PARTE 1 – CAPÍTULO 1
La hora del diablo
El reloj digital sobre la mesita de noche marcaba las 03:00 AM. La llamada “hora del diablo”, o al menos así le decía mi abuela en el pueblo. Pero para mí, Víctor Semiónovich (un apodo que me gané en los años 80 por mi instructor ruso, aunque mi acta de nacimiento dice Víctor Cárdenas), esa hora no tenía nada de místico. Era simplemente el momento en que los fantasmas dejaban de susurrar y empezaban a gritar.
Estaba dormido en mi viejo sillón Recliner de piel, ese que compré con mi liquidación hace veinte años y que ya tenía la forma exacta de mi espalda marcada en el cuero gastado. La televisión seguía encendida, transmitiendo estática y ruido blanco porque el canal de películas de oro había terminado su programación. Desde que Larisa, mi esposa, falleció de cáncer hace cinco años, el silencio de la casa se me hacía insoportable. Necesitaba ese ruido de fondo, esa luz azul parpadeante para engañar a mi cerebro y hacerle creer que no estaba solo en este departamento de la colonia Narvarte.
A mis 72 años, el sueño era un lujo que rara vez me podía permitir. Dormía por tramos, como los perros callejeros: una oreja pegada a la almohada y la otra escaneando el entorno. Es una maña que nunca se te quita cuando pasaste treinta años en la Dirección Federal de Seguridad y luego en la inteligencia militar. Aprendes que el peligro no avisa, no toca el timbre; el peligro entra rompiendo la puerta o, en este caso, vibrando en tu bolsillo.
El zumbido de mi celular se sintió como un taladro en el muslo.
Abrí los ojos de golpe. Sin transición, sin lagañas. De cero a cien en un segundo. Mi mano derecha, llena de manchas de la edad y con los nudillos deformados por viejas fracturas, buscó el aparato instintivamente. El corazón me dio un vuelco cuando vi la pantalla iluminada en la oscuridad de la sala.
“Sofi – Nieta”
Sofía. Mi niña. Mi única nieta. 19 años. Estudiante de tercer semestre de Derecho en la UNAM. La única razón por la que este viejo dinosaurio no se había metido un tiro en la boca después del funeral de su esposa. Sofía era luz pura, una niña que todavía creía en la justicia, que rescataba perros de la calle y que me visitaba los domingos para comer pancita, aunque odiaba el picante, solo para hacerme compañía.
¿Qué hacía llamándome a las tres de la mañana un jueves?
Deslicé el dedo sobre la pantalla verde con un presentimiento que me heló la sangre, más frío que el aire acondicionado.
—¿Sofi? —mi voz salió ronca, carrasposa por el desuso y los cigarros Delicados que fumé durante cuarenta años.
Lo que escuché al otro lado no fue una voz. Fue el sonido del terror puro.
—¡Abuelito! —era un chillido ahogado, roto, como el de un animal atrapado en una trampa—. ¡Abuelito, por favor, ayúdame! ¡Tengo mucho miedo!
Me puse de pie de un salto. La artritis en mis rodillas desapareció. El dolor de espalda se esfumó. La adrenalina inundó mi sistema como si tuviera veinte años otra vez y estuviera en medio de una redada en Sinaloa.
—Calma, hija. Calma —mi voz cambió. Ya no era la del abuelo cariñoso. Era la del Comandante Cárdenas. Firme. Autoritaria. Quirúrgica—. ¿Dónde estás? ¿Qué pasa?
Se escuchaba ruido de fondo. Música. Reguetón pesado, bajos retumbando que distorsionaban el micrófono del celular. Risas. Cristales rompiéndose.
—No sé… no sé dónde estoy… —sollozó ella, hiperventilando—. Me trajeron… dijeron que era una “after”… es una casa enorme, parece un castillo… Abuelo, cerraron las puertas. Son muchos. Son hombres. Son catorce, los conté… catorce.
—¿Te hicieron algo? —pregunté, sintiendo cómo se me tensaba la mandíbula hasta doler.
—Todavía no… pero ya empezaron a… me están tocando la puerta del baño… ¡Me encerré en el baño pero la están golpeando! —su voz se quebró en un grito histérico cuando se escuchó un golpe seco, como una patada contra madera, al otro lado de la línea.
—¡Abre, pinche gata! —se escuchó una voz masculina, lejana pero clara. Una voz joven, arrastrada por el alcohol y la cocaína—. ¡Abre o la tiramos y te va a ir peor!
—¡Abuelo! —gritó Sofía.
—Escúchame bien, Sofía —dije, pegando el teléfono a mi oreja mientras caminaba hacia mi habitación—. No cuelgues. Mantenlos hablando. Voy por ti. Voy por ti, mija. Activa el GPS.
De repente, el sonido cambió. Hubo un forcejeo. Un grito agudo de mi nieta que se me clavó en el pecho como un puñal oxidado.
—¡No! ¡Suéltame! ¡Déjame!
—¡Presta el celular, pendeja! —rugió la voz masculina, ahora mucho más cerca.
Hubo un silencio de dos segundos. Solo respiración agitada. Luego, una risa. Una risa burlona, prepotente, de esas que solo tienen los que nunca han recibido un golpe en la cara porque papi paga la fianza.
—¿Bueno? —dijo el tipo. Voz de “Mirrey”. Acento fresa, de esos que pronuncian la “s” como si les pesara la lengua, mezcla de Polanco y estupidez—. ¿Quién habla? ¿El asilo?
Sentí una calma absoluta. Esa calma blanca que precede a la violencia extrema.
—Escúchame bien, pedazo de mierda —dije en voz baja, controlada—. No sabes con quién estás hablando. Si le tocas un solo pelo a mi nieta, te juro por lo más sagrado que voy a buscarte y voy a hacer que desees no haber nacido. Pásame a mi nieta. Ahora.
El tipo soltó una carcajada. Se escucharon vitoreos de fondo. “¡Uuuh, el abuelo se enojó!”, gritó alguien más.
—Mira, ruco —dijo el tipo, bajando el tono a uno falsamente confidencial—. Tu nietecita Sofía vino aquí porque quiso. Bueno, más o menos. Le dijimos que era una fiesta exclusiva, ya sabes, gente bien. Pero resulta que es una mojigata. Y aquí en la Golden Squad no nos gustan las mojigatas. Estamos celebrando el cumple de mi compadre “El Rorro”. Somos catorce cabrones con ganas de divertirnos y tu nieta es el regalo. Así que no la hagas de pedo.
—Voy a ir —dije. No fue una amenaza. Fue una promesa. Fue un hecho fáctico, como decir que el sol sale por el este.
—¡Uy, qué miedo! —se burló—. Mira, anciano, mejor tómate tus pastillas y duérmete. No tienes idea de quiénes somos. Mi papá es diputado federal. El papá del Rorro es magistrado. El del Chema es dueño de media zona hotelera en Cancún. Somos intocables, ¿captas? Intocables. Si te asomas por aquí, te mandamos a la patrulla para que te siembren droga y te pudras en el bote. O mejor aún, le decimos a los escoltas que te den un “levantón”. Así que, shhh. Calla y obedece.
—¿Cómo te llamas? —pregunté. Necesitaba un nombre. Un hilo del cual tirar.
—Me dicen “El Rey”. Y tu nieta va a ser mi reina por esta noche. —Hizo una pausa y su voz se volvió siniestra—. Oye, está bien rica tu nieta, eh. Tiene unas piernitas… creo que le voy a decir que mande saludos para ti en el video que vamos a grabar. Bye, abuelo.
—¡Espera! —grité, pero la línea ya estaba muerta.
Me quedé ahí, de pie en medio de mi pasillo oscuro, con el teléfono en la mano. “Intocables”. Esa palabra resonaba en mi cabeza. En México, esa palabra tiene peso. Significa impunidad. Significa que pueden matar, violar y robar y al día siguiente estar desayunando en el Club de Golf como si nada.
Pero ellos no sabían una cosa. No sabían que en el mundo real, en el mundo subterráneo donde yo viví durante treinta años, no existe tal cosa como “intocable”. Todos sangran. Todos lloran. Y todos se rompen si sabes dónde golpear.
Miré mis manos. Temblaban. No de miedo, sino de una furia contenida que llevaba décadas dormida. La bestia que vivía dentro de mí, esa que Larisa había logrado adormecer con su amor y sus tés de manzanilla, acababa de despertar. Y tenía hambre.
El Arsenal del Pasado
Caminé hacia mi habitación. Me arrodillé junto a la cama y jalé una vieja maleta de debajo. No, esa no. Esa tenía ropa vieja. Me fui al clóset. Moví los zapatos, las cajas de recuerdos, hasta llegar a las tablas sueltas del piso, en la esquina más oscura.
Levanté la madera. Ahí estaba. Mi caja fuerte, empotrada en el concreto.
Marqué la combinación: 19-09-85. El día del terremoto. El día que conocí a la muerte de cerca por primera vez sacando cuerpos de los escombros del edificio Nuevo León. El mecanismo hizo un clic satisfactorio y la puerta de acero se abrió.
El olor a aceite de armas, viejo y penetrante, llenó mis fosas nasales. Era el perfume de mi juventud.
Saqué el paño de franela que envolvía a mi compañera más fiel. Una Colt 1911 Commander calibre .45. “La Matapolicías”, le decían en el bajo mundo por su potencia de parada. Era un cañón de mano. Pesada, fría, letal. La revisé mecánicamente. El carro corrió suavemente hacia atrás. El cañón estaba inmaculado. Cargué dos cargadores extra. Siete balas en cada uno, más una en la recámara. Veintidós oportunidades de hacer justicia.
Junto a la pistola, estaba mi cuchillo. Un Ka-Bar de acero al carbono, negro mate, con el filo capaz de rasurar el pelo de un brazo sin esfuerzo. Lo desenvainé. La hoja brilló tímidamente con la luz de la luna que entraba por la ventana. Cuántas veces este cuchillo me salvó la vida en la selva chiapaneca, o en los callejones de Tepito. Lo enfundé y me lo ajusté al cinturón, en la espalda baja.
También tomé un par de esposas de polímero (cinchos industriales) que usábamos para detenciones rápidas, y una linterna táctica pequeña pero potente. Me quité la pijama de franela y me puse unos pantalones cargo negros que usaba para ir a pescar, unas botas mineras con casquillo de acero y una playera térmica gris. Encima, mi vieja chamarra de cuero, esa que pesaba como tres kilos y que podía aguantar un navajazo mal dado.
Me miré al espejo.
Lo que vi no fue al abuelo Víctor que juega dominó en el parque los martes.
Vi a “El Carnicero”. Ese era mi indicativo en la unidad. Un hombre con la mirada muerta, las arrugas marcadas como cicatrices de guerra y una mandíbula apretada que prometía violencia.
—Aguanta, mija. Aguanta —susurré al reflejo.
La Cofradía de los Olvidados
Saqué mi teléfono de nuevo. Abrí la aplicación “Find My Friends” (Localizador). Hace dos años, cuando Sofía entró a la UNAM, le regalé un iPhone.
—”Es para que estés a la moda, hija”, le dije.
—”Ay, abuelo, gracias, pero es muy caro”, me contestó ella.
—”Acéptalo. Solo con una condición. Déjame instalarte esto para saber dónde andas. La ciudad está muy perra”.
Ella se rio y me dijo paranoico, pero aceptó. Bendita paranoia.
El punto azul parpadeaba lejos, muy lejos de la ciudad.
Ubicación: “Rancho Los Encinos”, Valle de Bravo, Estado de México.
Zona exclusiva. Zona de ricos. A dos horas de camino si le pisaba a fondo.
Sabía que no podía hacerlo solo. Eran catorce. Jóvenes, fuertes (aunque seguramente borrachos o drogados), y en su territorio. Yo tenía 72 años. Podía bajarme a dos o tres, quizás cuatro si tenía el factor sorpresa. Pero si me rodeaban, se acababa el juego y Sofía pagaría el precio.
Necesitaba un equipo. Necesitaba a mis hermanos.
Marqué el primer número. Sonó una, dos veces.
—¿Quién chingados llama a esta hora? —contestó una voz ronca, profunda como un trueno.
—Gordo, soy yo. Víctor.
Hubo un silencio. El tono de la voz cambió instantáneamente. La molestia desapareció, reemplazada por una alerta militar.
—¿Capi? ¿Qué pasó? ¿Estás bien?
—Código Rojo, Beto. Se llevaron a la niña. A Sofía.
Escuché el sonido de sábanas moviéndose y un golpe, como si alguien hubiera saltado de la cama y pateado una silla.
—¿Quiénes?
—Juniors. “Intocables”. Son catorce. Valle de Bravo. Me amenazaron. Dijeron que la iban a violar y a grabar.
—Hijos de su reputísima madre… —gruñó Roberto “El Tanque” Mondragón. Ex-fuerzas especiales, 1.90 de estatura, 130 kilos de puro músculo y mala leche. A sus 65 años, todavía trabajaba de jefe de seguridad en un table dance de mala muerte para no aburrirse. Era la fuerza bruta más leal que conocía.
—Paso por ti en quince minutos. Ten listo el fierro.
—Ya estoy vestido, Capi. ¿Le hablo al Flaco?
—Sí. Dile que traiga sus “juguetes”. Vamos a necesitar ojos a distancia.
Colgué.
Salí de mi departamento. El edificio estaba en silencio. Bajé las escaleras ignorando el elevador; no podía permitirme quedarme atorado si fallaba la luz. Llegué al estacionamiento subterráneo. Mi camioneta, una Ford Lobo del 2010, estaba ahí, cubierta de una fina capa de polvo. No la usaba mucho por la gasolina, pero siempre la mantenía al cien mecánicamente.
Arranqué el motor. El V8 rugió en el eco del sótano.
Mientras esperaba a Beto en la calle, con el motor en marcha y las luces apagadas, repasé mentalmente el plan. No había plan. El plan era entrar, matar a quien se pusiera enfrente, y sacar a Sofía.
Diez minutos después, una sombra se acercó a la ventanilla. Se abrió la puerta del copiloto y “El Tanque” subió. La suspensión de la camioneta gimió bajo su peso. Olía a jabón barato y a tabaco. Traía una mochila de gimnasio en el regazo.
—¿Y el Flaco? —pregunté.
—Viene atrás en su moto. Dice que nos alcanza en la caseta de la salida a Toluca. Es más rápido así.
Arranqué quemando llanta. Las calles de la Ciudad de México a las 3:30 AM son un escenario post-apocalíptico. Luces ámbar, basura en las esquinas, patrullas durmiendo en los callejones. Me salté tres semáforos en rojo sobre Eje Central.
—Cuéntame los detalles, Capi —dijo Beto, sacando una escopeta recortada de su mochila y empezando a cargar cartuchos rojos con una tranquilidad pasmosa.
—La invitaron a una fiesta. La engañaron. Es una encerrona. El líder se hace llamar “El Rey”. Dice que son hijos de políticos. Que son intocables.
Beto soltó una risa seca y escupió por la ventana.
—En este país, Capi, hasta al Presidente le entra el plomo. Esos niños pendejos creen que el dinero es blindaje. Vamos a enseñarles que la sangre de todos es del mismo color.
Llegamos a la caseta de cobro de la autopista México-Toluca. Ahí estaba, orillado en el acotamiento, una figura delgada, casi esquelética, recargada en una motocicleta BMW negra. Era Miguel “El Flaco” Guzmán. 63 años. Ex-francotirador del Estado Mayor Presidencial. Jubilado prematuramente por un “problema de nervios” que en realidad era que sabía demasiados secretos.
Bajó la visera de su casco y nos hizo una seña para que lo siguiéramos.
