¿QUÉ PASARÍA SI TUS SUPERPODERES DESAPARECIERAN POR CULPA DE LA DEPRESIÓN Y LA ANSIEDAD? LA TRÁGICA Y RETORCIDA HISTORIA DE UNA FAMILIA QUE LO TENÍA TODO Y TERMINÓ SIENDO VÍCTIMA DE LA ESTAFADORA MÁS ASTUTA DE TODAS. ¡NO PODRÁS CREER EL FINAL! 

Capítulo 1: Cuando el destino te da una cachetada

La neta, la felicidad es una estafa. Te la venden como el final de la película, como la meta, pero para Bok Gwi-joo, la felicidad era más bien una condena, una cárcel pintada de colores brillantes en un mundo que se había vuelto gris rata.

Imagínate esto: tienes siete años. Eres un chamaco moco suelto, sin broncas reales en la vida. Es un día cualquiera, pero sientes esa cosquillita en la panza, esa intuición de que algo chido va a pasar. Vas caminando por la calle, pateando piedritas, y decides comprar un boleto de lotería. No por ambición, sino por juego. Y ¡pum! Le pegas al gordo. No es cualquier premio, es “El Rey Carpa”, el premio mayor. Sientes que el corazón se te va a salir del pecho. Corres a tu cantón, con el boleto apretado en la manita sudada, sintiéndote el dueño del universo. Entras gritando: “¡Jefa, jefa, mira lo que gané!”.

Esperas el abrazo, los besos, la fiesta. Pero tu jefa, la señora Man-heum, no es de las que celebran pendejadas. Ella vive en el futuro, literalmente. Sus sueños le dicen qué acciones subirán en la bolsa, qué tragedias van a pasar. Ella no tiene tiempo para el presente. Te mira con esos ojos fríos, te arrebata el boleto —tu boleto, tu momento de gloria— y frente a tus ojos incrédulos, lo rompe. Lo hace pedazos como si fuera basura. Luego, te suelta un revés, una cachetada que te voltea la cara, y te grita que dejes de perder el tiempo.

En ese preciso instante, algo se rompió dentro de Gwi-joo. Pero no fue solo el corazón. El mundo se detuvo. El sonido de la cachetada se quedó suspendido en el aire. Y de repente, estaba ahí otra vez. En la calle. Con el boleto intacto en la mano. Pero algo andaba mal. Todo a su alrededor, los edificios, los coches, la gente, todo estaba en blanco y negro. Gris, muerto, sin vida. Lo único que tenía color era él.

Ese fue el día que descubrió su “don”. Podía viajar al pasado. Pero no era como los Avengers, no mames. No podía cambiar nada. No podía evitar que su jefa le rompiera el boleto. Solo podía volver a los momentos felices, verlos como un fantasma a todo color en un mundo gris, y revivir la alegría justo antes de que se fuera al carajo. Qué ironía tan cruel, ¿no? Poder visitar la felicidad pero no poder quedarte en ella.


Corte a: 2024. El presente está de la chingada.

La mansión de la familia Bok es una de esas casas que ves en las Lomas o en San Pedro Garza García. Enorme, lujosa, con acabados de mármol que cuestan más que tu vida entera. Pero se siente fría, vacía. Huele a tristeza y a dinero viejo.

Gwi-joo ya no es ese niño con esperanza. Ahora es un bulto tirado en el sofá de piel italiana. Tiene la barba de tres días, el pelo grasoso y una botella de soju (aunque él se lo empina como si fuera tequila barato de garrafa) en la mano. La depresión se lo ha comido vivo. Desde que su esposa murió en aquel accidente hace siete años, Gwi-joo no ha tenido ni un solo momento feliz. Y aquí está el truco macabro de su poder: solo funciona si recuerda un momento feliz. Sin felicidad, no hay viaje en el tiempo. Se le acabó la gasolina. Es un superhéroe jubilado por la tristeza.

Se levanta tambaleándose, pateando botellas vacías que ruedan por el suelo haciendo un escándalo. “Puta madre”, murmura con la voz aguardentosa. Busca más alcohol. Necesita apagar el cerebro, necesita dejar de pensar en ella, en su esposa, en el fuego, en la culpa que lo carcome como un cáncer.

Baja a la cocina, arrastrando los pies. La casa está en silencio, pero es un silencio tenso, como cuando sabes que se va a armar la gorda. Y hablando de…

En el gimnasio de la casa, que está mejor equipado que cualquier Smart Fit, está su hermana, Bok Dong-hee. Ella también es un caso. Antes era una modelo espectacular, de esas que salen en las revistas y que todos los vatos desean. Su poder era volar. Literal, la morra podía surcar los cielos, ligera como una pluma. Pero la ansiedad y la presión de la jefa la quebraron. Empezó a comer. Y a comer. Y a comer. Ahora, la gravedad le ganó la batalla. Pesa más de cien kilos y sus alas invisibles ya no pueden levantarla.

Dong-hee está en la caminadora, sudando la gota gorda, jadeando como si se le fuera la vida. Su entrenador personal (que cobra una millonada) la anima, pero ella lo mira con ojos de pistola. En cuanto el tipo se voltea, Dong-hee saca de su sostén una barra de chocolate escondida y se la empaca en dos bocados. Es su pequeño acto de rebeldía, su consuelo. “Pinche vida”, piensa mientras mastica. Quiere volar, sueña con el viento en la cara, pero está anclada al suelo por sus propios demonios y por los tacos al pastor que se chingó a escondidas anoche.

Y luego está la Jefa. La matriarca. La señora Man-heum. Ella es la que lleva los pantalones en la casa. O solía llevarlos. Su poder de ver el futuro en sueños hizo asquerosamente rica a la familia. Pero hay un pequeño problema: el insomnio. La doña lleva meses sin pegar el ojo. Tiene unas ojeras que le llegan al suelo y un humor de los mil demonios. Sin dormir, no hay sueños. Sin sueños, no hay predicciones de bolsa. Sin predicciones, la lana se está acabando. La fortuna de los Bok se está desmoronando y la vieja está histérica. Se la pasa probando remedios: tés, pastillas, meditación, chamanes… nada funciona. Está desesperada.

“¡Esta familia es un desmadre!”, grita la señora Man-heum, paseándose por la sala con su bata de seda. “¡Uno borracho, la otra gorda, y yo sin dormir! ¿Qué carajos hice para merecer esto?”. Su esposo, el señor Bok, un tipo mandilón que no tiene poderes pero que aguanta vara, trata de calmarla, pero es como querer apagar un incendio con gasolina.


Gwi-joo ignora los gritos. Ya está acostumbrado. Sale de la casa, huyendo del ruido, huyendo de la realidad. Camina hacia el acantilado. Es un lugar peligroso, un mirador frente al mar donde las olas rompen con una violencia que da miedo. El viento sopla fuerte, despeinándole el cabello sucio.

Se para en la orilla. Mira hacia abajo. El agua se ve oscura, profunda, invitadora. En su mente borrosa por el alcohol, escucha la voz de su esposa. Ve su sonrisa. Recuerda el día que nació su hija, Yi-na. Ese fue el último momento verdaderamente feliz de su vida. El día que Yi-na llegó al mundo, hubo un incendio en la escuela de su esposa. Gwi-joo estaba tan feliz con la bebé que viajó al pasado, a ese momento. Pero solo pudo ver el fuego. Solo pudo ver cómo el edificio se derrumbaba. No pudo hacer nada. Su poder es inútil. Solo sirve para torturarlo.

“¿Para qué sigo aquí?”, se pregunta, con lágrimas mezclándose con la brisa salada. “¿Qué caso tiene ser un viajero del tiempo si siempre llego tarde?”.

Da un paso más. Las piedras crujen bajo sus zapatos. Está al límite. Un empujoncito del viento, un mareo más, y todo se acaba. El dolor, la culpa, el ruido… todo se apagaría.

Cierra los ojos. Se deja ir. Siente el vacío en el estómago.

Pero entonces… ¡Zaz!

Unas manos fuertes lo agarran de la camisa. Lo jalan hacia atrás con una fuerza sorprendente. Gwi-joo cae de sentón en la tierra dura, tosiendo, aturdido. Abre los ojos y ve una silueta contra el sol. Es una mujer. No puede verle bien la cara porque el sol le pega de espaldas, creando un halo casi angelical, pero nota que está agitada, respirando fuerte.

—¡¿Estás pendejo o qué?! —le grita la chica. Su voz no es dulce, es rasposa, urgente—. ¿Te querías matar? ¡No mames, casi te vas al hoyo!

Gwi-joo parpadea, tratando de enfocar. La borrachera y el shock lo tienen mareado.
—¿Eun-joo? —balbucea, confundiendo a la desconocida con su esposa muerta. La desesperación le juega trucos a su mente—. ¿Eres tú?

Se lanza a abrazarla. Se aferra a ella como un náufrago a una tabla. Huele a mar, a sudor y a algo más… algo floral, como a lavanda. La chica se queda tiesa un segundo, sorprendida por el abrazo repentino del borracho, pero no lo empuja.

—No soy Eun-joo, carnal. Soy Do Da-hae —dice ella, con un tono más suave, casi de lástima—. Pero no te vas a morir hoy. No en mi guardia.

