
PARTE 1
CAPÍTULO 1: LA VÍBORA EN EL JARDÍN
Mi nombre es Ana María y si hay algo que la vida me enseñó a mis 68 años, a base de caídas, raspones y cicatrices que ya ni se ven, es que el diablo no siempre se presenta con cuernos, cola y olor a azufre. No, señor. A veces, y me atrevería a decir que la mayoría de las veces, el mal huele a perfume importado de Palacio de Hierro, viste ropa de diseñador que cuesta lo que gana un obrero en un año, y entra a tu casa colgada del brazo de lo que más amas en este mundo, sonriendo como si no rompiera un plato.
Esa noche de mayo, el calor en la Ciudad de México era sofocante, de esos que presagian lluvia. Yo estaba en la cocina de mi casona en Coyoacán, supervisando a Lupita, que lleva conmigo veinte años, para asegurarme de que el mole negro estuviera en su punto exacto. No era cualquier cena. Mi nieto Diego, la luz de mis ojos, el único pedazo de corazón que me quedó vivo después de la tragedia, venía a presentarme a “la mujer de su vida”.
—Doña Ana, ya deje esa olla, le va a dar el soponcio con este calor —me dijo Lupita, secándose la frente con el delantal—. El mole está perfecto, como a usted le gusta.
—Tiene que estar más que perfecto, Lupita. Hoy viene la novia de Diego. Y tú sabes que mi muchacho es muy noble, muy “pan de Dios”. Si esa mujer no me da buena espina, se va a enterar quién es Ana María —respondí, ajustándome el broche de zafiro que mi difunto esposo, Nicolás, me regaló hace décadas.
Diego me había llamado dos días antes. Su voz sonaba diferente, temblorosa de emoción, como cuando era niño y llegaba con un diez en matemáticas. Me dijo que quería formalizar, que había encontrado a una mujer “única”, con la que quería construir un futuro. Pobrecito mi muchacho. A sus 27 años, con su título de ingeniero en sistemas bajo el brazo, su maestría y ese corazón de oro que heredó de su padre, era la presa perfecta para los lobos —o en este caso, las lobas— que rondan en esta ciudad de concreto y ambición.
El timbre de la reja sonó y mi corazón dio un vuelco. Salí al pórtico, donde las buganvilias dejaban caer sus flores moradas sobre el piso de adoquín. Vi el coche de Diego, un sedán gris, estacionarse. Lo vi bajar corriendo para abrirle la puerta del copiloto a ella.
—¡Abuela! —me gritó desde la entrada, con esa sonrisa amplia que, juro por Dios, iluminaba todo el jardín—. ¡Ella es Valeria!
Valeria. El nombre le quedaba. Sonaba fuerte, imponente. La vi bajar del coche con una elegancia ensayada, poniendo un pie con tacón de aguja sobre el suelo irregular de mi entrada como si estuviera pisando una alfombra roja en Cannes y no el patio de una casa vieja.
Era bellísima, no lo voy a negar, sería de necios hacerlo. Alta, rubia —de ese rubio que cuesta mantener cada tres semanas en el salón—, con el cabello planchado a la perfección que le caía como cascada sobre los hombros. Llevaba un traje sastre color crema, impecable, que gritaba “dinero” por todos lados. Pero no fue su ropa, ni su cara de muñeca de porcelana lo que me puso los pelos de punta. Fueron sus ojos.
Cuando cruzó el umbral de la reja, no me miró a mí. No buscó la mirada de la matriarca de la casa para saludar con respeto, como dictan las buenas costumbres. No. Sus ojos grises, fríos como el acero de un quirófano, escanearon la fachada de la casona. Recorrieron los balcones de herrería forjada del siglo pasado, se detuvieron en la fuente de cantera que lloraba agua en el centro del patio, evaluaron el tamaño del terreno, miraron el garaje donde estaba mi camioneta… y juro por la memoria de mi difunto esposo, que vi una calculadora funcionando a toda velocidad detrás de sus pupilas. Estaba sumando, restando y multiplicando el valor de mi patrimonio en segundos.
Solo después de tasar mi casa, bajó la mirada hacia mí y forzó una sonrisa. Una sonrisa de plástico, de esas que enseñan los dientes pero no arrugan las esquinas de los ojos.
—Un placer, señora Ana —me dijo, extendiendo una mano perfectamente manicurada, con uñas largas y pintadas de un rojo sangre.
Tomé su mano. Su palma estaba fría, lánguida. Su apretón fue flojo, de esos que te dan las personas que sienten que te están haciendo un favor al tocarte, como si tuvieran miedo de ensuciarse o de contagiarse de vejez.
—El placer es mío, pasen, la cena está lista —mentí con todos los dientes, porque placer no sentía ninguno, solo una opresión en el pecho, un nudo en la boca del estómago que me decía “cuidado, Ana, peligro”.
Los invité a pasar a la sala. Yo había sacado la artillería pesada: la vajilla de Talavera poblana, la auténtica, esa que mi marido Nicolás me compró en Puebla en nuestro aniversario número cuarenta. Esa vajilla que solo uso en Navidad o cuando viene el Obispo. Quería que todo fuera perfecto para Diego. Él es todo lo que tengo. Desde que mis hijos —su padre y su madre— fallecieron en ese maldito accidente de avión hace 18 años, Diego y yo hemos sido un equipo contra el mundo. Yo levanté mi cadena de “Farmacias La Esperanza” desde cero, peleando con proveedores abusivos, con inspectores corruptos y con la vida misma, siempre con él pegado a mis faldas haciendo la tarea en la trastienda, entre cajas de aspirinas y jarabes para la tos. Lo crié para que fuera un hombre de bien, y lo logré. Pero tal vez lo protegí demasiado. Tal vez, en mi afán de que no sufriera, no le enseñé a ver la maldad que se esconde detrás de una cara bonita.
—¡Qué casa tan… interesante! —exclamó Valeria, paseándose por la sala sin pedir permiso, taconeando sobre mi duela de madera vieja que rechinaba bajo sus pasos—. ¿Es todo antiguo o es estilo vintage?
—Tiene historia —respondí seca, trayendo la charola con los aperitivos y el agua de jamaica—. Todo lo que ves aquí tiene más años que tú y que yo.
—Siéntense, por favor —añadí, señalando el sofá de terciopelo.
Valeria no se sentó de inmediato. Se detuvo frente a una pintura de un paisaje oaxaqueño que Nicolás compró hace décadas a un pintor que luego se hizo famoso internacionalmente. Se acercó tanto que casi tocó el lienzo con la nariz.
—¿Es original? —preguntó, girándose hacia mí con una ceja levantada, como si dudara de que una vieja como yo pudiera tener algo de valor.
—Lo es —respondí, sirviendo el agua en los vasos de cristal cortado—. Es un Toledo.
—Un Toledo… —repitió, y vi cómo sus ojos brillaron. No con apreciación artística, sino con codicia pura—. Debe valer una fortuna. Millones, supongo.
—No está a la venta —corté en seco, y vi cómo se le tensaba la mandíbula por un microsegundo antes de recomponer su máscara de niña buena.
—Claro, claro. Solo decía que es una inversión maravillosa. Diego me dijo que usted tiene muy buen ojo para los negocios.
Pasamos al comedor. El olor del mole negro llenaba la habitación, mezclándose con el aroma a tortillas recién hechas. Serví la cena. Diego, con esa inocencia que me partía el alma, no paraba de hablar de lo maravillosa que era ella.
—Abuela, tienes que probar el vino que trajo Valeria. Ella sabe muchísimo de vinos, hizo un curso de sommelier en Valle de Guadalupe —decía mi nieto, mirándola como si fuera la octava maravilla del mundo.
—Ay, Diego, no exageres —decía ella con falsa modestia, mientras picoteaba la comida—. Solo me gusta lo bueno.
Valeria apenas probó el mole.
—Está delicioso, doña Ana —dijo, apartando el plato casi lleno—. Pero es que cuido mucho mi figura. Usted sabe, el modelaje es muy exigente. Y el mole tiene demasiada grasa y carbohidratos.
—Es tradición, niña. La tradición no engorda, alimenta el alma —le solté, pero ella solo me regaló una risita condescendiente.
Durante la cena, la conversación giró en torno a lo que ella quería saber. No preguntó por mi salud, ni por mis gustos, ni por cómo era Diego de niño. No. Sus preguntas eran dardos dirigidos a mi cartera.
—Diego me contó que tiene doce farmacias, doña Ana —dijo, limpiándose la comisura de los labios con la servilleta de lino, con una delicadeza ensayada—. Doce puntos de venta en la ciudad… eso es un imperio. Y con lo caras que están las medicinas, el margen de ganancia debe ser altísimo, ¿no?
Sentí que se me subía la temperatura.
—Es un negocio noble, pero sacrificado. Se trabaja de sol a sol.
—¿Y piensa abrir más? —insistió, inclinándose sobre la mesa, invadiendo mi espacio—. Digo, a su edad… ¿Quién le maneja las finanzas? Debe ser agotador lidiar con contadores, impuestos, el SAT… Una persona de… su edad, debería estar descansando, viajando. Debería dejar que alguien más joven y con visión moderna se encargue.
Dejé los cubiertos sobre la mesa. El sonido de la plata contra la Talavera resonó como un disparo en el comedor silencioso. Diego se removió incómodo en su silla, notando por fin la tensión.
—Tengo un equipo de confianza, niña. Y energía me sobra. Todo lo que ves aquí, y todo lo que tengo en el banco, es fruto de cuarenta años de partirme el lomo. Y todo, absolutamente todo, es para Diego. Él es mi único heredero.
Lo dije a propósito. Tiré el anzuelo para ver si picaba. Y vaya si picó. Fue como ver a un tiburón oler sangre en el agua. Vi el brillo. Ese maldito brillo de avaricia en sus ojos grises. Fue rápido, como el flash de una cámara, pero lo vi. Ella se inclinó hacia adelante, puso su mano sobre la de Diego y le sonrió con una dulzura empalagosa que me dio náuseas.
—Ay, Diego, qué afortunado eres de tener una abuela tan trabajadora y previsora —dijo, apretándole la mano—. Es tan reconfortante saber que tu futuro está asegurado. Nosotros queremos formar una familia pronto, ¿verdad, amor? Y saber que tendremos… respaldo, nos da mucha paz.
Diego asintió como un perrito faldero, embobado, sin darse cuenta de que ella acababa de confirmar que su interés era el “respaldo” y no él.
—Sí, abuela. De hecho… queríamos decirte algo importante. —Diego se puso rojo, buscó en el bolsillo de su saco y sacó una cajita de terciopelo azul—. Le pedí a Valeria que se casara conmigo la semana pasada. Y dijo que sí.
