
Parte 1
Capítulo 1
El aire dentro de “Juguetes Garza” olía a una mezcla artificial y embriagadora de plástico nuevo, pino sintético de los árboles de Navidad y el suave perfume de las madres jóvenes y adineradas de Polanco. Era un aroma que Emilio Garza había diseñado él mismo, una sinfonía olfativa para evocar la nostalgia de una infancia que él nunca tuvo. Desde su posición elevada en el área de cajas, un trono de mármol y cristal desde donde supervisaba su imperio, observaba el flujo y reflujo de la opulencia decembrina. Padres con trajes a la medida compraban drones que costaban más que el alquiler de un año en la colonia Doctores. Madres con bolsas de diseñador llenaban carritos con muñecas de edición limitada y castillos de princesas de tamaño real. Todo era perfecto. Impecable. Y completamente vacío.
Emilio sentía un frío que no tenía nada que ver con el aire acondicionado. A sus cuarenta y ocho años, había acumulado una fortuna que lo colocaba en las listas de los hombres más ricos de México. Su penthouse en Rubén Darío tenía vistas que cortaban la respiración, su garaje albergaba autos que la mayoría solo veía en películas, y su nombre era sinónimo de éxito. Pero en mañanas como esta, rodeado de la alegría fabricada que él mismo vendía, la soledad era un ente físico, un pasajero silencioso que se sentaba a su lado. El tintineo de los villancicos orquestados, el murmullo excitado de los niños, todo se sentía como un idioma extranjero.
Su mano, adornada con un reloj suizo que valía más que una casa pequeña, se movía con una eficiencia robótica, escaneando códigos de barras. Un tren eléctrico de colección. Un set de robótica avanzada. Una casa de muñecas victoriana. Clic. Bip. El sonido del dinero cambiando de manos. Era un ritmo que conocía bien, la banda sonora de su vida. Pero hoy, algo en el aire se sentía distinto, más pesado. Tal vez era la proximidad de la Navidad, una fecha que siempre desenterraba los fantasmas de su infancia en una polvorienta obra en construcción, donde su único juguete había sido un martillo astillado y su único deseo, que su padre llegara a casa antes del anochecer.
Fue entonces cuando la vio.
No era una de las niñas bien vestidas que corrían por los pasillos con zapatitos de charol. Era una pequeña figura en la periferia de su visión, una anomalía en su mundo perfectamente curado. Estaba de pie junto al pasillo 5, el de los peluches y las ofertas de liquidación, medio oculta detrás de un estante de osos de felpa de tamaño industrial. No podía tener más de seis años. Su ropa, un abrigo delgado que claramente había visto mejores días y unos tenis de plataforma descoloridos, contrastaba dolorosamente con el brillo del mármol bajo sus pies. Su cabello oscuro estaba recogido en dos coletas desiguales, atadas con listones rosas que se deshilachaban en los bordes.
No se movía. No tocaba nada. Solo observaba el mostrador con una intensidad que era a la vez desgarradora y feroz. Sus pequeñas manos estaban metidas en los bolsillos de su abrigo, aferrando algo con una fuerza que hacía que sus nudillos se vieran blancos incluso a la distancia. Parecía una exploradora en territorio hostil, evaluando un abismo antes de atreverse a cruzarlo.
Emilio sintió una punzada, una extraña resonancia. Había algo en su postura, en su inmovilidad vigilante, que le recordaba a sí mismo. La sensación de ser un intruso, de no pertenecer.
Una de sus empleadas, una adolescente llamada Brenda con más interés en su teléfono que en los clientes, finalmente la notó. Su rostro se torció en una mueca de fastidio.
“Oye, niña”, su voz, aguda y despectiva, cortó la música ambiental. “Este no es un parque. No te quedes ahí parada. Si no vas a comprar nada, tienes que irte”.
La niña, que más tarde Emilio sabría que se llamaba Sofía, se estremeció como si la hubieran golpeado. Dio un paso atrás, tropezando con sus propios pies. Sus ojos, grandes y oscuros como dos pozos de petróleo, se movieron con pánico desde la imponente empleada hasta las puertas automáticas que prometían una escapatoria. Parecía un cervatillo asustado, a punto de echar a correr hacia el tráfico de la avenida.
Y fue en ese instante que algo dentro de Emilio se rompió. La apatía que lo había envuelto durante años se hizo añicos. Vio el miedo puro en los hombros caídos de la niña, la forma en que su pequeño cuerpo se encogía, tratando de desaparecer. Vio la injusticia casual de la reprimenda, la crueldad inconsciente del mundo hacia los más pequeños, los más vulnerables.
“Espera”, dijo Emilio.
Su voz no fue fuerte, pero tenía un peso, una autoridad que silenció instantáneamente a la empleada y a los clientes cercanos. El aire se cargó de una tensión repentina. Brenda se giró, su sorpresa mezclada con un terror incipiente al darse cuenta de a quién había interrumpido.
“Se-señor Garza… Yo solo…”.
Emilio levantó una mano, silenciándola. Salió de detrás de su fortaleza de mármol, un acto que no había realizado en meses. Sus zapatos italianos de piel, que costaban dos mil dólares, resonaron en el suelo mientras se acercaba. Se agachó, un movimiento que hizo protestar sus rodillas y su traje hecho a medida, para ponerse al nivel de la niña. Mantuvo su tono de voz bajo, gentil, el mismo que usaba para calmar a un animal asustado.
“Está bien”, le dijo a la niña, ignorando a todos los demás. “No estás molestando a nadie. A veces a mí también me gusta mirar los juguetes sin tocarlos”.
Luego, se volvió hacia Brenda, su mirada fría como el acero. “Ella es mi invitada. Asegúrate de que nadie más la moleste”. La adolescente asintió, pálida y temblorosa, antes de escabullirse hacia la bodega.
Emilio regresó su atención a la pequeña figura frente a él. “¿Cómo te llamas, corazón?”.
La niña, Sofía, lo miró con una mezcla de miedo y asombro. Había una sabiduría en sus ojos que no correspondía a su edad, una evaluación silenciosa. Después de un largo momento, pareció tomar una decisión. Con una solemnidad que le rompió el corazón a Emilio, dio un paso adelante, cruzando finalmente el cañón invisible que la separaba del mostrador.
Su pequeña mano salió del bolsillo. No sostenía un dulce robado ni un juguete olvidado. Sostenía un tesoro. Un billete arrugado de cincuenta pesos, doblado tantas veces que las líneas parecían cicatrices. Junto a él, un puñado de monedas de uno y dos pesos, y un solitario boleto de cartón del Metro de la Ciudad de México. Lo depositó todo sobre el frío y pulido cristal del mostrador, empujándolo hacia Emilio con un gesto de finalidad absoluta.
Levantó la barbilla, y con una voz que era apenas un susurro pero que resonó en el repentino silencio de la tienda como un trueno, dijo las palabras que cambiarían su vida para siempre.
“Quiero comprar un papá”.
El tiempo se detuvo. El villancico en los altavoces pareció fallar. El murmullo de los compradores se evaporó. Emilio parpadeó, seguro de haber escuchado mal. Miró el pequeño montón de dinero, la suma de todos los ahorros y esperanzas de una niña de seis años, y luego la miró a ella.
A su alrededor, la escena se había congelado. Una mujer que empujaba un carrito se detuvo en seco, con la mano en la boca. El guardia de seguridad junto a la puerta dejó de escanear a la multitud y fijó su mirada en ellos. Incluso la cajera adolescente, que había regresado tímidamente, estaba boquiabierta, con una caja de LEGO a medio escanear. El universo entero de “Juguetes Garza” se había encogido hasta ese pequeño espacio entre un hombre que lo tenía todo y una niña que solo quería una cosa.
Emilio sintió que el suelo se abría bajo sus pies. El aire se escapó de sus pulmones. Se arrodilló de nuevo, esta vez sin importarle su traje ni la dignidad. Se acercó a ella, su rostro a la altura del de ella, tratando de que su voz no se quebrara.
“¿Qué dijiste, mi amor?”, preguntó, su voz una caricia de incredulidad y dolor.
Sofía lo miró directamente a los ojos, sin vacilar. La confianza había reemplazado al miedo. Estaba en una misión.
“Un papá”, repitió, su voz un poco más fuerte, más firme. “Mi hermana dice que aquí venden de todo. Dice que los ricos pueden comprar lo que sea. Así que traje todo mi dinero. ¿Es suficiente?”.
Y con esa pregunta, con esa fe pura e inquebrantable en el poder del dinero para solucionar el dolor más profundo del alma, Sofía Ramírez no solo empujó cincuenta y tantos pesos a través de un mostrador. Empujó una lanza directamente al corazón de Emilio Garza, y él supo, con una certeza aterradora y absoluta, que nunca volvería a ser el mismo.
Capítulo 2
El mundo de Emilio se redujo al rostro de la niña. Sus ojos, enormes y serios, no contenían la manipulación infantil de un capricho, ni la inminencia de un berrinche. Contenían una esperanza tan pura y frágil que le aterraba. Era la esperanza de quien cree en los milagros, no porque sea ingenuo, sino porque la realidad le ha dejado sin otra opción.
Le ofreció una mano, un gesto instintivo para anclarla, para anclarse a sí mismo. Ella la tomó sin dudar. Su palma, pequeña y cálida, estaba ligeramente pegajosa, probablemente de un dulce o de la simple mugre de un día de juegos en las calles de una ciudad que no perdona. El contacto fue como una descarga eléctrica, un puente entre dos universos.
“Soy Emilio”, logró decir, su voz ronca. “Soy el dueño de esta tienda. Y por mucho que me gustaría ayudarte, aquí no… aquí no vendemos personas”.
Las palabras se sintieron torpes, crueles en su honestidad. Vio cómo la luz en los ojos de Sofía parpadeaba y se extinguía. No hubo lágrimas, ni un puchero. Lo que apareció en su rostro fue algo mucho peor: una decepción lenta y silenciosa, la resignación de alguien que ya esperaba el golpe. Fue el colapso silencioso de un sueño imposible.
“Oh”, murmuró, su mirada cayendo hacia su mano, todavía sostenida por la de él. Soltó su agarre y se dedicó a volver a juntar sus monedas, una por una, con una dignidad que lo partió en dos. “Pensé… pensé que tal vez si ahorraba lo suficiente… podría tener un papá para Navidad”.
Levantó la vista de nuevo, y esta vez había una grieta en su compostura. “Algunos niños en la escuela tienen uno. Los llevan al parque y los suben a sus hombros. Juegan a la pelota con ellos. Y sus mamás… sus mamás no siempre se ven tan cansadas”.
No siempre se ven tan cansadas.
