
CAPÍTULO 1: LA JAULA DE ORO EN VALLE DE BRAVO
El sonido era inconfundible. Tac… tac… tac…
No eran pasos normales. Eran el repiqueteo seco, autoritario y despiadado de unos tacones de suela roja golpeando contra el mármol italiano del pasillo. Para Julia Mondragón, ese sonido se había convertido en la banda sonora de sus pesadillas. Significaba que ella se acercaba.
Julia cerró los ojos con fuerza, hundiendo la cabeza en la almohada de plumas de ganso que olía a lavanda y a encierro. Su habitación, una suite inmensa con ventanales de piso a techo que daban al bosque nuboso de Valle de Bravo, se sentía más como una celda de alta seguridad que como el refugio de lujo que su padre había construido con tanto amor. Afuera, la lluvia típica de la temporada golpeaba los vidrios, creando una atmósfera gris y melancólica que combinaba perfectamente con el nudo que Julia sentía en el estómago.
Intentó regular su respiración. Inhala en cuatro, sostén en cuatro, exhala en cuatro. Era lo único que podía controlar ahora. Su cuerpo, de la cintura para abajo, era un peso muerto, un ancla de carne y hueso que la mantenía prisionera en esa cama king size.
La puerta se abrió sin previo aviso. Agata no tocaba. Agata invadía.
—Ay, por favor, Julia. No seas ridícula —la voz de su madrastra cortó el aire húmedo de la habitación. Era una voz educada, modulada en los mejores colegios privados de la Ciudad de México, pero cargada de un veneno sutil que solo su hijastra podía detectar—. Sé perfectamente que estás despierta. Te vi moverte en el monitor de las cámaras de seguridad.
Julia abrió los ojos, resignada. Allí estaba ella. Agata. Impecable a las diez de la mañana de un martes. Llevaba un vestido sastre color crema que resaltaba su bronceado artificial, el cabello rubio peinado en unas ondas perfectas que ni la humedad del bosque podía deshacer, y en su muñeca brillaba el reloj Cartier que le había “regalado” el padre de Julia apenas dos semanas antes del accidente.
—Buenos días, Agata —murmuró Julia. Su voz sonó rasposa, débil. Llevaba horas sin beber agua.
La mujer entró en la habitación paseándose como si fuera la dueña del mundo, tocando los portarretratos de plata y pasando el dedo buscando polvo inexistente.
—”Buenos” es un decir, querida. El clima está espantoso. Me arruina el alaciado —Agata se detuvo al pie de la cama y miró a Julia. No había calidez en sus ojos. Sus pupilas eran dos pozos oscuros, fríos, calculadores. La miraba como quien mira un mueble viejo que ya no combina con la decoración y que urge tirar a la basura—. Tengo noticias. Y cambios. Muchos cambios.
Julia sintió un escalofrío. Los “cambios” de Agata nunca eran buenos. Desde que trajeron a Julia del hospital en Toluca hace seis meses, cada “cambio” había significado perder un poco más de dignidad. Primero fue el celular (“te altera los nervios, nena”), luego las visitas (“tus amigos solo vienen a ver el morbo de la lisiada”), y finalmente, la fisioterapia (“es muy cara y el doctor dijo que no tienes remedio”).
—¿Dónde está Rosa? —preguntó Julia, notando la ausencia de su enfermera. Rosa solía llegar a las nueve con el desayuno y las medicinas. Era una mujer otomí robusta y amable que, a escondidas de Agata, le traía dulces de amaranto y le contaba chismes del pueblo para animarla.
Agata soltó una risita cristalina, cubriéndose la boca con una mano perfectamente manicurada.
—Ah, la india esa. La despedí.
El mundo de Julia se detuvo por un segundo.
—¿Qué? ¿Por qué? Ella… ella es la única que sabe cómo moverme para que no me salgan llagas. Ella me ayuda a bañarme…
—Era una inútil, Julia. Y además, una ladrona —mintió Agata con una naturalidad espeluznante—. La caché robándose unos cubiertos de plata. Además, cobraba carísimo. Tu padre dejó mucho dinero, sí, pero no podemos estar despilfarrando en servidumbre sentimental que te tiene lástima. La liquidé esta mañana y la mandé de regreso a su rancho.
—¡Es mentira! Rosa nunca robaría nada —gritó Julia, sintiendo que las lágrimas de impotencia le quemaban los ojos—. ¡Lo haces para aislarme! ¡Quieres que me pudra aquí sola!
Agata se acercó. Su rostro, habitualmente una máscara de serenidad socialité, se endureció. Se inclinó sobre la cama, invadiendo el espacio personal de Julia. El olor de su perfume, Chanel No. 5 mezclado con el aroma metálico de su maldad, le revolvió el estómago a la joven.
—Bájale dos rayitas a tu drama de telenovela, niña —siseó Agata entre dientes—. Aquí la que manda soy yo. Tu papito santo ya no está para defenderte. Se murió. Se murió por tu culpa, ¿recuerdas?
El golpe fue certero. Julia sollozó, llevándose las manos a la cara. El recuerdo la asaltó con la violencia de un huracán.
La autopista México-Toluca. Hace seis meses. El Mustang rojo convertible que su padre le había regalado por graduarse con honores de la Ibero. Ella iba manejando, riendo, con el viento en la cara. Su padre, Don Héctor, iba en el asiento del copiloto, mirándola con ese orgullo infinito que siempre le tuvo. “Eres mi mejor obra, Julita”, le había dicho segundos antes.
Luego, la curva de La Marquesa. El tráiler invadiendo el carril. Julia pisando el freno a fondo. El pedal yéndose hasta el piso, inútil, flojo, muerto. El grito de su padre. Y ese último acto de amor supremo: Héctor jalando el volante bruscamente hacia la izquierda, exponiendo su lado del auto al impacto para proteger a su hija.
El sonido del metal retorciéndose. El silencio después. El olor a gasolina y sangre. Y la oscuridad.
—Tú lo mataste —continuó Agata, susurrando al oído de Julia como una serpiente—. Si hubieras sabido manejar, él estaría aquí. Pero eres una inútil. Siempre lo fuiste. Una niña mimada que no sirve para nada y que ahora es, literalmente, medio ser humano.
—¡Los frenos no sirvieron! —lloró Julia, temblando—. ¡El perito dijo que fue una falla mecánica!
—Qué conveniente, ¿no? —Agata se enderezó y se alisó el vestido—. En fin. No vine a hablar del pasado, sino de tu futuro. Que, te advierto, será corto si sigues con esa actitud.
Agata caminó hacia la ventana y miró hacia la entrada de la hacienda.
—Como despedí a Rosa, necesitas a alguien que te cuide. Pero ya me cansé de contratar enfermeras fresas que te miman y te dicen “pobrecita”. Necesitas mano dura. Necesitas a alguien que no se deje manipular por tus lagrimitas de cocodrilo.
Julia se limpió la cara con el dorso de la mano. El terror empezaba a filtrarse en sus huesos, más frío que la parálisis de sus piernas.
—¿A quién contrataste?
Agata se giró lentamente. Una sonrisa macabra se dibujó en sus labios pintados de rojo carmín. Sacó un papel doblado de su bolso. Parecía un expediente judicial.
—Se llama Sergio Méndez. Le dicen “El Toro”.
—¿Es… es enfermero?
Agata soltó una carcajada que resonó en las paredes altas de la habitación.
—¡Ay, cosita! No, mi vida. Sergio no sabe ni poner una curita. Sergio es un ex presidiario. Acaba de salir del Reclusorio Norte la semana pasada.
El corazón de Julia empezó a latir tan fuerte que le dolía el pecho.
—¿Qué? Agata, ¡estás loca! ¡No puedes meter a un criminal a la casa!
—Puedo y lo hice —respondió la madrastra con frialdad—. Estuvo siete años guardado por homicidio calificado en riña. Dicen que mató a un tipo a golpes con sus propias manos porque lo miró feo en una cantina de Tepito. En la cárcel era el que cobraba las deudas. Un tipo encantador.
Agata empezó a caminar alrededor de la cama, disfrutando cada segundo del pánico de Julia.
—¿Sabes por qué lo contraté? Porque está desesperado. Nadie le da trabajo a un ex convicto con esa cara y esos antecedentes. Vive en la calle. Tiene hambre. Y yo le ofrecí mucho dinero. Muchísimo dinero.
—¿Para qué? —preguntó Julia con un hilo de voz—. ¿Para que me cuide?
—Para que te “cuide”… hasta el final —Agata hizo comillas con los dedos—. Mira, Julia, seamos prácticas. Eres un estorbo. Tu padre, en su infinita estupidez, te dejó como heredera universal de la cadena de hoteles y de esta hacienda. Pero puso una cláusula: yo soy tu tutora legal hasta que cumplas 21 años o hasta que te recuperes. Faltan seis meses para tu cumpleaños.
Agata se detuvo y miró su reloj.
—Si mueres antes de los 21, sin herederos… todo pasa a mí. Absolutamente todo. Y créeme, querida, estoy harta de esperar. Estoy harta de cambiarte los pañales, harta de verte llorar, harta de fingir que me importas ante la sociedad de beneficencia.
—Me vas a matar… —Julia lo dijo no como una pregunta, sino como una constatación aterradora.