La carretera se abrió ante nosotros como una boca negra. Pisé el acelerador a fondo. El velocímetro subió a 140, 160 km/h.
Mi mente voló hacia Sofía. Imaginé su cara, sus ojos llenos de lágrimas. Imaginé las manos sucias de esos “juniors” tocándola. Sentí un asco tan profundo que tuve que tragar bilis.
—Tranquilo, Víctor —me dijo Beto, poniendo su manota sobre mi hombro. Sintió mi tensión—. Si le hicieron algo… si le tocaron un pelo… no vamos a dejar a ninguno vivo. Te lo juro por mi madre.
—No —dije, y mi voz sonó extraña, metálica—. Matarlos es fácil, Beto. Matarlos es un regalo. Si le hicieron algo… quiero que sufran. Quiero que entiendan lo que es el miedo.
El viaje duró una eternidad y, al mismo tiempo, un suspiro. Cuando vimos el letrero de “Valle de Bravo”, el cielo empezaba a querer clarear, un gris sucio en el horizonte.
El GPS nos guio por caminos empedrados, entre pinos y muros de piedra volcánica que ocultaban mansiones de millones de dólares. “Rancho Los Encinos”.
Nos detuvimos a un kilómetro de la entrada, en un claro del bosque, ocultando la camioneta entre la maleza. El Flaco llegó un minuto después, apagando el motor de la moto y dejándola caer sobre la pata de cabra. Se quitó el casco. Tenía el pelo blanco y largo, amarrado en una cola de caballo, y usaba unos lentes de fondo de botella. Parecía un profesor de literatura, hasta que veías cómo armaba su rifle de precisión con los ojos cerrados.
—Chequé los planos en el camino —dijo El Flaco, sacando una tablet—. La propiedad tiene tres hectáreas. Muro perimetral de tres metros con cercado eléctrico. Cámaras cada cincuenta metros. Garita de seguridad en la entrada principal. Hay dos guardias privados armados.
—¿Y adentro? —pregunté.
—La casa principal está al fondo. Ahí es la fiesta. Se escucha el ruido hasta acá. Hay una puerta de servicio por la cocina, lado oeste.
—¿Guardias adentro?
—Probablemente no. A estos niños ricos no les gusta que los “gatos” los vean drogándose. Los guardias estarán afuera.
—Bien —dije, sacando mi Colt y cortando cartucho. El sonido metálico resonó en el bosque—. El plan es sigilo hasta donde se pueda. Flaco, tú te quedas aquí. Busca una posición elevada. Quiero que seas mis ojos. Si ves que alguien intenta sacar a Sofía o huir, revientas llantas o revientas rodillas. Tú decides.
—Entendido, Capi. Rodillas son más divertidas —dijo el Flaco con una sonrisa macabra, trepándose a un árbol con la agilidad de un mono.
—Beto, tú y yo entramos. Tú eres el martillo, yo soy el bisturí. Vamos a la caseta, neutralizamos a los guardias sin hacer ruido. Luego entramos a la casa.
—¿Y si se despiertan los niños?
—Que se despierten. Quiero verles la cara cuando entremos.
Nos movimos a través del bosque, pegados a la barda perimetral. El olor a pino y tierra húmeda se mezclaba con el olor a peligro. Llegamos cerca de la entrada. Podía ver la caseta de vigilancia. Dos tipos uniformados, aburridos. Uno estaba viendo su celular, el otro estaba cabeceando.
Miré a Beto. Asintió.
Era hora.
El abuelo había quedado atrás en la Ciudad de México.
El Comandante Cárdenas iba a entrar a cazar.
—Vamos por mi niña —susurré.
Y nos lanzamos a la oscuridad.
CAPÍTULO 2
Sombras en el Paraíso
El aire de Valle de Bravo a las cuatro de la madrugada es un cuchillo helado. Huele a pino, a tierra mojada y a dinero viejo. Mientras nos arrastrábamos pecho tierra por la maleza seca que bordeaba el muro perimetral del “Rancho Los Encinos”, sentí cómo la humedad traspasaba mi ropa táctica y se metía en mis huesos viejos. La artritis en mi hombro derecho, un recuerdo de un culatazo mal recibido en el 94, empezó a palpitar.
—Capi, a las doce —susurró Beto a mi lado. Su voz era apenas un soplido, imperceptible para cualquiera que no tuviera el oído entrenado.
Levanté la vista. A unos treinta metros, la caseta de vigilancia principal brillaba como un faro en medio del bosque oscuro. Era una estructura de piedra volcánica y cristal, más elegante que mi propio departamento. Adentro, dos guardias privados.
Ajusté los binoculares compactos.
Guardia 1: Joven, veintipocos años. Uniforme genérico de empresa de seguridad privada (“Seguridad Halcón”, leí en el parche). Estaba sentado con los pies sobre el escritorio, scrolleando en TikTok. La luz azul del celular iluminaba su cara de aburrimiento.
Guardia 2: Un poco más grande, quizás treinta. Estaba recargado contra el marco de la puerta, fumando un cigarro. El humo subía en espirales grises hacia los focos halógenos. Tenía una fornitura mal ajustada y una pistola Glock 25 enfundada, pero sin seguro en la funda. Amateur.
—Son pollitos —murmuró Beto con desprecio. Para un hombre como él, que había sobrevivido a emboscadas en la selva Lacandona, ver a estos “elementos de seguridad” era casi un insulto personal.
—No los mates, Beto —le recordé, aunque sabía que no era necesario.
—Solo una siesta, Capi. Una siestecita.
Nos movimos. A pesar de sus 130 kilos, Roberto “El Tanque” Mondragón se movía con la gracia de un gato gordo. Sabía dónde pisar para que las ramas no crujieran. Yo lo seguí, sintiendo el peso de la Colt .45 en mi espalda como un ancla de realidad.
Llegamos al punto ciego de la caseta, justo debajo de la ventana lateral. Podía escuchar la música que salía del celular del guardia de adentro. Corridos tumbados. La ironía me amargó la boca: escuchaban canciones sobre narcos y violencia mientras cuidaban el sueño de los hijos de la élite que se beneficiaba de esa misma violencia.
Hice la señal con la mano: Tú el de afuera. Yo el de adentro. A la de tres.
Beto asintió. Se quitó un guante y sacó un pañuelo empapado en cloroformo que guardaba en una bolsa hermética (un truco viejo, sucio, pero efectivo si no quieres romper cuellos).
Uno.
Dos.
Tres.
Beto surgió de las sombras como un oso pardo atacando a un campista. Su mano enorme cubrió la boca y nariz del guardia fumador antes de que este pudiera soltar el cigarro. No hubo grito. Solo un gorgoteo ahogado y el sonido de las botas raspando la grava mientras Beto lo levantaba en el aire como si fuera un muñeco de trapo. Diez segundos de lucha inútil. El cuerpo se aflojó. Beto lo arrastró hacia los arbustos con delicadeza casi maternal.
Yo me encargué del otro. Entré por la puerta lateral que el fumador había dejado entreabierta. El chico del TikTok ni siquiera levantó la vista hasta que sintió el cañón frío de mi Colt presionando detrás de su oreja.
—Shhh —le susurré al oído.
El chico se congeló. Vio su reflejo en la pantalla negra de su celular cuando lo bloqueó del susto.
—No grites, mijo. Si gritas, te vuelo la tapa de los sesos antes de que toques el suelo.
El guardia temblaba tanto que escuchaba sus dientes castañear.
—N-no me m-mates, señor. Tengo hijos.
—Entonces cállate y coopera. ¿Cuántos hay adentro?
—N-nadie armado. Solo los patrones… los chavos. Son catorce o quince. Están muy pedos, señor.
—¿Tienen armas?
—Creo que el señor Santiago trae una pistola. La estaba presumiendo hace rato. Una dorada.
—¿Y la chica? —pregunté, apretando el cañón un poco más.
—¿La morrita? —tragó saliva—. La subieron al cuarto principal hace como una hora. Se escuchaban gritos… pero el patrón nos dijo que no nos metiéramos o nos corría.
Sentí una oleada de náuseas. “Hace una hora”. El tiempo es el peor enemigo en un secuestro.
—Abre el portón. Desactiva la alarma perimetral.
El chico obedeció con dedos torpes.
—Ahora, date la vuelta.
—¿Me va a matar?
—Duérmete.
Le apliqué un golpe seco con la culata de la pistola en la base del cráneo. Cayó sobre el escritorio. Lo aseguré con cinchos de plástico, manos y pies, y le puse cinta adhesiva en la boca. Hice lo mismo con el que Beto había dejado en los arbustos.
—Perímetro despejado —dijo Beto, limpiándose el sudor de la frente.
Mi auricular crujió. Era la voz de “El Flaco” desde su posición de francotirador en el árbol, a 300 metros.
—Tengo visual de la casa. Planta baja, fiesta en proceso. Veo movimiento en el segundo piso, ventana noreste. Cortinas cerradas, pero hay sombras. Parece que hay varios sujetos en una habitación. Capi… apúrense.
—Vamos para allá —contesté.
El Nido de las Víboras
Cruzamos el jardín. Era obsceno. Una extensión de pasto inglés cortado milimétricamente, estatuas de mármol de estilo griego que se veían ridículas en medio del bosque mexicano, y una alberca iluminada con luces LED que cambiaban de color: rosa, azul, morado. En el agua flotaban inflables de unicornios y botellas vacías de champaña Moët & Chandon.
El ruido era ensordecedor. Unas bocinas de concierto, instaladas en la terraza, escupían reguetón a todo volumen. “A ella le gusta la gasolina…”.
Nos pegamos a la pared de la casa. Era una construcción moderna, de esas minimalistas con mucho concreto y madera, diseñada para impresionar, no para ser habitada.
A través de los ventanales de piso a techo de la sala, vi la escena.
Parecía una pintura del Bosco versión “Mirrey”.
Había botellas rotas por todos lados. Ropa tirada. Un par de chicos dormidos (o desmayados) en los sofás de piel blanca, con la boca abierta. En la barra de la cocina, vi líneas de polvo blanco sobre el granito negro. Cocaína. Mucha.
—¿Entramos por la cocina? —preguntó Beto.
—No. Por la principal. Vamos a hacer ruido.
Quería que supieran que estábamos ahí. Quería ver el terror en sus ojos antes de llegar a Sofía. Quería que se cagaran de miedo.
Abrí la puerta principal de caoba maciza. No estaba cerrada con llave. ¿Para qué cerrar? Se sentían seguros en su burbuja de impunidad.
Entramos.
El cambio de atmósfera fue brutal. El calor de la calefacción, el olor a sudor, alcohol caro, cigarro y vómito.
Nadie nos vio al principio. Estábamos en el vestíbulo, una zona de doble altura con una lámpara de araña gigantesca.
Beto y yo avanzamos con las armas desenfundadas, pero bajas. Posición Low Ready.
Un chico salió tambaleándose de un baño de visitas. Traía la camisa desabotonada y los ojos rojos como tomates. Se topó de frente con el pecho de Beto.
El chico parpadeó, tratando de enfocar. Miró a Beto hacia arriba. Luego vio la escopeta recortada.
—¿Qué pedo? —balbuceó, riendo estúpidamente—. ¿Son los strippers? Santi pidió strippers, pero pidieron a los abuelos, wey. ¡Qué cagado!
Beto no dijo nada. Le dio una bofetada con el revés de la mano. No un puñetazo, una bofetada. El sonido fue como un disparo. El chico giró sobre su eje y cayó al suelo, escupiendo sangre y un diente.
El ruido de la música tapó el golpe, pero dos chicos que estaban en la sala lo vieron.
Se quedaron paralizados. Copas en mano.
—¡¿Quiénes son?! —gritó uno, un tipo flaco con lentes de armazón grueso.
—Apaga la música —ordené.
Nadie se movió.
Levanté la Colt y disparé a la consola de sonido que estaba en la esquina.
¡BANG!
El disparo en el interior de la casa sonó como una bomba. Chispas, humo y plástico volando.
La música murió al instante.
El silencio que siguió fue pesado, denso. Los que estaban desmayados se despertaron de golpe. Los que estaban platicando se callaron. Ocho pares de ojos se clavaron en nosotros.
—Nadie se mueva —dije. Mi voz no era fuerte, pero llenó la sala. Era la voz que usaba en los interrogatorios—. Manos arriba. Todos.
—Oiga, señor, esto es propiedad privada… mi papá es el Licenciado… —empezó a decir uno de lentes.
Beto avanzó un paso y cargó la escopeta. Chack-chack. El sonido universal que dice “te vas a morir”.
—¡Al suelo! —rugió Beto—. ¡Pecho tierra, mierdas!
Como fichas de dominó, los “juniors” se tiraron al piso. Algunos lloraban. Otros intentaban sacar sus celulares.
—Flaco, ¿me copias? —dije al micro.
—Fuerte y claro. Tengo visual de dos sujetos corriendo en el pasillo de arriba. Van armados con bates o palos. Cuidado.
—Beto, quédate aquí. Que nadie salga. Si alguien se levanta, dispárale en una pierna.
—Entendido, Capi.
Beto se paró en medio de la sala, una montaña de ira bloqueando la salida.
Yo me dirigí a las escaleras. Eran de mármol blanco, flotantes, sin barandal. Subí de dos en dos, ignorando el dolor en mis rodillas. Cada escalón me acercaba a Sofía. Y cada escalón aumentaba mi miedo de lo que iba a encontrar.
El Pasillo de los Lamentos
El segundo piso era un pasillo largo con varias puertas. Al fondo, una puerta doble estaba cerrada. De ahí venían las risas.
—¡No mames, wey, ya se desmayó! —escuché una voz.
—Pues despiértala, échale agua. Todavía no acabamos.
Sentí que el mundo se ponía rojo. Mi visión periférica desapareció. Solo existía esa puerta.
Avancé por el pasillo.
De una de las habitaciones laterales salieron dos tipos. Uno traía un palo de golf. El otro una botella de vodka vacía agarrada por el cuello.
—¡Es el abuelo! —gritó el del palo de golf—. ¡Chíngatelo!
Eran jóvenes. Rápidos. Fuertes.
Yo era viejo. Lento.
Pero yo tenía técnica. Y tenía rabia.
El del palo de golf hizo un swing como si yo fuera una pelota. Me agaché. Sentí el viento del golpe pasar sobre mi cabeza. Me impulsé hacia adelante, metiéndome en su guardia. Con la mano izquierda paré su brazo, y con la derecha, donde tenía la pistola, le di un golpe descendente en la clavícula.
CRAAAAACK.
El hueso se rompió. El chico gritó y soltó el palo. Le di una patada en la rodilla para asegurarme de que no se levantara.
El de la botella se acobardó al ver a su amigo en el suelo. Dudó.
Error.
En una pelea, la duda es la muerte.
Lo apunté directamente a la cara.
—Tírala —gruñí.
Soltó la botella. Se estrelló contra el piso.
—Al suelo.
Lo pateé en el estómago y se dobló. Seguí caminando. Nada me iba a detener. Nada.
Llegué a la puerta doble.
Me detuve un segundo para escuchar.
—Santi, ya estuvo, wey. Se ve mal. Está sangrando —decía una voz nerviosa.
—¡Me vale madres! Ella se lo buscó por hacerse la difícil. A ver, pásame el cel, vamos a grabar otro.
No esperé más.
Retrocedí un paso y solté una patada frontal justo en la cerradura. La madera crujió y la puerta se abrió de par en par, golpeando la pared.
El Horror y la Ira
La escena se grabó en mi cerebro para siempre. Como una fotografía quemada.
La habitación era enorme, con una cama King Size deshecha. Había lámparas tiradas.
Y en una esquina, en el suelo, estaba Sofía.
