
Parte 1
Capítulo 1: El sueño de la casa propia y la maldición del vapor
Nunca, ni en mis sueños más guajiros o en mis pesadillas más retorcidas, me imaginé que yo, Óscar, un hombre de 55 años que se ha partido el lomo toda la vida jalando de sol a sol, terminaría siendo el protagonista de una historia tan humillante y, a la vez, tan gloriosa. Jamás pensé que una anécdota sobre una esposa saliendo a medio vestir de un baño de vapor casero, roja como camarón de mercado y acompañada de un amante igual de oprimido y sudoroso, tendría algo que ver con mi apellido. Mucho menos pensé que esa escena dantesca sería el trofeo más grande de mi venganza.
Sí, ya sé lo que estás pensando. Suena a guion de telenovela chafa de las que pasan a las 4 de la tarde, o a una de esas historias que te cuenta el taxista mientras estás atorado en el tráfico del Periférico. Pero no, carnal. Esto me pasó a mí. Esto es real. Y aunque ahorita ya lo cuento con una cerveza en la mano y cierta calma en el pecho, en ese momento sentí que el mundo se me venía encima, que me faltaba el aire como si me hubieran dado un golpe seco en la boca del estómago.
Pero para que entiendas por qué me convertí en el villano de su historia (o en el héroe de la mía, depende de cómo lo veas), tengo que contarte bien quiénes éramos, cómo llegamos ahí y por qué ese maldito baño de vapor se convirtió en el centro de mi universo. Sin el contexto, no vas a saborear el final. Así que siéntate, ábrete una fría y escucha, porque esto se va a poner bueno.
Me llamo Óscar. Tengo 55 años, como ya te dije. Soy un hombre de familia, de esos chapados a la antigua. Mi vida siempre fue, según yo, un libro abierto y honesto. Tengo mi pequeña constructora; no soy millonario, ni mucho menos, pero la chamba nunca falta. Empecé desde abajo, cargando bultos de cemento y mezclando cal, hasta que pude hacerme de mis propias herramientas, mi camioneta y mi cuadrilla de albañiles. Con Tania, mi esposa (o ex esposa, mejor dicho), llevábamos más de 30 años de casados. Toda una vida. Nos conocimos en la prepa, en esas épocas donde uno cree que el amor lo puede todo, que con puro cariño se pagan las cuentas.
Nos casamos bien chavos, con la bendición de los suegros y poco dinero en la bolsa. Le batallamos duro al principio, viviendo en un departamentito de interés social donde se escuchaba hasta cuando el vecino estornudaba. Pero le echamos ganas. Tuvimos dos hijos que gracias a Dios salieron derechos y estudiosos. Mi hijo mayor, el orgullo de la casa, anda allá en la Ciudad de México, de traje y corbata, trabajando en un corporativo en Santa Fe, ganando lo que yo no ganaba en un año. Y mi hija, mi princesa, se nos fue a Canadá a probar suerte y allá se quedó, feliz y casada.
Así que nos quedamos Tania y yo, solitos en el nido. El famoso “nido vacío” que le dicen los psicólogos. Pero para mí no fue algo triste, al contrario. Yo sentía que ya habíamos cumplido. Ya habíamos pagado la cuota. Ahora nos tocaba disfrutar.
Hace unos diez años, cuando la constructora empezó a dejar más lanita, cumplimos el sueño de muchos mexicanos: comprar un terreno en un fraccionamiento campestre a las afueras de la ciudad. Queríamos paz, queríamos aire limpio, queríamos estar lejos del tráfico desquiciante y del smog. Construimos la casa a nuestro puro gusto, ladrillo por ladrillo. Yo mismo supervisé la obra, asegurándome de que los cimientos fueran de piedra volcánica, que las vigas fueran de madera buena. Le hicimos una cocina enorme, con isla y acabados de granito, porque a Tania le encantaba cocinar y decía que la cocina es el corazón del hogar. Le puse una sala con chimenea para los inviernos, y un jardín trasero grande donde yo pudiera hacer mis carnes asadas los domingos y echarme mis tequilas viendo el atardecer.
Era nuestro paraíso. O eso creía yo.
Los vecinos eran gente tranquila, casi todos de nuestra edad, matrimonios que buscaban lo mismo: calma. Entre ellos estaba Valente. Vivía a dos casas de la mía. Valente era el clásico “vecino de oro”. El tipo acomedido, sonriente, siempre dispuesto a echar la mano. ¿Se te ponchó la llanta? Ahí estaba Valente con el gato hidráulico antes de que tú sacaras la llave de cruz. ¿Te faltaba una herramienta para arreglar una fuga? Valente tenía el estuche completo y hasta te ayudaba a cambiar el empaque.
—Qué onda, vecino, ¿cómo va la chamba? —me gritaba siempre desde su jardín cuando me veía llegar en la camioneta.
—Todo tranquilo, Valente, aquí nomás, correteando la chuleta —le contestaba yo, ingenuo como un niño.
A veces, los fines de semana, nos echábamos unas chelas en la banqueta o nos juntábamos a ver los partidos de la Selección. Su esposa era una señora muy callada, muy de su casa. Ellos también llevaban años ahí. Teníamos una amistad de compadres, sin broncas, de esas donde te prestas el asador y te cuidas la casa cuando sales de vacaciones. “Un tipazo el Valente”, le decía yo a Tania. “Qué suerte tener vecinos así, no como la chusma que nos tocaba en la ciudad”. ¡Qué imbécil fui!
Yo, con los años y las canas, me volví más hogareño. Ya no me llamaba la atención andar de fiesta ni desvelarme. Disfrutaba mi tranquilidad, mi sillón reclinable, mi control remoto y mis series. Tania, en cambio, al llegar a los 55, le entró lo que yo llamo el “segundo aire” o la crisis de la edad, como quieras decirle.
Siempre fue una mujer guapa, de buen cuerpo, pero últimamente se había obsesionado con verse de 30. Se metió durísimo al ejercicio. Se inscribió en el gimnasio más caro de la zona, empezó con clases de yoga, pilates, zumba y cuanta madre salía de moda. En la casa desaparecieron las tortillas de harina y el pan dulce; ahora todo era quinoa, leche de almendras, jugos verdes que sabían a pasto y pura comida orgánica que costaba un ojo de la cara.
—Es por salud, Óscar, tenemos que cuidarnos para llegar bien a la vejez —me decía mientras se servía un plato de lechuga con tres nueces.
A mí no me molestaba, al contrario. Me gustaba verla bien, activa, arreglada. Se compró ropa deportiva nueva, de esa pegadita, leggings de marca, tenis fosforescentes. Se veía espectacular, la verdad. Y yo, como marido orgulloso y confiado, la animaba. “Tú dale, vieja, te ves rebien”, le decía.
Pero entonces empezaron los famosos “viernes de vapor”.
Se volvió su ritual sagrado, intocable. Resulta que Valente, el vecino acomedido, había construido en el fondo de su jardín, separado de su casa principal, una especie de cabañita rústica con un baño de vapor profesional. Decía que era tipo temazcal moderno, con piedras volcánicas, eucalipto y toda la cosa. Según esto, Valente dejaba que los vecinos lo usaran si se cooperaban para el gas o el mantenimiento, o a veces organizaba sesiones para las señoras del fraccionamiento.
Cada viernes, sin falta, Tania preparaba su maleta deportiva. Metía sus toallas más esponjosas, sus batas de seda, sus aceites esenciales, sus cremas francesas. Se arreglaba más para ir al vapor que para ir a una boda.
—Voy con las chicas al vapor del club, Óscar —me decía al principio, aunque luego la historia cambió a que iban al de Valente porque “estaba más limpio y privado”—. Es para desintoxicar la piel, abrir los poros y sacar las malas vibras de la semana.
Al principio, yo estaba feliz con el arreglo. Ella se iba a las 7 de la noche y yo me quedaba como rey en mi castillo. Me sentaba en mi reposet, destapaba una cerveza Indio bien helada, de esas que hasta sudan, y me pedía unos tacos al pastor con todo, o me calentaba una pizza. Nadie me decía “no comas grasa”, nadie me decía “bájale al volumen”, nadie me peleaba el control para poner novelas turcas. Era mi momento de paz, mi nirvana personal.
Tania siempre me dejaba algo “sano” en el refri, pero yo sabía que ese era mi momento de pecar a gusto. Teníamos un sistema, una rutina que yo creía perfecta y blindada. Ella se relajaba, yo descansaba. Todos ganaban.
Pero dicen que el diablo está en los detalles, y en la confianza excesiva. Poco a poco, esos viernes empezaron a cambiar de sabor.
Primero fueron los horarios. Se suponía que la sesión de vapor duraba una hora, hora y media a lo mucho. Pero Tania empezó a llegar a las 10, luego a las 10:30, a veces pasadas las 11 de la noche.
