
Cap 1
El sol de Monterrey no perdona, y menos en agosto. A las diez de la mañana, el calor ya rebotaba en el asfalto de la avenida Constitución, creando esos espejismos de agua que engañan a los conductores sedientos. Diego se ajustó el casco blanco, se secó el sudor de la frente con el dorso de la mano y miró hacia arriba. Ante él se alzaba el esqueleto de acero de lo que sería la nueva torre corporativa en Valle Oriente. Veinte pisos de concreto y ambición.
Diego sentía una satisfacción profunda, casi física, al ver la obra. Era ingeniero civil, un hombre de estructuras, de cargas y resistencias. Para él, la vida, al igual que los edificios, dependía de los cimientos. Si la base estaba bien hecha, si el cálculo era correcto, nada podía derrumbarte. Ni los huracanes que a veces azotaban Nuevo León, ni las crisis económicas que golpeaban al país cada sexenio.
—¡Inge! —gritó el capataz, Don Beto, desde abajo—. ¡Ya llegó el camión con el concreto!
—¡Voy para allá, Don Beto! Chequen bien la mezcla, no quiero sorpresas —respondió Diego con voz firme.
Diego era un hombre respetado. “El Inge Diego”, le decían con deferencia. A sus 35 años, había logrado lo que muchos soñaban: estabilidad. No era millonario, no venía de una de esas familias de “abolengo” de San Pedro Garza García que aparecen en las revistas de sociales cada semana, pero se había ganado su lugar a pulso. Su padre, un comerciante de refacciones automotrices en San Nicolás, le había enseñado una sola cosa: “Mijo, el dinero se hace trabajando, y el respeto se gana cumpliendo”.
Y Diego cumplía. Vaya que cumplía.
Mientras caminaba hacia la oficina móvil con el aire acondicionado a todo lo que daba, su mente voló, como casi siempre, hacia su otro gran proyecto: su familia.
Si la torre corporativa era su logro profesional, su hogar era su obra maestra personal. Hacía diez años se había casado con Marina. Recordaba el día que la conoció como si fuera una película en alta definición. Fue en una boda en el Club Industrial. Ella llevaba un vestido rojo que parecía desafiar las leyes de la física y una sonrisa que prometía el cielo y la tierra. Marina era vibrante, ruidosa, llena de vida; todo lo contrario a él, que era metódico, callado y predecible.
“Los opuestos se atraen”, le había dicho su madre cuando le presentó a Marina. Y Diego se lo creyó. Se enamoró perdidamente de esa energía caótica que ella traía. Pensó que él podía ser el ancla para su barco, la tierra firme para sus tormentas.
Desde el principio, Diego se puso la meta de darle todo. No quería que Marina pasara carencias. Él había comprado su departamento años antes de la boda, una joya inmobiliaria en una zona privilegiada, cerca de Calzada del Valle. Lo había pagado con sangre, sudor y lágrimas, ahorrando cada aguinaldo, cada bono de productividad, manejando un coche viejo mientras sus amigos traían trocas del año, todo para tener ese techo. Era suyo. Completamente suyo.
Cuando se casaron, él le entregó las llaves con una devoción casi religiosa.
—Aquí vamos a ser felices, flaca —le dijo, cargándola en brazos al entrar.
Y durante una década, Diego vivió convencido de que lo eran.
Marina se dedicó al hogar y a criar a Pablito, su hijo de ocho años. Ella tenía un talento innato para la estética. Transformó el departamento de soltero de Diego en un hogar de revista. Cojines de seda, cuadros abstractos que costaban una fortuna, cortinas de lino italiano. Diego pagaba las facturas sin chistar.
—Es que, amor, la casa tiene que lucir. Es nuestra imagen —decía ella.
—Claro, mi vida. Lo que tú digas. Te quedó precioso —respondía él, orgulloso de tener una esposa con tan buen gusto.
A veces, cuando llegaba cansado de la obra, con las botas llenas de polvo y la cabeza embotada de números, le hubiera gustado encontrar un ambiente más relajado. Quizás una cena sencilla, unos tacos caseros, ver la tele en pijama. Pero en casa de Marina, la cena siempre era un evento. La mesa puesta con manteles individuales de diseño, la comida servida como en restaurante, y ella impecable, maquillada y peinada aunque no hubieran salido en todo el día.
—No podemos dejarnos caer, Diego. Hay que mantener el nivel —le repetía ella.
Diego lo interpretaba como amor. “Se arregla para mí”, pensaba. “Cuida la casa para nosotros”. No veía la rigidez en esa perfección. No veía que el departamento parecía más un museo que un hogar donde un niño pudiera correr y tirar juguetes. Pablito, de hecho, era un niño extrañamente tranquilo. Había aprendido a no hacer ruido, a no ensuciar, a no desordenar los cojines decorativos.
—Pablito es un santo —decían las amigas de Marina—. Qué bien educado lo tienes.
Diego sonreía, pero a veces sentía una punzada de tristeza al ver a su hijo jugar solo en su cuarto, con miedo a sacar demasiados legos.
Ese martes en particular, la rutina de Diego había sido la de siempre. Despertador a las 6:00 AM. Regaderazo rápido. Café negro, bien cargado.
Marina seguía dormida. A ella no le gustaban las mañanas.
—Que descanses, amor —le susurró, dándole un beso en la mejilla. Ella solo murmuró algo ininteligible y se dio la vuelta, jalando el edredón de plumas.
Diego pasó al cuarto de Pablito. El niño ya estaba despierto, con el uniforme del colegio puesto, leyendo un cómic en la orilla de la cama.
—Buenos días, campeón. ¿Listo para la escuela?
—Sí, papá.
—Oye, el fin de semana nos vamos a ir a la presa, ¿te late? A ver si ahora sí pescamos algo más que un resfriado —bromeó Diego, tratando de sacarle una sonrisa.
Pablito sonrió, una sonrisa tímida, idéntica a la de Diego.
—Sí, papá. Ojalá mamá quiera ir.
Diego sintió una pequeña sombra cruzar su pecho. Marina odiaba la presa. Decía que hacía mucho calor, que había muchos mosquitos, que la gente que iba era “naca”. Siempre ponía excusas.
—Si no quiere ir, vamos tú y yo solos. Noche de hombres —le guiñó el ojo.
Salió del departamento sintiéndose el hombre más afortunado del mundo. Tenía salud, tenía trabajo, tenía un hijo maravilloso y una esposa trofeo. ¿Qué más podía pedir?
Se subió a su sedán, un modelo confiable de hace cuatro años. Marina le insistía en que debía comprarse una camioneta nueva, una de esas SUV gigantescas que manejaban todos los papás del colegio de Pablito.
—Diego, te ves mal llegando en ese coche. Parece de oficinista, no de ingeniero en jefe —le reclamaba ella.
—El coche funciona perfecto, Marina. Prefiero meter ese dinero en el fondo de ahorro para la universidad de Pablo.
Ella rodaba los ojos.
—Eres un tacaño, Diego. Siempre pensando en el futuro y nunca disfrutando el presente.
“Tacaño”. Esa palabra le dolía. Él no era tacaño. Era responsable. Había visto a demasiados colegas perderlo todo por querer aparentar una vida que no podían pagar. Él no iba a caer en eso. Su castillo tenía que tener cimientos sólidos, no de papel.
Mientras conducía por Gonzalitos, esquivando camiones de carga y taxistas agresivos, su mente volvió a la reunión de las 11:00. Era la presentación del cierre de costos del trimestre. Tenía que justificar cada varilla, cada saco de cemento ante los socios.
Repasó mentalmente la lista de documentos.
- Resumen ejecutivo.
- Planos actualizados.
- Estimaciones de obra.
- La carpeta roja con los contratos de proveedores.
Un frío helado le recorrió la espalda, más intenso que el aire acondicionado del coche.
—¡La carpeta roja! —gritó, golpeando el volante.
Visualizó perfectamente dónde la había dejado: sobre la credenza de madera de parota en la entrada del departamento, justo al lado del jarrón chino que Marina había comprado la semana pasada.
Había salido con las manos ocupadas con el termo de café y la mochila de la laptop, y la carpeta se quedó ahí, olvidada.
Miró el reloj. 9:45 AM. Estaba cerca de la oficina, pero si regresaba ahora, llegaría barrido a la junta.
—Maldita sea mi cabeza —masculló.
No tenía opción. Sin esos contratos, la junta era inútil. Los socios se lo comerían vivo.
Giró el volante bruscamente hacia la derecha, tomando la salida de retorno. El tráfico estaba pesado, pero si le pisaba, llegaba, recogía la carpeta y volvía a la oficina justo a tiempo.
Mientras conducía de regreso a casa, Diego no sentía ningún presentimiento. No había nubes negras en su horizonte, no había música de suspenso de fondo. Solo estaba molesto consigo mismo por su descuido.
Pensó en llamar a Marina para que le bajara la carpeta al lobby y así ahorrar tiempo, pero recordó que los martes a esta hora ella tenía su clase de pilates o se iba a desayunar con sus amigas al club. Seguramente no había nadie en casa.
“Mejor. Entro y salgo en chinga”, pensó, usando el vocabulario que solo se permitía en sus pensamientos o en la obra.
Llegó al edificio, un complejo moderno con seguridad 24 horas. El guardia lo saludó.
—¡Qué milagro, Inge! ¿Se le olvidó algo?
—Sí, hombre, la cabeza no se me olvida porque la traigo pegada —rió Diego—. Voy de entrada por salida.
Subió al elevador y marcó el séptimo piso. Se miró en el espejo del elevador. Vio a un hombre con ojeras leves, pero con la mirada firme. Se acomodó el cuello de la camisa. Todo estaba bien. Todo estaba en orden.
Caminó por el pasillo alfombrado hacia su puerta, la 702. Sacó el llavero, listo para el movimiento rápido de abrir, entrar, agarrar y salir.
Pero al meter la llave, sintió algo raro. El mecanismo no ofreció resistencia.
Empujó la puerta con un dedo. Se abrió sola.
Estaba sin seguro. Peor aún, estaba mal cerrada.
Diego se detuvo en seco. Su primer instinto fue de alarma. ¿Ladrones? ¿Se habían metido a robar? En Monterrey, la seguridad era un tema que siempre estaba en la nuca de todos, por muy “nice” que fuera la colonia.
Aguzó el oído. Silencio.
Dio un paso adentro, con el corazón empezando a bombear adrenalina.
Entonces, escuchó algo. No era el ruido de cajones siendo saqueados, ni pasos apresurados de intrusos.
Era el tintineo de una cucharita contra una taza de porcelana. Y luego, una risa.
Reconoció la risa al instante. Era Marina.
El alivio lo inundó, seguido de una ligera irritación.
“Qué descuidada, dejó la puerta abierta”, pensó. “Seguro está en el chisme y ni cuenta se dio”.
Reconoció la segunda voz. Era Sandra, la “comadre”. Sandra y Marina eran inseparables desde la preparatoria. Eran tal para cual: les encantaba la ropa de marca, criticar a los maridos ajenos y planear viajes que costaban lo que Diego ganaba en tres meses.
Diego no soportaba a Sandra, le parecía una mala influencia, una mujer divorciada dos veces que siempre andaba buscando “quién la mantuviera”. Pero por llevar la fiesta en paz con Marina, la toleraba.
—Bueno, ya estoy aquí —se dijo Diego—. Entro, saludo rápido para no ser grosero, agarro la carpeta y me voy. No tengo tiempo para las historias de Sandra.
Caminó por el pasillo de entrada, que daba directamente a la sala y conectaba con la cocina abierta mediante una barra de granito. Sus pasos sobre el piso de mármol travertino fueron amortiguados por sus zapatos de suela de goma. Era un fantasma en su propia casa.
Estaba a punto de cruzar el umbral de la sala cuando una frase lo detuvo. Fue como si hubiera chocado contra una pared de cristal invisible.
—…y pues ya le dije a Víctor que tenga paciencia, güey. No puedo dejar a Diego ahorita, no me conviene —dijo Marina. Su voz sonaba relajada, casual, como quien habla del clima o del tráfico.
Diego se quedó congelado. Su mano, que iba a apoyarse en el marco de la puerta, se quedó suspendida en el aire.
¿Víctor? ¿Qué Víctor? No conocían a ningún Víctor. ¿Y por qué hablaba de “dejar a Diego”?
—Ay, amiga, pero qué aguante tienes —respondió Sandra con una risa burlona—. Yo ya hubiera mandado todo al diablo. Estar con un hombre que te aburre tanto… qué hueva.
—No es solo aburrimiento, Sandra. Es estrategia —replicó Marina, y se escuchó el sonido de ella sorbiendo su café—. Diego es… útil. Es mi cajero automático personal. Pero ya me cansé de tener que pedirle permiso para gastar, de sus caras largas cuando quiero comprar algo bueno, de su obsesión con el ahorro y el futuro. ¡Qué hueva el futuro! Yo quiero vivir ahora.
Diego sentía que la sangre se le había ido a los pies. El corazón le latía tan fuerte en los oídos que temía no escuchar el resto, pero al mismo tiempo, deseaba no haber escuchado nada. Quería ser sordo. Quería desaparecer. Pero no podía moverse. Estaba clavado al piso, escuchando su propia autopsia matrimonial mientras aún estaba vivo.
—¿Y qué dice Víctor de todo esto? —preguntó Sandra.
—Víctor es un amor. Él sí me entiende. Él tiene visión, ¿sabes? Tiene negocios, se mueve, tiene ambición. No como Diego, que se conforma con su suelducho de ingeniero y su departamentito. Víctor y yo ya tenemos el plan.
—Cuéntame, cuéntame —insistió Sandra, con la avidez de quien ve una telenovela en vivo.
Diego apretó los puños. “Suelducho”. “Departamentito”. Esas palabras eran puñales. Ese “suelducho” pagaba sus lujos, sus viajes, sus vestidos. Ese “departamentito” era el hogar que él había construido con tanto amor. Lo estaba denigrando, burlándose de su esfuerzo, reduciéndolo a nada.
—Mira —bajó la voz Marina, pero en el silencio sepulcral de la casa, Diego escuchaba cada sílaba—, la idea es aguantar hasta diciembre. Quiero que Diego pague la renovación del seguro de gastos médicos mayores, el de cobertura total, y que me cambie la camioneta. Ya lo tengo casi convencido de que la mía falla. Cuando tenga la camioneta nueva y las cuentas estén llenas por el aguinaldo… ¡Zas! Le pido el divorcio.
—¡Qué perra! —rió Sandra con admiración—. ¿Y el depa?
—Ese es el tema. El abogado de Víctor dice que si alego violencia psicológica o abandono emocional, puedo quedarme con el uso del departamento hasta que Pablito cumpla 18. Y obvio, una pensión jugosa. La idea es dejar a Diego en la calle, o lo más cerca posible de ella. Que se vaya a vivir con sus papás a San Nicolás si quiere. Yo me quedo aquí.
Diego sintió náuseas. Violencia psicológica. Abandono. Ella, que vivía como reina, planeaba acusarlo a él, que se desvivía por complacerla, de ser un monstruo. Y todo orquestado por ese tal Víctor y un abogado sin escrúpulos.
—¿Y no te da miedo que se entere? —preguntó Sandra—. Diego no es tonto.
—¿Diego? —Marina soltó una carcajada que resonó en las paredes del pasillo, una risa que Diego jamás olvidaría—. Por favor, Sandra. Diego es un imbécil confiado. Un buenudo. Cree que tenemos el matrimonio perfecto. Llega, me da un beso, juega con el niño y se duerme viendo la tele. No sospecha nada. Está ciego. Confía en mí ciegamente. Es como un perrito faldero, mientras le des cariñito de vez en cuando, no muerde.
“Imbécil confiado”. “Perrito faldero”.
En ese momento, algo se rompió dentro de Diego. No fue su corazón, eso ya estaba hecho añicos desde la primera frase. Fue algo más profundo. Se rompió su inocencia. Se rompió la imagen del hombre bueno y paciente que siempre ponía la otra mejilla.
La furia que sintió no fue caliente ni explosiva. Fue fría. Gélida como el acero en invierno. Fue una claridad mental absoluta, la misma que sentía cuando analizaba una estructura a punto de colapsar y sabía exactamente dónde poner los refuerzos para evitar el desastre.
Podría haber entrado en ese momento. Podría haber pateado la puerta de la cocina, haber gritado, haber echado a Sandra y confrontado a Marina. Tenía todo el derecho.
Pero Diego era ingeniero. Y los ingenieros no actúan por impulso; actúan por cálculo.
Si entraba ahora, sería un drama pasional. Ella lloraría, negaría todo, diría que era una broma, o peor, se haría la víctima y alertaría a Víctor para adelantar sus planes. Perdería el factor sorpresa. Perdería la ventaja táctica.
No. Marina quería guerra. Marina quería jugar ajedrez.
“Está bien, Marina”, pensó Diego, mientras sus ojos se llenaban de lágrimas de rabia que se negaba a derramar. “Tú crees que soy un perrito faldero. Crees que soy un imbécil. Pero se te olvidó un detalle: yo construí este piso sobre el que estás parada. Yo conozco cada salida, cada viga, cada debilidad. Y si quieres derrumbarme, vas a descubrir que mis cimientos son mucho más duros de lo que crees”.
Diego dio un paso atrás. Luego otro. Con un control sobrehumano de sus músculos, retrocedió por el pasillo. Llegó a la puerta de entrada.
Miró hacia la cocina una última vez. Ahí estaba su esposa, la mujer a la que había jurado amar hasta la muerte, riéndose de cómo iba a destruirlo.
Salió del departamento. Cerró la puerta con la misma suavidad con la que la encontró, dejando el cerrojo sin echar, tal como ella lo había olvidado. Ese descuido, ese pequeño error de dejar la puerta abierta, le había costado su matrimonio, pero le había salvado la vida.
Bajó por el elevador como un zombi. Al llegar a su coche, se sentó y se quedó mirando el volante durante cinco minutos. Respiraba hondo, tratando de que el oxígeno llegara a su cerebro.
La carpeta roja seguía allá arriba, en la credenza.
—Que se joda la carpeta —dijo en voz alta.
Arrancó el coche. No iba a la oficina. Iba a empezar a trazar el plano de su defensa. El “Imbécil Confiado” acababa de morir en el piso 7. El hombre que conducía ahora era alguien a quien Marina no conocía, y ese hombre iba a asegurarse de que ella pagara cada palabra, cada risa y cada traición.
