
PARTE 1: LA TRAICIÓN
CAPÍTULO 1: LA PROPUESTA DEL DIABLO
La lluvia golpeaba contra los cristales de la sala, un repiqueteo incesante que parecía marcar el ritmo de la migraña que le taladraba las sienes a Marina. Sobre la mesa de centro, de madera “fina” que todavía estaban pagando a plazos en la tienda departamental, se extendía un océano de papeles blancos, facturas amarillentas y recetas médicas con sellos azules. Era el mapa de su desesperación, la cartografía de una tragedia que llevaba un año consumiéndolos poco a poco.
Marina se frotó los ojos, enrojecidos por el cansancio y las noches en vela. El reloj de pared marcaba las ocho de la noche. En la habitación contigua, el sonido rítmico del respirador de Jenečka era lo único que rompía el silencio de la casa, aparte de la lluvia.
—¿En qué sentido “tratamiento constante”? —la voz de Anatoliy, o Toño, como le decían todos antes de que se le subiera el puesto a la cabeza, rompió el aire viciado de la sala.
Él estaba de pie detrás del sofá, con los brazos cruzados, proyectando una sombra alargada que cubría a Marina y a los papeles. No había calidez en su tono, ni esa preocupación compartida que se supone debe tener un padre. Solo había una frialdad calculadora, la de un contador revisando un libro mayor que no cuadra.
—Espero que el Estado pague por eso, ¿no? —insistió él, dando un paso más cerca, invadiendo el espacio personal de su esposa—. Para eso me quitan tantos impuestos de la nómina cada quincena.
Marina se encogió instintivamente. Se sentía pequeña, insignificante ante la imponente figura de su marido, quien últimamente parecía mirarla no como a su compañera de vida, sino como a un parásito que le drenaba la energía. Suspiró, tratando de mantener a raya el nudo que se le formaba en la garganta y que amenazaba con ahogarla.
—Toño, por favor, siéntate —suplicó ella, señalando el espacio vacío en el sofá—. Tenemos que hablar de esto con calma. Fui al Seguro Social hoy por la mañana. Hice fila desde las cuatro de la madrugada para alcanzar ficha con el especialista.
Anatoliy resopló, pero no se sentó. Siguió mirándola desde arriba, como un juez a un acusado.
—¿Y? ¿Qué te dijeron los burócratas esos?
—Nos darán lo básico, Toño. Paracetamol, algún relajante muscular genérico cuando haya en existencia… ya sabes cómo está el desabasto —explicó Marina, alisando una receta arrugada con manos temblorosas—. Pero el doctor fue muy claro. Lo que Jenečka tiene, esa compresión en la médula espinal… es delicado. Si queremos que recupere la movilidad, que deje la silla de ruedas algún día, necesita terapia física agresiva. Necesita hidroterapia, estimulación eléctrica y un medicamento neurológico importado que no está en el cuadro básico.
Marina levantó la vista, buscando un rastro de empatía en los ojos de su esposo.
—Eso, mi amor, eso tenemos que pagarlo nosotros. Y no es barato.
La cara de Anatoliy se transformó. Fue como si hubiera olido leche agria. Sus labios se curvaron en una mueca de disgusto visceral.
—¿Y la mayor parte saldrá de mi bolsillo? —interrumpió él, con voz áspera—. ¿De mi aguinaldo? ¿Del bono que me acaban de dar por productividad? Marina, acabo de ascender a subgerente. Se supone que ahora deberíamos estar disfrutando, cambiando el coche, no sé… viviendo bien.
—Es la salud de tu hija, Toño —susurró Marina, incrédula—. ¿De qué estás hablando?
—¡Hablo de números, mujer! ¡De realidad! —Toño comenzó a caminar de un lado a otro de la sala, manoteando—. Le están tramitando la invalidez, ¿no? Le darán una pensión mensual por discapacidad. Usa eso.
Marina sintió una oleada de calor subirle por el cuello. La indignación comenzaba a reemplazar al miedo.
—Anatoliy, ¿eres ingenuo o te haces? ¿Has visto de cuánto son esas pensiones? ¡Son miserias! ¡Centavos, Toño! No alcanza ni para los pañales especiales que usa, mucho menos para las terapias de dos mil pesos la sesión.
Él se detuvo en seco y soltó una carcajada. Fue un sonido metálico, seco, sin una pizca de alegría.
—Pues entonces estamos jodidos, ¿no? Porque yo no voy a trabajar como burro de carga para tirar el dinero a la basura.
—¿Tirar el dinero? —Marina se puso de pie, enfrentándolo por primera vez—. ¡Es su vida! ¡Es su futuro!
Anatoliy la ignoró. Caminó hacia la puerta de la habitación de Jenečka, que estaba entreabierta. La niña, de apenas ocho años, yacía de espaldas a la puerta, mirando la pared cubierta con un papel tapiz de flores que ya empezaba a despegarse por la humedad. Su cuerpecito se veía frágil bajo las mantas. No se movía.
Él se quedó ahí, mirándola, pero no con amor. La miraba como quien mira un coche chocado que ya no vale la pena reparar porque el costo de las refacciones supera el valor del vehículo.
Luego, regresó hacia Marina, bajando la voz a un susurro conspirador, acercándose a su oído. El olor de su colonia cara, mezclado con el aliento a café rancio, le revolvió el estómago a ella.
—Marín, escúchame bien. Sé realista. En el mundo, y aquí en México, hay un montón de lugares… instituciones del gobierno, orfanatos especiales, casas de cuidado… donde vive gente así.
Marina parpadeó, confundida. —¿Gente así? ¿A qué te refieres?
—Tullidos, Marina. Inválidos. Vegetales —escupió las palabras con una naturalidad aterradora—. Vamos a internar a Jenečka. Vamos a firmar los papeles de cesión de custodia al Estado.
El tiempo pareció detenerse. El sonido de la lluvia desapareció. Solo quedó el zumbido en los oídos de Marina y el latido desbocado de su propio corazón.
—¡Toño! —el grito salió de sus entrañas, desgarrador—. ¿Qué estás diciendo? ¿Te volviste loco? ¡Es tu hija! ¡Tu propia sangre, por el amor de Dios! ¿Cómo puedes siquiera pensar en abandonarla como si fuera un perro callejero?
Anatoliy la agarró por los hombros, sacudiéndola ligeramente para que “reaccionara”.
—¿Y qué si es mi hija? ¡Mírala! —señaló agresivamente hacia el cuarto—. Mira a mis compañeros de la oficina, Marina. El licenciado Gómez tiene una hija que acaba de ganar un concurso de ballet. El ingeniero Ruiz se lleva a sus hijos a Disney cada verano. Están orgullosos. Presumen sus logros en Facebook. ¿Y yo? ¿Qué hago yo con esto? ¿Qué futuro tengo yo cargando con una silla de ruedas por el resto de mi vida?
—¡Es una niña! ¡Tuvo un accidente! —Marina lloraba abiertamente ahora, lágrimas calientes de impotencia—. ¡Fue un accidente en esta maldita casa que tú querías!
—¡No me culpes a mí! —rugió él—. ¡Ella fue la torpe que se cayó! Pero entiéndelo de una vez: si los mejores neurocirujanos de la ciudad no pudieron arreglarla con tres operaciones, ninguna medicina mágica ni ninguna terapia de agua lo hará ahora. Es un caso perdido, Marina. Es un barril sin fondo. ¿Qué sentido tiene tirar mi dinero? ¿O es que crees que cagamos dinero?
Marina lo miraba y sentía que el suelo se abría. No reconocía a este hombre. Habían compartido más de diez años. Recordaba cuando eran novios, cuando él le prometía el cielo y las estrellas, cuando acariciaba su vientre embarazado y juraba que sería el mejor padre del mundo. ¿Dónde había quedado ese hombre? ¿O es que nunca existió y esto que tenía enfrente era su verdadera cara, revelada por la desgracia?
—Toño, esto no es serio… Tenemos dinero. Yo trabajo, soy contadora, gano bien. Tú eres subgerente. Podemos apretarnos el cinturón. Venderemos el coche si hace falta. Pero no voy a abandonar a mi hija. ¡Cállate la boca! ¡No vuelvas a decir eso nunca!
Anatoliy la soltó con un empujón y la miró con asco, escaneándola de arriba abajo como si fuera un trapo sucio.
—Estás histérica. Típico de ti. Puras emociones, puro drama de telenovela, y cero cerebro. Cálmate. O mejor dicho, enfríate. Piensa con la cabeza, saca cuentas. Verás que tengo razón. Nos estamos hundiendo por su culpa.
Caminó hacia la puerta de la entrada, pero se detuvo con la mano en el picaporte.
—Te doy tres días, Marina. Tres días para que entres en razón, dejes de lloriquear y aceptes mi propuesta de internarla. Busca un lugar, el que sea, pero que sea lejos de aquí.
—¿Y si no? —preguntó ella, con la voz temblando de rabia, apretando los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos—. ¿Qué pasa en tres días, Anatoliy?
Él giró la cabeza y le dedicó una sonrisa torcida, cruel, que no prometía nada bueno. Sus ojos brillaron con una malicia que Marina jamás le había visto.
—En tres días lo verás —dijo suavemente—. Sorpresa.
Salió de la casa dando un portazo que hizo temblar los vidrios y, probablemente, el alma de la niña que escuchaba desde la cama. Marina se quedó sola en la sala, rodeada de facturas impagables y el eco de una amenaza que flotaba en el aire como un gas tóxico.
Corrió a la habitación de Jenečka. La niña seguía de espaldas, inmóvil. Marina se acercó y vio que la almohada estaba húmeda. No dormía. Estaba llorando en silencio, ahogando sus sollozos para no molestar a su padre.
—Mamá… —susurró la niña con voz quebrada.
Marina se acostó a su lado, abrazando su cuerpecito frágil, tratando de transmitirle un calor que ella misma ya no sentía.
—Shhh, mi amor. Aquí estoy. No va a pasar nada. Mamá está aquí.
Pero Marina sabía que sí iba a pasar. La guerra acababa de ser declarada en su propia casa. Y el enemigo dormía en su cama.
CAPÍTULO 2: EL EQUIPAJE
Los siguientes tres días fueron una tortura psicológica diseñada con precisión quirúrgica. Anatoliy aplicó la “ley del hielo” en su máxima expresión. No le dirigía la palabra a Marina, ni la miraba. Entraba y salía de la casa como un fantasma, silbando melodías alegres, actuando como si se hubiera quitado un peso de encima. Se sentaba a comer lo que Marina cocinaba, pero miraba su celular, riéndose de videos estúpidos en internet mientras su esposa y su hija comían en un silencio sepulcral.
Para Marina, cada minuto era una agonía. Intentaba actuar con normalidad frente a Jenečka, pero la niña estaba retraída, asustada. Cada vez que escuchaba la llave de su padre en la cerradura, Jenečka temblaba.
Marina intentó convencerse a sí misma de que era un berrinche. “Se le pasará”, pensaba mientras lavaba los trastes con furia. “Está estresado por el trabajo nuevo. En el fondo es un buen hombre. No sería capaz de hacer nada drástico”.
Qué equivocada estaba.
Al tercer día, Marina salió del trabajo con el estómago hecho un nudo. Había pasado las ocho horas en la oficina cometiendo errores de cálculo, distraída, mirando el teléfono esperando un mensaje de disculpa que nunca llegó. Al salir, el cielo estaba gris plomo, amenazando tormenta otra vez.
