
CAPÍTULO 1: LA REINA DEL VAGÓN Y LA SOMBRA DE LA DUDA
El traqueteo del tren era una canción de cuna metálica que Natalia conocía de memoria. Chucu-chú, chucu-chú. Para muchos, ese sonido era sinónimo de cansancio, de viajes largos oliendo a sudor ajeno y a tortas de jamón pasadas; pero para Natalia, era el sonido de su libertad. Era la música de fondo de su “otra vida”, esa que ocurría lejos de las cuatro paredes de su casa, lejos de la mirada de perro fiel de Miguel, y lejos de las aburridas responsabilidades de ser una “señora de su casa”.
Natalia se alisó la falda del uniforme azul marino, asegurándose de que no hubiera ni una sola arruga. Se miró en el pequeño espejo manchado del baño del vagón de personal. A pesar de haber pasado dos días sirviendo café aguado y lidiando con pasajeros que se mareaban o niños que no dejaban de llorar, lucía impecable. Sus labios estaban pintados de un rojo carmín desafiante, y sus pestañas, rizadas con cuchara como le había enseñado su mamá, enmarcaban unos ojos oscuros que sabían mentir con una dulzura peligrosa.
—Ay, Natalia, qué chula estás, condenada —se susurró a sí misma, guiñándole un ojo a su reflejo—. Con razón los traes a todos cacheteando las banquetas.
Salió del baño tarareando una canción de Juan Gabriel, sintiéndose la dueña del mundo. El tren estaba a punto de llegar a la terminal, y eso significaba dos cosas: primero, que se acababa la joda del trabajo; y segundo, que volvería a su refugio seguro, donde la esperaban con la cena caliente y las pantuflas puestas.
En el pasillo se encontró con Don Iván, el jefe de brigada. Un hombre que parecía haber nacido ya viejo, con la piel curtida por el sol y el humo del diésel, y un bigote canoso que caía sobre su boca como una cortina triste. Don Iván estaba revisando los inventarios de sábanas con la seriedad de quien desactiva una bomba.
—¡Quihubo, Don Iván! —saludó Natalia con esa voz cantarina que usaba para conseguir favores—. ¿Ya mero llegamos o qué? Ya me andan rugiendo las tripas y se me antojan unos tacos al pastor de esos que venden afuera de la estación.
El viejo levantó la vista. No le devolvió la sonrisa. Sus ojos, rodeados de arrugas profundas como surcos de tierra seca, la miraron con una mezcla de lástima y reproche que a Natalia siempre le ponía los pelos de punta.
—Tú siempre pensando en la tragazón y en el relajo, Natalia —rezongó él, volviendo a su libreta—. Deberías estar revisando que el vagón 4 haya quedado limpio, no pensando en tacos.
—¡Ay, no sea amargado! Ya pasé por ahí, todo está rechinando de limpio. Hasta se puede comer en el piso —mintió ella con descaro, recargándose en la pared y cruzando los brazos—. Oiga, ¿y qué le pasa hoy? Trae una cara de panteón que no puede con ella. ¿Se le murió el canario o qué?
Don Iván cerró la libreta con un golpe seco y se quitó la gorra para rascarse la cabeza casi calva.
—No se me murió nada, muchacha. Es nomás que… me da coraje ver cómo desperdicias lo que Dios te dio.
Natalia soltó una carcajada estridente.
—¿Desperdiciar? ¡Pero si le saco brillo, Don Iván! Míreme, soy joven, guapa, tengo mi dinerito, viajo gratis… ¿Qué más puedo pedir?
—Un poco de vergüenza, tal vez —murmuró el viejo, bajando la voz—. Y un poco de respeto por el hombre que te espera en casa.
El ambiente en el pasillo se tensó de golpe. El tren dio una sacudida al cambiar de vía, y Natalia tuvo que agarrarse del pasamanos para no perder el equilibrio. La sonrisa se le borró un poco, transformándose en una mueca de fastidio.
—Otra vez con la misma cantaleta… —bufó ella, rodando los ojos—. Ya vas a empezar con tus sermones de cura de pueblo. ¿Qué traen todos con Miguel? Ni que fuera un santo.
—Es más santo que tú, eso te lo firmo donde quieras —replicó Don Iván, señalándola con un dedo nudoso—. Ese muchacho es oro molido, Natalia. Te procura, te cuida, te espera en el andén llueve, truene o relampaguee. Nunca te ha faltado nada con él. Y tú… tú andas por la vida como si fueras de hule, rebotando de cama en cama, creyendo que nadie se da cuenta.
Natalia sintió un calor subirle por el cuello. No era vergüenza, era coraje. Odiaba que le dijeran sus verdades, sobre todo cuando venían de alguien a quien consideraba inferior.
—Mire, Don Iván, mejor bájele de espuma a su chocolate. Lo que yo haga o deje de hacer con mi vida privada es muy mi bronca. Además, el Migue es feliz. Él no sabe nada, y ojos que no ven, corazón que no siente. Yo llego a la casa, le hago sus cariñitos, le platico mis “aventuras” del trabajo —obviamente omitiendo las partes jugosas— y él se queda tan contento. Es un hombre simple, Don Iván. Aburrido.
—Lo aburrido es lo que dura, Natalia. La emoción barata se acaba rápido. —El viejo se acercó un paso, invadiendo su espacio personal—. ¿Tú crees que esos tipos con los que te encierras en los camarotes te van a cuidar cuando te enfermes? ¿Crees que ese pasajero de Monterrey que te regaló el perfume te va a dar un techo cuando estés vieja y acabada?
—¡Ay, ya cállese! —Natalia lo empujó levemente, molesta—. Usted me tiene envidia porque mi vida es emocionante y la suya es contar sábanas. Miguel me adora. Está ciego por mí. Soy lo mejor que le ha pasado en su triste vida. Él jamás, escúcheme bien, jamás me dejaría.
—¿Ah, no?
—No. Es más, si algún día se le ocurriera la locura de dejarme, se moriría de la culpa. Seguro hasta me dejaría la casa y se iría él a vivir debajo de un puente con tal de que yo no sufra. Así es él. No tiene carácter, Don Iván. Es un pan de Dios, pero le falta… malicia. Y a mí me sobra.
Don Iván la miró fijamente durante unos segundos eternos. El tren pitó a lo lejos, anunciando la cercanía de la ciudad.
—Nadie es de hule para siempre, muchacha —dijo él con voz grave, casi profética—. Hasta el santo más paciente se cansa de cargar la cruz. Y tú le has cargado la mano sabroso. Acuérdate de mis palabras: el día que llegues y no lo veas, vas a sentir el verdadero frío. Y no va a haber cobija que te caliente.
—¡Bah! Usted y sus cuentos de terror. Mejor me voy a preparar mis cosas. Ya me aburrió.
Natalia dio media vuelta y caminó hacia el final del vagón, moviendo las caderas exageradamente, como para demostrarle al viejo que sus palabras le resbalaban. Pero en el fondo, una pequeña aguja de inquietud se le clavó en el pecho. Viejillo amargado, pensó. Seguro su mujer lo dejó por otro y por eso anda escupiendo veneno.
Se metió en el compartimento de descanso y se dejó caer en la litera. Cerró los ojos y trató de pensar en Miguel. Miguel, su “osito”. Miguel, el hombre que la sacó de aquel pueblo polvoriento donde el único futuro era casarse con un jornalero y parir hijos hasta que el cuerpo aguantara.
Recordó el día que lo conoció. Ella tenía veinte años y acababa de empezar en el ferrocarril. Él era un pasajero tímido que iba a la ciudad a arreglar unos papeles de una herencia. La había mirado como si ella fuera una aparición divina. A Natalia le bastó una sonrisa coqueta y un “accidente” con el café para tenerlo comiendo de su mano.
Miguel no era feo, pero tampoco era un galán de telenovela. Era… promedio. Un tipo de estatura media, un poco llenito, con cara de buena gente. Tenía un trabajo estable en una fábrica de refacciones, una casa propia que le había dejado su abuela y, lo más importante, una devoción absoluta por ella.
Casarse con él fue la decisión más “inteligente” que Natalia había tomado. Se aseguró un techo, comida segura y un marido que no le exigía nada. A cambio, ella le “permitía” amarla. Le dejaba cocinar, limpiar y trabajar, mientras ella seguía con su vida de “mujer moderna y trabajadora”.
—Pobre Migue —murmuró Natalia, sacando su celular para revisar si tenía mensajes—. En el fondo le hago un favor. Sin mí, estaría solo y triste.
Revisó su WhatsApp. Tenía un mensaje de “El Ingeniero”, un tipo que había conocido hacía dos meses en un viaje al norte.
“¿Cuándo vuelves, preciosa? Te extraño.”
Natalia sonrió con malicia y borró el mensaje. Luego te contesto, mi rey. Ahorita me toca ser la esposa abnegada.
El tren comenzó a frenar. El chirrido de las ruedas contra los rieles era ensordecedor, pero a Natalia le sonaba a victoria. Se levantó, tomó su maleta de rueditas rosa chicle y se dirigió a la puerta de salida.
—¡Órale, compañeras, muévanse que el que llega último paga las cocas! —gritó a las otras azafatas, que la miraron con recelo. Natalia no tenía amigas en el trabajo. Las otras mujeres la envidiaban, o eso creía ella. La verdad era que no la soportaban por floja y presumida.
El tren se detuvo con una sacudida final. Las puertas se abrieron con un siseo neumático y el aire de la ciudad entró de golpe: una mezcla de smog, fritanga y humanidad.
Natalia bajó los escalones con cuidado de no tropezar. Hizo su entrada triunfal al andén, como si fuera una artista bajando a la alfombra roja. Levantó la barbilla, preparó su mejor sonrisa de “esposa cansada pero feliz” y buscó entre la multitud.
Siempre era igual. Miguel siempre estaba parado cerca del pilar B, con una camisa a cuadros bien planchada (por él mismo, claro) y un ramito de flores o algún dulce que a ella le gustaba. Cuando la veía, sus ojos se iluminaban como si hubiera ganado la lotería.
Natalia miró hacia el pilar B.
Había una señora gorda vendiendo churros.
Había un par de niños corriendo.
Pero no estaba Miguel.
Frunció el ceño. Qué raro.
Miró hacia la zona de las bancas. A veces, cuando el tren se retrasaba, él se sentaba ahí a leer el periódico deportivo.
Nada. Solo un vagabundo durmiendo cubierto con cartones.
Natalia sintió una punzada de irritación.
—Seguro se le hizo tarde en la fábrica —masculló—. Pinche Miguel, sabe que odio esperar.
Sacó su celular y marcó su número.
“El número que usted marcó se encuentra apagado o fuera del área de servicio. Favor de intentar más tarde”.
—¿Apagado? —Natalia miró la pantalla del teléfono como si fuera un objeto extraterrestre. Miguel nunca apagaba el celular. Era parte de su neurosis de estar siempre disponible para ella.
Volvió a marcar. Lo mismo.
La irritación empezó a mezclarse con algo más. Una sensación fría en el estómago. No era preocupación por él, no exactamente. Era la incomodidad de que su rutina perfecta se hubiera roto. ¿Y si le había pasado algo? ¿Y si tuvo un accidente? Ay, no, qué hueva tener que ir a hospitales ahorita, pensó con egoísmo instantáneo.
—¿No que muy seguro, reina?
Natalia saltó del susto. Don Iván estaba detrás de ella, bajando su vieja maleta de piel. La miraba con esa expresión indescifrable, mezcla de pena y “te lo dije”.
—¡Ay, Don Iván, qué susto me dio! —se llevó una mano al pecho—. No empiece con sus brujerías. Seguro hay mucho tráfico o se le acabó la pila. Ya sabe cómo son estos teléfonos modernos.
—El Miguel nunca llega tarde, Natalia. En diez años, nunca ha fallado. Es un relojito suizo ese hombre.
—Pues siempre hay una primera vez para todo, ¿no? —replicó ella, defensiva—. A lo mejor le salió una urgencia.
—O a lo mejor se le acabó la paciencia —soltó el viejo, acomodándose la chaqueta—. Dicen que hasta la mula más mansa tira patadas si la picas mucho.
—¡Cállese la boca! Mejor váyase a su casa a ver si su mujer todavía lo aguanta.
Don Iván soltó una risita seca, sin humor.
—La mía me espera con un caldo de pollo y una sonrisa, porque yo la respeto, hija. Suerte con tu taxi. Parece que hoy te toca cargar tu propia cruz… digo, tu maleta.
El viejo se alejó caminando despacio, perdiéndose entre la multitud. Natalia se quedó parada en medio del andén, sintiéndose repentinamente pequeña. La gente pasaba a su lado empujándola, absorta en sus propios reencuentros. Vio a una chica correr a los brazos de un muchacho y besuquearse. Vio a un padre cargar a su hija en hombros.
Y ella ahí, parada como un poste, con su maleta rosa y su soledad.
—¡Maldita sea, Miguel! ¡Me vas a oír cuando llegue a la casa! —gruñó, arrastrando su maleta hacia la salida con furia. Las ruedas de la maleta hacían un ruido infernal sobre el pavimento irregular, clac-clac-clac, como burlándose de ella.
Salió a la calle. El sol de la tarde pegaba fuerte. Los taxistas gritaban ofreciendo sus servicios.
—¡Taxi, güera! ¡Taxi, jefa! ¡Barato, directo!
Natalia levantó la mano con gesto imperioso. Un Tsuru blanco, todo destartalado, se frenó chillando llanta justo frente a ella. El conductor asomó la cabeza. Era “El Chato”, un tipo con dientes de oro y una mirada que desnudaba.
—¡Uy, uy, uy! ¡Pero si es la mismísima Natalia! —exclamó El Chato, sonriendo de oreja a oreja—. ¡Dichosos los ojos que te ven, muñeca! ¿Qué pasó? ¿Te dejaron plantada o qué?
Natalia sintió ganas de vomitar. Odiaba al Chato. Había sido un error de una noche, una borrachera estúpida en una fiesta de la colonia hacía años. Pero el tipo se sentía con derechos desde entonces.
—Cállate y abre la cajuela, Chato. Y no empieces con tus estupideces que no estoy de humor.
—Uy, qué genio. —El Chato se bajó, masticando un chicle con la boca abierta, y metió la maleta de Natalia en la cajuela—. ¿No vino el mandilón de tu marido? Qué raro, si ese güey es más fiel que un perro callejero.
—Tuvo trabajo extra —mintió Natalia, subiéndose al asiento trasero y azotando la puerta.
El Chato se subió y arrancó, mirándola por el retrovisor con esa mirada lasciva que a Natalia le daba asco y un poco de satisfacción al mismo tiempo. Al menos alguien la deseaba.
—Oye, pues ahora que lo dices… —empezó El Chato, mientras esquivaba un bache del tamaño de un cráter—. Fíjate que el otro día llevé al Miguel al centro. Iba bien callado el compa. Y mira que él siempre me platica del fútbol o del clima. Pero esa vez iba… no sé, como ido. Como si se le hubiera muerto alguien.
Natalia sintió un escalofrío.
—¿Cuándo fue eso?
—Hará unos… tres días. Lo dejé cerca de los juzgados, fíjate. Me dijo “aquí déjame, Chato”, y me pagó con un billete de a quinientos y ni pidió el cambio. Se bajó y se quedó mirando el edificio como si fuera a entrar al infierno.
—¿Los juzgados? —Natalia sintió que la boca se le secaba—. ¿Qué iba a hacer a los juzgados?
—Pues quién sabe, chula. A lo mejor lo demandaron por algo. O a lo mejor fue a demandar a alguien. —El Chato soltó una risotada—. O a lo mejor fue a pedir el divorcio, ¿no crees? Digo, con la fama que te cargas, no me sorprendería.
—¡Cállate, idiota! ¡Maneja y cállate! —gritó Natalia, perdiendo la compostura.
El resto del camino fue en silencio. Natalia miraba por la ventana, pero no veía nada. Su mente estaba trabajando a mil por hora. ¿Los juzgados? No, imposible. Miguel no tiene los pantalones para eso. Seguro fue a pagar alguna multa o a arreglar algo de la casa.
Pero la duda, esa pequeña semilla que Don Iván había plantado, empezaba a echar raíces venenosas en su estómago.
El taxi se detuvo frente a la casa. La casa de la abuela. Era una construcción vieja pero sólida, de esas con muros gruesos y techos altos. Miguel la mantenía pintada y arreglada. El jardín delantero tenía rosales que él podaba los domingos.
—Son ochenta pesos, reina —dijo El Chato.
Natalia le aventó un billete de cien.
—Quédate con el cambio y lárgate.
Bajó del taxi, sacó su maleta y se plantó frente a la puerta. Le temblaban las manos al buscar las llaves en su bolso. Tranquila, Natalia. No pasa nada. Entras, le haces un drama por no ir a buscarte, él se disculpa, te prepara la cena y aquí no pasó nada.
Metió la llave. Giró.
La puerta se abrió con un gemido de las bisagras.
—¡Miguel! —gritó desde el recibidor. Su voz resonó en la casa vacía. No había música, no había televisión encendida.
Silencio. Un silencio denso, pesado, que olía a encierro y a café quemado.
Natalia dejó la maleta en la entrada y caminó despacio hacia la cocina. Sus tacones resonaban en el piso de mosaico como martillazos. Toc, toc, toc.
Entró a la cocina.
Miguel estaba allí.
Estaba sentado en una de las sillas de pino, de espaldas a la ventana. La luz de la tarde entraba a sus espaldas, dejándolo en contraluz, como una sombra. Tenía las manos entrelazadas sobre la mesa, apretadas con tanta fuerza que los nudillos estaban blancos. Frente a él, un sobre amarillo tamaño carta. Y una botella de tequila corriente, de la que ya faltaba la mitad.
—¡Se puede saber qué te pasa, inútil! —explotó Natalia, dejando que el miedo se convirtiera en ira, su mecanismo de defensa favorito—. ¡Me dejaste como estúpida en la estación! ¡Tuve que venirme con el asqueroso del Chato! ¿Qué te crees? ¿Que soy tu criada para andar batallando con las maletas?
Miguel no se movió. Ni siquiera parpadeó. Seguía mirando un punto fijo en la pared, justo encima de la cabeza de Natalia.
