¡POR FAVOR, NO LE DIGAS QUE ESTOY AQUÍ! EL MILLONARIO ABRIÓ LA PUERTA A UNA DESCONOCIDA EMPAPADA Y DESCUBRIÓ UN SECRETO DE SU PASADO QUE LO DEJARÍA HELADO: ELLA LLEVABA LAS PRUEBAS DE UN CRIMEN Y LOS OJOS DE SU ÚNICO AMOR PERDIDO.

CAPÍTULO 1: El Diluvio en las Lomas

La Ciudad de México no lloraba esa noche; se estaba ahogando.

No era una lluvia cualquiera de verano, de esas que refrescan el asfalto y levantan el olor a tierra mojada. Era un diluvio bíblico, una tormenta negra y furiosa que azotaba los cristales blindados de las mansiones en Lomas de Chapultepec con la violencia de mil puños diminutos. Los relámpagos rasgaban el cielo color plomo sobre la capital, iluminando por fracciones de segundo las calles desiertas, convertidas en ríos de agua sucia que arrastraban basura y hojas secas hacia las coladeras tapadas.

Dentro de la residencia número 405 de la calle Sierra Gorda, el silencio era tan denso que casi podía masticarse.

Maximiliano Castillo, el “Ingeniero” como le decían con respeto y temor sus tres mil empleados, estaba sentado en su sillón de cuero italiano, con una copa de Tequila Reserva de la Familia en la mano derecha. El líquido ámbar oscilaba suavemente, reflejando las llamas de la chimenea de gas que era la única fuente de luz en la inmensa biblioteca.

A sus 58 años, Maximiliano tenía el porte de un general retirado. Su cabello, completamente plateado, estaba peinado hacia atrás de manera impecable, y su rostro, surcado por arrugas profundas alrededor de los ojos y la boca, contaba la historia de un hombre que había construido un imperio de concreto sobre un pantano de corrupción y crisis económicas. Había sobrevivido al “Error de Diciembre” del 94, a los secuestros exprés de los 2000 y a la pandemia, saliendo siempre más rico y más solo.

Dio un trago largo al tequila, sintiendo el ardor familiar bajar por su garganta.

—Maldita soledad —murmuró para sí mismo, su voz ronca rebotando en las paredes forradas de caoba y libros que nunca leía.

Esa noche había despedido temprano al servicio. Doña Petra, su ama de llaves de toda la vida, le había pedido salir a las seis para alcanzar el último camión hacia Iztapalapa antes de que se soltara el aguacero. Los guardias de seguridad estaban en la caseta exterior, a cincuenta metros de la entrada principal, resguardándose del frío y, probablemente, viendo algún partido de fútbol en sus celulares.

Maximiliano estaba solo. Completamente solo en una casa de mil metros cuadrados diseñada para una familia grande que ya no existía. Sus dos hijos vivían en Europa, gastando el dinero que él les enviaba para que no lo molestaran, y su segunda exesposa se había quedado con la casa de Valle de Bravo y una pensión mensual que alimentaría a un pueblo entero.

Un trueno hizo vibrar el suelo, seguido de un apagón momentáneo. Las luces parpadearon y regresaron, gracias al generador de emergencia que ronroneó en algún lugar del sótano.

Fue entonces cuando lo escuchó.

No fue el timbre. El timbre en esa casa era una melodía suave de Westminster que sonaba en todos los pisos. Lo que escuchó fue un golpe seco, brutal y desesperado contra la madera maciza de la puerta principal.

Pum. Pum. Pum.

Maximiliano se tensó. Su instinto, afilado por años de vivir en una ciudad donde la seguridad es una ilusión que se compra, se disparó. Miró el reloj de péndulo: las 11:15 de la noche. Nadie venía a visitar a esa hora en una noche de tormenta. Nadie con buenas intenciones.

Dejó la copa en la mesa lateral y se levantó. A pesar de su edad, se movía con la agilidad de quien practicó boxeo en su juventud. Caminó hacia el escritorio y abrió el cajón superior derecho. Allí, sobre una pila de contratos, descansaba una pistola Glock 9mm. La tomó, verificó que tuviera el cargador puesto y le quitó el seguro.

—A ver qué cabrón se cree muy listo —gruñó.

Caminó por el pasillo de mármol, sus pasos resonando como ecos en una catedral vacía. Los golpes en la puerta continuaban, ahora acompañados de un sonido más inquietante: una voz ahogada, distorsionada por el viento y la madera.

Al llegar al vestíbulo, Maximiliano no abrió. En lugar de eso, se dirigió al panel de control de seguridad montado en la pared. Presionó el botón para activar la pantalla del intercomunicador y la cámara exterior.

La imagen en blanco y negro, granulada por la lluvia torrencial, le mostró algo que no esperaba. No era un comando armado, ni un grupo de asaltantes con máscaras de payaso.

Era una mujer. O lo que quedaba de una.

Estaba encorvada, temblando violentamente. Su ropa estaba empapada, pegada a un cuerpo delgado que parecía a punto de romperse. Tenía el cabello negro apelmazado sobre la cara, y sus manos golpeaban la madera con una desesperación que traspasaba la pantalla. Lo más extraño era lo que protegía: una carpeta de piel oscura, apretada contra su pecho como si fuera un bebé recién nacido, envuelta en lo que parecía ser una bolsa de plástico de supermercado para evitar que se mojara.

Maximiliano frunció el ceño. ¿Una trampa? Era el truco más viejo del libro en México: la chica en apuros como señuelo para que el dueño abra la puerta y luego, ¡pum!, cinco tipos armados se meten a vaciarte la casa o a secuestrarte.

Presionó el botón del interfón.

—¡Lárguese! —su voz sonó metálica a través del altavoz exterior—. ¡Tengo seguridad armada y ya avisé a la policía! ¡Aléjese de la puerta!

En la pantalla, vio cómo la mujer levantaba la cara hacia la cámara. Un relámpago iluminó su rostro en ese preciso instante, y Maximiliano sintió un golpe en el estómago. Había terror puro en esos ojos. No era actuación. Nadie actúa así. Era el miedo primario de una presa que siente el aliento del depredador en la nuca.

—¡Por favor! —el grito de ella se filtró por el micrófono, agudo y roto—. ¡Señor, por favor! ¡No me delate! ¡Solo déjeme entrar al jardín, aunque sea! ¡Si me ven aquí afuera me van a matar!

Maximiliano dudó. Su mano apretaba la empuñadura de la Glock. La lógica le gritaba que no abriera. “Es una trampa, Max. No seas imbécil”, pensó. Pero algo en la voz de la chica, un tono suplicante y extrañamente familiar, le hizo dudar.

Volvió a mirar la pantalla. La chica miraba hacia la calle, hacia la oscuridad de la avenida, con los ojos desorbitados, como si esperara ver aparecer al diablo en cualquier momento.

—Mierda —masculló Maximiliano.

Guardó la pistola en la parte trasera de su pantalón, bajo el suéter de cachemira, y quitó los cerrojos electrónicos. Uno, dos, tres clicks metálicos resonaron en el vestíbulo.

Abrió la puerta apenas unos centímetros, dejando la cadena de seguridad puesta. El viento helado entró como una bofetada, trayendo consigo agua y el olor a ozono.

—¡Le dije que se largue! —ladró él, intentando mantener la postura de hombre duro.

La chica se acercó a la rendija. Estaba empapada hasta los huesos, sus labios estaban morados por la hipotermia.

—¡Por favor! —sollozó, clavando sus ojos oscuros en los de él—. No soy una ladrona. Soy… necesito ayuda. Él viene detrás de mí.

—¿Quién? —preguntó Maximiliano, escaneando la calle oscura por encima del hombro de ella. No se veía nada, solo la cortina de lluvia.

—Mi marido —susurró ella, y la palabra sonó como una maldición—. Víctor. Víctor Delgado. Por favor… traigo pruebas. Si él me encuentra con esto… no voy a amanecer viva.

Maximiliano se quedó helado. ¿Víctor Delgado? Conocía el nombre. Un “nuevo rico”, dueño de restaurantes de moda en Polanco, un tipo con fama de tener amistades peligrosas y de lavar dinero para gente con la que no se juega. Si esta mujer decía la verdad, el peligro no era un simple asalto; era algo mucho más denso y sangriento.

Miró de nuevo a la chica. Vio el anillo en su dedo, una joya cara pero que le quedaba grande ahora, como si hubiera perdido peso rápidamente. Vio el moretón que el maquillaje corrido por la lluvia ya no podía ocultar en su pómulo izquierdo. Y vio esa carpeta.

“Maldita sea mi suerte”, pensó.

Cerró la puerta un segundo para quitar la cadena. El ruido metálico pareció un disparo. Luego, abrió de par en par.

—Adentro —ordenó, haciéndose a un lado—. ¡Rápido!

La chica no necesitó que se lo dijeran dos veces. Entró tropezando, casi cayendo sobre el mármol pulido del vestíbulo. Maximiliano cerró la puerta de un golpe y activó todos los seguros de nuevo. Pasó el cerrojo manual y miró el monitor de seguridad. La calle seguía vacía.

Se giró hacia ella. La mujer estaba parada en medio de su inmenso vestíbulo, goteando agua sucia sobre una alfombra persa que costaba más que un coche del año. Temblaba violentamente, sus dientes castañeaban haciendo un ruido rítmico.

—Gracias… —balbuceó ella, abrazando la carpeta aún más fuerte—. Gracias, señor. Usted… usted no sabe… me acaba de salvar la vida.

Maximiliano la observó con ojo crítico. Era joven, quizás unos treinta años. A pesar del estado lamentable en el que se encontraba, tenía rasgos finos. Pero lo que lo perturbaba no era su belleza arruinada, sino esa sensación de déjà vu que le picaba en la nuca. Había algo en la forma de sus ojos, en la curvatura de su barbilla…

—No me agradezca todavía —dijo él secamente, manteniendo la distancia—. No sé quién es usted, ni qué líos trae con ese tal Delgado, pero en mi casa no entran problemas. Voy a llamar a la policía.

—¡No! —gritó ella, dando un paso hacia él y luego retrocediendo asustada al ver su expresión dura—. ¡No a la policía, por favor! Víctor los tiene comprados. Al capitán Solís, de la delegación… comen de su mano. Si usted llama a la patrulla, me van a entregar a él en menos de diez minutos. Y entonces sí… entonces sí estoy muerta.

La desesperación en su voz era palpable. Maximiliano sabía cómo funcionaban las cosas en México. Sabía que lo que ella decía no solo era posible, sino probable. La policía, en muchos casos, era solo otra rama del crimen organizado con uniforme.

—Entonces, ¿qué quiere que haga? —preguntó él, cruzándose de brazos—. No soy un refugio de caridad, señora.

—Me llamo Elena —dijo ella, tratando de controlar el temblor de su mandíbula—. Elena Nájera. Y… y vine aquí porque mi madre me lo dijo.

Maximiliano arqueó una ceja.

—¿Su madre? ¿Conozco a su madre?

Elena asintió débilmente. Las gotas de agua caían de su nariz y barbilla.

—Ella me dijo… me dijo que si alguna vez estaba en un callejón sin salida, si mi vida dependía de un hilo y no tenía a nadie en el mundo… que buscara a Maximiliano Castillo. Dijo que usted era el único hombre decente que quedaba en esta ciudad podrida.

Maximiliano sintió como si el suelo se moviera bajo sus pies. Esas palabras. Esa frase específica.

—¿Cómo se llamaba su madre? —preguntó, su voz bajando un octava, volviéndose casi un susurro.

Elena tragó saliva. Parecía a punto de desmayarse, pero se mantuvo en pie por pura fuerza de voluntad.

—Ana. Ana Beltrán.

El tiempo se detuvo en la residencia de Sierra Gorda. El sonido de la lluvia desapareció. El frío se desvaneció. Maximiliano solo podía escuchar el latido ensordecedor de su propio corazón golpeando contra sus costillas.

Ana.

El nombre que no había pronunciado en voz alta en casi tres décadas. El nombre que estaba grabado a fuego en su memoria, asociado con el olor a vainilla, con tardes de sol en Coyoacán, con una risa que iluminaba sus días grises de joven arquitecto. Ana, la mujer que había amado con una intensidad que lo asustaba, y que un día, simplemente, se había esfumado dejando solo una nota breve y un vacío que ninguna otra mujer, ni su esposa, ni sus amantes, habían podido llenar.

Maximiliano miró a la mujer empapada frente a él con otros ojos. Buscó en su rostro los rasgos de Ana. Y ahí estaban. Debajo del miedo, debajo del agua y los golpes, estaban los ojos grandes y expresivos de Ana Beltrán.

—Ana… —repitió él, aturdido.

—Murió hace cinco años —dijo Elena, y una lágrima se mezcló con el agua de lluvia en su mejilla—. Cáncer de páncreas. Fue rápido. Pero antes de irse… me dio esto.

Con una mano temblorosa y entumecida por el frío, hurgó en el bolsillo de su abrigo empapado y sacó algo pequeño y rectangular. Dio un paso vacilante y se lo extendió.

Maximiliano lo tomó. Era una tarjeta de presentación antigua, de cartulina gruesa, color crema. El papel estaba suave y desgastado por los años y el roce. En el centro, en una tipografía que ya no se usaba, decía: Maximiliano Castillo – Arquitecto. Y abajo, escrita a mano con tinta azul, ya casi desvanecida, había una nota: “Para siempre. Tuyo, Max”.

Él recordaba el momento exacto en que escribió eso. 1994. En una cafetería cerca de la Alameda. Se la había dado a Ana bromeando, diciéndole que esa tarjeta valía por “un favor incondicional de por vida”.

Maximiliano levantó la vista. La chica, Elena, se tambaleó. Sus ojos se pusieron en blanco y sus rodillas cedieron.

—¡Elena!

Maximiliano reaccionó rápido. Soltó la tarjeta y la atrapó antes de que su cabeza golpeara el suelo de mármol. Estaba helada, como un cadáver sacado de un lago congelado. La sostuvo en sus brazos, sorprendido por lo ligera que era, y sintió una oleada de protección feroz, un instinto paternal que creía atrofiado, surgir desde sus entrañas.

—¡Maldita sea! —gritó a la casa vacía—. ¡Resiste, muchacha!

La levantó en vilo, ignorando el dolor en su propia espalda baja y el agua que manchaba su ropa de marca.

—No te vas a morir aquí —le susurró al oído mientras caminaba rápido hacia la sala principal, donde el fuego aún ardía—. No después de traerme noticias de Ana. No te voy a dejar sola.

Mientras la acomodaba en el sofá cerca de la chimenea y corría a buscar mantas secas, Maximiliano no se dio cuenta de que afuera, bajo la tormenta implacable, los faros de una camioneta Suburban negra se apagaban lentamente a media cuadra de su casa. Alguien estaba observando. Alguien que no tenía prisa, porque sabía que la presa estaba acorralada.

La noche apenas comenzaba, y los fantasmas del pasado acababan de entrar por la puerta principal, trayendo consigo una tormenta mucho peor que la que caía del cielo.

CAPÍTULO 2: Los Papeles del Diablo

Maximiliano Castillo no era un hombre que creyera en los milagros, pero sí creía en la eficiencia. Y en ese momento, la situación requería una precisión quirúrgica.

Con la mujer desmayada en sus brazos, atravesó la inmensa sala de estar de la mansión. Sus zapatos italianos rechinaban sobre el piso de madera de encino debido a la humedad que escurría del abrigo de ella. La depositó con cuidado sobre el sofá de piel Chesterfield, cerca de la chimenea de gas que seguía ardiendo con una llama azulada y constante, indiferente al drama humano que se desarrollaba frente a ella.

Elena estaba pálida, con esa palidez traslúcida que precede a la muerte o al shock profundo. Sus labios habían pasado del morado a un azul grisáceo preocupante.

—Mierda, no te mueras aquí —masculló Maximiliano.

Corrió hacia el bar empotrado en la esquina de la biblioteca. Sus manos, usualmente firmes para firmar cheques de millones de pesos, temblaban ligeramente al agarrar una botella de Cognac Martell y una toalla limpia que guardaba en un cajón para limpiar las copas. Regresó junto a ella.

Primero, la carpeta. Esa maldita carpeta de piel negra que ella aferraba incluso en la inconsciencia. Tuvo que usar fuerza para despegar sus dedos rígidos del plástico que la envolvía. La dejó sobre la mesa de centro, lejos del agua, como si fuera un artefacto explosivo que pudiera detonar en cualquier segundo.

Luego, se centró en ella. Le quitó el abrigo empapado, pesado como una losa de cemento. Debajo, Elena llevaba un vestido de seda color crema, manchado de lodo en el dobladillo y desgarrado en una manga. Su piel estaba helada al tacto.

Maximiliano corrió al cuarto de huéspedes de la planta baja. Revolvió los armarios buscando algo caliente. Encontró una bata de baño de felpa gruesa, blanca, con el logotipo de un hotel de lujo en la Riviera Maya donde había estado el año pasado. Regresó y cubrió a Elena, frotando sus brazos vigorosamente para reactivar la circulación.

—Vamos, muchacha, despierta —le ordenó, dándole palmaditas suaves en las mejillas.

Al tocar su rostro, sintió la textura irregular bajo el maquillaje corrido. El moretón. Ahora, bajo la luz directa de la lámpara de pie, se veía en toda su brutalidad: una mancha oscura, hinchada, que abarcaba desde el pómulo hasta la sien. Un golpe dado con saña, con el puño cerrado o quizás con el reverso de la mano adornada con un anillo pesado. Maximiliano sintió una oleada de bilis en la garganta. Odiaba la violencia contra las mujeres; le parecía el acto más cobarde que un hombre podía cometer, una debilidad de espíritu disfrazada de fuerza bruta.

Elena soltó un gemido ahogado. Sus párpados se agitaron.

—No… no… —murmuró, atrapada en una pesadilla.