El juego había comenzado.
Capítulo 2: La Máscara de Plomo
Diego no supo cómo llegó al estacionamiento de un Oxxo a tres cuadras de su edificio. Condujo por inercia, guiado por una especie de piloto automático de supervivencia, mientras su mente colapsaba y se reconstruía mil veces por segundo. Apagó el motor, pero sus manos seguían aferradas al volante con tanta fuerza que los nudillos parecían a punto de rasgar la piel.
El aire acondicionado del coche zumbaba, luchando contra los 38 grados del mediodía regiomontano, pero Diego sentía un frío sepulcral. Temblores incontrolables empezaron en sus piernas y subieron hasta su mandíbula. Quiso gritar. Quiso golpear el tablero hasta destrozarlo. Quiso salir corriendo, regresar al departamento, tirar la puerta abajo y arrastrar a Marina y a Sandra por los pelos para que le dijeran en su cara lo que habían tenido el valor de decir a sus espaldas.
—”Imbécil confiado”. “Perrito faldero”.
Las palabras rebotaban en el interior del coche como balas de goma en una habitación cerrada. Cada una dolía más que la anterior.
Se miró en el espejo retrovisor. Esperaba ver a un monstruo, a un hombre destrozado, pero el espejo le devolvió la misma imagen de siempre: Diego, el ingeniero. Camisa blanca planchada, cabello corto, mirada seria.
—¿Quién eres tú? —se preguntó en voz alta. Su voz sonó ronca, ajena.
Se inclinó hacia el asiento del copiloto y abrió la guantera buscando algo, lo que fuera, para calmarse. Encontró una cajetilla de cigarros vieja, de esas que guardaba “para emergencias” aunque llevaba dos años sin fumar. Encendió uno con manos temblorosas. La primera calada le quemó la garganta, pero el golpe de nicotina le sirvió para anclarlo a la realidad.
—Piensa, Diego. Piensa —se ordenó a sí mismo.
Su formación profesional, esa manía de ver el mundo como una serie de problemas a resolver, empezó a abrirse paso entre la niebla roja de la ira.
Problema: Su esposa le es infiel con un tal Víctor.
Problema: Planean divorciarse en seis meses.
Problema: Quieren quitarle su patrimonio y la custodia de su hijo.
Problema: Lo consideran estúpido.
Ese último punto fue el que detuvo el temblor de sus manos. Lo subestimaban. Marina y su amante creían que él era un accesorio más en la casa, como el refrigerador o la televisión. Creían que su bondad era debilidad. Y en ese error de cálculo radicaba su única ventaja.
—Si regreso ahora y hago un escándalo —analizó Diego, hablando solo mientras el humo llenaba la cabina—, ella se va a poner a la defensiva. Va a llamar a la policía, va a decir que la amenacé. Va a esconder el dinero, borrar mensajes, alertar al tal Víctor. Me va a ganar la narrativa. Voy a ser el “marido loco y violento” y ella la “pobre víctima que tuvo que huir”.
No. Eso no iba a pasar.
Diego sacó su celular. Tenía 15 llamadas perdidas de la oficina y 3 mensajes de Don Beto preguntando por el concreto. Los ignoró todos.
Abrió la aplicación de su banco. Sus dedos se movieron con rapidez por la pantalla. Entró a los movimientos de la tarjeta de crédito adicional que usaba Marina.
Durante años, él apenas miraba el saldo final y lo pagaba. “Para que no le falte nada”, se decía. Ahora, miraba cada línea como un fiscal forense.
Liverpool – $8,500 MXN (Ropa caballero? Diego no había estrenado ropa en meses).
Restaurante La Catarina – $3,200 MXN (Martes a las 2:00 PM. ¿No estaba en pilates?).
Hotel Habita – $4,500 MXN (Cargo de hace tres semanas. “Salida con las chicas”, le había dicho).
Ahí estaba. La historia de su traición escrita en números rojos. Cada cargo era una burla. Marina no solo lo engañaba; lo hacía financiando su aventura con el dinero que él ganaba sudando bajo el sol en las obras.
Diego sintió una arcada. Abrió la puerta del coche y vomitó el café de la mañana sobre el asfalto caliente del estacionamiento.
Se limpió la boca con un pañuelo desechable, escupió la bilis y volvió a entrar.
Curiosamente, vomitar lo hizo sentir mejor. Como si hubiera expulsado físicamente la parte de él que aún la amaba. Ahora solo quedaba el espacio vacío, listo para ser llenado con estrategia.
—Necesito un abogado —pensó.
Recordó a Roberto “El Tiburón” Salinas. Compañero de la facultad, aunque Roberto se había ido por el camino de las leyes inmobiliarias y luego, por lo que sabía, se había especializado en litigios familiares “complicados”. Era un tipo cínico, duro, de esos que te cobran hasta el saludo, pero que nunca perdían.
Lo buscó en sus contactos. “Rob Salinas”.
Marcó.
—¿Inge? ¡Milagro! ¿A qué debo el honor? ¿Se te cayó un puente o qué? —la voz de Roberto era fuerte y jovial.
—Necesito verte. Hoy. Ahora —dijo Diego. Su tono no admitía bromas.
Hubo un silencio breve al otro lado de la línea. El instinto de tiburón de Roberto captó la gravedad al instante.
—Estoy en juzgados, me desocupo a la 1. Vete a mi despacho en San Jerónimo. Le digo a mi secretaria que te pase directo. ¿Es penal o civil?
—Es… personal. Muy personal.
—Entendido. Ahí te veo. No hables con nadie, no firmes nada.
Colgó.
Diego miró el reloj. Faltaban cuarenta minutos para la una. Tenía tiempo. Pero no podía llegar a la oficina así, oliendo a vómito y tabaco, con los ojos inyectados en sangre.
Arrancó el coche y se dirigió a un gimnasio cercano donde tenía membresía (que casi nunca usaba). Entró, se metió a las regaderas y dejó que el agua helada le golpeara la nuca durante diez minutos.
Mientras el agua corría, lloró. Fue un llanto silencioso, ahogado por el ruido de la regadera. Lloró por los diez años perdidos. Lloró por la mujer que creyó conocer. Lloró por Pablito, que no merecía que su mundo se rompiera.
Pero cuando cerró la llave, el llanto se terminó. Se secó con fuerza, frotando la piel hasta dejarla roja. Se vistió con la ropa de repuesto que siempre traía en la cajuela (pantalón de mezclilla, camisa azul tipo polo). Se miró al espejo del vestidor.
—A partir de hoy, eres un actor —se dijo a su reflejo—. El papel de tu vida es hacerles creer que eres el mismo pendejo de siempre.
El despacho de Roberto Salinas olía a madera vieja y dinero. Tenía una vista impresionante del Cerro de la Silla, pero Diego no tenía ojos para el paisaje.
Le contó todo. Sin omitir detalles. Le contó de la puerta abierta, de la risa de Sandra, de la mención de Víctor, del plan de los seis meses, de la camioneta, del seguro.
Roberto escuchaba recostado en su silla de cuero, jugando con un bolígrafo Montblanc. No hizo ni un gesto de sorpresa. Había escuchado mil historias así.
—Clásico —dijo Roberto cuando Diego terminó—. De libro de texto, mi Inge. Tienen la estrategia del “desgaste y saqueo”. Primero te sacan los bienes líquidos (camioneta, seguros, efectivo), luego van por los inmuebles alegando necesidad de los hijos, y al final te dejan con una pensión alimenticia calculada sobre tu sueldo bruto mientras ellos viven en tu casa.
—El departamento es mío. Lo compré antes de casarme —interrumpió Diego.
—Bienes separados, supongo.
—Sí.
—Eso es oro molido. Pero ojo, Diego. Si ella alega violencia intrafamiliar, un juez puede dictar medidas precautorias y sacarte de tu casa “mientras se investiga”. Y esas investigaciones pueden durar años. Mientras tanto, el tal Víctor se muda a tu recámara y duerme en tu cama.
Diego apretó la mandíbula hasta que le dolió.
—¿Qué hago?
—Lo que vas a hacer es lo más difícil del mundo: Nada.
Diego lo miró confundido.
—¿Nada?
—Nada visible. Tienes que seguir siendo el “imbécil confiado”. Si ella huele que sabes algo, va a acelerar el proceso y va a inventar la violencia mañana mismo. Necesitamos pruebas, Diego. Necesitamos blindarte.
Roberto se inclinó hacia adelante, sus ojos brillando con malicia profesional.
—Contrata un investigador privado. Yo te paso el contacto de uno de confianza, ex-ministerial, muy discreto. Necesitamos fotos, videos, registros de hoteles. Necesitamos demostrar el adulterio no tanto para el divorcio (porque ya casi es incausado), sino para pelear la custodia y la pensión compensatoria. Si demostramos que ella tiene una relación estable y que gastaba dinero conyugal en el amante, se le cae el teatro de “mujer desamparada”.
—¿Y mis cuentas?
—Empieza a drenarlas. Poco a poco. Retiros hormiga. Pagos a “proveedores” que en realidad sean cuentas de confianza (tus padres, por ejemplo). Compra cripto, compra oro, lo que sea, pero baja el saldo visible. Y sobre todo: NO compres esa camioneta.
—Quiere que la compre el próximo mes.
—Dale largas. Dile que la obra se retrasó, que los flujos están lentos. Hazte la víctima económica. A las mujeres como Marina les da pánico la pobreza. Si cree que te está yendo mal, tal vez ella misma acelere la salida sin pedirte tanto, para no cargar con un “muerto de hambre”.
Diego asintió. La estrategia tenía sentido. Era ingeniería inversa.
—¿Cuánto tiempo tengo que aguantar?
—Un mes. Dame un mes para armar el expediente, proteger tus activos y tener al detective listo. ¿Puedes aguantar un mes durmiendo con el enemigo sin ahorcarla?
Diego pensó en la risa de Marina burlándose de él.
—Sí. Puedo.
—Pues salud, compadre —dijo Roberto, sirviendo dos tequilas—. Bienvenido al club de los divorciados. Es caro entrar, pero la libertad no tiene precio.
Regresar a la oficina fue surrealista.
Diego llegó a las 3:00 PM. Se había perdido la junta de las 11:00.
—¡Inge! —su asistente, Clau, corrió hacia él—. ¡Los socios estaban furiosos! Tuvimos que improvisar con los planos digitales. ¿Qué pasó? ¿Está bien?
Diego puso su mejor cara de “tuve un día de perros”.
—Una intoxicación, Clau. Me sentí fatal en el camino, tuve que ir a urgencias. Perdón por no avisar, se me apagó el celular.
Mintió con una facilidad que lo asustó. Antes, Diego era incapaz de mentir ni para excusar un retardo de cinco minutos. Ahora, la mentira fluía como un mecanismo de defensa.
—Ay, no, Inge. ¿Pero ya está mejor? Se ve pálido.
—Sí, ya me inyectaron algo. Solo vine a sacar los pendientes urgentes.
Se encerró en su oficina. No trabajó. Se pasó la tarde cambiando contraseñas de correos, de bancos, de redes sociales. Activó la autenticación en dos pasos en todo. Revisó si tenía el localizador del iPhone de Marina activado en la cuenta familiar. Sí, ahí estaba.
“Ubicación: Plaza Fiesta San Agustín”.
Seguramente gastando el dinero que él estaba ganando en ese momento.
A las 7:00 PM, la hora de la verdad llegó. Tenía que ir a casa.
El trayecto de regreso fue un calvario distinto. Ya no era pánico, era una ansiedad sorda, pesada.
¿Podría mirarla a la cara sin escupirle? ¿Podría besarla?
Recordó el consejo de Roberto: “Es un papel. Eres un actor”.
Puso música de banda a todo volumen para no pensar. Calibre 50 retumbaba en las bocinas: “Y si te cuento que me vieron llorar, dirás que es mentira…”. La ironía de la letra le provocó una risa amarga.
Llegó al edificio. Subió al piso 7.
Esta vez, la puerta estaba cerrada.
Sacó sus llaves. Respiró hondo tres veces, llenando sus pulmones, inflando el pecho.
“Showtime”.
Abrió la puerta.
—¡Ya llegué! —gritó con una voz que intentó que sonara cansada pero normal.
El olor a estofado de res inundó su nariz. Marina estaba cocinando. La escena era tan doméstica, tan perfecta, que le revolvió el estómago.
Ella salió de la cocina, secándose las manos en un trapo de diseño. Llevaba unos leggings negros y una blusa holgada. Se veía hermosa. Malditamente hermosa.
—Hola, amor. Qué tarde llegas —dijo ella, acercándose para darle un beso.
Diego tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para no apartarse. Sintió los labios de ella en los suyos. Eran suaves, cálidos. Los mismos labios que habían besado a Víctor. Los mismos labios que lo habían llamado “imbécil”.
—Sí, perdón. Mucho jale en la obra. Y luego me sentí medio mal de la panza —dijo él, desviando la mirada hacia sus zapatos, fingiendo quitárselos para evitar el contacto visual directo.
—Ay, pobre. ¿Quieres una pastilla? Hice carne con papas, tu favorita.
—Gracias. Solo me lavo las manos.
La cena fue un ejercicio de tortura psicológica.
Estaban los tres sentados: Diego, Marina y Pablito.
Marina hablaba sin parar. Contaba una historia trivial sobre cómo la cajera del súper le había cobrado mal unos aguacates.
—…y le dije, “señorita, fíjese bien, son Hass, no criollo”. Qué gente tan inútil, ¿verdad, Diego?
Diego masticaba la carne mecánicamente. La comida no le sabía a nada. Era como masticar cartón.
—Sí, qué barbaridad —respondió él en automático.
Observó a Marina. La estudió. Notó cosas que antes su amor ciego le ocultaba.
Notó cómo miraba su celular cada dos minutos, poniéndolo boca abajo sobre la mesa inmediatamente después.
Notó cómo le servía más agua a él con una sonrisa exagerada, casi servil. Era la culpa. O la manipulación.
—Oye, amor —dijo ella de repente, cambiando el tono a uno más dulce—. Fíjate que hoy me llamó el vendedor de la agencia. Dice que la promoción de la Grand Cherokee se acaba el viernes. Si no damos el enganche ya, perdemos el bono de 50 mil pesos.
Diego sintió que la sangre le hervía. Ni siquiera le preguntó cómo seguía del estómago. Fue directo al dinero.
Recordó las palabras de Roberto: “Hazte la víctima económica”.
Diego soltó el tenedor. Suspiró profundamente, frotándose la cara con las manos.
—Híjole, Marina. Qué bueno que me dices, pero… te tengo malas noticias.
El rostro de Marina cambió sutilmente. Una tensión imperceptible tensó sus ojos.
—¿Qué pasó?
—Hoy en la junta… las cosas no salieron bien. Parece que van a detener los pagos de las estimaciones un par de meses. Un tema de permisos municipales.
—¿Cómo? —la voz de Marina subió una octava—. ¿O sea que no te van a pagar?
—Me van a pagar el sueldo base, sí. Pero los bonos y las extras… están congelados hasta nuevo aviso. De hecho, estaba pensando que tenemos que apretarnos el cinturón un rato.
Silencio. Un silencio denso.
Diego vio el cálculo en los ojos de ella. Vio la decepción, no por él, sino por el plan. Sin el dinero de los bonos, la camioneta se alejaba. Y sin la camioneta, el plan de “saqueo” de Víctor se retrasaba.
—Pero Diego… ¡prometiste! —dijo ella, con un tono casi infantil—. Ya le dije a mis amigas que iba a cambiar de coche. ¡Voy a quedar en ridículo!
—Lo siento, Marina. Es la realidad. No puedo gastar lo que no tengo. ¿O prefieres que nos endeudemos y perdamos el departamento?
Mencionó el departamento a propósito. Vio cómo los ojos de ella brillaron al escuchar la palabra “departamento”.
—Bueno, no, claro que no —dijo ella, recomponiéndose—. Pero qué estrés, Diego. Siempre pasa algo contigo. Cuando no es una cosa es otra.
Ahí estaba el desprecio. Sutil, pero presente.
—Lo sé. Soy un desastre —dijo Diego, alimentando su ego—. Perdón por no ser el proveedor que mereces.
Marina no lo contradijo. No le dijo “No digas eso, amor, eres excelente”. Solo suspiró y se levantó a recoger los platos bruscamente.
—Bueno, pues ni modo. A ver cómo le hacemos.
Diego sonrió por dentro. Primer round ganado. Había sembrado la duda y protegido la cuenta bancaria, todo en una sola jugada.
Más tarde, cuando Marina se fue a bañar (llevándose el celular al baño, por supuesto, “para escuchar música”), Diego fue al cuarto de Pablito.
La habitación estaba en penumbra, solo iluminada por la lámpara de noche con forma de astronauta.
Pablito estaba en su cama, jugando con una tablet.
—Hey, campeón. ¿Ya te vas a dormir?
El niño levantó la vista. Tenía los ojos grandes y expresivos de Diego.
—Sí, pa.
Diego se sentó en la orilla de la cama. El colchón se hundió bajo su peso. Sintió una oleada de ternura tan fuerte que casi se quiebra ahí mismo.
Este niño era inocente. No sabía que su madre estaba planeando destruir su mundo. No sabía que el hombre que dormía en la habitación de al lado estaba a punto de declarar una guerra nuclear.
—¿Cómo te fue en la escuela? —preguntó Diego, acariciándole el cabello.
—Bien. Mañana tengo examen de mate.
—¿Estudiaste?
—Sí. Mi mamá me ayudó un poquito, pero se desesperó y se fue a hablar por teléfono.
Diego sintió una punzada. “Se desesperó”. Claro. Pablito era una molestia para ella, un obstáculo en su romance con Víctor.
—No te preocupes. Tú eres un genio, vas a sacar diez. Oye, Pablito…
—¿Mande?
Diego buscó las palabras. Quería prometerle que todo estaría bien, pero no quería mentirle.
—Quiero que sepas que tú y yo somos un equipo. Como Batman y Robin. ¿Ok? Pase lo que pase, siempre vamos a estar juntos.
Pablito lo miró curioso, detectando la seriedad en la voz de su padre.
—¿Pase lo que pase?
—Pase lo que pase. Aunque se caiga el cielo, yo te sostengo.
El niño sonrió y dejó la tablet a un lado. Se acercó y abrazó a Diego.