Gwi-joo no la escucha. La oscuridad lo vence y se desmaya en sus brazos, murmurando perdones a un fantasma.


Lo que Gwi-joo no sabe es que Do Da-hae no es ningún ángel de la guarda. O bueno, tal vez sí, pero de esos ángeles caídos que te cobran la salvación con intereses.

Corte a: Unos días después. Spa de lujo “El Loto Dorado”.

La señora Man-heum está hecha una furia. Acaba de despedir a la tercera masajista de la semana.
—¡Inútiles! ¡Todas son unas inútiles! —brama, aventando una toalla—. ¡Nadie tiene manos decentes en este pinche lugar! ¡Solo quiero dormir, chingada madre! ¿Es mucho pedir?

La dueña del spa tiembla. Nadie quiere atender a la “Bruja Bok”. Pero entonces, entra ella. Do Da-hae. Con su uniforme impecable y una sonrisa que parece ensayada frente al espejo (porque lo está).

—Señora, si me permite… —dice Da-hae con voz melosa—. Soy nueva aquí, pero tengo una técnica especial. Y preparo un té de hierbas que es mano de santo para el estrés. Mi abuela me enseñó la receta en el pueblo.

Man-heum la barre con la mirada. Ve a una chica sencilla, humilde.
—¿Tú? ¿Crees que puedes hacer lo que diez expertas no pudieron? Órale pues, vas. Pero si me lastimas, te demando.

Da-hae no se amedrenta. Prepara el té con movimientos precisos. Mientras la señora no ve, saca un frasquito diminuto de su bolsillo. Ploc, ploc. Dos gotitas. No es veneno, pero tampoco es manzanilla. Es un sedante potente, de esos que tumban a un caballo, mezclado con hierbas aromáticas para disimular.

La señora bebe el té. “Sabe raro”, piensa, pero Da-hae ya está trabajando en sus hombros. Sus manos son fuertes, expertas. Saben exactamente dónde apretar.
—Relájese, señora… suelte todo ese peso que carga… —susurra Da-hae, casi hipnóticamente.

Y sucede el milagro. Los párpados de Man-heum se ponen pesados. El mundo se desvanece. Por primera vez en meses, el silencio llega a su cabeza. Se queda dormida en la camilla. Y sueña.

En su sueño, ve algo borroso pero brillante. Ve la mansión. Ve a su hijo, Gwi-joo, pero no está borracho ni triste. Está de pie, sonriendo. Y a su lado… a su lado hay una mujer. Lleva puesto el anillo de jade de la familia, esa reliquia que solo usan las matriarcas o las nueras elegidas. Man-heum intenta verle la cara a la mujer. La imagen se aclara.

Es ella. La masajista. Do Da-hae.

Man-heum despierta de golpe, boqueando como si saliera del agua. Mira el reloj. ¡Ha dormido cuatro horas seguidas! Se toca la cara, incrédula. Se siente viva otra vez. Mira a Da-hae, que está limpiando frascos con humildad.

—Tú… —dice la señora, con los ojos brillando de emoción y codicia—. Tú eres la clave.

Man-heum no es tonta, o eso cree. Reconoce a Da-hae. Es la chica que sacó a su hijo del acantilado. El reporte del hospital lo decía. “¿Será el destino?”, se pregunta la vieja supersticiosa. “Salvó a mi hijo del mar y ahora me salva a mí del insomnio. Y en mi sueño tenía el anillo…”.

La decisión está tomada.

—Niña, recoge tus chivas. Te vienes conmigo.
—¿Disculpe? —Da-hae finge sorpresa, poniéndose la mano en el pecho.
—Te contrato. Exclusiva. Te vienes a vivir a la mansión. Quiero ese té y esas manos disponibles 24/7. Y te voy a pagar lo que quieras.

Da-hae baja la mirada, ocultando una sonrisa maliciosa. “Cayó redondita”, piensa.


La llegada de Da-hae a la mansión Bok es como meter un zorro en el gallinero. O más bien, un zorro en un manicomio.

Llega con su maletita humilde, haciéndose la mosquita muerta. La casa la impresiona, claro. Es un palacio. Pero sus ojos escanean todo: las cámaras de seguridad, las joyas en los cuadros, la caja fuerte disimulada detrás de un librero. Da-hae no viene a dar masajes. Viene a dar el golpe de su vida.

Sube a la habitación de la señora para la sesión nocturna. Pero antes, tiene que pasar por la cocina. Y ahí está él. Gwi-joo.

El encuentro es tenso. Gwi-joo está buscando alcohol, como siempre. Se ve fatal. Cuando ve a Da-hae, entrecierra los ojos. A pesar de su estado, algo en ella le pica. No confía.
—¿Qué haces aquí? —gruñe.
—Tu madre me contrató. Soy la masajista —responde ella, manteniendo la distancia.

Gwi-joo se ríe, una risa seca y sin humor.
—¿Masajista? ¿O niñera? Mi madre cree que puede comprar soluciones para todo. Lárgate antes de que te des cuenta de que esta casa se come a la gente.

Da-hae se acerca un paso. Huele su desesperación.
—Escuché que perdiste a tu esposa… —dice, bajando la voz, usando ese tono empático que ha ensayado mil veces—. Yo también perdí a mi familia. Sé lo que es estar solo en una habitación llena de gente.

Gwi-joo la mira fijamente. Por un segundo, conecta con ella. Pero luego, su cinismo gana.
—No me vengas con cuentos chinos. No me conoces. Y no me importa tu vida.

Se da la vuelta para irse, pero al girar, golpea con el codo una botella de vino tinto carísimo que estaba en la barra. La botella cae en cámara lenta. ¡Crash! El vino salpica por todos lados, pareciendo sangre en el piso blanco inmaculado.

Da-hae, rápida como un rayo, se agacha.
—¡Cuidado! —grita, y con sus propias manos empieza a recoger los vidrios rotos. Se corta a propósito, un corte pequeño en el dedo, pero suficiente para que sangre.

En ese momento entra la señora Man-heum y ve la escena: Su hijo borracho, la botella rota, y la pobre chica nueva sangrando en el suelo tratando de limpiar el desastre de él.
—¡Gwi-joo! —grita la madre—. ¡Eres un desastre! ¡Esta chica te salvó la vida en el acantilado y así le pagas! ¡Mírala!

Gwi-joo mira la sangre en el dedo de Da-hae. Siente una punzada de culpa, pero también sospecha. Todo fue muy teatral.
—Yo no le pedí que recogiera nada —dice él, y sale de la cocina, dejándolas solas.

Da-hae se levanta, “aguantándose” las lágrimas.
—No se preocupe, señora. Él está sufriendo mucho. Lo entiendo.

Man-heum la mira con adoración. “Es perfecta”, piensa. “Es noble, sufrida, y útil”.
—Ven, querida. Vamos a curarte ese dedo y luego me das mi masaje. Tienes que contarme todo sobre ti.

Esa noche, mientras Da-hae masajea a la señora (después de darle otra dosis del té “especial”), empieza a tejer su telaraña. Le cuenta una historia digna de La Rosa de Guadalupe. Que es huérfana, que un incendio mató a sus padres, que ha tenido una vida perra pero que sigue luchando. Man-heum, drogada y emocional, se traga cada palabra.

—Tú eres especial, Da-hae —balbucea la señora antes de caer dormida—. Tú vas a salvar a esta familia. Lo vi…

Da-hae sonríe en la penumbra. Sale de la habitación sigilosamente. Saca su celular barato y marca un número.

—¿Bueno? —contesta una voz rasposa al otro lado. Es su “mamá”, la jefa de la banda de estafadores.
—Ya estoy dentro, ma —susurra Da-hae—. La vieja ya me ama. El hijo es un borracho inútil, pan comido. La gorda está acomplejada. Y la niña… la niña es rara, pero no será problema.
—Eso mamona —dice la voz al otro lado—. No la cagues. Son 50 mil millones de wones. Haz que ese borracho se enamore de ti y nos jubilamos.

Da-hae cuelga. Camina por el pasillo oscuro de la mansión. Se siente poderosa. Cree que tiene el control. Pero al pasar por la habitación de Yi-na, la hija de Gwi-joo, siente un escalofrío. La puerta está entreabierta. Un ojo la mira desde la oscuridad. Un ojo detrás de un lente grueso de gafas.

Yi-na no dice nada. Solo la mira. Y Da-hae siente, por un segundo, que esa niña puede verle hasta el alma podrida. Se sacude la sensación y sigue caminando. “Son solo imaginaciones”, se dice. “Nadie puede saber quién soy realmente”.

Pero en esta casa, lo que ves no es lo que es. Y Da-hae está a punto de descubrir que meterse con una familia que manipula el tiempo, la gravedad y el futuro, no es una estafa cualquiera. Es una trampa mortal.

Capítulo 2: Secretos de Familia y Mentiras de Gimnasio

Si creías que Do Da-hae trabajaba sola, estás muy equivocado. Nadie monta una estafa de 50 mil millones de wones (que son un chingo de pesos) sin un equipo de respaldo. Y el equipo de Da-hae no era cualquier cosa; era una familia disfuncional, pero altamente eficiente para el crimen.

