
CAPÍTULO 1: El Ingeniero y el Licenciado
La Ciudad de México amanecía con esa bruma grisácea y dorada típica de los meses secos. A las 5:00 de la mañana, el silencio en la zona residencial de Jardines del Pedregal era casi religioso, solo roto ocasionalmente por el ladrido lejano de un perro o el motor de algún repartidor madrugador.
Igor abrió los ojos un minuto antes de que sonara la alarma. Su reloj biológico era tan preciso como los cálculos estructurales que regían su vida profesional. No necesitaba el chirrido digital del teléfono para saber que ya era hora de empezar la batalla diaria. Se incorporó en la cama con cuidado, sintiendo el peso de las sábanas de algodón egipcio de 600 hilos, un lujo que, incluso después de años de éxito, todavía le parecía ajeno, un recordatorio de lo lejos que había llegado desde su infancia en la colonia Doctores.
A su lado, Victoria dormía profundamente. Igor se detuvo un momento, como hacía casi todas las mañanas, para observarla. La tenue luz azulada del amanecer se colaba por las cortinas automáticas, perfilando la curva de su hombro y el desorden artístico de su cabello castaño sobre la almohada. Respiraba con una calma envidiable, con los labios entreabiertos, emanando una paz que a Igor siempre le había parecido el contrapeso perfecto para su propia vida, llena de concreto, acero y presiones.
—Descansa, mi vida —susurró Igor, tan bajo que ni siquiera el aire se movió.
Se levantó sin hacer ruido. Sus pies tocaron la madera de tzalam del piso, cálida y sólida. Esta casa no era solo un lugar donde vivir; era su manifiesto. Igor la había diseñado y construido con sus propias manos, supervisando cada mezcla de cemento, cada viga de acero expuesto, cada bloque de piedra volcánica negra que revestía los muros principales. Era una fortaleza de estilo brutalista, moderna pero con raíces profundas en la tierra mexicana, igual que él.
Bajó a la cocina, un espacio inmenso de mármol y tecnología de punta. Mientras la cafetera italiana comenzaba a gorgotear el aroma rico y oscuro del café de Veracruz, Igor miró a través del ventanal que daba al jardín. Al fondo, si el smog lo permitía, se podían ver las siluetas de los volcanes.
Igor Soriano, el “Ingeniero”, como lo llamaban con respeto sus quinientos empleados, era un hombre de rituales. Bebió el café negro, sin azúcar, sintiendo cómo el calor le despertaba las neuronas. A sus 40 años, se sentía en la cima. Tenía la fuerza de un toro y la experiencia de un zorro. Su constructora, “Soriano Estructuras”, acababa de ganar la licitación para un nuevo complejo de oficinas en Santa Fe. El dinero fluía, la salud no faltaba y, lo más importante, tenía a su gente.
Su gente se reducía a dos personas clave: Victoria, su esposa y musa, y Miguel, su compadre, su hermano elegido, su sangre.
La historia de Igor y Miguel era la historia de dos sobrevivientes. Se conocieron en la secundaria técnica número 14, un lugar donde tenías que aprender a defenderte rápido o te comían vivo. Igor era el chico grande y callado, hijo de una madre soltera que cosía ajeno para pagar las cuentas. Miguel era el flaco, el “Weso”, como le decían entonces, hijo de un taxista que siempre tenía una anécdota increíble que contar.
Igor recordaba perfectamente el día que se hicieron inseparables. Un grupo de tercero quería quitarle a Igor los tenis nuevos que su madre le había comprado con meses de ahorro. Igor, aunque grande, no sabía pelear; era pacífico por naturaleza. Estaba acorralado contra la reja de la escuela cuando apareció Miguel. No apareció con puños, sino con palabras.
—¡Aguanten, aguanten! —había gritado Miguel, metiéndose en medio con una sonrisa de oreja a oreja—. ¿Le van a pegar al “Tanque”? ¿No saben quién es su tío? Ese güey es sobrino del “Caimán” de la Tepito. Si lo tocan, mañana amanecen en bolsas.
Era mentira, por supuesto. Igor no tenía ningún tío en Tepito, y mucho menos uno apodado el Caimán. Pero Miguel lo dijo con tal seguridad, con tal desparpajo y carisma, que los bravucones dudaron. Esa duda fue suficiente para que sonara la campana y se salvaran. Desde ese día, Igor puso los músculos y Miguel puso la labia.
Crecieron juntos, compartiendo tortas de tamal y sueños de grandeza.
—Vas a ver, Igor —decía Miguel cuando tenían 18 años, sentados en la banqueta tomando una caguama tibia—. Yo voy a ser el mejor abogado penalista de este país. Voy a sacar a los narcos y a los políticos del bote y me van a pagar en oro. Y tú vas a construir los rascacielos donde yo voy a tener mi oficina. Vamos a ser los reyes de la selva de asfalto, carnal.
Y cumplieron. Vaya que cumplieron.
Igor terminó su café y dejó la taza en el fregadero. Subió a vestirse. Traje azul marino, camisa blanca impecable, sin corbata. Botas de trabajo en la cajuela por si tenía que bajar a la obra, pero zapatos italianos para la oficina. Se miró al espejo. Vio algunas canas en las sienes y líneas de expresión alrededor de los ojos, marcas de reírse y de preocuparse. Se sentía afortunado.
Antes de salir, regresó al cuarto. Victoria seguía dormida. Le dejó un beso en la frente y una nota en la mesita de noche: “Que tengas un día lleno de inspiración. Te amo. Nos vemos en la noche. Igor.”
Salió de la casa y se subió a su camioneta pickup 4×4, una bestia negra blindada. El tráfico de la Ciudad de México a las 6:30 AM ya era un monstruo que despertaba, pero a Igor no le molestaba. Era el pulso de la ciudad que él ayudaba a construir.
El día pasó volando entre juntas, polvo de cemento y gritos a los contratistas.
—¡Maestro, ese muro está chueco! —le gritó a un albañil veterano—. ¡Si no lo tira y lo levanta bien, no le pago la raya el sábado! Aquí no hacemos porquerías.
—Sí, Inge, ahorita queda —respondió el hombre, sabiendo que Igor era estricto pero justo. Igor pagaba mejor que nadie y siempre invitaba las carnitas los viernes. Por eso lo respetaban. No era un “jefe” de escritorio; era uno de ellos que había subido.
A las 7:00 PM, el teléfono de Igor sonó. Era el tono especial que tenía asignado para Miguel.
—¿Qué pasó, Licenciado? —contestó Igor, conectando el manos libres.
—¡Mi Inge favorito! —la voz de Miguel resonaba con esa energía eléctrica de siempre—. ¿Dónde andas? ¿Sigues jugando con tus legos gigantes?
—Ya voy saliendo de la obra. ¿Qué traes?
—Jueves de compadres, güey. No me digas que se te olvidó. Ya estoy en “El Salón Tenampa”. Pedí una botella de Herradura y unos tacos de chamorro que están para chuparse los dedos. ¡Cáele!
Igor sonrió. Estaba cansado, le dolía la espalda baja, pero a Miguel no se le decía que no. Además, necesitaba desahogarse.
—Dame 40 minutos. El tráfico en Periférico está del carajo.
Cuando Igor entró en la cantina, el olor a tequila, limón y carne asada lo golpeó, familiar y reconfortante. El mariachi tocaba “El Rey” en una esquina, y el ruido de las conversaciones llenaba el aire. En una mesa del fondo, lejos del bullicio principal pero con buena vista de la entrada, estaba Miguel.
Miguel lucía impecable, como siempre. Traje gris perla a la medida, pañuelo de seda en el bolsillo, reloj suizo que costaba lo que un auto compacto. Se levantó al ver a Igor y le dio un abrazo de oso.
—¡Míralo nomás! —exclamó Miguel, sentándose de nuevo—. Llegas lleno de polvo, cabrón. Se te nota que trabajas de verdad, no como uno que nomás gasta saliva.
—Alguien tiene que construir el país, Mich —respondió Igor, usando el apodo de cariño—. Si fuera por ustedes los abogados, ya hubiéramos vendido hasta el Ángel de la Independencia.
—¡Jajaja! Culpable de los cargos. ¡Mesero! ¡Otro vaso para mi compadre!
El tequila llegó y brindaron. El líquido ámbar bajó quemando la garganta de Igor, llevándose el estrés del día.
—¿Cómo va todo? —preguntó Igor, mordiendo un taco de guacamole con chicharrón.
—Pues ahí vamos, hermano. Defendiendo a lo indefendible, como siempre. Tengo un cliente nuevo, un político de esos que roban pero poquito… ya sabes. Me va a dejar una buena lana si logro que no pise el reclusorio Norte. ¿Y tú? ¿Cómo va la nueva obra?
—Bien, complicada. El suelo en Santa Fe es traicionero. Pero vamos en tiempo.
Miguel se inclinó hacia adelante, bajando la voz y cambiando el tono a uno más íntimo.
—¿Y en casa? ¿Cómo está la Vicky? ¿Sigue pintando esos cuadros locos?
Igor sonrió con ternura al escuchar el nombre de su esposa.
—Le va increíble, Miguel. La galería está despegando. Está preparando una exposición para su cumpleaños. Anda muy estresada, casi no la veo, pero está feliz. Es su sueño, tú sabes.
—Claro, claro… —Miguel asintió lentamente, jugando con el borde de su copa. Sus ojos, oscuros y brillantes, escrutaron a Igor por un segundo—. Qué mujer te conseguiste, Igor. En serio. Es guapa, talentosa, con clase… A veces me pregunto cómo un simple ingeniero con manos callosas como tú logró atrapar a semejante sirena.
—Suerte, supongo —dijo Igor con humildad—. Y que soy terco. No acepté un no por respuesta cuando la invité a salir la primera vez.
Miguel soltó una carcajada.
—¡Cierto! Me acuerdo. Estuviste tres meses mandándole flores hasta que aceptó ir por un café. Eres un romántico empedernido, hermano.
—Ella vale la pena.
—Sí… —murmuró Miguel, y por una fracción de segundo, Igor creyó ver una sombra extraña en la mirada de su amigo. Una mezcla de envidia o burla, quizás. Pero desapareció tan rápido que Igor pensó que era efecto de las luces de la cantina—. Ojalá yo tuviera esa suerte con Diana.
—¿Siguen mal? —preguntó Igor preocupado.
Miguel hizo una mueca de disgusto y se echó un trago largo de tequila.
—Es insoportable, Igor. Todo el día me reclama. Que si llego tarde, que si no le doy atención, que si los niños… Ya no la aguanto. A veces pienso que me casé demasiado joven, o con la mujer equivocada. La pasión se acabó hace años. Ahora solo somos dos extraños pagando una hipoteca juntos.
Igor sintió pena por su amigo. Para él, el matrimonio era sagrado. No entendía cómo el amor podía convertirse en esa amargura que describía Miguel.
—Tienes que echarle ganas, Mich. El matrimonio es como un edificio. Si no le das mantenimiento, se agrieta y se cae. Llévala de viaje, regálale algo.
—Tú siempre con tus metáforas de albañil —se rió Miguel, pero sin alegría—. No es tan fácil, Igor. A veces, simplemente necesitas… aire fresco. Algo nuevo. Algo que te haga sentir vivo otra vez. ¿Sabes a lo que me refiero?
Igor negó con la cabeza.
—La verdad no. Yo con Victoria tengo todo lo que necesito. No busco nada fuera.
Miguel lo miró fijamente, con una sonrisa torcida.
—Eres un santo, Igor. Un pinche santo. Ojalá todos fuéramos como tú. Salud por eso. Por la fidelidad… esa especie en peligro de extinción.
Chocaron los vasos otra vez.
—Salud —dijo Igor.
Pasaron un par de horas recordando viejos tiempos. Hablaron de cuando se fueron de pinta a Acapulco con 500 pesos en la bolsa, de cuando Igor casi se cae de un andamio en sus prácticas profesionales, de las novias del pasado. La camaradería era sólida, tangible. Igor se sentía agradecido. En un mundo donde todos querían algo de él —dinero, trabajo, favores—, Miguel era el único que lo quería por quien era. O al menos, eso creía.
—Oye, compadre —dijo Miguel ya cuando pedían la cuenta, un poco arrastrando la lengua—. ¿Y no te da miedo?
—¿Miedo de qué?
—De que la Vicky vuele demasiado alto. Ya sabes, el mundo del arte es… complicado. Hay mucha gente pretenciosa, muchos tipos con dinero y tiempo libre. Ella es joven, hermosa… Tú te la pasas entre varillas y cemento. ¿No te da miedo que alguien más le… pinte un cuadro mejor?
La pregunta tomó a Igor por sorpresa. Sintió una punzada de molestia.
—Confío en ella, Miguel. Y ella confía en mí. No somos como tú y Diana. Nosotros estamos bien.
Miguel levantó las manos en señal de rendición.
—Tranquilo, tigre. No te ofendas. Solo digo que hay que cuidar lo que es de uno. Ojos abiertos, siempre. Es consejo de abogado.
Se despidieron en el estacionamiento. El aire de la noche era fresco.
—Te quiero, cabrón —dijo Miguel, abrazándolo un poco más fuerte de lo necesario—. Eres mi hermano. Nunca lo olvides.
—Yo también, Mich. Cuídate.
Igor condujo de regreso a casa con una sensación extraña en el estómago. ¿Por qué Miguel había insistido tanto en el tema de Victoria? Quizás era el alcohol. O quizás era que Miguel, en su infelicidad, no podía soportar ver que Igor fuera feliz. “Pobre Miguel”, pensó Igor. “Está amargado y proyecta sus miedos en mí”.
Llegó a su casa cerca de las 11:00 PM. Las luces de la planta baja estaban apagadas, pero vio luz en el estudio de Victoria, una estructura de cristal adosada al jardín principal.
Decidió no entrar a la casa principal e ir directo al estudio para saludarla. Caminó por el jardín, pisando el pasto húmedo. A medida que se acercaba, vio la silueta de Victoria. Estaba de espaldas, hablando por teléfono. Se movía con energía, gesticulando, riendo. Llevaba una bata de seda que Igor le había traído de París.
Igor se detuvo un momento para admirarla a través del cristal. Iba a tocar la puerta, pero algo lo detuvo. Victoria colgó el teléfono, y por un segundo, cuando se giró, su rostro no tenía la expresión de cansancio artístico que solía mostrarle a él. Tenía una expresión de… euforia. Se mordía el labio, se abrazaba a sí misma y miraba el teléfono con una sonrisa boba, una sonrisa de adolescente enamorada.
Igor sintió un escalofrío. Esa sonrisa. Hacía años que no veía esa sonrisa dirigida a él.
Sacudió la cabeza. “Estás paranoico por culpa de Miguel”, se regañó. “Seguro cerró una venta importante”.
Abrió la puerta del estudio.
—¡Hola, amor! —dijo, tratando de sonar casual.
Victoria dio un respingo, casi tirando el teléfono.
—¡Igor! —exclamó, llevándose una mano al pecho—. ¡Me asustaste! ¿Por qué entras así?
—Perdón, vi luz y quise saludar. ¿Todo bien? Te veías muy contenta.
Victoria recuperó la compostura en un instante. Bloqueó el teléfono y lo dejó sobre la mesa, boca abajo. Se acercó a él y le dio un beso rápido, con sabor a menta.
—Sí, todo bien. Estaba hablando con… con el curador de la expo. Está emocionado con la nueva serie. Dice que va a ser un éxito.
—Qué bueno, nena. Me da mucho gusto. Vengo de cenar con Miguel. Te manda saludos.
Al mencionar a Miguel, los ojos de Victoria parpadearon. Fue un microgesto, casi imperceptible, pero Igor, que llevaba años “leyendo” grietas en muros de carga, lo notó. Una tensión en la comisura de los labios, una rigidez en los hombros.
—Ah, qué bien —dijo ella, con un tono demasiado neutro—. ¿Cómo está?
—Bien, ya sabes. Quejándose de Diana. Dice que su matrimonio es un desastre.
Victoria soltó una risita nerviosa y se dio la vuelta para recoger unos pinceles.
—Pobre Diana. Miguel es… difícil. Siempre ha sido muy intenso. Pero bueno, no hablemos de ellos. Estoy agotada, Igor. ¿Nos vamos a dormir?
Esa noche, acostado en la oscuridad, Igor intentó dormir, pero las palabras de Miguel resonaban en su cabeza como un eco molesto: “Ojos abiertos, siempre. Es consejo de abogado.”
Y la imagen de Victoria mirando su teléfono con esa sonrisa boba no lo dejaba en paz.
Se giró para abrazarla, buscando el calor de su cuerpo para disipar las dudas. Ella estaba de espaldas, en el borde de la cama.
—Buenas noches, Igor —dijo ella, seca.
—Buenas noches, Vic.
Igor cerró los ojos, pero el sueño tardó horas en llegar. No lo sabía aún, pero esa sería la última noche que dormiría con la inocencia de un hombre que cree en el amor incondicional. Los cimientos de su vida perfecta ya tenían fisuras profundas, y el terremoto estaba a punto de comenzar.
CAPÍTULO 2: La Musa Distraída
Si el matrimonio fuera una estructura de concreto, Igor sabía que las grietas más peligrosas no son las que se ven a simple vista en la fachada, sino las microfracturas internas. Esas que ocurren profundo, en el alma del acero, silenciosas y mortales, hasta que un día, con el peso incorrecto, todo se viene abajo.
Durante los meses siguientes a esa cena en la cantina con Miguel, la vida de Igor entró en una fase que él, en su intento desesperado por mantener la paz, catalogó como “una temporada alta de trabajo”. Pero en el fondo, sabía que era algo más. Era un enfriamiento. Un invierno emocional que llegó sin aviso en plena primavera.
