
CAPÍTULO 1: LA ENCRUCIJADA EN EL ASFALTO
El sol de la Ciudad de México no acaricia; golpea. Era un mediodía brutal de martes, de esos en los que el smog parece atrapar el calor contra el pavimento, convirtiendo las avenidas en ríos de brea hirviendo. El aire olía a esa mezcla inconfundible de la capital: escape de diésel quemado, tacos de canasta sudando en las esquinas y polvo seco.
Yo, Mateo Valdez, pedaleaba como si el diablo me pisara los talones.
Mi bicicleta, una “Benotto” de montaña que había visto mejores décadas, rechinaba en cada vuelta de cadena. El óxido en el manubrio me manchaba las manos, pero no podía importarme menos. Mis piernas ardían, los pulmones me pedían tregua, pero mi mente solo tenía un objetivo fijo, grabado a fuego: Corporativo Cárdenas, 2:00 PM.
Faltaban veinticinco minutos.
—Por favor, por favor, no más semáforos en rojo —murmuré entre jadeos, esquivando el espejo retrovisor de un taxi rosa con blanco que se me cerró sin piedad.
Esta no era una entrevista cualquiera. No era para un puesto de medio tiempo en una tienda de conveniencia ni para cargar cajas en la Central de Abastos, trabajos que había hecho hasta que mis manos se llenaron de callos. Esta era “La Oportunidad”. Un puesto administrativo junior. Salario fijo. Prestaciones de ley. Seguro social.
Seguro social. Esas dos palabras retumbaban en mi cabeza más fuerte que el claxon de los microbuses. Significaban que mi madre, Doña Carmen, podría recibir su tratamiento de diálisis sin que tuviéramos que vender lo poco que nos quedaba o pedir prestado a los agiotistas del barrio, esos que cobran con sangre si te atrasas un día. Mi camisa blanca, la única que no tenía el cuello desgastado, se me pegaba a la espalda empapada en sudor. La había planchado con un cuidado religioso esa mañana, protegiéndola del polvo de mi cuarto. Ahora, sentía cómo la humedad amenazaba con arruinar mi presentación.
Iba sobre Periférico, en una lateral peligrosa donde los autos vuelan. Miré mi reloj de muñeca, un Casio viejo con la correa rota pegada con cinta de aislar. 1:40 PM. Iba a llegar. Justo, sudado, pero iba a llegar.
Y entonces, el destino decidió probarme.
A unos doscientos metros adelante, el flujo de autos se abría bruscamente, como agua rompiendo contra una roca. Había un auto detenido en el acotamiento, peligrosamente cerca del carril de baja velocidad.
No era cualquier auto. Era un sedán alemán negro, impoluto, blindado, de esos que cuestan lo que yo no ganaría en diez vidas. brillaba bajo el sol como una joya fuera de lugar en medio del caos de la ciudad. Y junto a él, una figura solitaria.
Una mujer.
Al acercarme, la imagen se hizo nítida. Llevaba un traje sastre color crema que gritaba elegancia y poder, pero su postura era de total derrota. Estaba parada sobre el asfalto sucio, con los brazos cruzados abrazándose a sí misma, mirando con horror la llanta trasera derecha. Estaba destrozada, hecha jirones.
Los autos pasaban zumbando a ochenta kilómetros por hora, levantando ráfagas de viento que desordenaban su cabello perfectamente peinado. Nadie se detenía. En esta ciudad, detenerse es un riesgo. Podía ser una trampa, un asalto, o simplemente “no es mi problema”. La indiferencia es el escudo de los chilangos.
Sigue, Mateo. No te detengas.
Mi cerebro me gritaba las órdenes con claridad militar. Si te paras, pierdes el tiempo. Si pierdes el tiempo, pierdes la entrevista. Si pierdes la entrevista, tu mamá no tiene medicinas.
Apreté los dientes y fijé la vista al frente, endureciendo mi corazón. Pasé junto a ella. Vi de reojo su perfil: piel pálida, unas gafas oscuras enormes que ocultaban sus ojos, y unas manos que temblaban visiblemente mientras sostenía un teléfono celular pegado a la oreja, probablemente intentando llamar a alguien que no contestaba.
La dejé atrás. Diez metros. Veinte metros.
Pero el sonido del tráfico no pudo ahogar el grito de mi conciencia. Recordé a mi madre. ¿Qué pasaría si fuera ella la que estuviera ahí tirada bajo el sol? ¿Si fuera ella la que estuviera asustada, vulnerable, invisible para el mundo?
Maldije en voz alta, un grito de frustración que se perdió en el ruido de la ciudad.
—¡Mierda!
Frené con fuerza. La llanta trasera de mi bici derrapó sobre la grava suelta del acotamiento, levantando una nube de polvo. Me detuve, jadeando, con el pecho subiendo y bajando violentamente. Miré el reloj. 1:43 PM.
Era una locura. Era un suicidio profesional.
Di la vuelta.
Cuando regresé hasta donde estaba ella, la mujer dio un salto, asustada. Se quitó las gafas oscuras y me reveló unos ojos verdes, penetrantes, pero nublados por el pánico. Me escaneó en un segundo: mis tenis viejos, mi pantalón de vestir barato, mi bicicleta despintada. Vi cómo su mano apretaba su bolso de marca, sus nudillos blancos. Me veía como una amenaza.
—Tranquila —dije, levantando las manos, tratando de sonar inofensivo a pesar de que me faltaba el aire—. No quiero molestar. ¿Necesita ayuda?
Ella parpadeó, confundida. Parecía que nadie le había hablado con amabilidad en horas. Bajó el teléfono lentamente.
—Se… se reventó la llanta —su voz era firme, educada, pero tenía un temblor subyacente—. Y mi servicio de asistencia no contesta. No sé qué hacer.
Miré la llanta. Estaba totalmente baja, el rin casi tocando el suelo.
—¿Tiene refacción? —pregunté, dejando la bici en el suelo con cuidado.
—Creo que sí… en la cajuela. Pero no tengo idea de cómo… —se calló, mirando sus manos manicuradas, luego el gato hidráulico que asomaba en la cajuela abierta, una herramienta que claramente nunca había tocado en su vida.
Suspiré. Miré mi reloj otra vez. Cada segundo era una gota de sangre escapándose.
—Yo se la cambio —dije. No esperé respuesta.
Me quité el saco —mi único saco— y lo coloqué con cuidado sobre el asiento de mi bici para que no se ensuciara. Me arremangué la camisa blanca.
—Abra la cajuela, por favor.
Ella obedeció mecánicamente. Saqué el gato, la llave de cruz y la llanta de repuesto. El metal estaba ardiendo por el sol. Me hinqué en el pavimento. Sentí las piedritas clavándose en mis rodillas a través de la tela delgada del pantalón.
—Dios, esto está muy duro —gruñí, forcejeando con el primer birlo. Estaba apretado a muerte, probablemente con pistola neumática en la agencia.
Tuve que pararme sobre la llave de cruz y saltar con todo mi peso para que cediera. Crack. Giró.
Ella me observaba en silencio, paseándose nerviosa de un lado a otro. El taconeo de sus zapatos de suela roja era un metrónomo que marcaba mi desgracia.
—Tengo mucha prisa —murmuró, más para ella misma que para mí—. Es una reunión crucial. Si no llego…
Levanté la vista un segundo, con el sudor corriéndome por la frente y entrando en mis ojos, ardiendo.
—Créame, la entiendo —dije, jadeando mientras giraba la llave—. Yo también voy tardísimo.
Ella se detuvo en seco. Se quitó un mechón de cabello de la cara y me miró con curiosidad genuina por primera vez.
—¿Tú? ¿A dónde vas con tanta prisa en… —miró mi bicicleta— en eso?
Hice un esfuerzo final y saqué la llanta vieja. Pesaba una tonelada.
—A una entrevista de trabajo —respondí, sin mirarla, concentrado en alinear la llanta nueva—. La más importante de mi vida.
Hubo un silencio. Solo se escuchaban los autos pasar.
—¿Una entrevista? —su voz cambió de tono—. ¿A qué hora?
Apreté el primer birlo con los dedos.
—A las dos.
Ella miró su reloj. Su rostro palideció.
—Son la 1:55. No vas a llegar.
Me detuve un segundo. Mis manos, manchadas de grasa negra y polvo, temblaron levemente. La realidad me golpeó. No, no iba a llegar. Incluso si tuviera alas, no llegaría presentable. Estaba sucio, sudado y lejos.
Sentí un nudo en la garganta, una mezcla de ganas de llorar y de gritar. Pero me tragué todo eso.
—Lo sé —dije suavemente.
Volví a girar la llave de cruz con rabia, apretando los birlos como si quisiera estrangular mi mala suerte.
—Pero no la podía dejar aquí sola. Es peligroso. A mí… a mí me gustaría que alguien ayudara a mi mamá si le pasara esto.
Terminé. Bajé el auto. Guardé la llanta rota en la cajuela y cerré la tapa con un golpe seco.
Me limpié las manos en mis pantalones, arruinándolos definitivamente con manchas de grasa. Ya no importaba.
—Listo —dije, respirando agitadamente—. Ya puede irse.
Ella se quedó ahí, paralizada. Me miraba como si fuera un enigma, un acertijo que no podía resolver. En su mundo, la gente no sacrificaba nada por nadie sin esperar algo a cambio.
—Perdiste tu entrevista… por ayudarme —dijo, en voz baja.
—Váyase —le dije, forzando una sonrisa triste—. Llegará a su reunión si se apura.
Ella reaccionó. Abrió su bolso de piel, buscó frenéticamente y sacó una tarjeta blanca rectangular. Se acercó a mí, ignorando mi aspecto sucio, y me la puso en la mano con una urgencia imperiosa.
