¡QUÉDATE CON ELLA! LE GRITÉ A MI ESPOSO EN EL AEROPUERTO MIENTRAS SE IBA CON SU “ASISTENTE”. ME QUEDÉ LLORANDO SOLA HASTA QUE SENTÍ UNA MANITA EN MI ABRIGO: “¿SEÑORA, PUEDE FINGIR SER MI MAMÁ POR DOS DÍAS? SI EL DIF VIENE Y NO VEN A UNA MUJER, SE LLEVARÁN A MI PAPÁ”. ACEPTÉ POR LÁSTIMA, PERO LO QUE ENCONTRÉ EN ESA CASA HUMILDE FUE EL AMOR QUE ME SALVÓ LA VIDA.

CAPÍTULO 1: LA TRAICIÓN EN LA TERMINAL 2

El tráfico en el Viaducto Miguel Alemán estaba imposible, como siempre. Una fila interminable de luces rojas se extendía frente a nosotros, parpadeando bajo la llovizna gris de una tarde de viernes en la Ciudad de México. Mis manos apretaban el volante con tanta fuerza que los nudillos se me habían puesto blancos. A mi lado, en el asiento del copiloto, Alejandro miraba su celular, iluminando su rostro con esa luz azulada que últimamente era la única barrera entre nosotros.

—Vamos a llegar tarde, Nina. Te dije que debíamos haber tomado el Segundo Piso —refunfuñó, sin siquiera levantar la vista de la pantalla. Sus dedos volaban sobre el teclado, enviando mensajes que yo no tenía permiso de ver.

—Alejandro, estamos a tiempo. El vuelo sale en tres horas. Además, no es mi culpa que haya habido un choque en la entrada del aeropuerto —respondí, tratando de mantener la calma. Mi voz temblaba un poco. No era solo el estrés del tráfico; era esa sensación en la boca del estómago, ese presentimiento oscuro que llevaba meses instalándose en mi pecho como un huésped indeseado.

—Como sea. Solo acelera cuando puedas. No puedo perder este vuelo. Es vital para la firma.

Lo miré de reojo. Iba impecable. Demasiado impecable para un simple viaje de supervisión de obra a Monterrey. Llevaba ese traje azul marino de corte italiano que se había comprado hace un mes, el que le costó más de lo que ganábamos juntos en un mes hace cinco años. Se había puesto esa loción cara, Santal 33, que antes reservaba solo para nuestras cenas de aniversario. Y su cabello… recién cortado, peinado a la perfección.

—¿Seguro que solo es a Monterrey? —pregunté, rompiendo el silencio tenso del auto.
Alejandro suspiró, un sonido largo y exasperado. Bloqueó el teléfono y, por primera vez en todo el trayecto, lo volteó boca abajo sobre su pierna. Esa maldita costumbre nueva. Antes, dejaba el celular en la consola central, despreocupado. Ahora, parecía proteger secretos de estado.

—Otra vez con lo mismo, Nina. Sí, es a Monterrey. Tengo que ver a los proveedores de cemento. ¿Qué te pasa? ¿Por qué estás tan intensa últimamente?
—Es que… es nuestro fin de semana, Ale. Me prometiste que iríamos a Valle de Bravo. Llevamos meses sin pasar tiempo juntos. Realmente lo necesitaba. Necesitábamos hablar de… ya sabes, de intentar otra vez lo del bebé.

El ambiente en el coche se congeló. Mencionar el tema “bebé” era como activar una bomba. Alejandro se tensó visiblemente.
—Nina, por favor. No empieces. Estoy trabajando para darnos un futuro. Los niños cuestan dinero. Las casas cuestan dinero. Todo cuesta dinero. Si viajo tanto es por nosotros.

“Por nosotros”, repitió mi mente con amargura. ¿Cuándo fue la última vez que “nosotros” significó algo?

Finalmente, logramos entrar a la zona de salidas de la Terminal 2. El caos habitual del aeropuerto nos recibió: cláxenes, gente corriendo con maletas, policías de tránsito silbando. Me orillé en la zona de descenso rápido.
—Bájate tú, yo bajo la maleta —dije, tratando de ser útil, de ser la esposa perfecta que él siempre exigía.

Alejandro se bajó sin esperarme. Abrió la cajuela y sacó su maleta de ruedas. Una maleta nueva, noté. De marca.
Me acerqué a él para darle un beso de despedida. Me incliné, esperando ese contacto familiar, pero él me ofreció la mejilla, fría y distante.
—Me voy, se me hace tarde. No te quedes aquí estorbando, muévete rápido que los de tránsito te van a multar.
—Espera… —lo detuve, agarrándolo de la manga del saco—. ¿Ni siquiera un “te quiero”? ¿Ni siquiera un “te voy a extrañar”?

Él me miró con una mezcla de impaciencia y lástima.
—Te quiero, Nina. Ya. ¿Contenta? Hablamos el lunes.
Se dio la vuelta y empezó a caminar hacia las puertas giratorias.

Algo dentro de mí se rompió. No fue un pensamiento racional, fue un impulso visceral. Estacioné el coche mal puesto, puse las intermitentes y bajé corriendo tras él.
—¡Alejandro! ¡Espera! ¡Se te olvidó el cargador! —mentí, solo quería verlo un segundo más, quería ver si había algo de verdad en sus ojos.

Corrí tras él hasta el área de documentación de Aeroméxico. Había mucha gente. Lo busqué con la mirada entre la multitud. Y entonces lo vi.
No estaba solo.
Estaba parado cerca de los quioscos de auto-documentación. Y a su lado estaba ella. Zoila. Su “asistente ejecutiva”. Una chica de veintitrés años que había entrado a la empresa hacía seis meses. Llevaba un vestido blanco, corto, vaporoso, y un sombrero de playa en la mano. Se reía de algo que él le decía, con la cabeza echada hacia atrás, tocándole el brazo con una familiaridad que me quemó la retina.

Me quedé paralizada. Sentí cómo la sangre se me iba a los pies. El ruido del aeropuerto se convirtió en un zumbido sordo.
Vi cómo Alejandro le acariciaba la espalda baja. No era un toque profesional. Era un toque de posesión. De intimidad.
—¿Alejandro? —mi voz salió como un hilo.

Él se giró. Su rostro pasó de la sonrisa coqueta al pánico y luego, en una fracción de segundo, a la furia defensiva. Zoila dejó de reír y me miró de arriba abajo, con esa suficiencia cruel de la juventud que se sabe ganadora.

—¿Qué haces aquí, Nina? Te dije que te fueras —siseó Alejandro, acercándose a mí para bloquear mi visión de ella.
—¿Monterrey? —pregunté, señalando el sombrero de playa de Zoila—. ¿Desde cuándo se usa sombrero de playa para ver proveedores de cemento en Monterrey? Y vi las pantallas, Alejandro. El vuelo a Cancún sale en la puerta 75. Justo donde están parados.

Alejandro apretó la mandíbula. Ya no tenía caso mentir. Lo vi en sus ojos: el alivio cínico de quien ya no tiene que fingir.
—Mira, Nina… no quería que te enteraras así. Pero ya que estás aquí haciendo un escándalo… sí. Nos vamos a Cancún.
—¿Es un viaje de trabajo? —pregunté, aferrándome a la última esperanza estúpida.
Zoila soltó una risita burlona.
—Ay, señora, por favor. Tenga un poco de dignidad.

Alejandro no la calló. Al contrario, se enderezó y me miró con frialdad.
—No, Nina. No es de trabajo. Es un fin de semana de placer. Porque me lo merezco. Porque estoy harto de llegar a casa y encontrarme con tu cara larga, con tus depresiones, con tu obsesión enfermiza por un hijo que no llega. Estoy harto de la rutina. Zoila… ella es divertida. Ella no me exige. Ella me hace sentir vivo.

Las lágrimas empezaron a brotar, calientes y humillantes.
—¿Divertida? —repetí, sintiendo cómo el dolor se transformaba en una rabia volcánica—. ¿Eso es lo que buscas? ¿Diversión? Llevo diez años construyendo una vida contigo, Alejandro. Te apoyé cuando no tenías ni para el metro. Pagué tus deudas. Cuidé a tu madre cuando enfermó. ¿Y ahora me cambias porque ella es “divertida”?

La gente empezaba a mirar. Unos turistas japoneses murmuraban. Una señora con un perro en una transportadora se detuvo a escuchar.
—Baja la voz, estás loca —dijo él, mirando a los lados—. Vete a la casa. Hablamos el lunes.
—¿El lunes? —Grité, y esta vez no me importó quién mirara—. ¡No va a haber lunes, Alejandro! ¡No va a haber casa!

Di un paso hacia él, temblando de rabia.
—¡Lárgate! ¡Vete a tu maldito Cancún! ¡Revuelcate con ella hasta que te canses! Pero escúchame bien, Alejandro Sémper: Si cruzas esa puerta de seguridad, te olvidas de mí. Te olvidas de que tienes esposa. Te olvidas de la casa, del perro y de mi familia.
—Tú no puedes correrme, la casa es…
—¡La casa es mía! —le grité en la cara—. Es herencia de mi abuela. Tú solo has pagado tus caprichos y tus trajes ridículos. ¡Lárgate!

Él me miró con odio. Pero también vi duda. Sabía que yo tenía razón sobre la casa.
—Estás alterada. Estás hormonal. Vámonos, Zoila. No voy a perder mi vuelo por sus dramas.
Tomó a la chica de la mano. Zoila me lanzó una última mirada de “lo siento, pero no lo siento” y se dieron la vuelta.

Los vi alejarse hacia el filtro de seguridad. Vi cómo él sacaba su INE y su pase de abordar. Vi cómo pasaban las maletas. En ningún momento volteó. Ni una sola vez.
Me quedé allí parada, en medio del atrio, sintiéndome como si me hubieran arrancado la piel a tiras. Un guardia de seguridad se acercó.
—Señora, ¿está bien? No puede dejar su auto allá afuera mucho tiempo, ya lo están enganchando para la grúa.

La realidad me golpeó. El auto. La grúa. La vida seguía, indiferente a mi tragedia.
—Sí… ya voy —balbuceé.

Salí corriendo, moví el auto al estacionamiento de larga estancia porque no me sentía capaz de manejar de vuelta a la ciudad en ese estado. Necesitaba caminar, necesitaba aire, aunque fuera el aire viciado del aeropuerto.
Regresé a la terminal, vagando sin rumbo. Me sentía vacía. Como si me hubieran vaciado por dentro con una cuchara. Diez años. Todo mi amor, toda mi juventud desperdiciada en un hombre que no dudó ni un segundo en cambiarme.
Me senté en una banca metálica en un rincón poco transitado, cerca de los baños. Escondí la cara entre las manos y, finalmente, me permití llorar. No un llanto bonito de película, sino un llanto feo, con mocos y sollozos ahogados que me sacudían el cuerpo entero.