Mi niña.
Tenía el vestido desgarrado. Le faltaba un zapato. Tenía las manos atadas con una corbata de seda. Su cara… Dios mío, su cara. Tenía el labio partido, un ojo cerrado por la hinchazón y sangre seca en la nariz. Estaba hecha un ovillo, temblando violentamente, con la mirada perdida en la nada.
Alrededor de ella, cinco hombres.
Uno, el rubio, el tal Santiago, estaba de pie, con los pantalones desabrochados y un iPhone de última generación en la mano, grabando.
Los otros cuatro estaban sentados o parados, riéndose, bebiendo.
Cuando la puerta se abrió, todos voltearon.
Santiago bajó el teléfono. Me miró. Sus ojos azules estaban vidriosos por la droga.
—¿Tú quién chingados eres? —preguntó, arrastrando las palabras—. ¡Seguridad! ¡Seguridad!
Entré a la habitación.
No dije nada.
Mis ojos solo estaban en Sofía.
—Abuelo… —gimió ella. Fue un sonido tan débil que me partió el alma en dos.
—Tranquila, amor. Ya llegué.
Levanté la vista hacia Santiago.
El chico sonrió. Una sonrisa torcida, psicótica.
—Ah, eres el abuelo Rambo. Oye, llegas tarde a la fiesta. Tu nieta ya nos aburrió. Es muy chillona.
Sacó una pistola de la pretina de su pantalón. Una Desert Eagle dorada. Ridícula. Pesada. Un arma de narco de película, inútil en manos de un niño que no sabe agarrarla.
La levantó apuntándome.
—Sácate a la verga de mi casa o te mato, viejo de mierda.
El tiempo se detuvo.
Vi su dedo en el gatillo. Vi que estaba temblando. Vi que no tenía el seguro puesto. Vi que sus amigos detrás de él empezaban a ponerse pálidos, dándose cuenta de que esto ya no era un juego.
Yo no temblaba.
Respiré hondo. Inhalar. Exhalar.
Recordé las clases de tiro en la academia. Mira frontal, mira trasera, objetivo.
Apunté a su mano derecha. A la muñeca.
—Suéltala —dije.
—¡Muérete! —gritó Santiago y apretó los ojos mientras jalaba el gatillo.
Su disparo salió salvaje, pegando en el techo, haciendo caer polvo de yeso. El retroceso del arma casi se la arranca de la mano.
Mi turno.
Apreté el gatillo de mi Colt.
¡BOOM!
La bala de calibre .45 es lenta y pesada. Impactó exactamente donde yo quería. En el antebrazo de Santiago, justo arriba de la muñeca. La fuerza del impacto le arrancó la pistola de la mano y lo hizo girar sobre sí mismo.
La Desert Eagle voló por el aire y cayó sobre la cama.
Santiago miró su brazo. Había un agujero. La sangre empezó a brotar a borbotones, manchando la alfombra persa.
Un segundo de silencio.
Y luego, el grito.
Un alarido agudo, de niño malcriado que nunca ha sentido dolor.
—¡AAAHHH! ¡ME MATÓ! ¡ME MATÓ!
Cayó de rodillas, agarrándose el brazo.
Los otros cuatro se tiraron al suelo, con las manos en la cabeza, gritando “¡No dispare! ¡No dispare!”.
Caminé hacia Santiago. Le di una patada en el pecho que lo tumbó boca arriba. Le puse la bota en la garganta, presionando justo lo suficiente para cortar el aire pero no matarlo.
Me incliné sobre él.
—Te dije que iba a venir —le susurré, con la cara a centímetros de la suya. Podía oler su miedo. Olía a orina—. Te dije que eras intocable. Bueno, acabo de tocarte.
Miré a los otros.
—Si alguien se mueve, le vuelo la cabeza.
Me giré hacia Sofía. Me quité la chamarra de cuero, revelando la funda de mi cuchillo y mi playera sudada. Me arrodillé junto a ella.
—Sofi…
Ella no reaccionaba. Estaba en shock. Sus ojos miraban a través de mí.
Saqué mi navaja de bolsillo y corté la corbata que ataba sus manos. Sus muñecas estaban rojas, en carne viva.
La envolví en mi chamarra. Olía a mí. A tabaco y a viejo.
—Sofi, mírame. Soy el abuelo.
Ella parpadeó. Lentamente, sus ojos enfocaron mi cara.
Y entonces se rompió la presa.
Se lanzó a mis brazos, aferrándose a mí con una fuerza desesperada, enterrando la cara en mi pecho, llorando con un dolor que no era de este mundo.
—Me rompieron, abuelo… me rompieron… —repetía una y otra vez.
La abracé tan fuerte como pude, mesiendo su cuerpo, mientras mis lágrimas se mezclaban con las suyas.
Pero mientras la consolaba, mis ojos no dejaban de mirar a los cinco hombres en la habitación.
Y en ese momento, supe que sacarla de ahí no era suficiente.
Supe que la justicia legal no iba a ser suficiente.
Miré el cuchillo en el suelo. Miré la sangre de Santiago.
Y una oscuridad negra, espesa y fría empezó a llenar mi corazón.
—Beto —hablé por el radio—. Sube. Trae los cinchos. Y cierra la puerta principal. Nadie sale de aquí. Nadie.
—¿Capi? —preguntó Beto, notando el cambio en mi voz—. ¿Cuál es el plan?
Miré a Sofía, destrozada en mis brazos. Luego miré a Santiago, lloriqueando en el suelo.
—El plan cambió —dije—. Vamos a tener una pequeña “fiesta” privada con estos muchachos.
Sofía levantó la cabeza. Me miró.
Y en sus ojos, entre las lágrimas, vi algo que me asustó más que cualquier arma.
Vi que el miedo estaba desapareciendo.
Y estaba siendo reemplazado por odio.
—Abuelo… —susurró ella, mirando la pistola tirada en la cama—. No quiero irme todavía.
Sentí un escalofrío.
—¿Qué dices, hija?
—No quiero irme —repitió, y su voz se volvió dura, cristalina—. Quiero que ellos sientan lo que yo sentí.
Me quedé helado.
La noche acababa de empezar. Y lo peor no era el secuestro.
Lo peor estaba por venir.
PARTE 2 – CAPÍTULO 3
El Silencio de los Corderos
El olor a pólvora quemada en un espacio cerrado tiene un sabor metálico, ácido, que se te pega al paladar. Es el sabor de la irreversibilidad. Una vez que aprietas el gatillo, el universo cambia y no hay vuelta atrás.
En la habitación principal de la mansión, el eco del disparo de mi .45 todavía zumbaba en los oídos de todos. Santiago, el “Rey” de esta manada de hienas, se retorcía en la alfombra persa (que probablemente costaba más que mi camioneta), agarrándose el antebrazo destrozado. La sangre brotaba oscura y espesa, manchando sus mocasines Gucci y el piso de madera importada. Sus gritos habían pasado del alarido agudo a un gimoteo constante, húmedo y patético.
—¡Me voy a desangrar! —chillaba, con los ojos desorbitados—. ¡Llamen a una ambulancia! ¡Papá! ¡Ayúdame!
Los otros cuatro jóvenes en la habitación estaban petrificados. Literalmente. El miedo los había convertido en estatuas de sal. Eran chicos de gimnasio, bien alimentados, con proteínas y suplementos, cuerpos esculpidos para lucir playeras Ralph Lauren en los antros de Polanco. Pero el músculo de gimnasio no sirve de nada cuando el espíritu es de papel. Al ver la sangre real, la sangre caliente y sucia de su líder, se habían desmoronado. Uno de ellos, un chico con barba de candado, se había orinado en sus pantalones de lino beige. El charco se extendía lentamente bajo él.
Yo seguía de pie, con la pistola humeante apuntando al suelo, pero lista. Mi respiración estaba controlada. Inhalar en cuatro tiempos, retener en cuatro, exhalar en cuatro. La “caja de respiración” que me enseñaron los instructores israelíes en los 80.
Sofía seguía en la cama, envuelta en mi chamarra de cuero. Pero algo había cambiado. Ya no temblaba. Sus ojos, enrojecidos e hinchados, estaban fijos en Santiago. No había piedad en esa mirada. No había el horror que uno esperaría de una víctima. Había una curiosidad fría, científica. Como quien observa a un insecto retorciéndose bajo una lupa al sol.
—Beto —dije por el intercomunicador, sin dejar de vigilar a los prisioneros—. Sube a los de abajo. Tráelos a todos aquí. Quiero a toda la basura en un solo bote.
—Copiado, Capi. Ahí te van los borregos.
El Arreo
Minutos después, se escucharon pasos pesados en la escalera y voces aterrorizadas.
—¡Caminen, cabrones! ¡El que se pare se queda sin dientes! —la voz de Beto retumbaba como un trueno.
Entraron en la habitación empujados por la masa corporal de “El Tanque”. Eran nueve más. Algunos venían llorando, otros con las manos en la nuca, pálidos como la cera. Beto los arrojó al centro del cuarto como si fueran costales de papas.
—¡Al suelo! ¡Junto a su patrón! —ordenó, cerrando la puerta doble detrás de él y bloqueándola con una silla.
La habitación, diseñada para el lujo y el placer, se había convertido en una celda de hacinamiento. Catorce hombres jóvenes, la “crema y nata” de la sociedad mexicana, los hijos de los dueños del país, estaban amontonados en el piso, rodeados por dos viejos armados y una chica rota.
—Flaco —hablé al radio—. ¿Situación afuera?
—Tranquilo como panteón, Capi. Nadie entra, nadie sale. Corté la línea telefónica física por si acaso, y sigo bloqueando la señal celular. Están aislados del mundo.
Miré al grupo. Ahora que estaban todos juntos, la dinámica de poder era evidente. Buscaban a Santiago con la mirada, esperando que él los salvara, que sacara la “charola” (la placa o credencial de influencia) y arreglara todo. Pero al ver a Santiago llorando en posición fetal, sangrando, la esperanza se les escapó del cuerpo como el aire de un globo pinchado.
—Escúchenme bien —dije. Mi voz era baja, rasposa. No necesitaba gritar. El silencio era tal que se podía escuchar el goteo de la sangre de Santiago—. Nadie va a venir por ustedes. Sus papás no saben dónde están. Sus escoltas están dormidos o comprados. La policía no va a llegar.
Me acerqué a uno de ellos, el que parecía más entero, y le di una patada suave en la pierna.
—¿Saben quién soy?
—E-eres el abuelo… —balbuceó.
—No. Soy su peor pesadilla. Soy el pasado que creyeron que estaba enterrado. Soy la consecuencia de sus actos.
La Negociación Fallida
Santiago, en medio de su dolor, intentó jugar la única carta que conocía. La única carta que le había funcionado toda su vida.
—Te doy dinero… —jadeó, apretándose el brazo—. Mi papá… tiene mucho dinero. Te doy lo que quieras. Un millón… dos millones… dólares. Solo déjanos ir. Te juro que no decimos nada.
Me reí. Fue una risa seca, sin humor.
—¿Dinero? —repetí, mirando a Beto. Beto sonrió mostrando sus dientes manchados de tabaco—. ¿Crees que esto se trata de dinero, estúpido?
Me agaché frente a él, ignorando el olor a sangre y miedo.
—Tú rompiste algo que no tiene precio. Tocaste a mi sangre. Y no hay cheque en el mundo que pague eso.
—¡Fue una broma! —gritó otro de los chicos, uno con pelo rizado—. ¡Solo estábamos jugando! ¡Ella vino porque quiso! ¡No le hicimos nada… o sea, nada grave!
Fue entonces cuando sucedió.
Sofía se puso de pie.
El movimiento fue lento, doloroso, pero firme. La chamarra de cuero le quedaba enorme, cubriéndola como una armadura improvisada.
Caminó hacia el centro de la habitación. Sus pies descalzos pisaron la alfombra manchada de sangre sin vacilar.
—¿Nada grave? —preguntó. Su voz era un susurro, pero cortó el aire más afilada que mi cuchillo.
Todos callaron y la miraron.
Sofía se llevó la mano al cuello y se tocó un moretón que empezaba a formarse allí. Luego se tocó el labio partido.
—Me encerraron —dijo, ganando volumen—. Me quitaron el celular. Me obligaron a beber. Se rieron de mí cuando lloraba. Me dijeron que si no cooperaba, me iban a matar y a tirar en el lago. Y luego… —su voz se quebró por un milisegundo, pero se recompuso—… luego tú, Santiago, sacaste tu teléfono.
Santiago intentó arrastrarse hacia atrás, pero chocó contra las piernas de sus amigos.
—Sofi, perdóname… estábamos borrachos… no sabíamos lo que hacíamos…
—¿No sabían? —Sofía soltó una carcajada histérica que nos puso los pelos de punta—. Sabían perfectamente. Lo planearon. Escuché cómo apostaban quién iba a ser el primero.
Se giró hacia mí.
—Abuelo.
—Dime, hija.
—¿Podemos irnos? —preguntó Beto, incómodo por la tensión—. Ya les diste un susto, Capi. Ya le metiste un plomazo al líder. Vámonos antes de que esto se complique.
Yo miré a Sofía. Esperaba que dijera que sí. Esperaba que corriera hacia la salida.
Pero ella negó con la cabeza.
—No —dijo—. Si nos vamos ahora, ¿qué va a pasar, abuelo? Tú sabes qué va a pasar.
Me miró fijamente a los ojos, desafiándome.
—Dímelo. Dilo en voz alta.
Suspiré, sintiendo el peso de los años.
—Si nos vamos y los dejamos vivos… mañana irán al mejor hospital privado. Su papá moverá influencias. Dirán que fuimos nosotros los agresores. Que un viejo loco y su nieta entraron a robar y los atacaron. Comprarán al Ministerio Público. Borrarán las evidencias. Y en una semana, tú serás la loca y ellos serán las víctimas. Y en un mes… vendrán por nosotros.
Sofía asintió.
—Exacto. Ellos nunca pierden. Siempre ganan. Porque las reglas están hechas para ellos.
Se acercó a Santiago de nuevo.
—Pero hoy no hay reglas, ¿verdad, Santi? Aquí no está tu papá. Aquí no hay jueces comprados. Aquí solo estamos nosotros.
La Metamorfosis
Vi cómo la postura de mi nieta cambiaba. Los hombros, antes encorvados por la vergüenza y el trauma, se enderezaron. La barbilla se levantó.
Era fascinante y aterrador. Estaba viendo, en tiempo real, cómo la inocencia se moría y nacía algo más oscuro. Estaba viendo la herencia genética. La sangre de los Cárdenas, la sangre de guerreros y sobrevivientes, estaba tomando el control.
—Dame el teléfono —exigió Sofía, extendiendo la mano hacia Santiago.
—No lo tengo… se cayó… —mintió él.
Sofía no esperó. Miró alrededor. Vio una botella de champaña Dom Pérignon medio llena en una mesita. La tomó por el cuello.
Sin previo aviso, la estrelló contra el borde de la mesa de noche.
¡CRASH!
El vidrio voló. Quedó con el cuello de la botella en la mano, un arma dentada y brutal.
Beto dio un paso adelante, alarmado.
—¡Niña, tranquila!
Yo levanté la mano para detener a Beto.
—Déjala —ordené.
—Pero Capi…
—Dije que la dejes. Es su pelea.
Sofía se agachó sobre Santiago y le puso el vidrio roto a centímetros del ojo bueno.
—El teléfono. Ahora. O te juro por Dios que te dejo tuerto. Y no me va a temblar la mano, porque tú no tuviste piedad conmigo.
Santiago lloró, aterrorizado.
—¡Está en mi bolsa! ¡En la bolsa del pantalón derecho! ¡Tómalo, pero no me cortes!
