SE BURLARON DE MI “ROPA DE TIANGUIS” EN UNA ENTREVISTA DE ALTA GERENCIA, PERO CUANDO EL DUEÑO DEL IMPERIO ENTRÓ Y ME LLAMÓ “JEFA”, SUS CARRERAS SE DERRUMBARON EN UN SEGUNDO.

PARTE 1: EL LOBBY DE LOS JUICIOS

CAPÍTULO 1: LA TORRE DE CRISTAL Y LA PRIMERA HERIDA

El sol de la Ciudad de México no acaricia; golpea. Y esa mañana en Santa Fe, parecía tener una venganza personal contra el asfalto. Eran las 8:45 de la mañana y el tráfico en la autopista era esa bestia lenta y rugiente que todos los chilangos conocemos bien. Desde la ventana del taxi —un Nissan Versa limpio pero con los amortiguadores vencidos que saltaba en cada bache—, yo observaba el horizonte de acero y cristal que se alzaba ante mí.

Santa Fe. El reino de los corporativos, la tierra prometida de los “Mirreyes”, el lugar donde el código postal define tu valor humano. A lo lejos, la Torre Alterara brillaba con una arrogancia que casi lastimaba la vista. Era un monolito gigantesco, una aguja de cristal azul oscuro que parecía perforar el cielo contaminado, separándose deliberadamente del caos, del polvo y de la gente común que hormigueaba a sus pies.

Yo, Elena Robles, me dirigía hacia la boca del lobo.

Mis manos descansaban sobre mis piernas. No me temblaban. A mis 39 años, había negociado tratados comerciales en Zúrich que colapsarían economías pequeñas si salían mal; había mirado a los ojos a jeques petroleros sin pestañear. Pero hoy, el nerviosismo que sentía era diferente. No era miedo al fracaso profesional. Era esa náusea antigua, ese sabor a bilis que sube por la garganta cuando sabes que vas a ser juzgada no por lo que eres, sino por lo que pareces.

—¿Aquí está bien, seño? —preguntó el taxista, sacándome de mis pensamientos.

—Sí, aquí en la bahía, por favor. Gracias, don Beto —le respondí, entregándole el efectivo y una propina generosa.

—Que Dios la bendiga, oiga. Y suerte, que esos edificios se ven bien intimidantes —dijo él con una sonrisa chimuela pero honesta, la única sonrisa real que vería en horas.

Bajé del taxi y el calor del asfalto me golpeó las piernas, pero fue el cambio de atmósfera lo que realmente me heló. Al poner un pie en la acera de granito pulido de la entrada principal, sentí cómo me volvía invisible para unos y una molestia visual para otros.

A mi alrededor, el desfile de la élite financiera estaba en pleno apogeo. Hombres con trajes azul marino tan ajustados que parecían pintados, caminando con esa prisa performativa de quien necesita que el mundo sepa que su tiempo vale dólares. Mujeres con tacones de suela roja —los famosos Louboutin— que repiqueteaban contra el suelo como metralletas, sus cabellos perfectos, sus bolsas de marca colgadas como trofeos de guerra en el antebrazo. El aire olía a perfume caro, a sándalo, a cuero nuevo y a una profunda, arraigada inseguridad disfrazada de soberbia.

Yo llevaba mi armadura elegida para este experimento: una camisa de lino blanca. Era de excelente calidad, algodón egipcio tejido a mano, pero carecía de logotipos. No había un caballo, ni una medusa, ni unas letras entrelazadas gritando “mírame, costé tres mil pesos”. Mis pantalones eran color crema, de corte recto, cómodos. Y mis zapatos… ah, mis zapatos eran el pecado capital en este código postal: unas balerinas planas, color miel, suaves y silenciosas.

En mi hombro derecho colgaba mi vieja bolsa de tela. Una tote bag de lona cruda que me habían regalado en una feria del libro en Guadalajara años atrás. Estaba limpia, pero se notaba el uso. Dentro de ella no llevaba maquillaje de Chanel ni una MacBook Pro de última generación. Llevaba mi libreta Moleskine llena de anotaciones, una pluma fuente que había pertenecido a mi abuelo, y mi copia manoseada, subrayada y vivida de La Riqueza de las Naciones de Adam Smith.

Caminé hacia las puertas giratorias. Eran inmensas, de tres metros de altura. Al entrar, el aire acondicionado me golpeó con una fuerza polar. El silencio en el lobby era casi religioso, solo roto por el eco de los pasos y el zumbido distante de los elevadores de alta velocidad.

El lobby de Grupo Financiero Alterara no era una sala de espera; era una declaración de poder. El techo se perdía en las alturas, adornado con un candelabro moderno que parecía una lluvia de diamantes congelada en el tiempo. Los muros estaban cubiertos de mármol de Carrara importado, con vetas grises que parecían cicatrices en la piedra blanca. Había obras de arte abstracto que probablemente costaban más que el presupuesto anual de una escuela pública, colgadas con una indiferencia estudiada.

Me acerqué a la recepción principal. Era un mostrador largo, de una sola pieza de ónix negro, iluminado desde abajo para darle un aspecto etéreo, casi flotante. Detrás de él, tres recepcionistas parecían modelos de pasarela aburridas de la vida.

Me dirigí a la del centro. Su gafete dorado decía “Jime”. Estaba tecleando furiosamente en su celular, con la cabeza gacha, mostrando una raya perfecta en su cabello rubio cenizo. Tenía uñas acrílicas largas, decoradas con cristales, que hacían clic-clic-clic contra la pantalla.

Esperé un momento. Dos segundos. Cinco segundos. Diez segundos.

Ella sabía que yo estaba ahí. Podía sentir mi presencia, pero levantar la mirada implicaba reconocerme, y en su jerarquía mental, alguien vestido como yo no merecía ser reconocido inmediatamente. Era un juego de poder sutil, el primero de muchos.

—Buenos días —dije finalmente, con voz clara y tranquila.

Jime suspiró, un sonido largo y dramático por la nariz, como si le hubiera pedido que resolviera una ecuación diferencial. Levantó la vista lentamente. Sus ojos, enmarcados por pestañas postizas densas, me escanearon de arriba abajo. Se detuvieron en mi camisa de lino arrugada por el viaje en taxi, bajaron a mis pantalones simples y terminaron en mis zapatos planos. Hizo una mueca, una contracción casi imperceptible de la nariz, como si hubiera olido leche agria.

—Las entregas de comida y paquetería son por la puerta lateral, en el Sótano 2 —dijo con un tono de voz monótono, volviendo a bajar la mirada a su celular—. Sigue la línea amarilla en el estacionamiento. Aquí no pueden estar.

Sentí un piquete en el estómago. No era sorpresa, lo había anticipado, pero vivirlo en carne propia era diferente. La deshumanización instantánea. Para ella, mi ropa me convertía automáticamente en “el servicio”. Y en su mundo, el servicio no tiene rostro, no tiene voz y, ciertamente, no entra por la puerta grande.

No me moví. Apoyé suavemente mi mano sobre el mostrador de ónix frío.

—No traigo comida, Jime —dije, usando su nombre para romper la barrera de anonimato—. Tampoco soy de mensajería.

Ella dejó de teclear. El uso de su nombre la desconcertó por un milisegundo. Volvió a mirarme, esta vez con fastidio abierto.

—¿Entonces? Venta de seguros tampoco aceptamos, y si vienes a pedir donativos, tienes que mandar un correo a la fundación.

—Vengo a la entrevista para la Vicepresidencia de Estrategia Global —solté las palabras con calma, observando sus pupilas.

El silencio se estiró. Jime parpadeó una vez. Dos veces. Luego soltó una risita incrédula, corta y seca. Miró a su compañera de al lado, una chica pelirroja que también me observaba con curiosidad morbosa, y ambas compartieron una sonrisa cómplice.

—¿Tú? —preguntó, alargando la “u” con incredulidad—. ¿Para la Vicepresidencia? O sea, ¿la de Estrategia?

—Sí. Tengo cita a las 10:00 AM con el licenciado Michael Callahan y el panel directivo. Mi nombre es Elena Robles. Por favor, revísalo en tu sistema.

Jime me sostuvo la mirada, desafiante. Podía ver los engranajes girando en su cabeza: “¿Es una broma? ¿Se equivocó de edificio? ¿Está loca?”. Finalmente, rodó los ojos y comenzó a teclear en su computadora con una lentitud exasperante, haciendo sonar sus uñas contra el teclado con más fuerza de la necesaria.

—Robles… Robles… —murmuraba, masticando un chicle imaginario—. No me aparece nada… Ah, espera.

Se detuvo. Su rostro cambió ligeramente. La burla se transformó en confusión. Ahí estaba mi nombre. En el sistema de alta seguridad, marcado como cita prioritaria.

—Ah… sí. Elena Robles —dijo, con un tono ligeramente menos agresivo, pero aún cargado de sospecha—. Pues… qué raro. El sistema dice que pase.

Sacó un gafete de plástico blanco de un cajón. No me lo dio en la mano; lo deslizó sobre el mostrador de mármol como quien lanza una moneda a un mendigo. El gafete resbaló y se detuvo cerca del borde.

—Tercer piso. Elevadores del fondo. No use los del frente, esos son para socios y directivos —advirtió, señalando con su uña decorada—. Y oiga… un consejo. Si ve gente importante, trate de no estorbar en el pasillo. Hoy viene el CEO y andan todos muy tensos.

Tomé el gafete. Lo miré por un segundo. “VISITANTE”, decía en letras negras y frías.

—Gracias, Jime. Que tengas un día tan amable como tú —dije con una sonrisa que no llegó a mis ojos.

Ella no captó la ironía. Ya había vuelto a su celular, borrándome de su existencia.

Caminé hacia los elevadores del fondo. El sonido de mis zapatos planos era casi inaudible sobre el mármol, un contraste absoluto con el tac-tac-tac autoritario de las ejecutivas que cruzaban el lobby. Me sentía como un fantasma en mi propio castillo. Porque lo que Jime no sabía, lo que nadie en ese lobby sabía, era que yo no solo conocía ese edificio. Yo era dueña de él.

Bueno, técnicamente, Inversiones R&R era la dueña mayoritaria del grupo inmobiliario que arrendaba la torre a Alterara. Y la “R” de R&R era por Robles. Mi apellido. Pero eso era un detalle técnico que mi esposo Nathan y yo manteníamos en bajo perfil. Nathan… si él viera esto, probablemente habría comprado la empresa de seguridad de Jime solo para despedirla. Pero Nathan entendía por qué yo tenía que hacer esto sola.

Entré al elevador. Había un espejo de cuerpo entero en el fondo. Me miré. Una mujer de mediana edad, sin maquillaje, con el pelo recogido en una coleta sencilla, una camisa arrugada y una bolsa de tela. Vi lo que ellos veían: a una nadie. Una mujer “simple”. Una tía, una ama de casa, una maestra de escuela pública perdida en el mundo corporativo.

Sonreí a mi reflejo. Esa “nadie” había diseñado los algoritmos de riesgo que Alterara usaba para ganar miles de millones. Esa “nadie” había sido consultora fantasma para el Banco Mundial.

Las puertas se abrieron en el tercer piso.

El área de espera para candidatos ejecutivos era un espacio diseñado para intimidar. Una alfombra gris perla tan gruesa que tus pies se hundían en ella, paredes de cristal con vista directa a los volcanes (que hoy estaban ocultos por el smog), y sillones de piel italiana negra, elegantes y fríos.

Había cinco personas más esperando. En el momento en que salí del elevador, la conversación que mantenían se cortó de tajo. Cinco pares de ojos se clavaron en mí.

Eran la crème de la crème de la juventud dorada mexicana. Tres hombres y dos mujeres. Todos parecían salidos de un catálogo de El Palacio de Hierro. Trajes a la medida, relojes que brillaban bajo las luces halógenas, peinados impecables fijados con productos caros. Exudaban esa mezcla tóxica de confianza heredada y ambición depredadora.

Caminé hacia una silla vacía en la esquina, alejada del grupo.

—Oye, ¿ya vieron? —escuché un susurro fuerte, claramente intencionado para ser oído. Era una mujer sentada cerca de la ventana. Llevaba un traje sastre gris marengo que gritaba “Gucci” y una bolsa Louis Vuitton Neverfull en el suelo. Se llamaba Laila, según escucharía después.

—¿Se habrá perdido la señora de los tintos? —respondió un hombre joven, riendo por lo bajo.

Me senté, coloqué mi bolsa de tela sobre mis piernas y saqué mi libro. Traté de concentrarme en las palabras de Adam Smith, pero mis sentidos estaban en alerta máxima.

—Igual y viene a vendernos Avon —dijo una voz masculina más profunda y arrogante.

Levanté la vista ligeramente. Era él. El macho alfa de la manada. Estaba recargado contra la pared, con una pierna cruzada sobre la otra, revisando su iPhone 15 Pro Max. Traje a rayas diplomáticas, pañuelo de seda en el bolsillo, un reloj Rolex Submariner en la muñeca. Javier Holt. Lo reconocí de las fotos de los expedientes que había investigado previamente. El “pre-seleccionado”. El hijo de un político influyente que pensaba que el mundo era su buffet personal.

—Oye, señora —dijo Javier, mirándome directamente con una sonrisa torcida—. ¿A cuánto el catálogo? Mi secretaria necesita crema para las manos.

El grupo estalló en risitas contenidas, como hienas educadas en colegios privados.

Sentí el calor subir por mi cuello. No era vergüenza, era ira. Una ira fría y densa. Apreté las tapas de mi libro.

—No vendo cremas —dije sin levantar mucho la voz, pero con firmeza—. Vengo a la misma entrevista que ustedes.

El silencio que siguió fue de incredulidad absoluta. Luego, Laila soltó una carcajada estridente.

—¿Es en serio? —se inclinó hacia mí, señalando mi bolsa con una manicura perfecta—. ¿Con esa bolsa? ¿Qué traes ahí, el mandado? ¿Las tortillas para el almuerzo?

—Ay no, qué oso —murmuró otro candidato, un chico llamado Esteban, mientras sacaba disimuladamente su celular. Lo vi apuntar la cámara hacia mí. Click. Sabía exactamente lo que estaba haciendo. Una foto para el grupo de WhatsApp. “Miren lo que llegó a Recursos Humanos. #Hambre”

Javier se despego de la pared y dio dos pasos hacia mí. Su presencia era invasiva, cargada de esa loción dulzona y cara que usan los hombres que quieren imponerse.

—Mira, reina —dijo, metiendo la mano en su bolsillo interior—. Te voy a hacer un favor. Se ve que necesitas ayuda.

Sacó su cartera de piel de cocodrilo, la abrió y extrajo un billete de cien pesos. Lo arrugó en una bola pequeña con sus dedos cuidados.

—Toma —dijo, y con un movimiento despectivo de la muñeca, tiró el billete a mis pies. El papel rodó por la alfombra hasta detenerse junto a mi zapato plano—. Para que te compres una carpeta decente en el Office Depot. O mejor, para la tintorería. Esa camisa se ve… triste.

Las risas se redoblaron. Laila se tapaba la boca, fingiendo shock pero riendo con los ojos. Esteban grababa video.

Miré el billete en el suelo. Cien pesos. Una cantidad insignificante para él, un insulto calculado para mí. Podía sentir la mirada de todos, pesando toneladas. Esperaban que me quebrara. Esperaban que me levantara indignada, o que llorara, o que, Dios no lo quiera, recogiera el dinero agradecida.

Mi corazón latía con fuerza contra mis costillas, un tambor de guerra. Recordé las palabras de mi padre, un hombre que trabajó toda su vida con las manos llenas de grasa en un taller mecánico: “La dignidad, mija, es lo único que no te pueden quitar a menos que tú se la entregues”.

Levanté la cabeza lentamente. Mis ojos avellana se clavaron en los ojos oscuros y vacíos de Javier.

—El dinero compra trajes, Javier —dije, usando su nombre que no me había dado, solo para desestabilizarlo—. Compra relojes y compra silencios. Pero no compra clase. Y definitivamente no compra educación.

La sonrisa de Javier vaciló por un instante. Sus ojos se entrecerraron.

—Uy, salió brava la seño —se burló, recuperando su postura arrogante—. Mejor guárdate tus consejos de galleta de la fortuna para cuando estés trapeando el piso. Porque ese es el único puesto que vas a conseguir aquí con esa facha.

En ese momento, la puerta de cristal esmerilado al fondo del pasillo se abrió con un zumbido eléctrico.

Una asistente joven de Recursos Humanos salió con una tablet en la mano. Llevaba un vestido ajustado y una expresión de aburrimiento perpetuo. Emily.

Ella vio la escena. Vio al grupo de candidatos riéndose. Vio a Javier de pie frente a mí con postura agresiva. Vio el billete tirado a mis pies. Y vio mi cara de estoicismo.

¿Hizo algo? ¿Dijo algo?

No.

Emily sonrió. Una sonrisa pequeña, cómplice, dirigida a Javier.

—Javier, qué bueno verte —dijo ella con un tono meloso—. El licenciado Callahan te manda saludos. En un momento pasamos contigo.

Luego, su mirada cayó sobre mí. La sonrisa desapareció, reemplazada por una frialdad burocrática.

—¿Elena Robles? —llamó, como si estuviera pasando lista en un reclusorio.

Me puse de pie. Dejé el billete en el suelo, como si fuera basura radiactiva.

—Soy yo —dije.

—Pasa —ordenó Emily, girando sobre sus talones sin esperarme—. Y por favor… deja tu… cosa… esa bolsa, en la silla de afuera. No queremos que ensucies la mesa de cristal de la sala de juntas. Es importada.

El grupo detrás de mí estalló en una nueva ronda de risas y murmullos.

—Suerte con la limpieza, doña —gritó Javier a mi espalda.

Apreté el asa de mi bolsa de tela. No la dejé. La colgué con más firmeza en mi hombro. Entré a la sala de juntas con la cabeza en alto, sintiendo las miradas clavadas en mi espalda como dardos.

La puerta se cerró detrás de mí, silenciando las risas, pero el eco de la humillación seguía vibrando en el aire. Estaba sola frente al tribunal. Pero ellos no sabían que yo no había venido a ser juzgada. Había venido a dictar sentencia.

CAPÍTULO 2: EL PASILLO DE LOS ESPEJOS ROTOS

La puerta de la sala de espera se cerró tras de mí, pero la sensación de las miradas clavadas en mi espalda persistía, como una comezón imposible de rascar. No había entrado directamente a la sala de entrevistas; Emily, la asistente de Recursos Humanos con la actitud de una cadenera de antro exclusivo, me había conducido a un segundo pasillo, un purgatorio de cristal y acero antes del juicio final.

