
PARTE 1: LA SANGRE NO SE BORRA
CAPÍTULO 1: EL REGRESO DEL FANTASMA Y LA NOCHE DE LOS CUCHILLOS LARGOS
La lluvia en la Ciudad de México no limpia nada; solo embarra más la mugre, mezcla el aceite de los camiones con el polvo de las coladeras y crea ese olor a tierra mojada y gasolina que se te mete hasta en los pensamientos. Era agosto, temporada de tormentas, cuando el Tío Jin regresó.
Para entender el tamaño del relajo que se armó, tienen que saber que el Tío Jin —Jin Man, como le decía mi papá con ese tono de desprecio que se le atoraba en la garganta— llevaba ocho años muerto. O bueno, eso creíamos todos. “Se lo tragó la tierra”, decía mi abuela mientras prendía una veladora frente a su foto en el altar de muertos, aunque ni siquiera fuera noviembre. “O se lo tragó el narco”, corregía mi papá por lo bajo, escupiendo al suelo. Jin Man siempre fue la oveja negra, el que andaba en “pasos raros”, el que desaparecía meses y volvía con los bolsillos llenos de dólares y los ojos vacíos.
Pero esa tarde, mientras los truenos hacían temblar las ventanas de la vieja casona familiar en la colonia Doctores, el timbre sonó. Y ahí estaba él. No era un fantasma, ni un espectro. Era Jin Man, con una chaqueta de cuero empapada, una cicatriz nueva cruzándole la ceja y esa mirada de perro callejero que ha sobrevivido a demasiadas peleas.
—¿Mamá está en casa? —fue lo único que dijo. Ni un “hola”, ni un “ya llegué”, ni un “perdón por dejarlos pensando que estaba criando malvas en el desierto”.
La abuela, que estaba en la cocina preparando café de olla, soltó la taza al escuchar su voz. El ruido de la cerámica rompiéndose contra el suelo fue el único aviso. Corrió a la entrada, se llevó las manos a la boca y, antes de que pudiera abrazar a su hijo pródigo, se desplomó. Así, sin más. Como si su corazón hubiera estado aguantando ocho años solo para verlo una vez más y, cumplida la misión, decidiera pararse en seco.
El caos que siguió fue una borrosidad de gritos, sirenas de ambulancia y la lluvia que no paraba. Mi papá estaba furioso. Agarró a Jin Man de las solapas de la chaqueta y lo empujó contra la pared del hospital.
—¡Tú la mataste! —le gritó, con la cara roja de rabia y lágrimas—. ¡Apareces de la nada y ella se muere del susto! ¡Eres una maldición, Jin Man! ¡Lárgate!
Jin Man no se defendió. Solo se quedó ahí, parado como una estatua de hielo, mirando hacia la puerta de urgencias donde los doctores ya habían declarado la hora de la muerte. Pero cuando mi papá intentó firmar los papeles para que la funeraria se llevara el cuerpo, Jin Man lo detuvo. Su mano, llena de callos y con los nudillos marcados, sujetó la muñeca de mi padre con una fuerza sobrenatural.
—Quiero una autopsia —dijo Jin Man. Su voz era grave, rasposa, como si tuviera grava en la garganta.
—¿Estás loco? —mi papá se soltó de un tirón—. Mamá tuvo un infarto. Déjala descansar en paz. ¿Qué crees, que esto es una de tus películas de gánsters?
—Ella estaba sana. Quiero saber qué pasó.
—¡Pasó que vio al hijo malviviente que creía muerto! —gritó mi papá—. ¡No la vas a abrir en canal como a un animal! Se acabó, Jin Man. Si tienes un poco de respeto, cállate y vela a tu madre.
El velorio se organizó en una de esas funerarias viejas del centro, con paredes forradas de madera oscura y olor a flores pasadas y cera derretida. Yo tenía siete años en ese entonces, y el miedo se me notaba en las manos. No podía quedarme quieta. Sentía una electricidad en el aire, algo denso y pegajoso que me erizaba los pelos de la nuca. Tiré un vaso de agua. Luego, tropecé con una corona de flores y casi tiro el atril con la foto de la abuela.
Mi mamá, que estaba hecha un manojo de nervios tratando de servir café a las vecinas chismosas que solo iban por el pan dulce gratis, no aguantó más.
—Jin Man —le dijo a mi tío, que estaba en una esquina, fumando un cigarro tras otro aunque estaba prohibido—, por favor, llévate a Jian a la casa. Está muy alterada y aquí solo está estorbando. Mi esposo no te quiere ver, y francamente, yo tampoco quiero que se armen los trancazos aquí.
—Vámonos —dijo él, apagando el cigarro con la suela de su bota.
Me agarró de la mano. Su tacto era frío. Caminamos hasta su camioneta, una Cheyenne negra, vieja pero blindada, algo que yo no sabría hasta mucho después. La lluvia había bajado un poco, pero las calles seguían siendo ríos de agua sucia.
—Súbete —ordenó.
El camino a casa fue silencioso. Yo iba mirando las luces de la ciudad reflejadas en los charcos, abrazando mi mochila escolar como si fuera un escudo. De repente, el teléfono de mi tío sonó. No era un tono normal, era un zumbido seco. Él contestó, escuchó tres segundos y su cara cambió. Si antes parecía de hielo, ahora parecía de piedra volcánica a punto de estallar.
—Entendido —dijo y colgó.
Frenó la camioneta frente a nuestra casa con un rechinido que me hizo rebotar en el asiento. Se giró hacia mí y me agarró de los hombros. Sus ojos, negros y profundos, se clavaron en los míos.
—Jian, escúchame bien. No tenemos mucho tiempo. Me tengo que ir.
—¿A dónde vas, tío? ¿No vamos a entrar? —pregunté, sintiendo que el llanto se me subía a la garganta.
—Tengo que volver al hospital. Hay cosas… cosas que arreglar. Pero tú te vas a quedar aquí, adentro. Cierra la puerta con todos los cerrojos. Con la cadena, con el pasador, con todo.
—Tengo miedo…
—El miedo te mantiene alerta —me cortó—. Escucha: va a venir un amigo mío. Alguien que te va a cuidar. Pero no le abras a nadie a menos que sepa la clave.
—¿Qué clave?
—Un acertijo. Si tocan la puerta, preguntas: “¿Qué es lo que tiene ojos pero no ve, y entre más grande es, menos se ve?”.
Me quedé pensando, con la mente en blanco por el pánico.
—No sé, tío…
—La respuesta es “La Oscuridad”. Si no te dicen “La Oscuridad”, no abres. ¿Entendiste, chamaca? Ni aunque te digan que soy yo, ni aunque lloren, ni aunque traigan dulces. Solo “La Oscuridad”.
—Lo prometo.
Me bajó de la camioneta casi a empujones, esperó a que entrara y cerrara la puerta. Escuché el motor de la Cheyenne rugir y alejarse a toda velocidad. Me quedé sola en la sala inmensa, con las luces apagadas, escuchando cómo la casa crujía con el viento.
Pasaron diez minutos que parecieron diez años. Yo estaba hecha bolita en el sofá, abrazando un cojín que olía a mi mamá. Entonces, tocaron a la puerta.
Toc, toc, toc.
Golpes secos, pesados. No era un toque amable.
Me acerqué a la puerta de madera maciza, temblando.
—¿Quién es? —mi voz salió como un chillido de ratón.
—Soy amigo de tu tío Jin —dijo una voz de hombre desde afuera. Sonaba joven, impaciente—. Me mandó por ti. Ábreme, niña. Hace un frío de la chingada afuera.
Me puse de puntitas para ver por la mirilla, pero estaba muy alta.
—¡Dime la clave! —grité, tratando de sonar valiente—. ¿Qué es lo que tiene ojos pero no ve?
Hubo un silencio del otro lado. Escuché un suspiro de fastidio y luego una risa suave, burlona.
—No manches, niña. Déjate de juegos. Soy yo, el Beto. Tu tío me dijo que te llevara por unas quesadillas. Abre ya.
—¡La respuesta! —insistí, retrocediendo—. ¡Si no la sabes, no abro!
—Mira, escuincla… —la voz cambió. Ya no era amable. Era una amenaza reptante—. Abre la maldita puerta o la voy a tirar y va a ser peor para ti.
El pomo de la puerta empezó a girar violentamente. Escuché el sonido metálico de una ganzúa trabajando en la cerradura. Click. Click. El primer cerrojo cedió. Mi corazón latía tan fuerte que me dolían las costillas.
—¡Tío Jin! —grité, aunque sabía que no me escucharía.
De repente, se escuchó un golpe seco afuera. Un ¡PUM! como de carne chocando contra concreto. Luego un gemido y el sonido de alguien siendo arrastrado. Silencio otra vez.
Me quedé paralizada. ¿Se había ido?
—Jian… —una voz diferente. Más calmada, pero igual de desconocida—. Soy Honda. Tu tío me mandó. La respuesta es “La Oscuridad”.
Dudé. Mis manos sudaban.
—¿Cómo sé que es cierto?
Por debajo de la puerta, deslizaron una hoja de papel arrancada de una libreta. Con letra apresurada decía: “La Oscuridad. Abre, Jian. Soy Honda, el sordo”. Y junto a la letra, un dibujo mal hecho de un gato, el mismo dibujo que mi tío me hacía en las servilletas cuando era bebé.
Abrí la puerta, solo una rendija, con la cadena puesta.
Un hombre joven, con una gorra calada y una chamarra de mezclilla, me miraba. Tenía sangre en los nudillos. Detrás de él, en la banqueta, el tipo que había intentado entrar antes estaba tirado, inconsciente.
—Quita la cadena, rápido —dijo Honda, haciendo señas con las manos mientras hablaba. Su voz era extraña, gutural, como la de alguien que no se escucha a sí mismo.
Le abrí. Entró como un vendaval y cerró la puerta de golpe, poniendo de nuevo los seguros y empujando un sillón contra la entrada.
