
Parte 1
Capítulo 1: El Despertar de Hielo
El recuerdo es una bestia extraña, un animal salvaje que a veces se acurruca a tus pies, ronroneando memorias cálidas, y otras, te desgarra la carne con el filo de un cristal roto. Para mí, durante mucho tiempo, no fue ni una cosa ni la otra. Era, simplemente, un vacío. Un lienzo en blanco donde antes, me decían, había una vida pintada con colores vibrantes. Mi universo comenzaba y terminaba en el estéril blanco de una habitación de hospital.
Todo empezó, o más bien terminó, el día de la lluvia y el acero. No tengo memoria del impacto, del chirrido de llantas, del estruendo que partió mi existencia en dos. Mi primer recuerdo, si se le puede llamar así, es el de abrir los ojos a un mundo silencioso y ajeno. El techo, con una fina grieta que parecía un río seco, fue mi primer paisaje. El pitido rítmico de una máquina a mi lado, la banda sonora de mi nueva vida. El dolor, un compañero constante y sordo en mis piernas, era la única prueba de que seguía vivo. Y mi madre… mi madre fue la primera extraña que conocí.
La mujer que se sentaba en una silla de plástico descolorido junto a mi cama tenía los ojos de mi mamá, Alma. Ojos oscuros y profundos como la tierra fértil de nuestro Jalisco. Pero su mirada, la que se posaba en mí, era de hielo. Era una mirada que no reconocía, despojada de todo el calor que yo, en algún rincón olvidado de mi cerebro, asociaba con ella. Le habían dicho los doctores, con sus batas blancas y sus voces compasivas, que un “trágico accidente” me había dejado así: las piernas inútiles, la mente reiniciada a la de un niño asustado de siete años. Yo, Joaquín Valdés, un fiscal de treinta y cinco años, un hombre que se enorgullecía de su mente afilada y su voluntad de hierro, ahora estaba reducido a un cascarón que balbuceaba palabras sueltas y necesitaba ayuda hasta para beber un vaso de agua.
Al principio, su frialdad era una corriente de aire sutil en la habitación esterilizada. Llegaba a la hora de la comida, puntual como un reloj. No decía “hola, mi niño”, ni “¿cómo te sientes, amor?”. Simplemente entraba, dejaba la charola de metal sobre la mesita de noche, y la empujaba deliberadamente unos centímetros más allá del alcance de mi mano temblorosa. Yo estiraba el brazo, mis dedos torpes arañando el aire, mientras ella se daba la vuelta y se iba sin decir palabra. La miraba alejarse por el pasillo, su espalda recta y rígida, y un nudo de confusión y abandono se me formaba en la garganta. El hambre dolía, un hueco agudo en el estómago, pero la indiferencia de su figura desapareciendo por el pasillo dolía más. Era un dolor nuevo, un dolor del alma que no sabía cómo nombrar.
Los días se convirtieron en un infierno helado, una rutina de crueldad silenciosa. Las enfermeras, como Lupita, una mujer regordeta y de sonrisa fácil, eran mi único consuelo. Ella me llamaba “mi Joaco” y, a escondidas de mi madre, me acercaba la comida, me ayudaba a beber el jugo con un popote y me contaba chismes del hospital con una voz cantarina. “Tu mami te quiere mucho, Joaco”, me decía a veces, mientras me limpiaba la boca con una servilleta. “Solo que está pasando por un momento muy difícil. El dolor a veces nos pone duros como piedras”. Yo asentía, queriendo creerle, pero cuando mi madre volvía a entrar en la habitación, la calidez de Lupita se disipaba como el vapor, dejando solo el frío polar que emanaba de Alma.
Observaba a mi madre en silencio. A veces, mientras yo fingía dormir, la veía acercarse a la cama. Su mano se levantaba, temblando ligeramente, como si quisiera acariciar mi cabello. Por un instante, su rostro perdía esa dureza y se llenaba de una angustia tan profunda que era casi tangible. Veía sus labios moverse, formando mi nombre en un susurro inaudible. Pero entonces, como si recordara una orden superior, su mano volvía a caer a su costado, su rostro se convertía de nuevo en una máscara de granito y se alejaba. Esos momentos eran mi tortura personal; un destello de la madre que anhelaba, arrebatado antes de poder sentir su calor.
Cuando por fin, después de semanas que parecieron siglos, me dieron de alta y pude sentarme en una silla de ruedas, la pesadilla tomó una nueva forma, una más activa y aterradora. Volvimos a la granja, o lo que quedaba de ella. La casa, reconstruida con esfuerzo, se sentía enorme y vacía. Un día soleado, de esos en que el cielo de Jalisco es de un azul purísimo, mi madre me llevó al pequeño lago que había en los límites de nuestra propiedad. El sol se sentía tibio en mi cara, y el canto de los cenzontles era un alivio momentáneo que me recordó algo parecido a la felicidad. Por un momento, me permití pensar que tal vez las cosas estaban cambiando, que el regreso a casa la había ablandado.
Entonces, sentí el empujón.
Fue un golpe seco, fuerte y decidido en la parte trasera de la silla. No hubo advertencia. El mundo se volteó en un torbellino de azul, verde y pánico. El agua fría me tragó de golpe, un shock brutal que me robó el aliento y llenó mis pulmones de un líquido helado y lodoso. Mi cuerpo, inútil de la cintura para abajo, era un peso muerto que la silla arrastraba hacia el fondo oscuro del lago.
Chapoteaba desesperadamente, mis brazos agitándose en un frenesí inútil. Gritaba su nombre con la voz aguda y rota de un niño aterrorizado. “¡Mamá! ¡Mamá, ayúdame, por favor!”.
Ella estaba ahí, en la orilla, una silueta oscura contra el sol cegador. Estaba de pie, mirándome. Sin moverse. Su rostro era una máscara de impasibilidad, pero incluso a la distancia, a través del agua que me nublaba los ojos, pude ver cómo sus manos se apretaban en puños a sus costados. Y en sus ojos, por un segundo fugaz, vi una chispa de agonía pura, como si cada una de mis bocanadas de agua la ahogara a ella también. Era el rostro de un verdugo que amaba a su víctima.
Mis fuerzas comenzaron a agotarse. El pánico dio paso a una extraña calma, a una resignación sombría. El mundo empezó a oscurecerse en los bordes. Y justo cuando estaba a punto de rendirme, de dejar que la oscuridad me reclamara, la vi moverse. Se metió al agua con ropa y todo, sin dudarlo. El agua le llegaba a la cintura cuando me alcanzó. Con una fuerza sorprendente para su edad y su complexión, me agarró por debajo de los brazos y me sacó del abrazo mortal de la silla de ruedas.
Me arrastró hasta la orilla, donde me dejó caer sobre la hierba mojada. Yo tosía, vomitaba agua y lodo, y temblaba incontrolablemente. Ella se arrodilló a mi lado, también temblando, empapada y con el cabello pegado a la cara. No era solo el frío del agua. Era una emoción violenta que sacudía su cuerpo entero. No era odio. Era algo más profundo, más terrible. Era la desesperación de un domador que azota a la bestia que más ama para que aprenda a sobrevivir en la selva.
“Tienes que aprender a salvarte solo, Joaquín”, susurró, y su voz, por primera vez en mucho tiempo, se rompió. Las lágrimas que no se había permitido llorar estaban ahí, mezcladas con el agua del lago en su rostro. “Nadie… nadie va a estar ahí para sacarte siempre. Tienes que ponerte de pie”.
Pero ¿cómo podía ponerme de pie si mis piernas eran dos extrañas inertes atadas a mi cuerpo? ¿Cómo podía entender sus palabras si mi mente era un laberinto sin salida, lleno de ecos y sombras?
A partir de ese día, el entrenamiento se intensificó. Ya no era sutil. Era una guerra abierta. Me obligaba a arrastrarme por el suelo de tierra de la casa para alcanzar un vaso de agua que dejaba a propósito en el otro extremo de la cocina. “Si tienes sed, gánatela”, decía, sin mirarme. Mis manos y codos se llenaron de raspones y costras. El polvo se me metía en los ojos, en la nariz, en la boca. A veces, tardaba casi una hora en llegar, y cuando lo lograba, exhausto y humillado, ella simplemente asentía y seguía con sus quehaceres.
Me enseñó a sembrar papas desde la silla, un ejercicio de pura fuerza de voluntad. Me hacía cavar la tierra con una pequeña pala, mis manos llenándose de ampollas que luego reventaban y sangraban. “La tierra no da de comer a quien le tiene lástima”, repetía como un mantra, con la quijada apretada. Mis uñas se rompieron, la tierra se incrustó en ellas. El sol me quemaba la nuca. Y yo lloraba en silencio, mezclando mis lágrimas con el sudor y la tierra, sin entender por qué la vida se había convertido en esta tortura.
Durante estas pruebas brutales, a veces ocurría algo extraño. Mientras mis manos se hundían en la tierra fría y húmeda, un destello fugaz atravesaba mi mente en blanco. Un olor a perfume caro, el tacto de una tela de seda, el sonido de un mazo de madera golpeando una superficie. Una vez, el eco de una voz femenina riendo, una risa que me provocó una punzada de dolor y anhelo tan intensa que me dejó sin aire. Eran fragmentos sin sentido, piezas de un rompecabezas que no sabía que existía. Se desvanecían tan rápido como llegaban, dejándome más confundido y solo que antes.
En la soledad de mi habitación, por las noches, abrazaba la almohada y me preguntaba qué había hecho tan mal. En mi mente de niño, solo había una explicación posible: yo era malo. Había hecho algo terrible antes del accidente, algo tan imperdonable que había convertido a mi madre en este monstruo de hielo. Y en esa oscuridad, solo, me prometía a mí mismo ser bueno, obedecerla en todo, soportar cualquier dolor con la esperanza de que, un día, la mujer que me empujaba al lago y me hacía arrastrar por el suelo desapareciera, y en su lugar, volviera mi mamá.
No sabía entonces, en mi inocencia rota, que para entender su crueldad, tenía que viajar treinta y cinco años al pasado. Tenía que recordar el paraíso que perdimos, el día que el infierno llegó a nuestra puerta y convirtió a mi dulce y amorosa madre en el ángel vengador que era ahora. No era castigo lo que me infligía. Era preparación. Estaba afilando el arma que ella misma había forjado con su propio dolor.
Capítulo 2: El Paraíso en Llamas
Antes del vacío, antes del hospital y del frío, había un sol brillante que olía a tierra mojada, a alfalfa fresca y al calor familiar de los cerdos. Nuestra vida en la granja, en ese pequeño pueblo de Jalisco llamado San Ignacio, escondido entre cerros verdes y campos de maíz, era simple y, a mis ojos de niño, absolutamente perfecta. No éramos ricos, ni de lejos. Nuestra riqueza se medía en cosechas, en el número de lechones que nacían sanos, en los frijoles de la olla que nunca faltaban.
Mi padre, Héctor Valdés, era un hombre cuya risa retumbaba como un trueno amigo y podía hacer florecer el campo. Tenía manos enormes y fuertes, callosas de tanto trabajar la tierra y cuidar a los animales, pero su abrazo era el lugar más seguro del mundo. Cuando me levantaba en vilo, haciéndome girar hasta que el mundo se convertía en una mancha de colores, yo sentía que podía tocar el cielo. Me enseñó a diferenciar el canto del jilguero del de la calandria, a saber cuándo el maíz estaba listo para el elote solo por el color de los cabellos, y a tratar a cada animal con respeto. “Todo lo que vive merece dignidad, mijo”, me decía, mientras rascaba la panza de nuestra puerca más grande, “La Generala”.
Y mi madre, Alma, era el corazón palpitante de ese hogar. Su cocina era el centro del universo. Despertar con el olor a café de olla y a las tortillas de maíz recién hechas en el comal era mi paraíso diario. Esas gorditas de chicharrón prensado que preparaba los domingos, inflándose como pequeños milagros de masa y sabor, eran la prueba irrefutable de que Dios existía y nos quería mucho. Su sonrisa era el sol que iluminaba nuestros días, una sonrisa amplia y honesta que se borró de su rostro demasiado pronto, como una vela apagada por un viento cruel.