—Espere aquí —dijo, señalando una banca solitaria de diseño vanguardista que parecía más una escultura incómoda que un asiento—. El Licenciado Cantú está terminando una llamada importante. No toque nada. Y por favor, trate de no hacerse notar si pasa algún socio.

Antes de que pudiera responder, Emily giró sobre sus tacones de aguja y desapareció por una puerta lateral, dejándome sola en lo que los empleados de Alterara llamaban “La Pecera”.

Era un pasillo ancho, flanqueado por paredes de vidrio transparente. A mi izquierda, las oficinas operativas bullían de actividad; veía a analistas jóvenes, los famosos “Godínez” de alto nivel, tecleando frenéticamente, con las corbatas aflojadas y tazas de Starbucks como extensiones de sus manos. A mi derecha, a través de otro cristal, podía ver la sala de espera que acababa de abandonar.

Ahí estaban ellos. Los “Mirreyes”. La jauría.

Desde mi posición, era como observar un zoológico humano. No podían escucharme, pero yo podía ver cada uno de sus movimientos. Javier Holt, el líder de la manada, había recuperado su postura de dueño del universo. Estaba recreando la escena del billete para un público nuevo que acababa de llegar, gesticulando exageradamente y señalando hacia donde yo estaba, riendo con esa boca abierta y falsa que tienen los políticos en campaña.

Laila, la chica de la falda Gucci, estaba recargada contra el vidrio, con su celular en alto. Se estaba tomando una selfie con mi figura borrosa de fondo. Podía imaginar el texto de su historia en Instagram: “Aquí casual, esperando mi turno mientras la intendencia se pierde. #GodínezLife #SantaFe”.

Me senté en la banca dura. Saqué mi libro de La Riqueza de las Naciones, pero no leí. Mis ojos recorrieron el lugar, analizando cada detalle con la precisión de una auditora, no de una candidata.

Noté las manchas de humedad en la esquina superior del techo, disimuladas con pintura fresca pero barata. Noté que la alfombra, aunque parecía lujosa, estaba deshilachada en los bordes donde pegaba con el zoclo. Noté que las lámparas led parpadeaban con una frecuencia imperceptible para la mayoría, pero que indicaba un fallo en el regulador de voltaje central.

Mantenimiento deficiente, pensé. Están desviando fondos de operaciones. Alguien está facturando reparaciones fantasmas.

Mi mente viajó diez años atrás. Recordé cuando diseñé este piso. Yo misma había elegido a los arquitectos. En aquel entonces, mi visión para Alterara era clara: transparencia, luz, meritocracia. Quería que las paredes de cristal simbolizaran que no había nada que ocultar.

Qué ironía. Ahora, esas mismas paredes de cristal servían para exhibir la crueldad.

Mi celular vibró en mi bolsa de tela. Era un mensaje de Nathan.

“¿Ya los despediste a todos o sigo comprando acciones para tener mayoría absoluta? Te amo. PD: La cena es tacos al pastor, no acepto un no.”

Sonreí levemente. Nathan, mi esposo, el genio de la ciberseguridad que caminaba por la casa en calzones y camisetas de Star Wars, pero que tenía el poder de apagar la red eléctrica de un país pequeño si se lo proponía. Él quería acompañarme, quería entrar aquí como un tanque y comprar el edificio entero solo para echar a los que me miraron mal. Pero esto era mi batalla. Era mi hijo corporativo el que estaba enfermo, y yo tenía que curarlo, aunque la medicina fuera amarga.

Guardé el celular. El sonido de risas al otro lado del cristal me distrajo. Javier estaba imitando mi forma de caminar, encorvándose y abrazando una bolsa imaginaria con miedo. Los demás aplaudían.

Sentí una punzada de dolor. No por mí, sino por lo que representaban. ¿Cuántas personas brillantes, cuántos talentos mexicanos reales, habían sido rechazados en este mismo pasillo solo porque no tenían el apellido correcto, la piel del tono “adecuado” o la ropa de marca? ¿Cuántos sueños se habían roto en esta banca incómoda bajo la mirada burlona de gente como Javier?

Alterara se había convertido en un club social para hijos de papi, un country club con hojas de cálculo. Y eso me enfurecía más que cualquier insulto personal.

De repente, la puerta de caoba al final del pasillo se abrió de golpe.

Una figura emergió, y el aire en el pasillo pareció volverse más pesado, cargado de una mezcla de colonia barata y tabaco rancio.

Era Michael Callahan, o como le gustaba que le dijeran en México para sonar importante: el “Licenciado Cantú”.

Lo había investigado a fondo. Director de Recursos Humanos desde hacía cinco años. Su sueldo oficial era alto, pero no explicaba su estilo de vida: casa en Valle de Bravo, departamento en Miami, colección de autos clásicos. Cantú era un hombre voluminoso, no por musculatura, sino por excesos. Su traje, un Zegna azul marino que costaba unos 5,000 dólares, luchaba valientemente por contener su abdomen. La camisa estaba tensa en los botones, amenazando con dispararse como proyectiles en cualquier momento.

No venía solo. Detrás de él, como rémora pegada a un tiburón, venía David Reese (David), el Director de Operaciones. Un hombre joven, nervioso, con esa energía de “sí, señor” que tienen los que suben pisando cabezas pero sin tener ideas propias. Y finalmente, Vanesa Klein (Vanesa), la Gerente Senior. Alta, delgada, con una belleza afilada y fría. Llevaba un blazer negro impecable y los labios pintados de un rojo sangre que parecía una advertencia de peligro.

Se detuvieron en medio del pasillo, ignorándome por completo, aunque estaba a tres metros de ellos.

—Entonces le dije al de la agencia: “Si no me traes el Porsche en color gris mate, cancelo la flotilla de la empresa” —bramó Cantú, soltando una carcajada rasposa que terminó en una tos de fumador—. ¡Y vieras cómo corrió el infeliz! ¡Jajaja!

—Es usted un genio, Licenciado —dijo David, riendo demasiado fuerte, con esa desesperación por agradar—. Nadie maneja a los proveedores como usted.

—Oye, Mike —intervino Vanesa, su voz era suave pero cortante, como seda sobre acero—. ¿Qué hacemos con la de las 10:00? Ya sabes, la “incógnita”.

Cantú hizo un gesto de desdén con la mano, haciendo brillar su reloj de oro macizo.

—Ah, la tal Robles. Mira, el sistema la marcó como prioritaria, seguro es recomendada de algún socio aburrido o alguna cuota de inclusión que tenemos que llenar. La pasamos, le hacemos tres preguntas, nos burlamos un rato y la mandamos a volar. Ya tenemos al “Gallo”, ¿no?

—Javier ya depositó —susurró Vanesa, bajando la voz y mirando a los lados, aunque ni siquiera se dignó a mirarme a mí—. La “donación” está en la cuenta de las Islas Caimán. Confirmado esta mañana.

—Excelente —Cantú se frotó las manos—. Ese muchacho tiene futuro. Sabe cómo funcionan las cosas en el mundo real. No como estos idealistas que vienen con sus MBAs y sus ideas de “ética”.

Sentí un escalofrío. Lo habían dicho en voz alta. Ahí, en medio del pasillo. Tan seguros estaban de su impunidad, tan intocables se sentían en su torre de marfil, que ni siquiera les importaba que “la señora de la limpieza” (porque eso creían que era yo) los escuchara. Para ellos, yo era mobiliario. Y el mobiliario no testifica en los juicios.

Cantú se giró finalmente hacia mí. Sus ojos eran pequeños, porcinos, inyectados en sangre. Me barrió con la mirada, deteniéndose en mi bolsa de tela con una mueca de asco absoluto.

—¿Tú eres la que está esperando? —preguntó, sin usar un saludo, sin cortesía básica.

Me puse de pie lentamente. Alisé mi camisa de lino con dignidad.

—Soy Elena Robles. Tengo cita a las 10:00 AM para la posición de Vicepresidencia.

Cantú soltó un bufido que fue mitad risa, mitad sorpresa. Miró a Vanesa, luego a David.

—¿Es en serio? —preguntó al aire—. ¿Esta es la candidata prioritaria? Pensé que eras la que traía los cafés para la junta.

Vanesa dio un paso adelante, cruzando los brazos. Me miró como si fuera una mancha de salsa en su mantel blanco.

—Oye, querida —dijo con un tono condescendiente, de esos que usan las señoras ricas para regañar a sus empleadas domésticas—. ¿Nadie te avisó que esto es un corporativo global? ¿O pensaste que venías a una entrevista para cajera de Oxxo?

—Mi ropa no está en mi currículum —respondí, manteniendo la voz nivelada, aunque el corazón me latía en la garganta—. Mis habilidades sí. Si me permiten…

Intenté extenderles la carpeta con mi CV. Cantú ni siquiera levantó la mano para tomarla. Dejó que mi brazo quedara extendido en el aire.

—Vamos adentro —dijo Cantú, dándome la espalda—. Vamos a acabar con esto rápido. Tengo una reservación en el Puerto Madero a las 2 y no quiero llegar tarde por perder el tiempo con… esto.

Entraron a la sala de juntas. Yo los seguí.

La sala era impresionante, diseñada para empequeñecer a cualquiera que entrara. Una mesa de caoba de seis metros de largo dominaba el centro. Los ventanales de piso a techo ofrecían una vista panorámica de la Ciudad de México: el Castillo de Chapultepec a lo lejos, el Paseo de la Reforma serpenteando como una vena de asfalto. Era una vista de poder.

Ellos se sentaron en el extremo de la mesa, con la espalda hacia la vista, bloqueando la luz, como jueces en un tribunal oscuro. Cantú se dejó caer en la silla central, que crujió bajo su peso. Vanesa se sentó a su derecha, sacando una pluma Montblanc y una libreta de piel. David se sentó a la izquierda, abriendo una laptop.

No había silla para mí.

Me quedé de pie al otro lado de la mesa, sola, pequeña en la inmensidad de la sala.

—¿Y bien? —dijo Cantú, tamborileando sus dedos gruesos sobre la mesa—. ¿Te vas a sentar o vas a servirnos el café? Ah, espera, no hay silla para ti. David, trae una de las sillas plegables del cuarto de archivo. No quiero que ensucie las de piel.

David se levantó con una risita nerviosa y trajo una silla de metal fría y dura, de esas que se usan en las fiestas infantiles baratas. La puso frente a ellos, mucho más baja que sus sillones ergonómicos. Era una táctica psicológica básica: pon al candidato en una posición física inferior para que se sienta pequeño.

Me senté. Quedé a la altura de sus pechos, teniendo que mirar hacia arriba.

—A ver —dijo Vanesa, tomando mi carpeta de CV que yo había puesto sobre la mesa. La agarró con la punta de los dedos, como si estuviera contaminada—. “Elena Robles”. Sin foto. Qué conveniente.

Abrió la carpeta. Vi sus ojos recorrer la primera página. Esperaba ver sorpresa. Esperaba ver el reconocimiento de mis credenciales: Doble MBA en Oxford y MIT, 15 años de experiencia en Zúrich, Singapur y Boston. Esperaba que la arrogancia se borrara de sus caras.

Pero Vanesa cerró la carpeta de golpe sin pasar de la primera línea.

—Aburrido —dijo, lanzando mi CV sobre la mesa, deslizándolo lejos de ella—. Formato anticuado. Letra Times New Roman. ¿Quién usa eso en 2024? Demuestra falta de creatividad y visión moderna.

—Mi experiencia está detallada ahí —insistí—. He manejado portafolios de inversión de…

—¡Basta! —interrumpió Cantú, golpeando la mesa con la palma abierta. El sonido retumbó en la sala—. No me interesa lo que hayas hecho en tus “trabajitos” anteriores. Probablemente eras la asistente del asistente y te inflaste el título. Aquí en Alterara tenemos un estándar.

Se inclinó hacia adelante. El olor a menta tratando de cubrir el alcohol me golpeó.

—Mírate —dijo, señalándome con un dedo regordete—. Esa camisa. Ese peinado de “me acabo de levantar”. Esos zapatos que no hacen ruido. No proyectas liderazgo. Proyectas… necesidad. Proyectas hambre. Y en este negocio, la gente huele el hambre y te come vivo.

—El liderazgo no es un traje, Licenciado —dije. Fue la primera vez que dejé salir un poco de acero en mi voz—. El liderazgo es competencia. Es ética. Es resultados.

David soltó una carcajada.

—¿Ética? —se burló—. Ay, qué tierna. ¿Escuchaste eso, Vane? Cree que estamos en clase de filosofía.

David tecleó algo en su laptop y encendió el proyector que colgaba del techo. Una pantalla descendió detrás de ellos.

—Déjame mostrarte lo que es el “Estándar Alterara” —dijo David con una sonrisa maliciosa.

En la pantalla apareció una imagen. Era una foto de una mujer vestida de manera muy similar a mí: camisa blanca sencilla, pantalones neutros, sin maquillaje excesivo. Sobre la foto, habían puesto una enorme “X” roja y la palabra “FRAUDE” en letras mayúsculas.

Al lado, había otra foto: una mujer con un traje sastre rojo brillante, tacones altísimos, maquillaje perfecto y joyas visibles. Sobre ella, un “check” verde y la palabra “ÉXITO”.

—Esta eres tú —dijo David, señalando a la mujer de la “X” —. La imagen del fracaso. La imagen de la mediocridad. Nuestros clientes confían en nosotros porque parecemos dioses, no mortales. Tú pareces… bueno, pareces alguien que toma el metro en hora pico.

La sala se llenó de sus risas. Eran risas crueles, depredadoras. Se estaban divirtiendo. Para ellos, esto no era una entrevista; era un deporte sangriento. Estaban despedazando a una presa fácil para reafirmar su propio poder.

Cantú se limpió una lágrima de risa del ojo.

—Ay, David, eres un cabrón —dijo entre risas—. Pero tiene razón, señora Robles. ¿Cómo espera negociar una fusión de mil millones de dólares si parece que viene de comprar el mandado?

Me quedé inmóvil en mi silla de metal. Mis manos apretaban la tela de mis pantalones bajo la mesa. Sentía la humillación arder en mi piel, pero bajo ella, algo más fuerte estaba despertando. Era una furia fría, calculadora.

Estaba memorizando cada palabra. Cada gesto. Cada insulto.

—¿Terminaron con la evaluación de moda? —pregunté, mi voz ahora gélida—. ¿O podemos pasar a las pruebas de aptitud financiera? Porque asumo que hay pruebas de aptitud, ¿o también se basan en el color de la corbata?

La risa de Cantú se cortó de golpe. Sus ojos se entrecerraron. No le gustó el tono. No le gustó que la “sirvienta” respondiera.

—Ah, ¿quieres pruebas? —dijo Cantú, su voz bajando a un gruñido peligroso—. ¿Crees que eres muy lista porque leíste un par de libros?

Miró a Vanesa y asintió.

Vanesa sonrió. Era la sonrisa del verdugo cuando afila el hacha. Metió la mano en su portafolio y sacó un legajo de papeles desordenados.

—Muy bien, “Doña Elena” —dijo Vanesa, arrastrando mi nombre por el fango—. ¿Quieres demostrar que vales algo? Aquí tienes.

Deslizó los papeles por la mesa con tal fuerza que algunas hojas volaron y cayeron al suelo.

—Es un análisis de riesgo para una fusión de metales en el mercado asiático. Datos crudos. Modelos contradictorios. Tienes cinco minutos.

—¿Cinco minutos? —pregunté. Eso era imposible. Un análisis así tomaba horas, incluso para un equipo completo.

—Ah, y una cosa más —añadió David, mirando su reloj—. El mercado cierra en Tokio en… tres minutos. Así que mejor apúrate.

Cantú se reclinó en su silla, cruzando las manos sobre su estómago.

—Sorpréndenos —dijo con desprecio—. O mejor, ahórranos el tiempo, recoge tus trapos y sal por donde entraste antes de que llame a seguridad para que te saquen como la basura que pareces.

Miré los papeles en el suelo. Miré sus caras de satisfacción sádica.

Lentamente, me agaché para recoger las hojas. Al hacerlo, vi algo bajo la mesa, pegado con cinta adhesiva debajo de la silla de Cantú. Era un pequeño dispositivo de grabación. No era de seguridad. Era personal.

Chantaje, pensé. Se graban entre ellos.

Me levanté con las hojas en la mano. Puse los papeles sobre la mesa, saqué mi pluma fuente de la bolsa de tela y destapé el capuchón. El plumín de oro brilló bajo la luz artificial.

—Tres minutos es mucho tiempo para un problema tan mal planteado —dije.

Y empecé a escribir.

PARTE 2: LA CAÍDA DE LOS ÍDOLOS

CAPÍTULO 3: LA ENTREVISTA IMPOSIBLE Y EL MERCADO DE ALMAS

El sonido de mi pluma fuente raspando el papel barato rompió el silencio hostil de la sala de juntas.

—Dos minutos, “Cenicienta” —se burló David Reese, mirando su reloj inteligente como si estuviera cronometrando una carrera de caballos—. Tic, tac.

Ignoré su voz. Ignoré la risa nasal de Vanesa y el suspiro pesado del Licenciado Cantú. En ese momento, el mundo se redujo a los números frente a mí.

Para la mayoría de la gente, una hoja de cálculo llena de datos financieros es solo eso: aburrimiento y estrés. Para mí, los números siempre han sido como una partitura musical. Tienen ritmo, tienen armonía, y cuando algo está mal, desafinan. Y este examen… Dios mío, esto no era solo una desafinación; era una cacofonía de incompetencia.

Lo que Vanesa había llamado una “prueba de aptitud imposible” era, en realidad, un refrito mal hecho de un modelo de riesgo que yo misma había diseñado en 2014 para la crisis de los mercados emergentes. Pero estaba mutilado.

Mis ojos volaron sobre las líneas.

Error 1: La tasa de conversión del yen estaba fijada con valores de 2019. Error 2: El algoritmo de volatilidad no estaba ponderado. Error 3: La “trampa”.

Ahí estaba. La trampa que habían puesto para asegurarse de que nadie aprobara. En la tercera página, en una nota al pie minúscula, había una instrucción contradictoria: “Calcular el EBITDA asumiendo una inflación negativa del 5%, pero aplicar una tasa de interés variable al alza”. Era una imposibilidad económica en el contexto actual. Si seguías la instrucción al pie de la letra, el resultado daba cero. Si la ignorabas, el resultado era infinito. Estaba diseñado para que el candidato se bloqueara.

No me bloqueé. Sonreí.

—¿De qué se ríe la loca? —susurró Vanesa a Cantú, lo suficientemente alto para que yo la oyera.

—Seguro ya se dio cuenta de que no sabe ni sumar —respondió Cantú, tomando un sorbo ruidoso de su café—. Déjala que sufra un minuto más. Es divertido verlos sudar.