Victoria, su musa, su razón de sonreír al final del día, se estaba convirtiendo en un fantasma.
Todo comenzó con la galería. “Espacio V”, como la había bautizado ella. Estaba ubicada en una casona antigua remodelada en la colonia Roma Norte, una zona llena de cafeterías de especialidad, hipsters en bicicleta y mezcalerías de diseño. Igor había pagado la remodelación, por supuesto. Había supervisado que la iluminación fuera perfecta para resaltar las obras, que el sistema de aire acondicionado mantuviera la humedad exacta para conservar los lienzos. Lo había hecho con amor, pensando que estaba construyendo un templo para el talento de su esposa.
Pero el templo se convirtió en una fortaleza donde él ya no era bienvenido.
Una tarde de viernes, Igor decidió salir temprano de la obra. Había sido una semana brutal peleando con sindicatos y proveedores de acero, y solo quería ver a su mujer. Pasó a una florería boutique en Polanco y compró un arreglo inmenso de peonías y orquídeas, las favoritas de Victoria.
—Para la mujer más hermosa —le dijo a la encargada mientras pagaba con la tarjeta corporativa.
Manejó hacia la Roma, sorteando el tráfico infernal de la Avenida Chapultepec con una sonrisa boba en la cara. Imaginaba la escena: entraría a la galería, Victoria se sorprendería, le daría un beso apasionado frente a sus asistentes, y luego se irían a cenar a algún lugar íntimo, tal vez a ese restaurante italiano que tanto le gustaba.
Estacionó la camioneta a una cuadra y caminó con el arreglo floral, sintiéndose como un colegial enamorado.
Cuando llegó a la puerta de cristal de “Espacio V”, vio que estaba cerrada con llave, aunque el horario decía que cerraban a las 8:00 PM y apenas eran las 6:30. Adentro, las luces estaban atenuadas, creando una atmósfera íntima, casi de bar clandestino.
Igor empujó la puerta. Cerrada. Tocó el timbre. Nada.
Se acercó al cristal y miró hacia adentro. Al fondo, en la oficina privada de Victoria —esa que tenía paredes de vidrio esmerilado— se veían siluetas. No podía distinguir quiénes eran, pero se movían con una familiaridad que le provocó un nudo en el estómago. Se veían dos figuras: una femenina, claramente Victoria por sus gestos amplios al hablar, y una masculina.
Igor sacó su celular y la llamó.
La vio a través del cristal. Vio cómo la silueta femenina se detenía, miraba el teléfono sobre el escritorio, y luego… lo volteaba boca abajo.
El celular de Igor mandó la llamada a buzón. “Su llamada será transferida al buzón…”.
Igor sintió un golpe de calor en la nuca. Volvió a llamar. Esta vez, vio cómo la silueta masculina se acercaba a ella, le ponía una mano en el hombro, como consolándola o distrayéndola. Ella tomó el teléfono y contestó.
—¿Bueno? —su voz sonaba agitada, con un eco metálico.
—Victoria, soy yo. Estoy afuera.
—¿Afuera? ¿Afuera de dónde? —preguntó ella, y por el tono, Igor supo que estaba en guardia.
—De la galería. Te traje flores. Pero está cerrado. Te veo ahí adentro, en la oficina. Ábreme.
Hubo un silencio de tres segundos. Tres segundos eternos donde Igor pudo escuchar la respiración de ella y, juraría, el susurro de alguien más.
—¡Ay, amor! Perdóname, es que… estamos en una reunión super privada con un inversionista muy importante de Guadalajara. Es un tipo súper especial, odia las interrupciones. Le “choca” que entre gente cuando está viendo piezas.
—Soy tu esposo, Victoria. No soy “gente”.
La puerta de la galería se abrió con un zumbido eléctrico. Salió Karen, la asistente de Victoria, una chica joven con el pelo pintado de azul y una actitud permanente de superioridad artística.
—Hola, Igor —dijo Karen, bloqueando la entrada con su cuerpo—. Vicky dice que le des dos minutos. Está cerrando el trato del año.
Igor sintió la humillación arderle en las orejas. Estaba ahí parado en la banqueta, con un ramo de flores ridículamente grande, siendo bloqueado por una niña de 22 años en el negocio que él mismo había pagado.
—Toma —le empujó el arreglo a Karen—. Diles que no se preocupen. No quiero arruinar su “trato del año”.
Se dio la media vuelta y caminó hacia su camioneta sin mirar atrás. El corazón le latía con una mezcla de furia y vergüenza. “Tranquilo, Igor”, se dijo a sí mismo mientras arrancaba el motor y aceleraba más de la cuenta. “Son negocios. El mundo del arte es así, caprichoso. No seas un celoso de mierda”.
Pero esa noche, Victoria llegó a casa a las 11:00 PM. No traía las flores.
—Se me olvidaron en la galería, amor, ¡perdón! —dijo al entrar, dándole un beso rápido en la mejilla que ni siquiera rozó la piel—. Pero no sabes… vendimos tres piezas grandes. El cliente estaba fascinado.
—¿Quién era el cliente? —preguntó Igor, sirviéndose un whisky en la sala.
—Un tal… Roberto. Roberto Garza. Un empresario regio.
Igor la miró. Victoria tenía el maquillaje un poco corrido y el cabello más alborotado de lo normal. Pero lo que más le dolió fue que ella ni siquiera se dio cuenta de que él la estaba analizando. Se quitó los tacones con un suspiro de alivio y se tiró en el sofá, ignorando por completo el dolor que emanaba de su esposo.
—Me voy a dormir, Igor. Estoy muerta.
Y así, Igor se quedó solo con su whisky y su duda.
Las semanas siguientes fueron una repetición constante de ese patrón. La “Musa” estaba distraída, ausente.
Antes, solían cenar juntos. Igor cocinaba —le encantaba hacer asados o pastas— y Victoria ponía la mesa. Hablaban de todo: de los edificios de él, de los colores de ella, de planes para el fin de semana.
Ahora, Igor cenaba solo en la inmensa barra de granito. Victoria siempre tenía una excusa.
—Tengo un cóctel de inauguración en San Ángel.
—Tengo una cena con críticos de arte.
—Tengo que quedarme a hacer inventario.
Y cuando estaba en casa, estaba pegada al teléfono. Ese maldito aparato se había convertido en una extensión de su mano. Se lo llevaba al baño, se lo llevaba a la cama, lo ponía boca abajo en la mesa. Sonreía ante la pantalla con esa luz boba que Igor había visto en el jardín.
—¿De qué te ríes tanto? —preguntaba él, tratando de sonar casual, aunque por dentro se lo comían los celos.
—Ay, nada. Memes que me manda mi hermana. Es una tonta.
—A ver, enséñame. A mí también me gusta reírme.
—Ya lo borré —decía ella rápido, bloqueando la pantalla—. Era una tontería privada de mujeres. No le entenderías.
Igor se sentía cada vez más pequeño en su propia casa. Era el proveedor, el que pagaba las tarjetas de crédito platino que Victoria reventaba en boutiques de Masaryk, el que mantenía el jardín impecable y la alberca climatizada. Pero emocionalmente, se sentía como un mueble viejo que estorba pero que nadie se atreve a tirar porque es útil.
Y lo peor era la soledad social.
Igor intentó buscar refugio en su mejor amigo. Necesitaba hablar, necesitaba que Miguel, con su cinismo de abogado y su lealtad de hermano, le dijera que estaba loco, que todo era imaginación suya.
—¿Bueno? —contestó Miguel un martes a mediodía. Se escuchaba ruido de fondo, como de tráfico o viento.
—Mich, ¿cómo andas? Necesito verte, cabrón. Invito la comida. Vamos a “Los Panchos” por unas carnitas.
—Híjole, Inge. Me agarras en curva. Estoy camino a Toluca. Tengo una audiencia en el penal de Almoloya con un cliente pesado. No creo regresar hasta la noche.
—¿Y mañana?
—Mañana vuelo a Monterrey. Tengo un litigio corporativo allá. Ando en chinga, hermano. De verdad. Perdóname.
Igor suspiró, recargándose contra una columna de concreto en su obra.
—Está bien, Mich. Se te extraña, güey. Hace un mes que no nos vemos.
—Lo sé, lo sé. En cuanto baje la chamba nos ponemos una peda de aquellas, te lo prometo. Oye, te dejo, que ya se me va a cortar la señal.
Colgaron. Igor se quedó mirando el teléfono. Algo no le cuadraba. Miguel siempre había sido el alma de la fiesta, el que organizaba las reuniones. Ahora, parecía huir de él. Y curiosamente, las “ocupaciones” de Miguel a menudo coincidían con las “ocupaciones” de Victoria.
Cuando Victoria tenía una cena con “clientes regios”, Miguel casualmente volaba a Monterrey. Cuando Victoria tenía un evento en el sur de la ciudad, Miguel tenía audiencias por allá.
“Coincidencias”, se repetía Igor. “No seas paranoico. Miguel es tu hermano. Victoria es tu esposa. Ellos no te harían eso”.
Pero la duda es como la humedad: una vez que entra, se expande y pudre todo lo que toca.
El punto de quiebre emocional llegó un sábado por la noche. Había una tormenta eléctrica azotando la Ciudad de México. El cielo se iluminaba con relámpagos morados y los truenos hacían vibrar los ventanales de la casa de Igor.
Victoria se estaba arreglando frente al espejo de cuerpo entero. Llevaba un vestido negro corto, muy corto, y unos tacones de aguja rojos. Se estaba poniendo un labial rojo intenso, delineando sus labios con una precisión quirúrgica.
Igor estaba sentado en la cama, leyendo un libro, o fingiendo leerlo. La miraba. Se veía espectacular. Hermosa. Y totalmente ajena a él.
—¿Vas a salir con esta lluvia? —preguntó Igor.
—Sí, amor. Es la despedida de soltera de una amiga de la universidad. De Claudia, ¿te acuerdas de ella?
Igor no se acordaba de ninguna Claudia, pero asintió.
—Está cayendo el cielo, Victoria. Es peligroso manejar así. Quédate. Pedimos unas pizzas, vemos una película… hace meses que no hacemos nada juntos.
Victoria se giró. Por un segundo, su máscara de perfección vaciló. Hubo un destello de culpa en sus ojos, o tal vez fue lástima. Se acercó a la cama y se sentó junto a él. Le acarició la mejilla con una mano fría.
—Ay, Igor. Eres tan lindo. Pero no puedo faltar, soy la dama de honor. Me están esperando.
—Te llevo.
—¡No! —la respuesta fue demasiado rápida, casi un grito—. No, no tiene caso. Voy a pasar por otra amiga y nos vamos juntas. Tú descansa. Has trabajado mucho. Te ves cansado, viejito.
“Viejito”. La palabra le dolió más que un insulto. Igor tenía 40 años y estaba en perfecta forma física, corría 10 kilómetros cada mañana. Pero ella lo hacía sentir viejo, aburrido, obsoleto.
Victoria se levantó, dejando una estela de ese perfume nuevo que usaba últimamente. Ya no olía a vainilla y jazmín como antes. Ahora olía a algo más fuerte, más almizclado, más… sexual.
—No me esperes despierto —dijo ella, lanzándole un beso al aire—. Te quiero.
Salió de la habitación. Igor escuchó sus tacones bajando las escaleras, el sonido de la alarma de la casa desactivándose, y luego el motor de su auto alejándose bajo la lluvia.
Igor se levantó y caminó hacia la ventana. Vio las luces rojas del auto de su esposa desaparecer en la oscuridad de la calle mojada.
Se sintió, por primera vez en su vida, completamente derrotado.
La casa, esa casa que era su orgullo, se sentía inmensa y vacía. Los muros de piedra volcánica que había diseñado para proteger a su familia ahora parecían los muros de una prisión de lujo.
Bajó a la cocina y abrió una botella de vino tinto. Se sentó en la oscuridad, escuchando la lluvia golpear contra el cristal.
El reloj marcaba las 9:30 PM.
A las 11:00 PM, la lluvia paró.
A la 1:00 AM, Igor seguía despierto.
A las 2:30 AM, escuchó un auto. Pero no entró a la cochera. Se detuvo afuera, en la calle.
Igor se levantó, con el corazón latiendo a mil por hora, y se asomó discretamente por la ventana de la sala, sin encender ninguna luz.
Vio el auto de Victoria estacionado. Pero no estaba sola. Había otro auto detrás, un sedán deportivo gris oscuro. Un auto que Igor conocía. Era un BMW Serie 5.
Miguel tenía un BMW Serie 5 gris oscuro.
Igor contuvo la respiración.
Vio a Victoria bajarse de su auto bajo la llovizna ligera que aún caía. Corrió hacia el auto de atrás. El conductor bajó la ventanilla. Victoria se inclinó, metiendo la cabeza y parte del torso dentro del auto. Estuvo así unos diez segundos.
Desde la distancia, Igor no podía ver quién conducía. Los vidrios estaban polarizados. Pero podía ver el lenguaje corporal de su esposa. No era una despedida de “amiga”. Era íntima.
Finalmente, Victoria se separó del auto, se acomodó el vestido y saludó con la mano. El BMW aceleró, rugiendo suavemente, y desapareció calle abajo.
Igor se alejó de la ventana, temblando.
“No puede ser”, se dijo. “Hay miles de BMWs grises en esta ciudad. Claudia, la amiga, seguro tiene un novio con ese carro. No seas estúpido, Igor. Miguel está en Monterrey”.
Regresó al sofá y se hizo el dormido cuando escuchó la llave en la cerradura.
Victoria entró. Olía a lluvia, a alcohol y a cigarro. Ella no fumaba.
Se acercó al sofá donde Igor yacía con los ojos cerrados. Se inclinó sobre él. Igor pudo oler el aliento a menta fresca, como si se acabara de lavar los dientes o hubiera comido un chicle fuerte para ocultar algo.
—¿Estás dormido? —susurró ella.
Igor no respondió.
Sintió cómo ella le acariciaba el pelo, pero no era una caricia de amor. Era una caricia de alivio. El alivio de que no la hubieran atrapado.
—Qué bueno que duermes —murmuró ella para sí misma—. Qué bueno que eres tan tonto, mi amor.
Esas palabras fueron como cuchillos. Igor tuvo que usar toda su fuerza de voluntad para no abrir los ojos, levantarse y sacudirla por los hombros. Quería gritarle, preguntarle dónde había estado, quién era el del BMW, por qué olía a tabaco barato si ella odiaba el humo.
Pero no lo hizo. Su mente de ingeniero, fría y calculadora, tomó el control.
Si la confrontaba ahora, ella lo negaría. Diría que estaba loco, que era un celoso tóxico. Ella lloraría, se haría la víctima, y él terminaría pidiendo perdón como siempre.
No. Necesitaba pruebas. Necesitaba certeza. Necesitaba saber si el enemigo estaba durmiendo en su cama o si estaba brindando con él los jueves.
Victoria subió las escaleras. Igor abrió los ojos en la oscuridad. Una lágrima solitaria, caliente y salada, rodó por su mejilla. Fue la última lágrima de tristeza que derramaría por ella. Las siguientes serían de rabia.
Esa noche, Igor tomó una decisión. Dejaría de ser el esposo dócil y ciego. Se convertiría en un observador. Analizaría las cargas, las tensiones y los puntos de ruptura de esta farsa. Y si descubría que la estructura estaba podrida, él mismo se encargaría de la demolición.
A la mañana siguiente, la rutina cambió sutilmente.
Igor se levantó a las 5:00 AM, como siempre. Pero esta vez, no se quedó mirando a Victoria dormir con adoración. La miró con la frialdad de quien inspecciona una obra defectuosa. Notó el chupetón mal cubierto con maquillaje en la base de su cuello, que la noche anterior no había visto.
—Buenos días, Victoria —susurró a la habitación vacía de sentimientos.
Bajó a la cocina, hizo su café, pero no dejó ninguna nota de amor en la mesita de noche.
Ese día, Igor no fue a la obra. Fue a una tienda de electrónica en el centro. Compró una grabadora de voz pequeña, activada por sonido, y un localizador GPS magnético para autos.
—¿Es para proteger su flotilla, jefe? —preguntó el vendedor.
—Algo así —respondió Igor—. Es para saber dónde están mis activos más valiosos.
Regresó a casa antes de que Victoria despertara. Aprovechando que ella siempre dejaba las llaves de su camioneta en la entrada, salió y colocó el GPS discretamente bajo el chasis, pegado al metal con un imán industrial.
Luego, subió al estudio de ella. Colocó la grabadora detrás de un lienzo apilado en un rincón, cerca del escritorio donde solía hablar por teléfono.
Cuando Victoria bajó a desayunar a las 10:00 AM, envuelta en su bata de seda, encontró a Igor leyendo el periódico y tomando café, tranquilo, sereno.
—¡Hola! —dijo ella, sorprendida—. ¿No fuiste a trabajar?
—Me tomé la mañana —dijo Igor, bajando el periódico y mirándola a los ojos. Sonrió. Fue la mejor actuación de su vida—. Quería desayunar contigo. ¿Te preparo unos chilaquiles?
Victoria sonrió, aliviada de verlo “normal”.
—Sí, me encantaría. Muero de hambre. Anoche bailamos muchísimo.
—Me imagino —dijo Igor, levantándose para ir a la estufa—. Debió ser una noche… agotadora.
Mientras freía las tortillas, Igor sentía una calma extraña. Ya no era la víctima. Ahora tenía un plan. La maquinaria de la verdad se había puesto en marcha. Y aunque el dolor de la traición seguía ahí, latente y agudo, la sed de saber era más fuerte.