Yo era su todo, su “Joaquín de mi vida”, su “rey”. Y mi todo, además de ellos, tenía nombre y apellido: Sofía Herrera. Crecimos juntos, puerta con puerta, nuestros destinos entrelazados como las raíces de los viejos pirules de la plaza del pueblo. Sofía, con su cabello negro y largo trenzado con listones de colores, sus ojos grandes y curiosos como dos luceros en la noche, y su risa, una cascada de campanitas que era música para mi alma. Robábamos guayabas del árbol del vecino, nos lanzábamos al río en verano hasta que los labios se nos ponían morados, y nos contábamos secretos sentados en la barda que separaba nuestras casas, bajo un cielo cuajado de estrellas. El amor, para nosotros, era algo tan natural y necesario como respirar el aire fresco de la mañana.
Pero los paraísos no duran para siempre, especialmente para los pobres. La serpiente llegó un día vistiendo guayabera de lino y botas de piel de avestruz. Llegaron en camionetas nuevas y relucientes que levantaban una nube de polvo a su paso, ensuciando el aire limpio de nuestro campo. Eran los hombres de Don Salvador Contreras.
Don Salvador era un cacique de la región, un hombre hecho a sí mismo a base de tranzas, amenazas y una ambición sin límites. Tenía más poder que el presidente municipal y más escrúpulos que una víbora de cascabel. Quería nuestras tierras. No solo las nuestras, sino las de varias familias de la zona. Decía que por ahí pasaría una nueva autopista para un “desarrollo turístico de clase mundial”, un proyecto que traería “progreso” a la región. Y nuestra humilde granja de cerdos, el hogar y sustento de tres generaciones de Valdés, “afeaba el paisaje”. Daba “mala imagen a la nación”.
Mi padre los recibió en el porche, con la espalda recta y la mirada clara. Don Salvador, un hombre corpulento con un bigote espeso y una sonrisa que no le llegaba a los ojos, le ofreció un puro. Mi padre lo rechazó con un gesto de la mano.
“Héctor, amigo”, empezó Don Salvador con una familiaridad que helaba la sangre, “vengo a hacerte un hombre rico. Te ofrezco un buen dinero por este pedazo de tierra. Más de lo que verás en toda tu vida criando marranos”.
Mi padre se mantuvo firme. “Esta tierra es el alma de mis abuelos y el pan de mi hijo, Don Salvador”, le dijo, con la dignidad que solo da el trabajo honesto y la conciencia limpia. “No está en venta”.
La sonrisa de Don Salvador se desvaneció, reemplazada por una mueca de desprecio. “Todo tiene un precio, Héctor. No sea necio. Piénsalo bien. A veces, aferrarse a las cosas solo trae desgracias”.
Esa fue la primera advertencia. Las que siguieron fueron menos sutiles. Una semana después, encontramos a “La Generala” muerta, con espuma en la boca. Veneno. Unos días más tarde, alguien cortó el alambre de púas del corral y varios de nuestros mejores animales se escaparon. Los encontramos destazados en un barranco cercano. El miedo empezó a colarse por las grietas de nuestra casa, un frío que ni el fogón de mi madre podía calentar. Los vecinos dejaron de saludarnos en la calle. Sus miradas eran una mezcla de lástima y temor. “Cuídate, Héctor”, le decían en susurros. “Ese hombre no juega”.
Pero mi padre era un hombre de principios, terco como una mula. “Nadie me va a sacar de lo que es mío”, decía por las noches, más para convencerse a sí mismo que a nosotros.
La negativa de mi padre firmó su sentencia de muerte.
Esa noche, el olor a humo nos despertó. Un humo espeso y negro que se colaba por debajo de la puerta y nos ahogaba. Mi padre se levantó de un salto y abrió la puerta. El infierno nos recibió. Las llamas, naranjas y crueles, devoraban el granero y los corrales con una furia infernal. El crepitar de la madera era ensordecedor, solo superado por los chillidos agudos y desgarradores de los cerdos atrapados. Era un lamento que se me clavó en los huesos, un sonido que me perseguiría en pesadillas durante años.
Mi padre corrió hacia el fuego, desesperado, con un balde inútil en la mano, queriendo salvar lo poco que quedaba del trabajo de su vida. Mi madre lo sujetaba de la camisa, gritando su nombre con el rostro bañado en lágrimas y hollín. “¡Héctor, no! ¡Es inútil! ¡Van a matarte!”. Yo, un niño de apenas diez años, estaba paralizado de terror en el umbral de la puerta, viendo cómo nuestro mundo, nuestro paraíso, se convertía en un montón de cenizas humeantes.
Pero el fuego fue solo el principio de la tragedia.
Los hombres de Don Salvador regresaron. A mi padre lo encontraron tres días después, colgado de la rama más gruesa de un viejo árbol de pirul junto al río, el mismo donde Sofía y yo nos habíamos dado nuestro primer beso inocente. La policía, esa misma que comía gratis en la fonda del pueblo y saludaba a mi padre por su nombre, llegó en su patrulla destartalada. El comandante, un hombre gordo y con manchas de sudor en la camisa, miró la escena por cinco minutos, se rascó la panza y, sin molestarse en bajar el cuerpo para una autopsia, lo llamó suicidio. “La deuda por el incendio lo abrumó”, dijeron los periódicos locales en notas pagadas con la lana sucia de Contreras. “Una tragedia familiar”.
Mentira. Una vil y cochina mentira. Todos en el pueblo sabían la verdad, pero el miedo es un candado poderoso que sella muchas bocas. Nadie vio nada. Nadie escuchó nada. Nos quedamos solos.
En el funeral, mi madre no derramó una sola lágrima. Estaba de pie junto al ataúd de caoba barata, recta como un roble, con un rebozo negro cubriéndole la cabeza. Sostenía mi mano con una fuerza que me lastimaba los huesos, anclándome a la tierra mientras mi mundo se desmoronaba. Frente al agujero abierto en el panteón, bajo un sol implacable, hizo un juramento. No lo dijo en voz alta, no lo compartió con nadie, pero yo lo sentí. Lo sentí en el apretón de sus dedos, en la energía eléctrica que recorría su cuerpo, en el fuego helado que había reemplazado la luz en su mirada. Juró que yo sería el arma viviente de su venganza.
Esa noche, mientras el olor a cempasúchil marchito y a cera quemada todavía flotaba en el aire de nuestra casa enlutada, me llevó a las ruinas del granero. La luna llena iluminaba los restos carbonizados, dándoles un aspecto fantasmal. Se arrodilló frente a mí, sobre las cenizas de nuestra vida pasada. Me tomó por los hombros, y sus dedos se clavaron en mi carne. Por primera vez, vi su rostro contraerse en una máscara de dolor, furia y una determinación aterradora.
“Escúchame bien, Joaquín”, me susurró, y su voz era un siseo peligroso, el sonido de una serpiente preparándose para atacar. “Tu padre era un buen hombre. Demasiado bueno para este mundo de mierda. Y lo mataron. Lo mataron porque era honesto y porque no se dejó pisotear. Pero nosotros no cometeremos ese error”.
Sus ojos oscuros se fijaron en los míos, y sentí que podía ver hasta el fondo de mi alma infantil.
“Tú, Joaquín”, continuó, su voz temblando de una emoción contenida, “tú vas a estudiar. No vas a ser un campesino al que puedan aplastar como a una cucaracha. Vas a ir a la mejor escuela, a la mejor universidad. Serás abogado. Y no cualquier abogado. Serás fiscal. Tendrás el poder que a nosotros nos arrebataron. Aprenderás a usar la ley, su ley, como un arma. Y un día, te lo juro por la memoria sagrada de tu padre, que harás que Salvador Contreras y todos los que lo ayudaron paguen por lo que hicieron. Así tenga que arrancarte el corazón con mis propias manos para lograrlo”.
Y lo hizo. Fiel a su palabra, me arrancó el corazón. Me arrancó la niñez, la alegría, la libertad de ser solo un niño. Su crueldad no empezó el día de mi accidente. Empezó esa noche, en ese cementerio de sueños, frente a las cenizas de nuestro hogar y la tumba fresca del hombre que más amaba. Yo ya no era su hijo. Era su proyecto. Su única razón para vivir. Su larga y paciente venganza.
Parte 1
Capítulo 3: La Forja del Arma
El luto en San Ignacio es un ritual lento y pesado, como la lluvia mansa de octubre. Se estira durante semanas, en las que los vecinos te llevan comida que no pruebas, te dan pésames que no escuchas y te miran con una lástima que te quema la piel. Pero mi madre no tenía tiempo para el luto. El dolor, para ella, no era un océano en el que hundirse, sino una piedra de afilar. Y en esa piedra, cada día, afilaba el arma que era yo.
Una semana después de enterrar a mi padre, Alma vendió lo poco que nos quedaba. Los dos marranos que sobrevivieron al incendio, las gallinas, los muebles de la casa que el fuego no tocó. Lo vendió todo a precios de remate, con una prisa que la gente del pueblo confundió con desesperación. No era desesperación; era estrategia. Cada peso, cada centavo, iba a un viejo bote de galletas que guardaba debajo de su cama. Ese bote era nuestro cofre de guerra.
La noche antes de irnos, me llevó por última vez al panteón. La tumba de mi padre era un simple montículo de tierra con una cruz de madera. No había flores. Mi madre no creía en gestos inútiles. Se paró frente a la tumba, y en la quietud de la noche, su voz sonó como el filo de un cuchillo.
“Héctor”, dijo, hablando no a la tierra, sino al cielo estrellado. “Te juro que tu muerte no será en vano. Este niño”, y su mano apretó mi hombro con una fuerza que me hizo estremecer, “será la justicia que a ti te negaron. Será el fuego que consuma a tus asesinos. Me voy de aquí, pero volveremos. Y cuando volvamos, esta tierra volverá a ser nuestra, y tu nombre será limpiado”.
No lloró. Su rostro, bañado por la luz pálida de la luna, era el de una generala trazando su plan de batalla. Me tomó de la mano y me arrastró fuera del cementerio sin mirar atrás. Esa noche, dejé en San Ignacio mi infancia, la risa de mi padre, el sabor de las guayabas robadas y el fantasma de la niña de las trenzas que me esperaba en la barda. Dejamos atrás a Joaquín, el niño de la granja. Nos llevamos con nosotros a Joaquín, el arma.
Nuestro nuevo hogar era un cuartucho miserable en los suburbios de Guadalajara. Un solo foco colgaba del techo, arrojando una luz amarillenta sobre las paredes descascaradas que olían a humedad y a la tristeza de los inquilinos anteriores. El ruido de la ciudad, los camiones, las sirenas, las cumbias a todo volumen del vecino, era una cacofonía constante que contrastaba dolorosamente con el silencio pacífico de nuestra granja. Por las noches, me costaba dormir. Cerraba los ojos y, en lugar de estrellas, veía los faros de los coches barriendo el techo y, en lugar del canto de los grillos, escuchaba el frenazo de un autobús.
Mi madre se convirtió en una máquina de chambear. Consiguió dos trabajos. Durante el día, limpiaba los pisos y los baños de una oficina en el centro, un lugar de hombres trajeados que la miraban por encima del hombro. Por la tarde y hasta bien entrada la noche, lavaba ropa ajena en una vecindad. Sus manos, las mismas manos suaves que me habían acariciado y cocinado manjares, se volvieron ásperas y agrietadas por la lejía y el jabón. Se levantaba antes de que saliera el sol para prepararme el desayuno —casi siempre frijoles y un par de tortillas— y cuando yo regresaba de la escuela, ella ya estaba en su segundo turno. Apenas nos veíamos. Nuestra comunicación se reducía a notas que me dejaba en la mesa de la cocina. “Estudia el capítulo 5 de historia. No olvides la raíz cuadrada. La cena está en el fogón”.
El dinero del bote de galletas se usaba con una precisión quirúrgica. Todo era para mi educación. Me inscribió en la mejor escuela pública que encontró, y luego pagaba tutores privados para reforzar las materias en las que flaqueaba. “Un Valdés no flaquea”, me decía, cuando me quejaba del cansancio. “Un Valdés domina”. Cada libro, cada cuaderno, cada lápiz era tratado como un objeto sagrado. Si yo perdía un lápiz, su mirada de decepción era tan cortante que sentía que la había traicionado a ella y a la memoria de mi padre.