—¡Te estoy hablando, Miguel! —gritó ella, golpeando la mesa con la palma de la mano—. ¡Mírame cuando te hablo!
Lentamente, muy lentamente, Miguel levantó la cabeza.
Cuando sus ojos se encontraron con los de ella, Natalia sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies.
No eran los ojos de Miguel. No eran esos ojos de cachorro apaleado que siempre la miraban con adoración. Eran ojos de piedra. Ojos muertos. Rojos por el llanto o el alcohol, sí, pero fríos como el hielo seco.
—Siéntate, Natalia —dijo él. Su voz sonaba extraña, rasposa, como si tuviera vidrios en la garganta.
—¿Qué? No me voy a sentar hasta que me expliques por qué…
—¡QUE TE SIENTES, CARAJO! —El grito de Miguel fue tan fuerte, tan visceral, que Natalia dio un salto hacia atrás y cayó sentada en la silla opuesta, temblando.
Miguel respiraba agitadamente. Se pasó una mano por la cara, como tratando de borrar una pesadilla. Luego, con un movimiento lento y deliberado, empujó el sobre amarillo hacia ella. El papel raspó la madera de la mesa con un sonido áspero. Ssshhh.
—Ahí está —dijo él, volviendo a su tono de voz bajo y aterrador—. Fírmalo.
Natalia miró el sobre. Sus manos temblaban tanto que apenas pudo abrirlo. Sacó los papeles. Letras negras, sellos oficiales.
“DEMANDA DE DIVORCIO INCAUSADO… SOLICITUD DE DESALOJO…”
Las letras bailaban ante sus ojos.
—¿Qué… qué es esto? —balbuceó, sintiendo que la garganta se le cerraba.
—¿No sabes leer? —Miguel soltó una risa amarga—. Es tu libertad, Natalia. Esa libertad que tanto querías. Te la estoy regalando. Con moño y todo.
—Pero… Migue… tú me amas… —intentó usar su tono seductor, pero le salió un chillido patético—. Nosotros… estamos bien…
—¿Bien? —Miguel golpeó la mesa de nuevo, haciendo saltar la botella de tequila—. ¿Bien es que todo el barrio me diga “El Venado”? ¿Bien es que encuentre mensajes de un tal “Ingeniero” diciéndote cochinadas en la tablet que dejaste en la sala?
Natalia sintió que la sangre se le helaba. La tablet. Maldita sea, la tablet.
—Migue, eso no es lo que parece… son bromas… la gente es envidiosa…
—Cállate. Por favor, ten un poco de dignidad y cállate. —Miguel la miró con asco. Puro y absoluto asco—. Leí todo, Natalia. Todo. Lo de Monterrey. Lo del taxista. Lo de… todos. Me das asco.
Se levantó de la silla. Parecía haber crecido diez centímetros.
—Esta casa es mía. Herencia de mi abuela. Tú nunca pusiste un peso, todo te lo gastabas en tus trapos y tus pinturas. Así que te vas.
—¡No puedes echarme! —gritó ella, desesperada—. ¡Soy tu esposa! ¡Tengo derechos!
—Tienes derecho a largarte. Tienes 24 horas. Mañana a esta hora, si te encuentro aquí, te saco con la policía. Y créeme, tengo muchas ganas de ver cómo te sacan arrastrando.
Miguel caminó hacia la puerta de la cocina. Se detuvo un momento, sin voltear a verla.
—Ah, y no busques la “cajita” de los ahorros. Ya no está. Se acabó el banco de Miguel, Natalia. Se acabó todo.
Salió de la cocina y se escuchó el portazo de la entrada principal.
Natalia se quedó sola, sentada frente a los papeles de divorcio, con el sonido del silencio zumbándole en los oídos. Miró a su alrededor. La cocina que despreciaba, la casa que le parecía poca cosa. De repente, todo le pareció inmensamente valioso, ahora que ya no era suyo.
—No… esto no puede estar pasando… —susurró.
Pero estaba pasando. Y Don Iván tenía razón. Hacía frío. Mucho frío.
CAPÍTULO 2: ECOS DE UN PASADO ROTO Y LA NIÑA DEL SILENCIO
La noche cayó sobre la casa de la colonia Santa María como una losa de concreto. Natalia seguía sentada en la cocina, con el sobre amarillo de la demanda frente a ella, como si fuera un animal venenoso a punto de atacar. El reloj de pared, uno de esos de plástico con forma de sartén que Miguel había comprado en el mercado, marcaba las once de la noche. Tic-tac, tic-tac. Cada segundo era un martillazo en sus sienes.
Miguel no había regresado.
Natalia se levantó, sintiendo las piernas entumecidas. Se sirvió un trago de la botella de tequila que él había dejado. El líquido ámbar le quemó la garganta, pero le dio un poco de valor. O al menos, adormeció el miedo.
—Puro cuento —masculló para sí misma, caminando hacia la sala—. Esto es puro teatro. Migue no aguanta ni dos días sin mis quesadillas, aunque las compre hechas. Mañana se le pasa el berrinche.
Intentó convencerse de ello mientras apagaba las luces. Subió a la recámara, esa habitación que había decorado a su gusto, con colchas de satén barato y cortinas pesadas. Se quitó el uniforme, tirándolo al suelo con desdén. Se puso su camisón de encaje negro, su “arma secreta”. Siempre que Miguel se ponía rejego, bastaba con que ella se paseara con eso para que él cayera rendido.
Se metió en la cama. Las sábanas estaban frías.
Esperó.
Doce de la noche. Una de la mañana.
A las dos y media, escuchó el ruido de la llave en la cerradura. Natalia se tensó. Se acomodó el cabello rápidamente y adoptó una pose “dormida pero sexy”, de esas que se ven en las novelas. Escuchó los pasos de Miguel subir la escalera. Pesados. Lentos.
La puerta de la habitación se abrió. Natalia entreabrió un ojo.
Miguel entró, pero no la miró. Fue directo al clóset, sacó una almohada y una cobija vieja.
—¿Migue? —susurró ella con voz melosa, incorporándose—. Mi amor, ¿dónde andabas? Me tenías con el Jesús en la boca. Ven, acuéstate, vamos a platicar.
Miguel se detuvo en el marco de la puerta. A la luz de la luna que entraba por la ventana, se veía ojeroso, destruido, pero firme como un roble viejo.
—Voy a dormir en el cuarto de visitas —dijo. Su voz no tenía odio, y eso fue lo que más le dolió a Natalia. Tenía indiferencia.
—¿Qué? Pero Migue… no seas payaso. Esta es tu cama. Yo soy tu esposa. Ándale, ven, te hago un masajito…
—No te me acerques, Natalia —la cortó él. No gritó, pero la autoridad en su voz la paralizó—. Me das asco. No quiero respirar el mismo aire que tú.
Se dio la media vuelta y cerró la puerta. El clic del seguro resonó como un disparo.
Natalia se quedó sentada en la oscuridad, con el encaje negro sintiéndose ridículo sobre su piel. Por primera vez en diez años, lloró. No por amor, sino por rabia. Por la humillación.
—Vas a volver arrastrándote, infeliz —susurró contra la almohada, mordiendo la tela—. Ya verás.
El insomnio es el peor enemigo de la conciencia. Sin poder dormir, la mente de Natalia viajó a lugares que llevaba años evitando. Lugares oscuros. Lugares que olían a leña quemada y a pobreza.
Se vio a sí misma de niña, en aquel pueblo perdido de la sierra donde el diablo perdió el poncho. Odiaba ese lugar. Odiaba tener que levantarse a las cinco de la mañana para ayudar a su madre a tortear. Odiaba el olor a estiércol de las vacas de su padre. Desde los diez años, Natalia se prometió que ella no iba a terminar así, con las manos partidas por el frío y la cara llena de arrugas antes de los cuarenta.
“Donde naciste te vas a quedar”, le decía su madre, una mujer santa pero resignada.
“Ni máiz, paloma”, pensaba Natalia. “Yo nací para reina, no para burra”.
El recuerdo más nítido, el que más le escocía esa noche, fue el de su hermana. Elena. Lenche, le decían. Tres años menor que ella, más dulce, más tonta según Natalia. Elena se había quedado a cuidar a los viejos cuando enfermaron. Natalia ya se había ido a la ciudad a “estudiar” para azafata (que en realidad fue un curso de tres meses), y rara vez visitaba.
Cuando los padres murieron, quedó la casa. Una casita de adobe y teja, con un terreno grande donde sembraban maíz.
Natalia recordaba la llamada de Elena, llorando.
—Nata, los viejos ya no están. ¿Qué vamos a hacer con la casa? Yo… yo quisiera quedarme aquí. Aquí están mis recuerdos, aquí quiero criar a mis hijos si Dios me los da.
En ese entonces, Natalia ya estaba casada con Miguel. Vivían bien, no les faltaba nada. Pero ese año, a Natalia se le había metido entre ceja y ceja irse de vacaciones a Cancún, a un hotel “All Inclusive” de esos de cinco estrellas. Quería fotos para presumir en el Facebook, quería que sus ex compañeras de la escuela se murieran de envidia.
Pero Miguel andaba corto de dinero. La fábrica había recortado horas extras.
—Vende la casa, Lenche —le había dicho Natalia por teléfono, limándose las uñas mientras hablaba—. O mejor, cómprame mi parte.
—Pero Nata… no tengo dinero —había sollozado Elena—. Apenas saco para comer con lo que coso.
—Pues ese no es mi problema, hermanita. La casa es de las dos. Si te quieres quedar, págame mi mitad. Si no, la vendemos a quien sea. Hay un señor del pueblo de al lado que quiere el terreno para meter ganado.
—¡Pero va a tirar la casa, Nata! ¡Es la casa de nuestros padres!
—Ay, qué sentimental eres. El dinero sirve más que las paredes viejas. Tienes un mes, Elena.
Y Elena, pobre y sumisa Elena, no pudo conseguir el dinero. Natalia forzó la venta. Vendió su mitad y la de su hermana a un precio de risa a un cacique local, solo para tener el efectivo rápido.
Con ese dinero, Natalia se fue a Cancún. Se compró bikinis caros, bebió margaritas frente al mar azul turquesa y subió doscientas fotos. Miguel no quería ir, se sentía culpable, pero ella lo convenció.
“Es lo que mis papás hubieran querido, que disfrutáramos”, le mintió.
Nunca volvió a saber de Elena. Supo, por chismes de terceros, que el nuevo dueño había llegado con maquinaria. Que hubo un pleito. Que la casa se quemó “accidentalmente” una noche, con todas las cosas de su infancia adentro. Elena se había quedado en la calle.
—Bah, seguro se consiguió a alguien —se dijo Natalia esa noche, sacudiendo la cabeza para alejar el recuerdo—. La gente de pueblo siempre cae parada. Además, cada quien se rasca con sus propias uñas.
Pero esa noche, en la cama vacía de su matrimonio roto, la imagen de Elena llorando se le aparecía en cada rincón oscuro. El karma, dicen las abuelas, es un perro que muerde despacito. Y Natalia empezaba a sentir los dientes.
El amanecer llegó con un cielo gris plomo, típico de esos días en los que la contaminación de la ciudad no deja pasar ni un rayo de esperanza.
Natalia se despertó con dolor de cabeza y la boca seca. Por un segundo, pensó que todo había sido una pesadilla.
Pero entonces olió el café. Y no era el aroma cálido de las mañanas felices. Era solo café.
Bajó a la cocina.
Miguel ya estaba vestido para ir a trabajar. Pantalón de mezclilla planchado, camisa azul, botas de seguridad lustradas. Estaba tomando su taza de pie, junto al fregadero.
—Buenos días, osito —intentó Natalia, con la voz quebrada.
Miguel ni siquiera volteó. Dejó la taza en el fregadero con un golpe suave.
—El abogado te espera a las diez en el juzgado familiar para la primera audiencia de conciliación. Si no vas, se toma como rebeldía y pierdes todo por default.
—Migue, por favor… no hagamos esto. Hablemos.
Él se giró. Ya no había rastro de lágrimas en sus ojos. Solo una decepción infinita, seca como un desierto.
—Ya hablamos todo lo que teníamos que hablar en diez años, Natalia. Y resulta que todo lo que tú decías era mentira.
—No todo… yo te quiero…
—Tú quieres mi casa. Quieres mi sueldo. Quieres la comodidad. Pero a mí… a mí nunca me viste.
Miguel tomó sus llaves.
—Aprovecha el día para empacar. Quiero que cuando regrese a las seis, ya no estés.
—¿Y a dónde quieres que vaya? —gritó ella, sintiendo que el pánico le subía por la garganta—. ¡No tengo dinero! ¡La tarjeta me la cancelaste!
—Tienes tus manitas, Natalia. Y tu “libertad”. Úsalas.
Miguel salió de la casa sin mirar atrás.
Las horas siguientes fueron un borrón de furia y vergüenza. Natalia corrió por la casa como loca, metiendo ropa en bolsas de basura porque no tenía suficientes maletas.
Arrasó con todo lo que pudo. La licuadora, el tostador, los cuadros que ella había comprado (aunque fuera con dinero de él), las toallas, hasta los jabones del baño.
—Si me vas a echar, te voy a dejar en los puros huesos, desgraciado —mascullaba mientras arrancaba las cortinas.
A las diez de la mañana, no fue al juzgado. “¿Para qué?”, pensó. “Si ya está todo decidido, pa’ qué voy a que me humillen”.
Llamó a su “mejor amiga”, Susana. La Susy. Compañera de fiestas y confidente de sus aventuras.
—Bueno, ¿Susy?
—¿Qué onda, Nata? ¿Cómo estás?
—Mal, amiga. El estúpido de Miguel se volvió loco. Me corrió de la casa.
—¿Cómo crees? ¡No manches! ¿Y eso?
—Ay, por unos chismes. Oye, necesito un paro. ¿Me puedo quedar en tu depa unos días? Nomás en lo que este se calma o busco algo.
Hubo un silencio incómodo al otro lado de la línea.
—Híjole, Nata… es que… fíjate que llegó mi suegra de visita y… pues está todo ocupado. Ya sabes cómo es de especial la vieja.
—Pero Susy, si tu depa tiene tres recámaras.
—Sí, pero… ay, Nata, la neta no quiero broncas. El Miguel conoce a mi marido y… ya sabes. Mejor busca por otro lado, ¿va? Luego nos echamos un café. Bye.
Tu-tu-tu-tu.
Natalia miró el teléfono incrédula.
Llamó a otra. A Claudia.
—Ay, hermosa, me encantaría, pero nos vamos a ir de viaje justo hoy.
Llamó a “El Ingeniero”, su amante de Monterrey.
—El número que usted marcó no existe.
—¡Bola de hipócritas! —gritó, aventando el teléfono al sofá—. ¡Cuando yo invitaba las pedas todos eran mis hermanos! ¡Ahora que me lleva la fregada, nadie me conoce!
Al final, tuvo que llamar a Sandra, una ex compañera del tren a la que siempre había tratado con la punta del pie porque era “naca” y vivía en una colonia popular.
—Sandra… soy Natalia.
—¿Natalia? ¡Milagro! ¿Qué pasó?
—Oye… sé que no hablamos mucho, pero… tengo un problema.
Sandra, con ese corazón grandote que tienen los pobres, aceptó.
—Pues mira, Nata, casa no tengo, vivo con mis papás y somos un buen. Pero mi hermano tiene un taller mecánico y atrás hay un cuartito donde guardan herramienta. Tiene un catre y baño. Si quieres…
A Natalia se le revolvió el estómago. ¿Ella, Natalia la Grande, viviendo en una bodega de taller mecánico?
Pero miró las bolsas de basura llenas de ropa y la hora en el reloj.
—Está bien, Sandra. Gracias. Te debo una.
Salió de la casa de Miguel a las cinco de la tarde. El taxi (esta vez uno de sitio, no quería ver al Chato) se llevó sus cosas. Dejó la casa pelona. Sin cortinas, sin adornos, sin alma.
Antes de cerrar la puerta por última vez, sacó un labial rojo y escribió en el espejo de la entrada:
“TE VAS A ARREPENTIR, POCO HOMBRE”.
Se sintió victoriosa por un segundo. Pero cuando el taxi arrancó y vio la casa alejarse, la casa donde había vivido diez años de comodidad, se dio cuenta de que la única que había perdido era ella.
El cuarto en el taller mecánico olía a grasa y a humedad. Era un cubículo de tres por tres, con un catre que rechinaba y una ventanita alta con barrotes. Natalia dejó sus cosas ahí, sintiéndose como una princesa destronada en un calabozo.
—No me voy a quedar aquí —se dijo, limpiándose una lágrima de rabia—. Necesito dinero. Necesito un plan.
Revisó su cartera. Trescientos pesos y unas monedas. Miguel había vaciado la cuenta mancomunada. Era legal, según había leído en Google. “Bienes separados”. Maldita sea la hora en que firmó eso sin leer.
—El tren —pensó—. Tengo que ir a renunciar. O a pedir un adelanto. O a ver si alguien me presta.
No quería volver a trabajar. La idea de ponerse el uniforme y servir café le daba náuseas ahora que su vida se desmoronaba. Pero el tren era lo único constante. Era su territorio.
Tomó un camión (sí, un camión, qué horror) hacia la estación. Se sentía observada. Sentía que todos sabían que era una mujer divorciada y sin casa. Que su maquillaje perfecto ya no podía ocultar las grietas de su realidad.
Llegó a la estación al atardecer. El lugar estaba más tranquilo que en la mañana. Los trenes de carga maniobraban a lo lejos, cloc-clac, cloc-clac.
Natalia se sentó en una banca de metal, alejada de la oficina de Don Iván. No quería verlo. No quería escuchar su “te lo dije”.
Solo quería respirar y pensar. ¿Qué iba a hacer? ¿Volver al pueblo? Jamás. ¿Buscar otro marido? Ya estaba “vieja” para el mercado, según sus propios estándares crueles.
Fue entonces cuando sintió el tirón.
Alguien le jaló la manga de su blusa de seda (que ya tenía una mancha de grasa del taller).
Natalia volteó bruscamente, lista para gritarle a algún niño latoso.
