PUSE UNA CÁMARA OCULTA PARA VIGILAR AL CARPINTERO Y DESCUBRÍ QUE MI ESPOSA ME ESTABA “PAGANDO” LA INSTALACIÓN A MIS ESPALDAS

CAPÍTULO 1: El Fantasma de la Abuela y los Sueños de Tablaroca

La Ciudad de México no despierta; la Ciudad de México explota. A las cinco de la mañana, antes de que el sol se digne a salir sobre los volcanes, el monstruo de concreto ya está rugiendo. Escuchas el claxon lejano de un microbusero peleando pasaje, el silbido inconfundible del carrito de los camotes que se retira, o el ladrido de los perros callejeros que son los verdaderos dueños de la colonia. Yo, Beto, soy parte de ese engranaje. Soy ingeniero civil, uno más de los miles que intentan ponerle orden al caos de esta ciudad que se hunde centímetros cada año.

Dicen que el mexicano nace donde se le da la gana, pero también muere donde puede. Mi abuela, Doña Tere, murió en este departamento. Un “depa” viejo en la Santa María la Ribera, una colonia que huele a historia, a garnacha frita y a humedad estancada. Cuando el notario leyó el testamento, sentí una mezcla de gratitud y pánico. Me había dejado el departamento. A mí, su nieto favorito, el que le arreglaba la antena de la tele y le traía sus conchas de vainilla del globo los domingos.

—Es un buen comienzo, Beto —me dijo Karla esa tarde, mientras salíamos de la notaría en el Centro Histórico.

Karla. Mi esposa. Llevábamos apenas un año de casados, viviendo en un cuartito de azotea en la Del Valle que nos costaba la mitad de mi sueldo. Karla era… ¿cómo describirla sin que me duela el pecho? Era luz. Tenía esa risa fácil de las mujeres que no han sufrido hambre, el cabello negro y largo que olía siempre a frutas, y unos ojos oscuros que te prometían que todo iba a estar bien, aunque el mundo se estuviera cayendo a pedazos.

Cuando entramos por primera vez al departamento ya como dueños, la realidad nos golpeó en la cara con olor a naftalina. El lugar era grande, sí, con techos altos de esos que ya no hacen, pero estaba cayéndose a pedazos. El piso de mosaico verde estaba levantado en las esquinas, las paredes lloraban salitre y la instalación eléctrica era una bomba de tiempo con cables pelados cubiertos de cinta de aislar vieja.

—Está… vintage —dijo Karla, tratando de sonar animada, pero vi cómo arrugaba la nariz. Ella soñaba con esos departamentos minimalistas de Polanco o la Condesa, todo blanco, todo limpio, todo nuevo. Esto era lo opuesto. Esto era el México viejo y cansado.

—No te preocupes, flaca —le dije, pasándole el brazo por los hombros y atrayéndola hacia mí. Sentí su cuerpo tenso—. Soy ingeniero, ¿te acuerdas? Vamos a dejar esto irreconocible. Le vamos a meter mano, vamos a tirar muros, vamos a abrir la cocina. Va a ser nuestro palacio.

Ella me miró y sonrió, pero en sus ojos vi una sombra de duda. —¿Y con qué dinero, Beto? Apenas nos alcanza para la tarjeta de crédito.

Esa era la bronca. La maldita lana. Yo ganaba “bien” para el promedio, pero en esta ciudad “bien” significa que te alcanza para comer y pagar deudas, no para remodelar un departamento de 100 metros cuadrados. Pero el orgullo macho, ese que nos inculcan desde chiquitos de que “el hombre provee y resuelve”, se me subió a la cabeza.

—Pedimos un préstamo, amor. Un crédito de nómina. Me lo aprueban en fa. Tú no te agobies por eso. Tú encárgate de soñar. ¿Cómo quieres la cocina?

Esa noche no pudimos dormir ahí. El polvo era insoportable. Pero nos quedamos sentados en el piso de la sala vacía, comiéndonos unos tacos al pastor que compramos en la esquina, iluminados solo por la luz de la calle que entraba por la ventana sin cortinas. Karla sacó su celular y empezó a enseñarme fotos en Pinterest.

—Mira, Beto. Quiero algo así. Una cocina integral con acabado en madera oscura, pero moderna. Con una barra de granito, no, mejor de cuarzo blanco. Y muchos gabinetes. Odio que se vean las latas y las cajas de cereal. Quiero que todo esté oculto.

Yo masticaba mi taco de suadero asintiendo, pero en mi cabeza estaba haciendo números. Madera de verdad, cuarzo, herrajes de cierre lento… eso costaba una fortuna. —Claro, mi vida. Lo que tú quieras. —¿Y sabes qué más? —siguió ella, emocionada, con esa chispa que tanto me enamoró—. Necesitamos tirar esa pared horrible que separa la cocina de la sala. Quiero concepto abierto. Que cuando tengamos invitados, yo pueda estar cocinando y platicando con ellos al mismo tiempo.

“Invitados”, pensé. Karla siempre pensaba en el qué dirán, en la apariencia. Yo solo pensaba en llegar a casa y descansar. Mi trabajo era brutal. Salía de casa a las 6:00 AM para cruzar la ciudad hasta Santa Fe, lidiando con el Periférico parado, supervisando obras donde los albañiles se peleaban, los proveedores no llegaban y los arquitectos pedían imposibles. Regresaba a casa a las 9:00 PM, muerto, con polvo de cemento hasta en las pestañas.

Pero verla ilusionada me daba energía. —Va. Tiramos la pared. Hacemos la cocina de tus sueños.

Al día siguiente pedí el préstamo. El banco, esos buitres amables, me soltaron el dinero rápido con unos intereses que me iban a tener amarrado por tres años. Pero no importaba. Tenía el capital. Compramos los materiales un fin de semana. Recuerdo caminar por los pasillos de Home Depot empujando el carrito pesado, sintiéndome poderoso. Estaba construyendo mi hogar. Estaba cimentando mi matrimonio. Karla iba a mi lado, escogiendo azulejos, grifos, lámparas. Se veía feliz. Y yo, pobre idiota, pensaba que esa felicidad era por nosotros, por nuestro futuro. No sabía que la felicidad de Karla era como el gas: volátil y peligrosa si no se maneja con cuidado.

El problema empezó cuando tuve que aceptar que yo no podía hacer la obra. —Amor, en serio, yo puedo hacerlo los fines de semana —le insistí una noche, mientras cenábamos pizza en cajas sobre el piso. Karla me miró con ternura, como se mira a un niño que dice que va a ser astronauta. —Beto, por favor. Llegas muerto. Los fines de semana solo quieres dormir. Si lo haces tú, vamos a terminar en el 2030. Necesitamos contratar a alguien. Además… —hizo una pausa y bajó la voz—, yo quiero que quede perfecto. Tú eres muy bueno en estructuras y puentes, pero esto es… detalle. Es carpintería fina.

Me dolió el golpe al ego, pero tenía razón. Yo soy de obra negra, de varilla y concreto. La carpintería requiere una paciencia y una delicadeza que yo perdí hace mucho entre gritos de capataces. —Está bien. Buscamos a alguien. Pero tiene que ser alguien de confianza. No quiero meter a cualquier malandrín a la casa, y menos si tú vas a estar aquí sola supervisando.

Porque ese era el plan. Karla había dejado su trabajo de recepcionista hacía tres meses. “Me estresa mucho, Beto, el jefe es un grosero”, me dijo. Y yo, queriendo ser el héroe, le dije que renunciara, que yo me encargaba de todo. Así que ella tenía todo el tiempo del mundo para ser la “arquitecta” de nuestra remodelación.

Pregunté en la obra, pregunté a mis colegas. Finalmente, un compadre me pasó un contacto. —Márcale a Nicolás. Es un maistro de los de antes. Le sabe a todo: plomería, electricidad, pero su fuerte es la madera. Es medio carero, pero trabaja rápido y no se hace wey.

Nicolás. El nombre que se convertiría en mi pesadilla. Lo cité un sábado por la mañana para que viera el departamento y nos cotizara la mano de obra. Cuando llegó, lo analicé con mi ojo clínico de ingeniero. Esperaba ver al típico chalán desaliñado, pero Nicolás tenía presencia. Era un tipo como de unos cuarenta y tantos años, moreno, de brazos fuertes marcados por años de cargar vigas y usar el serrucho. Tenía el pelo corto, casi a rape, y unas manos enormes y callosas que parecían lijas. Traía su herramienta en una caja de metal bien organizada. Eso me gustó. Un hombre que cuida su herramienta cuida su trabajo.

—Buenos días, Inge. Buenos días, señora —saludó con una voz grave, respetuosa pero firme. Se quitó la gorra al entrar. Karla lo miró. Y juro, por lo más sagrado, que en ese momento no noté nada. Ella solo asintió y le ofreció un vaso de agua. —Pase, Nicolás. Mire, este es el desastre —dije yo, señalando la cocina vieja.

Nicolás recorrió el espacio con la mirada. Tocó las paredes, dio unos golpecitos en los muros para ver cuáles eran de carga y cuáles falsos. Sacó su cinta métrica y empezó a medir con movimientos fluidos, casi coreográficos. —Mire jefe, aquí la tiene fácil. Este muro es tablaroca, se va en un ratito. Pero allá tiene una bajada de agua, hay que tener cuidado. La cocina que quiere la señora… —volteó a ver a Karla, que estaba recargada en el marco de la puerta observándolo—, ¿la quiere en “L” o con isla?

—En “L”, Nicolás. Y quiero que los gabinetes lleguen hasta el techo —respondió ella. Nicolás sonrió de medio lado. —Va a quedar de lujo, patrona. Usted tiene buen gusto. El espacio es chico, pero si lo acomodamos bien, le va a caber hasta lo que no tiene.

Acordamos el precio. Era caro, sí, casi me infarto cuando me dijo la suma, pero me prometió terminar en dos semanas si le dábamos libertad de trabajar tiempo completo. —Yo le entro duro, Inge. De 8 a 6. Usted se va a trabajar tranquilo y cuando regrese va a ver avances diario.

Le di el anticipo. Le di la mano. Sentí su agarre fuerte, rasposo. Un apretón de manos entre hombres sella un pacto sagrado de respeto. O eso creía yo. Ese domingo por la noche, antes de que empezara el caos de la demolición, me sentí inquieto. No era por Karla. Jamás desconfié de ella en ese sentido. Era la casa. Era el dinero. Eran las historias de terror que se cuentan en las obras: albañiles que se roban el material, que invitan a sus cuates a chupar cuando los dueños no están, o que simplemente se echan a dormir en el piso.

Estaba en la sala, revisando mi laptop, cuando se me prendió el foco. Tenía un celular viejo arrumbado en una caja de zapatos. Un Android con la pantalla estrellada pero que todavía prendía. —¿Qué haces, amor? —me preguntó Karla desde el baño, donde se estaba poniendo crema. —Nada, revisando correos de la chamba —mentí. Fui a la cocina. Busqué un lugar alto. La alacena vieja todavía no la iban a quitar hasta el final. Había unas cajas de cereal y avena arriba. Hice un hueco entre ellas. Conecté el celular a una batería externa de esas gordas para que aguantara todo el día, le bajé una app de cámara IP y lo acomodé. La lente apuntaba directo al centro de la cocina y abarcaba un pedazo de la sala.

Hice una prueba en mi teléfono actual. La imagen era granulosa, pero se veía bien. Se escuchaba el zumbido del refrigerador. —Perfecto —murmuré—. Así voy a ver si este Nicolás desquita lo que le voy a pagar.

Me sentí inteligente. Me sentí un “jefe” moderno. Me fui a la cama, abracé a Karla por la cintura y aspiré el aroma de su cabello. —Mañana empieza lo bueno, amor —le susurré. Ella se acomodó contra mi pecho. —Sí, Beto. Mañana empieza.

No tenía idea de que al día siguiente, esa pequeña cámara, ese ojo digital escondido entre cajas de Corn Flakes, iba a convertirse en la ventana al infierno. No sabía que estaba a punto de ver cómo mi vida, esa estructura que yo creía de concreto armado, en realidad estaba hecha de papel y mentiras.

El lunes amaneció gris, con esa bruma contaminada típica de la ciudad. Me levanté, me bañé con agua tibia porque el boiler fallaba, me vestí con mi camisa y mis botas de seguridad. Besé a Karla en la frente. Ella seguía medio dormida, envuelta en las sábanas. —Suerte con Nicolás. Cualquier cosa me marcas —le dije. —Mmmju… —murmuró ella—. Que te vaya bien.

Cerré la puerta del departamento. Escuché el clack de la cerradura. Bajé las escaleras sintiendo el peso de la responsabilidad en los hombros, pero también la satisfacción de estar construyendo un futuro. Subí a mi coche, puse la radio y me metí al tráfico. Mientras manejaba, mi mente divagaba en los planos, en el concreto, en las varillas. No sabía que a kilómetros de ahí, en mi propia casa, otra obra estaba por comenzar. Una obra de seducción, traición y escombros emocionales.

Llegué a la oficina, saludé a la secretaria, me serví mi café negro y encendí la computadora. “Vamos a ver cómo va el maistro”, pensé, con una sonrisa inocente. Abrí el navegador. Tecleé la dirección IP de la cámara. La pantalla parpadeó un momento, cargando la imagen. Y entonces, la transmisión comenzó.