Dejó de llamarme “mi niño” o “mi amor”. Ahora era “Joaquín”. Su voz perdió toda ternura. Cada conversación, sin importar cómo empezara, siempre volvía al mismo punto: el objetivo.
“¿Cómo te fue en el examen de matemáticas, Joaquín?”.
“Saqué 9.5, mamá”.
Ella fruncía el ceño, y una pequeña arruga de insatisfacción aparecía entre sus cejas. “¿Y por qué no 10? ¿En qué te equivocaste? Un fiscal no puede permitirse errores. Un error puede costarle la libertad a un inocente o dársela a un culpable”.
No había elogios. No había abrazos de felicitación. Un logro no era motivo de celebración, sino simplemente un paso más cumplido en el largo camino hacia la venganza. La presión era un monstruo invisible que se sentaba sobre mis hombros día y noche. Mis compañeros de escuela me invitaban a jugar fútbol en la calle o a las maquinitas, pero yo siempre tenía que negarme. “Tengo que estudiar”, era mi respuesta automática. Pronto dejaron de invitarme. Me convertí en el niño raro, el “matadito”, el que nunca sonreía.
El recuerdo de mi padre se transformó. Ya no era el recuerdo cálido de un hombre que me levantaba en sus hombros. Ahora era un fantasma exigente. En mis sueños, no lo veía sonreír, sino señalarme con un dedo acusador desde su tumba. “¿Ya lo lograste, hijo? ¿Ya me hiciste justicia?”. Despertaba sudando frío, con el corazón martillándome en el pecho, y me levantaba a seguir estudiando, aunque fueran las tres de la mañana.
Mi único salvavidas, mi único ancla a la persona que solía ser, era Sofía.
Nos escribíamos cartas. Largas cartas en papel de cuaderno barato que olían a nuestros mundos distintos. Ella me contaba del pueblo: de la nueva cosecha de maíz, de que su perro “Chocolate” había tenido cachorros, del chisme de Doña Elvira con el lechero. Sus cartas estaban llenas de vida, de sol, del polvo de San Ignacio. Las mías, en cambio, eran grises y formales. Le hablaba de mis calificaciones, de los libros que leía, de la vida en la ciudad. Trataba de sonar normal, pero sentía que cada palabra era una mentira. ¿Cómo podía explicarle que vivía en una prisión autoimpuesta, que mi única meta en la vida era convertirme en un instrumento de odio?
Una vez al mes, juntaba los pocos pesos que mi madre me daba para el camión y los gastaba en una llamada de larga distancia desde una tienda de abarrotes. Escuchar su voz era como beber agua en el desierto.
“Te extraño, Joaquín”, me decía, y su voz sonaba tan cercana que podía casi sentir su aliento. “El pueblo no es lo mismo sin ti. La barda está muy sola”.
“Yo también te extraño, Sofi”, respondía yo, mirando a todos lados, como si estuviera cometiendo un crimen.
El día que cumplí quince años, Sofía se apareció en Guadalajara. Había convencido a su padre de que la trajera con el pretexto de comprar unas telas. Cuando la vi parada en la puerta de nuestro cuartucho, con su vestido floreado y sus ojos brillantes, sentí que el corazón se me salía del pecho. Por un instante, volví a ser el niño de la granja. Corrí a abrazarla, y al hundir mi cara en su cabello que olía a campo y a champú de manzanilla, sentí que por fin podía respirar.
Pero el momento duró poco. Mi madre apareció detrás de mí. No sonrió. No la saludó con calidez. La miró de arriba abajo, y su rostro era una máscara de fría evaluación.
“Buenas tardes”, dijo, y su voz fue tan cortante que la sonrisa de Sofía se marchitó. “Joaquín tiene mucho que estudiar”.
La invitamos a pasar, pero el aire en la habitación era irrespirable. Sofía, que siempre había sido parlanchina y risueña, se quedó callada, intimidada por la presencia gélida de mi madre. Alma no la veía como la niña que había crecido con su hijo. La veía como una distracción. Una amenaza para la misión. Después de diez minutos de un silencio insoportable, Sofía se despidió con una excusa. En la puerta, me dio un beso rápido en la mejilla y me susurró al oído: “No dejes que te cambie, Joaquín. No dejes que te apague”.
Esa noche, mi madre me esperó en la cocina. Estaba sentada en la única silla de madera que teníamos, con las manos cruzadas sobre la mesa. Su mirada era implacable.
“Ella no puede volver”, dijo sin preámbulos.
“Mamá, es Sofía…”, empecé a protestar.
“Es una distracción”, me interrumpió. “Es el pasado. Y el pasado, para nosotros, está muerto y enterrado junto a tu padre. ¿Entiendes?”.
“Pero yo la quiero”, dije, y mi voz sonó débil, infantil.
Mi madre se levantó y se acercó a mí. Me tomó la cara entre sus manos ásperas, obligándome a mirarla a los ojos. El fanatismo en su mirada me dio miedo.
“El amor es un lujo, Joaquín. Un lujo que no nos podemos permitir. Es un peso que te hará más lento, una debilidad que tus enemigos usarán en tu contra. Salvador Contreras tenía una familia, pero no dudó en destruir la nuestra. ¿Crees que él se detuvo a pensar en el amor? El poder es lo único que importa. Y tú necesitas estar libre de ataduras para conseguirlo”.
Hizo una pausa, y su voz bajó a un susurro intenso. “Tienes que elegir, hijo. O esa niña, y una vida simple y mediocre como la que tu padre tuvo, una vida que te pueden arrebatar en cualquier momento… o la justicia para él. La venganza. El poder. No puedes tener las dos cosas”.
Fue la elección más cruel que me han puesto enfrente. Elegir entre el fantasma de mi padre y el amor vivo y cálido de Sofía. Elegir entre el odio que me consumía y la única chispa de felicidad que me quedaba. Pero al ver el rostro de mi madre, al ver el reflejo de mi padre en sus ojos suplicantes y furiosos, supe que en realidad no había elección. Mi camino había sido trazado para mí hacía mucho tiempo, sobre las cenizas de una granja en llamas.
La siguiente vez que llamé a Sofía, mi voz era un témpano de hielo. Le dije que no podía seguir escribiéndole, que no podía seguir llamándola. Le dije que tenía metas, que nuestros caminos eran diferentes, que lo nuestro había sido cosa de niños. Cada palabra era una mentada de madre a mi propio corazón. Cada sílaba era una puñalada.
La escuché llorar al otro lado de la línea. Me preguntó por qué, qué había hecho mal. Y yo, cobarde, me tragué mis lágrimas y le respondí con una frialdad que no sabía que poseía. “No eres tú, soy yo. Adiós, Sofía”.
Colgué el teléfono. Me recargué contra la pared de la tienda, y el mundo se me vino encima. Vomité en la banqueta, no por algo que hubiera comido, sino por el asco que sentía de mí mismo. Había matado la última parte buena que quedaba en mí.
Esa noche, mi madre me encontró estudiando como siempre. No mencionó a Sofía. No dijo nada. Simplemente me puso una mano en el hombro. No fue una caricia. Fue un gesto de aprobación. El gesto de un general a un soldado que ha cumplido una orden difícil.
A partir de ese día, algo dentro de mí se rompió para siempre. O quizás, no se rompió. Quizás, simplemente, terminó de forjarse. Me convertí en la máquina de estudiar que mi madre quería. Me gradué de la preparatoria con los más altos honores. Entré a la facultad de derecho de la UNAM, devorando libros, ganando debates, destacando. Me convertí en un hombre frío, calculador y ambicioso. Me convertí en el arma perfecta. El corazón que mi madre me había arrancado esa noche, nunca volvió a crecer. En su lugar, quedó un hueco frío, un vacío que solo se llenaba con un único y ardiente propósito: la venganza.
Parte 2
Capítulo 4: El Ascenso y el Vacío
El día de mi graduación de la Facultad de Derecho de la UNAM no fue una celebración, sino una transacción. El aire en el auditorio vibraba con el orgullo palpable de cientos de familias. Padres que lloraban al ver a sus hijos con toga y birrete, hermanos que gritaban apodos vergonzosos, abuelas que lanzaban bendiciones. Había globos, flores y el zumbido feliz de futuros prometedores. En medio de todo ese calor humano, mi madre y yo éramos una isla de hielo.
Cuando pronunciaron mi nombre, “Joaquín Valdés, Summa Cum Laude”, un aplauso cerrado resonó en el auditorio. Mis compañeros me miraban con una mezcla de admiración y resentimiento. Era el mejor de la clase, el que siempre tenía la respuesta, el que pasaba las noches en la biblioteca mientras ellos estaban de fiesta. Me levanté, caminé hacia el estrado, recibí mi diploma y agradecí con una inclinación de cabeza. Mi rostro era una máscara de serenidad profesional. Nadie podía ver el torbellino que había dentro.
Al bajar, mi madre me esperaba no con un abrazo, sino con una mirada calculadora. Tomó el diploma de mis manos, un pesado cartón con letras góticas y sellos dorados. No lo miró como el fruto de cinco años de desvelo y sacrificio. Lo miró como un herrero mira una espada recién forjada: evaluando su filo, su peso, su capacidad para matar.
“Bien”, dijo, y su voz fue apenas un murmullo entre el bullicio. “Este papel no es un trofeo, Joaquín. Es una llave. La primera de muchas. Ahora empieza el verdadero trabajo”.
No hubo comida familiar, ni brindis, ni fotos para el recuerdo. Tomamos un pesero de vuelta a nuestro pequeño departamento. Mientras los demás graduados se iban a celebrar, yo pasé mi noche de graduación sentado a la mesa de la cocina, con mi madre enfrente, trazando un mapa de los siguientes pasos. Sobre la mesa no había un pastel, sino una lista de nombres: fiscales, jueces, magistrados. Nombres que yo tenía que conocer, contactos que tenía que hacer. La guerra había terminado una batalla, pero apenas comenzaba.
Mi primer trabajo fue en el escalón más bajo del sistema judicial: un puesto de escribiente en una agencia del Ministerio Público en una de las colonias más peligrosas de la ciudad. El lugar era el purgatorio en la Tierra. Olía a papel viejo, a café rancio, a miedo y a desesperación. Las oficinas estaban atiborradas de expedientes amarrados con mecate, apilados en torres precarias que amenazaban con derrumbarse. Las paredes, de un color indefinido entre el beige y el gris, estaban manchadas por la humedad y por las manos de miles de personas que habían pasado por ahí buscando una justicia que rara vez llegaba.
Mis colegas eran hombres y mujeres cínicos, con el alma curtida por años de ver lo peor de la humanidad. Trabajaban con una apatía mecánica, ahogando su frustración en tandas de café cargado y en un humor negro que a mí no me causaba ninguna gracia. Veían mi entusiasmo y mi meticulosidad no con admiración, sino con una especie de lástima. “Dale dos años a este”, escuché decir a un comandante de la policía judicial. “O se hace mierda como nosotros, o el sistema se lo traga”.
No entendían que yo no estaba ahí para hacer justicia en abstracto. No me importaban los raterillos de poca monta, las disputas vecinales o los borrachos que pasaban la noche en los separos. Cada caso, por insignificante que fuera, era un entrenamiento. Cada expediente era una lección. Aprendí a leer entre líneas los informes policiales, a detectar las mentiras en los testimonios, a encontrar los pequeños resquicios en la ley por donde se podía colar la verdad… o la mentira. Me quedaba horas después de que todos se habían ido, estudiando los casos cerrados, especialmente aquellos que involucraban a gente poderosa. Quería entender cómo lo hacían, cómo torcían el sistema a su favor.
Mi madre seguía siendo mi generala en la retaguardia. Cada noche, cuando llegaba arrastrando los pies por el cansancio, ella no me preguntaba si estaba bien. Me preguntaba: “¿A quién conociste hoy? ¿Quién es el Fiscal de zona? ¿Qué se dice del Magistrado del Tercer Tribunal? ¿Quién le debe favores a quién?”. Convertía nuestro pequeño departamento en una sala de inteligencia. Yo era su agente de campo. Mientras ella calentaba las tortillas en el comal, yo le entregaba mi reporte verbal. Le describía las redes de poder, las alianzas, las enemistades. Y ella, con una sagacidad que nunca le conocí en la granja, analizaba la información.