Mientras mi mano escribía furiosamente las correcciones al margen, mi mente no pudo evitar viajar al pasado. Recordé las noches en Zúrich, trabajando hasta el amanecer, no por dinero, sino por la obsesión de crear un sistema justo. Recordé cuando fundé los principios de Alterara: “La verdad está en los datos, no en los trajes”.

Qué bajo habíamos caído. Mi “hijo corporativo” había sido secuestrado por pandilleros con corbata.

—Oye, Mike —dijo Vanesa, ignorando mi presencia y sacando un espejo compacto para retocarse el labial rojo—. ¿Sí vas a ir al torneo de golf de Valle este fin? Me dijeron que el Gobernador va a estar ahí.

—Obvio, Vane —respondió Cantú, estirando las piernas—. Ya tengo mi foursome armado. Y adivina quién va de caddy… el imbécil de Finanzas. Le dije que si quería su bono de Navidad, tenía que cargarme los palos. ¡Jajaja!

Se reían de humillar a sus propios empleados. La toxicidad no era un accidente aquí; era el combustible.

—Treinta segundos —cantó David, golpeando la mesa con un bolígrafo de metal. Clac. Clac. Clac. Intentaba romper mi concentración.

Terminé.

No solo resolví el problema. Al margen de la hoja, escribí una nota rápida: “El modelo base tiene un error de sintaxis en la celda B4 que arrastra una pérdida del 12%. No es culpa del mercado, es culpa de quien capturó los datos”. Sabía que Vanesa era la responsable de ese departamento. Era un mensaje directo para ella.

Cerré la tapa de mi pluma con un click suave pero definitivo.

—Listo —dije, levantando la vista.

Los tres se detuvieron en seco. David miró su reloj, confundido.

—Faltan diez segundos —dijo, frunciendo el ceño—. No puedes haber terminado. Es imposible.

—Para ustedes, tal vez —deslicé las hojas hacia el centro de la mesa—. Para alguien que sabe leer el mercado, es un ejercicio de preescolar.

Vanesa extendió su mano con sus uñas de acrílico perfectas y, con un gesto de asco teatral, tomó las hojas.

¿Las leyó? No. ¿Revisó los resultados? Tampoco.

Con una lentitud deliberada, miró la primera hoja, hizo una mueca y la dejó caer sobre la mesa como si fuera un pañuelo usado.

—Ilegible —dictaminó Vanesa sin siquiera mirar los números—. Tu letra es espantosa. En Alterara usamos presentaciones digitales, querida. No garabatos de primaria.

—Además —intervino Cantú, inclinándose hacia adelante, invadiendo mi espacio personal con su aliento a café rancio—, no seguiste las instrucciones. Te pedimos un análisis, no que rayones nuestras hojas.

—Si revisa la tercera página, Licenciado, verá que corregí la contradicción en su premisa de inflación —expliqué, manteniendo la calma, aunque mis manos bajo la mesa estaban cerradas en puños apretados—. Y de paso, encontré por qué su departamento de Asia está perdiendo dinero.

Vanesa se puso rígida. Sus ojos se abrieron un poco más. Toqué una fibra sensible. Ella sabía que su departamento estaba sangrando dinero, pero lo había estado ocultando.

—¡Cállate! —chilló Vanesa, perdiendo su compostura fría por un segundo—. ¿Quién te crees que eres para venir a auditarme? ¡Eres una nadie! ¡Una desempleada con ropa de tianguis!

Cantú soltó una carcajada seca y cruel.

—Ya escuchaste, Robles. Estás fuera. No tienes el “fit cultural”.

—¿Fit cultural? —pregunté, arqueando una ceja—. ¿Se refiere a la cultura de incompetencia o a la de corrupción?

La sala se congeló. El aire se volvió eléctrico. Cantú se puso rojo, un color violento que subió desde su cuello apretado hasta sus orejas.

—Ten mucho cuidado con lo que dices, mujercita —gruñó Cantú, su voz bajando una octava—. Estás en la oficina de uno de los hombres más poderosos de la industria. Puedo hacer que tu nombre aparezca en tantas listas negras que no te van a contratar ni para limpiar baños en la central de abastos.

—Creo que ya terminamos aquí —dijo David, poniéndose de pie y caminando hacia la puerta—. Voy a llamar a seguridad para que escolten a la “señora” a la salida.

En ese preciso instante, la puerta se abrió sin que nadie tocara.

El cambio de atmósfera fue instantáneo. La tensión agresiva se evaporó, reemplazada por una adulación empalagosa que daba vergüenza ajena.

Entró Javier Holt.

El “Gallo”. El “Mirrey” supremo.

Javier no caminaba; desfilaba. Su traje a rayas diplomáticas brillaba bajo las luces. Llevaba el saco desabotonado, mostrando un chaleco impecable y una corbata de seda que probablemente costaba más que el sueldo mensual de Jime, la recepcionista.

—¡Qué pasó, mis licenciados! —gritó Javier con esa confianza excesiva de quien nunca ha tenido que pedir permiso para nada—. ¿Interrumpo la fiesta o ya están brindando por mí?

—¡Javier! —exclamó Cantú, poniéndose de pie tan rápido que su silla golpeó la pared—. ¡Mi muchacho! ¡Pásale, pásale! Estás en tu casa.

Vanesa, que segundos antes parecía una víbora a punto de morder, se transformó. Su rostro se suavizó, su postura se volvió coqueta. Se arregló el cabello.

—Javi, qué gusto —dijo con voz melosa—. Justo estábamos… limpiando un poco el desorden antes de recibirte como te mereces.

Javier entró a la sala y se detuvo al verme sentada en la silla plegable de metal. Me miró como quien mira a un perro callejero que se coló en un restaurante de lujo.

—Ah, mira quién sigue aquí —dijo Javier, soltando una risa burlona—. La señora de los cien pesos. ¿Todavía no te vas? ¿O estás esperando a que te validemos el boleto del estacionamiento? Ah, no, espera… tú viniste en pesero, ¿verdad?

Los tres directivos estallaron en risas. Era un coro de crueldad.

—Es persistente, hay que dárselo —dijo David, palmeando la espalda de Javier—. Pero ya se iba. Estábamos por llamar a seguridad.

—No se molesten —dijo Javier, sacando del bolsillo interior de su saco un sobre grueso, de color manila.

El sonido del sobre al caer sobre la mesa de caoba fue pesado. Pum. No era papel lo que sonaba. Eran fajos. Compactos. Densos.

Javier le guiñó un ojo a Cantú.

—Licenciado, aquí le traigo los “documentos adicionales” que me pidió para mi expediente —dijo Javier con un énfasis descarado—. Son las cartas de recomendación de mis tíos… Los Tíos Benjamín Franklin, para ser exactos.

Cantú miró el sobre. Sus ojos porcinos brillaron con una codicia desnuda. No disimuló. No tuvo ni la decencia de hacerse el ofendido. Extendió su mano, acarició el sobre y lo deslizó rápidamente bajo su carpeta de cuero.

—Excelente, Javier. Sabía que eras un hombre de recursos. Un hombre que entiende cómo se lubrican los engranajes de la alta finanza.

—Y para ti, Vane —dijo Javier, sacando una caja pequeña envuelta en terciopelo negro—. Un detallito. Sé que te encantan los brillantes.

Vanesa abrió la caja. Unos aretes de diamante destellaron. Soltó un gritito de emoción, completamente inapropiado para una entrevista de trabajo.

—¡Ay, Javi! ¡No debiste! —exclamó, poniéndoselos sobre la oreja para ver cómo lucían en el reflejo de la ventana—. Están divinos.

—Te los mereces, guapa —dijo Javier, recargándose en la mesa—. Entonces, ¿cuándo empiezo? Mi papá ya le dijo a sus socios que soy el nuevo VP. No quiero hacerlo quedar mal.

—Empiezas el lunes —declaró Cantú, dándole un apretón de manos firme—. Bienvenido a la familia Alterara, Javier. Eres exactamente el perfil que buscamos: agresivo, conectado y… generoso.

Me quedé sentada, observando la transacción. No era solo un soborno; era una venta de garaje de la integridad de mi empresa. Estaban vendiendo un puesto clave, una vicepresidencia que manejaba el futuro de miles de empleados, a un niño rico que compraba su entrada como si fuera un cover de antro.

Sentí una tristeza profunda, pero fue rápidamente reemplazada por una determinación fría. Ya había visto suficiente. Tenía las pruebas. Tenía la grabación mental de cada segundo.

Me puse de pie.

El ruido de la silla de metal arrastrándose contra el suelo rompió su celebración.

—¿Siguen aquí? —preguntó Javier, rodando los ojos—. Oye, seguridad se tarda años.

Caminé hacia la mesa. No hacia la puerta, sino hacia ellos.

—No sabía que Alterara se había convertido en una casa de subastas —dije. Mi voz resonó con una autoridad que los tomó por sorpresa. No era la voz de una candidata nerviosa. Era la voz de la dueña—. Pensé que aquí contrataban talento, no carteras.

Cantú se puso de pie, furioso.

—¡Ya cállate! —rugió—. ¿Quién te crees que eres para hablarnos así? ¡Eres una fracasada! ¡Mírate!

Señaló mi ropa con desprecio.

—Esa ropa… esa actitud… apestas a mediocridad. ¡Javier ha logrado más en sus 25 años que tú en toda tu miserable vida!

—Javier acaba de pagarles, frente a mis ojos, por un puesto para el que no está calificado —dije, señalando el lugar donde Cantú había escondido el sobre—. Eso tiene un nombre, Licenciado. Se llama corrupción. Y en el código penal, se llama fraude.

La cara de Vanesa palideció bajo su maquillaje. David dio un paso atrás. Pero Cantú, envalentonado por su propia arrogancia, golpeó la mesa.

—¡Insolente! —gritó, escupiendo saliva—. ¡Esto es el mundo real! ¡Aquí el dinero manda! ¡Si no tienes dinero, no existes! ¡Y tú, señora Robles, eres un cero a la izquierda!

Agarró mi examen, el que yo había resuelto y corregido, y lo rompió en dos pedazos frente a mi cara. Luego en cuatro. Luego tiró los pedazos al aire como confeti.

—¡Esto es lo que pienso de tus “habilidades”! —bramó—. ¡Ahora lárgate! ¡Estás vetada! ¡Voy a asegurarme de que nadie en Santa Fe te contrate ni para servir café!

Me agaché para recoger mi bolsa de tela del suelo. Al hacerlo, mi libro, La Riqueza de las Naciones, se deslizó y cayó a la alfombra.

Vanesa, queriendo tener la última palabra, queriendo lastimarme una vez más, caminó hacia el libro.

—Y llévate tu basura intelectualoide —dijo con veneno.

Levantó su pie calzado con un tacón de aguja de doce centímetros y pateó mi libro. Lo pateó con fuerza, enviándolo a deslizarse por el suelo hasta chocar contra la puerta.

—¡Uy! ¡Gol! —gritó Javier, chocando las manos con David.

El dolor que sentí no fue físico. Ese libro me lo había regalado mi padre antes de morir. “Para que nunca olvides que la verdadera riqueza es el trabajo honesto, Elena”, me había dicho. Verlo ser pateado por una mujer que acababa de aceptar diamantes a cambio de un puesto fue el límite.

Caminé lentamente hacia la puerta. Recogí mi libro con ternura. Limpié la cubierta con mi manga.

Me giré hacia ellos una última vez. Estaban riendo. Cantú se servía un whisky. Javier estaba sentado en la silla del director, con los pies sobre la mesa. Vanesa se miraba en el espejo.

—Disfruten su risa —dije suavemente. Casi no me oyeron—. Disfrútenla mientras les dure. Porque el silencio que viene después va a ser ensordecedor.

—¡Fuera! —gritó Cantú, lanzándome un vaso de plástico vacío que rebotó en mi hombro.

Salí al pasillo.

El grupo de candidatos afuera seguía ahí. Habían escuchado los gritos. Cuando me vieron salir, con el libro en la mano y la cara seria, asumieron lo peor.

—Pobre —dijo Laila, fingiendo lástima mientras me grababa—. La hicieron pedazos.

—Se los dije —se burló Esteban—. No aguantó la presión.

Caminé hacia los elevadores. Pero no llamé al elevador de servicio. Ni al de empleados.

Me paré frente al elevador central. El privado. El que solo se abría con una llave maestra o con un código biométrico de nivel 1.

—Oye, seño —me gritó el guardia de seguridad del piso, un hombre llamado Víctor que se acercaba con la mano en su macana—. Ese elevador no sirve. Y no puede estar aquí. Tiene que irse.

—No me voy, Víctor —dije, dándome la vuelta para mirar hacia el pasillo, hacia la puerta de la sala de juntas de donde seguían saliendo risas.

—Señora, por favor, no me haga sacarla a la fuerza —dijo Víctor, poniéndose nervioso.

—Espera un minuto, Víctor —le dije con calma—. Solo un minuto.

—¿Esperar qué?

—Al verdadero jefe.

En ese momento, las luces del panel del elevador privado se encendieron. Un timbre suave, elegante, resonó en el pasillo silencioso. Ding.

El indicador de piso bajó rápidamente. 50… 40… 30…

Los candidatos dejaron de reír. Víctor se detuvo. Incluso Jime, que había subido al piso para traer unos documentos, se quedó congelada. Nadie usaba ese elevador a esta hora. Solo había una persona que podía activarlo desde el penthouse o desde el helipuerto.

Las puertas doradas se abrieron con un suspiro hidráulico.

No salió un ejecutivo cualquiera.

Salió Gabriel Prieto. El CEO Global. El rostro de la compañía. El hombre que salía en las portadas de Forbes y Expansión.

Pero Gabriel no venía con su usual sonrisa de tiburón. Venía pálido. Venía caminando rápido, flanqueado por Lucas, su jefe de personal, y dos escoltas armados.

Gabriel miró el pasillo. Vio a los candidatos boquiabiertos. Vio a Víctor con la mano en la macana. Vio la puerta de la sala de juntas abierta.

Y me vio a mí.

Yo estaba ahí, parada con mi ropa de lino arrugada, mi bolsa de tela y mi libro maltratado.

Gabriel Prieto, el hombre al que todos en ese piso temían, el hombre que podía despedir a mil personas con un chasquido de dedos, corrió hacia mí.

Sí, corrió.

—¡Señora! —exclamó, casi sin aliento—. ¡Señora Robles!

Llegó frente a mí y se detuvo en seco. Y entonces, ante la mirada atónita de Laila, de Esteban, de Víctor y de Jime, Gabriel Prieto hizo algo impensable.

Se inclinó. Hizo una reverencia profunda, de respeto absoluto.

—Perdóneme —dijo Gabriel, con la voz temblorosa—. El helicóptero tuvo un retraso por el viento. No debió haber pasado por esto sola.

El pasillo se quedó en un silencio sepulcral. Era como si hubieran quitado el oxígeno de la habitación.

—No te preocupes, Gabriel —dije, y mi voz ya no era la de la candidata. Era la voz de la dueña—. Llegaste justo a tiempo para la basura.

Gabriel se enderezó. Su rostro pasó de la preocupación a la furia al ver mi libro sucio y el vaso de plástico en el suelo.

—¿Quién fue? —preguntó en un susurro letal.

Señalé la puerta de la sala de juntas con un movimiento de cabeza.

—Todos.

Gabriel asintió a Lucas.

—Cierra el piso —ordenó Gabriel—. Nadie entra, nadie sale. Bloquea los elevadores y corta el internet de las oficinas de Recursos Humanos. Ahora.

Lucas tecleó en su tableta. Las luces del pasillo parpadearon una vez y cambiaron de tono. Un rojo sutil de emergencia se encendió en los paneles.

Las puertas de la sala de juntas se abrieron de golpe. Cantú salió, con un vaso de whisky en la mano, riendo con Javier.

—¡Y entonces le dije a la gata…! —decía Cantú.

Se detuvo en seco. El vaso se le resbaló de la mano.

Crash.

El cristal se rompió contra el mármol, salpicando whisky y hielo por todas partes. Pero nadie miró el desastre.

Todos miraban a Gabriel Prieto, de pie junto a mí, mirándolos como si fueran insectos que estaba a punto de aplastar.

—Señor Prieto… —balbuceó Cantú, su cara perdiendo todo color—. No… no sabíamos que venía.

Gabriel no contestó. Se hizo a un lado y me cedió el paso con un gesto de la mano.

—Después de usted, Madam Chairwoman —dijo Gabriel lo suficientemente alto para que retumbara en todo el piso.

Di un paso adelante. Mis zapatos planos ya no parecían simples. Ahora, en el silencio absoluto del miedo ajeno, mis pasos sonaban como truenos.

Abrí mi bolsa de tela. Metí la mano.

Javier Holt, el valiente Javier, se orinó en los pantalones. Literalmente. Una mancha oscura comenzó a extenderse por la entrepierna de su traje de diseñador.

Saqué mi placa. La placa que Nathan me había mandado hacer con obsidiana y oro, la que solo usaba en las asambleas anuales de accionistas.

Me la prendí en la solapa de mi camisa de lino.

ELENA ROBLES. PRESIDENTA DEL CONSEJO DE ADMINISTRACIÓN. PROPIETARIA MAYORITARIA.

Levanté la vista. Mis ojos avellana ardían.

—Buenos días, empleados —dije con una sonrisa fría—. Vamos a empezar la verdadera entrevista.

PARTE 2: LA CAÍDA DE LOS ÍDOLOS

CAPÍTULO 4: EL JUICIO DE LOS ESPEJOS

El olor a orina caliente se mezcló con el aroma a cuero y aire acondicionado procesado del pasillo. Era un olor ácido, primitivo, que contrastaba violentamente con la elegancia estéril de Santa Fe. Javier Holt, el “Mirrey” que minutos antes se sentía dueño del mundo, miraba hacia abajo con horror. La mancha oscura en sus pantalones de casimir italiano se extendía implacable, un mapa geográfico de su terror absoluto.

Nadie se rió. La risa había muerto en ese pasillo.

—Se le rompió la fuente al niño —murmuró Lucas, el jefe de escoltas de Gabriel, con una frialdad profesional mientras daba un paso atrás para no ensuciar sus zapatos.

Gabriel Prieto, el CEO global, se enderezó después de su reverencia. Su rostro, usualmente compuesto para las portadas de revistas de negocios, estaba tenso, con esa mandíbula cuadrada apretada que indicaba una tormenta inminente. Se giró lentamente hacia el grupo de espectadores paralizados: Laila (la chica Gucci), Esteban (el fotógrafo amateur), Víctor (el guardia) y Jime (la recepcionista).

