
Capítulo 1: El Sueño y la Pesadilla
Mi nombre es Ximena García, y esta no es una historia de éxito. Es una historia de supervivencia. Comienza, como muchas tragedias, con un sueño. Un sueño que para una chica como yo, nacida y criada en el lado trabajador de Querétaro, parecía tan lejano como la luna. Mi sueño era simple: quería ser porrista en el Colegio José María Morelos.
El “Morelos” no era una preparatoria cualquiera. Era LA preparatoria. Un bastión de élite enclavado en una de las zonas más exclusivas de la ciudad, un mundo de muros altos, colegiaturas de cinco cifras y apellidos que sonaban a consejo de administración. Era el tipo de lugar al que yo había accedido no por derecho de nacimiento, sino por una beca de excelencia académica que me había costado sangre, sudor y un sinfín de noches sin dormir. Mi padre, un hombre forjado en la disciplina de la Marina de México, siempre me había dicho: “La educación es el único campo de batalla donde todos empezamos con las mismas armas, mija. No lo desperdicies”. Y no lo hacía. Era la mejor de mi clase, una alumna fantasma que entraba, estudiaba y salía, invisible para la jerarquía social que gobernaba esos pasillos.
Pero en secreto, albergaba una ambición más frívola, más visible. Desde que era niña y veía las películas gringas, me había fascinado el mundo de las porristas. La energía, la gracia, la fuerza disfrazada de sonrisa. En el Morelos, las porristas eran la realeza. Eran las ‘Águilas’, un escuadrón de diosas rubias y perfectas que parecían flotar por encima del resto de los mortales. Y yo, la chica de la beca, la morena de cabello lacio y ojos oscuros, quería un lugar entre ellas.
El día de las audiciones finales, el gimnasio principal, un coloso de duela brillante y gradas retráctiles, vibraba con una energía que era 90% perfume caro y 10% pánico puro. Éramos veinte chicas formadas en una línea que pretendía ser marcial. Yo era la tercera desde la izquierda, un punto y aparte en una oración de cabellos dorados y pieles que hablaban de vacaciones en Cancún, no de fines de semana en Tequisquiapan. Mis manos, quietas a los lados de mi cuerpo, eran una fachada de calma que mi padre me había enseñado a construir. “La procesión va por dentro, Ximena. Afuera, cara de póker. Siempre”. Pero por dentro, mi corazón era un colibrí atrapado en mi caja torácica, un tambor azteca anunciando una batalla.
Habían sido tres días de infierno. Tres días de rutinas agotadoras, de saltos que te dejaban sin aliento y de sonrisas tan forzadas que sentía los músculos de la cara acalambrados. Había visto a chicas vomitar de nervios en los baños, a otras llorar en silencio cuando un salto salía mal. Yo no. Yo me concentraba. Cada movimiento era una ecuación matemática, cada pirueta un acto de física aplicada. No tenía su gracia natural, su linaje de ballet desde los tres años, así que lo compensaba con una precisión robótica, una resistencia que rayaba en lo sobrehumano.
“Señoritas, todas han mostrado un espíritu y una dedicación increíbles”, la voz de la coach Montalvo, una ex-Águila de los noventa cuya gloria pasada aún se reflejaba en su postura rígida, cortó el murmullo nervioso. Sostenía su carpeta como un verdugo sostiene su hacha, con una mezcla de poder y pesar. Sus ojos, afilados y críticos, recorrieron la fila. Vi cómo su mirada pasaba de largo por las rubias de siempre, deteniéndose una fracción de segundo más en mí. Pude leerlo todo en ese instante: la sorpresa de que hubiera llegado tan lejos, la admiración a regañadientes por mi técnica impecable, y la duda, la gran duda: ¿encajaría una pieza como yo en su rompecabezas perfecto?
A mi alrededor, el paisaje era desoladoramente homogéneo. Constanza Garza, cuya familia era dueña de la mitad de los parques industriales de la región. Bárbara de la Torre, la hija de un político influyente. Regina Sada, cuya belleza era tan legendaria como la fortuna de su padre. Eran un clan, una tribu unida por la sangre azul y las tarjetas de crédito sin límite. Yo era la intrusa.
Fue entonces cuando las puertas laterales del gimnasio se abrieron, y el aire cambió. El equipo de fútbol americano, los amos y señores del cosmos social del Morelos, entraron como una manada de lobos. Su práctica acababa de terminar, y el olor a sudor y masculinidad tóxica invadió el espacio. A la cabeza, como siempre, caminaba Santiago Montes. Era el quarterback estrella, el mariscal de campo, el heredero de un imperio inmobiliario. Su andar no era un simple caminar; era una declaración de propiedad. Cada paso sobre la duela parecía decir: “Esto es mío. Todos ustedes son míos”. Su cabello castaño claro, húmedo por el sudor, estaba peinado hacia atrás, y sus ojos azules, fríos como el hielo, escanearon la escena con aburrimiento.
A su lado, como una sombra brutal, estaba Ricardo “Richie” Peña. Richie no tenía el linaje de Santiago, pero lo compensaba con una agresividad primitiva. Era el linebacker, el músculo del equipo, un tipo enorme cuyos brazos parecían a punto de reventar las mangas de su jersey. Su familia no era rica, pero se aferraba al estatus de Santiago como una lapa, disfrutando del poder por proximidad. Su mirada siempre estaba nublada por una especie de ira contenida, como si el mundo entero le debiera algo.
Y unos pasos detrás, trotando para no quedarse rezagado, venía Bruno Morales. Bruno era el satélite, el eco. Un chico sin una personalidad propia, cuya única función en el universo era orbitar alrededor de Santiago y Richie, reírse de sus chistes, y asentir a todo lo que dijeran. Su desesperación por pertenecer era tan palpable que resultaba patética.
“Las siguientes alumnas”, continuó la coach Montalvo, ajena al cambio de dinámica en el gimnasio, “han ganado su lugar en el equipo de las ‘Águilas’ de este año”.
El silencio se volvió denso. La coach empezó a leer la lista. Cada nombre era un apellido ilustre, una pieza que encajaba perfectamente. ‘Bárbara de la Torre’. Chillidos. Abrazos. ‘Constanza Garza’. Más chillidos. ‘Regina Sada’. Por supuesto. La lista avanzaba, y con cada nombre que no era el mío, mi corazón se hundía un poco más. Empecé a prepararme para la decepción. Era lógico. No pertenecía. Había sido una idiota por siquiera intentarlo.
Y entonces, ocurrió.
“Ximena García”.
El nombre flotó en el aire del gimnasio por un segundo antes de que mi cerebro pudiera procesarlo. No hubo chillidos. Hubo un microsegundo de silencio absoluto, un vacío sonoro donde todas las miradas se giraron hacia mí. Fue como si la coach hubiera dicho un nombre en un idioma extranjero. Sentí el impacto de docenas de ojos sobre mí, una presión física que casi me hace tambalear. El aire se me fue de los pulmones en un silbido inaudible. Un rayo invisible me había partido en dos. Lo logré. Contra todo pronóstico, contra toda lógica social, lo había logrado.
El silencio fue roto por aplausos dispersos y forzados. Algunas chicas, las más amables o las mejores actrices, se acercaron a darme palmadas en la espalda. “Felicidades, Xime, qué padre”. “¡Bienvenida!”. Pero sus sonrisas no llegaban a sus ojos. Sus ojos, si te fijabas bien, estaban llenos de preguntas: ¿Tú? ¿Cómo? ¿Por qué?
Mantuve mi rostro en una máscara de profesionalismo impasible, justo como mi padre me había instruido. “En la victoria o en la derrota, la misma cara de piedra, mija. Que nunca sepan si te están haciendo un favor o un daño”.
Al otro lado del gimnasio, sentí una mirada que no era de sorpresa, sino de puro veneno. Santiago Montes me observaba con la mandíbula tan apretada que podía ver los músculos saltar bajo su piel. Sus ojos azules ya no eran fríos; ardían con una furia gélida. Se inclinó y le susurró algo al oído a Richie. Vi a Richie negar con la cabeza, una mueca de asco deformando sus facciones. Bruno, como siempre, solo miraba a sus líderes, confundido, esperando que le dijeran qué debía sentir. Santiago no apartó la vista de mí, y en su mirada leí una promesa silenciosa. Una promesa de guerra.
La falsa celebración se disipó rápidamente. Tomé mi maleta, mi corazón aún galopando, pero ahora no de alegría, sino de una premonición oscura. Me dirigí a la salida, y por supuesto, allí estaban ellos. El trío se había apostado junto a la puerta, bloqueando parcialmente el paso. No era una coincidencia. Era una declaración.
“Con permiso”, dije, mi voz sonando más firme de lo que me sentía.
Santiago se movió apenas, lo justo para obligarme a pasar rozando su cuerpo. El olor de su loción cara, una fragancia cítrica y amaderada, me golpeó, y me revolvió el estómago. No era un olor agradable; era el olor del poder, de la autocomplacencia. “Vaya, vaya. Así que tú eres la nueva adquisición del equipo”. Su voz era suave, casi un ronroneo, pero con un filo de acero.
“Así es”, respondí, levantando la barbilla para encontrarme con su mirada. No iba a dejar que me intimidara.
“Una elección… interesante”, terció Richie desde su posición de gorila guardián. Lo dijo lo suficientemente alto como para que los estudiantes que pasaban cerca pudieran escucharlo. “Muy progre la coach Montalvo, ¿no? Muy inclusiva”.
La palabra ‘inclusiva’ fue escupida como un insulto.
“Me gané mi lugar, como todas las demás”, repliqué, mi voz fría como el mármol.
Fue entonces cuando Santiago sonrió. Y esa sonrisa fue la cosa más aterradora que había visto en mi vida. No tenía nada de alegría, nada de calidez. Era la sonrisa de un tiburón que acaba de oler sangre en el agua, una simple contracción de músculos faciales que no llegaba, ni de lejos, a sus ojos muertos. “Ah, no lo dudo. Seguro que sí. Eres muy… atlética”. El énfasis en la palabra era un insulto en sí mismo. “Es solo que nuestros fans, la gente de aquí, tú sabes… esperan cierto… tipo de porristas”.
El pasillo pareció enmudecer. Las conversaciones a nuestro alrededor bajaron de volumen, convirtiéndose en un murmullo expectante. La gente olía el conflicto.
“¿Y qué tipo es ese exactamente?”, pregunté, sintiendo un calor familiar, el de la ira, subir por mi cuello.
Santiago se encogió de hombros con un desdén que me hirió más que un grito. “Pues ya sabes, ¿no?”. Su mirada me recorrió de arriba abajo, deteniéndose en mi cabello negro, en mi piel morena. “Tradicionales. El look del Morelos. Chicas que representan el verdadero orgullo de las ‘Águilas’. Cabelleras rubias, de buena familia… el paquete completo”. Hizo una pausa dramática, saboreando el momento. “Como muñecas Barbie, no…”. No terminó la frase. No hacía falta. Su mirada lo dijo todo: ‘…no como tú’.
Tragué saliva, el nudo en mi garganta era una piedra. “Entiendo perfectamente”, dije, ajustando la correa de mi maleta para tener algo que hacer con mis manos temblorosas. “Esta escuela representa la excelencia académica y deportiva. Y eso es exactamente lo que pienso hacer: representarla con excelencia”.
Sin esperar respuesta, me abrí paso entre ellos. Sentí el hombro de Richie rozar el mío con más fuerza de la necesaria. Caminé por el pasillo con la cabeza en alto, sintiendo sus miradas como tres taladros perforándome la espalda.
Detrás de mí, escuché la voz de Santiago, ahora un susurro venenoso destinado solo a sus amigos: “¿Es neta, güey? Metieron a esa… prieta”.
La palabra me golpeó como un puñetazo en el estómago. Me quedé sin aire. Seguí caminando, con la visión borrosa, mis pasos volviéndose más rápidos.
“Mi papá se va a infartar cuando se entere”, oí la voz de Richie. “Esto es lo que está arruinando nuestro colegio. Se está llenando de… gente como ella”.
Esa noche, en la seguridad de mi pequeña habitación, la euforia de haber cumplido mi sueño se había evaporado por completo, reemplazada por un frío y pesado presentimiento. No solo había entrado a un equipo de porristas. Había cruzado una línea enemiga sin saberlo. Me había adentrado en un territorio hostil, y sus reyes me acababan de declarar la guerra. Mi sueño se había convertido, en cuestión de horas, en una pesadilla. Y lo peor, lo que me helaba la sangre, es que apenas estaba comenzando.
