoy propiedades por valor de treinta millones de pesos y movimientos en efectivo que no coinciden con la facturación de su negocio? Hemos rastreado depósitos, compras de inmuebles, transferencias a empresas fantasma como “Inversiones Aureus”.
Valeria tragó saliva. Habían llegado a Aureus.
—Son ahorros. Inversiones inteligentes. El negocio de las flores deja mucho margen si se sabe manejar.
—¿Tanto margen? —La fiscal sacó una foto. Era una imagen granulada de una cámara de seguridad de tráfico. Se veía la camioneta Ford Econoline entrando a la zona industrial de Iztapalapa a las 3:00 AM. Y otra foto, saliendo a las 6:00 AM, visiblemente más ligera, con la suspensión más alta.
—¿A dónde llevó esa camioneta, señora Ramírez? ¿Y por qué, según nuestros informantes, esa camioneta ya no existe?
Valeria guardó silencio.
—Si fundió oro que no le pertenecía —siguió la fiscal, bajando la voz—, eso es robo. Pero si además no declaró ese oro al SAT, es evasión fiscal equiparada y lavado de dinero. Estamos hablando de 20 a 30 años de prisión. Sus hijos crecerán sin madre.
La mención de sus hijos fue el golpe bajo que Valeria necesitaba para reaccionar.
—Quiero ver a mi acusador —dijo Valeria—. Si Humberto Villalobos dice que ese oro es suyo, que venga y me lo diga a la cara frente a un juez.
—Oh, él está muy dispuesto a hacerlo. De hecho, ha solicitado ser coadyuvante en el caso. Él afirma que si usted devuelve el dinero y los activos comprados con él, la familia podría considerar otorgarle el perdón por el robo. Aunque el SAT… el SAT no perdona.
Valeria miró a su abogado. Torres asintió levemente. Era una trampa. Si devolvía algo, admitía la culpa. Si no devolvía nada, iba a juicio.
—No voy a devolver nada —dijo Valeria—. Porque no he robado nada.
Valeria pasó la noche en los separos preventivos. No durmió. Estaba rodeada de mujeres acusadas de robo, narcomenudeo y homicidio. Ella, con su traje sastre de lino arrugado, parecía una extraterrestre.
Pero no tenía miedo de las otras presas. Tenía miedo de perder.
Pensó en Roberto. Pensó en la cláusula del testamento.
“Te dejo la camioneta Ford 1978”.
Ahí estaba la clave.
Pero necesitaba probar que el oro era la camioneta, no algo escondido en la camioneta.
A la mañana siguiente, fue trasladada a una sala de audiencias para la vista preliminar.
Humberto y Claudia estaban ahí, sentados en primera fila con sus abogados caros (pagados seguramente con dinero prestado o prometido de la futura recuperación del oro). Humberto la saludó con la mano, cínico.
El juez, un hombre calvo con cara de aburrimiento, abrió la sesión.
—Estamos aquí para determinar la legalidad de la detención y la vinculación a proceso de la señora Valeria Ramírez…
El abogado de los Villalobos, un tiburón llamado Licenciado Monroy, se levantó.
—Su Señoría, la acusada se apropió indebidamente de un tesoro familiar. El señor Humberto Villalobos tiene pruebas testimoniales y registros históricos de que su abuelo, Eustaquio Villalobos, fundió gran parte de su fortuna en oro. Ese oro estaba oculto dentro de la estructura de una camioneta que fue entregada a la acusada únicamente como medio de transporte, no como contenedor de una fortuna. Es un caso de “Tesoro Oculto” según el Código Civil. Y al no reportarlo y apropiárselo, incurrió en robo.
Valeria escuchaba. Su mente de ingeniera analizó el argumento.
“Tesoro Oculto”.
Según la ley, si encuentras un tesoro en propiedad ajena, la mitad es tuya y la mitad del dueño. Si Humberto alegaba que la camioneta seguía siendo “moralmente” de la familia…
Le tocó el turno a Valeria.