—Tenemos que escondernos —dijo, sacando un celular y escribiendo rápido—. Vienen más.
No entendía nada. ¿Quiénes venían? ¿Por qué? Honda me llevó casi a rastras hacia la habitación de servicio. Me metió en el armario de los blancos, entre sábanas viejas y toallas.
—Quédate aquí. No salgas. Si escuchas disparos, tápate los oídos y cuenta hasta mil.
Apagó la luz y cerró la puerta del armario, dejándome en la oscuridad absoluta. Pero esta vez, la oscuridad no era la respuesta de un acertijo; era mi única amiga.
A los pocos minutos, escuché el vidrio romperse. No en la entrada, sino en la sala. Habían entrado por las ventanas del jardín.
Escuché pasos pesados. Botas militares sobre la duela de madera. Voces.
—Revisen arriba. El sordo debe estar aquí. Y la niña también. El patrón la quiere viva, pero si se rompe una pierna no importa.
Escuché el sonido inconfundible de una pelea. Golpes, muebles rompiéndose, y luego… disparos. Bang. Bang. Dos truenos secos dentro de la casa. Me tapé la boca con ambas manos para no gritar, mordiéndome los dedos hasta que me supieron a sangre.
La puerta del cuarto de servicio se abrió de una patada.
—Aquí no hay nadie, jefe —dijo una voz ronca.
Pasaron una luz de linterna por la habitación. La luz se filtró por las rendijas del armario, iluminando mis tenis de colores. Contuve la respiración hasta que mis pulmones ardieron.
—Vámonos al siguiente cuarto.
Esperé a que los pasos se alejaran. Salí del armario temblando como una hoja. Tenía que salir de ahí. Mi instinto, ese que el Tío Jin decía que todos tenemos pero pocos usan, me gritaba: “¡Corre, Jian, corre!”.
Fui hacia la ventana del cuarto de lavado que daba al callejón trasero. Estaba en un segundo piso. Abrí la ventana con cuidado. La lluvia me golpeó la cara. Abajo, el callejón estaba oscuro, solo iluminado por los relámpagos.
—¡Ahí está! —gritó alguien desde el jardín.
Me vieron. Un hombre de traje negro, empapado, me apuntaba con algo que brillaba metálicamente.
No lo pensé. Me trepé al marco de la ventana y salté.
La caída fue brutal. Aterricé sobre unas bolsas de basura que amortiguaron el golpe, pero mi tobillo crujió. El dolor fue agudo, caliente, pero el miedo era más fuerte. Me levanté cojeando y corrí hacia la avenida principal.
—¡Agárrenla! —escuché a mis espaldas.
Corrí sin mirar atrás. Mis tenis chapoteaban en los charcos. Llegué a la avenida, con el tráfico de la ciudad en pleno caos por la tormenta. Los cláxones sonaban como gritos de monstruos. Necesitaba ayuda. Vi un taxi libre y me lancé hacia la calle, agitando los brazos.
—¡Ayuda! ¡Ayúdenme!
El taxista no me vio. O tal vez sí me vio, pero en esta ciudad nadie se para por una niña que sale de un callejón oscuro. El coche que venía detrás, una camioneta de carga, no pudo frenar a tiempo.
Vi las luces blancas, enormes, acercándose a mí. Escuché el rechinido de los frenos sobre el asfalto mojado, un sonido agudo e interminable.
Y luego, el golpe.
No sentí dolor al principio. Solo sentí que el mundo giraba, que el cielo y el suelo cambiaban de lugar. Caí sobre el asfalto frío. La lluvia seguía cayendo sobre mi cara, mezclándose con algo caliente que me bajaba por la frente.
Voces lejanas.
—¡Llamen a una ambulancia!
—¡Pobre niña, salió de la nada!
Mientras mi vista se nublaba y todo se volvía negro, vi unos zapatos de charol acercarse a mí. Un hombre se agachó. No era un paramédico. Se acercó a mi oído y susurró:
—Tu tío te manda saludos, pequeña.
Y entonces, la oscuridad me tragó por completo.
CAPÍTULO 2: LA ESCUELA DEL SILENCIO Y LA BESTIA EN EL ALMACÉN
Despertar fue como salir de una alberca llena de melaza; lento, pegajoso y asfixiante. El olor a cloro y desinfectante me golpeó primero. Abrí los ojos y la luz blanca de los tubos fluorescentes me quemó las retinas. Estaba en un hospital. Mi pierna derecha estaba enyesada y colgada de una polea, y sentía la cabeza como si me la hubieran rellenado de algodón.
Esperaba ver a mi mamá. Esperaba ver a mi papá con su cara de regaño, diciéndome que cómo se me ocurría correr por la calle. Pero la silla junto a mi cama estaba vacía.
Pasaron horas. O tal vez días. El tiempo en los hospitales no existe.
Finalmente, la puerta se abrió. No eran mis padres. Era el Tío Jin.
Traía el brazo en cabestrillo y un parche en el cuello. Se veía más viejo, más cansado, como si esos días le hubieran echado veinte años encima. Se sentó en la silla de plástico, que crujió bajo su peso, y se quitó la gorra.
—Tío… —susurré. Tenía la garganta seca—. ¿Dónde están mis papás?
Jin Man me miró. No hubo suavidad en sus ojos, no hubo esa lástima que luego vería en las enfermeras. Me miró directo, sin filtros.
—Se fueron, Jian.
—¿Se fueron a la casa?
—No. Se fueron. Murieron.
La palabra cayó como una piedra en el estanque. Murieron. No la entendí al principio. Mi cerebro de siete años se negó a procesarlo.
—¿En el funeral de la abuela?
—Sí. Hubo… un accidente. Un problema con el gas, dijeron. —Hizo una mueca que parecía una sonrisa dolorosa—. Pero tú y yo sabemos que no fue el gas, ¿verdad?
Me puse a llorar. Lloré hasta que me dolió el pecho, hasta que las enfermeras vinieron a inyectarme algo para calmarme. Jin Man no me abrazó. Se quedó ahí, sentado, montando guardia, mirando la puerta como si esperara que la muerte entrara de nuevo a terminar el trabajo.
Cuando me dieron de alta, nadie más vino por mí. Mi tía, la que me había cuidado en el velorio, dijo que no podía hacerse cargo de “una niña con tantos problemas y tan mala suerte”. Así que me quedé con él. Con el hermano loco. Con el fantasma.
Subimos a su vieja camioneta y manejamos durante horas, saliendo de la ciudad, pasando los suburbios industriales, hasta llegar a un pueblo polvoriento en medio de la nada, donde las calles no tenían nombre y las casas estaban separadas por kilómetros de matorrales secos.
Su casa era un búnker disfrazado de granja. Paredes de concreto, ventanas pequeñas, una cerca electrificada que zumbaba bajo el sol.
Al bajar del coche, con mis muletas, me tropecé con una piedra y caí de boca en la tierra. Esperé a que él me levantara. Mi papá siempre me levantaba.
Jin Man se detuvo, me miró desde arriba y siguió caminando hacia la entrada.
—Levántate —dijo sin voltear—. Yo no soy tus padres, Jian. Nadie te va a levantar en esta vida si no lo haces tú sola. Si te quedas tirada, te comen los coyotes.
Me levanté, escupiendo tierra y lágrimas, y lo seguí. Así empezó mi nueva vida.
Jin Man no era un tutor normal. No me leía cuentos antes de dormir, no me preguntaba cómo me fue en la escuela. Nuestra convivencia era un pacto de silencio. Él se pasaba el día en su “negocio”, un almacén enorme lleno de tuberías y mangueras agrícolas que estaba al lado de la casa. Yo me pasaba los días intentando ser invisible.
Pero el trauma tiene formas raras de salir. Dejé de hablar. El doctor del pueblo dijo que tenía “afasia disociativa” por el shock. Se me olvidaron las palabras. Sabía lo que quería decir, pero mi boca no cooperaba.
En la escuela rural del pueblo, ser la niña nueva, huérfana y muda era como traer un letrero de neón que decía “golpéame”.
Había un niño, el “Gordo” Morales, que era el rey del patio. Un día, decidió que mi silencio era una ofensa personal.
—Oye, muda —me empujó mientras yo comía mi torta en una banca—. Dicen que tus papás se murieron porque no los querías. Que eres de mala suerte.
No dije nada. Solo apreté los puños.
—¿No vas a llorar? —se burló, escupiéndome un pedazo de chicharrón en la cara—. Mi papá dice que tu tío es un narco. Que vende drogas en las mangueras. ¿Es cierto?
Levanté la vista. La rabia, esa herencia maldita de mi tío, me subió por la sangre. Agarré mi bandeja de metal del almuerzo y, con un grito que no salió de mi garganta sino de mi alma, se la estrellé en la cabeza.
El sonido fue magnífico. ¡CLANG!
El Gordo Morales cayó al suelo, sangrando y chillando. Me suspendieron tres días. Jin Man tuvo que ir a la escuela.
La directora, una señora con cara de pasa arrugada, le dio el sermón de siempre: que yo necesitaba terapia, que era violenta.
Jin Man la escuchó sin parpadear.
—Entiendo —dijo él—. Pero si el niño ese vuelve a tocar a mi sobrina, no le voy a romper la cabeza con una bandeja. Le voy a enseñar a ella cómo hacerlo bien.
Me sacó de la escuela y me llevó al almacén. Pensé que me iba a regañar.
—Hiciste bien en defenderte —dijo, abriendo una lata de cerveza—. Pero la próxima vez, no uses la bandeja. Usa el codo. Es más duro.
Poco después, pasó lo del almacén.
Era tarde, ya había oscurecido. Yo estaba esperando a que Jin Man cerrara el negocio. De repente, tres chicos de secundaria, amigos del Gordo Morales, me acorralaron. Me arrastraron hacia el viejo cuarto de herramientas del fondo del patio escolar, donde guardaban las podadoras y los sacos de fertilizante.
—Vamos a ver si gritas ahora, muda —dijo uno de ellos, con una sonrisa enferma.