—¡Oye, qué te pasa…!
Se quedó callada.
Frente a ella había una niña. Una criatura minúscula, flaca como un fideo seco. Tendría unos seis o siete años, pero sus ojos… sus ojos eran viejos. Ojos negros, enormes, rodeados de pestañas largas y suciedad. Llevaba un vestido que alguna vez fue rosa, ahora gris de mugre, y unos tenis rotos en la punta.
El cabello lo traía enmarañado, como un nido de pájaros.
La niña la miraba fijamente, sin parpadear. No pedía dinero. No extendía la mano. Solo la miraba.
—¿Qué quieres? —preguntó Natalia, bajando un poco el tono, incomodada por esa mirada—. No tengo dinero, escuincla. Búscate a otro.
La niña no se movió. Hizo un sonido extraño con la garganta. Mmmm-mmm.
Natalia frunció el ceño.
—¿Qué? ¿No hablas? ¿Eres mudita?
La niña asintió levemente.
Natalia suspiró. A pesar de su egoísmo, algo en la niña le tocó una fibra sensible. Tal vez porque se veía tan sola como ella se sentía en ese momento. O tal vez porque le recordó, por un segundo fugaz, a Elena cuando eran chiquitas y jugaban en la tierra.
—Ay, Dios mío. Mira, ten. —Natalia buscó en su bolso y sacó unas monedas. Eran lo último que le quedaba de cambio del taxi—. Cómprate un pan o algo. Y vete, que me pones nerviosa.
La niña miró las monedas en la palma bien cuidada de Natalia. Luego, con una dignidad sorprendente para su aspecto, negó con la cabeza. Empujó la mano de Natalia suavemente, rechazando el dinero.
—¿No quieres dinero? —Natalia estaba perpleja—. ¿Entonces qué quieres? ¿Eres de esas que venden chicles?
La niña metió la mano en el bolsillo de su vestido sucio y sacó un papel doblado. Estaba arrugado y tenía una mancha de aceite en la esquina. Se lo tendió a Natalia con una insistencia urgente.
—¿Es para mí? —preguntó Natalia.
La niña asintió vigorosamente y señaló el papel, luego señaló el pecho de Natalia.
Natalia tomó el papel con desconfianza. ¿Sería una broma? ¿Una estafa?
Lo desdobló. La letra era temblorosa, escrita con bolígrafo azul barato, de alguien que apenas tenía fuerzas para escribir.
Leyó:
“Si en tu corazón queda algo de la Natalia que fuimos, no me ignores. Sé que estás ahí. Sé que eres tú. La vida me cobró todo, Nata. Pero no dejes que le cobre a ella también. Síguela. Por favor. Solo te pido que vengas. Es sobre nuestra sangre.”
Natalia sintió que el mundo se detenía. El ruido de la estación desapareció. Solo escuchaba el latido desbocado de su corazón.
“La Natalia que fuimos”.
Nadie la llamaba así. Solo una persona en el mundo conocía a la “Natalia de antes”.
Miró a la niña. Esos ojos… ahora que los veía bien, bajo la mugre y el cansancio… esos ojos tenían la misma forma almendrada que los suyos. La misma forma que los de…
—¿Quién te dio esto? —preguntó Natalia, su voz apenas un susurro tembloroso. Agarró a la niña por los hombros, sin importarle ensuciarse—. ¿Quién te mandó? ¡Dímelo!
La niña se asustó un poco, pero no lloró. Señaló hacia la salida de la estación, hacia el sur, hacia las colonias perdidas en la periferia, donde el asfalto se convierte en tierra y la ciudad olvida a sus hijos.
Luego, hizo un gesto con la mano: Ven.
Natalia miró hacia atrás, hacia la seguridad de la estación, hacia su vida rota pero conocida. Luego miró hacia donde señalaba la niña, hacia lo desconocido.
El papel le quemaba en la mano.
“Es sobre nuestra sangre”.
—Llévame —dijo Natalia, poniéndose de pie. No sabía por qué lo hacía. Tal vez era curiosidad. Tal vez era culpa. O tal vez, solo tal vez, era que ya no tenía nada más que perder.
La niña pequeña, la extraña mensajera del destino, tomó la mano de Natalia. Su manita estaba fría y rasposa.
Juntas, la mujer del traje sastre arruinado y la niña de los zapatos rotos, salieron de la estación mientras el sol terminaba de morir, dejando la ciudad sumida en las sombras.
Y así, sin saberlo, Natalia dio el primer paso hacia el infierno… o hacia su salvación.
PARTE 2: EL PESO DE LA SANGRE
CAPÍTULO 3: EL CAMINO DEL OLVIDO Y LA CASA GRIS
La niña, a la que Natalia decidió mentalmente llamar “La Muda” a falta de un nombre, caminaba con un paso sorprendentemente rápido para sus piernas tan flacas. Iba tirando de la mano de Natalia con una fuerza que no parecía corresponder a su tamaño, como si temiera que, si la soltaba un solo segundo, la mujer de traje sastre y maleta rosa se desvanecería en el aire como un sueño de fiebre.
Salieron de la zona segura de la estación. El pavimento bien cuidado y las luces de neón de los comercios del centro empezaron a quedar atrás. Natalia, arrastrando su maleta de marca —que ya empezaba a hacer ruidos de protesta por el suelo irregular—, sentía que cada paso la alejaba más de su “yo” reina y la acercaba a algo que le daba pavor.
—Oye, escuincla, espérate —jadeó Natalia, deteniéndose para ajustar la correa de su tacón, que la estaba matando—. ¿A dónde me llevas? Esto ya no me está gustando.
La niña se detuvo y señaló hacia una avenida oscura donde pasaban los camiones verdes, esos “peseros” destartalados que Natalia juró nunca volver a pisar desde que se casó con Miguel.
—¿En camión? —Natalia hizo una mueca de asco—. Ni loca. Yo no me subo a esas latas de sardinas. Vamos a pedir un Uber.
Sacó su celular. Sin servicio. O mejor dicho, sin datos. Miguel había sido meticuloso. Cortó el plan familiar esa misma tarde.
—Maldito seas, Miguel —masculló, sintiendo las lágrimas de impotencia picarle los ojos—. Me las vas a pagar todas juntas.
La niña la miró con impaciencia y le jaló la manga otra vez, señalando un pesero que se acercaba rugiendo y escupiendo humo negro. El letrero en el parabrisas decía: “LOMAS DEL PORVENIR – ÚLTIMA PARADA”.
Natalia conocía ese nombre. “Lomas del Porvenir”. Un nombre irónico para una de las colonias más olvidadas de la periferia, un cinturón de miseria donde el asfalto se rendía ante la terracería y donde la policía entraba solo en caravana.
—No… ahí no —susurró Natalia, retrocediendo un paso.
Pero la niña la miró con esos ojos. Esos ojos que eran un espejo de su propia infancia. Y la nota en su bolsillo pareció pesar una tonelada. “Es sobre nuestra sangre”.
—Está bien, tú ganas —dijo Natalia, rendida—. Pero si me asaltan, te juro que te dejo ahí.
Subieron al pesero. El chofer, un tipo gordo con una toalla al cuello, miró a Natalia de arriba abajo: el uniforme de azafata, el maquillaje corrido, la maleta fina. Luego miró a la niña mugrosa.
—Son doce pesos, jefa —dijo sin más.
Natalia pagó con sus últimas monedas. El interior del camión olía a sudor rancio, a aromatizante de pino barato y a resignación. La gente la miraba. Señoras con bolsas de mandado, obreros con las botas llenas de cemento, jóvenes con la mirada perdida en sus celulares rotos. Todos la miraban como a un bicho raro. Una pavorreal que se cayó en el lodo.
Natalia se sentó en el último asiento, apretando su maleta contra sus piernas como si fuera un escudo. La niña se sentó a su lado, balanceando sus piernitas que no llegaban al suelo.
El viaje fue eterno. Una hora de baches, frenazos y cumbias a todo volumen que taladraban la cabeza de Natalia.
Miraba por la ventana cómo la ciudad “bonita” desaparecía. Los edificios de cristal daban paso a casas de interés social, luego a talleres mecánicos, y finalmente a un mar de construcciones grises, sin pintar, con varillas saliendo de los techos como dedos suplicando al cielo.
—Llegamos —gritó el chofer—. ¡Última parada!
Bajaron. Ya era noche cerrada. La única iluminación provenía de algunas farolas parpadeantes y de las luces de las tienditas que vendían cerveza a través de rejas de acero.
El aire aquí era diferente. Olía a leña quemada, a tierra mojada y a perros callejeros.
—¿Y ahora qué? —preguntó Natalia, sintiendo un frío que atravesaba su saco.
La niña señaló hacia arriba, hacia un cerro tapizado de casas que parecían montadas unas sobre otras, desafiando la gravedad.
—No me digas que tenemos que subir eso —gimió Natalia.
La niña empezó a caminar. Natalia la siguió, maldiciendo cada piedra, cada bache, cada perro que le ladraba desde las azoteas. Sus tacones se hundían en la tierra suelta. En un momento, el tacón derecho se atoró en una grieta y ¡crac!, se rompió.
—¡Aaaah! ¡Mierda! —gritó Natalia, cojeando. Se quitó los zapatos con furia y los aventó a un lado. —¡A la fregada los zapatos!
Siguió caminando descalza, sintiendo las piedras frías y la basura bajo sus pies con medias de seda. La humillación era total. Ella, Natalia, la que se burlaba de las “nacas” del pueblo, caminaba ahora descalza por el barrio más pobre de la ciudad.
Esto es el infierno, pensó. Y yo bajé por mi propio pie.
Caminaron unos veinte minutos más. La niña se detuvo frente a una estructura al final de un callejón sin salida.
No era una casa. Era un cajón de bloques de cemento gris, sin enjarrar. El techo era de lámina de asbesto sujeta con piedras para que el viento no se la llevara. La puerta era una placa de metal oxidado que alguna vez fue azul.
No había timbre. No había número. Solo una ventanita pequeña con una cortina hecha de un trapo floreado.
Natalia sintió un nudo en la garganta.
—¿Aquí? —preguntó, con voz temblorosa.
La niña asintió. Se acercó a la puerta y golpeó tres veces con un ritmo específico. Toc… toc-toc.
Se escuchó un ruido adentro. Pasos arrastrados. Una tos seca y profunda que sonó dolorosa incluso a través del metal.
—¿Valia? ¿Eres tú, mi niña? —una voz débil preguntó desde adentro.
Al escuchar esa voz, Natalia se congeló. Era una voz rota, cascada, pero tenía ese timbre inconfundible. Ese timbre suave que solía cantarle cuando tenían miedo de las tormentas en el pueblo.
La niña empujó la puerta, que estaba sin seguro. Chirrió horriblemente.
—Pásale —pareció decir el gesto de la niña, invitando a Natalia a entrar al abismo.
Natalia entró.
El interior estaba en penumbras, iluminado solo por una bombilla desnuda que colgaba de un cable en el techo.
Hacía calor adentro, un calor sofocante mezclado con olor a medicina, vaporub y humedad.
Pero estaba limpio. Extremadamente limpio. El piso de cemento pulido brillaba. No había muebles, solo un par de cajas de plástico que servían de sillas y una mesa pequeña cubierta con un hule de frutas.
Y al fondo, en un rincón, había un sofá-cama viejo, hundido en el centro.
Allí había un bulto cubierto con cobijas tejidas a mano.
Natalia dejó su maleta en la entrada. Sus pies descalzos y sucios dejaron huellas en el piso limpio. Se acercó despacio, con el corazón latiéndole en la garganta.
—¿Elena? —susurró.
El bulto se movió. Una mano esquelética, pura piel y hueso, apartó la cobija.
Un rostro se giró hacia ella.
Natalia tuvo que morderse el labio para no gritar.
No era su hermana. No podía serlo. Elena tenía treinta y dos años, era rellenita, de mejillas rosadas y cabello negro brillante.
La mujer que la miraba parecía de sesenta. Tenía la piel cerosa, pegada al cráneo, color amarillo pálido. Los ojos estaban hundidos en cuencas oscuras. El cabello era escaso, opaco.
Pero cuando esa mujer sonrió, una sonrisa débil que mostró unos dientes que parecían demasiado grandes para su cara consumida, Natalia la reconoció.
Eran los ojos de Elena.
—Viniste… —susurró la mujer, y dos lágrimas rodaron por sus mejillas hundidas—. Sabía que vendrías. Sabía que… muy en el fondo… seguías siendo mi Nata.
Natalia cayó de rodillas junto al sofá. No le importó el piso duro. No le importó la mugre. El shock fue tal que rompió la barrera de su egoísmo por un instante.
—Lenche… ¿qué te pasó? —sollozó Natalia, tomando esa mano huesuda entre las suyas. Estaba ardiendo en fiebre—. ¡Estás ardiendo! ¿Por qué estás así? ¿Qué es esto?
Elena tosió, un espasmo que sacudió todo su frágil cuerpo. La niña, Valia, corrió inmediatamente con un vaso de agua y se lo acercó a los labios con una ternura experta, sosteniéndole la cabeza.
Natalia observó la escena, sintiéndose una intrusa inútil. Esa niña pequeña era la enfermera, la cuidadora, la adulta.
Cuando el ataque de tos pasó, Elena se recostó, agotada.
—Es la vida, Nata. La vida que me pasó por encima —dijo con voz apenas audible—. Es cáncer, hermana. En los pulmones. Y ya se fue a todos lados.
—¿Cáncer? —Natalia sintió que el mundo daba vueltas—. Pero… ¿por qué no te curaste? ¿Por qué no fuiste al doctor antes?
Elena sonrió con tristeza.
—¿Con qué dinero, Nata? ¿Con qué tiempo? Cuando uno vive al día, ir al doctor es un lujo. Pensé que era una gripe mal curada. Luego pensé que era cansancio. Y cuando ya no pude levantarme… ya era tarde. En el Seguro Social me dieron citas para dentro de meses. Y las medicinas… bueno, a veces hay, a veces no.
Natalia bajó la mirada, avergonzada. Mientras ella compraba cremas antiarrugas de dos mil pesos y se quejaba de que Miguel no la llevaba a cenar a lugares caros, su hermana se estaba muriendo por no tener para un antibiótico.
—¿Y tu marido? ¿El Rogelio? —preguntó Natalia, buscando a alguien a quien culpar—. ¿Dónde está ese inútil?
La cara de Elena se ensombreció.
—Se fue, Nata. Se fue hace cinco años. Justo después del… del incendio.
La palabra “incendio” cayó entre ellas como una piedra pesada.
Natalia tragó saliva.
—¿El incendio de la casa de mamá?
Elena asintió lentamente.
—Sí. Cuando vendiste tu parte… el hombre que la compró, Don Remigio, quería el terreno ya. Llegó con maquinaria. Nosotros no nos queríamos salir, Rogelio se puso bravo. Y una noche… —Elena cerró los ojos, reviviendo el horror—. Una noche simplemente empezó a oler a humo. Todo fue muy rápido, Nata. El techo de paja prendió como cerillo.
Natalia apretó la mano de su hermana, sintiendo un frío helado en el estómago. Ella sabía que había vendido a un tipo turbio, pero nunca preguntó qué había pasado después.
—Perdimos todo —continuó Elena—. Salimos con lo puesto. Rogelio sacó a Valia, yo saqué los papeles. Y vimos cómo la casa de nuestros padres, la casa donde crecimos… se convertía en ceniza.
Hubo un silencio. Solo se escuchaba la respiración rasposa de Elena.
—Rogelio no aguantó. Decía que era mi culpa por no haberte comprado tu parte, por no haber tenido dinero. Se amargó. Empezó a beber. Y un día, dijo que iba a comprar cigarros… y nunca volvió. Me dejó sola con Valia, sin casa, sin ropa y debiendo dinero.
Natalia sintió las lágrimas correr por su cara, arruinando su maquillaje perfecto.
—Perdóname, Lenche… yo no sabía… yo pensé que…
—No llores, Nata. Ya pasó. Dios sabe por qué hace las cosas. —Elena le acarició la mano con sus dedos ásperos—. Trabajé. Lavé ajeno, limpié casas, vendí tamales. Junté peso a peso para comprar este terreno, que era un basurero, y levantar este cuartito. Es feo, lo sé, pero es nuestro. Nadie nos lo puede quitar.
Natalia miró a su alrededor. Esas paredes grises no eran un símbolo de pobreza, eran un monumento al esfuerzo sobrehumano de una madre sola. Y ella, Natalia, que acababa de perder una casa regalada por un berrinche, se sintió más pequeña que nunca.
—¿Y la niña? —preguntó Natalia, mirando a Valia, que estaba sentada en un rincón, observándolas con esos ojos negros inescrutables—. ¿Por qué no habla?
Elena suspiró, un sonido que pareció rasgarle el pecho.
—Es por el incendio. Ella lo vio todo, Nata. Vio cómo se quemaban sus juguetes, vio a su papá gritar, vio el fuego. Tenía dos años. Desde esa noche… no ha vuelto a decir una sola palabra. Los doctores dicen que es trauma. Que las palabras están ahí, atoradas en el miedo.
Valia, al escuchar que hablaban de ella, bajó la cabeza y se puso a jugar con un hilo suelto de su vestido.
—Es una buena niña —dijo Elena, mirándola con adoración—. Es mi ángel. Ella me cuida, Nata. A sus siete años, sabe cocinar, sabe lavar, sabe darme las pastillas. No sé qué hubiera hecho sin ella.
Natalia sintió una punzada de celos extraños. Ella nunca había querido hijos. Le parecían estorbos, anclas que te impedían volar. Pero ver esa conexión, ese amor absoluto en medio de la miseria, la hizo sentir vacía.
—Pero ya no puedo más, hermana —dijo Elena de repente, apretando el agarre—. Me estoy apagando. Lo siento aquí adentro. Cada día respiro menos. El doctor del dispensario me dijo que… que me prepare. Que ya no es cuestión de meses, sino de semanas. Tal vez días.
—¡No digas eso! —Natalia intentó sonar firme, como la hermana mayor que se suponía que era—. Mañana mismo te llevo a un hospital de verdad. Tengo… bueno, conseguiré dinero. Venderé algo. Te van a curar.