—¿Qué pasó, mi reina? ¿Se quedaron dormidas adentro o qué? —le preguntaba yo cuando la veía entrar.
Ella siempre tenía la respuesta lista, con una sonrisa que yo, en mi inmensa estupidez de hombre enamorado, veía encantadora e inocente.
—Ay, gordo, es que salimos del vapor y nos pusimos a platicar con Maricela y la señora de la esquina. Ya sabes cómo somos las cotorras cuando nos juntamos, se nos va el santo al cielo. Nos tomamos un tecito y se nos hizo tarde.
Luego, el olor. Y no me refiero a que oliera mal. Al contrario. Tania regresaba oliendo a limpio, a jabón de eucalipto, a menta. Pero había algo más debajo de ese aroma a spa. Si te acercabas bien, si le dabas un beso en el cuello, se percibía un olor dulzón, una mezcla rara. Olía a vino tinto. Y a veces, muy sutilmente, olía a loción de hombre. No a la mía. A una loción barata, de esas que venden por catálogo, mezclada con el sudor seco de alguien más.
—¿Tomaron vino? —le pregunté una noche que llegó con los ojos brillantes, las mejillas chapeteadas y la risa floja, muy distinta a la relajación del vapor.
—Ay, sí, una copita nada más que sacó Valente para brindar porque fue su santo, no seas anticuado, Óscar —me contestó, dándome un beso rápido, casi esquivo, y corriendo a las escaleras—. Me voy a dar un regaderazo rápido porque me siento pegajosa.
¿Pegajosa? ¿No se suponía que acababa de salir de bañarse en el vapor? Pero yo me quedaba callado. Me quedaba en la cocina, con la cerveza ya caliente en la mano y la duda fría empezando a germinar en el corazón.
“No seas paranoico, Óscar”, me repetía a mí mismo mientras apagaba las luces de la sala. “Llevan 30 años juntos. Ella te ama. Es la madre de tus hijos. Valente es tu compadre, tu vecino. No te hagas películas en la cabeza, ya estás viejo y celoso”.
Pero la intuición es canija. Es como una piedrita en el zapato que al principio no molesta, pero que con cada paso te va lastimando más y más hasta que no puedes caminar. Y yo, aunque no quería admitirlo, ya estaba empezando a cojear.
Capítulo 2: La duda que carcome y la visita del compadre
La semana siguiente al incidente del “olor a vino” fue un infierno silencioso, una tortura psicológica que yo mismo me estaba administrando. La espina de la duda ya estaba clavada hasta el hueso y se hundía más con cada día que pasaba.
Empecé a volverme un observador en mi propia casa. Me convertí en un detective de esos de película, pero patético, buscando pistas en la basura, en los tickets, en las miradas. Noté que Tania estaba distinta, y no solo los viernes. Estaba distante, como si viviera en otra frecuencia.
Ya no platicábamos como antes en la sobremesa. Si yo le contaba de los problemas con los albañiles o de que el precio del cemento había subido, ella asentía con la cabeza, pero su mirada estaba perdida, o peor aún, clavada en la pantalla de su celular. Ese maldito celular que antes dejaba tirado en cualquier lado y que ahora traía pegado a la mano como si fuera una extensión de su cuerpo. Y lo peor: siempre lo ponía boca abajo cuando yo entraba al cuarto. O se lo llevaba al baño con el pretexto de escuchar música mientras se maquillaba.
Si intentaba abrazarla por la noche, si buscaba un poco de cariño de esposo, se ponía rígida.
—Ay, Óscar, estoy muy cansada, me duele la cabeza —me decía, dándome la espalda—. Mañana, ¿sí?
“Es la edad”, pensaba yo, tratando de justificarla. “Es la menopausia, son sus hormonas, es que está estresada con tanta dieta”. Buscaba mil y una excusas para no ver la verdad que tenía enfrente, tan grande como una catedral. Porque admitir que algo estaba mal significaba que mi vida perfecta, esa por la que tanto había trabajado, se estaba desmoronando. Y yo tenía miedo. Miedo de saber la verdad.
Pasó el lunes, el martes, el miércoles… y la tensión en la casa se podía cortar con un cuchillo. Yo andaba de malas en la obra, regañando a los chalanes por cualquier tontería, solo porque traía el veneno adentro.
Hasta que llegó el viernes otra vez. El maldito viernes.
Tania se empezó a arreglar desde temprano. Se depiló, se puso cremas, se probó dos o tres conjuntos deportivos frente al espejo.
—¿Cuál se me ve mejor, gordo? ¿El rosa o el negro? —me preguntó, girando frente al espejo.
—El negro te queda bien —le dije seco, sin despegar la vista del periódico.
—Ay, qué genio te cargas hoy. Deberías ir tú también al vapor un día a ver si se te quita lo amargado —me soltó ella, rociándose ese perfume caro que guardaba para ocasiones especiales.
¿Perfume para ir a sudar? ¿Quién en su sano juicio se pone Chanel para meterse a un cuarto lleno de vapor y humedad? Eso fue otra alerta roja, parpadeando furiosamente en mi cerebro. Pero no dije nada. Me tragué las palabras.
Se fue a las 7 en punto. Me dio un beso en la mejilla, un beso frío, de trámite, y salió con su maletita colgada al hombro, caminando con un brinquito de felicidad que hacía mucho no veía cuando estaba conmigo.
Me quedé solo. Intenté seguir mi rutina. Saqué la cerveza, prendí la tele, puse el partido de los Pumas. Pero no podía concentrarme. Miraba el reloj cada cinco minutos. 7:15. 7:30. 7:45. Mi mente viajaba a dos casas de distancia. Imaginaba a Tania entrando a la casa de Valente. Imaginaba a Valente recibiéndola con esa sonrisa de “buen vecino”. ¿Habría más gente? ¿Estaría Maricela? ¿O estarían solos?
La ansiedad me estaba comiendo vivo. Estaba a punto de pararme e ir a asomarme por la barda, cuando sonó el timbre de la calle. Me sobresalté tanto que casi tiro la cerveza.
Fui a abrir. Era Sergio.
Sergio es mi compadre del alma, mi mejor amigo desde hace más de veinte años. Él vive en la otra calle del fraccionamiento. Es un hombre de campo, rudo, directo, de esos que no tienen pelos en la lengua y que te dicen que tienes un moco en la nariz sin rodeos, porque eso hacen los amigos.
—Quiubo, compadre —le dije al abrir la reja, tratando de sonar normal—. ¡Qué milagro! Pásale, ¿qué te tomas?
Sergio entró, pero no traía su sonrisa habitual. Traía esa cara seria, de preocupación, la misma cara que puso cuando se le murió su caballo favorito hace unos años. Se quitó el sombrero, se rascó la cabeza y miró hacia adentro de la casa.
—¿Estás solo, Óscar? —preguntó en voz baja.
—Sí, Tania se fue al vapor, ya sabes, sus viernes de spa —le contesté, sintiendo un nudo en la garganta al mencionar eso.
Sergio suspiró pesado. Caminó hacia la cocina y se sentó en la barra sin que yo le ofreciera asiento. Eso ya era mala señal. Muy mala señal.
—Sírveme un tequila, Óscar. Pero uno doble. Y sírvete uno tú también.
Obedecí. Saqué la botella de Herradura que tenía guardada para ocasiones especiales y serví dos caballitos rebosantes. Le puse el suyo enfrente. Él se lo tomó de un solo trago, hizo una mueca al sentir el ardor del alcohol y azotó el vaso en la barra. Luego me miró a los ojos, con esa mirada profunda y honesta que solo tienen los verdaderos compadres.
—Mira, Óscar… sabes que te quiero como a un hermano. Sabes que no me gusta andar de chismoso, ni de “lleva y trae”. Eso es de viejas mitoteras y no de hombres. Pero… hay cosas que un hombre tiene que saber, por pura dignidad.
Sentí que se me helaba la sangre. Las manos me empezaron a sudar frío.
—¿De qué hablas, Sergio? No me asustes, cabrón. ¿Pasó algo con mis hijos?
—No, no son tus hijos. Es tu mujer, Óscar. Es Tania. Y es el pinche Valente.
El nombre de Valente salió de su boca como un escupitajo.
—¿Valente? ¿Qué tiene que ver Valente con Tania? —pregunté, haciéndome el tonto, aunque en el fondo, mi cerebro ya estaba uniendo los puntos a una velocidad aterradora.
Sergio se inclinó hacia adelante, bajando la voz como si las paredes oyeran.
—Hace rato venía yo caminando por la calle de atrás, la que da al baldío. Iba a ver lo de la barda que se me cayó con la lluvia. Y vi a Tania. Iba caminando muy quitada de la pena. Pero no iba al club, compadre. Ni iba a casa de Maricela. Se metió a la casa de Valente. Por la puerta de servicio, la del jardín.
Tragué saliva.