—Yo no —aclaró Agata, levantando las manos como si mostrara que estaban limpias—. Yo soy una dama. Yo jamás me mancharía las manos. Pero Sergio… Sergio es un animal. Le dejé instrucciones muy claras. No tiene que matarte directamente, eso sería muy obvio. Solo tiene que hacerte la vida imposible. “Descuidos”, ¿sabes? Olvidar darte las medicinas, dejarte caer “accidentalmente” en la bañera, dejar la ventana abierta en una noche helada… cosas que pasan. El estrés postraumático y tu delicada salud harán el resto. Si te mueres de “tristeza” o de una “neumonía”, nadie sospechará.
—¡Papá te odiaría! —gritó Julia, agarrando un vaso de la mesita de noche y lanzándolo contra Agata. El vaso no llegó ni a la mitad del camino y se estrelló contra el suelo, rompiéndose en mil pedazos, igual que las esperanzas de Julia.
Agata ni se inmutó. Miró los vidrios rotos con desdén.
—Tu papá está tres metros bajo tierra, pudriéndose. Y pronto, tú estarás con él. Deberías agradecerme, te estoy reuniendo con tu ser amado.
En ese momento, el interfón de la casa sonó. Un zumbido largo y molesto.
Agata sonrió.
—Hablando del rey de Roma. Ese debe ser él. Llegó puntual, eso me gusta.
—Por favor, Agata… no hagas esto. Te doy la herencia. Te firmo lo que quieras —suplicó Julia, arrastrándose hacia la orilla de la cama, extendiendo una mano temblorosa hacia su madrastra.
Agata la miró con asco y dio un paso atrás para que no la tocara.
—Ya es tarde para negociar, “nena”. Además, no se trata solo del dinero. Se trata de que te odio. Odio que tengas sus ojos. Odio que él te amara más a ti que a mí. Quiero borrarte de la faz de la tierra.
La mujer se dirigió a la puerta. Antes de salir, se giró con una última advertencia.
—Sergio subirá en un momento. Te sugiero que no grites. Nadie te va a escuchar aquí en el bosque. Y si lo haces enojar… bueno, recuerda que rompió cráneos en la cárcel por mucho menos que un grito de niña malcriada. Ah, y Julia… despídete de tu vida de princesa. El infierno acaba de comenzar.
La puerta se cerró de golpe.
Julia se quedó sola en el silencio abrumador de la habitación. El sonido de la lluvia afuera parecía ahora un presagio funesto. Miró hacia la ventana, hacia los árboles altos y oscuros que rodeaban la propiedad. Estaba a kilómetros de la civilización, en una casa amurallada, sin teléfono, sin piernas que funcionaran y con una madrastra psicópata que acababa de meter a un asesino en su hogar.
Intentó moverse, buscar algo, un arma, lo que fuera. Pero en su mesita de noche solo había una lámpara pesada y un libro. Agarró la lámpara, arrancando el cable del enchufe con desesperación. Sus manos sudaban frío.
—No me voy a morir así —se dijo a sí misma, aunque su voz temblaba—. No le voy a dar el gusto.
Abajo, se escuchó el chirrido de la reja principal abriéndose. Luego, el rugido de un motor viejo, asmático, tosiendo humo. Un vehículo pesado se detuvo frente a la entrada principal.
Julia contuvo la respiración. Escuchó la puerta principal abrirse. Las voces en el vestíbulo. La voz de Agata, aguda y dominante. Y luego… otra voz.
Una voz grave. Profunda. Rasposa como lija sobre piedra. Una voz que parecía venir del subsuelo.
—¿Dónde está la paciente, jefa?
Julia apretó la lámpara contra su pecho como si fuera un salvavidas en medio del océano. Los pasos empezaron a subir la escalera de madera. No eran los clac-clac de Agata. Eran pasos pesados, lentos, bum… bum… bum… como las pisadas de un verdugo acercándose al patíbulo.
Julia clavó la vista en la perilla de la puerta. Giraba. Lentamente.
La puerta se abrió y la luz del pasillo fue bloqueada por una sombra inmensa.
CAPÍTULO 2: EL MONSTRUO TRAE SALSA VERDE
La figura que bloqueaba el umbral de la puerta no era humana; era una pared de carne y malas intenciones. O al menos, eso fue lo que el cerebro aterrorizado de Julia registró en esos primeros segundos de parálisis total.
Sergio Méndez, “El Toro”, tuvo que inclinar ligeramente la cabeza para no golpear el marco superior de la puerta al entrar. Su presencia física era abrumadora, como si de repente la habitación se hubiera quedado sin oxígeno. Vestía una camiseta negra de algodón barato que se estiraba hasta el límite sobre un pecho ancho y unos bíceps que parecían troncos de mezquite, decorados con tatuajes deslavados de tinta azulosa: una virgen en el antebrazo derecho, unas letras góticas ilegibles en el cuello y cicatrices, muchas cicatrices. Algunas parecían de navaja, otras de quemaduras, mapas de una vida violenta escrita en su piel morena.
Agata entró detrás de él, pareciendo una muñeca de porcelana al lado de una bestia de carga. La sonrisa en su rostro era triunfal.
—Aquí está, Sergio —dijo Agata, señalando a Julia con un gesto despectivo, como quien presenta una mancha de humedad en la pared—. Esta es la “princesita”. Julia, saluda a tu nuevo… cuidador.
Julia apretó la lámpara contra su pecho con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. No podía hablar. Su garganta estaba cerrada por un nudo de pánico seco. El hombre avanzó dos pasos dentro de la habitación. Sus botas industriales, llenas de lodo seco del camino, dejaron marcas marrones sobre la alfombra persa color crema.
Sergio se detuvo y la miró. Sus ojos eran oscuros, hundidos bajo unas cejas pobladas y salvajes. No había lujuria en su mirada, ni tampoco la ira ciega que Julia esperaba. Había algo más inquietante: una calma absoluta. La calma de un depredador que sabe que la presa no tiene a dónde correr.
—Buenas tardes —gruñó él. Su voz era profunda, rasposa, como grava siendo triturada en una hormigonera.
Julia emitió un sonido ahogado, un gemido patético que murió en sus labios.
Agata soltó una risita.
—Es un poco tímida, ya te acostumbrarás. O mejor dicho, harás que se le quite. —Agata caminó hacia la puerta, lista para dejarlos solos—. Bueno, tengo una cita en el spa del hotel Avándaro y luego una cena. No me esperen despiertos. Sergio, ya sabes las instrucciones. Nada de “suavidad”. Ella necesita disciplina. Si se pone histérica, hay sedantes en el cajón del baño. Pero prefiero que uses tus… métodos naturales.
El hombre no volteó a ver a Agata. Seguía con la vista clavada en Julia, analizándola de pies a cabeza, deteniéndose en las piernas inmóviles bajo la sábana y luego subiendo a sus ojos llenos de lágrimas.
—Entendido, jefa —dijo Sergio, sin emoción.
—Perfecto. Diviértanse. Ah, y Julia… —Agata se detuvo con la mano en el picaporte—. Trata de no manchar las sábanas si te asustas demasiado. Son de seda egipcia.
La puerta se cerró con un clic definitivo.
El silencio que siguió fue denso, pesado, casi sólido. Solo se escuchaba la lluvia golpeando contra el ventanal y la respiración agitada de Julia. Estaba sola. Completamente sola con un asesino convicto en una casa aislada en medio del bosque.
Sergio dio otro paso. La madera del piso crujió bajo su peso.
—No… no se acerque —logró susurrar Julia, levantando la lámpara como un bate de béisbol. Su brazo temblaba tanto que la pantalla de la lámpara vibraba—. ¡Tengo… tengo dinero! ¡Puedo pagarle! ¡Le doy más de lo que ella le dio!
Sergio se detuvo. Ladeó la cabeza, observando la lámpara ridículamente inofensiva en las manos de la chica. Luego, soltó un suspiro largo por la nariz, un resoplido de toro cansado.
—Baje eso, señorita. Se va a lastimar un hombro y luego me van a echar la culpa a mí.
—¡No me toque! —chilló ella, retrocediendo hasta pegar la espalda contra la cabecera de la cama—. ¡Sé quién es usted! ¡Sé lo que hizo!
Sergio metió las manos en los bolsillos de su pantalón de mezclilla desgastado. Empezó a mirar alrededor de la habitación, ignorando sus gritos por un momento. Observó el candelabro de cristal, la televisión pantalla plana de 80 pulgadas, los muebles de caoba tallada.
—Ta’ chido el cantón —murmuró para sí mismo, asintiendo con apreciación—. Nunca había estado en una casa donde el baño fuera más grande que la casa de mi jefa.
Luego, volvió su atención a ella. Su rostro, curtido por el sol y los años de encierro, era ilegible.
—Mire, morra… digo, señorita. La señora rubia me dijo muchas cosas allá abajo. Me dijo que usted es berrinchuda, que está loca, que se inventa enfermedades. Me dijo que necesitaba mano dura.
Julia sintió que el corazón se le detenía.
—Pero yo tengo ojos —continuó Sergio, señalando su propia cara—. Y lo que veo no es una loca. Veo a alguien que tiene un miedo de la chingada.
Dio un paso más, acercándose a la mesita de noche. Julia se encogió, cerrando los ojos, esperando el primer golpe. Imaginó el dolor, el impacto de esa mano enorme contra su cara.