“Ese comandante, el que se burla de ti, es sobrino de un diputado local. No lo enfrentes. Gánatelo”, me aconsejaba. “La secretaria del Fiscal General, esa señora que parece inofensiva, es la que realmente controla la agenda. Llévale un pan dulce de vez en cuando. La gente subestima el poder de los pequeños gestos”.
Yo seguía sus instrucciones al pie de la letra. Me convertí en una sombra eficiente y servicial. Hacía el trabajo de mis superiores sin pedir nada a cambio, ganándome su confianza a base de mi competencia. Pronto, empezaron a delegarme tareas más importantes. Dejé de ser el escribiente y pasé a ser el asistente no oficial del fiscal a cargo, un hombre perezoso y con más interés en su quiniela de fútbol que en los expedientes.
Mientras ascendía lentamente, el vacío en mi interior crecía. En la ciudad, estaba rodeado de millones de personas, pero nunca me había sentido tan solo. A veces, al caminar por la calle, veía a una pareja de jóvenes riendo, tomados de la mano, y una punzada de dolor, un eco del fantasma de Sofía, me atravesaba el pecho. Me preguntaba qué habría sido de ella. ¿Se habría casado? ¿Tendría hijos? ¿Sería feliz? La tentación de buscar su número, de marcar, era un demonio que tenía que exorcizar cada noche. Sacaba el recuerdo de mi padre colgado de un árbol, el rostro de mi madre haciendo su juramento, y el demonio retrocedía, pero siempre dejaba una herida abierta.
La confirmación de que estaba en el camino correcto llegó un día a través de las páginas de sociales de un periódico. Ahí estaba él: Don Salvador Contreras. La foto lo mostraba sonriente, cortando el listón de inauguración de un nuevo hotel de lujo en la costa, uno de los muchos negocios que había construido sobre nuestras tierras. A su lado, el gobernador del estado le aplaudía. Se había convertido en un “filántropo”, un “empresario visionario”. Su poder había crecido exponencialmente. La foto me llenó de una rabia fría y lúcida. Él celebraba, mientras mi padre se pudría bajo tierra y mi madre envejecía prematuramente, consumida por el odio. Recorté la foto y la pegué en el interior de la puerta de mi ropero, donde pudiera verla cada mañana. Era mi combustible.
El punto de inflexión, el momento en que dejé de ser un abogado y me convertí en un depredador, llegó con el caso de un empresario textil acusado de un fraude masivo. El hombre, un tal Ricardo Anaya, era conocido por sus conexiones. No era del círculo íntimo de Contreras, pero sí un pez mediano que nadaba en las mismas aguas turbias. El fiscal, mi jefe, estaba a punto de archivar el caso por “falta de pruebas”. Sabíamos que era culpable, pero sus abogados habían hecho un trabajo impecable escondiendo el dinero y amedrentando a los testigos.
“No hay nada que hacer, Joaquín”, me dijo el fiscal, encogiéndose de hombros. “Así es esto. Unos ganan, otros pierden”.
Esa noche, no pude dormir. La frase “así es esto” resonaba en mi cabeza como una burla. ¿Así era? ¿Los poderosos siempre se salían con la suya? ¿Mi padre había muerto para que yo terminara encogiéndome de hombros? La rabia que sentí fue tan intensa que me hizo temblar.
Al día siguiente, hice algo que no estaba en ningún manual de derecho. Usando los contactos que había cultivado, conseguí información personal sobre el abogado principal de Anaya. Descubrí que tenía una amante y que estaba desviando dinero de su propio bufete. No era información admisible en un tribunal, pero en el juego del poder, era una bomba atómica.
Solicité una reunión con el abogado. Nos vimos en un café discreto. Él llegó con la arrogancia de un hombre que se sabe ganador.
“No sé para qué me citas, Valdés”, me dijo, mientras revolvía su espresso. “El caso de mi cliente está cerrado”.
Yo no dije nada. Simplemente deslicé sobre la mesa una carpeta. Dentro no había documentos legales, sino un par de fotografías suyas saliendo de un hotel con su amante y unos estados de cuenta bancarios que no le gustaría que su esposa o sus socios vieran.
El color desapareció de su rostro. Levantó la vista, y la arrogancia había sido reemplazada por pánico puro.
“¿Qué es esto? ¿Qué quieres?”, siseó, con la voz temblorosa.
“Quiero que tu cliente se declare culpable de un cargo menor”, dije fríamente. “Y que devuelva la mitad del dinero defraudado. A cambio, esta carpeta desaparece. De lo contrario, llegará a manos de ciertas personas mañana por la mañana”.
Él me miró con odio. “Eres un hijo de puta”, masculló.
“No”, respondí, inclinándome sobre la mesa. “Soy mucho peor que eso. Soy un hombre que no tiene absolutamente nada que perder. Tienes 24 horas”.
Me levanté y me fui, dejándolo temblando en su silla. Al día siguiente, Ricardo Anaya aceptó el acuerdo.
Cuando le di la noticia a mi jefe, no me preguntó cómo lo había logrado. Solo me miró con una nueva expresión en sus ojos: respeto, mezclado con una pizca de miedo. El rumor de mi hazaña corrió por los pasillos del MP. El “matadito” tenía dientes. Y no temía usarlos.
Esa noche, cuando llegué a casa, sentía una extraña mezcla de euforia y asco. Había cruzado una línea. Había usado las mismas tácticas sucias que despreciaba. Me miré en el espejo del baño, y el rostro que me devolvió la mirada era el de un extraño: más duro, más frío, con una luz peligrosa en los ojos. No me gustó lo que vi. Pero una parte de mí, la parte forjada por Alma en el fuego del odio, sintió una oleada de poder.
Le conté a mi madre lo que había hecho, sin omitir detalles. Esperaba una reprimenda, o al menos una pregunta sobre la ética de mis acciones. Pero ella solo escuchó, asintiendo lentamente. Cuando terminé, se acercó y, por primera vez en más de una década, me puso una mano en la mejilla. Su piel era áspera, pero su gesto no fue una caricia. Fue una aprobación.
“Bien hecho”, dijo, y sus ojos brillaron con un orgullo sombrío. “Has aprendido la lección más importante, Joaquín. Para cazar monstruos, a veces, tienes que convertirte en uno. Estás un paso más cerca. Pero no te confíes. Anaya era solo un charal. Contreras sigue siendo el tiburón. Y para cazar a un tiburón, necesitarás dientes mucho más grandes”.
Se dio la vuelta y volvió a sus quehaceres, dejándome solo en medio de la habitación. Me acerqué a la ventana y miré las luces de la ciudad que se extendían hasta el infinito. Había ganado. Estaba ascendiendo. Tenía poder. Pero mientras observaba esa marea de luces y vidas ajenas, una certeza fría se instaló en mi corazón: estaba completa y absolutamente solo. El camino hacia la venganza era una escalera que subía hacia un cielo vacío. Y yo apenas empezaba a escalar.
Capítulo 5: El Olor del Poder
La victoria sobre el abogado de Anaya fue como la primera bocanada de un cigarro caro para un no fumador: adictiva, mareadora y nauseabunda, todo al mismo tiempo. Dejó un sabor metálico en mi boca y un zumbido en mis oídos que tardó días en desaparecer. Había cruzado una línea invisible y, para mi sorpresa y horror, descubrí que el otro lado no era un abismo, sino una meseta desde la cual podía ver el tablero de juego con una claridad aterradora.
El cambio en la oficina fue inmediato y sísmico. El desdén condescendiente de mis colegas se transformó en una cautela respetuosa. Las miradas de lástima se convirtieron en miradas de soslayo, intentando descifrarme. El comandante de la policía judicial, el que había profetizado mi caída, ahora me saludaba con un “Licenciado” que tenía un nuevo peso, y hasta se ofrecía a traerme café. Dejé de ser el “matadito”. Me convertí en el “cabrón”. Un cabrón silencioso y eficiente que había hecho que un pez gordo se rindiera sin disparar un solo tiro legal. Mi jefe, el fiscal, me asignó mi propia pequeña oficina, un cubículo con una ventana que daba a una pared de ladrillos, pero era un palacio comparado con el escritorio en medio del caos. Era un símbolo: ya no era uno más de la manada.
Pero la aprobación de ellos no significaba nada para mí. La única validación que buscaba era la de mi madre. Y la obtuve. Sin embargo, su aprobación no era un bálsamo, sino un acicate. No me permitió saborear el triunfo.
“No te emborraches con una sola victoria, Joaquín”, me advirtió esa noche, mientras contaba el escaso dinero que había ganado lavando ropa. “El poder es como un animal salvaje. Si te ve dudar, te devora. Ahora que has probado la sangre, los otros depredadores te olerán. Tienes que moverte más rápido, ser más listo”.
Tenía razón. El caso Anaya me abrió los ojos. Esperar a que la justicia funcionara era un juego de tontos, un lujo para los que tienen tiempo y fe. Yo no tenía ninguna de las dos cosas. Decidí que no esperaría a que los casos llegaran a mí. Los cazaría.
Comencé a pasar mis noches no solo estudiando expedientes cerrados, sino construyendo un mapa. Un mapa de la corrupción que se extendía como un cáncer por la ciudad, conectando constructoras, políticos, jueces y criminales. Era el mapa del imperio de Salvador Contreras. En el centro, con letras rojas, escribí su nombre. A su alrededor, como planetas orbitando un sol oscuro, comencé a añadir los nombres de sus satélites.
Mi próximo objetivo no podía ser Contreras. Eso sería un suicidio. Necesitaba un puente, un punto de acceso a su círculo íntimo. Lo encontré en la forma de un diputado local llamado Orlando Morales.
Morales era el arquetipo del político mexicano de segunda línea: siempre sonriente en las fotos, experto en dar abrazos y prometer cosas que nunca cumpliría. Su carrera política había sido meteórica, financiada, según los rumores que recogí en los pasillos del poder, por la “generosidad” de empresarios como Salvador Contreras. A cambio, Morales era el hombre que aceitaba la maquinaria burocrática. Su especialidad: los permisos de construcción y los cambios de uso de suelo. Era el arquitecto legal de los despojos.
Durante seis meses, la vida de Morales se convirtió en mi obsesión. Oficialmente, yo llevaba mis casos de fraude y robo en el Ministerio Público. Extraoficialmente, cada minuto libre lo dedicaba a él. Me sumergí en un océano de papel: registros públicos de la propiedad, actas del ayuntamiento, declaraciones patrimoniales (las públicas, que eran una farsa), y registros de empresas. Usando pretextos legales, solicitaba información a través de la oficina, y con la ayuda de un par de contactos que había cultivado —un viejo archivista al que le debía un favor y un contador resentido que había sido despedido de una de las empresas de Morales—, empecé a tirar del hilo.
Descubrí un patrón. Terrenos designados como áreas verdes o zonas de baja densidad eran comprados a precios ridículos por empresas fantasma. Semanas después, el comité de desarrollo urbano, presidido por un aliado de Morales, aprobaba un cambio de uso de suelo. El valor de los terrenos se multiplicaba por cien. Y las empresas fantasma, como descubrí tras noches de rastrear registros en paraísos fiscales, tenían como beneficiarios a la esposa de Morales, a su cuñado y, en última instancia, a una sociedad de inversión directamente ligada a Salvador Contreras. Era un esquema perfecto, casi imposible de probar en un tribunal por la cantidad de capas y subterfugios. Pero yo no necesitaba un tribunal.
Una noche, después de semanas de conectar puntos, encontré el error. Una firma. Una firma falsificada en una solicitud de cambio de uso de suelo. El dueño original del terreno, un anciano al que le habían comprado su parcela por una miseria, supuestamente había firmado su consentimiento. Comparé esa firma con la de su credencial de elector archivada en otro trámite. No coincidían. Ni siquiera se parecían. Era un error estúpido, un descuido nacido de la arrogancia de quien se cree intocable. Y era todo lo que necesitaba.
Elegí el lugar para la reunión con cuidado. Una vieja cantina en el centro histórico llamada “La Ópera”. Un lugar con historia, con cabinas de madera oscura que ofrecían privacidad y un aire de gravedad. Un lugar donde los políticos iban a cerrar tratos lejos de oídos indiscretos.