“¿Qué voy a hacer?”, pensaba. “¿Quién soy yo sin él? Soy una mujer de casi cuarenta años, estéril, sola y engañada. Soy un fracaso”.

Ese pensamiento me taladraba la mente. Fracaso. Fracaso.
No sabía cuánto tiempo pasé allí, sumida en mi miseria, hasta que sentí algo. Un toque ligero, casi imperceptible, en mi codo.

CAPÍTULO 2: EL NIÑO QUE CAMINABA AL REVS

Al principio pensé que era mi imaginación, o tal vez algún vendedor ambulante que se había colado en la terminal. No levanté la cabeza. No quería que nadie viera mis ojos hinchados y el rímel corrido que seguramente me hacía parecer un mapache atropellado.

—Oiga… pssst. Oiga, señorita.

La voz era infantil, aguda y ligeramente rasposa.
Me limpié los ojos con el dorso de la mano y levanté la vista lentamente.
Frente a mí no había nadie.
Fruncí el ceño. Miré a la izquierda, a la derecha. Nada.
—Aquí abajo —dijo la voz.

Bajé la mirada. Y ahí estaba. Un niño. Pero no estaba parado frente a mí de manera normal. Estaba de espaldas a mí, caminando hacia atrás, como si estuviera retrocediendo, pero su cabeza estaba girada hacia mí como la de un búho, mirándome con unos ojos enormes y oscuros.

El susto me hizo dar un respingo en la banca.
—¡Ay, Dios mío! —exclamé, llevándome la mano al pecho—. Niño, ¿qué haces? Casi me matas del susto.

El niño se detuvo, se dio la vuelta completa y me enfrentó. Era pequeño, flaco como una vara de nardo. Llevaba unos pantalones de mezclilla que le quedaban cortos en los tobillos y una camiseta de fútbol verde, de esas imitaciones baratas que venden en los mercados, con el número “10” despintado en la espalda. Sus tenis estaban tan gastados que el dedo gordo del pie derecho asomaba tímidamente por un agujero.

—Perdón, jefa. No quería asustarla —dijo, con una sonrisa chimuela que le faltaba un diente frontal—. Es que venía caminando de espaldas para vigilar que no me siguiera el “Pecas”.
—¿El Pecas? —pregunté, secándome una lágrima rebelde. La absurda situación me estaba sacando de mi espiral de dolor.
—Sí, el guardia ese grandote de la entrada. No le caigo bien. Dice que afeo el aeropuerto.

El niño se acercó un paso más, invadiendo mi espacio personal con total confianza. Me observó con una intensidad que me incomodó.
—Oiga… usted estaba llorando, ¿verdad? Se le ve la cara toda roja.
Suspiré, tratando de recomponerme.
—Sí, estaba llorando. Tuve un día… muy difícil.
—¿Se le perdió su avión?
—Se me perdió algo más importante que un avión. Se me perdió mi familia.

El niño asintió con una gravedad impropia de su edad. Se sentó a mi lado en la banca, dejando un espacio respetuoso entre nosotros. Sus piernitas colgaban sin tocar el suelo.
—Lo entiendo. A mí también se me pierden cosas a veces. Una vez perdí cinco pesos y lloré todo el día. Pero mi papá dice que lo perdido, perdido está, y que hay que buscar lo que sigue.

Lo miré con curiosidad. Había una sabiduría callejera en sus palabras, mezclada con una inocencia desgarradora.
—¿Y tú qué haces aquí, niño? ¿Dónde están tus papás? ¿Te perdiste? —Mi instinto maternal, ese que Alejandro tanto despreciaba, se activó. Miré alrededor buscando a algún adulto preocupado.

La cara del niño se ensombreció. Esa chispa de picardía se apagó de golpe.
—No tengo mamá —dijo en voz baja, mirando sus tenis rotos—. Se fue al cielo cuando yo era bebé. Mi papá dice que es una estrella, pero yo digo que las estrellas no sirven de mucho cuando tienes hambre o frío.
Sentí un nudo en la garganta. Mi propio dolor pareció insignificante de repente.
—Lo siento mucho… ¿Y tu papá?
—Mi papá está en la casa. Él es… bueno…

El niño dudó. Se mordió el labio inferior. Luego me miró, evaluándome. Parecía estar tomando una decisión importante.
—¿Usted es buena persona? —preguntó de la nada.
—¿Qué?
—Que si es buena persona. Se ve bonita, aunque esté llorosa. Y tiene cara de que no pega.
—Pues… creo que sí. Trato de serlo —respondí, desconcertada.
—¿Y tiene dinero? No para que me de, eh. Yo no pido limosna. Mi papá me mata si pido dinero. Pero… ¿tiene para comprarse un helado?

Sonreí levemente.
—Sí, tengo para un helado. ¿Quieres uno?
—Sí, pero no gratis. Le cambio el helado por contarle mi problema. Necesito una socia.

Me levanté, intrigada.
—Está bien, socio. Vamos por ese helado.

Lo llevé a la tienda de conveniencia del aeropuerto y le compré un helado doble de chocolate y unas papitas. El niño comía con una voracidad que delataba que no había comido bien en días. Nos sentamos en una mesa alejada del bullicio.
—Me llamo Esteban —dijo con la boca llena de chocolate—. Pero mi papá me dice “Campeón” y los vecinos me dicen “El Huesos”.
—Yo soy Nina. Mucho gusto, Esteban. Ahora cuéntame, ¿qué problema tienes y por qué necesitas una socia?

Esteban dejó el helado a un lado y se puso serio. Sus ojos se llenaron de lágrimas contenidas.
—Es mi papá, Nina. Él es el mejor papá del mundo, de verdad. Me cuenta cuentos, me hace aviones de papel… pero desde que lo corrieron de la obra, está muy triste. Y cuando está triste, toma esa medicina que huele feo y lo hace dormir mucho.
—Alcohol… —susurré.
—Sí, eso. Y a veces se le olvida cocinar o lavar mi ropa. Pero no es malo, nunca me pega. El problema es la vecina, Doña Chona. Es una vieja amargada que nos odia porque mi pelota cayó en sus flores una vez.
Esteban bajó la voz, temblando.
—Doña Chona le habló al DIF. Dijo que soy un niño abandonado. Ayer vino una señora de traje, con una carpeta, y anotó muchas cosas feas en su libreta. Dijo que la casa era un chiquero y que mi papá no estaba “apto”.

El niño me agarró la mano. Sus dedos estaban pegajosos por el helado, pero no me importó. Sentí su desesperación vibrando en mi piel.
—Dijeron que van a volver pasado mañana. Domingo. Y si ven que todo sigue igual, si ven que no hay una “figura materna” o alguien que cuide la casa… me van a llevar, Nina. Me van a llevar a un orfanato. Y mi papá se va a morir de tristeza si me voy. Él solo sigue vivo por mí.

—Dios mío… —murmuré. La crueldad de la vida a veces era insoportable.
—Escuché a la señora del DIF decirle a Doña Chona: “Si tan solo hubiera una mujer en la casa, una tía, una madrastra, alguien que pusiera orden, tal vez podríamos reconsiderar”.
Esteban me miró con una súplica que me partió el alma en dos.
—Nina… usted no tiene nada que hacer, ¿verdad? Dijo que perdió a su familia. Dijo que está sola.
—Esteban… ¿qué me estás pidiendo?
—Sea mi mamá. Solo por dos días. Por favor. Venga a mi casa. Finja que es la novia de mi papá. Que vive ahí. Que nos cuida. Si ven a una señora tan elegante como usted, con ese bolso bonito y ese olor a flores, van a creer que todo está bien.

Me quedé helada. Era una locura. Una absoluta locura. Ir a la casa de un desconocido, en quién sabe qué colonia, a fingir ser la esposa de un alcohólico para engañar a las autoridades. Podía ser peligroso. Podía ser una trampa.
Pero miré a Esteban. Vi la soledad en sus ojos, esa misma soledad que yo sentía en mi pecho. Vi el miedo a perder lo único que amaba. Yo acababa de perder mi hogar, mi futuro, mi identidad de esposa. No tenía a dónde ir. Mi casa estaba vacía y fría.
Y de repente, la idea de volver a esa casa vacía me pareció más aterradora que cualquier cosa que pudiera pasar con Esteban.

—No tengo hijos, Esteban —le confesé, con la voz rota—. Siempre quise uno. Mi esposo… mi ex esposo, me dejó porque no podíamos tenerlos.
—Pues ahora puede tener uno —dijo él rápido—. Aunque sea prestado. Aunque sea por dos días. Yo seré el mejor hijo, se lo prometo. Me como toda la sopa y hago la tarea.

Esa frase, “aunque sea prestado”, resonó en mi cabeza.
Miré mi reloj. Alejandro ya debía estar abordando su avión a Cancún, riéndose con Zoila, olvidándose de mí.
¿Qué tenía que perder? Nada. Absolutamente nada.
Me sequé las lágrimas con decisión.
—¿Dónde vives, Esteban?
—En Ecatepec. Cerca del cerro.
—Está lejos.
—Sí… pero podemos ir en camión. O en metro.
Saqué las llaves de mi auto de mi bolso.
—Nada de metro. Tengo mi coche afuera.
Esteban abrió los ojos como platos.
—¿Tiene carro? ¿Un carro de verdad? ¡No manches! ¡Llegamos de volada!

Me puse de pie. Sentí una extraña energía recorrer mi cuerpo. No era felicidad, era propósito. Por primera vez en meses, tenía una misión. Alguien me necesitaba. De verdad me necesitaba.
—Escúchame bien, Esteban. Si voy a hacer esto, lo vamos a hacer bien. No voy a ser una mamá a medias. Vamos a limpiar esa casa, vamos a bañar a tu papá y vamos a hacer que esa tal Doña Chona se trague sus palabras. ¿Entendido?
El niño saltó de la silla y se puso firme, saludando como un soldado.
—¡Sí, capitana mamá!

Le revolví el pelo.
—Llámame Nina. Vámonos. Tenemos mucho trabajo y solo 48 horas.

Salimos del aeropuerto. Ya no llovía. El aire seguía frío, pero algo en mi interior había empezado a calentarse. Mientras caminábamos hacia el estacionamiento, Esteban me tomó de la mano. Su manita pequeña y cálida en la mía se sentía como un ancla, impidiendo que me fuera a la deriva en la tormenta de mi propia vida.
Subimos al auto. Arranqué el motor y, por primera vez, no miré el retrovisor esperando ver a Alejandro. Miré al niño a mi lado, que miraba maravillado los botones del tablero.
—Abróchate el cinturón, Huesos —dije, metiendo primera—. Vamos a salvar a tu familia.