El mundo se me detuvo por un instante. Sentí un pitido en los oídos. Miré el anillo en el dedo de ella —un diamante modesto pero bonito, que seguro le costó a mi nieto los ahorros de todo el año— y luego la cara de felicidad estúpida y pura de mi muchacho.
—Felicidades —logré decir, aunque sentía que tragaba vidrios. Mi voz sonó ronca—. Es… una sorpresa. Llevan muy poco tiempo, ¿no? Tres meses.
—Cuando sabes, sabes, abuela —dijo Diego, besando la mano de ella—. Valeria es la indicada.
—Claro que sí, doña Ana —intervino ella, mirándome a los ojos con un desafío silencioso—. Nos amamos. Y estoy ansiosa por ser parte de la familia… y cuidar de todo lo que usted ha construido.
Esa frase me heló la sangre. “Cuidar de todo lo que usted ha construido”. No dijo cuidar a Diego. Dijo cuidar mis cosas.
Esa noche, cuando se fueron, me quedé parada en el pórtico viendo cómo las luces traseras del coche desaparecían en la oscuridad de la calle. El aire olía a tierra mojada, pero yo solo podía oler la traición. Mi intuición, esa que me salvó de la quiebra dos veces en el 94 y en el 2008, esa que me avisó que no me subiera a aquel vuelo que se cayó, me gritaba en la cabeza: “PELIGRO, ANA, PELIGRO”. Esa mujer iba a destruir a mi nieto. No era amor lo que vi en sus ojos cuando miraba a Diego; era la mirada de un carnicero evaluando un buen trozo de carne para ver cuántos bisteces le puede sacar.
Entré a la casa, cerré la puerta con doble llave y me serví un tequila doble. Miré la foto de mi esposo en la repisa.
—Ay, Nicolás —susurré al vacío—. Si estuvieras aquí, ya la hubieras sacado a patadas. Pero me toca a mí. Y te juro, viejo, que esa lagartona no se va a quedar con ni un centavo de lo que es de nuestro muchacho. Sobre mi cadáver.
CAPÍTULO 2: LA TRAMPA DE LOS 15 MILLONES
Esa noche no pegué el ojo. Me la pasé dando vueltas en la cama, rezándole a la Virgen de Guadalupe y pensando en qué estrategia usar. El problema es que Diego estaba enamorado, o mejor dicho, enchochado. Si yo llegaba y le decía: “Hijo, esa mujer es una interesada”, él se pondría a la defensiva. Me diría que soy una vieja anticuada, que no la conozco, que ella es diferente. Y lo peor que puede pasar es que él se aleje de mí y se refugie en los brazos de ella. Eso es lo que estas mujeres quieren: aislar a la víctima.
A las siete de la mañana, con las ojeras marcadas como surcos en la tierra y el tercer café negro en la mano, llamé a mi comadre Berta. Berta y yo nos conocemos desde la universidad, hace casi cincuenta años. Ella es de esas amigas que te ayudan a esconder el cadáver si hace falta, sin hacer preguntas, y luego te invitan a desayunar chilaquiles. Además, su yerno, Roberto, es un ex policía federal que ahora tiene una agencia de seguridad privada de alto nivel. Investigan perfiles para bancos, aseguradoras y gente rica que no quiere sorpresas.
—Bueno… —contestó Berta con la voz ronca de quien se ha fumado una cajetilla diaria por cuarenta años.
—Berta, perdona la hora, soy Ana. Es urgente.
—¿Qué pasó? ¿Te sientes mal? ¿Voy para allá?
—No, comadre. Estoy bien de salud, pero mal del alma. Necesito un favor de esos grandes. De los que se pagan con sangre o con mi receta secreta de los chiles en nogada.
—Habla, mujer, me estás asustando.
—Necesito que me investigues a una tal Valeria Mondragón. Tiene 24 años, dice que es modelo e influencer. Anda con mi Diego. Se van a casar.
—¿Y no te late?
—Me da pésima espina, Berta. Siento que es una cazafortunas de manual. Entró a mi casa y le puso precio hasta a las cortinas. Necesito saber quién es de verdad, de dónde salió, qué deudas tiene. Todo.
—Ya entendí. Déjamelo a mí. Le digo a Roberto que le pase el escáner completo, hasta lo que comió en el kínder. Te llamo en cuanto sepa algo.
La espera fue una tortura china. Pasé dos días yendo a las farmacias, gritándole a los proveedores por cualquier tontería, revisando inventarios que ya estaban revisados. Mi cabeza estaba en otro lado. Diego me mandaba mensajes al WhatsApp, fotos de lugares para la boda.
“Mira, abuela, Valeria quiere que sea aquí en San Miguel de Allende. Es un hotel boutique precioso. Dice que la noche cuesta 15 mil pesos por persona, pero que vale la pena por la experiencia”.
Claro, pensé. Hotel boutique. Experiencia. Y yo pago.
Al tercer día, por la tarde, sonó mi celular. Era Berta.
—Ana… ¿estás sentada?
—No me asustes, Berta. Estoy en el despacho. Suéltalo.
—Es peor de lo que creías, mujer. Es una ficha. Roberto encontró todo. Esta joyita, Valeria Mondragón, no es modelo, bueno, hace trabajitos de edecán de vez en cuando, pero su principal fuente de ingresos… es otra.
—¿Qué?
—Tiene dos demandas civiles y una penal por fraude y abuso de confianza en Guadalajara. Hace un año se fue de allá huyendo. Vivió seis meses en un penthouse en Andares, la zona más cara, y no pagó ni un peso. Dejó a los dueños colgados con casi medio millón de pesos en daños y rentas caídas. Se robó hasta las televisiones, Ana.
Sentí que se me helaba la sangre y se me bajaba la presión. Me tuve que agarrar del escritorio.
—¿Qué más? —pregunté con un hilo de voz.
—Eso no es lo peor. Prepárate. Según sus redes sociales —las que tiene privadas, pero ya sabes que Roberto tiene sus mañas y entra en todo—, ella mantiene una relación desde hace tres años con un tal Andrés Zúñiga.
—¿Un ex novio?
—No, Ana. Un novio actual. Un empresario de la construcción, de esos nuevos ricos, casado y con tres hijos. Es su amante.
—¡Dios mío! —exclamé, sintiendo asco.
—Roberto consiguió fotos de hace una semana. Escúchame bien: UNA SEMANA. Están en un yate en Acapulco. Ella y el tal Andrés, muy abrazaditos, besándose, con botellas de champagne. Y las fechas coinciden perfectamente con el tiempo que lleva saliendo con tu Diego. Ella juega a dos bandas, Ana.
—Esa maldita arpía… —apreté el teléfono con tanta fuerza que pensé que iba a estallar en mi mano—. Quiere a Diego por el dinero. Seguro el amante no se quiere divorciar o la tiene corta de gastos, y vio en mi nieto al tonto útil, al “paganini” para financiarle la vida de lujos.
—Exactamente. Roberto dice que ella debe mucho dinero a tarjetas de crédito y prestamistas. Necesita casarse con alguien solvente urgente. ¿Qué vas a hacer, Ana? Si vas y le dices a Diego “tu novia es una p… y una ladrona”, no te va a creer. Ya sabes cómo son los hombres cuando se enchochan, se ponen ciegos, sordos y estúpidos. La mujer le va a llorar, le va a inventar que son fotos viejas, que es un primo, que tú la odias… y tú vas a quedar como la abuela celosa y metiche que quiere arruinarle la vida.
—Lo sé, Berta. Lo sé. Si lo ataco de frente, lo pierdo. Necesito que él lo vea. Que él la escuche con sus propios oídos. Necesito que se le caiga la venda de los ojos.
—¿Y cómo vas a hacer eso?
—Tengo un plan. Gracias, comadre. Te debo la vida.
Colgué y me quedé mirando la pared un buen rato. La ira me calentaba la sangre, pero tenía que tener la cabeza fría. Fui a mi caja fuerte, esa que está escondida detrás del cuadro de mi marido. Giré la combinación, abrí la puerta pesada de metal y saqué un sobre manila. Adentro estaban las escrituras de la casa de descanso que tengo en Valle de Bravo. Es una propiedad hermosa, enorme, con vista al lago, jacuzzi, jardín de mil metros… Su valor comercial, bajita la mano, anda en unos 15 o 20 millones de pesos. Era mi joya, mi retiro soñado. Pero ahora, era mi arma.
Llamé a Diego.
—Mijo, ven a cenar hoy. Tú solo. Necesito hablar contigo de la boda y de los gastos. Es urgente.
—Voy para allá, abue. Llego en una hora.
Llegó puntual, con esa cara de felicidad que me daban ganas de cachetear para que reaccionara. Le serví un tequila Don Julio 70, su favorito, para que se relajara. Nos sentamos en la sala. Puse las escrituras sobre la mesa de centro de mármol.
—Abuela, ¿qué es esto? —preguntó, tomando los documentos y leyendo—. ¿Escrituras? ¿Valle de Bravo?
—Esto, mi niño, es mi regalo de bodas anticipado —le dije, mirándolo fijamente a los ojos, tratando de transmitirle todo mi amor y mi preocupación—. La casa de Valle. Es tuya. Si quieres.
Se le iluminaron los ojos como a un niño en Navidad.
—¿En serio, abuela? ¡No manches! ¡Es increíble! A Valeria le va a encantar, ella siempre dice que le gustaría tener una casa de fin de semana para invitar a sus amigos y…
—¡Alto ahí! —lo detuve levantando la mano—. No tan rápido. Hay una condición.
Diego frunció el ceño, borrando la sonrisa.
—¿Qué condición? Ya vas a empezar con tus cosas, abuela.
Suspiré profundo. Metí la mano en mi bolsa y saqué un pequeño objeto blanco. Parecía un cargador de celular común y corriente, de esos cubos blancos genéricos.
—Esto es una prueba.
—¿Un cargador? ¿Esa es la condición?
—No es solo un cargador, Diego. Roberto, el yerno de Berta, me lo consiguió esta tarde. Tiene un micrófono oculto de alta fidelidad, activado por voz, y transmite a una aplicación en tiempo real vía WiFi y datos. —Se lo puse en la mano—. Quiero que se lo regales a Valeria hoy mismo. Dile que es un cargador de carga ultra rápida, de última tecnología, que compraste para ella porque siempre se queda sin pila. Que lo conecte en su recámara, cerca de su cama.
Diego soltó el aparato sobre el sofá como si fuera una brasa ardiente. Se puso rojo de la rabia, se levantó de golpe.
—¡Abuela! ¡Estás loca! ¡No manches! ¿Me estás pidiendo que espíe a mi prometida? ¡Eso es ilegal! ¡Es enfermizo! No puedo creer que desconfíes así de ella. ¿Solo porque es bonita? ¿Solo porque le gusta la buena vida? Ella me ama, abuela. Me ama por quien soy.
