PERSEGUÍ A UN PERRO QUE ROBÓ MI MALETÍN EN CDMX Y DESCUBRÍ UN SECRETO EN UNA OBRA NEGRA QUE ME HIZO LLORAR COMO UN NIÑO

CAPÍTULO 1: La Soledad en la Cima de la Torre

Era lunes. Lunes en la Ciudad de México, lo que significa que el aire pesaba más que la conciencia de un político y el tráfico en Constituyentes ya estaba parado desde las seis de la mañana. Pero nada de eso me tocaba a mí. O al menos, eso me gustaba pensar.

Me llamo David. Tengo 35 años y soy lo que las revistas de negocios llaman un “Tiburón”, un “Visionario”, o si le preguntas a mis empleados cuando creen que no los escucho, un “Hijo de la gran…”. La verdad es que no me importa. Desde el piso 25 de mi torre en Santa Fe, el mundo se ve como un hormiguero silencioso. Los microbuses verdes son apenas manchitas que se arrastran, y el ruido de los cláxones, esa sinfonía eterna del caos chilango, no atraviesa mis cristales dobles a prueba de balas.

Mi oficina es un templo al ego. Todo es mármol frío, acero inoxidable y arte abstracto que costó lo mismo que una casa en el Pedregal pero que parece un garabato hecho por un niño enojado. Tengo una cafetera italiana que vale más que mi primer coche, y esa mañana, como todas las mañanas, zumbaba suavemente mientras destilaba un espresso negro, denso y amargo. Sin azúcar. La vida ya es demasiado dulce cuando tienes nueve ceros en la cuenta bancaria, o eso dicen. Yo prefiero el café como mi realidad: crudo.

Me ajusté el nudo de la corbata frente al ventanal. Un traje azul marino hecho a la medida en Londres, camisa blanca almidonada que crujía al moverme y mancuernillas de oro que atrapaban el pálido sol de la mañana. Me veía perfecto. Impecable. Y completamente vacío.

Esa es la trampa del éxito en esta ciudad. Subes tanto para escapar de la mierda, que cuando llegas arriba te das cuenta de que el aire es tan fino que te asfixias de soledad.

Presioné el botón del intercomunicador. —Rita, tráeme los archivos para el “pitch” con los inversionistas japoneses. Y recuérdame a qué hora tengo que fingir que me caen bien.

La voz de Rita, mi asistente, sonó metálica. —Enseguida, Licenciado.

Segundos después, Rita entró. Es una mujer eficiente, de esas que caminan rápido y siempre traen una tablet pegada a la mano como si fuera una extensión de su cuerpo. Nunca sonríe más de lo necesario. Sabe que pago por resultados, no por simpatía.

—Señor —dijo, sin levantar la vista de la pantalla—, hubo un cambio de planes. El vuelo del Señor Emiliano tuvo un problema en Houston y se retrasó. La reunión original de las 12:00 se movió para las 3:00 de la tarde.

—Maldita sea —murmuré, dejando la taza de café sobre el escritorio de caoba—. Odio la impuntualidad. Es el rasgo de los mediocres.

—Lo sé, señor. Pero ya confirmó. Nos veremos en el Café Javaore, el que está en la plaza de abajo, a dos cuadras. Dice que invita la primera ronda por las molestias.

Asentí, irritado. —Está bien. Gracias, Rita. Puedes retirarte.

Ella dio media vuelta y sus tacones repiquetearon sobre el mármol hasta desaparecer. Me dejé caer en mi silla de piel giratoria y miré el reloj. Tenía tiempo muerto. Tiempo para pensar, que es lo peor que le puede pasar a un hombre que trata de no recordar de dónde viene.

Porque yo no nací en cuna de oro. Yo nací en una colonia donde el agua llega por tandeo y las balaceras son el arrullo de las noches. Pero David, el “Billonario de Santa Fe”, había enterrado a ese niño pobre bajo capas de dinero y arrogancia. O eso creía.

Dieron las 2:30 PM. El sol estaba en su punto más alto, cayendo a plomo sobre el asfalto. Me levanté. Metí los archivos confidenciales en mi maletín de cuero italiano. Ese maletín era mi caja fuerte portátil: contratos, proyectos, mis tarjetas Platinum y Black, y un fajo de billetes de quinientos pesos “por si las moscas”, como decía mi madre.

Bajé por el elevador privado. El guardia de seguridad en el lobby se cuadró al verme, tieso como una tabla. —Buenas tardes, Licenciado David. ¿Llamo a su chofer? ¿Quiere que acerquen la blindada?

Lo pensé un segundo. El Café Javaore estaba literalmente a la vuelta de la esquina. Subirme a una camioneta blindada para recorrer 300 metros me pareció ridículo, incluso para mis estándares. Además, necesitaba aire. Sentía que las paredes de cristal de mi oficina se estaban cerrando sobre mí.

—No, Martínez. Voy a caminar. El guardia abrió los ojos como platos. —Pero, Licenciado… ya sabe cómo está la inseguridad. Santa Fe es zona “fresa”, pero bajan los de las barrancas y… —Dije que voy a caminar, Martínez. No necesito niñera.

Salí a la calle y el calor me golpeó la cara. Era un calor seco, mezclado con olor a escape de camión y garnacha quemada. Caminé por la banqueta amplia, esquivando a los “Godínez” que regresaban de comer con el gafete colgando del cuello y la mirada perdida. Yo destacaba. Mi traje brillaba, mis zapatos costaban más que la nómina entera de un puesto de tacos. La gente se apartaba a mi paso, algunos con respeto, otros con envidia. “Miren al mirrey“, podía casi escuchar sus pensamientos.

Estaba a una cuadra del café, repasando mentalmente las cifras para los inversionistas, cuando sentí una vibra extraña. Ya sabes, ese sexto sentido chilango que te avisa cuando la realidad está a punto de torcerse.

Me detuve. La gente caminaba rápido, pero hacían un pequeño arco para evitar algo en la banqueta. Bajé la vista. Ahí estaba.

Era un perro. Un Golden Retriever, o al menos eso había sido alguna vez. Ahora era un saco de huesos envuelto en pelo enmarañado, lleno de lodo seco y manchas de aceite de coche. Estaba sentado sobre sus ancas traseras, inmóvil, como una estatua de la miseria en medio de la opulencia de Santa Fe.

No ladraba. No movía la cola. No tenía un vaso de unicel pidiendo monedas. Solo me miraba. Tenía unos ojos profundos, color miel, pero vacíos. Ojos de alguien que ha visto el infierno y ha decidido quedarse a vivir en él.

Mis pasos se alentaron. Fruncí el ceño. El perro se veía fatal. Se le marcaban las costillas a través de la piel, como un acordeón macabro. Una de sus orejas tenía una mordida vieja, cicatrizada mal. “Pobre diablo”, pensé. “Esta ciudad te mastica, te traga y te escupe, seas humano o animal”.

Sentí un piquete de lástima, pero mi mente de empresario lo bloqueó rápido. No es mi problema. Si le doy dinero o comida, no soluciono nada. Hay miles como él. —Muévete —murmuré, tratando de pasar por su lado sin rozar su mugre con mi pantalón de casimir.

El perro no se movió. Sus ojos siguieron mi trayectoria como si fuera un radar. Di cinco pasos. Diez pasos. Pensé que ya la había librado, que solo sería una anécdota triste para contar en la cena. Entonces, sentí el jalón.

Fue seco, firme y decidido. Me detuve en seco y miré hacia abajo. El corazón me dio un vuelco. El perro me había seguido en silencio, como un fantasma, y ahora tenía sus mandíbulas cerradas alrededor del asa de cuero de mi maletín.

—¡Pero qué ching…! —grité, jalando el maletín hacia mí.

El perro no gruñó. No hizo ese sonido de rabia que hacen los perros callejeros cuando pelean por un hueso. No. Mantuvo la mirada fija en la mía, apretando los dientes con una fuerza sobrenatural para un animal tan desnutrido.

—¡Suelta! ¡Largo de aquí, perro pulgoso! —le grité, perdiendo la compostura.

La gente se detuvo. En México, el chisme es deporte nacional. —¡Ay, no mames, el perro le quiere robar al catrín! —escuché que decía un repartidor de Rappi que se frenó en su moto. —¡Grábalo, grábalo para el TikTok! —gritó una señora.

Sentí la sangre subirme a la cara. La vergüenza y la furia se mezclaron. Yo, David, el magnate, peleando a media calle con un perro sarnoso por un maletín. —¡Te dije que sueltes! —Le di un tirón fuerte, chasqueé los dedos cerca de su cara, incluso alcé el pie como para amagar una patada (aunque no me atreví a darle, algo en sus ojos me lo impedía).

El perro plantó sus patas flacas en el cemento. Clavó las uñas. Era como si me estuviera diciendo: “No me voy a ir sin esto. No entiendes nada, humano estúpido”.

Y entonces, sucedió lo impensable. El perro aprovechó un segundo de mi distracción, un microsegundo donde aflojé el agarre por la sorpresa, y dio un jalón brutal hacia atrás, usando todo el peso de su cuerpo. El maletín se deslizó de mis dedos sudorosos.

—¡NO!

El perro cayó hacia atrás con el maletín en el hocico, se recuperó en una fracción de segundo, y arrancó a correr. No corría como un perro que juega. Corría como un soldado cumpliendo una misión suicida.

—¡Hijo de tu… VUELVE AQUÍ! —bramé.

La lógica me decía: “Déjalo ir, cancela las tarjetas, reimprime los archivos”. Pero el instinto… el instinto es otra cosa. Ese maletín tenía mi vida. Y mi orgullo. ¡Un perro no me iba a robar en mi propia calle!

Me lancé a la carrera. Olvidé la reunión. Olvidé mis zapatos de suela de cuero que resbalaban en el pavimento. Olvidé que soy un CEO. Me convertí en un cazador.

El perro era rápido. Se metió entre los coches parados en el semáforo. Yo salté sobre el cofre de un taxi rosa con blanco, ignorando los mentadas de madre del chofer. —¡Agárrenlo! —gritaba yo, corriendo como loco con la corbata volando sobre mi hombro.

Pero nadie ayudaba. La gente se reía o se apartaba. El perro cruzó la avenida principal, esquivando un metrobús por milímetros. Yo me frené en seco mientras el claxon del camión me rompía los tímpanos y el aire del vehículo me despeinaba. —¡Maldita sea!

Vi al perro cruzar al otro lado y meterse por una callejuela lateral, de esas que bajan hacia las barrancas, donde Santa Fe deja de ser Miami y vuelve a ser el Tercer Mundo. Corrí tras él. Bajamos por una calle empinada llena de baches. El polvo empezó a manchar mis zapatos. El sudor me empapaba la camisa. Mi respiración era un silbido doloroso. No estaba en forma para esto. Mi cardio era la caminadora del gimnasio con aire acondicionado, no esta persecución infernal.

El perro giró en una esquina, hacia un terreno baldío cercado con láminas oxidadas y grafitis de la Santa Muerte. —Te tengo… ya no tienes a dónde ir —jadeé, doblando la esquina.

Pero el perro no se detuvo. Se coló por un agujero en la malla ciclónica rota de una construcción abandonada. Una obra negra enorme, un esqueleto de edificio que se quedó sin presupuesto hace años y ahora era refugio de drogadictos y ratas.

Me detuve frente al agujero. Dudé. Mi traje estaba arruinado. Me dolía el bazo. “David, date la vuelta. Es solo dinero”, me dijo mi cerebro racional. Pero luego recordé los ojos del perro. No era maldad. Era desesperación.

Me quité el saco, lo tiré al suelo polvoriento y me agaché para pasar por el agujero de la reja, rasgando mi camisa en el proceso. —Vas a ver cuando te agarre… —mascullé.

Entré al edificio. Adentro estaba oscuro y fresco. Olía a humedad, a orines viejos y a cemento. Mis pasos resonaban en el eco del lugar vacío. —¡Sal! Sé que estás aquí. Devuélveme mi maletín y no te haré nada.

Silencio. Caminé con cuidado entre varillas salidas y escombros. Subí una rampa de concreto a medio terminar hacia lo que sería la planta baja. La luz del sol entraba en rayos diagonales, iluminando el polvo que flotaba en el aire como motas de oro.

Y entonces, lo vi. En la esquina más alejada del salón de concreto, junto a una columna llena de moho. El perro estaba ahí. Había soltado el maletín. No lo estaba mordiendo. No lo estaba destrozando para buscar comida. Lo había dejado delicadamente en el suelo, junto a un montón de trapos viejos y cartones.

Me acerqué furioso, listo para patear al aire y espantarlo. —¡Maldito animal, casi me matas del coraje! —grité, avanzando.

El perro me vio. Y en lugar de huir, ladró. Pero no fue un ladrido agresivo. Fue un ladrido corto, agudo. Casi una súplica. Guau. Y luego, empujó los trapos con la nariz.

Me detuve a dos metros. Mi furia se evaporó en un instante, reemplazada por un frío que me recorrió la espina dorsal y me heló la sangre. Los trapos se movieron. O eso creí. Me acerqué más, entrecerrando los ojos en la penumbra.

No eran trapos. Era una niña.

Dios mío, era una niña pequeña. Estaba acostada sobre unos cartones húmedos, acurrucada en posición fetal. Su piel estaba pálida, translúcida, cubierta de una capa de suciedad que no lograba ocultar los moretones y los rasguños. Su cabello, enmarañado y sucio, le cubría la cara. Llevaba un vestido que alguna vez fue rosa, pero ahora era gris y le quedaba enorme, porque la niña era puro hueso.

El perro, ese animal al que yo había maldecido y perseguido con odio, se acercó a ella. Le lamió la mano inerte. La niña no reaccionó. El perro gimió, un sonido roto, y me volteó a ver. Ya no vi a un ladrón. Vi a un guardián desesperado que había agotado su último recurso. Me había robado lo único que le importaba a un hombre como yo —mi dinero— para obligarme a venir a ver lo único que le importaba a él.

Caí de rodillas al suelo, sin importarme el lodo, sin importarme mis pantalones de mil dólares. —Hey… —susurré, con la garganta cerrada—. Pequeña…

Toqué su frente. Estaba ardiendo en fiebre, pero su piel se sentía seca como papel pergamino. Estaba muriendo. De hambre. De sed. De abandono. A solo dos kilómetros de mi oficina donde tirábamos la comida que sobraba de las juntas.

El perro puso su cabeza sobre mis rodillas y me miró. Sentí cómo se me rompía el corazón, ese corazón que yo creía que era de piedra. —Perdóname, amigo —le dije al perro con la voz quebrada—. Perdóname.