Esa frase golpeó a Emilio con la fuerza de un recuerdo enterrado. De repente, ya no estaba en el mármol pulido de su tienda. Estaba de vuelta en 1985, un niño de siete años con rodillas perpetuamente raspadas, parado al borde de una zanja en una obra en construcción en Nezahualcóyotl. El aire olía a cemento húmedo, a sudor y a la comida recalentada que su madre traía en una bolsa de plástico. Su padre, un hombre forjado de polvo y determinación, estaba abajo, en el hoyo, con la espalda doblada y los músculos tensos. Recordaba el sonido de la pala contra la tierra, el agotamiento grabado en cada línea del rostro de su padre, pero también el orgullo feroz en sus ojos cuando miraba a Emilio. Y recordó la noche en que ese orgullo se quebró.
La llamada. El rostro pálido de su madre. Las sirenas a lo lejos. Su padre se había desplomado en la banqueta de camino a casa, su corazón finalmente rindiéndose a años de trabajo brutal. Emilio, con el bolsillo lleno de sus ahorros de los domingos —unos cuantos pesos—, se había acercado a su madre, que lloraba en silencio en la cocina, y le había preguntado: “¿Puedo usar mi domingo para que papá vuelva?”.
La memoria, afilada como un cristal roto, lo atravesó. Ninguna cantidad de dinero, ningún rascacielos con su nombre, ninguna adquisición corporativa había logrado mitigar el dolor de esa impotencia. Y ahora, esta pequeña niña, con su propio tesoro de monedas, le estaba haciendo la misma pregunta al universo.
“¿Dónde está tu mamá, Sofía?”, preguntó, su voz apenas un susurro.
“Se fue al cielo el año pasado”, respondió ella con una naturalidad escalofriante, como si estuviera recitando un hecho de un libro de texto. “Tenía cáncer. Mi hermana Elena dice que ahora es una estrella, pero a veces la busco y hay demasiadas nubes”. Hizo una pausa, su ceño frunciéndose. “Y mi hermana trabaja mucho. Mucho. Me quedo con Doña Carla, la vecina, cuando Elena se va a su otra chamba. Pero ella no es mi mamá, y yo no tengo papá”.
Emilio estaba a punto de preguntar qué quería decir con “otra chamba” cuando las puertas de la tienda se abrieron de golpe, haciendo que el tintineo de la campana navideña sonara estridente y alarmante contra el silencio expectante.
“¡SOFÍA!”
La voz era un grito de puro pánico. Una joven con un uniforme rojo descolorido de una fonda, con el logo de “Cocina Doña Mary” apenas visible, irrumpió en la tienda. Su cabello, un chongo apresurado, se había soltado, y mechones oscuros se pegaban a sus mejillas sudorosas y pálidas. Sus ojos, del mismo color profundo que los de Sofía, recorrieron la tienda con una desesperación frenética hasta que se posaron en la pequeña figura junto al mostrador.
“¡Sofía!”, repitió, esta vez con un alivio que casi sonó a sollozo. Corrió hacia ellos, sin importarle los clientes que se apartaban de su camino. Se arrodilló y envolvió a Sofía en un abrazo tan feroz que pareció que intentaba fusionarla con su propio cuerpo. “Dios mío, Sofía, me diste un susto de muerte. Te busqué por todas partes. Nena, no puedes, no puedes escaparte así”.
“No me escapé, Elena”, explicó Sofía, su voz amortiguada contra el hombro de su hermana. Señaló débilmente el mostrador. “Estaba comprándonos un papá. Pero no tengo suficiente dinero”.
La joven, Elena, levantó la vista. Sus ojos se encontraron con los de Emilio, y él fue testigo de un cataclismo de emociones en una fracción de segundo. Primero, el alivio se evaporó, reemplazado por la confusión. Luego, la confusión se convirtió en una vergüenza abrasadora al darse cuenta de la situación, del público, del hombre rico que la observaba. La vergüenza se endureció en furia, una ira protectora dirigida a él, el extraño que había presenciado su momento de vulnerabilidad. Y finalmente, todo se derrumbó en una profunda y amarga humillación.
Se puso de pie de un salto, colocando su cuerpo delgado pero rígido entre Sofía y él. Era una leona defendiendo a su cachorro.
“Lamento que la haya molestado”, dijo, su voz tensa y formal. Cada palabra era una barrera. “A veces se le ocurren ideas… no volverá a pasar”.
“No me molestó en absoluto”, dijo Emilio, y se sorprendió de la sinceridad en su propia voz. “Al contrario. Me recordó por qué empecé este lugar”.
Elena lo miró fijamente, sus ojos entrecerrados. No le creyó. Para ella, él era solo parte del problema: un hombre en un traje caro, viviendo en un mundo que nunca podría entender el de ella. “Claro”, respondió, su tono cargado de sarcasmo.
“¿Puedo acompañarlas a la puerta?”, ofreció Emilio.
“Estamos bien”, espetó ella, tomando la mano de Sofía con fuerza. “Vámonos, Sofi”.
Mientras se daban la vuelta, dos figuras frágiles contra la inmensidad de su tienda, Emilio se quedó inmóvil. Vio a la niña que había intentado comprar un milagro con cincuenta pesos. Y vio a la mujer que la criaba, una joven que debería estar en la universidad o saliendo con sus amigos, pero que en cambio estaba unida por manchas de café, turnos dobles y un amor tan feroz que era casi palpable.
Justo cuando estaban a punto de cruzar el umbral y desaparecer de nuevo en el anonimato de la ciudad, algo impulsó a Emilio a hablar.
“Esperen”, llamó.
Elena se detuvo, pero no se dio la vuelta por completo, solo giró la cabeza, desconfiada.
“Tu nombre”, dijo él, sintiéndose extrañamente expuesto. “¿Cuál era?”.
Ella dudó, como si incluso esa pequeña pieza de información fuera demasiado valiosa para entregarla. Finalmente, cedió. “Elena. Elena Ramírez”.
Él asintió lentamente, sin saber qué más decir. No esperaba una sonrisa, pero ella se la dio. Fue el gesto más pequeño, apenas una curva en sus labios, tan gastado y cansado como el resto de ella, pero contenía un universo de gratitud y agotamiento. Luego, se fueron.
La puerta se cerró, y el hechizo se rompió. El murmullo de la tienda volvió a subir, los villancicos reanudaron su alegre marcha. Pero para Emilio Garza, el silencio permaneció. Se quedó de pie, un multimillonario sin hijos, un rey solo en su castillo de juguetes, fundamentalmente sacudido por una niña con un boleto del Metro y el coraje de pedir lo imposible. Miró el mostrador de cristal. Allí, olvidado en la prisa, yacía el billete de cincuenta pesos.
Lo recogió. Se sentía cálido por el contacto de la mano de la niña. Por primera vez en una década, Emilio no se sentía seguro de que el dinero pudiera arreglarlo todo. Pero mientras sostenía ese billete arrugado, una nueva y peligrosa idea comenzó a formarse en su mente: tal vez, solo tal vez, podría ser usado para intentarlo.
Parte 2
Capítulo 3
Esa noche, la opulencia del penthouse en la Avenida Presidente Masaryk se sentía más como una jaula dorada que como un hogar. Emilio Garza estaba de pie frente al ventanal de piso a techo, una pared de cristal que separaba su existencia esterilizada del pulso vibrante y caótico de la Ciudad de México. Abajo, las luces de Polanco y Reforma se extendían como un río de diamantes líquidos, un paisaje que solía llenarlo de un frío sentimiento de poder y dominio. Hoy, solo veía un abismo. La ciudad, con sus veinte millones de almas, sus millones de historias de lucha y supervivencia, parecía burlarse de su aislamiento.
El silencio en el apartamento era absoluto, roto solo por el suave zumbido del sistema de climatización y el tintineo ocasional del hielo en un vaso de whisky Macallan de 25 años que no había tocado. El espacio, diseñado por uno de los arquitectos más cotizados del país, era un monumento al minimalismo y la riqueza. Obras de Tamayo y Toledo colgaban en paredes de un blanco impecable, cada pieza una inversión millonaria que le producía la misma emoción que leer un informe bursátil. El mobiliario, importado de Italia, era elegante, incómodo y estaba impecablemente limpio, sin una sola huella digital, sin el más mínimo desorden que indicara que allí vivía un ser humano. Era un museo, no una casa.
Pero en su mente, el silencio era un estruendo. La voz de la pequeña Sofía se repetía en un bucle infinito, cada palabra una aguja clavándose en una herida que él creía cicatrizada. Quiero comprar un papá.
Había escuchado las peticiones más extravagantes que el dinero podía inspirar. Inversionistas exigiendo jets privados, amantes pidiendo joyas de Cartier, políticos susurrando la necesidad de “donaciones” para campañas a cambio de favores. Había navegado por ese mundo de codicia con una destreza cínica. Pero esto… esto era diferente. La petición de Sofía no era de codicia, sino de una necesidad tan fundamental como el aire. No quería un objeto, quería un pilar. No quería lujo, quería amor.
Se pasó una mano por el cabello, sintiendo el peso de un cansancio que no era físico. El billete de cincuenta pesos que había recogido del mostrador yacía sobre su escritorio de caoba, junto a una pila de propuestas de adquisición que valían cientos de millones de dólares. El billete arrugado, con la imagen de Morelos casi borrada por el uso, parecía tener más peso, más valor real, que todos esos documentos juntos.
La imagen de su propio padre lo asaltó con una claridad brutal. No el recuerdo idealizado del hombre fuerte, sino la imagen cruda del final: el cuerpo desplomado en una banqueta de Neza, cubierto de polvo de cemento, los ojos abiertos con una expresión de sorpresa final. Recordó el olor a tierra mojada y a la fritanga de la cena que su madre había preparado. Recordó el sonido de su propia voz infantil, ofreciendo su tesoro de monedas, creyendo con toda la fe de sus siete años que el amor y el dinero podían negociar con la muerte. Su madre no había respondido. Solo lo había abrazado, y su cuerpo temblaba con sollozos que no emitían sonido, un terremoto silencioso de dolor.
Durante treinta años, había construido un imperio sobre la premisa de que el dinero era la única armadura, la única solución. El dinero compraba seguridad, influencia, respeto. El dinero construía muros tan altos que el dolor del mundo exterior no podía alcanzarte. Pero hoy, una niña de seis años con un boleto del Metro en el bolsillo había atravesado esos muros sin esfuerzo, recordándole que la pobreza más grande no es la que se mide en pesos, sino en ausencias.
Se acercó al intercomunicador, su dedo flotando sobre el botón. ¿Qué iba a hacer? ¿Enviarles un cheque? ¿Un camión lleno de juguetes? Esos eran los gestos de los ricos culpables, una forma de poner una curita en la herida del mundo para poder volver a dormir tranquilos. Era caridad, no conexión. Y por primera vez en mucho tiempo, anhelaba la conexión.
Presionó el botón. “Martín, ven a mi oficina, por favor”.