Corte a: “El Palacio del Sudor”, un sauna de barrio, de esos que huelen a huevo cocido, a humedad y a secretos baratos. Este era su cuartel general.

Aquí conocemos a la verdadera jefa: Baek Il-hong. No es la madre biológica de Da-hae, es su “madre” en el crimen. Una señora con cara de que te va a cobrar hasta el aire que respiras. Estaba sentada en el piso caliente, pelando un huevo duro con una uña larga y pintada de rojo sangre, mientras revisaba las notas que Da-hae le había traído.

—A ver, a ver… —dijo la Il-hong, masticando con la boca abierta—. Entonces la vieja ya cayó. El hijo es un bulto. ¿Y qué pedo con la hermana?
—La hermana es el eslabón débil, jefa —contestó Da-hae, sorbiendo un jugo de arroz dulce con popote—. Bok Dong-hee. Antes era modelo de pasarela, flaquita como un fideo. Ahora… bueno, ahora ocupa dos asientos en el cine.
—¿Y el poder? —preguntó la vieja, interesada.
—Volar. Dicen que podía volar. Pero ahora la gravedad no la perdona. Está deprimida, traga por ansiedad y su novio es un cirujano plástico que se nota a leguas que la quiere por la lana.
—Perfecto —sonrió Il-hong, mostrando unos dientes manchados—. La gente gorda e insegura es la más fácil de manipular. Grace, te toca.

De las sombras del sauna salió Grace. La “hermana” de Da-hae. Una morra superficial, adicta al gimnasio y a las redes sociales, pero con una lengua más venenosa que una cobra.
—Ya sé qué hacer, ma. Me voy a meter a ese gimnasio fifí. Voy a ser su “mejor amiga”. La voy a hacer sentir una mierda para luego “ayudarla”. Pan comido.

Así operaba esta “familia”. Eran parásitos. Iban de víctima en víctima, chupándoles la sangre, el dinero y la voluntad. Y los Bok eran la ballena blanca, el premio gordo que los iba a retirar a todos en una playa de Cancún. Da-hae miró a su “familia” y sintió esa punzada en el estómago otra vez. Odiaba esto. Odiaba mentir. Pero debía tanto dinero a esa vieja bruja de Il-hong que no tenía salida. Era estafar o morir.


Mientras tanto, en la Mansión Bok, el drama estaba a todo lo que da en el gimnasio privado.

Bok Dong-hee estaba sufriendo. Imagínate tener el don de volar, de sentir el viento en la cara, de ser libre… y perderlo porque no puedes dejar de comer pan dulce. Cada paso en la caminadora era un recordatorio de su fracaso. El sudor le corría por la espalda, empapando su ropa deportiva de marca que le quedaba apretada.

Se miró en el espejo. No veía a la mujer obesa que era ahora; veía el fantasma de la supermodelo que fue. “Solo un kilo más”, se decía. “Si bajo un kilo, tal vez pueda flotar un poquito”.

Intentó dar un saltito. Cerró los ojos, concentrándose, invocando esa sensación ligera en el estómago que solía tener antes de despegar. Pero sus pies, pesados como el plomo, apenas se despegaron del suelo antes de volver a caer con un pum sordo que hizo vibrar las pesas.

—¡Auch! Cuidado con las rodillas, nena —dijo una voz chillona.

Era Grace. Ya se había infiltrado. Estaba ahí, haciéndose pasar por entrenadora nueva, con un cuerpo escultural y una actitud de “chica buena onda” que apestaba a falsedad.
—Soy Grace —dijo, extendiendo una mano—. Te he visto dándole duro. Eres una guerrera, eh. Pero oye, entre nosotras… ¿ese outfit no te aprieta mucho? Digo, por la circulación.

Dong-hee se sintió chiquita. Se cubrió la panza con los brazos.
—Estoy bien —murmuró.
—Claro, claro. Oye, escuché que tu novio es el Dr. Jo, el cirujano. ¡Qué suertuda! Es guapísimo. Aunque… —Grace hizo una pausa dramática, mirando el cuerpo de Dong-hee con lástima fingida—… debe ser difícil, ¿no? Estar con alguien tan perfecto cuando uno… bueno, ya sabes. Está en “proceso”.

La inseguridad de Dong-hee se disparó al techo. Grace había dado en el clavo. Dong-hee vivía aterrorizada de que su novio la dejara por una de sus pacientes flacas operadas.
—Él me ama por quien soy —defendió Dong-hee, pero su voz tembló.
—Obvio, amiga. Obvio. Pero los hombres son visuales. Si quieres, yo te ayudo. Tengo unos “tés” buenísimos para quemar grasa.

La trampa estaba puesta. Dong-hee, desesperada por validación y por volver a volar, asintió. Acababa de dejar entrar al enemigo a su trinchera.


Pero el verdadero misterio de la casa no estaba en el gimnasio ni en el cuarto de masajes. Estaba en la habitación de la niña.

Bok Yi-na. La hija de Gwi-joo. Una adolescente que vivía como un fantasma en su propia casa. Siempre llevaba unos lentes de fondo de botella, el pelo en la cara y unos audífonos grandotes canceladores de ruido. En la escuela, era la rara. La invisible.

Ese día, era su cumpleaños. Pero a nadie parecía importarle mucho, excepto a su abuelo, el señor Bok, que era el único medio normal en esa casa de locos.
—Yi-na, mi vida, baja —le rogó el abuelo a través de la puerta—. Tu abuela organizó una cena. Va a venir la señorita Da-hae.

Yi-na rodó los ojos detrás de sus gafas. “Genial”, pensó. “Otro show de la abuela”.
Se quitó los audífonos un segundo. El silencio de su cuarto era su refugio. Porque el mundo de afuera era demasiado ruidoso. Y no me refiero al ruido de los coches o la música. Me refiero al ruido de las mentes.

Sí, señores. Ese era el secreto de la huerquilla. Yi-na no era adicta al celular. Yi-na podía leer la mente. Pero tenía un candado: solo funcionaba si miraba a la gente directamente a los ojos. Por eso usaba gafas. Por eso miraba al suelo. Por eso se escondía detrás de la pantalla de su teléfono. Porque mirar a los ojos a los adultos era asomarse a un abismo de mentiras, hipocresía y dolor. Y ella, con apenas 13 años, ya estaba harta de la mierda humana.

Bajó las escaleras arrastrando los pies. La mesa estaba puesta como para una boda real. Candelabros, cubiertos de plata, comida francesa que nadie sabía pronunciar. Y ahí estaba ella. La intrusa. Do Da-hae. Sentada a la derecha del padre, como si ya fuera la señora de la casa.

El ambiente estaba más tenso que calzón de gordo. Gwi-joo estaba en una esquina, sobrio a la fuerza, mirando a Da-hae con ojos de pistola. La abuela Man-heum sonreía como el Guasón, encantada con su “proyecto”. Dong-hee masticaba una hoja de lechuga con odio, mirando de reojo los pasteles que no podía comer.

—¡Feliz cumpleaños, mi niña hermosa! —gritó la abuela, rompiendo el hielo con un martillazo—. Mira, invitamos a la salvadora de tu papá. Da-hae, ella es Yi-na.

Da-hae se levantó y puso su mejor cara de “madrastra buena onda”.
—Hola, Yi-na. Escuché mucho de ti. Te traje un regalito.

Le extendió una caja envuelta primorosamente. Yi-na ni se inmutó. No la miró a la cara. Tomó la caja con dos dedos, como si tuviera caca, y la dejó en la mesa sin abrirla.
—Gracias —dijo seca.

Gwi-joo soltó una risita burlona.
—Vaya, qué éxito. Parece que a mi hija le caes tan bien como a mí.

La abuela le dio un pellizco a Gwi-joo por debajo de la mesa.
—¡Compórtate! —siseó—. Da-hae, no le hagas caso. Está en sus días. Oye, querida, cuéntanos más de ti. ¿Te gustan los niños? Porque en esta casa hacen falta nietos… digo, más alegría.

Da-hae, experta en improvisar, soltó el rollo.
—Me encantan, señora. Yo siempre soñé con una familia grande. Como perdí a la mía en aquel incendio… valoro mucho la unión.

Al mencionar “incendio”, Gwi-joo levantó la cabeza. Sus ojos se oscurecieron. El fuego era su trauma. El fuego le quitó a su esposa.
—¿Incendio? —preguntó Gwi-joo, con la voz rasposa.
—Sí —dijo Da-hae, mirándolo fijamente, usando la mentira que habían planeado—. Hace 13 años. En la escuela secundaria. Quedé atrapada. Casi muero… pero alguien me salvó.

Gwi-joo se quedó helado. 13 años. La misma fecha. El mismo lugar donde murió el compañero de bomberos que lo cubrió ese día. ¿Podría ser?
La abuela Man-heum casi aplaude. ¡Era el destino! ¡Todo conectaba!

Pero Yi-na, desde su esquina, levantó la vista del plato. Por un microsegundo, sus ojos se cruzaron con los de Da-hae. Y lo que vio en la mente de la estafadora no fue un recuerdo de fuego y dolor. Vio un cálculo frío. Vio números. Vio a Da-hae pensando: “Trágatelo, imbécil. Créetelo y dame las llaves de la caja fuerte”.