—¿Alguien más tiene algo que decirle a la Presidenta Robles? —preguntó Gabriel. Su voz no era un grito, era un susurro grave que retumbó en las costillas de todos—. ¿Algún comentario sobre su ropa? ¿Alguna sugerencia sobre dónde debe tirar la basura?

Laila soltó el celular. Cayó al suelo con un golpe seco, la pantalla estrellándose contra el mármol. Nadie se movió para recogerlo. Ella temblaba tanto que sus aretes de oro tintineaban contra su cuello.

—No… señor… Don Gabriel… —balbuceó Laila, con los ojos llenos de lágrimas—. Yo no sabía… Ella no dijo…

—¿Que no dijo qué? —interrumpí, dando un paso suave hacia ella. Mis zapatos planos ya no eran motivo de burla; ahora eran los pasos de un verdugo—. ¿No dije que era humana? ¿No dije que merecía respeto? ¿O necesitabas ver esta placa de oro para tratarme como a una persona?

Toqué la insignia en mi pecho. Presidenta del Consejo.

Laila bajó la cabeza, sollozando.

—Lucas —ordenó Gabriel sin mirar atrás—, confisca los celulares de todos los presentes. Quiero borrar cualquier foto o video que hayan tomado sin consentimiento dentro de propiedad privada. Y toma sus nombres. Quiero saber quiénes son sus padres y por qué criaron hijos tan maleducados.

Mientras los escoltas comenzaban a recolectar los teléfonos de los candidatos aterrorizados, me giré hacia la sala de juntas. La puerta seguía abierta. Adentro, el triunvirato de la corrupción —Cantú, Vanesa y David— seguía estático, como una pintura barroca de condenados al infierno.

El vaso de whisky roto a los pies de Cantú brillaba bajo las luces. El charco de alcohol se esparcía, tocando la punta de sus zapatos de cinco mil dólares.

—Licenciado Cantú —dije, mi voz tranquila pero cortante—. Creo que dejamos una conversación pendiente.

Cantú abrió la boca, pero no salió sonido. Era como un pez fuera del agua, boqueando. Su arrogancia se había evaporado, dejando ver al hombre patético y asustado que vivía debajo del traje caro.

—Señora Robles… Elena… —intentó decir Vanesa, su voz aguda y quebrada. Se había quitado los aretes de diamante que Javier le había regalado y los apretaba en su puño, escondiéndolos detrás de su espalda, como una niña atrapada robando dulces—. Esto es un malentendido… Fue una prueba de estrés… Sí, eso fue… ¡Una prueba de estrés para ver cómo reaccionaba ante la presión! ¡Usted pasó! ¡Felicidades!

Solté una risa corta. No de alegría, sino de incredulidad ante su audacia.

—¿Una prueba de estrés? —repetí, entrando de nuevo a la sala de juntas—. Qué interesante concepto, Vanesa. Vamos a ver qué tan bien manejas tú el estrés.

Señalé la mesa de caoba.

—Siéntense —ordené.

Nadie se movió.

—¡DIJE QUE SE SIENTEN! —Gritó Gabriel detrás de mí. El rugido del CEO hizo que los tres saltaran.

Cantú, Vanesa y David corrieron a sus sillas de piel, tropezándose entre ellos. Javier, con los pantalones mojados y caminando como un pingüino humillado, intentó quedarse afuera.

—Tú también, “Gallo” —le dije a Javier—. Tu lugar está adentro. Pagaste por él, ¿no? Úsalo.

Javier entró arrastrando los pies, dejando un rastro húmedo en la alfombra. Se dejó caer en la silla metálica plegable, la que me habían dado a mí minutos antes. La justicia poética a veces es brutal.

Gabriel entró y cerró la puerta. Lucas se paró frente a la salida, cruzando los brazos como un cadenero implacable. Estábamos encerrados. La pecera de cristal se había convertido en una celda de interrogatorio.

Caminé lentamente alrededor de la mesa. Pasé mis dedos por el respaldo de las sillas vacías. El silencio era tan denso que podía escuchar la respiración agitada de David, quien estaba hiperventilando levemente.

—Hace diez años —empecé a hablar, mirando por el ventanal hacia el horizonte contaminado de la ciudad—, cuando diseñé el sistema de reclutamiento de Alterara, puse una sola regla de oro: Meritocracia Ciega.

Me giré hacia ellos.

—Quería que aquí trabajara el hijo del albañil si era un genio matemático, y que la hija del dueño se quedara fuera si era una incompetente. Quería cerebros, no apellidos. Quería hambre de éxito, no hambre de poder.

Me detuve detrás de la silla de Cantú. Él se encogió, esperando un golpe. Me incliné cerca de su oído. Olía a miedo y a loción Tom Ford.

—Y tú, Michael… o “Licenciado Cantú”, como te gusta que te digan en los restaurantes de Polanco… convertiste mi visión en un tianguis.

—Señora Presidenta, le juro… —empezó Cantú, sudando a chorros—. Son exageraciones… Rumores de pasillo… Yo soy un hombre íntegro…

—¿Íntegro? —caminé hacia la mesa y levanté la carpeta de cuero de Cantú. La misma donde había escondido el sobre de Javier—. ¿Llamas integridad a esto?

Abrí la carpeta y saqué el sobre manila. Lo volqué sobre la mesa.

Los fajos de billetes cayeron con un sonido sordo. Pesado. Billetes de mil pesos y de cien dólares, amarrados con ligas. Doscientos mil pesos en efectivo, más un cheque de caja.

Vanesa cerró los ojos. David empezó a llorar en silencio.

—Soborno —dije la palabra como si fuera veneno—. Aceptaste dinero a plena luz del día, en mi sala de juntas, frente a una testigo, para darle un puesto directivo a un niño que no sabe atarse las agujetas sin ayuda de su papá.

Miré a Javier, que estaba encogido en la silla metálica.

—Dime, Javier —le hablé con suavidad—. ¿De dónde salió este dinero? ¿De tu trabajo? ¿De tu esfuerzo?

Javier negó con la cabeza, mirando al suelo.

—De… de la cuenta de mi papá —susurró.

—Claro. De papi. Porque tú eres un parásito, Javier. Eres el cáncer de este país. Crees que puedes comprarlo todo. Puestos, títulos, respeto… personas.

Me acerqué a Vanesa. Ella abrió los ojos, aterrorizada. El maquillaje perfecto se le estaba corriendo por las lágrimas.

—Y tú, Vanesa. La “Reina del Soborno” —dije. Sabía que ese apodo se haría viral pronto—. Te preocupaba mucho mi ropa, ¿verdad? Decías que mi camisa de lino era “ofensiva”.

Toqué la tela de mi blusa.

—¿Sabes cuánto cuesta esta camisa, Vanesa?

Ella negó con la cabeza, temblando.

—Cuatrocientos pesos en un mercado de Oaxaca. La hizo una artesana llamada Doña Rosa, que tardó tres semanas bordando el dobladillo a mano para pagar la universidad de su nieta. Esta camisa tiene más dignidad en un solo hilo que todo tu guardarropa de Saks Fifth Avenue junto.

Vanesa sollozó.

—Pero tú no ves eso. Tú solo ves etiquetas. Y hablando de etiquetas…

Saqué mi tablet de la bolsa de tela. La conecté al sistema central de la sala.

—Gabriel, por favor, enciende la pantalla grande. Creo que nuestros invitados merecen ver la película completa de sus acciones.

La pantalla gigante descendió.

—Lucas, acceso al servidor “Sombra” —ordené.

Lucas tecleó en su dispositivo. En la pantalla apareció la interfaz de Slack, el sistema de mensajería interna de la empresa. Pero no era el canal oficial. Era un canal privado, oculto bajo el nombre “Los Reyes de Alterara”.

Los rostros de los tres directivos se desencajaron. Pensaban que sus chats eran secretos. Olvidaron que mi esposo, Nathan, es dueño de la empresa de ciberseguridad que protege (y monitorea) a Alterara.

—Leamos un poco de literatura moderna —dije con sarcasmo.

Empecé a leer los mensajes en voz alta, mientras aparecían proyectados en letras gigantes para que no hubiera duda.

Usuario: Vane_Queen (Vanesa Klein) Fecha: Hace 20 minutos “Jajaja, llegó una gata al lobby. Trae una bolsa de pan. ¿La saco o dejo que Mike se divierta un rato?”

Usuario: Lord_Mike (Michael Cantú) Respuesta: “Déjala pasar. Necesito reírme antes de la comida. Dile a David que prepare la ‘Prueba Imposible’. Vamos a hacerla llorar.”

Usuario: David_Ops (David Reese) Respuesta: “Ya tengo la foto lista con la X roja. Esto va a ser épico. ¿Alguien apostó cuánto tarda en salir corriendo?”

El silencio en la sala era sepulcral. Vanesa se tapó la cara con las manos.

—”Hacerla llorar” —repetí, mirando a Cantú—. ¿Ese es tu KPI de liderazgo, Michael? ¿Disfrutas humillando a la gente? ¿Te hace sentir grande?

Cantú intentó hablar, pero su voz era un graznido.

—Señora… era broma… es… cultura de oficina… para liberar tensión…

—No —lo corté—. Es sadismo. Y es discriminación sistemática.

Avancé los mensajes en la pantalla.

Usuario: Vane_Queen Fecha: Ayer “Oigan, el tal Javier Holt ya depositó. ¿Le damos el puesto de Estrategia o el de Ventas?”

Usuario: Lord_Mike “Dale Estrategia. No importa si no sabe nada, su papá es amigo del Senador. Necesitamos ese contacto para los permisos de la Torre 2.”

Me giré hacia Gabriel.

—Ahí lo tienes, Gabriel. La confesión firmada. Venta de cargos corporativos a cambio de tráfico de influencias políticas.

Gabriel estaba rojo de ira. Sus puños estaban blancos sobre la mesa.

—Son unos bastardos —gruñó Gabriel—. Les di mi confianza. Les di las llaves de mi casa. Y la convirtieron en un burdel.

David levantó la mano tímidamente, como un niño en la escuela.

—Yo… yo solo seguía órdenes… —lloriqueó—. El Licenciado Cantú me dijo que si no lo hacía, me despedía… Tengo hipoteca… tengo gemelos…

—¡Cállate, imbécil! —le gritó Cantú—. ¡No me eches la culpa a mí! ¡Tú preparaste las diapositivas!

—¡Porque tú me obligaste! —chilló David, poniéndose de pie.

—¡Siéntense! —ordené. Mi voz restalló como un látigo.

Ambos se sentaron.

—La defensa de “solo seguía órdenes” dejó de funcionar en 1945, David —dije fríamente—. Tuviste opción. Podías haber renunciado. Podías haber denunciado. Pero elegiste ser cómplice porque era más fácil. Y porque te gustaba sentirte parte del club.

Miré el reloj de pared. Eran las 10:45 AM. Habían pasado cuarenta y cinco minutos desde que entré a esta sala como una “nadie”. En menos de una hora, sus vidas habían terminado.

—Lucas —dije—, ¿tenemos conexión con la auditoría forense?

—Sí, señora Presidenta. Los equipos ya están en las oficinas de los tres, asegurando computadoras y archivos físicos. La policía cibernética está en camino.

Cantú levantó la cabeza de golpe.

—¿Policía? —preguntó, con los ojos desorbitados—. ¿Es necesario? Podemos arreglar esto internamente… Señora Robles, puedo devolver el dinero… Tengo ahorros… Por favor, no me haga esto. Tengo una reputación.

—¿Reputación? —me reí, una risa seca—. Michael, tu reputación murió en el momento en que rompiste mi examen. Pero no te preocupes por la policía todavía. Primero, quiero que hagas algo por mí.

Señalé el suelo. Específicamente, el lugar donde estaban los pedazos rotos de mi examen y mi currículum, esparcidos como confeti.

—Recógelos —ordené.

Cantú parpadeó.

—¿Qué?

—Que recojas mi trabajo. De rodillas.

Cantú miró a Gabriel, buscando ayuda. Gabriel solo cruzó los brazos y lo miró con desprecio absoluto.

—Escuchaste a la Jefa —dijo Gabriel.

Lentamente, dolorosamente, Michael Cantú, el hombre del traje de cinco mil dólares, el tirano de Recursos Humanos, se deslizó de su silla. Sus rodillas crujieron al golpear la alfombra. Se puso a gatas.

Empezó a recoger los pedazos de papel. Sus manos temblaban tanto que le costaba agarrarlos.

—Tú también, Vanesa —dije.

Vanesa negó con la cabeza frenéticamente.

—No… no puedo… mis medias… mi dignidad…

—Tu dignidad la vendiste por unos aretes, querida —le recordé—. Al suelo. Ahora.

Vanesa sollozó ruidosamente, pero bajó al suelo. Se arrodilló junto a Cantú. La imagen era poderosa: los dos ejecutivos que se creían dioses, gateando a mis pies, recogiendo los pedazos de papel que ellos mismos habían destruido.

David intentó bajar también, pero lo detuve con un gesto.

—Tú no, David. Tú vas a escribir.

Señalé la laptop.

—Quiero que redactes sus cartas de renuncia. Ahora mismo. “Irrevocable, por motivos personales y admitiendo violaciones graves al código de ética”. Y quiero que las imprimas.

Mientras Cantú y Vanesa gateaban, y David tecleaba entre sollozos, me acerqué a Javier.

El chico seguía en la silla de metal, pálido como un fantasma. Olía mal. Se veía peor.

—Y contigo, Javier… contigo tengo un plan especial.

Javier levantó la vista, esperanzado.

—¿Me… me va a dejar ir? —preguntó—. Le juro que no vuelvo… mi papá le puede pagar lo que sea…

—Oh, no —sonreí—. Tu papá va a saber de esto, por supuesto. Pero el problema, Javier, es que te hiciste viral.

Saqué mi propio celular.

—¿Viste a los chicos afuera? Esteban, Laila… Ellos subieron fotos tuyas y mías a sus redes. Pensaron que se estaban burlando de mí. Pero hace diez minutos, mi equipo de prensa “filtró” la identidad de la mujer de la bolsa de tela.

Le mostré la pantalla. Era Twitter (ahora X).

Tendencia #1 en México: #LaJefaInvisible Tendencia #3: #JavierElMeon (Alguien afuera debió haber tuiteado sobre el accidente de sus pantalones). Tendencia #5: #AlteraraCorrupta

—La gente ya sabe quién soy, Javier. Y gracias a las fotos de tus amigos, saben quién eres tú. Saben que te burlaste de mí. Saben que tiraste dinero al suelo.

Javier miró la pantalla con horror. Su vida social, su estatus de “Mirrey”, estaba siendo incinerado en tiempo real.

—Internet no perdona, Javier —dije—. Y yo tampoco.

En ese momento, la impresora de la esquina zumbó. Tres hojas salieron calientes. Las cartas de renuncia.

David se levantó temblando y me entregó las hojas.

—Firme aquí —le dije a Cantú, que seguía en el suelo con un puñado de basura en la mano.

Cantú se levantó con dificultad. Se limpió las rodillas. Tomó la pluma que le ofrecí. Dudó.

—Si firmo esto… ¿se acaban los cargos criminales? —preguntó, tratando de negociar una última vez.

Me acerqué a su cara.

—Si firmas, no publico el video de seguridad donde aceptas el soborno en LinkedIn. Los cargos criminales… eso depende del fiscal. Pero al menos, tu esposa y tus hijos no te verán en video recibiendo fajos de billetes como un narco de tercera.

Cantú cerró los ojos. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla flácida. Firmó.

Vanesa firmó después, manchando el papel con rímel y mocos. David firmó el último.

Tomé las hojas. Las guardé en mi bolsa de tela, junto a mi libro de Adam Smith.

—Perfecto —dije—. Ahora, el último acto.

Me dirigí a la puerta. Lucas la abrió.

Afuera, en el pasillo, el ambiente había cambiado. Ya no había risas. Había silencio y miedo. Pero también había curiosidad. Los empleados de las otras áreas se habían asomado. Había secretarias, analistas, gerentes medios, todos pegados a los cristales, observando el drama.

Salí al pasillo, seguida por Gabriel y Lucas. Detrás de nosotros, venían los tres ex-directivos y Javier, escoltados por seguridad.

Me paré en medio del “lobby de los juicios”, donde todo había comenzado.

—Atención a todos —dije. No necesité gritar. La acústica del lugar y el silencio absoluto llevaron mi voz a cada rincón.

Cientos de ojos me miraban. Veían mi ropa sencilla. Veían mi gafete de Presidenta.

—Soy Elena Robles. Soy la dueña de este edificio y la Presidenta del Consejo de Alterara.

Un murmullo recorrió la multitud. “La dueña”, “Es ella”, “No mames, la de la bolsa”.

—Hoy, he presenciado lo peor de esta empresa —continué—. He visto arrogancia. He visto discriminación. He visto corrupción.

Señalé a Cantú, Vanesa y David.

—Estas personas creyeron que el poder les daba derecho a humillar. Creyeron que el valor de una persona se mide por la marca de su ropa. Se equivocaron.

Miré a los empleados jóvenes, a los que vestían camisas baratas, a los que traían tópers con comida casera, a los que llegaban en metro.

—A partir de hoy, Alterara cambia. Se acabó la tiranía de la apariencia. Se acabaron los sobornos. Si tienes talento, tienes un lugar aquí. No me importa de dónde vienes, me importa a dónde puedes llevarnos.

Hubo un momento de duda. Y luego, alguien al fondo, tal vez un analista junior, empezó a aplaudir. Lento al principio. Luego otro se unió. Y otro.

En segundos, el piso entero estaba aplaudiendo. No era un aplauso protocolario. Era un aplauso de alivio. De liberación. Estaban celebrando la caída de los tiranos.

Cantú bajó la cabeza, derrotado. Vanesa sollozaba abiertamente. Javier solo quería desaparecer.

—Seguridad —ordené—. Escolten a estas cuatro personas fuera del edificio. No se les permite sacar nada de sus oficinas. Sus cosas personales se les enviarán por paquetería… después de ser revisadas.

Víctor, el guardia que antes me había querido sacar, se acercó a Cantú. Había una satisfacción sombría en sus ojos.

—Acompáñeme, Licenciado —dijo Víctor con firmeza—. Y por favor, entrégueme su gafete de acceso. Ya no lo necesita.

Cantú se quitó el gafete con manos temblorosas y se lo entregó. Víctor lo tomó y lo tiró a la basura.

Vi cómo se los llevaban hacia los elevadores. La marcha de la vergüenza. El pasillo de los espejos rotos reflejaba ahora sus espaldas encorvadas.

Gabriel se acercó a mí y me puso una mano en el hombro.

—Estuvo brillante, Elena. Brutal, pero brillante.