—Estás a salvo —dijo Maximiliano con voz firme, acercando la copa de cognac a sus labios—. Bebe esto. Es una orden.

Elena abrió los ojos de golpe. El pánico inundó sus pupilas dilatadas. Intentó incorporarse, pero el mareo la tumbó de nuevo contra los cojines.

—¿Dónde…? ¿Quién…?

—Soy Maximiliano Castillo. Estás en mi casa. Entraste hace cinco minutos empapada como un gato callejero. Bebe.

Elena obedeció por instinto. El licor fuerte la hizo toser, pero el calor se extendió rápidamente por su pecho, combatiendo el frío de la tormenta. Miró a su alrededor, enfocando la vista en los estantes llenos de libros, los cuadros abstractos de Tamayo en las paredes, el lujo silencioso que la rodeaba.

—La carpeta —fue lo primero que dijo, su voz ronca—. ¿Dónde está la carpeta?

—Está ahí, en la mesa. Nadie la ha tocado —Maximiliano se sentó en el sillón de enfrente, cruzando las piernas y mirándola con una intensidad que habría intimidado a sus directores financieros—. Ahora sí, Elena. Vas a empezar a hablar. Y vas a empezar por explicarme qué tiene que ver la hija de Ana Beltrán con un tipo como Víctor Delgado.

Al escuchar el nombre de su madre, Elena cerró los ojos un momento, como si buscara fuerzas en el recuerdo.

—Usted la quiso mucho, ¿verdad? —preguntó ella en un susurro.

Maximiliano no estaba acostumbrado a que le hicieran preguntas personales, mucho menos una desconocida en medio de la noche.

—Eso no es tema para esta noche —cortó él, levantando un muro defensivo—. Concéntrate en el presente. ¿Quién te hizo eso en la cara? ¿Fue Delgado?

Elena asintió lentamente. Una lágrima solitaria se escapó y recorrió el camino del golpe en su mejilla.

—Víctor… Víctor es un monstruo disfrazado de príncipe —comenzó a decir, y una vez que empezó, las palabras brotaron como el agua de una presa rota—. Lo conocí hace tres años en una gala benéfica en el Museo Soumaya. Era encantador, carismático. Ya sabe, el típico empresario exitoso hecho a sí mismo. Dueño de “Grupo Imperial”, restaurantes de alta gama, bares en la Condesa, inversiones inmobiliarias…

—Conozco el perfil —interrumpió Max—. Mucho dinero rápido, poca transparencia fiscal.

—Exacto. Pero yo estaba ciega. O quizás quería estarlo. Mi mamá acababa de morir hacía dos años, me sentía sola en el mundo. Víctor me ofreció un refugio. Me trató como a una reina… al principio.

Elena tomó otro sorbo de cognac, sus manos aún temblaban ligeramente.

—Nos casamos a los seis meses. Fue la boda del año, salió en todas las revistas de sociales. Pero en cuanto firmamos el acta, todo cambió. Fue sutil al principio. “No te pongas ese vestido, es muy provocativo”, “no vayas a ver a esas amigas, son mala influencia”, “deja tu trabajo, yo puedo mantenerte”. Me fue aislando, Maximiliano. Me cortó las alas pluma por pluma hasta que no pude volar.

Maximiliano escuchaba en silencio, evaluando cada palabra. Conocía esa historia. La había visto en las noticias, en las hijas de amigos suyos. El machismo mexicano rancio, oculto bajo trajes de Armani y camionetas blindadas.

—¿Y los golpes? —preguntó él, su voz suave pero cargada de tensión.

—Empezaron hace seis meses. Una cachetada porque la cena estaba fría. Un empujón porque sonreí al mesero. Luego… —se tocó las costillas discretamente—. Luego aprendió a golpear donde no se ve con la ropa puesta. Pero este… —señaló su cara— este fue hace dos días. Porque le pregunté de dónde venía tanto dinero en efectivo que guardaba en la caja fuerte de la casa.

—¿Y qué te contestó?

—No me contestó. Me molió a golpes y me encerró en el cuarto de servicio. Dijo que estaba loca, que alucinaba. Que iba a llamar a un psiquiatra amigo suyo para que me internaran en una clínica privada en Cuernavaca. “Descanso mental”, lo llamó. Yo sabía lo que eso significaba: me iban a sedar y a encerrar hasta que firmara lo que él quisiera o hasta que me muriera “accidentalmente”.

Maximiliano apretó los puños. Sentía una furia fría crecer en su pecho.

—¿Cómo escapaste?

—La chica de la limpieza, Marisol… es nueva. Dejó la puerta del servicio sin seguro cuando salió a tirar la basura. Víctor estaba en una reunión en el despacho con sus socios. Aproveché el descuido. Corrí a su despacho mientras estaban en el jardín fumando, abrí la caja fuerte —Elena esbozó una sonrisa triste y amarga—. Víctor es arrogante. Usa su fecha de nacimiento como combinación. Saqué todo lo que parecía incriminatorio y corrí. Corrí sin parar bajo la lluvia hasta que llegué aquí.

—¿Por qué aquí? —insistió Max—. ¿Por qué conmigo?

—Porque mamá me dijo que usted era el único hombre en esta ciudad que no tenía precio.

Maximiliano se levantó y caminó hacia la ventana. La lluvia seguía golpeando el vidrio. “El único hombre que no tiene precio”. Ana siempre lo había idealizado, quizás demasiado.

—Veamos si valió la pena el riesgo —dijo él, girándose hacia la mesa de centro.

Tomó la carpeta negra. Al abrirla, el olor a papel viejo y tinta fresca lo golpeó. No eran simples papeles; era la radiografía de un imperio criminal.

Maximiliano encendió la lámpara de lectura de su escritorio y extendió los documentos. Sus ojos expertos, entrenados para detectar fraudes en licitaciones y sobrecostos en obras públicas, empezaron a conectar los puntos a una velocidad vertiginosa.

—Dios santo… —susurró.

No eran solo evasión de impuestos. Había facturas de empresas fantasmas domiciliadas en Panamá y las Islas Vírgenes. Transferencias millonarias a compañías de “logística” en Sinaloa y Tamaulipas que no tenían ni una sola bodega registrada. Había listas de pagos mensuales a comandantes de la policía local, jueces cívicos e incluso un par de diputados locales.

—Esto es lavado de dinero a escala industrial —dijo Max, levantando la vista hacia Elena—. Tu marido no es un restaurantero, Elena. Es la lavadora personal de algún cártel.

—Del Cártel del Noreste —confirmó ella, con la voz quebrada—. Escuché una conversación hace una semana. Hablaban de “limpiar” cincuenta millones de pesos antes de fin de mes. Usan los restaurantes para inflar las ventas y meter el dinero sucio al sistema bancario.

Maximiliano pasó una página y se detuvo en seco. Había una hoja con membrete de “Castillo Construcciones”. Su propia empresa. Era una propuesta de contrato falsa, falsificada burdamente con su firma escaneada, para una supuesta remodelación de trescientos millones de pesos en uno de los hoteles de Delgado.

—¡Hijo de perra! —rugió Max, golpeando el escritorio—. ¡Me está usando! Está usando mi nombre para legitimar sus movimientos. Si Hacienda ve esto, van a pensar que soy su socio. Me van a congelar las cuentas, van a catear mis oficinas… me va a destruir.

Elena se encogió en el sofá, asustada por la reacción de él.

—Por eso vine… Yo no sabía que usted estaba involucrado, lo juro. Solo agarré todo lo que pude.

Maximiliano respiró hondo, forzándose a calmarse. Miró a la chica. No, ella no tenía la culpa. Ella le había traído la única arma con la que podía defenderse antes de que fuera demasiado tarde.

—No estoy enojado contigo, Elena —dijo, suavizando el tono—. Al contrario. Me acabas de salvar el pellejo. Si Víctor hubiera seguido con esto sin que yo lo supiera, habría amanecido en la cárcel en unos meses.

Cerró la carpeta y la metió en el cajón de su escritorio, cerrando con llave. Luego, se acercó a Elena y se sentó a su lado, ignorando la distancia social y las barreras que solía poner con la gente.

—Ahora escúchame bien. Lo que tienes ahí —señaló el escritorio con la cabeza— es suficiente para que maten a cualquiera en este país. Víctor no va a parar. No se trata de un divorcio feo, Elena. Se trata de su libertad y de la de sus socios, que son gente que te corta la cabeza y la sube a YouTube.

Elena comenzó a llorar de nuevo, un llanto silencioso y desesperado.

—Lo sé… lo sé. Soy hombre muerto caminando.

—No mientras estés en mi casa —dijo Maximiliano, y por primera vez en años, sintió que tenía un propósito—. Pero necesito saber una cosa más. Y necesito que seas honesta, porque de esto depende cómo vamos a jugar esta partida de ajedrez.

Elena se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.

—Dígame.

—Ana… tu madre. —Maximiliano sintió un nudo en la garganta—. Ella se fue de mi vida en septiembre del 94. Desapareció sin dejar rastro. Yo la busqué, Elena. Contraté detectives, puse anuncios… nunca la encontré. Y ahora tú apareces, treinta años después, con sus ojos y su valentía.

Hizo una pausa, buscando el valor para hacer la pregunta.

—¿Cuándo naciste?

Elena lo miró fijamente. El silencio se estiró entre ellos, tenso como un cable de acero.

—El 12 de junio de 1995 —respondió ella.

Maximiliano hizo el cálculo mental al instante. Septiembre del 94 a junio del 95. Nueve meses. Exactos.

Se levantó de golpe, como si el sofá quemara. Caminó hacia la chimenea, dándole la espalda a Elena. Se apoyó en la repisa de mármol y miró las llamas. Su mente viajó al pasado, a esa última noche con Ana. Habían hecho el amor con una desesperación que él no entendió en ese momento, como si ella se estuviera despidiendo con cada beso, con cada caricia. Al día siguiente, su departamento estaba vacío.

—¿Ella te dijo…? —su voz se quebró—. ¿Te dijo quién era tu padre?

—En mi acta de nacimiento solo están sus apellidos. Beltrán Nájera. Nájera era el apellido de su abuela. —Elena hablaba con cautela—. Cuando yo era niña y preguntaba, ella me contaba historias. Me decía que mi papá era un arquitecto que construía castillos en el aire y en la tierra. Que era un rey sin corona. Pero nunca me dijo su nombre, hasta esa última noche en el hospital.

Elena se levantó, arrastrando la bata que le quedaba grande, y se acercó a él.

—Me dio la tarjeta y me dijo: “Él no sabe que existes. No lo odies por eso. Yo tomé la decisión por los dos”.

Maximiliano se giró lentamente. Miró a esa mujer adulta, golpeada, aterrorizada, parada en su sala. Vio su propia barbilla obstinada en el rostro de ella. Vio la forma de sus manos, dedos largos y delgados, idénticos a los de su propia madre, la abuela que Elena nunca conoció.

La certeza lo golpeó con la fuerza de un tren de carga. No necesitaba una prueba de ADN, aunque Igor seguramente insistiría en una. La sangre llama. Y la sangre de Maximiliano Castillo estaba hirviendo en ese momento.

—¿Por qué se fue? —preguntó él, con los ojos húmedos—. ¿Por qué me robó la oportunidad de verte crecer? Yo la amaba, Elena. Hubiera dado mi vida por ella.

—Tenía miedo —dijo Elena—. No de usted. Sino de lo que su mundo podía hacernos. Ella decía que usted estaba destinado a cosas grandes, y que una simple contadora y un bebé solo serían un lastre. O quizás… quizás había algo más. Algo de lo que nunca quiso hablar.

Maximiliano asintió, tragándose el dolor. Ya habría tiempo para los reproches a los fantasmas. Ahora había una hija viva que necesitaba protección.

—Eres mi hija —dijo él. No fue una pregunta. Fue una afirmación. Una sentencia.

Elena sollozó y dio un paso hacia él. Maximiliano abrió los brazos y la envolvió en un abrazo torpe, rígido al principio, pero que se suavizó cuando sintió lo frágil que era ella. Olía a lluvia y a miedo, pero debajo de eso, olía a familia. A sangre de su sangre.

—Nadie te va a volver a poner una mano encima —le susurró al oído, besando su cabello húmedo—. Te lo juro por la memoria de tu madre. Víctor Delgado va a desear no haber nacido.

En ese instante de conexión, el mundo exterior decidió recordarles que la burbuja de seguridad era frágil.

Un destello de luz barrió las cortinas cerradas de la sala. Luego otro.

Maximiliano se tensó. Se separó suavemente de Elena y levantó un dedo pidiendo silencio absoluto.

—¿Qué pasa? —susurró ella, el pánico regresando a sus ojos instantáneamente.

—Shhh.

Maximiliano caminó hacia la consola de seguridad en la pared. La pantalla mostraba la entrada principal. La lluvia seguía cayendo, pero ahora había algo más.

Una camioneta negra, una Suburban blindada con vidrios polarizados y rines deportivos, estaba detenida justo frente a la reja de hierro forjado. Las luces altas estaban encendidas, apuntando hacia la casa como dos ojos depredadores. El motor estaba en marcha, echando vapor por el escape en la noche fría.

—Es él —gimió Elena, cubriéndose la boca con las manos—. ¡Es él! ¿Cómo me encontró? ¡Tiré mi celular al río!

—Los coches modernos tienen GPS, Elena. O quizás te puso un rastreador en la ropa, en el bolso, en el anillo… estos tipos son paranoicos profesionales.

En la pantalla, la puerta del conductor se abrió. Una bota de piel de cocodrilo pisó el charco. Luego bajó un hombre. Incluso a través de la cámara de visión nocturna granulada, la arrogancia de Víctor Delgado era palpable. Llevaba un traje oscuro impecable, sin abrigo, importándole poco la lluvia. Caminó hacia el intercomunicador de la reja con una calma que helaba la sangre.

A su lado, bajó otro hombre. Este llevaba uniforme de la Policía de la Ciudad de México, pero no parecía estar ahí para servir y proteger. Tenía la mano descansando sobre la funda de su arma de cargo.

El timbre de la casa sonó. Esta vez no fue un golpe desesperado. Fue el sonido electrónico, educado y persistente. Ding-dong.

Maximiliano miró a su hija. Vio el terror absoluto que la paralizaba.

—Escúchame bien —dijo él, caminando hacia el cajón donde había guardado la Glock—. Vas a ir a la cocina, hay una puerta que da a la despensa. Enciérrate ahí y no salgas aunque escuches disparos. ¿Entendiste?

—¡No vaya! —suplicó ella—. ¡Lo van a matar! ¡Vienen armados!

—Yo también —dijo Maximiliano, revisando el cargador de la pistola una última vez—. Y esta es mi casa. En mi terreno, yo pongo las reglas.

El timbre volvió a sonar. Ding-dong. Insistente. Como la guadaña de la muerte tocando a la puerta.

Maximiliano se alisó el suéter, escondió el arma en la espalda y caminó hacia la entrada. Su rostro se endureció, transformándose en una máscara de piedra. El padre amoroso había desaparecido; el “Ingeniero” despiadado había tomado el control.

Al llegar a la puerta, no abrió de inmediato. Activó el micrófono del interfón.

—¿Quién es? —preguntó con voz grave y calmada.

—Buenas noches, Don Maximiliano —la voz de Víctor Delgado se escuchó clara, con ese tono meloso y falso de los vendedores de autos usados—. Lamento mucho la hora. Soy Víctor Delgado. Creo que tiene algo que me pertenece. Y créame, no quiere meterse en medio de un pleito conyugal… ni en medio de mis negocios.

Maximiliano miró la pantalla una última vez. Víctor sonreía a la cámara. Una sonrisa de tiburón.

—Abre la puerta, Max —susurró el empresario para sí mismo, sintiendo el peso de los treinta años de ausencia de Ana sobre sus hombros—. Vamos a ver de qué cuero salen más correas.

Maximiliano quitó el seguro. El click resonó como un disparo en la noche vacía. La guerra había llegado a las Lomas de Chapultepec.

CAPÍTULO 3: Lobos con Piel de Oveja

El sonido de los cerrojos abriéndose resonó en el vestíbulo de mármol como disparos secos. Clac, clac, clac.

Maximiliano Castillo abrió la pesada puerta de roble apenas lo suficiente para llenar el marco con su propia corpulencia. No la abrió de par en par; esa era una invitación que no estaba dispuesto a extender. Su mano derecha permanecía oculta tras la espalda, los dedos envueltos firmemente alrededor de la empuñadura texturizada de la Glock 9mm. El metal frío contra su piel era el único ancla de realidad en una noche que se había vuelto surrealista.

Afuera, la tormenta había bajado de intensidad, convirtiéndose en una llovizna helada y persistente que difuminaba las luces de la calle. El aire olía a tierra mojada y a gasolina cara.

Frente a él, a dos metros de distancia, estaba Víctor Delgado.

Maximiliano lo escaneó en un segundo. El tipo era guapo, de esa manera plástica y manufacturada que estaba de moda entre los “juniors” y los nuevos ricos de la ciudad. Traje Hugo Boss hecho a la medida que probablemente costaba lo que un obrero ganaba en dos años, zapatos de piel de cocodrilo que brillaban incluso bajo la lluvia, y una sonrisa blanca, perfecta y totalmente vacía de calidez.

Detrás de él, como una sombra malintencionada, estaba el Capitán Solís. Maximiliano reconoció el tipo de policía al instante: uniforme arrugado en las axilas, mirada huidiza pero agresiva, y esa postura de quien está acostumbrado a intimidar a gente que no puede defenderse. La mano del policía descansaba, casual pero amenazante, sobre la funda de su arma de cargo.

—Buenas noches, Don Maximiliano —dijo Víctor. Su voz era suave, modulada, con ese acento “fresa” de las Lomas que intentaba ocultar un origen mucho más áspero—. Qué pena molestar a estas horas. De verdad, qué vergüenza.

Maximiliano no se movió. No sonrió. Se quedó plantado como una estatua de granito.