No sabía que esa misma noche, un simple mensaje de WhatsApp —el descuido fatal de la arrogancia— aceleraría todo el proceso y confirmaría sus peores pesadillas.
El destino ya había tirado los dados. Y venían cargados de veneno.
CAPÍTULO 3: El Mensaje que lo Cambió Todo
El martes siguiente amaneció con un cielo plomizo sobre la Ciudad de México, de esos que presagian lluvia sucia y tráfico desquiciado. Igor pasó el día en una inspección estructural en Polanco, discutiendo con un arquitecto joven que quería quitar una columna de carga por “estética”.
—Si quitas esa columna, el edificio se cae en el próximo temblor —le dijo Igor, golpeando los planos con el dedo índice—. La estética no sostiene techos, arquitecto. La física sí.
Esa frase se le quedó grabada en la mente todo el camino de regreso a casa. La estética no sostiene techos. Su matrimonio con Victoria era pura estética últimamente: cenas bonitas, ropa de marca, sonrisas para las redes sociales. Pero, ¿qué sostenía el techo? ¿Qué había debajo de la fachada de “pareja perfecta”?
Llegó a su casa en Jardines del Pedregal cerca de las 10:30 de la noche. Estaba agotado. Los huesos le dolían, no por el esfuerzo físico, sino por esa pesadez que da el estrés sostenido. Al entrar, notó que las luces de la sala estaban encendidas, pero la casa estaba en silencio.
Victoria había llegado antes. Eso era raro. Últimamente, sus “reuniones con clientes” se extendían hasta la madrugada.
La encontró en la cocina, servida una copa de vino tinto. Llevaba puesto un vestido de seda color esmeralda que le quedaba espectacular, pero Igor notó algo más: tenía el cabello ligeramente húmedo en las puntas, como si se hubiera duchado con prisa en otro lugar y se hubiera secado mal. Y aunque llevaba perfume —ese nuevo, agresivo y caro—, debajo de la fragancia había un olor sutil a tabaco y a una loción masculina amaderada.
—Hola, amor —dijo ella al verlo entrar. Su voz sonó un poco más aguda de lo normal, una octava arriba. La señal universal de la mentira.
—Hola —respondió Igor, dejando su maletín en la entrada—. ¿Llegaste temprano?
—Sí, se canceló la cena con los coleccionistas de Puebla. Una lata. Me duele la cabeza horrores.
Se acercó para darle un beso. Igor no se apartó, pero tampoco se inclinó. Fue un roce de labios frío, burocrático.
—Voy a darme un baño caliente para relajarme —dijo ella, terminando su copa de un trago—. ¿Te sirvo algo de cenar? Hay sobras de ayer.
—No tengo hambre. Solo quiero agua.
Victoria asintió y subió las escaleras, dejando su bolso de diseñador y, crucialmente, su teléfono celular sobre la mesa de centro de la sala, junto al control remoto de la televisión. Un descuido fatal. O quizás, una arrogancia subconsciente. Se sentía tan segura, tan dueña de la situación, que ya ni siquiera cuidaba los flancos.
Igor se aflojó la corbata y se sentó en el sofá de cuero. Encendió la televisión sin volumen, dejando que las imágenes del noticiero nocturno parpadearan frente a sus ojos sin registrarlas realmente. Su mirada, como si tuviera voluntad propia, se desviaba una y otra vez hacia el teléfono de su esposa.
Era un iPhone último modelo, con una funda de piel color crema. Estaba ahí, inerte, como una granada sin anilla.
Igor nunca había sido un hombre celoso de revisar cajones o leer diarios. Le parecía una bajeza, una falta de respeto a la privacidad individual. “Si tengo que revisar su teléfono, es que ya la perdí”, solía decirle a sus amigos cuando tocaban el tema.
Pero esa noche, el instinto de supervivencia era más fuerte que su código moral.
De repente, la pantalla se iluminó.
Zumbó una vez. Corto. Seco.
Una notificación.
Igor sintió que el corazón se le detenía un segundo y luego arrancaba a doble velocidad, golpeándole las costillas. Desde donde estaba sentado, podía leer el nombre del remitente en letras claras y brillantes sobre el fondo de pantalla (una foto de su perro, Max).
Remitente: Lic. Miguel
Igor frunció el ceño. ¿Miguel? ¿Su compadre? ¿A las 11:15 de la noche?
Podría ser algo inocente. Tal vez un tema legal de la galería. Tal vez una emergencia. Pero el estómago de Igor, ese segundo cerebro que nunca miente, se contrajo con violencia.
Se inclinó hacia adelante. Lentamente, como si el teléfono fuera una cobra a punto de picar.
La previsualización del mensaje estaba activa.
El texto brillaba con una claridad obscena:
“Todavía siento tu sabor, mi reina. Estuviste increíble hoy. El pendejo de tu marido no tiene ni idea de lo que se pierde. Avísame cuando el idiota se duerma para videollamada.”
Igor leyó el mensaje.
Lo leyó una vez.
Lo leyó dos veces.
A la tercera vez, las palabras dejaron de ser palabras y se convirtieron en puñetazos.
“Todavía siento tu sabor.”
“El pendejo de tu marido.”
“Avísame cuando el idiota se duerma.”
El mundo se detuvo. El sonido del noticiero, el zumbido del refrigerador, el viento afuera… todo desapareció. Solo quedó un pitido agudo en sus oídos y una sensación de frío glacial que le recorrió la espina dorsal, desde la nuca hasta los talones.
No era solo una infidelidad. Eso, aunque doloroso, era humano. La gente falla. La carne es débil.
No. Esto era diferente.
Era burla. Era desprecio.
Su mejor amigo. Su hermano. El hombre con el que había compartido la mitad de su vida, al que le había prestado dinero, al que había consolado cuando murió su padre. Ese hombre no solo se estaba acostando con su esposa; se estaba riendo de él. Lo llamaba “pendejo” e “idiota” mientras se limpiaba la boca después de besar a su mujer.
Y ella… Victoria. Su musa. La mujer por la que él trabajaba doce horas al día para darle un imperio. Ella permitía eso. Ella participaba. “Mi reina”.
Igor sintió una náusea violenta. La bilis le subió a la garganta. Tenía un vaso de agua en la mano derecha, que había tomado de la mesa instantes antes. Su mano se cerró involuntariamente, con la fuerza bruta de quien está acostumbrado a cargar materiales.
El vaso de cristal grueso estalló.
El sonido fue seco, crujiente.
Trozos de vidrio y agua se esparcieron por la alfombra persa y por su pantalón. Un corte profundo se abrió en su palma, y la sangre comenzó a brotar, mezclándose con el agua.
—¿Igor? —la voz de Victoria llegó desde la parte alta de la escalera. Se había asomado al escuchar el ruido—. ¿Qué pasó? ¡Se oyó horrible!
Igor se quedó mirando su mano sangrante. No sentía dolor. El dolor físico era irrelevante comparado con la amputación emocional que acababa de sufrir.
Su mente de ingeniero, entrenada para situaciones de crisis, tomó el control. Si subía ahora, si le gritaba, si le enseñaba el mensaje… todo terminaría en un pleito vulgar. Ella lloraría, diría que fue un error, Miguel lo negaría todo. Se divorciarían, dividirían bienes, y en dos años ellos estarían juntos riéndose de él abiertamente.
No.
Eso era demasiado fácil para ellos. Demasiado misericordioso.
Igor respiró hondo. Tragó la bilis. Cerró el puño herido para contener la sangre.
—¡Nada! —gritó, y se sorprendió de lo firme que sonó su voz. Una voz de ultratumba—. Se me resbaló el vaso de agua. Soy un torpe. No bajes, hay vidrios por todos lados. Yo limpio.
—¡Ay, amor! Ten cuidado. Bueno, ya me voy a acostar. No tardes.
Escuchó sus pasos alejándose hacia la recámara principal.
Igor miró el teléfono de nuevo. El mensaje seguía ahí.
Sacó su propio celular con la mano izquierda, temblando ligeramente, y tomó una foto de la pantalla del iPhone de Victoria. Una prueba. La primera pieza del expediente.
Luego, con un pañuelo, limpió la pantalla del teléfono de ella para borrar cualquier rastro de sus huellas o sangre. Lo dejó exactamente en el mismo ángulo.
Fue a la cocina, se vendó la mano con una toalla de papel y cinta adhesiva, y recogió los vidrios de la sala. Lo hizo metódicamente. Un vidrio. Dos vidrios. Tres vidrios.
Cada fragmento que recogía era un pedazo de su amor por Victoria que se iba a la basura.
“El pendejo de tu marido”.
Esa frase se repetía en su cabeza como un mantra satánico.
Esa noche, Igor no durmió en la cama. Subió a la habitación, vio a Victoria haciéndose la dormida (sabía que estaba despierta porque respiraba demasiado rítmicamente y tenía el celular bajo la almohada, seguramente esperando para contestarle a Miguel).
—Me duele la mano —dijo él en voz baja—. Me voy a quedar en el cuarto de huéspedes para no molestarte.
—Mmm… está bien, descansa —murmuró ella, sin girarse.
Igor se encerró en el cuarto de visitas. No durmió. Se pasó la noche sentado en el borde de la cama, mirando a la oscuridad.
Lloró. Sí, lloró. Lloró en silencio, lágrimas calientes de rabia pura. Lloró por el niño que fue amigo de Miguel en la secundaria. Lloró por el hombre que cargó a Victoria a través del umbral de esa casa el día de su boda.
Esos dos hombres habían muerto esa noche.
A las 4:00 de la mañana, las lágrimas se secaron. Y lo que quedó fue un desierto frío y duro.
Igor encendió su laptop. No buscó “abogados de divorcio”.
Buscó: “Investigadores privados CDMX expertos en vigilancia”.
Necesitaba más que un mensaje de texto. Necesitaba destruir su reputación. Necesitaba que el mundo viera lo que él acababa de ver.
Al día siguiente, Igor salió de casa antes que nadie. No dejó nota. No hubo café.
Manejó hacia una zona vieja de la ciudad, la colonia Doctores, cerca de los juzgados. Ahí, en un edificio de los años 70 que olía a humedad y archivos viejos, tenía su despacho Artemio “El Sabueso” Valdés.
Igor había conseguido el dato en un foro de seguridad empresarial. Decían que Artemio era ex policía judicial, de la vieja escuela. De los que no hacían preguntas y conseguían resultados, aunque tuviera que doblar un poco la ley.
Tocó la puerta de madera con vidrio esmerilado que decía “Consultoría de Seguridad Valdés”.
—Pase —gruñó una voz ronca.
Artemio era un hombre bajo, robusto, con piel curtida por el sol y un bigote canoso que le cubría el labio superior. Estaba comiéndose una torta de tamal y revisando unos expedientes.
—¿Qué se le ofrece? —preguntó sin mucha amabilidad, viendo el traje caro de Igor y la mano vendada.
—Quiero contratarlo —dijo Igor, cerrando la puerta detrás de sí. El olor a cigarro en la oficina era penetrante.
—Eso me imagino. Nadie viene aquí a saludar. Siéntese. ¿Es por deudas, por robo o por cuernos?
—Por traición —dijo Igor.
Artemio dejó la torta a un lado y se limpió las manos en una servilleta de papel. Miró a Igor a los ojos. Vio esa mirada muerta, esa mirada de “no tengo nada que perder”. La conocía bien.
—Traición. Esa palabra abarca mucho, jefe. Sea específico.
—Mi esposa y mi mejor amigo. Quiero saberlo todo. Dónde van, qué hacen, de qué hablan. Quiero fotos, videos, audios. Quiero saber hasta qué marca de condones usan.
Artemio asintió lentamente. Sacó una libreta vieja y una pluma Bic mordida.
—Nombres y rutinas.
Igor empezó a hablar. Fue como vomitar veneno. Le dio los horarios de Victoria, la dirección de la galería, las placas de su camioneta. Le dio la dirección del despacho de Miguel, sus lugares favoritos para comer, el modelo de su BMW.
—También puse un GPS en la camioneta de ella hace unos días —confesó Igor—. Pero no sé monitorearlo bien.
—Deme el acceso —dijo Artemio, anotando rápido—. Yo me encargo. ¿Tiene fotos de los tortolitos?
Igor sacó su celular y le mostró una foto de ellos tres juntos en una fiesta de Navidad. Victoria y Miguel sonreían abrazados, con Igor en medio. Ahora, la foto parecía una escena de crimen.
—Guapos —dijo Artemio con sarcasmo—. Y usted en medio con cara de buen tipo. Clásico. Mire, Ingeniero… ¿Cómo se llama?
—Igor.
—Mire, Ingeniero Igor. Esto le va a salir caro. La vigilancia 24/7 no es barata. Y si quiere audios, hay que usar equipo especial.
—El dinero no es problema —Igor sacó un fajo de billetes que había sacado del banco esa mañana. Cincuenta mil pesos en efectivo—. Aquí hay un adelanto. Quiero resultados para ayer.
Artemio tomó el dinero, lo contó con una destreza impresionante y lo guardó en un cajón bajo llave.
—Considéreselo hecho. Pero le advierto una cosa, Ingeniero. La verdad duele. A veces uno cree que quiere saber, pero cuando ve las fotos… se le rompe algo adentro que ya no se arregla. ¿Está seguro que quiere ver?
Igor se miró la mano vendada. Recordó el mensaje: “El pendejo de tu marido”.
—Ya estoy roto, Artemio. Ahora quiero romperlos a ellos.
Salió del despacho con una sensación extraña de alivio. Ya no estaba solo en esto. Tenía un aliado, aunque fuera uno pagado.
Los días siguientes fueron una tortura psicológica digna de un gulag. Igor tenía que regresar a casa cada noche y actuar. Actuar como si fuera el mismo esposo enamorado y confiado.
—¿Cómo te fue hoy, amor? —le preguntaba a Victoria durante la cena.
—Ay, cansadísima. Mucho tráfico —respondía ella, mientras tecleaba bajo la mesa.
Igor tenía que morderse la lengua para no gritar: “¡Sé que estuviste en el Motel Panorama de Tlalpan! ¡El GPS me lo dijo!”.
Pero aguantó. Era un actor ganando un Oscar invisible.
Y lo más difícil fue ver a Miguel.
El jueves, Miguel llamó.
—¡Quiubo, compadre! Ya regresé de mis viajes. ¿Nos vemos en la cantina o qué? Ya te extraño, cabrón.
Igor sintió ganas de vomitar, pero su voz salió tranquila.
—Claro, Mich. Ahí nos vemos.
Llegó a la cantina. Miguel estaba ahí, con su sonrisa de siempre. Se levantó para abrazarlo.
Igor permitió el abrazo. Sintió las palmaditas en la espalda. Eran las palmaditas de Judas.
—Te ves flaco, Igor. ¿Estás comiendo bien? —preguntó Miguel, sentándose.
—Mucho estrés en la obra —dijo Igor, pidiendo un tequila doble—. Oye, Mich… quería pedirte un consejo legal.
—Dime, soy todo oídos. Para ti, la consulta es gratis.
—Tengo un empleado… un ingeniero de confianza. Resulta que descubrí que me está robando materiales. Y no solo eso, está vendiendo los planos de mis proyectos a la competencia. Lo he tratado como a un hijo, Mich. Le di todo. ¿Tú qué harías?
Miguel se puso serio. Adoptó su postura de abogado implacable.
—Híjole, qué poca madre. La gente es malagradecida, Igor. Mira, si tienes pruebas, destrúyelo. Demándalo por abuso de confianza, por robo, por propiedad intelectual. No tengas piedad. Esa gente que muerde la mano que le da de comer no merece nada. Métele el pie en el cuello.
Igor miró a su amigo a los ojos. Miguel no tenía ni idea de que estaba dictando su propia sentencia.
—Tienes razón, Mich. Eso voy a hacer. Voy a juntar todas las pruebas y cuando menos se lo espere… le meto el pie en el cuello.
—¡Así se habla! —brindó Miguel—. Salud por la lealtad, compadre.
El sonido de los vasos chocando sonó hueco. Igor bebió el tequila de un trago. Quemaba, pero no tanto como el odio que sentía en ese momento.
“Disfruta tu trago, Miguel”, pensó. “Es de los últimos que te vas a tomar con tranquilidad”.
Esa noche, Artemio le mandó el primer reporte por correo encriptado.
Asunto: Avances Caso V&M
Igor abrió el archivo en su estudio, con la puerta cerrada con llave.
Había fotos. Muchas fotos.
Victoria subiendo al auto de Miguel.
Miguel y Victoria comiendo en un restaurante de mariscos en la carretera a Cuernavaca.
Pero había un video.
Igor se puso los audífonos. Le temblaban las manos.
El video era granulado, tomado desde un auto estacionado frente a un parque. Se veía el BMW de Miguel con las ventanas abajo.
Estaban besándose. Un beso sucio, hambriento. Luego se separaron y empezaron a hablar.
Audio:
—Miguel: Ya no aguanto más a Diana. Quiero estar contigo todo el tiempo.
—Victoria: Paciencia, bebé. Ya sabes que Igor es mi banco. Necesito que termine de pagar la remodelación de la casa de campo en Valle. En cuanto esté lista, busco la forma de dejarlo sin que me quite todo.
—Miguel: (Ríe) Eres diabólica, Vicky. Por eso me encantas. Sácale hasta el último centavo al “Albañil”. Nos lo merecemos.
Igor se quitó los audífonos.
“Albañil”. Así lo llamaban.
“Sácale hasta el último centavo”.
Todo el amor que Igor creía que existía, toda la historia de cinco años, era una estafa financiera. Victoria no solo lo engañaba sexualmente; estaba planeando saquearlo antes de irse.
