
CAPÍTULO 1: LA ÚLTIMA VOLUNTAD DE DON AUGUSTO
El silencio en la sala de juntas de la Notaría Pública número 45, ubicada en una de las calles más pretenciosas de Polanco, no era pacífico; era un silencio denso, cargado de electricidad estática y desprecio, similar a la atmósfera que precede a una tormenta eléctrica en la Ciudad de México. Olía a cera para madera, a aire acondicionado rancio y a esa mezcla inconfundible de loción cara y soberbia que emanaba de los dos hombres sentados frente al escritorio principal.
Marcos, en cambio, sentía que sobraba. Sentado en una silla de estilo Luis XV que parecía demasiado frágil para sostener el peso de su ansiedad, mantenía las manos entrelazadas sobre las rodillas. Sus nudillos estaban blancos. Llevaba puesto su único traje, uno color azul marino que había comprado en oferta en una tienda departamental hacía tres años para una boda, y que ahora le quedaba un poco holgado de los hombros. Se había boleado los zapatos esa misma mañana, pero al compararlos con los mocasines italianos de su medio hermano Carlos, los suyos parecían de cartón.
El notario, el Licenciado Villalobos, un hombre calvo con papada temblorosa y un reloj de oro que pesaba más que su ética profesional, se acomodó los lentes bifocales. Parecía incómodo, como si quisiera terminar el trámite para irse a comer al restaurante de lujo que seguramente ya lo esperaba.
—Bien, caballeros —dijo Villalobos, con una voz arrastrada y nasal—. Estamos aquí para dar lectura al testamento público abierto otorgado por el señor Augusto Montiel (Q.E.P.D).
Al escuchar el nombre de su padre, Marcos sintió un piquete en el pecho. No era dolor físico, era la ausencia. Don Augusto había sido un hombre complicado, duro como el concreto, pero al final del día, era su padre. Marcos había pasado los últimos seis meses cuidándolo en el hospital, cambiándole los pañales, dándole de comer en la boca y escuchando sus delirios por la morfina, mientras sus hermanos, los “legítimos”, los exitosos, apenas mandaban un mensaje de WhatsApp preguntando si ya se había muerto.
—Apúrele, Licenciado —interrumpió Esteban, el mayor de los hermanos, mirando su celular con impaciencia—. Tengo un vuelo a Tulum a las seis y el tráfico en el Periférico se pone imposible.
—Sí, por favor —secundó Carlos, recargándose en el respaldo con una arrogancia que solo se adquiere cuando nunca se ha tenido que trabajar para comer—. Ya sabemos cómo va esto. Papá era predecible. Vamos al grano con las cuentas de las Islas Caimán y los terrenos en Valle de Bravo.
Marcos no dijo nada. Aprendió hace mucho que su voz no tenía eco en esas paredes. Él era el hijo de “la otra”, el error de cálculo, el que creció en la colonia popular mientras ellos iban a colegios privados con chofer.
El notario carraspeó, visiblemente molesto por la interrupción pero sumiso ante el dinero. Empezó a leer. La lista era obscena.
—”A mi hijo Esteban, le lego la totalidad de las acciones del Grupo Inmobiliario Montiel, así como la residencia en Lomas de Chapultepec y la casa de descanso en Valle de Bravo…”
Esteban ni siquiera sonrió. Solo asintió levemente, como quien recibe el cambio de las tortillas. Era lo mínimo que esperaba.
—”A mi hijo Carlos —continuó el notario—, le lego las cuentas bancarias en Suiza, el portafolio de inversiones en la bolsa de Nueva York y la colección de relojes, así como los departamentos en Miami.”
Carlos chocó el puño con Esteban discretamente. Susurraron algo sobre un yate nuevo. Ya estaban gastando el dinero en su cabeza. Ya estaban planeando la fiesta, el alcohol, las mujeres. Para ellos, la muerte de su padre no era una pérdida, era un día de pago. Era el cheque más grande de sus vidas cobrado al portador.
La lectura continuó durante cuarenta minutos eternos. Propiedades, autos del año, joyas de la abuela, terrenos en Querétaro. Todo iba cayendo en las manos de los dos hermanos como lluvia en temporada de huracanes.
Y entonces, el notario se detuvo. Quedaba una última hoja. Una hoja amarillenta, que parecía haber sido añadida con una máquina de escribir diferente.
Villalobos se aflojó el nudo de la corbata. Miró a Marcos por primera vez en toda la sesión. Había lástima en sus ojos. Una lástima profesional, fría.
—”Y finalmente…” —la voz del notario titubeó—. “Para mi hijo Marcos…”
El corazón de Marcos se detuvo. No esperaba nada. De verdad, no esperaba nada. Su padre le había pagado la carrera técnica y eso ya había sido mucho pleito con la familia “oficial”. Quizás le dejaría algún reloj viejo, o tal vez una deuda.
—”Para mi hijo Marcos, quien estuvo conmigo cuando las luces se apagaban…” —leyó el notario. Esteban soltó un bufido de burla—. “…le lego mi posesión más antigua. El automóvil Cadillac V-16, modelo 1937, que se encuentra actualmente en el garaje trasero de la finca de Cuernavaca, así como el contenido de su guantera.”
El silencio regresó, pero esta vez era diferente. Era un silencio de incredulidad.
Esteban fue el primero en romperlo. Su risa comenzó como un gorgoteo en la garganta y estalló en una carcajada estrepitosa que rebotó en los paneles de caoba.
—¿Qué? —gritó entre risas—. ¿La carcacha? ¿Ese montón de óxido? ¡No mames!
Carlos se unió a la risa, golpeando la mesa con la palma de la mano.
—¡Ay, papá! ¡Qué genio! —exclamó, secándose una lágrima—. Marcos, te heredó basura, güey. Literalmente basura. Ese coche lleva cuarenta años pudriéndose bajo una lona. Está lleno de ratas. Es más, te va a salir más caro el tétanos que te va a dar por tocarlo que lo que vale esa madre.
El notario intentó mantener la compostura, pero una leve sonrisa se dibujó en sus labios.
—El testamento estipula que el vehículo debe ser retirado de la propiedad en Cuernavaca en un plazo no mayor a 24 horas, o será enviado al deshuesadero. Aquí tiene las llaves, joven Marcos.
Sobre el escritorio de vidrio pulido, el notario deslizó un objeto. No era una llave moderna, con chip y control remoto. Era una pieza de metal larga, oxidada, con la cabeza desgastada por el tacto de décadas pasadas. Parecía un artefacto arqueológico.
Marcos la miró. Sentía la cara ardiendo. La vergüenza le subía por el cuello como lava. No por el regalo, sino por la humillación pública. Sus hermanos lo miraban como se mira a un perro callejero que se coló en una fiesta de gala.
—Oye, “brother” —le dijo Carlos, usando ese tono condescendiente que usan los “mirreyes”—. Si quieres te presto a mi chofer para que te lleve a… bueno, a donde sea que vivas. Y de paso le digo que llame al camión de la basura para tu “nuevo coche”.
—No es necesario —dijo Marcos. Su voz salió ronca, pero firme. Se aclaró la garganta y se puso de pie. Agarró la llave. El metal estaba frío y pesado en su mano. Tenía textura. Tenía historia.
—¿Te lo vas a quedar? —preguntó Esteban, incrédulo—. Güey, neta, véndelo al kilo. Sácale unos quinientos pesos para las caguamas. No seas ridículo.
—Es lo que mi padre me dejó —respondió Marcos, mirándolos a los ojos por primera vez. Sus hermanos tenían los ojos de su padre, pero no su mirada. Tenían el color, pero no la profundidad—. Y si me lo dejó, es por algo.
Se dio la media vuelta y caminó hacia la salida. Sus pasos resonaron en el piso de mármol.
—¡Cuidado no te vaya a dejar tirado en la autopista! —le gritó Carlos a sus espaldas, seguido de otra ronda de risas crueles.
Al salir del edificio, el golpe de calor de la Ciudad de México lo recibió de lleno. El sol de las dos de la tarde caía a plomo sobre el asfalto de Polanco. Los cláxones de los taxis, el ruido de los camiones, el grito lejano de un vendedor de merengues; todo se sentía abrumador.
Marcos se aflojó la corbata. Sentía ganas de llorar, pero se las tragó. No les daría el gusto. Sacó su celular, un modelo con la pantalla estrellada, y buscó en sus contactos. “Grúas El Pato”. Era un amigo del barrio.
—¿Bueno? ¿Pato? Soy yo, Marcos. Sí, carnal… necesito un paro. ¿Te puedes lanzar a Cuernavaca? Sí, ahorita. No, no tengo mucha lana, pero te lo pago en la quincena, te lo juro por mi jefa. Va. Gracias, carnal.
El viaje a Cuernavaca fue silencioso. Marcos iba de copiloto en la grúa, viendo pasar los cerros y los espectaculares de la autopista. Pato, respetuoso, no preguntaba mucho, solo ponía música de banda bajita para llenar el vacío.
Llegaron a la finca. La casa grande, esa donde Marcos solo había entrado por la puerta de servicio, se veía imponente. El guardia de seguridad, que conocía a Marcos desde niño, lo dejó pasar con una mirada de tristeza.
—Lo siento mucho, Joven Marcos —le dijo el guardia—. Don Augusto era… bueno, era Don Augusto.
—Gracias, Don Chema. Solo vengo por el coche.
Fueron a la parte trasera, donde la hierba crecía alta y descuidada. Allí, bajo un tejaban de lámina que apenas lo protegía de la lluvia, estaba. Una forma voluminosa cubierta por una lona que alguna vez fue azul y ahora era gris rata, tiesa por el sol y el polvo.
Marcos y el Pato quitaron la lona. Una nube de polvo los hizo toser.
Cuando el polvo se asentó, ahí estaba. El Cadillac 1937. Era inmenso. Parecía una bestia dormida. Pero, Dios mío, estaba destruido. La pintura negra estaba quemada, craquelada como la piel de un elefante enfermo. Faltaba un faro. Las llantas estaban tan podridas que el caucho se había fusionado con el suelo. El cromo de la parrilla estaba picado de óxido, pareciendo dientes cariados.
—Híjole, carnal —silbó el Pato, rascándose la cabeza debajo de su gorra—. Tu jefe sí se pasó de lanza. Esto no camina ni de bajada. ¿Seguro que lo quieres arrastrar hasta la ciudad? Nos va a costar un huevo subirlo a la plataforma.
—Súbelo, Pato —dijo Marcos, pasando la mano por la salpicadera. Sintió la rugosidad del óxido, pero debajo… debajo se sentía la solidez del acero antiguo. Acero de verdad, no como los coches de plástico de ahora.
Les tomó dos horas. Tuvieron que inflar las llantas con un compresor portátil solo para que rodaran un poco, empujar entre los dos, sudar la gota gorda, y usar el winch de la grúa al máximo de su potencia. El auto crujía y gemía, como si se quejara de ser despertado de su sueño de muerte.
Mientras aseguraban las cadenas en la plataforma, un par de “juniors”, vecinos de la finca de al lado, pasaron en un carrito de golf. Se detuvieron a mirar. Sacaron sus iPhones.
—¡No mames, checa esa chatarra! —se rio uno, grabando un video para TikTok—. Hashtag herencia millonaria. Qué oso, güey.
Marcos los ignoró. Ya estaba blindado. Se subió a la grúa y emprendieron el regreso a la Ciudad de México. El tráfico de entrada por Tlalpan estaba brutal. Avanzaban a vuelta de rueda. La gente en los otros coches señalaba la grúa. Algunos con curiosidad, otros con burla. Un niño en un microbús pegó la cara a la ventana y saludó a Marcos. Marcos le devolvió el saludo con una media sonrisa triste.