Capítulo 2: La Guerra Silenciosa
El acoso, como una enfermedad autoinmune, comenzó a atacar mi vida de forma sigilosa. No llegó como un huracán, sino como una humedad que se filtra por las paredes, manchando, pudriendo todo desde adentro. Eran pequeños actos, microagresiones diseñadas para ser negadas, para hacerme dudar de mi propia cordura. “Estás exagerando, Ximena”, me decía a mí misma. “Es tu imaginación”. Pero no lo era. Era una campaña militar, una guerra de guerrillas psicológica, y yo era el único objetivo.
El lunes por la mañana fue el primer ataque. Llegué a mi casillero y lo encontré ligeramente entreabierto. Mi candado, un robusto Master Lock que mi padre me había insistido en usar, colgaba abierto, intacto. No estaba forzado. Alguien había marcado la combinación. Dentro, el orden metódico que yo mantenía era un caos. Mis libros de texto estaban apilados al revés, mis cuadernos fuera de lugar, una foto mía con mi padre que tenía pegada en la puerta interior estaba boca abajo. No faltaba nada. Ese era el mensaje. No era un robo, era una invasión. Una violación de mi único espacio privado en ese infierno. “Podemos entrar aquí cuando queramos. No estás a salvo en ninguna parte”. Levanté la vista y barrí el pasillo con la mirada. A unos diez metros, junto a la fuente de agua, estaba Santiago Montes, rodeado de su corte. Nuestras miradas se cruzaron por una fracción de segundo. Él no sonrió. Solo me sostuvo la mirada con una suficiencia helada antes de volverse para reírse de algo que dijo Richie. La negación plausible era su arma más poderosa. ¿Qué podía reportar? ¿Que alguien había desordenado mis libros? Se reirían de mí.
Para la hora del almuerzo, la noticia de mi inclusión en el equipo se había convertido en el chisme del día. El Morelos funcionaba con una ecología social tan compleja y cruel como la de la sabana africana, y yo era la nueva y extraña criatura que todos observaban. Sentía las miradas como un peso físico sobre mis hombros. Los susurros se detenían abruptamente cuando doblaba una esquina, las risas se cortaban cuando pasaba junto a un grupo. Algunos estudiantes, los que estaban fuera de la élite, me ofrecían sonrisas tímidas de apoyo. Pero la mayoría, los que importaban, me miraban con una mezcla de curiosidad y desdén, como si fuera un bicho raro bajo un microscopio.
Valeria, una de las pocas porristas de último año que parecía tener un alma, me alcanzó después de la clase de Historia de México. Era alta, rubia y popular, todo lo que yo no era, pero había una amabilidad genuina en sus ojos. “¡Xime! Qué emoción que entraste al equipo, de verdad. Tu rutina fue increíble”. Me dio una palmada en el brazo. “Oye, no hagas caso de lo que diga la gente. Hay mucha envidia en este colegio. No dejes que nadie te haga sentir que no perteneces, ¿ok? Te lo ganaste a pulso”. Su gesto, aunque bienintencionado, fue una bofetada de realidad. El hecho de que ella, una de ellos, sintiera la necesidad de darme ese discurso de ánimo, solo confirmaba que la “gente” estaba hablando, y que lo que decían no era bueno. Le agradecí con una sonrisa apretada, sintiéndome aún más aislada.
El almuerzo fue una lección de tácticas de intimidación. Estaba sentada con mi pequeño grupo de amigos, los “nerds” del club de debate, en una mesa cerca de la ventana, nuestro territorio habitual. Vimos a la manada de fútbol americano entrar a la cafetería. Pasaron junto a nuestra mesa para llegar a la suya, la mesa central, el trono desde el cual gobernaban. Cuando Richie Peña pasó junto a mí, su hombro “accidentalmente” golpeó el respaldo de mi silla. El golpe fue tan fuerte que la silla se deslizó y yo me tambaleé hacia adelante, casi tirando mi charola. “Uy, perdón, se me fue”, dijo sin detenerse, sin voltear, su voz cargada de una falsa indiferencia. Mis amigos se quedaron en silencio. Sofía, mi mejor amiga, frunció el ceño. “Qué raro, ese güey nunca es tan torpe. Parecía a propósito”. “Quizá tuvo un mal día”, respondí en voz baja, mi cara ardiendo de humillación. Pero en mi mente, la libreta de mi padre se abría: Incidente 2, Contacto Físico Menor. Intención: Humillación pública, establecimiento de dominio físico.
El verdadero golpe, el que traspasó la barrera de lo físico y se clavó directamente en mi alma, llegó durante la hora de estudio en la biblioteca. Saqué mi celular para revisar una cita, y vi la notificación roja en el ícono de Instagram. Una etiqueta. Mi corazón dio un vuelco doloroso. La abrí. La imagen era una captura de pantalla del anuncio oficial del equipo, con mi cara, sonriente y esperanzada en la foto de la audición, encerrada en un tosco círculo rojo. El texto encima de la imagen era un puñal. “Cuando metes a la becada para cumplir con la cuota de inclusión. #NoEsMiPorrista #SeNosLlenóDeNacosElColegio”.
El aire se solidificó en mis pulmones. Mi mundo se encogió al tamaño de esa pantalla de cinco pulgadas. Me desplacé para ver los comentarios, una decisión estúpida impulsada por un masoquismo repentino. Eran peores. Mucho peores. Eran dagas envenenadas, cada una apuntando a mi herida más profunda. “Prieta tenía que ser”. “Que se regrese a su barrio en la ruta 12”. “Asco, ahí se fue el prestigio del Morelos”. “Seguro se la chupó a alguien del comité para entrar”. “Parece la chacha del equipo”. Leí hasta que las lágrimas nublaron mi visión y el estómago se me hizo un nudo de ácido. Con manos temblorosas, tomé capturas de pantalla de todo. Documentar, me había dicho mi padre. Luego bloqueé la cuenta, un perfil falso llamado ‘OrgulloAguila2024’, y apagué el teléfono. Pero la imagen y las palabras ya estaban grabadas a fuego en mi cerebro.
La práctica de esa tarde fue una tortura. La tensión era tan densa que se podía masticar. La coach Montalvo, ajena o fingiendo serlo, nos hizo repasar las formaciones para el partido de bienvenida del viernes. Bárbara de la Torre, la de la sonrisa de víbora, se las arregló para posicionarse siempre justo delante de mí. Durante toda la rutina, no paraba de dar pequeños pasitos hacia atrás, invadiendo mi espacio, forzándome a ajustar mi posición constantemente para no chocar. Cada vez que “accidentalmente” su codo se encontraba con mis costillas o su talón aterrizaba sobre mi empeine, se volteaba con una dulzura empalagosa. “Ay, perdón, Xime. Es que todavía no me acostumbro a la nueva formación, eres nueva aquí”. Su disculpa era un insulto. Al final de la práctica, cojeaba ligeramente y me costaba respirar profundo. “Accidentes”, claro.
El resto de la semana transcurrió en una neblina de ansiedad y pequeños tormentos. Una bebida “derramada” sobre mi mochila en el pasillo. Apuntes de clase que “desaparecían” de mi pupitre. El viernes, el día del partido, la atmósfera escolar estaba eléctrica. Era el gran juego de bienvenida contra nuestro rival acérrimo. A pesar de todo, una parte de mí, la porrista soñadora, sentía un cosquilleo de emoción. Iba a actuar frente a todo el colegio.
El clima había cambiado. Una tormenta torrencial la noche anterior había dejado el campus empapado. Mientras caminaba desde el estacionamiento hacia la entrada del gimnasio, noté un enorme y traicionero charco de lodo que se había formado en una depresión del pavimento. Era casi un pequeño estanque de agua marrón y sucia. La mayoría de los estudiantes lo rodeaban con cuidado. Iba distraída, respondiendo un mensaje de texto de mi padre. “¿Lista para brillar, campeona? Pásame la ubicación del estadio para recogerte”. Estaba a punto de responderle cuando una sombra me cubrió.
Sentí unos pasos apresurados detrás de mí. No tuve tiempo de reaccionar. Una mano fuerte y áspera me agarró violentamente del brazo derecho. “Oye, nueva. Tenemos un mensaje para ti”. Era la voz de Santiago. Su aliento apestaba a alcohol barato, seguramente de una anforita que había estado bebiendo a escondidas.
Antes de que pudiera procesar el shock, otra mano, aún más grande y brutal, me sujetó del brazo izquierdo. Richie. Sus dedos se clavaron en mi piel como garras. Miré hacia adelante y vi a Bruno. El cobarde se paró frente a mí, no para tocarme, sino para actuar como un escudo humano, bloqueando la vista desde el estacionamiento. Estaba en una trampa perfecta.
“¿Qué demonios hacen? ¡Suéltenme!”, grité, mi voz un chillido de pánico. Traté de zafarme, de retorcerme, pero era inútil. Eran dos contra una, y la diferencia de fuerza era abismal.
“Vamos a enseñarte cuál es tu lugar de una vez por todas”, gruñó Santiago, su cara de niño bonito contorsionada por una fealdad que venía del alma.
Comenzaron a empujarme hacia atrás, arrastrándome inexorablemente hacia el charco de lodo. Mis tenis resbalaron en el concreto mojado. Traté de clavar los talones, de luchar, pero solo logré que el pánico aumentara. “¡Ayúdenme!”, grité, pero los pocos estudiantes que había cerca apartaron la mirada, asustados o indiferentes.
“¡Uy, qué torpe! ¡Parece que te vas a caer!”, gritó Richie, su voz una parodia cruel de su “accidente” en la cafetería.
Y entonces, con un último empujón coordinado, brutal y lleno de odio, me lanzaron al vacío.
El mundo se inclinó. Por un instante, estuve flotando, y luego el impacto. Caí de espaldas en el agua helada. El frío me robó el aliento, un golpe sólido en el pecho. Sentí un dolor agudo y un sonido de tela rasgándose cuando mi falda nueva del uniforme se enganchó con un trozo de concreto roto escondido bajo el agua. El lodo, espeso, frío y maloliente, me envolvió. Se metió en mi cabello, en mi ropa, en mi boca, llenándome del sabor de la tierra y la humillación.
Escuché sus risas. No eran risas normales. Eran ladridos, carcajadas sucias y triunfantes de depredadores que disfrutan de la agonía de su presa. Aturdida, con el agua sucia goteando de mi cara, traté de incorporarme. Se pararon sobre mí, tres siluetas oscuras recortadas contra el cielo gris, mirándome desde arriba con puro desprecio.
“Parece que te resbalaste”, dijo Santiago en voz alta, actuando para la audiencia que comenzaba a congregarse. “Qué mala suerte. Ten más cuidado la próxima vez, ¿quieres?”.
Varias porristas, atraídas por el escándalo, salieron del gimnasio. Valeria ahogó un grito, llevándose las manos a la boca. “¡Dios mío, Xime! ¿Estás bien?”. Pero su voz fue ahogada por la de Bárbara, que ya tenía su celular en la mano, grabando. “¡No manches, esto es oro! ¡Va para Insta! #LadyLodo #EpicFail”.
Desde el fango, levanté la vista. Vi las caras de mis compañeros. Algunos horrorizados, otros indiferentes, y demasiados, demasiados, sonriendo. Vi los celulares apuntándome, pequeñas ventanas negras grabando mi punto más bajo para la posteridad digital.
“Bonito uniforme”, gritó Richie mientras se alejaban, chocando los cinco como si hubieran anotado un touchdown. “Te resalta el color de piel”, añadió Santiago con una risa que se convirtió en un eco en mi cabeza, un eco que me taladró el alma.
Me quedé sentada en el lodo un momento más. No porque no pudiera levantarme. Podía. Sino porque necesitaba un segundo para que la realidad me golpeara con toda su fuerza. Necesitaba grabar cada detalle en mi memoria: el frío del agua, el olor a podrido, el sabor de la humillación en mi boca, el sonido de sus risas, las luces rojas de los celulares grabando. Y sobre todo, necesitaba grabar a fuego la certeza absoluta, la promesa solemne que me hice a mí misma en ese charco: esto no podía, no debía, volver a pasar. Nunca.
Valeria me ayudó a ponerme de pie, ofreciéndome pañuelos y disculpas, pero apenas la escuchaba. Mi mente estaba en otro lugar. Estaba pensando en la voz de mi padre, tranquila y dura como el acero: “Hay dos tipos de personas en el mundo, Ximena: los que golpean y los que son golpeados. Pero hay un tercer tipo, el más raro: los que reciben el golpe, se levantan, y devuelven uno tan preciso y devastador que nadie se atreve a volver a tocarles. Sé la tercera”.
Esa noche, cuando llegué a casa con el uniforme roto y el alma manchada de algo más sucio que el lodo, mi padre me estaba esperando. El Capitán de Fragata retirado de la Marina de México, David García, me vio entrar por la puerta. Dejó su taza de café sobre la mesa. Su rostro, usualmente un mapa de arrugas amables alrededor de sus ojos, se transformó. Se convirtió en la cara que yo había visto en las viejas fotos de sus misiones: una máscara de calma letal.