—Oiga… —la voz de Sergio sonó más cerca—. ¿Qué onda con esto?
Julia abrió un ojo, temerosa. Sergio no estaba levantando el puño. Estaba señalando la jarra de agua de cristal cortado que estaba sobre la mesa. Estaba vacía. Completamente seca. Al lado, había un plato con una manzana que ya estaba marrón y arrugada, como si llevara ahí dos días.
—¿No le dan agua? —preguntó él, frunciendo el ceño. Esa expresión hizo que la cicatriz de su ceja se viera aún más profunda.
—No… no desde ayer en la noche —admitió Julia, bajando un poco la lámpara—. Agata dijo que si tomo mucha agua, me orino mucho, y que Rosa ya no estaba para cambiarme… así que…
Sergio se quedó inmóvil. Sus ojos se oscurecieron. Apretó la mandíbula con tanta fuerza que un músculo saltó en su mejilla.
—¿La tienen a dieta seca? ¿Neta? —murmuró, con un tono de incredulidad que rozaba la ira—. Chale. Ni en el “tabique” nos hacían eso, y eso que allá adentro éramos lo peor de lo peor.
Miró el plato con la manzana podrida. Lo tomó con dos dedos, como si fuera algo contagioso, y lo olió. Hizo una mueca de asco.
—¿Y de comer? ¿A qué hora le traen la comida? Ya son las tres de la tarde.
—No… no sé —balbuceó Julia, confundida por el cambio de actitud—. Agata dijo que la comida hay que ganársela. Que hoy no me tocaba porque… porque me porté mal ayer. Lloré mucho.
Sergio soltó una palabrota en voz baja. “Hija de su p…”.
Dejó la manzana podrida en la mesa con un golpe seco. Miró a Julia fijamente.
—Espéreme tantito. No se mueva.
El hombre dio media vuelta y caminó hacia la puerta con pasos largos y decididos.
—¿A dónde va? —preguntó Julia, el pánico regresando de golpe. ¿Iba a buscar herramientas? ¿Cuerdas? ¿Un cuchillo de la cocina?
—Ahorita vengo. No haga ruido.
Sergio salió y cerró la puerta.
Julia se quedó sola de nuevo. Su mente empezó a correr a mil por hora. Esta es mi oportunidad, pensó. Tengo que escapar. Pero la realidad cayó sobre ella como una losa de concreto: no podía. Sus piernas no respondían. La silla de ruedas estaba en la esquina opuesta de la habitación, lejos de su alcance. Agata la había puesto allí a propósito. Julia se arrastró hasta el borde de la cama, pero el vértigo la mareó. Si se tiraba al suelo, tendría que arrastrarse como un gusano hasta la puerta, y ni siquiera sabía si podría abrirla. Y si Sergio regresaba y la encontraba en el suelo…
Pasaron cinco minutos. Diez. Veinte.
El hambre empezó a competir con el miedo. Su estómago rugió, un sonido doloroso y vacío. Llevaba casi 24 horas sin una comida decente. La debilidad la hacía temblar más que el miedo.
Entonces, escuchó los pasos de nuevo. Pesados. Subiendo la escalera. Pero esta vez venían acompañados de un olor.
No era olor a sangre, ni a violencia.
Era un olor que Julia reconoció al instante, un aroma que la transportó a su infancia, cuando su padre la llevaba a escondidas de su madre a los puestos de la calle. Olía a maíz, a aceite caliente, a salsa verde y a cilantro.
La puerta se abrió. Sergio entró. Pero su postura había cambiado. Ya no tenía las manos en los bolsillos en actitud defensiva. Ahora traía una pequeña mesa plegable bajo un brazo y, en la otra mano, una bolsa de plástico blanca y una botella de refresco de cola de vidrio, de esas de medio litro.
—La cocina de abajo está cerrada con llave —dijo Sergio, como si fuera lo más normal del mundo, mientras desplegaba la mesita al lado de la cama—. Esa señora tiene todo bajo candado. El refri, la alacena… todo. Pinche gente loca, tienen varo para tirar al cielo y cuentan los frijoles.
Julia lo miró, boquiabierta, soltando finalmente la lámpara sobre el colchón.
—¿Qué… qué está haciendo?
—Pues dándole de comer, ¿qué no ve? —Sergio sacó de la bolsa un paquete envuelto en papel de estraza que ya estaba manchado de grasa naranja—. Cuando venía para acá, pasé por un puesto en la carretera. Siempre compro mi itacate porque uno nunca sabe. Pensé que me los iba a echar yo viendo la tele, pero viéndola a usted… creo que le hacen más falta.
Empezó a desenvolver el paquete. Eran tacos de canasta. Sudados, suaves, calientes. El vapor subió en espirales hipnóticas. Había de chicharrón, de papa y de frijol. Sergio sacó también una bolsita de plástico anudada que contenía salsa verde y otra con cebollas encurtidas con habanero.
—A ver, siéntese bien —ordenó él.
Julia intentó incorporarse, pero sus abdominales estaban débiles. Sergio, sin pedir permiso pero sin brusquedad, se inclinó. Julia se tensó, esperando el dolor, pero las manos enormes del hombre la tomaron por los hombros y la espalda con una firmeza sorprendente, pero con cuidado. La levantó como si fuera una pluma y le acomodó las almohadas detrás de la espalda para que quedara sentada erguida.
—¿Así está bien? —preguntó él, retrocediendo para darle espacio.
Julia asintió, aturdida. El contacto físico había sido… clínico. Respetuoso. Nada que ver con los jalones que Agata le daba cuando quería “ayudarla”.
Sergio destapó el refresco con un encendedor que sacó del bolsillo —plop— y se lo puso en la mano.
—Tenga. El azúcar le va a levantar la presión. Está usted más pálida que una vela. Y éntrele a los tacos. Pican un poco, pero el que no pica no sabe.
Julia miró el taco. Sus manos temblaban tanto que casi se le cae. Se lo llevó a la boca. El primer mordisco fue una explosión. El sabor del chicharrón prensado, la masa suave, la salsa picante… sus papilas gustativas, acostumbradas a la comida insípida de hospital y a las sobras que Agata le permitía, despertaron de golpe.
Comió con desesperación. Uno, dos, tres bocados. Se le salieron las lágrimas, pero no de tristeza, sino de una mezcla de alivio fisiológico y gratitud abrumadora.
Sergio jaló una silla Luis XV tapizada en terciopelo y se sentó al revés, con los brazos cruzados sobre el respaldo, observándola comer.
—Despacio, despacio. Se va a ahogar y no sé dar respiración de boca a boca, y la neta no creo que a ninguno de los dos nos guste la idea —dijo él con una media sonrisa torcida.
Julia casi se atraganta con la risa nerviosa que le provocó el comentario. Bebió un trago largo de refresco. El gas le picó la garganta, devolviéndole la vida.
Cuando terminó el segundo taco, se limpió la boca con el dorso de la mano y miró a su captor. Ahora lo veía diferente. Ya no era solo una montaña de músculos. Vio las arrugas alrededor de sus ojos, la forma en que sus manos descansaban tranquilas.
—Gracias —dijo ella en voz baja—. Muchas gracias.
Sergio se encogió de hombros, restándole importancia.
—En el reclusorio hay una regla de oro, señorita: nunca le niegas comida a nadie. Puedes pelearte, puedes picar a alguien si te busca bronca, pero el rancho… el rancho es sagrado. El hambre vuelve loca a la gente. Y esa señora de abajo… —negó con la cabeza—… esa señora está jugando un juego muy sucio.
—Ella quiere que me muera —soltó Julia. Las palabras salieron solas, aprovechando la extraña intimidad que se había creado—. Me dijo que te contrató para que me hicieras… cosas. Para que me descuidaras hasta que me muriera de una infección o de tristeza.
Sergio asintió lentamente. Su rostro se puso serio.
—Lo sé. No me lo dijo así tal cual, pero uno aprende a leer entre líneas. Me dijo: “No te preocupes si le pasa algo, es muy frágil, nadie te va a culpar”. Eso en mi idioma significa: “Deshazte de ella y te doy un bono”.
Julia sintió el frío regresar.
—¿Y… y lo vas a hacer? —preguntó, con la voz quebrándose—. Ella tiene mucho dinero. Puede pagarte lo que sea.
Sergio se levantó de la silla. Caminó hacia la ventana y miró la lluvia caer sobre los jardines perfectamente podados. Se quedó en silencio un largo rato, dándole la espalda.
—Mire, señorita Julia —dijo sin voltear—. Yo hice cosas malas. Maté a un cabrón, sí. Pero fue porque se quiso pasar de listo con mi hermanita. Le rompí la madre y se me pasó la mano. Pagué siete años por eso. Perdí mi casa, perdí a mi mujer, perdí todo. Salí la semana pasada con una mano adelante y otra atrás. Dormí tres noches en la banca de un parque hasta que vi el anuncio de esta chamba.
Se giró para mirarla. Su expresión era dura, pero sus ojos eran honestos.
—Necesito el dinero. Necesito tragar. Pero no soy un sicario. Y menos de una niña que no se puede defender. Eso es de cobardes. Y en mi barrio, a los cobardes les va peor que a los muertos.
Caminó de regreso a la cama y se apoyó en el poste de madera tallada.
—Así que vamos a hacer un trato, usted y yo. Un pacto.
Julia lo miró, intrigada y esperanzada.