Su abogado, Torres, se puso de pie.
—Su Señoría, esto es ridículo. La camioneta fue legada a mi cliente en un testamento.
—Un testamento que fue impugnado en su momento —interrumpió Monroy—. Y además, la voluntad del difunto Roberto era dejar un vehículo, no un banco de oro. Hubo vicio en el consentimiento. Si Roberto no sabía que la camioneta era de oro, no pudo heredarla como tal. Y si lo sabía y no lo dijo, estaba ocultando activos del fideicomiso familiar.
El juez parecía interesado. Era un caso complejo y jugoso.
Valeria se inclinó hacia Torres.
—Déjame hablar —susurró.
—Valeria, no. Deja que yo…
—Déjame hablar. Sé cómo ganar esto.
Valeria se levantó. El juez la miró.
—Señora Ramírez, se le aconseja hablar a través de su abogado.
—Entiendo, Su Señoría. Pero hay detalles técnicos sobre la camioneta que solo yo conozco.
El juez asintió. —Adelante. Sea breve.
Valeria caminó hacia el estrado. Miró a Humberto a los ojos. El viejo le sostuvo la mirada, desafiante.
—Su Señoría —empezó Valeria con voz clara—. La acusación se basa en que yo encontré un “tesoro” escondido dentro de la camioneta. Como si hubiera encontrado una maleta con dinero en la cajuela o monedas en la guantera.
—Así es —dijo el juez—. Esa es la teoría.
—Pero esa teoría es falsa. Yo no encontré nada dentro de la camioneta.
Valeria hizo una pausa dramática.
—La camioneta era el oro.
Un murmullo recorrió la sala.
—Explíquese —dijo el juez.
—La carrocería. Las puertas. El chasis. No estaban rellenos de oro. Estaban hechos de oro. El abuelo de mi esposo era un metalúrgico experto. Él no escondió el oro; él transformó el oro en un objeto utilitario. Moldeó el oro para que fuera una camioneta.
Valeria se giró hacia Humberto.
—Y cuando mi esposo Roberto murió, el testamento fue claro. Clausula cuarta: “Lego a mi esposa la camioneta Ford 1978”. No dice “lego el acero de la camioneta”. No dice “lego la camioneta excepto si es valiosa”. Dice: lego la camioneta. El objeto.
Valeria golpeó el barandal del estrado suavemente.
—Si la camioneta resulta estar hecha de oro, de platino o de chocolate, es irrelevante. El objeto es mío. Por ley de accesión y por voluntad testamentaria explícita. Mi suegro aquí presente… —señaló a Humberto— …se burló de esa herencia. Me dijo, y cito: “Lo único que te llevas es esa chatarra vieja, disfruta tu mansión sobre ruedas”. Él renunció a cualquier derecho sobre el objeto verbal y legalmente frente a notario.
Humberto se puso rojo de ira.
—¡Yo no sabía que era de oro! —gritó el viejo, rompiendo el protocolo—. ¡Si hubiera sabido, nunca te la habría dado! ¡Eso es fraude!
—¡Orden! —gritó el juez, golpeando el mazo.
Valeria sonrió. Había conseguido lo que quería: que Humberto admitiera su codicia.
—Exacto —dijo Valeria—. Usted no sabía. Usted juzgó el libro por su portada. Usted vio óxido y basura, y me la tiró a la cara para humillarme. Yo vi el potencial. Yo la limpié. Yo la cuidé. Y sí, resulta que el material del que estaba hecha era valioso. Pero eso no cambia la titularidad. El objeto es mío. Y puedo hacer con él lo que quiera. Puedo manejarlo, pintarlo… o fundirlo.
El juez se reclinó en su silla, pensativo.
—El argumento de la defensa es sólido en cuanto a la propiedad del bien mueble —dijo el juez, mirando a la fiscalía—. Si te regalan una piedra y resulta ser un diamante en bruto, el donante no puede reclamarla años después alegando que no sabía qué era. Eso se llama error de apreciación, y no invalida la donación ni la herencia, a menos que hubiera dolo por parte del receptor al momento de recibirla. ¿Sabía usted que era de oro cuando la recibió, señora Ramírez?