—Bueno, a lo mejor fue a pedirle algo, una taza de azúcar, yo qué sé…
—No te hagas pendejo, Óscar —me cortó Sergio, tajante—. Tú sabes que no fue por azúcar. La vi. Valente la estaba esperando en la puertita del jardín. La recibió con un abrazo que no es de vecinos, compadre. Le agarró la cintura con una confianza que… puta madre, me dio coraje nada más de verlos. Y no entraron a la casa principal donde estaba la mujer de Valente. Se fueron directo al fondo. A la cabañita esa, al mentado vapor.
El mundo se me detuvo. El tiempo se congeló. Solo escuchaba el zumbido del refrigerador y mi propio corazón golpeando contra mis costillas como un animal enjaulado.
—¿Estás seguro? —mi voz sonó ajena, lejana, como si saliera de una radio vieja mal sintonizada—. ¿Seguro que era ella?
—Tan seguro como que estoy aquí sentado tomándome tu tequila. Traía ese pants negro pegadito que se compró la otra vez. Y compadre… apagaron la luz del jardín en cuanto entraron.
Me quedé helado. Mi mente proyectó la imagen en alta definición: Mi Tania, mi mujer de 30 años, entrando a ese cuartucho con Valente. Desvistiéndose entre el vapor. Sudando. Y no precisamente por el calor de las piedras. Valente. El que me saludaba agitando la mano. El que me decía “compadre”.
La rabia me golpeó de golpe, caliente y violenta. Me levanté de la silla de un salto, tirando el banco.
—¡Voy a matarlo! —grité, sintiendo cómo la sangre me subía a la cabeza—. ¡Voy a ir ahorita mismo y le voy a partir su madre a ese hijo de perra! ¡Y a ella la voy a sacar de los pelos!
Caminé hacia la puerta, ciego de furia, buscando algo, un palo, un fierro, lo que fuera. Pero Sergio, que es más grande y fuerte que yo, se paró y me bloqueó el paso. Me agarró de los hombros y me sacudió.
—¡Cálmate, Óscar! ¡No seas pendejo! —me gritó—. ¿Qué vas a ganar yendo ahorita? Vas a armar un escándalo, va a salir todo el fraccionamiento, va a llegar la patrulla. Te van a llevar al bote por agresiones y ellos se van a quedar ahí, haciéndose las víctimas. Van a decir que estás loco, que eres un borracho celoso. ¿Eso quieres? ¿Perderlo todo por un arranque?
Me quedé forcejeando con él un momento, pero las fuerzas se me fueron yendo. Tenía razón. Si iba ahorita, yo sería el loco. Yo sería el malo. Me dejé caer en el sillón de la sala, con las manos en la cara, sintiendo cómo las lágrimas de coraje me quemaban los ojos. Un hombre no llora, dicen, pero en ese momento yo sentía que me habían arrancado el corazón sin anestesia.
—Entonces, ¿qué hago, Sergio? —le pregunté, con la voz quebrada—. ¿Me quedo aquí sentado mientras se burlan de mí a dos casas? ¿Mientras se revuelcan en mi jeta?
Sergio se sentó a mi lado y me puso una mano en el hombro.
—No, compadre. No te vas a quedar cruzado de brazos. Pero tienes que ser inteligente. Tienes que pensar con la cabeza fría. La venganza se come fría, Óscar. Si vas ahorita, pierdes. Pero si te esperas… si los agarras con las manos en la masa, o mejor dicho, con el culo al aire… entonces tú tienes el poder. Tú tienes el control.
Me serví otro tequila. Me lo tomé despacio, dejando que el líquido me quemara la garganta y me despertara el cerebro. Miré las llamas de la chimenea que había encendido más temprano. El fuego bailaba, hipnótico.
Sergio se fue al poco rato, dejándome con el alma rota pero con una semilla plantada en la mente. Me quedé solo en la casa enorme y vacía. Imaginando. Maquinando.
Podría haber ido a patear la puerta. Podría haber hecho un drama esa misma noche. Pero no. Mientras miraba el fuego, el dolor se fue transformando en algo más oscuro. En estrategia. La tristeza se volvió gasolina.
No quería solo gritarles. No quería solo que pararan. Quería destruirlos. Quería exponerlos. Quería que sintieran la vergüenza quemándoles la piel más fuerte que cualquier vapor.
Recordé que Valente tenía ese sauna privado en su jardín, una cabina de madera y ladrillo, cerrada herméticamente para guardar el calor. Y que la puerta tenía un cerrojo por fuera, por seguridad, decían.
—¿Quieren calor? —murmuré para mí mismo, apretando los puños hasta que los nudillos se me pusieron blancos—. Les voy a dar un infierno.
Esa noche no dormí. Me pasé las horas caminando por la sala, planeando cada detalle, cada movimiento. Sabía que el próximo viernes volverían a hacerlo. Su lujuria era su debilidad; se sentían seguros, se sentían intocables porque el “pendejo de Óscar” nunca se daba cuenta de nada.
Y yo iba a estar listo. No iba a ser un simple reclamo de marido celoso. Iba a ser un espectáculo. Una función estelar con público incluido. Iba a invitar a todo el vecindario a una “carne asada sorpresa”.
La venganza estaba servida, y créanme, iba a estar hirviendo.
Parte 2
Capítulo 3: La máscara de la bestia y la invitación al infierno
Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío, pero yo decidí que la mía se serviría con carbón encendido, salsa picante y una buena dosis de humillación pública. Después de que Sergio se fue de mi casa esa noche, dejándome con la verdad desnuda y sangrante sobre la mesa, algo dentro de mí se rompió para siempre. El Óscar bonachón, el marido confiado, el vecino amable… ese hombre murió esa noche, ahogado en tequila y decepción. En su lugar nació alguien más frío, más calculador. Alguien capaz de mirar a los ojos al traidor y sonreírle mientras afila el cuchillo por la espalda.
El fin de semana fue una prueba de actuación digna de un Óscar, y no me refiero a mi nombre, sino al premio de la Academia. Tuve que tragarme la bilis cada vez que veía a Tania. El sábado por la mañana, cuando bajó a la cocina en bata, tarareando una canción, tuve que apretar los dientes tan fuerte que pensé que se me romperían las muelas.
—Buenos días, gordo —me dijo, dándome un beso en la mejilla. Un beso que sentí como una quemadura de ácido—. Anoche dormí como bebé. El vapor me cayó de maravilla, me siento renovada.
La miré. La miré de verdad. Ya no veía a mi esposa de 30 años. Veía a una desconocida capaz de mentirme en la cara con una naturalidad espantosa.
—Qué bueno, vieja —le contesté, sin levantar la vista de mi café para que no viera el odio en mis ojos—. Se te nota. Traes un brillo… especial.
Ella sonrió, coqueta, acomodándose el cabello.
—Ay, gracias. Es que hay que cuidarse. Oye, ¿qué tienes? Te noto callado.
—Nada —mentí, forzando una sonrisa torcida—. Cosas de la chamba. El precio del acero subió y me trae preocupado una obra en el centro. Ya sabes, lo de siempre.
Se tragó la mentira entera. Claro, ¿por qué dudaría? Para ella, yo seguía siendo el mueble viejo y cómodo de la sala, incapaz de moverse.
El lunes puse mi plan en marcha. Tenía cinco días para orquestar la caída del Imperio Romano de Valente y Tania. Lo primero era el escenario. Necesitaba una excusa perfecta para reunir a la gente, para tener testigos. Una venganza a puerta cerrada no me servía; yo quería que el escarnio fuera público, que la vergüenza los persiguiera cada vez que salieran a comprar el pan.
Decidí organizar una “carne asada improvisada”. En México, cualquier pretexto es bueno para prender el carbón y enfriar las chelas. No necesitaba ser cumpleaños de nadie.
Empecé a mandar mensajes al grupo de WhatsApp del vecindario el martes por la tarde.
“¡Vecinos! Este viernes se me antojó armar algo en el jardín. Voy a traer unos cortes finos, chistorra y un barrilito de cerveza. Nada formal, pura convivencia para recibir la primavera y quitarnos el estrés. ¡Cáiganle a partir de las 7:30! Yo pongo la carne, ustedes traigan su sed”.
Las respuestas no tardaron en llegar.
“¡Jalo!”, puso el doctor Ramírez.
“Ahí estaremos, vecino, llevo mi famosa salsa de habanero”, contestó Doña Lucha, la chismosa oficial de la cuadra (pieza clave en mi plan).
“Gracias, Óscar, cuenta con nosotros”, escribieron los de la casa 4.
Y entonces, vi el mensaje que estaba esperando. El mensaje de Judas.
“¡Eso es todo, vecino! Qué buen detalle. Yo paso un rato, pero ya sabes que los viernes tengo un compromiso temprano, igual y llego un poco más tarde para brindar. ¡Saludos!” — Valente.