—Ahórrese la cortesía, Delgado —respondió Max, su voz retumbando grave y rasposa—. Son las doce de la noche. En mi barrio, a esta hora solo tocan la puerta los borrachos o los ladrones. ¿Cuál de los dos es usted?

La sonrisa de Víctor vaciló por una fracción de segundo, un tic nervioso en la comisura del labio que delató su ira. Pero se recuperó rápido.

—Un hombre preocupado, Don Max. Solo eso. Un esposo desesperado. —Víctor dio un paso adelante, intentando invadir el espacio personal de Maximiliano, pero se detuvo cuando notó la tensión en los hombros del hombre mayor—. Verá, mi esposa, Elena… ha tenido un episodio. Un brote psicótico, dicen los médicos. Se escapó de casa hace un par de horas. Está confundida, dice cosas que no son ciertas… alucina persecuciones.

Víctor hizo una pausa teatral, bajando la voz a un tono confidencial.

—Es un peligro para sí misma. Y, francamente, podría serlo para usted si la deja entrar. Creemos que pudo haber corrido hacia esta zona. ¿La ha visto?

Maximiliano sostuvo la mirada del joven. Vio en sus ojos negros la maldad pura, esa frialdad reptiliana de quien no tiene alma.

—No he visto a nadie —mintió Max sin pestañear. La mentira salió fluida, sólida—. Mi sistema de seguridad no ha detectado nada. Y créame, si alguien hubiera intentado brincarse mi barda, mis perros ya se lo habrían desayunado.

El Capitán Solís dio un paso al frente, masticando un chicle con la boca abierta.

—Mire, jefe… —empezó el policía con tono prepotente—. Tenemos reportes de que una mujer con las características de la señora Delgado fue vista entrando a su propiedad. No queremos hacer un desmadre, pero necesitamos pasar a revisar. Por su seguridad, claro.

Maximiliano soltó una carcajada seca, corta y sin humor.

—¿Revisar mi casa? —Maximiliano avanzó medio paso, invadiendo él el espacio del policía. A pesar de la diferencia de edad, Max era más alto y emanaba una autoridad que el uniforme barato del capitán no podía igualar—. Capitán, ¿trae usted una orden de cateo firmada por un juez federal? Porque si no trae ese papelito en la mano, lo único que va a revisar es el camino de regreso a su patrulla.

Solís se puso rojo. Apretó la mandíbula.

—Es una emergencia, señor. Podemos alegar flagrancia o riesgo inminente…

—Usted puede alegar misa —lo cortó Max—. Pero si pone un pie dentro de mi propiedad sin esa orden, le juro por mi madre que mañana a primera hora usted va a estar dirigiendo el tránsito en un crucero de Iztapalapa. Conozco al Secretario de Seguridad Ciudadana, jugamos dominó los jueves. ¿Quiere que le marque ahorita mismo para que le explique el protocolo?

Maximiliano sacó su celular con la mano izquierda, manteniendo la derecha oculta. Fue un blofeo maestro. No jugaba dominó con el Secretario, apenas lo conocía de un par de eventos benéficos, pero en el juego de poder de la Ciudad de México, la percepción lo es todo.

Solís dudó. Miró a Víctor, buscando instrucciones. El empresario se dio cuenta de que el muro defensivo de Maximiliano era impenetrable por el momento. Forzar la entrada implicaría disparos, ruido, y un escándalo con uno de los hombres más ricos del país. No les convenía. Todavía no.

Víctor levantó las manos en gesto de paz, aunque sus ojos prometían venganza.

—Tranquilo, Capitán. No queremos molestar al Ingeniero Castillo. Seguramente fue un error de los testigos. —Víctor clavó sus ojos en los de Max—. Pero escúcheme bien, Don Maximiliano. Elena está enferma. Se llevó documentos de mi empresa. Papeles confidenciales, secretos industriales. Si ella está aquí… y usted la está protegiendo… eso lo convierte en cómplice de un delito federal. Y ni todos sus amigos en el gobierno lo van a poder salvar de la mierda que le va a caer encima.

—¿Me está amenazando, muchacho? —preguntó Max en voz muy baja, peligrosa.

—Le estoy advirtiendo —siseó Víctor, dejando caer la máscara por completo—. Elena es mía. Y lo que se llevó, es mío. Voy a recuperar ambas cosas. Por las buenas… o como sea.

—Lárguese de mi casa —ordenó Maximiliano, retrocediendo y preparando la puerta para cerrar—. Y llévese a su perro guardián con usted. Si vuelvo a ver esa camioneta cerca de mi reja, voy a asumir que es un intento de secuestro y voy a ordenar a mi seguridad que tiren a matar. Buenas noches.

Cerró la puerta de un golpe. Bum.

Pasó los tres cerrojos a una velocidad vertiginosa. Le temblaban las piernas. La adrenalina, que lo había mantenido erguido y desafiante, ahora se convertía en un temblor incontrolable en sus manos. Se recargó contra la madera, respirando agitadamente.

—Hijo de la gran puta —susurró, sintiendo el sudor frío correr por su espalda.

Miró el monitor de seguridad. Víctor y el policía discutían brevemente bajo la lluvia. Luego, subieron a la Suburban. El vehículo arrancó, pero no se alejó mucho. Se estacionó a unos cien metros, en la esquina oscura de la calle, apagando las luces pero manteniendo el motor encendido.

—No se fueron —dijo Max—. Están esperando refuerzos. O una orden judicial. O a que salgamos.

Guardó la pistola y corrió hacia la cocina. Abrió la puerta de la despensa de un tirón.

Elena estaba acuclillada entre latas de atún importado y cajas de vino, con las manos tapándose los oídos y los ojos cerrados fuertemente. Al escuchar la puerta, soltó un grito ahogado.

—¡Soy yo! —dijo Max rápidamente, arrodillándose frente a ella. A pesar de su edad, el movimiento fue fluido—. Ya pasó. Los corrí.

Elena abrió los ojos. Estaban rojos, hinchados.

—Escuché… escuché su voz. —Temblaba como una hoja—. Dijo que estoy loca. Siempre dice eso. Quiere encerrarme en “La Castañeda”, o como se llame ahora el manicomio. Me dijo que me iban a dar electroshocks hasta que olvidara mi nombre.

Maximiliano la tomó por los hombros y la sacudió suavemente.

—Mírame, Elena. Nadie te va a encerrar. Ese cabrón no va a volver a entrar aquí. Pero tenemos un problema grave.

La ayudó a levantarse. Elena se aferró a su brazo como si fuera un salvavidas en medio del océano.

—Siguen allá afuera, ¿verdad? —preguntó ella, resignada.

—Sí. Y no van a tardar en conseguir una orden real, o peor, van a llamar a sus sicarios para que brinquen la barda por la parte trasera. Esta casa es una fortaleza, pero no está diseñada para resistir un asedio del narco. Tenemos que irnos. Ahorita.

—¿Irnos? ¿A dónde?

—A un lugar donde no nos encuentren. Pero primero, necesito llamar a la caballería.

Maximiliano la llevó de regreso a la biblioteca. Sacó un teléfono satelital de un cajón bajo llave. No confiaba en las líneas fijas ni en su celular personal; si Víctor tenía comprada a la policía, probablemente ya estaban interviniendo las comunicaciones de la zona.

Marcó un número de memoria. Solo sonó una vez.

—¿Bueno? —respondió una voz ronca, alerta, sin rastro de sueño.

—Igor. Código Rojo en la casa principal.

Hubo un silencio de medio segundo al otro lado de la línea. Igor Velasco no hacía preguntas estúpidas. Era un ex Teniente Coronel de las Fuerzas Especiales, un hombre que había visto el infierno en la sierra de Guerrero y había regresado para contarlo. Llevaba diez años siendo el jefe de seguridad y “solucionador de problemas” de Maximiliano.

—¿Situación? —preguntó Igor.

—Hostiles en la puerta. Víctor Delgado y policía corrupta. Tengo un “paquete” VIP que necesito extraer y llevar al Refugio B. Necesito la camioneta blindada, la pesada. Y trae juguetes, Igor. Los de verdad.

—Tiempo estimado de llegada: doce minutos. Voy con el equipo Alpha. No salgas hasta que yo te diga. Mantén perímetro cerrado.

—Entendido. Ah, Igor… —Maximiliano miró a Elena, que estaba abrazándose a sí misma frente a la chimenea—. Trae también un kit médico de trauma. Y ropa de mujer, talla mediana. No preguntes.

—Copiado, jefe. Aguanta.

Maximiliano colgó. Doce minutos. Una eternidad en tiempo táctico.

Se sirvió otro cognac, esta vez doble, y se lo bebió de un trago. El calor del alcohol le asentó el estómago. Se giró hacia Elena. Ella estaba mirando el retrato al óleo que colgaba sobre la chimenea. Era una pintura de Max joven, en los años 90, en una obra de construcción, con el casco bajo el brazo y mirando al horizonte con ambición.

—Te pareces a él —dijo ella en voz baja—. A ese hombre de la pintura. Tienes la misma mirada terca.

Maximiliano sonrió con tristeza.

—Ese hombre creía que podía comerse el mundo. El de ahora solo quiere que el mundo no se lo coma a él.

Se acercó a ella y, con una suavidad que contrastaba con la violencia de la noche, sacó de su cartera la vieja foto de Ana. Estaba arrugada, los bordes gastados por los años de ser acariciada con el pulgar.

—Mira —le dijo, extendiéndole la foto.

Elena la tomó. Era una foto Polaroid. Ana estaba riendo, con el cabello alborotado por el viento, sentada en una banca del parque de Coyoacán. Tenía un helado en la mano y miraba a la cámara con un amor tan puro que dolía verlo.

—Mamá… —Elena acarició la imagen—. Se ve tan feliz. Nunca la vi así. Después… después siempre tuvo una sombra en los ojos. Miedo. Siempre estaba mirando por encima del hombro.

—Ese miedo fue mi culpa —dijo Maximiliano, la culpa amargándole la boca—. Debí haberla buscado más. Debí haber removido cielo y tierra. Pero fui un cobarde, o un orgulloso. Pensé que ella me había dejado porque ya no me quería. Nunca imaginé… nunca imaginé que estaba huyendo para protegerme a mí. Y a ti.

Elena levantó la vista. Sus ojos color miel se encontraron con los grises de su padre.

—No fue tu culpa. Fue de ellos. De los Delgado. De esa maldita familia que se cree dueña de las personas.

—Pues se acabó —dijo Max con ferocidad—. Hoy se acaba. Elena, escúchame. Quizás no estuve ahí cuando diste tus primeros pasos, ni cuando te graduaste, ni cuando ese imbécil te lastimó. Pero estoy aquí ahora. Y te juro, por lo más sagrado, que mientras yo respire, nadie te va a volver a tocar. Eres mi hija. Eres una Castillo. Y los Castillo no nos rompemos, nos vengamos.

Elena asintió, y por primera vez en la noche, Max vio una chispa de fuego en su mirada, reemplazando al terror. Era la sangre. Su sangre.

El teléfono satelital vibró en la mesa.

—Aquí Velasco. Estoy a dos cuadras. Veo al objetivo. Suburban negra en la esquina sureste. Dos tangos visibles. Voy a proceder a la entrada por el acceso de servicio en la calle trasera. Abre el portón 2 en treinta segundos.

—Entendido.

Maximiliano se movió rápido.

—Elena, ponte esto. —Le lanzó una chamarra táctica negra que sacó de un armario oculto en la biblioteca—. Es kevlar ligero. Antibalas. Póntela debajo del abrigo.

—¿Nos van a disparar? —preguntó ella, poniéndose el chaleco con manos temblorosas.

—Esperemos que no. Pero más vale tenerlo y no necesitarlo. Vamos.

La guio a través de la cocina, hacia el pasillo que conectaba con el garaje subterráneo y la salida trasera. La casa estaba a oscuras, solo iluminada por los relámpagos ocasionales.

Llegaron al garaje. Max presionó el control remoto del portón trasero. El motor eléctrico zumbó y la pesada lámina de acero comenzó a levantarse.

Justo cuando el portón estaba a medio abrir, una camioneta Land Rover Defender gris mate, modificada con blindaje nivel 5, entró derrapando en reversa, con una precisión milimétrica.

La puerta del conductor se abrió y bajó Igor. Era un hombre bajo pero ancho como un roble, con la cabeza afeitada y una cicatriz que le cruzaba la ceja. Llevaba un rifle de asalto AR-15 corto colgado al pecho.

—Jefe —saludó Igor con un asentimiento seco—. Señora. Suban. Rápido.

—¿Viste a los de la esquina? —preguntó Max mientras empujaba a Elena hacia el asiento trasero de la camioneta.

—Los vi. Y ellos me vieron. Ya deben estar avisando a su patrón. Tenemos una ventana de dos minutos antes de que intenten bloquearnos.

—¿La carpeta? —preguntó Igor, señalando el maletín de Max.

—Aquí está. —Max levantó la carpeta negra—. La evidencia.

—Bien. Porque por esto nos van a tirar con todo. —Igor se subió al asiento del conductor—. Sujétense. Esto va a ser un viaje movido.

La Land Rover rugió. El motor V8 modificado prometía potencia bruta. Igor aceleró y salieron disparados hacia la calle trasera.

La lluvia había parado, pero el asfalto brillaba como un espejo negro.

Apenas habían avanzado cien metros cuando los faros de la Suburban de Víctor se encendieron en el espejo retrovisor. Habían reaccionado rápido.

—¡Nos siguen! —gritó Elena, mirando hacia atrás.

—Que nos sigan —gruñó Igor, cambiando de marcha con violencia—. A ver si nos alcanzan.

La persecución comenzó en las calles estrechas y sinuosas de las Lomas. Igor conducía con una frialdad técnica impresionante, tomando las curvas cerradas a ochenta kilómetros por hora, usando el peso del vehículo blindado para mantener la tracción.

Detrás, la Suburban de Víctor intentaba mantener el ritmo, pero era más pesada y menos ágil. Aún así, no se despegaban.

—¡Están sacando algo por la ventana! —gritó Elena.

¡PAM!

El sonido fue inconfundible. Un disparo.

La bala impactó en el vidrio trasero de la Land Rover. El cristal blindado resistió, dejando solo una marca blanca, como una telaraña pequeña, en el punto de impacto.

—¡Están disparando! —gritó Max, cubriendo la cabeza de Elena con su mano—. ¡Igor, sácanos de aquí!

—Tranquilos, el vidrio aguanta hasta calibre .50 —dijo Igor sin inmutarse—. Voy a tomar Periférico. Ahí hay cámaras del C5. No se atreverán a disparar en vía rápida.

—¡A estos tipos les vale madre el C5! —replicó Max—. ¡Son narcos, Igor!

La Land Rover saltó un tope a toda velocidad, haciendo que sus ocupantes rebotaran. Giraron bruscamente a la izquierda, hacia la avenida Paseo de las Palmas.

La Suburban intentó cortarles el paso en la intersección, embistiendo el costado derecho. El golpe fue brutal. Metal contra metal. El ruido fue ensordecedor. Elena gritó.

Pero la Defender de Igor era un tanque. Apenas se movió. En cambio, la Suburban de Víctor rebotó, perdiendo el control momentáneamente y estrellándose contra un poste de luz.

—¡Toma, cabrón! —celebró Igor.

Vieron por el retrovisor cómo la camioneta de los perseguidores quedaba atrás, con el frente destrozado y vapor saliendo del radiador.

—¿Se acabó? —preguntó Elena, temblando.

—Por ahora —dijo Max, mirando hacia atrás—. Pero esto apenas empieza. No van a parar, Elena. Acabamos de declararles la guerra.

Maximiliano sacó su celular.

—¿A quién llamas? —preguntó Elena.

—A mi abogado —dijo Max, marcando—. Y luego a un amigo en la Fiscalía General. Si quieren jugar sucio, vamos a jugar sucio. Pero primero, vamos a Valle de Bravo. Ahí tengo un búnker donde estaremos seguros.

La camioneta se incorporó al Periférico, mezclándose con el tráfico nocturno de la ciudad monstruo. Mientras las luces de la ciudad pasaban como estrellas fugaces, Elena se quitó el chaleco antibalas y recargó la cabeza en el hombro de su padre.

Por primera vez en años, a pesar de los disparos y el miedo, se sintió segura.

—Gracias, papá —susurró.

Maximiliano cerró los ojos un momento, saboreando esa palabra.

—Duerme un poco, hija. Mañana va a ser un día largo. Mañana… mañana empezamos a destruir a Víctor Delgado.

La Land Rover se perdió en la noche, llevando consigo tres cosas: un padre, una hija y los secretos que podrían derrocar un imperio criminal. La tormenta había pasado, pero la inundación de verdad estaba por llegar.

CAPÍTULO 4: El Refugio en la Niebla

La carretera hacia Toluca era una boca de lobo.

Después de dejar atrás el caos de Periférico y subir hacia La Marquesa, la neblina descendió sobre la autopista como un telón pesado y húmedo. Eran las tres de la mañana. La Land Rover Defender blindada cortaba la bruma con sus faros de halógeno, devorando kilómetros de asfalto en un silencio tenso, solo roto por el zumbido de las llantas todoterreno y el ronroneo grave del motor diésel.

Maximiliano Castillo iba en el asiento trasero, con la vista fija en el retrovisor, aunque sabía que Igor ya había confirmado que estaban “limpios”. Nadie los seguía. Al menos, no físicamente. Pero los fantasmas de esa noche viajaban con ellos, pegados a la tapicería de cuero.

A su lado, Elena dormitaba. El agotamiento, la adrenalina y el cognac habían hecho su trabajo. Su cabeza colgaba en un ángulo incómodo, recargada contra la ventana blindada. En el sueño, su rostro perdía la tensión del miedo y se veía más joven, casi infantil.

Maximiliano la observó con una fascinación dolorosa.

