
CAPÍTULO 1: El Diluvio en las Lomas
La Ciudad de México no lloraba esa noche; se estaba ahogando.
No era una lluvia cualquiera de verano, de esas que refrescan el asfalto y levantan el olor a tierra mojada. Era un diluvio bíblico, una tormenta negra y furiosa que azotaba los cristales blindados de las mansiones en Lomas de Chapultepec con la violencia de mil puños diminutos. Los relámpagos rasgaban el cielo color plomo sobre la capital, iluminando por fracciones de segundo las calles desiertas, convertidas en ríos de agua sucia que arrastraban basura y hojas secas hacia las coladeras tapadas.
Dentro de la residencia número 405 de la calle Sierra Gorda, el silencio era tan denso que casi podía masticarse.
Maximiliano Castillo, el “Ingeniero” como le decían con respeto y temor sus tres mil empleados, estaba sentado en su sillón de cuero italiano, con una copa de Tequila Reserva de la Familia en la mano derecha. El líquido ámbar oscilaba suavemente, reflejando las llamas de la chimenea de gas que era la única fuente de luz en la inmensa biblioteca.
A sus 58 años, Maximiliano tenía el porte de un general retirado. Su cabello, completamente plateado, estaba peinado hacia atrás de manera impecable, y su rostro, surcado por arrugas profundas alrededor de los ojos y la boca, contaba la historia de un hombre que había construido un imperio de concreto sobre un pantano de corrupción y crisis económicas. Había sobrevivido al “Error de Diciembre” del 94, a los secuestros exprés de los 2000 y a la pandemia, saliendo siempre más rico y más solo.
Dio un trago largo al tequila, sintiendo el ardor familiar bajar por su garganta.
—Maldita soledad —murmuró para sí mismo, su voz ronca rebotando en las paredes forradas de caoba y libros que nunca leía.
Esa noche había despedido temprano al servicio. Doña Petra, su ama de llaves de toda la vida, le había pedido salir a las seis para alcanzar el último camión hacia Iztapalapa antes de que se soltara el aguacero. Los guardias de seguridad estaban en la caseta exterior, a cincuenta metros de la entrada principal, resguardándose del frío y, probablemente, viendo algún partido de fútbol en sus celulares.
Maximiliano estaba solo. Completamente solo en una casa de mil metros cuadrados diseñada para una familia grande que ya no existía. Sus dos hijos vivían en Europa, gastando el dinero que él les enviaba para que no lo molestaran, y su segunda exesposa se había quedado con la casa de Valle de Bravo y una pensión mensual que alimentaría a un pueblo entero.
Un trueno hizo vibrar el suelo, seguido de un apagón momentáneo. Las luces parpadearon y regresaron, gracias al generador de emergencia que ronroneó en algún lugar del sótano.
Fue entonces cuando lo escuchó.
No fue el timbre. El timbre en esa casa era una melodía suave de Westminster que sonaba en todos los pisos. Lo que escuchó fue un golpe seco, brutal y desesperado contra la madera maciza de la puerta principal.
Pum. Pum. Pum.
Maximiliano se tensó. Su instinto, afilado por años de vivir en una ciudad donde la seguridad es una ilusión que se compra, se disparó. Miró el reloj de péndulo: las 11:15 de la noche. Nadie venía a visitar a esa hora en una noche de tormenta. Nadie con buenas intenciones.
Dejó la copa en la mesa lateral y se levantó. A pesar de su edad, se movía con la agilidad de quien practicó boxeo en su juventud. Caminó hacia el escritorio y abrió el cajón superior derecho. Allí, sobre una pila de contratos, descansaba una pistola Glock 9mm. La tomó, verificó que tuviera el cargador puesto y le quitó el seguro.
—A ver qué cabrón se cree muy listo —gruñó.
Caminó por el pasillo de mármol, sus pasos resonando como ecos en una catedral vacía. Los golpes en la puerta continuaban, ahora acompañados de un sonido más inquietante: una voz ahogada, distorsionada por el viento y la madera.
Al llegar al vestíbulo, Maximiliano no abrió. En lugar de eso, se dirigió al panel de control de seguridad montado en la pared. Presionó el botón para activar la pantalla del intercomunicador y la cámara exterior.
La imagen en blanco y negro, granulada por la lluvia torrencial, le mostró algo que no esperaba. No era un comando armado, ni un grupo de asaltantes con máscaras de payaso.
Era una mujer. O lo que quedaba de una.
Estaba encorvada, temblando violentamente. Su ropa estaba empapada, pegada a un cuerpo delgado que parecía a punto de romperse. Tenía el cabello negro apelmazado sobre la cara, y sus manos golpeaban la madera con una desesperación que traspasaba la pantalla. Lo más extraño era lo que protegía: una carpeta de piel oscura, apretada contra su pecho como si fuera un bebé recién nacido, envuelta en lo que parecía ser una bolsa de plástico de supermercado para evitar que se mojara.
Maximiliano frunció el ceño. ¿Una trampa? Era el truco más viejo del libro en México: la chica en apuros como señuelo para que el dueño abra la puerta y luego, ¡pum!, cinco tipos armados se meten a vaciarte la casa o a secuestrarte.
Presionó el botón del interfón.
—¡Lárguese! —su voz sonó metálica a través del altavoz exterior—. ¡Tengo seguridad armada y ya avisé a la policía! ¡Aléjese de la puerta!
En la pantalla, vio cómo la mujer levantaba la cara hacia la cámara. Un relámpago iluminó su rostro en ese preciso instante, y Maximiliano sintió un golpe en el estómago. Había terror puro en esos ojos. No era actuación. Nadie actúa así. Era el miedo primario de una presa que siente el aliento del depredador en la nuca.
—¡Por favor! —el grito de ella se filtró por el micrófono, agudo y roto—. ¡Señor, por favor! ¡No me delate! ¡Solo déjeme entrar al jardín, aunque sea! ¡Si me ven aquí afuera me van a matar!
Maximiliano dudó. Su mano apretaba la empuñadura de la Glock. La lógica le gritaba que no abriera. “Es una trampa, Max. No seas imbécil”, pensó. Pero algo en la voz de la chica, un tono suplicante y extrañamente familiar, le hizo dudar.
Volvió a mirar la pantalla. La chica miraba hacia la calle, hacia la oscuridad de la avenida, con los ojos desorbitados, como si esperara ver aparecer al diablo en cualquier momento.
—Mierda —masculló Maximiliano.
Guardó la pistola en la parte trasera de su pantalón, bajo el suéter de cachemira, y quitó los cerrojos electrónicos. Uno, dos, tres clicks metálicos resonaron en el vestíbulo.