CAPÍTULO 2: La Danza del Polvo y el Primer Trago Amargo

La pantalla de mi laptop parpadeó un par de veces antes de estabilizarse. Esa fracción de segundo, ese limbo digital entre la oscuridad y la imagen, se sintió eterna. Era como si el destino me estuviera dando una última oportunidad para arrepentirme, para cerrar el navegador y seguir viviendo en la ignorancia bendita de quien confía ciegamente. Pero no lo hice. El recuadro se llenó de luz y ahí estaba: mi cocina, o lo que quedaba de ella, transmitida en vivo a través de una conexión de internet inestable.

La imagen tenía ese tono ligeramente azulado y granuloso de las cámaras baratas, pero era lo suficientemente nítida para reconocer mi propio hogar. Eran las 10:15 de la mañana. En la oficina, a mi alrededor, el zumbido de la “vida Godínez” estaba en su apogeo: teléfonos sonando, el tecleo frenético de mis compañeros, las risas ahogadas de los que veían memes a escondidas y el olor rancio del café de la cafetera comunitaria que llevaba horas quemándose. Pero yo estaba aislado, con los audífonos puestos, transportado virtualmente a mi departamento en la Santa María la Ribera.

Al principio, lo que vi me tranquilizó. Nicolás, el maistro, estaba ahí, cumpliendo su palabra . Se movía con una eficiencia que me sorprendió. No estaba perdiendo el tiempo en el celular ni fumándose un cigarro tras otro. Estaba midiendo. Lo vi sacar la cinta métrica, marcar la pared con un lápiz de carpintero que traía detrás de la oreja y luego tomar un nivel para checar que el piso no estuviera chueco —cosa que seguro estaba, con lo viejo que era el edificio—.

—Bien, bien… desquita el sueldo, cabrón —murmuré para mis adentros, sintiendo un alivio tonto.

Mi ansiedad empezó a bajar. Me sentí un poco ridículo, un poco “tóxico”, como dicen ahora los chavos. ¿Para qué diablos había puesto esa cámara? Nicolás era un profesional. Se le notaba en cómo agarraba el taladro, con firmeza, sin titubeos. Empezó a desmontar las puertas de la alacena vieja con rapidez. Whirrr, whirrr, sonaba el taladro a través del micrófono del celular, un sonido metálico y distorsionado que se me metía en el cerebro.

Minimicé la ventana del navegador en una esquina de la pantalla, dejándola lo suficientemente grande para vigilar con el rabillo del ojo, pero lo suficientemente chica para que si pasaba mi jefe, no viera que estaba viendo “tele” en horas de trabajo. Abrí un plano de AutoCAD y traté de concentrarme en el cálculo de unas trabes para un centro comercial en Querétaro.

Pasó una hora. Todo normal. Nicolás trabajaba, sudaba, se limpiaba la frente con el antebrazo y seguía. De vez en cuando tarareaba alguna canción que no alcanzaba a distinguir, probablemente alguna cumbia o una de esas rancheras de dolor que tanto nos gustan a los mexicanos cuando estamos chambeando.

A eso de las 11:30, el patrón cambió.

Vi movimiento en la esquina inferior izquierda de la pantalla. Era Karla. Mi corazón dio un brinco involuntario. “Ahí está mi mujer”, pensé con una mezcla de cariño y posesión. Pero algo me llamó la atención de inmediato. Karla no traía la ropa de “estar en casa” que solía usar cuando estábamos solos: esos pants aguados de la universidad o mis playeras viejas que le quedaban de vestido. No.

Karla traía unos jeans ajustados, de esos que resaltan la figura, y una blusa de tirantes color durazno que dejaba ver sus hombros y gran parte de su espalda. Se había soltado el pelo, y aunque la calidad del video no era 4K, podía jurar que se había maquillado un poco. —Qué raro… —pensé—. Seguro va a salir al mercado o a ver a su mamá al rato.

La vi entrar en la zona de “guerra”, esquivando una caja de herramientas con la gracia de una bailarina. En las manos llevaba dos vasos grandes de vidrio, sudados por el frío, llenos de un líquido oscuro y burbujeante. Coca-Cola con mucho hielo. El elixir sagrado de la obra.

Subí el volumen de mis audífonos al máximo, ignorando el ruido de mis compañeros de oficina. Necesitaba escuchar.

—¿No tiene calor, Nico? —preguntó ella. Su voz sonó un poco metálica por la compresión del audio, pero el tono… el tono era inconfundible. Era amable, sí, pero tenía ese “cantadito” suave que las mujeres usan cuando quieren ser encantadoras .

Nicolás, que estaba agachado revisando una toma de corriente, se detuvo en seco. Se levantó despacio, limpiándose las manos llenas de polvo en el pantalón. Se quitó la gorra y se pasó la mano por el cabello corto, en un gesto instintivo de “arreglarse”.

—Uy, patrona… la verdad que sí. Está fuerte el calorcito aquí encerrado —respondió él. Se giró para verla de frente. Y ahí fue donde sentí el primer piquete en el estómago. La forma en que la miró. No fue una mirada rápida y respetuosa a los ojos. Fue un escaneo completo, de arriba abajo, deteniéndose un microsegundo en el escote y luego subiendo a su cara con una sonrisa de medio lado .

—Pues le traje un refresquito para que se refresque. No quiero que se me vaya a deshidratar y me deje la cocina a medias —dijo Karla, extendiéndole el vaso. Se rio. Una risa ligera, coqueta.

—Nombre, ¿cómo cree? Si con estas atenciones hasta ganas dan de no terminar nunca —contestó Nicolás, agarrando el vaso. Sus dedos rozaron los de ella. Fue un roce breve, quizá accidental, pero ninguno de los dos retiró la mano de inmediato. Se quedaron así, conectados por el vaso frío de Coca-Cola, durante dos segundos que para mí fueron dos siglos .

—Gracias, Yano… digo, Señora Karla. —Se corrigió él, pero la confianza ya estaba ahí, flotando en el aire como el polvo de yeso.

Yo estaba petrificado en mi silla ergonómica de oficina. Mis manos, que segundos antes tecleaban comandos en la computadora, ahora estaban cerradas en puños sobre mis rodillas. “¿Qué fue eso?”, me pregunté. “Estás exagerando, Beto. Es solo amabilidad. Karla es así, es buena gente. No seas un celoso psicópata”.

Traté de racionalizarlo. En México somos cálidos, somos “amigueros”. Ofrecer un vaso de agua o refresco a quien trabaja en tu casa es educación básica, es decencia. Mi abuela siempre les daba de comer a los albañiles. “¿Por qué me estoy poniendo así?”, me recriminé. Pero mi instinto, ese animal primitivo que vive en el cerebro reptiliano, me gritaba que había peligro.

En la pantalla, Nicolás dio un trago largo al refresco, haciendo que los hielos tintinearan. Soltó un “Ahhh” de satisfacción exagerada, de macho alfa recuperando fuerzas. —Oiga, y… ¿el inge no viene a comer? —preguntó Nicolás, recargándose en la pared con una confianza que no tenía hace dos horas. Ahora ya no era el trabajador sumiso; era el hombre en control de su espacio.

Karla negó con la cabeza, jugando con el borde de su propio vaso. —No, Nico. Beto trabaja lejísimos, hasta Santa Fe. Sale tardísimo. A veces siento que vivo sola, la verdad —soltó ella, con un suspiro teatral.

¡Maldita sea! ¿Por qué tenía que decirle eso? ¿Por qué darle información estratégica al enemigo? Decirle “estoy sola y mi marido no va a llegar” es prácticamente abrirle la puerta. Sentí una punzada de traición. No sexual todavía, sino emocional. Estaba compartiendo nuestra intimidad, nuestras rutinas, mi ausencia, con un extraño .

—Híjole… eso está canijo —dijo Nicolás, y su voz bajó un octava, volviéndose más íntima, más rasposa—. Un hombre no debería dejar tanto tiempo sola a una mujer como usted. Digo, con todo respeto. Es peligroso. —¿Peligroso? —preguntó Karla, inclinando la cabeza, haciéndose la ingenua. —Pues sí… —Nicolás dio un paso hacia ella, acortando la distancia—. Porque uno nunca sabe quién puede llegar y querer… robarse el tesoro.

El doble sentido fue tan obvio, tan vulgar y directo, que esperé que Karla le diera una cachetada o al menos se indignara. “Ponlo en su lugar, Karla. Dile que te respete”, pensé con fuerza, clavando mis ojos en la pantalla pixeleada.

Pero Karla no se ofendió. Al contrario. Sonrió. Bajó la mirada, como chiveada, y se mordió el labio inferior. —Ay Nicolás, qué cosas dices. Tú nomás estás viendo a ver qué sacas —dijo ella, pero sin alejarse. Su lenguaje corporal decía “acércate más”.

—Yo digo la pura verdad, patrona. Usted está muy… muy bien cuidada para estar tan solita. Si yo fuera el inge, me cae que renunciaba y me quedaba aquí cuidándola todo el día.

La conversación fluía con una naturalidad asquerosa. No parecían patrona y empleado. Parecían dos conocidos en un bar, en esa etapa del coqueteo donde se están midiendo las aguas. Y yo, el marido, el “inge”, el proveedor, era el espectador impotente en primera fila. Me sentí humillado. Sentí que se estaban burlando de mí en mi propia cara, en mi propia casa, pagado con mi propio dinero .

De repente, mi jefe, el Arquitecto Ramírez, pasó por detrás de mi lugar y me tocó el hombro. —¡Beto! ¿Cómo vas con los cálculos de la estructura metálica? Nos urgen para la junta de las dos.

Salté de la silla como si me hubiera dado toques eléctricos. Cerré la pestaña del navegador de golpe, con el corazón saliéndome por la boca. —¡Sí! ¡Sí, Arqui! Ya… ya casi quedan. Solo estoy revisando unas cargas vivas que no me cuadraban —mentí, con la voz temblorosa y las manos sudadas.

El Arquitecto Ramírez me miró extrañado. —¿Estás bien, mano? Estás pálido. Parece que viste un fantasma. —No, no… es que el café me cayó pesado. Gastritis, ya sabe. —Bueno, métele velocidad. No te distraigas.

Se fue. Me quedé respirando agitadamente. “No te distraigas”. ¡Qué ironía! Mi vida personal se estaba desmoronando en tiempo real y yo tenía que calcular vigas de acero. Esperé a que el jefe se alejara y volví a abrir la ventana del navegador, pero ahora con más precaución, reduciéndola al tamaño de una tarjeta de presentación en la esquina inferior derecha.

La escena había cambiado ligeramente. Nicolás había vuelto al trabajo, pero la dinámica era diferente. Ya no trabajaba en silencio. Ahora hablaba constantemente, lanzando chistes y comentarios hacia donde supuestamente estaba Karla (que se había salido de cuadro, pero sabía que seguía ahí porque Nicolás miraba hacia ese punto).

—Entonces qué, ¿le gusta bailar? —se escuchaba la voz de Nicolás entre el ruido de un martillazo. —Me encanta, pero a Beto no le gusta. Dice que tiene dos pies izquierdos —respondió la voz de Karla desde fuera de cámara. —Uy, qué desperdicio. Yo soy re bueno para la cumbia. Un día deberíamos… ya sabe, para probar el piso nuevo cuando quede listo. —Se rio él con esa confianza de gañán de barrio. —Estás loco, Nicolás —rio ella.

Me dolía la cabeza. Era una tortura china. Gota a gota. No estaban haciendo nada “malo” técnicamente. No se estaban besando, no se estaban tocando… todavía. Pero la barrera del respeto se había roto. Nicolás ya no me veía como “el patrón”, me veía como el obstáculo, el marido aburrido que no sabe bailar, que no está presente, que no valora a su mujer. Y Karla… Karla le estaba dando la razón.

Pasó el mediodía. Yo intentaba trabajar, pero mis ojos se desviaban cada tres segundos a la pantallita. Nicolás empezó a instalar los soportes para los gabinetes superiores . —A ver, señora Karla, necesito su ayuda aquí tantito, es que no alcanzo a sostener y marcar al mismo tiempo —dijo Nicolás. Era una mentira obvia. Un carpintero con su experiencia puede hacer eso solo. Lo he visto mil veces. Era una excusa para tenerla cerca.

—Voy —dijo ella, entrando de nuevo a cuadro. Se acercó a él. —¿Qué hago? —Nomás sosténgame aquí esta madera, así, fuerte. Eso…

Ella levantó los brazos para sostener el listón de madera contra la pared. Al hacerlo, la blusa se le subió un poco, dejando ver un pedazo de piel de la cintura. Nicolás estaba parado justo detrás de ella, demasiado cerca. Prácticamente la estaba encajonando contra el muro. Podía ver cómo él respiraba cerca de su cuello. —Así, no se mueva… huele muy rico, ¿qué perfume usa? —murmuró él, casi rozándole la oreja con la nariz.

Karla se estremeció. Lo vi. Vi cómo sus hombros se tensaron, pero no se quitó. —Es… es uno de vainilla que me regaló mi mamá —contestó ella con voz débil. —Huele a postre. A algo que se antoja comer —dijo él, voz ronca, peligrosa.

Ahí estaba. El límite. Esa línea invisible que separa el coqueteo inocente del adulterio inminente. Nicolás acababa de cruzarla con una excavadora. Sentí una náusea violenta. Quería gritar. Quería agarrar el teléfono y marcarle a Karla y decirle: “¡Aléjate de él, maldita sea!”. Pero algo me detuvo. Un instinto oscuro y masoquista. Necesitaba saber hasta dónde llegaría. Si le llamaba ahora, ella lo negaría todo. “Ay Beto, eres un loco, solo me estaba ayudando, malinterpretas todo”. Y yo quedaría como el celoso controlador.