—No, Nata. Ya no hay cura. El cáncer ya me comió. —Elena la miró fijamente a los ojos, con una intensidad que daba miedo—. No te llamé para que me salves a mí. Yo ya estoy lista para irme con mamá y papá. Te llamé para que la salves a ella.
Elena señaló a Valia.
—No puedo dejarla sola, Nata. Si yo me muero, se la lleva el DIF. La van a meter a un orfanato. Y una niña que no habla… en un lugar así… la van a destruir. Se la van a comer viva.
Natalia entendió de golpe la razón de la nota. La razón de todo.
—¿Quieres que yo…? ¿Yo me quede con ella?
—Eres su tía. Eres su única sangre. —Elena empezó a llorar, sollozos secos y dolorosos—. Sé que no te gustan los niños. Sé que tienes tu vida perfecta, tu marido rico, tus viajes. Sé que soy una egoísta por pedirte esto. Pero, por favor, Nata… por lo que más quieras… no dejes que mi niña se quede sola en el mundo. Prométeme que la vas a cuidar.
Natalia se quedó paralizada.
¿Cuidar a una niña? ¿Ella? ¡Si ni siquiera podía cuidar una planta! ¡Si acababa de ser echada a la calle por su propio marido! ¡Si no tenía dónde caerse muerta!
Quiso gritar: “¡No puedo! ¡No tengo nada! ¡Soy una fracasada sin hogar!”.
Quiso confesarle a Elena que su vida perfecta era una mentira, que Miguel la había dejado, que estaba en la ruina total.
Pero miró la cara de su hermana moribunda. Vio la esperanza desesperada en esos ojos hundidos. Elena creía que Natalia seguía siendo la “Reina del Vagón”, la mujer exitosa. Esa mentira era lo único que le daba paz a Elena en su lecho de muerte.
¿Cómo podía quitarle esa paz? ¿Cómo podía decirle: “Tu hija se va a quedar en la calle conmigo”?
Natalia tragó saliva. Sintió el peso del mundo sobre sus hombros.
Miró a Valia. La niña la miraba con desconfianza, pero también con una pizca de curiosidad.
—Yo… —Natalia titubeó.
—Por favor, Nata. Es lo único que te pido. Quédate con la casa si quieres, aunque no vale nada. Pero cuida a Valia. Haz de ella una mujer de bien. Que no sufra lo que sufrimos nosotras.
Natalia cerró los ojos. Pensó en Miguel. Pensó en su soledad. Pensó en la nota en el espejo: “Te vas a arrepentir”.
Quizás… quizás esta era su oportunidad de redención. O quizás era su castigo.
Abrió los ojos. Apretó la mano de su hermana.
—Te lo prometo, Lenche —mintió, o tal vez dijo la verdad por primera vez en años—. Yo me hago cargo. No le va a faltar nada.
Elena soltó un suspiro largo, como si hubiera soltado una mochila llena de piedras que cargó por años. Su cuerpo se relajó visiblemente en el sofá.
—Gracias… gracias, hermanita. Sabía que tenías buen corazón. Sabía que…
La voz de Elena se fue apagando. Cerró los ojos, agotada por el esfuerzo.
—Tengo sueño, Nata. Mucho sueño.
—Duerme, Lenche. Aquí estoy. No me voy a ir.
Elena se quedó dormida casi al instante, su respiración convirtiéndose en un silbido rítmico.
Natalia se quedó ahí, arrodillada en el suelo de cemento, en medio de la nada, con una niña muda mirándola desde la esquina y una hermana muriéndose en el sofá.
Se miró las manos. Las uñas acrílicas perfectas se veían ridículas contra la cobija raída.
—¿En qué te metiste, Natalia? —se susurró a sí misma—. ¿En qué carajos te metiste?
Valia se levantó de su rincón. Fue a la pequeña mesa, tomó un trozo de pan duro y se lo ofreció a Natalia.
Natalia miró el pan. Tenía hambre. Mucha hambre. No había comido nada desde el desayuno con Miguel, que parecía haber sido hacía cien años.
Tomó el pan.
—Gracias —murmuró.
Le dio un mordisco. Estaba duro y sabía a viejo. Pero le supo a gloria.
Se sentó en el suelo, recargando la espalda contra la pared fría. Valia se sentó a su lado, imitando su postura, pero manteniendo una distancia prudente.
Afuera, los perros ladraban a la luna. Adentro, el sonido de la muerte rondaba el sofá.
Y así, en esa casita gris de Lomas del Porvenir, Natalia pasó su primera noche como mujer “libre”. Sin marido, sin casa, sin dinero. Pero, por primera vez en su vida, con una responsabilidad real.
No sabía cómo, pero tendría que cumplir su promesa. Aunque tuviera que vender su alma al diablo… o vender su orgullo, que para ella era más valioso.
—Mañana… —pensó, mientras el cansancio la vencía—. Mañana veo qué hago. Mañana arreglo el mundo.
Pero el mundo tenía otros planes para Natalia. Planes que requerían pintura, sudor y, sobre todo, que el corazón de piedra se rompiera para poder volver a latir.
CAPÍTULO 4: LA PRINCESA EN EL FANGO Y EL SABOR DE LA PIZZA FRÍA
El amanecer en “Lomas del Porvenir” no tenía nada que ver con los amaneceres a los que Natalia estaba acostumbrada. En su vida anterior —esa que parecía haber terminado hacía años luz, aunque solo habían pasado 24 horas—, el día empezaba con el aroma del café de grano que Miguel dejaba programado, el suave zumbido del aire acondicionado y el tacto de sábanas de trescientos hilos.
Aquí, el amanecer llegó con el canto desafinado de un gallo que parecía tener bronquitis, justo al lado de la ventana. Llegó con un frío húmedo que se colaba por las láminas de asbesto y calaba hasta los huesos. Y, sobre todo, llegó con el olor. No a café, sino a enfermedad, a polvo acumulado y a la letrina que estaba en el patio trasero.
Natalia abrió los ojos, desorientada. Le dolía todo el cuerpo. El suelo de cemento, aunque cubierto con una cobija raída que Valia le había puesto encima durante la noche, era implacable. Sentía la cadera magullada y el cuello torcido.
—¿Migue? Pásame el agua… —balbuceó por inercia, estirando la mano.
Sus dedos tocaron la pared áspera de bloques sin enjarrar. La realidad la golpeó como un cubetazo de agua helada.
Se sentó de golpe. El cuarto gris. La bombilla colgando. El sofá hundido donde su hermana Elena respiraba con un silbido agónico. Y en la esquina, sentada en una caja de frutas convertida en taburete, estaba Valia. La niña la observaba con esos ojos negros, insondables, sin parpadear. Parecía un pequeño búho guardián entre la miseria.
—Ay, Dios mío… no fue una pesadilla —susurró Natalia, pasándose las manos por la cara. Sentía la piel grasosa y el rímel seco pegado en las pestañas. Se sentía sucia. Asquerosa.
Se levantó, sacudiéndose el polvo de su falda de azafata, que ahora lucía arrugada y triste, como un disfraz de fiesta barato al día siguiente.
—Buenos días… supongo —le dijo a la niña.
Valia no respondió, pero se bajó de su caja y caminó hacia una pequeña parrilla eléctrica de un solo quemador que estaba sobre la mesa. Había una ollita abollada con agua hirviendo. La niña echó unas hierbas secas dentro. Té de manzanilla. O de algo que se le parecía.
—Gracias —dijo Natalia, aceptando el vaso de plástico que la niña le tendió. El líquido estaba hirviendo y sabía a tierra, pero le calentó las manos.
Natalia se acercó al sofá. Elena dormía, pero su sueño no era tranquilo. Sudaba frío y fruncía el ceño, como si estuviera peleando batallas en sus sueños.
—Lenche… —la llamó suavemente.
Elena abrió los ojos. Estaban vidriosos, amarillentos.
—Nata… sigues aquí —susurró, y una débil sonrisa iluminó su rostro calavérico—. Pensé que te habías ido en la noche.
—No tengo a dónde ir, hermana —admitió Natalia con una honestidad brutal, aunque Elena lo interpretó como lealtad—. Oye, necesitas medicina. Te oyes muy mal.
—Se acabó el jarabe hace dos días. Y las pastillas para el dolor… creo que queda media tableta.
Natalia sintió un hueco en el estómago.
—¿Y comida? ¿Qué van a desayunar?
Elena desvió la mirada, avergonzada.
—Valia sabe hacer tortillas de harina. Queda un poco de masa y sal. Con el té engañamos a la tripa.
Natalia miró a la niña, que ya estaba amasando una bola grisácea de masa con sus manitas expertas. Tenía siete años y cocinaba para sobrevivir. A esa edad, Natalia solo se preocupaba por qué moño ponerse para la escuela.
La indignación y la vergüenza se mezclaron en su pecho. Ella, la mujer que tiraba la comida si no estaba a la temperatura perfecta, ahora veía cómo su sobrina hacía milagros con harina vieja.ines
—No —dijo Natalia, poniéndose de pie con decisión. O al menos, con la decisión que le permitía su cuerpo dolorido—. No vamos a comer masa con agua. Yo voy a conseguir algo.
—Pero Nata, no tienes dinero… dijiste que te asaltaron —murmuró Elena (una mentira piadosa que Natalia había improvisado la noche anterior para explicar su falta de efectivo).
—Tengo mis métodos. Ahorita vengo. Tú descansa. Y tú, Valia… cuida a tu mamá.
Natalia salió del cuartito. La luz del sol la cegó por un momento. El barrio de Lomas del Porvenir bullía de actividad. Señoras barriendo la tierra frente a sus casas, perros ladrando, vendedores ambulantes gritando “¡El gaaaas!”.
Natalia caminó con la cabeza baja, intentando ocultar su rostro. Se sentía observada. Su traje azul marino, aunque sucio, gritaba “no soy de aquí”. Y sus pies descalzos (sus tacones rotos quedaron en la basura) eran el sello final de su humillación. Se había puesto unos huaraches viejos que encontró en la entrada, que le quedaban grandes.
Caminó hasta encontrar una tiendita de abarrotes. Una reja de metal separaba al cliente del vendedor, como si fuera una cárcel.
—Buenos días —dijo Natalia, intentando recuperar su tono de señora prepotente—. Oiga, necesito leche, huevos, pan… y algo para el dolor fuerte. Paracetamol o lo que tenga.
El tendero, un hombre gordo con un palillo en la boca, la miró sin moverse.
—Son doscientos cincuenta pesos, güera.
—Ah… es que… —Natalia se mordió el labio—. Mire, no traigo efectivo ahorita. Se me… se me olvidó la cartera. ¿No me podría fiar? Soy hermana de Elena, la que vive al final del callejón. Mañana sin falta le pago.
El hombre soltó una risotada seca.
—¿La difuntita? Uy, güera, la Elena me debe hasta la risa. Aquí no se fía, y menos a fuereños. Si no hay lana, no hay chivas. Lléaguele.
Natalia sintió que la cara le ardía. Quiso gritarle, insultarlo, decirle que ella ganaba en un mes lo que él ganaba en un año. Pero recordó que ya no ganaba nada. Que era una desempleada, divorciada e indigente.
Dio media vuelta, con las lágrimas de rabia picándole los ojos.
Regresó al callejón, derrotada. Se sentó en una piedra afuera de la casa de Elena.
—¿Qué voy a hacer? —se preguntó.
Revisó sus bolsillos. El celular.
Lo prendió. Le quedaba 15% de batería. Sin señal de datos, pero podía hacer llamadas de emergencia o… recibir llamadas si alguien se dignaba a buscarla.
Nadie la había buscado. Ni una llamada perdida.
Miró la pantalla negra. Solo había un número que se sabía de memoria. Un número que juró no volver a marcar.
El de Miguel.
Su orgullo luchó contra su necesidad. Era una batalla titánica. Llamar a Miguel era admitir la derrota. Era arrastrarse.
Pero entonces escuchó la tos de Elena desde adentro. Un sonido gutural, como si se le estuvieran desgarrando los pulmones. Y pensó en Valia, comiendo masa con agua.
—Maldita sea mi suerte —gruñó.
Buscó una caseta telefónica de monedas. Tuvo que caminar cuatro cuadras hasta encontrar una que funcionara. Usó los últimos cinco pesos que encontró en el fondo de su saco.
Marcó.
Tuuu… tuuu…
—¿Bueno?
La voz de Miguel. Seca.
Natalia tragó saliva. Se le hizo un nudo en la garganta.
—Miguel… soy yo.
Hubo un silencio al otro lado. Largo. Pesado.
—¿Qué quieres, Natalia? Tienes prohibido llamarme. Te dije que hablaras con el abogado.
—Miguel, por favor… no cuelgues. —Su voz se quebró. No tuvo que fingir. Estaba realmente desesperada—. No te hablo para pelear. Ni para pedirte que me perdones.
—¿Entonces? ¿Ya te gastaste lo que te robaste de la casa? Porque te llevaste hasta los focos, cínica.
—No… Miguel, escúchame. Estoy… estoy con mi hermana. Elena. ¿Te acuerdas de ella?
—La que vive en el cerro. Sí. ¿Y?
—Se está muriendo, Miguel. Es cáncer. —Natalia empezó a llorar, bajito, pegada al auricular sucio del teléfono público—. Está muy mal. Y hay una niña… mi sobrina. No tienen nada. Miguel, te lo juro por mi vida, no tienen ni para comer.
Miguel guardó silencio. Natalia sabía que él era un hombre bueno. Un hombre de familia. Esa era su debilidad y su fortaleza.
—¿Y eso qué tiene que ver conmigo? —preguntó él, aunque su tono ya no era tan duro. Era cauteloso.
—Necesito ayuda. No para mí. A mí que me lleve el diablo si quieres. Pero no puedo ver a la niña pasar hambre. Miguel… necesito mis cosas. La comida que dejé en la alacena. Lo que tú no te vayas a comer. Por favor.
Escuchó un suspiro al otro lado de la línea.
—Estoy en la casa. Ven por tus porquerías. Tienes media hora. Si no llegas, tiro todo a la basura.
Clic.
Natalia colgó. Sintió un alivio inmenso y, al mismo tiempo, una humillación profunda. Tenía que ir a su antigua casa, a pedir limosna de su propia despensa.
Corrió de regreso con Elena.
—Ahorita vengo. Voy a conseguir medicina. No se muevan.
Tomó el pesero de regreso. El viaje fue una tortura. Cada minuto contaba.
Llegó a su antigua colonia. Caminar por esas calles limpias y pavimentadas, con sus huaraches viejos y su ropa sucia, fue como caminar por un sueño del que acababa de despertar. Los vecinos la miraban raro. “¿Esa es la vecina del 58?”, parecían susurrar.
Llegó a la casa. La puerta estaba entreabierta.
Entró.
La casa estaba fresca. Olía a limpio. A hogar.
Miguel estaba en la cocina, recargado en la barra, con los brazos cruzados. La miró entrar. Sus ojos recorrieron su aspecto deplorable: el cabello enmarañado, las ojeras, los pies sucios, el traje arrugado.
No hubo burla en su mirada. Hubo algo peor: lástima.
—Mírate nada más —dijo él en voz baja—. La gran Natalia. La que se comía el mundo.
Natalia bajó la cabeza.
—¿Puedo… puedo tomar las cosas?
Miguel señaló unas cajas de cartón en el suelo.
—Ahí eché todo lo que dejaste en la alacena. Arroz, frijoles, pastas. Cosas que tú nunca cocinabas porque te daba flojera.
Natalia se arrodilló y empezó a revisar las cajas. Había bolsas de lentejas, latas de atún, aceite. Tesoros.
—Gracias… gracias, Miguel.
—También eché la medicina que había en el botiquín. Jarabe para la tos, antibióticos que sobraron de cuando me dio la infección, paracetamol. —Miguel se acercó y le tendió una bolsa de farmacia—. Y compré esto.
Natalia abrió la bolsa. Había suero oral, vitaminas y unos chocolates.
—Es para la niña —aclaró Miguel rápidamente, endureciendo el gesto—. No para ti.
—Gracias… —Natalia sintió que iba a romper a llorar ahí mismo.
—Y llévate eso también. —Señaló el microondas viejo que estaba en la esquina, el que habían cambiado hacía un mes por uno digital—. Todavía sirve. Si dices que tu hermana está mal, le servirá para calentar compresas o comida rápido.
Natalia cargó el microondas. Pesaba. Pero no le importó.
—Miguel… yo…
—Vete, Natalia. —Él se dio la vuelta, dándole la espalda—. Verte así… me da tristeza. Pero no se me olvida lo que hiciste. El daño ya está hecho.
—Lo sé. —Ella caminó hacia la puerta, cargando la caja y el microondas con dificultad—. Adiós, Migue.
—Espera.
Él se metió la mano al bolsillo y sacó un billete de quinientos pesos. Se acercó y se lo metió en el bolsillo del saco, sin tocarla.
—Cómprale una pizza a la niña. Dijiste que nunca había probado una.
Natalia levantó la vista, sorprendida. Recordó que se lo había dicho el día que la corrió, como una excusa patética. Él se había acordado.
—Eres un buen hombre, Miguel. Demasiado bueno para mí.
—Sí. Lo soy. Y me costó diez años darme cuenta. Ahora lárgate.
Natalia salió de la casa. Lloró todo el camino al taxi. Sí, se gastó parte de los quinientos pesos en un taxi de sitio, porque no podía cargar el microondas y la caja en el pesero. Y pidió pasar a una pizzería de esas de cadena rápida.
Compró una de pepperoni grande. El olor a queso fundido y salsa de tomate llenó el taxi y le hizo rugir el estómago con violencia.
El regreso a Lomas del Porvenir fue diferente. Ya no iba con las manos vacías. Iba cargada como una mula, pero sentía una extraña satisfacción. No era la satisfacción de comprarse un vestido nuevo. Era la satisfacción de la supervivencia.
Llegó al callejón cuando el sol empezaba a bajar.
Entró a la casita gris.
Valia seguía ahí, junto a Elena, cambiándole un trapo húmedo en la frente.
—¡Ya llegué! —anunció Natalia, entrando con el microondas en brazos.
Valia dio un salto del susto.