Saqué mi celular con manos que temblaban tanto que casi se me cae. Marqué el número de emergencias, pero luego colgué. Tardarían horas en llegar a este agujero. Marqué a mi chofer. —Martínez —grité, y mi voz sonó irreconocible, llena de pánico y lágrimas—. ¡Trae la camioneta! ¡Ahora! ¡Estoy en la obra negra detrás de la barranca! ¡Es vida o muerte, Martínez! ¡Vuela!

Me quité lo que quedaba de mi camisa, quedándome en camiseta interior, y envolví con ella el cuerpo frágil de la niña. Pesaba menos que mi maletín. El perro se levantó, alerta, listo para seguirme. —Vente —le dije—. Tú también vienes. No te voy a dejar.

Cargué a la niña hacia la luz, con el perro pegado a mis talones, dejando atrás el maletín con los millones de pesos tirado en la basura. Ya no me importaba. En ese momento, todo el dinero del mundo no valía ni un solo respiro de esa niña desconocida.

La Ciudad de México rugía a lo lejos, indiferente, pero en esa obra negra, mi vida acababa de cambiar para siempre.

CAPÍTULO 2: Sirenas, Batas Blancas y una Promesa de Sangre

Salí de la oscuridad de la obra negra hacia la luz cegadora de la tarde, con la niña en mis brazos y el perro pegado a mi pantorrilla como una sombra peluda. El sol de Santa Fe, que minutos antes me parecía molesto, ahora se sentía como un reflector acusador.

—¡Martínez! —grité de nuevo, aunque mi garganta ardía como si hubiera tragado vidrios.

El motor de mi camioneta blindada, una Suburban negra que parecía un tanque de guerra de lujo, rugió al doblar la esquina. Martínez, mi chofer y jefe de seguridad, se subió a la banqueta rompiendo el cárter y se llevó por delante un bote de basura antes de frenar en seco frente a mí. Las llantas chirriaron sobre el asfalto caliente, levantando una nube de humo azul.

Martínez bajó de un salto, con la mano cerca de la cintura donde guarda su arma, pensando que me estaban secuestrando. Pero cuando vio la escena, su cara de “guarura” entrenado se desmoronó.

—Licenciado… —balbuceó, mirando mi traje destrozado, mi pecho desnudo cubierto de polvo y el bulto inerte que cargaba—. ¿Qué pasó? ¿Le dispararon?

—¡Abre la maldita puerta, Martínez! —bramé, ignorando su confusión. —¡Al Hospital ABC, ahora! ¡Y avisa que llevamos una urgencia crítica!

Martínez abrió la puerta trasera. Me metí con cuidado, tratando de que la cabeza de la niña no golpeara nada. El perro, sin pedir permiso, saltó detrás de mí. Martínez dudó un segundo al ver al animal sucio sobre los asientos de piel color crema que costaban más que su casa.

—El perro también viene —dije, con una voz que no admitía réplica. Martínez asintió y cerró la puerta de un golpe.

La camioneta arrancó, y por primera vez en mi vida, agradecí tener luces estroboscópicas y sirena ilegal instaladas. Martínez se abrió paso entre el tráfico de la tarde como un poseído, tocando el claxon y aventando lámina a los microbuseros que se negaban a ceder el paso.

Miré a la niña en mi regazo. Se sentía ligera, terriblemente ligera. Era como cargar un pajarito herido, de esos que sabes que no van a pasar la noche. Su piel estaba fría, pegajosa. Puse mi mano grande y tosca sobre su pecho minúsculo. Esperé. Un segundo. Dos segundos. Nada. El pánico me golpeó como un puñetazo en el estómago. —¡No respires, no te atrevas a dejar de respirar! —le ordené, no como un CEO, sino como un hombre desesperado.

Entonces, lo sentí. Un latido débil. Tum… tum… Lento. Errático. Pero estaba ahí. El perro, que estaba sentado en el piso del auto babeando sobre la alfombra, subió las patas delanteras al asiento. Me miró y luego lamió la mejilla de la niña. —Está viva, amigo. Aguanta —le dije al perro, acariciando su cabeza llena de tierra. El animal temblaba.

El trayecto al hospital fue eterno. Cada semáforo en rojo se sentía como una sentencia de muerte. Yo, que siempre vivía pegado al celular revisando la bolsa de valores, ni siquiera me acordé de que mi teléfono existía. Solo podía ver esa carita sucia, con los labios partidos por la deshidratación y las pestañas largas llenas de polvo de construcción.

—¿Cómo se llama, jefe? —preguntó Martínez desde el volante, mirándome por el retrovisor con ojos de preocupación. —No lo sé —susurré. Y esa ignorancia me dolió más que cualquier pérdida financiera. No sabía su nombre, ni quién era, ni por qué el mundo la había olvidado en ese agujero.

Llegamos a la rampa de urgencias del hospital. Martínez ni siquiera esperó a estacionarse bien; dejó la camioneta atravesada en la entrada. Bajé corriendo con la niña. El perro saltó detrás de mí, ladrando para abrir paso. —¡Ayuda! ¡Necesito un médico! —grité al entrar por las puertas automáticas.

El caos se desató. Enfermeras y camilleros corrieron hacia nosotros. —¡Código azul en pediatría! —gritó alguien. Me arrancaron a la niña de los brazos y la pusieron en una camilla. Verla alejarse de mí, rodeada de extraños con batas blancas y tubos, me hizo sentir inútil. Yo podía comprar edificios, pero no podía comprarle vida a esa niña.

Di un paso para seguirlos, pero sentí algo peludo rozando mi pierna. El perro intentó correr tras la camilla, gimiendo desesperado.

—¡Hey! ¡Saquen a ese animal de aquí! —gritó una enfermera jefa, una mujer robusta con cara de pocos amigos que salió de detrás del mostrador—. ¡Esto es un hospital, no un zoológico! ¡Seguridad!

Dos guardias de seguridad, hombres grandes con uniformes grises, se acercaron al perro con la intención de agarrarlo y sacarlo a la calle. El perro, que hasta ese momento había sido pura preocupación, se transformó. Se plantó firme en el pasillo de linóleo brillante. Bajó la cabeza, erizó el pelo del lomo y soltó un gruñido profundo, gutural, mostrando unos dientes blancos y afilados. No iba a dejar que se llevaran a su niña. Estaba dispuesto a pelear contra todo el hospital si era necesario.

—¡Cuidado, muerde! —gritó uno de los guardias, sacando una macana.

—¡ALTO! —mi grito resonó en toda la sala de espera, callando incluso el llanto de un bebé en la esquina.

Caminé hacia los guardias, con mi ropa rota y sucia, pero con la autoridad que dan años de mandar a gente más poderosa que ellos. Me puse en medio, entre el perro y los guardias.

—Nadie toca a ese perro —dije, señalándolos con un dedo que no temblaba—. Él me trajo hasta ella. Si no fuera por este animal, esa niña estaría muerta en una obra negra ahora mismo. Él es su guardián. Y si él se queda, se queda.

La enfermera jefa me miró escandalizada. —Señor, son las normas de salubridad. No puede… —Soy David… —dije mi apellido, el que aparece en las revistas de Forbes—. Y si es necesario, compro este hospital ahora mismo y cambio las malditas reglas. Pero el perro no sale a la calle. ¿Entendido?

La mujer dudó. Miró mi reloj (que valía más que su sueldo de cinco años), miró a Martínez que estaba detrás de mí con cara de pocos amigos, y suspiró. —Está bien. Pero tiene que quedarse en una esquina, lejos de los quirófanos. Y si ladra una vez más, llamo a la perrera.

—No va a ladrar —aseguré.

Me agaché junto al perro. —Escucha, Jack —le dije, inventándole un nombre en ese momento porque “perro” me sonaba irrespetuoso—. Tienes que portarte bien. Ella está en buenas manos. Si te portas mal, nos echan. Siéntate.

Increíblemente, el perro entendió. Me miró a los ojos, suspiró por la nariz, caminó hacia la pared y se sentó, con la vista clavada en las puertas dobles por donde se habían llevado a la niña. Se quedó quieto como una esfinge de oro sucio.

Las horas siguientes fueron una tortura. Me senté en una silla de plástico duro. Martínez me trajo un café de la máquina y una camisa limpia que tenía en la cajuela. Me limpié la cara y las manos con toallitas húmedas, viendo cómo el agua salía negra de mugre. Me sentía… extraño. Mi teléfono vibraba con mensajes de Rita: “Los inversionistas preguntan dónde está”, “El Sr. Emiliano está furioso”. Apagué el celular. Que se vayan al diablo los inversionistas. Que se vaya al diablo el Sr. Emiliano.

Necesitaba hablar con alguien que entendiera lo que estaba sintiendo. Caminé hacia un rincón del pasillo, lejos de la gente, y marqué el único número que importaba cuando el mundo se te cae encima.

—¿Bueno? —la voz de mi madre sonó al tercer tono. —Mamá… —dije. Y me odié porque la voz se me quebró otra vez. Parecía un niño chiquito. —¡Ay, Dios mío! —Doña Lucha, mi madre, tiene ese radar infalible—. David, hijo, ¿qué pasó? ¿Estás bien? ¿Te asaltaron? ¿Perdiste algún contrato millonario y estás llorando por dinero otra vez?.

—No, mamá. No es dinero. Respiré hondo y le solté todo. Le conté del perro robando mi maletín. De la persecución. De la obra negra que olía a muerte. De la niña que parecía un esqueleto. De cómo el perro le ladraba para que despertara. Le conté de sus piecitos descalzos y sucios. Mientras hablaba, las lágrimas que había estado conteniendo empezaron a caer. Yo, el hombre de hielo, estaba llorando en un pasillo de hospital frente a una máquina de refrescos.

Hubo un silencio largo al otro lado de la línea. Solo escuchaba la respiración de mi madre y el ruido de fondo de su televisión viendo la novela.

—David… —dijo ella, con esa voz suave que usaba cuando yo era niño y me raspaba las rodillas—. ¿Te acuerdas de cuando vivíamos en la colonia Obrera? ¿Te acuerdas cuando tu papá se fue y no teníamos ni para las tortillas?

—Sí, mamá —murmuré.

—¿Te acuerdas de ese señor, Don Emmanuel? El que tenía la bodega. Cómo nos fiaba la comida y nunca nos cobraba los intereses. Cómo pagó tu inscripción a la secundaria cuando nos iban a correr por falta de pago.

Cerré los ojos. Claro que me acordaba. Ese hombre había sido un ángel en nuestras vidas. Nunca supimos qué fue de él, un día simplemente cerró la bodega y desapareció.

—Hijo —continuó mi madre—, la vida es una rueda. A veces estás abajo y necesitas una mano. A veces estás arriba y te toca dar la mano. Tal vez… tal vez Dios te puso a ese perro en el camino para que pagues la deuda que tenemos con la vida. Tal vez es tu turno de ser el ángel de alguien más.

Sus palabras me cayeron como un rayo. Yo pensaba que mi éxito era solo mío. Que yo me había hecho solo. Pero era mentira. Alguien me ayudó cuando yo no era nadie. —Tienes razón, jefa —dije, secándome los ojos con la manga—. Tienes razón.

—No te muevas de ahí, David. Esa niña no tiene a nadie más que a ti y a ese perro. Cuídalos. Y dale algo de comer al animal, por el amor de Dios, que debe traer un hambre de perro callejero… literalmente.

Colgué el teléfono sintiéndome un poco más ligero, pero con una responsabilidad gigante sobre los hombros.

Regresé a la sala de espera. Jack seguía ahí, en la misma posición. No se había movido ni un centímetro. Fui a la cafetería, compré dos sándwiches de jamón y una botella de agua. Me senté en el suelo junto a él, ignorando las miradas de desaprobación de la gente “fresa” que pasaba. —Ten, Jack —le ofrecí un pedazo de sándwich. El perro lo olió, pero no comió. Me miró y luego miró hacia la puerta de urgencias. —Ella va a estar bien —le prometí, aunque yo no estaba seguro—. Come. Tienes que estar fuerte para cuando salga.

Solo entonces, Jack comió. Devoró el sándwich en dos bocados y bebió el agua que le serví en la tapa de plástico. Luego, volvió a montar guardia.

Pasó la noche. Martínez se quedó dormido en una silla. Yo no pude pegar el ojo. Mi mente daba vueltas. ¿Quién era ella? ¿Por qué nadie la buscaba? ¿Cómo sobrevivió una niña tan pequeña en una ciudad tan cruel? ¿Y por qué sentía que si ella moría, una parte de mí también moriría?.

A las 6:00 de la mañana, cuando el sol empezaba a pintar de naranja las ventanas del hospital, salió un doctor. Tenía ojeras y caminaba lento. Me levanté de un salto. Jack también se paró, con las orejas arriba. —¿Familiares de la niña… eh… la paciente desconocida? —preguntó el médico.

—Yo. Soy yo —dije—. ¿Cómo está? El doctor se quitó los lentes y se frotó los ojos. —Está estable. Fue… fue muy difícil. Tenía una desnutrición severa, deshidratación y una infección respiratoria. Si hubieran llegado dos horas más tarde… bueno, no estaríamos teniendo esta conversación. Suspiré, sintiendo que el aire volvía a mis pulmones. —Su cuerpo está muy débil, señor David. Su sistema entró en modo de “ahorro de energía”. Va a necesitar tiempo, mucho cuidado y alimentación especial. Pero va a vivir.

—¿Puedo verla? —Ahorita está durmiendo. Pero en cuanto despierte, le aviso.

Me fui a mi oficina solo para cambiarme de ropa y firmar unos cheques urgentes, pero mi cabeza seguía en la habitación 304. A las 2:05 PM, mi celular sonó. Era el hospital. —Señor David, la niña despertó.

Salí de la junta en la que estaba, dejando a los directivos con la palabra en la boca. —Se acabó la reunión. Tengo algo importante que hacer —dije, y salí corriendo.

Llegué al hospital derrapando por los pasillos. Mi corbata estaba chueca, mi saco abierto. Las enfermeras me miraban extrañadas, acostumbradas a verme siempre impecable. —¡La niña! —jadeé al llegar a la estación de enfermería. —Pase, pase. Está tranquila.

Abrí la puerta de la habitación con el corazón latiendo como un motor desbielado. Y ahí estaba. Ya no parecía un cadáver. Estaba sentada en la cama, luciendo diminuta entre tantas almohadas blancas. Tenía una vía intravenosa en el brazo y una venda en el codo, pero sus ojos… sus ojos estaban abiertos y brillantes. Y estaba sonriendo. No me sonreía a mí. Le sonreía a Jack.

El perro tenía las patas delanteras sobre la cama (seguramente rompiendo cien reglas del hospital) y la niña estaba usando el control remoto de la tele para rascarle la nariz. —Eres un travieso, Jack… —decía ella con una voz rasposa pero dulce.