No. Necesitaba evidencia irrefutable. Necesitaba ver si ella lo detenía… o si ella daba el siguiente paso.

La escena continuó. Nicolás terminó de marcar, pero no se apartó de inmediato. Se quedó ahí, detrás de ella, invadiendo su espacio vital. —Ya quedó marcado. Gracias por la ayuda, es usted muy fuerte para ser tan… finita. —Dijo él, bajando las manos, pero “accidentalmente” rozándole la cadera al bajar los brazos .

Karla se giró rápidamente, quedando cara a cara con él, a centímetros de distancia. Por un segundo pensé que se iban a besar ahí mismo. Mi respiración se detuvo. El mundo se detuvo. Pero ella dio un paso atrás, nerviosa. —Voy… voy a ver si ya está la lavadora —dijo, y salió casi corriendo de la cocina.

Nicolás se quedó ahí parado, viéndola irse, con una sonrisa de triunfo en la cara. Se mordió el labio y luego miró directamente hacia donde estaba la cámara (aunque no sabía que estaba ahí) y guiñó un ojo, como si le estuviera guiñando al destino. —Ya cayó —pareció susurrar, aunque no estoy seguro si lo imaginé o lo leí en sus labios.

Me quité los audífonos y los aventé sobre el escritorio. Me temblaban las manos tanto que tiré un poco de café sobre mis papeles. —Mierda… mierda… —balbuceé.

Mis compañeros se me quedaron viendo. —¿Todo bien, Beto? —preguntó Sofía, la de contabilidad. —Sí… sí, solo… me acordé de algo que olvidé en la casa.

Me levanté y fui al baño de la oficina. Me encerré en uno de los cubículos, me aflojé la corbata y me eché agua fría en la cara. Me miré al espejo. Mis ojos estaban rojos, inyectados de furia y dolor. Ese hombre en el espejo no era el Beto tranquilo y trabajador de siempre. Era un hombre que estaba viendo cómo le robaban la vida en directo y vía streaming.

“¿Qué hago?”, me preguntaba. “¿Voy allá y le rompo la madre? ¿Espero? ¿Y si solo es un juego?”. La duda es el peor veneno. La duda te paraliza. Pero en el fondo, yo sabía la verdad. Esa conexión, esa electricidad entre ellos, no era nueva. No surge en dos horas de trabajo. Quizás… quizás ya se conocían de antes. O quizás la química es así de perra y traicionera.

Regresé a mi lugar. Faltaban muchas horas para que terminara mi jornada laboral. Faltaban muchas horas para poder regresar a casa. Y sabía que lo peor no había pasado. Sabía que la “pausa” de Karla para ir a la lavadora era solo eso: una pausa para agarrar valor.

Volví a ponerme los audífonos. Volví a abrir la ventana. La cocina estaba vacía por un momento. Solo se veía el polvo flotando en los rayos de luz que entraban por la ventana. Un escenario vacío esperando a los actores para el segundo acto. Y yo, el público cautivo, no podía dejar de mirar.

De pronto, Nicolás sacó su celular del bolsillo. Marcó un número. —¿Qué onda, compadre? —lo escuché decir—. No, no voy a llegar a comer a la casa… Sí, me salió una chambita extra aquí en la Santa María… Sí, la patrona está sola… No, el marido es un pendejo que trabaja todo el día… Sí, güey… ya casi, ya casi… Está bien buena la señora… Sí, al rato te cuento… Órale.

Colgó. Se rio solo. Y en ese momento, cualquier duda que me quedaba se evaporó. Ya no era una suposición. “El marido es un pendejo”. Así me llamó. En mi propia casa. La sangre me hirvió de una manera que nunca había sentido. Ya no era tristeza. Era una rabia fría, calculadora. —Ah, ¿soy un pendejo? —susurré frente a la pantalla, con los dientes apretados—. Vamos a ver quién es el pendejo al final del día, Nicolás. Vamos a ver.

En ese instante, Karla regresó a la cocina. Ya no traía la blusa color durazno. Se había cambiado. Ahora traía una playera más escotada y se había puesto perfume; lo supe porque Nicolás aspiró el aire exageradamente en cuanto ella entró. —Regresó el sol —dijo él. —Ya cállate, barbero —rio ella, pero se acercó más a él que antes.

La tarde apenas comenzaba. Y mi infierno personal estaba a punto de subir de temperatura.

CAPÍTULO 3: El Almuerzo de los Traidores y la Caricia Prohibida

Las dos de la tarde en una oficina de la Ciudad de México es esa hora muerta donde el “mal del puerco” ataca a todos. El zumbido de los ventiladores de las computadoras parece más fuerte, las luces fluorescentes parpadean con una flojera contagiosa y el olor a tuppers calentados en el microondas inunda el ambiente. Mis compañeros, los Godínez promedio, regresaban de su hora de comida con los ojos vidriosos, listos para fingir que trabajan las próximas cuatro horas.

Yo no había comido nada. Mi estómago era un nudo de víboras peleándose entre sí. Tenía una torta de milanesa en mi mochila que mi esposa, mi Karla, me había preparado en la mañana. La miré con asco. ¿Con qué manos la había hecho? ¿Con las mismas manos que ahora le servían otro vaso de refresco al carpintero en mi propia casa? La sola idea me revolvió las tripas. No podía probar bocado. Mi único alimento era la imagen pixelada en la esquina de mi monitor.

La transmisión seguía. Y lo que vi a continuación fue una escena doméstica que me dolió más que si los hubiera visto desnudos de golpe. Estaban comiendo. Nicolás había sacado unos tacos de canasta o algo parecido de una bolsa de plástico aceitosa. Karla, en lugar de irse a comer a la mesa del comedor (que estaba libre y limpia), se sentó en el suelo, sobre unas cajas de cartón aplastadas, justo enfrente de él.

Compartían la comida. Vi cómo Nicolás le ofrecía un taco, agarrándolo con sus dedos llenos de aserrín, y ella, la mujer que me regañaba si yo dejaba la toalla mojada en la cama por “antihigiénico”, lo aceptaba con una sonrisa agradecida. —Está re bueno el chicharrón, ¿no, patrona? —se escuchaba distorsionado. —Sí, pica rico. Gracias por invitarme, Nico. Yo ni había pensado en qué comer —contestó ella.

Ahí estaba la intimidad. Esa intimidad barata y sucia que se construye cuando crees que nadie te ve. Masticaban, se reían con la boca llena, se limpiaban con servilletas de papel. Parecían una pareja de años. Parecían… felices. Y eso me partió el alma. Yo llevaba meses intentando que Karla me sonriera así, intentando planear citas, cenas románticas que ella rechazaba porque “estaba cansada” o le “dolía la cabeza”. Pero para el carpintero sudoroso, tenía todas las sonrisas del mundo y un apetito voraz.

Terminaron de comer. Nicolás se levantó, se estiró exageradamente, sacando el pecho como gorila de lomo plateado, y eructó bajito. —Perdón, provechito —dijo, sobándose la panza. Karla soltó una carcajada. —Ay, qué cochino eres. —Es natural, Yana… digo, Karla. Es que su compañía me abre el apetito.

El trabajo se reanudó, pero el ambiente había cambiado drásticamente. Ya no había barreras. La “zona de amigos” se había disuelto con la salsa verde de los tacos. Nicolás empezó a montar las bisagras de los gabinetes inferiores. Karla, en lugar de retirarse a ver la tele o leer un libro, se quedó ahí, “supervisando”. Se recargó en la pared, con los brazos cruzados, observando cada movimiento de sus músculos.

—Oiga, y… ¿usted siempre se arregla así para estar en casa? —preguntó Nicolás de repente, rompiendo el ritmo del taladro. Se detuvo y la miró fijamente, escaneándola otra vez . Karla se miró a sí misma, alisándose la playera escotada que se había puesto hacía una hora. —Pues… me gusta verme bien. ¿Tiene algo de malo? —Al contrario. Es un deleite para la vista. Parece que se escapó de una revista de modelos —soltó él, con esa labia de albañil poeta que, por increíble que parezca, a ella le estaba funcionando .

Yo apreté los dientes hasta que me dolió la mandíbula. “No caigas, Karla. Por Dios, es un piropo corriente”, pensé. Pero ella no lo rechazó. Se rio, echó la cabeza hacia atrás y jugó con un mechón de su cabello. —Ay, ajá. Ya vas a empezar. Seguro le dices eso a todas tus clientas para que no te regateen el precio. —Para nada. Solo a las que valen la pena. Y usted… usted vale mucho la pena. Qué suerte tiene el inge de tener una mujer así en casa. Lástima que no la aproveche.

Otra vez. El ataque directo a mi hombría. El “inge” no la aprovecha. El “inge” es un tonto. Nicolás estaba sembrando la semilla del descontento, regándola con halagos baratos, y Karla estaba absorbiendo todo como tierra seca. —Pues… quién sabe. A veces los hombres se acostumbran y dejan de ver lo que tienen enfrente —dijo ella con un tono melancólico, victimizándose para recibir más atención.

—Pues si yo estuviera en su lugar, no la dejaría ni a sol ni a sombra. Es más, tendría miedo de que me la robaran —dijo Nicolás, dando un paso hacia ella, con el desarmador en la mano como una extensión de su dominio . Karla lo miró a los ojos, desafiante, coqueta, terrible. —¿Y quién me va a robar? Si yo solita decido quién entra y quién sale —respondió ella.

Esa frase. Esa maldita frase fue la sentencia de muerte de mi matrimonio . “Yo solita decido”. No fue un “soy una mujer casada”. No fue un “respéteme”. Fue una invitación abierta. Fue un “la puerta está sin llave, pásale si te atreves”.

Sentí que el aire de la oficina se acababa. Me aflojé el cuello de la camisa. Sentía calor, un bochorno insoportable que me subía desde el pecho hasta las orejas. Mis manos temblaban sobre el teclado. Quería cerrar la laptop, quería salir corriendo, pero mis ojos estaban pegados a la pantalla como si fuera un accidente automovilístico. No podía dejar de mirar. Necesitaba ver hasta dónde llegaba la degradación.

La siguiente media hora fue una tortura lenta. Nicolás se envalentonó. Ya no usaba indirectas. —A ver, venga para acá, ayúdeme con este tornillo que se pone necio —le dijo él, señalando un rincón estrecho de la cocina, justo donde la cámara tenía el mejor ángulo. Karla se acercó. —¿Qué hago? —Sostenga aquí. Pero con fuerza, eh. No quiero que se le cansen esas manitas suaves.

Ella puso su mano sobre la madera. Nicolás puso su mano sobre la de ella. No fue un accidente. Fue deliberado. Cubrió la mano fina de mi esposa con su mano rasposa y sucia de trabajo. Ella no la quitó. Se quedaron así, congelados en el tiempo. Él acarició suavemente el dorso de su mano con el pulgar. Un movimiento lento, circular, hipnótico .

—Tiene las manos muy frías, patrona —susurró él. El micrófono captó el susurro porque estaban casi debajo de la alacena donde escondí el celular. —Y tú las tienes muy calientes —respondió ella, casi sin aliento. —Es que usted me pone así. Me pone a mil por hora.

En la pantalla, vi cómo Karla levantaba la vista hacia él. Sus rostros estaban a centímetros. Podía ver la tensión en la mandíbula de Nicolás, el deseo animal en sus ojos. Y en Karla… en Karla vi curiosidad. Vi excitación. Vi a una mujer que había olvidado que tenía un anillo de matrimonio en el dedo anular de esa misma mano que él estaba acariciando.

—Nicolás… no deberíamos… —dijo ella, pero fue una protesta débil, de esas que significan “insiste un poco más”. —¿Por qué no? Si aquí no hay nadie. Solo usted y yo. Y la cocina, que es testigo mudo. —Beto puede llegar… —El inge está en Santa Fe, contando tabiques. Ni se entera. Ojos que no ven…

“Corazón que sí siente, hijo de tu puta madre”, grité mentalmente. El corazón me latía tan fuerte que sentía los golpes en las sienes. Pum, pum, pum. Nicolás soltó el desarmador. Ya no le importaba la chamba. Con la mano libre, le tocó el brazo desnudo. Subió desde el codo hasta el hombro, una caricia lenta, posesiva. Karla cerró los ojos y echó la cabeza un poco hacia atrás, disfrutando el tacto.

¡Disfrutándolo! Esa fue la daga final. Si ella lo hubiera empujado, si se hubiera asustado, yo habría corrido a salvarla. Habría pensado “es acoso”. Pero no. Ella se estaba dejando querer. Ella estaba permitiendo que un extraño la tocara en mi casa, mientras yo me rompía la espalda trabajando para pagarle sus caprichos.

De repente, Nicolás se inclinó y le dio un beso en el cuello. Fue rápido, casi furtivo, pero inconfundible. Karla soltó un jadeo sorpresivo, pero no se apartó. Se rio. Una risita nerviosa, cómplice. —¡Nicolás! Que me haces cosquillas… —dijo, empujándolo suavemente, pero sin fuerza real. —Es que no me aguanto, Karla. Desde que llegué me trae loco. Con esa ropita, con ese olor… usted es mucha mujer para estar sola.

Nicolás la acorraló contra la barra a medio terminar. Puso sus manos a ambos lados de su cadera, dejándola sin salida. —¿Y si dejamos la cocina para mañana? —propuso él, con voz ronca—. Digo, para que descanse. O para que nos cansemos de otra forma.