—Tómala.
—Oiga, no quiero dinero, en serio…
—¡No es dinero! —me cortó con autoridad—. Es mi número personal. Llámame. No importa la hora, no importa el día. Llámame.
La miré a los ojos. Había una intensidad feroz en ellos.
—Prométemelo —insistió.
—Está bien… se lo prometo.
Ella asintió, dio media vuelta y subió a su auto. El motor rugió y el sedán negro se incorporó al tráfico con una potencia agresiva, desapareciendo en segundos entre la marea de lámina.
Me quedé solo en el acotamiento.
Miré la tarjeta en mi mano sucia. Era minimalista, elegante. Pero no la leí. La guardé en el bolsillo de mi camisa, sentí el peso de mi fracaso caer sobre mis hombros.
Levanté mi bicicleta. El sol seguía quemando. La ciudad seguía rugiendo. Pero para mí, todo se había silenciado.
—Perdóname, mamá —susurré al viento caliente.
Y comencé el largo camino de regreso a casa, con las manos vacías y el corazón roto.
CAPÍTULO 2: LA LLAMADA QUE CRUZÓ EL ABISMO
El regreso a casa fue un calvario lento y doloroso. Cada pedaleada hacia el oriente de la ciudad se sentía más pesada que la anterior. Dejé atrás los edificios de cristal de Reforma, las zonas arboladas, y poco a poco el paisaje cambió. El asfalto se volvió irregular, lleno de baches; las fachadas de vidrio se convirtieron en muros de concreto gris con varillas expuestas; los árboles desaparecieron para dar paso a postes de luz con marañas de cables negros.
Llegué a Iztapalapa cuando el sol empezaba a bajar, tiñendo el cielo de un naranja sucio y contaminado.
Al entrar a nuestro pequeño departamento, el olor a medicamentos y humedad me recibió como un viejo amigo indeseado. Era un lugar limpio, mi madre se aseguraba de eso a pesar de su debilidad, pero la pobreza tiene un olor particular que ningún limpiador puede ocultar: huele a encierro y a preocupación.
—¿Mateo? ¿Eres tú, hijo?
La voz de mi madre vino desde la pequeña recámara. Sonaba frágil, como papel de arroz a punto de romperse.
Me detuve en la entrada, apoyando la frente contra la puerta cerrada un segundo para componer mi rostro. No podía dejar que ella viera mi desesperación. Me froté las mejillas, intenté sonreír.
—Sí, ma. Ya llegué.
Entré al cuarto. Ella estaba sentada en la orilla de la cama, doblando ropa ajena. Lavaba y planchaba para los vecinos para ayudar con los gastos, aunque el doctor le había prohibido hacer esfuerzos.
Sus ojos cansados se iluminaron al verme, pero esa luz se apagó al instante cuando vio mi estado: la camisa empapada, las manchas de grasa negra en el pantalón, el polvo en mi cara.
—¡Virgen santa! —exclamó, intentando levantarse—. ¿Qué te pasó? ¿Te asaltaron? ¿Te caíste?
—No, no, tranquila —me apresuré a sentarla de nuevo, tomando sus manos frías entre las mías—. Estoy bien. Solo… se me ponchó la bici y tuve que arreglarla. Me ensucié un poco, eso es todo.
Ella me escaneó el rostro, buscando la verdad como solo las madres saben hacerlo.
—¿Y la entrevista? —preguntó en un susurro, con miedo a la respuesta—. ¿Cómo te fue en el Corporativo Cárdenas?
Sentí un puñal en el pecho. No podía decirle la verdad. No podía decirle que su hijo idiota había jugado a ser el buen samaritano y había tirado su salud a la basura por una extraña.
—Bien… —mentí, y la palabra me supo a ceniza—. Creo que bien. Dijeron que… que me llamarían. Hay muchos candidatos, ma. No te hagas ilusiones.
Ella asintió, tratando de ocultar su decepción, pero vi cómo sus hombros caían ligeramente.
—Bueno, mijo. Sea lo que Dios quiera. Ya verás que sí. Eres un buen muchacho.
Esa noche no dormí. Me quedé mirando las manchas de humedad en el techo, escuchando la respiración irregular de mi madre en el cuarto de al lado. La culpa me carcomía.
A la mañana siguiente, la realidad llegó en forma de notificación a mi celular barato.
Un correo electrónico.
De: Recursos Humanos – Grupo Cárdenas
Asunto: Resultado de su proceso de selección
El corazón me latía en la garganta. Lo abrí con dedos temblorosos.
“Estimado Sr. Valdez:
Lamentamos informarle que, debido a su inasistencia a la entrevista programada el día de ayer, su candidatura ha sido descartada automáticamente. Hemos decidido avanzar con otros candidatos…”
Ahí estaba. Negro sobre blanco. “Descartada”. “Automáticamente”.
No hubo pregunta de por qué falté. No hubo segunda oportunidad. En el mundo corporativo, si no estás, no existes.
Tiré el teléfono sobre la cama y me cubrí la cara con las manos. Quería gritar. Quería golpear la pared hasta romperme los nudillos.
Fue entonces cuando vi la camisa sucia del día anterior, tirada en una silla. Algo blanco asomaba del bolsillo.
La tarjeta.
Me levanté y la tomé con rabia. Iba a romperla. Iba a hacerla pedazos como un símbolo estúpido de mi error.
Pero entonces, mis ojos enfocaron el texto dorado en relieve.
ELENA CÁRDENAS
CEO & PRESIDENTA
GRUPO CÁRDENAS
El mundo se detuvo.
El aire salió de mis pulmones en un silbido agudo. Leí otra vez. Y otra.
Grupo Cárdenas.
La mujer de la carretera. La mujer de la llanta ponchada. La mujer a la que salvé sacrificando mi entrevista en el Grupo Cárdenas… era LA DUEÑA del Grupo Cárdenas.
Me senté de golpe en la cama, mareado. Era una broma cósmica. Una ironía tan cruel que parecía sacada de una telenovela barata.
Ella era la jefa de los jefes. La persona que firmaba los cheques. Y yo… yo la había mandado a volar para que no llegara tarde, mientras yo perdía la oportunidad de entrar a su empresa.
Recordé sus palabras, su intensidad: “Llámame. Prométemelo.”
¿Sabía ella quién era yo? No, imposible. Yo nunca le dije mi nombre completo, solo dije que iba a una entrevista.
Mis manos empezaron a sudar. ¿Debía llamar?
“¿Para qué, Mateo?”, pensó mi parte cínica. “¿Para pedir limosna? ¿Para decirle: ‘Oiga, soy el tonto de ayer, deme trabajo’?”
Pero luego miré hacia la puerta de mi madre. Recordé las facturas de la diálisis apiladas en la mesa de la cocina.
El orgullo no paga cuentas. El orgullo no salva vidas.
Marqué el número. Cada tono de espera se sentía como un martillazo en mi sien. Uno. Dos. Tres.
—¿Diga?
La voz era seca, profesional, cortante.
Tragué saliva.
—¿Sra… Sra. Cárdenas?
—¿Quién habla? Estoy en medio de una revisión, sea breve.
—Soy… soy el chico de la bicicleta. El de ayer. En la carretera.
Hubo un silencio absoluto al otro lado de la línea. Se escuchó el sonido de una silla arrastrándose, como si alguien se hubiera levantado de golpe.
—¿El chico de la bicicleta? —su voz cambió por completo. Ya no era cortante; era… ¿aliviada? ¿ansiosa?—. ¡Llamaste! Pensé que habías tirado mi tarjeta.
—No… aquí la tengo.
—Dime, ¿cómo te fue? ¿Llegaste a tu entrevista?
Solté una risa amarga, involuntaria.
—No. No llegué. Me acaban de mandar el correo de rechazo hace cinco minutos.
Silencio. Un silencio pesado, denso.
—¿Rechazo? —preguntó ella, con un tono peligrosamente bajo—. ¿De qué empresa?
—Del… del Grupo Cárdenas. Iba a una entrevista para Auxiliar Administrativo en su empresa, señora.
Escuché una exhalación brusca al otro lado.
—Dios mío… —susurró ella. Luego, su voz recuperó esa fuerza de acero—. Escúchame bien. Deja lo que estés haciendo. Ven a mi oficina ahora mismo.
—Pero señora, ya me rechazaron, no creo que me dejen entrar…
—¡He dicho que vengas! —ordenó—. Edificio Corporativo en Reforma. Piso 40. Di mi nombre en recepción. Te espero.
Colgó.
Me vestí con las manos temblando. Me puse la misma camisa, lavada a mano y secada con secadora de pelo a toda prisa, y mis mejores zapatos, que aunque viejos, estaban bien boleados.
El viaje en metro fue una nebulosa. Sentía las miradas de la gente, pero mi mente estaba en el piso 40.
Al llegar al edificio, la magnitud del lugar me aplastó. Era una torre de cristal azul que tocaba el cielo. Hombres de seguridad con trajes tácticos, puertas giratorias automáticas, aire acondicionado con aroma a lavanda.
Me acerqué a la recepción. La recepcionista, una mujer rubia impecable, ni siquiera levantó la vista de su pantalla.
—Entregas por la puerta de servicio, atrás —dijo con desdén.
Apreté los puños sobre el mármol del mostrador.
—No soy mensajero. Vengo a ver a la señora Elena Cárdenas.
Ella soltó una risita burlona y me miró por encima de sus lentes.
—¿Ah, sí? ¿Y el Papa también viene contigo? Mira, niño, la Sra. Cárdenas no recibe a nadie sin cita, y mucho menos a… —me barrió con la mirada— gente sin cita.
—Ella me dijo que viniera —insistí, sintiendo cómo se me calentaban las orejas por la vergüenza—. Soy Mateo Valdez.