El perro movía la cola como un ventilador a máxima velocidad. De repente, Jack me vio. Dejó de mover la cola y soltó un gruñido bajo, protector. La niña levantó la vista de golpe. Sus ojos se entrecerraron con sospecha. Tenía esa mirada de calle, esa que evalúa el peligro en un segundo.

—¿Quién es usted? —preguntó. Su voz era firme, a pesar de lo débil que se veía.

Me acerqué despacio, levantando las manos para mostrar que no tenía armas ni malas intenciones. —Hola. Soy David. Yo… yo te encontré. Jack me llevó contigo. Estabas dormida… bueno, desmayada.

La niña parpadeó. Me escaneó de arriba abajo. —¿Entonces no eres un robachicos? —preguntó directa. Solté una risa nerviosa. —No. Definitivamente no. —Jack no te mordió —observó ella, mirando al perro—. Y Jack muerde a la gente mala. Si estás aquí y tienes todos los dedos, debes ser buena gente. —Jack ha sido tu mejor soldado —dije, sonriendo—. No se ha separado de ti ni para ir al baño.

Ella asintió y le rascó detrás de la oreja al perro. —Gracias, señor David. Me llamo Naomi. Y él es Jack. No le gustan los extraños, pero creo que usted le cae bien.

Jalé una silla y me senté a su lado. —Naomi… es un nombre bonito. Oye, Naomi… necesito preguntarte algo. ¿Hay alguien a quien podamos llamar? ¿Tus papás? ¿Algún tío? ¿Alguien que te esté buscando?.

La sonrisa de Naomi se borró. Bajó la mirada y empezó a jugar con la sábana blanca. El ambiente en el cuarto se enfrió de golpe. Negó con la cabeza lentamente. —Todos se fueron —susurró—. Mis papás están en el cielo. Y… y nadie más me quiere.

El dolor en su voz era tan real que me dolió físicamente. —¿Nadie? —insistí suavemente—. ¿Seguro que no hay un tío, una abuela? —Nadie —dijo tajante, con una madurez que asustaba—. Soy un estorbo. Eso decían.

Hubo un silencio incómodo. Jack puso su cabeza sobre el regazo de la niña y suspiró. Me froté la barbilla, pensando. Sabía que esto era una locura. Sabía que mi vida estaba a punto de complicarse a niveles estratosféricos. Sabía que Natasha (mi novia) iba a poner el grito en el cielo. Pero al verla ahí, tan frágil y tan valiente, supe que no había otra opción.

—Naomi —dije, mirándola a los ojos—. ¿Te gustaría… te gustaría venir a quedarte en mi casa un tiempo? Es grande. Solo mientras vemos qué hacer.

Naomi levantó una ceja, mirándome con esa sospecha de adulto chiquito. —¿Es usted un hombre malo? —preguntó. Me reí. —No creo ser malo. A veces soy un poco gruñón, pero no malo. —¿Me va a robar a Jack? —señaló al perro—. Porque Jack es mío. Es mi familia. —Te lo prometo. No voy a robarme a Jack. Ese perro me da miedo —bromeé—. Además, creo que él es el dueño, no la mascota.

Naomi pareció considerarlo. —¿Tiene esposa? —preguntó. —No. Soy soltero. Ella ladeó la cabeza. —¿Entonces quién me va a cuidar? Los hombres no saben cuidar niñas. Se les quema el arroz. Solté una carcajada. Esta niña era increíble. —Tengo gente que ayuda en la casa. Cocineras, limpieza… no te va a faltar nada. —¿Tiene tele grande? —preguntó seria. —La más grande que hayas visto. —¿Y comida? —sus ojos brillaron—. ¿Mucha comida? Porque Jack y yo hemos estado ayunando… pero sin rezar. Tenemos mucha hambre.

Sentí un nudo en la garganta, pero mantuve la sonrisa. —Sí, Naomi. Hay mucha comida. Toda la que quieran. Se los prometo.

Naomi miró a Jack. Parecieron tener una conversación telepática. Luego, me miró a mí y asintió. —Está bien, señor David. Vamos a su casa. Pero si no hay caricaturas, nos vamos.

Esa tarde, firmé el alta voluntaria bajo la mirada desaprobadora de las trabajadoras sociales (a quienes calmé con un par de llamadas a mis abogados y una donación generosa al hospital). Subimos a la camioneta. Cuando llegamos a mi casa en Lomas de Chapultepec, los portones eléctricos se abrieron revelando el jardín inmenso y la fachada de mármol. El personal doméstico estaba formado en la entrada, confundido. Esperaban que llegara con algún socio extranjero, no con una niña en ropa de hospital y un perro callejero que miraba todo como si fuera a marcar territorio en las estatuas griegas.

Naomi bajó con cuidado, agarrando la correa improvisada que le hicimos a Jack. Miró la mansión hacia arriba, con la boca abierta. —Jack… —susurró—. Creo que ya la hicimos.

Le asigné la habitación de huéspedes, una suite que era más grande que la casa donde yo crecí. Jack, por supuesto, se instaló en la alfombra persa como si hubiera nacido allí. Lupita, la jefa de cocina, casi se desmaya cuando vio al perro, pero Naomi la conquistó en dos segundos. —Señora, a Jack no le gusta el picante —le dijo muy seria—. Por favor no le dé mole, que luego le duele la panza.

Nos sentamos a comer. Fue la comida más extraña y maravillosa que había tenido en años. Naomi comía con elegancia, pero con una velocidad que delataba su hambre vieja. Y cada dos bocados, le pasaba un pedazo de pollo a Jack por debajo de la mesa. Yo fingí no ver nada.

Al terminar, Naomi se cruzó de brazos, se recargó en la silla de terciopelo y me miró. —Tío David… espero que no nos vaya a echar a la calle mañana. Porque a Jack ya le gustó su tapete.

Me recargué en mi mano, mirándola con una ternura que me asustaba. —No, Naomi. No van a ir a ninguna parte. Esta es su casa ahora.

Lo que no sabía era que mi madre, Doña Lucha, estaba a punto de llegar y convertir mi ordenada mansión de soltero en un verdadero hogar mexicano, con todo el caos, el amor y el drama que eso implica. Y mucho menos sabía que el pasado de Naomi estaba a punto de alcanzarnos y revelar un secreto que me dejaría helado.

Pero por ahora, mientras veía a la niña y al perro dormir la siesta en mi sillón italiano de 50 mil pesos, sentí que, por primera vez, era verdaderamente rico.

CAPÍTULO 3: El Huracán Lucha y la Operación Engorda

Los primeros días en la mansión fueron una mezcla extraña de silencio y descubrimientos. Para mí, acostumbrado a vivir solo con mis pensamientos y el zumbido del aire acondicionado central, tener a una niña y un perro en casa era como haber invitado a dos extraterrestres a vivir conmigo.

Naomi caminaba por la casa con una reverencia casi religiosa. No tocaba nada. Se movía pegada a las paredes, como si temiera que el piso de mármol fuera a abrirse y tragársela si pisaba el centro. Jack, por otro lado, había decidido que él era el nuevo capataz de la hacienda. Patrullaba los pasillos, olfateaba las esculturas minimalistas y le gruñía a la aspiradora automática como si fuera una bestia infernal.

Pero había algo que me inquietaba. Naomi no sabía “estar”. No sabía relajarse. Una mañana, bajé a la cocina a las 6:00 AM por mi café, como de costumbre. La casa debía estar dormida. Pero escuché ruidos. Swish, swish, swish.

Entré a la cocina y me quedé de piedra. Ahí estaba Naomi. Llevaba puesto el pijama de dibujos animados que Lupita le había comprado, pero encima traía un delantal que le arrastraba. Estaba subida en un banquito, tratando de lavar los platos de la cena anterior, con el agua y el jabón llegándole hasta los codos. En el suelo, Jack empujaba un trapo con el hocico, tratando de “ayudar” a secar un charco de agua que se había tirado.

—¿Naomi? —preguntó, con voz ronca por el sueño—. ¿Qué estás haciendo?

La niña dio un brinco del susto y casi se cae del banco. Se giró con los ojos abiertos como platos, llenos de pánico. —¡Ya voy a acabar, tío David! —dijo rápido, casi atropellándose con las palabras—. Perdón, es que me quedé dormida cinco minutos más. Pero ya estoy limpiando. También voy a trapear la sala antes de que baje la señora Lupita.

Me froté los ojos, sin entender. —¿Limpiar? ¿Por qué estás limpiando? Ella bajó la cabeza, retorciéndose las manitas llenas de espuma. —Porque… porque si no trabajo, no como —susurró, como si fuera la ley más obvia del universo —. En la calle, si no limpias parabrisas o cargas bolsas, no comes. Y no quiero que me eches. Jack y yo queremos desayunar hoy también.

Sentí como si me hubieran dado una cachetada con guante blanco. Esa niña tenía siete años y ya tenía la mentalidad de un sobreviviente de guerra. Su lógica era brutal: si no soy útil, soy desechable.

Me acerqué a ella, la bajé del banco suavemente y le quité el trapo de las manos. —Suelta eso inmediatamente —le dije, tratando de sonar firme pero amable —. Escúchame bien, Naomi. En esta casa, tu único trabajo es ser niña. Tu trabajo es jugar, ver la tele, ir a la escuela y engordar a ese perro flaco. ¿Entendiste?

Ella me miró con duda. —¿Y la comida? —La comida es gratis. Para siempre. Aquí no se paga renta, no se paga comida y no se lavan platos si no quieres. —¿De veras? —De veras. Si te vuelvo a ver con una escoba, me voy a enojar. Pero no porque no limpies, sino porque me estás quitando el trabajo a Lupita y ella se pone celosa.

Naomi sonrió tímidamente. Jack ladró y se sacudió, salpicándome de agua con jabón en el pijama de seda. —Anden, vándalos. Vamos a ver qué hay de desayunar. Quiero hot cakes.

Esa pequeña victoria duró poco, porque dos días después, la verdadera tormenta llegó a Lomas de Chapultepec. Y esa tormenta tenía nombre, apellido y traía dos maletas llenas de tuppers.

Fue a media mañana. Estaba en mi despacho revisando unos correos cuando escuché un escándalo en la entrada principal. No era el timbre. Eran gritos. Y no cualquier grito, eran gritos con esa entonación norteña-chilanga que solo una persona en el mundo poseía.

—¡Abran este portón antes de que lo tire a patadas! —se escuchó desde la calle —. ¡Soy la madre del dueño, bola de inútiles! ¡Si no me abren, me brinco la barda!

Martínez, mi jefe de seguridad, me llamó por el intercomunicador, sonando aterrorizado. —Licenciado… su mamá está aquí. Y trae… trae un pollo vivo en una jaula, creo.

Suspiré, cerré la laptop y sonreí. —Déjala pasar, Martínez. Y por tu bien, no le digas “señora”, dile “jefecita” o te va a dar un bolsazo.

Doña Lucha entró a la casa como entra el FBI en las películas: tumbando puertas. Era una mujer bajita, de unos sesenta años, pero con la energía de una planta nuclear. Vestía una falda colorida, una blusa bordada y arrastraba una maleta gigantesca con una mano mientras con la otra sostenía su bolsa como si llevara los códigos nucleares.

Salí a recibirla al vestíbulo. —¡Mamá! —dije, abriendo los brazos—. Pensé que vendrías la próxima semana.

Ella soltó la maleta, que hizo un ruido sordo al caer (seguramente llena de quesos y salsas), y me miró con los ojos entrecerrados. —¿Próxima semana? ¿Próximo año? —resopló—. David, no digas tonterías. Llevo tres noches sin dormir desde que me contaste lo de la niña. ¿Tú crees que me voy a quedar en mi casa rascándome la panza cuando mi hijo acaba de recoger a una criatura del Señor?.

Me dio un abrazo rápido, de esos que te sacan el aire, y luego me empujó. —Quítate, estorbas. ¿Dónde está? ¿Dónde está mi nieta y mi yerno canino?.

En ese momento, Naomi asomó la cabecita por el barandal de la escalera. Jack estaba a su lado, con las orejas paradas, tratando de descifrar si la recién llegada era amiga o enemiga.

Doña Lucha levantó la vista. El silencio se hizo en la sala. Mi madre, la mujer que había criado a tres hijos sola vendiendo tamales y esquites, la mujer que tenía un carácter de hierro, se derritió. Sus ojos se llenaron de lágrimas en un segundo.

—Ay, Dios mío… —susurró, llevándose las manos a la boca—. Pero si es un angelito que se cayó del cielo.

Naomi bajó las escaleras despacito, con miedo. Jack bajó primero, olfateando el aire. Se acercó a mi madre, le olió los zapatos y luego, como si reconociera a la matriarca de la manada, le lamió la mano y se sentó en sus pies moviendo la cola.

—¡Mira nada más! —exclamó mi madre—. Hasta el perro sabe quién manda aquí. Hola, guapo. Tú debes ser Jack.

Luego miró a Naomi. —Ven acá, mi vida. Ven con tu abuela Lucha. Naomi dudó un segundo, mirándome a mí. Yo asentí. Entonces, la niña corrió y se lanzó a los brazos de mi madre. Doña Lucha la envolvió en un abrazo que olía a jabón Zote y a canela. —Estás muy flaca, mi niña —dijo mi madre, acariciándole el pelo enmarañado—. Se te notan los huesos. Pero no te preocupes, eso se acaba hoy. ¿Te gusta el mole? ¿Te gustan las entomatadas? ¿El arroz con leche?.

Naomi asintió contra el pecho de mi madre, sollozando un poquito. —Me gusta todo, abuela —dijo.

Esa palabra, “abuela”, fue como un contrato firmado ante notario. Mi madre se irguió, con Naomi todavía en brazos, y me miró con fuego en los ojos. —David, esta niña es mi nieta. Y el perro también es mi nieto. Ay de aquel que los mire feo, porque va a conocer al diablo en calzones.

—Tranquila, mamá. Nadie les va a hacer nada. Solo cálmate un poco, la vas a asustar con tanto drama.

—¿Drama? —Mi madre soltó una carcajada que retumbó en el techo de doble altura—. Tú no sabes lo que es drama. Drama es que tengas esta casa tan grande y la cocina vacía. Drama es que tengas 35 años y sigas soltero, pareces sacerdote pero con dinero.

Ahí estaba. El golpe bajo clásico de Doña Lucha. —Mamá, por favor… —Por favor nada. Tienes dinero, tienes salud, ¿y la familia pa’ cuándo? Ah, no, tú prefieres andar con la “Víbora” esa.