—Te quiero, papá.
—Y yo a ti, mijo. Más que a nada en el mundo.
Diego se quedó ahí hasta que Pablito se durmió. Observó su respiración tranquila, su pecho subiendo y bajando.
Ese niño era su motor. Marina podía quedarse con los muebles, con las joyas, con el estatus social. Pero a su hijo no se lo iba a quitar. Sobre su cadáver.
Salió de la habitación con paso firme.
Fue a la sala. Marina ya estaba ahí, viendo una serie en Netflix, con una mascarilla facial puesta.
—¿Ya se durmió? —preguntó sin voltear.
—Ya.
—Oye, estaba pensando… si no hay dinero para la camioneta, a lo mejor podríamos vender el departamento y comprar una casa más grande en preventa. Víctor, el amigo de Sandra que es asesor inmobiliario, dice que hay unas oportunidades buenísimas en Carretera Nacional. Podríamos invertir ahí.
Diego se detuvo detrás del sofá. La audacia de esta mujer no tenía límites. Ahora quería que vendiera el departamento (su único bien propio) para meter el dinero en una “inversión” recomendada por el mismísimo amante. Querían licuar su patrimonio para hacerlo líquido y luego robárselo. Era un plan maquiavélico. Brillante, si no fuera tan perverso.
Diego sintió una calma fría. Ya no había dolor. Solo había una partida de ajedrez que tenía que ganar.
—Suena interesante —dijo Diego con voz neutral—. Dile a ese tal Víctor que nos mande la información. Lo checamos.
Marina giró la cabeza tan rápido que casi se le cae la mascarilla.
—¿En serio?
—Claro. Hay que ver opciones. Si es buen negocio, ¿por qué no?
Marina sonrió. Una sonrisa de triunfo. Creyó que había ganado. Creyó que el “imbécil confiado” había caído en la trampa.
—¡Perfecto! Le digo a Sandra que le diga.
—Haz eso.
Diego se dirigió a la recámara.
—Me voy a dormir, estoy muerto. Descansa.
Se acostó en su lado de la cama, en la oscuridad. Escuchó a Marina tecleando furiosamente en su celular en la sala. Seguramente avisándole a Víctor: “¡Ya cayó! Va a vender el depa”.
Diego cerró los ojos, pero no durmió.
—Ríete, Marina —pensó—. Ríete hoy. Porque acabas de cometer el peor error de tu vida: invitaste al lobo a cenar y creíste que era una oveja.
Mañana empezaba la fase dos del plan: La recolección de pruebas. Iba a dejar que ellos se confiaran. Iba a darles cuerda, mucha cuerda. La suficiente para que, cuando llegara el momento, se ahorcaran ellos solos.
Diego sonrió en la oscuridad. Una sonrisa que no llegó a sus ojos.
La guerra había comenzado, y él tenía la ventaja del terreno.
Capítulo 3: El Arte de la Guerra Doméstica
Los días siguientes en la casa de Diego se transformaron en una puesta en escena digna de un premio de la Academia. El aire acondicionado central mantenía el departamento a unos frescos 22 grados, pero la tensión invisible que flotaba entre las paredes de mármol y yeso hacía que el ambiente se sintiera sofocante, denso, cargado de una electricidad estática que erizaba la piel.
Diego se despertaba cada mañana con una sensación de irrealidad. Abría los ojos y lo primero que veía era la espalda de Marina. Su respiración era tranquila, rítmica. Parecía un ángel dormido. “¿Cómo puede dormir así?”, se preguntaba Diego, sintiendo un nudo en el estómago. “¿Cómo puede descansar tan plácidamente sabiendo que está desmantelando la vida del hombre que duerme a su lado?”.
La rutina matutina se convirtió en su campo de entrenamiento.
—Buenos días, amor —decía ella, dándose la vuelta y estirándose como una gata satisfecha.
—Buenos días —respondía Diego, forzando una sonrisa que le dolía en los músculos de la cara—. ¿Qué tal dormiste?
—Ay, delicioso. Soñé que estábamos en la playa. ¿Te acuerdas de Cancún? Deberíamos ir en diciembre.
Diego asentía mientras se ponía los calcetines.
—Estaría bien. A ver cómo andamos de lana para esas fechas.
Esa frase, “a ver cómo andamos de lana”, se había convertido en su mantra, su escudo y su arma. Cada vez que la pronunciaba, veía un micro-gesto en la cara de Marina: una contracción en la comisura de los labios, un parpadeo rápido. Era la impaciencia. La codicia frustrada.
—Por cierto, Diego —dijo Marina ese jueves, mientras le servía un plato de machacado con huevo que olía sospechosamente delicioso (llevaba meses sin cocinarle algo tan elaborado)—. Hablé con Sandra. Ya tiene los datos de la inversión que te dije. Dice Víctor que es una oportunidad única, de esas que se van volando. Son unos terrenos en preventa por la Carretera Nacional, zona de alta plusvalía.
Diego masticó despacio. La trampa estaba puesta. Querían que vendiera el departamento (su activo seguro) para meter el dinero en una “preventa” fantasma o a nombre de un fideicomiso turbio controlado por ellos.
—Suena bien —dijo Diego, limpiándose la boca con la servilleta—. Dile que me mande la corrida financiera y los planos. Yo los reviso.
—Ay, Diego, tú y tus revisiones. Confía un poco. Víctor es un experto.
—Soy ingeniero, Marina. Yo no compro aire. Necesito ver papeles. Si el negocio es tan bueno como dices, los papeles hablarán solos.
Marina bufó, pero no insistió. Sabía que presionar demasiado al “Ingeniero Meticuloso” podía ser contraproducente.
—Está bien. Le digo que te mande todo. Pero apúrate, porque hay lista de espera.
—Sí, sí. No te preocupes.
Diego salió de casa con el maletín en la mano y el corazón latiendo a mil por hora. No iba a la oficina. Hoy tenía una cita diferente. Una cita que lo llevaría a los bajos fondos de la verdad.
El despacho del Investigador Privado Mendoza no estaba en un edificio de cristal en San Pedro, ni tenía recepcionista bilingüe. Estaba en el segundo piso de un edificio viejo en el centro de Monterrey, cerca de la Macroplaza, encima de una óptica que parecía cerrada desde los años 90.
Roberto, su abogado, se lo había advertido: “Mendoza no es bonito, pero es efectivo. Fue ministerial diez años hasta que se hartó de la corrupción (o la corrupción se hartó de él, nunca queda claro). Es un sabueso”.
Diego subió las escaleras estrechas que olían a humedad y cigarro barato. Tocó una puerta de madera con el vidrio esmerilado que decía “Consultoría de Seguridad Integral”.
—Pásale, está abierto —rugió una voz desde adentro.
Mendoza era un tipo bajo, robusto, con la piel curtida por el sol y un bigote que parecía una brocha de alambre. Estaba sentado detrás de un escritorio metálico lleno de papeles, ceniceros y una computadora que zumbaba como una turbina de avión.
—Siéntese, Inge. El Licenciado Salinas me contó su bronca —dijo Mendoza sin preámbulos, señalando una silla de plástico.
—Gracias —Diego se sentó, sintiéndose fuera de lugar con su camisa de marca y su reloj caro—. Pues sí, necesito…
—Necesita saber si la señora le pone el cuerno y con quién, pa’ pronto —interrumpió Mendoza, encendiendo un cigarro—. No le demos vueltas. Aquí vienen veinte como usted a la semana. La historia siempre es la misma: la doña se aburre, aparece un vato listo, y el marido es el último en enterarse.
La crudeza de Mendoza fue como una bofetada, pero extrañamente reconfortante. Ahí no había máscaras. Era la realidad pura y dura.
—Así es —admitió Diego—. Pero no es solo el cuerno. Quieren quitarme todo. El departamento, mi dinero…
—Ah, entonces es de las vivas —Mendoza asintió, soltando el humo por la nariz—. Esas son las peores. Y las mejores para mí, porque siempre dejan rastro. La ambición las hace descuidadas.
Mendoza sacó una libreta y una pluma.
—Datos. Nombre completo de ella, rutinas, carro que maneja, placas. Nombre del sospechoso si lo tiene.
—Marina Garza. Maneja una Honda CR-V blanca, placas RTY-456. El tipo se llama Víctor… no sé el apellido, pero es amigo de una tal Sandra, la mejor amiga de mi esposa.
—Víctor… amigo de Sandra… —Mendoza anotó garabatos rápidos—. Ok. ¿Tiene acceso al celular de ella?
—No, le cambió la clave hace meses.
—¿Computadora? ¿Tablet?
—Tenemos un iPad en la casa que usamos todos. Está vinculada a su cuenta de iCloud, creo.
Los ojos de Mendoza brillaron.
—Ahí está la mina de oro, Inge. Si está vinculada, las fotos y a veces los mensajes se sincronizan. Pero eso lo checa usted. Yo me encargo de la calle.
—¿Qué va a hacer?
—Seguimiento 24/7. Le pongo cola desde que sale de su casa. Fotos, video, bitácora de entradas y salidas. Si entran a un motel, tengo foto de las placas. Si se besan en el parque, tengo foto con zoom. Usted quiere pruebas para el juez, yo le doy una película en 4K.
Diego sintió un escalofrío. Estaba contratando a alguien para cazar a su esposa como si fuera una criminal.
—¿Cuánto? —preguntó.
Mendoza escribió una cifra en un papel y se lo deslizó. Era caro. Muy caro.
—Mitad por adelantado, mitad al entregar el paquete. Gastos de operación aparte (gasolina, viáticos si salen de la ciudad).
Diego no regateó. Sacó un sobre con efectivo que había retirado poco a poco durante la semana.
—Empiece hoy.
Esa noche, Diego puso en marcha la parte digital de la operación.
Esperó a que Marina se durmiera. Eran las 11:30 PM. Ella había estado especialmente pegada al celular toda la tarde, sonriendo a la pantalla con esa sonrisita boba que Diego ahora identificaba como “modo Víctor”.
—Voy a leer un rato en la sala, no tengo sueño —le dijo Diego.
—Ok, apaga la luz cuando vengas —murmuró ella, ya medio dormida.
Diego fue a la sala, se sirvió un whisky doble (lo necesitaba) y tomó el iPad familiar que estaba cargándose en la cocina. Se sentó en el sofá, con el corazón en la garganta.
La pantalla se iluminó. Pidió el código.
“0510”. El cumpleaños de Pablito.
Se desbloqueó.
Diego fue directo a la aplicación de “Fotos”.
El flujo de imágenes empezó a cargar. Al principio, todo era normal: fotos de Pablito, capturas de pantalla de recetas, selfies de Marina en el espejo del baño.
Pero Diego hizo scroll hacia arriba, retrocediendo en el tiempo.
Y entonces, las vio.
Una foto en un restaurante que no conocía. Marina brindando con una copa de vino, y en el borde de la foto, una mano masculina con un reloj dorado y vello oscuro.
“¿Quién toma la foto?”, pensó Diego.
Siguió bajando.
Una selfie en un coche que no era la CR-V. Asientos de piel color camello. Marina mandando un beso a la cámara.
Y luego, una captura de pantalla de una conversación de WhatsApp. Marina la había guardado, quizás por error, quizás como un trofeo sentimental.
El contacto estaba guardado como “Gestor Inmobiliario”.
Diego amplió la imagen.
Gestor Inmobiliario: “Ya quiero tenerte aquí, hermosa. Se me hace eterno esperar.”
Marina: “Aguanta, bebé. Ya casi. El tonto de Diego ya mordió el anzuelo de los terrenos. En cuanto venda el depa, el dinero es nuestro.”
Gestor Inmobiliario: “Eres una diabla. Me encantas. ¿Cuándo nos vemos? Necesito quitarte el estrés.”
Marina: “Mañana. Digo que voy al súper y paso a tu depa. 11 am.”
Diego sintió que el whisky se le convertía en ácido en el estómago. “El tonto de Diego”.
Ahí estaba la confirmación escrita. No era paranoia. No era un malentendido. Era una conspiración.
Su esposa, la mujer con la que compartía la cama, lo llamaba “tonto” mientras planeaba despojarlo de su patrimonio con un amante al que llamaba “bebé”.
Diego siguió buscando. Encontró más. Encontró notas de voz en la carpeta de “Archivos”.
Se puso los audífonos. Sus dedos temblaban al darle play.
La voz de Marina llenó sus oídos, clara, nítida, cruel.
—…ay, Sandra, no sabes. Ayer Diego llegó queriendo hacerse el romántico. Me dio un asco… tuve que decirle que me dolía la cabeza. Ya no lo soporto. Huele a obra, huele a pobre. Ya quiero estar con Víctor, que huele a Carolina Herrera.
Diego se quitó los audífonos bruscamente y los arrojó al sofá.
“Huele a pobre”.
Él, que le pagaba las tarjetas, los viajes, la ropa. Él, que trabajaba 12 horas diarias bajo el sol.
Se levantó y caminó hacia el ventanal que daba a la ciudad iluminada. Las luces de Monterrey parpadeaban indiferentes a su dolor.
—Huele a pobre —repitió en voz baja.
Miró sus manos. Manos de ingeniero. Manos que habían construido puentes y edificios. Manos honestas.
—Prefiero oler a obra que a mierda, Marina —dijo al cristal frío.
Hizo lo que tenía que hacer. Con frialdad quirúrgica, se envió todas las fotos y capturas de pantalla a un correo secreto que había creado. Borró el historial de envío, cerró las aplicaciones y dejó el iPad exactamente donde estaba.
Regresó a la cama. Se acostó junto a ella.
Escuchó su respiración.
Por un segundo, tuvo el impulso de tomar la almohada y presionarla sobre su cara. Borrar esa respiración hipócrita.
El pensamiento lo asustó. Él no era eso. Él no era un asesino.
“No”, se dijo. “Eso sería demasiado fácil para ella. La cárcel o la muerte son salidas rápidas. Yo quiero que viva. Quiero que viva y vea cómo pierde todo. Quiero que vea cómo el ‘tonto’ la deja en la calle sin un centavo”.
Tres días después, el celular de Diego vibró en medio de una supervisión de colado.
Era Mendoza.
—Inge. Tengo el premio gordo.
—¿Qué tienes? —preguntó Diego, alejándose del ruido de la revolvedora de cemento.
—Salieron hoy a las 10:30. Ella pasó por él a un departamento en la zona Tec. De ahí se fueron rumbo a la Carretera Nacional.
—¿A ver los terrenos? —preguntó Diego, pensando que quizá la coartada tenía algo de verdad.
Mendoza soltó una carcajada seca, rasposa.
—No, Inge. A menos que los terrenos estén adentro del Motel Kyoto.
Diego cerró los ojos. El Kyoto. Un motel temático famoso en la salida de la ciudad.
—¿Entraron?
—Entraron, pagaron habitación con jacuzzi y se quedaron tres horas. Tengo video de la entrada, video de la salida, y unas fotos preciosas de ellos dos besándose en el coche antes de que él se bajara. Se ven claritas las caras. El tipo es un moreno, alto, medio mamón, trae un BMW viejón serie 3.
—Ese es Víctor —confirmó Diego.
—El material está listo. ¿Se lo mando o nos vemos?
—Nos vemos. Quiero los originales y las copias. Todo.
—Paso a su oficina a las 6. Tenga listo el resto de la lana.
Esa tarde, cuando Mendoza le entregó el sobre manila, Diego sintió que pesaba una tonelada.
Abrió el sobre en la soledad de su despacho.
Ahí estaban. Fotos de alta resolución tomadas con teleobjetivo.
Marina riendo en el asiento del copiloto. Víctor agarrándole la cara con posesión. El coche entrando bajo el arco japonés del motel.
Era pornográfico, no por la desnudez (que no había), sino por la intimidad robada. Esa risa de Marina… era la risa que él no veía hace años. Una risa de complicidad, de aventura.
Se la estaba regalando a otro hombre.
Diego guardó las fotos en su caja fuerte.
Ya tenía el arma. Ahora solo faltaba jalar el gatillo.
Pero Roberto, el abogado, le había dicho: “Espera al momento perfecto. No dispares hasta que tengas el tiro de gracia asegurado”.
El tiro de gracia no era el divorcio. El tiro de gracia era dejarlos sin un peso.
Ese fin de semana, la tensión llegó a su punto de quiebre con algo aparentemente trivial.
Era sábado por la tarde. Diego estaba en la sala revisando unos planos (o fingiendo hacerlo), mientras Pablito intentaba armar un set de Lego complejo en la mesa de centro.
Marina estaba en el sillón, absorta en su celular, tecleando furiosamente.
—Mamá —dijo Pablito—. Mamá, ayúdame. No encuentro la pieza gris.
Marina ni se inmutó. Sus dedos volaban sobre la pantalla.
—Mamá —insistió el niño, levantando la voz un poco.
—¡Ay, Pablo! —gritó Marina de repente, bajando el teléfono con violencia—. ¡Qué latoso estás! ¿No ves que estoy ocupada resolviendo cosas importantes de la casa? ¡Busca la pieza tú, no seas inútil!
El grito resonó en la sala. Pablito se encogió, sus ojos llenándose de lágrimas. Se quedó quieto, con la pieza de Lego en la mano, temblando.
Diego sintió una furia negra, volcánica.
Se levantó despacio. Dejó los planos en la mesa.
Caminó hacia Marina. Ella lo vio venir y, por primera vez, vio algo en los ojos de Diego que le dio miedo. Un destello de peligro.
—No le vuelvas a gritar así —dijo Diego en voz muy baja, casi un susurro.
—Es que me desespera, Diego. Estoy estresada con lo de la camioneta y la venta del depa, y él solo molesta…
—Él no molesta. Él es tu hijo —la cortó Diego, acercándose más. Invadiendo su espacio personal—. Y tú no estás “resolviendo cosas de la casa”. Estás chateando.
Marina se puso pálida. Escondió el celular detrás de un cojín.
—Estaba… estaba hablando con mi mamá.
—No me mientas, Marina. No me mientas en mi cara.
Hubo un silencio tenso. Pablito miraba de uno a otro, asustado.
Diego se dio cuenta de que estaba a punto de perder el control. Estaba a punto de sacar las fotos y gritárselo todo ahí mismo. Pero miró a su hijo. Pablito no merecía presenciar esa guerra nuclear. No hoy.