Me empujaron dentro y cerraron la puerta con candado.
—¡Ahí te quedas hasta que aprendas a hablar! —se rieron y se fueron.
La oscuridad del cuarto era absoluta. Olía a gasolina y a óxido. Empecé a golpear la puerta. Pum, pum, pum. Nadie respondía. El pánico, ese viejo amigo que conocí la noche que murieron mis padres, volvió a visitarme. Sentí que las paredes se cerraban. Me faltaba el aire.
Empecé a recordar la cara del hombre que me atacó en mi casa. Los disparos. La sangre.
Me hice bolita en un rincón, temblando.
Pasaron horas. El frío de la noche se colaba por las rendijas.
Entonces, escuché pasos. No eran los pasos torpes de los niños. Eran pasos seguros, rítmicos. Botas pesadas.
—¿Jian? —la voz de Jin Man.
Quise gritar “¡Tío, aquí estoy!”, pero mi voz seguía rota. Agarré una llave inglesa que encontré en el suelo y golpeé una tubería. Clang, clang, clang.
—Ya te oí —dijo él.
Escuché un ruido metálico afuera. No estaba usando una llave para abrir el candado. Escuché un disparo. ¡BANG! El candado voló en pedazos.
La puerta se abrió y la silueta de mi tío se recortó contra la luz de la luna. Parecía un gigante, un monstruo vengador.
Entró, me alumbró con su linterna y me vio ahí, encogida y sucia.
Se agachó frente a mí.
—Te dije que el miedo te mantiene alerta —dijo, pero esta vez su voz no era dura. Era… ¿triste? Se quitó su chamarra y me la puso encima. Olía a tabaco y a pólvora.
—Vámonos a casa, chamaca. Tengo hambre.
Esa noche, Jin Man preparó carne asada. No era un gran cocinero, siempre se le quemaba un poco, pero esa noche la carne sabía a gloria. Nos sentamos en la mesa de plástico del patio. Él comía en silencio, mirando las estrellas.
Yo agarré un pedazo de carne, lo mastiqué y, por primera vez en meses, sentí que las palabras querían salir.
Miré a mi tío, ese hombre roto y peligroso que era lo único que me quedaba en el mundo.
—Está rica —dije. Mi voz sonó rasposa, extraña, pero era mi voz.
Jin Man dejó su cerveza en la mesa. Me miró, y por una fracción de segundo, vi una sonrisa en la comisura de sus labios.
—Come más —dijo—. Necesitas fuerza. El mundo es una mierda, Jian. Y tienes que estar fuerte para cuando yo no esté.
No sabía que esa frase era una profecía. No sabía que él me estaba entrenando, no para ser una buena estudiante o una buena ciudadana, sino para ser la heredera de un reino construido sobre balas y secretos. No sabía que cada silencio, cada mirada dura, cada vez que me dejaba levantarme sola del suelo, era una lección de supervivencia para la guerra que se avecinaba.
Y la guerra… la guerra apenas estaba empezando.
CAPÍTULO 2: EL CÓDIGO VERDE Y LA TIENDA DE LOS MALDITOS
Diez años pueden pasar en un parpadeo o pueden sentirse como una condena perpetua. Para mí, fueron un intento desesperado de normalidad. Me fui de ese pueblo polvoriento en cuanto cumplí los dieciocho. Me mudé a la Ciudad de México, entré a la UNAM, renté un cuarto que olía a humedad en Copilco y traté de borrar el apellido “Jeong” (o como lo habían adaptado mis papeles mexicanos: “Jiménez”) de mi historia. Quería ser Jian, la estudiante de Arquitectura que se preocupa por las maquetas y las fiestas de fin de semestre, no Jian, la sobrina del “loco de las mangueras”.
Pero la sangre siempre llama. Y a veces, llama por teléfono a las tres de la mañana.
El timbre de mi celular vibró sobre la mesa de noche como un insecto moribundo. Era un número desconocido, lada del norte. Sentí un frío en el estómago antes de contestar. Ese sexto sentido que el Tío Jin me había taladrado en la cabeza: “Si algo se siente mal, es porque está mal”.
—¿Señorita Jian Jiménez? —la voz al otro lado era burocrática, aburrida—. Hablamos de la Fiscalía del Estado. Tenemos que informarle que el señor Jin Man Jiménez fue encontrado sin vida en su domicilio hace unas horas. Necesitamos que venga a reconocer el cuerpo.
El mundo se detuvo. No hubo gritos, no hubo llanto. Solo un zumbido estático en mis oídos.
—¿Cómo murió? —pregunté, mi voz sonando ajena, como si saliera de una grabadora vieja.
Hubo una pausa, el sonido de papeles moviéndose.
—Parece ser suicidio, señorita. Se cortó la yugular en la bañera. Lo sentimos mucho.
Colgué. Me quedé mirando la pared descascarada de mi cuarto. ¿Suicidio? Jin Man, el hombre que una vez mató a una víbora de cascabel con una pala porque “hacía mucho ruido”, ¿se había suicidado? El hombre que instaló vidrios blindados en las ventanas del baño y tenía un plan de escape hasta para ir a la tienda de la esquina, ¿se había rendido?
«Ni madres», pensé. «A ese viejo no lo mató la tristeza. Lo mataron sus fantasmas».
El viaje de regreso al norte fue un descenso a los infiernos. El autobús de segunda clase olía a desinfectante barato y sudor. Mientras el paisaje cambiaba de los edificios grises de la capital al desierto interminable lleno de cactus y mezquites, los recuerdos me asaltaron.
Recordé la última vez que lo vi, hacía seis meses. Él había venido a la ciudad “de paso”. Me llevó a comer tacos a un puesto callejero.
—¿Tienes tu credencial de estudiante? —me preguntó de la nada, mientras le echaba salsa verde a su taco.
—Sí, tío. ¿Por qué?
—Déjame verla.
Se la di. Él la miró fijamente, memorizando mi número de matrícula. Luego sacó su viejo Nokia —sí, seguía usando un ladrillo indestructible— y le tomó una foto.
—Escucha, Jian. Este número… tu matrícula. Memorízala. No como un número cualquiera. Memorízala como si fuera la combinación de la caja fuerte de tu vida.
—Es solo mi matrícula escolar, tío. ¿Qué te pasa?
—Nunca se sabe cuándo vas a necesitar abrir una puerta —me dijo, devolviéndome la credencial—. Y recuerda, si alguna vez te sientes acorralada, busca los puntos ciegos. Siempre hay un punto ciego.
Ahora, sentada en ese autobús, entendía que esa no fue una comida casual. Fue una despedida. Y una instrucción.
Llegué al pueblo al atardecer. El calor era sofocante, seco, de esos que te parten los labios. Fui directo a la morgue municipal, un edificio de ladrillo gris que parecía más una carnicería que un lugar de descanso.
El médico forense era un tipo gordo, con manchas de mostaza en la bata, que parecía tener prisa por irse a ver el fútbol.
—Aquí está —dijo, jalando la sábana con desgana.
Ahí estaba él. Jin Man. Pálido, frío, con los ojos cerrados. Tenía una incisión brutal en el cuello, una sonrisa roja y macabra que no combinaba con su rostro estoico. Pero lo que me llamó la atención no fue la herida, sino el tatuaje en su brazo derecho. Un tatuaje que yo nunca le había visto, o que tal vez siempre escondió bajo sus camisas de manga larga.
Decía: Murthehelp.
—¿Qué significa eso? —murmuré.
—Quién sabe —dijo el forense, masticando chicle—. Parecen letras gringas. Oiga, firme aquí para que se lo pueda llevar. No tenemos mucho espacio y anoche hubo balacera en el ejido vecino, van a llegar más “clientes”.
Firmé. Me llevé las cenizas de mi tío en una urna barata de metal y me dirigí a la casa.
La casa. Ese búnker en medio de la nada.
Al entrar, el silencio me golpeó. Todo estaba igual: los muebles austeros, el refrigerador viejo lleno de cervezas, el olor a tabaco impregnado en las cortinas. Pero faltaba él. Faltaba la sensación de seguridad, esa certeza de que, aunque el mundo se cayera a pedazos, Jin Man estaría ahí con su escopeta recortada para mantener a los monstruos a raya.
Ahora, los monstruos estaban tocando la puerta.
El funeral fue un chiste macabro. Solo éramos tres personas. Yo; Paco, un taxista local que decía ser “socio de negocios” de mi tío (aunque tenía pinta de haber estado en la cárcel al menos dos veces); y Jaime.
Jaime Baeza. “Beto” para los cuates, aunque él prefería Jaime. Era un chico de mi edad, flaco, con lentes de fondo de botella y una vibra de hacker de sótano que no encajaba en este pueblo de ganaderos y sicarios.
—Yo le ayudaba a tu tío con la página web —me dijo Jaime, acercándose a mí con un plato de tamales después de la ceremonia—. Ya sabes, la de las mangueras.
—¿Mangueras? —pregunté, incrédula.
—Sí, “AgroSuministros del Norte”. Tu tío quería modernizarse. Yo le arreglé el servidor, le puse un carrito de compras… esas cosas. Era un buen hombre. Me pagaba bien.
Lo miré con sospecha. Jaime tenía las manos suaves, manos de alguien que teclea, no de alguien que carga tuberías de PVC bajo el sol.
—Gracias por venir, Jaime. Pero ahora necesito estar sola. Tengo que limpiar la casa.
—Oye, Jian… —dijo él, bajando la voz—. Si necesitas ayuda con… ya sabes, las cosas digitales, o el papeleo… tu tío me dejó encargado de algunas cosas del sistema. Dijo que si algo le pasaba, yo debería ayudarte a “cerrar el changarro”.
Algo en su tono me erizó la piel. Pero estaba tan cansada, tan abrumada por la burocracia de la muerte y la soledad, que asentí.
—Está bien. Ven mañana. Vemos qué hay en esa computadora.