Natalia dejó el aparato en el suelo y luego corrió por la caja de comida y la pizza.
Puso la caja de pizza sobre la mesa de hule.
—A ver, señoritas. Hoy hay fiesta.
Elena abrió los ojos con dificultad.
—¿Nata? ¿Qué es ese olor?
—Es pizza, Lenche. Comida de dioses. —Natalia abrió la caja. El vapor salió, delicioso.
Cortó un pedazo y se lo dio a Valia.
La niña miró el triángulo de masa y queso como si fuera un objeto alienígena. Lo olió. Luego, tentativamente, le dio una mordida pequeña.
Sus ojos se abrieron como platos.
Masticó rápido y le dio otra mordida, más grande. Y otra.
Una sonrisa, la primera sonrisa real que Natalia le veía, se dibujó en su carita sucia, con salsa de tomate en las mejillas.
Natalia sintió un calor en el pecho que no tenía nada que ver con el orgullo.
—Come, mi amor. Come todo lo que quieras.
Luego se acercó a Elena con el suero y las medicinas.
—Tómatelo, Lenche. Esto te va a ayudar.
Elena obedeció, confiando ciegamente en ella.
Esa tarde, comieron pizza. Natalia comió como si fuera su última cena. Nunca, ni en los mejores restaurantes a los que Miguel la había llevado, le había sabido algo tan rico como esa pizza barata y tibia, sentada en el suelo de un cuarto pobre.
Después de comer, la energía del azúcar y las grasas hizo efecto. Natalia miró a su alrededor. El cuarto era un asco.
—Bueno, basta de lástima —dijo, poniéndose de pie y arremangándose el saco—. No podemos vivir así. Si voy a estar aquí, esto tiene que brillar.
Se quitó el saco del uniforme y lo colgó en un clavo. Se quedó en blusa blanca. Buscó una cubeta y un trapo.
—Valia, ¿dónde hay agua?
La niña señaló un tambo azul afuera.
Natalia salió, llenó la cubeta y regresó.
Y entonces, Natalia, la “Reina del Vagón”, se puso de rodillas y empezó a tallar el piso. Talló con furia. Talló como si quisiera borrar sus pecados con jabón y cloro.
Limpió las paredes. Sacudió las telarañas. Ordenó las pocas cosas que había.
Valia, al verla, se unió a ella. Con un trapo pequeño, la niña limpiaba las patas de la mesa, las esquinas que Natalia no alcanzaba.
Trabajaron en silencio durante horas. El sudor le pegaba la blusa a la espalda. Se rompió dos uñas más. Se le llenó el cabello de polvo.
Pero cuando terminaron, el cuarto olía a limpio. A cloro. A esperanza.
Elena las miraba desde el sofá, con los ojos llenos de lágrimas.
—Parecen dos hormiguitas —susurró.
Natalia se dejó caer en el suelo, exhausta, junto a Valia. Estaban las dos sucias, despeinadas y oliendo a sudor.
Natalia miró a la niña. Valia la miró a ella.
Y entonces, Valia hizo algo inesperado.
Se acercó a Natalia y recargó su cabecita en el hombro de su tía. Un gesto simple. Un gesto de confianza.
Natalia se quedó rígida un segundo. No estaba acostumbrada al contacto físico con niños. Pero luego, lentamente, pasó su brazo alrededor de los hombros huesudos de la niña.
—No te preocupes, chaparra —le susurró al oído—. Vamos a estar bien. Tu tía está loca, pero no se rinde. Vamos a convertir este cuchitril en un palacio. Ya verás.
Miró el microondas en la esquina, conectado a una extensión vieja. Miró las bolsas de arroz y frijoles apiladas ordenadamente.
No era mucho. Era casi nada.
Pero era suyo. Y lo había conseguido ella sola (bueno, con un poco de humillación, pero ella sola).
Esa noche, Natalia durmió en el suelo otra vez. Pero esta vez, no le dolió tanto la espalda.
Soñó con Miguel. Soñó que él la veía limpiando y sonreía.
Pero también soñó con algo más. Soñó que pintaba la fachada gris de la casa de un color brillante. Azul cielo. O amarillo sol.
Se despertó a media noche con una idea.
—Pintura… —murmuró en la oscuridad—. Necesitamos pintura. Y muebles. Y… dinero. Mucho dinero.
Miró a su hermana, cuya respiración era cada vez más débil. El tiempo corría. El dinero de Miguel duraría un par de días. ¿Y luego qué?
Natalia sabía que no podría volver a pedirle.
Tenía que generar ingresos.
¿Pero qué sabía hacer ella? Solo sabía servir café, sonreír y verse bonita. Y verse bonita ya no era una opción en este lugar.
Entonces, su mirada cayó sobre la máquina de coser vieja que estaba arrumbada en un rincón, cubierta de mantas. Era de Elena.
Natalia recordaba que, de niñas, su mamá les había enseñado a coser. Ella lo odiaba, se picaba los dedos a propósito para no hacerlo. Pero Elena amaba coser.
Se levantó sigilosamente y destapó la máquina. Era una Singer antigua, de pedal.
Tocó el metal frío.
—A lo mejor… —pensó—. A lo mejor todavía me acuerdo cómo se enhebra esta cosa.
El plan empezaba a formarse en su cabeza. Un plan desesperado, loco, típico de Natalia.
Si la vida le daba limones, ella no iba a hacer limonada. Ella iba a hacer un imperio de limones y se lo iba a vender al mejor postor.
Pero antes, tenía que sobrevivir a la muerte que acechaba en el sofá.
Y tenía que cumplirle a Miguel. “Te vas a arrepentir”, le había escrito en el espejo.
—Oh, sí, Miguel. Te vas a arrepentir de haberme dejado. Porque vas a ver en lo que me voy a convertir. No en la parásita que tú creías. Sino en alguien… alguien de verdad.
Con ese pensamiento, y con el calorcito de Valia durmiendo cerca, Natalia cerró los ojos, lista para enfrentar el día dos de su nueva vida.
CAPÍTULO 5: COLORES EN LA GRISURA Y EL REGRESO DEL CARPINTERO
El tercer día en Lomas del Porvenir amaneció con un presagio de tormenta. El cielo estaba aborregado, gris y pesado, amenazando con soltar un aguacero de aquellos que convierten las calles de tierra en ríos de lodo chicloso.
Para Natalia, sin embargo, la verdadera tormenta estaba adentro del cuartito de bloques.
Elena había pasado una noche terrible. La tos ya no era seca; era húmeda, profunda, un sonido de burbujeo que a Natalia le helaba la sangre. Cada vez que su hermana escupía en el pañuelo, la mancha roja era más grande, más brillante. La muerte ya no estaba tocando la puerta; se había metido a la cocina y se estaba sirviendo un café.
—Nata… —gimió Elena, tratando de incorporarse en el sofá hundido. Su piel estaba tan pálida que parecía traslúcida, como papel de arroz—. Siento que me ahogo.
Natalia corrió a su lado, ajustando las almohadas viejas para dejarla casi sentada.
—Tranquila, Lenche. Respira despacito. Inhala… exhala… así, como nos enseñaba mamá cuando nos daba el ataque de risa en misa.
Pero aquí no había risas. Solo el silbido agónico de unos pulmones colapsados. Valia estaba en la esquina, hecha un ovillo, tapándose los oídos con sus manitas sucias. No quería oír. No quería ver.
Cuando el ataque pasó, Elena cayó rendida, sudando frío.
—Ya falta poco, hermana —susurró con los ojos cerrados—. Ya escucho a los viejos llamándome.
—¡Cállate la boca, Elena! —Natalia le gritó, no por enojo, sino por puro pánico—. No te vas a ir a ningún lado hoy. No me vas a dejar sola con este… con este desastre.
Se puso de pie y caminó en círculos por el cuarto de tres por tres. Se sentía enjaulada. Miró las paredes de bloque gris, tristes, ásperas. Miró el techo de lámina manchado de hollín. Miró el piso de cemento que, aunque limpio, seguía siendo frío y pobre.
—Este lugar es una tumba —masculló Natalia—. Con razón te estás muriendo, Lenche. Este gris se te mete en el alma y te la pudre.
Miró a Valia. La niña seguía en su rincón, temblando.
Natalia sintió una oleada de determinación. Esa energía frenética que antes usaba para organizar fiestas o para pelearse con las cajeras del supermercado, ahora buscaba una salida urgente.
—¡Valia! —gritó, haciendo que la niña saltara—. ¡Levántate!
La niña la miró con ojos enormes, asustada.
—No me mires así. Límpiate esos mocos y lávate la cara. Hoy vamos a trabajar.
Valia ladeó la cabeza, confundida.
—No podemos dejar que tu mamá se pase sus últimos días viendo estas paredes horribles. Si se va a ir… —a Natalia se le quebró la voz, pero se aclaró la garganta con fuerza—, si se va a ir, se va a ir viendo algo bonito. Algo digno.
Natalia se quitó sus aretes. Eran de oro de 14 kilates, unos aros pequeños pero elegantes que Miguel le había regalado en su quinto aniversario. Eran lo único de valor que le quedaba, aparte de su reloj que ya había decidido no vender “por si las dudas”.
Sopesó los aretes en su mano. Recordó la cena romántica, el vino, la mirada de borrego de Miguel. “Para que siempre brilles, mi amor”, le había dicho.
—Pues van a brillar, pero de otra forma —dijo Natalia con una sonrisa amarga.
Se acercó a Elena y le besó la frente sudorosa.
—Voy a salir. Valia viene conmigo. No te muevas. Si necesitas algo, golpea la cacerola con la cuchara. El vecino de al lado, el Don Chuy, dijo que estaría pendiente.
Agarró a Valia de la mano.
—Vámonos, chaparra. Tenemos una misión.
Caminar hacia la casa de empeño “El Diamante”, que estaba a la entrada de la colonia, fue un calvario. Empezó a lloviznar. Las gotas frías caían sobre la blusa de seda de Natalia, pegándola a su cuerpo. Sus huaraches viejos resbalaban en el lodo.
La gente las miraba pasar: la mujer alta y altiva, ahora empapada y despeinada, arrastrando a una niña flaca.
—Mira, ahí va la fuereña —murmuraban las vecinas chismosas desde sus zaguanes—. Dicen que el marido la dejó por loca.
Natalia levantó la barbilla. Que hablen, pensó. A mí sus lenguas viperinas me hacen lo que el viento a Juárez.
Llegaron a la casa de empeño. El encargado, un tipo con cara de pocos amigos tras un cristal blindado, examinó los aretes con una lupa.
—Te doy mil quinientos. Es oro bajo.
—¡Son de catorce kilates, estafador! —saltó Natalia, golpeando el mostrador—. En Liverpool costaron cuatro mil hace cinco años.
—Pues vete a Liverpool a venderlos, reina. Aquí es Lomas del Porvenir. Mil quinientos o le llegas.
Natalia apretó los puños. Quiso insultarlo, quiso gritarle que era una ladrona. Pero pensó en la tos de Elena. Pensó en los ojos tristes de Valia.
—Dame el dinero —gruñó.
Con mil quinientos pesos en la bolsa, Natalia se sintió rica. Al menos, rica para los estándares de la colonia.
Cruzó la calle hacia la tlapalería (ferretería) “La Tuerca”.
—¡Buenas! —gritó al entrar. El olor a tíner y aguarrás le picó la nariz—. Quiero pintura. Mucha pintura.
—¿De qué color, jefa? —preguntó el muchacho del mostrador, limpiándose las manos llenas de grasa en un trapo.
Natalia lo pensó. Miró afuera, al día gris y lluvioso. Miró las calles color tierra.
—Quiero amarillo. Amarillo canario. De ese que te lastima los ojos si lo ves mucho tiempo. Y quiero azul. Azul cielo, pero fuerte. Y blanco. Y brochas. Y rodillos.
—Uy, jefa, con mil quinientos no le alcanza para la de marca Comex. Le tengo que dar de la económica, de la que preparamos aquí.
—Dame la que sea, pero que pinte.
Salió de la ferretería cargada con botes de galón, brochas y un rodillo. Valia cargaba una bolsa con lijas y estopa.
Parecían una caravana de circo bajo la lluvia.
Al llegar a la casita gris, estaban empapadas. Pero Natalia tenía una extraña luz en los ojos. Una luz maníaca.
Entraron. Elena seguía dormida.
—¡Manos a la obra! —susurró Natalia.
Movieron los pocos muebles al centro del cuarto y los cubrieron con periódicos viejos que Valia sacó de quién sabe dónde.
Natalia abrió el bote de pintura amarilla. El color era vibrante, chillón, alegre.
—Ten, Valia. —Le dio una brocha a la niña—. Tú pintas la parte de abajo, yo la de arriba.
—¿…? —Valia la miró, dudosa, con la brocha goteando.
—¡Órale! ¡Sin miedo al éxito! Imagínate que estás embarrando mermelada en un pan gigante. ¡Píntale!
Y así, empezó la transformación.
Natalia, la mujer que pagaba quinientos pesos para que le hicieran manicura francesa, metió las manos en la pintura. Se manchó los brazos, la cara, el pelo.
Pintaron las paredes de un amarillo solar. El olor a pintura fresca empezó a cubrir el olor a enfermedad.
Valia, al principio tímida, empezó a agarrar confianza. Hacía trazos largos, sacando la lengua por el esfuerzo. En un momento, se le cayó una gota de pintura en la nariz a Natalia.
Natalia se detuvo. Valia se congeló, esperando el regaño. Esperando el grito.
Pero Natalia se pasó el dedo por la nariz, vio la pintura amarilla y soltó una carcajada.
—¡Ah, con que esas tenemos! —dijo Natalia, y le pintó un bigote amarillo a la niña con el dedo.
Valia abrió la boca en un círculo perfecto de sorpresa. Y luego… luego pasó el milagro.
De la garganta de la niña muda salió un sonido. No fue una palabra. Fue una risa. Una risita oxidada, como de un cascabel roto, pero risa al fin. Jiji-ji.
Natalia se quedó quieta, con el corazón galopando.
Elena, desde el sofá, abrió los ojos.
—¿Valia? —susurró la enferma.
Valia corrió hacia su mamá, con el bigote amarillo, y le mostró las manos llenas de color. Señaló la pared, que ahora parecía un pedazo de sol atrapado en la habitación.
Elena sonrió, y por primera vez en días, su sonrisa llegó a sus ojos.
—Es hermoso, Nata… parece… parece que salió el sol.
—Y apenas empezamos —dijo Natalia, sintiendo un nudo en la garganta, pero de los buenos—. Ahora va el azul para los marcos de las ventanas.
Estaban tan absortas en su trabajo, cantando canciones de la radio (Natalia cantaba desafinado a propósito para hacer reír a Valia), que no escucharon el motor del coche que se detuvo afuera.
No era cualquier coche. Era un Tsuru gris, cuidado, limpio.
La puerta de metal del cuartito estaba abierta para que se ventilara el olor a pintura.
Una silueta se recortó en el marco de la entrada, bloqueando la luz gris de la tarde.
Natalia estaba subida en una caja de refrescos, intentando alcanzar una esquina alta con el rodillo, con el trasero hacia la puerta y el cabello hecho un nido de pájaros lleno de pintura amarilla.
—¡Valia, pásame el trapo que ya me chorreé toda! —gritó Natalia.
—Ejem.
Ese carraspeo. Natalia lo conocía. Lo había escuchado mil veces cuando él quería llamar su atención sin interrumpir sus monólogos.
Se giró tan rápido que casi pierde el equilibrio. El rodillo se le resbaló de la mano y cayó al suelo con un plaf húmedo.
Ahí estaba Miguel.
Llevaba su ropa de trabajo: pantalón de mezclilla grueso, botas industriales y una camisa de franela a cuadros. Pero no venía con las manos vacías. Traía una caja de herramientas roja en una mano y una bolsa grande de plástico en la otra.
Natalia se quedó congelada en su caja. Sintió la vergüenza subirle por el cuello.
Ahí estaba ella, la “Princesa”, luciendo como una payasa de rodeo, sucia, sudada, viviendo en un cuchitril.
—Miguel… —susurró.
Miguel no dijo nada al principio. Sus ojos recorrieron la habitación. Vio las paredes amarillas mal pintadas pero alegres. Vio a Valia con su bigote de pintura. Vio a Elena en el sofá, que lo miraba con curiosidad temerosa.
Y finalmente, sus ojos se posaron en Natalia.
No había burla en su mirada esta vez. Tampoco había lástima.
Había… asombro. Incredulidad.
—Me dijeron en la colonia que la “loca del 58” andaba vendiendo sus joyas —dijo Miguel, entrando despacio—. No les creí.
Natalia bajó de la caja, intentando alisarse la blusa manchada.
—Pues ya ves. Las joyas no se comen. Y el amarillo levanta el ánimo.
Miguel dejó la caja de herramientas en el suelo.
—Te quedó chueco el recorte del techo —señaló con la cabeza—. Se ve que nunca has agarrado una brocha en tu vida.
—¡Hago lo que puedo! —se defendió Natalia, cruzándose de brazos—. Al menos no estoy sentada llorando.
Miguel la miró fijamente unos segundos más. Luego, soltó un suspiro largo y comenzó a arremangarse la camisa de franela.
—Bájate de ahí antes de que te mates, Natalia. No sirves para las alturas.
—¿Qué vas a hacer? —preguntó ella, desconfiada.
—Pues qué más. Arreglar tus cochinadas. —Miguel abrió la bolsa de plástico—. Traje unos rodillos decentes y cinta azul para los marcos. Y… traje esto.
Sacó un pollo rostizado, todavía caliente, y una coca-cola familiar.
—Pensé que a la niña le gustaría.
Valia, al oler el pollo, se acercó tímidamente. Miguel se agachó para quedar a su altura. A diferencia de Natalia, que era torpe con los niños, Miguel tenía una naturalidad paternal que a Natalia siempre le había molestado (porque le recordaba que ella no quería hijos), pero que ahora le pareció lo más dulce del mundo.
—Hola, chaparra. Soy el tío Miguel. ¿Te gusta el pollo?
Valia asintió vigorosamente.
—Órale pues. Pero primero a lavarse esas manos, que parecen de mecánico.
Valia corrió al tambo de agua.