—Si te ama, Diego, no tienes nada que temer —le dije con voz suave pero firme, sin moverme de mi asiento—. Escúchame bien y no me interrumpas. Yo tengo mis dudas. Tengo un mal presentimiento y sabes, sabes muy bien, que mi instinto nunca falla. Esa mujer oculta algo.
—¡Estás paranoica!
—¡Estoy protegiéndote! —grité, golpeando la mesa—. Pero estoy dispuesta a apostar. Hagamos un trato de caballeros: Ella usa este cargador por 5 días. Solo 5 días, Diego. 120 horas. Tú y yo tendremos acceso a la aplicación en nuestros celulares. Si en esos 5 días no escuchamos nada malo, nada sospechoso, si ella es la mujer honesta y santa que tú dices… te juro por la tumba de tu padre y por mi propia vida, que te pido perdón de rodillas delante de ella, te entrego las escrituras de la casa de Valle firmadas ante notario y les pago la boda más lujosa que este país haya visto, donde ella quiera, aunque sea en París.
Diego se quedó callado. Miraba el cargador y luego las escrituras. Estaba ofendido, sí, su orgullo de macho estaba herido. Pero la duda… la duda es una semilla poderosa. Y la casa… bueno, 20 millones de pesos no se ignoran así como así.
—¿Y si tienes razón? —preguntó con voz pequeña, casi inaudible, volviendo a sentarse.
—Si tengo razón… si esa mujer no es quien dice ser… te olvidas de ella. Cancelas la boda. Nos vamos tú y yo de viaje. Nos vamos a Europa, a ese crucero por el Mediterráneo que siempre quisimos hacer. Te olvidas de ella y empiezas de nuevo, con la frente en alto y tu patrimonio intacto.
Hubo un silencio largo. El reloj de péndulo de la sala marcaba los segundos: tic, tac, tic, tac. Diego respiró hondo, tomó el cargador y lo guardó en el bolsillo de su chamarra de cuero.
—Está bien —dijo, con la mandíbula tensa—. Lo haré. Pero te advierto una cosa, abuela: lo hago solo para callarte la boca. Lo hago para restregarte en la cara lo equivocada que estás. Vas a ver que Valeria es una santa. Me vas a tener que dar esa casa y me vas a pedir perdón llorando.
—Ojalá, mi niño —le dije, levantándome y acariciándole la mejilla, que estaba caliente de coraje—. Ojalá tengas razón y yo sea una vieja loca, amargada y paranoica. Nada me haría más feliz en esta vida que perder esta apuesta. Prefiero perder una casa que perderte a ti.
Pero en el fondo, en lo más profundo de mis entrañas, sabía que no iba a perder. Lo que no sabía, lo que no calculé, era cuánto nos iba a doler ganar. Cuánto iba a sangrar el corazón de mi nieto al escuchar la verdad.
Al día siguiente, Diego me mandó un mensaje seco: “Ya se lo di. Le encantó. Dijo que le hacía mucha falta. Ya está conectado en el enchufe al lado de su buró”.
Abrí la aplicación en mi celular. La señal era clara y nítida. Podía escuchar el sonido ambiente de su departamento: el tráfico lejano, la música pop que ponía.
Los primeros dos días fueron aburridos, casi me hacen dudar. Solo escuchábamos llamadas a sus amigas:
—Wey, no sabes, las uñas de gel se me rompieron…
—Ay sí, la dieta keto me tiene muerta de hambre…
—¿Viste el chisme de Belinda?
Diego me escribía mensajes triunfantes, llenos de emojis burlones: “¿Ves? Nada. Ve preparando el notario. Ve buscando el vestido para la boda”. Yo empezaba a rezar para estar equivocada.
Pero al tercer día, todo cambió. Era viernes por la noche. El destino, que es caprichoso, quiso que Diego estuviera en mi casa. Había venido a cenar tacos y para “monitorear” juntos el final de la prueba y recibir su premio. Estábamos en el despacho, con el celular en altavoz sobre el escritorio de caoba, entre papeles y fotos viejas.
De pronto, en la aplicación se escuchó el timbre en el departamento de Valeria. Eran las 9 de la noche. Se escucharon tacones corriendo sobre piso laminado. El sonido de la cerradura abriéndose.
—¡Mi amor! —gritó Valeria.
Diego sonrió. —Seguro es su mamá o una amiga, me dijo que iba a tener noche de chicas.
Pero entonces, la voz que respondió no fue de ninguna amiga.
—Hola, muñeca —respondió una voz de hombre. Grave, rasposa, autoritaria. No era Diego. Definitivamente no era Diego.
La sonrisa de mi nieto se borró al instante. Se puso pálido como un papel, del color de la cera. Se agarró del borde del escritorio con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos.
—Pensé que no te ibas a escapar de tu mujer hoy, Andrés —dijo Valeria, y se escuchó el sonido inconfundible, húmedo y grotesco de un beso largo. Ropa moviéndose. Suspiros.
—Le dije a la bruja de mi esposa que tenía una cena de negocios con unos inversionistas japoneses. No me podía aguantar las ganas de verte, chiquita. ¿Y el tonto de tu novio? ¿El tal Diego?
—Ay, ni me lo menciones —rio ella, y esa risa… Dios mío, esa risa nos heló la sangre a los dos. Era una risa cruel, burlona, malvada—. El estúpido está con su abuela, la momia esa de Coyoacán. Cree que soy la virgen María purísima. Me tiene en un pedestal el imbécil.
Diego dejó de respirar. Yo sentí que el corazón se me rompía en mil pedazos por él. Me levanté y le tomé la mano, apretándola fuerte, tratando de pasarle mi fuerza, pero él estaba catatónico, congelado en el horror.
—¿Y cómo va el plan? —preguntó el tal Andrés, mientras se escuchaba el sonido de hielos cayendo en un vaso.
—Perfecto, mi amor. Ya mordieron el anzuelo completito. Se va a casar conmigo en dos meses. Y en cuanto firmemos el acta civil, voy a tener acceso a todo. La vieja, la abuela, tiene propiedades, farmacias, cuentas de inversión… es una mina de oro esa anciana. Ya investigué y Diego es el único heredero.
—¿Y luego?
—Pues nada, en cuanto nos casemos, voy a convencer a Diego de que ponga cosas a mi nombre, o que pida préstamos hipotecando las propiedades de la vieja para “nuestros negocios”. Le voy a sacar hasta los dientes de oro a la vieja y luego le doy una patada en el trasero al ñoño de Diego. Con lo que le saque, pagamos tus deudas de juego que te tienen ahorcado y nos largamos a Miami o a Panamá, ¿te parece?
—Me parece exquisito, eres una diabla. Oye, pero… ¿tienes que acostarte con él? —preguntó el tal Andrés con unos celos fingidos y asquerosos.
—¡Guácala! ¡Cállate! No me lo recuerdes, por favor —bufó Valeria con un tono de repulsión genuina—. Es un suplicio. Besa como un niño chiquito, todo baboso. Me da asco, Andrés, te lo juro. Tengo que cerrar los ojos, aguantar la respiración y pensar en ti para no vomitarle encima. Es un “nini” emocional, un teto, un aburrido. No tiene ni pizca de hombría comparado contigo. Pero bueno… por 15 o 20 millones de pesos, me aguanto el asco un ratito más. Soy buena actriz, ¿no?
—La mejor, mi vida. La mejor p… de México. Ven acá.
Diego cerró los ojos y una lágrima solitaria, pesada, le rodó por la mejilla. Temblaba como si tuviera fiebre. Yo sentí una mezcla de dolor infinito y una furia asesina. Quería ir a ese departamento y arrastrar a esa mujer por los pelos, pero al mismo tiempo, agradecí al cielo, a Dios y a todos los santos por haber puesto ese cargador en ese cuarto.
—Apágalo —susurró Diego con la voz rota, destrozada—. Apágalo, abuela. Por favor. Ya escuché suficiente. Ya entendí.
Apagué el celular. El silencio que siguió en el despacho fue más pesado que una losa de cemento. Diego se dejó caer en la silla, cubriéndose la cara con las manos, y comenzó a sollozar. No como un niño, sino como un hombre al que le acaban de matar la ilusión. Y yo, solo pude abrazarlo y llorar con él, sabiendo que habíamos ganado la apuesta, pero habíamos perdido la inocencia.
PARTE 2
CAPÍTULO 3: LA CAÍDA DEL TELÓN
El silencio que siguió en mi despacho después de que apagué la grabación fue, sin duda, el sonido más fuerte que he escuchado en mi vida. No se oía el tráfico de la Avenida Miguel Ángel de Quevedo, ni los grillos del jardín, ni siquiera el zumbido del refrigerador. Solo se escuchaba la respiración entrecortada de Diego, ese sonido agudo y doloroso de quien intenta tragar aire cuando siente que se ahoga por dentro.
Diego, mi muchacho de casi un metro ochenta, se había hecho chiquito en la silla de cuero. Tenía la cabeza metida entre las manos y los hombros le temblaban. Ver a un hombre llorar es duro, pero ver llorar a tu nieto, a ese niño que viste crecer y al que juraste proteger de todo mal, te parte el alma en dos como si fuera leña seca.
Me levanté, rodeé el escritorio y lo abracé. No le dije “te lo dije”. No le dije “¿ves cómo tenía razón?”. En ese momento, la razón valía un cacahuate. Lo abracé fuerte, oliendo su colonia mezclada con el sudor frío del shock.
—Soy un pendejo, abuela —sollozó, con la voz ahogada contra mi chaleco—. Soy un reverendo imbécil. ¿Cómo no me di cuenta? Me dijo que me amaba, abue. Me lo dijo mirándome a los ojos. Y yo… yo ya estaba viendo nombres para los hijos. “Nini emocional”. Así me dijo. Que le doy asco.
—No eres ningún pendejo, Diego —le dije, acariciándole el pelo, que lo tenía todo alborotado—. Eres un hombre noble. Eres bueno. Y la gente buena a veces no tiene el radar para detectar la maldad, porque no concibe que alguien pueda ser tan podrido por dentro. Ella es la que está enferma, mi hijo. Ella es la que está rota. Tú tienes el corazón entero, aunque ahorita sientas que te lo picaron con un piolet.
Estuvimos así una hora. Le serví otro tequila, pero esta vez doble. Se lo tomó de un trago, como si fuera medicina amarga. Cuando por fin levantó la cara, sus ojos estaban rojos e hinchados, pero había algo nuevo en su mirada: ya no había inocencia. Había una dureza que nunca le había visto. El dolor, cuando no te mata, te curte el cuero.
—¿Qué hago? —preguntó, mirando el teléfono apagado como si fuera una bomba—. Tengo ganas de ir a su departamento, tumbarle la puerta y gritarle en la cara que sé todo. Quiero ver su cara cuando sepa que se le cayó el teatrito.