Naomi, que ya se había soltado del abrazo pero seguía agarrada de la falda de mi madre, preguntó con inocencia: —¿Qué es una víbora?.

Mi madre se agachó a su altura, con cara de conspiradora. —Una víbora, mi hijita, es una mujer flaca, operada, que se pinta el pelo de rubio y que mira a la gente como si oliera a popó. Una mujer que tiene el espíritu seco y el corazón de piedra. Eso es la novia de tu tío David.

—¡Mamá! —la interrumpí, rodando los ojos—. Natasha no es una víbora. Es… complicada. Pero es buena persona. Solo que tú no la conoces bien.

Mi madre se levantó y me apuntó con el dedo índice, ese dedo que temblaba cuando decía verdades absolutas. —Mira, hijo. Lo que un viejo ve sentado, un joven no lo ve ni subido en el Monte Everest. Mi espíritu y el de ella no se llevan. Esa mujer es un buitre. Y te lo digo hoy: te va a dar una puñalada por la espalda en cuanto te descuides. Pero bueno, ya lo verás. Ahora, quítate, que voy a cocinar.

Esa tarde, la mansión se transformó. Lupita y las otras empleadas, que normalmente trabajaban en silencio, ahora se reían a carcajadas en la cocina. Doña Lucha había tomado el mando. Sacó de su maleta kilos de queso Oaxaca, chorizos de Toluca, chiles secos, chocolate de metate y hasta una bolsa de frijoles que juraba eran “mágicos”.

—Naomi, vente para acá —llamó mi madre desde la isla de granito—. Si vas a ser mi nieta, tienes que saber distinguir un chile guajillo de un chile pasilla. Si no, ¿qué clase de mexicana vas a ser?.

Me quedé en el marco de la puerta, viendo la escena. Naomi estaba sentada en la barra, con las piernas colgando, deshebrando queso. Se reía. Se reía de verdad, con la boca abierta y los ojos cerrados. Jack estaba echado bajo la barra, recibiendo pedacitos de queso que “accidentalmente” se le caían a mi madre o a Naomi.

—Abuela, ¿este queso pica? —preguntaba Naomi. —No, mi vida. Ese es puro amor de vaca. Cómetelo. —¡Está riquísimo! —Naomi se metía un puño de queso a la boca.

Cocinaron como si fuera boda de pueblo. Hicieron mole, arroz rojo, frijoles refritos con manteca (aunque yo siempre pedía cocinar con aceite de oliva, mi madre decía que eso era “agua sucia”) y unas tortillas a mano que olían a gloria. El olor inundó la casa, desplazando el aroma a lavanda artificial que siempre ponía el servicio de limpieza. Ahora olía a hogar.

A la hora de la cena, nos sentamos todos. Y cuando digo todos, es todos. Mi madre obligó a Lupita y a las muchachas a sentarse en la mesa con nosotros, algo que nunca hacíamos por “protocolo”. —Aquí todos comen parejo o no come nadie —sentenció Doña Lucha.

Naomi comió hasta que se le hinchó la panza. Tenía salsa de mole en las mejillas y una sonrisa de oreja a oreja. —Tío David, la abuela cocina mejor que los chefs de la tele —dijo, chupándose los dedos. —Lo sé, chaparra. Lo sé.

Después de cenar, nos fuimos a la sala de televisión. Mi madre agarró el control remoto y puso una telenovela. —A ver, cállense todos que ya va a empezar “Pasión de Gavilanes”. Quiero ver si ese muchacho por fin le dice sus verdades a la bruja de su suegra.

Nos pasamos las siguientes dos horas viendo la tele. Naomi y mi madre comentaban todo como si fueran expertas críticas de cine. —¡No entres ahí! —le gritaba Naomi a la pantalla—. ¡Es una trampa! ¡Te van a secuestrar! —¡Eso, mi hija! ¡Dile! —apoyaba mi madre—. ¡Si yo fuera esa mujer, agarraba la sartén y se la ponía de sombrero al marido!.

Jack ladraba cada vez que alguien gritaba en la tele, contagiado por la emoción del momento. Se subió al sillón (otra regla rota, pero ya qué importaba) y puso su cabezota en las piernas de mi madre, quien le rascaba la panza distraídamente mientras insultaba al villano de la novela.

Yo los miraba desde mi sillón individual, con una copa de vino en la mano. Nunca había visto mi casa así. Siempre pensé que el éxito era tener cosas. Coches, relojes, cuadros. Pero viendo a esa niña rescatada de la basura reírse con mi madre, y a ese perro callejero roncando panza arriba en un sillón de piel, entendí que el éxito era esto. Era tener a alguien con quien compartir el ruido.

De repente, mi celular vibró en la mesa de centro. El nombre en la pantalla brilló como una advertencia tóxica: Natasha. Mi madre lo vio de reojo. Chasqueó la lengua. —Ahí está la zopilota. Contéstale, ándale. Dile que estás ocupado siendo feliz, a ver si lo entiende.

Tomé el teléfono y me fui al pasillo para contestar. —¿Bueno? —Hola, bebé —la voz de Natasha era dulce, empalagosa—. ¿Por qué no me has llamado? Te he extrañado mucho. —He tenido mucho trabajo, Nat. Y bueno… tengo visitas. Mi mamá está aquí. Y la niña, Naomi.

Hubo un silencio breve al otro lado. Un silencio frío. —Ah… la huerfanita y su bestia. ¿Todavía siguen ahí? Pensé que ya los habías mandado a un albergue. Sentí un calor subirme por el cuello. —No, Natasha. No los voy a mandar a ningún lado. Viven aquí. Son mi familia ahora.

Natasha soltó una risita nerviosa. —Ay, David, qué buen chiste. Familia. Bueno, no importa. Oye, estaba pensando en ir el fin de semana. Para que me presentes a tu mamá… y a la niña, supongo. Quiero que nos llevemos bien.

Dudé. Sabía que juntar a mi madre y a Natasha era como juntar gasolina y fuego. —No sé si sea buena idea, Nat. Mi mamá es… intensa. Y Naomi se está adaptando. —Por favor, bebé. Hazlo por mí. Prometo portarme bien. Además, tengo que marcar territorio, ¿no? No vaya a ser que esa niña te robe todo el corazón y no me dejes nada a mí.

Ese comentario me pareció una broma de mal gusto, pero lo dejé pasar. —Está bien. Ven el viernes. —Perfecto. Te amo. Bye.

Colgué y regresé a la sala. Mi madre me miró con sus ojos de águila. —¿Viene para acá, verdad? —Sí, mamá. Viene el fin de semana. Por favor… pórtate bien. Mi madre resopló y le dio una palomita de maíz a Jack. —Yo siempre me porto bien, David. El problema es que yo huelo el azufre. Y esa mujer trae el infierno en la bolsa. Pero que venga. Aquí la esperamos Naomi, Jack y yo. A ver de qué cuero salen más correas.

Naomi me miró, con los ojos grandes. —¿Viene tu novia? —Sí, Naomi. —¿Es la víbora? —preguntó inocentemente. Mi madre soltó una carcajada y chocó la mano con Naomi. —Esa es mi nieta. Aprendes rápido.

Esa noche, cuando todos se fueron a dormir, me quedé un rato más en la sala apagada. Naomi y Jack dormían en la habitación de huéspedes, ahora llena de peluches que mi madre había sacado de quién sabe dónde. Mi madre roncaba suavemente en la habitación principal de visitas. La casa estaba en paz. Pero una sensación de inquietud me recorrió la espalda. Las palabras de mi madre resonaban en mi cabeza. “Lo que un viejo ve sentado…”. No sabía qué iba a pasar el fin de semana, pero sentía que la burbuja de felicidad que acabábamos de inflar estaba a punto de encontrarse con un alfiler muy afilado llamado Natasha.

Me fui a dormir, sin saber que el verdadero drama apenas estaba calentando motores. Y que pronto, tendría que elegir entre la mujer que creía amar y la niña que me había enseñado a amar de verdad.

CAPÍTULO 4: Perfume Caro y Olor a Azufre

El viernes llegó con esa pesadez en el aire que anuncia tormenta, aunque el cielo de la Ciudad de México estaba despejado. En la mansión de Lomas de Chapultepec, la atmósfera era una mezcla extraña de alegría hogareña y tensión pre-combate.

Doña Lucha, mi madre, se había levantado a las cinco de la mañana. No para hacer ejercicio ni para meditar como la gente rica de la zona, sino para “preparar el terreno”. Decía que las visitas no deseadas se combaten con dos cosas: vinagre en las esquinas y una comida tan buena que los haga sentir culpables de ser malas personas.

—David, bájame esa olla grande, la de los tamales —me ordenó mientras yo entraba a la cocina medio dormido, buscando mi café. —Mamá, ¿vas a hacer tamales? Natasha viene a cenar, no a una kermés del pueblo. Ella come… ya sabes, ensaladas con nombres raros y agua que cuesta cien pesos la botella. Mi madre me miró con esa desaprobación que solo las madres mexicanas dominan. —Pues hoy va a comer lo que hay. Si quiere pasto, que salga al jardín a pastar. Aquí se va a comer pozole rojo, y si no le gusta, que se vaya por donde vino.

Naomi estaba sentada en la mesa, con los pies colgando, ayudando a limpiar el maíz para el pozole. Se veía feliz, pero sus ojos tenían un brillo de nerviosismo. Jack, echado a sus pies, parecía percibir la ansiedad. No había movido la cola en toda la mañana.

—Tío David —preguntó Naomi en voz baja—, ¿la novia víbora muerde? —No, chaparra —me reí, despeinándola—. No muerde. Solo… ladra mucho. Pero tú tranquila, aquí está tu abuela Lucha y estoy yo. Y tienes a Jack.

A las 7:00 PM en punto, el timbre sonó. No fue un timbrazo normal. Fue uno de esos timbres largos, insistentes, de alguien que cree que el mundo debe detenerse porque llegó.

—¡Ya llegó el dolor de muelas! —gritó mi madre desde la cocina—. ¡David, abre tú, que si abro yo le cierro en la nariz!

Respiré hondo, me alisé la camisa y fui a abrir. Ahí estaba Natasha. Se veía espectacular, tengo que admitirlo. Llevaba un vestido negro entallado de diseñador, tacones de aguja que valían más que mi primer coche y unos lentes oscuros, aunque ya era de noche. Su cabello rubio (pintado, pero caro) caía en ondas perfectas sobre sus hombros. Olía a Chanel No. 5 y a arrogancia.

—¡Bebé! —exclamó, lanzándose a mis brazos y dándome un beso que supo más a gloss pegajoso que a amor—. Te extrañé horrores. El tráfico estaba fatal, casi me da un infarto en Constituyentes.

—Pásale, Nat. Bienvenida. Entró taconeando fuerte sobre el mármol, haciendo ese clac-clac-clac que retumbaba en toda la casa. Se quitó los lentes y escaneó el lugar como si fuera una inspectora de salubridad. —Mmm… huele… intenso —dijo, arrugando la nariz respingada—. ¿Es… grasa? —Es pozole, Natasha. Y huele a gloria —dije, cerrando la puerta.

Caminamos hacia la sala. Ahí estaban Naomi y Jack. Naomi se había puesto su mejor vestido, uno de flores que le compramos el fin de semana, y tenía el pelo peinado en dos trencitas que le había hecho mi madre. Estaba parada muy derechita, con las manos entrelazadas al frente. Jack estaba sentado a su lado, inmóvil como una estatua de bronce, con las orejas pegadas al cráneo.

—Natasha, ella es Naomi —presenté, tratando de sonar casual—. Y él es Jack.

Natasha los miró. No hubo ternura en su mirada. No hubo esa reacción natural que tiene la gente normal al ver a una niña. Hubo un escaneo frío, calculador. Miró la ropa de Naomi, sus zapatos, y luego bajó la vista al perro.

—Ah… —dijo, con una sonrisa que no le llegaba a los ojos—. La famosa Naomi. Hola, nena. —Hola, señora Natasha —dijo Naomi, educada. —Señorita —corrigió Natasha rápido—. Señorita Natasha. No me envejezcas, por favor.

Luego miró a Jack. Jack no parpadeó. Un gruñido muy bajo, casi imperceptible, empezó a vibrar en su garganta. Grrrrrr… —David —dijo Natasha, dando un paso atrás y aferrándose a mi brazo—. Ese animal me está viendo feo. ¿Tiene todas sus vacunas? Se ve… sucio. —Jack está más limpio que tú y que yo, Nat. Lo bañaron ayer. Y no hace nada, solo es protector. —Pues dile que deje de gruñir. Me pone nerviosa.

En ese momento, la puerta de la cocina se abrió de golpe y salió Doña Lucha, con un mandil de cuadros y una cuchara de madera en la mano como si fuera un cetro real. —¡Buenas noches! —tronó mi madre—. Pensé que había llegado la reina de Inglaterra por tanto escándalo.

Natasha se tensó. Sabía que mi madre no era su fan. —Señora Luz, qué gusto verla —dijo Natasha con una falsedad que goteaba miel venenosa—. Qué… folclórica se ve hoy. Ese mandil es muy… auténtico. —Se llama trabajar, niña. Algo que te haría bien probar de vez en cuando —respondió mi madre sin pestañear—. Pásenle a la mesa, que el pozole no espera a nadie. Y tú, David, sírvele un tequila a tu novia, a ver si se le afloja el pescuezo, que lo trae muy tieso.

La cena fue un campo de batalla disfrazado de velada familiar. Nos sentamos en el comedor principal. Natasha se sentó a mi derecha, Naomi frente a mí y mi madre en la cabecera (su lugar natural). Jack se echó bajo la mesa, justo en los pies de Naomi.

—Y dime, Naomi —empezó Natasha, moviendo su pozole con la cuchara como si buscara veneno—, ¿qué se siente vivir en una casa tan grande? Debe ser muy diferente a… bueno, a donde vivías antes. ¿En la calle, verdad?

El comentario cayó como una bomba. Naomi bajó la vista a su plato. —Sí, señorita. Es muy bonita. Y calientita. —Me imagino —siguió Natasha, sonriendo—. David es muy generoso. Siempre le ha gustado recoger… proyectos.

Solté el tenedor. Hizo un ruido metálico contra el plato. —Natasha, basta. —¿Qué? Solo estoy haciendo plática, bebé. Es curiosidad. Oye, ¿y tus papás? ¿Eran drogadictos o algo así? Porque normalmente los niños de la calle… —¡Basta! —grité. Pero mi madre fue más rápida.