Sofía metió la mano en el bolsillo del pantalón manchado de sangre y sacó el iPhone. Lo desbloqueó poniéndolo frente a la cara llorosa de Santiago.
Sus dedos se movieron rápidos sobre la pantalla.
Revisó los videos.
Yo no quería ver. No quería saber qué habían grabado. Pero vi la cara de Sofía iluminada por la pantalla. Vi cómo sus facciones se endurecían al ver las imágenes de su propia humillación.
—¿Te pareció divertido? —preguntó suavemente, sin dejar de mirar la pantalla—. ¿Te reíste cuando pedía que pararan?
—Bórralo… por favor, bórralo… —suplicaba Santiago.
Sofía borró todo. Entró a la carpeta de “Eliminados” y la vació. Entró a la nube y borró los respaldos.
Luego, se levantó.
Tiró el teléfono al suelo.
Levantó la bota y pisó la pantalla. Una, dos, tres veces. Con furia. Con odio. Hasta que el aparato quedó convertido en confeti tecnológico.
Pero no terminó ahí.
Miró a los otros trece.
—Ustedes también tienen teléfonos —dijo—. Sáquenlos. Todos. Ahora.
Como un ejército de cobardes sincronizados, todos sacaron sus celulares y los deslizaron por el suelo hacia ella.
—Rómpanlos —ordenó.
Dudaron.
—¡QUE LOS ROMPAN, CARAJO! —gritó Sofía, y su grito tuvo tanta fuerza que incluso Beto parpadeó.
Empezaron a golpear sus propios teléfonos contra el suelo, contra las mesitas, con las culatas de las botellas. Pantallas rotas, carcasas dobladas. La destrucción de su conexión con el mundo exterior.
El Veredicto
Cuando el último teléfono fue destruido, se hizo un silencio sepulcral.
Sofía respiraba agitadamente. Soltó el cuello de botella roto. Se le resbaló de los dedos sudorosos.
Se giró hacia mí.
—Abuelo… ya no tienen pruebas. Ya no tienen comunicación.
—Bien, mija. Vámonos.
—No —dijo ella otra vez. Y esta vez, su voz sonó definitiva—. No es suficiente.
Caminó hacia mí. Sus ojos se encontraron con los míos.
—Abuelo, tú me contaste historias. De cuando trabajabas en la Federal. Me contaste lo que le hacían a los “malos” para que no volvieran a hacer daño.
Tragué saliva. Yo nunca le había contado los detalles escabrosos, pero ella era lista. Había leído entre líneas.
—Eso era otro tiempo, Sofía. Era una guerra.
—Esto es una guerra —me interrumpió—. Es una guerra contra las mujeres. Contra gente como yo. Y ellos… —señaló al grupo en el suelo—… ellos son el enemigo. Si se levantan de aquí sin una marca, sin un recuerdo… lo volverán a hacer. Mañana. La próxima semana. Con otra chica. Tal vez con una que no tenga un abuelo como tú.
Se acercó más. Puso su mano pequeña y suave sobre mi mano derecha. La mano que sostenía el cuchillo Ka-Bar que yo había sacado inconscientemente.
—Préstame tu cuchillo, abuelo.
Sentí que el mundo se detenía.
Mi mente racional, la parte de mí que todavía creía en la civilización, gritaba “¡NO! ¡Sácala de ahí! ¡Llévala a terapia! ¡No dejes que se manche las manos!”.
Pero mi otra parte… la parte oscura, la parte que había visto el mal en estado puro, sabía que ella tenía razón.
El sistema judicial mexicano es una broma macabra para gente como Santiago. Si los dejábamos intactos, en una semana estarían riéndose de esto en un yate en Acapulco, y yo estaría muerto o en la cárcel por allanamiento, y Sofía viviría con miedo el resto de su vida.
La única justicia real en este país es la que uno toma con sus propias manos.
—Sofía… —empecé a decir, tratando de disuadirla una última vez—. Si haces esto… algo dentro de ti se va a romper. Y nunca vas a poder arreglarlo. Vas a cargar con esto siempre.
—Ya estoy rota, abuelo —respondió ella, y una lágrima solitaria rodó por su mejilla, limpiando un rastro de sangre ajena—. Ya me rompieron. Ahora solo quiero asegurarme de que ellos también se rompan. Quiero que cada vez que se vean al espejo, recuerden mi nombre.
Miré a Beto. Él no me miraba a mí. Miraba a Sofía con una mezcla de horror y respeto profundo. Asintió levemente.
—Dale la herramienta, Capi —murmuró Beto—. La niña tiene derecho a cobrar su factura.
Volví a mirar a mi nieta. Ya no era una niña. En esa hora, había envejecido diez años.
Lentamente, giré el cuchillo en mi mano. Tomé la hoja con cuidado y le ofrecí la empuñadura.
El mango de cuero negro estaba tibio por mi mano.
Sofía lo tomó.
Sus dedos se cerraron alrededor de la empuñadura. Le pesaba. Era un cuchillo de combate, grande, pesado, diseñado para matar. Pero ella lo sostuvo con firmeza.
Se dio la vuelta.
Caminó hacia Santiago, que seguía gimiendo en el suelo.
Los otros trece retrocedieron, pegándose a las paredes, intentando fundirse con el tapiz.
Sofía se paró sobre Santiago. Su sombra se proyectó sobre él como la de un ángel vengador.
—Levanta la cara —le ordenó.
Santiago negó con la cabeza, cubriéndose.
Sofía se agachó y le agarró el pelo, obligándolo a mirarla.
—Te dije que me miraras.
Acercó la hoja del cuchillo a la cara del chico. El acero brilló con la luz de la lámpara.
—Esto… —susurró Sofía al oído de Santiago, lo suficientemente alto para que todos escucharan—… esto es por cada lágrima que me hiciste derramar. Esto es para que nunca olvides que tú no eres un dios. Eres carne. Y la carne se corta.
Levantó el cuchillo.
No para apuñalar.
Sino para marcar.
Yo cerré los ojos por un segundo, pidiendo perdón a Dios, no por lo que ella iba a hacer, sino por haber permitido que mi ángel tuviera que descender al infierno para salvarse a sí misma.
Cuando abrí los ojos, Sofía ya había empezado.
Y no se detuvo con Santiago.
CAPÍTULO 4
El Bautizo de Sangre
El tiempo tiene una cualidad elástica cuando la violencia entra en la habitación. Se estira, se deforma. Un segundo puede durar una eternidad. Mientras veía a mi nieta, Sofía, sostener mi cuchillo Ka-Bar sobre el rostro de Santiago, sentí que el reloj del universo se detenía.
El aire acondicionado zumbaba suavemente, un contraste absurdo con el calor sofocante de los cuerpos, el sudor y la sangre.
—Esto no es por venganza, Santiago —dijo Sofía. Su voz ya no temblaba. Era una voz nueva, desconocida para mí, una voz que parecía venir de las entrañas de la tierra—. Esto es memoria.
Con un movimiento rápido, casi quirúrgico, bajó la hoja.
No fue una puñalada. No buscó matar.
Buscó marcar.
La punta del acero al carbono trazó una línea diagonal en la mejilla izquierda de Santiago, desde el pómulo hasta la comisura del labio.
La piel se abrió como un cierre relámpago. Primero se vio el blanco de la dermis, y un instante después, la sangre brotó roja y brillante.
Santiago tardó un segundo en procesarlo. El cerebro humano a veces se niega a aceptar que la integridad del cuerpo ha sido violada. Parpadeó. Luego, el dolor llegó.
—¡AAAAAAAHHHH! —el grito fue gutural, animal. Se llevó la mano sana a la cara, tratando de contener lo incontenible. La sangre se filtraba entre sus dedos, goteando sobre su camisa de lino italiano.
—¡Estás loca! ¡Estás enferma! —chilló, retorciéndose en el suelo como un gusano pisado.
Sofía no se inmutó. Se quedó mirándolo con una frialdad que me heló la sangre. No había satisfacción en su rostro, tampoco asco. Solo había… eficiencia. Como si acabara de corregir un error en un documento legal.
—Duela, ¿verdad? —preguntó ella, agachándose para quedar a su altura—. El dolor físico se pasa, Santiago. Te van a coser. Te van a poner pomadas caras. Pero cada mañana, cuando te rasures, vas a ver esa línea. Y te vas a acordar de mí. Y te vas a acordar de que tu dinero no pudo detener esto.
Se levantó y se giró hacia el resto del grupo.
Los trece hombres restantes estaban pegados a las paredes, temblando. Algunos lloraban silenciosamente. El olor a orina en la habitación se hizo más fuerte. La bravuconería, la arrogancia de ser “intocables”, se había evaporado, dejando solo a niños asustados frente a una fuerza que no comprendían.
La Procesión de los Pecadores
—Siguiente —dijo Sofía.
Nadie se movió.
—Dije: siguiente —repitió, levantando el cuchillo manchado.
Beto, que había estado observando la escena con los brazos cruzados y la escopeta descansando en su cadera, dio un paso al frente.
—Órale, cabrones. ¿No que muy machitos para abusar de una mujer entre todos? —Su voz retumbó—. La señorita los está llamando. Hagan fila o yo los formo a culatazos.
El miedo a Beto (una montaña de 130 kilos con cara de pocos amigos) superó al miedo al cuchillo. Uno a uno, empezaron a arrastrarse hacia el centro de la habitación.
El segundo en la fila era el chico de los lentes, el que me había dicho que su papá era licenciado. Estaba pálido, con el sudor pegándole el pelo a la frente.
—Por favor… Sofi… te conozco de la prepa… íbamos en el Cumbres juntos… —suplicó, con las manos juntas en gesto de oración.
Sofía lo miró.
—Sí, te conozco, Lalo. Eras el que se reía más fuerte cuando me quitaron el celular. Eras el que decía “ya relájate, te va a gustar”.
—Estaba pedo… no sabía…
—El alcohol no te hace violador, Lalo. Solo te quita la máscara.
Sofía agarró su barbilla con la mano izquierda. Él intentó apartar la cara.
—Quieto —ordenó ella.
Hizo el corte. Rápido. Limpio. En la frente, justo arriba de la ceja derecha.
Lalo gritó y cayó hacia atrás, tapándose la herida.
—La marca de Caín —murmuró Sofía.
Yo observaba desde la puerta, sintiendo una mezcla nauseabunda de orgullo y horror. Orgullo porque mi nieta no se había dejado vencer, porque estaba reclamando su dignidad de la manera más primitiva y absoluta posible. Horror porque sabía que cada corte que hacía en la piel de esos muchachos era también un corte en su propia alma. Estaba perdiendo su inocencia, gramo por gramo, gota por gota.
Me pregunté si algún día podría volver a ser la niña que rescataba perros callejeros. O si esa niña había muerto en esta habitación hace dos horas.
La Psicología del Terror
El proceso continuó. Se volvió casi ritualista.
El sonido de la respiración agitada, los sollozos ahogados, el shhhhk húmedo del cuchillo cortando piel, y luego el grito. Una y otra vez.
Hubo uno, un tipo alto y atlético, capitán del equipo de rugby de su universidad, que intentó hacerse el valiente. Cuando llegó su turno, miró a Sofía con odio.
—Vas a pagar por esto, perra —le escupió—. Mi viejo te va a meter a la cárcel y yo voy a pagar para que te maten adentro.
Sofía se detuvo. El cuchillo estaba a centímetros de su cara.
Sonrió. Fue una sonrisa terrible, vacía.
—¿Ah, sí? —dijo suavemente—. Abuelo.
—Mande —contesté, tensando el agarre en mi pistola.
—Este dice que me va a matar.
Me acerqué. Le puse el cañón frío de la .45 en la nuca al chico.
—Mijo —le susurré al oído—, si abres la boca para decir otra cosa que no sea “perdón” o un grito de dolor, te juro que no sales de este cuarto. Y a tu papá le mandamos tus pedazos en bolsas de basura negras. ¿Entendido?
El chico tragó saliva. Sintió el acero en su nuca. La realidad de la muerte inminente rompió su fachada de macho alfa. Empezó a temblar incontrolablemente.
—P-perdón… —gimió.
Sofía asintió.
—Mejor. Pero la amenaza tiene un precio extra.
En lugar de un corte en la cara, le tomó la mano derecha. La mano con la que probablemente había sujetado a Sofía.
Pasó el cuchillo por el dorso de la mano, cortando profundo, rozando tendones.
El alarido del chico fue tan fuerte que pensé que rompería los vidrios. Se desmayó del dolor segundos después.
—El que amenaza pierde —dijo Sofía, pasando al siguiente.
El Peso del Acero
Cuando llegó al número catorce, Sofía estaba cubierta de salpicaduras. Pequeñas gotas rojas en su cara, en sus brazos, en mi chamarra de cuero. Parecía una diosa azteca después de un sacrificio. O una carnicera después de un turno largo.
El último chico era el más joven, apenas dieciocho años. Estaba acurrucado en posición fetal, llorando como un bebé.
—No quiero… no quiero… mamá…
Sofía lo miró. Respiró hondo. Su mano, la que sostenía el cuchillo, empezó a temblar ligeramente. La adrenalina estaba bajando y el cansancio físico y emocional empezaba a cobrar factura.
Se agachó junto a él.
—Levántate —le dijo, no con furia, sino con cansancio.
El chico negó con la cabeza.
Sofía suspiró. Se limpió el sudor de la frente con el antebrazo, dejando una mancha roja.
—No te voy a cortar la cara —dijo.
El chico abrió los ojos, esperanzado.
—¿No?
—No. Porque tú no me tocaste. Tú solo mirabas. Estabas en la esquina, asustado. Eres un cobarde, pero no eres un sádico.
Tomó el cuchillo y le hizo un corte rápido, superficial, en el brazo. Un rasguño comparado con los otros.
—Esto es para que recuerdes que el silencio te hace cómplice. La próxima vez que veas una injusticia, si no hablas, la cicatriz te va a picar.
Se puso de pie. Soltó el aire que había estado conteniendo.
El cuchillo Ka-Bar colgaba de su mano, goteando sangre sobre la alfombra arruinada.
La habitación parecía un hospital de guerra. Catorce hombres jóvenes, heridos, sangrando, gimiendo, derrotados por una sola mujer y dos viejos.
Sofía se giró hacia mí.
Sus ojos estaban oscuros, dilatados.
—Toma, abuelo —me extendió el cuchillo por el mango.
Lo tomé. Estaba resbaloso por la sangre. Lo limpié en la colcha de la cama antes de enfundarlo. No quería que la sangre de estos parásitos tocara el cuero de mi funda.
—¿Terminamos? —pregunté.
Ella miró alrededor de la habitación una última vez. Grabando la imagen en su mente.
—Sí. Terminamos.
Se dirigió a la puerta, pero se detuvo antes de salir. Se giró hacia el grupo de heridos.
—Escúchenme bien —su voz sonó clara, cristalina—. Si alguno de ustedes va a la policía… Si alguno de ustedes le cuenta a sus papás la verdad… Si veo una sola patrulla cerca de la casa de mi abuelo…
Hizo una pausa dramática.
—Tengo sus nombres. Tengo sus direcciones. Sé quiénes son sus novias, sus hermanas, sus madres.
Señaló a Santiago.
—Si vienen por mí, yo iré por lo que ustedes más aman. Y no voy a ir con un cuchillo. Voy a ir con fuego. ¿Entendieron?
Nadie respondió con palabras, pero el terror en sus ojos fue respuesta suficiente. Asintieron.
Saben que el sistema los protege, pero también saben, ahora lo saben con certeza, que hay monstruos que viven fuera del sistema. Y acaban de conocer a la reina de esos monstruos.