—¿Qué trato?
—Yo me quedo con la chamba. Cobro mi sueldo cada semana, porque la neta me hace falta el varo. Y a cambio, yo la cuido a usted de verdad. Le traigo comida, la ayudo a moverse, la protejo de la bruja esa.
—Pero… Agata se va a dar cuenta. Ella quiere ver que me estoy muriendo.
Sergio sonrió, y esta vez la sonrisa llegó a sus ojos, iluminando su rostro tosco.
—Ahí es donde entra el teatro, güerita. Usted es lista, ¿no? Fue a la universidad y todo eso. Pues vamos a actuar. Cuando ella esté, usted pone cara de sufrimiento. Hágase la que tiene miedo, la que está peor cada día. Grite si quiere cuando yo entre al cuarto. Que ella piense que soy el mismísimo diablo.
Se inclinó un poco más cerca, bajando la voz a un tono conspiratorio.
—Ella quiere un monstruo. Yo le voy a dar un monstruo. Pero aquí adentro, cuando estemos solos… usted manda. Usted me dice qué necesita. Si quiere que le lea, le leo. Si quiere ver la tele, vemos la tele. Si quiere más tacos… —señaló la bolsa vacía—… pues veo cómo le hago para contrabandear más tacos.
Julia sintió que una lágrima solitaria rodaba por su mejilla. Por primera vez en seis meses, no se sentía sola. Tenía un aliado. Un aliado improbable, lleno de tatuajes y con antecedentes penales, pero un aliado al fin.
—¿Por qué harías eso por mí? —preguntó ella—. Apenas me conoces.
Sergio se rascó la barba, pensativo.
—Porque cuando entré aquí y vi esa jarra de agua vacía… me acordé de mi jefa. De mi mamá. Ella estuvo enferma antes de morir, y yo no tenía dinero para cuidarla como se merecía. Pero nunca, nunca la dejé con sed. Lo que esa mujer le está haciendo a usted no tiene perdón de Dios. Y yo… bueno, digamos que necesito sumar puntos allá arriba, por si las dudas.
Sergio le extendió la mano. Una mano enorme, callosa, áspera como la corteza de un árbol.
—¿Tenemos un trato, socia?
Julia miró esa mano. Veía las cicatrices en los nudillos, testigos de peleas pasadas. Pero ahora esa mano le ofrecía salvación. Lentamente, levantó su mano delgada y pálida y la puso sobre la de él. Parecía la mano de una niña contra la garra de un oso.
—Trato hecho, socio —dijo Julia, y por primera vez en mucho tiempo, una pequeña sonrisa, débil pero real, apareció en sus labios.
Sergio asintió solemnemente y le dio un apretón suave.
—Órale pues. Ahora, termínese ese refresco y escóndalo abajo de la cama, porque si sube la patrona y ve la botella, me va a armar un pancho y me va a descontar el día.
Julia soltó una risita nerviosa y obedeció, escondiendo la evidencia del crimen gastronómico.
—Oye, Sergio… —dijo ella mientras él recogía la bolsa de plástico.
—Dígame.
—¿En serio mataste a alguien con tus propias manos?
Sergio se detuvo en la puerta. Su espalda se tensó por un segundo. Luego volteó, y su mirada era una mezcla de sombra y luz.
—Eso dice el expediente, señorita. Eso dice el papel. Pero hay historias que no caben en los papeles. Algún día, si tenemos tiempo y confianza… a lo mejor le cuento la verdad.
Abrió la puerta.
—Descanse. Voy a estar afuera en el pasillo, haciendo guardia. Si necesita ir al baño o algo, grite. Pero grite como si la estuvieran matando, para que la de abajo se ponga contenta si es que ya llegó.
—Gracias, Sergio —repitió ella.
—De nada, señorita Julia.
La puerta se cerró.
Julia se recostó en las almohadas. El sabor de la salsa verde aún le picaba en la lengua, un recordatorio tangible de que seguía viva. Miró hacia el techo, pero ya no veía una prisión. Ahora veía un escenario. Y ella tenía el papel principal en una obra que Agata Mondragón no iba a ver venir.
Afuera, la lluvia seguía cayendo, pero adentro, el frío había empezado a disiparse. El “monstruo” no estaba debajo de su cama. El monstruo estaba sentado afuera de su puerta, cuidándola, con el estómago lleno de tacos y un plan en la cabeza.
La guerra había comenzado, y por primera vez, Julia sentía que tenía oportunidad de ganarla.
CAPÍTULO 3: EL BISTURÍ Y LA NAVAJA
La rutina en la Mansión Mondragón se transformó en una puesta en escena digna de un premio de la Academia.
Cada mañana, a las nueve en punto, Sergio subía las escaleras golpeando los escalones con sus botas pesadas, haciendo el mayor ruido posible. Abría la puerta de la habitación de Julia de una patada —literalmente— y comenzaba el espectáculo.
—¡Órale, despiértate ya, inútil! —gritaba Sergio con una voz que hacía temblar los cristales de las ventanas—. ¿Crees que vas a estar echada todo el día como reina? ¡Aquí se viene a sufrir!
Desde el pasillo, oculta tras una columna o fingiendo arreglar unas flores en un jarrón, Agata escuchaba con una sonrisa de satisfacción dibujada en sus labios rojos. Escuchaba los (falsos) sollozos de Julia, los golpes secos (que en realidad eran Sergio golpeando un cojín de cuero contra la pared) y las súplicas de la chica.
—¡Por favor, Sergio, me duele! ¡Déjame en paz! —gritaba Julia, siguiendo el guion que habían ensayado la noche anterior entre risas nerviosas y tacos de contrabando.
—¡Te va a doler más si no te tragas esto! —respondía él.
Lo que Agata no veía era lo que sucedía dentro de la habitación una vez que la puerta se cerraba con llave.
En cuanto el cerrojo hacía clic, la postura de Sergio cambiaba instantáneamente. El “Toro” feroz desaparecía y emergía el hombre cuidadoso. Bajaba la voz a un susurro.
—¿Se escuchó creíble, jefa? —preguntaba él, guiñándole un ojo.
—Creo que te pasaste con lo de “inútil”, pero funcionó. Escuché sus tacones alejarse hacia su habitación —respondía Julia, secándose una lágrima de risa (y un poco de miedo residual, porque la actuación de Sergio era demasiado buena).
Sergio sacaba entonces el “desayuno real” de su mochila. Ya no era la avena aguada y sin sabor que Agata ordenaba. Sergio había hecho migas con la cocinera nueva, una señora llamada Doña Chole que odiaba a Agata tanto como ellos, y lograba subir huevos revueltos con jamón, jugo de naranja recién exprimido y pan dulce.
Pero al tercer día de esta extraña alianza, algo sucedió que cambió las reglas del juego.
Era una noche de tormenta eléctrica. Los truenos retumbaban sobre el lago de Valle de Bravo como cañonazos. Julia se despertó gritando, pero no por una pesadilla, sino por un dolor físico insoportable.
Un calambre violento le atenazaba la pierna derecha, la que supuestamente no tenía sensibilidad. El músculo se contraía en un espasmo brutal, duro como una piedra. Aunque no sentía la piel, sentía el dolor profundo, en el hueso, un dolor fantasma que la hacía sudar frío.
—¡Aaaah! ¡Duele! —gimió, retorciéndose en las sábanas empapadas de sudor.
La puerta se abrió de golpe. Sergio entró en calzoncillos y camiseta de tirantes, con los ojos muy abiertos, alerta. No traía armas, pero sus puños estaban cerrados.
—¿Qué pasó? ¿Entró alguien? —preguntó, escaneando la habitación oscura.
—¡Mi pierna! ¡Mi pierna se va a romper! —lloraba Julia.
Sergio no dudó. Se acercó a la cama, encendió la lámpara de noche y destapó las piernas de Julia. Vio el gemelo derecho contraído, deformado por el espasmo muscular.
Cualquier otro matón de barrio hubiera entrado en pánico o hubiera intentado estirar la pierna a la fuerza bruta. Pero Sergio no hizo eso.
Lo que hizo a continuación dejó a Julia atónita, incluso en medio de su dolor.
Sus manos grandes y toscas se posaron sobre la pierna con una delicadeza y una precisión quirúrgica. No apretó a lo loco. Sus dedos buscaron puntos específicos en el músculo, presionando y soltando con un ritmo metódico.
—Respira, Julia. Inhala… exhala… —su voz era tranquila, autoritaria pero suave—. Tienes una contractura severa del gastrocnemio por atrofia muscular. Voy a hacer una liberación miofascial. No te muevas.
—¿Qué…? —balbuceó Julia entre dientes.
Sergio comenzó a masajear. Sus movimientos eran técnicos. Sabía exactamente dónde presionar para liberar la tensión. Levantó la pierna de Julia con una mano, sosteniendo el talón, y con la otra manipuló el pie, flexionándolo en el ángulo preciso para estirar el tendón sin dañar los ligamentos.
—El retorno venoso está comprometido —murmuró Sergio para sí mismo, olvidando por un momento su papel de delincuente analfabeto—. Hay edema leve. Necesitamos elevar la extremidad y aplicar calor local para vasodilatar.
En cuestión de minutos, el dolor agónico desapareció, reemplazado por un hormigueo cálido. Julia dejó caer la cabeza en la almohada, respirando agitadamente.