Unos momentos después, Martín, su asistente desde hacía una década, entró silenciosamente. Era un hombre de unos cincuenta años, siempre impecable en su traje gris, con una expresión de calma profesional que nunca flaqueaba. Era el guardián de la vida de Emilio, el filtro entre él y el mundo.
“Señor Garza”, dijo, su voz un murmullo respetuoso.
Emilio no se giró. Siguió mirando las luces de la ciudad. “Necesito que encuentres a alguien. Una mujer llamada Elena Ramírez. Debería tener unos veintitantos años. Tiene una hermana menor, Sofía, de unos seis. Viven en la Ciudad de México, probablemente en una zona de bajos recursos. La vi hoy en la tienda de Polanco”. Hizo una pausa. “La hermana mayor trabaja en una fonda, creo que se llama ‘Cocina Doña Mary’”.
Martín, que estaba acostumbrado a recibir órdenes para investigar corporaciones rivales o rastrear activos financieros, parpadeó levemente, la única señal de su sorpresa. “¿Alguna otra información, señor?”.
“La niña… Sofía… llevaba un abrigo delgado y unos tenis de plataforma. Elena… Elena parecía… cansada”. La descripción se sintió absurdamente inadecuada. ¿Cómo describir la mezcla de fiereza y agotamiento en los ojos de aquella joven?
“Entendido, señor. ¿Con qué propósito debo encontrarlas?”.
Emilio finalmente se giró. Miró a Martín, y por un instante, su asistente vio una grieta en la fachada de acero de su jefe. Vio la incertidumbre, el dolor. “Aún no lo sé, Martín”, dijo honestamente. “Solo… encuéntralas. Quiero un informe completo. Dónde viven, cómo viven, a qué se enfrenta esa familia. Y hazlo con discreción. No quiero que se sientan observadas ni amenazadas. Usa nuestros recursos internos, los que no dejan rastro”.
“Por supuesto, señor”. Martín asintió y se retiró tan silenciosamente como había llegado, dejando a Emilio solo de nuevo con sus pensamientos.
Mientras tanto, a kilómetros de distancia, en un pequeño departamento en los confines de Iztapalapa, el mundo era un universo diferente. El aire no olía a pino sintético, sino a la humedad que se filtraba por las paredes, a las cebollas que Elena había frito para la cena y a los suaves toques de lavanda de los ambientadores baratos que usaba para combatir el olor a encierro.
Sofía estaba sentada en el suelo, sobre un tapete trenzado de colores desvaídos que su abuela había hecho. En su regazo, la nueva muñeca que el “señor de los juguetes” le había regalado, era el objeto más lujoso de toda la casa. Era una muñeca preciosa, de piel morena como la suya, con cabello negro y trenzado y un vestido de un azul profundo que parecía robado de un cielo nocturno. Sofía la había bautizado “Esperanza”.
Desde que la tenía, Esperanza se había convertido en su confidente. Le susurraba los secretos que no le contaba a Elena para no preocuparla: el niño que la molestaba en la escuela, el miedo que sentía cuando los perros ladraban por la noche, cuánto extrañaba el olor de su mamá. Incluso le ofrecía mordiscos imaginarios de su quesadilla.
Esa noche, mientras Elena, sentada a la pequeña mesa de la cocina, se frotaba las sienes y miraba con desesperación una pila de recibos de luz y agua, Sofía jugueteaba con el vestido de Esperanza. Sus pequeños dedos recorrieron la espalda de la muñeca, alisando la tela. Fue entonces cuando sintió algo. Un pequeño bulto, duro y anguloso, justo debajo de la línea del cabello, oculto en la costura.
Frunció el ceño. Con la curiosidad propia de un niño, pellizcó la tela. Sintió un ligero “clic”. Sus ojos se abrieron de par en par. Miró hacia la cocina, pero Elena seguía absorta en su batalla con los números. Con el corazón latiéndole con fuerza, como cuando jugaba a las escondidas y estaba a punto de ser descubierta, volvió a manipular el bulto. Una pequeña solapa de tela, camuflada expertamente, se abrió.
Dentro del hueco del cuerpo de la muñeca, había dos objetos. Uno era un pequeño pin de metal dorado, con la forma de una rosa de los vientos. Brillaba débilmente bajo la luz amarillenta del foco del techo. El otro era un trozo de papel, doblado en un cuadrado diminuto.
Con dedos temblorosos, Sofía sacó ambos. El pin era frío y pesado. El papel, frágil. Contuvo la respiración y lo desdobló. La letra era elegante, escrita con tinta negra.
“Para la valiente que ve lo que otros pasan por alto. Esto no es un juguete. Es una llave. Guárdala bien. E.G.”
Sofía leyó las palabras una y otra vez, aunque algunas le costaban trabajo. ¿Una llave? ¿Una llave para qué? ¿Y quién era E.G.? ¿El señor de los juguetes? ¿Emilio Garza? Miró la muñeca, luego el pin y la nota. Esto no era un juego normal. Se sentía como el comienzo de un cuento de hadas, uno de esos con secretos y tesoros. Una parte de ella quería correr y mostrárselo a Elena, compartir el misterio.
Pero entonces, levantó la vista y observó a su hermana. Elena había dejado caer la cabeza entre las manos, y sus hombros se sacudían ligeramente. No estaba llorando en voz alta, pero Sofía conocía ese tipo de llanto silencioso. Era el llanto de cuando el dinero no alcanzaba, de cuando el cansancio ganaba, de cuando el peso del mundo era demasiado.
Y en ese momento, la niña de seis años tomó una decisión de adulta. Con una solemnidad que desmentía su edad, dobló cuidadosamente la nota, la metió de nuevo en el compartimento secreto de Esperanza junto con el pin de la brújula, y cerró la solapa. El secreto no era solo suyo ahora; era su responsabilidad. Elena ya tenía demasiados monstruos con los que luchar. No necesitaba uno más. Por ahora, Sofía sería la guardiana de la llave.
Capítulo 4
El amanecer en Iztapalapa no era un suave resplandor dorado, sino una luz gris y lechosa que se filtraba a través de las ventanas empañadas, revelando un mundo de concreto y acero. Para Elena Ramírez, cada amanecer era una bofetada, un recordatorio de que el cronómetro de su vida había comenzado otra cuenta regresiva de 24 horas. Su día comenzaba a las 4:30 a.m., con el sonido estridente de la alarma de su celular barato. El primer pensamiento, siempre el mismo: un día más.
Se movía por el pequeño apartamento en una coreografía de agotamiento y eficiencia. Preparaba el café en una vieja cafetera de peltre, dejaba listo el desayuno de Sofía —un licuado de plátano y dos galletas Marías—, y se vestía en la penumbra para no despertar a su hermana. Su primer trabajo era en la “Cocina Doña Mary”, una fonda bulliciosa cerca del metro Constitución de 1917. El aire allí era un ataque a los sentidos: el chisporroteo del aceite, el aroma penetrante de los chilaquiles verdes, el murmullo constante de los comensales y los gritos de Doña Mary, una mujer cuya amabilidad era inversamente proporcional al volumen de su voz. Elena trabajaba allí de 6 a 11 de la mañana, sirviendo cafés, limpiando mesas y soportando las manos demasiado amigables de algunos clientes. El sueldo era una miseria, pero las propinas, por pequeñas que fueran, ayudaban a pagar el gas.
A las 11:05, corría hacia el metro, un río subterráneo de humanidad que la arrastraba a través de la ciudad. El viaje hasta su segundo trabajo era de casi una hora. Se paraba en el vagón, apretada entre cientos de cuerpos, a menudo quedándose dormida de pie por breves instantes, despertando con un sobresalto cuando el tren frenaba bruscamente. A veces, en la ventana, veía su propio reflejo: una joven de veintitrés años con ojeras que parecían moretones y una expresión de perpetua preocupación. ¿En qué momento se había convertido en esa persona?
Su segundo trabajo era el más surrealista: limpiar las oficinas de una firma de abogados en la colonia Roma. Era un mundo de silencio, aire acondicionado y el olor a limpiador de limón. Pasaba tres horas vaciando papeleras llenas de documentos legales, limpiando escritorios de madera pulida y aspirando alfombras gruesas. Los abogados apenas la miraban. Para ellos, era invisible, una función, no una persona. Y en cierto modo, Elena lo prefería. La invisibilidad era un respiro.
Pero la peor parte del día aún estaba por llegar. Después de otro viaje en metro, llegaba a su tercer empleo: la lavandería “Lava-Max” en su propia colonia. El calor húmedo la golpeaba al entrar, un vapor espeso que olía a detergente y a ropa usada. Pasaba las siguientes cuatro horas doblando sábanas, clasificando calcetines y alimentando máquinas industriales que rugían como bestias. Era un trabajo entumecedor, repetitivo, que le daba demasiado tiempo para pensar.
Pensaba en Sofía. ¿Habría comido bien? ¿Estaría segura con Doña Carla? Y pensaba en la tienda de juguetes. La vergüenza aún le quemaba las mejillas. La mirada de aquel hombre, Emilio Garza. Por un instante, lo había odiado con cada fibra de su ser: por su traje, por su calma, por la facilidad con la que el mundo parecía doblegarse ante él. Pero luego, recordó algo más. La forma en que se había arrodillado. La suavidad en su voz cuando le habló a Sofía. No había habido lástima en sus ojos, sino algo más profundo, algo que la desarmó: se había visto aturdido, tocado… humano. Sacudió la cabeza, desechando el pensamiento. La gente como él no recordaba a chicas como ella. Eran anécdotas curiosas, breves incursiones en el zoológico de la pobreza antes de volver a sus vidas de mármol.
Esa noche, mientras metía la mano en el bolsillo de su abrigo buscando las llaves, sus dedos encontraron un pequeño objeto de plástico. Era un pin de dinosaurio que Sofía había enganchado en su suéter esa mañana. “Es para la suerte, hermanita”, le había susurrado. “Tú la necesitas más que yo”. Una risa amarga y un sollozo se atascaron en la garganta de Elena. ¿Cómo se le explica a una niña que el amor no viene con un recibo?
Mientras tanto, en su penthouse, Emilio Garza no era el tipo de hombre que olvidaba las cosas que lo sacudían. A mediodía, Martín regresó con un archivo delgado. Lo dejó sobre el escritorio de Emilio con la reverencia de un mayordomo presentando las joyas de la corona.
“Señor Garza, el informe preliminar sobre la familia Ramírez”.
Emilio lo abrió. Dentro había más de lo que esperaba. Martín era, ante todo, eficiente. Había fotos. Una, tomada con un teleobjetivo, mostraba a Elena saliendo de su edificio, con el cabello recogido en una cola de caballo, cargando una cesta de ropa, mientras Sofía se asomaba tímidamente por detrás de sus piernas. Otra era de Elena en una parada de autobús, con la mirada perdida, medio dormida. Su agotamiento era tan palpable que parecía una fotografía en 3D.
