
CAPÍTULO 1: SOMBRAS EN EL PARAÍSO DE CONCRETO
El sol de las dos de la tarde en la Ciudad de México no acaricia; golpea. Es un sol pesado, filtrado a través de una capa grisácea de esmog que se adhiere a la piel como una segunda capa de sudor. Pero allí, en ese rincón específico del Parque Lincoln, en el corazón de Polanco, el aire parecía, por un milagro de la naturaleza o del dinero, un poco más respirable.
Me llamo Mariana Bravo. Para el registro civil soy una ciudadana más, desempleada, soltera, con domicilio en una unidad habitacional al norte de la ciudad, allá donde el asfalto se agrieta y las patrullas rara vez entran de noche. Pero para un grupo muy selecto de personas, hombres y mujeres con los que compartí lodo, sangre y miedo en la selva lacandona y en las sierras de Sinaloa, sigo siendo “La Jefa”. O la Teniente Bravo, Unidad de Operaciones Especiales de la Marina Armada de México.
Llevaba tres años fuera. Tres años intentando que el ruido de los cláxones sobre Reforma no me hiciera buscar cobertura instintivamente. Tres años tratando de dormir una noche entera sin despertar empapada en sudor, con la mano buscando una pistola que ya no estaba bajo mi almohada.
Esa tarde, el parque estaba lleno de ese murmullo característico de las zonas ricas: risas despreocupadas, el sonido de perros de raza corriendo tras pelotas caras y el tintineo de cubiertos en los restaurantes con terraza que bordeaban la zona. Yo estaba sentada en una banca de hierro forjado, un poco alejada del camino principal, cerca de un estanque artificial donde unos patos nadaban con una calma que me daba envidia.
Cerré los ojos un momento. Inhalé profundamente. Olía a jacarandas y, muy a lo lejos, al aroma dulce de los esquites que vendían en la esquina, aunque aquí, seguramente, costaban el triple que en mi barrio y los servían en vasos biodegradables.
Llevaba mi “armadura” civil: unos jeans gastados que habían visto mejores días, una camiseta gris de algodón barata que compré en el tianguis y mi vieja chamarra de piel negra. La chamarra era mi talismán. Estaba raspada en los codos, el cierre se atoraba a veces, pero era mía. Debajo de la manga izquierda, oculta a la vista de los paseantes “fresas” que pasaban trotando con sus ropas de marca deportiva, tenía una cicatriz larga y fea. Un recuerdo de una esquirla de granada en Tamaulipas. Esa cicatriz latía cuando cambiaba el clima o cuando el peligro estaba cerca.
Hoy, bajo el sol abrasador, la cicatriz empezó a picar.
Abrí los ojos. No fue un movimiento brusco. Mi entrenamiento me había enseñado que la brusquedad atrae la atención, y la atención mata. Solo levanté los párpados y dejé que mi visión periférica escaneara el entorno. Era un hábito maldito que no podía quitarme. Escanear. Evaluar. Clasificar.
A las tres: Una pareja joven discutiendo en susurros. Él miraba el celular, ella lloraba en silencio. Amenaza nula. A las nueve: Un señor mayor leyendo el periódico, con un guardaespaldas aburrido parado a dos metros. Amenaza baja, el escolta estaba distraído mirando a una chica pasar. A las doce: Un grupo de niños jugando cerca de los columpios, vigilados por sus niñeras, mujeres uniformadas que compartían conmigo el tono de piel morena y el cansancio en los ojos.
Todo parecía normal. Pero mi cicatriz seguía picando. Algo en la estática del aire había cambiado. El canto de los pájaros se sentía interrumpido, como cuando un depredador entra en el claro del bosque.
Entonces los vi.
Eran cuatro. Caminaban por el sendero de grava rompiendo la armonía del lugar. No encajaban. No eran los típicos residentes de la zona, pero tampoco eran trabajadores. Tenían esa vibra específica de la “maña” de bajo nivel, mezclada con una arrogancia territorial que me revolvió el estómago.
El líder iba al frente. Lo bauticé mentalmente como “Objetivo Principal”. Era un tipo inmenso, una montaña de carne mal distribuida. Medía casi dos metros, con hombros anchos que estiraban la tela de una sudadera negra con capucha, a pesar del calor infernal. Llevaba la cabeza rapada, brillante de sudor, y un tatuaje grotesco de una serpiente que nacía en su nuca y trepaba hasta desaparecer detrás de su oreja derecha. Caminaba con las piernas abiertas, ocupando espacio, exigiendo que el mundo se apartara a su paso. Gary “El Tanque” Walker. No sabía su nombre entonces, pero su apodo le quedaba como anillo al dedo.
A su derecha caminaba un tipo flaco, nervioso, con una barba de chivo que parecía pegada con pegamento escolar y ojos inyectados en sangre, probablemente por fumar alguna porquería antes de llegar. A la izquierda, dos más jóvenes, “halcones” en entrenamiento, riéndose de forma escandalosa, empujándose entre ellos, actuando como si el parque fuera su patio trasero.
El grupo de niños cerca de los columpios dejó de jugar cuando pasaron cerca. Las niñeras bajaron la mirada, instintivamente, jalando a los pequeños hacia ellas. Ese gesto, esa sumisión automática ante la agresividad masculina, hizo que mi mandíbula se tensara.
—Mira nada más qué desfile —murmuré para mí misma, controlando mi respiración. Inhala en cuatro tiempos. Retén en cuatro. Exhala en cuatro.
Ellos no me habían visto aún. O eso creía. Pasaron de largo unos metros, pateando una botella de plástico vacía que rodó hasta el estanque. “El Tanque” se detuvo bajo la sombra de un roble viejo. Sacó una cajetilla de cigarros, encendió uno y exhaló una nube de humo gris hacia el cielo azul.
Fue entonces cuando el de la barba, el flaco, giró la cabeza y sus ojos de ratón se cruzaron con los míos.
Hubo una pausa. Un segundo donde el universo contuvo el aliento. Yo no aparté la mirada. Ese fue mi primer “error” según las reglas de la calle. Se supone que una mujer sola debe bajar la vista, hacerse pequeña, desaparecer. Pero yo había mirado a los ojos a sicarios, a narcos y a la muerte misma. Un pandillero de parque no iba a hacer que me encogiera.
El flaco le dio un codazo a “El Tanque” y señaló discretamente con la barbilla en mi dirección. —Esa de ahí, carnal —dijo, su voz rasposa llegando hasta mí gracias a la acústica del lugar—. La prieta en la banca.
“El Tanque” giró su cuerpo masivo lentamente, como un buque de carga cambiando de curso. Sus ojos, pequeños y oscuros bajo una frente prominente, se clavaron en mí. Me escaneó de arriba abajo. Vio mis botas viejas, mis jeans, mi piel morena tostada por el sol de mil batallas, y finalmente, mi mochila táctica negra que descansaba a mi lado en la banca.
Una sonrisa lenta y depredadora se dibujó en su rostro. Mostró unos dientes amarillentos, manchados de nicotina. —¿Esa? —preguntó El Tanque, lo suficientemente alto para que yo lo escuchara. Era una táctica de intimidación básica. Hablar de la víctima como si no estuviera presente—. Se ve que está perdida.
—Seguro es la gata de alguna casa rica que se escapó un rato —rio uno de los jóvenes, el que traía una gorra de béisbol puesta hacia atrás—. Mira cómo está sentada. Se cree la dueña del lugar.
—Dinero fácil, Tanque —susurró el de la barba, tronándose los nudillos—. Mira la mochila. Se ve pesada. Y ella está sola. Nadie la va a extrañar.
Sentí cómo la adrenalina empezaba a gotear en mi sistema, una droga natural que conocía mejor que el sabor del agua. Mi corazón bajó sus latidos. Mi visión se agudizó. El ruido de los coches a lo lejos se apagó, dejando solo el sonido de sus botas crujiendo contra la grava mientras cambiaban de dirección y venían hacia mí.
Empecé a calcular. Distancia: Quince metros. Velocidad de aproximación: Lenta, confiada. Armas visibles: Ninguna, pero el flaco tocaba constantemente su cintura, lado derecho. Posible navaja o una pistola de bajo calibre. El Tanque confiaba en sus puños. Los otros dos eran ruido. Ruta de escape: Detrás de mí, el estanque. A la izquierda, un seto de arbustos denso. A la derecha, campo abierto pero visible.
Podría haberme levantado e ido. Podría haber evitado el conflicto. Era lo que un civil sensato haría. Pero algo me clavó a esa banca. Tal vez fue el insulto. “Prieta”. “Gata”. Palabras que había escuchado toda mi vida, lanzadas como piedras para recordarme “mi lugar” en este país clasista y racista. O tal vez fue el hecho de ver cómo las niñeras habían bajado la cabeza con miedo.
Si yo corría, ellos ganaban. Y si ganaban hoy, mañana atacarían a alguien más débil. A esa abuela que leía el periódico. A la chica que lloraba.
—Muy bien, caballeros —susurré, mis músculos tensándose bajo la chamarra de piel como cables de acero—. Vamos a bailar.
Se detuvieron formando un semicírculo frente a mí, bloqueando el sol. Su sombra cayó sobre mi cara, fría y desagradable. El olor a sudor rancio, tabaco barato y esa loción penetrante que venden por litros en el mercado, invadió mi espacio personal.
—Buenas tardes, señito —dijo El Tanque. Su voz era una mezcla de aceite y grava. Fingía amabilidad, pero sus ojos destilaban veneno—. ¿Disfrutando el día?
No respondí de inmediato. Me tomé un segundo para mirarlo directamente a los ojos. Vi la sorpresa en su mirada. No estaba acostumbrado a que lo miraran así. Esperaba miedo, temblores, tartamudeos.
—Estaba disfrutando —dije, mi voz calmada, controlada, sin una pizca de emoción—. Hasta que tapaste el sol. ¿Te puedes mover?
El silencio que siguió fue absoluto. Los dos jóvenes intercambiaron miradas nerviosas. El de la barba soltó una risita incrédula.
—¡Órale! —exclamó el de la barba—. Salió brava la india.
La sonrisa de El Tanque se borró. Dio un paso adelante, invadiendo mi zona de seguridad. Ahora estaba tan cerca que podía ver los poros abiertos de su nariz y una cicatriz vieja en su ceja. —Mira, pinche vieja igualada —gruñó, y su voz bajó una octava, volviéndose amenazante—. No sé quién te crees que eres, pero aquí no estás en tu pueblo. Este parque es para gente decente. No para… gente como tú.
—¿Gente como yo? —pregunté, ladeando ligeramente la cabeza, exponiendo mi cuello, un gesto engañoso de sumisión para invitarlo a acercarse más—. ¿Y cómo es la gente como yo?
—Gente que sobra —escupió él—. Gente que viene a ensuciar la vista.
El Tanque señaló mi mochila con un dedo grueso y sucio. —Esa es una mochila muy bonita para alguien que se viste con trapos. Seguro te la robaste de alguna casa donde limpias, ¿verdad? Dámela. Vamos a ver qué te “encontraste”.
Mi mano derecha descansaba relajada sobre mi muslo, a centímetros de donde, en otra vida, habría estado mi arma de cargo. Ahora solo estaba mi mano desnuda, pero esa mano era un arma en sí misma.
—Esa mochila es mía —dije, manteniendo el tono neutral—. Y contiene cosas que no te incumben. Te voy a pedir una sola vez, por las buenas: da media vuelta, agarra a tus perritos falderos y lárgate a otra parte.
La carcajada del grupo resonó en el parque, asustando a unas palomas cercanas. —¿Escucharon eso? —se burló El Tanque, girándose hacia sus secuaces—. La gata nos está dando órdenes. Cree que nos da miedo.
El de la barba se adelantó, sacando una navaja de muelle de su bolsillo. El “clic” al abrirse fue nítido y metálico. —Ya me cansé de hablar, Tanque. Vamos a darle una lección de respeto. Que aprenda que los prietos agachan la cabeza cuando los patrones hablan.
Miré la navaja. Oxidada, filo irregular. Peligrosa por lo sucia, no por la técnica del portador. Me puse de pie lentamente. El movimiento fue fluido, como agua subiendo de nivel. Aunque El Tanque me sacaba casi treinta centímetros de altura y cincuenta kilos de peso, al ponerme de pie, la dinámica de poder cambió. Me cuadré. Mis pies se plantaron en el suelo con la firmeza de un árbol viejo. Mis hombros se alinearon. Mi barbilla se levantó.
Ya no era Mariana, la chica que buscaba paz en el parque. En ese momento, “La Jefa” había tomado el control.
—Última advertencia —dije. Mi voz ya no era la de una civil. Tenía el tono de mando, ese tono metálico que corta el aire y hace que los reclutas se orinen en los pantalones—. Guarden esa navaja y caminen. Si dan un paso más, lo que pase a continuación será culpa suya.
El Tanque me miró, confundido por un microsegundo. Vio algo en mis ojos que no cuadraba con la imagen de víctima indefensa que él había construido en su cabeza. Vio el abismo. Vio la violencia disciplinada. Pero su ego era demasiado grande, su masculinidad tóxica demasiado frágil para retroceder frente a sus amigos.
—¡A mí nadie me amenaza, perra! —rugió El Tanque, y lanzó su mano enorme para agarrarme del cuello.
El tiempo se ralentizó. Vi sus dedos acercándose, sucios y torpes. Vi al de la barba preparando la navaja. Vi a los dos jóvenes cerrando el círculo por los flancos.
Objetivo 1: Neutralizar al líder. Impacto en plexo solar y tráquea. Objetivo 2: Desarmar al portador del filo. Fractura de muñeca. Objetivo 3 y 4: Daño colateral psicológico.
Mi mente dejó de pensar en palabras y empezó a pensar en trayectorias y puntos de presión. El Tanque pensó que estaba agarrando a una mujer asustada. No sabía que acababa de ponerle la mano encima a una máquina de matar entrenada por el Estado Mexicano.
—Grave error —susurré.
Y entonces, estalló la tormenta.