La mujer suspiró, harta, y tomó el teléfono para llamar a seguridad y que me sacaran.
—Seguridad, tengo un intruso en… —se detuvo. Miró la pantalla de su computadora donde había parpadeado un mensaje urgente.
Sus ojos se abrieron como platos. Se puso pálida. Colgó el teléfono lentamente.
—¿Di-dijo Mateo Valdez? —tartamudeó.
—Sí.
Se levantó de su silla, algo inaudito.
—Disculpe, Sr. Valdez. No… no sabíamos. La Presidencia ha dejado órdenes estrictas. Pase, por favor. Los elevadores privados están al fondo. La tarjeta de acceso ya está habilitada para usted.
Caminé hacia los elevadores sintiendo las miradas de todos en el lobby clavadas en mi nuca. Entré al elevador dorado, y al presionar el botón “40”, sentí que mi estómago se quedaba en la planta baja mientras subía a una velocidad vertiginosa.
Las puertas se abrieron directamente a una oficina que era más grande que todo mi edificio de departamentos. Ventanales de piso a techo mostraban la ciudad entera a nuestros pies, como si fuéramos dioses observando a las hormigas.
Muebles de diseño, arte moderno en las paredes, y un silencio sepulcral.
Elena estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a mí.
—Pase, Mateo —dijo sin voltear.
Entré despacio, con miedo de pisar las alfombras persas.
—Buenos días, señora.
Ella se giró. Llevaba otro traje impecable, gris perla. Me miró con una intensidad que me hizo querer esconderme.
—Te pedí que vinieras —dijo, caminando hacia su enorme escritorio de caoba— porque hay un error que necesito corregir.
—¿Error? —pregunté—. No hubo error, señora. Llegué tarde. Es normal que me rechazaran. Son las reglas.
Ella golpeó la mesa con la palma de la mano, un sonido seco que resonó en la sala.
—¡Las reglas me importan un comino! —exclamó, perdiendo la compostura por un segundo—. Ayer, tú tomaste una decisión. Tuviste una elección: tu beneficio personal o ayudar a una desconocida. Elegiste ayudarme.
Se acercó a mí, rodeando el escritorio. Podía oler su perfume, algo caro y sutil.
—Esa reunión a la que iba… era para salvar esta empresa de una fusión hostil. Si no hubiera llegado, cientos de personas habrían perdido su empleo. Incluida yo. Tú no solo cambiaste una llanta, Mateo. Salvaste mi legado.
Me quedé mudo.
—Yo no sabía…
—Lo sé. Eso es lo que lo hace valioso. Lo hiciste sin saber.
Ella tomó una carpeta de piel negra de su escritorio y me la extendió.
—Así que he tomado una decisión ejecutiva.
Abrí la carpeta. Era un contrato laboral.
Mis ojos recorrieron las líneas rápidamente. El puesto no era “Auxiliar Administrativo”. Decía: “Asistente Ejecutivo de Presidencia”.
Y la cifra del salario… tuve que contar los ceros dos veces para asegurarme de que no estaba alucinando. Era más dinero en un mes de lo que mi padre había ganado en dos años.
—Fírmalo —dijo ella, extendiéndome una pluma Montblanc.
Mi mano tembló. Miré el papel, luego a ella. Todo mi instinto de supervivencia, forjado en las calles duras del barrio, se activó.
—No —dije, cerrando la carpeta.
Elena parpadeó, atónita.
—¿Disculpa?
—No quiero su lástima —dije, con la voz quebrada pero firme—. Si me da esto porque le doy pena, porque vio mis zapatos viejos o mi bici oxidada, no lo quiero. Prefiero morirme de hambre con dignidad que ser su mascota de caridad.
Por un momento, pensé que me iba a echar a patadas. Sus ojos verdes se entrecerraron. La tensión en el aire era eléctrica.
Pero entonces, una sonrisa lenta, casi imperceptible, curvó sus labios.
—Dignidad —repitió, como si probara el sabor de la palabra—. Hace mucho que no escuchaba esa palabra en esta oficina. Aquí todos son tiburones o parásitos.
Se cruzó de brazos y se recargó en su escritorio, mirándome ya no como a un chico pobre, sino como a un igual.
—Esto no es caridad, Mateo Valdez. Es una inversión. Necesito a alguien en quien pueda confiar. Alguien que no me apuñale por la espalda por un bono extra. Ayer me demostraste lealtad a una desconocida. Quiero esa lealtad para mi empresa.
Señaló el contrato con la barbilla.
—No te estoy regalando nada. Te estoy dando la oportunidad de demostrarme que vales lo que creo que vales. Si no das el ancho, te despediré yo misma. ¿Trato hecho?
Miré sus ojos desafiantes. No había piedad en ellos, había reto.
Pensé en mi madre. Pensé en las medicinas. Pensé en mi futuro.
Tomé la pluma. El peso del metal frío en mis dedos se sentía como el peso del destino.
—Trato hecho —dije.
Firmé mi nombre con fuerza sobre la línea punteada.
Al levantar la vista, vi algo en la mirada de Elena Cárdenas. No era solo gratitud. Era curiosidad. Y tal vez, solo tal vez, el inicio de algo que ninguno de los dos podía prever.
—Bienvenido al nido de víboras, Mateo —dijo ella suavemente—. Espero que estés listo para pelear.
CAPÍTULO 3: UN PEZ DORADO EN UN TANQUE DE TIBURONES
Mi primer día en Corporativo Cárdenas no comenzó con un café gourmet ni con una bienvenida calurosa. Comenzó a las 5:30 de la mañana en el paradero de microbuses de Iztapalapa, peleando por un asiento contra una marea de gente que, al igual que yo, dejaba la vida en el transporte público para ir a construir los sueños de alguien más.
Llevaba el mismo traje de la entrevista, pero mi madre había hecho un milagro con él. Lo había lavado, almidonado y planchado hasta que las solapas parecían navajas. Sin embargo, no podía quitarle lo viejo. Me sentía como un impostor envuelto en tela barata. Mientras el metro avanzaba por la línea rosa, apretado entre cuerpos sudorosos y vendedores ambulantes gritando “¡Llévele, llévele!”, yo repasaba mentalmente mi nueva realidad: Asistente Ejecutivo de Presidencia.
El título sonaba grandioso. La realidad, descubrí al llegar, era mucho más hostil.
Al cruzar las puertas giratorias del edificio en Reforma, el cambio de atmósfera fue violento. El aire acondicionado estaba tan frío que me caló los huesos. El olor a pino y mármol pulido reemplazó al smog. Pero lo peor fueron las miradas.
—Buenos días —saludé a la recepcionista rubia que el día anterior me había querido echar.
Ella levantó la vista, me reconoció y su sonrisa se tensó, volviéndose una mueca forzada.
—Buenos días, Sr. Valdez. Su acceso ya está listo.
No me dijo “Mateo”. Me dijo “Sr. Valdez” con un tono que destilaba veneno. En México, el clasismo es un idioma silencioso que todos hablamos, y ella me estaba gritando: “No perteneces aquí”.
Subí al piso 40. Las puertas del elevador se abrieron y me encontré con un vestíbulo elegante, donde una mujer estaba esperándome. No era Elena. Era una mujer joven, de unos treinta años, con un corte de cabello bob impecable, gafas de armazón grueso y una tablet pegada al pecho como si fuera un escudo.
—Mateo Valdez —dijo. No fue una pregunta.
—Sí, mucho gu…
—Soy Valeria, la Coordinadora Administrativa de la Sra. Cárdenas. Sígueme.
No me dio la mano. Dio media vuelta y comenzó a caminar rápido, sus tacones repiqueteando en el piso como disparos de ametralladora.
—La Sra. Cárdenas es una mujer ocupada. No le gusta que le quiten el tiempo. No le gusta el desorden. Y sobre todo, no le gustan las excusas. Aquí funcionamos con precisión suiza, ¿entiendes?
—Entiendo.
Valeria me guio a través de un laberinto de oficinas de cristal. Podía sentir los ojos de los demás empleados clavados en mí. Hombres con trajes de diseñador y relojes que costaban más que la casa de mi madre. Mujeres con bolsos de marca que cuchicheaban al verme pasar.
—¿Quién es ese? —escuché un susurro.
—Dicen que es el nuevo protegido de la jefa.
—¿Él? Pero si parece que viene de limpiar los baños.
Apreté la mandíbula y seguí caminando, fijando la vista en la espalda de Valeria. “Aguanta, Mateo. Hazlo por tu mamá”, me repetí como un mantra.
Valeria se detuvo frente a una puerta de madera maciza, justo al lado de la oficina principal de Elena.
—Esta es tu oficina.
Me detuve en seco. Esperaba un cubículo. Esperaba una silla en un rincón.
—¿Mi… oficina?
—Órdenes de la Jefa —dijo Valeria con un tono agrio—. Tienes vista a Reforma, computadora de última generación y acceso directo al despacho de Presidencia. Ni siquiera el Director Financiero tiene acceso directo.
Abrió la puerta. El espacio era más grande que la sala de mi departamento. Tenía un escritorio de vidrio templado, una silla ergonómica de piel y una cafetera Nespresso personal.
—Suérte, Valdez —dijo Valeria, y en su voz escuché la advertencia—. La vas a necesitar. Aquí nadie sobrevive mucho tiempo en este puesto. Y menos alguien… con tu perfil.
Me dejó solo.
Me senté en la silla de piel, que se sentía obscenamente cómoda. Toqué el escritorio. Todo era frío, moderno, perfecto. Y yo me sentía terriblemente solo.
No pasó mucho tiempo antes de que conociera al verdadero enemigo.