Leí el mensaje y solté una carcajada seca, sin alegría, en la soledad de mi oficina. “Compromiso temprano”. Sí, claro. Su compromiso era revolcarse con mi mujer en su sauna. El cinismo de este cabrón no tenía límites. Me estaba diciendo en mi cara que iba a llegar tarde a mi fiesta porque primero iba a estar ocupado poniéndole los cuernos a su anfitrión.
Le contesté con un emoji de pulgar arriba y una jarra de cerveza. “Aquí te guardamos una fría, Valente. No faltes, va a estar bueno”.
El miércoles me topé a Valente en la calle. Iba sacando su basura. Al verme, sonrió y levantó la mano. Tuve que respirar hondo, invocar a todos los santos y demonios para no acelerar la camioneta y estamparlo contra su propio portón. Frené. Bajé el vidrio.
—¡Quiubo, Óscar! —gritó él, acercándose a la ventanilla—. Oye, qué buen plan lo del viernes. Ya hacía falta una convivenca, ¿no?
Lo miré. Analicé su cara. Sus bigotes recortados, su mirada “franca”. ¿Cómo podía ser tan buen actor? ¿Cómo podía mirarme a los ojos, saludarme de mano y luego acostarse con mi esposa? Sentí un asco profundo, visceral.
—Sí, Valente —le dije, manteniendo la voz firme—. Hace falta sacar el estrés. A veces uno acumula muchas cosas y si no las saca… explota.
—Exacto, exacto —asintió él, sin captar el doble sentido—. Pues ahí nos vemos. Oye, ¿y Tania? ¿Cómo está?
La pregunta me cayó como patada en los bajos. Todavía tenía el descaro de preguntar por ella.
—Bien, bien. Andaba muy contenta. Dice que sus viernes de vapor le están cambiando la vida.
Vi un destello, un microsegundo de nerviosismo en sus ojos, pero lo ocultó rápido.
—Ah, qué bueno, qué bueno. El vapor es salud, Óscar. Deberías probarlo un día.
—Cualquier día, Valente —le sonreí, una sonrisa de tiburón—. Cualquier día te caigo de sorpresa.
Arranqué la camioneta despacio, dejándolo ahí parado. Lo vi por el retrovisor. Se quedó mirando mi auto un momento, quizás sintiendo un escalofrío, quizás no. No importaba. Su suerte estaba echada.
El resto de la semana me dediqué a preparar el terreno. Compré la mejor carne: Rib Eye, New York, arrachera marinada. Compré cartones de cerveza como para una boda. Quería que la gente estuviera feliz, relajada, con la guardia baja. Quería que hubiera mucha gente. Mientras más ojos, mejor.
Tania, por su parte, estaba extrañada pero contenta.
—¿Una fiesta, Óscar? Hace años que no organizas nada —me dijo el jueves mientras cenábamos.
—Pues sí, vieja. Me siento con energía. Además, quiero presumir el jardín, ahora que las bugambilias florecieron. ¿Tú vas a estar, verdad?
Ella dudó. Mordió su tenedor.
—Híjole, amor… es viernes. Ya sabes que es mi día de vapor.
Hice mi mejor cara de “marido comprensivo pero un poco triste”.
—Ándale, Tania. Es aquí en la casa. Puedes ir al vapor temprano y te regresas, ¿no? O mejor, cancela por hoy.
—No, no puedo cancelar —se apresuró a decir, casi con pánico—. Es que… ya quedé con Maricela y ya pagamos la sesión. Pero te prometo que voy rapidísimo. Me voy a las 7 y a las 8:30 ya estoy aquí para ayudarte a servir, ¿va?
—Va —acepté, fingiendo resignación—. Pero no te tardes. Quiero que estemos todos.
“No te preocupes”, pensé mientras lavaba los platos. “Vas a estar. Vas a ser el centro de atención”.
Llegó el viernes. El día D. La atmósfera en la casa se sentía eléctrica, al menos para mí. Tania andaba nerviosa, se probaba ropa, se miraba al espejo. Yo andaba preparando el asador, limpiando la parrilla con cebolla, acomodando las sillas en el jardín.
A las 6:30 de la tarde, Tania bajó las escaleras. Llevaba ese conjunto deportivo negro que Sergio había descrito. Se había soltado el pelo. Se veía hermosa, maldita sea. Y eso me dolió más. Se estaba poniendo hermosa para él, no para mí.
—Ya me voy, gordo —me gritó desde la puerta—. No tardo nada. Empieza sin mí, pero guárdame guacamole.
—Diviértete, Tania —le grité desde el jardín, con el encendedor en la mano—. Suda todo lo que tengas que sudar.
La vi salir. Caminó con prisa. Esperé dos minutos. Luego, corrí a la planta alta, al balcón de mi recámara que da hacia la calle trasera. Me escondí detrás de la cortina y saqué unos binoculares viejos que usaba para ver pájaros.
La vi. No iba al club. Caminó dos cuadras, dobló en la esquina y se dirigió a la parte trasera de la casa de Valente. La puerta de madera del jardín se abrió antes de que ella tocara. Valente estaba ahí. La jaló hacia adentro. Pude ver, aunque borroso por la distancia, cómo la besaba. No fue un beso de saludo. Fue un beso de hambre.
Bajé los binoculares. Sentí una lágrima solitaria rodar por mi mejilla. La sequé con furia. Esa fue la última lágrima que derramé por Tania. A partir de ese momento, solo existía el plan.
Bajé al jardín. Los primeros invitados estaban por llegar. El carbón ya estaba gris, listo para la carne. La música de Vicente Fernández sonaba en la bocina.
—A chillar, puerco —dije en voz alta, tirando el primer trozo de carne a la parrilla. El sonido del ssshhh de la grasa contra el fuego fue el inicio de la guerra.
Capítulo 4: La trampa perfecta y el teatro de la vergüenza
A las 8:00 de la noche, mi jardín era una fiesta en toda regla. Había llegado casi todo el vecindario. El olor a carne asada y chistorra inundaba la cuadra. La música estaba alegre, corría la cerveza y el tequila. Yo estaba en mi papel de anfitrión perfecto: servía tragos, volteaba la carne, contaba chistes, reía. Pero por dentro, estaba contando los segundos. Mi reloj mental estaba sincronizado con el desastre.
Doña Lucha, la vecina chismosa, se me acercó con un plato de quesadillas.
—Oye, Óscar, qué milagro que te animaste. Está todo precioso. ¿Y Tania? ¿No va a bajar?
—Fue al vapor, Doña Lucha —dije fuerte, para que varios escucharan—. Ya sabe cómo es, muy fitness ella. Dijo que no tardaba. Seguro se quedó platicando.
—Ay, estas mujeres modernas —rio Don Beto, que ya llevaba tres tequilas encima—. El vapor es para los tamales, Óscar, no para las señoras.
Todos rieron. Yo también reí.
—Oigan —dije de repente, bajando un poco el volumen de la música—. Fíjense que hablando de vapor… Valente tampoco vino, ¿verdad?
La gente miró alrededor.
—No, no se ve su coche —dijo alguien.
—Qué raro —continué, sembrando la duda—. Me dijo que tenía un compromiso, pero que igual y nos daba una sorpresa.
Miré mi reloj. 8:30. Tiempo suficiente. Ya debían estar en el clímax de su sesión, confiados, sudorosos, pensando que el tonto de Óscar estaba ocupado emborrachando a los vecinos. Era el momento.
—Saben qué… —dije, limpiándome las manos en el mandil—. Se me acabó el hielo. Y Valente me dijo que si me faltaba algo, fuera a su casa, que ahí tiene una máquina de hielos industrial en su jardín. ¿Por qué no vamos todos? De paso lo sacamos de su cueva para que se eche una chela.
—¡Vamos! —gritó Don Beto—. ¡Hay que hacerle montón!
—¡Vamos por el Valente! —corearon otros.
La gente estaba animada, con esa chispa que da el alcohol y la camaradería. Nadie sospechaba nada. Para ellos, era una travesura de vecinos, una procesión alegre para arrastrar a un amigo a la fiesta. Éramos como veinte personas. Salimos de mi casa con vasos en mano, riendo, haciendo ruido.
Yo iba al frente, como el flautista de Hamelín guiando a las ratas, solo que aquí las ratas estaban al final del camino.
Caminamos los cincuenta metros que separaban mi puerta de la de Valente. Al llegar a su reja, vi que estaba entreabierta. Perfecto. Entramos al jardín delantero. La casa estaba oscura, pero se veía luz al fondo, en el jardín trasero.
—¡Valente! ¡Sal, cobarde! —gritó el doctor Ramírez, riendo.
Nadie contestó.
—Vénganse, ha de estar atrás en la terraza —les dije, guiándolos por el pasillo lateral.