Yi-na bajó la mirada rápidamente, sintiendo náuseas. “Esta vieja es una víbora”, pensó. Pero no dijo nada. Aún no.


La cena terminó siendo un desastre, como era de esperarse. Gwi-joo se levantó a media comida, agarró una botella de vino y se largó al jardín bajo la lluvia, ignorando los gritos de su madre. La abuela, del coraje, sintió un mareo.

—¡Mi medicina! —jadeó Man-heum—. ¡Da-hae, prepárame el té, rápido!

Da-hae corrió a la cocina. La situación se le estaba saliendo de control. Necesitaba drogar a la vieja para calmar las aguas y poder husmear en la casa. Puso la tetera al fuego.

Mientras esperaba que el agua hirviera, Da-hae se distrajo mandando un mensaje de texto a su “madre” Il-hong: “El tipo está sospechando. Necesito plan B”.
De repente, un olor a quemado la sacó de sus pensamientos.
La estufa.
Algo había pasado. Una toalla de cocina había caído cerca de la hornilla y estaba prendiendo fuego.

El fuego.

El verdadero terror de Da-hae no era la policía, ni la cárcel. Era el fuego. Eso sí era real en su historia. De niña había estado en un incendio de verdad. El trauma estaba ahí, latente.
Al ver las llamas crecer, Da-hae se paralizó. Su mente se puso en blanco. Sus manos empezaron a temblar incontrolablemente. No podía moverse. El fuego se reflejaba en sus pupilas dilatadas. Sentía el calor en la cara, el humo en la garganta.
“¡Muévete, pendeja!”, se gritaba a sí misma, pero sus pies estaban clavados al piso.

Justo cuando las llamas empezaban a lamer los gabinetes de madera fina, una mano pequeña apareció en su campo de visión.
Era Yi-na.
La niña entró a la cocina con una calma escalofriante. Agarró el extintor que estaba colgado (y que Da-hae ni había visto por el pánico), le quitó el seguro y roció la espuma blanca sobre la estufa.
Pfffffffft.
El fuego murió en segundos.

Humo y polvo blanco llenaron la cocina. Da-hae estaba en el suelo, temblando, hiperventilando. Yi-na dejó el extintor en la mesa y se limpió las gafas con la camisa.
—Gracias… —jadeó Da-hae, con la voz rota—. Me salvaste… tengo… tengo un trauma…

Yi-na se puso las gafas y la miró. Esta vez, la miró largo y tendido.
—No eres quien dices ser —dijo la niña. Su voz era plana, sin emoción, pero cargada de verdad.

Da-hae sintió que se le helaba la sangre. Se levantó tambaleándose.
—¿De qué hablas, linda? Soy la enfermera de tu abuela…
—Eres una mentirosa —la cortó Yi-na—. Vi cómo le ponías polvo a la bebida de mi abuela. Y sé que no te importa mi papá. Solo quieres el dinero.

Da-hae se quedó muda. ¿Cómo sabía eso? Lo del polvo lo hizo a espaldas de todos.
—Escucha, niña… —empezó Da-hae, cambiando su tono a uno más amenazante—. Tienes mucha imaginación. Si dices algo, nadie te va a creer. Tu papá es un borracho y tu abuela está loca. Yo soy la única que los mantiene cuerdos.

Yi-na no retrocedió. Se acercó un paso más a la estafadora.
—No me importa lo que hagas con ellos. Esta familia ya está rota. Róbales si quieres. Pero no te metas conmigo. Y no toques mis cosas.

Da-hae parpadeó, confundida. ¿La niña le estaba dando permiso para robar?
—¿Por qué no me delatas? —preguntó Da-hae, genuinamente intrigada.
Yi-na se encogió de hombros y sacó su celular.
—Porque quiero ver qué pasa. Es la primera vez en años que algo “interesante” sucede en esta casa muerta. Además… quiero ver sufrir a mi abuela un rato. Se lo merece por controlar nuestras vidas.

Dicho esto, Yi-na agarró una manzana del frutero y se fue, dejando a Da-hae sola en la cocina llena de humo, con la boca abierta.
“Esta mocosa es el diablo”, pensó Da-hae. Y por primera vez, sintió que tal vez, solo tal vez, se había metido en la boca del lobo equivocada.


Mientras tanto, en el jardín, bajo la lluvia torrencial, Gwi-joo estaba teniendo su propia crisis existencial.
Estaba empapado hasta los huesos, con la botella de vino a medio terminar. La lluvia golpeaba su cara, mezclándose con sus lágrimas.
“Ella miente”, se decía. “Esa mujer miente. Ella no estaba en el incendio. Yo hubiera sabido. Yo estuve ahí… bueno, mi yo del futuro estuvo ahí”.

Gwi-joo cerró los ojos, intentando recordar. Intentando forzar su poder.
Pensó en Da-hae. En el momento en el centro comercial, cuando hubo una falsa alarma de incendio y él la agarró de la mano. No fue un momento feliz, fue un momento de pánico. Pero… había sentido algo. Una chispa. Un color.

—¡Maldita sea! —gritó al cielo—. ¡Funciona, carajo!

Se concentró en ese recuerdo específico: Da-hae asustada en el centro comercial, él tomándole la mano.
Y de repente… el mundo gris desapareció.
El sonido de la lluvia se detuvo.
Abrió los ojos.
Estaba seco. Estaba en el centro comercial. Las luces eran brillantes, la gente caminaba a su alrededor en colores vividos. No era gris. ¡Era a color!

Ahí estaba ella. Da-hae, parada frente a una vitrina de zapatos, minutos antes de la alarma.
Gwi-joo estiró la mano. Su corazón latía a mil por hora. Normalmente, en sus viajes al pasado, él era un fantasma. No podía tocar nada. Sus manos atravesaban a las personas como si fueran humo.
Con miedo, acercó sus dedos al hombro de Da-hae.
“Por favor”, suplicó en su mente. “Déjame sentir algo. Déjame saber que no estoy muerto”.

Sus dedos rozaron la tela de la chaqueta de Da-hae.
Y sintió la textura.
Sintió el calor de su cuerpo.
¡La tocó!

Da-hae se giró, sorprendida, pero no vio a nadie porque Gwi-joo, en su shock, perdió la concentración y fue jalado de vuelta al presente, al jardín lluvioso y gris.

Gwi-joo cayó de rodillas en el lodo, jadeando, pero con una sonrisa lunática en la cara.
—La toqué… —susurró—. Puedo tocarla. Ella es diferente.

Su madre tenía razón. Esa estafadora, esa mentirosa, esa mujer misteriosa… era la clave. Ella era el ancla. Por alguna razón cósmica y retorcida, el universo le permitía interactuar físicamente con ella en el pasado.
Eso cambiaba todo.
Si podía tocarla a ella… ¿podría salvarla en el pasado?
Y si podía salvarla a ella… ¿podría aprender a salvar a su esposa?

Gwi-joo se levantó. Ya no parecía un borracho derrotado. Tenía una misión. Iba a descubrir quién era realmente Do Da-hae, y la iba a usar para recuperar su vida. El juego acababa de cambiar de nivel. Ya no era cazador y presa. Ahora eran dos depredadores bailando en la oscuridad.


A la mañana siguiente, la casa estaba en una calma tensa.
Da-hae, recuperada del susto del incendio, estaba sirviendo el desayuno como si nada hubiera pasado. Yi-na comía sus cereales sin levantar la vista. La abuela, drogada pero feliz, tarareaba.
Dong-hee bajó las escaleras con ropa deportiva nueva (sugerencia de Grace, por supuesto).

—Familia —dijo Gwi-joo, entrando al comedor. Se había rasurado. Se había bañado. Olía a jabón y no a alcohol. Llevaba una camisa limpia.
Todos se quedaron mudos. La abuela casi se atraganta con el café.
—Hijo… ¿estás bien? —preguntó Man-heum.

Gwi-joo miró a Da-hae directamente a los ojos. Una mirada intensa, depredadora, que hizo que Da-hae sintiera un escalofrío en la espalda.
—Estoy mejor que nunca, madre —dijo él, sentándose a la mesa—. Decidí que tienes razón. Necesitamos cambios en esta casa. Y quiero empezar por conocer mejor a nuestra invitada.

Le sonrió a Da-hae. Pero no era una sonrisa amable. Era la sonrisa de alguien que sabe un secreto.
—Da-hae, ¿qué te parece si hoy salimos? Quiero que me cuentes más sobre ese incendio… y sobre cómo te salvé.

Da-hae tragó saliva. Su instinto de estafadora le gritaba: ¡PELIGRO!. El borracho ya no estaba borracho. Y la estaba invitando a jugar a su terreno.
—Claro, señor Gwi-joo —respondió ella, manteniendo la compostura—. Será un placer.

Bajo la mesa, las piernas de Da-hae temblaban. Yi-na, observando todo por encima de sus lentes, sonrió levemente. El show apenas comenzaba.