Esa noche no dormí. Me pasé las horas revisando los cajones de mi tío. Encontré pasaportes falsos. Encontré fajos de billetes en monedas que no reconocía. Y encontré una foto vieja. Una foto de un equipo táctico, hombres vestidos de militar en medio de la selva. En el centro estaba mi tío, joven y sonriendo. Y a su lado, un hombre con una mirada que helaba la sangre. Una mirada de tiburón. Detrás de la foto, un nombre escrito con tinta corrida: Babylon.
Al día siguiente, Jaime llegó temprano con su laptop bajo el brazo y una actitud nerviosa. Entramos al despacho de mi tío, una habitación que siempre había estado prohibida para mí.
Había monitores, servidores zumbando y cables por todos lados. Parecía el centro de control de la NASA, no la oficina de un vendedor de mangueras.
—Ok, vamos a ver —dijo Jaime, conectando su laptop al servidor principal—. Tu tío tenía mucha seguridad. Encriptación de grado militar. Pero yo le dejé una puerta trasera por si se le olvidaba la contraseña. Ya sabes cómo son los viejitos con la tecnología.
Jaime tecleó rápido. Clac-clac-clac.
La pantalla parpadeó y apareció el logo de la empresa: una manguera verde enrollada formando una serpiente. AgroSuministros del Norte.
—Ves, nada raro —dijo Jaime, aunque sudaba—. Solo mangueras, válvulas, aspersores…
—Espera —dije, señalando una esquina de la pantalla—. ¿Qué es eso?
Había un pequeño ícono, casi invisible, del mismo color que el fondo. Un cráneo estilizado.
—No le piques ahí… —empezó a decir Jaime, pero yo ya había movido el mouse.
Hice clic.
La pantalla se puso negra. Luego, unas letras rojas aparecieron:
INICIANDO PROTOCOLO MURTHEHELP.
ESCANEO DE RETINA REQUERIDO.
—¿Qué chingados es esto, Jaime? —pregunté, retrocediendo.
Antes de que él pudiera responder, la webcam del monitor se encendió con una luz roja. Me escaneó la cara.
ACCESO CONCEDIDO: JIAN JIMÉNEZ. NIVEL: CÓDIGO VERDE.
BIENVENIDA, HEREDERA.
El sitio web cambió. Las mangueras desaparecieron.
Lo que apareció frente a mis ojos me cortó la respiración.
Era una tienda en línea. Pero no vendían aspersores.
Sección 1: Herramientas de Limpieza. Ácido sulfúrico industrial, sierras para huesos, bolsas para cadáveres de alta resistencia, cal viva.
Sección 2: Dispositivos de Escucha. Micrófonos láser, bloqueadores de señal, drones espía.
Sección 3: Soluciones de Problemas. Rifles de francotirador Barret .50, pistolas Glock modificadas, explosivos C4, granadas de fragmentación.
Cada artículo tenía un precio, y no eran pesos. Eran miles de dólares. Y había reseñas. Reseñas reales de usuarios con nicks como “El Carnicero77” o “SombraNegra”.
“Excelente rifle, llegó a tiempo para el trabajo en Tamaulipas. 5 estrellas.”
“El ácido disolvió todo en dos horas. Muy recomendado.”
Me giré hacia Jaime. Él estaba pálido, temblando.
—Tú sabías esto —le dije, mi voz subiendo de tono—. Tú construiste esto.
—¡No! ¡Yo solo hice el front-end! ¡Yo pensé que era una broma, un juego de rol o algo así! —Jaime retrocedió hasta chocar con la pared—. ¡Tu tío me pagaba una lana, Jian! ¡Mucha lana! ¡Yo no hacía preguntas!
De repente, una ventana de chat se abrió en la pantalla. Un sonido de alerta agudo, como una sirena.
Usuario Desconocido: ¿Jin Man está muerto?
Usuario Desconocido: ¿Quién está en la terminal?
Usuario Desconocido: Ah, es la sobrina. La pequeña Jian.
Usuario Desconocido: Dile adiós al mundo, niña. Vamos por ti. El contrato sigue abierto.
Un contador apareció en la pantalla. Faltaban 20 minutos para… algo.
—¿Qué es esto? —le grité a Jaime—. ¿Qué significa Código Verde?
Jaime miró la pantalla y luego me miró a mí con terror puro.
—Hay cuatro códigos, Jian. Tu tío me explicó los niveles de acceso cuando programé la base de datos.
—¡Habla!
—Los Códigos Rojos son para los sicarios. Los que matan. Ellos compran las armas.
—¿Y los otros?
—Los Códigos Morados son para los espías. Venden información. Los Códigos Amarillos son para los limpiadores, los que desaparecen los cuerpos y las evidencias.
—¿Y el Verde? —pregunté, sintiendo que el suelo se abría bajo mis pies.
—El Código Verde… —Jaime tragó saliva—. El Código Verde es para los operadores del sitio. Los que mandan. Los que no pueden ser tocados. Si alguien ataca a un Código Verde, todos los demás códigos tienen la obligación de protegerlo. Pero si el Código Verde muere…
—¿Qué pasa si muere?
—Se abre la temporada de caza. Quien mate al heredero se queda con el negocio.
Mi tío no me había dejado una tienda de mangueras. Me había dejado el trono de un imperio criminal subterráneo. Y ahora, todos los asesinos a sueldo de México venían a reclamar su corona sobre mi cadáver.
—Tenemos que irnos —dije, agarrando las llaves de la camioneta que estaban en el escritorio—. ¡Vámonos, Jaime!
—Espera, mira el saldo… —susurró Jaime, señalando la esquina superior derecha.
Saldo Disponible: $18,700,000,000 MXN.
Dieciocho mil millones de pesos.
—Ese dinero… es tuyo ahora —dijo Jaime, con los ojos desorbitados.
—Ese dinero es mi precio de cabeza, imbécil. ¡Mueve el culo!
Salimos corriendo del despacho hacia la sala. Pero antes de que pudiéramos llegar a la puerta principal, el timbre sonó.
Ding-dong.
Un sonido tan normal, tan doméstico, que resultaba aterrador.
Miré el monitor de la cámara de seguridad de la entrada.
Había una mujer parada afuera. Joven, cabello corto, vestida con ropa deportiva negra. Tenía una mochila al hombro y miraba a la cámara con impaciencia.
—¿Quién es esa? —susurró Jaime.
—Ni idea.
Me acerqué al interfón.
—¿Qué quiere?
—¿Está el señor Jin Man? —preguntó la mujer. Tenía un acento raro, como si el español no fuera su primera lengua, mezclado con jerga del norte—. Soy Minerva. Su maestra de chino. Teníamos clase hoy.
—Mi tío murió —dije secamente—. Váyase.
—Lo sé —dijo ella, sin inmutarse—. Por eso estoy aquí. Él me dijo que si algo le pasaba, viniera a ver cómo estabas. Ábreme, niña. Hace calor afuera.
Recordé la lección del Tío Jin. “No le abras a nadie. Nunca.”
—No le voy a abrir. Lárguese o llamo a la policía.
Minerva se rió. Una risa seca y fría.
—La policía no va a venir hasta dentro de dos horas, cariño. Los compraron a todos. Y si no me abres a mí, vas a tener que abrirles a ellos.
Señaló hacia el cielo con el dedo.
Miré hacia arriba, a través de la ventana blindada de la sala.
Al principio sonó como un enjambre de abejas gigantes. Un zzzzzzzzz grave y amenazante. Luego los vi.
Drones. Cuatro, cinco, diez drones negros bajando del cielo como buitres mecánicos. No eran drones de juguete. Llevaban algo colgando. Tubos metálicos.
—¡Al suelo! —grité, empujando a Jaime.
Minerva, afuera, ni se inmutó. Sacó algo de su mochila, algo que parecía una metralleta compacta, y se parapetó detrás del pilar de concreto de la entrada.
El primer dron disparó.
No fue una bala. Fue un misil pequeño.
¡BOOM!
La ventana de la sala, esa ventana que mi tío decía que aguantaba hasta un martillazo, estalló en mil pedazos. La onda expansiva nos lanzó a Jaime y a mí contra la pared de la cocina. El polvo y los escombros llenaron el aire. Mis oídos pitaban.
Me levanté tosiendo, con la cara llena de polvo blanco.
—¡Están disparando! —gritó Jaime, arrastrándose por el suelo como una lagartija—. ¡Nos van a matar!
Otro dron bajó en picada y soltó una ráfaga de ametralladora. Las balas picaron el suelo de loseta, levantando astillas de cerámica que se clavaron en mis brazos.
—¡Corre al despacho! —le grité a Jaime—. ¡Es el cuarto más seguro!
Nos arrastramos bajo la lluvia de balas. La casa, mi hogar, se estaba desmoronando. Los cuadros de la abuela, los jarrones feos que mi tío coleccionaba, todo estaba siendo triturado por la tecnología de guerra.
Llegamos al despacho y cerré la puerta blindada. Pasé los tres cerrojos.
—¿Qué hacemos? ¿Qué hacemos? —Jaime estaba hiperventilando, abrazando sus rodillas.
Miré a mi alrededor. La computadora seguía encendida, con el sitio web de Murthehelp brillando en la oscuridad. El chat seguía activo.
Usuario Desconocido: Toc, toc, Jian. ¿Saldrás a jugar?
Me acerqué al escritorio. Recordé la matrícula. El número que mi tío me hizo memorizar.
—Jaime, ¿hay alguna otra entrada a este sistema? ¿Algún modo de defensa?
—No sé, no sé… tal vez…
Empecé a buscar en los cajones del escritorio, tirando papeles al suelo. Tenía que haber algo. Un arma. Un plan. Mi tío era paranoico, no iba a dejarme indefensa.
En el fondo del último cajón, encontré una pistola. Una Beretta vieja. Y junto a ella, un libro. Un manual.
En la portada decía: “AgroSuministros del Norte: Manual de Procedimientos”.
Lo abrí. No eran instrucciones para vender mangueras. Eran instrucciones de combate.