Abrió la puerta apenas unos centímetros, dejando la cadena de seguridad puesta. El viento helado entró como una bofetada, trayendo consigo agua y el olor a ozono.
—¡Le dije que se largue! —ladró él, intentando mantener la postura de hombre duro.
La chica se acercó a la rendija. Estaba empapada hasta los huesos, sus labios estaban morados por la hipotermia.
—¡Por favor! —sollozó, clavando sus ojos oscuros en los de él—. No soy una ladrona. Soy… necesito ayuda. Él viene detrás de mí.
—¿Quién? —preguntó Maximiliano, escaneando la calle oscura por encima del hombro de ella. No se veía nada, solo la cortina de lluvia.
—Mi marido —susurró ella, y la palabra sonó como una maldición—. Víctor. Víctor Delgado. Por favor… traigo pruebas. Si él me encuentra con esto… no voy a amanecer viva.
Maximiliano se quedó helado. ¿Víctor Delgado? Conocía el nombre. Un “nuevo rico”, dueño de restaurantes de moda en Polanco, un tipo con fama de tener amistades peligrosas y de lavar dinero para gente con la que no se juega. Si esta mujer decía la verdad, el peligro no era un simple asalto; era algo mucho más denso y sangriento.
Miró de nuevo a la chica. Vio el anillo en su dedo, una joya cara pero que le quedaba grande ahora, como si hubiera perdido peso rápidamente. Vio el moretón que el maquillaje corrido por la lluvia ya no podía ocultar en su pómulo izquierdo. Y vio esa carpeta.
“Maldita sea mi suerte”, pensó.
Cerró la puerta un segundo para quitar la cadena. El ruido metálico pareció un disparo. Luego, abrió de par en par.
—Adentro —ordenó, haciéndose a un lado—. ¡Rápido!
La chica no necesitó que se lo dijeran dos veces. Entró tropezando, casi cayendo sobre el mármol pulido del vestíbulo. Maximiliano cerró la puerta de un golpe y activó todos los seguros de nuevo. Pasó el cerrojo manual y miró el monitor de seguridad. La calle seguía vacía.
Se giró hacia ella. La mujer estaba parada en medio de su inmenso vestíbulo, goteando agua sucia sobre una alfombra persa que costaba más que un coche del año. Temblaba violentamente, sus dientes castañeaban haciendo un ruido rítmico.
—Gracias… —balbuceó ella, abrazando la carpeta aún más fuerte—. Gracias, señor. Usted… usted no sabe… me acaba de salvar la vida.
Maximiliano la observó con ojo crítico. Era joven, quizás unos treinta años. A pesar del estado lamentable en el que se encontraba, tenía rasgos finos. Pero lo que lo perturbaba no era su belleza arruinada, sino esa sensación de déjà vu que le picaba en la nuca. Había algo en la forma de sus ojos, en la curvatura de su barbilla…
—No me agradezca todavía —dijo él secamente, manteniendo la distancia—. No sé quién es usted, ni qué líos trae con ese tal Delgado, pero en mi casa no entran problemas. Voy a llamar a la policía.
—¡No! —gritó ella, dando un paso hacia él y luego retrocediendo asustada al ver su expresión dura—. ¡No a la policía, por favor! Víctor los tiene comprados. Al capitán Solís, de la delegación… comen de su mano. Si usted llama a la patrulla, me van a entregar a él en menos de diez minutos. Y entonces sí… entonces sí estoy muerta.
La desesperación en su voz era palpable. Maximiliano sabía cómo funcionaban las cosas en México. Sabía que lo que ella decía no solo era posible, sino probable. La policía, en muchos casos, era solo otra rama del crimen organizado con uniforme.
—Entonces, ¿qué quiere que haga? —preguntó él, cruzándose de brazos—. No soy un refugio de caridad, señora.
—Me llamo Elena —dijo ella, tratando de controlar el temblor de su mandíbula—. Elena Nájera. Y… y vine aquí porque mi madre me lo dijo.
Maximiliano arqueó una ceja.
—¿Su madre? ¿Conozco a su madre?
Elena asintió débilmente. Las gotas de agua caían de su nariz y barbilla.
—Ella me dijo… me dijo que si alguna vez estaba en un callejón sin salida, si mi vida dependía de un hilo y no tenía a nadie en el mundo… que buscara a Maximiliano Castillo. Dijo que usted era el único hombre decente que quedaba en esta ciudad podrida.
Maximiliano sintió como si el suelo se moviera bajo sus pies. Esas palabras. Esa frase específica.
—¿Cómo se llamaba su madre? —preguntó, su voz bajando un octava, volviéndose casi un susurro.
Elena tragó saliva. Parecía a punto de desmayarse, pero se mantuvo en pie por pura fuerza de voluntad.
—Ana. Ana Beltrán.
El tiempo se detuvo en la residencia de Sierra Gorda. El sonido de la lluvia desapareció. El frío se desvaneció. Maximiliano solo podía escuchar el latido ensordecedor de su propio corazón golpeando contra sus costillas.
Ana.
El nombre que no había pronunciado en voz alta en casi tres décadas. El nombre que estaba grabado a fuego en su memoria, asociado con el olor a vainilla, con tardes de sol en Coyoacán, con una risa que iluminaba sus días grises de joven arquitecto. Ana, la mujer que había amado con una intensidad que lo asustaba, y que un día, simplemente, se había esfumado dejando solo una nota breve y un vacío que ninguna otra mujer, ni su esposa, ni sus amantes, habían podido llenar.
Maximiliano miró a la mujer empapada frente a él con otros ojos. Buscó en su rostro los rasgos de Ana. Y ahí estaban. Debajo del miedo, debajo del agua y los golpes, estaban los ojos grandes y expresivos de Ana Beltrán.
—Ana… —repitió él, aturdido.
—Murió hace cinco años —dijo Elena, y una lágrima se mezcló con el agua de lluvia en su mejilla—. Cáncer de páncreas. Fue rápido. Pero antes de irse… me dio esto.
Con una mano temblorosa y entumecida por el frío, hurgó en el bolsillo de su abrigo empapado y sacó algo pequeño y rectangular. Dio un paso vacilante y se lo extendió.
Maximiliano lo tomó. Era una tarjeta de presentación antigua, de cartulina gruesa, color crema. El papel estaba suave y desgastado por los años y el roce. En el centro, en una tipografía que ya no se usaba, decía: Maximiliano Castillo – Arquitecto. Y abajo, escrita a mano con tinta azul, ya casi desvanecida, había una nota: “Para siempre. Tuyo, Max”.