A mediodía, decidí ir a la pequeña cocineta del piso para servirme agua. Al entrar, las risas se detuvieron de golpe. Había tres hombres allí, todos impecables, todos blancos, todos con ese aire de “Juniors” que han estudiado en el extranjero.
El del centro, un hombre alto con el cabello engominado hacia atrás y una sonrisa de tiburón, me miró de arriba abajo mientras removía su café con una cuchara de plata.
—Así que tú eres el famoso Mateo —dijo, arrastrando las palabras con ese acento “fresa” y cantadito de las zonas altas de la ciudad—. El “milagro” de la carretera.
Sentí cómo se me erizaba la piel.
—Soy Mateo Valdez, sí.
El hombre soltó una risita y extendió una mano, pero no para saludarme, sino para palmearme el hombro con condescendencia, como se palmea a un perro.
—Soy Roberto Montiel. Director de Finanzas. Y déjame darte un consejo de cuates, Mateo.
Se inclinó hacia mí, invadiendo mi espacio personal. Olía a loción cara y a tabaco.
—Este lugar no es una beneficencia. Elena tiene un corazón blando a veces, le gusta recoger… proyectos. Pero cuando se aburra de jugar a la salvadora, te va a desechar. No te encariñes con la silla.
Le quité la mano de mi hombro con un movimiento suave pero firme.
—Vengo a trabajar, Licenciado. No a hacer amigos.
Los ojos de Roberto brillaron con malicia.
—Uy, qué carácter. Ya veremos cuánto duras, “Chico Maravilla”.
Salí de la cocina con el corazón latiendo a mil. La guerra había sido declarada. No era paranoia; era real. “Radio Pasillo” ya había decidido quién era yo: el intruso, el naco, el capricho de la jefa.
Esa tarde, Elena me llamó a su oficina.
Entré y la encontré revisando documentos, con el ceño fruncido. Se veía cansada, pero su postura era, como siempre, regia.
—Siéntate, Mateo.
Lo hice. Ella ni siquiera levantó la vista.
—¿Cómo va tu primer día?
—Interesante —dije, tratando de ser diplomático.
—”Interesante” es una palabra diplomática para decir que te están comiendo vivo, ¿verdad? —Ella finalmente me miró, quitándose las gafas de lectura—. Sé lo que dicen. Sé cómo te miran Montiel y los demás.
—No me importa lo que digan.
—Debería importarte. En este mundo, la percepción es realidad. Si te ven débil, te destruirán. Y si te destruyen a ti, dudarán de mi juicio por haberte contratado.
Empujó una pila masiva de carpetas hacia mí. Eran tan pesadas que el escritorio vibró.
—Quiero que entiendas algo, Mateo. No te contraté para que me traigas café. Te contraté porque tienes hambre. Y necesito esa hambre ahora.
Señaló las carpetas.
—El viernes tenemos la junta trimestral con el Consejo de Administración. Los inversionistas están nerviosos por los rumores de la fusión. Necesitan ver números sólidos. Necesitan un análisis de reducción de costos operativos que sea realista, no las fantasías infladas que me entrega Finanzas.
Me quedé helado.
—¿Quiere… quiere que yo haga el análisis financiero?
—Exacto.
—Pero señora… yo no soy contador. Apenas terminé la prepa técnica. No sé usar esos programas avanzados…
—Sabes sumar y restar, ¿no? —me interrumpió—. Sabes lo que cuesta la vida real. Montiel y su equipo piensan que reducir costos es quitar el café de la sala de juntas o despedir a las señoras de la limpieza. Yo quiero que encuentres dónde se está tirando el dinero de verdad. Dónde nos están robando.
Se inclinó hacia adelante, sus ojos verdes clavándose en los míos.
—Tienes tres días. Si fallas en esto, Roberto Montiel tendrá razón y tú volverás a tu bicicleta. Si lo logras… te ganarás tu lugar en la mesa. ¿Entendido?
Tragué saliva. Era una misión suicida.
—Entendido, jefa.
—Bien. Ahora lárgate y ponte a trabajar.
Salí de su oficina cargando las carpetas como si fueran lápidas. Al pasar frente al despacho de Roberto Montiel, lo vi a través del cristal. Me sonrió y levantó su taza de café en un brindis burlón.
No sabía en qué me había metido, pero una cosa era segura: no iba a dejar que ese tipo me viera caer.
CAPÍTULO 4: SANGRE EN LA SALA DE JUNTAS
Los siguientes tres días fueron una borrachera de cafeína, estrés y números. Mi oficina se convirtió en mi búnker. No salía ni para comer; sobrevivía a base de galletas y café de la máquina.
Las carpetas que Elena me dio eran un caos deliberado. Facturas, reportes de gastos, órdenes de compra. Todo estaba en un lenguaje corporativo diseñado para confundir. EBITDA, ROI, CAPEX. Al principio, me sentí estúpido. Miraba las hojas de Excel y las letras bailaban.
—Vamos, Mateo, piensa —me decía a mí mismo a las 2 de la mañana, con los ojos ardiendo—. Es como el presupuesto de la casa, pero con más ceros. Entradas, salidas y fugas. Encuentra las fugas.
Decidí ignorar la jerga técnica. Empecé a rastrear el dinero como lo haría en el mercado. ¿Cuánto pagamos por esto? ¿Quién es el proveedor? ¿Por qué compramos 500 unidades si solo usamos 100?
Y entonces, empecé a ver patrones.
Había facturas de mantenimiento de maquinaria que no existía. Había compras de insumos de oficina a precios tres veces más altos que en el mercado. Había una empresa, “Servicios Logísticos RM”, que facturaba millones mensuales por “consultoría externa” sin especificar qué hacían.
RM. Las iniciales me golpearon.
Roberto Montiel.
El corazón me dio un vuelco. No solo era ineficiencia; era robo. Un robo hormiga pero a escala industrial.
Estaba armando el rompecabezas cuando, el jueves por la noche, mi computadora parpadeó. La pantalla se puso negra.
—¿Qué? ¡No, no, no!
Golpeé el teclado. Nada. Se reinició. Cuando volvió a encender, mi archivo de presentación… estaba vacío.
El archivo “Análisis_Final_V3” pesaba 0 bytes.
Sentí un sudor frío recorrer mi espalda. Alguien había entrado remotamente. Alguien había borrado todo.
Miré hacia la puerta de cristal. La oficina estaba oscura, pero vi una sombra moverse al final del pasillo.
Me habían saboteado.
Mañana era la junta a las 8:00 AM. No tenía nada. Tres días de trabajo borrados en un segundo.
Me desplomé en la silla, con ganas de llorar. Había perdido. Roberto había ganado.
Pero entonces, la rabia sustituyó al miedo. Recordé a mi madre conectada a la máquina de diálisis. Recordé la sonrisa burlona de Montiel.
—¿Quieres guerra? —murmuré, apretando los puños—. Vas a tener guerra.
No podía recuperar el archivo digital. Pero tenía las carpetas físicas. Tenía mi libreta de notas, esa libreta vieja y arrugada donde había apuntado todo a mano, a la antigua.
Pasé toda la noche escribiendo, no en la computadora, sino en hojas de rotafolio que encontré en la bodega. Si me iban a quitar la tecnología, usaría lo único que no podían hackear: mi voz y mi papel.
Viernes, 7:55 AM.
La sala de juntas del piso 42 olía a miedo y a colonia cara. La mesa de caoba era inmensa. Alrededor de ella estaban sentados los doce hombres y mujeres más poderosos de la empresa. El Consejo. Gente vieja, seria, que miraba sus relojes con impaciencia.
Elena estaba en la cabecera, impecable pero tensa. Cuando me vio entrar, sus ojos buscaron la memoria USB en mi mano. No llevaba ninguna.
Roberto Montiel estaba a su derecha. Al verme con las manos vacías y las ojeras marcadas, sonrió abiertamente.
—Bueno —dijo Roberto, rompiendo el silencio—, parece que el protegido de Elena no trajo la tarea. ¿Se la comió el perro, Valdez?
Algunos consejeros soltaron risitas nerviosas. Elena se tensó, sus nudillos blancos sobre la mesa.
—Mateo —dijo ella, con voz gélida—, ¿dónde está la presentación?
Caminé hacia el frente de la sala. No me temblaban las piernas. Estaba más allá del nerviosismo; estaba en modo de supervivencia pura.
—No hay PowerPoint hoy, señores —dije, mi voz resonando extrañamente firme en la sala acústica—. Anoche, “alguien” borró mis archivos del servidor. Un error técnico muy… oportuno.
Roberto soltó una carcajada.
—¡Por favor! La excusa clásica del incompetente. Elena, esto es una pérdida de tiempo. Deberíamos…
—¡Cállese! —Mi grito retumbó en las paredes de cristal.
El silencio fue absoluto. Nadie le había gritado jamás al Director Financiero. Roberto se quedó con la boca abierta.
Saqué mis hojas de rotafolio enrolladas y las pegué bruscamente en el pizarrón blanco.
—No necesito diapositivas bonitas para mostrarles la verdad —dije, desenrollando la primera hoja. Estaba llena de números escritos con plumón rojo y negro, mi letra un poco chueca pero legible.
—Ustedes pidieron reducción de costos. El Licenciado Montiel propone despedir al 15% de la plantilla operativa en fábrica. Eso ahorraría 2 millones de pesos al mes.
Miré a los consejeros.
—Pero esos obreros son los que hacen que esta empresa gane dinero. Si los corren, la producción cae.
Arranqué la hoja y mostré la siguiente.
—En cambio, aquí tengo facturas de una empresa llamada “Servicios Logísticos RM”. —Señalé las iniciales con el dedo—. Esta empresa nos cobra 3.5 millones al mes por consultoría. No hay reportes, no hay entregables, no hay nada. Solo facturas aprobadas por… la Dirección Financiera.