El Descenso
Salimos de la habitación.
Beto salió el último, mirando a los chicos con desprecio.
—Si se mueven antes de una hora, regreso y les corto la otra mejilla —gruñó, y cerró la puerta de un portazo.
El pasillo estaba en silencio. La música de abajo seguía apagada.
Bajamos las escaleras.
Mis rodillas me dolían. La tensión del momento había desaparecido y ahora sentía el peso de mi edad.
Sofía caminaba delante de mí. Iba descalza, con los zapatos en la mano. Bajaba con la cabeza en alto, pero noté que se apoyaba en el barandal más de lo necesario.
Llegamos a la planta baja. Los “juniors” que se habían quedado en la sala seguían tirados en el suelo, vigilados por el fantasma de nuestra amenaza. Cuando nos vieron bajar, bajaron la vista. Nadie se atrevió a mirarnos. Habían escuchado los gritos de arriba. Sabían que algo terrible había pasado.
Salimos por la puerta principal.
El aire frío de la mañana nos golpeó en la cara. Fue como un bálsamo. Un shock de realidad.
Afuera, el cielo ya no era negro. Era de un gris azulado, ese tono triste y hermoso justo antes de que salga el sol. Los pájaros empezaban a cantar, indiferentes al drama humano que acababa de ocurrir.
“El Flaco” bajó del árbol donde estaba apostado. Se acercó corriendo, con el rifle al hombro.
Nos miró. Vio la sangre en la ropa de Sofía. Vio mi cara de agotamiento.
—¿Están bien? —preguntó, preocupado.
—Estamos vivos —dije.
—¿Y ellos?
—Vivos también —respondió Sofía, con la mirada fija en el horizonte—. Pero desearán no estarlo.
Caminamos hacia la camioneta que habíamos dejado oculta en el bosque.
El sonido de nuestras pisadas en la grava y las hojas secas era lo único que se escuchaba.
Subimos a la Ford Lobo.
Sofía se sentó en el asiento del copiloto. Se abrazó a sí misma, temblando. La adrenalina se había ido por completo y ahora llegaba el “bajón”. El frío, el dolor de los golpes, el trauma.
Arranqué el motor.
Beto y el Flaco subieron a la camioneta de atrás y a la moto.
Mientras salíamos del camino de terracería y tomábamos la carretera principal hacia la Ciudad de México, el sol empezó a asomar por encima de las montañas.
Un rayo de luz naranja iluminó la cara de Sofía.
Parecía una pintura renacentista. Manchas de sangre seca, ropa rota, pero una belleza trágica y terrible.
—Abuelo —dijo, rompiendo el silencio después de veinte minutos de camino.
—Dime, mi vida.
—No siento nada.
La miré de reojo.
—¿Cómo?
—Debería estar llorando. Debería sentir asco. O miedo. O culpa por lo que les hice. Pero… —se miró las manos—. No siento nada. Estoy vacía. Como si me hubieran arrancado algo de adentro y ahora tengo un hueco enorme.
Suspiré. Puse mi mano sobre la suya. Estaba helada.
—Es el shock, mija. Es normal. Tu cerebro te está protegiendo.
—No —negó con la cabeza—. No es shock. Es que… me gustó.
La frase cayó como una piedra en el estómago.
—Cuando vi la sangre de Santiago… cuando vi que me tenía miedo… sentí poder. Sentí que yo tenía el control. Y eso… eso me asusta, abuelo. Me asusta que me haya gustado.
Apreté el volante hasta que mis nudillos se pusieron blancos.
Recordé mis propios demonios. Recordé la primera vez que tuve que “interrogar” a alguien en serio en los sótanos de la DFS. Recordé esa misma sensación de poder absoluto, de ser juez, jurado y verdugo. Es una droga. La droga más potente del mundo. Y mi nieta acababa de probarla.
—Escúchame, Sofía —dije con firmeza—. Lo que hiciste hoy fue supervivencia. Fue guerra. En la guerra no hay buenos ni malos, solo vivos y muertos. Tú elegiste vivir. No te juzgues por eso.
—¿Y si ya no puedo volver? —preguntó, con voz pequeña—. ¿Y si la Sofía que estudiaba Derecho y quería ser juez… ya no existe?
No supe qué responder.
Porque yo me había hecho esa misma pregunta hace cuarenta años. Y la respuesta fue que no, nunca vuelves. Aprendes a vivir con el nuevo tú, con el tú que sabe de qué color es la sangre humana y cómo huele el miedo.
—Yo estoy aquí —le dije, que era lo único verdadero que podía ofrecerle—. Pase lo que pase, yo estoy aquí. Y te voy a cuidar.
Sofía recargó la cabeza en la ventana y cerró los ojos.
—Gracias, abuelo. Pero creo que… creo que ya no necesito que me cuiden tanto. Creo que ahora sé cuidarme sola.
Esa frase me dolió más que una bala.
Seguí manejando hacia la ciudad, dejando atrás Valle de Bravo y a catorce hombres marcados de por vida.
Pero mientras el sol iluminaba la carretera, no podía quitarme la sensación de que, aunque habíamos ganado la batalla, habíamos perdido algo mucho más importante. Habíamos perdido la inocencia. Y habíamos traído a casa a alguien diferente.
Alguien peligroso.
CAPÍTULO 5
El Refugio de los Pecadores
Llegamos a mi departamento en la colonia Narvarte cuando la Ciudad de México apenas comenzaba a desperezarse. Eran las 6:30 de la mañana. Los puestos de tamales ya humeaban en las esquinas, con ese olor inconfundible a masa de maíz y hoja de plátano que es el perfume matutino de esta metrópoli monstruosa. Los barrenderos raspaban las banquetas con sus escobas de varas, un sonido rítmico, casi hipnótico, que contrastaba violentamente con los gritos y el olor a sangre que todavía traíamos pegados en la memoria.
Estacioné la Lobo en el sótano. El silencio en la cabina había sido absoluto durante la última hora. Sofía no se había dormido, pero tampoco estaba despierta del todo. Estaba en ese limbo catatónico donde la mente intenta procesar lo inprocesable.
—Llegamos, mija —le dije suavemente, apagando el motor. El V8 dio un último suspiro y se calló.
Sofía parpadeó. Miró alrededor del estacionamiento gris y sucio como si fuera la superficie de Marte.
—¿Y mis papás? —preguntó, con voz ronca.
—Les mandé un mensaje desde tu cel antes de romperlo —mentí, aunque en realidad había usado un teléfono desechable para enviar un texto a mi hija diciendo que Sofía se quedaría conmigo a estudiar para un examen—. Creen que estás bien. Que estás segura.
Ella asintió, agradecida. Se miró la ropa. El vestido de fiesta, que alguna vez fue un elegante diseño color crema, ahora estaba rasgado, sucio de tierra y manchado con salpicaduras oscuras de sangre seca. Sangre que no era suya.
—No puedo dejar que me vean así —susurró—. Mamá se moriría. Papá… papá querría ir a la policía, y ya sabemos que eso no sirve.
—Aquí estás a salvo. Nadie entra aquí sin mi permiso. Y el que entra sin permiso, no sale.
Subimos por las escaleras. Mis rodillas protestaban a cada paso, un recordatorio cruel de que ya no tenía treinta años y de que la noche de acción me iba a cobrar factura durante una semana.
Al abrir la puerta de mi departamento, el olor a encierro, a tabaco viejo y a libros polvorientos nos recibió. Para mí, era olor a soledad. Para ella, en ese momento, debió oler a santuario.
—El baño es todo tuyo —le dije, señalando el pasillo—. Hay toallas limpias en el gabinete. Tómate tu tiempo. El agua caliente no se acaba; cambié el boiler el mes pasado.
Sofía entró al baño como un autómata. Escuché el seguro de la puerta hacer clic. Luego, el sonido de la regadera abriéndose a toda presión.
Me quedé parado en la sala, escuchando el agua correr. Esperaba oír llanto. Esperaba oír esos sollozos desgarradores que te sacuden el cuerpo cuando el shock pasa y el dolor llega.
Pegué la oreja a la puerta, preocupado.
Nada.
Solo el agua golpeando los azulejos.
Sofía no estaba llorando. Se estaba lavando. Se estaba quitando la sangre de Santiago, el sudor de los otros, la mugre de esa casa maldita. Pero el silencio… ese silencio me asustaba más que cualquier grito.
El Consejo de Guerra
Diez minutos después, sonó el timbre. Tres toques cortos, uno largo. La clave.
Abrí. Eran Beto y el Flaco.
—¿Cómo está la niña? —preguntó Beto en voz baja, entrando con su inmensa humanidad a mi pequeña sala. Traía una bolsa de pan dulce de la panadería de la esquina y unos cafés del Oxxo.
—En la regadera. No ha dicho ni pío.
Nos sentamos en la cocina. El Flaco sacó una botella de tequila Don Julio 70 de su chamarra. A esa hora, un trago no era vicio, era medicina. Sirvió tres caballitos.
—Salud —dijo el Flaco, levantando el vaso—. Por que regresamos completos.
—Salud —respondimos. El tequila bajó quemando, limpiando la garganta del sabor a pólvora.
—¿Qué vamos a hacer, Capi? —preguntó Beto, mordiendo una concha de vainilla—. Esos niños no se van a quedar quietos. Ahorita están asustados, sí. Pero cuando lleguen con sus papás, cuando les vean las caras cortadas… la cosa se va a poner fea. Van a mover cielo, mar y tierra.
—Lo sé —dije, frotándome las sienes—. Pero tienen miedo. El miedo es una herramienta poderosa. Si los papás se enteran de lo que hicieron, del video, de la violación… es un escándalo que puede acabar con carreras políticas. Les conviene callar tanto como a nosotros. Es un empate mexicano.
—El problema no son los papás —intervino el Flaco, limpiando sus lentes con la camisa—. El problema es la niña.
Lo miré fijamente.
—¿A qué te refieres?
—Víctor, tú viste lo que hizo. —El Flaco se inclinó sobre la mesa, bajando la voz—. Yo he visto soldados entrenados dudar antes de cortar a un hombre. He visto sicarios vomitar la primera vez. Tu nieta… ella ni parpadeó. Disfrutó el proceso.
—Fue adrenalina —la defendí, aunque sabía que mentía.
—No, Capi. —Beto negó con su cabezota—. Fue instinto. Tiene tu sangre. Tiene la “mala sangre”. Esa que se enfría cuando debería calentarse. Y eso es peligroso. Si no la controlas, esa niña va a buscar más.
Me quedé callado. Mis amigos, mis hermanos de armas, tenían razón. Habíamos destapado una botella que no podíamos volver a cerrar.
—Yo me encargo —dije finalmente—. La voy a vigilar. Voy a asegurarme de que entienda que esto fue una excepción, no una regla.
En ese momento, la puerta del baño se abrió.
Los tres nos callamos.
Sofía apareció en el umbral de la cocina. Llevaba una de mis batas de baño viejas, que le quedaba tres tallas grande, y una toalla en la cabeza. Tenía la cara lavada, roja por el agua caliente y el jabón. Se veía pequeña, frágil, casi transparente.
—Buenos días —dijo. Su voz era suave.
—Buenos días, mija —contesté, tratando de sonar normal—. ¿Quieres un café? ¿Un pan?
Ella miró la bolsa de pan dulce.
—Tengo hambre —dijo—. Mucha hambre.
Se sentó a la mesa con nosotros. Con tres viejos asesinos retirados. Agarró una oreja de hojaldre y le dio una mordida grande. Comió con ansias, como si no hubiera comido en días.
Beto y el Flaco la miraban de reojo, buscando grietas en su armadura.
Pero ella comía, tomaba café y miraba por la ventana hacia la calle soleada.
—Gracias —dijo de repente, sin mirarnos—. A los tres. Por ir por mí.
—No tienes nada que agradecer, niña —dijo Beto, suavizando la voz—. Eres familia.
—Sí tengo. —Se giró hacia Beto y lo miró a los ojos. Esos ojos oscuros, profundos—. Si ustedes no hubieran llegado… yo estaría muerta. O peor.
Hizo una pausa y añadió, con una frialdad que congeló el café en nuestras tazas:
—Pero la próxima vez, no voy a necesitar que vayan por mí.
La Máscara de la Normalidad
Sofía se quedó en mi casa una semana.
A sus padres les dijo que estaba “enferma del estómago” y que no quería contagiarlos, además de que necesitaba silencio para estudiar los finales de Derecho Romano. Mis hijos, ocupados con sus propios dramas laborales y matrimoniales, aceptaron la excusa sin chistar. A veces es increíble lo ciegos que pueden ser los padres cuando les conviene.
Durante esa semana, mi casa se transformó.
Sofía limpió. No una limpieza normal. Una limpieza obsesiva. Fregó los pisos hasta que brillaron, ordenó mi biblioteca por orden alfabético, sacó bolsas de basura con cosas viejas que yo acumulaba.
Era como si quisiera poner orden en el caos de su mente ordenando el entorno físico.
Pero lo más inquietante eran las mañanas.
Yo me despertaba y ella ya estaba despierta. La encontraba en la cocina, haciendo huevos con chorizo, cantando bajito alguna canción de pop.
—¡Buenos días, abuelo! —me decía con una sonrisa brillante.
Demasiado brillante.
Era una máscara. Una prótesis emocional.
Detrás de esa sonrisa, yo veía los engranajes girando. Veía la calculadora.
Una noche, la encontré en la sala, mirando la pared apagada.
—¿Sofi?
No contestó.
—¿Estás bien?
—Abuelo, ¿alguna vez te has sentido… poderoso?
Me senté a su lado.
—Muchas veces. Y casi siempre fue cuando hice algo de lo que después me arrepentí.
Ella negó con la cabeza.
—Yo no me arrepiento. —Se miró las manos—. Cierro los ojos y veo la cara de Santiago cuando le corté la mejilla. Veo cómo su arrogancia se convertía en terror. Y me siento… en paz. Es como si el universo se hubiera equilibrado por un segundo.
—Eso se llama venganza, Sofía. Y la venganza es un veneno. Te lo tomas tú esperando que se muera el otro.
—No es venganza, abuelo. Es justicia. La ley no sirve. Tú lo dijiste. Si la ley no sirve, ¿quién nos protege? Nosotros mismos.
Se giró hacia mí. Sus ojos brillaban con una intensidad febril.
—Enséñame.
El Pacto del Diablo
—¿Qué? —pregunté, aunque ya sabía la respuesta.
—Enséñame a pelear. Enséñame a disparar. Enséñame a hacer lo que tú hacías. Lo que Beto hace. Quiero saber cómo romper un brazo. Quiero saber cómo saber si alguien me está siguiendo. Quiero saber cómo desaparecer.
Me levanté, molesto.
—¡No! ¡Absolutamente no! Te saqué de ahí para que vivieras tu vida, Sofía. Para que fueras abogada, te casaras, tuvieras hijos y fueras feliz. No para convertirte en… en mí. Mírame. Estoy solo. Divorciado de la vida, viudo, con pesadillas todas las noches. ¿Eso quieres?
—No quiero ser una víctima —dijo ella, poniéndose de pie también. Aunque era mucho más baja que yo, en ese momento parecía gigante—. Abuelo, el mundo está lleno de Santiagos. Está lleno de lobos. Y yo soy una oveja. Tú eres un perro pastor, pero ya estás viejo. Un día no vas a estar. Y cuando no estés, ¿quién me va a cuidar?
—Tú no necesitas saber matar para cuidarte.
—No quiero matar. Quiero que nadie se atreva a tocarme nunca más. Quiero caminar por la calle sin miedo. Quiero tener el control.
Se acercó y me tomó las manos. Sus manos eran suaves, pero su agarre era de hierro.