CAPÍTULO 3: UN MUNDO DE GRIS Y CONCRETO

Manejar mi camioneta Audi Q3 por las calles de Polanco o Santa Fe era algo que hacía en piloto automático. El cuero del volante, el silencio de la cabina, el olor a “carro nuevo” que aún persistía; todo eso era mi burbuja. Pero manejar rumbo a Ecatepec, siguiendo las indicaciones de un niño de ocho años que señalaba con el dedo manchado de chocolate, era como pilotar una nave espacial en un planeta desconocido.

—¡Es por allá, Nina! ¡Por donde va el camión verde que echa mucho humo! —gritó Esteban, rebotando en el asiento de copiloto.

Habíamos dejado atrás la civilización, o al menos lo que yo conocía como tal. El asfalto liso del Circuito Interior dio paso a los baches lunares de la Avenida Central. El paisaje cambió drásticamente. Los edificios de cristal se transformaron en un mar infinito de casas de obra negra, varillas oxidadas apuntando al cielo como dedos acusadores, y tinacos de asbesto que parecían vigilar el horizonte gris.

—Oye, Huesos… ¿seguro que sabes dónde es? —pregunté, esquivando un bache del tamaño de un cráter que podría haberse tragado un Tsuru entero.
—Claro, jefa. Yo me sé el camino de memoria. Cuando mi papá no tiene dinero para el pasaje, nos venimos caminando desde el metro.
—¿Caminando? —Miré el velocímetro. Llevábamos cuarenta minutos avanzando—. Esteban, esto está lejísimos.
—No tanto. Como dos horas a pata. Sirve que hacemos pierna, dice mi papá.

Sentí una punzada en el pecho. Yo pagaba una membresía anual en un gimnasio de lujo para hacer “cardio”, y este niño caminaba dos horas por necesidad. La realidad me estaba dando cachetadas con guante blanco, una tras otra.

El tráfico se espesó al cruzar el Río de los Remedios. El olor era penetrante, una mezcla de caño, basura quemada y smog que ni el filtro de aire de mi camioneta lograba bloquear del todo.
—Sube tu ventana, Esteban. Huele fuerte.
—A mí me gusta —dijo él, respirando hondo—. Huele a mi casa. Bueno, no a mi casa, pero ya huele a que estamos cerca. Huele a barrio.

Miré a mi alrededor. Puestos de tacos de lámina, perros callejeros flacos que cruzaban las avenidas con una destreza suicida, combis atascadas de gente con la música a todo volumen. Bad Bunny y Los Ángeles Azules competían en una guerra sónica desde las bocinas de los negocios.
“¿Qué estoy haciendo?”, pensé. “¿En qué momento mi vida pasó de planear un fin de semana en un spa de Valle de Bravo a esto?”
Pero luego miré a Esteban. Iba con la nariz pegada al vidrio, saludando a gente que ni lo veía. Estaba feliz. Por primera vez en mi vida, alguien dependía de mí para algo más que planchar una camisa.

—Ahí, ahí. En la esquina de la vulcanizadora, da vuelta a la derecha —indicó.
Giramos. La calle ya no estaba pavimentada. Era terracería y piedras. Mi camioneta crujió en protesta. La gente se nos quedaba viendo. No era común ver un auto de lujo por esos rumbos, y menos manejado por una mujer con lentes oscuros de marca y cara de funeral.

—Es aquí —dijo Esteban, señalando un portón de metal oxidado, pintado de un verde menta descarapelado.
Frené. La casa era pequeña, de un solo piso, con el techo de lámina en algunas partes. Había un pequeño patio delantero que era más tierra que jardín. Y ahí, justo en la entrada, había una mujer barriendo la banqueta. O más bien, fingiendo barrer mientras vigilaba la calle como un halcón.

—Esa es —susurró Esteban, agachándose en el asiento—. Es Doña Chona. La bruja.
La mujer tenía unos sesenta años, un delantal de cuadros y unos tubos en la cabeza. Nos miró con los ojos entrecerrados, deteniendo la escoba en el aire.
—Muy bien —dije, quitándome los lentes de sol y mirándome en el espejo retrovisor. Me retoqué el labial rojo. Si iba a actuar, iba a actuar bien—. Es hora del show.

Bajé del auto. Mis tacones se hundieron un poco en la tierra suelta, pero mantuve la postura. Doña Chona se quedó boquiabierta.
—Buenas tardes —dije con mi mejor voz de “gerente de recursos humanos que viene a despedirte”.
La vecina no respondió, solo asintió, atónita.

Di la vuelta y le abrí la puerta a Esteban. Él bajó, sacudiéndose las migajas de las papitas.
—¡Hola, Doña Chona! —gritó él, con una valentía renovada al tenerme a su lado.
—Esteban… —la mujer frunció el ceño, mirando alternativamente al niño, a mí y a la camioneta—. ¿Y esta quién es? ¿Te trajo la policía?

Me paré frente a ella, bloqueando su visión del niño. Le dediqué una sonrisa fría y afilada.
—Soy Nina. La prometida de Juan. Y futura madre de Esteban. ¿Algún problema?
La mandíbula de Doña Chona casi toca el suelo.
—¿Prometida? Pero si Juan… si Juan no tiene ni dónde caerse muerto, y usted… bueno, usted se ve…
—¿Que me veo cómo? —pregunté, arqueando una ceja.
—Diferente —masculló la vecina—. Pues suerte, porque ese hombre lleva dos días que no sale ni a ver la luz del sol. Seguro está… indispuesto.
—Está descansando. Ha tenido una semana difícil. Pero no se preocupe, vecina. Ahora que estoy aquí, las cosas van a cambiar. Con permiso.

Tomé a Esteban de la mano y empujamos el portón chirriante.
Entramos al patio. Había juguetes viejos tirados, una bicicleta sin cadena y una montaña de botellas de vidrio vacías en una esquina.
—Perdón por el desorden —susurró Esteban, avergonzado—. Mi papá juntaba las botellas para venderlas, pero luego se le olvidó llevarlas.

Llegamos a la puerta de entrada. Era de madera, hinchada por la humedad. Esteban sacó una llave que llevaba colgada al cuello con un cordón de agujeta.
—¿Lista? —me preguntó, con la mano en el picaporte.
Respiré hondo. No, no estaba lista. Quería salir corriendo, subirme a mi auto y manejar hasta que se acabara la gasolina. Pero la imagen de Alejandro y su amante en el aeropuerto me vino a la mente. El dolor de mi propia soledad.
—Lista —mentí.

Esteban giró la llave y empujó la puerta.
El olor me golpeó primero. No era solo suciedad. Era el olor de la tristeza. Olía a encierro, a ropa húmeda, a alcohol barato y a comida rancia. Estaba oscuro, las cortinas estaban cerradas.

—¿Papá? —llamó Esteban con voz temblorosa—. ¡Papá, ya llegué! ¡Y traje una sorpresa!
Nadie respondió. Solo se escuchaba el zumbido de un refrigerador viejo.
Mis ojos tardaron unos segundos en adaptarse a la penumbra. La sala era minúscula. Un sofá hundido, una mesa llena de papeles y platos sucios, y una televisión vieja.

—Debe estar en el cuarto —dijo el niño.
Caminamos hacia una puerta entreabierta. Esteban entró primero.
—Papá… despierta.
Me asomé. En una cama matrimonial desordenada, con las sábanas hechas nudo, había un bulto. Un hombre dormía boca abajo, con un brazo colgando hacia el suelo. En el piso, una botella de tequila vacía rodaba lentamente.

—Papá —Esteban lo sacudió—. ¡Papá, vino alguien!
El hombre gruñó. Se movió pesadamente y se giró. Tenía el cabello negro y revuelto, una barba de varios días y ojeras profundas. Llevaba una camiseta de tirantes blanca (bueno, grisácea) y unos boxers.
Abrió un ojo, inyectado en sangre, y miró a su hijo.
—Mmh… Campeón… ¿qué hora es? ¿Ya fuiste a la escuela?
—Es sábado, papá. Y son las cinco de la tarde.
—Ah… —El hombre se frotó la cara—. Me duele la cabeza, hijo. Pásame agua.

Luego, sus ojos se enfocaron un poco más allá de Esteban. Me vieron a mí, parada en el marco de la puerta, con mi blazer de diseñador y mi bolsa Louis Vuitton, iluminada por el rayo de luz que entraba desde la sala.
El hombre parpadeó una, dos veces. Se talló los ojos como si viera un fantasma.
—¿Marta? —susurró, con la voz quebrada.
Esteban negó con la cabeza.
—No, papá. Mi mamá está en el cielo. Ella es Nina.

El hombre, Juan, se sentó de golpe en la cama, ignorando su evidente mareo. Se cubrió las piernas con la sábana, avergonzado.
—¿Quién? ¿Quién diablos es usted y qué hace en mi cuarto?
Su voz era ronca, defensiva. Había miedo en sus ojos, no solo resaca.

Di un paso adelante. El olor a alcohol era fuerte, pero debajo de eso, vi a un hombre que alguna vez debió ser guapo. Tenía rasgos fuertes, brazos trabajados por el esfuerzo físico, y unos ojos que, aunque tristes, eran idénticos a los de Esteban.

—Soy Nina —dije, tratando de sonar firme—. Y soy la mujer que va a salvarte el pellejo ante el DIF, así que más te vale que te levantes, te bañes y te pongas unos pantalones, porque tenemos mucho trabajo.

Juan miró a Esteban, buscando una explicación.
—¿De qué habla, hijo? ¿Metiste a una extraña a la casa?
—Papá, es que… Doña Chona le dijo al DIF que van a venir mañana. Y yo… yo le pedí a Nina que fuera mi mamá. De mentiras. Solo por un ratito. Para que no me lleven.

El rostro de Juan se descompuso. La ira, la vergüenza y el dolor pasaron por sus facciones como una tormenta.
—¡Esteban! ¡No puedes ir por la vida recogiendo gente! ¡No necesitamos caridad! —Gritó, y luego se agarró la cabeza por el dolor—. Señora, lárguese. No sé quién es, pero no necesito sus burlas ni su ayuda. Salga de mi casa.