“Reporte de misión”, dijo, su voz tranquila y baja, pero con un peso que llenó toda la casa. “¿Qué pasó, Ximena?”.
Y se lo conté todo. Sin llorar. Con la voz fría y precisa que él me había enseñado a usar en momentos de crisis. Le di los nombres, las fechas, los incidentes, la humillación. Todo. Cuando terminé, me miró con una intensidad que nunca antes había visto, la misma que, imaginaba, usaba para mirar un mapa antes de una incursión en territorio enemigo. Se levantó, caminó hacia la ventana y miró la oscuridad por un largo rato.
Luego, se giró y me miró. “Bien”, dijo, y en esa única palabra escuché la promesa de una retribución bíblica. “Ellos empezaron la guerra. Ahora, nosotros la vamos a terminar”.
Capítulo 3: El Plan de Batalla
Pasaron veinte minutos que se sintieron como una eternidad. Veinte minutos sentada en el asiento del copiloto de mi viejo Tsuru, en el estacionamiento casi vacío de la escuela, con el motor apagado y el sonido de mi propia respiración irregular llenando el silencio. Todavía llevaba puesto el uniforme de porrista prestado, uno que pertenecía a una chica que había abandonado el equipo el año anterior. Era dos tallas más grande, la tela áspera olía a guardado, y cada vez que me movía, me recordaba que mi propio uniforme, el que me había ganado, estaba en una bolsa de plástico en el asiento trasero, roto, manchado e inservible. Era un disfraz de payaso triste.
A lo lejos, podía escuchar los ecos de la celebración. Las ‘Águilas’ habían ganado el partido 28-14. Una victoria aplastante. Debería haber estado allí, saltando, gritando, siendo parte de ello. En lugar de eso, había visto todo el partido desde la banca, una figura patética envuelta en un uniforme que no era el mío, tratando de ignorar las miradas de lástima de algunos y las sonrisas burlonas de otros.
Mi celular, que había puesto en silencio, no paraba de iluminarse. Mensajes de Valeria: “¿Estás bien? Lo que hicieron no tiene nombre. Si necesitas algo, dime”. Mensajes de Sofía: “Voy para tu casa. Llevo helado y películas. Mándalos a la chingada”. Y luego, las notificaciones. Decenas de ellas. Instagram, TikTok, Facebook, grupos de WhatsApp. El video de mi humillación, la “Caída de Ximena”, ya era el contenido más compartido en la comunidad escolar. Había sido editado con música de circo, con efectos de sonido de resbalones, con stickers de cerditos chapoteando en el lodo. Los hashtags iban desde el predecible #LadyLodo hasta el cruel #LaPrietaEnSuCharco, pasando por el clasista #CuandoLaBecaNoAlcanzaParaClasesDeEquilibrio.
Finalmente, arranqué el motor. Conduje a casa en un trance, como si viera el mundo a través de un cristal grueso y sucio. Cada semáforo en rojo era un espejo retrovisor que me devolvía la imagen de una extraña: el cabello aún húmedo y pegajoso, la cara pálida, los ojos hundidos en cuencas oscuras. Pero debajo de la capa de humillación y vergüenza, sentía algo más. Una brasa. Una pequeña brasa de furia que, con cada insulto que recordaba, con cada risa que volvía a escuchar en mi cabeza, crecía, se avivaba, amenazando con convertirse en un incendio.
Cuando llegué a casa, mi padre estaba en la cocina, esperándome. Lo supe en el momento en que abrí la puerta. La casa estaba en silencio, pero era un silencio tenso, cargado. Estaba sentado a la mesa de madera, una simple taza de café negro frente a él. No dijo nada cuando entré. Sus ojos, entrenados para evaluar daños en barcos y hombres, lo escanearon todo en un segundo: el uniforme que no era mío, mi postura encorvada, la mancha de lodo seco que aún tenía en la mejilla y que había olvidado limpiar, y la expresión de mi rostro. Su rostro no mostró sorpresa, ni siquiera ira. Mostró algo mucho más aterrador: una calma glacial, la calma del ojo de un huracán. Con una precisión deliberada, dejó su taza sobre la mesa. El sonido de la cerámica contra la madera fue el único ruido en la habitación.
“Nombre, rango y número de serie”, dijo en voz baja. Era nuestro código, el que usábamos desde que yo era niña y me raspaba las rodillas. Significaba: ‘Reporte de misión, completo, sin adornos, sin lágrimas’.
Y le di el reporte. Mi voz, al principio un susurro tembloroso, fue ganando fuerza a medida que hablaba, alimentada por la brasa de furia que crecía en mi interior.
“Objetivos identificados: Santiago Montes, Ricardo Peña, Bruno Morales. El acoso ha sido sistemático y progresivo desde mi aceptación en el equipo. Fase uno: intimidación verbal y psicológica. Comentarios despectivos, insultos velados, creación de apodos. Fase dos: sabotaje y aislamiento. Invasión de mi casillero, campaña de desprestigio en redes sociales, exclusión deliberada en actividades del equipo. Hoy, a las 17:30 horas aproximadamente, la operación escaló a agresión física directa. Fui emboscada por los tres objetivos. Me sujetaron contra mi voluntad y me arrojaron a un charco de lodo. Resultando en la destrucción de propiedad (uniforme), daño físico menor y humillación pública masiva, amplificada por medios digitales”.
Mi padre escuchó sin parpadear, su rostro endureciéndose con cada palabra hasta parecer una máscara funeraria tallada en granito. Cuando terminé, el silencio que se instaló entre nosotros fue tan denso que casi se podía tocar. Duró varios latidos de mi corazón acelerado.
“Muéstrame las redes sociales”, ordenó finalmente.
Le entregué mi teléfono, desbloqueado. Sus pulgares, gruesos y callosos por años de trabajo con cuerdas y metal, se deslizaron por la pantalla con una torpeza sorprendente. Pero sus ojos se movían con la rapidez de un analista de inteligencia. Leyó los comentarios, vio los videos editados, absorbió el veneno digital. Vi un músculo saltar en su mandíbula. Vi sus nudillos volverse blancos mientras apretaba el teléfono.
“Y la respuesta de la cadena de mando. La escuela”, dijo, su voz aún más baja.
“Informé verbalmente a la tutora, la maestra Carmona, sobre los susurros y el ambiente hostil. Su respuesta: ‘Son cosas de adolescentes, Ximena. Trata de no hacerles caso’. Reporté el post anónimo a la prefecta de disciplina. Su respuesta: ‘Sin pruebas de quién administra la cuenta, mis manos están atadas’. Le mencioné a la coach Montalvo los ‘accidentes’ en la práctica. Su respuesta: ‘Hablaré con Bárbara. A veces las chicas son competitivas’”.
“Ineptos”, sentenció mi padre. La palabra fue un latigazo. “Cobardes, incompetentes o cómplices. En cualquiera de los tres escenarios, el sistema te ha fallado. La cadena de mando está rota. Por lo tanto, no podemos confiar en ella”. Me devolvió el teléfono. Su mano estaba fría.
“Papá, sé lo que estás pensando…”, empecé a decir, asustada de repente por la frialdad en sus ojos.
“¿Ah, sí? Ilumíname. ¿Qué estoy pensando, Ximena?”.
“Que vas a ir mañana a la escuela y… y vas a gritarles. Que vas a hablar con el director, a exigir una junta con los padres de ellos. Que vas a amenazarlos…”.
Él soltó una risa seca, sin humor. “Esa sería la respuesta de un civil. La respuesta de un padre enojado. Y eso es exactamente lo que ellos esperan. Que el papá de la ‘niña becada’ haga un escándalo. Les darías más munición. Te pintarían como una chismosa que no puede resolver sus problemas, que necesita que su papi la defienda. Te harían aún más débil a sus ojos”. Me estudió con un nuevo respeto en la mirada. “Pero tienes razón. Ese no es el camino. Sin embargo, esto no puede, bajo ninguna circunstancia, continuar”.
“Lo sé”, dije, y mi voz, por primera vez esa noche, no era la de una víctima, sino la de una soldado. “Por eso necesito que me entrenes. De verdad”.
“Ya te he entrenado. Sabes correr, sabes nadar, sabes disciplina”.
“No. Necesito que me enseñes lo otro. Lo que no le enseñas a una niña. Lo que aprendiste en la Marina. Cómo defenderme. Cómo contraatacar. Cómo hacer que se arrepientan no solo de haberme tocado, sino de haber nacido. Necesito que me enseñes a ser la tercera persona”.
Mi padre se quedó en silencio por un largo, largo momento, sopesando mis palabras, midiendo la determinación en mi voz. Se levantó y caminó hacia la pequeña vitrina en la sala donde guardaba sus condecoraciones. La abrió y sacó una moneda, una medalla de desafío de su unidad. La hizo girar entre sus dedos.
“La confrontación física es siempre el último, último recurso, Ximena. Es caótica, impredecible. Y una vez que cruzas esa línea, no hay vuelta atrás”.
“Ellos ya la cruzaron”, lo interrumpí, mi voz dura. “Ellos pusieron sus manos sobre mí. Ellos me agredieron. Ellos declararon la guerra física, no yo”.
“Punto para ti”, admitió, volviéndose hacia mí. “Pero incluso en la guerra, hay reglas. Y la primera regla es no pelear la batalla de tu enemigo. Ellos son más grandes, más fuertes. En una pelea callejera, tienes las de perder. Por eso no pelearemos su batalla. Pelearemos la nuestra”. Se recargó en la mesa. “Hay otras formas de neutralizar a un enemigo. Formas estratégicas, quirúrgicas. Formas que no dejan lugar a dudas sobre quién es la víctima y quién el agresor. Formas que los dejan desarmados, expuestos y sin defensa posible”.
“¿Qué quieres decir?”, pregunté, fascinada por la transformación de mi padre. Ya no era el hombre que me ayudaba con la tarea; era el Capitán García.
“Quiero decir que eres hija de David García. Y en tu ADN llevas dos generaciones de ingenieros y una de marinos. Eres más inteligente que esos tres mocosos juntos. Eres infinitamente más disciplinada. Y tienes un arma secreta que ellos, en su arrogancia, no pueden ni concebir”.
“¿Qué arma?”.
“La paciencia”, dijo. “Y un padre que pasó veinte años de su vida aprendiendo a desmantelar amenazas, desde cárteles hasta insurgentes. Su sonrisa era algo que nunca había visto antes: era fría, precisa y absolutamente aterradora. Era la sonrisa de un hombre que sabe exactamente cómo va a ganar.
“‘Operación Dignidad’”, anunció, como si estuviera bautizando un navío. “Comienza ahora. Fase uno: Inteligencia. No atacamos a ciegas. Conocemos a nuestro enemigo. Dime todo lo que sepas de ellos. Sus horarios, sus hábitos, sus novias, sus calificaciones, sus miedos, sus sueños. Todo. Vamos a planificar esto como si fuera una incursión en territorio enemigo. Vamos a construir perfiles psicológicos y de vulnerabilidad para cada uno”.
Mientras nosotros, en nuestra humilde cocina, trazábamos un plan de batalla con la precisión de un comando de fuerzas especiales, al otro lado de la ciudad, en la opulenta casa de Santiago en el fraccionamiento El Campanario, los tres matones celebraban su victoria.
“¿Viste su cara cuando cayó al agua?”, reía Bruno, sirviéndose otro trago de un whisky caro que le había robado a su padre. “¡No tuvo precio! ¡Se veía como una rata mojada!”.
“Lo mejor fue cómo se quedó ahí sentada, toda llena de mierda, tratando de hacerse la dura”, añadió Richie, despatarrado en un sofá de piel. “Estaba completamente humillada. A ver si con eso le queda claro”.
Santiago, recostado en su trono, una silla de gamer de 50 mil pesos, observaba a sus secuaces con una sonrisa de satisfacción. Se sentía poderoso, un rey que acababa de aplastar una pequeña rebelión. “Con eso aprenderá. Ella no pertenece a nuestro mundo, y no vamos a fingir que sí. El Morelos es para nosotros, no para… becados”.
“¿Crees que renuncie al equipo?”, preguntó Bruno con una esperanza infantil en la voz.
Richie negó con la cabeza. “Nah. Esas como ella son tercas. Seguro se va a hacer la víctima, va a ir de chismosa. Tratará de probar algo”.
“Entonces tendremos que ser más creativos”, dijo Santiago, sus ojos brillando con una nueva idea maliciosa. “No puede pensar que puede ignorarnos. La próxima vez, nos aseguraremos de que el mensaje sea permanente”.
La guerra había sido declarada desde dos frentes. Ellos, con la arrogancia de la fuerza bruta y el privilegio. Nosotros, con la fría precisión de la estrategia y la desesperación. Y yo estaba en el medio, una chica de diecisiete años a punto de aprender que hay lecciones que no vienen en los libros de texto.