Llegué primero. Pedí un tequila derecho y esperé. Morales llegó tarde, como esperaba. Entró con la fanfarronería de un hombre acostumbrado a que lo esperen.
“Licenciado Valdés”, dijo, sentándose frente a mí y haciendo una seña al mesero. “Espero que esto sea importante. Tengo una cena con el Secretario de Gobierno”.
“Lo será, Diputado”, respondí calmadamente. Esperé a que el mesero le sirviera su whisky en las rocas y se retirara.
“Bien, lo escucho”, dijo Morales, impaciente.
En lugar de hablar, saqué una copia del acta con la firma falsificada y la deslicé sobre la mesa. A su lado, puse una copia de la credencial de elector del anciano.
Morales miró los papeles. Al principio, su expresión fue de confusión. Luego, sus ojos se abrieron de par en par al reconocer el documento. Una gota de sudor le resbaló por la sien.
“No sé de qué me está hablando”, dijo, pero su voz había perdido su tono bravucón.
“Se trata del predio ‘La Escondida’”, dije, mi voz plana, sin emoción. “Comprado por la empresa ‘Soluciones Inmobiliarias del Pacífico’, cuyo accionista mayoritario es su cuñado. El terreno fue reclasificado tres semanas después, y ahora forma parte del proyecto ‘Mirador del Valle’, de desarrollos Contreras. Falsificación de documentos públicos, fraude, tráfico de influencias… creo que el código penal tiene varios nombres para esto, Diputado. Y la pena es de varios años de cárcel y la inhabilitación política de por vida”.
Morales intentó recuperar la compostura. Se echó a reír, una risa forzada y hueca. “Está usted loco, Valdés. ¿Me está amenazando? ¿Sabe usted con quién se está metiendo? Una llamada mía y su carrera de mierda se acaba esta misma noche”.
“No lo dudo”, admití, tomando un sorbo de mi tequila. El líquido me quemó la garganta. “Pero antes de que haga esa llamada, quizás quiera ver esto”.
Saqué una segunda carpeta. Contenía los diagramas que había trazado, mostrando el flujo de dinero desde las empresas fantasma hasta las cuentas de sus familiares y, finalmente, hasta el conglomerado de Contreras. Y, como pieza central, un informe detallado de las cuentas en las Islas Caimán.
El rostro de Morales se volvió del color de la cera. Se quedó mirando los papeles, su mandíbula apretada. El castillo de naipes de su carrera y su fortuna estaba sobre esa mesa, y mi mano estaba a punto de soplar.
“¿Qué es lo que quieres?”, susurró finalmente, derrotado. “¿Dinero?”.
Negué con la cabeza. “El dinero no me interesa. El dinero es para gente como usted. Yo quiero algo mucho más valioso”. Me incliné hacia adelante, y mi voz fue un murmullo helado. “Quiero que me presente a su jefe. A Don Salvador Contreras. No por teléfono. No en un evento público. Quiero una reunión. Privada. Usted y yo lo vamos a ir a ver. Me va a presentar como un joven abogado brillante, ambicioso, alguien que puede ser de gran utilidad. Alguien que entiende cómo funciona el mundo y no tiene miedo de ensuciarse las manos”.
Morales me miró, estupefacto. “¿Para qué? ¿Para qué demonios quieres conocerlo?”.
“Digamos que admiro su visión para los negocios”, respondí con una sonrisa que no llegó a mis ojos. “Y creo que podemos ayudarnos mutuamente. Yo mantengo esta información guardada bajo siete llaves, y usted me abre la puerta. Es un buen trato, ¿no cree?”.
Se quedó en silencio por un largo rato, calculando sus opciones. Sabía que lo tenía. Destruirlo no me servía de nada. Usarlo era mucho más inteligente. Finalmente, asintió, con un movimiento casi imperceptible.
“De acuerdo”, dijo, con la voz ronca. “Haré la llamada”.
Esa noche, al llegar a casa, el olor a poder era una droga en mi sistema. Le conté a mi madre cada detalle. Ella escuchó con una concentración absoluta, su rostro inmóvil.
Cuando terminé, se levantó y caminó hacia la pequeña ventana que daba a la pared de ladrillos. Se quedó mirando la nada por un momento.
“Ten cuidado, Joaquín”, dijo, dándome la espalda. “Ya no estás cazando conejos en el campo. Te estás metiendo al mar a nadar con tiburones. Contreras no es Morales. Él no te va a tener miedo. Te va a estudiar, te va a probar. Y al menor signo de debilidad, te va a devorar sin dejar ni los huesos. No te confíes. Ni un segundo”.
Su advertencia era seria, pero en su voz detecté algo más: un temblor de excitación. Estábamos más cerca que nunca.
Los días siguientes fueron una tortura de anticipación. Me compré mi primer traje caro, uno gris oscuro, y un reloj que costó más de lo que mi madre ganaba en seis meses. Era parte del disfraz. Para sentarme con un tiburón, tenía que parecer un tiburón.
Una tarde, al volver del trabajo, encontré un sobre sobre la mesa. No era de Morales. El remitente era de San Ignacio. Mi corazón dio un vuelco. La letra era la de la madre de Sofía.
Con manos temblorosas, lo abrí. No era una carta. Era una invitación. Impresa en papel aperlado, con letras doradas.
“Marta y Ricardo Herrera tienen el honor de invitarle al enlace matrimonial de su hija, Sofía Herrera, con el Ingeniero Agrónomo Carlos Benítez…”.
La invitación se me resbaló de los dedos y cayó al suelo. Me quedé de pie, en medio de la habitación, incapaz de moverme. El aire se me escapó de los pulmones, como si me hubieran dado un puñetazo en el estómago. Sofía. Mi Sofía. Se iba a casar.
Una oleada de imágenes me golpeó con la fuerza de un tsunami. Su risa en el río. Sus ojos brillando bajo las estrellas. El tacto de su mano en la mía. El sabor de su beso robado. El olor de su cabello. Toda la vida que había sacrificado, todo el amor que había asesinado, se materializó en ese pedazo de cartón. El ingeniero agrónomo. Un hombre que seguramente la haría reír, que le daría una vida tranquila en el campo, una vida llena de sol y de hijos. Una vida normal. La vida que yo le había negado.
Me senté en el borde de mi cama, con la cabeza entre las manos. Un sollozo seco y doloroso se me escapó del pecho, el primero en quince años. No fue un llanto de tristeza. Fue un rugido de pura y absoluta rabia. Rabia contra Contreras, por empezar esta cadena de miseria. Rabia contra mi madre, por haberme convertido en esto. Y, sobre todo, rabia contra mí mismo, por haber sido tan débil, por haber obedecido.
Por un instante, quise mandarlo todo al diablo. Irme de ahí, tomar un camión a San Ignacio, aparecer en la iglesia y gritar su nombre. Rogarle que no se casara, que me perdonara, que huyéramos juntos.
Pero tan rápido como llegó, la fantasía se desvaneció. ¿Y luego qué? ¿Vivir como un fugitivo? ¿Esperar a que los tentáculos de Contreras nos encontraran? ¿Ofrecerle a Sofía una vida de miedo y pobreza?
Me levanté y recogí la invitación. La miré una última vez, memorizando su nombre junto al de otro hombre. Luego, con una calma que me asustó, la rompí en pedazos pequeños, y luego esos pedazos en otros más pequeños, hasta que solo fueron confeti blanco en mis manos. Los tiré al bote de la basura.
En ese momento, el teléfono sonó.
Era Morales. Su voz sonaba nerviosa. “Ya está, Valdés. Don Salvador lo recibirá. Mañana, a las dos de la tarde, en su rancho ‘El Milagro’. Sea puntual. Y por el amor de Dios, no me haga arrepentirme de esto”.
Colgué. Me dirigí al ropero y abrí la puerta. Ahí estaba la foto de Contreras, sonriendo. Al lado, colgué mi traje nuevo.
Miré mi reflejo en el pequeño espejo. Ya no había rastro del niño que había llorado. El rostro que me devolvía la mirada era impasible, frío. Los ojos, secos. El dolor por Sofía no había desaparecido. Lo había transformado. Lo había convertido en más combustible para el fuego que ardía dentro de mí.
Sofía estaba perdida para siempre. El pasado estaba muerto. Mi madre tenía razón.
Ahora, solo quedaba la venganza.
Y mañana, por primera vez, iba a mirar a mi monstruo a los ojos.
Capítulo 6: En el Vientre de la Bestia
El viaje al rancho “El Milagro” fue un descenso silencioso al infierno personal que me había construido. Orlando Morales conducía, sus nudillos blancos apretando el volante de su Mercedes Benz. Sudaba a pesar del aire acondicionado que soplaba a máxima potencia. A su lado, yo era una estatua de hielo. Dejamos atrás el caos de Guadalajara, el esmog y el ruido, para adentrarnos en los campos verdes y ondulantes de Jalisco. El paisaje, que debería haberme traído una punzada de nostalgia, un recuerdo de mi niñez, ahora me parecía una burla. Cada hectárea de tierra fértil, cada vaca pastando plácidamente, era un recordatorio de lo que nos habían robado. Esta era la tierra de mi padre, comprada y blanqueada con su sangre.
Morales no dejaba de hablar, su voz un murmullo nervioso que llenaba el coche.
“Mira, Valdés, solo un consejo… déjalo hablar a él. No lo interrumpas. Ríete de sus chistes, aunque no te den risa. Es un hombre… tradicional. Le gusta que le muestren respeto. No le gusta la gente que se cree más lista que él. Y por lo que más quieras, no menciones la política. Él cree que los políticos somos sus empleados, y le gusta que lo recordemos”.
Yo asentía sin mirarlo, mis ojos fijos en el horizonte. Cada palabra suya era un clavo más en el ataúd de mi desprecio por él. Era un perro faldero enseñándole a un lobo a comportarse en la casa del amo.
Después de una hora de camino, un muro de piedra de al menos tres metros de altura se levantó a un lado de la carretera, extendiéndose hasta donde alcanzaba la vista. No era un muro, era una declaración. Una fortaleza. Llegamos a un portón monumental de hierro forjado, con las iniciales “S.C.” entrelazadas en el centro. Dos hombres vestidos de civil, pero con la inconfundible postura de exmilitares y bultos debajo de sus guayaberas, se acercaron al coche. Reconocieron a Morales y, tras una breve llamada por radio, los portones se abrieron con un chirrido lento y majestuoso, como las puertas de un reino prohibido.
El camino de grava que conducía a la casa principal serpenteaba a través de un paisaje que parecía una pintura. Un césped tan verde y perfecto que parecía irreal. Lagos artificiales con patos nadando en ellos. Y caballos. Docenas de magníficos caballos de pura sangre, con el pelaje brillante por el sol, corrían en cercados inmaculados. La riqueza era obscena, abrumadora. Era la materialización de toda la miseria que había causado.
La casa principal era una obra maestra de la arrogancia arquitectónica. Una fusión de hacienda colonial con modernismo brutalista. Vigas de madera oscura, tejas rojas y enormes ventanales de cristal que reflejaban el cielo. Era un palacio construido sobre un cementerio.
Morales estacionó frente a la entrada. Antes de que pudiéramos bajar, la puerta principal se abrió y apareció él.
Salvador Contreras era más viejo de lo que recordaba por las fotos. El cabello, antes negro, ahora era una elegante melena plateada peinada hacia atrás. Tenía arrugas alrededor de los ojos, pero eran arrugas de poder, de haber reído y fruncido el ceño dominando a hombres durante décadas. Vestía unos sencillos pantalones de mezclilla, unas botas de cuero caras y una camisa de lino blanca, abierta en el pecho, mostrando una piel curtida por el sol y una gruesa cadena de oro. No estaba sentado detrás de un escritorio. Estaba de pie en su porche, con una taza de café en la mano, como un rey recibiendo a sus súbditos en su día de descanso.
“Orlando, qué bueno que llegas”, dijo, y su voz era una mezcla de grava y miel. Un bajo profundo que imponía respeto sin necesidad de alzarlo. “Y tú debes ser el famoso Licenciado Valdés. He oído cosas interesantes de ti”.
