¡“PUEDO CURAR TUS OJOS”, LE DIJO LA HUMILDE NIÑA AL PODEROSO MILLONARIO, Y EN ESE INSTANTE, EL SINIESTRO PLAN DE SU ESPOSA QUEDÓ AL DESCUBIERTO!

CAPÍTULO 1: VOCES EN LA ALAMEDA

El aire de la tarde en la Ciudad de México tenía un peso específico, una mezcla densa de ozono, fritanga callejera y el perfume dulzón de las jacarandas que, aunque Alberto ya no podía ver, recordaba con una nostalgia dolorosa.

Don Alberto Lewis estaba sentado en su banca habitual, esa de hierro forjado que siempre estaba fría, incluso bajo el sol de abril. Sus manos, antes firmes y decisivas —manos que habían firmado fusiones corporativas en rascacielos de Paseo de la Reforma y cerrado tratos millonarios con un apretón—, ahora descansaban inertes sobre el mango de plata de su bastón. Sus nudillos estaban blancos. No por el frío, sino por la tensión de estar atrapado dentro de su propia cabeza.

La oscuridad no era negra, como la gente pensaba. No era un vacío limpio. Era un gris turbio, lleno de manchas flotantes y destellos fantasmas que su cerebro inventaba para no volverse loco. Pero lo peor no era la falta de luz; era la agudización del resto del mundo. Sin la vista para filtrar el caos, la ciudad se le venía encima.

Escuchaba el chin-chin melancólico y desafinado de un organillero a lo lejos, pidiendo unas monedas. Escuchaba el zumbido constante de los camiones sobre la Avenida Juárez, el rechinido de frenos, el grito lejano de un vendedor de merengues: “¡Meren-güeees!”. Y más cerca, demasiado cerca, el sonido de los tacones de su esposa, Selena, golpeando el adoquín con un ritmo impaciente, militar.

—Aquí estás bien, Beto —dijo ella. No “Alberto”, ni “mi amor”. Solo “Beto”, dicho con esa entonación arrastrada de la alta sociedad mexicana, esa que mezcla condescendencia con aburrimiento—. Me voy a mover tantito para allá, donde da mejor la señal. Tengo que checar lo de la remodelación de la casa en Valle. Ya sabes cómo son esos arquitectos, si no estás encima de ellos, te cobran el doble.

Alberto asintió, un movimiento mecánico.
—Está bien. No tardes.

—Ay, no seas impaciente. Te hace bien el aire —respondió ella, y luego, el sonido de sus pasos se alejó, mezclándose con el bullicio del parque.

Alberto se quedó solo. O eso creía.

Se ajustó las gafas oscuras, un escudo inútil contra el mundo. La soledad en medio de una multitud es un tipo especial de tortura. Sentía las miradas de la gente pasar sobre él como si fuera una estatua, un monumento a la desgracia: “Miren, ese es el Don Lewis, el de las telecomunicaciones. Dicen que se quedó ciego por el estrés. Pobre rico”. Podía casi escuchar sus pensamientos, el juicio silencioso mezclado con lástima.

Su mente empezó a vagar hacia el pasado, hacia el “antes”. Antes de las gotas, antes de los dolores de cabeza, antes de que el mundo se volviera borroso y luego se apagara. Recordaba la oficina en Santa Fe, la vista de la ciudad bajo la lluvia, el poder que sentía al entrar a una sala de juntas. Ahora, su mayor logro del día era no tropezar con la alfombra del pasillo.

Fue entonces cuando sucedió. Una ruptura en el patrón del ruido.

No fueron pasos. Fue una respiración. Alguien se había detenido justo a su lado izquierdo. No era un transeúnte apresurado ni un turista perdido. Era una presencia estática, observadora. Alberto giró la cabeza ligeramente, sus instintos de viejo lobo de mar despertando de su letargo.

—¿Quién está ahí? —preguntó, su voz ronca por el desuso.

—Soy yo —dijo una voz. Era una voz de niña, pero no tenía la ligereza de la infancia. Tenía esa aspereza de la garganta que ha respirado demasiado smog y demasiado frío—. Y no se espante, jefe. No le voy a robar nada.

Alberto frunció el ceño. El acento era de barrio, cantadito, con las vocales alargadas, pero había una firmeza inusual en el tono.

—No tengo nada que robar, niña. Mi esposa tiene la cartera.

—No quiero su lana —replicó la niña. Hubo una pausa, y luego soltó las palabras que caerían como piedras en un estanque quieto—. Quiero decirle que yo puedo curar sus ojos.

Alberto soltó una risa amarga, un sonido seco que raspó su garganta.
—Vaya. Ahora resulta. He visto a los mejores oftalmólogos de Houston, de Suiza, de Cuba. Me han operado, me han láserado, me han dado pastillas que cuestan más que un coche. Y tú, una niña en la Alameda, ¿dices que puedes curarme?

—Esos doctores curan lo que se rompe en el cuerpo, don —dijo ella con una calma desconcertante—. Pero lo suyo no está roto. Lo suyo está tapado.

—¿Tapado? —Alberto sintió una punzada de curiosidad a pesar de sí mismo.

—Sí. Tapado por las mentiras.

El magnate se quedó inmóvil. El ruido del parque pareció bajar de volumen, como si alguien hubiera cerrado una ventana pesada.

—¿Cómo te llamas? —preguntó, bajando la voz.

—Emma.

—Emma… —saboreó el nombre—. ¿Y dónde están tus papás, Emma?

—Mi mamá se fue al norte hace dos años. Mi papá… pues quién sabe. Vivo con mi tía, allá por la Doctores, pero me la paso aquí. Aquí se aprende más que en la escuela.

—¿Y qué has aprendido aquí, Emma?

La niña se movió. Alberto escuchó el roce de tela de mezclilla gastada contra la madera de la banca. Se había sentado a su lado. Olía a jabón Zote y a esquites, un olor terrenal y honesto.

—He aprendido a escuchar —dijo ella—. La gente cree que porque soy chiquita y ando vendiendo chicles, no entiendo. Hablan frente a mí como si fuera invisible. Y su esposa… la señora güera que huele a perfume caro… ella habla mucho.

El corazón de Alberto dio un vuelco violento.
—¿Selena? ¿Qué… qué has escuchado?

Emma dudó un momento. Alberto pudo sentir su miedo, una vibración tensa en el aire.

—Mire, don. No me quiero meter en broncas. Esa señora se ve que es de las que truenan los dedos y te echan a la policía. Pero… es que usted me recuerda a mi abuelo. Él también se quedó ciego antes de morir. Y no es justo.

—Dímelo —ordenó Alberto, recuperando por un segundo el tono de mando que solía aterrorizar a sus ejecutivos—. ¿Qué dijo?

Emma se inclinó hacia él, su voz apenas un susurro sobre el viento.

—La escuché ayer. Y antier también. Se pone allá, detrás de la fuente de Neptuno, donde hay menos gente. Habla con un tal “Licenciado Finch”.

Alberto apretó el bastón con tanta fuerza que le dolieron los dedos. Finch. Su abogado personal. El hombre que juró lealtad a la familia Lewis hace veinte años.

—¿Y qué dicen? —preguntó, con la boca seca.

—Ayer dijo: “Ya casi cae, Arthur. Las gotas están funcionando de maravilla. El viejo ya no ve ni sus propias manos. Está asustado, está deprimido. En dos semanas, cuando firme el fideicomiso, lo mandamos al asilo en Cuernavaca y decimos que es por su bien, que tiene demencia”.

El mundo se detuvo.

No hubo explosión, ni gritos, ni música dramática. Solo un silencio absoluto en el centro del pecho de Alberto. Fue como si le hubieran arrancado el suelo bajo los pies y estuviera cayendo en un pozo sin fondo.

—Eso… eso no puede ser —balbuceó. Su defensa automática, la negación que había construido muro por muro durante meses—. Selena me cuida. Ella me lleva a los médicos. Ella…

—Ella se ríe cuando cuelga el teléfono, señor —interrumpió Emma, implacable—. Una risa fea. Seca. Y luego saca un frasquito de su bolsa y lo agita. Dice: “Gotitas para dormir, gotitas para no ver”.

Alberto sintió náuseas. Recordó las “vitaminas” que Selena insistía en darle cada mañana y cada noche. “Son para fortalecer el nervio óptico, mi vida”, le decía ella. Y él, ciego y confiado, abría la boca como un niño. Recordó los dolores de cabeza que siempre venían media hora después. La niebla mental. La fatiga crónica que le impedía pensar con claridad.

—¿Por qué me dices esto? —preguntó Alberto, su voz quebrada, los ojos llenos de lágrimas que no podía ver pero sí sentir arder—. ¿Quieres dinero? Te doy dinero. Toma mi cartera, está en el saco.

Sintió la mano pequeña de la niña sobre su brazo. No para tomar, sino para calmar.

—Le dije que no quiero su lana. Quiero que abra los ojos, don. Aunque ahorita no vea, tiene que ver. Ella lo está apagando. Lo está borrando para quedarse con todo.

Alberto se llevó las manos a la cara. La horrible verdad encajaba con demasiada perfección. Las reuniones canceladas, los amigos que dejaron de llamar porque Selena decía que él “no estaba en condiciones de recibir visitas”, la soledad, el aislamiento. No era una enfermedad. Era un asedio. Un asesinato lento y meticuloso.

—No sé qué hacer… —susurró el hombre que alguna vez fue dueño de la mitad de la ciudad—. Estoy solo, Emma. No veo. No puedo ni cruzar la calle sin ella.

—No está solo —dijo Emma con firmeza—. Me tiene a mí. Y yo veo reporbién. Tengo ojos de águila, dice mi tía.

Alberto bajó las manos y giró el rostro hacia ella. Por primera vez en meses, sintió algo que no era desesperación. Era una chispa. Pequeña, frágil, pero caliente. Era rabia. Y debajo de la rabia, algo aún más peligroso para Selena: esperanza.

—¿Por qué te arriesgas? —preguntó él—. Si ella te descubre…

—En el barrio aprendemos a cuidarnos —dijo Emma—. Y además… ya le dije. Usted se parece a mi abuelo. A él nadie lo defendió. A usted sí.

De repente, el sonido de los tacones regresó. Esta vez más rápido, más fuerte.

—¡Chist! —siseó Emma—. Ahí viene. Actúe normal. Hágase el dormido o el triste. Eso le gusta a ella.

La niña se deslizó de la banca con la agilidad de un gato callejero.

—Mañana —susurró desde algún lugar detrás del árbol—. Misma hora. Y no se tome el jugo de la noche. Tírelo a la maceta.

Alberto se quedó inmóvil, forzando a su cuerpo a relajarse, a adoptar la postura de derrota que Selena esperaba encontrar.

—¡Beto! —la voz de su esposa llegó envuelta en una nube de perfume Chanel No. 5—. Perdón, mi vida, la señal estaba fatal. ¿Me extrañaste?

Alberto sintió su mano posarse en su hombro. Hace una hora, ese toque le habría parecido un ancla de seguridad. Ahora, sentía las uñas afiladas, el peso de la traición, el frío de una asesina.

—Claro que te extrañé, querida —dijo Alberto. Su voz sonó extraña en sus propios oídos, pero Selena no pareció notarlo. Estaba demasiado ocupada siendo la dueña del mundo.

—Ay, estás helado. Vámonos a la casa. Le dije a Mari que nos preparara una cena rica. Y te tengo tus gotas listas.