La sala se congeló. Roberto Montiel se puso pálido, del color de una hoja de papel.
—Eso es mentira —balbuceó, poniéndose de pie—. ¡Es una calumnia! ¡Este niño de la calle no sabe leer un estado de cuenta!
—Sé leer que estamos pagando el triple por el papel higiénico a un proveedor que, curiosamente, es propiedad del cuñado del Licenciado Montiel —continué, implacable, sacando las facturas físicas de mi carpeta y lanzándolas sobre la mesa de caoba. Se deslizaron como cartas de póker hasta detenerse frente al Presidente del Consejo, un anciano de cejas pobladas llamado Don Fausto.
Don Fausto tomó una factura. Se ajustó los lentes. Leyó.
Luego, levantó la vista y miró a Roberto. La mirada era de muerte.
—Roberto… —dijo el anciano con voz suave pero terrorífica—. ¿Qué significa esto?
Roberto empezó a sudar a chorros.
—Es… es complejo, Don Fausto. Son estrategias fiscales, el chico no entiende…
—Entiendo que estás robando —dije yo, interrumpiéndolo—. Entiendo que mientras ustedes planean correr a la señora que limpia los pisos para “ahorrar”, tú te estás comprando un departamento en Miami con el dinero de la empresa.
Silencio. Un silencio denso, pesado, absoluto.
Elena se puso de pie lentamente. Miró a Mateo, luego a Roberto, y finalmente a Don Fausto.
—Creo que la presentación ha sido muy clara —dijo Elena.
Don Fausto asintió lentamente.
—Seguridad —dijo el anciano al interfono—. Acompañen al Sr. Montiel a la salida. Y llamen al departamento legal. Quiero una auditoría completa. Ahora.
Dos guardias entraron. Roberto Montiel, el tiburón, el intocable, fue escoltado fuera de la sala, arrastrando los pies, mirándome con un odio que prometía venganza. Pero ya no me importaba.
Cuando la puerta se cerró, me quedé de pie frente al rotafolio, temblando por la adrenalina.
Don Fausto me miró.
—¿Cómo te llamas, muchacho?
—Mateo. Mateo Valdez, señor.
—Bien hecho, Mateo. Muy bien hecho.
La junta terminó. Los consejeros salieron, dándome palmadas en la espalda, mirándome ahora con respeto, o tal vez con miedo.
Me quedé solo con Elena.
Ella se acercó a la ventana, mirando la ciudad. No dijo nada por un largo minuto. Yo estaba recogiendo mis papeles, sintiendo que las piernas me fallaban ahora que el peligro había pasado.
—¿Por qué no tomaste el dinero? —preguntó ella de repente, sin voltear.
—¿Qué?
—Ese día en la carretera. O cuando te ofrecí el trabajo. Podrías haber pedido dinero. Podrías haber robado algo ahora que tenías acceso. Montiel te hubiera dado una tajada si te hubieras aliado con él.
Me acerqué un poco.
—Mi mamá me enseñó que el dinero mal habido quema las manos, Jefa. Y que la lealtad no tiene precio. Usted me dio una oportunidad cuando nadie más lo hizo. No iba a pagarle con traición.
Elena se giró. Sus ojos brillaban. Por primera vez, vi una grieta en su armadura de hierro. Se veía… humana.
—Me recuerdas a mí —dijo suavemente—. A cuando empecé. Cuando tenía hambre y todos me decían que no podía porque era mujer, porque era joven.
Caminó hacia mí y, por primera vez, me extendió la mano. No como jefa a empleado, sino de igual a igual.
—Gracias, Mateo. Hoy no solo salvaste dinero. Me salvaste de tener una serpiente en mi cama.
Estreché su mano. Su agarre era firme, cálido.
—Estamos en el mismo equipo, Elena.
Ella sonrió, una sonrisa real esta vez.
—Sí. Creo que sí. Pero no te acostumbres a los aplausos. Mañana hay más trabajo.
—No esperaba menos.
Salí de la sala de juntas sintiéndome tres metros más alto. Había sobrevivido al tanque de tiburones. Había probado la sangre. Y, Dios me perdone, me había gustado.
Pero mientras caminaba hacia mi oficina, no sabía que Roberto Montiel no se quedaría de brazos cruzados. Había humillado a un hombre poderoso, y los hombres poderosos no perdonan. La verdadera guerra apenas comenzaba.
CAPÍTULO 5: EL BAILE DE LOS HIPÓCRITAS
La calma que siguió a la caída de Roberto Montiel fue engañosa. En el Corporativo Cárdenas, el silencio no significaba paz; significaba que todos estaban recargando municiones.
Durante dos semanas, me convertí en una especie de leyenda urbana en los pasillos, el “matagigantes” de Iztapalapa. Los analistas junior me saludaban con respeto exagerado, y las secretarias cuchicheaban cuando pasaba. Pero yo no me sentía un héroe. Me sentía observado. Cada reporte que entregaba, cada correo que enviaba, era escrutado con lupa. Esperaban que tropezara. Esperaban que el “naco” saliera a relucir para decir: “¿Vieron? Se los dije. No es uno de nosotros”.
Un martes por la tarde, mientras revisaba unos contratos de logística que seguían oliendo mal, el teléfono de mi escritorio sonó. Era la línea directa.
—A mi oficina. Ahora —dijo Elena.
Entré esperando una nueva crisis financiera. La encontré de pie frente a un espejo de cuerpo entero que había mandado instalar, sosteniendo dos vestidos de gala frente a su silueta: uno rojo sangre y uno negro con lentejuelas que parecía piel de serpiente.
—¿Rojo o negro? —preguntó sin mirarme.
Parpadeé, confundido.
—Eh… ¿para el reporte trimestral?
Ella rodó los ojos y se giró.
—Para la Gala de la Fundación Benéfica de esta noche. Es el evento social del año. Todo Polanco, Las Lomas y Santa Fe estarán ahí. Políticos, empresarios, prensa. Es un nido de víboras, y necesito ir vestida para matar.
—El negro —dije sin pensarlo mucho—. Se ve… más poderoso.
Ella asintió, descartando el rojo sobre un sofá.
—Bien. Tienes buen ojo. Ahora, hablemos de ti.
Me señaló con el dedo índice.
—Vas a venir conmigo.
Sentí que el suelo se abría.
—¿Yo? No, jefa. No, no, no. Yo sirvo para pelear con contadores corruptos o cambiar llantas, no para… fiestas de ricos. No sé usar los cubiertos esos raros, no sé de qué hablar con esa gente. Voy a hacer el ridículo.
Elena se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal con esa intensidad que siempre me dejaba sin aire.
—Esto no es una fiesta, Mateo. Es trabajo. Después de lo de Montiel, los rumores dicen que Grupo Cárdenas está débil, que hay caos interno. Necesito mostrar fuerza. Y tú eres parte de esa fuerza. Eres mi mano derecha ahora. Si te escondo, pensarán que me avergüenzo de mi equipo.
—Pero no tengo qué ponerme —intenté mi última excusa—. Mi mejor traje es el que traigo puesto, y ya brilla de lo desgastado que está.
Elena sonrió, una sonrisa traviesa que rara vez mostraba.
—¿Crees que no pensé en eso? Tienes una cita con mi sastre en Masaryk a las 4:00 PM. No llegues tarde.
Tres horas después, me miraba en el espejo del probador y no reconocía al hombre que me devolvía la mirada.
El smoking era azul noche, de una lana tan fina que parecía agua entre los dedos. La camisa blanca era de algodón egipcio, y los zapatos de charol brillaban tanto que podía rasurarme en su reflejo. El sastre, un italiano bajito llamado Donato que cobraba en euros, me había ajustado cada costura.
—Perfetto —murmuró Donato, quitando una pelusa imaginaria de mi hombro—. Parece usted un príncipe, signore.
Me aflojé el corbatín. Me sentía disfrazado. Era Mateo, el de la bici, el que comía tacos de suadero en la banqueta, envuelto en el salario de cinco años de mi padre.
Salí a la calle. El chofer de Elena ya me esperaba.
La gala se celebraba en un museo privado en la zona de Nuevo Polanco. La arquitectura era futurista, todo curvas de metal plateado. Había una alfombra roja, fotógrafos gritando nombres y una fila de autos blindados descargando a la élite de México.
Vi a actrices de telenovela, a dueños de televisoras, a políticos que salían en las noticias prometiendo cosas que nunca cumplían.
Cuando el auto de Elena llegó, el flash de las cámaras estalló como una tormenta eléctrica.
Ella bajó primero. El vestido negro era una armadura seductora. Se veía intocable, una diosa de hielo.
Luego bajé yo.
Sentí el pánico subir por mi garganta. No te tropieces. No te tropieces.
Elena me ofreció su brazo.
—Levanta la cabeza —susurró entre dientes, manteniendo una sonrisa perfecta para las cámaras—. Si actúas como si fueras el dueño del lugar, te creerán. Si huelen tu miedo, te comerán.
Caminamos por la alfombra. Los flashes me cegaban.
—¿Quién es él? —escuché gritar a un reportero de ventaneando—. ¿Nuevo novio, Elena?
—Es mi Asociado Ejecutivo —respondió ella sin detenerse, con una frialdad elegante.
Entramos al salón principal. Era un mundo de cristal, champán y risas falsas. Meseros con guantes blancos pasaban con charolas de canapés que parecían obras de arte diminutas.
Me sentía tenso, como un alambre a punto de romperse. Cada vez que alguien me miraba, sentía que veían a través del smoking, directo a mi origen humilde.
Elena me presentó a varios inversionistas. Me sorprendí a mí mismo respondiendo con coherencia, usando los datos que había memorizado las últimas semanas.
—El Sr. Valdez fue quien lideró la reestructuración de costos reciente —decía Elena con orgullo.