Capítulo 4: Misión Reconocimiento
El sábado a las seis de la mañana, cuando la ciudad de Querétaro aún estaba envuelta en la bruma fría del amanecer, comenzó mi transformación. No fue en un salón de clases ni en una biblioteca, sino en el patio trasero de nuestra pequeña casa en la colonia Carretas. Mi padre lo había convertido en su santuario personal, un gimnasio improvisado pero brutalmente efectivo. Un costal de boxeo, pesado y curtido por años de golpes, colgaba de una viga de acero. Un par de llantas de tractor yacían en una esquina, y una barra de dominadas estaba firmemente anclada a la pared.
“Olvida todo lo que crees que sabes sobre pelear”, me dijo, su voz resonando en el silencio matutino. Me circulaba lentamente, como un tiburón evaluando a su presa. “Las películas, la televisión, los videojuegos… todo eso es basura coreografiada. El combate real no es bonito. No es honorable. Es eficiencia brutal. Es física, no fuerza bruta. Tu objetivo nunca es ganar una pelea. Tu objetivo es sobrevivir a un ataque. Neutralizar la amenaza, crear distancia y escapar. Tres segundos o menos”.
Se paró frente al costal. “No tienes su peso ni su fuerza. Intentar intercambiar golpes con tipos como Richie es un suicidio. Tienes que usar lo que tienes: velocidad, un centro de gravedad más bajo y el elemento sorpresa. Y tienes que ser más cruel”. Su primer golpe no fue un puñetazo, sino un golpe con la palma abierta, justo a la altura de la nariz del costal. “Punto de presión. Un golpe aquí causa un dolor cegador, lagrimeo instantáneo que los deja ciegos por segundos vitales. No requiere fuerza, solo precisión”. Luego, una rodilla rápida a la parte baja del costal. “La ingle. El gran ecualizador. No hay hombre en la Tierra, por muy fuerte que sea, que pueda ignorar un golpe bien dado ahí”. Finalmente, un pisotón con el talón en el suelo. “El empeine. Una fractura aquí y no podrán perseguirte”.
Me hizo practicar los movimientos una y otra vez, primero en el aire, luego en el costal. No se trataba de potencia, sino de memoria muscular, de que mi cuerpo reaccionara sin que mi cerebro tuviera que pensarlo. Mis músculos, acostumbrados a la gimnasia y al baile, ardían con un tipo de dolor nuevo y profundo.
“Pero antes de todo eso”, dijo, deteniéndome. “Antes de lanzar un solo golpe, la batalla ya se ha ganado o perdido aquí”. Se tocó la sien. “Observas. Aprendes. Anticipas. Sun Tzu dijo: ‘El supremo arte de la guerra es someter al enemigo sin luchar’. La mejor pelea es la que nunca ocurre porque la viste venir a un kilómetro de distancia”.
Pasamos dos horas en una rutina agotadora. No solo golpes. Me enseñó a zafarme de agarres de muñeca, de abrazos de oso por la espalda, de intentos de estrangulamiento. Me enseñó a usar mi entorno: cómo usar unas llaves como arma improvisada, cómo usar una mochila como escudo.
“Tu ventaja más grande, Ximena”, me dijo mientras yo jadeaba, apoyada en mis rodillas, “es que ellos te subestiman. Te ven como una niña, una víctima. Esa percepción es tu camuflaje. Úsala. Deja que se acerquen, deja que se confíen. Y cuando estén en tu rango, ataca con una ferocidad que no esperan. Sé el cordero que muerde como una víbora”.
A las ocho, empapada en sudor y exhausta, pero sintiéndome más viva que nunca, me entregó una botella de agua y una pequeña libreta de espiral. “El entrenamiento físico ha terminado por hoy. Ahora comienza el trabajo real. Fase uno, como te dije: Inteligencia. A partir del lunes, quiero un informe detallado sobre los tres objetivos. Alfa (Santiago), Beta (Richie) y Gamma (Bruno)”.
“¿Cómo hago eso sin que se den cuenta? Van a estar observándome”.
Mi padre sonrió, y por primera vez esa mañana, vi un destello de mi viejo papá en sus ojos. “Aprendes a ser invisible. Te conviertes en parte del paisaje. Nadie se fija en la chica que lee un libro en una banca. Nadie nota a la que está ‘texteando’ en su celular en una esquina. Escuchas conversaciones ajenas. Observas desde la distancia. Te conviertes en un fantasma. Eres una espía, Ximena. Y tu misión es recopilar información que podamos usar como arma”.
El lunes por la mañana, la ‘Operación Dignidad’ entró en su fase de campo. Llegué a la escuela cuarenta y cinco minutos antes de lo habitual. En lugar de ir a mi casillero, subí directamente a la biblioteca del segundo piso. Era un espacio amplio y silencioso, con ventanales que daban directamente al estacionamiento principal de alumnos. Elegí una mesa en la esquina más alejada, abrí mi libro de cálculo y me puse a ‘estudiar’. Mis ojos, sin embargo, no estaban en las ecuaciones. Estaban fijos en el desfile de coches de lujo que comenzaban a llegar.
7:47 a.m., puntual como un reloj suizo. La imponente camioneta Lobo Raptor negra de Santiago Montes entró al estacionamiento. No buscó lugar. Se dirigió directamente al espacio privilegiado junto a la entrada del gimnasio, un lugar extraoficialmente reservado para él. Lo vi bajar, con sus audífonos inalámbricos puestos, ignorando a todos. Anoté en mi libreta: ‘Objetivo Alfa. Rutina de llegada predecible. Punto de vulnerabilidad potencial: vehículo’.
7:51 a.m. La vieja Jeep Cherokee de Richie, con una abolladura en la puerta del conductor, entró ruidosamente, el motor necesitando una afinación. Aparcó mucho más lejos, en la zona de los ‘mortales’. Vi que, antes de bajar, se inclinaba y sacaba algo de la guantera, guardándolo en su mochila. Anoté: ‘Objetivo Beta. Posible contrabando en vehículo’.
7:55 a.m. El modesto Nissan Versa de la madre de Bruno se detuvo en la zona de descenso rápido. Bruno bajó apresuradamente, casi sin despedirse. Parecía nervioso, mirando a todos lados. Anoté: ‘Objetivo Gamma. Dependiente de transporte materno. Alto nivel de ansiedad’.
Durante el almuerzo, ejecuté la misma táctica. Me senté con Sofía y los demás, de espaldas a la mesa de los futbolistas. Pero coloqué mi celular sobre la mesa, con la pantalla apagada. Había activado la grabadora de voz. Fingía comer y charlar, pero mis oídos estaban sintonizados a la conversación detrás de mí. No podía entender todo, pero capté fragmentos. La voz dominante de Santiago, planeando la fiesta del fin de semana. Las risas estruendosas y los comentarios vulgares de Richie sobre algunas chicas. Y el silencio de Bruno, interrumpido solo por risas nerviosas que sonaban un segundo después que las de los demás.
Entre clases, me convertí en un fantasma. Mientras todos se apresuraban por los pasillos, yo caminaba despacio, observando. Tracé sus rutas en un pequeño mapa del colegio que había dibujado en mi libreta. Santiago siempre tomaba el pasillo principal del edificio A, el más concurrido, donde podía ser visto, donde podía pavonearse. Richie prefería cortar camino por detrás del edificio de talleres, una zona gris, con poca vigilancia, ideal para transacciones rápidas y discretas. Bruno no tenía una ruta fija; como un perrito, simplemente seguía al que tuviera más cerca, ya fuera Santiago o Richie.
Descubrí sus pequeños secretos. La forma en que Santiago siempre le daba una sonrisa especial a la maestra de literatura, una joven recién graduada que se sonrojaba cada vez. La manera en que Richie compraba su almuerzo con monedas, contando cada peso, mientras sus amigos pagaban con billetes grandes. La forma en que Bruno revisaba su teléfono cada cinco minutos, esperando un mensaje de su padre, un mensaje que, según escuché, rara vez llegaba.
Después de tres días de intensa observación, tenía quince páginas de notas detalladas, llenas de horarios, rutas, nombres de asociados y vulnerabilidades potenciales. Era un dossier de inteligencia digno del Mossad.
El miércoles por la noche, extendí la libreta sobre la mesa de la cocina. Mi padre la revisó en silencio, asintiendo de vez en cuando. Sus ojos brillaban con una mezcla de orgullo y tristeza.
“Excelente trabajo de campo, agente”, dijo finalmente, su voz grave. “Ahora, el análisis. ¿Qué has aprendido de sus vulnerabilidades fundamentales?”.
Tomé un respiro. “Santiago. Su universo entero está construido sobre dos pilares: el fútbol y su reputación. Su identidad es ser el ‘rey’ del Morelos. Está siendo reclutado activamente por los Borregos del Tec de Monterrey, un sueño que su padre le ha inculcado desde niño. Cualquier cosa que amenace esa beca o su imagen de macho alfa intocable lo destruiría. Es arrogante, y su arrogancia lo hace descuidado, como dejar su camioneta abierta”.
“Preciso. Continúa”.
“Richie. Es diferente. No es arrogancia, es desesperación. Escuché una conversación telefónica con su novia. Discutían por dinero. Él le decía que no le alcanzaba para llevarla al cine. La beca de fútbol no es un capricho para él, es su única vía de escape. Su padre es albañil, su madre limpia casas. Odia esa vida y ve el fútbol como su boleto dorado para salir de ella. Amenazar esa beca es amenazar su única esperanza. Además, el negocio de los vapes. Es ilegal, arriesgado. Lo hace por necesidad”.
“Entendido. ¿Y el eslabón débil?”.
“Bruno. Es un caso de libro de texto de búsqueda de figura paterna. Sus padres tienen un divorcio conflictivo. Vive con su mamá, que es enfermera y casi nunca está en casa. Adora a Santiago y a Richie, los ve como los hermanos mayores que nunca tuvo. Su mayor terror no es la expulsión ni los problemas legales; es que ellos lo rechacen. Haría cualquier cosa por su aprobación”.
Mi padre asintió lentamente, su mente procesando la información. “Muy bien, agente García. Has identificado los centros de gravedad de cada objetivo. Ahora, la pregunta clave: ¿qué es lo que más les dolería a cada uno, de forma individual y como unidad?”.
Lo pensé, uniendo todas las piezas del rompecabezas. “A Santiago le destrozaría un escándalo público que manche su ‘nombre perfecto’ y le cueste la beca. A Richie, perder esa misma beca, que es su salvavidas. Y a Bruno… a Bruno lo aniquilaría ser traicionado o abandonado por sus dos ídolos”.
“Exactamente”, dijo mi padre. Se puso de pie. “Y, ¿qué tipo de escándalo le cuesta a un atleta joven una beca universitaria?”.
La respuesta me vino a la mente, fría y clara. “Problemas serios con la ley”, respondí. “Drogas, violencia, algo que aparezca en su expediente permanente”.
“Bingo”, dijo mi padre. Su cara se endureció. “Y la gente que se siente intocable, a menudo tiene secretos y se vuelve descuidada con ellos. Nuestra misión ahora es encontrar esos secretos. O crearlos”.
Mientras tanto, en la escuela, el trío, envalentonado por mi aparente pasividad y silencio, se volvía más audaz. Los insultos ya no eran susurros. Eran comentarios a media voz cuando pasaba por el pasillo. “Ahí va la llorona”. “¿Ya te secaste el lodo, prieta?”. Sentía su odio como una presencia física, una presión en el aire a mi alrededor. Sabía, con una certeza helada, que no se detendrían. Estaban planeando algo más grande, algo peor que el lodo.
Tenía que actuar primero. La fase de reconocimiento había terminado. Era hora de pasar a la ofensiva.
Capítulo 5: Jaque Mate al Rey
“Fase dos: Neutralización del Objetivo Alfa”, anunció mi padre el jueves por la mañana. Su voz, tranquila y mesurada, convertía nuestra modesta cocina en una sala de guerra de alto secreto. Sobre la mesa del desayuno, junto a mi plato de fruta y su taza de café, colocó una pequeña bolsa Ziploc. Dentro, una docena de pastillas blancas y un frasco de medicamento de plástico ámbar, vacío y sin etiqueta. El sol de la mañana entraba por la ventana, haciendo que las pastillas brillaran con una inocencia siniestra.
“¿Qué… qué es eso?”, pregunté, aunque una parte de mí ya lo sabía. El corazón me dio un vuelco, un golpe sordo en el pecho.
“Tramadol. Un analgésico opioide. Técnicamente, una sustancia controlada”, explicó mi padre con la misma naturalidad con la que describiría las partes de un motor. “Forma parte de un lote que decomisamos en un operativo en el puerto de Veracruz hace años. Iban a ser incinerados. Me quedé con algunos frascos para el entrenamiento de los perros de la unidad canina. Están expirados, son inofensivos si se ingieren, pero para una prueba de campo química, son indistinguibles de los nuevos. El frasco no tiene etiqueta, lo que lo hace aún más sospechoso”.