Se acercó y me extendió la mano. La suya era grande, callosa, la mano de un hombre que, a pesar de su fortuna, no había olvidado el trabajo físico. Era la misma clase de mano que tenía mi padre. La ironía era tan cruel que casi me hizo sonreír. Tomé su mano. Su apretón fue firme, dominante. El contacto físico con el asesino de mi padre fue como tocar un cable de alta tensión. Un escalofrío helado recorrió mi brazo, pero mi rostro permaneció impasible.
“Don Salvador”, dije, mi voz sonando calmada y respetuosa. “El placer es mío”.
“El placer apenas empieza, muchacho”, respondió con una sonrisa que no alcanzó sus ojos. Sus ojos eran lo más notable de él. Pequeños, oscuros y penetrantes. Eran los ojos de un depredador, siempre evaluando, siempre midiendo. “Orlando, gracias por traerlo. Puedes irte. La secretaria te llamará más tarde para lo nuestro”.
Morales pareció aliviado y ofendido al mismo tiempo. “Claro, Don Salvador. Con permiso, Licenciado”. Se subió a su coche y desapareció por el camino de grava, dejándome solo en el vientre de la bestia.
“Ven, camina conmigo”, dijo Contreras, haciéndome una seña para que lo siguiera. No me llevó a una oficina, sino hacia las caballerizas. El olor a paja limpia, a cuero y a caballo llenaba el aire. Era un olor que me transportó violentamente a mi infancia, al olor de nuestra humilde granja. Tuve que hacer un esfuerzo consciente para no dejar que ninguna emoción se reflejara en mi cara.
“Morales me dice que eres un joven muy ambicioso”, comenzó Contreras, deteniéndose frente a un cercado donde un imponente semental negro como la noche mordisqueaba un terrón de azúcar de su mano. “Me dice que resolviste sus… problemas. Y que quieres trabajar conmigo. La pregunta es, ¿por qué? Un talento como el tuyo podría llegar lejos en el gobierno, hacer una carrera limpia”. Dijo la palabra “limpia” con un matiz de burla.
Era la primera prueba. El anzuelo.
“Con todo respeto, Don Salvador, la limpieza es para los que limpian los pisos”, respondí, eligiendo mis palabras con el cuidado de un desactivador de bombas. “Yo no quiero una carrera en el gobierno. Quiero una carrera en el poder. Y en este estado, y me atrevería a decir que en este país, el gobierno trabaja para el poder. No al revés. Yo quiero estar del lado que toma las decisiones, no del que las obedece”.
Contreras se giró para mirarme. Una sonrisa lenta se dibujó en su rostro. Esta vez, la sonrisa sí llegó a sus ojos, que brillaron con un destello de genuina diversión.
“Me caes bien, muchacho. No tienes pelos en la lengua”, dijo. “Pero la ambición es barata. Todo el mundo la tiene. Lo que es raro es el talento para respaldarla. Y la lealtad. ¿Por qué debería confiar en ti? Hoy me eres leal a mí, mañana te compra otro y me vendes por un peso más”.
“Porque la gente que se vende por un peso no entiende el valor de un imperio”, respondí sin dudar. “Yo no busco un sueldo. Busco un asiento en la mesa. La lealtad no se compra, Don Salvador. Se gana. Y se demuestra con resultados. El problema del Diputado Morales era delicado. Ya no lo es. El caso de Ricardo Anaya iba a manchar a gente importante. No lo hizo. Yo no creo en los problemas. Creo en las soluciones. Discretas y permanentes”.
El semental negro relinchó y golpeó el suelo con una pezuña. Contreras le dio una palmada en el cuello, sin apartar sus ojos de los míos. Estaba midiendo cada palabra, cada inflexión de mi voz, mi lenguaje corporal. Sabía que no podía mostrar ni una fisura.
“Valdés…”, dijo lentamente, casi paladeando mi apellido. “Es un apellido común, pero no por esta zona. ¿De dónde es tu familia, muchacho?”.
El corazón me dio un vuelco. Era la pregunta que más temía. El aire se volvió denso. Sentí una gota de sudor frío recorrer mi espalda, pero mi rostro seguía siendo una máscara.
“Mi familia es de la capital, señor”, mentí sin parpadear. “Mis padres murieron cuando yo era joven. No tengo a nadie. Crecí en la calle, prácticamente. Por eso aprendí que si no tomas lo que quieres, nadie te lo va a regalar”.
Era una mentira perfecta. Explicaba mi ambición, mi falta de raíces, mi dureza. Y, lo más importante, borraba cualquier conexión con San Ignacio y con Héctor Valdés.
Contreras asintió lentamente, pareciendo aceptar la historia. “La calle es buena escuela. Enseña a sobrevivir”. Se quedó en silencio un momento, y luego su rostro se endureció. “Muy bien, Licenciado. Quieres una oportunidad para demostrar tu lealtad y tu talento. Te la voy a dar”.
Comenzó a caminar de nuevo, y yo lo seguí. Me llevó a un pequeño despacho al lado de las caballerizas. No era lujoso como la casa, sino funcional. Un escritorio de madera rústica, sillas de cuero, y un mapa topográfico de la región cubriendo una pared entera.
“Ves ese pedazo de tierra”, dijo, señalando una zona en el mapa. “Pertenece a una cooperativa de ejidatarios. Llevo un año intentando comprárselas. Es fundamental para mi nuevo proyecto de aguacates. Pero no quieren vender. Tienen un líder, un viejo terco llamado Ramiro Fuentes, que los tiene convencidos de que la tierra es más valiosa que el dinero. Puros sentimentalismos estúpidos”.
Se sirvió un vaso de agua de una jarra y me ofreció uno. Acepté.
“He intentado de todo”, continuó. “Les ofrecí más del triple de su valor. Intenté negociar con ellos a través de los canales del gobierno. Nada. Ramiro es un idealista, y los idealistas son más peligrosos que los hombres armados”.
Me miró fijamente. “Tu prueba es esta, Joaquín. Resuélveme ese problema. Consígueme esa tierra. No me importa cómo lo hagas. Puedes usar la ley, puedes torcer la ley, puedes romper la ley. Puedes convencerlos, puedes asustarlos. Lo único que me importa es que en menos de tres meses, la escritura de esa tierra esté en mi escritorio. Si lo logras”, hizo una pausa, dejando que el peso de sus palabras se asentara, “tendrás tu asiento en la mesa. Y créeme, es una mesa donde se come muy, muy bien. Si fallas… bueno, digamos que no me gusta el fracaso. Y la gente que me falla tiende a tener mala suerte”.
Sentí un nudo de hielo en el estómago. Me estaba pidiendo que hiciera exactamente lo mismo que él le había hecho a mi padre. Despojar a gente humilde de su tierra. La simetría era poética y monstruosa. Pero no podía dudar. No ahora.
“Considérelo hecho, Don Salvador”, respondí, mi voz firme.
Él sonrió, satisfecho. “Eso quería oír. Mi gente te dará todos los detalles. Ahora, si me disculpas, tengo que atender a mi caballo. Sabe el camino de salida”.
Con eso, se dio la vuelta y salió del despacho, dejándome solo con el mapa, el vaso de agua y el peso de la tarea que me había encomendado. Me había aceptado. Estaba dentro. Había estrechado la mano del diablo y me había ofrecido un trabajo en el infierno.
El viaje de regreso fue aún más silencioso. Morales intentó hacerme un par de preguntas, pero mis respuestas monosilábicas lo hicieron desistir. No podía hablar. Estaba reviviendo cada segundo de la reunión, cada palabra, cada gesto. El olor de su colonia, la textura de su mano, el brillo en sus ojos. Había mirado al asesino de mi padre a la cara, le había mentido, y él me había creído. Sentí una oleada de triunfo tan fría y cortante que me dejó sin aliento.
Pero debajo del triunfo, había algo más. El horror. El horror de lo que me había pedido que hiciera. Convertirme en él. Para destruirlo, tenía que usar sus métodos, caminar sus pasos, convertirme en su reflejo.
Cuando llegué a nuestro departamento, mi madre me esperaba de pie en medio de la sala. No preguntó cómo me había ido. Lo supo en el momento en que vio mi rostro.
Le conté todo. La prueba. Los ejidatarios. El viejo Ramiro Fuentes.
Ella escuchó sin interrumpir. Cuando terminé, se acercó a mí. Su rostro no mostraba alegría, sino una intensidad sombría.
“Esta es la prueba final, Joaquín”, dijo, su voz apenas un susurro. “Si puedes hacer esto, si puedes arrancarle el corazón a esos extraños sin pestañear, entonces estarás listo. Estarás listo para arrancarle el corazón a él”.
Se quedó mirándome, y en sus ojos vi el reflejo de la misma determinación fanática que había visto la noche que juró venganza sobre la tumba de mi padre. Quería que yo me convirtiera en un monstruo, no solo para cazar a otro, sino para probar que el hijo de Héctor Valdés ya no existía. Que solo quedaba el arma.
Esa noche, no dormí. Me quedé sentado en la oscuridad, mirando el perfil de la ciudad. La invitación de boda de Sofía, aunque hecha pedazos, estaba grabada a fuego en mi mente. Ella se casaría, tendría una vida, construiría un hogar. Y yo, para vengar la destrucción de mi hogar, estaba a punto de destruir el de otros.
La paradoja era insoportable. Pero el rostro sonriente de Contreras, la imagen de mi padre, el dolor de mi madre… todo ello era más fuerte. Tomé el dolor, el horror, la culpa, y los empaqué en una pequeña caja de plomo en el fondo de mi alma. La sellé. No podía permitirme sentir. Sentir era una debilidad. Y yo ya no podía darme ese lujo.
A la mañana siguiente, me puse mi traje gris, me ajusté la corbata y salí para convertirme en un ladrón de tierras. En un destructor de hogares. En Salvador Contreras.
Parte 2
Capítulo 7: El Espejo y el Martillo
El archivo que los hombres de Contreras me entregaron era grueso y pesado, un compendio de vidas y tierras condensado en papel membretado. Contenía mapas, censos ejidales, análisis de la tierra y perfiles de los miembros clave de la cooperativa “La Lucha de San Mateo”. Pero sobre todo, contenía un perfil detallado de su líder, Ramiro Fuentes.
Pasé dos días encerrado en mi departamento, estudiando ese archivo como si fuera el texto sagrado de mi enemigo. Cada dato era una pieza del rompecabezas. Ramiro Fuentes, 68 años. Viudo. Tres hijos, todos trabajando fuera del pueblo. Había heredado la presidencia del ejido de su padre, igual que su padre la había heredado del suyo. Su familia había trabajado esa tierra desde antes de la Revolución. No tenía deudas, no tenía vicios conocidos. Su único punto débil, según el informe cínico de los investigadores de Contreras, era “un apego sentimental y anacrónico a la tierra”.
Mientras leía, un escalofrío recorrió mi espalda. Era él. Era un espejo. Ramiro Fuentes era el fantasma de mi padre. Un hombre honesto, un líder respetado por su comunidad, un hombre cuya única riqueza era la tierra bajo sus pies y la dignidad en su corazón. La prueba que Contreras me había puesto no era solo una tarea, era un ritual simbólico y cruel. Me estaba obligando a matar a mi propio padre una y otra vez.
Una parte de mí, una voz pequeña y casi extinguida, me gritaba que parara. Que abandonara. Que huyera. Pero la imagen del rostro sonriente de Contreras, la memoria de mi madre lavando ropa ajena hasta que sus nudillos sangraban, y la tumba solitaria de mi padre, silenciaron esa voz con una brutalidad definitiva. Si quería tener la fuerza para destruir al monstruo, primero tenía que demostrarme a mí mismo que podía ser igual de monstruoso. No había vuelta atrás.
Decidí que mi primer movimiento sería el del abogado, no el del matón. La violencia era torpe y dejaba rastros. La ley, usada correctamente, era un veneno lento, inodoro e incoloro. Me puse mi mejor traje, tomé mi portafolio de cuero y conduje hasta San Mateo.