—Todavía no termino, Gabriel —dije, mirando mi reloj—. Apenas son las 11:15. Tengo una junta de consejo a las 12:00. Y necesito un café.

—Te invito uno —dijo Gabriel sonriendo—. De la cafetera de los socios.

—No —respondí, sacando mi termo de mi bolsa de tela—. Traigo el mío. Café de olla. ¿Gustas?

Gabriel se rió. Una risa genuina que rompió la tensión remanente.

—Me encantaría.

Mientras caminábamos hacia la oficina del CEO, pasé junto a Jime, la recepcionista. Ella estaba pálida, fingiendo teclear en su computadora apagada.

Me detuve frente a su mostrador de ónix.

—Jime —dije.

Ella saltó en su silla.

—Sí… sí, señora Presidenta… perdón, doña Elena…

—No te voy a despedir —dije. Sus ojos se llenaron de lágrimas de alivio—. Pero vas a tomar un curso de sensibilidad y atención al cliente. Y la próxima vez que veas a alguien con una bolsa de tela o zapatos planos…

—Le ofreceré agua y un asiento —completó ella rápidamente.

—Exacto. Y Jime…

—¿Sí?

—La entrada de servicio es muy digna. Deberías usarla alguna vez para que veas quién entra por ahí. Tal vez encuentres a la próxima dueña de la empresa.

Le guiñé un ojo y seguí caminando.

El pasillo brillaba bajo el sol de mediodía. La torre de cristal seguía siendo imponente, pero el aire adentro se sentía diferente. Más ligero. Más limpio.

Habíamos sacado la basura. Ahora tocaba reconstruir la casa.

PARTE 3: LA LIMPIEZA PROFUNDA

CAPÍTULO 5: CAFÉ DE OLLA Y CUENTAS PENDIENTES

El silencio en la oficina de Gabriel Prieto, el CEO, era un bálsamo después de la tormenta. Era una oficina que olía a madera de cedro, cuero viejo y poder. Pero en ese momento, el poder se sentía frágil, como una copa de cristal que acababa de sobrevivir a un terremoto.

Me senté en uno de los sillones frente a su escritorio inmenso. No me senté como la presidenta del consejo; me senté como Elena, la mujer que llevaba cuatro horas de pie aguantando insultos y tacones ajenos. Mis zapatos planos, por fin, descansaban sobre la alfombra persa.

Gabriel estaba de pie junto al ventanal, mirando hacia el caos de Santa Fe. Se había quitado el saco y aflojado la corbata. Parecía diez años más viejo que cuando entró al pasillo hacía media hora.

—¿Café? —preguntó, girándose hacia mí. Su voz sonaba cansada.

—Ya te dije que traigo el mío —respondí, sacando mi termo de acero inoxidable abollado de mi bolsa de tela—. Café de olla, con piloncillo y canela. Receta de mi abuela. ¿Quieres?

Gabriel sonrió, una sonrisa triste pero genuina.

—Por favor. Creo que necesito algo más fuerte que el Nespresso insípido que sirven aquí.

Serví el café humeante en dos tazas de porcelana fina que Gabriel trajo de su credenza. El contraste era poético: el líquido oscuro y especiado de mi termo de batalla llenando la vajilla que costaba más que una colegiatura.

Gabriel tomó un sorbo y cerró los ojos.

—Dios… esto sabe a casa —murmuró—. Sabe a cuando las cosas eran simples.

—Las cosas nunca son simples, Gabriel —le dije, tomando mi taza con ambas manos para sentir el calor—. Solo dejamos de poner atención. Como dice el dicho: “El ojo del amo engorda al caballo”. Y tú dejaste de mirar el caballo hace mucho tiempo.

Gabriel bajó la taza. La culpa en sus ojos era palpable.

—Lo sé, Elena. Me confié. Cantú traía buenos números de retención… o eso decían los reportes. Vanesa manejaba la imagen pública impecablemente. Nunca imaginé que…

—¿Que vendían puestos? ¿Que humillaban a la gente por deporte? —lo interrumpí suavemente—. Gabriel, el problema no es que no lo imaginaras. El problema es que creaste un ecosistema donde eso era posible. Cuando pones el “fit cultural” y la “imagen” por encima de la competencia, terminas contratando actores, no ejecutivos. Y los actores cobran caro.

Gabriel se sentó frente a mí, frotándose las sienes.

—¿Qué tan profundo crees que llegue esto?

—No lo sé todavía —admití—. Pero por lo que vi en ese chat de Slack… esto no es solo sobre sobornos de contratación. Mencionaron “permisos de la Torre 2” y “contactos políticos”. Cantú no solo estaba llenando sus bolsillos; estaba comprometiendo el futuro legal de la empresa.

En ese momento, la puerta se abrió. Lucas, el jefe de seguridad y asistente personal, entró cargando tres laptops y una caja de cartón sellada con cinta de evidencia.

—Señora Presidenta, Señor Prieto —dijo Lucas, colocando las computadoras sobre la mesa de centro—. Estas son las laptops de Cantú, Vanesa y David. Y recuperamos los celulares de los candidatos del lobby.

—¿Y los candidatos? —pregunté.

—Se fueron, señora. Bueno, Javier Holt tuvo que llamar a su chofer para que le trajera pantalones limpios antes de salir. Los demás… creo que nunca habían corrido tan rápido en su vida.

—Bien. ¿Qué tenemos en las máquinas?

Lucas abrió la laptop de Vanesa. Conectó un disco duro externo.

—Nuestro equipo de ciberseguridad —el equipo de mi esposo Nathan, por supuesto— ya rompió las encriptaciones. Las contraseñas eran patéticas. La de Vanesa era “Gucci2024”. La de Cantú era “JefeSupremo”.

Gabriel soltó un bufido de incredulidad.

—Ni siquiera se esforzaron.

—La arrogancia es el peor antivirus, Gabriel —dije, acercándome a la pantalla.

Lo que vimos en los siguientes cuarenta y cinco minutos nos heló la sangre. No eran solo sobornos de 200 mil pesos por un puesto. Eso era la punta del iceberg.

Encontramos una carpeta llamada “Proyecto Medusa”.

Vanesa y Cantú habían montado una red paralela de proveedores fantasmas. Empresas de “consultoría de imagen”, “coaching ejecutivo” y “organización de eventos” que facturaban millones de pesos mensuales a Alterara. Todas esas empresas estaban a nombre de prestanombres: primos, cuñados, incluso la empleada doméstica de Cantú aparecía como dueña de una consultora de estrategia.

—Mira esto —señalé una factura—. “Taller de Liderazgo Consciente: 500,000 pesos”. Fecha: el sábado pasado.

—El sábado pasado no hubo ningún taller —dijo Gabriel, poniéndose pálido—. El edificio estaba cerrado por fumigación.

—Exacto. Se estaban robando el presupuesto operativo. Por eso las lámparas del pasillo parpadean. Por eso el techo tiene humedad. Por eso David estaba tan desesperado por recortar gastos en los análisis de Asia. Estaban drenando a la empresa para llenar sus cuentas en el extranjero.

Gabriel se levantó, temblando de rabia.

—¡Voy a meterlos a la cárcel! ¡Voy a refundirlos tanto que no verán la luz del sol!

—Ya están firmadas sus renuncias y admisiones de culpa —le recordé—. Pero la cárcel no me preocupa tanto como esto…

Señalé un archivo de Excel titulado “Lista de Invitados Especiales”.

Eran nombres. Nombres de hijos de políticos, sobrinos de secretarios de estado, ahijados de empresarios poderosos. Al lado de cada nombre, había un monto y un puesto asignado.

Javier Holt no era un caso aislado. Era la norma.

—Alterara se convirtió en una guardería para la élite incompetente de México —murmuré—. Gabriel, ¿cuántos de tus gerentes actuales están en esta lista?

Gabriel miró la pantalla. Su dedo recorrió los nombres. Se detuvo varias veces, horrorizado.

—El Gerente de Crédito… La Directora de Marketing… El VP de Logística… —susurró—. Elena… la mitad de mi equipo directivo está aquí.

—Entonces tenemos que despedir a la mitad de tu equipo directivo —dije con firmeza.

—¡Si hago eso, la empresa colapsa! —exclamó Gabriel, llevándose las manos a la cabeza—. Las acciones se van a desplomar. Los clientes van a entrar en pánico.

Me levanté y caminé hacia él. Lo tomé de los hombros y lo obligué a mirarme.

—Gabriel, escúchame. La empresa ya está colapsada. Es un edificio podrido por dentro, sostenido por pintura fresca y mentiras. Si no sacamos la podredumbre ahora, se va a caer solo y nos va a matar a todos. Prefiero reconstruir sobre cimientos limpios que vivir en una ruina decorada.

Gabriel respiró hondo. Asintió lentamente.

—Tienes razón. Como siempre. ¿Cuál es el plan?

—Primero, necesitamos controlar la narrativa. El video del lobby ya es viral. La gente sabe que hubo una purga, pero no saben por qué. Creen que fue solo por discriminarme. Necesitamos que sepan que fue por corrupción. Eso nos protege legalmente.

—¿Y internamente? Los empleados deben estar aterrorizados.

—Sí. Y es hora de que la “Señora de la Limpieza” vaya a hablar con ellos.


Salí de la oficina de Gabriel. No dejé que él viniera conmigo. Necesitaba hacer esto sola. Necesitaba ver a la gente a los ojos sin el filtro del CEO a mi lado.

El piso operativo, el famoso “Open Space”, estaba en un silencio sepulcral. Usualmente, a las 12:00 del día, esto sería un hervidero de llamadas, risas, teclados sonando y gente corriendo. Hoy, parecía una biblioteca en época de exámenes finales.

Ciento cincuenta personas. Analistas, diseñadores, contadores, asistentes. La verdadera fuerza laboral de Alterara. Los “Godínez”, como se les llama con cariño (y a veces desprecio) en México. Ellos eran los que realmente hacían el trabajo mientras gente como Javier y Vanesa cobraban los bonos.

Cuando entré, cien cabezas se giraron. Algunos se levantaron instintivamente. Otros se escondieron detrás de sus monitores. Había miedo. Un miedo tangible a ser el siguiente en la guillotina.

Caminé por el pasillo central. Mis zapatos planos no hacían ruido, pero mi presencia llenaba el espacio.

Me detuve en el centro de la sala, cerca de la estación de café.

—Buenos días —dije. Mi voz no era alta, pero en ese silencio, sonó como una campana.

Nadie respondió.

Vi a un chico joven, de unos veintitantos años, sentado cerca. Llevaba una camisa azul bien planchada pero desgastada en el cuello. Tenía un tóper con comida casera sobre su escritorio.

Me acerqué a él. Se puso rígido, como si esperara un golpe.

—¿Cuál es tu nombre? —le pregunté suavemente.

—Roberto… Roberto Sánchez, señora… digo, Presidenta —tartamudeó.

—Roberto. ¿Qué estás comiendo?

Él miró su tóper con vergüenza.

—Es… son entomatadas, señora. Mi mamá me las hizo. Perdón por el olor, ya las iba a guardar…

—No las guardes —sonreí—. Las entomatadas huelen delicioso. Mucho mejor que el sushi caro que solía pedir Vanesa.

Hubo algunas risitas nerviosas alrededor. La mención de Vanesa rompió un poco el hielo.

—Roberto —continué, elevando la voz para que todos me escucharan—, ¿hace cuánto trabajas aquí?

—Dos años, señora. Soy analista junior de datos.

—¿Y te gusta tu trabajo?

Roberto dudó. Miró a sus compañeros. Luego me miró a mí, y algo en mis ojos debió darle valor.

—Me gusta el análisis, señora. Me gustan los números. Pero… no me gusta cómo nos tratan.

—¿Cómo los tratan?

—Como si fuéramos desechables —dijo Roberto, y su voz ganó fuerza—. Nos hacen trabajar doce horas diarias, pero si llegamos cinco minutos tarde nos descuentan el día. Nos prohíben calentar pescado en el microondas, pero los directores hacen fiestas con mariscos en la sala de juntas. Y… —bajó la voz— nos obligan a maquillar los reportes.

Un murmullo de afirmación recorrió la sala. “Es cierto”, “Sí pasa”, escuché susurrar.

—¿Quién los obligaba a maquillar los reportes? —pregunté.

—El Licenciado Reese. David. Decía que si los números no cuadraban con las promesas de venta, no habría bono para nadie.

Asentí. Confirmado. La corrupción goteaba hacia abajo, envenenando a gente buena que solo quería conservar su empleo.

Me subí a una silla vacía. No era lo más elegante, pero necesitaba que me vieran.

—Escúchenme todos —dije—. Sé que están asustados. Han visto salir a sus directores escoltados por seguridad. Han visto videos en internet. Se preguntan quién sigue. Se preguntan si van a tener trabajo mañana.

Hice una pausa, mirándolos uno a uno.

—La respuesta es: depende.

El silencio se tensó de nuevo.

—Si obtuviste tu trabajo porque tu papá conoce a alguien… preocúpate. Si estás aquí porque pagaste un soborno… vete empacando. Si has estado inflando facturas o maltratando a tus compañeros… la puerta está muy ancha.

Vi algunas caras palidecer. Bien.

—Pero… —cambié el tono, haciéndolo más cálido— si eres como Roberto. Si estás aquí porque te apasiona tu trabajo. Si vienes todos los días en metro o en camión, traes tu comida, y haces tu mejor esfuerzo a pesar de tener jefes incompetentes… entonces esta es tu casa. Y a partir de hoy, yo soy tu guardiana.

Sentí el cambio en la energía de la sala. Hombros que se relajaban. Ojos que brillaban.

—El “Estándar Robles” empieza hoy. Se acabaron los horarios de esclavitud. Se acabaron los códigos de vestimenta absurdos. Si quieren venir en tenis, vengan en tenis, siempre y cuando su trabajo sea impecable. Y lo más importante: se acabó el miedo a decir la verdad. Si ven algo mal, quiero saberlo. Mi puerta, y la de Gabriel, estarán abiertas.

Me bajé de la silla.

—Roberto —le dije al chico—. ¿Crees que tu mamá me pueda compartir la receta de esas entomatadas? Tengo hambre y la cafetería de ejecutivos solo tiene ensaladas tristes.

Roberto sonrió de oreja a oreja.

—¡Claro que sí, Jefa! ¡Si quiere le invito una!

—Acepto —dije, tomando un tenedor de plástico de su escritorio—. Provecho a todos.

Me senté en el borde del escritorio de Roberto y comí un bocado de entomatada. Estaba fría, pero sabía a gloria. Sabía a honestidad.

Fue en ese momento, con la salsa de tomate en la comisura de los labios, que mi celular vibró.

Era un número desconocido. Pero el código de área era de la Ciudad de México, de una línea gubernamental.

Contesté.

—¿Bueno?

—¿Con quién hablo? —ladró una voz masculina, prepotente, acostumbrada a dar órdenes.

—Con Elena Robles. ¿Quién habla?

—Habla el Senador Augusto Holt. Padre de Javier Holt. Y quiero saber por qué carajos mi hijo me acaba de llamar llorando desde su auto, diciendo que una vieja loca lo humilló y le robó su dinero.

Sonreí. La verdadera batalla apenas comenzaba.

—Ah, Senador. Qué gusto. Estaba esperando su llamada. Pero le corrijo dos cosas: primero, no soy una “vieja loca”, soy la Presidenta del Consejo de la empresa que su hijo intentó defraudar. Y segundo, nadie le robó nada. Su dinero está incautado como evidencia de un delito federal.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio denso, peligroso.

—Escúchame bien, pendeja —dijo el Senador, bajando la voz—. No sabes con quién te estás metiendo. Tengo amigos en la Fiscalía. Tengo amigos en Hacienda. Si no reinstalas a mi hijo y le ofreces una disculpa pública en una hora, te voy a mandar una auditoría que te va a dejar en la calle. Te voy a cerrar ese changarro. ¿Me oíste?

Me limpié la boca con una servilleta de papel. Miré a Roberto, que me observaba con preocupación. Le guiñé un ojo para tranquilizarlo.

—Senador Holt —dije con una calma gélida—. Creo que usted no sabe con quién se está metiendo. Mi esposo se llama Nathan. Tal vez le suene. Es el dueño de CipherShield.

Escuché una respiración entrecortada al otro lado. CipherShield proveía la seguridad cibernética de la mitad del gobierno, incluido el Senado.

—Sí… sé quién es —dijo el Senador, con un tono menos agresivo pero aún hostil.

—Excelente. Entonces sabrá que mi marido tiene respaldos de todo. Incluyendo los correos que usted mandó desde su cuenta institucional para presionar a Cantú. Y las transferencias bancarias desde sus cuentas en Panamá para pagar el “puesto” de su hijo.

—Eso es ilegal. Es espionaje —balbuceó el Senador.

—No es espionaje si está en los servidores de mi empresa, Senador. Es auditoría interna. Y tengo un archivo PDF muy bonito, listo para ser enviado a Aristegui Noticias y al Reforma en este preciso momento. Tiene fotos, estados de cuenta y los chats de su hijo burlándose de la gente pobre.

—¡No te atreverías! —gritó, pero se notaba el pánico.

—Pruébeme. Tiene dos opciones, Augusto. Opción A: Sigue amenazándome y mañana es la portada de todos los periódicos, pierde su fuero y probablemente termina compartiendo celda con su hijo. Opción B: Se olvida de Alterara, mete a su hijo a una clínica de rehabilitación para que se le quite lo imbécil, y no vuelvo a escuchar su nombre en mi vida.

El silencio se alargó. Podía escuchar el engranaje de su cerebro político calculando el riesgo.

—¿Y el dinero? —preguntó finalmente.

—El dinero se donará a una fundación de becas para estudiantes de bajos recursos. A nombre de Javier Holt. Para que al menos haga algo bueno en su vida. ¿Tenemos un trato?

Escuché un suspiro derrotado.

—Vete al diablo, Elena.

—Que tenga buena tarde, Senador.

Colgué.

Me quedé mirando el teléfono unos segundos. Mis manos temblaban ligeramente. No por miedo, sino por la adrenalina. Enfrentar a Cantú era una cosa; enfrentar al poder político de México era otra liga. Pero ya no había vuelta atrás.

—¿Todo bien, Jefa? —preguntó Roberto.

—Todo excelente, Roberto. Oye, estas entomatadas están buenísimas. ¿Tu mamá hace envíos a domicilio?

La oficina estalló en risas. Esta vez, risas reales. Risas de alivio.

De repente, una chica de recepción, no Jime, sino la otra, la pelirroja, entró corriendo al área operativa.

—¡Señora Robles! ¡Señora Robles! —gritaba, agitando una tablet—. ¡Tiene que ver esto! ¡Es Internet!