“Es idéntica”, pensó, sintiendo un nudo en la garganta que ni el mejor whisky podría deshacer.

Veía en ella la curva de las pestañas de Ana. Veía la forma en que fruncía ligeramente el ceño al dormir, un gesto que Ana hacía cuando tenía pesadillas o cuando estaba preocupada por las cuentas a fin de mes.

—Jefe —la voz de Igor rompió el trance. El exmilitar hablaba bajo, sin apartar la vista de la carretera sinuosa—. Estamos llegando a la desviación de Valle. ¿Quiere que active el protocolo de “Casa Fantasma”?

—Sí, Igor. Nadie debe saber que estamos ahí. Ni el velador, ni la señora que hace la limpieza. Quiero el lugar sellado. Desactiva los rastreadores del vehículo y saca las tarjetas SIM de nuestros teléfonos antes de entrar al pueblo.

—Entendido. ¿Y el de la señora? —Igor señaló a Elena con un movimiento de cabeza.

—Ella dijo que lo tiró al río. Mejor. Si Víctor Delgado tiene gente en la compañía telefónica, ya estarían triangulando su posición.

La camioneta tomó la curva hacia Valle de Bravo, adentrándose en la zona boscosa. El aire se volvió más frío, más puro, impregnado del olor a pino y oyamel.

El refugio no era una simple cabaña. Maximiliano había comprado esa propiedad en Avándaro hacía diez años, en plena ola de secuestros en la capital. Estaba diseñada para ser invisible. Rodeada por tres hectáreas de bosque denso, con muros perimetrales de piedra volcánica de cuatro metros de altura y un sistema de seguridad de grado militar. No aparecía en Google Maps, y las escrituras estaban a nombre de una sociedad anónima en Delaware.

Llegaron poco antes de las cinco de la mañana.

Igor tecleó el código en el portón de acero negro. Las hojas se abrieron sin hacer ruido. Entraron.

La casa principal era una estructura moderna de concreto y madera, integrada en la ladera de la montaña. No había lujos ostentosos a la vista, solo solidez y seguridad.

—Despiértala suavemente —dijo Max, abriendo la puerta.

Elena se sobresaltó al sentir la mano de su padre en el hombro. Abrió los ojos desorbitados, buscando una amenaza, hasta que reconoció el rostro cansado pero amable de Maximiliano.

—Ya llegamos —dijo él—. Estás a salvo.

Bajaron del vehículo. El frío de la montaña calaba los huesos, pero era un frío limpio, diferente a la humedad sucia de la ciudad. Elena se abrazó a sí misma, mirando los pinos gigantes que se mecían con el viento nocturno.

—¿Dónde estamos? —preguntó, su aliento formando nubes de vapor.

—En Avándaro. Aquí no entra nadie sin mi permiso. Ni la policía, ni el narco, ni el Diablo mismo.

Entraron a la casa. Igor se quedó fuera, asegurando el perímetro y descargando las maletas con el equipo táctico.

El interior estaba helado. Maximiliano fue directo a la chimenea central de la sala y encendió los leños de gas con un control remoto. Las llamas cobraron vida al instante, proyectando sombras danzantes en las paredes de piedra.

—Siéntate —le indicó a Elena—. Voy a preparar café. Necesitamos hablar con la cabeza fría.

Mientras Max molía el grano en la cocina abierta, Elena recorrió la sala con la mirada. Había fotos en las repisas, pero ninguna de familia. Eran fotos de edificios. Puentes, rascacielos, presas. La vida de un hombre que había dedicado su existencia al concreto porque las personas le habían fallado.

Max regresó con dos tazas humeantes de café de olla, endulzado con piloncillo y canela.

—Tómatelo. Te va a revivir.

Se sentaron frente al fuego. El silencio era cómodo, pero cargado de preguntas no formuladas.

—Igor va a traer un kit de prueba de ADN en la mañana —dijo Maximiliano de repente, rompiendo el hielo con la delicadeza de un martillo—. Siempre tengo uno en el botiquín de emergencias. Gajes del oficio cuando tienes hijos que te pelean herencias o cuando aparecen supuestos familiares.

Elena bajó la taza.

—No necesito una prueba para saber quién es usted. Mi mamá no mentía.

—Lo sé —Maximiliano la miró a los ojos, y su expresión se suavizó—. Yo tampoco la necesito. Te veo y la veo a ella. Es como si el tiempo se hubiera doblado. Pero necesitamos ese papel. Si vamos a pelear contra Víctor legalmente, si vamos a reclamar tu lugar en mi vida… necesito que seas, ante la ley y ante el mundo, Elena Castillo.

Elena asintió, comprendiendo la lógica implacable de su padre.

—¿Por qué nunca me buscó? —preguntó ella. No había reproche en su voz, solo una curiosidad triste—. Digo, antes. Mamá dijo que usted no sabía, pero… ¿nunca intentó encontrarla a ella?

Maximiliano suspiró, un sonido profundo que parecía venir desde el fondo de su alma. Se levantó y caminó hacia el ventanal que daba al bosque oscuro.

—La busqué, Elena. Dios sabe que la busqué. —Se pasó una mano por el cabello canoso—. Contraté a los mejores investigadores privados de los noventa. Rastreamos sus tarjetas, su seguro social, a sus amigos. Pero Ana… Ana era lista. Se esfumó. Cambió de ciudad, tal vez de nombre por un tiempo.

Se giró para mirarla.

—Hubo un momento, a los dos años, en que un detective me dijo que había encontrado una pista en Veracruz. Fui yo mismo. Manejé toda la noche. Pero cuando llegué, era una mujer que se le parecía, pero no era ella. Ese día… ese día me rompí. Decidí que si ella no quería ser encontrada, yo debía respetar eso. Pensé que me había dejado porque ya no me amaba. Porque yo estaba demasiado obsesionado con mi trabajo, con construir mi “imperio”. Nunca imaginé que estaba huyendo para protegerme.

—Ella lo amaba —dijo Elena con firmeza—. Hasta el último día. Guardaba recortes de periódico con sus fotos. Cada vez que inauguraba un edificio, ella compraba el Reforma o el Excélsior y recortaba la noticia. “Mira, hija”, me decía, “ese hombre construye el futuro”.

Maximiliano sintió que las lágrimas le picaban en los ojos. Se aclaró la garganta, luchando por mantener la compostura.

—Maldita sea… —susurró—. Treinta años perdidos por culpa de un psicópata y su sobrino.

La puerta principal se abrió e Igor entró, trayendo consigo una ráfaga de aire frío y una caja pequeña y blanca.

—Aquí está el kit, jefe. Es de los rápidos. Resultado preliminar en 45 minutos. Fiabilidad del 99%.

—Hazlo —ordenó Max.

El proceso fue clínico y rápido. Un hisopo en la mejilla de Elena, otro en la de Max. Reactivos químicos. Y luego, la espera.

Esos cuarenta y cinco minutos fueron los más largos de la vida de Maximiliano. Más largos que cuando esperaba el fallo de una licitación de mil millones. Más largos que cuando esperaba el nacimiento de sus otros hijos en salas de parto asépticas en Houston.

Estaban sentados en silencio, viendo el amanecer despuntar sobre las montañas, tiñendo el cielo de un azul cobalto.

Finalmente, el dispositivo pitó.

Igor lo revisó bajo la luz de la lámpara. Asintió una vez, seco y profesional, y le pasó el dispositivo a Max.

Maximiliano miró la pequeña pantalla digital.

PROBABILIDAD DE PATERNIDAD: 99.999%

No hubo fuegos artificiales. No hubo música de violines. Solo hubo una certeza absoluta, pesada y real, aterrizando en el centro de su pecho.

Levantó la vista. Elena lo miraba con expectación, mordiéndose el labio inferior.

Maximiliano no dijo nada. Simplemente le extendió la mano sobre la mesa, con la palma abierta hacia arriba. Una invitación.

Elena dudó un segundo, luego extendió su propia mano y la puso sobre la de él. Max cerró los dedos, apretando con fuerza.

—Bienvenida a casa, hija —dijo con la voz ronca.

Elena soltó un sollozo y se cubrió la cara con la otra mano. Max se levantó, rodeó la mesa y la abrazó. Esta vez no fue un abrazo de emergencia para salvar a una desconocida de la lluvia. Fue un abrazo de padre. Un abrazo protector, fiero, definitivo.

—Ya no estás sola —le susurró al oído—. Se acabó el miedo. Ahora somos tú y yo contra ellos. Y te juro que van a perder.

Estuvieron así unos minutos, dejando que la realidad se asentara. Luego, el “Ingeniero” volvió a tomar el control.

—Bueno —dijo Max, secándose los ojos disimuladamente y separándose—. Ya lloramos, ya nos abrazamos. Ahora vamos a la guerra. Igor, trae la carpeta.

Se sentaron alrededor de la mesa de comedor, hecha de una sola pieza de parota maciza. Max abrió la “Carpeta del Diablo”. Bajo la luz clara de la mañana, los documentos parecían aún más siniestros.

—Vamos a analizar esto con calma —dijo Max, poniéndose sus lentes de lectura—. Elena, tú conoces el contexto doméstico. Igor conoce el contexto criminal. Yo conozco el financiero. Vamos a armar el rompecabezas.

Pasaron las siguientes tres horas diseccionando el imperio de Víctor Delgado.

Lo que encontraron fue aterrador. Víctor no solo lavaba dinero; estaba construyendo una red de influencia política masiva. Los restaurantes eran solo la fachada. El verdadero negocio estaba en la especulación inmobiliaria con dinero del narco. Compraban terrenos baratos mediante amenazas o extorsión, cambiaban el uso de suelo sobornando a alcaldes, y construían complejos de lujo que se vendían en efectivo a prestanombres.

—Aquí es donde entras tú —dijo Max, señalando un mapa catastral que estaba en la carpeta—. El predio en la calle de Regina, en el Centro Histórico.

—El terreno de mi abuela —asintió Elena.

—No es cualquier terreno —explicó Max, trazando una línea con el dedo—. Está en el corazón de un nuevo “polígono de actuación” que el gobierno quiere renovar. Víctor ya compró, o robó, las cuatro propiedades colindantes. Tu terreno es la pieza clave. Sin él, no puede unir los lotes para hacer su hotel boutique de cinco estrellas.

—Por eso estaba tan desesperado —comprendió Elena—. Por eso falsificó mi firma.

—Exacto. Pero aquí hay algo más. —Max señaló una hoja de cálculo—. Mira las fechas. Tiene préstamos “puente” de inversores privados por cincuenta millones de dólares. La fecha límite para iniciar la obra es… —Max miró el calendario en su reloj—… en dos semanas.

—Si no empieza a construir, pierde el dinero —dijo Igor, limpiando su rifle en una esquina de la sala.

—Peor —corrigió Max—. Si no empieza a construir, no puede lavar el dinero de sus “socios” del norte. Y a esa gente no le puedes decir “perdón, mi esposa no firmó”. A esa gente le pagas o te matan.

—Entonces Víctor está acorralado —dijo Elena, sintiendo un escalofrío.

—Un animal acorralado es el más peligroso —advirtió Igor.

—Necesitamos las escrituras originales —dijo Max—. Las que tiene Víctor son falsas, pero si él logra “desaparecerte” o declararte mentalmente incompetente, esas falsificaciones se vuelven verdad legal. Necesitamos los originales para demostrar el fraude y bloquear el proyecto. Eso le congelará los fondos y sus socios se le echarán encima.

—Están en el banco —dijo Elena—. En la caja de seguridad de mi madre. Pero…

—Pero no tienes la llave —completó Max.

—No. La tiene Vera. Vera López. La mejor amiga de mi mamá. Ellas estudiaron juntas Contaduría. Vera fue la única que mantuvo contacto con mamá después de que huimos.

Maximiliano se quedó pensativo.

—Vera López… —el nombre le sonaba—. ¿Alta? ¿Con un lunar aquí? —se tocó el labio superior.

—¡Sí! —exclamó Elena—. ¿La conoce?

—Trabaja para mí —dijo Max, con una sonrisa de incredulidad—. Bueno, para una de mis filiales. Es la Jefa de Auditoría en la oficina de Querétaro. La vi en la fiesta de fin de año. ¡Maldita sea, el mundo es un pañuelo!

—Ella tiene la llave —dijo Elena—. Mamá se la dio hace años. “Por si acaso”, dijo.

—Entonces tenemos que traer a Vera —dijo Max—. Igor, localízala. Quiero saber dónde está ahora mismo.

Igor sacó una tablet y empezó a teclear furiosamente. Accedió a la base de datos de recursos humanos de “Grupo Castillo”.

—Vera López Martínez. Actualmente asignada a la supervisión de obra en… —Igor hizo una pausa—. En la Ciudad de México. Está en las oficinas corporativas de Reforma. Vino a una capacitación esta semana.

—Está en la boca del lobo —dijo Max—. Si Víctor sabe quién es, si sabe que era amiga de Ana…

—Víctor sabe todo —interrumpió Elena—. Tiene investigadores. Si rastreó a mi mamá, seguro sabe de Vera.

Max sacó un teléfono desechable que Igor había comprado en el camino.

—¿Tienes su número?

—Me lo sé de memoria —dijo Elena.

Max le pasó el teléfono.

—Llámala. Dile que es una emergencia. No le digas dónde estás. Solo dile que necesitamos vernos. Hoy.

Elena marcó el número. Sus dedos temblaban. Puso el altavoz.

El tono de llamada sonó una, dos, tres veces.

—¿Bueno? —contestó una voz femenina, madura, con un tono profesional pero cauteloso.

—¿Tía Vera? —dijo Elena, usando el apelativo de cariño de su infancia.

Hubo un silencio al otro lado de la línea. Un silencio cargado de miedo.

—¿Elena? —la voz de Vera bajó a un susurro—. ¡Dios mío, muchacha! ¿Estás bien? Te he estado llamando, tu celular no entra… Víctor me llamó ayer.

Max y Elena intercambiaron una mirada de alarma.

—¿Qué te dijo Víctor? —preguntó Elena.

—Me preguntó por ti. Dijo que estabas enferma, que te habías escapado. Quería saber si tenías copia de las llaves de la casa o… o de alguna otra cosa. Sonaba… sonaba raro, Elena. Amenazante, aunque trataba de ser amable.

—Tía, escúchame bien. No estoy enferma. Víctor me quiere matar. Estoy con… estoy en un lugar seguro.

—¿Con quién estás? —preguntó Vera.

—Está con su padre, Vera —intervino Maximiliano, acercándose al teléfono.

Hubo un grito ahogado al otro lado de la línea.

—¿Maximiliano? —preguntó Vera, incrédula—. ¿Eres tú?

—Soy yo. Y sé todo. Sé lo de Ana, sé lo de Elena. Y sé que tú tienes la llave de la caja de seguridad.

—¡Bendito sea Dios! —exclamó Vera, y se escuchó que rompía a llorar—. Ana siempre rezó para que esto pasara. Maximiliano, tienes que cuidarla. Ese hombre, el marido… es el diablo. Es igualito a su tío Genaro.

—Lo sé. Vera, escúchame. Necesitamos esa llave. Es la única forma de pararlo. ¿La tienes contigo?

—Sí… sí, siempre la llevo conmigo, en mi llavero, como si fuera la de mi casa. Ana me hizo jurar que no la soltaría.

—¿Dónde estás ahora?

—En el hotel. En el Marquis Reforma. Iba a ir a la oficina en un rato.

—No vayas a la oficina —ordenó Max—. No salgas de tu habitación. Víctor podría tener gente vigilándote. Igor va a ir por ti.

—No —intervino Igor—. Si la tienen vigilada, ir por ella al hotel es suicida. Un equipo de extracción llamaría mucho la atención en Reforma a plena luz del día. Necesitamos que ella se mueva a un punto ciego.

Max asintió, reconociendo la experiencia táctica de su jefe de seguridad.

—Vera, ¿me oyes? —dijo Max.

—Sí, aquí estoy. Tengo miedo, Max. Hay un coche parado frente al hotel desde anoche. No sé si son ideas mías…

—No son ideas tuyas. Haz exactamente lo que te voy a decir. Baja al lobby como si nada. Pide un taxi del hotel, no un Uber. Dile que te lleve a… —Max miró a Igor, pidiendo una ubicación.

—Plaza Carso —susurró Igor—. Es concurrido, hay muchas salidas.

—Que te lleve a Plaza Carso —repitió Max—. Entra a la tienda Sanborns. Compra algo, da vueltas. Ve al baño. Asegúrate de que nadie te siga. Si ves a alguien sospechoso, métete al Museo Soumaya y piérdete entre los turistas. Igor te encontrará ahí. Él te dirá la contraseña: “El castillo es de piedra”.

—”El castillo es de piedra” —repitió Vera con voz temblorosa—. Está bien. Lo haré. Por Elena.

—Cuídate, Vera. Nos vemos pronto.

Colgaron.

La tensión en la cabaña de Valle de Bravo era eléctrica.

—Yo voy —dijo Igor, poniéndose de pie y tomando las llaves de otro vehículo, un sedán discreto que tenían en la propiedad—. Voy a tardar dos horas en llegar y regresar.

—Yo voy contigo —dijo Elena de repente.

—¡Ni hablar! —saltó Max—. Tú te quedas aquí. Es demasiado peligroso.

—Es mi tía Vera. Ella no va a confiar en un hombre armado con cara de pocos amigos como el señor Igor —dijo Elena, señalando al escolta—. Además, necesito ir al banco. Necesito mi huella digital o mi firma para abrir la caja, ¿no? La llave no sirve de nada sin mí.

Maximiliano maldijo por lo bajo. Tenía razón. Las cajas de seguridad requerían presencia física del titular o un poder notarial que no tenían tiempo de falsificar.

—Es demasiado riesgo, Elena. Víctor te está cazando.