Sergio se quedó allí, sosteniendo su pie, comprobando el pulso en el tobillo con dos dedos. Estaba concentrado, con el ceño fruncido, murmurando cifras y tiempos.
Julia lo miró fijamente. El silencio de la habitación solo era roto por la lluvia.
—¿Quién eres? —preguntó ella. Su voz era un susurro acusatorio.
Sergio se congeló. Soltó el pie de Julia lentamente y la cubrió con la sábana. Se enderezó, y la máscara de “El Toro” intentó volver a su lugar, pero ya era tarde. Se pasó una mano por la cara, nervioso.
—Soy Sergio, señorita. El que limpia su…
—No me mientas —lo cortó Julia—. Un ex convicto de Tepito no sabe qué es un “gastrocnemio”. Un matón no sabe tomar el pulso pedio. Y definitivamente, no sabe hacer una “liberación miofascial”.
Sergio suspiró. Se sentó en la orilla de la cama, derrotado por su propia competencia. La luz de la lámpara acentuaba las cicatrices de su cara, pero ahora Julia las veía diferente. Quizás no eran cicatrices de peleas callejeras.
—¿Eres médico? —preguntó ella, atando cabos.
Sergio miró sus manos. Esas manos que podían romper un cuello o salvar una vida.
—Era —dijo él, con una voz cargada de una tristeza infinita—. Era cirujano traumatólogo. Especialista en reconstrucción de extremidades.
Julia sintió que el mundo daba un vuelco.
—¿Entonces… lo del asesinato? ¿La cárcel?
Sergio se levantó y empezó a caminar por la habitación, como un león enjaulado. Necesitaba sacar la historia que llevaba siete años pudriéndose en su pecho.
—Trabajaba en el Hospital Privado Santa Fe. Era el mejor de mi generación. Tenía futuro, tenía novia, tenía vida. —Se detuvo frente a la ventana—. Pero mi jefe, el director del hospital, el Dr. Arriaga… ese tipo era un monstruo con bata blanca.
Sergio apretó los puños.
—Descubrí que estaba comprando prótesis de cadera y rodilla piratas, importadas de China sin certificación. Material barato que se rompía dentro de los pacientes a los pocos meses, causándoles infecciones terribles, sepsis… muerte. Y las cobraba como si fueran de titanio alemán.
Se giró hacia Julia. Sus ojos brillaban con lágrimas de rabia contenida.
—Fui a confrontarlo. Le llevé las pruebas. Le dije que iba a ir a la COFEPRIS, a la policía. Se rio de mí. Me dijo que él tenía amigos muy arriba. Esa misma noche, cuando salía de mi guardia… tres tipos me agarraron en el estacionamiento. Me dieron una paliza que casi me mata.
Sergio se señaló la cicatriz en la ceja.
—Cuando desperté, estaba en una escena del crimen. Había un tipo muerto a mi lado, uno de los que me golpeó, pero tenía mis huellas en el arma. Y en mi cajuela… encontraron medio kilo de cocaína. Me sembraron todo. Homicidio en riña y narcotráfico. El juez ni siquiera miró mis pruebas. El Dr. Arriaga testificó que yo era un adicto violento que robaba medicamentos.
Julia se cubrió la boca con la mano. La injusticia era tan brutal que le dolía escucharla.
—Siete años —continuó Sergio, con la voz rota—. Siete años en el Reclusorio Norte. Perdí mi licencia médica. Perdí mi casa. Mi prometida se casó con otro a los seis meses. Mi madre murió de vergüenza y diabetes mientras yo estaba adentro y no pude ni ir a su entierro.
Se acercó a Julia y la miró a los ojos con una intensidad abrasadora.
—En la cárcel tuve que sobrevivir. Tuve que pelear. Me convertí en “El Toro” para que no me mataran. Aprendí a golpear para que no me golpearan. Pero nunca, nunca olvidé lo que soy. Soy un sanador, Julia. Y cuando vi tu pierna… cuando vi tu expediente médico que dejó Agata sobre la mesa el primer día… supe que algo estaba muy mal.
—¿A qué te refieres? —preguntó Julia, sintiendo un nuevo tipo de miedo.
Sergio fue hacia su mochila de lona, esa que siempre traía consigo, y sacó un legajo de papeles arrugados.
—Me robé tu historia clínica de la oficina de tu papá anoche. Agata es descuidada.
Abrió el expediente y señaló unos párrafos subrayados con bolígrafo rojo.
—Aquí dice que tienes una lesión medular completa a nivel L2. Eso significa parálisis total irreversible. Pero hace rato… cuando te dio el calambre… sentiste dolor.
—Sí, dolió muchísimo.
—Julia… —Sergio la tomó de los hombros—. Si tu lesión fuera completa, no sentirías dolor. No sentirías nada. El hecho de que tengas espasmos y sientas dolor profundo significa que los nervios no están cortados. Están dormidos. Están comprimidos o… —hizo una pausa dramática—… intoxicados.
—¿Intoxicados?
Sergio sacó un frasco de pastillas del bolsillo. Eran las pastillas que Agata le daba religiosamente cada noche.
—Estas pastillas. La etiqueta dice “Vitaminas y Relajante Muscular”. Pero las probé. Tienen un sabor amargo característico. No soy farmacólogo, pero estoy 90% seguro de que esto es un cóctel de benzodiacepinas y bloqueadores neuronales de alto espectro.
Julia sintió náuseas.
—Me está drogando… —susurró—. Para que no pueda moverme.
—Exacto. Te mantiene sedada, débil, y bloquea las señales nerviosas de tus piernas. Si sigues tomando esto seis meses más, la atrofia será irreversible. Tus músculos se secarán y entonces sí, nunca volverás a caminar.
La revelación cayó como una bomba. Agata no solo quería matarla; quería asegurarse de que muriera siendo una inválida, sufriendo cada día. Era una crueldad calculada y fría.
Julia miró sus piernas inertes bajo la sábana. Luego miró a Sergio, el hombre que la sociedad había desechado como basura, pero que era el único que tenía la llave de su libertad.
—¿Puedo… puedo volver a caminar? —preguntó, con el corazón en la garganta.
Sergio la miró con ojo clínico, evaluando las probabilidades.
—Va a doler —dijo él, sin endulzar la verdad—. Va a doler como el infierno. Vamos a tener que desintoxicarte primero. Vas a tener síndrome de abstinencia: temblores, fiebre, vómitos. Y tendremos que hacerlo en silencio, para que la bruja no se dé cuenta. Y luego… terapia física brutal. Sin equipos, sin gimnasio, solo tú y yo aquí encerrados.
Sergio se arremangó la camiseta.
—Pero si confías en mí, si aguantas el dolor y no te quiebras… yo te prometo, Julia Mondragón, que vas a salir de esta casa caminando sobre la tumba de las ambiciones de tu madrastra.
Julia extendió su mano. Ya no temblaba.
—Empieza, doctor. Sácame de este infierno.
CAPÍTULO 4: MILAGROS EN SILENCIO
Los siguientes diez días fueron una pesadilla borrosa, un descenso a los infiernos necesario para poder ver la luz.
El plan de desintoxicación comenzó esa misma noche. Sergio tiró las pastillas de Agata por el inodoro y las sustituyó por placebos hechos de migas de pan comprimidas que él mismo fabricó pacientemente.
—Tómatelas frente a ella —le instruyó—. Que vea que tragas.
La abstinencia golpeó a las 24 horas. Julia empezó a sudar frío. Su cuerpo, acostumbrado al veneno químico que la mantenía dócil, gritaba exigiendo su dosis. Tenía fiebre, alucinaciones y temblores incontrolables.
Agata entró una tarde y la vio temblando en la cama, pálida y sudorosa.
—Vaya, parece que te está pegando una gripe —dijo la madrastra con indiferencia, tapándose la nariz con un pañuelo—. Sergio, no dejes que me contagie. Mantenla encerrada. Si se muere, pues… ya sabes qué hacer.
—Sí, patrona. Yo me encargo —dijo Sergio con su mejor cara de póker, aunque por dentro quería estrangular a la mujer.
Sergio fue enfermero, madre y padre para Julia durante esos días oscuros. Le daba baños de esponja con agua fría para bajarle la fiebre. Le obligaba a beber litros de agua con azúcar y sal (suero casero) para limpiar sus riñones. Cuando Julia lloraba y le pedía las pastillas para detener la ansiedad, él la abrazaba con sus brazos de oso y le contaba historias de sus días en el hospital para distraerla, o chistes malos que había aprendido en la cárcel.
—¿Sabes qué hace un perro con un taladro? —le susurraba mientras le limpiaba el sudor de la frente—. Taladrando.
Julia se reía entre lágrimas, débil pero viva.
Al quinto día, la fiebre cedió. La niebla mental se disipó. Julia despertó una mañana y vio los colores de la habitación más brillantes. Escuchaba los pájaros afuera. Sentía… sentía hormigueos en los dedos de los pies.
—Sergio… —llamó ella.
Él estaba dormido en una silla junto a la puerta, haciendo guardia como siempre. Se despertó al instante.
—¿Qué pasa?
—Mira.
Julia se concentró. Cerró los ojos y visualizó su dedo gordo del pie derecho. Envió la orden desde su cerebro, un camino que había estado bloqueado por escombros químicos durante meses.
Muevete.