—Mira, “señorita” —dijo Doña Lucha, con voz tranquila pero letal—. Los papás de esta niña eran gente decente que tuvo una desgracia. Algo que a cualquiera le puede pasar. Incluso a ti, con todo y tus bolsas de marca. La vida da muchas vueltas. Hoy estás arriba comiendo pozole en mesa de caoba, mañana puedes estar abajo pidiendo un taco. Así que más respeto, o te saco de mi casa a escobazos, y no estoy bromeando.

Natasha se quedó callada, con la cara roja de coraje. —Ay, señora, qué agresiva. Solo preguntaba. David, tu mamá está muy sensible. —Mi mamá tiene razón, Nat. Cambiemos de tema.

El resto de la cena transcurrió en un silencio tenso, solo roto por el ruido de las cucharas y los ladridos ocasionales de Jack cuando le daban un pedazo de tostada por debajo de la mesa. Natasha comió poco. Se quejó de que el pozole tenía mucha grasa y pidió agua mineral tres veces.

Cuando terminamos, Naomi se ofreció a recoger los platos. —No, mi hijita —dijo mi madre—. Tú vete a ver la tele con tu perro. Deja que la visita descanse, no se le vaya a romper una uña.

Natasha se levantó. —Voy al baño, bebé. A retocarme. Se fue taconeando hacia el baño de visitas. Pero no entró al baño de abajo. La vi subir las escaleras. —El baño de visitas está abajo, Nat —le grité. —Ay, es que me gusta más el espejo del baño de arriba, tiene mejor luz —respondió y siguió subiendo.

Me quedé con la duda, pero mi madre me distrajo pidiéndome que sacara el postre. Lo que no sabía, y que supe mucho tiempo después gracias a las cámaras de seguridad que Natasha olvidó que existían, fue lo que hizo arriba.

Natasha entró a mi habitación, cerró la puerta y sacó su celular. Marcó un número. —Güey, contesta —susurró, paseándose por mi cuarto—. ¡Lisa! No tienes una idea. Es una pesadilla. La vieja esa es insoportable, me trata como si fuera una cualquiera. Y la escuincla… ay no, güey, tienes que verla. Se hace la mosca muerta, pero me ve con unos ojos… Y el perro ese, el sarnoso, casi me muerde. Huele a perro mojado toda la casa.

Hizo una pausa, escuchando a su amiga al otro lado. —Ya sé, ya sé. Tengo que aguantar. Pero David está imbécil. La trata como si fuera su hija de sangre. Le compró ropa, le puso cuarto propio… ¡Güey, le va a dejar todo! Si me caso con él y le pasa algo, la herencia se la queda la recogida. No, ni madres. Tengo que sacarla de aquí.

Se miró en el espejo, arreglándose el labial rojo sangre. —Sí, el plan sigue. Voy a embarazarme. En cuanto tenga un anillo y un bebé en camino, esa niña y su perro se van a la perrera. O a la calle, me da igual. Pero primero tengo que hacer que David se canse de ella. Voy a hacer que parezca que es una ladrona, o que el perro es peligroso… Sí, algo se me ocurrirá. Bueno, te dejo, voy a bajar a fingir que me cae bien la “familia P. Luche”. Bye.

Cuando Natasha bajó, traía una sonrisa radiante. —Bebé, ¿vemos una película? Ya me siento mejor. Se sentó en el sofá y, para sorpresa de todos, le hizo una seña a Naomi. —Ven, nena. Siéntate aquí cerquita. ¿Qué quieres ver?

Naomi, con la inocencia de los niños que quieren creer que la gente es buena, se acercó. —¿Podemos ver la de los perritos? —Claro, la que tú quieras —dijo Natasha, acariciando el pelo de Naomi. Pero vi cómo, disimuladamente, se limpiaba la mano en su vestido después de tocarla.

Jack no cayó en la trampa. Se quedó sentado frente a Natasha, mirándola fijamente, sin parpadear. Sabía. Los animales siempre saben.

El sábado transcurrió con una calma fingida. Natasha intentaba ser amable, pero sus comentarios pasivo-agresivos eran constantes. —Oye, David, ¿no crees que Naomi debería tener el pelo más corto? Se ve muy… desaliñada. —Oye, David, ese perro suelta mucho pelo. Debería vivir en el jardín, ¿no? Es antihigiénico tenerlo en la sala.

Yo defendía a Naomi y a Jack, pero Natasha era experta en manipular. —Ay, mi amor, solo quiero lo mejor para ti. No quiero que te enfermes. Lo digo por amor.

Y entonces, el domingo por la mañana, el destino jugó sus cartas. O mejor dicho, Natasha jugó las suyas con ayuda del diablo.

Mi celular sonó a las 8:00 AM. Era Rita. —Señor, perdón que lo moleste en domingo. Es urgente. —¿Qué pasa, Rita? —Hubo un problema grave en la planta de Monterrey. Explotó un transformador y paró toda la línea de producción. Los inversionistas están histéricos. Tiene que ir personalmente. El avión sale en dos horas.

Me froté la cara, frustrado. —Maldita sea. Está bien. Voy para allá.

Bajé las escaleras corriendo. —Mamá, tengo que irme a Monterrey. Urgencia de la empresa. Regreso en tres días, máximo cuatro. Mi madre estaba sirviendo café. —Ay, hijo… qué mala pata. Pero ni modo, el trabajo es el trabajo. No te preocupes, aquí nos quedamos cuidando el fuerte.

Pero en ese momento, el teléfono de la casa sonó. Lupita contestó y se puso pálida. —Señora Lucha… es para usted. Es de su pueblo. Dicen que… que su hermana se puso mala.

Mi madre soltó la taza, que se rompió en mil pedazos en el suelo. —¿Mi hermana Chole? ¡Dame el teléfono!

Habló por unos minutos, con la cara desencajada. Cuando colgó, tenía lágrimas en los ojos. —David… me tengo que ir. A tu tía Chole le dio un pre-infarto. Está en el hospital del pueblo y está sola. Tengo que irme ya.

El caos se apoderó de la casa. Yo tenía que irme a Monterrey. Mi madre tenía que irse a su pueblo. Naomi y Jack se quedarían solos con Lupita y el personal. O eso pensé.

Natasha, que había bajado en bata de seda al escuchar el alboroto, vio su oportunidad de oro. Sus ojos brillaron. —¡No se preocupen! —dijo, alzando las manos como una salvadora—. Yo me quedo. Todos volteamos a verla. —¿Tú? —preguntó mi madre, escéptica. —Claro, señora Luz. Usted vaya a cuidar a su hermana, que es lo más importante. David, tú vete a salvar tu empresa. Yo me quedo aquí cuidando a Naomi y a Jack. Me tomo unos días libres del trabajo. Será perfecto para que nos conozcamos mejor y… limemos asperezas.

Miré a Natasha. Parecía sincera. Parecía preocupada. Miré a Naomi. Se veía asustada. —Tío David… ¿tú te vas? —preguntó con voz temblorosa. —Tengo que ir, mi amor. Es muy importante. Pero regreso rápido. —¿Y la abuela? —También tiene que irse. —¿Me voy a quedar con… ella? —señaló a Natasha con la barbilla.

Dudé. Mi instinto me gritaba que no. Mi madre me miraba con duda. Pero no teníamos opción. No podía llevarme a Naomi a una planta industrial en crisis, y mi madre no podía llevársela a un hospital rural en medio de la nada. —Natasha… —dije, tomándola de los hombros y mirándola a los ojos—. ¿Me juras que vas a cuidarlos bien? ¿Me juras que vas a tratarla como si fuera mi hija?

Natasha me sostuvo la mirada sin pestañear. Es increíble lo bien que mienten algunas personas. —Te lo juro por mi vida, David. Seré la mejor madrastra del mundo. Vamos a jugar, vamos a ver pelis, la voy a llevar a la escuela… todo va a estar perfecto. Confía en mí.

Cometí el error más grande de mi vida: confié.

—Está bien. Me despedí de Naomi. Me hinqué frente a ella y la abracé fuerte. —Pórtate bien, chaparra. Hazle caso a Natasha. Regreso el jueves. Te voy a traer un regalo de Monterrey. —No te tardes, tío David —susurró ella, abrazándome el cuello—. Jack te va a extrañar. Y yo también.

Acaricié a Jack. —Cuídala, Jack. Tú eres el hombre de la casa hasta que yo vuelva. Jack lamió mi mano, pero sus ojos no se apartaron de Natasha.

Mi madre se fue primero, corriendo hacia la terminal de autobuses, no sin antes darle una advertencia a Natasha: —Te la encargo. Si le pasa algo, te busco hasta debajo de las piedras.

Luego me fui yo. Martínez me llevó al aeropuerto. Mientras la camioneta salía de la privada, sentí un hueco en el estómago. Una sensación de náusea que no se debía a las curvas de Santa Fe. Miré hacia atrás. Natasha estaba en la puerta, saludando con la mano. Naomi estaba a su lado, pequeñita, con la cabeza baja. La puerta de la mansión se cerró lentamente, tragándoselas a las dos.

Apenas mi camioneta desapareció de la vista, la mano de Natasha dejó de agitarse. Su sonrisa se borró como si nunca hubiera existido. Bajó la mano y miró a Naomi. El aire se volvió helado.

Natasha caminó hacia la puerta principal y le echó el cerrojo. Click. Luego se giró lentamente. Se quitó los lentes de sol y los aventó sobre la mesa del vestíbulo. Naomi dio un paso atrás, abrazando a Jack.

—Bueno, escuincla —dijo Natasha. Su voz ya no era dulce. Era seca, dura y cruel—. Se acabó el teatro. Se fue tu tío y se fue la vieja metiche. Caminó hacia Naomi, acorralándola contra la pared. —Vamos a dejar unas cosas claras. Esta no es tu casa. Tú eres una arrimada. Un proyecto de caridad que ya me tiene harta. Y ese perro… ese perro es una alfombra con patas.

Jack gruñó fuerte, mostrando los dientes, poniéndose entre Naomi y Natasha. Natasha no retrocedió esta vez. Sacó algo de su bolsillo. Un gas pimienta que llevaba en el bolso. —¡Atrévete, bestia! —gritó—. ¡Atrévete y te dejo ciego!

Naomi agarró a Jack del collar, llorando. —¡No, Jack! ¡Quieto! ¡Por favor, señorita Natasha, no le haga nada!

Natasha sonrió, satisfecha con el miedo que veía. —Así me gusta. Obediente. Escúchame bien: a partir de este momento, se acabaron los lujos. Se acabó comer en la mesa. Se acabó dormir en la cama. Y ni pienses en llamarle a David, porque le dije a Lupita que si te presta el teléfono, la corro y hago que la metan a la cárcel por robo.

Se agachó para quedar cara a cara con Naomi. —Bienvenida a tu realidad, “princesa”. Vas a desear no haber salido nunca de esa obra negra.

Natasha se dio la vuelta y gritó hacia la cocina: —¡Lupita! ¡Sírveme champán en la terraza! ¡Y encierra a este perro en el cuarto de servicio! ¡Si lo oigo ladrar, no cobras esta quincena!

Naomi se quedó parada en el vestíbulo, con las lágrimas corriendo por sus mejillas, abrazada a un perro que temblaba de rabia contenida. El infierno acababa de abrir sus puertas en Lomas de Chapultepec, y el diablo usaba tacones de aguja.

CAPÍTULO 5: La Cenicienta de Santa Fe y la Reina de Instagram

Cuando la camioneta de David desapareció tras los portones de hierro forjado, el aire en la mansión cambió. No fue sutil. Fue como si de repente hubieran apagado el sol y encendido una luz fluorescente, fría y zumbante.

Natasha, que segundos antes agitaba la mano con una sonrisa de esposa devota, bajó el brazo lentamente. Se giró hacia el vestíbulo. Se quitó los lentes de sol con un movimiento lento, teatral, y los arrojó sobre la mesa de credenza Luis XV. El sonido del plástico caro golpeando la madera resonó como un disparo en el silencio de la casa.

—Lupita —dijo, sin levantar la voz, pero con un tono que heló la sangre de la empleada doméstica—. Llévate mis maletas a la habitación principal. A la de David. Y cámbiame las sábanas. Quiero las de seda egipcia, las grises. Las que estaban puestas huelen a… perro.

Lupita, una mujer bajita y robusta que llevaba diez años trabajando para David, frunció el ceño. —Pero señorita Natasha, el señor David dijo que Naomi se quedaría en el cuarto de huéspedes y que usted… —¿El señor David está aquí? —interrumpió Natasha, girándose con una mirada de víbora—. No. No está. Y mientras él no esté, aquí mando yo. ¿Entendido? O ¿prefieres que le llame ahorita y le diga que te robaste unos cubiertos de plata? Porque te aseguro que a mí me va a creer.

Lupita bajó la cabeza, apretando los labios con impotencia. —Sí, señorita. Entendido.

Natasha sonrió, satisfecha con su primera victoria. Luego, clavó sus ojos en Naomi y en Jack. Naomi retrocedió instintivamente, pegando su espalda a la pared, agarrando el collar de Jack con tanta fuerza que sus nudillos se pusieron blancos. Jack, erizado, soltó un gruñido bajo, profundo, de esos que vibran en el piso.

—¡Cállate, bestia! —gritó Natasha, dando una palmada fuerte—. Escúchame bien, mocosa. Se acabó la fiesta. Se acabaron los desayunos en la cama, se acabaron los cariñitos y se acabó jugar a la familia feliz.

Caminó hacia Naomi, invadiendo su espacio personal. El perfume caro de Natasha, una mezcla dulce y empalagosa, mareó a la niña. —Regla número uno: Tú no existes. Eres un fantasma. No quiero verte, no quiero oírte y, sobre todo, no quiero oler a ese animal sarnoso cerca de mis cosas.

—Pero… el tío David dijo… —Naomi intentó protestar, con la voz temblorosa.

—¡Tu “tío” David es un idiota sentimental! —escupió Natasha—. Él te recogió por lástima, como se recoge a un perro atropellado. Pero yo no tengo lástima. Yo tengo clase. Y tú, niñita, tú eres basura. Basura que ensucia mi futuro hogar.

Natasha señaló las escaleras. —Saca tus trapos del cuarto de huéspedes. Ahora vas a dormir donde te corresponde: en el cuarto de servicio, junto a la lavadora. Y ese perro… ese perro se va al patio trasero. Si lo veo dentro de la casa, llamo a la perrera para que lo duerman. ¿Me entendiste?

Naomi abrió los ojos, aterrorizada. —¡No! ¡A Jack no! ¡Por favor, no le haga nada! —Entonces obedece —susurró Natasha con una crueldad helada—. Si te portas mal, el perro paga. Si le dices algo a David cuando llame, el perro paga. Si me miras feo, el perro paga. ¿Trato hecho?

Naomi asintió frenéticamente, llorando en silencio. —Saca al perro. ¡Ahora!