El pueblo era un golpe directo al corazón. Era San Ignacio congelado en el tiempo. Calles empedradas, casas de adobe con techos de teja roja y macetas llenas de geranios. El aire olía a leña quemada, a tierra mojada y al dulce aroma del pan que se horneaba en una panadería local. Un grupo de niños jugaba a las canicas en la plaza, sus risas resonando en el silencio de la tarde. Por un instante, me sentí como un fantasma que regresaba a un lugar que ya no existía. Me vi a mí mismo, corriendo por esas mismas calles, con las rodillas raspadas y el corazón lleno de una felicidad simple que ahora me parecía un tesoro inalcanzable.
Pregunté por la casa ejidal. Me indicaron una construcción sencilla, de una sola planta, con un porche donde un grupo de hombres mayores, con sombreros de paja y huaraches, conversaban sentados en sillas de madera. Parecían las raíces de un árbol viejo, nudosos, fuertes, profundamente anclados a ese lugar.
Cuando bajé del coche, con mi traje gris y mis zapatos italianos, todas las conversaciones se detuvieron. Todas las miradas se posaron en mí. Era un ave de otro plumaje, un depredador que había entrado en un nido de palomas.
“Buenas tardes”, dije, mi voz sonando extrañamente alta en el silencio. “Busco al señor Ramiro Fuentes”.
Un hombre se levantó. Era exactamente como lo había imaginado. Alto, delgado pero correoso, con la piel surcada de arrugas profundas por el sol y el tiempo. Sus ojos, de un color café claro, eran tranquilos, pero tenían una profundidad que lo había visto todo. Su bigote era canoso, y su apretón de manos, cuando me lo ofreció, fue firme y seco, la mano de un hombre que trabaja.
“Soy yo”, dijo con una voz pausada. “¿En qué le podemos servir, licenciado?”. Supo mi profesión con solo mirarme.
“Vengo en representación de la Desarrolladora del Valle”, mentí, usando el nombre de una de las empresas fachada de Contreras. “Me gustaría hablar con usted y con los miembros de la cooperativa. Traigo una propuesta que, creo, será de gran beneficio para todos”.
Ramiro me miró con una expresión que no era ni hostil ni amigable. Era una expresión de paciencia infinita, la de un hombre que ha visto a muchos como yo ir y venir. “Pásele, licenciado. Está en su casa”.
La reunión se llevó a cabo dentro de la casa ejidal. La sala estaba amueblada con sillas plegables y una larga mesa de madera. En la pared colgaba un retrato descolorido de Emiliano Zapata y un mapa del ejido dibujado a mano. El aire olía a café y a dignidad.
Me senté a la cabecera de la mesa, rodeado por una docena de ejidatarios. Eran hombres y mujeres de todas las edades, sus rostros marcados por el trabajo duro. Sus miradas eran una mezcla de curiosidad y desconfianza.
Abrí mi portafolio y comencé mi discurso. Lo había ensayado mil veces. Usé un lenguaje corporativo, frío y calculado. Hablé de “progreso”, de “oportunidades de inversión”, de “maximizar el valor de sus activos”. Les expliqué que la ciudad estaba creciendo, que sus tierras, usadas para el cultivo de maíz y frijol, tenían un “potencial sin explotar”.
“La Desarrolladora del Valle”, dije, mi voz resonando en la sala, “está preparada para ofrecerles cuatro veces el valor de mercado actual por sus hectáreas. Piénsenlo. Es dinero que aseguraría el futuro de sus hijos, de sus nietos. Podrían comprar casas en la ciudad, poner negocios, mandarlos a la universidad. Es la oportunidad de una vida”.
Cuando terminé, un silencio pesado cayó sobre la sala. Miré a Ramiro. Él no me miraba a mí. Miraba a su gente, leyendo sus rostros, sintiendo su pulso.
Finalmente, habló. Y su voz, aunque suave, llenó cada rincón de la habitación.
“Licenciado”, comenzó, “le agradecemos su tiempo y su… generosa oferta. Pero creo que usted no entiende. Usted ve esta tierra y ve ‘activos’. Ve ‘potencial de mercado’. Ve signos de pesos”.
Se levantó y caminó hacia el mapa en la pared. Su dedo, nudoso y manchado de tierra, trazó los límites del ejido.
“Nosotros vemos otra cosa. Yo veo el lugar donde mi abuelo cayó muerto, defendiendo esta misma tierra de los federales. Veo el arroyo donde mi esposa y yo nos dimos nuestro primer beso. Allá”, y señaló hacia una esquina del mapa, “está el árbol donde nació mi hijo mayor. Esta tierra no es un activo, licenciado. Es nuestra memoria. En este suelo están enterrados nuestros ombligos y los huesos de nuestros antepasados. Cada cosecha que levantamos no solo nos da de comer, nos conecta con ellos. Eso es algo que su dinero no puede comprar”.
Se giró para mirarme, y sus ojos tranquilos ahora tenían un fuego en ellos. El mismo fuego que yo había visto en los ojos de mi padre.
“Hay cosas en esta vida que no tienen precio, licenciado. Tienen valor. Y usted, con todo su dinero y sus palabras bonitas, no parece entender la diferencia. Le agradecemos de nuevo, pero San Mateo no se vende”.
Un murmullo de aprobación recorrió la sala. Un hombre gritó: “¡La tierra es de quien la trabaja!”. Era un grito que venía desde el fondo de la historia de México, un grito que mi padre habría secundado.
Me sentí como si me hubieran abofeteado. Cada palabra de Ramiro era una daga que se clavaba en mi conciencia. Estaba viendo una repetición de la historia, pero esta vez, yo estaba en el papel del villano. Yo era el hombre de traje y sonrisa falsa. Yo era el emisario de Don Salvador. El asco que sentí por mí mismo fue tan abrumador que tuve que apretar los puños debajo de la mesa para no temblar.
Pero el rostro de Contreras apareció en mi mente. La máscara se colocó de nuevo en su lugar.
“Comprendo su sentimentalismo, señor Fuentes”, respondí, mi voz ahora con un filo de frialdad. “Pero el sentimentalismo no paga las facturas, ni cura a los enfermos, ni manda a los niños a la escuela. El mundo está cambiando. Aferrarse al pasado es una forma de morir lentamente. Les pido que lo reconsideren. La oferta sigue en la mesa. Por ahora”.
Recogí mis cosas, di las gracias con una formalidad helada y salí de la casa ejidal. Sabía que había perdido la batalla, pero había declarado la guerra. La fase del espejo había terminado. Ahora comenzaba la fase del martillo.
Esa noche, cuando le conté a mi madre el resultado, ella solo asintió.
“Era de esperarse”, dijo. “Los hombres como tu padre son tercos. Creen que la dignidad es un escudo. Ahora, tienes que enseñarles que no lo es. Tienes que romperlos”.
Al día siguiente, desaté el martillo. No usé matones. Usé la ley. Me sumergí en los archivos de la Comisión Nacional del Agua y en los registros agrarios. Busqué una grieta, una vulnerabilidad. Y la encontré. Hacía años, se había construido una pequeña presa para irrigar los campos del ejido. El permiso original tenía una cláusula, enterrada en un lenguaje burocrático incomprensible, sobre los derechos de agua de un arroyo estacional que alimentaba la presa. Era una cláusula ambigua, diseñada para ser usada como arma por quien supiera de su existencia.
Usando mi autoridad en el Ministerio Público, y con una llamada a un contacto que tenía en la CONAGUA, inicié una “investigación formal sobre el uso ilegal de aguas federales por parte de la cooperativa de San Mateo”.
Dos días después, un grupo de inspectores con chalecos del gobierno llegó al pueblo. Pegaron sellos de clausura en la bomba de agua de la presa. Cortaron el suministro de agua a los campos de maíz, justo cuando las plantas más lo necesitaban. Junto con los sellos, dejaron una notificación oficial: una citación para Ramiro Fuentes en mis oficinas en Guadalajara y una multa preliminar tan astronómica que equivalía a diez años de ganancias de toda la cooperativa.
Esperé. Sabía que vendría.
Una semana después, Ramiro Fuentes estaba sentado frente a mí, en la misma silla donde se habían sentado criminales y víctimas. Pero él no era ninguno de los dos. Su ropa de campo se veía fuera de lugar en mi oficina estéril. Sostenía la notificación en su mano arrugada. Su rostro estaba cansado, pero sus ojos seguían firmes.
“Esto es una porquería, licenciado, y usted lo sabe”, dijo, su voz tranquila pero vibrando de indignación. “Hemos usado esa agua por más de treinta años. Nadie nunca dijo nada”.
Me recargué en mi silla de cuero, adoptando una expresión de falsa compasión burocrática.
“Lo entiendo, señor Fuentes, de verdad. Pero la ley es la ley. Los procedimientos son los procedimientos. Hay una posible violación a una normativa federal. Mi deber es investigar. La multa, los sellos… es el protocolo estándar”.
“¿Protocolo?”, dijo, y por primera vez, su voz se alzó. “¡Mis cosechas se están muriendo! ¡El trabajo de un año se está secando bajo el sol porque usted aplicó un ‘protocolo’! Esto no es sobre la ley. Esto es sobre la tierra. Siempre ha sido sobre la tierra”.
“Le ofrezco una solución”, dije suavemente, como un doctor ofreciendo un remedio amargo. “Una solución simple. La Desarrolladora del Valle está dispuesta a retirar todos los cargos y a pagar la multa en su totalidad. Lo único que necesitan a cambio es que reconsideren su oferta. Vendan la tierra. Tomen el dinero. Ahórrense los problemas legales. Es un camino largo, caro y agotador, y le aseguro que no lo ganarán”.
Ramiro Fuentes me miró. Y en esa mirada, vi la comprensión. Vio exactamente quién era yo y qué estaba haciendo. Vio el martillo detrás de la máscara del abogado. Se levantó lentamente.
“Puede que nos quite el agua. Puede que nos seque las cosechas y nos llene de multas”, dijo, su voz baja y llena de un desprecio que me atravesó como un cuchillo de hielo. “Puede que hasta nos quite la tierra. Pero hay algo que nunca nos va a quitar, licenciado. La vergüenza. La vergüenza de saber que para tener lo que tiene, tuvo que convertirse en… esto”.
Señaló a mi alrededor. A mi traje, a mi oficina, a mí.
“Que duerma bien, licenciado”, dijo, y salió de mi oficina, cerrando la puerta suavemente detrás de él.
Me quedé solo, en el silencio de mi cubículo de poder. Sus palabras resonaron en las paredes. “La vergüenza…”. El espejo que había destrozado en San Mateo me devolvía el reflejo desde los ojos de Ramiro Fuentes.
Miré por la ventana la pared de ladrillos. La victoria se sentía como ceniza en mi boca. Había comenzado a fracturar a la comunidad, a estrangular su sustento. Estaba ganando. Estaba demostrando mi valía al monstruo. Pero al hacerlo, me di cuenta de que no solo me estaba convirtiendo en un reflejo de Contreras. Me estaba convirtiendo en una versión peor. Él era un ladrón que nunca pretendió ser otra cosa. Yo era un ladrón que se escondía detrás de un título y de un código penal, usando la propia ley como un arma de extorsión.
El teléfono sonó. Era mi madre.
“¿Y bien?”, preguntó, su voz ansiosa.
“Están empezando a romperse”, respondí, mi voz un susurro hueco.
“Bien”, dijo, y escuché la satisfacción en su voz. “Sigue apretando. No te detengas hasta que se quiebren”.
Colgué el teléfono. Miré mis manos. Las manos de un abogado, de un fiscal. Las manos que, en ese momento, se sentían más sucias que si hubieran estado cubiertas de sangre. Había aprendido a usar el martillo. Y el primer clavo que estaba clavando era en mi propio ataúd.
Parte 2
Capítulo 8: El Fruto del Odio
La semana siguiente a mi encuentro con Ramiro Fuentes fue un purgatorio de silencio y anticipación. Cada día, el sol de Jalisco se levantaba implacable, cociendo la tierra de San Mateo, secando las milpas, agrietando el suelo hasta convertirlo en un mapa de venas muertas. Yo no necesitaba enviar inspectores para saber lo que estaba pasando. Podía sentir la sed de la tierra desde mi oficina en Guadalajara. Podía imaginar los rostros de los ejidatarios, mirando al cielo en busca de nubes que no llegaban, y luego mirándose entre ellos con una mezcla creciente de pánico y resentimiento. El agua, o la falta de ella, era una tortura lenta y exquisitamente cruel. Estaba estrangulando su sustento, su esperanza, su unidad.