Él recordaba el momento exacto en que escribió eso. 1994. En una cafetería cerca de la Alameda. Se la había dado a Ana bromeando, diciéndole que esa tarjeta valía por “un favor incondicional de por vida”.
Maximiliano levantó la vista. La chica, Elena, se tambaleó. Sus ojos se pusieron en blanco y sus rodillas cedieron.
—¡Elena!
Maximiliano reaccionó rápido. Soltó la tarjeta y la atrapó antes de que su cabeza golpeara el suelo de mármol. Estaba helada, como un cadáver sacado de un lago congelado. La sostuvo en sus brazos, sorprendido por lo ligera que era, y sintió una oleada de protección feroz, un instinto paternal que creía atrofiado, surgir desde sus entrañas.
—¡Maldita sea! —gritó a la casa vacía—. ¡Resiste, muchacha!
La levantó en vilo, ignorando el dolor en su propia espalda baja y el agua que manchaba su ropa de marca.
—No te vas a morir aquí —le susurró al oído mientras caminaba rápido hacia la sala principal, donde el fuego aún ardía—. No después de traerme noticias de Ana. No te voy a dejar sola.
Mientras la acomodaba en el sofá cerca de la chimenea y corría a buscar mantas secas, Maximiliano no se dio cuenta de que afuera, bajo la tormenta implacable, los faros de una camioneta Suburban negra se apagaban lentamente a media cuadra de su casa. Alguien estaba observando. Alguien que no tenía prisa, porque sabía que la presa estaba acorralada.
La noche apenas comenzaba, y los fantasmas del pasado acababan de entrar por la puerta principal, trayendo consigo una tormenta mucho peor que la que caía del cielo.
CAPÍTULO 2: Los Papeles del Diablo
Maximiliano Castillo no era un hombre que creyera en los milagros, pero sí creía en la eficiencia. Y en ese momento, la situación requería una precisión quirúrgica.
Con la mujer desmayada en sus brazos, atravesó la inmensa sala de estar de la mansión. Sus zapatos italianos rechinaban sobre el piso de madera de encino debido a la humedad que escurría del abrigo de ella. La depositó con cuidado sobre el sofá de piel Chesterfield, cerca de la chimenea de gas que seguía ardiendo con una llama azulada y constante, indiferente al drama humano que se desarrollaba frente a ella.
Elena estaba pálida, con esa palidez traslúcida que precede a la muerte o al shock profundo. Sus labios habían pasado del morado a un azul grisáceo preocupante.
—Mierda, no te mueras aquí —masculló Maximiliano.
Corrió hacia el bar empotrado en la esquina de la biblioteca. Sus manos, usualmente firmes para firmar cheques de millones de pesos, temblaban ligeramente al agarrar una botella de Cognac Martell y una toalla limpia que guardaba en un cajón para limpiar las copas. Regresó junto a ella.
Primero, la carpeta. Esa maldita carpeta de piel negra que ella aferraba incluso en la inconsciencia. Tuvo que usar fuerza para despegar sus dedos rígidos del plástico que la envolvía. La dejó sobre la mesa de centro, lejos del agua, como si fuera un artefacto explosivo que pudiera detonar en cualquier segundo.
Luego, se centró en ella. Le quitó el abrigo empapado, pesado como una losa de cemento. Debajo, Elena llevaba un vestido de seda color crema, manchado de lodo en el dobladillo y desgarrado en una manga. Su piel estaba helada al tacto.
Maximiliano corrió al cuarto de huéspedes de la planta baja. Revolvió los armarios buscando algo caliente. Encontró una bata de baño de felpa gruesa, blanca, con el logotipo de un hotel de lujo en la Riviera Maya donde había estado el año pasado. Regresó y cubrió a Elena, frotando sus brazos vigorosamente para reactivar la circulación.
—Vamos, muchacha, despierta —le ordenó, dándole palmaditas suaves en las mejillas.
Al tocar su rostro, sintió la textura irregular bajo el maquillaje corrido. El moretón. Ahora, bajo la luz directa de la lámpara de pie, se veía en toda su brutalidad: una mancha oscura, hinchada, que abarcaba desde el pómulo hasta la sien. Un golpe dado con saña, con el puño cerrado o quizás con el reverso de la mano adornada con un anillo pesado. Maximiliano sintió una oleada de bilis en la garganta. Odiaba la violencia contra las mujeres; le parecía el acto más cobarde que un hombre podía cometer, una debilidad de espíritu disfrazada de fuerza bruta.
Elena soltó un gemido ahogado. Sus párpados se agitaron.
—No… no… —murmuró, atrapada en una pesadilla.
—Estás a salvo —dijo Maximiliano con voz firme, acercando la copa de cognac a sus labios—. Bebe esto. Es una orden.
Elena abrió los ojos de golpe. El pánico inundó sus pupilas dilatadas. Intentó incorporarse, pero el mareo la tumbó de nuevo contra los cojines.
—¿Dónde…? ¿Quién…?
—Soy Maximiliano Castillo. Estás en mi casa. Entraste hace cinco minutos empapada como un gato callejero. Bebe.
Elena obedeció por instinto. El licor fuerte la hizo toser, pero el calor se extendió rápidamente por su pecho, combatiendo el frío de la tormenta. Miró a su alrededor, enfocando la vista en los estantes llenos de libros, los cuadros abstractos de Tamayo en las paredes, el lujo silencioso que la rodeaba.
—La carpeta —fue lo primero que dijo, su voz ronca—. ¿Dónde está la carpeta?
—Está ahí, en la mesa. Nadie la ha tocado —Maximiliano se sentó en el sillón de enfrente, cruzando las piernas y mirándola con una intensidad que habría intimidado a sus directores financieros—. Ahora sí, Elena. Vas a empezar a hablar. Y vas a empezar por explicarme qué tiene que ver la hija de Ana Beltrán con un tipo como Víctor Delgado.
Al escuchar el nombre de su madre, Elena cerró los ojos un momento, como si buscara fuerzas en el recuerdo.
—Usted la quiso mucho, ¿verdad? —preguntó ella en un susurro.
Maximiliano no estaba acostumbrado a que le hicieran preguntas personales, mucho menos una desconocida en medio de la noche.
—Eso no es tema para esta noche —cortó él, levantando un muro defensivo—. Concéntrate en el presente. ¿Quién te hizo eso en la cara? ¿Fue Delgado?
Elena asintió lentamente. Una lágrima solitaria se escapó y recorrió el camino del golpe en su mejilla.