Diego respiró hondo. Cerró los ojos un segundo y volvió a ponerse la máscara del “Ingeniero Calmado”.
Se giró hacia Pablo.
—Ven, campeón. Trae tus Legos. Vámonos a mi estudio. Ahí hay más luz y yo te ayudo a buscar la pieza.
—Sí, papá —dijo Pablito, recogiendo sus juguetes rápidamente, feliz de escapar de la órbita de su madre.
Diego tomó al niño de la mano y se lo llevó, dejando a Marina sola en la sala, con el celular en la mano y el corazón latiendo rápido.
Ella sabía que algo había cambiado. Diego ya no era el mismo. Pero su arrogancia era tal que pensó: “Seguro está estresado por el dinero. Pobre diablo. Ya falta poco para dejarlo”.
No sabía que el “pobre diablo” acababa de decidir la fecha de su ejecución.
En el estudio, Diego ayudó a Pablito a terminar la nave espacial de Lego.
—Quedó perrona, ¿no, pa? —dijo el niño, sonriendo.
—Quedó increíble, mijo.
Diego miró a su hijo. “Voy a sacarte de aquí”, pensó. “Te voy a sacar de esta casa tóxica antes de que ella te rompa más”.
Esa noche, Diego llamó a Roberto.
—Tengo las fotos. Tengo los mensajes. Tengo el audio.
—Excelente, Inge. ¿Estás listo para proceder?
—Todavía no. Falta una cosa.
—¿Qué?
—La trampa final. Quieren que venda el departamento, ¿verdad? Pues les voy a dar gusto. O al menos, voy a hacerles creer que les doy gusto.
—¿Qué vas a hacer, Diego? —preguntó Roberto con curiosidad.
—Voy a citar al tal Víctor. Quiero conocerlo. Quiero estrechar la mano del hombre que se está acostando con mi esposa. Y quiero hacerlo enfrente de ella.
—Eso es arriesgado, Diego. Puede salirse de control.
—No se va a salir de control. Porque voy a llevar una propuesta que no van a poder rechazar. Una propuesta que va a hacer que se quiten las máscaras por completo.
—Ten cuidado, amigo. Estás jugando con fuego.
—No, Roberto. Yo soy el fuego. Ellos son los que se van a quemar.
Diego colgó. Se sirvió otro whisky.
Miró el calendario. Faltaban tres días para el cumpleaños de Marina.
—Qué regalo te voy a dar, mi amor —murmuró al vacío—. Un regalo inolvidable.
Al día siguiente, domingo, Diego se levantó temprano y preparó café. Cuando Marina apareció en la cocina, con ojeras y de mal humor, Diego la recibió con una sonrisa brillante.
—Amor, estuve pensando toda la noche.
—¿En qué? —preguntó ella, desconfiada.
—En lo de los terrenos. Tienes razón. Hay que arriesgarse. Hay que invertir.
Los ojos de Marina se iluminaron como árboles de Navidad.
—¿En serio, Diego? ¡Qué bueno! ¡No te vas a arrepentir!
—Pero tengo una condición.
—¿Cuál?
—Quiero conocer a Víctor. Personalmente. Quiero que venga a cenar aquí, a la casa. Quiero que me explique el negocio cara a cara. Si me convence, firmo la venta del departamento esa misma noche.
Marina dudó un segundo. ¿Llevar a su amante a cenar con su marido? Era peligroso. Era perverso.
Pero luego pensó en el dinero. En los millones de la venta del departamento.
Y pensó en Diego, el “imbécil confiado”.
“Seguro quiere hacerse el importante, el hombre de negocios”, pensó ella. “No va a notar nada. Víctor es muy listo, sabrá manejarlo”.
—¡Me parece perfecto! —dijo Marina, dándole un beso en la mejilla, el primero sincero en meses, aunque fuera motivado por la codicia—. Le digo que venga el martes.
—El martes está bien —dijo Diego—. Prepara algo rico. Va a ser una noche… interesante.
Diego vio cómo ella corría al baño a mandarle mensaje a Víctor.
Se quedó solo en la cocina, tomando su café negro.
La trampa estaba puesta. El ratón había mordido el queso. Ahora solo faltaba que la guillotina cayera. Y Diego tenía la mano en la cuerda.
Capítulo 4: El Invitado de Honor
El martes llegó con una pesadez atmosférica propia de Monterrey antes de una tormenta. El cielo estaba de un color gris metálico, cargado de nubes bajas que amenazaban con soltar un aguacero sobre la Sierra Madre, pero que solo lograban aumentar la humedad hasta hacerla insoportable.
Diego se tomó el día libre en la obra. Le dijo a Don Beto que tenía trámites notariales. No era mentira, técnicamente. Estaba preparando la notaría de su propia justicia.
Lo primero que hizo fue sacar a Pablito de la zona de guerra.
—Campeón, hoy te vas a quedar con los abuelos en San Nicolás. Tu abuela te va a hacer asado de puerco.
—¡Súper! —gritó Pablito, feliz. El niño adoraba la casa de los padres de Diego. Allí no había cojines de seda que no se podían tocar ni regaños por hacer ruido. Había un patio grande con un perro viejo llamado “Duque” y un abuelo que le enseñaba a usar herramientas.
Al dejar a su hijo en esa casa sencilla, de fachada de piedra y rejas blancas, Diego sintió un alivio inmenso. Abrazó a su madre con fuerza.
—¿Estás bien, mijo? Te sientes tenso —le dijo ella, con ese radar infalible que tienen las madres mexicanas.
—Todo bien, amá. Solo mucho trabajo. Cuídenmelo mucho hoy. No quiero que regrese a la casa hasta mañana.
—Claro que sí. Aquí se queda. Tú tranquilo.
De regreso a San Pedro, el contraste fue brutal. De la calidez de hogar real de sus padres, pasó a la frialdad de museo de su propio departamento.
Marina estaba en un frenesí de actividad. Había contratado a una señora extra para la limpieza profunda. Había flores frescas en la mesa. El aroma a Lilies y a cera para muebles llenaba el aire.
—Diego, qué bueno que llegas. Necesito que vayas por el vino. Víctor dice que le gusta el Cabernet Sauvignon, algo con cuerpo.
—Ah, mira. Tiene buen paladar el licenciado —dijo Diego con una sonrisa gélida—. No te preocupes. Yo traigo el mejor vino que encuentre. Uno que no se le olvide nunca.
Fue a la vinoteca y compró dos botellas de Casa Madero Gran Reserva. Caras. Muy caras.
“La última cena de Cristo tuvo vino”, pensó Diego mientras pagaba. “La última cena de Víctor también lo tendrá”.
Regresó a casa y se metió a bañar. Se vistió con calma deliberada. Eligió una camisa blanca, impecable, y un pantalón de vestir gris. Quería verse como lo que era: el dueño de la casa. El patrón.
Se miró al espejo y ensayó su cara de póker.
—Hoy no eres Diego el esposo dolido. Hoy eres Diego el tiburón —se dijo.
A las 7:55 PM, el timbre sonó.
Marina corrió a la puerta, pero se detuvo antes de abrir para alisarse el vestido. Llevaba un vestido azul rey, ceñido, con un escote “discreto” pero sugerente. Se había maquillado como para una boda.
—Abre tú, amor. Yo estoy terminando con la ensalada —mintió, corriendo a la cocina para no verse ansiosa.
Diego caminó hacia la puerta. Sus pasos resonaban en el mármol.
Abrió.
Ahí estaba.
Víctor.
Era tal como salía en las fotos de Mendoza, pero en vivo la arrogancia era casi una entidad física. Alto, moreno, con el cabello engominado hacia atrás en un estilo “mirrey” perfecto. Llevaba una camisa desabotonada hasta el segundo botón, mostrando una cadena de oro, saco azul marino y mocasines sin calcetines.
Despedía un olor a loción Carolina Herrera tan fuerte que casi hizo toser a Diego. “Huele a rico”, había dicho Marina en el audio. A Diego le olió a barato disfrazado de caro.
—¿Qué tal? Buenas noches —dijo Víctor, extendiendo la mano con una sonrisa de comercial de pasta de dientes—. Víctor Montemayor. Un gusto.
Diego le estrechó la mano. Apretó. Apretó fuerte. Sintió los huesos de la mano de Víctor crujir levemente bajo su agarre de ingeniero acostumbrado a cargar varilla.
Víctor hizo una mueca de dolor imperceptible, pero mantuvo la sonrisa.
—Diego. Pásale. Estás en tu casa.
—Gracias, gracias. Bonito departamento. Muy… acogedor.
—Sí. Me costó mucho trabajo. Cada ladrillo.
Marina salió de la cocina, fingiendo sorpresa.
—¡Víctor! Qué bueno que llegaste.
—Marina, guapísima como siempre —dijo Víctor, dándole un beso en la mejilla que duró un segundo más de lo socialmente aceptable. Diego vio cómo la mano de Víctor rozaba la cintura de su esposa.
En otro momento, habría sentido celos. Ahora solo sentía asco. Era como ver a dos actores de tercera categoría tratando de interpretar a Shakespeare.
—Siéntate, por favor. ¿Te sirvo algo? —ofreció Diego, asumiendo el rol de anfitrión perfecto.
—Un whisky estaría bien, si tienes.
—Tengo Macallan. ¿Te sirve?
—Uff, hombre de gustos finos. Me encanta.
Se sentaron en la sala. La tensión era palpable, al menos para Diego. Marina y Víctor, en su burbuja de narcisismo, creían que todo iba sobre ruedas.
—Y cuéntame, Víctor —dijo Diego, sirviendo los tragos—. Marina me dice que eres un experto en bienes raíces. Que tienes “visión”.
Víctor se acomodó en el sofá, cruzando la pierna y agitando su vaso para que los hielos tintinearan.
—Pues sí, Diego. Llevo diez años en el ramo. Mi especialidad es detectar oportunidades antes de que el mercado las vea. La plusvalía es mi segundo nombre —se rió de su propio chiste. Marina soltó una risita nerviosa y aduladora.
—Interesante. Detectar oportunidades… o sea, tomar lo que otros no ven valorado y sacarle provecho.
—Exacto. Así funciona el mundo, ¿no? El que pestañea pierde.
—Cierto. El que pestañea pierde —repitió Diego, mirándolo fijamente a los ojos—. Y dime, ¿cómo conociste a mi esposa? Tengo curiosidad. Marina dice que por Sandra.
—Eh… sí, sí. En una reunión de ex-alumnos, creo. Sandra nos presentó. Marina tiene un gran ojo para la decoración, y yo siempre busco talento para mis desarrollos. Hemos platicado de… negocios.
—Negocios. Claro. Marina es muy talentosa. A veces se le da por redecorar vidas ajenas.
Marina intervino rápido, notando el filo en la voz de Diego.
—Bueno, ¿pasamos a cenar? La carne se va a enfriar.
La cena fue un espectáculo grotesco. Diego había asado unos cortes Rib Eye de pulgada y media. La carne estaba roja, sangrante.
Se sentaron a la mesa. Diego en la cabecera. Marina a su derecha. Víctor a su izquierda.
El sonido de los cuchillos cortando la carne y raspando la porcelana llenaba los silencios.
—Está buenísima la carne, Diego. Te quedó en su punto —dijo Víctor con la boca medio llena.
—Gracias. El secreto es el fuego. Hay que saber controlar el fuego para que no te queme, pero que cocine bien por dentro. Si te descuidas, te incendia todo.
—Filosófico el Inge —bromeó Víctor, guiñándole un ojo a Marina.
Diego sirvió el vino. El líquido rojo oscuro llenó las copas de cristal.
—Brindemos —dijo Diego, levantando su copa—. Por las oportunidades. Por los nuevos comienzos. Y por la lealtad.
Víctor y Marina chocaron sus copas.
—Salud —dijeron al unísono.
Bebieron. Diego notó cómo a Marina le temblaba ligeramente la mano. Quizás su instinto le estaba gritando que algo andaba mal, pero su ambición la ensordecía.
—Bueno —dijo Diego, dejando la copa sobre la mesa con un golpe seco—. Vamos a lo que venimos. Marina dice que tienes una propuesta para mí. Que me conviene vender este departamento para invertir en tu desarrollo en Carretera Nacional.
Víctor se limpió la boca, adoptando su postura de “vendedor estrella”.
—Así es, Diego. Mira, te explico. Este departamento está bien, buena zona, pero ya es viejo. La tubería, la instalación eléctrica… eso devalúa. El mercado está migrando al sur. Carretera Nacional es el nuevo San Pedro. Tengo unos lotes en preventa en “Residencial Cumbres del Valle” (un nombre genérico y rimbombante). Si vendes esto ahora, líquidas, metes el capital allá, y en dos años duplicas tu inversión. Con esa lana te compras dos como este.
—Suena mágico —dijo Diego, inexpresivo.
—Es matemático, Diego. No mágico.
—Enséñame los papeles.
Víctor sacó una carpeta de piel de su maletín y extrajo un bonche de documentos y folletos brillantes con renders de casas que parecían sacadas de Pinterest.
Diego tomó los papeles. Se puso sus lentes de lectura.
El silencio volvió a la mesa mientras Diego leía.
Marina y Víctor intercambiaban miradas. Marina le hacía señas de “¿Qué piensa?”, Víctor se encogía de hombros como diciendo “Ya cayó”.
Diego, con su ojo entrenado, detectó las fallas en tres minutos.
- El terreno estaba en una zona no urbanizable según el plan municipal.
- El contrato era una cesión de derechos fiduciarios, no una escritura directa. Riesgoso.
- La empresa desarrolladora tenía una dirección fiscal en un lote baldío (Diego conocía la calle).
Era una estafa. O al menos, un negocio de altísimo riesgo diseñado para sacar dinero rápido y desaparecer. Víctor probablemente se llevaría una comisión gigante y dejaría a Diego con un papel sin valor. Y Marina… Marina era tan tonta que ni siquiera se daba cuenta de que Víctor la estaba estafando a ella también. Pensaba que se quedaría con el dinero, pero Víctor seguramente tenía planes de huir solo.
Diego cerró la carpeta despacio. Se quitó los lentes.
Miró a Víctor. Luego a Marina.
Sonrió.
—Es brillante —dijo Diego.
Marina soltó el aire que tenía contenido.
—¿Verdad que sí, amor? Te lo dije. Víctor sabe.
—Sí. Es una estructura financiera muy… creativa.
—Entonces, ¿le entras? —preguntó Víctor, sacando una pluma Montblanc (probablemente falsa) de su saco.
Diego se recargó en la silla, cruzando los brazos.
—Tengo una duda, Víctor. Una duda técnica.
—Dime, Inge. Para eso estoy.
—En este esquema, si vendo el departamento… ¿dónde vamos a vivir Marina, Pablito y yo mientras se construye la casa nueva? Porque el contrato dice entrega en 24 meses. Son dos años.
Víctor tenía la respuesta ensayada.
—Ah, eso es lo mejor. Con el excedente de la venta, rentan algo temporal. Algo más chico, más manejable. Y ese dinero de la renta ya está factorizado en la ganancia final. Es un sacrificio pequeño por una ganancia mayor.
—Ya veo. Sacrificio. O sea, quieres que saque a mi hijo de su casa, de su escuela, lo meta en un departamento rentado, para darte mi capital a ti… basado en una promesa de un terreno que, por lo que veo en el plano catastral, está en zona de riesgo de inundación.
La sonrisa de Víctor vaciló por primera vez.
—¿Cómo? No, no, el estudio hidrológico está aprobado…
—No me quieras ver la cara, Víctor —lo cortó Diego, pero con voz suave—. Conozco esa zona. Hice un estudio de suelos ahí hace tres años. Es lecho de río. Ahí no se puede construir legalmente.
Marina se puso pálida.
—Diego, ¿qué estás diciendo? Víctor dijo que todo estaba en orden.
—Víctor dice muchas cosas, Marina —Diego giró la cabeza hacia ella—. Víctor dice que es un experto. Víctor dice que el departamento es viejo. Víctor dice que “el que pestañea pierde”.
El ambiente cambió drásticamente. La temperatura en la sala pareció bajar diez grados. Víctor dejó de sonreír. Se dio cuenta de que el “Ingeniero Aburrido” no era tan tonto.
—Mira, Diego, si no te interesa el negocio, no hay problema. Hay lista de espera. Solo trataba de hacerles un favor por la amistad con Marina.
—¿Amistad? —Diego soltó una carcajada corta y seca—. Esa es una palabra interesante. “Amistad”.
Diego se levantó de la mesa. Caminó hacia el trinchador donde tenía su portafolio.
—Sabes qué, Víctor. Tienes razón en algo. El departamento ya no es lo que era. Tiene malas vibras. Tiene… termitas.
Regresó a la mesa con un sobre amarillo manila en la mano.
—Estaba indeciso. Me costaba mucho soltar mi patrimonio. Pero tu visita me ha aclarado todo. Me has convencido de que es hora de cerrar ciclos.
Marina lo miraba con esperanza renovada. ¿Iba a firmar? ¿A pesar de lo del río? “Es tan estúpido que va a firmar igual para no quedar mal”, pensó ella.
Diego puso el sobre sobre la mesa, frente a Víctor.
—Aquí está mi contrapropuesta.
—¿Qué es esto? —preguntó Víctor, desconfiado.
—Es un estudio de mercado más detallado. Sobre ti. Y sobre mi esposa.
Víctor frunció el ceño. Abrió el sobre.
Marina estiró el cuello para ver.
Víctor sacó el contenido.
No eran planos. No eran cheques.
Eran fotos.
La primera foto era de ellos dos en el restaurante, brindando.
La segunda, el beso en el coche.
La tercera, la entrada al Motel Kyoto con la fecha y hora estampada en neón digital: Jueves 14 de Agosto, 10:42 AM.
El silencio que siguió fue absoluto. Fue un vacío en el tiempo.
Víctor se quedó mirando la foto como si fuera un objeto alienígena. Su bronceado de cama solar desapareció, dejando una piel grisácea.
Marina soltó un jadeo ahogado. Se llevó las manos a la boca. Sus ojos saltaban de las fotos a la cara de Diego, aterrorizados.
Diego se volvió a sentar, con calma, tomó su copa de vino y le dio un sorbo largo, saboreando el Casa Madero y el pánico de sus comensales.
—Bonito coche, Víctor —dijo Diego conversacionalmente—. BMW Serie 3, modelo 2015, ¿no? Ya le hace falta servicio, por cierto. Echa humo azul. Como tus negocios.