CAPÍTULO 2: VALS DE HUESOS ROTOS
El mundo se redujo a un túnel de visión periférica. El sonido ambiental —los pájaros, el tráfico lejano de Reforma, el viento en los árboles— desapareció, reemplazado por el zumbido eléctrico de mi propio sistema nervioso entrando en estado de combate.
La mano de Gary “El Tanque” Walker venía hacia mi garganta. Era una mano grande, callosa, sucia, con las uñas mordidas. En su mente, ese movimiento era el final de la discusión: agarrar, apretar, someter. En mi mente, era una invitación.
Tiempo de impacto estimado: 0.5 segundos. Vector de ataque: Lineal, predecible, impulsado por el ego, no por la técnica.
No retrocedí. El instinto de supervivencia de un civil es alejarse del peligro, pero el entrenamiento de la Marina te enseña lo contrario: entras en el espacio del oponente. Cortas la distancia. Te conviertes en la amenaza.
Justo cuando sus dedos estaban a centímetros de mi piel, pivoté sobre mi pie izquierdo. Fue un movimiento sutil, un deslizamiento de apenas veinte centímetros hacia el exterior de su guardia. Su mano agarró aire. Su inercia, impulsada por esos cien kilos de peso mal distribuidos, lo llevó hacia adelante.
No desaproveché el regalo.
Con un movimiento fluido, mi mano izquierda subió como una cobra y atrapó su muñeca extendida. Al mismo tiempo, mi mano derecha se disparó hacia su codo. No fue un golpe; fue una palanca mecánica precisa. Giré mi cadera con violencia, usando todo mi peso corporal para amplificar la fuerza.
Se escuchó un crujido húmedo y seco a la vez. El sonido de ligamentos estirándose más allá de su límite natural.
El Tanque soltó un aullido que no sonó humano; fue el bramido de un animal sorprendido. El dolor lo dobló por la cintura, neutralizando su ventaja de altura. Aprovechando su caída, continué el giro y lo proyecté. No necesité mucha fuerza; la gravedad y su propio impulso hicieron el trabajo sucio. El gigante se estrelló contra la grava del camino con un thud sordo que hizo vibrar el suelo bajo mis botas.
El polvo se levantó alrededor de su cuerpo caído. Rodó sobre su costado, agarrándose el brazo, los ojos desorbitados por el shock.
El silencio regresó al parque por un segundo. Un segundo perfecto y cristalino.
Los tres secuaces se quedaron congelados. El cerebro humano tarda un momento en procesar cuando la realidad no coincide con la expectativa. Ellos esperaban ver a la “sirvienta” llorando en el suelo. En cambio, su líder, el invencible Tanque, estaba retorciéndose en la tierra como un gusano aplastado.
—¿Qué… qué pedo? —balbuceó el de la gorra, retrocediendo un paso.
Me cuadré de nuevo, ajustando mi centro de gravedad. Mi respiración era rítmica. Inhala. Evalúa. Exhala. Ejecuta.
—Les dije que se largaran —dije. Mi voz no estaba agitada. Sonaba tranquila, casi aburrida, lo cual, sabía por experiencia, era más aterrador que cualquier grito—. Ahora ya no hay salida.
El de la barba, el tal “Barba de Chivo”, salió de su estupor. La vergüenza de ver a su jefe humillado por una mujer activó su furia. —¡Maldita perra! —gritó, y la navaja en su mano tembló—. ¡Te voy a matar!
Se lanzó hacia mí. A diferencia de El Tanque, él tenía un arma, y eso lo hacía peligroso, pero su furia lo hacía descuidado. Tiró un “navajazo” horizontal, un corte amplio destinado a mi estómago.
Amenaza: Hoja de acero inoxidable, filo irregular. Defensa: Bloqueo en X, control de extremidad.
Esperé hasta el último instante. Cuando el acero brilló bajo el sol, me moví hacia adentro de su guardia. Mi antebrazo izquierdo golpeó su muñeca, deteniendo el corte en seco, mientras mi mano derecha impactaba con la palma abierta en su barbilla. Su cabeza rebotó hacia atrás, los dientes chocaron con fuerza.
Aprovechando su desorientación, bajé la vista a su rodilla derecha. Estaba plantada, soportando su peso. Levanté mi bota y descargué una patada lateral descendente, directa a la rótula.
Crack.
El grito de Barba de Chivo fue agudo y lastimero. La navaja cayó de su mano, tintineando inofensivamente contra las piedras. Cayó al suelo, agarrándose la pierna, maldiciendo entre sollozos.
Dos abajo. Quedaban los cachorros.
Los dos jóvenes se miraron entre sí. El miedo era palpable en sus rostros pálidos. El instinto de manada les decía que huyeran, pero el miedo a las represalias de El Tanque si me dejaban ganar era mayor.
—¡Agárrenla entre los dos! —bramó El Tanque desde el suelo, intentando ponerse de pie, con la cara roja de ira y dolor—. ¡No dejen que se burle de nosotros!
Uno de los jóvenes, el más alto, corrió hacia un árbol cercano y arrancó una rama gruesa, casi un garrote. El otro, envalentonado, se lanzó a taclearme como si estuviera en un partido de fútbol americano llanero.
El tacleador venía bajo. Mala idea. Esperé el contacto. Cuando sus hombros bajaron para impactar mis piernas, di un paso lateral y dejé caer mi codo sobre su espalda, justo entre los omóplatos. El golpe lo aplastó contra el suelo, sacándole el aire de los pulmones con un sonido de fuelle roto. Quedó ahí, boqueando como un pez fuera del agua, tratando de recordar cómo respirar.
El último, el del garrote, dudó. Tenía el palo levantado como un bate de béisbol. Me miró, miró a sus amigos destrozados en el suelo, y luego me miró a mí de nuevo. Yo no adopté una pose de combate de película. Simplemente me paré con los brazos relajados a los costados, mirándolo directamente a los ojos.
—Tira el palo —le ordené.
Él gritó, más para darse valor a sí mismo que para asustarme, y abanicó el garrote hacia mi cabeza. Me agaché. El viento de la rama pasó rozando mi cabello. Me metí en su guardia, agarré el palo con ambas manos, y con un giro seco de cintura, se lo arranqué de las manos. Antes de que pudiera procesar que estaba desarmado, le di un empujón fuerte en el pecho con el mismo palo.
Tropezó con sus propios pies, retrocediendo torpemente hasta que sus talones chocaron con las raíces del roble, y cayó de nalgas sobre la tierra.
Cuatro atacantes. Cuatro neutralizados. Tiempo transcurrido: menos de noventa segundos.
El Tanque, sin embargo, era terco. La adrenalina y la humillación son combustibles potentes. Se había puesto de pie, tambaleándose, sosteniendo su brazo lastimado contra el pecho. Su rostro era una máscara de odio puro. Ya no era solo racismo; era personal. Una mujer, una “prieta” como él me había llamado, había desmantelado a su equipo de élite como si fueran muñecos de trapo.
—Crees que eres muy chingona, ¿verdad? —escupió sangre al suelo—. No tienes idea de con quién te metiste. Esto no es un juego, pendeja.
Me limpié una gota de sudor que corría por mi sien. A pesar de la victoria física, mi corazón latía con fuerza. No por miedo a ellos, sino por la situación. Estaba en un parque público, a plena luz del día. Había usado fuerza excesiva para los estándares civiles.
—Te lo advertí —dije, acercándome un paso a él. Él retrocedió instintivamente, chocando su espalda contra el tronco del árbol—. Les dije que se fueran. Ustedes eligieron esto.
—¡Te voy a matar! —rugió, intentando lanzar un puñetazo torpe con su mano buena.
Lo esquivé sin esfuerzo, dejando que su puño golpeara la corteza rugosa del árbol. Aulló de dolor de nuevo. Aproveché el momento para agarrarlo por la pechera de su sudadera y estamparlo contra el tronco.
—Escúchame bien, basura —le susurré, mi cara a centímetros de la suya—. No sé quién te paga, ni quién te manda a amedrentar gente en los parques. Pero se acabó. ¿Me entiendes? Se acabó.
El sonido comenzó a filtrarse de nuevo en mi conciencia. Primero, los murmullos de la gente que se había detenido a mirar desde una distancia segura, grabando con sus celulares. Y luego, algo más urgente.
Sirenas. El aullido inconfundible de las patrullas de la Ciudad de México acercándose a toda velocidad. El sonido rebotaba en los edificios de Polanco, haciéndose más fuerte y agudo.
El rostro de El Tanque cambió. El odio dio paso a la cautela de la rata callejera que sabe cuándo el barco se hunde. —La tira —murmuró uno de los jóvenes, poniéndose de pie y sobándose la espalda—. Vámonos, Tanque. Ya viene la tira.
—¡No me voy a ir sin romperle la cara! —gritó El Tanque, aunque sus ojos decían lo contrario. Estaba buscando una salida.
—¡Vámonos, güey! —insistió Barba de Chivo, cojeando visiblemente—. Si nos agarran aquí, con las navajas y todo, nos van a refundir. Y el Patrón se va a encabronar.
El Patrón. Esa palabra se quedó grabada en mi mente. Así que no eran autónomos. Había una cadena de mando.
El Tanque me miró una última vez. Sus ojos prometían venganza, tortura y muerte. —Esto no se queda así —siseó, señalándome con un dedo tembloroso—. Ya te vi la cara. Ya sé dónde te sientas. Cuídate la espalda, porque no vas a ver cuándo llegue el golpe.
—Aquí te espero —respondí, fría como el hielo.
Con un gruñido de frustración, El Tanque se apartó del árbol. Hizo una seña a sus hombres. —¡Muévanse! ¡Vámonos!.
Salieron corriendo —o cojeando, en el caso de dos de ellos— hacia la salida norte del parque, perdiéndose entre los arbustos y los caminos secundarios, justo cuando las luces rojas y azules de las torretas empezaron a reflejarse en las hojas de los árboles.
Me quedé sola en el claro. Mi respiración se calmó. Mis manos, que habían estado cerradas en puños de hierro, se abrieron. Sentí el dolor sordo de un golpe que había recibido en las costillas y que no había registrado hasta ahora. Me toqué el costado. Nada roto, solo un moretón para la colección.
Recogí mi mochila del suelo. La sacudí un poco para quitarle el polvo.
Dos patrullas de la Secretaría de Seguridad Ciudadana frenaron con un chirrido de llantas sobre la grava del camino principal, a unos veinte metros de donde yo estaba. Las puertas se abrieron y cuatro oficiales bajaron, con las manos en las fundas de sus armas, escaneando la escena con desconfianza.
Ahí estaba el segundo problema del día. Para ellos, yo no era la víctima. Yo era una mujer morena, vestida con ropa vieja y chamarra de piel, parada en medio de un parque de clase alta, rodeada de tierra removida y señales de violencia.
—¡Manos arriba! —gritó uno de los oficiales, un hombre joven, moreno también, pero con el uniforme que le daba el poder que creía necesitar—. ¡Sepárese de la mochila!
Levanté las manos despacio, con las palmas abiertas, mostrando que no tenía armas. La rutina de siempre. —Soy la víctima, oficial —dije con voz clara—. Fui agredida por cuatro sujetos. Huyeron hacia el norte.
El oficial se acercó, sin bajar la guardia. Me miró con escepticismo. —¿Víctima? —repasó mi apariencia con la mirada—. Nos reportaron una riña de pandillas. Alteración del orden público. Y tú pareces que acabas de salir de un pleito de cantina.
Suspiré internamente. El prejuicio es más rápido que la justicia. —Me defendí —dije—. Eran cuatro. Intentaron robarme y agredirme físicamente.
Otro oficial, un hombre mayor con galones de Comandante en la camisa, se acercó. Tenía el rostro curtido por el sol y una mirada más inteligente, más analítica. Se llamaba Reyes; lo leí en su placa. —Baja el arma, Martínez —ordenó el Comandante Reyes a su subordinado—. La señorita está cooperando.
Reyes se paró frente a mí. A diferencia del joven, él notó los detalles. Notó cómo estaba parada: equilibrio perfecto, pies separados a la altura de los hombros, alerta pero no agresiva. Notó mis nudillos, ligeramente enrojecidos, pero no lastimados. Notó la calma en mis ojos. —¿Está usted bien, señorita? —preguntó Reyes, con un tono que oscilaba entre la preocupación y la curiosidad profesional.
—Estoy bien —asentí—. Solo unos rasguños. —Los testigos dicen que había cuatro hombres —Reyes señaló las huellas de arrastre en la tierra y la rama rota—. Dicen que… bueno, dicen que usted “trapeó el piso” con ellos.
Mantuve mi expresión neutral. —Tuve suerte. Reyes soltó una risa corta, seca. —La suerte no rompe rótulas con esa precisión —dijo en voz baja, mirando la marca en la tierra donde cayó Barba de Chivo—. Necesito que nos acompañe a la delegación para rendir su declaración. Si esos tipos regresan…
—No van a regresar hoy —lo interrumpí—. Pero regresarán. —¿Por qué está tan segura? —preguntó él, sacando una libreta pequeña. —Porque no fue un robo común, Comandante.
El ambiente cambió. Reyes dejó de escribir y me miró fijamente. —¿A qué se refiere? —No querían mi dinero. No al principio. Me atacaron por estar aquí. Por cómo me veo. Dijeron que este parque no era para “gente como yo”. Sabían lo que hacían. Estaban organizados. Tenían un líder, una estructura. No eran vagos aleatorios.
Reyes frunció el ceño. Cerró la libreta con un golpe suave. —Hemos tenido reportes —admitió, bajando la voz para que los civiles curiosos no escucharan—. Grupos de choque. “Limpieza social” le llaman algunos desgraciados. Amedrentan a la gente para que dejen de venir a ciertas zonas. Pero normalmente atacan a vendedores ambulantes o indigentes. Nunca habían atacado a alguien… que se defendiera así.
—Pues se equivocaron de objetivo —dije.
—Vamos a la estación —dijo Reyes, haciéndome una seña hacia la patrulla—. Necesito los detalles completos. Descripciones, tatuajes, nombres si los escuchó. Si esto es lo que creo que es, tenemos un problema más grande que una simple riña.