Los viejos millonarios asentían, impresionados.
—Buen trabajo, muchacho. Se necesitaba mano dura.
Empecé a relajarme. Tal vez sí podía hacer esto. Tal vez el disfraz funcionaba.
Tomé una copa de champán y me permití respirar.
Fue entonces cuando la atmósfera cambió.
Un hombre se abrió paso entre la multitud. Era alto, canoso, con una cara que parecía tallada en piedra y bronceada por el sol de algún yate en el Mediterráneo. Su presencia era pesada; la gente se apartaba a su paso como el Mar Rojo.
Elena se tensó a mi lado. Sentí cómo su brazo se ponía rígido como una barra de acero.
—Víctor Landa —susurró ella. El nombre sonó a maldición.
El hombre se detuvo frente a nosotros. Tenía una sonrisa que no llegaba a sus ojos, unos ojos grises y muertos.
—Elena, querida —dijo Landa, su voz era grave, de fumador—. Te ves… resiliente. Como siempre.
—Víctor —respondió ella secamente—. No sabía que te dejaban entrar a lugares decentes después de lo de Monterrey.
Landa soltó una carcajada seca.
—El dinero borra muchas manchas, Elena. Deberías saberlo. Tú tienes varias que limpiar.
Él me miró. Su mirada fue despectiva, rápida, como quien mira a un insecto.
—¿Y este quién es? ¿Tu nuevo juguete? Veo que bajaste tus estándares. Se le nota el código postal en la cara.
La sangre me subió a la cabeza. El insulto fue directo, brutal. Quise soltarle un golpe ahí mismo, olvidar el smoking y sacar al Mateo del barrio.
Pero Elena se adelantó. Dio un paso al frente, poniéndose entre él y yo, protegiéndome.
—Ten cuidado, Víctor —dijo ella, y su voz bajó una octava, volviéndose peligrosa—. Él es más hombre y más profesional de lo que tú y tu séquito de parásitos serán jamás. Y a diferencia de ti, él está aquí por mérito, no por herencia.
La sonrisa de Landa desapareció.
—Sigues siendo una gata salvaje, Elena. Pero ten cuidado. Los gatos salvajes terminan atropellados.
Se inclinó hacia ella, susurrando lo suficientemente alto para que yo escuchara:
—Cometiste un error al despedir a Montiel. Él era… un amigo mutuo. Y acabas de declarar una guerra que no puedes pagar.
—¿Es una amenaza? —preguntó Elena.
—Es un pronóstico del clima, querida. Se acerca una tormenta. Abrígate bien.
Landa me dio una última mirada de asco y se alejó, mezclándose con la multitud.
Elena se quedó temblando ligeramente. No de miedo, sino de furia contenida.
Me acerqué a ella.
—¿Quién es ese tipo?
—Víctor Landa. El dueño de Industrias Landa. Mi competencia directa… y el hombre que juró destruir a mi padre y ahora a mí.
Me miró, y vi vulnerabilidad en sus ojos por primera vez esa noche.
—Lo de Montiel… Landa estaba detrás. Montiel era su espía. Al echarlo, le cortamos la cabeza a su serpiente, pero ahora la bestia entera viene por nosotros.
Tomé su mano, un gesto atrevido, rompiendo el protocolo.
—Que venga —dije, sintiendo una lealtad feroz arder en mi pecho—. Ya le ganamos una vez. Le ganaremos otra. Usted no está sola en esto, Elena.
Ella miró nuestras manos unidas, luego a mis ojos. Apretó mi mano brevemente antes de soltarla.
—Espero que tengas razón, Mateo. Porque Víctor Landa no juega limpio. Y mañana… mañana empezará la cacería.
Salimos de la gala antes del postre. El brillo de la fiesta se había apagado. La realidad había vuelto, y traía colmillos.
CAPÍTULO 6: GUERRA SUCIA
La amenaza de Víctor Landa no tardó ni veinticuatro horas en cumplirse.
Llegué a la oficina a las 8:00 AM del día siguiente, con la cabeza todavía zumbando por el champán y la adrenalina.
El piso 40 era un manicomio.
Teléfonos sonando sin parar, gente corriendo con papeles, gritos en las salas de juntas.
Valeria, la asistente perfecta, estaba pálida, con el rímel corrido.
—¿Qué pasa? —le pregunté.
—Es el fin —dijo ella con voz temblorosa—. Nos están demandando. Y no solo eso… mira las noticias.
Me pasó su tablet.
En Twitter, Facebook y TikTok, el hashtag #FraudeCardenas era tendencia número uno en México.
Había videos virales, noticias falsas, reportajes manipulados.
“Escándalo en Grupo Cárdenas: Acusan a la CEO Elena Cárdenas de desvío de fondos y negligencia laboral.”
“Ex-empleados rompen el silencio: El ambiente tóxico de la mujer más rica de México.”
Era un ataque coordinado. Un bombardeo mediático diseñado para destruir la reputación de la empresa en horas. Las acciones de Grupo Cárdenas estaban cayendo en picada en la bolsa.
Corrí a la oficina de Elena.
Estaba llena de abogados. Trajes grises, caras largas. El equipo legal interno parecía superado.
—¡Es una difamación! —gritaba el jefe legal—. ¡Podemos contrademandar!
—¡Tardaremos meses en limpiar esto! —respondía otro—. ¡Los inversionistas están pidiendo cabezas!
Elena estaba sentada en su escritorio, con la cabeza entre las manos. Se veía pequeña.
Al verme entrar, levantó la vista. Sus ojos estaban rojos. No había dormido.
—Lárguense todos —dijo en voz baja.
—Pero señora Cárdenas, tenemos que redactar el comunicado…
—¡QUE SE LARGUEN! —gritó, golpeando el escritorio.
Los abogados salieron en estampida, cerrando la puerta tras de sí.
Me quedé solo con ella. El silencio era pesado, asfixiante.
—Lo cumplió —dijo ella, mirando la pantalla de su computadora donde las acciones seguían bajando con una línea roja mortal—. Landa no esperó. Me atacó con todo. Una demanda colectiva por fraude, fabricada con pruebas falsas que seguramente Montiel plantó antes de irse. Y una campaña de desprestigio masiva.
Se levantó y caminó hacia la ventana, mirando la ciudad gris bajo la lluvia.
—Van a congelar nuestras cuentas, Mateo. Los proveedores van a dejar de enviarnos insumos. En una semana, no tendré con qué pagar la nómina. Tres mil familias dependen de mí… y les voy a fallar.
Se le quebró la voz.
Ver a Elena Cárdenas, la mujer de hierro, a punto de romperse, fue más impactante que cualquier noticia.
Me acerqué a ella lentamente.
—No si peleamos —dije.
Ella soltó una risa amarga.
—¿Pelear? ¿Contra quién? ¿Contra un ejército de abogados y bots de internet? No tengo dinero líquido, Mateo. Landa bloqueó mis líneas de crédito con sus amigos en los bancos. Estoy acorralada.
—Usted es de Polanco, jefa —dije, tratando de sonar ligero—. Usted pelea con reglas, con abogados, con comunicados de prensa. Así es como pelea la gente rica.
Ella me miró, confundida.
—¿Y qué sugieres?
—Que Landa es un matón de barrio con traje caro. Y a los matones no se les gana con cartas notariadas. Se les gana encontrando dónde esconden su basura.
Me quité el saco y me aflojé la corbata.
—Usted dijo que Montiel plantó pruebas falsas. Eso significa que dejó huellas. Montiel es arrogante, igual que Landa. Los tipos arrogantes siempre cometen errores porque creen que nadie es lo suficientemente listo para atraparlos.
—Los auditores revisaron todo. No encontraron nada que nos ayude.
—Sus auditores buscan errores contables —dije, caminando hacia su computadora—. Yo voy a buscar mentiras. Denme acceso a los correos de Montiel. A su agenda. A sus registros de entrada y salida. A las cámaras de seguridad.
Elena me miró con duda.
—Eso es… invasión de privacidad. Es ilegal usarlo en un juicio.
—No vamos a ir a juicio —dije con una sonrisa fría—. Vamos a tener una negociación. Pero necesito municiones.
Elena me sostuvo la mirada unos segundos. Luego, asintió. Escribió una contraseña en un papel y me la dio.
—Hazlo.
Pasé las siguientes 48 horas viviendo en la oficina. No regresé a casa. Mi madre me llamaba preocupada, y yo solo podía decirle: “Estoy bien, ma, es mucho trabajo, te quiero”.
Comí pizza fría y bebí litros de café barato.
Revisé miles de correos. Nada. Montiel era cuidadoso.
Revisé la agenda. Citas de golf, comidas, reuniones. Nada incriminatorio.
Estaba a punto de rendirme, con los ojos ardiendo a las 3:00 de la madrugada del jueves, cuando vi algo en los videos de seguridad del estacionamiento.
Era un video de hace tres meses. Viernes por la noche. 11:00 PM.
Roberto Montiel bajaba a su auto. Pero no estaba solo.
Se encontró con alguien en una zona oscura, lejos de las cámaras principales, pero una cámara de respaldo captó el ángulo.
El otro hombre le entregó un maletín. Montiel le entregó un disco duro externo.
Hice zoom en la cara del otro hombre. La imagen era borrosa, granulada.
Aun así, la postura me resultaba familiar.
—¿Quién eres…? —murmuré.
Corrí el video cuadro por cuadro. En un momento, el hombre giró la cabeza y la luz de un auto que pasaba iluminó su rostro por una fracción de segundo.
No era Víctor Landa.
Era el abogado principal de Elena. El mismo que ayer gritaba que debíamos contrademandar. El Licenciado Suárez.
Me fui de espaldas en la silla.