Alberto se dejó levantar. Apoyó su peso en el brazo de su esposa, como el inválido que ella creía que era. Pero mientras caminaban hacia el auto de lujo que los esperaba en la Avenida Juárez, cada paso de Alberto era diferente. Ya no caminaba hacia la oscuridad. Caminaba hacia la guerra.

El chofer, Jorge, abrió la puerta trasera.
—Buenas tardes, Don Alberto. Señora.

—A casa, Jorge. Y rápido, que el señor está cansado —ordenó Selena, revisando su celular sin mirar a su esposo.

El auto se deslizó por el tráfico infernal del centro. Las bocinas, los gritos, el caos de la ciudad quedaban amortiguados por los vidrios blindados. Dentro, el silencio era sepulcral.

Alberto cerró los ojos detrás de sus gafas. Su mente trabajaba a mil por hora. Gotas. Fideicomiso. Asilo. Demencia.

Recordó a Emma. “Puedo curar sus ojos”. No hablaba de medicina. Hablaba de la verdad. Y la verdad, aunque dolía como ácido, era la única cura posible.

—¿Todo bien, amor? —preguntó Selena, sin levantar la vista de su pantalla.

—Sí —mintió Alberto, y fue la mentira más dulce que había dicho en su vida—. Solo pensaba… en cuánto te agradezco todo lo que haces por mí.

Selena soltó una risita suave.
—Ay, tontito. Es mi deber. En la salud y en la enfermedad, ¿no?

—Exacto —murmuró Alberto, apretando el puño sobre su rodilla—. Hasta que la muerte nos separe.

El auto giró hacia Paseo de la Reforma, llevándolos hacia las lomas donde vivían los ricos y poderosos. Pero Alberto Lewis ya no estaba ahí. Su mente se había quedado en una banca de la Alameda, haciendo un pacto con una niña vendedora de chicles que acababa de salvarle la vida.


CAPÍTULO 2: EL SABOR DEL VENENO

La mansión en Lomas de Chapultepec era un mausoleo de mármol y cristal. Antes, Alberto amaba esta casa; cada cuadro, cada mueble había sido elegido por él y Selena en viajes a Europa o subastas en Nueva York. Ahora, el eco de sus pasos en el vestíbulo le recordaba lo vacía que estaba su vida.

—Bienvenido, señor —dijo Mari, la empleada doméstica que llevaba con ellos cinco años. Su voz sonaba tímida, apagada. Alberto siempre había sospechado que Mari sabía cosas, pero el miedo a perder su empleo la mantenía muda.

—Gracias, Mari —respondió Alberto, dejándose quitar el abrigo por Selena.

—Sírvenos la cena en media hora, Mari. Y tráeme el gotero del señor, el que está en mi tocador, no el del botiquín —ordenó Selena.

Ese detalle. “El que está en mi tocador”. Antes, Alberto no le habría dado importancia. Pensaría que era un cuidado especial, una medicina más cara guardada con celo. Ahora, la frase resonó en su cabeza como una sentencia de muerte.

Cenaron crema de elote y pechuga asada. Alberto comió mecánicamente, agudizando sus otros sentidos. Escuchaba la respiración de Selena, el roce de su tenedor, el zumbido de su celular vibrando constantemente sobre la mesa.

—¿Quién te escribe tanto? —preguntó, tratando de sonar casual.

Selena se detuvo un instante.
—Nadie importante. El grupo de caridad de las damas. Están organizando un bazar para… para los niños ciegos, fíjate. Qué ironía, ¿no? Quieren que seas el padrino de honor.

—Qué amable de su parte —dijo Alberto, sintiendo una bilis amarga subir por su garganta.

—Sí, bueno, les dije que tal vez no podrías ir. Que últimamente te fatigas mucho y te confundes con los nombres. Es mejor no exponerte, Beto. No queremos que la gente te vea… disminuido.

Disminuido. La palabra flotó en el aire. Así era como ella lo construía ante el mundo: un hombre roto, una sombra de lo que fue.

—Tienes razón —dijo él—. Tú siempre sabes qué es lo mejor.

Terminaron de cenar. Selena lo guio hasta la sala de estar y lo sentó en su sillón reclinable.
—Hora de tus gotas, mi vida. Y luego a la cama. Mañana es un día pesado.

Alberto escuchó el sonido de la tapa del frasco desenroscándose. Su corazón martilleaba contra sus costillas. Tenía que ser inteligente. Si se negaba, ella sospecharía. Si las tomaba, seguiría perdiendo la mente.

—Selena… —dijo, llevándose una mano al estómago—. Me siento un poco indigesto. La crema me cayó pesada. ¿Me podrías traer un poco de agua mineral con limón? Pero prepárala tú, Mari siempre le pone demasiada sal.

Selena suspiró, claramente molesta por la interrupción de su rutina.
—Ay, Alberto. Está bien. Espérame aquí. No te muevas.

Dejó el frasco sobre la mesita lateral y sus tacones se alejaron hacia la cocina.

En cuanto escuchó que cruzaba la puerta de la cocina, Alberto se movió. Fue un movimiento torpe, desesperado. Tanteó la mesa hasta que sus dedos chocaron con el pequeño frasco de vidrio. Lo agarró. Estaba frío.

Necesitaba vaciarlo, pero no todo, o ella se daría cuenta. Se llevó el frasco a la nariz. No olía a medicina. Olía vagamente a almendras amargas y a químicos industriales. Atropina, pensó, o algún derivado para dilatar las pupilas permanentemente, mezclado con sedantes.

Derramó un chorro generoso sobre la alfombra persa, justo debajo del sillón, donde la pelusa gruesa absorbería el líquido rápidamente. Luego, se frotó un poco del líquido en los párpados cerrados, solo para que oliera a que se las había puesto, y cerró el frasco.

Lo dejó exactamente donde estaba, milímetros más, milímetros menos. Se recostó en el sillón y empezó a respirar por la boca, fingiendo malestar.

Selena regresó dos minutos después con el vaso.
—Aquí tienes. Tómatelo rápido.

Alberto bebió el agua.
—Gracias. Ya me puse las gotas mientras te esperaba. Me ardían mucho los ojos.

Hubo un silencio. Alberto contuvo la respiración. ¿Le creería?

—Ah… qué bueno que eres obediente —dijo ella, y Alberto pudo escuchar la sonrisa en su voz—. Muy bien. Entonces vamos arriba.

Esa noche, acostado en la cama king size, con Selena respirando rítmicamente a su lado, Alberto no durmió. Por primera vez en meses, su mente no estaba nublada por los sedantes. El dolor de cabeza habitual no llegó.

Y en esa claridad recuperada, el horror fue absoluto.

Repasó los últimos dos años. El accidente de coche que le había causado el desprendimiento de retina inicial. Selena iba manejando. Ella salió ilesa. Él casi muere. ¿Fue un accidente?

Repasó la forma en que ella había despedido a su secretaria de toda la vida, a su chofer anterior, a Jethro, su hijo. “Jethro solo quiere tu dinero, Alberto”, le había dicho ella mil veces. “Me gritó, me insultó. No deja que te vea”. Y Alberto, ciego y drogado, le había creído. Había desheredado a su propio hijo basándose en la palabra de la mujer que dormía a su lado.

Las lágrimas rodaron por sus mejillas hacia la almohada, calientes y silenciosas.

—Jethro… perdóname —susurró en la oscuridad.

Tenía que encontrar a su hijo. Tenía que recuperar su empresa. Pero sobre todo, tenía que sobrevivir a su esposa.

A la mañana siguiente, Alberto fingió. Fingió tropezarse al levantarse. Fingió no encontrar su cepillo de dientes. Fingió esa mirada vacía y perdida que ella tanto disfrutaba.

—Hoy amaneciste torpe, Beto —comentó ella mientras se maquillaba—. Yo creo que mejor cancelamos la ida al parque.

El pánico lo invadió. Si no iba al parque, no veía a Emma. Si no veía a Emma, estaba solo.

—No, por favor —dijo, poniendo un tono de súplica patética—. El parque es lo único que me gusta. Me siento… ahogado aquí. Por favor, Sele. Solo un ratito.

Selena chasqueó la lengua.
—Ay, bueno. Pero rápido. Tengo cita en el spa a las cinco y no quiero llegar tarde.

El alivio fue tan grande que casi se desmaya.

El camino al parque fue eterno. Cuando finalmente lo dejó en la banca de la Alameda, Alberto sintió que podía respirar de nuevo.

—No te muevas —le advirtió ella—. Hoy hay mucha gente rara.

Se fue.

—¿Emma? —llamó él, apenas un hilo de voz.

—Acá estoy, jefe. —La voz vino desde atrás de la banca.

—Gracias a Dios. Emma, no tomé las gotas. Tienes razón. Todo… todo es verdad.

La niña saltó el respaldo y se sentó a su lado.
—Lo sé. Se le ve en la cara. Ya no tiene esa cara de zombie.

—Emma, necesito pruebas. No puedo ir a la policía solo con mis sospechas. Ella es poderosa. Tiene jueces comprados, abogados… dirán que estoy loco, que es mi demencia hablando. Necesito algo sólido.

—Lo sé —dijo la niña—. Por eso le traje esto.

Alberto sintió que ella le ponía algo frío y metálico en la mano. Era pequeño, rectangular.

—¿Qué es esto?

—Es una grabadora vieja. De esas de periodista. Me la “encontré” en un bazar —dijo ella con picardía—. Tiene casete y pilas nuevas.

Alberto acarició el aparato. Era tecnología obsoleta, pero funcional.

—¿Qué quieres que haga?

—Ella se va a ver con el tipo de las botas hoy. Lo escuché cuando hablaba por cel hace rato. Dijo: “En el mismo lugar, a las 4:30. Trae los papeles del fideicomiso”.

—¡Eso es en diez minutos! —exclamó Alberto.

—Sí. Y usted no puede ir porque lo verían. Pero yo sí.

—¡No! —Alberto la agarró del brazo—. Es demasiado peligroso. Ese hombre, Davis, es un ex policía corrupto. Si te atrapa…

—No me va a atrapar. Soy chiquita y corro rápido. Además, conozco los túneles de los arbustos mejor que las ratas.

—Emma, no puedo permitirlo.

—Don Alberto —dijo ella, y su voz sonó sorprendentemente adulta—. Usted me dijo ayer que estaba solo. Ya no lo está. Déjeme ser sus ojos. Déjeme ser sus piernas. Usted ponga la lana y los abogados después, pero ahorita, déjeme hacer la chamba sucia.

Alberto dudó. Era una locura. Era poner a una niña en la línea de fuego. Pero no tenía otra opción.

—Ten cuidado, por favor. Si sientes que te ven, corre. Tira la grabadora y corre. Tu vida vale más que mi dinero.

—Entendido. Préstemela.

Alberto le enseñó rápidamente los botones. REC. STOP. PLAY. Botones táctiles, fáciles de sentir.

—Ya me voy. Deséeme suerte.

—Que Dios te bendiga, hija.

Emma corrió. Sus pasos ligeros apenas levantaron polvo.

Alberto se quedó solo en la banca, contando los segundos. Cada minuto era una hora. Imaginaba a Davis, con su cara marcada por el acné y sus ojos crueles. Imaginaba a Selena, fría y calculadora. Y a Emma, pequeña, valiente, arrastrándose entre los setos de la Alameda.