Sentí un nudo en el estómago. ¿Qué pasaba ahora? ¿El Senador había cumplido su amenaza? ¿Javier había subido un video llorando?

Me bajé del escritorio.

—¿Qué pasa?

—Es… es un movimiento. Miren.

Me pasó la tablet. Era TikTok.

Había un video de una chica joven, en su casa, vestida con una playera sencilla.

“Hola, soy Mariana. Soy ingeniera en sistemas, pero no me contrataron en un banco porque dijeron que no tenía ‘imagen ejecutiva’. Hoy vi lo que hizo Elena Robles. Y hoy decidí que mi talento vale más que su código de vestimenta. #YoSoyElena #LaJefaInvisible”.

Deslicé el dedo. Otro video. Un chico en una construcción.

“Soy arquitecto, pero me visto así porque aquí se trabaja. Gracias Elena por poner a los mirreyes en su lugar. #EstándarRobles”.

Otro más. Una señora vendiendo quesadillas.

“A mí me humillaron en una oficina cuando fui a pedir chamba de limpieza. La señora de lino nos representa. #LaJefaInvisible”.

Eran miles. Cientos de miles. El hashtag #LaJefaInvisible era tendencia mundial. No solo era un chisme corporativo; se había convertido en un grito de guerra. Un grito contra el clasismo, contra la discriminación, contra la idea de que en México “como te ven, te tratan”.

Mis ojos se llenaron de lágrimas. No lo esperaba. Había venido a salvar mi empresa, pero había encendido una mecha en el país.

Gabriel salió de su oficina, atraído por el alboroto. Vio la pantalla. Me miró a mí.

—Creo que ya no necesitas contratar una agencia de relaciones públicas —dijo sonriendo.

—No —dije, secándome una lágrima discreta—. Pero necesitamos trabajar el doble. Ahora tenemos millones de ojos encima. No podemos fallarles.

—Señora —dijo Lucas, apareciendo de nuevo con su rostro serio—. Perdón que interrumpa el momento viral, pero… encontramos algo más en la computadora de David Reese. Algo que no estaba en el Excel de los sobornos.

Su tono de voz hizo que se me helara la sangre. Lucas no se asustaba fácil.

—¿Qué es?

—Es un archivo oculto. Se llama “Plan de Salida”. Parece que Cantú y Vanesa no solo estaban robando. Estaban planeando vender la base de datos completa de nuestros clientes… a la competencia. A Global Corp.

Global Corp. Nuestro rival más agresivo. Si tenían nuestra base de datos, con los perfiles de riesgo, las inversiones y los secretos fiscales de nuestros clientes… Alterara estaría acabada en una semana. Demandas masivas. Quiebra total.

—¿Cuándo iba a ser la transferencia? —preguntó Gabriel, pálido.

Lucas miró su reloj.

—La transferencia está programada para ejecutarse automáticamente si David no ingresaba un código de seguridad cada 24 horas. Es un “interruptor de hombre muerto”.

—¿Y cuándo fue la última vez que ingresó el código? —pregunté.

—Ayer a las 2:00 PM.

Miré el reloj de pared.

1:45 PM.

Teníamos quince minutos antes de que los secretos más oscuros de nuestros clientes se enviaran a la competencia. Quince minutos antes de que la victoria de hoy se convirtiera en la catástrofe de mañana.

—Roberto —grité, girándome hacia el chico de las entomatadas—. Dijiste que eras analista de datos, ¿verdad?

—S-sí, señora.

—¿Sabes rastrear scripts automáticos en servidores remotos?

Roberto tragó saliva. Miró su tóper, luego me miró a mí. Sus ojos brillaron.

—Señora… yo soy el que arregla los servidores cuando los de IT no saben qué hacer. Soy un hacker de sombrero blanco en mis ratos libres.

Sonreí.

—Gabriel, Lucas, Roberto. A la oficina. Ahora. Tenemos quince minutos para salvar la compañía.

Corrí hacia la oficina del CEO, mis zapatos planos agarrando tracción en la alfombra.

La purga había terminado. La guerra apenas empezaba

CAPÍTULO 6: CÓDIGO ROJO Y SANGRE FRÍA

1:46 PM

El tiempo en las oficinas corporativas suele medirse en trimestres, en años fiscales o en la fecha de vencimiento de un bono. Pero en la oficina de Gabriel Prieto, el tiempo se había transformado en algo físico, una bestia que nos respiraba en la nuca. Catorce minutos. Eso era todo lo que separaba a Grupo Alterara de la aniquilación total.

—¡No toquen nada! —gritó Roberto, entrando a la oficina del CEO como si fuera su habitación. El chico de las entomatadas, el analista junior que ganaba doce mil pesos al mes, acababa de darle una orden al dueño de la empresa.

Gabriel se apartó instintivamente de su propia computadora.

—Es toda tuya, hijo. Haz tu magia.

Roberto se dejó caer en la silla de cuero ergonómica de Gabriel. Se veía pequeño en ella, pero en cuanto sus dedos tocaron el teclado mecánico, su postura cambió. Se encorvó hacia adelante, sus ojos se entrecerraron detrás de sus lentes de armazón grueso y el mundo desapareció para él.

—Lucas, necesito acceso root al servidor central —dijo Roberto sin mirar a nadie, tecleando comandos a una velocidad que hacía que sus dedos parecieran manchas borrosas—. Y necesito que desconecten los repetidores de wifi del piso 40 al 45. Si esto intenta salir por la red de invitados, nos va a ganar.

—¡En eso estoy! —Lucas sacó su radio y empezó a ladrar órdenes a su equipo—. ¡Código Cero! ¡Corten la red inalámbrica de invitados! ¡Ya!

Me acerqué a la pantalla, parándome detrás de Roberto.

—¿Qué estás viendo, Roberto? —pregunté, tratando de descifrar las líneas de código verde y rojo que cascadeaban por el monitor ultra ancho.

—Es un script en Python, señora… Jefa —corrigió Roberto, sin dejar de teclear—. Es… vaya, es sucio. Código espagueti. Se ve que David no sabía programar bien, seguro copió y pegó pedazos de foros de hackers rusos.

—¿Eso es bueno o malo? —preguntó Gabriel, secándose el sudor de la frente con un pañuelo de seda.

—Es pésimo —respondió Roberto con una mueca—. Porque el código limpio es predecible. El código sucio es como un nudo de audífonos que lleva un año en la bolsa del pantalón. Si jalo el hilo equivocado, se aprieta más.

1:50 PM

El reloj digital en la esquina de la pantalla parpadeaba con una indiferencia cruel. Diez minutos.

En la pantalla apareció una ventana emergente. Un cuadro de diálogo negro con letras rojas pixeladas, digno de una película de espías de bajo presupuesto de los noventa. La arrogancia de David Reese se notaba hasta en su diseño gráfico.

SISTEMA DE RESPALDO EXTERNO ACTIVADO DESTINO: SERVIDOR SEGURO (GLOBAL CORP / ISLAS VÍRGENES) ESTADO: PENDIENTE DE AUTORIZACIÓN TIEMPO RESTANTE PARA AUTO-ENVÍO: 09:58 INGRESE CÓDIGO DE ANULACIÓN: [ _ _ _ _ _ _ ]

—Ahí está —señaló Roberto—. Seis dígitos. O seis letras. Alfanumérico.

—¿Podemos usar fuerza bruta? —preguntó Gabriel—. ¿Un programa que pruebe todas las combinaciones?

—No da tiempo, jefe —dijo Roberto, negando con la cabeza—. Para seis caracteres alfanuméricos hay más de dos mil millones de combinaciones. Tardaríamos semanas. Y si me equivoco tres veces…

Señaló una línea de código abajo.

if attempts > 3: execute(upload_now)

—Si fallamos tres veces, se envía inmediatamente —traduje, sintiendo un frío en el estómago—. Es una pistola cargada apuntándonos a la cabeza.

—David Reese es un imbécil, pero es un imbécil rencoroso —murmuró Gabriel—. ¿Qué hacemos? ¿Llamamos a la policía cibernética?

—Llegarían en media hora —dije—. Para entonces, Global Corp ya estaría brindando con champaña leyendo los secretos fiscales de nuestros clientes. No, tenemos que resolver esto aquí.

Mi mente empezó a trabajar a mil por hora. No era un problema técnico; era un problema psicológico. David Reese no era un genio criminal. Era un seguidor. Un hombre gris, cobarde, que vivía a la sombra de Michael Cantú y Vanesa Klein. Un hombre que necesitaba sentirse listo, pero que en el fondo sabía que era mediocre.

¿Qué contraseña pondría un hombre así?

—Roberto, ¿puedes ver la fecha de creación del archivo? —pregunté.

—Sí… —tecleó un comando—. Se creó hace seis meses. El 15 de febrero.

15 de febrero. Esa fecha me sonaba.

—Gabriel, ¿qué pasó el 15 de febrero?

Gabriel miró al techo, buscando en su memoria.

—Febrero… febrero… Fue la junta trimestral. Cuando anunciamos que las utilidades habían bajado y recortamos los bonos de los gerentes medios.

—Exacto —dije—. Fue el día que David sintió que le “robaban” su dinero. El día que decidió traicionarnos. Su motivación es el rencor. Y el dinero.

—Probemos fechas de nacimiento —sugirió Lucas—. ¿La de sus hijos? Dijo que tenía gemelos.

—Muy obvio —dijo Roberto—. Pero podemos intentar. ¿Alguien tiene sus datos?

—Yo —dije, sacando las hojas de renuncia que David acababa de firmar. Ahí no venía, pero en mi memoria fotográfica recordaba su expediente de cuando lo investigué—. 12 de octubre de 2018.

Roberto tecleó: 121018.

El sistema se congeló un segundo.

ACCESO DENEGADO. INTENTO 1 DE 3.

El mensaje rojo parpadeó como una bofetada.

—¡Mierda! —gritó Roberto, golpeando la mesa. Luego se tapó la boca—. Perdón, Jefa.

—No te disculpes. Es la palabra adecuada —dije, acercándome más—. Nos quedan dos intentos. Y siete minutos.

1:53 PM

El aire acondicionado de la oficina estaba al máximo, pero yo sentía calor. Gabriel caminaba de un lado a otro como un león enjaulado.

—Vamos a pensar como David —dije, cerrando los ojos para visualizar al hombre. David Reese. Manos sudorosas. Risa nerviosa. Siempre adulando a Cantú. Siempre queriendo pertenecer al club de los ricos pero sintiéndose excluido.

¿Qué es lo que más deseaba? ¿Qué es lo que Cantú y Vanesa tenían y él no?

—El estatus —murmuré—. El reconocimiento.

Miré a Gabriel.

—Gabriel, ¿cuál era la contraseña de Vanesa?

—”Gucci2024″ —respondió Gabriel con desprecio.

—Marcas. Lujo. David siempre traía mancuernillas falsas que parecían de marca. Siempre hablaba de su coche, un BMW usado que presumía como nuevo.

—Roberto —dije—, intenta con la matrícula de su coche. Era lo único de lo que hablaba en las comidas de la empresa. Decía que era su “bebé”.

—¿Se la sabe? —preguntó Roberto.

—No, pero está en el registro de seguridad del estacionamiento. Lucas, ¡rápido!

Lucas habló por radio.

—¡Caseta! ¡Necesito la placa del BMW de David Reese! ¡Ya! ¡Es emergencia nacional, cabrones, muévanse!

Segundos eternos. El radio crepitó.

Es… placas del Estado de México… Papa-Néctar-Zulu… 589…

—PNZ589 —dijo Roberto, listo para teclear.

—Espera —lo detuve—. Son seis dígitos. La placa tiene tres letras y tres números, o cuatro números. Faltan caracteres.

—David le puso nombre al coche —dijo Gabriel de repente—. Lo escuché una vez en el elevador. Le decía “La Bestia”.

—No —dije—. Muy genérico.

1:55 PM

Cinco minutos.

Mi celular vibró. Era un mensaje de Nathan.

“Estoy intentando entrar por la puerta trasera del servidor de Global Corp para bloquear la recepción, pero tienen un firewall nuevo. Necesito 10 minutos más.”

“No tenemos 10 minutos”, pensé.

Miré a Roberto. El chico estaba pálido. Sus manos temblaban sobre el teclado. Era demasiada presión para alguien que hace una hora estaba comiendo entomatadas.

Me acerqué y le puse una mano en el hombro, apretando con firmeza.

—Roberto, mírame.

Él giró la cabeza. Sus ojos estaban llenos de pánico.

—No eres un analista junior ahorita —le dije con voz suave pero feroz—. Eres el mejor maldito hacker de esta ciudad. Eres el que arregla lo que los de IT no pueden. Olvida que está el CEO aquí. Olvida el reloj. Solo eres tú y el código. Háblale al código. ¿Qué te dice?

Roberto respiró hondo. Se ajustó los lentes. Asintió.

Volvió a mirar la pantalla. Pero esta vez no miró el cuadro de contraseña. Miró el código fuente que estaba detrás. El “espagueti”.

—Hay… hay una referencia aquí —murmuró Roberto, señalando una línea oscura en el script—. var_key = user_input + salt_value.

—¿Qué significa? —preguntó Gabriel.

—Significa que la contraseña no es estática —explicó Roberto, ganando confianza—. Tiene un “valor salado”, un salt. Es un modificador. La contraseña cambia según algo…

Siguió la línea con el dedo.

—…según el ID del usuario que la creó.

Roberto se rió. Una risa nerviosa, casi histérica.

—¡Qué idiota! ¡Qué reverendo idiota!

—¿Qué? ¡Explícanos! —urgió Gabriel.

—David copió el código de un tutorial de seguridad básica, pero no le quitó la parte del hardcoding. La contraseña es su número de empleado. Pero… al revés.

—¿Estás seguro? —pregunté. Era una apuesta arriesgada. Si fallábamos, era el fin.

—En el código dice: reverse(employee_id). Es un truco barato para que no sea tan obvio. David pensó que era astuto.

—¿Cuál es su número de empleado? —preguntó Gabriel.

—Eso sí me lo sé de memoria —dijo Lucas—. Él entró un mes después que yo. Es el 005421.

—Entonces la contraseña es 124500 —dijo Roberto.

Su dedo flotó sobre el teclado numérico.

1:58 PM

Dos minutos. El cuadro rojo parpadeaba más rápido, como un corazón taquicárdico.

—Si nos equivocamos… —empezó Gabriel.

—No nos vamos a equivocar —lo corté—. Hazlo, Roberto. Dale con todo.

Roberto cerró los ojos un segundo. Murmuró algo que sonó como “Por mi mamá y sus entomatadas”.

Y presionó las teclas.

1… 2… 4… 5… 0… 0…

ENTER.

El silencio en la oficina fue absoluto. El ventilador de la computadora zumbó fuerte, como si fuera a despegar.

La pantalla se quedó negra.

Un segundo. Dos segundos. Tres segundos.

Gabriel soltó un gemido de angustia.

Y entonces, un cuadro verde apareció.

CÓDIGO ACEPTADO. TRANSFERENCIA CANCELADA. ARCHIVOS BORRADOS DEL SERVIDOR TEMPORAL.

Roberto se dejó caer hacia atrás en la silla, exhalando todo el aire de sus pulmones de golpe.

—¡A huevo! —gritó el chico, levantando los brazos—. ¡A huevo, carajo!

Gabriel, el CEO de las portadas de revista, el hombre de hielo, hizo algo que nunca había hecho. Se abalanzó sobre Roberto y lo abrazó. Un abrazo torpe, de oso, estrujando al muchacho contra el respaldo de cuero.

—¡Eres un genio! ¡Eres un maldito genio, Roberto! —gritaba Gabriel, riendo como un niño.

Lucas se recargó en la pared, secándose el sudor de la frente con la manga.

Yo me quedé de pie, mirando la pantalla verde. Sentí que mis piernas se volvían de gelatina. Me apoyé en el escritorio. Lo habíamos logrado. Por los pelos de una rana calva, como decía mi abuelo, pero lo habíamos logrado.

—Roberto —dije, cuando Gabriel finalmente lo soltó.

El chico se acomodó los lentes, todo chiveado, rojo como un tomate.

—¿Mande, Jefa?

—A partir de este momento, dejas de ser analista junior.

Gabriel asintió vigorosamente.

—Nómbralo lo que quieras, Elena. Vicepresidente de IT, Emperador de las Computadoras… lo que quiera.

—Te nombro Jefe de Seguridad Informática e Inteligencia de Datos —dije—. Con un aumento de sueldo del 300% y acceso directo al Consejo. Y quiero que tú elijas a tu equipo. Nada de recomendados. Pura gente que sepa lo que hace.

Los ojos de Roberto se llenaron de lágrimas.

—No… no sé qué decir… Gracias… ¡No mames, gracias! —se tapó la boca—. Perdón por el francés.

—Aquí se vale decir “no mames” cuando salvas a la empresa, Roberto —sonreí.

2:15 PM

La adrenalina empezó a bajar, dejando paso al cansancio y al hambre. Pero no podíamos descansar.

—Bien —dije, retomando mi postura de generala—. Apagamos el incendio, pero el bosque sigue lleno de lobos. Gabriel, necesito que redactes un comunicado oficial para los clientes. No les diremos que casi filtramos sus datos, pero les diremos que hemos “reforzado nuestros protocolos de seguridad” y que hubo una reestructuración directiva por “violaciones éticas”. Transparencia, pero con estrategia.

—Entendido —dijo Gabriel, ya en modo ejecutivo—. ¿Y qué hacemos con Global Corp? Ellos estaban esperando los datos. Saben que falló la transferencia.

—De Global Corp me encargo yo —dije, y mis ojos se oscurecieron—. Y de mi amigo el Senador Holt.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó Gabriel con cautela.

—Voy a hacer una llamada. A mi esposo.


Salí de la oficina y caminé hacia una sala de juntas pequeña y privada. Saqué mi celular y marqué.

—¿Bueno? —la voz de Nathan sonó al primer tono. Cálida, segura.

—Hola, amor. Ya quedó. El dead man’s switch está desactivado.

—Lo vi —dijo Nathan—. Mis monitores dejaron de detectar la actividad saliente. Bien hecho, Sherlock. ¿Cómo lo lograron?

—Un chico de sistemas. Roberto. Usó psicología inversa con la contraseña de David.

—Ese chico merece una cerveza. O una casa.

—Ya le di un puesto directivo. Oye, Nath… necesito un favor.

—Dime. Para ti, bajo la luna.

—El Senador Holt me amenazó. Y Global Corp estaba listo para recibir datos robados. Necesito que… sueltes a los perros.