Naomi arrastró a Jack hacia la puerta trasera. Jack se resistía, ladrando y tirando hacia Natasha, queriendo defender a su dueña, pero Naomi le rogaba al oído: —Por favor, Jack. Vete. Por favor, haz caso. Te van a matar.

Finalmente, logró sacarlo al patio y cerró la puerta de cristal. Jack se quedó del otro lado, arañando el vidrio, gimiendo, con la nariz pegada al cristal, viendo cómo su pequeña se quedaba sola en la jaula de oro.

El Régimen del Hambre

La primera noche fue la peor. Natasha se sentó en el comedor principal, sola, con una botella de vino tinto y un corte de carne importado que Lupita tuvo que prepararle bajo amenaza de despido. Naomi estaba sentada en un banquito en la cocina, con el estómago rugiendo.

—¿Qué hay de cenar para la niña? —preguntó Lupita en voz baja, mientras servía el vino a Natasha. Natasha miró su copa a contraluz. —Nada. —¿Cómo que nada, señorita? Es una niña. No ha comido desde la mañana. —Está gorda —dijo Natasha sin inmutarse—. Ha comido demasiado bien estos días. Necesita dieta. Además, la gente pobre está acostumbrada a aguantar hambre, ¿no? Es genética.

Lupita sintió una furia caliente subirle por el pecho, pero recordó las amenazas. Regresó a la cocina con los ojos llorosos. —Mi niña… —le susurró a Naomi—. Perdóname. La bruja cerró la despensa con llave. Se llevó la llave en el escote.

Naomi negó con la cabeza, secándose las lágrimas. —No importa, Lupita. He aguantado peor. Pero… ¿y Jack? Jack sí tiene que comer.

Lupita sacó de su delantal un bolillo duro y un pedazo de queso que había logrado esconder. —Ten. Es todo lo que pude salvar. Cómetelo tú. Naomi partió el bolillo en dos. —La mitad para Jack —dijo firme.

Esa noche, mientras Natasha dormía en la cama King Size de David, roncando levemente bajo las sábanas de seda, Naomi se escabulló al patio. Hacía frío. Abrió la puerta solo una rendija. Jack metió el hocico. —Ten, chico —susurró, dándole el pan y el queso—. Perdón. Es poquito. Jack comió con desesperación, lamiendo los dedos de Naomi. —Aguanta, Jack. El tío David va a volver. Él prometió que volvería.

La Cenicienta de Lomas

Al día siguiente, comenzó la explotación. Natasha se levantó a las 11:00 AM. Bajó en bata, con una mascarilla facial puesta. Encontró a Naomi sentada en la sala, leyendo un libro que David le había regalado. —¿Qué haces ahí sentada, inútil? —gritó Natasha—. ¿Crees que esto es hotel?

Naomi cerró el libro de golpe. —Estaba… estaba leyendo. —Pues se acabó la lectura. En esta vida nada es gratis. Si quieres vivir bajo mi techo, tienes que ganártelo. —Esta es casa del tío David… —¡Y yo soy la mujer de David! ¡Así que es mi casa! —chilló Natasha—. Levántate. Lupita tiene mucha chamba atendiéndome a mí, así que tú vas a hacer el resto.

La llevó al cuarto de lavado. Había una montaña de ropa de Natasha. Vestidos delicados, blusas de seda, ropa interior de encaje. —La lavadora estropea mi ropa. La vas a lavar a mano. Con jabón neutro. Y cuidado con tallar muy fuerte, porque si rompes un hilo… te lo cobro con la piel del perro.

Naomi pasó las siguientes cuatro horas inclinada sobre el lavadero de piedra, tallando ropa ajena. Sus manitas se pusieron rojas por el agua fría y el detergente. Le dolía la espalda. Le ardían los ojos. Pero no paró. Cada vez que quería parar, miraba por la ventana hacia el patio y veía a Jack echado bajo el sol, vigilándola, y sacaba fuerzas de donde no tenía.

Cuando terminó la ropa, Natasha apareció con una sonrisa malévola. —Mmm… no quedaron tan mal. Pero el baño de visitas está asqueroso. El perro entró ahí el otro día y dejó sus bacterias. Quiero que lo desinfectes.

Le dio un cepillo de dientes viejo y una botella de cloro. —Con esto. Quiero ver mi reflejo en los azulejos.

Naomi, la niña que días antes reía viendo caricaturas con su abuela postiza, ahora estaba de rodillas, tallando la taza del baño con un cepillo de dientes, tosiendo por los vapores del cloro. Natasha entró, la miró desde arriba y tomó una foto con su celular. —Para el recuerdo —se burló—. “La caridad empieza por la limpieza”.

El Robo de la Educación y la Peluca de la Vergüenza

El miércoles, el teléfono de la casa sonó. Lupita contestó rápido. —Casa del Señor David. —Buenos días, hablamos del Colegio Americano. La alumna Naomi no se ha presentado a clases en tres días y no hemos recibido notificación. Además, hay un pago pendiente de la colegiatura y materiales que el Señor David dejó autorizado, pero la transferencia rebotó. Necesitamos hablar con el tutor.

Lupita estaba a punto de explicar la situación cuando Natasha le arrebató el teléfono inalámbrico de la mano. —¡Dámelo, igualada! Natasha se puso el teléfono en la oreja y cambió la voz a una dulce y profesional. —¿Hola? Sí, habla la asistente personal del Señor David. Ah, sí, sobre Naomi. Hubo un cambio de planes. El Señor David decidió… cancelarle la inscripción. Sí, lamentablemente la niña no se adaptó. Vamos a buscar otras opciones. ¿El dinero? Ah, no se preocupe, yo paso a recoger el reembolso del depósito en efectivo hoy mismo. Sí, muchas gracias.

Colgó. Lupita la miraba con horror. —Señorita… la escuela es lo más importante para la niña. El señor David va a enfurecer. —El señor David no se va a enterar —dijo Natasha, guiñando un ojo—. Le voy a decir que a la niña la expulsaron por conducta, por morder a un niño. Como es salvaje, me va a creer.

Esa tarde, Natasha salió. Regresó tres horas después con varias bolsas de tiendas de lujo y una caja negra muy elegante. Naomi estaba barriendo la entrada (otra tarea asignada). Natasha pasó por su lado tarareando. —Mira, mocosa. Mira en qué se convirtió tu colegiatura.

Entró a la sala, puso su celular en un trípode con aro de luz y comenzó a transmitir en vivo para Instagram. Naomi se quedó mirando desde la puerta, escondida.

—¡Hola, mis amores! —dijo Natasha a la cámara, fingiendo esa voz chillona de influencer—. ¿Cómo están? Oigan, no saben lo que me acaba de pasar. Mi novio, David —ya saben, el empresario guapísimo—, me dio una tarjeta y me dijo: “Bebé, consiéntete, te lo mereces por cuidar la casa”. ¡Es un amor!

Natasha abrió la caja negra con lentitud dramática. —Así que fui y me compré esto… ¡Taráaaan! Sacó una peluca. Pero no cualquier peluca. Era una peluca de cabello humano, lacio, brillante, larguísima. —Es una Bone Straight, cabello virgen importado de Vietnam. Me costó… bueno, digamos que costó lo mismo que la colegiatura de un niño rico en un año. ¡Pero vale la pena! Miren este brillo. Porque una reina merece coronarse sola, ¿no creen? #Blessed #LuxuryLife #NoviaConsentida.

Naomi sintió que el corazón se le hacía pasita. Ese dinero era para sus libros. Para su uniforme. Para su futuro. Y ahora era pelo muerto en la cabeza de una mujer cruel. Natasha se probó la peluca, se miró en la cámara, mandó besos y cerró el video. Luego, miró a Naomi. —¿Qué ves? ¿Te gusta? Vale más que tú. Y que tu perro. Ahora vete a trapear la cocina, que dejaste manchas.

La Rebelión Silenciosa de Lupita

Lupita no aguantó más. El jueves por la noche, aprovechando que Natasha estaba en la tina dándose un baño de burbujas con música a todo volumen, Lupita jaló a Naomi al cuarto de servicio. —Mi niña, esto no puede seguir así. Estás desapareciendo. Naomi estaba pálida, con ojeras profundas. Le temblaban las manos. —Tengo hambre, Lupita. Y Jack… Jack está muy triste afuera. Llovió anoche y se mojó. —Lo sé, mi amor. Escúchame. Voy a llamar al Señor David. —¡No! —Naomi saltó—. ¡Dijo que si le hablábamos, mataba a Jack! ¡Tiene veneno, me lo enseñó! Dijo que le pondría veneno para ratas en la carne.

Lupita abrazó a la niña. —Es una mentirosa, mi vida. Es pura boca. Pero está bien, no le voy a llamar yo. Vamos a hacer que él vea. —¿Cómo? —El señor tiene cámaras. Cámaras que él ve en su celular. Pero Natasha es tan tonta que cree que solo graban, no sabe que el señor recibe alertas si hay movimiento en su despacho. —¿Y eso qué? —Voy a intentar entrar al despacho y hacer algo frente a la cámara. Una señal.

Lupita subió sigilosamente al segundo piso. El despacho de David estaba cerrado con llave digital, pero Lupita tenía el código de limpieza. Marcó los números: 1-9-8-5. Bip-bip-bip… Error. Lupita se heló. Lo intentó de nuevo. Error. Acceso denegado.

La puerta del baño principal se abrió. Natasha salió envuelta en una toalla, con el vapor saliendo detrás de ella. —¿A dónde crees que vas, gata igualada? —preguntó Natasha, recargada en el marco de la puerta, limándose las uñas. Lupita tragó saliva. —Iba… iba a limpiar el despacho, señorita. —¿A esta hora? ¿Crees que soy estúpida? —Natasha caminó hacia ella—. Cambié los códigos ayer. Soy ingeniera en sistemas frustrada, fíjate. O bueno, le pagué a un cerrajero para que reseteara el panel. Nadie entra ahí. Y mucho menos tú para ir de chismosa.

Natasha se acercó a Lupita y le picó el pecho con un dedo acusador. —Este es tu último aviso, Guadalupe. Un paso más en falso y te juro que te planto joyas en tu bolsa y llamo a la patrulla. ¿Sabes cuántos años te dan por robo calificado en casa habitación? No volverás a ver a tus hijos. Así que tú decides: ¿eres leal a la señora de la casa, o a la recogida?

Lupita bajó la cabeza, derrotada por el miedo. —A usted, señorita. —Bien. Ahora lárgate y prepárame un té chai. Y que no esté hirviendo.

El Punto de Quiebre

Viernes. Se suponía que David regresaba el jueves, pero llamó (al celular de Natasha, por supuesto) para decir que las negociaciones se habían extendido. Llegaría hasta el sábado por la noche o domingo temprano. Natasha puso el altavoz para que Naomi escuchara. —No te preocupes, bebé —decía Natasha—. Aquí todo está perfecto. Naomi y yo somos uña y mugre. ¿Verdad, Naomi?

Natasha le apretó el brazo a Naomi tan fuerte que le clavó las uñas largas y postizas. —Sí, tío David… estamos bien —dijo Naomi, conteniendo un grito de dolor—. Te extraño. —Yo también, princesa. Ya casi voy. Pásame a Natasha.

Natasha se llevó el teléfono y salió al jardín, riendo. Naomi se quedó sobandose el brazo, donde cuatro medias lunas rojas empezaban a sangrar un poco.

Esa tarde, el hambre de Jack se volvió insoportable. Empezó a aullar. Un aullido largo, triste, que se escuchaba en toda la cuadra. Natasha estaba grabando otro video para TikTok en la sala (“Storytime de cómo ser la novia perfecta”). El aullido arruinó su audio. —¡Maldito animal! —gritó, tirando el aro de luz.

Salió al jardín hecha una furia. Agarró la manguera de presión, la que usaba el jardinero para lavar los coches. —¡Cállate! Abrió la llave al máximo y apuntó el chorro de agua fría y potente directo al perro. Jack intentó esquivarlo, pero estaba débil. El agua lo golpeaba contra la pared. Ladraba, tosía, gemía.

—¡Déjalo! —Naomi salió corriendo de la cocina. No le importaron las amenazas. No le importó el miedo. Vio a su amigo sufriendo y se lanzó. Se puso en medio del chorro de agua. El impacto del agua a presión le dolió en la piel, empapándola al instante, tirándola al pasto enlodado. Abrazó a Jack, cubriéndolo con su cuerpecito. —¡Ya no! ¡Ya no! —gritaba Naomi.

Natasha no cerró la llave. Se reía. Una risa maníaca. —¡Báñense los dos, mugrosos! ¡A ver si así se les quita lo corriente!

Estuvo mojándolos por un minuto entero, que pareció una eternidad. Finalmente, cerró la llave, jadeando por el esfuerzo y la adrenalina de su propia maldad. —Ahí quédense. Los dos. Hoy duermen afuera. Si intentan entrar, les va peor.

Entró a la casa y cerró la puerta corrediza de vidrio, echando el seguro. Naomi y Jack se quedaron en el jardín, empapados, tiritando de frío. La noche caía y en Santa Fe, la temperatura baja rápido. Jack lamió la cara de Naomi, quitándole el lodo. Naomi lloraba, abrazada a su cuello. —Perdón, Jack. Perdón.

Desde la ventana de la cocina, Lupita miraba la escena, llorando también. Quería salir, quería abrirles, pero Natasha estaba sentada en la sala, vigilando como un halcón, copa de vino en mano, editando su video para ponerle filtros bonitos y música de tendencia.

Lo que Natasha no sabía, y lo que Lupita había olvidado en su pánico, era que aunque el despacho estaba cerrado, el sistema de seguridad de la casa tenía una función remota. Y aunque Natasha había reseteado la puerta, no había podido hackear la nube.

Esa noche, en un hotel de lujo en Monterrey, David estaba en una cena de negocios aburridísima. Sacó su celular debajo de la mesa solo para checar la hora. Vio una notificación de su app de seguridad: Movimiento detectado en Jardín Trasero – Cámara 4. Pensó que sería un gato o el viento. Pero por aburrimiento, o por instinto, abrió la aplicación.

La señal tardó un poco en cargar por el wifi del restaurante. La imagen apareció en blanco y negro, granulada por la visión nocturna. Vio dos bultos en el pasto. Hizo zoom. El corazón se le detuvo. Era una niña pequeña y un perro, abrazados, temblando en el suelo mojado. Y luego, vio a Natasha acercarse a la ventana desde adentro, con su copa en la mano, mirarlos y reírse antes de cerrar la cortina.