Llegamos al jardín trasero. Estaba hermoso, bien cuidado. Y allá, al fondo, pegada a la barda, estaba la famosa cabaña de vapor. Salía un humito ligero por la chimenea. La luz interior estaba encendida, proyectando una sombra naranja a través de la pequeña ventanita empañada.
Les hice una seña de silencio a todos, poniéndome el dedo en los labios.
—Shhh… a lo mejor se quedó dormido —susurré, guiñando un ojo. La gente contuvo la risa, esperando asustarlo.
Me acerqué a la puerta de madera maciza del sauna. Mi corazón latía tan fuerte que pensé que se escucharía afuera, pero mis manos no temblaban. Estaban firmes.
Tomé un barrote de madera gruesa que había visto tirado cerca de la leñera de Valente en mis “visitas” anteriores (sí, había estudiado el terreno días antes). Lo deslicé suavemente a través de las manijas de hierro de la puerta. Clack. Quedó trabado. Ahora, esa puerta no se abriría desde adentro ni a patadas.
Luego, pegué la oreja a la madera. Se oían risas ahogadas. Susurros. Y el sonido inconfundible de besos.
Retrocedí unos pasos y me giré hacia mis vecinos, que me miraban expectantes.
—Creo que está ocupado… o muy relajado —dije en voz alta.
En ese momento, subí la apuesta. Me acerqué a la ventilación del sauna y grité:
—¡Valente! ¡Compadre! ¡Salte que se quema la carne!
El efecto fue inmediato. El silencio adentro del sauna fue sepulcral por un segundo. Luego, se escuchó un golpe seco, como si alguien se hubiera resbalado.
—¿Quién está ahí? —se oyó la voz de Valente, ahogada y temblorosa.
—¡Somos todos, güey! —gritó Don Beto—. ¡Sal a brindar!
Se escuchó movimiento frenético adentro. Pasos apresurados. Y luego, el sonido del picaporte intentando girar. Traca-traca-traca. La puerta no abrió. La tranca de madera hizo su trabajo.
—¡Óscar! ¿Eres tú? —gritó Valente, ahora con pánico en la voz—. ¡Abre, se atoró la puerta!
Mis vecinos empezaron a mirarse entre sí, confundidos. La broma estaba tomando un tono raro.
—¿Qué pasa? —preguntó Doña Lucha—. ¿Por qué no abre?
—No sé —dije, encogiéndome de hombros, con una calma glacial—. A ver, Valente, empújala fuerte.
Se escucharon golpes desde adentro. ¡Bum! ¡Bum!
—¡Abre, maldita sea! ¡Está muy caliente aquí! —gritó Valente.
Y entonces, se oyó la otra voz. La voz que yo esperaba. La voz que congeló a todos los presentes.
—¡Óscar, por favor! ¡Sácanos de aquí!
Era Tania.
El murmullo recorrió el grupo como una ola eléctrica.
—¿Esa es… Tania? —preguntó la esposa del doctor, llevándose la mano a la boca.
—¿Qué hace Tania ahí adentro con Valente? —susurró otro vecino.
Yo no dije nada. Dejé que la pregunta flotara en el aire, pesada, tóxica. Dejé que cada uno de ellos sacara sus propias conclusiones. Me crucé de brazos y miré la puerta.
—Óscar, te lo suplico —lloró Tania desde adentro—. ¡Nos estamos quemando! ¡Abre!
Esperé diez segundos más. Diez segundos eternos donde solo se oían los sollozos de mi mujer y los jadeos de mi vecino. Disfruté esos diez segundos más que cualquier cosa en mi vida.
—Bueno, bueno, no se pongan así —dije finalmente—. Vamos a refrescarlos.
Caminé hacia la puerta. Quité el barrote de madera lentamente, haciendo ruido para que supieran que yo tenía el control.
—¿Listos para la sorpresa? —les dije a mis vecinos.
Nadie respondió. Estaban paralizados por el morbo.
Abrí la puerta de golpe.
Una nube de vapor blanco y denso salió disparada hacia la noche fría, como si hubiéramos abierto la boca de un dragón. Y entre la niebla, emergieron ellos.
La escena fue grotesca y sublime a la vez.
Valente salió primero, tropezando. Solo traía una toalla pequeña enrollada en la cintura, que apenas le cubría las vergüenzas. Estaba rojo, color langosta, sudando a chorros, con los ojos desorbitados por el calor y el terror.
Detrás de él salió Tania. Ella traía un pareo mal puesto que se le resbalaba. El rímel corrido le manchaba las mejillas rojas. El pelo se le pegaba a la cara.
Se quedaron ahí, parados en el pasto, jadeando, buscando aire fresco. Y entonces, levantaron la vista.
Se encontraron con un muro de veinte personas. Veinte pares de ojos clavados en ellos. Sus amigos. Sus vecinos. La gente con la que compartían el pan y la sal.
El silencio fue absoluto. Nadie respiraba. Se podía escuchar el sonido de los grillos y la música de Vicente Fernández que todavía sonaba a lo lejos en mi casa, cantando “Ojalá que te vaya bonito”. La ironía era perfecta.
Tania me vio. Sus ojos se encontraron con los míos. En ese instante, vi cómo se le rompía el alma. Vi la comprensión total de lo que acababa de pasar. No había sido un accidente. No había sido casualidad. Yo lo sabía. Yo lo había planeado.
—Óscar… —susurró, intentando cubrirse el pecho con los brazos cruzados.
Yo no me moví. No grité. No la insulté. Simplemente sonreí, una sonrisa triste y cansada.
—Qué bueno que salieron —dije con voz clara y fuerte, para que todos oyeran—. Pensé que se habían derretido. Oigan, pues… la carne ya está lista en mi casa. Pero creo que aquí se les quemó el asado, ¿no?
Valente intentó hablar, balbuceó algo, pero no le salían las palabras. Miraba al suelo, queriendo que la tierra se lo tragara. Doña Lucha, que no podía contenerse, soltó una risita nerviosa que rompió el dique.
—¡Ay, Dios mío! ¡Con razón tanto vapor! —exclamó.
Algunos vecinos empezaron a reírse, otros murmuraban escandalizados, otros simplemente negaban con la cabeza y se daban la vuelta, incómodos.
—Vámonos, Ramón —dijo la esposa del doctor, jalando a su marido—. Esto… esto no se hace.
La gente empezó a dispersarse, pero no sin antes echar una última mirada al par de adúlteros expuestos bajo la luz de la luna. Era la caminata de la vergüenza más brutal que había visto.
Yo me quedé ahí un momento más, frente a ellos.
—Tania —le dije, mirándola a los ojos—. No te preocupes por la cena. Creo que ya comiste suficiente aquí. No te molestes en ir a la casa hoy.
Me di la media vuelta.
—¿Y tú, Valente? —agregué sin mirarlo—. Gracias por los hielos. Pero creo que te van a hacer más falta a ti… para bajar la calentura.
Caminé de regreso a mi casa, con la espalda recta y la cabeza en alto. Escuché a Tania llorar a mis espaldas, un llanto desgarrador, de esos que duelen. Pero extrañamente, yo no sentí nada. Solo sentí el peso ligero de haberme quitado una mochila llena de piedras que llevaba cargando toda la semana.
Regresé a mi jardín. Algunos vecinos se habían ido, pero otros, los más fieles (o los más morbosos), seguían ahí.
—¡Sírvanse! —grité, tomando una cerveza del hielo—. ¡Que la fiesta sigue! ¡Aquí no pasó nada, solo sacamos la basura!
Esa noche bebí como nunca. Me reí. Canté. Pero en el fondo, sabía que al día siguiente empezaría el verdadero infierno: el divorcio, la soledad, el desmantelamiento de una vida de 30 años. Pero esa noche… esa noche fui el rey. El rey que quemó su propio castillo para matar a las ratas.
Capítulo 5: La resaca de la victoria y la cama vacía
La adrenalina es una droga traicionera. En el momento, te hace sentir Superman, te hace sentir que puedes cargar un camión con una mano y que las balas te rebotan en el pecho. Mientras estaba parado ahí, en mi jardín, con una cerveza en la mano y la música de Chente a todo volumen, me sentía el rey del mundo. Había ganado. Había destapado la coladera y las ratas habían salido corriendo.
—¡Sírvanse, que hay mucha carne! —gritaba yo, moviendo las pinzas del asador como si fuera un director de orquesta.
Pero la realidad, esa vieja aguafiestas, empezó a colarse entre las risas nerviosas de los pocos vecinos que quedaban. Porque seamos honestos: nadie se queda a gusto en una fiesta después de presenciar una ejecución pública. La atmósfera se había vuelto pesada, chiclosa. La gente masticaba la arrachera con dificultad, como si se estuvieran comiendo mis problemas.
Poco a poco, el jardín se fue vaciando.