Tomó el autobús hacia su casa. Esa casa en el fraccionamiento “Las Lomas”, un lugar que Anatoliy había insistido en comprar porque “daba estatus”. Recordó las peleas por esa casa. Marina quería un departamento céntrico, práctico. Anatoliy quería la mansión con jardín en las afueras, aunque fuera de tablaroca y estuviera mal construida.
—Todos los gerentes viven en casa propia, Marina. No seas mediocre —le había dicho él.
Y ahí estaba la casa. Con la fachada a medio pintar porque el dinero se había acabado. Al entrar al pequeño jardín delantero, Marina notó algo extraño. La puerta principal estaba abierta de par en par.
Su corazón dio un vuelco. ¿Ladrones? ¿Una emergencia con Jenečka?
Corrió hacia la entrada, soltando el bolso. Pero lo que vio la detuvo en seco, congelándole la sangre en las venas.
En el pasillo, bloqueando el paso hacia la sala, había dos maletas grandes. Las viejas maletas azules que usaron en su luna de miel en Cancún. Junto a ellas, varias bolsas de basura negras, de esas industriales, llenas a reventar de ropa y juguetes. Se veía la cabeza de la muñeca favorita de Jenečka asomando por un agujero en el plástico.
—Toño… ¿esto qué es? —preguntó Marina, con la voz apenas audible.
Anatoliy salió de la cocina. Llevaba una manzana en la mano y la mordió con un crujido sonoro, masticando con una calma exasperante, casi obscena. Vestía su ropa de trabajo, impecable, y tenía esa mirada de superioridad que tanto empezaba a odiar Marina.
—Llegas puntual. Bien —dijo él, tragando el bocado—. Son tus cosas y las de la niña. Salí temprano del trabajo hoy, pedí permiso especial para venir a empacar. Te ahorré el trabajo sucio. De nada.
Marina sintió que el mundo giraba. Se tuvo que apoyar en la pared para no caer.
—¿En qué sentido “mis cosas”? No entiendo nada, Anatoliy. ¿Te vas de viaje?
—No, querida. Yo me quedo. Ustedes se van —dijo él, señalando la puerta con la manzana a medio comer—. Se acabó el plazo. No tomaste la decisión correcta, así que yo la tomé por ti. Es simple matemática. No voy a desperdiciar mi vida, mi juventud y mi dinero en farmacias y hospitales. Así que… viento en popa y buena suerte. Lárguense.
El cerebro de Marina tardó unos segundos en procesar la monstruosidad de las palabras.
—¿Me estás… nos estás corriendo? ¿A la calle? ¿De mi propia casa? —su voz fue subiendo de tono hasta convertirse en un grito—. ¡Toño, estás loco! ¡Yo pagué la mitad de esta casa! ¡Pagué todas las reformas! ¡Mis ahorros de cinco años están en estos muros! ¡No puedes echarme!
Anatoliy soltó una carcajada fuerte, echando la cabeza hacia atrás, disfrutando del espectáculo.
—Ay, Marina, Marina… Siempre tan trabajadora, pero tan tonta para los negocios. Nunca fuiste la más brillante del salón, ¿verdad?
Se acercó a ella, invadiendo su espacio, con una sonrisa burlona.
—¿Ya se te olvidó? Haz memoria. Hace tres años, cuando compramos la casa. Mi madre, mi santa madre Doña Gertrudis, nos sugirió ponerla a su nombre. “¿Recuerdas lo que te dije? ‘Es para pagar menos impuestos, amor’. ‘Es para que el trámite salga rápido porque tú no tienes crédito Infonavit suficiente’. Y tú, siempre tan ocupada con tu contabilidad y tus prisas, firmaste sin leer las letras chiquitas”.
Marina sintió un golpe en el estómago. El recuerdo la golpeó con la fuerza de un tren. La notaría. La madre de Anatoliy, esa mujer de sonrisa falsa y ojos de víbora, pasándole los papeles. “Firma aquí, hija, es solo proforma”. La confianza ciega que ella tenía en su marido. La estupidez del amor.
—Papelito habla, mi amor —continuó Anatoliy, sacando un documento doblado de su bolsillo trasero y agitándolo frente a la cara de ella—. Legalmente, esta casa es propiedad absoluta de mi madre. Y tú y la niña son… ¿cómo se dice?… ocupantes precarios. Invitadas que ya no son bienvenidas. Así que, ¡fuera!
—¡Eres un desgraciado! ¡Un ladrón! —Marina se lanzó sobre él, golpeando su pecho con los puños, ciega de rabia.
Anatoliy la empujó con facilidad, haciéndola trastabillar contra las maletas.
—¡Cuidado! —advirtió él, cambiando su tono a uno amenazante—. No quiero tener que usar la fuerza, Marina. Pero si no sacas a esa niña y tus porquerías de aquí en cinco minutos, llamo a la policía y digo que me estás agrediendo. Y sabes que me creerán. Soy un hombre respetable.
Marina miró hacia el pasillo. Jenečka estaba allí, en su silla de ruedas. Anatoliy la había sacado de la cama y la había puesto en la silla, dejándola ahí como un mueble más listo para la mudanza. La niña no lloraba. Tenía los ojos secos, abiertos de par en par, llenos de un terror mudo.
Marina entendió entonces que no había negociación posible. Ese hombre ya no era su esposo. Era un enemigo mortal. Quedarse un minuto más allí era peligroso.
Respiró hondo, tragándose el orgullo, tragándose las lágrimas, tragándose el deseo de matarlo ahí mismo.
—Está bien —dijo, con una calma que la sorprendió a ella misma—. Nos vamos.
Tomó las asas de las maletas, una en cada mano, pesadas como lápidas. Con el pie, empujó una de las bolsas de basura hacia la puerta.
—Vamos, Jenečka —dijo suavemente.
Se acercó a la silla de ruedas y comenzó a empujarla hacia la salida, maniobrando entre el equipaje y los muebles que ella misma había elegido con tanta ilusión.
Al llegar al umbral de la puerta, Marina se detuvo. La lluvia había cesado, pero el aire olía a tierra mojada y a tristeza. Se giró lentamente. Anatoliy estaba apoyado en el marco de la puerta, victorioso, cruzado de brazos.
Marina lo miró a los ojos. No había amor, ni odio siquiera. Solo un vacío oscuro y una promesa fría como el acero.
—Algún día… —dijo ella, con voz firme—. Algún día nos volveremos a encontrar, Anatoliy. La vida da muchas vueltas. Y te juro por lo más sagrado que te arrepentirás de este momento. Vas a rogar. Vas a llorar sangre.
Toño soltó una risita burlona, negando con la cabeza.
—Uy, qué miedo. Mírate, Marina. Das pena. ¿Me estás amenazando? Para sobrevivir, para que nos volvamos a ver “en la cima” como tú crees en tu fantasía, necesitarías conseguirte a otro hombre que te mantenga, porque sola no vas a poder.
Señaló despectivamente a la niña en la silla de ruedas, luego a las maletas baratas.
—Pero sé realista… ¿A quién le vas a importar tú con ese “equipaje”? ¿Quién va a querer cargar con una mujer de treinta y tantos, divorciada, y con una hija tullida que requiere gastos millonarios? ¡Nadie! Ningún hombre en su sano juicio querría ese paquete.
Anatoliy escupió al suelo, cerca de los pies de Marina.
—Así que lárguense. Vayan a dar lástima a otro lado. ¡Ahí se ven!
¡PUM!
La puerta se cerró con un estruendo definitivo. El sonido de la cerradura echándose con doble vuelta resonó como un disparo.
Marina se quedó de pie en la acera. Las cortinas de la casa de enfrente se movieron ligeramente; la vecina chismosa, Doña Lucha, seguramente estaba viendo todo. Qué vergüenza. Qué humillación.
Pero no podía quedarse ahí parada. Comenzó a caminar. Arrastraba las maletas con dificultad por la calle mal pavimentada, empujando la silla de ruedas con el pecho y los antebrazos. Sus músculos ardían. El sudor frío le bajaba por la espalda.
Caminó sin rumbo fijo hasta que el fraccionamiento quedó atrás. Llegó a un pequeño parque público, desierto a esa hora. Sus piernas fallaron. Se dejó caer en una banca de metal oxidado, rodeada de sus bolsas de basura, como una indigente.
El silencio de la tarde se rompió cuando Marina escondió la cara entre sus manos y dejó escapar un aullido. No fue un llanto normal. Fue el sonido de un animal herido, un grito que venía desde el fondo de su alma rota. Lloró por la traición, por el dinero perdido, por el amor que resultó ser mentira, y sobre todo, por el dolor de su hija.
Entonces, sintió una manita pequeña y fría tocando su brazo.
Levantó la vista. Jenečka la miraba. La niña estaba sorbiendo la nariz, tratando de ser fuerte, pero sus ojitos estaban llenos de lágrimas.
—Mamá… no llores, ¿sí? Por favor, mami, no llores más —la voz de la niña era un hilo tembloroso, cargado de una culpa que ningún niño debería sentir—. Si quieres… —la niña dudó, tragó saliva— si quieres puedes llevarme a donde dijo papá.
Marina se quedó helada. —¿Qué?
—A ese lugar. Al orfanato de los niños que no caminan —continuó Jenečka, bajando la vista a sus manos inertes sobre su regazo—. Yo no me voy a enojar, mami. De verdad. Entiendo que soy… que soy cara. Que soy un estorbo. Si me dejas ahí, tú puedes volver a casa con papá. Él te dejará entrar si no estoy yo. Y podrás ser feliz otra vez.
El corazón de Marina se rompió en mil pedazos, pero de esos pedazos surgió algo nuevo. Algo feroz. Una furia maternal primitiva.
Se secó las lágrimas con el dorso de la mano con tanta fuerza que se raspó la piel. Se puso de pie de un salto y se arrodilló frente a la silla de ruedas, tomando la cara de su hija entre sus manos.
—¡Escúchame bien, Evgenia! —usó su nombre completo, con intensidad—. ¡Nunca! ¿Me oyes? ¡Nunca vuelvas a decir eso! ¡Jamás! Tú no eres un estorbo. Tú no eres “cara”. Tú eres mi hija. Eres lo único que vale la pena en este mundo podrido.
Marina miró hacia la dirección donde había quedado su antigua casa, sus ojos brillando con un fuego nuevo.
—Olvida lo que dijo ese hombre. Él no es tu padre. Un padre no hace esto. Él ya no existe para nosotras. Está muerto.
Se puso de pie, irguiéndose cuan alta era. A pesar de las bolsas de basura a sus pies, parecía una reina guerrera.
—No te voy a dejar caer, mi amor. Vamos a salir de esta. Y te juro, por mi vida, que ese infeliz se va a acordar de mi nombre. Anatoliy nos declaró la guerra… pues guerra tendrá.
Marina tomó las maletas con fuerza renovada. Ya no pesaban tanto. El odio y el amor, mezclados, le daban una fuerza sobrehumana.
—Vámonos, hija. Vamos a buscar a tu tía Rosa. Hoy empieza nuestra nueva vida.