—No, Su Señoría —mintió Valeria con la verdad—. Me enteré meses después, cuando intenté repararla para vivir en ella con mi hijo, porque mi suegro nos había dejado en la calle.
El juez miró a Humberto con desagrado.
—Sin embargo —intervino la Fiscal Durán, que no estaba dispuesta a perder su presa—, queda el asunto fiscal. Aunque la camioneta sea suya, señora Ramírez, la conversión de ese activo en efectivo genera impuestos. Impuestos masivos. Y el origen de ese oro… el abuelo Eustaquio… ¿pagó impuestos sobre ese oro cuando lo adquirió?
Aquí venía el golpe maestro de Valeria. La carta que había guardado.
—Me alegra que pregunte eso, Fiscal. Porque esa es la razón por la que Humberto Villalobos está aquí, y no en su casa.
Valeria sacó un documento de su bolsillo.
—Si este oro pertenecía al abuelo Eustaquio, como afirma el señor Humberto, entonces estamos ante un caso de evasión fiscal generacional. La familia Villalobos ocultó este patrimonio al fisco durante cuarenta años. No lo declararon en sucesiones, no pagaron ISR, nada.
Valeria miró a la fiscal.
—Yo, en cambio, tengo aquí mi declaración provisional de impuestos de este año. A través de mi empresa, Inversiones Aureus, he declarado el hallazgo y procesamiento de “materiales de recuperación con alto contenido de metales preciosos”. Estoy dispuesta a pagar el 30% de ISR correspondiente sobre la ganancia total. Son cerca de 135 millones de pesos en impuestos que el gobierno recibirá hoy mismo si descongelan mis cuentas.
La cara de la fiscal cambió. De depredadora a negociante.
El gobierno quería dinero. A la FGR no le importaban los dramas familiares; le importaba la recaudación.
Valeria le estaba ofreciendo un cheque de 135 millones de pesos en bandeja de plata, totalmente legal.
La alternativa era seguir el juego de Humberto: confiscar el oro, entrar en litigios de años sobre la propiedad “histórica” del abuelo, probar el origen lícito… un dolor de cabeza burocrático.
—¿Está ofreciendo pagar la totalidad de los impuestos sobre el valor tasado del metal? —preguntó la Fiscal.
—Cada centavo. Y regularizar mi situación patrimonial. A cambio, quiero el cierre de la carpeta de investigación por robo y lavado. Y quiero que se investigue al señor Humberto Villalobos y a “Grupo Villalobos” por la ocultación original de este activo y por fraude procesal al intentar reclamar algo que fiscalmente negaron tener durante décadas.
Humberto se puso de pie, temblando.
—¡No! ¡Es una trampa! ¡Fiscal, arréstela!
La fiscal Durán miró a Humberto. Luego miró a Valeria. Luego miró el número imaginario de 135 millones de pesos.
—Señor Villalobos —dijo la fiscal fríamente—, siéntese y cállese. Parece que usted acaba de confesar que su familia ha evadido al fisco por tres generaciones. Creo que vamos a tener que auditar al Grupo Villalobos… o lo que queda de él.
El color abandonó el rostro de Humberto. Claudia soltó un sollozo.
El juez golpeó el mazo.
—Se levanta la sesión para que la defensa y la fiscalía lleguen a un acuerdo reparatorio. La acusada seguirá en libertad bajo caución mientras se resuelve el pago de impuestos.
Valeria salió del tribunal dos horas después.
Estaba agotada, pero libre.
Había perdido una gran parte de la fortuna en impuestos. 135 millones de pesos. Le dolía, sí. Pero le quedaban más de 300 millones limpios. Blancos. Legales. Dinero que podía usar para comprar el mundo si quería.
En la escalinata del edificio, se encontró con Humberto y Claudia.