El informe era conciso: “Elena Ramírez, 23 años. Graduada de preparatoria, CCH Vallejo. Sin estudios universitarios. Tutora legal de su hermana menor, Sofía Rose Ramírez. Su madre, María, falleció de cáncer de mama hace 18 meses. Padre, desconocido en el acta de nacimiento de ambas. Elena tiene cuatro empleos registrados: mesera, limpieza de oficinas, empleada de lavandería y cuidadora de niños los fines de semana. Viven en un departamento de alquiler controlado en Iztapalapa. Sin antecedentes penales, sin quejas de vecinos, sin asistencia de servicios infantiles. Sus vecinos la describen, y cito, como ‘terca como una mula, pero noble como el cielo’”.
“Lo hace todo sola”, añadió Martín en voz baja. “Sin red de apoyo. Sin ayuda”.
Emilio asintió lentamente, sus ojos fijos en la foto de Elena en el autobús. Era el rostro de una guerrera al borde del colapso. “¿Y el padre?”, preguntó.
Martín dudó. “No hay rastro. Por lo que pude averiguar, Elena nunca lo conoció. Su madre tuvo a Sofía más tarde en la vida, después de un divorcio. Es posible que usara un donante o simplemente no quisiera decirlo”.
Emilio cerró el archivo. La historia era un cliché de la tragedia urbana, pero las fotos, la dignidad desafiante en el rostro de Elena, la hacían insoportablemente real.
“Organiza una reunión con los gerentes de la tienda”, dijo Emilio. “Quiero crear algo. Una subvención, una fundación… algo discreto. Bajo el radar”.
Martín asintió. “¿Y la niña, señor?”.
Emilio se levantó y caminó hacia la ventana. “Pidió un padre, Martín. No una beca. No puedo darle lo que quiere, pero quizá… quizá pueda darle a su hermana las herramientas para seguir siendo lo que ya es: un maldito milagro”.
Fue entonces cuando sonó el intercomunicador de su escritorio. Era Lorenzo Chávez, el director financiero. “Emilio, tenemos que hablar del Proyecto Catalejo. Hay actividad en los servidores encriptados. Necesitamos autorización para un barrido completo”.
La expresión de Emilio se endureció. El Proyecto Catalejo. Un vestigio de un mundo del que había intentado distanciarse. Una red de vigilancia privada, creada por su padre y un consorcio de industriales en los años 90, supuestamente para proteger sus intereses. Con el tiempo, se había convertido en algo más oscuro, una herramienta para recopilar información, para mover hilos. Emilio lo había heredado y lo había dejado en estado latente, demasiado peligroso para usarlo, demasiado complejo para desmantelarlo.
“Denme 72 horas”, espetó Emilio. “Si no tengo respuestas para entonces, tendrán su barrido”.
Colgó, sintiendo una oleada de irritación. El pasado siempre volvía. Más tarde, en la privacidad de su estudio, abrió una caja fuerte oculta detrás de un cuadro de Leonora Carrington. Dentro, junto a fajos de documentos antiguos, había un estuche de terciopelo negro. Lo abrió. Un pin dorado en forma de rosa de los vientos, idéntico al que Sofía ahora guardaba en su muñeca, descansaba sobre el forro. Era una reliquia, un marcador de su pertenencia a un círculo del que nunca había hablado con nadie. Solo existían doce. ¿Cómo era posible…? Su mente se aceleró. La muñeca. No había sido un regalo al azar. Había sido un mensaje.
La noche cayó sobre la ciudad. En la lavandería de Iztapalapa, Elena doblaba la última carga de toallas bajo el zumbido parpadeante de las luces fluorescentes. La campana de la puerta tintineó. Levantó la vista, lista para decir que estaban cerrando. Un hombre alto, con un abrigo azul marino que gritaba dinero, estaba de pie allí, sosteniendo una gran bolsa de papel.
Elena se quedó helada. “Señor Garza”.
Él avanzó, ofreciéndole la bolsa. “Cemitas de ‘El As de Oros’ y agua de horchata de verdad. Sofía me dijo que te saltas las comidas”.
Elena lo miró fijamente, sin palabras. “¿Cómo…?”.
“Me recuerda a alguien que solía ser”. Un largo silencio se extendió. “No estoy aquí para compadecerme de ti”, dijo él. “No quiero salvarte. No lo necesitas. Solo quería darte las gracias. Por mantener viva su esperanza”.
Finalmente, Elena tomó la bolsa, sus manos temblando. “¿Por qué está realmente aquí?”.
Emilio dudó, luego dijo en voz baja: “Porque una niña me ofreció cincuenta pesos y me recordó lo que es la verdadera riqueza”.
Pero esa no era toda la verdad. Estaba allí porque la llave que esa niña llevaba en su muñeca podía abrir puertas que él había cerrado hacía mucho tiempo, puertas que conducían a secretos que podían destruir a hombres como él. Y necesitaba saber si ella era la llave o solo la portadora.
Mientras Elena lo observaba, confundida y desconfiada, una noche, a muchos kilómetros de distancia, decidió revisar la muñeca de su hermana. Solo para asegurarse de que estuviera bien. Fue entonces cuando sintió el bulto. Su corazón se detuvo. Con dedos torpes, encontró la solapa. Y la pequeña nota doblada cayó en su mano.
La leyó una vez. Dos veces. Sus ojos se abrieron de par en par, no de sorpresa, sino de un terror que le heló los huesos. El nombre de su madre estaba allí, en una frase críptica que no entendía, pero el nombre al final, las iniciales, eran inconfundibles. E.G.
La mañana siguiente, antes de que el sol saliera, Elena Ramírez estaba de pie frente a la opulenta juguetería de Polanco, no como una madre avergonzada, sino como una mujer que exigía respuestas. El juego, sin que ella lo supiera, ya había comenzado.
Capítulo 5
Los días que siguieron a la confrontación en la juguetería se sintieron como un sueño febril para Elena. El mundo, que antes era una rutina agotadora pero predecible de horarios y cuentas, ahora parecía tener una capa invisible, un subtexto que no podía leer pero cuya presencia sentía como una corriente eléctrica bajo la piel. Sofía, por su parte, trataba a la muñeca “Esperanza” con una reverencia que iba más allá del simple afecto infantil. No era solo un juguete; era un talismán, un secreto compartido entre ella y el enigmático señor Garza. La pequeña nota, con su mensaje críptico sobre ser una “llave”, estaba guardada en el fondo de un cajón de calcetines, un tesoro peligroso que Elena sacaba y leía en la quietud de la madrugada, cuando el peso de la ciudad dormida parecía aplastarla.
La nota era una brasa ardiente en su mente. “Para la valiente que ve lo que otros pasan por alto. Esto no es un juguete. Es una llave. Guárdala bien. E.G.” ¿Qué diablos significaba? ¿Qué veía Sofía que otros no? ¿Y qué abría esa “llave”? La sospecha, un veneno lento, se mezclaba con su agotamiento. Emilio Garza no era un filántropo espontáneo. Los hombres como él no hacían nada sin un motivo, sin un cálculo de riesgo y beneficio. Y el hecho de que hubiera involucrado a su hermana de seis años en su extraño juego lo convertía, a los ojos de Elena, en una amenaza.
Finalmente, después de tres días de insomnio y una ansiedad que le corroía el estómago, tomó una decisión. No podía seguir viviendo en la incertidumbre. Faltó a su turno en la lavandería, un lujo que le costaría caro, y con el corazón martilleándole en el pecho, tomó el metro de vuelta a Polanco. Esta vez no era una madre avergonzada huyendo. Era una mujer con una pregunta, una demanda.
Llegó a la juguetería justo antes del cierre. La tienda estaba más tranquila, la multitud navideña había amainado. Emilio Garza estaba en el mismo lugar, detrás del mostrador, como un rey supervisando su reino. Cuando la vio entrar, su expresión no mostró sorpresa, sino una especie de resignación sombría, como si la hubiera estado esperando.
Elena marchó directamente hacia él, ignorando las miradas curiosas de los empleados. Colocó la nota sobre el mostrador de cristal, su mano temblando ligeramente por la adrenalina. “Lo encontré”, dijo, su voz más firme de lo que se sentía. “Dentro de la muñeca. Quiero que me diga qué es esto. Qué está haciendo con mi hermana”.
Emilio miró la nota, luego a los ojos de Elena. Vio la furia, el miedo, pero sobre todo, la determinación inquebrantable de una hermana protegiendo a su familia. Suspiró, un sonido cargado de un peso que parecía tener décadas de antigüedad. “Creo que es mejor que hablemos en privado”.
La condujo a una puerta discreta en la parte trasera de la tienda, una que nunca había notado. Condujo a una oficina que era el polo opuesto de su penthouse. Era un espacio funcional, casi monástico. Las paredes estaban cubiertas de estanterías con libros antiguos sobre estrategia, historia y filosofía. Había un escritorio de madera maciza, un par de sillas de cuero gastadas y un gran mapa del mundo antiguo en una de las paredes. Olía a papel viejo, a cuero y a café. Este era el verdadero santuario de Emilio, no la jaula de cristal en las alturas.
Le ofreció una silla y se sentó frente a ella, juntando las manos sobre el escritorio. “No esperaba que lo encontrara tan pronto”, admitió. “Pero tal vez debí suponerlo. La observación es un rasgo de familia”.
“Deje de hablar en acertijos”, espetó Elena. “Conocía a mi madre. Su nombre… estaba en otro papel dentro de la muñeca”. Era una mentira, una sonda lanzada a la oscuridad, pero la reacción de Emilio le dijo que había dado en el blanco.
Un músculo en su mandíbula se tensó. “Sí”, dijo en voz baja. “Conocí a tu madre, Elena. Hace mucho tiempo”.
“¿Cómo? Ella limpiaba habitaciones de hotel. Vivía en Ecatepec. No se movía en sus círculos”.
Emilio se recostó en su silla, su mirada perdida en los recuerdos. “Tu madre, María, era mucho más que una mujer que limpiaba habitaciones. Era una de las personas más extraordinarias que he conocido. Y sí, trabajaba para una organización a la que yo pertenecía. Una red… no oficial. La llamábamos ‘Los Vigías’”.
Elena lo miró con incredulidad. “¿Vigilantes? ¿Una especie de secta de ricos jugando a ser superhéroes?”.
“No”, la corrigió él, su tono serio. “Nada tan melodramático. Éramos… somos… un grupo de individuos con recursos. Industriales, académicos, ex-militares, artistas. Gente que cree que el sistema, la burocracia, la política… a menudo fallan. Que el talento se desperdicia, que la justicia se tuerce y que hay personas con un potencial extraordinario que son aplastadas por la vida antes de que tengan la oportunidad de florecer. Nosotros intervenimos. Silenciosamente. Movemos palancas, abrimos puertas, neutralizamos amenazas. No buscamos publicidad. No buscamos crédito. Solo buscamos… equilibrio”.