PARTE 2: EL CONTRAATAQUE
CAPÍTULO 3: LA CAJA DE ZAPATOS Y LA JUSTICIA DE LOS HOMBRES
El taxi olía a una mezcla de aromatizante de pino barato y cigarro rancio. El conductor, un señor mayor con bigote canoso que no paraba de mirar por el retrovisor, había guardado silencio desde que vio a Marina cargar a la niña en brazos para meterla en el asiento trasero y luego batallar con la silla de ruedas para que cupiera en la cajuela.
—¿A dónde, jefa? —había preguntado, bajando el volumen de una cumbia que sonaba en la radio.
—A la colonia Doctores. Calle Dr. Vértiz —respondió Marina, con la voz quebrada, abrazando su bolso contra el pecho como si fuera un escudo.
El trayecto fue una borrosidad de luces de neón, semáforos en rojo y lluvia golpeando el parabrisas. Jenečka se había quedado dormida, o tal vez se hacía la dormida, con la cabeza apoyada en el regazo de su madre. Marina le acariciaba el cabello sudoroso, mirando por la ventana cómo la ciudad seguía su curso indiferente. La gente corría bajo la lluvia, los puestos de tacos humeaban, las parejas se besaban bajo los paraguas. El mundo no se había detenido porque su vida acabara de estallar en mil pedazos.
Llegaron a un edificio viejo, de esos de los años cincuenta que han sobrevivido a tres terremotos de puro milagro. Marina contó las monedas que le quedaban en la cartera para pagar el viaje. Le dio propina al taxista porque el hombre, apiadándose, se bajó bajo el aguacero para ayudarle a sacar las maletas y armar la silla de ruedas en la banqueta.
—Que Dios la bendiga, seño. Cuídese —dijo el hombre antes de arrancar.
Marina se quedó parada frente al interfón, empapándose. Respiró hondo, tragándose el orgullo. No quería ser una carga. No quería dar lástima. Pero no tenía a dónde más ir. Apretó el botón del departamento 302.
—¿Bueno? —la voz rasposa de Rosa sonó por la bocina.
—Rosa… soy yo. Marina. Ábreme, por favor.
El zumbido eléctrico de la puerta fue la música más hermosa que había escuchado en años.
Rosa no hizo preguntas estúpidas cuando abrió la puerta de su departamento. Vio a Marina empapada, con el rímel corrido haciéndola parecer un mapache trágico, arrastrando dos maletas gigantes y empujando a una niña inválida. Rosa, que era una mujer de armas tomar, soltera empedernida y con un corazón del tamaño de un camión, simplemente se hizo a un lado, jaló las maletas con fuerza bruta y dijo:
—Métanse. Ya.
Cinco minutos después, Jenečka estaba acostada en el sofá cama de la sala, arropada con una cobija de lana que olía a suavizante de lavanda, tomando un chocolate caliente. Marina estaba sentada en la mesa de la cocina, temblando, con una toalla en la cabeza, mientras Rosa le servía un tequila doble.
—Tómatelo —ordenó Rosa. No era una sugerencia.
Marina obedeció. El líquido quemó su garganta y aterrizó en su estómago vacío como una bomba, pero ayudó a detener el temblor de sus manos. Y entonces, se rompió. Le contó todo. Desde la propuesta indecente de internar a la niña hasta la expulsión, las maletas en el pasillo, la burla sobre el “equipaje”.
Rosa escuchaba en silencio, pero su cara iba cambiando de color. Pasó del pálido al rojo, y del rojo a un morado de pura furia contenida. Apretaba los puños sobre la mesa hasta que los nudillos le crujieron.
—Hijo de su r… —Rosa se mordió la lengua al recordar que la niña estaba en la sala, aunque probablemente dormida—. Es un desgraciado. Un poco hombre. Un animal. Perdón a los animales, ellos sí cuidan a sus crías.
—No sé qué voy a hacer, Rosa —sollozó Marina, escondiendo la cara entre las manos—. Tiene razón en una cosa. La casa está a nombre de su madre. Doña Gertrudis. Yo firmé los papeles. Soy una estúpida. Le regalé mi dinero, mi trabajo, mis años… y ahora estoy en la calle.
Rosa se levantó, dio una vuelta por la cocina pequeña pero impecable, y regresó con un brillo peligroso en los ojos.
—A ver, flaca. Mírame —le levantó la barbilla a Marina—. Primero, te quitas esa idea de que eres estúpida. Estabas enamorada y confiaste. Ese fue tu error, confiar en un alacrán. Pero estúpida no eres. Eres contadora, ¿no? Eres la que lleva los números en esa empresa transnacional.
—Sí, pero…
—Pero nada. Mañana te vas a levantar, te vas a bañar, te vas a poner tu mejor traje sastre y vamos a ir a ver a un primo mío.
—¿Un primo? —preguntó Marina, sorbiendo la nariz.
—Sí. El Licenciado Mendoza. Es un perro de presa. De esos abogados que muerden y no sueltan hasta que arrancan el pedazo. Si ese tal Anatoliy quiere guerra, guerra va a tener. Pero no una guerra de gritos y sombrerazos. No, mi reina. Le vamos a dar donde más le duele a los hombres como él.
—¿En el orgullo?
—No —Rosa sonrió, y fue una sonrisa que daba miedo—. En la cartera.
Pasaron dos semanas. Marina y Jenečka se instalaron provisionalmente en el cuarto de visitas de Rosa. Marina intentaba ser invisible, limpiaba la casa compulsivamente, compraba la despensa, quería compensar la molestia. Pero Rosa no la dejaba caer.
Una tarde, sentadas frente al escritorio del Licenciado Mendoza, un hombre calvo, de lentes gruesos y traje que le quedaba un poco grande, Marina se sentía escéptica. La oficina estaba en un despacho compartido en el centro, lleno de expedientes apilados hasta el techo y con un ventilador que hacía un ruido rítmico: clac-clac-clac.
—A ver, señora Marina —dijo Mendoza, revisando unos papeles que Marina había traído—. Usted dice que la casa está a nombre de la suegra. Eso es un problema, legalmente hablando. Es propiedad privada de un tercero ajeno al matrimonio.
Marina bajó la cabeza, derrotada. —Ya lo sabía. Se lo dije, Rosa. No hay nada que hacer.
—Espérese, no he terminado —Mendoza levantó un dedo huesudo—. La casa es de la suegra. Pero, ¿de dónde salió el dinero para construirla y remodelarla? Porque aquí veo estados de cuenta… muchos.
Marina sacó de su bolso una caja de zapatos vieja. Estaba reforzada con cinta adhesiva. La puso sobre el escritorio con reverencia.
—Yo… yo guardo todo, licenciado. Es defecto profesional. Aquí están las facturas de los materiales. El cemento, la varilla, los acabados de lujo que él quería. Los pagos a los albañiles. Las transferencias bancarias desde mi cuenta de nómina a la cuenta de Anatoliy etiquetadas como “para la casa”. Y… —Marina dudó un momento, sacando un sobre amarillo del fondo de la caja—. Y esto.
Mendoza abrió el sobre y extrajo un documento notariado antiguo. Sus ojos se movieron rápidamente tras los cristales de sus lentes. Soltó un silbido bajo.
—Vaya, vaya. Esto cambia las cosas.
—¿Qué es? —preguntó Rosa, impaciente.
—Es la escritura de venta del departamento anterior —explicó Mendoza, mirando a Marina con respeto—. Aquí dice que ustedes, ambos, vendieron un departamento que estaba a nombre de los dos, bajo el régimen de sociedad conyugal. Y el cheque de esa venta… —buscó otro papel en la caja—… fue depositado íntegramente en la cuenta de la madre de él dos días después.
Marina asintió. —Él dijo que era para pagar el terreno de contado. Que así nos ahorrábamos intereses.
Mendoza sonrió, mostrando unos dientes manchados de café.
—Señora, esto no es solo un divorcio o una pensión. Esto es fraude. Simulación de actos jurídicos. Despojo. Anatoliy y su madre conspiraron para sacar el patrimonio de la sociedad conyugal y ponerlo a nombre de un tercero, dejando en estado de indefensión a una menor discapacitada.
El abogado se reclinó en su silla, entrelazando los dedos.
—Vamos a demandar. Por todo. Pensión alimenticia para la niña, pensión compensatoria para usted por los años que invirtió en el hogar aunque trabajara (doble jornada), y la nulidad de esa escrituración o, en su defecto, el reembolso del 50% del valor del inmueble actual más intereses.
—Él dice que no me va a dar nada —susurró Marina—. Dice que yo gano más que él.
—Que diga misa —interrumpió Mendoza—. La ley es clara. La pensión es para la niña, y se calcula en base a las necesidades de ella y las posibilidades de él. Y con los gastos médicos que tiene su hija… créame, le vamos a quitar hasta las ganas de respirar.
Al salir del despacho, el sol brillaba por primera vez en días. Marina respiró el aire contaminado de la ciudad y le supo a gloria. Apretó la mano de Rosa.
—Gracias —dijo.
—No me des las gracias todavía —respondió Rosa, prendiendo un cigarro—. Guárdalas para cuando veas la cara de ese imbécil en el juzgado.
Mientras tanto, al otro lado de la ciudad, Anatoliy vivía lo que él consideraba su “segunda juventud”.
Las primeras semanas sin Marina y Jenečka habían sido, en su opinión, gloriosas. Llegaba del trabajo y la casa estaba en silencio. Bendito silencio. No había olor a medicinas, no había sillas de ruedas rayando el piso de madera falsa, no había miradas de reproche de su mujer porque él se quería tomar una cerveza en lugar de reparar una gotera.
Se sentía el rey de su castillo.
Esa tarde de viernes, Anatoliy había invitado a dos compañeros de la oficina, Roberto y “El Gordo” Sánchez, para ver el partido de fútbol y presumir su “libertad”.
—No, güey, te digo que fue lo mejor —decía Anatoliy, abriendo la tercera lata de cerveza y estirando las piernas sobre la mesa de centro—. Al principio te sientes raro, pero luego dices: “¡Libertad, papá!”. Ya no tengo que aguantar jetas.
—Oye, pero… ¿y la niña? —preguntó Roberto, un poco incómodo, mirando alrededor—. ¿No te da cosa? Digo, está enferma, ¿no?
Anatoliy hizo un gesto despectivo con la mano.
—Está bien, hombre. Se fueron con una amiga de Marina. Además, Marina gana un dineral. Ellas están bien. Yo necesitaba paz mental. Uno no puede vivir deprimido todo el tiempo, ¿sabes? La vida sigue.
—Pero la casa es de tu jefa, ¿no? —preguntó El Gordo, devorando una rebanada de pizza—. ¿No te la hicieron de pedo por eso?
—¡Ese fue mi as bajo la manga! —Anatoliy se rió, orgulloso de su propia astucia—. Marina quería pelear la casa, pero ¡tómala! Está a nombre de mi santa madre. Legalmente, Marina no tiene vela en el entierro. Se fue con una mano adelante y otra atrás. Soy un genio, cabrones. Un genio financiero.
En ese momento, sonó el timbre.
—Debe ser el de las alitas, pedí extra picantes —dijo Anatoliy, levantándose con dificultad, ya un poco mareado por el alcohol.
Abrió la puerta con una sonrisa, esperando ver al repartidor de Uber Eats. Pero no había ninguna moto afuera. Había un hombre bajo, vestido con una chamarra de cuero sintético y una gorra, sosteniendo una carpeta.
—¿Señor Anatoliy Borísovich? —preguntó el hombre.