Página 1: En caso de asedio.
Página 2: Rutas de escape subterráneas.
Página 3: Cómo activar a los aliados.
—Jaime —dije, cargando la pistola como había visto a mi tío hacerlo mil veces en las películas (y rezando para no volarme un dedo)—. Busca en el sistema “Aliados Código Verde”.
—¿Qué?
—¡Que busques! ¡Ahora!
Jaime tecleó con manos temblorosas.
—Solo hay… solo hay dos usuarios activos cerca.
—¿Quiénes?
—Uno es… Minerva. La mujer de afuera.
—¿Y el otro?
Jaime me miró, confundido.
—El otro… el otro está adentro de la casa. La señal viene de abajo de nosotros.
Sentí un escalofrío. ¿Abajo?
De repente, el piso del despacho retumbó. No por una bomba. Sino por un mecanismo. La alfombra se movió. Una sección del piso de madera se deslizó hacia un lado, revelando una escalera de metal que bajaba hacia la oscuridad.
Un búnker debajo del búnker.
Afuera, los disparos cesaron por un segundo. Luego, escuché una voz amplificada por un megáfono. Una voz burlona y cruel.
—¡Jian Jiménez! ¡Sabemos que estás ahí! ¡Sal con las manos en alto y te prometemos una muerte rápida! ¡Si nos haces entrar, te vamos a despellejar viva y lo vamos a transmitir en vivo!
Miré el hueco oscuro en el suelo. Miré a Jaime, que lloraba en silencio. Y miré la pistola en mi mano.
Recordé a mi tío. Su cara seria. “El miedo te mantiene alerta”.
Me sequé las lágrimas con el dorso de la mano manchada de polvo.
—No voy a salir —murmuré para mí misma.
Me giré hacia Jaime.
—Vamos abajo. Si quieren mi herencia, van a tener que venir a quitármela.
Bajé las escaleras hacia la oscuridad, dejando atrás a la niña asustada que fui. Entré en el vientre de la bestia, al corazón de Murthehelp. Y ahí, entre estantes llenos de rifles de asalto y cajas de municiones, entendí la verdad final.
Mi tío no se había suicidado.
Mi tío había iniciado una guerra. Y yo era su general póstumo.
Al fondo del sótano, una sombra se movió. Alguien estaba ahí, esperándonos.
Levanté el arma.
—¿Quién está ahí? —grité.
La figura dio un paso hacia la luz. Llevaba una máscara de calavera táctica.
—Soy Hermano —dijo una voz distorsionada—. Y llegas tarde, Jefa. La fiesta ya empezó.
Arriba, una explosión más fuerte que las anteriores sacudió la tierra. El techo crujió.
La Batalla del Rancho había comenzado.
PARTE 2: LA TRAICIÓN TIENE CARA DE AMIGO
CAPÍTULO 3: EL SÓTANO DE LOS SECRETOS Y LA MÁSCARA QUE CAYÓ
El aire ahí abajo estaba viciado, reciclado, con ese olor metálico que tienen los quirófanos o las carnicerías industriales. Mis pies tocaron el suelo de concreto pulido al final de la escalera. Jaime venía detrás de mí, resoplando como un perro asustado, con la laptop apretada contra el pecho como si fuera un salvavidas en medio del Titanic.
—No mames, Jian… —susurró Jaime, y su voz hizo eco en la inmensidad del lugar—. ¿Tu tío construyó todo esto? ¿Debajo de la casa?
No le contesté. No podía. Mis ojos estaban tratando de procesar lo que tenía enfrente. No era un simple sótano. Era una catedral dedicada a la violencia. Pasillos interminables de estanterías metálicas se extendían hasta donde alcanzaba la vista, iluminados por luces LED de bajo consumo que daban a todo un tono azulado y fantasmal.
A mi izquierda, un arsenal que haría babear a cualquier capo del Cártel de Sinaloa: hileras de AR-15, AK-47 con culatas doradas, rifles de francotirador Barrett calibre .50, y cosas que solo había visto en videojuegos, como lanzagranadas rotatorios y drones kamikaze. A mi derecha, estantes llenos de químicos, precursores, venenos en frascos etiquetados con calaveras y chalecos tácticos de kevlar.
En el centro, una isla de monitores y servidores zumbaba como un enjambre de avispas. Era el cerebro de Murthehelp.
Pero no estábamos solos.
La figura con la máscara de calavera táctica que nos había saludado seguía ahí, inmóvil, con una mano cerca de la cintura, donde seguramente tenía una pistola.
—Dijiste que eras “Hermano” —dije, levantando mi Beretta, aunque me temblaba el pulso—. ¿Quién eres? ¿Trabajas para Jin Man?
El tipo se llevó las manos a la cabeza lentamente y se quitó la máscara.
Lo que vi me desconcertó. No era un soldado con cara de pocos amigos. Era un chavo, tal vez un par de años mayor que yo, con el pelo largo y grasoso cayéndole sobre la cara, ojeras profundas y una piel tan pálida que parecía no haber visto el sol desde el sexenio pasado. Llevaba una playera de Metallica deslavada y pantalones de cargo llenos de manchas de aceite.
—Soy… soy Hermano —tartamudeó. Su voz era suave, casi inaudible—. Bueno, así me decía el Jefe Jin. Me llamo Lalo. Eduardo. Pero Hermano está bien.
—¿Qué haces aquí? —pregunté, bajando un poco el arma pero sin dejar de apuntarle.
—Yo… yo vivo aquí. En las paredes. —Señaló hacia un rincón oscuro donde se veía un catre y montones de cajas de pizza vacías—. El Jefe Jin me sacó de un problema en Tijuana. Me trajo para cuidar el inventario. Yo arreglo las armas. Las limpio. Hago que los servidores no se calienten.
Jaime dio un paso al frente, con esa arrogancia nerviosa que empezaba a molestarme.
—Oye, “Hermano”, ¿tienes acceso a las cámaras de afuera? Necesitamos ver qué pedo está pasando allá arriba.
Lalo lo miró con desconfianza. Entrecerró los ojos, como un gato que ve a un perro nuevo en el barrio.
—Tú no eres Código Verde —dijo Lalo, señalando a Jaime—. Tú hueles a turista.
—Soy el que programó esta mierda, imbécil —espetó Jaime—. Soy Bae Jung-min. Bueno, Jaime para los cuates. Ahora, muévenos las cámaras antes de que nos caiga el techo encima.
Lalo me miró a mí, buscando aprobación. Asentí levemente.
El chico pálido corrió hacia la consola central y sus dedos volaron sobre un teclado mecánico que sonaba como metralla.
—Pantalla principal —dijo.
Un monitor gigante de 60 pulgadas se encendió en la pared.
Lo que vimos nos heló la sangre.
La casa de arriba, mi casa, era una zona de guerra.
Las cámaras térmicas mostraban figuras brillantes moviéndose entre el humo.
Minerva.
Esa mujer, la “maestra de chino”, se movía como un espectro. La vimos en la cámara del jardín. Estaba agazapada detrás de la fuente de piedra seca. Tres mercenarios vestidos de negro táctico avanzaban hacia ella en formación.
—Ya valió —dijo Jaime—. La van a hacer picadillo.
Pero entonces, Minerva hizo algo increíble. Sacó una granada de su cinturón, le quitó el seguro con los dientes y la lanzó, no hacia los mercenarios, sino hacia una de las paredes de la casa. La explosión derribó un muro de carga sobre dos de los sicarios, aplastándolos al instante. Al tercero lo despachó con dos tiros certeros en el pecho y uno en la cabeza. Mozambique Drill. Ejecución perfecta.
—No mames —susurró Lalo con admiración—. Esa morra es Código Morado. Espía y asesina. Es buena.
—No va a aguantar mucho tiempo —dije, viendo cómo más puntos rojos aparecían en el radar perimetral—. Están llegando más camionetas. Veo… veo tres Suburbans blindadas acercándose por la carretera principal.
—Son los de Babylon —dijo Jaime, tecleando en su propia laptop—. Están ofreciendo una recompensa en vivo. Un millón de dólares por tu cabeza, Jian. Y medio millón por la mía. ¡Estamos jodidos!
Lalo se giró hacia mí.
—Jefa… señorita Jian. El Jefe Jin dejó instrucciones. Dijo que si esto pasaba, tenías dos opciones.
—¿Cuáles?
Lalo corrió hacia un estante y sacó una carpeta de cuero vieja. Me la entregó.
—Opción A: El Túnel de Escape. Está detrás de la sección de químicos. Lleva a un desagüe seco que sale a cinco kilómetros de aquí. Hay un auto esperando con dinero, pasaportes nuevos y boletos de avión a Suiza. Puedes irte. Desaparecer. Olvidar que esto existió.
—¿Y la Opción B? —pregunté, sintiendo el peso de la carpeta.
—Opción B: Te quedas. Peleas. Activas el protocolo “Defensa Total”. Pero si haces eso… —Lalo tragó saliva—. Si haces eso, no hay vuelta atrás. Te conviertes en parte del mundo. Te conviertes en la Reina del Muro.
Miré la pantalla. Vi a Minerva recargando su arma, sangrando de un brazo, pero sin retroceder. Ella estaba peleando por mí. Mi tío había muerto por esto.
Miré a Jaime. Estaba pálido, sudando frío, mirando obsesivamente su pantalla.
—Jaime, ¿qué estás haciendo? —le pregunté.
—Estoy… estoy tratando de bloquear sus comunicaciones. Hackear sus drones. Pero el firewall de Babylon es muy cabrón. Necesito la clave maestra de Jin Man. Jian, ¿sabes alguna contraseña? ¿Alguna fecha? ¿El cumpleaños de tu abuela?
Me quedé pensando. ¿La clave?
—Mi matrícula —susurré—. Prueba mi matrícula de la universidad.
Jaime tecleó los números.
BEEP. Acceso denegado.
—No, esa no es —gruñó Jaime, frustrado—. ¡Piensa, Jian! ¡Tu vida depende de esto!