Llegaron a su colonia ya de noche. Marcos vivía en una unidad habitacional en Azcapotzalco. Edificios de interés social, despintados, con ropa tendida en las jaulas de los patios y murales de la Virgen de Guadalupe en las esquinas.
Meter el Cadillac en su cajón de estacionamiento fue otra odisea. El coche era tan largo que la cajuela salía medio metro hacia el pasillo peatonal. Tuvieron que maniobrar milimétricamente entre un Tsuru tuneado y una motoneta Italika.
—Ahí quedó, carnal —dijo el Pato, limpiándose la grasa de las manos—. Oye, neta… suerte con eso. Si necesitas venderlo como fierro, conozco a un don en la Doctores que compra por kilo.
—Gracias, Pato. Te aviso.
Marcos se quedó solo en el estacionamiento mal iluminado. Una lámpara de alumbrado público parpadeaba, zumbando como un mosco gigante. Se sentó en la banqueta, mirando el monstruo de metal que ahora ocupaba todo su espacio y todo su patrimonio.
Doña Chonita, la vecina del 302, una señora que siempre andaba en bata y con tubos en la cabeza, salió a su balconcito a fumar.
—¿Ese armatoste qué, Marquitos? —gritó desde arriba con su voz chillona—. ¿Te lo ganaste en la rifa del tigre o qué?
—Es la herencia de mi papá, Doña Chonita —respondió él, sin fuerzas.
La señora soltó una bocanada de humo y miró el coche con atención.
—Mmm. Pues se ve triste el coche. Como abandonado. Pero dicen que los fierros viejos son agradecidos si uno les da cariño. Trátalo suave, mijo. A lo mejor te sorprende.
Marcos asintió. Subió a su departamento, un lugar pequeño de dos recámaras que olía a frijoles refritos y a soledad. Se quitó el traje, que apestaba a sudor y a smog, y se puso unos jeans viejos y una playera. No tenía hambre, pero tenía una sed de respuestas que le quemaba la garganta.
Bajó de nuevo con una cubeta de agua con jabón Zote y una jerga vieja.
“Vamos a ver quién eres”, pensó.
Empezó a limpiar el parabrisas. La mugre salía en capas, como lodo negro. Tuvo que tallar fuerte. Poco a poco, el cristal apareció debajo de la costra de años.
Abrió la puerta del conductor. El rechinido fue agudo, un lamento metálico que asustó a un gato callejero. El interior olía a historia. Olía a cuero viejo, a humedad, a tabaco rancio y… extrañamente, a la colonia Old Spice que usaba su padre cuando Marcos era niño, en esas raras ocasiones en que lo visitaba.
Se sentó al volante. Los resortes del asiento estaban vencidos, se le clavaban en la espalda, pero el volante… el volante era enorme, de baquelita blanca, agrietado pero majestuoso. Se sintió pequeño ahí sentado. Se imaginó a su padre, joven, fuerte, manejando esa nave por las avenidas de un México que ya no existía, un México de blanco y negro.
Suspiró.
—Bueno, papá. Aquí estamos. Tú y yo y tu chatarra.
Metió la llave oxidada en el contacto. Giró la muñeca.
Click. Grrr-clank.
El motor hizo un sonido horrible, como si tuviera piedras adentro. No arrancó. Ni siquiera estuvo cerca. La batería debía haber muerto antes de que Marcos naciera.
—Me lleva la… —susurró Marcos, recargando la frente en el volante. La frustración lo golpeó de repente. ¿Por qué? ¿Por qué sus hermanos tenían los millones y él tenía este problema de dos toneladas? ¿Era un castigo? ¿Era una lección de humildad? Ya había tenido suficiente humildad en su vida. Quería un descanso.
Golpeó suavemente el tablero con el puño.
—Maldita sea.
Entonces, recordó lo que dijo el notario. “Así como el contenido de su guantera”.
Miró la guantera. La tapa estaba chueca. Tiró de la manija. Se atoró. Tuvo que darle un golpecito seco con la palma de la mano. La tapa cayó, soltando una nube de polvo sobre sus rodillas.
Marcos tosió y metió la mano. Sus dedos tocaron papeles quebradizos.
Sacó un mapa de carreteras de la Secretaría de Comunicaciones y Transportes, fechado en 1958. Se deshacía en sus manos. Sacó un desarmador con el mango de madera carcomido. Sacó una cajetilla de cigarros Faros, vacía.
Y al fondo, pegado al metal con cinta adhesiva vieja, había un sobre.
No era un sobre de abogado. Era un sobre corriente, de esos que venden en la papelería de la esquina, manchado de aceite. Tenía escrito “MARCOS” con plumón negro. La letra era inconfundible. Era la letra de su padre, pero no la letra firme de los cheques, sino una letra temblorosa, apresurada.
Marcos sintió un escalofrío. El ruido de la calle, las cumbias del vecino, los ladridos de los perros… todo desapareció. Solo existía ese sobre en sus manos sucias de polvo.
Estaba a punto de abrirlo cuando escuchó pasos.
—Oye, carnal.
Marcos levantó la vista y escondió el sobre rápidamente en el bolsillo de su pantalón. Era “El Greñas”, un chavo de la cuadra que siempre andaba viendo qué se robaba.
—Esa nave está chida, güey —dijo El Greñas, mirando los tapones de las llantas con codicia—. ¿Cuánto te dan por el cromo?
—No se vende, Greñas —dijo Marcos, cerrando la puerta del coche con un empujón fuerte—. Y tiene alarma. Así que ni le busques.
El Greñas se rio y siguió su camino. —Cálmala, ese. Solo decía. Se ve que trae fantasmas esa madre.
Marcos esperó a que se fuera. Se bajó del coche y aseguró los seguros manualmente. Miró la luna llena que apenas se veía entre la contaminación de la ciudad.
Subió a su departamento, se sentó en la mesa de la cocina y puso el sobre frente a él.
No lo abrió. Tenía miedo. Miedo de que fuera una última regañina. Miedo de que fuera una lista de deudas. O peor aún, miedo de que fuera una despedida que no estaba listo para leer.
—Mañana —se dijo—. Mañana leemos esto. Primero, vamos a ver si esta cosa tiene salvación mecánica.
Marcos no sabía que esa decisión, la de no abrir el sobre esa noche y la de llevar el coche al taller al día siguiente, cambiaría no solo su destino, sino la historia de toda su familia. En ese motor dormido no solo había pistones y aceite; había un secreto que valía más que todas las cuentas en Suiza de sus hermanos juntas. Pero esa noche, Marcos solo era un hombre cansado con un coche viejo y el corazón roto.
CAPÍTULO 2: ECOS DE METAL Y ACEITE QUEMADO
La mañana en la Ciudad de México no despierta, explota.
A las seis de la mañana, el sol apenas intentaba perforar la nata grisácea de smog que cubría el Valle de México, pero la unidad habitacional en Azcapotzalco ya hervía de vida. El sonido de las licuadoras preparando el desayuno se mezclaba con el grito lejano del “¡Gas, el gas!”, el silbato afilado del carrito de los camotes que se había quedado rezagado desde la noche anterior y el rugido de los motores fríos intentando arrancar.
Marcos abrió los ojos con la sensación de no haber descansado ni un minuto. Le dolía la espalda, le dolían las manos y, sobre todo, le dolía el orgullo. Se quedó mirando el techo descarapelado de su cuarto unos segundos, recordando el día anterior: las risas de sus hermanos, la mirada condescendiente del notario, la llave oxidada.
Se levantó de un salto, como si el colchón tuviera resortes de fuego. Se asomó por la ventana, con el miedo irracional de que el coche hubiera desaparecido, o peor, que se hubiera convertido en calabaza como en un cuento de hadas retorcido.
Pero ahí estaba. El inmenso Cadillac 1937, ocupando su cajón y medio pasillo peatonal, cubierto por el rocío de la mañana que se mezclaba con el hollín de la ciudad, creando una capa pegajosa sobre el metal viejo. Parecía una ballena varada en un estanque de charales.
—Bueno, grandulón —murmuró Marcos mientras se ponía sus botas de trabajo gastadas—. Hoy toca doctor.
Bajó las escaleras de concreto brincando los escalones de dos en dos. Tenía que mover esa cosa antes de que los vecinos empezaran a salir a trabajar y se armara la bronca por estorbar el paso.
Empujar dos toneladas de acero muerto es una labor titánica, pero empujarlas con el estómago vacío es un acto de fe. Marcos quitó el freno de mano (que era una palanca larga que parecía el cambio de vía de un tren) y puso el auto en neutral. Se apoyó con el hombro en el marco de la puerta abierta y empujó.
Sus pies resbalaron en el pavimento grasiento. El coche ni se inmutó.
—¡Vamos! —gruñó, clavando las botas en el suelo, sintiendo cómo los músculos de las piernas le ardían.
—¿Necesitas un empujoncito, vecino?
Era Don Beto, el señor que vendía tamales en la entrada de la unidad. Un hombre bajito, con bigote de morsa y un mandil blanco impecable. Sin esperar respuesta, Don Beto dejó su triciclo y se puso a empujar desde la cajuela.
—A la de tres, Marquitos. ¡Una, dos, tres!
Con un gemido metálico que sonó como un lamento, las llantas deformes giraron. El Cadillac avanzó centímetro a centímetro, saliendo del cajón hacia la calle principal donde ya esperaba, nuevamente, la grúa de “El Pato”.
—Gracias, Don Beto. Se la debo —dijo Marcos, jadeando, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo.
—N’ombre, mijo. Solo dime qué vas a hacer con esa lancha. ¿La vas a hacer taxi o qué? —bromeó el tamalero mientras regresaba a su olla humeante.
—La voy a llevar con el Maestro Fausto. A la Doctores.
Don Beto silbó, un sonido largo y agudo.
—Uy, a la Doctores. Pues ve con cuidado, mijo. Ahí te desmantelan el alma si te descuidas. Pero si alguien sabe de fierros, es Fausto. Ese viejo hace hablar a las piedras.
El viaje hacia la Colonia Doctores fue una inmersión en las entrañas de la bestia urbana. Cruzaron el Circuito Interior, esquivando microbuses verdes que se les cerraban con una agresividad suicida. La grúa vibraba, y el Cadillac atrás se mecía con una dignidad pesada, ajeno al caos moderno.
Entrar a la Doctores es entrar a otro mundo. Es el reino de la refacción, el imperio del “yonke”. Calles enteras donde las banquetas han desaparecido bajo montañas de defensas, puertas de coches chocados, motores colgando de cadenas como reses en un rastro y llantas apiladas hasta el cielo. El olor es una mezcla penetrante de aceite quemado, gasolina, tacos de suadero y esa fragancia metálica que tiene el trabajo duro.
La grúa se detuvo frente a un zaguán despintado en la calle de Dr. Vértiz. No había letrero luminoso, solo una placa de metal pintada a mano que apenas se leía: “Taller Mecánico y Rectificaciones Fausto”.
—Hasta aquí llego, carnal —dijo el Pato—. Si meto la grúa ahí, ya no salgo. Te lo bajamos aquí afuera.
Bajaron el Cadillac. En cuanto las llantas tocaron el asfalto roto de la calle, pareció que el coche suspiraba. Marcos le pagó al Pato lo último que le quedaba de la quincena y se quedó solo frente al portón.
Golpeó el metal con los nudillos.