—Servidor. ¿Qué se le ofrece?
—Notificador del Juzgado Cuarto de lo Familiar —dijo el hombre, extendiéndole un legajo de papeles grueso, engrapado y sellado con timbres oficiales—. Se le notifica de la demanda de divorcio incausado, solicitud de pensión alimenticia provisional y definitiva, y juicio ordinario civil por fraude en perjuicio de la sociedad conyugal. Firme aquí de recibido.
Anatoliy parpadeó, confundido. La sonrisa se le borró de golpe.
—¿Qué? ¿Demanda de qué? Oiga, debe haber un error. Mi mujer no… ella no haría esto.
—No hay error. Firme o dejo la notificación pegada en la puerta y surte efecto igual, y además le toman foto —dijo el actuario con indiferencia.
Anatoliy firmó con mano temblorosa. El hombre le entregó el paquete de hojas y se marchó.
Anatoliy cerró la puerta y regresó a la sala. Sus amigos lo miraron.
—¿Quién era, Toño? ¿Las alitas?
Anatoliy se dejó caer en el sofá. Empezó a leer la primera hoja. Las palabras bailaban ante sus ojos: “Medida Cautelar”, “Embargo Precautorio”, “30% del sueldo vía nómina”, “Auditoría de bienes”.
Y lo peor: “Se cita a la C. Gertrudis (su madre) en calidad de codemandada por presunto fraude y simulación”.
—No son las alitas —murmuró Anatoliy, sintiendo que la cerveza se le agriaba en el estómago.
—¿Entonces? —insistió Roberto.
Anatoliy levantó la vista. El silencio de la casa ya no le parecía paz. Le parecía el silencio antes de un terremoto.
—Es Marina —dijo, con voz ronca—. Me demandó. Y metió a mi madre en esto.
—Uuuuy, compadre —dijo El Gordo Sánchez, limpiándose la salsa de tomate de la boca—. Si se metió con tu nómina y con tu jefa… ya valiste madre. Esas viejas cuando se enojan son el diablo.
Anatoliy miró los papeles. Por primera vez en meses, sintió miedo. Un miedo frío y real. Marina no solo quería irse. Marina quería sangre. Y al parecer, tenía con qué sacársela.
—No puede ser —se dijo a sí mismo, tratando de recuperar la compostura—. Ella gana más que yo. El juez se va a reír de ella.
Pero al día siguiente, cuando llegó a la oficina de Recursos Humanos llamado por el director, se dio cuenta de que nadie se estaba riendo.
—Anatoliy —dijo el Licenciado Torres, el jefe de personal, con un papel en la mano—. Llegó un oficio del juzgado. Ordenan retenerte el 40% de tu sueldo bruto, más prestaciones, efectivo inmediatamente. A partir de esta quincena.
—¡¿Cuarenta por ciento?! —gritó Anatoliy—. ¡Eso es un robo! ¡Me van a dejar sin comer! Tengo que pagar el crédito del coche, las tarjetas…
—Eso arréglalo con el juez. Nosotros solo cumplimos la orden. Ah, y otra cosa… —Torres lo miró con desaprobación—. Se comenta en los pasillos… bueno, digamos que la imagen de un subgerente que deja desamparada a una hija discapacitada no es precisamente lo que la empresa quiere proyectar. Ten cuidado, Anatoliy. Tu vida personal está empezando a afectar tu imagen profesional. Y aquí cuidamos mucho los valores.
Anatoliy salió de la oficina tambaleándose. 40% de su sueldo. Menos impuestos. Le quedaría una miseria. ¿Cómo iba a pagar la luz de la casa grande? ¿El agua? ¿El mantenimiento del fraccionamiento?
Sacó su celular y marcó el número de su madre.
—Mamá… tenemos un problema. Un problema muy gordo.
Al otro lado de la línea, la voz de Doña Gertrudis sonó aguda y chillona.
—¿Qué hiciste ahora, inútil? ¡Me acaba de llegar un citatorio judicial! ¡Dicen que me quieren quitar la casa! ¡Explícame esto o te desheredo ahora mismo!
Anatoliy cerró los ojos, recargándose contra la pared fría del pasillo de la oficina. La guerra había empezado, y el primer bombazo le había caído justo en el centro de su trinchera.
Lo que no sabía Anatoliy era que Marina apenas estaba calentando motores. El verdadero infierno estaba por llegar, y vendría en forma de facturas de hospital, peritajes contables y un descubrimiento que él ni siquiera recordaba haber dejado: la evidencia de sus propias mentiras.
Mientras tanto, en el pequeño departamento de Rosa, Marina miraba a Jenečka intentar mover los dedos de los pies.
—¡Mira, mamá! —gritó la niña—. ¡Se movió! ¡Te juro que se movió el dedo gordo!
Marina corrió y se arrodilló. Efectivamente, había un espasmo leve, casi imperceptible, pero real.
Lloró. Pero esta vez no fue de tristeza. Fue de esperanza.
—Lo ves, mi amor —le susurró—. Vamos a luchar. Y vamos a ganar. Por ese dedo, por tus piernas y por nuestra dignidad.
Esa noche, Marina durmió profundamente por primera vez en un año. No sabía qué pasaría con la casa, ni con el dinero. Pero sabía una cosa: Anatoliy había despertado a una leona, y ahora iba a tener que lidiar con los colmillos.
CAPÍTULO 4: LA TORMENTA PERFECTA Y EL JUICIO DE FUEGO
La mañana del domingo, que solía ser sagrada para Anatoliy —día de barbacoa, cervezas y fútbol—, se transformó en un campo de batalla. No hubo despertar tranquilo. Lo que lo despertó fue el sonido agudo y furioso del timbre de la casa, seguido de golpes secos en la puerta de madera barnizada.
Anatoliy se levantó de la cama con la cabeza embotada. La noche anterior se había bajado media botella de tequila barato para intentar olvidar la notificación del juzgado. Se puso unos pantalones deportivos y caminó descalzo hacia la entrada, arrastrando los pies.
Al abrir, se encontró con una visión que le provocó más miedo que el propio actuario del juzgado: su madre, Doña Gertrudis.
Pero no era la Gertrudis de siempre, la que le traía tuppers con guisado y le decía “mi rey”. Esta era una furia de un metro cincuenta, con el pelo teñido de rojo caoba y un bolso de imitación de marca que usaba como arma contundente.
—¡Tú! ¡Grandísimo inútil! —gritó ella antes de siquiera entrar, empujándolo hacia adentro con el bolso golpeándole el pecho—. ¿Se puede saber en qué demonios estabas pensando?
—Mamá, cálmate, los vecinos… —intentó decir Anatoliy, cerrando la puerta rápidamente.
—¡Me valen madre los vecinos! —chilló Gertrudis, su voz retumbando en la sala vacía de muebles (porque Marina se había llevado los suyos y los que quedaban eran pocos)—. ¡Me demandaron, Anatoliy! ¡A mí! ¡A tu propia madre! ¿Sabes lo que es que llegue un policía a mi casa a entregarme un papel donde me acusan de fraude? ¡Tengo la presión en doscientos!
Gertrudis se dejó caer en el sofá, abanicándose con la mano dramáticamente.
—Explícame ahorita mismo cómo es que esa… esa muerta de hambre de tu mujer se atrevió a tanto. Pensé que tenías todo controlado. Me dijiste: “Mamá, la casa a tu nombre y ella no ve un peso”. ¡Y ahora resulta que me quieren quitar mi patrimonio!
Anatoliy se frotó la cara, sintiendo la barba de tres días rasposa bajo sus dedos.
—Es que… se consiguió un abogado, mamá. Un tal Mendoza. Dicen que es un tiburón.
—¡Pues tú consiguete una orca! ¡Un megalodón! —replicó ella—. Anatoliy, escúchame bien. Esa casa es mi seguro de vida. Si esa mujer logra probar que el dinero salió de su cuenta… estamos fritos. ¿Dónde están los papeles? ¿Qué le dijiste?
—No le dije nada. Ella tenía… —Anatoliy tragó saliva, recordando la mención de la “caja de zapatos” en la demanda—. Ella guardaba todo, mamá. Facturas, tickets, estados de cuenta. Hasta los recibos de la tlapalería. Yo me burlaba de ella, le decía que era una acumuladora. Pero parece que guardó la evidencia de que el dinero de la venta del departamento pasó a tu cuenta.
El rostro de Gertrudis palideció bajo la capa de maquillaje. Sus ojos se entrecerraron.
—Eres un imbécil. Te lo dije. “Saca el dinero en efectivo, Anatoliy”. “No dejes rastro, Anatoliy”. Pero no, el señorito quería hacer transferencias porque le daba flojera ir al banco.
Se levantó y le apuntó con un dedo anillado.
—Arréglalo. No sé cómo, pero arréglalo. Vende el coche, pide prestado, asalta un banco, pero a mí no me van a quitar esta casa. Y mucho menos voy a pagarle un peso a esa niña tullida. El gobierno debe hacerse cargo, no yo.
—Mamá… es tu nieta —susurró Anatoliy, sintiendo una punzada de algo parecido a la culpa, o tal vez era solo la resaca.
—¡Era mi nieta cuando estaba sana! Ahora es un pozo de dinero sin fondo. Y por lo visto, su madre es una víbora que quiere dejarnos en la calle. Así que escoge, hijito: o te pones los pantalones y destruyes a Marina en el juzgado, o te olvidas de que tienes madre. Y te olvidas de heredar nada cuando me muera.
Gertrudis salió de la casa dejando una estela de perfume barato y amenaza. Anatoliy se quedó solo en la sala inmensa, dándose cuenta de que los muros de tablaroca de su “mansión” se estaban cerrando sobre él.
Dos semanas después, llegó el día de la primera audiencia de conciliación.
El Juzgado de lo Familiar era un edificio gris, deprimente, que olía a humedad, a papel viejo y a tristeza concentrada. Los pasillos estaban llenos de gente: mujeres llorando, hombres con cara de enojo, abogados corriendo con expedientes bajo el brazo y niños jugando en el suelo, ajenos a que su futuro se decidía en esas oficinas con luz fluorescente que parpadeaba.
Anatoliy llegó con su abogado, un tipo llamado Licenciado Rivas, a quien había contratado porque era el más barato que encontró en Google y que le cobraba por “paquete”. Rivas traía un traje brilloso y masticaba chicle con la boca abierta.
—Tranquilo, mi Toño —le dijo Rivas, dándole una palmada en la espalda—. Estas viejas siempre piden las perlas de la virgen. Le ofrecemos el 15% del sueldo y que se dé por bien servida. Y de la casa, ni hablamos. Negamos todo.
Cuando entraron a la sala de mediación, Marina ya estaba ahí.
Anatoliy se detuvo en seco. Casi no la reconoció.
Marina llevaba un traje sastre azul marino impecable. Tenía el cabello cortado en un estilo moderno, bob, que le enmarcaba la cara. Estaba maquillada discretamente, pero lo que más impactaba no era su ropa, sino su postura. Estaba sentada recta, con la barbilla en alto. No había rastro de la mujer llorosa y sumisa que él había echado de casa. A su lado estaba el Licenciado Mendoza, el “primo” de Rosa, revisando unos documentos con una calma de depredador.
—Buenos días —dijo Marina. Su voz era fría, neutra. Ni siquiera lo miró a los ojos.