Lalo se acercó a Jaime, invadiendo su espacio personal.
—Oye, güey. ¿Por qué te urge tanto entrar al sistema central?
—¡Para salvarnos, idiota!
—No sé… —Lalo se rascó la cabeza—. Tu laptop… está mandando señales de salida. No de entrada.
—¿Qué? —pregunté, girándome bruscamente hacia Jaime.
—¡Este loco no sabe de qué habla! —gritó Jaime, cerrando su laptop de golpe—. ¡Está alucinando por los vapores de los químicos! Jian, tenemos que irnos. ¡La Opción A! ¡Vámonos por el túnel! ¡Al diablo con Minerva, al diablo con todo! ¡Vámonos tú y yo!
Algo en su voz sonó falso. Demasiado agudo. Demasiado desesperado.
Recordé el día del funeral. Cómo apareció de la nada. Cómo sabía de las “mangueras”.
Recordé que él me había llevado al despacho.
—Lalo —dije, sin dejar de mirar a Jaime—. Revisa los archivos locales. Busca los videos de seguridad de la casa. Del día que murió mi tío.
—Jian, no hay tiempo para eso… —empezó Jaime, dando un paso hacia mí.
Le apunté con la pistola.
—Si das un paso más, te vuelo la rodilla. Lalo, busca el video.
Lalo tecleó.
—Aquí está. Archivo 0404. Es del baño. De hace tres días.
—Ponlo —ordené.
La pantalla gigante cambió. Ya no veíamos la guerra de afuera. Veíamos el interior del baño de mi tío. La imagen era nítida, en alta definición.
Ahí estaba Jin Man. Estaba sentado en el borde de la bañera. Se veía cansado, derrotado. Llevaba su camisa blanca manchada de sangre.
Y había alguien más con él.
Una figura de espaldas a la cámara. Un hombre joven, delgado. Llevaba una sudadera gris con capucha.
El hombre de la sudadera se giró un poco.
Era Jaime.
Sentí que el suelo se abría y me tragaba. El aire se escapó de mis pulmones.
—Eres tú… —susurré.
En el video, Jaime sostenía una tablet frente a la cara de mi tío.
—Escucha, viejo —se oía la voz de Jaime en el video, pero sonaba diferente. Fría. Cruel. Burlona—. Escucha lo que tengo aquí.
Jaime presionó la pantalla de la tablet.
De la tablet salió mi voz. Mi voz gritando.
“¡Tío! ¡Ayúdame! ¡Me tienen! ¡Por favor, tío, me están lastimando! ¡Ahhh! ¡No, por favor!”
En el video, la cara de Jin Man se descompuso. El hombre de hielo se rompió.
—¿Dónde la tienen? —gruñó Jin Man, tratando de levantarse, pero estaba herido.
—La tenemos en un lugar seguro —dijo el Jaime del video—. Babylon la tiene. Y ya sabes cómo son. Si no haces lo que te decimos, van a empezar a mandarte pedacitos de ella por correo. Primero un dedo. Luego una oreja.
—¿Qué quieren? —preguntó Jin Man.
—Queremos el traspaso. Queremos Murthehelp. Y te queremos a ti fuera de la ecuación.
Jaime sacó un cuchillo táctico de su bolsillo y lo tiró al suelo, a los pies de mi tío.
—Hazlo tú mismo, Jin Man. Una muerte honorable. Si te suicidas, la niña vive. Si no… bueno, ya escuchaste sus gritos.
Jin Man miró el cuchillo. Miró la tablet donde se escuchaba mi llanto (un llanto falso, generado por IA, ahora lo sabía).
Miró a la cámara de seguridad, como si me estuviera viendo a mí en el futuro.
—Jian… —susurró—. Sobrevive.
Y luego, con una mano firme, tomó el cuchillo y se cortó la garganta.
La sangre brotó a borbotones, manchando los azulejos blancos. Jaime se quedó ahí, mirando, sonriendo, grabando todo con su celular para tener pruebas.
El video terminó. La pantalla se fue a negro.
El silencio en el sótano era absoluto, roto solo por el zumbido de los servidores y mi propia respiración entrecortada.
Me giré lentamente hacia Jaime. Él ya no parecía asustado. Ya no tenía esa postura encorvada de nerd inofensivo.
Estaba parado derecho. Y estaba sonriendo. Esa misma sonrisa maldita del video.
—Fue un Deepfake —dijo Jaime, encogiéndose de hombros con una naturalidad que me dio náuseas—. Inteligencia Artificial. Cloné tu voz con los audios de WhatsApp que le mandabas. “Tío, ya llegué”, “Tío, mándame dinero”. Fue fácil. Tu tío era un dinosaurio. Cayó redondito. Creyó que te estaban torturando. Se mató por nada.
—¡Hijo de tu puta madre! —gritó Lalo, lanzándose contra él con una llave inglesa en la mano.
Pero Jaime fue más rápido. Mucho más rápido.
Sacó una pistola taser de su bolsillo y le disparó a Lalo en el pecho.
Lalo cayó al suelo, convulsionándose mientras la electricidad recorría su cuerpo.
Jaime se giró hacia mí. Yo levanté mi Beretta y apreté el gatillo.
Click.
Nada.
Click, click.
Jaime soltó una carcajada.
—Le quité el percutor a esa pistola cuando estábamos arriba, Jian. Mientras te hacías la valiente mirando por la ventana. ¿De verdad creíste que eras más lista que yo?
Me lanzó una patada al estómago que me sacó el aire y me mandó al suelo. Me golpeé la cabeza contra el concreto y vi estrellas. Intenté levantarme, pero Jaime me puso un pie en el pecho, aplastándome contra el suelo frío.
Me apuntó con su propia pistola, una Glock negra y brillante.
—Yo no soy un simple chalán, Jian. Soy Bale. Soy el mejor hacker que ha tenido Babylon. Me infiltré aquí hace un año. Me gané la confianza de tu tío. Le arreglé su estúpida página web mientras le robaba las contraseñas.
Se agachó, acercando su cara a la mía. Olía a menta y a maldad pura.
—¿Sabes por qué no te maté arriba? Porque necesito tu retina. El sistema se bloqueó cuando tu tío murió. Solo un pariente de sangre, un heredero, puede transferir la propiedad. Tú vas a firmar el traspaso de Murthehelp a mi nombre. Y luego… luego te voy a entregar a los gemelos que vienen en camino. Ellos tienen mucha imaginación para divertirse con niñas bonitas como tú.
Me agarró del pelo y me arrastró hacia la consola central.
—¡Levántate! —gritó, empujándome contra el escritorio—. ¡Pon tu ojo en el escáner y autoriza la transferencia!
—Vete al diablo —escupí, mezclando saliva con sangre.
Me golpeó con la culata de la pistola en la sien. El dolor fue cegador.
—Hazlo, o bajo y mato al fenómeno ese —señaló a Lalo, que seguía gimiendo en el suelo—. Y luego subo y ayudo a los sicarios a matar a tu amiga la china. Nadie va a venir a salvarte, Jian. Tu tío está muerto. Tú estás sola.
Mis manos temblaban sobre la consola. La pantalla parpadeaba.
TRANSFERENCIA DE PROPIEDAD SOLICITADA.
¿AUTORIZAR?
[SÍ] / [NO]
Miré el botón. Miré a Jaime, que sonreía triunfante.
Recordé las palabras de Jin Man en el restaurante de tacos.
“Memorízala como si fuera la combinación de la caja fuerte de tu vida.”
“Nunca se sabe cuándo vas a necesitar abrir una puerta.”
No se refería a la puerta del sistema. Se refería a otra puerta.
Miré el teclado. Había una tecla roja debajo de una cubierta de plástico, etiquetada como “PROTOCOLO FIN DEL MUNDO”.
Pero no podía alcanzarla sin que Jaime me disparara.
Necesitaba una distracción. Necesitaba tiempo.
—Está bien —dije, fingiendo derrota—. Ganaste. Te daré el código. Pero prométeme que dejarás ir a Lalo.
Jaime se rió.
—Claro, muñeca. Lo que tú digas. Solo firma.
Me acerqué al escáner de retina. El láser rojo recorrió mi ojo.
IDENTIDAD CONFIRMADA.
La pantalla cambió.
INTRODUZCA CÓDIGO DE TRASPASO O CÓDIGO DE AUTODESTRUCCIÓN.
Jaime no vio esa segunda opción. Estaba demasiado ocupado celebrando.
—Escribe el código de traspaso —ordenó.
Mis dedos flotaron sobre el teclado numérico.
Empecé a escribir mi matrícula universitaria.
2… 0… 1…
—Eso es… —dijo Jaime, relamiéndose los labios.
De repente, una explosión sacudió el búnker. Mucho más fuerte que las anteriores. Las luces parpadearon y se apagaron, dejando solo las luces de emergencia rojas girando.
El sistema de ventilación se invirtió, escupiendo humo dentro del sótano.
—¿Qué carajos? —Jaime se distrajo un segundo, mirando hacia el techo.
Aproveché ese segundo. No para escribir el código.
Sino para agarrar un spray de pimienta que estaba en el escritorio (artículo #45 del catálogo: Gas Pimienta Grado Policial) y vaciárselo en los ojos.
—¡AHHHH! —Jaime gritó, llevándose las manos a la cara y soltando la pistola.
Me lancé al suelo, rodando hacia donde había caído su arma. La agarré. Pesaba más de lo que pensaba.
Me di la vuelta, apuntando desde el suelo.
Jaime estaba ciego, disparando al aire a lo loco. Bang. Bang. Una bala rebotó en un estante metálico cerca de mi cabeza.
—¡Te voy a matar, perra! —gritaba—. ¡Te voy a sacar los ojos!
Lalo, aprovechando el caos, se arrastró y le metió una zancadilla a Jaime, haciéndolo caer de boca contra el piso.
Me puse de pie, temblando, apuntándole a la cabeza de Jaime.