El viejo parecía haber envejecido veinte años en dos horas. Se apoyaba pesadamente en su bastón. Claudia lloraba, con el maquillaje corrido.
—Lo has destruido todo —dijo Humberto con voz débil al verla—. El legado de mi padre…
—Tú destruiste el legado de tu padre el día que valoraste más el dinero que a tu propia sangre —respondió Valeria, deteniéndose frente a él—. El oro solo era metal, Humberto. El verdadero legado era la familia. Y esa… esa la tiraste a la basura junto con la camioneta.
Humberto intentó levantar la barbilla, buscando un último gramo de dignidad.
—Disfruta tu dinero, Valeria. Pero recuerda que viene manchado de traición.
—No —dijo Valeria, bajando los escalones hacia donde Santiago y su abogado la esperaban con el coche en marcha—. Viene manchado de óxido. Pero yo lo limpié.
Valeria subió a su auto.
—¿A dónde, señora? —preguntó el chofer.
—A casa —dijo Valeria—. A mi casa en la Roma. Tengo que supervisar la instalación de la nueva chimenea.
Mientras el auto se alejaba, Valeria vio por el retrovisor cómo los agentes del SAT se acercaban a Humberto Villalobos para notificarle el inicio de su auditoría. Los buitres habían cambiado de presa. Y esta vez, no dejarían ni los huesos.
Valeria cerró los ojos y se recargó en el asiento de piel.
Había ganado.
Legalmente, moralmente y financieramente.
Pero aún quedaba un capítulo. El cierre emocional. Porque el oro le había dado poder, pero solo el perdón (o el olvido definitivo) le daría paz. Y todavía tenía una sorpresa más para honrar la memoria de Roberto, algo que el dinero no podía comprar.
CAPÍTULO 8: EL JARDÍN ETERNO
Cinco años después.
La Ciudad de México había cambiado, como siempre lo hace, devorándose a sí misma y renaciendo en concreto y cristal. Pero en la esquina de la calle Colima, en la Colonia Roma, el tiempo parecía haberse detenido en una burbuja de elegancia atemporal.
La Casa Villalobos —ahora conocida discretamente como la Residencia Ramírez— era una joya restaurada. La cantera rosa brillaba bajo el sol de la tarde, libre de hollín y grafiti. Los balcones rebosaban de geranios rojos y hiedra verde que caía en cascada, como un abrazo de la naturaleza a la arquitectura.
Valeria estaba en el jardín trasero.
Ya no era la mujer joven y asustada que cargaba un bebé en un funeral. Ahora, a sus treinta y ocho años, irradiaba una calma magnética. Llevaba un vestido sencillo de lino color crema y un sombrero de ala ancha para protegerse del sol. Estaba arrodillada en la tierra, con guantes de jardinería, plantando bulbos de tulipanes negros.
—Mamá, te van a regañar si te ensucias antes de la gala —dijo una voz joven a su espalda.
Valeria se giró, sonriendo. Era Victoria, ahora una niña de ocho años, vivaz e inteligente, con los ojos oscuros de Roberto.
—¿Quién me va a regañar? ¿Yo misma? Soy la jefa, recuérdalo.
—Santiago dice que ya llegaron los invitados. Y que el abuelo… bueno, tú sabes.
La sonrisa de Valeria se tensó un poco, imperceptiblemente.
—Está bien. Ya voy.
Se quitó los guantes, se sacudió la tierra de las rodillas y caminó hacia la casa.
Hoy era un día importante. No solo era el aniversario de Isa & Rose, que se había expandido hasta convertirse en la empresa de diseño floral y eventos más prestigiosa del país, con sucursales en Monterrey y Guadalajara. Hoy también era la inauguración de la “Fundación Roberto Villalobos”.
Valeria entró a la casa. El interior era una mezcla perfecta de respeto por el pasado y visión de futuro. Los pisos de madera crujían con esa calidez hogareña, pero las paredes estaban decoradas con arte moderno de jóvenes creadores mexicanos a los que Valeria patrocinaba.