—Víctor… Víctor es un monstruo disfrazado de príncipe —comenzó a decir, y una vez que empezó, las palabras brotaron como el agua de una presa rota—. Lo conocí hace tres años en una gala benéfica en el Museo Soumaya. Era encantador, carismático. Ya sabe, el típico empresario exitoso hecho a sí mismo. Dueño de “Grupo Imperial”, restaurantes de alta gama, bares en la Condesa, inversiones inmobiliarias…
—Conozco el perfil —interrumpió Max—. Mucho dinero rápido, poca transparencia fiscal.
—Exacto. Pero yo estaba ciega. O quizás quería estarlo. Mi mamá acababa de morir hacía dos años, me sentía sola en el mundo. Víctor me ofreció un refugio. Me trató como a una reina… al principio.
Elena tomó otro sorbo de cognac, sus manos aún temblaban ligeramente.
—Nos casamos a los seis meses. Fue la boda del año, salió en todas las revistas de sociales. Pero en cuanto firmamos el acta, todo cambió. Fue sutil al principio. “No te pongas ese vestido, es muy provocativo”, “no vayas a ver a esas amigas, son mala influencia”, “deja tu trabajo, yo puedo mantenerte”. Me fue aislando, Maximiliano. Me cortó las alas pluma por pluma hasta que no pude volar.
Maximiliano escuchaba en silencio, evaluando cada palabra. Conocía esa historia. La había visto en las noticias, en las hijas de amigos suyos. El machismo mexicano rancio, oculto bajo trajes de Armani y camionetas blindadas.
—¿Y los golpes? —preguntó él, su voz suave pero cargada de tensión.
—Empezaron hace seis meses. Una cachetada porque la cena estaba fría. Un empujón porque sonreí al mesero. Luego… —se tocó las costillas discretamente—. Luego aprendió a golpear donde no se ve con la ropa puesta. Pero este… —señaló su cara— este fue hace dos días. Porque le pregunté de dónde venía tanto dinero en efectivo que guardaba en la caja fuerte de la casa.
—¿Y qué te contestó?
—No me contestó. Me molió a golpes y me encerró en el cuarto de servicio. Dijo que estaba loca, que alucinaba. Que iba a llamar a un psiquiatra amigo suyo para que me internaran en una clínica privada en Cuernavaca. “Descanso mental”, lo llamó. Yo sabía lo que eso significaba: me iban a sedar y a encerrar hasta que firmara lo que él quisiera o hasta que me muriera “accidentalmente”.
Maximiliano apretó los puños. Sentía una furia fría crecer en su pecho.
—¿Cómo escapaste?
—La chica de la limpieza, Marisol… es nueva. Dejó la puerta del servicio sin seguro cuando salió a tirar la basura. Víctor estaba en una reunión en el despacho con sus socios. Aproveché el descuido. Corrí a su despacho mientras estaban en el jardín fumando, abrí la caja fuerte —Elena esbozó una sonrisa triste y amarga—. Víctor es arrogante. Usa su fecha de nacimiento como combinación. Saqué todo lo que parecía incriminatorio y corrí. Corrí sin parar bajo la lluvia hasta que llegué aquí.
—¿Por qué aquí? —insistió Max—. ¿Por qué conmigo?
—Porque mamá me dijo que usted era el único hombre en esta ciudad que no tenía precio.
Maximiliano se levantó y caminó hacia la ventana. La lluvia seguía golpeando el vidrio. “El único hombre que no tiene precio”. Ana siempre lo había idealizado, quizás demasiado.
—Veamos si valió la pena el riesgo —dijo él, girándose hacia la mesa de centro.
Tomó la carpeta negra. Al abrirla, el olor a papel viejo y tinta fresca lo golpeó. No eran simples papeles; era la radiografía de un imperio criminal.
Maximiliano encendió la lámpara de lectura de su escritorio y extendió los documentos. Sus ojos expertos, entrenados para detectar fraudes en licitaciones y sobrecostos en obras públicas, empezaron a conectar los puntos a una velocidad vertiginosa.
—Dios santo… —susurró.
No eran solo evasión de impuestos. Había facturas de empresas fantasmas domiciliadas en Panamá y las Islas Vírgenes. Transferencias millonarias a compañías de “logística” en Sinaloa y Tamaulipas que no tenían ni una sola bodega registrada. Había listas de pagos mensuales a comandantes de la policía local, jueces cívicos e incluso un par de diputados locales.
—Esto es lavado de dinero a escala industrial —dijo Max, levantando la vista hacia Elena—. Tu marido no es un restaurantero, Elena. Es la lavadora personal de algún cártel.
—Del Cártel del Noreste —confirmó ella, con la voz quebrada—. Escuché una conversación hace una semana. Hablaban de “limpiar” cincuenta millones de pesos antes de fin de mes. Usan los restaurantes para inflar las ventas y meter el dinero sucio al sistema bancario.
Maximiliano pasó una página y se detuvo en seco. Había una hoja con membrete de “Castillo Construcciones”. Su propia empresa. Era una propuesta de contrato falsa, falsificada burdamente con su firma escaneada, para una supuesta remodelación de trescientos millones de pesos en uno de los hoteles de Delgado.
—¡Hijo de perra! —rugió Max, golpeando el escritorio—. ¡Me está usando! Está usando mi nombre para legitimar sus movimientos. Si Hacienda ve esto, van a pensar que soy su socio. Me van a congelar las cuentas, van a catear mis oficinas… me va a destruir.
Elena se encogió en el sofá, asustada por la reacción de él.
—Por eso vine… Yo no sabía que usted estaba involucrado, lo juro. Solo agarré todo lo que pude.
Maximiliano respiró hondo, forzándose a calmarse. Miró a la chica. No, ella no tenía la culpa. Ella le había traído la única arma con la que podía defenderse antes de que fuera demasiado tarde.
—No estoy enojado contigo, Elena —dijo, suavizando el tono—. Al contrario. Me acabas de salvar el pellejo. Si Víctor hubiera seguido con esto sin que yo lo supiera, habría amanecido en la cárcel en unos meses.
Cerró la carpeta y la metió en el cajón de su escritorio, cerrando con llave. Luego, se acercó a Elena y se sentó a su lado, ignorando la distancia social y las barreras que solía poner con la gente.
—Ahora escúchame bien. Lo que tienes ahí —señaló el escritorio con la cabeza— es suficiente para que maten a cualquiera en este país. Víctor no va a parar. No se trata de un divorcio feo, Elena. Se trata de su libertad y de la de sus socios, que son gente que te corta la cabeza y la sube a YouTube.
Elena comenzó a llorar de nuevo, un llanto silencioso y desesperado.
—Lo sé… lo sé. Soy hombre muerto caminando.
—No mientras estés en mi casa —dijo Maximiliano, y por primera vez en años, sintió que tenía un propósito—. Pero necesito saber una cosa más. Y necesito que seas honesta, porque de esto depende cómo vamos a jugar esta partida de ajedrez.