—¡Voy! —gritó una voz femenina desde adentro.
El portón se abrió con un rechinido escandaloso. Una mujer joven, de unos veintitantos años, apareció en el umbral. Llevaba un overol de mezclilla lleno de manchas de grasa que le quedaba grande, el pelo recogido en una coleta desordenada y una llave de cruz en la mano como si fuera un cetro. Tenía una mancha de tizne en la mejilla que resaltaba sus ojos inteligentes y desconfiados.
—¿Qué se te ofrece? —preguntó, barriendo a Marcos de arriba abajo y luego clavando la vista en el auto detrás de él. Su expresión cambió de la indiferencia a la curiosidad en un segundo—. ¿Traes eso?
—Busco al Maestro Fausto —dijo Marcos—. Me dijeron que él es el bueno para los casos perdidos.
La chica soltó una risita seca.
—Aquí todos son casos perdidos, flaco. Pásale. ¡Papá! ¡Te buscan!
El interior del taller era como una catedral dedicada al dios de la combustión interna. El techo era de lámina alta, con tragaluces que dejaban entrar haces de luz donde bailaban partículas de polvo y metal. Había coches en diferentes estados de disección: un vocho sin motor, una camioneta de carga con el cofre abierto, un taxi tsuru levantado en la rampa hidráulica.
Al fondo, junto a un banco de trabajo lleno de herramientas ordenadas meticulosamente, estaba Fausto. Era un hombre bajo, robusto, con la piel curtida por años de sol y grasa. Tenía el pelo completamente blanco, peinado hacia atrás, y usaba unos lentes de fondo de botella que le agrandaban los ojos. Estaba limpiando un carburador con la delicadeza de un relojero.
—¿Quién busca? —preguntó sin levantar la vista.
—Soy Marcos Montiel. Traigo… traigo una herencia.
Fausto levantó la vista. Se limpió las manos en una estopa roja que colgaba de su cintura y caminó lentamente hacia la entrada. Sus pasos eran pesados, arrastraba un poco la pierna derecha.
Cuando vio el Cadillac, se detuvo en seco.
El ruido del taller —el siseo de las pistolas de aire, los golpes de martillo, la cumbia sonidera en la radio— pareció desvanecerse para él.
Se acercó al auto en silencio. No lo tocó al principio. Solo lo rodeó, observando las líneas, la caída de la cajuela, la forma de las salpicaderas.
—Laila… —murmuró la chica, que se había quedado junto a Marcos—. ¿Qué modelo es ese?
—Es un 37 —dijo Fausto, su voz ronca y baja—. Pero no es cualquier 37.
Marcos sintió un nudo en el estómago.
—Mis hermanos dicen que es chatarra, Maestro. Que lo venda al kilo.
Fausto giró la cabeza bruscamente y miró a Marcos con una intensidad que lo hizo retroceder un paso.
—Tus hermanos son unos pendejos —dijo el viejo con naturalidad absoluta—. Con todo respeto.
Fausto se acercó al frente del auto. Con dedos gruesos pero ágiles, buscó el seguro del cofre. El mecanismo estaba atascado.
—Laila, pásame el aflojatodo y el mazo de goma. Suave.
Laila corrió por las herramientas. Fausto roció las bisagras, esperó unos segundos contando en voz baja, y dio un golpe seco y preciso. Clac. El cofre se liberó.
Entre los dos, padre e hija, levantaron las pesadas alas del cofre (que se abría de lado, como las alas de una gaviota).
Lo que había debajo era un desastre de suciedad. Había nidos de ratones, hojas secas, cables mordidos y una capa de mugre fosilizada. Pero debajo de todo eso…
—Madre santísima —susurró Laila.
El motor era inmenso. No era un motor normal. Eran dos bancos de cilindros que parecían extenderse hasta el infinito.
—¿Qué es eso? —preguntó Marcos, asomándose.
—Es un V-16 —dijo Fausto, casi con reverencia—. Dieciséis cilindros. Esto no es un motor, muchacho, es una planta de poder. Cadillac dejó de hacerlos porque eran demasiado caros, demasiado complejos. Eran para reyes y presidentes.
Fausto metió la mano entre los cables, sin importarle ensuciarse hasta los codos. Buscaba algo.
—Lámpara —ordenó.
Laila le puso una linterna potente en la mano.
Fausto iluminó la pared de fuego, esa parte metálica que separa el motor de la cabina. Rascó con la uña una placa de metal llena de grasa. Escupió en el trapo y frotó con fuerza.
—¿Qué busca? —preguntó Marcos, nervioso.
—La verdad —respondió Fausto.
El viejo mecánico entrecerró los ojos detrás de sus lentes gruesos. Leyó los números grabados en el metal. Se quedó quieto. Muy quieto.
—Laila, tráeme el libro gordo. El de las series de preguerra. Está en la caja fuerte de la oficina.
—¿En la caja fuerte? —preguntó Marcos.
—Corre —dijo Fausto.
Mientras esperaban, Fausto sacó un cigarro de la bolsa de su camisa pero no lo prendió. Solo lo masticó con ansiedad.
—Marcos, ¿tu papá quién era?
—Augusto Montiel. Tenía constructoras. Pero… nunca mencionó este coche. Lo tenía escondido en Cuernavaca.
—Escondido… —Fausto asintió—. Hizo bien.
Laila regresó con un libro enorme, encuadernado en piel vieja, que olía a humedad. Fausto lo abrió sobre el banco de trabajo, pasando las páginas con cuidado hasta llegar a la sección de 1937. Siguió las columnas de números con su dedo índice manchado de negro.
Se detuvo. Miró el libro. Miró el coche. Miró a Marcos.
—Muchacho, siéntate.
—Estoy bien.
—Que te sientes, cabrón. Te vas a caer.
Marcos se sentó en un banco lleno de aceite.
—¿Qué pasa? ¿No sirve?
Fausto cerró el libro de golpe, levantando una nube de polvo.
—Sirve. Vaya que sirve. Escucha bien lo que te voy a decir. Cadillac hizo muy pocos V-16 en el 37. Eran sobre pedido. Pero hubo una serie… una serie “fantasma”. Prototipos hechos para probar un sistema de suspensión y aleaciones ligeras que se iban a usar en la guerra. Se suponía que todos habían sido destruidos o desmantelados.
Fausto señaló el coche.
—El número de serie de este chasis termina en “X-04”. La “X” es de experimental. Este coche no existe en los registros oficiales. Es un fantasma.
—¿Y eso qué significa? —preguntó Marcos, sin entender la magnitud.
Laila intervino, sus ojos brillando.
—Significa que no tienes un coche viejo, güey. Tienes el Santo Grial. Para un coleccionista, para un museo… esto no tiene precio. Es único.
El silencio cayó sobre el taller. Solo se escuchaba el zumbido de una mosca y los latidos acelerados de Marcos.
—Tus hermanos te dieron esto pensando que era basura —dijo Fausto, con una sonrisa torcida—. Y te acaban de dar el boleto de lotería ganador sin comprarlo. Pero…
—¿Pero qué? —Marcos sintió el miedo otra vez.
—Pero está muerto —dijo Fausto, dándole una palmada al guardabarros—. El motor está pegado. La transmisión debe ser un bloque de óxido. Restaurar esto no es “talacha” de fin de semana. Se necesita dinero, tiempo y piezas que ya no existen. Hay que fabricarlas a mano.
—No tengo dinero —confesó Marcos, bajando la cabeza—. Me dejaron esto y ya. Vivo al día.
Fausto lo miró fijamente. Se quitó los lentes y los limpió en su camisa.
—Yo no cobro barato, muchacho. Mi tiempo vale. Pero… —miró el motor V-16 con una lujuria profesional que solo los mecánicos entienden—. Nunca he tocado un X-04. Si me dejas trabajar en él, si me dejas ser yo quien lo reviva… hacemos un trato. Tú pagas los materiales, yo pongo la mano de obra. Nos vamos a porcentajes cuando lo vendas o lo exhibas.
—¿De verdad?
—De verdad. Pero te advierto, va a doler. Vamos a sudar sangre con este fierro.
—Acepto —dijo Marcos, estrechando la mano callosa del viejo.
—Bien. Laila, empieza a desmantelar el interior. Necesitamos ver qué tan podrido está el piso.
Laila asintió y se puso unos guantes. Marcos se unió a ella.
—Yo ayudo.
—Órale pues, chambeador. Quítale los asientos de atrás.
Trabajaron durante horas. El sol subió y el taller se convirtió en un horno. Marcos sudaba a chorros, sus manos se llenaron de rasguños y grasa negra. Pero se sentía bien. Se sentía útil. Por primera vez en meses, no se sentía como el “hermano pobre”. Se sentía como un hombre con una misión.
El asiento trasero estaba atorado. Los pernos estaban oxidados hasta la médula.
—Pásame el tubo —le pidió a Laila.
Hicieron palanca. ¡CRAACK! El asiento cedió, levantando una nube de polvo con olor a rancio que los hizo toser a todos.
Sacaron el respaldo del asiento y lo pusieron en el suelo.
Entonces, Laila señaló algo en la estructura del coche, justo donde había estado el respaldo.
—Oye… ¿qué es eso?
Entre los resortes oxidados del respaldo y la lámina de la carrocería, había un hueco. Un espacio que no debería estar ahí. Parecía un compartimento secreto, soldado toscamente.
—Papá, ven a ver esto —llamó Laila.
Fausto se acercó cojeando. Iluminó el hueco.
—Mire nada más. Los contrabandistas usaban estos huecos en los 40s. Pero este coche era de tu papá…
Dentro del hueco, envuelto en un plástico grueso y sellado con cinta gris industrial que ya se estaba deshaciendo, había un paquete rectangular.
Marcos sintió que el aire se le iba. Extendió la mano. Sus dedos rozaron el plástico frío.
Lo sacó con cuidado. Pesaba. No eran papeles. O al menos, no solo papeles.
Lo puso sobre el banco de trabajo, bajo la luz de la lámpara.
—¿Lo abro? —preguntó, mirando a Fausto y a Laila. Se sentía como si estuvieran profanando una tumba.
—Es tuyo, mijo —dijo Fausto—. Es tu herencia.
Marcos tomó una navaja del banco. Cortó la cinta con cuidado. El plástico cayó.
Dentro había una caja de metal, una caja de seguridad pequeña, de esas portátiles de los años 70. Estaba cerrada con llave.
Y pegada a la caja, con una liga podrida, había una carta. Un sobre blanco, amarillento por los bordes.
“Para Marcos. Solo para Marcos.” decía al frente.
No era el mismo sobre que casi abre la noche anterior (ese seguía en su bolsillo). Este era otro. Más viejo. La tinta estaba un poco corrida.
Marcos tomó la carta. Sus manos temblaban tanto que el papel vibraba.
Abrió el sobre. Sacó una hoja de papel membretado de una empresa que ya no existía: “Constructora Montiel e Hijos – 1985”.
Leyó en voz alta, con la voz quebrada:
“Hijo. Si estás leyendo esto, es porque tuviste el coraje de ensuciarte las manos. Tus hermanos jamás habrían quitado este asiento. Habrían mandado el coche al deshuesadero sin mirar atrás. Por eso el coche es tuyo. No por el valor del metal, sino por lo que esconde.”
Marcos hizo una pausa para tragar saliva. Fausto y Laila escuchaban en silencio sepulcral.
“Esta caja contiene lo que realmente construí. No las casas, no los edificios. Eso es fachada. Aquí está la patente. La patente que me robaron mis socios hace treinta años y que recuperé antes de morir. Y algo más… algo para que empieces de nuevo. La llave de la caja está pegada con cinta debajo del pedal del freno. Búscala.”