Pasaron diez minutos. Quince. Veinte.

El sudor le corría por la espalda. La atraparon. La mataron. Soy un maldito viejo cobarde.

Y entonces, un jadeo. Alguien se dejó caer en el pasto detrás de la banca, respirando con dificultad, como si hubiera corrido un maratón.

—¿Emma?

—La tengo… —jadeó ella—. La tengo, don.

Alberto se giró, tanteando desesperadamente hasta que tocó la carita sudada de la niña. Estaba temblando.

—¿Estás bien? ¿Te vieron?

—Casi… —tomó aire—. El tipo, el botas, escuchó una rama. Se acercó mucho. Tuve que meterme debajo de una banca de cemento. Pero grabé. Grabé todo.

Le puso la grabadora en la mano a Alberto. El aparato estaba caliente por el uso.

—Escúchelo en su casa. Con audífonos. Es… es fuerte.

—¿Qué dijeron?

Emma tragó saliva.

—Hablaron de su hijo. De Jethro.

Alberto sintió un golpe en el pecho.
—¿Qué? ¿Qué dijeron de él?

—Ella… ella interceptó las cartas. Jethro le ha escrito, señor. Le ha mandado correos. Ha venido a la casa y ella no lo deja pasar. Ella le dijo al tipo de las botas que si Jethro se acerca al hospital cuando a usted lo internen… que se encargue de él. Que le den un susto “permanente”.

La furia que Alberto sintió en ese momento no se parecía a nada que hubiera experimentado antes. No era el enojo de un hombre de negocios que pierde un trato. Era la furia primitiva de un padre. Un animal herido defendiendo a su cría.

Apretó la grabadora hasta que el plástico crujió.

—La voy a destruir —gruñó, y su voz sonó tan profunda y terrible que incluso Emma retrocedió un poco—. Voy a destruir su mundo, ladrillo por ladrillo.

—Ese es el espíritu —dijo Emma, recuperando el aliento—. Pero tranqui. Con cabeza fría. Ahorita viene ella. Guarde eso donde no lo encuentre nunca.

Alberto se metió la grabadora en el calcetín, cubriéndola con el pantalón.

—Ahí viene —alertó Emma—. Y viene contenta. Viene cantando.

Alberto se acomodó en la banca, ajustó sus gafas y compuso su rostro en una máscara de inexpresividad absoluta. Pero por dentro, el fuego estaba encendido.

—Hola, mi amor —canturreó Selena al llegar—. ¿Listo? Se nos hizo tarde.

Alberto levantó la cabeza. Aunque no la veía, podía sentir la oscuridad que irradiaba esa mujer. Pero esta vez, él tenía una luz. Una luz pequeña, prestada por una niña de la calle, pero suficiente para empezar el incendio.

—Listo, querida —dijo Alberto, poniéndose de pie con una firmeza nueva—. Vámonos. Tengo muchas ganas de llegar a casa.

Mientras caminaban hacia la salida, Alberto apretó levemente el brazo de Selena. Ella no lo sabía, pero caminaba del brazo de su verdugo. Y a lo lejos, oculta entre las sombras de los árboles, una niña sonreía, sabiendo que la justicia acababa de comenzar.

CAPÍTULO 3: ECOS EN LA CINTA MAGNÉTICA

La noche en Lomas de Chapultepec tenía una cualidad engañosa: el silencio. A diferencia del resto de la ciudad, que rugía y respiraba incluso de madrugada, en estas calles de mansiones amuralladas y seguridad privada, el silencio se compraba. Pero para Alberto Lewis, ese silencio era un lienzo donde sus demonios pintaban los peores escenarios.

Estaba encerrado en su despacho, una habitación revestida de caoba que olía a libros viejos y cera para madera. Había dicho a Selena que le dolía la cabeza —una mentira a medias, pues la tensión le taladraba las sienes— y que necesitaba estar solo. Ella, por supuesto, había accedido con esa falsa solicitud que ahora le resultaba repugnante. “Descansa, viejito. Mañana será otro día”, le había dicho antes de irse a su propia habitación a seguir tejiendo su telaraña por teléfono.

Alberto tanteó la superficie de su escritorio hasta encontrar la pequeña grabadora que Emma le había dado. Sus dedos, temblorosos pero decididos, recorrieron los botones de plástico barato. Click.

El siseo de la cinta magnética llenó el aire, un sonido anacrónico, sucio, real. Y luego, las voces.

El sonido ambiente era inconfundible: el murmullo de la Alameda, el viento en las hojas y, en primer plano, la voz de su esposa. No la voz dulce que usaba con él, sino su voz real: afilada, impaciente y gélida.

¿Trajiste los papeles, Finch? —preguntó Selena en la grabación.

Aquí están, señora —respondió una voz masculina, untuosa y nerviosa. Alberto reconoció al instante a Arthur Finch, el abogado que él mismo había contratado años atrás por recomendación de Selena. Un hombre que siempre le había parecido mediocre pero inofensivo. Qué equivocado estaba.

¿Están completas las cláusulas de incapacidad mental? —insistió Selena.

Sí. En cuanto el doctor Arriaga firme el diagnóstico de demencia senil acelerada, usted tendrá el control total del fideicomiso. La empresa, las cuentas en las Islas Caimán, la propiedad de Valle… todo pasa a su nombre como tutora legal.

Alberto sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Se aferró a los brazos de su silla de cuero como si estuviera en un avión cayendo en picada.

¿Y qué hacemos con el hijo? —preguntó Finch—. Jethro ha estado husmeando. Llamó a mi despacho ayer preguntando por qué se canceló la auditoría externa.

Hubo una pausa en la cinta. Un silencio cargado de malicia.

De Jethro me encargo yo —dijo Selena, y su tono hizo que a Alberto se le helara la sangre—. Ese malagradecido no va a ver ni un centavo. Ya intercepté sus correos. Alberto cree que su hijo lo abandonó, que ni siquiera le llamó para su cumpleaños. Mientras el viejo crea que está solo, es dócil.

Es arriesgado, señora. Si Jethro logra verlo…

No lo hará. Y si se pone pesado… bueno, tú conoces gente en la Procuraduría, ¿no? Un sustito. Que le encuentren algo en el coche. Drogas, armas… tú sabrás. Que se largue del país.

Entendido.

El viejo ya no aguanta mucho, Finch. Hoy casi se cae al bajar del coche. Las gotas lo tienen mareado, confundido. Es cuestión de días. Una vez que firme, lo mandamos a “El Crepúsculo”. Ahí no hacen preguntas y la gente… bueno, la gente se apaga rápido.

Click.

Alberto detuvo la cinta.

El silencio del despacho regresó, pero ahora estaba cargado de violencia. Alberto se llevó las manos a la cara y soltó un sollozo seco, un sonido que le desgarró la garganta. No lloraba por su dinero. No lloraba por su empresa. Lloraba por la magnitud de su ceguera.

Había permitido que esa mujer separara a un padre de su hijo. Jethro, su muchacho, el que tenía su misma risa y su misma terquedad, no lo había olvidado. Lo había estado buscando. Y él, Alberto, había firmado papeles desheredándolo, convencido por el veneno de Selena.

—Te voy a matar —susurró a la oscuridad, y por un momento, lo dijo en serio.

Pero la ira caliente dio paso a una frialdad estratégica. Matarla, o confrontarla ahora, no serviría de nada. Ella tenía al doctor, al abogado y el control de su vida. Si gritaba, ella simplemente llamaría a los enfermeros y diría: “Miren, está delirando, es agresivo, hay que sedarlo”. Y sería el fin.

Tenía que ser más inteligente. Tenía que ser el Alberto Lewis que construyó un imperio de la nada en los años 80, sobreviviendo a crisis económicas y devaluaciones.

Sacó la cinta de la grabadora y la escondió dentro del forro de un viejo libro de contabilidad que sabía que Selena jamás tocaría. Luego, se sirvió un whisky. No se lo tomó. Solo sostuvo el vaso frío contra su frente ardiendo.

Recordó a Emma. “Prepárese. No solo para ver, sino para creer”.

Esa niña de la calle era su única aliada. Una niña de diez años contra una maquinaria corporativa criminal. Parecía imposible, pero Alberto sabía algo sobre los negocios: a veces, el activo más pequeño es el que tiene el mayor valor estratégico.

A la mañana siguiente, la casa amaneció envuelta en neblina. Selena estaba de un humor extrañamente alegre, tarareando mientras servía el café.

—Hoy viene la nueva enfermera, Beto —anunció—. Se llama Jennifer. Es una maravilla, recomendada por el doctor Arriaga. Ella se encargará de tus medicinas para que yo pueda enfocarme en… bueno, en cuidarte de otras formas.

Alberto asintió, masticando su pan tostado con dificultad.
—Qué bien, querida. Eres un ángel.

Por dentro, estaba gritando. Una enfermera. Eso significaba vigilancia las 24 horas. El cerco se estaba cerrando.

—Y en la tarde vamos al parque, ¿verdad? —preguntó él, tratando de que su voz no temblara.

—Claro. Aunque está nublado, capaz llueve.

—No importa. Me gusta el olor a lluvia. Me recuerda a mi abuelo.

Selena lo miró —él sintió su mirada evaluadora— y luego suspiró.
—Está bien. Pero abrígate. No quiero que te enfermes antes de la firma de mañana.

Mañana. Ese era el plazo. Tenía 24 horas antes de que le pusieran un papel enfrente que le costaría su vida.


CAPÍTULO 4: LA CAÍDA Y EL LEVANTAMIENTO

El Parque de la Alameda estaba húmedo y resbaladizo. El olor a tierra mojada se mezclaba con el aroma de los tacos de canasta de un vendedor cercano. Para Alberto, cada sonido era ahora una pista, un dato.

—Aquí te dejo, Beto. Voy a… voy a comprar un café —dijo Selena.

—Sí, ve. Aquí te espero.

En cuanto sus pasos se alejaron, Alberto golpeó suavemente el suelo con su bastón. Tres veces. La señal que habían acordado el día anterior.

—Tarde, pero seguro —susurró Emma.

Alberto sonrió. La voz de la niña era el sonido más hermoso del mundo en ese momento.

—Emma. Escuché la cinta.

La niña se sentó a su lado. No dijo nada, pero él sintió cómo le apretaba la mano brevemente.
—Lo siento, don. Es gacho enterarse de esas cosas.

—Habló de mi hijo. Dijo que Jethro me ha estado buscando.

—Entonces ya tenemos por dónde empezar —dijo Emma con pragmatismo—. Hay que buscarlo a él.

—No puedo. Selena tiene mi teléfono intervenido. Si llamo a Jethro, ella lo sabrá. Y amenazó con hacerle daño. Necesitamos ayuda externa. Alguien que no tenga miedo.

—Por eso le traje a un amigo —dijo Emma.

Alberto se tensó. —¿Un amigo?

—Tranquilo. Es el que le conté ayer. El que sabe cosas.

Se escucharon unos pasos pesados acercándose por la grava. Botas de trabajo. Una respiración lenta, cargada, con un leve silbido bronquial, típica de un fumador empedernido. El olor a tabaco barato llegó antes que el hombre.

—Buenas tardes, Don Alberto —dijo una voz. Era profunda, rasposa, como grava moliéndose.

—¿Quién es usted? —preguntó Alberto, enderezándose.

—Me dicen Davis —respondió el hombre—. Fui judicial hace una vida. Luego seguridad privada. Ahora… bueno, ahora hago lo que puedo para limpiar mi karma.