Elena sentía que la cabeza le daba vueltas. “¿Y mi madre? ¿Qué tenía que ver ella con todo esto?”.
“Tu madre tenía un don”, continuó Emilio, su voz teñida de admiración. “Era una ‘trazadora’. Tenía una capacidad casi sobrenatural para ver patrones donde otros solo veían caos. Escuchaba conversaciones fragmentadas en los pasillos de los hoteles, leía notas descartadas en las papeleras, observaba las interacciones en los vestíbulos… y conectaba los puntos. Trazaba redes de corrupción, identificaba a personas en peligro, detectaba conspiraciones antes de que tomaran forma. Su trabajo de limpieza no era solo un trabajo; era su tapadera perfecta. Era invisible. Y desde esa invisibilidad, veía todo”.
Elena se quedó sin aliento. Los recuerdos de su madre cobraron una nueva dimensión. Su silencio, que siempre había interpretado como cansancio o tristeza, ahora parecía concentración. Las noches que la encontraba murmurando nombres junto a la ventana no eran desvaríos, eran análisis. La forma en que escuchaba, sin parpadear, absorbiendo cada detalle… de repente, todo tenía un sentido aterrador.
“Ella nos ayudó a desmantelar una red de trata en Monterrey. Expuso a un juez corrupto en la Ciudad de México que estaba vendiendo sentencias. Identificó a un niño genio en un orfanato de Oaxaca al que estábamos a punto de perder…”, Emilio hizo una pausa, su rostro ensombreciéndose. “Y luego vino Puebla”.
“¿Qué pasó en Puebla?”, susurró Elena.
“Hubo una misión. Se trataba de proteger a un informante, un periodista que estaba a punto de exponer un esquema de malversación de fondos que llegaba hasta el gobierno estatal. María fue quien trazó el plan de extracción. Pero algo salió mal. La red fue comprometida. Alguien de dentro nos traicionó. El informante… fue asesinado. Tu madre se culpó a sí misma. Vio la fealdad de lo que hacíamos, el costo humano. Dijo que el poder que manejábamos era demasiado fácil de corromper. Quiso salirse. Desaparecer. Y lo hizo. Cortó todo contacto. Se dedicó a ustedes, a protegerlas, a darles una vida normal, lejos de todo esto”.
Las lágrimas picaban en los ojos de Elena. Ira, dolor y una abrumadora ola de amor por su madre la inundaron. Había renunciado a todo un mundo por ellas.
“Entonces, ¿por qué ahora?”, preguntó, su voz quebrada. “¿Por qué buscar a Sofía? ¿Por qué arrastrarnos de vuelta a esto?”.
Emilio se inclinó hacia adelante, su expresión intensa. “Porque el pasado nunca muere, Elena. Una de las creaciones más peligrosas de ‘Los Vigías’ fue algo llamado ‘Proyecto Catalejo’. Una base de datos. Un censo de individuos con ‘potencial’. Niños, adolescentes, adultos. Científicos, artistas, líderes… y también amenazas potenciales. La base de datos incluía todo sobre ellos: sus perfiles psicológicos, sus redes, sus debilidades. Después del desastre de Puebla, se suponía que el proyecto sería desmantelado, archivado para siempre. Pero no fue así. Nos hemos enterado de que alguien, un fragmento de la vieja red, ha reactivado Catalejo. Y están vendiendo la información al mejor postor: corporaciones, gobiernos extranjeros, cárteles…”.
“¿Y qué tiene que ver Sofía con esto?”, preguntó Elena, aunque ya temía la respuesta.
“El nombre de tu madre está en esa base de datos. Y por extensión, el de ustedes. Pero es más que eso. La muñeca no fue solo un regalo. Fue una prueba. Le di a Sofía un objeto con un secreto. Quería ver si su don, el don de tu madre para observar, para ver más allá de la superficie, se había manifestado en ella. Y lo hizo. Encontró la llave. Lo que no esperaba es que la situación fuera tan urgente”.
Emilio se levantó y caminó hacia la ventana. “Alguien está cazando a las personas de esa lista, Elena. Están eliminando cabos sueltos, adquiriendo ‘activos’. La razón por la que te busqué, la razón por la que le di la muñeca, es porque creo que Sofía no es solo un objetivo. Creo que ella, como tu madre, puede ver cosas. Puede que sea la única que pueda detectar la amenaza antes de que nos encuentre a todos”.
Un silencio denso y pesado llenó la habitación. Elena sentía que se ahogaba. Su vida, que ya era una lucha diaria por la supervivencia, acababa de convertirse en el argumento de una película de espías. Era demasiado. Era absurdo.
Se puso de pie, temblando. “Esto es una locura. Mi hermana es una niña. No es una espía ni una especie de elegida. Es una niña que extraña a su mamá y dibuja dinosaurios. Quiero que se mantenga alejado de nosotras. Deje su dinero y sus conspiraciones. Encontraremos la forma de sobrevivir. Siempre lo hacemos”.
Dio media vuelta y caminó hacia la puerta, desesperada por escapar, por volver a la simple y brutal realidad de sus múltiples trabajos.
“Elena”, la llamó Emilio, su voz teñida de una urgencia que la detuvo en seco. “El peligro no va a desaparecer porque lo ignores. Ya está aquí. Ya las está buscando”.
Ella no respondió. Abrió la puerta y salió corriendo de la oficina, de la tienda, hacia el aire contaminado de la noche de la ciudad, buscando refugio en el anonimato de la multitud.
Llegó a su departamento pasada la medianoche, con el alma hecha trizas. Encontró a Sofía dormida en el sofá, con la televisión encendida en un canal de caricaturas. La levantó con cuidado y la llevó a su cama. Mientras la arropaba, Sofía se movió y murmuró algo en sueños. Elena se inclinó para escuchar.
“El hombre del callejón… no parpadea…”.
Elena se congeló. Se acercó a la ventana y miró hacia la calle oscura y mal iluminada. Al principio, no vio nada fuera de lo común: un par de autos estacionados, un perro callejero olfateando una bolsa de basura. Pero entonces, lo vio. Una figura de pie en la sombra de un edificio de enfrente. Un hombre alto, con un abrigo largo a pesar del clima templado. Estaba inmóvil, mirando directamente hacia su edificio. Y mientras Elena observaba, conteniendo la respiración, se dio cuenta de que Sofía tenía razón. En el lapso de un minuto entero, el hombre no parpadeó. Era como una estatua, un depredador esperando pacientemente.
El terror, frío y paralizante, se apoderó de Elena. Emilio Garza tenía razón. El peligro no era una teoría conspirativa de un millonario excéntrico. Estaba allí abajo, en su calle, observando la ventana de su hija.
Capítulo 6
La noche se convirtió en una tortura de vigilia para Elena. Se sentó en la oscuridad de su pequeña sala, lejos de la ventana, con cada fibra de su ser en alerta máxima. Cada crujido del viejo edificio, cada ladrido lejano, cada sirena que rasgaba el silencio de la madrugada, la hacía saltar. El hombre del abrigo largo había permanecido allí durante casi una hora antes de disolverse en las sombras con una fluidez antinatural, pero su presencia se había quedado impregnada en el aire, un veneno invisible. Las palabras de Emilio Garza resonaban en su cabeza, ya no como la fantasía de un hombre rico, sino como una profecía que se estaba cumpliendo. Ya está aquí. Ya las está buscando.
El sueño era imposible. La imagen del hombre inmóvil se superponía con la de su madre, ahora reimaginada no como una víctima del agotamiento, sino como una guerrera clandestina. ¿Así había vivido ella? ¿Con esta constante tensión en los hombros, este miedo que sabía a metal en la boca? ¿Observando las sombras mientras sus hijas dormían? El respeto y la admiración que sentía por el recién descubierto heroísmo de su madre estaban en guerra con un resentimiento amargo. ¿Por qué no se lo había dicho? ¿Por qué las había dejado tan indefensas, tan ignorantes del mundo que las acechaba?
Cuando los primeros rayos de luz gris tiñeron el cielo, Elena se levantó, moviéndose como un autómata. La rutina era su único ancla. Preparó el desayuno, su mente a mil por hora. No podía llevar a Sofía a la escuela. No podía ir a sus trabajos. Cada paso fuera de la seguridad relativa de su apartamento se sentía como una invitación a la catástrofe. Tenía que llamar y reportarse enferma, una decisión que tendría repercusiones económicas, pero el dinero ya no era su principal preocupación. La supervivencia lo era.
Sofía se despertó y notó el cambio en el ambiente de inmediato. Los niños, especialmente los que han conocido la pérdida, desarrollan un sexto sentido para la tensión. Vio la palidez en el rostro de Elena, la forma en que sus ojos no dejaban de mirar hacia la ventana.
“¿No vamos a salir hoy, hermanita?”, preguntó en voz baja, mientras empujaba un trozo de plátano en su plato.
“No, mi amor. Hoy nos quedamos en casa. Vamos a tener un día de películas”, dijo Elena, forzando una sonrisa que se sintió como una máscara de yeso.
Sofía no sonrió. Dejó el tenedor y la miró con esa seriedad desconcertante. “Es por el hombre del callejón, ¿verdad?”.
Elena se arrodilló frente a ella, tomando sus pequeñas manos entre las suyas. “Sofi, necesito que me digas todo. Sobre la muñeca. ¿Hay algo más? ¿Algo que no me hayas mostrado?”.
Sofía dudó, sus ojos moviéndose hacia el cajón de su ropa. Luego asintió. Se levantó y caminó hacia su cómoda, sacando algo del fondo de un montón de calcetines. No era la primera nota. Era otro trozo de papel, más pequeño y amarillento por el tiempo. La caligrafía era diferente, más apresurada, casi frenética.
“Lo encontré después”, susurró Sofía. “Estaba metido muy, muy adentro del relleno de Esperanza. Casi no lo veo”.
Elena tomó el papel con manos temblorosas. El olor a viejo, a un secreto guardado durante años, emanaba de él. Lo desdobló. Las palabras parecían saltar de la página.
“Si estás leyendo esto, la lista ha sido activada. Busca las iniciales R.V. y la frase ‘Cosecha Azul’. No confíes en nadie de uniforme. Y por el amor de Dios, no olvides el nombre: Ricardo Valdés”.
El corazón de Elena dio un vuelco. Ricardo Valdés. El nombre no le decía nada, pero la urgencia en la escritura, la advertencia sobre la policía, le envió un escalofrío por la espalda. Esto no era de Emilio. Esto era de su madre. La muñeca no era solo un regalo de prueba de un millonario; era una cápsula del tiempo, un kit de supervivencia dejado por una madre que sabía que su pasado podría, un día, volver para reclamar a sus hijas.