—Ya no soy la niña asustada que tocó a tu puerta anoche, papá —dijo ella. La palabra “papá” desarmó a Max por completo—. Tengo tu sangre, ¿no? Pues vamos a pelear. No me voy a quedar aquí escondida mientras ustedes arriesgan el pellejo por mí.

Maximiliano miró a Igor. El militar se encogió de hombros levemente.

—Tiene razón en lo del banco, jefe. Sin ella, no hay documentos. Y la señora… tiene agallas.

Max suspiró, derrotado por la lógica y por el orgullo que sentía al ver la determinación de su hija.

—Está bien. Pero vas a seguir mis instrucciones al pie de la letra. Te vas a poner una peluca, lentes oscuros y ropa holgada. Y vas a ir en el asiento de atrás, agachada hasta que Igor te diga.

—Lo que digas.

Maximiliano se acercó a un armario y sacó una pistola pequeña, una Beretta .380.

—¿Sabes usar esto?

—No —admitió Elena.

—Es fácil. Quitas el seguro aquí. Apuntas al bulto. Jalas el gatillo. Solo úsala si Igor está en el suelo y tienes a alguien encima. ¿Entendido?

Elena tomó el arma. Pesaba más de lo que parecía. El metal frío le recordó que su vida anterior, la de las galas benéficas y los tés de la tarde, había muerto para siempre.

—Entendido.

—Entonces vámonos —dijo Max, tomando su propia Glock y poniéndose una chamarra de cuero—. Vamos a rescatar a Vera y a recuperar tu herencia. Hoy, los Delgado van a saber que se metieron con la familia equivocada.

Salieron de la casa hacia el frío de la mañana. La niebla se estaba levantando, revelando el bosque inmenso y antiguo que los rodeaba. Parecía tranquilo, pero ellos sabían que era la calma antes de la tormenta final.

El motor del sedán rugió, rompiendo el silencio de la montaña. El viaje de regreso al infierno de la ciudad había comenzado.


Fin del Capítulo 4.

La trama ha avanzado significativamente: la confirmación del lazo sanguíneo, el establecimiento de la estrategia legal/criminal, y la preparación para la misión de extracción de Vera y la recuperación de los documentos. Todo manteniendo el sabor local y la tensión.

¿Procedemos al Capítulo 5? (El rescate de Vera y la entrada al banco)

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Aquí tienes el Capítulo 5, cargado de acción, tensión urbana y el desarrollo del plan maestro en el corazón de la Ciudad de México.


LA SOMBRA DEL PASADO

NOVELA DE SUSPENSO – VERSIÓN EXTENDIDA

CAPÍTULO 5: La Boca del Lobo

La Ciudad de México a las once de la mañana es un monstruo de mil cabezas que respira smog y exhala ruido. Para la mayoría, es caos. Para Maximiliano Castillo e Igor Velasco, era el camuflaje perfecto.

El sedán gris, un Volkswagen Passat blindado nivel 4 que parecía un coche de flotilla cualquiera, se deslizaba por el segundo piso del Periférico. Adentro, el aire acondicionado estaba al máximo, pero Elena sentía una gota de sudor frío bajando por su espalda, justo donde la culata de la Beretta .380 le rozaba la piel a través de la chamarra.

—Recuerda el plan —dijo Max desde el asiento del copiloto. No se había girado, sus ojos escaneaban los espejos laterales con una paranoia profesional—. Entramos, extraemos a Vera, salimos. Nada de héroes. Si Igor dice “suelo”, te tiras al suelo. Si dice “corre”, corres como si el diablo te quisiera cobrar la renta.

—Entendido —respondió Elena. Llevaba una peluca de corte bob negro y unos lentes de sol enormes que ocultaban sus ojos hinchados. Se veía diferente, más dura, menos la esposa trofeo y más una mujer con una misión.

Igor conducía con una mano relajada sobre el volante, tarareando una canción de banda muy bajito. Para él, esto era otro día en la oficina.

—Llegamos a Polanco en cinco minutos —informó Igor—. El tráfico está pesado en Moliere.

—Perfecto —dijo Max—. El tráfico nos protege. Nadie puede hacer maniobras rápidas aquí.

El objetivo era Plaza Carso. Un complejo moderno, lleno de cristal y acero, símbolo del dinero nuevo de México. Era el lugar ideal para una reunión clandestina: demasiada gente, demasiadas salidas, demasiadas cámaras para que Víctor intentara algo estúpido a plena luz del día. O eso esperaban.

Entraron al estacionamiento subterráneo. El olor a gasolina y caucho quemado llenó la cabina.

—Nivel menos tres —ordenó Max—. Menos gente, más cerca de la salida a Cervantes Saavedra.

Igor estacionó el coche en una esquina estratégica, con la trompa apuntando hacia la rampa de salida. Apagó el motor. El silencio repentino fue ensordecedor.

—Voy por ella —dijo Igor, revisando su auricular—. Ustedes quédense aquí. Vidrios arriba, seguros puestos. Si alguien se acerca a menos de dos metros, toquen el claxon.

Igor salió del coche y desapareció entre las sombras de las columnas de concreto, moviéndose con esa gracia depredadora que tienen los exmilitares.

Max y Elena se quedaron solos en la penumbra.

—¿Crees que esté bien? —preguntó Elena, rompiendo el silencio.

—Vera es lista —dijo Max, aunque sus dedos tamborileaban nerviosamente sobre su rodilla—. Sobrevivió treinta años guardando un secreto que podría haberla matado. Ella sabe cuidarse.


Arriba, en la zona comercial de Plaza Carso, Vera López sentía que el corazón se le iba a salir por la boca.

Caminaba por los pasillos brillantes de Sanborns, fingiendo interés en una revista de decoración. Se sentía observada. Cada persona que pasaba a su lado le parecía un sicario. El hombre de traje que miraba relojes, la pareja que discutía cerca de los chocolates… la paranoia era un veneno lento.

Su teléfono vibró en su bolso. Un mensaje de un número desconocido.

“Pasillo de farmacia. No voltees.”

Vera tragó saliva. Dejó la revista y caminó hacia la farmacia, al fondo de la tienda. El olor a antiséptico y perfume barato la mareó.

Se detuvo frente a los estantes de vitaminas. A su lado, un hombre robusto con una gorra de béisbol y una chamarra de mezclilla se puso a leer la etiqueta de un frasco de proteína.

—El castillo es de piedra —susurró el hombre sin mirarla.

Vera soltó el aire que había estado conteniendo.

—Y sus muros son altos —respondió con la contra-seña que habían acordado hacía años con Ana, por si algún día necesitaban ayuda.

Igor asintió levemente.

—Sígueme. Vamos a salir por la cocina.

—Hay un hombre… —susurró Vera, temblando—. Afuera, cerca de las escaleras eléctricas. Trae una chamarra de cuero café. Me ha estado siguiendo desde el hotel.

Igor no se inmutó.

—Lo vi. Es un “halcón”. Un vigía. No es de acción, solo reporta. Vamos a perderlo antes de que pueda marcarle a su jefe.

Caminaron hacia la parte trasera de la tienda. Igor empujó una puerta que decía “Solo Personal”. Un guardia de seguridad intentó detenerlos.

—¡Oiga, por aquí no se puede…!

Igor le mostró una placa dorada que sacó de su bolsillo. Probablemente falsa, o una vieja credencial del Estado Mayor, pero funcionó.

—Seguridad Nacional. Operativo en curso. Cierra la boca y no viste a nadie.

El guardia se quedó mudo y se hizo a un lado.

Atravesaron la cocina, entre el olor a enchiladas suizas y café quemado, y salieron por el muelle de carga que daba a una calle lateral. El sol del mediodía los golpeó.

—Rápido —dijo Igor, guiándola hacia una escalera de servicio que bajaba al estacionamiento.

Bajaron corriendo los tres pisos. Al llegar al nivel menos tres, Igor hizo una señal con la mano. El Passat gris encendió las luces.

Vera corrió hacia el coche. La puerta trasera se abrió y Elena la jaló hacia adentro.

—¡Tía Vera! —Elena la abrazó, llorando.

—¡Mi niña! ¡Estás viva!

Maximiliano, desde el asiento delantero, se giró.

—Hola, Vera.

Vera se detuvo en seco al verlo. Los años habían pasado por ambos. Él tenía más canas, más arrugas, pero la misma mirada intensa de aquel joven arquitecto que iba a buscar a Ana a la oficina en un Vocho destartalado.

—Maximiliano… —dijo ella, con la voz llena de nostalgia y dolor—. Te ves… te ves igual de terco que siempre.

—Sube, Vera. No tenemos tiempo para el reencuentro de la generación —dijo Max, aunque le sonrió con calidez.

Igor saltó al asiento del conductor y el coche arrancó, chillando llantas sobre el concreto pulido. Salieron a la calle justo cuando el celular de Vera empezó a sonar.

Era Víctor.

—No contestes —ordenó Igor—. Saca la batería.

Vera apagó el teléfono con manos temblorosas.

—Me vio salir del hotel. Sabe que me fui.

—Que sepa —dijo Max—. Para cuando se dé cuenta de dónde estamos, ya será tarde. ¿Traes la llave?

Vera abrió su bolso y sacó un llavero sencillo con una pequeña llave plateada, de esas antiguas que ya no se ven.

—Nunca me separé de ella.

—Bien. Siguiente parada: Banco Nacional, sucursal Centro Histórico. Vamos a recuperar lo que es nuestro.


El trayecto hacia el Centro fue tenso. Igor conducía agresivamente, cortando camino por calles secundarias de la colonia Anzures para evitar el tráfico de Reforma.

—Vera —dijo Max sin voltear—. Necesito que me digas algo. Algo que Ana nunca me explicó en su carta. ¿Qué tan peligroso es realmente Víctor?

Vera suspiró y miró por la ventana.

—Víctor es malo, Max. Pero es un niño berrinchudo comparado con su tío Genaro. El problema es que Víctor heredó las conexiones de Genaro. Cuando Ana estaba embarazada, Genaro la amenazó con secuestrarte a ti. Dijo que te cortaría los dedos uno por uno para que nunca pudieras dibujar otro plano. Ana no huyó por miedo a morir. Huyó por miedo a que te torturaran.

Max apretó el tablero del coche hasta que los nudillos se le pusieron blancos.

—Ella sacrificó todo… por mí.

—Por los dos —corrigió Vera, mirando a Elena—. Y ahora Víctor quiere el terreno no solo por el dinero. Es algo personal. Genaro murió en la cárcel odiando a Ana por haberlo rechazado. Víctor creció escuchando esas historias de odio. Para él, destruir a Elena es vengar a su familia.

—Está enfermo —susurró Elena.

—Está podrido —sentenció Igor desde el volante—. Y los podridos solo entienden un idioma: el plomo.

Llegaron al Centro Histórico. Las calles se estrecharon, llenas de gente, vendedores ambulantes y el ruido incesante de la capital. El banco estaba en un edificio colonial restaurado, una fortaleza de piedra con puertas de hierro forjado.

—Aquí es —dijo Max.

Se estacionaron en un lugar prohibido, justo enfrente. Igor puso una luz estroboscópica en el tablero para que la tránsito no molestara.

—El plan es este —dijo Max, girándose hacia las dos mujeres—. Yo entro primero. Soy cliente “Premier” de este banco desde hace veinte años. Voy a pedir hablar con el gerente para distraerlo. Elena, tú entras dos minutos después con Vera. Van directo a la zona de cajas de seguridad. Igor se queda en la puerta cubriendo la salida.

—¿Y si me reconocen? —preguntó Elena.

—Con esa peluca y los lentes pareces una turista francesa perdida. Además, el personal de cajas de seguridad suele ser discreto. No hacen preguntas. Solo firma, muestra la llave y entra.

—Vamos —dijo Elena, tomando aire.

Max bajó primero. Se ajustó el saco, adoptó su postura de “dueño del mundo” y entró al banco.

Dos minutos después, Elena y Vera bajaron. Elena se aferraba al brazo de Vera como si fuera una anciana que necesitaba ayuda, ocultando su rostro.

El interior del banco era fresco y olía a cera para pisos y dinero viejo. Los techos altos amplificaban el murmullo de los cajeros. Max estaba en un escritorio a la derecha, hablando en voz alta con un gerente nervioso, quejándose de unas supuestas transferencias fallidas. Tenía la atención de medio banco.

Elena y Vera se deslizaron hacia la izquierda, hacia una reja de acero que separaba la bóveda del área pública.

—Buenos días —dijo Vera al guardia, con una autoridad que solo dan los años—. Venimos a la caja 405. La señora trae la llave.

El guardia, un hombre mayor aburrido, miró la llave, miró a Elena (que mantuvo la cabeza baja) y asintió. Abrió la reja.

Bajaron unas escaleras de caracol hacia el sótano. Ahí, el aire era más denso. Un empleado bancario las recibió detrás de un mostrador de cristal blindado.

—Caja 405 —dijo Elena, poniendo la llave sobre el mostrador. Su voz temblaba un poco, así que fingió una tos.

El empleado verificó la llave, revisó una lista en su computadora.

—Ana Beltrán… —leyó el empleado—. Tiene autorización de acceso para la portadora de la llave. Firme aquí, por favor.

Elena firmó con el nombre de su madre, imitando la firma que había visto en la carta miles de veces. El empleado comparó la firma con la de la pantalla. Pareció dudar un segundo.

El corazón de Elena se detuvo.

—Un poco diferente el trazo —comentó el empleado.

—Tengo artritis —dijo Elena rápidamente—. Los días de lluvia me duelen las manos.

El empleado la miró, se encogió de hombros y presionó un botón.

—Pase. Pasillo B. Tienen diez minutos.

Entraron a la bóveda. Paredes forradas de pequeñas puertas metálicas numeradas. Buscaron la 405.

—Aquí está —susurró Vera.

Elena insertó la llave. Giró. El mecanismo hizo clic. Jaló la caja metálica larga y estrecha.

Fueron a una pequeña mesa privada en la esquina de la bóveda. Abrieron la tapa.

Ahí estaba.

Una carpeta de manila amarilla, vieja y quebradiza. Un cassette de audio TDK de 90 minutos. Una memoria USB Kingston, más reciente. Y una pequeña caja de terciopelo rojo.

Elena abrió primero la caja de terciopelo. Adentro había un anillo. Un zafiro rodeado de diamantes.

—El anillo de compromiso de mi abuela —dijo Vera con lágrimas en los ojos—. Ana lo guardó para ti. Decía que era lo único puro que le quedaba de su familia.

Elena se puso el anillo. Le quedaba perfecto. Luego tomó la carpeta. Las escrituras originales del terreno en Regina. Selladas, notariadas, indiscutibles.

—Tenemos todo —dijo Elena, metiendo las cosas en su bolso grande—. Vámonos.

Cerraron la caja vacía, la devolvieron a su nicho y salieron.

Subieron las escaleras. Al llegar al vestíbulo principal, Elena buscó a su padre con la mirada. Max seguía discutiendo con el gerente, pero al verlas salir, cortó la conversación de tajo.

—Bueno, licenciado, lo revisamos luego. Tengo prisa.

Max caminó hacia ellas. Se encontraron en el centro del banco.

—¿Lo tienen? —susurró Max.

—Sí —respondió Elena.

En ese momento, el celular de Max sonó. Era Igor.

¡Jefe! ¡Problemas! —la voz de Igor sonaba urgente—. Una Suburban negra acaba de frenar en doble fila. Bajaron cuatro tipos armados. Es Víctor. Viene entrando.

—¡Mierda! —exclamó Max.

Miró hacia la entrada principal. A través de los vidrios blindados, vio a Víctor Delgado bajando de la camioneta, acompañado por sus gorilas. Víctor no traía máscara. Venía a cara descubierta, furioso.

—No podemos salir por ahí —dijo Max—. Nos van a acribillar en la banqueta.

El guardia de la entrada, al ver las armas de los hombres de Víctor, intentó cerrar la puerta, pero uno de los sicarios la trabó con el pie.

—¡Al suelo! ¡Esto es un asalto! —gritó uno de los hombres de Víctor para causar pánico y confusión.

La gente en el banco empezó a gritar. Las alarmas sonaron.

—¡Venimos por la mujer! —bramó Víctor, buscando entre la multitud con ojos de loco.

—¡Atrás! —ordenó Max, empujando a Elena y a Vera hacia el área de oficinas—. ¡Gerente! ¡La salida de emergencia! ¡Ahora!

El gerente, pálido como un papel, señaló una puerta detrás de los cajeros.

—¡Por ahí! ¡Da al callejón de la condesa!

Max sacó su Glock. Ya no había punto de retorno. Disparó al aire, al techo, para que la gente se tirara al suelo y creara una barrera humana entre ellos y Víctor.

—¡Corran!

Saltaron el mostrador de los cajeros. Elena ayudó a Vera. Max se quedó un segundo atrás, cubriendo la retirada. Vio a Víctor entrando al banco, empujando a una señora mayor.

—¡Ahí están! —gritó Víctor, señalándolos—. ¡Mátenlos!

Las balas empezaron a zumbar. Pim, pim, pam. El cristal blindado de los cajeros se astilló en mil telarañas blancas pero aguantó los primeros impactos.

Max respondió al fuego. Dos disparos secos, controlados. Uno de los sicarios de Víctor cayó agarrándose la pierna.

—¡Vámonos, papá! —gritó Elena desde la puerta de emergencia.

Max corrió. Cruzaron la puerta de acero y salieron a un callejón estrecho, sucio, lleno de botes de basura y cajas de cartón.

Ahí estaba Igor, con el Passat, esperándolos con el motor rugiendo. Había dado la vuelta a la manzana anticipando la jugada.

—¡Suban! ¡Suban!

Se lanzaron dentro del coche. Las puertas apenas se cerraron cuando la puerta del callejón se abrió de golpe y Víctor apareció disparando con una escuadra cromada.

Una bala rompió la ventana trasera (que no era blindada como la camioneta de Valle). Los vidrios le llovieron a Vera en el cabello.

—¡Agáchate! —gritó Elena, cubriendo a su tía.