En la sala principal, Santiago la esperaba. Tenía diecinueve años y estudiaba Arquitectura en la UNAM. Era alto, guapo y tenía la misma nobleza tranquila de su padre. Llevaba un traje azul marino impecable.
—Te ves hermosa, ma —dijo, dándole un beso en la mejilla.
—Tú te ves como todo un hombre, Santi. Tu papá estaría tan orgulloso.
—Lo está —dijo Santiago, tocándose el corazón—. Lo sé. Oye… ellos están aquí. En la entrada. No los dejé pasar al salón principal todavía.
Valeria asintió.
—Vamos a verlos.
Caminaron hacia el vestíbulo.
Ahí, sentados en un banco de espera discreto, estaban Humberto y Claudia.
La vida había sido brutal con ellos. Tras la auditoría del SAT hace cinco años, “Grupo Villalobos” fue desmantelado. Tuvieron que vender todo para pagar las multas millonarias por evasión fiscal. La casa de descanso en Valle de Bravo, los coches, las joyas de Doña Griselda (quien falleció un año después, dicen que de tristeza al verse pobre).
Humberto vivía ahora en un pequeño departamento de interés social en la periferia, sobreviviendo con una pensión mínima. Se veía frágil, consumido. Su traje era viejo, de otra época.
Claudia trabajaba como recepcionista en una clínica dental. Había perdido su arrogancia, reemplazada por una amargura silenciosa que le había marcado líneas profundas alrededor de la boca.
Cuando vieron a Valeria, se pusieron de pie. Hubo un momento de silencio incómodo.
—Valeria… —dijo Humberto, con voz temblorosa—. Gracias por… gracias por invitarnos. No lo esperábamos.
Valeria los miró. Podría haberlos dejado pudrirse en el olvido. Tenía el poder y el dinero para borrarlos de la faz de la tierra. Pero el odio es una carga muy pesada, y Valeria había decidido viajar ligera.
—Es la fundación de Roberto —dijo ella suavemente—. Ustedes son su padre y su hermana. Tienen derecho a estar aquí.
Claudia bajó la mirada, avergonzada.
—Valeria, yo… queríamos decirte que… —Claudia se atragantó con las palabras. El orgullo es difícil de tragar, incluso cuando no te queda nada más.
—No hace falta —la cortó Valeria, sin rencor—. El pasado está saldado. Lo que importa es lo que hacemos hoy. Pasen. Hay comida y bebida.
Los Villalobos entraron al salón, caminando con la timidez de los intrusos en lo que alguna vez fue su propio reino. Nadie los saludó efusivamente, pero nadie los echó. Eran fantasmas inofensivos.
La gala fue un éxito. Había políticos, empresarios, artistas. Valeria anunció la misión de la fundación: becas para jóvenes emprendedores de bajos recursos que quisieran iniciar sus propios negocios, y un programa de apoyo para viudas y madres solteras en situación de crisis.
—Nadie debería tener que dormir en una camioneta para descubrir su valor —dijo Valeria en su discurso, provocando aplausos emocionados y algunas lágrimas.
Al final de la noche, cuando los invitados se fueron y la música se apagó, Valeria se quedó sola en la terraza, mirando las estrellas.
Tenía una copa de vino en la mano, pero no bebía.
Pensaba en el oro.
Esos lingotes que habían cambiado su vida. Todavía le quedaba una buena parte, invertida en fondos seguros y bienes raíces. El oro le había dado seguridad, sí. Le había dado justicia.
Pero el oro también era frío.
Sacó de su bolso un pequeño objeto envuelto en terciopelo.
Lo desenvolvió.
Era una pieza pequeña de metal dorado, irregular y tosca.
Era el primer trozo que había arrancado de la camioneta aquel día en el estacionamiento, hace tantos años. La moldura de la puerta. Nunca la vendió. La guardó como recordatorio.