Marcos corrió al coche. Se metió de cabeza en el espacio de los pedales. Tanteó con los dedos debajo del pedal del freno oxidado.
Ahí estaba. Una llave pequeña, pegada con un trozo de cinta de aislar negra, dura como piedra. La arrancó.
Regresó al banco de trabajo.
Metió la llave en la caja metálica.
Click. Giró suavemente.
Levantó la tapa.
Lo que había adentro hizo que Laila soltara un grito ahogado y que Fausto se quitara la gorra en señal de respeto.
No eran fajos de billetes. Eso hubiera sido vulgar.
Eran lingotes. Pequeños lingotes de oro, del tamaño de chocolates, brillando con una luz cálida y eterna bajo la lámpara del taller. Y debajo de ellos, documentos. Planos azules. Títulos de propiedad antiguos que no aparecían en el testamento oficial.
Y una nota más, escrita con letra grande:
“El verdadero motor no es el V-16, Marcos. El motor eres tú. Ahora, sécalos. No con venganza, sino con éxito. Y por el amor de Dios, arregla el coche.”
Marcos se dejó caer en el banco, con lágrimas corriendo por sus mejillas sucias de grasa. Lloraba y reía al mismo tiempo. Un sonido gutural, de liberación pura.
Afuera, en la calle, se escuchaba el ruido de la ciudad, ajena al milagro que acababa de ocurrir en ese taller mugriento.
Fausto le puso una mano pesada en el hombro.
—Bueno, socio —dijo el viejo, con los ojos húmedos—. Parece que tenemos presupuesto. Laila, ve por unos refrescos y unos tacos de canasta. Hoy invitada la casa.
Marcos miró el oro, miró el coche desmantelado y miró sus manos sucias.
—Vamos a arreglarlo —dijo, secándose las lágrimas con rabia alegre—. Vamos a dejarlo tan chingón que cuando mis hermanos lo vean, se les van a caer los ojos.
—Esa es la actitud —sonrió Fausto—. Pero primero, vamos a ver qué hay de comer. Que con el estómago lleno se piensa mejor cómo gastar una fortuna
CAPÍTULO 3: LA DANZA DE LOS FIERROS Y EL FUEGO
El dinero cambia a la gente, dicen. Pero en la Colonia Doctores, el dinero es un animal que se esconde, porque si lo enseñas, te muerden.
Después del descubrimiento en el asiento trasero, el taller de Fausto cambió de atmósfera. Ya no era solo un lugar de trabajo; se convirtió en una fortaleza. La cortina de acero permanecía cerrada la mayor parte del tiempo, y solo se abría lo justo para que entrara el aire o saliera Laila a comprar refacciones.
Marcos no se llevó el oro a su casa. Hubiera sido una locura cruzar la ciudad en transporte público o en taxi con una fortuna en la mochila. Lo guardaron en la caja fuerte de Fausto, una monstruosidad de hierro forjado de principios de siglo que pesaba más que el propio Cadillac.
—Aquí está seguro, muchacho —dijo Fausto, cerrando la combinación con un clac definitivo—. En este barrio se respetan los códigos. Nadie se mete con el Maestro Fausto. Pero allá afuera… allá afuera es la selva.
Marcos asintió. Se sentía extraño. Hace 24 horas era un hombre que contaba las monedas para el pasaje del metro. Ahora, técnicamente, era rico. Pero sus manos seguían llenas de grasa, sus botas seguían rotas y su hambre seguía siendo la misma. Entendió entonces la primera lección de su padre: la riqueza en el papel no sirve de nada si no tienes un propósito. Y su propósito ahora tenía cuatro ruedas y pesaba dos toneladas.
—Bueno —dijo Marcos, frotándose las manos—. Tenemos capital. ¿Por dónde empezamos?
Fausto sonrió, encendiendo un cigarro Faros que llenó el aire de un humo acre.
—Por lo que no se ve. La gente siempre quiere pintar el coche primero, que brille, que apantalle. Error de novato. Un coche es como un ser humano: si el corazón y los huesos están podridos, no importa qué tan bonita sea la piel, se va a morir. Vamos a desnudargo.
La Anatomía de un Fantasma
Las siguientes semanas fueron una clase intensiva de humildad y mecánica. Marcos pidió vacaciones en su trabajo de almacenista —unas vacaciones que sabía que se convertirían en renuncia— y se mudó prácticamente al taller. Dormía en un catre en la oficina, entre calendarios de refaccionarias y tazas de café con restos secos.
El proceso de desmantelar el Cadillac X-04 fue arqueología pura.
Cada tornillo que quitaban era una batalla. El óxido había soldado las piezas como si el tiempo no quisiera soltarlas.
—¡Pásame el soplete! —gritaba Laila.
Marcos corría con el tanque de acetileno. Laila, con sus gafas de protección y el cabello recogido en un chongo improvisado con un desarmador, calentaba la tuerca hasta que se ponía al rojo vivo.
—¡Ahora, Marcos! ¡Dale con la llave de impacto!
El ruido era ensordecedor. ¡TATATATA! Y luego, el chillido de liberación cuando el metal cedía.
—¡Salió! —gritaba Marcos, celebrando un tornillo oxidado como si fuera un gol de la selección en el Mundial.
Laila se reía, limpiándose el sudor que le corría por el cuello.
—Te emocionas fácil, “Charro”. Todavía faltan como tres mil tornillos más.
La relación entre Marcos y Laila crecía entre grasa y chistes locales. Ella no le tenía lástima por ser el “hermano desheredado”, ni le tenía envidia por el oro encontrado. Para ella, Marcos era un par de manos extra que aprendían rápido. Le enseñó a diferenciar una llave métrica de una estándar (aunque el Cadillac, siendo americano y viejo, usaba medidas imperiales que ya casi no se veían), le enseñó a lijar la masilla con la palma de la mano para sentir las imperfecciones que el ojo no ve, y le enseñó a respetar la máquina.
—No lo fuerces —le regañó una tarde cuando Marcos intentaba arrancar un panel de la puerta a jalones—. El metal tiene memoria. Si lo tratas mal, te la devuelve. Háblale bonito.
—¿Que le hable al coche? —preguntó Marcos, incrédulo.
—Sí, güey. Dile que ya va a estar bien. Que lo vamos a curar.
Marcos se sintió ridículo, pero cuando Laila se fue a comer, acarició el guardabarros abollado.
—Órale, grandulón. Ayúdame a ayudarte.
Y juraría que el siguiente tornillo salió más fácil.
La Búsqueda del Tesoro
El verdadero problema llegó con las piezas del motor. El V-16 era una bestia compleja. Fausto pasaba horas con el manual en una mano y una lupa en la otra.
—Los empaques de la cabeza están deshechos —dictaminó Fausto una mañana de martes, con cara de preocupación—. Y los pistones 7 y 8 tienen juego. Necesitamos anillos nuevos.
—Pues los compramos —dijo Marcos, sacando la tarjeta de débito que ahora tenía fondos gracias a la venta discreta de uno de los lingotes pequeños con un joyero de confianza del Centro Histórico.
Fausto soltó una carcajada ronca.
—Ay, mijo. Ternurita. ¿Crees que vas a ir al AutoZone a pedir anillos para un prototipo Cadillac 1937 experimental? Estas cosas no existen. No hay stock.
—¿Entonces?
—Entonces hay que usar el “ingenio mexicano”. O los fabricamos, o los adaptamos. Pero para eso, necesito ir con “El Ruso”.
“El Ruso” no era ruso. Era un tornero legendario que vivía en Ecatepec, un hombre que decían que podía fabricar un arma nuclear con un torno de 1950 y un pedazo de tubería.
El viaje a Ecatepec fue una odisea en la camioneta destartalada del taller. Marcos manejaba, Fausto iba de copiloto criticando su forma de meter los cambios, y Laila iba atrás cuidando las piezas del motor como si fueran bebés.
El taller del Ruso era un caos de virutas de metal brillante. El hombre, gigante y barbudo, tomó los pistones viejos en sus manos manchadas.
—Difícil —gruñó—. Aleación rara. Magnesio y aluminio. Muy ligero.
—¿Puedes hacerlo? —preguntó Fausto.
El Ruso lo miró ofendido.
—¿Que si puedo? Fausto, por favor. Regresen en una semana. Pero me van a traer una botella de Tequila del bueno. Y no esa cochinada que tomas tú.
Mientras esperaban la semana del Ruso, se dedicaron a la carrocería.
Marcos aprendió lo que es el dolor de brazos. Lijar un coche de casi seis metros de largo a mano es una penitencia.
—Círculos pequeños, Marcos. Círculos pequeños —repetía Laila.
El polvo gris de la pintura vieja llenaba el aire. Marcos terminaba el día pareciendo un fantasma, cubierto de polvo de pies a cabeza. Se sonaba la nariz y salía gris.
Pero poco a poco, debajo de la capa de muerte, el metal desnudo empezó a brillar. Era acero de Pittsburgh, grueso, sólido.
—Ya no los hacen así —decía Marcos, pasando la mano por la curva sensual de la salpicadera trasera—. Si choco en esto, mato al otro coche y a este ni se le despinta la defensa.
—Esperemos no chocar —dijo Laila, pasándole una botella de agua fría—. Oye… ¿y tus hermanos?
Marcos se detuvo. Bebió agua y miró hacia la calle por la rendija del portón.
—No sé. Supongo que gastándose la herencia.
—¿No te han buscado?
—¿Para qué? Para ellos soy el que se llevó la basura. Deben estar felices de no verme.
Pero Marcos se equivocaba. El silencio de sus hermanos no era olvido; era la calma antes de que la envidia despertara.
Radio Pasillo
En la Doctores, las paredes oyen y las banquetas hablan. La presencia del Cadillac no pasó desapercibida para siempre.
Un día, llegó “El Tuercas”, un revendedor de piezas robadas que siempre andaba husmeando.
—Quihubo, Maestro Fausto —dijo, asomando la cabeza por la puerta entreabierta—. Oiga, dicen las malas lenguas que tiene usted un “monstruo” aquí adentro. Que si es de un narco, que si es de un político…
Fausto, que estaba limando una válvula, ni siquiera levantó la vista.
—Las malas lenguas deberían usarse para lamer el suelo, Tuercas. Aquí solo hay chamba.
—Ándele, Maestro. Déjeme ver. Tengo un cliente en Monterrey que paga en dólares por clásicos.
—Lárgate, Tuercas. O le digo a Laila que suelte al “Duque”.
El “Duque” era un perro mestizo, cruza de pitbull con callejero, que dormía bajo el escritorio y que solo obedecía a Laila. Ante la mención del perro, El Tuercas desapareció.
Pero el daño estaba hecho. El rumor de que en el taller de Fausto había algo “gordo” empezó a circular.
Esa noche, Marcos tuvo una pesadilla. Soñó que el coche estaba terminado, brillando bajo el sol, pero cuando intentaba subirse, el coche se convertía en arena y se deshacía entre sus dedos, mientras sus hermanos se reían desde un balcón alto.
Despertó sudando. Laila estaba en el taller, trabajando tarde en el tablero de instrumentos. Tenía una luz tenue encendida y sonaba un bolero bajito en la radio.
Marcos se acercó. Ella estaba restaurando la madera de nogal del tablero con un barniz especial.
—No puedes dormir —afirmó ella, sin mirarlo.
—No. Tengo miedo de que algo salga mal.