—Diego… esto… esto no es lo que parece —balbuceó Marina. Su voz era un hilo agudo y patético—. Te lo puedo explicar.
—¡Cállate! —rugió Diego. Fue la primera vez que alzó la voz. El grito fue tan potente que las copas vibraron. Marina se encogió en su silla como si la hubiera golpeado.
Diego recuperó la calma al instante.
—No me insultes más, Marina. Ya me insultaste bastante. “Imbécil confiado”. “Perrito faldero”. “Huele a obra”. ¿Te acuerdas? Yo sí. Lo tengo grabado. Tengo tu voz diciendo que me quieres dejar en la calle. Tengo tus mensajes con este payaso planeando cómo robarme.
Se giró hacia Víctor, quien estaba calculando la distancia a la puerta.
—Y tú. “Gestor Inmobiliario”. Eres un chiste. Investigué tu cédula profesional. No existe. Eres un coyote. Un vividor que busca mujeres casadas aburridas para sacarles dinero.
Víctor intentó levantarse, tratando de recuperar algo de dignidad.
—Mira, Diego, no voy a permitir que me hables así. Me voy. Marina, vámonos.
Víctor miró a Marina, esperando que ella se levantara y lo siguiera.
Pero Diego habló de nuevo, con una voz suave y letal.
—Siéntate, Víctor. Todavía no terminamos el postre.
—No tengo por qué escucharte —dijo Víctor, abrochándose el saco con manos temblorosas.
—Si cruzas esa puerta ahorita —dijo Diego—, envío estas fotos y el expediente de tu fraude inmobiliario a tu esposa.
Víctor se congeló.
Marina levantó la vista, confundida.
—¿Esposa? —preguntó Marina en un susurro.
Diego sonrió. Esa era la cereza del pastel que Mendoza había encontrado el último día.
—Ah, ¿no sabías, Marina? Víctor es casado. Casado con una hija de un notario muy importante en San Pedro. Vive de su suegro. Si su suegro se entera de que anda estafando gente y metiéndose con mujeres baratas en moteles de paso, Víctor se queda sin BMW, sin casa y sin dientes.
Marina miró a Víctor con horror.
—¿Es verdad? —le preguntó.
Víctor no contestó. Su silencio y su cara de terror lo decían todo.
—Eres un desgraciado… —susurró Marina, dándose cuenta de que había dinamitado su matrimonio por un hombre que también le estaba mintiendo.
—¡Basta de dramas! —interrumpió Diego—. Aquí el único que habla soy yo.
Se puso de pie y caminó alrededor de la mesa, como un depredador rodeando a sus presas.
—Ustedes dos pensaron que podían jugar conmigo. Pensaron que podían venir a mi casa, comer mi carne, beber mi vino y robarme mi vida. Se equivocaron.
Diego se detuvo detrás de la silla de Marina. Puso sus manos sobre los hombros desnudos de ella. Ella tembló bajo su tacto.
—El departamento es mío. El dinero es mío. Pablo es mío.
Apretó los hombros de Marina con fuerza, no para lastimarla, sino para inmovilizarla.
—Mañana a primera hora, mi abogado va a presentar la demanda de divorcio por adulterio. Tengo pruebas para hundirte, Marina. Te voy a dejar sin un peso. Y a ti, Víctor… a ti te voy a dar una opción.
Víctor lo miró, sudando a chorros.
—¿Qué… qué opción?
—Firmas ahora mismo un documento que mi abogado preparó. Una confesión de que intentaste cometer fraude con la venta de estos terrenos. Y de que mantienes una relación con mi esposa. Si firmas, no le digo a tu suegro. Te dejo ir con tu patética vida intacta, siempre y cuando no te vuelva a ver cerca de mi familia. Si no firmas… bueno, tu suegro recibe el sobre mañana con el café.
Víctor no lo dudó ni un segundo.
—¿Dónde firmo?
—¡Víctor! —gritó Marina, incrédula—. ¿Me vas a traicionar así?
—¡Cállate, Marina! —le gritó Víctor—. ¡Tú me metiste en esto! Dijiste que tu marido era un idiota, que era pan comido. ¡Casi me arruinas la vida!
Diego sacó el documento y una pluma Bic barata (no merecía la Montblanc).
Víctor firmó con la mano temblorosa.
—Lárgate —dijo Diego al tomar el papel.
Víctor salió corriendo. Literalmente corriendo. Se escuchó la puerta principal azotarse y luego, segundos después, el rechinar de llantas de su BMW huyendo del edificio.
En el comedor, quedaron solo Diego y Marina.
Las velas se habían consumido hasta la mitad. La carne en el plato de Víctor estaba intacta, fría.
Marina estaba llorando. Un llanto feo, ruidoso, con el rímel corriéndose por las mejillas.
—Diego… por favor… no sabía que él era casado… me engañó… yo te amo a ti…
Diego la miró con una indiferencia que le dolió más que el odio.
—Guárdate las lágrimas, Marina. No me sirven.
Fue a la puerta y la abrió de par en par.
—Tienes 30 minutos para hacer una maleta y irte.
—¿A dónde voy a ir? Es de noche…
—No es mi problema. Vete con Sandra. Vete con tus papás. O vete al Kyoto, creo que tienen tarifa nocturna. Pero aquí no te quedas.
—¡Es mi casa! ¡Tengo derechos!
—Ya no. Perdiste tus derechos cuando metiste a ese parásito en nuestra cama. Y si no te vas en 30 minutos, llamo a la policía y les enseño el video de ti sacando dinero de mi cartera la semana pasada. Sí, también tengo video de eso. Puse cámaras, Marina. Te he estado viendo robarme hormiga por hormiga.
Marina se levantó tambaleándose. Miró a Diego una última vez, buscando algún rastro del hombre que la adoraba, del “imbécil confiado”.
Pero ese hombre ya no estaba. Solo quedaba el Ingeniero. Y el Ingeniero acababa de demoler el edificio que ya no servía.
—Te odio —susurró ella, con veneno puro.
—El sentimiento es mutuo —respondió Diego—. Tic, tac, Marina. 29 minutos.
Ella corrió a la recámara. Diego se sirvió otra copa de vino. Se sentó en el sofá, en medio del silencio recuperado de su hogar.
Escuchó el ruido de cajones, de cierres, de tacones apresurados.
Luego, el sonido de la maleta rodando por el pasillo.
La puerta se cerró.
El elevador bajó.
Diego se quedó solo.
Miró a su alrededor. El departamento estaba impecable, lujoso, vacío.
Dio un sorbo al vino. Sabía a victoria. Una victoria amarga, con sabor a ceniza y sangre, pero victoria al fin.
Sacó su celular y marcó un número.
—¿Bueno? —contestó su madre, adormilada.
—Amá, perdón por la hora. ¿Cómo está Pablo?
—Dormido como un tronco. ¿Tú estás bien?
Diego sonrió, y esta vez, la sonrisa llegó a sus ojos. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla.
—Sí, amá. Estoy bien. Por fin estoy bien. Ya se acabó la tormenta.
Capítulo 5: El Peso del Silencio y el Ruido de la Verdad
El miércoles amaneció con una claridad insultante. Después de la tormenta emocional de la noche anterior, el cielo de Monterrey se había despejado, dejando un azul intenso y un sol que a las siete de la mañana ya prometía quemar.
Diego abrió los ojos. Por primera vez en diez años, no escuchó la respiración de Marina a su lado. Extendió la mano por inercia hacia el lado izquierdo de la cama, pero solo encontró sábanas frías y perfectamente estiradas.
Se sentó en la cama. El silencio del departamento no era el silencio opresivo de los días anteriores, cargado de secretos y mentiras. Era un silencio limpio, casi quirúrgico. Un silencio que resonaba como un eco en una catedral vacía.
—Se acabó —dijo en voz alta. Su voz sonó extraña, ronca.
Se levantó y caminó hacia la sala. La escena de la “Última Cena” seguía ahí, congelada en el tiempo como una escena del crimen. Las copas de vino con los posos secos color granate, el plato de Víctor con la carne intacta y fría, la grasa solidificada alrededor del corte. La silla de Marina, empujada hacia atrás con violencia, tal como la había dejado al huir.
Diego sintió una punzada de tristeza, no por ella, sino por el proyecto de vida que había muerto en esa mesa. Recogió los platos mecánicamente, tiró la carne a la basura y lavó las copas. Mientras el agua jabonosa corría por sus manos, lavaba también los últimos rastros de su matrimonio.
No había tiempo para la melancolía. Hoy empezaba la guerra administrativa.
Se vistió rápido, se tomó un café negro de pie en la cocina y salió rumbo a casa de sus padres en San Nicolás. Necesitaba ver a Pablo. Necesitaba anclarse a lo único real que le quedaba.
El tráfico hacia San Nicolás fluía rápido. Al llegar, encontró a su madre regando las plantas del patio y a su padre leyendo El Norte en la mecedora.
—¡Papá! —gritó Pablito corriendo hacia él con la cara manchada de huevo con chorizo.
Diego lo cargó y lo abrazó con tanta fuerza que el niño se rio.
—Oye, pa, me estás aplastando.
—Perdón, campeón. Te extrañé.
Su madre, Doña Lupe, lo miró con preocupación. Dejó la manguera y se acercó secándose las manos en el delantal.
—¿Ya nos vas a contar qué pasó, mijo? Ayer te oí muy raro en el teléfono. Y Marina no ha venido por el niño, ni ha llamado.
Diego bajó a Pablo.
—Vete a jugar con el Duque un rato, mijo. Necesito hablar con los abuelos.
Cuando el niño se alejó corriendo tras el perro, Diego se sentó en el escalón del porche. Sus padres se acercaron.
—Marina y yo nos vamos a divorciar —soltó sin anestesia.
Su madre se llevó las manos a la boca. Su padre, Don Hilario, frunció el ceño, doblando el periódico con lentitud.
—¿Por qué, Diego? —preguntó su padre con voz grave—. ¿Pasó algo grave o son pleitos de dinero?
—Me fue infiel, papá. Con un tipo casado. Y no solo eso… planeaban quitarme el departamento y dejarme en la calle. Los descubrí. Anoche la corrí de la casa.
El silencio en el patio fue roto solo por el ladrido lejano del Duque. Doña Lupe se sentó junto a él y le puso una mano en el hombro. No dijo nada, pero Diego sintió el peso de su apoyo incondicional.
—Hiciste bien —dijo Don Hilario, tajante—. En esta familia no se toleran traiciones. ¿Y el niño?
—El niño se queda conmigo. Voy a pelear la custodia completa. Por eso necesito que me ayuden. Hoy tengo que ver al abogado y hacer trámites. Necesito que Pablo se quede aquí hasta que yo arregle la seguridad en la casa y en la escuela. No quiero que ella venga a hacer un escándalo frente a él.
—Aquí se queda —sentenció su madre—. Y si esa mujer se atreve a pararse aquí, se las va a ver conmigo.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, en un departamento mucho menos lujoso en la zona de Cumbres, Marina despertaba en el sofá de Sandra.
El despertar fue brutal. Tenía el cuello torcido, dolor de cabeza por el llanto y la boca pastosa. La luz del sol que entraba por la ventana sin cortinas le taladraba los ojos.
Por un segundo, pensó que estaba en su cama, en su casa. Pero el olor a tabaco frío y el ruido de la televisión encendida la trajeron de golpe a su nueva realidad.
—¿Ya despertaste, bella durmiente? —dijo Sandra, saliendo de la cocina con un cigarro en la mano y una taza de café—. Te ves del nabo, amiga.
Marina se sentó, sintiendo que la cabeza le daba vueltas.
—¿Qué hora es?
—Las diez. Oye, no es por ser mala onda, pero mi novio llega al rato y pues… no le late mucho tener visitas sorpresa. ¿Qué vas a hacer?
La “amistad incondicional” de Sandra tenía límites muy claros, y esos límites solían estar marcados por la conveniencia.
Marina sintió el pánico subir por su garganta. Agarró su celular. Tenía 5% de batería.
Marcó el número de Víctor.
“El número que usted marcó no está disponible o se encuentra fuera del área de servicio”.
Lo intentó de nuevo. Buzón directo.
Entró a WhatsApp. Su foto de perfil había desaparecido. “Bloqueado”.
Entró a Instagram. “Usuario no encontrado”.
—¡Maldito! —gritó Marina, aventando el celular contra los cojines—. ¡Me bloqueó! ¡El cobarde me bloqueó de todos lados!
Sandra le dio una calada a su cigarro, mirándola con una mezcla de lástima y juicio.
—Pues qué esperabas, güey. Diego lo amenazó con decirle al suegro rico. Víctor no es pendejo, prefiere perder a una amante que perder la herencia. Te lo dije, ese vato era puro pájaro nalgón.
Marina se echó a llorar de nuevo. Pero esta vez no era tristeza romántica, era terror puro. Estaba sola. Sin casa. Sin marido. Sin amante. Y, recordó de golpe, sin dinero.
—Necesito dinero —dijo, secándose las lágrimas—. Tengo que ir al banco. Diego seguro canceló las tarjetas adicionales, pero tengo la cuenta mancomunada. Tengo que sacar lo que pueda antes de que la congele.
—Pues apúrate —dijo Sandra—. Porque Diego se veía muy perrito faldero, pero anoche le salieron colmillos de lobo. Si yo fuera tú, corría.
Marina se arregló como pudo, pidió un Uber (que tuvo que pagar con los últimos 200 pesos en efectivo que traía en la cartera) y fue a la sucursal bancaria más cercana.
Entró con sus lentes oscuros para ocultar los ojos hinchados. Fue al cajero automático.
Metió la tarjeta de débito de la cuenta conjunta.
NIP: ****
“Procesando…”
“Operación Rechazada. Tarjeta Retenida por Seguridad”.
—¡No! —gritó a la máquina.
Entró a ventanilla, furiosa.
—¡Señorita, el cajero se tragó mi tarjeta! Quiero sacar dinero. Soy cotitular.
La cajera tecleó su nombre. Su cara cambió a una expresión de “problemas”.
—Señora Garza, esa cuenta tiene un bloqueo preventivo por reporte de actividad inusual desde las 8:00 AM de hoy. El titular principal, el Señor Diego, solicitó una revisión de fraudes. Hasta que no se aclare, los fondos están congelados.
—¡Pero es mi dinero también!
—Lo siento, señora. Tiene que arreglarlo con el titular.
Marina salió del banco temblando de rabia. Diego se le había adelantado. Diego, el lento, el predecible Diego, le había ganado la carrera.
Se quedó parada en la banqueta, bajo el sol abrasador.
Solo le quedaba una opción. La opción nuclear.
Sus padres.
Diego estaba en el despacho de Roberto Salinas firmando papeles como si fueran autógrafos.
—Demanda de divorcio incausado. Solicitud de guarda y custodia provisional. Medidas precautorias para restricción de acercamiento al domicilio. Denuncia de hechos por intento de fraude (esto es para asustar a Víctor y que no se le ocurra aparecer).
Roberto revisaba cada firma.
—Perfecto. Mi pasante ya está en el juzgado haciendo fila. Metemos esto hoy antes de las 12. Mañana tienes el auto de admisión.
—¿Y la custodia? —preguntó Diego.
—Eso es lo más delicado. Normalmente los jueces tiran hacia la madre por default. Pero con las pruebas que tenemos del estilo de vida de ella, el riesgo que representa el tal Víctor (un estafador probado) y el hecho de que ella abandonó el hogar conyugal anoche… tenemos ventaja. Vamos a pedir que las visitas sean supervisadas hasta que se haga un peritaje psicológico.
—No quiero que se acerque a Pablo sola. Es capaz de llevárselo para extorsionarme.
—Lo sé. Por eso vamos a notificar al colegio hoy mismo. Llevas la copia de la demanda con el sello de recibido. Con eso, la directora no puede entregarle al niño.
En ese momento, el celular de Diego sonó. Era un número fijo. Lo reconoció al instante: la casa de sus suegros en la colonia Contry.
—Son sus papás —dijo Diego.
—Contesta. Ponlo en altavoz. Sé amable, pero firme. Graba si puedes.
Diego activó la grabación y contestó.
—¿Bueno?
—¡Diego! —la voz de Doña Tere, su suegra, sonaba entre preocupada y molesta—. ¿Qué está pasando? Marina llegó aquí hecha un mar de lágrimas, dice que la corriste de la casa a media noche, que la golpeaste… ¡Que le quitaste a su hijo! ¡¿Te volviste loco?!
Diego sintió una oleada de indignación. “Que la golpeaste”. Marina estaba jugando sucio, muy sucio.
—Doña Tere, buenas tardes —dijo Diego con calma glacial—. Le pido que se tranquilice. Marina está mintiendo. Yo no la toqué. Y no la corrí sin razón.
—¡Mi hija no miente! Dice que te pusiste como loco por celos infundados. ¡Vamos para allá, Diego! Vamos a tu oficina. Rogelio está furioso. Queremos una explicación o llamamos a la policía.
—Vengan —dijo Diego—. Los espero en mi oficina. Pero vengan preparados para ver la verdad. Y le sugiero que no llame a la policía todavía, porque la única que saldría esposada es su hija.
Colgó.
—Bien jugado —dijo Roberto—. ¿Quieres que me quede?
—No. Esto es familiar. Necesito hacerlo yo solo. Si estás tú, se van a poner a la defensiva legal. Necesito romper su narrativa moral.
—Ok. Pero ten las pruebas a la mano. Y no cedas.
—No cederé.
Una hora después, Rogelio y Tere entraron a la oficina de Diego en la constructora. Rogelio, un hombre jubilado de carácter fuerte, venía rojo de coraje. Tere venía con el pañuelo en la mano, lista para el drama.
—¿Dónde está mi nieto? —exigió Rogelio sin saludar.
—Está seguro. En casa de mis padres —respondió Diego, de pie detrás de su escritorio. No los invitó a sentarse.
—¡Esto es secuestro! —gritó Tere—. ¡Marina es su madre! ¡No puedes quitárselo! Y menos después de lo que le hiciste. ¡La dejaste en la calle!
—Sentémonos —dijo Diego, señalando las sillas frente a él.
—¡No me voy a sentar hasta que…!
—¡SIÉNTENSE! —ordenó Diego con voz de mando, golpeando el escritorio con la palma abierta.