Capítulo 3: El Beso del Tiempo y la Mentira Perfecta

El aire en la mansión Bok se sentía denso, como cuando va a caer una tormenta de esas que inundan Periférico en cinco minutos. Gwi-joo ya no era el bulto deprimido que se arrastraba por los pasillos buscando chupe. Ahora era un hombre con una misión, y eso, mis chavos, es más peligroso que un mono con navaja.

—Súbete al coche —le ordenó a Da-hae esa mañana, aventándole las llaves de un sedán alemán que costaba más que la casa entera de la madre adoptiva de Da-hae.
—¿A dónde vamos, patrón? —preguntó ella, haciéndose la inocente, aunque por dentro traía los calzones de fuera del susto.
—A dar el rol. A que me cuentes tu vida. Quiero saber cada detalle de cómo “te salvé” hace 13 años.

Da-hae tragó saliva. Esa era la parte más floja de su guion. Sabía lo básico: hubo un incendio en la prepa, Gwi-joo era bombero novato, alguien la salvó. Pero los detalles… el diablo está en los detalles.

Mientras conducían por la ciudad, Gwi-joo manejaba con la mirada fija en el camino, pero su mente estaba en otro lado. Estaba viajando. No en el tiempo, todavía no, sino en sus sospechas.
—Dices que te saqué del salón de música —soltó de repente, probándola.
Da-hae parpadeó rápido. Su cerebro de estafadora trabajó a mil por hora.
—No… fue en el almacén del gimnasio. En el quinto piso. Estabas manchado de hollín, pero recuerdo tus ojos.

Gwi-joo apretó el volante. Bingo. Al menos esa parte la tenía bien. O había hecho muy bien su tarea.
—¿Y qué te dije?
—Me dijiste… “No te mueras hoy. No en mi turno” —inventó Da-hae, poniéndole un tono dramático digno de telenovela de las 9.

Gwi-joo frenó de golpe en un semáforo en rojo. La miró. Esa frase… esa frase se la decía su mentor, el capitán de bomberos que murió ese día. Se le hizo un nudo en la garganta. ¿Cómo podía saber ella eso? ¿Acaso era verdad? ¿O era una coincidencia maldita?
—Bájate —dijo seco.
—¿Aquí? Pero si estamos a medio tráfico…
—¡Que te bajes! Vamos a caminar. Necesito aire.

Caminaron por un parque cercano. Los árboles estaban pelones, el cielo gris (para Gwi-joo, todo seguía siendo gris). Da-hae iba atrás de él, sintiéndose como una niña regañada.
“Este güey está intenso”, pensó. “Me va a descubrir. Necesito acelerar el plan”.

De repente, Gwi-joo se detuvo frente a una fuente. Cerró los ojos.
—¿Qué haces? —preguntó Da-hae.
—Cállate. Estoy intentando algo.

Gwi-joo estaba buscando en su memoria. Buscaba ese momento en el centro comercial, el día de la alarma de incendio falsa. Quería volver a sentirlo. Quería volver a tocarla. Se concentró tanto que le dolió la cabeza.
Y de pronto… ¡Zas!
El ruido del tráfico desapareció. El gris se esfumó.
Abrió los ojos.
Ya no estaba en el parque. Estaba en el centro comercial, días atrás. Las luces neón brillaban. La gente vestía ropa de colores chillantes.

Ahí estaba ella. Da-hae del pasado. Estaba parada sola, mirando unos tenis carísimos con cara de deseo.
Gwi-joo del presente (viajando al pasado) se acercó. El corazón le latía como tambor en desfile. Extendió la mano. Tenía miedo de que fuera una alucinación, de que sus dedos atravesaran el hombro de ella como si fuera humo.
Pero no.
Puso su mano sobre el hombro de Da-hae.
Sintió la tela de su saco. Sintió la calidez de su piel debajo de la ropa.
¡Era sólido! ¡Era real!

Da-hae del pasado se giró de golpe, asustada.
—¿Qué pedo? —dijo, quitándose los audífonos.
Gwi-joo la miró a los ojos. Esos ojos cafés tenían brillos dorados bajo la luz artificial. Eran hermosos. Por primera vez en siete años, Gwi-joo veía belleza en el mundo.
—Eres tú… —susurró él—. Tú eres la llave.

Pero el viaje duró poco. La conexión se rompió y Gwi-joo fue escupido de vuelta al presente, al parque gris, jadeando como si hubiera corrido un maratón.
Da-hae del presente lo miraba con cara de what.
—¿Estás bien? Te quedaste pasmado como estatua de marfil.
Gwi-joo la agarró de los hombros. Sus manos temblaban.
—Es real. Puedo tocarte. Solo a ti.

Da-hae sintió el pánico real en la voz de él. No entendía de qué hablaba, pero sabía que esto se estaba poniendo turbio.
—Suéltame, me lastimas. Estás loco.
Gwi-joo la soltó, pero se echó a reír. Una risa maníaca, liberadora.
—No estoy loco, Do Da-hae. Estoy de vuelta.


Mientras tanto, en el gimnasio “Cuerpos Perfectos” (donde la mensualidad costaba un riñón), la pobre Bok Dong-hee vivía su propio infierno personal.

Grace, la “hermana” de Da-hae, ya se había ganado su confianza. Era una maestra de la manipulación. Se hacía pasar por la amiga neta, la que te dice las verdades “por tu bien”.
—Amiga, neta, no es por ser mala onda, pero ese top no te favorece —le decía Grace mientras Dong-hee hacía sentadillas sufriendo—. Se te sale la lonja por acá. Mejor ponte una playera holgada, para que no te sientas incómoda.

Dong-hee, con la autoestima por los suelos, obedecía. Se sentía una ballena encallada.
—Oye, Grace… ¿tú crees que el Dr. Jo me ama de verdad? —preguntó Dong-hee, secándose el sudor y las lágrimas disimuladas.
Grace hizo una mueca de “ay, ternurita”.
—Ay, mana… pues mira, el amor es ciego, pero los hombres no. El Dr. Jo es un partidazo. Guapo, exitoso, cirujano… Y tú… bueno, tú tienes una “gran personalidad” y mucha lana. Haz las cuentas.

Dong-hee sintió una punzada en el pecho. Sabía que era verdad, pero escucharlo dolía más que un golpe.
—Él me dijo que nos casaremos pronto. Que solo espera pagar unas deudas de su clínica.
—¡Ja! —soltó Grace—. Clásico. “Préstame lana y luego nos casamos”. Amiga, date cuenta. Te está jineteando la lana. Pero no te agüites. Yo te voy a ayudar a ponerte mamasota. Tengo unas pastillas japonesas que son magia pura. Te quitan el hambre y te aceleran el metabolismo. ¿Las quieres?

Dong-hee dudó un segundo. Sabía que su madre le tenía prohibido tomar cochinadas. Pero la desesperación es cabrona.
—Dámelas. Dame todo el frasco.

Grace sonrió por dentro. Ya la tenía. Esas pastillas no eran para adelgazar, eran diuréticos potentes y un poco de anfetaminas baratas. La iban a poner flaca, sí, pero también loca y deshidratada. Perfecta para manipular.

Justo en ese momento, el celular de Dong-hee vibró. Era un mensaje de su novio, el Dr. Jo.
“Bebé, hoy no puedo verte. Tengo una cirugía de emergencia. Te amo”.
Dong-hee suspiró, decepcionada.
—Me canceló otra vez.
Grace le quitó el celular.
—A ver… Mmm. Cirugía de emergencia a las 8 de la noche en viernes. Sí, claro. Cirugía de “senos” con alguna nalguita, seguro. Vamos a caerle de sorpresa, ¿jalas?

Dong-hee abrió los ojos como platos.
—¿Estás loca? Se va a enojar.
—¡Qué se enoje! Tú eres la dueña del edificio donde tiene su clínica. Tú mandas, reina. Vamos a ver si es cierto que está operando.

Y así, la víbora llevó a la oveja al matadero.


De vuelta en la mansión, la pequeña Yi-na estaba en su cuarto, observando todo a través de las cámaras de seguridad que había hackeado hace meses. Sí, la niña “adicta al celular” en realidad era una hacker prodigio.
En su pantalla veía a su papá en el jardín, mirando al vacío con una sonrisa boba. Veía a la abuela en la cocina, peleándose con la servidumbre. Y veía a Da-hae en su cuarto, hablando por teléfono en susurros.

Yi-na subió el volumen de los audífonos.
“…Ya sé, ma, ya sé. El tipo está raro. Me dice cosas locas de que puede tocarme en el pasado. Creo que ya se le botó la canica… Sí, voy a acelerar lo del matrimonio. Mañana mismo saco el papel falso…”.

Yi-na suspiró. “Qué predecible”, pensó.
Se quitó los audífonos. Estaba aburrida. Ser invisible tenía sus ventajas, pero a veces pesaba. En la escuela era lo mismo. Nadie la pelaba, excepto para burlarse de sus lentes o de que siempre andaba sola.
Había un chico… Han-joon. El popular del club de baile. A veces, Yi-na sentía que él la miraba. Pero en cuanto ella volteaba, él se hacía el loco.
“Seguro se ríe de mí con sus amigos”, pensaba ella.