—Siempre algo sale mal, Marcos. Esa es la mecánica. El chiste es saber arreglarlo.
Ella se giró y lo miró. La luz ámbar la hacía ver suave, quitándole la dureza del día.
—Tu papá… ¿él quería que hicieras esto?
Marcos se sentó en un neumático.
—En la carta dijo que este coche lo salvó. Que la gente veía óxido y él veía supervivencia. Creo que quería que yo aprendiera a ver lo mismo. Que no todo lo que brilla es oro, y no todo lo que está sucio es basura.
Laila sonrió. Una sonrisa genuina.
—Pues tenía razón el viejo. Oye… ya quedó el velocímetro. Lo regresé a cero.
—¿A cero?
—Sí. Vida nueva, kilometraje nuevo. Este coche renace contigo.
Hubo un momento de silencio, un silencio cómodo, cargado de algo que no era solo amistad. Pero el momento se rompió cuando el teléfono del taller sonó estrepitosamente a las 2 de la mañana.
Fausto salió de la oficina en calzones y camiseta de tirantes, con una escopeta vieja en la mano (costumbre del barrio).
—¿Bueno? —ladró al teléfono.
Escuchó unos segundos. Su cara se endureció.
—Aquí no vive nadie con ese nombre. Y si vuelven a llamar, rastreo la llamada y les meto el teléfono por donde no les da el sol.
Colgó con fuerza.
—¿Quién era? —preguntó Marcos, alarmado.
—Nadie —dijo Fausto, pero sus ojos decían otra cosa—. Solo equivocados. Váyanse a dormir. Mañana llega El Ruso con los pistones.
Marcos sabía que no era un número equivocado. Alguien estaba empezando a hacer preguntas.
El Corazón Late
El día del “encendido” llegó tres semanas después.
El motor estaba armado. Parecía una joya industrial. El bloque pintado de un verde olivo oscuro (el color original), las tapas de las válvulas cromadas brillando como espejos, los cables de bujía forrados en tela roja ordenados perfectamente.
Era una obra de arte.
El Ruso había hecho un trabajo milagroso con los pistones. Laila había reconstruido el carburador doble con la precisión de un cirujano cardiovascular. Y Fausto… Fausto había dirigido la orquesta con su oído absoluto.
El taller estaba lleno. Estaban Fausto, Laila, Marcos, el Pato (que había venido a ver), e incluso Doña Chonita, que había traído unos tamales “para la buena suerte”.
El ambiente era tenso. Si algo estaba mal armado, si una biela estaba floja, el motor podía destruirse en segundos al arrancar. Meses de trabajo y una fortuna a la basura.
—Listo, Marcos —dijo Fausto, limpiándose las manos—. Es tuyo. Dale vida.
Marcos se sentó al volante. El asiento ya tenía relleno nuevo, aunque la tapicería seguía siendo la vieja provisionalmente. El olor a gasolina fresca llenaba el aire.
Sus manos sudaban sobre el volante de baquelita.
Miró a Laila. Ella le levantó el pulgar, aunque se mordía el labio de nervios.
Marcos insertó la llave.
—¡Contacto! —gritó.
Las luces del tablero parpadearon y se encendieron. Un brillo ámbar tenue. La aguja de la gasolina subió. La del amperaje marcó carga.
El sistema eléctrico, rehecho cable por cable por Laila, funcionaba.
—¡Va! —gritó Fausto.
Marcos giró la llave.
El motor de arranque gimió. Un sonido pesado, lento. Whirr… Whirr… Whirr…
El motor gigante luchaba por despertar de su coma de cuarenta años. La compresión era brutal.
Whirr… Whirr…
Nada.
—¡No lo ahogues! —gritó Fausto—. ¡Suéltalo!
Marcos soltó la llave. Silencio.
—Puta madre —susurró el Pato.
—Batería —dijo Laila—. Necesita más amperaje. Traigan la batería del camión.
Conectaron en serie la batería de una camioneta de tres toneladas. Cables gruesos como serpientes.
—Inténtalo otra vez. Un piquete al acelerador, solo uno —instruyó Fausto.
Marcos respiró hondo. Cerró los ojos un segundo. Visualizó a su padre. Visualizó los pistones subiendo y bajando.
—Vamos, chiquito. Vamos.
Giró la llave.
El motor giró con más fuerza. WHIRR-WHIRR-WHIRR-KAF-POW!
Hubo una explosión por el escape que sonó como un disparo, soltando una nube de humo negro que llenó el taller.
Doña Chonita tosió.
—¡Casi! —gritó Laila, con los ojos llorosos por el humo—. ¡Ya quiere! ¡Dale otra vez!
Tercer intento.
Marcos acarició el volante. “Por favor”.
Giró la llave.
Whirr-whirr-VROOOOOOOOM.
El sonido no fue un rugido. Fue un trueno contenido.
El V-16 cobró vida. Pero no sonaba como un coche normal. No era el tatata de un cuatro cilindros ni el brummm de un V8.
Era un zumbido grave, constante, elegante, poderoso. Como una turbina. Como un gato gigante ronroneando.
El humo negro se aclaró y se volvió un vapor gris suave por el escape.
El motor se estabilizó en ralentí. Parecía que ni se movía.
Fausto sacó una moneda de diez pesos de su bolsillo. La puso de canto sobre la tapa del filtro de aire.
La moneda se quedó parada. No vibró. No se cayó.
Ese era el equilibrio perfecto de un V-16.
—¡Está vivo! —gritó el Pato.
Laila corrió y abrazó a Marcos a través de la ventanilla. Marcos se rio, una risa que le nacía del alma, una risa que borraba años de sentirse menos.
Fausto, el viejo duro, se secó una lágrima disimuladamente con la estopa y asintió.
—Buen trabajo, equipo. Buen trabajo.
Marcos aceleró suavemente. El motor respondió al instante, subiendo de revoluciones con una suavidad aterradora. La potencia estaba ahí, latente, lista para devorar el asfalto.
En ese momento, Marcos supo que ya no había vuelta atrás. Ya no era el empleado de almacén. Era el dueño del Cadillac. Y el Cadillac estaba listo para reclamar su lugar en el mundo.
Pero la celebración duró poco.
La puerta del taller se abrió de golpe. No fue el Tuercas esta vez.
Entró un hombre de traje, impecable, con zapatos lustrados que contrastaban con el suelo grasiento. Detrás de él, dos “guaruras” con cara de pocos amigos.
La música paró. El motor seguía ronroneando suavemente, ajeno a la tensión.
Fausto agarró una llave inglesa grande. Laila llamó al Duque con un silbido bajo. El perro salió gruñendo.
El hombre de traje miró el Cadillac con una apreciación fría, clínica. Luego miró a Marcos, que seguía al volante.
—Buenas tardes —dijo el hombre, con un acento que olía a dinero viejo—. Busco al señor Marcos Montiel.
Marcos apagó el motor. El silencio regresó, pero ahora era un silencio peligroso.
—Soy yo —dijo Marcos, bajándose del coche. No bajó la cabeza. Se paró frente al hombre, con las manos sucias de grasa, pero con la espalda recta.
—Un placer. Soy el abogado de sus hermanos, Esteban y Carlos Montiel.
Marcos sintió que la sangre se le helaba.
—¿Qué quieren?
El abogado sonrió, una sonrisa de tiburón.
—Parece que hubo un… error administrativo en la lectura del testamento. Mis clientes creen que este vehículo, y su contenido —hizo énfasis en la palabra contenido—, son parte del patrimonio empresarial, no personal. Venimos a negociar su devolución.
Fausto se adelantó un paso, con la llave inglesa en la mano.
—Aquí no se devuelve nada, licenciado. El testamento fue claro.
El abogado no se inmutó. Sacó una tarjeta y la puso sobre el banco de trabajo, lejos de la grasa.
—La ley es interpretable, señor. Y mis clientes tienen recursos para interpretarla durante años en los tribunales. O… —miró a Marcos— podemos llegar a un acuerdo económico razonable ahora mismo. Por la “chatarra”.
Marcos miró la tarjeta. Miró el Cadillac, que parecía brillar con orgullo propio a sus espaldas. Miró a Laila, que tenía los puños cerrados. Miró a Fausto.
Recordó la carta de su padre: “No con venganza, sino con éxito”.
Marcos tomó la tarjeta con sus dedos negros de aceite, manchando el papel blanco y fino.
—Dígales a mis hermanos —dijo Marcos con voz tranquila— que si quieren el coche, pueden venir a verlo cuando gane el Concurso de Elegancia en Huixquilucan el próximo mes. Pero no se vende. Y no se devuelve.
El abogado borró la sonrisa.
—Es una mala decisión, joven Montiel. Se le va a venir el mundo encima.
—Tengo el chasis de un tanque y un motor V-16 —respondió Marcos—. Aguanto el peso.
El abogado asintió levemente, dio media vuelta y salió, seguido de sus gorilas.
Cuando el portón se cerró, las piernas de Marcos temblaron.
—¿Huixquilucan? —preguntó Fausto, alzando una ceja—. ¿El concurso más “fresa” y exclusivo del país? ¿Dónde van los millonarios a presumir sus juguetes?
—Sí —dijo Marcos, sintiendo la adrenalina—. Si quieren guerra, la van a tener. Pero en mi terreno. Vamos a terminar este coche y lo vamos a poner frente a sus narices donde no puedan esconderse.
Laila sonrió, una sonrisa feroz.
—Pues a darle, Charro. Que nos falta pintura, tapicería y cromo. Y solo tenemos cuatro semanas.
Marcos miró su coche. El motor estaba caliente, tic-tac-eando mientras se enfriaba. Ya no era un secreto. Ahora era una declaración de guerra.
Y Marcos estaba listo para pelear.
CAPÍTULO 4: EL ESPEJO NEGRO Y LA JAULA DE ORO
El tiempo en un taller mecánico no se mide en horas, se mide en latas de Red Bull, cajetillas de cigarros y madrizas. Faltaban cuatro semanas para el Concurso de Elegancia de Huixquilucan, y el Cadillac X-04 seguía pareciendo más un Frankenstein de masilla gris que una joya automotriz.
El taller de Fausto entró en “modo guerra”.
—El negro es el color más perro de pintar —sentenció Fausto una mañana, mirando el cielo nublado de la Ciudad de México con desconfianza—. El negro no perdona, Marcos. Si dejas una basurita, una onda, un poro… se va a ver como si le hubieras aventado arena. El negro tiene que ser líquido. Tiene que verse como si pudieras meter la mano y mojarte.
Marcos aprendió a lijar hasta que se le borraron las huellas dactilares. Usaban lijas de agua tan finas que parecían papel de baño suave. Lija 2000, lija 3000, lija 5000.
—Círculos, Charro. Círculos —repetía Laila, que se encargaba de la tapicería en una esquina del taller que habían adaptado como “cuarto limpio”.
Laila había conseguido piel genuina de una curtiduría en León, Guanajuato. Piel color “sangre de toro”, un rojo oscuro, elegante, casi vino.
—Huele esto —le dijo a Marcos, poniéndole un trozo de cuero en la nariz.
Olía a lujo. Olía a dinero viejo.
—Va a contrastar con el negro de la carrocería que te vas a cagar —dijo ella, con esa mezcla de vulgaridad y artista que a Marcos le empezaba a gustar peligrosamente.
El Fantasma en la Máquina
Pero no todo era lijar y coser. La amenaza del abogado de sus hermanos no había sido vacía.
Una tarde de jueves, una camioneta de la Alcaldía con los logos de “Verificación Administrativa” se estacionó frente al taller. Bajaron dos inspectores con chalecos, tablas con hojas y esa actitud de “te voy a clausurar la vida” que tienen los burócratas corruptos.