—Si no me enseñas tú, voy a buscar a alguien más. Voy a ir a un gimnasio de mala muerte, o voy a buscar en internet. Y me van a enseñar mal, o me voy a meter en problemas. Por favor, abuelo. Hazlo bien. Enséñame la disciplina, no solo la violencia.
Me quedé mirándola. Sabía que no estaba blofeando. Era terca, como su madre, como yo. Si le decía que no, buscaría por otro lado y sería peor.
—Está bien —suspiré, sintiendo que estaba firmando un pacto con el diablo—. Pero con condiciones.
—Las que quieras.
—Uno: Esto no es para vengarte. Si me entero de que usas lo que te enseño para buscar pleito, se acaba.
—Trato.
—Dos: La escuela es primero. Si bajan tus calificaciones, se acaba.
—Trato.
—Tres: Nunca, bajo ninguna circunstancia, usas un arma de fuego a menos que tu vida corra peligro inminente de muerte. Las armas son del diablo, Sofía. Las carga el diablo y las disparan los pendejos.
—Lo prometo.
Ella sonrió. Esta vez, la sonrisa llegó un poco a sus ojos.
—¿Cuándo empezamos?
—Mañana. A las 5:00 AM. Y te advierto, Sofía: vas a vomitar. Vas a llorar. Y me vas a odiar.
—Ya veremos —dijo ella.
El Dojo de Concreto
A la mañana siguiente, a las 5:00 en punto, Sofía estaba en la sala, vestida con unos pants viejos y una playera gris.
—Vamos al sótano —le dije.
El sótano del edificio tenía un pequeño cuarto de servicio que yo había acondicionado hace años como gimnasio. Tenía un costal de boxeo remendado con cinta canela, unas pesas oxidadas y colchonetas en el piso. Olía a humedad y a esfuerzo.
—Primero: condición física —dije—. No puedes pelear si no puedes respirar.
La puse a saltar la cuerda. Luego sentadillas. Luego lagartijas. Luego burpees.
Sofía tenía buena condición por el gimnasio de la universidad, pero esto era diferente. Esto no era fitness. Esto era supervivencia.
A los veinte minutos estaba empapada en sudor. A los cuarenta, estaba pálida. A los cincuenta, corrió al baño a vomitar el desayuno.
Regresó limpiándose la boca, con los ojos llorosos pero desafiantes.
—¿Seguimos? —preguntó.
Sonreí por dentro. Tenía agallas.
Durante la siguiente semana, le enseñé lo básico del Krav Maga y del Systema ruso. Nada de katas bonitas ni movimientos de película.
—Aquí no hay honor, Sofía —le decía mientras le torcía la muñeca—. Si te atacan, muerdes. Picas los ojos. Pateas los genitales. Usas las uñas. Tu objetivo no es ganar puntos, es romper al otro lo suficiente para poder correr.
Ella aprendía rápido. Demasiado rápido.
Tenía una memoria muscular impresionante. Le enseñaba una llave para zafarse de un agarre al cuello, y a la tercera vez ya la ejecutaba con fluidez.
Pero había algo que me preocupaba. La agresividad.
Cuando golpeaba el costal, no lo golpeaba; intentaba atravesarlo. Gruñía. Sus nudillos sangraban y no paraba.
—¡Tranquila! —le gritaba yo—. ¡Control! ¡La fuerza sin control es basura!
—¡Es que me imagino que es él! —gritó ella una vez, golpeando el costal con una patada circular que casi arranca el soporte del techo—. ¡Me imagino que es la cara de ese imbécil!
La detuve. La abracé por la espalda para inmovilizarla. Ella forcejeó, gritando, llorando de rabia.
—¡Suéltame! ¡Los odio! ¡Los odio!
—Ya pasó, ya pasó —le susurraba yo hasta que se calmaba y se dejaba caer al suelo, agotada.
Esa semana, entendí que el entrenamiento no era solo físico. Era su terapia. Cada golpe sacaba un poco del veneno que le inyectaron esa noche. Pero me preguntaba si al sacar ese veneno, no estaba generando uno nuevo, más potente.
El Fantasma Digital
Una noche, cerca de las once, bajé a la cocina por un vaso de agua.
Vi luz en la sala.
Sofía estaba sentada en el sillón, con su laptop nueva (le compré una para reemplazar la que supuestamente “perdió”) sobre las piernas. La luz azul de la pantalla iluminaba su cara, dándole un aspecto espectral.
Sus dedos volaban sobre el teclado. Sus ojos se movían de izquierda a derecha, leyendo a toda velocidad.
Me acerqué sigilosamente. Mis años de espía no se olvidan; mis pasos no suenan.
Me asomé por encima de su hombro.
Lo que vi me detuvo el corazón.
No eran apuntes de Derecho. No era Netflix.
Eran mapas.
Google Maps en vista satelital. Estaba haciendo zoom en una casa en Lomas de Chapultepec.
Tenía abiertas varias pestañas.
Facebook. Instagram. TikTok.
Estaba en el perfil de “Santi_King_99” (Santiago).
Pero no solo veía sus fotos. Estaba analizando.
En un documento de Word al lado, tenía una lista.
Nombre: Santiago Echeverría.
Dirección: Sierra Gorda 455.
Rutina: Gym Sport City (7:00 AM), Universidad Iberoamericana (10:00 AM – 2:00 PM).
Auto: BMW M4 Azul.
Novia: Camila R.
Bajé la vista. Había más nombres. Los catorce nombres.
Eduardo “Lalo” M.
Roberto G.
Felipe S.
Todos con direcciones, rutinas, familiares.
—Sofía —dije.
Ella dio un salto y cerró la tapa de la laptop de golpe. El sonido fue como un disparo en el silencio de la noche.
Se giró, con los ojos muy abiertos. Por un segundo, vi culpa. Pero inmediatamente, la culpa fue reemplazada por esa frialdad nueva, esa máscara de porcelana dura.
—Me asustaste, abuelo.
—¿Qué estás haciendo? —pregunté, señalando la computadora cerrada.
—Nada. Estudiando.
—No me mientas. Vi la pantalla. Vi la lista.
Sofía suspiró. Se recargó en el sillón y se cruzó de brazos.
—Solo estoy… recopilando información.
—¿Para qué? Prometiste que no habría venganza.
—No es venganza, abuelo. Es inteligencia. —Usó mi propia terminología contra mí—. Tú me enseñaste: “Conoce a tu enemigo”. Necesito saber dónde están. Necesito saber qué hacen. Necesito saber si se acercan a mí.
—Eso no es defensa, Sofía. Eso es cacería. Estás acechando a tu presa.
—Ellos me acecharon primero.
—¡Ellos son unos idiotas borrachos! Tú estás convirtiendo esto en una operación militar.
—Ellos son peligrosos. —Se levantó, encarandome—. Abuelo, ¿crees que se van a quedar tranquilos con las cicatrices en la cara? Santiago subió una foto ayer. De espaldas. Con una venda en la cara. Puso de caption: “Lo que no te mata te hace más fuerte. Pronto volvemos”. ¿Entiendes? “Pronto volvemos”. Es una amenaza.
Me quedé helado. Si Santiago estaba posteando eso, significaba que no habían aprendido la lección. O peor, que la lección los había radicalizado a ellos también.
—Déjame ver eso —dije.
Sofía abrió la laptop y me mostró la publicación. Cientos de likes. Comentarios de apoyo: “Ánimo bro”, “¿Quién fue?”, “Vamos a romperles la madre”.
Sentí un peso en el estómago. Tenía razón. No se había acabado.
Pero la forma en que ella lo manejaba… esa meticulosidad, esa obsesión…
—Está bien —dije—. Tienes razón en estar alerta. Pero hay una línea muy fina entre vigilar y obsesionarse. Si cruzas esa línea, si decides ir a buscarlos… te vas a perder, Sofía. Y ni yo voy a poder traerte de vuelta.
Ella me miró con una sonrisa triste.
—Abuelo, creo que me perdí en esa casa en Valle de Bravo. Ahora solo estoy tratando de encontrar el camino en la oscuridad. Y la única luz que tengo… es verlos caer.
Cerró la laptop.
—Me voy a dormir. Mañana a las 5:00, ¿verdad? Quiero aprender a usar el cuchillo. Pero bien. No como esa noche. Quiero aprender técnica.
Se fue a su cuarto.
Me quedé solo en la sala, a oscuras.
Miré mis manos.
Yo había creado a muchos monstruos en mi carrera. Había entrenado a hombres que luego se convirtieron en sicarios de carteles. Pero nunca pensé que mi creación más peligrosa, la más letal, dormiría en la habitación de huéspedes, bajo el techo de mi propia casa.
Y lo peor de todo… es que una parte de mí, la parte del viejo comandante, estaba orgullosa de ella.
Esa noche no dormí. Me quedé vigilando la puerta de su cuarto, no para protegerla de los monstruos de afuera, sino para proteger al mundo del monstruo que estaba naciendo adentro.
CAPÍTULO 6
El Regreso del Fantasma
Dos semanas. Ese fue el tiempo que Sofía tardó en decidir que estaba lista para volver al mundo.
El cambio fue sutil para los ojos inexpertos, pero para mí, que la observaba como quien observa una bomba sin reloj, era evidente.
Se había cortado el pelo. Ya no llevaba esa melena castaña ondulada que le daba un aire romántico. Ahora llevaba un corte bob a la altura de la barbilla, recto, severo, que enmarcaba su rostro y endurecía sus facciones.
Cambió su ropa. Los vestidos floreados y las blusas de colores pastel desaparecieron. Su nuevo guardarropa era monocromático: negro, gris, azul marino. Ropa funcional, pantalones de mezclilla, botas tipo Dr. Martens. Ropa para correr, para pelear, para pasar desapercibida.
—Ya me voy, abuelo —dijo una mañana, colgándose la mochila al hombro.
—¿A dónde?
—A casa. Con mis papás. Ya “me curé del estómago”, ¿recuerdas? —Me guiñó un ojo. Fue un gesto ensayado, carente de calidez.
La llevé en mi camioneta.
Al llegar a su casa en la colonia Del Valle, sus padres salieron a recibirla. Mi hija Laura la abrazó llorando, como si hubiera regresado de la guerra (lo cual, en cierto modo, era verdad).
—¡Mi niña! ¡Qué flaca estás! —decía Laura, tocándole la cara—. ¿Seguro que ya estás bien?
—Sí, mamá. Solo fue una infección fuerte. Ya estoy perfecta.
Observé la escena desde la banqueta. Sofía se dejaba abrazar, sonreía, asentía. Pero sus ojos… sus ojos escaneaban la calle. Miraba los coches estacionados. Miraba las esquinas. Buscaba amenazas.
Era un comportamiento de soldado en territorio hostil.
Me miró por encima del hombro de su madre y me hizo un leve gesto con la cabeza. Un gesto de complicidad. Un gesto de: “El juego empieza ahora”.
La Investigación de Campo
Durante el siguiente mes, nos vimos poco.
Sofía regresó a la universidad. Según ella, todo era normal. Iba a clases, salía con amigas, estudiaba en la biblioteca.
Pero yo sabía la verdad.
Beto, que trabajaba de jefe de seguridad en un club nocturno en Polanco, me llamó una noche.
—Capi, tengo que contarte algo.
—Dime, Gordo.
—La niña anduvo por aquí anoche.
—¿Sofía? ¿En un antro?
—Sí. Pero no entró a bailar. Se quedó en la barra, pidiendo agua mineral. Estaba sola. Y adivina quiénes estaban en la zona VIP.
Sentí un nudo en el estómago.
—Dímelo.
—El grupito de Santiago. Bueno, no estaba Santiago, ese wey sigue escondido curándose la cara. Pero estaban sus achichincles. El tal Lalo, el Felipe… como cinco de ellos. Andaban festejando no sé qué madre.
—¿Sofía se les acercó?
—No. Se quedó mirándolos desde lejos. Como un gato mirando pajaritos. Estuvo ahí dos horas, Capi. Solo mirando. Tomando notas en su celular. Y luego se fue.
—Gracias, Beto. Mantenme informado.
Colgué.
Sofía no estaba olvidando. Estaba estudiando patrones. Estaba aprendiendo sus horarios, sus lugares favoritos, sus bebidas.
Estaba cazando.
El Laboratorio Secreto
Un domingo fui a visitarla a su casa. Sus padres habían salido a una comida familiar. Sofía estaba sola.
Subí a su cuarto.
La encontré sentada en el piso, rodeada de libros. Pero no eran libros de Derecho Penal.
Eran libros de Toxicología, de Química Orgánica, de Botánica.
En su pantalla tenía abierto un artículo científico en inglés: “Efectos a largo plazo de la exposición a metales pesados y neurotoxinas vegetales”.
—Sofía —dije desde la puerta.
Ella levantó la vista. No se asustó. Cerró el libro con calma.
—Hola, abuelo.
—¿Qué es todo esto? —Señalé los libros.
—Curiosidad académica. Estoy llevando una optativa de Medicina Forense. Es fascinante.
—No me mientas. Sé lo que estás haciendo. Estás buscando una forma de lastimarlos sin tocarlos.
Sofía se puso de pie. Caminó hacia la ventana.
—Abuelo, ¿sabías que hay una planta muy común en los jardines de la Ciudad de México? La Ricinus communis. Higuerilla. De sus semillas se saca el aceite de ricino, que es medicinal. Pero si procesas la semilla de cierta forma… obtienes ricina.
Me quedé helado. La ricina es una de las toxinas más potentes conocidas por el hombre. Unos pocos miligramos pueden matar a un adulto. Es el arma favorita de los espías de la Guerra Fría.
—Sofía, eso es asesinato. Si usas eso, vas a la cárcel de por vida. O te matan ellos.
—Tranquilo. —Sonrió—. La ricina mata. Yo no quiero matar. La muerte es demasiado rápida. Es… piadosa.
Se giró hacia mí, con esa mirada que me recordaba a los interrogadores de la KGB.
—Busco algo diferente. Algo que no mate, pero que destruya. Algo que ataque los riñones, el hígado, el sistema nervioso. Algo que los deje vivos, pero rotos. Que los convierta en inválidos. Que necesiten diálisis de por vida. Que se queden ciegos.
—¡Estás hablando de tortura química! —grité—. ¡Sofía, por Dios! ¡Esos son crímenes de lesa humanidad!
—Ellos cometieron un crimen contra mi humanidad —respondió ella, impasible—. Y nadie hizo nada. Así que yo voy a equilibrar la balanza.
Me acerqué a ella y la tomé por los hombros, sacudiéndola.
—¡Escúchame! ¡Te estás convirtiendo en un monstruo! ¡Eres peor que ellos!
Ella se soltó de mi agarre con un movimiento brusco, usando una técnica de Krav Maga que yo mismo le enseñé.
—No, abuelo. —Su voz era hielo puro—. Ellos lo hacen por diversión. Yo lo hago por deber. Soy la mano que ejecuta la sentencia.
Me di cuenta de que la había perdido. La niña dulce que quería ser juez había desaparecido, devorada por esta vengadora científica.
—Si haces esto… yo no te puedo proteger.
—No te preocupes. No vas a tener que hacerlo. El crimen perfecto es aquel que parece un accidente o una enfermedad natural.
La Oportunidad de Oro
Tres semanas después.
Beto me llamó de nuevo.
—Capi. Código Amarillo.
—Habla.
—Hay un rumor en el ambiente. Santiago va a reaparecer. Va a dar una “fiesta de regreso” en un roof garden privado en Santa Fe. Solo para “gente bien”. Van a estar los catorce. Quieren demostrar que no tienen miedo, que siguen siendo los reyes.
—¿Cuándo?
—Este sábado.