“Elena, ¿qué es ‘Cosecha Azul’?”, preguntó Sofía, su vocecita cortando el silencio.
“No lo sé, mi amor. No lo sé”. Pero necesitaba averiguarlo. “No confíes en nadie de uniforme”. Eso eliminaba a la policía. Emilio era una opción, pero ¿podía confiar en él? Él era parte de ese mundo, el creador de la prueba. Podría estar manipulándola. Necesitaba una tercera opción, una fuente neutral.
Y entonces, un recuerdo fragmentado surgió de las profundidades de su infancia. Una tarde lluviosa, ella tenía unos diez años. Su madre había recibido una visita, un hombre mayor con gafas gruesas y olor a libros viejos. Hablaron en susurros en la cocina. Elena solo había captado frases sueltas: “…demasiado peligroso, María…”, “…la librería es segura…”, “…si algo pasa, Teo sabe…”. Teo. El hombre de la librería. Su madre la había llevado allí un par de veces, un lugar increíble cerca del Zócalo, en la calle Donceles, una cueva de Alí Babá atestada de libros del suelo al techo, sin letrero en la puerta.
Dejó a Sofía con Doña Carla, una mentira piadosa en sus labios sobre una emergencia familiar. El viaje en metro al centro se sintió como descender al inframundo. Cada persona que la miraba por más de un segundo era una amenaza potencial. El hombre del abrigo largo parecía estar en cada esquina, en cada reflejo.
Encontró la librería más por memoria muscular que por vista. La puerta de madera oscura, sin nombre, estaba encajada entre una tienda de plumas fuente y un local que vendía mapas antiguos. Empujó la puerta y una campanita resonó en el interior. El aire olía a polvo, a pegamento de encuadernación y a la historia misma. Un hombre mayor, encorvado sobre un escritorio iluminado por una lámpara de luz verde, levantó la vista. Era él. Teo. Más viejo, más encorvado, pero los mismos ojos sabios detrás de las mismas gafas gruesas.
“¿Sí?”, dijo, su voz un susurro rasposo.
“Busco a Teo”, dijo Elena. “Soy la hija de María Ramírez”.
La pluma en la mano de Teo se detuvo. Se quitó las gafas lentamente y la estudió. Una gama de emociones cruzó su rostro: sorpresa, tristeza y un miedo inconfundible. “María…”, susurró. “Dios mío. Eres su vivo retrato. Pasa, pasa. Cierra la puerta”.
La llevó a la trastienda, un pequeño cuarto aún más caótico, lleno de pilas de libros y tazas de té a medio beber. Se sentaron en dos sillas desvencijadas.
“No he sabido nada de tu madre en años”, dijo Teo, su voz llena de una genuina pena. “Desde que decidió… retirarse. Supuse que era para bien. Que finalmente había encontrado la paz”.
“Murió hace un año y medio”, dijo Elena, y ver el dolor en el rostro de este extraño hizo que su propia pena se sintiera fresca de nuevo.
“Lo lamento profundamente”, dijo Teo. “Era una mujer brillante. Valiente hasta la imprudencia”. Hizo una pausa. “No has venido solo a traerme malas noticias, ¿verdad? Hay algo en tus ojos. El mismo fuego que tenía ella cuando estaba en una misión”.
Elena sacó la nota amarillenta y se la entregó. “Encontré esto. Necesito saber qué significa. Quién es Ricardo Valdés”.
Teo tomó la nota. Al leer el nombre, su mano, ya temblorosa por la edad, comenzó a temblar violentamente. Palideció. “Por todos los santos…”, murmuró. Dejó la nota sobre la mesa como si le quemara.
“¿Quién es, Teo?”, insistió Elena.
Teo la miró, y en sus ojos había una historia de tragedia. “Ricardo Valdés no es un nombre que se pronuncie a la ligera, niña. Es un fantasma. Un recordatorio del día en que ‘Los Vigías’ casi se autodestruyeron. Si su nombre ha vuelto a circular… significa que alguien está desenterrando los peores secretos. Significa que la tregua ha terminado”.
“Pero, ¿quién era él?”.
Teo se frotó la cara con las manos, un gesto de puro agotamiento. “Era uno de los mejores. Un periodista de investigación de Puebla. Idealista, incorruptible. Los Vigías lo reclutaron. Era un agente de campo, de los que se ensucian las manos. Y era el protegido de tu madre. Ella lo guió, lo entrenó, lo cuidó como a un hermano menor. La misión en Puebla… la que salió mal… él era el objetivo. Era el informante que debían proteger”.
La sangre se le heló a Elena. “El hombre que murió…”.
Teo negó con la cabeza. “Ahí está el problema, niña. Ricardo Valdés no murió”. Hizo una pausa, dejando que el peso de sus siguientes palabras cayera con toda su fuerza. “Desapareció. Se lo tragó la tierra. Nadie sabe si lo capturaron, si se ocultó o si… desertó. Su desaparición fue lo que rompió a tu madre. La culpa la consumió. Fue el hombre que no pudo salvar”.
Elena se quedó sin palabras. La historia era cada vez más oscura, más complicada. Su madre no solo había huido de un fracaso, había huido de un fantasma que la perseguía.
Regresó a su departamento en un estado de shock. La ciudad a su alrededor era un borrón de ruido y color. Entró en su casa, su mente un torbellino de nombres y advertencias: Emilio, Los Vigías, Proyecto Catalejo, Cosecha Azul, Ricardo Valdés. Encontró a Sofía dormida en el sofá, con Esperanza, la muñeca, abrazada con fuerza.
Un impulso la movió. Con una nueva urgencia, tomó la muñeca. Recordó la sensación del papel viejo, escondido en lo profundo. ¿Habría algo más? Sus dedos, ahora más seguros, sondearon el relleno. Y entonces, sintió algo más. No papel. Algo plano y rígido. Con cuidado, tiró de él.
Era una fotografía vieja, en blanco y negro, del tamaño de una credencial. Mostraba a un hombre joven, de unos treinta años, con uniforme militar. Tenía hombros anchos, una mandíbula cuadrada y un bigote espeso. Sus ojos miraban a la cámara con una intensidad desafiante. Ricardo Valdés.
Le dio la vuelta a la foto. En el reverso, con la misma letra apresurada que la segunda nota, había una frase escrita con tinta azul casi desvaída.
“Cazando. Confía solo en las luces que parpadean una vez”.
Elena se dejó caer en el sofá, la foto en una mano, la realidad de su nueva vida estrellándose contra ella. Su madre no le había dejado solo advertencias. Le había dejado un mapa. Un rastro de migas de pan, escondido en las entrañas de un juguete infantil, que conducía directamente al corazón de la oscuridad que se la había llevado. Y ahora, ese rastro era lo único que se interponía entre sus hijas y los fantasmas del pasado.
Capítulo 7
El viaje de regreso a Iztapalapa desde la librería de Teo fue un descenso a un nuevo tipo de infierno para Elena. Las palabras del anciano resonaban en su cabeza, cada una un martillazo contra la frágil estructura de su realidad. Ricardo Valdés no murió. Desapareció. El hombre que tu madre no pudo salvar. Ya no se trataba solo de un millonario excéntrico y una conspiración abstracta. Se trataba de un fantasma personal, un fracaso que había perseguido a su madre hasta la tumba y que ahora, de alguna manera, se había enredado en el destino de sus hijas.
Sostuvo la fotografía de Ricardo Valdés en su bolsillo, sintiendo el cartón gastado contra sus dedos. Era el rostro de un hombre lleno de convicción, ahora una pieza en un rompecabezas que no sabía cómo armar. Y luego estaba la otra frase, la que estaba escrita en el reverso de la foto: Confía solo en las luces que parpadean una vez. ¿Qué significaba? ¿Era una metáfora? ¿O una instrucción literal?
Cuando llegó a su edificio, la paranoia era un manto espeso y sofocante. La calle estaba vacía, pero sentía mil ojos sobre ella. Subió las escaleras de dos en dos, con el corazón en la garganta. Encontró a Sofía y a Doña Carla viendo una telenovela, ambas absortas en el drama. Por un momento, la normalidad de la escena fue tan abrumadora que casi la hizo llorar. Agradeció a la vecina con una excusa apresurada sobre una tubería rota, su mente demasiado ocupada para fabricar una mentira mejor.
Una vez a solas con Sofía, la abrazó con una fuerza que hizo que la niña se quejara. “¿Estás bien, hermanita? Tu corazón hace pum, pum, pum muy rápido”.
Elena se arrodilló, mirando a los ojos de su hermana. “Sofi, vamos a hacer un viaje. Un juego de detectives, ¿quieres?”.
Sofía se iluminó. “¿Como los de las caricaturas?”.
“Algo así”, dijo Elena, tratando de mantener su voz ligera. “Mamá nos dejó un mapa del tesoro. Y tenemos que seguirlo”.
No tenía un plan claro, solo un torbellino de información y una necesidad primordial de actuar. La frase sobre las luces parpadeantes era su única pista tangible. ¿Una casa? ¿Un lugar? ¿Cómo podía encontrarlo? Sabía que no podía hacerlo sola. Tragándose su orgullo y su desconfianza, tomó una decisión. Necesitaba a Emilio Garza. No como un salvador, sino como un recurso. Él tenía el conocimiento y los medios que a ella le faltaban.
Usó las últimas monedas que tenía para llamar desde un teléfono público, un vestigio de otra era que, por suerte, aún funcionaba. Marcó el número de la tarjeta de presentación que Emilio le había dado. La voz de su asistente, Martín, respondió al primer tono, profesional e impersonal.
“Oficina del señor Garza”.
“Necesito hablar con él”, dijo Elena, su voz sonando extraña y distante para sus propios oídos. “Dígale que es Elena Ramírez. Dígale que tengo la Cosecha Azul y el nombre de Ricardo Valdés”.
Hubo un silencio de apenas un segundo al otro lado de la línea, pero fue suficiente para confirmar que esas palabras significaban algo. “Permítame un momento”.
La voz de Emilio llegó a la línea, desprovista de su habitual calma. Había una tensión palpable en ella. “¿Dónde estás?”.
“Eso no importa. Encontré una nota de mi madre. Habla de luces que parpadean una vez. ¿Sabes de qué se trata?”.
Otro silencio. Elena podía casi oír los engranajes girando en su cabeza. “Coyoacán”, dijo finalmente. “Hay una vieja propiedad que usábamos como casa de seguridad. En la calle de Higuera. Una casa azul con una buganvia fucsia cubriendo la pared. La luz del porche está conectada a un sistema antiguo. Un parpadeo significa amigo. Dos, una amenaza. Se suponía que estaba desactivada”.
“Pues parece que mi madre pensaba lo contrario”, replicó Elena.