La Secretaria de Acuerdos, una mujer de mediana edad con cara de aburrimiento perpetuo, inició la sesión.
—Estamos aquí para ver si las partes pueden llegar a un convenio sobre la pensión alimenticia y la compensación económica, antes de irnos a juicio contencioso. Parte actora, ¿cuál es su propuesta?
Mendoza se aclaró la garganta y habló con una voz suave pero firme.
—Solicitamos el 50% de los ingresos totales del señor Anatoliy, incluyendo bonos, aguinaldo y prestaciones, para la manutención de la menor Evgenia, dada su condición médica extraordinaria que requiere terapias, medicamentos y cuidados especiales. Además, solicitamos una pensión compensatoria del 20% para mi clienta por los 10 años de dedicación al hogar y doble jornada. Y respecto al inmueble…
—¡Objeción! —interrumpió Rivas, el abogado de Anatoliy, escupiendo casi el chicle—. Eso es un abuso. Mi cliente tiene gastos. Ofrecemos el 20% total y nada más. Y la casa no es de él, así que no entra en la negociación.
Mendoza sonrió. Fue una sonrisa que a Anatoliy le heló la sangre. El abogado metió la mano en su portafolio y sacó una copia certificada.
—Señor Juez (dirigiéndose a la secretaria), tenemos aquí evidencia documental, rastreo SPEI de Banco de México, que demuestra que el día 14 de marzo de hace tres años, la cantidad de un millón y medio de pesos salió de la cuenta mancomunada de los cónyuges hacia la cuenta de la señora Gertrudis. Dos días después, la señora Gertrudis pagó esa cantidad exacta a la constructora.
Mendoza hizo una pausa dramática.
—Esto configura un fraude a la sociedad conyugal. Si no llegamos a un acuerdo hoy, no solo pelearemos la pensión. Presentaremos una denuncia penal por fraude específico y administración fraudulenta contra el señor Anatoliy y su madre. Y créame, licenciado Rivas, con estas pruebas, la señora Gertrudis podría pasar sus últimos años en Santa Martha Acatitla. ¿Quiere arriesgar a la mamá de su cliente?
Anatoliy sintió que le faltaba el aire. Miró a Rivas. Su abogado había dejado de masticar chicle y se había puesto pálido.
—Eh… necesito un receso para hablar con mi cliente —balbuceó Rivas.
Salieron al pasillo. Anatoliy estaba sudando a chorros.
—¿Qué pasó, licenciado? ¡Dígales que están locos!
—Toño, no me dijiste que tenían los rastreos bancarios —susurró Rivas, limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo sucio—. Si te denuncian por lo penal, y meten a tu jefa al bote… esto se va a poner muy feo. Te tienen agarrado de los huevos, compadre.
—¿Entonces qué hago?
—Acepta la pensión provisional. Deja que te descuenten el 40% por ahora. Pelear el fraude nos va a costar años y mucho dinero que no tienes. Si firmamos el convenio de pensión, a lo mejor desisten de lo penal contra tu mamá.
Anatoliy volvió a entrar a la sala. Se sentía como un animal camino al matadero.
Miró a Marina. Ella seguía impasible, escribiendo algo en una libreta.
—Está bien —dijo Anatoliy, con la voz rota—. Acepto el descuento de la nómina. Pero dejen a mi madre en paz.
Marina levantó la vista. Sus ojos eran acero.
—La demanda civil por la casa sigue, Anatoliy. No voy a renunciar a lo que es mío y de mi hija. Pero no meteremos a tu madre a la cárcel… por ahora. Si fallas en un solo pago de la pensión, reactivamos todo.
Salieron del juzgado. Anatoliy sentía que le habían arrancado un pedazo de hígado. Marina pasó a su lado, sus tacones resonando con fuerza en el piso de mármol.
—¿Cómo está Jenečka? —preguntó él, en un impulso estúpido.
Marina se detuvo, pero no volteó.
—Mejor que nunca. Ya mueve los dedos de los pies. Y por cierto… ya no pregunta por ti.
Y se alejó, dejándolo solo en medio del bullicio del tribunal.
El infierno financiero comenzó al mes siguiente.
Anatoliy estaba acostumbrado a ver su recibo de nómina con una cifra robusta. Era subgerente, caray. Ganaba bien. Se daba sus lujos: comidas en restaurantes argentinos, ropa de marca, el plan de celular más caro, la mensualidad del coche deportivo que sacó para impresionar a los vecinos.
Pero cuando llegó el día 15, abrió su aplicación bancaria y sintió ganas de vomitar.
La cifra que aparecía en “Saldo Disponible” era ridícula.
El juzgado había enviado el oficio directo a la empresa. Antes de que el dinero tocara sus manos, le habían quitado el 40% bruto. Más los impuestos, más el fondo de ahorro… le quedaba menos de la mitad de su sueldo habitual.
Hizo cuentas rápidas en una servilleta, sentado en su cocina oscura.
Mensualidad del coche: 8,000 pesos.
Renta (simbólica) que le pagaba a su madre para “mantenimiento”: 3,000 pesos.
Tarjeta de crédito (pago mínimo): 5,000 pesos.
Gasolina, luz, agua, internet…
Los números no daban. Simplemente no daban. Le faltaban como diez mil pesos solo para salir tablas. Y todavía tenía que comer.
Esa noche, cenó un sándwich de jamón barato y agua de la llave. Miró alrededor de su casa. La “mansión”. Ahora le parecía una prisión. Las paredes estaban vacías. El eco era insoportable. Y lo peor de todo era el silencio. Antes, el ruido de Jenečka o la música de Marina le molestaban. Ahora, el silencio era un recordatorio constante de su fracaso.
Para colmo, en la oficina las cosas iban de mal en peor.
El chisme se había esparcido como pólvora. “Anatoliy el que echó a su hija inválida”. “Anatoliy el demandado”. En México, la cultura de oficina es brutal. Nadie se lo decía a la cara, pero lo notaba.
Cuando entraba a la cocineta por café, las risas se detenían de golpe.
Sus subordinados ya no lo respetaban. Le entregaban los reportes tarde. Lo miraban con esa mezcla de lástima y desprecio.
—Oye, Toño —le dijo un día su jefe directo, el Gerente Regional, llamándolo a su oficina de cristal—. He notado que tu rendimiento ha bajado. Esos reportes de ventas traen errores de primaria.
—Es que… tengo problemas personales, jefe. El divorcio, ya sabe.
—Mira, aquí todos tenemos problemas —dijo el jefe, fríamente—. Pero la empresa no es beneficencia. Necesito que te enfoques. Y otra cosa… me han llegado rumores de cobranza llamando a la recepción preguntando por ti. Eso se ve pésimo, Anatoliy. Arregla tus finanzas. No queremos cobradores en la puerta.
Anatoliy salió de la oficina temblando. Los del banco habían empezado a llamar al trabajo porque había dejado de pagar la tarjeta para poder comer.
El declive fue rápido y humillante.
Primero, le cortaron el internet. Anatoliy tuvo que empezar a robarse el WiFi del vecino, pegándose a la ventana de la cocina en las noches para poder ver sus series en el celular.
Luego, vino el gas. Se bañaba con agua helada a las seis de la mañana, gritando del frío, lo que lo ponía de un humor de perros todo el día. Empezó a ir a trabajar con la camisa arrugada porque no podía planchar bien, y a veces con un olor rancio porque lavaba la ropa a mano y no se secaba bien en el interior de la casa.
Pero el golpe final llegó un martes por la tarde.
Llegó a casa cansado, hambriento y harto. Solo quería prender la tele y desconectarse.
Presionó el interruptor de la luz. Nada.
Probó otro. Nada.
Fue al medidor. Había un candado amarillo y un papel pegado: “Corte por falta de pago. Comisión Federal de Electricidad”.
Se le habían juntado tres recibos. Con el descuento de la pensión, había tenido que elegir: o pagaba la luz o pagaba la letra del coche. Eligió el coche porque sin coche no podía ir a trabajar (o eso se decía a sí mismo, aunque en realidad era por estatus).
Se sentó en el suelo de la cocina, en la oscuridad, iluminado solo por la luz de la calle que entraba por la ventana.
Abrió el refrigerador. La luz de adentro tampoco prendió, obviamente. El poco jamón que quedaba empezaría a pudrirse mañana.
—Maldita sea —susurró—. ¡Maldita sea Marina! ¡Maldita sea todo!
La rabia lo consumía. No se sentía culpable. Se sentía una víctima. “Ella me hizo esto”, pensaba. “Ella y su avaricia”. No podía ver, en su ceguera narcisista, que cada ladrillo que le caía encima lo había puesto él mismo.
Mientras Anatoliy comía a oscuras, Marina estaba viviendo una realidad paralela.
No era rica, ni mucho menos. Vivir con Rosa era apretado. Dormían en el sofá cama. Pero había luz. Había calor. Y había risas.
Esa misma tarde, Jenečka había tenido sesión de hidroterapia. El dinero de la pensión provisional (ese 40% que tanto le dolía a Anatoliy) estaba siendo usado hasta el último centavo en la niña.
El terapeuta, un chico joven y entusiasta llamado Daniel, había salido de la alberca con una sonrisa enorme.
—¡Señora Marina! ¡Tiene que ver esto!
Marina se acercó al borde de la alberca. Jenečka estaba en el agua, sostenida por los flotadores.
—¡Dale, Jeny! ¡Tú puedes! —la animó Daniel.
La niña, con el rostro concentrado y rojo por el esfuerzo, movió las piernas. No fue un espasmo. Fue un movimiento voluntario. Pateó el agua. Una, dos veces.
Marina se llevó las manos a la boca, llorando.
—¡Lo hiciste, mi amor! ¡Lo hiciste!
—Los médicos dijeron que la médula estaba comprimida, no seccionada —explicó Daniel, secándose las manos—. Con la terapia intensiva, la inflamación está bajando y las conexiones nerviosas están despertando. Va a ser lento, señora, muy lento. Pero yo creo que esta niña va a volver a caminar.
Esa noche, celebraron con pizza y refresco en el departamento de Rosa.
—¡Por Jenečka! —brindó Rosa con su vaso de Coca-Cola.
—¡Por Jenečka! —respondió Marina.
—Oye, y… ¿cómo te fue en la chamba? —preguntó Rosa.
Marina sonrió. —Me ascendieron. El director financiero vio cómo manejé la auditoría del mes pasado. Dice que tengo un “ojo clínico para los detalles”. Me nombraron Supervisora de Costos. Viene con aumento.
—¡Eso, chingao! —gritó Rosa—. ¡Las mujeres no lloran, las mujeres facturan! Como dice la canción.
Marina se rió. Se sentía ligera. Por primera vez en años, el futuro no parecía un túnel oscuro.
Pero sabía que la batalla no había terminado. Anatoliy estaba herido, y un animal herido es peligroso. O patético.
De vuelta en la casa a oscuras, Anatoliy tomó una decisión desesperada.
Tenía hambre. Tenía deudas. Y la próxima quincena venía igual de recortada.
Necesitaba dinero rápido. Cash. Efectivo que no pasara por la nómina para que Marina no se lo pudiera robar.
Miró las llaves de su coche sobre la mesa. Su precioso sedán deportivo.
Había escuchado a un taxista decir que se sacaba buena lana manejando en plataformas, o haciendo viajes por fuera.