Igor pisó el acelerador a fondo. El Passat derrapó sobre la basura mojada y salió disparado hacia la calle de Bolívar.

—¡Nos dieron! —gritó Vera, histérica.

—¿Estás herida? —preguntó Max, girándose.

—No… creo que no. Solo son vidrios.

Max miró hacia atrás. La Suburban de Víctor estaba maniobrando para entrar al callejón, pero era demasiado ancha. Se quedaron atascados, raspando la pintura contra los muros coloniales.

—¡Pendejos! —se rió Igor, nervioso—. ¡Se atoraron!

Aceleraron por las calles del centro, esquivando metrobuses y peatones, poniendo distancia entre ellos y la muerte.

Cuando llegaron a la avenida Tlalpan y el tráfico se abrió un poco, Max soltó el aire. Le temblaban las manos. Miró a Elena. Ella estaba pálida, abrazada a su bolso donde llevaban los documentos, pero sus ojos brillaban con una intensidad nueva.

—¿Estás bien? —le preguntó.

Elena asintió. Se quitó la peluca y se sacudió los vidrios del cabello.

—Tengo los papeles, papá —dijo, levantando la carpeta amarilla—. Tengo su vida en mis manos. Ahora es nuestro turno.

Max sonrió. Una sonrisa feroz, de lobo viejo.

—Igor, llévanos con Alejandro, mi abogado. Vamos a redactar una denuncia que va a hacer temblar hasta al Presidente. Y Vera… —Max miró a la amiga de su gran amor—. Gracias.

Vera se limpió una lágrima y sonrió débilmente.

—Ana estaría orgullosa de este desmadre. Siempre le gustó el drama, pero esto… esto es de película.

El coche se perdió en la inmensidad de la Ciudad de México, llevando a bordo a cuatro personas dispuestas a incendiar el mundo para obtener justicia. La batalla del banco había terminado, pero la guerra legal y mediática apenas comenzaba. Y Víctor Delgado acababa de cometer el error de su vida: dejar vivos a sus enemigos.

CAPÍTULO 6: Jaque al Rey

El despacho del Licenciado Alejandro Monroy no parecía una oficina de abogados; parecía la sala de guerra de un general en tiempos de paz. Ubicado en el piso 40 de la Torre Virreyes, el edificio conocido popularmente como “El Dorito” en las Lomas de Chapultepec, ofrecía una vista panorámica de la Ciudad de México que, a esa hora de la tarde, lucía gris y opresiva bajo una capa de smog.

Maximiliano, Elena, Vera e Igor entraron al privado de Monroy como un comando después de la batalla: despeinados, con ropa oliendo a humo y sudor, y con los nervios destrozados. Elena aún tenía pequeños fragmentos de vidrio en los pliegues de su ropa.

Alejandro Monroy, un hombre calvo, de lentes redondos y trajes de tres piezas impecables, se levantó de su escritorio de caoba. Era el mejor penalista del país, un tiburón que desayunaba fiscales y cenaba jueces.

—¡Max! —exclamó Monroy, perdiendo por un segundo su compostura habitual al ver el estado de su amigo—. Me llamó Igor. ¿Están todos bien? ¿Nadie está herido?

—Estamos vivos, Álex, que ya es ganancia —gruñó Maximiliano, dejándose caer en un sofá de piel—. Pero traemos la dinamita.

Elena puso la vieja carpeta amarilla y la memoria USB sobre el escritorio inmaculado. El sonido del metal de la caja de seguridad golpeando la madera resonó como un mazo de juez.

—Aquí está todo —dijo ella, con una firmeza que sorprendió al abogado—. Las escrituras originales del predio de Regina, el testamento de mi abuela, y… esto.

Elena sacó el cassette de audio TDK.

—Necesitamos una grabadora, Alejandro. De las viejas.

El abogado arqueó una ceja, pero no hizo preguntas tontas. Presionó un botón en su intercomunicador.

—Srita. Gómez, consígame una grabadora de cassettes. Ahora. Y dígale a seguridad que estamos en “Protocolo Cero”. Nadie sube a este piso sin mi autorización personal. Ni siquiera el Papa.

Diez minutos después, con un café cargado en las manos y las persianas cerradas, el grupo se reunió alrededor del escritorio para escuchar la voz de un fantasma.

El mecanismo de la grabadora hizo un zumbido nostálgico. Clic.

La voz de Ana Beltrán llenó la habitación. Era una voz joven, dulce, pero temblorosa por el miedo. Se escuchaba el ruido de fondo de un restaurante o una cafetería, cubiertos y platos chocando.

“…Escúchame bien, Genaro. No voy a abortar. Y no voy a volver contigo.”

Luego, una voz masculina. Áspera, profunda, destilando veneno. La voz de Genaro Delgado, el tío de Víctor.

“Eres una estúpida, Ana. ¿Crees que ese arquitecto de mierda te va a proteger? Yo soy dueño de esta ciudad. Si tienes a ese bastardo, te juro que voy a encontrar a tu Maximiliano y le voy a cortar los dedos uno por uno para que no pueda dibujar ni una casita de perro. Y al niño… al niño lo voy a desaparecer.”

Maximiliano cerró los ojos. Una lágrima solitaria rodó por su mejilla. Escuchar la amenaza directa, treinta años después, fue como recibir un puñetazo en el estómago. Ana no lo había dejado por falta de amor. Lo había dejado para salvarle las manos. Para salvarle la vida.

La grabación continuó. Ana, valiente, mencionando nombres, fechas, cuentas bancarias donde Genaro escondía el dinero sucio. Era una confesión completa provocada por ella misma.

Al terminar la cinta, el silencio en la oficina era sepulcral.

—Esto es oro molido —rompió el silencio Alejandro Monroy, ajustándose los lentes—. Con esto, probamos el patrón de conducta criminal de la familia Delgado. Pero lo que hay en la USB… eso es la bomba atómica.

El abogado conectó la memoria a su computadora encriptada. Abrió los archivos que Elena había robado de la caja fuerte de Víctor.

—Lavado de dinero, evasión fiscal, cohecho… —Alejandro silbaba mientras leía—. Aquí hay transferencias a empresas fantasma vinculadas al Cártel del Noreste. Y miren esto… pagos mensuales al Capitán Solís y a dos jueces del Tribunal Superior.

—¿Es suficiente para meterlo a la cárcel? —preguntó Elena.

—Es suficiente para refundirlo quinientos años —respondió Monroy—. Pero hay un problema.

—¿Cuál? —preguntó Max.

—El tiempo. Si vamos por la vía ordinaria, presentamos la denuncia ante la Fiscalía General. El proceso de ratificación tarda días. En ese tiempo, Víctor se entera, vacía las cuentas, quema los archivos y se pela a Dubái o a Israel, donde no hay tratado de extradición.

—No quiero que se escape —dijo Max, su voz dura como el acero—. Lo quiero ver tras las rejas. Quiero ver cómo se le borra esa sonrisita de junior prepotente.

—Entonces necesitamos una estrategia de “Tierra Quemada” —dijo Alejandro, cruzando los dedos—. Un ataque simultáneo. Legal, financiero y mediático.

El abogado se levantó y comenzó a caminar por la oficina, trazando el plan.

—Uno: Tengo un contacto en la Unidad de Inteligencia Financiera (UIF). Le enviaré los estados de cuenta ahora mismo. Pueden congelar las cuentas de Víctor y sus empresas en menos de dos horas por sospecha de lavado de dinero y financiamiento al terrorismo. Eso lo deja sin efectivo.

—Dos: —continuó—. Filtramos la grabación de Genaro y las fotos de los golpes de Elena a la prensa. A Carmen Aristegui o a Loret. Que sea escándalo nacional para la cena de hoy. Eso neutraliza a sus amigos políticos. Nadie va a querer meter las manos al fuego por un golpeador de mujeres vinculado al narco que está en cadena nacional.

—¿Y tres? —preguntó Igor.

—Tres: La trampa. Necesitamos que cometa un error flagrante. Algo que nos permita detenerlo en flagrancia, porque la orden de aprehensión tardará un par de días en salir.

—Él quiere las escrituras —dijo Elena—. Está desesperado. Su plazo para iniciar la obra en mi terreno vence en una semana, pero sus socios narcos no van a esperar tanto si ven sus cuentas congeladas.

—Exacto —dijo Max—. Si le quitamos el dinero, se vuelve un animal herido. Va a venir por ti, Elena.

—Que venga —dijo ella.

Todos la miraron. Elena se había puesto de pie. Ya no temblaba.

—Lo voy a citar. Le voy a decir que estoy dispuesta a negociar. Que le cambio las escrituras originales por mi libertad y la seguridad de mi padre.

—¡Estás loca! —saltó Max—. No te voy a poner de carnada.

—No soy carnada, papá. Soy la jugadora. Él cree que soy débil. Cree que sigo siendo la esposa sumisa que lloraba en el rincón. Esa es nuestra ventaja. No espera que yo le tienda una trampa.

Alejandro Monroy sonrió, una sonrisa depredadora.

—Me gusta. Si lo citamos en un lugar controlado, y grabamos la extorsión en vivo, más el intento de agresión… la policía no tendrá opción más que detenerlo, aunque Solís intente protegerlo.

—¿Dónde? —preguntó Igor—. No puede ser en un lugar público, podría tomar rehenes.

—En la casa —dijo Max—. En la mansión de las Lomas. Es una fortaleza. Igor conoce cada rincón, cada punto ciego. Podemos llenar la casa de cámaras y micrófonos ocultos. Y podemos tener a un equipo de la Guardia Nacional esperando en el sótano. Alejandro puede conseguir eso.

—Puedo —confirmó el abogado—. Tengo un favor pendiente con un Comandante de la Guardia que odia a los policías corruptos como Solís.

Max miró a su hija. Tenía miedo, pánico de perderla justo cuando la acababa de encontrar. Pero vio en sus ojos la misma determinación que tenía Ana cuando decidió huir para salvarlos.

—Está bien —dijo Max—. Hagámoslo. Pero Igor no se te despega ni un milímetro.


Mientras tanto, en el ático de lujo de Víctor Delgado en Santa Fe, el mundo se estaba desmoronando.

Víctor arrojó su vaso de whisky contra la pared. El cristal estalló, manchando el papel tapiz de seda de color ámbar.

—¡Inútiles! —gritó—. ¡Tenían un trabajo! ¡Uno solo! ¡Agarrar a una vieja y a una mujer asustada!

Frente a él, el Capitán Solís se limpiaba el sudor de la frente con un pañuelo sucio.

—Jefe, se nos pelaron. Ese chofer que traen… es exmilitar. Maneja como el diablo. Y entraron al banco por la zona de seguridad, no pudimos hacer nada sin armar una masacre.

—¡Me importa una mierda la masacre! —bramó Víctor, acercándose al policía hasta escupirle en la cara—. ¿Sabes qué había en esa caja, imbécil? ¡Mi sentencia de muerte! Si Elena tiene esos papeles, estoy acabado. Y si habla…

El teléfono privado de Víctor, el encriptado, sonó.

El color desapareció del rostro de Víctor. Era “El Contador”. El enlace directo con el Cártel en Nuevo Laredo.

Contestó con manos temblorosas.

—¿Bueno?

Víctor —la voz al otro lado era suave, demasiado suave—. Estamos viendo movimientos raros en las cuentas de las empresas fachada. La UIF acaba de emitir una alerta. ¿Qué está pasando?

—Es… es un error administrativo, Contador. Lo estoy arreglando. Mi esposa… ella hizo un lío, pero ya lo tengo controlado.

Eso espero, Víctor. Porque tenemos cincuenta millones de pesos atorados en tu proyecto del Centro. Y al Patrón no le gustan los errores administrativos. Tienes 24 horas para desbloquear eso y asegurar el terreno. Si no… bueno, ya sabes que los accidentes pasan.

La llamada se cortó.

Víctor se quedó con el teléfono en la oreja, escuchando el tono de ocupado. Sentía un frío mortal en las entrañas. 24 horas. O arreglaba esto, o amanecía colgado de un puente.

—Jefe… —dijo Solís—. ¿Qué hacemos?

—Hay que encontrarlos. Rastralléalos. Usa las cámaras del C5, compra a quien tengas que comprar.

En ese momento, el teléfono personal de Víctor vibró. Un mensaje de WhatsApp.

Número desconocido.

Abrió el mensaje. Era una foto. Una foto de las escrituras originales del terreno de Regina, extendidas sobre una mesa de madera.

Y debajo, un texto:

“Tengo lo que quieres. Y tú tienes mi libertad. Hablemos. Esta noche, 10 PM. En la casa de mi padre. Ven solo. Si veo un policía, quemo los papeles y envío las copias a la DEA.”

Víctor leyó el mensaje dos veces. Una sonrisa torcida, de alivio y malicia, se formó en su rostro.

—Cayó —susurró—. La estúpida quiere negociar.

—¿Es una trampa? —preguntó Solís.

—Claro que es una trampa. Pero ella no sabe con quién se mete. Cree que tiene el control porque tiene los papeles. —Víctor se volvió hacia su caja fuerte y sacó otra pistola, una Beretta 9mm nueva—. Solís, prepara a los muchachos. No vamos a ir solos. Vamos a rodear esa casa. Voy a entrar, voy a tomar los papeles, y luego… luego voy a quemar esa maldita mansión con todos ellos adentro. Que parezca un accidente por fuga de gas.

—¿Y el viejo Castillo? —preguntó el policía.

—El viejo se muere primero. Nadie me humilla y vive para contarlo.


La tarde cayó sobre la Ciudad de México como un sudario.

En la mansión de las Lomas, la actividad era frenética pero silenciosa. Un equipo técnico de confianza de Alejandro Monroy instaló microcámaras en la sala, el vestíbulo y el despacho. Micrófonos de alta fidelidad se escondieron en los arreglos florales y detrás de los libros.

En el sótano, lejos de la vista de la calle, entraron dos camionetas sin logotipos. De ellas bajaron diez elementos de élite de la Guardia Nacional, vestidos de civil pero armados con rifles de asalto compactos y equipo táctico.

El Comandante Rangel, un hombre de pocas palabras y mirada dura, revisó el plan con Igor.

—Nosotros nos quedamos en el perímetro interno —dijo Rangel, señalando un plano de la casa—. Cuando ustedes den la señal, o si vemos armas, entramos. Tiempo de respuesta: 15 segundos.

—Quiero a Víctor vivo si es posible —dijo Max—. Pero si apunta a mi hija, tírenle a la cabeza.

—Copiado.

Arriba, en la recámara principal, Elena se preparaba. Se quitó la ropa cómoda y se puso un vestido negro, elegante pero sobrio. Se maquilló para cubrir las ojeras y el resto del moretón. Se puso el anillo de su abuela.

Vera entró a la habitación.

—Te ves hermosa, mi niña. Igualita a Ana cuando se arreglaba para salir con Max.

—Tengo miedo, tía Vera.

—El miedo es bueno. Te mantiene alerta. Pero recuerda: él ya no tiene poder sobre ti. Tú tienes la verdad. Y tienes a tu padre.

Elena bajó a la sala. Maximiliano la esperaba de pie frente a la chimenea apagada. Llevaba un suéter oscuro y se veía diez años más viejo que la noche anterior, pero también diez veces más peligroso.

—¿Lista? —preguntó él.

—Lista.

—Alejandro ya filtró la información —dijo Max, mirando su reloj—. En una hora, el noticiero estelar va a abrir con la grabación de Genaro. Las cuentas de Víctor ya están congeladas. Ahora mismo debe estar desesperado, furioso y cometiendo errores. Viene hacia acá no a negociar, sino a matarnos.

—Lo sé.

—¿Segura que quieres estar aquí en la sala? Puedes quedarte en el cuarto de pánico. Yo puedo recibirlo.

—No —dijo Elena con firmeza—. Él tiene que verme. Tiene que ver que ya no le tengo miedo. Es la única forma de cerrar el ciclo.

Dieron las diez de la noche.

La lluvia había regresado, suave y persistente.

Las luces de la mansión estaban atenuadas. Solo una lámpara encendida en la sala.

El monitor de seguridad se iluminó.

Tres camionetas se detuvieron frente a la casa. No intentaron ocultarse.

—Aquí vienen —dijo Igor por el auricular—. Tres vehículos. Diez hostiles visibles. Están tomando posiciones en el perímetro exterior. Solís está en la camioneta líder. Víctor está bajando. Viene hacia la puerta.

—Déjalo entrar —ordenó Max—. Solo a él.

El timbre sonó.

Maximiliano caminó hacia la puerta. Respiró hondo, sintiendo el peso de la Glock en su espalda y el peso de la historia en sus hombros.

Abrió la puerta.

Víctor estaba allí. Ya no tenía el traje impecable. Llevaba una chamarra de piel, el cabello desordenado y los ojos inyectados en sangre y cocaína. Parecía un animal rabioso.

—Buenas noches, suegro —dijo Víctor, empujando la puerta y entrando sin invitación—. Vengo por lo mío.

—Adelante —dijo Max, haciéndose a un lado—. Te estábamos esperando.

Víctor entró a la sala con pasos pesados. Sus ojos recorrieron el lugar buscando emboscadas, pero solo vio a Elena, de pie junto a la mesa de centro, con la carpeta amarilla frente a ella.

—Elena —dijo Víctor, y su voz cambió, volviéndose melosa, una parodia grotesca del hombre del que ella se enamoró—. Mi amor. Qué bueno que entraste en razón. Sabes que todo esto es un malentendido, ¿verdad? Yo te amo. Solo quiero lo mejor para nosotros.

Elena lo miró con una frialdad absoluta.

—Ahórrate el teatro, Víctor. Sé lo del lavado de dinero. Sé lo de los sobornos. Sé lo de tu tío Genaro y mi madre.

La máscara de Víctor cayó al instante. Su rostro se contorsionó en una mueca de odio.