Caminé hacia la patrulla. La gente murmuraba mientras pasaba. Algunos me miraban con miedo, otros con asombro. Me senté en el asiento trasero de plástico duro, con el olor a limpiador de pino y sudor antiguo que impregna todas las patrullas del mundo.
Mientras la unidad avanzaba por las calles de Polanco, alejándose del parque, miré por la ventana. Los edificios de lujo, las tiendas de diseñador, los cafés europeos. Todo parecía una fachada brillante. Pero debajo, en las alcantarillas de esta ciudad, algo podrido se estaba moviendo. “El Patrón”.
Llegamos a la coordinación territorial en la Miguel Hidalgo. El edificio era gris, deprimente, con luces fluorescentes que parpadeaban y escritorios llenos de montañas de papel. El burocratismo mexicano en su máxima expresión.
Reyes me llevó a un escritorio apartado, lejos del bullicio de los detenidos borrachos y los denunciantes de robos de celulares. Me ofreció un café de una máquina vieja. Lo acepté, aunque sabía a agua de calcetín.
—Muy bien —dijo Reyes, sentándose frente a mí y abriendo un expediente nuevo—. Empecemos por el principio. Nombre completo y ocupación.
Tomé un sorbo del café horrible y lo miré a los ojos. Había llegado el momento de dejar de ser la “civil vulnerable”. Si quería que Reyes me tomara en serio, si quería cazar a El Tanque y a su “Patrón”, necesitaba poner mis cartas sobre la mesa.
—Mi nombre es Mariana Bravo —dije, y mi voz resonó con autoridad en la pequeña oficina—. Teniente de Corbeta, Unidad de Operaciones Especiales de la Marina Armada de México. Retirada.
El bolígrafo de Reyes se detuvo en el aire. Levantó la vista, los ojos abiertos de par en par. Miró mi ropa desgastada, mi chamarra vieja, y luego volvió a mirar mis ojos. Y ahí, finalmente, lo vio. Vio el entrenamiento. Vio la “mirada de los mil metros”. Vio a la soldado.
—Ah, caray —murmuró Reyes, recargándose en su silla—. Con razón.
—No sabía que era una Foca (SEAL) —dijo, usando el término gringo, aunque aquí éramos Fuerzas Especiales. —Marina —corregí—. Y esos tipos cometieron el error de su vida. No solo me insultaron. Me declararon la guerra. Y Comandante… yo no pierdo guerras.
Reyes sonrió, una sonrisa torcida y cansada, pero genuina. —Me imagino que no. Pero escúcheme, Teniente. Estos tipos, si están organizados como dice, tienen protección. Abogados, dinero, influencias. Si no hay pruebas sólidas, si no hay sangre, es su palabra contra la de ellos. Y ellos dirán que usted, una militar entrenada, agredió a cuatro “ciudadanos preocupados”.
—Entonces necesito pruebas —dije—. Necesito saber quién es “El Tanque”. Necesito saber quién le paga.
—Gary Walker. Alias “El Tanque” —dijo Reyes, sin necesidad de consultar la computadora. Conocía a sus clientes habituales—. Entra y sale del reclusorio como si fuera su casa. Robo, lesiones, extorsión. Pero últimamente… ha tenido mejores abogados.
—¿Quién paga los abogados? —Esa es la pregunta del millón, Teniente.
Me incliné hacia adelante. —Voy a averiguarlo, Reyes. Con o sin su placa. —Prefiero que sea con mi placa, Teniente. No quiero tener que arrestarla por homicidio imprudencial si se le pasa la mano la próxima vez.
—Trato hecho.
Reyes me extendió la mano. Se la estreché. Su agarre era firme. —Bienvenida a la guerra urbana, Mariana. Aquí no hay selva, pero las serpientes son igual de venenosas.
Mientras salía de la delegación horas más tarde, ya había anochecido. La ciudad se había transformado en un monstruo de luces de neón y sombras alargadas. Saqué mi teléfono. Tenía un mensaje de Sara, mi contacto en la prensa. Pero mi mente estaba en otra parte. Estaba visualizando el tatuaje en el cuello de El Tanque. La serpiente. Esa serpiente iba a ser mi boleto de entrada al infierno. Y estaba ansiosa por descender.
CAPÍTULO 3: EL HILO NEGRO
La ciudad de noche no duerme, solo cambia de depredadores.
Salí de la coordinación territorial con el sabor amargo del café de máquina todavía pegado al paladar y una sensación de inquietud que no tenía nada que ver con el miedo. Era esa picazón en la nuca, esa alarma primitiva que se enciende cuando sabes que has pateado un avispero y las abejas no tardarán en salir.
Mi vieja camioneta, una Ford Lobo del 2005 con más óxido que pintura, arrancó al tercer intento. El motor rugió como un animal viejo y cansado, una tos metálica que resonó en la calle vacía. Me incorporé al tráfico de Circuito Interior, dejando atrás las luces brillantes de las zonas ricas para adentrarme en el vientre de la bestia, rumbo al norte, hacia la Gustavo A. Madero.
Conducir por la Ciudad de México es un acto de fe y de agresión. Mientras esquivaba peseros que conducían como si tuvieran un pacto con la muerte, mi mente no dejaba de repasar la cara de Gary “El Tanque” Walker. No era solo la violencia en sus ojos; era la seguridad. Esa arrogancia de quien sabe que tiene una red de seguridad.
Llegué a mi unidad habitacional cerca de la medianoche. Es uno de esos lugares que la gente de Polanco solo ve en las noticias cuando encuentran un cuerpo embolsado. Bloques de concreto gris, ropa tendida en las ventanas, grafitis territoriales marcando quién vende qué en cada esquina. Pero aquí, paradójicamente, me sentía segura. Aquí las reglas eran claras: no te metes con nadie, nadie se mete contigo. Y si se meten, la respuesta es inmediata.
Subí los cuatro pisos hasta mi departamento. Al entrar, puse el cerrojo doble y la tranca de seguridad que yo misma había soldado. El lugar estaba en penumbra, iluminado solo por la luz ámbar de las farolas de la calle que se colaba por las persianas.
Me quité la chamarra de piel y la dejé con cuidado sobre el respaldo de una silla. Fui al baño y me miré en el espejo. Tenía ojeras marcadas y un moretón floreciendo en las costillas, un mapa morado y amarillo de la pelea en el parque. Me eché agua fría en la cara, tratando de lavar la suciedad del día, pero la suciedad que sentía estaba por dentro. Era la impotencia de saber que, para el sistema, yo era la culpable hasta que se demostrara lo contrario.
Fui a la cocina, saqué una botella de tequila barato y me serví un trago corto. El líquido quemó al bajar, una quemadura limpia y necesaria.
Abrí mi laptop en la mesa del comedor. La pantalla iluminó mi rostro mientras tecleaba un nombre en el buscador: Gary Walker Ciudad de México.
Nada relevante al principio. Solo un par de notas rojas antiguas sobre robos menores. Pero entonces, empecé a buscar patrones, no nombres. Busqué reportes de “riñas en parques”, “desalojos violentos”, “agresiones racistas en zonas públicas”.
Y ahí estaba. El hilo negro.
No era solo yo. En los últimos seis meses, había docenas de reportes en foros vecinales, en grupos de Facebook de “Denuncia Ciudadana” y en notas al pie de página de periódicos locales. Junio: Un grupo de hombres golpea a un vendedor de elotes en la Condesa. “No tenías permiso”, le gritaron. Julio: Una familia indígena es acosada en un parque de la Roma Norte hasta que se van llorando. Los agresores: cuatro hombres, uno de ellos “muy grande y con tatuajes en el cuello”. Agosto: Vandalismo en un negocio de comida oaxaqueña que llevaba treinta años en la Juárez. Pintaron “Lárguense a su pueblo” en la fachada.
Leí los testimonios. La rabia empezó a calentarme la sangre de nuevo. Las descripciones eran consistentes: un líder alto, rapado, tatuajes en el cuello, flanqueado por jóvenes agresivos. El modus operandi era siempre el mismo: intimidación, insultos racistas disfrazados de “preocupación vecinal”, y violencia física si la víctima no se sometía.
No eran incidentes aislados. Era una campaña. Alguien estaba usando a estos perros de ataque para limpiar las zonas de “elementos indeseables”.
Mi celular vibró sobre la mesa, rompiendo mi concentración. Era un mensaje de Sara Carter.
Sara: “Vi las noticias. ¿Esa eras tú? Llámame. YA.”.
Sara era mi única conexión con el mundo “normal”. Nos conocimos hace años, cuando ella cubría la guerra contra el narco en el norte y yo era parte de su escolta asignada. Ella tenía la pluma más afilada de la ciudad y un instinto suicida para la verdad que rivalizaba con el mío.
Marqué su número. Contestó al primer tono. —Dime que no fuiste tú la que mandó a cuatro tipos a traumatología en Polanco —dijo Sara, su voz una mezcla de preocupación y emoción periodística.
—Fueron ellos los que empezaron, Sara —respondí, tomando otro trago de tequila—. Me acorralaron. Pensaron que era una presa fácil.
—Mariana, por Dios. ¿Estás bien? —Yo sí. Ellos no tanto. Pero Sara, esto es más grande de lo que parece. Le conté todo. Los insultos, la estructura del grupo, la mención de “El Patrón”, y lo que acababa de encontrar en internet. Le hablé de los patrones, de cómo estos ataques coincidían sospechosamente con áreas de alta plusvalía inmobiliaria.
Hubo un silencio al otro lado de la línea. Solo escuchaba el tecleo frenético de Sara. —Estoy cruzando los datos que me dices —murmuró ella—. Tienes razón. Hay un patrón geográfico. Mira esto… todos los incidentes ocurrieron en un radio de tres kilómetros alrededor de los nuevos proyectos de “Desarrollos Hinojosa” y otras constructoras fantasma.
—¿Desarrollos Hinojosa? —Es una empresa que salió de la nada hace dos años. Compran barato, construyen lujo y venden en dólares. Pero siempre que compran, casualmente el barrio se vuelve “peligroso” unos meses antes, lo suficiente para que los vecinos originales vendan por cacahuates y se larguen.
—Gentrificación armada —dije. —Terrorismo inmobiliario —corrigió Sara—. Si estos tipos, la banda de El Tanque, son los que hacen el trabajo sucio, entonces estamos hablando de crimen organizado, Mariana. Y no de narcos, sino de algo peor: gente con dinero “legítimo” y amigos en el gobierno.
—Necesito encontrar a El Tanque. Sé que Reyes, el comandante que me atendió, no va a poder retenerlo mucho tiempo. —Reyes es bueno, pero tiene las manos atadas. Si no hay denuncia formal de todas las víctimas, El Tanque sale bajo fianza por “lesiones simples” mañana mismo.
—Entonces tengo que llegar a él antes de que desaparezca. —Mariana… —el tono de Sara cambió a uno de advertencia—. Ten cuidado. Si esto llega hasta donde creo, a Hinojosa o a quien sea que esté detrás, esa gente no juega limpio. Tienen sicarios de verdad, no pandilleros de parque.
—Yo tampoco juego limpio, Sara.
—Lo sé. Por eso me preocupan ellos, no tú —suspiró—. Te voy a mandar un archivo. Es todo lo que tengo sobre Gary Walker y sus posibles conexiones. Direcciones, bares que frecuenta, todo. Pero prométeme que no vas a iniciar una guerra tú sola.
—No voy a iniciar una guerra, Sara —dije, mirando mi reflejo en la ventana oscura, donde mis ojos brillaban con una determinación fría—. Voy a terminarla.
Colgué. A los pocos minutos, mi bandeja de entrada hizo ping. Abrí el archivo. Fotos de Gary Walker saliendo de bares de mala muerte, fichas policiales antiguas, y una dirección recurrente: un bar llamado “El Sótano”, en la colonia Doctores, y una bodega abandonada por la zona industrial de Vallejo.
El sueño se había ido. Me levanté y fui a mi armario. En el fondo, detrás de unas cajas de zapatos, saqué una caja negra de plástico reforzado. La abrí. Adentro no había ropa. Había recuerdos de mi vida anterior. Un chaleco táctico ligero, unos guantes de combate con nudillos reforzados, un cuchillo Ka-Bar con la hoja desgastada pero afilada como un bisturí, y unas botas tácticas que habían pisado más sangre de la que me gustaría admitir.
No tomé armas de fuego. No quería escalar esto a un tiroteo federal… todavía. Además, un arma hace ruido. Yo necesitaba ser un fantasma. Me vestí. Cambié los jeans por pantalones cargo negros, la camiseta gris por una negra de manga larga ajustada. Me trencé el cabello apretado contra el cráneo. Me puse una gorra oscura.
Miré el reloj. 1:30 AM. La hora de las brujas. La hora en que las ratas salen a comer.
Salí del departamento sin hacer ruido. La ciudad afuera estaba más fría. El viento soplaba basura por las calles desiertas. Subí a la camioneta. Esta vez, no puse música. Solo el sonido del motor y mis pensamientos.
Mi objetivo era claro: Inteligencia. Necesitaba confirmar la conexión entre Walker y el dinero. Necesitaba ver quién le daba las órdenes. Y si tenía que romper un par de dedos más para conseguir esa información, que así fuera.
Conduje hacia el sur, hacia la Doctores. “El Sótano” era conocido por ser un nido de víboras. Si Walker estaba celebrando su libertad (o lamiéndose las heridas), estaría ahí o en su guarida. Pero mi instinto me decía que, después de la paliza, buscaría refugio y alcohol.
Aparqué a dos cuadras del bar. La calle estaba oscura, iluminada solo por el neón parpadeante de un hotel de paso en la esquina. Caminé por la sombra, pegada a las paredes. El bar era un agujero en la pared. Música de banda a todo volumen salía por la puerta entreabierta, junto con el olor a orina y cerveza rancia.