—Venimos a revisar los permisos de uso de suelo y manejo de residuos peligrosos —dijo el inspector, un tipo gordo que masticaba chicle con la boca abierta—. Tenemos una denuncia anónima de que aquí operan con solventes ilegales.
Fausto salió, limpiándose las manos.
—Tengo mis papeles en regla, jefe. Llevo treinta años aquí.
—Pues la denuncia dice otra cosa. Vamos a tener que poner sellos de clausura mientras se investiga. Son… unos tres meses de trámite.
Marcos sintió que la sangre le hervía. Tres meses. Eso mataba el concurso. Eso mataba todo. Sabía perfectamente de dónde venía la “denuncia anónima”. Sus hermanos estaban moviendo los hilos.
Fausto no se alteró. Se acercó al inspector y lo abrazó por los hombros, como si fueran compadres de toda la vida, alejándolo un poco de los demás.
—Mire, oficial. Aquí somos gente de trabajo. No queremos problemas. ¿Cómo ve si nos ayuda a “agilizar” la inspección?
Marcos vio cómo Fausto sacaba un sobre del bolsillo de su overol. No era un sobre cualquiera. Marcos sabía que ahí iba una parte de la venta de uno de los lingotes pequeños. Era una mordida dolorosa, de esas que indignan, pero que en México a veces son la única llave que abre las puertas del progreso.
El inspector sopesó el sobre. Sonrió.
—Ah, caray. Ya veo que sí tienen extintores. Mire nada más, qué bonitos extintores. Todo en orden, Maestro. Disculpe la molestia. Falsa alarma.
Cuando se fueron, Marcos pateó una llanta vieja con furia.
—¡Son unos parásitos! ¡Ese dinero era para el cromo de la parrilla!
Fausto encendió un cigarro, tranquilo.
—El dinero es herramienta, Marcos. A veces compras refacciones, a veces compras tiempo. Hoy compramos tiempo. No te enojes. Mejor ponte a lijar, que esa mordida nos costó cara y ahora tenemos que desquitarla.
La Noche de la Alquimia
La semana de la pintura fue sagrada. Construyeron una cabina improvisada con plásticos y filtros de aire industriales para que ni una sola partícula de polvo de la Doctores entrara.
Fausto se puso el traje de pintor, que parecía de astronauta, y tomó la pistola de pintura.
—Nadie entra. Nadie respira —ordenó.
Fueron doce capas. Doce capas de laca negra profunda, con lijado entre cada una. Y luego, cuatro capas de transparente de alto sólidos.
Cuando Fausto terminó, tres días después, y quitaron los plásticos…
Marcos se quedó sin aliento.
El coche ya no era un coche. Era un espejo oscuro.
Podías verte reflejado en la puerta con una claridad perfecta. Las curvas del Cadillac 37, esas líneas art deco sensuales y dramáticas, fluían como petróleo derramado.
Era hipnótico. Daba miedo tocarlo.
—Ahora viene el maquillaje —dijo Laila, trayendo las piezas que habían mandado a cromar.
El contraste del cromo brillante contra la pintura negra era violento. La parrilla inmensa, los biseles de los faros, las manijas de las puertas… cada pieza que ponían hacía que el coche se viera más imponente, más aristocrático.
Marcos instaló los emblemas. “V-16”. Pequeñas letras doradas esmaltadas.
Al poner el último tapón de la rueda, se alejaron para verlo.
Eran las tres de la mañana del día previo al concurso. Estaban agotados. Marcos tenía los ojos rojos por los vapores de solvente. Laila tenía curitas en los dedos de tanto coser. Fausto dormitaba en una silla.
El Cadillac X-04 estaba terminado.
Y no parecía de este mundo. Parecía el coche que conduciría el Diablo si fuera a una boda de gala. O Dios, si estuviera enojado.
—¿Creen que les guste a los jueces? —preguntó Marcos, con voz temblorosa.
—A la mierda los jueces —dijo Laila, recargando su cabeza en el hombro de Marcos—. Lo importante es si te gusta a ti.
Marcos miró su reflejo en la puerta del conductor. Vio a un hombre cansado, sucio, pero con una mirada que ya no era de derrota.
—Me encanta.
El Viaje a la Cima
Huixquilucan es otro país. Es la zona más exclusiva del Estado de México, donde las casas tienen nombres como “Chateau” y los muros son tan altos que no se ve hacia adentro. Es el reino de los “Mirreyes”, de los políticos y de los empresarios intocables.
Llegar ahí desde la Doctores con un coche que vale millones en la plataforma de una grúa vieja fue un ejercicio de nervios de acero.
Marcos iba manejando la grúa del Pato (el Pato iba de copiloto porque estaba crudo). Laila y Fausto iban en la camioneta del taller atrás, escoltando la carga.
Tuvieron que tapar el coche con una funda especial y playo (plástico) para que no se ensuciara en el camino. Parecía un tamal gigante de color negro.
Al llegar a la entrada del club de golf donde se hacía el “Concurso de Elegancia”, la seguridad los detuvo.
Los guardias, vestidos con trajes tácticos y lentes oscuros, miraron la grúa vieja, llena de calcomanías de la Virgen y de “Pura Vida”, con desprecio.
—Entrada de proveedores y servicio por allá atrás, joven —dijo el guardia, señalando un camino de tierra.
—No soy proveedor —dijo Marcos, sacando su hoja de inscripción arrugada—. Soy expositor.
El guardia se rio.
—¿Expositor? ¿En esa chatarra? Joven, este evento es para coleccionistas serios. No para mecánicos que vienen a vender carcachas.
—Revise la lista. Marcos Montiel. Categoría: Prototipos y Exóticos.
El guardia revisó su tablet con flojera. Sus ojos se abrieron un poco al ver el registro.
—Montiel… —murmuró—. Pase. Pero baje esa cosa rápido y esconda la grúa. Afea el paisaje.
Entraron. El lugar era impresionante. Campos de golf verdes como alfombras, lagos artificiales, carpas blancas de lujo. Había Ferraris, Lamborghinis, Porsches clásicos, Mercedes alas de gaviota. La gente caminaba con copas de champán a las diez de la mañana, vistiendo ropa de lino y sombreros Panamá.
Marcos sintió, por un momento, el impulso de dar la vuelta y huir. No pertenecía ahí. Olía a gasolina y a jabón corriente. Ellos olían a perfume francés.
—¡Marcos! —le gritó Laila desde la camioneta—. ¡Ponte pilas! ¡Nos tocó el lugar 45!
Bajaron el Cadillac.
Fue un momento tenso. Quitaron los plásticos y la funda.
En cuanto la tela se deslizó sobre la carrocería y la luz del sol golpeó la pintura negra y el cromo, sucedió algo curioso.
El silencio se expandió.
La gente que estaba cerca —un señor con un Jaguar E-Type, una pareja con un Rolls Royce— dejó de hablar. Se voltearon.
El Cadillac X-04, bajo la luz natural, era imponente. Era monstruoso. Su cofre era tan largo que parecía infinito. Su presencia era pesada, oscura, magnética.
Marcos se subió para acomodarlo en su lugar asignado sobre el pasto.
Encendió el motor.
El V-16 despertó.
No era el rugido agudo de los Ferraris italianos que sonaban como abejas enojadas. Era un sonido de bajo profundo, un zumbido de terremoto que se sentía en el pecho más que en los oídos. VROOOM-HMMMmmmm…
La gente se acercó.
—¿Qué es eso? —escuchó a alguien susurrar.
—Parece un V16, pero la carrocería… nunca había visto esa línea.
—¿De quién es?
Marcos se bajó del coche. Se había cambiado en el baño de la gasolinera antes de llegar. Llevaba unos pantalones de vestir sencillos y una camisa blanca planchada, y un saco que había comprado en Zara. Se veía bien, digno.
Limpió una mota de polvo imaginaria del cofre con un paño de microfibra.
Se paró junto a su auto.
Fausto y Laila se quedaron un poco atrás, respetuosos, dejándole el escenario.
—Disculpe, joven —se acercó un juez, un hombre mayor con un blazer azul y un portapapeles—. ¿Este vehículo… es una réplica?
—No, señor —respondió Marcos, con la voz firme—. Es un original. Chasis X-04. Prototipo de 1937.
El juez abrió los ojos como platos.
—¿El “Fantasma”? Eso es un mito urbano. Se supone que GM los destruyó todos.
—Pues este sobrevivió —dijo Marcos.
El juez empezó a inspeccionar. Revisó los números, revisó el motor, revisó la tapicería. Sudaba. Llamó a otros jueces. En diez minutos, había cinco expertos rodeando el coche, discutiendo en voz baja, tomando fotos, tocando el metal como si fuera una reliquia sagrada.
Marcos sonrió. Lo habían logrado.
Los Buitres llegan al Banquete
Pero la paz duró poco.
Cerca del mediodía, cuando el evento estaba en su apogeo, Marcos vio llegar una comitiva familiar.
Eran ellos.
Esteban y Carlos. Iban vestidos como si fueran dueños del lugar (y probablemente eran socios del club). Trajes de diseñador, relojes Hublot gigantes, y una actitud de que el pasto debería agradecerles por pisarlo.
Iban acompañados de sus esposas, mujeres que parecían copias al carbón una de la otra, y del abogado, el Licenciado “Tiburón”.
Caminaban riéndose, saludando a otros empresarios, sintiéndose en la cima del mundo.
Hasta que vieron la multitud.
—¿Qué pasa allá? —preguntó Esteban—. ¿Trajeron algún Bugatti nuevo?
—Vamos a ver —dijo Carlos.
Se abrieron paso entre la gente con empujones sutiles.
—Permiso, permiso…
Y entonces lo vieron.
Vieron el monstruo negro. Vieron el cromo que lastimaba los ojos de tan brillante. Vieron el emblema “Montiel Special” que Fausto había grabado discretamente en la tapa del motor.
Y vieron a Marcos.
Marcos estaba recargado en la puerta del conductor, con los brazos cruzados, platicando tranquilamente con el Embajador de Francia, que admiraba el auto.
La cara de Esteban se desencajó. Se le cayó la copa de champán al pasto.
Carlos se puso pálido, como si hubiera visto, literalmente, a un fantasma.
—No puede ser… —susurró Esteban—. Es la chatarra. Es la pinche chatarra de papá.
El abogado se ajustó los lentes, nervioso.
—Les dije que no lo subestimaran.
Marcos los vio. Pidió disculpas al embajador y se giró para encararlos.
Los hermanos se acercaron, furiosos pero tratando de mantener la compostura en público.
—¿Qué haces aquí, Marcos? —siseó Carlos, acercándose demasiado—. ¿Quién te dejó entrar? ¿Te colaste por la cocina?
—Entré por la puerta grande, hermano —dijo Marcos, tranquilo—. Como expositor.
—Ese coche es nuestro —interrumpió Esteban, señalando el Cadillac con un dedo tembloroso—. Es propiedad de la empresa. Te lo robaste.
—El testamento fue claro, Esteban. “Para Marcos”. Y el notario lo certificó. Y la posesión es mía. Y la restauración… —Marcos pasó la mano por el cofre, un gesto posesivo y amoroso— la restauración la pagué yo. Con mi trabajo.
—¿Tu trabajo? —se burló Carlos—. Tú no tienes ni para comer. ¿De dónde sacaste para esto? ¿Le robaste a la empresa antes de irte?
La gente alrededor empezaba a escuchar. El tono de voz subía.