El traidor no era solo Montiel. Landa tenía a alguien más adentro. Alguien que estaba saboteando la defensa legal desde el interior. Por eso siempre perdíamos. Por eso las demandas nos tomaban por sorpresa. Suárez le estaba pasando información privilegiada a Landa.
Sentí una mezcla de horror y triunfo.
Tomé el teléfono y marqué la extensión de Elena, que dormía en el sofá de su oficina.
—¿Mateo? —su voz sonaba pastosa.
—Jefa, despierte. Ya sé cómo vamos a ganar esta guerra. Pero va a doler.
Entré a su oficina con la laptop en la mano.
Le mostré el video.
Elena se tapó la boca con la mano.
—Suárez… —susurró—. Ha sido el abogado de mi familia por veinte años. Él cargó mi ataúd cuando murió mi padre.
—El dinero de Landa compra muchas lealtades, señora.
Ella se quedó mirando la pantalla congelada, con la cara de traición de su amigo. Vi cómo se endurecía su expresión. La tristeza dio paso a una ira fría, calculadora. La Elena Cárdenas que había construido un imperio estaba de vuelta.
—¿Qué hacemos? —preguntó ella. Ya no había duda en su voz.
—Suárez tiene la información real. Si Montiel le dio un disco duro, Suárez debe tenerlo. Y si probamos que Suárez está coludido con Landa, todo el caso legal se cae por conflicto de interés y corrupción. La demanda se anula.
—¿Cómo conseguimos ese disco duro? Suárez no me lo va a dar si se lo pido.
Sonreí, una sonrisa que había aprendido en las calles de Iztapalapa, no en los libros de negocios.
—No se lo vamos a pedir. Lo vamos a tomar. Pero necesito que usted haga lo más difícil: necesito que actúe. Mañana tiene que convocar a una junta de emergencia con Suárez. Tiene que fingir que se está rindiendo. Tiene que decirle que va a vender la empresa a Landa.
—¿Para qué?
—Para que baje la guardia. Para que llame a Landa y le dé la “buena noticia”. Mientras él esté distraído celebrando su victoria… yo me encargo del resto.
Elena me miró. Había miedo en sus ojos, pero también una confianza ciega.
—Es peligroso, Mateo. Si te atrapan…
—Si no lo hacemos, usted pierde todo. Y yo vuelvo a no tener nada. Estamos juntos en esto, ¿recuerda?
Ella se levantó y se acercó a mí. En la penumbra de la oficina, con la ciudad durmiendo bajo nosotros, la distancia entre jefa y empleado se borró.
Puso una mano en mi mejilla. Su mano estaba fría, pero su tacto quemaba.
—Ten cuidado, por favor —susurró—. No me perdonaría si te pasa algo.
—No me pasará nada —le prometí, aunque por dentro estaba temblando—. Mañana acabamos con esto.
Me di la vuelta y salí. Tenía que preparar un plan. No era un plan corporativo. Era un plan de calle. Iba a necesitar ayuda. Iba a necesitar volver a mi mundo para salvar el de ella.
Tomé mi celular y marqué un número que no había usado en años.
—¿Bueno? ¿Chuy? Soy yo, Mateo. Sí, el “fresa” que se fue a trabajar a Reforma. Necesito un favor, carnal. Uno grande.
La guerra había dejado de ser legal. Ahora era personal.
CAPÍTULO 7: BARRIO RESPALDA BARRIO
El reloj marcaba las 9:00 AM del viernes. El día D.
Mientras Elena Cárdenas se preparaba para dar la actuación de su vida en el piso 40 de Reforma, yo estaba al otro lado de la ciudad, en la colonia Doctores, frente a un edificio de despachos legales que olía a viejo y a corrupción. El despacho privado del Licenciado Suárez.
A mi lado estaba Chuy.
Chuy no era un criminal, al menos no en el sentido estricto. Era lo que en el barrio llamamos un “milusos” con talento. Arreglaba celulares, desbloqueaba estéreos de dudosa procedencia, abría cerraduras cuando se te olvidaban las llaves y, sobre todo, sabía pasar desapercibido. Llevaba un overol azul con el logo de “Mantenimiento General” y una gorra calada hasta los ojos.
—¿Seguro que aquí es, carnal? —preguntó Chuy, masticando un chicle con nerviosismo—. Se ve muy fresa el lugar. Hay cámaras hasta en las macetas.
—Es aquí —dije, ajustándome el uniforme prestado de repartidor de paquetería—. Suárez está en camino a Reforma para ver a Elena. Su secretaria, la Sra. Gómez, es la única barrera. Es de la vieja escuela, no usa computadora, todo lo anota en libreta.
—Cámara —dijo Chuy, tronándose los dedos—. Tú me dices rana y yo salto. Pero si nos torcemos, tú pagas la fianza.
—Si nos torcemos, la fianza será el menor de nuestros problemas. Vamos.
Mientras tanto, en el Corporativo Cárdenas, la escena estaba montada.
Elena estaba sentada en la cabecera de la mesa de juntas. No llevaba maquillaje. Se había puesto un traje gris apagado. Tenía los ojos rojos, irritados a propósito. Parecía una mujer derrotada.
Frente a ella estaba el Licenciado Suárez. El traidor. Un hombre de sesenta años con cara de abuelo bondadoso, traje de tres piezas y un reloj de oro que brillaba obscenamente.
—Elena, hija —dijo Suárez con voz suave, fingiendo compasión—. Créeme que me duele tanto como a ti. Tu padre estaría devastado. Pero Landa tiene a los jueces en la bolsa. Si vamos a juicio, te van a destruir. La oferta de compra es generosa. Te deja con suficiente para retirarte y vivir tranquila en Europa.
Elena sorbió la nariz, temblando.
—No puedo creer que termine así, tío Suárez —lo llamó “tío” a propósito, para ver si el viejo sentía algo de culpa. No vio nada. Solo avaricia en sus ojos.
—Es lo mejor —insistió él, empujando el contrato de venta hacia ella—. Firma, y la pesadilla termina. Landa retirará la demanda y las noticias falsas desaparecerán hoy mismo.
—Necesito… necesito leerlo una última vez —dijo Elena, ganando tiempo—. Por favor, dame una hora. Quiero estar sola.
Suárez suspiró, mirando su reloj.
—Está bien. Una hora. Iré a la cafetería de abajo. Pero Elena… no hagas tonterías. Ya perdiste. Acéptalo con dignidad.
En cuanto Suárez salió de la sala, Elena sacó su celular debajo de la mesa. Me envió un mensaje de texto. Solo dos palabras:
“Salió. Ejecuta.”
En la Doctores, sentí vibrar mi celular.
—¡Ahora! —susurré.
Entré al edificio de despachos con una caja grande de cartón. Chuy entró dos minutos después con una caja de herramientas y una escalera.
La recepción del despacho de Suárez era sobria, llena de libros de leyes encuadernados en piel. La Sra. Gómez, una mujer mayor con lentes de cadena, tecleaba en una máquina de escribir eléctrica.
—Buenos días, entrega para el Licenciado Suárez —dije, poniendo la caja en el mostrador.
—El Licenciado no está —dijo ella sin mirarme—. Déjelo ahí.
En ese momento, Chuy entró haciendo ruido con la escalera, golpeando “accidentalmente” el marco de la puerta.
—¡Ay, caray! Perdón, jefa —dijo Chuy con su acento más cantado—. Vengo a checar lo del aire acondicionado. Reportaron una fuga de gas en el piso de arriba y tenemos que revisar los ductos de todos los despachos. Es urgente, eh, no queremos que explote el changarro.
La Sra. Gómez se alarmó.
—¿Gas? Nadie me avisó nada.
—Pues ya ve cómo es la administración —dijo Chuy, sacando un aparato que pitaba (era un buscador de señal Wi-Fi modificado para que solo hiciera ruido)—. ¡Híjole! Sí marca alto aquí. Necesito entrar a la oficina principal para checar la válvula.
—No puede entrar ahí, es privado —protestó ella.
—Señora, si esto explota, volamos todos —intervine yo, poniendo cara de pánico—. Yo que usted lo dejaba pasar rápido. Mi tío murió en una explosión de gas, no es broma.
La mujer dudó. El miedo pudo más que el protocolo.
—Está bien, pero rápido. Yo voy con usted.
—¡No! —gritó Chuy—. Digo… es peligroso. Usted quédese aquí cerca de la salida por si tenemos que evacuar. Yo entro rápido.
Chuy se metió a la oficina de Suárez. Yo me quedé en la recepción, bloqueando la visión de la señora con mi cuerpo y la caja grande.
—Fírmeme aquí de recibido, por favor —le dije, extendiéndole una tabla con mil papeles para distraerla.
Dentro de la oficina, Chuy trabajaba rápido.
No buscábamos papeles. Buscábamos el disco duro.
—Bingo —escuché a Chuy susurrar por el auricular bluetooth que llevábamos conectado.
—¿Lo tienes? —susurré, fingiendo toser.
—No está en el escritorio. Hay una caja fuerte detrás de un cuadro. Qué cliché, ¿no? Un cuadro de un caballo.
—¿Puedes abrirla?
—Dame dos minutos. Es una combinación mecánica vieja. Estas me las desayuno.
El tiempo se estiraba. La Sra. Gómez firmaba lento, revisando cada letra.
—Oiga, joven, este paquete no tiene remitente —dijo ella, sospechando.
—Es de… Amazon —improvisé—. Son los nuevos, ecológicos.
En el auricular escuché los clics de la caja fuerte. Clic. Clic. Crack.
—Abierta —dijo Chuy—. Hay lana, mucha lana en efectivo. Y… aquí está. Un disco duro externo negro y una grabadora de voz digital.
—Toma los electrónicos. Deja el dinero —ordené.