Me detuve en la esquina opuesta, oculta tras un puesto de periódicos cerrado. Esperé. La paciencia es el arma más letal de un francotirador, y aunque yo no tenía un rifle, tenía la paciencia.
Veinte minutos después, la puerta se abrió. Dos tipos salieron tambaleándose. No eran Walker. Diez minutos más. Salió un grupo ruidoso. Entre ellos, reconocí a uno. Era “Barba de Chivo”. Cojeaba visiblemente, apoyándose en uno de los jóvenes que había estado en el parque. Llevaba una férula improvisada en la rodilla. —¡Pinche vieja loca! —gritaba, arrastrando las palabras—. ¡Cuando la encuentre, se va a arrepentir!
—Ya cállate, güey —le decía el joven, mirando nervioso a los lados—. El Tanque dijo que nos viéramos en la bodega. Dijo que el jefe estaba furioso por el escándalo.
Bingo. La bodega. Vallejo.
Mis oídos captaron la información como un radar. —¿Ahorita? —preguntó el de la barba—. Me duele un chingo la pata. —Sí, ahorita. Dijo que hay que mover las cosas antes de que la tira se ponga pesada. Van a limpiar el lugar.
Se subieron a un Tsuru destartalado que estaba estacionado en doble fila. El coche echó humo azul al arrancar. Corrí hacia mi camioneta. La cacería había comenzado.
Los seguí a una distancia prudente. El Tsuru no iba rápido; el conductor probablemente estaba medio borracho o asustado. Cruzamos la ciudad, pasando por avenidas desiertas y puentes vehiculares que parecían costillas de concreto bajo la luz naranja de la ciudad.
Llegamos a la zona industrial de Vallejo. Calles anchas, llenas de baches capaces de tragarse un auto compacto, bordeadas por fábricas cerradas y muros altos con alambre de púas. Es una zona muerta de noche, donde no hay testigos.
El Tsuru se detuvo frente a un portón oxidado de una bodega que parecía haber sido bombardeada en los ochenta. Uno de ellos bajó, abrió el candado y empujó el portón. El coche entró.
Apagué las luces de mi camioneta y me deslicé hasta detenerme a unos cincuenta metros, oculta tras un tráiler abandonado. Bajé del vehículo. El silencio aquí era diferente. No era el silencio tranquilo del campo; era un silencio pesado, industrial.
Me acerqué al muro perimetral de la bodega. Había vidrios rotos en la parte superior, pero encontré una sección donde el muro se había desmoronado un poco. Trepé con agilidad, ignorando el dolor en mis costillas.
Desde el techo de una caseta de vigilancia vacía, observé el patio interior. Había tres vehículos. El Tsuru, una camioneta Suburban negra (demasiado lujosa para este lugar) y una van de carga blanca. Había movimiento. Hombres cargando cajas de la bodega a la van.
Y ahí estaba él. Gary “El Tanque” Walker. Tenía el brazo derecho en un cabestrillo profesional. Estaba gritando órdenes con su voz de trueno, golpeando el costado de la van con su mano izquierda. —¡Más rápido, inútiles! —bramaba—. ¡Si el Patrón llega y ve que no hemos terminado, nos va a colgar de los huevos!
Me moví por las sombras del techo de la bodega principal, buscando un tragaluz o una ventana rota. Encontré una ventana con el vidrio estrellado. Me asomé.
El interior estaba mal iluminado por focos amarillos colgando de cables pelados. Pero lo que vi me heló la sangre. No solo eran cajas de “mudanza”. Había carteles. Montañas de carteles impresos. Alcance a leer uno con mi visión agudizada: “RECUPEREMOS NUESTRO BARRIO. FUERA INVASORES”. Había bates de béisbol nuevos. Cajas de spray de pintura. Y en una mesa, algo más serio: un par de pistolas escuadra y lo que parecían bombas molotov caseras.
Esto no era una pandilla. Era una célula de guerrilla urbana financiada corporativamente.
Saqué mi teléfono. Puse la cámara en modo nocturno y empecé a tomar fotos. Clic. El Tanque gritando. Clic. Las armas en la mesa. Clic. La Suburban negra.
De repente, la puerta trasera de la Suburban se abrió. Bajó un hombre. No encajaba en el cuadro. Traje gris impecable. Zapatos lustrados que brillaban incluso en la penumbra sucia de la bodega. Cabello engominado. Caminó hacia El Tanque con un aire de autoridad absoluta. El Tanque, el gigante que había aterrorizado el parque, se encogió visiblemente ante este hombre mucho más bajo.
—Te dije que fueras discreto, Walker —dijo el hombre del traje. Su voz era suave, educada, lo cual la hacía terrorífica en ese contexto—. Un escándalo en Polanco es lo último que necesitamos ahora que estamos cerrando el trato de la Fase 3.
—Fue un accidente, Licenciado Caín —balbuceó El Tanque—. Esa vieja… esa vieja era militar o algo así. Nos sorprendió.
—Las excusas son para los mediocres, Gary —dijo el tal Caín—. El Señor Hinojosa no paga por excusas. Paga por resultados. Y tu incompetencia nos está costando dinero. Y atención.
Hinojosa. Ahí estaba la confirmación. “Desarrollos Hinojosa”. Sara tenía razón. El hombre del traje sacó un sobre manila grueso de su saco y se lo lanzó a El Tanque. El sobre golpeó el pecho del gigante y cayó al suelo. —Aquí está la liquidación de tu equipo por este mes. Úsalo para desaparecer un rato. Y deshazte de todo esto —señaló el material de propaganda—. Si la policía llega a encontrar un vínculo entre esto y la empresa, tú serás el que pague los platos rotos. ¿Entendido?
—Sí, Licenciado. Entendido.
Tomé una última foto: El hombre del traje (Caín), El Tanque, y el dinero. La trinidad de la corrupción. Guardé el teléfono. Tenía lo que necesitaba. Era hora de salir y llevárselo a Reyes.
Pero el destino tiene un sentido del humor macabro. Al girarme para retroceder por el techo, pisé un trozo de lámina suelta. ¡CRAAAAACK! El sonido fue como un disparo en el silencio de la noche.
Abajo, todas las cabezas se giraron hacia arriba, hacia mi posición. —¡Arriba! —gritó uno de los halcones—. ¡Hay alguien en el techo!
El Licenciado Caín no perdió la compostura. Miró hacia arriba, ajustándose la corbata. —Mátenlo —ordenó, con la misma calma con la que pediría un café.
El Tanque sacó una pistola de la mesa con su mano izquierda. —¡Es ella! —rugió, reconociendo quizás mi silueta o simplemente impulsado por el odio—. ¡Es la perra del parque!
El primer disparo perforó la lámina a centímetros de mi pie. Me tiré al suelo y rodé hacia la orilla del techo. —Mierda —susurré.
La fase de inteligencia había terminado. La fase de combate acababa de empezar. Y esta vez, no eran puños. Eran balas.
Me deslicé por un tubo de desagüe en la parte trasera de la bodega, aterrizando en un callejón oscuro lleno de basura. Escuché gritos y pasos corriendo dentro de la bodega. Venían por las salidas laterales. Tenía que llegar a mi camioneta. Pero entre mi posición y la camioneta había cincuenta metros de terreno abierto y al menos seis hombres armados y furiosos.
Respiré hondo. La cicatriz en mi brazo latía con fuerza, marcando el ritmo de mi corazón. No tenía armas de fuego. Solo mi cuchillo, mis puños y la oscuridad. Pero para alguien como yo, la oscuridad es munición infinita.
—Vengan por mí —murmuré, desenvainando el Ka-Bar—. Vamos a ver quién caza a quién.
CAPÍTULO 4: SOMBRAS Y PLOMO
El concreto estalló a centímetros de mi cabeza, rociándome la cara con polvo y esquirlas de piedra. El sonido del disparo reverberó en el callejón, amplificado por las paredes de ladrillo viejo, seguido inmediatamente por el grito de Gary Walker.
—¡Mátenla! ¡Que no llegue a la calle!
Me pegué al suelo, rodando detrás de un contenedor de basura industrial que apestaba a desperdicios químicos y podredumbre. Mi corazón no latía rápido; latía fuerte, golpes secos contra mis costillas magulladas, bombeando el combustible que mi cuerpo necesitaba para lo que venía: violencia pura y sin restricciones.
Tenía un cuchillo. Ellos tenían armas de fuego. En matemáticas simples, yo estaba muerta. Pero la guerra no es matemática. Es psicología y terreno.
El callejón estaba oscuro, iluminado apenas por la luz amarillenta y sucia que se filtraba desde el patio de la bodega. Mis ojos, ya adaptados a la penumbra, registraron el entorno como un mapa táctico en tres dimensiones. Amenazas: Tres hombres entrando por la puerta trasera de la bodega. Dos más flanqueando por el techo. El Tanque venía detrás, protegido por sus secuaces. Ventaja: Ellos estaban furiosos y asustados. Disparaban a las sombras. Yo era la sombra.
Me quité la gorra y la lancé hacia el lado opuesto del callejón, golpeando una pila de tarimas de madera. El movimiento atrajo la atención de los tiradores del techo. —¡Allá va! —gritó uno, y descargó tres tiros hacia las maderas.
Aproveché esa distracción de dos segundos. Me impulsé desde el suelo, corriendo agachada, pegada a la pared, en dirección contraria a donde miraban. No huía hacia la calle abierta; eso sería suicidio. Me metí más profundo en el laberinto de la zona industrial, hacia una sección de maquinaria oxidada y hierba alta que había visto al entrar.
—¡Se metió a los fierros! —gritó El Tanque—. ¡Rodéenla! ¡No dejen que se escape!
Me deslicé bajo el chasis de un camión de carga abandonado, arrastrándome sobre codos y rodillas entre aceite viejo y vidrios rotos. Desde mi posición, veía las botas de mis perseguidores acercándose. Eran torpes, ruidosos. Pisaban fuerte, comunicando su posición con cada paso.
Uno de los “halcones”, un tipo joven con una pistola que le quedaba grande en las manos, se agachó cerca de la llanta delantera del camión, tratando de mirar debajo. Estaba temblando. Grave error: acercarse al perímetro de un depredador sin apoyo visual.
Me moví. No hacia atrás, sino hacia él. Salí de debajo del camión como una exhalación. Mi mano izquierda agarró su tobillo y tiré con fuerza hacia mí. El chico perdió el equilibrio y cayó de espaldas. Antes de que pudiera gritar o apuntar, le di un golpe seco con el mango de mi Ka-Bar en la sien. Sus ojos se pusieron en blanco y se desplomó en silencio.
Lo arrastré debajo del camión. Tomé su arma. Una 9mm barata, mal mantenida, pero cargada. No me gusta usar armas ajenas —no sabes si se van a encasquillar—, pero en este momento, cualquier cosa que escupiera fuego era bienvenida.
—¡Rigo! —llamó alguien—. ¿Ves algo?
No contesté. Me moví hacia el otro lado del camión, saliendo por la parte trasera. Estaba a treinta metros de mi camioneta, pero el Licenciado Caín y El Tanque estaban bloqueando la salida principal del patio. Caín se veía extrañamente tranquilo, revisando su celular, mientras El Tanque apuntaba con su arma hacia la oscuridad, sudando a mares.
Necesitaba cambiar la dinámica. Necesitaba caos.
Miré a mi alrededor. A unos metros había un transformador eléctrico montado en un poste bajo, zumbando con esa electricidad inestable de la ciudad. Apunté la 9mm. Respiré. Alineación de miras. Control del gatillo. Apreté.
¡BANG!
La bala impactó la caja del transformador. Hubo un estallido de chispas azules y blancas, seguido de un pop sordo. Las pocas luces que iluminaban el patio de la bodega parpadearon y murieron. La oscuridad total cayó sobre Vallejo.
—¡Mis ojos! —gritó alguien, cegado por el destello repentino.
Me moví. Corrí en silencio, flanqueando su posición. En la confusión, los disparos empezaron a volar desordenadamente. Se estaban disparando entre ellos por el pánico.
Llegué al muro perimetral. En lugar de saltar hacia afuera, me subí al techo de la caseta de vigilancia de nuevo. Desde ahí, tenía altura. —¡Alto al fuego, imbeciles! —la voz de El Tanque tronó en la oscuridad—. ¡Nos van a dar a nosotros!
Saqué mi propio celular. La pantalla brilló en la oscuridad, iluminando mi cara por un segundo, convirtiéndome en un blanco. Pero era necesario. Marqué a Reyes. —¡Ahí está! —gritó Caín, señalando la luz de mi teléfono—. ¡En la caseta!
Las balas empezaron a picar el concreto de la caseta, arrancando trozos de mampostería. Me cubrí la cabeza. —¡Reyes! —grité al teléfono—. ¡Bodega 4, Vallejo! ¡Tengo a Caín, a Walker y armas de uso exclusivo! ¡Me están disparando!
—¡Aguanta, Mariana! —la voz de Reyes sonaba entrecortada por la estática y las sirenas de fondo—. ¡Estamos a dos minutos! ¡Ya escuchamos los tiros!
Dos minutos. En un tiroteo, dos minutos es una eternidad. Es tiempo suficiente para morir cien veces.
—¡Suban por ella! —ordenó El Tanque.
Escuché el sonido metálico de alguien trepando la reja. Me asomé por el borde. Un tipo estaba a mitad de camino. No disparé. El ruido delataría mi posición exacta para los demás. Esperé a que sus manos agarraran el borde del techo. Cuando su cabeza asomó, le di una patada frontal en la cara con la suela de mi bota táctica. Se escuchó el crujido de la nariz rompiéndose y el hombre cayó hacia atrás, aterrizando sobre un montón de basura con un grito ahogado.
Pero eran demasiados. Dos más estaban subiendo por el otro lado. Y El Tanque, a pesar de su brazo herido, estaba disparando con una precisión preocupante, suprimiendo mi movimiento. Las balas zumbaban sobre mi cabeza como avispas furiosas.
Me quedaba un cargador. Me arrinconé contra la chimenea de ventilación de la caseta. —Sal de ahí, perra —gritó El Tanque desde abajo—. Ya no tienes a dónde correr. Te voy a cortar en pedacitos y se los voy a mandar a tu familia.