—Él trabajaba para los malos, don —intervino Emma—, pero se salió porque le dio asco.

Davis soltó una risa seca.
—La niña tiene una forma colorida de explicarlo. Pero sí. Hace dos años, su esposa contactó a la agencia donde yo trabajaba. Quería “inteligencia” sobre usted. Cuentas, movimientos, debilidades. Yo empecé el trabajo… pero cuando vi que quería fabricar pruebas médicas, renuncié. No soy un santo, señor Lewis, he hecho cosas feas, pero no ayudo a destruir a un hombre desde adentro de su propia casa.

Alberto asintió lentamente.
—¿Por qué regresa ahora?

—Porque la chamaca aquí presente —Davis señaló a Emma— me encontró. Me vio en el comedor comunitario donde a veces ayudo. Me contó su historia. Y… bueno, digamos que tengo una cuenta pendiente con la señora Selena. Me quedó debiendo una lana y, aparte, no me gusta que usen mi trabajo para lastimar familias.

—Necesito un abogado —dijo Alberto, yendo al grano—. Pero no uno cualquiera. Necesito un tiburón. Alguien que no se venda.

—Conozco a la indicada —dijo Davis—. Se llama Erica Moore. Tiene su despacho en un edificio viejo del Centro, arriba de una cantina. No es elegante, no sale en las revistas de sociales, pero es la abogada más agresiva que he conocido. Odia a los tipos como Finch.

—¿Cómo la contacto?

—Yo lo haré —dijo Davis—. Le llevaré la cinta. Pero necesitamos más. Necesitamos tiempo. Usted tiene que ganar tiempo.

—Mañana quieren que firme —dijo Alberto con angustia.

—No firme —dijo Emma—. Hágase el enfermo. Hágase el loco. Tírese al piso, vomite, lo que sea. Pero no firme.

En ese momento, el celular de Emma —un modelo viejo y roto— vibró.
—¡Aguas! —susurró—. Viene la bruja. Y viene rápido.

—Davis, vete —ordenó Alberto.

—Estaré cerca, señor. No pierda la fe.

Los pasos pesados se alejaron. Alberto se quedó con Emma.

—Tengo que hacer algo para que crea que estoy peor —dijo Alberto, una idea formándose en su mente—. Algo dramático.

—¿Qué va a hacer?

—Voy a caminar.

—¡Pero está mojado! Se va a caer.

—Exacto —dijo Alberto con una sonrisa triste—. Necesito caerme. Necesito que ella crea que estoy totalmente indefenso, tan roto que ni siquiera puedo sostenerme en pie. Eso le dará confianza. Y la confianza es su debilidad.

—¡Ahí viene! —advirtió Emma.

Alberto se puso de pie. Sus piernas temblaban, no por debilidad, sino por la adrenalina.

—¿Alberto? ¿Qué haces? —La voz de Selena sonó a unos veinte metros, alarmada.

—Quiero… quiero estirar las piernas, Sele. Me siento entumido.

—¡Siéntate! El piso está resbaloso.

Alberto dio un paso. Luego otro. Tantéo con el bastón, fingiendo torpeza exagerada. Sintió el borde de la banqueta de cantera, desgastada por los siglos.

—¡Alberto, no!

Él dio el paso al vacío deliberadamente.

El mundo giró. Su pie resbaló en el adoquín mojado. El bastón salió volando. Alberto no metió las manos; dejó que su cuerpo golpeara el suelo con todo su peso.

El impacto fue brutal. Su cadera chocó contra el borde de piedra. Su pómulo raspó la grava. El dolor estalló en su costado como una llamarada blanca, cortándole la respiración. Saboreó sangre en la boca: se había mordido la lengua.

—¡ALBERTO!

Selena corrió hacia él. No por amor, sino por pánico a perder su inversión.

Él se quedó ahí, tirado en el lodo, con la lluvia empezando a caer sobre su cara. Escuchó los gritos de la gente. “¡Se cayó el señor!”, “¡Llamen a una ambulancia!”.

Sintió las manos de Selena sobre él, jalándolo.
—¡Idiota! ¡Te dije que te sentaras! —siseó ella en su oído, tan bajo que solo él pudo escuchar el odio puro en su voz. Luego, gritó para el público: —¡Ayúdenme, por favor! ¡Mi esposo! ¡Está ciego, no vio el escalón! ¡Oh, Dios mío!

Alberto gimió, un sonido real de dolor.
—Perdón… perdón… no vi… —balbuceó, interpretando su papel hasta el final.

Entre la confusión, sintió una mano pequeña y rápida meterse en el bolsillo de su saco. Sintió el frío de un objeto pequeño deslizándose en su palma y luego hacia su manga.

—Es para el dolor —susurró Emma, invisible entre la multitud de curiosos—. Es árnica y una piedra del río. Aguante, don. Aguante.

Alberto cerró el puño alrededor de la piedra lisa. Era su ancla. Mientras la ambulancia llegaba y Selena montaba su show de esposa angustiada, Alberto Lewis, tirado en el suelo, sangrando y humillado, se sentía más poderoso que nunca.

Porque había engañado a la engañadora.

El regreso a casa fue un torbellino de actividad médica. El doctor Arriaga llegó media hora después, con su maletín de piel y su olor a loción cara.

—Solo son contusiones, señora Lewis —dijo Arriaga después de examinar a Alberto en su cama—. Nada roto, afortunadamente. Pero esto confirma lo que temíamos. Su deterioro cognitivo y motor está acelerando. Ya no es seguro que esté en casa sin supervisión médica constante.

—Lo sé, doctor —dijo Selena, sollozando falsamente en la esquina de la habitación—. Es tan difícil verlo así… tan degradado.

—Le daré un sedante fuerte para el dolor. Y mañana, sugiero que procedamos con los trámites legales. Necesitamos esa tutela para poder internarlo en la clínica especializada.

—Sí. Mañana. Sin falta.

Jennifer, la nueva enfermera, se acercó a la cama con una jeringa. Era una mujer robusta, de sonrisa plástica y manos frías.

—Esto le va a ayudar a dormir, señor Lewis. Un piquetito nada más.

Alberto sabía que no podía negarse a la inyección. Si peleaba, lo amarrarían. Dejó que le inyectaran el líquido. Sintió el frío recorrer su brazo.

Pero Alberto tenía un secreto. Durante años, había sufrido de insomnio crónico debido al estrés de la empresa, y había desarrollado una tolerancia casi sobrehumana a las benzodiazepinas. La dosis que tumbaría a un caballo, a él solo lo dejaría mareado.

Cerró los ojos y empezó a contar ovejas, fingiendo caer en un sueño profundo en cuestión de segundos. Su respiración se volvió lenta y rítmica.

—Ya está —dijo Jennifer—. Cayó como piedra.

—Perfecto —dijo Selena, su voz cambiando instantáneamente a su tono de negocios—. Vigílalo. Si se despierta, dale otra dosis. No quiero sorpresas mañana. Finch viene a las nueve con los papeles y el notario.

—No se preocupe, señora. De aquí no se mueve.

Escuchó la puerta cerrarse. Se quedó solo con la enfermera. Jennifer se sentó en el sillón, sacó su celular y empezó a ver videos de TikTok a todo volumen, asumiendo que el paciente estaba en coma farmacológico.

Alberto esperó. Una hora. Dos horas. El dolor de la cadera era punzante, pero lo mantenía lúcido.

Tenía que sacar la cinta de la grabadora del escondite y dársela a alguien. Pero, ¿a quién? Davis no podía entrar a la casa. Emma menos.

Entonces recordó algo. Mari. La empleada doméstica.

Mari, que siempre le servía el café un poco más caliente de lo normal porque sabía que le gustaba así. Mari, que a veces, cuando Selena no veía, le acomodaba la almohada con ternura. Mari, que tenía un hijo de la edad de Emma.

Era un riesgo enorme. Si Mari era leal a Selena, todo se acabaría. Pero su instinto le decía que Mari también vivía bajo el terror de la señora de la casa.

Hacia las tres de la mañana, Jennifer empezó a roncar suavemente en el sillón.

Alberto abrió los ojos en la oscuridad. Se movió centímetro a centímetro. El dolor lo hizo sudar frío, pero apretó los dientes. Se deslizó fuera de la cama. Sus pies tocaron la alfombra.

Gateó. Un hombre de sesenta años, millonario, gateando por el suelo de su propia habitación para no despertar a su carcelera.

Llegó a la puerta. Estaba entreabierta. Salió al pasillo.

El cuarto de servicio estaba abajo, junto a la cocina. Bajar las escaleras fue una odisea. Cada escalón era una montaña. Se aferró al barandal, bajando sentado, escalón por escalón.

Llegó a la cocina. Escuchó un ruido. Se congeló.

Era Mari. Estaba sentada en la mesa de la cocina, tomando un té, llorando en silencio.

—Mari… —susurró Alberto.

La mujer dio un salto y casi tira la taza.
—¡Ay, Dios santísimo! ¡Señor Alberto! —susurró ella, llevándose las manos a la boca—. ¿Qué hace aquí? ¡Si la señora lo ve…!

—Ayúdame, Mari. Por favor.

Alberto se arrastró hacia la luz tenue de la cocina. Su cara estaba raspada, su pijama sucia de polvo. Parecía un espectro.

Mari corrió hacia él y lo ayudó a sentarse en una silla.
—Señor, está sangrando. Déjeme llamar a la enfermera.

—¡No! —Alberto la agarró de las manos—. Escúchame bien, mujer. No estoy loco. No estoy senil. Me están envenenando.

Mari lo miró a los ojos. Vio las pupilas dilatadas por la droga, sí, pero detrás de ellas, vio al hombre que siempre la había tratado con respeto, el único en esa casa que le daba los buenos días.

—Yo… yo sé que la señora le da cosas raras, señor —confesó Mari, temblando—. He visto los frascos en la basura. Sin etiquetas.

—Mari, necesito que hagas algo por mí. Algo muy peligroso.

—Me va a correr, señor. Y necesito el trabajo. Mi hijo…

—Si haces esto, Mari, te juro por la memoria de mi madre que tu hijo tendrá la universidad pagada de por vida. Y tú no tendrás que volver a trabajar si no quieres. Pero necesito que seas valiente.

La mujer tragó saliva. Se secó las lágrimas con el delantal.
—¿Qué tengo que hacer?

Alberto sacó del bolsillo de su pijama el pequeño casete que había logrado recuperar del libro antes de que lo sedaran.

—Mañana, a las ocho de la mañana, va a venir un hombre a la puerta de servicio. Se llama Davis. Es grande, feo, usa botas. Va a decir que viene a revisar el gas.

—¿El gas?

—Sí. Tienes que darle esto. Sin que nadie te vea. Dáselo en la mano y dile: “De parte de Emma”.

—¿Emma?

—Solo dile eso. ¿Puedes hacerlo?

Mari tomó el casete. Lo miró como si fuera una bomba. Luego, asintió.
—Sí, señor. Lo haré.

—Gracias, Mari. Ahora… ayúdame a subir antes de que la bruja de arriba se despierte.

Mari, con una fuerza sorprendente para su tamaño, ayudó a Alberto a subir las escaleras, paso a paso, en un silencio cómplice. Lo dejó en su cama, lo cubrió y le dio un beso en la frente.

—Descanse, patrón. Dios está con nosotros.