Miguel se levantó y miró a Natalia.
—¿Y tú qué me ves? Pásame la cinta azul. Si vamos a hacer esto, lo vamos a hacer bien.
Natalia sintió que las piernas le temblaban. No por cansancio, sino por una emoción que no sabía nombrar.
—¿Por qué haces esto, Migue? Me corriste. Me odias.
Miguel tomó el rodillo y lo impregnó de pintura con movimientos expertos.
—Sí, estoy enojado, Natalia. Muy enojado. Pero… —Hizo una pausa y miró la pared amarilla—. Nunca te había visto hacer algo por alguien más. Nunca. Siempre eras tú, tú y tú.
Se giró hacia ella.
—Verte así… toda batida de pintura, vendiendo tus aretes para alegrarle el cuarto a tu hermana… no sé. Creo que me hace pensar que a lo mejor, muy en el fondo, no eres tan mala persona como creí estos últimos días.
—Sigo siendo la misma —dijo Natalia, aunque sabía que era mentira.
—No. La Natalia que yo conocía se hubiera muerto antes de tocar una brocha. Esa Natalia se quedó en la estación. Esta… —Miguel señaló su cara manchada—… esta no sé quién es, pero me cae un poquito mejor.
Se puso a pintar. Sus trazos eran firmes, perfectos, cubriendo los huecos que Natalia había dejado.
—Además —dijo él, sin voltear—, vi el techo de afuera. Esas láminas están sueltas. Con la lluvia de hoy se les va a meter el agua. Traje el taladro y unos pijas para asegurarlas. No quiero que se les mojen las camas.
Natalia no supo qué decir. Se tragó el nudo en la garganta y agarró otra brocha.
—Pues órale. No te hagas pato, que falta mucho.
Trabajaron juntos toda la tarde. El silencio entre ellos ya no era de hielo, era de concentración. Un silencio cómodo, roto solo por el sonido de las brochas y la risa ocasional de Valia, que ayudaba a pasarles las herramientas.
Miguel arregló el techo. Clavó las láminas, selló las goteras con impermeabilizante que traía en su cajuela. Arregló la pata de la mesa que cojeaba.
Era un hombre útil. Un hombre que resolvía. Natalia siempre lo había visto como “aburrido” por eso, pero ahora, en medio de su necesidad, esa capacidad de resolver le pareció la cualidad más atractiva del universo.
Cayó la noche. El cuarto ya no era gris. Era amarillo vibrante, con marcos azules. Olía a pintura y a pollo rostizado.
Se sentaron a comer en el suelo, sobre los periódicos, porque la mesa aún tenía pintura fresca en las patas.
Elena comió un poco de pechuga desmenuzada. Se veía agotada, pero feliz.
—Gracias, muchacho —le dijo a Miguel con voz ronca—. Eres un ángel.
—No soy ángel, señora. Soy carpintero de afición —dijo Miguel, sonrojándose.
Cuando terminaron, Miguel recogió sus herramientas.
—Ya es tarde. Mañana tengo turno temprano en la fábrica.
Natalia lo acompañó a la puerta (que ahora cerraba bien gracias a él).
La lluvia había parado. El aire estaba fresco.
—Gracias, Migue. En serio. No tenías por qué.
Miguel se limpió las manos en un trapo.
—El techo quedó bien, pero las paredes necesitan segunda mano. Y a ese sofá se le salen los resortes. Le va a lastimar la espalda a tu hermana.
—Es lo que hay —dijo Natalia, encogiéndose de hombros.
—Mmm. —Miguel miró el sofá—. Tengo un sillón en la bodega de la casa. El que quitamos cuando compraste la sala de piel blanca. Está viejo, pero es cómodo. Mañana… mañana puedo traerlo en la camioneta de mi compadre.
Natalia levantó la vista, sorprendida.
—¿Vas a volver?
Miguel la miró a los ojos. La luz de la bombilla de la calle se reflejaba en su rostro cansado.
—No te hagas ilusiones, Natalia. Esto no cambia lo que hiciste. No cambia el divorcio.
—Lo sé.
—Pero… no puedo dejar a la niña y a la enferma así. Mi abuela me enseñó que cuando se puede ayudar, se ayuda. Y… —Dudó un momento—. Y quiero ver cómo termina de pintar esa pared la “nueva” Natalia. A ver si es cierto que dura o si es puro teatro.
—Va a durar —dijo Natalia, sintiendo una firmeza en su voz que la sorprendió—. Te juro que va a durar.
—Ya veremos. —Miguel abrió la puerta de su coche—. Ah, ten.
Le lanzó una bolsa pequeña.
Natalia la atrapó. Eran dulces. Paletas de caramelo.
—Para la niña. Se portó bien.
Miguel arrancó el coche y se fue, perdiéndose en las calles oscuras de la colonia.
Natalia se quedó parada en la puerta, con la bolsa de dulces en la mano y el olor a gasolina en la nariz.
Entró a la casa. El amarillo la recibió, cálido y brillante.
Valia estaba dormida junto a Elena, abrazada a su mamá.
Natalia se sentó en su rincón, en el suelo. Le dolía hasta el último músculo del cuerpo. Tenía las manos ásperas por el tíner. Estaba agotada.
Pero cuando cerró los ojos, no pensó en su cama king-size, ni en sus viajes, ni en sus amantes.
Pensó en la mirada de Miguel cuando la vio pintando. Y pensó en la risa de Valia.
—Creo que me gusta el amarillo —murmuró, antes de caer en un sueño profundo y sin pesadillas.
Pero la paz duraría poco. Porque mientras la casa se llenaba de color, los pulmones de Elena se llenaban de sombras. Y el tiempo, ese maldito juez que no perdona, estaba a punto de dictar su sentencia final.
CAPÍTULO 6: EL ÚLTIMO SUSPIRO Y EL SILENCIO DE LAS PAREDES AMARILLAS
Las paredes amarillas brillaban con una alegría que resultaba casi insultante. Afuera, el sol había salido finalmente después de la tormenta, secando el lodo de las calles de “Lomas del Porvenir” y levantando un vapor cálido que olía a tierra mojada. Adentro, sin embargo, el aire se sentía denso, pesado, como si la atmósfera misma estuviera conteniendo la respiración.
Elena se estaba yendo.
No era algo que se dijera en voz alta. Valia no lo decía, aunque sus ojos negros seguían cada movimiento del pecho de su madre con una intensidad aterradora. Natalia no lo decía, porque sentía que si pronunciaba las palabras, las haría realidad. Pero se sentía. Se sentía en el silencio que había reemplazado a las risas del día anterior. Se sentía en la forma en que el polvo flotaba en los rayos de luz, lento y perezoso, como si el tiempo se estuviera deteniendo.
Natalia estaba sentada en el suelo, recargada contra el sofá viejo que Miguel había traído la noche anterior. Era un sofá cómodo, de tela café, mucho mejor que el catre hundido. Pero Elena ya apenas lo notaba.
—Nata… —susurró Elena. Su voz era un hilo de telaraña, tan frágil que se rompía con el viento.
Natalia se levantó de un salto, dejando caer la revista vieja que fingía leer.
—Aquí estoy, Lenche. ¿Qué necesitas? ¿Agua? ¿Te acomodo la almohada?
Elena negó con la cabeza, un movimiento apenas perceptible.
—La niña… ¿dónde está la niña?
—Salió a la tienda. —Mentira. Natalia había mandado a Valia con la vecina, Doña Chona, con la excusa de pedir un poco de azúcar. No quería que Valia viera cómo los ojos de su madre se ponían blancos por momentos—. Ahorita viene.
Elena cerró los ojos y soltó un suspiro que sonó como un gorgoteo.
—Tengo miedo, Nata.
Esas dos palabras rompieron la coraza de “mujer fuerte” que Natalia se había construido con pintura amarilla y orgullo. Se arrodilló junto a su hermana y le tomó la mano. Estaba fría. Huesuda. Ya no parecía una mano humana, sino una garra de pájaro.
—No tengas miedo, tonta. —Natalia intentó reír, pero le salió una mueca dolorosa—. Tú eres fuerte. Aguantaste el incendio, aguantaste a este barrio… esto no es nada.
—No… miedo de irme no. —Elena abrió los ojos y buscó la mirada de Natalia—. Miedo de dejarlas. Miedo de que te canses. De que un día despiertes, veas este cuarto feo, veas a la niña muda y digas “ya no puedo más”. Y te vayas.
Natalia sintió que le daban una bofetada.
—¡Cállate! ¿Cómo puedes pensar eso?
—Porque te conozco, Nata. Eres como el viento. Te gusta volar. Y aquí… aquí solo hay anclas.
Natalia apretó la mano de su hermana con fuerza, tanta que temió lastimarla.
—Escúchame bien, Elena. Mírame. —Esperó a que su hermana enfocara la vista—. Yo ya no vuelo. Me cortaron las alas hace tres días. Y fue lo mejor que me pudo pasar. Te juro, por la memoria de mamá y papá, que no me voy a ir. Valia es mi hija ahora. Bueno… mi sobrina-hija. Y a este cuarto lo voy a hacer un palacio. Te lo prometo.
Elena la miró fijamente, buscando la mentira, buscando la duda. No la encontró. Porque por primera vez en su vida, Natalia no estaba actuando.
—Te creo… —susurró Elena. Una lágrima solitaria rodó por su sien y se perdió en el cabello opaco—. Gracias, hermanita. Ahora… ahora sí puedo descansar.
El cuerpo de Elena se relajó. La tensión en su mandíbula desapareció. Cerró los ojos, pero esta vez no parecía dormida. Parecía… lejana.
—Lenche… ¡Lenche, no te duermas! —Natalia la sacudió suavemente.
—Estoy cansada, Nata. Déjame dormir un ratito. Cuando llegue Valia… me despiertas.
—Sí… sí, está bien. Duerme.
Natalia se quedó ahí, arrodillada, escuchando la respiración de su hermana. Inhala… pausa… exhala… pausa larga. Cada pausa era una eternidad. Cada pausa era una plegaria desesperada de Natalia: “Respira otra vez, por favor, respira otra vez”.
A las seis de la tarde, llegó Miguel.
No venía en el coche. Venía a pie, cargando una bolsa de pan dulce y un envase de leche. Había dejado el coche en la entrada de la colonia porque las calles seguían lodosas.
Entró sin tocar, con la confianza de quien ya es parte del mobiliario.
—Buenas tardes —dijo en voz baja, quitándose la gorra.
Natalia estaba sentada en la mesa, con la cabeza entre las manos. Valia estaba a su lado, dibujando en un cuaderno viejo con unos colores que Miguel le había traído.
Al verlo, Natalia levantó la cara. Tenía los ojos hinchados, rojos, sin una gota de maquillaje. Se veía devastada, vieja, fea. Y a Miguel le pareció la mujer más real que había visto en su vida.
—¿Cómo sigue? —preguntó él, dejando el pan en la mesa.
Natalia negó con la cabeza y señaló el sofá con la barbilla.
Miguel se acercó. Observó a Elena un momento. Escuchó el ritmo irregular de su pecho. Vio el color azulado en sus uñas.
Miguel había visto la muerte antes. Había visto morir a su abuela en esa misma casa que ahora le había quitado a Natalia. Conocía las señales.
Regresó a la mesa y se sentó frente a Natalia. Le tomó las manos por encima del hule de frutas.
—Natalia… —su voz era suave pero firme—. Tienes que prepararte. Es hoy.
Natalia soltó un sollozo ahogado, tapándose la boca para que Valia no la oyera.
—Lo sé. Pero no quiero. No estoy lista, Migue. No sé qué hacer. No sé cómo se hace esto. Yo… yo solo sé servir café y sonreír. No sé cómo se muere alguien.
—Nadie sabe. Solo pasa. —Miguel le apretó las manos—. Pero no estás sola. Yo estoy aquí.
—¿Por qué? —Natalia lo miró, con lágrimas corriendo por su nariz—. ¿Por qué sigues viniendo? Te traté como basura. Te fui infiel. Te humillé. Y tú estás aquí, viendo morir a mi hermana. Eres un idiota, Miguel. Un santo o un idiota.
—Un poco de las dos, supongo. —Miguel sonrió tristemente—. Y porque a pesar de todo, eres mi familia. O lo fuiste. Y uno no deja a la familia tirada en el lodo.
En ese momento, Valia se levantó de su silla. Soltó el lápiz de color. Caminó hacia el sofá como si alguien la hubiera llamado.
Se subió al sofá con cuidado y se acurrucó junto a su madre. Le puso la manita en el pecho.
—Valia, ven acá, deja a tu mamá descansar —susurró Natalia, intentando levantarla.
Miguel la detuvo.
—Déjala. Ella sabe. Los niños saben.
Se quedaron los tres en silencio. La tarde caía, pintando el cielo de morado y naranja, colores que entraban por la ventana y se mezclaban con el amarillo de las paredes.
Era una escena extrañamente hermosa. La madre moribunda, la hija silenciosa, la hermana arrepentida y el esposo exiliado, todos unidos por el hilo invisible del final.
A las siete y cuarto, la respiración de Elena cambió.
Ya no era un silbido. Era un jadeo. Jaa… jaa…
Valia levantó la cabeza y miró a su mamá. Le acarició la cara. Le dio un beso en la mejilla hundida.
Elena abrió los ojos una última vez. No vio a Natalia. No vio a Miguel. Vio a Valia.
Sus labios se movieron. No salió voz, pero Natalia leyó claramente la palabra: “Te amo”.
Y luego, simplemente dejó de respirar.
Fue así de simple. Así de terrible.
El pecho se quedó quieto. La mano que Valia sostenía se relajó por completo. El sufrimiento se borró de su cara, dejando una expresión de paz absoluta, como si acabara de recibir una buena noticia.
El silencio que siguió fue ensordecedor. Más fuerte que cualquier grito.
Valia no lloró. Se quedó quieta un momento, mirando a su madre. Luego, lentamente, bajó la cabeza y la apoyó en el pecho inerte. Cerró los ojos y se quedó ahí, abrazando lo que quedaba de su mundo.
Natalia sintió que se le rompía algo adentro. Un cristal que llevaba años protegiendo su corazón.
Se soltó a llorar. No el llanto bonito de las telenovelas. Un llanto feo, ronco, con mocos y gritos ahogados.
—¡No, Lenche, no! ¡No me dejes! ¡No seas cabrona, no te vayas!
Miguel se levantó y la abrazó. La abrazó fuerte, conteniendo sus sacudidas, dejando que ella le mojara la camisa de franela con sus lágrimas y su dolor.
—Ya pasó, Nata. Ya descansó. Ya no le duele nada.
Natalia se aferró a él como un náufrago a una tabla.
—¿Qué voy a hacer, Miguel? ¿Qué voy a hacer?
—Lo que sigue. Vivir.
Las horas siguientes fueron una bruma surrealista para Natalia.
Miguel tomó el control. Se convirtió en el capitán del barco que se hundía.
—Natalia, necesito que busques los papeles de Elena. Acta de nacimiento, identificación.
—Están… están en la caja de galletas, abajo de la mesa.
Miguel sacó los papeles. Sacó su propio teléfono. Empezó a hacer llamadas.
—Bueno, ¿Funeraria San José? Sí… necesito un servicio. Económico. Sí, recolección a domicilio. Colonia Lomas del Porvenir.
Natalia escuchaba todo desde el suelo, donde se había sentado junto al sofá, acariciando el cabello de Valia, que se negaba a soltar a su madre.
—Tengo que pagar esto… —balbuceó Natalia—. Tengo los mil pesos que sobraron de los aretes.
Miguel tapó el teléfono con la mano.
—Guarda eso para comida. Yo me encargo del servicio. Tengo un ahorro que no tocaste.
Ese comentario fue un dardo, pero Natalia estaba demasiado aturdida para que le doliera. Solo asintió, agradecida y humillada.
La noticia corrió por la colonia más rápido que el viento.
“Se murió la Elena”. “Pobrecita”. “Deja a la niña sola”.
Y entonces, pasó algo que Natalia no esperaba. Algo que nunca había visto en su fraccionamiento privado donde los vecinos ni se saludaban.
Empezaron a llegar.
Primero fue Doña Chona, con una olla enorme de café de olla y una bolsa de bolillos.
—Mi más sentido pésame, hija. Aquí les traigo para que aguanten la noche.
Luego llegó Don Chuy, el vecino de al lado, con cuatro sillas de plástico y una lona.
—Para ponerlas afuera, por si viene gente. Que no se mojen si llueve.
Llegaron mujeres que Natalia no conocía, pero que conocían a Elena. Traían veladoras, traían flores cortadas de sus propios jardines, traían tamales.
En cuestión de hora y media, el cuartito gris (ahora amarillo) se llenó de gente. Gente pobre, gente con ropa remendada, pero gente con un corazón que no cabía en el pecho.
Ayudaron a Natalia a vestir a Elena.
—Tienes que ponerle su ropa bonita —dijo una señora anciana—. Para que llegue guapa con San Pedro.
Natalia buscó en la maleta de Elena. Solo había ropa vieja.
—No… —dijo Natalia—. No le voy a poner trapos.
Abrió su propia maleta rosa. Sacó un vestido. Un vestido azul rey que se había comprado para una boda y solo usó una vez. Era de seda. Hermoso.
—Ponle este.
Las vecinas la miraron con respeto.
Entre todas, lavaron el cuerpo de Elena con una delicadeza infinita. La peinaron. La maquillaron un poco (Natalia lo hizo, con sus propias manos temblorosas, poniéndole un poco de rubor para quitarle lo amarillo a la muerte).
Cuando terminaron, Elena parecía una reina dormida en su vestido de seda azul, acostada en el sofá viejo rodeada de velas y flores de bugambilia.
Valia observaba todo desde un rincón. No hablaba. No lloraba. Solo miraba con esos ojos negros enormes.
Natalia se acercó a ella.
—Ven, mi amor. Vamos a despedirnos bien.
La cargó. Valia pesaba tan poco.
La niña tocó la cara de su mamá. Estaba fría.
Y entonces, Valia emitió un sonido. Un gemido largo, agudo, como de un animalito herido. Ayyyyyy.
Fue el sonido más triste que Natalia había escuchado en su vida.