Lentamente, casi imperceptiblemente, el dedo gordo se flexionó. Fue un movimiento minúsculo, apenas un espasmo voluntario.
Sergio soltó un grito ahogado y se tapó la boca. Se acercó a la cama y miró el pie como si fuera la octava maravilla del mundo.
—¡Eso es! ¡La conexión está viva! —susurró emocionado. Le agarró el pie y lo besó, sin importarle nada—. ¡Eres una guerrera, carajo!
A partir de ahí, comenzó el verdadero entrenamiento. La “Rehabilitación Clandestina”.
Tenían que ser extremadamente cuidadosos. Agata pasaba gran parte del día fuera, gastando la fortuna de su difunto esposo en boutiques y casinos, pero cuando estaba en casa, era omnipresente.
Sergio improvisó un gimnasio con lo que tenía a mano. Usó toallas enrolladas como bandas de resistencia. Llenó botellas de agua de diferentes tamaños para usarlas como pesas.
—Vamos, Julia. Diez más. ¡Tú puedes! —le susurraba mientras ella intentaba levantar las piernas contra la resistencia de sus manos.
El dolor era atroz. Los músculos atrofiados ardían como si les echaran ácido. Julia mordía una toalla para no gritar de verdad y alertar a la servidumbre.
—No puedo… ya no puedo… —lloraba ella, colapsando sobre el colchón.
—Sí puedes. Piensa en Agata. Piensa en su cara cuando te vea de pie. Piensa en tu papá. Él dio la vida para que tú vivieras, no para que te rindieras en una cama.
Esa era la gasolina de Julia. El odio hacia Agata y el amor por su padre. Cada repetición, cada lágrima, era un paso hacia la venganza.
Pero el destino, caprichoso como siempre, decidió subir la apuesta.
Una tarde de martes, tres semanas después de la llegada de Sergio, Agata regresó antes de tiempo. Su coche deportivo no hizo ruido al entrar por la grava mojada debido a la lluvia torrencial.
Julia y Sergio estaban en medio de una sesión intensa. Sergio había logrado, con un esfuerzo titánico, poner a Julia de pie junto a la cama. Ella se sostenía de sus hombros, temblando como una hoja, sus piernas flacas soportando su peso por primera vez en medio año.
—¡Lo estás haciendo! ¡Estás parada! —susurraba Sergio, con una sonrisa de oreja a oreja.
—¡Estoy parada! —reía Julia, eufórica—. ¡Sergio, mírame!
Estaban tan concentrados en el milagro que no escucharon el clac, clac, clac en el pasillo. Los pasos se detuvieron justo afuera de la puerta.
El picaporte giró.
Sergio reaccionó con los reflejos de un gato callejero.
—¡Abajo! —siseó.
Empujó a Julia sobre la cama con más fuerza de la necesaria. Ella cayó sobre el colchón justo cuando la puerta se abría. Sergio se giró, tapando la vista de la cama con su cuerpo enorme, y adoptó instantáneamente su pose de matón: hombros encorvados, cara de pocos amigos.
Agata estaba parada en el umbral. Llevaba un abrigo de piel empapado y una expresión de sospecha pura. Sus ojos de víbora recorrieron la habitación.
—Escuché ruidos —dijo ella, escudriñando el espacio—. Risas.
Sergio se rascó la cabeza con indiferencia.
—¿Risas? No, patrona. La niña estaba llorando. Se puso histérica porque se le cayó el vaso de agua. Le estaba… enseñando modales.
Agata arqueó una ceja. Miró a Julia, que estaba en la cama, con la cara enterrada en la almohada, respirando agitadamente (por el esfuerzo del ejercicio, pero parecía llanto).
Agata dio un paso adentro. Olfateó el aire.
—Huele a… sudor. A esfuerzo físico.
El corazón de Julia martilleaba contra sus costillas. Si Agata se acercaba y le tocaba las piernas, sentiría que los músculos estaban tensos, calientes por el ejercicio. Sentiría el tono muscular que había empezado a regresar.
Sergio dio un paso lateral, bloqueando sutilmente el camino de Agata.
—Es que hace un calor del demonio aquí encerrado, jefa. Y la verdad, a la niña le huele un poco el… ya sabe. No la he bañado hoy para castigarla.
Agata hizo una mueca de asco y retrocedió instintivamente.
—Qué asco. Eres un animal, Sergio. Pero bien hecho. Que aprenda.
Agata estaba a punto de irse cuando sus ojos se posaron en algo en el suelo, cerca de la pata de la cama.
Era una de las botellas de agua que usaban como pesas. Sergio había olvidado esconderla. Estaba llena de arena del jardín (para que pesara más).
—¿Qué es eso? —preguntó Agata, señalando la botella con una uña larga y afilada—. ¿Por qué hay una botella con tierra aquí?
El tiempo se detuvo. Esa botella era la prueba de que Julia estaba haciendo ejercicios de fuerza. No había explicación lógica para que una “inválida moribunda” tuviera eso.
Julia levantó la cabeza, pálida. Sergio tensó los músculos, calculando la distancia entre él y Agata. Si ella descubría la verdad, él tendría que… tendría que hacer algo drástico. No podía dejar que le hiciera daño a Julia. Si tenía que ir a la cárcel de nuevo —o algo peor— por protegerla, lo haría.
—Ah, eso… —dijo Sergio, y su mente trabajó a mil por hora buscando una mentira creíble.
—Habla —exigió Agata, entrando de nuevo en la habitación.
—Es para los ratones —soltó Sergio.
Agata se detuvo en seco.
—¿Qué?
—Ratones, jefa. Hay un chingo en esta casa vieja. Vi uno salir de ahí abajo. Le puse veneno a la arena y la metí en la botella para que entraran. Es una trampa casera. Cosas que se aprenden en el bote.
Agata miró la botella con horror absoluto. Su fobia a los roedores era legendaria.
—¿Ratones? ¿Aquí? ¡Qué asco! ¡Saca eso inmediatamente! ¡Y mata a esa cosa!
—Ahorita mismo, patrona. No se preocupe.
Agata dio media vuelta y salió corriendo, cerrando la puerta tras de sí. Se escucharon sus gritos llamando a la servidumbre para que fumigaran la casa entera.
Sergio se recargó contra la puerta y se dejó deslizar hasta el suelo, exhalando todo el aire que tenía en los pulmones. Estaba empapado en sudor frío.
—Estuvo cerca… —susurró.
Julia se incorporó en la cama. También temblaba, pero sus ojos brillaban con una determinación nueva, feroz.
—Demasiado cerca —dijo ella—. Sergio, no tenemos mucho tiempo. Agata no es tonta. Tarde o temprano se dará cuenta.
—Lo sé —Sergio se levantó y caminó hacia ella—. Tenemos que acelerar. Tenemos que estar listos.
—¿Listos para qué?
Sergio miró por la ventana, hacia los terrenos de la hacienda que se extendían hasta donde alcanzaba la vista.
—Para el día del juicio final, Julia. La próxima vez que ella entre por esa puerta… no te va a encontrar en la cama. Te va a encontrar de pie. Y vamos a recuperar lo que es tuyo.
Julia asintió.
—Doble sesión mañana. No me importa el dolor.
—Doble sesión —confirmó el doctor ex convicto.
Afuera, la tormenta arreciaba, pero dentro de esa habitación, se estaba forjando un arma. Y Agata Mondragón, con todo su dinero y su maldad, no tenía idea de que había creado a sus propios verdugos.
PARTE 3
CAPÍTULO 5: LA VISITA DEL BUITRE Y EL CÓDIGO DEL SILENCIO
El tiempo en la hacienda “Las Nubes” se medía no en horas, sino en repeticiones de sentadillas y en miligramos de analgésicos falsos. Habían pasado dos meses desde la llegada de Sergio. Dos meses de una guerra fría librada en susurros detrás de una puerta cerrada con llave.
Julia ya no era el fantasma pálido que Agata despreciaba. Aunque seguía fingiendo debilidad extrema frente a su madrastra, bajo las sábanas de seda sus piernas habían recuperado una forma definida. Los músculos, alimentados por la dieta hiperproteica de contrabando de Sergio (tacos, huevos, licuados de plátano hechos a escondidas), respondían. Ya podía caminar desde la cama hasta el baño sin apoyo, aunque todavía cojeaba y el dolor era un compañero constante.
Pero el peligro acechaba fuera de esas cuatro paredes.
Una mañana de martes, el interfón de la casa resonó como una alarma de bombardeo. Agata irrumpió en la habitación de Julia cinco minutos después, hecha un torbellino de nervios y perfume caro.
—¡Arréglate! ¡No, mejor no te arregles! —gritó Agata, caminando de un lado a otro—. Quítate ese camisón bonito. Ponte el viejo, el que tiene la mancha de té. ¡Rápido!
Sergio, que estaba “leyendo” una revista de mecánica en el sillón (en realidad vigilaba el perímetro), levantó la vista con su mejor cara de tonto.
—¿Qué pasa, patrona? ¿Viene el Papa o qué?
—Cállate, imbécil —espetó Agata—. Viene Artemio Nicandrovich. El abogado de la familia. El albacea del testamento de Héctor.