Ese día, en la escuela, Han-joon se le había acercado.
—Oye, Yi-na… ¿tienes un momento?
Yi-na se había puesto tensa. Se ajustó las gafas, mirando al piso.
—No. Tengo prisa.
—Es que… se te cayó esto.
Le extendió un llavero de un conejito. Era de ella. Se le había caído de la mochila.
Yi-na levantó la vista por reflejo. Sus ojos se cruzaron con los de él por una fracción de segundo.
Y leyó su mente.
“Qué bonitos ojos tiene… lástima que siempre los esconde. Ojalá me hablara”.

Yi-na se quedó helada. ¡¿Qué?! ¿El chico popular pensaba que tenía ojos bonitos?
Le arrebató el llavero y salió corriendo sin decir gracias.
“No mames, no mames, no mames”, repetía en su cabeza mientras corría al baño. Su corazón latía más rápido que el de su papá viajando en el tiempo.
Era la primera vez que leía un pensamiento amable sobre ella. Y le dio más miedo que los pensamientos culeros. Porque la esperanza duele más que el rechazo.


La noche cayó sobre la mansión. Gwi-joo estaba en la sala, esperando a Da-hae. Había tomado una decisión. Si ella era su conexión con la felicidad, la iba a usar. No le importaba si era una estafadora. Él era un hombre egoísta, siempre lo había sido. Quería sentirse vivo otra vez, a cualquier costo.

Da-hae bajó las escaleras. Llevaba un vestido sencillo, pero se veía espectacular. Traía un papel en la mano.
—Gwi-joo… tenemos que hablar.
—Dime.
Da-hae le puso el papel en la mesa. Era un acta de matrimonio. Con sus nombres. Y una fecha… de dentro de un año.
—¿Qué es esto? —preguntó Gwi-joo, levantando una ceja.
—Me lo diste tú —dijo Da-hae, soltando la mentira más grande de su carrera—. El tú del futuro. Apareciste en mi cuarto anoche. Me diste esto y me dijiste: “Cásate conmigo ahora para salvarnos después”.

Gwi-joo agarró el papel. Se rio.
—¿Yo del futuro? ¿En serio, Da-hae? ¿Crees que soy estúpido?
—¡Es la verdad! —insistió ella, actuando ofendida—. Dijiste que era la única forma de recuperar tus poderes y salvar a tu familia. Que teníamos que estar unidos legalmente.

Gwi-joo se acercó a ella. Invadió su espacio personal. Da-hae retrocedió hasta chocar con la pared. Él puso una mano a cada lado de su cabeza, acorralándola.
—Mientes muy bien, ¿sabes? Casi te creo.
—No estoy mintiendo… —susurró ella, con la voz temblorosa. Tenía al lobo demasiado cerca.

—Vamos a probarlo —dijo él.
—¿Probar qué?
—Si somos el destino. Si realmente estamos conectados.

Gwi-joo no lo pensó más. Se inclinó y la besó.
No fue un beso romántico de película de Disney. Fue un beso desesperado, hambriento, como un náufrago bebiendo agua salada.
Da-hae se quedó rígida al principio. “¡Qué hace este loco!”, pensó. Quiso empujarlo. Pero entonces…
Sintió una descarga eléctrica. Literal. Un chispazo que le recorrió la columna vertebral.

Para Gwi-joo, el mundo explotó.
El gris de la sala desapareció. Los colores estallaron como fuegos artificiales. El vestido de Da-hae se volvió de un azul vibrante. Sus labios eran rojos, cálidos. La piel de ella brillaba.
No estaba viajando al pasado. Estaba AQUÍ. En el presente. Y estaba viendo colores.
¡Por primera vez en siete años, veía colores en el presente!

Se separó de ella, jadeando, con los ojos desorbitados. Miró a su alrededor. El jarrón era verde. La alfombra era persa con tonos dorados. Miró a Da-hae. Ella estaba sonrojada (¡rosa!), con los labios hinchados.
—Veo… —murmuró Gwi-joo, tocándole la cara con asombro—. Te veo. Veo todo.

Da-hae estaba confundida.
—¿De qué hablas?
—¡Los colores! ¡Regresaron! ¡Tú me devolviste los colores!

En ese momento, la puerta de la entrada se abrió de golpe.
Entró Dong-hee, hecha un mar de lágrimas, con el rímel corrido, seguida por Grace que fingía preocupación.
—¡Es un cerdo! ¡Un maldito cerdo! —gritaba Dong-hee, tirándose al suelo dramáticamente.
La burbuja mágica de Gwi-joo se rompió. Los colores parpadearon y, lentamente, el mundo volvió a su gris habitual.
“Mierda”, pensó Gwi-joo. “Necesito más”. Miró a Da-hae como un adicto mira a su dealer.

Dong-hee pataleaba en el suelo.
—¡Lo caché! —lloraba—. ¡Fuimos a la clínica y estaba con una enfermera! ¡Se estaban besando en el quirófano! ¡Encima de la camilla de liposucción! ¡Qué asco!

Grace se acercó a la abuela Man-heum, que había bajado por el escándalo.
—Señora, lo siento mucho. Intenté detenerla, pero… el Dr. Jo es un patán. Le dijo que estaba gorda y que solo la quería por el edificio.

La abuela se puso pálida.
—¿El edificio? ¿Mi edificio?
—Sí —echó leña al fuego Grace—. Dijo que en cuanto se casaran, la iba a mandar a una granja de gordos y se iba a quedar con todo.

Man-heum se agarró el pecho.
—¡Nadie toca mi edificio! ¡Nadie!
Miró a Da-hae. Recordó su sueño. Da-hae con el anillo. Da-hae salvando a la familia.
—¡Tú! —señaló la abuela a Da-hae—. Cásate con mi hijo. ¡Ya! Necesitamos asegurar la herencia. Si Gwi-joo se casa primero, el edificio es suyo. ¡Y Dong-hee no verá ni un peso para que ese doctor no se lo robe!

Da-hae no podía creer su suerte. El caos jugaba a su favor.
Miró a Gwi-joo. Él la miraba fijamente, aun saboreando el beso, aun recordando los colores.
—Acepto —dijo Gwi-joo, sorprendiendo a todos—. Nos casamos.

Da-hae sonrió. Había ganado. O eso creía.
Pero desde las escaleras de arriba, la pequeña Yi-na observaba todo. Y por primera vez, no sonreía. Estaba asustada. Porque vio algo en la mente de su papá cuando besó a Da-hae. No vio amor. Vio obsesión.
Y la obsesión es más peligrosa que cualquier estafa.


Esa noche, Da-hae se escabulló a su cuarto para llamar a su madre adoptiva.
—Ya está, ma. Se tragaron el anzuelo. Nos casamos la próxima semana.
—¡Esa es mi hija! —graznó Il-hong—. Prepara los papeles del edificio. En cuanto firmen, vendemos y nos largamos a las Bahamas.

Da-hae colgó. Se miró al espejo. Se tocó los labios. Todavía sentía el beso de Gwi-joo. Fue… intenso.
“No te enamores, pendeja”, se dijo a sí misma. “Es solo trabajo. Es solo un borracho rico”.
Pero en el fondo, sabía que algo había cambiado. Ese chispazo eléctrico no fue normal.
De repente, sintió una presencia a sus espaldas.
Se giró.
No había nadie en el cuarto.
Pero la cortina se movía, como si alguien acabara de salir volando por la ventana.
Da-hae corrió a la ventana y miró hacia afuera.
Allá arriba, flotando torpemente contra la luna llena, vio una silueta enorme.
Era Dong-hee.
Estaba volando. Mal, chueco, como un globo desinflándose, pero estaba volando. El dolor y la furia le habían devuelto, por un instante, su poder.

Da-hae se tapó la boca para no gritar.
“Esta familia no es normal”, pensó, temblando. “Y me voy a casar con el más loco de todos”.


Al día siguiente, la casa era un hervidero de preparativos para la boda exprés.
Gwi-joo llevó a Da-hae a la “Cámara Secreta” de la familia. Un cuarto oculto detrás de la biblioteca donde guardaban sus tesoros y secretos.
—Aquí es donde guardamos la historia de los Bok —dijo él, encendiendo una luz tenue.

Había libros antiguos, fotos en blanco y negro de ancestros volando o prediciendo el futuro. Y en el centro, una caja fuerte.
—Aquí está el anillo —dijo Gwi-joo—. El que mi madre soñó que llevabas puesto.
Abrió la caja. Sacó un anillo de jade antiguo, pesado, lleno de energía.
—Póntelo.

Da-hae extendió la mano. Sus dedos temblaban de codicia. “Esto vale millones”, pensó.
Pero antes de que pudiera tocarlo, Gwi-joo cerró el puño.
—Espera. Hay una condición.
—¿Cuál?
—Si te pones este anillo, eres de la familia. Y la familia comparte todo. Incluso los secretos.
Gwi-joo la miró con esos ojos intensos que parecían ver a través de ella.
—Quiero saber la verdad sobre el incendio. La neta. Sin cuentos.
—Ya te la dije… —insistió ella.

Gwi-joo negó con la cabeza.
—No. Porque anoche viajé. Viajé al día del incendio.
Da-hae se puso pálida.
—¿Qué?
—Fui al momento exacto en que el techo se derrumbó. Y vi a alguien.