Esteban empezó a llorar en silencio.
Eso fue el colmo. Mi paciencia, que ya pendía de un hilo, se rompió. Pero no para irme, sino para atacar.
Entré al cuarto, esquivé la botella del suelo y me planté frente a él.
—Escúchame bien, pedazo de idiota —le dije, bajando la voz a un susurro letal—. Tu hijo está aterrado. Se fue solo al aeropuerto a buscar a alguien porque su padre está demasiado ocupado ahogándose en una botella como para cuidarlo. Ese niño te adora. Cree que eres un superhéroe. Pero ahora mismo, eres un desastre.

Juan se quedó mudo, mirándome con la boca abierta. Nadie le hablaba así.
—Yo no tengo nada que hacer. Mi vida también es un desastre ahora mismo. Pero tengo dinero, tengo tiempo y tengo ganas de pelear con alguien. Así que tienes dos opciones: O sigues en tu borrachera y dejas que se lleven a Esteban a un orfanato donde nadie lo va a querer como tú… o te levantas, te metes a esa regadera y me dejas ayudarte a limpiar este chiquero para que tu hijo se quede contigo.

Hubo un silencio tenso. Solo se escuchaba la respiración agitada de Juan y los sollozos queditos de Esteban.
Juan miró a su hijo. Vio los tenis rotos. Vio la carita sucia. Y algo en él se quebró. Se le llenaron los ojos de lágrimas. Bajó la cabeza, derrotado.
—No tengo agua caliente —murmuró, con voz ronca—. Se acabó el gas ayer.

Suspiré, sintiendo que la adrenalina bajaba un poco.
—No importa. El agua fría te servirá para que se te baje la cruda. ¡Andando!

Juan asintió lentamente. Se levantó, tambaleándose un poco, y tomó una toalla vieja de una silla. Antes de entrar al baño, se detuvo y me miró. Ya no había hostilidad, solo una inmensa vergüenza.
—Gracias… creo.
—No me des las gracias todavía —respondí, arremangándome el blazer—. Primero sobrevive al baño frío.

Cuando la puerta del baño se cerró y escuché el agua caer, miré a Esteban. Él me sonreía, limpiándose los mocos con la manga.
—Wow… mi papá le hizo caso. Nadie le manda a mi papá.
—Bueno, Huesos. Ahora nos toca a nosotros. —Miré alrededor con horror—. Necesitamos bolsas de basura. Muchas bolsas de basura.

CAPÍTULO 4: LA TRANSFORMACIÓN

Lo que siguió fue, sin duda, la sesión de limpieza más intensa de mi vida. Si Marie Kondo hubiera entrado a esa casa, le habría dado un infarto fulminante.

Empezamos por la sala. Esteban y yo llenamos tres bolsas negras de tamaño industrial solo con basura: envolturas, periódicos viejos, botellas y cosas que preferí no identificar. Abrí todas las ventanas de par en par, dejando que el aire de la tarde, aunque polvoriento, sacara el olor a encierro.

—Nina, ¿tiro esto? —preguntó Esteban, sosteniendo una caja de pizza que parecía tener vida propia.
—¡Por supuesto! Y lávate las manos después.

Mientras Esteban sacaba la basura al patio (bajo la mirada atenta y chismosa de Doña Chona, que seguía “barriendo” la misma baldosa desde hacía una hora), yo me fui a la cocina.
Era un desastre. Trastes acumulados de días, grasa en la estufa. Pero debajo de la mugre, vi que era una cocina acogedora. Había azulejos pintados a mano, seguramente puestos cuando la mamá de Esteban vivía.
Me quité el blazer de 15,000 pesos y lo colgué en una percha limpia. Me amarré el cabello en un chongo alto y encontré unos guantes de hule amarillos debajo del fregadero.

—Muy bien, Nina. Imagina que cada plato sucio es la cara de Alejandro —mascullé para mis adentros.
Froté con furia. La esponja se deshacía contra la grasa. Con cada olla que tallaba, sentía que me quitaba un poco de la impotencia que sentía. Alejandro me había dicho que yo no servía para nada más que para gastar dinero. Que era una inútil. “Mírame ahora, imbécil”, pensé mientras dejaba la estufa brillando como un espejo.

Media hora después, Juan salió del baño. Se había rasurado. Llevaba unos jeans gastados pero limpios y una playera blanca. Tenía el cabello mojado y peinado hacia atrás. Se veía diez años más joven.
Se quedó parado en el umbral de la cocina, mirándome tallar el piso de rodillas.
—¿Señora?
Me levanté, secándome el sudor de la frente con el antebrazo.
—Nina. Dime Nina. Si vamos a fingir que nos vamos a casar, el “señora” no ayuda.
Juan miró la cocina. Estaba irreconocible. Luego miró a la sala, donde Esteban estaba acomodando sus carritos en una repisa, cantando bajito.

—Nunca pensé ver esto limpio otra vez —dijo Juan suavemente. Se acercó al refrigerador y lo abrió. La luz iluminó un interior desolador: medio limón seco, un frasco de mayonesa vacío y una jarra de agua.
Cerró la puerta con un suspiro pesado.
—Está muy limpio, pero… no hay nada que comer. No tengo dinero hasta que me paguen la chamba de albañilería el martes.

Me limpié las manos en los pantalones (mis jeans de marca ya estaban manchados de cloro, pero no me importó).
—Tengo hambre —anuncié—. Y se me antoja… no sé, ¿qué se come aquí?
—Pues… tacos —dijo Esteban, asomándose—. O quesadillas de Doña Pelos.
—No —intervino Juan—. No podemos invitarla a comer garnachas. Usted está acostumbrada a… no sé, caviar.
Solté una carcajada. Fue la primera risa genuina que me salió en días.
—Nunca he comido caviar, Juan. Y me encantan los tacos. Pero necesitamos llenar este refrigerador si queremos que el DIF crea que aquí vive una familia funcional. Una familia que come.

Tomé mi bolso.
—Vamos al supermercado. Los dos.
—Yo no puedo aceptar que usted pague… —empezó Juan, con el orgullo herido de macho mexicano aflorando.
Me acerqué a él. Lo miré a los ojos. Eran color miel, profundos y tristes.
—Juan, escúchame. Esto es una inversión. Cuando te hagas rico y famoso, me lo pagas. O mejor aún, tómalo como el pago por contratarme como actriz principal en tu telenovela. Además… —bajé la voz—… necesito distraerme. Si me quedo quieta, voy a recordar que mi esposo está en Cancún con otra. Así que, por favor, déjame comprar comida.

Juan sostuvo mi mirada un momento. Asintió levemente, entendiendo que mi ayuda no era lástima, sino una necesidad mutua de salvación.
—Está bien. Pero manejo yo. No creo que su camioneta sobreviva a los baches de la colonia si no sabe dónde están.
—Trato hecho.

Salimos los tres. Doña Chona seguía ahí. Cuando nos vio salir, limpios (bueno, Juan y Esteban más limpios), y subirnos a la camioneta como una familia, se le cayó la escoba.
—¡Buenas noches, suegra! —le gritó Juan con un sarcasmo delicioso mientras arrancaba el motor.
Esteban y yo nos reímos como cómplices.

Fuimos a una Bodega Aurrerá cercana. Fue una experiencia surrealista. Yo, empujando un carrito que rechinaba, metiendo kilos de arroz, frijoles, aceite, leche, cereal, frutas y verduras. Juan caminaba detrás, callado, calculando mentalmente los precios, visiblemente incómodo.
—Agarra lo que quieras, Esteban —le dije.
El niño corrió al pasillo de las galletas y regresó con un paquete de Emperador de chocolate.
—¿Solo eso? —pregunté.
—Es que son las favoritas de mi papá —dijo él.
Juan sonrió, una sonrisa tímida y torcida.
—Gracias, hijo.

Llenamos dos carritos. Compré también sábanas nuevas (las suyas daban pena), toallas, cortinas baratas pero coloridas, y un florero.
—¿Flores? —preguntó Juan, cargando un paquete de 24 rollos de papel higiénico.
—El toque femenino, Juan. El diablo está en los detalles.

De regreso a la casa, el ambiente en el coche era diferente. Ya no había tanta tensión. Había una especie de camaradería extraña, la de los supervivientes de un naufragio que comparten el mismo bote salvavidas.
Cocinamos juntos. Bueno, Juan cocinó. Resultó que tenía buena mano. Hizo un arroz rojo y bisteces en salsa pasilla que olían a gloria. Yo puse la mesa con los manteles nuevos que compré. Esteban servía el agua de limón.

Nos sentamos a comer. Eran las nueve de la noche. Afuera, el barrio cobraba vida con ladridos y música lejana. Adentro, bajo la luz amarillenta de un foco pelón (que prometí cambiar por una lámpara decente mañana), comíamos en silencio.
Probé el primer bocado. Estaba delicioso. Picante, casero, real.
—Está buenísimo —dije.
Juan levantó la vista del plato.
—Mi mamá me enseñó. Decía que un hombre que no sabe cocinar se muere de hambre o se casa con la primera que pasa.
—Sabia mujer —respondí, pensando en Alejandro, que no sabía ni hervir agua.

—Gracias, Nina —dijo Esteban con la boca llena.
—No hables con la boca llena, Huesos —lo corrigió Juan, pero le revolvió el pelo con cariño.

De repente, alguien golpeó la puerta con fuerza.
PUM, PUM, PUM.
Los tres nos congelamos. El tenedor se me quedó a medio camino de la boca.
—¡Abran! ¡Sabemos que están ahí! —gritó una voz de mujer, autoritaria y chillona.
Esteban se puso pálido.
—Es la del DIF —susurró—. Y viene con Doña Chona.

Juan se levantó de golpe, tirando la silla. El miedo volvió a sus ojos.
—Dijeron que venían el domingo… hoy es sábado. No estamos listos.
Me levanté con calma. Me limpié la boca con una servilleta. Me alisé el cabello.
—Tranquilos —dije, aunque el corazón me latía a mil por hora—. Estamos listos. Miren a su alrededor. Hay comida, hay limpieza, hay… familia.

Caminé hacia la puerta. Juan se puso detrás de mí, protector.
Abrí la puerta.
Frente a nosotros estaba una mujer baja, robusta, con un traje sastre gris y una carpeta bajo el brazo. Detrás de ella, Doña Chona sonreía con malicia, cruzada de brazos.

—Buenas noches —dijo la funcionaria, mirando por encima de mi hombro hacia el interior de la casa—. Soy la Licenciada Paredes, del DIF. Recibimos un reporte de disturbios y negligencia inminente. Venimos a hacer una inspección sorpresa.

Doña Chona se adelantó.
—Les dije que había gritos, licenciada. Y que ese borracho metió a una mujerzuela a la casa. Seguro están drogándose.