Karla lo miró, mordiéndose el labio. Sus ojos brillaban con una luz que yo no había visto en años. —Estás loco… —susurró ella. —Loco por usted.

Y entonces, sucedió. Nicolás se inclinó y la besó en la boca. No fue un beso de película romántica. Fue un beso tosco, hambriento, vulgar. Esperé a que ella lo mordiera, lo golpeara, gritara. Pero Karla… mi Karla… abrió la boca. Sus manos, que al principio estaban rígidas a los costados, subieron lentamente y se posaron en los hombros llenos de polvo del carpintero. Lo atrajo hacia ella.

El mundo se volvió negro por un segundo. Sentí que me iba a desmayar ahí mismo en la silla. Un pitido agudo me taladró los oídos. Me levanté de golpe, tirando la silla hacia atrás con un estruendo que hizo que toda la oficina volteara a verme. —¡NO! —grité. No pude contenerlo. Fue un rugido de animal herido.

El silencio en la oficina fue sepulcral. Treinta pares de ojos se clavaron en mí. Sofía, la contadora, se tapó la boca. Mi jefe salió de su privado. —¡Beto! ¿Qué pasa? ¿Estás bien? Estaba temblando. Mi visión estaba nublada. Sentía que me iba a dar un infarto. —Tengo que irme… —jadeé, agarrando mi mochila con manos torpes—. Tengo… tengo una emergencia. —¿Qué pasó? —insistió el Arquitecto Ramírez, preocupado—. ¿Tu esposa? —Sí… —dije, y la palabra me supo a hiel—. Mi esposa. Se rompió… se rompió una tubería en la casa. Se está inundando todo. Todo se está yendo a la mierda.

No era mentira. Se había roto la tubería de la confianza y la mierda nos estaba ahogando a todos. —Vete, corre. Luego vemos lo de los planos —dijo el jefe.

Salí corriendo de la oficina sin apagar la computadora. No me importaba si veían la transmisión. Que la vieran. Que vieran todos cómo mi vida se convertía en un espectáculo porno barato. Bajé por las escaleras de emergencia, saltando los escalones de tres en tres, con la adrenalina inyectada en las venas como gasolina pura. Llegué al estacionamiento, mis manos temblaban tanto que se me cayeron las llaves dos veces antes de poder abrir el coche.

Entré en mi viejo sedán, que olía a aromatizante de vainilla —el mismo olor que Nicolás había elogiado en Karla— y golpeé el volante con todas mis fuerzas. —¡Por qué! ¡Por qué, maldita sea! —grité, y las lágrimas de rabia empezaron a brotar, calientes y furiosas.

Arranqué el motor. El rugido del coche fue mi única respuesta. Tenía que cruzar la ciudad. Tenía que ir de Santa Fe a la Santa María la Ribera a las 3:30 de la tarde. El tráfico iba a ser un infierno. Pero no me importaba. Iba a volar si era necesario.

Mientras salía del estacionamiento, con las llantas rechinando, una sola imagen se repetía en mi cabeza: las manos de Karla en los hombros de Nicolás, atrayéndolo hacia ella. Esa imagen se grabó a fuego en mi retina. No iba a llegar para salvar mi matrimonio. Eso ya estaba muerto. Iba a llegar para enterrarlo. Y para asegurarme de que el funeral fuera inolvidable.

El camino a casa se convirtió en una carrera contra el tiempo y contra mi propia cordura. Cada minuto en el tráfico era un minuto más que ellos tenían a solas. Un minuto más de besos, de caricias, y de quién sabe qué más. Saqué mi celular y lo puse en el soporte del tablero. Volví a abrir la transmisión. Necesitaba saber. Necesitaba ver si seguían en la cocina o si… si se habían movido a otro lado. La pantalla cargó. La cocina estaba vacía.

Un frío glacial me recorrió la espalda. —¿Dónde están? —susurré, con el pánico agarrándome la garganta. Ya no estaban en la cocina. Eso significaba una sola cosa. Se habían movido. ¿A la sala? ¿A la recámara? Mi recámara. Mi cama.

Pisé el acelerador a fondo, metiéndome al carril de alta del Periférico, esquivando coches como un maniaco. —No lo hagas, Karla. Por favor, no llegues a tanto —supliqué al vacío, aunque sabía que era inútil. La traición ya no era obra negra. Ya estaba en los acabados finales. Y yo iba en camino para la inauguración del desastre.

CAPÍTULO 4: El Infierno en el Periférico y la Sonrisa de Judas

Manejar en la Ciudad de México es, en el mejor de los días, un acto de fe y paciencia. Pero manejar desde Santa Fe hasta la Santa María la Ribera, a las tres y media de la tarde, con el corazón roto y la certeza de que tu esposa se está besando con el carpintero, es una sucursal del infierno en la tierra.

Salí del corporativo como alma que lleva el diablo, quemando llanta en la rampa del estacionamiento. Mi viejo sedán, un guerrero de mil batallas con la suspensión tronada, rugió al incorporarse a la autopista. Mi mente era un caos, un ruido blanco estático que no me dejaba pensar con claridad, solo sentir. Sentía fuego en el estómago, un nudo en la garganta y un frío glacial en las manos que apretaban el volante hasta que los nudillos se me pusieron blancos.

El GPS del celular marcaba “45 minutos para llegar a su destino”. Cuarenta y cinco minutos. En ese tiempo se puede destruir un imperio. En ese tiempo se pueden decir mil mentiras. En ese tiempo, dos cuerpos pueden hacer cosas que no tienen vuelta atrás.

Miré el celular, que iba pegado en el tablero con un soporte de ventosa que se caía a cada rato. La transmisión seguía activa, consumiendo mis datos y mi alma. La cocina seguía vacía. —¿Dónde están? —grité, golpeando el tablero—. ¡Aparezcan, maldita sea!

La imagen estática de la cocina a medio terminar era peor que verlos. La ausencia era tortura. Mi imaginación, alimentada por los celos y la inseguridad, llenaba los espacios en blanco con escenas grotescas. Me imaginaba a Nicolás cargándola hacia la sala. Me imaginaba que se habían ido a la recámara… mi recámara, la cama que compramos a meses sin intereses, donde le juré amor eterno. ¿Estarían ahí? ¿Sobre las sábanas de algodón egipcio que ella tanto cuidaba?

El tráfico en Constituyentes estaba parado. Un mar de luces rojas de freno se extendía hasta el horizonte, burlándose de mi urgencia. —¡Muévanse, pinches estorbos! —le grité a la fila de coches, aunque nadie me escuchaba. Un microbús se me cerró, echándome una nube de humo negro en la cara. En otro momento le hubiera mentado la madre, me hubiera peleado. Hoy ni siquiera lo registré. Mi guerra no era contra el tráfico; era contra el tiempo y la verdad.

Mientras avanzaba a vuelta de rueda, los recuerdos me asaltaron como navajas. Me acordé del día de nuestra boda. Karla se veía como un ángel con ese vestido blanco, jurando ante el altar que me amaría y respetaría todos los días de su vida. ¿Dónde quedó ese respeto? ¿Se le olvidó en cuanto vio unos brazos fuertes y escuchó dos o tres piropos de albañil?

Me sentí pequeño. Me sentí “menos”. Esa es la herida real de la infidelidad, la que nadie admite: el golpe al ego. Yo soy ingeniero. Yo estudié. Yo me visto bien, huelo a loción cara, hablo con propiedad. Y sin embargo, ella prefirió al “maistro”. Al tipo que huele a sudor y aserrín, que habla con faltas de ortografía, que la nalguea con la mirada. ¿Qué tenía él que yo no? ¿Era más hombre? ¿Más primitivo? La duda me carcomía. Tal vez yo era demasiado “blando”, demasiado civilizado. Tal vez Karla quería algo que yo no sabía darle.

—Soy un pendejo —susurré, y las lágrimas de rabia volvieron a nublarme la vista—. Me vieron la cara de pendejo en mi propia casa.

Volví a mirar la pantalla. Nada. Siguen sin aparecer. La paranoia me golpeó. ¿Y si se dieron cuenta? ¿Y si Nicolás vio la cámara? No, estaba bien escondida entre las cajas de Zucaritas. ¿Y si… y si ya terminaron? Esa idea fue la más dolorosa. Que yo llegara y ya hubiera pasado todo. Que encontrara a Karla vestida, peinada, fingiendo que no pasó nada. Que tuviera que vivir con la duda de “hasta dónde llegaron” porque la cámara no grabó el acto final.

No. Yo vi el beso. Vi cómo ella le abrió la boca. Eso era suficiente. En mi libro, eso ya es traición. No necesito ver fluidos para saber que mi matrimonio está muerto.

Logré salir del tráfico pesado y tomé el Circuito Interior. Aceleré a fondo, esquivando baches, pasándome dos altos preventivos. No me importaba si me paraba la patrulla. Es más, ojalá me pararan, para tener a quién gritarle.

Finalmente, entré a la colonia Santa María la Ribera. Las calles estrechas, los árboles viejos, el Kiosco Morisco que tanto le gustaba a Karla… todo me parecía ahora un escenario de cartón, una burla. Llegué a mi calle. Mi corazón latía tan fuerte que me dolía el pecho, un tamborileo sordo: bumbum, bumbum, bumbum. Ahí estaba. Mi edificio. Y ahí, estacionada en doble fila frente a la entrada, estaba la camioneta de Nicolás. Una Pick-up vieja, despintada, con una escalera en la batea.

—Todavía está aquí —dije, sintiendo una mezcla de alivio asesino y terror. Me estacioné como pude, subiéndome a la banqueta, bloqueando una entrada. Me bajé del coche sin apagar el motor, dejé las llaves puestas. No pensaba quedarme mucho tiempo. Iba a entrar, iba a destruir, y me iba a ir.

Subí las escaleras corriendo. Primer piso. Segundo piso. El olor a comida de los vecinos —cebolla frita, frijoles— me dio náuseas. Llegué a mi puerta. La puerta de madera barnizada que yo mismo había lijado. Me detuve un segundo. Pegué la oreja a la puerta. Silencio. Absoluto silencio. ¿Dónde estaban? ¿Por qué no se escuchaba el taladro? ¿Por qué no se escuchaban gemidos? El silencio era más aterrador que el ruido.

Saqué mis llaves. Me temblaba tanto la mano que no le atinaba a la cerradura. Cling, cling, cling. El sonido del metal contra el metal resonó en el pasillo vacío. Respiré hondo. “Cálmate, Beto. No entres gritando. Entra frío. Entra como el ingeniero que va a supervisar la obra”. Giré la llave. El pasador cedió con un clack seco. Abrí la puerta.

Entré al recibidor. Lo primero que noté fue el olor. No olía a madera cortada. Olía a perfume. Al perfume de vainilla de Karla, pero intenso, como si se hubiera echado media botella. Y debajo de eso… un olor almizclado, humano, denso. —¿Karla? —llamé. Mi voz salió extrañamente tranquila, gélida.

Escuché pasos apresurados. Pasos que venían de la cocina. Y entonces, apareció ella. Karla salió al pasillo secándose las manos en los jeans. Su cabello estaba un poco alborotado, más de lo normal. Sus mejillas estaban sonrojadas, encendidas. Sus labios… sus labios se veían hinchados, rojos, como si los hubieran estado mordiendo .

Al verme, se frenó en seco. Sus ojos se abrieron con sorpresa, y por un microsegundo, vi el terror puro en su mirada. La culpa desnuda. Pero Karla es rápida. En una fracción de segundo, se puso la máscara. Sonrió. Una sonrisa tensa, exagerada, que no le llegaba a los ojos.

—¡Beto! —exclamó, con una alegría fingida que me dio ganas de vomitar—. ¡Amor! ¿Qué haces aquí tan temprano? Pensé que llegabas hasta la noche .

La miré. La escaneé como Nicolás la había escaneado a ella, pero yo buscaba pruebas, no placer. Su blusa estaba bien puesta, pero un poco arrugada. El botón superior parecía abrochado con prisa. —Terminé temprano —mentí, clavando mis ojos en los suyos. No parpadeé—. Quise venir a ver… los avances.

Ella tragó saliva. Lo vi. Vi el movimiento nervioso en su garganta. —Ah… qué bueno, mi vida. Qué sorpresa —se acercó para darme un beso. Me quedé quieto como una estatua. Cuando sus labios tocaron mi mejilla, sentí repulsión. Me dieron ganas de limpiarme. Ella lo notó. Se apartó un poco, confundida y alerta. —¿Estás bien? Te ves… raro. Estás muy pálido.

—Estoy cansado, Karla. Muy cansado —dije, dando un paso hacia adelante, obligándola a retroceder—. ¿Y Nicolás? ¿Ya se fue? —No, no… —tartamudeó ella—. Está… está terminando de recoger. Ya casi acabamos la cocina. Quedó preciosa, amor. Te va a encantar. Nicolás es un maestro, trabaja súper rápido .

“Trabaja rápido”. La frase me retumbó en la cabeza con doble sentido. —Sí, ya me di cuenta de que es muy eficiente —dije con sarcasmo venenoso.

Caminé pasándola de largo, dirigiéndome a la cocina. Ella intentó agarrarme del brazo. —Espera, Beto, deja te sirvo un vaso de agua, vienes acalorado… Me solté de su agarre con un movimiento brusco. —No quiero agua. Quiero ver mi cocina.