—Bueno, Óscar, ya es tarde, mañana hay que madrugar —dijo Don Beto, que usualmente era el último en irse de las borracheras. Ni siquiera me miró a los ojos al despedirse; me dio una palmada rápida en el hombro, como quien toca a un enfermo contagioso, y se fue casi corriendo.
—Gracias por todo, vecino. Y… lo siento mucho —murmuró la señora Clara, la de la casa 4, con esa mirada de lástima que cala más que un insulto.
En menos de veinte minutos, me quedé solo.
El silencio que cayó sobre mi casa fue ensordecedor. Ya no había música, ya no había murmullos. Solo quedaba el zumbido de los grillos, el crepitar de los últimos carbones muriendo en el asador y el desastre de vasos desechables y platos sucios regados por el pasto. Era la imagen perfecta de mi vida en ese momento: un basurero humeante donde hace un rato parecía haber alegría.
Me senté en una silla de plástico, rodeado de envases vacíos. La euforia de la venganza se evaporó de golpe, dejándome con un frío que me calaba los huesos, a pesar de que la noche estaba tibia. Ahí, solo, con la botella de tequila a la mitad, me golpeó la realidad como un tren de carga.
Se acabó.
Treinta años. Treinta malditos años de construir, de ahorrar, de criar hijos, de planear vejeces juntos… todo se había ido al carajo en una hora.
Miré hacia la casa de Valente. Estaba completamente a oscuras. Ni una luz. Seguramente estarían escondidos como cucarachas cuando prendes la luz de la cocina. Me imaginé la escena allá: gritos, llantos, quizás la esposa de Valente aventándole la ropa a la calle. Me hubiera gustado disfrutar esa imagen, pero el hueco en el estómago no me dejaba.
Me levanté pesadamente y empecé a recoger. No porque me importara la limpieza, sino porque necesitaba hacer algo con las manos para no ponerme a romper cosas. Aplastaba las latas de cerveza con furia. Crack. Crack. Cada lata era la cabeza de Valente. Crack. Cada lata era una mentira de Tania.
A eso de la 1 de la mañana, escuché el ruido de la puerta principal. El corazón se me detuvo un segundo y luego arrancó a galope. Era ella.
No había entrado por el jardín, sino que había dado la vuelta a la manzana para entrar por el frente, tratando de mantener un mínimo de dignidad que ya no tenía.
Me quedé en la cocina, recargado en la barra, esperándola.
Entró. Dios, se veía fatal. El maquillaje era un mapa de escurrimientos negros por toda su cara. El pareo seguía mal puesto, y traía puestos unos tenis que seguramente Valente le prestó o que sacó de su maleta a las prisas. Temblaba. No sé si de frío o de miedo.
Se detuvo en el marco de la cocina. No se atrevía a cruzar el umbral. Levantó la vista y me miró. En sus ojos había una mezcla de terror, vergüenza y una súplica muda. Esperaba que yo gritara. Esperaba que yo le aventara un plato.
Pero no hice nada. Solo la miré. La miré con una indiferencia que me dolió hasta a mí mismo. Como si estuviera viendo a una extraña que se metió a mi casa por error.
—Óscar… —su voz era un graznido, ronca de tanto llorar.
No contesté. Me di la vuelta, agarré un trapo y me puse a limpiar una mancha imaginaria en la barra de granito.
—Óscar, por favor, háblame —insistió, dando un paso hacia adentro—. Déjame explicarte.
Solté una risa corta, seca.
—¿Explicarme? —dije sin voltear—. ¿Qué me vas a explicar, Tania? ¿Que te dio un golpe de calor y te caíste sin ropa encima de Valente? ¿Que el vapor te nubló el juicio durante meses?
Ella sollozó. El sonido me irritó. Antes, si la veía llorar, yo me desvivía por consolarla. Ahora, cada lágrima me parecía un insulto.
—No, no es eso… es que… me sentía sola, Óscar. Me sentía vieja. Y él… él me escuchaba.
Me giré despacio. La furia volvió a subir, pero ahora era una furia helada.
—¿Te sentías sola? —pregunté, avanzando hacia ella. Tania retrocedió instintivamente—. Yo estaba aquí, Tania. Todos los putos días. Trabajando para ti. Viendo películas contigo. Comiendo contigo. ¿Sola? No, no estabas sola. Estabas aburrida. Y querías sentirte chava otra vez revolcándote con el vecino.
—¡Fue un error! —gritó ella, tapándose la cara con las manos—. ¡Te juro que iba a terminarlo! ¡Hoy iba a ser la última vez!
—Ah, mira qué conveniente —aplaudí sarcásticamente—. La clásica. “Hoy lo dejaba”. Pues fíjate que sí, hoy lo dejaste. Pero no porque tú quisieras, sino porque yo te saqué a patadas de tu nido de amor.
Tania intentó acercarse, intentó tocarme el brazo.
—No me toques —le dije, con un tono tan bajo y peligroso que ella se congeló—. Das asco, Tania. Hueles a él. Hueles a traición. Vete a bañar. Vete a quitar esa mugre de encima, aunque te advierto que hay manchas que no salen ni con cloro.
Ella se quedó paralizada, con la mano en el aire. Entendió que no había negociación posible esa noche. Bajó la cabeza, derrotada, y caminó hacia las escaleras. La escuché subir, escuché la puerta del baño cerrarse y luego el ruido de la regadera.
Yo me quedé en la cocina, solo otra vez.
No podía dormir en mi cama. La sola idea de acostarme en el mismo colchón donde ella había dormido anoche, fingiendo amarme mientras soñaba con el otro, me revolvía el estómago.
Saqué una cobija vieja del clóset de blancos y me fui al sofá de la sala. La casa se sentía enorme, hostil. Las sombras parecían fantasmas de todos los momentos felices que habíamos vivido ahí. La Navidad pasada. El cumpleaños de mi nieta. Todo estaba contaminado ahora. Cada recuerdo tenía una mancha negra encima.
Me acosté, mirando el techo, escuchando los ruidos de la casa. Escuché cuando Tania salió del baño y se metió a la recámara principal. Escuché sus sollozos ahogados a través del techo.
Llora, pensé. Llora todo lo que quieras. Tus lágrimas no van a pegar lo que rompiste.
Esa noche no dormí ni un minuto. Mi mente era una lavadora en ciclo de centrifugado, dando vueltas y vueltas a las mismas imágenes: Valente riéndose conmigo, Tania arreglándose frente al espejo, la puerta del sauna cerrada.
Sentí dolor, sí. Un dolor agudo, físico, en el centro del pecho. Pero también sentí algo más, algo que me asustó: sentí alivio.
Ya no tenía que sospechar. Ya no tenía que ser el detective patético oliendo ropa ajena. La verdad, por horrible que fuera, me había liberado.
Capítulo 6: La cruda realidad y el café más amargo de mi vida
El amanecer llegó como un intruso. La luz grisácea empezó a colarse por las cortinas de la sala, iluminando el polvo que flotaba en el aire. Me dolía todo el cuerpo, como si me hubieran dado una paliza. El sofá era incómodo, mi cuello estaba torcido y tenía una resaca marca diablo, no tanto por el alcohol, sino por la “cruda moral” y el desgaste emocional.
Me levanté arrastrando los pies. Fui al baño de visitas, me lavé la cara con agua helada y me miré al espejo. Mis ojos estaban rojos, hinchados, con unas ojeras que me llegaban a la boca. Me veía diez años más viejo que ayer.
—Ánimo, cabrón —le dije a mi reflejo—. Lo difícil ya pasó. Ahora viene lo feo.
Fui a la cocina. Puse la cafetera. Necesitaba cafeína en vena para enfrentar lo que venía. Mientras el café goteaba, escuché pasos en la escalera. Eran pasos lentos, pesados.
Tania bajó.
Ya no traía la ropa deportiva ni el maquillaje corrido. Traía una bata de algodón, el pelo recogido en un chongo y la cara lavada. Se veía pálida, demacrada. Sus ojos estaban tan hinchados que apenas se le veían.
Se paró en la entrada de la cocina, igual que la noche anterior.
—Buenos días —murmuró, casi inaudible.
No le contesté. Me serví mi café negro, sin azúcar, y me senté en la mesa del antecomedor, dándole la espalda a la ventana.
Ella caminó vacilante y se sentó en la silla de enfrente. Puso las manos sobre la mesa y vi que le temblaban. Noté que ya no traía su anillo de matrimonio. Se lo había quitado. Ese detalle me dolió más de lo que esperaba.
—Tenemos que hablar, Óscar —dijo ella, con la voz un poco más firme, tratando de recuperar algo de control.
Le di un sorbo largo a mi café. Me quemé la lengua, pero no me importó. El dolor físico distraía al emocional.
—Habla —le dije—. Tienes cinco minutos antes de que me largue de aquí.
Tania respiró hondo.