Sentí cómo la ira me subía por la garganta, caliente y líquida. Pero la transformé en una sonrisa encantadora, la misma que usaba en las galas de caridad de la empresa de Alejandro.
—¿Mujerzuela? —Solté una risa elegante—. Ay, vecina, qué imaginación tan florida tiene.
Me giré hacia la licenciada y le extendí la mano con seguridad.
—Buenas noches, Licenciada Paredes. Qué gusto recibirla, aunque sea un poco tarde. Soy Nina, la prometida de Juan. Estábamos justo cenando en familia. ¿Gusta pasar? El arroz le quedó divino a mi futuro esposo.

La licenciada parpadeó, confundida. Miró mi ropa (aún llevaba los jeans manchados, pero mi blusa era de seda), miró el interior de la casa limpio, oliendo a fabuloso lavanda y a comida casera. Miró a Juan, afeitado y sobrio, y a Esteban, comiendo tranquilo.
—¿Prometida? —preguntó la licenciada, mirando a Doña Chona con duda.
—Así es —dije, y sin pensarlo, agarré la mano de Juan. Él me apretó fuerte, su palma estaba sudada y callosa, pero firme—. Llevamos meses planeando nuestra vida juntos, pero ya sabe cómo es el trabajo, no me había podido mudar del todo. Pero ya estoy aquí. Para quedarme.

Juan me miró. En sus ojos había asombro. Y gratitud.
—Pasen, por favor —dijo Juan, con una voz firme que no había tenido en años—. Bienvenidos a mi hogar.

La guerra había comenzado, y yo no pensaba perderla.

CAPÍTULO 5: LA MENTIRA PERFECTA

La sala, que hacía unas horas olía a desesperanza y humedad, ahora tenía ese aroma artificial pero reconfortante del limpiador “Fabuloso” de lavanda y el olor cálido de las tortillas recién calentadas. Sin embargo, la tensión en el aire era tan densa que se podría cortar con un cuchillo cebollero.

La Licenciada Paredes entró a la casa con la cautela de quien entra a una escena del crimen. Sus tacones bajos resonaban en el piso de cemento pulido que yo había tallado hasta casi borrarme las huellas dactilares. Detrás de ella, Doña Chona entró como si fuera la dueña del lugar, con los ojos moviéndose como radares buscando una mancha, una botella, cualquier cosa para hundirnos.

—Pásenle, por favor —dijo Juan. Su voz temblaba ligeramente, pero se mantuvo firme. Me sorprendió ver que, instintivamente, puso una mano en el hombro de Esteban, atrayéndolo hacia él en un gesto protector.

—Gracias —dijo la Licenciada secamente. No se sentó. Sacó una pluma de su bolsillo y abrió la carpeta—. Señor Juan Pérez, tenemos reportes reiterados de la señora Asunción…
—Doña Chona para los cuates —interrumpió la vecina con una sonrisa maliciosa.
—…de la señora Asunción, sobre abandono infantil, alcoholismo crónico y falta de condiciones sanitarias básicas. La visita estaba programada para el domingo, pero dada la gravedad de las acusaciones de hoy…

—¿Qué acusaciones? —intervine yo, cruzándome de brazos. Había adoptado mi postura de negociación corporativa: espalda recta, mentón alto, mirada directa.

Doña Chona me señaló con un dedo acusador, una uña pintada de un rojo descascarado.
—¡Escándalo! ¡Gritos! Y luego llega esta mujer en una camioneta de lujo, seguramente robada o fruto de… ya saben qué. Y miren al niño, seguro lo tienen amenazado.

La Licenciada Paredes me miró. Sus ojos eran fríos, analíticos.
—¿Y usted es…?
—Nina —respondí con una suavidad ensayada—. Nina del Valle. Soy la prometida de Juan. Y lamento decepcionarla, Doña Chona, pero mi camioneta no es robada. Soy Directora de Marketing en una empresa de Santa Fe. Y estoy aquí porque amo a este hombre y a su hijo.

Un silencio pesado cayó sobre la sala. Doña Chona soltó una carcajada estridente.
—¡Ay, por favor! ¿Una catrina de alcurnia como usted con el “Tuercas”? ¡No me haga reír! Si este no tiene ni para caerse muerto. Seguro le está pagando.

Sentí a Juan tensarse a mi lado. Sus puños se cerraron. Antes de que él pudiera decir algo y arruinarlo, le tomé la mano. Entrelacé mis dedos con los suyos. Su mano era áspera, callosa, caliente. La mía, suave y manicurada. El contraste era evidente, pero el agarre fue firme.

—El amor no sabe de códigos postales, señora —dije, mirándola fijamente a los ojos—. Juan es un hombre bueno. Un hombre trabajador que ha pasado por una mala racha tras la muerte de su esposa. ¿Acaso es un crimen deprimirse? ¿Acaso en su mundo perfecto nadie se cae? La diferencia es que él se levantó. Y yo estoy aquí para asegurarme de que no vuelva a caer.

La Licenciada Paredes arqueó una ceja. Parecía intrigada, pero no convencida.
—Muy bonito discurso, señorita Del Valle. Pero el DIF se basa en hechos, no en telenovelas. Necesito ver la casa. Las condiciones de vida del menor.
—Adelante —dijo Juan, extendiendo el brazo—. Mi casa es su casa.

La inspección fue un calvario. La mujer revisó todo. Abrió la alacena (gracias a Dios llena de despensa), revisó el refrigerador (lleno de comida fresca), tocó las sábanas de la cama de Esteban (nuevas y oliendo a suavizante).
Yo caminaba detrás de ella, conteniendo la respiración. Esteban iba agarrado de mi pantalón, sin soltarme.

—Veo que hay comida —dijo la Licenciada, anotando algo—. Y la casa está limpia. Mucho más limpia que en el reporte anterior.
—Le dije que estamos empezando una vida nueva —dijo Juan.
—¿Y el alcohol? —preguntó ella de golpe, girándose hacia él—. El reporte dice que usted se bebe hasta el agua de los floreros.

Juan tragó saliva. Fue el momento de la verdad. Podía mentir, pero sabía que ella olería la mentira.
—Tuve… tuve problemas —admitió Juan, mirándola a los ojos con una honestidad brutal—. Cuando murió mi esposa, me perdí. No lo niego. Le fallé a mi hijo. Pero Nina… —me miró, y por un segundo, vi un brillo de agradecimiento real en sus ojos—… Nina me hizo ver que no puedo seguir así. No he bebido hoy. Y no beberé mañana. Estoy yendo a… reuniones.

Mentira piadosa lo de las reuniones, pero necesaria.
La Licenciada caminó hacia el baño. Doña Chona iba detrás, murmurando: “Seguro escondieron las botellas en el tinaco”.
Cuando salieron del baño, la Licenciada se detuvo frente a una foto vieja en la pared. Era Juan, más joven, cargando a un bebé (Esteban) y abrazando a una mujer risueña.
—Era mi esposa —dijo Juan suavemente.
—Se parece a Esteban —comentó la mujer. Cerró la carpeta. El sonido clap resonó en la sala.

Se giró hacia nosotros. Su rostro seguía serio, pero la hostilidad había bajado un grado.
—Mire, señor Pérez. Las condiciones físicas de la casa han mejorado notablemente. Eso es innegable. Y la presencia de la señorita… —me miró de arriba abajo—… ciertamente aporta estabilidad. Pero no soy ingenua. Sé que una casa no se limpia y una despensa no se llena en un día a menos que haya miedo de por medio.
—Hay amor de por medio —intervine rápido.

La Licenciada suspiró.
—Voy a mantener el expediente abierto. Esto será un periodo de prueba. Vendré en dos semanas, sin aviso. Si encuentro una sola botella, o si veo que el niño está descuidado, me lo llevo. Y usted, señorita… espero que su compromiso sea real y no un capricho de niña rica que juega a la casita. Porque los sentimientos de un niño no son un juguete.

Sentí un nudo en la garganta. Esa mujer tenía razón. ¿Qué estaba haciendo yo? ¿Jugando?
—Lo sé —dije, con voz ronca—. Le aseguro que Esteban es mi prioridad.

La Licenciada asintió. Se dirigió a la puerta. Doña Chona se quedó parada, con la boca abierta, indignada.
—¿Y ya? ¿Se va a ir así? ¡Le digo que están fingiendo! ¡Esa mujer ni vive aquí!
—Señora Asunción —dijo la Licenciada con voz cansada—, le sugiero que se ocupe de sus asuntos. Si recibo otra llamada falsa, la multada será usted por desperdiciar recursos del estado. Buenas noches.

La funcionaria salió. Doña Chona se puso roja de ira, nos lanzó una mirada de “esto no se acaba aquí” y salió dando un portazo que hizo vibrar las ventanas.

Cuando el seguro de la puerta hizo clic, el silencio regresó. Pero esta vez era diferente.
Esteban soltó un grito y saltó a los brazos de su papá.
—¡Lo logramos! ¡Se fueron! ¡Papá, viste la cara de la bruja!
Juan abrazó a su hijo con fuerza, enterrando la cara en el cuello del niño. Vi cómo los hombros de Juan se sacudían. Estaba llorando.

Me quedé parada junto a la mesa, sintiéndome de repente como una intrusa en ese momento íntimo. El cansancio me golpeó de golpe. Me dolían los pies, me dolía la cabeza y me dolía el alma.
Juan levantó la vista. Tenía los ojos rojos, pero brillaban. Bajó a Esteban y se acercó a mí. Se detuvo a un metro de distancia, respetuoso, pero intenso.

—No sé… no sé qué decir —murmuró—. No sé por qué hiciste esto. No sé quién eres, realmente. Pero… gracias. Me salvaste la vida. Literalmente.
Negué con la cabeza, sintiendo mis propias lágrimas amenazar con salir.
—No, Juan. Creo que ustedes me salvaron a mí de cometer una locura.

—¿Te quedas? —preguntó Esteban, jalándome del saco—. Dijiste dos días.
Miré a ese par de hombres, uno grande y roto, uno pequeño y esperanzado, parados en medio de su sala humilde pero limpia. Pensé en mi casa vacía. En el silencio.
—Me quedo —dije—. El trato era dos días. Y yo siempre cumplo mi palabra. Además… —intenté sonreír—… esa tal Chona va a estar vigilando. Si me voy ahora, se cae el teatro.

Juan asintió solemnemente.
—Entonces, bienvenida a casa, Nina.

CAPÍTULO 6: LA NOCHE MÁS LARGA

La euforia de la victoria duró poco. En cuanto la adrenalina bajó, la realidad práctica de la situación se impuso. Estaba en una casa de cuarenta metros cuadrados en Ecatepec, con un hombre que acababa de conocer y un niño, y no tenía ni pijama.