—Ven por mí tú mismo, cobarde —le respondí. Mi voz no temblaba. Estaba cargada de desprecio.
Hubo un silencio. El desafío a su hombría funcionó. Escuché pasos pesados acercándose a la escalera de metal de la caseta. El Tanque venía a terminar el trabajo personalmente.
Preparé el cuchillo en mi mano izquierda y la pistola en la derecha. Si voy a morir en este techo mugriento de la Ciudad de México, pensé, me voy a llevar a este bastardo conmigo.
La cabeza de El Tanque apareció. Su sonrisa era macabra, iluminada por la luna que acababa de salir entre las nubes de esmog. —Sorpresa —dijo, levantando su arma.
Pero antes de que pudiera apretar el gatillo, el mundo se llenó de luz y sonido.
Luces rojas y azules inundaron el callejón, rebotando en las paredes de la bodega, creando un caleidoscopio de emergencia. El aullido de no una, sino cinco patrullas y una unidad táctica blindada “Rino” llenó el aire, ahogando cualquier otro sonido.
—¡POLICÍA DE LA CIUDAD DE MÉXICO! —la voz amplificada por un megáfono retumbó como la voz de Dios—. ¡TIREN LAS ARMAS! ¡ESTÁN RODEADOS!
El Tanque se congeló. Miró las luces. Me miró a mí. Por un segundo, vi la duda en sus ojos. ¿Dispararme y morir acribillado por la policía? ¿O rendirse y vivir para pelear otro día en los tribunales?
Aproveché su duda. Me lancé hacia adelante, golpeando su mano armada con mi pistola. El arma de El Tanque salió volando hacia el patio oscuro. Le puse la punta de mi Ka-Bar en la garganta, justo sobre el tatuaje de la serpiente. —Se acabó, Gary —le susurré al oído—. El juego terminó.
Él levantó las manos, temblando de rabia contenida. —Esto no prueba nada —siseó—. Caín me sacará. —Caín tiene sus propios problemas.
Abajo, el caos era total. Los oficiales del Grupo Especial de Reacción e Intervención (GERI) entraban al patio con escudos balísticos y armas largas. —¡Suelo! ¡Al suelo! —gritaban. Vi cómo sometían a los secuaces de Walker. Uno intentó correr y fue tacleado contra la reja.
Y vi al Licenciado Caín. No corrió. No peleó. Simplemente dejó caer su teléfono, levantó las manos con elegancia y se arrodilló, cuidando de no ensuciar demasiado sus pantalones de sastre. Incluso en la derrota, el tipo mantenía esa arrogancia de clase alta que cree que las esposas son solo para los pobres.
El Comandante Reyes subió la escalera de la caseta, con su arma enfundada pero con la mano cerca. Me vio sosteniendo a El Tanque a punta de cuchillo. —Teniente —dijo Reyes con voz calmada—. Ya lo tenemos. Suelte el cuchillo. No le dé motivos a sus abogados.
Miré a El Tanque una última vez. Podría haberlo empujado. Podría haber dejado que el cuchillo resbalara “accidentalmente”. Se lo merecía. Por el racismo. Por el miedo que sembraba. Pero yo no era como él. Yo no era una asesina callejera. Yo era una profesional.
Guardé el Ka-Bar en su funda con un movimiento seco. —Es todo suyo, Comandante.
Reyes hizo una señal y dos oficiales subieron para esposar a El Tanque. Lo bajaron a empujones, mientras él gritaba obscenidades.
Bajé de la caseta, sintiendo cómo la adrenalina abandonaba mi cuerpo de golpe, dejándome las rodillas débiles y las manos temblorosas. Me apoyé en el cofre de una patrulla. Reyes se acercó, mirándome con una mezcla de reproche y admiración. —Le dije que esperara. —Y esperé —respondí, sacando mi celular—. Esperé a tener esto.
Le mostré las fotos. Caín. El dinero. Las armas. La propaganda de odio. Reyes silbó bajo. —Con esto no salen, Mariana. Esto es delincuencia organizada, posesión de armas de uso exclusivo del ejército, incitación al odio y terrorismo. Ni el mejor abogado de Hinojosa puede borrar esas fotos.
—Asegúrate de que no se pierdan las pruebas, Reyes. —Yo me encargo. Vete a casa. Cúrate esas heridas. —No —dije, mirando cómo subían a Caín a una patrulla separada—. Voy a la delegación. Quiero ver cómo los procesan. Quiero ver sus caras cuando se den cuenta de que el dinero no los va a salvar esta vez.
Reyes asintió. —Súbete. Te llevo. Pero Mariana… —¿Qué? —Cuídate la espalda. Hinojosa es la cabeza de la hidra. Cortamos dos cabezas hoy, pero el cuerpo sigue vivo. Y va a estar muy enojado.
Miré hacia la oscuridad de Vallejo, donde las luces de las patrullas seguían girando. —Que se enoje —dije, subiéndome al asiento del copiloto—. Me gustan los objetivos grandes. Son más fáciles de acertar.
Mientras la patrulla arrancaba, escoltando a los detenidos hacia el Ministerio Público, sentí una extraña calma. La batalla física había terminado, pero la guerra legal apenas comenzaba. Y yo tenía la evidencia que sería la bala de plata.
CAPÍTULO 5: VÍBORAS DE TRAJE Y CORBATA
El Ministerio Público en la Ciudad de México es el purgatorio. Un lugar donde el tiempo se detiene, atrapado entre paredes pintadas de un verde institucional descascarado, olor a cloro barato que no logra ocultar el hedor a sudor rancio, y el tecleo incesante de máquinas de escribir viejas que se niegan a morir en la era digital.
Eran las 4:00 AM. Gary “El Tanque” Walker y el Licenciado Caín estaban en celdas separadas, “resguardados” antes de su audiencia inicial. Yo estaba sentada en una silla de plástico duro en la oficina del Comandante Reyes, observando a través de una persiana rota el circo que se había armado en el pasillo principal.
Como predijo Reyes, los buitres habían llegado.
No habían pasado ni dos horas desde la detención cuando tres abogados entraron caminando como si fueran dueños del edificio. Eran inconfundibles: trajes italianos que costaban más que el sueldo anual de un policía, relojes ostentosos y esa actitud prepotente de quien cree que la ley es una sugerencia, no una regla. El equipo legal de “Desarrollos Hinojosa”.
—Es un abuso de autoridad —gritaba el abogado principal, un tipo calvo con lentes de armazón grueso—. Mi cliente, el Licenciado Caín, fue detenido arbitrariamente. Exijo su liberación inmediata o voy a demandar a toda la corporación por secuestro.
Reyes salió de su oficina, con los ojos rojos de cansancio pero la espalda recta. —Su cliente fue detenido en flagrancia, Abogado —dijo Reyes con calma—. Posesión de armas de uso exclusivo del Ejército, asociación delictuosa y tentativa de homicidio. Tenemos las armas. Tenemos los videos.
—Tienen un montaje —escupió el abogado—. Y tienen a una civil —me señaló con un dedo acusador a través del vidrio— jugando a ser Rambo. Esa mujer debería estar esposada, no bebiendo café en su oficina.
Salí de la oficina. El abogado dio un paso atrás instintivamente. La presencia física de alguien que realmente ha visto la violencia suele incomodar a los que solo la administran desde un escritorio.
—Esa “civil” —dije, acercándome hasta invadir su espacio personal— tiene pruebas fotográficas de su cliente entregando dinero en efectivo a una célula criminal. Si quiere demandar, hágalo. Pero le sugiero que guarde su energía para defender a Caín, porque lo van a necesitar.
El abogado me miró con odio, pero se calló. Sabía que estábamos en terreno pantanoso. —Quiero ver a mis clientes. Por separado.
—Tiene derecho —concedió Reyes—. Pero le advierto: el Fiscal ya vio las pruebas. No va a haber trato por debajo de la mesa esta vez.
Cuando los abogados se fueron a las celdas, Reyes me jaló hacia adentro de la oficina y cerró la puerta. —Esto se va a poner feo, Mariana. Hinojosa está moviendo hilos muy arriba. Mi teléfono no ha dejado de sonar. Diputados, jefes de sector… todos “preocupados” por la detención de un “empresario respetable” como Caín.
—Están asustados —dije—. Saben que si Caín habla, Hinojosa cae. Y si Hinojosa cae, arrastra a todos los políticos que tiene en la nómina.
—Exacto. Por eso necesitamos blindar el caso. Las fotos son buenas, pero necesitamos un testimonio directo. Necesitamos que alguien diga: “Pablo Hinojosa me dio la orden”.
—Caín no va a hablar. Es demasiado leal o demasiado inteligente. Sabe que si mantiene la boca cerrada, Hinojosa le pagará la mejor defensa y cuidará a su familia.
Reyes asintió. —Entonces nos queda El Tanque.
—El Tanque es el eslabón débil —dije, recordando el miedo en sus ojos cuando lo tenía a punta de cuchillo—. Es un matón, no un estratega. Cree que es parte del equipo, pero para Hinojosa es desechable. Tenemos que hacerle ver eso.
—Los abogados están con él ahora. Lo están “preparando” para que no diga ni pío.
Sonreí, una sonrisa fría. —Déjame hablar con él. —No puedes, Mariana. No eres policía. Si entras ahí y lo interrogas, cualquier cosa que diga será inadmisible en el juicio. “Fruto del árbol envenenado”.
—No voy a interrogarlo oficialmente. Solo voy a… saludarlo. Voy a plantar la semilla. Tú harás el interrogatorio real después. Déjame cinco minutos. Sin abogados. Antes de que lo trasladen al Reclusorio.
Reyes dudó. Se frotó la cara con las manos. —Si Asuntos Internos se entera, me quitan la placa. —Si Hinojosa gana, tu placa no valdrá nada de todos modos.
Reyes suspiró y sacó una llave del cajón. —Sala 2. Tienes cinco minutos mientras “procesamos” a sus abogados en la entrada. Ni un minuto más.
La Sala 2 era un cubo de concreto con una mesa de metal atornillada al piso y un espejo unidireccional. Gary Walker estaba sentado allí, esposado a la mesa. Ya no tenía su sudadera con capucha; llevaba el uniforme gris de los detenidos. Su brazo herido estaba vendado de forma rudimentaria.
Se veía más pequeño sin su ropa de calle y sin sus secuaces. Pero cuando entré, intentó recuperar esa bravuconería de macho alfa.
—Vaya, vaya —dijo, soltando una risa rasposa—. La Mujer Maravilla viene a visitarme. ¿Vienes a pedirme perdón antes de que mis abogados te destrocen?
Cerré la puerta detrás de mí y me senté frente a él. No dije nada. Solo lo miré. Usé el mismo silencio que usaba en la selva antes de una emboscada. Un silencio pesado, incómodo.
El Tanque se removió en su silla. El silencio lo ponía nervioso. —No me das miedo —dijo, menos convencido esta vez—. El Licenciado Caín me dijo que todo está arreglado. Hinojosa nos va a sacar. Es un malentendido. Voy a estar en la calle mañana, y tú vas a estar en la cárcel por agresiones.
—¿Eso te dijo Caín? —pregunté suavemente.
—Sí. Somos un equipo.
Solté una carcajada corta. No de burla, sino de lástima genuina. —Gary, Gary… Eres un tonto útil. ¿De verdad crees que un tipo como Caín, que usa trajes de cincuenta mil pesos, es “equipo” de un tipo como tú, que vive de extorsionar puestos de tacos?
—¡Cállate! —gritó, golpeando la mesa con su mano sana.
Me incliné hacia adelante, bajando la voz a un susurro conspiratorio. —Acabo de ver a los abogados de Hinojosa afuera. Tres tipos muy caros. ¿Sabes a quién pidieron ver primero? A Caín. Estuvieron con él cuarenta minutos. ¿Sabes cuánto tiempo estuvieron contigo? Cero.
El Tanque parpadeó. La duda cruzó su rostro. —Están ocupados…
—Están negociando, Gary. Pero no por ti. Están negociando la libertad de Caín. Y ¿adivina qué tienen que ofrecerle al Fiscal a cambio de que Caín salga libre o con una pena menor? Tienen que ofrecerle un culpable. Un chivo expiatorio.
Vi cómo tragaba saliva. Su manzana de Adán subió y bajó. —No… Hinojosa no haría eso. Yo le he servido bien. He limpiado tres colonias para él.
—Para Hinojosa eres una herramienta. Como un martillo. Y cuando un martillo se rompe —señalé su brazo herido— o se ensucia demasiado, lo tiras a la basura y te compras otro. Caín va a decir que tú eras el líder. Que tú organizaste todo. Que él solo era un “consultor externo” que estaba en el lugar equivocado. Van a decir que tú extorsionabas por tu cuenta y usabas el nombre de la empresa sin permiso.
—¡Eso es mentira! —bramó El Tanque, sudando—. ¡Tengo las órdenes en mi celular!
—¿El celular que la policía decomisó? —mentí, o quizás no. En el caos, muchas cosas se pierden—. Esos abogados van a hacer que esa evidencia desaparezca o parezca fabricada. Te van a refundir, Gary. Secuestro, armas, terrorismo. Te van a dar cuarenta años. Te vas a pudrir en Santa Martha mientras Hinojosa bebe champaña en su penthouse.
El Tanque se quedó mirando la mesa de metal. Su respiración era agitada. La realidad de su situación estaba perforando su cráneo más duro que cualquier bala. El mito de la “lealtad criminal” se estaba desmoronando frente a la realidad de las clases sociales en México: los ricos se protegen entre ellos, y los pobres pagan la cuenta.
—¿Por qué me dices esto? —preguntó, levantando la vista. Sus ojos ya no tenían odio, solo miedo.