—No necesito robar —dijo Marcos, acercándose un paso a Carlos, invadiendo su espacio personal. Olía el miedo de su hermano debajo de la loción cara—. Papá me dejó algo más en el coche. Algo que ustedes, con toda su codicia, nunca hubieran encontrado porque les daba asco ensuciarse las manos quitando los asientos viejos.
Los ojos de Esteban brillaron con codicia pura.
—¿Qué? ¿Dinero? ¿Había dinero?
—Había una lección —mintió Marcos, protegiendo el secreto del oro y la patente—. La lección de que el valor se construye, no se hereda.
—Te vamos a demandar —amenazó el abogado, interviniendo—. Vamos a embargar este vehículo ahora mismo. Tengo a la policía en marcación rápida.
En ese momento, Fausto y Laila aparecieron. Fausto, aunque vestía sencillo, tenía una presencia que imponía respeto. Y detrás de ellos, se acercó el Juez Principal del evento, un hombre alemán muy serio llamado Herr Muller.
—¿Algún problema aquí? —preguntó Muller, con un acento marcado.
—Sí —dijo Esteban—. Este coche es robado. Exijo que lo saquen del concurso.
Muller miró a Esteban, luego miró a Marcos, y luego miró el coche.
—Señor —dijo Muller fríamente a Esteban—. Los papeles de inscripción del Señor Marcos Montiel están en perfecto orden. Este vehículo ha sido verificado como el hallazgo más importante de la década en América Latina. Es un Cadillac V-16 Aero-Dynamic Coupe, chasis experimental. Es… historia pura.
Muller se giró hacia Marcos e ignoró a los hermanos.
—Señor Montiel, los jueces hemos deliberado. Nos gustaría invitarlo a llevar su auto a la rampa principal para la premiación del “Best of Show”.
El mundo se detuvo para Esteban y Carlos.
¿Best of Show? ¿El premio mayor? ¿La copa que ellos habían intentado ganar durante años con sus Ferraris comprados y nunca habían logrado?
—Esto es un error… —balbuceó Carlos.
—El único error —dijo Marcos, mirándolos con una mezcla de lástima y finalidad— fue pensar que podían tirar a la basura a su hermano y a la memoria de su padre. Ahora, si me disculpan, tengo un premio que recibir.
Marcos se subió al coche.
Arrancó el motor. El VROOOOM grave vibró en el suelo, haciendo temblar los zapatos caros de sus hermanos.
Laila se subió al asiento del copiloto, sonriendo como una reina, y le lanzó un beso burlón a Esteban.
Marcos metió primera. El coche avanzó suavemente, majestuoso, apartando a la gente como Moisés al Mar Rojo.
Dejó atrás a sus hermanos, parados en el pasto, humillados, pequeños, insignificantes a pesar de sus millones.
Mientras conducía hacia la rampa, bajo los aplausos de la multitud, Marcos no pensaba en el trofeo. Pensaba en el viejo Augusto.
“Espero que estés viendo esto, viejo cabrón”, pensó. “Ya los enseñé a respetar”.
Pero la guerra no había terminado. Marcos lo sabía. Al ver por el retrovisor, vio que Esteban estaba haciendo una llamada telefónica con cara de odio puro.
Habían ganado la batalla de la elegancia, pero la batalla por la supervivencia apenas empezaba. Porque ahora, todo el mundo sabía lo que valía el Fantasma. Y el valor atrae a los ladrones.
CAPÍTULO 5: LA RESACA DE LA GLORIA Y LOS LOBOS EN LA PUERTA
El trofeo “Best of Show” del Concurso de Elegancia de Huixquilucan era una copa de cristal cortado, pesada y ridículamente brillante. Ahora, descansaba sobre el escritorio de lámina oxidada en la oficina del taller de Fausto, junto a una botella de Coca-Cola a medio terminar y un trapo lleno de grasa.
El contraste era perfecto.
Eran las diez de la mañana del lunes. El fin de semana había sido una borrachera de adrenalina. Las fotos de Marcos al volante del Cadillac X-04, con Laila sonriendo a su lado, estaban en las portadas de la sección de sociales de los periódicos y eran tendencia en Twitter. “El Cenicienta de la Doctores”, lo habían bautizado algunos medios. “El revés millonario a los Montiel”, decían otros más amarillistas.
Pero en el taller, el ambiente no era de fiesta. Era de asedio.
—No contestes —dijo Fausto, viendo cómo el teléfono fijo sonaba por decimoquinta vez en la última hora.
—Puede ser un cliente real, Maestro —dijo Laila, mordiéndose una uña.
—No hay clientes hoy. Solo buitres.
Marcos estaba sentado en un banco, leyendo el periódico El Universal. En la página 3 de Finanzas, una nota pequeña le heló la sangre: “Grupo Inmobiliario Montiel anuncia retrasos en la Megatorre Reforma por problemas técnicos. Acciones caen un 12%.”
Levantó la vista y miró la caja fuerte donde seguían guardados los documentos encontrados en el asiento trasero.
—Ya sé por qué están tan desesperados —dijo Marcos, conectando los puntos—. No es solo el coche. No es solo el oro. Es la patente.
—¿La patente de la que hablaba la carta? —preguntó Fausto.
Marcos asintió. Sacó los papeles azules de la caja fuerte y los extendió sobre el escritorio.
—Mi papá era ingeniero civil de la vieja escuela. Aquí dice que desarrolló un sistema de “Cimentación Flotante Sísmica” en los ochentas. Nunca la registró a nombre de la empresa, la registró a su nombre personal.
Marcos señaló los planos complejos.
—Mis hermanos están construyendo esa torre en Reforma. Si no usan este sistema, el edificio no pasa las nuevas normas sísmicas. Y si no tienen la patente…
—…no pueden construir —completó Laila, con los ojos abiertos—. Y si no construyen, se van a la quiebra.
—Exacto. El coche era el caballo de Troya. El verdadero tesoro es este papel. Mi papá los tenía agarrados del cuello desde la tumba y ellos ni siquiera lo sabían.
La Oferta del Diablo
El sonido de un motor potente afuera interrumpió la deducción. No era una grúa ni un taxi. Era el ronroneo discreto de una camioneta blindada, una Suburban negra con vidrios polarizados nivel 5.
Se detuvo justo frente al portón cerrado.
Golpearon la puerta metálica. No con nudillos, sino con un objeto duro, metálico. CLANG. CLANG. CLANG.
—¡Abran! ¡Policía Judicial!
Fausto palideció. Miró a Marcos.
—Esconde los papeles. ¡Rápido!
Marcos metió los planos y el oro en una bolsa de basura negra llena de estopa sucia y la aventó al rincón donde guardaban los desechos. Laila agarró al Duque por el collar para que no atacara.
Fausto abrió la puerta pequeña del portón.
Entraron cuatro hombres. Llevaban placas colgadas al cuello, chamarras de cuero y pistolas fajadas al cinto. Detrás de ellos, entró el abogado “Tiburón”, el Licenciado Salinas, con una sonrisa que parecía una cicatriz.
—Buenos días, señores —dijo Salinas, caminando por el taller como si fuera el dueño, esquivando charcos de aceite—. Lamento la interrupción. Venimos a ejecutar una orden de “Aseguramiento Precautorio de Bienes”.
Salinas chasqueó los dedos y uno de los judiciales le entregó un papel sellado.
—El Juez 40 de lo Civil ha determinado que existe una “duda razonable” sobre la propiedad del vehículo Cadillac y los bienes muebles contenidos en él, derivado de una demanda por robo y abuso de confianza interpuesta por Grupo Montiel.
—¡Eso es mentira! —gritó Marcos, dando un paso al frente—. ¡Tengo el testamento!
El judicial más grande se interpuso, poniendo una mano en el pecho de Marcos y empujándolo hacia atrás con fuerza.
—Tranquilo, joven. No se ponga pendejo o nos lo llevamos por desacato.
Salinas se rió suavemente.
—El testamento se está impugnando, Marcos. Alegan que tu padre no estaba en sus facultades mentales. Hasta que se resuelva el juicio —que puede tardar, oh, unos cinco o diez años—, el vehículo queda bajo resguardo judicial.
Salinas señaló el Cadillac, que brillaba inocente al fondo del taller.
—Nos lo llevamos.
—¡Ni madres! —rugió Fausto, agarrando una llave de cruz.
Dos judiciales desenfundaron sus armas. El sonido de los seguros quitándose (clic-clac) resonó en el silencio del taller.
—No lo haga, don —dijo el jefe de los judiciales, apuntando al pecho de Fausto—. No vale la pena morirse por un fierro.
Marcos sintió el frío del miedo, pero también una claridad absoluta. Si se llevaban el coche, lo desmantelarían. Buscarían la patente. Y si no la encontraban en el coche, vendrían por él.
Pero no podían llevárselo ahora. No así.
—Espere —dijo Marcos, alzando las manos—. Está bien. Lléveselo. Pero sabe que este coche no arranca con llave normal, ¿verdad? Tiene un truco en el cortacorriente. Si intentan subirlo a la fuerza, se bloquea la transmisión y se rompe el eje. Y entonces, Licenciado, usted le va a tener que explicar a sus clientes por qué les entregó un montón de chatarra inservible de cinco millones de dólares.
Salinas se detuvo. Dudó. Sabía que el coche valía una fortuna.
—¿Cuál es el truco? —preguntó.
—Yo lo manejo —dijo Marcos—. Yo lo subo a la plataforma que traigan. Pero quiero ver la orden del juez original, no esa copia barata.
Salinas asintió.
—Está bien. Súbelo. Pero si intentas algo raro, mis amigos aquí tienen el gatillo muy sensible.
Marcos caminó hacia el Cadillac. Laila lo miraba con terror. No lo hagas, decían sus ojos.
Marcos abrió la puerta del conductor. Se sentó en la piel color vino que tanto trabajo les había costado restaurar.
Metió la llave.
Miró a los judiciales. Estaban distraídos, esperando.
Marcos giró la llave. El V-16 despertó con su rugido de terremoto. VROOOOOM.
El sonido retumbó en las paredes de lámina, ensordeciendo a todos por un segundo.
Marcos no puso primera. Puso reversa.
El coche estaba apuntando hacia el fondo del taller, pero tenía espacio para maniobrar.
Pisó el acelerador a fondo. Las llantas traseras chirriaron sobre el concreto liso, levantando humo blanco.
—¡¿Qué hace?! —gritó Salinas.
Marcos soltó el embrague de golpe. El coche saltó hacia atrás, girando el volante con violencia. El Cadillac hizo un “trompo” controlado dentro del taller, derribando estantes de refacciones y latas de aceite que explotaron al caer.
El caos fue total. Los judiciales se cubrieron la cara.
La “cola” del Cadillac golpeó las piernas de uno de los policías, tirándolo al suelo.
El coche quedó apuntando hacia la salida. Hacia el portón abierto donde estaba la Suburban bloqueando el paso.
Marcos miró a Salinas a los ojos a través del parabrisas.
—¡Agárrenlo! —chilló el abogado.
Marcos metió primera. El V-16 tenía el torque de una locomotora.
Aceleró.
El Cadillac salió disparado hacia la luz.
No frenó ante la Suburban.
El impacto fue brutal, pero calculado. El Cadillac, construido con acero de 1937, era un tanque. La Suburban era de plástico y aluminio moderno.
El Cadillac golpeó la defensa delantera de la camioneta blindada, empujándola hacia un lado como si fuera un juguete. Los faros del Cadillac se rompieron, la parrilla se dobló, pero el coche siguió avanzando.