El estruendo los calló. Sorprendidos por la reacción del yerno que siempre había sido dócil, se sentaron.
—Ustedes conocen a su hija —empezó Diego, bajando el tono—. Saben que le gustan las cosas buenas. Saben que yo le he dado todo. Casa, viajes, ropa, estabilidad.
—Eso no te da derecho a maltratarla —masculló Rogelio.
—Tienen razón. Pero yo no la maltraté. Ella maltrató mi confianza y la seguridad de su familia.
Diego giró la pantalla de su computadora hacia ellos.
—Vean esto.
Le dio play al video del Motel Kyoto. Se veía claramente a Marina bajando del coche de Víctor, besándolo apasionadamente, riéndose mientras él le tocaba el trasero antes de entrar a la habitación.
Rogelio se puso pálido. Tere desvió la mirada.
—Eso… eso puede ser un error… un amigo… —intentó justificar Tere, aunque su voz temblaba.
—¿Un amigo? —Diego abrió otra carpeta—. Escuchen esto.
Puso el audio donde Marina le decía a Sandra: “El tonto de Diego ya mordió el anzuelo… en cuanto venda el depa, el dinero es nuestro… huele a pobre”.
El silencio en la oficina se hizo espeso, insoportable. Las palabras de su propia hija, llenas de veneno y vulgaridad, llenaron el espacio.
—”Huele a pobre” —repitió Diego—. Eso dice de mí. Del hombre que paga sus medicinas, Doña Tere. Del hombre que los invitó a Cancún el año pasado.
Diego pausó el audio.
—Y lo peor no es la infidelidad, Don Rogelio. Usted es un hombre de honor. Escuche esto: Marina y ese tipo, un estafador con antecedentes, planearon hacerme vender el departamento para robarse el dinero y huir. Iban a dejar a su nieto, a Pablito, sin techo. Lo iban a arrastrar a una vida con un criminal.
Diego sacó las copas de los correos y mensajes que confirmaban el plan del fraude. Se las deslizó por el escritorio.
—Léanlo. Ahí está la fecha. Ahí está el plan.
Rogelio tomó los papeles. Sus manos temblaban mientras leía. Su cara pasó del rojo de ira al gris de vergüenza.
Dejó los papeles sobre el escritorio y se quitó los lentes, frotándose los ojos. Parecía haber envejecido diez años en cinco minutos.
—Tere —dijo Rogelio en voz baja—. Vámonos.
—Pero Rogelio… Marina dijo…
—¡Marina nos mintió! —estalló Rogelio—. Nos vio la cara de pendejos a nosotros también. ¡Vio la cara de pendejo a su marido y quería robarle! ¡No tienes vergüenza!
Rogelio se levantó, mirando a Diego con ojos llorosos.
—Diego… yo… no sabía. Te juro por mi madre que no sabíamos.
—Lo sé, Don Rogelio. Yo tampoco sabía hasta hace poco.
—¿Qué va a pasar ahora?
—Me voy a divorciar. Voy a quedarme con la casa y con Pablo. Ustedes son los abuelos, y nunca les voy a prohibir ver a su nieto. Pablo los quiere. Pero Marina… Marina tiene que enfrentar las consecuencias de sus actos. Y les pido, por el bien de Pablo, que no la apoyen en sus mentiras. Si quieren ayudarla, ayúdenla a buscar ayuda psiquiátrica o legal, pero no me pidan que la perdone. Eso ya no existe.
Rogelio asintió, derrotado.
—Tienes mi palabra. No vamos a solapar marranadas.
Tomó a su esposa del brazo, quien sollozaba en silencio, y salieron de la oficina. La dignidad con la que habían entrado se había evaporado, reemplazada por la pesada carga de la vergüenza ajena.
Esa tarde, Marina esperaba en casa de sus padres la llamada triunfal de que habían puesto a Diego en su lugar.
Cuando escuchó el coche de su papá llegar, corrió a la puerta.
—¡Papá! ¿Qué pasó? ¿Lo pusiste en su sitio? ¿Cuándo me devuelve al niño?
Rogelio entró a la casa, pasó de largo sin mirarla y se fue directo a su sillón.
Tere entró detrás, con los ojos rojos.
—¿Mamá? —preguntó Marina, sintiendo un frío en el estómago.
—Siéntate, Marina —dijo Tere con voz débil.
—¿Qué les dijo ese mentiroso? ¡Seguro les inventó cosas!
—Nos enseñó las fotos, Marina —dijo Rogelio sin voltear—. Vimos el video del motel. Escuchamos los audios donde le dices “pobre” y “tonto”. Vimos los mensajes del fraude.
Marina se quedó helada. Se le cayó el alma a los pies. Diego había sido exhaustivo. No había dejado ni un rincón sin iluminar.
—Papá, es que… ustedes no entienden… yo me sentía sola… Diego me descuidaba…
—¡Cállate! —gritó Rogelio, golpeando el brazo del sillón—. ¡No tienes justificación! ¡Un hombre trabajador, que te dio todo! ¡Y tú revolcándote con un delincuente y planeando robarle! ¡Qué vergüenza! ¡Qué vergüenza tener una hija así!
—¡Pero soy su hija! —lloró Marina—. ¡Me dejó en la calle! ¡No tengo dinero, no tengo casa! ¿Me van a dar la espalda?
Rogelio la miró con una dureza que Marina jamás había visto.
—Te puedes quedar aquí un par de días. En el cuarto de visitas. Pero no vas a traer a ese tipo aquí. Y vas a buscar trabajo. Se acabó la vida de reina, Marina. Se acabó. Si Diego no te mete a la cárcel por fraude, date por bien servida.
Marina corrió al cuarto de visitas y se encerró. Se tiró en la cama individual, vieja y dura, llorando de rabia.
Su plan maestro se había desmoronado. Víctor había huido. Sus padres estaban en su contra. Diego tenía todo el poder.
Pero en medio del llanto, una semilla de odio empezó a germinar.
“Esto no se queda así”, pensó. “Me quitaste todo, Diego. Pero todavía tengo una carta. Soy la madre. Y la ley siempre prefiere a la madre. Te voy a hacer la vida imposible con Pablo. Te voy a doler donde más te importa”.
Al día siguiente, Diego fue al colegio de Pablo. Llevaba la orden judicial provisional que Roberto había conseguido en tiempo récord (el “Tiburón” tenía amigos en todos los juzgados).
Se reunió con la directora.
—Entiendo la situación, Ingeniero —dijo la directora, una mujer sensata—. Hemos tenido casos así. El protocolo es claro: el niño solo se entrega a quien tenga la custodia legal o provisional. Con este documento, la señora Marina no puede retirarlo del plantel. Si viene, le informaremos que no es posible y le llamaremos a usted.
—Gracias, directora. También quiero pedirle que estén atentos a su estado de ánimo. Pablo es fuerte, pero esto va a ser duro.
—Cuenta con nuestro apoyo. El psicólogo escolar estará al pendiente.
Al salir del colegio, Diego vio el coche de Marina. La CR-V blanca estaba estacionada en la acera de enfrente.
Ella estaba ahí. Acechando.
Diego cruzó la calle y se acercó a la ventanilla.
Marina bajó el vidrio. Se veía demacrada, sin maquillaje, con el pelo recogido en una coleta mal hecha.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Diego.
—Vine a ver a mi hijo.
—No puedes. Tengo la orden del juez. Notifiqué al colegio. Si intentas entrar, llaman a la patrulla.
Marina lo miró con odio puro.
—Eres un maldito. Me estás robando a mi hijo.
—Tú lo perdiste, Marina. Tú elegiste el motel en lugar de la tarea de matemáticas. Tú elegiste a Víctor en lugar de la familia. Ahora vives con las consecuencias.
—Voy a pelear, Diego. Voy a contratar al mejor abogado…
—¿Con qué dinero? —la interrumpió Diego—. ¿Con el que ibas a robarme? Tus cuentas están en cero. Víctor te abandonó. Tus papás están avergonzados. No tienes nada, Marina.
Diego se inclinó un poco más.
—Te voy a dar un consejo gratis. Deja de pelear. Firma el divorcio por mutuo acuerdo. Acepta las visitas supervisadas. Reconstruye tu vida. Si intentas pelear sucio, voy a sacar el expediente criminal de fraude. Y entonces no solo perderás a Pablo, perderás tu libertad. Tú decides.
Diego se dio la vuelta y caminó hacia su coche sin mirar atrás.
Escuchó cómo Marina arrancaba la camioneta y salía quemando llanta.
Esa noche, Diego recogió a Pablo en casa de sus abuelos.
Llegaron al departamento. Se sentía vacío, pero tranquilo.
—Pa, ¿dónde está mamá? —preguntó Pablo, mirando alrededor.
Diego se arrodilló para estar a su altura.
—Mamá y yo vamos a vivir en casas diferentes a partir de ahora, campeón. Ella se va a quedar con los abuelos un tiempo.
—¿Se pelearon?
—Tuvimos problemas que no pudimos arreglar. Pero quiero que sepas algo: nada de esto es culpa tuya. Tú eres lo mejor que nos ha pasado a los dos. Y vas a ver a mamá, te lo prometo. Pero por unos días, vamos a estar tú y yo solos. ¿Está bien?
Pablo lo pensó un momento. Luego asintió.
—¿Podemos pedir pizza?
Diego sonrió. La resiliencia de los niños era milagrosa.
—Claro que sí. Pizza de pepperoni con extra queso. Y refresco. Hoy se vale.
Mientras comían pizza en la mesa de centro, viendo una película de superhéroes, Diego sintió que por primera vez en años podía respirar de verdad.
La casa estaba en silencio, pero ya no era un silencio hostil. Era un lienzo en blanco.
El “Ingeniero” había limpiado el terreno. Había demolido la estructura podrida.
Ahora tocaba lo más difícil: construir de nuevo, ladrillo a ladrillo, una vida que valiera la pena.
Capítulo 6: El Último Cartucho
El mes siguiente pasó en un borrón de trámites legales, citas con psicólogos y ajustes domésticos. Para Diego, cada día era una victoria pequeña pero agotadora. Aprendió a hacer trenzas (aunque Pablito tenía el pelo corto, a veces jugaban a peinarse), aprendió que el suavizante de telas no se echa junto con el jabón, y aprendió que la soledad, cuando es elegida, no pesa tanto como la soledad acompañada.
Marina, por su parte, vivía un infierno personal. La casa de sus padres se había convertido en una prisión de reproches silenciosos. Su madre le dejaba recortes de periódico sobre “trabajos para mujeres sin experiencia” en la mesa de noche. Su padre apenas le dirigía la palabra, limitándose a gruñidos monosílabos cuando se cruzaban en el pasillo.
Sin dinero, sin coche (la gasolina se había convertido en un lujo que sus padres racionaban), y sin Víctor, Marina sentía que se ahogaba.
Pero el ahogo trae desesperación, y la desesperación es mala consejera.
Una tarde, navegando en grupos de Facebook desde su celular (lo único que le quedaba de su vida anterior), encontró un anuncio: “Abogados Matrimoniales. Expertos en casos difíciles. No cobramos hasta ganar. Lic. Gustavo ‘El Pitbull’ Ramírez”.
El apodo le pareció prometedor.
Llamó.
El despacho del “Pitbull” estaba en una oficina compartida en el centro, mucho menos elegante que la de Roberto Salinas, pero con un aire de agresividad que a Marina le gustó. Ramírez era un hombre bajo, calvo y con un traje que le quedaba grande, pero tenía una mirada astuta.
—Mire, señora —le dijo Ramírez, revisando los (pocos) papeles que Marina traía—. Su marido la tiene acorralada. Las pruebas del adulterio son sólidas. El video del motel es… contundente. Y lo del fraude inmobiliario, bueno, eso es penal. Si le rascan por ahí, usted sale perdiendo feo.
—¿Entonces no tengo opción? —preguntó Marina, sintiendo que las lágrimas volvían a brotar.
—Siempre hay opción. En la guerra y en el divorcio, todo se vale. Su marido quiere la custodia, ¿verdad?
—Es lo que más le importa. Adora a ese niño.
—Ahí está su palanca. A usted le vale madre el niño, seamos honestos, lo que quiere es dinero —dijo Ramírez con una franqueza brutal que hizo parpadear a Marina—. No me mire así, señora. A mí no me mienta. Si le dieran 5 millones de pesos ahorita a cambio de firmar la custodia completa para él, ¿los tomaría?
Marina dudó un segundo. Pensó en su vida anterior. Pensó en Víctor (maldito Víctor). Pensó en la libertad.
—Sí —susurró.
—Perfecto. Entonces vamos a atacar por ahí. Vamos a meter una contrademanda por alienación parental y violencia psicológica sutil. Vamos a decir que él la manipuló, que la aisló de sus amigos, que le controlaba el dinero (lo cual es cierto, técnicamente), y que la orilló a buscar consuelo fuera de casa. Vamos a pedir una pensión compensatoria millonaria y la custodia compartida. El objetivo no es ganar el juicio, es asustarlo. Es hacer que se canse. Que diga: “Toma el dinero y lárgate, pero déjame al niño”.
Marina sonrió por primera vez en semanas.
—Me gusta.
—Solo hay un detalle. Necesito 10 mil pesos para gastos de inicio. Copias, notificaciones, mordidas en el juzgado.
—No tengo dinero.
—Venda algo. Empeñe algo. ¿Ese anillo es de oro?
Marina miró su anillo de compromiso. El diamante solitario que Diego le había dado hace diez años. Era hermoso. Valía una fortuna.
Se lo quitó sin dudarlo.
—Tome. Vale más de 10 mil.
Ramírez tomó el anillo, lo examinó con una lupa de joyero que sacó del cajón y sonrió.
—Con esto empezamos la fiesta.
Tres días después, Diego estaba en la oficina revisando unos planos de cimentación cuando Clau, su asistente, entró con cara de susto.
—Inge, hay un actuario aquí. Trae una notificación para usted.
Diego sintió un vuelco en el estómago.
Salió a la recepción. Un hombre con chaleco del Poder Judicial le entregó un legajo de hojas.
—Señor Diego Álvarez. Notificación de contrademanda. Firme aquí de recibido.
Diego firmó. Se llevó los papeles a su privado y leyó.
La bilis le subió a la garganta.
“…el Señor Diego Álvarez ejerció violencia patrimonial sistemática…”
“…mantuvo a la suscrita en un estado de indefensión económica…”
“…conductas celotípicas y controladoras que causaron daño moral severo…”
“…se solicita pensión compensatoria de $50,000 pesos mensuales y el 50% del valor del inmueble conyugal…”
Era una sarta de mentiras tan bien redactadas que casi parecían verdad. “El Pitbull” sabía su oficio: tergiversar la realidad para convertir al victimario en víctima.
Diego llamó a Roberto inmediatamente.
—Ya la vi —dijo Roberto, quien ya tenía la notificación digital—. Tranquilo, Diego. Es pura pirotecnia. Están ladrando para ver si corres.
—Me están acusando de violencia, Roberto. Esto mancha mi nombre.
—En un juzgado familiar, se acusa de todo. Lo importante son las pruebas. Ellos tienen dichos. Nosotros tenemos hechos. Tenemos videos, audios, estados de cuenta. Pero…
—¿Pero qué?
—Pero esto va a alargar el proceso. Pueden pedir peritajes psicológicos para ti, para ella, para el niño. Pueden pedir auditorías de tus cuentas. Esto puede durar un año o dos. Y mientras tanto, el juez podría dictar visitas provisionales para ella, porque la ley privilegia el vínculo materno.
—No quiero que vea a Pablo a solas. Es capaz de envenenarle la cabeza.
—Ese es el riesgo.
Diego colgó y se quedó mirando por la ventana. La ciudad se veía gris, contaminada.
¿Valía la pena pelear dos años? ¿Valía la pena someter a Pablo a interrogatorios de psicólogos del juzgado, a que viera a sus padres destrozarse en audiencias?
Recordó la pregunta del “Pitbull” (que él desconocía, pero intuía): ¿Cuánto vale tu paz?
Esa noche, Diego no durmió. Se paseó por el departamento como un león enjaulado.
Entró al cuarto de Pablo. El niño dormía abrazado a un peluche de Mario Bros.
“No te voy a exponer a eso”, pensó Diego. “No voy a dejar que te usen como moneda de cambio”.
A la mañana siguiente, tomó una decisión ejecutiva.
Llamó a Roberto.
—Prepara una oferta de convenio.
—¿Te vas a rendir? —preguntó Roberto, sorprendido.
—No. Voy a comprar mi libertad. Y la de mi hijo.
—Te escucho.
—Le doy la camioneta. La Honda CR-V. Se la pongo a su nombre. Le doy 200 mil pesos en efectivo (que era lo que tenía ahorrado para la universidad de Pablo, le dolía en el alma, pero lo recuperaría). Y renuncio a pedirle pensión alimenticia a ella (que por ley le tocaría dar porque ella no trabajaba, pero era simbólico).
—¿A cambio de qué?
—Custodia total para mí. Patria potestad compartida (eso es irrenunciable), pero guarda y custodia al 100% para mí. Visitas supervisadas un fin de semana al mes, en un centro de convivencia familiar, no en su casa. Y renuncia expresa a cualquier reclamo sobre el departamento y mis cuentas futuras.
—Es mucho dinero, Diego. 200 mil más la camioneta… estás hablando de medio millón de pesos.
—Es el precio de que desaparezca de nuestras vidas. Si acepta, firmamos mañana. Si no, entonces sí voy con todo el peso del fraude penal y la meto a la cárcel, aunque Pablo tenga que visitar a su madre tras las rejas.
—Ok. Redacto la propuesta. Se la mando al “Pitbull”. A ese tipo le gusta el dinero rápido. Seguro la convence de aceptar para cobrar sus honorarios de ahí.
En el despacho de Ramírez, la oferta cayó como una bomba.
—Mire, señora Marina —dijo el abogado, relamiéndose los bigotes—. Es una buena oferta. La camioneta vale unos 300 mil. Más 200 en efectivo. Son 500 mil pesos limpios. Con eso usted renta un depa, pone un negocito, se compra ropa. Y se quita de broncas legales.
—Pero… ¿y mi hijo? —preguntó Marina, con un atisbo de culpa materna—. Solo lo veré una vez al mes.