—Porque quiero a Hinojosa —dije con honestidad brutal—. Tú no me importas. Eres un matón de barrio. Pero Hinojosa es el cáncer. Si me ayudas a cortarle la cabeza, puedo hablar con Reyes. No te prometo libertad, Gary. Vas a ir a la cárcel por lo que hiciste en el parque. Pero puedo prometerte que no te vas a pudrir ahí toda la vida. Puedo prometerte protección dentro. Porque si Hinojosa se entera de que dudas, te va a mandar matar ahí adentro antes de que llegue el juicio.
El Tanque tembló. Sabía que era verdad. Conocía el alcance de El Patrón. —¿Qué quieres?
—Cuando Reyes entre, dile la verdad. No la versión que te dieron los abogados. La verdad. Nombres, fechas, cuentas bancarias. Cómo te pagaban. Quién te daba las órdenes directas. Entierra a Caín antes de que él te entierre a ti.
Me levanté y caminé hacia la puerta. —Piénsalo rápido, Gary. Los abogados vienen hacia acá. Y cuando entren, ya no habrá vuelta atrás.
Salí de la sala. Reyes estaba esperando en el pasillo, mirando su reloj. —Cuatro minutos y medio —dijo—. ¿Y bien?
—Está a punto de romperse —dije—. Entra ahora. Presiona sobre la traición de Caín. Dile que Caín ya firmó una declaración culpándolo a él. Miénteles si es necesario.
Reyes asintió, ajustándose la corbata. —Voy a disfrutar esto.
Mientras Reyes trabajaba en la sala de interrogatorios, yo salí a la recepción. El sol empezaba a salir, pintando el cielo de la ciudad de un tono morado y naranja, mezclado con el gris del esmog.
Mi celular vibró. Era Sara. Sara: “Ya está arriba. Lo publiqué en el portal, en Twitter y mandé el boletín a mis contactos internacionales. Es tendencia #DesarrollosCriminales”.
Abrí el enlace. Sara no se había guardado nada. El titular era una bomba: “TERRORISMO INMOBILIARIO: LA RED DE VIOLENCIA DETRÁS DE DESARROLLOS HINOJOSA”.
El artículo detallaba todo. Los ataques en los parques, la detención en Vallejo, las fotos de la propaganda racista, y la conexión financiera que Sara había descubierto entre las empresas fantasma de Hinojosa y los pagos a la banda de El Tanque. Había incluido las fotos que le envié desde la bodega: Caín y el dinero.
Era jaque. No jaque mate, pero jaque.
En ese momento, la puerta de la delegación se abrió de golpe. No eran abogados. Era un mensajero. Un tipo en moto, con casco cerrado, que entró, dejó un sobre manila en el mostrador de recepción y salió corriendo antes de que el guardia somnoliento pudiera preguntarle algo.
—¿Para quién es eso? —pregunté, acercándome. El guardia leyó el nombre escrito con plumón negro en el sobre. —Es para usted, señorita. “Mariana Bravo”.
Sentí un escalofrío. Nadie sabía que yo estaba aquí, excepto Reyes y Sara. Y Reyes no mandaba cartas. Tomé el sobre. No pesaba. No parecía tener cables ni mecanismos. Lo abrí con cuidado.
Adentro había una sola hoja de papel bond de alta calidad, con membrete de “Desarrollos Hinojosa”. Y una foto. La foto era de hace años. Era yo, en uniforme de la Marina, recibiendo una medalla. Pero la foto estaba tachada con una X roja sobre mi cara. La nota, escrita a mano con una caligrafía elegante e impecable, decía:
“Teniente Bravo: El valor es admirable, pero la estupidez es mortal. Ha ganado una batalla, pero no entiende la guerra. Tiene 24 horas para retractarse de su declaración y convencer a su amiga periodista de borrar esa historia. Si no lo hace, no iremos por usted. Usted está entrenada para eso. Iremos por lo que dejó atrás. Sabemos dónde vive su madre en Veracruz. Sabemos a qué escuela van sus sobrinos. El cemento necesita sangre para fraguar. No deje que sea la de su familia. Atte. P.H.”
El papel tembló en mis manos. No era miedo por mí. Era el terror absoluto que siente un soldado cuando se da cuenta de que el enemigo ha flanqueado sus defensas y apunta a los civiles. Habían investigado mi vida. Sabían de mi familia, a la que no veía hace años precisamente para protegerlos de mi pasado.
La puerta de la sala de interrogatorios se abrió. Reyes salió, con una sonrisa de triunfo en la cara. —¡Cantó! —exclamó Reyes, alzando el puño—. El Tanque soltó todo. Nos dio la ubicación de la “Casa de Seguridad” donde Hinojosa guarda el efectivo y los libros contables reales. ¡Tenemos la orden para catear!
Reyes vio mi cara. Su sonrisa se borró. —¿Mariana? ¿Qué pasa?
Le tendí la nota. Reyes la leyó y su rostro se endureció, volviéndose de piedra. —Hijo de puta —murmuró—. Esto es una amenaza directa de muerte.
—No —dije, guardando la nota en mi bolsillo. Mi voz sonaba hueca, lejana—. Esto es un error. —¿Un error? —Sí. Hinojosa acaba de cometer el error táctico más grande de su vida. Levanté la vista. Mis ojos estaban secos. La tristeza había sido incinerada instantáneamente por una furia fría y calculadora.
—Amenazó a mi sangre, Reyes. Caminé hacia la salida. —¿A dónde vas? —gritó Reyes—. ¡Mariana, no hagas una locura! ¡Tenemos la ley de nuestro lado ahora!
Me detuve en la puerta, con la silueta recortada contra el amanecer contaminado de la ciudad. —La ley es lenta, Reyes. Y mi familia está lejos. Tú ve a esa Casa de Seguridad. Consigue los libros. Destrúyelo legalmente. —¿Y tú? —Yo voy a hacerle una visita personal al Señor Hinojosa. Voy a explicarle, en un idioma que él entienda, por qué nunca, jamás, se debe amenazar a la familia de una Jefa.
Salí a la calle. La guerra legal había terminado. La guerra personal acababa de empezar.
CAPÍTULO 6: EL DIABLO VISTE DE SEDA
Santa Fe no es la Ciudad de México. Es una burbuja de cristal y acero construida sobre un basurero, un monumento a la aspiración y la segregación. Mientras mi camioneta subía por la carretera llena de curvas hacia la zona poniente, dejaba atrás el caos de los barrios populares para entrar en avenidas anchas bordeadas de rascacielos que arañaban el cielo gris.
Eran las 7:00 AM. La “hora pico” de los ejecutivos.
Conducía con una mano en el volante y la otra sosteniendo el teléfono. Marqué un número que no había usado en tres años. Un número de Veracruz.
—¿Bueno? —contestó una voz ronca, de alguien que acaba de despertar. —Tío Chato. Soy Mariana. Hubo un silencio al otro lado. Luego, el sonido de una silla arrastrándose. —Mija… pensamos que te habías tragado la tierra. Tu mamá… —No hay tiempo, Chato. Escúchame bien. Código Rojo. ¿Te acuerdas lo que significa?
El tono del viejo cambió instantáneamente. La somnolencia desapareció, reemplazada por la alerta de un ex infante de marina. —¿Qué nivel? —Nivel máximo. Alguien amenazó a la familia. Saben dónde vive mamá. Saben de los niños. Necesito que los saques de la casa ya. Llévatelos al rancho en la sierra, donde no hay señal. Que no salgan, que no contesten teléfonos, que nadie sepa dónde están hasta que yo te llame.
—Entendido. Dame diez minutos. Mariana… ¿quién es? —Gente con mucho dinero y muy poca madre. Pero no te preocupes por ellos. Yo me voy a encargar de cortar la cabeza de la serpiente hoy mismo. —Cuídate, mija. Aquí cuidamos la retaguardia.
Colgué. Sentí un peso ligero levantarse de mi pecho. El Chato y sus hijos defenderían esa casa en Veracruz con más potencia de fuego que la policía local. Mi familia estaba segura por ahora. Ahora, el único objetivo era Pablo Hinojosa.
La dirección en la tarjeta de presentación que le había quitado a Caín la noche anterior (un pequeño recuerdo que tomé antes de que llegara la policía) apuntaba a la “Torre Hinojosa”, un edificio de cuarenta pisos en el corazón de Santa Fe. Penthouse corporativo.
Estacioné la camioneta en el sótano de un centro comercial cercano. No podía llegar en mi vehículo; las cámaras de seguridad leerían la placa antes de que entrara al perímetro. Me puse una gorra de béisbol nueva y unas gafas de sol. Caminé hacia la torre.
El edificio era una fortaleza de cristal. Guardias privados en la entrada, vestidos de traje negro, con auriculares y bultos sospechosos bajo los sacos. Estos no eran pandilleros como El Tanque. Estos eran profesionales. Probablemente ex militares o contratistas privados. “Guaruras” de alto nivel.
Entrada principal: Descartada. Detectores de metal y escáneres de identificación. Entrada de servicio: Vigilada, pero con más flujo de proveedores. Estacionamiento: El punto débil de cualquier rascacielos.
Caminé hacia la rampa de salida vehicular. Esperé a que un BMW lujoso saliera. Mientras la barrera estaba levantada y el guardia de la caseta saludaba al conductor, me deslicé por el punto ciego de la cámara, rodando hacia el interior de la rampa. La oscuridad del sótano me recibió.
El estacionamiento VIP estaba en el nivel -1. Ahí estarían los elevadores privados que subían directo al Penthouse. Me moví entre las columnas de concreto, ocultándome detrás de camionetas blindadas y deportivos alemanes. Llegué a la zona de elevadores. Había un guardia. Un tipo alto, musculoso, parado frente a las puertas doradas. No estaba distraído con el celular. Estaba escaneando el área. Un profesional.
No tenía mi arma. Se la había entregado a Reyes (la que le quité al chico en la bodega) para no comprometer el caso legal. Solo tenía mi Ka-Bar y mis manos. Y contra un profesional, el cuchillo es el último recurso.
Necesitaba que él viniera a mí. Tomé una moneda de diez pesos de mi bolsillo y la lancé con fuerza hacia el otro lado del estacionamiento, golpeando un extintor metálico. ¡CLANG!
El guardia giró la cabeza. Su mano fue directo a la funda de su arma, pero no la sacó. Habló por su radio. —Central, ruido sospechoso en nivel menos uno. Voy a verificar.
Craso error. Nunca investigues solo. El hombre caminó hacia el origen del sonido, pasando justo frente a la columna donde yo me ocultaba. Esperé a que pasara. Salí de la sombra como una exhalación.
No hubo advertencia. Mi brazo derecho rodeó su cuello en una llave “mataleón” (rear naked choke). Al mismo tiempo, mi pierna trabó sus rodillas, arrastrándolo hacia atrás para desequilibrarlo. El guardia reaccionó rápido, intentando clavar sus dedos en mis ojos, pero cerré el candado con fuerza, cortando el flujo sanguíneo a su cerebro. Luchó durante seis segundos. Seis segundos eternos donde sentí su fuerza bruta intentando romper mi agarre. Luego, se aflojó. Sus brazos cayeron. Lo dejé en el suelo con cuidado. No estaba muerto, solo dormido. Despertaría en diez minutos con un dolor de cabeza terrible y sin trabajo.
Le quité su tarjeta de acceso y su auricular. Me puse el dispositivo en la oreja. —…copiado, nivel menos uno. Reporte estatus —decía una voz en la radio. No contesté.
Pasé la tarjeta por el lector del elevador. Las puertas se abrieron con un timbre suave. Presioné el botón “PH”. El ascensor subió suavemente, disparándome hacia el cielo a cinco metros por segundo.
Me miré en el espejo del elevador. Tenía la ropa sucia de la noche anterior, el cabello un desastre y una mirada que asustaría al diablo. No parecía una ejecutiva. Parecía lo que era: una consecuencia.
Piso 40. Las puertas se abrieron. No daba a un pasillo. Daba directamente a una recepción amplia, minimalista, con pisos de mármol blanco y una vista panorámica impresionante de la ciudad contaminada.
Una secretaria se levantó de un salto detrás de un escritorio de cristal. —¡Oiga! ¡No puede estar aquí! ¡Seguridad!
Dos hombres salieron de una puerta lateral. Más grandes, más armados. Estos ya tenían las armas en la mano. Subfusiles compactos. —¡Al suelo! —gritó uno.
No me tiré al suelo. Me lancé hacia la secretaria. Cruel, sí, pero necesario. La agarré y la giré, usándola de escudo humano momentáneo mientras retrocedía hacia una columna de mármol. —¡No disparen! —gritó la mujer, aterrorizada.
Los guardias dudaron. —¡Suelte a la chica! —ordenó el guardia líder.
—Dile a tu jefe que salga —grité—. ¡Hinojosa! ¡Sé que estás ahí! La puerta de caoba maciza al fondo de la sala se abrió. Pablo Hinojosa salió.
Era tal como en las revistas, pero más viejo. Traje azul marino impecable, cabello plateado, y una expresión de fastidio, como si yo fuera un vendedor inoportuno y no una amenaza mortal. —Bajen las armas —dijo Hinojosa con voz tranquila. —Señor, es peligrosa —advirtió el guardia. —Sé quién es. Es la Teniente Bravo. Déjenla pasar.
Los guardias bajaron los subfusiles, pero no dejaron de apuntarme. Solté a la secretaria, quien corrió llorando hacia el elevador. —Vamos, Teniente —dijo Hinojosa, dándose la vuelta y entrando a su oficina—. Tomemos un café. Hablemos como gente civilizada.
Entré. La oficina era obscena. Muebles de diseñador, arte moderno que valía millones, y una pared entera de cristal que dominaba la ciudad. Hinojosa se sentó detrás de un escritorio inmenso. No parecía tener miedo. —Leí su expediente, Teniente Bravo —dijo, cruzando las manos—. Impresionante. Condecorada. Letal. Y ahora, una justiciera social. Qué desperdicio de talento.
Me acerqué al escritorio. Puse mis manos sobre la superficie pulida. —Amenazaste a mi familia. Hinojosa sonrió, una sonrisa vacía, de tiburón. —Negocios, Teniente. Solo negocios. Usted atacó mis intereses. Yo ataqué su punto débil. Es estrategia básica. Sun Tzu.