Elena se limpió las lágrimas con el dorso de la mano.
—Dígame.
—Ana… tu madre. —Maximiliano sintió un nudo en la garganta—. Ella se fue de mi vida en septiembre del 94. Desapareció sin dejar rastro. Yo la busqué, Elena. Contraté detectives, puse anuncios… nunca la encontré. Y ahora tú apareces, treinta años después, con sus ojos y su valentía.
Hizo una pausa, buscando el valor para hacer la pregunta.
—¿Cuándo naciste?
Elena lo miró fijamente. El silencio se estiró entre ellos, tenso como un cable de acero.
—El 12 de junio de 1995 —respondió ella.
Maximiliano hizo el cálculo mental al instante. Septiembre del 94 a junio del 95. Nueve meses. Exactos.
Se levantó de golpe, como si el sofá quemara. Caminó hacia la chimenea, dándole la espalda a Elena. Se apoyó en la repisa de mármol y miró las llamas. Su mente viajó al pasado, a esa última noche con Ana. Habían hecho el amor con una desesperación que él no entendió en ese momento, como si ella se estuviera despidiendo con cada beso, con cada caricia. Al día siguiente, su departamento estaba vacío.
—¿Ella te dijo…? —su voz se quebró—. ¿Te dijo quién era tu padre?
—En mi acta de nacimiento solo están sus apellidos. Beltrán Nájera. Nájera era el apellido de su abuela. —Elena hablaba con cautela—. Cuando yo era niña y preguntaba, ella me contaba historias. Me decía que mi papá era un arquitecto que construía castillos en el aire y en la tierra. Que era un rey sin corona. Pero nunca me dijo su nombre, hasta esa última noche en el hospital.
Elena se levantó, arrastrando la bata que le quedaba grande, y se acercó a él.
—Me dio la tarjeta y me dijo: “Él no sabe que existes. No lo odies por eso. Yo tomé la decisión por los dos”.
Maximiliano se giró lentamente. Miró a esa mujer adulta, golpeada, aterrorizada, parada en su sala. Vio su propia barbilla obstinada en el rostro de ella. Vio la forma de sus manos, dedos largos y delgados, idénticos a los de su propia madre, la abuela que Elena nunca conoció.
La certeza lo golpeó con la fuerza de un tren de carga. No necesitaba una prueba de ADN, aunque Igor seguramente insistiría en una. La sangre llama. Y la sangre de Maximiliano Castillo estaba hirviendo en ese momento.
—¿Por qué se fue? —preguntó él, con los ojos húmedos—. ¿Por qué me robó la oportunidad de verte crecer? Yo la amaba, Elena. Hubiera dado mi vida por ella.
—Tenía miedo —dijo Elena—. No de usted. Sino de lo que su mundo podía hacernos. Ella decía que usted estaba destinado a cosas grandes, y que una simple contadora y un bebé solo serían un lastre. O quizás… quizás había algo más. Algo de lo que nunca quiso hablar.
Maximiliano asintió, tragándose el dolor. Ya habría tiempo para los reproches a los fantasmas. Ahora había una hija viva que necesitaba protección.
—Eres mi hija —dijo él. No fue una pregunta. Fue una afirmación. Una sentencia.
Elena sollozó y dio un paso hacia él. Maximiliano abrió los brazos y la envolvió en un abrazo torpe, rígido al principio, pero que se suavizó cuando sintió lo frágil que era ella. Olía a lluvia y a miedo, pero debajo de eso, olía a familia. A sangre de su sangre.
—Nadie te va a volver a poner una mano encima —le susurró al oído, besando su cabello húmedo—. Te lo juro por la memoria de tu madre. Víctor Delgado va a desear no haber nacido.
En ese instante de conexión, el mundo exterior decidió recordarles que la burbuja de seguridad era frágil.
Un destello de luz barrió las cortinas cerradas de la sala. Luego otro.
Maximiliano se tensó. Se separó suavemente de Elena y levantó un dedo pidiendo silencio absoluto.
—¿Qué pasa? —susurró ella, el pánico regresando a sus ojos instantáneamente.
—Shhh.
Maximiliano caminó hacia la consola de seguridad en la pared. La pantalla mostraba la entrada principal. La lluvia seguía cayendo, pero ahora había algo más.
Una camioneta negra, una Suburban blindada con vidrios polarizados y rines deportivos, estaba detenida justo frente a la reja de hierro forjado. Las luces altas estaban encendidas, apuntando hacia la casa como dos ojos depredadores. El motor estaba en marcha, echando vapor por el escape en la noche fría.
—Es él —gimió Elena, cubriéndose la boca con las manos—. ¡Es él! ¿Cómo me encontró? ¡Tiré mi celular al río!
—Los coches modernos tienen GPS, Elena. O quizás te puso un rastreador en la ropa, en el bolso, en el anillo… estos tipos son paranoicos profesionales.
En la pantalla, la puerta del conductor se abrió. Una bota de piel de cocodrilo pisó el charco. Luego bajó un hombre. Incluso a través de la cámara de visión nocturna granulada, la arrogancia de Víctor Delgado era palpable. Llevaba un traje oscuro impecable, sin abrigo, importándole poco la lluvia. Caminó hacia el intercomunicador de la reja con una calma que helaba la sangre.
A su lado, bajó otro hombre. Este llevaba uniforme de la Policía de la Ciudad de México, pero no parecía estar ahí para servir y proteger. Tenía la mano descansando sobre la funda de su arma de cargo.
El timbre de la casa sonó. Esta vez no fue un golpe desesperado. Fue el sonido electrónico, educado y persistente. Ding-dong.
Maximiliano miró a su hija. Vio el terror absoluto que la paralizaba.
—Escúchame bien —dijo él, caminando hacia el cajón donde había guardado la Glock—. Vas a ir a la cocina, hay una puerta que da a la despensa. Enciérrate ahí y no salgas aunque escuches disparos. ¿Entendiste?
—¡No vaya! —suplicó ella—. ¡Lo van a matar! ¡Vienen armados!
—Yo también —dijo Maximiliano, revisando el cargador de la pistola una última vez—. Y esta es mi casa. En mi terreno, yo pongo las reglas.
El timbre volvió a sonar. Ding-dong. Insistente. Como la guadaña de la muerte tocando a la puerta.
Maximiliano se alisó el suéter, escondió el arma en la espalda y caminó hacia la entrada. Su rostro se endureció, transformándose en una máscara de piedra. El padre amoroso había desaparecido; el “Ingeniero” despiadado había tomado el control.
Al llegar a la puerta, no abrió de inmediato. Activó el micrófono del interfón.