—Sé que no tengo perdón. Sé que lo que hice fue… monstruoso. Pero quiero que entiendas por qué pasó. No quiero que pienses que no te quise.
Solté un bufido.
—Ah, ¿ahora resulta que me querías mientras te encuerabas con el vecino? Vaya forma tan moderna de querer, Tania.
—¡No seas así! —me interrumpió ella, con un destello de enojo defensivo—. Tú también tienes culpa en esto, Óscar.
Me quedé helado. Dejé la taza en la mesa con un golpe seco.
—¿Yo? —pregunté, incrédulo—. ¿Yo tengo la culpa de que tú te abrieras de piernas en un sauna? A ver, explícame esa lógica, porque soy medio pendejo y no entiendo.
—¡Me abandonaste! —gritó ella, y las lágrimas volvieron a brotar—. Sí, estabas en la casa, pero no estabas conmigo. Te volviste un viejo aburrido, Óscar. Solo te importaba tu tele, tus cervezas y tu trabajo. Ya no me mirabas. Ya no me tocabas. Me sentía invisible. Valente… él me hizo sentir deseada otra vez. Me decía cosas bonitas, me prestaba atención.
La miré fijamente. Escuchaba sus palabras, las típicas excusas de manual de “la esposa insatisfecha”. Y no sentí empatía. Sentí asco.
—Mira, Tania —le dije, inclinándome sobre la mesa—. Vamos a poner las cosas claras. ¿Estábamos en una rutina? Sí. ¿Nos habíamos enfriado? Tal vez. Eso pasa en todos los matrimonios de 30 años. Pero, ¿sabes cuál es la diferencia? Que si yo me sentía así, yo hubiera hablado contigo. Te hubiera dicho: “Oye, vieja, vamos a terapia, vamos de viaje, vamos a arreglar esto”. Yo no fui a meterme con la esposa de Valente. Yo no traicioné la confianza de nadie. Tú tomaste el camino fácil. El camino cobarde. Así que no vengas a echarme la culpa de tus calenturas. Tú decidiste romper todo. Tú solita.
Ella se quedó callada, mordiéndose el labio. Sabía que tenía razón, pero su orgullo herido buscaba defenderse.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella en un susurro—. ¿Qué vamos a hacer?
—¿Qué vamos a hacer? —repetí—. Pues tú no sé qué vas a hacer. Yo voy a llamar a mi abogado.
Ella abrió los ojos como platos. El pánico real apareció en su cara.
—¿Divorcio? Óscar… no. Podemos arreglarlo. Podemos ir a terapia, como tú dices. Me alejo de Valente, nos mudamos si quieres. Pero no tires 30 años a la basura por un error.
Me levanté de la silla. La miré desde arriba.
—¿Un error? Un error es que se te quemen los frijoles, Tania. Un error es chocar el coche. Lo tuyo no fue un error. Fue una elección. Fueron meses de mentirme en la cara. Meses de llegar a mi cama oliendo a otro. Eso no se arregla con terapia. Eso mata todo.
—Pero te amo… —sollozó ella, estirando la mano para agarrar la mía.
Me aparté bruscamente.
—No. Tú no amas a nadie más que a ti misma. Si me amaras, no me habrías humillado así. Si me amaras, hubieras pensado en mí, en nuestros hijos, antes de meterte a ese sauna.
Caminé hacia la salida de la cocina.
—Me voy a la oficina. Voy a hablar con el Licenciado Gómez. Él se va a comunicar contigo. No quiero que me llames, no quiero que me busques. Empieza a ver a dónde te vas a ir, porque esta casa… esta casa la construí yo con mi sudor, y no pienso dejar que se la queden tú y tus recuerdos sucios.
—¡La casa es de los dos! —gritó ella, sacando las uñas al ver amenazado su patrimonio.
Me detuve en el marco de la puerta y sonreí sin ganas.
—Eso díselo al juez. Pero te aviso una cosa: tengo videos. Tengo fotos. Tengo a medio vecindario de testigo de cómo saliste ayer de esa casa. ¿Crees que un juez te va a dar mucho cuando sepa que abandonaste el hogar moralmente para irte de piruja con el vecino? Suerte con eso.
Salí de la casa sin mirar atrás. Me subí a mi camioneta. Las manos me temblaban tanto que me costó trabajo meter la llave. Arranqué y salí quemando llanta.
Al pasar por la casa de Valente, vi movimiento. Había una mudanza. O algo parecido.
Vi a Valente en la banqueta, metiendo maletas a la cajuela de su coche a toda prisa. Se veía fatal. Llevaba una gorra calada hasta los ojos, como queriendo esconderse.
Frené un momento junto a él.
Él levantó la vista. Nos miramos. En sus ojos vi miedo. Puro y absoluto miedo.
—¿Te vas de viaje, vecino? —le pregunté, bajando el vidrio.
Él tragó saliva.
—Mi mujer… me corrió —balbuceó—. Me quitó las llaves. Me voy a un hotel.
Solté una carcajada. Una risa que me salió del alma, liberadora.
—Pues llévate chamarra, Valente. Porque hace mucho frío allá afuera cuando no tienes dónde caerte muerto. Ah, y cuidado con los saunas de los hoteles, dicen que ahí se pegan hongos.
Aceleré y lo dejé ahí, tirado en la banqueta como un perro callejero, con sus maletas y su vergüenza.
Manejé hacia la ciudad, hacia mi oficina. Lloré en el camino. Lloré como un niño chiquito, golpeando el volante, gritando groserías al aire. Saqué todo el dolor, toda la rabia.
Pero cuando llegué a la oficina, me sequé las lágrimas, me arreglé la camisa y entré caminando derecho.
—Buenos días, Ingeniero —me saludó mi secretaria.
—Buenos días, Lupita —le contesté—. Comunícame con el Licenciado Gómez, por favor. Urgente. Y tráeme un café. Bien cargado. Hoy empieza una nueva vida.
Ese día entendí que la venganza no te devuelve lo que perdiste. No me devolvió a mi esposa, no me devolvió mi inocencia. Pero me devolvió algo más importante: mi dignidad. Me devolvió los huevos que creí haber perdido.
Estaba solo, sí. Divorciado a los 55. Con el corazón hecho pedazos. Pero estaba de pie. Y eso, cabrones, eso vale más que cualquier matrimonio de mentiras.
Capítulo 7: Abogados, buitres y la caída del “Sultán del Vapor”
Si creían que la noche de la carne asada había sido el clímax de la humillación, estaban muy equivocados. Aquello fue solo el tráiler de la película de terror que se le venía encima a Tania y a Valente. Porque en México, una cosa es el escándalo de vecindad y otra muy distinta es el infierno burocrático de un divorcio contencioso cuando el marido agraviado tiene el orgullo herido y un buen abogado.
Llegué al despacho del Licenciado Gómez con los ojos hinchados pero con el alma blindada. Gómez no es cualquier abogado; es un viejo lobo de mar, de esos que huelen a tabaco y a expedientes viejos, que se saben todas las mañas del sistema judicial. Es mi amigo desde hace años, me ha sacado de broncas con permisos de construcción y clausuras injustas.
—Pásale, Óscar —me dijo, señalando la silla de cuero frente a su escritorio de caoba—. Te ves de la chingada, con todo respeto.
—Me siento de la chingada, Lic —le contesté, dejándome caer en el asiento—. Pero vengo a que me ayudes a quitarme este cáncer de encima.
Le conté todo. Con pelos y señales. Desde los olores extraños, la sospecha de Sergio, la trampa del vapor, hasta la salida triunfal de los amantes en toalla frente a la crema y nata del fraccionamiento.
Gómez escuchaba en silencio, asintiendo levemente, tomando notas en una libreta amarilla. Cuando terminé, soltó una carcajada ronca y golpeó la mesa.
—¡No mames, Óscar! ¡Eso es una joya! —exclamó, casi con admiración—. Los atoraste como ratas. ¿Tienes testigos?
—Medio fraccionamiento, Lic. Doña Lucha vio todo, y ya sabes que esa señora tiene memoria fotográfica para el chisme.
—Perfecto —dijo Gómez, entrelazando los dedos—. Mira, Óscar, la ley es fría. El adulterio ya no es delito penal como antes, y probar la “causal de divorcio” para no darle ni un peso es complicado hoy en día con eso del “libre desarrollo de la personalidad”. Pero… aquí tenemos algo mejor que la ley: tenemos la vergüenza pública y el abandono moral. Vamos a negociar. Y te aseguro que la vamos a dejar temblando.
El proceso de divorcio fue una guerra de trincheras. Tania, al principio, intentó jugar rudo. Se consiguió una abogada feminista muy agresiva que intentó pintar a Óscar (o sea, a mí) como un monstruo controlador, un macho opresor que la había orillado a buscar consuelo en brazos ajenos.