Da-hae contuvo la respiración. Si él vio la verdad, sabía que ella no fue salvada por él. Sabía que ella se salvó sola, arrastrándose entre cadáveres, robando un uniforme para salir.
—¿A quién viste? —preguntó ella, con un hilo de voz.

Gwi-joo se acercó a su oído y susurró:
—Me vi a mí mismo. Al Gwi-joo del futuro.
Da-hae casi se desmaya.
—Yo estaba ahí, Da-hae. Yo te salvé. Pero no fui el bombero novato de hace 13 años. Fui yo. El de ahora. O el de mañana. Voy a viajar al pasado para salvarte. Es mi destino.

Da-hae no entendía nada de paradojas temporales, pero entendió una cosa: El destino de este hombre era morir en ese incendio para salvarla a ella.
Si él viajaba al pasado para sacarla del fuego, significaba que él se quedaba atrapado ahí.
Significaba que él iba a morir.

—Toma —dijo Gwi-joo, poniéndole el anillo en el dedo. Le quedaba perfecto.
—Ahora eres mi prometida. Y mi misión.
Da-hae miró el anillo. Pesaba una tonelada. No pesaba oro o jade. Pesaba la vida de un hombre.
“Me voy a casar con un muerto”, pensó.
Y por primera vez en su miserable vida de estafadora, sintió algo que no era codicia. Sintió culpa. Una culpa terrible, negra y pegajosa.

¿Podría seguir con el plan sabiendo que lo estaba enviando a su tumba?
Miró a Gwi-joo, que la miraba con esperanza, creyendo que ella era su salvación.
“Perdóname, Gwi-joo”, pensó ella, apretando el puño. “Pero prefiero ser rica y viuda, que pobre y buena”.
Aunque en el fondo, muy en el fondo, su corazón empezaba a agrietarse.

Capítulo 4: Boda, Sangre y la Verdad que Quema

Dicen que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones, pero en el caso de Do Da-hae, el camino al altar estaba empedrado de mentiras, pastillas para dormir y un anillo que pesaba más que su conciencia.

Faltaban dos días para el bodorrio. La mansión Bok era un manicomio de lujo. Floristas entrando con arreglos de orquídeas que costaban lo de un coche, chefs probando menús de cinco tiempos, y la señora Man-heum (la suegra, pues) flotando en una nube de felicidad inducida por los tés “mágicos” de Da-hae.

Pero Da-hae… Da-hae estaba que se la llevaba la fregada.

Estaba en su cuarto, mirando el vestido de novia colgado en el armario. Era hermoso, blanco, puro. Todo lo que ella no era. Se miró la mano. El anillo de jade brillaba con una luz ominosa.
“Si me caso, soy rica”, pensó. “Pero si me caso, él se muere”.

La revelación de Gwi-joo la tenía malviajada. Él le había dicho que viajaría al pasado para salvarla del incendio. Y Da-hae, que sabía perfectamente que nadie la salvó (ella salió sola arrastrándose entre el humo), entendió la paradoja: Si él iba al pasado a salvarla, significaba que él se quedaba ahí. Atrapado. Muerto.
Se iba a casar con un cadáver caminante.

—¿Qué te pasa, reina? Tienes cara de que se te murió el perro.

Era Grace, la “hermana” postiza, entrando sin tocar y tirándose en la cama con sus zapatos puestos.
—Estoy nerviosa, nada más —mintió Da-hae.
—Nerviosa mis calzones. Estás clavada. Te gusta el borracho.
Da-hae le lanzó una almohada.
—Cállate. Es trabajo. Son 50 mil millones de wones.
—Más te vale, manita. Porque mamá Il-hong ya se gastó la mitad del anticipo mentalmente. Si te echas para atrás, nos mata. Y no es metáfora.

Da-hae sintió un escalofrío. Sabía de lo que era capaz su madre adoptiva. Esa vieja vendió a su propio hijo por deudas de juego. Da-hae no era más que una inversión para ella.


Mientras tanto, en el “Ala Oeste” de la mansión (porque sí, la casa era tan grande que tenía alas), Bok Dong-hee estaba en modo detective privado.

La gorda (con todo respeto, pero así se sentía ella) estaba furiosa. Su novio la había engañado, su madre la ignoraba por la “nueva nuera perfecta”, y Grace la traía a pan y agua con esas pastillas “milagrosas”.
Pero Dong-hee no era tonta. Tenía hambre, sí, pero también tenía olfato para la mierda. Y Da-hae apestaba.

—Voy a encontrar algo —murmuró Dong-hee, masticando un chicle de nicotina para calmar la ansiedad—. Esa mustia no es quien dice ser.

Aprovechando que Da-hae estaba en la prueba de maquillaje, Dong-hee se metió a su cuarto. Empezó a revolver todo. Cajones, maletas, hasta debajo del colchón.
Al principio, nada. Ropa barata mezclada con ropa de marca nueva (regalos de la suegra).
Pero luego, en el fondo de una maleta vieja y raspada, encontró un doble fondo.
Sacó una bolsita de plástico.
Pastillas. Muchas.
—¡Ajá! —gritó Dong-hee victoriosa—. ¡Drogas! ¡Lo sabía! ¡Es una yonqui!

Siguió buscando. Encontró papeles. Identificaciones falsas. Una decía “Kim Sun-hee”, otra “Lee Min-ji”. Todas con la foto de Da-hae con diferentes peinados.
Y lo más fuerte: una libreta.
Dong-hee la abrió. Eran notas.
“Objetivo 1: La madre. Debilidad: Insomnio. Estrategia: Tés sedantes y adulación.”
“Objetivo 2: La hermana gorda. Debilidad: El novio y su peso. Estrategia: Grace la destruye emocionalmente.”
“Objetivo 3: El hijo. Debilidad: La culpa y el pasado. Estrategia: Hacerle creer que es mi salvador.”

Dong-hee sintió que le hervía la sangre. Leyó lo de “hermana gorda” y casi arranca la hoja.
—Hija de tu rechingada madre… —siseó—. Me las vas a pagar. Te voy a exponer frente a todos.

Guardó la libreta y las pastillas en su enorme sostén deportivo. Tenía la bomba atómica en sus manos. Solo tenía que esperar al momento perfecto para detonarla. Y qué mejor momento que la boda.


El día de la boda amaneció gris, para variar. Pero Gwi-joo estaba radiante. Se había rasurado, peinado y puesto un esmoquin que lo hacía ver como James Bond coreano.
Estaba en el jardín, ajustándose la corbata, cuando Yi-na se le acercó.

La niña llevaba un vestido de damita de honor color pastel que odiaba con toda su alma. Se veía incómoda, jalándose la falda.
—Papá… —dijo Yi-na, mirando sus zapatos.
—Dime, princesa. ¿No te ves hermosa? Hoy vamos a ser una familia feliz. Da-hae te va a querer mucho.

Yi-na levantó la vista. Se acomodó las gafas.
—Papá, ella miente.
Gwi-joo se agachó para quedar a su altura. Su sonrisa no se borró, pero sus ojos se pusieron tristes.
—Lo sé, Yi-na.
La niña se sorprendió.
—¿Lo sabes? ¿Sabes que no es enfermera? ¿Que su familia es falsa? ¿Que solo quiere el dinero?

Gwi-joo suspiró. Le acarició el pelo a su hija.
—Sé que tiene secretos. Sé que se acercó a nosotros por interés. Pero también sé algo que tú no ves.
—¿Qué?
—Que ella es mi única oportunidad de volver a sentir. Y tal vez… tal vez yo sea su única oportunidad de dejar de mentir. A veces, las personas rotas se juntan para pegarse los pedazos, hija. Aunque el pegamento sea un poco chafa al principio.

Yi-na se quedó callada. Leyó la mente de su papá. No estaba siendo ingenuo. Estaba siendo desesperado. Y, curiosamente, vio amor. Un amor torcido, enfermo, pero amor.
—Te vas a morir si la salvas —soltó Yi-na, la verdad más dura.
Gwi-joo se levantó y miró al cielo.
—Si me muero salvándola, al menos habré hecho algo bueno con esta maldita vida.

Yi-na sintió ganas de llorar. Su papá era un idiota, pero era un idiota valiente.
—No te mueras, pa. Por favor.
Gwi-joo le dio un beso en la frente.
—Voy a intentarlo, chaparra.


Llegó la hora. El jardín estaba lleno. Invitados de la alta sociedad, socios de negocios, y del otro lado, los “parientes” falsos de Da-hae (actores contratados por la madre Il-hong) que se veían demasiado corrientes para el evento.

La marcha nupcial empezó a sonar. Tan tan taaaan.
Da-hae caminaba hacia el altar del brazo de su “tío” (el fortachón del sauna). Se sentía como si caminara hacia la silla eléctrica. Cada paso era una tortura.
Veía a Gwi-joo al final del pasillo. Él le sonreía. Y por primera vez, ella vio su cuello.
Limpio. Sin cicatrices.
“Todavía no tiene la quemadura”, pensó. “Si me caso con él, viajará al pasado. Se quemará. Morirá”.