—¿Quién es? —preguntó con voz grave y calmada.
—Buenas noches, Don Maximiliano —la voz de Víctor Delgado se escuchó clara, con ese tono meloso y falso de los vendedores de autos usados—. Lamento mucho la hora. Soy Víctor Delgado. Creo que tiene algo que me pertenece. Y créame, no quiere meterse en medio de un pleito conyugal… ni en medio de mis negocios.
Maximiliano miró la pantalla una última vez. Víctor sonreía a la cámara. Una sonrisa de tiburón.
—Abre la puerta, Max —susurró el empresario para sí mismo, sintiendo el peso de los treinta años de ausencia de Ana sobre sus hombros—. Vamos a ver de qué cuero salen más correas.
Maximiliano quitó el seguro. El click resonó como un disparo en la noche vacía. La guerra había llegado a las Lomas de Chapultepec.
CAPÍTULO 3: Lobos con Piel de Oveja
El sonido de los cerrojos abriéndose resonó en el vestíbulo de mármol como disparos secos. Clac, clac, clac.
Maximiliano Castillo abrió la pesada puerta de roble apenas lo suficiente para llenar el marco con su propia corpulencia. No la abrió de par en par; esa era una invitación que no estaba dispuesto a extender. Su mano derecha permanecía oculta tras la espalda, los dedos envueltos firmemente alrededor de la empuñadura texturizada de la Glock 9mm. El metal frío contra su piel era el único ancla de realidad en una noche que se había vuelto surrealista.
Afuera, la tormenta había bajado de intensidad, convirtiéndose en una llovizna helada y persistente que difuminaba las luces de la calle. El aire olía a tierra mojada y a gasolina cara.
Frente a él, a dos metros de distancia, estaba Víctor Delgado.
Maximiliano lo escaneó en un segundo. El tipo era guapo, de esa manera plástica y manufacturada que estaba de moda entre los “juniors” y los nuevos ricos de la ciudad. Traje Hugo Boss hecho a la medida que probablemente costaba lo que un obrero ganaba en dos años, zapatos de piel de cocodrilo que brillaban incluso bajo la lluvia, y una sonrisa blanca, perfecta y totalmente vacía de calidez.
Detrás de él, como una sombra malintencionada, estaba el Capitán Solís. Maximiliano reconoció el tipo de policía al instante: uniforme arrugado en las axilas, mirada huidiza pero agresiva, y esa postura de quien está acostumbrado a intimidar a gente que no puede defenderse. La mano del policía descansaba, casual pero amenazante, sobre la funda de su arma de cargo.
—Buenas noches, Don Maximiliano —dijo Víctor. Su voz era suave, modulada, con ese acento “fresa” de las Lomas que intentaba ocultar un origen mucho más áspero—. Qué pena molestar a estas horas. De verdad, qué vergüenza.
Maximiliano no se movió. No sonrió. Se quedó plantado como una estatua de granito.
—Ahórrese la cortesía, Delgado —respondió Max, su voz retumbando grave y rasposa—. Son las doce de la noche. En mi barrio, a esta hora solo tocan la puerta los borrachos o los ladrones. ¿Cuál de los dos es usted?
La sonrisa de Víctor vaciló por una fracción de segundo, un tic nervioso en la comisura del labio que delató su ira. Pero se recuperó rápido.
—Un hombre preocupado, Don Max. Solo eso. Un esposo desesperado. —Víctor dio un paso adelante, intentando invadir el espacio personal de Maximiliano, pero se detuvo cuando notó la tensión en los hombros del hombre mayor—. Verá, mi esposa, Elena… ha tenido un episodio. Un brote psicótico, dicen los médicos. Se escapó de casa hace un par de horas. Está confundida, dice cosas que no son ciertas… alucina persecuciones.
Víctor hizo una pausa teatral, bajando la voz a un tono confidencial.
—Es un peligro para sí misma. Y, francamente, podría serlo para usted si la deja entrar. Creemos que pudo haber corrido hacia esta zona. ¿La ha visto?
Maximiliano sostuvo la mirada del joven. Vio en sus ojos negros la maldad pura, esa frialdad reptiliana de quien no tiene alma.
—No he visto a nadie —mintió Max sin pestañear. La mentira salió fluida, sólida—. Mi sistema de seguridad no ha detectado nada. Y créame, si alguien hubiera intentado brincarse mi barda, mis perros ya se lo habrían desayunado.
El Capitán Solís dio un paso al frente, masticando un chicle con la boca abierta.
—Mire, jefe… —empezó el policía con tono prepotente—. Tenemos reportes de que una mujer con las características de la señora Delgado fue vista entrando a su propiedad. No queremos hacer un desmadre, pero necesitamos pasar a revisar. Por su seguridad, claro.
Maximiliano soltó una carcajada seca, corta y sin humor.
—¿Revisar mi casa? —Maximiliano avanzó medio paso, invadiendo él el espacio del policía. A pesar de la diferencia de edad, Max era más alto y emanaba una autoridad que el uniforme barato del capitán no podía igualar—. Capitán, ¿trae usted una orden de cateo firmada por un juez federal? Porque si no trae ese papelito en la mano, lo único que va a revisar es el camino de regreso a su patrulla.
Solís se puso rojo. Apretó la mandíbula.
—Es una emergencia, señor. Podemos alegar flagrancia o riesgo inminente…
—Usted puede alegar misa —lo cortó Max—. Pero si pone un pie dentro de mi propiedad sin esa orden, le juro por mi madre que mañana a primera hora usted va a estar dirigiendo el tránsito en un crucero de Iztapalapa. Conozco al Secretario de Seguridad Ciudadana, jugamos dominó los jueves. ¿Quiere que le marque ahorita mismo para que le explique el protocolo?
Maximiliano sacó su celular con la mano izquierda, manteniendo la derecha oculta. Fue un blofeo maestro. No jugaba dominó con el Secretario, apenas lo conocía de un par de eventos benéficos, pero en el juego de poder de la Ciudad de México, la percepción lo es todo.
Solís dudó. Miró a Víctor, buscando instrucciones. El empresario se dio cuenta de que el muro defensivo de Maximiliano era impenetrable por el momento. Forzar la entrada implicaría disparos, ruido, y un escándalo con uno de los hombres más ricos del país. No les convenía. Todavía no.
Víctor levantó las manos en gesto de paz, aunque sus ojos prometían venganza.
—Tranquilo, Capitán. No queremos molestar al Ingeniero Castillo. Seguramente fue un error de los testigos. —Víctor clavó sus ojos en los de Max—. Pero escúcheme bien, Don Maximiliano. Elena está enferma. Se llevó documentos de mi empresa. Papeles confidenciales, secretos industriales. Si ella está aquí… y usted la está protegiendo… eso lo convierte en cómplice de un delito federal. Y ni todos sus amigos en el gobierno lo van a poder salvar de la mierda que le va a caer encima.