—No —dije firme—. Eso es lo que haría un hombre impulsivo, y tú eres inteligente. Además, esa mujer es peligrosa, Diego. Tiene un cómplice, ese tal Andrés. Si vas allá, capaz que te arman un escándalo, te acusan de golpearla o te hacen algo. No te vas a ensuciar las manos con basura.
En ese momento sonó el timbre de la casa. Eran Berta y Roberto. Yo les había mandado un mensaje en cuanto empezó la grabación: “Vengan. Código Rojo”.
Roberto entró con un portafolio bajo el brazo y cara de pocos amigos. Berta, mi fiel comadre, traía una charola con pan dulce, porque para ella no hay tragedia que no se aligere con una concha de vainilla, pero al ver la cara de Diego, dejó la charola en la entrada y corrió a abrazarlo.
—Ay, mi niño… ya nos contó tu abuela —susurró Berta—. Qué bueno que te diste cuenta a tiempo. Imagínate si te casas, te dejan en la calle.
Nos sentamos en la sala. Roberto, con su actitud de ex policía federal, abrió el portafolio sobre la mesa de centro.
—Diego, sé que estás pasando un trago muy amargo, pero tenemos que ser fríos —dijo Roberto, sacando un legajo de papeles y fotos—. Escuchamos el audio en el camino. Esa mujer, Valeria Mondragón, o como se llame en realidad, es una profesional. Lo que escuchaste es solo la punta del iceberg.
Roberto extendió las fotos sobre la mesa. Eran las que me había mencionado por teléfono, pero verlas impresas era otra cosa. Ahí estaba Valeria, en un yate en Acapulco, con un bikini minúsculo, sentada a horcajadas sobre un tipo panzón y calvo —el tal Andrés—. Se estaban besando con una pasión que a Diego jamás le mostró. La fecha de la foto estaba impresa en la esquina: hacía apenas ocho días. Ocho días. El mismo fin de semana que le dijo a Diego que iba a visitar a su tía enferma en Querétaro.
Diego tomó la foto. Le temblaba la mano.
—Me dijo que su tía estaba grave… yo le mandé flores al hospital —murmuró, con una risa seca, sin humor—. Le mandé un arreglo de tres mil pesos a una tía que no existe.
—El tipo, Andrés Zúñiga, es un lavador de dinero de poca monta que tiene negocios sucios con constructoras —explicó Roberto—. Está endeudado hasta el cuello. Lo que querían hacer contigo era un “golpe maestro”. Casarse, poner propiedades a nombre de ella, sacar créditos a tu nombre y luego desaparecer. Te iban a dejar en la ruina, chavo. Y posiblemente en la cárcel por las deudas.
—¿Qué tengo que hacer, Roberto? —preguntó Diego, dejando la foto sobre la mesa con asco.
—Cortar por lo sano. Ya. Ahorita. Nada de “tenemos que hablar”. A esta gente no se le dan explicaciones, se les cierra la puerta en la nariz. Bloqueo total.
—Pero va a venir a buscarme —dijo Diego—. Sabe dónde vivo, sabe dónde trabajo.
—Que venga —intervine yo, sintiendo cómo me subía el espíritu de leona—. Aquí la voy a estar esperando yo. Y tú no vas a estar.
—¿A qué te refieres? —preguntó Diego.
—¿Te acuerdas del trato? —le recordé—. Si yo tenía razón, nos íbamos de viaje. Mañana mismo. Ya vi los vuelos. Hay uno a Madrid a las 6 de la tarde y de ahí conectamos a Atenas para el crucero. Te vas a desaparecer, Diego. Vas a aplicar lo que llaman ahora el “contacto cero”.
Diego se pasó la mano por la cara.
—Tengo que trabajar, abuela. El proyecto…
—Al diablo el proyecto —dije—. Eres el mejor programador que tienen, te van a dar los días. Y si no, renuncias. Dinero no nos falta. Lo que te falta ahorita es paz mental. Necesitas alejarte de este veneno.
Diego asintió lentamente. Sacó su celular.
—¿Le escribo algo?
—Sí —dijo Roberto—. Algo corto. Que no de pie a réplica. Que sepa que se acabó y punto.
Diego tecleó durante varios minutos. Borraba y volvía a escribir. Finalmente, me enseñó la pantalla.
“Valeria, sé todo. Sé quién eres, sé lo de tus fraudes en Guadalajara y sé lo de Andrés. Escuché todo. No te me vuelvas a acercar en tu vida. Si intentas buscarme a mí o a mi abuela, te vas a topar con la policía. Se acabó.”
—Está perfecto —dije.
—Envíalo y bloquéala —ordenó Roberto—. De WhatsApp, de Instagram, de Facebook, de llamadas. De todo.
Diego respiró hondo, cerró los ojos un segundo y presionó “Enviar”. Luego, con movimientos rápidos y precisos, comenzó a bloquearla de todas partes. Cuando terminó, dejó el celular sobre la mesa como si pesara una tonelada.
—Listo. Se acabó.
Pero no se había acabado. Apenas dos minutos después, el celular de Diego empezó a vibrar. Una llamada de un número desconocido.
—Es ella —dijo Roberto—. Está llamando de otro número. No contestes.
El teléfono dejó de sonar y volvió a empezar inmediatamente. Luego llegaron mensajes de texto SMS, de esos que no puedes bloquear tan fácil.
“Diego, mi amor, ¿qué te pasa? Te hackearon el cel? Soy yo, Valeria.”
“Bebé, contéstame, me estás asustando.”
“¿De qué hablas? ¿Qué mentiras te contaron?”
“Esa vieja bruja de tu abuela te lavó el cerebro, ¿verdad?”
Diego leía los mensajes en la pantalla bloqueada, con la mandíbula tensa.
—”Vieja bruja” —leyó en voz alta—. Ahí está la verdadera Valeria.
—Apaga ese teléfono —le dije—. Mañana compras un chip nuevo. Esa vida ya no existe.
Esa noche, Diego se quedó a dormir en su antigua recámara, la que usaba cuando era niño. Yo me quedé despierta en la sala con Roberto y Berta un rato más.
—Ana, ten cuidado —me advirtió Roberto antes de irse—. Cuando arrinconas a una rata, muerde. Ella va a intentar algo. No se va a resignar a perder la gallina de los huevos de oro así nomás. Mañana voy a poner seguridad afuera de tu casa y voy a tramitar la orden de restricción con las pruebas que tenemos.
—Gracias, Roberto. Que Dios te lo pague.
Subí a ver a Diego. Estaba dormido, pero tenía el ceño fruncido, como si estuviera teniendo una pesadilla. Le acomodé la cobija como cuando era chiquito.
—Descansa, mi niño —susurré—. Mañana empieza otra vida. La cruda moral va a estar fuerte, pero te prometo que se te va a quitar.
CAPÍTULO 4: LA HUIDA Y EL RENACER
La mañana siguiente fue un torbellino. No hubo tiempo para la tristeza, solo para la acción. Mientras Diego empacaba sus maletas con una eficiencia robótica, yo coordinaba todo. Llamé a mi gerente general para dejarla a cargo de las farmacias, hablé con el banco para avisar del viaje y aseguré la casa.
Roberto cumplió su palabra. A las 8 de la mañana había una patrulla de seguridad privada estacionada frente a mi portón. Y menos mal, porque a las 9:30, el interfón sonó como si quisieran arrancarlo de la pared.
Yo miré el monitor de la cámara de seguridad. Ahí estaba ella. Valeria. Pero ya no era la mujer elegante y compuesta que había venido a cenar. Tenía el maquillaje corrido, el pelo un poco alborotado y los ojos inyectados de furia y desesperación. Golpeaba la reja con la palma de la mano.
—¡Diego! ¡Sal! ¡Sé que estás ahí! —gritaba, sin importarle que los vecinos escucharan—. ¡Doña Ana, abra la puerta! ¡Tenemos que hablar! ¡Es un malentendido!
Diego bajó las escaleras con las maletas. Al escuchar los gritos, se detuvo en seco. Se puso pálido.
—¿Salgo?
—¡Ni se te ocurra! —le grité—. Tú no tienes nada que decirle.
Salí yo. No abrí la reja, por supuesto. Me paré en el jardín, a una distancia segura, mirándola a través de los barrotes negros.
—Vete de aquí, Valeria —le dije con mi voz más fría.
—¡Señora Ana! —cambió el tono inmediatamente a uno suplicante, casi lloroso—. Por favor, déjeme ver a Diego. Alguien les llenó la cabeza de mentiras. Yo lo amo. Él es mi vida.
—Ahórrate las lágrimas de cocodrilo, niña. Escuchamos todo. El cargador. ¿Te acuerdas del cargador de “carga rápida”?
Valeria se quedó petrificada. Abrió la boca y la volvió a cerrar. Su cara pasó del drama al terror en un segundo.
—Escuchamos cómo te burlabas de él. Escuchamos a tu amante, el tal Andrés. Escuchamos tus planes para robarme. Tienes suerte de que no haya llamado a la policía federal todavía.
La máscara se cayó por completo. Su rostro se contorsionó en una mueca de odio puro.
—¡Vieja maldita! —gritó, agarrando los barrotes—. ¡Usted siempre me tuvo envidia! ¡Se va a morir sola y podrida en dinero! ¡Y su nieto es un poco hombre, un marica que se esconde tras las faldas de su abuela!
—Vámonos, Diego —dije, dándole la espalda.
—¡Diego! —gritó ella—. ¡Te vas a arrepentir! ¡Nadie te va a querer como yo! ¡Eres un aburrido!
En ese momento, los guardias de seguridad de Roberto se acercaron a ella.
—Señorita, tiene que retirarse o llamamos a la patrulla.
Vimos desde la ventana cómo se subía a un Uber, manoteando y gritando. Diego estaba temblando, pero no de miedo, sino de adrenalina.
—Tenías razón, abuela. Es un monstruo.
—Vámonos al aeropuerto, mijo. Ya no tenemos nada que hacer aquí.
El vuelo a Madrid fue largo y silencioso. Diego se la pasó mirando por la ventanilla o fingiendo ver películas. No comió nada. Yo le respeté su silencio. El duelo tiene sus tiempos y hay que dejarlos correr. Cuando uno se entera de que vivió una mentira, siente que el piso desaparece. Diego necesitaba reconstruir sus cimientos.
Llegamos a Atenas dos días después. El calor del Mediterráneo era diferente al de México; era un calor seco, antiguo, que olía a sal y a pino. Abordamos el crucero, un barco inmenso, blanco como un palacio flotante. Nuestra suite tenía balcón privado al mar.
—Mira, Diego —le dije, señalando el horizonte azul profundo del Egeo—. El mar todo lo cura. Respira.
Los primeros días fueron difíciles. Diego salía de la cabina solo para comer y a veces ni eso. Se sentaba en el balcón, con la mirada perdida en la espuma que dejaba el barco.