Entré al espacio que había estado vigilando todo el día por la pantalla. Ahí estaba él. Nicolás estaba agachado, guardando su taladro en la caja de herramientas. Al escuchar mis pasos, se levantó de golpe. Se veía agitado. Sudoroso. Su camisa estaba fajada de manera desalineada, un lado más afuera que el otro. Se pasó la mano por el cabello corto, nervioso.

—¡Inge! —dijo, intentando sonar casual, pero le falló la voz—. Buenas tardes. Qué milagro verlo a esta hora. Justo le decía a la patrona que ya por hoy le paramos . Me quedé parado en el umbral, bloqueando la salida. Los miré a los dos. El cuadro de la traición. El carpintero sucio y la esposa infiel. Se veían culpables hasta la médula. Se sentía en el aire, esa electricidad estática que queda después de una tormenta.

—¿Ah sí? —pregunté, cruzándome de brazos—. ¿Ya le pararon? ¿Tan pronto? Pensé que tenían mucha energía hoy. Nicolás frunció el ceño, captando la hostilidad en mi tono. —Pues… avanzamos lo que se pudo, jefe. Ya quedaron los gabinetes de abajo. Mañana le sigo con los de arriba.

Di un paso hacia él. Nicolás era más fuerte que yo, físicamente. Sus brazos eran el doble que los míos. Pero yo tenía la fuerza de la ira moral, y eso, créanme, te da superpoderes. —No —dije suavemente—. No le vas a seguir mañana. Ni pasado. —¿Cómo dice? —preguntó él, haciéndose el desentendido. —Digo que se acabó la obra, Nicolás. Recoge tus chivas y lárgate de mi casa. Ahora.

Karla entró corriendo detrás de mí. —Beto, ¿qué te pasa? ¿Por qué le hablas así? El señor ha trabajado todo el día, ha sido súper respetuoso… —intentó defendernos, o defenderse a sí misma. Me giré hacia ella con tal violencia que ella retrocedió chocando contra el refrigerador.

—¿Respetuoso? —solté una carcajada seca, amarga—. ¿Respetuoso es decirte que el marido es un pendejo? ¿Respetuoso es nalguearte con la mirada? ¿Respetuoso es besarte en mi cocina mientras yo estoy trabajando para pagarte tus caprichos?

La cara de Karla se descompuso. Se le cayó la máscara. Se puso blanca como el papel. —Tú… —susurró—. ¿Tú sabes…? —¿Que si sé? —saqué mi celular del bolsillo, con la transmisión aún abierta, aunque ya solo mostraba el techo—. Lo vi todo, Karla. Todo. La camarita. Ahí —señalé la caja de cereal arriba de la alacena—. ¿La ves?

Nicolás volteó a ver la caja de Zucaritas y su cara se transformó de sorpresa a terror puro. Se dio cuenta de que estaba jodido. De que había dejado evidencia. —No mames… —murmuró el carpintero.

—Exacto. No mames —repetí—. Así que tú —señalé a Nicolás—, agarras tus cosas y te vas a chingar a tu madre. ¡Fuera de mi casa! Nicolás, recuperando un poco de su bravuconería de barrio, intentó ponerse digno. —Bájale de huevos, carnal. No me hables así. Yo solo hice mi trabajo. La señora… la señora estaba dispuesta, yo no obligué a nadie.

Ese comentario fue la gota que derramó el vaso. Culparla a ella, lavarse las manos como Poncio Pilato. Me le fui encima. No lo pensé. Mi cuerpo reaccionó solo. Lo empujé con todas mis fuerzas hacia el pasillo. —¡Cállate el hocico y lárgate! —grité. —¡Ey, tranquilo! —Nicolás levantó las manos, retrocediendo, tropezando con sus propias herramientas—. Ya me voy, ya me voy. Estás loco, güey.

Lo empujé otra vez, sacándolo de la cocina a empellones. Karla gritaba cosas que yo no entendía. —¡Beto, no! ¡Por favor! Llevé a Nicolás hasta la puerta de entrada. Él intentó frenarse, intentó decir algo más. —Págame mi día, al menos —dijo el cínico.

La furia me cegó. Lo agarré de la camisa y lo aventé al pasillo común del edificio. Él perdió el equilibrio y cayó de rodillas sobre el tapete de bienvenida del vecino. —¿Que te pague? —le grité desde el marco de la puerta—. ¡Cobra con lo que te robaste! ¡Lárgate antes de que llame a la policía y les enseñe el video! ¡Vas a salir en todos lados, cabrón!

Nicolás se levantó rápido, asustado por la amenaza de la policía o del video viral. Agarró su caja de herramientas que había quedado cerca de la puerta y corrió hacia las escaleras. Pero yo no había terminado. La adrenalina me pedía sangre. Lo seguí hasta el descanso de la escalera. —¡Y no se te ocurra volver a pararte en esta colonia! —le grité. Le solté una patada en el trasero justo cuando empezaba a bajar. Fue una patada de despecho, de odio . Nicolás trastabilló, agitó los brazos como molino de viento y rodó tres o cuatro escalones abajo. Se dio un buen golpe, sonó seco. Pum, pum, pum.

Se levantó sobandose el codo, me miró con odio, pero no se atrevió a subir. Sabía que yo estaba en mi derecho y que él era el intruso. —Estás enfermo, güey. Esa vieja es una calienta huevos, te va a hacer lo mismo con otro —me gritó desde abajo antes de salir corriendo del edificio.

Sus palabras se clavaron en mi pecho como dardos venenosos. “Te va a hacer lo mismo con otro”. Me quedé respirando agitadamente en el pasillo, con los vecinos asomándose por las mirillas. Doña Chonita abrió su puerta un centímetro. —¿Todo bien, vecino? —preguntó con voz temblorosa. —Sí, Doña Chonita. Solo… sacando la basura —dije, tratando de controlar mi respiración.

Me di la vuelta y regresé a mi departamento. Cerré la puerta. Pasé el cerrojo. Ahora estábamos solos. Karla estaba parada en medio de la sala, temblando, con las manos en la boca, llorando en silencio. Se veía pequeña, indefensa. Hace unas horas era la mujer fatal, la seductora. Ahora era una niña atrapada en una travesura que se le salió de las manos.

Pero yo ya no veía a la niña. Veía a la mujer que destruyó mi vida en una tarde de aburrimiento. Me quité el saco del traje y lo aventé al sofá. Me aflojé la corbata. La miré fijamente. —Ahora sigues tú —dije.

El aire en el departamento era pesado, irrespirable. La tormenta había estallado, pero el huracán apenas comenzaba. La confrontación con Nicolás había sido física, rápida. La confrontación con Karla iba a ser emocional, lenta y dolorosa. Iba a ser la demolición total de los cimientos de nuestra vida.

Karla intentó acercarse, con esos ojos de “Gato con Botas” que siempre le funcionaban para que yo la perdonara cuando gastaba de más o cuando chocaba el coche. —Beto… mi amor… déjame explicarte. No es lo que parece. El video… seguro se ve mal, pero no pasó nada grave, te lo juro por mi mamá.

—¿Por tu mamá? —pregunté, incrédulo ante su audacia—. No metas a tu madre en esto. Y no me insultes diciendo que “no es lo que parece”. Vi cómo le abrías la boca. Vi cómo le tocabas los hombros. Vi cómo te reías de mí.

—Estaba confundida… me sentía sola… tú nunca estás… —¡Ah! —grité, golpeando la pared—. ¡La carta de la víctima! ¡Claro! Yo tengo la culpa por trabajar para pagarte esta pinche cocina, ¿verdad? Yo tengo la culpa por quererte dar lo mejor. ¡Bravo, Karla! ¡Qué lógica tan chingona!

Ella retrocedió, asustada por mi tono. Nunca le había hablado así. Yo siempre fui el Beto tranquilo, el Beto conciliador. Pero el Beto conciliador murió hoy a las 11:30 de la mañana cuando ella le sirvió la Coca-Cola al carpintero. —No, no quise decir eso… es que… Nicolás me envolvió, me dijo cosas bonitas… —Y tú te dejaste envolver. Porque eres barata, Karla. Eso es lo que eres. Barata. Te vendiste por unos piropos de albañilería.

Esas palabras la golpearon más fuerte que una bofetada. Empezó a llorar a gritos, tapándose los oídos. —¡No me digas eso! ¡Soy tu esposa! —Eras —corregí—. Eras mi esposa. Ahora eres una extraña que vive en mi casa.

Caminé hacia la recámara. —¿A dónde vas? —preguntó ella, siguiéndome con pánico. —A hacer limpieza —dije—. Voy a sacar la basura que queda.

Entré a la habitación. Todo se veía igual, pero todo se sentía sucio. Abrí el clóset. Vi su ropa. Sus vestidos, sus blusas, sus zapatos. Todo eso que yo le había comprado con tanto esfuerzo. Sentí una oleada de asco. Agarré un puño de ganchos con ropa. No seleccioné. Agarré lo que pude. Vestidos de fiesta, pantalones, blusas de seda. —¡No, Beto! ¿Qué haces? —Karla intentó agarrarme las manos, jalando la ropa. —¡Suéltalo! —la empujé suavemente, pero con firmeza. —¡Es mi ropa! —¡Y esta es mi casa! —bramé.

Caminé hacia el balcón que da a la calle. Ese balcón romántico donde planeábamos poner una mesita para desayunar. Abrí las puertas de par en par. El ruido de la calle entró de golpe. Miré hacia abajo. La gente seguía chismeando por el escándalo de Nicolás. —¡Aquí les va más show! —pensé.

Levanté los brazos y arrojé el primer bonche de ropa al vacío. Vi cómo las telas de colores flotaban en el aire, bailando con el viento, antes de aterrizar en la banqueta gris y sucia de la Santa María la Ribera . Fue una imagen poética y trágica. Nuestra vida matrimonial, cayendo al suelo para ser pisoteada por los transeúntes.

—¡Beto, no! ¡Por favor, detente! ¡Qué vergüenza! —gritaba Karla, jalándome de la camisa. —¿Vergüenza? —me giré hacia ella, con los ojos llenos de lágrimas—. Vergüenza es lo que me hiciste tú a mí. Esto… esto es solo ropa vieja.

Regresé al clóset por más. Zapatos. Bolsas. Maquillaje. Todo iba para afuera. Mi decisión estaba tomada. No había vuelta atrás. No iba a haber terapia de pareja, ni “darnos un tiempo”, ni perdones a medias. Esto se acababa hoy, aquí y ahora. Como las obras mal hechas que se tienen que demoler hasta los cimientos para no poner en riesgo a los que viven ahí.

Yo estaba demoliendo mi vida para poder sobrevivir.

CAPÍTULO 5: La Lluvia de Trapos y el Silencio del Escombro

El cielo de la Ciudad de México, que por la mañana había estado gris y brumoso, ahora adquiría ese tono anaranjado sucio del atardecer contaminado. Era la hora en que la gente regresa a sus casas, cansada, buscando refugio. Pero en mi departamento de la Santa María la Ribera, el refugio había dejado de existir. Se había convertido en una zona de guerra, y yo era el general ordenando el bombardeo final.

Karla gritaba. No era un grito de dolor físico, sino ese alarido agudo de quien ve cómo se le escapa la vida cómoda entre los dedos. —¡Beto, detente! ¡Estás loco! ¡Ese vestido me costó carísimo!

Yo estaba en un trance. La adrenalina me zumbaba en los oídos como un enjambre de avispas. Mis manos se movían con una eficiencia mecánica, desconectada de mi cerebro racional. Agarraba ganchos, bolas de tela, zapatos de tacón, y los lanzaba al vacío desde el balcón del segundo piso. Ver caer su ropa era hipnótico. Un vestido rojo planeó suavemente antes de aterrizar sobre el cofre polvoriento de un Tsuru estacionado abajo. Unos jeans cayeron pesados, como un cuerpo muerto, sobre la banqueta.

—¡Eso es lo que eres! —le grité, girándome hacia ella con los ojos inyectados en sangre—. ¡Basura en la calle! ¡Eso es lo que vales para mí ahora!

Karla intentó abalanzarse sobre mí para detenerme, para salvar sus posesiones materiales, lo único que parecía importarle en ese momento. Me agarró del brazo, clavándome las uñas. —¡Ya basta! ¡Me estás humillando frente a los vecinos! —¿Yo te estoy humillando? —La empujé, no con fuerza para lastimarla, sino con asco, para quitármela de encima—. Tú te humillaste sola cuando le abriste las piernas al carpintero en mi cocina. Yo solo estoy haciendo pública tu decisión.

La miré. Estaba deshecha. El rímel se le había corrido, manchándole las mejillas de negro, dándole el aspecto de un payaso triste y grotesco. Temblaba. Pero no vi arrepentimiento real en sus ojos; vi miedo. Miedo a perder el techo, miedo a perder la tarjeta de crédito, miedo al “qué dirán”. En ese instante, el poco amor que me quedaba, esa braza moribunda en el fondo de mi pecho, se apagó con un siseo definitivo.

—Fuera —dije. Mi voz bajó de volumen, volviéndose peligrosamente tranquila. —¿Qué? —sollozó ella. —Que te largues. Ya saqué tu ropa. Ahora te saco a ti.

Caminé hacia ella. Karla leyó la determinación en mi cara y retrocedió, tropezando con sus propios pies. —Beto, no tengo a dónde ir… mis papás viven hasta Toluca… no tengo dinero… —Haberlo pensado antes de invitar a Nicolás a “bailar” —escupí el nombre con veneno.