“Elena, no vayas sola. Es demasiado peligroso. No sabes lo que puedes encontrar. Déjame enviar a alguien…”.
“No”, lo cortó ella. “No confío en tu gente. No confío en ti. Pero necesito saber si esto es real. Voy a ir. Si no sabes nada de mí en tres horas, puedes empezar a preocuparte”.
Colgó antes de que él pudiera protestar. Empacó una pequeña mochila con una muda de ropa para Sofía, la muñeca Esperanza, la fotografía, las notas y una botella de agua. Cada movimiento era deliberado, impulsado por una mezcla de terror y una extraña sensación de propósito. Por primera- vez, no estaba reaccionando; estaba siguiendo el camino que su madre le había trazado.
El viaje en taxi a Coyoacán fue como cruzar a otra dimensión. Dejaron atrás el gris monótono y la energía frenética de Iztapalapa, y entraron en un mundo de calles empedradas, fachadas de colores vibrantes y árboles antiguos que susurraban historias. El aire parecía más limpio, más tranquilo, pero para Elena, la calma era una fachada que ocultaba peligros invisibles. Sostenía la mano de Sofía con fuerza, sus ojos escaneando cada coche, cada peatón, cada sombra. La paranoia era un sabor metálico en su boca.
Sofía, por otro lado, estaba callada y observadora. Miraba por la ventana, no con la emoción de una turista, sino con la concentración de un explorador. “Esa casa tiene los mismos colores que un dibujo que hizo mamá una vez”, comentó en voz baja, señalando una pared de color ocre.
Finalmente, el taxista los dejó en la esquina de la calle Higuera. El sol se estaba poniendo, tiñendo el cielo de tonos naranjas y morados. La calle estaba tranquila, casi dormida. Encontraron la casa fácilmente. Era exactamente como Emilio la había descrito: un azul profundo y rico, casi índigo, con una explosión de flores fucsias de la buganvia que se derramaba por el muro como una cascada. Parecía una postal, un rincón mágico y olvidado de la ciudad. Pero también parecía abandonada. La pintura estaba ligeramente descascarada, y había una capa de polvo en la ventana.
Elena respiró hondo. “Quédate aquí, detrás de mí”, le susurró a Sofía.
Con el corazón latiéndole desbocado, caminó por el pequeño sendero de piedra y subió el único escalón que llevaba al porche. En el momento en que su pie tocó la madera, una pequeña lámpara de hierro forjado junto a la puerta parpadeó. Una vez. Brilló por un segundo y luego se apagó, dejándolos de nuevo en la creciente penumbra.
Un suspiro de alivio se escapó de los labios de Elena. Era real. La señal. Se giró hacia Sofía y le hizo un gesto para que se acercara. La puerta no estaba cerrada con llave. Giró el pomo de latón, que estaba frío al tacto, y la puerta se abrió con un suave gemido, como si despertara de un largo sueño.
El interior olía a polvo, a madera vieja y a algo más, un aroma floral apenas perceptible, a lavanda, el mismo que usaba su madre. El aire estaba quieto y pesado, como en una iglesia. El vestíbulo era pequeño, y conducía a una sala más grande. A medida que sus ojos se adaptaban a la oscuridad, Elena pudo distinguir los muebles cubiertos con sábanas blancas, como fantasmas esperando un regreso que nunca llegó.
“¿Hola?”, llamó Elena, su voz un susurro que fue absorbido por el silencio.
No hubo respuesta.
Con Sofía pegada a su pierna, avanzó lentamente. La casa era más grande de lo que parecía desde fuera. Había un pasillo largo que se extendía hacia la parte trasera. A lo largo del pasillo, colgadas en las paredes, había fotografías enmarcadas. No eran paisajes ni arte abstracto. Eran retratos. Retratos de niños. Decenas de ellos. Niños y niñas de todas las edades, de todas las etnias, la mayoría con sonrisas tímidas o miradas serias y penetrantes. Era una galería de rostros olvidados. Elena sintió un escalofrío. ¿Eran estos los niños del Proyecto Catalejo?
Al final del pasillo, en la habitación trasera, la luz del atardecer se filtraba por una ventana sucia, iluminando las partículas de polvo que bailaban en el aire. Una figura estaba de pie de espaldas a ellos, mirando por la ventana. Era un hombre mayor, alto y delgado, vestido con un sencillo pantalón de pana y un suéter de lana.
Elena se detuvo en seco, su cuerpo tenso como un resorte. “¿Quién es usted?”.
La figura se giró lentamente. Era un hombre de unos setenta años, con el pelo blanco y ralo y un rostro surcado de arrugas, pero sus ojos, de un azul pálido y acuoso, eran increíblemente agudos. Levantó las manos, un gesto de paz.
“Mi nombre es Lázaro”, dijo, su voz suave y un poco ronca por la falta de uso. “He estado esperando mucho tiempo”.
“¿Esperando qué?”, preguntó Elena, sin moverse.
Los ojos de Lázaro se posaron en Sofía, que se asomaba por detrás de la pierna de Elena. Una leve sonrisa triste apareció en su rostro. “A ella. Y a esa muñeca”. Señaló a Esperanza, que Sofía apretaba contra su pecho. “María me lo dijo. Me dijo: ‘Un día, mi hija pequeña vendrá. Será ella la que traiga la señal. Y llevará la llave’. He cuidado este lugar desde que ella se fue. Soy el guardián de sus secretos”.
Elena sintió que las rodillas le flaqueaban. La escala de la planificación de su madre, la previsión, era abrumadora. “¿Sabes lo que escondió? ¿Sabes por qué nos envió aquí?”.
Lázaro asintió. Se acercó a un viejo escritorio de madera que estaba en un rincón y abrió un cajón. Sacó un estuche de metal rectangular, del tamaño de un libro grueso. Estaba deslustrado por el tiempo, pero parecía increíblemente sólido. Tenía una cerradura compleja en el centro.
Se arrodilló lentamente, con el crujido de sus viejas articulaciones, hasta quedar a la altura de Sofía. “Tu madre era una mujer muy sabia, pequeña”, le dijo con una ternura infinita. “Sabía que el mundo podía ser un lugar peligroso. Dejó esto para ti. Dijo que solo la niña podría abrirlo”.
Le tendió el estuche a Sofía. La niña miró a Elena, buscando permiso. Elena asintió, con la garganta demasiado apretada para hablar. Sofía tomó el pesado estuche con sus dos manos. Miró la cerradura, un intrincado mecanismo de latón. Luego, como si fuera la cosa más natural del mundo, metió la mano en el bolsillo oculto de su muñeca Esperanza y sacó el pequeño pin dorado en forma de rosa de los vientos. La “llave”.
Con una concentración absoluta, insertó el pin en una ranura casi invisible en el centro de la cerradura. Lo giró. Hubo un suave “clic” metálico que resonó en la habitación silenciosa. El estuche se abrió.
Dentro, sobre un lecho de terciopelo rojo descolorido, había una sola cosa. Una memoria USB. Pequeña, negra, con una etiqueta roja escrita a mano. En la etiqueta, dos palabras: PROYECTO REDENCIÓN.
Lázaro se puso de pie, su rostro una máscara de solemnidad. “Esa unidad, Elena”, dijo, su voz apenas un susurro. “Es el seguro de vida de tu madre. Y su arma. Contiene los nombres. No solo los nombres de los niños que estaban siendo observados, sino los nombres de los observadores. Los nombres de cada funcionario, cada empresario, cada político que autorizó y financió el Proyecto Catalejo y sus ramificaciones. Contiene las pruebas que tu madre no pudo usar, las que Ricardo Valdés desapareció tratando de sacar a la luz”.
Hizo una pausa, su mirada encontrándose con la de Elena. “Ella creía que llegaría un día en que alguien tendría el valor de no solo hablar, sino de actuar. De buscar no solo justicia, sino redención para todos esos niños”.
Elena se arrodilló junto a Sofía, su mano temblorosa rozando la fría carcasa de la memoria USB. El peso de todo —el peligro, el legado de su madre, la confianza depositada en su hermana de seis años— la golpeó con la fuerza de una ola.
Y Sofía, su pequeña y valiente Sofía, simplemente sostuvo la unidad en sus manos, miró a su hermana mayor y dijo con una claridad que helaba la sangre: “Creo que esto es lo que se suponía que debía encontrar”.
Juntas, en esa casa polvorienta llena de fantasmas, las hermanas Ramírez se miraron, unidas por un legado que apenas comenzaban a comprender. Tomaron la unidad USB, cerraron el estuche y salieron de la casa de seguridad, dejando a Lázaro de pie en el umbral, un guardián solitario viendo cómo el futuro que su amiga había planeado se ponía en marcha. Se adentraron en la niebla creciente del anochecer de Coyoacán, sin saber que el juego acababa de escalar a un nivel que ninguna de ellas podría haber imaginado. Y mientras caminaban por la calle empedrada, un teléfono desechable que Lázaro le había entregado a Elena vibró en su bolsillo. Un número desconocido. Contestó.
“Habla Elena”.
Una voz de hombre, tranquila, fría y sin emociones, respondió al otro lado. “Has abierto el estuche. Bien. Soy el contacto que tu madre debía encontrar la noche que Ricardo Valdés desapareció. Pero ella nunca llegó. Ahora, escúchame con atención, porque nuestras vidas dependen de ello…”.
Capítulo 8
La voz en el teléfono era como el filo de una navaja: tranquila, precisa y absolutamente peligrosa. No había inflexiones, ni emociones, solo una corriente de información fría y directa que contrastaba brutalmente con el caos que se arremolinaba en la mente de Elena.
“¿Quién eres?”, preguntó Elena, su voz un susurro ronco, mientras se detenía bajo la luz parpadeante de un farol en una callejuela de Coyoacán, apretando a Sofía contra ella.
“El nombre que uso ahora no es importante. Tu madre me conocía como ‘CD’. Era su contacto de contingencia, el último recurso”. Hubo una pausa, tan breve que podría haber sido un simple respiro, pero se sintió cargada de historia. “La noche que Valdés desapareció, tu madre activó el protocolo de emergencia. Debíamos encontrarnos. Pero ella nunca llegó al punto de reunión. La interceptaron primero”.
La sangre de Elena se convirtió en hielo. “¿La interceptaron? ¿Quiénes?”.
“La misma gente que te está buscando ahora. Un grupo disidente de ‘Los Vigías’ que se apropió del Proyecto Catalejo y lo convirtió en una empresa criminal. No son torpes. Son sistemáticos. Y son implacables”.
Elena miró a su alrededor, la tranquila belleza de Coyoacán ahora se sentía como una trampa. Cada sombra parecía moverse, cada ventana parecía un ojo observándola. “¿Qué quieres?”.