Abrazó a la niña con fuerza, escondiendo la carita de Valia en su cuello.
—Llora, mi vida. Llora todo lo que quieras. Yo te sostengo.
La carroza fúnebre (una camioneta blanca adaptada) llegó a las diez de la noche.
Miguel coordinó todo. Firmó papeles. Dio propinas.
Cuando sacaron el cuerpo, la colonia entera estaba afuera, en silencio, persignándose.
Natalia caminó detrás de la camilla, agarrada de la mano de Miguel con la derecha y cargando a Valia con la izquierda.
Se sentía partida en dos. Una mitad de ella se iba en esa camioneta. La otra mitad se quedaba anclada en la tierra por el peso de la niña en sus brazos.
—Vamos al velatorio —dijo Miguel, abriendo la puerta de su Tsuru.
—No —dijo Natalia—. No tengo dinero para velatorio. Y Elena quería estar aquí. En su casa.
—Natalia, aquí no cabe la gente.
—Me vale madres la gente. Es su casa. Es su palacio amarillo. Aquí la vamos a velar. Que traigan el ataúd aquí.
Miguel la miró. Vio la determinación en sus ojos. Vio a la leona defendiendo su territorio.
Asintió.
—Está bien. Yo arreglo que traigan el ataúd.
Y así fue.
Esa noche, la casita de Lomas del Porvenir brilló. No por las luces, sino por las velas.
El ataúd de madera sencilla quedó en medio del cuarto amarillo.
Natalia se sentó en el suelo, junto a la caja. Valia se durmió en su regazo.
Miguel se quedó en la puerta, montando guardia, sirviendo café a los vecinos que entraban a rezar un rosario interminable.
Natalia miraba las caras de la gente. Veía gratitud. Veía cariño.
“Elena me regaló ropa cuando mi marido se quedó sin chamba”, le dijo una mujer.
“Elena cuidó a mi hijo cuando estuve enferma”, dijo otra.
Elena, la pobre, la “fracasada” según los estándares de Natalia, era rica. Inmensamente rica en amor.
Y Natalia, la azafata viajada, la mujer de los perfumes caros, se dio cuenta de que ella había sido la mendiga todo este tiempo.
—Perdóname, hermana —susurró contra la madera del ataúd—. Perdóname por haber sido tan ciega. Pero te juro… te juro que voy a aprender. Voy a ser rica como tú.
La madrugada llegó fría. Los vecinos se fueron yendo poco a poco.
Solo quedaron Natalia, Valia (dormida) y Miguel.
Miguel se sentó junto a Natalia en el suelo. Le pasó una cobija por los hombros.
—Descansa un poco, Nata. Yo vigilo.
—No puedo dormir. Si duermo, siento que es verdad.
—Es verdad, Natalia. Y duele. Pero vas a poder.
Natalia recargó la cabeza en el hombro de Miguel. Olía a aserrín y a café. Un olor seguro.
—Migue… gracias.
—No tienes que agradecer.
—Sí tengo. Pagaste el funeral. Estás aquí. Y… —Natalia tragó saliva—. Y sé que mañana te vas a ir. Que vas a volver a tu vida, a tu casa limpia. Y yo me voy a quedar aquí.
Miguel no dijo nada por un largo rato. Miraba la llama de una veladora bailar.
—La casa se siente muy grande ahora —dijo él, casi para sí mismo—. Y muy silenciosa. No me gusta el silencio.
Natalia levantó la cabeza y lo miró.
—¿Qué estás diciendo?
—Digo que… —Miguel carraspeó, incómodo—. Que Valia necesita un padre. O una figura paterna. Y tú… tú necesitas a alguien que te ayude a poner repisas.
—Miguel, nos estamos divorciando. Me corriste.
—Sí. Y sigo enojado. Pero… —Señaló a Valia—. Ella no tiene la culpa. Y tú… tú estás cambiando, Natalia. Lo veo.
—No lo hago por ti. Lo hago por ellas.
—Lo sé. Y eso es lo que más me sorprende. Que por primera vez, no se trata de ti.
Miguel se levantó y se sacudió el pantalón.
—Mañana es el entierro. Después de eso… veremos. No te prometo nada. No voy a volver contigo así nomás. Tengo mi orgullo.
—Yo también —dijo Natalia, levantando la barbilla, aunque tenía los ojos rojos—. Y te voy a pagar cada centavo del funeral. Aunque tenga que lavar ajeno.
Miguel sonrió de medio lado. Una sonrisa pequeña, pero genuina.
—Eso quiero verlo. La gran Natalia lavando ajeno.
—Me vas a ver. Y te vas a tragar tus palabras, Miguel.
—Ojalá. Buenas noches, Natalia.
Miguel salió al patio a fumar un cigarro, algo que no hacía desde hacía años.
Natalia se quedó sola con su hermana muerta y su sobrina dormida.
Miró las paredes amarillas. A la luz de las velas, parecían doradas.
—Un palacio —susurró—. Un palacio para mi reina Lenche.
Se inclinó y besó la frente de Valia.
—Y tú, mi princesa muda… tú vas a ser mi razón. Prepárate, mundo. Porque Natalia y Valia acaban de nacer.
Afuera, el gallo ronco cantó, anunciando un nuevo día. Un día sin Elena. Pero un día con sol.
Y por primera vez, Natalia no tuvo miedo del amanecer. Tenía dolor, sí. Mucho dolor. Pero el miedo se había ido en la camioneta blanca.
Ahora solo quedaba la lucha. Y Natalia, si algo sabía hacer bien cuando se lo proponía, era pelear.
CAPÍTULO 7: EL VESTIDO DE LA VERGÜENZA Y LOS PRIMEROS CINCUENTA PESOS
El cementerio municipal de la periferia no se parecía en nada a los jardines de paz privados donde Natalia imaginaba que terminaría algún día. Aquí no había pasto inglés recortado ni fuentes de mármol. Aquí había tierra seca, cruces de madera pintadas de colores chillones y flores de plástico que el sol había desteñido hasta dejarlas blancas.
Enterraron a Elena bajo un pirul viejo que daba una sombra raquítica. El sacerdote, un hombre joven con prisa porque tenía otros tres entierros en fila, roció agua bendita sobre el ataúd de madera sencilla.
—Polvo eres y en polvo te convertirás —murmuró.
Natalia sintió que esas palabras eran para ella, no para su hermana. La Natalia de antes, la de los viajes y los lujos, se estaba convirtiendo en polvo ahí mismo, cayendo al hoyo junto con Elena.
Valia no lloró durante el entierro. Se aferró a la pierna de Natalia como una garrapata, con la cara enterrada en la falda negra que alguna vecina le había prestado a Natalia (porque su uniforme estaba manchado de pintura y el vestido azul se fue con Elena).
Miguel estuvo ahí, firme como una roca, al lado de ellas pero sin tocar a Natalia. Mantenía esa distancia de seguridad, esa barrera invisible que decía: “Te ayudo, pero no te perdono”.
Cuando la última palada de tierra cubrió la caja, la gente empezó a dispersarse.
—Vámonos, Natalia —dijo Miguel, poniéndose las gafas oscuras—. Valia necesita comer.
Regresaron a la casita amarilla en silencio. El cuarto se sentía enorme sin el sofá en el centro (que habían movido para el velorio). Se sentía vacío. El olor a flores y cera de vela seguía impregnado, mezclado ahora con el olor a soledad.
Miguel se quedó en la puerta.
—Bueno… ya está.
Natalia asintió, mirando el suelo.
—Gracias, Migue. Por todo.
Miguel se metió la mano al bolsillo y sacó doscientos pesos.
—Ten. Para que compren algo de cenar hoy. Mañana… mañana ya veremos.
Natalia miró los billetes. Su estómago rugió, recordándole que no había comido en veinticuatro horas. Pero su orgullo, ese animal herido que se negaba a morir, levantó la cabeza.
—No —dijo ella.
Miguel frunció el ceño.
—No seas necia, Natalia. No tienes ni un peso.
—Tengo manos. Y tengo cabeza. Elena no crió a una inútil, y yo… yo voy a demostrar que tampoco lo soy. Guárdate tu dinero, Miguel. Ya hiciste demasiado pagando el entierro. Eso te lo voy a pagar, te lo juro. Pero la comida de hoy… esa me toca a mí.
Miguel la miró fijamente, buscando el engaño. Pero vio algo nuevo en los ojos de su ex mujer. Vio hambre, sí, pero también vio una dignidad feroz.
—Como quieras. —Guardó el dinero—. Si cambias de opinión… ya sabes dónde vivo. O bueno, donde vivías.
Se dio la media vuelta y caminó hacia su coche. Natalia cerró la puerta de metal tras él. El sonido clang fue definitivo.
Se quedó sola con Valia.
—Bueno, chaparra —dijo Natalia, exhalando un suspiro tembloroso—. Se acabaron los milagros. Ahora nos toca a nosotras.
La realidad golpeó a la mañana siguiente. Y golpeó fuerte.
No había comida. Las vecinas, que habían sido tan generosas durante el velorio, volvieron a sus vidas. La caridad tiene fecha de caducidad en los barrios pobres; no por falta de corazón, sino por falta de recursos. Cada quien tiene sus propios muertos y sus propias hambres.
Natalia revisó la alacena improvisada. Quedaba medio kilo de arroz y tres huevos.
Hizo los huevos revueltos con arroz para Valia.
—Come tú, mi amor. Yo no tengo hambre —mintió Natalia, mientras sus tripas hacían un concierto de rock pesado.
Valia comió despacio, ofreciéndole la cuchara a Natalia de vez en cuando.
—No, en serio. Estoy a dieta. Ya ves que tu tía tiene que cuidar la línea —dijo Natalia, forzando una sonrisa.
Después del desayuno, Natalia se miró al espejo manchado. Tenía que buscar trabajo.
Se puso su uniforme de azafata. Lo había lavado a mano la noche anterior y lo había secado con la plancha vieja de Elena. Estaba desgastado, pero seguía siendo un traje sastre.
—La imagen lo es todo —se dijo a sí misma, repitiendo su viejo mantra.
Salió a la calle de tierra con sus huaraches (los tacones rotos seguían en la basura). La combinación de traje sastre y huaraches era ridícula, pero era lo que había.
Valia quiso ir con ella, pero Natalia se agachó.
—No, mi vida. Tú te quedas aquí. Cierra la puerta con el pasador. No le abras a nadie a menos que escuches mi voz. Voy a buscar la papa.
Valia asintió y corrió a cerrar el pasador en cuanto Natalia salió. El sonido del cerrojo le dio un poco de paz a Natalia, pero también culpa. Dejaba a una niña de siete años sola encerrada. Es temporal, se prometió. Solo hoy.
Caminó hacia la avenida principal, donde había comercios.
Entró a una farmacia.
—Busco empleo. Tengo experiencia en atención al cliente, hablo inglés básico y tengo excelente presentación —recitó Natalia al encargado.
El hombre la miró de arriba abajo, deteniéndose en los huaraches.
—No solicitamos, seño. Y para serle franco, aquí se necesita gente para trapear y acomodar cajas, no para hablar inglés.
Fue a una tienda de ropa.
—¿Sabe usar la caja registradora?
—No, pero aprendo rápido.
—Necesitamos experiencia. Siguiente.
Fue a una fonda (un pequeño restaurante económico).
—¿Sabe tortear?
—¿Perdón?
—Hacer tortillas a mano.
—Eh… no. Pero puedo servir las mesas.
La dueña, una señora robusta sudando frente al comal, se rió.
—Mija, aquí se carga, se corre y se suda. Con esas uñas pintadas no me sirves ni para pelar papas. Váyase a sus oficinas del centro, aquí no es lugar para catrinas.
Natalia caminó durante cuatro horas. El sol del mediodía le quemaba la nuca. Tenía sed. Tenía hambre. Y tenía ganas de llorar.
Nadie la quería. Su currículum de “Azafata de Primera Clase” no valía ni el papel en el que no estaba escrito. En Lomas del Porvenir, las habilidades valoradas eran la fuerza bruta, la rapidez y la humildad. Y Natalia carecía de las tres.
Se sentó en la banqueta, derrotada, frente a una mercería.
Contó sus monedas. Tres pesos. No le alcanzaba ni para una botella de agua.
—Soy una inútil —susurró—. Miguel tenía razón. Don Iván tenía razón. Sin mi marido y sin mi uniforme, soy un cero a la izquierda.
Miró el escaparate de la mercería. Había hilos de colores, botones, encajes.
Y entonces, su mente viajó al pasado. A las tardes en que su mamá las obligaba a sentarse frente a la Singer. Elena cosía con amor. Natalia cosía rezongando, picándose los dedos, odiando cada puntada.
Pero sabía hacerlo. Sabía cómo funcionaba la tensión del hilo, cómo hacer un dobladillo, cómo pegar un cierre.
—La máquina —pensó.
Se levantó de un salto, ignorando el mareo por el hambre. Corrió de regreso a la casa amarilla.
Valia le abrió la puerta con los ojos asustados. Natalia entró como un torbellino.
—¡Valia, saca la máquina! ¡Saca todo!
La niña, contagiada por la urgencia, destapó la vieja Singer de pedal.
Natalia buscó en la caja de “retazos” de Elena. Solo había trapos viejos, ropa remendada mil veces. Nada que sirviera para vender.
Necesitaba tela. Tela buena.
Su mirada cayó sobre su uniforme de azafata. El saco azul marino, la falda lápiz. Tela resistente, de buena calidad, cortada a la medida.
Era su símbolo de estatus. Su armadura. Lo único que la distinguía de “la chusma”.
Natalia tomó las tijeras oxidadas de Elena.
Miró el uniforme.
Miró a Valia, que tenía el vestido gris sucio y roto en la sisa.
—A la chingada el estatus —dijo Natalia.
Y metió la tijera. Raaas.
El sonido de la tela rompiéndose fue doloroso y liberador al mismo tiempo. Cortó la falda. Cortó el saco. Descosió los botones dorados con el logo de la aerolínea.
—Vamos a hacer magia, chaparra.
Natalia se sentó a la máquina. Al principio, sus pies no coordinaban el pedal. La máquina se trababa, el hilo se rompía. Natalia maldijo, lloró de frustración, pateó la mesa.
Pero Valia se acercó. Con sus manitas pequeñas, desenredó el hilo. Le puso aceite a la rueda. Le sonrió.
Natalia respiró hondo.
—Ok. Otra vez.
Empezó a coser. Las manos recordaron lo que la mente quería olvidar. Taca-taca-taca-taca. El ritmo hipnótico de la aguja.
Transformó la falda lápiz de señora en un vestidito jumper para niña. Usó el forro de seda del saco para hacerle unos vivos en el cuello. Usó los botones dorados para adornar el frente.
Tardó tres horas. Se picó cuatro veces. Pero cuando terminó, levantó la prenda.
Era… bonito. Muy bonito. El azul marino contrastaba con el forro claro. Se veía elegante, “fifi”, como dirían en el barrio, pero en tamaño miniatura.
—Póntelo —le ordenó a Valia.
Valia se quitó sus trapos sucios y se puso el vestido nuevo. Le quedaba un poco grande, pero con el cinto que Natalia improvisó, se veía preciosa. Parecía una niña de colegio caro, no una niña de Lomas del Porvenir.
Valia se miró en el espejo manchado. Abrió la boca. Dio una vuelta. La falda se levantó con el giro.
Sonrió. Una sonrisa de dientes chimuelos que iluminó el cuarto amarillo.
—Estás hermosa, mi amor. —Natalia sintió que se le llenaban los ojos de lágrimas—. Ahora, vámonos a la calle. Tienes que modelar.
Salieron. Eran las cinco de la tarde. La hora en que las señoras salen a comprar el pan y a chismear.
Natalia paseó a Valia por la calle principal. La llevaba de la mano, caminando con orgullo.
La gente volteaba.
—Mira esa niña… qué bonito vestido.
—¿Es la mudita? Se ve re bien.
Pasaron frente a la tienda de Doña Chona, la señora chismosa y adinerada (dentro de lo que cabe) del barrio, dueña de la carnicería.
Doña Chona estaba sentada en su silla de plástico, espantando moscas.
Vio a Valia.
—¡Ay, caray! Pero si parece muñeca. Oye, tú, Natalia. ¿De dónde sacaste para comprarle vestido nuevo a la niña si no tienen ni para caerse muertas?
Natalia se detuvo. Era el momento.
—No lo compré, Doña Chona. Yo lo hice.
La señora se levantó y se acercó. Tocó la tela.
—Mmm. Buena tela. Y buenos acabados. ¿Tú coses?
—Soy diseñadora de modas —mintió Natalia con un descaro impresionante—. Trabajaba en la ciudad, pero me vine a cuidar a mi hermana. Hago arreglos, vestidos de fiesta, uniformes… lo que quiera.
Doña Chona la miró con escepticismo, pero luego miró el vestido de Valia otra vez.
—Fíjate que tengo el vestido de primera comunión de mi nieta. La condenada escuincla engordó y no le cierra del cierre. ¿Crees que puedas arreglarlo para el sábado?
El corazón de Natalia latió a mil por hora.
—Claro que sí. Tráigalo. Se lo dejo como nuevo.
—¿Cuánto cobras?
Natalia no tenía idea.
—Cincuenta pesos —dijo, por decir algo.
—¡Cincuenta! —Doña Chona se rió—. Bueno, bonito y barato. Trato hecho. Ahorita te lo llevo. Pero si me lo echas a perder, me lo pagas nuevo, ¿eh?
—No se preocupe.
Media hora después, Natalia tenía en sus manos un vestido de organza blanco y un billete de cincuenta pesos. Un billete de Benito Juárez color rosa.
Nunca en su vida, ni cuando recibió sus aguinaldos de veinte mil pesos, había sentido tanta emoción por un billete.
Era suyo. Lo había ganado con sus manos, con su ingenio, rompiendo su pasado para construir su futuro.
—¡Valia! —gritó, agitando el billete—. ¡Tenemos para cenar!
Corrieron a la tienda (a otra, no a la del gordo grosero). Compraron medio kilo de tortillas, un cuarto de queso panela y dos tomates.
Esa noche, cenaron tacos de queso.
Sabían a gloria. Sabían a victoria.