—Bueno… —dijo Juan, rascándose la nuca, visiblemente incómodo—. Hora de dormir. El problema es que… solo hay una cama.
Miré hacia el cuarto. La cama matrimonial que habíamos arreglado.
—Yo duermo en el sillón —se apresuró a decir él—. Ni se discute. Usted… tú y Esteban duermen en la cama.
—No, Juan. Es tu casa. Yo puedo dormir en el sillón.
—Ni lo pienses. El sillón tiene un resorte que se te clava en las costillas. Además, si duermes ahí, mañana no vas a poder ni caminar, y necesitamos que la “prometida” se vea radiante, no como si la hubiera atropellado un camión.

Esteban ya estaba en pijama (una camiseta de Batman y unos pants), lavándose los dientes en el baño.
—¡Nina, ven! ¡Te presto una playera de mi papá para dormir!

Terminé aceptando. Juan me dio una camiseta blanca de algodón, limpia pero gastada, que me llegaba a las rodillas. Me cambié en el baño. Fue extraño verme en el espejo picado por la humedad: sin maquillaje, con el cabello suelto, vistiendo la ropa de un extraño. Me veía… vulnerable. Pero también me veía más yo misma que en años.

Cuando salí, Juan ya había acomodado unas cobijas en el sofá de la sala. Se había quitado la camisa y llevaba otra camiseta de tirantes. Traté de no mirar sus brazos, pero era difícil. El trabajo físico en la obra le había dejado músculos reales, no de gimnasio, marcados por el sol y el esfuerzo.

—Que descansen —dijo él, evitando mirarme demasiado, como si temiera faltarme al respeto con la mirada.
—Descansa, Juan.

Me acosté en la cama junto a Esteban. El colchón era viejo, se hundía en el centro, pero las sábanas nuevas olían a limpio. Esteban se acurrucó a mi lado inmediatamente, buscando calor.
—Gracias, Nina —susurró en la oscuridad.
—De nada, Huesos. Duérmete.

Esteban se durmió en dos minutos, su respiración se volvió rítmica y suave. Pero yo no podía pegar el ojo.
Escuchaba los sonidos de la casa. El goteo de una llave. El viento moviendo las láminas del techo. Los perros ladrando a lo lejos. Y desde la sala, los ronquidos suaves de Juan y el crujir del sofá cada vez que se movía.

Mi celular vibró en la mesita de noche improvisada (una caja de plástico).
Lo tomé. La pantalla iluminó la oscuridad.
Llamada entrante: Alejandro (Mi Amor).

El corazón me dio un vuelco doloroso. Eran las once de la noche. Seguramente ya estaba en el hotel en Cancún. Tal vez Zoila estaba en el baño y él sentía un gramo de culpa. O tal vez quería saber si ya me había “calmado”.
Miré el nombre en la pantalla. “Mi Amor”. Qué mentira más grande.
Con el dedo tembloroso, rechacé la llamada.
Luego, entré a la configuración del contacto. Borré “Mi Amor”. Escribí “Alejandro”. Dudé un segundo. Borré “Alejandro”. Escribí “El Cobarde”.
Guardar cambios.
Apagué el teléfono y lo dejé boca abajo. Esa pequeña acción me dio una satisfacción inmensa.

No podía dormir. El calor en el cuarto empezó a agobiarme. Me levanté con cuidado para no despertar a Esteban y salí de puntitas a la sala, buscando un vaso de agua.
La sala estaba en penumbras, iluminada solo por la luz de la luna que entraba por la ventana sin cortinas gruesas.
Juan no estaba dormido. Estaba sentado en el borde del sofá, con la cabeza entre las manos.
Se sobresaltó cuando me vio.
—Perdón… ¿te desperté? —susurró.
—No, no podía dormir. Iba por agua.
—Siéntate. Ahí en la mesa está la jarra.

Me serví agua en un vaso de plástico de los Avengers y me senté en la silla del comedor, frente a él.
—¿Tú tampoco puedes dormir? —pregunté.
Juan negó con la cabeza. Se pasó la mano por el cabello.
—Tengo miedo, Nina. Miedo de despertar y que esto sea un sueño. Miedo de que la sed regrese. Miedo de haberla cagado tanto con Esteban que ya no tenga remedio.

Había tanta vulnerabilidad en su voz que me dieron ganas de abrazarlo.
—Lo estás haciendo bien, Juan. Hoy lo hiciste bien. Eso es lo que cuenta. Un día a la vez, ¿no?
Él levantó la vista y me miró fijamente. En la penumbra, sus ojos brillaban intensamente.
—¿Por qué? —preguntó—. ¿Por qué una mujer como tú, que lo tiene todo, viene a meterse en este agujero a ayudar a un borracho y a su hijo? Me dijiste allá en el aeropuerto que perdiste a tu familia, pero… no entiendo.

Suspiré. Jugué con el borde del vaso.
—Lo tengo todo y no tengo nada, Juan. Tengo una casa enorme en la Del Valle, sí. Tengo coches, ropa, dinero. Pero mi casa es un mausoleo. Mi esposo… mi esposo se fue hoy a Cancún con su amante. Me dejó en el aeropuerto porque le hice una escena.
Juan abrió los ojos, sorprendido.
—¿Te dejó? ¿A ti? ¿Está ciego o qué?

Sentí que me ruborizaba.
—No, no está ciego. Está aburrido. Y cansado. Llevamos años intentando tener hijos. No pudimos. Y él… él se cansó de mi tristeza. Se cansó de las clínicas, de los doctores, de mis lloriqueos. Buscó a alguien más joven, más “divertida”. Alguien que no le recuerde que fallamos.

Se me quebró la voz.
Juan se levantó del sofá y se sentó en la silla junto a mí. No me tocó, pero su presencia era cálida, sólida.
—Él es un imbécil —dijo Juan con convicción—. Con todo respeto. Un reverendo imbécil.
Sonreí tristemente.
—Sí, lo es. Pero yo me sentía… vacía. Inútil. Y entonces apareció Esteban caminando de espaldas. Y me pidió ser su mamá. Y por primera vez en años, sentí que servía para algo. Que alguien me necesitaba no por mi dinero o por mi estatus, sino porque… porque sí.

Juan estiró la mano y, tímidamente, cubrió la mía que descansaba sobre la mesa.
—No eres inútil, Nina. Eres… eres un milagro. Al menos para nosotros. Hoy, cuando te enfrentaste a la vieja Chona y a la licenciada… te juro que te vi como un ángel vengador. Con todo y tacones.

Nos reímos bajito. El sonido de nuestras risas mezcladas llenó la pequeña sala.
—Mi esposa, Rosa… —dijo Juan de repente, mirando su mano sobre la mía—. Ella siempre decía que Dios aprieta pero no ahorca. Yo dejé de creer en eso cuando ella murió. Me enojé con Dios, con la vida. Me tiré al vicio porque me dolía demasiado sentir su ausencia.
Apretó mi mano ligeramente.
—Pero hoy, viéndote cocinar, viéndote defender a mi hijo… sentí que a lo mejor Rosa te mandó. Suena loco, lo sé.

—No suena loco —susurré. Sentí una corriente eléctrica subir por mi brazo. Era una sensación que no había sentido con Alejandro en años. Una conexión humana, cruda y honesta.
Nos quedamos así un momento, en silencio, mirándonos. Había una tensión nueva entre nosotros. No era sexual, o al menos no solo eso. Era reconocimiento. Dos almas rotas que acababan de encontrar un poco de pegamento en la otra.

Juan retiró la mano lentamente, como si se hubiera quemado.
—Deberías dormir. Mañana es domingo. Y si queremos mantener la farsa, tenemos que salir a que nos vean “felices”. Vamos a ir al tianguis.
—¿Al tianguis? —pregunté, divertida.
—Claro. No hay nada más de familia mexicana que ir a comer barbacoa al tianguis el domingo. A menos que a la señorita de Polanco le de asco comer en la calle.
Me levanté, sintiéndome extrañamente ligera.
—Me encanta la barbacoa, Juan. Y no soy de Polanco, soy de la Del Valle. Hay niveles.

Él sonrió, esa sonrisa torcida que empezaba a gustarme demasiado.
—Descansa, Nina.
—Descansa, Juan.

Regresé a la cama. Esteban se había movido y ocupaba casi todo el espacio, así que me tuve que acurrucar en la orilla. Pero no me importó. Cerré los ojos y, por primera vez en meses, no soñé con clínicas de fertilidad ni con facturas vacías. Soñé con el olor a café de olla y con unos ojos color miel.


DOMINGO POR LA MAÑANA

Me despertó un olor que debería ser ilegal de lo rico que era. Café con canela y chorizo friéndose.
Abrí los ojos. La luz del sol entraba a raudales por la ventana. Esteban ya no estaba en la cama.
Miré mi celular. 9:00 AM. Tenía cinco llamadas perdidas de Alejandro y tres mensajes de WhatsApp.

Alejandro: ¿Dónde estás? Fui a la casa y no hay nadie. Cambiaste la cerradura?
Alejandro: Nina, contesta. No seas infantil.
Alejandro: Zoila se regresó. Me siento mal. Hablemos.

Leí los mensajes y sentí… nada. Ni alegría, ni tristeza. Solo indiferencia. ¿Zoila se regresó? ¿Y ahora él volvía con el rabo entre las piernas? Qué predecible.
“Ya no es mi problema”, pensé. Y bloqueé el número.

Salí a la cocina. Juan estaba frente a la estufa, cantando una canción de Pedro Infante mientras volteaba tortillas. Esteban estaba poniendo la mesa.
—¡Buenos días, bella durmiente! —gritó Esteban—. ¡Mi papá hizo huevos con chorizo! ¡Y hay jugo de naranja!
Juan se giró. Llevaba una camisa de cuadros planchada (seguramente por él mismo en la madrugada) y se veía fresco, aunque sus ojos aún tenían rastros de cansancio.
—Buenos días, Nina. ¿Dormiste bien?
—Mejor que en años —admití, sentándome a la mesa.

El desayuno fue un banquete. Comimos, reímos. Juan me contó anécdotas de la obra, imitando a sus compañeros albañiles, y yo terminé llorando de risa, con dolor de estómago. Nunca me había reído así con Alejandro. Con Alejandro las pláticas eran sobre inversiones, sobre el club de golf, sobre qué diría la gente. Aquí, las pláticas eran sobre la vida.

—Bueno, vámonos —dijo Juan, limpiando el último rastro de salsa de su plato con una tortilla—. El tianguis nos espera. Y Doña Chona está en su ventana, ya la vi. Tenemos que darle espectáculo.