Tragué saliva. El sabor del café que acababa de tomar se volvió amargo en mi boca. “Quieres que… ¿quieres que yo le ponga drogas en su camioneta?”, mi voz fue apenas un susurro. La enormidad de lo que sugería me golpeó con la fuerza de una ola.
Mi padre no vaciló. Me miró directamente a los ojos, su mirada intensa y sin parpadeo. “No, Ximena. No quiero que le ‘pongas drogas’. Quiero que crees una situación en la que Santiago Montes, por primera vez en su vida de privilegios y arrogancia, enfrente una consecuencia real y devastadora por sus acciones. Una consecuencia de la que no pueda escapar con el dinero de su papá. Los reclutadores del Tec de Monterrey tienen una cláusula de moralidad muy estricta. No becan a chicos con cargos de posesión de drogas, ni siquiera menores. Es un riesgo de relaciones públicas que no están dispuestos a correr”.
Me quedé mirando las pastillas, pequeñas y blancas, tan parecidas a una aspirina. Pero no lo eran. Eran una bomba nuclear a punto de ser lanzada sobre la vida de un chico de dieciocho años. “Papá, esto podría arruinar su futuro. Su vida entera”.
“¿Y lo que él te está haciendo a ti no está arruinando la tuya?”, contraatacó, su voz suave pero afilada como un bisturí. “¿La humillación pública, la agresión física, el acoso diario? ¿Crees que eso no deja cicatrices? La diferencia, Ximena, es el porqué. Él lo hace por diversión, por poder, por un odio irracional. Nosotros lo hacemos por justicia. Por supervivencia”. Se inclinó sobre la mesa. “Ellos te humillaron, te agredieron, te marcaron como un objetivo. Han dejado dolorosamente claro que no se detendrán hasta verte destruida o fuera de esa escuela. A veces, la única forma de detener a un bully que tiene todo el poder es quitarle aquello que más valora. Es quitarle la fuente de su poder”.
Sus palabras eran lógicas, frías y aterradoras. Tenían el peso de la razón, pero mi alma se rebelaba. Esto se sentía mal. Se sentía como cruzar una línea de la que no podría volver. Pero entonces, cerré los ojos y vi sus caras riéndose mientras yo estaba sentada en el lodo. Escuché sus insultos. Sentí el frío del agua sucia. La brasa de furia en mi estómago se convirtió en una llamarada.
Asentí lentamente, el peso de la decisión aplastándome el pecho. Tomé la bolsita Ziploc con dedos temblorosos y la guardé en el bolsillo interior de mi mochila. Se sentía como si llevara una piedra radioactiva.
El viernes fue el día más largo de mi vida. Cada minuto en la escuela fue una tortura de ansiedad. Veía a Santiago pavonearse por los pasillos y sentía una mezcla de miedo y repulsión. Él era el rey, ajeno a que su reino estaba a punto de derrumbarse. Durante la última clase, apenas podía concentrarme. Repasaba el plan en mi cabeza una y otra vez. La ventana de oportunidad era de treinta minutos, entre las 2:30 p.m., cuando terminaban las clases, y las 3:00 p.m., cuando comenzaba oficialmente la práctica de fútbol. Era el momento en que el estacionamiento estaba más vacío.
A las 2:35 p.m., me encontraba oculta detrás de una camioneta familiar, el corazón latiéndome tan fuerte que temía que alguien pudiera escucharlo. El sol de la tarde pegaba con fuerza sobre el asfalto, creando espejismos. La Lobo Raptor negra de Santiago estaba sola en su lugar de siempre, brillando como un monumento a la arrogancia. Durante toda la semana, había confirmado su rutina. Siempre iba al gimnasio a cambiarse, dejando la camioneta sin seguro. ¿Para qué cerrarla? Era Santiago Montes. Nadie se atrevería a tocar su camioneta. Era un símbolo de estatus, y profanarlo era impensable.
Respiré hondo. “Cara de póker, Ximena”. Me obligué a caminar con calma, con un propósito falso. Me dirigí en dirección a mi propio coche, que había aparcado deliberadamente tres filas más allá. Mi andar era casual, el de una chica cansada después de un largo día de escuela. Pero por dentro, cada fibra de mi ser estaba en alerta máxima. Mis oídos captaban cada sonido: el viento, un coche lejano, el zumbido de un insecto.
Cuando estuve seguro de que no había nadie mirando, desvié mi rumbo y me acerqué a la Lobo. La manija de la puerta del copiloto se sentía fría bajo mi mano sudorosa. Tiré de ella. Se abrió con un suave clic. El interior olía a esa loción cara y a un leve aroma de sudor seco. Arrogancia embotellada.
Rápidamente, saqué la bolsita. Deslicé el frasco de plástico ámbar debajo del asiento del copiloto, empujándolo lo suficiente para que no fuera visible a simple vista, pero fácil de encontrar si alguien buscaba. Luego, tomé las pastillas sueltas. Mi mano temblaba tanto que casi las derramo. Las esparcí en la consola central, entre monedas de diez pesos, un encendedor y recibos viejos del Oxxo. La normalidad del desorden haría que pareciera orgánico.
Cerré la puerta. El clic final sonó como un disparo en el silencio del estacionamiento. No miré atrás. Caminé hacia mi coche, me subí, y me alejé del lugar de los hechos, el corazón martillándome las costillas. Había cruzado la línea.
Una hora después, a mitad de la práctica de fútbol, una llamada anónima llegó a la línea directa de la escuela para reportar incidentes. Era una línea poco usada, principalmente por padres preocupados. Mi padre había hecho la llamada desde un teléfono público en el centro, usando un distorsionador de voz que había construido él mismo. Con una voz neutra y digitalizada, reportó haber visto a un grupo de estudiantes merodeando de forma “sospechosa” alrededor del vehículo de Santiago Montes. Sugirió, con una falsa preocupación, que tal vez alguien debería investigar antes de que el joven condujera a casa “bajo la influencia de alguna sustancia”.
La reacción de la escuela fue más rápida de lo que esperaba. El director, el señor de la Vega, un hombre más preocupado por la reputación del colegio que por sus estudiantes, y el prefecto de disciplina, un ex-militar frustrado, se acercaron a Santiago en medio del campo de entrenamiento.
“Montes, necesitamos hablar. Acompáñenos a su vehículo”, anunció el director.
La confianza de Santiago vaciló por primera vez. “¿Qué? ¿Por qué? Estoy en práctica”.
“Una denuncia anónima sobre su vehículo. Es solo protocolo”, dijo el director, tratando de minimizar la situación frente al resto del equipo.
Sus compañeros se arremolinaron, curiosos. El entrenador gritó desde el otro lado del campo. El prefecto, con un celo casi sádico, comenzó la búsqueda. No tardó ni dos minutos. Se asomó por la ventana del copiloto, y luego abrió la puerta. Metió la mano debajo del asiento. “Director, creo que debería ver esto”.
Sacó el frasco. Luego abrió la consola central. Vio las pastillas. “Y esto”.
“¿De quién es esto, Montes?”, preguntó el director, sosteniendo el frasco como si fuera una serpiente.
“¡Eso no es mío! ¡No sé qué es! ¡Nunca había visto eso en mi vida!”, el pánico finalmente rompió la fachada de Santiago. Su voz se agudizó.
“¿Estás diciendo que alguien entró a tu camioneta sin seguro y plantó drogas?”, preguntó el prefecto con un escepticismo burlón.
“¡Sí! ¡No lo sé! ¡Les juro que no sé cómo llegaron ahí!”.
“Santiago, esto es extremadamente grave”, dijo el director, su rostro pálido. Sabía que esto era un desastre de relaciones públicas. “Son sustancias controladas en propiedad escolar. Estás suspendido indefinidamente, pendiente de la investigación. Y por protocolo, tengo que llamar a la policía”.
El color desapareció por completo del rostro de Santiago. Se quedó blanco como el papel. “Suspendido… pero… pero vienen los playoffs. Los reclutadores del Tec vienen la próxima semana…”.
“Debiste pensar en eso antes de traer esta basura a mi escuela”, sentenció el director.
Desde las gradas, donde pretendía estirar con el resto del equipo de porristas, observé toda la escena como si fuera una película. Mi corazón latía con una calma fría. Valeria se inclinó hacia mí. “¿Qué crees que esté pasando? Se ve serio”.
“Parece que Santiago está en problemas”, respondí, mi voz perfectamente neutral, un logro de actuación digno de un Oscar. “Parecen ser problemas de drogas”.
“No puede ser”, susurró Valeria. “Santiago no es así”.
“Nunca terminas de conocer a la gente”, dije en voz baja, mis ojos fijos en la escena.
Al otro lado del campo, vi cómo dos oficiales de la policía municipal, que habían llegado en un silencio casi irreal, esposaban a Santiago. El clic de las esposas pareció resonar en todo el campo. Lo metieron en la parte trasera de una patrulla. Vi la cara de incredulidad y terror de Richie y Bruno. Sus ojos, como faros de pánico, buscaron por todo el campo, buscando una explicación, un culpable. Inevitablemente, se posaron en mí. Yo no aparté la mirada. Simplemente continué con mi estiramiento, doblando mi cuerpo en una posición imposible, una máscara de concentración y ajenidad.
Esa noche, la noticia de la detención del “Golden Boy” de Querétaro corrió como la pólvora por las redes sociales y los grupos de padres. El padre de Santiago contrató al bufete de abogados más caro y poderoso del estado, pero el daño ya estaba hecho. Esa misma noche, un funcionario del departamento de deportes del Tec de Monterrey llamó al padre de Santiago. Con un lenguaje corporativo y frío, le informó que, “dadas las circunstancias y en espera de la resolución legal”, retiraban indefinidamente su oferta de reclutamiento y beca. Jaque mate.
En la mesa de la cocina, mi padre y yo escuchábamos las noticias en la radio. “Fase dos de la Operación Dignidad, completada”, dijo en voz baja, tomando un sorbo de su café.
“Debería sentirme bien por esto”, dije, mirando mi plato de comida, incapaz de probar bocado. “Debería sentirme victoriosa. Pero solo me siento… vacía”.
“Esa es la diferencia entre la venganza y la justicia, Ximena”, respondió mi padre, su voz suave. “La venganza se siente bien, es un arrebato caliente y satisfactorio. La justicia es fría, es necesaria, y a menudo, es amarga. No se trata de disfrutar su caída. Se trata de corregir un desequilibrio. Ahora pregúntate, ¿cuántos otros chicos o chicas en ese colegio no sufrirán acoso esta semana porque el ‘rey’ ha caído y todos los demás tienen miedo?”.
No respondí. Solo me quedé mirando mi reflejo en la oscura ventana de la cocina. La chica que me devolvía la mirada estaba más delgada, más pálida. Pero sus ojos ya no eran los de una víctima. Eran los de una estratega. Los de una soldado. Y la guerra apenas estaba a la mitad.
Capítulo 6: El Enganche
El arresto de Santiago fue un terremoto de magnitud 9 en la escala social del Colegio Morelos. La caída del rey dejó un vacío de poder y un cráter humeante de miedo y paranoia. El lunes por la mañana, los pasillos, usualmente ruidosos y llenos de la energía arrogante del equipo de fútbol, estaban sumidos en un silencio tenso. Los jugadores deambulaban como un ejército decapitado, sin su general, intercambiando miradas confusas y susurros. El trono estaba vacío, y en ese vacío, Richie Peña había emergido. Pero no como un nuevo líder. Había emergido como lo que realmente era: una bestia herida, acorralada y mucho más peligrosa.
Sin la sombra protectora de Santiago, la desesperación de Richie era palpable. Su futuro, que había estado atado al de Santiago, ahora pendía de un hilo. La furia y el miedo lo consumían. Durante el almuerzo, estalló.
“¡ESTO ES UNA TRAMPA! ¡UNA PUTA TRAMPA!”, gritó en medio de la cafetería, golpeando la mesa con el puño. Varias charolas saltaron. El silencio fue instantáneo. “¡TODOS SABEMOS QUE SANTIAGO NO SE METE ESA PORQUERÍA! ¡ALGUIEN LO PUSO AHÍ! ¡ALGUIEN NOS ESTÁ CAZANDO!”. Su novia, Bárbara, intentaba calmarlo, sobándole el hombro, pero Richie la apartó. Sus ojos inyectados en sangre recorrieron el lugar, buscando, desafiando. Podía sentir su mirada barriendo sobre mí, deteniéndose por una fracción de segundo, una chispa de odio puro antes de seguir. No estaba acusando, aún no, pero estaba marcando el territorio de su sospecha.