Escuché el sonido de un teclado mecánico al otro lado de la línea. Nathan estaba sonriendo; podía escucharlo en su respiración.

—¿Qué tan fuerte quieres que muerdan?

—Quiero que Global Corp tenga tantos problemas con sus propios servidores que no puedan ni abrir un correo en un mes. Quiero que sus acciones bajen lo suficiente para que aprendan que comprar datos robados sale caro.

—Hecho. ¿Y el Senador?

—Con el Senador… quiero algo más quirúrgico. No quiero destruir su carrera todavía, eso sería muy fácil y me convertiría en una villana. Quiero que tenga miedo. Quiero que cada vez que suene su teléfono, piense que es la Fiscalía. Quiero que sepa que lo tengo agarrado del cuello, pero que lo dejo respirar solo porque soy generosa.

—Entendido. Le enviaré un “paquete de bienvenida” digital. Un recordatorio de sus transacciones en Panamá directo a su bandeja de entrada institucional. Y tal vez… bloquearé su acceso a Netflix. Solo por diversión.

Me reí.

—Eres terrible.

—Soy tu esposo. Te amo, Elena. Vete a casa pronto. Tu hija pregunta por ti.

—Llego para la cena. Te amo.

Colgué.

Me sentía agotada, pero extrañamente viva. Había entrado a este edificio como una víctima potencial y ahora era la dueña indiscutible del tablero.

Salí de la sala privada y volví al piso operativo.

El ambiente había cambiado radicalmente. Ya no había silencio de miedo. Había un zumbido de conversación, de energía. Vi a gente reunida en grupos pequeños, hablando, gesticulando. Cuando me vieron, el zumbido cesó, pero no por temor, sino por respeto.

Roberto estaba en su escritorio, rodeado de compañeros que le daban palmadas en la espalda. Parecía un héroe de guerra regresando a casa.

Me acerqué a Jime, la recepcionista, que había subido al piso para traer agua (cumpliendo mi orden de ser amable).

—Jime —le dije.

—¿Sí, Jefa? —respondió rápido, con una sonrisa nerviosa pero sincera.

—Necesito que hagas una reserva. Para 150 personas.

Jime abrió los ojos como platos.

—¿Para 150? ¿Dónde? ¿En el Puerto Madero?

—No —negué con la cabeza—. Quiero que llames a “Tacos El Califa” o a cualquier taquería buena que tenga servicio de catering masivo. Quiero tacos de pastor, de bistec, gringas, todo. Y refrescos. Y aguas de horchata. Para todo el piso. Ahora.

—¿Una… taquiza? ¿Aquí en la oficina? —Jime estaba confundida. Esto rompía todas las reglas del “Estándar Alterara” anterior.

—Sí. Aquí. Vamos a celebrar que todavía tenemos trabajo. Y que la basura se sacó sola. Ah, y paga con la tarjeta corporativa de la Dirección General. La que usaba Cantú para sus whiskys. Vamos a darle un mejor uso.

Jime sonrió. Una sonrisa amplia, traviesa.

—¡A la orden, Jefa! ¡Ahorita mismo marco!

—¡Oigan! —grité al piso operativo—. ¡En una hora hay tacos para todos! ¡Invita la casa!

Un grito de júbilo estalló en la oficina. “¡Eso es todo!”, “¡Viva la Jefa!”, “¡A huevo!”.

Vi sonrisas en rostros que llevaban años fruncidos por el estrés. Vi a gente aflojándose la corbata de verdad, no por cansancio, sino por comodidad.

Me senté en una silla vacía junto a la ventana. El sol de la tarde bañaba la Ciudad de México en un tono dorado, haciendo que el smog pareciera casi artístico.

Había ganado la batalla de hoy. Había desactivado la bomba. Había humillado a los soberbios. Pero sabía que esto no era el final. El Senador Holt no se quedaría quieto. Global Corp contraatacaría. Y cambiar la cultura de una empresa no se logra con una taquiza y un despido masivo; requiere constancia diaria.

Pero por hoy… por hoy, el café de olla sabía a gloria y el futuro olía a tacos al pastor.

Saqué mi libro de La Riqueza de las Naciones. La cubierta estaba sucia por la pisada de Vanesa. Pasé mi dedo por la mancha.

—No te preocupes, Adam Smith —murmuré—. Una cicatriz le da carácter.

Abrí el libro y empecé a leer, mientras a mi alrededor, Alterara empezaba a renacer, no como una torre de marfil, sino como un lugar donde la gente real hace cosas extraordinarias.

CAPÍTULO 7: TACOS, PRENSA Y EL ESTÁNDAR ROBLES

3:30 PM

El olor a cilantro, cebolla picada y carne al pastor marinada había reemplazado por completo el aroma estéril a lavanda química que solía impregnar el piso 42 de la Torre Alterara. Para un purista corporativo, aquello sería un sacrilegio: una taquiza en pleno “Open Space”, con salsas de molcajete peligrosamente cerca de teclados Dell y MacBook. Para mí, era el olor de la victoria.

Me encontraba recargada en una columna, sosteniendo un taco de bistec en una mano y un vaso de agua de horchata en la otra. Observaba a mi gente.

Ya no eran “recursos humanos”. Eran personas.

Vi a Roberto, el nuevo jefe de ciberseguridad (y héroe del día), explicando emocionado a un grupo de contadoras cómo había hackeado la contraseña de David Reese. Ellas lo miraban con admiración genuina, no con la indiferencia de antes. Vi a Jime, la recepcionista, riendo con un mensajero mientras se comía una gringa de pastor, con una mancha de salsa en la barbilla que no le importaba limpiar.

La jerarquía invisible se había roto. El miedo se había disuelto en grasa y maíz.

Gabriel Prieto se acercó a mí. Se había quitado la corbata por completo y traía las mangas de la camisa remangadas hasta los codos. Sostenía dos tacos de costilla.

—Nunca pensé decir esto, Elena —dijo, dando un mordisco generoso—, pero estos son los mejores tacos que he probado en mi vida. Y he comido en Pujol.

—La comida sabe mejor cuando no tienes un cuchillo en la espalda, Gabriel —respondí, sonriendo—. ¿Cómo va el comunicado de prensa?

La sonrisa de Gabriel se tensó ligeramente.

—Ya salió. “Reestructuración estratégica y compromiso con la transparencia”. Lo estándar. Pero… tenemos un problema.

—¿Qué tipo de problema? ¿Se acabó el guacamole?

—No. Mira hacia abajo.

Caminamos hacia el ventanal de piso a techo que daba a la avenida principal de Santa Fe. Desde nuestra altura, los autos parecían juguetes, pero la multitud que se estaba congregando en la entrada principal era inconfundible.

Camionetas de televisoras. Unidades móviles de Televisa, TV Azteca e Imagen. Periodistas con cámaras al hombro. Y curiosos. Muchos curiosos con celulares en mano, transmitiendo en vivo.

—La prensa —suspiré—. Los buitres olieron la sangre.

—El hashtag #LaJefaInvisible es tendencia número uno global, Elena —dijo Gabriel—. Ya no es solo un chisme de oficina. Es una noticia nacional. Quieren verte. Quieren una declaración. Y… están entrevistando a los que sacamos.

—¿A Cantú?

—No, Cantú salió huyendo en su coche deportivo. Pero Javier Holt… el “Gallo”… está ahí abajo. Y parece que su papá, el Senador, le mandó un equipo de abogados y voceros. Están armando un circo. Dicen que los discriminaste, que los humillaste y que les robaste dinero.

Sentí una llamarada de indignación, pero la apagué con agua fría de lógica. Era de esperarse. La bestia herida tira mordidas.

—¿Discriminación? —solté una risa seca—. Un niño rico blanco acusando de discriminación a una mujer porque no le dejó comprar un puesto. México mágico.

—¿Qué hacemos? —preguntó Gabriel—. ¿Mandamos al Director de Comunicación? ¿Emitimos un boletín?

Terminé mi taco con calma. Me limpié las manos con una servilleta de papel.

—No, Gabriel. Si mandamos a un vocero de traje, confirmamos que somos la misma corporación fría de siempre. Si me escondo, les doy la razón.

Me alisé mi camisa de lino, esa que Vanesa había llamado “ofensiva”.

—Voy a bajar.

—¿Tú? —Gabriel abrió los ojos—. Elena, te van a comer viva. Son agresivos. Van a preguntar por tu esposo, por tu dinero, por todo.

—Que pregunten. No tengo nada que esconder. Además, tengo una nueva política que anunciar. Y qué mejor escenario que frente a las cámaras que ellos mismos llamaron.

—Voy contigo —dijo Gabriel, dejando su plato en un escritorio—. No te dejo sola en esto.

—Gracias. Pero necesito que hagas algo antes. Convoca a la Junta Directiva. A los que quedan. Quiero una reunión de emergencia en una hora. Vamos a cambiar los estatutos de la empresa hoy mismo.

Gabriel asintió.

—Lucas —llamé al jefe de seguridad—. Prepara el elevador. Vamos al lobby.

3:50 PM

El lobby de Alterara, ese templo de mármol donde horas antes me habían tratado como basura, ahora era una zona de guerra mediática. Los guardias de seguridad contenían a duras penas a los reporteros que se empujaban contra las puertas de cristal.

Cuando las puertas del elevador se abrieron y salí, flanqueada por Gabriel y Lucas, los flashes estallaron como una tormenta eléctrica.

Caminé hacia las puertas giratorias. No me detuve. Salí a la calle, al calor de la tarde, al ruido, al caos.

—¡Señora Robles! ¡Señora Robles! —gritaban decenas de voces—. ¿Es cierto que despidió a la directiva por un tema personal? ¿Qué opina de las acusaciones del Senador Holt? ¿Es verdad que usted es multimillonaria y se disfrazó de pobre?

Me detuve en la escalinata de entrada. Lucas intentó ponerme un micrófono de solapa, pero lo rechacé. Había micrófonos de las televisoras a centímetros de mi cara.

Busqué con la mirada. Ahí estaba Javier Holt. Estaba junto a un hombre de traje gris que parecía ser su abogado. Javier ya no tenía la mancha en los pantalones (se había cambiado), pero tenía los ojos rojos de llorar. Al verme, su abogado le susurró algo y Javier señaló hacia mí con un dedo tembloroso.

—¡Ahí está! —gritó el abogado, un tipo con peinado engominado—. ¡Esa es la mujer que agredió psicológicamente a mi cliente! ¡Exigimos justicia!

La prensa se giró hacia mí, esperando la pelea.

Levanté una mano. El silencio tardó unos segundos en llegar, pero mi mirada fija logró lo que los gritos no pudieron.

—Buenas tardes —dije. Mi voz era firme, proyectada, sin titubeos—. Soy Elena Robles. Presidenta del Consejo de Grupo Alterara.

—¡Señora Robles, el joven Holt dice que usted le robó 200 mil pesos! —gritó una reportera de espectáculos.

—El señor Holt intentó sobornar a un directivo de mi empresa con 200 mil pesos en efectivo para obtener una vicepresidencia —respondí, mirando directamente a la cámara—. Ese dinero ha sido entregado a las autoridades federales como evidencia de un delito de corrupción. Tengo los videos, tengo los recibos y tengo la confesión firmada de los involucrados. Si el abogado del señor Holt quiere proceder, le sugiero que revise el Código Penal Federal antes de abrir la boca.

El abogado palideció. Javier se encogió. La prensa soltó un “¡Oooooh!” colectivo.

—¡Pero lo humilló! —insistió otro reportero—. ¡Hay videos de usted obligándolos a gatear!

—Los obligué a recoger la basura que ellos mismos tiraron —corregí—. La dignidad no se pierde por agacharse a limpiar, señores. Se pierde cuando se acepta dinero sucio. Se pierde cuando se humilla a una candidata por su ropa.

Di un paso adelante, acercándome a los micrófonos.

—Durante años, empresas como esta han operado bajo una mentira: que la imagen lo es todo. Que el apellido importa más que el talento. Que si vienes de la escuela correcta, mereces el puesto, y si no, mereces la puerta de servicio.

Señalé el edificio detrás de mí.

—Hoy, eso se acabó en Alterara.

Saqué de mi bolsa de tela una hoja de papel. Era un borrador que había escrito en la servilleta durante la taquiza.

—Anuncio hoy la implementación inmediata del “Estándar Robles” para todas nuestras contrataciones futuras.

Los flashes parpadearon.

—¿En qué consiste ese estándar? —preguntó un periodista de El Financiero.

—Punto uno: Currículum Ciego. A partir de mañana, todas las solicitudes que recibamos serán procesadas por un software que eliminará nombres, fotos, género, edad y universidad de procedencia. Los evaluadores solo verán habilidades y experiencia.

Un murmullo recorrió la multitud.

—Punto dos: Prohibición de Códigos de Vestimenta en Entrevistas. No me importa si vienen de traje, de mezclilla o con huaraches. Me importa lo que hay en su cerebro.

—Punto tres: Auditoría Ética. Cada nuevo ingreso pasará por una revisión de antecedentes de corrupción, no de buró de crédito. No nos importa si debes la tarjeta de Liverpool; nos importa si eres honesto.

Miré a Javier Holt a los ojos.

—Y punto cuatro: Cero Tolerancia al Influyentismo. Cualquier intento de usar un contacto político o familiar para obtener ventaja resultará en un veto inmediato y permanente.

La multitud se quedó callada un segundo, procesando la información. Luego, alguien empezó a aplaudir. No era un periodista. Era una chica joven, con una mochila al hombro, que estaba parada detrás de la barrera de seguridad. Probablemente una estudiante o una pasante. Luego otro. Luego los camarógrafos bajaron sus cámaras un poco para asentir.

—¡Bravo! —gritó alguien.

El abogado de Javier intentó recuperar el control.

—¡Esto es populismo! —gritó—. ¡Es una violación a la libertad de empresa!

—Es justicia, licenciado —le respondí—. Y si no le gusta, puede ir a buscar trabajo a otra parte. Aunque le advierto: el Estándar Robles se va a contagiar. Hoy somos nosotros. Mañana será el banco de enfrente. Pasado mañana, será el país.

Me di la vuelta para regresar al edificio.

—¡Una pregunta más! —gritó una reportera—. ¡Señora Robles! ¿Qué le dice a la gente que se burló de su bolsa de mercado?

Me detuve en la puerta giratoria. Levanté mi bolsa de tela, esa vieja compañera de batallas.

—Les digo que tengan cuidado. Nunca sabes cuándo la persona con la bolsa de mercado es la que firma tus cheques.

Entré al edificio. Los aplausos afuera se convirtieron en una ovación.

4:30 PM

El regreso al piso ejecutivo fue triunfal, pero no tenía tiempo para celebrar. La verdadera batalla política estaba por comenzar en la sala de juntas.

La Junta Directiva de Alterara estaba compuesta por doce miembros. Siete de ellos eran aliados históricos de Gabriel o míos. Pero había cinco “externos”. Hombres de negocios viejos, rancios, que representaban intereses de otros grupos financieros. Ellos eran los que habían permitido, por omisión o complicidad, que la cultura de Cantú floreciera.

Cuando entré a la sala de juntas, el ambiente estaba gélido. Gabriel se sentó a mi derecha. Los consejeros me miraron con una mezcla de miedo y desdén. Ahí estaba Don Eustaquio, un hombre de 70 años que creía que las mujeres debían estar en la cocina o en secretariado. Ahí estaba el representante de los inversionistas extranjeros, un tipo llamado Smith que solo le importaban los dividendos.

—Elena —dijo Don Eustaquio, sin levantarse—. Vimos tu… espectáculo allá abajo. Muy conmovedor. Muy “pueblo”. Pero acabas de destruir la reputación de exclusividad de esta firma. Nuestros clientes pagan por prestigio, no por… democracia.

—Nuestros clientes pagan por rendimientos, Eustaquio —respondí, sentándome en la cabecera—. Y la “exclusividad” de la que hablas nos costó 15 millones de dólares en pérdidas por la incompetencia de Vanesa Klein. ¿O no leíste el reporte que te envié?

—Eso fue un caso aislado —argumentó Smith en un español con acento gringo—. El mercado reaccionará mal a esta inestabilidad. Las acciones bajarán.

—Las acciones ya subieron un 2% en la última hora —dijo Gabriel, revisando su tablet—. El mercado está interpretando esto como una “limpieza de corrupción”. A los inversores les gusta la honestidad, Smith. Reduce el riesgo.

—Aun así —insistió Eustaquio—, no puedes imponer esas reglas ridículas de contratación. ¿Currículums ciegos? ¿Cómo vamos a saber si el candidato es de buena familia? ¿Cómo vamos a saber si encaja en el club de golf?

Golpeé la mesa con la palma de mi mano.

—Ese es exactamente el punto, Eustaquio. No me importa el club de golf. Me importa que sepas leer un balance general.

—No lo aprobaremos —dijo Eustaquio, cruzando los brazos—. Necesitas el voto de la mayoría para cambiar los estatutos de contratación. Y nosotros cinco votamos en contra. Y sé que al menos dos de los tuyos están dudando.

Miré a la mesa. Era cierto. Dos de los consejeros “aliados” miraban al suelo. Tenían miedo. El cambio asusta.

—Entonces es una pena —dije, recargándome en la silla—. Porque si no aprueban el Estándar Robles hoy, voy a tener que hacer pública la “Lista B”.

—¿Qué lista? —preguntó Smith.

—La lista de los hijos, sobrinos y nietos de los miembros de este consejo que están en la nómina de Alterara como “asesores externos” sin hacer nada.

Se hizo un silencio sepulcral. Don Eustaquio se puso rojo.

—Eso es chantaje —susurró.

—No, Eustaquio. Es transparencia. Tengo los registros. Tu nieto cobra 80 mil pesos al mes por “asesoría de imagen” y vive en Barcelona. La hija del señor Smith tiene un contrato de “relaciones públicas” y nunca ha pisado la oficina.

Me puse de pie.

—Tienen dos opciones. Opción A: Votan a favor del Estándar Robles, limpiamos la casa, cancelamos esos contratos de “aviadores” discretamente y salvamos la empresa. Opción B: Votan en contra, yo renuncio, vendo mis acciones mañana (lo que tirará el precio al suelo) y le filtro la lista de nepotismo a Reforma.

Miré a cada uno a los ojos.

—¿Quién vota a favor del Estándar Robles?

Gabriel levantó la mano inmediatamente. Los cinco aliados seguros levantaron la mano. Smith miró a Eustaquio. Eustaquio apretó los dientes, furioso, derrotado.

Lentamente, Eustaquio levantó la mano. Smith lo siguió. Los demás también.

Unanimidad.

—Gracias, caballeros —dije—. Sabía que podíamos contar con su visión de futuro. La sesión ha terminado.