“Lo que tu madre quería. Quiero asegurarme de que su trabajo no fue en vano. Quiero ayudarte a ti y a la niña a seguir con vida el tiempo suficiente para usar esa arma que ahora tienes en tu bolsillo. Pero tienes que entender que, desde el momento en que abriste ese estuche, activaste una baliza. No una física, sino una de información. Saben que la unidad está en juego. Y vienen por ella”.
“¿Qué hacemos?”, preguntó Elena, el pánico comenzando a arañar su compostura.
“Escucha con atención. No puedes volver a tu casa. No puedes ir con Emilio Garza; está comprometido, su red tiene fugas. La casa de Lázaro ya no es segura. Tienes que desaparecer del mapa. Completamente. Hay un hombre, un ex-marine llamado Marco Treviño. Es leal a la vieja causa. Dirige un centro comunitario en Ecatepec, de todas las cosas. Es una tapadera perfecta. Se llama ‘Centro Comunitario La Esperanza’. Ve allí. No hables con nadie. Ve directamente al sótano. Hay una puerta de acero marcada como ‘Mantenimiento’. Golpea dos veces, luego una, luego dos más. Marco sabrá que eres tú. Yo me pondré en contacto con él una vez que estés dentro”.
“¿Cómo sé que puedo confiar en ti? ¿O en él?”.
“No puedes”, dijo la voz con una honestidad brutal. “Pero tu madre confió en mí. Y en este momento, soy la única oportunidad que tienes. Tienes seis horas. Después de eso, tu ubicación será un punto brillante en sus mapas. Y no llamarán a la puerta. La derribarán”.
La línea quedó muerta.
Elena se quedó con el teléfono en la mano, el silencio repentino más ensordecedor que las palabras de CD. Miró a Sofía, que la observaba con sus ojos grandes y sabios, sin hacer preguntas, solo esperando. “Vámonos, mi amor. El juego de detectives tiene una nueva misión”.
El viaje de Coyoacán a Ecatepec fue un descenso a través de los círculos sociales y geográficos de la ciudad. Tomaron un taxi, pagando en efectivo, el conductor lanzándoles miradas curiosas. Elena le dio una dirección a unas pocas cuadras del centro comunitario, una precaución que CD no había sugerido pero que su instinto, ahora afilado por el miedo, le dictó. A medida que el taxi se adentraba en el Estado de México, los edificios coloniales dieron paso a un mar interminable de construcciones de ladrillo y hormigón sin terminar, un paisaje de supervivencia y tenacidad.
Llegaron a Ecatepec bien entrada la noche. El aire era más denso, olía a polvo y a los humos de incontables coches y fábricas. Encontraron el centro comunitario, un edificio de ladrillo rojo de dos pisos, encajado entre un taller mecánico y un terreno baldío lleno de maleza. Las luces estaban apagadas, pero una tenue luz se filtraba desde una ventana del sótano.
Rodearon el edificio, manteniéndose en las sombras. Encontraron una entrada lateral que conducía a un pasillo oscuro. Al final, una puerta de acero. ‘Mantenimiento’. El corazón de Elena latía con tanta fuerza que estaba segura de que se oía en el silencio. Sostuvo la mano de Sofía. Golpeó. Toc, toc. Silencio. Toc. Silencio. Toc, toc.
Durante un largo segundo, no pasó nada. Elena ya se preparaba para correr, su mente gritando ¡Trampa! cuando oyó el sonido de varios cerrojos pesados descorriéndose. La puerta se abrió unos centímetros, revelando una rendija de oscuridad y el rostro de un hombre.
Era corpulento, construido como un refrigerador, con hombros anchos y una altura imponente. Tendría unos cincuenta años, con una barba de tres días salpicada de canas y unos ojos que lo veían todo. Ojos de soldado. Una cicatriz blanca le cruzaba una ceja, y cojeaba ligeramente al abrir más la puerta.
“¿Tú eres Elena?”, preguntó, su voz un gruñido grave.
Ella asintió, incapaz de hablar.
Sus ojos se posaron en Sofía. “¿Y ella es la niña?”. Hizo un gesto con la cabeza. “Entren. Rápido”.
Se hicieron a un lado y entraron, y Marco cerró la puerta de acero detrás de ellos, el sonido de los cerrojos volviendo a su lugar fue a la vez tranquilizador y aterrador. Estaban a salvo. Y estaban atrapadas.
El sótano era sorprendentemente cálido y acogedor. Las paredes estaban forradas con viejas estanterías repletas de libros. Había un par de mesas plegables, un sofá raído y un pequeño refrigerador que zumbaba suavemente. Era el refugio de un hombre. Pero en el centro de la habitación, contrastando con el desorden hogareño, había una estación de trabajo de alta tecnología: múltiples monitores, un teclado modificado y una maraña de cables que conducían a una unidad de servidor segura y a lo que parecía ser un enlace por satélite.
“He mantenido este equipo fuera de la red durante siete años”, dijo Marco, su voz más suave ahora. “Lo construí para un día lluvioso. Parece que la tormenta finalmente llegó. CD me llamó. Me dijo que venían”.
Elena, sintiendo que podía respirar por primera vez en horas, sacó la memoria USB de su bolsillo. “Esto es lo que buscan”.
Marco la tomó, no con reverencia, sino con la familiaridad de un soldado manejando un arma. “Antes de abrir esto, dime qué se supone que vamos a encontrar”.
“Mi madre lo llamó ‘Proyecto Redención’”, dijo Elena. “CD dijo que tiene los nombres. Las pruebas”.
Marco la conectó a su terminal. Sus dedos, gruesos y callosos, se movieron sobre el teclado con una velocidad y precisión sorprendentes. Líneas de código verde parpadearon en la pantalla. Aparecieron carpetas, encriptadas con algoritmos que Elena no reconocía. Marco tecleó furiosamente. Las carpetas se abrieron.
Y el horror comenzó a desplegarse.
No eran solo nombres. Eran vidas enteras, destiladas en datos. Miles de archivos. Registros escolares, informes médicos, grabaciones de audio de sesiones de terapia infantil, mensajes de texto interceptados entre padres, fotografías tomadas a distancia en parques y patios de recreo. La mayoría de los objetivos eran familias de bajos recursos, muchas de ellas de minorías, en barrios marginados de todo el país.
El proyecto principal se llamaba “Programa Eco”. Bajo la apariencia de programas de apoyo educativo y evaluaciones de salud conductual, estaban llevando a cabo una operación masiva de ingeniería social.
“Dios mío”, murmuró Marco, su rostro pétreo endureciéndose aún más. “Esto no es vigilancia. Es… es cultivo”.
Señaló un archivo. “Mira esto. Rastrean las búsquedas en internet de un niño en una tableta proporcionada por la escuela. El niño busca información sobre injusticia social, sobre protestas. El algoritmo lo etiqueta como ‘potencialmente conflictivo’. Su solicitud para un programa de debate de la escuela secundaria es denegada silenciosamente. Lo redirigen a un programa de formación profesional”.
Hizo clic en otro archivo. “Esta niña muestra un alto coeficiente intelectual en las pruebas, pero vive en un ‘código postal de alto riesgo’. El algoritmo reduce su puntuación de ‘potencial’, sugiriendo que es propensa a ‘distracciones del entorno’. Le niegan la entrada a un programa para superdotados”.
“Están podando futuros”, susurró Elena, horrorizada. “Están decidiendo quién tiene una oportunidad y quién no, antes de que los niños siquiera sepan que el juego ha comenzado”.
De repente, Sofía, que había estado observando en silencio, se acercó a la pantalla. “Ese soy yo”, dijo, su vocecita apenas audible.
En la pantalla, había una foto suya, tomada en el patio de la escuela. Debajo, un perfil. “Sujeto 734. Nombre: Sofía Ramírez. Riesgos identificados: Introversión post-traumática, fijación en figuras de autoridad ausentes (padre), tendencia a la ‘fuga imaginativa’”. Junto a eso, una nota del analista: “La sujeto muestra una preferencia por dibujar imágenes perturbadoras (monstruos con ojos rojos). Se recomienda observación continua y posible intervención para mitigar el desarrollo de tendencias antisociales”.
El dibujo. El que había hecho después de que su madre muriera. Elena sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Habían convertido el dolor de su hermana en un factor de riesgo.
“Estaban lastimando a gente como nosotros”, susurró Sofía, su inocencia enfrentándose a la monstruosidad clínica de los datos.
Elena se arrodilló y la abrazó. “Sí, mi amor”, dijo, su voz temblando de rabia. “Pero ahora vamos a detenerlos”.
Marco las miró, su expresión sombría. “Se dan cuenta de lo que pasará si liberamos esto, ¿verdad? No solo destruirá reputaciones. Destruirá agencias enteras. Habrá investigaciones, juicios, caos. La gente detrás de esto no se hundirá sin luchar. Quemarán el mundo para protegerse”.
Elena se puso de pie, sus ojos encontrándose con los de Marco en el reflejo de la pantalla. Su miedo se había evaporado, reemplazado por una certeza fría y dura como el acero. “Eso es por lo que murió mi madre”, dijo en voz baja. “Y por eso desapareció Ricardo Valdés. No podemos dejar que sea en vano”.
Una chispa de admiración brilló en los ojos de soldado de Marco. Asintió. “Entonces, empecemos esta noche”.
Abrió una línea de comunicación segura con un contacto que CD le había proporcionado: una periodista de investigación de la vieja escuela llamada Camila Bosch, conocida por su tenacidad y su desprecio por el poder. Le enviaron una muestra de los archivos, suficiente para engancharla. Su respuesta fue inmediata, una videollamada encriptada. El rostro de una mujer de unos cuarenta años, con gafas gruesas y una expresión de intensa concentración, apareció en uno de los monitores.
“¿De dónde demonios sacaron esto?”, exigió, sin preámbulos.
“De mi hermana”, respondió Elena. “Y de una mujer que dio su vida por la verdad”.
Camila la estudió a través de la cámara. “Necesitaré verificarlo. Pero si esto es real… Dios mío. Necesitaré 72 horas para armar la historia y proteger mis fuentes. Luego, lo soltamos”.
“Es todo el tiempo que tenemos”, dijo Marco.
Pero no lo era.
Mientras terminaban la llamada, una pequeña luz roja parpadeó en la esquina de uno de los monitores de Marco, el que estaba conectado a una cámara de seguridad oculta que apuntaba al callejón trasero. Una sombra se había movido, rápida y deliberadamente. Marco amplió la imagen. No era un gato ni un indigente. Era la silueta de un hombre, y se movía con la eficiencia entrenada de un profesional.
Marco frunció el ceño. Se levantó y caminó hacia un viejo armario de metal. Lo abrió, revelando no herramientas, sino un arsenal. Sacó una pistola y comprobó el cargador.
Se giró hacia Elena, su rostro una máscara de calma mortal. “Llegaron temprano”.