—¿Me está amenazando, muchacho? —preguntó Max en voz muy baja, peligrosa.
—Le estoy advirtiendo —siseó Víctor, dejando caer la máscara por completo—. Elena es mía. Y lo que se llevó, es mío. Voy a recuperar ambas cosas. Por las buenas… o como sea.
—Lárguese de mi casa —ordenó Maximiliano, retrocediendo y preparando la puerta para cerrar—. Y llévese a su perro guardián con usted. Si vuelvo a ver esa camioneta cerca de mi reja, voy a asumir que es un intento de secuestro y voy a ordenar a mi seguridad que tiren a matar. Buenas noches.
Cerró la puerta de un golpe. Bum.
Pasó los tres cerrojos a una velocidad vertiginosa. Le temblaban las piernas. La adrenalina, que lo había mantenido erguido y desafiante, ahora se convertía en un temblor incontrolable en sus manos. Se recargó contra la madera, respirando agitadamente.
—Hijo de la gran puta —susurró, sintiendo el sudor frío correr por su espalda.
Miró el monitor de seguridad. Víctor y el policía discutían brevemente bajo la lluvia. Luego, subieron a la Suburban. El vehículo arrancó, pero no se alejó mucho. Se estacionó a unos cien metros, en la esquina oscura de la calle, apagando las luces pero manteniendo el motor encendido.
—No se fueron —dijo Max—. Están esperando refuerzos. O una orden judicial. O a que salgamos.
Guardó la pistola y corrió hacia la cocina. Abrió la puerta de la despensa de un tirón.
Elena estaba acuclillada entre latas de atún importado y cajas de vino, con las manos tapándose los oídos y los ojos cerrados fuertemente. Al escuchar la puerta, soltó un grito ahogado.
—¡Soy yo! —dijo Max rápidamente, arrodillándose frente a ella. A pesar de su edad, el movimiento fue fluido—. Ya pasó. Los corrí.
Elena abrió los ojos. Estaban rojos, hinchados.
—Escuché… escuché su voz. —Temblaba como una hoja—. Dijo que estoy loca. Siempre dice eso. Quiere encerrarme en “La Castañeda”, o como se llame ahora el manicomio. Me dijo que me iban a dar electroshocks hasta que olvidara mi nombre.
Maximiliano la tomó por los hombros y la sacudió suavemente.
—Mírame, Elena. Nadie te va a encerrar. Ese cabrón no va a volver a entrar aquí. Pero tenemos un problema grave.
La ayudó a levantarse. Elena se aferró a su brazo como si fuera un salvavidas en medio del océano.
—Siguen allá afuera, ¿verdad? —preguntó ella, resignada.
—Sí. Y no van a tardar en conseguir una orden real, o peor, van a llamar a sus sicarios para que brinquen la barda por la parte trasera. Esta casa es una fortaleza, pero no está diseñada para resistir un asedio del narco. Tenemos que irnos. Ahorita.
—¿Irnos? ¿A dónde?
—A un lugar donde no nos encuentren. Pero primero, necesito llamar a la caballería.
Maximiliano la llevó de regreso a la biblioteca. Sacó un teléfono satelital de un cajón bajo llave. No confiaba en las líneas fijas ni en su celular personal; si Víctor tenía comprada a la policía, probablemente ya estaban interviniendo las comunicaciones de la zona.
Marcó un número de memoria. Solo sonó una vez.
—¿Bueno? —respondió una voz ronca, alerta, sin rastro de sueño.
—Igor. Código Rojo en la casa principal.
Hubo un silencio de medio segundo al otro lado de la línea. Igor Velasco no hacía preguntas estúpidas. Era un ex Teniente Coronel de las Fuerzas Especiales, un hombre que había visto el infierno en la sierra de Guerrero y había regresado para contarlo. Llevaba diez años siendo el jefe de seguridad y “solucionador de problemas” de Maximiliano.
—¿Situación? —preguntó Igor.
—Hostiles en la puerta. Víctor Delgado y policía corrupta. Tengo un “paquete” VIP que necesito extraer y llevar al Refugio B. Necesito la camioneta blindada, la pesada. Y trae juguetes, Igor. Los de verdad.
—Tiempo estimado de llegada: doce minutos. Voy con el equipo Alpha. No salgas hasta que yo te diga. Mantén perímetro cerrado.
—Entendido. Ah, Igor… —Maximiliano miró a Elena, que estaba abrazándose a sí misma frente a la chimenea—. Trae también un kit médico de trauma. Y ropa de mujer, talla mediana. No preguntes.
—Copiado, jefe. Aguanta.
Maximiliano colgó. Doce minutos. Una eternidad en tiempo táctico.
Se sirvió otro cognac, esta vez doble, y se lo bebió de un trago. El calor del alcohol le asentó el estómago. Se giró hacia Elena. Ella estaba mirando el retrato al óleo que colgaba sobre la chimenea. Era una pintura de Max joven, en los años 90, en una obra de construcción, con el casco bajo el brazo y mirando al horizonte con ambición.
—Te pareces a él —dijo ella en voz baja—. A ese hombre de la pintura. Tienes la misma mirada terca.
Maximiliano sonrió con tristeza.
—Ese hombre creía que podía comerse el mundo. El de ahora solo quiere que el mundo no se lo coma a él.
Se acercó a ella y, con una suavidad que contrastaba con la violencia de la noche, sacó de su cartera la vieja foto de Ana. Estaba arrugada, los bordes gastados por los años de ser acariciada con el pulgar.
—Mira —le dijo, extendiéndole la foto.
Elena la tomó. Era una foto Polaroid. Ana estaba riendo, con el cabello alborotado por el viento, sentada en una banca del parque de Coyoacán. Tenía un helado en la mano y miraba a la cámara con un amor tan puro que dolía verlo.
—Mamá… —Elena acarició la imagen—. Se ve tan feliz. Nunca la vi así. Después… después siempre tuvo una sombra en los ojos. Miedo. Siempre estaba mirando por encima del hombro.
—Ese miedo fue mi culpa —dijo Maximiliano, la culpa amargándole la boca—. Debí haberla buscado más. Debí haber removido cielo y tierra. Pero fui un cobarde, o un orgulloso. Pensé que ella me había dejado porque ya no me quería. Nunca imaginé… nunca imaginé que estaba huyendo para protegerme a mí. Y a ti.
Elena levantó la vista. Sus ojos color miel se encontraron con los grises de su padre.