—¿Por qué fui tan ciego, abue? —me preguntó una noche, bajo las estrellas—. ¿Tan necesitado de amor estaba que me tragué ese cuento barato?
—No te castigues —le dije, sirviéndole una copa de vino griego—. Todos queremos que nos quieran. Y los estafadores profesionales huelen esa necesidad. No es debilidad, Diego, es humanidad. Pero aprende la lección: la próxima vez, fíjate en cómo tratan al mesero, no en cómo te tratan a ti. Fíjate en sus valores, no en sus zapatos.
Al cuarto día, llegamos a Mykonos. Las casitas blancas con techos azules brillaban bajo el sol. Le insistí a Diego para que bajáramos a caminar.
—Ándale, no seas aguafiestas. Acompáñame a comprar recuerdos, que las rodillas ya me duelen si cargo bolsas.
Caminamos por las callejuelas laberínticas. El bullicio de los turistas, la música de las tabernas y el viento fresco parecieron despertar un poco a mi nieto. Entramos a una pequeña galería de arte. Diego se quedó mirando una escultura moderna.
—Es interesante, ¿no? —dijo una voz femenina a su lado.
Diego se giró. Era una chica joven, de su edad más o menos. Morena, de pelo rizado y alborotado, vestida con unos jeans sencillos y una blusa blanca de lino. No traía ni gota de maquillaje, solo una sonrisa franca y unos ojos oscuros e inteligentes.
—Sí… supongo —balbuceó Diego.
—Representa el caos y el orden —siguió ella, con un acento que me sonó familiar—. El artista dice que la vida es un desastre organizado.
—¿Eres mexicana? —preguntó Diego, sorprendido.
—De pura cepa. De la Ciudad de México, de la Roma —respondió ella riendo—. Me llamo Ximena.
—Diego. Y ella es mi abuela, Ana.
—Mucho gusto, señora.
—El gusto es mío, hija. ¿Qué haces tan lejos de los tacos al pastor?
—Trabajo aquí, bueno, en Europa. Soy historiadora de arte. Estoy haciendo una especialidad en Florencia, pero me escapé unos días porque necesitaba ver el mar. Trabajo restaurando obras viejas, dándoles nueva vida.
Diego y Ximena se pusieron a platicar. Al principio Diego estaba a la defensiva, como gato escaldado. Contestaba con monosílabos, miraba para otro lado. Pero Ximena era… diferente. No hablaba de dinero, ni de marcas, ni de dónde se hospedaba. Hablaba de la historia de la isla, de la luz, de cómo la arquitectura griega estaba diseñada para sobrevivir a los terremotos.
—Es como un código bien escrito —se le escapó a Diego.
Ximena lo miró con curiosidad. —¿Eres programador?
—Sí. Ingeniero en sistemas.
—¡Qué padre! —exclamó ella, sin rastro de burla—. Siempre he pensado que los programadores son los arquitectos del mundo moderno. Ustedes construyen las estructuras invisibles donde vivimos todos. Yo cuido el pasado, tú construyes el futuro.
Vi cómo a Diego le cambiaba la cara. Nadie le había dicho eso nunca. Valeria le decía que su trabajo era “de ñoños” y “aburrido”. Ximena lo veía como algo valioso.
—¿Te gustaría tomar un café? —se atrevió a preguntar Diego.
—Me encantaría. Conozco un lugar aquí a la vuelta que tiene el mejor café frappé del mundo.
Yo me inventé una excusa rápida.
—Vayan ustedes, muchachos. Yo voy a ver unos manteles en esa tienda de allá. Los veo en el barco a la hora de la cena.
—¿Segura, abuela? —preguntó Diego, pero vi en sus ojos que quería ir.
—Segurísima. Vayan.
Los vi alejarse caminando por las calles de piedra. Ximena gesticulaba con las manos, riéndose de algo, y Diego… Diego sonreía. Una sonrisa tímida, pequeña, pero real.
Esa noche, durante la cena en el barco, Diego no paraba de hablar.
—Es increíble, abue. Sabe muchísimo. Me contó de los mitos griegos, de los pintores del Renacimiento. Y le interesa mi app. Le conté de mi idea de hacer una aplicación para gente con discapacidad visual y no me preguntó cuánto dinero iba a ganar. Me preguntó cómo funcionaba la tecnología de reconocimiento de voz.
—Eso es una mujer con cerebro, hijo. No un maniquí con calculadora.
Los días siguientes del crucero, Ximena se convirtió en nuestra compañera inseparable. Resulta que ella también viajaba en el barco para regresar a Italia. Diego y ella pasaban horas en la cubierta, hablando. Ya no era ese cortejo forzado y materialista que tenía con Valeria. Aquí no había cenas en restaurantes de cinco estrellas para presumir en Instagram. Había caminatas, había pláticas sobre libros, sobre miedos, sobre sueños.
Una noche, en la fiesta de despedida del capitán, sonó un vals.
—¿Bailamos? —le preguntó Ximena a Diego.
—Soy de madera, te voy a pisar —dijo él, rojo de pena.
—No importa. Yo te guío. Es solo física. Moverse con la inercia.
Los vi salir a la pista. Diego estaba tieso al principio, pero Ximena le susurró algo al oído que lo hizo reír y se relajó. La abrazó. No como pose, sino con ternura. Y vi en los ojos de mi nieto que la herida estaba cerrando. No había cicatrizado del todo, claro que no, eso toma tiempo. Pero ya no sangraba.
Cuando terminó la canción, regresaron a la mesa. Diego tenía un brillo en los ojos que me recordó a su abuelo cuando me miraba.
—Abuela —me dijo cuando Ximena fue al baño—, me siento… tranquilo. Con ella no tengo que fingir. No tengo que comprarle cosas para que sonría.
—Eso es el amor de verdad, Diego. O al menos, el principio de él. El amor no se compra, se construye. Y se construye con alguien que te ve a ti, no a tu cartera.
Al final del viaje, en el puerto de Civitavecchia, llegó el momento de despedirse. Ximena regresaba a Florencia y nosotros volvíamos a México.
—¿Me vas a escribir? —preguntó Ximena, dándole un papelito con su número (porque Diego seguía con el teléfono “limpio” y casi sin contactos).
—Todos los días —prometió Diego—. Y… tal vez venga a visitarte pronto. Florencia no está tan lejos.
—Te estaré esperando, arquitecto del futuro —dijo ella, y le dio un beso suave en la mejilla, cerca de la comisura de los labios.
En el avión de regreso, Diego iba callado, pero era un silencio de paz, no de angustia.
—¿Sabes, abuela? —me dijo mientras sobrevolábamos el Atlántico—. Valeria me rompió el corazón, sí. Pero si no hubiera sido por ella, y por tu plan loco de la grabadora, jamás habría venido a este viaje. Y jamás habría conocido a Ximena.
—Dios escribe derecho con renglones torcidos, hijo —le contesté, tomándole la mano—. Y a veces, nos manda una tormenta para limpiarnos el camino.
Al aterrizar en la Ciudad de México, encendí mi celular. Tenía un mensaje de Roberto.
“Doña Ana, buenas noticias. Detuvieron a Valeria y al tal Andrés. Los agarraron intentando usar tarjetas clonadas en el aeropuerto, querían huir a Panamá. Ya tienen orden de aprehensión por los fraudes de Guadalajara y se les van a sumar cargos nuevos. Esa ya no molesta más.”
Le mostré el mensaje a Diego. Él lo leyó, suspiró y borró el mensaje.
—Pobres —dijo—. Que desperdicio de vida.
—¿Estás bien?
—Sí, abuela. Estoy bien. Vamos a casa. Tengo una aplicación que programar y una carta que escribirle a una chica en Florencia.
Y así, mientras caminábamos hacia la salida del aeropuerto, supe que habíamos ganado mucho más que una apuesta de 15 millones. Habíamos recuperado la vida.
CAPÍTULO 5: CICATRICES Y CIMIENTOS
Regresar a la Ciudad de México después de dos semanas en el Mediterráneo fue como recibir un cubetazo de agua fría, pero de esa que te despierta, no de la que te entume. El caos de la ciudad seguía ahí: el tráfico de Periférico a vuelta de rueda, los cláxones mentando madres, el olor a tacos de suadero en cada esquina y el smog pintando el cielo de gris. Pero yo, Diego, ya no era el mismo que se había subido a ese avión huyendo como perro con la cola entre las patas.
Mi abuela Ana, esa mujer de hierro que me había salvado de mí mismo, me observaba con disimulo mientras deshacíamos las maletas en la sala de la casona en Coyoacán.
—¿Cómo sientes la casa, hijo? —me preguntó, doblando con cuidado una pashmina que compró en Santorini—. ¿Se siente vacía?
Miré alrededor. Las paredes eran las mismas, los muebles antiguos también, pero el aire se sentía más ligero. Ya no estaba la sombra de Valeria rondando, calculando el precio de los cuadros o criticando la decoración “de viejitos”.
—Se siente limpia, abue —respondí, y era la verdad—. Se siente como antes de que entrara la plaga.
Pero la verdadera prueba de fuego no era la casa, era mi vida allá afuera. Al día siguiente tuve que regresar a la oficina. Yo trabajaba como líder de proyectos en una consultora de software en Polanco. Era un buen trabajo, pagaban bien, pero el ambiente era de esos “tóxicos” donde si no traes el reloj de marca o el coche del año, te miran por encima del hombro. Valeria encajaba perfecto ahí; yo nunca lo hice.
Cuando entré, sentí las miradas. El chisme vuela más rápido que la luz. Seguro ya sabían que la boda se había cancelado.
—¡Quihubo, Diego! —me saludó Roberto, un compañero de esos que se dicen amigos pero solo buscan con quién ir a beber los viernes—. Oye, qué onda con la boda, me contaron que tronaste con la “Barbie”. ¿Qué pasó? ¿Te puso el cuerno o te dio frío?
En otro momento, me hubiera puesto rojo, hubiera tartamudeado una excusa. El “nini emocional” del que se burlaba Valeria hubiera agachado la cabeza. Pero ese Diego se había quedado en el fondo del mar Egeo.
Me detuve, lo miré a los ojos con una calma que hasta a mí me sorprendió y le dije:
—Pasó que la basura se saca a tiempo, Beto. Antes de que apeste la casa.
Lo dejé con la boca abierta y me fui a mi cubículo. Pero mientras tecleaba código, me di cuenta de algo: ya no quería estar ahí. Ximena, allá en Florencia, me había dicho que los programadores éramos “arquitectos del futuro”. Y yo ahí estaba, construyendo sistemas de facturación para empresas que ni conocía, solo para pagar cuentas y comprar cosas para impresionar a gente como Valeria.
Esa tarde, salí temprano y me fui directo a la oficina de mi jefe. Renuncié. Así, sin más.