—¿Neta? Hay como cien mil varos aquí, carnal.
—¡Deja el dinero, Chuy! No somos ladrones. Somos justicia.
—Chale, qué desperdicio… Listo, ya los tengo.
Chuy salió de la oficina, sacudiéndose el polvo.
—Falsa alarma, jefa —le dijo a la secretaria, guiñándole un ojo—. Era una tubería vieja, ya le cerré a la llave. Todo seguro.
Salimos del edificio caminando normal, pero con el corazón a mil por hora. En cuanto doblamos la esquina, corrimos hacia mi auto, un Tsuru viejo que tenía estacionado a dos cuadras.
Arranqué quemando llanta.
—¿Lo tenemos? —pregunté.
Chuy sacó el disco duro y la grabadora.
—Lo tenemos. Ahora vuela, Cenicienta, que se te hace tarde para el baile.
Manejé hacia Reforma rompiendo todas las leyes de tránsito posibles.
Mientras manejaba, conecté la grabadora al estéreo del auto. Le di play.
La voz de Suárez llenó el coche. Y luego, la voz inconfundible de Víctor Landa.
“…diez millones ahora y diez cuando Cárdenas firme la venta. Asegúrate de que sus abogados cometan errores, Suárez. Quiero verla rogando…”
Sonreí. Era la bala de plata.
CAPÍTULO 8: JAQUE MATE
Llegué al Corporativo Cárdenas corriendo. Mi traje de “repartidor” ya no importaba. Subí al elevador privado saltándome la seguridad (la recepcionista ya no me detenía, me tenía miedo).
Al llegar al piso 40, la atmósfera era fúnebre.
Entré a la sala de juntas.
La escena era casi teatral.
Elena estaba sentada, con la pluma en la mano, suspendida sobre el contrato de venta.
Suárez estaba de pie, sonriendo.
Y para mi sorpresa, Víctor Landa estaba ahí. Había llegado para saborear su victoria en persona. Estaba sentado frente a Elena, bebiendo un whisky de la reserva privada de su padre.
—Firma ya, Elena —decía Landa con arrogancia—. Deja de prolongar lo inevitable. Tu “chico maravilla” no va a venir a salvarte esta vez. Probablemente ya esté buscando trabajo en un Oxxo.
Elena levantó la vista. Me vio entrar por la puerta de cristal a espaldas de Landa.
Sus ojos cambiaron. La derrota se evaporó. Su espalda se enderezó.
Soltó la pluma sobre la mesa. El sonido seco resonó en la sala.
—Tienes razón, Víctor —dijo Elena, su voz recuperando esa fuerza de acero—. Mi chico maravilla no va a venir.
Landa sonrió.
—¿Ves? Siempre fuiste lista.
—Él ya está aquí —terminó ella, mirando por encima del hombro de Landa.
Víctor Landa y Suárez se giraron al mismo tiempo.
Me vieron parado ahí, sudado, despeinado, con un disco duro en una mano y una grabadora en la otra.
—Buenas tardes, señores —dije, recuperando el aliento—. Lamento la demora. El tráfico estaba horrible.
Suárez se puso pálido como un muerto. Reconoció su grabadora al instante.
—¿Qué… qué hace este delincuente aquí? —tartamudeó Suárez—. ¡Seguridad!
—Yo no llamaría a seguridad si fuera usted, Licenciado —dije, caminando tranquilamente hacia la mesa. Conecté la grabadora al sistema de altavoces de la sala de juntas mediante el cable auxiliar que siempre estaba ahí.
—¿Qué es esto? —bramó Landa, poniéndose de pie—. ¡Saca a este naco de aquí ahora mismo!
—Siéntate, Víctor —ordenó Elena. No gritó, pero su voz tuvo tal autoridad que Landa dudó.
—Escuchemos —dijo Elena.
Le di play.
La voz de Landa resonó en toda la sala, clara, nítida, incriminatoria.
“…Quiero que plantes pruebas falsas en la contabilidad, Suárez. Destruye su reputación. Que parezca fraude fiscal. Si Elena va a la cárcel, mejor…”
“…No te preocupes, Víctor. Tengo acceso a todo. Elena confía en mí como un padre. La pobre ilusa no sospecha nada…”
El silencio que siguió a la grabación fue absoluto.
Suárez se desplomó en su silla, cubriéndose la cara con las manos.
Landa se quedó congelado, con el vaso de whisky a medio camino de su boca. Su bronceado parecía haberse vuelto gris.
Elena se puso de pie lentamente. Caminó hasta el otro lado de la mesa y se paró frente a Suárez.
—Veinte años —dijo ella, con voz rota pero furiosa—. Veinte años cenando en mi casa. Cargaste mi ataúd… digo, el de mi padre. Me viste llorar cuando él murió. ¿Y todo por dinero?
—Elena, yo… tengo deudas… el juego… —balbuceó Suárez.
—¡Cállate! —gritó ella. Luego miró a Landa.
Landa intentó recomponerse. Se ajustó el saco, aunque sus manos temblaban.
—Esa grabación es ilegal. No servirá en un juicio.
—Tal vez no —dije yo, interviniendo—. Pero el disco duro que tengo aquí contiene los correos originales, las transferencias bancarias de tus empresas fantasma a la cuenta de Suárez en las Islas Caimán, y los registros de cómo Montiel alteró los libros. Eso sí sirve.
Me acerqué a Landa y puse el disco duro frente a él.
—Pero no necesitamos ir a juicio, ¿verdad, Don Víctor? Porque si esto se filtra a la prensa… si esto llega a las redes sociales hoy mismo… sus acciones van a valer menos que un boleto de metro usado. Industrias Landa se va a la quiebra antes de que salga el sol.
Landa miró el disco duro. Miró a Elena. Miró su futuro desmoronarse.
Sabía que había perdido. El matón de barrio le había ganado al magnate.
—¿Qué quieren? —gruñó Landa.
Elena tomó el contrato de venta, lo rompió en dos pedazos y los dejó caer sobre la mesa.
—Quiero que retires la demanda. Quiero un comunicado público disculpándote por los “errores” en la información difundida. Quiero que renuncies a la presidencia de tu cámara de comercio. Y quiero que desaparezcas de mi vista. Si vuelvo a ver tu cara cerca de mi empresa o de mi gente… suelto todo.
Landa apretó la mandíbula tanto que pensé que se le romperían los dientes.
Asintió bruscamente.
—Vámonos —le dijo a Suárez.
—No —interrumpió Elena—. Tú te vas. Suárez se queda. La policía ya viene en camino. Él sí va a pagar.
Landa ni siquiera miró a su cómplice. Salió de la sala de juntas derrotado, sin su habitual aire de grandeza, convertido en un hombre viejo y asustado.
Suárez se quedó llorando en silencio hasta que las sirenas se escucharon abajo.
Horas más tarde, cuando la policía se llevó a Suárez y el equipo legal comenzó a limpiar el desastre mediático con la confesión de Landa, la oficina quedó en silencio.
El sol se estaba poniendo sobre la Ciudad de México, pintando el cielo de morado y oro.
Elena y yo estábamos sentados en el suelo de su oficina, recargados contra el ventanal, compartiendo una pizza de pepperoni que mandé pedir. Nos habíamos quitado los zapatos. La botella de champán cara estaba en el suelo, bebiendo directamente de ella por turnos.
—¿Sabes? —dijo Elena, mirando las luces de la ciudad—. Nunca había comido pizza en el piso de mi oficina.
—Te falta barrio, jefa —dije, mordiendo una rebanada—. Las mejores cosas pasan en el suelo, no en las mesas de caoba.
Ella se rio. Una risa libre, ligera, sin el peso del mundo encima.
Se giró para mirarme.
—Lo hiciste. Me salvaste. Otra vez.
—Tú te salvaste sola, Elena. Yo solo traje las herramientas. Tú tuviste el valor de enfrentarlos.
—No —dijo ella, poniéndose seria—. Yo estaba lista para rendirme. Tú fuiste el único que creyó que podíamos ganar. ¿Por qué? ¿Por qué arriesgarte tanto por mí? Podrías haber ido a la cárcel hoy.
Dejé la pizza a un lado. La miré a los ojos, esos ojos verdes que el primer día me miraron con miedo y ahora me miraban con… algo más.
—Porque hace un mes, yo era invisible. El mundo pasaba de largo y a nadie le importaba si yo vivía o moría. Tú me viste. Me diste un nombre, un propósito. En el barrio, cuando alguien te da la mano, no se la sueltas.
Elena se acercó un poco más. La tensión en el aire cambió. Ya no era adrenalina de guerra; era otra cosa.
—Eres un hombre extraño, Mateo Valdez. Eres un romántico en un mundo de cínicos.
—Y tú eres una guerrera disfrazada de princesa, Elena Cárdenas.
Ella sonrió y, lentamente, apoyó su cabeza en mi hombro.
—¿Qué va a pasar ahora? —preguntó.
—Mañana volvemos a trabajar —dije—. Hay una empresa que dirigir. Y creo que necesito un aumento después de hoy.
—Te daré el aumento —murmuró ella, cerrando los ojos—. Pero no te vayas. Quédate.
—Me quedo —prometí.
Nos quedamos así, viendo la ciudad a nuestros pies. El chico de Iztapalapa y la reina de Reforma. Dos mundos que se suponía que nunca debían tocarse, pero que al chocar, crearon algo indestructible.
Yo no sabía si esto terminaría en romance, en amistad o en leyenda. Pero mientras miraba mi reflejo en el cristal, junto al de ella, supe una cosa: ya no era el Mateo que arreglaba bicicletas. Y ella ya no era la mujer solitaria en la carretera.
Nos habíamos salvado mutuamente.
Y eso, en esta ciudad salvaje, era el único final feliz que importaba.
FIN