—¿Sofía lo sabe?
—Seguro que sí, Capi. Esa niña tiene oídos en todos lados. Hackeó las cuentas de Instagram de las novias de estos weyes. Sabe hasta qué marca de calzones usan.
Colgué y marqué el número de Sofía.
—¿Bueno?
—Sé lo de la fiesta en Santa Fe.
Hubo un silencio.
—Qué informados están tus amigos, abuelo.
—No vayas, Sofía. Te lo prohíbo.
—No voy a ir, abuelo. No estoy invitada. ¿Recuerdas? Soy la “loca del cuchillo”. Si me acerco a cien metros, me disparan los guaruras.
—Entonces, ¿qué planeas?
—Nada. Me voy a quedar en casa viendo películas con mamá. Te lo prometo.
Me colgó.
“Te lo prometo”.
Esa promesa valía menos que un peso devaluado. Sabía que no iba a ir en persona. Pero Sofía ya no necesitaba estar presente para estar presente.
El Caballo de Troya
Sábado por la noche.
Yo estaba en mi departamento, caminando de un lado a otro como león enjaulado. Tenía el equipo táctico listo en la mesa. Beto y el Flaco estaban en alerta, esperando mi llamada.
Pero Sofía estaba en su casa. Le pedí a mi hija Laura que me mandara una foto. Me mandó una selfie de las dos en pijama, comiendo palomitas.
“Noche de chicas”, decía el mensaje.
Me relajé un poco. Tal vez me equivoqué. Tal vez solo estaba fanfarroneando.
Lo que no sabía, lo que descubrí mucho después, es que Sofía no necesitaba estar en la fiesta.
Ella había encontrado el eslabón débil.
No era uno de los chicos.
Era el catering.
Días antes, Sofía había rastreado a la empresa encargada de las bebidas y los bocadillos para la fiesta exclusiva. Eventos Premium MX.
Había localizado a uno de los meseros temporales. Un chico humilde de Iztapalapa llamado Kevin, que trabajaba turnos dobles para pagar la medicina de su madre diabética.
Sofía lo interceptó saliendo del metro.
No lo amenazó. No usó violencia.
Usó dinero. Los ahorros de toda su vida, más lo que había sacado vendiendo algunas joyas que le regaló su abuela materna.
Cincuenta mil pesos en efectivo.
—¿Qué tengo que hacer? —preguntó el chico, viendo el fajo de billetes que representaba la salvación de su madre.
—Nada malo —le dijo Sofía con su sonrisa de ángel caído—. Solo quiero hacerles una broma a unos amigos. Son muy pesados. Quiero que les pongas esto en sus bebidas. —Le entregó un frasco pequeño, como de gotas para los ojos, lleno de un líquido transparente.
—¿Es droga? —preguntó el chico, asustado.
—No. Es laxante. Muy potente. Se van a cagar encima y todos nos vamos a reír. Eso es todo. Te lo juro.
El chico dudó. Pero el dinero pesaba más que la duda.
—Está bien. ¿A quiénes?
Sofía le dio las fotos de los catorce objetivos.
—Solo a ellos. A nadie más. Si le das a alguien más, no te pago la segunda parte.
—Trato.
Pero el frasco no tenía laxante.
Contenía una mezcla destilada casera, extraída de semillas de Ricinus y combinada con etilenglicol (anticongelante). Una mezcla calculada no para matar instantáneamente, sino para destruir los riñones y el hígado lentamente, causando un fallo multiorgánico doloroso y permanente.
La Fiesta del Juicio Final
Santa Fe. Piso 40 de una torre de cristal.
La música electrónica retumbaba. La socialité mexicana bebía champaña y se reía, ajena al drama.
Santiago estaba ahí, con una banda adhesiva color piel cubriendo la cicatriz en su mejilla. Bebía whisky Blue Label como si fuera agua, tratando de ahogar los recuerdos de esa noche en Valle de Bravo. Estaba rodeado de sus trece apóstoles, todos con marcas similares en la cara o en las manos, ocultas bajo maquillaje o ropa cara.
—¡Por el regreso de los Reyes! —brindó Santiago, alzando su vaso.
—¡Salud! —gritaron los otros.
El mesero, Kevin, se acercó con una charola de shots especiales.
—Cortesía de la casa, jóvenes —dijo, nervioso, sudando frío.
—¡Venga! —agarró uno Santiago—. ¡Fondo, cabrones!
Los catorce tomaron el vaso.
El líquido bajó. Tenía un sabor dulce, ligeramente metálico, enmascarado por el fuerte sabor del tequila y el limón.
—¡Uf, pega duro! —se rio Lalo.
Nadie cayó muerto.
Nadie vomitó sangre.
La fiesta siguió. Bailaron. Se emborracharon. Se ligaron a chicas.
A las 3:00 AM, cada uno se fue a su casa en sus Uber Black o con sus choferes.
Sofía, desde la sala de su casa, viendo una película romántica con su mamá, miró el reloj.
3:00 AM.
Sonrió.
—¿Qué pasa, hija? —preguntó Laura.
—Nada, ma. Solo que… creo que ya terminó la película. El final fue perfecto.
El Despertar del Infierno
El veneno de Sofía era una bomba de tiempo.
No actuó esa noche.
Ni al día siguiente.
El domingo, los chicos tuvieron resaca. “La peor cruda de mi vida”, tuiteó uno. Dolor de cabeza, náuseas. Normal después de una borrachera.
Pero el lunes, la “cruda” no se quitó.
Empezaron los vómitos. No vómitos normales, sino biliosos, violentos.
El dolor abdominal empezó a doblarlos.
La orina se volvió oscura, color café.
El martes, los catorce ingresaron a diferentes hospitales privados de la Ciudad de México: Hospital ABC, Médica Sur, Hospital Español.
—Intoxicación etílica severa —dijeron los primeros diagnósticos.
Pero los riñones estaban fallando. Los niveles de creatinina estaban por las nubes. El hígado se estaba necrosando.
El miércoles, la noticia explotó.
“Misteriosa epidemia afecta a jóvenes de la alta sociedad. 14 hospitalizados en estado crítico. Se sospecha de droga adulterada o envenenamiento intencional.”
Yo estaba desayunando cuando vi la noticia en Milenio TV.
Se me cayó la cuchara.
Sentí un frío que me recorrió la espalda.
No fue laxante. No fue una broma.
Fue una ejecución química.
Marqué el teléfono de Sofía.
—Bueno.
—¿Qué hiciste? —pregunté, sin rodeos.
—Buenos días a ti también, abuelo.
—¡Están muriéndose! ¡Dicen que tienen fallo renal masivo!
—No se van a morir —dijo ella con una calma espeluznante—. Leí los estudios. La dosis fue calculada para el peso promedio de un hombre de 75 kilos. Van a sobrevivir. Pero van a necesitar trasplantes. Van a estar atados a una máquina de diálisis tres veces por semana. Van a estar débiles, enfermos, dependientes.
Hizo una pausa.
—Nunca más van a poder someter a una mujer por la fuerza. Nunca más van a ser los machos alfa. Serán pacientes. Serán víctimas.
—Sofía… esto es monstruoso.
—Es justicia poética, abuelo. Ellos usaron su cuerpo para lastimarme. Yo les quité su cuerpo. Ahora estamos a mano.
Colgué el teléfono.
Me senté en el sillón y me tapé la cara con las manos.
Había entrenado a mi nieta para defenderse. Le había enseñado a sobrevivir.
Pero había fallado en lo más importante. No le había enseñado a perdonar. O al menos, a no convertirse en el mal que combatía.
En ese momento, supe que había perdido a Sofía para siempre.
La chica que rescataba perros estaba muerta.
En su lugar, había nacido una mujer de hielo, una alquimista de la venganza que, desde la comodidad de su sofá, había destruido catorce vidas sin mancharse las manos de sangre.
Y lo peor… es que una parte de mí, la parte más oscura y vieja, pensó: “Bien hecho, hija. Bien hecho”.
CAPÍTULO 7
El Pánico en el Olimpo
El Hospital ABC de Santa Fe es más parecido a un hotel de cinco estrellas que a un centro médico. Mármol en los pisos, obras de arte abstracto en las paredes, y un silencio respetuoso que huele a dinero y desinfectante caro. Pero ese miércoles, el silencio se había roto.
El área de Terapia Intensiva era un manicomio de alta alcurnia.
Vi las imágenes en el noticiero nocturno mientras cenaba un café negro con Beto en mi cocina. Las cámaras, mantenidas a raya por un cordón de seguridad privada, captaban a las madres de “la realeza mexicana” llorando desconsoladas, cubriéndose con lentes oscuros Chanel. A los padres, hombres poderosos en trajes a la medida, gritándole a los directores médicos, amenazando con demandar, con cerrar el hospital, con llamar al Presidente.
—Se les acabó la fiesta —murmuró Beto, mojando un pan dulce en su café.
La situación era crítica. De los catorce ingresados, seis estaban en coma inducido. Los riñones de todos habían colapsado casi simultáneamente. Los médicos no daban crédito. Al principio pensaron en alcohol adulterado, el famoso “metanol”. Pero los síntomas no encajaban. La ceguera era diferente, el daño hepático era demasiado específico, demasiado… quirúrgico.
—La prensa ya le puso nombre —dije, señalando la pantalla—. “El caso de los Juniors Envenenados”.
—Mejor eso que “El caso de la Nieta Vengadora” —contestó Beto—. Capi, esto se va a poner caliente. La Fiscalía General de Justicia ya tomó el caso. Y no mandaron a un ministerio público cualquiera.
Beto sacó su celular y me mostró una foto borrosa tomada afuera del hospital.
En la imagen, un hombre alto, delgado, con un traje gris impecable y cara de perro de presa, hablaba con los médicos.
Sentí un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.
—Mierda —susurré.
—¿Lo conoces?
—Es Salvador Herrera. “El Sabueso”. Fiscal especial. Era de la vieja escuela, Beto. De mi época. Ese tipo no busca huellas digitales, busca almas. Si él está a cargo, no van a parar hasta encontrar quién lo hizo.
El Eslabón Perdido
Herrera no era tonto. Sabía que catorce chicos ricos no se enferman al mismo tiempo por casualidad.
En menos de 24 horas, la policía clausuró el roof garden en Santa Fe. Interrogaron a todos: invitados, DJ, seguridad.
Y, por supuesto, llegaron al catering.
Kevin, el mesero que Sofía había sobornado, no apareció a trabajar el lunes. Ni el martes.
Cuando la policía llegó a su casa en Iztapalapa, encontraron a su madre, una señora mayor en silla de ruedas, viendo la tele.
—¿Kevin? No, mijo, Kevin se fue —les dijo la señora, tranquila—. Le salió una chamba muy buena en “el Norte”. Se fue el domingo en la madrugada. Me dejó dinero para mis medicinas de todo un año. Es un buen muchacho.
Herrera encontró el rastro del dinero. Billetes usados, sin marcar. Imposibles de rastrear.
Kevin era un fantasma. Había cruzado la frontera por Tijuana el lunes por la tarde, mezclándose entre los miles de migrantes. Sofía no solo le había pagado; le había diseñado una ruta de escape.
—Es lista —dijo Herrera a su asistente, revisando el expediente vacío en su oficina—. Demasiado lista para ser un mesero de barrio. Esto no es vandalismo. Esto es una operación.
Herrera miró las fotos de los chicos en el hospital. Luego miró otra foto que había conseguido de una fuente confidencial en el hospital: el rostro de Santiago, sin vendas.
Vio la cicatriz.
Ese corte fino, cicatrizado pero visible, que cruzaba su mejilla.
Revisó a los otros. Todos tenían marcas similares. En la cara, en las manos.
Marcas viejas. De hace un mes.
—No fue la bebida —murmuró Herrera, encendiendo un cigarro aunque estaba prohibido—. La bebida fue el remate. Primero los marcaron. Como ganado.
Se sentó en su silla y miró al techo.
—Busquen denuncias —ordenó a su equipo—. Busquen reportes de peleas, invasiones de morada o secuestros en los últimos dos meses que involucren a este grupito.
—Ya buscamos, jefe. No hay nada. Estos niños no denuncian, ellos arreglan sus problemas con dinero.
—Entonces busquen rumores. Busquen en las redes sociales. Alguien tuvo que haber hablado. Alguien se tuvo que haber vengado.
La Visita Inesperada
Jueves. 10:00 AM.
Estaba limpiando mi pistola en la sala cuando sonó el interfón.
—¿Sí?
—Víctor Semiónovich Cárdenas —dijo una voz metálica a través de la bocina—. Hace mucho que no nos vemos, Comandante.
Reconocí la voz al instante.
Guardé la pistola en la parte trasera de mi pantalón, me puse una camisa holgada encima y bajé a abrir.
Salvador Herrera estaba parado en la entrada del edificio, solo. Sin patrullas, sin escoltas. Solo él y su traje gris.
—Chava —le dije, usando su apodo de juventud—. ¿A qué debo el honor?
—¿Me invitas un café, Vic? O ¿me vas a dejar aquí con la chusma?
Subimos. Se sentó en el mismo sillón donde Sofía había planeado su venganza días atrás.
—Bonito lugar —dijo, mirando mis libros—. Austero. Como tú.
—La pensión no da para lujos, Fiscal.
—Déjate de formalidades. —Herrera cruzó las piernas—. Vengo por el caso de los juniors.
—Me imaginé. Pobre gente. Una tragedia.
—Sí, claro. Tragedia. —Me miró a los ojos, con esa mirada de rayos X que lo hizo famoso—. Vic, tú y yo sabemos que no existen las coincidencias. Catorce chamacos, todos hijos de papi, todos marcados con cicatrices de cuchillo, todos envenenados con una mezcla casera de ricina y anticongelante.
—¿Ricina? —fingí sorpresa—. Eso suena a terrorismo.
—Suena a inteligencia, Víctor. Suena a alguien que sabe lo que hace. Alguien que tiene acceso a conocimientos… o a alguien que fue entrenado por quien los tiene.
El aire en la habitación se volvió denso.
—¿Qué estás insinuando, Chava?
—No insinuó nada. Te pregunto. Tu nieta. Sofía.
Sentí que mi mano derecha se tensaba cerca de mi cintura.
—¿Qué tiene mi nieta?
—Estudia en la UNAM, ¿no? Derecho. Pero hace un mes faltó una semana completa a clases. Justo la semana en que, según mis informantes, estos chicos tuvieron un “incidente” en una fiesta privada en Valle de Bravo. Un incidente del que nadie quiere hablar.
Herrera se inclinó hacia adelante.
—Vic, encontré el celular de uno de los chicos. Lo recuperamos de la basura digital. Había un video borrado. Muy dañado, pero los de cibernética recuperaron audio. Se escucha a una chica llorando. Y se escucha tu nombre. O bueno, tu apodo. Uno de los idiotas dice: “El abuelo de la niña no va a hacer nada”.
Me quedé en silencio. Negar lo evidente sería un insulto a su inteligencia.
—Si tienes pruebas, arréstame —dije tranquilo.
Herrera sonrió, pero no era una sonrisa feliz.
—Ese es el problema. No tengo pruebas. El video no muestra caras. El mesero se esfumó. La ricina no deja rastro fácil. Y las familias de los chicos… —soltó una risa amarga—. Las familias no quieren cooperar. Tienen miedo de que salga a la luz por qué atacaron a sus hijos. Saben que sus angelitos hicieron algo monstruoso y prefieren tener hijos enfermos en casa que hijos violadores en la cárcel.
Se puso de pie.
—No vengo a arrestarte, Víctor. Vengo a advertirte.
—¿Advertirme?