Marcos salió a la calle Dr. Vértiz quemando llanta. El tráfico se detuvo.
Miró por el retrovisor. Los judiciales corrían hacia la camioneta para perseguirlo, pero con el golpe, el radiador de la Suburban estaba destrozado, tirando anticongelante verde al piso.
Marcos estaba libre. Pero ahora, era un fugitivo.
El Exilio en la Ciudad de Hierro
Manejar un coche de seis metros de largo, negro, que vale millones y que acaba de chocar a la policía, no es la mejor forma de pasar desapercibido en la Ciudad de México.
Marcos sabía que no podía ir a su casa. No podía ir con Laila. No podía quedarse en la calle.
El celular le vibró en el bolsillo. Lo sacó. Era Laila.
—¡Marcos! ¡Estás loco! ¡Te van a matar!
—Tenía que sacarlo de ahí, Laila. Iban a encontrar la patente.
—Escúchame bien. Salieron detrás de ti en otra unidad. Tienes que esconderte. ¿Dónde estás?
—Voy hacia el norte. Por Tlatelolco.
—Vete a la bodega vieja. La que usaba mi abuelo por la Villa. Nadie sabe de ese lugar. Te mando la ubicación por WhatsApp. Y apaga el celular después, te pueden rastrear.
Marcos colgó. El corazón le latía en la garganta.
El Cadillac, a pesar del golpe, corría suave. El indicador de temperatura estaba normal. “Bendito acero americano”, pensó.
Llegó a la bodega una hora después, zigzagueando por callejones para evitar las cámaras del C5. Era un galerón abandonado en una zona industrial muerta, cerca de las vías del tren.
Metió el coche. La oscuridad lo abrazó.
Apagó el motor. El silencio fue abrumador.
Se bajó y revisó el daño. El faro derecho estaba roto. La defensa abollada. La pintura negra, perfecta hace unas horas, tenía rasguños profundos.
Marcos acarició la herida del metal.
—Perdóname, amigo. Era tú o ellos.
Se sentó en el suelo, recargado en la llanta, a esperar.
No tenía comida. No tenía agua. Solo tenía su coche y su rabia.
Cayó la noche. El frío de la bodega se colaba en los huesos.
De repente, un ruido en el portón metálico.
Marcos agarró una barra de metal del suelo. Se preparó para pelear.
La puerta pequeña se abrió.
Entró una sombra. Luego otra.
—¡Tranquilo, Charro! Soy yo.
Era Laila. Y venía con Fausto y el Pato.
Traían bolsas con tacos, cobijas y, lo más importante, herramientas.
Marcos soltó la barra y corrió a abrazar a Laila. El abrazo duró más de lo necesario. Ella olía a vainilla y a miedo.
—¿Están bien? ¿Les hicieron algo? —preguntó Marcos.
—Nos interrogaron un rato —dijo Fausto, escupiendo al suelo—. Amenazaron con clausurar el taller definitivamente. Les dije que se fueran al diablo. Se fueron cuando llegó la prensa.
—¿La prensa?
—Sí, güey —dijo el Pato, emocionado—. Alguien grabó tu escape. Eres viral en TikTok. #ElCadillacFugitivo. La gente está de tu lado. Dicen que fue como una película de Pedro Infante mezclada con Rápido y Furioso.
Marcos no se rió.
—Esto se va a poner peor. Tienen a la ley de su lado.
—Pero tú tienes esto —dijo Laila, sacando de su mochila la bolsa negra de basura que Marcos había escondido—. La patente. Y los lingotes.
Fausto se sentó en una caja de madera y encendió una linterna.
—Tenemos que hacer una jugada, Marcos. No puedes vivir huyendo. Tienes que atacar.
—¿Atacar cómo? No tengo sus abogados.
—No —dijo Laila, con una mirada calculadora—. Pero tienes lo que ellos necesitan para sobrevivir. Tienes la cura para su enfermedad.
Marcos miró los planos de la cimentación.
—El edificio…
—Exacto. Mañana es la junta de accionistas de Grupo Montiel. Salió en las noticias. Van a tratar de calmar a los inversionistas por la caída de las acciones. Van a mentirles.
Marcos entendió el plan. Era una locura. Era un suicidio social.
—¿Quieres que vaya a la junta?
—Quiero que entres ahí y les pongas la patente en la mesa frente a todos sus socios —dijo Laila—. Que tengan que negociar contigo en público. Que no puedan mandarte matar porque todos sabrán que tú tienes la solución.
—Es en la Torre Mayor —dijo Marcos—. Piso 50. Seguridad máxima. No me van a dejar ni acercarme al elevador.
El Pato sonrió, una sonrisa chimuela y traviesa.
—Carnal, para eso estamos nosotros. Yo conozco a la banda de los microbuseros de la ruta que pasa por Reforma. Y Fausto conoce a los del sindicato de limpia. Si quieres hacer ruido… hacemos ruido.
El Ejército de los Nadie
La mañana siguiente, Reforma amaneció distinta.
A las 8:30 AM, hora pico, el tráfico se detuvo. No por un accidente, sino por un desfile.
Un convoy extraño avanzaba por el carril central.
Al frente, una grúa de plataforma (la del Pato), adornada con banderas de México. Arriba de la grúa, iba el Cadillac X-04. Abollado, sucio, tuerto de un faro, pero majestuoso como un veterano de guerra.
Detrás de la grúa, venían diez microbuses verdes tocando el claxon al ritmo de “La Cucaracha”.
Y detrás de ellos, una caravana de vochos, taxis viejos y camionetas de carga.
Era el ejército de la Doctores. El ejército de los mecánicos, los hojalateros, los chalanes. La gente que mantiene a la ciudad moviéndose y a la que nadie voltea a ver.
Marcos iba de pie en la plataforma de la grúa, junto a su coche. Llevaba puesto su mejor traje (el del concurso), ahora un poco arrugado, y tenía los planos de la patente enrollados en la mano como un bastón de mando.
La gente en las banquetas sacaba sus celulares. Los oficinistas se asomaban por las ventanas de los rascacielos.
La policía de tránsito intentó detenerlos en la Glorieta del Ángel.
—¡No pueden pasar! ¡Es manifestación ilegal!
Fausto se bajó de la camioneta líder.
—No es manifestación, oficial. Es una peregrinación. Vamos a llevarle una ofrenda a los dioses del dinero.
El oficial, viendo la cantidad de gente y cámaras, decidió que no le pagaban lo suficiente para detener eso y los dejó pasar.
Llegaron a la Torre Mayor.
Esteban y Carlos estaban en la sala de juntas del piso 50, sudando frío, tratando de explicarle a unos inversionistas japoneses por qué la obra estaba parada.
—Es solo un tecnicismo… el suelo de la zona es complicado… —decía Esteban.
De repente, uno de los japoneses señaló la ventana.
—¿Qué es eso?
Abajo, en la avenida, se veía la mancha de vehículos rodeando la entrada del edificio. Y en medio, el punto negro del Cadillac.
El celular de Esteban sonó. Era recepción.
—Señor Montiel… su hermano está aquí. Dice que trae la “llave” del edificio. Y… señor, viene con mucha prensa.
Esteban miró a Carlos. El terror puro cruzó sus miradas.
—Diles que suba —dijo Carlos, derrotado—. Si no lo dejamos subir, va a hablar allá abajo.
El Duelo en las Alturas
Marcos entró a la sala de juntas solo. Laila y Fausto se quedaron abajo, cuidando el coche y manteniendo a la multitud animada.
El silencio en la sala era sepulcral. Aire acondicionado, olor a café caro y miedo.
Marcos caminó hasta la cabecera de la mesa. No miró a sus hermanos. Miró a los inversionistas.
—Buenos días —dijo Marcos con voz clara—. Mi nombre es Marcos Montiel. Soy hijo de Augusto Montiel y dueño legítimo de la tecnología que hace falta para que su torre no se caiga.
Lanzó los planos sobre la mesa de cristal. Se desenrollaron con un sonido seco.
Los ingenieros de los inversionistas se abalanzaron sobre el papel.
—Es esto… —murmuró uno—. Cimentación de fricción negativa compensada. Es brillante. Es la única forma de construir en ese suelo.
Esteban se puso de pie, rojo de ira.
—¡Esos papeles son de la empresa! ¡Los robaste!
—No —dijo Marcos, sacando una copia notariada del registro de patente (que Laila había conseguido imprimir esa mañana en un café internet)—. Están a nombre de Augusto Montiel, con beneficiario único en caso de muerte: “El portador del chasis Cadillac X-04”. O sea, yo.
Los japoneses miraron a Esteban con frialdad.
—Señor Montiel —dijo el líder del grupo inversor—. Nos dijo que tenían la tecnología. Nos mintió.
—No, yo… nosotros… —Esteban balbuceaba.
Marcos tomó la palabra.
—Caballeros, mis hermanos cometieron un error. Pero el apellido Montiel es de gente de palabra. Yo estoy dispuesto a ceder los derechos de uso de la patente a la empresa para que el proyecto continúe.
Esteban y Carlos levantaron la vista, incrédulos. ¿Los iba a salvar?
—¿A cambio de qué? —preguntó Carlos, desconfiado.
Marcos sonrió.
—A cambio de tres cosas.
Uno: Retiran todas las demandas contra mí, contra el taller de Fausto y contra mi coche. Ahora mismo. Por escrito.
Dos: Reconocen públicamente que el Cadillac es mío y que mi padre me lo dejó porque confiaba en mí.
Tres: —Marcos hizo una pausa—. Quiero el 51% de las acciones de la división de “Innovación y Desarrollo” de la empresa. Y quiero que la sede de esa división se mude… a la Colonia Doctores. Vamos a hacer una escuela de mecánica y restauración.
—¡Estás loco! —gritó Esteban—. ¡Eso es la mitad de la empresa!
Marcos empezó a enrollar los planos.
—Está bien. Construyan su torre con palillos de dientes. Me voy. Tengo un coche que arreglar.
Dio media vuelta.
—¡Espera! —gritó el inversionista japonés—. ¡Aceptamos! ¡Nosotros presionaremos a la junta directiva! ¡Firme el acuerdo!
Esteban y Carlos se hundieron en sus sillas. Habían perdido. No solo el dinero, sino el control. El “hermano basura” acababa de comprar su imperio con un papel viejo y un coche oxidado.
Marcos firmó los papeles que los abogados redactaron ahí mismo a toda prisa.
Al salir del edificio, el sol del mediodía le dio en la cara.
Abajo, la multitud rugió al verlo salir.
Laila corrió hacia él y lo besó, un beso que sabía a victoria y a tacos de canasta.
Fausto le dio una palmada en la espalda que casi lo tira.
—¿Lo logramos?
—Lo logramos, Maestro.
Marcos miró su Cadillac abollado sobre la grúa. Se veía herido, sucio, cansado. Pero nunca se había visto tan hermoso.
—Vámonos a casa —dijo Marcos—. Tenemos que arreglar ese faro.
Y mientras la caravana se alejaba por Reforma, dejando atrás a los hombres de traje en sus torres de cristal, Marcos entendió el verdadero secreto de la herencia.
Su padre no le había dejado un coche para que fuera rico. Le había dejado un coche para que se hiciera hombre. Y para que entendiera que, en la vida como en la mecánica, lo que importa no es la pintura brillante, sino lo que traes bajo el cofre.
Los hermanos Montiel se quedaron con sus millones, sí. Pero Marcos… Marcos se quedó con la leyenda. Y en México, las leyendas viven para siempre.
FIN