Igor cerró la laptop. Se levantó y caminó hacia la ventana. Miró su reflejo en el cristal oscuro. Ya no veía al hombre amable y tranquilo. Veía a un depredador.
Esa noche, Igor dejó de ser la víctima. Se dio cuenta de que tenía el poder. Ellos creían que él era tonto, y esa era su mayor ventaja.
—¿Quieren la casa de campo? —susurró al cristal—. Les voy a dar algo mejor. Les voy a dar una fiesta.
Empezó a trazar el plan en su mente. No sería una confrontación privada. Sería pública. Sería en el cumpleaños de Victoria. Reuniría a todos los que importaban. A la familia de ella, a los socios de Miguel, a la sociedad hipócrita que tanto amaban.
Igor sonrió por primera vez en días. No era una sonrisa feliz. Era la sonrisa del lobo que acaba de ver que la puerta del corral de las ovejas se quedó abierta.
—Descansen, tortolitos —dijo al aire—. Disfruten sus últimos días de paraíso. Porque el infierno viene en camino, y yo soy el diablo.
Se fue a dormir. Y esa noche, por primera vez desde que vio el mensaje, durmió como un bebé. Tenía un propósito. Tenía una misión. Y Igor Soriano nunca dejaba un proyecto a medias.
CAPÍTULO 4: La Arquitectura del Engaño
Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío, pero Igor Soriano, ingeniero civil y hombre de estructuras, sabía que eso era una simplificación. La venganza, la verdadera venganza, no es un plato. Es un proyecto de demolición. Y como cualquier demolición controlada, requiere cálculo, precisión y, sobre todo, paciencia para colocar los explosivos en los pilares de carga correctos sin que nadie se dé cuenta hasta que se aprieta el detonador.
Durante las dos semanas siguientes al descubrimiento del mensaje, Igor se transformó. El hombre que lloraba en el cuarto de huéspedes murió esa noche, y en su lugar nació un actor digno de un premio de la Academia. Su casa en el Pedregal se convirtió en un escenario, y él, en el director de una obra macabra donde los protagonistas no sabían que el guion había cambiado.
La primera fase del plan era la más difícil: la “Ofensiva de Encanto”. Tenía que ser el marido perfecto. Tenía que ser tan dulce, tan atento y tan ciegamente enamorado que cualquier mínima sospecha que Victoria pudiera tener se disolviera en su propio ego.
Era sábado por la mañana. El sol entraba brillante por los ventanales de la cocina. Igor se había levantado temprano, no para ir a la obra, sino para preparar el desayuno favorito de Victoria: chilaquiles verdes con crema de rancho, queso cotija y un par de huevos estrellados con la yema tierna.
Cuando Victoria bajó, envuelta en su bata de seda color champán, se encontró con una mesa puesta como de revista. Jugo de naranja recién exprimido, café de olla humeante y un florero con tulipanes frescos.
—¡Buenos días, mi musa! —exclamó Igor con una sonrisa que le dolía en las comisuras de los labios de lo falsa que era, pero que a los ojos de ella parecía adoración pura.
Victoria parpadeó, sorprendida. Llevaba el celular en la mano, como siempre, pero lo dejó sobre la mesa al ver el despliegue.
—Wow, Igor… ¿Qué celebramos? ¿Es nuestro aniversario y se me olvidó? —preguntó con una risita nerviosa.
—Celebramos que eres maravillosa y que has estado trabajando durísimo en la galería —dijo Igor, acercándose para darle un beso en la frente. Se aguantó las ganas de escupir al oler su perfume—. Siéntate, que se enfrían.
Victoria se sentó, visiblemente halagada. Mientras comía, Igor la observaba. Veía cómo disfrutaba la comida, cómo se relajaba. El depredador estudia a su presa cuando come; es el momento en que están más vulnerables.
—Vicky, he estado pensando —comenzó Igor, limpiándose la boca con una servilleta de lino—. Se acerca tu cumpleaños. Y no quiero que sea una cena cualquiera. Quiero tirar la casa por la ventana.
Victoria levantó la vista, con un brillo de interés en los ojos.
—¿Ah, sí? ¿Qué tienes en mente?
—Estaba pensando en la galería. Es tu espacio, tu logro. ¿Por qué no hacemos ahí la fiesta? Pero no una fiestecita de coctel y ya. Hagamos un evento. Una “Gala de Arte y Vida”. Invitamos a todos: a tus coleccionistas, a la prensa de sociales, a tus amigos de la universidad… a todos. Quiero que sea la noche donde te consagres como la reina del arte en México.
La palabra “reina” detonó algo en Victoria. Su vanidad, inflada y hambrienta, se tragó el anzuelo completo.
—¡Me encanta la idea! —exclamó, dejando el tenedor—. Podría aprovechar para presentar la nueva colección de artistas oaxaqueños. Sería el pretexto perfecto.
—Exacto. Matamos dos pájaros de un tiro. Negocio y placer. Yo me encargo de todo: el catering, la música, la logística. Tú solo encárgate de verte espectacular y de invitar a la gente que te importa.
Igor hizo una pausa calculada. Tomó un sorbo de café y lanzó la segunda parte del cebo.
—Y quiero preparar una sorpresa. Un momento especial en la noche. Un video homenaje. Ya sabes, algo multimedia, muy moderno, proyectado en la pared principal de la galería. Quiero recopilar mensajes de tus amigos, videos de tus viajes, de tu proceso creativo… Quiero que todos vean a la mujer increíble que eres.
Victoria sonrió de oreja a oreja. Le encantaba ser el centro de atención. La idea de un video gigante exaltando sus virtudes era música para sus oídos narcisistas.
—¡Ay, Igor! Eres un amor. De verdad. A veces siento que te tengo muy abandonado por el trabajo, y tú me sales con esto…
—No digas eso, mi vida. Yo entiendo tu pasión. Yo solo quiero apoyarte. —”Apoyarte hasta que te rompas”, pensó.
—¿Y qué necesitas de mí? —preguntó ella.
—Nada. Solo pásame la lista de invitados VIP para asegurarme de que no falte nadie. Y… —Igor fingió dudar— creo que necesitaré ayuda de Miguel.
Al mencionar el nombre, Victoria se tensó imperceptiblemente.
—¿De Miguel? ¿Para qué?
—Pues es tu mejor amigo, ¿no? Además de mi compadre. Quiero que él me ayude a contactar a algunos amigos en común para los videos de felicitación. Y quiero que él dé el brindis principal. Es el que tiene mejor labia de todos nosotros. ¿No crees?
Victoria se relajó. La idea de tener a su amante dando el discurso principal en la fiesta organizada por su esposo le pareció, seguramente, una ironía excitante. Un juego prohibido.
—Sí, claro. Miguel habla muy bonito. Seguro le va a encantar la idea.
—Perfecto. Entonces es un hecho. La “Gala Victoria” está en marcha.
La siguiente parada en el tour de la hipocresía fue la oficina de Miguel.
Estaba ubicada en un rascacielos de Reforma, con vista al Ángel de la Independencia. Todo en la oficina de Miguel gritaba “éxito costoso”: muebles de caoba, alfombras persas, diplomas enmarcados en oro y una secretaria que parecía modelo de pasarela.
Igor llegó sin avisar el martes por la tarde.
—¡Inge! —la secretaria, una chica llamada Sofía que conocía a Igor de años, lo saludó con cariño—. El Licenciado está en una llamada, pero pásale, ya sabes que tú no necesitas cita.
—Gracias, Sof.
Igor entró. Miguel estaba recostado en su silla Herman Miller, con los pies sobre el escritorio, hablando por un auricular inalámbrico. Al ver a Igor, hizo una seña de “dame un minuto” y siguió hablando.
—…mira, licenciado, dile a tu cliente que si no acepta el acuerdo, lo voy a hacer pedazos en el juicio. Tengo pruebas de que lavó dinero en las Islas Caimán. Así que mejor que firme y se deje de pendejadas. Eso… ándale. Bye.
Colgó y soltó una carcajada triunfal.
—¡Qué onda, mi Igor! ¿Escuchaste eso? Me encanta tenerlos agarrados de los huevos. —Miguel se levantó y le dio un apretón de manos firme—. ¿A qué debo el honor? ¿Vienes a que te saque de la cárcel?
—Todavía no —dijo Igor, con un doble sentido que Miguel no captó—. Vengo a pedirte un favor personal, compadre.
Se sentaron en los sillones de piel del área de descanso. Igor adoptó su postura de “hombre bonachón y un poco tonto”. Hombros caídos, sonrisa abierta.
—Se trata de Victoria. Le voy a organizar un fiestón por su cumpleaños en la galería. Quiero que sea algo inolvidable.
—¡Eso es todo! La Vicky se lo merece. Es una mujeraza.
—Sí, lo es. Y como tú eres mi mejor amigo y el de ella… quiero que seas el padrino del evento. Quiero que des el discurso principal. Ya sabes, algo emotivo, que hable de la amistad, del amor, de los años que llevamos juntos los tres.
Miguel sonrió. Sus dientes eran demasiado blancos.
—Me honras, carnal. En serio. Claro que sí. Cuentas conmigo. Voy a preparar algo que la va a hacer llorar… de felicidad, claro.
—Gracias, Mich. Sabía que no me fallarías. —Igor se inclinó hacia adelante—. Y otra cosa… estoy preparando un video sorpresa. Un montaje. ¿Crees que podrías grabarme un pequeño clip felicitándola? Algo casual, con el celular. Diciendo lo mucho que la admiras.
—Por supuesto. Te lo mando hoy mismo por WhatsApp. ¿Algo más?
—No, eso es todo. Ah, bueno, y asegúrate de que Diana vaya. Quiero que estemos todos. Las parejas originales.
La sonrisa de Miguel flaqueó por un milisegundo.
—Híjole, Diana anda insoportable últimamente. Ya te conté que estamos casi separados viviendo bajo el mismo techo. Pero haré el intento. Por ti y por Vicky.
—Hazlo, por favor. No sería lo mismo sin ella.
Igor salió de la oficina de Miguel con una sensación de asco físico, como si se hubiera sumergido en aguas negras. Miguel era un sociópata encantador. Le mentía en la cara con una naturalidad pasmosa. No había remordimiento, no había duda. Solo una arrogancia infinita.
“Crees que eres el jugador de ajedrez, Miguel”, pensó Igor mientras bajaba en el elevador de alta velocidad. “Pero no te has dado cuenta de que yo ya le prendí fuego al tablero”.
Esa misma tarde, Igor tuvo la reunión definitiva con Artemio. Se vieron en un estacionamiento subterráneo de un centro comercial en Coyoacán. Era un lugar oscuro, discreto, perfecto para intercambiar secretos sucios.
Artemio estaba en su viejo Ford Topaz, fumando. Le pasó a Igor un disco duro externo.
—Aquí está todo, Ingeniero. Es la cosecha final.
—¿Qué conseguiste? —preguntó Igor, conectando el disco a su laptop ahí mismo.
—Tiene material para una telenovela, jefe. Fotos, audios de las llamadas… y dos videos que son… bueno, son fuertes.
—¿Fuertes cómo?
—Uno es en el motel de Tlalpan. Conseguí acceso a las cámaras de seguridad del pasillo y de la entrada. Se ve todo. Se ve cómo entran, cómo se besan en el pasillo, cómo él le nalguea antes de entrar al cuarto… perdón por el lenguaje.
Igor asintió, impasible.
—¿Y el otro?
—El otro es peor. Es en la casa de él. Al parecer la esposa de su amigo, la tal Diana, se fue de fin de semana con los niños a Cuernavaca. Su esposa, Victoria, llegó el sábado en la tarde. Estuvieron en la terraza. Puse un micrófono direccional desde el edificio de enfrente.
Artemio suspiró y tiró la colilla del cigarro por la ventana.
—Hablan de usted, Ingeniero. Y no cosas bonitas. Se burlan de cómo viste, de cómo habla. Ella dice que le da asco cuando usted la toca, que tiene que pensar en él para aguantarlo. Y él… él dice que usted es su “banco personal”. Que mientras usted siga pagando las cuentas, él se sigue comiendo la mercancía.
Igor sintió que la sangre le hervía, pero por fuera seguía siendo un bloque de hielo.
—Está bien, Artemio. Hiciste un buen trabajo.
Igor sacó un sobre grueso. Cien mil pesos más.
—Aquí está el resto. Y un bono por la discreción. Quiero que desaparezcas un rato. Que borres todo lo que tienes una vez que yo te confirme que el archivo funciona.
—Descuide. Yo soy una tumba. Pero Ingeniero… una pregunta.
—Dime.
—¿Qué va a hacer con eso? Con ese material podría sacarles hasta los ojos en un divorcio. Podría dejarlos en la calle.
Igor miró la pantalla de su laptop, donde la miniatura del video mostraba a Victoria y Miguel riéndose con copas de vino en la mano.
—El dinero va y viene, Artemio. La dignidad no. Voy a recuperar mi dignidad. Y para eso, necesito que ellos pierdan la suya frente a todos.
Las noches siguientes fueron las más largas de la vida de Igor. Mientras Victoria dormía (o fingía dormir), Igor se encerraba en su despacho en casa con la excusa de “revisar planos estructurales urgentes”.
En realidad, estaba editando la obra maestra de su venganza.
Igor no era editor de video profesional, pero era ingeniero. Entendía de software, de tiempos, de ritmo. Aprendió a usar Adobe Premiere en tres noches viendo tutoriales en YouTube.
La construcción del video fue meticulosa.
Acto 1: La Mentira Perfecta.
Comenzó con fotos de la infancia de Victoria. Música suave, piano melancólico. Fotos de su boda. Videos de viajes a París y Nueva York.
Ahí insertó los clips de felicitación que había pedido.
Aparecía la mamá de Victoria: “Hija, estamos tan orgullosos de ti…”
Aparecían amigas de la universidad: “Vicky, eres una crack, te amamos…”
Y luego, Miguel.
Igor editó el video que Miguel le mandó por WhatsApp. Miguel, con su traje caro, mirando a la cámara con esa sonrisa de vendedor de autos usados:
“Vicky, mi querida amiga. Eres una luz en nuestras vidas. Tu talento no tiene límites. Te quiero mucho, y sabes que siempre voy a estar aquí para ti y para Igor. Son mi familia.”
Igor tuvo que pausar la edición en ese momento para respirar. La hipocresía le revolvía el estómago. Pero sabía que ese clip era vital. Era el contraste necesario para lo que venía después.
Acto 2: La Caída.
Después de las felicitaciones, Igor planeó un “falso final”. La pantalla se iría a negro. La gente aplaudiría. Pensarían que había terminado.
Y entonces… el golpe.
Igor seleccionó el video del motel. Lo cortó para que fuera dinámico. La entrada del auto. El beso en el pasillo. La mano de Miguel en el trasero de Victoria.
No necesitaba audio para esa parte. Las imágenes gritaban por sí solas.
Pero luego, el audio de la terraza.
Ese lo puso sobre una pantalla negra con subtítulos grandes y blancos, tipo karaoke, para que nadie perdiera detalle de lo que decían.
Victoria: “Me da asco cuando me toca…”
Miguel: “Es mi banco personal…”
Igor sincronizó el audio para que las palabras golpearan justo en el momento de mayor silencio.
Y para cerrar, una foto. Una captura de pantalla del mensaje de texto que inició todo: “El pendejo de tu marido no tiene ni idea”.
Revisó el video una, dos, diez, veinte veces.
Cada vez que lo veía, sentía menos dolor y más satisfacción. Era un arma nuclear táctica. Iba a destruir no solo su matrimonio, sino la reputación social de ambos, la carrera de Miguel (¿quién confía en un abogado que traiciona a su mejor amigo?) y la galería de Victoria.
Era la destrucción total.
La noche antes de la fiesta, Victoria estaba probándose vestidos en la recámara.
—Igor, ¿cuál te gusta más? ¿El rojo o el dorado? —preguntó, girando frente al espejo.
Igor la miró desde la puerta.
—El rojo —dijo sin dudar—. El rojo es color de pasión. Y de peligro. Te queda perfecto.
—¡Ay, qué intenso! —se rió ella—. Rojo será entonces. Estoy tan emocionada, amor. Mañana va a ser una noche increíble. Ya me confirmaron todos. Va a venir hasta el crítico de arte del periódico Reforma.
—Me alegra mucho, Victoria. Mañana… mañana va a ser una noche que nadie va a olvidar jamás. Te lo prometo.
Victoria se acercó y lo abrazó. Por un momento, Igor sintió el cuerpo cálido de su esposa contra el suyo. Recordó cuando la amaba. Recordó cuando pensaba que envejecerían juntos en esa casa.
Sintió una punzada de tristeza, un último eco del hombre que solía ser.
Pero entonces, el celular de Victoria vibró en el tocador.
Ella se separó rápidamente del abrazo.
—Voy a ver si es mi mamá —dijo, corriendo hacia el teléfono.
Igor vio cómo leía el mensaje y sonreía. No era su mamá.
La tristeza de Igor se evaporó al instante.
—Descansa, Victoria —dijo él, dándose la vuelta—. Mañana tengo que levantarme temprano para instalar el proyector y el sonido. Quiero que todo salga perfecto.
—Gracias, eres el mejor esposo del mundo —dijo ella, ya tecleando una respuesta para Miguel.
Igor salió al pasillo y apagó la luz.
La oscuridad nunca le había parecido tan reconfortante.
Todo estaba listo. La trampa estaba armada. El queso estaba puesto. Y las ratas, gordas y confiadas, ya estaban afilando los dientes para el banquete, sin saber que el banquete serían ellas.