Los días siguientes fueron una locura.
El chisme de que “la hermana de la difunta Elena cose re bien y cobra barato” se esparció como pólvora.
En Lomas del Porvenir, la gente no compra ropa nueva; arregla la vieja. Cambian cierres, suben bastillas, ponen parches. Y Natalia, con su necesidad desesperada, agarraba todo.
Cambiaba un cierre por veinte pesos.
Ponía parches en pantalones de obrero por quince.
Hizo un disfraz de abejita para un festival escolar usando una camiseta vieja y alambre.
Dormía cuatro horas. Tenía los dedos llenos de pinchazos. La espalda la mataba por estar encorvada en la máquina de pedal.
Pero comían.
No mucho, pero comían.
Valia se convirtió en su asistente estrella. La niña aprendió a descoser costuras, a ensartar agujas, a doblar la ropa terminada.
Y lo más importante: Valia empezó a comunicarse.
No hablaba, pero inventaron un lenguaje.
Un golpe en la mesa: tijeras.
Dos golpes: hilo negro.
Tres golpes: tengo hambre.
Una caricia en el hombro: gracias.
El cuarto amarillo se llenó de retazos de tela, de hilos de colores y de vida.
Una tarde, una semana después del funeral, Natalia estaba luchando con una mezclilla gruesa de un pantalón de mecánico cuando la aguja se rompió. ¡Plaf!
—¡Maldita sea! —gritó Natalia—. ¡Era la última aguja del número 14!
Se recargó en la mesa, frustrada. No tenía dinero para agujas. Se lo había gastado todo en comida y en pagarle diez pesos al vecino por la luz (que se robaban con un diablito, pero había que pagar “la cuota”).
Valia se acercó y le puso la mano en el hombro. Luego, señaló hacia afuera.
Se escuchó un coche.
Natalia se asomó por la ventana. Era el Tsuru de Miguel.
Sintió una mezcla de alegría y pánico. Se miró: traía una camiseta vieja de Elena y unos pantalones deportivos aguados. Estaba despeinada.
—Ni modo. Así soy ahora —se dijo, y salió a abrir.
Miguel bajó del coche. Traía una bolsa de supermercado.
—Hola —dijo él, escaneándola. Vio las ojeras, vio los dedos lastimados. Pero también vio que no estaba derrotada.
—Hola, Migue. ¿Qué haces aquí?
—Vine a ver si seguían vivas. Y a traerte esto. —Le tendió la bolsa.
Natalia miró adentro. Había agujas. Hilos de colores básicos (negro, blanco, azul). Aceite para máquina. Y unas tijeras de sastre profesionales, pesadas, de acero brillante.
Natalia se quedó muda.
—¿Cómo sabías?
—Pasé por la tienda de Doña Chona. Me contó que le arreglaste el vestido a su nieta. Y que le dejaste los pantalones a su marido mejor que los de tienda. Dijo que eres una fiera para la costura.
Natalia sonrió, una sonrisa cansada pero genuina.
—Hago lo que puedo.
—Doña Chona también dijo que cobras muy barato. Que eres medio mensa para los negocios.
Natalia soltó una carcajada.
—Pues sí. Tengo que ganar clientes, ¿no? Es estrategia de mercado.
Miguel se rió. Era la primera vez que se reían juntos en meses.
—Bueno, señora estratega. Estas tijeras eran de mi abuela. Son buenas. Córtale el aire a la competencia.
Natalia tomó las tijeras. Pesaban en su mano como una promesa.
—Gracias, Miguel. De verdad. No tengo con qué pagarte ahorita, pero…
—No te estoy cobrando. —Miguel se recargó en el coche—. Solo… solo me da gusto ver que no te rendiste. Pensé que a los dos días ibas a estar pidiendo limosna o buscando a otro incauto.
—Yo también lo pensé —admitió Natalia—. Pero Valia… ella no me deja rendirme. Si me rindo, ella no come. Y eso… eso no va a pasar.
Miguel asintió, impresionado.
—¿Y la niña?
—Adentro. Está descosiendo un dobladillo. Es mi socia.
—¿Socia? —Miguel arqueó una ceja—. Vaya. Oye… el domingo es mi día de descanso. Pensaba… no sé. Si no tienen planes, podría venir y llevarlas a comer unos tacos. O al parque. Para que la niña salga.
Natalia sintió un aleteo en el estómago. ¿Una cita? ¿Con su ex marido? ¿En medio de la pobreza?
—El domingo tengo mucho trabajo, Migue. Tengo que entregar tres pantalones.
La cara de Miguel cayó un poco.
—Ah, entiendo. Está bien.
—Pero… —Natalia lo miró a los ojos—. Pero mis empleados tienen derecho a descanso dominical. Así que sí. Aceptamos los tacos. Pero yo invito. Con mis ganancias.
Miguel sonrió, esa sonrisa que le hacía arruguitas en los ojos y que Natalia había dejado de valorar.
—Trato hecho. Tú invitas los tacos, yo pongo los refrescos. A las dos paso por ustedes.
Miguel se subió al coche. Antes de arrancar, sacó la cabeza.
—Oye, Nata.
—¿Qué?
—Te ves bien. Despeinada y todo… te ves bien.
Arrancó y se fue.
Natalia se quedó parada en la tierra, abrazando las tijeras contra su pecho.
Entró a la casa. Valia la miraba expectante.
—¿Qué crees, chaparra? —le dijo Natalia, guiñándole un ojo—. El domingo tenemos cita con el guapo del carpintero. Y vamos a comer tacos al pastor.
Valia aplaudió sin hacer ruido y volvió a su trabajo.
Natalia se sentó frente a la máquina. Colocó la aguja nueva que Miguel le había traído. Enhebró el hilo con una rapidez que la sorprendió.
Miró la tela bajo el prensatelas.
Ya no era solo tela. Era el lienzo de su nueva vida.
—A trabajar, Natalia. Que esos tacos no se pagan solos.
Y el sonido de la máquina, taca-taca-taca, llenó la tarde, sonando no como un trabajo forzado, sino como el latido de un corazón que estaba aprendiendo a amar de nuevo.
CAPÍTULO 8: EL SONIDO DE LA PRIMERA PALABRA Y UN NUEVO COMIENZO
Habían pasado seis meses. Seis meses que se sentían como seis vidas.
El cuartito de bloques grises de “Lomas del Porvenir” ya no era gris, ni tampoco era solo un cuartito. Ahora tenía un letrero de madera pintado a mano colgado en la puerta:
“MODAS Y ARREGLOS NATALIA – Alta Costura y Milagros”.
Adentro, el espacio estaba irreconocible. Las paredes amarillas seguían ahí, radiantes, pero ahora estaban cubiertas de estantes llenos de telas de colores, carretes de hilo ordenados por tono y patrones de papel colgados como trofeos de guerra. Había dos máquinas de coser: la vieja Singer de pedal de Elena y una Brother eléctrica seminueva que Natalia había comprado a plazos con el sudor de su frente.
Natalia estaba de rodillas en el suelo, con alfileres en la boca, ajustando el dobladillo de un vestido de quinceañera color rosa pastel.
—A ver, Lupita, da la vuelta despacito —instruyó Natalia, hablando con dificultad por los alfileres.
La chica giró. El vestido, que originalmente era un desastre comprado en un tianguis, ahora lucía espectacular gracias a los apliques de encaje y las piedras de fantasía que Natalia le había bordado a mano durante tres noches seguidas.
—¡Ay, Doña Nata, me encanta! —chilló la niña, mirándose en el espejo de cuerpo entero (que Miguel había instalado la semana pasada)—. ¡Me veo como princesa!
—Te ves como reina, mi chula. Y más te vale que no te sientes en el pastel, porque te cobro doble la tintorería.
La mamá de la chica, una señora humilde que había ahorrado dos años para la fiesta, miraba a Natalia con lágrimas en los ojos.
—Gracias, Nata. De verdad, no sé cómo le hiciste con lo poco que te dimos de tela.
—Magia, Doña Tere. Pura magia y maña. —Natalia se levantó, sacudiéndose las rodillas. Ya no usaba trajes sastres. Llevaba unos jeans cómodos, una blusa blanca impecable y un delantal lleno de bolsillos con herramientas. Su cabello estaba recogido en un chongo práctico, pero se había puesto un labial rojo intenso. Ese toque de vanidad no lo había perdido, y era su sello personal en el barrio.
Cuando las clientas se fueron, felices y dejando el pago completo sobre la mesa, Natalia se dejó caer en su silla giratoria.
—Uf. Prueba superada.
—¿Cansada, socia?
Natalia giró la silla. Valia estaba sentada en su propia mesita de trabajo, terminando de pegar botones en una camisa escolar. La niña había cambiado. Ya no era un esqueleto asustado. Había subido de peso gracias a los tacos de los domingos y a los guisados que Miguel traía entre semana. Tenía las mejillas rosadas y el cabello limpio y trenzado con listones de colores.
Valia le sonrió y levantó el pulgar. Luego, hizo un gesto hacia la puerta.
—Sí, ya sé que ya va a llegar tu tío Miguel. No me presiones. —Natalia se rió—. A ver, pásame la escoba. No quiero que encuentre esto hecho un chiquero y empiece con sus “te faltó barrer la esquina”.
Miguel llegaba todos los días a las siete. Ya no era una visita casual. Era una rutina sagrada. Llegaba, revisaba las tareas de Valia (que ya iba a la escuela pública de la colonia), arreglaba cualquier desperfecto en la casa y cenaba con ellas.
Todavía no volvían oficialmente. Natalia no quería apresurarse. Quería estar segura de que Miguel la quería a ella, a esta nueva mujer trabajadora y sencilla, y no a la recuerdo de la esposa trofeo. Y Miguel… Miguel quería estar seguro de que el cambio era real y duradero.
Pero esa noche era especial. Era el cumpleaños de Valia. Ocho años.
A las siete en punto, el Tsuru gris se estacionó afuera.
Miguel entró cargando una caja cuadrada envuelta en papel brillante y un pastel de chocolate.
—¡Llegó el guapo! —anunció Natalia, abriendo los brazos.
Miguel sonrió y le dio un beso en la mejilla. Un beso que duró un segundo más de lo necesario, cerca de la comisura de los labios.
—Hola, fea. Hola, cumpleañera.
Valia corrió a abrazarlo. Miguel la levantó en el aire.
—¡Ocho años! Ya estás vieja, chaparra. Ya pesas.
Cenaron tamales que Doña Chona les había regalado (“por ser clientas VIP”, dijo la señora). Hubo risas, hubo refresco y hubo música en la radio vieja.
Llegó el momento del pastel.
Natalia apagó las luces. Encendieron las ocho velitas.
La luz de las velas iluminaba las caras felices de su pequeña familia improvisada.
—Pide un deseo, mi amor —le susurró Natalia al oído a Valia.
Valia cerró los ojos con fuerza. Apretó los puños. Se concentró.
Sopló.
Las velas se apagaron y el humo subió en espirales blancas.
—¡Bravo! —aplaudieron Natalia y Miguel.
Miguel prendió la luz.
—A ver, abre tu regalo.
Valia rasgó el papel con entusiasmo. Adentro había una tablet. No una usada, ni una barata. Una tablet nueva, con funda rosa de uso rudo.
Valia abrió la boca en una “O” perfecta. Miró a Miguel, luego a Natalia.
—Es para que veas tus videos de manualidades —dijo Miguel, rascándose la nuca, un poco avergonzado—. Y para que instales esa aplicación… esa que te ayuda a hablar con dibujos. Me dijeron que es buena.
Valia dejó la tablet en la mesa. Se acercó a Miguel y lo abrazó por la cintura, escondiendo la cara en su camisa.
Natalia sintió un nudo en la garganta.
—Te luciste, Migue. Eso te costó tus horas extras de un mes.
—Vale la pena. —Miguel le guiñó un ojo a Natalia por encima de la cabeza de la niña.
Y entonces, sucedió.
Valia se separó de Miguel. Se paró en medio del cuarto, entre los dos adultos que la habían salvado.
Miró a Miguel. Miró a Natalia. Miró el retrato de Elena que Natalia había colgado en la pared principal, adornado con flores de tela.
Valia respiró hondo. Su pecho se infló. Sus labios temblaron.
Abrió la boca. Parecía que le costaba un esfuerzo físico titánico, como si tuviera que empujar una roca gigante desde su garganta.
—Gra… —salió un sonido ronco, áspero.
Natalia y Miguel se congelaron. El silencio en el cuarto fue absoluto. Ni las moscas volaban.
—Gra… cias… —repitió Valia, más fuerte.
Y luego, se giró hacia Natalia y la miró directo a los ojos.
—Ma… má.
El mundo de Natalia se detuvo.
No dijo “tía”. No dijo “Nata”.
Dijo “Mamá”.
Natalia cayó de rodillas al suelo. Las lágrimas brotaron como un manantial, sin control, sin vergüenza.
—¿Qué dijiste? —sollozó—. Dilo otra vez, mi amor. Por favor.
Valia se acercó y le puso las manitas en la cara mojada.
—Mamá —dijo la niña, con una voz clara, dulce, la voz que había estado guardada en un cofre durante cinco años.
Natalia la abrazó. La abrazó con una fuerza desesperada, sintiendo que el corazón le iba a estallar de amor.
—Sí, mi vida. Soy tu mamá. Siempre voy a ser tu mamá.
Miguel se unió al abrazo. Estaba llorando también, sin intentar ocultarlo. Los tres formaron un nudo de brazos y lágrimas en el suelo del taller de costura.
Elena, desde su foto en la pared, parecía sonreír más que nunca.
Más tarde, cuando Valia se quedó dormida abrazada a su tablet nueva (ya configurada), Natalia y Miguel salieron al pequeño patio trasero. La noche estaba fresca y estrellada.
Miguel encendió un cigarro, pero lo apagó enseguida.
—Ya no quiero fumar. Quiero vivir muchos años. Tengo una hija que criar.
Natalia se recargó en el barandal oxidado.
—Dijo mamá, Miguel. Me dijo mamá.
—Lo escuché. Y se escuchó… correcto.
Hubo un silencio cómodo.
—Natalia —dijo Miguel, girándose hacia ella—. Ya pasó medio año. Ya vi de qué estás hecha. Ya vi que no te rendiste, que no huiste, que trabajaste hasta sangrarte los dedos.
—¿Y? —Natalia lo miró, desafiante pero con el corazón acelerado.
—Y… creo que ya es tiempo.
Miguel sacó algo de su bolsillo. No era un anillo. Era una llave.
La llave de la casa de la colonia bonita. La casa de su abuela. La casa de la que la había corrido.
—Vuelvan a casa, Natalia. Las extraño. La casa las extraña. Es demasiado grande para mí solo. Y… francamente, me hace falta alguien que me regañe porque dejé la toalla mojada en la cama.
Natalia miró la llave. Brillaba a la luz de la luna.
Era la llave de su vida anterior. La comodidad. El agua caliente ilimitada. La seguridad.
Podría tomarla. Podría volver a ser la señora de la casa.
Pero miró hacia adentro, hacia el taller. Hacia sus telas, sus máquinas, su letrero pintado a mano.
Ese cuartito amarillo era su trofeo. Era su orgullo.
Tomó la llave. La apretó en su mano.
—Volveremos —dijo Natalia—. Pero con una condición.
—¿Cuál? —preguntó Miguel, nervioso.
—No voy a dejar el taller. Este negocio se queda aquí. Esta es mi gente, Miguel. Doña Chona, Lupita, las vecinas… ellas me dieron de comer cuando no tenía nada. No las voy a abandonar. Voy a venir todos los días a trabajar. Y Valia va a seguir viniendo a ver a sus amigos. No quiero que se olvide de dónde venimos.
Miguel sonrió, una sonrisa de oreja a oreja.
—No esperaba menos de ti, socia.
—Y otra cosa —dijo Natalia, acercándose a él, invadiendo su espacio personal como en los viejos tiempos, pero con una dulzura nueva—. Ya no quiero ser la “Reina del Vagón”. Quiero ser la Reina de tu casa. Pero una reina que trabaja. ¿Trato?
—Trato. —Miguel la tomó por la cintura y la besó.
Fue un beso largo, profundo, con sabor a promesa cumplida. No fue el beso de dos enamorados ciegos. Fue el beso de dos guerreros que sobrevivieron a la batalla y decidieron curarse las heridas juntos.
EPÍLOGO
Natalia cerró el candado de la cortina metálica de “Modas Natalia”.
—¡Vámonos, familia! —gritó.
Valia corrió hacia el coche, con su uniforme escolar impecable.
—¡Papá, apúrate que voy a llegar tarde a la clase de inglés! —gritó la niña, que ahora no paraba de hablar. Hablaba hasta por los codos, recuperando el tiempo perdido.
—Ya voy, ya voy, doña prisas —rio Miguel, cargando las bolsas del mandado.
Natalia se detuvo un momento antes de subir al coche. Miró el letrero de su negocio. Miró la calle de tierra de Lomas del Porvenir.
Un perro callejero pasó y le movió la cola. Natalia sacó una salchicha de su bolsa (siempre traía) y se la aventó.
Recordó el día que llegó ahí, arrastrando su maleta rosa, odiando al mundo, odiando a su hermana, odiándose a sí misma.
Recordó a Don Iván en la estación: “El día que llegues y no lo veas, vas a sentir el verdadero frío”.
Tenía razón. Sintió frío. Sintió el frío más terrible de su vida.
Pero gracias a ese frío, aprendió a buscar su propio calor.
—Gracias, Lenche —susurró al viento—. Gracias por enseñarme que la verdadera riqueza no está en las joyas, sino en tener a quién coserle un botón.
Se subió al coche.
—¿Lista, mi amor? —preguntó Miguel, tomándole la mano sobre la palanca de velocidades.
Natalia entrelazó sus dedos con los de él. Sus manos ya no tenían manicura francesa perfecta; tenían callos, pinchazos de aguja y una mancha de tinta. Pero eran manos fuertes. Manos que sostenían.
—Lista, Migue. Vámonos a casa.
El Tsuru arrancó, levantando una nube de polvo dorado por el sol de la mañana, alejándose hacia un futuro que, por fin, Natalia se había ganado a pulso.
FIN.