Alberto cerró los ojos. El dolor físico era insoportable, pero su espíritu estaba en paz. La cinta saldría de la casa. La verdad estaba en marcha.

Cuando el sol salió sobre la Ciudad de México, iluminando el smog con tonos dorados, Alberto Lewis esperó. A las nueve llegarían los buitres con sus plumas estilográficas y sus documentos legales.

Pero Alberto ya no era la presa. Era el cazador, esperando en la hierba alta, inmóvil, listo para el momento exacto de saltar a la yugular.

La puerta de la habitación se abrió.

—¡Buenos días, dormilón! —exclamó Selena, entrando con una bandeja de desayuno y el Licenciado Finch detrás de ella—. Hoy es un gran día.

Alberto abrió los ojos ciegos y sonrió.
—Sí, querida. Hoy es un gran día.

Y por primera vez, Selena sintió un escalofrío recorrerle la espalda, sin saber por qué.

CAPÍTULO 5: LA FIRMA DEL DIABLO Y EL ÁNGEL DE LA COCINA

La habitación principal de la mansión en Lomas de Chapultepec olía a enfermedad fabricada. Era una mezcla de alcohol antiséptico, flores viejas que nadie había cambiado y la colonia dulzona y barata del Licenciado Arthur Finch, que contrastaba vulgarmente con la elegancia sobria de los muebles franceses.

Don Alberto Lewis estaba sentado en un sillón de terciopelo, vestido con una bata de seda que le quedaba grande. Había perdido peso en las últimas semanas; el estrés y la dieta controlada por Selena lo habían consumido. Sus ojos, ocultos tras unas gafas oscuras, miraban hacia la nada, pero sus oídos estaban sintonizados en una frecuencia que nadie más en la habitación podía captar.

—Muy bien, Don Alberto —dijo Finch, arrastrando las palabras como si hablara con un niño de kínder—. Vamos a repasar esto una vez más. Es un trámite sencillito. Puro papeleo burocrático para que la señora Selena pueda pagar sus cuentas del hospital sin tener que molestarle a cada rato.

Alberto asintió lentamente, dejando que su cabeza cayera un poco hacia un lado, imitando el gesto de los pacientes medicados que había visto alguna vez en documentales.

—Sí… las cuentas… —murmuró con voz pastosa.

—Exacto. —Finch sonrió; Alberto pudo escuchar el chasquido húmedo de sus labios al separarse—. Aquí dice que usted le otorga un “Poder General para Pleitos y Cobranzas, Actos de Administración y de Dominio”. Es un término legal muy aburrido, pero básicamente significa que ella se encarga de que no le corten la luz ni el teléfono. ¿Verdad, señora Selena?

—Claro que sí, Arthur —intervino Selena. Estaba parada detrás del sillón de Alberto, con las manos sobre los hombros de su esposo. Sus dedos masajeaban los músculos tensos del cuello de él, pero no se sentía como un masaje; se sentía como un carnicero tanteando la carne antes del corte—. Beto se agobia mucho con los números últimamente. Se le olvidan los NIPs, pierde las chequeras… es mejor así. Por su paz mental.

El Notario Público número 45, un hombre bajo y sudoroso llamado Licenciado Paredes, carraspeó incómodamente desde la esquina. Paredes era corrupto, sí —había aceptado un sobre grueso lleno de efectivo esa mañana—, pero incluso él sentía la vibra siniestra en la habitación. Ver a un león como Alberto Lewis reducido a un gatito asustado era antinatural.

—Procedamos a la lectura del acta —dijo Paredes con voz monótona—. En la Ciudad de México, a los diecinueve días del mes de…

Mientras la voz del notario zumbaba como una mosca molesta, la mente de Alberto estaba en otro lugar. Estaba tres pisos abajo, en la puerta de servicio de la cocina.

“Mari, por favor. No me falles”, rezó mentalmente.


En la cocina, el ambiente era igual de tenso, pero por razones diferentes.

Mari, la empleada doméstica, estaba lavando los platos del desayuno con una furia inusual. El agua caliente le quemaba las manos, pero no le importaba. Su corazón latía tan fuerte que temía que se le saliera por la boca. En el bolsillo de su delantal, el pequeño casete de audio pesaba como un ladrillo de plomo.

—¿Qué te pasa, mujer? —preguntó Jennifer, la enfermera, que había bajado por un café y un pan dulce. Estaba recargada en la barra, mirando su celular—. Estás muy acelerada. Te va a dar algo.

—Nada, señorita —respondió Mari sin voltear—. Es que la señora quiere todo limpio antes de que se vayan los abogados. Ya sabe cómo se pone si ve una migaja.

Jennifer resopló. —Esa señora está loca. Pero bueno, paga bien. Oye, ¿hay más conchas de vainilla?

—En la despensa.

Mientras Jennifer entraba a la despensa, el timbre de servicio sonó. Un timbrazo seco, largo.

Mari se congeló. Son las ocho en punto.

—¿Quién será? —gritó Jennifer desde adentro de la despensa—. ¡Nadie avisó de visitas!

—Debe ser el del gas —dijo Mari, secándose las manos rápidamente en el delantal—. El señor Alberto dijo ayer que olía a fuga y que llamáramos a revisión.

—¿Ah, sí? —Jennifer asomó la cabeza, con la boca llena de pan—. Pues abre, no vaya a explotar esta madre. Pero no te tardes.

Mari caminó hacia la puerta trasera que daba al callejón de servicio. Sus manos temblaban tanto que le costó trabajo quitar el pasador. “Diosito, ayúdame. Por el señor Alberto. Por mi hijo”.

Abrió la puerta.

Ahí estaba. Un hombre enorme, vestido con un overol azul marino gastado que decía “Gas Metropolitano” en un parche mal cosido. Llevaba una gorra calada hasta los ojos y unas botas de trabajo llenas de lodo seco. Pero lo que más impactó a Mari fueron sus ojos: duros, tristes, pero amables.

—Buenos días —dijo el hombre con esa voz de grava—. Vengo a revisar la instalación. Reportaron una fuga.

Mari miró por encima del hombro del hombre. La camioneta estacionada afuera no tenía logotipos. Era una Ford vieja y despintada.

—Pásale… —dijo Mari en voz alta para que Jennifer escuchara—. Está el tanque allá atrás.

El hombre, Davis, dio un paso adelante, quedando en el umbral, bloqueando la vista desde la cocina con su enorme cuerpo.

—¿Lo tienes? —susurró, tan bajo que solo Mari pudo leerle los labios.

Mari miró hacia atrás. Jennifer seguía peleándose con la caja de galletas en la despensa.

En un movimiento rápido, Mari sacó el casete de su delantal y lo metió en el bolsillo delantero del overol de Davis. Sus dedos rozaron la tela áspera.

—De parte de Emma —susurró ella, con lágrimas en los ojos—. Y de parte mía. Sálvelo, por favor. Es un buen hombre.

Davis asintió, una sola vez, solemne como un juramento.
—No tenga miedo, señora. La caballería ya viene en camino.

Davis sacó una herramienta, golpeó un par de tubos para hacer ruido metálico y luego dijo en voz alta:
—Todo se ve bien aquí, jefa. Era una válvula floja, ya la apreté. Con eso queda.

—Gracias —dijo Mari, cerrando la puerta.

Se recargó contra la madera fría y cerró los ojos, exhalando todo el aire que tenía en los pulmones. Hecho está.


Arriba, en la habitación, el momento de la verdad había llegado.

—Aquí, Don Alberto —dijo Finch, poniendo una pluma Montblanc pesada y fría en la mano del millonario—. Justo en la línea punteada. Yo le guío la mano si quiere.

Alberto sintió el papel bajo su muñeca. Era papel de algodón, grueso, costoso. El papel que firmaría su sentencia de muerte.

Si firmaba, Selena tendría el poder absoluto. Lo internarían esa misma tarde. Probablemente lo sedarían en el trayecto y despertaría en una habitación acolchada de la que nunca saldría.

Pero si se negaba abiertamente ahora, sin que Davis y la abogada hubieran tenido tiempo de actuar, el resultado sería el mismo: violencia, sedación forzada, indefensión.

Tenía que ganar tiempo. Minutos. Segundos.

—Agua… —graznó Alberto, dejando caer la pluma. La costosa Montblanc rodó por la alfombra.

—¡Ay, por Dios! —exclamó Selena, exasperada—. ¡Beto, concéntrate! Firma y luego tomas agua.

—Tengo… la boca seca… no puedo tragar… —empezó a toser. Una tos seca, espasmódica, que sacudió su cuerpo frágil. Actuó con todo lo que tenía, canalizando cada gramo de miedo y debilidad real que sentía.

—Dale agua, Selena, que se nos ahoga —dijo el notario Paredes, alarmado. No quería que el cliente se muriera antes de firmar; eso complicaba mucho el papeleo.

Selena gruñó y fue al buró por el vaso de agua.
—Toma. Bebe. Rápido.

Alberto bebió despacio, dejando que el agua se le escurriera por la comisura de los labios, manchando la bata de seda. Era una imagen patética, diseñada para provocar asco y desprecio. Funcionó.

—Míralo —susurró Selena a Finch, sin molestarse en bajar mucho la voz—. Es un vegetal. Me estoy haciendo un favor a mí misma y a la empresa.

—Ya, ya —dijo Finch, impaciente—. Don Alberto, la pluma otra vez. Vamos. Firme “Alberto Lewis”.

Alberto tomó la pluma de nuevo. Su mano temblaba violentamente. Acercó la punta al papel.

Uno… dos… tres… contaba mentalmente. Davis, ¿dónde estás? Emma, ¿dónde estás?

Empezó a trazar la primera letra. Una “A” temblorosa y deforme.

—Eso es, eso es —animó Finch, como quien anima a un perro a hacer un truco.

De repente, un sonido rompió la atmósfera claustrofóbica de la habitación.

El celular de Finch sonó. No era un mensaje. Era una llamada. Y tenía un tono de repique específico que Finch usaba solo para emergencias de la oficina.

—Disculpen —dijo Finch, molesto—. Tengo que contestar, es mi secretaria y sabe que no debe molestar.

Se alejó hacia la ventana.
—¿Qué quieres, Mónica? Estoy en medio de la firma… ¿Qué?

El silencio que siguió a ese “¿Qué?” fue absoluto. Alberto dejó de temblar su mano. Agudizó el oído.

—Repítemelo —siseó Finch, su voz bajando una octava, pálida de miedo—. ¿Cómo que congeladas? ¿Todas?

Selena se giró bruscamente, sus tacones clavándose en la alfombra.
—¿Qué pasa, Arthur?

Finch ignoró a Selena por un segundo, escuchando el auricular con una expresión de horror puro.
—¿Una orden judicial? ¿De quién?… No, eso es imposible. Él está aquí, está incapacitado… ¡No me digas que no se puede hacer nada!

Colgó el teléfono. Su mano temblaba más que la de Alberto.

—¿Qué pasa? —exigió Selena, caminando hacia él con ojos de furia.

—Las cuentas —susurró Finch, mirando a Alberto con una mezcla de terror y desconcierto—. Las cuentas operativas de la empresa, y tus cuentas personales, Selena. Todas. Están congeladas.

—¿Qué? —Selena soltó una risa histérica—. ¡No digas estupideces! Nadie puede hacer eso sin mi autorización o la de Alberto.