Se fue a dormir al cuarto de huéspedes, como venía haciendo desde hacía días “por el dolor de espalda”. Se acostó y miró al techo.
Mañana.
Mañana se acababan las mentiras.
Mañana caería el telón.
Y cuando cayera, Igor Soriano estaría de pie entre los escombros, solo, pero limpio.
Cerró los ojos y visualizó el momento. Vio las caras de horror. Escuchó el silencio sepulcral. Y por primera vez en semanas, sonrió de verdad. Una sonrisa terrible, pero genuina.
CAPÍTULO 5: La Gala de los Hipócritas
El día de la fiesta amaneció con una claridad insultante. El cielo de la Ciudad de México estaba de un azul profundo, limpio por el viento de la noche anterior, como si la naturaleza misma hubiera decidido poner la mejor iluminación posible para el drama que estaba por desarrollarse.
Igor se despertó antes que el sol. No había dormido mucho, pero tampoco se sentía cansado. Se sentía eléctrico. Una vibración fría le recorría el cuerpo, similar a la que sentía antes de un colado de concreto masivo en un rascacielos: esa mezcla de ansiedad técnica y certeza de que, si los cálculos eran correctos, todo saldría perfecto.
Se vistió en silencio en el cuarto de huéspedes. Eligió su mejor traje: un Hugo Boss azul medianoche hecho a medida, camisa blanca almidonada y una corbata de seda color vino. Quería verse impecable. Quería verse como el hombre exitoso, poderoso y digno que ellos creían estar engañando. Se miró al espejo, ajustándose el nudo de la corbata. Su rostro no reflejaba dolor, ni ira. Era una máscara de mármol.
—Hoy es el día, Igor —se dijo a su reflejo—. Hoy se caen las máscaras.
Bajó a la cocina. La casa estaba en silencio. Victoria seguía durmiendo, seguramente soñando con su gran noche, con los aplausos, con la adulación. Igor tomó un café rápido y salió hacia la galería. Quería llegar horas antes que nadie. Necesitaba preparar el “arma”.
La galería “Espacio V”, en el corazón de la Colonia Roma, era un lugar impresionante. Techos altos, vigas expuestas, paredes blancas inmaculadas. Igor entró y saludó al equipo de catering que ya estaba montando las mesas.
—Buenos días, Ingeniero —saludó el capitán de meseros—. ¿Todo en orden?
—Todo perfecto. Quiero que el servicio sea impecable. Que no falte champaña en ninguna copa. Quiero que todos estén felices y relajados.
—Descuide, jefe. Trajimos la Moët & Chandon que pidió. Cajas enteras.
Igor asintió y se dirigió a la zona del proyector. Era un equipo de alta definición que él mismo había comprado para la galería meses atrás. Conectó su laptop personal. Sus manos no temblaban.
Abrió el archivo: “Homenaje_Victoria_Final.mp4”.
Hizo una prueba de sonido. La música de piano de la introducción llenó el espacio vacío, melancólica y dulce. Luego, adelantó el video hasta la marca del minuto 4:32.
El audio cambió. Dejó de ser música y se escucharon los gemidos ahogados y las risas cínicas de la grabación del motel. Retumbaban en las paredes vacías de la galería como fantasmas obscenos.
—Se escucha perfecto —murmuró Igor con satisfacción sombría.
Regresó el video al inicio, puso la pantalla en negro y bloqueó la computadora con una contraseña biométrica que solo él podía desbloquear. Nadie, absolutamente nadie, podría ver el contenido antes de tiempo.
A las 7:00 de la noche, la galería empezó a transformarse. La iluminación arquitectónica resaltaba los cuadros abstractos de Victoria (que, siendo honestos, Igor siempre había pensado que eran mediocres, pero jamás se lo dijo). El lugar olía a flores frescas, a cera de piso caro y a anticipación.
Igor regresó a casa para recoger a Victoria.
La encontró en la recámara principal, dando los últimos toques a su maquillaje. Cuando se giró para verlo, Igor tuvo que admitir que se veía espectacular. El vestido rojo sangre se ceñía a su cuerpo como una segunda piel, dejando la espalda descubierta. Llevaba unos aretes de diamantes que Igor le había regalado en su tercer aniversario.
—¿Cómo me veo? —preguntó ella, dando una vuelta.
—Te ves… peligrosa —respondió Igor. No mentía. Era una belleza letal, venenosa—. Ese vestido va a parar el tráfico.
Victoria sonrió, alimentándose del elogio. Se acercó a él y le acomodó la solapa del saco.
—Gracias por todo esto, Igor. De verdad. No sé qué hice para merecerte.
Igor sostuvo su mirada. Por un segundo, vio a la mujer de la que se había enamorado. Pero luego, recordó el video. Recordó la frase “me da asco cuando me toca”.
—Hiciste mucho, Victoria. Más de lo que crees —dijo él con un tono indescifrable—. Vámonos. No queremos hacer esperar a tus admiradores.
El trayecto a la galería fue silencioso. Victoria iba revisando su Instagram, subiendo historias: “Rumbo a mi gran noche #ArtLife #BirthdayGirl #Blessed”.
Igor manejaba con suavidad, escuchando jazz en la radio, sintiendo la calma del verdugo que lleva al condenado al patíbulo.
Al llegar, el valet parking ya estaba recibiendo los primeros autos de lujo. La calle Orizaba estaba bloqueada por una fila de BMWs, Mercedes y Audis. La “crema y nata” de la sociedad chilanga estaba ahí.
Entraron del brazo. Victoria, radiante, saludando como una reina de belleza. Igor, a su lado, el consorte fiel, sonriendo discretamente.
La fiesta comenzó. El murmullo de las conversaciones llenó el espacio, mezclándose con la música house suave que ponía un DJ en la esquina.
—¡Vicky, querida! ¡Estás divina! —gritaban las amigas de la socialité, besando el aire cerca de sus mejillas para no arruinar el maquillaje.
—¡Gracias, gracias! Pasen, hay cocteles de mezcal al fondo.
Igor se separó de ella con la excusa de revisar el sonido. Se colocó en una esquina estratégica, una posición elevada desde donde podía ver todo el salón. Se sentía como un francotirador en su nido.
Observaba a la gente. Veía la hipocresía en su estado más puro.
Ahí estaba el crítico de arte que destrozaba a los jóvenes talentos pero adulaba a Victoria porque Igor compraba publicidad en su revista.
Ahí estaban los “amigos” que venían solo por el alcohol gratis y para chismear.
Todos reían, bebían, se abrazaban. Una danza de falsedad.
Y entonces, llegaron ellos.
Miguel y Diana.
Miguel entró con esa arrogancia natural que lo caracterizaba. Llevaba un traje gris oxford impecable y caminaba como si fuera el dueño del lugar. A su lado, Diana parecía pequeña, apagada. Llevaba un vestido beige conservador y una expresión de cansancio infinito en los ojos.
Igor sintió una punzada de lástima por ella. Diana era una buena mujer, una madre dedicada que había aguantado las infidelidades de Miguel por años “por el bien de la familia”. Hoy, ella también sería liberada, aunque de la forma más brutal posible.
Miguel localizó a Victoria de inmediato. Sus ojos brillaron. Igor vio el intercambio de miradas desde su esquina. Fue un destello eléctrico, de complicidad sucia.
Miguel se acercó a Victoria, con Diana a remolque.
—¡Felicidades a la artista del año! —exclamó Miguel, abriendo los brazos.
Victoria se dejó abrazar. El abrazo duró un segundo más de lo socialmente aceptable. La mano de Miguel bajó un poco más de la cuenta en la espalda descubierta de Victoria.
—Gracias, compadre —dijo ella, riendo con esa risa coqueta que Igor ahora detestaba.
Igor decidió que era momento de entrar en escena. Bajó las escaleras y se acercó al grupo.
—¡Miguel! ¡Diana! Qué bueno que llegaron —dijo Igor, con una voz jovial que sonó extraña en sus propios oídos.
Miguel se giró y le dio el abrazo de Judas. Fuerte, con palmadas en la espalda.
—¡Igor, hermano! Te luciste. El lugar se ve increíble. Vaya fiesta le armaste a la patrona.
—Se merece esto y más —dijo Igor, mirando a Victoria—. Hola, Diana. Te ves muy guapa.
Diana sonrió débilmente.
—Gracias, Igor. Felicidades por la organización. Todo está precioso.
—¿Quieres una copa, Diana? —ofreció Igor.
—Sí, por favor. Un vino blanco. Necesito relajarme.
Mientras Igor hacía señas a un mesero, notó que Miguel se inclinaba hacia Victoria y le susurraba algo al oído. Ella soltó una carcajada y le golpeó el brazo juguetonamente.
—Ay, eres terrible —dijo ella.
Igor sabía exactamente qué estaban haciendo. Estaban burlando el peligro. La adrenalina de hacerlo frente al esposo y a la esposa engañados los excitaba. Eran adictos al riesgo.
“Disfruten”, pensó Igor. “Ríanse. Es su última risa”.
La noche avanzó. El alcohol fluyó y las inhibiciones bajaron. La galería estaba llena. Había cerca de cien personas.
Igor circulaba entre los invitados, recibiendo felicitaciones por ser “el esposo del año”.
—Qué detallista eres, Igor —le dijo la madre de Victoria, una señora estirada con demasiadas cirugías plásticas—. Mi hija tuvo mucha suerte contigo. Aunque, claro, ella aporta el talento artístico a la relación.
—Sin duda, suegra. Ella es el alma. Yo solo soy la cartera —bromeó Igor, pero la señora no captó la ironía y asintió como si fuera una verdad absoluta.
Cerca de las 10:00 de la noche, Igor sintió que el momento se acercaba. La tensión en su pecho era casi insoportable. No por miedo, sino por impaciencia. Quería que terminara. Quería verlos arder.
Se acercó a Miguel, que estaba en la barra pidiendo otro whisky.
—Mich, prepárate. En diez minutos empezamos con los discursos. Tú vas primero.
Miguel se ajustó el nudo de la corbata y le guiñó un ojo.
—Listo, capitán. Ya tengo mis palabras preparadas. Voy a hacer llorar a todos.
—No lo dudo —dijo Igor—. No lo dudo ni un segundo.
Igor fue a la cabina del DJ y le hizo una seña. La música bajó de volumen gradualmente hasta desaparecer. Las luces generales se atenuaron, dejando solo unos reflectores sobre el pequeño escenario improvisado frente a la pantalla de proyección.
El murmullo de la gente se apagó poco a poco. Todos voltearon hacia el escenario.
Igor tomó el micrófono. Su mano estaba firme como una roca.
—Buenas noches a todos —su voz resonó clara y potente en la galería—. Gracias por estar aquí. Sé que muchos hicieron un esfuerzo por venir en viernes con este tráfico, pero les aseguro que valdrá la pena.
Hubo risas corteses.
—Estamos aquí para celebrar a Victoria. Mi esposa. Mi compañera. La mujer que le da color a mi vida en blanco y negro.
Victoria, desde el centro de la pista, se llevó las manos al pecho, emocionada. Los reflectores la iluminaban. Parecía una estrella de cine.
—Pero no quiero acaparar el micrófono —continuó Igor—. Hay alguien aquí que conoce a Victoria casi tanto como yo. Alguien que ha estado con nosotros en las buenas y en las malas. Mi mejor amigo, mi hermano, mi compadre… Miguel. Por favor, sube.
Los aplausos estallaron. Miguel subió al escenario con paso elástico, triunfal. Tomó el micrófono de manos de Igor. Por un segundo, sus manos se tocaron. Igor sintió la piel caliente y húmeda de Miguel. Sintió asco.
—Gracias, gracias —dijo Miguel, disfrutando del aplauso. Esperó a que el silencio volviera—. Bueno, ¿qué puedo decir de Victoria que no sepan ya? Es talentosa, es hermosa, es… intensa.
Risas de nuevo. Victoria negaba con la cabeza, sonriendo.
—Conozco a Igor y a Vicky desde que esto empezó. He visto cómo construyeron este sueño. Y tengo que decir… —Miguel adoptó un tono más serio, casi solemne— que son un ejemplo. En un mundo donde el amor es desechable, ellos han demostrado que la lealtad y el compromiso son reales.
Igor, parado a un lado del escenario, en la penumbra, apretó la mandíbula tan fuerte que pensó que se le rompería una muela. La audacia, pensó. La maldita audacia de este tipo.
—Igor, hermano —Miguel se giró hacia él—, eres un hombre afortunado. Y Vicky, eres una reina. Que sigan los éxitos. Que sigan construyendo este imperio de amor y arte. ¡Salud por los novios! ¡Digo, por los esposos!
Miguel levantó su copa. Todos gritaron “¡Salud!”.
Diana, desde el público, levantó su copa con una sonrisa triste. Victoria brindó con el aire, mirando a Miguel con ojos brillantes de deseo apenas disimulado.
Miguel bajó del escenario entre vitores. Pasó junto a Igor y le dio una palmada en el hombro.
—¿Qué tal? ¿Estuve bien? —susurró.
—Estuviste perfecto, Mich. De Oscar —respondió Igor—. Te creí cada palabra.
Igor volvió a tomar el centro del escenario.
El momento había llegado.
El aire en la galería se sentía denso, cargado.
—Gracias, Miguel. Tus palabras… tus palabras significan mucho. Sobre todo viniendo de ti.
Igor hizo una pausa. Miró a Victoria. Ella lo miraba expectante, esperando su regalo. Esperando el video que la glorificaría.
Igor miró a Miguel, que ya estaba al lado de Victoria, demasiado cerca.
Miró a Diana.
Miró a su suegra.
Miró a los amigos.
—Como les prometí —dijo Igor, bajando un poco el tono de voz, haciéndolo más íntimo—, preparé algo especial. Victoria quería que esta noche fuera sobre “Arte y Verdad”. Y creo que eso es lo más importante en una relación: la verdad.
Victoria frunció el ceño ligeramente. Algo en el tono de Igor había cambiado. Ya no era el tono del esposo adorador. Había un filo metálico, una frialdad que no cuadraba con la fiesta.
—A veces, la verdad está escondida detrás de un lienzo bonito. A veces, la verdad duele. Pero la verdad siempre, siempre sale a la luz.
El silencio en la sala se volvió incómodo. La gente dejó de sonreír. ¿A qué se refería? ¿Era una metáfora artística pretenciosa?
—Les pedí a nuestros amigos que mandaran mensajes de amor. Y lo hicieron. Pero también… también recopilé otros momentos. Momentos que quizás no estaban destinados a ser vistos, pero que son la esencia real de lo que celebramos hoy.
Igor caminó hacia la laptop conectada al proyector.
Victoria dio un paso adelante. Su instinto le gritaba que algo estaba mal.
—Igor… —dijo ella, con voz vacilante.
—Disfruten la función —dijo Igor.
Y con un dedo firme, sin temblar, presionó la tecla ENTER.
El proyector cobró vida. Un haz de luz blanca cortó la oscuridad del salón, impactando contra la enorme pared blanca del fondo.
La música de piano de Mozart, el “Lacrimosa”, empezó a sonar suavemente.
Los primeros segundos fueron hermosos.
Fotos de Victoria sonriendo.
Fotos de la boda.
El video de la mamá felicitándola.
La gente se relajó. Volvieron las sonrisas. “Ah, qué lindo”, suspiraron algunos.
Miguel le susurró algo a Victoria y ella se relajó visiblemente, soltando el aire que había contenido. “Qué susto, pensé que iba a decir algo vergonzoso”, pensó ella seguramente.
El video avanzó. Llegó el clip de Miguel felicitándola.
En la pantalla gigante, la cara de Miguel se veía enorme.
“Son mi familia. Los quiero mucho.”
La gente aplaudió suavemente. Miguel hizo una reverencia burlona en la pista.
Y entonces…
La pantalla se fue a negro.
La música se detuvo de golpe.
El silencio duró tres segundos. Tres segundos eternos donde solo se escuchaba el zumbido del ventilador del proyector.
De repente, la imagen cambió.
Ya no era alta definición. Era la imagen granulada, en blanco y negro, de una cámara de seguridad con visión nocturna. La fecha y hora parpadeaban en la esquina superior derecha: 14 FEB – 23:30.
Se veía un pasillo.
La puerta de una habitación de motel se abrió.
Salieron dos figuras.
No había duda de quiénes eran. La cámara estaba colocada en un ángulo alto, pero las caras se veían perfectamente cuando pasaron bajo la luz del pasillo.
Eran Victoria y Miguel.
Miguel tenía la camisa desabotonada. Victoria tenía el cabello revuelto y el maquillaje corrido.
Se detuvieron en el pasillo. Miguel la acorraló contra la pared y la besó. Un beso salvaje, sucio. Sus manos bajaron por el vestido de ella.
En la galería, alguien soltó un grito ahogado.
El sonido de una copa cayendo al suelo rompió el trance, pero nadie miró el cristal roto. Todos estaban paralizados, con los ojos clavados en la pantalla.
Victoria se llevó las manos a la boca. Sus ojos se abrieron tanto que parecía que se le iban a salir de las órbitas.
Miguel se quedó petrificado, con la copa a medio camino de la boca, como una estatua de cera derritiéndose.
Pero Igor no había terminado.
El video cortó a la siguiente escena.
Ahora era de día. Una terraza. La imagen era lejana, pero el audio… el audio era cristalino.
Los subtítulos aparecieron en letras blancas gigantes sobre la imagen.
MIGUEL: “¿Y el idiota de tu marido no sospecha nada?”
VICTORIA: (Risas) “Para nada. Igor vive en su mundo de ladrillos. Mientras él pague mis tarjetas y la galería, yo soy feliz contigo.”