Llegó al altar. El juez empezó a hablar pendejadas sobre el amor eterno y la fidelidad.
Da-hae no escuchaba nada. Solo escuchaba el latido de su corazón: Pum-pum, pum-pum.
Miró a la primera fila. Ahí estaba la madre Il-hong, haciéndole señas discretas de “¡Di que sí, maldita!”.
Miró a Dong-hee, que estaba roja de furia, con la mano en el escote, lista para sacar la libreta y armar el show.
Miró a Yi-na. La niña la miraba fijamente, sin gafas. Sus ojos le gritaban: “Sálvalo. No seas culera”.

—Do Da-hae —dijo el juez—. ¿Aceptas a Bok Gwi-joo como tu legítimo esposo, para amarlo y respetarlo…?

El tiempo se detuvo.
Gwi-joo la miraba con esos ojos tristes y esperanzados. Le apretó la mano.
—Di que sí —susurró él—. Sálvame.

Da-hae sintió que se rompía por dentro.
Si decía que sí, lo condenaba a muerte. Si decía que no, condenaba su propio futuro y la mataba su madre adoptiva.
Pero entonces recordó algo. Recordó el beso. Recordó los colores. Recordó que este hombre, por primera vez en su perra vida, la había hecho sentir valiosa, no por su dinero, sino por ella.

Da-hae soltó la mano de Gwi-joo.
Dio un paso atrás.
El silencio en el jardín era sepulcral. Hasta los pájaros se callaron el hocico.

—No —dijo ella.
La multitud jadeó. ¡Gasp!
La madre Il-hong se levantó de un salto.
—¿Qué dices, niña? ¡Está nerviosa! ¡Es el estrés!
—¡Cállese, vieja bruja! —gritó Da-hae, sorprendiendo a todos. Se giró hacia Gwi-joo—. No puedo casarme contigo.

Gwi-joo frunció el ceño.
—Da-hae, no tengas miedo…
—¡No es miedo! —le gritó ella, con lágrimas en los ojos—. ¡Es que todo es mentira!

Dong-hee, que estaba a punto de levantarse para exponerla, se quedó sentada de nalgas. “¡Me ganó!”, pensó. “¡Se expuso sola!”.

Da-hae se dirigió a los invitados, a la suegra, a todos.
—Mírenme bien. No soy enfermera. No soy huérfana de una familia decente. Soy una estafadora.
Señaló a la madre Il-hong.
—Esa no es mi tía. Es mi jefa. Es una usurera que me cobra hasta los suspiros.
Señaló a Grace.
—Esa no es mi hermana. Es otra víbora que se metió al gimnasio para engordar más a tu hija —le dijo a la señora Man-heum.

La señora Man-heum estaba a punto del infarto. Se abanicaba frenéticamente.
—¡No! ¡Mi sueño! ¡El anillo!

Da-hae se quitó el anillo de jade.
—Y esto… —dijo, levantando la joya—. No me lo dio el destino. Me lo dio él.
Se giró hacia Gwi-joo.
—Me acerqué a ti por tu dinero. Quería robarte el edificio. Puse pastillas en el té de tu madre para que durmiera y confiara en mí. Todo fue un plan. Una maldita estafa.

Gwi-joo la miraba. No estaba enojado. Estaba… ¿aliviado?
—¿Por qué me dices esto ahora? —preguntó él suavemente.
—Porque… —Da-hae tragó el nudo en su garganta—. Porque tú crees que me salvaste hace 13 años. Crees que eres un héroe. Pero no lo eres. Nadie me salvó. Salí sola. Así que no tienes que viajar al pasado. No tienes que morir por mí.

Ahí estaba. La verdad. La sacrificó todo: el dinero, su seguridad, su libertad… para salvarle la vida a él.

El caos se desató.
—¡Policía! —gritó Dong-hee—. ¡Arréstenlas a todas!
La madre Il-hong intentó huir, pero tropezó con un arreglo floral y cayó de boca en el pastel de bodas. Justicia poética.
Grace intentó correr, pero Dong-hee, impulsada por la furia, se movió con una velocidad sorprendente y la tacleó como linebacker de la NFL.

En medio del desmadre, Gwi-joo y Da-hae se quedaron quietos, mirándose.
—Eres una mentirosa de mierda —dijo Gwi-joo, pero sonreía.
—Y tú eres un suicida idiota —respondió ella, llorando.
—Gracias —dijo él.
—Púdrete —dijo ella.

Da-hae se dio la vuelta y corrió. Corrió con su vestido de novia, saltando sobre las sillas, empujando a los meseros. Salió del jardín, se quitó los tacones y siguió corriendo por la calle, con el maquillaje corrido y el corazón roto, pero vivo.

Gwi-joo la vio irse.
Su madre, Man-heum, lloraba histérica en el suelo.
—¡Todo se arruinó! ¡Estamos malditos!
Gwi-joo miró el anillo de jade que Da-hae había dejado en el altar. Lo recogió.
Estaba caliente. Todavía tenía el calor de ella.

—No, madre —dijo Gwi-joo, apretando el anillo—. Esto apenas empieza.


Corte a: Esa noche. En la celda de detención preventiva (porque sí, se llevaron a Il-hong y a Grace, pero Da-hae seguía prófuga).
Pero no estaba prófuga lejos. Estaba en el sauna. Escondida en el cuarto de máquinas, donde hacía un calor del demonio.

Estaba hecha bolita, llorando. Lo había perdido todo. Su “familia” la iba a matar si salían. Los Bok la odiaban. No tenía dinero, no tenía casa.
De repente, la puerta se abrió.
Da-hae levantó la vista, esperando a la policía.
Pero era Gwi-joo.
Todavía traía el esmoquin, aunque ya sin corbata y con la camisa desabotonada. Se veía cansado, pero sus ojos tenían ese brillo, ese color que solo ella le daba.

—¿Cómo me encontraste? —preguntó ella, sorbiéndose los mocos.
—Yi-na —dijo él, sentándose a su lado en el suelo sucio—. Ella sabía dónde estabas. Le caes bien, aunque no lo admita.

Da-hae soltó una risa amarga.
—Vienes a regodearte. O a pedirme que me entregue.
—Vengo a decirte una cosa.
Gwi-joo le tomó la mano. Al contacto, el cuarto de máquinas gris y sucio se llenó de colores. El óxido de las tuberías se volvió naranja vibrante, el vapor se veía plateado.
—Me dijiste que nadie te salvó en el incendio. Que saliste sola.
—Es la verdad.
—Mientes —dijo él con certeza.

Da-hae lo miró, confundida.
—¿Qué?
—Viajé. Hace rato. Mientras todos gritaban en la boda. Cerré los ojos y pensé en ti. En este momento, en tu dolor. Y volví al incendio.
Gwi-joo se acercó más.
—No te vi a ti saliendo sola. Vi a alguien contigo. No le vi la cara porque había mucho humo. Pero vi el uniforme. Era un bombero. Y llevaba… —Gwi-joo se tocó el cuello—. Llevaba una cicatriz aquí.

Da-hae negó con la cabeza frenéticamente.
—No… no tienes cicatriz.
—Todavía no —dijo Gwi-joo—. Pero la tendré. Da-hae, no puedes cambiar el destino mintiendo. Yo estuve ahí. O estaré ahí. Tú confesaste en la boda para salvarme, lo sé. Pero eso no cambia lo que vi.

Da-hae se sintió acorralada.
—¡Pues no vayas! ¡Quédate aquí! ¡Olvídame! ¡Soy una estafadora, carajo!
Gwi-joo le acarició la mejilla.
—Eres la estafadora que sacrificó 50 mil millones de wones por mi vida. Eso te hace… no sé, la peor estafadora del mundo o la mejor persona que conozco.

Se quedaron en silencio un momento. El calor del cuarto era sofocante, pero entre ellos había una corriente eléctrica fría y caliente a la vez.
—¿Y ahora qué? —preguntó Da-hae—. Tu familia me odia. Mi familia me quiere muerta.
—Ahora… —Gwi-joo se levantó y le ofreció la mano—. Ahora vamos a hacerlo bien. Sin mentiras. Sin drogas. Vamos a averiguar cómo salvarte en el pasado sin que yo me muera en el intento. ¿Jalas?

Da-hae miró esa mano. Era la mano de un hombre que podía viajar en el tiempo, pero que elegía estar ahí, en un cuarto de máquinas apestoso, con ella.
—Jalo —dijo ella, y tomó su mano.

Pero el destino es cabrón. Justo cuando salían del sauna, el teléfono de Gwi-joo sonó. Era Dong-hee.
—¡Gwi-joo! ¡Ven rápido al hospital! ¡Es mamá!
—¿Qué pasó? —preguntó él, alarmado.
—Tuvo otro sueño. Se desmayó. Y cuando despertó… Gwi-joo, está gritando que el fuego ya empezó. Dice que vio el reloj. Dice que vio la hora de tu muerte.

Gwi-joo colgó el teléfono. Miró a Da-hae.
—Empezó la cuenta regresiva.

FIN DEL CAPÍTULO 4

Related Posts

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *

© 2026 News - WordPress Theme by WPEnjoy