—Hay una medida cautelar —dijo Finch, aflojándose la corbata—. Emitida hace veinte minutos por el Juez Quinto de lo Familiar. Alegato de “fraude inminente, abuso de confianza y tentativa de homicidio”.

La palabra homicidio flotó en el aire como una nube tóxica.

El notario Paredes cerró su libro de actas de un golpe.
—Yo me voy. Aquí no firmo nada. No quiero broncas federales.

—¡Usted no se va a ninguna parte! —gritó Selena, agarrándolo del brazo—. ¡Me pagan para esto!

—Señora, me pagan para dar fe, no para ir a la cárcel —se soltó Paredes y salió casi corriendo de la habitación.

Selena se giró hacia Alberto. Su rostro, antes una máscara de belleza fría, ahora estaba descompuesto, feo de ira.

—Tú… —susurró ella, acercándose a él—. Tú hiciste esto. ¿Cómo? ¡¿CÓMO?! Si eres un maldito ciego inútil.

Alberto levantó la cabeza. Dejó de temblar. Se quitó las gafas oscuras lentamente y clavó sus ojos nublados, pero feroces, en la dirección de su esposa.

—Te lo dije, Selena —dijo Alberto, su voz firme, potente, la voz del CEO que había construido un imperio—. Te dije que me gustaba el olor a lluvia. Me recuerda a cuando las tormentas limpian la basura.

—¡Arthur, haz algo! —chilló ella.

—No puedo hacer nada, Selena. ¡La orden viene firmada por Erica Moore! —gritó Finch—. ¡Esa mujer es una pitbull! Si ella está metida en esto, tienen pruebas. Tienen algo sólido. Vámonos. Tenemos que ir al despacho a destruir… digo, a revisar archivos.

—¡No me voy a ir! ¡Esta es mi casa!

—¡Si se queda, la policía vendrá a notificarla! —Finch la agarró del brazo—. ¡Vámonos, carajo!

Selena miró a Alberto una última vez. Si las miradas mataran, Alberto habría caído fulminado.

—Esto no se acaba aquí, viejo decrépito —escupió ella—. Te vas a morir solo y cagado en este cuarto.

Salió dando un portazo que hizo temblar los cristales. Finch corrió tras ella.

El silencio regresó a la habitación. Pero ya no olía a enfermedad. Olía a ozono. A electricidad.

La puerta se abrió suavemente unos minutos después.

—¿Señor? —era Mari.

Alberto soltó el aire que había estado conteniendo y se desplomó en el sillón, agotado pero vivo.

—Se fueron, Mari. Se fueron.

Mari corrió y se arrodilló a su lado, llorando abiertamente.
—Lo logramos, señor. El hombre del gas… Davis… me mandó un mensaje hace ratito. Dijo: “Entregado a la Licenciada. Jaque Mate”.

Alberto le acarició el pelo a la mujer, como un padre a una hija.
—Gracias, Mari. Me salvaste la vida.

—Usted salvó la de mi hijo, patrón. Estamos a mano.

Alberto cerró los ojos y sonrió. La primera batalla estaba ganada. Pero la guerra apenas comenzaba. Y ahora, tenía que reunir a su ejército.


CAPÍTULO 6: LA ALIANZA DE LOS ROTOS Y EL REENCUENTRO

Dos horas después de la huida de Selena, la atmósfera de la casa había cambiado radicalmente. Ya no era una prisión; era un búnker.

Davis había entrado, ya sin el disfraz de gasero, vistiendo una chamarra de cuero y con una pistola escuadra enfundada discretamente en la cintura. Se había instalado en el vestíbulo, coordinando la seguridad. Había despedido a Jennifer, la enfermera, con una mirada tan amenazante que la mujer ni siquiera pidió su liquidación.

Alberto estaba en su despacho, vestido con un traje gris impecable. Aún se sentía débil físicamente, pero la adrenalina de la victoria lo mantenía erguido.

—La Licenciada Moore está aquí —anunció Davis desde la puerta.

—Hazla pasar.

Erica Moore entró. No era lo que Alberto esperaba, basándose en la descripción de Davis. Era una mujer baja, de unos cincuenta años, con el cabello canoso cortado muy corto y unos ojos negros, inteligentes y vivaces. Vestía un traje sastre sencillo y zapatos cómodos, de quien camina mucho por los juzgados.

—Señor Lewis —dijo ella, extendiendo una mano firme—. Un placer conocer al hombre que engañó a la muerte.

—Licenciada Moore. El placer es mío. Dicen que usted es la responsable de que mi esposa saliera corriendo.

—Solo presenté los hechos ante un juez honesto. Créame, quedan pocos, pero los hay. Esa cinta que me mandó… es dinamita pura. Conspiración, intento de homicidio, fraude… Selena va a pasar una larga temporada en Santa Martha Acatitla si hacemos esto bien.

—Quiero que pague —dijo Alberto—. Pero primero, quiero recuperar lo que perdí. No el dinero. Eso va y viene.

Erica asintió, entendiendo inmediatamente. Sacó una carpeta de su maletín.
—Su hijo. Jethro.

Alberto sintió un nudo en la garganta.
—¿Sabe dónde está?

—Davis hizo su tarea. Jethro vive en la colonia Roma. Tiene un pequeño estudio de diseño gráfico. Vive modestamente. No ha tocado el dinero de su fideicomiso personal en dos años, probablemente por orgullo.

—¿Cree que quiera verme?

—No lo sé —admitió Erica—. Pero sé que ha estado llamando a la empresa, a la casa, al hospital. Ha estado preocupado. El odio no hace eso, señor Lewis. Solo el amor hace eso.

Alberto se puso de pie, apoyándose en su bastón.
—Llévenme con él.

—Señor, no es prudente que salga —advirtió Davis—. Selena podría intentar algo desesperado.

—No me voy a esconder en mi propia casa, Davis. Si Selena quiere guerra, que venga. Pero hoy voy a ver a mi hijo.

—Está bien —dijo Davis, rindiéndose con una media sonrisa—. Pero yo manejo. Y Mari viene con nosotros. No confío en nadie más.

—¿Y Emma? —preguntó Alberto.

—La niña está segura —dijo Davis—. La mandé con una vecina de confianza. Le dije que hoy era día de adultos, pero que mañana tenía trabajo. Ella es parte de esto.

El viaje hacia la colonia Roma fue un choque de realidad para Alberto. Con la ventana bajada, escuchaba la ciudad: los vendedores ambulantes, la música de cumbia saliendo de los microbuses, el caos vital de la Ciudad de México. Se sentía real. Se sentía vivo.

Llegaron a un edificio antiguo, de estilo Art Déco, con la fachada un poco descuidada pero con carácter.

—Tercer piso —dijo Davis—. No hay elevador.

—Subiré —dijo Alberto.

Subir esas escaleras fue un calvario. Sus piernas atrofiadas por meses de sedentarismo forzado le ardían. Mari lo sostenía de un lado, Davis del otro. Se detuvieron dos veces para que recuperara el aliento.

—¿Quiere regresar? —preguntó Mari, preocupada por su palidez.

—Ni muerto —respondió Alberto.

Llegaron a la puerta 302. Tenía un letrero pequeño de madera que decía: “Lewis Design”.

Alberto levantó la mano y tocó. Toc. Toc. Toc.

Pasos adentro. El sonido de un cerrojo. La puerta se abrió.

—¿Sí? —dijo una voz.

Alberto sintió que el tiempo se detenía. Era la voz de Jethro. Un poco más grave que hace dos años, un poco más cansada, pero inconfundible.

—Hola, hijo —dijo Alberto.

Hubo un silencio largo, espeso.

—¿Papá? —la voz de Jethro se quebró—. ¿Qué… qué haces aquí? Te ves… Dios mío, te ves terrible.

—Gracias por el cumplido —bromeó Alberto, intentando sonreír, aunque sentía las lágrimas quemándole los ojos—. ¿Me invitas a pasar? O ¿sigues enojado porque no te presté el yate aquel verano?

Jethro soltó una risa incrédula, entrecortada por un sollozo.
—Pásale, papá. Pásale.

El departamento era pequeño, olía a café recién hecho y a pintura acrílica. Alberto se sentó en un sofá viejo.

—Jethro, tengo mucho que explicarte. Y poco tiempo.

—Mamá… quiero decir, Selena… me dijo que no querías verme. Que me odiabas. Que habías cambiado el testamento.

—Mentiras —dijo Alberto con fuerza—. Todas mentiras. Ella me aisló, hijo. Me drogó. Me dejó ciego ante la verdad. Pero nunca, escúchame bien, nunca dejé de quererte.

Jethro se sentó frente a él. Alberto extendió la mano y tocó el rostro de su hijo. Sintió la barba, las mejillas húmedas.

—Estás flaco —dijo Alberto.

—Y tú estás viejo —respondió Jethro, agarrando la mano de su padre y apretándola contra su cara—. Pensé que te morías, papá. Intenté ir a la casa, pero los guardias… Finch me mandó una orden de restricción. Dijeron que eras tú quien la pedía.

—Finch va a ir a la cárcel —dijo Erica Moore desde la puerta, interviniendo suavemente—. Y Selena también, si logramos armar este caso. Pero necesitamos un frente unido.

Jethro miró a la abogada y luego a Davis.
—¿Quiénes son ellos?

—Son mi nuevo ejército —dijo Alberto—. Davis, mi jefe de seguridad. Erica, mi abogada. Mari, mi salvavidas. Y hay alguien más… una pequeña generala que conocerás pronto.

—¿Generala?

—Una niña. Emma. Ella fue la que me abrió los ojos, Jethro. Sin ella, hoy estaría firmando mi sentencia en un manicomio.

Jethro negó con la cabeza, asimilando la información.
—Es… es una película de terror, papá.

—Es nuestra vida, hijo. Pero vamos a reescribir el final.

Alberto se inclinó hacia adelante.
—Jethro, necesito que vuelvas. No por el dinero. No por la empresa. Te necesito a ti. Necesito tus ojos, tu juventud, tu honestidad. Selena destruyó los puentes, pero nosotros vamos a construir otros nuevos.

Jethro se limpió las lágrimas con el dorso de la mano. Hubo un momento de duda. El dolor de dos años de rechazo no desaparece en un segundo. Pero al ver a su padre, vulnerable pero luchando, la decisión fue clara.

—Estoy contigo, papá. Hasta el final.

—Bien —dijo Alberto, y sintió que un peso gigante se levantaba de sus hombros—. Entonces, tenemos trabajo que hacer.


Al día siguiente, la reunión en el parque fue diferente. No hubo escondites, no hubo susurros temerosos.

Alberto llegó flanqueado por Davis y Jethro. Se sentó en la banca de siempre.

A los pocos minutos, apareció Emma. Llevaba una bolsa de papitas en la mano y una sonrisa cautelosa.

—¡Don Alberto! —gritó al verlo—. ¡Se ve re bien! ¡Trae traje y todo!

—Emma, ven acá —dijo Alberto, abriendo los brazos.

La niña corrió y, por primera vez, lo abrazó. Un abrazo fuerte, de esos que curan.

—Lo logramos, don. Se fueron los malos.

—Lo logramos, Emma. Pero quiero presentarte a alguien.

Alberto se giró hacia Jethro.
—Hijo, ella es Emma. La niña que me salvó.

Jethro miró a la niña. Vio sus tenis gastados, su ropa humilde, pero también vio la inteligencia feroz en sus ojos oscuros. Se arrodilló para quedar a su altura.