MIGUEL: “Eres una diabla. Por eso me encantas. Sácale todo lo que puedas antes de que nos larguemos.”
La voz de Miguel retumbó en las bocinas Bose de la galería. Su tono burlón, su risa cruel, llenaron cada rincón del espacio.
La atmósfera en la sala cambió instantáneamente. De la confusión pasó al horror, y del horror al asco.
Los invitados empezaron a voltear. Ya no miraban la pantalla. Miraban a los protagonistas.
Miraban a Victoria, que ahora temblaba como una hoja al viento, pálida como un cadáver.
Miraban a Miguel, que estaba rojo, sudando, buscando una salida con la mirada como una rata atrapada.
Y miraban a Diana.
Diana estaba de pie, sola, en medio de la pista. No miraba la pantalla. Miraba a su esposo. Las lágrimas corrían por su rostro en silencio, pero su expresión no era de tristeza. Era de furia pura.
El video terminó con la captura de pantalla del mensaje de texto:
“Todavía siento tu sabor. El pendejo de tu marido no tiene ni idea.”
La imagen se congeló ahí.
La música se detuvo.
Igor, desde el escenario, observaba su obra maestra.
El silencio era absoluto. Nadie respiraba. Nadie se movía.
Era el momento de la explosión. La mecha se había consumido por completo.
Igor tomó el micrófono una última vez.
—Feliz cumpleaños, Victoria —dijo, con una voz tranquila, casi amable—. Espero que te haya gustado tu regalo. Es la verdad. Y la verdad… te hace libre.
Dejó el micrófono sobre el podio. El sonido sordo del golpe amplificado resonó como el martillazo de un juez dictando sentencia.
Igor bajó los escalones del escenario lentamente. La gente se apartaba a su paso, abriéndole camino como si fuera un ser bíblico, o un monstruo, o un héroe. Nadie se atrevió a tocarlo. Nadie se atrevió a hablarle.
El caos estaba a punto de estallar a sus espaldas, pero Igor no se detuvo. Caminó hacia la salida, hacia el aire fresco de la noche, dejando atrás el infierno que acababa de desatar.
CAPÍTULO 6: Tierra Quemada
El silencio que siguió a la caída del micrófono de Igor no fue vacío; fue un silencio denso, pesado, cargado de una energía estática que erizaba la piel. Durante cinco segundos, que parecieron cinco siglos, las cien personas reunidas en la galería “Espacio V” se quedaron petrificadas. La imagen congelada en la pantalla gigante —el mensaje de texto obsceno sobre la cabeza de Miguel— brillaba como un neón acusador.
“Todavía siento tu sabor. El pendejo de tu marido no tiene ni idea.”
Entonces, alguien dejó caer una copa de vino.
El sonido del cristal rompiéndose contra el piso de concreto pulido funcionó como el disparo de salida para el caos.
El primero en moverse fue Miguel. Su instinto de abogado, de animal acostumbrado a salir de situaciones imposibles mediante la retórica, se activó. Pero su cara estaba bañada en un sudor frío, y sus ojos se movían de un lado a otro buscando una salida que no existía.
—¡Esto es un montaje! —gritó, con la voz quebrada, señalando la pantalla—. ¡Es inteligencia artificial! ¡Igor está loco! ¡Nadie crea esto!
Pero nadie lo miraba a él. Todos miraban a Diana.
Diana, la esposa tranquila, la mujer que siempre estaba en segundo plano, la que aguantaba las “noches de trabajo” de Miguel con resignación, estaba temblando. Pero no era un temblor de miedo. Era la vibración de una caldera a punto de estallar. Sus manos estaban cerradas en puños tan apretados que los nudillos se le pusieron blancos.
Caminó hacia Miguel. No corrió. Caminó con pasos firmes, resonando en el silencio del salón. La multitud se apartó instintivamente, abriéndole paso como el Mar Rojo ante Moisés.
—Diana, mi amor, escúchame… —empezó Miguel, levantando las manos en un gesto patético de defensa—. Esto es una broma de mal gusto, te lo juro, vamos a casa y…
El sonido de la bofetada fue seco, brutal, definitivo.
Diana le cruzó la cara con la mano abierta, con toda la fuerza de diez años de humillaciones acumuladas. La cabeza de Miguel giró violentamente hacia un lado. El impacto fue tal que un hilo de sangre empezó a brotar de su labio partido.
—¡Cállate! —gritó Diana. No fue un grito histérico; fue un rugido—. ¡Ni se te ocurra volver a llamarme “mi amor” con esa boca sucia!
Miguel se llevó la mano a la mejilla, aturdido. Nunca, en toda su vida, Diana le había levantado la voz, mucho menos la mano.
—Diana, por favor, la gente está mirando… —susurró él, intentando apelar a su sentido del decoro.
—¡Que miren! —Diana se giró hacia el público, con los ojos llenos de lágrimas de rabia—. ¡Que miren todos con quién me casé! ¡Con una basura!
Se volvió hacia Miguel, acercándose tanto que él tuvo que retroceder.
—Te perdoné las llegadas tarde. Te perdoné el olor a perfume barato en tus camisas. Te perdoné que fueras un padre ausente porque pensé que al menos trabajabas para nosotros. ¡Pero esto! —Diana señaló la pantalla con un dedo tembloroso—. ¿Con ella? ¿Con la esposa de tu hermano? ¿En la casa de tu mejor amigo?
Miguel intentó hablar, pero las palabras se le atoraron.
—Igor te dio todo, Miguel —continuó Diana, y su voz se quebró por primera vez—. Cuando tu papá murió y no tenías ni para el entierro, Igor lo pagó. Cuando abriste el despacho y nadie te contrataba, Igor te dio la iguala de su constructora. ¡Él te hizo, maldita sea! ¡Y así le pagas! ¡Revolcándote con esa…!
Diana no terminó la frase. Se giró lentamente hacia donde estaba Victoria.
Victoria estaba paralizada cerca de la barra de bebidas. Su vestido rojo, que minutos antes parecía un símbolo de poder, ahora parecía una mancha de sangre, vulgar y chillona. Tenía las manos cubriéndose la boca, y el rímel empezaba a correrse por sus mejillas.
Diana la miró con un desprecio tan profundo que Victoria dio un paso atrás, chocando contra una mesa alta.
—Y tú… —dijo Diana, bajando la voz a un susurro letal—. Tú eras mi amiga. Ibas a mi casa. Cargaste a mis hijos. Me consolaste cuando lloraba porque pensaba que Miguel tenía a otra. Y eras tú. Todo este tiempo, eras tú.
—Diana, no es lo que parece, yo… —balbuceó Victoria, con voz de niña regañada.
—Das asco —le escupió Diana. No necesitó gritarlo. La palabra flotó en el aire, pesada y pegajosa—. Ojalá valga la pena, Victoria. Ojalá el “sabor” que todavía siente Miguel valga la pena, porque te acabas de quedar sola.
Diana se arrancó el anillo de matrimonio del dedo. Era un diamante grande, ostentoso, que Miguel le había regalado hacía un año para “compensar” sus ausencias. Lo miró un segundo y luego se lo lanzó a Miguel al pecho. El anillo rebotó en su traje gris y cayó al suelo, rodando hasta perderse bajo una mesa.
—Quédatelo. Véndelo para pagar el divorcio, porque te voy a quitar hasta el apellido.
Diana se dio la media vuelta y caminó hacia la salida. Pasó junto a Igor, que seguía de pie cerca de la puerta, observando la escena con la frialdad de un juez.
Diana se detuvo frente a él. Sus miradas se cruzaron. En los ojos de Diana había dolor, pero también agradecimiento.
—Gracias por abrirme los ojos, Igor —le dijo en voz baja—. Lamento que tuviéramos que enterarnos así. Pero gracias.
—Lo siento, Diana —dijo Igor sinceramente—. Tú no te merecías esto.
—Nadie se merece esto. Cuídate.
Diana salió de la galería con la cabeza alta, dejando tras de sí los escombros de su matrimonio.
Con la salida de Diana, la presa se rompió para el resto de los invitados. El “respeto social” se evaporó. La gente, esa masa voluble que minutos antes adulaba a Victoria, ahora se transformó en una jauría moralista.
El murmullo se convirtió en un zumbido de críticas feroces.
—¡Qué poca madre! —se escuchó decir a un hombre al fondo—. Traicionar al compadre así… eso no tiene perdón.
—Y ella… mírala. Se hace la mosca muerta, pero bien que le gustaba el dinero de Igor —comentó una señora enjoyada, mirando a Victoria con asco.
Victoria, sintiendo el peso de cien miradas de juicio, intentó buscar un aliado. Buscó a su madre entre la multitud.
—¡Mamá! —gritó, extendiendo la mano—. ¡Mamá, por favor, diles que es mentira!
Su madre, la señora estirada de las cirugías, estaba roja de vergüenza. En su mundo, el escándalo era peor que la muerte. Ver a su hija expuesta como una adúltera en pantalla gigante, con audios explícitos, era demasiado para su reputación.
La señora negó con la cabeza, tomó su bolso Chanel y se dirigió a la salida sin mirar a su hija.
—¡Mamá! —sollozó Victoria.
—No me hables —siseó su madre al pasar junto a ella—. Me has humillado. Nos has humillado a todos. Arréglatelas tú sola.
El rechazo de su madre fue el golpe final para Victoria. Se derrumbó. Cayó de rodillas en medio de la pista, llorando con un llanto feo, ruidoso, de esos que mezclan moco y maquillaje.
Miguel, viendo que el barco se hundía y que las ratas (incluyéndose) debían salvarse, intentó acercarse a Igor.
—¡Igor! —gritó Miguel, tratando de recuperar algo de autoridad—. ¡Esto es ilegal! ¡Me grabaste sin mi consentimiento! ¡Te voy a demandar! ¡Te voy a meter a la cárcel por violación de privacidad!
Igor, que ya estaba poniéndose su abrigo negro con calma, se detuvo. Se giró lentamente.
La multitud hizo silencio de nuevo. Querían ver el enfrentamiento final. El macho alfa contra el traidor.
Igor caminó hacia Miguel. No levantó los puños. No gritó. Su tranquilidad era aterradora.
Se detuvo a medio metro de él. Miguel, a pesar de ser casi de la misma estatura, parecía encogerse.
—¿Me vas a demandar, Miguel? —preguntó Igor con una sonrisa leve, casi compasiva—. Adelante. Hazlo. Pero piénsalo bien.
Igor sacó de su bolsillo una memoria USB. La levantó para que todos la vieran.
—Lo que vieron hoy es el resumen de cinco minutos. La versión “para cine”. Pero aquí… aquí tengo cuarenta horas de grabaciones, Miguel. Tengo audios donde hablas de cómo sobornaste al juez en el caso de la constructora López. Tengo videos donde recibes efectivo de clientes dudosos en tu despacho. Tengo evidencia de lavado de dinero, evasión fiscal y tráfico de influencias.
La cara de Miguel pasó del rojo al blanco papel en un segundo.
—Tú… tú no tienes eso —tartamudeó.
—¿Quieres apostar? —Igor guardó la USB—. Si me demandas, si te acercas a mí, o si intentas quitarme un solo peso… esta memoria llega mañana a la Fiscalía y a la Unidad de Inteligencia Financiera. Y créeme, compadre, en el Reclusorio Oriente no les caen bien los abogados bonitos como tú.
Miguel abrió la boca, pero no salió ningún sonido. Estaba jaque mate. Igor no solo había destruido su vida personal; tenía el dedo en el gatillo de su libertad.
—Eres un desgraciado —susurró Miguel.
—Soy ingeniero, Miguel —corrigió Igor—. Yo construyo cosas. Y cuando algo está podrido, lo demuelo. Tú estabas podrido.
Igor se giró hacia Victoria, que seguía en el suelo, sollozando.
Se agachó frente a ella. Por un momento, Victoria levantó la vista, con una chispa de esperanza en los ojos. Quizás pensó que él la perdonaría. Que él, el buen Igor, el tonto Igor, la levantaría y la llevaría a casa.
—Igor… perdóname… fue un error… yo te amo… —gimió ella, agarrándole la bastilla del pantalón.
Igor miró la mano de ella en su pantalón. Sintió… nada. Ni amor, ni odio. Solo una indiferencia inmensa.
—No, Victoria. No fue un error. Fue una elección. Lo elegiste a él cada vez que me mentiste. Lo elegiste a él cuando te reías de mí en la terraza.
Igor se soltó suavemente de su agarre.
—La casa está a mi nombre —dijo en voz alta, para que los testigos escucharan—. El auto que manejas es de la empresa. Las tarjetas de crédito acaban de ser canceladas hace diez minutos.
Victoria abrió los ojos con terror.
—¿Qué? ¿Y a dónde voy a ir?
—No lo sé —dijo Igor, poniéndose de pie—. Tal vez Miguel te pueda prestar para un Uber. Ah, no, espera… Miguel ya no tiene a quién pedirle dinero prestado.
Igor miró alrededor de la galería. Miró sus paredes blancas, los cuadros colgados.
—Por cierto, la renta de este local está pagada hasta fin de mes. Disfrútenlo. Tienen dos semanas para desalojar.
Sin decir más, Igor se dio la vuelta y caminó hacia la salida.
Nadie lo detuvo. Al contrario, algunos hombres le asintieron con respeto al pasar. En la ley de la selva social, Igor acababa de demostrar que era el león más fuerte. Había defendido su honor con una brutalidad elegante.
—¡Igor! ¡No me dejes! —el grito desgarrador de Victoria resonó a sus espaldas.
Pero Igor ya estaba cruzando la puerta de cristal.
El aire de la noche en la Colonia Roma estaba fresco. Olía a tacos al pastor de un puesto cercano y a gasolina. Para Igor, olía a libertad.
El valet parking, un chico joven que no tenía idea de lo que acababa de pasar adentro, corrió hacia él con las llaves de su camioneta.
—Aquí tiene, jefe. ¿Se retira temprano? La fiesta se oye buena.
Igor tomó las llaves y le dio una propina de quinientos pesos.
—La fiesta ya se acabó, hijo. Lo que queda es la limpieza.
Se subió a su camioneta blindada. El interior de cuero olía a nuevo, a limpio.
Se sentó un momento antes de arrancar. Puso las manos sobre el volante y cerró los ojos.
Esperaba sentirse triste. Esperaba romper a llorar. Después de todo, acababa de ejecutar públicamente a su esposa y a su mejor amigo. Había dinamitado su vida de los últimos cinco años.
Pero no había lágrimas.
Lo que sentía era una ligereza física, como si se hubiera quitado una mochila llena de piedras que llevaba cargando sin darse cuenta.
El dolor seguía ahí, sí, como una cicatriz reciente que tira de la piel. Pero la infección —la mentira, la duda, la humillación— había sido cortada de raíz.
Encendió el motor. El rugido del V8 fue reconfortante.
Conectó su teléfono al sistema de audio. Tenía 50 mensajes de WhatsApp de invitados que estaban adentro, preguntando, chismeando, o “apoyándolo”.
Borró el chat sin leerlo.
Bloqueó el número de Victoria.
Bloqueó el número de Miguel.
Puso primera y arrancó despacio.
Al pasar frente a la galería, miró por el espejo retrovisor una última vez.
A través de los ventanales iluminados, se veía el caos. Gente saliendo, manoteando. Se imaginó a Victoria y a Miguel adentro, solos en medio de las ruinas de su reputación, rodeados de cuadros que nadie iba a comprar y de amigos que ya no les contestarían el teléfono.
—Adiós —murmuró Igor.
Aceleró y se incorporó a la Avenida Insurgentes. La ciudad brillaba frente a él, inmensa, caótica y llena de posibilidades.
Igor no iba a casa. No podía regresar a esa casa esa noche. Demasiados fantasmas. Se quedaría en un hotel. Mañana vendería la casa. Mañana empezaría el proceso de divorcio. Mañana lidiaría con abogados y papeles.
Pero esa noche… esa noche era suya.
Iba manejando sin rumbo fijo cuando vio un anuncio espectacular de una nueva torre de departamentos que su competencia estaba construyendo.
Sonrió.
—Les falta reforzar la base —pensó, analizando la estructura con ojo clínico—. Se les va a caer.
Él no. Él había tirado su propio edificio antes de que se le cayera encima. Y ahora, tenía un terreno baldío, limpio y plano.
Y lo mejor que sabe hacer un arquitecto con un terreno vacío es construir algo nuevo. Algo mejor. Algo a prueba de terremotos.
La venganza había terminado. La reconstrucción comenzaba.
Mientras tanto, dentro de la galería…
El infierno no había terminado para Victoria y Miguel; apenas comenzaba.
Con Igor y Diana fuera de escena, la multitud se sintió libre de atacar. La “Gala de Arte” se convirtió en un circo romano.
—Oye, Miguel —le gritó un ex compañero de la universidad, acercándose con una copa en la mano y una sonrisa burlona—. ¿Es cierto lo que dijo Igor? ¿Andas lavando dinero? Porque si es así, avísame para sacar mis inversiones de tu despacho, cabrón.
—¡No, no! ¡Son calumnias! —gritaba Miguel, limpiándose la sangre del labio—. ¡Igor está despechado!
—Despechado o no, el video está clarísimo, güey. Te la cogiste en su cama. Eres un cerdo.
Miguel, sintiéndose acorralado, intentó culpar a Victoria.
—¡Ella me provocó! —gritó, señalándola—. ¡Mírenla! ¡Es una manipuladora! ¡Ella me decía que Igor no la satisfacía! ¡Yo solo fui una víctima!
Victoria, que estaba intentando levantarse del suelo, escuchó esto y la furia le devolvió las fuerzas. Se levantó como una furia, con el rímel corrido pareciendo pintura de guerra.