—No te muevas —grité—. ¡No te muevas o te vuelo la tapa de los sesos!
Jaime se quedó quieto, respirando agitadamente, con la cara roja e hinchada por el gas.
—No tienes las agallas, Jian —dijo, riendo entre dientes a pesar del dolor—. Eres una niña fresa de la ciudad. No eres una asesina. Tu tío sí lo era. Tú no.
—Tienes razón —dije, sintiendo cómo una frialdad nueva se instalaba en mi pecho, una frialdad heredada—. Yo no soy asesina.
Bajé el arma un poco, apuntando a su pierna.
—Pero aprendo rápido.
¡BANG!
Le disparé en el muslo.
El grito de Jaime fue música para mis oídos. Sangre oscura empezó a manchar sus pantalones de mezclilla.
—¡Eso es por mi tío! —grité.
Lalo se levantó, cojeando, y corrió hacia la consola.
—Jefa, el sistema… ¡Alguien más está entrando! Pero no es Babylon.
—¿Quién?
—Es… es una señal local. Viene de afuera.
La pantalla principal se encendió de nuevo.
En la entrada del túnel subterráneo, la cámara mostraba un camión de volteo amarillo rompiendo la reja perimetral. El camión llevaba un logo pintado a mano: “Limpieza y Mantenimiento El Pasin”.
Del camión bajó un hombre. Un gigante tailandés con tatuajes hasta en el cuello y un machete en la mano.
Y detrás de él, bajó otro hombre.
Uno que llevaba un traje negro impecable y gafas oscuras, a pesar de que era de noche.
Caminaba con una cojera leve.
Se detuvo frente a la cámara de seguridad, se quitó los lentes y miró directo al lente.
Mi corazón se detuvo.
No podía ser.
Lo había visto muerto. Tenía sus cenizas en una urna en la sala.
Pero ahí estaba.
Con su cicatriz en la ceja. Con su mirada de hielo.
Jin Man.
—Lalo —dije, sintiendo que me desmayaba—. Dime que estás viendo lo mismo que yo.
—El Jefe… —susurró Lalo—. El Jefe no estaba muerto. Andaba de parranda… o de cacería.
Jaime, retorciéndose de dolor en el suelo, miró la pantalla y su cara de terror fue absoluta.
—Imposible… yo vi el cuerpo… yo vi cómo se desangraba…
Me acerqué a Jaime y le puse la bota en la herida de bala, presionando fuerte.
—Parece que te falló el hackeo, “Bale”. Mi tío es de la vieja escuela. Y en la vieja escuela, los muertos a veces resucitan para cobrar las deudas.
Arriba, el sonido de los disparos cambió. Ya no eran ráfagas defensivas. Era una contraofensiva. Escuché el rugido de una ametralladora pesada.
Jin Man había vuelto. Y había traído a la caballería.
—Lalo —dije, cargando el arma de nuevo—. Abre el arsenal. Dame algo más grande que esta pistolita. Vamos a subir.
—¿A dónde vas, Jefa?
—A saludar a mi tío. Y a terminar lo que él empezó.
Me sequé la sangre de la frente. Mis manos ya no temblaban. El miedo se había ido, reemplazado por una furia fría y calculadora.
Agarré un rifle de asalto HK416 del estante. Pesaba, pero se sentía bien. Se sentía correcto.
Miré a Jaime una última vez.
—Átalo —le dije a Lalo—. Y si se mueve, métele un tiro en la otra pierna. Pero no lo mates. Quiero que le explique a mi tío por qué intentó robarle su tienda.
Subí las escaleras hacia la superficie, hacia el humo y el fuego.
Ya no era Jian, la estudiante.
Ahora era la dueña del negocio. Y el negocio estaba abierto.
PARTE 2: EL INFIERNO TIENE CÓDIGO POSTAL
CAPÍTULO 4: EL BAUTIZO DE FUEGO Y LOS MUERTOS QUE NO DESCANSAN
Subir esas escaleras fue lo más difícil que he hecho en mi vida. Más difícil que cualquier examen de cálculo en la UNAM, más difícil que aguantar los silencios de mi tío durante diez años. Cada escalón metálico resonaba bajo mis botas como una cuenta regresiva. Llevaba el rifle HK416 apretado contra el pecho; el metal estaba frío, pero mis manos sudaban tanto que sentía que se me iba a resbalar en cualquier momento.
El aire se volvía más denso conforme subía. Ya no olía a humedad de sótano. Olía a azufre, a plástico quemado y a ese olor cobrizo y penetrante que solo conoces si has estado en un matadero: sangre fresca.
Lalo se quedó abajo, asegurando al traidor de Jaime y vigilando los monitores. Yo estaba sola. Bueno, sola con un rifle de asalto y una rabia que me quemaba las entrañas.
Al llegar a la puerta secreta del despacho, el ruido del exterior me golpeó como un puñetazo. No eran disparos aislados. Era una tormenta. Ratatatatá. El sonido seco de las armas automáticas, el fiuuu de las balas rompiendo el aire y el crujido de la madera astillándose.
Abrí la puerta y salí al despacho. O lo que quedaba de él.
Los libros de mi tío estaban tirados por el suelo, destrozados. El sillón de cuero donde solía sentarse a fumar estaba lleno de agujeros humeantes. Me agazapé detrás del escritorio de roble macizo, respirando polvo y ceniza.
—¡Minerva! —grité, aunque mi voz se perdió en el estruendo.
Miré hacia el pasillo. La puerta principal había desaparecido. En su lugar, había un boquete enorme por donde entraba la luz de los faros de las camionetas y el humo de las granadas.
Y ahí estaba ella.
Minerva. La “maestra de chino”.
Estaba parapetada detrás de una columna en la sala, disparando con una pistola en cada mano como si fuera la protagonista de una película de John Woo, pero versión Ecatepec. Tenía la cara manchada de hollín y sangre, y su pierna izquierda dejaba un rastro rojo en el suelo, pero no dejaba de moverse. Disparaba, rodaba, se cubría. Era una máquina de matar.
Pero estaba rodeada.
Por el boquete de la entrada, tres figuras avanzaban. No eran sicarios normales. Llevaban armadura corporal completa, cascos con visión nocturna y se movían en sincronía perfecta. Eran profesionales. Eran Babylon.
Uno de ellos levantó un arma que parecía un lanzagranadas. Apuntó hacia la columna donde estaba Minerva.
El tiempo se alentó. Mi cerebro, ese órgano que hasta hace dos días solo se preocupaba por las tareas de la universidad, hizo un cálculo balístico instintivo.
Si dispara, la mata. Si la mata, sigo yo.
No pensé. Actué.
Levanté el rifle, apoyé la culata en mi hombro (mal apoyada, por cierto) y apunté. No al soldado, sino a lo que tenía en las manos.
Apreté el gatillo.
El retroceso me golpeó el hombro como una mula, casi tirándome de espaldas. El ruido fue ensordecedor. Solté una ráfaga de cinco o seis balas. La mayoría pegaron en el techo o en la pared, pero una… una bendita bala encontró su objetivo.
Chocó contra el lanzagranadas del mercenario justo cuando él disparaba.
¡BOOM!
La explosión fue prematura. El mercenario voló en pedazos, llevándose a uno de sus compañeros con él en una nube de fuego y metralla. El tercero salió disparado hacia el jardín, aturdido.
Minerva giró la cabeza, buscando de dónde había venido el milagro. Sus ojos se encontraron con los míos. Me vio ahí, temblando detrás del escritorio, con el rifle humeante.
Por primera vez, vi una sonrisa real en su cara.
—¡Ya te habías tardado, chingada madre! —me gritó—. ¡Cúbreme!
Salí del despacho y corrí hacia ella, disparando ráfagas cortas hacia la entrada para mantener a los sicarios a raya. Me deslicé por el suelo (y me clavé mil vidrios en las rodillas) hasta llegar a su lado.
—Estás herida —dije, viendo el agujero en su muslo.
—Es solo un rasguño, niña. Me han hecho cosas peores en peores lugares. —Minerva recargó sus pistolas con una velocidad que daba miedo—. Escucha bien. Esos eran los exploradores. Ahora viene la artillería pesada.
—¿Más?
—Muchos más. Babylon quiere esta plaza. Y tu cabeza es el trofeo. ¿Viste el camión que llegó?
Asentí, recordando la pantalla del sótano.
—Vi a un tipo. Un gigante con un machete. Y a… —se me hizo un nudo en la garganta—… a alguien que se parecía a mi tío.
Minerva me miró raro.
—¿Jin Man? Eso es imposible. Yo vi el cuerpo. Fui al velorio.
—Yo también lo vi. Pero las cámaras no mienten. Alguien llegó. Y está limpiando el perímetro.
De repente, un sonido mecánico, agudo y terrorífico, vino desde el jardín.
Zzzzzzt. Clack. Clack.
—Mierda —susurró Minerva—. Perros.
—¿Perros?
—Robots. Boston Dynamics versión narco. Traen C4 en el lomo. Si entran, volamos todos.
Una sombra metálica saltó por el marco de la ventana rota. Era un robot cuadrúpedo, negro mate, moviéndose con una agilidad antinatural. Tenía una luz roja parpadeando en la “cabeza”.
Se giró hacia nosotras.
—¡Corre! —gritó Minerva, empujándome hacia la cocina.
El perro robot saltó.
Disparamos al mismo tiempo. Mis balas rebotaron en su coraza, pero Minerva, con una puntería quirúrgica, le dio en una de las patas traseras. El robot cayó, derrapando por el suelo de madera, pero se reincorporó en un segundo.
Emitió un sonido agudo, una cuenta regresiva.
Bip. Bip. Bip.
—¡Va a explotar! —grité.
Estábamos atrapadas en el pasillo. La cocina estaba a tres metros, pero la onda expansiva nos alcanzaría.
Entonces, algo atravesó la pared de la sala.
Literalmente.
Un camión de volteo amarillo, de esos que se usan en las obras de construcción, rompió el muro lateral de la casa como si fuera de papel maché. Ladrillos, yeso y muebles volaron por los aires.