David se levantó de la mesa tan bruscamente que tiró su silla y su copa de agua. —¡Señor David! ¿Está bien? —preguntó un inversionista. David no contestó. Su cara estaba pálida, sus ojos inyectados de una furia asesina que nadie le había visto jamás. —Tengo que irme. Ahora.

Salió corriendo del restaurante, marcando el número del piloto de su jet privado. —Prepara el avión. Nos vamos a México. Ya. No me importa el clima, no me importan los permisos. ¡Despegamos en 30 minutos o te despido!

Colgó y miró la pantalla congelada de su celular, donde su “novia perfecta” dejaba morir de frío a su hija. —Voy por ti, Natasha —gruñó David, subiéndose al taxi—. Y vas a desear no haberme conocido nunca.

CAPÍTULO 6: El Regreso del Tiburón y la Caída de la Víbora

El vuelo de Monterrey a Toluca dura apenas 45 minutos en un jet privado, pero para mí, esa noche, duró una eternidad. Estaba sentado en el sillón de piel color crema del Gulfstream, con una copa de whisky en la mano que no pensaba beber, pero que apretaba con tal fuerza que temía romper el cristal.

Afuera, una tormenta eléctrica azotaba el centro del país. El avión se sacudía violentamente, cayendo en pozos de aire que harían vomitar a cualquiera, pero yo ni siquiera lo sentía. Mi turbulencia interna era peor.

En la pantalla de mi celular, la imagen congelada de la cámara de seguridad seguía ahí, quemándome las retinas: dos bultos pequeños, abrazados bajo la lluvia, en el jardín de mi propia casa. Y la silueta de Natasha, copa en mano, burlándose desde la ventana.

—Señor David, estamos atravesando una zona de inestabilidad severa —dijo el piloto por el intercomunicador, con voz nerviosa—. Le pido que se abroche el cinturón.

—¡Me vale madre el cinturón, Capitán! —le grité al micrófono—. ¡Aterriza este pájaro ya! ¡Si tienes que romper el tren de aterrizaje, rómpelo, pero ponme en tierra ahora mismo!

El piloto no respondió, pero sentí cómo los motores rugían, empujando la aeronave hacia abajo, atravesando las nubes negras como una flecha vengativa.

Aterrizamos en el Aeropuerto de Toluca rebotando en la pista. Apenas el avión se detuvo, la escalerilla bajó. No esperé a que la aseguraran. Salté a la pista mojada, donde Martínez ya me esperaba con la Suburban encendida, con los limpiaparabrisas luchando contra el aguacero.

Me subí al asiento del copiloto, empapándome en el proceso. —¡A Lomas, Martínez! —ordené, cerrando la puerta de un golpe—. Y no te detengas por nada. Ni semáforos, ni policías, ni topes. Si nos multan, lo pago. Si nos detienen, lo arreglo. Pero quiero estar en mi casa en veinte minutos.

Martínez me vio la cara. Vio los ojos inyectados de sangre, la mandíbula tensa, la vena de la frente palpitando. Asintió, tragó saliva y pisó el acelerador a fondo.

El trayecto por la carretera México-Toluca fue una locura. Martínez manejaba como piloto de Fórmula 1, esquivando tráileres y coches lentos bajo la lluvia torrencial. Yo iba en silencio, marcando el número de casa una y otra vez. Tuuut… Tuuut… Nadie contestaba. Marqué el celular de Lupita. Buzón. Marqué el de Natasha.

—¿Bueno? —contestó al segundo tono. Su voz sonaba arrastrada, pastosa. Estaba borracha. —Natasha —dije. Mi voz sonó tan fría que el aire acondicionado de la camioneta pareció congelarse. —¡Bebé! —rio ella—. ¿Ya me extrañas? Aquí todo está… hic… súper bien. Estamos viendo pelis.

Sentí una bilis ácida en la garganta. —¿Ah, sí? ¿Qué película ven? —La de… ay, no sé, una de princesas. Naomi está dormida aquí a mi lado, es un ángel. —Pásamela. Quiero darle las buenas noches. Hubo una pausa. Un silencio lleno de estática y mentiras. —Ay, amor, es que… está tan dormida. Me da pena despertarla. Pobrecita, jugó todo el día. Mejor mañana, ¿sí?

Cerré los ojos, respirando fuego. —Está bien, Natasha. Mañana. Colgué. Miré el velocímetro. Íbamos a 160 km/h. —Más rápido, Martínez. Más rápido.

La Llegada

Llegamos a la mansión. Las luces de la fachada estaban encendidas, iluminando la lluvia que caía en cortinas densas. El portón estaba cerrado. —Ábrelo —le dije a Martínez. Él presionó el control remoto. El portón empezó a abrirse con su lentitud habitual, ese zumbido eléctrico zzzzzzzz que dura años. —¡A la chingada! —grité. Me bajé de la camioneta en movimiento antes de que entrara por completo. Corrí hacia la puerta principal bajo la lluvia.

Estaba cerrada con llave. Golpeé la madera maciza con el puño. —¡ABRE! Nadie respondió. La música se escuchaba desde adentro, un reggaetón a todo volumen que hacía vibrar los cristales. Saqué mis llaves, pero mis manos temblaban tanto por la adrenalina que se me cayeron al suelo mojado. —¡Maldita sea!

Recogí las llaves, encontré la correcta y giré el cerrojo. La puerta se abrió de golpe. Entré como un huracán. El calor de la casa me golpeó. Olía a incienso caro y a alcohol. La sala estaba hecha un desastre. Había ropa tirada, copas vacías, bolsas de papas fritas abiertas en la alfombra persa. Natasha estaba en el sofá, descalza, con la botella de vino en la mano, cantando a todo pulmón con los ojos cerrados.

Al escuchar el portazo, abrió un ojo. Se quedó paralizada. La botella se le resbaló de la mano y cayó sobre la alfombra, manchándola de un rojo sangre que se extendió rápidamente.

—¿Da… David? —balbuceó, tratando de enfocarse—. ¿Qué haces aquí? Dijiste… domingo.

No la miré. No le hablé. Pasé por su lado como si fuera un mueble viejo y caminé directo hacia los ventanales traseros que daban al jardín. Las cortinas estaban cerradas. Las arranqué de un tirón. El cortinero de madera crujió y se vino abajo parcialmente.

Ahí estaban. Pegados al vidrio. Dos bultos temblorosos bajo la lluvia. Naomi tenía la cara pegada al cristal, azulada, con los ojos cerrados. Jack estaba encima de ella, tratando de cubrirla con su cuerpo, aunque él mismo estaba empapado y tiritando violentamente.

Sentí que el alma se me desgarraba. Intenté abrir la puerta corrediza. Estaba cerrada con seguro y además tenía una tranca de madera puesta en el riel. Natasha se había asegurado de que no pudieran entrar ni por error.

—¡Abre esta maldita puerta! —le grité a Natasha, girándome hacia ella. Natasha se había levantado del sofá, tambaleándose, pálida como un fantasma. —Amor, espera… te puedo explicar… se escaparon… el perro se puso loco y…

No esperé. Agarré una silla pesada del comedor, una silla de diseño italiano de madera sólida. La levanté sobre mi cabeza y, con un grito de rabia pura, la estrellé contra el cristal blindado de la puerta corrediza. CRAAAAACK. El cristal de seguridad se astilló en mil telarañas, pero no cayó. —¡David, estás loco! —chilló Natasha—. ¡Es cristal importado!

Golpeé de nuevo. Y de nuevo. Y de nuevo. Hasta que mis manos sangraron por las astillas. Finalmente, el vidrio cedió y cayó hacia afuera con un estruendo de cristales rotos.

Salí a la lluvia. Caí de rodillas en el lodo junto a ellos. —¡Naomi! ¡Naomi! La toqué. Estaba helada. Más fría que el hielo. Sus labios eran morados. No reaccionaba. Jack levantó la cabeza débilmente. Me reconoció. Intentó mover la cola, pero no tuvo fuerzas. Solo soltó un gemido lastimero y colapsó sobre el pasto.

—¡Martínez! —grité hacia la casa—. ¡Trae mantas! ¡Llama a una ambulancia! Cargué a Naomi en brazos. Pesaba menos que la primera vez que la encontré. Martínez apareció corriendo, cargó a Jack (que pesaba treinta kilos de pelo mojado y hueso) y entramos a la casa.

Lupita salió de su cuarto, llorando, con toallas calientes. Se ve que había estado esperando el momento. —¡Perdóneme, señor! ¡Perdóneme, me amenazó! —sollozaba Lupita mientras envolvía a Naomi.

Puse a Naomi en el sofá, apartando las cosas de Natasha de un manotazo. Empecé a frotar sus brazos, sus piernas. —Despierta, mi amor, despierta… ya estoy aquí. El tío David ya llegó.

Naomi abrió los ojos lentamente. Estaban vidriosos. —¿Tío David? —susurró. Le castañeaban los dientes—. ¿Trajiste… trajiste mi regalo? Rompí a llorar. Ahí, frente a mis empleados, frente a la mujer que casi la mata. Lloré de dolor y de rabia. —Sí, mi vida. Aquí estoy. Ya nadie te va a hacer daño. Nunca más.

El Juicio Final

Una vez que vi que Naomi estaba reaccionando y que Martínez estaba secando a Jack con vigor para subirle la temperatura, me puse de pie. Me giré lentamente hacia Natasha.

Ella estaba arrinconada junto a la chimenea apagada, abrazándose a sí misma, sobria de golpe por el terror. Me acerqué a ella. Paso a paso. Mis zapatos mojados hacían un ruido squeroso sobre el mármol, pero mis ojos no se apartaban de los suyos.

—David… —empezó ella, con voz temblorosa, intentando poner esa cara de víctima que tantas veces le había funcionado—. Por favor, escúchame. Fue un accidente. Estábamos jugando y… y se salieron y se cerró la puerta sola y no encontré la llave y…

—Cállate —dije. Fue un susurro, pero resonó más fuerte que un grito. Llegué hasta ella. Estaba tan cerca que podía oler el vino rancio en su aliento. Saqué mi celular. Busqué el video de la cámara de seguridad. Ese donde ella se reía y cerraba la cortina. Se lo puse frente a la cara.

—Mira —le ordené. Ella miró la pantalla. Vio su propia maldad reflejada en píxeles de alta definición. —Esa no soy yo… eso está editado… David, tú sabes que la tecnología hoy en día…

Le arrebaté el celular y lo guardé. —Tienes cinco minutos —dije. Ella parpadeó, confundida. —¿Qué? —Tienes cinco minutos para largarte de mi casa. De mi vida. Y de este código postal.

Natasha intentó reírse, incrédula. —David, no puedes hablarme así. Soy tu novia. Soy la mujer que te ama. ¿Vas a tirar dos años de relación por una recogida y un perro? ¡Por favor! Ellos son prescindibles. Yo soy tu futuro.

Esa frase fue la gota que derramó el vaso. La agarré del brazo. No fui suave. La arrastré hacia la puerta principal. —¡Suéltame! ¡Me lastimas! ¡Te voy a demandar! —gritaba ella, pataleando y perdiendo un tacón en el proceso.

Llegamos a la puerta abierta, donde la lluvia seguía cayendo. La empujé hacia afuera. Natasha tropezó y cayó de rodillas en el charco del pórtico, manchando su vestido de diseñador de lodo. —¡David! —gritó, con el maquillaje corrido, pareciendo por primera vez el monstruo que era por dentro—. ¡No puedes echarme así! ¡Mis cosas! ¡Mis maletas! ¡Mi ropa!

La miré desde el umbral, seco y protegido, mientras ella se empapaba. —Tus cosas las voy a quemar —dije—. Todo lo que tocaste en esta casa se va a la basura. Y agradece que no llamo a la policía ahora mismo por intento de homicidio y maltrato animal.

—¡Pero no tengo a dónde ir! —lloró ella—. ¡Son las dos de la mañana! —No es mi problema. Camina. O espera a que pase la basura, tal vez te den un aventón.

—¡Te vas a arrepentir! —chilló, levantándose como una arpía mojada—. ¡Sin mí no eres nada! ¡Esa niña te va a arruinar! ¡Eres un patético hombre solo con una familia de basurero!

—Prefiero mi familia de basurero que una reina de plástico —le respondí.

En ese momento, Jack apareció en la puerta. Estaba débil, envuelto en una toalla, sostenido por Martínez. Pero cuando vio a Natasha, sacó fuerzas de flaqueza. Se soltó de Martínez, avanzó cojeando hasta el umbral y soltó un ladrido. Un solo ladrido. Potente. Definitivo. ¡WOF! Fue el sonido de la victoria.

Natasha retrocedió asustada, resbaló en el lodo y cayó de sentón otra vez. Cerré la puerta en su cara. Le eché el cerrojo. Y luego, el doble cerrojo.

El silencio volvió a la casa. Pero ya no era un silencio tenso. Era el silencio de la limpieza. El aire se sentía más ligero, a pesar de la humedad.

La Reconciliación

Regresé a la sala. Naomi estaba sentada, tiritando menos, bebiendo una taza de chocolate caliente que Lupita había preparado en tiempo récord. Me senté a su lado y la abracé. Ella escondió la cara en mi pecho mojado.

—Perdón, tío David —sollozó—. Perdón por ser un estorbo. La señorita Natasha dijo que… que yo era basura. Que tú solo me tenías por lástima.

Le levanté la cara con mis manos, obligándola a mirarme. —Escúchame bien, Naomi. Mírame. Sus ojos oscuros, llenos de dolor, se clavaron en los míos. —Natasha era una mentirosa. Tú no eres un estorbo. Tú eres lo mejor que me ha pasado en la vida. Antes de que tú y Jack llegaran, yo tenía mucho dinero, sí. Pero era pobre. Estaba solo. Ustedes me salvaron a mí, no yo a ustedes.

—¿De verdad? —preguntó ella con un hilo de voz. —De verdad. Y te prometo, por la memoria de mis padres y por lo más sagrado, que nunca, nunca nadie te va a volver a tratar mal. Eres mi hija. No de sangre, pero sí de corazón. Y eso es más fuerte.

Naomi sonrió, una sonrisa débil pero genuina. —¿Y Jack? Jack, que estaba echado en la alfombra (la manchada de vino, que ya no importaba), levantó la cabeza. —Jack es el jefe de seguridad —dije—. Y creo que se merece un filete mañana.

Lupita se acercó, secándose las lágrimas con el delantal. —Señor… perdone que no le avisé antes. Tenía mucho miedo. La miré. Sabía que Natasha era terrorífica. —No te preocupes, Lupita. Gracias por cuidar de ellos al final. Pero mañana cambiamos las chapas y ponemos seguridad nueva. Quiero que esta casa sea una fortaleza.