5:45 PM

Salí de la sala de juntas sintiéndome drenada. Había ganado, pero me dolía la cabeza. El estrés de diez horas continuas estaba cobrando factura.

Mi celular vibró. Era Nathan.

“Noticias del frente. Global Corp tiene un ‘fallo masivo de servidores’. Parece que alguien les envió un ataque DDoS nivel Dios. Estarán ocupados apagando fuegos una semana. Tus datos están a salvo.”

“¿Y el Senador?”, escribí.

“El Senador Holt acaba de pedir una licencia médica en el Senado por ‘problemas de salud’. Parece que le subió la presión después de recibir mi correo con su historial de Panamá. No volverás a saber de él.”

Sonreí. Nathan era mi ángel guardián digital.

Caminé hacia el elevador para irme a casa. Pero antes de llegar, vi a alguien sentada en la banca de espera del pasillo ejecutivo. La misma banca donde yo había esperado en la mañana.

Era Laila Tate. La chica del traje Gucci. La que se había burlado de mi bolsa.

Estaba sola. No tenía su celular (seguía confiscado). Tenía el maquillaje corrido y la mirada perdida.

Cuando me vio, se puso de pie de un salto.

—Señora Robles… —su voz era un hilo.

Me detuve. Lucas se puso tenso, listo para intervenir, pero le hice una seña para que esperara.

—¿Qué haces aquí, Laila? Pensé que te habías ido con los demás.

—No tengo a dónde ir —dijo, y rompió a llorar—. Mis papás… vieron el video. Mi papá me dijo que soy una vergüenza. Me canceló las tarjetas. Me dijo que no regrese a la casa.

Me miró con desesperación.

—Sé que fui una perra. Sé que fui horrible. Pero… por favor. Estudié mucho. Tengo un promedio de 9.8 en el ITAM. Me esforcé… solo quería encajar. Javier y los demás… si no te ríes con ellos, se ríen de ti. Tuve miedo.

La miré. Vi a una niña asustada, disfrazada de ejecutiva, atrapada en un juego tóxico que ella no había inventado, pero que había decidido jugar.

Podía destruirla. Podía decirle “te lo mereces” y dejarla ahí. Sería justo. Sería el karma.

Pero recordé las palabras de mi padre. “La justicia sin misericordia es solo venganza, Elena”.

—Tienes razón, Laila. Fuiste horrible. Fuiste cruel porque eres insegura. Y eso es peligroso en una líder.

Ella bajó la cabeza, sollozando.

—Pero —continué—, tienes 23 años. Y tienes promedio de 9.8. Eso significa que tienes cerebro, aunque hoy decidiste no usarlo.

Metí la mano en mi bolsa de tela y saqué una tarjeta. No la mía. La de la Fundación Robles, mi organización sin fines de lucro.

—No vas a trabajar en Alterara. Estás vetada de por vida del sector financiero corporativo bajo mi mando. Pero… mi fundación tiene un programa de servicio social en comunidades rurales. Enseñamos finanzas básicas a mujeres indígenas que venden artesanías.

Laila tomó la tarjeta con manos temblorosas.

—¿Me está ofreciendo trabajo?

—Te estoy ofreciendo una oportunidad de redención. Es trabajo duro. No hay aire acondicionado. No hay Starbucks. Y nadie usa Gucci. Vas a ver de cerca lo que cuesta ganar un peso de verdad. Vas a ver el valor de una bolsa de mercado como la mía.

Me acerqué a ella.

—Si aguantas seis meses… si demuestras que aprendiste humildad y respeto… entonces, tal vez, te escriba una carta de recomendación para que empieces de cero en algún lugar. No prometo nada. Depende de ti.

Laila apretó la tarjeta contra su pecho.

—Gracias… gracias… Lo haré. Le juro que lo haré.

—No me jures nada. Hazlo. Ahora vete.

Laila corrió hacia los elevadores, secándose las lágrimas. No sé si lo lograría. Tal vez renunciaría al primer día. Pero le di la opción de ser mejor. Eso era el Estándar Robles también.

6:15 PM

Finalmente, bajé al estacionamiento. No había chofer esperándome. Nathan había venido por mí. Su camioneta negra, blindada pero discreta, estaba en la salida.

Él estaba recargado en la puerta, con sus jeans desgastados y una camiseta negra. Al verme, sonrió. Esa sonrisa que hacía que todo el ruido del mundo desapareciera.

Corrí hacia él y lo abracé. Me hundí en su olor a madera y seguridad.

—Hola, Jefa —susurró en mi oído—. ¿Día difícil?

—Un poco —murmuré contra su pecho—. Despedí a la directiva, hackeé una base de datos, amenacé a un senador, organicé una taquiza y cambié las reglas del juego corporativo en México.

—Un martes cualquiera para Elena Robles.

Me abrió la puerta.

—Vámonos a casa, Nathan. Quiero ver a nuestra hija. Y quiero quitarme estos zapatos, aunque sean planos.

Mientras la camioneta se alejaba de Santa Fe, miré por la ventana. La Torre Alterara se iluminaba contra el cielo del atardecer. Ya no parecía un monolito frío e inalcanzable. Algunas luces seguían encendidas en el piso 42.

Imaginé a Roberto trabajando en su nuevo código. A Jime tratando bien a un mensajero. A los “godínez” sintiéndose, por primera vez, dueños de su destino.

Había sido un día largo. Pero mañana… mañana sería el primer día de una nueva era.

Y todo había empezado con una simple camisa de lino y una bolsa de tela.

CAPÍTULO 8: LA REVOLUCIÓN DE LINO Y EL FINAL DEL JUEGO

7:30 PM

El silencio dentro de la camioneta blindada era un refugio. Mientras avanzábamos por Constituyentes, dejando atrás el caos de Santa Fe, sentí cómo la adrenalina que me había sostenido durante las últimas doce horas comenzaba a evaporarse, dejando en su lugar un cansancio profundo, de esos que pesan en los huesos pero reconfortan el alma. Era el cansancio del deber cumplido.

Nathan conducía en silencio, respetando mi necesidad de descomprimir. Él sabía, mejor que nadie, que Elena “La Presidenta” necesitaba unos minutos para volver a ser simplemente Elena “la mamá y esposa”.

Llegamos a nuestra casa en Coyoacán. No vivíamos en un penthouse de vidrio en Polanco ni en una mansión amurallada en Las Lomas. Vivíamos en una casona antigua, restaurada, con muros de piedra volcánica y un jardín lleno de jacarandas y bugambilias. Era nuestro santuario. Un lugar que olía a tierra mojada y a café, no a aire acondicionado y ambición.

Al abrir la puerta principal, el sonido que me recibió fue mejor que cualquier aplauso corporativo.

—¡Mamá!

Sofía, nuestra hija de seis años, corrió por el pasillo con sus calcetines de colores resbalando en la madera. Traía el pelo alborotado y una mancha de pintura morada en la mejilla.

Me agaché justo a tiempo para recibir el impacto de su abrazo. Olía a crayolas y a champú de manzanilla. Enterré mi nariz en su cuello y respiré hondo. Este era mi mundo real. Lo demás —los millones, los edificios, los senadores corruptos— era solo ruido.

—¿Cómo te fue en el trabajo, mami? —preguntó Sofía, separándose para mirarme con sus grandes ojos curiosos—. ¿Atrapaste a los monstruos?

Nathan, que entraba detrás de mí cargando mi bolsa de tela, soltó una carcajada.

—Digamos que mamá los asustó tanto que se fueron corriendo y dejaron sus zapatos —dijo él, guiñándome un ojo.

—Algo así, mi amor —le dije a Sofía, besando su frente—. Hoy le enseñamos a mucha gente que no importa qué ropa traigas puesta, sino qué tan grande tienes el corazón.

Esa noche, no hablamos de estrategias financieras. Cenamos quesadillas en la cocina, con la tele apagada. Nathan me sirvió una copa de vino tinto y me masajeó los pies mientras yo le contaba los detalles más absurdos del día, como la cara de Jime cuando le pedí la taquiza. Nos reímos hasta que nos dolió la panza.

Pero mientras nosotros dormíamos tranquilos, allá afuera, el mundo estaba cambiando.

3 MESES DESPUÉS

El “Efecto Robles” no fue una ola; fue un tsunami.

Lo que empezó con un video viral de una mujer humillada en un lobby, se transformó en un movimiento social que sacudió los cimientos del corporativismo en México y América Latina.

La revista Expansión me puso en su portada. No usé un traje sastre para la foto. Salí con mi camisa de lino blanca, mis pantalones crema y mi bolsa de tela al hombro. El titular rezaba: “LA JEFA INVISIBLE: EL FIN DE LA ERA DE LOS MIRREYES”.

El artículo detallaba cómo el Estándar Robles se estaba implementando no solo en Alterara, sino en decenas de empresas que, temerosas de ser “canceladas” por la opinión pública o inspiradas por el cambio, decidieron adoptar currículums ciegos. Bancos como BBVA y Banorte anunciaron programas piloto de contratación anónima. Incluso el gobierno federal lanzó una iniciativa para prohibir la discriminación por vestimenta en oficinas públicas.

Pero el cambio más grande se sintió en las calles. La bolsa de tela, esa sencilla tote bag de algodón, se convirtió en un símbolo de estatus inverso. Ejecutivas de alto nivel empezaron a llevarlas a juntas importantes como una declaración de principios: “Me importan mis ideas, no mi marca”.

Sin embargo, para los villanos de nuestra historia, el destino fue mucho menos amable.

El destino de los caídos

Michael Callahan (El Licenciado Cantú): La caída de Cantú fue estrepitosa y pública. Después de firmar su confesión, intentó huir a Miami, pero la Unidad de Inteligencia Financiera congeló sus cuentas antes de que pudiera comprar el boleto de avión. Nathan cumplió su promesa de enviarle “recordatorios digitales” a las autoridades. Cantú enfrenta actualmente tres procesos penales por fraude, administración fraudulenta y lavado de dinero. Su esposa le pidió el divorcio y se quedó con la casa de Valle de Bravo. La última vez que se supo de él, estaba vendiendo su colección de relojes en Facebook Marketplace para pagar a sus abogados. Nadie le compró el Rolex de oro; decían que tenía “mala vibra”.

Vanesa Klein: Para Vanesa, el castigo fue social, que para ella era peor que la cárcel. Intentó reinventarse como coach de vida en Instagram, pero los comentarios en sus fotos eran brutales. El hashtag #BribeQueen (Reina del Soborno) la perseguía a donde fuera. Las marcas de lujo que antes le enviaban regalos la vetaron de sus eventos. Perdió su departamento en Polanco y tuvo que mudarse con una tía a una colonia de clase media, donde nadie le cree que alguna vez fue poderosa. Dicen que ahora trabaja en una inmobiliaria pequeña, mostrando departamentos que ella nunca podría comprar.

Javier Holt y el Senador: El Senador Augusto Holt nunca regresó de su “licencia médica”. El escándalo de los correos filtrados por “hackers anónimos” (gracias, Nathan) fue demasiado grande. Renunció a su curul discretamente para evitar un juicio político. Su carrera política está muerta y enterrada. ¿Y Javier? El “Gallo” tuvo un baño de realidad. Su padre, furioso y sin poder para protegerlo, le cortó el flujo de dinero. Javier intentó demandarme, pero ningún bufete de abogados quiso tomar el caso contra la heroína nacional. Terminó en una clínica de rehabilitación en Arizona durante seis meses. Al salir, sin título (su universidad “revisó” sus calificaciones y lo expulsó por plagio) y sin dinero, tuvo que buscar trabajo. La última vez que alguien lo vio, estaba trabajando como recepcionista en un hotel boutique en Tulum. Irónicamente, tiene que usar uniforme y sonreírle a los turistas que lo tratan mal. El karma tiene un sentido del humor exquisito.

UN AÑO DESPUÉS

El sol de la mañana entraba por los ventanales del Centro Comunitario Robles, un edificio que habíamos inaugurado en una zona popular de Iztapalapa. No era un rascacielos de cristal; era un espacio abierto, colorido, lleno de murales pintados por artistas locales.

Estaba ahí para dar el taller de cierre del programa “Finanzas para Guerreras”.

Frente a mí, sentadas en sillas plegables, había cincuenta mujeres. Había vendedoras de mercado, costureras, estudiantes, madres solteras. Mujeres con manos curtidas por el trabajo y ojos llenos de sueños postergados.

—Muchas de ustedes me han dicho que les da miedo entrar a un banco —les dije, caminando entre ellas con mi micrófono de diadema—. Que sienten que no pertenecen. Que las miran feo por cómo visten o por cómo hablan.

Vi cabezas asintiendo. Vi lágrimas en algunos ojos.

—Yo conozco esa mirada —continué—. A mí me la hicieron en mi propio edificio. Me dijeron que mi bolsa era de sirvienta. Me tiraron un billete al suelo.

Saqué de mi bolsa de tela (sí, la misma, aunque ya un poco más desgastada) aquel billete de cien pesos que Javier me había tirado. Lo había enmarcado en acrílico transparente.

—Este billete me lo tiraron para humillarme. Pero yo lo guardé. ¿Saben por qué?

Silencio en la sala.

—Porque me recuerda que el valor no está en el papel. El valor está en quien lo sostiene. Ustedes valen más que cualquier directivo de Santa Fe. Ustedes administran hogares con sueldos mínimos, hacen magia con la comida, levantan familias solas. Eso es ser una experta financiera.

Una chica joven levantó la mano en la última fila. Llevaba una camiseta deslavada y unos tenis viejos.

—Maestra Elena… —dijo con voz tímida—. Yo quiero estudiar economía. Pero mi papá dice que eso es para ricos. Que mejor me ponga a trabajar en la maquila.

Me acerqué a ella.

—¿Cómo te llamas?

—Carmen.

—Carmen, ¿tienes hambre de aprender?

—Sí, mucha.

—Entonces el dinero no será problema. La Fundación Robles tiene becas completas para mujeres como tú. No te vamos a pedir que tengas traje sastre. Solo te vamos a pedir que no te rindas.

Carmen rompió a llorar. Sus compañeras la abrazaron.

Ese era mi verdadero trabajo ahora. Alterara seguía funcionando de maravilla bajo la dirección de Gabriel (quien había recuperado su brújula moral) y con Roberto liderando la innovación tecnológica. Yo seguía siendo la Presidenta del Consejo, pero mi corazón estaba aquí, construyendo la próxima generación de líderes que no necesitarían pisar a nadie para subir.

Al terminar el taller, me dirigí a la salida. Ahí estaba Laila Tate.

Sí, Laila. La chica Gucci.

Había sobrevivido al programa de servicio social. Había pasado seis meses en la Sierra de Puebla, trabajando con cooperativas de café. Ya no traía tacones de suela roja. Traía botas de trabajo y jeans. Su piel estaba bronceada por el sol y sus manos tenían callos.

—Señora Robles —me saludó con una sonrisa diferente. Menos brillante, pero más real.

—Hola, Laila. Me llegó el reporte de la comunidad. Dicen que ayudaste a optimizar la cadena de distribución del café y que las ventas subieron un 40%.

Laila se sonrojó.

—Fueron ellas, señora. Las productoras. Yo solo les enseñé a usar Excel. Ellas me enseñaron… bueno, me enseñaron todo lo demás. Me enseñaron a trabajar.

—¿Y qué vas a hacer ahora? —le pregunté—. Cumpliste tu condena. Puedes irte.

Laila miró el centro comunitario, lleno de gente.

—No quiero irme a un banco, señora. No quiero volver a Santa Fe. Me gustaría… si se puede… me gustaría quedarme aquí. Como coordinadora de proyectos. Creo que entiendo mejor a estas mujeres que a los clientes de Alterara.

Sonreí. La redención es rara, pero cuando sucede, es hermosa.

—El puesto es tuyo, Laila. Pero con una condición.

—¿Cuál?

Señalé su hombro.

—Necesitas una bolsa más grande para cargar los materiales.

Laila se rió y levantó una bolsa de tela bordada a mano, muy parecida a la mía.

—Ya tengo una, Jefa. Me la regaló Doña Rosa en la sierra.

EL REGRESO A LA TORRE

Esa tarde, tuve que ir a Alterara para la firma anual de resultados. Nathan pasó por mí y fuimos juntos.

Al entrar al lobby, la diferencia era palpable. El mármol seguía ahí, el candelabro seguía ahí, pero el aire era distinto.

Jime, la recepcionista, me saludó con un “¡Buenas tardes, Elena!” lleno de energía. Ya no estaba pegada al celular. Estaba atendiendo a un señor mayor que venía con sombrero de paja, explicándole pacientemente cómo llegar al área de Afores.

Caminamos hacia los elevadores. Vi a empleados vestidos de mezclilla, de tenis, de traje, todos mezclados, platicando. No había susurros venenosos. No había miradas de juicio.

Subimos al piso 42.

Roberto salió de su oficina (la que antes era de David Reese, pero ahora estaba llena de figuras de Star Wars y pantallas con código).

—¡Jefa! ¡Nathan! —nos saludó—. Tienen que ver los números del último Q. Rompimos récord. Los clientes están amando la nueva app de transparencia.

—Felicidades, Roberto —dijo Nathan, chocando puños con él—. Te dije que tenías talento.

Entré a la sala de juntas. La misma mesa larga. Los mismos ventanales. Pero ahora, las sillas estaban ocupadas por un consejo diverso. Había hombres y mujeres, jóvenes y viejos.

Me senté en la cabecera. Puse mi bolsa de tela sobre la mesa de caoba, justo en el centro.

Nadie la miró con asco. Nadie hizo una mueca. Al contrario, la bolsa se había convertido en un recordatorio constante: Aquí se trabaja con la verdad.

Gabriel inició la sesión.

—Señores, antes de empezar, quiero agradecer a nuestra Presidenta. Hace un año, esta empresa estaba podrida. Hoy, somos el referente ético de América Latina.

Hubo un aplauso. Un aplauso sincero.

Miré por la ventana. El sol se ponía sobre la Ciudad de México, tiñendo el cielo de naranja y violeta. Pensé en la Elena que llegó hace un año, nerviosa, dolida, pero firme. Pensé en mi padre mecánico. Pensé en mi hija.

Había ganado. No solo había recuperado mi empresa; había recuperado mi fe en que las cosas pueden cambiar si tienes el coraje de incendiar lo que no sirve.

Alterara ya no era una torre de marfil. Era un faro.

Y yo, Elena Robles, ya no era invisible. Nunca más lo sería.

Nathan me tomó de la mano por debajo de la mesa y apretó suavemente. Lo miré y sonreí.

—Comencemos —dije.

Y así, con mi bolsa de tela presidiendo la mesa más poderosa de México, la junta comenzó.

FIN

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