—¿Estás loco, Diego? —me dijo mi jefe—. Tienes un buen puesto, vas a perder la antigüedad, el bono…
—Voy a recuperar mi vida, jefe. Tengo un proyecto personal que dejé guardado en un cajón por estar persiguiendo tonterías. Es hora de desempolvarlo.
Salí del edificio con una caja de cartón con mis cosas y una sonrisa que no me cabía en la cara. Me sentía ligero, como si me hubiera quitado un chaleco de plomo.
Al llegar a casa, mi abuela estaba en la cocina con Berta, tomando café y comiendo pan de dulce.
—Renuncié, abue —solté apenas entré.
Berta casi se ahoga con su concha. —¿Cómo que renunciaste, niño? ¿Y de qué vas a vivir?
Mi abuela, en cambio, dejó su taza en el plato con una suavidad elegante y me sonrió.
—¿Vas a hacer la aplicación? —preguntó. Ella sabía. Ella siempre sabía.
—Sí. “Ojos que Sienten”. Así se va a llamar. Una app para invidentes que use inteligencia artificial para describirles el entorno en tiempo real, pero con detalles, no solo “hay una silla”. Que les diga “hay una silla de madera vieja con un cojín rojo”. Quiero que vean el mundo como Ximena me enseñó a verlo: con detalle, con historia.
—Ese es mi nieto —dijo mi abuela, levantándose para abrazarme—. Tú dale. Aquí no te va a faltar techo ni comida. Tienes tus ahorros y si hace falta, yo soy tu “inversionista ángel”, como dicen ahora los chavos.
Pero no todo fue color de rosa. El pasado tiene garras largas. Una semana después, recibí una citación del Ministerio Público. Tenía que ir a ratificar la denuncia contra Valeria y el tal Andrés.
Mi abuela quiso acompañarme, pero le dije que no.
—Tengo que hacerlo solo, abue. Es mi cierre.
Llegar al MP es deprimente. Huele a humedad, a trámites burocráticos y a desgracia humana. Ahí estaba el abogado de mi abuela esperándome.
—Diego, no tienes que verla si no quieres —me dijo el licenciado—. Solo firma aquí y allá.
Pero el destino es caprichoso. Mientras firmaba, la vi pasar. La llevaban esposada junto con otras dos mujeres hacia una patrulla para trasladarla a Santa Martha Acatitla.
Ya no era la Valeria de las revistas. Llevaba el pelo sucio, sin maquillaje, vestida con ropa deportiva gris. Se veía… común. Se veía pequeña.
Me vio. Se detuvo un segundo. Sus ojos grises, antes tan altivos y calculadores, ahora estaban llenos de miedo.
—Diego… —susurró.
El policía la empujó suavemente. —Ande, camine.
No sentí odio. Juro que no sentí odio. Tampoco sentí lástima. Sentí… nada. Era como ver a una extraña. Como ver una foto vieja de alguien que ya no conoces. Esa indiferencia fue mi mayor victoria. Me di la media vuelta y salí al sol de la tarde. Se acabó. El capítulo de Valeria estaba cerrado con candado y la llave la había tirado al drenaje.
Esa noche, hice la primera videollamada con Ximena. Eran las 2 de la tarde en México y las 9 de la noche en Italia.
Cuando su cara apareció en la pantalla de mi laptop, pixelada al principio y luego nítida, sentí que volvía a respirar aire puro. Estaba en su pequeño departamento en Florencia, con una copa de vino tinto y libros apilados detrás.
—¡Arquitecto del futuro! —saludó con esa alegría genuina que me desarmaba—. ¿Cómo va la reconquista de tu vida?
—Va bien, historiadora. Renuncié a mi trabajo.
—¿¡Qué!? —abrió los ojos como platos—. ¡Eso es valiente! ¿Y ahora?
—Ahora voy a construir lo que te dije. La app. Y… ya cerré el ciclo legal con… tú sabes quién.
Ximena sonrió, una sonrisa suave, comprensiva.
—Me alegra, Diego. El pasado a la basura, el presente a la obra. Oye, te tengo que enseñar algo.
Giró la cámara y me mostró su ventana. Se veía la cúpula del Duomo iluminada en la noche.
—Te extraño, ¿sabes? —me dijo, volviendo a enfocar su cara—. Es raro, nos conocimos pocos días, pero siento que te conozco de siempre. Aquí en Florencia hay mucha belleza, pero a veces falta con quién compartirla.
—Yo también te extraño, Ximena. Mucho. No tienes idea de cuánto me ayuda hablar contigo. Es como… mi ancla.
Hablamos por tres horas. No de dinero, no de planes de boda, no de qué coche comprar. Hablamos de ideas, de miedos, de chistes tontos. Y me di cuenta de que con Valeria, en tres meses, nunca hablé ni la mitad de lo que hablaba con Ximena en una noche.
Así pasaron los meses. Mi rutina se volvió sagrada: levantarme temprano, correr en los Viveros de Coyoacán, programar todo el día en el estudio de mi casa con litros de café, y en la tarde-noche, mi conexión con Italia.
La aplicación iba tomando forma. Mi abuela, que a sus casi 70 años es más lista que muchos jóvenes, se convirtió en mi “beta tester”. Se vendaba los ojos y caminaba por la casa usando el prototipo.
—Mijo, aquí dice que hay un obstáculo, pero no me dice qué es. Tienes que ser más específico. Si es un perro, quiero saber si es un chihuahua o un doberman, ¡es importante! —me regañaba con cariño.
Ximena, desde lejos, también participaba.
—Diego, agrégale un modo “museo”. Que si la persona está frente a una estatua, la app le describa la textura, la historia, la emoción de la obra. Que no solo “vean”, que sientan.
Poco a poco, mi corazón sanaba. Las cicatrices de la traición de Valeria seguían ahí, claro. A veces, cuando conocía a alguien nuevo, me salía el instinto defensivo, la sospecha. “¿Qué quiere de mí?”. Pero luego recordaba la voz de Ximena, su risa franca, su vida sencilla en un departamento rentado lleno de libros y arte, y se me pasaba.
Estaba construyendo cimientos nuevos. Ya no sobre arena y mentiras, sino sobre roca firme. Sobre trabajo honesto y conexiones reales. Pero faltaba algo. La pantalla de la laptop ya no era suficiente. Necesitaba saber si lo que sentíamos era real o solo una fantasía digital, un refugio seguro para dos almas solitarias.
CAPÍTULO 6: EL SALTO DE FE
Pasaron seis meses. Seis meses de teclear código hasta que me dolían los dedos, de videollamadas que terminaban a las 3 de la mañana, de extrañar un olor, una piel, una presencia.
La aplicación, “Ojos que Sienten”, estaba lista para su lanzamiento beta. Había conseguido un par de inversionistas pequeños gracias a los contactos de mi abuela (que, aunque prometió no meter mano, movió sus hilos discretamente). Pero el éxito profesional me sabía a poco si no tenía con quién celebrarlo de verdad.
Una mañana de noviembre, bajé a desayunar. Mi abuela estaba leyendo el periódico y tomando su atole de nuez.
—Abue —le dije, sentándome frente a ella—. Tengo que irme.
Ella bajó el periódico lentamente. No parecía sorprendida.
—¿A Italia?
—Sí. No aguanto más, abue. Necesito saber si esto es real. Ximena… ella es increíble por teléfono, pero necesito verla, estar ahí. Y… la verdad, quiero probar suerte allá un tiempo. Puedo trabajar remoto. La app la puedo gestionar desde cualquier lado.
Mi abuela suspiró, se quitó los lentes y me miró con esos ojos sabios que han visto de todo.
—Ay, Diego. Tenía miedo de que te tardaras tanto.
—¿No te molesta? ¿No te vas a sentir sola?
—Mira, mi niño. Cuando tus papás murieron, yo te corté las alas sin querer. Te abracé tan fuerte para protegerte que no te dejé volar. Y mira lo que pasó: vino una buitre y casi te come porque no sabías defenderte. Ahora que te crecieron las alas de nuevo, sería una egoísta si te las corto. Vete. Vete a Florencia, cómete el mundo, ama a esa muchacha. Y si no funciona, esta casa y mis brazos siempre van a estar abiertos. Pero no te quedes con la duda. La duda es peor que el fracaso.
Me levanté y la abracé tan fuerte que casi la rompo.
—Gracias, abuela. Te voy a extrañar un chingo.
—Más te vale que me llames diario, ingrato. Y enséñale a esa niña a hacer chilaquiles, que la comida italiana es muy rica pero cansa.
Una semana después, aterricé en el aeropuerto de Peretola, en Florencia.
Era un día frío y lluvioso. Típico noviembre toscano. Yo iba con una maleta, mi laptop y el corazón en la garganta. ¿Y si en persona no era igual? ¿Y si ella se decepcionaba al verme en su rutina diaria? ¿Y si yo todavía estaba roto y no podía amar bien?
Salí a la sala de llegadas. Había mucha gente con carteles. Busqué su cara. Y de repente, ahí estaba.
Llevaba un abrigo largo color camello, una bufanda roja enorme y la nariz roja por el frío. No traía cartel. Solo estaba parada ahí, buscándome con la mirada ansiosa.
Cuando nuestros ojos se encontraron, el mundo se detuvo. No hubo música de violines, hubo algo mejor: silencio en mi cabeza. Todas las dudas, todos los miedos sobre Valeria, sobre el dinero, sobre el interés… todo se calló.
Corrí hacia ella y ella corrió hacia mí. Soltó su bolsa en el suelo y se me colgó del cuello. El impacto casi nos tira. Olía a lluvia, a café y a lavanda.
—Eres real —le susurré al oído, enterrando la cara en su cabello rizado.
—Tú también, arquitecto. Tú también —respondió ella, riendo y llorando al mismo tiempo.
Nos fuimos a su departamento. Era pequeño, un estudio en un edificio viejo sin elevador, donde había que subir cuatro pisos a pie. Nada que ver con el penthouse de lujo que Valeria exigía. Las paredes tenían humedad, la calefacción hacía ruido, pero tenía un calor de hogar que nunca sentí en los lugares caros.
—Perdón por el desorden —dijo ella, quitándose el abrigo—. Es que estoy restaurando un marco del siglo XVII y tengo barnices por todos lados.
—Es perfecto —dije yo. Y lo era.
Pero la vida real no es una película romántica todo el tiempo, y el destino tenía que ponerme una última prueba. Una prueba tonta, mundana, pero que para mí significó todo.
Al tercer día de estar allá, salimos a cenar. Ximena quería llevarme a una trattoria escondida donde, según ella, hacían la mejor bistecca alla fiorentina.
La cena fue maravillosa. Reímos, tomamos vino, planeamos viajes. Cuando llegó la cuenta, yo, como buen caballero mexicano criado a la antigua, saqué mi cartera para pagar.
Busqué en mi bolsillo. Nada. Busqué en el otro. Nada. Me revisé la chamarra, el pantalón.