—Hola, Emma. Mi papá me contó todo. No sé cómo darte las gracias.

Emma se encogió de hombros, un poco avergonzada.
—No fue nada. Solo le presté mis ojos un ratito.

Jethro sonrió y sacó algo de su mochila.
—Mi papá dice que te gustan los chicles. Pero pensé que te gustaría más esto.

Le entregó un estuche de lápices de dibujo profesionales y un cuaderno de bocetos de pasta dura.

—Escuché que te gusta dibujar en la tierra —dijo Jethro—. Ahora podrás dibujar cosas que duren.

Los ojos de Emma se abrieron como platos. Acarició el cuaderno como si fuera un tesoro.
—¡No manches! Están padrísimos. Gracias… gracias, joven.

—Dime Jethro. Somos equipo ahora.

Alberto escuchó el intercambio y sintió una calidez en el pecho que ninguna medicina podría replicar.

—Equipo —repitió Alberto—. Me gusta cómo suena. La Alianza de los Rotos.

—Suena a banda de rock —dijo Davis, riendo mientras vigilaba el perímetro.

—Pues vamos a hacer ruido —dijo Erica Moore, llegando con un folder bajo el brazo—. Acabo de recibir una notificación del juzgado. Selena ha contratado al despacho más caro de la ciudad. Alega que Don Alberto fue manipulado por “empleados resentidos” y que está secuestrado mentalmente. Quiere una audiencia pública.

La noticia cayó como un balde de agua fría. Selena no se iba a rendir. Iba a pelear sucio, en los medios, en la corte, en la opinión pública.

—Quiere una audiencia pública —repitió Alberto, pensativo—. Quiere exhibirme. Quiere que tartamudee, que me caiga, que parezca un viejo loco frente a las cámaras.

—Podemos pedir que sea privada —sugirió Erica—. Por su salud.

—No —dijo Alberto, irguiéndose—. Ella quiere un espectáculo. Le daremos uno. Pero no el que ella espera.

Se giró hacia Emma.
—Emma, tú dijiste que la gente no ve a los niños como tú. Que son invisibles.

—Sí, don.

—Pues en esa audiencia, vas a dejar de ser invisible. Tú vas a ser mi testigo estrella.

—¿Yo? —Emma tragó saliva—. ¿Ante un juez? ¿Con gente rica y cámaras?

—Sí. ¿Tienes miedo?

Emma miró su nuevo cuaderno de dibujo. Luego miró a Jethro, a Davis, a Mari (que estaba cerca con una botella de agua) y finalmente a Alberto.

—Sí, tengo miedo —admitió—. Pero mi abuela decía que el miedo es solo para que no te confíes. Sí jalo.

—Eso es todo —dijo Alberto—. Jethro, prepárate. Vamos a recuperar la empresa. Davis, asegura la casa. Erica, prepara la demanda más brutal que hayas escrito.

El viento sopló en la Alameda, moviendo las hojas de los fresnos. Ya no era un viento triste. Era un viento de cambio. Alberto Lewis, el millonario ciego, ya no estaba solo en la oscuridad. Tenía a su hijo, tenía a su abogada, tenía a su guardián y tenía a sus ojos: una niña de diez años con un corazón de oro.

La guerra estaba declarada. Y ellos iban a ganar.

CAPÍTULO 7: LA VERDAD ANTE EL ESTRADO

La entrada de los Tribunales de la Ciudad de México, en la Avenida Niños Héroes, era un circo. Literalmente. Selena había filtrado la fecha de la audiencia a sus contactos en la prensa rosa y de negocios, asegurándose de que hubiera suficientes cámaras para capturar su actuación de “esposa abnegada luchando por el bienestar de su marido enfermo”.

Había manifestantes pagados con pancartas que decían: “Justicia para la Familia Lewis” y “No al abuso de ancianos”, un giro retórico perverso diseñado por su equipo de relaciones públicas para pintar a Alberto como una víctima de manipuladores externos, y a ella como su salvadora.

Selena bajó de su camioneta blindada vestida de negro riguroso, pero no un negro de luto, sino un negro de “poder y tristeza elegante”. Un traje Chanel, gafas oscuras que se quitó estratégicamente para mostrar unos ojos convenientemente enrojecidos (gracias a unas gotas de cebolla que se había puesto en el auto) y un pañuelo de seda en la mano.

—¡Señora Lewis! ¡Señora Lewis! —gritaban los reporteros—. ¿Es cierto que su esposo ha sido secuestrado por su propio hijo? ¿Es cierto que tiene demencia agresiva?

Selena se detuvo ante los micrófonos, suspiró temblorosamente y dijo con voz quebrada:
—Solo quiero que mi esposo regrese a casa. Está enfermo, confundido… hay gente aprovechada que le ha llenado la cabeza de mentiras. Solo pido a Dios que el juez vea la verdad.

Entró al edificio como una reina mártir, seguida por el Licenciado Finch y el Doctor Arriaga, quien lucía un traje italiano demasiado brillante para un médico honesto.

Minutos después, llegó el otro bando.

No hubo camionetas blindadas. Llegaron en un taxi de aplicación y en la vieja camioneta de Davis. Alberto Lewis bajó apoyado en el brazo de Jethro. Llevaba un traje gris impecable y, aunque usaba su bastón, su cabeza estaba alta. No llevaba gafas oscuras. Quería que el mundo viera sus ojos ciegos, pero despiertos.

A su lado, Erica Moore caminaba con la determinación de un tanque de guerra. Y protegida entre Davis y Mari, iba Emma. La niña llevaba un vestido sencillo de algodón azul que Mari le había planchado con esmero, y el cabello recogido en una trenza limpia. Abrazaba su cuaderno de dibujo contra el pecho como si fuera un escudo.

—No mires a las cámaras, Emma —le susurró Davis—. Tú mira al frente. Eres una guerrera, no una víctima.

Entraron en la sala de audiencias. El aire acondicionado estaba demasiado frío, un contraste brutal con el calor de la calle. La sala olía a madera barnizada y miedo.

El Juez Quinto de lo Familiar, el Licenciado Roberto Cárdenas, era un hombre de rostro severo y reputación de “hueso duro”. No le gustaban los circos mediáticos.

—Señores, esto es una audiencia preliminar para determinar la tutela y el estado de interdicción del Señor Alberto Lewis —dijo el juez, golpeando el mazo—. No quiero teatro. Quiero hechos. Abogado de la parte actora, proceda.

Finch se puso de pie, alisándose la corbata.
—Su Señoría, estamos aquí con el corazón roto. Mi clienta, la Señora Selena Lewis, solo busca proteger el patrimonio y la salud de su esposo. Presentamos ante usted el expediente médico número 445-B, avalado por el prestigioso neurólogo Dr. Arriaga, que certifica que el Señor Lewis sufre de demencia vascular acelerada, paranoia y alucinaciones. Es incapaz de gobernarse a sí mismo.

Finch señaló dramáticamente a Alberto.
—Mírelo, Su Señoría. Un hombre que alguna vez fue un titán, ahora reducido a ser marioneta de su hijo resentido, quien reaparece convenientemente cuando hay una fortuna en juego, y de… bueno, de personas de dudosa procedencia que han invadido su hogar.

Selena sollozó discretamente en su lugar, llevándose el pañuelo a los ojos.

El juez miró los documentos.
—Doctor Arriaga, ¿ratifica usted este diagnóstico bajo protesta de decir verdad?

Arriaga se levantó, infló el pecho y dijo:
—Lo ratifico, Su Señoría. El señor Lewis no sabe qué día es. Cree que hay conspiraciones en su contra. Su mente está… perdida.

—Gracias —dijo el juez—. Turno de la defensa.

Erica Moore se levantó. No hizo teatro. Caminó lentamente hacia el estrado.
—Su Señoría, la “demencia” de mi cliente tiene una cura milagrosa: dejar de ser envenenado por su propia esposa.

Un murmullo recorrió la sala. Selena se puso rígida.

—¡Objeción! —gritó Finch—. ¡Calumnias!

—Tengo pruebas toxicológicas realizadas ayer por un laboratorio forense independiente —continuó Erica, sacando un folder azul—. La sangre del Señor Lewis contenía niveles peligrosos de escopolamina y atropina, sustancias que causan confusión, pérdida de memoria y pupilas dilatadas. Sustancias que no están en ninguna receta médica legal, pero que curiosamente se encontraron en los frascos que la Señora Selena administraba personalmente.

El juez arqueó una ceja. —¿Tiene la cadena de custodia de esas muestras?

—Sí, Su Señoría. Y tengo algo más. Un testigo ocular. O mejor dicho… auditivo.

Erica se giró hacia la banca.
—Llamo al estrado a la menor Emma Sánchez.

Finch se rió. Una risa corta y nerviosa.
—¿Una niña? ¿Una niña de la calle va a testificar en un caso corporativo millonario? Esto es ridículo, Su Señoría. Esa niña seguramente fue pagada con dulces para decir lo que ellos quieran.

—La ley permite el testimonio de menores si es relevante para el caso, Abogado —cortó el juez—. Pase la niña.

Emma caminó hacia la silla de los testigos. Era demasiado grande para ella; sus pies colgaban sin tocar el suelo. Se veía minúscula en esa sala inmensa, rodeada de adultos con trajes caros que la miraban como si fuera un insecto.

El juez se inclinó hacia ella, suavizando su expresión.
—Hola, Emma. No tienes que tener miedo. Solo dime la verdad. ¿Sabes qué pasa si mientes aquí?

—Sí —dijo Emma, su voz temblando un poco pero clara—. Mi abuela dice que a los mentirosos se les seca la lengua. Y que Diosito los castiga.

El juez sonrió levemente. —Es un buen resumen. Abogada, proceda.

Erica se acercó suavemente.
—Emma, ¿conoces a la señora de allá? —señaló a Selena.

Emma asintió.
—Sí. Es la esposa del Don Alberto. La señora que huele a flores y a dinero.

—¿Dónde la conociste?

—En la Alameda. Ella llevaba al Don Alberto todos los días y lo dejaba en la banca.

—¿Y qué hacía ella cuando lo dejaba ahí?

—Se iba a hablar por teléfono. Detrás de la fuente.

—¿Y tú qué hacías?

—Yo vendo chicles, licenciada. Y a veces me siento a descansar en los arbustos. A la gente rica no le importamos los niños pobres. Piensan que somos como las bancas o los botes de basura. Que no oímos. Que no entendemos.

Selena bufó, indignada.

—¿Y qué escuchaste, Emma? —preguntó Erica, el silencio en la sala era sepulcral.

—Escuché que ella quería encerrar al Don Alberto. Dijo que las gotas lo estaban dejando “idota” —Emma se tapó la boca—. Perdón, así dijo ella. Dijo que ya casi firmaba los papeles y que luego lo iba a mandar a un lugar donde la gente se muere rápido.

—¡Miente! —gritó Selena, poniéndose de pie—. ¡Esa mocosa es una actriz! ¡Seguro Jethro le pagó!

—¡Siéntese, señora! —ordenó el juez con un golpe de mazo que resonó como un disparo—. Continúe, niña.

—Yo no miento —dijo Emma, mirando fijamente a Selena con una dignidad que desarmó a todos en la sala—. Usted dijo que se iba a quedar con todo. Y también dijo… —Emma buscó a Davis con la mirada, buscando valor. Davis asintió—. Dijo que le iba a hacer daño al hijo del Don. Al joven Jethro.