—Seamos realistas. Usted ahorita no tiene dónde tenerlo. ¿Se lo va a llevar a vivir al cuarto de visitas de sus papás? El juez no lo va a permitir. Si nos vamos a juicio largo, puede que en dos años le den más visitas, pero ¿tiene dinero para pagarme dos años de litigio? Porque mis honorarios de esto serían el 30% de lo que saquemos.
Marina hizo cuentas. Si aceptaba, le quedaban 140 mil pesos en efectivo y la camioneta. Podría irse de casa de sus padres. Podría empezar de cero. Podría buscar a otro Víctor (uno que no fuera casado).
Miró la foto de Pablo que tenía de fondo de pantalla en su celular. El niño sonreía abrazado a Diego. Se veían felices.
“Están mejor sin mí”, se dijo, tratando de justificar su egoísmo. “Yo no nací para ser madre abnegada. Yo necesito vivir”.
—Acepto —dijo Marina.
La firma del convenio fue en el Centro de Justicia Familiar.
Diego llegó temprano, impecable, con Roberto a su lado.
Marina llegó diez minutos tarde, con Ramírez. Se veía mejor que la última vez, más arreglada, quizás porque sabía que iba a recibir dinero.
No se hablaron. Ni se miraron.
Se sentaron frente al mediador.
—¿Están ambas partes de acuerdo con las cláusulas del convenio? —preguntó el funcionario.
—Sí —dijo Diego.
—Sí —dijo Marina.
Firmaron. Diego firmó con trazos firmes y rápidos. Marina firmó despacio, como si le pesara la pluma, o quizás calculando cuánto tardaría en gastarse el dinero.
Diego entregó las llaves de la camioneta y un cheque de caja certificado.
Marina los tomó.
—Que te aproveche —le dijo Diego en voz baja cuando se levantaron.
—Que seas feliz con tu vida aburrida —respondió ella con veneno.
—Lo seré. Créeme que lo seré.
Salieron del juzgado por puertas diferentes.
Diego se subió a su sedán viejo. Arrancó.
Al salir del estacionamiento, vio a Marina subiéndose a la CR-V.
Por un momento, sus miradas se cruzaron a través de los cristales.
En los ojos de ella, Diego vio un vacío inmenso. El vacío de quien ha vendido lo más sagrado por un puñado de monedas.
En sus propios ojos, reflejados en el retrovisor, vio paz.
Aceleró y dejó atrás el juzgado, a Marina y a su pasado.
Esa tarde, Diego llegó a casa con una caja de pizza y un videojuego nuevo.
—¡Pablito! —gritó.
El niño corrió a recibirlo.
—¿Qué pasó, pa? ¿Ya arreglaste los papeles?
—Ya, campeón. Ya firmamos todo.
—¿Y qué significa eso?
Diego se sentó en el sofá y sentó a Pablo en sus rodillas.
—Significa que tú y yo somos oficialmente un equipo inseparable. Significa que nadie nos va a molestar. Significa que mamá va a estar bien, pero va a vivir en otro lado y tú vas a vivir aquí conmigo siempre.
Pablo lo miró con seriedad.
—¿Ella ya no me quiere?
La pregunta más difícil del mundo.
Diego respiró hondo.
—Ella te quiere a su manera, Pablo. Pero a veces, las personas adultas se pierden. Se confunden. Y necesitan estar solas para encontrarse. No es culpa tuya. Nunca pienses que es culpa tuya. Ella tiene que arreglar sus cosas. Nosotros vamos a arreglar las nuestras. Vamos a ser felices, te lo prometo.
Pablo abrazó a su papá.
—Yo estoy feliz contigo, pa. Tú eres divertido. Y haces la mejor carne asada.
Diego rio. Una risa genuina, que le limpió el alma.
—Y tú eres el mejor copiloto del mundo.
Pusieron el videojuego. Pasaron la tarde matando zombies y comiendo pizza.
Afuera, la noche cayó sobre Monterrey.
Adentro, en el departamento 702, la luz brillaba cálida y segura.
Pasaron seis meses.
La vida de Diego se estabilizó. En la oficina, lo ascendieron a Gerente de Proyectos. Su frialdad y enfoque durante su crisis personal habían impresionado a los socios (“El Inge no se dobla ni con huracanes”, decían). Con el aumento de sueldo, recuperó los ahorros que le había dado a Marina en tiempo récord.
En casa, estableció una nueva rutina. Contrató a una señora, Doña Chuy, que no solo limpiaba, sino que cuidaba a Pablo por las tardes y le hacía de comer comida casera de verdad (caldo de res, cortadillo, arroz rojo). El departamento dejó de parecer museo y empezó a tener vida: juguetes en la sala, libros en la mesa, olor a comida.
Marina, por otro lado, descubrió que 140 mil pesos se van muy rápido cuando no tienes ingresos y te gustan los lujos.
Rentó un departamento pequeño amueblado. Se compró ropa nueva. Salió de fiesta para “celebrar su libertad”.
A los tres meses, el dinero se había acabado.
Intentó buscar trabajo, pero su currículum estaba vacío desde hacía diez años. Solo sabía “administrar el hogar”, y eso no pagaba en el mundo real.
Terminó trabajando de recepcionista en un gimnasio de cadena, ganando el sueldo mínimo, parada ocho horas al día, soportando a clientes prepotentes que le recordaban a ella misma en sus mejores tiempos.
La camioneta empezó a fallar (el aire acondicionado, irónicamente). No tenía dinero para arreglarla. Tuvo que venderla malbaratada para pagar la renta.
Un día, Diego recibió una llamada de un número desconocido.
—¿Bueno?
—Diego… soy yo.
Era Marina. Su voz sonaba diferente. Apagada. Humilde.
—¿Qué quieres, Marina? —preguntó Diego, sin hostilidad, solo con cansancio.
—Quería… quería saber cómo está Pablo.
—Pablo está bien. Sacó 10 en matemáticas. Está en el equipo de fútbol.
—Qué bueno… Diego, estoy… estoy pasando una racha difícil. Me preguntaba si…
—No —la cortó Diego suavemente—. No, Marina. El convenio fue claro. Renunciaste a todo. Se acabó.
—Pero soy la madre de tu hijo…
—Eres la mujer que firmó un papel recibiendo dinero a cambio de su hijo. No se te olvide. Tienes tu visita el próximo sábado en el centro de convivencia. Si quieres verlo, ve ahí. Llega puntual. Y no le hables de tus problemas de dinero. Si lo haces, pido al juez que suspenda las visitas.
Colgó.
No sintió satisfacción. Sintió pena. Pena por una mujer que lo tuvo todo y lo tiró a la basura por una fantasía.
El sábado, Diego llevó a Pablo al Centro de Convivencia.
Marina estaba ahí, sentada en una banca de metal. Se veía más vieja. Su ropa ya no era de marca, o al menos no de temporada.
Cuando vio a Pablo, se le iluminó la cara.
—¡Pablito!
El niño corrió y la abrazó, pero el abrazo fue breve. Regresó al lado de su papá rápido, buscando seguridad.
—Ve con ella, hijo. Es una hora. Yo te espero aquí afuera —le dijo Diego.
Pablo se sentó con Marina. Diego los observó desde lejos a través del cristal.
Vio cómo Marina intentaba hablar, cómo lloraba un poco. Vio cómo Pablo le contaba cosas animadamente, pero sin la angustia de antes. El niño estaba sano. Tenía su base segura.
Cuando terminó la hora, Pablo regresó corriendo con Diego.
—¿Vámonos, pa? Tengo partido a las 4.
—Vámonos.
Marina se quedó en la puerta, viéndolos alejarse. Diego no volteó. No por crueldad, sino porque su mirada estaba puesta en el futuro, en el camino que tenía por delante con su hijo.
Mientras caminaban hacia el coche, Pablo le tomó la mano.
—Pa.
—¿Mande?
—Mamá se ve triste.
—Sí, hijo. Está triste.
—¿La podemos ayudar?
Diego se detuvo. Miró a su hijo, tan noble, tan parecido a él.
—Ya la ayudamos, Pablo. La ayudamos a entender que las acciones tienen consecuencias. Ahora le toca a ella ayudarse a sí misma. Nosotros tenemos que seguir nuestro camino.
—Ok. Oye, ¿si meto gol hoy me compras un helado?
—Si metes gol te compro dos.
Se subieron al coche. Diego puso música. Esta vez no era banda de despecho. Era rock clásico. Queen. “Don’t Stop Me Now”.
Arrancó el coche. El sol brillaba sobre Monterrey. Las montañas se veían majestuosas.
La vida seguía. Y por primera vez en mucho tiempo, Diego sentía que él llevaba el volante, y que el camino estaba despejado.
Capítulo 7: El Eco del Pasado
Habían pasado tres años desde la firma del divorcio. Tres años en los que Monterrey había cambiado su horizonte con nuevos rascacielos, y Diego había cambiado el suyo con una nueva vida.
Diego ya no era solo el “Ingeniero Resolutivo”. Ahora era Socio Junior en la constructora. Su capacidad para manejar crisis (demostrada tanto en las obras como en su vida personal) le había ganado la confianza absoluta de los dueños. Tenía una oficina más grande, con vista al Campestre, y manejaba una camioneta Ford Lobo del año, no por vanidad, sino porque le gustaba ir a los ranchos los fines de semana.
Pero su mayor logro no estaba en su cuenta bancaria, sino en su casa.
El departamento 702 había sido transformado por completo. Las paredes blancas de museo habían dado paso a colores cálidos: terracota, arena, azul profundo. Los muebles de diseño incómodo fueron reemplazados por sofás de piel amplios donde uno podía tirarse a ver películas sin miedo a arrugar nada. Había fotos de él y Pablo por todos lados: pescando en la Presa de la Boca, esquiando en Arteaga, en la graduación de primaria de Pablo.
Era un hogar. Un hogar de hombres, sí, a veces un poco desordenado con cables de videojuegos y balones de fútbol, pero lleno de risas.
Pablo tenía ahora 12 años. Estaba entrando en esa etapa difícil de la preadolescencia, donde las hormonas empiezan a hacer de las suyas. Había crecido mucho, tenía la altura de Diego y la misma mirada seria y analítica.
Sin embargo, el divorcio había dejado huellas. Pablo era un niño maduro para su edad, quizás demasiado. No confiaba fácilmente en la gente. Era observador, cauteloso. En la escuela le iba excelente, pero socialmente era selectivo. Tenía dos mejores amigos y con eso le bastaba.
Un martes por la tarde, Diego llegó temprano a casa. Encontró a Pablo en la mesa del comedor, con los libros abiertos, pero mirando al vacío.
—¿Qué onda, campeón? ¿Ecuaciones de segundo grado o mal de amores? —bromeó Diego, dejando las llaves en la credenza (la misma donde años atrás había olvidado la carpeta roja).
Pablo no sonrió.
—Pa… hoy me buscó mamá en la salida de la escuela.
Diego sintió que se le tensaba la mandíbula. El acuerdo era claro: visitas supervisadas o encuentros pactados previamente. Marina no podía aparecerse así como así.
—¿Te habló?
—Sí. Estaba parada en la esquina, donde no la ven los guardias. Me llamó. Fui a ver qué quería.
—¿Y qué quería? —Diego se sentó frente a él, tratando de mantener la calma.
—Me pidió dinero, pa.
Diego cerró los ojos y exhaló lentamente. La indignación le quemaba el pecho.
—¿Te pidió dinero a ti? ¿A un niño de 12 años?
—Dijo que era para un taxi. Que se le había perdido la cartera. Se veía… mal, papá. Traía los zapatos rotos. Y olía raro. Como a medicina.
“Medicina”. Diego sabía lo que eso podía significar. O estaba enferma, o estaba consumiendo algo.
—¿Qué hiciste?
—Le di los 50 pesos que traía para el lunch de mañana. Me dio las gracias y se fue corriendo. Pa… me dio miedo. No miedo de que me hiciera algo, sino miedo de verla así. Parece una vagabunda.
Diego se levantó y abrazó a su hijo. Sintió cómo el cuerpo de Pablo temblaba levemente.
—Hiciste bien en ayudarla, hijo. Tienes un corazón enorme. Pero lo que ella hizo estuvo mal. No debió buscarte ni pedirte nada. Voy a arreglar esto.
Esa noche, Diego no pudo dormir. La imagen de Marina pidiéndole dinero a su propio hijo lo atormentaba.
Al día siguiente, contrató de nuevo a Mendoza, el investigador privado.
—Quiero saber dónde vive y en qué anda —le dijo Diego—. No para demandarla, ya no me interesa eso. Sino para saber qué tan peligroso es que se acerque a Pablo.
Mendoza, más viejo y con más canas, asintió.
—Lo checo, Inge. Deme 24 horas.
El reporte de Mendoza fue devastador.
Marina vivía en una vecindad en la colonia Independencia, una zona brava. Vivía con un tipo llamado “El Ruso”, un mecánico con antecedentes por robo de autopartes. Marina no trabajaba. Según los vecinos, a veces vendía ropa usada en los mercados rodantes. Y sí, había rumores de consumo de pastillas controladas.
—Está tocando fondo, Inge —dijo Mendoza, mostrándole unas fotos tomadas a distancia.
Marina se veía esquelética. Tenía el pelo teñido de un rubio barato que ya mostraba raíces negras de tres centímetros. Su piel estaba grisácea. Parecía 20 años mayor.
Diego miró las fotos y no sintió odio. Ni siquiera lástima. Sintió un vacío profundo. Esa mujer había sido su esposa. Había sido la reina de su casa. Y ahora era un espectro.
—Gracias, Mendoza.
—¿Quiere que le ponga una orden de restricción más dura?
—No. No serviría de nada. La policía no entra a esas colonias por una orden civil. Voy a hablar con ella.
—Inge, no se meta ahí. El Ruso es peligroso.
—No voy a ir a su casa. Voy a hacer que ella venga a mí.
Diego sabía que el punto débil de Marina seguía siendo el dinero.
Consiguió su número de celular (un prepago barato que cambiaba cada mes) a través de los registros de llamadas de Pablo (había bloqueado el número en el cel del niño, pero quedó el registro).
Le mandó un mensaje:
“Sé que buscaste a Pablo. Sé cómo estás viviendo. Te ofrezco un trato. Nos vemos mañana a las 10 AM en el Vips del Centro. Ve sola.”
Marina llegó puntual. Diego ya estaba ahí, sentado en una mesa del fondo, con un café.
Cuando la vio entrar, tuvo que contener un gesto de asombro. En vivo era peor que en las fotos. Le faltaba un diente molar (se notaba cuando hablaba), sus manos temblaban.
Se sentó frente a él, con una mezcla de vergüenza y desafío.
—¿Para qué me quieres, Diego? ¿Para burlarte? ¿Para decirme “te lo dije”?
—No tengo tiempo para eso, Marina. Pide lo que quieras de desayunar.
Marina pidió unos molletes y una malteada. Comió con desesperación, como quien no ha cenado el día anterior. Diego esperó a que terminara.
—Fuiste a la escuela de Pablo. Le pediste dinero.
Marina bajó la mirada, limpiándose la boca con la servilleta de papel.
—Tenía hambre, Diego. No tienes idea de lo que es tener hambre. Tú sigues ahí, en tu castillo, con tu camioneta y tus trajes. Yo perdí todo.
—Tú tiraste todo —corrigió Diego suavemente—. Pero no vine a discutir el pasado. Vine a proteger el futuro de Pablo. No quiero que te vea así. Le haces daño. Le das miedo.
—¿Miedo? Soy su madre.
—Eres una sombra de su madre. Mírate, Marina. Estás enferma. Ese tipo con el que vives… El Ruso… no es buena compañía.
Marina se tensó.
—¿Me estás espiando?
—Estoy cuidando a mi hijo. Y por extensión, tengo que saber qué amenazas lo rodean. Y tú, en este estado, eres una amenaza.
Diego sacó un sobre blanco.
—Aquí hay una propuesta. No es dinero en efectivo, así que no te emociones. Es un ingreso a una clínica de rehabilitación. Pagada por mí. Tres meses. Desintoxicación, terapia, comida, techo seguro.
Marina miró el sobre como si fuera una bomba.
—¿Y luego?
—Si terminas el tratamiento, si los doctores dicen que estás limpia y estable, te ayudaré a conseguir un trabajo. Un trabajo real. Y entonces, solo entonces, podremos hablar de que veas a Pablo en un ambiente controlado.
—¿Y si no acepto?
—Si no aceptas, y te vuelves a acercar a Pablo, te meto a la cárcel. Tengo la orden judicial. Y tengo amigos en la fiscalía que estarán encantados de hacerle una visita al taller del Ruso. Tú decides. Rehabilitación o cárcel (o muerte, porque ese tipo no te va a cuidar).
Marina empezó a llorar. Un llanto silencioso, roto.
—¿Por qué haces esto? Después de todo lo que te hice…
—No lo hago por ti, Marina. Lo hago por Pablo. Él merece tener una madre viva y sana, aunque sea de lejos. Y también… lo hago por mí. Porque no quiero cargar con la culpa de que te encontraran muerta en una zanja y yo no hubiera hecho nada.
Marina tomó el sobre. Sus manos temblaban, pero esta vez de esperanza.
—Está bien. Acepto. Sácame de ahí, Diego. Por favor. El Ruso me golpea. Me quita lo poco que gano. Tengo miedo.
Diego asintió. Sacó su celular y llamó a Mendoza, que estaba esperando afuera en su coche.
—Está lista. Llevémosla a la clínica.
Ese día, Diego salvó la vida de su ex esposa. No la perdonó, no la amó de nuevo, pero la salvó. Y al hacerlo, cerró el último círculo de dolor que quedaba abierto.
Mientras Marina luchaba con sus demonios en la clínica, la vida de Diego tomó un giro inesperado.
En una reunión de la Cámara de la Construcción, conoció a Elena.
Elena era arquitecta paisajista. Tenía 32 años, una risa franca y manos que no tenían miedo de ensuciarse con tierra. No era la mujer despampanante de revista que había sido Marina. Elena era natural, usaba poco maquillaje, vestía jeans y botas de trabajo. Pero tenía una luz en los ojos, una inteligencia viva que a Diego le fascinó desde el primer momento.
Coincidieron en un proyecto de parque urbano.
—Ingeniero, ese muro de contención es horrible —le dijo ella el primer día, señalando los planos—. Corta todo el flujo visual del jardín.
Diego, acostumbrado a que nadie cuestionara sus cálculos, se sorprendió.