—Esto no es un negocio. —Todo es un negocio. Esa gente en los barrios… estorban. Viven en la miseria sobre terrenos que valen oro. Yo les hago un favor. Les doy una razón para irse a un lugar más barato, y yo construyo futuro. Progreso.
—Mandaste matones a golpear ancianos. Lavaste dinero del narco. —Detalles —Hinojosa hizo un gesto despectivo con la mano—. Caín y ese animal, El Tanque, eran… entusiastas. Pero torpes. Ya están fuera de la ecuación. Y usted… usted es un problema que puedo resolver de dos formas.
Abrió un cajón del escritorio. Me tensé, lista para saltar sobre él. Pero no sacó un arma. Sacó una chequera. —Ponga la cifra —dijo, destapando una pluma fuente de oro—. Un millón. Cinco millones. Dólares. Váyase a Europa. Llévese a su madre. Olvídese de esta ciudad podrida que no le agradece nada.
Miré la chequera. Luego lo miré a él. La arrogancia. La absoluta certeza de que todo y todos tienen un precio. Eso me dio más asco que la violencia de El Tanque. El Tanque era un animal salvaje. Hinojosa era un parásito con traje.
—No quiero tu dinero —dije suavemente.
Hinojosa suspiró, decepcionado. —Todo el mundo quiere dinero, Teniente. No sea ingenua. Si no acepta el dinero, entonces tengo que hacer esa llamada. Ya sabe cuál. La que termina con un accidente lamentable en Veracruz.
Puso su mano sobre el teléfono fijo del escritorio. —Usted decide. Plata o plomo.
El tiempo se detuvo. Miré el teléfono. Miré su mano. La distancia entre nosotros era de un metro y medio de caoba.
No lo pensé. Actué. Salté sobre el escritorio. Hinojosa intentó levantar el auricular, pero fui más rápida. Mi bota impactó su pecho, lanzándolo hacia atrás con todo y silla ejecutiva. Se estrelló contra el ventanal blindado. El vidrio resistió, pero su cabeza rebotó con fuerza.
Antes de que pudiera recuperarse, lo levanté por las solapas de su traje italiano de tres mil dólares. —¡Guardias! —intentó gritar, pero le corté el aire con un antebrazo en la garganta.
La puerta de la oficina se abrió de golpe. Los dos guardias entraron, apuntando. —¡Suéltelo o disparamos!
Giré a Hinojosa, poniéndolo entre las armas y yo. Saqué mi Ka-Bar. La hoja negra y mate quedó a un milímetro de su ojo derecho. —¡Si disparan, le saco el ojo y se lo hago tragar! —grité con mi voz de mando. Los guardias se congelaron. Sabían que no bromeaba. Veían mi mano firme. Veían la locura controlada en mis ojos.
—¡Atrás! —chilló Hinojosa, con la voz aguda por el pánico—. ¡No disparen! ¡Me va a matar!
Acerqué mi boca a su oído. Olía a colonia cara y a miedo sudoroso. —Vas a llamar a tus perros en Veracruz —susurré—. Ahora mismo. En altavoz. —No… no puedo…
Presioné la punta del cuchillo en su pómulo. Una gota de sangre roja, brillante, corrió por su mejilla afeitada. —¡Llama!
Hinojosa, temblando, sacó su celular del bolsillo. Marcó con dedos torpes. Puso el altavoz. —¿Patrón? —contestó una voz al otro lado. —A… aborten —tartamudeó Hinojosa—. Aborten la misión en Veracruz. Déjenlos en paz. Regresen a la base.
—¿Patrón? ¿Seguro? Ya tenemos la casa a la vista. Sentí un frío en el estómago. Estaban tan cerca. —¡Dije que aborten, imbécil! —gritó Hinojosa, histérico—. ¡Es una orden! —Entendido. Nos retiramos.
Colgó. Hinojosa se quedó jadeando, colgado de mi brazo como un muñeco roto. —Ya está. Ya lo hice. Ahora déjeme ir. Tome el dinero y lárguese.
Miré a los guardias, que seguían apuntando, esperando un error. Miré a Hinojosa. Podría matarlo. Aquí y ahora. El mundo sería un lugar mejor. Sería justicia rápida. Pero entonces sería lo que ellos decían que era: una criminal. Y Reyes perdería su caso. Hinojosa se convertiría en un mártir, una víctima de la violencia.
—No —dije.
Golpeé a Hinojosa en la sien con el mango del cuchillo. Un golpe calculado. Apagado de luces. El magnate se desplomó en mis brazos, inconsciente.
Lo dejé caer al suelo como una bolsa de basura. Levanté las manos, mostrando que soltaba el cuchillo. El Ka-Bar cayó sobre la alfombra persa. —Está vivo —les dije a los guardias, que me miraban atónitos—. Llamen a una ambulancia. Y a la policía. Díganles que el paquete está listo para ser recogido.
Los guardias se miraron. Bajaron las armas. Eran mercenarios. Su contrato era proteger al cliente. Si el cliente estaba inconsciente y la amenaza se rendía, no tenían por qué iniciar un tiroteo y arriesgarse a ir a la cárcel por homicidio.
Me senté en la silla de Hinojosa, giré hacia el ventanal y miré la Ciudad de México extendida a mis pies. Saqué mi celular. Marqué a Reyes.
—¿Reyes? —¡Mariana! ¿Dónde estás? ¡Ya reventamos la casa de seguridad! ¡Tenemos los libros! ¡Es una mina de oro! —Estoy en la Torre Hinojosa —dije con calma, viendo cómo las primeras patrullas empezaban a llegar allá abajo, en la calle, como hormigas azules y rojas—. Hinojosa está tomando una siesta en el piso de su oficina. Ven por él. Ah, y trae una orden de arresto por intento de homicidio y amenazas. Tengo testigos.
—¿Hiciste lo que creo que hiciste? —preguntó Reyes, incrédulo. —Le corté la cabeza a la serpiente, Reyes. Ahora te toca a ti limpiar el veneno.
Cerré los ojos y esperé. La adrenalina se estaba yendo, dejando paso al dolor de mi cuerpo golpeado. Pero por primera vez en días, el dolor no importaba. Mi familia estaba a salvo. Y el intocable Pablo Hinojosa acababa de ser tocado.
CAPÍTULO 7: JUICIO EN LA TIERRA DE NADIE
Ver caer a un gigante no es como en las películas. No hay música épica, ni cámara lenta. Solo hay ruido, confusión y el destello cegador de cientos de cámaras fotográficas hambrientas.
Cuando el Comandante Reyes sacó a Pablo Hinojosa del edificio en Santa Fe, esposado y con un hematoma morado floreciendo en la sien —cortesía de mi visita—, el mundo parecía haberse detenido en esa acera. Sara había hecho su trabajo con una eficiencia aterradora. Había “filtrado” la hora exacta del arresto a todos los medios nacionales.
Yo me quedé atrás, en el lobby, observando a través de los cristales tintados. Prefería las sombras.
—¡Señor Hinojosa! ¿Es cierto que ordenó ataques racistas? —¡Don Pablo! ¿Qué dice sobre el lavado de dinero? —¡Mire aquí! ¡Para la cámara!
Hinojosa, a pesar de estar esposado y golpeado, intentaba mantener la barbilla en alto. Su traje italiano estaba arrugado, pero su arrogancia seguía intacta. Miraba a los reporteros con desprecio, como si fueran insectos que habían invadido su picnic privado. Pero vi el temblor en sus manos. Por primera vez en décadas, no controlaba la narrativa.
Reyes lo metió en la parte trasera de una patrulla blindada, empujando su cabeza hacia abajo con esa falta de delicadeza reservada para los criminales comunes. Cuando la puerta se cerró, sentí que podía respirar de nuevo.
Pero sabía que esto era solo el medio tiempo.
48 HORAS DESPUÉS
El Reclusorio Norte es una ciudad dentro de la ciudad. Un lugar con sus propias leyes, su propia economía y su propia jerarquía. Hinojosa había sido trasladado allí bajo la figura de “prisión preventiva justificada”, un pequeño milagro legal que Reyes y el Fiscal habían conseguido gracias a la evidencia de riesgo de fuga y la amenaza directa a mi familia.
Yo estaba en el departamento de Sara, que se había convertido en nuestro centro de operaciones. Las paredes estaban cubiertas de las pruebas que habíamos recopilado: los libros contables de la casa de seguridad, las fotos de Vallejo, la confesión grabada de El Tanque.
—Están intentando todo —dijo Sara, lanzando un periódico sobre la mesa—. El equipo legal de Hinojosa metió tres amparos esta mañana. Alegan tortura, detención arbitraria y violación al debido proceso. Dicen que tú eres una agente del estado actuando ilegalmente.
Tomé el periódico. El titular principal rezaba: “¿JUSTICIA O VENGANZA? LA CAÍDA DEL IMPERIO HINOJOSA”. Más abajo, una foto mía (borrosa, tomada de lejos en el parque) con el pie de foto: “La misteriosa mujer militar en el centro del escándalo”.
—Que aleguen lo que quieran —dije, tomando café negro—. Tenemos los libros, Sara. Los que Reyes sacó de la casa de seguridad. No solo pagaba a El Tanque. Pagaba a concejales, a inspectores de obra, incluso hay transferencias a cuentas en las Islas Caimán que coinciden con pagos de cárteles conocidos.
—Eso es lo único que lo mantiene adentro —admitió Sara—. El lavado de dinero es federal. La Fiscalía General de la República (FGR) ya tomó el caso. Eso es bueno y malo.
—Malo porque la federación es lenta. Bueno porque es más difícil comprar a un fiscal federal que a un juez local.
Mi teléfono sonó. Era Reyes. —Mariana, tenemos un problema. —¿Qué pasó? ¿Soltaron a Hinojosa? —No. Es El Tanque. Sentí un nudo en el estómago. —¿Está muerto? —No, pero casi. Hubo una “riña” en el área de ingreso del reclusorio. Dos tipos se le fueron encima con puntas. Los custodios intervinieron, pero El Tanque recibió dos piquetes en el abdomen. Está en la enfermería.
—Hinojosa está limpiando la casa —murmuré—. Sabe que El Tanque es el testigo clave que lo conecta con la violencia física. Si El Tanque muere, Hinojosa solo enfrenta cargos financieros. Saldría en cinco años con buena conducta. Por terrorismo y homicidio en grado de tentativa, se queda de por vida.
—El Tanque está asustado, Mariana. Quiere retractarse. Dice que si testifica, lo van a matar antes de llegar al juzgado. —Voy para allá. —No puedes entrar al reclusorio así como así. —No voy a entrar como visita, Reyes. Voy a entrar como parte de su seguridad. Consígueme una acreditación de escolta procesal o lo que sea. Ese hombre tiene que llegar vivo a la audiencia de mañana.
La audiencia de vinculación a proceso se llevó a cabo en las salas de juicios orales del Tribunal Superior de Justicia. El ambiente estaba cargado de electricidad estática y olor a trajes caros y miedo.
La sala estaba llena. Prensa, familiares de las víctimas de los desalojos (que Sara había organizado), y en primera fila, el equipo de defensa de Hinojosa: un batallón de cinco abogados que parecían tiburones con corbata.
Hinojosa estaba sentado detrás de un cristal blindado, ya vestido con el beige reglamentario del penal, pero con el cabello perfectamente peinado. Me vio entrar. Sus ojos se clavaron en los míos. No había arrepentimiento. Solo una promesa silenciosa de destrucción mutua.
El juez, un hombre de edad media con cara de pocos amigos, golpeó el mazo. —Se abre la audiencia. Fiscalía, presente su caso.
El fiscal asignado, una mujer joven llamada Licenciada Simmons (aparentemente una de las pocas no corruptas que quedaban), se levantó. —Su Señoría, estamos aquí para demostrar que el ciudadano Pablo Hinojosa es la cabeza de una organización criminal dedicada al despojo, la extorsión y el terrorismo vecinal…
La batalla legal fue brutal. La defensa atacó cada punto. Argumentaron que las fotos en la bodega eran circunstanciales. Argumentaron que Caín actuaba solo. Argumentaron que mi entrada a la Torre Hinojosa fue un allanamiento ilegal y que cualquier evidencia derivada de ahí era nula.
—Su Señoría —dijo el abogado principal de Hinojosa, caminando de un lado a otro como un actor de teatro—, la acusación se basa en las acciones de una vigilante desquiciada, la señorita Bravo, quien tiene un historial de violencia extrema. ¿Vamos a confiar en la palabra de una persona que irrumpió en una oficina privada y agredió físicamente a un empresario respetable?
Yo estaba sentada en la zona de público, apretando los puños hasta que los nudillos se pusieron blancos. Sabía que me atacarían a mí. Era la estrategia estándar: desacreditar al testigo, matar al mensajero.
—La Fiscalía llama a su testigo presencial —dijo Simmons, ignorando el teatro de la defensa—. Gary Walker.
Se abrió la puerta lateral. Gary “El Tanque” Walker entró en silla de ruedas, empujado por un custodio. Estaba pálido, sudoroso, y se agarraba el costado vendado. El silencio en la sala era absoluto. Hinojosa se inclinó hacia adelante, mirando a su ex-esbirro con una intensidad que podría fundir acero. Era una amenaza clara: Abre la boca y mueres.
El Tanque miró a Hinojosa. Luego miró al público. Me vio a mí. Yo asentí levemente. Estoy aquí. Ellos no te pueden tocar ahora.
—Señor Walker —dijo la fiscal Simmons—. ¿Conoce usted al acusado?
El Tanque tragó saliva. El sonido fue audible gracias a los micrófonos sensibles. Miró a Hinojosa una vez más. El miedo en sus ojos era palpable. Hinojosa sonrió levemente.
—Yo… —empezó El Tanque. La defensa sonrió. Esperaban la retractación. Esperaban el “No, no lo conozco, todo fue idea mía”.