Julia sintió una punzada de esperanza y terror al mismo tiempo. Artemio era el mejor amigo de su padre. Un hombre recto, serio, que la había cargado de niña. Si alguien podía ayudarla, era él. Pero si Agata sospechaba algo…
—Ese viejo metiche no debería venir hasta tu cumpleaños —masculló Agata, sacando un frasco de pastillas de su bolsillo. No eran las vitaminas falsas. Eran las reales. Las fuertes—. Julia, tómatelas. Ahora. Dos. No, tres.
Julia miró las pastillas azules en la palma de Agata. Clonazepam de alto gramaje combinado con un relajante muscular potente. Tres de esas la dejarían babeando, incapaz de articular una frase coherente. Justo lo que Agata quería: que el abogado viera a una niña vegetal, incapaz de administrar una fortuna.
—No quiero… me duele el estómago —gimió Julia, retrocediendo en la cama.
—¡Te las tragas o hago que Sergio te abra la boca a la fuerza! —chilló Agata, perdiendo la compostura. Miró al hombre—. ¡Agárrala!
Sergio se levantó despacio, estirando sus casi dos metros de altura. Caminó hacia la cama. Su sombra cubrió a Julia.
—Ya oyó a la patrona, señorita. Abra la boca —gruñó Sergio, guiñándole el ojo izquierdo a Julia de forma imperceptible.
Sergio tomó a Julia por la mandíbula con una mano grande y tosca. Parecía un movimiento brutal. Agata sonrió satisfecha. Con la otra mano, Sergio tomó las pastillas de la palma de Agata y se las metió a la fuerza en la boca a Julia.
—¡Trágueselas! —ordenó, dándole un vaso de agua.
Julia bebió, tosiendo y arqueadas.
—Listo, jefa. Ya se las pasó.
—Perfecto —Agata se alisó el vestido—. Ahora, a esperar a que le hagan efecto. Quiero que parezca que se está muriendo, pero tranquila. Cuando suba Artemio, tú te quedas aquí, Sergio. Quiero que te vea. Quiero que vea que tengo a un “guardaespaldas” cuidándola porque es “incontrolable”. Tu cara de presidiario servirá para asustar al viejo.
Agata salió para recibir al abogado en la planta baja.
En cuanto la puerta se cerró, Julia escupió las pastillas en su mano. Las había mantenido debajo de la lengua, un truco que Sergio le había enseñado la primera semana (“El truco del reo”, le llamaba él).
—¡Qué asco! Saben a rayos —dijo Julia, limpiándose la lengua con la sábana.
—Esa mujer es el diablo —murmuró Sergio, recogiendo las pastillas para tirarlas al inodoro—. Órale, tenemos cinco minutos. Tienes que actuar, Julia. Tienes que parecer drogada, pero necesitas darle una señal a ese abogado. ¿Confías en él?
—Es como mi tío. Él nunca creyó que el accidente fuera culpa mía.
—Bien. Entonces, el plan es este: hazte la muerta. Deja que ella hable. Pero cuando él se acerque… tienes que decirle algo que solo él entienda. Algo que no alerte a la bruja.
—¿Y tú?
—Yo voy a ser tu perro guardián. Si Agata intenta algo físico, le muerdo la mano. Metafóricamente… o no.
Minutos después, la puerta se abrió. Entró Agata, fingiendo una expresión de preocupación maternal, seguida por Artemio Nicandrovich. El abogado, un hombre de sesenta años con traje gris impecable y un portafolio de cuero, se detuvo en seco al ver la escena.
La habitación estaba en penumbras. Olía a encierro (Sergio había cerrado las ventanas a propósito). Julia yacía en la cama, pálida (gracias a un poco de talco que se había puesto en las mejillas), con la mirada perdida. Y en la esquina, como una gárgola tatuada, estaba Sergio, cruzado de brazos, emanando peligro.
—Dios mío… —susurró Artemio, acercándose a la cama—. ¿Julia? ¿Hijita?
Julia giró la cabeza lentamente, imitando los movimientos de un autómata.
—Tío… Artemio… —arrastró las palabras.
—¿Qué le pasa? —preguntó Artemio, girándose hacia Agata con furia en los ojos—. La última vez que hablé con los médicos dijeron que estaba estable. Esto… esto parece un estado catatónico.
—Es el trauma, Artemio —mintió Agata con voz temblorosa, sacando un pañuelo para secarse una lágrima inexistente—. Desde que murió Héctor, ella se ha dejado ir. No come, no duerme, tiene ataques de ira… por eso contraté a Sergio. Para que la cuide y evite que se haga daño.
Artemio miró a Sergio con desconfianza profunda.
—¿Y este individuo está calificado para cuidar a una paciente parapléjica?
—Tengo mis métodos, licenciado —intervino Sergio, con voz rasposa—. Aquí la señorita está segura. Nadie la toca.
Artemio no se dejó intimidar. Se acercó más a la cama y tomó la mano de Julia. La sintió fría.
—Julia, escúchame. Faltan cuatro meses para tu cumpleaños. Necesito saber si estás capacitada para firmar los documentos de la sucesión. Si no… Agata tomará el control del fideicomiso.
Agata dio un paso adelante, tensa como una cuerda de violín.
—Artemio, por favor, no la presiones. ¿No ves cómo está? Apenas sabe su nombre. Lo mejor para ella es que yo me encargue de todo y la mandemos a una clínica especializada en Suiza. Ya tengo los papeles listos.
Julia sintió el pánico. Suiza significaba desaparecer. Significaba una inyección letal en un sanatorio lejano. Apretó la mano de Artemio. No un apretón débil, sino uno fuerte, firme, urgente.
Artemio se detuvo. Miró su mano, luego miró a los ojos de Julia. En ese mar de fingida neblina mental, vio una chispa de lucidez aterradora.
—Agata —dijo Julia, con voz un poco más clara de lo esperado—… ¿me traes agua? Tengo sed.
—Que te la traiga Sergio —respondió la madrastra, impaciente.
—No… quiero que me la traigas tú. Por favor, mamá… —Julia usó la palabra “mamá” con una dulzura empalagosa que sabía que desarmaría a Agata frente al abogado.
Agata no tuvo opción. Si se negaba frente a Artemio, parecería cruel.
—Claro, mi vida. Voy por agua fresca.
Agata salió de la habitación, pero dejó la puerta abierta. Sergio, rápido como un rayo, se movió “torpemente” y golpeó la puerta con el codo, cerrándola de golpe.
—¡Ay, perdón! ¡Qué torpe soy! —gritó Sergio para que se oyera afuera, mientras bloqueaba la perilla con su cuerpo.
En ese instante de privacidad robada, Julia se incorporó un poco y jaló a Artemio hacia ella.
—¡No estoy loca! —susurró frenéticamente—. ¡Me está envenenando! ¡Me quiere matar antes de los 21! Sergio me está ayudando.
Artemio abrió los ojos como platos.
—¿El convicto?
—Es médico. Es inocente. Escúchame, tío Artemio. No firmes nada. Vuelve en una semana. Trae a la policía, pero no entres hasta que yo te diga. Necesito tiempo para caminar.
—¿Caminar? Pero los médicos dijeron…
—¡Puedo caminar! ¡Casi puedo! Solo necesito unos días más. Por favor, no dejes que me lleve a Suiza.
La perilla de la puerta giró violentamente. Agata estaba intentando entrar.
—¡Sergio! ¿Qué pasa? ¡Abre esa puerta! —gritaba desde afuera.
Sergio miró a Artemio y asintió levemente. Un pacto silencioso entre caballeros de mundos opuestos.
—Se atoró la chapa, jefa. Ya voy, ya voy… —gritó Sergio.
Artemio se enderezó, alisándose el saco. Su rostro recuperó la máscara de abogado impasible.
—Te creo, hija. Aguanta. Voy a parar los trámites de Suiza legalmente. Ganaré tiempo.
Sergio abrió la puerta. Agata entró casi cayéndose, con una jarra de agua en la mano, roja de ira.
—¿Qué hacían con la puerta cerrada? —siseó.
—Se cerró con la corriente de aire, señora —dijo Artemio con calma—. Estaba despidiéndome de Julia. Tiene razón, Agata. Se ve muy mal.
Agata sonrió, aliviada.
—Lo ves. Es lo que te dije.
—Sin embargo —continuó el abogado, caminando hacia la salida—, según los estatutos de la empresa, no puedo transferirte el poder sin una evaluación médica de un perito designado por el consejo. Vendré con él en diez días. Hasta entonces, nadie sale de esta casa. Y si a Julia le pasa algo, aunque sea un rasguño… te juro, Agata, que usaré todo el peso de la ley contra ti.
Artemio miró a Sergio una última vez.
—Y usted… cuídela bien. Su libertad depende de ello.
—Con mi vida, jefe —respondió Sergio.
Cuando el abogado se fue, Agata arrojó la jarra de agua contra la pared. El cristal estalló.
—¡Maldito viejo! —gritó—. ¡Diez días! ¡Quiere traer a un perito! Si te hacen análisis de sangre verán las drogas.
Se giró hacia Julia, con los ojos inyectados en sangre.
—Se acabó el juego, niña. No vamos a esperar a tu cumpleaños. Ni a Suiza. El “accidente” va a tener que ocurrir antes. Mucho antes.
Salió dando un portazo.
Julia y Sergio se quedaron en silencio.
—Diez días —dijo Julia.