—Es necesario para la carga estructural, Arquitecta. Si lo quito, se cae la ladera.
—Pues busquemos otra solución. Gaviones, terrazas… algo que no parezca una cárcel. La ingeniería debe servir a la vida, no aprisionarla.
Esa frase se le quedó grabada a Diego. “La ingeniería debe servir a la vida”.
Empezaron a trabajar juntos para rediseñar el proyecto. Pasaban horas discutiendo, dibujando, a veces peleando, pero siempre con respeto. Diego descubrió que le encantaba hablar con ella. Elena no solo hablaba de trabajo; hablaba de libros, de música, de política. Tenía opiniones propias. No esperaba que él le resolviera la vida; ella tenía la suya propia, completa y feliz.
Un día, después de una visita de obra polvorienta, Elena sacó un termo con café y dos tazas.
—Tenga, Inge. Se ve que le hace falta cafeína.
Se sentaron en la batea de la camioneta de Diego a ver el atardecer sobre la Huasteca.
—Oye, Elena… ¿puedo preguntarte algo personal?
—Depende. Si es mi edad, tengo 32. Si es mi estado civil, soy divorciada. Sin hijos. Con dos gatos.
Diego rio.
—Iba a preguntar si te gustaría ir a cenar. No de trabajo.
Elena lo miró, evaluándolo.
—Diego, eres un buen tipo. Se nota. Pero tienes una armadura muy gruesa. Te proteges mucho.
—Tengo mis razones.
—Lo sé. Me contaron lo de tu ex. Monterrey es un rancho, todos saben todo.
—¿Y eso te asusta?
—No. Al contrario. Admiro a los sobrevivientes. Pero no quiero salir con un hombre que sigue peleando con fantasmas. ¿Ya los enterraste?
Diego pensó en Marina en la clínica. Pensó en Pablo y su estabilidad. Pensó en su casa tranquila.
—Sí. Ya los enterré. Y hasta les puse flores.
Elena sonrió.
—Entonces sí. Vamos a cenar. Pero yo elijo el lugar. Y no quiero nada de lujo. Quiero tacos.
La relación con Elena fue lenta, como el crecimiento de un árbol fuerte. No hubo fuegos artificiales ni promesas eternas al segundo mes. Hubo compañerismo. Hubo confianza.
A los seis meses, Diego decidió presentarle a Pablo.
Estaba nervioso. Pablo era celoso de su tiempo con su papá.
Organizaron una carne asada en la casa.
Elena llegó con una planta de regalo (un helecho “cuerno de alce”) y un balón de fútbol profesional.
—Hola, Pablo. Tu papá me dice que eres el terror de los porteros —le dijo Elena, dándole la mano como a un adulto, sin tratar de besarlo o abrazarlo falsamente.
Pablo la miró, miró el balón, y luego sonrió.
—Más o menos. ¿Sabes jugar?
—Fui capitana en la prepa. A ver si me metes gol.
Pasaron la tarde jugando en el jardín del edificio. Diego los veía desde la parrilla, con una cerveza en la mano, y sintió algo que no había sentido en una década: plenitud.
No la euforia ciega del enamoramiento juvenil, sino la paz profunda de saber que estás en el lugar correcto con la gente correcta.
Mientras tanto, en la clínica, Marina cumplió sus tres meses.
Salió limpia, pero frágil.
Diego cumplió su palabra. A través de un contacto, le consiguió un trabajo en el archivo de una notaría (lejos de dinero y clientes). Era un trabajo aburrido, mal pagado, pero digno. Le ayudó a rentar un cuarto pequeño pero seguro cerca de su trabajo.
—Esta es tu última oportunidad, Marina —le dijo el día que la instaló—. Si recaes, si fallas, te suelto. No volveré a intervenir.
—Gracias, Diego —dijo ella. No había arrogancia en su voz, solo gratitud y cansancio—. No te voy a fallar. Quiero ver a Pablo.
Las visitas se reanudaron. Al principio, Pablo estaba distante. Pero al ver que su madre estaba mejor, que ya no olía raro y que le preguntaba por sus cosas con interés genuino, empezó a abrirse.
Nunca volvería a ser la relación idílica de madre e hijo, esa se había roto para siempre. Pero construyeron una relación nueva, basada en la realidad de dos sobrevivientes que se tienen cariño a pesar de las cicatrices.
Un domingo, Diego estaba en la sala leyendo. Elena estaba a su lado, trabajando en su laptop. Pablo estaba en su cuarto.
Sonó el teléfono. Era Marina.
Diego contestó en altavoz, no tenía nada que ocultar.
—Hola, Diego. Solo hablaba para confirmar que paso por Pablo mañana para llevarlo al dentista.
—Sí, está agendado. ¿Todo bien en el trabajo?
—Sí, bien. El Licenciado dice que soy rápida organizando expedientes. Oye… supe que estás saliendo con alguien.
Diego miró a Elena y le sonrió.
—Sí. Se llama Elena.
Hubo un silencio al otro lado.
—Me alegro por ti, Diego. De verdad. Te mereces ser feliz. Fuiste un buen esposo, y yo fui una estúpida. Lamento haber tardado tanto en decírtelo.
—Gracias, Marina. Eso significa mucho.
Colgaron.
Elena le apretó la mano.
—Eso fue un cierre.
—Sí. Fue un cierre.
La vida de Diego no era la película de Disney que él había imaginado a los 25 años. Era algo mejor. Era una vida real. Con grietas reparadas con oro, como la técnica japonesa del Kintsugi. Sus heridas lo habían hecho más fuerte, más sabio, más humano.
El “Ingeniero” había aprendido que no se pueden controlar todas las variables, que a veces las estructuras colapsan, pero que siempre, siempre se puede volver a construir, si los cimientos son honestos.
Capítulo 8: La Arquitectura del Perdón
El tiempo en Monterrey es caprichoso, pero siempre avanza. Cinco años más habían pasado, sumando un total de ocho desde aquel fatídico día de la puerta abierta.
Diego tenía ahora 43 años. Las canas ya no eran invitadas tímidas en sus sienes, sino residentes permanentes que le daban un aire distinguido, o al menos eso decía Elena.
Su vida había entrado en una fase de velocidad de crucero. La constructora iba viento en popa, había abierto una sucursal en Saltillo y Diego viajaba con frecuencia, pero siempre regresaba a su puerto seguro.
Su relación con Elena no había terminado en boda fastuosa. Ambos, veteranos de guerras matrimoniales, habían decidido que un papel no definía su compromiso. Vivían juntos desde hacía tres años. Elena había vendido su casa y se había mudado con Diego, trayendo consigo sus plantas, sus libros de arquitectura y una energía que terminó de sanar las paredes del departamento 702.
Juntos habían comprado un terreno en la Carretera Nacional (irónicamente, cerca de donde Víctor había intentado estafar a Diego, pero en una zona legal y hermosa) y estaban construyendo, poco a poco, la casa de sus sueños. Una casa diseñada por ella y calculada por él. Una casa donde la ingeniería y la naturaleza convivían en paz.
Pero el verdadero protagonista de este capítulo era Pablo.
A sus 17 años, Pablo estaba a punto de graduarse de la preparatoria. Se había convertido en un joven alto, atlético, con la sonrisa franca de su padre y la agudeza mental que, para bien o para mal, había heredado de su madre.
Era capitán del equipo de debate y quería estudiar Arquitectura, una mezcla perfecta de las influencias de Diego y Elena.
Un viernes por la noche, durante la cena, Pablo soltó la bomba.
—Papá, Elena… quiero invitarlos a mi graduación. Nos dan cuatro boletos.
—Claro, hijo. Ahí estaremos en primera fila —dijo Diego, sirviéndose agua.
—Quiero que vayan los abuelos —continuó Pablo—. Y… quiero invitar a mi mamá.
El tintineo de los cubiertos se detuvo. Diego y Elena intercambiaron una mirada rápida.
Marina había mantenido el rumbo. Seguía trabajando en la notaría, vivía en un departamento modesto pero digno, y había asistido a todas sus terapias. Su relación con Pablo era cordial, se veían cada quince días para ir al cine o a comer, pero nunca había participado en eventos “oficiales” o familiares grandes. La vergüenza y el acuerdo tácito de mantener distancia seguían vigentes.
—Son tus boletos, Pablo —dijo Diego con calma—. Tú decides a quién invitas. Es tu noche.
—Lo sé, pa. Pero no quiero que sea incómodo. Mamá ha cambiado. Se ha esforzado mucho. Creo que le haría ilusión verme recibir el diploma.
Diego miró a su hijo. Ya no era el niño asustado que jugaba Legos para escapar de los gritos. Era un hombre joven tomando decisiones compasivas.
—Si tú la quieres ahí, ella estará ahí. Y nosotros nos comportaremos a la altura. ¿Verdad, Elena?
—Por supuesto —sonrió Elena—. Será un gusto verla.
El día de la graduación llegó con el calor sofocante de junio. El evento era en el auditorio de la universidad.
Diego se ajustó la corbata frente al espejo. Elena le acomodó el cuello de la camisa.
—Te ves guapo, Inge.
—Tú te ves espectacular —dijo él, admirando su vestido verde esmeralda.
—¿Estás nervioso?
—Un poco. No por Pablo, sé que lo hará bien. Sino por el encuentro. Hace años que no veo a Marina en un evento así, con mis papás, con gente conocida…
—Todo saldrá bien. El tiempo cura, Diego. O al menos cicatriza.
Llegaron al auditorio. Los padres de Diego, Don Hilario y Doña Lupe, ya estaban ahí, guardando lugares. Estaban más viejos, caminaban más despacio, pero sus ojos brillaban de orgullo por su nieto.
—¿Y esa mujer va a venir? —preguntó Doña Lupe en un susurro, con el rencor de madre leona todavía latente.
—Mamá, por favor. Es la madre de Pablo. Vamos a llevar la fiesta en paz. Por él.
Minutos antes de empezar la ceremonia, llegó Marina.
Diego la vio entrar. Llevaba un vestido sencillo color beige, zapatos de tacón bajo y el pelo recogido. Se veía digna. Las marcas de sus años oscuros seguían ahí (algunas arrugas prematuras, una cierta tristeza en la mirada), pero ya no parecía un fantasma. Parecía una mujer que había sobrevivido a un naufragio y había llegado a la orilla.
Venía sola. Sus padres, Rogelio y Tere, habían fallecido hacía dos años, con pocos meses de diferencia. Marina había enfrentado esa pérdida sola, y eso la había endurecido y suavizado a la vez.
Pablo, desde su lugar en las filas de graduados, la vio y le sonrió discretamente.
Marina buscó su asiento. Le tocaba, por protocolo de apellidos, dos filas detrás de Diego.
Diego se levantó y caminó hacia ella.
El auditorio, lleno de conocidos de la sociedad regiomontana que sabían toda la historia (o la versión distorsionada del chisme), se quedó en silencio observando.
—Hola, Marina —dijo Diego, extendiendo la mano.
Marina lo miró sorprendida. Le estrechó la mano con timidez.
—Hola, Diego. Felicidades. Pablo lo logró.
—Lo logramos todos, de alguna manera. Ven, siéntate con nosotros. Hay lugar junto a Elena.
Un murmullo recorrió la sala. Diego Álvarez estaba invitando a su ex esposa, la que lo traicionó, a sentarse con su nueva pareja.
Marina dudó. Sus ojos se llenaron de lágrimas.
—No quiero incomodar…
—No incomodas. Eres su madre. Ven.
Marina caminó junto a Diego hasta la fila de honor. Saludó a Elena con un gesto de cabeza respetuoso, que Elena devolvió con una sonrisa cálida. Saludó a los ex suegros, quienes, contagiados por la actitud de Diego, respondieron con un “Buenas tardes” seco pero educado.
Se sentó.
Cuando nombraron a “Pablo Álvarez Garza”, los cuatro aplaudieron. Marina lloró abiertamente. Diego le pasó un pañuelo desechable (siempre traía, costumbre de ingeniero prevenido).
—Gracias —susurró ella.
Al final de la ceremonia, Pablo corrió hacia ellos con su diploma y su toga.
Abrazó a Diego, a Elena, a sus abuelos. Y luego fue hacia Marina y la abrazó largo y tendido.
—Gracias por venir, ma.
—Estoy muy orgullosa de ti, mi amor. Eres un gran hombre. Igual que tu padre.
Esas palabras, dichas en voz alta, fueron la absolución final. Marina reconocía, por fin y sin amargura, el valor de Diego.
Se tomaron fotos. Una de Pablo con Diego y Elena. Una de Pablo con Marina. Y luego, Pablo pidió una rara:
—Una todos juntos. Por favor.
Se acomodaron. Diego en un extremo, Elena a su lado, Pablo en el centro, y Marina al otro lado.
El fotógrafo disparó el flash.
Esa foto no saldría en las revistas de sociales, pero terminaría enmarcada en el escritorio de Pablo. Era la foto de la resiliencia. La prueba de que el amor, cuando madura, puede transformarse en respeto, y que las familias rotas pueden pegarse de formas nuevas y funcionales.
Después de la graduación, hubo una cena en la nueva casa de Diego y Elena, que ya estaba casi terminada (solo faltaban los jardines, especialidad de Elena).
Marina fue invitada, pero declinó cortésmente.
—Gracias, pero creo que es momento de ustedes. Yo ya tuve mi momento en el auditorio. Y fue perfecto.
Se despidió de Diego en el estacionamiento.
—Diego —le dijo antes de subir a su Uber—. Gracias.
—¿Por qué?
—Por no destruirme cuando pudiste hacerlo. Tenías el poder, tenías las razones. Y me diste una mano. Me salvaste la vida.
Diego se encogió de hombros.
—La venganza es un plato que se sirve frío, dicen. Pero yo descubrí que el perdón es un plato que te alimenta mejor. No lo hice por ti, Marina. Lo hice porque no quería que mi hijo tuviera una madre rota. Pero me alegra ver que pegaste tus pedazos.
—Cuídalo mucho. Y cuida a Elena. Es una gran mujer.
—Lo haré. Que te vaya bien, Marina.
Vio el coche alejarse y sintió una ligereza absoluta. El último lastre se había soltado.
La cena en la casa nueva fue mágica. Estaban los amigos más cercanos, la familia, y por supuesto, carne asada.
Diego estaba en la parrilla, como siempre. Pablo se acercó con una cerveza en la mano (su primera cerveza “legal” con su padre).
—Salud, pa.
—Salud, Ingeniero… digo, futuro Arquitecto.
—Oye, pa. Estaba pensando…
—¿Mande?
—Vi cómo trataste a mamá hoy. Fue… muy clase. De verdad. Mis amigos decían que sus papás ni se hablan con sus ex, que se odian. Y tú la sentaste con nosotros.
Diego volteó la carne. El humo olía a mezquite.
—Mira, Pablo. La vida es muy corta para andar cargando piedras en la mochila. El odio pesa. El rencor pesa. Y para construir algo alto, necesitas viajar ligero. Tu mamá cometió errores, sí. Graves. Pero pagó por ellos. Pagó con creces. Ya no es la misma persona. Y yo tampoco. Si yo siguiera odiándola, significaría que ella todavía tiene poder sobre mí. Al perdonarla, me libero yo.
Pablo asintió, procesando la lección.
—Quiero ser como tú, pa.
—No, hijo. Sé mejor que yo. No cometas mis errores. No confíes ciegamente, pero tampoco te cierres al amor por miedo. Y sobre todo, nunca, nunca dejes una carpeta roja olvidada en casa.
Ambos rieron. Era un chiste privado, una referencia al día que cambió todo. Ahora podían reírse de eso. La tragedia se había vuelto anécdota.
Más tarde, cuando los invitados se fueron y Pablo se fue a dormir (o a chatear con su novia), Diego y Elena se sentaron en la terraza de la casa nueva.
La vista hacia la Sierra Madre era imponente bajo la luna llena. Los grillos cantaban. El aire olía a tierra mojada y jazmín.
—Fue un buen día —dijo Elena, recargando la cabeza en el hombro de Diego.
—Fue un gran día.
—Oye, ¿te diste cuenta de algo? —preguntó ella.
—¿Qué?
—Víctor.
—¿Qué con él?
—Salió en las noticias hoy en la mañana. No te quise decir para no amargarte el día.
Diego se enderezó.
—¿Qué pasó?
—Lo detuvieron en Tulum. Fraude inmobiliario masivo. Estafó a unos inversionistas gringos con unos terrenos inexistentes en la playa. Parece que esta vez no tuvo tanta suerte. Le van a dar como 20 años.
Diego miró la luna. El karma, pensó. A veces tarda, pero siempre llega con intereses.
Recordó la cara de Víctor esa noche en su departamento, sudando, firmando la confesión. Recordó cómo huyó como una rata.
—Pobre diablo —dijo Diego, sin emoción—. Al final, él solito se construyó su celda.
—Y tú te construiste tu palacio —dijo Elena, besándolo.
Diego miró su casa. No era un palacio. Era algo mejor. Era una fortaleza de paz.
Pensó en el Diego de hace ocho años. El “imbécil confiado”. Le gustaría viajar en el tiempo y darle un abrazo. Decirle: “Tranquilo. Va a doler. Te vas a romper. Pero te vas a armar de nuevo, y vas a quedar mejor”.
Se levantó y caminó hacia el barandal. Abajo, en el jardín, el helecho “cuerno de alce” que Elena le había regalado a Pablo años atrás había crecido enorme, ocupando un lugar de honor.
Todo crece, pensó. Si le das agua y sol, todo crece. Incluso después de un incendio.
Sacó su celular. Entró a la galería. Buscó la foto de la graduación.
Ahí estaban. Los cuatro. Sonriendo.
Borró, por fin y para siempre, la carpeta oculta donde guardaba las fotos del Motel Kyoto y las capturas de los mensajes de traición. Ya no las necesitaba. Ya no eran su seguro de vida. Su seguro era su presente.
Seleccionó “Eliminar permanentemente”.
—¿Qué haces? —preguntó Elena.
—Limpiando escombros —respondió Diego, guardando el teléfono—. Vamos a dormir. Mañana hay que plantar los encinos.
Diego apagó la luz de la terraza.
La casa quedó en silencio, protegida, sólida.
Y en la oscuridad, Diego Álvarez, el Ingeniero, cerró los ojos y durmió el sueño profundo y reparador de los justos.
FIN DE LA HISTORIA