La agarré del brazo. Ella se puso “flojita”, como peso muerto, intentando que fuera difícil moverla. Es una táctica infantil, de berrinche. Pero yo tenía la fuerza de la furia. La arrastré por el pasillo. Ella pataleaba débilmente, sus calcetines resbalando sobre el piso que nunca terminamos de remodelar. —¡No! ¡Beto, por favor! ¡Te amo! —gritó desesperada.

Esa frase fue el insulto final. —¡Cállate! —rugí—. ¡No te atrevas a usar esa palabra! ¡Te queda grande! ¡Te queda sucia en la boca!

Llegamos a la puerta de entrada, que seguía entreabierta desde que saqué a Nicolás. La empujé hacia el pasillo común del edificio. Karla trastabilló y tuvo que agarrarse del barandal para no caer. Quedó ahí, parada en el descanso de la escalera, vistiendo sus jeans ajustados y esa blusa escotada que se había puesto para su amante, ahora arrugada y manchada de lágrimas.

—Beto… —susurró, extendiendo una mano hacia mí. La miré por última vez. Miré a la mujer con la que había soñado envejecer. Miré a la mujer por la que me endeudé. Y no sentí nada más que un vacío inmenso y frío. —Tú ya no vives aquí. Tú ya no eres mi esposa. Olvídate de mi nombre.

Azoté la puerta en su cara. El golpe retumbó en todo el edificio como un disparo. ¡BLAM! Pasé el cerrojo. Clack. Pasé el segundo cerrojo. Clack. Puse la cadena de seguridad. Me recargué contra la puerta, respirando agitadamente, con el corazón golpeándome las costillas como si quisiera salirse. Escuché sus golpes al otro lado de la madera. Golpes débiles, puñetazos de frustración. —¡Beto! ¡Abre! ¡Mis llaves se quedaron adentro!

No contesté. Me despegué de la puerta y caminé de regreso a la sala, dejando que sus gritos se ahogaran en el pasillo.


Me acerqué de nuevo al balcón, ocultándome detrás de la cortina para no ser visto, pero necesitando ver el desenlace. Era un impulso morboso, lo sé. Quería verla tocar fondo. Abajo, la escena era patética y trágica, digna de una telenovela barata, pero con el dolor real de la vida.

Karla salió del edificio minutos después. Caminaba lento, abrazándose a sí misma como si hiciera un frío polar, aunque estábamos a 25 grados. Al salir a la banqueta, se encontró con el desastre. Su ropa estaba esparcida por todos lados. Una de sus blusas favoritas había caído sobre un charco de aceite de motor. Sus zapatos estaban tirados como cadáveres.

Los vecinos, esa red de inteligencia más eficiente que la CIA, ya estaban apostados en sus ventanas y en la puerta de la tienda de abarrotes. Doña Chonita, con su mandil de cuadros, negaba con la cabeza mientras barría la banqueta, fingiendo que no miraba, pero sin perderse detalle. Un grupo de señoras que regresaban del mercado se detuvo descaradamente a mirar.

—¡Mira nomás! —escuché decir a una—. Es la del 202. La esposa del ingeniero. —Dicen que la cacharon con el sancho —murmuró otra, lo suficientemente alto para que Karla escuchara—. Con el carpintero ese, el mugroso. Qué poca vergüenza.

Karla se agachó para recoger sus cosas. La vi luchar por mantener la dignidad, pero era imposible. Intentaba meter la ropa en su bolsa de mano, pero no cabía todo. Lloraba a moco tendido. Un taxista que pasaba bajó la velocidad y le pitó, gritándole una vulgaridad al verla agachada recogiendo ropa interior del suelo. —¡Echa todo y vámonos, mami!

Ella se levantó rápido, roja de vergüenza. Agarró lo que pudo, dejando varias cosas tiradas, y caminó apresurada hacia la esquina, huyendo de las miradas, huyendo del juicio sumario de la colonia. Cuando dobló la esquina y desapareció de mi vista, sentí que algo se desprendía de mi pecho. Un peso enorme. Pero no me sentí feliz. Me sentí como un superviviente de un terremoto que sale de los escombros y se da cuenta de que su casa ya no existe.


Regresé al interior del departamento. El silencio era abrumador. Ya no estaba el ruido del taladro de Nicolás. Ya no estaba la voz de Karla. Solo estaba el zumbido lejano del refrigerador y el sonido de mi propia respiración entrecortada. Me senté en el sofá, ese sofá donde ellos habían estado sentados riéndose horas antes. Me levanté de inmediato, asqueado. Sentí que el mueble estaba contaminado.

Fui a la cocina. El escenario del crimen. Ahí estaban los vasos de Coca-Cola a medio terminar sobre la barra. El hielo ya se había derretido, dejando un líquido aguado y triste. Había aserrín en el suelo. Herramientas olvidadas que Nicolás no alcanzó a llevarse en su huida. Me serví un tequila. No tenía vasos limpios a la mano, así que bebí directo de la botella. El líquido ámbar me quemó la garganta, un fuego necesario para contrarrestar el frío que sentía por dentro.

Caminé por el espacio a medio construir. —Bonita cocina, Beto —dije en voz alta, y mi voz resonó con eco—. Te quedó chingona.

La ironía era brutal. Todo este esfuerzo, todo este dinero, todo este sacrificio… ¿para qué? Para que otro viniera a disfrutarlo mientras yo me partía el lomo. Me sentí el estereotipo del cornudo. El proveedor idiota. El que paga la fiesta a la que no lo invitan. La rabia volvió, pero ahora más fría, más cerebral. —No se van a ir limpios —murmuré—. No voy a ser yo el único que pierda aquí.

Me acordé de la computadora. Seguía encendida en la mesa del comedor improvisado donde la había dejado al llegar. Me senté frente a ella. La transmisión ya se había detenido porque desconecté el celular al entrar, pero el archivo… el archivo estaba guardado en la nube. Abrí la carpeta de grabaciones. Ahí estaba. Un archivo de video de cuatro horas. Rec_Kitchen_Cam1.mp4

Le di play. Verlo de nuevo fue tortura, pero necesaria. Me obligué a ver cada segundo. Desde el primer “buenos días” coqueto hasta el beso final. Lo analicé no como marido, sino como ingeniero revisando una falla estructural. —Aquí —señalé la pantalla—. Minuto 10:45. La mano en la cintura. —Minuto 22:30. El comentario del “marido pendejo”.

Necesitaba editarlo. No iba a subir las partes donde se daban el beso explícito o donde se tocaban demasiado; tengo principios y no quería difundir pornografía, ni siquiera de mi ex mujer. Pero quería que se viera la traición. La alevosía. La burla. Descargué un programa de edición gratuito. Mis manos volaban sobre el teclado. Cortar. Pegar. Unir. Creé un “highlight” de cinco minutos. Los mejores momentos de la infidelidad. Las risas, las miradas, las frases hirientes sobre mí. El título del archivo final: La Verdad sobre la Cocina.

Me metí a Facebook. Busqué el grupo “Vecinos de la Santa María la Ribera y Alrededores”. Esos grupos son el periódico real de la ciudad. Ahí se reportan perros perdidos, se venden tamales y se quema a los ladrones. Hoy iba a quemar a dos ladrones. Ladrones de confianza. Ladrones de vida.

Redacté el post. Mis dedos temblaban, pero no de duda, sino de anticipación.

“Vecinos, tengan cuidado a quién meten a su casa. Contraté al carpintero Nicolás (aquí su foto de perfil de WhatsApp) para arreglar mi cocina, y terminó arreglándose con mi esposa mientras yo trabajaba para pagarles. Aquí les dejo la prueba para que no les pase a ustedes. Y a ti, Karla, espero que valiera la pena perder tu hogar por unos tacos y un revolcón en el aserrín”.

El cursor flotaba sobre el botón “Publicar”. Dudé un segundo. ¿Era demasiado? ¿Me estaba rebajando a su nivel? Miré alrededor. Vi las paredes despintadas. Vi mi soledad. Recordé la risa de Nicolás diciendo “el marido es un pendejo”. —Chingue a su madre —dije. Hice clic. Publicando… Publicado hace un momento.

Cerré la laptop. Ya estaba hecho. La bomba nuclear había sido lanzada. Ahora solo quedaba esperar la onda expansiva.


La noche cayó sobre la ciudad. El departamento se oscureció. No encendí las luces. Me quedé sentado en el suelo, con la botella de tequila a la mitad, viendo cómo las sombras se alargaban en las paredes. Empecé a sentir los efectos del alcohol y del shock. Lloré. Lloré como un niño. Lloré por la Karla que conocí hace tres años, no por la que eché hoy. Lloré por los planes que teníamos. Lloré por los hijos que nunca vamos a tener. Lloré porque me sentía feo, viejo y estúpido.

El silencio de la casa era aterrador. Cada crujido de la madera, cada ruido de las tuberías me hacía saltar. Esperaba escuchar la llave de Karla en la puerta. Esperaba que entrara y me dijera que todo fue una pesadilla, una broma macabra de YouTube. Pero nadie llegó. Solo estaba yo y mis fantasmas.

A eso de las once de la noche, mi celular empezó a vibrar. Bzzzt. Bzzzt. Bzzzt. Eran notificaciones de Facebook. Una tras otra. No lo miré. Sabía lo que eran. “Me divierte”. “Me enoja”. Comentarios. Etiquetas. El chisme se estaba propagando como fuego en pastizal seco.

Luego, una llamada. Era mi suegra. La pantalla brillaba con el nombre “Doña Lety”. La dejé sonar. Volvió a marcar. La dejé sonar. A la tercera, apagué el celular. No tenía nada que decirle a esa señora. Seguramente Karla ya había llegado con ella, llorando, contando una versión distorsionada donde yo era el monstruo abusivo que la echó a la calle sin razón. Que vieran el video. Que el video hablara por mí.

Me levanté tambaleándome y fui a la recámara. La cama estaba tendida, perfecta, con los cojines decorativos que Karla había escogido. Me tiré encima, con todo y zapatos, con todo y ropa sucia de obra y sudor. Olía a ella. La almohada olía a su shampoo. Agarré la almohada y la aventé al otro lado del cuarto con un grito de frustración.

Esa noche, dormí a ratos, un sueño febril lleno de imágenes de taladros, risas y Coca-Cola. Soñé que la cocina se encogía y me aplastaba, que los gabinetes se convertían en ataúdes. Desperté varias veces bañado en sudor frío, buscando a Karla a mi lado, estirando la mano para tocar su espalda, solo para encontrar el colchón vacío y frío.

La realidad me golpeaba cada vez que abría los ojos: Estoy solo. Me engañaron. Mi vida, tal como la conocía, se acabó.

A las 5:00 AM, hora en que normalmente me levantaba para ir a trabajar, me desperté definitivamente. Me dolía la cabeza horrores. Tenía la boca seca como lija. Me levanté y fui al baño. Me miré al espejo. Tenía ojeras profundas. Los ojos rojos. La barba crecida. Pero detrás de ese desastre, vi algo más. Vi a un hombre que sobrevivió al primer día del resto de su vida.

—Bueno, Beto —le dije a mi reflejo—. Ya tocaste fondo. Ahora solo queda subir. O quedarte aquí a pudrirte. Me lavé la cara con agua helada. Fui a la cocina. Miré los gabinetes a medio poner que dejó Nicolás. Agarré el taladro que él había dejado. Lo sopesé en mi mano. Pesaba. —Si quieres algo bien hecho, hazlo tú mismo —murmuré.

No sabía carpintería. No sabía cómo terminar esa cocina. Pero iba a aprender. Iba a terminar esa maldita cocina yo solo, aunque me tardara un año. Iba a lijar cada centímetro de madera hasta borrar las huellas de Nicolás. Iba a pintar sobre los recuerdos. Esa cocina no iba a ser mi tumba. Iba a ser mi monumento a la resiliencia.

Me preparé un café soluble, feo y aguado, pero me supo a gloria. Encendí el celular. Cientos de notificaciones. Mensajes de amigos preguntando qué pasó. Mensajes de desconocidos apoyándome o burlándose. Pero un mensaje me llamó la atención. Era de un número desconocido.

“Beto, soy Nicolás. Borra el video. No sabes con quién te metes. Te voy a ir a buscar.”

Leí el mensaje y, por primera vez en veinticuatro horas, sonreí. Una sonrisa torcida, peligrosa. —Ven —dije al teléfono—. Aquí te espero. Tengo un martillo y ya no tengo nada que perder.

La guerra había terminado en la casa, pero la guerra afuera apenas comenzaba. Y yo estaba listo.

CAPÍTULO 6: El Juicio Digital y la Sombra del Carpintero

Dicen que en México la justicia es ciega, sorda y tarda años en llegar, pero la justicia del barrio y de las redes sociales es un francotirador con vista de águila: te pega donde más te duele y no perdona ni olvida.

Amaneció el martes con una calma engañosa. El sol entraba por las rendijas de la persiana, iluminando las partículas de polvo que seguían flotando en el aire de mi departamento, remanentes de la obra inconclusa y de la batalla campal del día anterior. Me dolía todo el cuerpo, como si me hubiera atropellado un camión de carga. Era el dolor de la tensión acumulada, de los músculos que estuvieron contraídos por la ira durante horas y que ahora, al relajarse, pasaban la factura.

Me levanté del sofá donde había caído desmayado por el agotamiento emocional. Lo primero que hice fue buscar mi celular. Estaba caliente, literalmente caliente al tacto. La batería estaba al 15%, drenada por la actividad frenética de las notificaciones que no habían parado en toda la noche. Desbloqueé la pantalla y el sistema se trabó por unos segundos, saturado de información.