Mi madre no preguntaba. Sabía que la maquinaria que habíamos puesto en marcha funcionaba por inercia. Su papel ahora era el de la guardiana del odio. Por las noches, me observaba en silencio mientras yo revisaba otros expedientes, mi trabajo “oficial”. A veces me encontraba con la mirada perdida en la pared, y ella sabía exactamente dónde estaba mi mente.
“La paciencia es el arma más afilada, Joaquín”, me dijo una de esas noches, sin levantar la vista de la verdura que estaba picando para la cena. “Dale tiempo al veneno para que haga efecto. La desesperación hará el trabajo por ti”.
Y así fue. A los diez días, recibí una llamada. No era Ramiro. Era un hombre joven, su voz teñida de una urgencia que rayaba en la súplica. Se presentó como Ismael, el hijo de uno de los ejidatarios. Quería verme. A solas.
Nos encontramos en una cafetería a medio camino entre San Mateo y la ciudad. Ismael era un hombre joven, de unos treinta años, con las manos de un campesino pero la mirada de alguien que anhelaba algo más. Tenía una hija pequeña, me contó, que sufría de asma y necesitaba medicinas caras. La cosecha de ese año era su única esperanza para pagarlas.
“Licenciado”, comenzó, sin atreverse a mirarme a los ojos. “La gente del pueblo… estamos divididos. Don Ramiro es un buen hombre, un hombre de principios, pero sus principios no le van a dar de comer a mi hija. Algunos de nosotros… estamos listos para vender. La multa es impagable, y sin agua, la tierra no vale nada”.
Yo escuchaba, mi rostro una máscara de neutralidad. Él era el primer síntoma visible de la enfermedad que yo había inoculado. La primera grieta en el muro.
“¿Y qué le impide vender, Ismael?”, pregunté suavemente.
“Don Ramiro”, respondió. “Y la mayoría que todavía lo sigue. Él sigue diciendo que debemos resistir, que es una prueba, que la justicia prevalecerá. Pero la fe no llena el estómago, licenciado. La fe no compra un inhalador. Necesitamos que lo convenza. O… que lo quite de en medio”.
La frase quedó flotando en el aire viciado de la cafetería. “Quitarlo de en medio”. Era una invitación. Una puerta abierta al siguiente nivel de oscuridad. Pero la violencia física era torpe. Yo tenía un bisturí mucho más preciso.
“El problema no es Don Ramiro, Ismael”, dije, inclinándome hacia él. “El problema es la imagen que tienen de él. Es un santo, un mártir. Y la gente sigue a los mártires, incluso hacia el abismo. Para salvar a su pueblo, tienen que dejar de verlo como un santo”.
Ismael me miró, sin entender.
Fue entonces cuando decidí usar la información que mis investigadores privados habían desenterrado, la pieza que había guardado como mi carta final. El hijo menor de Ramiro, Efraín, vivía en Estados Unidos. Se había ido hacía años buscando el sueño americano, pero lo que había encontrado eran mesas de póker y deudas de juego. Hacía tres meses, Ramiro había vendido las pocas cabezas de ganado que tenía, su patrimonio personal, y le había enviado todo el dinero a Efraín para sacarlo de un problema grave. Lo había hecho en secreto, avergonzado del fracaso de su hijo.
Le conté a Ismael una versión retorcida de esa historia.
“Quizás”, dije, dejando caer cada palabra como una gota de veneno, “Don Ramiro se opone a la venta porque si reciben una gran cantidad de dinero, su hijo Efraín vendrá a pedir su parte. Quizás prefiere que todos sigan siendo pobres para no tener que enfrentarse a la vergüenza de un hijo que es un jugador y un vividor. Quizás su orgullo es más grande que el hambre de su gente”.
Vi la idea florecer en los ojos de Ismael. La duda, una vez plantada, es una mala hierba imposible de arrancar. Le di un fajo de billetes. “Para las medicinas de tu hija”, le dije. “Y para que compartas tus… preocupaciones con los demás vecinos. A veces, la verdad solo necesita un pequeño empujón para salir a la luz”.
Ismael tomó el dinero. En ese momento, lo compré. Compré su lealtad, su voz, su desesperación. Se convirtió en mi heraldo, el portador de la plaga.
No tuve que esperar mucho. La calumnia se extendió por San Mateo como un reguero de pólvora. Primero como un susurro, luego como un rumor, y finalmente como una acusación abierta. En la tienda, en la plaza, en la iglesia. La comunidad, ya fracturada por el miedo, ahora estaba envenenada por la desconfianza. El santo patrón del pueblo de repente tenía los pies de barro. El hombre que predicaba sobre el valor de la tierra por encima del dinero ahora era visto como un hipócrita que sacrificaba a su pueblo por orgullo personal.
La llamada de Ramiro llegó una tarde lluviosa. Su voz, al otro lado de la línea, ya no era firme ni desafiante. Estaba rota.
“Venga a San Mateo, licenciado”, dijo, y cada palabra parecía costarle un pedazo de su alma. “Tenemos que hablar”.
Esta vez no fui de traje. Fui con ropa casual, unos vaqueros y una camisa sencilla. No necesitaba la armadura del poder. El trabajo ya estaba hecho. Conducía bajo una lluvia torrencial que parecía querer limpiar la tierra, pero que llegaba demasiado tarde.
Encontré a Ramiro no en la casa ejidal, sino parado en medio de su parcela. La lluvia le empapaba la ropa y se escurría por su rostro arrugado, mezclándose con lágrimas que no se molestaba en ocultar. Sus plantas de maíz, antes orgullosas y verdes, ahora eran esqueletos amarillentos y marchitos, doblados bajo el peso de la lluvia inútil. El campo era un cementerio de sueños.
Me acerqué a él, el lodo pegándose a mis zapatos. No me miró. Su vista estaba fija en la desolación de su tierra.
“Lo logró, licenciado”, dijo en voz baja, su voz ahogada por el sonido de la lluvia. “Nos rompió. Ayer, en la asamblea, votaron. Quieren vender. Ismael y los otros… los convenció. Hablaron de mi hijo…”. Su voz se quebró. “Han destruido mi nombre. Han ensuciado la memoria de mi familia. Ya no soy su líder. Soy el viejo terco y orgulloso que los llevó a la ruina”.
Sentí una punzada de algo que casi se parecía a la piedad. Pero la aplasté. Era el costo necesario.
“Yo no he destruido nada, señor Fuentes”, respondí fríamente. “Yo solo les ofrecí una salida. La realidad hizo el resto”.
Él finalmente se giró para mirarme. La rabia, el desafío, habían desaparecido de sus ojos. Solo quedaba un vacío inmenso, una tristeza tan profunda como la tierra bajo nuestros pies.
“Convenceré a los que quedan”, dijo, resignado. “Firmaremos sus papeles. Tendrá su tierra. Pero le pido una cosa. Una sola cosa a cambio”.
“Lo escucho”, dije.
“Quiero que esté presente cuando firmemos. Quiero que se siente ahí y nos mire a los ojos a cada uno de nosotros mientras le entregamos el alma de nuestro pueblo. No quiero que mande a un subordinado. Quiero que usted, Joaquín Valdés, sea testigo del funeral. Quiero que cargue con eso. Es el único precio que le puedo cobrar”.
Era su último acto de desafío. No podía ganar la guerra, pero se aseguraría de que yo recordara el rostro de cada una de mis víctimas. Se aseguraría de que mi victoria fuera mi condena.
“Estaré aquí”, respondí.
La firma tuvo lugar dos días después en la misma casa ejidal. El ambiente era fúnebre. Las sillas estaban ocupadas por hombres y mujeres con los hombros caídos y la mirada perdida. Ismael y su facción estaban sentados a un lado, evitando la mirada de los demás, su alivio manchado por la culpa.
Me senté a la cabecera de la mesa, con el contrato frente a mí. Uno por uno, los ejidatarios pasaron a firmar. Algunos lo hicieron con rabia, golpeando la pluma contra el papel. Otros, con una resignación temblorosa, sus manos apenas capaces de trazar su nombre. La mayoría no me miró. Pero Ramiro se aseguró de que los pocos que sí lo hicieron, como él, clavaran sus ojos en los míos. Cada firma era un golpe de martillo en mi conciencia. Vi a esposas llorando en silencio. Vi a un joven apretar los puños hasta que sus nudillos se pusieron blancos. Y vi a Ramiro, el último en firmar, mirarme con una mezcla de desprecio y una extraña, terrible compasión, como si viera en mí a un hombre más perdido y condenado que él.
Cuando la última firma estuvo estampada, recogí los documentos. El papel se sentía pesado, como si estuviera hecho de plomo.
“El dinero será depositado en la cuenta de la cooperativa mañana por la mañana”, dije a la habitación silenciosa.
Nadie respondió. Salí de la casa ejidal y caminé hacia mi coche bajo la mirada acusadora de todo un pueblo. Había ganado. Tenía la escritura en mi portafolio. Tenía la llave para entrar al círculo de Contreras. Había cumplido mi misión. Pero mientras me alejaba de San Mateo, dejando atrás un rastro de vidas rotas y un campo de cosechas muertas, me sentí completamente vacío. La victoria tenía el sabor amargo de la ceniza.
El viaje de regreso a Guadalajara fue una neblina. Conducía en automático, el rostro de Ramiro grabado en mi mente. La imagen se superponía con la de mi padre. Había completado el círculo. Me había convertido en el hombre que despreciaba.
Llegué a mi departamento bien entrada la noche. Mi madre estaba despierta, esperándome. Estaba sentada en la silla de la cocina, como siempre, pero esta vez, había algo diferente en su postura. Una tensión expectante.
No dije nada. Abrí mi portafolio, saqué la escritura, el fruto de mi pecado, y la puse sobre la mesa frente a ella. El documento, con sus sellos oficiales y las firmas temblorosas de los ejidatarios, yacía bajo la luz amarillenta del foco como una ofrenda en un altar oscuro.
Ella bajó la vista hacia el papel. Sus dedos, ásperos por años de trabajo, tocaron el borde del documento con una reverencia que me heló la sangre. Trazó la línea de una de las firmas, y luego levantó la vista para mirarme.
Sus ojos, por lo general fríos y calculadores, estaban inundados de una emoción feroz y abrumadora. Era una mezcla de orgullo, de triunfo y de un amor tan posesivo y terrible que me asfixiaba. Se levantó lentamente, rodeó la mesa y se paró frente a mí.
“Lo hiciste”, susurró, su voz temblando.
Y entonces, por primera vez desde que mi padre había muerto, mi madre me abrazó.
No fue el abrazo cálido y reconfortante que recordaba de mi niñez. Fue un abrazo posesivo, casi violento. Sus brazos se cerraron alrededor de mí como garras, atrayéndome hacia ella. Podía sentir el temblor de su cuerpo, la fuerza de una emoción contenida durante dos décadas que finalmente se liberaba. Su rostro se hundió en mi hombro, y sentí una humedad que no era la lluvia. Estaba llorando. Pero no eran lágrimas de tristeza. Eran lágrimas de una victoria largamente esperada.
“Ahora”, dijo, su voz un murmullo ronco en mi oído, su aliento caliente contra mi cuello. “Ahora estás listo. Has matado al niño que eras. Has matado al hijo de tu padre. Ya no hay debilidad en ti. Ahora… ahora estás listo para destruir a Salvador Contreras”.
Me quedé rígido en su abrazo, un hombre de piedra. Sentía el calor de su cuerpo, el sonido de su llanto triunfal, pero por dentro, yo era un desierto de hielo. En ese momento, en el clímax de mi éxito, en el instante de obtener la aprobación que había anhelado toda mi vida, comprendí la verdad más aterradora de todas.
Para vengar a mi padre, había tenido que matarlo dentro de mí. Para hacer justicia, me había convertido en la encarnación de la injusticia. Y para ganar el amor de mi madre, había tenido que sacrificar mi alma. La escritura sobre la mesa no era solo un pedazo de tierra. Era la prueba de mi condenación. Y el abrazo de mi madre no era un refugio. Era la jaula que finalmente se cerraba a mi alrededor. Estaba listo. Estaba vacío. Y la verdadera guerra apenas estaba por comenzar.