—No fue tu culpa. Fue de ellos. De los Delgado. De esa maldita familia que se cree dueña de las personas.
—Pues se acabó —dijo Max con ferocidad—. Hoy se acaba. Elena, escúchame. Quizás no estuve ahí cuando diste tus primeros pasos, ni cuando te graduaste, ni cuando ese imbécil te lastimó. Pero estoy aquí ahora. Y te juro, por lo más sagrado, que mientras yo respire, nadie te va a volver a tocar. Eres mi hija. Eres una Castillo. Y los Castillo no nos rompemos, nos vengamos.
Elena asintió, y por primera vez en la noche, Max vio una chispa de fuego en su mirada, reemplazando al terror. Era la sangre. Su sangre.
El teléfono satelital vibró en la mesa.
—Aquí Velasco. Estoy a dos cuadras. Veo al objetivo. Suburban negra en la esquina sureste. Dos tangos visibles. Voy a proceder a la entrada por el acceso de servicio en la calle trasera. Abre el portón 2 en treinta segundos.
—Entendido.
Maximiliano se movió rápido.
—Elena, ponte esto. —Le lanzó una chamarra táctica negra que sacó de un armario oculto en la biblioteca—. Es kevlar ligero. Antibalas. Póntela debajo del abrigo.
—¿Nos van a disparar? —preguntó ella, poniéndose el chaleco con manos temblorosas.
—Esperemos que no. Pero más vale tenerlo y no necesitarlo. Vamos.
La guio a través de la cocina, hacia el pasillo que conectaba con el garaje subterráneo y la salida trasera. La casa estaba a oscuras, solo iluminada por los relámpagos ocasionales.
Llegaron al garaje. Max presionó el control remoto del portón trasero. El motor eléctrico zumbó y la pesada lámina de acero comenzó a levantarse.
Justo cuando el portón estaba a medio abrir, una camioneta Land Rover Defender gris mate, modificada con blindaje nivel 5, entró derrapando en reversa, con una precisión milimétrica.
La puerta del conductor se abrió y bajó Igor. Era un hombre bajo pero ancho como un roble, con la cabeza afeitada y una cicatriz que le cruzaba la ceja. Llevaba un rifle de asalto AR-15 corto colgado al pecho.
—Jefe —saludó Igor con un asentimiento seco—. Señora. Suban. Rápido.
—¿Viste a los de la esquina? —preguntó Max mientras empujaba a Elena hacia el asiento trasero de la camioneta.
—Los vi. Y ellos me vieron. Ya deben estar avisando a su patrón. Tenemos una ventana de dos minutos antes de que intenten bloquearnos.
—¿La carpeta? —preguntó Igor, señalando el maletín de Max.
—Aquí está. —Max levantó la carpeta negra—. La evidencia.
—Bien. Porque por esto nos van a tirar con todo. —Igor se subió al asiento del conductor—. Sujétense. Esto va a ser un viaje movido.
La Land Rover rugió. El motor V8 modificado prometía potencia bruta. Igor aceleró y salieron disparados hacia la calle trasera.
La lluvia había parado, pero el asfalto brillaba como un espejo negro.
Apenas habían avanzado cien metros cuando los faros de la Suburban de Víctor se encendieron en el espejo retrovisor. Habían reaccionado rápido.
—¡Nos siguen! —gritó Elena, mirando hacia atrás.
—Que nos sigan —gruñó Igor, cambiando de marcha con violencia—. A ver si nos alcanzan.
La persecución comenzó en las calles estrechas y sinuosas de las Lomas. Igor conducía con una frialdad técnica impresionante, tomando las curvas cerradas a ochenta kilómetros por hora, usando el peso del vehículo blindado para mantener la tracción.
Detrás, la Suburban de Víctor intentaba mantener el ritmo, pero era más pesada y menos ágil. Aún así, no se despegaban.
—¡Están sacando algo por la ventana! —gritó Elena.
¡PAM!
El sonido fue inconfundible. Un disparo.
La bala impactó en el vidrio trasero de la Land Rover. El cristal blindado resistió, dejando solo una marca blanca, como una telaraña pequeña, en el punto de impacto.
—¡Están disparando! —gritó Max, cubriendo la cabeza de Elena con su mano—. ¡Igor, sácanos de aquí!
—Tranquilos, el vidrio aguanta hasta calibre .50 —dijo Igor sin inmutarse—. Voy a tomar Periférico. Ahí hay cámaras del C5. No se atreverán a disparar en vía rápida.
—¡A estos tipos les vale madre el C5! —replicó Max—. ¡Son narcos, Igor!
La Land Rover saltó un tope a toda velocidad, haciendo que sus ocupantes rebotaran. Giraron bruscamente a la izquierda, hacia la avenida Paseo de las Palmas.
La Suburban intentó cortarles el paso en la intersección, embistiendo el costado derecho. El golpe fue brutal. Metal contra metal. El ruido fue ensordecedor. Elena gritó.
Pero la Defender de Igor era un tanque. Apenas se movió. En cambio, la Suburban de Víctor rebotó, perdiendo el control momentáneamente y estrellándose contra un poste de luz.
—¡Toma, cabrón! —celebró Igor.
Vieron por el retrovisor cómo la camioneta de los perseguidores quedaba atrás, con el frente destrozado y vapor saliendo del radiador.
—¿Se acabó? —preguntó Elena, temblando.
—Por ahora —dijo Max, mirando hacia atrás—. Pero esto apenas empieza. No van a parar, Elena. Acabamos de declararles la guerra.
Maximiliano sacó su celular.
—¿A quién llamas? —preguntó Elena.
—A mi abogado —dijo Max, marcando—. Y luego a un amigo en la Fiscalía General. Si quieren jugar sucio, vamos a jugar sucio. Pero primero, vamos a Valle de Bravo. Ahí tengo un búnker donde estaremos seguros.
La camioneta se incorporó al Periférico, mezclándose con el tráfico nocturno de la ciudad monstruo. Mientras las luces de la ciudad pasaban como estrellas fugaces, Elena se quitó el chaleco antibalas y recargó la cabeza en el hombro de su padre.
Por primera vez en años, a pesar de los disparos y el miedo, se sintió segura.
—Gracias, papá —susurró.
Maximiliano cerró los ojos un momento, saboreando esa palabra.
—Duerme un poco, hija. Mañana va a ser un día largo. Mañana… mañana empezamos a destruir a Víctor Delgado.
La Land Rover se perdió en la noche, llevando consigo tres cosas: un padre, una hija y los secretos que podrían derrocar un imperio criminal. La tormenta había pasado, pero la inundación de verdad estaba por llegar.