—Esa perra de tu madre… debió morirse antes. Nos causó muchos problemas. Y tú… tú eres igual de molesta.

—Firma el divorcio —dijo Elena, empujando un papel sobre la mesa—. Y confiesa ante una cámara lo que hiciste. A cambio, te doy las escrituras y te dejo ir antes de que llegue la policía.

Víctor soltó una carcajada estridente, maníaca.

—¿La policía? —se rió—. ¡Yo soy la policía en esta ciudad, estúpida! Solís está afuera con ocho hombres armados. ¿Crees que me importa tu papelito de divorcio?

Víctor sacó la Beretta 9mm de su cintura y apuntó a la cabeza de Elena.

—Dame la carpeta. Ahora. O le vuelo la tapa de los sesos a tu papi y luego me divierto contigo antes de matarte.

—¡Víctor, no! —gritó Max, dando un paso adelante.

—¡Cállate, viejo! —Víctor giró el arma hacia Max y disparó.

¡BANG!

La bala rozó el brazo de Max, rompiendo un jarrón detrás de él. Max cayó al suelo por el impacto y la sorpresa, agarrándose el brazo sangrante.

—¡Papá! —gritó Elena.

—¡Siguiente tiro va a la cabeza! —gritó Víctor, volviendo a apuntar a Elena—. ¡La carpeta!

En ese momento, las luces de la casa se encendieron a toda potencia, cegando a Víctor.

—¡GUARDIA NACIONAL! —tronó una voz amplificada por megáfonos desde todas las direcciones—. ¡TIRE EL ARMA!

Las ventanas de la sala estallaron hacia adentro. Elementos tácticos descendieron a rappel desde el segundo piso. La puerta de la cocina se abrió de golpe y el equipo de Rangel entró apuntando con rifles láser.

Víctor, cegado y confundido, giró sobre sus talones, buscando un blanco.

—¡Es una trampa! —aulló.

—¡Tírala o te mato! —gritó Igor, apareciendo detrás del sofá con su AR-15 apuntando al pecho de Víctor.

Víctor dudó. Miró a Elena. Vio que ella no se había movido. Lo miraba con lástima.

—Se acabó, Víctor —dijo ella suavemente—. Jaque mate.

Por un segundo, Víctor consideró disparar. Morir matando. Pero la cobardía que siempre había escondido detrás de su dinero y sus matones salió a flote. Sus manos temblaron.

Soltó la pistola. El metal golpeó el suelo de madera.

Al instante, tres agentes se le echaron encima, inmovilizándolo contra el piso, esposándolo con fuerza excesiva.

Afuera, se escuchaban sirenas, gritos y ladridos de perros. El equipo de apoyo estaba neutralizando a Solís y a sus hombres, que al ver a la Guardia Nacional, se rindieron sin disparar una sola bala.

Maximiliano se puso de pie, sosteniéndose el brazo herido. La sangre manchaba su suéter, pero estaba sonriendo.

Caminó hacia donde tenían a Víctor con la cara contra el suelo. Se agachó cerca de su oído.

—Te dije que no te metieras con mi familia —le susurró Max—. Ahora vas a pudrirte en una celda donde mi dinero se va a asegurar de que no tengas ni un minuto de paz.

Los agentes levantaron a Víctor y se lo llevaron a rastras. Él gritaba amenazas, insultos, nombres de políticos que supuestamente lo ayudarían, pero nadie escuchaba. Ya era un cadáver político.

Elena corrió hacia su padre.

—¡Estás sangrando!

—Es un rasguño —dijo Max, haciendo una mueca—. Duele menos que perderte.

Se abrazaron en medio del caos, rodeados de policías, vidrios rotos y el sonido de la lluvia que, por fin, empezaba a amainar.

Alejandro Monroy entró a la sala, guardando su celular.

—El video y el audio de la confesión se transmitieron en vivo a la nube de la Fiscalía —dijo el abogado, satisfecho—. Tenemos intento de homicidio, extorsión, portación de arma de uso exclusivo y delincuencia organizada. Víctor no sale nunca.

Elena miró hacia la puerta abierta, por donde se llevaban a su pesadilla. El aire frío de la noche entró, limpiando el ambiente viciado de la casa.

—Se acabó —dijo ella.

—No —corrigió Max, besando su frente—. Apenas empieza. Tu vida empieza hoy.

CAPÍTULO 7: Las Rejas de la Realidad

El Hospital Español, ubicado en la zona de Polanco, era un hervidero de actividad esa madrugada. Sin embargo, el tercer piso del ala de especialidades estaba sellado como si fuera la bóveda de un banco central. Agentes de la Guardia Nacional custodiaban los elevadores y las escaleras de emergencia, con las armas largas cruzadas al pecho y rostros de piedra.

Adentro de la suite 304, el olor a antiséptico y yodo luchaba contra el aroma del café de olla que Igor había conseguido en la cafetería.

Maximiliano Castillo estaba sentado en la cama, con el torso desnudo y vendado. El balazo había sido limpio: entró y salió por la parte carnosa del deltoides izquierdo, sin tocar hueso ni arterias principales.

—Quédate quieto, papá —le regañó Elena, ajustando la almohada detrás de su espalda.

—Es un rasguño, hija. En las obras me he hecho cosas peores con varillas oxidadas —rezongó Max, aunque hizo una mueca de dolor al intentar alcanzar el control remoto de la televisión—. Ya quiero irme a casa. Odio los hospitales. La comida sabe a cartón y las enfermeras me tratan como si tuviera cinco años.

—Te quedas hasta que el doctor diga —intervino Vera, que estaba sentada en un sillón reclinable, tejiendo para calmar los nervios—. Y deja de hacerte el valiente. Te dispararon, Maximiliano. No te picó un mosquito.

Elena miró a su padre. A pesar de las quejas, se veía pálido. La adrenalina de la noche anterior se había disipado, dejando paso al agotamiento y al dolor físico. Pero en sus ojos grises había una luz nueva, una paz que no tenía antes.

La televisión estaba encendida en el canal de noticias. El cintillo rojo de “ÚLTIMA HORA” parpadeaba en la pantalla.

“CAE EMPRESARIO VINCULADO AL NARCOTRÁFICO TRAS ENFRENTAMIENTO EN LAS LOMAS. VÍCTOR DELGADO Y CAPITÁN DE LA POLICÍA DETENIDOS POR LA GUARDIA NACIONAL.”

Las imágenes mostraban a Víctor siendo subido a un vehículo blindado “Rinoceronte”, esposado y con la cabeza agachada, cubriéndose el rostro de los flashes de los periodistas.

—Se ve diferente sin su traje italiano y su prepotencia, ¿no? —comentó Igor desde la puerta.

—Se ve como lo que es —dijo Elena, sintiendo un escalofrío al ver a su exesposo—. Un cobarde.

Alejandro Monroy, el abogado, entró en la habitación. Lucía fresco, bañado y con un traje nuevo, como si no hubiera pasado la noche en vela redactando denuncias.

—Buenas noticias y noticias complicadas —dijo Alejandro, dejando su maletín sobre la mesa—. ¿Cuál quieren primero?

—Las buenas —dijo Max.

—Las buenas son que el video de la confesión y el intento de homicidio es irrefutable. El Ministerio Público federal atrajo el caso. No va a ser un juicio local donde Víctor pueda comprar al juez de la esquina. Esto se va a la FGR (Fiscalía General de la República). Los cargos son: Delincuencia Organizada, Operaciones con Recursos de Procedencia Ilícita (lavado de dinero), Tentativa de Homicidio Calificado, Privación Ilegal de la Libertad y Portación de Arma de Fuego de Uso Exclusivo del Ejército.

—¿Y las complicadas? —preguntó Elena, temiendo la respuesta.

—La complicada es que Víctor no se va a hundir solo. Ya empezó a hablar. Está cantando como un jilguero. Está dando nombres de sus socios, de los políticos que le dieron permisos de construcción, de los policías que estaban en su nómina.

—Eso es bueno, ¿no? —preguntó Vera.

—Sí y no —explicó Alejandro—. Es bueno para la justicia, pero malo para nuestra seguridad inmediata. Al implicar al Cártel del Noreste y a funcionarios corruptos, Víctor se ha puesto una diana en la espalda… y nos ha puesto una a nosotros indirectamente. Esa gente no perdona.

Maximiliano se enderezó, ignorando el dolor del hombro.

—¿Nos estás diciendo que estamos en peligro?

—Estoy diciendo que ganamos la batalla, pero la guerra va a ser sucia. Víctor está en los separos de la SEIDO (Subprocuraduría Especializada en Investigación de Delincuencia Organizada). Está solicitando ser testigo protegido a cambio de reducir su condena.

—¡Ni madres! —explotó Max—. Ese infeliz intentó matar a mi hija. No voy a permitir que salga libre a cambio de señalar a tres narcos que igual iban a agarrar.

—Tranquilo, Max. —Alejandro levantó las manos—. Para ser testigo protegido necesita ofrecer algo muy grande. Y nosotros tenemos las pruebas de que él era el operador financiero, no un simple peón. Además, con la acusación de intento de feminicidio y homicidio, difícilmente le den beneficios. Pero el riesgo ahora es que sus “socios” quieran callarlo antes de que hable más. O que quieran vengarse de quienes destaparon la cloaca. O sea, nosotros.

Un silencio tenso llenó la habitación.

—Igor —llamó Max.

—Diga, jefe.

—Duplica la seguridad. Contrata a más gente de tu confianza. Quiero escoltas para Elena y para Vera 24/7. Y quiero que investigues si hay alguna “oferta” por nuestras cabezas en el bajo mundo.

—Ya estoy en eso, jefe. Hasta ahora, el ambiente está tranquilo. Parece que los narcos están más preocupados por esconder su dinero que por gastarlo en balas contra nosotros. Pero no bajaré la guardia.


Mientras tanto, en los sótanos de la Fiscalía Especializada, la realidad de Víctor Delgado se había reducido a cuatro paredes de concreto gris, un inodoro de metal sin tapa y una luz fluorescente que zumbaba y parpadeaba, impidiéndole dormir.

Le habían quitado todo. Su traje Hugo Boss, su reloj Rolex, sus agujetas, su cinturón. Vestía un uniforme beige áspero que olía a sudor rancio de otros detenidos.

—¡Quiero a mi abogado! —gritó Víctor por enésima vez, golpeando los barrotes—. ¡Soy Víctor Delgado! ¡Tengo derechos! ¡Llamen al Licenciado Barroso!

Un guardia federal pasó caminando, golpeó los barrotes con su macana y siguió de largo sin siquiera mirarlo.

Víctor se dejó caer en el catre de cemento. Temblaba. No era frío, era abstinencia. Su cuerpo le pedía la cocaína a la que estaba acostumbrado para funcionar. Su mente era un caos de paranoia y furia.

“Barroso me va a sacar”, pensó. “Es el mejor. Le pago una fortuna al mes. En cuanto llegue, alegará detención ilegal, fallas en el debido proceso… estaré cenando en el Suntory esta misma noche”.

La puerta del pasillo se abrió. Entró un hombre con traje barato y una carpeta bajo el brazo. No era Barroso. Era un abogado de oficio, joven y con cara de cansancio.

—¿Quién eres tú? —escupió Víctor—. ¿Dónde está Barroso?

—El Licenciado Barroso presentó un escrito hace una hora —dijo el joven abogado sin emociones—. Renuncia a su defensa por “conflicto de intereses” y falta de pago. Al parecer, sus cuentas están congeladas, Sr. Delgado. Y el despacho de Barroso no trabaja gratis.

—¡Hijo de puta! —gritó Víctor—. ¡Le he pagado millones!

—Pues parece que se le acabaron los amigos. Soy su defensor público asignado para la audiencia inicial. Le recomiendo que guarde silencio y…

—¡Vete al diablo! —Víctor se lanzó contra las rejas—. ¡Necesito hacer una llamada! ¡Tengo que hablar con “El Contador”! ¡Él arreglará esto!

El defensor público suspiró.

—Señor, le recomiendo que no mencione apodos ni nombres. Todo se está grabando. La audiencia es mañana a las 9:00 AM en el Reclusorio Norte. Prepárese.

El abogado se fue. Víctor se quedó solo, sintiendo por primera vez el peso aplastante de la soledad absoluta. “El Contador”. Su enlace con el Cártel. Él no lo abandonaría, ¿verdad? Víctor le manejaba millones de dólares. Era indispensable.

En ese momento, un custodio se acercó a la celda. Miró a los lados para asegurarse de que no había cámaras apuntando directamente.

—Te mandan un recado —susurró el custodio, deslizando un pequeño papel doblado a través de los barrotes.

Víctor se abalanzó sobre el papel. Lo desdobló con manos temblorosas. No había texto. Solo un dibujo hecho con pluma negra: una cruz sobre un círculo.

El símbolo de “cuenta saldada”. O “cuenta cerrada”.

Víctor entendió el mensaje al instante. El Cártel lo había dado de baja. Ya no era un activo; era un pasivo. Y los pasivos se eliminan. Si hablaba, lo matarían adentro. Si salía, lo matarían afuera.

Se acurrucó en la esquina de la celda y comenzó a llorar. No por arrepentimiento, sino por terror puro.


Tres días después. Reclusorio Norte. Sala de Juicios Orales.

El ambiente era solemne y olía a madera vieja y tensión. La sala estaba llena. Periodistas, abogados, familiares.

Elena estaba sentada en la primera fila, vestida de negro, con Vera a su lado sujetándole la mano. Maximiliano, aún con el brazo en cabestrillo, estaba al otro lado, proyectando una sombra de autoridad que intimidaba incluso a los alguaciles.

Cuando entraron a Víctor, hubo un murmullo general. Se veía demacrado, con ojeras profundas y la mirada perdida. Ya no quedaba nada del “Lobo de Wall Street” versión mexicana. Caminaba arrastrando los pies, encadenado de manos y tobillos. Detrás de él, el Capitán Solís también fue ingresado, mirando al suelo con vergüenza y odio.

El Juez de Control, un hombre canoso con fama de incorruptible (o al menos, de ser demasiado caro para el presupuesto actual de Víctor), golpeó el mallete.

—Inicia la audiencia de vinculación a proceso dentro de la causa penal 458/2026.

El Ministerio Público, una fiscal joven y agresiva llamada Licenciada Pineda, comenzó a exponer el caso. Fue una masacre legal.

Proyectaron el video de la cámara de seguridad de la mansión. Se vio en pantallas gigantes cómo Víctor entraba armado, cómo amenazaba a Elena, cómo disparaba a Maximiliano. El audio era nítido. “Siguiente tiro va a la cabeza”.

Luego, Pineda presentó las pruebas financieras. Los flujos de efectivo, las empresas fantasma, las grabaciones de Genaro Delgado (admitidas como prueba de contexto histórico y motivo).

Cuando llegó el turno de la defensa, el abogado de oficio apenas pudo balbucear argumentos sobre “estrés emocional” y “provocación”. Eran argumentos débiles, desesperados.

El Juez miró a Víctor.

—Señor Delgado, ¿desea declarar algo en su defensa?

Víctor se levantó lentamente. Miró hacia el público. Sus ojos se encontraron con los de Elena. Ella no bajó la mirada. Lo sostuvo con una fuerza que él nunca había visto en ella durante sus tres años de matrimonio. En esa mirada, Víctor vio su derrota final. Ella ya no era su víctima. Era su verdugo.

—No, su Señoría —murmuró Víctor con voz ronca—. Me reservo mi derecho.

Sabía que si abría la boca, el Cártel cumpliría su amenaza esa misma noche en su celda.

El Juez asintió y comenzó a dictar su resolución.

—Con base en los datos de prueba expuestos, que son contundentes, lógicos y suficientes… este Juzgador dicta AUTO DE VINCULACIÓN A PROCESO en contra de Víctor Manuel Delgado y Rogelio Solís, por los delitos de Homicidio en grado de tentativa, Delincuencia Organizada y Operaciones con Recursos de Procedencia Ilícita.

El mazo golpeó la madera. ¡Pum!

—Asimismo —continuó el Juez—, debido al alto riesgo de fuga y la peligrosidad de los imputados, se impone la medida cautelar de PRISIÓN PREVENTIVA OFICIOSA. Serán trasladados de inmediato al Centro Federal de Readaptación Social Número 1 “El Altiplano”. Se conceden cuatro meses para la investigación complementaria. Se cierra la sesión.

“El Altiplano”. La cárcel de máxima seguridad. Donde encierran a los capos y a los terroristas. Donde la vida es gris y el sol se ve una hora al día.

Elena soltó el aire que había estado conteniendo. Sintió que Vera le apretaba la mano con fuerza.

—Se acabó, mi niña —susurró Vera.

Maximiliano se puso de pie y miró cómo los custodios se llevaban a Víctor. El exesposo de Elena no volteó a verlos. Iba roto.

Al salir del juzgado, una nube de micrófonos y cámaras rodeó a Maximiliano y Elena.

—¡Señor Castillo! ¿Qué opina de la decisión del juez?
—¡Señora Elena! ¿Es verdad que su esposo lavaba dinero para el Cártel del Noreste?
—¿Teme por su vida?

Alejandro Monroy se puso al frente, actuando como barrera.

—Habrá un comunicado oficial más tarde. Por ahora, solo diremos que confiamos en las instituciones y que se ha hecho justicia. Permiso.

Lograron llegar a la camioneta blindada entre empujones y flashes.

Una vez adentro, con los vidrios subidos y el mundo exterior silenciado, Elena se recargó en el hombro de su padre y, por primera vez en semanas, lloró de alivio. No eran lágrimas de tristeza, sino de limpieza. Estaba sacando el veneno.


Una semana después. Mansión Castillo en las Lomas.

La casa estaba en reparación. Los vidrios rotos habían sido reemplazados, los agujeros de bala en las paredes resanados y pintados. Pero el ambiente había cambiado. Ya no se sentía como una casa vacía y solitaria.