—Palabras —desestimó Finch—. Es la palabra de una indigente contra la de una dama de sociedad.

—Emma no solo trajo palabras —dijo Erica—. Trajo esto.

La abogada sacó una bolsa de evidencia. Adentro había un casete viejo.

—Su Señoría, solicito permiso para reproducir esta grabación, realizada por la testigo el día 18 de abril en el Parque de la Alameda.

Finch se puso pálido. Selena parecía una estatua de hielo a punto de romperse.

—Proceda —dijo el juez.

Erica colocó una grabadora en el estrado y presionó PLAY.

La acústica de la sala amplificó el sonido siseante de la cinta. Y luego, la voz de Selena llenó el espacio. Innegable. Cruel. Nítida.

“…El viejo ya no aguanta mucho, Finch. Las gotas lo tienen mareado. Es cuestión de días. Una vez que firme, lo mandamos a ‘El Crepúsculo’. Ahí no hacen preguntas…”

Y luego la voz de Finch: “¿Y qué hacemos con el hijo?… Un sustito… Que le encuentren algo en el coche.”

La grabación duró dos minutos. Fueron los dos minutos más largos de la vida de Selena.

Cuando la cinta terminó, nadie habló. El juez miraba a Selena con una expresión de absoluto disgusto. Jethro tenía la mandíbula apretada, conteniendo las lágrimas de rabia. Alberto permanecía inmóvil, como una roca en medio de la tormenta.

—Eso… eso está editado —balbuceó Finch, pero su voz era un hilo débil—. Es Inteligencia Artificial. Es un montaje.

—Señor Abogado —dijo el juez con voz gélida—. He escuchado muchas excusas en este estrado. Pero insultar mi inteligencia es la peor estrategia.

El juez se giró hacia Alberto.
—Señor Lewis. ¿Tiene algo que decir?

Alberto se levantó con ayuda de su bastón. Se quitó la corbata, como si le estorbara para respirar.
—Su Señoría. Durante meses viví en la oscuridad. No solo la de mis ojos, sino la del corazón. Creí que mi vida había terminado. Creí en la mujer que juró amarme. —Se giró hacia donde sabía que estaba Selena—. Pero a veces, la luz viene de los lugares más inesperados. Viene de una niña que no tenía nada y me lo dio todo. Viene de un hijo al que lastimé y que regresó para salvarme.

Alberto levantó la voz, llenando la sala.
—No estoy loco. No estoy demente. Estoy despierto. Y exijo justicia. No venganza. Justicia.

El juez asintió lentamente. Escribió algo en su libreta, cerró el expediente y miró a los presentes.

—En vista de las pruebas presentadas, dicto las siguientes medidas cautelares inmediatas: Uno, se revoca cualquier poder notarial a favor de la Señora Selena Lewis. Dos, se ordena el congelamiento total de sus activos personales y pasaportes por riesgo de fuga. Tres, ordeno la detención preventiva del Doctor Arriaga y del Licenciado Finch por presunto fraude procesal, falsificación de documentos médicos y conspiración.

Se escucharon jadeos en la sala. Arriaga intentó salir corriendo hacia la puerta lateral, pero dos policías procesales le cerraron el paso.

—¡Esto es un atropello! —gritó Finch mientras lo esposaban—. ¡Soy un abogado respetable!

—Y cuatro —continuó el juez, mirando a Selena—. Se abre carpeta de investigación contra la Señora Selena Lewis por tentativa de homicidio y administración de sustancias tóxicas. Oficiales, procedan.

Selena no gritó. No corrió. Se quedó parada, mirando a Alberto con un odio tan puro que parecía radiactivo.

Mientras una oficial le ponía las esposas —esposas de metal frío sobre sus muñecas perfumadas—, Selena siseó:
—Te vas a arrepentir, Alberto. Sin mí no eres nada. Eres un viejo ciego.

Alberto se acercó a ella, guiado por Jethro. Se detuvo a medio metro.
—Tienes razón, no veo —dijo Alberto con calma—. Pero nunca te había visto tan claramente como hoy.

Los oficiales se la llevaron. Las cámaras afuera captaron el momento exacto: la “Dama de Hierro” de la sociedad, esposada, con el maquillaje corrido, siendo metida a una patrulla.

Dentro de la sala, Emma bajó de la silla de un salto. Alberto se arrodilló (con dificultad) y abrió los brazos. La niña corrió hacia él.

—Lo hicimos, don —lloró ella en su hombro—. Lo hicimos.

—Tú lo hiciste, Emma. Tú lo hiciste.


CAPÍTULO 8: EL ARQUITECTO DE LA LUZ

Seis meses después.

La colonia Doctores no es un lugar turístico. Es un barrio de talleres mecánicos, vecindades antiguas, hospitales y gente trabajadora que se levanta antes de que salga el sol. No es el lugar donde uno esperaría encontrar a la élite empresarial de México.

Y sin embargo, esa mañana de sábado, la calle Dr. Vértiz estaba cerrada al tráfico. Había una tarima, sillas plegables, globos blancos y un mural gigante recién pintado en la fachada de un viejo edificio que antes había sido una bodega abandonada.

El edificio ahora lucía impecable. Grandes ventanales dejaban entrar la luz. Un letrero moderno y colorido sobre la entrada principal rezaba:

FUNDACIÓN Y CENTRO COMUNITARIO: LA LUZ QUE LLEVAMOS

Alberto Lewis estaba en el estrado. Ya no usaba el bastón todo el tiempo; había aprendido a moverse con una elegancia nueva, guiándose por el sonido y el espacio. Su salud había mejorado drásticamente una vez que el veneno salió de su sistema. No había recuperado la vista, pero sus ojos ya no estaban inflamados ni doloridos.

A su lado estaba Jethro, quien ahora fungía como Director Creativo de la Fundación y vicepresidente de la empresa familiar (que había sido purgada de todos los aliados de Finch y Selena). Jethro se veía feliz, con esa energía vibrante de quien ha encontrado su propósito.

Y sentada en primera fila, con un vestido amarillo brillante y zapatos nuevos, estaba Emma. A su lado, su tía, una mujer humilde que no paraba de llorar de orgullo, y Mari, que había sido promovida a jefa de ama de llaves de la mansión Lewis y ahora era parte de la familia extendida.

—Bienvenidos a todos —dijo Alberto al micrófono. Su voz resonó en la calle, mezclándose con los cláxones lejanos y la música de un organillero que habían contratado para el evento—. Hace medio año, yo era un hombre que vivía en la oscuridad. No solo porque mis ojos no funcionaban, sino porque había olvidado lo que significa mirar a los demás.

El público, una mezcla de vecinos del barrio, niños de la calle, empresarios y prensa, escuchaba en silencio.

—Pensé que mi vida había terminado. Pensé que mi valor estaba en mi cuenta de banco y en mis acciones. Pero una niña… —Alberto extendió la mano hacia donde sabía que estaba Emma; ella corrió al escenario y tomó su mano—… una niña que vendía chicles en la Alameda me enseñó que la verdadera riqueza es la verdad. Y que la verdadera visión es la empatía.

Emma tomó el micrófono, poniéndose de puntitas.
—Hola a todos —dijo, sonriendo con una hilera de dientes perfectos (gracias al dentista que Alberto le había pagado)—. Este lugar es para nosotros. Para los que nadie ve. Aquí vamos a aprender a pintar, a leer, a tocar música y a programar computadoras. Don Alberto dice que el talento no sirve de nada si no hay una puerta abierta. Bueno… esta es la puerta.

Los aplausos estallaron. Fueron aplausos reales, cálidos, de manos trabajadoras. No los aplausos educados y fríos de las galas de beneficencia de Selena.

Cuando terminó la ceremonia, la gente entró a recorrer las instalaciones. Había aulas con computadoras nuevas, un salón de arte lleno de luz, un comedor gratuito que serviría tres comidas al día para los niños del barrio y una clínica oftalmológica gratuita patrocinada por la empresa de Alberto.

Alberto caminó hacia el patio trasero, guiado por Emma. Se detuvieron frente al mural que Jethro había diseñado y pintado con ayuda de los niños de la zona.

—Descríbemelo otra vez, Emma —pidió Alberto.

—Es un árbol gigante —dijo ella, trazando las líneas en el aire—. Pero las raíces no están en la tierra, están en el cielo. Y las hojas son ojos. Ojos de todos colores. Y en el tronco, hay dos personas sentadas en una banca. Un señor con lentes oscuros y una niña con una caja de chicles. Y de sus manos sale una luz dorada que riega todo el jardín.

Alberto sonrió, tocando la pared rugosa con la pintura fresca.
—Es perfecto.

—Papá —dijo Jethro, acercándose con dos vasos de agua de horchata—. Acabo de recibir una llamada de Erica Moore.

Alberto tomó el vaso. —¿Noticias?

—Sí. Se dictó sentencia definitiva hace una hora.

El aire se tensó un momento. Emma agarró la mano de Alberto.

—¿Y bien?

—Veinte años para Selena. Sin derecho a fianza por la tentativa de homicidio calificado. Arriaga perdió su licencia médica de por vida y le dieron quince años. Finch está cooperando para reducir su condena, pero no volverá a pisar un juzgado como abogado jamás.

Alberto asintió. No sintió alegría. No sintió el subidón de la venganza. Solo sintió paz. Una paz profunda y silenciosa, como el fondo del mar.

—Se acabó —dijo Alberto—. El capítulo oscuro se cerró.

—Ahora empieza el bueno —dijo Emma—. El capítulo donde somos los superhéroes.

—Exacto —dijo Alberto.

Sacó algo de su bolsillo. Era una pequeña medalla de Santa Lucía, la patrona de los ciegos, atada a una cinta azul de seda. Era la misma medalla que Emma le había dado (metafóricamente, con su fe) aquel día en el parque, y que él había mandado a hacer en oro y plata para ella.

—Emma, quiero que tengas esto.

Se la puso alrededor del cuello. La niña tocó el metal frío.

—Dice algo atrás —dijo ella, sintiendo el grabado.

—Dice: “No se ve bien sino con el corazón. Lo esencial es invisible a los ojos” —citó Alberto—. Es de un libro que leeremos juntos la próxima semana.

—El Principito —dijo Jethro, sonriendo—. Mi favorito.

La tarde cayó sobre la Ciudad de México, tiñendo el cielo de morado y naranja, esos atardeceres contaminados pero hermosos que solo existen en el Valle de México.

Alberto Lewis, el hombre que lo perdió todo para encontrar lo que importaba, se quedó allí, rodeado por el ruido de los niños jugando en su nuevo centro, con su hijo a un lado y su “nieta adoptiva” al otro.

Ya no le importaba no ver la puesta de sol. Podía sentir el calor en su piel. Podía escuchar las risas. Podía oler las flores del jardín y los tacos que Mari estaba preparando para la fiesta de inauguración.

Estaba ciego, sí. Pero nunca había visto el futuro con tanta claridad.

—¿Listos? —preguntó Alberto—. Mari dice que hizo pozole.

—¡Pozole! —gritó Emma—. ¡Yo pido la cabeza!

—¡Ni lo sueñes, enana, esa es mía! —bromeó Jethro, corriendo tras ella.

Alberto se rió, una carcajada plena y sonora que espantó a las palomas del techo. Ajustó su bastón, dio un paso firme y caminó hacia el sonido de su familia. Hacia la luz.

FIN

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