Salimos de la casa tomados de la mano, con Esteban en medio, columpiándose de nuestros brazos.
Caminamos por las calles de tierra hacia el mercado sobre ruedas. La gente saludaba a Juan.
—¡Quiubo, Juancho! ¡Dichosos los ojos!
—¡Hola, Compadre! Aquí andamos, paseando a la familia.

Noté las miradas de curiosidad. Las vecinas cuchicheaban al verme. Yo, con mis jeans de marca y mis tenis blancos impecables (aunque ya un poco polvorientos), resaltaba como una mosca en la leche. Pero no me sentía juzgada, me sentía… presumida. Juan me presumía. Me presentaba como “Nina, mi novia”. Y lo decía con un orgullo que me hinchaba el pecho.

Llegamos al puesto de barbacoa. El olor a carne de borrego, a consomé y a tortillas azules hechas a mano era embriagador.
Nos sentamos en una mesa de plástico rojo que se tambaleaba.
—Tres de maciza y tres consomés, Doña Mary —pidió Juan—. Y un refresco grande para el campeón.

Mientras comíamos, ocurrió algo. Un hombre, vestido con ropa de trabajo sucio, se acercó a la mesa. Miró a Juan con desprecio.
—Miren quién revivió. El borracho del barrio. ¿Ya vienes a gastarte lo poco que tienes en chupe, Juan?
El ambiente se tensó. Esteban bajó la mirada, avergonzado.
Juan dejó su taco en el plato. Se limpió la boca lentamente y se puso de pie. Era alto, mucho más alto que el otro hombre.
—Buenos días, Ramiro. No, no vengo a beber. Vengo a desayunar con mi mujer y mi hijo. Y te agradecería que no le faltes al respeto a mi familia.

El tal Ramiro se rió, mirando hacia mí.
—¿Tu mujer? ¿Esta güerita? ¿Cuánto le pagaste?
Juan no gritó. No empujó. Solo dio un paso adelante, invadiendo el espacio personal del tipo, y habló en voz baja pero firme.
—Ramiro, vete a tu casa. No quieras buscar problemas donde vas a salir perdiendo. He cambiado. Pero mis puños siguen siendo los mismos.

El hombre dudó. Miró a Juan, luego me miró a mí (yo lo miraba con cara de pocos amigos), y decidió que no valía la pena. Escupió al suelo y se alejó murmurando.
Juan se volvió a sentar. Le temblaban ligeramente las manos, pero me sonrió.
—Perdón por eso.
Le puse la mano en el brazo.
—No pidas perdón por defendernos. Fue… muy valiente.

Esteban nos miraba con admiración absoluta.
—Mi papá es Hulk —dijo.
—Tu papá es mejor que Hulk —corregí yo—. Hulk rompe cosas. Tu papá las arregla.

Juan me miró, sorprendido por el cumplido. Sus orejas se pusieron rojas.
En ese momento, entre el olor a grasa, el ruido de la cumbia sonando en el puesto de discos piratas y el calor del mediodía, me di cuenta de algo aterrador y maravilloso:
Me estaba enamorando.
En menos de veinticuatro horas, este albañil de manos rasposas y corazón noble me estaba haciendo sentir más mujer y más amada que mi esposo en una década.

Y eso me aterrorizaba. Porque el trato era solo por dos días. ¿Qué iba a pasar cuando llegara el lunes? ¿Cómo iba a regresar a mi jaula de oro después de haber probado la libertad?

—¿Nina? —me llamó Juan, sacándome de mis pensamientos—. ¿Estás bien? Te quedaste ida.
—Sí… —mentí—. Solo pensaba que… nunca había probado una barbacoa tan rica.

Juan sonrió, pero en sus ojos vi que él también sabía que el tiempo corría. El reloj de arena se estaba vaciando, y ninguno de los dos quería que cayera el último grano de arena.

CAPÍTULO 7: LA VISITA INDESEADA Y LA VERDAD AL DESNUDO

La tarde del domingo cayó sobre Ecatepec con una pesadez nostálgica, de esas que te aprietan el pecho porque sabes que algo bueno está por terminar. El cielo se tiñó de un naranja polvoriento y morado, típico de la contaminación de la ciudad, pero que desde el patio de Juan se veía extrañamente hermoso.

Habíamos pasado el día en una burbuja doméstica perfecta. Juan arregló la fuga del lavabo mientras yo le pasaba las herramientas y le limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo. Esteban hizo su tarea en la mesa de la cocina mientras yo le explicaba las tablas de multiplicar usando frijoles crudos. Éramos una familia. Una familia de mentiras que se sentía más real que cualquier verdad que yo hubiera vivido.

Estábamos sentados en el pequeño porche de la entrada, tomando un café de olla que Juan había preparado. Esteban jugaba con un carrito de plástico en la tierra.

—Mañana es lunes —dijo Juan. No me miró. Tenía la vista fija en sus botas de trabajo.
—Sí. Mañana es lunes —repetí, sintiendo un hueco en el estómago.
—Supongo que… tienes que volver a tu vida. A tu trabajo de directora. A tu casa grande.
—Tengo que volver a arreglar el desastre que dejó mi matrimonio, Juan. Tengo que ver abogados, cambiar cerraduras…
—Y olvidarte de nosotros —completó él, con una amargura que no pudo disimular.

Me giré hacia él y le tomé la cara entre mis manos. Su barba de un día me raspaba suavemente las palmas.
—Juan, mírame. No podría olvidarme de ustedes ni aunque me diera amnesia. Lo que ha pasado este fin de semana…
—Fue un trato —me cortó él, quitando mis manos con suavidad pero con firmeza—. No te confundas, Nina. Fue un negocio. Tú necesitabas distraerte del dolor y yo necesitaba salvar a mi hijo. Ya cumpliste. El DIF no volverá a molestar en un buen rato.

Me dolió. Me dolió que intentara poner distancia, aunque sabía que lo hacía para protegerse. Para que no le doliera cuando yo cruzara esa puerta.
—¿Eso crees? ¿Que solo fue un negocio?

Antes de que pudiera responder, un sonido ajeno rompió la magia del barrio. No era el claxon de una combi, ni el gasero gritando. Era el rugido de un motor fino. Un motor alemán.
Un BMW negro, reluciente y agresivo, apareció por la calle de terracería, levantando una nube de polvo que hizo toser a Doña Chona, que (como siempre) estaba en su ventana.
El auto se detuvo bruscamente frente al portón verde de Juan.

Mi sangre se heló. Conocía ese coche. Conocía la placa.
—No puede ser… —susurré.
Juan se puso de pie lentamente, tenso como un resorte.
—¿Conoces ese carro?
—Es Alejandro.
—¿Tu marido? —Juan frunció el ceño—. ¿El que se fue a Cancún?

La puerta del conductor se abrió. Alejandro bajó. Llevaba jeans de diseñador, una camisa blanca remangada y lentes oscuros, aunque el sol ya casi se metía. Se veía fuera de lugar, como un astronauta en la selva. Miró sus zapatos mocasines llenos de tierra con asco y luego alzó la vista hacia la casa.
Cuando me vio sentada en el porche, con la camiseta vieja y el cabello amarrado en una cola de caballo, se quitó los lentes con un gesto teatral.

—¡Nina! —gritó desde la calle—. ¡Por el amor de Dios! ¡Llevo dos horas dando vueltas en este laberinto de delincuentes! ¿Qué carajos haces aquí?

Esteban corrió hacia Juan y se abrazó a su pierna.
—Papá, ¿quién es ese señor enojado?
—Métete a la casa, hijo —dijo Juan con voz calmada, pero sus ojos eran dos carbones encendidos—. Ahora.

Esteban obedeció. Juan y yo caminamos hacia el portón. Yo sentía una mezcla de vergüenza y furia.
Alejandro se acercó a la reja.
—Ábreme. Vámonos.
—¿Qué haces aquí, Alejandro? —pregunté, manteniendo la reja cerrada entre nosotros—. ¿No estabas en Cancún con Zoila?
—Zoila es una niña inmadura. Se la pasó quejándose del hotel y luego le dio insolación. La mandé de regreso en el primer vuelo y me vine a buscarte. —Hizo un gesto despectivo con la mano—. Rastreé el GPS de la camioneta. Pensé que te la habían robado. Pero veo que… —miró a Juan de arriba abajo con una mueca de superioridad—… veo que caíste muy bajo, Nina. ¿Esto es lo que haces para vengarte? ¿Te vienes a revolcar con un albañil a una favela?

Juan dio un paso adelante. Abrió el portón de un empujón que hizo rechinar las bisagras oxidadas. Se plantó frente a Alejandro. Juan era un poco más bajo que Alejandro, pero era el doble de ancho. Sus músculos eran de cargar cemento, no de levantar pesas en el gimnasio con aire acondicionado.
—Cuide su boca, señor —dijo Juan, con una voz peligrosamente baja—. Está usted en mi casa. Y a la dama se le respeta.

Alejandro soltó una risa nasal.
—¿Dama? Es mi esposa, imbécil. Y tú… —sacó la cartera—… ¿cuánto quieres? ¿Cuánto te pagó ella para “consolarla”? Toma, ten quinientos pesos y cómprate una caguama.
Alejandro sacó un billete y se lo aventó a Juan al pecho. El billete cayó al suelo, en la tierra.

El tiempo se detuvo. Los vecinos empezaron a salir. Doña Chona estaba ya en la banqueta con una bolsa de palomitas imaginaria.
Juan miró el billete. Luego miró a Alejandro.
—Levántelo —dijo Juan.
—¿Qué?
—Que levante su dinero. Aquí no somos limosneros. Y lárguese antes de que se me olvide que hay niños presentes.

Alejandro se puso rojo. Me miró a mí, ignorando a Juan.
—Nina, súbete al coche. Ya me cansé de este jueguito. Te perdono. Te perdono el drama del aeropuerto. Vente a casa. Te prometo que corremos a Zoila. Intentaremos lo de la inseminación otra vez si tanto quieres un escuincle.

Esas palabras… “Un escuincle”. “Te perdono”.
Algo hizo clic dentro de mi cerebro. Miré a Alejandro y vi a un extraño. Un hombre egoísta, vacío y cruel. Luego miré a Juan. Un hombre que, sin tener nada, me había dado todo en dos días: un hogar, risas, protección, dignidad.

—No —dije.
Alejandro parpadeó.
—¿Cómo que no?
—No voy a volver contigo, Alejandro. Nunca. Y no quiero tu inseminación. No quiero tener un hijo contigo porque serías un padre terrible.
Me quité el anillo de matrimonio. Ese diamante enorme que tanto le gustaba presumir a sus amigos.
—Toma —se lo lancé. Le pegó en el pecho y cayó junto al billete de quinientos pesos—. Véndelo. Úsalo para pagarle la terapia a Zoila. Pero a mí, déjame en paz.