Esa noche, nadie durmió en sus cuartos. Hicimos un campamento en la sala. Bajamos colchones, almohadas y edredones. Encendí la chimenea (la real, no la de gas) y nos acostamos todos frente al fuego. Naomi en medio, Jack a sus pies, y yo a un lado, vigilando el sueño de mi manada.

Mientras escuchaba la respiración tranquila de Naomi y los ronquidos suaves de Jack, miré las llamas. Natasha tenía razón en una cosa: mi vida anterior se había arruinado. El David frío, calculador y solitario había muerto esa noche bajo la lluvia. Había nacido un padre.

Y pobre del que se atreviera a meterse con mi familia otra vez. Porque ahora sabía que el “tiburón” de los negocios no era nada comparado con el lobo que llevaba dentro cuando tocaban a los suyos.

A la mañana siguiente, cuando el sol salió brillante y limpio sobre la Ciudad de México, lavando los pecados de la noche anterior, recibí la llamada de mi madre. —¿Bueno? —contesté, medio dormido. —Ya regresé, hijo. Tu tía está bien. Voy para la casa. Oye… tuve un sueño feo. Soñé con una rata mojada chillando en la puerta. ¿Todo bien?

Sonreí. La conexión de Doña Lucha era brujería pura. —Todo bien, mamá. La rata ya se fue. Ven a casa. Tenemos que preparar un desayuno de campeones. Naomi y Jack tienen hambre.

—Voy volando —dijo ella—. Ah, y David… —¿Sí? —Espero que hayas tirado la basura. Miré hacia la puerta principal, imaginando a Natasha caminando sola por las calles de Lomas buscando un taxi. —Sí, mamá. La basura ya está afuera.

Colgué el teléfono, abracé a Naomi que seguía dormida y cerré los ojos, sintiendo por primera vez en años una paz absoluta.

Pero la historia no terminaba aquí. Porque aunque la villana se había ido, el pasado de Naomi, ese que estaba ligado al misterioso hombre que pagó mis estudios, estaba a punto de tocar a la puerta con una revelación que sacudiría los cimientos de nuestra nueva vida.

CAPÍTULO 8: El Juicio del Tiburón y el Final del Invierno

La venganza es un plato que se sirve frío, dicen los franceses. Pero en México, la justicia es un plato que se sirve caliente, picoso y con una guarnición de “te lo dije”. Y yo, David, estaba a punto de convertirme en el chef principal de ese banquete.

Habían pasado tres días desde que descubrimos la verdad sobre Emmanuel Evans. Tres días en los que mi mansión se convirtió en un cuartel general de guerra. Mi abogado, el Licenciado Mendoza —un hombre calvo, bajito, pero con la mordida de un pitbull legal—, había instalado su oficina en mi comedor. Había papeles por todas partes: actas de nacimiento, testamentos, estados de cuenta bancarios y denuncias penales.

—La tenemos, David —dijo Mendoza esa mañana, tomando su quinto café del día—. Es jaque mate. Este tipo, José “Joe” Evans, es más tonto que una piedra. No solo falsificó firmas; transfirió fondos de la cuenta de la niña a la suya personal sin lavar el dinero. Dejó un rastro de migajas que hasta Jack podría seguir.

Naomi estaba sentada en la alfombra, cepillando a Jack. Al escuchar el nombre de su tío, se tensó. —¿Lo van a meter a la cárcel? —preguntó con voz chiquita. Me agaché junto a ella. —No solo eso, mi amor. Vamos a recuperar tu casa. Vamos a recuperar tu vida. Y ese hombre no volverá a acercarse a ti ni en pintura.

—¿Y si se enoja? —Que se enoje. Ahora el enojado soy yo. Y créeme, Naomi, tú no quieres verme enojado cuando se trata de defenderte.

La Visita Inesperada

A las 11:00 AM, subimos a la camioneta blindada. Esta vez no íbamos solos. Iba Mendoza con su portafolio de piel de cocodrilo. Iba Martínez manejando con cara de pocos amigos. Iba Doña Lucha, vestida con su mejor traje sastre (“para verme decente cuando escupa a ese desgraciado”, dijo). Y, por supuesto, íbamos Naomi, Jack y yo.

El destino: La antigua mansión de la familia Evans, en Bosques de las Lomas.

Cuando llegamos, sentí la nostalgia en la mirada de Naomi. Era una casa hermosa, estilo colonial moderno, pero se veía descuidada. El pasto estaba largo, la fuente apagada. Se notaba que el nuevo “dueño” solo le importaba el dinero, no el hogar.

Martínez tocó el timbre. Nadie abrió. Tocó de nuevo, insistentemente. Finalmente, la puerta se abrió. Un hombre salió. Era José Evans. El “Tío Joe”. Se parecía a su hermano Emmanuel, pero en una versión distorsionada, corrupta. Tenía la cara hinchada por el alcohol, vestía una bata de seda a medio día y traía un cigarro en la mano.

—¿Qué chingados quieren? —ladró, sin mirar bien quiénes éramos—. No compro nada, lárguense.

Bajé de la camioneta. Me ajusté el saco. —Buenos días, José.

Él entrecerró los ojos por el sol. —¿Quién eres tú? ¿Otro cobrador? Ya les dije que les pago la próxima semana. —No soy cobrador. Soy David. Y vengo a devolverte algo que perdiste.

Hice una seña. Naomi bajó de la camioneta, agarrada de la mano de Doña Lucha. Jack bajó de un salto y se plantó en la banqueta, ladrando con furia al reconocer al hombre que lo había pateado.

La cara de José Evans palideció. Se le cayó el cigarro de la boca. —¿La mocosa? —balbuceó—. ¿Qué hace aquí? ¿Y ese perro sarnoso? Creí que ya se habían muerto de hambre.

Doña Lucha dio un paso al frente. Si las miradas mataran, José habría explotado ahí mismo. —La única basura aquí eres tú, infeliz —le gritó mi madre—. ¡Mírala! Está más viva que tu conciencia.

José intentó recuperar la compostura. Soltó una risa nerviosa. —Ah, ya veo. Encontró a un buen samaritano que la recogió. Felicidades, amigo. Te ganaste el premio mayor: una niña inútil y un perro que come demasiado. ¿Cuánto quieres por haberla cuidado? ¿Cinco mil pesos? Ten, te doy diez y lárguense. No la quiero de vuelta.

Esa arrogancia. Esa frialdad. Sentí cómo la sangre me hervía, pero Mendoza me puso una mano en el hombro. —Déjemelo a mí, Licenciado —susurró el abogado.

Mendoza avanzó con una sonrisa depredadora. —Señor Evans, soy el Licenciado Mendoza, representante legal de la menor Naomi Evans y del fideicomiso de su difunto hermano, Emmanuel Evans. José se burló. —¿Abogado? No me hagas reír. Yo soy el tutor legal. Yo tengo los papeles.

—Tenía —corrigió Mendoza, sacando un documento grueso del portafolio—. Esta es una orden judicial, firmada hoy a las 8:00 AM por un juez federal. Revoca su tutela inmediata por abandono, maltrato y fraude procesal. Además, ordena el desalojo inmediato de esta propiedad, que pertenece legítimamente a la heredera universal.

José se puso rojo. —¡Eso es mentira! ¡Es mi casa! ¡Yo soy el jefe de familia! —Usted es un ladrón —intervine yo, dando un paso adelante. Mi altura lo intimidó—. Sé lo que hiciste, José. Sé que cortaste los frenos de tu hermano.

El silencio que siguió fue sepulcral. José dio un paso atrás, chocando con la puerta. —Tú… tú no puedes probar eso. Fue un accidente. —Tal vez no pueda probar el asesinato todavía —dije, bajando la voz—. Pero puedo probar el robo. Puedo probar que dejaste a una niña de 7 años en la calle para quedarte con su dinero. Y eso, mi amigo, te va a costar entre 20 y 30 años en el Reclusorio Norte. Y créeme, ahí no les gustan los que maltratan niños.

En ese momento, se escucharon las sirenas. No una. Varias. Dos patrullas de la policía judicial y una camioneta de la fiscalía se detuvieron frente a la casa. José intentó correr hacia adentro para cerrar la puerta, pero Jack fue más rápido. El perro corrió como un rayo dorado y se lanzó contra la puerta, bloqueándola con su cuerpo y ladrando ferozmente, mostrando los colmillos a centímetros de la pierna de José.

—¡Quítamelo! ¡Me va a matar! —chilló José, acorralado entre el perro y la policía.

Los agentes bajaron con las armas en la mano (aunque no fue necesario usarlas) y con una orden de aprehensión. —José Evans, queda detenido por fraude, administración fraudulenta y abandono de menor —dijo el oficial, esposándolo contra el cofre de su propio coche deportivo (que, por cierto, había comprado con el dinero de Naomi).

Mientras lo metían a la patrulla, José me miró con odio. —¿Quién te crees que eres? —me escupió—. ¿Por qué te metes? No es tu sangre. Me acerqué a la ventanilla de la patrulla antes de que la subieran. —Tienes razón. No es mi sangre. Pero tu hermano, Emmanuel, me salvó la vida cuando yo no era nadie. Él pagó mis estudios. Él me hizo quien soy. Así que considera esto… un pago de la deuda.

José abrió los ojos, reconociendo la ironía del destino. El bien que su hermano hizo en secreto había regresado años después para destruir su maldad. La patrulla se alejó. Se acabó. El ogro había caído.

El Regreso a Casa… y la Decisión

Entramos a la casa de los Evans. Estaba sucia, llena de botellas vacías y cajas de pizza. Naomi caminó por la sala, tocando los muebles con nostalgia. Fue a su antigua habitación. Estaba vacía. José había vendido sus juguetes. Naomi se sentó en la cama desnuda y suspiró.

—Podemos comprar todo nuevo —le dije—. Podemos remodelar. Esta es tu casa, Naomi. Puedes vivir aquí si quieres. Contrataremos personal, yo vendré a verte todos los días…

Naomi me miró con pánico. —¿Me vas a dejar aquí? —Es tu casa, mi amor. Es tu herencia. —Pero… está muy grande. Y vacía. Y huele a Tío Joe. Se levantó y me abrazó la pierna. —No quiero vivir aquí, tío David. Quiero ir a casa. A tu casa. Con la abuela Lucha y con Lupita. Aquí me da miedo.

Miré a mi madre. Ella sonrió y se encogió de hombros. —La niña ha hablado, David. El mármol no hace hogar. El amor sí.

—Está bien —dije, cargando a Naomi—. Esta casa se cierra. La remodelaremos y la rentaremos hasta que seas mayor de edad. El dinero se irá a tu fideicomiso. Pero tú… tú te vienes conmigo.

Jack ladró y corrió hacia la puerta, moviendo la cola, ansioso por irse de ese lugar que olía a tristeza.

La Formalidad del Corazón

Seis meses después. Juzgado de lo Familiar de la Ciudad de México. Llevaba puesto mi mejor traje. Doña Lucha traía un vestido floreado y un sombrero que tapaba la vista de los de atrás. Naomi llevaba un vestido blanco y una diadema. Incluso Jack estaba ahí (con un permiso especial del juez, que resultó ser amante de los perros), portando un moño de gala en el cuello.

El juez golpeó el mazo. —Habiendo revisado las pruebas, los antecedentes y la voluntad de la menor, y no habiendo más familiares aptos, este juzgado dicta sentencia favorable. Se concede la adopción plena de la menor Naomi Evans a favor del Señor David…

El juez sonrió y firmó el acta. —Felicidades, papá.

Naomi saltó a mis brazos. —¡Papá! —gritó. Esa palabra sonó mejor que cualquier “Señor”, “CEO” o “Licenciado” que me hubieran dicho en mi vida. —Hija —susurré, besando su cabeza.

Salimos del juzgado como una verdadera familia. Al salir, mi celular vibró. Era un mensaje de un número desconocido. Lo abrí. Era una foto de Natasha. Se veía diferente. Estaba trabajando en un mostrador de maquillaje en un centro comercial, sin peluca cara, sin ropa de diseñador, con cara de cansancio. El texto decía: “La vi hoy. Parece que la vida le cobró la factura. Saludos, Roca”. Borré el mensaje sin contestar. Natasha ya no existía en mi mundo. Ella era el pasado. Naomi era el futuro.

Epílogo: Cinco Años Después

La mansión de Lomas de Chapultepec estaba llena de ruido. Era la graduación de primaria de Naomi. El jardín estaba decorado con globos. Había música de mariachi. Doña Lucha, ahora con el pelo completamente blanco pero con la misma energía de siempre, dirigía a los meseros que servían mole y barbacoa.

—¡Más tortillas! —gritaba—. ¡Que nadie se quede con hambre!

Naomi corría por el jardín con sus amigas, riendo, con su diploma en la mano. Ya no era la niña esquelética de la obra negra. Era una adolescente fuerte, inteligente y bondadosa, con los ojos de su padre y la terquedad de su abuela postiza.

Yo estaba sentado en la terraza, viendo la escena con una copa de vino. Sentí un peso en mis pies. Bajé la mirada. Ahí estaba Jack. Ya estaba viejo. Su hocico estaba blanco por las canas. Se movía más lento, le costaba trabajo subir las escaleras y dormía la mayor parte del día. Pero sus ojos… sus ojos seguían teniendo esa misma profundidad, esa misma lealtad inquebrantable.

Me agaché y le acaricié la cabeza suavemente. —Lo hicimos bien, viejo amigo —le dije—. Lo hicimos bien.

Jack suspiró, cerró los ojos y apoyó su barbilla en mi zapato, feliz. Recordé aquel día en Santa Fe. El día que me robó el maletín. El día que pensé que había perdido algo importante, cuando en realidad, estaba a punto de encontrarlo todo.

Dicen que los perros son los mejores amigos del hombre. Pero Jack no fue mi amigo. Jack fue mi salvador. Fue el ángel de cuatro patas que me enseñó que el dinero puede comprar una casa, pero solo el amor puede evitar que se derrumbe.

Naomi vino corriendo y se sentó a mi lado. —Papá, ¿en qué piensas? —En que soy el hombre más afortunado del mundo. —¿Más que Elon Musk? —bromeó ella. —Mucho más. Él tiene cohetes. Yo tengo a Jack, a la abuela y a ti.

Naomi recargó su cabeza en mi hombro. —Gracias por perseguir al perro ese día, papá. —Gracias a ti por dejarte encontrar, hija.

El sol se puso sobre la Ciudad de México, tiñendo el cielo de naranja y violeta. Y en esa casa, donde alguna vez reinó el silencio y el frío del “Empresario de Hielo”, ahora solo había calor. Porque al final del día, la vida no se mide en los millones que tienes en el banco, sino en las almas que rescatas… y en las que te rescatan a ti.

FIN

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