—Tú y yo somos dinosaurios. Entendemos el código. Ojo por ojo. Pero tu nieta… —Herrera negó con la cabeza—. Lo que hizo no fue justicia, Vic. Fue sadismo. Usar química para condenar a alguien a una muerte lenta en vida… eso no es de soldados. Eso es de psicópatas.
Caminó hacia la puerta.
—Dile que pare. Porque si vuelve a hacer algo, si da un paso en falso, no voy a ir por ella. Voy a ir por ti. Y te voy a hundir tan profundo que no vas a ver el sol nunca más.
Cerró la puerta.
Me quedé temblando. No de miedo por mí. Miedo por la verdad en sus palabras.
“Eso es de psicópatas”.
La Confrontación
Esa misma tarde fui a casa de Sofía.
No avisé. Entré con mi llave.
La casa estaba sola. Mis hijos seguían trabajando. Sofía estaba en el jardín, regando las plantas. Se veía tan inocente, con sus audífonos puestos, tarareando.
Me acerqué y le arranqué los audífonos.
—¡Abuelo! —se sobresaltó—. ¿Qué te pasa?
—Vino Herrera. El Fiscal.
La cara de Sofía no cambió. No hubo pánico.
—¿Y? ¿Te arrestó?
—No. Porque no tiene pruebas. Gracias a que eres tan meticulosa como el diablo.
—Entonces, ¿cuál es el problema? —Volvió a tomar la manguera.
—El problema, Sofía, es que saben que fuiste tú. Saben lo de Valle de Bravo. Y saben lo de la ricina.
—Saber y probar son cosas diferentes. Me lo enseñaste en la primera lección de Derecho Penal. In dubio pro reo.
La agarré del brazo, fuerte. El agua de la manguera mojó mis zapatos.
—¡Esto no es un juego de leyes! —le grité—. ¡Herrera es peligroso! Dijo que si das un paso más, viene por mí.
Sofía se soltó. Me miró con esa frialdad que ya me era familiar, pero ahora había algo más. Arrogancia.
—No va a venir por ti, abuelo. Porque si toca a mi familia, él será el siguiente. Herrera tiene una hija, ¿no? Va en la Ibero.
Le di una bofetada.
Fue una reacción instintiva. Mi mano conectó con su mejilla con un sonido seco.
Sofía se llevó la mano a la cara. No lloró. Me miró con los ojos muy abiertos, pero no había sorpresa, había… decepción.
—¿Me pegaste? —preguntó en voz baja.
—Estás amenazando a la hija de un Fiscal. Estás hablando de atacar a inocentes. ¿En qué te has convertido, Sofía?
—En lo que era necesario —escupió las palabras—. Tú me enseñaste a sobrevivir. Me dijiste que en la guerra no hay reglas.
—¡Esto no es una guerra! ¡Es tu vida!
—¡Mi vida se acabó en esa habitación en Valle de Bravo! —gritó ella, y por primera vez vi una grieta en su armadura. Sus ojos se llenaron de lágrimas de furia—. Esa Sofía murió. La mataron ellos. Y tú… tú me ayudaste a enterrarla cuando me diste el cuchillo. No te hagas el santo ahora, abuelo. Tú me diste el arma. Tú me entrenaste. Tú eres mi cómplice.
Sus palabras me golpearon más fuerte que cualquier puñetazo. Tenía razón. Yo era el Dr. Frankenstein lamentándose por el monstruo que había cosido con sus propias manos.
—Se acabó —dije, con la voz rota—. Se acabaron las lecciones. Se acabó el entrenamiento. Y se acabó la venganza. Si vuelves a hacer algo, yo mismo te entrego a Herrera.
Sofía me miró fijamente durante un minuto eterno.
Luego, se secó las lágrimas. La máscara volvió a su lugar.
—Está bien, abuelo. Se acabó. Ya están destruidos. No necesito hacer más.
—Prométemelo.
—Te lo prometo.
Pero mientras salía de su casa, con el corazón pesado, sabía que su promesa era mentira. Lo vi en sus ojos. No había terminado.
Porque la venganza es una bestia que nunca se llena. Siempre tiene hambre.
El Eco de la Caída
Pasaron los días.
Los chicos salieron de terapia intensiva, pero sus vidas estaban arruinadas.
Santiago perdió la vista de un ojo por la toxicidad. Necesitaría un trasplante de riñón y diálisis de por vida. Su carrera política, su futuro brillante, se había esfumado. Ahora era un inválido de 21 años.
Los otros estaban en situaciones similares. Algunos con daño neurológico, otros con el hígado destrozado.
Las familias callaron. Tal como Herrera predijo, el miedo al escándalo fue más fuerte que la sed de justicia. Inventaron una historia sobre una bacteria rara en la comida. El caso se cerró oficialmente por “falta de pruebas concluyentes”.
Parecía que todo había terminado.
Pero yo no podía dormir.
Me pasaba las noches vigilando la calle desde mi ventana, esperando ver las luces de las patrullas. O peor, esperando ver salir a Sofía con esa mochila negra donde guardaba sus “herramientas”.
Una noche, sonó mi teléfono. Era número desconocido.
—¿Bueno?
—Víctor. Soy Chava Herrera.
—¿Qué pasó, Fiscal? Ya cerraron el caso.
—Sí. Oficialmente sí. Pero extraoficialmente… encontré algo. O más bien, algo me encontró a mí.
Su voz sonaba tensa, asustada.
—¿De qué hablas?
—Llegué a mi casa hoy. En mi buró, junto a mi cama… había una nota. Y una foto.
—¿Qué foto?
—Una foto de mi hija saliendo de la universidad. Y la nota decía: “La justicia es ciega, pero yo no. Déjalo así”.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
—Víctor —dijo Herrera, y escuché el miedo de un padre en su voz—. Tu nieta entró a mi casa. Burló mi alarma. Burló a mis escoltas. Y me dejó una amenaza en mi propia recámara.
—Chava, yo…
—No me digas nada. Solo te voy a decir esto: Ganó. Me rindo. No voy a perseguirla. No voy a arriesgar a mi hija. Pero Víctor… ten cuidado. Esa niña ya no es humana. Es un fantasma. Y un día, el fantasma se va a volver contra ti.
Herrera colgó.
Dejé caer el teléfono.
Sofía había entrado a la casa del Fiscal más temido de México. Lo había amenazado en su propio santuario. Y lo había doblado.
Había ganado.
Pero a qué costo.
Me serví un trago de vodka. Me senté en la oscuridad.
Y lloré.
Lloré por Sofía. Lloré por mí. Y lloré porque sabía que la historia no tenía un final feliz. Los monstruos no tienen finales felices. Solo tienen finales sangrientos.
Y yo estaba atrapado en la jaula con el monstruo que más amaba.
CAPÍTULO 8
Un Año Después: El Silencio de los Corderos
El tiempo no cura nada. Eso es una mentira que inventaron los poetas para vender libros. El tiempo solo pone polvo sobre las heridas, pero la infección sigue ahí, debajo de la costra, palpitando.
Ha pasado un año desde la “noche de los cuchillos largos” en Valle de Bravo y la posterior “epidemia de los juniors”.
Un año en el que la Ciudad de México siguió girando, devorando gente y escupiendo huesos, indiferente a nuestra pequeña tragedia griega.
Santiago Echeverría murió hace dos meses.
Oficialmente, fue una “complicación post-operatoria” durante su segundo intento de trasplante de riñón. Extraoficialmente, su cuerpo simplemente se rindió. La toxina de Sofía no solo destruyó sus órganos; destruyó su voluntad. Dicen que en sus últimos días, deliraba. Gritaba que una chica con ojos de diablo lo miraba desde la esquina de la habitación del hospital.
No fui al funeral, por supuesto. Pero vi las fotos. Su padre, el diputado, se veía veinte años más viejo.
Los otros trece sobreviven. Algunos mejor que otros. Lalo perdió la vista por completo; la neuropatía óptica inducida por el metanol fue irreversible. Ahora camina con un bastón y un perro guía. Los demás son sombras de lo que fueron. Inválidos, dependientes, presos en sus propios cuerpos. La “Golden Boyz” dejó de existir. Ahora es un grupo de apoyo para enfermos crónicos.
¿Y Sofía?
Ah, Sofía.
La Abogada del Diablo
Hoy es su graduación.
Estoy sentado en la quinta fila del auditorio de la Facultad de Derecho de la UNAM. Llevo mi mejor traje, ese que huele a naftalina porque solo lo uso en bodas y funerales.
Sofía está en el estrado. Fue elegida para dar el discurso de la generación.
Se ve hermosa. Lleva la toga negra con una elegancia natural. Su pelo, ahora un poco más largo, brilla bajo las luces.
Pero cuando se acerca al micrófono y sonríe, siento ese viejo escalofrío. Su sonrisa es perfecta. Demasiado perfecta. Es la sonrisa de un tiburón que acaba de comer.
—”La justicia” —dice, y su voz resuena clara y potente en el silencio del auditorio— “no es un concepto abstracto que vive en los libros. La justicia es una acción. Es la voluntad de equilibrar la balanza cuando el mundo la inclina hacia el lado de los poderosos”.
La gente aplaude. Sus padres lloran de emoción.
Yo no aplaudo. Yo sé lo que esas palabras significan realmente. Sé que para ella, la justicia tiene sabor a ricina y se escribe con un cuchillo Ka-Bar.
Después de la ceremonia, hay una recepción.
Sofía se mueve entre la multitud como pez en el agua. Saluda a profesores, a jueces invitados, a compañeros. Tiene carisma. Tiene poder.
Se acerca a mí con dos copas de vino.
—Abuelo —me saluda, dándome un beso en la mejilla. Sus labios están fríos.
—Felicidades, abogada —le digo.
—Gracias. ¿Te gustó el discurso?
—Fue… revelador.
Ella me mira a los ojos. Ya no queda ni rastro de la niña que rescataba perros. Esa niña murió en Valle de Bravo. Lo que tengo enfrente es una mujer de 21 años que ha destruido a catorce hombres y ha doblegado a un Fiscal General, y que duerme como un bebé todas las noches.
—Tengo noticias —me dice, tomando un sorbo de vino—. Me aceptaron en la Fiscalía. Voy a hacer mis prácticas en la Unidad de Delitos contra la Mujer.
Se me cae el alma a los pies.
—¿En la Fiscalía? ¿Con Herrera?
—Herrera se jubiló, abuelo. ¿No supiste? Se fue a vivir a Miami. Dicen que le dio un ataque de ansiedad y decidió retirarse. Ahora hay gente nueva. Gente que necesita… dirección.
—Sofía… —intento advertirle, pero ella me corta.
—Voy a cambiar las cosas, abuelo. Desde adentro. Y si el sistema no funciona… bueno, ya sé cómo arreglarlo desde afuera.
El Fantasma en la Máquina
Esa noche, en mi departamento, tengo una visita.
No es Sofía. Es Beto.
Viene más viejo, más cansado. La diabetes le está pasando factura.
—Capi, tenemos que hablar.
—Dime, Gordo.
—Es sobre la niña.
—¿Qué hizo ahora?
—No es lo que hizo. Es lo que va a hacer. —Beto saca un sobre amarillo—. Un contacto mío en el bajo mundo me pasó esto. Hay un rumor. Un nuevo “justiciero” en la ciudad. Alguien que está cazando a violadores que salen libres por fallas en el debido proceso.
Abro el sobre. Hay fotos. Tipos golpeados, marcados. Con la misma cicatriz en la mejilla. La firma.
—No los mata —dice Beto—. Los deja inválidos. Accidentes de coche, caídas misteriosas, sobredosis forzadas.
—Es ella —susurro.
—Es ella, Capi. Y no está sola.
—¿Cómo?
—Tiene un grupo. Reclutó a otras chavas. Víctimas. Las está entrenando. Tiene un maldito ejército de vengadoras anónimas.
Me dejo caer en el sillón.
Pensé que era algo personal. Pensé que era solo contra los catorce.
Pero no.
Sofía ha creado una cruzada. Ha industrializado la venganza.
—¿Qué hacemos, Capi? —pregunta Beto, con miedo en los ojos—. Si esto se sabe… si las atrapan… las van a matar. Los carteles no toleran competencia. La policía no tolera vigilantes.
Miro la foto de Sofía en mi repisa. La foto de sus 15 años, con su vestido rosa.
—No podemos hacer nada, Beto.
—¿Cómo que nada? ¡Es tu nieta! ¡Tú la creaste!
—Exacto. Yo la creé. Y Frankenstein no puede matar a su monstruo. El monstruo siempre es más fuerte.
La Última Lección
Decido confrontarla una última vez.
Voy a su departamento. Ya se mudó sola. Un loft moderno en la Condesa, pagado con el dinero que gana trabajando en un despacho prestigioso (y probablemente con fondos que “confisca” a sus víctimas).
Me abre la puerta. Lleva ropa de gimnasio. Está sudada. Acaba de entrenar.
—Abuelo. Qué sorpresa.
—Sé lo de tu grupo, Sofía. Sé lo de las marcas.
Su cara se endurece.
—Beto habla demasiado.
—¡Esto tiene que parar! ¡Estás jugando a ser Dios! ¡Te van a matar!
—No estoy jugando a ser Dios, abuelo. Estoy haciendo el trabajo que Dios olvidó hacer. —Se seca el sudor con una toalla—. Esas chicas… estaban rotas. Como yo. Yo les di un propósito. Les di poder. Ahora ya no son víctimas. Son guerreras.
—Son asesinas, Sofía. Y tú eres su líder. Eres una criminal.
—Soy una necesidad. El mundo está enfermo, abuelo. Los hombres como Santiago son el cáncer. Yo soy la quimioterapia. Y la quimioterapia es agresiva, sí, pero cura.
Me acerco a ella. La miro a los ojos. Esos ojos que una vez fueron mi luz.
—Te desconozco. Ya no eres mi nieta. Eres… eres algo más.
—Soy tu legado, Víctor —dice ella, fría como el acero—. Tú me enseñaste que el fin justifica los medios. Tú me enseñaste a disparar. Tú me enseñaste a no tener piedad. No me mires con asco. Mírate en el espejo. Yo soy tú, pero sin la culpa.
El Adiós
Salgo de su departamento sin decir adiós.
Camino por las calles de la Condesa, bajo la lluvia.
Me siento viejo. Infinitamente viejo.
Llego a mi casa. Saco la botella de vodka.
Me siento en el sillón, con la pistola Colt .45 sobre la mesa.
Pienso en usarla. Pienso en terminar con todo. En apagar el ruido en mi cabeza.
Pero no puedo.
Soy un cobarde.
Suena mi teléfono. Es un mensaje de Sofía.
“Gracias por venir, abuelo. Te quiero. No te preocupes por mí. Yo tengo el control. Descansa. Te lo mereces.”
Me río. Una risa amarga que se convierte en tos.
“Descansa”.
No hay descanso para los malditos.
Me sirvo otro trago.
Miro por la ventana. La ciudad brilla bajo la lluvia.
En algún lugar allá afuera, en la oscuridad, mi nieta está cazando.
Y yo, Víctor Semiónovich, el viejo espía, el héroe de guerra, el abuelo amoroso… yo soy el responsable.
Yo le abrí la puerta al infierno. Y ella decidió decorar el lugar y quedarse a vivir ahí.
Rezo. No a Dios, porque Dios no escucha a hombres como yo. Rezo al vacío.
Rezo para que un día, ella encuentre la paz que yo nunca encontré.
O rezo para que, cuando el final le llegue (porque le llegará, la violencia siempre vuelve), sea rápido.
Que no sufra como sufrieron ellos.
Cierro los ojos.
Y en la oscuridad, veo su sonrisa. La sonrisa del monstruo que más amo en el mundo.
FIN