Esa tarde, en casa, mi padre revisó mis notas de inteligencia sobre el Objetivo Beta. Su rostro estaba serio, concentrado. “Familia con problemas económicos”, leyó en voz alta. “Padre obrero en la construcción, madre trabaja por horas haciendo limpieza. Necesita la beca desesperadamente. Este es un perfil diferente, Ximena. No estamos tratando con la arrogancia del privilegio, sino con la brutalidad de la desesperación. Un hombre desesperado es peligroso, impredecible, pero también comete errores estúpidos. Es como un animal atrapado en una trampa: muerde a todo lo que se acerca, incluido a sí mismo. Tenemos que ser más cuidadosos, más quirúrgicos”.
“¿El plan es el mismo? ¿Atacamos su beca?”, pregunté, mi voz sonando más fría de lo que me sentía.
Mi padre asintió. “Es su centro de gravedad. Pero esta vez, el método es diferente. Tu trabajo de campo dio frutos”. Abrió una carpeta y me mostró varias fotos impresas. Eran borrosas, tomadas desde lejos con un teleobjetivo, pero inconfundibles. Era Richie, detrás de las gradas del campo de entrenamiento, en una zona poco transitada, entregando pequeños dispositivos electrónicos a chicos de primero y segundo de secundaria. “Vapes. Los compra por mayoreo en línea, probablemente en páginas chinas. Le cuestan 200 pesos la pieza. Tu agente de inteligencia”, dijo con una media sonrisa, refiriéndose a sí mismo, “lo siguió después de la escuela el jueves. Los vende a 500 pesos. Un negocio redondo y completamente ilegal”.
Me quedé mirando las fotos. “Ya está rompiendo la ley”, susurré.
“Exacto”, confirmó mi padre. “Esta vez no hay que plantar nada. No hay que crear una situación. La situación ya existe. Solo tenemos que asegurarnos de que las personas correctas se enteren de lo que él ya está haciendo en la oscuridad. No somos los verdugos, Ximena. Solo somos los que encendemos la luz”.
Sentí un nudo de conflicto en el estómago. La caída de Santiago se había sentido como una justicia abstracta, contra un sistema. Pero esto era diferente. Era más personal. Podía visualizar a la madre de Richie limpiando una casa ajena, al padre llegando agotado de la obra. “Papá, ¿y si esto de verdad arruina su única oportunidad? Su familia… ellos de verdad necesitan ese dinero”.
La expresión de mi padre se suavizó por un instante. Se sentó frente a mí. “Ximena, esta es la parte más difícil de cualquier operación. El momento en que dudas. El momento en que ves al enemigo no como un objetivo, sino como una persona. Se llama empatía. Y es lo que nos diferencia de ellos. Pero no puedes dejar que te paralice”. Su voz se volvió firme de nuevo. “Recuerda lo que él te hizo. Recuerda su risa mientras estabas cubierta de lodo. Recuerda el placer en sus ojos. Y si eso no es suficiente, recuerda que él, conscientemente, está vendiendo productos adictivos de nicotina a niños de catorce años para su propio beneficio. Ricardo Peña tomó sus decisiones mucho antes de que nosotros nos involucráramos. Nosotros no estamos arruinando su futuro. Él lo está haciendo, venta por venta”.
Me pasé la noche en vela, la conversación con mi padre repitiéndose en mi cabeza. La imagen de Richie riéndose se mezclaba con la imagen imaginaria de su madre limpiando un baño ajeno. Era una guerra, y en la guerra, había daños colaterales. ¿Estaba dispuesta a aceptarlo? Entonces, recordé sus manos, sus dedos como garras clavándose en mi brazo. Recordé su voz diciendo “gente como ella”. Recordé la humillación, la impotencia. Y la duda se convirtió en una fría resolución. Él había elegido su camino. Yo solo iba a iluminarlo.
El martes, ejecuté la segunda fase de la operación. Durante la hora del almuerzo, sabía que Richie haría sus ventas. Era su momento de mayor actividad. En lugar de ir a la cafetería, subí al salón de arte del segundo piso. Era el único salón que tenía una ventana que daba directamente a la parte trasera de las gradas, la “oficina” de Richie. La clase estaba vacía. Me senté en el suelo, fuera de la vista, y apoyé mi celular en el alféizar de la ventana, detrás de una maceta. Puse el zoom al máximo. La calidad no sería de cine, pero sería suficiente.
Esperé. A los diez minutos, apareció. Miró a ambos lados y luego se sentó en la última fila de las gradas. Poco después, dos chicos de secundaria, reconocibles por su uniforme y su acné, se acercaron nerviosamente. La transacción fue rápida, casi cómica en su torpeza. Los chicos le dieron un fajo de billetes arrugados. Richie contó el dinero, luego sacó dos cajas de su mochila y se las entregó. Lo grabé todo: las caras de los compradores, el intercambio de dinero, la entrega de la mercancía. Grabé dos transacciones más en los siguientes quince minutos. Tenía todo lo que necesitaba.
El miércoles por la mañana, desde una computadora en un café internet del centro, creé una cuenta de correo electrónico anónima. “[email protected]”. Adjunté el video, que había editado para que fuera corto y contundente. Y en el cuerpo del correo, escribí un texto simple y directo dirigido al director de la Vega y al prefecto de disciplina.
“Estimadas autoridades del Colegio Morelos,
Como padre de familia preocupado, les escribo para denunciar una grave situación que está ocurriendo en sus instalaciones. El alumno Ricardo Peña, del equipo de fútbol, está vendiendo vapes y productos de nicotina a estudiantes menores de edad durante el horario escolar. Adjunto un video como prueba irrefutable, grabado el día de ayer. Confío en que tomarán las medidas disciplinarias y legales correspondientes para proteger a nuestros hijos.
Atentamente,
Un padre preocupado”.
Presioné “Enviar”. La suerte estaba echada.
La confrontación ocurrió con una rapidez que me sorprendió. Fue durante la tercera hora, en plena clase de Química. La puerta del laboratorio se abrió y el director de la Vega y el prefecto entraron. No dijeron nada. Solo hicieron un gesto a Richie para que saliera. La cara de Richie pasó de la confusión a la palidez del pánico en un segundo. Se levantó y salió, dejando sus cosas en la mesa.
Veinte minutos después, a través de la ventana del laboratorio, vimos al prefecto marchando con Richie hacia su casillero. Lo abrieron. No sé qué encontraron, pero la discusión fue audible incluso a través del cristal. Los gritos de Richie resonaron por el pasillo.
“¡ES OTRA TRAMPA! ¡ES LA PUTA PORRISTA! ¡ELLA ME PUSO ESTO AHÍ!”.
Más tarde, me enteré de los detalles. En su casillero encontraron un verdadero arsenal: doce vapes nuevos, docenas de cartuchos de nicotina de diferentes sabores, y casi cinco mil pesos en efectivo, envueltos en una liga. Las pruebas eran abrumadoras. El video, más el contrabando en su casillero. No tenía defensa.
“Señor Peña”, le había dicho el director, su voz finalmente encontrando un poco de autoridad. “Tenemos evidencia en video de usted cometiendo un delito en propiedad escolar. Esto no es una trampa. Es usted siendo responsable de sus actos. Está suspendido de forma inmediata, y el caso pasará al consejo directivo, que seguramente votará por su expulsión. Las autoridades competentes se encargarán de los cargos por corrupción de menores”.
Al final del día, la escuela era un hervidero de rumores. El segundo al mando del equipo, el linebacker estrella que estaba siendo reclutado por varias universidades estatales, enfrentaba la expulsión y cargos criminales. Su futuro se había evaporado en una nube de vapor con sabor a mango.
Bárbara, su novia, me encontró en mi casillero cuando ya casi no quedaba nadie. Sus ojos, usualmente altivos, estaban rojos e hinchados. Ya no había odio en su mirada, solo un dolor desesperado.
“¿Oíste lo de Richie?”, preguntó, su voz rota.
“Sí”, dije suavemente. “Lo siento mucho, Bárbara”.
“Él dice que fuiste tú. Que le pusiste las cosas en su casillero. Que tú lo grabaste”. Me estudió, buscando una reacción, una mentira.
Mantuve la calma. La miré fijamente, no con desafío, sino con una especie de lástima. “Bárbara, ¿por qué haría yo algo así? ¿Por qué sabría yo sobre los negocios ilegales de Richie?”.
“No lo sé”, sollozó. “Es que es demasiada coincidencia. Primero Santiago, ahora Richie… Él va a perderlo todo por esto. Su beca, su futuro… todo”.
Sus palabras, esta vez, sí me golpearon. La imagen de la madre de Richie volvió a mi mente. La justicia, me di cuenta, era un asunto sucio y sangriento. No había ganadores puros. “Es muy triste”, dije en voz baja, y lo decía en serio. “Pero Richie tomó sus propias decisiones, Bárbara. Hace mucho tiempo”.
Mientras Bárbara se alejaba, llorando en silencio, me apoyé en mi casillero, sintiendo el peso de lo que había hecho. Mi padre tenía razón. La justicia no se sentía satisfactoria. No había un estallido de alegría ni un sentimiento de triunfo. Solo había un vacío pesado y frío. La sensación de haber amputado una parte gangrenada, sabiendo que la amputación, aunque necesaria, era un acto de violencia en sí mismo.
Dos objetivos neutralizados. Quedaba uno. El más débil. El más impredecible. Y con sus dos pilares derrumbados, yo sabía, con una certeza aterradora, que Bruno Morales estaba a punto de quebrarse. Y nadie sabía qué haría un chico roto.
Capítulo 7: La Emboscada
Con Santiago expulsado, confinado a su jaula de oro bajo arresto domiciliario, y Richie enfrentando la expulsión y cargos criminales que lo enviarían a un reformatorio, el frágil universo de Bruno Morales implosionó. El miedo, un ácido corrosivo, finalmente disolvió la delgada capa de lealtad que sentía por sus amigos y la reemplazó con una paranoia febril. Para él, la secuencia de eventos no era una coincidencia; era un patrón, un ataque coordinado, y en el centro de todo, veía mi rostro. El martes por la noche, aterrorizado y solo en su pequeña casa mientras su madre cubría un doble turno en el hospital, hizo las llamadas que lo cambiarían todo.
Primero llamó a Richie. “Güey, tenemos que vernos”, dijo, su voz un susurro urgente. “Ya sé quién nos está haciendo esto. Lo sé”.
“¿De qué chingados hablas?”, la voz de Richie al otro lado de la línea era un gruñido bajo, el sonido de un animal atrapado.
“¡No te hagas pendejo, Richie! ¿De verdad crees que es coincidencia? ¿Que en menos de una semana, a Santiago lo arrestan y a ti te expulsan? ¡Justo después de que nos metimos con la porrista esa!”.
Hubo un silencio cargado en la línea, solo el sonido de la respiración pesada de Richie. Luego, su voz, ahora un susurro venenoso: “¿Crees que fue ella? ¿Esa perra?”.
“¡Estoy seguro! ¡Piénsalo! ¡Nos ha estado observando! Sabe nuestros horarios, nuestras rutinas. ¡Es la única que tiene un motivo! Nos está cazando, uno por uno”.
Luego, Bruno llamó a Santiago. La conversación fue casi idéntica. Santiago, aislado y consumido por una rabia impotente, al principio se burló de la idea. ¿Una chica? ¿La becada? Imposible. Pero la semilla de la paranoia que Bruno plantó encontró un terreno fértil en su orgullo herido. La idea de que una simple “prieta” hubiera orquestado su caída era a la vez insultante y, de una manera retorcida, la única explicación que su ego podía aceptar. No había sido su propio descuido, no, había sido un ataque sofisticado.
Una hora después, los tres se reunieron en el único lugar que les quedaba: el garaje de la casa de Richie. Era un espacio oscuro, desordenado, que olía a aceite de motor y a desesperación. Santiago se había escapado de su casa, violando su arresto domiciliario, una muestra de cuán desesperado estaba. Su arrogancia habitual había sido reemplazada por una energía eléctrica y peligrosa. La de un rey destronado sediento de sangre.
“Es una locura”, dijo Richie, paseándose de un lado a otro como un tigre enjaulado, después de que Bruno expusiera su teoría con una convicción temblorosa. “¿Me estás diciendo que una pinche morra de prepa, una nerd, planeó todo esto? ¿Que nos chingó a los dos?”.
“Alguien lo hizo, y ella es la única sospechosa”, insistió Bruno, su voz ganando fuerza a medida que veía que sus amigos empezaban a creerle. “¿Quién más querría destruirnos de esta manera? ¡Piensen en cómo nos mira! ¡Como si fuéramos basura! ¡Siempre está observando!”.
Santiago, que había estado en silencio, se inclinó hacia adelante, sus ojos azules brillando en la penumbra del garaje. “Incluso si el idiota de Bruno tiene razón por una vez en su vida… ¿qué se supone que hagamos? Yo estoy bajo arresto. A ti te van a mandar a un reformatorio. Estamos jodidos”.