Elena estaba en el jardín, sentada bajo la sombra de una jacaranda, revisando unos planos arquitectónicos.

Maximiliano salió a la terraza con dos vasos de limonada. Su brazo ya no tenía el cabestrillo, aunque aún se movía con cierta rigidez.

—¿Qué estás viendo? —preguntó él, sentándose a su lado.

—El terreno de Regina —dijo Elena, señalando los planos—. Estuve pensando. Víctor quería hacer un hotel de lujo para lavar dinero. Yo no quiero venderlo, papá. Es la herencia de mi abuela, el legado de mi mamá. Venderlo sería como dejar que ellos ganaran.

—¿Entonces? Te van a llover ofertas. Esa zona se está gentrificando rápido.

—Quiero construir —dijo ella, levantando la vista. Sus ojos brillaban—. Quiero construir algo que importe. No un hotel, ni oficinas. Un centro comunitario. Un refugio para mujeres. Mujeres como yo, que necesitan escapar, que necesitan asesoría legal, psicológica… un lugar donde no les cierren la puerta en la cara a medianoche.

Maximiliano sonrió. Era una sonrisa llena de orgullo, tan amplia que le dolían las mejillas.

—La “Fundación Ana Beltrán” —sugirió él.

—Exacto.

—Me gusta. Me gusta mucho. —Max tomó el plano y sacó un bolígrafo de su bolsillo—. Pero si vas a construir, necesitas un buen ingeniero. Mira, aquí la estructura de carga está mal planteada. Si quieres un auditorio en la planta baja, necesitas reforzar estas columnas…

Elena se rió. Era una risa genuina, cristalina.

—Contratado, Ingeniero. Pero yo soy la jefa del proyecto.

—Trato hecho.

En ese momento, Igor apareció en el jardín. Traía un sobre amarillo en la mano. Su rostro estaba serio, lo cual hizo que la sonrisa de Max se desvaneciera.

—Jefe. Llegó esto por mensajería. Sin remitente. Pasó por el escáner de explosivos y químicos. Está limpio. Pero el contenido…

Max tomó el sobre. Lo abrió con cuidado. Adentro había una sola hoja de papel bond barato. Escrita a máquina, a la vieja usanza.

El texto era breve:

“Ingeniero Castillo:

Los negocios son negocios. Víctor Delgado cometió errores. Errores caros. Él pagará sus deudas donde está.
Usted recuperó lo suyo. Nosotros perdimos lo nuestro, pero entendemos que fue por la incompetencia de su yerno.
No hay deuda con usted ni con su hija. El asunto está cerrado.
Disfrute su construcción. México necesita gente que construya, no que destruya.

Atte: La Gerencia.”

Max leyó la nota dos veces. Luego sacó su encendedor y quemó la esquina del papel. Sostuvo la hoja mientras el fuego la consumía hasta que solo quedaron cenizas que el viento se llevó.

—¿Qué era? —preguntó Elena, preocupada.

—Nada —dijo Max, sacudiéndose las cenizas de las manos—. Una carta de despido para Víctor. Digamos que… hemos llegado a un acuerdo de paz con sus antiguos socios. Ya no tenemos que mirar por encima del hombro.

Elena no preguntó más. Entendió. En México, a veces la paz se firma con tinta invisible y fuego.

—Vera llega hoy de Querétaro —cambió de tema Elena—. Trajo sus cosas. Dijo que aceptó tu oferta de transferirse a las oficinas de Ciudad de México para ayudarnos con la contabilidad de la Fundación.

—Excelente. Necesitamos a alguien que mantenga los números claros. Vera es familia.

Max se levantó y miró su casa, su jardín, y a su hija.

—¿Sabes, Elena? Durante treinta años pensé que mi vida era hacer edificios. Que mi legado iba a ser concreto y acero. Me equivoqué.

—¿Por qué?

—Porque los edificios se caen, se demuelen, se olvidan. Pero esto… —señaló a Elena y luego se tocó el pecho—. La familia. La sangre. Eso es lo único que permanece. Perdí treinta años contigo, pero te juro que voy a aprovechar cada segundo de los que me quedan.

Elena se levantó y lo abrazó.

—No perdimos treinta años, papá. Solo tomamos el camino largo para encontrarnos. Mamá nos guio.

El sol comenzaba a ponerse sobre las Lomas de Chapultepec, tiñendo el cielo de naranja y violeta. La tormenta que había traído a Elena a esa puerta parecía un recuerdo lejano, una pesadilla que se desvanecía con la luz del día.

Ya no había sombras del pasado persiguiéndolos. Solo había futuro. Un futuro que construirían juntos, ladrillo a ladrillo, sobre los cimientos de la verdad y el amor.

Maximiliano Castillo, el hombre de hierro, finalmente tenía un corazón que latía por algo más que dinero. Y Elena Castillo, la mujer que había llegado rota y empapada, ahora estaba de pie, entera y fuerte.

La vida, como las buenas obras, a veces necesita demolerse para poder reconstruirse mejor.

CAPÍTULO 8: Cimientos de Esperanza (Epílogo)

Seis meses después.

El sol de mediodía caía a plomo sobre el Centro Histórico de la Ciudad de México, haciendo brillar el asfalto de la calle Regina. Lo que antes era un terreno baldío, lleno de escombros, ratas y recuerdos dolorosos de una vecindad derrumbada en el 85, ahora se alzaba como un milagro de cristal y piedra volcánica.

La fachada del edificio era moderna pero respetuosa con el entorno colonial. No gritaba opulencia; susurraba dignidad. Sobre la entrada principal, en letras de acero cepillado, se leía: CENTRO COMUNITARIO Y REFUGIO “ANA BELTRÁN”.

El lugar estaba a reventar. Había una mezcla curiosa de gente: empresarios de las Lomas con trajes de lino, vecinos del barrio con sus bolsas del mandado, periodistas con sus cámaras listas, y un grupo de mujeres que miraban el edificio no como una obra arquitectónica, sino como un salvavidas.

Maximiliano Castillo estaba parado cerca del templete, ajustándose la corbata. Su brazo había sanado completamente, aunque a veces, cuando cambiaba el clima, sentía un piquete fantasma donde la bala había entrado.

—¿Estás nervioso, papá? —preguntó Elena, apareciendo a su lado.

Max la miró y tuvo que contener el aliento. Elena ya no era la chica rota envuelta en una bata de baño gigante. Llevaba un vestido sastre color magenta, el cabello suelto y brillante, y una seguridad en la postura que le recordaba a él mismo en sus mejores años, pero con una calidez que él nunca tuvo.

—Un poco —admitió Max—. He inaugurado rascacielos de cincuenta pisos, presas hidroeléctricas y centros comerciales. Pero esto… esto se siente más grande.

—Lo es —dijo Elena, tomándolo del brazo—. Porque esto no es para hacer dinero. Es para hacer vida.

Vera apareció entre la multitud, cargando una tablet y dando órdenes a los meseros del catering. Se veía radiante, en su elemento como administradora general del centro.

—¡A sus lugares! —ordenó Vera—. El Jefe de Gobierno viene en camino, y el mariachi ya está afinando. Elena, tienes cinco minutos para repasar tu discurso. Max, deja de coquetear con las donantes y ponte en la foto.

Max soltó una carcajada.

—Sí, jefa.

La ceremonia comenzó. Hubo discursos políticos aburridos, aplausos de cortesía y el corte del listón. Pero el silencio cayó sobre la calle Regina cuando Elena tomó el micrófono.

No leyó papeles. Miró a la gente a los ojos.

—Hace seis meses —comenzó, su voz clara resonando en las bocinas—, yo toqué una puerta en medio de una tormenta. Estaba golpeada, aterrorizada y creía que mi vida había terminado. Pensé que estaba sola. Pero alguien abrió esa puerta.

Miró a Max, quien se tragó un nudo en la garganta.

—Mi madre, Ana Beltrán, soñó con este lugar. Un lugar donde ninguna mujer tuviera que elegir entre su vida y su hogar. Donde el miedo no fuera el dueño de nuestras decisiones. Este edificio está construido sobre el terreno que ella me dejó, pero sus cimientos son el amor y la justicia. A todas las que están aquí y sienten que no hay salida: este es su hogar. Aquí, nadie las va a lastimar. Aquí, ustedes son las arquitectas de su propio destino.

El aplauso fue estruendoso. No fue un aplauso de etiqueta; fue un rugido de emoción genuina. Mujeres llorando, abrazándose. Max sintió que el pecho le estallaba de orgullo. Esa era su hija. Esa era la sangre de Ana.


Mientras tanto, a noventa kilómetros de allí, en el Estado de México, el mundo era de un gris monótono y asfixiante.

El Centro Federal de Readaptación Social Número 1, “El Altiplano”, no tenía ventanas con vista a la ciudad, ni catering, ni mariachis. Olía a cloro barato, orina y desesperanza.

En la celda 408 del módulo de alta seguridad, Víctor Delgado estaba sentado en el suelo, mirando una mancha de humedad en la pared.

Había perdido quince kilos. Su cabello, antes peinado con gel importado, ahora estaba rapado al ras para evitar piojos. Su piel estaba pálida, cerosa.

La vida adentro había sido una lección brutal de realidad. Aquí, su apellido no importaba. Sus millones congelados no servían. Aquí, él era “el lavador”. Un peón que había perdido el dinero del Cártel.

La “Gerencia” había cumplido su palabra de no matarlo… todavía. Pero se habían asegurado de que su vida fuera un infierno. Tenía que pagar “protección” a los capos del módulo con el poco dinero que su madre lograba ingresarle clandestinamente. Le robaban la comida. Lo despertaban a golpes en la noche. Era el “gato” de los sicarios que antes trabajaban para él.

La puerta de la celda se abrió con un zumbido metálico. Un guardia entró.

—Visita de abogado, Delgado. Muévete.

Víctor se levantó despacio. Le dolían las costillas de la “bienvenida” que le habían dado unos reos nuevos el día anterior.

Lo llevaron a un locutorio dividido por un cristal grueso. Del otro lado no estaba Barroso, ni ningún abogado de renombre. Estaba un licenciado de oficio, diferente al de la primera vez, con manchas de mostaza en la corbata.

—¿Qué hay? —preguntó Víctor, su voz ronca y sin esperanza.

—La apelación fue denegada —dijo el abogado sin rodeos, hojeando un expediente delgado—. El Tribunal Colegiado confirmó la sentencia de primera instancia. Cincuenta años, Víctor. Sin derecho a libertad anticipada por el tipo de delitos.

Víctor cerró los ojos y recargó la frente en el cristal frío. Cincuenta años. Tenía 35. Saldría a los 85, si es que sobrevivía. Moriría ahí adentro.

—¿Y Elena? —preguntó Víctor, un susurro lleno de odio y dolor—. ¿Qué hace ella?

El abogado dudó, luego sacó un periódico doblado de su maletín y lo pegó al cristal.

Era la primera plana de El Universal. Una foto a color. Elena cortando el listón del Centro Comunitario, sonriendo, radiante, con Maximiliano a su lado. El titular decía: “EL RENACER DE UNA HERENCIA: DE VÍCTIMA A HEROÍNA”.

—Ella está ganando —dijo el abogado—. Inauguró su fundación hoy. Dicen que va a recibir un premio nacional de Derechos Humanos.

Víctor miró la foto. Miró la sonrisa de la mujer a la que había torturado psicológicamente, a la que había subestimado. Se veía poderosa. Intocable.

Una risa amarga brotó de su garganta, convirtiéndose rápidamente en un sollozo seco.

—Yo la hice —murmuró Víctor, con la lógica retorcida de un narcisista—. Si no fuera por mí, ella seguiría siendo una niña tonta. Yo la hice fuerte.

—Como usted diga —dijo el abogado, guardando el periódico—. Se acabaron los recursos legales, Delgado. A menos que aparezca un milagro o dinero nuevo, este es el final del camino. Acostúmbrese a su nueva casa.

El guardia se llevó a Víctor de regreso a la celda. Mientras caminaba por el pasillo largo y ecoico, Víctor se dio cuenta de que el verdadero castigo no eran los barrotes. El verdadero castigo era saber que el mundo seguía girando, brillante y feliz, sin él. Él era una nota al pie de página en la historia de éxito de su exesposa. Un fantasma olvidado.


De vuelta en la calle Regina, la fiesta estaba en su apogeo.

El mariachi tocaba “El Son de la Negra”. Había tacos de canasta, aguas frescas y un ambiente de verbena popular.

Maximiliano se había retirado un momento al “Jardín de la Reflexión”, un pequeño patio interior que habían diseñado en la parte trasera del edificio, lejos del ruido. En el centro había una jacaranda joven y, bajo ella, una placa de bronce.

EN MEMORIA DE ANA BELTRÁN.
Su amor fue el plano; su valentía, los cimientos.

Max tocó la placa con la punta de los dedos. El metal estaba tibio por el sol.

—Lo logramos, Ana —susurró—. Nuestra niña lo logró. Ojalá pudieras verla. Es igualita a ti, pero más terca que yo. Una combinación peligrosa.

—¿Hablando solo, Ingeniero?

Max se giró. Igor estaba en la entrada del patio, con un plato de tacos en la mano y su inseparale radio en el cinturón. Ya no llevaba el chaleco táctico visible, pero Max sabía que llevaba el arma oculta. Igor nunca descansaba del todo.

—Hablando con la jefa suprema —corrigió Max, señalando la placa.

Igor asintió con respeto.

—Buena falta hace. Oiga, jefe, tenemos una situación en la entrada.

Max se tensó al instante. El instinto de protección se disparó.

—¿Qué pasa? ¿Prensa? ¿Algún loco?

—No… venga a ver.

Max siguió a Igor hacia el vestíbulo principal.

En la recepción, el ruido de la fiesta se apagaba. Elena estaba arrodillada en el suelo, ignorando que su vestido caro se ensuciara.

Frente a ella, sentada en una silla de plástico, había una mujer joven. No tendría más de veintidós años. Llevaba una sudadera grande con la capucha puesta, a pesar del calor. Temblaba. Tenía un labio partido y abrazaba una mochila vieja contra su pecho como si fuera un escudo.

La escena golpeó a Max con la fuerza de un tren. Era como ver un espejo del pasado. Era la misma escena de aquella noche lluviosa en las Lomas, repetida en otro rostro, en otro tiempo.

Elena sostenía las manos de la chica. Le hablaba en voz baja, suave.

—No te preocupes por el dinero —decía Elena—. No te preocupes por él. Aquí estás segura. Tenemos abogados, tenemos médicos, tenemos camas limpias. ¿Cómo te llamas?

—Sofía —susurró la chica, llorando.

—Mucho gusto, Sofía. Soy Elena. Y te prometo que lo peor ya pasó. A partir de hoy, nadie te vuelve a poner una mano encima.

Elena se levantó y le hizo una seña a Vera.

—Tía, llévala al área médica. Que la revise la doctora. Y dale algo de comer, se ve que no ha probado bocado en días.

Vera, con su eficiencia maternal, envolvió a la chica en un abrazo y se la llevó hacia los elevadores.

Elena se quedó parada allí un momento, viendo cómo se cerraban las puertas del elevador. Luego se giró y vio a su padre.

Sus ojos estaban llenos de lágrimas, pero sonreía.

—Llegó la primera —dijo Elena.

—Y llegarán más —dijo Max, acercándose y poniéndole una mano en el hombro—. Desgraciadamente, llegarán más. Pero ahora tienen a dónde llegar.

—¿Viste su cara, papá? Tenía el mismo miedo que yo tenía. El mismo terror de que nadie le creyera.

—Pero tú le creíste. Y eso hace toda la diferencia.

Salieron juntos a la calle, donde el atardecer pintaba el cielo de la Ciudad de México de tonos violetas y naranjas. La ciudad seguía siendo caótica, ruidosa y a veces cruel, pero en esa pequeña esquina de la calle Regina, se había encendido una luz que no se apagaría fácilmente.

—¿Sabes qué? —dijo Max, mirando el edificio—. Creo que me voy a retirar. De verdad esta vez.

Elena lo miró sorprendida.

—¿Vas a dejar la constructora? ¿Tú? Si tienes cemento en las venas.

—Voy a dejar la presidencia. Que se encarguen los tiburones jóvenes. Yo me quedo como consultor… y como Presidente del Consejo de esta Fundación, si me aceptas.

—¿Trabajar gratis? —bromeó Elena—. Eso no es muy capitalista de tu parte.

—Tengo suficiente dinero para vivir diez vidas. Pero aquí… —Max señaló el edificio y a la gente que entraba y salía—. Aquí es donde está la verdadera ganancia. Quiero pasar mis días ayudándote a levantar esto. Quiero ver crecer este legado. Y quiero tener tiempo para, no sé, aprender a cocinar o viajar contigo.

—Me encantaría —dijo Elena, recargando la cabeza en su hombro—. Pero primero, tienes que enseñarme a jugar dominó. Igor dice que eres buenísimo y quiero ganarte dinero.

—Ese Igor es un chismoso. Pero acepto el reto.

Un coche se detuvo frente a ellos. Era la Land Rover blindada, pero ya no parecía un vehículo de guerra, sino simplemente el coche de la familia. Igor les abrió la puerta.

—¿A casa, jefe? —preguntó Igor.

Max miró a Elena. Ella asintió.

—A casa, Igor.

Subieron al auto. Mientras se alejaban, Elena miró por la ventana trasera. El letrero luminoso de “CENTRO ANA BELTRÁN” se encendió por primera vez, brillando como un faro en medio de la oscuridad del centro.

Ana tenía razón. Después de la noche más oscura, siempre sale el sol. Pero a veces, no basta con esperar el amanecer; a veces tienes que construir tu propia luz, ladrillo a ladrillo, con las manos manchadas de tierra y el corazón lleno de esperanza.

Y así, padre e hija se perdieron en el tráfico de la ciudad que una vez intentó devorarlos, sabiendo que, pasara lo que pasara, ya nunca más estarían solos.

FIN

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