Alejandro miró el anillo en la tierra. Su orgullo estaba herido de muerte.
—Te vas a arrepentir, Nina. Cuando se te pase el capricho de la pobreza y quieras tus cremas de mil dólares y tu aire acondicionado, no me busques. Te vas a quedar sola.
—Prefiero estar sola que mal acompañada —respondí—. Y no estoy sola.
Di un paso atrás y me coloqué al lado de Juan. Él, instintivamente, pasó su brazo por mis hombros. Su calor me blindó contra el mundo.

Alejandro nos miró con asco y rabia.
—Son patéticos. Se merecen el uno al otro.
Se agachó, recogió su anillo (y el billete, por supuesto, porque era un tacaño emocional) y se subió a su coche. Arrancó haciendo rechinar las llantas, casi atropellando a un perro callejero, y desapareció en la nube de polvo.

El silencio volvió a la calle. Los vecinos murmuraban. Doña Chona tenía la boca abierta, incapaz de procesar el chisme de telenovela que acababa de presenciar.
Juan se giró hacia mí. Me miró con una intensidad que me hizo temblar las rodillas.
—¿De verdad hiciste eso? —preguntó suavemente—. ¿Dejaste una vida de lujos… por esto?
Señaló su casa despintada, la calle de tierra, su propia ropa humilde.
—No dejé nada que valiera la pena, Juan —le contesté, con lágrimas en los ojos—. Y no lo hice por “esto”. Lo hice por ti. Y por Esteban.

Juan no dijo nada. Solo me abrazó. Fue un abrazo de oso, uno de esos que te rompen los huesos pero te arman el alma. Me enterró la cara en el pelo y respiró hondo.
—Gracias —susurró—. Gracias por defendernos. Nadie… nunca nadie me había defendido así.

En ese momento, Esteban salió corriendo de la casa.
—¿Ya se fue el señor malo?
Juan nos separó un poco, cargó a Esteban con un brazo y me mantuvo abrazada con el otro.
—Ya se fue, campeón. Y no va a volver.
—¿Y Nina? —preguntó el niño, con miedo en la voz—. ¿Nina también se va?

Esa era la pregunta del millón.
Miré a Juan. Él me miró con esperanza, pero también con realismo.
—Tengo que irme, Esteban —dije, y vi cómo se le llenaban los ojos de lágrimas—. Pero espera… tengo que irme a arreglar mis cosas. No puedo quedarme hoy. Tengo trabajo, tengo que firmar el divorcio, tengo que vender mi casa…

Juan bajó a Esteban.
—Ella tiene razón, hijo. Nina pertenece a otro mundo. No podemos pedirle que se quede aquí para siempre.
—No —interrumpí—. No me entendieron. Tengo que irme a cerrar mi vida pasada. Pero… si ustedes me dejan… me gustaría volver el próximo fin de semana. Y el siguiente. Y tal vez… tal vez buscar una casa por aquí cerca, o arreglar esta.

Los ojos de Juan se iluminaron como dos faros.
—¿Es neta? —preguntó, se le salió lo barrio por la emoción—. ¿De verdad volverías?
—Es neta —sonreí—. Si tú me invitas unos tacos de barbacoa otra vez.
—Te invito todos los tacos que quieras, güerita.

Esa noche, la despedida fue agridulce, pero llena de promesas. Cuando subí a mi camioneta, no sentí que dejaba algo atrás, sentí que dejaba mi corazón en pausa, esperando mi regreso.
Esteban corrió tras el auto hasta la esquina, diciendo adiós con la mano. Lo vi por el retrovisor hasta que se hizo un punto pequeño. Lloré todo el camino de regreso a la ciudad, pero eran lágrimas de esperanza.

CAPÍTULO 8: EL TIEMPO PONE TODO EN SU LUGAR

Seis meses después…

La vida tiene formas curiosas de acomodar las piezas cuando uno deja de forzarlas y empieza a fluir con el corazón.

El proceso de divorcio fue una pesadilla burocrática. Alejandro peleó cada centavo, intentó humillarme, dijo que yo era inestable mentalmente. Pero yo llegaba a las audiencias con una sonrisa serena que lo desquiciaba. No me importaba el dinero de las cuentas mancomunadas, ni las acciones del club. Solo peleé por lo que era mío: la herencia de mi abuela y mi dignidad. Al final, se quedó con el coche deportivo y los muebles italianos. Yo me quedé con mi libertad.

Durante esos meses, mi vida se dividió en dos. De lunes a viernes, era la Nina ejecutiva, trabajando el doble para ahorrar dinero. Pero los viernes a las 5:00 PM, mi Audi (que cambié por una camioneta más sencilla y menos ostentosa) volaba hacia Ecatepec.

La casa de Juan cambió. Con mis ahorros y sus manos expertas, arreglamos el techo. Pintamos la fachada de un azul brillante. Pusimos un jardín pequeño donde antes había tierra. Pero lo más importante fue cómo cambió Juan.
Con mi apoyo moral y un empujón para actualizar su currículum (que yo misma le redacté), Juan consiguió trabajo como jefe de mantenimiento en una fábrica de la zona industrial. Ya no era eventual. Tenía seguro, prestaciones y un sueldo digno. Dejó el alcohol por completo. Ni una gota. Decía que su nueva adicción era verme sonreír y ver a Esteban sacar dieces en la escuela.

Y Doña Chona… bueno, Doña Chona seguía siendo una chismosa, pero ahora era nuestra chismosa. Desde que le regalé una canasta de frutas y la invité a tomar café, se convirtió en la principal defensora de “la parejita del año”. Incluso le dijo al DIF, cuando volvieron a inspeccionar, que Juan era un santo y yo una madre ejemplar. El expediente de Esteban se cerró definitivamente.

Hoy es un día especial.
Estoy parada frente al espejo de cuerpo entero en la habitación que ahora compartimos Juan y yo (sí, me mudé hace dos meses oficialmente). No llevo un vestido de diseñador de París. Llevo un vestido blanco, sencillo, de encaje mexicano, comprado en el centro. Me veo más hermosa que el día de mi primera boda, hace diez años. Porque esta vez, mis ojos brillan de verdad.

—¿Estás lista, mamá? —pregunta una vocecita desde la puerta.
Me giro. Esteban está ahí, enfundado en un trajecito negro con moño rojo. Se ve tan guapo que me dan ganas de llorar.
Me dijo “mamá”. Hace un mes empezó a decírmelo. La primera vez que lo hizo, lloré durante una hora.
—Estoy lista, Huesos. ¿Cómo se ve tu papá?
—Está nervioso. Casi se desmaya. Dice que no puede creer que te vayas a casar con él.

Me agacho y le acomodo el moño a Esteban.
—Dile que la suertuda soy yo. Que él me salvó de una vida gris.
—Ándale, pues. Ya vámonos, que el juez ya llegó y Doña Chona se está comiendo todos los tamales.

Salimos al patio. Habíamos decidido hacer la boda ahí mismo, en nuestra casa, con la gente que importaba.
El patio estaba irreconocible. Había papel picado de colores cruzando el cielo, mesas con manteles blancos, flores por todas partes. Olía a mole, a arroz y a felicidad.
Cuando salí, los murmullos cesaron. Un trío de guitarras empezó a tocar “Si nos dejan”.

Caminé hacia el altar improvisado bajo el árbol de pirul. Al fondo, esperándome, estaba Juan.
Se había cortado el pelo. Llevaba un traje gris que le quedaba perfecto a sus hombros anchos. Sus manos, esas manos grandes y trabajadoras, jugaban nerviosamente con los botones de su saco.
Cuando me vio, se le llenaron los ojos de lágrimas. No le importó que sus amigos de la obra lo vieran llorar.
Llegué a su lado. Él me tomó la mano y la besó.
—Te ves… te ves como un sueño, Nina —susurró.
—Tú te ves como mi realidad favorita, Juan.

La ceremonia fue sencilla. No hubo votos pretenciosos ni promesas vacías de “amor eterno” dichas por compromiso. Hubo miradas. Hubo risas cuando a Esteban se le cayeron los anillos y rodaron por el piso. Hubo aplausos sinceros.

Cuando el juez dijo: “Puede besar a la novia”, Juan me tomó por la cintura. Me inclinó ligeramente, como en las películas de la Época de Oro, y me besó con una pasión que hizo que Doña Chona se abanicara con la mano.
Fue un beso que sabía a promesa cumplida. A café de olla. A segundas oportunidades.

—¡Vivan los novios! —gritó Esteban, lanzando arroz.

Más tarde, durante la fiesta, mientras bailábamos una cumbia lenta, apoyé la cabeza en el pecho de Juan. Escuchaba los latidos de su corazón, fuertes y constantes.
—Oye, Juan… —le dije al oído.
—¿Mande, mi reina?
—Tengo una sorpresa. Un regalo de bodas.
—¿Más? Nina, ya me diste todo. Me diste una vida.
—Esto es diferente.

Me separé un poco y lo miré a los ojos. Coloqué su mano sobre mi vientre. Aún estaba plano, pero yo sabía lo que había ahí. El milagro que los médicos de Houston y los tratamientos de miles de dólares no pudieron lograr con Alejandro, el amor tranquilo y la paz de esta casa lo habían conseguido de forma natural.
—Vamos a tener que ampliar el cuarto, Juan. Esteban va a tener un hermanito. O hermanita.

Juan se quedó petrificado. La música siguió sonando, pero para él el mundo se detuvo. Palideció, luego se puso rojo. Miró mi vientre, me miró a mí.
—¿Es… es neta? —preguntó con la voz estrangulada.
—Es neta. Tengo dos meses.

Juan soltó un grito que debió escucharse hasta la Ciudad de México. Me cargó en el aire y me dio vueltas, riendo y llorando al mismo tiempo.
—¡Voy a ser papá! ¡Otra vez! ¡Esteban, ven acá!

Esteban corrió y se unió al abrazo. Los tres, abrazados en medio de la pista de baile de cemento, bajo las luces de colores y las estrellas de Ecatepec.
Miré hacia el cielo nocturno. Pensé en aquel día en el aeropuerto, cuando creí que mi vida había terminado. No sabía que apenas estaba comenzando.
A veces, tienes que perderte por completo, tienes que bajarte de tu pedestal y caminar por calles de tierra, para encontrar el camino a casa.

Y mientras Juan besaba mi frente y Esteban abrazaba mi cintura, supe que no cambiaría este final por nada del mundo.
Esta era mi historia. Una historia que empezó con una mentira de dos días y se convirtió en una verdad para toda la vida.

FIN

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