“Tengo coche, tengo celular (con el WiFi del vecino para bajar los mapas), y sé manejar”, pensó. “Soy listo. Puedo hacer esto en mis ratos libres y sacar para pagar la luz y vivir como dios manda”.
Abrió la última botella de licor que le quedaba en el mueble bar. Un whisky que guardaba para ocasiones especiales.
—Salud por mí —brindó en la penumbra—. Porque yo siempre caigo parado.
Se bebió un trago largo. El alcohol le calentó el estómago y le dio esa falsa confianza que tanto le gustaba.
“Mañana empiezo”, se prometió. “Mañana salgo a ruletear. ¿Qué tan difícil puede ser?”
No sabía que esa decisión, tomada al calor del alcohol y la desesperación, sería el último clavo en su ataúd. No sabía que el destino, o el karma, como le había dicho Marina, estaba esperándolo a la vuelta de la esquina con una patrulla y un alcoholímetro.
Pero por esa noche, en la oscuridad de su casa robada, Anatoliy soñó que ganaba millones y que Marina regresaba arrastrándose a pedirle perdón.
Qué despertar tan duro le esperaba.
PARTE 2: EL DESCENSO A LOS INFIERNOS
CAPÍTULO 5: LA “CAMINERA” Y EL TORITO
El viernes por la noche, la casa de Anatoliy estaba sumida en una oscuridad sepulcral. CFE no perdona, y el corte de luz había sido definitivo tres días atrás. La única iluminación provenía de la pantalla de su celular, que proyectaba un brillo fantasmal sobre su rostro demacrado, y de una vela aromática de vainilla que había encontrado en un cajón olvidado de Marina, la cual ahora apestaba más a cera quemada que a postre.
Anatoliy miró su saldo bancario en la app: $450.00 MXN.
Eso era todo lo que le quedaba para sobrevivir la quincena. El descuento de la pensión alimenticia había sido brutal, y los pagos automáticos del banco se habían comido el resto. Sentía un hueco en el estómago, una mezcla de hambre física y pánico existencial.
—Tengo que moverme —se dijo a sí mismo, su voz ronca rebotando en las paredes vacías—. Soy un hombre de recursos. No me voy a morir de hambre en mi propia casa.
Sobre la mesa, brillaban las llaves de su coche. Su orgullo. Un sedán deportivo color plata, con asientos de piel y quemacocos. Lo único que Marina no había podido tocar porque el crédito estaba a nombre de él (y seguía debiendo una fortuna, por cierto).
Recordó la plática con el taxista de la semana pasada. “Saco hasta tres mil libres el fin de semana, jefe. La gente anda bien peda y paga lo que sea”.
La idea se instaló en su cerebro embotado por el estrés. Bajar la aplicación de conductor oficial tardaría días en aprobarse por los antecedentes penales o la revisión de documentos. Pero había grupos de WhatsApp. Grupos de “transporte privado” en la colonia, viajes por fuera, sin comisiones a la plataforma.
—Pan comido —pensó.
Se levantó y fue hacia la cantina del mueble de la sala. Quedaba media botella de Buchanan’s. Su reserva especial.
—Una para el valor —murmuró. Se sirvió un trago generoso en un vaso sucio (no había agua para lavar trastes). El líquido ámbar bajó quemando, reconfortante.
“Manejo mejor con unos tragos encima que toda esa bola de inútiles sobrios”, pensó con esa arrogancia típica del borracho funcional. Se sentía más agudo, más despierto. Se sirvió otro. Y luego, vertió un poco más en una ánfora de bolsillo plateada que le habían regalado en un intercambio navideño de la oficina.
—La caminera —se justificó—. Por si hace frío.
Salió de la casa. El aire de la noche estaba fresco. Se subió al coche, que olía a cuero y a aromatizante de “Auto Nuevo”. Al encender el motor, el rugido suave de la máquina le devolvió un poco de su masculinidad perdida. Se sintió poderoso otra vez.
Se metió al grupo de WhatsApp de vecinos del fraccionamiento.
“¿Alguien ocupa viaje al centro? Salgo en 10. Barato y seguro”.
Cayó el primero. Un chavo que iba de fiesta a la Condesa.
El viaje fue fácil. Anatoliy puso música, platicó de política, se sintió importante. El chavo le pagó 200 pesos en efectivo. Billete fresco.
—¡Esto es una mina de oro! —exclamó Anatoliy al dejar al pasajero.
Besó el billete. Se sintió el Lobo de Wall Street.
Dio una vuelta, tomó un sorbo de su ánfora. Otro viaje. Una señora al aeropuerto. 350 pesos.
Para la una de la mañana, Anatoliy llevaba casi mil pesos en la bolsa. Se sentía invencible. La botella en la ánfora se había acabado, y había parado en un Oxxo a comprar unas latas de cerveza “para mantenerse hidratado”.
—Uno más y me voy a casa —decidió.
Le cayó un mensaje. Un viaje de regreso, de Polanco hacia el sur. Zona de dinero.
Recogió a un tipo de traje que olía a perfume caro. Anatoliy se vio reflejado en él: así era él antes de que Marina “arruinara” su vida.
Iba conduciendo por el Periférico, un poco más rápido de lo permitido, tarareando una canción de Luis Miguel a todo pulmón, con una lata de cerveza abierta en el portavasos (discretamente envuelta en una servilleta). Se sentía el rey del mundo.
Y entonces, las luces.
Azul y rojo. Girando.
No era una patrulla cualquiera. Al bajar la lateral para tomar Insurgentes, se topó con el terror de los conductores nocturnos de la Ciudad de México: El Alcoholímetro.
El carril estaba confinado con conos naranjas. Oficiales con chalecos reflejantes desviaban los autos uno por uno.
Anatoliy sintió que el alcohol se le evaporaba del cuerpo, reemplazado por un terror helado.
—Mierda, mierda, mierda —susurró.
Buscó chicles. No tenía.
Intentó abrir la ventana para que se ventilara, pero eso solo haría más evidente el olor cuando el oficial se acercara.
“Mantén la calma, Toño. Eres subgerente. Tienes presencia. Habla con autoridad”.
El oficial se acercó. Un tipo joven, serio, con una lámpara que le apuntó directo a los ojos.
—Buenas noches, caballero. Operativo Conduce Sin Alcohol. ¿Ingirió alguna bebida alcohólica el día de hoy?
—No, oficial. Vengo de trabajar. Puro café —mintió Anatoliy, intentando sonreír. Su sonrisa salió torcida.
El oficial arrugó la nariz. El olor a whisky barato y cerveza tibia impregnaba la cabina como una nube tóxica.
—Por favor apague el motor y baje del vehículo para realizar la prueba.
—Oiga, jefe, de verdad… tengo prisa, mi hija está enferma… —intentó usar la carta de la lástima, la misma hija que había despreciado.
—Baje del vehículo —ordenó el oficial, esta vez con la mano cerca de la funda de su arma.
Anatoliy bajó. Las piernas le temblaron. Casi se tropieza con sus propios pies.
Lo llevaron a la mesa donde estaba el médico legista.
Sopló en la pipeta. Sopló con miedo, rezando a un Dios en el que no creía.
La máquina pitó.
El médico miró la pantalla y luego a Anatoliy con una ceja levantada.
—0.85 grados. Señor, usted no trae sangre en el alcohol, trae alcohol en la sangre. Rebasó el límite por mucho.
—Jefe, tíreme paro —susurró Anatoliy al oficial, acercándose demasiado—. Traigo mil pesos aquí en la bolsa. Son suyos. Déjeme ir.
El oficial se echó para atrás, ofendido (o tal vez porque había cámaras).
—¿Me está intentando sobornar? Eso es otro delito. ¡Súbanlo!
—¡Pero mi coche! ¡Es nuevo!
—El vehículo se va al corralón. Usted se va al “Torito”. Tiene 36 horas de arresto inconmutables.
La escena que siguió fue la humillación suprema. Anatoliy vio cómo una grúa vieja y oxidada enganchaba su precioso sedán deportivo. Escuchó el crujido de la fascia delantera raspando contra el asfalto cuando lo levantaron sin cuidado.
—¡Cuidado, animales! —gritó.
Nadie le hizo caso. Lo esposaron (por ponerse agresivo) y lo subieron a la “perrera”, la parte trasera de la patrulla pick-up.
Ahí, sentado sobre el metal frío, viendo la ciudad alejarse a través de la rejilla, Anatoliy empezó a llorar. No por arrepentimiento. Sino porque sabía lo que venía.
Sin coche, no podía ir a trabajar el lunes.
Sin dinero, no podía sacar el coche del corralón.
Y sin celular (que se le había quedado sin batería), no podía llamar a nadie.
Pasó la noche en una celda comunal con otros veinte borrachos. El olor a orines, vómito y desesperación era insoportable. Un tipo tatuado le quitó los zapatos “prestados”. Anatoliy, el gran subgerente, el dueño de la mansión, se acurrucó en un rincón, descalzo y temblando, mientras un mariachi borracho cantaba “El Rey” en la otra esquina.
Nunca la letra de una canción le había parecido tan irónica.
CAPÍTULO 6: EL DESPIDO Y EL HAMBRE
El lunes por la mañana, Anatoliy era un espectro.
Había salido del centro de detención el domingo por la tarde, sucio, hambriento y con un dolor de cabeza que sentía como si le hubieran clavado un picahielo en la frente.
Había tenido que caminar kilómetros y luego rogarle a un camionero que lo dejara subir gratis para llegar a su casa.
Al llegar, encontró la casa igual de oscura. Pero ahora, el silencio era diferente. Era el silencio de la derrota total.
No tenía coche. Estaba en el corralón “Las Águilas”, al otro lado de la ciudad. La multa por arrastre, piso y la infracción sumaba cerca de doce mil pesos. Dinero que él no tenía ni en sueños.
El lunes, se despertó tarde. Su alarma (el celular) estaba apagada por falta de batería y, claro, no había luz para cargarlo.
Se bañó con agua helada, tiritando, maldiciendo a Marina con cada gota que tocaba su piel. Se puso la misma camisa del viernes porque no tenía otra planchada. Olía un poco a sudor rancio, pero se echó media botella de loción para disimular.
Salió corriendo. Tuvo que tomar dos peceras (microbuses) para llegar a la zona corporativa de Santa Fe.
Llegó a las 11:30 de la mañana.
Entró al edificio de cristal, sudando, despeinado, con los zapatos sucios (los había recuperado, pero estaban pisados y raspados).
La recepcionista, una chica que siempre le sonreía, esta vez bajó la mirada.
—Buenos días, Licenciado Anatoliy. Lo esperan en la oficina del Director General.
—¿El Director? —Anatoliy sintió que se le aflojaban las rodillas—. ¿No con mi jefe directo?
—No. Con el Director. Y con la abogada de Recursos Humanos.
El camino hacia la oficina principal fue el paseo de la vergüenza. Sentía las miradas de todos clavadas en su espalda. Los cuchicheos. “Ya supiste, lo agarraron en el alcoholímetro”. “Dicen que debe hasta la camisa”. “Huele a cantina”.
Entró a la oficina. El aire acondicionado estaba a todo lo que daba, un contraste brutal con el calor de su cuerpo.
Detrás del escritorio de caoba estaba el Director, el Ingeniero Salas, un hombre que no toleraba la incompetencia. A su lado, la Licenciada de RH, con una carpeta en la mano.