“¡Por eso mismo tenemos que hacer algo!”, exclamó Bruno, su miedo transformándose en una audacia peligrosa. “¡Tenemos que tomar el control! Si ella nos declaró la guerra, si nos está cazando, entonces es hora de mostrarle qué pasa cuando te metes con nosotros. ¡De verdad!”.
“¿De qué hablas?”, preguntó Richie, deteniéndose en seco.
“Hablo de terminar con esto. De una vez por todas”, dijo Bruno. Se sentía poderoso, por primera vez era él quien dictaba el plan. “La encontramos. La acorralamos en algún lugar privado, sin cámaras, sin testigos. Y le sacamos la verdad a la fuerza”. Hizo una pausa, sus ojos brillando con una malicia que nunca antes había tenido. “Y luego… luego nos aseguramos de que se arrepienta. Nos aseguramos de que entienda que hay batallas que simplemente no vale la pena pelear”.
Richie asintió lentamente, una sonrisa torcida y cruel formándose en sus labios. “Me gusta. Me gusta mucho. Quiere jugar sucio, vamos a enseñarle lo que es la verdadera suciedad”.
“Es nuestra oportunidad de recuperar algo de lo que nos quitó”, continuó Bruno, alimentándose de la creciente ira en la habitación. “Ella cree que es muy inteligente, que puede arruinarnos la vida y salirse con la suya como si nada. Es hora de enseñarle que las acciones tienen consecuencias. Consecuencias reales, no solo una suspensión”.
Santiago sacó su celular, la pantalla iluminando su rostro con una luz fantasmal. “Primero, necesitamos saber dónde vive. No podemos hacerle nada en la escuela. Demasiados ojos”.
“Fácil”, dijo Richie, abriendo su laptop gastada. “Mi mamá, cuando era tesorera de la asociación de padres, guardó el directorio del colegio en su computadora. Ahí vienen las direcciones y los teléfonos de todos. Para ‘emergencias’”.
Diez minutos de búsqueda febril después, tenían lo que necesitaban. Mi nombre, mi dirección, mi teléfono. Calle Maple 1247. Una zona residencial tranquila, de clase media. Vieron la casa en Google Street View.
“Perfecto”, dijo Santiago, su voz un susurro helado. “Una casa normalita. Sin bardas altas, sin seguridad privada. Aislada. Esto se acaba esta noche”. Se puso de pie, sus puños apretados. “Ella cree que puede arruinarnos la vida y simplemente caminar por la calle como si nada. Es hora de mostrarle lo que son las consecuencias reales cuando sales de tu burbuja”.
“¿Y si grita? ¿Y si llama a la policía?”, preguntó Bruno, un destello de su miedo original volviendo a asomar.
“No tendrá la oportunidad”, replicó Santiago fríamente. “Vamos a ser rápidos. Limpios. La asustamos, le sacamos la verdad, le dejamos un recordatorio, y nos vamos. Nadie sabrá que fuimos nosotros”.
El miércoles, el aire se sentía pesado, cargado de una electricidad ominosa. Mi padre me había animado a mantener mis rutinas. “La normalidad es un arma, Ximena. No dejes que te roben tus rutinas. Es una forma de cederles poder”. Así que a las 8:30 p.m., con el sol ya oculto y el cielo teñido de un púrpura profundo, salí para mi carrera nocturna. Las calles de mi vecindario estaban silenciosas, solo el brillo de los televisores a través de las ventanas y el ladrido ocasional de un perro rompían la calma.
Estaba a tres cuadras de casa, en el tramo más oscuro de mi ruta, uno que bordeaba un pequeño parque con árboles frondosos, cuando lo escuché. Un motor de coche, ralentizando a mis espaldas, un sonido demasiado pesado para ser un sedán, un gruñido familiar. Mi entrenamiento se activó como un interruptor. Cada nervio de mi cuerpo se puso en alerta. No volteé. No aceleré. Mantuve mi ritmo, pero mis sentidos se expandieron. Usé mi visión periférica. Usé el reflejo en la ventana de un coche aparcado. Una camioneta oscura, una Lobo negra, arrastrándose junto a la acera, igualando mi paso.
La voz de mi padre resonó en mi cabeza, clara como una campana: “Cuando te siguen, nunca dejes que el enemigo elija el lugar de la confrontación. El parque es una trampa: múltiples puntos ciegos, sin testigos. Quédate en la calle. Oblígalos a actuar bajo la luz”.
Aceleré ligeramente el paso, un trote más decidido, dirigiéndome hacia la siguiente intersección, donde la calle principal estaba mejor iluminada.
El sonido de las puertas de la camioneta cerrándose de golpe detrás de mí fue como un disparo.
“¡Oye, Ximena!”. La voz de Santiago. Mi pulso se disparó. Saqué mi teléfono del brazalete, mi pulgar ya sobre el ícono de llamada rápida a mi padre.
“¡Ni se te ocurra!”, la voz de Richie vino de mi derecha, desde la oscuridad del parque. Había dado la vuelta y ahora emergía de entre los árboles, bloqueando mi camino hacia la intersección. Al mismo tiempo, Bruno apareció desde detrás de un coche aparcado a mi izquierda, completando el triángulo. Me habían rodeado. Era una emboscada militarmente perfecta.
Me detuve. Giré lentamente, manteniendo a los tres en mi campo de visión, mi cuerpo adoptando una postura de defensa casi inconsciente. Estaba en el centro de un triángulo de odio. La casa más cercana estaba a cincuenta metros, sus luces apagadas. No había testigos.
“Tenemos que hablar”, dijo Santiago, acercándose desde atrás. Su voz era peligrosamente tranquila. “Y esta vez, tu papito el marinerito no está aquí para protegerte”.
“¿Qué quieren?”, pregunté, mi voz sorprendentemente firme a pesar de la adrenalina que inundaba mi sistema.
“Queremos respuestas”, replicó Santiago, dando un paso más, invadiendo mi espacio personal. “Sabemos que tú estás detrás de todo esto, perra. Admítelo”.
“No sé de qué están hablando”.
“¡DEJA DE MENTIR!”, rugió Richie, su cara roja de ira bajo la luz anaranjada de la farola. “¡Primero Santiago cae por drogas justo después de que te dimos tu lección de humildad! ¡Luego yo caigo por los vapes! ¿Crees que somos estúpidos?”.
“Creo que ustedes dos se metieron en problemas solitos y ahora necesitan desesperadamente a quién culpar”, respondí, mi calma enfureciéndolos aún más.
“¡Tú destruiste sus vidas!”, chilló Bruno, su voz temblando con una mezcla de miedo y justa ira. “¡Santiago perdió su beca! ¡Richie va a la cárcel! ¿Qué te hicimos para merecer esto?”.
“Las acciones tienen consecuencias”, respondí, usando sus propias palabras en su contra. “Tal vez debieron pensar en eso antes de ponerme las manos encima y humillarme frente a toda la escuela”.
La frase, una admisión velada, fue como echar gasolina al fuego.
“¿Así que lo admites?”, siseó Santiago, sus ojos estrechándose. “Tú planeaste todo”.
“Admito que los bullies, tarde o temprano, se encuentran con la justicia. A veces, la justicia los encuentra a ellos”.
Richie dio otro paso, sus puños gigantes abriéndose y cerrándose. “¿Justicia? ¿Llamas a esto justicia? ¿Arruinar nuestro futuro es justicia para ti? ¿Por una estúpida broma?”.
“No fue una broma”, mi calma se resquebrajó por primera vez, una fisura de ira pura. “Ustedes eligieron ser bullies. Yo elegí contraatacar”.
“¡Pues felicidades, ganaste!”, espetó Richie. “Estamos jodidos. ¿Estás feliz ahora?”.
“Todavía no”, la frase salió de mi boca antes de que pudiera pensarla, un desafío abierto.
Los ojos de Santiago se volvieron peligrosamente oscuros. “¿Qué más quieres de nosotros, eh? ¿Qué más?”.
“Quiero que entiendan, hasta el fondo de sus patéticas almas, que hay gente en este mundo a la que no pueden intimidar. Gente que no será su víctima solo porque ustedes lo decidan”.
“¡YA ENTENDIMOS, JODER!”, gritó Bruno, al borde de las lágrimas. “¡Tú ganas! ¡Eres más inteligente, más fuerte, lo que sea! ¿Podemos dejarlo así? ¿Estamos a mano?”.
“¿A mano?”, solté una risa incrédula y amarga. “¿Ustedes creen que esto es estar a mano? ¿Tres contra una, acorralándome en la oscuridad como los putos cobardes que son?”.
“¡NO SOMOS COBARDES!”, explotó Richie, y la palabra fue la chispa final. Se abalanzó hacia mí.
El mundo se ralentizó. El entrenamiento se apoderó de mi cuerpo. No pensé. Actué.
Richie se lanzó en una embestida torpe y furiosa. Di un paso rápido a mi izquierda, usando la punta de mis pies como me enseñó mi padre. Su cuerpo pasó a mi lado. Mientras pasaba, clave mi codo con toda la fuerza de mi cadera en sus costillas flotantes. Escuché un crujido sordo y un grito ahogado. Se tropezó, sin aire, doblado de dolor.
Inmediatamente, giré sobre mis talones para encarar a Santiago, que ya venía por detrás, tratando de agarrarme. Rápido. Fuerte. Distancia. Las palabras de mi padre. Me agaché bajo sus brazos extendidos y le metí un puñetazo con la palma abierta directamente en el plexo solar. Todo el aire salió de sus pulmones en un silbido. Mientras se doblaba, levanté mi rodilla, apuntando a su cara, pero logró girar en el último segundo y el golpe le dio en el hombro.
Bruno, el más torpe, intentó agarrarme del brazo desde el lado. Giré, atrapé su muñeca, y en lugar de resistirme, usé su propio impulso, girando mi cuerpo y tirando de él, haciéndolo pasar por encima de mi cadera. Era una llave de judo básica. Cayó pesadamente sobre el asfalto, su cabeza golpeando el suelo con un ruido sordo. Gritó de dolor.
Richie se había recuperado parcialmente, su cara una máscara de furia y dolor. Volvió a atacarme, pero esta vez con más cautela. Era más grande, más fuerte. Pero yo era más rápida, más precisa, y él estaba herido. Finté un movimiento a la izquierda, y cuando sus ojos lo siguieron, golpeé a la derecha. Mi palma, reforzada, impactó su nariz con la fuerza de un martillo. Escuché otro crujido, esta vez más agudo. La sangre brotó, un chorro oscuro bajo la luz de la farola. Se tambaleó hacia atrás, gritando, llevándose las manos a la cara.
Santiago, todavía sin aliento pero consumido por una rabia asesina, se levantó y sacó algo del bolsillo de su sudadera. Algo que brilló. Una navaja automática. Con un clic, la hoja de diez centímetros saltó.
“Se acabaron los putos juegos”, jadeó, su voz rasposa. “¿Quieres jugar a la guerra? Vamos a jugar a la guerra”.
El miedo, frío y paralizante, trató de apoderarse de mí. Pero otra cosa, algo más antiguo y más fuerte, lo suprimió. La voz de mi padre. El entrenamiento.
“Jake, no, güey, para”, gritó Bruno desde el suelo. “¡Es una locura!”.
Pero Santiago estaba más allá de la razón. Estaba en un lugar oscuro donde solo quedaba su orgullo herido y la violencia. Se abalanzó, la navaja apuntando a mi estómago.
Atrapé su muñeca. Con ambas manos. Como habíamos practicado cien veces con un cuchillo de goma. No luché contra su fuerza. La redirigí. Usé su propio impulso hacia adelante para girar su brazo, torciendo la hoja lejos de mi cuerpo. Giré mi cadera, aplicando presión en el punto exacto de su articulación, en su pulgar. Gritó, un sonido agudo y animal, y la navaja cayó al suelo con un tintineo metálico.
Antes de que pudiera recuperarse, le di un rodillazo en el estómago que lo hizo vomitar. Y lo seguí con un uppercut que no fue técnicamente perfecto, pero que conectó con su mandíbula. Su cabeza se sacudió hacia atrás. Sus ojos se pusieron en blanco. Se desplomó en el suelo como un títere al que le cortan las cuerdas, semiinconsciente, un hilo de sangre saliendo de su boca.
Tres oponentes. Neutralizados en menos de treinta segundos.
Me quedé de pie en medio de ellos, mi pecho subiendo y bajando, mi cuerpo temblando por la adrenalina. Estaba ilesa. Los había vencido. A los tres.
Y en la distancia, acercándose rápidamente, escuché el sonido inconfundible de las sirenas. Alguien había visto. Alguien había llamado.