—¿Yo? —gritó, empujando a Miguel—. ¡Tú fuiste el que me buscó! ¡Tú me mandabas mensajes a las 3 de la mañana! ¡Tú me dijiste que ibas a dejar a Diana!
—¡Estás loca! ¡Yo nunca iba a dejar a mi familia por una pintora fracasada! —le gritó Miguel en la cara.
La palabra “fracasada” resonó en la galería.
Victoria soltó un aullido de rabia y se lanzó sobre Miguel. No fue una pelea elegante. Fue una pelea de callejón. Victoria le clavó las uñas perfectamente manicuradas en la cara, rasguñando, buscando los ojos. Miguel la empujó, y ella cayó sobre la mesa de los canapés, tirando bandejas de salmón y queso al suelo.
Los invitados sacaron sus celulares. Nadie intervino. Todos grababan.
En cuestión de minutos, los videos estaban en Twitter, TikTok e Instagram.
#LaGalaDelCuerno #LadyInfiel #LordTraidor
Los hashtags empezaron a ser tendencia en tiempo real.
México entero estaba viendo la caída de la “pareja dorada” y el “abogado exitoso”.
El gerente de la galería, un hombre bajito que había estado escondido en la oficina, salió finalmente acompañado de dos guardias de seguridad.
—¡Se acabó! —gritó—. ¡Fuera todos! ¡Voy a llamar a la policía!
—¡Sáquenlos a ellos! —gritó una invitada, señalando a Victoria y Miguel—. ¡Ellos arruinaron la fiesta!
Los guardias, hombres corpulentos que no entendían de arte pero sí de órdenes, agarraron a Miguel por los brazos.
—¡Suéltenme! ¡Soy abogado! ¡Los voy a demandar! —chillaba Miguel mientras lo arrastraban hacia la puerta.
A Victoria la tomaron con un poco más de delicadeza, pero con la misma firmeza.
—Señora, tiene que salir. El dueño del local (Igor) acaba de llamar. Dice que revoca el permiso de uso del inmueble inmediatamente.
Los echaron a la calle.
Literalmente.
Victoria y Miguel se encontraron en la banqueta de la calle Orizaba. Miguel con el traje roto y la cara rasguñada. Victoria con el vestido manchado de comida y vino, descalza porque había perdido un tacón en la pelea.
La gente pasaba y los miraba. Los autos pitaban.
Empezó a lloviznar. Esa lluvia fría y sucia de la Ciudad de México que no limpia, solo ensucia más.
Se miraron el uno al otro.
Hace unas horas, se creían los reyes del mundo, planeando cómo gastar el dinero de Igor.
Ahora, eran dos náufragos en la banqueta.
—Te odio —dijo Victoria, temblando de frío.
—El sentimiento es mutuo —escupió Miguel.
Intentaron pedir un Uber.
Miguel sacó su celular. Pantalla rota.
Victoria sacó el suyo. Batería al 2%. Y entonces, se dio cuenta de algo peor.
La notificación de la app bancaria: “Tarjeta rechazada. Fondos insuficientes.”
Igor no mentía. Había cerrado el grifo.
Tuvieron que caminar. Caminar bajo la lluvia, humillados, separados, cada uno por su lado, mientras las redes sociales ardían con sus caras.
La venganza de Igor había sido perfecta. No solo les quitó el dinero y el techo. Les quitó lo único que realmente les importaba: su imagen.
Ahora eran un meme nacional.
Y en un hotel de lujo en Polanco, Igor pedía servicio a la habitación, un sándwich club y una cerveza fría, y encendía la televisión para ver una película, ignorando el mundo que ardía afuera.
Por primera vez en mucho tiempo, la película no era sobre su vida. Él ya no era un actor en el drama de ellos. Él era el espectador. Y la función había sido magnífica.
CAPÍTULO 7: Ecos de la Ruina
La mañana siguiente al escándalo de la galería, la Ciudad de México despertó con un nuevo tema de conversación. En las oficinas de Santa Fe, en los puestos de tacos de la Roma, en los chats de WhatsApp de las “tías” y en los noticieros matutinos, no se hablaba de política ni de fútbol. Se hablaba de #LadyTraicion y #LordCuernos.
El video de la pelea —ese clip tembloroso de 40 segundos donde Victoria se lanzaba a los ojos de Miguel y él la empujaba sobre los canapés— se había reproducido cuatro millones de veces en Twitter antes de que saliera el sol. Los memes eran despiadados. Había uno de Victoria volando por los aires con música de lucha libre de fondo. Había otro de la cara de Miguel congelada en terror con la frase: “Cuando te das cuenta de que se acabó la beca”.
Pero para los protagonistas, esto no era contenido digital. Era su vida desmoronándose ladrillo a ladrillo.
VICTORIA: EL DESPERTAR EN EL INFIERNO
Victoria abrió los ojos. No sabía dónde estaba. El techo tenía una mancha de humedad con forma de mapa de África y olía a aromatizante barato de lavanda.
Le dolía todo el cuerpo. Tenía un moretón en el brazo derecho (donde el guardia la había agarrado) y un corte en la rodilla.
Se incorporó en la cama. Las sábanas eran ásperas. Miró a su alrededor.
Era un hotel de paso en la colonia Doctores. Uno de esos lugares donde no te piden identificación y cobran por hora, aunque ella había pagado la noche completa con los últimos billetes que tenía en su bolsa de mano.
La realidad la golpeó como un mazo.
La fiesta. El video. Los gritos de Diana. La mirada gélida de Igor. La calle. La lluvia.
Buscó su celular. Estaba muerto. Recordó que no tenía cargador.
Se levantó y fue al baño. El espejo estaba manchado. Al verse, soltó un grito ahogado.
Parecía una loca. El rímel corrido le llegaba a la barbilla, el cabello era un nido de pájaros, y el vestido rojo de diseñador —ese que costaba lo que un auto pequeño— estaba manchado de grasa, vino y lodo.
Salió del hotel cubriéndose la cara con su bolsa, rezando por no encontrarse a nadie conocido, aunque las probabilidades de que alguien de su círculo social anduviera por esa zona eran nulas.
Necesitaba ayuda. Necesitaba un aliado.
Entró a una tienda de conveniencia OXXO y compró un cargador genérico con las monedas que encontró en el fondo de su bolsa. Pidió permiso para conectarlo ahí mismo.
En cuanto el teléfono revivió, empezó a vibrar como si fuera a explotar.
99+ llamadas perdidas. 500+ mensajes de WhatsApp. Miles de notificaciones de Instagram.
No abrió las redes sociales. Sabía que ahí solo encontraría veneno.
Llamó a su madre.
“El número que usted marcó no está disponible o ha sido cambiado…”
Victoria sintió un frío en el estómago. Su madre la había bloqueado. O cambiado de número. Su propia madre.
Llamó a Karen, su asistente en la galería.
—¿Bueno? —contestó Karen con voz seca.
—¡Karen! Gracias a Dios. Soy yo, Victoria. Necesito que me ayudes. Necesito ropa limpia, necesito ir a la galería a sacar mis cosas, necesito…
—Victoria, no vengas —la interrumpió Karen—. Hay periodistas afuera. Y gente… gente tirando huevos a la fachada. Es un desmadre. Además, el abogado de tu esposo… bueno, de Igor… vino a las 8:00 AM. Cambiaron las cerraduras. Puso sellos en las puertas.
—¿Qué? ¡Mis cuadros están adentro! ¡Mi computadora!
—Todo está embargado, Victoria. Dice que la galería es propiedad de la empresa de Igor y que los cuadros son parte del inventario para cubrir deudas. Y… otra cosa.
—¿Qué?
—Renuncio. No me has pagado la quincena y con este quemón… nadie va a querer contratar a alguien que trabajó en “Espacio V”. Bórra mi número.
Click.
Victoria se quedó sosteniendo el teléfono en medio del OXXO, mientras el cajero la miraba con sospecha.
Llamó a su “mejor amiga”, Claudia. Esa con la que se iba de viaje, con la que compartía secretos.
—¿Bueno?
—Clau, soy yo. Estoy en la calle. Por favor, déjame quedarme en tu depa unos días. Solo hasta que hable con Igor y arregle esto.
Hubo un silencio largo.
—Vicky… no creo que sea buena idea. Mi marido vio el video. Está furioso. Dice que si te meto a mi casa, el que se va es él. Además… wey, te pasaste. Con el compadre. Eso no se hace.
—¡Tú también le pusiste el cuerno a tu novio en Cancún! —gritó Victoria, desesperada—. ¡No te hagas la santa!
—Sí, pero a mí no me cacharon en 4K en una pantalla gigante. Lo siento, bye.
Victoria salió a la calle. El sol lastimaba.
No tenía casa. No tenía auto (Igor se lo había quitado con la segunda llave esa misma noche, según le notificó la app). No tenía amigos.
Caminó hacia un cajero automático. Metió la tarjeta de débito donde Igor le depositaba su “sueldo” de directora de galería.
SALDO: $0.00
ESTADO: CUENTA BLOQUEADA POR TITULAR.
Victoria se sentó en la banqueta y lloró. No lloró por Igor. Lloró por ella misma. Lloró porque se dio cuenta de que Victoria, la “artista exitosa”, no existía. Era un invento financiado por Igor. Sin él, ella era solo una mujer con un vestido sucio y hambre, en una ciudad que se la iba a comer viva.
MIGUEL: LA CAÍDA DEL TIBURÓN
Si el infierno de Victoria era social y económico, el de Miguel era legal y profesional. Y para un hombre cuyo ego se basaba en su estatus, esto era peor que la muerte.
Ese lunes, Miguel intentó entrar a su despacho en Reforma. Los guardias de seguridad del edificio, los mismos que le saludaban con un “Buenos días, Licenciado” y le abrían la puerta, le bloquearon el paso en los torniquetes.
—Licenciado, su acceso ha sido revocado —dijo el jefe de seguridad, sin mirarlo a los ojos.
—¿De qué hablas? Soy socio fundador de este bufete. ¡Déjame pasar!
—Órdenes de la junta directiva. No puede subir. Le mandarán sus cosas personales por mensajería.
Miguel sacó su celular para llamar a sus socios, pero vio un correo electrónico entrante.
REMITENTE: CONSEJO DE SOCIOS
ASUNTO: DISOLUCIÓN DE SOCIEDAD Y EXPULSIÓN INMEDIATA
Estimado Miguel:
En vista de los recientes acontecimientos públicos que involucran conductas inmorales y las graves acusaciones de ilícitos financieros (lavado de dinero, cohecho) expuestas por el Ing. Igor Soriano, hemos decidido activar la Cláusula de Moralidad de nuestro contrato constitutivo.
Queda usted fuera de la firma con efecto inmediato. Nos deslindamos de cualquier actividad ilegal que haya realizado a título personal.
Asimismo, le informamos que la Barra Mexicana de Abogados ha abierto una investigación de oficio para revocar su cédula profesional.
Miguel sintió que le faltaba el aire. Lo estaban borrando.
Pero lo peor no era eso. Lo peor fue cuando llegó a su casa en Lomas de Chapultepec.
O lo que solía ser su casa.
Había un camión de mudanzas afuera. Pero no estaba sacando cosas. Estaba metiendo cajas.
Diana estaba en la puerta, con un hombre de traje que Miguel reconoció de inmediato: era el abogado de divorcios más despiadado de la ciudad. El “Tiburón” Salinas.
—Diana, ¿qué haces? —preguntó Miguel, bajándose del taxi (su BMW estaba en el taller y no tenía dinero para sacarlo).
Diana lo miró con una frialdad que helaba la sangre. Ya no había lágrimas. Solo cálculo.
—Miguel. Qué bueno que vienes. Te presento al Licenciado Salinas. Él va a llevar mi caso.
—¿Tu caso? Diana, podemos hablar. Lo del video fue… fue un error de edición.
Salinas soltó una carcajada seca.
—Ahórreselo, colega. Ya vimos los videos completos. Igor nos hizo el favor de enviarnos el archivo de 40 horas. Tenemos evidencia de adulterio, abandono de hogar, violencia psicológica y… —Salinas sonrió— ocultamiento de bienes. Sabemos de la cuenta en las Islas Caimán.
Miguel palideció.
—Eso es… eso es privado.
—Era privado —corrigió Diana—. Ahora es parte de la masa conyugal. Y como nos casamos por bienes mancomunados y tú cometiste fraude al esconderlo, el juez dictó medidas precautorias. Congelaron tus cuentas, Miguel. Todas. Y esta casa… esta casa es el hogar de mis hijos. Tú tienes una orden de restricción. No te puedes acercar a 500 metros.
—¿Y a dónde voy a ir? —gritó Miguel, perdiendo los estribos—. ¡No tengo dinero! ¡Me corrieron del despacho!
—No es mi problema —dijo Diana—. Ve con tu amante. Ah, cierto… vi en Twitter que está durmiendo en un parque. Quizás te haga un espacio en su banca.
Diana entró a la casa y cerró la puerta. El sonido del portón eléctrico cerrándose fue el sonido final de la vida de Miguel.
Se quedó en la calle, con su traje arrugado y su maletín vacío.
Sonó su teléfono. Era un número desconocido.
—¿Sí?
—Licenciado Miguel Ángel… le hablamos de la Fiscalía General de Justicia. Tenemos una orden de presentación para que declare sobre una denuncia por administración fraudulenta interpuesta por la constructora “Soriano Estructuras”. Le sugerimos presentarse voluntariamente o tendremos que ir por usted.
Miguel colgó. Le temblaban las manos.
Igor no estaba jugando. Igor había presionado el botón nuclear.
Miguel miró al cielo. No había nubes, pero él sentía que le estaba cayendo una tormenta encima. Estaba acabado.
IGOR: LA RECONSTRUCCIÓN
Mientras el mundo de Victoria y Miguel ardía en llamas, el mundo de Igor se volvía extrañamente silencioso y ordenado.
Igor se había mudado temporalmente a una suite ejecutiva en un hotel cerca de su oficina. No era lujosa, era funcional. Cama, escritorio, cafetera, internet de alta velocidad.
No necesitaba más.
El primer paso de su nueva vida fue vender la casa del Pedregal.
Esa casa que había construido con sus manos, esa casa que soñó llena de hijos y nietos, ahora era solo un activo tóxico.
Llamó a un agente inmobiliario el lunes por la mañana.
—Véndela —le dijo Igor—. No quiero sacar ganancia. Quiero que se vaya rápido. Remátala si es necesario. Quiero firmar escrituras esta misma semana.
—Pero Ingeniero, esa casa vale millones. Si esperamos unos meses…
—No me escuchaste. No quiero dinero. Quiero cerrar el capítulo. Véndela hoy.
La casa se vendió en tres días a un desarrollador que quería el terreno. Igor firmó los papeles sin mirar atrás. Cuando entregó las llaves, no sintió nostalgia. Sintió alivio. Esa casa estaba embrujada por la mentira.
Su rutina cambió.
Ahora llegaba a la oficina a las 7:00 AM, pero no para esconderse en el trabajo, sino para reinventarlo.
Reunió a todo su equipo de ingenieros y arquitectos.
—Vamos a hacer cambios —anunció—. Se acabaron los “favores” a amigos. Se acabaron las igualas a despachos que no trabajan. Se acabó el desperdicio. Vamos a enfocarnos en lo que sabemos hacer: construir bien.
Canceló el contrato con el despacho de Miguel. Canceló el financiamiento de la galería. Revisó cada factura, cada gasto.
Descubrió que Victoria había gastado cerca de dos millones de pesos en el último año en “gastos de representación” que en realidad eran viajes, ropa y cenas con Miguel.
Igor sumó las cifras en una hoja de Excel. El número final era obsceno.
Pero en lugar de enojarse, lo vio como el costo de una lección.
“La educación es cara”, pensó. “Pero la ignorancia es más cara”.
Una tarde, dos semanas después del escándalo, su secretaria le anunció una visita.
—Ingeniero, está aquí… la señora Victoria.
Igor levantó la vista de los planos.
—No tengo esposa, Lupita.
—Perdón, Ingeniero. La señorita Victoria. Dice que es urgente. Se ve… se ve muy mal, jefe. ¿Llamo a seguridad?
Igor lo pensó un momento.
—No. Déjala pasar. Cinco minutos.
Victoria entró.
Igor casi no la reconoció. Había perdido peso. Llevaba ropa sencilla, unos jeans y una blusa blanca que se veía desgastada. No llevaba maquillaje. Sus ojos estaban hinchados y rojos.
Se quedó parada en la puerta, como si tuviera miedo de pisar la alfombra.
—Hola, Igor —su voz era un hilo.
—Victoria —dijo él, sin levantarse de su silla—. Tienes cinco minutos.
Ella avanzó unos pasos.
—Igor, por favor. Estoy desesperada. Nadie me habla. No tengo dónde vivir. Estoy quedándome en un cuarto de azotea en casa de una tía lejana que me odia. No tengo dinero ni para comer.
Igor la miró. Recordó a la mujer altiva que se reía de él en la terraza. Esa mujer ya no existía.
—¿Y qué quieres que haga yo?
—Perdóname. Sé que la cagué. Sé que fui una estúpida. Pero… fuimos esposos cinco años. ¿No significó nada para ti?
—Significó todo para mí, Victoria. Por eso me dolió tanto. Pero tú lo mataste.
—Solo te pido ayuda. Un préstamo. Algo para empezar de nuevo. Te prometo que te lo pago. O… no sé, tal vez podamos intentarlo de nuevo. Yo puedo cambiar. Puedo ser la esposa que querías.
Igor soltó una risa breve, sin humor.