Empecé a sudar frío.
—Mi cartera… —balbuceé—. No está.
—¿Cómo? —preguntó Ximena tranquila.
—Me la robaron. O se me cayó. Traía todo ahí, Ximena. Mis tarjetas, el efectivo, mi identificación. ¡Maldita sea!
El pánico se apoderó de mí. No era solo por el dinero. Era el trauma. Mi mente viajó instantáneamente a Valeria. Si esto hubiera pasado con Valeria, ella habría hecho un escándalo. “¡Eres un inútil, Diego! ¿Cómo pierdes la cartera? ¿Ahora quién va a pagar? ¡Qué vergüenza!”. La voz de Valeria resonaba en mi cabeza, gritándome “nini”, “tonto”.
Me quedé paralizado, esperando el regaño, la mirada de decepción, el fastidio.
—Diego, mírame —dijo Ximena.
Levanté la vista, esperando lo peor.
Ximena estaba… sonriendo. No burlona, sino tranquila.
—Respira. Es solo dinero. ¿Estás bien tú? ¿Tu pasaporte lo dejaste en la casa?
—Sí, el pasaporte está en la maleta. Pero la cuenta… son 80 euros. No tengo con qué pagar. Qué vergüenza.
Ximena soltó una carcajada suave, sacó su monedero —uno de tela, bordado, viejito— y sacó una tarjeta de débito que se veía bastante usada.
—Pues hoy invita la casa, arquitecto. Yo pago. No pasa nada. Mañana hablamos al banco y cancelamos todo. Es más, hasta es una buena anécdota: “El día que Diego casi lava platos en Florencia”.
Me quedé mirándola como si fuera un extraterrestre.
—¿No… no estás enojada?
—¿Por qué me voy a enojar? Son accidentes. A cualquiera le pasa. En Roma me robaron el celular dos veces. Así es esto. Lo importante es que estamos aquí y la carne estaba buenísima, ¿no?
En ese momento, en esa mesa con mantel de cuadros rojos, mientras ella le sonreía al mesero y pagaba la cuenta sin hacer ni una mueca, sentí que algo se rompía dentro de mí. Pero no era algo bueno, era la última cadena que me ataba a mi pasado.
Me di cuenta de que había estado conteniendo el aliento durante meses, esperando el golpe, esperando la traición. Y no llegó.
Ximena no quería mi dinero. Ximena me quería a mí, con o sin cartera.
Salimos del restaurante y empezó a lloviznar.
—Bueno, ahora estamos en bancarrota técnica hasta que te manden tarjetas nuevas —bromeó ella, tomándome del brazo—. Así que nos toca caminar porque no hay para el taxi.
—Ximena… —me detuve en medio de la calle empedrada.
—¿Qué pasa? ¿Te sientes mal?
La abracé. La besé bajo la lluvia, sin importarme que nos estuviéramos mojando. Fue un beso de gratitud, de amor, de liberación.
—Gracias —le dije contra sus labios.
—¿Por pagar la cena? Ay, qué exagerado, luego me lo disparas en tacos.
—No. Gracias por ser tú. Gracias por no ser ella. Gracias por enseñarme que el amor no es una transacción.
Nos fuimos caminando a casa, mojados, con frío, pero yo me sentía el hombre más rico del mundo.
Esa noche, llamé a mi abuela.
—Abue, ¿estás despierta?
—Claro, mijo. Estaba rezando el rosario. ¿Qué pasó? ¿Todo bien?
—Todo perfecto, abue. Me robaron la cartera.
—¡Válgame Dios! ¿Y eso es perfecto?
—Sí. Porque Ximena pagó la cena y se rio. Abue… creo que me voy a quedar aquí un buen rato.
Escuché a mi abuela sorberse la nariz al otro lado de la línea.
—Qué bueno, mi niño. Qué bueno. Ya era hora de que la vida te devolviera lo que te debía. Tú disfruta. Yo acá me encargo del fuerte. Y dile a esa muchacha que ya le estoy tejiendo una bufanda para Navidad.
Colgué y miré a Ximena, que estaba secándose el pelo con una toalla, tarareando una canción italiana.
Valeria estaba en una celda, pagando por sus crímenes. Yo estaba en Florencia, empezando de cero.
La vida, como decía mi abuelo Nicolás, da muchas vueltas. A veces te tira al suelo para que aprendas a levantarte, y a veces te quita todo para que veas lo que realmente vale la pena.
Yo perdí una novia falsa y casi pierdo mi fortuna. Pero gané una visión nueva. Gané la capacidad de ver con los “ojos que sienten”. Y, sobre todo, gané la certeza de que el verdadero tesoro no se guarda en un banco, se guarda en los momentos en que se te pierde la cartera y la persona que amas te dice: “No pasa nada, yo invito”.
CAPÍTULO 7: CIMIENTOS DE PIEDRA Y CORAZÓN
Dicen que para que una planta pegue bien en tierra nueva, hay que regarla con paciencia y no andar escarbando para ver si ya echó raíz. Eso fue exactamente lo que hice en Florencia durante los siguientes nueve meses: dejar que la vida fluyera, sin forzarla, sin la prisa neurótica de la Ciudad de México y, sobre todo, sin la sombra de la ambición desmedida respirándome en la nuca.
Mi vida con Ximena no fue un cuento de hadas de Disney; fue algo mejor: fue real. Fue aprender que el amor verdadero también es compartir un baño chiquito donde el agua caliente se acaba a los diez minutos. Fue aprender a cocinar chilaquiles con queso parmesano y tortilla de harina porque no encontrábamos Maseca ni de chiste. Fue aprender a discutir sin herir, a diferencia de las peleas silenciosas y manipuladoras que tenía con Valeria, donde yo siempre terminaba pidiendo perdón por cosas que no había hecho.
—¡Diego, apúrate que se nos va el tren! —me gritó Ximena una mañana de abril desde la entrada del edificio.
Íbamos a Lucca, un pueblito amurallado a una hora de Florencia. Ese día, mi aplicación, “Ojos que Sienten”, había recibido su primera gran validación: una asociación de ciegos en Italia quería hacer una prueba piloto en sus museos.
—Ya voy, mujer, no encuentro el adaptador —grité de vuelta, bajando las escaleras de dos en dos.
Ximena me esperaba abajo, radiante con un vestido de flores y tenis. Me miró y sonrió.
—Te ves guapo, arquitecto. Se te quitó esa cara de susto con la que llegaste.
—Es el aire toscano. O tus besos. O que ya no tengo que pagar la tarjeta de crédito de nadie —bromeé, dándole un pico.
El éxito de la app fue el empujón que me faltaba para terminar de creérmela. Resulta que cuando haces las cosas con el corazón y no pensando en cuánto vas a ganar, el dinero llega solo. No éramos millonarios, pero vivíamos “a todo dar”. Trabajábamos en la mesa de la cocina, hombro con hombro. Ella restaurando lienzos digitales y yo escribiendo código. A veces, nos deteníamos solo para mirarnos y reírnos de nada.
Pero no todo era miel sobre hojuelas. La distancia pesaba. Había noches en que extrañaba los tacos al pastor de la esquina de Coyoacán, el ruido de los organilleros y, sobre todo, a mi abuela.
Doña Ana era mi roca. Hablábamos diario por videollamada.
—Mijo, no te preocupes por mí —me decía, acomodándose el chal—. Berta viene diario, jugamos canasta, nos echamos nuestro cafecito con piquete. Tú vive tu vida.
—Te extraño, abue. Siento que te dejé sola.
—Sola me hubiera quedado si te casabas con esa arpía, porque me hubiera prohibido verte. Ahorita te tengo lejos, pero te tengo libre. Eso es lo que importa.
Un día, mientras caminábamos por el Ponte Vecchio al atardecer, viendo cómo el río Arno se teñía de dorado, me cayó el veinte. De golpe.
Estaba viendo a Ximena regatear —en un italiano perfecto y con ese garbo mexicano que no se quita— el precio de una bufanda para su mamá. La vi reírse con el vendedor, la vi tocar la tela con sus manos expertas, vi cómo se le arrugaba la nariz cuando sonreía.
Y pensé: “¿Qué estoy esperando? ¿A tener más dinero? ¿A estar más seguro? No voy a estar más seguro nunca”.
Con Valeria, la propuesta de matrimonio fue un proyecto. Tuve que ahorrar seis meses para el anillo que ella “sugirió” (básicamente me mandó la foto y el precio). Tuve que reservar en el restaurante más caro de Polanco, contratar un violinista y asegurarme de que alguien grabara para sus stories de Instagram. Todo fue un show. Un performance.
Con Ximena, supe que tenía que ser distinto.
Pasaron tres meses más. Llegó julio y el calor en Florencia era sabroso.
—Oye —le dije un martes cualquiera, mientras cenábamos pizza en la sala viendo una serie—. ¿Qué vas a hacer el fin de semana?
—Nada, descansar. ¿Por?
—Ponte bonita. Bueno, más bonita. Vamos a ir a San Gimignano.
Llegamos al pueblo de las torres medievales. Caminamos todo el día. No había fotógrafos, no había violines. Solo nosotros dos y un par de helados que se nos derretían en las manos.
Subimos a la torre más alta, la Torre Grossa. Desde ahí se veía toda la Toscana: los viñedos, los olivos, las colinas suaves que parecían pintadas a mano.
El viento soplaba fuerte. Ximena se recargó en el muro de piedra, mirando el horizonte.
—Es increíble, ¿no? —dijo—. Pensar que esta gente construyó estas torres solo para demostrar poder, y ahora solo quedan piedras. Lo único que sobrevive es la belleza.
Me acerqué a ella. El corazón me latía como tambor de feria. No traía un anillo de diamantes de cinco quilates. Traía algo más especial.
Semanas antes, había contactado a un artesano joyero en el Ponte Vecchio. Le di un diseño mío: un anillo sencillo de oro viejo, pero con una pequeña piedra de obsidiana que mi abuela me mandó por paquetería desde México. “Para que no olvide sus raíces”, me dijo la abuela en la nota. Y alrededor de la obsidiana, un grabado minúsculo que decía: Ojos que sienten.
—Ximena —le dije. La voz me tembló un poquito, pero no de miedo, sino de pura emoción.
Ella se giró. —¿Qué pasa? Estás muy serio.
Me hinqué. Ahí, sobre la piedra milenaria, con turistas alemanes pasando a un lado y el viento despeinándome.
—Hace un año, yo estaba ciego. Tenía ojos, pero no veía nada. Veía precios, veía marcas, veía apariencias. Tú me enseñaste a ver lo que hay detrás del barniz. Me enseñaste que el valor no es lo mismo que el precio.
Ximena se llevó las manos a la boca. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—Diego…
—No tengo un palacio para ofrecerte, ni un yate en Acapulco. Tengo un departamento rentado, una app que apenas empieza y un montón de ganas de hacerte chilaquiles el resto de mi vida. Ximena, ¿te quieres aventar el tiro de casarte conmigo?