Facebook era un campo de batalla. Mi publicación en el grupo de “Vecinos de la Santa María la Ribera” se había compartido más de dos mil veces. Ya no estaba solo en el grupo vecinal; había saltado a grupos de “Quemones CDMX”, “Infieles Anónimos” y hasta en Twitter (ahora X) alguien había subido el clip con el hashtag #LadyCarpintero.

Leí los comentarios con una mezcla de morbo y validación. “No mames, qué poca madre de la vieja y del chalán. Ánimo compa, te libraste de una buena.” —escribió un tal Kevin. “Así son todas, nomás ven que uno se va a trabajar y meten al sancho. Qué bueno que los exhibiste.” —comentó Don Rogelio. Claro, también había los moralistas de siempre: “Los trapos sucios se lavan en casa. Qué poco caballero el marido al exponerla así. Seguro él la descuidaba.” —puso una señora con foto de Piolín en su perfil.

Me reí. Una risa seca, sin alegría. “Que piensen lo que quieran”, me dije. “Nadie sabe lo que pesa el costal más que el que lo carga”. Pero entre la marea de comentarios, recordé el mensaje de amenaza de la noche anterior. “Te voy a ir a buscar.”

Me preparé. No iba a salir corriendo. Esta era mi casa, mi castillo, y lo iba a defender a capa y espada, o en este caso, a martillazo limpio. Fui a la cocina, esquivando los escombros emocionales. Tomé el martillo pesado, ese de mango de goma que Nicolás había usado para ajustar mis muebles, y lo puse sobre la mesa de centro de la sala. También acerqué el gas pimienta que le había comprado a Karla para que se cuidara en el metro. Qué ironía, ahora lo usaría para protegerme de su amante.

A eso de las 10:00 de la mañana, el timbre sonó. No fue un timbrazo normal. Fue un dedo pegado al botón, insistente, agresivo. Bzzzzzzzzzzzzzzzzzt. Y luego, los golpes en la puerta. PUM, PUM, PUM. —¡Abre la pinche puerta, Beto! ¡Sé que estás ahí, cabrón!

Era él. Nicolás. Sentí un corrientazo de adrenalina, pero curiosamente, no sentí miedo. El miedo se había ido junto con mi ropa de casado. Ahora solo quedaba un instinto de supervivencia frío y calculador. Caminé hacia la puerta despacio. No le iba a dar el gusto de escucharme correr. Miré por la mirilla. Ahí estaba. Se veía fatal. Tenía los ojos hinchados, probablemente de la cruda o de no dormir. Llevaba la misma ropa de ayer, sucia y arrugada. Estaba solo, pero se veía alterado, moviéndose de un lado a otro como animal enjaulado.

—¡Abre o te tiro la puerta! —gritó, y su voz retumbó en el pasillo del edificio.

Abrí la puerta. Pero no la abrí de par en par. La abrí solo lo que permitía la cadena de seguridad, unos diez centímetros. Lo suficiente para vernos, pero no para que entrara. —¿Qué quieres? —le pregunté con voz monótona.

Nicolás se abalanzó contra la rendija, sus ojos inyectados en sangre clavándose en los míos. Apestaba a alcohol barato y sudor rancio. —¡Borra el video! ¡Bórralo ahorita mismo! —escupió saliva al hablar—. ¡Me estás jodiendo la vida, imbécil! ¡Mi mujer ya lo vio! ¡Mis hijos lo vieron! ¡Me corrieron de la casa por tu culpa!

Lo miré impasible. —Tú te jodiste la vida solo, Nicolás. Tú decidiste meterte con una mujer casada en la casa de su marido. Tú decidiste burlarte de mí y llamarme pendejo. Yo solo le mostré al mundo quién eres en realidad .

—¡Tú no entiendes! —golpeó la puerta con el puño—. ¡Nadie me quiere dar chamba! ¡Me cancelaron dos obras hoy en la mañana! ¡Bórralo o te rompo la madre aquí mismo!

En ese momento, quité la cadena. Nicolás se sorprendió. Pensó que me había intimidado. Dio un paso atrás para tomar impulso y entrar. Abrí la puerta completamente. Pero no me encontró desarmado. Estaba parado firmemente, con el martillo en la mano derecha, levantado a la altura de mi hombro, listo para bajar con fuerza letal si daba un paso más dentro de mi propiedad.

—Pásale —dije, retándolo—. Pásale, Nicolás. Dame una excusa. Dame una sola razón para que esto pase de ser un video viral a una nota roja. Defensa propia, ¿te suena? Estás invadiento mi domicilio y amenazándome de muerte. Hay testigos.

Nicolás se frenó en seco. Miró el martillo. Miró mis ojos. Vio que no estaba jugando. Vio que el “inge” tranquilo se había convertido en alguien capaz de partirle el cráneo. Dudó. Y en esa duda, perdió.

—¿Qué pasa aquí? —una voz resonó desde el piso de arriba. Era Don Pepe, el vecino del 301, un jubilado de Pemex que siempre andaba en camiseta de tirantes y que odiaba el ruido. Bajaba las escaleras con un bate de béisbol en la mano. Y del departamento de enfrente, salió Doña Chonita, con su celular en la mano, grabando. —Ya le hablé a la patrulla, vecino —dijo Doña Chonita con voz chillona pero valiente—. Todo está quedando grabado. Este patán no tiene nada que hacer aquí.

Nicolás miró a su alrededor. Estaba rodeado. El barrio había despertado. Ya no era él contra el “pendejo” del ingeniero. Era él contra la comunidad. Y en la Santa María, los vecinos se cuidan entre ellos cuando el enemigo es externo. Su bravuconería se desinfló como un globo pinchado. —Están locos todos… —masculló, retrocediendo hacia la escalera—. Pinches viejas chismosas.

—¡Lárgate! —gritó Don Pepe, golpeando el barandal con el bate—. ¡Y no vuelvas, que aquí no queremos maistros rateros!

Nicolás me lanzó una última mirada de odio puro, pero mezclada con impotencia. Sabía que estaba derrotado. —Esto no se queda así —amenazó, pero sonó vacío. —Ya se quedó así —le respondí—. Y agradéceme que no subí la parte donde lloras pidiendo que no te pegue. Lárgate.

Se dio la media vuelta y bajó las escaleras casi corriendo, perseguido por los insultos de Doña Chonita. Cerré la puerta. Me recargué en ella y solté el aire que había estado conteniendo. Mis piernas temblaban un poco, pero me sentía poderoso. Había defendido mi territorio. El fantasma de la amenaza física se había disipado.


Pero si la batalla con Nicolás fue explosiva y rápida, la guerra fría con Karla y su familia fue más lenta y venenosa. A eso de las dos de la tarde, mi celular volvió a sonar. Número desconocido. Contesté, pensando que podía ser del banco o algo de trabajo. —Beto, soy yo… —la voz de Karla sonaba pequeña, rota, nasal de tanto llorar.

Sentí un vuelco en el estómago. Escuchar su voz activó todos los recuerdos, los buenos y los malos. Por un segundo, quise ser suave, quise preguntar cómo estaba. Pero la imagen de ella riéndose con Nicolás me abofeteó la memoria. —¿Qué quieres? —pregunté secamente. —Necesito… necesito ir por el resto de mis cosas. No tengo ropa interior, Beto. No tengo mis medicinas. Por favor, sé razonable.

“Razonable”. Esa palabra me encendió la sangre. —¿Razonable? Karla, tiré tu ropa por el balcón. Lo que queda aquí ya no es tuyo. Es basura que olvidaste. —¡Es ilegal lo que haces! —gritó ella, perdiendo la compostura de víctima—. ¡Te puedo demandar! ¡Ese departamento es bienes mancomunados!

Me reí. —Ah, ahora sí te acuerdas de las leyes. Lástima que se te olvidó el contrato matrimonial. Mira, Karla, haz lo que quieras. Demándame. Pero te advierto una cosa: si vienes aquí, vas a tener que pasar por el “pasillo de la vergüenza”. Los vecinos te están esperando. Doña Chonita tiene listo el jitomate podrido. ¿Quieres eso? ¿Quieres más show?

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Ella sabía que era verdad. Sabía que su reputación en la colonia estaba hecha cenizas . —Eres un monstruo… —susurró—. Yo te amaba. Fue un error. Un desliz. —Un desliz es que se te caiga el café. Lo tuyo fue una elección. No vengas. Manda a alguien si quieres, pero tú no te pares aquí.

Colgué. Bloqueé el número. Minutos después, sonó otra vez. Era mi suegra, Doña Lety. —Roberto, ¿qué es este escándalo? —la señora hablaba con ese tono de indignación de clase media alta que siempre usaba para hacerme sentir menos—. Mi hija está destrozada. ¿Cómo te atreves a exponerla así en internet? ¡Somos gente decente!

—Señora —la interrumpí, cansado de guardar las formas—, su hija metió a un carpintero a mi cama (metafóricamente, o quizás real, nunca lo sabré). Si eso es ser gente decente, entonces tenemos diccionarios diferentes. El video está ahí. Véalo. Y luego me dice si sigue pensando que yo soy el malo. —¡Es violencia digital! —chilló ella. —Es la verdad, Doña Lety. Y la verdad no peca, pero incomoda. Dígale a Karla que mande a un Uber por sus cajas. Se las voy a dejar en la banqueta en una hora. Si no viene nadie, se las regalo al camión de la basura.

Cumplí mi palabra. Metí el resto de sus cosas en bolsas negras de basura. Zapatos que no había tirado, sus libros, sus cremas caras, las fotos de nuestra boda que estaban en los portarretratos (rompí los vidrios al sacarlas, no por accidente, sino por placer). Bajé las bolsas y las dejé en la entrada del edificio. Me senté en el escalón a esperar. Media hora después, llegó un Uber. El chofer, un chavo joven, me miró confundido. —¿Es el viaje para Karla? —preguntó. —Sí. Es todo esto —señalé la montaña de bolsas negras. —Oiga, pero el viaje es de personas, no de mudanza… —Toma —le di un billete de quinientos pesos—. Llévalo y no preguntes. Es la liquidación de una mala inversión.

El chavo se encogió de hombros, subió las bolsas y se fue. Vi el coche alejarse y sentí que, por fin, el aire en el departamento se limpiaba. Ya no quedaba rastro físico de ella. Solo quedaban los huecos donde estaban sus cosas y el hueco en mi pecho.


Pasaron los días. La tormenta viral bajó de intensidad, como pasa con todo en internet. A los tres días, ya había un nuevo escándalo de algún político o algún influencer, y la gente se olvidó de “Lady Carpintero” y del cornudo de la Santa María. Pero en el mundo real, las consecuencias seguían.

Supe por terceros que Nicolás tuvo que irse de la ciudad un tiempo. La presión fue demasiada. En las obras, la reputación es todo. Si te quemas como ratero o como “sancho”, nadie te deja entrar a su casa. Perdió chambas, perdió respeto. Se convirtió en un paria .

Karla intentó volver a su vida social, pero fue imposible. En un pueblo chico —y las redes sociales convirtieron al mundo en un pueblo chico—, las miradas matan. Me contaron que intentó ir al café donde siempre iba con sus amigas, y dos de ellas se levantaron y se fueron cuando ella llegó. Nadie quería ser vista con la “traidora”. La marca de la infidelidad es contagiosa socialmente . Se tuvo que ir a vivir a Toluca con sus papás, lejos de aquí, empezando de cero, humillada y sola.

¿Y yo? Yo me quedé en mi departamento vacío, con mi cocina a medias. Durante una semana, no entré a esa habitación. Comía en la sala, pedía pizza, vivía como un fantasma. Pero un sábado por la mañana, me desperté y me harté de la autocompasión. Me harté de ver los cables pelados y la madera sin lijar. Me harté de que Nicolás siguiera presente a través de su trabajo inconcluso.

Me levanté temprano, me puse unos jeans viejos y fui a la tlapalería. —Jefe, ¿qué va a llevar? —me preguntó el dependiente, que ya sabía todo el chisme pero tuvo la decencia de no decir nada. —Deme lija. Mucha lija. Del 80, del 120 y del 200. Y barniz. Y un serrucho nuevo.

Regresé a casa. Puse música. No puse rancheras de dolor. Puse rock. Puse a Molotov, a Caifanes. Música con huevos. Entré a la cocina. Pasé la mano por la madera áspera de los gabinetes que Nicolás había instalado. —Vamos a arreglar este desmadre —dije.

Empecé a lijar. El movimiento repetitivo era terapéutico. Sshhh, sshhh, sshhh. Con cada pasada de la lija, sentía que borraba una capa de suciedad. Borraba las huellas grasosas de Nicolás. Borraba las risas falsas de Karla. Borraba mi propia estupidez por haber confiado ciegamente. El polvo de madera volaba por el aire, se me metía en la nariz, me cubría los brazos. Pero este era polvo limpio. Polvo de renovación.

Aprendí sobre la marcha. Vi tutoriales en YouTube (ahora usaba la plataforma para aprender, no para destruir). Aprendí a escuadrar, a nivelar, a barnizar. Descubrí que me gustaba. Me gustaba el olor a madera virgen. Me gustaba ver cómo algo roto podía arreglarse si le dedicabas tiempo y paciencia. No contraté a nadie más. Decidí que esta cocina la iba a terminar yo, con mis propias manos . Porque si la terminaba yo, ya no sería “la cocina de Karla y Nicolás”. Sería MI cocina.