—Victoria, no entiendes nada. No se trata de dinero. Se trata de confianza. Una estructura, una vez que el acero se fatiga, no se puede reparar. Se tiene que demoler. Nosotros estamos demolidos.
Igor abrió un cajón de su escritorio. Sacó una chequera.
Escribió un cheque. Lo arrancó y lo puso sobre el escritorio.
Victoria miró el papel con esperanza.
—Toma —dijo Igor—. Son cincuenta mil pesos. Es mucho más de lo que te mereces. Úsalo para rentar un lugar, comprar comida y buscar un trabajo de verdad.
—Gracias, Igor, gracias… —Victoria intentó acercarse para abrazarlo.
Igor levantó una mano, deteniéndola en seco.
—Alto. Escucha bien. Este es el último centavo que vas a ver de mí en tu vida. Si me vuelves a buscar, si vuelves a llamar, o si te acercas a mí, te demando por el dinero que robaste de la empresa con tus tarjetas corporativas. Tengo las pruebas para meterte a la cárcel por fraude. Tómalo como una liquidación por despido. Ahora, vete.
Victoria tomó el cheque con manos temblorosas. Lo miró como si fuera un boleto de lotería.
—Adiós, Igor.
—Adiós, Victoria.
Cuando ella salió, Igor no sintió pena. Sintió que acababa de sacar la última bolsa de basura de su vida.
Se levantó y fue a la ventana. Miró la Ciudad de México extendiéndose hasta el horizonte.
Se sentía solo, sí. Pero era una soledad limpia. Una soledad elegida.
Había recuperado el control.
EL ENCUENTRO FINAL
Un mes después, Igor tuvo que ir a los juzgados familiares para firmar la sentencia de divorcio.
Llegó con su nuevo abogado, un hombre joven y brillante que no cobraba por “amistad” sino por resultados.
En el pasillo, se encontró con Miguel.
O lo que quedaba de Miguel.
El “Licenciado” llevaba un traje que le quedaba grande (había bajado mucho de peso por el estrés). Tenía ojeras profundas y el cabello, antes impecablemente peinado, lucía opaco y descuidado. Estaba sentado en una banca, solo, revisando unos papeles arrugados.
Al ver a Igor, Miguel se levantó. Hubo un momento de tensión.
Igor siguió caminando, pero Miguel se interpuso en su camino.
—Felicidades, Igor —dijo Miguel, con voz ronca—. Ganaste. Me quitaste todo. Diana se quedó con los niños, con la casa, con las cuentas. Me quitaron la cédula profesional por “falta de probidad”. Estoy trabajando de auxiliar en un despacho de cuarta llevando divorcios express. ¿Estás contento?
Igor se detuvo y lo miró a los ojos.
—No, Miguel. No estoy contento.
—¿Ah, no? —Miguel sonrió con amargura—. Porque te ves muy bien. Te ves… tranquilo.
—Estoy tranquilo. Pero no contento. Estaría contento si mi mejor amigo no me hubiera traicionado. Estaría contento si mi esposa me hubiera amado. Pero eso no pasó.
Miguel bajó la mirada.
—Fue un error, Igor. Me dejé llevar. La soberbia…
—No fue un error, Miguel. Fue tu naturaleza. Siempre fuiste así. Solo que yo estaba demasiado ciego para verlo. Eras un parásito. Y los parásitos mueren cuando se muere el huésped o cuando el huésped se cura. Yo me curé.
Igor dio un paso para irse, pero se detuvo y le dijo una última cosa.
—Por cierto, la USB…
Miguel se tensó.
—¿La entregaste?
—No —dijo Igor—. Todavía la tengo en mi caja fuerte.
—¿Por qué? —preguntó Miguel, confundido—. ¿Por qué no me remataste?
—Porque verte así… —Igor señaló su traje barato y su cara de derrota— es mucho mejor castigo que la cárcel. En la cárcel serías una víctima. Aquí afuera, eres un fracasado. Y saber que yo tengo el poder de destruirte en cualquier momento, saber que vives prestado… esa es mi verdadera venganza. Pórtate bien, Miguel. Te estoy vigilando.
Igor entró a la sala del juzgado. Firmó los papeles del divorcio en diez minutos.
—Divorcio incausado —dictó el juez—. Queda disuelto el vínculo matrimonial.
Al salir del juzgado, el sol brillaba.
Igor caminó hacia su camioneta.
Sonó su teléfono. Era un número de Nueva York.
—¿Bueno? —contestó en inglés.
—Mr. Soriano? Hablamos del despacho de arquitectos Foster & Partners. Vimos su portafolio y el proyecto de la Torre Reforma que lideró. Estamos buscando un socio local para un proyecto masivo en la Ciudad de México. ¿Le interesaría platicar?
Igor sonrió. Una sonrisa genuina, amplia, que le llegó a los ojos.
—Claro que sí. ¿Cuándo empezamos?
Arrancó la camioneta.
Atrás quedaron los juzgados. Atrás quedaron Victoria y Miguel, dos figuras borrosas en el espejo retrovisor de su vida.
Igor Soriano pisó el acelerador. Tenía un rascacielos que construir. Y esta vez, los cimientos serían de acero puro.
CAPÍTULO 8: Cimientos Nuevos
Habían pasado dos años desde la “Noche de la Galería”, como la llamaban todavía en algunos círculos sociales de la Ciudad de México, aunque ahora era más una leyenda urbana que un chisme fresco. Decían que un arquitecto había proyectado una película porno de su esposa en una fiesta; otros decían que había quemado el lugar. La verdad, como suele pasar, se había diluido, pero la lección quedó grabada en piedra.
Igor Soriano estaba parado en el piso 45 de la nueva “Torre Horizonte”, en Paseo de la Reforma. El edificio aún olía a pintura fresca y a alfombra nueva. Era su obra maestra. Una estructura de acero y cristal que desafiaba la gravedad, diseñada en colaboración con una firma internacional, pero construida con su sudor y su visión.
Desde esa altura, la ciudad se veía diferente. Los problemas parecían pequeños, insignificantes, como hormigas moviéndose en un laberinto de concreto.
Igor tenía ahora 42 años. Las canas en sus sienes se habían multiplicado, dándole un aire de distinción plateada. Había perdido un poco de peso, producto de cambiar las cenas pesadas por sesiones de gimnasio a las 6:00 AM. Se veía más duro, sí, pero también más vivo.
Su asistente, una joven arquitecta brillante llamada Elena, entró a la oficina con una tablet.
—Ingeniero, los inversionistas japoneses están fascinados con el lobby. Quieren firmar el contrato para la segunda fase hoy mismo.
—Excelente, Elena. Prepara la sala de juntas. Y pide un buen sake para brindar.
—Enseguida. Ah, y… llegó esto para usted.
Elena dejó un sobre color crema sobre el escritorio de cristal. No tenía remitente, solo las iniciales “D.M.” escritas con una caligrafía elegante.
Igor esperó a que Elena saliera para abrirlo.
Adentro había una tarjeta simple y una foto.
La foto mostraba a una mujer sonriendo en una playa, abrazada a dos niños adolescentes que se veían felices y bronceados.
Era Diana.
Se veía diferente. Más joven. Se había cortado el pelo y ya no tenía esa expresión de angustia perpetua.
La nota decía:
“Igor: Gracias. Tardé en entenderlo, pero me salvaste la vida. Ahora soy dueña de mi tiempo y de mi paz. Espero que tú también hayas encontrado la tuya. Con cariño, Diana.”
Igor sonrió. Guardó la foto en su cajón.
Sí, había encontrado su paz. Pero no había sido fácil.
LOS FANTASMAS DEL PASADO
El primer año después del divorcio fue solitario. Igor se dedicó obsesivamente al trabajo para no tener que pensar en el vacío de su cama. Pero poco a poco, el dolor se transformó en sabiduría. Aprendió a disfrutar de su propia compañía. Aprendió a viajar solo, a ir al cine solo, a cocinar para uno sin sentirse patético.
De vez en cuando, la ciudad, que es un pañuelo, le traía noticias de “ellos”.
A Miguel lo vio una vez, seis meses después del divorcio, en un juzgado civil donde Igor estaba tramitando un permiso de construcción.
Miguel estaba irreconocible. Llevaba un traje barato, brillante por el uso, y cargaba una pila de expedientes amarrados con una liga. Se veía diez años más viejo. Estaba discutiendo con un secretario por una copia fotostática.
—¡Es que no me alcanza para las copias, licenciado! ¿No me puede echar la mano? —rogaba Miguel, con una humildad forzada que daba pena ajena.
Igor lo observó desde lejos, oculto tras unas gafas oscuras.
Recordó al Miguel soberbio, el que bebía whisky de 18 años y se burlaba de los “pendejos” que trabajaban honestamente.
Ahora, Miguel era un “coyote” de juzgado. Un gestor de poca monta que vivía de las migajas del sistema legal que alguna vez pensó dominar.
Igor sintió la tentación de acercarse, de decirle algo. Pero se detuvo.
“No vale la pena”, pensó. Miguel ya estaba en su propia prisión, construida con los barrotes de su arrogancia. Acercarse sería darle importancia.
Igor dio media vuelta y se fue. Nunca más volvió a ver a Miguel.
De Victoria, las noticias llegaron de forma más cruel.
Un domingo, mientras Igor leía el periódico en una cafetería de la Condesa, vio una reseña de una “feria de arte emergente” en un parque público de Coyoacán.
En una de las fotos, al fondo, borrosa, aparecía ella.
Estaba sentada en un banco plegable, vendiendo acuarelas de paisajes turísticos a turistas.
“Cuadros originales, $200 pesos”, decía un letrero de cartón a sus pies.
Igor sintió un golpe en el estómago. No era amor, ni odio. Era shock.
La mujer que quería ser la reina del arte contemporáneo, la que despreciaba lo “comercial”, ahora vendía souvenirs baratos para sobrevivir.
Se preguntó si debería ir a comprarle algo. Un gesto de caridad anónima.
Pero recordó el cheque de 50 mil pesos. Recordó su ingratitud. Recordó cómo se había burlado de él.
“Ella eligió su camino”, se recordó a sí mismo. “Ella despreció la seguridad que yo le daba por la emoción de una aventura barata. Ahora está pagando el precio de esa emoción.”
Cerró el periódico y pidió la cuenta. Dejó una propina generosa al mesero.
“La vida es justa”, pensó. “Tarda, pero es justa”.
UN NUEVO COMIENZO
La inauguración de la Torre Horizonte fue el evento del año.
Igor estaba en el centro del salón, rodeado de socios, políticos y amigos verdaderos (pocos, pero leales).
Había aprendido a filtrar a las personas. Ahora, su círculo íntimo era impenetrable. Solo entraba quien demostraba valor y lealtad.
—¡Salud, Igor! —brindó uno de sus nuevos socios, un arquitecto japonés llamado Kenji—. Este edificio es un símbolo. Resistencia y belleza. Como tú.
—Arigato, Kenji-san —respondió Igor, chocando su copa.
En ese momento, vio a alguien entrar al salón.
Era Elena, su asistente. Pero no venía sola. Venía con una mujer que Igor no conocía.
La mujer tenía unos 35 años, cabello oscuro, ojos inteligentes y una sonrisa cálida pero reservada. Llevaba un vestido azul sencillo pero elegante. No parecía una socialité, ni una modelo, ni una cazafortunas. Parecía… real.
—Ingeniero —dijo Elena—, le presento a la Doctora Sofía Méndez. Es la ingeniera estructural que revisó los cálculos sísmicos de la torre. Quería conocer al cerebro detrás del diseño.
Igor le tendió la mano. El apretón de Sofía fue firme, seguro. Sus manos eran suaves, pero se notaba que no tenía miedo de ensuciarse.
—Es un placer, Ingeniero Soriano —dijo ella—. Su diseño de los disipadores sísmicos es brillante. Arriesgado, pero brillante.
—Viniendo de la persona que los auditó, es el mejor cumplido que puedo recibir —respondió Igor, sintiendo una chispa de interés que no había sentido en años.
Hablaron. Hablaron de ingeniería, de suelos, de la ciudad. No hablaron de dinero, ni de chismes, ni de apariencias.
Sofía era viuda. Había perdido a su esposo en un accidente hacía cinco años. Tenía una hija pequeña. Entendía el dolor. Entendía la soledad. Y entendía el valor de construir algo sólido.
—¿Te gustaría ver la vista desde la terraza privada? —preguntó Igor, rompiendo su propia regla de no mezclar trabajo con placer.
—Me encantaría —dijo Sofía.
Subieron al helipuerto. El viento soplaba fuerte, despeinando a ambos, pero no les importó. La ciudad brillaba a sus pies como un mar de diamantes eléctricos.
—Es hermosa, ¿verdad? —dijo Igor, mirando el horizonte.
—Es caótica —corrigió Sofía—. Ruidosa, sucia, peligrosa. Pero sí, tiene una belleza extraña. La belleza de lo que sobrevive a pesar de todo.
Igor la miró.
—Sobrevivir a pesar de todo. Me gusta esa definición.
—Tú sobreviviste a algo fuerte, ¿verdad? —preguntó ella, mirándolo a los ojos con una intuición que lo desarmó—. Se te nota en la mirada. Tienes esa calma de quien ha pasado por una tormenta.
Igor asintió lentamente.
—Sí. Hubo un terremoto. Se me cayó la casa encima.
—¿Y qué hiciste?
—Limpié los escombros. Y construí un rascacielos.
Sofía sonrió.
—Buena respuesta, Ingeniero.
Se quedaron en silencio un momento, cómodos el uno con el otro.
—¿Te invito a cenar? —preguntó Igor—. No es una cena de negocios.
Sofía lo pensó un segundo y luego asintió.
—Acepto. Pero con una condición.
—¿Cuál?
—Que no hablemos de trabajo. Cuéntame tu historia. La verdadera.
—Es una historia larga —advirtió Igor.
—Tengo tiempo —dijo ella.
Igor sintió algo en el pecho. No era la pasión ciega y adolescente que sintió por Victoria. Era algo diferente. Era esperanza. Era la sensación de que, tal vez, los cimientos de su vida estaban listos para soportar una nueva estructura. Una estructura compartida.
EPÍLOGO: EL ÚLTIMO CLAVO
Esa noche, después de dejar a Sofía en su casa (con la promesa de verse el siguiente viernes), Igor regresó a su departamento.
Se sentó en su sillón favorito, con una copa de vino tinto.
Sacó su celular.
Tenía un hábito secreto. Una vez al mes, buscaba los nombres de sus fantasmas en Google. Solo para asegurarse de que seguían siendo fantasmas.
Buscó “Miguel Ángel Abogado”.
Las noticias eran viejas. Lo único reciente era una nota en un blog jurídico sobre abogados sancionados. Su nombre aparecía en la lista negra.
Buscó “Victoria Galería”.
Nada. La galería ya era una tienda de ropa hipster.
Pero entonces, entró a Facebook. Buscó el perfil de una amiga en común que nunca lo había bloqueado.
Encontró una foto reciente.
Era una fiesta de barrio en una colonia popular. En el fondo, se veía a Victoria.
Estaba más gorda. Llevaba el pelo teñido de un rubio barato. Estaba sentada en una mesa de plástico con un hombre que llevaba una camiseta de fútbol y bebía cerveza de lata.
Victoria no sonreía. Miraba a la cámara con una expresión de resignación absoluta. La expresión de alguien que sabe que sus mejores años quedaron atrás y que el futuro es un túnel gris.
Igor miró la foto durante un largo minuto.
Esperaba sentir satisfacción. Esperaba sentir esa alegría vengativa de decir “te lo dije”.
Pero no sintió nada.
La foto no le provocó placer. Solo le provocó indiferencia.
Era como ver la foto de un extraño. Esa mujer ya no tenía poder sobre él. Su traición, su burla, su “sabor”… todo eso era polvo.
Igor borró el historial de búsqueda.
—Adiós —dijo en voz alta.
Se levantó y fue hacia la chimenea eléctrica de su sala.
Tomó la memoria USB que había guardado en su caja fuerte durante dos años. La famosa memoria con las 40 horas de evidencia.
La miró una última vez. Era el arma que había destruido a sus enemigos. Pero también era el ancla que lo mantenía atado a ese pasado doloroso.
Mientras tuviera esa memoria, seguía siendo el “Arquitecto de la Venganza”.
Y él ya no quería ser eso. Quería ser solo Igor.
Lanzó la memoria al suelo y la pisó con el talón de su bota. El plástico crujió y se rompió. El chip de memoria se partió en dos.
Recogió los pedazos y los tiró a la basura.
Se acabó.
Ya no había seguro de vida contra Miguel, porque Miguel ya no era una amenaza.
Ya no había rencor contra Victoria, porque Victoria ya era su propio castigo.
Igor se sirvió otra copa de vino y salió al balcón.
El aire de la noche era fresco.
Pensó en Sofía. Pensó en su sonrisa inteligente. Pensó en que el viernes la llevaría a un lugar tranquilo, donde pudieran hablar.
Pensó que tal vez, solo tal vez, la vida le estaba dando una segunda oportunidad. Y esta vez, no la iba a desperdiciar construyendo castillos en el aire. Esta vez, construiría sobre roca firme.
Levantó su copa hacia la luna.
—A tu salud, Igor —brindó consigo mismo—. Lo lograste. Sobreviviste.
Bebió el vino, saboreando cada gota. Sabía a uva, a madera y a tiempo.
Sabía a victoria. Pero no a la Victoria que lo traicionó.
Sabía a su propia victoria.
Y así, el Arquitecto apagó la luz, cerró la puerta al pasado y se fue a dormir, soñando, por primera vez en años, con el futuro.
FIN