—Siéntate, Anatoliy —dijo Salas, sin levantar la vista de unos papeles.
Anatoliy se sentó. La silla de piel crujió.
—Ingeniero, puedo explicar mi retardo, tuve un problema con el auto…
—Sabemos dónde está tu auto, Anatoliy —interrumpió la abogada, poniendo una hoja sobre el escritorio—. Salió en las noticias locales. Un video de un conductor ebrio resistiéndose al arresto e intentando sobornar a un oficial. ¿Te reconoces?
Anatoliy miró la tablet que le deslizaron. Ahí estaba él. Borroso, con los ojos desorbitados, gritándole al policía: “¡No saben quién soy yo! ¡Soy gerente! ¡Gano más que ustedes en un año!”.
Sintió ganas de vomitar. Se volvió viral. El idiota del video era él.
—Anatoliy —dijo el Ingeniero Salas, quitándose los lentes—. Esta empresa tiene un código de ética muy estricto. Representamos a clientes internacionales. No podemos permitirnos que uno de nuestros directivos sea… esto.
—Fue un error, ingeniero. Estaba estresado. Mi divorcio… mi mujer me quiere quitar todo…
—Tus problemas personales son tuyos —cortó Salas con frialdad—. Pero has traído el escándalo a la empresa. Además, tu rendimiento ha caído un 60% en el último mes. Tienes llamadas de cobranza hostigando a nuestras secretarias. Y ahora, un delito penal.
El silencio se hizo espeso.
—Estás despedido, Anatoliy. Rescisión de contrato por pérdida de confianza y violación al código de conducta. Efectivo inmediatamente.
—Pero… ¿y mi liquidación? —preguntó Anatoliy, aferrándose a un clavo ardiendo—. Llevo diez años aquí. Me tocan tres meses, veinte días por año…
La abogada sonrió tristemente y abrió la carpeta.
—Hicimos los cálculos, Anatoliy. Tienes un préstamo personal con la caja de ahorro de la empresa por 150 mil pesos que pediste para la remodelación de tu casa. Debes tres meses de la póliza de seguro de gastos médicos mayores que te descontamos. Y firmaste un pagaré por el equipo de cómputo que… bueno, que reportaste como “dañado” el mes pasado.
Empujó una hoja hacia él. El saldo final estaba resaltado en amarillo.
TOTAL A PAGAR AL EMPLEADO: $0.00
SALDO DEUDOR: $12,450.00
—Técnicamente, nos quedas debiendo —dijo la abogada—. Pero el Ingeniero Salas, por los viejos tiempos, ha decidido condonar la deuda restante. Te vas en ceros. Firma aquí tu renuncia voluntaria o procedemos legalmente por el cobro del pagaré.
Anatoliy firmó. No tenía fuerzas para pelear. La pluma temblaba en su mano tanto que su firma pareció el garabato de un niño.
Diez minutos después, estaba en la banqueta de Santa Fe, bajo el sol abrasador del mediodía. En sus manos, una caja de cartón con una taza sucia, una foto enmarcada de él mismo (porque la de Marina la había tirado) y una grapadora.
Le quitaron el celular corporativo. Le quitaron la laptop.
Le quitaron su identidad.
Regresó a casa caminando parte del trayecto y colándose en el metro. Tardó tres horas.
Al entrar a su “mansión”, el hambre lo golpeó con violencia. No había comido nada sólido desde el sábado.
Fue a la cocina.
Abrió el refrigerador Samsung de dos puertas, acero inoxidable, dispensador de hielos (que no servía sin luz).
Adentro solo había un olor nauseabundo.
El jamón estaba verde y viscoso. La leche se había cortado, convertida en un suero grumoso. Unas verduras podridas en el fondo soltaban un líquido negro.
—Maldita sea… —lloró Anatoliy, cayendo de rodillas frente al electrodoméstico abierto—. Tengo hambre. Dios mío, tengo hambre.
Miró el refrigerador. Era enorme. Era caro. Había costado casi treinta mil pesos.
Una idea cruzó su mente.
Salió a la calle y caminó hasta la esquina donde se ponía un puesto de “Compro Fierro Viejo”. Ahí estaba un señor, Don Chuy, con una camioneta destartalada llena de chatarra.
—Jefe… —dijo Anatoliy, tragándose lo último que le quedaba de dignidad—. Tengo un refri. Es Samsung. Casi nuevo. Inverter.
Don Chuy lo miró, escupió al suelo y se rascó la panza.
—¿Jala?
—Sí, sí jala. Solo que no tengo luz. Está perfecto.
—Mmm. Ahorita no andan saliendo los refris. Te doy mil quinientos. Y tú me ayudas a cargarlo.
—¡Costó treinta mil! —gritó Anatoliy, indignado.
—Pues véndaselo a Liverpool, joven. Yo le doy mil quinientos. Lo tomas o lo dejas.
El estómago de Anatoliy rugió, traicionándolo.
—Está bien. Vamos.
Vendió el refrigerador. Vendió el microondas. Vendió la pantalla plana de 60 pulgadas de la sala por una miseria porque no tenía la caja ni el control remoto.
Esa tarde, comió. Se compró un pollo rostizado y se lo comió con las manos, sentado en el suelo de la sala vacía, manchándose la camisa de grasa. Lloraba mientras comía, masticando con rabia y desesperación.
El dinero de la venta de los muebles le duró una semana. Pagó un poco a la tarjeta para que dejaran de llamar a su madre (quien lo había bloqueado de todos lados), compró velas y latas de atún.
Pero el dinero se acaba. Y las deudas crecen.
Una semana después, Anatoliy se miró en el espejo del baño.
Tenía barba de diez días. Estaba flaco, ojeroso. Parecía un vagabundo.
Abrió la alacena. Nada.
Abrió la cartera. Una moneda de diez pesos y una pelusa.
Salió a la calle. Caminó sin rumbo. El hambre le nublaba la vista.
Llegó al puesto de periódicos. Con sus últimos diez pesos, compró el periódico de ofertas laborales.
Se sentó en una banca.
“Se solicita Gerente” – Requisitos: Cartas de recomendación, buró de crédito limpio, carta de antecedentes no penales.
—Descartado —tachó con la uña.
“Ejecutivo de ventas” – Requisitos: Automóvil propio.
—Descartado.
Sus ojos bajaron hasta la sección de “Oficios Varios”.
“Se solicita ayudante general. Carga y descarga. Pago semanal”.
“Jardinero. Experiencia no necesaria. Traer herramienta propia”.
Anatoliy miró sus manos. Manos de oficina. Manos suaves que solo sabían teclear y firmar cheques.
Pero el hambre manda.
Recordó que en el cuarto de herramientas (ese cuarto que nunca usaba) había dejado una pala y un pico que compró cuando se mudaron, con la fantasía de hacer un jardín que nunca hizo.
Regresó a casa. Tomó la pala. Pesaba. El mango de madera estaba áspero.
—Jardinería —murmuró—. ¿Qué tan difícil puede ser? Es hacer agujeros en la tierra. Cualquiera puede hacerlo.
Se miró los zapatos de vestir, desgastados. No tenía botas de trabajo.
—Mañana —se prometió—. Mañana salgo a buscar chamba de lo que sea.
No sabía que el destino, ese guionista cruel que estaba escribiendo su vida, lo iba a llevar a caminar, pala en mano, justo hacia el único lugar del mundo que debía evitar.
A la mañana siguiente, Anatoliy salió con su pala al hombro, caminando hacia el sector residencial más rico de la zona, donde las casas tenían jardines verdes y dueños con dinero. Caminó kilómetros bajo el sol, tocando timbres, recibiendo negativas.
—”No, gracias”.
—”Ya tenemos jardinero”.
—”Oiga, huele usted un poco mal, váyase o llamo a la seguridad”.
La desesperación lo fue empujando más y más lejos, hasta llegar a una colonia privada nueva, bonita, con calles adoquinadas.
Vio una casa con el jardín descuidado, lleno de maleza.
—Aquí es —pensó.
Se arregló el cuello de la camisa sucia. Tocó el timbre.
Esperó.
No sabía que al otro lado de esa puerta, el pasado lo estaba esperando para darle el golpe de gracia.
El sonido de unos pasos acercándose a la puerta hizo que el corazón de Anatoliy latiera con fuerza. “Por favor, que me den el trabajo. Solo necesito para comer hoy”.
La puerta se abrió.
PARTE 3: LA COSECHA
CAPÍTULO 7: EL JARDÍN DEL EDÉN (O DEL INFIERNO)
El sonido de los pasos al otro lado de la puerta de madera maciza retumbó en los oídos de Anatoliy como tambores de guerra. Se alisó el cabello con saliva, intentando parecer presentable, aunque sabía que era una causa perdida. Su reflejo en la ventana polarizada de la casa le devolvía la imagen de un espectro: flaco, quemado por el sol, con la ropa que alguna vez fue de marca ahora colgando como harapos sucios.
Llevaba caminando seis horas. Seis horas bajo el sol inclemente de mayo, cargando una pala oxidada y un machete desafilado al hombro. Había recorrido tres colonias, tocado veinte timbres. En todas partes la misma respuesta: “No”, “Lárgate”, o simplemente el silencio del interfón. El hambre le retorcía las tripas, un dolor agudo y constante que ya no podía ignorar.
Esta casa era su última esperanza. Se veía bien cuidada, pero el jardín delantero tenía la hierba un poco alta, señal de que quizás, solo quizás, necesitaban ayuda.
La puerta se abrió con un chirrido suave de bisagras bien engrasadas.
—Buenas tardes, patrón. Disculpe la molestia, ando buscando chambita… —empezó Anatoliy, recitando el discurso que había ensayado, bajando la cabeza con humildad fingida—. Puedo cortarle el pasto, podar los rosales, barrer la entrada… cobro barato, lo que sea su voluntad…
—¿Toño?
La voz lo golpeó como un latigazo eléctrico. No era una voz cualquiera. Era una voz que conocía mejor que la suya propia, una voz que había escuchado en susurros de amor, en gritos de parto y, últimamente, en sus pesadillas.
Anatoliy levantó la cabeza lentamente, temiendo lo que sus ojos iban a confirmar.
Ahí, parada en el umbral, iluminada por la luz dorada del atardecer, estaba Marina.
Pero no era la Marina que él había echado a la calle con maletas de basura. Ni siquiera era la Marina ejecutiva del juzgado.
Esta Marina brillaba. Llevaba un vestido ligero de lino color crema, sandalias cómodas y el cabello suelto, cayendo en ondas suaves sobre sus hombros. Se veía… en paz. Se veía dueña de sí misma y de todo lo que la rodeaba.
Detrás de ella, la casa se abría amplia y luminosa. Se veían muebles modernos, plantas de interior lustrosas, y al fondo, un ventanal que daba a un jardín trasero espectacular.
Anatoliy sintió que la sangre se le iba a los pies. El mareo del hambre se mezcló con el vértigo de la sorpresa.
—¿Marina? —graznó, su voz apenas un hilo—. ¿Tú… tú qué haces aquí? ¿Trabajas aquí? ¿Eres la sirvienta?
Marina lo miró. Sus ojos no tenían odio. Tenían algo peor: lástima. Una lástima profunda y distante, como la que se siente por un perro atropellado en la carretera.