Hubo días difíciles. Días en que me pegaba el martillo en el dedo y terminaba llorando de frustración, y el llanto se convertía en llanto por ella. Días en que me sentaba en el piso y me preguntaba “¿por qué a mí?”. Pero cada vez que lograba poner una puerta derecha, cada vez que el barniz secaba brillante y perfecto, sentía una pequeña victoria.

Una tarde, mientras estaba barnizando la barra desayunadora, encontré algo. Al mover el refrigerador para pintar detrás, vi algo tirado en el rincón. Era un arete. Un arete pequeño, de oro, que yo le había regalado a Karla en nuestro primer aniversario. Lo levanté. Brillaba bajo la luz del foco pelón. Me quedé viéndolo un largo rato. Representaba todo lo que habíamos sido. La promesa. El gasto. El detalle.

Fui a la ventana. No lo tiré con furia. No lo tiré gritando. Simplemente abrí la ventana, extendí la mano y lo dejé caer. Ni siquiera miré dónde cayó. Regresé a mi lija y a mi barniz. —Adiós —susurré.

Ese día, terminé la estructura principal. La cocina empezaba a verse increíble. Mejor que en los planos. Tenía mi toque. Tenía mis imperfecciones, pero eran mías. Me di cuenta de que yo también estaba en obra negra. Mi corazón estaba en los huesos, sin acabados, expuesto. Pero la estructura… la estructura seguía ahí. Los cimientos eran fuertes. Yo era fuerte .

Esa noche, me senté en la barra recién barnizada (todavía olía un poco fuerte, pero no importaba). Me serví una cerveza. Miré a mi alrededor. El departamento seguía solo, pero ya no se sentía vacío. Se sentía… en paz. Había recuperado mi espacio. Había sobrevivido al juicio digital, a la amenaza del carpintero y al abandono de mi esposa. Estaba solo, sí. Pero estaba libre.

Y entonces, sonó el timbre. No era el timbre agresivo de Nicolás. Era un timbre suave. Dudé. ¿Otra sorpresa? Me asomé por la mirilla. Era Mariana, una compañera de la universidad que no veía hace años. Había comentado en mi publicación de Facebook algo amable, tipo “Qué mala onda, Beto, si necesitas platicar, aquí andamos”. Abrí la puerta. —Hola, Beto —dijo ella, con una sonrisa tímida, trayendo un tupper en las manos—. Vi… bueno, vi todo el relajo. Y pensé que igual no estabas cocinando. Te traje lasaña.

La miré. No la escaneé como un depredador. La miré con gratitud humana. —Hola, Mariana. Pásale. Justo estoy estrenando cocina… bueno, casi. Ella entró. Y por primera vez en semanas, el departamento olió a comida casera y no a traición.

La vida, como las obras, siempre tiene arreglo. Solo hay que tener los huevos para levantar el escombro y volver a construir.

CAPÍTULO 7: Lija, Sudor y la Indiferencia como Arma

Dicen que el tiempo lo cura todo, pero eso es mentira. El tiempo solo hace que la herida deje de sangrar; lo que realmente cura es lo que haces con ese tiempo. Yo decidí que mi terapia no iba a ser un diván de psicólogo, sino un banco de carpintero improvisado en medio de mi sala.

Pasaron las semanas en la Santa María la Ribera. El escándalo de “Lady Carpintero” se fue apagando como se apagan todas las llamas virales: rápido y dejando solo cenizas. Los vecinos dejaron de mirarme con lástima y empezaron a mirarme con una mezcla de curiosidad y respeto. Veían que la luz de mi departamento se quedaba encendida hasta altas horas de la noche, escuchaban la lija raspar la madera y veían cómo, poco a poco, yo iba transformando el escenario de mi tragedia en un hogar.

Mariana, la amiga que llegó con la lasaña aquella noche, se convirtió en una pieza clave, pero no de la forma romántica que todos esperarían de una película. No hubo beso bajo la lluvia ni declaración de amor inmediata. Hubo algo más valioso: compañía. Ella venía algunos fines de semana, se sentaba en el piso (porque todavía no tenía sillas decentes) y me ayudaba a elegir colores de pintura o simplemente platicábamos mientras yo barnizaba. Me recordó que había vida más allá de Karla, que había mujeres que no necesitaban validación externa constante, mujeres que sabían ser amigas antes que cualquier otra cosa .

Pero la verdadera batalla era interna. Hubo noches, mientras lijaba las imperfecciones de la madera que Nicolás había dejado, en las que mi mente viajaba al pasado. Recordaba a Karla. No a la Karla traidora, sino a la Karla de la que me enamoré. Recordaba sus chistes, cómo se acurrucaba conmigo para ver Netflix. Y dolía. Dolía como un clavo oxidado en el pie. —¿Por qué? —le preguntaba al aire, cubierto de aserrín.

Pero luego miraba la obra. Miraba cómo mis manos, manos de ingeniero acostumbradas a la computadora y los planos, se estaban llenando de callos y cortes. Estaba aprendiendo. Estaba creando. Y en ese proceso creativo, empecé a entender algo fundamental: la culpa no era mía .

Durante mucho tiempo pensé: “Seguro la descuidé”, “seguro trabajé demasiado”. Pero mientras instalaba las correderas de los cajones (unas correderas de cierre suave, alemanas, mucho mejores que las baratijas que Nicolás iba a poner), me di cuenta de la verdad. Yo trabajaba para nosotros. Yo me esforzaba para construir un futuro. Su decisión de traicionarme no fue por “soledad”; fue por egoísmo. Fue por falta de valores. Fue porque es más fácil destruir que construir.

Un martes por la noche, mientras estaba cenando unos tacos que me subí de la calle, mi celular vibró. Era un número que tenía bloqueado, pero que había encontrado la forma de filtrarse a través de un mensaje de texto de otra línea. Era ella.

“Beto, soy Karla. Por favor, no me bloquees. Solo quiero hablar. Estoy mal. Mis papás no me entienden, todo mundo me juzga. Te extraño. Extraño nuestra casa. ¿Podemos vernos? Solo cinco minutos.”

Leí el mensaje. Hace un mes, ese mensaje me hubiera hecho temblar. Me hubiera provocado ira o, peor aún, una esperanza estúpida. Pero esa noche, con las manos manchadas de barniz color nogal y el estómago lleno de tacos al pastor, no sentí nada. Absolutamente nada. Ni odio, ni amor, ni lástima. Sentí la misma indiferencia que sientes cuando ves un anuncio de algo que no necesitas.

Me di cuenta de que el duelo había terminado. La había superado. No porque hubiera olvidado, sino porque le había quitado el poder de lastimarme. No contesté. Borré el mensaje. Bloqueé el número nuevo. Me levanté, fui a la cocina —mi cocina— y pasé la mano por la encimera de granito que me acababan de instalar ese día. Estaba fría, sólida, perfecta. —Aquí no hay lugar para escombros —dije en voz alta.

Ese fin de semana terminé la cocina. Coloqué la última puerta, ajusté las bisagras para que quedaran milimétricamente perfectas. Instalé una tira de luz LED bajo los gabinetes que le daba un toque moderno y elegante, mucho mejor que lo que Karla había soñado. Me alejé unos pasos y la admiré. Era hermosa. Era masculina, funcional, robusta. No tenía el toque “de revista” superficial que ella quería. Tenía carácter. Tenía historia. Me senté en el piso y lloré por última vez. Pero fue un llanto de alivio, de descarga. Me había limpiado. Había sacado el veneno a través del sudor y el trabajo manual .

Al día siguiente, tomé una decisión. No iba a vivir como un monje. Invité a mis amigos. A los de verdad. A los que me mandaron mensajes cuando el video se hizo viral, a los que me defendieron en los comentarios, a los que me invitaron chelas para que no estuviera solo. —Caiganle al depa el sábado —escribí en el grupo de WhatsApp—. Hay inauguración. Yo pongo la carne asada.

El sábado llegó. El departamento se llenó de ruido, pero de ruido bueno. Risas, música, el sonido de las latas de cerveza abriéndose. Mis amigos llegaron con regalos: un juego de cuchillos, una botella de mezcal, una planta “para las malas vibras”. —¡No manches, Beto! —dijo el Chuy, mi mejor amigo de la carrera, pasando la mano por la barra—. ¿Neta te aventaste esto tú solo? ¡Quedó chingonsísima! Mejor que si la hubiera hecho un profesional.

—Mejor que si la hubiera hecho el tal Nicolás, seguro —bromeó otro, y por primera vez, todos nos reímos del nombre. El fantasma del carpintero se había convertido en un chiste recurrente, en una anécdota de bar. Ya no era un monstruo; era un payaso.

Mariana estaba ahí, ayudándome a preparar guacamole en la barra nueva. —Te ves bien, Beto —me dijo, mirándome a los ojos—. Te ves… ligero. —Me siento ligero —admití—. Me quité ochenta kilos de encima.

Esa noche, mientras miraba a mis amigos comer y reír en el espacio que yo había recuperado, entendí que la casa nunca fue el problema. El problema era con quién la compartía. Ahora, el departamento vibraba con mi energía. Había recuperado mi territorio. Había recuperado mi dignidad. Y lo más importante: había recuperado mi futuro.

CAPÍTULO 8: El Chef de su Propia Vida (El Final)

Han pasado seis meses desde el “incidente”. Si me hubieran dicho hace medio año que iba a estar donde estoy hoy, les hubiera dicho que estaban locos. En ese entonces, yo era un hombre roto, viendo una pantalla pixeleada en una oficina de Santa Fe, sintiendo que el mundo se acababa.

Hoy, la vida es diferente. En el trabajo me ascendieron. Resulta que cuando dejas de preocuparte por una esposa que te exige lujos que no puedes pagar y te enfocas al cien por ciento en tu pasión, los resultados llegan. Mi jefe, el Arquitecto Ramírez (el que me vio salir corriendo aquel día), me llamó a su oficina un mes después del desastre. —Beto, he visto cómo has manejado los proyectos últimamente. Tienes una concentración que da miedo. Y la forma en que resolviste los problemas estructurales de la Torre Mitikah… impresionante. Te queremos dar la gerencia de proyectos.

Acepté, por supuesto. Con el aumento de sueldo, terminé de pagar el préstamo que había pedido para la cocina en tiempo récord. Ya no tengo deudas. El departamento es mío al cien por ciento. Mi dinero es mío. Mis fines de semana son míos.

Karla… bueno, de Karla supe poco. El chisme en la colonia dice que sigue en Toluca, que intentó regresar con un exnovio de la prepa pero no funcionó. La etiqueta de “la mujer del video” es difícil de borrar en esta era digital. A veces me da un poco de pena, pero luego recuerdo la risa que soltó cuando Nicolás se burló de mí, y la pena se me pasa. Cada quien cosecha lo que siembra .

En cuanto a Nicolás, la justicia poética hizo su trabajo. Supe por un vecino que lo vieron trabajando de “chalán” (ayudante general) en una obra al otro lado de la ciudad. Dejó de ser “maistro”. Perdió su camioneta, perdió su reputación. Volvió a empezar desde abajo, cargando bultos de cemento. Espero que le pesen tanto como me pesó a mí su traición.

Pero lo más importante no es lo que pasó con ellos, sino lo que pasó conmigo. Descubrí que la soledad no es mala. Al contrario, es un lujo. Me levanto los domingos a la hora que quiero. Me preparo el desayuno en mi cocina perfecta. Pongo la música que me gusta. No tengo que rendirle cuentas a nadie. No tengo que soportar caras largas ni chantajes emocionales.

He empezado a salir con Mariana. Vamos despacio. Sin prisas. Sin etiquetas todavía. Aprendí que la confianza no se regala, se construye ladrillo a ladrillo, como una buena obra. Ella admira lo que hice. Admira que no me dejé caer. Y eso se siente bien .

A veces, cuando estoy cocinando algo rico, me detengo y miro hacia arriba, hacia la parte superior de la alacena donde escondí aquel celular viejo entre las cajas de cereal. Ese celular me salvó la vida. Literalmente. Si no lo hubiera puesto, seguiría viviendo en la mentira. Seguiría llegando cansado a casa para mantener a una mujer que se reía de mí a mis espaldas. Quizás hubiera tenido hijos con ella, y entonces el divorcio hubiera sido mil veces más doloroso y costoso. Quizás me hubiera enterado diez años después, cuando ya fuera un viejo amargado.

Me salvé. Esquivé una bala de calibre mayor. El dolor fue el precio del boleto hacia la libertad. Y lo pagué con gusto.

Ahora, cuando alguien me cuenta que se va a casar o que va a remodelar su casa, les doy dos consejos:

  1. Nunca dejes de ser tú mismo por complacer a alguien más.

  2. Si tienes una corazonada, si tu instinto te dice que algo anda mal… hazle caso. Y si puedes, pon una cámara.

La tecnología no tiene sentimientos, no miente y no traiciona. La tecnología solo te muestra la verdad. Y la verdad, aunque duela como el infierno al principio, es lo único que te hace libre.

Termino de picar la cebolla para mi carne asada. Mis amigos están por llegar. Mariana me mandó un mensaje diciendo que trae el postre. Sonrío. Tengo mi casa. Tengo mi chamba. Tengo mi dignidad. Y tengo la mejor pinche cocina de la Santa María la Ribera, construida con mis propias manos, sobre las ruinas de un amor que no valía ni un clavo.

Soy Beto. Soy ingeniero. Y soy el arquitecto de mi propia felicidad. Gracias por leer mi historia. Y recuerden: ojo de loca no se equivoca, pero ojo de cámara… ese no perdona.

FIN

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