—Mi clienta exige el 50% de todos los bienes, incluyendo la constructora, más una pensión compensatoria por los años que dedicó al hogar —dijo la abogada en la primera audiencia de conciliación, con una soberbia que me revolvió el estómago.
Tania estaba sentada junto a ella, mirando al suelo, sin atreverse a verme a los ojos. Se veía más delgada, más acabada. Ya no quedaba rastro de la mujer fitness que se iba al vapor.
Yo sentí que me hervía la sangre. ¿La mitad de mi empresa? ¿De la empresa que levanté cargando bultos de cemento mientras ella se iba al yoga? ¡Ni madres!
Gómez, tranquilo como un Buda, sacó una carpeta.
—Licenciada, entendemos su postura —dijo con voz suave—. Pero antes de hablar de porcentajes, nos gustaría que revisaran estas declaraciones juradas de doce testigos que presenciaron cómo la señora Tania salía semidesnuda de una propiedad ajena, propiedad del señor Valente, con quien mantenía una relación extramarital pública y notoria, exponiendo a mi cliente al escarnio social y daño moral severo.
Le deslizó las hojas. La abogada de Tania las leyó por encima y frunció el ceño.
—Además —continuó Gómez, sacando el as bajo la manga—, tenemos grabaciones de las cámaras de seguridad de la calle (que por cierto, Óscar había instalado meses atrás por “seguridad”) que demuestran que la señora Tania abandonaba el hogar conyugal sistemáticamente cada viernes por periodos de cuatro a cinco horas para ingresar al domicilio del amante. Si quieren irnos a juicio largo, adelante. Pero vamos a citar a declarar al señor Valente, a su esposa, a los hijos del señor Valente y a todo el vecindario. ¿Quiere la señora Tania que sus hijos, que viven en el extranjero, tengan que venir a testificar y escuchar los detalles sórdidos de cómo su madre se revolcaba en un baño de vapor?
Tania levantó la cabeza de golpe. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No… a mis hijos no —susurró.
—Entonces fírmale aquí, mi reina —pensé yo.
Al final, Tania cedió. No por bondad, sino por vergüenza. Aceptó un acuerdo mucho menos ventajoso del que quería. Se quedó con un departamento pequeño que teníamos en renta en la ciudad y una suma de dinero decente, pero lejos de la mitad de mi fortuna. La casa del fraccionamiento, mi constructora y mis cuentas principales se quedaron conmigo.
Fue una victoria legal, sí. Pero firmar ese papel de divorcio se sintió como firmar el acta de defunción de mi juventud.
Mientras tanto, en el fraccionamiento, la justicia divina (o karma, como le dicen ahora) estaba haciendo su trabajo con Valente.
El “Sultán del Vapor” cayó en desgracia. Su esposa, una mujer que siempre pareció mosquita muerta, resultó ser una leona. No solo lo corrió de la casa esa misma noche, sino que le congeló las cuentas mancomunadas y puso a sus hijos en su contra.
Valente tuvo que irse a vivir a un hotelucho de paso y luego rentar un cuarto de azotea en una colonia popular, porque su “reputación” de hombre de negocios se fue al suelo. En un pueblo chico (o en un fraccionamiento cerrado), el chisme corre rápido. Nadie quería hacer tratos con “el vecino traidor”.
Un día, meses después, me lo topé en un semáforo. Él iba en un coche viejo, nada que ver con la camioneta del año que traía antes. Me vio y bajó la mirada, avergonzado. Yo ni siquiera sentí coraje. Sentí lástima. Pobre diablo. Cambió su familia, su casa y su dignidad por unos viernes de calentura. Qué caro le salió el vapor.
Capítulo 8: Renacer entre los escombros y la verdadera libertad
El día que Tania sacó sus últimas cajas de la casa fue el día más triste y, a la vez, el más luminoso de mi nueva vida.
Yo me quedé en el jardín, viendo cómo los cargadores subían sus muebles, su ropa, sus aparatos de ejercicio a la mudanza. Ella salió por última vez, con las llaves en la mano. Se acercó a mí.
—Óscar… —dijo, con la voz quebrada.
—Déjalas en la mesa de la entrada, Tania —le dije, sin mirarla, concentrado en podar un rosal.
—Solo quería decirte que… te voy a extrañar. Y que me arrepiento cada día de mi vida.
Dejé las tijeras de podar y la miré.
—El arrepentimiento es bueno, Tania. Sirve para no volver a cagarla en el futuro. Pero no sirve para arreglar el pasado. Que te vaya bien. De verdad. Espero que encuentres lo que buscabas, porque aquí ya no está.
Ella asintió, se limpió una lágrima y se subió a su coche. La vi alejarse por la calle del fraccionamiento hasta que se perdió de vista.
Entré a la casa.
El silencio era absoluto. Ya no estaba su música, ni el ruido de la licuadora con sus jugos verdes, ni sus tacones en el piso de arriba. La casa se sentía inmensa, vacía, como una catedral abandonada.
Me senté en el piso de la sala, recargado en la pared, y lloré. Lloré por la mujer que conocí en la prepa, no por la que se acababa de ir. Lloré por el Óscar que creía en el “felices para siempre”.
Pero después de llorar, me levanté. Me lavé la cara. Me serví un tequila, pero esta vez no para ahogar penas, sino para brindar conmigo mismo.
—Salud, cabrón —le dije a mi reflejo en el espejo del bar—. Sobreviviste.
Los meses siguientes fueron de reconstrucción. No solo de la casa, sino de mí mismo.
Llamé a mis hijos. Esa fue la llamada más difícil.
—Papá, ¿qué pasó? —me preguntó mi hija desde Canadá, llorando—. Mamá nos contó una versión muy rara.
Les dije la verdad. Sin insultar a su madre, pero sin suavizar los hechos.
—Su mamá cometió un error grave, hijos. Rompió la confianza. Y en esta casa, la confianza es lo que sostiene el techo. Si no hay confianza, se cae todo.
Mi hijo, el de la CDMX, viajó ese mismo fin de semana para estar conmigo. Nos emborrachamos juntos, lloramos juntos y él, hombre de ciudad, me dijo algo que se me quedó grabado:
—Jefe, tú ya cumpliste. Ya nos criaste, ya le diste todo a mi mamá. Ahora te toca a ti. Disfruta tu lana, disfruta tu tiempo. Búscate una novia de 40, ¡o de 30! ¡Vive, carajo!
Me reí. No quería novia. No quería complicaciones. Quería paz.
Empecé a cambiar la casa. Pinté las paredes de colores que a mí me gustaban, no los tonos pastel que Tania imponía. Convertí su cuarto de yoga en una sala de billar y trofeos. Me compré una moto. Sí, el cliché del viejurro en moto, pero qué delicia sentir el viento en la cara sin que nadie te diga “te vas a matar”.
El jardín se convirtió en mi terapia. Arranqué todas las plantas exóticas y delicadas que Tania cuidaba y planté árboles frutales, chiles, hierbas de olor. Me pasaba horas con las manos llenas de tierra, sudando bajo el sol. Y en cada palada de tierra, enterraba un poco más el rencor.
Un año después del “Incidente del Vapor”, organicé otra carne asada.
Invité a los mismos vecinos. A Doña Lucha, a Don Beto, al doctor. Al principio estaban medio incómodos, recordando la última vez. Pero cuando vieron que yo estaba tranquilo, que había música alegre y que no había dramas, se relajaron.
—¡Salud por el vecino! —brindó Don Beto—. ¡Que se ve mejor que nunca!
—Salud —contesté, levantando mi cerveza.
Miré a mi alrededor. Mi casa estaba llena de risas. Yo estaba solo, sí. No había una mujer a mi lado agarrándome la mano. Pero me sentía más acompañado que nunca. Me tenía a mí mismo. Había recuperado al Óscar que se había perdido entre complacer a otros y ser el “buen marido”.
Valente ya no vivía en el fraccionamiento. Su casa se vendió a una familia joven. El famoso sauna lo demolieron los nuevos dueños para poner unos juegos infantiles. Mejor así. Que la inocencia de los niños limpie la mugre de ese lugar.
A veces, por las noches, me siento en el jardín, prendo la chimenea y pienso en Tania. Me pregunto si es feliz en su departamentito, si sigue yendo a vapores o si ya escarmentó. Ya no siento odio. Siento una especie de gratitud torcida. Gracias a su traición, me desperté. Gracias a su golpe bajo, me di cuenta de que estaba viviendo en piloto automático.
La venganza fue dulce, no lo voy a negar. Verlos salir corriendo como ratas fue glorioso. Pero la verdadera venganza, la mejor de todas, fue ser feliz sin ella. Fue demostrarme que no la necesitaba para respirar.
Soy Óscar. Tengo 56 años. Soy divorciado, libre y dueño de mi destino. Y si alguna vez me ven en un baño de vapor… créanme, será solo, y con la puerta bien abierta, porque yo no tengo nada que esconder.
FIN