Ella soltó una carcajada entre lágrimas, se hincó conmigo y me abrazó tan fuerte que casi nos vamos de boca.
—¡Claro que sí, arquitecto! ¡Claro que me aviento el tiro!
Los turistas aplaudieron. Nosotros nos besamos y, por primera vez en mi vida, no me importó quién nos viera. No había nadie a quien impresionar. Solo ella y yo.
Esa noche llamamos a la abuela.
—¡Lo sabía! —gritó doña Ana desde la pantalla del celular, levantando los brazos—. ¡Ya estaba yo preparando el vestido! Berta, ¡saca el rompope!
Ver la felicidad de mi abuela fue el mejor regalo de compromiso.
—Abue, queremos que vengas. La boda va a ser aquí.
—¿En Italia? ¡Uy, mijo, mis rodillas!
—Sin excusas, Ana María. Te mando boleto de primera clase. Si no vienes tú, no hay boda. Tú eres la culpable de esto. Si no fuera por tu grabadora espía, yo seguiría con la víbora aquella.
—Está bien, está bien. Iré. Pero no quiero nada ostentoso, ¿eh? Nada de tirar la casa por la ventana.
—Va a ser sencillo, abue. Como nosotros.
La planeación fue rápida y sin estrés. Nada de “Brideszillas”. Ximena encontró un vestido vintage en una tienda de segunda mano y lo arregló ella misma. Yo me compré un traje de lino beige. Rentamos una villa pequeña en el Chianti, propiedad de unos amigos de Ximena que nos hicieron precio de cuates.
Y así, nueve meses después de haber llegado a Italia con el corazón remendado, estaba listo para entregarlo entero, sin miedos y sin letras chiquitas.
CAPÍTULO 8: LA VENDIMIA DEL AMOR REAL
El día de la boda amaneció con ese color dorado que solo existe en septiembre en la Toscana. El aire olía a uva madura y a lavanda seca. No había nubes, solo un cielo azul infinito que parecía darnos su bendición.
La Villa Il Sole era una casona de piedra del siglo XVIII, rodeada de viñedos que ya estaban pesados de fruta lista para la vendimia. Habíamos puesto mesas largas de madera bajo una pérgola de parras, sin manteles lujosos, solo caminos de mesa de lino blanco, muchas velas y flores silvestres que Ximena y yo cortamos esa misma mañana.
Yo estaba en una de las habitaciones, terminando de arreglarme la corbata frente al espejo. Me vi y me desconocí. Ya no tenía esa mirada ansiosa del Diego de antes, el que quería complacer a todos. Tenía arrugas nuevas alrededor de los ojos, de tanto reír, y la piel bronceada por el sol del Mediterráneo.
—¡Qué guapo, caray! —dijo una voz a mis espaldas.
Me giré. Ahí estaba mi abuela. Se veía majestuosa. Llevaba un vestido de seda color azul noche, su broche de zafiro y el pelo blanco recogido en un chongo impecable. Se apoyaba en un bastón elegante, pero estaba más erguida que un general. A su lado, mi tía Berta (que no es mi tía de sangre, pero como si lo fuera) se secaba los ojos con un pañuelo.
—Abuela… —fui hacia ella y la abracé con cuidado, como si fuera de cristal, aunque sabía que era de acero—. Gracias por venir.
—No me lo perdía por nada del mundo, mi niño. Además, tenía que venir a supervisar que esta vez sí fuera la buena —bromeó, dándome unas palmadas en la mejilla—. Y lo es. Se le nota en los ojos a esa muchacha.
—¿Estás nerviosa? —le pregunté.
—¿Yo? No. Estoy plena. ¿Sabes? Ayer en la noche, cuando llegamos, me asomé a la ventana y hablé con tu abuelo. Le dije: “Nicolás, ya la hicimos. El muchacho está a salvo. El linaje sigue, pero no el del dinero, sino el de la decencia”.
Se me hizo un nudo en la garganta.
—Tú me salvaste, abue. Tú y tu intuición.
—La intuición es solo experiencia acumulada, hijo. Y amor. Cuando amas a alguien, hueles el peligro antes de que llegue. Pero ya no hablemos de cosas feas. Hoy es día de fiesta. ¡Ándale, que la novia no debe esperar!
Salí al jardín. Habíamos invitado a poca gente: unos treinta amigos cercanos que hicimos en Florencia, la familia de Ximena que viajó desde México (gente ruidosa y alegre que trajo tequila de contrabando en las maletas) y, por supuesto, mi abuela y Berta. Nada de los 500 invitados por compromiso que quería Valeria.
El juez italiano, un señor gordito y simpático que era el alcalde del pueblo vecino, estaba listo. Comenzó a tocar un cuarteto de cuerdas. No la marcha nupcial, sino “Bésame Mucho”. Fue idea de Ximena. Decía que era la canción más mexicana y más universal a la vez.
Y entonces la vi.
Ximena salía de la casa del brazo de su padre. No traía un vestido de princesa lleno de pedrería. Traía un vestido sencillo, de encaje antiguo color marfil, que caía suavemente sobre su cuerpo. Llevaba el pelo suelto con una corona de flores naturales. No necesitaba joyas. Su cara resplandecía.
Al verla caminar hacia mí entre las filas de olivos, sentí una paz absoluta. No esa euforia loca y vacía que sentía con Valeria, sino una certeza tranquila, profunda, como cuando llegas a casa después de un viaje largo y te quitas los zapatos.
Cuando llegó a mi lado, me guiñó un ojo.
—¿Listo para el contrato más importante, arquitecto?
—Sin letras chiquitas esta vez —susurré.
La ceremonia fue una mezcla rara y hermosa de italiano y español. Hubo risas cuando el juez se trabó intentando decir “en la salud y en la enfermedad” en español, y hubo lágrimas cuando leímos nuestros votos.
—Diego —dijo Ximena, con la voz quebrada pero firme—, prometo ser tu compañera de aventuras. Prometo recordarte, cuando se te olvide la cartera o cuando el código no compile, que la vida es más que eso. Prometo construir contigo, no sobre ti. Te amo por quien eres cuando nadie nos ve.
Me tocó a mí. Respiré hondo, miré a mi abuela en primera fila, que asentía levemente, y luego miré a Ximena.
—Ximena, hace un tiempo yo pensé que el amor era algo que se compraba con cenas caras y se demostraba con fotos perfectas. Tú me enseñaste que el amor es lo que queda cuando apagas el celular. Me enseñaste a ver con el corazón. Prometo cuidarte, respetarte y nunca, nunca, dejar de valorar el tesoro que eres. Ah, y prometo lavar los platos cuando tú cocines.
Todos rieron. Nos pusimos los anillos. El juez nos declaró marido y mujer.
—Può baciare la sposa!
La besé. Y en ese beso supe que todo lo que había pasado —la decepción, el dolor, la vergüenza de haber sido engañado— había valido la pena solo para llegar a este momento exacto, bajo el sol de la Toscana.
La fiesta fue, como decimos en México, “un agasajo”. Nada de poses. Hubo pasta hecha a mano, vino del viñedo de al lado y, gracias a la mamá de Ximena, unos tacos de cochinita pibil improvisados que fueron la sensación entre los italianos.
Berta, ya con dos copas de vino encima, intentaba enseñarle a bailar cumbia al juez italiano. Mi abuela estaba sentada en un sillón de mimbre, como una reina, recibiendo a todos los que iban a saludarla.
Me acerqué a ella con una copa de champagne.
—¿Cómo te la estás pasando, doña Ana?
—De maravilla, hijo. Mira nada más esto. —Señaló con su bastón hacia la pista de baile improvisada en el pasto, donde Ximena bailaba descalza con sus sobrinas—. Esto es vida, Diego. Lo otro, lo que te ofrecía aquella mujer, era teatro.
—¿Sabes qué pasó con ella? —pregunté. Era la primera vez que la mencionaba en meses.
Mi abuela se puso seria un segundo, luego tomó un sorbo de su copa.
—Sí, supe. Berta me contó. Le dieron ocho años. Al tal Andrés, doce. Se acabaron, Diego. Se consumieron en su propia lumbre. No les des ni un pensamiento más. Hoy no hay lugar para fantasmas.
Asentí. Tenía razón. Valeria era un mal recuerdo, una lección aprendida con sangre, pero ya no dolía.
—¡Diego! —gritó Ximena desde la pista—. ¡Ven! ¡Pusieron a Luis Miguel!
—¡Corre! —me empujó mi abuela—. Ve a bailar con tu mujer. Yo aquí me quedo disfrutando la vista.
Fui hacia Ximena. Ella me recibió con los brazos abiertos y nos pusimos a bailar, girando bajo las estrellas que empezaban a salir.
Mientras bailábamos, miré hacia la mesa. Mi abuela nos miraba con una sonrisa serena, satisfecha. Parecía más joven, más ligera. Había cumplido su misión. Había protegido a su cachorro y ahora lo veía correr libre.
Pensé en las palabras de mi abuelo Nicolás: “El dinero va y viene, pero la casta se queda”. No hablaba de apellido ni de alcurnia. Hablaba de esto. De la decencia, de la lealtad, del valor de la verdad.
Mi abuela arriesgó una mansión de 20 millones para salvarme. Yo perdí la inocencia para encontrar la sabiduría.
Y ahí, en medio de un viñedo italiano, con mi esposa mexicana y mi abuela guardiana, entendí que era el hombre más rico del mundo. No por las farmacias, no por la herencia, sino porque tenía algo que Valeria y su amante nunca tendrían, ni con todo el dinero que robaron: tenía paz. Tenía amor del bueno. Y tenía la certeza de que, si algún día me volvía a equivocar, tendría una red de seguridad hecha de brazos fuertes y corazones honestos para cacharme.
La música cambió a una balada suave. Apreté a Ximena contra mí.
—Te amo —le dije.
—Y yo a ti, Diego. Y a tu abuela también, aunque me dé miedo cuando me mira con esos ojos de escáner —se rio ella.
—Acostúmbrate. Es el control de calidad de la familia. Y tú pasaste con honores.
El futuro era incierto, claro. Vendrían problemas, enfermedades, crisis, como en todas las vidas. Pero ya no tenía miedo. Tenía mis cimientos bien puestos, mis raíces en tierra fértil y, sobre todo, había aprendido a distinguir el brillo del oro del brillo del sol. Y el sol, ese que salía cada mañana gratis para todos, era el único que calentaba de verdad.
Desde la mesa, mi abuela levantó su copa hacia nosotros en un brindis silencioso. Yo levanté la mano en respuesta.
Gracias, abuela, pensé. Gracias por regalarme la verdad, aunque doliera.
Y así, entre viñedos y risas, empezó mi verdadera vida.
FIN