La defensa del camión golpeó al perro robot justo cuando saltaba hacia nosotras.
¡CRACK!
El impacto mandó al robot volando de regreso al jardín, donde detonó en el aire, creando una bola de fuego que iluminó la noche.
El camión se detuvo en medio de mi sala, con el motor rugiendo y echando humo negro. En la puerta del conductor decía: “MANTENIMIENTO PASIN – LIMPIEZA PROFUNDA”.
La puerta se abrió y bajó el gigante.
Era moreno, con tatuajes tribales que le cubrían los brazos y el cuello. Llevaba una camiseta de tirantes blanca manchada de grasa y un machete oxidado en la mano derecha.
Sonrió, mostrando unos dientes de oro.
—Servicio a domicilio —dijo con un español mocho y acento asiático—. ¿Alguien pidió pizza?
Minerva bajó las armas, suspirando de alivio.
—Pasin… viejo loco. Llegaste tarde.
—Tráfico en periférico está cabrón —respondió el gigante, encogiéndose de hombros. Luego me miró a mí—. Tú debes ser Pequeña Jian. Tienes los ojos de tu tío. Y su mala leche, por lo que veo.
—¿Dónde está? —pregunté, acercándome al camión, ignorando el peligro—. Vi a alguien más contigo.
Pasin señaló hacia el agujero que había hecho en la pared.
—Él está ocupado. Tiene una charla pendiente con viejos amigos.
Miré hacia afuera, hacia la luz de la luna y el fuego.
En el jardín, entre los cráteres de las explosiones y los cuerpos de los mercenarios, había un hombre de pie. Llevaba un traje negro, ahora cubierto de polvo. Caminaba con calma, con las manos en los bolsillos, hacia un grupo de sicarios que retrocedían temerosos.
Los sicarios le disparaban.
Él ni se inmutaba. Se movía levemente, esquivando o dejando que las balas pegaran en el chaleco antibalas que llevaba bajo el saco. Sacó una pistola, una Colt 1911 clásica, y disparó tres veces.
Tres sicarios cayeron.
No era una pelea. Era una ejecución.
—Tío… —susurré, sintiendo que las lágrimas me nublaban la vista.
Pasin me puso una mano enorme en el hombro.
—Él limpia afuera. Nosotros limpiamos adentro. Todavía quedan ratas.
Y tenía razón.
Del techo, del segundo piso, bajaron cuerdas. Los Gemelos.
Eran leyenda urbana en el mundo de los sicarios. Dos hermanos, mudos, albinos, que trabajaban para Babylon. Se decía que se comunicaban por telepatía. Llevaban máscaras blancas de teatro noh y katanas cortas en la espalda, además de subfusiles Uzi.
Cayeron en la sala, entre los escombros.
Uno atacó a Pasin. El otro vino por mí y Minerva.
El que atacó a Pasin era rápido, pero Pasin era una montaña. El gigante bloqueó el machetazo con su propio machete, soltando chispas.
—¡Muévete, niña! —me gritó Minerva.
El segundo gemelo se lanzó sobre nosotras. Minerva intentó disparar, pero su arma hizo click. Sin balas.
El gemelo levantó su espada para partirla en dos.
Yo no tenía ángulo para disparar el rifle sin darle a Minerva.
Recordé el manual. Página 12: Improvisación.
Agarré lo primero que vi en la barra de la cocina: la cafetera de vidrio vieja de mi tío, que milagrosamente seguía intacta y llena de café frío.
Se la estrellé en la cara al gemelo.
El vidrio se rompió, el café lo cegó por un segundo.
Fue suficiente.
Minerva sacó un cuchillo de su bota y se lo clavó en el muslo. El gemelo gritó (un sonido agudo, inhumano) y retrocedió.
—¡Dispara ahora! —gritó Minerva, rodando para quitarse de mi línea de tiro.
Apreté el gatillo del HK416.
Vacié medio cargador.
El gemelo bailó la danza de la muerte mientras las balas le perforaban el pecho. Cayó sobre la mesa de centro, rompiéndola.
Silencio momentáneo.
Me giré para ver a Pasin.
El gigante tenía al otro gemelo agarrado por el cuello con una sola mano, levantándolo del suelo como si fuera un muñeco de trapo.
—Tú no tienes honor —le dijo Pasin al gemelo, que pataleaba—. Y no tienes boleto de regreso.
Pasin apretó. Se escuchó un crujido seco.
Dejó caer el cuerpo.
—Basura reciclada —dijo, limpiándose las manos en su pantalón.
La casa estaba en silencio. Bueno, excepto por el crepitar del fuego y el sonido lejano de las sirenas que, por fin, empezaban a acercarse (aunque seguro eran policías pagados para llegar tarde).
Salí al jardín, pasando por encima de los escombros.
El aire fresco de la noche me golpeó la cara.
El jardín delantero era un cementerio de chatarra y cuerpos. Drones caídos, camionetas humeantes.
Y en medio de todo, él.
Jin Man.
Estaba de espaldas a mí, mirando hacia la carretera.
Se dio la vuelta lentamente.
Se veía terrible. Tenía el ojo morado, la ropa rota, y cojeaba visiblemente. Pero estaba vivo. Respiraba.
Me miró. No sonrió. No corrió a abrazarme.
Solo asintió levemente con la cabeza. Un gesto mínimo. Aprobación.
Corrí hacia él y lo abracé con tanta fuerza que creo que le lastimé las costillas.
—Pensé que estabas muerto, viejo estúpido —lloré contra su pecho, que olía a pólvora y a su loción barata de siempre.
Él se quedó rígido un momento, luego, torpemente, me dio unas palmaditas en la espalda.
—Te dije que observaras los puntos ciegos —dijo con su voz rasposa—. La muerte también tiene puntos ciegos. Si sabes dónde pararte, no te ve.
Me separé de él y lo golpeé en el brazo.
—¡Vi tu cuerpo! ¡Te incineré!
—Era un doble —dijo, como si fuera lo más normal del mundo—. Un cuerpo de la morgue, modificado. Pasin es un artista del maquillaje y las prótesis. Necesitaba que Babylon creyera que estaba muerto. Necesitaba que tú creyeras que estaba muerto.
—¿Por qué? —le grité, la furia mezclándose con el alivio—. ¡Casi me matan! ¡Tuve que dispararle a gente! ¡Tuve que… convertirme en esto!
Señaló el rifle que aún colgaba de mi hombro.
—Exacto.
Me miró a los ojos, serio, brutalmente honesto.
—Si yo seguía vivo, tú siempre serías la sobrina que necesita protección. Serías una debilidad. Babylon nunca dejaría de venir. Tenías que “morir” tú también. La Jian inocente tenía que morir para que naciera la Jian que puede sobrevivir en este mundo.
—Eres un maldito —le dije, pero ya no había odio en mi voz. Solo resignación.
—Soy un maldito vivo. Y tú también.
En ese momento, más luces aparecieron en la carretera. Un convoy de camiones amarillos y camionetas de “Limpieza”.
Hombres con overoles amarillos bajaron, armados con escobas, mangueras de presión… y subfusiles.
Empezaron a rociar químicos sobre los cuerpos, disolviendo la evidencia. Otros recogían los casquillos. Otros desmontaban los drones.
—Código Amarillo —dijo Pasin, apareciendo detrás de nosotros con una cerveza que había sacado de quién sabe dónde—. Los limpiadores. Ellos arreglan el desorden. Mañana, aquí no pasó nada. Solo una fuga de gas.
Jin Man miró su reloj.
—Tenemos tres horas antes de que salga el sol. Jian, ve abajo. Dile a Lalo que prepare el servidor. Vamos a mandar un mensaje.
—¿Qué mensaje?
—A Babylon. A todos. Vamos a decirles que la tienda está bajo nueva administración. Y que los precios han subido.
Caminé de regreso a la casa, pasando junto a Minerva, que estaba siendo atendida por un paramédico del equipo de limpieza. Me guiñó un ojo.
Entré a la sala destrozada. Mi hogar ya no existía. Las fotos familiares estaban quemadas.
Bajé al sótano.
Lalo seguía ahí, vigilando a Jaime, que estaba atado con cinta adhesiva a una silla, gimiendo.
—Jefa —dijo Lalo, poniéndose de pie—. ¿Todo bien arriba?
—Todo limpio —dije.
Me acerqué a Jaime. Me miró con terror.
—Jian… por favor… somos amigos… yo te ayudé…
—Tú ayudaste a matar a la niña que fui —le dije, acercándome a su cara—. Y por eso, te voy a dar un regalo.
—¿Qué?
—Vas a vivir.
Los ojos de Jaime se iluminaron de esperanza.
—Pero vas a trabajar para mí. En este sótano. Nunca vas a volver a ver la luz del sol. Vas a ser mi perro guardián digital. Y si alguna vez intentas traicionarme… bueno, ya conociste a mi tío.
Me senté en la silla del “Jefe”. La silla de cuero grande frente a la consola central.
Puse mis manos sobre el teclado.
Mis dedos, todavía manchados de pólvora y sangre seca, teclearon el comando.
REINICIAR SISTEMA.
USUARIO: JIAN JEONG.
NIVEL: CÓDIGO VERDE SUPREMO.
La pantalla parpadeó y se puso verde.
El logo de la serpiente brilló.
El chat se llenó de mensajes de sicarios de todo el mundo preguntando qué pasaba.
Escribí un solo mensaje para todos:
“Jin Man se retiró. Yo soy la nueva dueña. El que quiera comprar, bienvenido. El que quiera pelear, formen fila. El infierno está abierto 24/7.”
Le di Enter.
Me recargué en la silla y cerré los ojos por un momento.
Afuera, el sol empezaba a salir sobre el desierto mexicano, iluminando una casa en ruinas y un imperio que acababa de despertar.
Ya no tenía miedo.
La sangre no se borra. Solo se aprende a vivir con ella en las manos.