Pero entonces, El Tanque vio a una mujer en la segunda fila del público. Era una señora mayor, con un rebozo, llorando en silencio. Era la dueña del local de comida oaxaqueña que habían destruido meses atrás. Una de sus víctimas. Algo se rompió dentro del matón. O tal vez, algo se arregló.
—Sí —dijo El Tanque, y su voz ganó fuerza—. Sí lo conozco. Es El Patrón.
Un murmullo recorrió la sala. El abogado defensor se puso de pie de un salto. —¡Objeción! —¡Denegada! —ladró el juez—. Continúe, testigo.
—Él nos pagaba —continuó El Tanque, hablando rápido, como si quisiera sacar el veneno antes de que lo matara—. Nos pagaba a través del Licenciado Caín. Nos daba listas de direcciones. Negocios, casas, parques. Nos decía: “Hagan que se vayan. Asústenlos. Golpéenlos si es necesario. Pero que se larguen”.
—¿Y el ataque en el Parque Lincoln? —preguntó Simmons. —Fue una orden general. “Limpien la zona”. No sabíamos quién era la señora Bravo. Pero la orden venía de arriba. Hinojosa quería ese parque “limpio” para que subiera el valor de sus departamentos en la calle de atrás.
—¡Mentira! —gritó Hinojosa desde su cabina, perdiendo la compostura por primera vez—. ¡Es un delincuente mentiroso! ¡Yo nunca…!
—¡Orden en la sala! —gritó el juez.
La fiscal Simmons se acercó al estrado y presentó la evidencia final. El libro contable. —Su Señoría, el testimonio del señor Walker se corrobora con este libro de contabilidad, incautado legalmente bajo orden judicial en una propiedad de la empresa de Hinojosa. Aquí, en la página 42, hay un pago de cincuenta mil pesos etiquetado como “Limpieza Parque Lincoln”, con fecha de dos días antes del ataque. Y está firmado… por Pablo Hinojosa.
La sala estalló. No había forma de refutar eso. Una firma. Un concepto de pago. Un testimonio directo. El abogado defensor se desplomó en su silla. Sabía que el juego había terminado.
El juez revisó el documento. Se ajustó los lentes. Miró a Hinojosa con una mezcla de disgusto y severidad. —En vista de la evidencia presentada, y considerando la gravedad de los delitos y el riesgo para la sociedad… dicto auto de vinculación a proceso en contra de Pablo Hinojosa por los delitos de delincuencia organizada y operaciones con recursos de procedencia ilícita.
El golpe del mazo sonó como un disparo de gracia. —Asimismo —continuó el juez—, se mantiene la medida cautelar de prisión preventiva oficiosa. El acusado permanecerá en el Reclusorio Norte durante el juicio.
Los aplausos estallaron en la zona del público. La señora del rebozo lloraba abiertamente. Sara estaba tuiteando a la velocidad de la luz. Hinojosa se quedó paralizado. La realidad lo golpeó como un tren. No iba a irse a casa. No iba a dormir en sus sábanas de seda egipcia. Iba a dormir en un catre de metal, rodeado de los mismos hombres que él despreciaba y utilizaba.
Los custodios se acercaron para llevárselo. Hinojosa se giró hacia mí antes de salir. Su rostro estaba rojo, las venas de su cuello saltadas. —¡Esto no se acaba, Bravo! —gritó, mientras lo arrastraban—. ¡Tengo dinero! ¡Tengo poder! ¡Voy a comprar a quien tenga que comprar!
Me levanté y caminé hasta el cristal que nos separaba. —Guarda tu dinero, Pablo —le dije, tan bajo que solo él pudo leer mis labios—. Lo vas a necesitar para pagar protección adentro. Porque ahí donde vas… tú no eres El Patrón. Eres la carne fresca.
Lo sacaron de la sala. La puerta se cerró.
Reyes se acercó a mí y me puso una mano en el hombro. —Lo logramos, Mariana. Está vinculado. No va a salir en años. —Diez años mínimo —dijo Simmons, acercándose a nosotros—. Con los cargos federales que vienen, probablemente veinte. Y le vamos a confiscar todos los bienes. Los edificios, las cuentas, todo será usado para reparar el daño a las víctimas.
Miré la sala vacía, donde el eco de la justicia aún resonaba. Debería haberme sentido eufórica. Había ganado. Mi familia estaba a salvo. El malo estaba en la cárcel.
Pero sabía que la victoria tenía un costo. El Tanque, a pesar de su testimonio, también iría a prisión por sus propios crímenes, aunque con una pena reducida. Su vida estaba arruinada. Caín había negociado y probablemente saldría libre a cambio de información sobre otros socios. Las ratas siempre encuentran un agujero.
Salí del tribunal hacia la escalinata principal. El sol de la tarde bañaba la Ciudad de México. Ya no se sentía tan pesado. Sara me alcanzó en las escaleras. —¿Y ahora qué? —preguntó—. Eres una heroína nacional, Mariana. Tu foto está en todas partes. Podrías dar entrevistas, escribir un libro…
Negué con la cabeza, poniéndome mis gafas de sol. —No soy una heroína, Sara. Solo soy alguien que limpió su pedazo de banqueta. —¿Qué vas a hacer? —Voy a volver a Veracruz un tiempo. A ver a mi mamá. A asegurarme de que el miedo se haya ido de sus ojos.
—¿Y después? Miré a la ciudad. Un monstruo hermoso y terrible de concreto y asfalto. —Después… ya veremos. La ciudad siempre necesita quien saque la basura.
Bajé las escaleras, perdiéndome entre la gente, entre los vendedores de dulces, los abogados y los ciudadanos comunes. La historia de Pablo Hinojosa había terminado. Pero la historia de La Jefa apenas estaba comenzando.
CAPÍTULO 8: EL SONIDO DE LA PAZ
El mar de Veracruz no es azul; es de un verde esmeralda profundo, revuelto y lleno de vida, igual que su gente.
Tres semanas después del veredicto, estaba sentada en el porche de la casa de mi madre, en un pueblo costero a dos horas del puerto. El aire olía a sal, a café tostado y a humedad tropical. Mi tío Chato estaba en su mecedora, limpiando con devoción casi religiosa su vieja escopeta de caza, aunque ya sabía que la amenaza había pasado.
—Ya deja eso, tío —le dije, tomando un sorbo de mi café lechero—. Hinojosa no va a mandar a nadie. Le congelaron hasta las cuentas del supermercado.
Chato me miró por encima de sus lentes, con esa sabiduría terca de los viejos jarochos. —Mija, la víbora puede estar enjaulada, pero siempre deja huevos. Uno nunca deja de vigilar el perímetro.
Sonreí. Tenía razón. Era la misma lección que me habían enseñado en la Marina: la paz no es la ausencia de guerra, es la vigilancia constante.
Mi madre salió de la cocina con una charola de gorditas de dulce. Se veía más tranquila, ya sin esas sombras bajo los ojos que tenía cuando llegué huyendo del caos de la capital. Me tocó el hombro al pasar, un gesto simple que decía más que mil palabras: Estás viva. Estamos bien.
Durante esas semanas, me desconecté del mundo. Apagué el celular. No leí periódicos. Necesitaba purgar la toxicidad de la Ciudad de México, el ruido de las sirenas, el olor a pólvora y miedo. Necesitaba recordar quién era Mariana Bravo cuando no era “La Jefa”.
Pero el silencio, por muy sanador que sea, tiene fecha de caducidad para alguien como yo.
Una tarde, encendí el teléfono. Cientos de notificaciones entraron de golpe, haciendo vibrar el aparato como si tuviera vida propia. Mensajes de Reyes, de Sara, de desconocidos en redes sociales que me llamaban “heroína” o “vengadora”.
Abrí el último mensaje de Sara. Era un enlace a una transmisión en vivo. “Tienes que ver esto. Parque Lincoln, ahora mismo.”
Hice clic. La pantalla mostró el parque donde todo había comenzado. Pero ya no se veía como aquel día. Había gente. Mucha gente. No eran solo los residentes habituales de Polanco. Había familias que habían viajado desde otras colonias. Había vendedores de globos. Había un grupo de danza folclórica practicando en el mismo claro donde El Tanque había intentado romperme la cara.
Y en el centro, donde estaba “mi” banca, alguien había pegado un cartel casero. Decía: “AQUÍ NADIE SOBRA. ESTE PARQUE ES DE TODOS”.
Sentí un nudo en la garganta. No había peleado por fama. No había peleado por reconocimiento. Había peleado por ese simple derecho a existir en un espacio público sin miedo. Y al parecer, la gente lo había entendido.
—¿Te vas? —preguntó mi madre, apareciendo en la puerta. Había visto mi cara. —Tengo que cerrar el ciclo, ma. Ella asintió, secándose las manos en el delantal. —Vete. Pero recuerda que aquí siempre tienes trinchera. Y no te metas en más líos, Mariana. —No prometo nada, jefa.
CIUDAD DE MÉXICO – UNA SEMANA DESPUÉS
El Reclusorio Norte olía igual que siempre: a desesperanza y cloro. Entré en el área de locutorios. Esta vez no necesité trucos ni amenazas. El Comandante Reyes me había conseguido un pase oficial.
Del otro lado del cristal blindado, Gary “El Tanque” Walker se veía diferente. Había perdido peso. Ya no tenía esa masa muscular inflada por esteroides y ego. Sus tatuajes parecían desteñidos bajo la luz fluorescente. Llevaba el uniforme beige, y tenía una cicatriz reciente en la mejilla.
Tomó el teléfono. —Pensé que te habías olvidado de tu “mejor amigo” —dijo, con una mueca que intentaba ser una sonrisa. —Cumplí mi palabra, Gary. Reyes me dijo que te movieron al área de protección. Nadie de Hinojosa te puede tocar ahí.
—Sí, bueno… la comida es una mierda, pero al menos no tengo que dormir con un ojo abierto —hizo una pausa—. Escuché que Hinojosa está pasándola mal. Le negaron el amparo federal. Y dicen que en su módulo… bueno, digamos que los otros reos no son muy fans de los tipos que abusan de la gente pobre. Le están cobrando “renta” por respirar.
La justicia poética existe, pensé. El extorsionador estaba siendo extorsionado. —¿Vale la pena? —preguntó El Tanque de repente, mirándome a los ojos—. Tú sigues afuera. Yo estoy aquí. Hinojosa está aquí. Pero mañana saldrá otro Hinojosa. Y otro Tanque.
—Tal vez —dije—. Pero el próximo Hinojosa se lo pensará dos veces antes de meterse con alguien en un parque. Y el próximo Tanque sabrá que la lealtad de los patrones tiene fecha de caducidad.
El Tanque asintió lentamente. —Gracias por no dejar que me mataran, Jefa. —No me des las gracias. Paga tu deuda. Cumple tu sentencia. Y cuando salgas… no busques otro patrón. Búscate una vida.
Colgué el teléfono. Al salir, me encontré con Reyes en el estacionamiento. Se veía más relajado, incluso más joven. —¿Cerrando capítulos? —preguntó. —Algo así. ¿Cómo va el caso? —Firme. La Fiscalía General aseguró todas las propiedades de Desarrollos Hinojosa. Van a demoler las obras ilegales. Y los terrenos que robaron… se está creando un fideicomiso para devolverlos a los dueños originales o pagarles lo justo.
Eso era más de lo que esperaba. En un país donde la impunidad es la norma, esto era un milagro. —¿Y tú? —le pregunté—. ¿Te ascendieron? —Me ofrecieron un puesto en la Federal. Dije que no. Mi lugar está aquí, en la calle. Alguien tiene que cuidar que no salgan más cucarachas. ¿Y tú, Mariana? La Marina te quiere de vuelta. Me llamaron preguntando por ti. Dicen que tienes “talento desperdiciado”.
Miré hacia el horizonte de la ciudad, donde el sol se ponía detrás de los volcanes, tiñendo el esmog de dorado. —Ya cumplí mi tiempo de servicio, Reyes. No necesito un uniforme para hacer lo correcto. —Entonces, ¿qué harás? —Vivir —dije, subiéndome a mi vieja camioneta—. Y tal vez… ir al parque.
Llegué al Parque Lincoln al atardecer. Estacioné lejos y caminé. No llevaba mi chamarra de piel, hacía demasiado calor. Iba con una playera blanca y jeans limpios. El lugar estaba vibrante. Caminé hacia “mi” banca. Estaba ocupada. Una pareja joven estaba sentada ahí, comiendo helado. Se reían, despreocupados, sin mirar a su alrededor buscando amenazas.
Me quedé parada un momento, observándolos. Podría haber sentido molestia por no tener mi lugar. Pero sentí lo contrario. Sentí paz.
Esa banca ya no necesitaba ser vigilada. Ese espacio había sido recuperado.
Seguí caminando hacia el estanque. Me crucé con un grupo de policías en bicicleta. Uno de ellos, un chico joven, me miró y sus ojos se abrieron un poco, reconociéndome quizás de las noticias o de la leyenda urbana que ya circulaba. Me saludó con un leve asentimiento de cabeza, lleno de respeto. Le devolví el gesto.
Me senté en el pasto, bajo el viejo roble donde El Tanque había fumado su cigarro aquel día. Saqué mi celular. Tenía un mensaje de Sara. “¿Estás lista para la siguiente historia? Tengo un dato sobre una red de trata en la Merced. Necesito a alguien que sepa moverse en las sombras.”
Sonreí. Miré mis manos. Las manos que habían golpeado, que habían roto huesos, pero que también habían protegido a mi familia y devuelto la dignidad a un barrio. Aún temblaban un poco, un recordatorio de que no soy de piedra. Soy humana. Tengo miedo. Tengo cicatrices.
Pero mientras haya gente como Hinojosa creyendo que son dueños del mundo, y gente como El Tanque dispuesta a hacer el trabajo sucio… alguien tiene que estar del otro lado.
Escribí mi respuesta a Sara: “Mándame la ubicación. Llevo el café.”
Guardé el teléfono y cerré los ojos, disfrutando, por fin, de un momento de silencio real en medio del caos de mi ciudad. Soy Mariana Bravo. Y esta es mi guardia.
FIN