Tenía aún un poco de pintura blanca original pegada en una esquina. Óxido y oro, fundidos en una sola pieza.
—Valeria —dijo Santiago, saliendo a la terraza—. ¿Todo bien?
—Sí, mi amor. Solo… pensando.
—¿En la camioneta?
—En tu papá.
Santiago se recargó en el barandal junto a ella.
—¿Sabes? A veces la extraño. A “La Bestia”.
Valeria rió.
—Yo también. Aunque olía horrible.
—Sí, pero… nos salvó. Y no me refiero al dinero. Nos salvó porque nos obligó a estar juntos en ese espacio pequeño. Nos obligó a ser un equipo.
Valeria miró a su hijo con admiración. Tenía razón. La verdadera herencia no había sido el metal. Había sido la resiliencia. El oro solo fue la herramienta.
—Tengo algo para ti —dijo Valeria. Le entregó el pequeño trozo de oro.
Santiago lo tomó, sorprendido por el peso.
—¿Es…?
—Es la primera pieza. Quiero que la tengas. No para que la vendas. Sino para que recuerdes que, a veces, las cosas más valiosas están escondidas bajo la apariencia más fea. Y que nunca, nunca debes juzgar a alguien por su exterior.
Santiago apretó el oro en su mano.
—Gracias, mamá.
—Y una cosa más —dijo Valeria, señalando hacia el jardín trasero, donde las sombras de los árboles danzaban—. Mañana quiero que me ayudes con un proyecto.
—¿Qué proyecto?
—Vamos a construir algo en el jardín. Un monumento pequeño.
Dos semanas después.
En el rincón más tranquilo del jardín de la casona, bajo la sombra de un jacaranda centenario, Valeria y sus hijos inauguraron el monumento.
No era una estatua de bronce de Roberto, ni una placa pretenciosa.
Era una escultura moderna, abstracta.
Valeria había contratado a un artista para que usara el último lingote de oro que le quedaba, junto con piezas de chatarra de hierro oxidado real que había conseguido en un deshuesadero (partes de una Ford vieja, simbólicamente).
La escultura representaba una flor de oro brotando de un bloque de metal oxidado y roto.
El contraste era brutal y hermoso. El oro brillaba puro e incorruptible, naciendo de la decadencia del hierro.
En la base, una placa sencilla decía:
“A Roberto. Que nos dejó óxido para enseñarnos a encontrar el oro en nosotros mismos.”
Valeria se paró frente a la escultura. Victoria puso un ramo de flores frescas en la base.
—¿Crees que le gustaría? —preguntó la niña.
—Le encantaría —dijo Valeria—. Él sabía que el secreto de la vida es ese: transformar lo malo en bueno. La alquimia del alma.
Humberto Villalobos, que había sido invitado a esta ceremonia privada, se acercó lentamente. Se quitó el sombrero. Miró la escultura y, por primera vez en años, una lágrima real rodó por su mejilla arrugada.
—Perdóname, Roberto —susurró el viejo al viento—. Y perdóname tú, Valeria. Fui un ciego.
Valeria lo miró. Ya no sentía rabia. Solo una profunda paz.
—Estás perdonado, Humberto. Ahora ve a descansar.
El viejo asintió y se retiró, caminando un poco más ligero, como si le hubieran quitado un peso de encima.
Valeria se quedó un momento más. El sol del atardecer golpeó la flor de oro de la escultura, haciéndola estallar en destellos de luz que iluminaron todo el jardín.
Recordó el olor a lluvia del funeral. El miedo. El frío.
Y luego sintió el calor del sol en su cara, la mano de sus hijos, la seguridad de su hogar.
Había recorrido un largo camino desde ese estacionamiento lúgubre.
La camioneta ya no existía, pero su viaje continuaba.
Valeria Ramírez sonrió, dio media vuelta y caminó de regreso hacia la casa llena de luz y risas, dejando atrás el jardín donde el óxido y el oro finalmente descansaban en paz, juntos, como parte de la misma historia.
FIN