—Vivo aquí, Anatoliy —dijo ella suavemente, recargándose en el marco de la puerta—. Esta es mi casa.
—¿Tu casa? —Anatoliy soltó una risa nerviosa, histérica—. ¡No me jodas! Si hace seis meses no tenías dónde caerte muerta. ¿De dónde sacaste para esto? ¿Te conseguiste a un narco? ¿A un político? Te lo dije, necesitabas un hombre que te mantuviera.
Marina sonrió, negando con la cabeza.
—Sigues siendo tan básico, Toño. Tan pequeño. No, no hay ningún hombre. Esta casa la compré yo. Con mi trabajo, con mis bonos, y… ah, sí, con el dinero que recuperé de tus fraudes.
Anatoliy dio un paso atrás, como si le hubieran dado una bofetada.
—¿Recuperaste…? Pero si mi madre…
—Tu madre cantó como un canario en cuanto vio la orden de aprehensión, Toño. —Marina se cruzó de brazos—. El Licenciado Mendoza es muy bueno. Le ofrecimos un trato: ella devolvía el dinero de la venta del departamento más intereses, y nosotros retirábamos la denuncia penal. Ella aceptó en dos segundos. Dijo que prefería perder el dinero a pasar su vejez en la cárcel por culpa de un hijo inútil. Sus palabras, no mías.
Anatoliy sintió que el mundo se desmoronaba. Su madre lo había traicionado. Su red de seguridad se había roto.
—Y… ¿y la pensión? —balbuceó—. Me quitan la mitad del sueldo… bueno, me quitaban, porque me corrieron…
—Lo sé —dijo Marina—. Me enteré. Lo siento por ti. De verdad. Debe ser duro caer desde tan alto. Pero la justicia es así, Toño. Tarda, pero llega.
En ese momento, se escuchó un ruido detrás de Marina. Un sonido rítmico, metálico y suave. Tac, tac, tac.
—¡Mami! ¿Quién es? —preguntó una voz infantil.
Anatoliy se asomó por detrás de Marina y lo que vio lo dejó sin aliento.
Jenečka venía caminando por el pasillo.
Sí, caminando.
No corría, no saltaba. Usaba dos bastones canadienses de colores brillantes y aparatos ortopédicos en las piernas. Su paso era lento, esforzado, un poco torpe. Pero estaba de pie. Estaba caminando sobre sus dos piernas.
La niña se detuvo al ver al hombre sucio y barbudo en la puerta. Entornó los ojos, tratando de reconocerlo bajo la mugre y la desesperación.
—¿Papá? —preguntó, con una mezcla de curiosidad y miedo.
Anatoliy sintió que las lágrimas le brotaban sin control, haciendo surcos en la tierra que cubría su cara.
—Jenečka… hija… estás caminando. ¡Mírate! ¡Es un milagro!
La niña miró a su madre, buscando confirmación. Marina asintió levemente.
—Hola, papá —dijo Jenečka, pero no se acercó. Se quedó parada, aferrada a sus bastones como si fueran una barrera protectora—. El señor Daniel dice que soy muy fuerte. Que mis piernas se acordaron de cómo caminar.
Anatoliy dio un paso hacia adelante, extendiendo una mano sucia hacia ella.
—Hija… mi niña hermosa… perdóname. Papá ha tenido una mala racha, pero… mira, vine a verte. Vine a arreglar el jardín para ustedes. Gratis. Para que veas que te quiero.
Jenečka retrocedió un paso, asustada por la intensidad desesperada de aquel extraño que solía ser su padre.
—No, gracias —dijo la niña con una honestidad brutal—. El jardín está bonito así. Y… tú hueles feo, papá. Como a la basura de la calle.
Esas palabras fueron el golpe final. Más dolorosas que el despido, que el hambre, que la cárcel. Su propia hija lo veía como basura. Y tenía razón.
Marina puso una mano protectora sobre el hombro de la niña.
—Entra, mi amor. Ve a terminar tu tarea. Yo hablo con él.
Jenečka obedeció. Dio media vuelta con dificultad, tac, tac, tac, y se alejó por el pasillo sin mirar atrás ni una sola vez.
Marina se volvió hacia Anatoliy. Su rostro ya no tenía lástima. Ahora tenía firmeza.
—Vete, Anatoliy.
—Marina, por favor… —Anatoliy cayó de rodillas en el porche de entrada. La pala resonó contra el suelo—. No tengo nada. No tengo a dónde ir. Tengo hambre, Marina. Llevo dos días sin comer. Ayúdame. Por los viejos tiempos. Por lo que fuimos.
Marina lo miró desde arriba. Hubo un momento de silencio, donde el viento movió las hojas de los árboles.
—Por lo que fuimos… —repitió ella, pensativa—. Fuimos una mentira, Toño. Tú amabas la imagen de una familia perfecta, no a la familia real. Amabas la comodidad que yo te daba, no a mí. Y en cuanto las cosas se pusieron difíciles, nos desechaste como basura.
Metió la mano en el bolsillo de su vestido y sacó un billete de quinientos pesos.
Se agachó, pero no para tocarlo, sino para dejar el billete en el suelo, a una distancia prudente.
—Toma esto. Cómprate algo de comer. Báñate. Y luego, búscate la vida. Eres un hombre joven, tienes dos manos y dos piernas sanas. Tienes más de lo que tu hija tenía cuando la echaste. Así que levántate.
—¿No me vas a dar trabajo? —suplicó él, mirando el billete como si fuera el Santo Grial—. Puedo cortar el pasto… te lo juro que lo dejo bonito.
—No —dijo Marina, tajante—. No quiero que mi hija te vea así. No quiero que aprenda que los hombres que lastiman pueden volver cuando se les acaba la suerte. Ella merece un ejemplo de dignidad. Y tú… tú necesitas tocar fondo para ver si puedes rebotar.
Marina se puso de pie y retrocedió hacia el interior de la casa.
—Adiós, Anatoliy. No vuelvas. Si vuelves a aparecer por aquí, llamaré a la policía. Y esta vez no será por fraude, será por acoso. Y tengo muy buenos abogados.
La puerta se cerró. Suavemente. Definitivamente.
El clic de la cerradura fue el punto final de su historia.
Anatoliy se quedó ahí, arrodillado en el porche de una casa ajena, con un billete de quinientos pesos en el suelo y una pala oxidada a su lado.
Lloró. Lloró hasta que se quedó seco.
Luego, con manos temblorosas, tomó el billete. Se levantó con dificultad, sus rodillas crujiendo.
Se echó la pala al hombro.
Y empezó a caminar. Lejos de la casa. Lejos de Marina. Lejos de la vida que pudo haber tenido si hubiera sido un hombre de verdad y no un cobarde.
CAPÍTULO 8: EL EPÍLOGO Y EL NUEVO AMANECER
Un año después.
El parque estaba lleno de niños corriendo, gritando, persiguiendo palomas. El sol de primavera calentaba la piel sin quemar.
En una banca, Marina estaba sentada leyendo un libro, con una taza de café en la mano. Se veía radiante. Su negocio de consultoría contable había despegado, permitiéndole manejar sus propios horarios y dedicarle tiempo a lo que realmente importaba.
—¡Mamá! ¡Mamá, mírame!
Marina levantó la vista y sonrió.
Jenečka estaba en los juegos. Estaba subiendo la escalera del tobogán. Sola.
Ya no usaba los bastones todo el tiempo. Solo usaba uno, y a veces, como hoy, lo dejaba recargado en un árbol para desafiarse a sí misma.
Subió escalón por escalón, lenta pero segura. Al llegar a la cima, levantó los brazos en señal de victoria y se deslizó riendo a carcajadas.
Al final del tobogán, un hombre la esperaba para atraparla. No era Anatoliy.
Era Daniel, el terapeuta. Pero ahora no llevaba su uniforme de la clínica. Llevaba jeans y una camiseta polo.
Atrapó a Jenečka en el aire y le dio una vuelta, haciéndola reír aún más fuerte.
—¡Eso es, campeona! ¡Eres una bala!
Marina los miró y sintió una calidez en el pecho que pensó que nunca volvería a sentir. Daniel había llegado a sus vidas como un sanador de cuerpos, pero poco a poco, con paciencia, respeto y un cariño genuino por la niña, había empezado a sanar también el corazón de la madre.
No había prisa. No había promesas grandilocuentes. Solo había hechos. Estaba ahí. En los días buenos y en los malos.
De repente, Marina notó algo en la periferia de su visión.
Al otro lado del parque, cerca de los basureros, había un hombre con un chaleco naranja fosforescente y una escoba de barrendero municipal. Estaba recogiendo las hojas secas y los papeles que la gente tiraba.
Llevaba una gorra calada hasta los ojos, pero había algo en su postura, en la forma derrotada de sus hombros, que le resultaba familiar.
El barrendero se detuvo un momento para descansar. Se quitó la gorra para secarse el sudor.
Era Anatoliy.
Estaba más viejo. Tenía canas prematuras y la piel curtida por el sol. Se veía cansado, infinitamente cansado.
Anatoliy levantó la vista y miró hacia el área de juegos.
Vio a la niña. Vio a Jenečka corriendo (cojeando un poco, pero corriendo) hacia los brazos de otro hombre. Vio la risa. Vio la felicidad pura que emanaba de esa pequeña escena familiar.
Luego, sus ojos se encontraron con los de Marina.
El tiempo se congeló por un segundo.
En la mirada de Anatoliy no había odio. Ya no. Había resignación. Había un reconocimiento silencioso de que él había perdido el derecho a esa felicidad. Él había tenido el tesoro en sus manos y lo había tirado a la basura pensando que era una carga. Y ahora, él recogía la basura de otros.
Marina no sintió odio tampoco. Ni lástima. Sintió indiferencia. Él era solo una sombra del pasado, un fantasma que ya no asustaba.
Asintió levemente con la cabeza, un saludo mínimo, casi imperceptible.
Anatoliy bajó la mirada, se puso la gorra, tomó su escoba y su recogedor, y siguió barriendo, alejándose por el sendero hasta perderse entre los árboles.
—¿Mami? ¿Estás bien? —preguntó Jenečka, llegando a su lado, con las mejillas sonrosadas.
Marina abrazó a su hija y le dio un beso en la frente sudorosa.
—Estoy perfecta, mi amor. Mejor que nunca.
Daniel se acercó, pasándole un brazo por los hombros a Marina con naturalidad.
—¿Nos vamos? Prometí llevarlas a los tacos. Y Jenečka se ganó doble orden por subir el tobogán cinco veces.
—¡Siiii! ¡Tacos al pastor! —gritó la niña.
Se alejaron caminando los tres, bajo la luz dorada de la tarde.
Atrás quedó el parque. Atrás quedó el dolor. Atrás quedó el hombre que barria sus propios errores.
La vida, como había dicho Marina aquel día terrible en la puerta, da muchas vueltas. El karma no es una venganza, es un espejo. Refleja exactamente lo que das.
Anatoliy había sembrado viento, y cosechó tempestades.
Marina había sembrado amor y resistencia, y ahora cosechaba una vida nueva, plena y feliz.
Y mientras caminaban hacia el futuro, Jenečka soltó la mano de su madre por un momento, se apoyó en su bastón y miró al cielo azul.
—Gracias —susurró al viento.
Y siguió caminando, paso a paso, tac, tac, tac, hacia su propia victoria.
FIN