El alivio y el terror me golpearon al mismo tiempo. La pelea había terminado. Pero la verdadera batalla, la que se pelearía con abogados y fiscales, apenas estaba a punto de comenzar. Era hora de enfrentar las consecuencias. Todos nosotros.
Capítulo 8: Justicia y Consecuencias
Las luces rojas y azules de la primera patrulla llegaron barriendo la calle en silencio antes de que la sirena se activara con un aullido que rompió la calma suburbana. Pintaron la escena con destellos estroboscópicos, convirtiendo nuestro violento enfrentamiento en un tableau vivant surrealista y aterrador: tres cuerpos de chicos jóvenes yaciendo en el asfalto en diversos estados de dolor y derrota; una chica de pie en medio de ellos, jadeando pero ilesa; y el brillo siniestro de una navaja bajo la luz de una farola.
Una oficial de policía, una mujer de unos cuarenta años con un rostro severo y ojos que lo veían todo, salió del coche. Su mano no abandonó la empuñadura de su arma mientras evaluaba la situación con una rapidez profesional.
“¡QUIETOS! ¡NADIE SE MUEVA!”, su voz de mando cortó el aire. “¡MANOS DONDE PUEDA VERLAS!”.
Levanté mis manos lentamente, con las palmas abiertas, un gesto universal de rendición que se sentía extrañamente fuera de lugar. “Oficial, mi nombre es Ximena García”, dije, mi voz sorprendentemente firme. “Estos tres jóvenes me siguieron, me acorralaron y me atacaron. Uno de ellos”, señalé con la barbilla hacia Santiago, que empezaba a gemir, “sacó una navaja. Yo me defendí”.
Richie, que estaba sentado en la acera, con la cara cubierta de sangre de su nariz rota, escupió al suelo. “¡Miente! ¡Es una puta loca! ¡Nos atacó a nosotros! ¡Solo queríamos hablar con ella!”.
La oficial arqueó una ceja, su mirada moviéndose de la imponente figura de Richie a mi complexión delgada. “¿Hablar con ella? ¿Con una navaja?”, preguntó, su voz cargada de un escepticismo glacial mientras señalaba el arma que yacía cerca del cuerpo inconsciente de Santiago.
“¡Esa madre no es nuestra!”, protestó Bruno desde el suelo, luchando por ponerse de pie con una mueca de dolor. Su intento de sonar convincente fue traicionado por el pánico en sus ojos. “¡Ella debe haberla plantado! ¡Nos tendió una trampa!”.
Una segunda patrulla llegó, seguida de cerca por una ambulancia. El compañero de la oficial, un hombre mayor con bigote, comenzó a asegurar el perímetro con cinta amarilla, convirtiendo un trozo de mi vecindario en una escena del crimen. Los paramédicos se dirigieron inmediatamente hacia Santiago.
“Necesito llamar a mi padre”, dije con calma, mi mente ya trabajando en el siguiente paso del protocolo.
“No vas a llamar a nadie hasta que aclaremos qué demonios pasó aquí”, respondió la oficial, acercándose a mí.
Justo en ese momento, una camioneta familiar, vieja pero potente, dobló la esquina a toda velocidad, sus neumáticos chirriando. Era mi padre. Al no recibir respuesta a mis mensajes y al escuchar las sirenas en la dirección de mi ruta de carrera, había hecho lo que cualquier marino haría: se dirigió hacia el peligro. Aparcó bruscamente y se bajó. No corrió. Caminó hacia la escena con una calma y una autoridad que hicieron que incluso los policías se detuvieran. Su porte militar era inconfundible.
“Señor, por favor, manténgase detrás de la cinta. Esto es una escena del crimen”, le advirtió el oficial del bigote.
“Esa es mi hija”, respondió mi padre, su voz resonando con un poder tranquilo. Sacó su cartera y mostró una identificación. “Capitán de Fragata David García, Marina de México, retirado. ¿Cuál es el estado de mi hija?”.
La oficial lo miró, luego a mí, y algo pareció hacer clic en su cabeza. “Su hija parece estar ilesa, señor. Afirma que fue atacada por estos tres”.
Los ojos de mi padre barrieron la escena con la rapidez de un escáner. Tres oponentes más grandes neutralizados. Su hija de pie, ilesa. Un arma en el suelo que claramente no le pertenecía. Vi una guerra de emociones en su rostro: un orgullo inmenso luchando contra una preocupación devastadora. “Ximena, ¿estás herida?”.
“No, papá. Estoy bien”.
“¿Seguiste el protocolo?”.
“Sí, señor. Intenté evitar la confrontación. Intenté escapar. Cuando me acorralaron, usé la fuerza mínima necesaria para neutralizar la amenaza”.
La oficial frunció el ceño. “¿Protocolo? ¿Qué tipo de protocolo?”.
“Entrenamiento de autodefensa”, explicó mi padre sin rodeos. “Le he estado enseñando a mi hija técnicas básicas de protección desde que estos jóvenes comenzaron a acosarla en la escuela”.
“¿Acosarla?”, la palabra quedó flotando en el aire.
Antes de que yo pudiera responder, Richie explotó. “¡ESTO ES UNA JALADA! ¡ELLA NOS HA ESTADO DESTRUYENDO LA VIDA! ¡A SANTIAGO LE COSTARON SUS BECAS POR CULPA DE ELLA!”.
“Porque llevó drogas a la escuela”, repliqué, mi voz fría y uniforme.
“¡DROGAS QUE TÚ LE PUSISTE!”, gritó Richie.
“Pruébalo”, respondí.
El oficial del bigote, que había estado fotografiando la navaja, se levantó. “Bueno, esto se está complicando. Vamos a necesitar que todos nos acompañen a la delegación para dar sus declaraciones. Hay múltiples acusaciones aquí”.
“Mi hija no responderá a ninguna pregunta sin la presencia de un abogado”, dijo mi padre firmemente. Era la siguiente fase del plan.
“Papá, está bien. No tengo nada que ocultar”, dije, desempeñando mi papel.
Santiago, que ahora estaba sentado en la defensa de la ambulancia, con una bolsa de hielo en la mandíbula, luchó por ponerse de pie. “¿Oyen eso? No tiene nada que ocultar porque lo planeó todo perfectamente. ¡Es una psicópata!”.
“¿Planear qué exactamente?”, preguntó la oficial.
“¡Vengarse de nosotros! ¡Por ponerla en su lugar en la escuela!”.
Las palabras de Santiago quedaron suspendidas en el aire, una admisión de culpabilidad tan clara como el día. El rostro de mi padre se endureció. “¿Así que admite que acosó a mi hija en la escuela, oficial?”.
Bruno, dándose cuenta del error garrafal de Santiago, intentó retroceder. “No, no, no fue así. Solo era… ya sabe, desmadre de prepa. Cosas normales”.
“¿Normal?”, mi voz, por primera vez, se quebró con una ira genuina. “¿Empujarme a un charco de lodo, rasgar mi uniforme y que toda la escuela lo grabe es ‘normal’ para ustedes?”.
“¡NO PERTENECÍAS A NUESTRO EQUIPO!”, gritó Richie, el verdadero motivo saliendo a la luz en un torrente de odio. “¡NUNCA DEBISTE HABER ENTRADO A NUESTRA ESCUELA!”.
La oficial intercambió una mirada significativa con su compañero. Los matices raciales y clasistas de la diatriba de los chicos eran ahora imposibles de ignorar.
“Creo que vamos a tener unas conversaciones muy serias en la delegación”, dijo ella, su tono cambiando de uno de investigación a uno de enjuiciamiento. “Sobre acoso, agresión con arma mortal y posibles violaciones de derechos civiles”.
“¿Derechos civiles?”, la voz de Bruno se rompió, el pánico total apoderándose de él.
“Atacar a alguien por su raza o su condición social es un delito federal, hijo”, dijo el oficial del bigote con una calma ominosa. “Y por lo que estoy escuchando, eso es exactamente lo que pasó aquí”.
Los tres chicos se miraron con un horror creciente a medida que las implicaciones legales de sus acciones comenzaban a hundirse. Lo que había comenzado como una campaña de acoso para mantener la “pureza” de su equipo de porristas se estaba transformando en una investigación federal por crimen de odio.
Lo que siguió fue un torbellino legal y mediático. La historia explotó. La cámara de seguridad de un vecino, que había capturado toda la confrontación desde un ángulo perfecto, se filtró a un noticiero nacional. Las imágenes eran devastadoras para ellos: tres chicos grandes y privilegiados acorralando a una chica sola, uno de ellos sacando una navaja, y ella, con una eficiencia brutal, derrotándolos a todos. El titular era irresistible: “La Furia de la Porrista: Adolescente se Defiende de Ataque Clasista”.
La Fiscalía General del Estado, bajo una inmensa presión mediática, tomó el caso con una seriedad inusitada. Abrieron una investigación no solo por la agresión, sino por la campaña de acoso sistemático, calificándola como un delito de odio por motivos de discriminación.
Las vidas de las familias Montes, Peña y Morales se desmoronaron. El imperio de Morrison Construction, la empresa del padre de Santiago, comenzó a perder contratos. Clientes y socios no querían estar asociados con “la familia del chico racista de la navaja”. La familia de Richie hipotecó su casa para pagar a un abogado mediocre. La madre de Bruno tuvo que tomar un tercer empleo.
El juicio fue el evento del año en Querétaro. La abogada que mi padre contrató, una mujer brillante y temida especializada en derechos civiles, usó mi diario de inteligencia, las capturas de pantalla, los testimonios de Valeria y otros estudiantes, y por supuesto, el video, para pintar un cuadro irrefutable de acoso premeditado y escalonado.
La defensa intentó pintarme como una conspiradora manipuladora y violenta. Pero su narrativa se vino abajo cuando la fiscalía presentó grabaciones de las llamadas que los chicos hicieron desde la cárcel de menores. En ellas, Santiago usaba insultos raciales para referirse a mí y prometía “terminar el trabajo” cuando saliera. Richie fantaseaba con vengarse. Solo Bruno mostraba un remordimiento genuino, llorando en sus llamadas a su madre.
La sentencia, dictada ocho meses después de la emboscada, fue un martillazo.
Santiago Montes, el líder, fue sentenciado a cuatro años en una prisión estatal por agresión con arma mortal y conspiración para cometer un crimen de odio. Su futuro dorado se había convertido en un expediente criminal.
Ricardo Peña, el ejecutor, fue sentenciado a tres años por su papel en la agresión y el acoso. Su única salida de la pobreza lo había llevado a una celda.
Bruno Morales, el seguidor, gracias a su cooperación y remordimiento demostrado, recibió una sentencia de 18 meses en un centro de detención juvenil, con la posibilidad de libertad condicional por buen comportamiento.
Al final del juicio, la jueza me permitió dar una declaración de impacto. Me paré frente a la corte, mi voz clara y sin temblores.
“Yo no quería nada de esto. Solo quería ser porrista”, dije, mirando directamente a los tres chicos sentados con sus uniformes de presidiarios. “Ustedes decidieron que mi color de piel y mi código postal no eran los correctos para su mundo. Pensaron que podían intimidarme, romperme y hacerme desaparecer. En lugar de eso, me convirtieron en esto”. Hice una pausa. “Me convirtieron en una luchadora. Me enseñaron que la única forma de detener a un bully no es ignorarlo, sino enfrentarlo y quitarle todo su poder. Espero que su tiempo en prisión les enseñe la empatía y la decencia que sus padres y su escuela no pudieron. Espero que aprendan que el valor de una persona no está en su apellido o en su cuenta bancaria. Y espero que, cuando salgan, dediquen el resto de sus vidas a compensar el odio que esparcieron”.
La batalla había terminado. La justicia, aunque imperfecta y dolorosa, había prevalecido.
Un año después, me encontraba en el podio del auditorio del Colegio Morelos. Había sido elegida presidenta de la sociedad de alumnos. La escuela tenía un nuevo director, un programa anti-bullying serio y una cultura que, lentamente, comenzaba a cambiar. Fui aceptada en la carrera de Derecho en la UNAM, con una beca completa.
Santiago había sido transferido a una prisión de mayor seguridad tras una pelea con otro recluso. Richie estaba tomando clases en la cárcel y me escribía cartas de disculpa que yo leía pero nunca respondía. Bruno había salido y se había mudado con su padre a otra ciudad, buscando un nuevo comienzo.
Esa noche, parada en mi balcón, mirando las luces de la ciudad, sentí una extraña paz. La guerra me había encontrado, me había roto y me había reconstruido en algo más fuerte. Ya no era solo Ximena García, la chica de la beca. Era la chica que había luchado contra los monstruos y había ganado. Y en esa victoria, había encontrado no solo justicia para mí, sino una voz para todos aquellos que alguna vez se habían sentido como si no pertenecieran. La batalla había terminado. Y yo, finalmente, estaba en casa.