—No —corrigió Sergio, sacando una navaja que tenía escondida en su bota y empezando a afilarla contra la suela—. No nos va a dar diez días. Va a intentar algo esta noche o mañana. Tenemos que estar listos para la guerra.
CAPÍTULO 6: LA TUMBA EN EL GARAJE
Esa noche, nadie durmió en la habitación de la planta alta.
Sergio montó una barricada en la puerta usando una silla pesada y el buró. Apagaron las luces para simular que dormían, pero ambos estaban vestidos y alerta.
—Julia, necesito contarte algo más —susurró Sergio en la oscuridad. Estaban sentados en el suelo, apoyados contra la cama. Afuera, los grillos cantaban, ajenos al drama humano—. Ayer bajé al garaje. Agata me mandó a buscar una caja de vino viejo.
—¿Y?
—Vi el coche. El Mustang de tu papá.
Julia sintió un escalofrío. Pensó que la policía se lo había llevado.
—Agata lo recuperó del corralón. Dijo que era por “valor sentimental”, pero está ahí, tapado con una lona, en el fondo del garaje de los coches de colección. Me dio curiosidad. Levanté la lona.
Sergio hizo una pausa. Se escuchaba su respiración pesada.
—Me tiré abajo del chasis. Julia… yo sé de mecánica. Mi papá tenía un taller. Las líneas de frenos no se rompieron por desgaste. Fueron cortadas. Con cizallas. El corte es limpio.
—Lo sabía… —Julia cerró los ojos, las lágrimas rodando por sus mejillas—. Ella lo mató.
—Pero eso no es todo. Encontré algo más. En la cajuela, debajo de la alfombra, había una carpeta. Tu papá estaba investigando a Agata.
—¿Qué?
—Había estados de cuenta. Agata estaba desviando dinero a una cuenta en las Islas Caimán. Y había fotos. Fotos de ella con otro hombre. Un tipo joven, rubio.
—¿Su amante?
—Peor. Su proveedor. En las notas de tu papá dice que ese tipo es farmacéutico. Él es quien le consigue las drogas con las que te tienen así. Tu papá lo descubrió. Iba a divorciarse y a denunciarla el día del accidente. Por eso corría tanto para llegar a casa. No iba a festejar que pasaste el examen de manejo… iba a salvarte y a echarla a ella.
La verdad golpeó a Julia con la fuerza de un tren. Su padre no solo murió salvándola en la carretera; murió intentando salvarla de la víbora que había metido en su cama.
—Tenemos que conseguir esa carpeta —dijo Julia, apretando los puños. Sus piernas, antes inútiles, ahora se sentían cargadas de una energía eléctrica—. Es la prueba para meterla a la cárcel de por vida.
—Está en el garaje. Es al otro lado de la casa. Y Agata tiene cámaras en los pasillos.
—No importa. Hoy es la noche.
—¿Estás loca? Apenas puedes caminar sin apoyarte en mí.
—No voy a caminar, Sergio. Voy a correr si es necesario.
En ese momento, un olor a humo empezó a filtrarse por debajo de la puerta.
Sergio se levantó de un salto y olfateó el aire.
—Huele a gasolina… y a madera quemada.
Fue hacia la ventana y miró hacia abajo.
—¡Hija de la chingada! —gritó—. ¡Está quemando la casa!
Agata había decidido que un “incendio accidental por un corto circuito” era la forma perfecta de deshacerse del problema y cobrar el seguro de la mansión y la herencia de Julia de un solo golpe.
—¡Tenemos que salir! —Sergio apartó los muebles de la puerta de un empujón brutal.
Abrió la puerta. El pasillo ya estaba lleno de humo negro y denso. Las llamas lamían las cortinas del vestíbulo de abajo, subiendo rápidamente por la escalera de madera seca barnizada.
—¡Julia, sube a mi espalda! —gritó Sergio, agachándose.
—¡No! —gritó ella—. ¡Puedo hacerlo! ¡Ayúdame solo a bajar!
—¡No hay tiempo para el orgullo!
Sergio no esperó. La cargó en brazos como si fuera una novia cruzando el umbral, pero corrió hacia el pasillo en llamas.
El calor era insoportable. El fuego rugía como una bestia hambrienta.
—¡La escalera está bloqueada! —tosió Sergio. Las llamas habían consumido los escalones inferiores.
—¡Por la terraza! —gritó Julia—. ¡Hay una enredadera que baja al jardín!
—¡Con tus piernas no vas a poder bajar!
—¡Tira un colchón! ¡Saltamos!
Volvieron a la habitación. El humo ya entraba por todos lados. Sergio arrastró el colchón King Size hasta el balcón. Lo lanzó hacia el jardín, dos pisos más abajo. Cayó sobre los rosales.
—¡Tú primero! —dijo Sergio.
—¡Juntos!
Sergio la abrazó fuerte.
—Si nos matamos, te juro que busco a Agata en el infierno y la mato otra vez.
Saltaron.
La caída duró una eternidad. El impacto fue duro. Cayeron sobre el colchón, pero rebotaron hacia el pasto mojado. Julia sintió un dolor agudo en el tobillo, pero no se rompió nada. Rodaron por la hierba.
La casa era una antorcha gigante iluminando la noche de Valle de Bravo.
—¿Estás bien? —Sergio se limpiaba la ceniza de la cara.
—Sí… sí… —Julia se puso de rodillas. Y luego… se puso de pie. Sola. Adrenalina pura.
—¡Miren quién salió de la ratonera!
La voz de Agata venía desde la oscuridad, cerca de la fuente.
Estaba allí parada, con un impermeable amarillo, sosteniendo una pistola. A su lado, un hombre rubio y alto. El amante. El farmacéutico.
—Vaya, vaya, el reo resultó ser un héroe —dijo Agata, apuntando el arma hacia ellos—. Lástima. Hubiera sido más poético que murieran abrazaditos en el fuego. Ahora tendré que decir que los sorprendí robando y les disparé en defensa propia.
El hombre rubio se rio.
—Mátalos ya, Agata. La policía y los bomberos no tardan en llegar por el humo.
Agata levantó el arma, apuntando al pecho de Sergio.
—Adiós, “Toro”. Fuiste un pésimo empleado.
BANG.
El disparo rompió la noche.
Julia gritó.
Pero Sergio no cayó.
Quien cayó fue el hombre rubio, gritando y agarrándose la pierna. Un disparo limpio en el muslo.
Agata se giró, confundida, buscando de dónde vino el tiro.
De entre los arbustos, salió una figura con una escopeta de caza.
—Tira el arma, Agata —dijo la voz de Artemio Nicandrovich.
Detrás de él, dos patrullas de la policía estatal entraron por el portón, con las sirenas aullando y las luces rojas y azules rebotando en la lluvia.
—¡Artemio! —gritó Agata, pálida como un papel—. ¡Ellos… ellos intentaron matarme! ¡Quemaron la casa!
—Ahórrate el teatro —dijo el abogado, caminando con la escopeta firme—. No me fui, Agata. Me quedé vigilando en la entrada del bosque. Vi cómo tu novio rociaba gasolina en el porche. Y vi cómo le dabas el arma.
Los policías rodearon a Agata y al amante herido. La esposaron contra el suelo húmedo.
Sergio corrió hacia Julia, que estaba de pie, temblando, mirando cómo su casa ardía.
—¿Estás bien? —le preguntó él, tomándola de los hombros.
Julia no miraba la casa. Miraba a Agata siendo arrastrada hacia la patrulla. La madrastra la miró con odio puro, escupiendo maldiciones.
Julia dio un paso adelante. Cojeando, sí. Dolorida, sí. Pero de pie.
Se acercó a la patrulla. Agata la vio acercarse caminando. Sus ojos se abrieron desmesuradamente.
—Caminas… —susurró la bruja—. ¡Maldita lisiada, caminas!
Julia se inclinó hacia la ventanilla de la patrulla.
—Te equivocaste de plan, Agata —dijo Julia con voz fría y serena—. Querías enterrarme antes de los 21. Pero se te olvidó algo: las semillas, cuando las entierras… crecen.
Sergio llegó a su lado y le puso su chaqueta sobre los hombros mojados.
—Y contrataste al jardinero equivocado —añadió Sergio con una sonrisa torcida.
Artemio se acercó a ellos mientras los bomberos empezaban a luchar contra el fuego.
—El Mustang se salvó —dijo el abogado—. El garaje no se quemó. Recuperaremos la carpeta mañana. Con eso, y con mi testimonio, ella no va a salir nunca.
Julia miró a Sergio. El “reo”, el “asesino”, el hombre que le había dado tacos de canasta y le había devuelto la vida.
—¿Y ahora qué, doctor? —preguntó ella—. Te van a dar la recompensa. Eres libre. Puedes irte.
Sergio miró sus manos, negras de hollín. Luego miró a Julia.
—Me falta terminar el tratamiento, señorita Mondragón. Esa pierna todavía cojea un poco. Y… bueno, me prometiste contarme la historia completa de tu papá. Y yo te debo unos tacos de verdad, no de esos sudados.
Julia sonrió entre lágrimas.
—Creo que me va a hacer falta un chofer. Y un amigo. Y un doctor.
—Presente —dijo Sergio.
Bajo la lluvia de Valle de Bravo, frente a las ruinas humeantes de su pasado, Julia Mondragón tomó la mano de Sergio Méndez. No había miedo. No había dolor. Solo el futuro.
FIN